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3° Concurso de cuentos policiales

SITIO DEL SUCESO III Cuando las letras son la evidencia

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3° Concurso de cuentos policiales

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Cuando las letras son la evidencia SITIO DEL SUCESO III *

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Esta es una publicación de la Jefatura Nacional de Asuntos Públicos de la Policía de Investigaciones de Chile, en el marco del tercer concurso de cuentos policiales “Sitio del Suceso III: Cuando las letras son la evidencia”. Se prohíbe su comercialización y/o reproducción total o parcial sin la debida autorización de los propietarios de Copyright. Todos los derechos reservados. Año 2016, Santiago de Chile. Director General PDI: Héctor Espinosa Valenzuela Dirección: General Mackenna 1314, Santiago. www.pdichile.cl @PDI_CHILE /policiadeinvestigaciones Diseño, Ilustraciones y corrección de textos: Anzuelo Creativo Corrección de Estilo: Norinna Carapelle Impresión: Quad/Graphics.


Índice GANADORES Primer Lugar: “Pareidolia”, por Deku Moto • 8 Segundo Lugar: “Lorena”, por E. Brunner • 14 Tercer Lugar: “Pensamientos en la penumbra”, por Pato Menudencio • 20 Menciones honrosas “Pensión internacional”, por José Antonio • 26 “Click”, por Ted Machuca • 32 “El silencio de los enanos”, por Arturo Navia Cousiño • 38 “Presunto mandala”, por Andrea Labra • 44 “Sin rastro”, por Her Blume • 50 “El sacrificio”, por Raidal J. Quino • 56 Categoría personal institucional Primer Lugar: “Lengua suelta”, por Fray Apenta • 60 Segundo Lugar: “Recuerdos perdidos”, por Sbc. Sanhueza • 66 Tercer Lugar: “Sabueso de guante blanco”, por Gran Pein/PDI • 72 Menciones honrosas “Destellos plateados en la niebla”, por Santo • 78 “Por una moneda”, por Agatha Fox/PDI • 84 “Atrapada”, por Ángela Darín • 90

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prólogo

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odeada de un halo de misterio y romanticismo, la figura del detective siempre ha sido uno de los principales focos de inspiración para la literatura mundial. Ejemplos de ello hay de sobra, pero quizás el más perdurable de todos es Sherlock Holmes, ese peculiar personaje creado en el Londres victoriano por el médico Arthur Conan Doyle, quien dio vida al arquetipo detectivesco más importante que la humanidad haya conocido.

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Hay muchos estudios académicos que intentan explicar el motivo de la popularidad de Holmes, cuya figura sigue inspirando hoy en día películas, series de televisión y libros, y parece haber cierta unanimidad en que más allá de su excéntrica personalidad y de la rareza de los casos que enfrentaba, el detective londinense evoca una de las ideas culturales más importantes que conocemos: la lucha del bien contra el mal, una batalla constante en la cual los límites a veces son difusos y en la que, muchas veces, las cosas no son lo que parecen ser a primera vista. Pues bien, esa eterna lucha es el leit motiv de esta PDI desde 1933. Cada integrante de esta institución tiene plena conciencia de que nuestra misión, que es investigar los delitos, tiene una trascendencia que implica alcanzar valores transversales y anhelados por la sociedad, como son la verdad y la justicia. En efecto, sabemos que el criminal siempre intenta eliminar sus huellas y borrar las evidencias, lo que dificulta nuestro trabajo investigativo. Sin embargo, un PDI -así como un escritor siente pasión por escribir- se desvive por investigar. Lo llevamos en nuestro ADN. Nacimos y nos hemos desarrollado en la investigación criminal. Así da cuenta nuestro pasado, presente y futuro. Por cierto, la ficción siempre es una excusa para hablar acerca de la realidad y ello es algo que se trasunta en toda la literatura policíaca moderna. Hasta años atrás vista como una suerte de género menor, hoy en día todos los críticos coinciden en que la buena literatura


policial no es solo una exhibición de las habilidades del protagonista de la historia de turno, sino además una muestra del estado de las sociedades actuales. Todo lo anterior se puede apreciar en los resultados de esta tercera versión del concurso de cuentos policiales “Sitio del Suceso III. Cuando las letras son la evidencia”, que realiza la PDI gracias al apoyo de BancoEstado, y que este año contó con un jurado compuesto por los escritores Carlos Tromben, Pía Barros y Ramón Díaz Eterovic, junto a quien suscribe. En esta ocasión se recibieron más de 450 trabajos en las dos categorías a premiar (ciudadanía y personal institucional), lo que demuestra un interés en aumento. Finalmente, 15 cuentos resultaron distinguidos, ya sea como ganadores o con menciones honrosas, los que relatan no solo las aventuras y desventuras de detectives, víctimas y victimarios, sino que, además, se desarrollan en un contexto social que es muy reconocible: el del Chile actual. Por ende, este libro no es solo una simple recopilación de historias policiales, sino que un verdadero compendio de nuestra idiosincrasia, así como de la forma en que percibimos la justicia, aquel valor tan apreciado y que es la razón de ser de todos quienes formamos parte de la PDI. Por lo anterior, junto con invitarlos a disfrutar este volumen, agradecemos el trabajo efectuado por el jurado, así como el apoyo recibido de parte de BancoEstado, pero particularmente extendemos nuestra gratitud a todas las personas que participaron, permitiéndonos con ello entregar a la ciudadanía un libro de gran calidad.

Héctor Espinosa Valenzuela

Director General Policía de Investigaciones de Chile

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Carlos Guzmรกn Campos (25), santiaguino, licenciado en Literatura. Ha participado en diversos talleres literarios y publica en varios fanzines. Escritor y, por sobre todo, lector.


Pareidolia Autor: Deku Moto Primer Lugar

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a pequeña casa ardía. Las llamaradas rozaban los rostros enrojecidos de los vecinos que intentaban apagar el incendio. Los baldes de pintura pasaban de mano en mano llenos de agua insuficiente para la intensidad del fuego. Las mangueras se estiraban a todo dar, pero solo se acercaban las de las casas contiguas con débiles chorros. El aire denso, el calor abrasador, la posibilidad de extensión del infierno por toda la calle eran las preocupaciones más urgentes de los vecinos, pero también el paradero del Tafay, ¿habría salido?, ¿se encontraría a salvo? Pronto supimos que no. Que estaba dentro, acostado, calcinado en su cama. Que había dejado una colilla encendida, una pavesa que tropezó del cenicero para trastocarse en la hoguera de su Inquisición. Lo mató el vicio. Ese día lo vi en la cancha enrejada entrenando a los viejos del Cristo Rey. Aunque cada vez estaban más guatones, le ponían sentimiento cuando jugaban a la pelota. Parecía que rejuvenecían empujándose, pateándose y sacándose la madre entre ellos, mientras resoplaban y empapaban la camiseta celeste de nuestro club de fútbol. El Tafay daba indicaciones, las gritaba con rabia, escupiéndolas junto con la saliva que se le escapaba por la comisura de los labios: “¡Aprieta, hueón, aprieta!”; con los pies al borde de las desvaídas y entrecortadas líneas de banda, agitado como un animal en una jaula demasiado pequeña. “¡Aguanta!, ¡pícala!, ¡pégale!”; bramaba cada cierto tiempo, y pese a que él era el profe, acababa tan extenuado como cualquiera de los jugadores del equipo senior a los cuales dirigía tan metódicamente como las tablas que clavaba en la construcción. Entrada la noche fui a su casa para ver si necesitaba algo. Di un fuerte chiflido y salió a recibirme con esa sonrisa amarillenta que combinaba con su cara morena y contrastaba con su pelo encanecido en plenitud. Me hizo pasar sin preámbulos, con un movimiento


de cabeza que me indicaba un camino que había recorrido tantas veces. Cerró la puerta tras de mí y me pegó una nalgada, “la cábala antes del partido”, decía. Culeamos en el sillón y después en la cama. Sus embestidas eran torpes, su creatividad limitada. Era una jugada que yo me sabía de memoria, pero me entregaba como un portero que pierde la fe en la tanda de penales. Luego de dar los últimos resoplidos, me ofreció un pedazo de torta. Se la había traído su sobrino, dijo. “Aprovechái la servilleta”, dijo, y se echó a reír. No la acepté. Estaba concentrada en asuntos más importantes. Vestirme rápido era uno de ellos. Extendió su brazo y me pasó 20 lucas. Las guardé en mi sostén y cuando estaba por irme, el Tafay me hizo otro gesto y dijo que si no quería dulce de leche, quizá se me apetecía una lechita amarga. Se la chupé, distraída, sin mirarlo a los ojos, como le gustaba, aunque no hubo necesidad, ya que por más que amasé no volvió a ponerse dura. Medio frustrado sumó un billete de cinco al total y me escoltó a la salida. Me tiró un beso y se quedó parado en la terraza, viendo cómo me alejaba. De un capirotazo disparó un fósforo que aterrizó en la calle. Había prendido un cigarro. Con la plata que me gané carreteé hasta el amanecer con unos amigos. Tomamos y fumamos yerba hasta quedar locos, dados vuelta. De lejos pudimos ver una emanación de humo y oímos o presentimos un rumor de voces y estallidos de vidrios que atribuimos o quisimos atribuir a los asados o a las fogatas de los turistas que habían adelantado sus vacaciones de invierno —pese a que todavía estábamos en otoño—, y que se divertían tanto como nosotros, quebrando botellas, cantando y bailando en la playa neblinosa del Llolleo insomne. La pareidolia produce espectros. Lo supe cuando vi a los detectives con sus trajes de astronautas, merodeando las ruinas de la casa del Tafay. Removiendo las cenizas con minuciosidad, como cuando el viento te dispersa parte del porro en el asfalto y tienes que recoger las migajas para poder drogarte. Así los vi, en un espacio ennegrecido levantando los alambres del colchón donde había estado acostada, arrodillada, en cuatro patas. Rebotando y reposando, gimiendo y roncando. Pude verme en los resortes, encogida, tratando de tragarme como un uróboros, intentando anularme desde mi sexo, y no nacer nunca y jamás morir. Con sus palas, los detectives revolvían los escombros y fotografiaban, pasaban el dedo por los paredones y fotografiaban. Como si quisieran hallar cada una de las siluetas del Tafay, como si se le hubiese quedado la sombra cojeando y pudieran reproducirla con fotogramas. Y esparcían un polvillo gris que se asemejaba a la humareda. A la humareda

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que no se disipó después del incendio y que dejó su tizne en las habladurías de la gente. Pareidolia. Los vecinos reconociendo formas en lo volátil, en lo abstracto.

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Cuchicheaban que tres personas irrumpieron en su hogar de hombre solitario. Que querían robar, que el Tafay ni siquiera alcanzó a resistirse. Que lo patearon en el piso a puro puntete, y como buen técnico echó de menos la elegancia del borde interno. Que quiso gritar, pero sus cuerdas vocales estaban resentidas por la instrucción en la pichanga de la tarde. Que quedó inconsciente, que vio estrellas, y que para mitigar el dolor fue agregando esas estrellas al palmarés del Defensor Cristo Rey. Que cuando despertó estaba sobre su cama maniatado con cordones de zapatos o con el cable del teléfono o con una pitilla. Murmuraban que lo torturaron asfixiándolo con su almohada. —¿Dónde está? —¿Qué cosa? —¡La caja, culiao! Dónde chucha está la caja. Pero no hubo respuesta, decían. Uno de los ladrones había cargado el cuerpo con todo su peso, en un lapso que sobrepasaba la media de lo que puede soportar un humano privado de oxígeno. Un fumador de 52 años. Tres minutos. Un pésimo cálculo. Entonces hay que ocultar el crimen, de alguna manera hay que deshacerse del cadáver. Alguien menciona las colillas diseminadas como semillas en los maceteros de las plantas de la terraza. Alguien recuerda que tiene un bidón de parafina en la casa. Y uno registra y el otro parte, uno encuentra la caja y el otro da con el combustible. Eran cerca de las tres de la mañana cuando riegan al Tafay con el líquido celeste, un homenaje involun-


tario, uno de sus colores favoritos. Y traen un par de colillas, filtros naranjos como evidencia del accidente que está por suceder. El incendio comienza, los espectros huyen con su botín y más tarde hay bomberos y carabineros, y a los pocos días, peritos tras la carroña. El humo no se desvaneció. Quedó gravitando en nuestra población como si nos envolviera una capa sin ventilaciones. La gente vio facciones en esa gran nube, definición en los fantasmas: tres personas, dos hombres y una mujer. Incluso yo percibí ecos cuando pasaba por el frente de la cancha y me aferraba a la malla metálica que la cubría para constatar el vacío, para convencerme de que el campo estaba despejado. A veces soñaba que era madre de un niño de carbón que se parecía al Tafay, pero era pelirrojo y vomitaba lava. Nueve meses demoraron en regresar los detectives. Si hubiera quedado embarazada en nuestro último encuentro los hubiese esperado con un hijo en mis brazos. Una guagua afectada con un fuego congénito, irremediablemente sentenciada a un infierno en vida. Dijeron que era culpable, la incitadora. Que la lumbre de su cigarro no provocó las llamas. Que no fumaba en su pieza, que no lo mató el vicio. Que sus pulmones estaban libres de hollín, que en su sangre no había rastro de monóxido de carbono. Pero sí lo mató el vicio, la adicción a mis caderas, a mi culo, a mis tetas. El vicio nos condenó a todos. Porque mientras lengüeteaba su glande con indiferencia, de reojo miraba esa caja semitransparente en el velador, radiante de lo verde, repleta de cogollo. ¿Cómo no ir por los cabros y contarles del hallazgo? ¿Cómo no invitarlos a quemar un pitito? El problema fue que quemamos demasiado aquella noche. PDI

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Lorena Autor: E. Brunner Segundo Lugar

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María Soledad Ramírez Mac – Lean (36), nació en Santiago. Periodista, autora de literatura infantil, sus publicaciones son: “Marta quiere bailar”, “Eureka” y “Pete Dospailas rema a casa”.

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os golpes en la puerta hicieron temblar el perchero del que habitualmente colgaba su chaqueta. Se quedó impávido, sentado en la única silla que cabía en ese miserable espacio donde llevaba meses viviendo, la vista fija en la pared. Los sonidos le llegaban confusos, atrapados por la nebulosa en que se había convertido el mundo desde aquel día.

Una voz ronca y fuerte habló desde el otro lado de la puerta: —Emilio Sanromán, somos de la PDI. Necesitamos hacerle algunas preguntas. Cerró los ojos durante unos segundos, o tal vez no, tal vez se durmió. Durante la última semana había estado sumido en un halo de sueño, una bruma de resonancias lejanas que ya no distinguía ni pretendía entender.

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—Tenemos que hablar de Lorena Torres –insistió la voz.

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Lorena. El nombre flotó por el aire, se metió por sus oídos y salió por su boca en un lento suspiro: Lorena. Un nudo le atrapó la garganta y quiso gritar del otro lado de la puerta que no tenía derecho a decirlo así, a mencionarla como si fuera una cosa, un asunto que había que zanjar a la rápida. Pero enmudeció, y el silencio lo transportó a ese día, mucho antes de aquel otro, en que vio a Lorena por primera vez. Caminaba sin prisas, mochila al hombro, ajena a todo lo que pasaba a su alrededor. El pelo negro, partido al medio, le caía a la cintura recto como una escuadra y contrastaba con su ligero vestido primaveral. Emilio se detuvo en seco. No disimuló cuando observó sus ojos oscuros, su piel casi translúcida, sus labios húmedos. Botó el cigarrillo al suelo y pisó la colilla con insistencia. La acompañó con los ojos hasta que la vio desaparecer en una esquina. Entonces, sin explicárselo, echó a correr tras ella. La siguió durante tres cuadras hasta el paradero, las manos en los bolsillos y el corazón palpitante, incapaz de detenerse. —Emilio Sanromán, por última vez, ábranos. La misma fuerza autómata que lo había arrastrado durante los últimos días lo llevó a ponerse de pie, acercarse a la puerta y girar la manilla. Un hombre y una mujer aparecieron tras el umbral, sus figuras recortadas por la tenue luz del pasillo.


—Subcomisario Sánchez –se identificó el hombre, blandiendo el portaplacas burdeo que colgaba a su cuello. Con un leve gesto de cabeza hacia su compañera, agregó: —Y la subcomisario Sagredo. Emilio no contestó. Giró sobre sus talones y volvió a sentarse, las palmas abiertas sobre los muslos y la mirada perdida. Los detectives recorrieron el lugar en dos zancadas. No había mucho que ver: un catre desvencijado de sábanas revueltas, una cocinilla a gas empotrada en un rincón, platos sucios apilados en el fregadero, una silla. Sobre una pequeña mesa de mimbre se equilibraba una torre de libros de segunda mano y un cenicero mugriento. En el suelo, cajetillas arrugadas, una camisa sin lavar, más libros. Sánchez reprimió un bufido de desprecio. El cliché del estudiante de literatura, pensó con hastío, el joven ocioso jugando al héroe depresivo e incomprendido de la novela. Echó una mirada tras la puerta corredera que no terminaba de cerrar: un wáter, una ducha de pie, un lavamanos lleno de colillas. Buscó los ojos de su compañera para intercambiar una mirada cómplice, pero la detective estaba de pie frente a Sanromán, la atención puesta en él. —Necesitamos que nos diga si conocía a Lorena Torres. ¿Que si la conocía? Emilio torció sus labios en una mueca parecida a una sonrisa. Conocía cada uno de sus pasos; su forma de reír con la cabeza echada hacia atrás; el aroma a pomelo que le quedaba en el rostro y en los dedos después del desayuno. Conocía el trayecto que hacía a diario, sin variar calles ni veredas, con una rigurosidad casi obsesiva; sus amigos –el Greñas y la Ale-; sus almuerzos invariablemente acompañados de Coca Cola Light. ¿Que si la conocía? Emilio soltó un gruñido, casi divertido. —¿Le parece chistoso? –rezongó Sánchez-. Porque le aseguro que la víctima no se rió. La víctima. Así mismo se habían referido a ella los periodistas que despachaban en vivo frente al sitio tapiado donde la habían encontrado. Hablaban del cuerpo calcinado, irreconocible, embarrado por la lluvia de la madrugada. Por su estatura y la forma de la pelvis, los peritos forenses suponían que se trataba de una mujer, pero eso no se sabría a ciencia cierta hasta que fuera identificado.

