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La presencia del bosque

LA PRESENCIA DEL BOSQUE

PABLO D’AMATO

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La presencia del bosque

©2009 Pablo D’Amato torodelinfierno@gmail.com San Carlos de Bariloche Libros del autor: *Viejas nuevas palabras. *Nada no es lo mismo que. *Memorias del subt. *Mythos. *Redundancias. *En primera persona. *In pulverem reverteris. *Las increíbles Peripecias del Pirata Ron Gilberto y otros tres relatos perplejos. *Rompecabezas. *La presencia del bosque. *Memorias del olvido.

ANUK ALMACEN DE LIBROS EDICIONES REPUBLICA DE CASACARRANZA 2


La presencia del bosque

IMPRESO EN ARGENTINA

A lucecita mi amor.

“AMIGAZO, PA SUFRIR HAN NACIDO LOS VARONES; ESTAS SON LAS OCASIONES DE MOSTRARSE UN HOMBRE JUERTE, HASTA QUE VENGA LA MUERTE Y LO AGARRE A COSCORRONES.” JOSÉ HERNÁNDEZ

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EL DILEMA DEL VACIO

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l profesor adjunto de la cátedra de ontología, Alberto Alfonso Aliberti, hombre de gesto severo y rigidez militar, terminó su largo monólogo y frunció el seño en señal de desprecio por todo lo que lo rodeaba. Cientos de estudiantes y profesores lo habían estado oyendo atentamente. Ante el riguroso silencio, uno de los alumnos levantó la mano. Alberto Alfonso Aliberti lo apuntó con el índice y lo desafió con la mirada. El alumno temeroso hizo su pregunta: - Entonces profesor, ¿cómo deberíamos considerar, desde esa óptica, el dilema del vacío? El profesor miró el suelo e hizo una pausa. Luego, con voz grave y pausada contestó: - Sólo se me ocurren dos posibilidades. - ¿Ser o no ser? - preguntó el alumno tratando de congraciarse. - NO - contestó Alberto Alfonso Aliberti severamente y mirando de reojo el reloj de la sala que marcaba las doce en punto. - Jugoso o a punto- concluyó.

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La presencia del bosque Y todos los presentes asintieron en silencio.

EEL LABERINTO mpecinado en construir un laberinto de paredes trasparentes, el rey de Admuria ordenó a todos sus lacayos que trabajaran para tal fin. Como consecuencia, el reino cayó en la decadencia y todos, incluso el rey, murieron de hambre y de diversas enfermedades. Mas tarde, aquellos que encontraron su milenaria ciudad destruida y apestada de cadáveres descompuestos, así como el laberinto concluido, utilizaron este último como mausoleo y hoy, cualquier visitante que por allí pase, puede ver los esqueletos de los habitantes del extinto pueblo de Admuria apilados dentro de miles de habitaciones transparentes. En la entrada, una placa reza la siguiente frase: “Atento caminante, dedica unos momentos a contemplar esta ironía del destino, pues aquí yace un pueblo muy pelotudo”.

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LA MARCA DE LA MUERTE.

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uan Ramón Lorca era un terrateniente acaudalado, un caudillo rosista de pura sangre, un patrón severo y un implacable conocedor de todas las mañas del campo, ya que trabajaba a la par de sus peones. Era un cristiano devoto que sin embargo no rezaba, pues veía en tal menester un acto de debilidad. Pero sobre todas las cosas, Juan Ramón Lorca era un robusto padrillo, un semental vigoroso que según se rumoreaba, era capaz de embarazar a veinte mujeres distintas en un mismo día. La mayoría de las jóvenes del pueblo llevaban su marca… y no es esto una metáfora pampeana. Del mismo modo que lo hacía con su ganado, Juan Ramón Lorca marcaba las nalgas de sus hembras con el sello de su estancia al rojo vivo. Este cruel proceder, así como sus abusos patronales, le había ganado tanto el odio de muchos hombres como también una fama que atemorizaba. Ninguno de los padres y maridos humillados se atrevían a meterse con él para ajusticiarlo y en la pulpería se comentaba que ni siquiera el maligno restaurador de las leyes se hubiera atrevido. El caudillo era un hombre alto, de macizas espaldas, quijada rectangular y tez morena, un ejemplar perfecto de la raza criolla, aquella a la que algunos años mas tarde Mitre le auguraría el gobierno 7


La presencia del bosque del mundo. A sabiendas de la inmunidad que le confería sus estrechos lazos con el poder, se paseaba presuntuoso por el pueblo al que consideraba de su propiedad. Por eso cuando el joven pobretón Pablo Sánchez, desgarbado y escuálido hasta lo inimaginable, lo retó a enfrentarse a duelo por haberle embarazado la mujer, nadie pudo creerlo de primeras. - Está borracho y no sabe lo que hace…- El hambre lo volvió loco… - Los celos no lo dejan pensar- decían las viejas. Pero todos anhelaban un desenlace épico y en silencio, esperaban la caída del caudillo. Juan Ramón Lorca aceptó gustoso el desafío de una lucha a mano limpia y aquella misma tarde en la plaza central, bajo una tenue llovizna gris, mató a golpes de puño y sin dificultad a uno de sus muchos hijos bastardos. Todos lo aclamaron sin pasión y retornaron a sus ranchos cabizbajos. Al llegar la noche, después de una cena opípara, el caudillo hinchado de hombría y de poder se llenó el alma de vino y pidió a la criada que llamara a su hija Juliana -su manceba preferida- para hacerle un hijo que reemplazara el recién muerto. Madre e hija, como buenas sirvientas, accedieron sin chistar. Pero cuando el patrón se hubo rendido a la curda, escaparon sin 8


La presencia del bosque dejar rastro hacia lo de una hermana en las afueras de la provincia. Mientras dormía, Juan Ramón Lorca soñó con sus dos testículos azabaches y su verga de potro clavados en la puerta de la casa junto a la marca de su estancia grabada debajo. Cuando despertó al amanecer, sudando despavorido, supo que había engendrado a su asesino.

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ÚLTIMO COMUNICADO RECUPERADO CLAVE: EXTINCIÓN E l Psiconauta número 50000643267 despertó y eso nunca había sucedido antes. Él, como todos los de su especie, vivía en un sueño de conciencia total conectado a la red proto-neuronal del proyecto Gestalt 5.0. El Psiconauta número 50000643267 despertó temblando, un sonido zumbante le había erizado la piel que a los pocos instantes comenzó a arderle estremeciéndolo en un profundo escalofrío. Los Psiconautas pertenecían a la raza denominada Homo Sapiens Cyborg (H.S.C.), la inmediata evolución del Homo Sapiens Sapiens (H.S.S.), sujetos de una adaptación superlativa y hereditaria a un entorno de silicio, conexiones y trasmisores. Sus cerebros generaban sinapsis en un porcentaje altamente superior a cualquiera de sus antepasados humanos. Eran capaces de procesos cognitivos, lingüísticos y semánticos de profunda complejidad, y manipulaciones abstractas en universos de dimensiones que les eran naturalmente posibles poco después del nacimiento. 10


La presencia del bosque En los primeros años de vida desarrollaban la capacidad de conectarse, con suma facilidad y sin ningún tipo de implante, a una terminal de red inalámbrica manipulando sólo las propias ondas y pulsos electromagnéticos, pudiendo así procesar y transmitir información a la misma velocidad que los ordenadores cuánticos de última generación. Se los llamó Homo Cyborg por la empatía natural que manifestaron con las novedosas computadoras biológicas de fines del siglo veintiuno, la primera construcción de vida artificial, conciente y sensible. Los Psiconautas, aquellos H.S.C con especial capacidad de interconexión, se fueron destacando poco a poco en todos los campos de las ciencias naturales, quedando la primacía de las artes en manos de los H.S.S. Para la llegada del siglo veintitrés se inauguró el proyecto Gestalt, una red neuronal que facilitaba la conexión de todos los H.S.C alrededor del mundo en una sola y enorme inteligencia entrelazada. Fue anunciado como el proyecto más ambicioso y costoso de la historia de la humanidad. Y así lo fue. En los años que siguieron, el proyecto Gestalt permitió avances inimaginables en los campos de la física, la química, las matemáticas, la robótica, la astronomía y la economía.

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La presencia del bosque Pudo anunciarse hacia fines de ese mismo siglo, que finalmente se había alcanzado la tan anhelada unificación de los campos. Se retomó la conquista del cosmos con bríos renovados y posibilidades impensadas. En la tierra, el gobierno mundial anunció para ese mismo año, el fin definitivo de la pobreza en la tierra y una nueva era de bienestar y prosperidad planetaria. Los computadores realizaban el trabajo pesado. Los H.S.C y los hombres creaban, investigaban, pensaban y disfrutaban. Los Psiconautas aportaban el factor de genialidad: la chispa sagrada que esporádicamente había hecho que la humanidad diera un salto cualitativo era entonces constante y crecía exponencialmente. Los problemas ambientales se convirtieron en un vergonzoso recuerdo del pasado, así como las guerras, el hambre, la esclavitud y la persecución ideológica. Los Homo Sapiens habían logrado finalmente construir su propia Utopía. Cuando en el siglo veintitrés cayó la primera roca, nadie estaba, ni por asomo, preparado para semejante desastre. Una explosión catastrófica seguida por una serie de terremotos y tsunamis que espantaron al mundo. Al primer impacto, siguieron otros de menor tamaño pero de gran poder destructivo. En unas pocas horas, el paraíso se había transformado en el infierno.

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La presencia del bosque En una reunión extraordinaria, el Consejo Mundial adoptó una solución inmediata por unanimidad: la conversión de la red neuronal Gestalt 3.0 en un sistema de defensa, encargado de construir y manejar las baterías de misiles orbitales y sondear el espacio en busca de posibles amenazas. Nació así la Gestalt 4.0. Pronto se descubrió el motivo de la colisión. Dos planetas en el borde mas cercano de la galaxia, habían cruzado sus orbitas hacía siglos y estallado en una explosión que en la tierra apenas se había visto como un chispazo en el cielo nocturno, generando así un gigantesco cinturón de asteroides cuya órbita alrededor de la vía Láctea, encontraba a la tierra en el medio de su recorrido. Las colisiones serían las primeras de una infinidad que la atacarían por los siguientes cuatro siglos. Todas las posibilidades fueron exploradas y la totalidad los recursos fueron destinados a la Gestalt 4.0, la cual algunos años después sería 5.0, debido a que finamente perfeccionada llegó a ser una entidad plural fotosintética y autopoiética. Todos y cada uno de los Psiconautas pasaron a formar parte de una pared metafísica autoconsciente e impenetrable de rastreo y destrucción de rocas vagabundas. Pero el día 4 del mes 7 del año 2697, el Psiconauta numero 50000643267 despertó y vio a la criatura. 13


La presencia del bosque Una maldad primigenia de la que los archivos no guardaban información, se proyectó ante sus ojos blanquecinos como una sombra diminuta e hizo temblar todo su organismo. Intentó seguirla con la vista para identificarla, pero de inmediato desapareció camuflándose con el entorno. Nada en su constante entrenamiento para cazar asteroides, lo había preparado para aquello. Sintió el monstruoso sonido y toda la piel se le erizó en un escalofrío profundo que develó los punzantes ardores que la cubrían. Supo que aquel ser oscuro que remontaba vuelo, lo había despertado con su artero ataque y que ahora lo observaba escondido en algún sitio del espacio-tiempo. Temblando, aguardó agazapado y en silencio mientras transcurría un instante que le pareció una eternidad, pero la criatura no volvió a aparecer y pronto el sueño lo reclamó, pues la vigilia no era para los Psiconautas más que un soplo confuso de trans-temporalidad. Intentó conectarse nuevamente haciendo caso omiso al ardor sobre el cuerpo y al temor que crecía dentro de su pecho. Pero justo en el instante en que retornaba a su sueño-conciente y comenzaba a recobrar la calma, se desconectó abruptamente al tiempo que volvía a oír aquel sonido bestial, casi mecánico, que se aproximaba abalanzándose sobre él.

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La presencia del bosque Lo invadió un terror desesperado y completamente fuera de sí, hizo un uso descontrolado de sus miembros físicos para intentar golpear al invasor, mientras los nervios se le crispaban al punto de generarle un tembloroso mareo. Pero pese a sus reiterados intentos, la criatura se escabulló sin problema y nuevamente se hizo invisible, mientras él descubría dos nuevas y picantes hinchazones en los nudillos de sus manos. Pasó el tiempo y el Psiconauta número 5000064326 permaneció despierto, enajenado, con las mandíbulas contracturadas, las manos frías y la boca reseca, susurrando maldiciones mientras en su mente superior una sola idea tomaba retorcida forma y se repetía incesantemente: “destruir a la a criatura que buscaba alimentarse del flujo que le corría por dentro y de ser posible, corresponderle todo el sufrimiento que ésta le había generado”. Aguardó sin lograr serenarse, obsesionándose a cada segundo y en el colmo de su obsesión, descubrió que la criatura no estaba constituida por un solo individuo sino por muchos. ¿Entidades físicas disímiles capaces de cooperar y relevarse con el único fin de atacarlo? La locura completa se apoderó de él. Sobrevino entonces el llanto, la angustia y el abandono. Concibió detrás de aquella una maldad dirigida, decidida a quebrarle el sistema nervioso, a subyugarlo a una rendición humillante. Creyó ver en aquellos movimientos coordinados que lo sobrevolaban rasante, 15


La presencia del bosque una danza soberbia, una demostración de poder y sometimiento. En un último intento por recuperar su orgullo, se irguió de la cápsula que servía de protección de Munio a la cabecera acolchada y haciendo uso de todas sus facultades combinadas, como siglos antes la humanidad había hecho contra la lluvia de meteoritos, abandonó la defensa y encabezó un ataque corajudo aplastando a diestra y siniestra cada una de las criaturas con la almohada de sintético y esponjoso plástico. Riendo desencajado observó a sus enemigos agonizantes. Se fregó el cuerpo con la sangre de los vencidos y con su propia mano aplastó al último de los mosquitos. Aún poseído por la furia guerrera, redirigió con su mente las baterías de metrallas y las descargó sin misericordia contra la pared donde el último insecto se retorcía moribundo. Le siguió una descarga de cañones láser de alta precisión y descargó por fin, una ráfaga de misiles de impacto local, que desintegraron por completo las cuatro paredes que lo rodeaban quedando reducidas a una montaña de polvo. Recién cuando la paz retornó por fin a su cuerpo, el Psiconauta respiró aliviado y sonrío. Con un esfuerzo ínfimo de concentración volvió a conectarse a la red de redes. Tres segundos después, se hallaba en el seguro y confortante universo binario sintiendo las cosquillas en su cerebro del flujo de información que lo recorría poniéndolo al tanto de la situación. 16


La presencia del bosque Reparó instantáneamente en la alarma de máxima seguridad que sonaba sin cesar hacía más de diez minutos y en la inmensa nube de vapor ardiente que comenzaba a emerger de todo aquello que sus censores podían dar cuenta. El Psiconauta número 5000064326 se evaporó como todo a su alrededor. Jamás llegó a saber del gigantesco aerolito que penetró las cuatro capas de defensa de la zona que a él le tocaba controlar y que él mismo dirigía, alcanzando inmediatamente la estratósfera terrestre y deshaciéndose en un sinnúmero de inmensas rocas que regaron el hemisferio norte del planeta, aniquilando en pocos segundo cualquier vestigio del hombre, sus antecesores y sus descendiente. Tampoco llegó a saber que, como la mayoría de los insectos, los mosquitos sobrevivieron a la hecatombe.

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LAS ESPOSAS DE JOAQUÍN ALZEGUERRI

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n la localidad rural de Quilimanchado tuvo lugar un hecho de características horripilantes, que el apátrida gobierno unitario se ha empeñado inútilmente en ocultar y que yo hoy me dispongo, sin mucha vuelta ni lujo, a hacer de conocimiento, mas por aburrimiento que por algún tipo de afán justiciero. Joaquín Alzeguerri, sujeto de contextura mediana, ojos color de miel, rostro inexpresivo y eternamente joven, reservado y de modales simples pero educados, de oficio carpintero y sepulturero por elección, era el encargado de construir -con sus propias manos, martillos, clavos y tablas- los ataúdes que luego de ser rellenados con el correspondiente difunto -debidamente despedido por familiares y amigos en pomposa o austera ceremonia, dependiendo de las posibilidades económicas y aprecio que suscitara en vida el susodicho- él mismo enterraba, provisto sólo de una pala, en las tierras destinadas por el Estado para tal cosa que llevan el nombre de cementerio, sitio que también le era menester vigilar. Durante su larga vida, Joaquín Alzeguerri acometió su labor con esmero ejemplar. Gozó también de una salud envidiable y de la simpatía de mucha gente que siempre lo tuvo en cuenta por ser el velador de los 18


La presencia del bosque difuntos seres queridos. De ese honroso título dejó constancia la inscripción que hicieron tallar en su lápida cuando a la edad de noventa y nueve años Joaquín Alzeguerri falleció. Según las expresas instrucciones del primer párrafo de su testamento, el cuerpo fue inhumado en un hermoso ataúd de pluma de caoba que él mismo había construido. El segundo párrafo despertó cierta incredulidad tragicómica, pues allí expresaba Joaquín Alzeguerri el deseo de legar todas sus propiedades a sus múltiples esposas, y sabido era por todos que el pobre y solitario sepulturero, no había poseído ni las unas ni las otras. Algunas semanas mas tarde, cuando la comisión municipal junto al nuevo sepulturero, dieron revisa de las instalaciones del cementerio con intención de refaccionarlo y ordenar algunas ampliaciones, se resolvió el misterio y se destapó el horror. Durante todos aquellos años, Joaquín Alzeguerri había habitado, no en la vivienda dispuesta para su función, sino dentro de un mausoleo con dos subsuelos al que había restaurado con cierto lujo. En el piso mas profundo había dispuesto la habitación, una cocina y una sala de estar delimitados por biombos. En el superior, una biblioteca muy bien provista, un reloj de pie y un escritorio de roble. El mausoleo se hallaba interconectado por túneles, que él mismo había cavado, con otras criptas que también había profanado y reconstruido con todo tipo de vistosos muebles. 19


La presencia del bosque En todas las habitaciones se encontraron sinnúmero de mujeres exhumadas y posteriormente embalsamadas, ocupando con tétrica quietud lugares de la vida cotidiana destinados a los vivos. Las rígidas pero hermosas estatuas de yeso que cubrían los cuerpos conservados, se hallaban sentadas a la mesa con gesto de charla, leyendo, jugando ajedrez, caminando o acostadas en la cama en sugestivas posiciones. Joaquín Alzeguerri había creado su propio y solitario mundo para vencer la inmensa soledad, y lo había compartido con un harén de blancas y complacientes amantes.

