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CONDENA MADRE Un caso de Stalin Falc贸n novela escrita por Santiago P谩ez


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Para Franklin Toledo, tan buen detective como Stalin Falc贸n.


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Aborrezco todas esas vĂ­rgenes que recorren la ciudad como fantasmas, exhibiendo sus impudicias, disimulando en pan de oro su condena madre. Javier VĂĄsconez, Angelote, amor mĂ­o.


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Cuando empiezo a escribirte sí sé lo que te quiero decir en la carta. Sí me doy cuenta de lo que quiero poner en el papel. Pero después llegan la iras, las iras por todo lo que me hiciste, las iras por todo.

Mentiroso, ruin.

Y yo me olvido y ya no sé lo que pongo, y solo me salen ofensas.

Pero te mereces las ofensas, los insultos, ruin, ruin, sucio dañado, torcido asqueroso, cochino, ruin, ruin, ruin. Yo que era todo para ti, una madre, todo, todo. Yo que solo quise ser una orquídea para ti.

Ya, ya te tocó. Tanto me ha tocado padecer a mí, a mí. Ahora te toca a ti.

Ahora, al fin.


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DOMINGO


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MEDIODÍA

Eran las 12:22 del 21 de junio, hacía calor y el sol brillaba sin una sola nube que se interpusiera entre su luz y

el

polvo

quieto

de

las

calles.

Esa

luz,

esa

luz

inmisericorde que asola Quito, calcina lo que toca y marca unas sombras durísimas bajo las piedras y entre dinteles y umbrales.

Falcón

siempre

se

había

preguntado

cómo

se

arreglaban los quiteños para mentir, traicionarse o robar


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bajo ese esplendor implacable; sabía la respuesta: es que la luz es absoluta y amoral, y los quiteños son inmunes a la claridad. Su figura pequeña y maciza casi no proyectaba sombra; no tenía otra opción que caminar bajo la ardorosa indiferencia del sol y entre altos pinos agostados, por la elegante avenida que daba acceso a la mansión de Cecil Solano

McKey,

el

hombre

que

lo

había

citado

en

ese

inclemente mediodía de junio. Las columnas que sostenían el frontón de la fachada medían más de doce metros de altura, sus basas se apoyaban en una escalinata amplia de mármol que destellaba aún más que el resto de la construcción. Casi cegado, Falcón pensó que

la

edificación

parecía

levantada

con

cal

reseca;

imaginó una leve polvareda blancuzca desprendida de esas paredes que, de un momento a otro, podían ser desmenuzadas por los ventarrones del verano. Tara, se trataba de la amada Tara de Scarlett; seguramente Solano, el dueño de la mansión, se creía Rhett Butler y una mentirosa niña negra le abriría la puerta. Subió las escaleras y mientras sentía en

los

timbre.

hombros No

fue

la

fría

una

sombra

niña

del

negra

dintel, de

presionó

trenzas

y

el

ojos

desorbitados quien abrió, tampoco el aventurero de finísimo bigote y ojos tiernos. Sin retirar la cadena que aseguraba la puerta, con la mitad del cuerpo y del rostro protegidos por el batiente de caoba, Cecil Solano McKey preguntó:


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-¿Licenciado Falcón? Stalin

lo

miró

un

momento

antes

de

contestar,

se

trataba de un hombre de aproximadamente cincuenta años y un metro noventa de estatura, delgado, la piel se le pegaba a los huesos. Era calvo y los pocos cabellos que le cubrían las sienes tenían un color rubio ceniciento, tenía los ojos grises. -Stalin Falcón - confirmó el detective. Mientras el dueño de casa descorría la cadena, Falcón miró su boca roja y carnosa; unos labios así, repulsivos en cualquier rostro que no fuera el de una muchacha, lo eran mucho más bajo una nariz ganchuda de aletas temblorosas y unos ojos de expresión desvalida que miraban el suelo o el techo

o

las

malditas

moscas

para

evitar

el

rostro

del

interlocutor. Sin decir palabra, Solano guió a su huésped a través de un vestíbulo decorado con muebles de maderas preciosas, espejos

y

grandes

jarrones

de

porcelana.

La

mansión,

mientras más se la recorría, más recordaba a un decorado de película antigua, todo parecía de utilería. En uno de los espejos, el detective vio el instantáneo reflejo de un hombre mayor, regordete y asustado que, temeroso, se ocultó en la sombra que tenía más cercana. Llegaron a una terraza que se abría al jardín posterior de la residencia. Cecil se dejó caer en una tumbona de mimbre blanco, junto a una mesita

que,

protegida

por

una

sombrilla

de

colores,


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sostenía un par de botellas, varios vasos y un recipiente lleno de hielos. -Tome asiento, licenciado - dijo-. ¿Le sirvo un trago? -¿Tiene pisco? -Aquí

afuera

solo

whisky

y

Dubonet.

Despedí

a

la

servidumbre pero puedo... -Llevo mi provisión, no se moleste en traer nada -Falcón sacó

del

bolsillo

interior

de

su

chaqueta

de

cuero

su

pequeña botella plana, luego de abrirla dio un largo trago directamente del gollete y, mientras se sentaba junto al dueño de la mansión, preguntó -¿para qué me necesita? -¿Usted es detective? -Sí, por eso me ha citado usted. -Sí, sí, disculpe. Pero es que me parece tan extraño, nunca había conocido a un detective, solo en las películas. -Si me hizo venir para conocer un detective de carne y hueso,

me

debe

cincuenta

mil

sucres

por

la

consulta.

Págueme y me voy -murmuró Falcón mientras, venciendo el disgusto

de

su

interlocutor,

lo

encaraba

obligándolo

a

fijar su mirada elusiva y desvalida, una mirada en la que pudo ver el miedo posado como una escarcha gris. -Hace dos días trataron de matarme -explicó Solano en voz muy baja. -Si es así -dijo Falcón -, entremos a la casa y conversemos allí; mejor en un lugar que no tenga muchas ventanas. -¿Cómo?


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-No sé si intentan matarlo o no, pero si alguien quiere dispararle,

aquí

estamos

al

descubierto

y

ambos

somos

calvos, no me gustaría que se equivocaran de pelada. Cecil miró desconcertado el rostro cubierto de barba rojiza y la calvicie reluciente de Stalin antes de decir: -Le entiendo - se levantó con rapidez y torpeza y, casi corriendo, se introdujo en la gran mansión de Scarlett O’Hara. Unos minutos después los dos hombres se encontraban en una amplia biblioteca en la que los pesados muebles de madera

estaban

tapizados

con

damasco

tornasolado,

las

paredes cubiertas con óleos que mostraban escenas bucólicas y los anaqueles cerrados con puertas acristaladas. Falcón se aproximó a uno de los libreros y leyó al azar algunos títulos

que

volúmenes:

brillaban “Kim”

de

sobre

los

Rudyard

lomos Kipling,

de

cuero “El

de

los

asesinato

considerado como una de las bellas artes” de Thomas de Quincey, “Vanity Fair” de William Makepeace Thackeray; le pareció adecuado que, junto a las imposibles imágenes de esos rubicundos campesinos europeos, los libros estuvieran protegidos

del polvo y la lectura por gruesos vidrios y

brillantes cerraduras de bronce. El aposento era un lugar en el que un hombre asustado podía sentirse al amparo de las sombras y el silencio. El dueño

de

casa,

luego

de

correr

las

cortinas,

se

había

acurrucado en un gran sillón casi uterino. Falcón caminó


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hasta la pared que Cecil tenía en frente y, tras apoyarse junto

a

una

pintura

que

mostraba

un

vado

pacífico

y

colorido, ordenó: -Ahora sí, señor Solano, cuente su historia. -No sé por dónde comenzar -balbuceó Solano-. Tal vez fue un error citarlo aquí. Yo realmente no sé... -¿Trataron de matarlo?- interrumpió Stalin. -Bueno sí, pero no sé si usted es la persona indicada para ayudarme. -Si piensa así, debió llamar a la Policía. -Ellos tampoco pueden ayudarme. -Entonces me voy, usted sabrá lo que le conviene -gruñó Stalin mientras se encaminaba hacia la puerta del aposento. La

alfombra

se

sintió

que

instante

hundía el

bajo

grueso

sus

zapatos

tejido

que

y

por

envolvía

un sus

suelas era una especie de melosa telaraña en la que Solano estaba atrapado. Lo miró: el dueño de casa no se había movido del mullido sillón que en ese momento ya no parecía un útero protector, sino una gorda araña tornasolada que lo tenía preso entre sus patas. -Señor Falcón -murmuró Cecil. -Cuénteme

el

atentado

-solicitó

con

resignación

el

detective mientras se sentaba en un escabel a espaldas de su cliente-. Con todo detalle, por favor. -No sé si fue un atentado. -Yo decidiré eso. Empiece.


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-Sucedió hace siete días, aquí en Quito. Yo no vivo en la ciudad, es extraño que me atacaran aquí y no en donde vivo. Soy

propietario

de

una

hostería

en

la

provincia

de

Cotopaxi, en la llanura que está bajo el volcán -Solano calló mientras se humedecía los labios con la lengua; se aproximaba al recuerdo como quien se acerca a un perro furioso. -Bajo

el

volcán

-repitió

Stalin

para

incitarlo

a

que

continuara hablando, mientras bebía otro trago de pisco de su pequeña botella de metal. -Sí, bajo el Cotopaxi. El atentado fue hace una semana, el lunes 15; yo había venido a Quito para comprar algunas cosas: licores y productos de aseo... -¿Fue accidental su viaje? -quiso saber Falcón. -No le entiendo. -¿Viene siempre los lunes para esas compras? -No

siempre,

a

veces

viene

mi

administrador,

a

veces

venimos juntos. -Ese día, ¿por qué vino usted? -La hostería está vacía los lunes. Esperaba a un grupo de turistas

alemanes

para

el

día

siguiente,

el

martes,

y

quería recibirlos yo mismo. Después del asalto le pedí a un colega que se hiciera cargo del paquete de alemanes y me vine a esconder aquí, en la casa de mi padre, él no la utiliza la mayor parte del año. Dos policías vinieron a interrogarme al día siguiente; después de eso despedí a la


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servidumbre. Desde el martes estoy aquí solo, no sabía qué hacer. -Vi a alguien, un hombre gordo, reflejado en uno de los espejos al entrar. Usted no está solo. -Se trata del mayordomo, vino... -Cecil dudó al respondervino por algo que había olvidado. Ya se debe haber ido. -Sus padres, ¿dónde están? -Mi madre vive en su propio departamento, mi padre pasa fuera del país varios meses al año, como le dije. -Volvamos al atentado. ¿Qué pasó? -Yo caminaba por la avenida

Rodrigo de Chávez, bastante al

sur de la ciudad. Eran como las seis de la tarde, iba a una bodega de licores en donde los venden al por mayor. Había dejado mi camioneta parqueada, estaba por entrar al local cuando vi algo en el suelo y me detuve. Entonces bajó un hombre, creo que de un automóvil blanco, y me gritó que le diera el dinero. -¿Llevaba dinero en efectivo? -Sí, la quincena de mis empleados. -Continúe. -Yo le dije que el dinero estaba en el coche, en un maletín verde.

El

asaltante

caminó

hacia

mi

camioneta

esperar a coger el dinero, empezó a dispararme. -¿A qué distancia estaba de usted? -No sé, unos seis, ocho metros. -Debió acertarle.

y,

sin


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-Me salvó el guardia de la bodega, creyó que era un asalto a su local y empezó a disparar, yo me eché al suelo y los asaltantes huyeron. -¿Cómo eran los sujetos? -El que me disparó era un mulato, grueso. Creo que era mulato, no lo observé con detalle. Al del carro ni siquiera lo vi, solo su sombra tras del volante. -¿Alcanzaron a llevarse su dinero? -Sí. -¿Quién sabía que usted estaba en Quito? -Bueno, lo sabían todos en la hostería, varios amigos, lo sabía mi ex esposa, que me llamó esa semana, y ella se lo pudo decir a mi hija; en fin, mucha gente. -¿Y que iría a esa bodega, a esa hora? -Es mi rutina cuando vengo a la ciudad, a mediodía voy al almacén de alimentos; a media tarde al banco, antes de que cierren, para sacar el dinero de los sueldos; a las seis, más o menos, a la bodega de los licores. De ahí tomo la Panamericana sur y voy directo a mi hostería. -Es normal que esté asustado, señor Solano. Pero lo que me cuenta fue un asalto, no parece un intento de asesinato. -Trataron de asesinarme. -¿Por qué lo cree? -Por lo que encontré en el suelo, lo que me obligó a detenerme antes de entrar a la bodega. -Explíqueme.


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-Encontré una flor amarilla, una orquídea. -Es común encontrar una flor en el suelo, hasta hay un tango al respecto. -No

esa

flor

-insistió

Solano

ignorando

el

chiste

de

Falcón-. Esa flor es parte de un recuerdo mío. -No le entiendo. -Esa flor era igual a una que tuve en un lugar, en un momento... -¿Cuándo, dónde? -En un sitio que era... bueno, cuando estuve ahí me sentí como en un paraíso. -¿Puede ser más exacto? ¿Dónde estaba ese lugar, cuándo estuvo allí? -No lo sé, lo he olvidado, solo me queda un recuerdo, una sensación. -¿Cuál? -Una sensación de felicidad: viento caliente en el pelo, un sol que no quemaba, un ambiente seco y sano, y el olor de la hierba. Los

dos

hombres

quedaron

en

silencio.

Las

últimas

palabras de Cecil las había escuchado Falcón, entre las sombras

de

la

biblioteca,

como

el

ruido

de

fondo

que

produce el fragor de un río lejano. Luego de un par de minutos, el detective dijo:


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-Usted supone que alguien de su pasado lo quiso asesinar, que la flor era una firma de autoría. Su asesino desea que usted sepa quién es. -Sí. -¿Qué quiere que investigue -quiso saber Falcón-, el origen de su melancolía? -Quiero que me proteja de unos asesinos. -Puedo averiguar quién trata de matarlo, no será difícil si está relacionado con algo que usted vivió, tendremos que trabajar su memoria. Lo de evitar su muerte -Stalin calló para beber otro trago y, cuando lo hizo, terminó-, lo de evitar su muerte, señor Solano, es asunto suyo. -No le comprendo. Si le contrato será para que me sirva de guardaespaldas, para protegerme. -Nadie

puede

evitar

un

asesinato.

Ni

la

CIA

y

el

FBI

juntos; si no, Kennedy estaría vivo. -¿Qué puedo hacer? - Solano casi sollozó al preguntar. -Primero asegurémonos de que alguien, en verdad, trata de asesinarlo. Si es así, lo descubriré y le diré quién es. -¿Y eso para qué me va a servir? -Puede neutralizarlo, hay maneras. -Pero entonces, casi no hay nada que yo pueda hacer. -Le diré qué hacer. Cecil Solano McKey se hundió más en el sillón, gimió algo parecido a un asentimiento y luego preguntó: -Pero, ¿quién puede querer matarme?


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-Los

que

alcanzan

a

hacerse

esa

pregunta,

saben

la

respuesta -contestó Stalin con la mirada perdida en el cuadro que tenía más próximo-. ¿Qué pasó con la flor? -La pisotearon en la confusión. -¿Está seguro de que todo esto no es un tango?


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TARDE

A las 2:30 de la tarde, una hora y media después de la entrevista con Solano, Stalin Falcón leía tranquilamente el libro de Thomas de Quincey que había pedido prestado a su cliente, y que no pensaba devolver. Luego de definir sus honorarios (S/. 200.000 por día de trabajo, más gastos), el detective

había

planeado

una

táctica

para

descubrir

si

Solano estaba verdaderamente en peligro: lo seguiría desde un bar situado en la parte antigua de la ciudad por una ruta en la que el posible perseguidor podía ser detectado


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con facilidad. Cecil ingresaría al bar, tomaría algo y luego recorrería algunas calles del centro hasta llegar a una parada del trolebús, se subiría a él y viajaría hasta la última estación del sur, quien lo siguiera quedaría descubierto vigilancia

al de

recorrer Falcón.

el

El

mismo

bar

trayecto,

elegido

situado cerca del Palacio de Gobierno,

era

el

bajo

la

Madrilón,

lugar que, según el

tópico de la prensa capitalina, “había acogido más de mil y un componendas y conspiraciones por más de cincuenta largos años de la agitada vida política nacional”. Esa tarde los periodistas

no

hubieran

hallado

en

el

bar

a

ningún

político; a más de Falcón, solo se encontraban en el lugar dos jóvenes enamorados. Stalin observó los gestos con los que

se

amaba

la

pareja

y

los

encontró

lamentablemente

afines con el decorado de floreros dorados y flores de plástico, tapicería de cuero artificial, lámparas de latón y litografías baratas. !Ah, el amor¡ “Otro gran filósofo -leyó el detective-, Marco Aurelio, estaba igualmente por encima de los prejuicios vulgares sobre el asesinato. Declara que es ‘una de las funciones más nobles de la razón el saber si es hora de irse del mundo o no’. Como ninguna clase de conocimiento es más rara que ésta, es seguro que debe de ser un temperamento muy filantrópico el del hombre que se propone instruir gratis a las gentes en esta rama del saber; y no con pocos riesgos para sí mismo”.


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De querer alguien instruir a Solano en el difícil saber del morir, pensó Falcón, no sería gratis. Si

Cecil

decía la verdad, por el procedimiento que habían seguido los responsables del asalto de hace una semana, se trataba de

sicarios

Cali

o

colombianos.

Medellín,

Usualmente

gente

poco

eran

contratados

refinada

para

matar

en e

indiferente al morir; venían en parejas y desarmados; en el país el contratante les conseguía las armas, por lo común pistolas de 9 mm. o revólveres calibre .38. Seguían a la víctima una semana o más y, el día señalado, robaban un automóvil o una motocicleta. Uno conducía y el otro se encargaba

de

disparar

toda

la

carga

en

el

tórax

del

objetivo, nunca disparaban a la cabeza, esas exquisiteces les parecían innecesarias. En el torso siempre se acierta y cien gramos de plomo son por lo común suficientes entre pecho

y

basurero

espalda; y

luego

cruzaban,

huían,

por

echaban

separado,

la

el

arma

en

un

frontera.

Si

el

escándalo por el asesinato era exagerado, uno lo hacía por Tumaco,

en

la

costa

del

Pacífico,

y

el

otro

por

el

Putumayo, en la amazonia. Cecil Solano McKey ingresó puntual al Madrilón, pidió un café que no tocó y, después de pagarlo,

se puso de pie

y se encaminó hacia la salida. Falcón cerró el libro y, mientras se levantaba, desabrochó la funda del revólver que traía en la sobaquera de su costado izquierdo. Salió un minuto después de su cliente para encontrarlo en la esquina


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de la Plaza de la Independencia; había poca gente en el lugar, por la hora y el día: unos cuantos turistas, varios vendedores

ambulantes

que

ofrecían

sin

entusiasmo

sus

mercancías, dos o tres predicadores estridentes y media docena de policías que vigilaban el Parque con la sudorosa solemnidad que les daba el sentirse rodeados por el Palacio Municipal, la Catedral Metropolitana, el Palacio Arzobispal y el Palacio de Gobierno. Tanto poder debía sofocarlos más que el sol. Solano había atravesado el parque sin apresurarse, con los pasos largos y el cuerpo erguido. En la rigidez de su cliente,

el

detective

casi

escuchó

un

grito

de

miedo;

observó cómo las palomas volaban desde la cornisa de la catedral hasta el suelo del pasaje que Solano recorría; las aves le parecieron obscuros golpes que se abatían sobre la espalda de su protegido; las muchas sombras del lugar se transformaron cualquier

en

asesino

refugios podía

de

obsidiana

disparar

y

la

desde luz

los

del

sol,

que al

definir con nitidez la espalda de Solano, se convirtió en una atroz enemiga. Dos hombres caminaban entre Cecil y Falcón, ambos vestían

con

musculoso,

descuido,

no

podía

el

uno

esconder

era un

un

mulato

revólver

en

ancho la

y

ligera

camiseta roja que le cubría el torso pero llevaba una bolsa de plástico en la mano izquierda, podía portar un arma en ella.

El

otro

sujeto,

pálido

y

muy

delgado,

tenía

la


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apariencia de un oficinista de principios de siglo: holgado traje negro de paño, gastado en los codos, y sombrero de fieltro del mismo color; podía ocultar sin dificultad una pistola bajo la suelta americana. Ambos individuos miraban con hastío lo que les rodeaba, fastidiados por el sol y la quietud: así mira el mundo un asesino, así debe mirarlo, pensó

Falcón,

y

comprobó

una

vez

más

que

su

revólver

estuviera suelto en la funda. Solano se introdujo en la calle Espejo, convertida en pasaje peatonal en el que, desde una hilera de puestos de venta, se ofrecen baratijas, santos

de

yeso,

hierbas

medicinales

y

revistas

pornográficas. Todos los vendedores miraron con aprehensión al cortejo que encabezaba Cecil, cerraba Falcón y tenía en medio

a

dos

posibles

asesinos.

Casi

el

tránsito

de

la

Pasión, se dijo Stalin. Llegaron a la parada del trolebús, el mulato se detuvo y, luego de apoyarse con solidez en sus cortas y fuertes piernas abiertas, metió la mano en la bolsa que llevaba; Falcón flexionó las rodillas mientras introducía su mano bajo la chaqueta de cuero. Casi sintió el crujido de la funda de plástico en la que el hombre de la camiseta roja asía un objeto. El detective supo que no iba a sacar el arma, dispararía a través de la bolsa; extrajo

su

transeúntes

propio con

el

revólver volumen

ocultándolo de

De

de

Quincey,

y

los

otros

apuntó

al

probable asesino. Pero el mulato sí extrajo la mano de la


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bolsa: sostenía una botella llena de un espeso líquido rojo, la agitó sobre su cabeza y empezó a gritar: -¡A la beneficiosa y magnífica Sangre de Drago sacada de las místicas plantas de la selva de nuestros antepasados; con sabidurías de los Jíbaros hemos elaborado la medicinal Sangre de Drago, buena para el mal de orina, para el ardor de

la

barriga,

para

la

debilidad

del

miembro

de

los

hombres. Sangre inocente porque no es de humano... La sangre casi había sido la del charlatán, Falcón había estado a punto de dispararle. Pero no hubiera sido sangre inocente, nunca lo es. Guardó el revólver y casi a la carrera ingresó en la parada del trolebús de la calle Guayaquil, el vehículo había llegado y subieron a él los tres: el hombre de negro, Solano y Falcón. Cecil, siguiendo las instrucciones del detective, buscó un asiento en la parte posterior del transporte, asegurándose de que nadie estuviera sentado a sus espaldas; Stalin permaneció de pie en el pasillo, frente a su protegido, y el hombre de negro se

acomodó

en

un

asiento

hacia

la

parte

delantera.

El

trolebús iba casi vacío, sus pocos ocupantes, amodorrados, parecían

moverse

con

una

lentitud

anormal,

fijaban

las

miradas en el exterior de las ventanillas como si vieran esas

casas

por

última

vez,

y

extendían

las

manos

para

frotarse los rostros macilentos como si en vez de carne, sus huesos estuvieran cubiertos con arcilla inerte.


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El hombre de negro se levantó y, caminando hacia la parte posterior del trolebús, se acercó a Falcón. Tenía la piel obscura y pálida y los ojos inexpresivos, secos como terrones.

Stalin

introdujo

su

mano

bajo

la

chaqueta

y

agarró la empuñadura del revólver. El hombre se detuvo un momento en el pasillo, resopló mirando a Solano y, girando hacia

la

colectivo.

izquierda, Diez

se

minutos

dispuso

a

después

bajar de

del

haber

transporte dejado

el

Madrilón, Stalin sabía que nadie iba tras de Cecil; nadie, ese día al menos, trataría de matarlo. A las cuatro y media de la tarde, el detective y su cliente se encontraban en el parqueadero en donde Solano había dejado su camioneta, una Toyota Hilux 4x4 de doble cabina, nueva, aún sin placas de registro. Mientras el encargado iba a sacar el vehículo, Falcón dijo: -Nadie se le ha acercado en estas dos horas. No parece que alguien quiera matarlo. -Deben

haberlo

visto

-acezó

Cecil-,

usted

hizo

mal

su

trabajo. -Tranquilícese -gruñó Falcón-. Hasta ahora solo tengo su historia de un asalto. No aparecen sus asesinos. Entonces escucharon la detonación apagada y el alarido del encargado del parqueadero quien, incrédulo, veía cómo los intestinos se le derramaban púrpuras sobre los muslos.


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NOCHE

Había caído ya la noche sin que Falcón se percatara del

paso

del

tiempo.

En

la

potente

luz

del

reflector,

contaba una y otra vez los frutos rojos que colgaban de los árboles, a uno y otro lado de Venus; era una ocupación exigente, el recuento se dificultaba por el follaje y la disposición años

atrás,

caprichosa que

eran

de

las

manzanas

manzanas).