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—Emilio –la detective chasqueó los dedos frente a los ojos del joven-. ¿Qué nos puede decir de Lorena? Emilio levantó la mirada. La mujer que tenía al frente era menuda, delgada pero atlética. Llevaba el pelo sujeto en una cola, negro y liso como el de Lorena, pero sin el mechón de canas blancas que le caía detrás de la oreja.

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Desde el primer día, la había esperado todas las mañanas en el paradero. Caminaban hacia el sur por Vicuña Mackenna hasta el carrito de don Luis, donde ella se detenía a comprar una o dos piezas de frutas. Luego retomaban el paso por calles más estrechas, entre casonas reconvertidas en ONGs y viejas tiendas de barrio, hasta que Lorena llegaba a la academia y cruzaba el portón. Solo cuando la perdía de vista, Emilio atravesaba la calle hacia El Kike y tomaba palco en una de las sillas plásticas dispuestas sobre la vereda. Pedía una cerveza, la más barata, y aguardaba fumando un cigarrillo tras otro.

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Cada hora o dos, el administrador del local lo interrumpía, malhumorado: —¿Algo más? —No, así está bien –contestaba Emilio sin mirarlo. —Bien bonita la niña –le dijo un día con sarcasmo el viejo. Lorena acababa de aparecer tras las rejas y Emilio se había puesto de pie de un respingo-. ¿Cuándo se va a atrever a hablarle? Después de eso, Emilio no había vuelto a acercarse al local. Esperaba en una plazoleta unas calles más abajo, por donde Lorena pasaba a su vuelta. Le angustiaba pensar que tal vez, hoy, ella tomaría un camino diferente o se iría a otra parte y él no se enteraría. Por eso respiraba aliviado, como si le hubieran levantado una condena perpetua, cuando divisaba su figura a lo lejos. Podía distinguirla antes de que se adivinaran sus facciones, incluso antes de que se advirtiera el color de su ropa. Reconocería en cualquier parte ese andar despreocupado, el ritmo de sus pasos, el vaivén de su contorno. —Tenemos varios testigos que aseguran que usted la acechaba. Había notado las miradas. Primero fue la coreana de la tienda de pelucas, una mujer gruesa, de ojos diminutos, que recibía a su clientela con las manos juntas y una leve inclinación de cabeza. Siempre que Lorena pasaba frente a su local, la coreana le ofrecía comprar su largo


pelo negro. “Buen negocio, mejor precio”, insistía. Entonces Lorena se echaba a reír -¡qué hermosa se veía!-, y se negaba con amabilidad. Fue en uno de esos intercambios que Emilio sintió, desde el otro lado de la calle, que la coreana le clavaba la vista con una mirada acusadora. La escena se repitió durante los días que siguieron, y pareció extenderse a todo su entorno como los tentáculos de una criatura submarina. Ya no solo la coreana lo vigilaba con abierto fastidio; ahora el guardia de la obra donde aparecería más tarde el cuerpo fruncía el ceño cuando lo pillaba observando a Lorena. Hasta don Luis, el casero de la fruta, le sostenía la mirada con desconfianza. —¿No? ¿Ni una palabra? Bien, Emilio Sanromán, vamos a pedirle que nos acompañe al cuartel –resopló Sánchez. Se le había agotado la paciencia-. A ver si allá nos explica por qué encontramos sus colillas junto al cuerpo. La detective había mantenido un inusual silencio ante las palabras de su compañero. Aún faltaban los resultados del laboratorio para vincular a Emilio con la escena del crimen, pero no dudaba que darían positivo. Todo encajaba de manera perfecta, demasiado perfecta. Habían encontrado una docena de colillas junto al cadáver, unas pocas aún intactas a pesar de la lluvia. ¿Por qué alguien dejaría tras de sí un arsenal semejante de evidencias? Trató de sacudirse el malestar y escoltó al joven a la camioneta blanca de la PDI. Sentado en el asiento trasero, Emilio fijó la mirada fuera de la ventana. Seguían el mismo camino que tantas veces había recorrido junto a Lorena. El puesto de frutas, la academia, El Kike, el sitio de la obra aún protegido por huinchas blancas. Un poco más allá, la tienda de pelucas. En la vitrina, en medio de torsos plásticos coronados por peinados lisos, crespos, rubios y morenos, la coreana acomodaba una nueva peluca. El pelo, largo y negro, caía recto como una escuadra y un mechón de canas blancas se asomaba por un costado. PDI

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Pensamientos en la penumbra Autor: Pato Menudencio

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Patricio Alejandro Valenzuela León (32), porteño de San Antonio, kinesiólogo, atleta y escritor. Vive con su novia y dos gatas.

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iez de la noche, llevo tres horas afuera de un departamento en la playa. Aún no aparece nadie.

Cuando me aburro tengo la mala costumbre de hablar solo, como si le estuviera contando a alguien lo que estoy viviendo. Creo que tendré que cambiar de rubro y aceptar la oferta de un ex colega y ser socios en una empresa de seguridad.

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La única compañía que tengo es un quiltro que me mira con cara de querer el sándwich que tengo en mi mano izquierda. Le doy un trozo y éste empieza a mover la cola. Ambos no sabemos qué estamos haciendo ahí, para él es comprensible, forma parte de su naturaleza, o tal vez es supervivencia; yo soy el más perdido en este binomio.

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Me convertí en detective privado hace tres años, la misma cantidad de tiempo que llevo fuera de la PDI. Al principio quería disfrutar el retiro y ponerme al día con varios asuntos pendientes. El viaje al norte, construir el quincho; en fin, todas esas cosas que uno deja postergadas por cumplir el deber. Sin embargo, el anhelo de una vida más rutinaria al final se desvanece como una promesa hecha a la ligera y, tarde o temprano, la rutina, o el deseo de acción es más fuerte que el retiro. Qué idiota soy. La culpa fue de mis años en medio de los casos más fuertes que alguien podría ver; eso aderezado con horas leyendo novelas negras para matar el tiempo, fueron la mezcla perfecta para que decidiera dedicarme a la investigación privada. La idealización es una cosa y la realidad tarde o temprano choca de golpe con lo que uno pensaba. No hay gabardinas para agazaparse en la noche mientras matas el frío con un vaso de whisky, no hay mujeres voluptuosas que en agradecimiento a tus servicios te dedican un beso, y algo más, por un trabajo bien hecho. La vida real del investigador privado es algo distinto. Siempre traigo conmigo mi Jericho por si hay algún peligro, pero en estos años a lo único que le he disparado es a unos tarros guachos en la parcela de mi hermano. Diez treinta de la noche, solo entran un par de taxis con el reggaetón a todo volumen, luces de neón y llantas cromadas. Qué mal gusto. Creo que es hora de abandonar esto. Espero un poco, pienso en los casos que he resuelto. Al final son todos lo mismo, al igual que mis clientes, solo viejos con plata y cuernos en sus cabezas. Típicas personas que tratan de comer más de lo que pueden tragar. Creen que su dinero y poder pueden


comprar todo lo que quieran, incluso fidelidad de minas ricas. Tal vez al principio la dinámica funcione. Ellas, jóvenes y con un poco de interés, caen deslumbradas ante el poder que ostentan estos hombres. Luego vienen los regalos. Los viajes se hacen frecuentes, la tarjeta de crédito adicional los primeros años llegan a lanzar humo, con cada compra comienzan a compensar algunas cosas que faltan. Y los viejos no entienden que una vez que logran la conquista no deben retenerla, al final todos se hacen daño. Que entiendan de una vez por todas que ellas son mucha carne para tan poco perro y el solo hecho de poder pasar una mísera noche con ellas es demasiado bueno para ellos. Porque claro, al principio todo parece idílico, pero de a poco esas grietas tapadas con dinero ya no se pueden enmascarar. He visto muchos de esos casos y siempre tienen el mismo resultado. La infidelidad. No las juzgo, entiendo completamente sus motivos, a veces me siento miserable al descubrirlas e informarles a mis clientes, pero trabajo es trabajo, al final salimos todos ganando, excepto quien me contrata. Ellas reciben el dinero del divorcio con un acuerdo bastante jugoso con tal de que no se divulguen los cuernos que muchas veces vienen acompañados de problemas en la cama, porque a tipos poderosos como ellos el orgullo les duele más que cualquier cosa en el mundo. Y al final de todo estoy yo, por supuesto, cobrando grandes honorarios por descubrir lo que nadie quiere que se descubra. Diez cuarenta y cinco, por fin veo el auto que cumple la descripción. Se detienen en el estacionamiento y saco mis prismáticos. Una pareja se baja de forma discreta, no hay duda, son ellos. La joven, ex reina de belleza, es la esposa de mi cliente; la acompaña un tipo musculoso vestido con una sudadera sencilla. La historia se repite, casi siempre es el “personal trainer”. Durante unos segundos ella se ve con miedo, sus lentes oscuros tienen el efecto contrario para el que estaban pensados, cualquiera que la ve de inmediato sabe que quiere ocultar algo. Vacila un poco, mira nerviosa para todos lados, pero un toqueteo espontáneo por parte de su amante la trae a la calma. Ya está confirmada la infidelidad, ahora debo hacer unas fotos y mostrarle la verdad incómoda al marido engañado. La pistola se siente fría en mi pecho, creo que la dejaré en casa para mi próximo trabajo.

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Se encienden las luces, al parecer perdieron el pudor en el momento en que entraron al departamento. No se molestan en cerrar las cortinas. Normal, están en un pueblo costero un día de semana en invierno, de seguro nadie los está observando, o eso creen. Se desnudan, no pierden el tiempo en preliminares, de seguro llevaban bastante tiempo esperando estar a solas. Justo aprovecharon el viaje fuera del país de mi cliente para poder estar juntos. No pierden el tiempo y de inmediato él la penetra en contra de la ventana. La imagen resulta sugerente y es la mejor oportunidad para sacar unas fotos. Con ellas el trabajo está terminado. Saco un cigarro y empiezo a disfrutar del espectáculo. A veces algún caso me ofrece este tipo de imágenes. No me quejo, algunas veces he sido yo quien se ha convertido en el patas negras, aunque en esos casos solo confirmo la infidelidad. Por fin acaban, duró más de lo pensado. Especulo que su marido debe ser impotente o precoz. También medito que ella será mucho más feliz después de separarse. Me acuerdo de cosas intrascendentes: mañana debo sacar la basura, después de eso haré con calma el informe. Si mal no recuerdo, a la esposa infiel me pareció verla de antes de ser reina de belleza. Ahora lo recuerdo, hace unos años bailaba en bikini en un programa juvenil de esos que no aportan mucho.


Once treinta, un vehículo se detiene, uso los binoculares y veo que alguien se baja. Esto ha dado un giro inesperado, el que se baja del auto no es otro más que el marido engañado. Analizo todos sus movimientos, pero es difícil analizar la inmovilidad cuando cuesta ver el rostro. ¿Qué estará haciendo aquí? Pasa varios minutos en la misma posición. Estoy intrigado, su viaje solo fue una fachada. De pronto vuelve al auto. La pareja en el segundo piso aún no se percata, están en la cocina comiendo algo mientras coquetean. Los matorrales sirven de escondite perfecto para el marido. Por fin vuelve a escena, algo tiene en sus manos. Es un arma. La mente y mi cuerpo funcionan a ritmos distintos e imágenes como un relámpago se superponen recordando mi entrenamiento, esto tiene mala pinta. Siento mi corazón golpeando mis costillas, debo actuar rápido para poder evitar un crimen, aprieto el mango de mi arma y siento ese frío que extrañaba desde hace tres años. El peso del arma en mi mano me genera una sensación de nostalgia. Bajo del auto y me muevo casi como un autómata. Debo apresurarme. Pese a todo no siento miedo. Nunca lo he tenido… PDI

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P e nsi ó n i n ter n ac i o n al Autor: José Antonio

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ermino de acomodar los muebles del departamento, después de todo, un policía soltero también debe mostrar algo de orden a sus invitados en casa. Ese día me reuniría con unos viejos amigos de la ESCIPOL, la entrañable escuela donde comenzó este trago largo de muertes y criminalística. En ese entonces éramos aún unos espinillentos adolescentes con una extraña curiosidad por los escabrosos casos policiales de películas gringas, con muertos por doquier, afroamericanos, balaceras y drogas; ahora, detectives experimentados en la investigación de simples y rutinarios homicidios. A veces la ficción de esas películas solía ser bastante más adrenalínica que la realidad del trabajo de un agente de Investigaciones. Pero en fin, desde ese tiempo, además de la pasión por la criminología nos unía el fútbol, cada vez que jugaba la Selección sagradamente veíamos los partidos en el también añejo bar de la esquina de calle Rufián con Sargento Pardo, nombre insigne para nuestros estudios, y que contaba con un rimbombante televisor de 32” pulgadas, una joyita para los bares de esos años. Ese día nos reuníamos nuevamente en torno al fútbol, pero ya 20 años después de ingresados a la escuela. Suena el citófono al mismo tiempo que mi celular, miro la pantalla e indicaba “Brigada”. Instintivamente contesto el teléfono. — ¡¿Comisario?! — ¿También viene a ver el partido de Chile a mi casa? Le respondo con algo de desagrado. — No precisamente. Homicidio en barrio puerto, un gringo y una prostituta, al parecer muertos desde la madrugada. Dirección calle Serrano 1375. Algunas patrullas ya están allá.


José Antonio Lepe Pinto (22), viñamarino, estudiante de Derecho, ganador del Concurso de Poesía Juvenil (2009 y 2011) y el VII Concurso Regional de Poesía (2010) de Valparaíso. Vegetariano, ciclista y ecologista.

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— Voy. Envíe gente del Laboratorio también.

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La junta evidentemente se suspendió; me apersono en el lugar en cosa de minutos. Escucho los gritos que anuncian las balizas azules rebotando en la lúgubre escena del crimen “¡Llegaron los ratis!”. El cuadro se complementa con la copiosa lluvia de junio, un pestilente olor a asado por el partido y ese típico aroma propio del barrio puerto, como entre fritanga y vino navegado al borde de la descomposición. Entro en el sitio del suceso, un tradicional cité porteño que da la bienvenida a los huéspedes con un apolillado cartel que dice “Lujosa Pensión Internacional”, y vaya que tenía harto de internacional. El primer piso, cuatro habitaciones; una desocupada, otra que servía de vivienda a una pareja de franceses pseudo hippies malolientes, la otra ocupada por un estudiante de Ingeniería, con harta cara de marihuanero, pero que se notaba buen cabro, me dijo que venía del sur y que su familia era pobre y por eso arrendaba ahí. Por cierto, fue el primero en balbucear algunos antecedentes voluntariamente antes de que yo incluso pensara lejanamente en quién entrevistar. Y la última habitación, un marino gringo muerto con dos puñaladas en el tórax, una chica inconsciente ya trasladada al hospital, aparentemente prostituta, muy joven por lo que señalaba el tumulto de gente ahí dentro. Y a un costado el pololo de la joven, aún con uniforme escolar y quien descubrió la escena. Escolar, pero con unos 21 años, repitente hasta más no poder, según señalaba él mismo para justificar la extraña escena. Demarcamos el lugar y nos encargamos de hacer circular un poco a la gente aglutinada ante el charco de sangre, los chicos del Laboratorio de Criminalística debían levantar los antecedentes del sitio del suceso –como se dice en jerga policial a lo que algunos llaman recabar pistas-, por lo que personalmente comencé a entrevistar de inmediato a quienes parecían tener algo que decir. Primero fueron los franceses, dicen que no entienden lo que pasó y que no conocen a nadie del lugar, apenas llevaban dos días en el puerto y después de esto piensan irse y jamás volver. En su rudimentario español me logran decir que no escucharon gritos ni nada, ya que aparentemente a la hora del crimen andaban de fiesta con otros hippies extranjeros. Sus ojeras los delatan y el evidente olor a alcohol y otras sustancias también. Se recogen sus declaraciones, a pesar de la nula información. Me dispongo a entrevistar al pololo de la joven, David se llama. En eso se escucha un fuerte estruendo por toda la ciudad y se logra oír un claro y airado: “¡Gol de Chile, mierda!”. La Selección se ponía en ventaja ante los uruguayos en los últimos minutos


y abrochaba el paso a las semifinales de la Copa; me habría encantado poder haber gritado también ese gol en mi departamento con amigos como planeaba; pero ahí estaba, mojado por la lluvia, en medio de un charco de sangre y en los vestigios de una habitación con olor a sexo y pavor por la misteriosa muerte. Al final me llaman del hospital diciendo que la joven está estable, despertó y tiene claros signos de haber sido violada. No estaba muerta. Se llama Andrea, tiene 18 años. En eso llega la dueña del cité, doña Gladys, como le decían, una octogenaria mujer de obesas dimensiones e hija de inmigrantes italianos que llegaron a Valparaíso en la década de los 40, de ahí el nombre de Pensión Internacional. Decido, obviamente, entrevistarme con ella de inmediato, dejando para el siguiente interrogatorio a David. Con mucha dificultad me hace entender que es sorda casi completamente, y que por tanto no escuchó nada de lo sucedido, a pesar de habitar en el segundo piso del inmueble. Señala que hace meses que conocía a Andrea, y que le parece una chica muy esforzada. Sabe que es de Santiago y que se vino a estudiar acá porque sus padres la

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abandonaron a los 15 años. Estudia en un instituto de dudosa calidad tres días a la semana, y el resto del tiempo lo balancea entre su trabajo de garzona y su pololo, al que también conoce hace meses. Todo lo que sabe de ella, me cuenta Gladys, es porque suelen cenar juntas, y no porque sea una vieja metida, según ella misma relata. Su pololo la viene a ver y se marcha a su casa a eso de las 8 de la tarde; él vive acá en la ciudad con su familia, por eso no duerme aquí –remarca la anciana mujer- . Le pregunto si conoce al gringo marino muerto. Me dice que no, y que por nada del mundo hospeda a marinos, porque suelen tener malas costumbres, son maleducados y siempre andan con alcohol y mujeres menores. Relata que le parece extraño todo esto, ya que el único hombre con que se ve Andrea es su pololo David y nadie más, y muy de vez en cuando trae a alguna amiga, pero nada más; por eso cree que quizá el gringo entró a robar y se encontró con ella, y en el forcejeo ella lo apuñaló.