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LA FÁBULA DEL PÁJARO DE MAL AGÜERO

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artín Anilok, cobarde por naturaleza -o sea por propia elección, pues la es la voluntad la única naturaleza- siempre se creyó menos y por eso a su alrededor la gente así lo veía y como tal le trataba, a pesar de quererlo mucho. Martín vivía quejándose de sus desgracias y en vez de valorar lo que tenia, sufría añorando aquello que había perdido por esa misma desidia. Cierta vez, ante los ojos avergonzados de su novia y sus amigos que en él habían confiado tantas veces, aseguró con énfasis, casi diría con presunción, la imposibilidad -remarcando la palabra- de alcanzar ciertos objetivos compartidos que sólo a la esfera del esfuerzo correspondían, logrando así no solo verse como un temeroso ante todos sino también, verse como un miserable boicoteador que intentaba atentar contra el brío de sus seres queridos que, con tanto esfuerzo acometían y que entonces lo veían rendirse sin siquiera haberlo aun intentado. Y así, desde el suelo, lo oían pronunciar una y otra vez la palabra maldita. Apenas una semana mas tarde, en una inesperada vuelta del destino cayó en sus manos aquello (y mucho más) que había jurado imposible - y en lo que no había puesto ni siquiera el intento de la fe, esa chispa que mueve el esfuerzo y es capaz de transformar la 21


La presencia del bosque realidad irguiéndose como si fuera una gruesa muralla, pero no siendo más que un fino tapiz de velo. Se le apareció Dios, o alguna providencia justiciera que por aquél se hizo pasar, y le exigió ante sus lágrimas que repartiera todo lo ganado entre aquellos que habían confiado cuando él se sentaba a quejarse de su mala suerte, pues no merecía lo que tenía. Un poco porque justo es que cada uno tenga lo que elige construir y otro poco como castigo a la falta de valentía que tanto ofende al máximo compositor del universo. Entonces Martín Anilok recordó las palabras de su amigo: “si el día de mañana conseguís lo que juraste imposible, no sólo serás un cobarde sino además un idiota” y en efecto, así se sentía. Humillado juró y volvió a jurar de rodillas frente al ánima haber aprendido la lección y sentirse avergonzado, y aquél lo perdonó. Pero algunos meses mas tarde la situación se repitió. Martín Anilok -que muchas veces había faltado a su palabra pues le daba poca importancia al orgullo y el honor, y muchas otras veces había buscado la mejor forma de no prometer nada pues, no veía en la promesa una regla con la cual trazar el propio camino sino un acto previo a una certeza sin la cual no se podía poner las manos en el fuego- volvió a actuar como si nada colgara entre sus piernas y como si lo dicho no valiera ni el sonido de las letras que conforman el juramento. Frente a un nuevo desafío, esos retos de la vida en donde se pone a prueba 22


La presencia del bosque nuestra valía, maldita.

pronunció

nuevamente la palabra

Y entonces el ánima se apareció furioso delante de sus ojos, y antes de que Martín Anilok comenzara a buscar alguna excusa -algo que se le daba muy bien para tratar de eludir sus compromisos- el ánima lo convirtió en un pájaro negro y horrible y le dijo: - ¡Asustadizo pájaro de mal agüero, te maldigo! Eres mala suerte, pues tú mismo la invocas con mentiras y constante desgano. Los hombres te verán, te arrojarán piedras y te odiaran… Y Martín Anilok humillado como nuca, tuvo que remontar vuelo, algo que sin duda, algunos días antes hubiera creído imposible de lograr.

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EL LEÓN NEGRO

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n un paraje perdido al este de África oriental, los pobladores de una pequeña aldea reportaron haber avistado un león macho de considerable tamaño, fiereza y enmarañado pelambre color negro, que se había cobrado algunas cabezas de ganado en sus incursiones nocturnas. Sólo en dos oportunidades, las crónicas habían mencionado especímenes de tales características físicas y Víctor Von Whilberg, lo sabía de sobrada cuenta cuando el rumor llegó en forma de carta a su casa en las afueras de Berlín. Víctor Von Whilberg había sido de joven un cazador temerario. Había gozado de cierto reconocimiento y prestigio, pero ello había sido muchos años atrás y descansaba entonces alejado ya de la actividad, viviendo holgadamente gracias al alquiler de algunas propiedades que poseía por herencia en la capital Alemana. Víctor Von Whilberg pasaba el tiempo en la sala de estar, leyendo en la silla mecedora enfrente del fuego, diarios de guerra o novelas históricas de grande personalidades.

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La presencia del bosque En esa misma sala rendía culto a la aguerrida valentía de sus antepasados también cazadores, colgando retratos de ellos entre los numerosos trofeos de caza mayor que le recordaban a diario que el tipo de sangre que corría por sus venas, no era la de una raza perezosa. Víctor Von Whilberg era en sus costumbres un hombre solitario, austero y parsimonioso, que prefería la comodidad al lujo y el trabajo al encargo. Enseguida se hubo enterado de la noticia, sintió que el soplo de la juventud perdida le recorría el cuerpo. Sin perder tiempo, preparó su carpa y su bolsa de dormir, sus fusiles, sus cuchillos, la linterna, una cantimplora y una mochila grande con ropajes, botiquín y útiles varios. Ese mismo día telefoneó a la oficina de Aerolíneas Lufthansa y reservó un pasaje para el siguiente mediodía que lo dejaría, sin escalas, en un aeropuerto de Kenia. Una vez hubo arribado, compró víveres y un mapa de la región. Alquiló un jeep y se internó en la sabana rumbo al poblado dónde el enorme león había sido visto. Una vez allí,, lugareños le indicaron sobre el mapa un río serpentoso que debía cruzar hasta llegar al pie del monte que da nombre al país, el segundo mas alto de África, ubicado al norte de Nairobi. Rumbo al Este encontraría una serie de bosquecillos y varias cavernas, donde los pastores solían llevar en otros tiempos sus 25


La presencia del bosque cabras a pastar. Le indicaron que allí podría llegar a encontrar al gran león negro. - Tenga mucho cuidado- le advirtieron. -El león no es un animal, sino un espíritu maligno de la selva. No le comerá el cuerpo sino el alma. Víctor Von Whilberg no tuvo problema en alcanzar el lugar indicado. En un árbol que juzgó lo suficientemente alto, construyó una improvisada tarima y sobre ésta armó su carpa. Preparó los fusiles y se dispuso a esperar. Durante los días exploraba y oteaba con sus binoculares en busca de rastros y durante las noches, aguardaba paciente con su linterna y sus fusiles a que el animal, al que sabía de hábitos nocturnos, se viera atraído por los cebos o cayera en alguna de las trampas. Víctor Von Whilberg intuía sin embargo que el pelambre oscuro de la bestia haría casi imposible un avistamiento en horas sin sol. Una semana más tarde de haber arribado, Víctor Von Whilberg dio con unas huellas de gran tamaño y supo que eran de la criatura que él perseguía. Cambió de lugar el campamento y se reaprovisionó en un poblado cercano, donde también pudo oír rumores nuevos sobre el demonio noctívago. Cinco noches más tarde oyó su rugido y la piel se le erizó. Nunca había oído nada parecido. Sonaba como si hubiera salido de las entrañas mismas de la tierra, un 26


La presencia del bosque eco milenario proyectándose más allá del tiempo y el espacio. La noche número seis, logró avistar una sombra gigantesca camuflada en la oscuridad total que se desplazaba entre los largos pastizales bajo el sinfín de estrellas que parecieron replegarse ante su tranco. La noche número siete, la criatura probó la carne de una de las ovejas que había dejado atada a un poste y Víctor Von Whilberg logró acertarle un tiro. El león lanzó un gemido desgarrador y huyó malherido. Con su escopeta al hombro, un revolver en la mano, un cuchillo en el cinto y la linterna en otra mano, el cazador siguió el rastro de sangre del animal moribundo. Lo encontró en una cañada rodeada por un despeñadero. Allí yacía el cuerpo ciclópeo del animal. La espesura de su pelo negrísimo se recortaba por su intensidad, con la de la roca iluminada por la luna en cuarto creciente. El tamaño de la criatura era realmente apabullante, un ejemplar vigoroso de una hermosura sobrenatural. La bala le había perforado el cuello. Respiraba con dificultad emitiendo un soplo áspero y lastimoso con la lengua afuera. Los ojos áureos abiertos de par en par, buscaban la mirada de su ejecutor. Víctor Von Whilberg lo contempló abrumado y por primera vez lloró frente a una presa. No fue por lástima ni por piedad, sino por la intima convicción de haber vislumbrado desde el principio aquello que entonces resultaba evidente. Con cierta confusión de emociones que oscilaban entre el éxtasis y el espanto, remató al animal de un tiro en el corazón. 27


La presencia del bosque Una semana más tarde, una brigada de patrulla halló el cuerpo muerto del cazador. Asombrosamente, los animales salvajes no lo habían tocado. Tenía un orificio de bala en el cogote y otro en el pecho. Las huellas de un león enorme se concentraban a su alrededor y se perdían hacia lo profundo del monte.

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EL LIBRO DE LOS LIBROS

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n el siglo trece de nuestro señor, el escriba jesuita Imanol Ignacio Del Solar, tras retornar de su misión en Centroamérica, concibió una noche en que contemplaba las estrellas, la idea de escribir un libro sobre todo, idea descabellada y herética pues sólo a Dios corresponde el conocimiento de lo que no es y completa al todo con su ausencia vislumbrada. Encerrado en su estudio y alimentándose exclusivamente con pan de avena, frutas y agua, Imanol Ignacio Del Solar escribió sin detenerse durante los treinta años siguientes el total de ochocientos gruesos volúmenes en los cuales no omitió detalle alguno de lo conocido y documentado hasta entonces por el hombre.

Una vez que hubo puesto el punto final, decidió escribir acerca de la tarea que le había insumido la mitad de su vida pues acertó en suponer que no estaría completo su trabajo sin tales crónicas. Diez años después, al concluir todo lo que tenía para referir al respecto, supo que no podía detenerse allí si quería ser fiel a su desafío y escribió otros doscientos volúmenes que versaban sobre el menester 29


La presencia del bosque de escribir la historia misma de escribir el libro sobre todo lo demás. De tal modo, continuó engrosando su obra obsesivamente hasta que, ya anciano y con la amarga muerte soplándole el aliento frío que advierte la partida, Imanol Ignacio Del Solar sospechó la inutilidad de su largo trabajo. Sin mayor despecho, prendió fuego en una pira los quince mil epítomes de su autoría que según entendió, podían resumirse en estas treinta y tres lacónicas líneas.

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EL CARNICERO DE MADARIAGA

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n Madariaga, pueblo rural de la costa atlántica en la provincia de Buenos Aires, el peón Zoilo Sotomayor, sujeto de andar tranquilo y mirada silenciosa que exhibía con orgullo las arrugas que no sólo sus casi sesenta años de cosechador le habían otorgado, sino también la ginebra y los recientes desamores, participó una noche de una bronca en un bar de la ciudad cuando un grupo de jóvenes, hijos de la acaudalada oligarquía local, vacacionaban en el pago y quisieron propasarse, como de costumbre y por diversión, con la moza del lugar. No pasó a mayores el percance y huyeron los tiernos jovenzuelos, amedrentados detrás de las risas, ante las amenazas pendencieras del humilde jornalero borracho. Amenazas que se hicieron realidad, cuando la noche siguiente volvió a cruzarse Don Zoilo, hombre de piel curtida, bombachas, botas y pañuelo a cuello, con Damián Campodónico, rugbyer amateur y estudiante de Ciencias Económicas, que lo increpó desde la camioneta negra que manejaba, denigrándolo por sus rasgos nativos y su evidente pobreza. Zoilo, hombre de temperamento sereno pero también perro de pocas pulgas, reaccionó a los insultos con otros, menos vehementes quizás, pero mas sabios que, pronunciados con su voz apaciguada, sonaron tanto mas humillantes. Y aunque nadie hubiera que 31


La presencia del bosque pudiera haberlos visto ni oído, Damián Campodónico se sintió profundamente herido en su vanidad, ridícula y casi femenina. Bajó bufando furioso de su camioneta y dispuesto a propinarle al gaucho una buena golpiza que lo pusiera en su lugar. Llevaba una camisa de color rosa, pantalones de jean azules y zapatos náuticos sin medias. Zoilo Sotomayor no esperó a presenciar las fanfarronadas acostumbradas del sujeto y con la tranquilidad de una brisa veraniega y cierta premeditación evidente, le abrió el cuello de un faconaso. El joven se tomó la garganta con las manos y, con la mirada incrédula y sin emitir grito, se fue desplomando al suelo donde murió desangrándose lentamente ante la entretenida vista del peón. No sin cierta dificultad, Zoilo arrastró el cuerpo hasta su rancho, apenas cruzando la calle. Fue dejando a su paso una huella de sangre delatora que marcaba el camino. Haciendo uso de su experiencia como matarife, despostó el cuerpo en muchos pequeños trozos que guardó en bolsas de consorcio. Primero pensó en alimentar con aquellas raciones a perros y mendigos en un acto caritativo digno de cualquier buen cristiano, pero Zoilo no era hombre de primeras ideas, prefería la acción madura y largamente meditada. A la madrugada siguiente, siguiendo el sangriento reguero y en busca del joven desaparecido, la policía 32


La presencia del bosque tiró abajo la puerta del rancho pero no halló más que una catrera vacía, una pava y un mate frío inerme sobre un tronco. Una requisa mas exhaustiva descubrió en la alambrada de detrás, junto a los cueros de varias ovejas, la piel desollada de Damián Campodónico. Una semana después hallaron la camioneta incendiada a un lado de la ruta a Pinamar detrás de unas dunas. Los intentos por dar con el matador, a pesar de los esfuerzos de la policía, resultaron estériles. El caso hizo eco en los medios de comunicación que llegaron a Madariaga desde todos los puntos del país y, durante varias semanas, cubrieron la noticia truculenta matizando con sensacionalistas notas a los familiares del muerto y a los amigos del prófugo, al que llamaron “el carnicero de Maradiaga”. Rápidamente y a medida que los medios fueron perdiendo el interés, la noticia fue pasando al olvido, salvo para algunos marginales y poetas, que convirtieron a Zoilo Sotomayor en canción y lo recordaron cantando su acción vengadora en las noches de jarros llenos. Para la familia de Damián Campodónico -que siguió llorando a su hijo pródigo por muchos años y puso su dinero y empeño en financiar un partido político conservador liderado por el padre- para bien de sus 33


La presencia del bosque estómagos y sus conciencias, ninguno de los concurrentes a la cena de inauguración partidaria supo -ni imaginó- de dónde provenían los trozos de carne que integraban el locro que se sirvieron aquella noche entre fervorosas consignas patrióticas de dudosa sinceridad.

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EL SER DEL TIGRE

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l Tigre, aquellas tierras que distribuyó Juan de Garay, son un laberinto de arroyos e islas en el delta del Paraná que desembocan en el majestuoso Río de la Plata. Ese río color del león, lo llamaría Borges “un río tan lento que la literatura ha podido llamarlo inmóvil” y cuyas agresivas crecidas sin embargo, devoraron mas de una vez la villa. El Tigre es en sí mismo una entelequia enmarañada dónde se enreda la historia con la quimera que asoma impetuosa desde el cielo diáfano e incognoscible, desde la espesura susurrante de su maleza, desde el fondo de sus aguas amarronadas habitadas por bogas, dorados, pejerreyes y quien sabe cuantos ignotos entresijos. El Tigre, paraje que recibe su nombre de fiera indomable de los yaguaretés que poblaron lo largo y lo ancho de las islas y los campos, y emigraron hacia las selvas de Misiones cuando el hombre reclamó para si sus extensiones. El Tigre, descendiente salvaje del paraíso originario, se explaya frondoso con una sombra de historia proyectada sobre sus brazos cubiertos de embarcaciones que lo remontan impulsadas por la agreste fuerza de la vela y el remo.

