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2째 Concurso de cuentos policiales

SITIO DEL SUCESO II Cuando las letras son la evidencia


SITIO DEL SUCESO II * Cuando las letras son la evidencia

Esta es una publicación de la Jefatura Nacional de Asuntos Públicos de la Policía de Investigaciones de Chile, en el marco del segundo concurso de cuentos policiales Sitio del Suceso II: Cuando las letras son la evidencia.

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Se prohíbe su comercialización y/o reproducción total o parcial sin la debida autorización de los propietarios de Copyright. Todos los derechos reservados. Año 2015, Santiago de Chile. Director General PDI: Marcos Vásquez Meza Dirección: General Mackenna 1314, Santiago. www.pdichile.cl @PDI_CHILE /policiadeinvestigaciones Diseño, Ilustraciones y corrección de textos: Anzuelo Creativo Impresión: Quad/Graphics. Número de Inscripción de Propiedad Intelectual: N° 251.505 ISBN: 978-956-7620-26-5


Índice

Prólogo 4 Ganadores Primer lugar: La flor de Shanghai 7 Segundo lugar: Zeremonie 14 Tercer lugar: La balada de los viejos sabuesos 22 Menciones Honrosas Delirios de otro inocente 30 El futuro 36 El juego del voyeur 40 El otro Boris 46 La regresión 52 Reescritura de un clásico 58 No hay vuelta atrás 64 La decisión 72 El río 78 La mueca 84

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ACERCANDONOS A LA COMUNIDAD DESDE EL AMBITO CULTURAL Y LITERARIO

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ieles al compromiso de la PDI por fortalecer los vínculos con la comunidad, por segundo año consecutivo y debido al éxito de la primera versión, la institución realizó el concurso de cuentos policiales, “Sitio del Suceso II: Cuando las letras son la evidencia”.

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Al igual que en su versión 2013, una gran convocatoria de 400 relatos, cubrió ampliamente nuestras expectativas. Esto refleja que el trabajo policial está cada vez más cerca de la comunidad, con iniciativas que promueven desde el ámbito de la cultura, la necesidad de que la policía sea mucho más que un servicio encargado de la seguridad pública y la investigación criminal. Asimismo, esperamos ser un referente de la novela negra en el circuito de los concursos literarios en el país. Historias que transcienden lo netamente criminológico y científico, y que están arraigadas de una u otra forma en nuestra identidad nacional, forman parte de esta publicación que será distribuida en todas las bibliotecas públicas del país. En esta obra están presentes los tres primeros lugares y las diez menciones honrosas, que fueron parte de la selección que hizo el jurado, compuesto por los destacados escritores nacionales: Pía Barros, María Eugenia Menéndez y Ra-


món Díaz Eterovic. A ellos, mis más sinceros agradecimientos por formar parte, nuevamente, de este proyecto cultural, dedicando parte de su tiempo y todo su profesionalismo. En esta misma línea, expresamos nuestra gratitud a BancoEstado, que creyó por segunda vez en esta innovadora iniciativa. Finalmente, agradezco a cada uno de los participantes, quienes a través de estos relatos, que reflejan casos policiales desde una óptica creativa y del imaginario personal, debieron indagar en la esencia de nuestra labor policial, para así armar cada una de estas historias. Esperamos repetir esta invitación, convocar a más personas y seguir acercando nuestra labor cotidiana a la ciudadanía. Muchas gracias.

Marcos Vásquez Meza Director General PDI

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La flor de Shanghai Autor: María José Bilbao Primer Lugar

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n quince minutos más tenía que estar en el trabajo, lo sabía, pero ahora estaba ahí, inmóvil, frente al restorán de Yang. Algo raro estaba pasando, porque había un tumulto inusual de gente agolpada en la puerta. Se bajó de la bicicleta y se acercó. Notó que era una mezcla de detectives, periodistas

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y vecinos mirando hacia dentro con extrañeza y asco, así como se mira dentro de la boca de un enfermo. Alejandra hace más de una semana que no pasaba por ahí. La verdad, le hacía el quite. -Parece que mataron al chino. -¿El chino joven? -Tiene las tripas afuera.

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Los diálogos parecían zumbidos sin sentido y Alejandra tardó algunos segundos en comprender lo que ese sonido absurdo trataba de decir. Al instante sintió un dolor en el pecho y tuvo náuseas. Los detectives entraban y salían del restorán, y algunos periodistas despachaban en vivo. Tuvo miedo de que alguien la viera así, tuvo miedo de vomitar, terror de salir en la tele. Se subió a la bicicleta otra vez y puso el pie en el pedal. Se sorprendió cuando hizo girar las ruedas otra vez. Todos los músculos de sus piernas estaban temblando, pero aún pisaban con fuerza, aún se ponían duros como roca si ella así se los indicaba. El viento que le entraba desesperado por la boca y la nariz le intensificaba las ganas de vomitar, aunque se supone que debería ser al revés. Tenía que pedalear como fuera, tenía que alejarse, llegar al trabajo en diez minutos. Y hacer su vida normal. Y vender maquillajes y sonreír a sus clientas. “Tú aquí, tú conmigo”. Eso le había dicho Yang la última vez que se habían visto. Discutieron toda esa tar-


de y Alejandra decidió no verlo más. Le irritaba el español deforme y mugriento de Yang. Más que nada, le molestaba su falta de entusiasmo para aprenderlo bien, su impasibilidad, su excesiva confianza, que comiera con la boca abierta. Ya no quería seguir con él. Se le había agotado la paciencia. ¿Qué iba a hacer ahora? Tenía mucho miedo de que alguien, sobre todo la policía, le preguntara algo. Nadie sabía de su relación con Yang, salvo su madre, que igualmente no sabía nada de él. A todas luces habría sido mejor no contarle nada. Pero Alejandra, en un arrebato, le había contado que estaba pololeando. No había querido mentirle, pero le dijo que pololeaba con el chino del restorán, quizá para tranquilizarla, o más bien, para que no molestara si alguna vez los veía juntos. Su mamá estuvo más de una hora tratando de entender qué chino era su chino, enumerando todos los restoranes chinos de la comuna, haciendo bromas infantiles, riéndose a carcajadas. Alejandra tuvo ganas de humillarla, de defender a Yang y su relación, de decirle lo ignorante y estúpida que era. Pero para qué. Ni siquiera lo del pololeo era cierto. Para su mamá un árbol eran todos los árboles, y un chino eran todos los chinos. En realidad, tanto mejor si lo veía de esa forma. ¿Por qué alguien habría de creerle? Alejandra siempre había pensado que era una de las personas que más mentía. Quizá no, quizá todo el mundo mentía igual. La diferencia estaba en que ella lo reconocía, aunque solo fuera para sí misma. Ya ni siquiera recordaba cuándo había empezado a mentir tanto. Quizá fue desde que aprendió a hablar, o quizá desde esa noche, cuando su tío llamó por teléfono para avisar que la abuela se estaba muriendo. Alejandra tenía 8 años y era año nuevo. Le asqueó que su tío le hablara borracho, que le llorara, que le exigiera que le pasara el teléfono a su madre. Alejandra no tenía por qué creerle a un borracho, menos hacerle caso. Además, las abuelas dicen que se mueren todo el tiempo, siempre se están muriendo. No quería que le arruinaran

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el año nuevo, así que no dijo nada a nadie. Al día siguiente la abuela murió, y ni ella ni su madre alcanzaron a verla antes. Su tío le recriminó no haber avisado, pero Alejandra dijo delante de toda la familia que él era el que mentía, que nunca había llamado. Dijo que se acordaran de que era un pobre borracho.

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¿Y si ahora llamaba al trabajo para avisar que no iría?, ¿si inventaba alguna enfermedad, algún accidente? Mejor no. Quizá no era bueno faltar justo hoy. Tenía que seguir pedaleando, adelantar ese auto y llegar a la hora. Tenía que trabajar hasta diciembre, dar la PSU, entrar a la universidad, estudiar, trabajar en algo mejor, irse de su casa de una vez por todas. Tenía que seguir siempre adelante, siempre, como fuera. Aunque las piernas le dolieran. Aunque quisiera ponerse a llorar.

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El camino por la Gran Avenida nunca había estado tan expedito. Alejandra calculaba que llegaría en cinco minutos si le tocaba la suerte de los semáforos en verde. Andar en bicicleta siempre le despejaba la mente. Salvo ahora. Ahora pasaba todo al revés, ahora no paraba de pensar en Yang, en ella y en los gemelos. Para tranquilizarse, pensaba que era evidente que ella no tenía nada que ver. Ni siquiera había visto a Yang esta semana, ni la pasada, ni siquiera alguien la había visto con él alguna vez. Pensándolo fríamente, era como si Yang nunca hubiese existido. Al menos no en Chile. Cree que algo está claro: nunca debería haberse involucrado tanto con los gemelos. Pero necesitaba la plata. Tenía que ahorrar, conseguir más de lo que ganaba en la farmacia vendiendo maquillajes. Nadie iba a pagarle la universidad. Nadie iba a regalarle nunca nada. Todo lo que tenía lo conseguía sola, generalmente mintiendo, diciendo que sabía de esto, que sabía de esto otro, fingiendo que todo lo podía hacer bien. Los gemelos,


sus vecinos del primer piso, le habían ofrecido un trabajo fácil, sencillo de hacer. Le pagaban cincuenta lucas por llevar una mochila desde su casa hasta otro lugar, generalmente otra casa que quedaba pocas cuadras más lejos. Le dijeron que ellos no podían hacerlo, porque la policía los tenía en la mira. Hace poco habían asaltado una distribuidora de pañales y estaban esperando que terminara la investigación. Alejandra sabía que la mochila contenía droga o algo parecido, pero qué le importaba a ella, iba a ganar plata, lo que llevara no era suyo, no era su problema. Dudó unos días, pero aceptó. Entregó la mochila en la casa que le indicaron y no pasó nada. Por eso lo siguió haciendo muchas veces más, entregando la mochila en distintas partes. Cuando le tocó entregarla en el restorán La flor de Shanghai, conoció a Yang. Pronto le tocó dejarla ahí otra vez, y conversaron un rato. Así fue que Yang le ofreció trabajar para él. Los trabajos que Yang le ofrecía eran fáciles a simple vista. Tenía que ayudarlo con el español, tenía que redactar correos electrónicos, guiarlo con los trámites de patente e impuestos del restorán. Alejandra no tenía idea cómo se hacía eso, pero le dijo que sabía hacerlo. A Alejandra le llamaba la atención que Yang manejara el negocio tan solo. Tampoco sabía cómo, hasta el momento, el restorán funcionaba de lo más bien. Yang no hablaba casi nada de español, menos lo leía, aún

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menos lo escribía. Cuando hablaban, mezclaban inglés y español, y generalmente Alejandra perdía la paciencia. A Yang no le interesaba nada más que su negocio. Nunca hablaba de él, ni de su familia, ni de cómo había conocido a los gemelos. Solo una vez le contó que estaba solo porque había tenido que huir de China, y luego huir de Ecuador, para al final quedarse en Chile, hasta cuando se pudiera. Al parecer, Yang tenía problemas con otros chinos. Por eso nadie lo ayudaba, por eso no venían chinos a ayudarlo, por eso recurría a Alejandra. Pero era imposible saberlo bien. Los emails que le llegaban estaban en chino y la única forma de leerlos era leyendo el gesto de Yang mientras los leía. A Alejandra le gustaba verlo leer. Comprendía todo. Estaba muerto de miedo. Alejandra está a punto de llegar a la farmacia. Solo le falta esperar que una camioneta doble antes que ella para tomar la última calle. Las piernas le siguen doliendo, pero sabe que cuando pare y descanse el dolor va a desaparecer. Ahora le preocupa tener que seguir mintiendo. En algún momento su mamá iba a preguntarle por Yang. Todos iban a enterarse del asesinato. Apenas pudiera, iba a tener que llamar a los gemelos. Alejandra no quiere creer que ellos hayan sido los que mataron a Yang. Eso la haría un poco culpable.


Mientras dobla la calle, Alejandra repasa una y otra vez su conversación con los gemelos. Lo único que les dijo fue que Yang no tenía alarma, y que la caja fuerte que tenía escondida atrás de una estufa era fácil de sacar. Fue entonces cuando los gemelos le dijeron, bromeando, que le iba a tocar su parte en agradecimiento. Y Alejandra se rió, y no dijo ni sí ni no. Solo se rió. Ya no se veía con Yang hace días, y lo recordaba como un estorbo. La última vez que discutieron la había tomado fuerte del brazo, incluso intentó pegarle en la cara. Alejandra logró esquivar el golpe y zafarse. Se fue del restorán insultándolo, apretando los dientes de rabia. En algún momento, tontamente, había pensado que ella tenía algún poder sobre él. Había pensado que el idioma la hacía necesaria, invencible. Pero no. Era solo un trabajo como todos los que había tenido. De los peores. “Aprovecha todas tus oportunidades”, había leído en una galleta china una vez. Y eso era lo que siempre hacía, nada más que eso. Al entrar en la farmacia, sintió que el hormigueo que le daba en las piernas cuando se bajaba de la bicicleta y empezaba a caminar era el mismo de todos los días. Mientras avanzaba por el pasillo, pensaba en que tenía que pensarlo todo otra vez. Siempre tomaba decisiones importantes apenas llegaba al trabajo, mientras recorría ese pasillo oscuro, sabiendo que era otro día estando ahí. Además, apenas entraba a la bodega para guardar su bicicleta, los estantes repletos de cosas le recordaban burlones sus gastos. Se acordó de la meta que se había puesto: un millón y medio de aquí a marzo. Amarró el candado. Cuando tomó su bolso, pensó que lo mejor sería llamar a los gemelos y preguntarles, con si nada, si ya sabían lo del chino. Después, con calma, vendría todo lo demás. Después vendrían los dramas, las amenazas, las promesas de no delatarse. No importaba. Una vez que hablaran y se cansaran de hablar, podría preguntarles si ya le tenían lista su parte. pdi

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Zeremonie

Autor: María Francisca Solar García

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Segundo Lugar

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poyado en el capó de su auto, tiró su cigarrillo al suelo tan pronto escuchó el chirrido de unos neumáticos acercarse. También se sacudió los pantalones, antes negros, ahora grises de polvo y ajetreo.