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Termina señalando que Andrea es muy territorial, que siempre defiende lo suyo diciendo que todo le ha costado un montón, que para eso trabaja. Turno de David. Me señala que descubrió la escena hace dos horas en la visita de rutina a la pensión. Me señala que tiene llaves de la puerta de calle y de la habitación de Andrea, ya que la señora Gladys confía bastante en él. La dueña confirma esa información. Sigo el interrogatorio, me dice que no conoce al gringo. En eso se quiebra y dice que quizá es su amante, ya que hace un tiempo, cuando aún no eran pololos, la pilló con otro extranjero teniendo relaciones en el mismo lugar. Le extraña que esta vez también haya preservativos usados en el piso. Por supuesto, me confiesa, que no fue él quien los ocupó. Días después, me entrevisto con Andrea. Le pregunto sobre qué tan afectada está por la traumática situación y sorprendentemente se veía en muy buenas condiciones. Afirma que está bien, y que solo está algo triste, ya que David la pateó. Sonríe mientras me señala eso. Empezamos las preguntas y me cuenta todo inmediatamente, dice que sabe a lo que se expone. Declara que efectivamente estudia y trabaja de garzona algu-


nos días, y que necesita algo de dinero extra, ya que hace tres años no recibe ayuda de sus padres, a quienes tampoco ve desde entonces. Me confirma con una singular sonrisa que es prostituta de medio tiempo. David no lo sabía, solo lo sospechaba. Relata que aquella noche, como habitualmente lo hacía, ingresó a uno de los gringos que conocía durante el día en el restaurante. La señora Gladys me tiene buena, prosigue. Además, ella es casi sorda y se duerme temprano, por eso nunca ha escuchado ni visto a nadie en la madrugada. Ella es como una mamá, que me da amor, pero no dinero, afirma Andrea. — ¿Por qué lo apuñalaste? — El gringo hueón se quería ir sin pagar. Termina el interrogatorio. Yo sabía que había choros del puerto, ahora me queda claro que también hay choras del puerto. Por cierto, Chile ganó la Copa. PDI

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U

n vendaval de hojas se precipitó sobre el patio de la cárcel a pocas horas de que comenzara el otoño. Parapetado bajo la mezquina sombra de los liquidámbar, Faustino se enteró que su condena terminaría pronto. Algunos decretos misericordiosos de la legislatura le permitieron anticipar su salida un par de meses, y cuando ya no quedaban hojas en los árboles. Al cruzar la puerta por donde había entrado hacía 20 años en calidad de condenado, comenzó a sentir la extraña sensación de que la libertad ya no le era imprescindible. Había olvidado su olor y su indescifrable atractivo, a tal punto que la llegó a sentir como un riesgo. Ni siquiera el cielo era el mismo. Olía distinto, y los tonos azules parecían desvanecerse en el suave rubor del horizonte. Lamentaba haber perdido los mejores años de su vida por culpa de algo que nunca quiso cometer. Jamás debió fiarse de “Sabueso”. Nunca debió tentarse con el suculento botín que le había prometido una vez resuelto el asalto a la joyería “Roma”. Algo tenían a su favor: jamás habían matado a nadie y tenían claro que las armas solo las usarían para asustar a quienes se interpusieran en su camino. Incluso, en la víspera del atraco, “Sabueso” cogió las dos pistolas y vació las municiones enfrente de Faustino para que no hubiera dudas, pero por alguna razón quedó una maldita bala atascada en el tambor. Amparado en aquel subterfugio, Faustino no dudó en apuntar al policía para atormentarlo con la muerte mientras “Sabueso” cogía las joyas. Embriagado en sus bajos instintos, tal vez traicionado por su ansiedad, jaló el gatillo convencido de que nada saldría de allí. Pero se equivocó. Hubiese querido escuchar ese click que provoca el choque fallido de los artilugios del arma, casi el mismo “click” del manojo de llaves que debió escuchar cada noche durante 20 años, cada vez que los guardias cerraban las celdas de la prisión. Aquella maldita bala que había quedado encajada en el revólver atravesó el cráneo del policía como si fuera una manzana. Cuando “Sabueso” se dio


Luis Hernán Espinoza Olivares (52), profesor de Historia y Ciencias Sociales nacido en Yumbel. Esposo de María Teresa, padre de Sandra, Daniela y Fernando, abuelo de Bastían y Violeta. Investigador de la cultura local, sus últimas obras son: “La ruta del oro en la frontera del Biobío” y “Rere, antigua grandeza”.

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cuenta del estruendo, huyó despavorido dejando a Faustino como un imbécil junto al cadáver y junto al saco con las joyas que habían logrado sustraer. Dos semanas después, la PDI dio con el paradero de Faustino en medio de la oscuridad de un cité. En los interrogatorios les dijo que las joyas se las había llevado “Sabueso”, pero no pudo justificar la absurda muerte del policía que quiso frustrar el atraco.

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- Nunca supe que llevaba una bala – repitió en cada interrogatorio, pero ni los funcionarios de la PDI ni el juez le creyeron.

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Después de tres meses de juicio, sin más pruebas que el cadáver del policía y el abultado prontuario delictual que le precedía, el tribunal condenó a Faustino a 20 años y un día, un día que esperó pacientemente a la sombra de los muros de la prisión, escapando de los espejos y de los reflejos del agua que se formaban en el patio para no darse cuenta que envejecía. Sin embargo, cada noche debía soportar el “click” de los candados y de las llaves girando entre los cerrojos, emulando el “click” que siempre quiso escuchar cuando gatilló el arma en la cabeza del policía. A veces intentaba taparse los oídos para no escuchar, pero inevitablemente volvía a sentir el suave “click” de su viejo reloj avisándole que el tiempo se iba consumiendo al mismo ritmo que se consumía su libertad. Como era dable suponer, “Sabueso” logró escapar de la PDI y desapareció sin dejar rastro. Nunca intentó tomar contacto con Faustino ni saber el paradero de las joyas por temor a ser detenido. ¿Qué pasó con el botín? Faustino lo enterró esa misma noche del asalto en un sitio eriazo cercano al río, justo al lado de un joven sauce que crecía en medio del humedal. Allí excavó entre la tierra viscosa y hedionda, y al momento de acomodar las joyas volvió a escuchar el maldito “click” ocasionado por el refriegue de los metales apretujados en el saco. Jamás pensó que lo atraparían tan pronto y que iba a pagar con 20 años su deleznable aventura. Ahora que estaba en libertad y sin ni un centavo en los bolsillos, pensó que era la ocasión de recuperar aquel botín. A fin de cuentas, el precio de aquellas joyas jamás iba a compensar los años de prisión ni le iba a devolver la vida a aquel infortunado policía. Sin embargo, premunido aún de sus habilidades de ladrón, Faustino esperó algunos días escondido entre albergues y hotelillos de mala muerte antes de tomar la decisión de desenterrar aquel tesoro. Desde el mismo momento que cruzó las puertas de la cárcel comenzó a atormentarle el presentimiento de que alguien lo seguiría con el fin de desentrañar el destino de aquellas joyas. ¿La policía? ¿“Sabueso”? Quién sabe.


Por fin una de esas noches decidió ir en su búsqueda. Se vistió con algunos trapos y remedó las torpezas de un mendigo. Luego se fue a poner en vigilia bajo uno de los puentes que cruzaban el río, a solo dos cuadras del humedal. Iba premunido de una pala y un viejo gorro para el frío. Una vez que estuvo seguro de que nadie lo seguía se fue orillando por el lecho del río hasta llegar al viejo sauce. La larga espera había tumbado el árbol hasta ahogar sus trenzas sobre la corriente. Faustino se encaramó sobre el padrón y se ocultó entre el tupido follaje. Palpó la piel áspera del viejo sauce y luego avanzó dos pasos en la misma dirección de la corriente, justo donde debía estar el botín. Dio una última mirada a su alrededor para cerciorarse que nadie lo seguía. Luego tomó la pala y justo cuando se aprestaba a excavar, sintió el presentimiento de que no estaba solo. Un galopante escalofrío se le subió por las espaldas, dejándolo inmóvil. Oteó nuevamente a su alrededor, pero no pudo advertir nada. Sin embargo, sabía que alguien lo acechaba desde muy cerca. Ese presentimiento lo dejó aturdido en medio de la tenue niebla nocturna. Recogió la pala, retrocedió lentamente, con el fin de parapetarse tras el viejo tronco del sauce, y entonces se dio cuenta que una débil silueta se delineaba enfrente suyo, acercándose como un espectro. -¿“Sabueso”? – preguntó entre las penumbras mientras contenía su desesperación. La silueta se detuvo un instante sin perder su hálito intimidante. -“Sabueso” está muerto – contestó de inmediato aquella sombra con voz profunda. Faustino sintió escalofríos. Tal vez la policía le había tendido una trampa para dar con el botín. Aún aturdido y con voz trémula volvió a preguntar: -¿Seguro que no eres “Sabueso”? -Ya te dije que tu maldito socio está muerto –replicó amenazante aquella misteriosa sombra. Luego agregó con voz sarcástica:- Hubieras visto cómo me suplicaba para que no lo matara, pero no había razón para perdonarle la vida. Ahora es tu turno. -¿Y quién maldito eres entonces? –volvió a preguntar Faustino, mientras sentía que el sudor comenzaba a bañarle el cuerpo. -¿Acaso pensaste que salir de la cárcel te libraría de tus culpas? –insistió el tipo aún sumido en la oscuridad. -Soy el hijo del policía que asesinaste a sangre fría en la joyería “Roma”. Esperé 20 años este momento y no quiero desaprovecharlo.

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-¡Pero eso es imposible! -exclamó aún más confundido Faustino. -¿Imposible? –replicó el tipo desde las penumbras- Lo realmente imposible ha sido recuperar a mi padre después que tú lo mataste. -Te juro que jamás fue mi intención asesinarlo –se apuró en justificar Faustino-. Todo se trató de una equivocación. -Lo mismo dijo “Sabueso”, pero no fue suficiente para perdonarle la vida. -Te repito que fue un error –replicó con desesperación Faustino–. Solo queríamos intimidar a los policías, pero jamás fuimos unos asesinos. Si quieres puedes quedarte con el botín.

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-Ningún botín hará volver a mi padre.

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-Te imploro que me des tiempo para demostrarte que digo la verdad. -¿Tiempo? –inquirió irónicamente el tipo mientras salía de las penumbras y apuntaba a Faustino con su arma–. Han pasado 20 años y creo que para ti ha sido suficiente tiempo para pagar tus culpas. Quiero que te arrodilles y comiences a contar los últimos segundos de vida que te quedan. Faustino dejó la pala a un lado y se arrodilló lentamente a un costado del viejo tronco del sauce, justo donde había enterrado el botín. El hombre se aproximó lentamente y fue a poner el cañón de la pistola sobre su cabeza. Faustino pudo escuchar su aliento. El corazón le golpeaba las costillas como si tratara de huir de su cuerpo. Habría dado cualquier cosa por no estar en esa situación. De algún modo sentía que después de soportar 20 años de prisión su sentencia no estaba aún cumplida y ahora debía enfrentar la muerte. ¿ Acaso eso era injusto? ¿Acaso no bastaron 20 años de angustia? Tal vez no. En esa instancia de íntima angustia comprendió que lo realmente injusto fue haber condenado al hijo del policía a quedar huérfano por el resto de su vida. Por primera vez veía de una manera distinta aquel asesinato. Era la vereda opuesta, el sufrimiento del otro, la empatía por el dolor de alguien que nunca conoció y que ahora, a su lado, amenazándolo con aquella arma sobre la cabeza, intentaba cobrar venganza. Faustino se sintió como nunca antes culpable de sus fechorías y, entregado a las circunstancias, al destino, a la inevitable necesidad de pagar las cuentas pendientes para por fin vivir con su


conciencia tranquila, la muerte le pareció justa. Preso de su arrepentimiento y de sus culpas, al igual que un condenado a la pena capital, quiso pedir su último deseo. -¿Podrías perdonarme? -¿Perdonarte? -repitió el hombre apretando el cañón del arma sobre la nuca de Faustino. ¿Perdonarte por haber asesinado a mi padre? ¡¡Eso jamás!! Faustino cerró los ojos y se entregó inevitablemente a su fatal destino. Sabía que no merecía ser perdonado. Solo cabía la resignación a la espera del susurro de la muerte. Entonces sintió por última vez el peso de la pistola preparándose para destrozarle los sesos y luego vino el estruendo de un profundo click que, como un eco, quedó encajado en su conciencia para el resto de su vida. PDI

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El silencio de los enanos Autor: Arturo Navia Cousiño

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e aburría tener que perder mis sábados en la parroquia del colegio. Mi mamá estaba ansiosa porque llegara diciembre para verme haciendo la Confirmación, tanto así que desde el año pasado andaba diciendo que me iba a hacer una once, que vendrían mis tías y mis primos de Viña, pero para mí eso era como celebrar un cumpleaños el día después de que te habían castigado.

Encontraba injusto que mis amigos de la villa se fueran a jugar a la cancha y yo me tuviera que perder esas tardes de sábado yendo a catecismo. Admito que el jardín era entretenido, pero ya no estaba en edad para jugar a los autitos en el pasto. “Eh, sí, tú…, enano, ven”, era la manera en que nos llamaba el Padre Antonio para la confesión. Siempre me daba dulces. Una vez me regaló una estampita de la Laurita Vicuña, para que me fuera bien en el colegio. Era amable y chistoso. Siempre nos llamaba de a uno y mis compañeros iban saliendo rápido, pero conmigo se demoraba más. Que me quería mucho me decía, y que Dios también, por eso me perdonaba todo. Mis penitencias eran abrazarlo mientras él respiraba y suspiraba sobre mí. Decía él que yo era tan blanquito como el niño de su pesebre, el cual no me podía mostrar hasta antes de que llegara diciembre, y cuando lo quedaba mirando, él me decía que cerrara mis ojos y orara, luego me santiguaba en la frente con su cálido dedo, con agua bendita y un poquito de aceite de oliva. Me daba un beso, un golpe en el “popín” y eso significaba que tenía que salir del confesionario. Con el tiempo comencé a participar con más ganas en la comunidad parroquial. Me decían “el monaguillo”, porque siempre andaba ayudando al Padre Antonio, y él, riendo, decía que tenía discípulos, igual que Jesús. Éramos puros cabros de mi edad o un poco mayores. De ellos el más fiel era el Giorgio Milesi, que estaba por salir de cuarto medio y pensaba entrar a la orden, con la recomendación del Padre y todo; era uno de los mejores, amable y atento con todos y le tenían mucho cariño. Me hacían ayudarle


Pedro Sebastián Araya Navia (25), nació en Viña del Mar, estudiante de Pedagogía en Inglés, garzón y barman. Disfruta de cuidar a su gato y de la música.

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en los quehaceres de la parroquia, y yo era feliz a su lado, porque quería ser como él, o al menos parecer un buen sucesor. Siempre veía cómo saludaba cariñosamente a las demás personas, pero en especial al Hermano Bernardo, el que había sido seminarista retirado, que tocaba el órgano y dirigía el coro.

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Pero un día los vi discutiendo y eso fue raro. Giorgio intentaba quitarle algo al Hermano, quien decía que “solo son fotos de cuando los cabros hicieron el EJE, nada más”. Forcejearon hasta que vi caer una cámara al suelo y resonó en toda la parroquia. Yo seguí prendiendo velas, pero en mi mente pensaba que era raro, porque no se pueden tomar fotos dentro de la ceremonia del EJE.