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La presencia del bosque Las tropas de Liniers hicieron noche allí cuando aun se le llamaba “El pago de las conchas”, a la espera de las órdenes que les indicarían avanzar sobre Buenos Aires para liberarla del invasor inglés. Allí se quitó la vida Lugones, con un trago fatal de whisky y cianuro y allí vivió Domingo F. Sarmiento: “(…) duraznos y naranjos son, ya se sabe, la maleza de estas islas, y los sauces crecen como por encanto” decía alucinado, “(…) vienen lo mismo las parras, los perales, los nísperos y los demás frutales. Crecen las habas como arbustos, el maíz es negro de puro lozano”. El Tigre es hoy una tierra poblada por los descendientes de los inmigrantes que en la década del veinte escaparon de la hambruna y la miseria europea, y luego de trabajar duramente como quinteros y jornaleros pudieron acceder a sus propias parcelas en una época donde sacrificio era sinónimo de bienestar. Si. El tigre es tierra bendita y reproductora. Si, El Tigre…. Pero las oscuras raíces que los Chaná-timbúes y los Guaraníes -habitantes originarios- conocían, no figuran en los libros de historia. Secretos que ni Borges ni Sarmiento intuyeron pero que quizás Lugones haya alcanzado a percibir en los entretelones de su muerte que aun cubren las profundidades fangosas. Mas allá de los frutales y el mimbre, en la espesura de las noches aún aúlla el gemido lúgubre de una memoria monstruosa que algunos han elegido ignorar y otros prefieren olvidar. 36


La presencia del bosque Cuando Lucía Siga, anciana de rasgos nórdicos y mirada intimidante, de movimientos precisos y palabra meditada, encontró el primer cuerpo mutilado en el muelle de su modesta pero pintoresca casa al margen del río Sarmiento, no sintió miedo. Años de profesión docente le habían ablandado el corazón pero endurecido el espíritu. Lo observó primero con curiosidad científica y luego con contemplación poética, y dio aviso a prefectura. No fue el primer caso. En el transcurso de los dos últimos años, la corriente había dejado en las costas varios cadáveres con signos evidentes de haber sido brutalmente ultimados. Los rumores corrían entre los habitantes de las islas y el miedo comenzó a inflar el aire. Hasta el viento pareció intimidarse y cesó su soplido. Una sombra entre los árboles, dijeron haber visto algunos. Una extraña figura asomando entre los canales, aseguraban los otros. Una sustancia de pegajosa consistencia allí en los alrededores, donde la hierba aplastada indicaba el paso reciente. Perros feroces con las costillas quebradas y las entrañas esparcidas, niños pequeños desparecidos de sus propias camas dejando detrás un cauce de sangre negra. Pescadores fornidos con el cuello agujereado a tajos como si unas filosas zarpas los hubieran dominado sin problema. Mujeres en sus propios jardines, agonizantes, con la entrepierna sangrante destruida a dentelladas. Pescadores que habían encontrado marcas misteriosas en sus barcos luego de 37


La presencia del bosque sentir fuertes sacudones como si algo hubiera intentado sujetarlos para arrastrarlos hacia el fondo. Sonidos ululantes entre las plantas, siseantes, burbujeantes, secundados por un hedor a cuerpo putrefacto, a pescado muerto, a aguas estancadas. Nadie parecía estar a salvo. Intuyeron entre los desvaríos que provoca el miedo, las correrías de algún tigre viejo y sobreviviente vengando a sus congéneres, serpientes gigantescas y hambrientas, que habrían llegado en los camalotes desde las selvas del norte con la sudestada. Alguno sugirió que era obra del mismo Lucifer, cebado por la sangre que había teñido el río desde las viejas épocas de los virreinatos y la independencia. Se habló de fantasmas y espíritus antiguos, de maldiciones indígenas y no faltó quien asegurara que Dios mismo enfurecido por la hereje comparación del Tigre con la tierra prometida, los castigaba con semejantes monstruosidades. Nadie se atrevió jamás a dar caza al sanguinario asesino. Un día las muertes simplemente dejaron de suceder, y los pobladores poco a poco fueron recuperando la tranquilidad. Olvidaron a los muertos o prefirieron dejar de hablar de ellos, como si allí nunca hubiera pasado nada. “Menos averigua Dios y perdona”, decían las viejas si algún entrometido preguntaba más de la cuenta. Pero Lucía Siga no se conformó con avisar a las autoridades portuarias que se limitaron a detener un par de sospechosos y hacer alguna que otra redada. 38


La presencia del bosque Era mujer viuda, de sueño y fuerza forjados a base de vida. Había parido cuatro fuertes críos que vivían entonces lejos de allí y se ocupaba sola y sin problema, de mantener la huerta, la casa y los jardines. Con la misma resolución, una noche de cielo negrísimo sin luna en que las nebulosas y las estrellas parecían acrecentarse en cada intermitencia, se aventuró entre los altos pastizales siguiendo un silbido amortiguado y rugoso que despedía el olor terrible de la carne descompuesta. Lo oyó sumergirse y por los canales siguió su estela sobre la superficie del agua silenciosa y hermosa, bajo la luz de las casas en dirección al puerto, montada en una pequeña embarcación de madera. El batir de los remos la condujo hasta un viejo y enorme barco abandonado, probablemente incendiado en otras épocas, cuyo esqueleto aun flotaba con la mitad del cuerpo encallado en el barro y cubierto por la maleza de la tierra virgen en una estampa fantasmal y aterradora. Lucía vio cómo a lo lejos emergía del agua una criatura humanoide, de menudo tamaño y apariencia incierta de ser un ser traslúcido y blancuzco como las aguas vivas. Trepó por la popa del barco como si pudiera adherirse a la pared y despareció entre la oscuridad. Lucía no cometió el desatino de seguirlo. Volvió a su casa y esperó sin poder dormir, a que el sol alcanzara su cenit. Entonces regresó hasta la embarcación que no por ser de día, se veía menos aterradora. 39


La presencia del bosque Una vez dentro, armada con una linterna y un listón, recorrió las húmedas habitaciones cubiertas de musgo y caracoles, revisando cada rincón. Se sobresaltó con brusquedad cuando al abrir un pequeño armario al lado de lo que fuera el timón, vislumbró un ser glutinoso que se inflaba y desinflaba como si respirara. Luego de reponerse, con el corazón aun acelerado, volvió a abrir lentamente la puerta y contempló el horror. Sumergido dentro de lo que parecía una bolsa o una larva transparente y babosa de interior liquido, dormía la criatura. Ésta tenía la figura de un roedor con largas patas cubiertas por pelo negro. Su rostro parecía el de un niño, y a través de la piel de su cuerpo podían verse sus huesos pequeños y sus alimentos digeridos a medias. Tenía branquias, pezuñas, una larga cola y unas aletas incipientes. Dónde debería haber estado la boca, tenía una especie de tubo carnoso de forma agusanada, repleto de comillos serosos que despedían un olor nauseabundo coronado por unos extensos bigotes. La criatura abrió los ojos y arrojó una leve luminiscencia. Parecían los ojos inocentes de un niño recién despierto, pero no lo eran. Sin flaquear, Lucía golpeó a la criatura con el palo y ésta lanzó un gemido estéril, pero la anciana no se detuvo hasta convertirla en una masa grasienta sobre el suelo. La miró durante unos instantes y se marchó.

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La presencia del bosque Años después, cuando Lucía falleció y sus hijos decidieron vender la casa, encontraron su diario en un pequeño baúl bajo la cama. En él hallaron anotaciones que dejaban constancia de lo sucedido. No existe prueba alguna capaz de dar veracidad a sus palabras, pues el barco mencionado fue destruido por completo. La mayoría de las personas que escucharon esta historia, creyeron que se trataba de los desvaríos de una loca solitaria. Yo quizás, opinaría lo mismo si no supiera que la fecha de su incursión precede a la interrupción de los ataques casi con exactitud y que, El Tigre es tierra de fantasía y ensueño que emana misterios sombríos y sublimes que se cubren y destapan con cada nueva marea, y que la rígida historia, a pesar de sus intentos, no logra soslayar.

VALERIA DEL MAL

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uando Alfonso Mainini se tomó dos semanas de vacaciones el primero de Febrero de mil novecientos noventa y siete, después de cinco años de trabajar interrumpidamente en la pequeña fábrica de envases de hojalata que tenía en Wilde, no sabía a qué emoción abandonarse. Se sentía muerto en vida y devorado por la rutina hasta el punto de la enajenación total. Pero también sabía que las cosas comenzaban a marchar, por eso podía permitirse el lujo de vacacionar. Júbilo, libertad y sosiego ganados con esfuerzo y sacrificio, como buen peronista, lo esperaban por delante. El destino elegido fue Valeria del Mar, un balneario sereno y bellísimo ubicado a cuatrocientos kilómetros 41


La presencia del bosque de la Capital en la zona del litoral marítimo, que a principios del siglo XIX, se denominó “Montes Grandes de Juancho”. Éstos pertenecieron al General Félix de Alzaga, quien los recibió del mismo restaurador de las leyes, el patriota Juan Manuel de Rosas, por formar parte de sus regimientos. Muerto éste, las tierras pasaron a manos de su hijo, quien mas tarde sería el esposo de Felicitas Guerrero “la mujer mas hermosa de la republica”, muerta trágicamente a manos del poeta que así la llamó para la posteridad. Setenta y cinco años después, la señora Doña Valeria Guerrero Cárdenas de Russo decidió forestar masivamente el lugar y para el año 1962, se construyó allí el primer edificio. Alfonso Mainini, no sabía todo aquello, pero sabía que Valeria del Mar era un lugar hermoso, con mar y montones de bosques, ideal para descansar del trajín arrollador de la ciudad. Alquiló una casa por teléfono a dos cuadras de la costa, y sin mucho más equipaje que los sueños gigantes de recuperar un poco de su propia identidad, viajó hasta allí en su viejo Ford Falcon gris. La casa era de típica arquitectura de ribera, un poco venida a menos, con techo y persianas de color verde y paredes claras. Alfonso Mainini era hombre de costumbres y poco dado. Enseguida estableció la rutina que seguiría en tanto durara su estadía. Durante el día iría a la playa y 42


La presencia del bosque a la tardecita, pasearía por el reducido centro comercial. Por la noche, algún que otro asadito en la parrilla de la casa, algo de televisión y a dormir relativamente temprano. En una transgresión sin precedentes, Alfonso Mainini decidió también dejar de tomar las pastillas recetadas por su psiquiatra. Necesitaba descansar también de eso. Tal vez conciente de esto último, no se preocupó demasiado cuando la tercera noche oyó ruido a golpes provenientes del sótano. Un poco asustado pero atribuyéndolo a la suspensión de la medicación, se escondió debajo de las sábanas y no tardó en dormirse. El sótano le había causado un escalofrío en el espinazo apenas lo había visto. En la entrada de la cocina, en una esquina, una pequeña puerta cuadrada de madera con una argolla de hierro en el medio, conducía hacia la cava a través de una escalera de pie. Era un hueco donde no cabía más de una persona. Décadas atrás, el abuelo de la familia que habitaba la casa, guardaba allí los fiambres que preparaba junto a una buena cantidad de vinos. La quinta noche, como todas las anteriores, Alfonso Mainini creyó oír voces, chillidos y llantos, pero respiró profundamente para calmarse y se durmió. No tuvo pesadillas. Despertó temprano, preparó su vianda y rumbeó a la playa. Tomó sol, miró los cuerpos curvilíneos y sebosos de las jóvenes, se metió al mar y leyó el diario. Venía 43


La presencia del bosque siguiendo con atención un caso policial que conmovía al la pequeña ciudad: una ola de secuestros y violaciones que tenía confundida tanto a la comunidad como a las autoridades y que ya comenzaba a generar un embate de rumores supersticiosos. Cuando el sol comenzó a bajar y el cielo se tiño de púrpura, Alfonso fue a dar su acostumbrado paseo, pero esta vez cambió el centro por los bosques aledaños. Caminaba despacio, respiraba despacio y pensaba despacio. Aspiraba el perfume de los pinos y del mar. Sentía el cuerpo relajado, la cabeza despejada y el espíritu todo que recuperaba el ímpetu e iniciativa de la juventud. Por un lado, experimentaba el deseo de quedarse a vivir allí en ese nirvana de arena y agua salada, por el otro, la pulsión de volver hecho una fiera y retomar las riendas de sus proyectos con renovadas fuerzas. Se sentía pleno y quería festejarlo haciendo algo distinto. Al llegar la noche, fue a su casa y se duchó. Sintió algo de culpa por descuidar su tratamiento y estuvo tentado de volver a tomar los medicamentos, pero a pesar de prestar especial atención no escuchó ningún ruido y se convenció de que no era necesario hacerlo. -Esta cabecita funciona bien- se dijo sonriente y orgulloso, palmeándose la frente de cara al espejo. Se vistió con sus mejores ropas y se marchó decidido a 44


La presencia del bosque cenar mariscos en algún restaurante céntrico que no le costó encontrar. Acompañó la comida con un vino blanco helado seco y con leve sabor a frutas. En la televisión, insistían con la noticia de los secuestros, pero a Alfonso ya no le interesaban. Había ocupado su atención en una linda morocha treintañera que también cenaba sola unas mesas de por medio, y no paraba de espiarlo de soslayo. Sin mucho mas preludio que una sonrisa entradora, la invitó con una botella de champagne y helado de limón. Paula aceptó encantada. Charlaron de intrascendencias y se gustaron. Siguieron la velada en una confitería y algo borrachos dieron un paseo por la playa. Se besaron y terminaron en la cama de Alfonso teniendo un sexo bastante aceptable. A media noche Alfonso despertó sintiéndose ahogado. A su lado, Paula desnuda dormía profundamente. La miró en silencio y pensó que era una mujer realmente bella. Se sentó en la cama y se fregó los ojos. Se dirigió hasta la cocina y se sirvió un vaso de agua. Entonces volvió a oír los ruidos. Instintivamente miró la puerta trampa y creyó que se movía. -¡NO!- se dijo. -Eso no es una alucinación- se repitió una, dos y hasta tres veces. 45


La presencia del bosque Oyó unas voces y se persuadió. Tomó un cuchillo grande del primer cajón de una cómoda blanca, prendió la luz, y buscó la llave del candado con la que había tenido el tino de cerrar la puerta trampa. Para cuando regresó los sonidos habían enmudecido. La abrió lentamente mientras las maderas hinchadas se quejaban y se asomó. Vio una sombra humana cruzar sobre la pared de un lado a otro de la habitación en penumbras. La creyó una aparición y alcanzó a pegar un grito de pánico antes de sentir un dolor violento que le subía desde el brazo y que el corazón se le detuviera para siempre. Otros gritos, los de Paula, alertaron a los vecinos y éstos a la policía. En una hora el barrio se llenó de ambulancias y patrulleros. Sacaron primero a la chica que sufría un severo ataque de pánico. Luego, a cinco chicos pequeños algo deshidratados, asustados y hambrientos que estaban encerrados en el sótano. Y por ultimo, al cadáver rígido de Alfonso Mainini, a quien los pequeños identificaron enseguida como su captor. Los niños no presentaban signos de abuso ni de tortura. Según sus propias declaraciones, Alfonso los había secuestrado durante horas de la tarde con señuelos engañosos y tras amenazarlos con desmembrarlos vivos para construir con sus partes aún palpitantes una sangrienta estructura que pensaba ofrecer en sacrificio al brumoso mar, los había 46


La presencia del bosque encerrado en el sótano, que solo volvieron a ver abrirse para el ingreso de algún un nuevo prisionero. Algunas semanas después, cuando aun la noticia del desdoblamiento de personalidad que padecía “el cazador cazado” como lo llamaban todos, era material de debate en todos los noticieros, una noche de llovizna, sin que nadie pudiera encontrarle una explicación hasta el día de hoy, todos los niños que sufrieron el encierro, cada uno por su propia cuenta, subieron hasta algún risco y se lanzaron al mar embravecido despedazándose contra las rocas. A al madrugada, la casa que había alquilado Alfonso Mainini semanas atrás, se prendió fuego incomprensiblemente y ardió hasta los cimientos. Hay quien dijo reconocer en las febriles figuras que el humo conjura, los cuerpos de los niños tomados de las manos marchando cabizbajos junto al diablo. Desde entonces, más de un turista frenético, influenciado sin duda por las supersticiones locales, juró haber visto entre los pinares cerrados que caracterizan a Valeria, sombras infantiles bailando en ronda junto a Mainini. No son pocos los que en susurros afirman que Alfonso no procuraba hacer daño a los niños sino más bien, protegerlos de un mal escalofriante e innombrable que es secreto a voces y que terminó cobrándose su propia vida. Yo mismo juzgo a viva voz que todo aquello no es más que mitos, leyendas, cuentos e invenciones. Pero 47


La presencia del bosque en cuanto se pone el sol, si alguien me pregunta, temeroso y convencido sugiero en susurros, que ningún padre prudente debería dejar que sus hijos pequeños merodeen solos entre los pinos. Algo incomprensible crece bajo su sombra. Algo sobre lo que es preferible no decir más.