No le gustaba estar así de impresentable. Aplastó la colilla humeante con la punta del zapato. El barro seco por doquier y tanto personal entrando y saliendo del recinto había producido una gruesa nube sobre sus cabezas que no decantaba con nada. Atardecía, tibio, y los rayos naranjos dificultaban aún más la visibilidad. Así se mantendría por varios minutos más hasta que, intempestivamente, se pusiese de nuevo a llover. Pero faltaba para eso.

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La patrulla se detuvo unos metros frente a él. Un carabinero asomó su cabeza fuera de la ventanilla del piloto.

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- ¿Subcomisario Hernández? –le gritó, sin intención de mayor protocolo. El aludido asintió, tomando el portaplaca colgado a su cuello en un acto reflejo. – Lo buscan. La puerta del copiloto ya se había abierto antes de que el oficial terminara de hablar. Alguien bajó raudo pero con elegancia. Hernández usó su mano de visera y enfocó para asegurarse de que quien lo buscaba fuese el hombre que estaba esperando. Un moreno alto de traje a rayas se le acercó en un par de zancadas. No sonrió, pero


su rostro era cálido. Estiró su brazo. Reconocería esa nariz torcida en cualquier lado. - ¡Emilio! –saludó el subcomisario, aliviado, estrechando esa huesuda mano con las dos suyas–. Gracias por venir a ayudarnos. Si te hubieses negado, lo habría entendido. - No he aceptado –corrigió rápido el psiquiatra, calmo–. Vine a decidir si vale la pena. El policía inspiró hondo. Él no era nadie para obligar a un perito retirado a volver al ruedo como si nada, menos en un caso tan delicado. Y aunque Emilio Pesqueira era muy joven y muy hábil para ser un jubilado, el retiro forzado le había hecho bien. Seguía sin sonreír, pero las arrugas de su frente se habían suavizado. Lo que veía ahora era, sin duda, una versión bastante mejorada del hombre que Mario Hernández conoció, en una escena muy parecida, hace más de 5 años. Pesqueira levantó la mirada por sobre el hombro de Hernández. Atrás, al fondo del pasaje, un estricto control policial apoyado en huinchas blancas de la PDI no dejaba pasar a nadie sin autorización. Era un mar humano de transeúntes curiosos, periodistas, cámaras en grandes aparatajes. Entonces ambos voltearon hacia la casa, una vieja construcción de madera de dos pisos en un terreno semi baldío en Macul. Estaba a unos treinta metros de ellos, cercada en los límites del antejardín con una decena de patrullas y autos civiles. El ventanal a un costado de la entrada estaba hecho pedazos. El contingente desplegado era numeroso e insólitamente bullicioso para este tipo de procedimiento, pero es que todos andaban con los nervios de punta. De los ocho niños, ya habían muerto seis. Estaban contra el tiempo. - ¿Hace cuánto están ahí? –preguntó de pronto el psiquiatra. A su lado varias placas plateadas se movían con el celular pegado en la oreja. ¿Cómo saben que van seis?

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- Poco menos de dos horas. Siete disparos –puntualizó el policía, apuntando al ventanal. Luego miró hacia el sector donde trabajaba personal con overoles blancos. ¡Seis zapatos distintos! Emilio asintió, sutil. El modus le era tan familiar que sus manos temblaron. - Y el captor tiene tu número pero no se ha comunicado. Entonces crees que es un Zeremonie. Hernández no disimuló el miedo cuando cambió la mirada y se encontró con los ojos del psiquiatra. Nunca pensó que llegarían tan rápido al asunto. - No me mires así, Mario. Es la única razón por la que me necesitarías aquí.

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Hernández suspiró. Quizá era mejor así. Transparentar todo.

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- Ya sabes cómo es esto, no puedo salir con una tontera sin respaldo. Y sí, eso creo que es –aceptó, bajando el rostro y la voz. ¡Pero solo te tengo a ti para probarlo! Para el subcomisario, todas las sectas eran incoherentes, pero ésta era de las más raras con las que le había tocado lidiar. Ni siquiera era chilena: todos los secuestradores, cuatro en los últimos 20 años, habían sido inmigrantes alemanes. Elegían niños comunes, sin patrones aparentes, pero el grupo debía ser número par. Seis en el caso de 1994, cuatro en el 2001, dos en el 2009, ocho ahora. En el sur les llaman los Zeremonie. No hacen llamadas, no piden rescate. Matan a sus cautivos por turno y lanzan al “público” (a la policía, a los familiares) algún objeto que los identifique. Creen estar “salvándolos” de una vida miserable en un mundo miserable, teorizan algunos investigadores. Siempre usan el mismo tipo de escopeta recortada, con solo un


disparo, limpio, certero en la mitad del cráneo de cada pequeño. Siempre se suicidan al final. Emilio Pesqueira había participado en cada uno de los casos y hasta escribió un libro al respecto. Jamás pudo salvar a ningún rehén. Ese tipo de dolor no se cura con drogas o terapias. Devastado después del 2009, abandonó la PDI y abrió una consulta privada. Más dinero, menos acción. Tranquilidad, no. La paz interior era un lujo que ya no se podría dar en vida, estaba seguro. Hernández levantó las cejas en complicidad, ubicando la mirada en la azotea de un edificio de departamentos en la vereda contraria. Emilio ni siquiera volteó; adivinó inmediatamente. - Lo tenemos en la mira –aseguró, leyéndole la mente–. Listos para disparar, esperan mi orden. El rostro del psiquiatra se ensombreció. - Ya lo tenías decidido, no necesitabas mi asesoría. ¿Qué diablos hago aquí? Hernández metió el brazo por la ventanilla

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de su auto y sacó una carpeta. Le extendió un papel de oficio correctamente doblado en tres y un bolígrafo de tinta. - Confírmame lo que creo, firma el informe y salvaremos a los dos que quedan. Emilio levantó ambas manos y se echó hacia atrás. Sacudió la cabeza.

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- Cumple con toda la descripción, sí, pero… ¿Y si no es? - ¿No es obvio?

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- Nunca lo es –negó el psiquiatra, reticente–. Podría ser un fanático, un copycat… - ¡Mierda, Emilio! –gritó el subcomisario, alertando a algunos de sus colegas metros más allá. Regresó la vista al médico con impaciencia. ¡La última vez habríamos liberado a más de un niño si hubiésemos decidido a tiempo! ¡Te estoy haciendo un favor! –lo tentó, blandiendo el papel cerca de su nariz. Es tu redención. La nuestra. ¡No me voy a equivocar de nuevo! El psiquiatra se encontró a sí mismo temblando otra vez. No recordaba haber tomado su dosis de ansiolítico esa mañana. ¿Lo


había hecho? ¿Buscó con su mano las pastillas en su velador? ¿Qué hizo con el vaso de agua? Hernández puso a la fuerza el lápiz en el puño de Pesqueira. Se miraron a los ojos. Luego el policía extendió el documento en el aire y lo apoyó en la carpeta. Sin saber realmente cómo, en unos segundos la firma del psiquiatra estaba plasmada. - ¿No le temes al infierno? –susurró. - No, porque no existe –respondió el subcomisario, con una sonrisa agria. - Pocos creen en un juicio final –pensó el psiquiatra en voz alta, mirando el bolígrafo que aún sostenía entre sus dedos– salvo quienes ya enfrentamos un final y eludimos el juicio. Hernández lo ignoró. Cerró los ojos y pegó el radiotransmisor a sus labios. Expresó la orden en el código acordado. Entonces su celular comenzó a destellar y vibrar en el asiento del auto. No lo vio, tampoco Pesqueira. En la casa de madera, el móvil del secuestrador rebotó en las tablas tras el disparo en su pecho pero no se rompió. Siguió encendido, perpetuo con el número del subcomisario en la pantalla. Había empezado a llover. Días después, tras la entrega de un informe que se archivaría sin leerse, Hernández escucharía sobre el suicidio del psiquiatra en el patio de su casa, colgado en una higuera. No fue a su funeral. Le aterraba pensar cuándo llegaría su propio juicio. pdi

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La balada de los viejos sabuesos Autor: Carlos Andrés Márquez Miranda

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Tercer Lugar

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Porque si eres uno, jamás dejarás de serlo (“Trickster”)

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e llamo Benito Corvalán, tengo 57 años, y trabajo de guardia en la farmacia Hormazábal, que se encuentra en Caupolicán con Pedro de Oña, una esquina periférica de la pequeña ciudad de Curitrehua. A veces no sé si mi actividad merezca el nombre de “trabajo” ya que la mayor parte de mi tiempo se diluye en la compleja acción de dormir parado y con los ojos abiertos.

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Así es, cuando llevas 14 años rodeado de una gama de estímulos tan reducida, el hábito los vuelve imperceptibles y, sin querer, desarrollas una singular capacidad de hibernación, como única defensa ante la agobiante deprivación sensorial. En la esquina donde se encuentra mi farmacia nunca ocurre nada y no es porque yo sea demasiado bueno en mi trabajo, sino porque simplemente, no hay delitos que prevenir o delincuentes que atrapar. Por esto, la gente suele recurrir a “don Beni” para pedir ayuda con los paquetes, preguntar en qué estante se encuentra qué producto y en casos extremos, incluso pedirme asesoría sobre qué fármaco sirve para qué dolencia.

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Quizá no me lo crean, pero yo no siempre desempeñé un empleo tan anodino y rutinario. Hace tiempo, en otra ciudad, hubo una época en la que el peso en mi cinturón era una .45 y no esta enorme barriga. Fue antes de que una lesión laboral en mi pierna me obligara a cojear de por vida, a retirarme y a entregar aquella placa que tanto me enorgullecía llevar. Volvamos a mi presente. Aquella tarde, me sentía particularmente aburrido. Comenzaba septiembre y como ya nadie se enferma en septiembre, a la farmacia no entraban ni las moscas. Lo único que intentaba lidiar con tamaña monotonía era el sonido de la ra-


dio, la que entre canción y canción romántica soltaba un comercial o una noticia de actualidad, que podía ser de vital importancia en algún lugar lejano, pero no en Curitrehua. A pesar de que esa programación llevaba semanas repitiéndose, aquella tarde la voz del locutor se abrió paso entre la estática para dar una noticia interesante: mientras yo me encontraba trabajando en mi farmacia, (posiblemente comprobando que la aguja de la báscula aún marcara el 0 absoluto), la PDI había desmantelado una red de narcotráfico en Temuco, capital de mi región, y lo único que faltaba para cerrar el caso era capturar al cabecilla, cuya identidad permanecía indeterminada. Solté un suspiro y miré por la ventana. Los Hormazábal, la octogenaria pareja dueña de mi farmacia, apenas si alzaron las cabezas e intercambiaron un par de comentarios sobre las declaraciones que se sucedieron en la radio por varios minutos. Fue como llegó mi hora de salida y, como cada día, mis irregulares y lentos pasos me llevaron por el callejón ubicado frente a la farmacia, cuya presencia me ahorra el doloroso esfuerzo de caminar un par de cuadras y cuya discreción servía de ocasional resguardo a alguna pareja joven o algún vecino que quisiera dormir la mona sin ser molestado. Fue entonces cuando lo vi, tras de una caja de cartón. Por un momento pensé que se trataba de un borracho, pero tanto la helada e inmóvil mirada que se resbalaba de sus ojos, como la abundante sangre que le cubría ropa, desde su polera, hasta el muslo izquierdo, indicaban que aquel hombre de no más de 30 años estaba muerto.

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Algo dentro de mí se estremeció violentamente. Sentí un choque casi material entre emociones cotidianas, y recuerdos, polvorientos pero poderosos. El escenario era mi ciudad dormitorio, mi callejón discreto, desde el cual aún se podía ver mi farmacia, pero la escena no pertenecía al lugar ni al momento. El único vínculo entre ambas realidades era el actor principal: yo. Yo, que en ese momento, no me sentía como el viejo “don Beni”. El detective Benito Corvalán, tras 15 años de cese, había llegado a la escena del crimen. El hombre que yacía muerto de una puñalada en el corazón, no era un vecino de Curitrehua, pero aunque me negaba a creerlo, su rostro se me hizo totalmente familiar.

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Tras unos minutos de indecisión, me armé de valor y procedí a registrar el cadáver. No debía llevar más de media hora de fallecido y en un lapso de 5 minutos, tomé de él 3 elementos que me fueron pistas suficientes para empezar a investigar.

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- ¿Escuchaste, Acevedo? La operación Ana Frank resultó, agarraron al Cabro Carrera. - ¡Oh! ¿De verdad,”Corvo”? Es una lástima -respondió Acevedo, encendiendo un cigarro. - ¿Una lástima? -reí yo. ¡Ese huevón era un pez gordísimo! ¡Y dio harto que hacer! - Perdóname, pero construir una organización así de grosa, mover la plata, la droga y además de eso escapar de nosotros por tanto tiempo requiere talento. Y el talento, de una forma u otra, merece reconocimiento -objetó, antes de aspirar largamente su cigarro. Miguel Acevedo exhaló el humo con expresión reflexiva y miró largamente por la ventana del auto en el que viajábamos. Era un poco más viejo que yo y era


mi compañero y mejor amigo en la brigada desde que ingresé en ella. A pesar de ser un detective brillante, tenía ciertos problemas disciplinarios y, para nuestros superiores, eran característicos sus constantes cuestionamientos y sus puntos de vista alternativos que muchas veces constituían casi una apología del accionar de los delincuentes a los que perseguíamos. - Hmmm, no. ¿Sabes qué requiere talento y merece reconocimiento? Agarrar a esos huevones y demostrarles que no pueden hacer todo lo que quieran -respondí yo. - Al fin y al cabo, la ambición es lo único que mueve todo. A ellos y a nosotros -reflexionó él. ¿O acaso tú nunca has fantaseado con resolver un gran caso? ¿Ser reconocido? - Hmmm, no lo sé -murmuré. La verdad no podía negar eso. - ¡Aquí es! -anunció Acevedo. ¡Para el auto y bajemos con cuidado! Fue en esa inspección en el año 1997 en el que recibí un escopetazo que me destrozó la rodilla izquierda y debí jubilarme antes de tiempo. El muchacho que me disparó se llamaba Johnathan Céspedes y tenía 14 años, por lo cual no recibió sanción alguna.

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A Miguel Acevedo le perdí la pista completamente al poco tiempo de dejar la brigada.

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La primera pista que tomé del cadáver la encontré en su billetera: era su carnet de identidad. Al verlo quedé atónito: Johnathan Céspedes. El niño que me había disparado en la pierna hacía 15 años. Aquello de ninguna forma podía ser una coincidencia, él ni siquiera era de Curitrehua. ¿Sería entonces un mensaje directo hacia mi persona?

