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gol. Estaba so­ ñando una bata­ lla. Caía la noche Historia de Dani Ana Alonso Javier Pelegrín ILUSTRACIONES DE MIGUEL NAVIA

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Oxford University Press es un departamento de la Universidad de Oxford. Como parte integrante de esta institución, promueve el objetivo de excelencia en la investigación y la educación a través de sus publicaciones en todo el mundo.

sobre los cam­ pos de Maldoror y yo cabalgaba al Primera edición: abril 2014 Diseño de cubierta e interiores: Felipe Samper Fotografía de cubierta: Theeraphat/Shutterstock © del texto: Ana Alonso y Javier Pelegrín, 2014 © de las ilustraciones: Miguel Navia, 2014 © de esta edición: Oxford University Press España, S. A., 2014

Publicado en España por Oxford University Press España, S. A. Parque Empresarial San Fernando, Edificio Atenas 28830 San Fernando de Henares (Madrid)


ISBN: 978-84-673-6149-0 Depósito legal: M-7563-2014 Impreso en España

frente de mis hom­ bres persiguien­ do al enemigo. Todos los derechos reservados. No está permitida la reproducción total o parcial de este libro, ni su grabación y/o digitalización en ningún sistema de almacenamiento, ni su transmisión en ningún formato o por cualquier medio, sin el permiso previo y por escrito de Oxford University Press España, S. A., o según lo expresamente permitido por la ley, mediante licencia o bajo los términos acordados con la organización de derechos reprográficos que corresponda. Las cuestiones y solicitudes referentes a la reproducción de cualquier elemento de este libro, fuera de los límites anteriormente expuestos, deben dirigirse al Departamento de Derechos de Oxford University Press España, S. A. No está permitida la distribución o circulación de esta obra en cualquier otro formato. Esta condición debe imponerse y obliga a cualquier adquirente o usuario.

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De pronto, en me足 dio de la oscuri足 dad, las voces roncas de los guerreros empe足 zaron a corear el nombre de Dark:


mi nombre. En mis sueños, yo siempre soy Dark, el hé­ roe de la armadura negra. La fabricaron para mí los magos nómadas de la tribu de Arder, y está hecha de un acero tan oscuro y resplandeciente como un cielo estrella­ do. Hacen falta conjuros muy poderosos para forjar un acero así. Me inventé esa ar­ madura a la vez que el personaje de Dark, cuando solo tenía seis años. Pero me estoy desviando de mi historia. La voz de Mouse se coló en mi sueño y las visiones de la batalla se rompieron en mil pedazos. Entonces entreabrí los ojos y vi un rectángulo de luz azul sobre la colcha de cuadros escoceses. Me había dejado el hololector encendido.

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—¿Estás despierto? —insistió Mouse des­ de la otra cama. —Ya no —contesté con un gruñido—. ¿Se puede saber qué te pasa? —¿Cómo que qué me pasa? Mañana es el gran día, el partido más importante de toda la temporada 2054-2055 —contestó mi compañero con voz excitada—. ¿Cómo puedes dormir tan tranquilo? ¡Nos lo juga­ mos todo! Piénsalo, Dani: mañana por la noche, si la cosa sale bien, los dos podría­ mos estar volando hacia la sede de Kine en Los Ángeles. —Genial —rezongué y me senté en la cama para clavarle una mirada asesina—. ¿Estás nervioso y por eso me despiertas? ¡Eso es un amigo! Exageré a propósito el tono quejoso de mi voz. En realidad, no me importa tanto que Mouse me despierte alguna que otra vez cuando nos toca compartir dormitorio en las concentraciones. Con el tiempo, he­ mos llegado a ser casi como hermanos. Él ya ha cumplido los diecisiete, y a mí me


faltan todavía seis meses para eso. Pero el entrenador Kempel siempre dice que yo soy el más maduro de los dos. No es un cumplido hacia mí, sino un insulto hacia Mouse; una forma de echarle en cara que, para algunas cosas, aún es peor que yo. Kempel no tiene muy buena opinión sobre nosotros, piensa que nos comportamos como críos. Aun así, Mouse y yo somos los mejores. A mucha distancia de los otros. Pero puede que eso no signifique demasiado. El Green Star es un equipo de fútbol de segunda B que entrena en un estadio de mala muerte muy cerca de la frontera mexicana, aun­ que lo patrocine una de las mejores mar­ cas deportivas del mundo. Kine tiene mu­ chos otros equipos como el nuestro en los cinco continentes. Por eso es tan importante el partido de hoy; por eso era tan importante dormir bien la víspera. Pero Mouse nunca consigue pegar ojo la noche anterior a un partido decisivo. Se pone a repasar mentalmente las jugadas