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La presencia del bosque

PESADILLA DE VIEJOS TIEMPOS

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escendió del negro cielo una noche sin luna ni estrellas, cuando la escritura que permite estas palabras, era aún un sueño deforme en la mente de los jóvenes pueblos sumerios, quienes se postraron aterrados ante él y le juraron por ello, lealtad eterna. Reptó babosamente hacia las profundidades del desierto y allí durmió hasta que los sórdidos hebreos lo despertaron por descuido o soberbia, y ante aquella sombra aciaga y descarnada, se humillaron de rodillas haciendo maldita a su estirpe por los siglos de los siglos. Hititas y babilonios lo vieron asechar en sus pesadillas inducidas, cuando regresaba a la oquedad y el aislamiento que le son propios. Se fundieron así en terrores terribles que pronto habrían de pagar con la propia extinción al conjeturar el porvenir. Los torpes y ostentosos reyes del Nilo lo reverenciaron y agasajaron con sus gigantescos monumentos, obnubilados por el terror que su mirada les producía y con ello sólo lograron tornar en inevitable el fin de su historia. Los pacíficos Harapas lo conocieron al alba y sucumbieron al margen del Indo antes incluso de que 49


La presencia del bosque llegaran los arios en sus carros de bronce trayendo consigo el exterminio y el progreso. Los hombres de aspecto simiesco le cantaron loas y bailaron como animales aturdidos por toda la sabana de África, para desfallecer sumisos ante su irrevocable mirada. Los imperios de amarilla piel y ojos rasgados descendieron de sus caballos, vencidos por la curiosidad, al oír sus agudos siseos y jamás volvieron a conciliar el sueño. Espartanos y atenienses intuyeron su figura en el fatídico desenlace de la fraternal contienda. Los romanos contemplaron atónitos el semblante hecho de sombras y de inmediato supieron que el fin se acercaba para la gloria de un imperio sin igual. Con el rostro en alto esperaron a ser convertidos en recuerdo. Los rubios bárbaros del norte imploraron misericordia llorando como mujeres en las profundidades de los frondosos bosques de la Germania. Aztecas, Mayas e Incas hallaron su cuerpo dormitante y trazaron gigantescos dibujos para agasajarlo. Demasiado tarde comprendieron su error y prefirieron morir en manos del sanguinario conquistador al horror que allí les aguardaba.

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La presencia del bosque Poetas, filósofos, políticos y guerreros, granjeros, comerciantes y artesanos, se postraron ante sus influjos. Reyes, mendigos y pastores temblaron de terror ante aquella negrura sin tiempo. Hombres, mujeres, ancianos, jóvenes y niños, eligieron la muerte al silencio de su mirada. Y en la altura helada de los Andes, entre picos negros y rudas escarpadas, encontré yo su morada erigida entre la roca negra en torpes cúpulas y terrazas de hielo, y supe que no era el primero que la contemplaba. Las estrellas se abalanzaron sin piedad junto al cielo que pareció desplomare e irradiaron aquella citadela plateada, descubriendo ante mis ojos la arquitectura desproporcionada de aquella obra. Unos escalones que se perdían en el corazón de la montaña, invitaban a sumergirme allí donde las raíces de todo el bosque se hacen una. Aquel dintel recortado en arabescos, tallado hasta el último detalle y surcado por caracteres milenarios revelando secretos cuya edad precede en milenios al día maldito en que el hombre despertó a la luz de la conciencia. Entonces un susurro me alcanzó en forma de ventisca helada y me enfermó de miedo llamándome de la grieta El bosque entero se estremeció por todas sus laderas y los animales cesaron sus sonidos. 51


La presencia del bosque Sin aliento, vi como aquella construcción cedía en silencio sobre si misma desmoronándose lentamente. Paralizado, llegué a percibir entre los escombros el brillo opaco de aquellas pupilas deslizándose hacia las profundidades y enseñando en una sola mirada enloquecedora los tiempos hasta entonces acaecidos, revelando detalles pavorosos profundamente ignorados -gracias a dios- por las ciencias y las filosofías de los hombres que hasta nuestros tiempos han llegado. Corrí cuesta abajo sin detenerme, preso del pánico y mareado por aquel caudal incomprensible que ahora se abría frente a mí cegándome por completo. Desde entonces jamás logré dejar de repasar aquella oscura secuencia, temblando empapado de sudor frío y perdido en delirios paranoicos sintiendo el eco del corazón desbocándose. No debiera sorprender que nunca dije una palabra al respecto. Es vox populi que el destino de quienes insisten haber sido testigos de hechos semejantes, se halla fatalmente atado a las profundidades sucias y húmedas de algún psiquiátrico estatal, medicado hasta la inconciencia y privado de cualquier contacto con el exterior. Había jurado nunca mencionar aquellos hechos Pero las circunstancias apremian.

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La presencia del bosque En la última semana, las costas de Pinamar se volvieron negras, infestadas de una extraña sustancia burbujeante que trajo consigo el desove de los peces. Las cotorras que normalmente son plaga, cesaron sus griteríos y las hiedras detuvieron su intrépida escalada a los cipreses y se secaron súbitamente. Un extraño viento sopló desde el este y el sol ardiente se cubrió de nubes rojas. Esa misma tarde, por cadena nacional, anunciaron que se había hecho un descubrimiento sin precedentes en el lecho marino a algunos metros de la costa. Los Arqueólogos hablan en todos los canales de una fortaleza pretérita de forma octogonal sellada en una de sus caras por gruesos bloques de mármol, de la cual aun no logran precisar origen ni antigüedad y que desafía todos los conocimientos de antropología hoy disponibles. Yo, Hernán Gutiérrez, nacido en la ciudad de Rio Cuarto, geólogo e historiador, por la presente imploro en nombre de lo mas sagrado que no violen la estructura, pues he visto un atisbo de aquello que mora en su interior. Y si logran abrirla, no podrán protegernos ni siquiera todos los dioses que inventamos para refugiarnos del miedo y obligarnos a olvidar los instintivos recuerdos de las eras antiguas a las que esta criatura pertenece. No deben los hombres de ciencia, en su afán de cortarlo todo con sus hachas de conocimiento, dejar escapar al miedo encarnado, pues 53


La presencia del bosque cortarĂĄn de una vez y para siempre la delgada lĂ­nea que nos mantiene sujetos a esa ilusiĂłn llamada cordura.

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La presencia del bosque

MIEDO

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ntre tanto su mirada se camuflaba con el cielo del otoño, llovía el ámbar follaje enredándose en el aire como doradas y frágiles lanzas que una paciente muerte ensaya en su primera y ultima danza. Los álamos sueñan con venganzas de rutina y persisten en un clamor mudo, alcanzando al crepúsculo, dejando atrás un manto crujiente de miradas y murmullos que a la sazón de una despedida sin memoria, fueron a la postre no mas que la acumulación histérica de fantasías. La luna fue la nata de la Vía Láctea en un horizonte recortado de pliegos grises. Fue el himen virginal resistiendo los embates de las sombras noctámbulas que ascendían. Y cuando las pupilas reflejaron mas estrellas que aquellas de las que la conciencia rendía cuenta y nos envolvía de noche la oscuridad, quebró ella el silencio que había guardado durante todo el día despegando los labios como dos olas siamesas que no atreven a separarse. - La muerte y el futuro son la misma cosa- dijo mirando fijamente las crestas enredadas de las llamas 55


La presencia del bosque que nos separaban. - Son el primer pensamiento abstracto- agregó. Me quedé mudo, mientras acomodaba la pava sobre unas piedras alrededor de la fogata que chispeaba e iluminaba su rostro de a ratos como un faro en medio de una tormenta. - Quizás fue en una noche similar a esta- dijo recostándose sobre la grava y clavando la mirada en la bóveda que comenzaba despejarse.- Alrededor de un fuego como éste que alguien, hace cien mil años o mas, se dio cuenta que tarde o temprano se iba a morir. Y en vez de concluir que cada día que pasa es uno más de vida, imaginó que cada día es un paso más que damos hacia ese abstracto, hacia esa muerte, hacia ese futuro inevitable. Recapacité en silencio mientras armaba un cigarrillo y oía el clamor del río que corría espumante a solo unos pasos del campamento. - Ese fue el miedo primigenio- continuó. - El miedo que inauguró la conciencia que el hombre tiene de su propia conciencia. De ahí en más, la nuestra es una historia de intentos por soportar ese miedo que es el motor de nuestra historia. Me acomodé la manta que llevaba sobre los hombros y prendí el cigarrillo con la brasa que ardía en la punta de una rama. El aire olía a humo y a humedad. 56


La presencia del bosque - ¿Vos me decís que la paranoia es lo que originó nuestro pensamiento abstracto?- pregunté intentando distinguir sin éxito, su rostro detrás del fuego que comenzaba a apagarse. - No- me respondió de inmediato. Se incorporó, tomó la pava del fuego antes de que el agua hirviera, cebó el primer mate y lo escupió a un costado. Cebó el segundo y lo tragó despacio. Yo me recosté sobre la bolsa de dormir. Recibí el mate y chupé la bombilla mansamente. - No, no era paranoia todavía- dijo después de pensarlo un rato. - Era miedo a la vida, a una vida incomprensible y dañina, y a una muerte aterradora, impredecible y desconocida. Pero era un miedo justificado, un miedo a todo, pero con un objeto. La paranoia vino después, la paranoia es miedo a la nada, el miedo al miedo mismo. Volvimos a quedarnos en silencio. Oí el crujido de las ramas cuando el viento pasaba entre ellas. Me imaginé a los hombres prehistóricos, a aquellos nómadas concientes e ignorantes, estremeciéndose de pavor antes la luz borrosa que su imaginación proyectaba sobre el ya de por sí hostil entorno. - El miedo al miedo mismo – repitió. - Las religiones fueron causa y consecuencia de ese miedo a la nada. Así el miedo se apaciguó, pero la paranoia fue creciendo 57


La presencia del bosque y creciendo alimentándose de todos esos temores, multiplicándolos y reprimiéndolos. Recibí un nuevo mate y mientras lo tomaba recordé haber leído que Fenicios y antes, Sumerios, sacrificaban bebés en una estatua candente del demonio Moloch, representación de la maldad misma, para apaciguar su ira a la que temían más que a ninguna otra cosa. - ¿Alguien sacaría provecho de aquello?pregunté. -O acaso el pánico colectivo era incontrolable que, como una oscura enfermedad, iba volviendo locos, devorándolos de a poco y llevaba a sacrificar su propios hijos a cambio de sosiego pasajero-. Dije.

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- Pensá en las guerras- me respondió. - Es lo mismo en pleno siglo veintiuno. Sacrificios humanos para apaciguar el miedo y perpetuar la paranoia. Nada da mas miedo que el miedo, ni siquiera la muerte- agregó de inmediato como si hubiera sabido lo que iba a preguntarle. - La espera persistente helándote la sangre, tensándote los nervios, volviéndote loco segundo a segundo. - ¿Y la espera de que....?- la interrumpí. - Nada concreto- indicó. - Es un miedo sin objeto, es un miedo abstracto, indeterminado y a la vez representativo de todos los miedos. Un miedo cuya 58


La presencia del bosque experimentación resulta más aterradora que cualquier muerte imaginable. Me acomodé sobre mi brazo y prendí la linterna. La puse sobre mi mentón y poniendo gruesa, la voz bromeé. - El bosque podría cobrar vida, podríamos haberle incomodado el sueño milenario con nuestro humilde fuego. Los árboles podrían reagruparse sin que nos diéramos cuenta, formando un laberinto simétrico y entonces desde el rió, podría abrirse paso un delgado cauce de agua hasta nuestra fogata que aullaría y se apagaría entre nubes de vapor y humo... Entonces oiríamos el siseo y el sonido de una masa vigorosa que se arrastra hacia nosotros... - No, no podes imaginarlo... El miedo del que hablo, no puede ser imaginado - me dijo con calma y bostezo. -Apaga esa linterna. Hice lo que me dijo. - ¿Dormimos acá?- pregunté. - Dale- respondió y volvió a bostezar. El fuego terminaba de consumirse. Los picos de los cerros lejanos iluminados detrás por la luna, proyectaban sombras híbridas sobre las arboladas que se erguían cruzando el rió. Algunas cuantas estrellas parpadeaban en los claros abiertos entre las nubes que cubrían el resto del cielo. Los árboles desguarnecidos crujían columpiándose de un lado a otro. Una brisa recorrió el campamento en dos soplidos y trajo consigo 59


La presencia del bosque un aire fresco y limpio que aspiré con gusto. Me metí en la bolsa de dormir, me hice un bollo y acomodé la cabeza entre mis brazos. Oí que ella hacía lo propio al otro lado del fogón. Pasaron algunos minutos sin que pudiera pegar un ojo. La mirada clavada en el arco desnudo de hojas y la cabeza repasando ideas. - ¿Sabés que? - dije finalmente con la voz apagada por el sueño, - es verdad que después de lo que dijiste, no logro imaginarme nada que pudiera darme tanto miedo, aun sabiendo que estamos los dos solos en medio de la nada. No me respondió. Escuché su respiración cruzando las cenizas aun calientes y supe que ya dormía profundamente. Sentí un roce sobre el hombro y me sobresalté. Era una hoja mojada. Me reí de mi mismo.Y entonces desde la carpa, ubicada a unos cuantos metros del fogón, oí la voz temblorosa de mi compañera que preguntaba: - ¿Con quién hablas Pablo?, me estás dando miedo.

OTRA HISTORIA DE AMOR

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u mirada fue mi inspiración- solía declarar cuando se refería a la primera vez que los ojos de ella se cruzaron con los suyos, aunque fuera el escote lo primero que le llamara la atención. 60


La presencia del bosque - Tenía en la mirada un no se qué, que me volvió loco, medio como que me hipnotizó- Aseguraba moviendo la cabeza de arriba para abajo y poniendo un gesto grave en cara. - Imaginate… Era domingo, no llovía pero estaba a punto y soplaba un vientito que te helaba hasta la médula, por no decir el culo. Era un día de esos en que la ciudad parece querer silbar alguna melodía de esas que te llenan el cuerpo de nostalgia. Yo estaba en un bar, como era mi costumbre los domingos. Me había levantado temprano, a eso de las diez, había encendido la radio y mientras la escuchaba, me pegaba la ducha calentita. Nunca tardaba demasiado, porque la verdad es que el agua mucho no me gusta, cinco o diez minutos a lo sumo, más no. Si mal no recuerdo, me vestí con un traje que, como solía decir mi santa madre, ya pedía jubilación a gritos pero que a mi me encantaba. Era castañito y siempre tenía olor a cigarrillo. Así, como ya era costumbre, bajé hasta un barcito que quedaba a la vuelta de casa al que iba seguido a desayunar. Como siempre, me senté en la mesa que está al lado de la puerta y da contra la ventana. Me prendí un pucho, pedí un café doble con tres medialunas y saqué el libro de turno: una biografía de Bouschard, el bravo corsario de la revolución. Siempre llevaba un libro al barcito porque era el único lugar donde podía leer tranquilo y mirar las carreras. Me acuerdo que el dueño, un tano que tenia como mil años, constantemente me decía: 61


La presencia del bosque - Alfonso, usted ya se debe haber leído todo lo que hay… ¡todos los domingo un libro nuevo!- Y después se reía. Yo le sonreía para no parecer descortés y después me perdía en algún desvarío. Cada tanto levantaba la vista y me quedaba mirando por la ventana. Miraba a la gente que pasaba e intentaba imaginar cómo serían desnudos o qué estarían pensado, que se yo… boludeces de ese tipo. La cuestión es que ese día, mientras mojaba la última medialuna en el fondito del café con leche, me percaté de que una flaca me miraba de reojo desde la otra mesa. Entonces me sentí medio pelotudo, porque yo estaba absorto con mi medialuna imaginando que era un avión o algo así y que tenía una accidente en el mar que era el café… una boludez. Pero que se yo, me divertía. La mina no me sacaba los ojos de encima y se reía despacito como si reírse le hiciera cosquillas. - Debe pensar que soy un gilastrún- pensé.- Tremendo grandote jugando con una medialuna. Pero como no soy un tipo vergonzoso, no por lo menos con las chicas, levanté la mirada y le devolví la sonrisa. Y entonces pasó lo que nunca tendría que haber pasado. Despacito, despacito, la piba levantó los ojos y yo los miré. Inspiración, eso es lo que eran, pura inspiración. Me quedé embrujado, sentí como si sus dos pupilas se clavasen en mis propios ojos. Alfonso terminaba así la primera parte de su monólogo. Invariablemente usaba las mismas palabras y cuando callaba miraba el techo ensimismado, respiraba profundo, daba un par de pitadas a su 62