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El segundo elemento en el que reparé, fue un pequeño pedazo de cuero negro que había quedado entre las uñas de su mano izquierda. Si no me equivocaba, era parte de la cubierta del asiento de un vehículo. Él había llegado vivo, posiblemente acompañado por su asesino, lo habían apuñalado en el interior del automóvil y luego trasladado al callejón. Observé alrededor. No tardé en encontrar un tenue rastro de gotas de sangre, el cual comencé a seguir. Me adentré en el callejón, crucé un potrero y subí luego la ladera que conducía al molino abandonado, para entonces, mi corazón marchaba tan irregular y dificultosamente como mis pies. Estacionado junto al molino, un brillante BMW azul, discordaba groseramente con el resto del paisaje. Me acerqué a la desvencijada puerta del granero y la empujé con cautela. Por alguna razón, sabía a quién iba a encontrarme.


- Me encontraste muy rápido, “Corvo” -me dijo, sonriendo tristemente. - Ya nadie me llama así, Acevedo. ¿Qué haces aquí? ¿Mataste a ese hombre? -¡Ja ja! ¡Me imagino “Corvo”! ¡Mal apodo, ahora que lo pienso! Es cierto que siempre fuiste agudo, pero nunca fuiste torcido. ¿Sabes, Benito? Por un momento tuve algo en mis manos, algo digno de reconocimiento. De hecho, logré tener a todo Temuco bajo mi comando, pero todo se fue a la mierda -respondió Miguel Acevedo-. Su tono amargo fue perdiendo la compostura y mientras hablaba, sacó una 9 milímetros de su cinturón. - ¿Tú? ¿Eres tú al que busca la PDI por narcotráfico? -pregunté completamente incrédulo. - Veo que ya escuchaste mi gran historia. Ahora que todo se pudrió, quise darle un regalo de despedida a mi viejo compañero, darle también un final para su historia. -Al decir esto, Acevedo dirigió el cañón de su arma a su sien-. Felicidades, Benito, resolviste tu caso y atrapaste a un pez gordo. Fuiste un buen detective y ese disparo no te hizo dejar de serlo. En un movimiento maquinal, levanté un pequeño revolver .22 y apreté el gatillo. Era el tercer objeto que había tomado del cadáver. Un abejorro de plomo, inesperadamente certero, voló en línea recta hasta morder su muñeca, haciéndolo soltar su arma. - Lo siento, Miguel. Si es mi historia, no me gusta ese final -murmuré, pateando la 9 milímetros lejos de él. Saqué mi celular del bolsillo. Me tomó un minuto marcar el 134, pero a Curitrehua le tomó años creer la historia que se contaría sobre el viejo “don Beni”. pdi

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De lir i o s de ot ro inoc ent e Autor: Germán Catalán

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staba sentado encima de la cama, con los pies apoyados en el piso, mirando éste, las manos cruzadas y temblorosas, pero a la vez tranquilo sabía que lo peor ya había pasado, exhausto por aquel ejercicio, mi corazón latía con tal fuerza que por un instante creí haber despertado a mis hijas. La adrenalina me salía por los poros, meditaba, meditaba, buscando el porqué. La última escena fue un tanto espantosa, pero romántica, claro romántica por la intimidad, esa que era difícil de lograr en el hogar, aunque la casa fuera grande, los espacios eran pequeños, pero cumplían su función.

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Durante varios minutos miré las sombras de los árboles, que se formaban producto de la luna, una circunferencia brillante que encandilaba. Esperé que las nubes taparan por unos segundos a la luna y en un acto desesperado me arrojé a la cama, me tapé, y me di vuelta a tener un sueño reparador, antes de que ella notara mi ausencia.

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El despertador sonó, tan puntual como siempre, inequívoco, incuestionable, verdaderamente insoportable, pero sabes qué, desperté contento, con un gozo en el alma, que hace años no sentía, perdón me quedé corto, décadas que no sentía, pero con una extraña comezón en la nuca, como si algo me faltara, aun así no empañaría mi feliz amanecer. Me levanté de un salto de la cama y me fui directo a la ducha, me tomé mi tiempo, en mi espacio, habré estado veinte minutos ahí, los mejores de mi vida. Me dirigí a secarme y me puse mi vestimenta casual, en eso llegaron mis adorables retoños para decirme que me apurara, porque iban a llegar tarde al colegio y los tenía que ir a dejar como el buen padre que soy y seré. Elisa, mi hijita mayor, ¡que está grande ella!, me preguntó: ¿Dónde está mamá? y fue ahí que me acordé, porque meditaba y meditaba la noche anterior. -Mm, no vino a dormir anoche, hija mía- le respondí, con una grandísima actua-


Cuando las letras son la evidencia


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ción digna de un Oscar, me llegaron a salir lágrimas, pero como mi bebé es inteligente me respondió: – Pero su auto está abajo-. Ante eso, no hallé nada mejor que ahorcar a mi linda Eli, hasta que los ojos se le salieran como pescado, bueno para ser sincero lo pensé, cuando volvió mi razón, ya estaba conduciendo camino al colegio y me había zafado del cuestionario de preguntas, punto para mí.

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Luego de dejar a mis bebés en su cárcel, me quedó dando vueltas la preocupación de mi hija por su madre y que ésta no contestara el celular, ni que su amiga, su fiel amiga Sofía supiera dónde se encontraba la adorable e ingenua Victoria. Me vi en la obligación de marido, de ir a la policía a dar aviso del dramático y sospechoso hecho de que mi esposa se había extraviado, ellos me dijeron que pondrían una unidad móvil a patrullar la zona de Puerto Varas en busca de la señora Lloris, o sea mi preciosa mujer. Las agujas del reloj avanzaban sin dar tregua, el sol atravesaba el cielo vigilando mis pasos, no me perdía de vista ni un segundo, yo solo lo observaba y a ratos le daba la espalda, señal de mi indiferencia a su presencia. Estaba sentando en el sofá mirando la televisión, cuando en eso aparecieron ellas, mis hijas, venían del colegio, gritando que la mamá no las había ido


a buscar, y que su celular estaba apagado, yo en ese instante les quise brindar protección. -¡Hijas mías!, no se preocupen ya avisé a la policía, ellos están buscado a nuestra querida madre-. La desazón de ellas y de la Mona, hermana de Victoria, me llegó hasta lo más profundo de mi ser, al estómago, así que me fui a hacer un pan. Mientras hacía los trámites rutinarios de abrir, cerrar el refrigerador y mirar por la ventana de la cocina, divisé a lo lejos unas camionetas blancas, acercándose raudamente, con luces azules, no debía ser otra que la PDI, metiendo sus narices en un plato de comidas que no es de ellos, frenaron con tal impacto que mis bebes abrieron de inmediato la puerta, ellos se bajaron y mis niñas les empezaron a contar lo que había sucedido. El comisario Osben, ante todo pidió hablar con el dueño de casa, y tuve que acudir a su llamado, dejando mi pan con queso en la espera. Osben me saludó e inmediatamente, sin preámbulos, sin percatarse que mis princesas lo estaban escuchando exclamó: -¡Su señora desapareció señor…! Edgar, Edgar Torrance- me llamó. Me dio una impotencia su frase, pero ¡en fin!, supuse, no debe tener hijos, o si no cuidaría mejor sus palabras y modales. El comisario me dijo que tomaría mi declaración y las de mis hijas, yo accedí con gusto, no tenía nada que ocultar o que yo recordara por lo menos. Me empezó a empapelar de preguntas, y yo solo tenía una duda existencial, que no me dejaba responder tranquilo y hacía que mi nerviosismo aflorada como hongo en el rocío. ¿Cómo estará mi pan? ¿se le habrá posado una mosca? ¿Y si eso habría ocurrido, cómo lo sabré? ¿Y si me lo como, me caerá mal, tendré problemas estomacales? ¡Qué delirio!- susurré. Los detectives indagaron por la amplia casa de madera de dos pisos, hogar con un decorado que mezclaba lo antiguo, con lo contemporáneo, lo excéntrico con lo novedoso, nuestro entretecho, no era más que un lugar donde guardábamos los

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cachivaches, recuerdos que no queríamos botar, pero que el olvido los iba a sepultar entre el polvo y la soledad de ese gélido espacio. El patio, era uno más, no salía de lo común, un frondoso pasto verde con maleza, árboles detrás de la morada, al lado de ésta se encontraba un pequeño cuarto de madera, mi cuarto donde guardaba mis herramientas, cañas de pesca y frustraciones de vida. Mientras los peritos revisaban ese cuartucho, uno de ellos se percata que existía un piso falso, al golpearlo se escuchó hueco, el Comisario enseguida me preguntó: -¿Qué guarda ahí señor Torrance?-. Contesté yo anonadado, no alcancé ni a juntar las letras cuando ya lo habían abierto, la sorpresa fue tal que hasta yo me sorprendí: eran regalos, regalos que ni yo sabía que existían.

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Surgieron las primeras gotas de lluvia, eso produjo que la PDI adelantara su partida. Entré a la casa, mojado y me fui directo a mi habitación, sin hablar con nadie, dormí pensando en mi solemne pan, tuve pesadillas con él que me obligaron a despertar en plena madrugada.

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Después de un par de días donde el sol se paseaba lentamente por el cielo sigiloso, buscando el cadáver de mi Victoria. Logré llevar sus restos a un lugar seguro, donde descansarían, al ático de nuestra habitación. La PDI, entraba y salía de la casa, pero no me afligían, ellos eran una colmena de abejas sin aguijón, eficientes pero no efectivas. Pernoctaban en el lugar. Ya estaba pensando en adoptarlos como mis nuevos hijos, sobre todo a uno, al joven detective metiche, Donoso, que no interrumpía su labor y me miraba con cara de asustarme o seducirme, en verdad no lo sé. Ya no soportaba vivir día y noche con los detectives, así que tomé la decisión de entrar a mi habitación, me introduje en el ático y ahí estaba la bella Victoria, igual como la había dejado, ya no era tan bella, pero era ella, en posición fetal, con olor putrefacto, le señalé al detective Donoso, que en el desván estaba mi Victoria y me puse a llorar desconsoladamente, porque por fin se iban a ir estos usurpadores que no dejaban respirar en paz.


Pasaron las lunas, una tras otra y con ellas los meses, mis hijas y la familia por fin estaban dejando de hablar de su madre, un tema que en verdad me ponía un tanto incómodo. Los detectives, hasta este almuerzo no habían encontrado al monstruo de aquel horrible crimen, sí, hallaron una pista luego de cuatro años, dos hojas de trébol en los zapatos de mi mujer, que quería decir eso, según Donoso que era el nuevo comisario. -Su señora fue llevada al ático muerta, la mataron en otra parte, para luego trasladar su cuerpo al entretecho. -¡Qué atroz! ¿Qué individuo pudo haber cometido tal homicidio?-, decía yo con naturalidad. Los días pasaban, los truenos y relámpagos hacían las noches más prolongadas, el olor a humedad que emanaba la habitación, creaba un ambiente más frío entrando a la madrugada. En plena noche desperté por el hielo de la pieza, levanté la vista, aún con los ojos cerrados y cuando los abrí, estaba ella tan linda como siempre. Mi Dulcinea. Por primera vez sentí un poco de miedo, me dominó como la corriente del río que arrastra las hojas que se caen en él, pero en el momento reflexioné con tal cordura que me dije: -Es imposible que sea ella, yo mismo la estrangulé, sentí mis dedos y uñas perforando su tráquea-, era la misma sensación de placer que si reventaras las burbujas de aire que tienen las bolsas plásticas, mientras más lo haces, menos quieres parar y más te gusta. Forcejeamos varios segundos, le rasgué la blusa sin intención, solo quería matarla, no dañarla, ella me arañó, pero como yo soy su marido la vencí, cayó al suelo golpeándose la nuca, empezó a convulsionar. Ese momento de intimidad me dio un poco de asco, por verla botar espuma de su boca como perra con rabia. Advertí que no mostraba señales de vida y suspiré aliviado. Pasaron un par de minutos, me giré para mirar su cuerpo inmóvil por última vez, y me percaté que intentaba infructuosamente esbozar unas palabras, aún así no se daba cuenta que su garganta estaba quebrada. Solo escuché un leve susurro, que intentar reproducirlo sería un crimen y yo no estoy dispuesto a eso. pdi

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El futuro Autor: Gonzalo Manzo

“He visto el futuro, hermano: es asesinato”

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(Canción “El Futuro” del disco del mismo nombre. Año 1992) Leonard Cohen

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uena una alarma. De estómago sobre el colchón, extiende su brazo derecho, toma el celular que se encuentra sobre la alfombra y apaga el sonido que sale del aparato, mientras trata de abrir los ojos y despertar. Eran solo quince minutos, nada más que quince minutos, se reprocha. Ya ni siquiera es capaz de calcular el tiempo. Una hora pueden ser breves segundos, como dos minutos pueden ser la eternidad, se imagina. Es de noche, y su corazón aún agitado, suena tan fuerte como los sonidos de las sirenas de los autos policiales que pasan muy cerca de la cabaña donde se encuentra. Mira hacia todos lados. No conoce el lugar, sin embargo, tiene recuerdos de él. Sobre una silla de madera, ve su ropa colgando en el respaldo. Se acuerda de haberla usado o tenerla puesta. Mira su cuerpo. Se da cuenta que está en la más completa desnudez y se abraza rápidamente para cubrirse del frío. Escucha murmullos de gente en las afueras, perros que ladran y gritos de personas que pasan muy cerca, mientras su cabeza da vueltas y vueltas tratando de entender. No sabe bien cuántas veces ha podido estar allí, ni por qué se encuentra en esas condiciones. De pronto, desde una puerta, sale un hombre robusto, muy tenso y nervioso que camina errante en todas direcciones tomándose la cabeza. Al verlo, lo reconoce,