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Llegó diciembre y con ello mi Confirmación. Mi mamá estaba feliz y quería que todo saliera perfecto, porque había escogido a Giorgio como mi padrino, a pesar de que ella quería que eligiera a la tía Berta. Todo salió muy bonito y fue mucha gente. Giorgio y yo nos veíamos radiantes y el Padre Antonio nos miraba con orgullo desde el altar mientras el obispo nos confirmaba. “El Padre Antonio tiene hartos planes para ti, cabrito. Ya vas a ver, porque si a mí me marcó, también te puede marcar a ti”. Me dijo al oído una vez confirmado, cuando volvíamos a nuestros asientos. Pensé lo mejor. Pasaron unas semanas y me ofrecieron asistir a la Misa del Gallo, con vigilia y todo. Yo estaba inseguro, porque me perdería la cena de Navidad con mi mamá y de seguro que me tendría que esperar hasta la mañana para abrir los regalos, pero el Padre Antonio me lo pidió con tanto anhelo que no me pude resistir, total no iba a ser tan malo y algunos cabros iban a estar allí, como Giorgio, al igual que estos últimos años. Entonces mi mamá se fue donde mi tía Berta a pasar la Nochebuena y quedamos de vernos a la mañana siguiente. Cuando llegué a la parroquia había muy pocas personas, solo señoras viudas y unos pocos chiquillos del coro, entonces la misa fue bien corta y nos fuimos después con el Padre a las salas, porque nos tenía una cena como era tradición. Había mucha comida para cuatro personas, porque solo nos quedamos el Padre, Giorgio, el gitano Melalo (el niño que llegó del hospicio) y yo. El cura tomó vino y le dio permiso solo a Giorgio para tomar, porque era el más grande, y con el gitano Melalo, que teníamos la misma edad, nos quedamos tomando jugo de piña. Cuando el gitano se fue al baño porque había comido mucho, el Padre me dijo que lo ayudáramos en una búsqueda, porque se


le había olvidado poner el niño en el pesebre. Entramos a un cuarto oscuro donde había muchas cajas, una cama vieja y un estante lleno de estatuas de santos y botellitas, entonces el Padre Antonio y Giorgio se dieron un abrazo como esos que se dan en el Año Nuevo, luego se acercaron a mí y creo que se cortó la luz, porque no recuerdo muy bien qué pasó, pero sí recuerdo que ese fue el día en que el Padre Antonio me mostró el niño del pesebre. Las vacaciones de verano pasaron súper rápido y el nuevo año escolar iba a comenzar, pero esta vez en otra ciudad. Ese año me cambiaron de colegio y me hice altiro amigo de Bruno, un niño de mi curso que siempre andaba participando en pastoral y ayudando en la parroquia. Me recomendó muchas de las actividades que hacían y me llamó la atención, entonces nos metimos al EJE al tiempo después.

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Recuerdo que nos hicieron ir a la parroquia súper temprano, porque había una vigilia y luego de ello teníamos actividades. Ese mismo día había muchos hombres jóvenes para vivir el EJE, dentro de ellos estaba Jaime, el único universitario del grupo que no había alcanzado a vivir EJE en su tiempo. El cura, que se llamaba Antonio, nos hizo jurar ante Dios nunca revelar lo que sucedía allí dentro, y que Dios me perdone, pero al menos ciertos detalles tendré que revelar. Ya no basta con decir “tienes que vivirlo”. Todos vestíamos sotana blanca y bajo ella nuestros calzoncillos y calcetines. Nos metieron dentro de la sala luego de actividades bien bonitas. Lloramos, rezamos, reímos y todo lo que el cura nos decía creímos. Entonces en un momento pusieron una música tan relajante que tranquilizaba mucho, y nos hicieron ponernos en fila para tomar


la hostia, era muy rara esa hostia, porque sentía como que me adormecía. Luego de ello nos dijeron que cerráramos los ojos y que nos pusiéramos de espaldas al suelo para que contempláramos lo que nuestra fe nos decía y todo nos daba vueltas, veía como un flash y todo volvía a ser oscuro, mientras sentía cómo acariciaban toda mi piel. En una oportunidad vi cómo el cura besaba a Bruno, pero lo creía imposible y volví a cerrar los ojos; luego vi que un joven me secaba el rostro con un pañuelo. Parecía que alguien había estornudado encima de mí; me dolía todo el cuerpo y la vista me pesaba, pero era porque el poder de Dios había pasado sobre nosotros. O eso era lo que me habían hecho entender. Días después, a las 10 de la mañana, Bruno y Lucas son sacados de la sala de clases en el colegio junto con otros menores de otros cursos. Los llevaron a la oficina del Padre Antonio, que era el director del establecimiento, donde estaba también el niño gitano y Jaime, quien procedió a entrevistarlos. Luego de que cada menor relatara sus experiencias con el cura, Jaime les dijo que era un detective de la Policía de Investigaciones y que tenía que resolver un caso misterioso ocurrido dentro de la parroquia del colegio. Los niños sorprendidos no sabían qué pensar de su líder espiritual. El gitano Melalo había robado la cámara del Hermano Bernardo al término de una misa y una monja del hospicio se la quitó. Luego de que la monja viera las fotos y quedara horrorizada, la cámara fue entregada a la Brigada de Delitos Sexuales de la PDI y Jaime se había infiltrado en la ceremonia del EJE para ver el modo en que el Padre Antonio, Giorgio y el Hermano Bernardo cometían crímenes sobre aquellos niños, los cuales fueron detenidos por sus delitos, exceptuando al cura, quien se sometió a un juicio proveniente de la Santa Sede. Jaime prestó sus servicios como psicólogo para ayudar a las víctimas del caso y a sus familias, pero los niños guardaron silencio y nunca revelaron lo que había sucedido con nadie que no fuera Jaime, pues todos dentro de aquel salón habían jurado ante Dios nunca decir qué sucedió allí dentro, más se remitían a decir: “Tienes que vivirlo”. PDI

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Presunto Mandala Autor: Andrea Labra

“Lo que se hace por amor acontece siempre más allá del bien y del mal”

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–Friedrich Nietzsche–

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a última vez fue en la plaza. El crepúsculo borraba el óxido de resbalines y columpios con su luz tranquila; las sombras crecían parsimoniosamente sobre el pasto amarillo al son de zorzales y gorriones que entonaban dulces himnos; pequeñas risas se dejaban oír en la rotonda, cual si fueran juguetonas brisas del viento, trajinando hojas, en las ramas del ocaso: tal como en los cuentos de hadas. Sin embargo, la última vez fue en Santiago de Chile, ciudad en cuyas plazas no se admiten hadas. Cuando se sentó en la banca, el ocaso continuaba sembrando sombras en las espaldas circulares de la glorieta. Luego, una vez cesado el canto de los zorzales, sacó de su cartera un teléfono y fijó sus ojos en la pantalla luminosa. Así se quedó, con la mirada anquilosada al aparato, moviendo los dedos sobre la luz de la pantalla, sin parpadear, hasta que los gorriones callaron. Cuando levantó los ojos ya no quedaba ocaso, ni sombras brotando del pasto, tampoco el eco, siquiera, de aquellas inocentes risitas; solo se quedó el viento de las noches sin luna, meciendo hojas oscuras sobre su cabeza. Esa misma noche sus labios pronunciaron por primera vez dos palabras que jamás imaginó pudiesen estar juntas: presunta–desgracia. Del otro lado –y pese al poco tiempo que llevaba en la Brigada de Ubicación de Personas– el detective R*** oía por milésima vez en el año aquella combinación de sílabas, y no podía dejar de encontrarla idiota, pues –a su juicio– la


Jorge Marco Gambino Caro (30), nació en Santiago, es abstemio y ejerce el oficio de la literatura, pues según él, lo exime de la realidad y de todas sus responsabilidades. En este camino van más fracasos que éxitos, pero continuará escribiendo.

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desgracia es tener que elevar una denuncia por presunta desgracia y encima: esperar, esperar, esperar...

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La voz siempre se les triza justo en medio de la palabra desgracia; y entonces viene el vaso de agua, los pañuelos, el té o el café, incluso hasta cigarros –si es que el sagaz detective nota dientes, pelos o dedos amarillos–. Por supuesto que todas estas atenciones no están estipuladas en ningún protocolo institucional, y tampoco son reflejo de la amabilidad del detective R***. No. Triquiñuelas, sí. Lo que el policía busca no es consolar, menos hacer amigos, sino más bien, reducir la ansiedad; promover la tranquilidad en pos de obtener un testimonio más claro, y ojalá vislumbrar, al menos, un borde del rompecabezas.

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El imperativo “cálmese” no tiene ningún efecto en las oficinas de la BRIUP; en su lugar, el detective R*** encendía un cigarro, de ser el caso ofrecía fuego, y luego, fruncía el entrecejo de tal manera que las arrugas de la frente otorgaran más peso a su mirada: ¿Cuándo fue la última vez que usted vio, habló o supo del ser? La palabra ser funcionaba de maravilla. Al principio desconcertaba, pero luego de un silencio, todas las preguntas del detective eran respondidas. Aceptó el encendedor y –tras la mirada que espetó el ceño engurruñado del detective– vació el humo de la primera calada en un suspiro. Le contó que atardecía; que la tuvo hace cinco años; que cantaban los gorriones y los zorzales; que se hizo de noche; que sus iniciales eran S.O.F.I. y que fue vista por última vez en la plaza. El ceño del detective se desenredó en cuanto terminó de escuchar el relato. No hubo más preguntas. No se vislumbraron los bordes del rompecabezas; mas, en el fondo de la mente o en la superficie de su libreta, el detective R*** se encontró con la difusa silueta de una diminuta pieza. Cuando los policías de la BH llegan a la BRIUP, lo primero que hacen es preguntar por el “Jefe”. Habían sido compañeros del detective R*** durante siete años, hasta que éste pidió su traslado a la BRIUP. Los BH le seguían llamando Jefe, y R*** seguía actuando como tal. En cuanto le avisaban que venían sus socios de la BH, echaba a un lado los expedientes, derramaba un poco de café sobre su camisa, se desabrochaba el primer botón, jaloneaba el cuello de la corbata y se revolvía rápidamente los cabellos; luego tomaba asiento y sacaba del primer cajón de su escritorio un ejemplar de “Más allá del bien y del mal”. Los BH tocaban la puerta del despacho y entraban tímidamente. La imagen de aquel hombre de mal aspecto, absorto en la lectura, detrás de un escritorio prácticamente desolado, hacía que sus ex compañeros de brigada admiraran aún más al brillante policía. Tener un talento no es suficiente; hay que tener también permiso vuestro para tenerlo, ¿no es así, amigos míos?


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Decía el detective R*** antes de cerrar el libro. Esta vez, sin embargo, los BH se encontraron al mismo hombre, en apariencia trasnochado, pero acostado sobre el escritorio, cubriéndose el rostro con la portada de un diario. “LA PITONISA DEL 21 ILUMINÓ A LA BRIGADA DE HOMICIDIOS DE LA PDI EN MACABRO CASO”

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Adivinadora indicó lugar exacto donde se halló el cuerpo sin vida de una menor Familiares de la víctima llevaban más de siete meses buscándola El cadáver habría sido encontrado sin córneas ni riñones

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No existía explicación alguna que valiera la pena; los BH lo sabían, entonces, uno de ellos comenzó a leer nerviosamente una carpeta rotulada bajo el acrónimo “S.O.F.I.”. En medio del reporte, el extravagante detective R*** mandó a volar el diario, encendió un cigarrillo, desenfundó la Punto y Coma (así llamaba a su arma de servicio), y apuntando a sus colegas les dijo: niños, el caso es mío; tengo las orillas de una pequeña pieza rebotándome las circunvalaciones de un rompecabezas sin bordes. Los BH esbozaron risas de complicidad, entonces el detective R*** bajó el arma y anotó en su libreta las instrucciones para cada uno de ellos. Luego las repartió y ordenó que por ningún motivo permitieran que el cadáver de la niña se moviera, hasta que él llegara al SML. LA PITONISA DEL 21 Parasicóloga–Chamán–Mentalista–Machi–Médium LECTURAS DE IRIS, MANOS, TAROT Y ORINA Soluciona: Desamores, Cesantía, Enfermedades, Impotencia, Frigidez, Mal de Ojo. Artículos Esotéricos: Velas Rituales, Sal Cósmica, Talco Magnético, Talismanes y mucho más. La luminosidad del letrero realzaba la modesta fachada de una casa emplazada en la esquina de un estrecho pasaje a la altura del paradero 21 de la Gran Avenida. Después de haber tocado dos veces la puerta, la hechicera se deja ver ante el consultante, y antes de que éste pueda decir algo, la pitonisa le besa la frente y lo santigua. Una vez dentro de la morada del oráculo de La Cisterna, el consultante es azotado por el denso humo que vomitan los incensarios en todos los rincones de la casa. La pitonisa toma la mano del consultante y lo guía a través de la niebla, invitándolo cordialmente a tomar asiento frente a una mesita de madera cuya superficie brilla alrededor de una esfera transparente. Mientras


el consultante toma asiento en el cojín en forma de Ying, la adivinadora ocupa su lugar en el cojín del Yang; cruza las piernas, se venda los ojos y posa sus manos en la esfera: cuéntame tus desgracias, dice la bruja. El consultante saca de su abrigo una libreta, y mientras la hojea, su boca se mueve en torno a la historia de un hombre que fue abandonado por la mujer de sus sueños, y que sus hijos eran deformes porque su amada era, a la vez, su prima, y repetía que los abandonó a todos, que se fue con el mejor amigo, y un manoseado etcétera. En tanto, las manos de la pitonisa acarician el cristal de la esfera, asintiendo cada vez que el consultante hace una pausa. De pronto, una pausa se prolonga más de lo debido; la pitonisa le dice que se tome su tiempo, que es importante llorar y otras cosas que el consultante ya no escucha, pues hay tres apuntes en su libreta, que se reflejan claramente en la cristalina esfera: *hiede a incienso *su voz no se quebró en la mitad de la palabra desgracia *mujer despreocupada: perdió de vista a su hija por enviarle un mensaje a una amiga. Para cuando la pitonisa preguntó si estaba todo bien, el consultante ya había sacado el arma de su abrigo: No. Pero podría estar mucho mejor si me responde una sola pregunta, dijo. Los labios de la profetisa se extendieron con tanta amabilidad que ni siquiera le fue necesario decir adelante. Dígame, señora, ¿a cuánto vendió las córneas de la niña? Dijo la voz del consultante. El velo cayó llevándose consigo los colores del rostro de la adivina, que miraba atónita el ojo de la Punto y Coma en la diestra del intrépido detective R***, y la siniestra tendiéndole un teléfono que marcaba el número de la madre de S.O.F.I. Ponga el altavoz –ordenó R***– y cuando conteste diga te amo. –Aló… ¡Ay que eres tonta, yo también te amo! Oye, ya compré los pasajes... Aló, ¿estás ahí?–. PDI

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Sin rastro

SITIO DEL SUCESO III *

Cuando las letras son la evidencia

Autor: Her Blume

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tro día más. Eran las siete de la mañana y ya podía imaginarse cómo sería el resto de la jornada. Mientras se lavaba los dientes, repasó su rutina. En unos minutos más bajaría a la cocina, su madre la saludaría con un “buenos días” y, sin esperar respuesta, como cada día, le preguntaría qué quería para desayunar. Y ella, como cada día, le diría que “nada, estoy apurada”.

Caminaría hacia el paradero, tomaría la micro que pasaba a las siete y cuarto, vería a las mismas personas de siempre. Clases, hoy le tocaba Matemáticas. A pesar que muchos de sus compañeros odiaban este ramo, a ella le gustaba. Los números le parecían mucho más fáciles de entender que las palabras. Saldría a la una de la tarde del colegio, almorzaría en “La Esquina de la Rosa” -el menú de colación- y caminaría hacia su trabajo. Técnicamente no era su trabajo, sino su práctica, pero a ella le gustaba decirle así, la hacía sentirse más grande e independiente. Al principio, se sintió nerviosa por tener que realizar una práctica en una empresa de verdad, haciendo cosas de verdad y ya no en una sala con el tío Óscar. El tío Óscar… Su nombre le provocaba un leve cosquilleo. No solo era su profesor de Matemáticas, también el de la especialización de Contabilidad. Muchas veces pensaba que él era una de las grandes razones por las que se había sentido atraída a estos ramos. Si bien siempre había tenido habilidad para los números, muchos comentaban que la clase del tío Óscar era la más complicada y exigente. A ella no le importó. Se dio cuenta, al mirar hacia el espejo, que se había ruborizado. Recordó que a la salida de la práctica no podría venirse a la casa, tenía que hacer primero ese maldito trabajo de Ciencias donde la Caro, que vivía a unas cuatro cuadras de la suya. “Qué lata”, pen-


Daniella Ángela Girardi Silva (29), rancagüina, periodista. Ama los gatos, le gusta leer, en especial novelas policiales, ver películas y escuchar música.

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só. Se enjuagó y se peinó el pelo con los dedos. Quizás Óscar le dedicara una sonrisa especial hoy, total, no era tan fea.

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Bajó las escaleras hacia la cocina. Su madre estaba tostando pan. - Buenos días, hija, ¿qué vas a desayunar?- dijo. - Nada, mamá, estoy apurada. Chao – respondió y la besó en la mejilla. Estaba a punto de salir por la puerta cuando le preguntó si iba a llegar temprano. Suspiró, acostumbrada a su preocupación, y le recordó que iría donde la Caro. Salió lentamente de la casa, pero de todas formas alcanzó a oír el grito de su mamá: “¡Llámame cualquier cosa!”.