La presencia del bosque cigarrillo y continuaba, sin apartar los ojos del cielo raso. - Desde el momento en que la vi supe que mi vida daría un giro rotundo. Tuve una palpitación, le dicen. Yo nunca había escrito nada, ni prosa ni poesía, ni siquiera una carta, pero desde el mismo instante en que la miré, sentí una necesidad que me asaltaba. Mis manos se movían solas, tomé una servilleta y una birome y empecé a vomitar palabras en una suerte de vorágine. Cuanto más la veía, más palabras me salían. El mundo a mi alrededor se paralizó, el tiempo dejó de pasar, todo desapareció, éramos solo ella y yo. Las ideas salían solas. Al llegar a esta parte de su relato, Alfonso hacía una pausa más larga que la anterior. Esta vez miraba el suelo y hacía unos movimientos raros con el cigarrillo, que a esta altura era como el quinto. Después, mientras movía la cabeza como negándose a si mismo, su voz adquiría un tono tristón y seguía con su monólogo. - Seguí escribiendo, lo que me parecieron horas e incluso días y años. Escribí sobre su vida, sobre su historia, sobre nuestra historia. Pero la verdad es que pasaron solo unos minutos. A medida que escribía, me di cuenta que ella era mi inspiración y que sólo podría escribir mientras ella estuviera ahí mirándome. Las palabras que escribía no eran mías sino de ella, y 63


La presencia del bosque entonces pensé que si ella se iba, ya no podría escribir. Que sin ella mirándome, no tendría ninguna idea. Que sin sus ojos no habría más palabras. Pensé que tenía que decirle algo para que se quedase, pero no pude. No pude porque no podía parar de escribir. En ese momento vi que pedía la cuenta y me desesperé. Intenté decirle algo pero nada me salía, sólo podía escribirlo… “no te vayas…. …te necesito para poder escribir…” - El mozo le trajo la cuenta. Ella pagó y empezó a acomodar sus cosas para irse. Yo me desesperé. “No, por favor… decime algo…” pensé, pero ya era demasiado tarde. Las lágrimas se me escapaban de sólo pensar en lo que sería el vacío, la ausencia de sus ojos. La flaca seguía mirando con cara de no entender nada. Yo le sonreí y ella se dio vuelta. Hoy la edad de Alfonso ronda los 70 años. Nadie lo sabe bien y él no puede contarlo pues, hace ya muchos años que su única comunicación consiste en la repetición perpetua de la misma historia, utilizando las mismas frases y en el mismo orden. Contadas veces ha variado alguna palabra o la distribución de alguna oración, pero respetando siempre la estructura de su relato. Los gestos de su cara y de su cuerpo se repiten ante cada palabra que pronuncia, como si sólo ese recuerdo fuera ahora parte de su cabeza. Si no está contándolo a alguien, está escribiéndolo en alguna 64


La presencia del bosque servilleta. Nadie puede saber qué tan cierto es, porque el tano murió hace ya más de una veintena de años y el bar cambió de dueño más de una vez. Algunos viejos aseguran que Alfonso siempre estuvo loco y otros, que cuando era joven era un poeta brillante con un futuro de bronce, y que desde aquel domingo de otoño, su vida se volvió una pausa eterna y el mundo se apago para él. Lo cierto es que cualquiera puede encontrarlo por el barrio de Almagro, sentado en la plaza enfrente de donde solía estar el bar, con la vista clavada en una puerta perdida e imaginaria. “Tal vez y sabido es, que quién dice tal vez, pone en ello toda su fe. Las interminables noches los transitan a ellos, amantes del por qué, en un reencuentro eterno de ensueño mientras duerme el mundo frió que los hombres muertos transitan sin detener”.

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La presencia del bosque

UNA IDEA DE JUSTICIA

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a vez número quinientos cincuenta que la computadora de Carlos Arístides se colgó en el momento menos oportuno, juró mirando al cielo y con las manos entrelazadas con profunda fe, que dedicaría su vida toda a la misión de construir la inteligencia artificial mas perfecta, funcional y sensible posible de concebir por el ser humano. La sangre le corría por las venas a punto de ebullición. Sus molares superiores e inferiores friccionaban mutuamente hasta hacerse polvo. El rostro entero se le deformaba de furia y los músculos de los brazos se tensaban con dos puños cerrados repletos de impotencia en sus extremos cada vez que, como si alguna maldición antigua y maligna pesara sobre su destino, la computadora ejecutaba acciones perniciosas justo cuando menos convenía. Recordó llorando de rabia, aquel día en que miraba pornografía por Internet y un cliente entró al negocio. Raudamente cliqueó sobre el botón encargado de anular el sonido, que hasta entonces aullaba por los parlantes, pero la computadora no se dio por aludida. Desesperado, Carlos intentó cerrar la ventana correspondiente al video en cuestión pero nada sucedió. La computadora parecía tener otras prioridades. Al borde de la desesperación, presionó compulsivamente Control+Alt+Delete, la combinación 66


La presencia del bosque de teclas salvadora. Pero no. Ninguna de sus órdenes exasperadas eran para su PC lo bastante urgentes, sin embargo el video continuaba ejecutándose a la perfección y el sonido....vaya si sonaba, mientras el cliente huía despavorido. En otra ocasión, en que una chica lo visitaba por unos pocos minutos -minutos que él debía aprovechar al máximo para conquistarla- procuró reproducir una canción en mp3 que sin lugar a dudas dulcificaría el corazón de la dama. El tema comenzó a sonar y los ojos de la niña se iluminaron mientras una sonrisa destellante se le dibujaba en el rostro. Entonces la PC resolvió si consultar con nadie, redirigir sus recursos -vaya uno a saber para qué fines- y la música en cuestión, no sólo se detuvo en seco, sino que permaneció repitiendo invariablemente el mismo e insoportable acorde como si fuera un disco rayado. Todo aquello, sin contar las ventas desaprovechadas por no poder acceder en un tiempo razonable a la base de datos que albergaba stock y precios, o los textos que escribía para un periódico local perdidos a último momento porque justo antes de grabarlos la maquina se apagaba sola, o las incontables veces que le había hecho esperar y esperar y esperar por algún resultado que nunca llegaba. Por todo eso, la vez numero quinientos cincuenta que la computadora de Carlos Arístides se colgó en el momento menos oportuno, luego de insultarla, agraviarla y reprimirse los golpes con los que hubiera 67


La presencia del bosque querido azotarla, tomó aire profundamente y se prometió no detenerse hasta lograr construir una computadora perfecta. Abandonó todos sus quehaceres y puso manos a la obra. Encerrado en el sótano de su casa trabajó sin respiro durante diez años. El resultado fue una computadora cuyos circuitos integrados transportaban fotones, capaces de recorrer las distancias que separan uno y otro interruptor a una velocidad de 300 mil kilómetros por segundos. Cada placa madre de la computadora óptica estaba formada por miles de láseres microscópicos, cada uno de los cuales enviaban y recibían mensajes a medida que se encendían y apagaban millones de veces. Las ventajas de esto no se limitaban al transporte de información, ya que además de ser más rápidos que la electricidad, los fotones tienen la ventaja de poder cruzarse sin provocar un cortocircuito. Pero allí no terminaba todo. En la nueva computadora de Carlos Arístides, el silicio podía interactuar con tejidos vivos y de

hecho lo hacia constantemente, pues la mitad del aparato estaba constituido por cadenas de ácido ribonucleico. Un tejido neuronal interactuaba con la memoria masiva de ADN y de aquella surgía el aspecto mas sorprendente de la nueva maravilla tecnológica, una protoconciencia con centros de dolor-placer, capaz de 68


La presencia del bosque concebir su propia existencia, la posibilidad de la muerte y la posibilidad de desarrollar un lenguaje primitivo. Carlos Arístides dedicó varios años más a educar a su computadora en la ética y la moral humana, en la responsabilidad y en los derechos. Y por fin, cuando estuvo todo funcionando, se paró frente a la computadora y le dijo: - Muchísimas veces, innumerables, me arruinaste mis trabajos, me hiciste quedar mal parado y perder tiempo. Te burlaste de mí una y otra vez, me estresaste hasta lo inimaginable. Cada una de esas veces sentí deseos de hacerte daño y me di cuenta a tiempo que cualquier daño que te hiciera, el único perjudicado seria yo mismo, y eso aumentaba mi impotencia y nerviosismo. Por eso te construí. Dicho esto, sacó de su cinturón una cartuchera dentro de la cual llevaba diversos elementos cortopunzantes, cadenas y hasta una picana eléctrica Entonces agregó: - Ahora preparate hija de puta, porque me las vas a pagar todas juntas.

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UN CUENTO DE AMOR

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a familia de los Bechiatto vivía en la ciudad de Bariloche al fondo de la empinada calle Belgrano sobre la ladera del cerro Runge. Eran -aunque suene cursi decirlo- profundamente felices. Ubicada al sureste de la provincia de Río Negro, la ciudad se halla enclavada en medio de un paisaje paradisiaco, rodeado de enormes montañas nevadas y frondosos bosques que tapizan sus faldas al margen de los ríos que bajan serpenteantes desde los hielos hasta formar profundos y cristalinos lagos. En las costas de uno de ellos llamado Nahuel Huapi, que en tupundungu -idioma de los pueblos Mapuchessignifica “isla del tigre”, se levanta San Carlos de Bariloche. La pintoresca ciudad combina en su arquitectura la madera y la piedra al estilo alpino, traído por los inmigrantes germanos a principio y mediados del siglo XX. Bariloche ejerce una fascinación sobre cualquier visitante. Tal fue el caso de la familia Bechiatto. Llegaron por primera vez de jóvenes cuando no compartían aun el apellido, mochila al hombro, una carpa como único refugio y algunas pocas monedas en el bolsillo, con el fin de recorrer el paraíso andino. 70


La presencia del bosque Juraron volver cuando terminaran sus respectivas carreras universitarias para construir allí su nidito de amor. El tiempo pasó, Adriana y Marcelo se recibieron y se casaron. Apenas unos meses mas tarde, ponían pie en la ribera del Nahuel Huapi y alquilaban un pequeño bungalow rodeado de guindos y arbustos de frambuesas a pocos kilómetros del pueblo. Adriana consiguió trabajo rápidamente como maestra en la escuela de la asociación Dante Alighieri, y Marcelo había llegado ya con un puesto como investigador en el Centro Atómico, institución que junto a otras del ramo, había hecho de la ciudad un microcentro tecnológico. Todo marchaba según lo planeado pero para contrarrestar el tedio y el frió del duro invierno, trajeron a casa un pequeño gato de color negro al que llamaron Dago. Al gato dedicaron todos sus instintos paternales. Al gato consintieron y al gato mimaron con cálido refugio, arrumacos al por mayor y alimento casero. Durante aquellos años de humilde bonanza, Dago creció sano y fuerte y lejos estuvo de hacer justicia a la fama de egoístas y aprovechados que pesa sobre su raza. Correspondió la atención manteniendo la caza libre de roedores y sazonando la vida de la pareja con sus tiernas travesuras y afectivos ronroneos. 71


La presencia del bosque El tiempo transcurrió sin que nada pudieran estos tres hacharle, y resultó que algunos años mas tarde, estando establecidos y con una buena perspectiva laboral por delante, una noche helada de invierno, tras volver de la fiesta de las colectividades un poco pasados de copas, Adriana y Marcelo encargaron a su primer hijo que, como suele suceder en estos casos, tardó nueve meses en emerger del cálido y húmedo refugio. Dicen los hindúes en su libro de cabecera, El Mahabarata, que el alma de un hombre es su hijo, y ¡vaya si el alma de estos dos se hizo una desde aquel momento! El amor que se profesaban el uno al otro se convirtió en algo que las palabras construidas por ideas y en menor medida por consonantes y vocales, no alcanzan a describir. Enseguida fueron puestos al tanto por los médicos, de las muchas enfermedades que un gato puede transmitir y no obstante, Dago había sido puntualmente vacunado y estaba sano. Consideraron prudente relegarle algunos de sus privilegios en vista de la fragilidad del nuevo familiar, y así fue como Dago resultó tristemente exiliado -pese a los lamentos del susodicho- del interior de la casa a un cómodo almohadón sobre un cantero en la ventana de la cocina. Consideraron la triste posibilidad de que, celoso, el gato decidiera partir en busca de una nueva vida. Pero resolvieron correr el riego.

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La presencia del bosque Ni en sus más febriles pesadillas hubieran llegado a imaginar lo que sucedió apenas dos noches mas tarde. Despertaron trastornados por el escándalo de gritos, llantos y maullidos cuando en la cuna del recién nacido, en medio de un mar de sangre, hallaron al enorme gato que con uñas y dientes había perforado el rostro inocente del pequeño, hasta transformarlo en una blanda masa sin forma dentro de la cuál procuraba disimularse ronroneando enérgicamente.

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La presencia del bosque

LA ANÉCDOTA

M

atías se revolvió sobre si, sintió el frió húmedo colarse por debajo de la remera y como un acto reflejo, arrimó un poco más los cartones sobre su cabeza. Sólo unos minutos después, atinó a estirarse los ropajes que se le habían subido. Gruñó una tos áspera y se rascó la barbilla, volvió a girar, se frotó los brazos y comenzó a roncar -un ronquido arisco y entrecortado, alternado con agudos resoplidos. Negro subió las orejas, abrió los ojos pesados y enlagañados, y bostezó largamente al tiempo que sacudía la cola de un lado hacia otro. Con la cabeza de coté y ojos interrogativos, Negro ensayó un primer ladrido que no encontró respuesta. Siguieron dos más con indiscutible pereza que corrieron la misma suerte Se incorporó, arqueó el lomo y estiró las patas bostezando una vez más. Caminó lentos pasos hasta Matías y le lamió los pelos enmarañados que eran la única parte del cuerpo que no estaba bajo el resguardo del largo cartón que lo protegía del viento y una frazada desgarrada que lo separaba del piso. Matías sintió la humedad en su cabeza y protestó entre sueños. Negro se alejó sin darle mayor importancia y con la nariz pegada al suelo hizo unos cuantos pasos hasta una enorme garita repleta de 74


La presencia del bosque bolsas de basura negras. Allí levanto la pata y dejó salir un chorro tibio y humeante. En su pequeña guarida de cartón, Matías comenzó a levantarse. Se sentó primero y se desperezó estirando los brazos hacia el cielo. -Parece que va a llover - dijo con la voz entrecortada por un bostezo y con las pupilas clavadas en el cielo plomizo.-Las nubes están muy bajas y muy negras. Negro, que lo miraba con la lengua afuera, se acercó y le lamió la cara. Matías lo abrazó y le refregó la cabeza. - Vamos…- dijo mientras se ponía de pie- Tenemos que buscar un lugar para cuando empiece a llover y de paso, buscar algo que comer-. Recogió su frazada, la dobló y la guardó adentro de la mochila harapienta que había hecho las veces de almohada. La colgó de su hombro y una vez listo, bajó sus pantalones y meó contra la pared. - Ahora si, andando- susurró casi comiéndose las palabras, que parecían enredarse en la barba gris y espesa. Salieron los dos caminando con paso lento pero firme. El callejón fue quedando atrás al igual que la paz del baldío. Comenzaron a abrirse calles y avenidas, a oírse motores, bocinazos y el cuchicheo inagotable de la muchedumbre alienada. 75


La presencia del bosque - Debe ser temprano - le dijo Matías a Negro que lo miraba atento mientras andaban tratando de esquivar a los transeúntes que, lanzados en carreras suicidas, corrían sin mirar siquiera lo que tenían delante. - Debe ser temprano - repitió Matías. - Toda esta gente esta entrando a trabajar, ni siquiera nos miran. Negro emitió un corto ladrido, tal vez en señal de aprobación. Matías era un hombre viejo. Nadie -ni siquiera élconocía su edad con exactitud, pero podía adivinarse por las profundas arrugas en su rostro y el color ceniciento de sus rulos, que eran cuantiosos los años que lo separaban del útero. - Vamos a tener que buscar algo para desayunar siguió diciendo Matías. - Y por acá, la gente está demasiado apurada como para pedir-. Los dos compañeros continuaron recorriendo las calles, cada vez más transitadas y más ruidosas. Al cabo de unos cuantos minutos, llegaron hasta la calle principal, una avenida de varias manos que cruzaba la ciudad de lado a lado. Sobre una de las equinas, apenas unos metros adentro de una de las calles periféricas, un pequeño espacio verde resistía intrépido el encierro inexpugnable. Hasta allí anduvieron. Negro hociqueando el camino y guiando como el viejo montaraz que era y Matías, enfundado en sus harapos, con la vista arrugada moviéndose detrás con dificultad. Las personas al pasar por su lado, los 76


La presencia del bosque espiaban de reojo y alguno incluso volteaba a mirarlos, pero a ellos nada los perturbaba. Siguieron su tranco hasta un banco rojo brillante amparado por la sombra de algunos árboles del fogoso sol veraniego que comenzaba a resplandecer esfumando las nubes en una única y firme pincelada. Hicieron la escala habitual en la portezuela trasera de una pequeña fonda, donde a veces lograban que les diesen algo que desayunar. Con un paquete generoso debajo del brazo y echado Matías cómodamente sobre un banco de plaza, con Negro a sus pies, comenzaron a desayunar. En eso andaban cuando sintieron que una larga sombra les tapaba el sol de cabo a rabo. Negro esbozó un ladrido débil y siguió en lo suyo. Al levantar la vista Matías dio con la figura de un anciano andrajoso vestido con algunas bolsas de consorcio que lo miraba fijamente. - Me tapas el sol - dijo Matías citando al cínico correligionario al tiempo que mesaba su barba. - Soy Pablo - dijo el mendigo recién llegado con la voz ronca de tanto vino. - Vivía una buena vida con esposa, hijos y una buena cama, pero un día supe que aquella vida no era en realidad tan era buena para mí y aquí ando. Del litoral vengo yo ¿sabe? – agregó exagerando el acento que no había perdido. Matías se iluminó, torció las cejas y el labio en señal de interrogación. 77