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o al menos eso cree. Sabe que él fue la última persona que vio antes de olvidar todo. No sabe su nombre, pero sabe que él puede saber el suyo. Le habla, le llama la atención. El hombre no responde, quizá no la escucha. Intenta levantarse de la cama para ir hacia él, pero no puede: su cuerpo le duele demasiado, sobre todo su cuello. No puede mover más que los ojos. Comienza a desesperarse. Le grita al hombre, le pide ayuda. El hombre sigue haciendo lo suyo. Sus llamados de auxilio continúan, mientras ve como este último, desde una caja de herramientas, saca un manojo de alambres y toma un saco blanco desde el suelo. Instantáneamente, deja de gritar y comienza a recordar poco a poco. Recuerda haber tomado once en casa con su familia. Recuerda haber cuidado a sus hermanos. Recuerda conversar por chat con un joven que le gusta, como todos los días lo hacía. Recuerda haber llamado a su hermano mayor para que regresara, después de ver los fuegos artificiales de las fiestas de aniversario de la ciudad. Recuerda haber salido y subir a un taxi. Recuerda entrar a la cabaña, pero sobre todo, recuerda que el hombre que se encuentra en la habitación, no es quién dice ser. El hombre se acerca, y con los alambres, ata sus muñecas fuertemente. Recuerda que le duele, por lo que grita y también llora. El hombre cubre su cuerpo con el saco blanco, el cual lo termina de encordonar con los alambres. Sin poder ver nada, y resistiendo el dolor, trata de reconocer dónde se dirige. Después de largo rato, sin siquiera saber cuánto tiempo ha pasado, ni saber dónde está, siente que cae. Su cuerpo se golpea bruscamente en el duro suelo. Su respiración disminuye poco a poco y todo ya es olvido, ya no vale la pena recordar nada. Su corazón deja de latir. pdi

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El juego del voyeur Autor: Diego Ibaceta

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ada mañana veo salir de su despacho, a eso de las nueve de la mañana, al autodenominado “Detective privado Morales, discreción absoluta”. Su apellido, bastante común en nuestra españolizada colonia, no deja de ser paradójico si se analiza un pequeño pasaje de su (des) honrosa biografía. Pasaje que podemos recordar como titular en un diario amarillista, que aún, tanto él como yo, guardamos con recelo en la parte más oscura de nuestras billeteras, representación acérrima de nuestro oscuro subconsciente: “Arturo Morales, Sub- Prefecto de la brigada de narcóticos es destituido y puesto en investigación, luego de que el fiscal del caso “raspaje” haya encontrado pruebas que lo imputan como principal sospechoso”. Paradójico. Nunca se pudo probar nada. La investigación aún continúa. Los 4 kilos de cocaína desaparecidos del sector de evidencias del cuartel de la PDI de Valparaíso nunca fueron encontrados. Muchas cabezas se cortaron, entre esas, las del querido Sub-Prefecto Morales, quien hasta última instancia arguyó inocencia y acorralamiento de tipo político. La verdad… la verdad tiene muchas caras, pero debo reconocer que conozco la más amarga. Jugando al detective encaprichado de mi querido objeto voyeur, me he dado cuenta de la afición irreparable de Moralito por el dinero y la sentencia blanca, más conocida como caspa del diablo, falopa, frula, dama inocente, merca, jale, merten, la nieve colombiana. La mejor forma de llamarla para Morales sería “perdición”: una ex-esposa con contusiones cerebrales producidas por una supuesta caída de la escalera y dos hijos con los que ha perdido todo contacto, así lo demuestran. Mi querido Morales, tu consciencia y tu apellido, como queda en expreso, no son congruentes. La resolución de este nuevo caso te tiene impaciente. Puede ser el caso que limpie tu nombre y con el cual te restituyan a la institución por la cual diste toda tu vida y aspiraciones. Este nuevo enigma le calzó como anillo al dedo a tu olvidada oficina de investigaciones, donde una vez al mes, cuando está bueno el negocio, llega alguna mujer en busca de pruebas que inculpen a su marido de


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haberse acostado con un travesti, su prima o una secretaria desprevenida pero bastante poco ilusa. Casos poco importantes y escabrosos como éstos estabas acostumbrado a cubrir y resolver a la perfección, pero jamás te habías visto siguiendo la huella de alguien que realmente portara oscuridad y lujuria en su alma: el violador y asesino de 4 pequeños que no excedían su edad en peso, algo brutal y desalmado. Cuando comenzaron a encontrarse restos de lactantes por diversas zonas del puerto, el caso fue cubierto por todos los medios. Estaban ubicados en forma de acertijo: una mano en la bahía; el cráneo de otra víctima en el Molo de Abrigo; partes de un tórax en una casa abandonada y al borde de venirse abajo; restos del ADN de víctimas en los rieles de ascensores en desuso. El puerto parecía estar plagado de elementos que llevarían a descubrir al denominado “Viejo del saco porteño”, haciendo alusión a la antigua leyenda del ropavejero que raptaba niños malcriados, escondiéndolos en su saco que cargaba eternamente y sin descanso, como una especie de calvario o haciendo alusión a la metáfora “cada uno carga con su propia cruz”. Un suicidio y una carta darían por finalizadas las pesquisas y búsqueda del ultrajador fantasma, dando por cerrado este grotesco capítulo que empaña el ocaso anaranjado del querido puerto. Morales solo había seguido estos macabros acontecimientos a través de los noticiarios, ya que por esa época, llevaba un año de haber sido destituido del departamento. Una tarde, y esto lo sé bien pues me he dedicado a observar los hechos hace meses desde el café de la esquina a la oficina Morales, el detective recibió un extraño sobre. Desde ese día ya han pasado exactamente 4 meses. 4 meses en los que Morales no ha descansado intentando resolver el tan preciado acertijo. 4 meses en los que ya han llegado 6 sobres, llenos de lo que podría ser dinero en efectivo, debido al cambio en el vestir y el beber que ha experimentado el detective desde la llegada de la primera correspondencia anónima. Aquél primer sobre que llegó a su oficina, como el mismo comentaría borracho en el bar de la esquina, contenía una carta en la que además de narrar paso a


paso los sórdidos sucesos acaecidos hace un año en el puerto, exponía que el verdadero violador aún seguía libre y el suicida había sido solo una coartada para despistar a la policía local, lo que finalmente ocurrió. Además de unas indicaciones, el sobre contenía dinero que al detective le alcanzaba para pagar el arriendo de su casa-oficina, alimentarse con comida real durante un mes, comprar un ron mejor a la descriteriada imitación de “Flor de Caña” (imitación pregonada en altos carteles de la botillería cercana con la alusión “Solo a $850, igualito al real” ) y quizás ostentar el calor de dos damas de placentera compañía: una a mitad de mes y una al final, a modo de premio por sus pesquisas. El sobre también contenía una dirección a la cual el detective debía escribir cada vez que reuniera nuevas pistas. En esos cuatro meses, me he sentado a ver el trabajo de Morales, y para ser sincero, por más que se esfuerce y esfuerce, no llega a buen puerto. Luego de salir de su casa oficina, Morales comienza el día con un “cafecito con punta” en el mismo café-bar donde yo cada mañana me dedico a leer el periódico y beber mi tradicional “cortado grande”. Es en ese instante en que nos encontramos más cerca, en que nuestros nichos se unen, y podemos olernos y sentir nuestra respiración a corta distancia. Mientras Morales absorbe su brebaje, va rellenando una libretita donde, como el mismo comenta al dueño del local: “va uniendo el laberinto”. Enciendo un cigarrillo, mientras observo a Morales conjeturar y diagramar ininteligibles jeroglíficos en su acartonado papiro. La situación ya se ha vuelto rutinaria, cada mañana es lo mismo, y cada mañana ocupa el mismo tiempo en terminar sus extravagantes apuntes, que luego guarda en su roída chaqueta setentera (llagada por fantasmas que en esos años fueron más que carne… y hoy solamente suspiros), para pasar el día en prostíbulos de mala muerte, bares olvidados, recovecos que el puerto ha querido sellar con tristeza fundida. Todo para buscar las pistas de su obsesión, que no solo le reporta dinero cada vez que un sobre se desliza bajo su puerta, sino que también, le ha devuelto las ganas de seguir jugando al Sherlock Holmes chilensis.

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Cada día lo mismo, excepto hoy. Luego de abandonar el umbral de su hogar agencia, caminó en una dirección opuesta a la del café-bar, quizá en busca de nuevas pistas.

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Debe apresurarse detective, pues el premio de su pronto hallazgo se está haciendo cada vez más lejano. En fin, el detective ha decidido cambiar la rutina, o en su defecto, dejar el alcohol. Los cambios que puede experimentar un hombre tras una noche casi en vela y unas cuantas pastillas, pueden ser decisivos para el resto de su vida.

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Ya son más de las doce y no hay rastros de Morales. Por primera vez, he comenzado a impacientarme por su persona, lo que me ha hecho fumar dos cajetillas en estas 3 horas de espera. Sí, lo sé. Soy un tanto exagerado, pero dentro de los pocos placeres que aún me permito, se encuentra el del tabaco. Dentro de los pecados que me acompañan en este valle de lágrimas, que son muy pocos (cabe destacar), el tabaquismo es el primordial y cabecilla de todo lo demás. Además, en algo en que coinciden los buenos y malos escritores, es en que son buenos fumadores, y mi obra maestra es inversamente proporcional a la consumición espontánea de tal filtro placentero. Pero este relato no es para hablar de mi querida persona, sino de las peripecias del detective Morales, nuestro querido pesquisidor en busca de su hueso roído.


Lo último que supe de las pesquisas de Morales es que, tras muchos intentos, logró ingresar al Servicio Médico Legal, y tras sobornar algunos delantales mortuorios, logró extraer algo de información que descartaba al suicida como el supuesto “Viejo del saco”. Específicamente, descubrió que el supuesto suicida era asmático crónico, lo que conllevaba una incapacidad para poder disfrutar del deleite de un cigarrillo. Raro, pues en lugares de la habitación en que fue encontrado, se hallaron cenizas y colillas. Tras este descubrimiento, Morales pudo apuntar sus dardos hacia otros lugares, y comprobar que la carta y el hombre suicida, no eran más que una antiquísima y vulgar coartada. Cuando la PDI se enterara de lo que había descubierto, no dudarían en reintegrarlo, ya que pudo descubrir lo que muchos habían obviado. La espera se ha hecho eterna. Mientras intento adivinar el paradero de Morales, puedo relatarles otras de sus pesquisas. Hace cuatro noches, Morales se había enterado de la dirección de un ex amante del joven asesinado, inculpado y falsamente denominado como el “suicida”. Todo ocurrió cuando... Siento unos pasos fuertes y decididos en el café-bar, es por eso que he preferido interrumpir mi relato. Siento el peso de una agarrotada mano en mi espalda, una voz fuerte... - Felicitaciones detective, ha llegado a la meta. Ha conseguido su premio. Ahora, antes de que me entregue, déjeme guardar esta carta en el último sobre que entregaré, dirigido a un supuesto concurso literario. Antes de que comience a usar la violencia, por favor, déjeme firmar este pequeño relato con mi seudónimo… pdi Valparaíso, 2014

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El otro Boris Autor: Juan Ignacio Colil Abricot

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e pronto se puso de pie y entendí porque se sentía tan seguro. A simple vista me pareció que medía dos metros. Caminó hasta la ventana y se quedó un rato mirando la luz de la tarde. Me dio la impresión que me estaba dando tiempo. Parecía que estuviese contando en silencio cada segundo.

Miré las paredes del living. Había algunos cuadros de paisajes. Un diploma escrito en inglés y una gran fotografía de Boris Karloff. - ¿Le gusta la fotografía? – me sorprendió con su voz. - Boris Karloff. Vi un par de sus películas. - Un gran actor. Quizás uno de los mejores. - Se parece un poco a usted. - No es el primero que me lo dice. La traje de Estados Unidos. Se fija en el extremo izquierdo. Acérquese, no tenga miedo. ¿Qué es lo que ve? - Una firma. - Una firma y unas palabras. Me la regaló el propio Boris. ¿No me cree? Míreme bien. Usted mismo dijo que me parecía. Dice: “A mi gran amigo, el otro Boris”. Me la regaló después que filmamos “El ladrón de cadáveres”, el año 45. Yo era su doble. Era un buen tipo. Ya han pasado dieciséis años. Quizás no debí haber vuelto. Acá la gente es mezquina, se enredan en pequeñeces, no saben distinguir a un verdadero artista. Y no lo digo por mí, yo soy un hombre viejo. He visto todo lo que tenía que ver. Imagínese, que hasta el propio Boris decía que yo lo asustaba con mis actuaciones y eso que solo lo doblaba. - No tengo mucho tiempo para sus historias, usted llamó al diario y dijo que había descubierto un cementerio indígena. ¿Es lo que se ve por la ventana? - Así es. Después puede acercarse. Solo dije que había encontrado un sitio arqueológico. Nada más. Lo de cementerio indígena lo dijeron los hombres que estaban cavando. Es gente ignorante. No sabe distinguir un hueso de pollo de un hallazgo histórico. Pensé que iba a venir algún periodista de más renombre. No es por menospreciarlo, pero usted es solo el fotógrafo. Se ve bastante joven.


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- ¿Por qué piensa que se trata de un cementerio indígena? - Yo solo dije que era un sitio. Encontré unos cacharros como los que hacen los indios en el sur, un cuchillo, unas cuantas monedas antiguas. Quizás es algún asunto de la época de la Colonia. ¿Sabe algo de historia? - Algo, no mucho. Es raro que acá apareciera algo así. Si tenemos suerte mañana podrá ver una pequeña nota de este asunto en el diario. No le prometo la portada, pero algo habrá. Ojalá que sean cacharros auténticos, quizás son solo copias. Oí que iban a tratar de enviar un perito. - ¿Qué clase de perito? - No sé gente que entiende de cementerios indígenas y de huesos. ¿Encontró algún hueso? - No quise seguir mirando, pero debe haber algo. Esa gente enterraba los cuerpos y una buena cantidad de objetos. No quiero que después digan que me quedé con algo, por eso pedí a uno de los hombres que llamaran al diario. A veces hay gente que prefiere sacar provecho personal de todo esto. Yo quiero que se conserve toda esta riqueza en un lugar adecuado. - Hizo bien. En el diario quedaron muy sorprendidos con la noticia. Yo justo estaba ahí cuando le informaron al jefe, por eso vine inmediatamente. Me enviaron para que aprovechara la luz y le hiciera algunas fotos. En un rato más deberían llegar los periodistas estrellas, quizás Vaccaro o Molina. No sé, ellos son los especialistas en estos temas.