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Eran las seis y cuarto. Marta miró la hora y pensó que el día se le había pasado volando. A pesar de que no trabajaba, el quehacer de la casa la mantenía siempre ocupada. Sabía que su marido se sacaba la mugre en la mina y se lo agradecía. Pero ella también se sacrificaba día a día por su familia y nadie lo reconocía oficialmente. Lo hacía feliz, sí, todo con tal de que su hija se concentrara en sus estudios y fuera algún día una profesional. No como ella, no quería que su hija fuera una dueña de casa. Por eso se sentía tan orgullosa de que estuviera realizando una práctica, era casi como un trabajo de verdad. Ya podía imaginarse un futuro brillante para ella, su única hija. Entró a la casa con un canasto de ropa seca, miró las camisas y pensó con desgano que tendría que plancharlas. Tomó el celular que manejaba en la mesa para ver la hora y vio que tenía una llamada perdida de su hija. “A lo mejor se le quedó algo”, pensó. Pulsó su teléfono para llamarla; el tono de marcado sonó una vez, dos veces, tres veces... - ¿Aló? - preguntó al oír ruido. - ¡Ayúdame, mamá! La sangré se le heló. No sabía si había escuchado bien, había mucha interferencia. Tragó saliva y gritó con el corazón en la boca: - ¡Hija, hija! ¿Qué pasa? ¿Dónde estás? - Y entonces ya no escuchó nada. Volvió a marcar, pero en vez de su hija, una voz grabada anunció: “Nuestro cliente tiene su teléfono celular apagado o se encuentra fuera del área de servicio...”. Siguió llamando, pero nada. Sus manos le temblaban tanto que casi soltó el celular. Se acordó de la Caro y buscó su número. La espera se le hizo eterna. De pronto, una voz familiar contestó:


- ¿Aló? - ¿Aló, Caro? Habla la tía Marta, la mamá de la Javiera. - Hola tía, ¿cómo está? -¿Llegó la Javi a tu casa? ¿Has hablado con ella? - preguntó aceleradamente. Caro parecía confundida, pero respondió que no a ambas preguntas. Dijo que quedaron de juntarse a las seis y media y aún la estaba esperando. Marta preguntó si le había dicho algo, si es que se iba a juntar con alguien más o si iba a pasar a otro lugar antes. Caro dijo que no y le preguntó qué pasaba, Marta colgó. Las lágrimas se le caían frenéticamente. Salió a la calle a buscar a su hija, aunque no sabía por dónde empezar. Ya eran más de las siete de la tarde, o al menos así le parecía. Le dolía la cabeza donde había recibido un golpe y su respiración era tan intensa que la lastimaba. Tenía los ojos

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vendados y sentía el tibio sabor de la sangre en la boca. Lo último que recordaba era que mientras caminaba hacia la casa de la Caro, alguien la llamó por su nombre: era el tío Óscar. Sonrió al verlo. Él se le acercó y le susurró unas palabras. Le tomó la mano sin quitarle los ojos de encima. Quiso decirle que tenía que hacer un trabajo, que su amiga la estaba esperando, pero no fue capaz.

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Cuando las letras son la evidencia

Caminaron un rato, la calle estaba desierta. Se alegró de vivir en un pueblo tan tranquilo, no quería que la vieran caminando así con su profesor. Se alejaron y llegaron a un sitio que llevaba muchos años abandonado. El tío Óscar... Óscar le tomó la cara y besó sus labios, sintió un calor en todo su cuerpo, sus lenguas se juntaron y sus manos comenzaron a recorrer su cuerpo. Le levantó la falda y trató de tocarla por debajo del calzón. Ella saltó, el corazón le latía a mil por hora. Por alguna razón se asustó y le dijo que se tenía que ir. La cara de Óscar cambió y ya no parecía tan amable.

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Forcejearon, ella corrió y marcó el número de su mamá. No le contestó. Él la persiguió, la alcanzó y la golpeó. Su celular sonó y logró contestar, escuchó una voz y gritó: “¡Ayúdame, mamá!”. Él le quitó el teléfono y lo apagó, le volvió a pegar y ya no supo más. Cuando despertó no sabía dónde estaba, tragó y la sangre le dejó un sabor desagradable en la boca. Quiso levantarse y correr, pero su cuerpo no respondía. Empezó a llorar de impotencia. Se acordó de cómo había comenzado el día y cómo había planeado todo lo que iba a hacer. Ese momento en el baño le parecía ya tan lejano. Pensó en su mamá y en su papá, y sin saber muy bien por qué, supo que no los iba a ver más. “Los amo”, balbuceó. Sabía cómo había empezado su día y ahora no estaba segura de cómo iba a terminar. Habían pasado tres días desde que su hija desapareció. Marta sentía que había envejecido más que en 30 años. A su esposo le habían dado permiso en el trabajo y había vuelto a casa. Le daba igual, solo podía pensar en su hija, en su llamada pidiendo auxilio, no entendía cómo una persona podía esfumarse así como así y nadie ver nada. Tocaron la puerta y su esposo fue a abrir. Sintió el murmullo de las voces que se acercaban hacia el living. Vio a su marido y a un hombre que le era vagamente familiar. Se presentó como Óscar Aranda, profesor de Javiera. - Vengo en representación de su curso, todos están muy consternados por lo ocurrido y querían entregar su apoyo a la familia – dijo. Su esposo murmuró “gracias”. Ella no supo qué decir.


-Debe ser un momento muy complicado. Javiera era una joven tan inteligente y llena de vida. -expresó el profesor y puso una mano sobre el hombro de Marta. -¿Era? -preguntó Marta con la cara desfigurada. Se paró enojada y dispuesta a echar a ese hombre de la casa, sin embargo, un golpe en la puerta la detuvo. Su marido fue nuevamente a abrir y regresó junto al detective Oyarzún. A Marta se le iluminaron los ojos por un segundo, pero al notar la expresión del detective, se le apagaron rápidamente. -Aún nada- dijo Oyarzún. Iba a continuar hablando, pero se percató que había alguien más. -Yo ya me voy-, aclaró rápidamente el profesor y agregó: -Recuerden mis palabras, por favor -. Óscar miró a los padres de Javiera con una sonrisa, pero éstos no se la devolvieron. Se despidió del detective con un movimiento de cabeza y salió de la casa. Afuera sonrió nuevamente, pero esta vez aliviado. Menos mal que nadie había captado la sutileza. PDI

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El Sacrificio Autor: Raidal J. Quino

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l camino fue silencioso. En medio de la oscuridad no se oía más que el suave ronroneo del motor quebrando el mutismo de la noche, y en la inmensidad del vacío que nos rodeaba no se vislumbraba nada más que aquellos destellos azul eléctrico que siempre nos preceden en el deber.

Mis manos sudaban al volante. Mi rostro, creo, estaba crispado, perturbado, y llevaba los ojos pegados en el silente y sinuoso camino, igual a los de un lunático que mira al vacío como poseído por una obsesión insana y enfermiza. Había pasado algún tiempo desde que comenzamos la investigación. Claro que al principio fue una denuncia por la desaparición del recién nacido. Y ahora, bueno, ahora era la investigación de un homicidio. O al menos eso nos decían los indicios que teníamos del caso. Cuando llegamos inspiré con afán el frescor nocturno. Las manos aún estaban agarrotadas, y el pecho me subía y bajaba, como si hubiese sido yo mismo el que corrió en aquella sombra. En cambio, la camioneta parecía incólume e indiferente, alumbrándonos las facciones del rostro mientras bajábamos uno a uno, ensombreciendo los perfiles y dándonos un aspecto casi fantasmagórico. Me estiré un poco. Inhalando otro poco del aire que circulaba ocioso por el fundo. Era bueno para mí cambiar ese olor a cigarrillo pegado a mi chaqueta por aquella refrescante brisa que daba una tregua a mis cansados pulmones y que apaciguaba un poco mis pensamientos, alejándolos del deber que a esa hora nos llevó a la parcela. Sin embargo, aquel fugaz instante de calma no duraría más que eso, que aquella efímera inspiración, y pronto la exhalación ya no sería más que un simple acto reflejo en medio del deber. Sacamos las linternas. Era una noche oscura, como boca de lobo, como se acostumbra decir en los libros. De aquel fino manto de estrellas habitual en las zonas rurales no se veía más que una estela de nubes, como si la inmensidad del firmamento que se cernía sobre noso-


Patricio Fernando Contreras Pastén (25), de Arica, cartero y egresado de Derecho. Casado con Issa, padre de Lucas y Madeleine. Este escritor ocasional disfruta de la literatura clásica, las películas, videojuegos y cómics.

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tros hubiese apartado su mirada adrede, indignado de mirar aquel lugar. Era una oscuridad incómoda, pero de alguna manera se sentía correcta, apropiada. No quería más luces que las nuestras examinando el lugar, y mis adiestrados ojos que tomaban nota de todo cuanto podía percibir ya se habían acostumbrado hacía mucho rato a la falta de luz. Recorrimos el lugar y debo confesar que una especie de intranquilidad se apoderó de nosotros, por no decir miedo, como niños que a escondidas de sus padres vieron una película de terror y ahora no pueden cerrar los ojos sin ver figuras horribles y fantásticas acosándolos. Los árboles susurraban, los oídos me zumbaban, y las piedras crujían bajo nuestros pasos, que por momentos se hacían cada vez más lentos, sopesando el silencio a nuestro alrededor y su significado.

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Tal vez solo era yo. Aunque me parece improbable. Después de todo, 20 años de servicio no pasan en vano. La experiencia es el temple, el crisol que remueve la escoria y pule al detective, adiestrando sus sentidos y completando sus conocimientos, impulsándolo siempre hacia el deber. Y mis colegas, mi familia y yo, nunca cejaríamos.

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Avanzamos un poco más y entonces todas las linternas apuntaron a una extraña estructura erguida en medio del campo. Tenía forma de iglú artesanal, cubierto de unos trapos de cuero hechos jirones, que se mecían al compás arbitrario que dictaba el viento. Quede estupefacto frente a eso, casi esperando que de dentro surgiera una sombra que me tragara a mí y a toda la Brigada. Pero solo soplaba más el viento. Lo rodeamos y nos separamos. Con mucho cuidado comenzamos a indagar en el área, pues nos parecía que era el lugar, y había muchos puntos interesantes que podían ofrecernos pistas o indicios. En lo personal, me aproximé más a ese toldo de madera y cuero. Siempre con la ayuda de la linterna pude notar que en medio había un agujero excavado, que aparentemente había sido la cuna de una hoguera. A su alrededor habían colocado piedras a modo de linderos para el fuego, y no muy lejos yacía una tabla, de un diámetro similar al que tenía el agujero y que presentaba marcas de quemaduras. Estuve de pie unos segundos contemplando la escena. Siempre inmóvil, pero con la mente y las ideas fluyendo. Recordando todos los indicios que teníamos del caso y que, sinceramente, no hacían presagiar nada bueno; sintiendo un peso que ahogaba mi pecho y me hacía respirar más apurado, más desesperado. En la BIPE estamos acostumbrados, por así decirlo, a contemplar a los ojos la maldad humana y todo su potencial destructivo. Desafiamos las sombras que habitan los escondrijos de la deca-


dencia, el odio y la locura. Somos profesionales de la investigación, y aún así… en ese momento quería dejar de pensar; que mis ideas fueran erróneas; que los indicios que nos llevaron en ese momento a ese apartado lugar de Quilpué no fueran más que una mala broma. Pero haberlo hecho habría sido lo mismo que callarse, que consentir en un crimen silenciado. Yo sentía el peso de la verdad casi revelada agobiándome. Aunque de todas maneras había que recolectar evidencia. Sin mucho esfuerzo, a pesar de la ominosa noche, pudimos encontrar indicios de la presencia de al menos una docena de personas, y el uso (excesivo, por decir lo menos) de ayahuasca, esparcida por todas partes, pero siempre en derredor de la estructura. En ese momento me obligué a mí mismo a abandonar las hipótesis y abrazar la práctica. Entonces, junto a Gutiérrez indagamos en la hoguera. Quitamos las piedras ennegrecidas y escarbamos la tierra en silencio. Mis manos peritas se movían con soltura, a pesar del frío. Sin embargo, tenían miedo. Mis ojos eran como un escáner que revisa cada rincón posible. No obstante, temblaban. Hasta que uno de mis dedos, casi por inercia, pero no por casualidad, dio con un objeto extraño, calcinado, pequeño, tierno, inocente. Y me detuve al instante. Abatido, examiné cuidadosamente el objeto, y ya no me quedaron dudas. Todos los rumores eran ciertos. La evidencia que hallamos en el sitio era abrumadora y lapidaria. Fue como completar una secuencia que para mí era evidente. Casi podía verlos y sentirlos mientras mi piel se erizaba por el frío de la revelación de la verdad; incluso me parecía sentir cómo se evaporaba en el ambiente la ayahuasca y oír el crepitar del fuego en la hoguera, mientras recorría con la mirada el lugar, reconstruyendo mentalmente la escalofriante escena. Veía por allí grupos reunidos bajo los efectos de la yerba; más allá, cerca de la estructura, pero no dentro de ella, al propio líder gritando inconexas profecías sobre el fin del mundo y el anticristo. Entonces, llegaba al punto en el que uno de los seguidores, comandado por la casi ininteligible voz de su amo, se levantaba y colocaba al infante sobre la tabla… y allí lo dejaba por un instante. El resto no me atreví a imaginarlo. El camino de regreso fue una tortura. Qué puedo decir; profesional, pero también humano. Así que íbamos silenciosos, ensimismados y cabizbajos. Pero estoy seguro de que todos pensábamos lo mismo. Y creo que eso nos reconfortaba en algún modo. En ese momento no quedaban más que vestigios de un crimen terrible. Eso y una promesa. La de hallar finalmente la justicia. PDI

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Claudio Alberto Rodríguez Morales (43), periodista, marido de Natalia, papá de Lorena e hincha de Santiago Wanderers, obviamente porteño.

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os discos de Lorenzo los tengo bien guardaditos y seguros en una caja allá arriba, por si los quiere revisar, detective, no tengo problema. Ya no quedan de esos artistas, los de verdad, los que ponían el alma en lo que hacían. Apuesto a que no sabe qué inspiró a Lorenzo para componer su tema más famoso, ese que suena todavía en las radios del adulto joven. Todos creen que es una volada romántica dedicada a la Marie d’ Elaire, pero esto es una primicia que le voy a dar, anótelo por ahí que le va a servir.

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De vez en cuando, me vienen ganas de contar mis cosas a quien me dé confianza. Es bueno desahogarse, soltar lo que uno lleva adentro y después se verá lo que pasa. Siempre he sido igual y aquí me tiene, vivito, sin ni un rasguño. Ahora no tendría por qué ser diferente. Pero no se crea, si me he llevado varios retos por mi lengua suelta, que voy a terminar mal, más jodido que cualquiera, pero no por usted, detective. Si hasta les cae en gracia a ellos, lo encuentran de lo más educado que hay.

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Fíjese, ahí está sonando el disco de Lorenzo que le comenté recién. Pucha qué es bueno, si me lo sé de memoria. Aunque sea pura música, me llena la cabeza de recuerdos y eso a usted le conviene, detective. Pero primero quiero hablarle de los años de Allende en el gobierno. Yo no era amigo de la gente contraria a él ni andaba metido con los golpistas. Apenas conocía a algunos que vivían en el mismo barrio. El asunto partió de una simple conversación de esquina, unas palabras que largué sin imaginar que terminarían salvándome el pellejo. Dije lo que pensaba de los socialistas -que sus abusos en las juntas de vecinos, que el despelote con la economía, que no había ni para una taza de té con un pancito-, justo cuando ellos estaban ahí parados, escuchando y fumando, sin decir nada, en ese estilo que después sería su sello exclusivo. Sí, detective, usted es muy joven para saber, pero antes del golpe se peleaba en la calle, adentro de las casas, en las fábricas, todo el mundo dividido, por eso la llegada de los militares fue un alivio tremendo. Si no, hubiéramos terminado matándonos entre compatriotas, ¿se imagina eso? Ahora, usted se preguntará cuándo y cómo se dio lo del trabajo con ellos. La verdad, eso pasó al poco tiempo de la llegada de mi general Pinochet. Acepté altiro, aunque al principio fue solo por salvarme, sin pensar en plata, poder, ni regalías, tampoco porque fuera fanático de los militares. Después sí, acabé tomándole gusto al asunto y respetando el uniforme (es un decir, porque muchos de ellos no usaban uniforme, sino terno y lentes oscuros, aunque tuvieran grados en escalafones). Como yo no tenía idea


de seguridad política, tuvieron que capacitarme, claro que en puras cosas genéricas. Mi fuerte era el mundo del espectáculo. Ahí fue donde me sacaron real provecho. En serio, detective, yo en mis años mozos fui humorista, animador, locutor y actor. Me movía en boîtes, cabarets, revistas, radioemisoras y hasta de extra en una película con la Iris del Valle y Eugenio Retes. Cuando se dieron cuenta de cómo me respetaban en el ambiente, altiro me pidieron conocer a los artistas, especialmente a las bailarinas, actrices y vedettes. Y yo los fui presentando de a poquito para no matar la gallinita de los huevos de oro. En uno de esos trotes se nos sumó la Marie d’ Elaire, la vedette del momento, las más famosa, las más difícil de alcanzar, estrella del Bim Bam Bum, del Picaresque y del Gordito de la Noche. Ningún chileno puede jactarse de haberle puesto las manos encima. Tuvo que venir alguien del otro lado de la cordillera para hacerlo, pero con las consecuencias que ahora usted está sabiendo. Al principio, ellos se daban unas vueltecitas por el teatro y después se quedaban al espectáculo completo, sentados en primera fila, aplaudiendo, silbando y pidiendo más. Se

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les veía contentos, en su salsa como se dice. Después empezaron a dar ideas y a traer más artistas, la mayoría de Argentina, por sus contactos con la Junta del general Videla, más aún si tenían un disco en vitrina para promocionarlo en la radio o en la televisión. Entre estos artistas estaba Lorenzo. Él era -y sigue siendo- un muy buen pianista, con su pelo largo, rubio y crespo meciéndose al viento y sus mostachos de mexicano. Qué dominio escénico que tenía el loco ese. Emocionaba escucharlo, con esos arreglos perfectos ejecutados al piano, como ese tema dedicado a la Virgen del Carmen cuando salvó a mi general Pinochet de la emboscada que los comunistas le tendieron en el Cajón del Maipo. Apuesto a que esa no se la sabía, detective. A Lorenzo realmente lo impactó ver la imagen de Nuestra Señora dibujada por las balas en el vidrio del auto blindado. Si quiere le muestro las fotos, que tengo bien guardadas y que algún día voy a publicar, sobre todo ahora que voy a tener más tiempo, parece.