Bajo

(había las

decidido,

frutas,

como

siempre, bailaban las tres gracias con sus abundantes y


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amadas carnes. Falcón, resignado a no saber con exactitud el número de las manzanas, acarició las nalgas de una de las danzarinas, y se alejó de ella para, sin dejar de observarla, sentarse en un sillón de su estudio. Como siempre que algo lo conmovía y desequilibraba, después de la muerte del encargado del parqueadero, se había

refugiado

reproducción

en

de

su

La

departamento, Primavera

de

frente

a

la

Botticelli,

gran para

apaciguarse en la observación de la pintura. La dulzura de la

imagen

pintada

quinientos

años

atrás

le

permitía

recordar sin dolor los últimos balbuceos del hombre que había

recibido

la

carga

de

perdigones

dirigida,

apariencia, contra Cecil Solano McKey. Alguien,

en

mientras

detective y cliente recorrían la ciudad, había sujetado con alambre, bajo el eje del volante de la Toyota 4x4, una escopeta

calibre

.16,

de

cañón

y

culata

recortados,

amartillada y con el gatillo atado al embrague. Cuando el encargado presionó el pedal, disparó el arma despedazándose el bajo vientre. Falcón, sosteniendo su inútil revólver en la mano, había asistido a los últimos balbuceos del pobre hombre; lo vio morir y casi pudo escuchar de esos labios, babosos y retorcidos, la pregunta: ¿qué pasó? El sujeto murió sin saberlo, y casi igual de ignorante, el detective había registrado la camioneta para retirar de la cabina todos los indicios que permitieran saber a quién pertenecía el vehículo, incluso la orquídea amarilla que una de las


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plumas sostenía contra el parabrisas. Luego, en un taxi, llevó

a

Solano

hasta

un

sitio

seguro

y

terminó

por

esconderse en su departamento. No es que en él se sintiera a salvo de la muerte, pero en su guarida, al menos, la sangre no salpicaba tanto. Falcón vivía en El Dorado, barrio que trepaba una de las laderas de la ciudad con un laberinto de escalinatas, parquecitos, desniveles y callejuelas. salir

de

su

departamento

(un

Se podía llegar y

dormitorio

y

un

estudio-

cocina-comedor llenos de libros) por cinco rutas distintas y hacia tres sectores diferentes de la ciudad, se trataba de un lugar seguro en el que sabía ocultarse con eficacia y del que era capaz de escapar con rapidez. El investigador había dejado a Solano en una casa de citas cercana, una antigua mansión convertida en un desordenado panal

de

prostitutas

pequeños baratas

cuartos y

que

camioneros.

alquilaban Stalin

travestis,

conocía

a

la

dueña, su cliente estaba seguro allí. El detective sabía que la camioneta no tenía registro, por tanto los policías tardarían en averiguar quién era su propietario. Además, había retirado la escopeta recortada de la parte baja del tablero para dejarla entre los desechos de un basurero cercano

al

lugar

del

homicidio,

las

investigaciones

no

tenían por qué vincular al dueño de la camioneta con el asesinato. Tenía, pensó el detective, como cuatro o cinco días para averiguar la identidad del asesino de su cliente


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y la de quien había contratado a los sicarios. Además, debería proteger a Solano de los asesinos. Luego de ese lapso, intervendría la Policía. Y todo el asunto, pensó Stalin, se armaba como un mosaico

alrededor

de

una

flor

amarilla

y

un

recuerdo

dorado. ¿No existía un cuento similar? En la casetera, Roy Orbison cantaba, con su voz de extremos, Blue Bayou. I feel so bad, time Since I left my Saving nickels, Looking forward

I got a worried mind; I´m so lonesome all the baby behind on Blue Bayou saving dime; working till the sun don´t shine to happier time on Blue Bayou...

I´m going back someday, come what may to Blue Bayou... Oh, some sweet day, gonna take away this hurtin´ inside...

Stalin conocía la sensación de haber perdido un lugar perfecto,

la

Arcadia

personal

que

a

todos

se

les

ha

extraviado. Él tenía la suya: cualquier lugar fuera de Quito. Odiaba esta ciudad en la que sucedían torpes dramas como el de Cecil; porque estaba seguro de que la pobre tragedia de Solano era uno más de esos tibios y mínimos infortunios

a

la

quiteña,

conflictos

que

no

llegan

al

desgarramiento ni al sacrificio, maldades que no se atreven a

ser

sórdidas.

Los

quiteños

solo

se

exceden

por

equivocación, se decía el detective, mientras recordaba los intestinos del hombre que había perecido en la camioneta de su cliente. En el caso de Cecil, a alguien se le había ido la mano y un miserable había muerto.


30

Falcón apartó los ojos de la tierna piel de las tres gracias

que

bailaban

en

el

sueño

de

Botticelli

para

fijarlos en los pétalos de la orquídea que había tomado del parabrisas

de

la

amarilla,

carnal

Toyota y

de

Solano.

maligna,

junto

La al

flor

permanecía

revólver

del

detective, sobre la mesita que ocupaba el centro de su estudio.


31

LUNES


32

MAÑANA

A las 7:30 de la mañana del día siguiente, lunes 22 de junio,

Stalin

construcción

de

entró

en

el

apariencia

Teatro

Cápitol,

decimonónica:

una

amplia

gran

platea,

tres niveles de galerías y más de quinientas butacas de terciopelo

rojo.

escenario,

colgaba

Entre un

las

telón

columnas

monumental

laterales que

años

del

atrás,

Falcón lo recordaba bien, había estado cubierto con una imagen bastante ramplona de Apolo y Baco: la exactitud de acción y el impulso desenfrenado. En su lugar, en la luz


33

amarillenta del teatro desierto, el detective enfrentaba un gran rostro de Cristo que parecía pintado con plástico de colores. El teatro se había transformado en cine primero y en templo protestante después; en su marquesina, en vez de películas se ofrecía “ORACIÓN FUERTE AL ESPÍRITU SANTO”, en horarios cómodos. Stalin sonrió al pensar que el destino del Cápitol siempre había sido el del fracaso: ni había pervertido las almas de los habitantes de la ciudad, como teatro, ni las exaltaría como templo; en Quito no pasa ni una ni otra cosa. -¡Acércate,

hermano

Falcón!

-tronó

una

voz

por

los

parlantes-. Deja que el Hermano Sebastián, como enviado del Señor Jesús, te libere de la atribulación de los pecados. “Porque el Señor me ha llamado desde las entrañas de mi madre y ha hecho mi boca como una espada aguda”. -Prefería

cuando

gritabas

que

“Los

capitalistas

y

reaccionarios son solo tigres de papel” -contestó Stalin mientras se acomodaba en una de la rojas butacas de la platea-. Aunque también recitabas los poemas del camarada: El presidente Mao Tse Tung es infinitamente bondadoso y sabio con el cielo por papel, los árboles por plumas y el océano por tinta, todavía le queda mucho por escribir.

Por

un

costado

del

escenario

apareció

el

Hermano

Sebastián, un hombre alto y gordo, rubicundo, con una larga cabellera plateada. Vestía un traje blanco de tres piezas que, Falcón siempre había sospechado, era copia del de esos


34

predicadores

de

Louisiana

que

atormentan

a

honestas

prostitutas en las películas de Hollywood. -Gozas recordando nuestro pecado al propagar esa doctrina atea -increpó tonante el predicador, mientras se acercaba al detective y ocupaba un asiento a espaldas de Falcón, quien no se volvió para mirarlo. -Decías que la militancia es un sacerdocio -recordó Stalin sonriente, con la vista fija en el rostro plástico del Cristo que, pintado en el telón, ocultaba el escenario. -¡Pero yo sé que serví a Satanás en esos años! -suspiró contrito Sebastián; luego soltó una carcajada que a Falcón le hizo pensar en el tañido bronco de una campana de lata, y

abandonando

el

tono

solemne,

preguntó

-¿qué

quieres

ahora, que te vuelva a esconder, en nombre de los tiempos en

que

éramos

estudiantes

de

Filosofía

y

Letras

y

revolucionarios maoístas? -No, ahora no necesito eso -dijo Falcón mientras giraba para encarar a su interlocutor-. Necesito información. -¿Al fin vas a aceptar al Señor Jesús como tu salvador personal? -No

me

interesa,

aunque

debo

reconocer

que

has

tenido

bastante éxito en el negocio de la salvación. -No hace falta que te burles; yo, como Pastor, solo les doy paz a mis corderos y ellos me devuelven algo en joyas, dinero...


35

-Otro día me cuentas de tu auge espiritual. ¿Has oído algo sobre unos sicarios contratados en las últimas semanas? -El éxito de mi ministerio entre los hermanos que infringen la ley de los hombres depende de mi discreción, hermano Stalin. No es seguro hablar de sus negocios, ellos saben que “el poder nace del fusil”. -Yo sé que esos hermanos tuyos te cuentan cosas a cambio de que los escondas y de otros favores. También me necesitas a mí, así que dime, ¿qué has oído? -Esos asuntos se arreglan directamente en Colombia, pero los

rumores

sicarios

llegan

necesitan

hasta apoyo

acá, para

sobre escapar

todo

porque

después

de

los que

cumplen los trabajos. En estos días están por aquí dos pecadores de esos, por lo que sé, vinieron para ocuparse de una mujer, una abogada. -¿No han venido otros? -No que yo sepa, pero a veces vienen y los esconde el que les contrata, si es así no se sabe nada de ellos. -¿Me llamarás si sabes algo? Tienes el número de mi beeper. -Todo sea por los viejos tiempos, Falcón. -Y

por

mis

contactos

en

la

Policía.

Nos

necesitamos,

Sebastián. Hay algo más, pregunta sobre Cecil Solano McKey. -¿Qué debo averiguar? -Lo que te digan estará bien, cualquier cosa. Falcón se puso de pie y sin despedirse recorrió el pasillo hasta el cortinaje que ocultaba la salida, antes de


36

atravesarlo se volvió para observar al Hermano Sebastián quien, hierático, lo bendecía a la manera hebrea; había tanta inquina en su expresión que el detective no pudo evitar una sonrisa. Stalin

abandonó

el

teatro

Cápitol

por

una

de

las

salidas de emergencia y, cuando estuvo seguro de que no lo seguían, se encaminó hacia la casa de citas en que había ocultado a su cliente. Cuando cruzó el portal de la antigua mansión sintió el olor rancio del lugar y pensó que el sexo, al fin de cuentas, no era algo tan sublime si se podía,

en

esa

atmósfera,

conseguir

erecciones.

“Nuestra

cultura sobrevalora ese asunto de los orgasmos”, se dijo mientras atravesaba el largo pasillo al que se abrían los pequeños cubículos utilizados por las prostitutas. Llegó por fin a una especie de salón en el que se mezclaban adornos polillas,

de

caucho, muebles

gobelinos de

hierro

casi y

destruidos antiguos

por

las

sillones

desvencijados. El lugar, que tenía las paredes cubiertas con posters de Juan Gabriel, se llenaba con una música facilona,

lastimera

y

quejumbrosa

cantada

por

algún

bolerista de voz atiplada que contaba sus amores patéticos haciendo abuso de graves y pesarosas palabras: Hemos jurado amarnos hasta la muerte Y si los muertos aman Después de muertos Amarnos más...

¿Qué sería de las putas sin boleros?, se preguntó Falcón. No alcanzó a responderse. Un travesti envuelto en


37

una túnica transparente, con la cabeza llena de ruleros y el rostro cubierto de crema saltó sobre él para darle en la boca un largo beso que el detective aceptó resignado. -¿Cómo estás, Malena? -saludó Stalin mientras se limpiaba la barba. -Bien, ahora que te he visto, mi amor -gimoteó el travesti con una voz en la que se mezclaban los tonos graves y los agudos-, “y yo que te pregunto, que cuándo, cómo y dónde”. -Quizás, Malena -rió Falcón-, quizás. -Yo sé que nunca, mal hombre. ¿Qué quieres? -¿Dónde está el tipo que dejé aquí anoche? -Encerrado en la pieza doce, mi amor. No ha salido ni para mear. -¿Ha venido alguien para hacer preguntas? -No, corazón, no ha pasado nada raro. -¿Me haces un favor, Malena? -Si eso es lo que quiero, amoroso. -Llama al Cobra, que venga en media hora. Le tengo un trabajito. -Está hecho, mi hombre. Falcón besó la mano de Malena en un gesto antiguo y se dirigió hacia la habitación señalada. Al entrar en ella sin llamar, encontró a su cliente recostado en un catre sucio, con la mirada perdida en el paisaje que le permitía ver una estrecha ventana polvorienta: dos viejas paredes en esquina y un móvil conjunto de palomas pardas que se picoteaban


38

unas a otras. El detective sintió la perspectiva de ratón acorralado desde la que Solano McKey contemplaba el mundo esa mañana. -¡Al fin llega! -increpó Cecil al ver al detective en el vano de la puerta- ¿cómo se le ocurrió dejarme aquí? La mujer dueña de esto no me ha dejado en paz, y no sé qué es lo que sucede. ¡No soy su prisionero! -No es mujer -interrumpió Stalin-, es travesti, dice que nació en Argentina y que se llama Malena. -No me importa el sujeto ese, lo que me importa es lo que me

ha

pasado.

¿Por

qué

abandonamos

mi

camioneta,

sabe

cuánto me costó? No quiero perderla. Yo le exijo que... -Puede hacer dos cosas -señaló Falcón mientras se sentaba en una silla roja, el único mueble del cuarto a más del catre-: lo que yo le diga o salir de aquí y explicarle a la Policía por qué un infeliz murió en su camioneta. -No quiero ir donde los policías. Usted, ¿qué propone? -Ya se lo dije. Puedo, en primer lugar, protegerlo de los sicarios,

si

en

verdad

hay

unos

contratados

para

asesinarlo... -¡Cree que le estoy mintiendo, que todo son alucinaciones mías! -Hasta ahora solo tengo evidencia de que alguien lo asaltó. La

trampa

puesta

en

su

vehículo

la

pudo

instalar

cualquiera, no necesariamente un asesino contratado; esas escopetas de un solo cañón recortado se venden libremente


39

por

poco

más

de

setenta

mil

sucres,

cualquiera

puede

desmontarles la culata con un destornillador y atarlas con alambre bajo el tablero de un automóvil. Su camioneta no tenía alarma y la abrieron rompiendo la cerradura de una de las puertas posteriores. Hasta usted pudo ponerla ahí. -¿Está loco? Ahora resulta que yo soy su sospechoso -Cecil, mientras

Stalin

hablaba,

se

había

encogido

contra

el

espaldar del lecho que ocupaba. La vieja pared en que se apoyaba el catre pareció, a los ojos del detective, a punto de desmoronarse sobre su cliente. -Mi

trabajo

Falcón

es

mientras

pensar

todas

miraba

las

las

posibilidades

sombras

-aceptó

peligrosamente

suspendidas en el alto cielo raso-, déjeme terminar. Lo protegeré de los sicarios, si existen, y, sobre todo, voy a averiguar quién los ha contratado; su posible asesino será alguien

muy

cercano

a

usted.

Nadie

contrata

a

unos

criminales para matar a un extraño. -Lo que dice es una estupidez, ninguno de los que me rodean podría hacer algo así, ninguno. -Siempre podemos confiar en

la capacidad de la familia y

los amigos para asombrarnos. -No le permito que diga eso de mis familiares. -Empecemos. -¿Aquí? -Yo no busco pistas con una lupa, señor Solano. Yo pregunto y escucho.


40

-¿Qué quiere que le diga? -La flor amarilla, ¿qué significa? -No

bien.

Es,

como

le

conté,

algo

que

me

trae

un

recuerdo impreciso, algo del pasado. -Bien -dijo Falcón mientras extraía una pequeña libreta de su bolsillo y se disponía a leer-, le voy a decir lo que averigüé sobre su pasado antes de nuestra cita de ayer: Cecil Solano McKey, cuarenta y ocho años, divorciado y con una

hija

de

Economía

veinticuatro

en

la

años

Universidad

de

nombre

Católica,

Alma. sin

Estudió

llegar

a

graduarse, y se ha dedicado a distintos negocios en la provincia

del

Cotopaxi.

Es

hijo

del

doctor

José

María

Solano de la Sala, fue funcionario de las Naciones Unidas, experto en desarrollo; en la actualidad está jubilado y vive en Mallorca; su madre, Grace McKey de Solano, es hija de

Cecil

X.

principios terminó

McKey,

de

casado

siglo con

un a

aventurero

buscar

la

el

heredera

inglés

tesoro de

un

que

de

vino

a

Atahualpa

y

terrateniente,

encontró el tesoro por lo visto; su madre es aún poseedora de

varias

compromiso

haciendas político

muy y

ha

productivas. vivido

No

siempre

se

le

alejado

conoce de

la

Capital. Tiene un hermano menor, Franck Solano McKey, de cuarenta y un años, abogado, con una maestría en gestión pública en Harvard. Ha participado en política y, en la actualidad,

es

representante

del

Ecuador

ante

el

Banco


41

Interamericano de Desarrollo, por lo que vive en Estados Unidos y está casado. ¿Falta algo? -¡Cómo se atrevió a investigarme! Falcón pensó que, si no fuera por reacciones como la de

su

cliente,

él

tendría

alguna

esperanza

en

sus

conciudadanos. -Es una práctica común. Además, señor Solano, no fue un gran trabajo: la mayor parte de sus antecedentes los saqué del “QUIEN ES QUIEN EN QUITO”. No entiendo cómo hace dos años dio toda esa información y, ahora, se enfurece por que la tengo. Será que ustedes los quiteños dan sus datos a los editores de ese libro con la esperanza de que nadie los va a leer -supuso Falcón mientras sonreía-. Por otro lado, como le habrá dicho quien me recomendó, fui investigador de la Policía Técnica Judicial hace años; me quedan contactos. A propósito, ¿quién le dio mi nombre? -El

dueño

del

Hotel

Miralago;

usted

lo

ayudó

con

un

problema hace un año. -¿Cuando parecía que él era el narcotraficante y no su administrador? Sí. Bueno, volvamos a la flor amarilla. ¿Qué tiene que ver con su pasado? -Los informes que leyó son ciertos. Ese es en resumen mi vida, en datos concretos. Pero no le servirá; esa flor solo me recuerda algo impreciso, como le he dicho, nada exacto, nada...


42

-La orquídea es una flor parásita, algo así como un vampiro vegetal y de colores, supongo; una de esas flores exóticas que se cultivan en invernaderos o en jardines botánicos. Aunque

se

encuentra

en

muchos

climas,

crece,

principalmente, en el trópico. ¿Usted vivió ahí? -Nunca.

Allí

el

clima

es

húmedo

y

casi

siempre

está

nublado. No me gustan los lugares así. No, lo que siento al ver esa flor es una sensación de calor seco. -¿Solo esa sensación? -Son solo sensaciones que no puedo ubicar. Un calor seco en la piel, como del sol; el viento en el pelo, un viento lleno de polvo que hacía sonar unos ruidos de hojas que daban sombra, el sabor del polvo en los labios, un sabor agradable. -¿Y el olor? -A hierba seca. -¿Qué imagen se relaciona con toda esa sensación? Solano miró por un momento el repugnante grupo de palomas que se compactaba en una masa movediza y parda frente a la ventana y dijo: -No puedo, licenciado, no me acuerdo del lugar, no puedo ver los objetos. Es como si solo fuera capaz de recordar algo de lo que vi, una parte. -¿Qué? -Me

he

olvidado

de

las

cosas,

solo

tengo

presente

resplandor, el esplendor que hacía brillar las cosas.

el


43

Falcón guardó silencio un momento antes de afirmar: -Nunca olvidamos, señor Solano. Ese es un consuelo que no tenemos,

nuestro

pasado

siempre

está

inscrito

en

las

neuronas. Olvidamos al perder la posibilidad de traer a la memoria esos registros, olvidamos por piedad con nosotros mismos, creo. Pero siempre se puede recordar. -¿Olvidamos por piedad? -O por miedo, a veces preferimos un punto negro a una imagen dolorosa. No es un proceso consciente. -Habla

y

dice

tonterías

-gruñó

Cecil-,

¿cómo

me

puede

ayudar todo esto? -Este es el recuerdo, o el olvido, más importante de su vida. -Solo tengo sensaciones incoherentes. -No.

Tiene

una

sensación

coherente

de

plenitud,

una

nostalgia de un esplendor que fue, es decir, la sensación de que perdió algo, un momento de luz. Falcón

calló

al

darse

cuenta

de

que

ese

momento

dorado, probablemente, Solano nunca lo había vivido. Tal vez

siempre

había

tenido

el

recuerdo

y

nunca

vivió

el

momento que, supuestamente, lo motivaba. Un recuerdo podía ser también como esos huesos de diplodocos, los cuales, según decían los clérigos del siglo pasado, fueron creados por Dios junto con el mundo para probar nuestra fe, sin que jamás existieran los dinosaurios que, por su tamaño, no hubieran podido salvarse en el Arca de Noé.


44

-Estoy satisfecho de mi vida -afirmó Cecil sin abandonar su lastimosa postura sobre el catre-. No creo que eso de la pérdida tenga nada que ver conmigo. -Señor Solano -espetó Falcón perdiendo la calma-, usted tiene casi cincuenta años, está escondido en una pensión de putas, alguien trata de matarlo y solo tiene como aliado a un ex policía. Tanta solvencia no le sienta. Cecil acusó el golpe hundiéndose entre las sábanas inmundas, sin responder nada. Durante un largo rato en la habitación

se

escuchó

solamente

el

sordo

rumor

de

las

palomas. Finalmente, Solano preguntó: -Usted, ¿por qué es detective? -Hace

diez

años

no

tenía

trabajo,

no

tenía

nada,

en

realidad. Y abrieron un curso para universitarios graduados que quisieran trabajar en la Policía Técnica Judicial que se iba a crear. Llegué a sargento en la PTJ, después me independicé. -¿Es abogado? -No, soy Licenciado en Pedagogía. -Yo nunca quise estudiar. Con el dinero que heredó mi madre me dediqué a los negocios. -Su recuerdo relacionado con la flor amarilla no parece vinculado al tiempo de trabajo ni al de estudios; más bien es de una temporada de vacaciones de verano. -Sí -confirmó Cecil-. Viví algunas temporadas así, pocas. -¿Junto a quién?


45

-A

mi

padre.

En

los

meses

de

vacaciones

salíamos

a

excursiones muy largas por las montañas. Pasaba también con mi madre, luego con mi esposa, Regina De la Cueva, ahora ex esposa, y creo que alguna vez con mi hija Alma. -¿Y su hermano Franck? -Es casi diez años menor que yo. El siempre estaba con mi madre,

era

como

su

mascota;

a

seguía

llorando

a

todas

partes. En el verano, mientras yo era adolescente, Franck pasaba pegado a las faldas de mi madre. Nunca compartimos nada. -¿Alguien más? -Tuve un amigo muy íntimo hasta hace como veinticinco años. También

pasábamos

las

vacaciones

juntos.

Se

apellidaba

Signorelli. No lo he visto en años, creo que se dedica a las importaciones. -Luca Signorelli. -Sí, Luca. -Mal asunto, Signorelli es un tipo peligroso, con vínculos en Colombia. -¿Por qué querría él matarme, después de tantos años? -Eso es lo que tenemos que descubrir: ¿Por qué uno de los cuatro quiere matarlo? -¿Ellos son los sospechosos? -Hasta el momento. -¿Incluso mi madre?


46

Falcón

extrajo

del

bolsillo

su

botellín

de

pisco,

bebió un trago y dejó que el ominoso rumor de las palomas respondiera la pregunta hecha por su cliente quien, con su roja

boca

pulposa,

hizo

un

puchero

verdaderamente

repulsivo. Temeroso de que Cecil se echara a llorar, Falcón dijo: -Tenemos cuatro o cinco días hasta que la Policía rastree su camioneta. -¿Por qué, para qué? -Los policías querrán saber cómo está relacionado con la muerte del hombre del estacionamiento; en el peor de los casos, lo encerrarán en el Centro de Detención Provisional. Si

es

así

no

podré

protegerlo,

en

ese

sitio

pueden

asesinarlo por medio millón de sucres. -¿Qué va a hacer? -Usualmente lo mantendría oculto mientras investigo a los sospechosos.

Pero

no

tenemos

tiempo.

Visitaremos

a

los

cuatro en los proximos días, de preferencia tendremos una entrevista diaria, debo hacer algunas investigaciones por mi cuenta entre visita y visita. -¿Los visitaremos usted y yo? -Sí. Nos acompañará un amigo, como seguridad. -¿Quién? -Le dicen El Cobra Beltrán, fue comando del ejército y es boxeador en la actualidad. Me ayuda en situaciones como


47

ésta,

es

de

confianza;

lo

auxilié

hace

años,

cuando

trabajaba en la PTJ. ¿Visita a su madre y a los otros? -A mi madre sí, no con frecuencia pero la visito. Mi hija y mi ex mujer... no las he visto en mucho tiempo; es difícil que me quieran recibir. -¿Si les dijera que quiere entregarles una importante suma de

dinero?

Algo

relacionado

con

un

negocio

que

les

propondrá. -Sí, por ese motivo me reciben o van a donde yo les diga. Queda solo Signorelli; como no lo he visto en tantos años no creo que pueda ubicarlo ni hallar un motivo para que tengamos una entrevista. -Sé donde está la oficina de importaciones que usa como pantalla. Le recibirá si le dice que quiere contratarle para que garantice la seguridad de una cadena de hosterías que

piensa

instalar

en

territorio

colombiano,

que

representa a alguna empresa internacional. -¿Cómo? -A eso se dedica su antiguo amigo, a intermediar entre los empresarios

de

las

multinacionales

y

la

guerrilla

colombiana. Por eso creo que es el principal sospechoso. -Pero si los visitamos, el asesino se va a alertar. Todo esto es absurdo -se resistió Solano mientras cubría la mitad

de

su

descarnadas-,

rostro usted

con me

sus

trata

manos como

a

largas, un

blancas

prisionero;

y me

encierra aquí, me dice que haremos cosas; me dice que mi


48

madre o mi hija pueden ser mis asesinas y eso es imposible, eso no lo puedo aceptar. Pero sí lo podía aceptar. Falcón supo que Cecil sí era capaz de concebir como sus asesinas a esas mujeres que debían amarlo; miró a su cliente que se enmascaraba el rostro con los dedos nudosos y crispados; sus manos, como dos mariscos pálidos, le cubrieron los ojos cada vez más perdidos, más incapaces de fijarse en su interlocutor, cada vez más vacuos. El detective supo que estaba perdiendo a su cliente; no es que le importara mucho, el equilibrio mental de

Solano

McKey

no

era

asunto

suyo

pero

lo

necesitaba

medianamente lúcido para hacer su trabajo. -Señor Solano -dijo lentamente Stalin-, puede confiar en mí, tengo experiencia en estas cosas. Vamos a visitar a los sospechosos, a conversar con ellos. Alguien lo odia tanto como para mandarlo a matar y un sentimiento así no se puede esconder; es lo que le mantiene las carnes juntas al que lo siente. Tal vez usted no lo capte, pero yo voy a estar ahí, yo

lo

voy

a

percibir.