- ¿Salí bien en la foto? - Sí. ¿Le puedo tomar otra foto junto a los restos? - Me gustaría que fuera una fotografía mostrando los objetos. Los que se alcanzan a ver. - Buena idea. Seguramente ahora su casa va a costar una fortuna y a usted lo van a querer entrevistar de todas partes. ¿Qué pensaba hacer en el patio? - Nada especial. Solo pedí que me removieran la tierra para plantar unos tomates. Le dije a los tipos que picaran bien y al rato me llamaron un poco asustados. Tuve que calmarlos, es gente pobre sin mayor educación. Se dejan impresionar por cualquier cosa. Pensé que se habían encontrado con un gato muerto o algo así, pero imagínese, mi sorpresa fue mayúscula. No todos los días uno descubre algo así. ¿A qué hora cree usted que pueden llegar los peritos? - Eso depende del trabajo que tengan. Lo más probable es que lleguen juntos con los periodistas. Debe ser en una media hora más. - ¿Peritos de dónde me dijo que eran? ¿De la Universidad de Chile? Debe ser la gente más competente en este ámbito. - En el diario tenemos conexión directa con la Policía de Investigaciones. - ¿Investigaciones? ¿Y tienen que hacer los ratis en esta historia? - Es rutina. Ante cualquier hueso que aparezca ellos tienen que hacerse presente para saber de qué se trata. Así nos ayudamos. Cuando hay alguna noticia importante ellos nos dan el dato y ahora nosotros le devolvemos la mano. Le van a hacer algunas preguntas, van a escribir un par de frases en un cuaderno y nada más. Es solo para que quede constancia del sitio y para asegurarse que si encuentran algún hueso no se trata de ningún finado reciente. No tiene de qué preocuparse son solo preguntas formales. Además tiene que armarse de paciencia porque no creo que lleguen muy luego. - ¿Por qué? - Siempre tienen cosas que hacer. Mejor para nosotros, así tomamos las fotos tranquilos, sin que nadie nos esté molestando. - No me gusta su idea, ni tampoco su sentido del humor. Yo llamé al diario para

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hacer una contribución y ahora ustedes me traen a la policía. Después voy a aparecer en el diario como un criminal. Imagínese a la gente del barrio cuando vean aparecer los autos de la policía. - No lo tome de esa manera. En realidad tengo que confesarle que me enviaron a mí y depende de lo que yo diga para que vengan los demás. Todos los días recibimos bromas en el diario y cuesta a veces separar la mentira de la verdad. Nos hacen perder mucho tiempo, pero usted no tiene porqué preocuparse. Como ve, tiene todo a su favor. Apenas llegué y miré por la ventana me di cuenta que se trata de un asunto verdadero, extraño, pero verdadero.

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El tipo caminó por el living hacia la ventana que daba hacia la calle, volvió sobre sus pasos. De pronto lo había abandonado su calma y miraba en todas direcciones como si buscara algún objeto perdido. Las venas del cuello se le marcaron. Se quedó unos segundos mirando la foto de Karloff. Me dio la impresión que era una pose estudiada. Se parecía mucho. De pronto se volvió hacia mí. - ¿Me quiere decir que no va a venir nadie más? - No, solo que tengo que confirmar con una llamada. Como le expliqué, a veces nos hacen bromas y hay que confirmar la información para no perder el tiempo. Apenas llame al diario vienen para acá por lo menos uno de los periodistas junto a los peritos. Eso es seguro. Es difícil el asunto de los huesos y tienen que dejar constancia que se trata de huesos antiguos. Después de la fotografía puedo hacer la llamada. ¿Me prestaría su teléfono?. -Los dos hombres miraron hacia el mueble de madera sobre el cual estaba el negro aparato. - ¿Qué les va a decir? - Solo tengo que avisarles que la información es correcta. Nada más. Después todo corre por cuenta de los peces gordos. Yo soy solo un obrero de las noticias. Eso sí que la fotografías se las hago yo. Ese es mi premio. ¿Le tomo la foto? - ¿Qué foto? - La foto con algunos de los objetos-. Nuevamente el anfitrión se detuvo en medio de su paseo y su mirada se perdió por algunos segundos frente a la foto de Boris Karloff. –Si quiere podemos tratar de que aparezca como la foto de Boris.


Esa expresión es notable, muestra cierta autoridad y distancia al mismo tiempo-. Eso pareció tranquilizarlo. - Sí, es una buena idea, pero espere un momento, tengo que arreglarme un poco, me gustaría peinarme y ponerme una camisa un poco más decente, quizás una corbata. Por mucho que uno esté en su casa, uno siempre es un caballero. Hay que recibir de buena forma a esta gente. - No hay problema, en cuanto le tome la foto hacemos la llamada, pero no se demore porque queda poca luz y me gustaría aprovechar la luz del atardecer para fotografiarlo. - No se preocupe por mí, es cosa de un par de minutos. Si quiere vaya al patio por mientras, busque el lugar apropiado. A mí me gustaría cerca de la excavación, pero usted es el profesional de la imagen. Vaya con tranquilidad, lo sigo en unos minutos. El tipo caminó por un pasillo hacia el interior de la casa. Escuché sus pasos sobre el piso de madera. Luego una puerta que se abría y se cerraba. Ruido de cajones. Calculé que si hacía la llamada en una hora llegarían Vaccaro y Molina, si es que no hacían un alto en el camino. Salí al patio a ver por mis propios ojos el famoso hallazgo. Sentí el aire tibio de la tarde. El patio era más amplio de lo que imaginaba. Las casas de la calle Dardignac no se ven muy grandes por fuera, pero al ingresar a ellas es como si uno cayera en un nuevo tiempo. Caminé por el patio con cuidado. Se notaba la tierra removida. Me acerqué con cautela a la pequeña fosa. Vi monedas, seguramente eran de oro. Se asomaban apenas entre la tierra. Luego vi un cuchillo, los restos de un cinturón de cuero y un reloj. Me llamó la atención que hubiese un reloj. Pensé que algo no cuadraba. Con un palo traté de tomarlo, pero al levantarlo también desenterré un trozo de tela azul. Parecía la manga de un vestón. Entendí que estaba en el lugar equivocado. Traté de incorporarme, pero ya era tarde. No lo vi venir. La luz de la tarde iluminaba la mitad de su cuerpo y apenas dejaba ver su rostro. No supe como un hombre tan grande se podía mover con tanto sigilo. Pensé en levantar la cámara. Ya era tarde. Caí. pdi

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La regresión Autor: Dámaris Elizabeth Jofré Olivares

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ía y noche atisbaba por el cristal de la ventana enmohecida, olía en aquella pequeña habitación la humedad de siglos, con sus paredes grises o tal vez de un color más bien triste. Cerraba sus ojos y su mente viajaba al recuerdo: el viento en su rostro que ligeramente le acariciaba y el desasosiego de la gente que bullía sobre las veredas, el aire tibio envolviéndole tiernamente...a ratos un aire frío, cruel y despiadado que le agitaba el corazón fuertemente.

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A prisa caminaba haciendo tronar sus tacones, su pelo al viento se sacudía galopando sobre su chaqueta, su respiración entrecortada se agitaba con los pasos presurosos. Ella la miró, pero solo logró divisar su joven perfil y su mirada taciturna que quedaba presa en un punto desconocido en el horizonte de sus pensamientos. Quiso interrumpir ese irritante silencio con alguna pregunta, pero por alguna extraña razón no logró repetir ni siquiera un respiro, solo atisbó ligeramente a mirar sus labios apretados, su respiración fuerte y pudo entrever a hurtadillas que ella escondía sus manos encrespadas en los bolsillos del sweater viejo que llevaba mientras aguijaba sus pasos en la vereda como queriendo escapar con el viento, luego miraba sus propias manos que sin premura se sacudían con la marcha. De pronto un leve murmullo pareció inquietarle a su amiga, fue cuando agitó rápidamente su corta cabellera, dio un vistazo agrio a su lado y por un instante detuvo abruptamente el paso, que hizo ligeramente balancear su débil y joven cuerpo; sin embargo, sacudió su cabeza y le sonrió mezquinamente. Caminaron velozmente en estado de liturgia, como en un ritual eterno mientras avanzaban por las calles que parecían filas de enormes monumentos. De pronto, llegaron a la fachada de una pequeña casa. Entonces abrió sus ojos y nuevamente se encontraba en la misma fría habitación, sintiendo el intenso olor a moho en su nariz. Cercana a la ventanilla, alzó su mirada y su respiración empañó el cristal por donde miraba aisladamente. Su cuerpo se estremeció tristemente cuando algo frío como un cristal cayó de


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su pupila rodando lentamente hasta estrellarse en el suelo dispuesto de mala manera, con tablas mullidas por el tiempo, como el grito ausente de la muerte cerró sus ojos tristes.

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De pronto, estaba ahí otra vez, frente a la fachada de esa misteriosa casa, recorrió con su mirada el contorno de su puerta, la ventana escuálida con su leve brillo enmarcada en madera agrietada. Entonces asomó un hombre de rostro maduro, de mirada precisa que ansiosamente desapareció entre las sombras de la puerta. Su amiga frente a ella, con prisa sin titubear agitó su brazo entero invitándola a avanzar al interior del lugar. Sin meditarlo siquiera, ella dispuso su pie dentro del pequeño recibidor e intensamente olió los veinte cigarrillos acumulados con el paso de las horas en el tan exiguo lugar. Dio un vistazo rápido al lugar roído por el tiempo, miró las paredes donde divisó quizás un diminuto cuadro como intentando reinar un mundo sin reino, miró un sofá con su tapiz mal herido y una taza de café a medio tomar con el aire denso, casi irrespirable, que escondía tantas historias, observaba mientras oía la voz aguda de su amiga, que por momentos se perdía entre la voz ronca y agresiva del hombre maduro. Entonces por unos segundos dio un fuerte respiro, abrió otra vez sus ojos marrones, puso su pequeña mano en el frío cristal de la ventana y gimió lentamente mientras se comprimía su silueta, la rasguñó como si quisiera arrancar un trozo de vidrio para disponerlo en su garganta y en el reflejo del cristal de sus ojos aparecía su débil cuerpo, que a medida que se agrandaba su pupila, aparecía la retrospectiva de su joven vida. Y ahí estaba, como suspendida en el espacio... sentía como su cuerpo se sacudía cada vez con más fuerza, su cabeza se golpeaba desordenadamente contra el piso en tanto dejaba escapar pequeños charcos de sangre, aún con vida su rostro agonizaba con dolor inmensurable; ya con sus brazos lacios sin fuerza, sin ánimos de combatir, se entregaba a su cruel destino, en tanto su agresor se nutría de sus débiles gritos e indolente le propinaba con violencia su bestial humanidad.


Repentinamente se vio entera, de pie en el mismo recibidor. Allí estaba la misma taza de café a medio tomar, el olor intenso a tabaco enmarcando el fondo de una puerta que dejaba asomar el borde de la figura sumisa de su amiga, mientras oía la agitación de unas voces, giró sobre sí misma alcanzando a vislumbrar algunas botellas de licor barato debajo del sofá. No alcanzaba a dar un paso para escapar de la escena, cuando abruptamente su cuerpo sintió un dolor intenso, mientras resonaba a lo lejos las súplicas ensordecedoras de su amiga. Ya con su espalda encorvada por los fuertes golpes, magullada por el ímpetu de su verdugo, quedaba su cuerpo amoratado. Podía sentir la tibieza de su sangre saliendo por sus labios, miraba desde su perspectiva la nublada silueta de su amiga sentada en el sofá, hasta que lánguida se derrumbó por completo sobre el suelo. Aunque era imposible comprender cualquier razón existente, inevitablemente sentía la necesidad de entender el motivo que llevara aquel hombre a propinarle sin descanso tal castigo, manteniendo con firmes nudillos el lapidario tablón con que la lastimaba. Recogida por el enorme sufrimiento, ahora estaba recostada mirando las estrellas. Sentía un olor inconfundible, que la llevaba al recuerdo de su infancia perdida, a los juegos de niños, el parque, los árboles, el pasto. Venía a su mente la voz de sus padres y con nitidez la suya misma; miraba su juventud, quizás lo que fuera su futuro; pero, estaba allí, sintiendo el fuerte olor a tierra que la ahogaba, la humedad palpada por su cuerpo, sus uñas desgarradas por la lucha insostenible contra el tiempo. Sentía el peso de cada centímetro de tierra que sobre ella caía, que intentaba borrar toda una vida. Sin embargo, persistía en luchar, en vivir, tan solo la palabra libertad hubiera mitigado su desesperación. Luego abrió súbitamente sus ojos, con su cuerpo aún recostado en la tierra, con escasa noción del tiempo, se levantó lentamente. Se acercó a la parte trasera de la casa. Miró tímidamente por una ventana que estaba entreabierta, a través del reflejo de un espejo divisó dos siluetas: la del hombre maduro con su amiga; pero no logró entender lo que hablaban. Su mente aún podía sentir el desgarrador episodio sobre su cuerpo, miraba con vergüenza sus escasas ro-