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Con tantas tensiones en el trabajo, ellos tenían derecho a distraerse. Para eso les organicé fiestecitas, bailes y reuniones con las niñas, incluyendo a la Marie d’ Elaire. Con la advertencia, eso sí, de mirarla pero no tocarla, además de no armar escándalo ni transgredir el toque de queda. A fin de cuentas, éramos funcionarios del gobierno y había que dar el ejemplo, igual que los soldados, marinos, aviadores y carabineros. Como Lorenzo se volvió muy amigo de todos por la afinidad en los escenarios, ellos me nombraron su chaperón. Es demasiado artista y no toma ninguna precaución, me repetían como pulga en el oído, lo que equivalía a una orden perentoria. Con decirle que fumaba marihuana en la calle, se encerraba en baños públicos para aspirar su medicina, bebía whisky de la botella, mientras sujetaba con la mano libre alguna cinturita chilena (nada que envidiarles a las argentinas, decía). Yo lo llevaba al salón VIP de la Casa de Cena para comernos algo, o al Confetti si la idea era tomarse un traguito. En este último fue donde conoció a la Marie d’ Elaire, aunque de seguro los dos se echaron el ojo a la distancia mucho antes, mientras uno subía y el otro bajaba del escenario. A partir de ahí, no se despegaron más. Claro que en esos tiempos, la prensa era mucho más tranquila que ahora y sabía dónde no podía meterse. Había códigos que se respetaban y si no, se procedía con el correctivo. Lorenzo se aprovechó de nuestra amistad para venir a Chile cuando se le dio la gana, a veces sin siquiera salir en la televisión, ni presentar un disco, ni nada. Si solo hubiera sido para cenar, bailar o tomarse algo, ningún problema, pero su predilección era manejar autos polarizados de la seguridad política hasta las po-


blaciones marginales, acompañado de una risueña Marie d’ Elaire, para disparar al aire diferentes armas de fuego. Me encanta asustar rotos, balbuceaba Lorenzo al otro día, cuando yo lo iba a buscar a la casa de ella para regresarlo al aeropuerto en calidad de bulto. Siempre se nos dijo que nos mantuviéramos alejados, salvo que se nos convocara para algún trabajo específico. Por eso, encontré raro que tocaran el timbre de mi casa a esa hora y con tanta insistencia. Antes de decirme cualquier cosa, la Marie se puso a vomitar en el suelo, manchando el abrigo de piel y los zapatitos de taco. Supe altiro lo que pasaba, no había que ser adivino. Después de lanzarme unos buenos garabatos al teléfono, ellos me ordenaron que llamara a nuestro doctor. Nunca los había escuchado así, si eran muy tranquilos. Mientras tanto, la Marie me rogaba de rodillas que, por favor, la dejara con su guagüita, que Lorenzo iba a entender. Yo le respondía por nada del mundo, las cosas no siempre eran como uno quería. Ella repitió su discurso cuando ellos llegaron a la casa, más enojados que antes, abriendo la puerta de una patada, agarrándola de las mechas y lanzándola sobre la cama. Después volvieron a ser los mismos, mirándola con pena, llamándola mi niña, tranquilita, todo va a salir bien, aunque eso no dependía de ellos. Ni los hace responsables de lo que pasó, creo yo, detective. Tampoco al doctor que puso su mejor empeño en salvarla. Y menos a mí, que sólo la hice descansar tranquila en ese patio, con una pequeña grutita y que ahora sus polis escarban con tan poco respeto. Dígales algo, quiere. Sabemos que ahora la pista se pondrá complicada para nosotros, pero no le guardo rencor, detective. Ni siquiera escuchando ese disco tan bonito de Lorenzo invocando a la Virgen del Carmen evitará que usted me saque esposado de aquí y que la gente que está afuera me insulte y trate de golpearme. PDI

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Felipe Nicolรกs Sanhueza Ojeda (33), subcomisario, abogado, combate delitos de propiedad intelectual. Escritor amateur, amante del arte, la historia, la cazuela y los porotos hechos en casa.

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Recuerdos Perdidos Autor: Sbc. Sanhueza

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ientras corría para salvarla, sabía que la vería morir. Había soñado el mismo sueño decenas de veces en los últimos meses. La escena se repetía exactamente de la misma forma una y otra vez: el ruido de la sirena, la lluvia estrepitosa, el viento que peinaba los cabellos y agitaba la ropa de aquella mujer. Los últimos recuerdos antes de despertar eran siempre iguales, sus ojos profundos que lo miraban con una extraña sensación de calma, como resignada a lo inevitable. Después de esa última imagen, solo quedaba verla caer y desaparecer en las tormentosas aguas del turbio río que cruzaba la ciudad; mientras él se quedaba ya sin fuerzas sobre la baranda del puente, apuntando con su brazo las aguas donde había desaparecido, en un intento frustrado de haber querido salvarla.

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La alarma del despertador lo hacía volver a la realidad. Junto a éste, encima también del velador, una fotografía de su esposa e hija, y al lado de ella, su arma de servicio. Cualquiera que viera aquello, no dudaría en preguntarse por qué la mantenía en dicho lugar. Sabía que nada justificaba tenerla tan cerca. Dormía con ella desde el fallecimiento de su mujer e hija de cuatro años, hace tres años aproximadamente. La mantenía a su lado como un constante recuerdo de haber convivido con su deseo, de acabar de una vez por todas las miles de preguntas sin respuestas. Recordó el accidente. El día que cambió todo. Había llegado a su casa más cansado de lo usual, había estado de Jefe de Servicio ese día y la guardia había estado especialmente movida. Debía velar por el correcto cumplimiento de los servicios, la salida de los carros, las denuncias, las concurrencias a los sitios del suceso, la llamada de los fiscales, el servicio URI, el servicio Procepol, en fin, un día más en la “Pesca”, como se decía. Cuando entró y prendió las luces, su teléfono sonó. Era Francisco, su único amigo y compañero de promoción. No lo llamó por la típica cerveza de los viernes. Lo llamó para algo distinto. Y tratando de usar las palabras y tono preciso, que los años dentro de la PDI le habían enseñado, le señaló: - Tu mujer e hija tuvieron un accidente. Fue grave. Voy a buscarte ahora. Cuando llegaron al lugar lo único que percibió fue el gentío, gritos, balizas policiales, vidrios rotos, vehículos destrozados, periodistas, colegas, extraños y sangre. Todo era un caos. Lo que sí llamó su atención fue ver un vehículo que se parecía al de su mujer. Cuando se acercó poco a poco, pudo percatarse de que no se parecía, sino que era. Después de eso, no recordaba nada más. Solo Francisco, que estuvo a su lado, fue testigo de lo sucedido luego, y que, en el fondo, se alegraba de que la mente de su amigo hubiera bloqueado los sucesos posteriores.


Los funerales fueron un día viernes. De aquello tampoco recordaba mucho, salvo que había sido un frío día de otoño, las hojas tapizaban las veredas de un color castaño, corría un viento agradable y la gente caminaba alegre. Su mujer también lo hubiera disfrutado si hubiese estado viva, pensaba. Gustaban de dicha época del año, habrían caminado los tres tomados de las manos, sintiendo el crujir de las hojas bajo los pies. Transcurrieron los meses y años. Se concentró solo en su trabajo. Estar ocupado era la única forma de no caer atormentado en sus propios pensamientos. Con rígida autodisciplina estructuró sus días, evitando a toda costa reflexionar o pensar en lo sucedido. Después de tres años comenzó a soñar con ella. Comenzó esporádico, casi imperceptible; pero en los últimos dos meses sentía soñarlo a diario y cada vez más real. Sintió miedo. La última vez que cayó esclavo de sus recuerdos comenzó a dormir con su arma de servicio. Presta a cumplir su última misión. Buscó hasta el cansancio. Buscó por todas las fuentes disponibles, abiertas, cerradas, formales e informales. Recurrió a un antiguo colega del Laboratorio de Criminalística, un perito en retratos hablados, y a pesar de que el talento del colega permitió plasmar un retrato exactamente igual a la mujer que veía en sus sueños, no la conocía. El otoño ya se había asentado hacía un mes, por lo que las hojas caían y cubrían la acera frente al cuartel. Mientras veía la imagen a través de la ventana del carro policial, el destino quiso que no relacionara los hechos, porque interrumpiendo el ambiente en forma abrupta, un golpe seco en la ventana lo hace regresar. Alguien denunciaba un hecho…, el deber llamaba. Mientras se dirigían al lugar, sin más detalles que lo señalado por el sujeto que interrumpió su abstracción, una suave lluvia se dejó caer. Había mucho tráfico, tuvieron que usar baliza y sirena. La gente dificultaba el paso. El viento había comenzado a soplar, y al bajarse del vehículo, su abrigo se agitó como las velas de un bote en altamar. Su corazón comenzó a agitarse cuando sus ojos se enfocaron y apuntaron fijos a una persona que se encontraba sentada sobre la baranda del puente.

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Fue en ese momento que las imágenes comenzaron a aparecer en su mente. Una tras otra le iban mostrando un puzzle fragmentado. Sorpresivamente, cuando estaba a solo unos metros, una sensación de deja vú lo transporta al pasado, y un recuerdo bloqueado se revela. Finalmente, sabía quién era, podía recordarla como si hubiera sido ayer. Su mente regresó al día del accidente, y pudo verla cubierta de sangre, sus cabellos desordenados y pegados a su frente. Recordó haberse acercado, como respondiendo a un instinto básico de saber quién era. Estaba viva, sus ojos abiertos se movían agitados, buscando algo que no lograba ver por su malherida situación. Al verlo casi sobre ella observándola, y como si el resto de su vida dependiera de ello, simplemente le preguntó:

SITIO DEL SUCESO III *

Cuando las letras son la evidencia

-¿Dónde está mi hijo?, no lo veo. ¿Lo ves? ¿Está bien?

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Mientras las palabras calaban en su cerebro y trataba de entender la situación, un pequeño bulto llamó su atención. El niño yacía acostado de espalda sobre el pavimento mojado, una mirada perdida en el vacío daba a entender que su alma se había ido. Estaba muerto. -Él está bien, le dijo. Tu hijo está bien, respondió mintiéndole. Nunca nadie volvió a mencionarle lo ocurrido. Quizás por eso su mente borró lo vivido. Habían tratado como matrimonio de superar juntos el problema que su mujer tenía con la bebida. Creía que lo habían solucionado, pero no sabía que a veces su mujer recaía. Fue imposible para ella controlar el vehículo en esas condiciones. Terminó chocando, atropellando y volcándose. Horas después, tres cuerpos sin vida cubrían el pavimento mojado. El viento que golpeaba su rostro le hizo volver al presente. Ahora entendía todo. Simplemente hizo que su mente bloqueara ese recuerdo. Pero la mente humana no funciona así, y aunque finalmente pudo recordarla, las circunstancias del momento no le permitieron recordar su sueño. Solo instantes antes de que su mano se soltara, pudo vislumbrar que todo era igual, salvo que esta vez la había alcanzado y la mantenía colgando de la baranda. Por desgracia, la lluvia mojaba su agarre y su mano poco a poco se soltaba perdiendo la fuerza. Soportó lo que más pudo, hasta que finalmente, después de mirarse unos segundos, se soltó. Meses después de lo acontecido sobre el puente, Francisco limpiaba alguna que otra mala yerba que usualmente crecía cerca de las flores. Trataba de mantener la tumba de


su amigo lo más limpia posible. Ya no era la cerveza de “pogru” que los reunía. Ahora era cambiar las flores, recordar los momentos vividos y las extrañas circunstancias de su muerte. Según algunos testigos, la mujer le pedía que la soltara, como igual que muchos le gritaban lo mismo, cuando lo veían incapaz ya de sostener ambos pesos. Otros aseguraban que por una extraña razón, antes de que ambos cayeran en las turbias aguas, él la miró y le pidió perdón. El cuerpo del Subcomisario Andrés Vicencio fue encontrado dos días después. El de la mujer no se halló jamás. Después de los funerales, ceremonias y emotivos testimonios de los testigos que presenciaron los hechos, solo quedó el recuerdo. Un nuevo mártir de la PDI, otro héroe para el país. La manifestación más sublime de la vocación de servicio y el cumplimiento del deber. No obstante, mientras todo eso era ya parte de las memorias policiales, Francisco mantiene su recuerdo presente. Sabe que su amigo lo cuida en el más allá, que está feliz. Feliz de volver a abrazar a su pequeña y besar a su esposa, pudiendo caminar juntos otra vez, sintiendo nuevamente el añorado crujido de las hojas bajos los pies. PDI

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SITIO DEL SUCESO III *

Cuando las letras son la evidencia

Sabueso de guante blanco

72 Autor: Gran Pein/PDI


César Antonio Biernay Arriagada (39), nació en Santiago, es profesor y magíster en Educación. Es autor de “Trupán: pasado y presente de mi pueblo” (2008) y participó en la redacción de “Mártires institucionales PDI: una promesa cumplida” (2001).

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A

nte un horrendo crimen en China del siglo XIII, el criminalista Sung Tzu ordenó a los campesinos dejar su hoz en el suelo. Todas estaban limpias, pero en solo minutos decenas de moscas se sintieron atraídas por los restos imperceptibles de sangre en la herramienta del campesino homicida, delatándolo de su macabro acto. Así comenzaba sus clases el viejo profesor de criminalística.

SITIO DEL SUCESO III *

Cuando las letras son la evidencia

-¿Recuerda al profesor Esquivel cuando afirmaba que los insectos ayudan a resolver crímenes?- fue la pregunta del Inspector Guzmán al Comisario Ruminot, mientras conducía el carro que patrullaba por quinta vez el Mercado de Rengo.

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-Cómo olvidarlo, si desde que egresé espero enfrentarme a ese sitio del suceso para aplicar mis estudios en entomología forense- respondió el Comisario Ruminot con un dejo de melancolía. -Nunca estuve tan seguro de eso, Comisario. Quizás en China se podía descubrir rápidamente al culpable porque sus habitantes eran pocos y analfabetos, pero hoy, en ciudades con millones de personas, no es fácil descubrirlo. -Pero no tan solo la cantidad de habitantes traba las diligencias de un crimen. Hoy, las personas interactúan por Internet, desde sus estudios hasta los saludos de cumpleaños. Atrás quedaron esas diligencias románticas donde bastaba infiltrarse en una cantina para resolver un caso. El reloj marcaba las 16.30 horas cuando llamaron por radio. -Atento Julio 4121, Cipol le llama. -Aquí Julio 4121, Comisario Ruminot a cargo, adelante. -Diríjase a calle El Sendero con Rengo Bajo por hallazgo de restos humanos. Un vecino avistó una pierna y una mano en el Canal Mataquito. -Comprendido, vamos al lugar– respondió el aplicado Comisario; -Guzmán doble a la derecha y pique derecho. Un cadáver descuartizado baja ahora por el canal. Al llegar al lugar, había niños y mujeres observando el macabro escenario. El tumulto de curiosos abrió paso al Comisario Ruminot, que bajó del carro con su maletín de huellas y entre la gente apareció el vecino que alertó a la policía. -Yo fui el que llamó. Venía en bici por la orilla del río y vi a un perro con algo extraño en el hocico. Me fijé que es la pierna de una persona muerta. Sentí miedo, señor Detective, pero cuando vi la mano me helé de solo pensar que el finado viene bajando en pedacitos por el río.