Cuando

sepamos

quién

es

su

enemigo, lo podrá enfrentar. -¿Cómo lo enfrentaré? -preguntó Solano. -Ya veremos; puede decirle que ha contratado a un asesino que

actuará

contra

él

o

ella

si

usted

muere

en

forma

violenta. También puede declararle su amor; no sé qué sea más devastador, en este caso.


49

-Le entiendo -murmuró Cecil, que había alejado las manos de sus mejillas para mirar, por una vez, directamente a los ojos del detective. Pero Falcón sabía que la respuesta positiva de su cliente era solo un esfuerzo más que el sujeto hacía para no pensar en que cada quien alimenta cuidadosamente al que ha

de

ser

su

asesino,

para

no

reconocer

que

él

había

alimentado a varios, tal vez no con odio ni con crueldad: La desidia y el abandono son también excelente estiércol para abonar el rencor. -Bien. Si es así, al trabajo. Soy su nuevo socio, así tiene que presentarme. -No

parece

hombre

de

negocios

-dijo

Solano

mirando

la

apariencia de Falcón, que vestía una chaqueta de cuero tipo piloto,

camisa

de

franela

a

cuadros,

jeans

y

zapatos

deportivos. -Diga que soy sociólogo; no, mejor ingeniero civil. En ese momento la puerta del cuarto fue azotada por unos puños gigantescos, Solano se incorporó del catre con tanta celeridad y torpeza que cayó a los pies de Falcón, quien tranquilamente invitó: -Pasa Cobra, pasa. Un hombre abrió la estrecha puerta para atravesar con dificultad entre las jambas. Era de estatura muy baja; junto a él, Stalin parecía alto, y Cecil, que se había levantado ya del suelo, un gigante flaquísimo. El cuerpo


50

del recién llegado era cilíndrico y muy ancho, todo él parecía labrado en una piedra rugosa. Vestía un discreto traje gris. Él sí parecía un hombre de negocios, se dijo Falcón quien, divertido, observó la aprehensión con que Solano miraba la cabeza rapada del ex comando, que se había quitado el sombrero de ala gacha. Beltrán saludó con voz grave: -Para lo que mande mi sargento. -Tenemos que cuidar aquí, al señor Solano. -¿Es gringo? -No. -Parece gringo -afirmó el boxeador con desconfianza. -Sea lo que sea, lo quieren matar y vamos a protegerlo. -Está bien, los gringos también son gente. -¿Viniste armado? -Como siempre que usted me llama -dijo El Cobra sacando de su

amplia

pavonado

cintura desgastado

una

pistola

demostraba

Browning el

de

frecuente

9

mm.,

uso

cuyo

que

se

hacía de ella. -Está bien entrenado y es muy buen tirador -informó el detective a su cliente-; cobrará lo mismo que yo estos dos días que lo acompañaremos. Cecil aceptó con un gesto. A las 8:45 de la mañana los tres dejaron la habitación y recorrieron el pasillo para desembocar en el portón de la casa de citas. Desde el interior, una voz meliflua reprochó:


51

-Falcón, mi amor, te vas sin despedirte, como siempre. Todos los hombres son unos canallas. Stalin sonrió mientras ordenaba al Cobra: -Nos seguirás en tu auto; el señor Solano y yo viajaremos en taxis. Cuando vayamos a pie irás unos seis metros tras de nosotros. -Entendido, mi sargento. Solano McKey se dejó llevar hasta un taxi que abordó junto

a

Stalin,

al

tiempo

que

El

Cobra

subía

a

su

gigantesco, viejo y reluciente Chevrolet Caprice. -¿A dónde vamos? -preguntó Cecil, hundido en el asiento del automóvil. -El primero será Luca Signorelli -le comunicó Falcón. Por

las

aceras,

la

gente

se

apresuraba

hacia

sus

trabajos: jovencitas carnosas, hombres solos, madres con sus niños. Todos proyectaban sobre el pavimento sus largas sombras matutinas. Todos, Falcón incluido, podrían estar muertos al atardecer. Unas calles antes de la oficina de Signorelli, el investigador teléfono

y

su

monedero;

cliente

dejaron

allí,

Solano,

el

taxi

por

cerca

de

indicación

un del

detective, hizo unas cuantas llamadas. Beltrán había estacionado el automóvil a tres o cuatro metros de sus protegidos, se apeó de él y caminó, compacto y confiado, hasta ubicarse en un punto desde el que pudiera cubrir las espaldas de Stalin y Cecil. El detective, al


52

mirar a su asistente, casi pudo ver por sus pequeños ojos de piedra negra. Beltrán observaba cada resquicio de sombra en el que pudieran ocultarse los asesinos, como quien trata de dominar con la mirada a una bestia negra,

multiforme y

mortal. Stalin vio el largo cuerpo de su cliente, encorvado sobre el aparato telefónico. Cecil, dentro de una caja de aluminio y cristal, helada y llena de aristas, se veía como un pelícano vulnerable y repulsivo. Cuando terminó de usar el teléfono y luego de colgar el auricular, pareció por un momento indeciso sobre cuál de los malditos costados de la cabina era la puerta; extendió las manos, optó por el lado correcto

y

pudo

finalmente

abandonar

el

cubículo

transparente para acercarse a Stalin e informarle: -Mi ex esposa nos espera mañana a medio día y mi madre el día

miércoles,

para

el

almuerzo.

Mi

hija

solo

podía

recibirnos el jueves en la mañana. -Bien

-aceptó

Falcón

mientras

se

ponía

en

marcha

para

recorrer, bajo la vigilancia de El Cobra, las cuatro calles que los separaban del despacho del antiguo amigo de Solano McKey-.

Necesito

que

me

cuente

lo

que

recuerda

de

Signorelli. -Usted debe saber de él más que yo, no lo he visto en años. -Me interesa lo que usted sabe.


53

Cecil caminó unos pasos; Stalin miró de reojo su andar desgarbado y ausente, casi había decidido insistir en su pregunta cuando empezó: -Era un niño violento. -¿Con usted? Falcón percibió que los pasos de su cliente se hacían más

lentos

y

cuidadosos

conforme

se

adentraba

en

sus

recuerdos, era como si en vez de caminar sobre la calle lo hiciera encima de una superficie nublada y engañosa. -No. No conmigo, a mí me cuidaba siempre. Parecía furioso por algo, todo el tiempo. Era muy rubio, como... como... -Como un ángel. -Sí

-convino

Cecil

quien

seguía

desplazándose

cautelosamente por su memoria-, como un ángel. A veces hacía

cosas

que

nos

daban

miedo

y

a

él

le

gustaba

asustarnos. -¿Qué cosas hacía? -Tuvo un perro por años. Una noche, mientras estábamos reunidos

varios

amigos,

jugando

con

una

pistola

de

mi

padre, le disparó; no llegó a darle al pobre animal, tal vez ni le había apuntado bien. -¿Por qué disparó? -Para asustarnos, supongo. -¿Qué más recuerda de ese momento? -Él sonreía. Parecía un ángel.


54

Llegaron por fin al edificio de oficinas en donde Signorelli tenía la suya. Beltrán permaneció en la planta baja, sólido y atento, mientras Falcón y Solano subían en el

ascensor.

Cinco

minutos

después,

y

tras

sortear

un

guardaespaldas peligroso y alerta y una secretaria aún más matonezca, los recibió Luca Signorelli. Falcón lo miró: erguido tras su escritorio de cristal, se veía como un ángel. Cecil caminó, seguido de Falcón, hacia su antiguo amigo, mientras saludaba: -Perdona que me presente sin una cita previa, Luca. -Los negocios son los negocios, pero los amigos son los amigos, Cecil. Bienvenido. Toma asiento, por favor. Los tres hombres se acomodaron en unos sillones de líneas

funcionales,

entre

adornos

de

cristal

y

acero.

Stalin percibió un cambio en los movimientos de su cliente, el andar cuidadoso con que se desplazaba mientras recordaba su

niñez

rígido:

se se

había instaló

convertido en

su

en

asiento

un

tránsito

como

si

envarado,

los

brazos

metálicos del sillón pudieran herirlo de alguna forma y puso las manos sobre sus rodillas para protegerlas del borde nítido de la mesa de cristal que ocupaba el centro de la sala. Miró los amenazadores salientes de la araña de aluminio que pendía del cielo raso de la oficina y luego de tragar saliva dijo:


55

-Te presento al licenciado Falcón, es mi socio... mi asesor en un negocio de hotelería,

por eso te hemos venido a

molestar.

sus

Signorelli, rubio, refinado y muy erguido,

observó a

huéspedes

dejar

sonreír;

con

luego

sus

cruzó

ojos la

azulísimos,

pierna

para

sin

mostrar

el

de fino

calcetín que le cubría la pantorrilla y dijo: -Falcón, de lo que tengo entendido la hotelería no es su línea de trabajo. -Usted sabe a qué me dedico -respondió Stalin sintiendo que la

sonrisa

del

italiano

tenía

tantas

aristas

como

el

mobiliario de su oficina-, precisamente es en el área de la seguridad que asesoro al señor Solano. -Bien -convino Signorelli-, si es así, ustedes dirán. Cecil miró incómodo al detective y permaneció mudo. Stalin tuvo que iniciar el diálogo. -El señor Solano y un grupo de accionistas extranjeros piensan instalar una serie de hosterías en el Putumayo, en la zona ecuatoriana. Las perspectivas del Ecoturismo en Europa son grandes, es un gran negocio. Sin embargo, el inconveniente son las posibles acciones que la guerrilla colombiana... -¿Y qué tengo que ver con eso? -preguntó Luca mientras juntaba frente a su rostro las finas yemas de sus dedos. Parecía implorar una explicación, aunque la dureza de su sonrisa

no

había

disminuido-.

Yo

soy

solamente

un


56

comerciante

dedicado

a

las

importaciones

y

a

las

exportaciones. Falcón aprovechó el momento para cambiar la dirección de la conversación. -El señor Solano me dijo que podía confiar en usted, que se conocen desde niños. ¿No es así, Cecil? -Sí -respondió el interpelado-, eso es verdad. -Ustedes pasaban vacaciones juntos, según me ha contado insistió Falcón, en un intento de encaminar el diálogo. Afortunadamente Solano reaccionó y dijo: -Pasábamos

mucho

tiempo

juntos.

Las

vacaciones

en

las

haciendas de mi madre. ¿Te acuerdas? Signorelli

casi

dejó

su

sonrisa

angelical;

Stalin

percibió que se sentía muy incómodo al abandonar de alguna manera

su

modernísimo

despacho

para

internarse

en

las

rememoraciones que Cecil conjuraba con torpeza. -Sí. En las haciendas de tu madre. ¿Cómo están doña Grace y tu hermano? -Bien, gracias. -El pequeño Franck se ha vuelto importante -comentó Luca. -¿Tú crees? -le respondió su antiguo amigo. -Son bellos momentos los de la juventud -intervino Falcón en un cuidado tono chabacano-, todos tenemos los mismos recuerdos gratos de esa edad. -Sí -asintió el italiano casi desconcertado.


57

-La confianza surge de compartir recuerdos -continuó Stalin en el mismo tono-. Ustedes tendrán muchos:

una hacienda,

caballos, la naturaleza, las flores... Casi con asombro, Stalin vio cómo Solano se erguía en su

sillón,

entre

los

hirientes

brazos

de

metal,

y

comentaba, agarrando el cabo que él le labía echado: -Yo me acuerdo más de los caballos, era buen jinete en esos días. ¿Qué recuerdas tú, Luca? -Yo terminé por ser mejor jinete. -Eras más rápido y más porfiado. Siempre terminabas por hacer lo que te proponías, en todo. -Tú me enseñaste. -Y después tú guiabas las excursiones. -Dos,

tres

días

a

caballo

por

el

páramo.

No

creo

que

podamos vivir de nuevo nada parecido. - Es verdad -la rigidez de Solano aumentó al punto que su columna

vertebral

llegó

a

parecerle

a

Falcón

una

vara

quebradiza. El detective supo que los recuerdos de las vacaciones vividas se mezclaban en la mente de Cecil con una casi palpitante orquídea amarilla y la ciega amenaza de la muerte-. Y había flores, y polvo, y sol -terminó Solano en un murmullo. -Lo

que

más

recuerdo

son

las

alturas

-continuó

Luca

mientras adoptaba una posición más suelta en su sillón-, los

desfiladeros;

páramo...

y

creo

que

unas

flores

rojas

del


58

-Sí -interrumpió Cecil-. Así conocimos toda mi hacienda. -Tu

hacienda

-repitió

Signorelli,

luego

los

tres

permanecieron callados un momento. Falcón

aprovechó

el

tirante

silencio

de

los

dos

antiguos amigos para pensar sobre su vínculo. En las pocas palabras intercambiadas había intuido un patrón, una forma de relación, una manera de atraerse y herirse tan intensa que pareció imantar los metales que decoraban la oficina. El

detective

decidió

intervenir

para

incrementar

la

tensión. -¿Siempre pasaban las vacaciones en la hacienda del señor Solano? -preguntó. -De los padres de Cecil -aceptó Signorelli-. Mis padres no tenían propiedades. -Con el tiempo dejamos de vernos -dijo Solano cerrando el deambular por los recuerdos que apenas había comenzado. Falcón intervino de nuevo para impedir que con su huida Cecil terminara la conversación. -Es extraño que se dejaran de ver. Por lo que cuentan eran muy amigos. ¿Qué pasó? -Me fui a un viaje por el extranjero, cuando terminamos el colegio. Fueron varios meses, quería conocer

Europa, sobre

todo Escocia, la tierra de mi abuelo materno. -No

me

dijiste

que

te

ibas,

yo...

-Signorelli,

muy

incómodo, dejó su sillón para acercarse al escritorio de cristal y ocultar así su rostro de las miradas de sus


59

huéspedes-

yo

debía

empezar

a

trabajar,

mi

padre,

a

diferencia del tuyo, no podía pagarme viajes ni estudios. Era un empleado, nada más. Cecil, que se había mantenido rígido entre los brazos de metal de su sillón, pareció relajarse; tomó una revista de la mesa central de la salita y la hojeó sin mucho interés. El italiano se volvió para mirar a su antiguo amigo, había perdido su expresión de ángel perverso, se veía vulnerable. Su debilidad duró una fracción de segundo, de inmediato retomó su actitud habitual y dijo: -La

vida

fue

distinta

para

los

dos,

pero

ahora

ambos

hacemos negocios y a eso han venido. -Es verdad -reconoció Falcón quien, aunque ya había visto suficiente,

decidió

provocar

una

última

reacción-.

Los

recuerdos no son muy provechosos, son gratos pero inútiles. Como esa flor amarilla que guarda usted en su escritorio concluyó apelando a Cecil, quien se mantuvo en silencio. -¿Cómo? -preguntó Signorelli extrañado. -Me refiero a una orquídea amarilla que Cecil guarda como recuerdo. -Señores dejemos

-casi lo

de

gruñó los

Luca,

fastidiado-,

recuerdos.

Han

les

venido

a

ruego

que

hablar

de

turistas, entiendo, no de flores. -Hablando

de

turistas,

señor

Signorelli

-dijo

Falcón

mientras se ponía de pie-. ¿Podemos contar con usted para garantizar la seguridad de la inversión?


60

-Necesito más datos; ustedes me han informado muy poco del negocio. -Sobre montos y otros detalles hablaremos luego. De momento nos interesa saber si podemos contar con su asistencia en el proyecto. -Previo el pago adecuado, Cecil, se consigue todo -aceptó el italiano. -Gracias -terminó Stalin-, es lo que deseábamos saber. Cuando Solano se acercó a Signorelli para despedirse, Falcón sintió una ausencia total de emociones en ambos amigos. Casi le parecieron autómatas, robots impertérritos. El brillo suave de los metales del mobiliario incrementó la sensación de inhumanidad que parecían compartir esos dos hombres que, muchos años atrás, habían recorrido juntos páramos y desfiladeros, en excursiones maravillosas. Minutos después, el detective y su cliente, seguidos por Beltrán, abandonaron el edificio de Signorelli. Stalin llamó un taxi, cuando lo abordaron, dio la dirección de la Pensión de Malena, se acomodó en el asiento del automóvil y miró

a

su

entrevista

cliente con

quien,

desde

Signorelli,

se

la

última

mantenía

parte

de

ausente.

su El

detective casi sintió deseos de sacudirlo para conseguir que

se

reincorporara

al

mundo;

parecía

perdido

en

una

dimensión distinta de la que ocupaban los demás mortales, una muy cercana pero diferente. -¿Cómo sintió la reunión con su viejo amigo?


61

-¿Amigo?

-preguntó

Cecil

quien

aún

no

concentraba

su

atención en su interlocutor. -Su amigo Luca -insistió Falcón. -Ah... bien. Se ve que ha tenido éxito en la vida. Era un muchacho voluntarioso. -No me conteste con lugares comunes. ¿Qué sintió sobre la relación que tuvieron? -Nada -aseguró Solano, quien ya había reparado en Falcón y en

su

tono

irritado-.

Todo

estuvo

muy

bien,

los

recuerdos... y se ofreció a ayudarnos. Todo estuvo muy bien. -Me habla sinceramente -sonrió Falcón a pesar de que se sentía molesto-,

¿no es cierto?

-¿Cómo dice? -Digo que usted estuvo ahí, provocó la situación, con mi ayuda claro; y me asegura que no sintió nada. -Bueno... a veces los recuerdos incomodan. -Señor Solano -suspiró el detective resignado-, no sé los demás de la lista de sospechosos que hicimos, no sé; pero éste lo odia. Y usted lo sabía, y lo fastidió sutilmente recordándole la posición que uno y otro ocuparon en la adolescencia. -No me di cuenta de eso. No creo que haya sido así -rechazó Cecil enfadado. -Sabía lo que estaba haciendo: llevó al sujeto hasta un límite, cuando lo tuvo ahí, pareció salirse de la película;


62

fue como si nada de lo conversado tuviera que ver con usted. -O

sea

que,

según

usted,

Luca

me

odia

porque

es

un

arribista y yo soy un aristócrata, o algo así. -Nada tan parecido a un cliché. -¿Qué entonces? -No

fue

su

fortuna

ni

la

pobreza

de

Luca.

Fue

usted,

dándose y mezquinándose. -No le entiendo. -Mejor se entiende, señor Solano -advirtió Stalin mientras se concentraba en el confuso tránsito de las calles-. Sin dramatizar, su vida depende de eso.


63

MEDIODÍA

Unos minutos más tarde, llegaron a la casa de Malena. Falcón ayudó a su cliente a bajar del taxi y llamó, con un gesto, al Cobra. Cuando el boxeador estuvo junto a ellos, el detective ordenó: -Quédense aquí, en la Pensión; si alguien se acerca, los amigos de la dueña te avisarán -puntualizó, dirigiéndose al ex comando- con tiempo suficiente como para que escapen. El Cobra asintió con un gruñido y dijo:


64

-Yo cuido al señor Cecil, mi sargento; usted cuídese la espalda

-luego

tomó

a

su

protegido

por

un

codo

y

lo

introdujo, casi a rastras, en el hotelucho. -Señor Falcón -protestó Solano-, no puede dejarme aquí... Stalin, sin tomar en cuenta la queja de su cliente, se perdió por uno de los callejones que se enredaban entre las casas del barrio. Buscaba la seguridad de los adoquines y los vericuetos, cuando alguien lo golpeó en la espalda; mientras

caía,

aturdido

por

el

impacto,

vio

cómo

los

tétricos muros de las casas que bordeaban la callejuela se extendían hasta ocultar la luz del cielo. Intentó agarrar la

empuñadura

de

su

revólver

pero

varias

manos

lo

inmovilizaron y, levantándolo en peso, lo introdujeron en una camioneta cubierta. Alcanzó a ver, con una tristeza grande, una ventana en la que una joven se peinaba. Eran tan perfectas la luz en el rostro de la muchacha y su mirada perdida en las nubes, que Stalin no tuvo el valor de gritar para que la niña mirara la escena del secuestro del que él era víctima. Las puertas laterales de la camioneta Chevy Van cerraron con un chasquido, alguien cubrió su cabeza con una capucha y el detective quedó ahogado en la obscuridad. Unos segundos antes de perder la visión, Stalin alcanzó a ver, en el piso del vehículo, un fusil de asalto Chicom; las tinieblas imantadas en las que estaba perdido le parecieron surgidas desde la negra superficie del arma, como un vaho aterrador. Unas manos le hurgaron el cuerpo


65

hasta encontrar su revólver y despojarlo de él, mientras alguien preguntaba: -¿Está despierto? -No -respondió otro al tiempo que soltaba una patada brutal contra las costillas de Falcón, quien

no reaccionó; había

decidido fingirse inconsciente. -A la bodega -ordenó el que había hablado primero. - Vamos, allí lo despertamos con la picana. El

investigador,

veloz,

evaluaba

su

situación;

iba

boca arriba y zarandeado por el movimiento de la camioneta. Por el arma que había visto, estaba

seguro de que no se

trataba de un grupo de la Policía ni del Ejército: los miembros de esas instituciones no utilizaban ese rifle de asalto. Quienes lo habían secuestrado querían interrogarle, su vida, por tanto, estaba a salvo de momento, mucho más cuando le habían cubierto el rostro con el afán de evitar que posteriormente los reconociera; en otras palabras, lo dejarían vivo. En esos instantes, incluso, tenía las manos libres pues sus raptores, confiados en su desmayo, no lo habían atado. Maldijo,

por

un

instante,

todas

las

películas

de

Costa-Gavras, sobre todo Z y Missing, todas esas historias que le habían mostrado torturadores sudorosos de expresión depravada. La posibilidad de que le quemaran los testículos con choques eléctricos le asustó mucho. Mientras pensaba con miedo en el tormento, recordó las suavísimas manos que,


66

en un par de oportunidades,

le habían acariciado esas

partes con un fingimiento que hasta pudo parecerle amor. Decidió

escapar

antes

del

interrogatorio;

deseaba,

desesperadamente, ver de nuevo las manzanas en el cuadro de Botticelli. Durante su entrenamiento le habían recomendado que no actuara

en

situaciones

como

la

que

enfrentaba,

que

se

dejara llevar, que hiciera tiempo en los interrogatorios y buscara una lazo afectivo con los secuestradores. Ante la eventualidad de que le clavaran dos púas eléctricas en la entrepierna, toda la instrucción le parecía absurda. Tenía a dos de sus captores al lado izquierdo, su cabeza apuntaba hacia el conductor de la camioneta y a su derecha estaba la puerta, conocía ese tipo de vehículos. El secuestrador

que

había

hablado

primero

se

oía

bastante

sereno; el que lo pateó, en cambio, hablaba acezando, con la voz ahogada por el temor. Falcón pateó con toda su fuerza, con los dos pies juntos, en la dirección en que suponía se encontraba el más tranquilo, quería aprovecharse del

desconcierto

golpearon

contra

del algo

que

estaba

blando

asustado.

mientras

se

Sus

talones

arrancaba

la

capucha; vio entonces un hombre fornido que se agarraba el vientre inmóvil.

mientras Stalin

otro,

joven

aprovechó

el

y

delgadísimo,

susto

de

su

lo

miraba,

enemigo,

la

fracción de segundo en que se había abandonado al terror, para golpearlo con el puño varias veces, en la cara y el


67

cuello.

El

conductor

gritó

algo

incomprensible,

el

detective abrió la puerta y se lanzó fuera del vehículo. Falcón rodó sobre el pavimento unos segundos eternos antes de quedar tendido a los pies de un grupo de personas. Al amparo de la multitud, quiso quedar inconsciente. No lo logró, las piernas de quienes lo observaban se convirtieron en un punto de fuga desde el que proyectó la mirada hasta el cielo para recuperar la luz que, por un momento, le habían quitado sus captores. Dos hombres lo ayudaron a incorporarse y Stalin, que no quería llamar la atención de la Policía, hizo un esfuerzo para caminar y se alejó de quienes lo habían ayudado, tomó un taxi y, temeroso de que lo siguieran, optó por hacerse conducir hasta su despacho; no quería que sus enemigos supieran donde vivía. Ya en su oficina, desnudo, mientras se curaba las heridas

con

agua

oxigenada,

miró

la

fotografía

de

su

bisabuelo colgada en la pared; era el único objeto que personalizaba el modesto lugar amoblado con un escritorio de

metal,

un

archivador

desvencijado,

dos

sillones

tapizados con plástico negro y un sofá cama cubierto con el mismo material. En el sepia de la foto, un alto y ventrudo caballero de grandes bigotes se apoyaba en un pasamanos de utilería, frente a un jardín idílico dibujado sobre la pared. Era una fotografía de estudio, de esas que se hacían a principios del siglo XX. Falcón, mientras se limpiaba la sangre con una gasa mojada en burbujeante medicina, pensó


68

en

su

antepasado,

provincia Profesor

más

maestro

alejada

Falcón,

el

de que

que su

había país,

había

elegido para

Loja,

la

trabajar.