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a balón parado y se le quita el sueño. En­ tonces me despierta para preguntarme si sería buena idea probar un saque de falta indirecto que hemos ensayado, por ejem­ plo, o si al portero de turno hay que tirarle los penaltis por la derecha o por la izquier­ da. Y no se queda tranquilo hasta que le doy una respuesta, aunque sea la primera tontería que me venga a la cabeza. Anoche estaba preocupado por Carl, uno de los defensas del primer equipo de Kine. Kempel nos había alertado contra él. Que compartiésemos patrocinador no signi­ ficaba que los de la Liga de Oro no fueran a salir a por todas. Ellos saben que de es­ tos partidos surgen fichajes, que algunos jugadores de las ligas juveniles aprove­ chan la oportunidad para atraer la aten­ ción de los grandes y hacerse un hueco entre ellos. Y luchan como leones para de­ fender su plaza. Carl tiene treinta años, está al final de su carrera deportiva. Sabe cómo parar a un delantero sin hacerle fal­ ta, pero ya no es tan rápido como antes. A veces, cuando ve que no llega, no duda en saltarse el reglamento. Prefiere llevarse una tarjeta a que el equipo encaje un gol


por su culpa. Y a los árbitros les cae bien, es de los que nunca protestan una sanción. Mouse sabía que tendría que enfrentarse con él una y otra vez, siempre que intenta­ se penetrar por la banda izquierda. Y esta­ ba asustado. —Oye, Dani, ¿tú qué harías en mi lugar? — me preguntó—. Sé que puedo correr más que él, y a medida que pasen los minutos, le iré ganando terreno. Pero a lo mejor al principio del partido debería dejar que se confiara. Que me ganase un par de pases, no sé, para que se relaje. —No creo que sea muy buena idea, Mouse —dije, mirando distraído por la ventana. Intentaba localizar la luna en el reflejo de la piscina del motel, pero solo veía la ima­ gen distorsionada del holograma de la en­ trada, con sus enormes letras azules y frías. —Para ti es fácil decir eso —rezongó Mouse—. Eres la niña bonita de Kempel. Me hace correr a mí para que tú te luzcas. No soy más que un cebo para los defensas.

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—No digas estupideces. Jugamos al fútbol, no al ajedrez. No hay que sacrificar ningu­ na pieza. Además, tú serías la reina del equipo. Ningún buen jugador de ajedrez sacrifica a la dama. —Ya. La reina, qué gracioso. Y tú, el rey. No es lo normal sacrificar a la dama, pero a veces se hace. Kempel lo haría. —Solo era una comparación, idiota. El rey, si hubiera uno, sería el balón, supongo. Lo único que importa es protegerlo y meterlo en la portería del contrario. Una cosa que se llama gol; no sé si te suena. —Bastante. He metido dos más que tú esta temporada. Creo que resoplé. La conversación era tan absurda que empezaba a agotarme. —Lo que tú quieras, Mouse. Por mí, como si quieres ser la dama, el rey y el alfil al mismo tiempo. Pero no engañarás a Carl. ¿Crees que no han visto nuestros partidos? Prepa­ ran a conciencia cada encuentro, aunque


sea un amistoso. Nos conocen, seguro que nos conocen casi tan bien como nosotros a ellos. Me di la vuelta en la cama y, después de dejar el hololector sobre la mesilla, me subí la colcha hasta las orejas. Estaba des­ templado; podía sentir la punta de la nariz fría, y me molestaba. Solo quería dormir, pero Mouse no estaba dispuesto a dejar el tema sin haber dicho la última palabra. Durante casi una hora estuvo divagando, recordando jugadas de Carl que había visto en televisión, algunas de las entradas más brutales que había hecho a lo largo de su carrera. Yo le contestaba con mono­ sílabos. De vez en cuando dejaba de oírle y mi cabeza se volvía a llenar de imágenes de batallas. Polvo rojo alrededor de las patas de los caballos, los gritos incomprensibles de los hombres. A lo lejos, sobre la línea ondulada del horizonte, siluetas oscuras de máquinas de guerra. Como grandes di­ nosaurios mecánicos. Cada vez que notaba que no le estaba escuchando, Mouse levantaba la voz. Yo pegaba un brinco en la cama y disimulaba

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lo mejor que podía, cogiendo el hilo de la conversación (que era más bien un monó­ logo). Así estuvimos hasta las tantas. Hasta que, en algún momento, Mouse empezó a roncar en mitad de una frase, y yo me dejé arrastrar por las visiones de Dark y sus compañeros de lucha hasta lo más profun­ do del sueño. Para entonces ya estaba amaneciendo. Si escribo todo esto no es para justificar­ me. Que Mouse estuviera cansado durante el entrenamiento, y que yo me sintiera pe­ sado por falta de sueño, no puede servir­ nos de consuelo a ninguno de los dos, aun­ que haya tenido algo que ver en lo que pasó. A lo mejor, si no le hubiera hecho caso, si hubiera fingido que no le oía… Al final se habría terminado durmiendo, y esta mañana se habría levantado más fres­ co. No le habrían fallado los reflejos. Ni a mí tampoco. Quizá el desastre no habría ocurrido. Nos habríamos ahorrado ese en­ contronazo absurdo. Todavía me parece estar oyendo el chasquido de su pierna cuando se derrumbó detrás de mí. Creo


que nunca dejaré de oír en mi cabeza ese crac seco del hueso bajo mi bota izquier­ da. Sonó como una rama seca al pisarla. Ahora Mouse tiene la tibia rota. Por mi culpa. Mientras los jugadores del primer equipo de Kine esperan con aire aburrido a que saltemos al campo, él debe de estar viendo el partido por televisión desde su cama del hospital. Debería estar a mi lado, esperando el momento de pisar el césped con el corazón a cien y los músculos ten­ sos de impaciencia, pero no está conmigo. Por mi culpa, se ha perdido el partido más importante de su vida.

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