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pas manchadas con sangre, mientras temblaba se dobló su cuerpo sintiendo repulsión. Estuvo allí unos momentos detenida, con su mirada perdida; luego, se levantó con escasas fuerzas como si su alma se le escapara, sostenida solo de una mano que se apoyaba en el viejo muro de la casa y la otra sobre su rodilla. Tomó fuerzas y sin pensarlo se irguió caminando contrariamente hacia el interior de la casa, como si debiera terminar algo no concluido. Recorrió sórdidamente cada pieza de la casa, hasta penetrar la más escalofriante de las habitaciones, que estremeció fuertemente su corazón. Dio un rápido vistazo al techo, sus paredes gastadas descubrían diversas pinturas de desnudos grotescos, con restos de pintura, que evidenciaban un oscuro secreto. Continuó hasta acercarse por completo a una mesa que se iluminaba con una lámpara e inmediatamente su rostro palideció al descubrir al lado de una cámara fotográfica, centenares de fotografías que solo evidenciaban una mente retorcida. Sin pensarlo retrocedió espantada para huir de la escena,


cuando casualmente su cabeza tocó algo que colgaba del techo, fijó unos segundos sus ojos en el peculiar objeto, descubriendo con sorpresa que se trataba solo de un pincel, dispuesto como un trofeo. En tanto huía del sitio, oyó un estruendo de nuevas voces al interior de la casa. De pronto, vio desde el interior de la casa, a un equipo de uniformados de azul y de blanco que abarcaron rápidamente todo el patio, observó que las letras que asomaban de sus chaquetas correspondían a las de la policía; entonces dio un suspiro profundo, mostrando gran alivio. No acababa de asimilar los sentimientos que la embargaban, cuando súbitamente salió su amiga horrorizada desde el interior de la casa, señalándoles algo importante a los detectives. Entonces regresó ya sin fuerzas al patio de la casa, mientras los policías aislaban la escena con largas cintas que impedían el paso. Procuró pedir ayuda con voz muy tenue, casi imperceptible, en tanto los detectives y peritos revisaban minuciosamente el lugar. Repentinamente su cuerpo débil cayó derribado al lado de una excavación, mas su cabeza hizo un gran esfuerzo en mirar al interior de la extraña fosa. Observó que entre las piedras, la tierra ocultaba levemente unos labios amoratados, mientras asomaban restos de una cabellera ondulada. En eso, su cuerpo comenzó a erguirse hasta ponerse en pie y su corazón lentamente se detuvo. Allí estaba, callada, fría, frente a sí misma, miró su sufrido cuerpo; pero, ya no quedaba vida, solo la evocación de los más tristes momentos. Pronto comprendió que sus recuerdos eran tan solo los fragmentos vívidos de su muerte. Sin embargo, contempló cada paso de la policía, observó sus ojos conmovidos por el ultraje de la víctima. Sin descanso, sin horario ni vacilación realizaron la captura expedita de su agresor, comprendiendo que encontraban tan solo una arista del delito perpetuado, por una mente psicopática oculta tras su traje de artista. Entonces ella, sintió de alguna manera, satisfacción por la justicia y con serenidad desconocida, tenuemente se disipó su figura mitigando tal vez su pena, quedando detrás de los cristales donde comenzaron sus recuerdos. pdi

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Reescritura de un clasico Autor: Jorge Gambino

“Quítenseme delante los que dijeren que las letras hacen ventaja a las armas; que les diré, y sean quien fueren, que no saben lo que dicen. Porque la razón que los tales suelen decir y a lo que ellos más se atienen, es que los trabajos del espíritu exceden a los del cuerpo, y que las armas solo con el cuerpo se ejercitan, como si fuese su ejercicio oficio de ganapanes (…)” –Don Quijote de la Mancha–

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unto y coma; así me apodó el detective R*** tras nuestro primer encuentro en la comandancia. No vale la pena detallar el porqué del sobrenombre, salta a la vista; además, el apodo no es tan gracioso como aparenta. R*** tampoco. Hace un par de semanas fui destinada a cumplir servicio bajo sus órdenes. Mala suerte: compañera subordinada del detective R*** ¡Y sepa Dios hasta cuándo! Reconozco –y no con mucho agrado– que su labor como policía de investigación resulta intachable; es decir, el tipo es realmente in-tacha-ble. Su perfeccionismo, su meticulosidad, su inflexibilidad, exasperan. Por ejemplo, en los operativos, el susodicho puede permanecer horas dentro del auto reflexionando en torno a todo lo que abarca su detectivesca mirada: cantidad de sombras y promedio de pasos; número de autos estacionados; negocios abiertos, cerrados; puertas, ventanas, tejados; hora, minuto, segundo; dirección del viento; probabilidad de lluvia, de tormenta; la posibilidad de granizos, balazos; unidades de apoyo; ambulancias; hospitales cercanos; carabineros; árboles, postes, y quién sabe qué otras cosas más. Me aburro como ostra y ostra no soy. En tanto el detective anota en su libretita, yo fantaseo con la idea de salir disparando del auto y dar en sus cabezas, perforar cráneos: estafadores, traficantes, homicidas, ¡y cualquier infractor de ley que se cruce en mi camino! ¡A la manera de la Avtomat Kaláshnikova! (*) Lamentablemente, no me da el calibre ni el rango. De todas maneras no dejan de ser solo fantasías. No puedo hacer


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absolutamente nada que no sea acatar la voluntad del detective R***. Si él no da la orden, yo estoy confinada al infinito aburrimiento dentro del auto patrulla, como una pistola enfundada, silenciosa, inofensiva, hastiada.

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Anoche dormí en el despacho del detective R***. Por supuesto que él no estaba. Ni pensarlo. Lo aclaro, pues es habitual que detective y compañera compartan cama, incluyendo a los casados. Por mí está bien, cada quién con lo suyo, trabajo es trabajo; digamos que el detective R*** simplemente no es mi tipo. En fin, resulta que hoy, a eso del mediodía, el detective entró con escándalo al despacho. Horrible despertar. Lo noté más agitado de lo habitual, más pálido, más sudoroso. Fingí interés y le pregunté si se encontraba bien; pero, como de costumbre, el desagradable detective fingió no escucharme. Me dio la espalda, vistió el antibalas y no dijo absolutamente nada. Comprendí que se trataba de una situación de emergencia, código rojo, o como sea que le llamemos a los episodios donde los detectives se enfrascan en persecuciones a gran velocidad, espectaculares explosiones, balaceras, ataques cuerpo a cuerpo, artes marciales; en fin, todo lo que no le gusta al detective R***. Una vez en el automóvil la radio empezó a chirriar. Avanzábamos a una velocidad desorbitante. Al rato, una voz se abrió paso entre los chasquidos de la radio diciendo: Qchhh se les reitera a los carros que están en procedimiento qchhh esta CIPOL(**), por orden del alto mando. Que los qchhh se mantengan en calma y procedan con profesionaqchhh, no queremos más qchhh bajas. El detective apagó la radio. Yo iba en el asiento del copiloto: fascinada. Los ojos del detective poco a poco se inyectaban; supongo que, a su manera, estaba emocionado. Abruptamente, y haciendo gala de notable habilidad frente al manubrio, nos detuvimos en seco. Los ojos del detective R*** frenaron violentamente contra un pequeño trozo del mundo situado a la altura de su mirada: helicópteros, día soleado, calle sitiada, carabineros y policías de distintas unidades, armados, refugiados tras sus patrullas; todos furibundos, todos apuntándole a una calle vacía. De pronto, una camioneta F*** R***** roja, placa patente


Yanqui Víctor ****, se incrusta a toda velocidad en el horizonte de los ojos del intachable detective R***; su índice automáticamente rodea el gatillo, yo apunto directamente a la camioneta roja, al parabrisas, al conductor, justo por debajo del sombrero, a su entrecejo. La estela de pólvora se dibuja en línea recta, el calibre 45 cruza silbando el aire, desatando la tremenda balacera en Cienfuegos con Agustinas. En un par de segundos el conductor es acribillado; muere con el sombrero puesto, sin soltar sus pistolas. Extasiada, contemplo el cadáver y digo: ojalá todos los días fueran como este. R*** no dice nada. II “Para que todo sea consumado, para que me sienta menos solo, me quedaba esperar que el día de mi ejecución haya muchos espectadores y que me reciban con gritos de odio.” –Albert Camus, El Extranjero– Según el Italiano, las armas de fuego son seres mortales cuya vida está estrictamente subyugada a la cantidad de balas. El revólver, por ejemplo, muere –en efecto– cuando se queda sin balas; sin embargo, siempre tiene la posibilidad de resucitar con una nueva carga. Cada bala es un alma en cautiverio dispuesta a exaltar la vida del revólver. El hombre que lo sostiene es mortal también, sin duda; pero, lamentablemente no tiene la capacidad de resucitar tras los balazos. Aunque, si se esfuerza un poco, puede hallar consuelo en la siguiente frase: siempre será recordado el pistolero, mas no sus pistolas. El Italiano es un hombre inteligente, apasionado, y muy adinerado. Se parece bastante a Gastón, nuestro padre. Gastón Glock nació bajo el asilo de los Alpes y el río Danubio, el año 1929, en Viena, Austria. A los cinco años fue testigo de la victoria del Vaterländische Front (**) por sobre los Austromarxistas, o rojos, como solía llamarlos. Años más tarde vería desaparecer los puentes y los árboles –ante sus ojos– el Danubio cercenado y contra los Alpes, las siluetas –a lo lejos– de más y más aviones: nazis, estadounidenses, soviéticos, franceses e ingleses. Para cuando

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Austria volvió a ser Austria, Gastón ya era ingeniero. El año 1981, Gastón Glock inventó nuestras vidas. Actualmente nuestro padre es el tercer hombre más rico de Austria. Nosotras nunca lo conocimos realmente. El Italiano sentía gran admiración por nuestro padre, le fascinaba todo lo que tuviera que ver con las guerras y las armas. A veces decía que no era ni italiano ni chileno, sino que era aqueo; el más implacable de todos: caro a Ares y a Hades –decía– y que a pesar de sus sesenta y tantos años, él, era más Pelida que ese tal Aquiles, el asolador de ciudades. Reíamos de buena gana.

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Últimamente hemos estado reflexionando bastante en torno a la muerte. En lo que va del día, hemos muerto dos veces: un hombre y una mujer. Policías. Jóvenes. ** y ** balas respectivamente. El Italiano subió a la camioneta con los cartuchos vacíos. Su mujer no dijo nada. Huimos. Demás está decir que no le tememos a la muerte; ese miedo quedó obliterado de nuestras cavilaciones desde que tenemos uso de razón. Es otra cosa la que nos concierne; más allá del miedo a la muerte, está el amor por la vida. Ese hórrido sentimiento nos aqueja. La huida en la camioneta fue instantánea; el parlamento entre el Italiano y su mujer: desconcertante. “O ellas o yo”, sentenció, lanzándonos una mirada colérica. La silueta petrificada de la mujer se perdió en el horizonte. Llegamos al departamento del Italiano; una vez allí, en su habitación, se desnudó; nosotras nos tendimos sobre la cama e insinuamos el beso. Por supuesto, se negó. ¿Cuántos


besos, mis gemelas (así nos decía de cariño) podría darles, sin antes caer al suelo, desparramado, rendido como un pobre diablo enamorado? ¿Acaso uno? Luego, se aproximó a nosotras y, mientras nos desenfundaba amorosamente, nos preguntó si alguno de nuestros muertos amó alguna vez la vida. Nosotras insistimos en el beso. Él guardó silencio e introdujo sus enormes dedos en nuestros orificios hasta dar con los seguros que –de manera muy delicada– deslizó, desencajándonos los cuerpos. El hedor a pólvora lo excitó de inmediato. Lubricó cada una de nuestras piezas: la sugerente curvatura del gatillo, el sicalíptico resorte del percutor contorneándose dentro de las partes de acero, cañón concupiscente, prácticamente indestructible, lascivo, fierro y polímero, de alta resistencia, hasta acabarnos en las agujas percutoras. Rearmó nuestros cuerpos, se vistió, se enroscó el sombrero; nos introdujo los cartuchos y resucitamos. Emprendimos por tercera vez la huida. Afuera los helicópteros restriegan sus metales giratorios contra el azul del mediodía; el cielo suena entrecortado. La ciudad se encandila de balizas; chillan todas las sirenas; todas las bocinas de Santiago centro emiten alaridos: ruidos de fondo que se esfuman tras nosotros sin lograr darnos captura. Unos persecutores caen malheridos, los transeúntes se prosternan, como si hubieran visto pasar un santo. La camioneta frena en seco sobre el cerco policial. Una .45, totalmente fuera de sí, inicia el tiroteo. El policía que la sostiene llora. Todas nuestras reflexiones en torno a la muerte culminan; se disparan, en Cienfuegos con Agustinas, sin soltar las manos de nuestro amante. Sus dedos índices siguieron gatillándonos un buen rato, hasta que los tres caímos, completamente exhaustos, exánimes, vacíos, ante la imposibilidad de amar la vida. pdi (*)Avtomat Kaláshnikova: fusil de asalto (**)CIPOL: Centro de Investigaciones Políticas (***) Vaterländische Front: Frente Patriótico, partido político austríaco

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No hay vuelta atrás Autor: David Urbina Pradel

Cualquier similitud de nombres no es más que pura casualidad o mala intención

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n buen detective debe mantenerse alejado de las mujeres, lejos de sus piernas libidinosas y sus labios apremiantes. Bueno, eso en la teoría. En la práctica, Micaela deja el caño aceitado para reemplazarlo por mi cuello, mientras el humo de este antro me envuelve entre el olor a tabaco y tufo matutino de los canallas que permanecen ebrios a mi alrededor. Son las siete de la mañana y nos comienzan a echar, me cuesta trabajo incorporarme por los golpes recibidos la noche de ayer, o de hoy, ya no me importa. Eran las tres de la tarde en la avenida Copihue, el sol me daba la espalda, al igual que la suerte en esta historia, me dirigía a la casa de Solís por un asunto meramente profesional, tenía que dejar mi odio de lado y concentrarme en la interrogación como todo un hombre maduro que sabe separar sus asuntos. Cuando logré botarlo al suelo, me ensañé tanto con sus genitales que si no es por aquel cuchillo de cocina afilado en mi antebrazo me hubiera quedado con su virilidad ensangrentada entre mis manos, es que el bastardo le había dado vuelta el rostro de un puñetazo a la mujer de mis sueños, aquella a la que no le puedo hablar sin temblar y sin sentir la necesidad de abrazar, acariciar y consentir en lo que quiera. Cuando llegué al vecindario en que residía aquella bestia con mi mujer, casi mi mujer, solo quería hacerle unas preguntas por su relación con el caso tres Marías pero cuando salí quería ponerlo bajo tierra, aún más cuando la mujer a la que yo defendía me empujó y exigió a gritos que los vecinos me alejaran de ella y de su heroico galán.


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En la escena del crimen de cada una de las tres víctimas, encontramos lo mismo. Un cordelito rojo atado a sus muñecas diestras, y lo que parecía aceite de oliva en la frente de las niñas. Si hay algo que manejo menos que las matemáticas es la iconografía católica. Me encanta leer, y por más que leo la Biblia de bolsillo que me regaló una agradecida abuelita luego del caso Carlota Molinero, no logro encontrar la excusa perfecta para tanto santerío y medallita de plata. Sin embargo recordé el día de la muerte de mi abuelo. Estaba en las últimas instancias de su vida, cuando mi tía Martina llegó con un curita hablando en latín, éste sacó un frasco con un líquido aceitoso con el cual hizo la figura de la cruz en la frente y manos del octogenario.