-Dónde están las extremidades– inquirió el Comisario. -Allí en la orilla del río. Amarramos al perro esperando que llegaran. -¿Usted vio cuando el perro sacó del agua la pierna mutilada? -No, solo vi que intentaba comérsela. -Y está seguro que los restos vienen por el río. -De dónde más, señor Detective, si se ve cada cosa flotando en el canal. -Gracias por su colaboración. Guzmán, tómele la declaración al vecino. Los curiosos se apartaron dando el espacio necesario al Comisario para que hiciera su trabajo. Ruminot sacó un bolígrafo del bolsillo interior de su abrigo, no para escribir como pensó la gente, sino para manipular la pierna sin contaminarla. La giró y observó detenidamente sus vellos cortos y rubios. Por la escasa musculatura y flacidez de la piel presumió que podría tratarse de una mujer. Las manchas oscuras le hicieron pensar que se trataba de una anciana. Premunido del mismo bolígrafo y una lupa, inspeccionó la mano girándola lentamente, buscando alguna pista que contribuyera a dilucidar el descuartizamiento. La carne afloraba por donde debía estar la muñeca. El hueso sobresaliente confirmaba el interés del pequeño canino por saborearlo. Reconoció que de la palma se desprendía la última capa de dermis, cual culebra que cambia la piel. La epidermis se desprendió levemente del cuerpo, como en aquel niño que esparce cola fría sobre su mano y la retira lentamente cuando se seca, simulando un sutil guante. El Comisario Ruminot, hombre ducho en materia forense, aplicó la vieja técnica criminalística. Abrió el maletín de huellas, sacó unos guantes de látex y se los probó al tiempo que extrajo cuidadosamente el endeble guante de epidermis que se desprendía de la mano descuartizada. Con el pulso del mejor cirujano, introdujo dentro del sutil guante de piel su mano protegida por el látex, apropiándose de las huellas del cadáver y sobre

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Cuando las letras son la evidencia

una plantilla con tinta logró las impresiones dactilares de la hasta entonces desconocida víctima.

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-Guzmán, remita estas huellas y pida al laboratorio que identifique el cadáver. -Conforme, señor– respondió el Inspector, sorprendido por el dominio de la técnica demostrada por el Comisario. -Atento Julio 4121, Cipol le llama. -Aquí Julio 4121, Comisario Ruminot a cargo, adelante. -Informe novedades sobre el hallazgo de restos humanos. -Se tomó la declaración al testigo y paralelamente inspeccioné las piezas fragmentadas del cadáver. Se trataría de una mujer de edad avanzada. Sobre el sitio del suceso no existe certeza que haya bajado por el río, aun cuando la mano presenta desprendimiento de epidermis. -¿Tiene estimación de la data de muerte? -Fue mutilada hace cuatro semanas. Revisen los archivos de las presuntas desgracias denunciadas hace un mes- El Comisario Ruminot cortó el llamado ante la mirada atónita del joven Inspector. -¿Cómo puede estar tan seguro de la fecha de muerte si apenas recuperó las huellas de esa mano muerta?– preguntó el Inspector Guzmán. -Entomología forense, Guzmán. Al desprender la última capa de piel observé con la lupa que bajo las uñas había larvas de dos milímetros, anidadas por la fauna de gusanos, atraídos por la humedad. El escaso tamaño de las larvas delatan que no lleva más de cuatro semanas en el vertedero. -¿Pero no viene el cadáver bajando por el río? -Esa fue la impresión del testigo, pero el cuerpo siempre ha estado en el barrial del basural contiguo al canal. ¿No se fijó en el pelaje embarrado del perro? Más vivito Guzmán. El celular del Inspector desplegó un WhatsApp. “Guzmán, las huellas corresponden a Clodomira Betanzo Muñoz, 71 años, domiciliada en calle El Sendero 35, Rengo”. Al unísono sonó la radio de la patrullera. -Comisario, hemos revisado los registros de presuntas desgracias de hace cuatro semanas y consigna a una mujer con síndrome de Down que desapareció en Machalí y una anciana en Rengo. -Indíqueme el nombre de la anciana y quién hizo la denuncia. -Clodomira Betanzo Muñoz y la denuncia la hizo su nieto Mirko Muñoz Muñoz– respondió la operadora -¿Necesita más información? -Nada más. Iré en la patrullera donde el nieto para informarle que apareció su abuela.


Mirko era un joven descuidado, sin más proyecciones que reunirse con el grupito de la esquina. Su única ocupación era distribuir balones de gas y cuidar a su abuela. Aunque no se llevaba mal con la anciana, al poco tiempo le resultaba un estorbo. Así, una noche de alcohol y drogas, con un certero golpe le quitó la vida. La cercenó en pedazos con una sierra y la cargó en el camión de gas como si fuese un balón de 15 kilos. Para finalizar su trabajo, la arrojó al vertedero y denunció la desaparición desde su celular. Los policías enfilaron a la casa de la difunta. En la dirección indicada había un camión repartidor de gas estacionado frente al portón. El Comisario tocó el timbre una vez. Pensó en tocarlo nuevamente, pero la cabeza de un hombre asomó por la ventana. -No queda gas. Encargué, pero lo repartiré mañana. -Hola. Tú debes ser Mirko– habló gentilmente Ruminot –somos oficiales de la PDI. ¿Podemos conversar un momento? Mirko se sobresaltó y salió a la calle. -Hace algunas semanas hiciste una denuncia por presunta desgracia. ¿Has sabido algo de tu abuela? -No he sabido nada– respondió el nieto –han sido semanas de mucha tristeza. Nos apoyábamos el uno al otro. Y así, tan de repente llegué a casa y no estaba. -¿Este camión es tuyo?– preguntó el Comisario fijando la mirada en un grupo de moscas que se posaban en la puertecilla de descarga de los balones. -Sí, reparto gas– respondió Mirko sin percatarse de la agudeza del Comisario –¿Saben dónde está mi abuela? -Venimos del vertedero donde se encontraron extremidades de tu abuela. Mirko fingió pena y se tapó la cara. -Éramos tan felices juntos. Mire, aquí tengo fotos de ella- sacó su celular y desplegó una a una las fotos para que las viera el Comisario. Como por arte de magia, las moscas que estaban posadas en la puertecilla del camión se pegaron al teléfono de Mirko. Ambos observaron restos de sangre en el panel del celular. El nieto homicida intentó escapar, pero con un rápido movimiento fue reducido y esposado. -Pero ¿por qué me detiene? -Tienes derecho a guardar silencio– respondió Ruminot. El profesor Esquivel sonrió en alguna parte del universo. PDI

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Destellos Plateados en la Niebla

SITIO DEL SUCESO III *

Cuando las letras son la evidencia

Autor: Santo

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D

espués de una larga sesión de estudio, retornaba un poco tarde, agotada a casa. La ruta elegida era la habitual: cinco cuadras en dirección sur y seis en dirección poniente. Nadie por las calles, cosa común después de las 21 horas; era una noche fría, la neblina transformada en un telón blanco que no permitía que tuviera visibilidad de más de 50 metros. Los árboles marcaban mi avanzar. Las ramas retorcidas cubrían las pocas luminarias encendidas, dejando entrever pequeños rayos de luz amarilla. Mi celular sin carga, exceso de mensajes, ¡todo mal! Antes de virar en la esquina de calle Valladolid, me percaté de que no estaba sola. Un sujeto caminaba sigiloso detrás de mí, lo que provocó que el miedo comenzara a acelerar mi corazón. Mi respiración se agitaba. Traté de respirar hondo para mantener la calma, pero no sirvió de nada. Seguí caminando sin cesar, hasta que entré en un pasaje oscuro y desierto. Dicha ruta sin luz fue el escenario perfecto para que mi silencioso e inesperado acompañante concretara sus planes. Puso una mano en mi boca, mientras mi espalda era amenazada por una punta afilada, la cual no me permitía ni un movimiento en falso. Juntó su cuerpo al mío, yo temblorosa pregunté - ¿Qué quieres?..., no tengo dinero, no me hagas nada, por favor, no me hagas nada- luego de esto, comencé a llorar. Sentí miedo, mi cuerpo se paralizó; el pavor no me dejaba realizar ni un solo movimiento, traté de luchar, pero él era más fuerte, nada podía hacer, el cuchillo puso la balanza a su favor. Ya sin fuerzas, mis rodillas cayeron sobre el húmedo pasto, al parecer eso lo hizo sentir más poderoso, tanto así que pude ver cómo esbozaba una sonrisa, para luego ordenarme con su gélida e imperativa voz -“quítate los calzones, los quiero ahora”- , pensé lo peor.


César Rodolfo Daza Cáceres (36), subcomisario y profesor de Historia y Geografía, trabaja en la Brigada de Investigación Criminal de Arica. Sus principales intereses son la historia y la investigación locales.

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Cuando las letras son la evidencia SITIO DEL SUCESO III *

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Le rogué a Dios para que me sacara de ese lugar, pedía en mi mente que alguien pasara, que alguien me salvara, pero nadie aparecía. Entonces comencé a desnudarme, subí mi falda, para luego comenzar a bajar mis medias y mi ropa interior. Una vez que la tuve en la mano se la entregué, él la tomó y la observó como si fuera un tesoro, como si tuviera en sus manos una joya preciosa la apretó y la acarició, como si fuera un bebé recién nacido en las manos de su madre, luego la amuñó y la guardó en su bolsillo. Frente a él, nuevamente le rogué que no me hiciera nada, pero no me escuchó, es más, al parecer mis plegarias solo lo alentaban. Comenzó a tocar mis piernas, llevando sus manos desde un extremo a otro, no dejó ni un centímetro por recorrer, apretó mis muslos fuertemente, lo que gatilló un miedo intenso que hizo que comenzara a sollozar para dar paso a las lágrimas sin control.


Fue ahí que pude ver parte de su rostro. Era un hombre delgado, alto, de tez blanca, mandíbula afilada, que dibujaba una figura tétrica, nariz delgada huesuda, la cual se hundía en unos labios gruesos. Nunca logré ver sus ojos, ya que la sombra de su jockey solo dejaba ver una mancha negra, máscara perfecta para tal fechoría. Le rogué que se detuviera, pero fue en vano. Su lúgubre sonrisa dejó ver unos pequeños destellos plateados en sus grandes dientes; dicha sonrisa solo era evidencia de que estaba disfrutando de mi sufrimiento. Llevó su cuchillo a mi pecho y me ordenó que me sacara el sostén. Rápida y nerviosamente moví mi mano a la espalda para desabrochar el brasier, para luego sacarlo a tirones. Semidesnuda en el piso, no sentía el frío del ambiente, puesto que mi cuerpo estaba anestesiado. Él me arrebató la prenda, posteriormente tomó mi bolso y extrajo mi billetera, la cual revisó detalladamente. Una vez que tuvo en su poder mis pertenencias, me dijo que ya sabía quién era, dónde vivía y dónde estudiaba, que si lo denunciaba él me iría a buscar para terminar lo que había comenzado, todo esto mientras pasaba su cuchillo por mi cuello y cara, para luego de eso perderse en la densa niebla. Traté de gritar, pero estaba enmudecida, quedé tirada no sé cuántos minutos, lloré, sufrí al no poder defenderme, me sentí culpable por haber vuelto a mi casa tan tarde, por no tomar las precauciones necesarias, por no seguir los consejos de mi madre, por ser tan estúpida, mientras trataba de cubrir mi cuerpo que había sido expuesto a ese inescrupuloso sujeto. Pasó cerca de una hora, momento en el que vi una luz que me encegueció. Del vehículo bajaron dos personas, por lo que pude ver era una pareja mayor, la mujer con voz muy dulce y protectora, me dijo: ¿Qué pasó, pequeña? ¿Estás bien?, traté de explicarles, pero no podía hablar, me ofrecieron llevar a casa, querían llamar a la Policía, pero les dije que no, que solo necesitaba a mi madre. Avanzaron un par de cuadras, momento en el que pude ver a las afueras de mi hogar a mi madre mirando de un lado a otro de la calle. Fue al verme descender del auto que ella supo que algo malo me había pasado, me abalancé sobre ella y la abracé fuertemente, solo ahí pude gritar y llorar, me volvió el aliento. Ella preguntaba qué me había pasado, qué me habían hecho, le preguntó a la pareja de ancianos, pero ellos solo dijeron… “la encontramos en un pasaje a unas cuadras de acá, no sabemos nada más, no quiso que llamáramos a la Policía”. Mi madre llorando les dio las gracias por todo, por haberme ayudado, luego de eso se fueron.

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SITIO DEL SUCESO III *

Cuando las letras son la evidencia

Una vez en mi cuarto, mi madre me dijo: ¿Qué pasó, hija, dime qué pasó? ¿Abusaron de ti? - me preguntó con la voz temblorosa frente a una posible amarga respuesta, pero no pude contar nada, solo la abracé y me quedé dormida en sus piernas. Pasó toda la noche al lado mío, podía ver a ratos la silueta de ella, la cual entraba y salía de la habitación. Cuando desperté, a la mañana siguiente, sentí voces en el living de mi casa. Al salir de mi pieza pude ver a cuatro detectives conversando con mi madre, ellos me preguntaron si estaba preparada para contar lo sucedido; me senté a un lado de mi madre, para luego comenzar a relatar la historia más triste de mi vida. Una vez que terminé de contar lo sucedido, uno de ellos me dijo si podía reconocer al hombre que me agredió, yo les dije que solo había podido ver parte de su rostro, pero que nunca podría olvidar esa imagen, que nunca podría olvidar su voz ni su olor. Paralelamente, uno de ellos me dijo que comenzara a describir al sujeto; en un par de minutos hubo un esbozo de la mitad de su rostro, cursaron la denuncia y me dijeron que me llamarían, que había más casos como el mío, que debía ser valiente y no temer a las amenazas recibidas, que ellos estarían muy atentos de mí, que me protegerían.

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Pasaron tres días. Cuando recibí su llamada, el detective me decía que debía ir al cuartel, que necesitaban que viera unas fotografías. Llegué a la PDI junto a mi madre, y al entrar pude ver a varias muchachas, eran más de 10, todas ellas con historias similares, todas ellas con la misma cara de vergüenza y dolor. Llegó mi turno de pasar, me senté, y uno de los detectives me dijo que me pasarían dos sets fotográficos y que debía indicar si en dichas imágenes se encontraba el agresor. Respiré profundo y comencé, no fue hasta pasar la segunda hoja del segundo set que vi el rostro completo del criminal que me abusó, su boca, su nariz, todo me hacía recordar ese momento. Al indicar quién era, ellos me preguntaron si estaba segura, a lo que respondí que 100%. Pude ver cómo los policías asentían con sus cabezas. Al preguntarles si había sido posible encontrar a dicho hombre, ellos me dijeron que una persona de un pueblo cercano había denunciado a uno de sus vecinos, un hombre joven, de unos 25 años de edad, el cual había entrado a su casa por una ventana con el único objetivo de robar la


ropa interior de su esposa, que lo sorprendió in fraganti y que pese a no haberlo capturado, sabía quién era. Al parecer, dicha identidad fue cruzada con los retratos hablados construidos, con lo que se pudo llegar a un dato en común: el agresor usaba frenillos (ahí fue cuando recordé ese destello plateado en su sórdida sonrisa). Con este valioso antecedente, los detectives habían recorrido todas las clínicas dentales de la ciudad y de los pueblos cercanos, solicitando fotografías de los pacientes que cumplieran con las características entregadas, y fue así como se llegó a la identificación del abusador, se logró identificar al hombre que se llevó parte de mi vida. El 19 de abril del año 2012 fue detenido el denominado “psicópata de los calzones” y ese mismo día lloré por última vez mi tragedia. PDI

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Por una moneda

SITIO DEL SUCESO III *

Cuando las letras son la evidencia

Autor: Agatha Fox/PDI

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E

l cadáver estaba en una posición tortuosa. Se notaba que había dado la pelea por su vida: hematomas y heridas defensivas; todo en vano. Un disparo por la espalda, sin salida de proyectil, terminó con el esfuerzo. El departamento desordenado, lleno de bártulos. La triste escena de siempre.

-Massaro. -Vergara- respondí sin darme vuelta, reconocí la voz de mi mejor amigo y compañero, hace ocho años, en Homicidios. -¿Qué tenemos para hoy?- me dice, mientras comienza a examinar el cuerpo. -Un VIP. Andrés “Conejo” Gutiérrez, exfutbolista y seleccionado nacional. Llevaba retirado 20 años- le respondí, sin emoción-. Muchos lo culpan a él de que la Unión perdió la final del campeonato del 96 por un autogol. -Sí, lo conozco. Tengo amigos de la Unión y hasta hoy se acuerdan. Para ellos es como el penal de Caszely o el palo de Pinilla. Desde ese tiempo que la Unión no ve una final… Veo que dio pelea. -Quien quiera que lo haya hecho, no la sacó barata. Sin más, comenzó el trabajo. Entrevistas y cahuines; en especial con esas viejas que lo oyen todo, pero no ven nada. Supimos que en la tarde, Gutiérrez tenía invitados en su casa. Un asado en el balcón y de esos bien regados. Luego, una discusión, golpes y el disparo. -Nunca vi salir a nadie- comentaba una vecina-. Cuando escuché los gritos, llamé a Carabineros, pero cuando llegaron, ya estaba así.


Paulina Isabel Labarca Letonja (36), nació en Viña del Mar, subcomisario y periodista y actualmente trabaja en la Brigada de Ubicación de Personas. Vegana, catlover, fanática de la música y de los cuentos policiales.

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La noche dio paso al día y el desayuno nos sorprendió en un carrito de comida, matando el hambre con lo que hubiera; pensando invariablemente en el caso. Ambos en silencio… Lo de siempre, pero nunca igual. -Que la clave está en lo que sea que haya hecho después de retirarse del fútbol. -No crees en la teoría del hincha resentido- me dice él con una sonrisa burlona -¿Después de 20 años? Ni que fuera tu ex… -¿Cuál de todas?- respondió sarcástico. Me reí.

SITIO DEL SUCESO III *

Cuando las letras son la evidencia

De vuelta en la Unidad, revisé rápidamente los estados de cuenta del “Conejo”, los cuales estaban ordenados en un archivador que sacamos del departamento. Grande fue la sorpresa al ver lo abultadas que eran.