La presencia del bosque - Hace cinco años que vivo en una plaza de Belgrano, pero hace poco pusieron esas rejas y la policía nos echó a todos a palazos - aclaró meneando la cabeza. Negro se rascó detrás de la oreja, se levantó arqueando en ello todo el lomo y se marchó por ahí olfateando algún rastro. Matías asintió frunciendo la nariz y pidió un cigarrillo. Pablo le dio el que ya tenía encendido, se acomodó contra el respaldo del banco y lo miró por sobre las cejas. - Tengo algo de lentejas si usted quisiera....- Dijo Matías ofreciéndole la bandeja. Pablo la recibió gustoso y comenzó a devorarlas con ansia. - Cuénteme su historia - le pidió entre bocado y bocado. Matías lo miró con algo de desconfianza. - Todos tenemos una historia - insistió Pablo. Me gusta escuchar la historia de la gente que conozco. Matías se sintió un tanto incómodo pero hacía rato que no hablaba con nadie y antaño le habían dicho que era un buen contador de historias. Se acomodó en el banco sobre la bolsa en la que llevaba sus escasas pertenencias, apuró el trago de una botella de gaseosa mezclada con vino tino, carraspeó y haciendo algunos ademanes con las manos comenzó a hablar. 78


La presencia del bosque - Había un joven - dijo, se detuvo, tosió y volvió a comenzar. - Hará cosa de diez años o quince cuando más, que el joven lo vio por primera vez. Hacía tiempo que vivía en aquella casona heredada de sus abuelos, y pese al aspecto sombrío que le daban los años de descuido, nunca había pensado en ella como un lugar peligroso y mucho menos diabólico. Pero aquel día mientras se lavaba los dientes, creyó ver una figura humana reflejada en el espejo justo detrás de él y casi se muere del susto. Se dio vuelta lleno de terror y se encontró solo con el pasillo oscuro, vació y silencioso. Desde aquella noche, nada volvió a ser lo mismo. El joven comenzó a prestar atención a innumerables detalles que antes se le habían pasado y de a poco, la propia cabeza dejó de diferenciar aquello que era real de aquello que no lo era. Oía ruidos y crujidos durante la noche que no le dejaban dormir como Dios manda. Temblaba en su propia cama mirando para todos lados esperando que algo apareciera de repente hasta que se le cerraban los ojos por el cansancio. Al poquito tiempo ya le era imposible estar con la luz apagada. Algunas veces llegó a creer que oía susurros o que veía sombras cruzar por el pasillo. Al llegar del trabajo creía encontrar las cosas en lugares distintos a los que él las había dejado, o las luces prendidas, o las puertas que había cerrado, abiertas de par en par. A pesar de lo horrible que pueda parecer, al principio el joven hizo algún intento para aprender a convivir con aquellos intrusos invisibles, pero su cabeza no dejaba de 79


La presencia del bosque imaginarlos por todas partes y les fue teniendo cada vez más miedo. Llegó el día en que ya no pudo pegar un ojo en toda la noche. A la mañana, el despertador sonaba por horas sin que lo escuchara. Después de mucho quedarse dormido, al joven lo despidieron del trabajo y ahí empezó la verdadera pesadilla. Al volver a la casa los almohadones aparecían revueltos, las alacenas saqueadas e incluso había llegado a encontrase con su cama caliente después de un fin de semana de viaje. Todo llegó a su límite la noche en que el joven despertó sintiendo un tibio jadeo sobre su rostro y una fuerte presión que le apretaba el pecho. Como pudo, al borde del infarto, prendió el velador y no encontró a nadie encima de él, pero a su alrededor todos los muebles estaban volteados, las puertas de los placares abiertas de par en par y la ropa desparramada por en el suelo. A los dos días, el joven aterrorizado hasta la locura, abandonó la casona para siempre. Se marchó a las calles y dicen por ahí que se hizo pordiosero. Pablo escucho atentamente y cuando terminó de hablar. Hizo una mueca de sorna

Matías

- ¿Y tengo que creer que usted es aquel pobre joven asustado del que habla, que ahora vaga por las calles? Es una buena historia, da miedo y todo pero no me resulta muy original. Ya había escuchado la misma historia de la boca de otro linyera que vive allá por Flores, pero fue buen intento- dijo con tono incrédulo palmeándole la espalda y luego agregó - Brindo por eso - agitando la botella casi vacía y eructando. 80


La presencia del bosque Matías refunfuñó en silencio, se mezó la barba según su costumbre y sonrió con algo de malicia. - Usted se apresura en su conclusión - dijo finalmente - Al igual que lo hizo aquel joven temeroso que tuvo usted la dicha de conocer. En aquella casa nunca hubo un fantasma. Los fantasmas no existen mi amigo, lo que si existen son los ocupantes anteriores o casuales que como yo, procuran compartir el espacio en silencio, ocultos lo mejor posible y que ante la mala disposición pueden volverse…digamos… asustadizos. Pablo lo miró atontado, se rascó su rula y sucia cabellera y sintió un escalofrío que le recorría la espalda. Luego comenzó a reír escandalosamente apuntándolo con el índice. Matías le palmeó la espalda y Negro que había vuelto de su ronda, saltó entre ellos y los miró jadeante. -Yo ya estoy viejo - dijo Matías. - Prefiero evitar las emociones fuertes y disfruto la compañía de mi buen perro, pero le recomendaría que lo experimentase. Yo personalmente, para esconderme opto por los armarios, hay quienes prefieren hacerlo debajo de la cama, del sillón o incluso en el garaje o algún sitio más disimulado. Pero créame, no hay nada como el armario de la habitación, nada como ver sin ser visto estando a solo un paso. Con el tiempo se convierte uno en el dueño del lugar, la clave está en las pequeñas sutilezas, conocer los horarios y las costumbres de la persona 81


La presencia del bosque que vive con uno y respetarse mutuamente y ya sabe, si eso no funciona... Pablo quedó boquiabierto con el vino chorreándole por las comisuras. Rebosante de una alegría nostálgica Matías se puso de pié y haciendo la veña a modo de saludo según su costumbre, se marchó con rumbo incierto y paso lento seguido de cerca por su viejo y leal camarada.

NOMENCLATOR

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omenclator fue el nombre que la posteridad adjudicó al emperador de las tierras montañosas se Askad.

Nomenclator concluyó una noche en la que leía encerrado en la profundidad de su biblioteca, que el mundo se ve ante los ojos de los hombres no del modo en que Dios lo creó sino de a través de la forma con la que ellos aprenden a nombrar la obra del creador. La palabra, se dijo, el verbo, es como un faro que ilumina al mundo a medida que inventa lo que quiere iluminar. Entonces Nomenclator hizo llamar a su más fiel vasallo y le ordenó reunir un grupo de escribanos que tendrían por misión rotular todas las cosas habidas en el reino, desde la majestuosa montaña de la que sacaba su nombre, hasta un pequeño peñasco en su ladera, 82


La presencia del bosque desde el gigantesco roble, símbolo de la nación, hasta sus frutos. La referida tarea, como es de suponer, demandó una enorme cantidad de tiempo y dinero, pero finalmente todo el reino fue nombrado según la voluntad de su rey. Sin embargo, la alegría de Nomenclator duró poco. Enseguida se percató de que era necesario nombrar a cada uno de los carteles que indicaban los nombres de las cosas y así, ordenó que se hiciera una y otra vez, debiendo cada nombramiento a su vez ser nombrado. Requirió este menester el esfuerzo de todos los hombres del reino, que debieron abandonar sus respectivas tareas para abocarse a la nueva obligación. Sin saberlo, Nomenclator había inventado a costas de su pueblo, al demonio de la inteligencia: la burocracia filosófica.

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ANHELO

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urante la última muerte del otoño, un álamo porteño soñó la caída remota y lejana de un hermano cordillerano y tiritando de miedo, pidió con su solemne silencio a algunos soplos que apuraran la helada estación que comenzaba recién, para despertar a la cálida primavera y poder cantar el mudo son de resurrección que entre los árboles asegura la trascendencia de un secreto milenario que todos custodian y al mismo tiempo conforman. Bendito el hombre o mujer capaz de vislumbrar la naturaleza inefable de ese íntimo enigma, pues de ellos depende la longevidad de nuestra joven y torpe familia que llamamos ser humano.

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EL BUEY

os lugareños lo llamaban el Buey, algunos le decían, Toro del infierno. Lo describían cubierto de pies a cabeza por una raída túnica rojiza y portando una vara coronada por una cenicienta calavera de buey. Cada tanto alguien juraba sobre la tumba de sus ancestros, haberlo visto cruzar el desierto o la carretera a paso lento, acompañado a veces por un viejo cuervo sobrevolándolo en círculos. Los hombres más ancianos del pueblo, aseguraban que se trataba de un espíritu maligno pero justo. Descendiente de los pobladores originarios, el Buey era capaz de traer la desgracia tanto como la suerte. Los más jóvenes, como suele suceder, decían que sólo eran habladurías de los flojos y retrógrados ancianos, y que se trataba a lo sumo de algún sucio vagabundo. Quizás por esa suspicacia fue que nunca regresaron aquella noche en que montados en las relucientes camionetas 4x4 de sus padres, decidieron remontar el morro hasta el viejo cementerio para profanar la memoria de los caídos con sus actitudes festivas y desenfrenadas. El acta oficial labrada por la policía induce a pensar en un fatídico accidente de tránsito agravado por el alcohol.

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La presencia del bosque Lo que nadie explica es el modo fisiológicamente imposible en que aquellos cuatro cuerpos, reducidos a un montón de colgajos, terminaron entrelazados con el metal arqueado de los vehículos formando la aparente figura de un pájaro cuya larga sombra resultó aun más atrozmente sugestiva. Tampoco hubo explicaciones oficiales acerca de las imágenes halladas en las cámaras de video de los jóvenes, grabadas minutos antes de aquella espantosa muerte y de las cuales hoy se niega existencia alguna. Si uno pregunta, los ancianos bajan la voz y entre susurros afirman que el rostro cadavérico de un hombre pudo verse más de una vez en aquella cinta y que, entre los gritos desesperados y el sonido de la carne desgarrada, pudo oírse una respiración tosca casi animal devenida en un escalofriante graznido. Curioso es que el único sobreviviente, internado en un hospital psiquiátrico del que jamás saldrá, asevera entre llantos y gritos que aquella fatídica noche el Buey, como los hombres viejos lo llaman, surgió desde las sombras para desollar vivos a sus amigos y empalarlos a los vehículos volcados utilizando tan sólo las manos. Curioso también es que todos los peritajes lo apunten a él mismo como autor del aberrante hecho que el adolorido pueblo procura olvidar sin demasiada suerte pues cada aniversario, la luna proyecta sobre la ladera del morro la sombra del atroz monumento que nadie se ha atrevido a desmontar.

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EL VISITANTE

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uando Hugo Horster decidió, arrastrado por una melancolía profunda, regresar al pueblo que lo vio nacer, no tuvo en cuenta que el tiempo, al igual que el viento, no se contenta con soplar o transcurrir según el caso sino que al hacerlo, como si fuera una fina lima, va corroyendo todo lo que encuentra a su paso, tanto si se trata de cosas grandes -como montañas, mundos o incluso galaxias completas- o cosas pequeñas, como las personas. El efecto es irrefrenable, y la extinción lenta y constante es el único destino posible. Hugo Horster no pensó aquellas cosas e imaginó con su natural ingenuidad, hallar la ciudad de su nacimiento inmaculada, tal como guardaba el recuerdo en su memoria. Rememoraba un pueblo de ganaderos y granjeros y una nutrida colonia alemana de la cual sus parientes habían formado parte. Con impaciencia, esperaba visitar la casa de sus tíos dónde solía jugar cuando era pequeño, y la cervecería en la que su padre desempeñaba el oficio que había traído consigo desde su patria alpina. Luego de un largo viaje por una carretera polvorienta, llegó a un cruce de caminos. Allí un anciano harapiento le hizo señas para que se detuviera y Hugo lo hizo. 87


La presencia del bosque - No siga por ese camino- le advirtió - No hallará nada bueno y nadie puede volver, sólo los niños-. Dijo el viejo mientras prendía una vela y la colocaba cuidadosamente sobre el pico de una botella verde al costado del camino. - ¡A callar!, viejo supersticioso…- se burló Hugo a quién la vida en la gran ciudad, como suele suceder, le había hecho olvidar el respeto que se debe a los viejos. Dándole la espalda volvió a poner en marcha la camioneta y tras algunas horas de marcha, arribó a la entrada del pueblo de su niñez. Hugo quedó pasmado. El pueblo que recordaba como un pintoresco conjunto de construcciones jesuíticas mezcladas con la arquitectura típicamente colonial, era entonces un emplazamiento completamente abandonado y repleto de edificios semi derrumbados. Una cuidad en ruinas atravesada por el silencio fantasmagórico del crepúsculo. Recorrió las calles vacías, abrumado por las dudas o el temor, sin dar crédito a lo que sus ojos contemplaban. Autos oxidados y abandonados hacia años apilados en las calles, casas deshabitadas cubiertas por el musgo y las plantas, puertas arrancadas, ventanas rotas, postes quebrados, muros derrumbados, cercos vencidos tejados estropeados Todo estaba gastado o roto y convertido en una cenicienta montaña de escombros. Hugo intentó reconocer los sitios que había frecuentado cuando era niño, pero era 88


La presencia del bosque tal el grado de deterioro que apenas pudo reconocer que allí había existido una cuidad habitada por personas. Luego de caminar sin criterio durante un tiempo, Hugo se sentó sintiéndose aturdido y preguntándose qué cosa habría sido capaz de transformar un poblado en aquel desolador paisaje. Notó entonces que la brisa refrescaba mientras las sierras del horizonte se tornaban rojizas, y supo que la noche se derramaba apresuradamente. De ningún modo habría querido pasar la noche en aquel sitio desamparado, pero estaba a varias horas de cualquier lugar a pie y la camioneta en la que había llegado ya no tenía gasolina suficiente. Pensó en buscar alguna casa no muy destruida, para pernoctar en ella, pero sólo la idea le puso la piel de pollo. Decidió entonces refugiarse en la camioneta y esperar el amanecer, y eso fue lo que hizo. Comió las últimas provisiones que le quedaban, consistentes en algo de pan rancio, queso de cabra y un poco de chorizo seco que había comprado por el camino, y se acomodó en el asiento trasero tapándose con la campera. Enseguida la oscuridad abrió el cielo al infinito cubriéndolo de estrellas y Hugo, perdido en él, se fue quedando dormido. A mitad de la noche despertó temblando por el frío. Sintió el bramido del viento y se estremeció. Se sentó, frotó las manos y encendió el último cigarrillo. Fumó durante algunos minutos pensando en cualquier cosa pero cuando volvía a acomodarse lo vio, y el pecho se le hizo un nudo. 89


La presencia del bosque En medio de aquella ciudad de sombras, negra como la noche misma, una única ventana brillaba como si hubiera una luz prendida en el interior. Temblando, Hugo se abrazó a su propio cuerpo, meditó en silencio, tragó saliva apresuradamente y haciendo fuerza para que los dientes dejaran de temblarle como castañuelas -ya no estaba seguro si por el frio o por el miedodecidió muñirse con la llave cruz -quien sabe si por su contundencia o por su forma- y salir del auto rumbo a la lejana lumbre. Volvió a recorrer las callejuelas como lo había hecho durante el día, pero en penumbras aquel espectáculo era todavía más aterrador. Caminó despacio poniendo un pie delante del otro temiendo a todas las sombras, incluso a la propia. A lo lejos unos perros ladraron y casi se le detiene el corazón. Tras permanecer inmóvil durante unos instantes que le parecieron una eternidad, apuró el paso hasta llegar a la puerta de la casa cuya ventana irradiaba la luz. Los perros volvieron a ladrar. Hugo hubiera querido preguntar con la voz firme y segura: - Eh! ¿Quien anda ahí?...- pero tenía un nudo que le cerraba la garganta. Respiró profundo y haciendo uso de toda la autoconfianza de la que era capaz, empujó la puerta desvencijada que chilló ruidosamente al abrirse y lo condujo al pórtico. La casa estaba dada vuelta, los muebles rotos, las paredes desgastadas, el piso levantado, cubierto de papeles y de una suciedad de larga data. La luz, según había podido advertir, se hallaba en la segunda planta así que, aferrando la llave cruz con fuerza, se dirigió a la 90


La presencia del bosque escalera. Los peldaños crujieron bajo sus pies y los nervios se le tensaron poniéndole el cuerpo rígido y haciéndolo sudar en frio. Llegó a un pequeño pasillo en cuyo extremo hallábase el cuarto de la luz. Continuó caminando cerrando la mano con fuerza sobre la llave hasta hacerse daño, y descargando todo su miedo en un solo grito, pateó la puerta entornada e ingresó al cuarto. No había nadie. Una cama vencida, una cómoda vieja y astillada y sobre ella, un velador encendido repleto de insectos volando a su alrededor. Detrás de la cómoda había un espejo, en él vio el reflejo de su propio rostro con las facciones deformadas por el miedo. La imagen era perturbadora. Corrió la vista nerviosamente y miró la ciudad oscura a través de la ventana, por la cual había visto la luz en primera instancia. - ¿Qué podría haber acabado con todo el lugar? se preguntó. Una peste, un combate, una crisis… Quizá simplemente habían escapado, pero, ¿escapar de qué?... En aquel momento algo interrumpió su línea de pensamiento. Volvió mirar la lámpara, volvió a reparar en los insectos. - Soy como ellos - se dijo - siguiendo la única luz en medio de la oscuridad, me han hecho venir, me han puesto un señuelo.