El

iniciado

la

vocación

familiar, tan sacrificadamente seguida por el abuelo del detective, tan manipulada por su padre para ascender en la política local, primero, y en la nacional luego. Stalin calificó

a

los

Falcones

del

siglo,

buscaba

con

esos

pensamientos recuperar la ecuanimidad que el peligro le había quitado. El primer Falcón, se dijo, había sido un liberal

iluminista;

el

segundo,

su

abuelo,

un

soldado

anónimo en la lucha contra la ignorancia, que optó por la plana claridad del marxismo; el tercero, un oportunista. Stalin, que debía su nombre a la pureza ideológica de su abuelo, no intentó calificarse. Al fin, pensó, él solo era un maestro consciente de que no existía una maldita cosa que el prójimo quisiera aprender, por eso se dedicaba, satisfecho, a mirar a los demás desde su perspectiva de detective. Por un momento, Stalin sintió alguna tristeza al pensar en sus antecesores y en él mismo: todos habían sido hombres solos, su abuelo había enviudado pronto, a su padre lo abandonó la esposa. Falcón no podía llamarla madre, la había visto solamente un par de veces. Cuando estuvo curado, sacó de uno de los cajones del archivador una muda de repuesto y una botella de pisco, se puso

la

ropa

y

bebió,

del

gollete,

un

gran

trago;

finalmente, se sentía con la serenidad necesaria como para


69

pensar

en

su

pasada

aventura;

tomó

asiento

tras

su

escritorio, bajo la gran fotografía de su antepasado, y se dispuso a pensar. Tenía enemigos, pero no del tipo de los que

lo

habían

secuestrado,

éstos

estaban

organizados

y

usaban armas como el Chicom TY56-2 que había visto en la Van. Quienes lo habían apresado buscaban alguna información que, suponían, él tenía; Falcón renunció a entender este componente del problema, en apariencia fundamental, pues no se

sabía

poseedor

de

ningún

secreto

que

mereciera

una

operación como aquella de la que fuera víctima. “A veces se dijo sonriendo mientras buscaba una

posición en la que

sus lastimaduras no lo atormentaran- lo fundamental es un estorbo.” No había comido en todo el día y eran las 13:30, decidió pedir, por teléfono, un sánduche de jamón serrrano con aderezo de aceitunas. Cuando veinte minutos más tarde alguien timbró en la entrada, el detective recordó que le habían robado su arma. Temeroso de que no fuera el portador de su comida quien llamaba a su puerta, extrajo del cajón central de su escritorio una cachiporra que guardaba desde sus años de policía y, escondiéndola a su espalda, abrió. Era el sánduche: promoción, pan de centeno, ensalada de lechuga, tomate y hongos en vinagre y refresco, todo por el mismo precio. Mientras comía, llegó a la conclusión de que solo una persona podía estar en relación con un grupo organizado que


70

usara fusiles Chicom: Luca Signorelli; lo visitaría esa tarde. Mientras tomaba esta resolución, miró su única arma: una cachiporra hecha con veinticinco centímetros de cable de acero de una pulgada cubierto con cuero trenzado. Era un artefacto que cortaba las carnes y golpeaba con brutalidad pero no llegaba a romper ningún hueso; no era un arma mortal.

TARDE Una hora y media más tarde, Falcón se encontraba en un inmenso

centro

deslumbrantes,

comercial

de

ordenados

anchos

pasillos

escaparates

con

pisos

luminosos,

que

ofrecían mercancias multicolores, y curvos cielos rasos de los que pendían estrellas de neón que azulaban con su luz todo el ambiente. Stalin paseaba entre colegialas que veían vidrieras, jóvenes que veían a las colegialas con actitud de

sátiros

solventes

y

ejecutivos

o

amas

de

casa

que

observaban de la misma manera esas lámparas o esos saleros que mejorarían notablemente la calidad de sus orgasmos. El detective, que no se había preocupado por averiguar si lo seguían, habló desde un teléfono monedero con la secretaria de Signorelli, enterándose por la empleada que el italiano llegaría en veinte minutos; luego entró en una tienda de artículos deportivos para comprar un pequeño spray de gas lacrimógeno.

Comprobó

que

la

pequeña

arma

se

ocultaba

perfectamente en su mano y, con el tubito metálico en el


71

bolsillo, dejó el almacén para dirigirse al baño. Conocía el lugar, junto a la puerta de los servicios higiénicos había otra de acceso restringido, usada por el personal de los comercios para introducir las mercancías directamente desde el área de descarga de los camiones. Un guardia de seguridad trató de impedirle el paso, Falcón mostró su vieja

identificación

de

sargento

de

la

PTJ,

que

había

guardado como recuerdo de su paso por esa institución y, sin

decir

alejaría

palabra, de

un

caminó

posible

por

el

largo

perseguidor.

pasillo

Cuando

que

llegó

a

lo la

calle, subió a un taxi y se hizo llevar hasta las oficinas de Luca Signorelli; en el camino, se detuvo

para comprar

una cajetilla de cigarrillos y un encendedor desechable al que le cerró totalmente el paso del gas. En la antesala del despacho del italiano estaban, como en

la

mañana,

malencarado avejentada

y

el

guardaespaldas,

recio,

y

seca.

y

la

Stalin

un

secretaria, se

presentó

hombre una a

moreno,

mujer la

fea,

empleada

solicitándole una entrevista con su jefe. La recepcionista, agria, respondió que no podía molestarlo en ese momento. El detective sonrió, dijo que esperaría y empezó a pasear por la salita, entre los muebles funcionales, tanto por la secretaria como por el guardaespaldas, quien le observaba, sentado en uno de los sillones del lugar. Sin duda, los golpes

que

sospechoso

le a

adornaban

los

ojos

el

del

rostro

lo

hacían

también

guardián

de

Signorelli.

El


72

detective percibió fastidio y modorra en la actitud de la mujer y el hombre que lo acompañaban, su presencia los molestó por un momento, luego parecieron acostumbrarse a ella. Falcón, medio minuto después de haber iniciado su paseo, extrajo los tabacos del bolsillo, se puso uno en los labios e intentó encenderlo con el mechero inservible. -¡Nunca funcionan! -gruñó, dirigiéndose al matón mientras se le acercaba-. ¿Tiene usted fuego? El detective, mientras recorría los pocos pasos que lo separaban

del

guardaespaldas,

introdujo

la

mano

que

sostenía el encendedor en el bolsillo de su chaqueta y lo sustituyó por el pequeño tubo de gas lacrimógeno. Cuando estaba a menos de un metro de distancia del hombre, fingió un último intento de encender el tabaco y apretó el

botón

del spray, rociando la cara del hombre. Soltó el tubo de gas, sacó de su cintura la cachiporra y golpeó el cráneo del sujeto; casi pudo sentir el chirrido de la piel rasgada por el cuero que forraba su arma. El escolta de Luca quedó inconsciente a sus pies; la secretaria, atónita, lo miraba sin decir palabra, congelada por el miedo. Stalin buscó en el cuerpo del hombre: de su costado izquierdo extrajo una pistola y del derecho un cargador que se guardó en el bolsillo del pantalón. El momento en que, de una patada abría

la

puerta

de

la

oficina

de

Signorelli,

la

mujer

empezó a gritar; la agarró por el pelo y, de un empujón, la


73

introdujo en el despacho del italiano quien, inmóvil, lo observaba desde su sillón, tras el escritorio de cristal. A pesar de la tensión que sufría, Falcón pudo sentir cómo Luca buscaba serenidad en las bruñidas superficies de los muebles de la oficina; intentaba enfrentar

el arma que

le apuntaba con la mayor frialdad que le fuera posible. La secretaria

gemía

acurrucada

en

el

suelo,

a

Stalin

le

pareció un tembloroso saco de huesos. -¿Qué quiere? -preguntó el italiano que, con un inmenso esfuerzo de voluntad, se había convertido de nuevo en el ángel que recordaba Cecil. -¿Por qué quiere secuestrarme? -No le entiendo. -Esta mañana hombres enviados por usted me siguieron y capturaron. -Alguien con su trabajo tendrá muchos enemigos. -No

organizados

como

la

guerrilla

que

usted

representa

aquí. Además, los que me agarraron tenía una Chicom TY56-2, ese fusil de asalto es de fabricación china, igual que esta pistola Norinco que le quité a su guardaespaldas. Ambas son armas que usa la guerrilla, no por afinidad ideológica con los chinos sino porque tienen precios bajos. Conteste ordenó Falcón al tiempo que levantaba el percutor-, ¿por qué quiere secuestrarme? -Está bien -se resignó Signorelli-. ¿Diga cuánto quiere y déjenos en paz?


74

-¿Cómo? -Quisimos asustarle y no resultó. Está bien, usted gana; como le dije a Cecil: pagando, todo se consigue. ¿Cuánto va a ser? Falcón, que no entendía a qué se refería el italiano, guardó silencio para permitir que el otro le hablara más, con

la

esperanza

permitiera

de

comprender

obtener lo

que

así

información

sucedía.

Para

que

estimular

le a

Luca, alargó el brazo en que sostenía la pistola, como quien se dispone a disparar. -Negociemos

-solicitó

Luca-.

Si

el

hermano

del

futuro

vicepresidente quiere dinero a cambio de que nos dejen operar aquí, está bien, diga cuánto. -Le hablaremos -gruñó Stalin que ya había entendido todo-. Y no intente nada en contra nuestra. Me llevo esta pistola a cambio del revólver que me quitaron sus hombres. Cuando el detective abandonó la oficina de Signorelli, el

guardaespaldas,

con

el

rostro

cubierto

de

sangre,

intentaba levantarse, derribando en su esfuerzo la mesa central de la sala de espera y uno de los sillones. Falcón, satisfecho

de

que

el

sujeto

estuviera

vivo,

salió

al

pasillo y, veloz, se dirigió hacia la calle. Mientras casi corría por la acera, sentía el peso de la pistola que portaba en su cintura. Extrañaba su viejo revólver Colt calibre .38. Era un arma defensiva, con un cañón de apenas cinco centímetros y solo seis balas. La Norinco NZ-75 que


75

llevaba

era

un

arma

bastante

grande,

como

de

veinte

centímetros, tenía una alimentadora de quince proyectiles y uno en la recámara. Era un arma de guerra; el guardamontes se curvaba hacia el frente para que quien disparara pudiera apoyar en ese sitio el dedo índice de la mano izquierda. Era un arma ofensiva, copiada por los chinos de la famosa pistola checa CZ 75. Stalin había aprendido mucho de armas en su entrenamiento, y las detestaba. Pero, pensó, tal vez había llegado el tiempo de usar una monstruosidad como la que le pesaba bajo el cinturón, la vida se le complicaba por

momentos;

el

día

anterior

había

iniciado

una

investigación de rutina, lo que creyó era la persecución de los

fantasmas

cliente

de

un

neurótico.

habían

intentado

Luego

resultó

matarlo,

por

que

a

último

su se

encontraba complicado en una intriga política. Stalin no sabía

de

las

perspectivas

electorales

de

Franck

Solano

McKey, el hermano menor de Cecil pero, por lo que Luca le había dicho, eran muy importantes aunque fueran, en ese momento, un secreto compartido por muy pocos en la ciudad. Y el italiano creía, para enredar más las cosas, que Solano y él trataban de extorsionarlo. Sí, definitivamente, el cambio de arma le llegaba en el momento justo. Tomó un taxi y

un

cuarto

cercana vigilara

a

la el

de

hora

casa

de

escondite

después Malena. de

se

detenía

Temeroso

Solano,

usó

en de

el

una que

tienda alguien

teléfono

del

almacén y ordenó al Cobra que saliera de la pensión, por


76

una de las puertas falsas que utilizaba Malena para hacer huir a sus chicas cuando sufría una redada. Beltrán, que conocía el barrio, llegó, en un par de minutos a la tienda en que se ocultaba Falcón; aunque vio las huellas de los golpes en el rostro de su jefe, no se dio por enterado de ellas. -¿Cómo está Solano? -preguntó el detective. -¿El gringo? Bien pero inquieto, trató de huirse dos veces. -¿Quién lo está cuidando? -Malena. Le tiene arrinconado contra el espaldar de la cama -informó el ex comando sin que su expresión mostrara la más mínima burla. Falcón,

que

imaginó

una

escena

bastante

cómica

entre el travesti y su cliente, murmuró: -Mejor así, mejor así. La tienda donde estaban ocupaba un cuarto en el zaguán de una casa antigua construida en una cuesta empinada. Por la inclinación de terreno, para entrar al local había que descender tres gradas de piedra; Falcón supo que miles de suelas,

a

lo

largo

de

los

años,

habían

pulido

esos

escalones librándolos de aristas, dándoles ese brillo tenue que permitía distinguirlos en la penumbra del local. La tienda tenía un mostrador de cristales sucios, dos alacenas en cuyas perchas se exhibían desde fideos hasta bisutería y un aparador sobre el que descansaban tres grandes frascos


77

llenos de golosinas: dulces de guayaba cortados en rombos, socrocios, roscas de azúcar e higos enconfitados. Stalin

sintió

que

El

Cobra

miraba

con

una

cierta

nostalgia los dulces; identificó el sentimiento; él también podía recordar los sabores de la infancia y las penumbras de tiendas como aquella en que se hallaban. Nunca había creído a su asistente capaz de una emoción así; extrañado, pidió

a

la

parecieron

tendera

dos

dos

esmeraldas

higos

enconfitados,

inmensas,

y

que

extendió

uno

le a

Beltrán, quien lo tomó entre sus dedos que, como alicates, despedazaron

el

fruto.

Cuidadosamente,

el

boxeador

se

introdujo en la boca los trozos de golosina. -Estamos en algo más complicado de lo que parecía, algo confuso -comentó el detective. -Siempre

es

así,

las

gentes

son

confusas

-sentenció

Beltrán. -Creo que Solano nos miente. -Y trata de escaparse -gruñó El Cobra, y calló. Falcón supo que su asistente le hacía una propuesta con su silencio, y aceptó: -Tienes

razón,

que

se

escape

y

lo

seguimos,

a

ver

si

averiguamos algo. Stalin usó otras vez el teléfono para pedirle a Malena que cesara su vigilancia de Cecil. Diez minutos después, Falcón y El Cobra seguían a su cliente ocultándose en las sombras del atardecer.


78


79

NOCHE

A

las

18:30,

Solano

McKey

y

sus

protectores,

ingresaban a un pequeño restaurante situado en la Avenida Amazonas. Cecil, sin saberse seguido, buscó una mesa en el centro

del

lugar,

donde

lo

esperaba

un

hombrecillo

regordete, algo más joven que él. Falcón no conocía al sujeto que se había citado con su cliente, pero lo sintió extrañamente separaron, Solano.

familiar.

ocupando

El

mesas

detective a

la

y

su

izquierda

asistente y

derecha

se de


80

Cuando la camarera se le acercó, Stalin ordenó dos huevos

fritos

con

jamón,

tostadas

y

un

café

negro.

La

muchacha, luego de tomar el pedido, se dirigió hacia la mesa que ocupaba Beltrán, quien se había sentado en una esquina del lugar para tener cubierta la espalda y, al mismo tiempo, vigilar la puerta y las mesas de Falcón y Cecil. Stalin observó el restaurante, era uno de esos que visitan los ejecutivos durante la mañana para tomar un descafeinado; un sitio aséptico, impersonal, decorado con carteles

de

películas

europeas,

objetos

de

cerámica

de

diseño atrevido, muebles de mimbre con cojines y paredes pintadas de colores pastel. Falcón supuso que en el local no habría cucarachas, nada vivo puede soportar un ambiente tan light sin sufrir graves alteraciones genéticas. Solano, excitado, no probaba bocado del café que había pedido y discutía

con

su

acompañante

quien

lo

escuchaba

entre

compungido y aterrado. La camarera dejó frente a Falcón el alimento. Los huevos se veían casi como los de una valla publicitaria: blancos

y

amarillos

Stalin,

mientras

sobre

se

un

disponía

plato a

negro

derramar

y en

hexagonal. el

plato

reluciente la yema amarilla y el abundante y rojo ají, pensó en su cliente, vulnerable en medio del salón, odiado por

alguien

al

punto

de

quererlo

ver

con

el

vientre


81

reventado. Por lo menos sabía que el sujeto de ese odio no era Signorelli, el italiano tenía otros intereses. El

detective,

que

había

focalizado

su

capacidad

perceptiva en los gestos y las acciones de su cliente, sintió de pronto que la mancha viscosa de la yema y el condimento se extendían sobre la loza con una lentitud nefasta; parecían sangre y bilis, augurios de daño, de peligro. Levantó la mirada de los alimentos para cruzarla con la de Beltrán quien, como un gato, se había apartado unos centímetros de su mesa para poder moverse con mayor facilidad. Falcón aún no podía captar lo que el boxeador ya había visto a través de los cristales de la puerta del restaurante, pero sentía su tensión. Stalin,

con

un

movimiento

apartó de la mesa para cruzar extremo

opuesto

al

que

rápido

y

cuidadoso,

se

el salón y ubicarse en el

ocupaba

Beltrán;

agarró

la

empuñadura de su pistola mientras un escalofrío le recorría el cuerpo al comprobar que, con el ex comando y su cliente, habían dibujado un triángulo en el que uno de los vértices lo constituía la indefensa y pálida nuca de Solano. El

sicario

que

entró

se

cubría

con

un

amplio

impermeable color gris y tenía la mano derecha oculta bajo la gabardina. Accedió al lugar y se ubicó tras de Solano quien, extrañado al descubrir la presencia de Falcón en el restaurante

se

explicaciones.

había El

vuelto

detective

hacia supo

que

él el

para otro

exigirle sicario


82

permanecía junto a la puerta, en el exterior, y que el que estaba dentro dispararía de un momento a otro. Beltrán, oculta bajo el tablero de la mesa, tenía lista su 9 mm. y él sostenía su Norinco en la mano. El sicario, que en el primer instante no había visto otra

cosa

que

el

cuello

de

su

víctima,

casi

no

tenía

oportunidad; en una fracción de segundo estaría muerto por el fuego cruzado de Stalin y El Cobra; entre los dos eran capaces de disparar veintinueve balas en no más de cinco segundos. El otro asesino podría tratar de auxiliar a su compañero pero al entrar al local se ubicaría en la misma posición vulnerable, entre el detective y su asistente. Entonces Falcón tosió con discreción, como un hombre tímido que trata de hacerse notar en una reunión; al hacerlo se cubría

educadamente

derecha,

que

la

sostenía

boca la

con

la

pistola,

mano le

izquierda;

colgaba

junto

la al

cuerpo. El sicario lo miró; luego, sin mover la cabeza, giró los ojos hasta encontrar la mirada imperturbable de Beltrán; su rostro de rasgos toscos perdió el color al saberse muerto. El detective, casi sonriente, hizo con la mano

que

señalando

tenía la

libre

un

puerta;

el

pequeño

gesto

criminal,

que

de

invitación,

había

sacado

lentamente la mano de debajo del impermeable, se volvió hacia la salida, ofreciendo su espalda a los protectores de Solano. Stalin sintió el terror que cortaba la carne del


83

asesino durante los tres segundos que demoró en perderse en la calle. Falcón ocupó de nuevo su silla y tomó un sorbo de café, un bocado de huevo y, luego de disfrutar intensamente el sabor picante del ají, extrajo su botella de pisco del bolsillo interior de la chaqueta y bebió un largo trago de licor. El acompañante de Solano había desaparecido durante la confrontación de Stalin con el asesino; Beltrán, sin duda, lo había seguido. El investigador agarró su plato y su taza de café y, acercándose a la mesa de su cliente, se apropió de la silla que el hombrecillo gordo había dejado unos segundos antes. -Un asunto antes que nada, señor Solano, ¿cuándo habló por última vez con su hermano Franck? -¿Franck, qué tiene que ver en todo esto? ¿Qué hace usted aquí? -¿Se ha comunicado con él? -Mi hermano y yo no nos hablamos desde hace más de quince años. -Bien. Ahora dígame, ¿quién es el tipo con que se encontró? -¡Me sigue y todavía me pregunta como si le debiera una explicación! -Me

debe

200.000

diarios

por

protegerlo,

y

eso

hago

-

respondió Stalin luego de beber un trago de café-. ¿Quién era el gordito?


84

-Era... -Cecil dudo un momento-, es un cliente. Sí. Un cliente. -Y se llama... -Adrián De Montero. Teníamos que vernos; no puedo dejar mis negocios por tanto tiempo, he estado ausente de mis cosas ya más de una semana. -¿Cómo concertó la cita con De Montero? -Lo llamé por teléfono cuando su ayudante me dejó solo, desde la pensión del señor Malena. -¿Sabía alguien más que usted venía para acá? -No. ¿Por qué? -Los sicarios se presentaron hace un momento. El Cobra y yo los espantamos. -¡Adrián! -exclamó Solano. -Su cliente se dio cuenta de que algo pasaba. Creo que me reconoció, no sé de dónde, y prefirió marcharse. -¡Dios mío -gimió Cecil-, Adrián! Un par de horas después, y luego de haber dejado a Solano en la pensión de Malena, al cuidado del travestí y sus

guardaespaldas,

Stalin

Falcón

se

hallaba

en

su

departamento, protegido de cualquier enemigo por el dédalo de callejuelas que había recorrido para llegar hasta su refugio. Miraba la verdosa piel del Céfiro que, al extremo derecho del cuadro, se abatía ceñudo y aterrador sobre Flora, una joven mujer que expelía fertilidad de su boca, en forma de verdes ramitos y capullos rojos.


85

Sonó el beeper y el detective miró, en la pequeña pantalla, el informe de El Cobra: OBJETIVO SEGUIDO POR UNA HORA

HASTA

SEGUIDOS

DINO’S

POR

PIZZA,

HOMBRES

DONDE

DEL

SE

QUEDÓ.

RESTAURANTE

AL

QUE

PRINCIPIO AL

VERME

DESAPARECIERON. VOY DONDE MALENA. BELTRÁN. El detective no se molestó en llamar a su asistente, ya lo vería por la mañana. Falcón dejó su beeper en la mesita de centro de su estudio. Al hacerlo vio la orquídea que había tomado de la camioneta de Solano, durante la agonía del encargado del estacionamiento.

Volvió

sus

ojos

hacia

el

cuadro

de

Botticelli. El recuerdo de la sangre asociado a la flor hizo que la fertilidad que se le derramaba a la joven Flora de los labios le pareciera maligna, fruto repugnante del ayuntamiento de la joven y del verdoso Céfiro, cuya piel áspera debió lacerar la tierna tez de la muchacha durante el coito atroz. Las dulces imágenes de “La Primavera” no bastaron esa noche para darle paz; Stalin necesitó casi una docena de tragos de pisco para poder dormir.


86

MARTES


87

MEDIODÍA

Stalin confiaba en que la ex esposa de su cliente los aguardara a mediodía, como se había comprometido la mañana anterior,

cuando

Cecil

la

llamó.

Se

equivocaba

por

completo. Cuando a las 12:30 entraron al estudio al que les condujera

una

mucama

inexpresiva

vestida

de

uniforme,

encontraron a la señora Regina De la Cueva tendida en un sofá, exánime. Falcón supo que no estaba muerta por un tic nervioso que le contraía el lado izquierdo de la cara y porque sostenía desesperadamente, en la mano derecha, una


88

botella de vodka. Era una mujer bella pero deteriorada por la

frustración

y

el

alcohol;

su

pelo,

de

un

negro

artificial, ahondaba, por el contraste con la piel pálida, la profundidad de las arrugas producidas por la borrachera; era como si la muerte se divirtiera en anticiparse en ese rostro en forma de finas grietas obscuras. Stalin supuso que

la

dama

debió

ser

bonita

antes

de

momificarse.

El

detective observó los muebles de la habitación, eran piezas muy caras, cuidadas

y limpias pero de un estilo que había

dejado de estar de moda treinta años atrás. Falcón sintió que todo en ese cuarto había envejecido al mismo tiempo; pero a la mujer los años se le notaban más que a los sillones de madera. -Lizi -murmuró Solano que se había detenido a un par de pasos del umbral, como si temiera acercarse-, Lizi. La mujer abrió los ojos, carraspeó un poco y dijo con la voz pastosa: -Viniste Cecil -eructó e hizo un gesto de repugnancia al mismo tiempo, luego preguntó-. ¿Para qué viniste?

¿Para

qué dijiste que ibas a venir? -Quería

hablarte

de...

-Cecil

calló

sin

saber

cómo

justificar su presencia en el departamento de su ex esposa. -Permítame que le explique -intervino el detective para auxiliar a su cliente-. Soy Stalin Falcón, abogado de su ex esposo, y queremos hablar de una probable reconsideración de los gananciales de su sociedad conyugal.


89

-Siéntense -rogó la mujer mientras se erguía y tomaba un trago del gollete-. No les entiendo muy bien. ¿Es algo que tiene que ver con el divorcio? -Sí, algo así -balbuceó Cecil mientras ocupaba uno de los sillones. -Nunca te preocupas por mí, nunca te ha importado lo que me pase -gimoteó la mujer en su borrachera-. No entiendo por qué vienes ahora con tus cosas, y menos por qué te apareces con este señor... -Falcón -volvió a presentarse el detective-. En realidad señora, no queremos ocupar más que un momento de su tiempo. -Nunca

vienes

-se

quejó

Regina,

sin

hacer

caso

de

las

palabras de Stalin. -Tú sabes que siempre te he apreciado mucho; tuvimos una hija -murmuró Cecil que, encogido en su asiento, trataba de no mirar a su ex esposa. -Nunca te importé -dijo la mujer mientras inhalaba en un intento inútil por levantar sus grandes pechos chorreados, se acomodó el pelo con la mano izquierda y repitió-, nunca te importé. -No digas eso -protestó Cecil mientras se levantaba para caminar dos pasos hacia Regina, luego se detuvo y pidió-. Y por

favor,

no

hables

de

intimidades

en

presencia

de

extraños. -Yo hablo de lo que se me da la gana -gritó la señora De la Cueva.


90

Cecil hizo el gesto de volver sobre sus pasos, hacia la puerta; la mujer, serenándose de inmediato, bajó el volumen de su voz y suplicó: -No, Cecil, señor Falcón, discúlpenme. No tienes por qué irte, ¿quieren un trago? -No

gracias

-rechazó

el

detective.

Solano

ni

siquiera

contestó al ofrecimiento de su antigua esposa, seguía de pie, inmóvil, a un par de metros del sofá que ella ocupaba; tenía

las

manos

cruzadas

a

su

espalda

y

miraba

el

complicado dibujo de la alfombra, en un esfuerzo, supuso Stalin, por evitar la visión del rostro degradado que, en otro tiempo, había querido. -Siempre

hay

desavenencias

entre

ex

esposos

-intervino

Falcón. -Es verdad -aceptó la mujer-, perdónenme, estoy un poco mareada, anunciaste

yo... que

yo

me

vendrías,

puse y

algo en

la

nerviosa mañana

me

cuando tomé

me unos

tragos. -Muchos -reprobó con tono duro Cecil, mientras caminaba hacia el sofá para sentarse junto a Regina. -Siempre supiste que me gustaba la bebida -gruñó la mujer-, así te casaste conmigo. -Sí claro -aceptó Cecil con tono ácido-; hubo cosas que supe y cosas que no supe. -¿De qué hablas? ¿Qué no sabías cuando nos casamos? -Sabes de lo que hablo.