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-No creo que la Unión pagara tan bien, Antonio- le comenté a Vergara. -Eso no es nada- me dice mientras me muestra su página en Facebook. Un usuario en particular plagó su muro de amenazas e insultos- Se hace llamar Morning Star, un equipo de fútbol del año uno. -Lo conozco… -Vergara me mira divertido-. No es que lo haya visto jugar, graciosito, pero conozco su historia. Es el actual Santiago Morning. -Habrá que averiguar quién es y hacerle una visita… La ventaja de conocer las redes sociales es que puedes analizar a todas las personas, aunque no salgan con su nombre. Siempre hay algún familiar que no solo aparece con su nombre real, sino además, completo. El resto es fácil, solo consultar. -Massaro… -¿Qué?- le digo, al tiempo que Vergara me extiende una taza con café. -Llegó alguien que tiene información sobre Gutiérrez. -Vamos. Tras una larga entrevista, Juan Morales, amigo de la víctima y un invitado al asado, nos había dado varias pistas respecto del pasado y presente de Gutiérrez. Al retirarse del fútbol, se dedicó al negocio de las antigüedades. -A su casa le decíamos “El Museo”-, señaló. Antigüedades y un enojadísimo usuario de Facebook… No puedo decir que el caso del futbolista no se estaba tornando cada vez más interesante, a pesar de la presión.


Fuimos nuevamente al departamento del “Conejo”. Esta vez, nos dedicamos solo a mirar las habitaciones. Efectivamente, parecía un museo, lleno de antigüedades donde uno pusiera la vista. -Antonio- dije al cabo de un rato. -¿Qué encontraste, Isa? Fue, más bien, lo que no encontré: sobre una de las repisas de la habitación principal, la típica marca que deja el polvo (o la ausencia de éste) que señala la falta de un objeto. -Mierda- dijo Vergara, al confirmar que efectivamente faltaba algo- cómo no lo vi antes… Veré si sacaron fotos de todo el departamento. -Ya se hizo, Antonio. No soy muy experta en la materia, pero les pedí a los peritos que fijaran todo. Admito que tanto cachivache me llamó la atención. Por si acaso, ya llamé a la Comisario Doris Moreau, de Patrimonio, para que viniera. -Estás progresando, Isabel Massaro- se limitó a decirme Vergara, algo enojado, probablemente, porque no le dije. Al cabo de media hora, la gente de la Brigada de Patrimonio Cultural plagaba la casa. La gran mayoría de los artículos, especialmente religiosos, estaban en las listas de artículos robados. Pronto la prensa hacía comidilla del día con el caso. Exfutbolista traficando obras robadas. Si su muerte era un revuelo, ahora era un escándalo. Aún con la bala pasada, Vergara quiso saber cómo se me había ocurrido solicitar las fotos de toda la casa. La verdad es que recordé un caso que él mismo me había contado, donde había antigüedades involucradas.

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-Ni yo me acordaba de eso-, me dijo finalmente -Tengo novedades-, dije, cambiando el tema- ya sé quién es Morning Star y, contra todo pronóstico, es una ella. - Eso explica varias cosas… murmuró, mientras le daba una calada a un cigarrillo. Le sonreí con sorna. -¿Algún mal recuerdo? Hizo como que no escuchó. -Como sea- seguí-, se llama Marjorie Sepúlveda y ya le encargué al cabro nuevo, Juan Fuentes, que fuera a citarla.

SITIO DEL SUCESO III *

Cuando las letras son la evidencia

El sol ya se estaba poniendo y frente a mi escritorio estaba sentada Morning Star. Vergara la miraba de reojo, mientras revisaba las fotografías del departamento del “Conejo”.

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-Interesante elección de seudónimo, señorita Sepúlveda-, dije a modo de presentación-, Un equipo más antiguo que usted y yo juntas, descargando la furia del infierno en el Facebook de un exfutbolista, casi poético. -No es lo que parece, por eso vine en cuanto me avisaron-, dijo ella algo nerviosa-, Andrés era mi… mi pareja… Y él terminó la relación… Estaba furiosa… -¿Lo suficiente para matar?-, interrumpió Vergara. -Yo… ¡No!- gritó ella, defendiéndose-. Una cosa es decirle que se vaya a la mierda, otra… es esto… Los negocios... -Sí. Había una pieza en su departamento, una moneda muy rara que es presa de coleccionistas. De pronto, Vergara se paró y le enseñó una foto, precisamente del lugar donde habíamos descubierto que faltaba algo. -¿Esta?-, dijo él alargándole la foto. -Sí, esa es… Uno de sus amigotes la quería, pero él no la quería vender. Cristián Mellado se llama. Un dealer de antigüedades. Ahí estaba el objeto faltante, un domo de vidrio y, en su interior, una moneda con un cristal azul en el medio. Marjorie Sepúlveda nos dijo que era muy valiosa, pero no sabía cuánto.


Me dediqué a estudiarla con mayor atención: así supe que era una “Cristal Azul de las Indias Británicas”. Rara y cara. Intentaba entender cómo demonios un exfutbolista termina con ese tesoro en su casa. Vergara, por su lado, se dedicaba a buscar a Cristián Mellado para entrevistarlo… Al fin, había una teoría: el “Conejo” tenía esta rara pieza en su colección y el sospechoso la quiere comprar, pero no hay trato. Discuten, hay una pelea, y el “Conejo” termina con un balazo en la espalda. Esa misma tarde, Vergara y yo, en compañía del nuevo, Juan Fuentes, fuimos hasta la casa de Mellado. Sorprendentemente, él mismo nos abrió la puerta. -Supongo que sabe por qué estamos acá-, abrió Vergara, en cuanto entramos a la casa. -Sí-, respondió Mellado en un tono sombrío-, de todas formas iba a entregarme. Su reacción nos tomó por sorpresa. Fuentes nos miraba a mí y a Vergara, con la boca abierta, incapaz de articular palabra. -Sí, fui yo y fue por nada. Tiempo después, me enteré que la famosa “Cristal Azul” que tenía el “Conejo” era una reproducción, carente de valor. Apenas, valor sentimental. Se la había regalado una “niña” que conoció cuando aún jugaba fútbol y fue a un amistoso en el extranjero. Por eso no la vendía. Era su moneda de la suerte, apenas un bello recuerdo de una noche (o tal vez más) de pasión. El experto dijo que era una muy buena imitación y a ojos ignorantes se veía exactamente igual a la real. Mellado, convencido de estar ante una verdadera moneda “Cristal Azul”, quería comprarla. Estaba seguro de que el “Conejo” no sabía lo que tenía y su alto valor en el mercado. Pero él se negaba sistemáticamente a dársela. Finalmente, el día del asado quedaron ellos dos solos en la casa del “Conejo” y Mellado insistió en su oferta, la cual fue negada una vez más, provocando la ira del comprador... Una moneda falsa que terminó con el “Conejo” Gutiérrez muerto a traición. PDI

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Atrapada

SITIO DEL SUCESO III *

Cuando las letras son la evidencia

Autor: Ángela Darín

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A

na no podía conciliar el sueño. Su cabeza daba vueltas y vueltas. ¿Cómo había llegado a pasar todo esto? Qué lejanas parecían aquellas calurosas tardes en su pueblo, con el sonido distante de una bachata, mientras promocionaba sus arepas.

-Lleve tres al precio de dos- y vigilaba al pequeño Ariel dormitar encima de unas cajas. Cuánto habían cambiado esas calles que la vieron crecer y que en su infancia poblaban los niños jugando, mientras las vecinas conversaban en las veredas. A Ariel no lo dejaba ni asomarse, por temor a alguna bala perdida, o para no llamar la atención de los traficantes. Mientras más invisible, mejor. Nunca pensó que añoraría todo eso. A pesar de todas las penurias y carencias, al menos en ese entonces tenía su gente, su patria, sus costumbres y, sobre todo, su libertad. Unos ruidos en la reja la volvieron a la realidad. Se asomó por la ventana y vio a su jefe hablando con otro hombre, no escuchaba muy bien desde allí. Aún le costaba entender la velocidad con la que hablaban los chilenos, pero alcanzó a oír algo relacionado con los empleados del local. Entonces vio el logo “PDI” en la chaqueta del hombre y su corazón dio un sobresalto. El jefe le había advertido muchas veces lo que hace la policía a ilegales como ella. En su país poco se confiaba en la policía, había escuchado muchas historias de injusticias y corrupción, y eso no era algo para tomarse a la ligera ahora en un país extraño. Al poco rato, el jefe ingresó a su pieza, su compañera aún dormía. -Ya está esta hueona floja, ya, prepárense que van a empezar a hacer los pedidos. ¡Ah! Y nada de andar lloriqueando hoy día, ¿me escuchaste? Después la gente anda preguntando huevadas, ¿viste? Por tu culpa vinieron a sapear los ratis hoy, tuve que inventar la media chiva


Milena Rojas Balsells (34), santiaguina, madre de un niño y en espera de otro, aficionada al montañismo y practicante de yoga. Sicóloga que trabaja en el Centro de Atención a Víctimas de Atentados Sexuales de la PDI, realizando peritajes y contención.

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que la niña que vio una clienta llorando el otro día en la cocina era mi sobrina y había terminado con el pololo… Agradece que no le dije que trabajaban unas ilegales acá… Ya, ¡a trabajar! Mira que aún me debís ene plata… Ana no contestó, ya prácticamente ni le dirigía la palabra. Suspiró. –Vamos Jeny–, le dijo, –no llegue tarde que la van a multar de nuevo. Se apuró para alcanzar a llamar larga distancia antes de empezar a trabajar. Mientras se lavaba la cara, observó su imagen distorsionada por el espejo trizado. Así era como se sentía, quebrada, rota. Ese día dolía más que los otros, ese día, hacía cinco años había sido el más importante de su vida. –Hola, mi amor, feliz cumpleaños–, dijo al teléfono.

SITIO DEL SUCESO III *

Cuando las letras son la evidencia

–Hola–, le contestó una vocecita familiar al teléfono–. ¿Cuándo vas a venir? Ana sintió cómo se apretaba su corazón al sentir la decepción y protesta en su voz.

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–Ya sé que prometí estar para tu cumpleaños, mi vida, pero ¿ves qué pasa? Mami ha estado muy ocupada con el trabajo–. Nadie contestó del otro lado. Entonces escuchó otra voz familiar: –Cómo está prima, ¿sabe? El niño estaba ilusionado con verla, ojalá haya valido la pena quedarse más tiempo–. Ana debió alejar el auricular para que no se escuchara su sollozo, tosió un poco y se excusó diciendo que estaba retrasada y que luego volvería a llamar. Con un gesto rápido borró las lágrimas de su rostro. –Esto te pasó por tonta-, se dijo a sí misma y se marchó. Aquel día, observó a Jeny más ensimismada que nunca. Cuando caía la tarde, aprovechó un momento de descanso para hablar con ella y preguntarle qué ocurría. –Me voy a ir, ya no aguanto más. Ana parpadeó, sorprendida. –Piénselo bien, el jefe va a mandar a buscarla, será mucho peor, le pondrá mil multas por eso, ¿y si la encuentra la policía?, ¡va a ir a la cárcel! –Dudo que sea peor que esto.


Ana titubeó por un momento, se imaginó qué pasaría si ella también… Sacudió la cabeza desechando esa idea. No tenía la fuerza ni valentía de Jeny, y aunque la tuviera, no podía… claro, Jeny no tenía un hijo por quien temer. Además, ¿a dónde iría? Sin dinero ni documentos, sin conocer a nadie. La rabia y desesperación nuevamente se apoderaron de ella. ¿Cómo llegó a sucederle esto? El año pasado se había enterado por una conocida de una oferta laboral lucrativa en Chile, en un restaurante de comida internacional. Ana nunca había salido de su país, pero había escuchado buenos comentarios de otros compatriotas. “Van a ganar el triple de lo que pagan acá, más comisiones, según la cantidad de gente que vaya al restaurante. Será solo por tres meses, así puede juntar su platita para la casa y Arielito, es una oferta única Ana, debe responder pronto…”. Ana no indagó mucho más, tampoco preguntó por los aspectos formales o legales. En su vida había tenido un trabajo oficial, dada su poca formación, así que desconocía ese tipo de trámites. Así fue como se limitó a seguir instrucciones, sacó su pasaporte y juntó el dinero que debía acreditar al entrar al país. “Te mandamos el pasaje y después acá lo pagas, no te preocupes, te lo vamos descontando de tu sueldo, pero igual te va a quedar mucho dinero”. “Dices que vienes de vacaciones y que eres mi sobrina, nada de titubeos ni de ponerse nerviosa”. Lo más difícil fue despedirse de Ariel, pero mientras lo abrazaba aguantando el llanto, se repitió a sí misma que todo era por su bien. Y así fue como llegó Ana, siendo la esperanza su único salvoconducto. Al principio, no pensó nada malo cuando el jefe le pidió su pasaporte, supuestamente para hacerle el contrato. Pero cuando pasó un mes y no recibió pago alguno, un atisbo de duda comenzó a asomar. Para cuando se armó de valor y le exigió al jefe su paga, ya era demasiado tarde. No solo se rió en su cara, sino que, además, le informó que no le devolvería su pasaporte hasta que saldara su deuda, y que al costo del pasaje se sumaba el alojamiento y la comida, y adicionalmente, por llegar tarde o dejar sucio debía pagar una multa. Primero vino la rabia, la impotencia y la vergüenza de haberse sentido estafada. Cuando Ana protestó, la risa burlona se borró del rostro del jefe, quien tomándola bruscamente del brazo le espetó: “Mira lindura, aquí las cosas son así, tú pagas lo que debes. Si no te gusta, será mejor que pienses en tu hijo”. Se estremeció al imaginar siquiera en esa posibilidad. Entonces vino el pánico y la desesperación. Estaba atrapada. ¿Cómo salir de esa situación? Esa pregunta la atormentaba. Por eso, cuando esa noche escuchó a Jeny deslizarse sigilosamente por la ventana, sintió que con ella se iba su

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última esperanza, su único apoyo… Entonces se incorporó mirando la ventana abierta, su corazón latía fuerte…, pero entonces se le vino la imagen de Ariel… No, no podía, simplemente no podía. Ana se volteó hacia la pared. Al otro día, mientras el jefe y el administrador revolvían la habitación y gritaban como locos que dónde estaba, que si acaso era cómplice, que las iba a pagar, sentía que solo su cuerpo estaba allí, como si no existiera. No tenía nada más que perder: su dignidad, sus esperanzas, su voluntad, todo había desaparecido. Por eso no le importó que desde ese día la hicieran trabajar más horas, ni que pusieran barrotes en la ventana, ni que la vigilaran más de cerca. Todo estaba perdido para ella.

SITIO DEL SUCESO III *

Cuando las letras son la evidencia

Jamás pensó que esa noche, luego de caer rendida de cansancio, todo cambiaría. Un golpe en la puerta la despertó.

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–¡Policía! ¿Hay alguien ahí? – Ana enmudeció, sus temores se hacían realidad. Contuvo la respiración mientras escuchó deslizarse el cerrojo. –Tranquila, estamos aquí para ayudarte, ya estás fuera de peligro. Todo se sucedió muy rápido. Ana no entendía lo que estaba ocurriendo, ¿qué pasaría con ella? Cuando se la llevaron de ahí, y mientras le servían galletas y algo para beber, al fin pudo comenzar a entender lo que estaba pasando. –Sabemos que usted es Ana Fuentes– le habló el policía despacio, – encontramos sus documentos en la caja fuerte durante el allanamiento. Llevamos esta investigación hace un par de semanas, usted ha sido víctima de Trata de Personas. Dígame, Ana, ¿cómo se encuentra? ¿Necesita algo? Hace mucho que no le hablaban con amabilidad. No sabía qué creer, era todo lo contrario a lo que decía siempre su jefe. ¿En verdad la consideraban una víctima?, ¿podía confiar esta vez? –Por favor, dígame, ¿me van a llevar presa? Ana pudo ver la compasión en el rostro del policía. –Usted no irá a la cárcel, tenemos bastante evidencia de que vino bajo engaño. La fiscal va a hablar con usted para explicarle todo.


No fue fácil para Ana convencerse. Todo ese tiempo de aislamiento, temor y amenazas había terminado. Cerró los ojos y lloró, pero por primera vez en mucho tiempo, esta vez fue de felicidad. PDI

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“Sitio del Suceso III: Cuando las letras son la evidencia”, incluyó la participación del personal PDI, cuya motivación se tradujo en una amplia participación, que se sumó a la consolidada convocatoria de personas amantes de la literatura e historias policiales. En esta oportunidad el jurado estuvo integrado por Pía Barros, Ramón Díaz y Carlos Tromben, quienes tuvieron la difícil tarea de seleccionar a tres ganadores por categoría, más las menciones honrosas, todas incluidas en este libro. La Policía de Investigaciones de Chile valora el interés de quienes participaron y agradece nuevamente el auspicio de Banco Estado, para concretar la tercera versión del libro que distribuirá en las bibliotecas públicas del país.

Sitio del Suceso III  

Esta es una publicación de la Jefatura Nacional de Asuntos Públicos de la Policía de Investigaciones de Chile, en el marco del segundo concu...

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Esta es una publicación de la Jefatura Nacional de Asuntos Públicos de la Policía de Investigaciones de Chile, en el marco del segundo concu...

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