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Pero el cordelito rojo jamás lo había visto, es por eso que una hora antes del incidente con Solís había ido donde aquel curita de mi juventud, el curita Gutiérrez. A pesar de su baja estatura y su cara de gordito bonachón, el sacerdote tiene un carácter fuerte. Para las protestas del 11 de septiembre le apedrearon la iglesia, y como tomate ardiendo salió a espantar a los manifestantes que tanto saben de nuestra historia pasada. Al verlo tan eufórico cedieron pacíficamente para suerte del robusto guía espiritual. - Esto es óleo, o aceite bendito que junto al agua bendita, se utiliza en la extrema unción. Cuando alguien está muy enfermo o a punto de morir se encomienda su alma a Dios, para así librarla de todos sus pecados terrenales y acercarla a la Pasión de Cristo por medio de este sacramento. El cordelito, éste… el cordelito lo usaban en tiempos de la Colonia para marcar a quienes mueren salvos por el sacrificio de Jesús. Perdone mi sensibilidad, pero me cuesta creer que un conocedor de la palabra sea capaz de una atrocidad así. - De la religión- dirá usted - ¿Perdón?- olvídelo padre, muchas gracias.


Solís vendía estas cosas, decía que el agua bendita venía del Vaticano, y los pueblerinos ignorantes le compraban a ciegas sus mentiras y productos. Está bien, quizás perdí a un testigo importante pateándole las pelotas al que vendía el líquido celestial encontrado en los cadáveres, ¡pero al diablo!, no iba a aguantar que golpearan a mi estrella, no en mi presencia. Sin embargo, cuando envié al pequeño Bruno a comprarle el cordelito salvífico, lo atendió mi ángel, con un ojo en tinta por las caricias del gran bastardo que permanecía en cama con una bolsa de hielo a cada lado del escroto. Le dijo que ya no se vendía en ninguna parte. Que el material con el que se hacía era cuero de cóndor, y como se sabe, está penalizada su caza. Mi ángel había sido mi novia durante cinco años, y hace cuatro me dejó luego de innumerables noches durmiendo sola, veranos eternos sin mi calor junto a su almohada, y cinco extracciones de bala de mis brazos, cuello y pierna. Es que la tensión y constante preocupación que debe sufrir la novia de un detective de la PDI es inmensa, y bueno, fue una carga que no pudo llevar. Así que conoció a esa rata inmunda con la que tuvo una hermosa hija: Emilia -le puso, tal cual nosotros nombraríamos a la nuestra. Maurito, mi ex cuñado, tiene un retraso mental bastante severo diría yo, casi no habla y camina raro pero siempre está dispuesto a ayudar. Los sábados, después de almuerzo siempre va al supermercado de la plaza y carga las bolsas de cuanta viejita sale del lugar, a veces le dan dinero y se compra sus chucherías. Cuando me ve, me llena de besos y abrazos, a veces pienso que le dolió más a él que a mí el quiebre con su hermana. Anoche, Maurito me llamó, con su dulce lenguaje atrofiado dijo que necesitaba verme. Me puse mis calzas de polar y mi beatle bajo el abrigo que me auto heredé de mi abuelo. La calle estaba mojada, y las luces se reflejaban en el piso

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haciéndome olvidar la hostilidad de mi trabajo mientras me perdía en lo artificial de ese paisaje. Eran las diez, y ya no quedaban autos en las callejuelas de esta porquería de pueblo santiaguino, el viento hacía mover los árboles ya sin hojas como profetizando una tormenta torrencial.

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Llegué a su hogar, vivía solo en una pieza después de que Solís lo echara por orinar la cama. Abrió la puerta y sus ojos comenzaron a llorar. -¿Qué te pasa Mauro?-. No habían palabras en su llanto, cerró la puerta. Me senté a su lado en el sillón. Me abrazó solo una vez y un uslero de cocina azotó mi cabeza sin otro aviso que las lágrimas del tonto mojándome el abrigo. No caí inconsciente, pero quedé medio aturdido, recuerdo que la casa era una combinación de penumbras y grandes sombras provocadas por las tenues luces de la única lámpa-


ra de mesa que iluminaba la habitación. Las sombras se acercaban a mí con tremenda violencia y descomunal fuerza, dejando caer objetos inexistentes a mi vista sobre mis costillas y brazos. Eran tres, dos atormentando al pobre detective, y la otra tomándose la cabeza con ambas manos. Me voltearon, y logré ver que la sombra se transformaba en una masa negra preparada para patear un gol de media cancha contra el arco de mi entrepierna, cuando de pronto Maurito se lanzó contra ella en mi defensa pero la segunda sombra se lo sacó de encima. Le pegaron mucho menos que a mí, y se fueron corriendo de aquel cuartucho. Y aquí estoy. Molido, persiguiendo a un monje católico de otra época que no deja de matar niñitas. El whiskey que tomé en ese café de mala muerte anestesió el dolor de mis costillas durante toda la noche, pero ahora en la mañana, a punto de alcanzar la sobriedad, camino como borracho bajo los ojos de abuelitas que religiosamente salen a regar las plantas a esta misma hora todos los días. Finalmente llego a mi casa y me sale a recibir la empleada de turno con su delantal rosado pastel. No memorizo sus nombres, las contrato por dos meses y luego se van, ya no me encariño con nadie. Ya nadie sufre. Me ayuda a subir a la pieza, me duermo. Abro un ojo, con el que veo mi teléfono vibrando y sonando más siete llamadas perdidas. Es el prefecto: “Una muertita más detective, ya son cuatro”. - ¡Cresta! Me desaparezco unas horas y pasa esto. Voy. (Golpean la puerta) - Señor, una jovencita lo busca. - Dígale que pase. (Es mi ángel, viene llorando y muy agitada)

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- ¡Ya no doy más, te necesito, no soporto estar lejos de ti! Quisiera que todo esto fuera distinto, quisiera nunca haberte dejado, nunca haber escapado, nunca haber conocido a… - La callo con un beso que yo he callado durante cuatro años, parece que una muerta más no es motivo suficiente para que deje pasar esta oportunidad dorada. Me quedo.

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Le digo que todo estará bien. Le miento, ella lo sabe, sin embargo descansa entre mis brazos y me regala un suspiro tranquilizador al que respondo con una suave caricia que cala en sus células como el agua sobre la costa estival. Todo se pondrá peor, pero en este momento ningún doloroso futuro importa. Son dos almas amándose a escondidas, a escondidas de él, de la tierra, de las consciencias. Pero en el macrocosmos este amor no es un secreto, ya está escrito lo sucedido, no hay vuelta atrás. Parece un sueño le digo, ella no contesta, ha conseguido alejar su mente de la escena y deja a su corazón latir bajo el mío. Me callo. La beso, me besa. Nada más sucede alrededor, los pájaros no vuelan, la tierra se detiene y los grillos no cantan, solo las estrellas se transforman en fugaces y se alejan sobre nuestras cabezas. Las sentimos, lo sabemos, no hay vuelta atrás. Despierto sin saber si acabo de soñar o si en verdad pasó. Las llamadas perdidas de mi celular confirman que todo fue real, las niñas siguen muriendo, ella sigue con él, yo sigo solo, y sigo trabajando. Llego a la Brigada. Apareció una quinta niña muerta esta mañana. No quieren decirme el nombre. Es Emilia. Tomo mi auto y viajo directo a ver a mi ángel. De alguna misteriosa forma, todo este tiempo he sentido a su hija como mía, como nuestra, y ahora más que nunca siento la necesidad de encontrar al culpable. Llego a la casa, las puertas están cerradas pero las luces prendidas. Sin pensar meto mi puño a través de la ventana cortándome solo levemente gracias al


guante que llevo puesto. Logro entrar. Grito su nombre pero nadie contesta, camino por el pasillo interminable revisando cada pieza. Al final, en el baño, está mi ángel. No creo en la imagen que ven mis ojos, no doy crédito al charco de sangre que rodea su cuerpo inerte y frío. Llamo a la ambulancia en un intento inútil por salvar a quien ya no está. En el piso, ensangrentada, hay una carta dirigida a mí: “Deja de buscar. Tres horas antes de ir a verte, Solís me contó entre insultos y alegatos que había golpeado a mi hermano, lo empujé y salí corriendo hacia su casa. Entré con mis llaves, Maurito no se veía en ningún lugar. En el baño estaba arrodillado, con mucha sangre en sus manos y cara, tenía un rosario que no soltaba. Pregunté qué pasaba, pero lo único que decía era: “Hecho está, salva es. Hecho está salva es”. Fue entonces que horrorizada comprendí que él era el asesino. Por eso te fui a ver, sabía que encontrarían el cuerpo y te llamarían. Pero jamás pensé que en mi descuido perdería lo único que daba sentido a mi vida. No soporté la culpa y sabía que no soportaría la vida sin mi niñita, así que le serví una sopa con veneno de ratas antes de que fuera al supermercado. Ahí lo encontrarás tirado en el piso, muerto seguramente. Perdóname. Pero para esto no hay vuelta atrás”.

pdi

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La decisión Autor: Verónica Magdalena Cabezas Pinto

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n qué momento todo cambió, fue la última de tantas preguntas que enfrentó, aferrado al marco del desencanto Francisco Ramírez, antes de tomar la decisión-. Quizás le haría un favor a la humanidad, resentido con sus actos soberbios e inestables, que sin advertirlo desfiguraron su elección individual de perpetuarse en la ventura eterna, de apoderarse del tiempo y de sus hijos para congraciar su alma y su cuerpo, creando su propia teoría existencialista. Todo había sido en vano, se repetía una y otra vez, los años han cumplido su trabajo, se lo recalcan esos ojos desencajados, ocultos entre los parpados, la cabellera cana, los surcos de su rostro, las venas azuladas de sus manos. Ese cuerpo, que a pesar del intenso esfuerzo por comprender algunas situaciones, cede resignado a la fatalidad del momento. Desde cuándo nada es igual, ni en su fisionomía, ni en su interior, ni siquiera su moral, su psiquis, mucho menos su vida, hasta escuchar el estruendo del disparo. Esa noche del 29 de agosto, todo parecía tranquilo, el inspector Bruno Lauquen, perteneciente a la Brigada de Homicidios de Curicó, se había dirigido a la guardia, para organizar algunos procedimientos. La llamada telefónica lo dejo atónito… Al llegar al sitio del suceso, todo fue más impactante aún, recorrió el pasillo junto a dos policías. Ya se encontraba carabineros custodiando el lugar, quienes le indicaban con su dedo hacia la terraza. Y uno de ellos susurró: -Hay niños-. Su corazón se aceleró y se aferró al maletín de Peritajes, -¿Quién puede ser tan cruel, para truncar la vida de unos adolescentes de 13, 16 y 17 años?- suspiró y pensó por qué nada es como antes…


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Desde cuando el doctor Ramírez cambió de decisión, un hombre muy conocido en la ciudad, quien siempre fue amable, educado, servicial y supuestamente con una familia ejemplar, autónomo, capaz de alcanzar la felicidad total. ¿Cómo su vida tomó otro rumbo? ¿Cómo su barco encalló en ese lugar de la desesperanza, alejado de la realidad que promulgó en esos cincuenta años de feliz existencia? ¿Cuál fue? y ¿Cuándo se gestó el error que le hizo extraviar el camino? No hubo tiempo o solo fue mala suerte.

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Revisó exhaustivamente a cada uno de los frágiles cuerpos que yacían en el suelo, quería comprender situaciones y cosas, tal vez creer que fue un error, o que esto había sido causado por terceros, pero se negaba a creer que el doctor Ramírez fuera capaz de tamaño parricidio al finalizar con ellos. Bajó su rostro indicando respeto, se dirigió a donde estaba el cuerpo de Ramírez para verificar su muerte, se acercó a la familia dándole las condolencias, y le informaba que llegarían peritos para corroborar lo sucedido… Encendió un cigarrillo, respiró profundo y trato de recordar si había sido el día martes o miércoles de la semana pasada, cuando entró con su pequeño de cuatro años a la consulta del doctor Ramírez, quien con una agradable sonrisa y buen apretón de manos le daba la bienvenida, siempre muy cordial… Miró al pequeño y dirigiéndose al niño, le preguntó: -¿Cuéntame que tienes?- El niño miró a su padre, quien lo animó a que respondiera al doctor-.Tengo tos y me duele el pecho y la garganta.


- El doctor, cariñosamente, le explicó que miraría su garganta con una linterna mágica. Le pidió que bajara su lengua con una paleta de helado, que no sentiría dolor ni molestia y que revisaría sus pulmones y su corazón con un fonendoscopio que tenía la capacidad de contar los latidos. El niño sin problemas accedió a que el médico lo examinara minuciosamente. Tocando su cabeza le dijo: “Estamos bien pequeño Lucas, solo tienes un cuadro alérgico. Te regalaré este avión, para que te tomes los medicamentos, mientras prescribía la receta médica”. Preguntó a Lucas por su pequeño hermano. -Él está bien doctor, mi mamá lo traerá pronto para que usted lo revise. -Me parece estupendo- le dijo, mientras extendía la receta al inspector Lauquen. El doctor Ramírez había atendido a sus dos hijos desde que habían llegado a la ciudad, un año o dos tal vez, ya no lo recordaba, solo ahora estaba ahí justo en el preciso lugar en donde no quisiera estar. Esa noche fue más larga que de costumbre y aunque no era demasiado tarde, bordeaba la una de la mañana, al inspector Lauquen le parecía una eternidad. Entrar a esa casa, ya le era difícil, pero necesitaba terminar con todo de una vez por todas. Vencer la tristeza que lo embargaba y razonar como buen detective; muy pocas veces se equivocaba, pero en sus adentros, sabía que no había participación de terceros. ¿Cómo alguien como él, que trabajaba con niños, podía haber hecho trizas los sueños de sus propios hijos? La gente se asomaba por donde pudiera, cualquier rendija era pro-

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picia para acrecentar su imaginación y tener sus propias versiones o simplemente solo por morbo. Afuera se encontraban ya periodistas, suplicando la última información. Ya a esas alturas de la noche, había un caos público que lapidaba al médico como el peor de los parricidas.