91

El

detective,

temiendo

que

los

ex

cónyuges

empezaran a comunicarse en un nivel en el que no los pudiera comprender, optó por dirigir la conversación hacia los recuerdos de ambos, y dijo: -Todas

las

parejas

tienen

malos

momentos,

pero

también

buenos. Ustedes, sin duda, compartirán recuerdos buenos. Hace unos días, Cecil me hablaba de las vacaciones que pasaban juntos. -Sí -dijo Solano recordando el motivo por el que visitaba a su ex mujer-. Al menos cuando vacacionábamos, antes de que naciera la niña, fuimos felices, creo. -Cuando

uno

está

enamorado

-se

explayó

Falcón-,

besos,

bailes, flores... -Cecil nunca me regaló flores. -¿Dónde pasaban sus vacaciones? -Solo me acuerdo de la luna de miel -murmuró la mujer. -¿A dónde fueron? -quiso saber el detective. -A

Madrid,

en

verano

-respondió

la

mujer,

borracha

y

entusiasmada-. Cecil, tú querías ir a las Ventas, a ver los toros y yo a la calle Serrano, de compras. La Cibeles, la Avenida del Generalísimo, el Jardín Botánico hecho por ese rey Carlos. ¿Te acuerdas? Lo hicimos todo. Fui tan feliz en Madrid; te tenía, te tenía y solo para mí. Los ex cónyuges se habían aproximado en el sofá, sus cuerpos

casi

se

tocaban,

la

mujer,

arrebatada

por

los

recuerdos, se inclinó imperceptiblemente sobre el hombre.


92

-¿Hay orquídeas en Madrid? -preguntó el detective. -No me acuerdo -respondió la mujer, irritada-. ¿En ese parque, ese con el laguito precioso, en El Retiro. Había flores cuando estuvimos, querido? -No sé -respondió el interrogado con suavidad. -¿Y de qué se acuerda usted, Cecil? -inquirió Stalin. -De la verdad -contestó Solano. La mujer, sin alejarse de su ex marido, empinó la botella para beber otro larguísimo trago; la cantidad de licor ingerida fue tanta que resintió su efecto como un golpe en la cabeza. Falcón pudo sentir cómo los objetos que los rodeaban perdían, para la señora De la Cueva, una buena porción de realidad:

la masa que constituía los muebles

disminuyó su consistencia hasta quedar casi convertida en una

materia

leve,

desvaneciéndose

como

las

lama;

figuras

los

cuadros

representadas:

se las

velaron inmensas

manos y los pañolones negros; hasta las cursis porcelanas Lladró tomaron la pobre densidad de las figuras de arena. El detective supo que la señora De la Cueva, a través de su entorno desvaído, recordaba la total plenitud de la luna de miel. En esos días, y Stalin también los había conocido, cada

uno

siempre...

está y

completo la

porque

sensación

dura

tiene horas;

al

otro, a

los

para menos

afortunados llega a durarles hasta días enteros. Cecil,

mientras

tanto,

pareció

revestirse

con

una

película de celofán, Falcón casi escuchó los crujidos de la


93

envoltura

invisible

con

la

que

su

cliente

se

había

cubierto. Solano estaba aún en el estudio de su ex esposa, aún conservaba su posición en el sofá, junto a ella; pero su

postura

rígida

lo

había

ausentado

del

lugar.

Como

erizada por la frialdad de su ex marido, Regina se levantó y, tambaleante, caminó hacia la puerta mientras murmuraba: -Han pasado veinticinco años, y me has hecho pagar cada día. Ya es hora de que tú también pagues. Ahora te toca a ti -Falcón no entendió a qué se refería la mujer y no pudo averiguarlo pues la señora, en un arrebato, gritó: -Tony, Tony, ven para que te presente a dos señores. Unos

segundos

después,

un

joven

de

aproximadamente

veinte años, musculoso y de expresión muy dura, atravesó el vano de la puerta que la mujer había abierto. Falcón pensó que se veía tan viril y grosero como Marlon Brando en “Un tranvía llamado deseo”. -¿Qué

quieres?

¿Quiénes

son

estos?

-espetó

el

muchacho

incómodo, llevaba la camisa abierta e iba descalzo. -Te

quiero

presentar

a

mi

marido

-le

dijo

la

mujer

señalando en la dirección de Solano, quien corrigió: -Ex marido. -Este es el señor Tony Obando. Falcón

memorizó

el

rostro

del

joven

y

su

nombre;

hablaría, de ser necesario, con el Hermano Sebastián para averiguar más sobre ese muchacho a quien, sin duda, el predicador

habría

conocido

en

el

ejercicio

de

lo

que


94

llamaba “su ministerio entre los hermanos que infringen la ley de los hombres”. -Buenas -murmuró el chico dirigiéndose a Cecil, luego miró a Stalin. Una larga experiencia con policías le previno contra

el

detective-.

Yo

mejor

me

voy,

Liz,

no

quiero

molestar... -No molestas, mi rey -gritó la señora-. Tú no molestas, amor, él me molesta. Él siempre me ha molestado. Falcón percibió que su cliente miraba en el muchacho una agresión que su ex mujer había iniciado años atrás, un intento de dañarlo que, como en otras ocasiones, no lo vulneraba. -Adiós -gruñó Solano mientras se ponía de pie-. Empeoras con los años, Regina. Es mejor que nos vayamos. Que tenga buenos días, jovencito. Mientras el detective y su cliente se alejaban,

la

botella de vodka se estrelló contra una de las paredes del estudio. Stalin vio como el rostro de Cecil se retorcía con una mínima sonrisa al escuchar el último grito de su ex mujer: -¡Puerco! Cuando la puerta del departamento cerró tras ellos, Falcón notó la ausencia de El Cobra, quien debía esperarlos en el pasillo, junto al ascensor; preocupado, pensó en timbrar de nuevo para regresar al piso de Regina De la Cueva, cuando Beltrán, desde la puerta que daba acceso a


95

las escaleras, los llamó con un siseo urgente. El detective arrastró a su cliente hacia el lugar en que se ocultaba el ex comando. Cuando cerraron la puerta a sus espaldas, se encontraron en total obscuridad. -Hay interruptores de tiempo para iluminar las gradas informó El Cobra en un murmullo-, pero si encendemos las luces, nos ubican. -¿Qué sucedió? -quiso saber Stalin. -Apenas ustedes entraron al departamento, yo bajé los tres pisos hasta la planta baja para reconocer la posición. Los asesinos están en el salón de la entrada, el uno vigila la puerta

y

el

otro

está

sentado

frente

al

ascensor.

Si

bajamos por ahí nos revientan. -¿La azotea o el subsuelo? -preguntó Falcón. -El subsuelo, por la azotea no podemos salir hacia otro edificio. -Bien -aceptó el detective-, bajemos. Grada tras grada, los tres hombres descendieron en tinieblas. La torpeza de Cecil era tal que Stalin sintió la tentación

de

golpearlo

en

la

cabeza

y

cargar

con

él,

inconsciente, escaleras abajo. Conforme se acercaban a la planta baja, la obscuridad se densificaba hasta el punto de convertirse en una materia gelatinosa. Llegaron en segundos hasta el mismo nivel en el que esperaban los asesinos, pendientes del ascensor. Beltrán, con la pistola en la mano, se apostó junto a la puerta que permitía el acceso al


96

vestíbulo, mientras sus dos protegidos se internaban en el subsuelo

iluminado

por

un

par

de

bombillas

que

Falcón

rompió con la cacha de su arma. Cuando estuvieron de nuevo seguros, en la obscuridad, Beltrán murmuró: -Voy a traer mi auto, es mejor que salgamos en él y rápido -y se alejó hacia el rectángulo de luz que se proyectaba sobre el piso de cemento desde el exterior del subsuelo. -Nos siguieron, siempre nos siguen -acezó Solano mientras, empujado por el detective, se acurrucaba en una esquina del lugar; su voz se escuchó estrangulada por la negrura que lo rodeaba. -Tienen que ser muy buenos para haber engañado a El Cobra aceptó Stalin en un susurro-. Fue eso o nos estuvieron esperando. Falcón no pudo continuar. En ese momento, la puerta que comunicaba las escaleras con el vestíbulo se abrió y dos

sombras

fracción

se

de

subsuelo.

El

recortaron

segundo,

contra

incorporarse

detective,

mientras

la

luz

a se

la

para,

en

una

tiniebla

del

escurría

bajo

un

automóvil, sintió cómo el terror congelaba los huesos de Cecil, su cliente. Se arrastró hacia la parte delantera del auto que lo cubría y, al llegar a su extremo reconoció la marca del mismo, se trataba de un Jaguar. “Me

van

a

matar

bajo

un

carro

elegantísimo”

pensó,

al

tiempo que se esforzaba por percibir el desplazamiento de sus enemigos.


97

Estaba solo. Sabía que Beltrán se afanaba por regresar en su rescate, pronto entraría en su inmenso Caprice, veloz y rugiente; sabía también que dos asesinos y una víctima respiraban el mismo aire encerrado en el garaje; sabía, por último, que, indiferentes a su peligro, miles de personas hormigueaban por las calles, sobre su cabeza. Estaba a punto de morir y, como todos en ese trance, estaba solo. Se dio

diez

segundos

para

prepararse

antes

de

la

acción;

quiso, en ese tiempo, recordar a su hija pero, por algún motivo, terminó pensando en las grávidas curvas de las Tres Gracias representadas en el cuadro de Botticelli: no hay nada más sereno y luminoso que las nalgas de una mujer bella. Y actuó. Disparar es de estúpidos, en las balaceras siempre se muere alguien, usualmente uno mismo. Optó por arrastrarse hasta un basurero y buscar en él, en silencio, objetos contundentes, encontró tres botellas de champán, pesadas y sólidas. Luego se escurrió hasta el lugar en que había dejado a Cecil y esperó. Unos segundos después, con las

luces

apagadas,

descapotado, reconoció

en

tras la

del

entraba

un

volante

penumbra,

el

automóvil

iba ex

El

Peugeot

Cobra,

comando

Stalin

sabía

que

205 lo los

sicarios conocían su auto y había conseguido otro, uno muy conveniente en la situación en que se hallaban. Falcón apagado

de

lanzó los

las

tres

parabrisas

botellas de

tres

hacia de

los

el

destello

automóviles


98

estacionados: un par de Mercedes y el Jaguar bajo el que había estado oculto; como había supuesto, en al menos dos de los tres autos se dispararon las alarmas con que sus sufridos propietarios protegen su equilibrio síquico. En instantes, el subsuelo estaba atronado por sirenas y voces mecánicas que gritaban “¡Ladrón! ¡Ladrón!”, mientras los faros de los vehículos se encendían deslumbrando a sicarios y víctimas. Beltrán aceleró y, casi cargando en peso a Cecil, Falcón saltó hacia el asiento trasero del Peugeot; quedaron, él y su cliente, con las piernas en el aire y los torsos

hundidos

tras

los

espaldares

de

los

asientos

delanteros; sin esperar a que se acomodaran, y quemando las llantas contra el suelo de cemento, El Cobra arrancó hacia la salida. Los asesinos, que no querían verse envueltos en el alboroto originado por las alarmas de los autos, se escurrieron también del lugar sin hacer un solo disparo. Sin intercambiar palabra, el detective, su asistente y Solano abandonaron, ya en la calle, el Peugeot y abordaron el vehículo de Beltrán, quien condujo en silencio un par de calles

hasta

que

se

encontraron

completamente

a

salvo.

Entonces Falcón preguntó: -¿Cómo hicieron para seguirnos? Yo no los vi. -No

nos

siguieron

-respondió

El

Cobra-.

escondidos en ese lugar cuando llegamos. -¿En el vestíbulo? -Tal vez.

Debieron

estar


99

-¿Y por qué no dispararon cuando entramos al edificio? Beltrán

bufó

como

respuesta

y

se

concentró

en

la

conducción. El detective ordenó a El Cobra que condujera en círculo

unos

minutos

para

asegurarse

de

que

no

los

perseguían y, dirigiéndose a su cliente, interrogó: -¿Quién sabía que iríamos a donde su ex mujer? -Ella, claro -contestó Cecil de inmediato, luego dudó un momento y concluyó-; y mi madre, creo. No me acuerdo si se lo dije. -¿Ayer, cuando les habló por teléfono, le contó a alguna de ellas sobre las visitas que haríamos hoy? -No... Solo a una, no recuerdo a cuál, le dije desde donde la llamaba. -¿Por qué? -Me preguntó, yo... -¿Cuál de ellas fue la que le preguntó desde dónde la llamaba? -No me acuerdo... estaba nervioso. Falcón suspiró resignado, sacó del bolsillo su botella de pisco y bebió un largo trago, luego la pasó a Beltrán quien tomó también un sorbo, mientras murmuraba con su voz ronca: -Sí es bueno estar vivo, hasta para tomar un trago. El detective recuperó su botella y, sin invitar a su cliente, se la guardó mientras comentaba: -Su ex mujer bebe demasiado.


100

-Desde hace años -aceptó Cecil. -¿Cómo fue su matrimonio? -Me divorcié. -¿Nunca fue feliz mientras duró? -Tal vez lo fui, tal vez en Madrid -respondió Solano en voz muy baja-. En los lugares que ella mencionó. Pero yo fui feliz allí por otras razones: porque allá estaba lejos de todos, de todo. -Hubo algo que no entendí, señor Solano. -¿Qué? -¿Qué era lo que usted ignoraba cuando se casaron? Cecil,

que

aturdido

por

la

escapatoria,

se

había

dejado transportar como un autómata, recobró el control ante la pregunta, se erizó como si el aire que respiraba se hubiera vuelto corrosivo y le quemara en la nariz y los bronquios, y contestó: -Nada que le importe. -No empecemos -gruñó Falcón-, entre los sicarios y usted estamos solamente Beltrán y yo. Es mejor que me conteste. -Está bien -murmuró Solano; se veía muy incómodo ante la confidencia que se preparaba a hacer. -¿Qué ignoraba? -repitió Stalin. -Cuando quedado

estábamos

de

embarazada...

novios,

Regina

nuestras

me

dijo

familias

tradicionales. -¿Se casaron porque ella estaba embarazada?

que eran

había muy


101

-No. -No entiendo. -Ella me dijo que estaba embarazada y me pidió dinero para practicarse un aborto. Fue a Colombia, con una amiga, y regresó una semana después. -¿Por qué tanto problema? Si se querían casar, bastaba con que

anticiparan

la

boda.

En

Quito

nacen

muchos

sietemesinos. -Yo no me quería casar. -¿Y por qué se casó, si ya no había embarazo? -Me sentí tan... tan culpable. -Pero todo eso usted lo sabía. -Años después, la amiga que la acompañó a Bogotá me contó que todo había sido falso, ni estaba embarazada, ni se hizo un aborto. Pasaron unas vacaciones a mi costa. Eso fue todo. Y en este junio se cumplen veinticinco años de la mentira. -¿El divorcio fue por eso? -No. Me enteré del asunto años después de haberme separado. El divorcio fue... por muchas cosas, supongo. -Sí. Así son los divorcios. -Sí. El detective y su cliente se habían abstraído del entorno

de

prisas,

autos,

peatones

y

ruido

en

que

se

desplazaban, guiados por el impasible Beltrán; a juicio de Stalin,

Cecil

repetía

en

sus

recuerdos

esos

horribles


102

últimos gestos que se hacen antes de cerrar la puerta de una casa a la que nunca se vuelve, una casa que guarda, desde ese momento, a una familia ajena. Y luego la culpa, y una culpa bien administrada... obviamente, Regina De la Cueva había sido una excelente administradora de la culpa ajena, aunque tal vez, pensó Falcón, no fuera del todo buena en eso; a fin de cuentas, Cecil se le había escapado. -En la actualidad, ¿a qué se dedica su ex esposa? -A

gastar

la

pensión

que

le

paso,

no

tiene

amigos

de

nuestro círculo social; de vez en cuando hace un curso en alguna

universidad,

consigue

un

muchachito

para

unos

meses... y bebe. -Vamos a mi oficina -ordenó el detective, que no deseaba más información-. Allí comeremos algo.


103

TARDE

Los

tres

hombres,

en

silencio

y

bajo

la

solvente

mirada del Profesor Falcón, comieron una tiesa pizza de peperone en la que la masa sabía a cartón y el queso no tenía

sabor

en

absoluto.

Stalin,

mientras

deglutía

con

dificultad, pensó en los peligrosos jóvenes que entraban a las pizzerías diciendo: “¡Qué banquetazo nos vamos a dar!”. Cualquier iniquidad se podía esperar de una generación que creía que esos trozos de papel amasado eran una delicia.


104

Stalin

había

renunciado

a

terminar

su

porción

de

pizza, cuando su beeper empezó a timbrar; tomó el aparato para leer en la pequeña pantalla: TE ESPERO EN LA CASA DE SEGURIDAD N° 27. URGENTE.

La comunicación lo desconcertó

al principio, pensó que era una equivocación, que le habían enviado a su receptor un mensaje dirigido a otra persona; tardó un momento en comprender que quien se comunicaba con él era Sebastián. El mensaje era muy extraño, no llevaba firma y se refería a un local que utilizaban como refugio casi

veinte

años

atrás,

cuando

ambos

eran

jóvenes

revolucionarios semi clandestinos y se entrenaban, recordó Falcón,

para

darle

el

golpe

de

gracia

al

sistema

capitalista. -Cobra -dispuso el detective-, cuando terminen, lleva al señor a donde Malena. Espérenme allí. Y sin esperar respuesta tomó su chaqueta y se dirigió hacia la puerta, mientras sentía aliviado que la inevitable protesta de Cecil había sido interrumpida por un trozo de peperone que se le atravesó en la garganta. Cuando salía de su oficina al pasillo, Stalin pensó, casi alarmado, en lo peligrosa que podía ser la “Maniobra Hemling” aplicada por Beltrán. Falcón sabía que el esplendor del edificio en que arrendaba su despacho había pasado treinta años atrás. Ya no ocupaban sus oficinas ni consulados, ni los bufetes más importantes de la ciudad; los sustituían un par de estudios


105

de

videntes,

dos

agencias

de

empleo

para

chicas

muy

maquilladas, un par de salones de belleza y un consultorio médico en el que se practicaban abortos ilegales. Toda la planta baja, cuyo frente daba al parque La Alameda, la ocupaba un Chifa. El detective, previniendo siempre que no lo siguieran, evitó usar la puerta principal del edificio para abandonarlo, prefirió escurrirse por la salida trasera del restaurante oriental, entre aromas de carne cocida y verduras salteadas. Salió a un callejón estrechísimo y, por él, hasta el garaje de un edificio vecino al suyo donde guardaba su auto, un Mini Cooper 1300

de color negro, que

rara vez utilizaba. Cinco minutos más tarde, manejaba todo lo

rápido

que

le

permitía

el

tránsito

en

dirección

al

barrio de Toctiuco, marginal y pobre, ubicado en la faldas del volcán Pichincha, en una especie de mirador de Quito. El detective notó que la barriada había cambiado con el paso de los años. La Casa de Seguridad N° 27 era, en su memoria, una choza campesina que ocupaba un lote vacío en el

que

algunos

vecinos

cultivaban

maíz;

la

encontró

convertida en una caseta bastante sucia, rodeada por más de una docena de covachas pardas que habían copado en desorden el terreno, con lo que le pareció una colmena desquiciada. Veinte

años

atrás,

recordó

Falcón,

esa

vivienda

campesina y ese terreno rural, ubicados en el borde urbano, le habían parecido el punto de partida de su “Larga Marcha” hacia la justicia y la igualdad. Ayudaba a esa ilusión,


106

justo era reconocerlo, la ciudad que desde esa altura se veía desplegada y caótica pero dispuesta a ser purificada. Cuando

el

detective

abandonó

su

auto

para

alcanzar

la

puerta de la casa, lo hizo sin volverse para mirar el paisaje urbano; sabía que Quito seguía allá abajo, envuelto en el smog, y su estado de corrupción no le importaba en absoluto. A esa hora la luz de la ciudad ya no era la implacable del mediodía, se volvía gris y desalentada; a Falcón ese pobre brillo le recordaba siempre el color de las ojeras de una mujer triste. La puerta cedió y, apenas hubo pasado sobre el umbral, se encontró con una habitación modestísima, de suelo de tierra apisonada cubierto por esteras viejas sobre las que pudo observar, en la luz del atardecer, dos sillas, una mesa desvencijada y un catre en el que se enredaba un par de

cobijas

raídas.

Falcón

sintió

en

el

ambiente

una

degradación generada más por el miedo que por el tiempo y la pobreza. -¿En qué me metiste, cabrón? Tras la puerta se escondía el Hermano Sebastián, que había hecho la pregunta; ya no vestía de traje blanco de predicador sureño sino un discreto atuendo gris; llevaba la barba y el pelo en desorden, tenía un ojo amoratado y sujetaba con su mano derecha una gran pistola Colt calibre .45.


107

-¿Cómo hiciste para conservar esta casa? -preguntó Falcón a su vez, mientras miraba con muchísimo respeto el grueso agujero del cañón del arma que le apuntaba, temblorosa, desde la mano de su antiguo conocido. -La alquilo. Lo que nos enseñaron de tácticas de guerrilla urbana

me

jodiste,

ha

hijo

servido de

puta

siempre.

Me

-Sebastián

sirve había

ahora

que

abandonado

me por

completo su pose solemne y su tono pontifical, se veía muy molesto y asustado. Su voz sonaba ríspida-. Contesta. ¿En qué me metiste? -Cuéntame qué pasó -pidió el detective mientras se acercaba a una de las sillas y tomaba asiento-. Yo también estoy a ciegas. -Si yo estoy así como estoy -gruñó el predicador mientras se acercaba al catre para sentarse en él-, tú, que te metiste

en

esta

mierda

del

todo,

estás

algo

Sebastián,

que

menos

que

muerto. -Cuenta. -Empecé,

hermano

-respondió

se

había

serenado un poco-, preguntando por los sicarios. Sí, hay dos contratados en Medellín, son bastante buenos, caros. Se dice que ya han trabajado aquí. -Hasta ahí ibas bien. -Dices la verdad, hermano -aceptó el predicador quien, poco a poco, recuperaba su tono pastoral-. Hasta ahí no tuve problemas. Pero cuando comencé a preguntar por tu dichoso


108

señor Cecil Solano McKey, empezaron a cerrarse la puertas. “Y oyeron la voz de Jehová que se paseaba en el jardín al fresco del día; y escondiéronse...” -Sin citas bíblicas, por favor. -Nadie quiso decir nada, era como si al preguntar por los sicarios captado

y la

relacionarlos investigación

con y

Solano,

ordenado

a

alguien todos:

hubiera policías,

putas, ladrones y cachineros que se callaran. Que de ese señor no se dijera nada. -Ese silencio solo no te habrá puesto en este estado. -Ayer hice las preguntas, hoy en la mañana un grupo de agentes de Seguridad Política entró al templo, me ordenaron que no preguntara más y me dieron de patadas. Después de ellos llegó, mientras mis fieles me curaban, un periodista de esos que hacen un escándalo de cualquier cosa. Quería averiguar sobre las finanzas de mi iglesia. -¿Qué hiciste? -La paliza me la aguanto, pero un escándalo en televisión y pierdo toda mi grey. -¿Qué vas a hacer? -Creo, hermano Falcón -contestó Sebastián mientras se ponía de pie y guardaba la 45 bajo su chaqueta-, que ha llegado el momento de que lleve el consuelo de mi ministerio a las más lejanas tierras. -¿Vas a poner una misión? -En el Putumayo.


109

-Es

una

zona

llena

de

pecadores

con

dinero:

narcos,

guerrilleros y secuestradores. -Vente conmigo -ofreció el predicador-, seguro que allá, con esa gente, estarás más seguro que aquí. -Vas a tener razón. -¿Vienes? -No, gracias. Tengo curiosidad, quiero saber en qué estoy metido. -Tu curiosidad ha molestado a alguien muy poderoso. Pero en fin, tú sabrás -terminó Sebastián quien, sin despedirse, caminó hacia la puerta y la abrió, mientras, con voz de pastor de almas, recitaba:

Antaño estuve aquí con multitud de compañeros míos. En esos meses densos, en esos años plenos de energía, éramos estudiantes llenos de juventud... Justos y enhiestos, audaces y sinceros, mirando a nuestra tierra introducíamos loa y condenación en nuestra pluma: los poderosos no eran más que ceniza.

Dicha la última palabra, el predicador dejó el refugio para

perderse

luego

entre

las

casuchas

del

barrio,

acompañado por su risa bronca. Falcón quedó solo en la casa, él también recordaba los poemas de Mao Tse Tung aprendidos en las largas horas de Educación Política. Miró su reloj, eran las 6:30 de la


110

tarde, anochecĂ­a y deseaba regresar a la pensiĂłn de Malena para interrogar otra vez a su cliente. Solano le habĂ­a mentido en algo y las mentiras y cortedades de Cecil lo empezaban a hastiar.


111

NOCHE

Stalin llegó a la casa de citas de Malena antes de que el

movimiento

travestis parques,

de

clientes

debían

estar

dejándose

ver

empezara.

recorriendo las

carnes

Las

chicas

bares, desnudas,

y

los

esquinas

y

olorosas

a

colonias baratas y erizadas por el frío. En la sala de la pensión conversaban El Cobra, que bebía con ponderación de una copa, y la dueña, vestida y maquillada ya para la noche; Stalin vio sus rostros que, degradados por la pobre luz del lugar, parecían máscaras fúnebres. Aún no sonaban


112

los boleros en el tocadiscos; Falcón agradeció el silencio, no se sentía capaz de soportar memeces como “Espérame en el cielo corazón” o “Flor de azalea”. -¿Y Solano? -preguntó al entrar. -Desde aquí veo la puerta del cuarto en que está, jefe. -Necesito hablar con él. -Primero hablemos con La Malena, mi sargento. -Sí

-intervino

el

travestí-.