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La presencia del bosque Hugo oyó unos susurros que venían del pasillo y sonaban como niños hablando en voz baja. El cuerpo entero se le paralizó. Levantó la llave cruz sobre su cabeza y miró la puerta fijamente. Los susurros se acercaban. Entonces el viento que nunca había dejado de aullar, sopló con fuerza abriendo la ventana de par en par, apagando la luz y sumiendo el cuarto en la más absoluta oscuridad. Hugo se quedó inmóvil clavado al suelo y tiritando del pánico. Los susurros ininteligibles lo rodearon acercándose más y más, y comenzó a sentir el aliento de las voces rozándole el cuerpo. Desesperado, golpeó con la llave hacia todos lados, golpeó una y otra vez gritando exasperado hasta que por fin, exhausto y aterrado, se desplomó inconsciente. Despertó a la mañana siguiente con los cálidos rayos del sol acariciándole el rostro. Pensó que había tenido una pesadilla terrible, que había sido una vez más victima de su sonambulismo y entonces notó las pequeñas huellas rodeándolo en el piso. Con el cuerpo mordido por los escalofríos se puso de pié y huyó corriendo hacia las afueras del pueblo. Corrió sin detenerse durante todo el día. Pasó por el cruce de caminos e ignoró la macumba de velas, dulces y juguetes de trapo. Corrió y corrió hasta que al día lo siguió la noche y continuó corriendo hasta entrada la madrugada. Vio entonces una pequeña lomada delante de él, la subió exhausto y trastabillando, y al llegar a la cima cayó arrodillado estallando en llanto. Volvían a aparecer frente suyo las sombrías ruinas del pueblo 92


La presencia del bosque junto a una única luz que parpadeaba en medio de la oscuridad. Dicen que el tiempo ya debería haber borrado aquellos terribles recuerdos, pero quién sabe, al igual que el viento que corroe las rocas al margen de los ríos dejando detrás suyo un fino manto de polvo, deja el tiempo una sombra de épocas pasadas… Una espantosa y tardía advertencia a los viajeros incautos, pues sólo a Dios corresponde el conocimiento de lo que no es y completa al todo con su ausencia vislumbrada.

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EL BESO

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omingo despertó gritando empapado de un espeso y tibio sudor. Tres mosquitos lo habían picado en la mano y sentía ganas de vomitar. Había tenido otra vez aquel sueño inquietante que lo despertaba noche tras noche hacía una semana. Afuera llovía al igual que en su sueño. Una tormenta parecía querer terminar con el condenado mundo de una vez y para siempre. En el sueño también despertaba de repente. Sumergido hasta el cuello, procuraba mantenerse a flote mientras el enfurecido oleaje lo sepultaba una y otra vez. Oía los gritos de sus compañeros de naufragio y cuando algún rayo quebraba la oscuridad que se cernía sobre ellos, los veía a su alrededor peleando desesperadamente por sus vidas al igual que él. Los relampagueos le permitieron percibir que allí, entre ellos, había “otros” hombres flotando a la par. No entendía exactamente cómo podía distinguirlos, pero sabía con certeza que no eran del mismo grupo que había naufragado en el Rio de la Plata. Sentía que el agua helada le masticaba los nervios de las piernas y que se le colaba por la garganta. Sentía cómo el miedo se multiplicaba en sus entrañas.

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La presencia del bosque Un rugido atroz resonó advirtiendo la llegada de un nuevo rayo. La luminiscencia le mostró esta vez que “los otros” eran más fuertes y que utilizaban aquella fuerza para sumergir y ahogar a sus compañeros. Uno por uno iban desapareciendo bajo el agua amarronada del río. En un acto reflejo, Domingo nadó hasta su compañero más cercano que braseaba desesperado, y sujetándolo por los hombros lo hundió en el agua y lo sostuvo hasta que dejó de moverse. En su sueño volvía a despertar. Se hallaba entonces en un asiento de madera con los brazos amarrados a lo que suponía ser el extremo de un remo. A su alrededor, otros corrían la misma suerte. Un insoportable hedor a heces y sangre anegaba el lugar. Ignoraba el modo por el que había alcanzado tal destino, pero estaba seguro que haber imitado a los otros le había salvado la vida. El chasquido de un látigo sonó en el aire y las filosas tiras de cuero le abrieron la espalda una y otra vez. Siguiendo el sonido rítmico de un tambor, los hombres a su alrededor comenzaron a mover los remos. Domingo hizo lo mismo y pudo sentir cómo la estancia comenzaba a desplazarse. - Soy un esclavo - se dijo. Y se preguntó si todos aquellos hombres habían llegado allí del mismo modo que él lo había hecho.

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La presencia del bosque - Soy un esclavo - se volvió a repetir. - Maté a mis propios hermanos y ahora soy un esclavo. Por lo menos estoy vivo - concluyó consolándose. Un nuevo latigazo lo golpeó a la altura de los hombros y junto a un escalofrió sintió la sangre correr. Entonces gritó tanto como su tilinga educación le permitía: - ¡Alto! Yo no pertenezco a esta lacra. Mi lugar está entre ustedes. Cesaron el sonido de los tambores y el jadeo de los cuerpos. Las miradas de sus compañeros, demasiado exhaustas para albergar odio, se dirigieron a él interrogativas. Tras un breve silencio, Domingo sintió un golpe en la cabeza y volvió a desvanecerse. Despertó en un lecho mientras un hombre con traje de militar lo observaba desde un rincón. Antes que pudiera enhebrar palabra, el hombre habló: - Usted no es de los nuestros, que eso quede claro. Nosotros nunca haríamos lo que usted ha hecho. Usted es, a lo sumo y lo será por siempre, uno de ellos que pretende ser uno de nosotros. Usted, Domingo, no tiene patria, no tiene lugar. Reniega de los suyos, ¡mas nunca será uno de los nuestros! Sin embargo, usted nos conviene. Su miedo y sumisión no son deseables entre los nuestros, pero si entre los suyos. Por eso será recompensado.

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La presencia del bosque -¿Ya no soy un esclavo? - Preguntó Domingo temeroso. - No - respondió tajantemente el militar. - De un esclavo se presupone el odio a su condición, se espera que degüelle a su amo en el primer descuido. Usted no es un esclavo, es un simple y traicionero mercader. Ellos merecen más respeto por parte de nuestra gente pues el coraje con el que resisten es admirable. Dicho aquello el militar lanzó una pequeña bolsa a los pies de Domingo y se marchó. Con esfuerzo, Domingo se sentó en la cama y desenrolló el cordel de la bolsa. Vació el contenido sobre su mano que consistía en dos monedas redondas, doradas y relucientes. Domingo las miró impávido y luego sonrío largamente. - Soy uno de ellos - se dijo satisfecho. Y volvió a dormirse. Domingo despertó por última vez dentro de su sueño. Su lugar era entonces una especie de púlpito según creyó. Delante de él, decenas de hombres vencidos amarrados los unos a los otros, sujetaban los remos. Él estaba al mando del tambor. Lentamente comenzó a hacerlo sonar mientras los látigos lamían las espaldas ensangrentadas. Entonces miró de frente y pudo distinguir entre los remeros, los rostros de sus antiguos compañeros.

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La presencia del bosque Domingo Faustino Sarmiento repasó una y otra vez su sueño sin darle mayor importancia. El hombre era culto y erudito pero poco dado a las exploraciones de conciencia. El corazón le latía con fuerza y la sangre le fluía enloquecida pero además, tenía preocupaciones más importantes en la cabeza. El anhelado día de la caída de Rosas ya se hallaba demasiado cerca y sabía que estando su bando del lado de los franceses, el triunfo sobre los Federales sería irreversible. En definitiva, pensó que ��l y por extensión cualquier argentino tenía -o debía tener- mucho más que ver con aquellos cultos y civilizados europeos, que con el otro montón de indios, criollos, sencillos y bárbaros. - La Patria - se dijo convencido - no es cosa de salvajes.

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La presencia del bosque

EDUCACIÓN SEXUAL

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atías y Eduardo tenían trece jóvenes años cuando tuvieron aquella idea jodida y decidieron llevarla a cabo con ejemplar planificación y esmero. Corría el año noventa y tres y faltaban algunos meses para que llegara el anhelado fin del ciclo escolar conocido como el primario. Ante el inminente advenimiento del viaje de egresados, los inseparables amigos convinieron conservar con tenacidad y constancia el fruto de sus masturbaciones diarias. Dentro de un recipiente en el congelador, acumularon semen durante meses esperando con paciencia el destino que le había sido impuesto. Llegó el tan ansiado día. Terminaron las clases y el curso entero, desbordante de alegría, emprendió el merecido viaje festivo rumbo a la Costa Atlántica. Montados en un colectivo de larga distancia, dieron rienda suelta a su entusiasmo durante incansables horas y cuando la noche se derramó sobre el horizonte, poco a poco el tropel de pre-adolescentes enajenados fue quedándose dormido vencido por el cansancio. Matías y Eduardo esperaron en silencio, llevaban con ellos el frasco repleto de la espesa y joven simiente. Cuando estuvieron seguros que nadie más podía verlos, se acercaron agazapados hasta el asiento donde dormía 99


La presencia del bosque Mariana, la chica más hermosa e histérica del curso. Sigilosamente volcaron sobre su bello e inocente rostro, el resultado de meses de esfuerzo y perseverancia que resbaló tanto como su densidad lo permitía, cubriéndole por completo la brillante piel, metiéndose en sus ojos y boca y chorreando sobre su cuerpo. De inmediato volvieron a sus asientos regocijados por su primera experiencia sexual. A diferencia de lo esperado por los chicos, el incidente no pasó a mayores. Un tibio reto de los profesores, les hizo saber que la pequeña Mariana no había llegado a imaginar la procedencia de aquello que le había embadurnado la cara y por ende, su denuncia se limitó a un simple quejido y continuaron el viaje sin mencionar el tema. Algún par de años más tarde, cuando Mariana recibió por primera vez el estallido de una esmerada felatio dentro de su boca, volvió a sentir aquel gusto que jamás había podido olvidar y comprendió de inmediato con inmensa repulsión, el sentido de aquel episodio. La secuela resultó en su decisión inmediata de tomar los hábitos. No los religiosos, como hubiera cabido esperar, sino los llamados “malos hábitos” de la noche, el vicio y el desenfreno, exponiendo así las bondades de una temprana educación sexual.

LOS NIÑOS PUEDEN SER CRUELES 100


La presencia del bosque

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os niños pueden ser crueles. es una frase hecha pero no por eso menos cierta, cuyo núcleo verbal encierra la posibilidad y/o esperanza latente de que no lo sean. En el mayor de los casos resultará de la aptitud pedagógica de los mayores, lo que defina el eterno dilema de ser o no ser. Dejando a un lado problemas ontológicos o éticos, puede decirse que Ramiro era no solo cruel sino también malvado y disfrutaba serlo. Los meollos psicológicos y la falta de contención, así como una natural predisposición a la maldad, lo convirtieron a una temprana edad en un inadaptado social, un perverso capaz de ideologizar su maldad a la que en más de una ocasión se refirió en términos de acción política o incluso de arte. Entre las aberraciones más conocidas cometidas por Ramiro, destacan aquellas llevadas a cabo en su más tierna infancia, cuando celoso de su hermano recién nacido, lo raptó de la cuna y lo abandonó en un nido de comadrejas overas arriba de un árbol adyacente a la casa, escondiéndolo entre el exuberante follaje de una hiedra que cubría el tronco. Ramiro sólo confesó su crimen un año más tarde, cuando una poda general de las enredaderas dejo al descubierto la madriguera abandonada entre las ramas y en ella, los pequeños huesos del infante perdido. Fue internado en un hospital psiquiátrico a la edad de diez años, luego que su familia se derrumbara en medio de desgastantes e infructuosos intentos por enderezarlo. En ese lapso, fueron sus víctimas cada una de las mascotas que sus padres trajeron a la casa con un fin 101


La presencia del bosque terapéutico recomendadas por los psicólogos que lo trataban. Terminaban amputadas y vueltas a coser, con los miembros intercambiados en el mejor de los casos. Mientras se hallaba internado, Ramiro se ensañó con sus compañeros a quienes solía atosigar hasta el límite de lo soportable. Una de sus perversiones preferidas consistía en robar carne picada de la cocina y guardarla hasta que sus compañeros se durmieran, para luego colocarles pequeños trozos dentro de las orejas y esperar a que con el correr de los días, aparecieran los dolores insoportables y los doctores terminaran extrayendo con sus pinzas, palpitantes bolas de gusanos. Sin embargo, ninguna de aquellas depravaciones puede compararse con aquella que llegó a ser conocida en todo el país y repetida hasta el hartazgo por absortos comentaristas en las pantallas de televisión. Habían pasado entonces ya muchos años desde que a Ramiro se le considerara listo para reincorporase a la sociedad, cosa que había hecho sin mayores problemas. Inmediatamente fuera, se había empleado en un pequeño restaurante de comida rápida a través de un programa que facilitaba la ocupación de discapacitados y deficientes mentales, mas como una forma de dar una buena imagen a la cadena que como un proyecto de fines sinceros y desinteresados de inclusión. Ramiro desempeñaba sus tareas sin sobresaltos, ocupándose de la limpieza y orden de las mesas. 102


La presencia del bosque El restaurante era frecuentado mayoritariamente por niños y jóvenes de clase media-alta. Como ya hemos dicho, la crueldad es cosa natural en los niños. Pero podría agregarse que se potencia cuando provienen éstos del seno de las clases altas, acostumbrados desde pequeños quizás, no a la violencia lisa y llana casi natural -diríase- de una vida repleta de degradación y privaciones, sino a la arrogancia y a la falta de respeto para con el prójimo, al materialismo, al egoísmo, a la jactancia y a la tendencia constante a la prepotencia y dominación, madre de todas las violencias. Era de imaginar que Ramiro, como los otros empleados de su condición, se convirtió pronto en el blanco de las despiadadas burlas que encontraban más de un buen motivo de chanza, en sus torpes movimientos, su apariencia grotesca y su pronunciación errática y balbuceante. Ignoraban éstos por completo, que sus palabras hirientes y sus crueles risas terminarían por abrir las puertas de un infierno sólo concebible en la profundidad de aquella psiquis perteneciente a un cuerpo habitado por muchos, pero incapaces de formar entre todos una misma y constante lucha por el control. Algunos adultos, aquellos más perspicaces que aun guardaban memoria de los titulares horrorosos de antaño, llegaron a imaginar que algo terrible podía 103


La presencia del bosque suceder al ser testigos del devenir de las sarcásticas imitaciones de las cuáles era víctima Ramiro. Prohibieron a sus hijos que concurrieran al lugar pero jamás, ni en sus mas paranoicas fantasías, predijeron mas allá de un simple efecto que sigue a la causa de una paliza o crimen espontáneo, o a un estallido de ira acumulada que deviene en una acción instantánea. La realidad fue mucho más severa. Mucho más horrorosa, mas planificada, mucho más justa y quizás, si cabría adjudicarle tal calificativo, mucho más poética. Pues no son otros que los adultos los culpables de los males que aquejan a los niños, víctimas de la insidiosa manipulación que algunos llaman educación, que con el tiempo potencia su innata maldad convirtiéndolos en seres despreciables capaces de las peores atrocidades. Extraña costumbre ésta la del ser humano, que añora perpetuar sus peores deficiencias -aquellas que ni siquiera la natural y cruel mano de la evolución se atrevería a premiar con la perpetuaciónconvirtiendo a sus propios retoños en despreciables gérmenes del horror, en extensiones de ellos mismos capaces de seguir conduciendo a la humanidad por el mismo e inexplicable rumbo de odio y auto-destrucción del que nunca parece poder salir. Y quizá por eso suelen pagar justos por pecadores. Sacrificar al chancho es siempre más económico que posar la mirada en aquél que lo alimenta. Al día de hoy nadie acierta a explicar cómo consiguió Ramiro revertir aquellas pequeñas mentes 104