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¡La ironía de la vida!, un hombre que dedicó su vida al cuidado y protección de los niños, que se suponía que nunca naufragaría, se había hundido y había arrastrado a sus propios hijos. Quizás esa sonrisa de bienvenida en su consulta, no era más que una risa llena de dolor o de nostalgia, por no aceptar su fracaso, tal vez si hubiera visto la consecuencia del devastador suceso, hubiera pensado diferente y cabe la posibilidad que ni siquiera lo habría pensado. Recordó que hace aproximadamente un año había leído una carta de un hombre joven que se


había suicidado. Se le había grabado un párrafo que decía: “Ya no hay marcha atrás, mis planes debo seguir o dónde quedará mi orgullo, mi voluntad. Me volveré un hombre irrisorio, es mejor morir con orgullo que vivir ensopado en la miseria y las deudas y cuando la vida es un martirio, el suicidio es un deber”. ¡Hasta dónde llegaba la desesperanza de algunos, que hacían su muerte una poesía!, era lo que más había llamado su atención. Al pasar los días, el tema era más y más público, rumores, especulaciones estaban a la orden del día. Sin embargo las últimas investigaciones habían concluido que efectivamente era un parricidio con consecuencia de suicidio. Las causas que habían causado este trágico desenlace derivó del estado psicológico del médico. Sentado en el living de su hogar, el inspector Lauquen jugaba con sus hijos cuando el más pequeño tosió y Lucas dijo: - ¿Papá llevémoslo al doctor Ramírez?- … Él tiernamente abrazó al niño y le dijo: No podemos, porque el doctor se fue de viaje. El niño sonriendo le preguntó: Y ¿con quién papá? Y el inspector respondió tristemente: Él viajó con sus hijos. pdi

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El río Autor: Adrián Barahona

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El río, que hasta entonces se hacía el muerto sin poder decidir su cauce, se diluye en sus orillas. Si pudiera elegir, sería un Mar Pocho, un río infinito y sin orillas.

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M

ichel tiene 15 años y vive hace tres en la calle. Junto a una decena de chicos se cobija del frío, si es que se puede en esas condiciones, bajo el puente que une las dos riberas del Mapocho a la altura de Plaza Italia. Es una de las caletas entre las que vive huyendo para no ser llevado de regreso al centro de menores del que ya escapó varias veces. Michel tiene entre sus manos la bolsa con la bencina de la que respira una y otra vez, que se infla una y otra vez, intoxicando de solvente su sangre. Él conoce el rito porque lo ha repetido tantas veces que ya no recuerda. Con las primeras bocanadas cambian ligeramente los colores y luego el sonido del río se multiplica reverberante en su conciencia. El río le susurra palabras desconocidas que él no entiende pero que sabe significan algo más que el hambre que desaparece. Luego todo se oscurece y la mirada se vuelca hacia un lugar desconocido en que no hay mirada. Así, cuando el cuerpo ya no puede más, se duerme apenas abrazado de su “Rucia”, otra “cabra de río” que lo acompaña hace unos meses. El paquete contenía un hallazgo macabro. Ismael lo había encontrado mientras limpiaba las “cajitas de agua”, el enrejado que filtraba el río antes de enviarlo a las alcantarillas justo antes que comenzara la Alameda de las Delicias. Una


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pierna humana, cercenada en la ingle, y, más tarde, un paquete con vísceras humanas.

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Puso los restos en una carretilla y caminó sin apuro hasta el cuartel de policía. Ismael no era hombre discreto. Antes de entregar los restos quiso que sus amigos lo vieran. La pierna doblada por la mitad, el pie pequeño de uñas sucias y mal cortadas, el miserable resto de calzoncillo, y sobre todo, el color grisáceo de la muerte, fueron la conversación obligada, la terrorífica noticia que corrió de boca en boca por el Santiago de 1923.

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Michel nunca leyó ni leerá “El Río”, la novela en la que Gómez Morel relata los años en los que vivió, de niño, bajo los puentes del Mapocho. Comparte, eso sí, muchos de los ritos que se siguen repitiendo día a día desde esos años. Desde la ribera grita a los transeúntes que deambulan por los puentes con el mismo tono carrasposo y el acento arrastrado: “Una moneeeiiiiita papito”, esperando juntar lo suficiente para comprar el desayuno, pan y mortadela para todos los cabros de la caleta. Michel nunca leyó “El Río”, pero sigue aferrado a los mismos códigos de lealtad que perviven casi intactos debajo del puente. Hacerlo es lo que le permite seguir vivo. El subcomisario Maturana y el agente Díaz sabían que, a pesar de los rumores que circulaban por la ciudad, la pierna no era una broma macabra de un grupo de estudiantes de medicina. El corte rústico, como de un machete o cuchillo de cocina, es demasiado impreciso frente a la perfección de un bisturí. Ambos esperan junto a la puerta de la morgue, interrogando a quienes vienen a intentar reconocer la pierna como parte de un familiar desapare-


cido. Suponen que el asesino vendrá, como la mayoría lo hace, a tener un último contacto con su “obra”. Han interrogado a la veintena de mujeres que buscan a su esposo perdido. Ninguno parece ser el dueño de la pierna. A la hora del almuerzo, cuando los policías se han retirado rumbo a una de las cocinerías del barrio La Chimba, un sujeto de ropas oscuras ha escrito un nombre y una dirección falsos en el cuaderno en que se le pide se registre. El funcionario de la morgue solo se fija en sus manos gruesas y nerviosas mientras observa la pierna mutilada. “Nada más me llamó la atención”- les dice a los policías- cuando ahora a él lo interrogan. Nadie escapa del río, dice Gómez Morel. Él mismo lo llevó encima hasta el momento de su muerte, anónimo, solo, en la triste pensión en la que terminó sus días. El Michel ya ha cumplido los 21 y sigue viviendo la misma rutina… grita para que le lancen monedas desde el puente, sigue pegado a la bencina y ahora, a la pasta base, comparte el hambre y el frío con su Rucia. Ahora, mientras comparte una cerveza ve un bulto negro que cae sobre ellos. Una cartera de mujer cae al río. No se sabe quien la ha arrojado. Posiblemente fue un lanza que intentó deshacerse del botín mientras lo perseguían. Michel la recoge y descubre que adentro hay cuarenta mil pesos. No es mucho dinero, pero es una fortuna para los muchachos. Deciden repartirlo entre los pocos que la han visto. Deciden pasar por alto uno de los códigos de lealtad.

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A pocos metros un grupo duerme. La Prisci se despierta y se da cuenta del engaño. Empieza el griterío. Otros que dormían se despiertan y exigen su parte. El Michel, con la cartera entre las manos, apenas evade los golpes que vienen de todas partes.

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Otras partes del cuerpo aparecen. Primero la cabeza, y más tarde, el torso y la otra pierna. Los cortes calzan perfectamente. Un mantel de hule envolvía el cuerpo, amarrado con cáñamo. Varias hojas de periódico envolvían la cabeza. Los canillitas del barrio Matadero han reconocido al finado. Es Efraín Santander, el dueño del quiosco de Jofré con Lira. El subcomisario Maturana visita a su mujer. Rosa está ebria junto a la cama. El mantel calza sobre


la mesa. Un pañuelo ensangrentado aparece bajo la cama. Un charco de sangre ha dejado una marca sobre el entablado de la habitación número 12 de Santa Rosa 353. Ella sigue bebiendo y ya no niega el asesinato. La Prisci asesta una estocada perfecta en el torso del Michel. El puntazo, preciso y rápido, deja tras de sí una mancha creciente. Los cabros de río se dispersan, salvo la Rucia, que cae de rodillas junto al cuerpo de su amante. Primero bajará un grupo de bomberos. Se encontrarán con el cuerpo ya sin vida. Luego llegará la policía, la ambulancia, los peritos, la prensa… y la Rucia seguirá de rodillas junto al lugar donde cayó el Michel. Su foto, desde el puente, será portada en el diario. De fondo, un cierre de ladrillos mal pegados muestra lo que alguna vez fue el desagüe de las cajitas de agua. Rosa Faúndez se molesta cuando le sugieren que ella no habría podido cometer el crimen sola. Lo demuestra metiendo sin dificultad a uno de los policías dentro del arcón donde ocultó el cadáver. Se niega, eso sí, a volver a mirar el cuerpo de Efraín. “Prefiero que me maten a que me sometan a este trance”, dice. El magistrado se convence. Siete años es la condena. Solo cumple con cinco. Al salir, regresa a vender periódicos a la misma esquina, donde un hombre de manos gruesas la acompaña cada mañana. pdi

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La mueca Autor: Nicolás Medina

C SITIO DEL SUCESO II * Cuando las letras son la evidencia

ontuvo un alarido y se desplomó sudando sobre la cama. Las horas oscuras lo envolvieron sedándolo. Algunas sílabas tardías del amanecer cruzaron la ventana y fueron hasta sus párpados cerrados. Entonces Nicolás Soto sospechó que un trozo de su memoria había sido cortado de cuajo. Rastreó apenas un leve presentimiento y trató de retrasar el domingo, cubriéndose el rostro con las sábanas. Pero renegar del sol era vano; los engranajes del sueño yacían triturados junto a la almohada y la resaca le martilleaba la cabeza. No quedaba otra que levantarse. Beberse una jarra de agua para sacar del paladar la costra de alcohol y noche, y después recostarse y abanicar canales hasta toparse con el inicio del clásico de Liverpool.

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Cuando el partido se atoraba en una muy británica ruleta de patadas, Soto recordó que hasta los quince o dieciséis años su relación con el fútbol era doradamente nula. De niño no lo seducía esa euforia. En tanto los demás gastaban recreos detrás de una pelota, él se apartaba. Desentendido de la cancha, dibujaba esperpentos, cazaba lombrices y bicharracos agónicos o quizá observaba las hojas remecidas de los árboles, las nubes descosidas del cielo. Si la pelota llegaba a sus pies, se ruborizaba de golpe. Un temor se inflaba cuando los niños coreaban su nombre. Las rodillas le temblaban hasta que pateaba el balón ridículamente, por instinto y como obligado a salir de su acuario. El viento disipaba las burlas infantiles y Nicolás volvía a la isla del croquis y los lápices. Ocurría algo similar con un sinfín de actividades compartidas por sus coetáneos. La normalidad ajena le sabía a incomprensión, tal vez un abismo que no admitía puentes ni cuerdas ni atajos. No hallaba lógicas grupales o contraseñas del humor. Soto contaba once o doce años cuando tal vez una tarde, un hombre opaco ensayó la respuesta en una consulta de Santiago centro. El hombre dejó de rascarse el mentón, esperó que Nicolás saliera del despacho, y sentenció: ¡Asperger!. (*) Y añadió, con voz metálica y cansada: extraño, muy extraño y levísimo… hay tratamiento, señora, en todo caso.


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Luego del médico recalaron en una fuente de soda. La madre atajó sus lágrimas al atestiguar que su hijo analizaba un Barros Luco como si se tratase de una joya exótica. Sin embargo la adolescencia fue aliviando, sorpresivamente anudando hechos que remediaron parte del aislamiento y contrariaron el lapidario diagnóstico.

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Soto gozó la repetición del doblete de Suárez. Se acabó la jarra y continuó interpretando memorias de la época en que había decidido adecuarse y acaso dejar de arrojar sondas o indagar enigmas en los cotidianos rituales del resto. Sencilla y difícilmente había que adentrarse en el río de las costumbres. En caso contrario, la soledad resonaría con un eco casi absoluto.

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Amoldarse era algo reproducible, tal vez un ensayo teatral de la consciencia. Ahora lo sabía mejor que nadie. El ejemplo inmediato relucía en la pantalla. Sí, se concentraba en la baba de tres idiotas de frac y corbata que repasaban los avatares de una bola de cuero y aire. Únicamente podía hacerlo porque él se había propuesto rendirse ante la hipnosis del pueblo sudamericano. Con años de práctica llegó el putear árbitros con sinceridad, el darse un puñetazo en el alma por una pifia o festejar un penal con gente en un bar y varios litros de cerveza venas adentro. Masticó el primer tiempo de otro partido y apagó la tele concluyendo que también ya dominaba otros tópicos, diversas reacciones y bromas de uso común. Puso un plato de lasaña en el microondas y se creyó afortunado al contrastar el pasado. Ahora mantenía un grupo de amigos o conocidos y un trabajo que, excepcional-


mente, parecía hecho a su medida. Tanto así que la última década no registraba caso bullado en que él no hubiese descifrado una seña en un brazo desmembrado, sugerido una hipótesis certera e imprevista, alguna adivinanza congruente del suceso y los actores que habían derivado a la vida en carne tiesa. El Director General lo estimaba una mente brillante y era, desde hacía dos meses, el comisario más joven de toda la historia de Investigaciones. Y no obstante los domingos existían y tenían que asomarse a cuerpo entero. Cada semana aterrizaban en su departamento, con sus horas en sordina bajo el brazo y esa vil balanza que menospreciaba sus medallas y laureles. Fundamentalmente este domingo espeso, la balanza se inclinaba entristecida porque la soledad pesaba más que cualquier mérito alcanzable. E inevitablemente la mesa destacaba el plato vacío; el segundero ruidoso del reloj lo llevaba a calcular cuándo desde el zapato de tacón sin billetes intermediarios, cuánto desde el último vestido gratuito desperdigado en el parquet como una flor robada al jardín de la noche. Era una multitud de semanas, meses, años por lo bajo. Antes de ir por el carboncillo y el croquis, Soto se detuvo quizá en la pregunta que lo colmaba de pavor y que siempre volvía, y que, casi forzadamente, había confesado ante el único ser que podía catalogar de amigo: si no lograba entender a las mujeres, si no conseguía hallar la llave de algo tan fácil como sus sonrisas naturales, ¿por qué razón comprendería sus sufrimientos o podría sentir la luz de la empatía? Nadie sabrá jamás si comenzó a esbozar desnudos femeninos acompañado de presentimientos. Solo se sabe que alguien tocó la puerta y que Nicolás Soto fue a abrirla con un dejo de sorpresa. Sonrió honestamente al verme en el umbral de su departamento. Nada digno de contarse habría pasado si es que, sobre la mesa de la cocina, el boceto hubiese sido otro. Pero el rostro era un calco, las piernas perfectas, la postura era crudamente idéntica. La boca gruesa del retrato crispaba el mismo doblez tétrico de la prostituta asesinada en un edificio de Mac-Iver con Monjitas la noche anterior. Soto pareció recordarlo todo al ver el pánico que me llevaba la mano al cinto. Mi gatillo fue más rápido que las paradojas y el cuchillo en su diestra. pdi (*) Síndrome de Asperger: conjunto de trastornos mentales y conductuales.

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Reescritura de un clasico

Sitio del Suceso II  

Esta es una publicación de la Jefatura Nacional de Asuntos Públicos de la Policía de Investigaciones de Chile, en el marco del segundo concu...

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