Porque

abusas

de

que

te

quiero. Llegas, no saludas, no me dices si estoy linda con mi vestido... -Estás bella -interrumpió Falcón condescendiente. -...escondes al tipo ese, tan feo y tan hipócrita. Y no me haces caso. -Perdóname,

Malena

-convino

el

detective-;

estoy

preocupado. -No te angusties por ese hipócrita, mi amor. -¿Por qué le dices hipócrita? -Por lo que le chismeaba aquí al Cobra que, a propósito, tiene unos brazos como troncos. El ex comando aceptó el piropo sin inmutarse mientras pedía: -Dile lo que me contaste. -Que uno de mis chicos, La Florina, conoce a tu cliente. Ella va a un bar que se llama “El David”, y ese señor tuyo siempre está ahí, con su novio. Es como nosotras, solo que un hipócrita.


113

-Pues yo he conocido maricas bien varones -gruñó Beltrán, casi para sí mismo. -Cierto, mi amor, pero ese que tienen escondido es de los que no han salido del armario. -Y hay otro asunto, mi sargento -informó El Cobra-. El lugar

al

que

entró

ese

tipo

que

estuvo

con

don

Cecil

anoche. -Dino’s Pizza. -Sí. Está junto a ese bar “El David”. Son del mismo dueño y, por lo que me dice aquí Malena, los dos salones se comunican por una puerta que usan a veces los clientes que no quieren que se les vea entrar. -Sigue aquí, Cobra -se despidió Stalin mientras se dirigía hacia la salida de la pensión-; yo me voy para ese bar. Creo que estoy entendiendo las cosas. -Despídete -ordenó Malena. -Adiós, amor -gritó Falcón, desde la puerta. Cuando el detective se aproximaba al bar “El David”, se

encontró

persiguiendo

sin

querer

a

un

hombre

que

caminaba pegado a los muros, casi ensuciando su traje; ambos se dirigían al mismo sitio. Cuando coincidieron en la puerta del bar, Stalin pudo reconocer al hombre tranquilo y solitario que fumaba en medio de la noche. -Doctor Julián. -Sargento Falcón.


114

Había conocido al médico años atrás, cuando trabajaba en la PTJ. Un homosexual que apareció apuñalado en un cine resultó ser conviviente del doctor. El muerto era de muy buena

familia

y

a

Stalin

le

encargaron

sus

jefes

que

llevara la investigación con toda la reserva que fuera posible; así lo había hecho, ni siquiera buscó al asesino, un “adolescente de pantalones mugrientos” que había sido descrito

por

uno

de

los

testigos

presenciales.

Tampoco

había molestado a Julián, hasta llegó a simpatizar con ese hombre que practicaba igual cesáreas o abortos, con total indiferencia. -¿Va a haber una redada? -preguntó el médico sin mostrar demasiado interés. -Ya no trabajo para la Policía -aclaró Falcón. -Entonces,

¿a

qué

viene?

-quiso

saber

Julián

mientras

entraban al local. -Trabajo por mi cuenta, doctor. Necesito permanecer en este lugar por un tiempo y ser lo menos notorio posible -explicó el detective mientras trataba de ubicarse en el ambiente lleno de sombras al que había accedido. En el interior del bar varios espejos quebraban las perspectivas creando una especie de laberinto visual que impedía saber, a ciencia cierta, la forma del lugar o el verdadero número de clientes. La música era discreta y una alfombra suave ahogaba el ruido de las pisadas. Falcón, que había esperado un ambiente de jóvenes tocados con gorras de


115

cuero y chaquetas del mismo material abiertas sobre los musculosos pechos desnudos, dedicó un momento para burlarse de sí mismo. -Usted se portó correctamente hace años -murmuró el médico luego de un momento de silencio-; le voy a devolver el favor. Acompáñeme. En el local, la luz era azul y provenía de dos docenas de

hornacinas

de

distinto

tamaño

que

acogían

la

misma

figura: reproducciones de El David de Migelángel. Cada una de

las

estatuillas

estaba

esculpida

en

un

material

distinto: mármol, piedra roja, obsidiana, jade, cristal de roca,

lapizlázuli

o

bronce

brillante.

Todo

en

la

mesa

iluminada por cada una de la hornacinas era del color de la escultura: el mantel y las servilletas, los ceniceros y un pequeño candelabro. El investigador y su guía llegaron hasta una mesa y el doctor lo invitó a que ocupara una de las sillas. -¿En qué trabaja por su cuenta? -Soy detective privado. -Como en las películas. -Aquí

en

Quito

no

pueden

ser

películas, lastimosamente. -Tiene razón, colega. -¿Colega? ¿Usted dejó la medicina?

las

cosas

como

en

las


116

-No

-sonrió

Julián-.

Somos

colegas

en

esta

ciudad:

practicar abortos e investigar miserias son casi la misma cosa. Luego silencio

de

la

última

afirmción,

mientras

Falcón

se

el

dedicaba

médico

a

mirar

guardó a

los

comensales del lugar. El investigador no tuvo que esperar demasiado, apenas habían

transcurrido

unos

minutos

cuando

entró

al

local

Adrián De Montero, el sujeto que había hablado la noche anterior

con

Cecil,

y

se

dirigió

hacia

la

barra.

El

investigador continuó escuchando a su acompañante mientras fijaba sus ojos en la espalda estrecha del hombre que ocupó un taburete, subiéndose al asiento como si escalara un risco.

El

individuo

ordenó

un

trago

y

se

lo

bebió

de

inmediato, se veía angustiado, incómodo. Falcón supuso que no se quedaría demasiado tiempo en el bar y se mantuvo alerta. -Me gustaría conversar más con usted, doctor -se disculpó Stalin al ver que, como había supuesto, Adrián dejaba la barra y se encaminaba hacia la parte posterior del local-, pero debo irme. -Venga otra vez. Cuando el detective se levantaba de la mesa, usó uno de los espejos del local para seguir mirando al amigo de Solano; al verlo en el reflejo lo reconoció. Era el hombre cuya imagen había percibido, como un destello instantáneo,


117

en un espejo en la casa de Cecil, el domingo anterior, cuando

lo

contrató.

Era

obvio

que

no

se

trataba

del

mayordomo, su cliente le había mentido. El sujeto se perdió en

la

obscuridad

del

fondo

del

bar;

Stalin

supuso

que

usaría la otra puerta, la que le permitía salir al Dino’s Pizza,

y

salió

a

la

calle;

efectivamente,

luego

de

un

instante, el individuo dejaba el restaurante vecino a “El David”. Cinco minutos después, Falcón seguía en su pequeño automóvil al taxi que había tomado el amigo de Solano. Luego de un viaje relativamente corto, el hombre que el investigador perseguía dejó el auto de alquiler frente a una casa modesta en una calle del centro de la ciudad. El sujeto entró al pequeño edificio; unos instantes después, una ventana del segundo piso se iluminó; el detective, en su

auto,

rodeó

la

manzana

para

asegurarse

de

que

su

objetivo no podía escapar por una salida trasera y volvió al frente de la vivienda. Luego de apagar el Mini Cooper, se levantó el cuello de la chaqueta para abrigarse un poco; sacó su botella de pisco y bebió un trago. Pensaba vigilar toda la noche.


118

MIERCOLES


119

MAÑANA

Eran las 6:35, Falcón había salido de su automóvil para estirarse y miraba el amanecer mientras se protegía de la brisa fría y de las miradas en un zaguán sombrío que tenía las paredes resquebrajadas, chorreantes y verdosas. El detective miró la calzada, medio oculto por un portón entreabierto cuyos goznes de bronce debían tener cien años por

lo

menos.

Amanecía

en

Quito

y

Stalin

percibió

la

luminosidad que, helada en esas horas, diseccionaba las sombras

como

un

bisturí,

separando

las

formas

de

los


120

objetos del fondo negro de la noche. En la duermevela de su vigilancia había pensado mucho en las relaciones de su cliente

con

las

mujeres

que

lo

rodeaban:

su

madre,

su

hermana y su ex esposa. Sentía que Cecil estaba atrapado en esas relaciones como en una poza de lodo pegajoso; tal vez sus

mujeres

sentía

que

eran la

ese

lodo

ciudad,

pegajoso,

que

la

pero

múltiple

el

detective

materia

que

conformaba la ciudad, en contraste con gentes como Solano y los

suyos,

estaba

labrada

por

esa

luz

prodigiosa

que

deslumbraba en las calles adoquinadas y en las paredes mohosas. La casa en la que Adrián De Montero había entrado era una descuidada construcción del siglo XIX. Tras su portón se

podía

ver

la

obscuridad

de

un

zaguán

como

el

que

ocultaba al investigador. Las paredes del inmueble estaban carcomidas por la intemperie, muchas de las ventanas del segundo y tercer pisos se veían rotas y, en los balcones, se

amontonaba

una

mezcla

de

objetos

que

a

Falcón

le

parecieron imposibles: maniquíes desnudos que miraban la calle con indiferencia, ornamentos de carros alegóricos que imitaban montañas y valles o trozos de hierro herrumbrado que

debían

representar

pájaros

de

una

selva

también

metálica. El edificio, en todo caso, pensó Stalin, había resistido tanto tiempo y tanta desidia que podía mantenerse así, húmedo y destartalado, por otros cien años más.


121

Unos

pocos

transeúntes

circulaban

por

la

calzada

cuando salió a la acera, desde las sombras de su zaguán, Adrián, el hombre que Falcón había vislumbrado cuatro días atrás, en la casa de Solano; por primera vez el detective pudo ver en la claridad al sujeto que había seguido la noche anterior. Se trataba de un hombre joven, más de lo que parecía entre espejos y penumbras, regordete, con las mejillas rosadas, poco pelo rubio y ridículos rasgos de muñeca antigua. Stalin sintió, en el andar indeciso del hombre el terror que lo obligaba a desplazarse como una gallina

entre

los

demás

habitantes

de

la

ciudad,

que

recorrían las calles lánguidos y siniestros. De Montero correteaba con ridículos saltitos mirando hacia atrás a cada instante con el rostro tensionado en una estúpida expresión de miedo; naturalmente, en ningún momento pudo ver a Falcón que lo seguía a pie, a unos cinco metros de distancia. En una oportunidad, por no ver hacia adelante, Adrián

chocó

incomprensible;

contra en

otra,

una

mujer

tropezó

que

en

un

gritó

desnivel

algo de

la

calle. El detective temió que el amigo de Solano se dejara atropellar por un auto antes de que él pudiera averiguar algo. Ventajosamente, el hombre no iba muy lejos; luego de atravesar tres calles y cruzar una plazoleta, entró a un humilde restaurante. La fonda conservaba una decoración de los

años

sesenta:

gran

cafetera

galvanizada,

paredes

adornadas con mosaicos y mesas cubiertas con fórmica de


122

colores. En el lugar desayunaban, apresurados y cabizbajos, seis oficinistas grises que, le pareció a Stalin, tragaban con dificultad, con temor de terminar su comida y tener que abandonar ese precario refugio para enfrentarse a todo el largo

y

deslumbrante

día

que

tenían

por

delante;

posiblemente los burócratas no sentían ese miedo, se dijo Falcón, pero la sensación de pavor del hombrecito regordete parecía afectar a todo lo que le rodeaba. El detective no tuvo que entrar al restaurante, le bastó local.

con

mirar,

Adentro,

a

través

sentado

del

en

una

escaparate de

las

empañado

esquinas,

del Tony

Obando, el amante de la señora Regina De la Cueva, devoraba un trozo de pan; de alguna manera, el joven conseguía verse sudoroso aún en el frío de la mañana. Adrián se acercó a la mesa de Obando y, luego de sentarse frente a él, empezó a hacer

unos

pucheros

que

a

Falcón

le

parecieron

muy

graciosos. El investigador no necesitaba ver más, dejó a los dos sujetos mirándose mutuamente, lloroso el uno e indignado el otro, y regresó a su automóvil; quería volver a su departamento, ducharse, dormir unas horas y, tal vez, mirar los suaves pies de las tres gracias en el cuadro de Botticelli. También deseaba escuchar nuevamente Blue Bayou, una canción que contaba de un pantano azul y añorado.


123

MEDIODÍA

-Son las 11:40 -informó Falcón al entrar en la habitación que ocupaban Beltrán y Solano en la pensión de Malena-. ¿Cree que su madre nos pueda recibir ahora? -¿Cómo? -preguntó desconcertado Cecil quien ya se había habituado a permanecer abúlico en el catre-. ¿Qué tiene que ver mi madre en esto? -Usted la llamó el lunes -le recordó el detective-. Tenemos una cita con ella para almorzar.


124

-Sí

-aceptó

Solano

molesto-,

ya

debe

tener

listo

el

almuerzo. -Entonces,

vamos

-recomendó

El

Cobra

mientras

se

incorporaba de la silla en que había estado sentado y se desperezaba

con

un

movimiento

poderoso-.

No

hay

que

hostigar a las mamás, después joden mucho. Solano

McKey

y

sus

custodios

dejaron

el

pequeño

aposento y se dirigieron hacia la calle atravesando la atmósfera descompuesta de la casa de citas; ese aire en que se mezclaban los olores de polvos faciales, cuerpos sucios, tabaco y licor. Por un instante, Falcón sintió que las putas y los travestis ya no existían en ese mediodía, y que lo único que habían dejado, como huella de su paso por este mundo, eran unas medias de nailon colgadas del pomo de una puerta, ceniceros llenos de colillas, dos vasos manchados de carmín y ese repugnante olor que enrarecía el ambiente. Ya en la acera subieron al Chevrolet Caprice del boxeador. Beltrán, cuando estuvo seguro de que no era seguido por nadie, encaminó su automóvil hacia la dirección que le proporcionara Stalin. Cecil Solano McKey, erguido en el asiento y muy tenso, se dejaba llevar hacia el domicilio de su madre; su incomodidad era evidente. La visita, supuso el detective, no le proporcionaba ninguna paz. La casa de la madre no era, para su cliente, el refugio al que siempre se vuelve.


125

“Madre solo hay una, y a veces”, se dijo Stalin, “esa escasez es toda una bendición”. El Cobra y Falcón conservaron el procedimiento que ya habían establecido: el ex comando quedó en la entrada del edificio, con la mano derecha cerca de la empuñadura de su pistola y la mirada alerta, atenta a cualquier alteración del entorno. La firmeza con la que Beltrán controlaba el espacio dotó de un viso de serenidad a los objetos entre los que Stalin se movía; el detective se introdujo en el vestíbulo del inmueble con un grato hormigueo de seguridad entre los omóplatos y la nuca; la sensación se incrementó al verse, en el inmenso recibidor, completamente rodeado por muebles finísimos de cuero, mesas de cristal de roca y una pocas esculturas de mármol. Falcón escuchó que los objetos

le

susurraban:

“El

edificio

es

nuevo,

pero

el

dinero de quienes lo habitamos es antiguo, muy antiguo”. La iluminación del lugar era tan artificial que Stalin extrañó la luz despiadada del sol de Quito; bajo sus rayos, al menos, las gentes parecían vivas. El departamento de la madre de Cecil ocupaba el tercer piso,

todo

el

tercer

piso,

es

decir,

algo

así

como

trescientos metros cuadrados. Cuando la mucama abrió la puerta, luego de que Solano timbrara muy discretamente, Stalin sintió que se le disgregaba toda la tranquilidad que le proporcionara Beltrán unos minutos antes. La empleada doméstica que los hizo pasar le pareció extraída de uno de


126

esos dramas victorianos que se teatralizaban para el cine británico en los años 30. Tenía la cofia almidonada a tal punto que Stalin temió que fuera a reventar como un cristal ante

cualquier

alteración

de

la

temperatura

del

lugar,

incluso el menor ruido podía resquebrajar aquel tocado y, si eso pasaba, Falcón supuso que se resquebrajarían también el seco rostro de la mujer, el pasillo por el que los conducía, el edificio hasta sus cimientos y, finalmente, las bases de la cristiandad tal y como ahora la conocemos. El detective apartó de su mente esa previsión de catástrofe universal y trató de ubicarse en una sala en la que todos los muebles habían sido dispuestos para hacer sentir a los visitantes

como

deshollinadores

en

una

tienda

de

ropa

blanca. Apenas el investigador se hubo acostumbrado a la nitidez de los cristales que adornaban el sitio, apareció la

señora

condensaron

Grace en

McKey ella

de

Solano.

todas

las

Por

damas

un

instante

autoritarias

se y

tremebundas que Stalin había conocido en sus cuarenta años de vida; el detective reaccionó de prisa al sentir que esa sensación incómoda no era suya, se la había transmitido su cliente que, muy tenso, saludaba en voz baja: -Buenos días, mamá. -Vienes antes de lo que dijiste -respondió la señora-. Está bien, preséntame al señor, después ordenaré que se apuren con la comida.


127

-Te ves muy bien hoy, mamá -dijo Cecil sin disculparse por haber llegado pronto, ni presentar al detective. -Señora, me llamo Stalin Falcón -saludó el investigador, y explicó-; su hijo le habrá mencionado un asunto atinente a unos beneficios financieros... -¡Beneficios financieros! -interrumpió la mujer con tono helado-. Ya hablaremos de eso después del almuerzo. Tomen asiento, voy a ordenar que sirvan la comida. Mientras se acomodaba en un estrecho sillón tapizado con cuero, entre las aristas de unos brazos tallados en dura madera negra, Falcón

trató de asimilar a la dama que

los había recibido. Nunca había visto una mujer así; las señoras quiteñas de clase alta, se dijo, no son como la madre de Cecil. Son mujeres que bautizan a sus hijas con nombres compuestos como María Francisca, María de la Paz o María Caridad, para luego llamarlas a gritos Mery, Paqui, Cary

o

Coqui.

Son

mujeres

que

tienen

al

HOLA

como

enciclopedia y saben que la madre Teresa de Calcuta era una viejita, amiga de Lady Di. Esa mujer, doña Grace, era distinta; debía tener como setenta y cinco años y se conservaba muy bien, con el cuerpo erguido y un rostro muy bello iluminado por unos ojos azules que debían ser eternos. Falcón supo que esa hermosura se había mantenido casi inalterable gracias a un ejercicio inhumano de voluntad, no esa voluntad que se actualiza en dietas, cirugías y ejercicios, sino una mucho


128

más poderosa, una casi tan absoluta como la luz de Quito, implacable; una voluntad que detenía el efecto de los años tan solo con el

puro deseo. Stalin se estremeció, era

capaz de captar ese poder en los afilados contornos de los muebles; miró a su cliente: Cecil, sentado con aparente desenfado en un canapé, también sentía la omnipotencia de su madre pero, acostumbrado, se defendía de ella en una especie de escaramuza permanente y exacerbada. Desde el inicio de la entrevista, Falcón percibió a su cliente como a un gato en juego desesperado con un alfiletero. -La comida está lista -informó la dama con su voz modulada desde la habitación contigua a la que ocupaban el detective y su cliente; y Stalin supo que de ese almuerzo nadie saldría indemne. Unos

minutos

más

tarde,

los

tres

estaban

sentados

alrededor de una pequeña mesa circular cubierta con un mantel de lino tan almidonado como la cofia de la mucama. La

vajilla

de

porcelana,

las

copas

de

cristal

y

los

cubiertos de plata se veían limpísimos. Falcón notó que la dueña de casa sentía como una especie de sacrilegio que semejantes joyas elaboradas en alguna fábrica de Limoges o Murano fueran manchadas años después en Quito. La empleada doméstica sirvió como entrada, en el plato de cada comensal, una pequeña empanada de hojaldre rellena con carne de cangrejo y especias. Mientras Falcón cortaba


129

con el tenedor la fina masa y probaba el delicioso relleno, la dueña de casa preguntó: -¿Conoce desde hace mucho tiempo a mi hijo, doctor Falcón? Él nunca me lo ha mencionado. -Nunca hablamos de mis conocidos, madre, no tenía por qué contarte sobre el señor Falcón -intervino Solano. -Nuestra

relación

es

puramente

profesional

-explicó

el

detective sintiendo que mentía a medias y que la señora lo sabía. -Usted no parece abogado -afirmó Grace desde la infinita altura en que se ubicaba respecto de todos los que la rodeaban. -En realidad señora -dijo Stalin-, soy algo mucho peor. Cecil, desconcertado en un principio por las palabras de Falcón, miró el disgusto de su madre y se echó a reír. -No me parece gracioso -gruñó la dama estirándose aún más. -Me dedico a diversos negocios, señora -dijo Falcón en un intento por relajar el ambiente que se había endurecido con el rechazo de la mujer a su broma-. Asesoro a su hijo en algunos asuntos judiciales, más como un amigo que como un profesional. -No veo por qué tienes que molestar al doctor -reprochó Grace-, tienes abogados que nos han servido bien en otras oportunidades. El bufete de los hijos de Carlitos Huerta Gross, ellos llevaron lo de tu divorcio y ...


130

-Como recordarás, mamá, -interrumpió Cecil- en ese divorcio no salí ganando. -No tenemos por qué hablar del tema frente a extraños espetó la madre. -Tú trajiste el tema a la conversación -gruñó el hijo. Todos terminaron de comer la empanada en silencio, luego la mucama retiró los platos y sirvió un guiso de riñones

en

jerez,

acompañado

con

puré

y

ensalada.

Las

porciones eran pequeñas y el sabor excelente. Falcón sintió que la omnipotencia de la señora de Solano se manifestaba también en esa parquedad con la que brindaba, en su casa, los alimentos. -Hijo, el vino -ordenó la madre. Cecil sirvió en las copas alargadas un vino rosado y oloroso. -Esta

bien,

ganancias,

hijo,

de

unos

dime,

¿de

qué

beneficios?

se

trata

-preguntó

eso

Grace

de

unas

mientras

cortaba un trozo de riñón con mucha delicadeza. -Se lo explicaré yo -se apresuró a responder Falcón-. Su hijo me ha dicho que usted aún mantiene algunas propiedades rurales dedicadas a la agricultura. -Así es. -Pues de eso se trata este asunto. Su hijo, don Cecil, me ha dicho que podría desarrollarse un proyecto de turismo ecológico

en

esas

haciendas

suyas,

algo

similar

paradores rurales que se han implantado en España.

a

los


131

-¡Qué extraño! -dijo la señora de Solano-. Nunca te has interesado en mis haciendas, siempre te mantuviste alejado de

todo

lo

mío.

administraras

mis

Te

pedí

tierras

que y

lo

estudiaras que

agronomía,

hiciste

fue

que

irte

a

estudiar otras cosas, a poner tus negocios, tus hoteles. Has sido en todo una... ¡Lo que diría Mister McKey si te conociera! -Mamá -murmuró Cecil -, tenemos visita; no empieces, que ya sé cómo terminas. -Perdone por la descortesía de mi hijo, doctor Falcón -se disculpó la mujer mientras levantaba con su tenedor unas cuantas

alverjas

y

un

montoncito

de

puré-,

insiste

en

tratar asuntos privados. Se refiere a su abuelo, Mister Cecil X. McKey, mi padre. Fue un hombre inquieto, poco dado a la familia y muy trotamundos. Mi hijo siempre ha querido parecérsele. -Eso no es verdad, mamá, yo nunca he sido un aventurero. -No. Pero tampoco te has dado mucho a la familia. Has optado por otras aficiones. -No sé de qué hablas, mamá. Me llevo bien con mi padre, nos escribimos con frecuencia. -Se acabó -impuso la dama-. No hablaré más de intimidades. Continúen con lo del negocio. -Su hijo me habló de lugares muy bellos en sus haciendas mintió

Falcón

repitiendo

la

historia

que

contara

a

Signorelli-. Lugares en los que hay vegetación y fauna muy


132

interesantes. Me hablaba de las vacaciones que pasó en la niñez en sus propiedades, usted también recordará aves como halcones y plantas maravillosas, orquídeas, sobre todo. -No recuerdo haber pasado vacaciones con mi hijo. En esas épocas

siempre

se

perdía

con

su

padre,

iban

con

un

amiguito, un chico extranjero a las haciendas y pasaban los días perdidos en las montañas, cazando, creo. Mi esposo y Mister

McKey

tenían

aficiones

parecidas.

Con

quien

vacacionaba era con Franck. El fue siempre un chico tan correcto. -En todo caso, señora -insistió Falcón-, usted conocerá sus propiedades y las bellezas naturales que posee. Grace

demoró

su

respuesta,

mientras

cortaba

minuciosamente los riñones y se los comía masticando con rapidez

y

cuidado.

A

Stalin

le

pareció

que

la

anciana

buscaba, con el movimiento de sus afiladas mandíbulas, algo más

que

moler

la

carne

o

las

alverjas;

era

como

si

encontrara más placer en la deglución que en el sabor de lo injerido. Callados, en un silencio que para Solano era cada vez más intolerable, terminaron el plato fuerte y, luego de que la empleada lo sustituyera por el postre, una cassatta napolitana,

Cecil

exclamó

con

la

voz

alterada

por

tensión que había acumulado en los últimos minutos: -Flores, te ha preguntado sobre flores. -La jardinería es una memez de vieja, que no tengo, hijo.

la


133

Cecil, en un movimiento nervioso, derramó parte de su helado

sobre

callada

y

el

el

mantel

blanquísimo.

detective

supo

que

La

mujer

gozaba

al

continuó sentirse

necesitada por su hijo, y Grace McKey de Solano presentía que era para algo más que un posible y nebuloso negocio. Falcón,

al

percibir

el

placer

con

que

la

madre

de

su

cliente asimilaba la situación, se extrañó casi de que la cassatta

se

desliera

entre

los

labios

de

la

hermosa

anciana. - Mamá, por favor... -Señora McKey -intervino Falcón temiendo que su cliente se derrumbara y dijera todo sobre los intentos de asesinato que había sufrido-, yo comprendo que entre su hijo y usted haya una relación filial que no me compete, pero tengo intereses financieros en esto y por tanto le rogaría que habláramos de la posibilidad del negocio que le planteé. -Es verdad -casi rió la dueña de casa al encontrar en la solicitud de Falcón la oportunidad de aumentar la tensión de su hijo-, somos muy descorteses, ¿no crees, Cecil? - Las orquídeas, yo... -balbuceó el interrogado sin poder coordinar sus pensamientos. -¿Café o cognac, doctor Falcón? -preguntó la anfitriona. -Ambos, por favor -pidió Stalin, resignado a seguir en el diálogo el derrotero que fijara la mujer. La mucama retiró los platos del postre y los sustituyó por pequeñas tazas de café y ventrudas copas de coñac, una


134

botella de Napoleón y una cafetera de plata. La señora sirvió los líquidos con exactitud y, mientras sorbía su café afirmó: -Es a tu esposa a quien le gustan las flores. -Ex esposa -aclaró Cecil en un murmullo. -Conozco a doña Regina -intervino Stalin que había visto una posibilidad de cruzar información-. ¿Ha hablado con su nuera últimamente? -Nunca hablo con esa... con esa señora -contestó Grace. Stalin bebió su licor en silencio. Había escuchado lo suficiente y temía que Cecil se derrumbara, por lo que deseaba abandonar cuanto antes la casa de la señora McKey; su cliente se veía tan fuera de control como lo había estado el lunes por mañana en la casa de citas de Malena. Apenas terminó su trago, el detective se puso de pie y se disculpó. -Perdone, señora de Solano, pero los almuerzos de negocios son así. Debemos ir a otra reunión. Con torpeza, Cecil se levantó y murmuró algo similar; su madre lo miró por un momento y luego dijo: -Es una falta de educación que te vayas así. -Debemos

irnos,

señora

-insistió

Falcón,

quien

se

dio

cuenta de que en su voz sonaba una dureza incoherente con el entorno de finas porcelanas y muebles caros. -Cecil -murmuró la anciana, conmovida de pronto-, ¿qué te pasa?