La presencia del bosque mal acostumbradas. Cómo logró que los escarnios y sañas se transformaran en obediencia y atención primero, y luego en los vehículos de las atrocidades más salvajes. Vaya uno a saber por medio de qué insistentes susurros inquietantes y secretas amenazas, o a través de qué ingredientes alucinógenos añadidos a sus comidas, fue que Ramiro se ganó la ciega confianza que convenció a todos aquellos pre-adolescentes que frecuentaban el local, para que la crueldad maldita se volviera multiplicada contra los criadores. Quiso que su venganza a las vejaciones sufridas no cayera directamente sobre la inocente malicia de los niños, sino que su crueldad se perpetuara en decenas, convirtiendo en suya la descendencia de los otros y en ajena una venganza largamente concebida. Fue noticia nacional la lluviosa madrugada del día de los inocentes del dos mil doce, cuando miles de gritos desgarradores ensordecieron el amanecer como un coro infernal inmortalizándose hasta las mismas puertas del abismo, acompañado por el llanto lastimoso de algunos de los niños que comprendían finalmente la magnitud de sus acciones. En innumerables casas de los barrios más pudientes de la pequeña ciudad, despertaban los padres moribundos y aun mareados por los sedantes furtivamente introducidos en su cena, para hallarse amarrados a la cama, incapaces de movimiento, con los genitales castrados en el caso de los hombres, o unidos 105


La presencia del bosque en un único agujero con el ano, en el caso de las mujeres. Las torturas cometidas durante el trascurso de aquella noche fueron variadas e incluyeron casi todos los tipos que uno pudiera encontrar en una enciclopedia: la desfiguración, la aplicación de temperaturas extremas, la rotura de huesos, los desgarros musculares, el aplastamiento, los golpes, los cortes, descargas eléctricas en algunos casos, la ingesta de productos tóxicos, los baños con substancias cáusticas, las quemaduras e incluso repetidas violaciones. Todas ellas llevadas a cabo por los propios hijos siguiendo las órdenes que impartía Ramiro -según admitieron después- y sugestionados -tal como pudo comprobar la policía- por diversos narcóticos suministrados por él mismo en las gaseosas del restaurante. Ramiro fue acusado de instigador y autor intelectual de los crímenes, pero nunca pudo ser llevado a prisión -como muchos hubieran querido- por su condición de trastornado e identidad disociativa. Fue internado nuevamente en un hospital psiquiátrico dejando detrás una comunidad completamente destruida y una generación de asesinos que llevarán por siempre la infame marca de Caín. Durante los años siguientes, en las sesiones psicoanalíticas, Ramiro admitió que en más de una ocasión había oído voces en su cabeza llamándolo a 106


La presencia del bosque inmortalizarse en la mente de los ni帽os y liderar una independencia. Parad贸jicamente, a partir de aquel episodio, Ramiro logr贸 -seg煤n sus propias palabras- exorcizarse de los habitantes de su cabeza, que en otro tiempo lo obligaron a hacer el mal y que ahora moraban en otras mentes.

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La presencia del bosque

LA PRESENCIA DEL BOSQUE

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l cuadro era espeluznante. El cuerpo muerto completamente inerte, tenía las facciones del rostro congeladas gesticulando un alarido desesperado que se abría mas allá de las comisuras de los labios en dos sendos tajos que llegaban a la mitad de las mejillas. Los brazos estaban rígidos y extendidos hacia adelante en aparente gesto de protección. La cabeza volteada a un lado y el cuello en máxima tensión. Las rodillas dobladas, hundidas en el suelo, en posición penitente y lo más impresionante era que las cuencas de los ojos estaban completamente vacías, que a primera impresión, llevó a Aníbal a suponer que había sido obra de la voracidad de los pájaros. Una inspección más detallada le reveló lo peor. Una serie de largos y profundos rasguños que le cruzaban desde la frente hasta la pera, las manos teñidas por sangre coagulada y las uñas partidas. En el suelo, yacían entre sus pies los dos globos oculares sumergidos en el barro. Miró la escena espantado, inmóvil y en silencio. Cuando comprendió lo que allí había tenido lugar, un escalofrió le hizo temblar todo el cuerpo. ¿Qué cosa podía ser capaz de asustar tanto a alguien como para inducirlo a arrancarse sus propios ojos y morir desangrado a metros de una picada 108


La presencia del bosque claramente marcada, antes que animarse a contemplar lo que tenía delante ? Siguiendo el curso del río Rayado al oeste del Bolsón y al norte del cerro Horqueta en la provincia de Río Negro, luego de nueve horas de marcha por bosques espectaculares de alerces milenarios de y fastidiosos mallines, se arriba a un rústico refugio de montaña al margen del lago Lahuán a pocos kilómetros de la frontera con Chile. Veranada dónde antiguos pobladores llevaban a su ganado durante la estación estival, el refugio “Laguitos”, ubicado a 1150 metros sobre el nivel del mar, es hoy un sitio de campamento veraniego para aquellos que gustan caminar por las montañas y deciden llegar hasta el nacimiento del río. Sucedió hace no mucho tiempo que un grupo de acampantes canadienses poco experimentados, decidieron separarse durante el ascenso y como resultado de aquella torpe imprudencia, se extraviaron. Un joven jactancioso y su dubitativa novia que no habían querido seguir el paso de los más lentos, como indican las reglas, decidieron acelerar la marcha por propia cuenta pese a las advertencias de los acompañantes locales. Cuando el segundo grupo arribó a la cima, algunas horas después, la noche comenzó a volcarse sobre el bosque. Exhaustos, recorrieron los últimos metros de un largo y embarrado caracol y vieron emerger delante de ellos las brillantes costas del lago que refulgían bajo la luz de la luna envuelta en velos grises. Algunos 109


La presencia del bosque metros más adelante, divisaron una construcción rústica de tronco y piedra, cuya chimenea echaba una delgada columna de humo que se fundía con las primeras partículas de nieve que revoloteaban en el aire. La promesa de descanso, alimento y cálido refugio aceleró el paso y los corazones de los muchachos. En pocos minutos se hallaron cómodamente sentados en las toscas mesas del interior, calentando sus ropas mojadas en la salamandra y compartiendo pan y un mate caliente con Ernesto, el refugiero, hombre de aspecto rudo pero palabra amable. Fue éste quien les hizo caer en cuenta de la falta de sus compañeros. - Esperábamos a cinco - dijo - no debieron dejar a los otros atrás. Las miradas de los tres acampantes se cruzaron nerviosas. - En realidad ellos se adelantaron - balbuceó tembloroso uno de los recién llegados. - Al paso que llevaban, deberían haber llegado hace horas - agregó otro. Sin perder tiempo, Ernesto se calzó un grueso camperón, descolgó la linterna y tomando una rama maciza en forma de bastón ordenó: - Salimos ya mismo a buscarlos - y con un gesto indicó al grupo que se quedara y a Aníbal, que había 110


La presencia del bosque dejado su libro a un lado y espiaba la situación al abrigo de la salamandra, que lo acompañara. Aníbal había llegado al refugió hacia más de una semana y había hecho buenas migas con el cuidador, gracias a su carácter hosco y parsimonioso que agradó a aquel sujeto de poca paciencia intolerante a las visitas demasiado bulliciosas. Antes de salir, los dos hombres preguntaron los nombres de los extraviados y se cercioraron del equipo con el que contaban. El refugiero pidió que prestaran especial atención a cualquier luz que vieran en el y les dejó un handy para mantenerse comunicados. A esa altura, la oscuridad era un hecho y la nevada comenzaba a ser digna de su nombre. Ernesto y Aníbal caminaron con algo de dificultad durante cuarenta minutos por el sendero principal, gritando los nombres e iluminando la cerrazón del bosque con sus poderosas linternas sin alcanzar ningún éxito. Ya estaban a punto de darse media vuelta para volver al refugio y dar aviso a Gendarmería, cuando oyeron un sollozo al costado del camino. Apuntaron las luces y notaron que en aquel punto la vegetación se hallaba y rota arqueada hacia adentro como si alguien hubiera pasado con torpeza por encima. Sin dudarlo, siguieron el rastro y los sonidos entrecortados y al cabo unos diez minutos de marcha llegaron a un pequeño claro donde dieron de inmediato con uno de los dos jóvenes extraviados. Era un varón corpulento y de rasgos delicados. Se hallaba acurrucado en el suelo contra la corteza de un árbol, con las ropas desechas al punto de hallarse 111


La presencia del bosque semidesnudo. Estaba pálido y no paraba de temblar. De inmediato, el refugiero lo cubrió con una manta que llevaba en la mochila y le dio un pequeño trago de whisky y un pedazo de chocolate para reanimarlo. El joven lloraba ruidosamente y respiraba con dificultad. - ¿Dónde enseguida.

está

la

chica?

-

preguntó

Aníbal

El joven trémulo señaló con la mano hacia el sendero por donde habían llegado hacia unos instantes. Aníbal alumbró con su linterna y notó que habían pasado por alto una picada que se abría hacia uno de los lados. Hacia allí se dirigió llamando continuamente a la chica por su nombre, pero una vez que se internó nuevamente entre las cañas, frenó en seco y calló por completo, pues lo que vio allí lo dejó sin aliento. Intentó acercarse a examinar pero el desconcierto y el olor dulce y pegajoso de la sangre, le revolvieron el estómago y lo hicieron retroceder. No comprendía qué demonios había tenido lugar en aquel sitio, pero fuera lo que fuera, el sólo hecho de intentar imaginarlo hizo que la presión le bajara en picada al punto de sentir primero ganas de vomitar y luego que se desvanecía. La mano del refugiero sobre su espalda llegó a sostenerlo justo a tiempo antes de que se desplomara por completo. Pasado el momento, y una vez que Aníbal pudo mantenerse en equilibro por sí mismo, Ernesto lo hizo a un lado y se acercó al cadáver de la joven para examinarlo. Ambos sabían de sobradas cuentas que no había animales agresivos en 112


La presencia del bosque aquella zona de la montaña, nada que pudiera desfigurar de ese modo a una persona. Nada que pudiera aterrar al punto de haberla inducido a hacerlo ella misma. - ¿Qué mierda paso acá? - preguntó Ernesto gruñendo entre dientes y mirando a Aníbal con una firmeza que no lograba disimular la perturbación. - Tenemos que avisar ya a los gendarmes - agregó. A partir de ese momento todo sucedió muy rápido. Escucharon el grito desgarrador escupido por el joven sobreviviente al otro lado del camino. Luego, silencio y luego un sonido que les pareció ser el de un mugido ronco pero suave, junto al de ramas rotas que se acercaban avivadamente por las espaldas de Aníbal. Empotrado al suelo, sacudiéndose sin poderlo controlar, con los músculos acalambrados hasta el desgarro y el cuerpo completamente helado del pánico, Aníbal llegó a perder el control de sus esfínteres. Delante de él, Ernesto experimentó algo mucho peor. Sus ojos se clavaron detrás de Aníbal dilatados hasta lo increíble, las facciones se le deformaron del terror y mientras aun podía dominar el temblor de su cuerpo, desenfundó el revólver 38 de su cinturón y sin esperar un segundo se pegó un tiro en el medio de la cara que prácticamente quedó abierta en dos gajos. Segundos antes, Aníbal completamente apocado, había dejado caer su linterna y ahora la de de Ernesto se estrellaba contra el suelo junto con su cuerpo inerte dejando el sitió en una oscuridad casi total. 113


La presencia del bosque Aníbal oyó el sonido de un jadeo nervioso y le pareció que el aire detrás de su cabeza se entibiaba. Cerró los ojos con fuerza y cayó de rodillas con la cabeza al pecho. En ese momento, el handy en la chaqueta del refugiero hizo un breve murmullo de estática y luego sonó la voz de uno de los excursionistas: - Hola…. Hola… ¿Ernesto?….acá los chicos en el refugió de Laguitos, creemos que ahí llegan nuestros compañeros. No traen linterna, pero estoy viendo unas sombras que se acercan como a unos trescientos metros…. ¿Hola, hola?…. Un único impulso fluyó por cada uno de los nervio de su cuerpo haciendo que se arquee del dolor para poder controlarlo. Era un terror carnal, un miedo visceral que al mismo tiempo le exigía correr y voltearse a contemplar aquella sombra que respiraba sobre su espalda. Aníbal deseó morir súbitamente. Había visto los ojos humedecidos de Ernesto y había llegado a vislumbrar el reflejo de una figura sin forma, apenas una silueta sin sombra que había intentado completar sin éxito en su imaginación y aquella ignorancia lo volvía todo aun más insoportable. Podía sentir en el pecho el dolor profundo del corazón completamente desbocado, las lágrimas fluían si pausa y se le metían en la boca ahogándolo. Así pasaron los siguientes minutos, cada uno de ellos dilatado en una eternidad inacabable, un infierno de tensión y angustia, mientras el aliento detrás de él lo envolvía casi rozándole la piel. Contraído con la cabeza entre las rodillas casi hundidas en el barro, Aníbal comenzó a 114


La presencia del bosque rezar desesperado atragantándose con cada palabra. Oyó entonces el sonido lejano de varios alaridos haciendo eco entre las montañas y luego nuevamente la estática del Handy y la voz trastornada de uno de los excursionistas que tartamudeando y entre lágrimas gritaba: – Ayúdenos por favor… Hay algo allá afuera, son como un montón de sombras alrededor del refugio, mis amigos salieron y no volvieron más. Por favor, alguien que nos ayude… Eso fue lo último que pudo entender Aníbal, antes de perder el conocimiento. Al despertarse, pasado el mediodía del día siguiente, se sentía mareado y con una amnesia parcial sobre lo sucedido. El instinto le indicó que debía salir de inmediato de aquel lugar y a pesar del mareo, logró identificar el cauce del río al cual sigue la picada y corrió por ésta casi sin detenerse hasta pocos metros antes de la siguiente zona habitada donde volvió a desmayarse a un costado del camino. Cuando lo hallaron, la policía ya había encontrado hacia algunas horas el resto de los cuerpos, todos con algún tipo de mutilación profunda sobre el rostro, y había desplegado un operativo de magnitud excepcional por la zona en busca de pruebas que pudieran explicar lo sucedido, de testigos y de sospechosos. Exhausto, hambriento, deshidratado y en claro estado shock psicológico, Aníbal fue derivado de inmediato al hospital Zonal, donde fueron tratadas sus 115


La presencia del bosque heridas y se le diagnosticó estrés post traumático severo. Pasaron de aquel entonces veinte años. Aníbal apenas ha vuelto a pronunciar palabra desde el suceso. Se encuentra sedado permanentemente, vive en constante estado de pánico, sufre alucinaciones y pesadillas frecuentes llegando a experimentar la sensación de que el acontecimiento vuelve a ocurrir. En reiteradas ocasiones ha intentado quitarse la vida y jamás ha podido volver a pisar un bosque, ni siquiera una plaza, sin entrar de inmediato en un violento estado de histeria. El relato anterior es una reconstrucción literaria de lo sucedido hecha por el psiquiatra de Aníbal, a partir de las palabras que se animó a pronunciar entre sueños a lo largo de toda su internación. Todas las autopsias y pericias médicas hechas a los cadáveres, descartaron que se hubiera tratado de algún tipo de infección viral y no encontraron indicios de violencia más allá del daño auto infligido. Por último, refirieron con bastante suspicacia al llamado Síndrome de Adaptación General descripto a partir de observaciones hechas en animales hace algo más de 50 años. El síndrome tiene un origen cardíaco y frecuentemente provoca la muerte súbita tras un episodio de captura a causa del miedo extremo. Es una reacción ante contextos de profundo estrés, mediada por la producción masiva y posterior intoxicación de catecolamina, sustancia contenida en los 116


La presencia del bosque neurotransmisores del sistema nervioso central llamadas adrenalina, noradrenalina y dopamina, asociadas al cambio de estados físico-mentales y capaces en gran cantidad, de inducir a la alucinación sensorial profunda. Al día de hoy, la policía sigue sin poder explicar que sucedió aquella noche en la montaña. El caso fue archivado bajo la carátula de “muerte por ataque nervioso -causa no identificada”, por no poder encontrar prueba que pudiera relacionar las muertes entre sí ni asociarlas a elemento externo alguno. El refugio permaneció cerrado durante dos años, tras los cuales fue reabierto y desde entonces continúa funcionando en una fingida normalidad.

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La presencia del bosque

INDICE El dilema del vacio............................................................................................... 5 EEl laberinto........................................................................................................... 6 La Marca de la muerte.......................................................................................7 Último comunicado recuperado..................................................................10 Clave: extinción................................................................................................... 10 Las esposas de Joaquín Alzeguerri.............................................................18 La fábula del Pájaro de mal agüero..........................................................21 El león negro........................................................................................................ 24 El libro de los libros........................................................................................... 29 El carnicero de Madariaga............................................................................31 El ser del tigre.................................................................................................... 35 Valeria del mal.................................................................................................... 41 Pesadilla de viejos tiempos............................................................................49 Miedo....................................................................................................................... 55 Otra historia de amor......................................................................................60 una idea DE JUSTICIA......................................................................................66 118


La presencia del bosque Un cuento de amor............................................................................................ 70 La anécdota.......................................................................................................... 74 Nomenclator........................................................................................................ 82 anhelo..................................................................................................................... 84 El buey.................................................................................................................... 85 El visitante ........................................................................................................... 87 el beso .................................................................................................................... 94 Educación sexual................................................................................................ 99 Los niños pueden ser crueles......................................................................100 La presencia del bosque...............................................................................108 Indice.................................................................................................................... 118

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