135

En la voz de la mujer, el investigador percibió una rara

mezcla

de

amor

y

repugnancia.

Solano

evaluó

la

situación. El detective casi pudo ver en el rostro de su cliente la necesidad de confiar en Doña Gracia, su madre; fue un impulso instantáneo al que Cecil supo sobreponerse. -Negocios y otros asuntos, mamá -se despidió Cecil-; cosas que, en verdad, no te interesan. La anciana siguió bebiendo su café mientras se le congelaba otra vez la expresión. No insistió. -Que tengas una buena tarde, madre. -Adiós. Falcón se despidió con un gruñido e imitó, molesto, el paso apresurado con que su cliente abandonaba la casa de Grace McKey de Solano. Abrieron la puerta sin esperar a la criada y salieron al pasillo. Allí, en actitud de tocar el timbre, se encontraron con un hombre gordo, bien vestido, calvo y moreno; sus ojos habían sido sustituidos por los cristales de unos lentes muy gruesos. El individuo miraba como un insecto y Stalin, quien lo reconoció de inmediato, sabía que actuaba como un insecto: era obstinado, devoraba a

sus

víctimas

minuciosamente

y

tenía

la

ética

de

un

escorpión. -¿Qué hace por aquí, doctor Unda? -saludó el detective-. No me diga que la señora Solano de McKey cambió el bufete Huerta Gross por el suyo.


136

-Perdón -se disculpó el abogado mientras miraba con sus ojos de alacrán a Falcón-. ¿No es esta la residencia del general Pérez? -Aquí vive la señora Grace McKey de Solano -informó Cecil indiferente. -Perdón -dijo Unda-, me he equivocado de piso, sin duda. Y se escurrió apresuradamente hacia la puerta de las escaleras; por lo visto no deseaba compartir el ascensor, pensó Stalin mientras preguntaba: -¿Ha visto usted antes a ese tipo? -Nunca -respondió Solano-. ¿Quién es? -Abel Unda -murmuró el investigador, más para sí mismo que para su cliente-, el abogado más sucio de la ciudad. -Se habrá equivocado de piso, como dijo -comentó Solano mientras se aproximaba al control del ascensor y pulsaba el botón. Cuando estuvieron encerrados en el cubo de metal, Cecil se disculpó: -Lamento que mi madre no nos ayudara. -No

crea

-respondió

Stalin-,

esta

visita

fue

de

mucha

ayuda, sobre todo al final. -¿Sí? Me extraña, nunca hemos sido muy unidos. -Ayudó, señor Solano -concluyó el investigador mientras la puerta del ascensor se abría frente a la atenta figura de Beltrán-; también por eso, ayudó. Y los tres hombres se encaminaron hacia el portal del edificio;

sus

pasos

resonaban

arrítmicos

sobre

el

duro


137

suelo

de

mármol

brillante.

En

su

trayecto,

fueron

precedidos por sus reflejos distorsionados; Falcón se dio cuenta

de

que

su

cliente

intentaba

reconocerse

en

los

ondulantes perfiles de las imágenes que se deslizaban sobre el

piso:

caminaba

con

la

vista

fija

en

la

reluciente

superficie de mármol, buscando inútilmente los contornos de su rostro en esa móvil mancha que huía frente a él. El detective sabía que Cecil aún no completaba una imagen de sí mismo, a pesar de que en las últimas 72 horas se había visto como nunca antes en su vida. Sin aflojar el paso, Stalin extrajo su botellita de pisco y bebió un corto trago de licor. Ya en la calle, el detective dedicó unos segundos a recorrer las aceras con la mirada más intensa de la que fue capaz; sentía la angustia de Cecil, el dolor urgente que se producía

al

buscarse

en

él

mismo,

sabiendo

que

unos

asesinos podían encontrarlo antes de que descubriera, en su interior, lo que necesitaba saber. Por eso Falcón observó con

minuciosiad

la

calle

amplia,

limpia

y

segura:

los

árboles del parterre, los portales de los edificios y los guardias

de

seguridad

que,

inmóviles

bajo

el

sol,

proyectaban sobre el suelo sus sombras afiladas y las de sus carabinas; las negras siluetas erizadas por las armas se

veían

producían.

más

amenazadoras

que

los

cuerpos

que

las


138

-Vayan a mi oficina y espérenme ahí -ordenó Stalin mientras entregaba la llave de su despacho a Beltrán y detenía un taxi-. Yo los alcanzo en una hora. -Le

esperamos,

jefe

-aceptó

El

Cobra

al

tiempo

que

introducía a Cecil en su Chevrolet; Solano, ausente, se dejó llevar sin quejarse ni oponer resistencia. Falcón apenas se había sobrepuesto a la sensación de angustia

y

desconcierto

que

atormentaba

a

su

cliente,

cuando atravesó el portal de la vieja casa en la que había visto entrar, la noche anterior, a Adrián De Montero, el hombre cuyo reflejo vislumbrara en la mansión de Cecil el día en que lo conoció. Distraído, el detective caminó por un zaguán verdoso y húmedo en el que la luz del sol entraba con dificultad; fue esa mutación de la claridad en una especie de vaho viscoso rezumado por las paredes lo que alertó a Falcón arrancándolo de sus reflexiones. Sintió que algo denso, frío e irrevocable enturbiaba el sol, gastaba los

adoquines

lisos

del

suelo,

combaba

las

gradas

crujientes de la escalera y podría las maderas grises del piso superior. Agobiado por la sensación, el investigador buscó la habitación que correspondía a la ventana que, la noche anterior, había visto alumbrarse luego de la llegada de Adrián; cuando estuvo frente a la puerta, encontró los batientes fatales

entreabiertos.

sombras

que

Falcón,

permitía

ver

como la

huyendo puerta

de

las

entornada,

deslizó hacia un lado el cuerpo ocultándose tras la jamba


139

que tenía a su izquierda mientras extraía su pistola y retiraba el seguro; luego, inclinado y veloz se introdujo en la vivienda de Adrián. Protegido por la velocidad con que se había movido, el detective, ya en el interior de la habitación,

se

cubrió

la

espalda

con

un

gran

armario

antiguo y rápidamente miró el sitio, con el arma lista para disparar. Falcón sintió que la sensación de fatalidad se abatía como un pesado polvo gris en el cuarto que observaba a través de la mira de su pistola; al girar en semicírculo, la

guía

de

decorada:

su

arma

mesitas

le

que

mostró

una

sostenían

sala

puntillosamente

figuras

antiguas

de

porcelana, un par de juegos de té de plata, pedestales de bronce para estatuillas de yeso que representaban pastoras acurrucadas

o

danzarinas

ninfas,

anaqueles

en

los

que

reposaban los restos de una vajilla de Limoges y un juego de copas de cristal cortado. En las paredes, entre grabados piadosos, colgaba una docena de fotografías color sepia de serenísimos parientes muertos; de las fotos destacaba una, la de un hombre erguido y solemne, que Stalin supuso era el padre de familia. El retrato, por su tamaño, debía ser la imagen

más

importante

del

lugar,

pero

no

era

así;

el

detective notó que todos los objetos, muebles, estatuillas, copas o teteras, parecían magnetizados alrededor de una mecedora en la que muy bien podría descansar la madre de


140

Anthony Perkins cuando representaba al sensible asesino de “Psicosis”. Sobre el espaldar del asiento colgaba, adornado con un crespón negro, el retrato de una mujer. Se trataba de una anciana flaca, fea y enérgica, peinada con un moño canoso alto,

tieso

y

acerado;

la

señora

vestía

una

blusa

blanquísima con los puños y el cuello de encaje. Al mirar en la fotografía el tejido calado de la prenda, Falcón percibió

el

resto

de

piezas

de

encaje

que

cubrían

la

habitación: de cada anaquel colgaba un mantelito de ese material, bajo todas las figuras se podía ver el borde calado de un mantel, igual que sobre los espaldares y los brazos de los sillones. Todas esas piezas de hilo blanco le parecieron a Stalin tejidas desde el retrato, como una telaraña cuyos filamentos se originaban en la blanca y rígida cabellera de la dama de la fotografía y en su blusa calada. Toda una madre, pensó Falcón mientras sentía que la telaraña, generada por la mujer de la foto, estaba en ese momento cargada de muerte; pudo incluso escuchar el rumor de un insecto atrapado en los hilos que se enredaban entre los objetos de la habitación. Sin bajar el arma atravesó el cuarto hasta llegar a lo que debía ser un estudio, tan lleno

de

estantes

manteles

calados

atiborrados

de

como

la

sala;

libros

y

sobre

allí, un

entre antiguo

escritorio de caoba, encontró el cuerpo ensangrentado de


141

Tony Obando. Acurrucado en una esquina, zumbaba Adrián De Montero, como un gordo y lloroso moscardón. Stalin pensó que no importaba cuán lozana fuera la carne

antes

de

ser

reventada

por

un

balazo,

luego

del

disparo siempre se veía como los retazos sanguinolentos que ensucian el piso de las carnicerías. El poderoso pecho de Obando

no

era

la

excepción,

no

podía

hallarse

ninguna

virilidad sudorosa en el guiñapo muerto que sostenía el escritorio. Los gemidos de Adrián subieron de volumen cuando vio el arma de Falcón; el detective, sin prestarle demasiada atención, revisó el cuarto y las otras dos habitaciones del departamento, hallándolas vacías; luego regresó al estudio para comprobar que De Montero continuaba entregado a su crisis nerviosa; seguro de que el dueño de la casa no lo molestaría, y sin buscar nada en especial, se dedicó a revisar minuciosamente la vivienda. Quince minutos después había concluido su trabajo y sostenía en las manos los restos de una escopeta calibre .16: una culata de madera y un trozo del cañón cortado con una sierra para metal; tanto las partes desechadas del arma, como la herramienta las había encontrado en una bolsa de basura en la cocina. Falcón no deseaba permanecer en la vivienda de Adrián, cerca del cadáver de Obando; por lo que se aproximó al hombre que lloraba acurrucado en el rincón del estudio y lo arrastró

hacia

la

salida

del

departamento.

De

Montero,


142

manso y compungido, siguió al detective. Solo se detuvo un momento cuando pasaron frente al retrato de la mujer de la blusa de encaje, y gimió. -No se angustie -sonrió Falcón-, antes de morir la señora ya completó su trabajo. Sin entender las palabras del detective, Adrián se dejó llevar. Media hora más tarde, Falcón y De Montero entraban a la habitación de Cecil, en la casa de Malena. Beltrán,

sentado

en

la

silla,

los

miró

sin

inmutarse;

Solano, en cambio, saltó del catre y abrazó a De Montero, ambos empezaron a murmurarse palabras entrecortadas por el llanto. El detective y su ayudante guardaron silencio, Beltrán ocupó de nuevo su silla y se concentró a mirar, a través de la ventana, la parda y gutural lucha de las palomas. Los dos amantes le recordaron a Stalin una escena de “La Jaula de las Locas” en la que los dos protagonistas, uno italiano y otro francés, se abrazan en la luz de un reflector, entre delincuentes y policías que se disparan; son solo dos homosexuales avejentados e inermes, pero se aman. -Después se arrullan -sugirió Falcón mientras pensaba que, independientemente de la edad y el sexo, el amor siempre idiotiza a los amantes. -Adrián,

amor

haces aquí?

-consiguió

vocalizar

al

fin

Cecil-,

¿qué


143

-¡Fue horrible, está muerto, fue horrible! -alcanzó a hipar De Montero mientras ocultaba el rostro en el flaco pecho de su amante. -Mierda -gruñó Solano-, ¿qué le hizo, hijo de puta, qué le hizo a Adrián? El detective notó que, por primera vez, su cliente se le

enfrentaba

fortaleza

con

interior.

integridad

y

“Milagros

del

algo

parecido

amor”,

pensó

a

una

Stalin,

mientras intentaba recordar si alguna vez alguien lo había defendido de esa manera, si en alguna oportunidad él había protegido a otra persona como lo hacía Cecil con su amante. La memoria no lo ayudó, por lo que, desechando la idea, ordenó: -Siéntense en la cama. Los que van a explicar lo que sucede son ustedes dos. Empiecen. -No me ordene nada -gritó Solano McKey-, yo soy el que le paga. -Dos

cadáveres

en

tres

días,

son

muchos

-dijo

Falcón

mientras se apoyaba contra la pared-. No me fastidie más. ¿Quién mató a Tony Obando? -¿Cómo?

-preguntó

Cecil

mientras

se

dejaba

caer

en

el

-lloriqueó

De

catre-, ¿de qué habla este hombre, Adrián? -Cuando

llegué

a

mi

casa

ya

estaba

así

Montero-, ya estaba así, muerto. Y la sangre, tanta sangre; menos mal que mamita está muerta...


144

-También

encontré

esto

-explicó

el

detective

mientras

extraía las piezas de la escopeta recortada de la bolsa de basura en que las transportara. -Eso fue... -empezó Solano-, nosotros no... no queríamos matar a nadie, no queríamos; alguien intentaba matarnos, a Adrián... nosotros... -Desde

el

balbuceo

principio

de

su

-gritó

cliente-,

Falcón

desde

el

para

interrumpir

principio.

¿A

el

quién

querían matar? -A Adrián, dispararon contra Adrián -explicó Cecil. -En la avenida Rodrigo de Chávez, ¿estaba con usted en la balacera que me contó? -No,

antes,

en

mi

hostería.

Lo

de

la

balacera

en

la

licorería lo inventamos para que alguien nos ayudara. No podíamos llamar a la Policía. -¿Y lo de la escopeta? -Igual. Queríamos que usted investigara, que creyera que alguien trataba de matarme. -Alguien murió, de todas formas. -Pero

no

queríamos,

no

queríamos

eso.

Yo

instalé

la

escopeta, y se suponía que usted la encontraría. Pero ese estúpido encargado del estacionamiento... -¿Qué tenía que ver la orquídea? -Eso

fue

real

-afirmó

Solano-.

Un

día

antes

de

que

dispararan contra Adrián, recibimos, a nombre de los dos, un paquete con una flor así

adentro.


145

-¿Por qué supusieron que tenía que ver con el atentado? -Traía una nota horrible -gimió De Montero. -La quiero ver -dijo el detective. -La rompí luego de leerla -explicó Cecil. -¿Qué decía, lo recuerda? -Algo

como

“Ahora

te

toca

a

ti.

Ahora,

al

fin.”

Una

amenaza, algo así. -Y después fueron los disparos -concluyó Falcón. -Sí -convino su cliente-, al otro día. Por eso pusimos una flor igual en la camioneta. Quería que usted la encontrara. -Y Obando, ¿dónde encaja en esto? -No sé -contestó Cecil mientras consolaba a su amante que, con

la

mención

del

nombre

del

último

cadáver,

había

reiniciado sus lamentos. Falcón lo vio llorar por un momento y luego afirmó: -Pero usted sí sabe, no es cierto señor De Montero, usted sí sabe. -¡No lo moleste! -gritó Solano. -Hable, Adrián, hay

ya dos muertos.

-¡No lo moleste! -No,

amor

-acezó

Adrián-.

Él

tiene

razón.

Te

mentí,

perdóname. -¿Cómo, en qué me mentiste? -Es que, amor, tenía tanto miedo. -Por el principio -volvió a rogar Stalin-, empiece por el principio.


146

Beltrán gruñó algo incomprensible, mientras dejaba de mirar

a

las

palomas

y

concentraba

su

interés

en

el

tembloroso sujeto que hipaba sentado en el catre. Cecil se había apartado de él, por lo que Adrián, de pronto, estuvo solo en el centro de atención de todos. Solano lo había rechazado, casi con repugnancia. “¡Ah, el amor!”, pensó Falcón mientras insistía: -¿Qué pasó? -Tony, Tony Obando... -explicó De Montero, mientras buscaba la mirada de su amante-, debes comprenderme, por favor. Antes de conocerte yo... yo necesitaba a veces compañía. Esta ciudad es muy dura. Buscaba y me encontré con Tony. Fue algo que me dolió mucho. Era tan fuerte y tan joven, pero muy canalla, muy mal hombre; me abusó tanto unos meses y después se fue con una mujer asquerosa. -¿Cuándo sucedió? -interrogó el detective, que podía sentir la perspectiva de gusano desde la que Adrián miraba el despecho y la ira de su amante. -Hace

más

de

dos

años-

contestó

Adrián;

luego

gimió,

hundido en su vergüenza y dirigiéndose a Cecil-. Te juro que fue como seis meses antes de conocerte, créeme. -¿Lo veía con frecuencia después de que se separaron? -Nunca, nunca lo había visto. Hace tres o cuatro semanas apareció de nuevo... Perdóname mi amor, yo... tú estabas en la

hostería,

encontramos.

tan

lejos,

yo,

a

veces...

a

veces

nos


147

-Te

tocaba...

-murmuró

Solano,

ausente,

perdido

en

su

Cecil.

No

me

propio vértigo. -¿Qué quería Obando? -lo interrumpió Falcón. -Nada.

Preguntaba

cosas

sobre

mí,

sobre

pareció nada raro, quería saber de mi vida. -¿Tenía Tony motivos para querer matarlo? -No -contestó Adrián, abatido por el dolor con que Cecil se apartaba de él. -¿Sabía que el señor Solano me había contratado? -Sí. -¿Le informó a dónde íbamos, le dijo de la reunión que tendrían ustedes dos en el café de la avenida Amazonas, la noche del lunes. -Sí... Era un canalla pero, últimamente, se portaba tan bien; estaba tan preocupado por mí y además tenía dinero, mucho dinero. -¿Dijo de dónde lo sacaba? -No... bueno, dijo que una vieja se lo daba, yo supuse que sería la que vivía con él. Solano

McKey

resintió

las

últimas

palabras

levantándose del catre; empezó a recorrer desesperado la pequeña habitación y luego salió del cuarto. De Montero fue tras él, llorando. -Bien -dijo el detective-, por lo menos sabemos por qué los sicarios nos seguían tan de cerca. -Cierto -aceptó El Cobra.


148

-Ahora debo averiguar qué relacionaba al amante de la ex mujer de Solano con los sicarios. -A veces el cariño empuja a cosas raras, mi sargento. -Cuídalos -pidió Falcón -. Yo voy a visitar a la señora Regina De la Cueva. Creo que ella nos puede contar algunas cosas de su noviecito muerto, por ejemplo el origen del dinero que el muchacho gastaba. Beltrán hizo un gesto de asentimiento, soltó un sordo suspiro y volvió a mirar a las palomas. Y Stalin dejó la habitación molesto por sufrir la inevitable congoja que le producían tanto la derrota de Adrián como el desconsuelo de Cecil.


149

NOCHE

El

detective

aprovechó

el

viaje

en

taxi

para

reflexionar sobre el caso, tenía tiempo pues las avenidas estaban congestionadas y el tránsito se tupía, caótico y estridente, en las bocacalles. Gracias a la pusilanimidad de

su

cliente,

había

seguido

todo

el

tiempo

un

rumbo

equivocado, el objetivo de los asesinos era Adrián, no Cecil. taxista,

El

investigador, aturdido,

fastidiado,

intentaba

observó

aprovechar

un

cómo

el

área

de

estacionamiento para adelantar a un autobús, la maniobra


150

torpe lo dejó encajonado un largo rato. En estricta lógica, la

investigación

debió

haber

seguido

la

senda

de

la

verdadera víctima, no la de Solano, su tembloroso amante; sin embargo, yendo detrás de Cecil, había descubierto una difusa intriga que, de alguna manera, daba cuenta de los acontecimientos. bocina,

en

un

descubrimiento,

El

chofer

gesto la

se

apoyó

estúpido

relación

de

entre

iracundo

sobre

impotencia.

El

De

y

Montero

la

último Obando,

ponía en el centro del asunto a la señora De la Cueva. Stalin

la

recordó:

gemebunda. anochecía

Obtener y

la

ebria,

bella,

información

de

dama

debía

estar

pero

ella ya

demacrada

sería

llena

de

y

sencillo; vodka

y

frustraciones. Llegaron finalmente; el investigador abonó el precio del viaje y, con mucho cuidado, cerró la puerta del automóvil luego de apearse. Aunque los augurios eran buenos, Falcón sabía que la clave de todo el embrollo no estaría entre las piernas arrugadas de doña Regina; para convocar a policías, mafiosos, periodistas y sicarios hacía falta

tener

contactos

y

poder,

y

la

pobre

tomó

el

borracha

no

disponía ni de unos ni de otros. Falcón

entró

al

edificio,

ascensor

y,

preparándose para recibir en la cara el aliento alcohólico de doña Regina, llamó a la puerta. Abrió la ex mujer de Solano pero no apestaba a licor, olía a algo que debía ser tan caro y antipático como el Chanel N#.5, y se veía quince años más joven que el día anterior; vestía un vaporoso


151

traje turquesa y lo miraba con unos bellos ojos del mismo color. -¿Señora De la Cueva? -preguntó Falcón algo desconcertado. -Usted

vino

con

mi

marido,

ayer

-lo

saludó

la

mujer-.

investigador

quien,

Discúlpeme, no recuerdo su nombre. -Stalin

Falcón

-le

informó

el

rápidamente, imaginaba un pretexto para la visita. Esperaba tratar con una borracha manipulable y no se había preparado para enfrentar a una mujer extrovertida que, obviamente, no había

bebido

más

que

lo

necesario

para

que

sus

ojos

tuvieran el brillo perfecto. -Tampoco

me

reconoció

acuerdo

la

mujer,

del

motivo

luego

rió

por y

el

dijo-.

que

vinieron

Estaba

un

-

poco

mareada; pase por favor y cuénteme de nuevo el asunto ese. -A

eso

señora

he

venido

hasta

la

-explicó sala

y

Falcón

pensaba

mientras

en

que

seguía

no

debía

a

la

tener

demasiado arrugadas la piernas-. Se trataba de un asunto jurídico. -Sí,

algo

ocupaba

que

con

esperando

a

no

entendí

-confirmó

bastante

gracia

alguien,

pero

el

entre

la

sofá-; tanto

señora

siéntese, puedo

Puede ser que hasta me hayan dejado plantada.. -¿Espera a Tony Obando? -¿Lo conoce? -No está entre mis amigos. -Es un chico muy lindo.

mientras estoy

atenderle.


152

-Sin duda. -¿Lo mandó mi esposo para averiguar sobre Tony? -No. No se trata de eso. -Ya

me

parecía,

a

Cecil

nunca

le

han

molestado

mis

aventuras. -Ustedes están divorciados. -Hay cosas que no se acaban porque se firme un papel. En todo caso, ¿qué cosa venía a tratar? -Es fastidioso hablar de un asunto aburrido con una mujer tan

guapa

-dijo

Falcón

mintiendo

a

medias

y

con

la

esperanza de prolongar la conversación. El detective miró el piso, casi esperaba encontrar sus pies al borde de una hondonada; supo que esa sensación de vértigo

provenía

de

Regina,

alegre

y

estimulada

pero

también a punto de volcarse hacia una negra profundidad de angustia.

La

tensión

la

percibía

Stalin

en

la

mínima

crispación de los gestos y en los contornos ríspidos de la voz de su interlocutora. -¿Un trago? -ofreció la señora De la Cueva mientras se estiraba sobre el sofá mostrándose -Falcón lo tuvo que reconocer- bastante sensual, con el cuerpo envuelto en ese amplio vestido transparente y obscuro. -¿Tiene pisco? -Siempre

tengo

de

todo

-comentó

la

señora

mientras

levantaba e iba hacia un pequeño bar-, ¿cómo lo quiere? -Solo.

se


153

-Así es como hay que beber los licores fuertes. Yo prefiero el Vodka, no huele a nada. -Sí -reconoció Falcón un momento después, luego de beber un trago de su copa y mientras trataba de adivinar el largo de las leves mangas que envolvían los brazos de la dama-. El pisco tiene un aroma fuerte. -Dulzón. Yo prefiero otros olores. -¿Cuáles? -Depende de lo que esté oliendo. -Supongo que usted y el señor Solano olían cosas distintas. -Cecil es muy formal. Digamos que a él le gusta el olor a maderas antiguas. -Y a usted le gustan olores más nuevos. -No tiene que parecer educado -rió Regina mientras ondulaba los velos de su vestido en dirección a su interlocutor-; es verdad, Tony huele a juventud, y huele fuerte. -Debe ser una gran sensación. -Nada demasiado importante, es agradable. -¿Lo está esperando? -Debió venir hace unas dos horas. Pero es joven y a su edad el tiempo no es muy importante. -Usted huele muy bien. -Tome otro Pisco -sugirió la señora mientras se acercaba unos centímetros a Falcón y hacía el gesto de envolverlo en los obscuros tules de sus mangas-, y va a ver como huelo aún mejor.


154

-Me han dicho que quien huele a veces a flores es su amigo Tony. -Otra vez se hace el educado. Yo sé que Tony es bisexual. -Y a usted no le importa. -Eso le da morbo, ¿no cree? -A mí no me estimula mucho. ¿Dónde lo conoció? -Es

amigo

de

un

pintor

que

me

hizo

un

retrato.

Posé

desnuda. -¿No le extraña que se demore? -¡Quién sabe en qué fuertes brazos esté mi Tony! -rió la mujer

mientras

se

aproximaba

a

Falcón

y

lo

abrazaba

envolviéndolo en los tules de su vestido-. Me excita pensar que esta noche lo estuvieron penetrando. -¡Y

de

qué

manera!

-dijo

Stalin

sin

poder

contenerse,

sintiéndose atrapado en una bruma turquesa. -¿Cómo dice? -Por

lo

visto,

ni

usted

ni

él

son

celosos

-afirmó

el

investigador para evitar dar explicaciones sobre su última afirmación. -Mañana le contaré lo bien que estuviste. Porque vas a estar bien, ¿no? “Bueno”, se resignó Stalin mientras se perdía en el perfumado abrazo y en las blancas y aún tersas carnes. “Yo tampoco tengo veinte años”. Un par de horas más tarde, Falcón se incorporó de la cama

de

Regina,

la

miró

en

la

penumbra

y

confirmó

su


155

opinión de que se mantenía bastante bien para su edad. La mujer dormía inquieta, luego de haberse entregado con una extraña mezcla de desesperación y alegría, anudándolo con brazos y piernas contra su cuerpo

mientras la penetraba;

Stalin no había esperado otra cosa. El detective se vistió, sintiendo en su sexo una sensación de vacío, algo que le ocurría siempre luego de estar con una mujer; luego tomó el teléfono de la mesita de noche y presionó el botón de redial, tras una espera algo larga, le contestó una voz somniolienta y rígida a la vez: -Residencia de doña Grace McKey de Solano. El detective, que había reconocido a la mucama de cofia almidonadísima, pensó que doña Grace le había mentido al afirmar que no hablaba con su antigua nuera; por lo visto, se habían comunicado hacía poco tiempo. Colgó la bocina y se dedicó a revisar el dormitorio en la penumbra, sin buscar nada en especial. Halló una libreta y arrancó de ella una hoja manuscrita que no pudo leer en la obscuridad; se la guardó en el bolsillo y continuó el registro sin encontrar nada más que le pereciera importante. Finalmente, regresó junto a lecho, puso su mano sobre la cadera desnuda de

Regina

alcohólica habitación.

y

seguro

de

inofensiva,

que se

la

alejó

mujer de

no

ella

era y

sino

abandonó

una la


156

JUEVES


157

MAÑANA

Falcón sabía que, de alguna manera, había resultado adecuada la falsa ruta de investigación que recorriera tras de una orquídea y protegiendo a Cecil, alguien que no era el objetivo de los asesinos ni estaba en peligro directo; por ese motivo, luego de dejar a Adrián al cuidado de Malena, decidió continuar

con la entrevista que tenían

programada para esa mañana. El moderno taxi, en que se desplazaban hacia la casa de Alma Solano De la Cueva, le pareció al detective una


158

cápsula de alta tecnología a bordo de la cual se adentraban más que en la ciudad, en una región del alma de su cliente. Stalin intuía que el reconocimiento que Cecil iniciara el día anterior había llegado, luego de la entrevista con doña Grace,

a

un

intolerable.

extremo

de

Mudo

hosco,

y

profundización Solano

se

que

le

abismaba

era en

casi sus

honduras en un proceso que Falcón temió terminara en algo parecido a la idiotez; para distraerlo, el investigador preguntó: -¿A qué se dedica su hija? -Es fotógrafa, creo. -No conseguí mucha información sobre ella. Cuénteme, ¿está casada? -Divorciada. Se casó muy joven, hace unos cinco o seis años. -¿Con quién? -Un joven Rivadeneira, diplomático. -¿Tiene hijos? -Un niño. Se llama Carlos Alejandro o Carlos Manuel, no recuerdo. -Económicamente, ¿cómo está? -Nunca me ha pedido dinero. Supongo que gana bien con su trabajo, además el ex marido le pasará una pensión. Ella viaja mucho, a Estados Unidos y a Europa. -¿Viaja con el niño? -No sé.


159

-¿Hay algo más que me pueda decir de su hija? Falcón lamentó haber hecho la última pregunta cuando se percató de que Cecil, al hacer conciencia de que casi no sabía nada de Alma, volvía a hundirse en un silencio y en una

inmovilidad

que

lo

asemejaban

a

un

gran

pájaro

disecado. Eran las 9:20. Seguidos siempre por el imperturbable Beltrán, el detective y su cliente llegaron a la dirección de Alma Solano De la Cueva. La vivienda era parte de un condominio llamado “Jockey Club”, dos o tres docenas de casas iguales construidas con el estilo de un pueblito bávaro; a Falcón, el conjunto residencial le pareció de cartón piedra; casi sintió, al ingresar al lugar, que el guardia que vigilaba a los recién llegados los expulsaría del recinto porque no llevaban trajes de tiroleses. El guardián, ventajosamente, solo los miró con displicencia mientras buscaban.

les

indicaba

Caminaron

la

sobre

ubicación un

de

empedrado

la

vivienda

falso,

por

que las

falsas calles del falso pueblito hasta llegar a la casa número 18, en la puerta del inmueble encontraron pegada una nota. Falcón agarró el papel y lo leyó en voz alta: -“Te esperamos en el parque de aquí al lado con tu nieto. Debo tomar una fotos.” -luego preguntó- ¿Le avisó que tenía trabajo hoy? -No. Cuando la telefoneé me esperaba.

no mencionó nada. Solo dijo que


160

El detective se apartó de su cliente y llamó con un gesto a Beltrán; cuando el boxeador se le unió, le comentó en voz baja, mientras sacaba su pistola de la sobaquera, la rastrillaba y escondía en el bolsillo de su chaqueta. -Esto me parece muy extraño. En el parque vamos a estar al descubierto, como conejos. Ten la Browning lista. -No

debemos

trampa.

ir,

Es

jefe

casi

-discrepó

seguro

El

que

Cobra-.

los

Esto

es

asesinos

una

estarán

esperándonos. -Sí -aceptó Falcón-. Pero si no vamos agarrarán al niño y nos lo cambiarán por Solano o por Adrián. -Tiene razón, jefe -gruñó el boxeador. Cecil y sus protectores se dirigieron hacia el lugar señalado

en

inquietante arbustos

de

la

nota,

vegetación: perversas

un

parque

árboles flores

antiguo,

con

retorcidos

y

rojas

y

macizos

mucha

e

musgosos, de

altos

tallos cubiertos con hojas de bordes cortantes. La luz de Quito

no

perdía

vegetación;

al

su

dureza

contrario,

en

el

tenue

mineralizaba

el

verdor verde

de de

la las

plantas, las hacía ver como durísimas joyas. Caminaron por un momento sobre la hierba hasta encontrar, junto a una pileta esculpida en piedra, a una mujer joven, rubia y muy bonita, que fotografiaba con eficacia profesional a un niño también rubio. Falcón tuvo que suponer las formas de la chica, una túnica suelta la ocultaba por completo.


161

-Cecil... papá, qué raro es verte -saludó Alma sin dejar de fotografiar

al

niño

quien,

distraído

por

los

recién

llegados, se movió un poco-. Quieto, hijo. -Alma. ¿Cómo estás? -Cecil se aproximó a su hija mientras el

investigador

y

su

asistente

lo

flanqueaban

para

protegerlo, abriendo sus posiciones como las puntas de un compás. -Estoy

bien

-le

respondió

la

mujer

que

seguía

muy

concentrada en su trabajo-. Me pareció extraña tu llamada, no nos hemos visto en tanto tiempo. A propósito, este es Juan, tu nieto. La última vez que lo viste tenía tres o cuatro años. El

niño

miró

con

curiosidad

al

hombre

alto

y

desconocido, mientras Solano extendía sus manos con torpeza hacia su hija. Alma no vio el gesto de su padre quien, incómodo, encogió los brazos. -Ahora estoy contigo. Termino este rollo y hablamos. -¿Para qué son las fotos? -quiso saber Cecil. -El padre de Juan está en Amsterdam, como cónsul, y el niño va a vivir con él. Quiero las fotos para mí -explicó la mujer, mientras seguía usando la cámara con una exactitud que a Falcón le pareció casi dolorosa. El detective sabía que Beltrán vigilaba el entorno percibiendo la forma de las sombras, el movimiento de las hojas y la infinidad de murmullos del parque; mientras tanto, él observaba a Cecil y sus descendientes: hubiera


162

esperado que el eje del encuentro fuera el niño pero ni la madre ni el abuelo le prestaban atención; el uno guardaba silencio mientras evitaba mirar a su hija quien, por su parte, se afanaba en el uso de la cámara de fotos. Falcón se dio cuenta de que la chica utilizaba la fotografía como su padre los silencios: para alejarse, para no entrar en compromiso con nadie. Solano y su hija se parecían mucho. -Señora

Solano

-empezó

Stalin

dispuesto

a

repetir

por

última vez la mentira que había iniciado las entrevistas del día-, me llamo Stalin Falcón y con su padre hemos iniciado un negocio para el cual... -La orquídea amarilla -interrumpió Cecil, su voz sonaba tan crispada que Falcón casi no la reconoció-, tú no me la mandaste, ¿no es cierto? -¿Orquídea? No entiendo -respondió la mujer encarando a su padre. - Alma, ¿por qué estamos aquí? -No te entiendo, papá. -Aquí al descubierto, en donde hasta me pueden disparar. -¿Disparar? Pero si solo esperamos a la abuela. -¿A mi madre? -Me llamó temprano esta mañana; dijo que te citara aquí, que ella vendría. Solano miró aterrado a Stalin, quien en ese instante lo comprendió todo; el detective había necesitado de unos


163

segundos más para captar el panorama completo, pero lo había hecho. -¿Cómo se dio cuenta? -le preguntó a su cliente. -Recordé que nunca pasamos vacaciones juntos mi hija y yo. Nunca. No había relación entre ella y la orquídea. -¡Nos vamos! -gritó Falcón a Beltrán. -¿Qué sucede? -preguntó Alma quien, desconcertada, se había aproximado a su hijo para abrazarlo. En ese momento empezaron los disparos. -¡El niño! -gritó Solano. Falcón embistió a la madre y al pequeño empujándolos dentro de una pileta; mientras tanto, Cecil buscaba abrigo tras de un árbol con la prisa torpe de un animal cercado; Beltrán había desaparecido. El detective, medio sumergido en el agua helada de la pila, se había dado cuenta de que los disparos venían de dos puntos diferentes, por el sonido supo

que

los

atacaban

con

armas

cortas.

Cada

trozo

de

verdor del parque se convirtió en una madriguera en la que se agazapaba la muerte. Stalin vio una sombra que se aproximaba al escondite de

su

cliente,

por

la

estatura

no

podía

tratarse

de

Beltrán. Salió de la pileta y, corriendo, fue en auxilio de Cecil. Llegó a tiempo. El hombre que había enfrentado en el restaurante encañonaba a Solano y se disponía a golpearlo cuando Falcón le hizo un disparo, el grueso proyectil de 9 mm. destrozó la columna vertebral del asesino. En su agonía


164

el sicario apretó el gatillo, pero la bala se perdió en el follaje; simultáneamente, se escucharon dos disparos más. Un par de segundos después, Beltrán se materializaba junto al detective y a su cliente. -El otro está muerto -informó el ex comando. -Todavía

funciona

tu

entrenamiento

de

selva

-acezó

el

investigador que se sentía chorreante y tembloroso. -Sí, mi sargento. Aquí pasó lo que usted dijo. -¿Qué? -No querían matar al gringo, nos disparaban a nosotros. -Yo también me di cuenta. Lo querían para cambiárnoslo por De Montero. -Así mismo debió ser. Y los tres hombres se dirigieron hacia la pileta en donde los esperaban la mujer y el niño, Falcón y El Cobra sostenían a Solano quien, aún aterrorizado, casi no podía caminar. Media

hora

después,

el

detective

y

su

cliente

conversaban en la casa de Alma Solano De la Cueva, en una sala decorada con artesanías, fotos de rituales populares y cuadros naif de pintores indios; el lugar le pareció a Falcón

más

que

un

espacio

para

descansar,

un

alegato de pluriculturalidad. -¿Ya sabe quién contrató a los asesinos? -preguntó. -¿Y usted? -quiso saber Cecil. -Sí. Lo sé.

solemne


165

Guardaron

silencio.

Mientras

tanto,

Beltrán

tomaba

café en la cocina, acompañado por Alma y el niño. Falcón miró a su cliente: un gran pájaro albino posado inerte sobre cojines bordados con temas étnicos. El investigador supo que Solano no solo había descubierto quién era la persona capaz de contratar dos asesinos para darle muerte; a lo largo de cuatro días, Cecil, de una manera cada vez más nítida, había vislumbrado los motivos más hondos de su naturaleza;

había

recorrido,

en

un

itinerario

doloroso,

desde el origen hasta las consecuencias de su situación, desde la difusa memoria conjurada por la flor amarilla, hasta la última balacera en la que pudo haber muerto. De ser Stalin un hombre optimista, hubiera esperado que Cecil Solano McKey usara ese nuevo conocimiento para mejorar; pero sabía que no iba a ser así, sabía que Cecil, como todos, perdería la oportunidad de cambiar. Lo único que el detective ignoraba era el procedimiento que Solano seguiría para continuar siendo el que, lamentablemente, era; con el propósito de averiguarlo, preguntó: -¿Qué va a hacer, Cecil? -No sé. -El peligro no ha pasado. Quien contrata un par de asesinos puede contratar otros dos. Debería hablarle. -Es inútil, ya ve como es, no escucharía. -Yo no veo otra opción. -¿Y si interviene la Policía?


166

-No serviría de mucho. Desde la cárcel también se pueden contratar sicarios. Allí, aún es más fácil. -Pero las autoridades intervendrán de todos modos -objetó Cecil sin mucha convicción. -Lo buscarán por lo del hombre muerto en su camioneta. Si no quiere destapar todo el asunto, puede insistir en que le robaron el vehículo. No creo que lo molesten demasiado, tal vez lo arresten un par de días. -¿Y lo que pasó en el parque? - Los disparos fueron solo cuatro y quedaron silenciados por

la

vegetación.

averiguaciones,

no

Por

esos

son

dos

que

conocidos

murieron aquí,

no

habrá

no

llevan

viva

estará

documentación, nadie preguntará por ellos. -No

puedo

hacer

nada.

Mientras

ella

amenazándome -murmuró Solano, ajeno a su interlocutor. Stalin supo que, en ese momento, Cecil Solano McKey había decidido hacer, por su cuenta, un contrato similar al que habían realizado en su contra. En Quito siempre se devuelve, a cambio de un Mal, un Peor. -Así que hará asesinar a su madre. -¿A mamá? ¡Cómo se le ocurre! -Ella es la que contrató... -La asesina es mi ex esposa. Regina me odia. Se habrá enterado de lo de Adrián... además coincide, este mes se cumplen veinticinco años de mi matrimonio con ella, ya se lo conté.


167

-Es una coincidencia pero... -¡No! -interrumpió nuevamente Cecil, de pronto iluminado, supuso

el

investigador,

por

las

concordancias

que

se

establecían en su memoria-. Encaja hasta lo de la orquídea, ella habló de un jardín botánico en Madrid, durante nuestra luna

de

miel,

¿se

acuerda?

En

esos

sitios

hay

flores

tropicales. Y estuvimos en España en verano, con ese clima seco y polvoriento que yo recordaba. -Señor Solano, su ex mujer no tiene ni el poder ni los contactos

necesarios

para

afectar

a

tanta

gente,

a

mafiosos, periodistas y a la Seguridad Política. Fue su madre. -Es absurdo. Lo que dice es un absurdo. -Beltrán -gritó el detective mientras se ponía de pie-, nos vamos. -¡Un momento, a dónde! -protestó Cecil. -Por ahora usted y su novio están a salvo, los dos asesinos han muerto; si contratan a otro par, será dentro de unas semanas. -¿Y qué vamos a hacer? -Usted, El Cobra y De Montero irán a su hostería en esta misma mañana, allá estarán seguros. -¿Y usted qué va a hacer? -A terminar mi trabajo -dijo Falcón mientras se encaminaban hacia la puerta-. No creo que pase de hoy día. Le llamaré a su hotel en la noche para informarle.


168

Ya en la puerta de la casa, Alma se aproximó a Solano; Falcón

sintió

la

intensidad

con

que

la

chica

deseaba

comunicarse con su padre, decirle algo. Cuando estuvo muy cerca de Cecil, la muchacha percibió su rigidez; Stalin se dio cuenta de que la tensión de su cliente era un mensaje ya captado por Alma en muchos otros inútiles intentos de aproximación. -¿Qué pasa, papá? -Nada. La pregunta y su respuesta le sonaron a Stalin como el ruido vacío de la lluvia. Un instante después, Solano y sus protectores se alejaban entre las casitas bávaras de cartón piedra del conjunto residencial. Eran las 11:45 cuando Stalin se despidió de Beltrán diciendo: -Parece que les salvamos la vida. -No creo, mi sargento -sentenció el boxeador mientras se acomodaba tras el volante de su auto-. Al final, igual van a morirse. Cecil Solano McKey y su amigo, el señor Adrián De Montero, ocuparon en silencio el asiento posterior del gran automóvil negro de El Cobra y le parecieron a Falcón una maternal

ave

prehistórica

y

su

gordo

polluelo.

Cecil

murmuraba algo contrayendo, al hacerlo, su repugnante boca pulposa, cubría los hombros de su compañero con el brazo derecho y sostenía con dulzura la cabeza de Adrián sobre su


169

pecho.

La

mañana

empezaba

a

tener

una

luz

fastidiosa;

Beltrán arrancó lentamente el Chevrolet Caprice para luego alejarse por la calle retorcida, sobre adoquines que el sol hacía brillar y paredes resecas, desconchadas por el calor. Junto a Stalin, suspiraba Malena apoyada en su brazo. El detective supuso que la dueña de la casa de citas estaba fantaseando con una partida similar en la que ella sería la adorada protagonista; casi la oyó canturrear “si vas en pos del mar, en pos del mar, allí te sigo”. Stalin sabía que en esos momentos extremos es fácil prometer cualquier cosa, hasta amor eterno. -Es

lindo

cuando

las

cosas

terminan

bien

-murmuró

el

travestí, al borde del llanto. -Nunca he visto algo que termine, Malena -gruñó Falcón-, nunca.


170

MEDIODÍA

El doctor Abel Unda, tal como se comprometiera por teléfono, lo esperaba en el parque La Alameda, junto al centenario Observatorio Astronómico. El abogado ocupaba una banca de cemento en forma de herradura alrededor de la cual crecía un pequeño seto de ciprés. Era un sitio buscado en el día por los adolescentes para apretarse los cuerpos, y, por la noche, se destinaba a otros y brutales embates de las carnes. Falcón, años atrás, había vigilado esos lugares y, desde entonces, no era capaz de olvidar la atmósfera de


171

sudores

turbios

y

groseros

gemidos

de

placer.

Algo

incoherente por completo con el destino del antiguo edifico que cobijaba esos ardores, una construcción dedicada al conocimiento de las estrellas, de las limpísimas estrellas. Eran las 12:20 y Stalin sintió que la cegadora luz del mediodía

desinfectaba

aceptable

sentarse

en

cipreses

resecos.

El

salchipapas

de

una

el

lugar

la

banca

abogado

grasienta

al

punto

para lo

bolsa

de

parecerle

conversar, esperaba

de

entre

comiendo

papel.

Inclinado

hacia adelante y con los brazos arqueados para no mancharse el

traje

con

el

alimento,

se

veía

muy

similar

a

un

escorpión. Con la tenaza izquierda sostenía la bolsita que rezumaba manteca y con la derecha trinchaba los trozos de comida, utilizando un tenedor de plástico. -Buen provecho -saludó el detective mientras se sentaba frente a Unda. -Gracias -contestó el abogado con la boca llena-. Usted dirá en qué le puedo servir. Falcón interlocutor,

se

miró

en

observó

su

los cabeza

gruesos calva,

lentes sus

de

su

antebrazos

musculosos y sus piernas cortas. Era un insecto peligroso, sin duda. -Usted sabe por qué lo llamé. -No, mi estimado licenciado, no tengo idea de por qué tengo el gusto de hablar con usted.


172

-Estamos conversando porque a los dos nos conviene, doctor. Esta es una ciudad muy pequeña como para incordiarnos el uno al otro. Hay otros por aquí más peligrosos de los que tenemos que preocuparnos. -Es verdad, licenciado -aceptó Unda mientras arrugaba la bolsa

aún

llena

y

la

lanzaba

por

encima

del

seto

de

cipreses-. Pero, aún así, le rogaría que me diera alguna luz para yo encarrilarme en el asunto que nos compete. -En pocas palabras -explicó Falcón aceptando el juego del abogado-, se trata de que al amigo de don Cecil Solano, Adrián de Montero, trataron de matarlo. El señor Solano es hijo de Grace McKey, su cliente. -Me deja asombrado, señor Falcón. No sé de lo que me está hablando. -Ya sé lo que pasó -dijo Stalin inclinándose hacia Unda hasta percibir el olor a fritanga de su aliento-; solo necesito que me lo confirme. -Y, con todo respeto mi dignísimo amigo, ¿por qué debo yo confirmarle nada? -Por

lo

que

le

señalé

antes.

Quito

es

pequeña

y

en

cualquier momento nos encontraremos de nuevo. -Cierto,

don

favores,

demuestra

generosidad.

Falcón. la

Es

muy

calidad

grato moral

que que

le

deban

uno

a

tiene,

uno la


173

-Me va a encantar ser su deudor -dijo el detective mientras se preguntaba cómo podía soportar ese sol nítido alguien tan sucio como Unda, sin reventar como un sapo en el calor. -Pregunte con confianza, pregunte. -¿Qué tuvo que ver doña Grace McKey de Solano en el intento de asesinato de De Montero y en la muerte de Obando? Abel hurgaba

Unda

con

el

guardó tenedor

silencio de

un

plástico

momento entre

mientras los

se

dientes.

Stalin, con repugnancia, vio cómo la saliva del leguleyo, espesa y rojiza, brillaba venenosa bajo la luz del sol. -No puedo hablar de mi cliente -dijo por fin el abogado-. Ya lo decía mi maestro, el doctor Deifilio Arias Campuzano en el ejercicio de su cátedra: Los jurisconsultos somos como sacerdotes del culto de la Justicia. Lo que nos dicen nuestros clientes está sujeto al mismo sigilo sagrado que deben observar los curas en las iglesias. -¡Por favor, Unda! -Le hablaré, pues, en general. Y usted entienda lo que pueda entender. ¿Le parece? -Perfecto. -Bien. Se trata de esta conventual ciudad de Quito, mi apreciado señor Falcón, aquí usted y yo tenemos trabajo gracias a que aquí todavía se respeta a la familia, que es lo único que tenemos en el mundo. Y el alma de las familias son las dignísimas madrecitas. Y del caso de una respetable matrona, un caso hipotético claro, le voy a contar.


174

-Estoy esperando. -La digna dama se entera, por un medio chantajista, de que su hijo mayor, divorciado, está en muy malos pasos. Que vive una alianza contra natura con un sujeto de pésima calidad moral. No sé si me hago entender. -Le comprendo, siga. -La dama teme más a la relación del hijo que al mismo chantaje. El otro vástago de la matrona es un político que sería, digamos, vicepresidente en las próximas elecciones; y

un

escándalo

así...

pues

es

lo

que

menos

quiere

la

señora. -Pero el que un político tenga un hermano homosexual ya no afecta mucho, las cosas han cambiado en ese aspecto. -Para

la

sociedad

quiteña,

tal

vez.

Aunque

yo

no

lo

afirmaría así, tan tajantemente, mi licenciado. -¿Entonces, qué pasó? -¡Qué no es capaz de hacer una madre para defender la honra de

un

hijo

que

va

a

llegar

a

una

de

las

más

altas

magistraturas del país! -¿Qué es capaz de hacer? -Supongamos, siempre supongamos, que la señora cree que un escándalo afectará a su hijo el candidato. No importa si lo dañará de verdad, no importa si la sociedad ya no juzga esas desviaciones con la necesaria dureza con que deben ser juzgadas.

Los

que

importan

son

sentimientos maternales, no se olvide.

esos

nobilísimos


175

-Imposibles de ignorar. -Una madre en esa situación, disculpe usted mi apreciado señor Stalin, no recurre al bufete de los doctores Huerta Gross. Busca un humilde y eficaz abogado como un servidor de usted. -¿De dónde lo conocería? -Las personas con poder siempre nos necesitan y saben cómo hallarnos. -¿Y qué ordenó la señora? -Una dama de esa condición y en esa dificilísima postura optaría, primero, por buscar el silencio del chantajista, un joven, por lo demás, de dudosa moral que se acostaba con la ex nuera de la dama y con el actual compañero del hijo descarriado. -¿Y qué haría en segundo lugar? -Eliminar el motivo del escándalo, por supuesto. Y, si me deja que le cuente, en tercer lugar trataría de impedir cualquier investigación que se hiciera sobre el asunto. -Contratar sicarios por medio de un abogado discreto y luego estimular a periodistas, excitar, como dicen ustedes los abogados, a la oficina de Seguridad Política... ¿No es mucho, aún para una madre? -No para una mujer con relaciones en esta ciudad. No en Quito, licenciado, no en Quito. Aquí todo está permitido, no hay ley que se respete siempre y cuando se actúe en silencio y para que nada nos mortifique. Se trata de que


176

todos sigamos quietitos y calientes y de que nadie haga olas. -Y usted y yo -convino Falcón desanimado, mientras miraba las torres deslumbrantes del Observatorio-, usted y yo nos ganamos la vida evitando que se hagan olas. -Yo mismo no lo hubiera dicho con mayor lucimiento -alabó el abogado. -Triste esto de vivir de la mierda ajena. -¿Usted cree? -preguntó el leguleyo mientas se ponía de pie para despedirse-. Espero haberle sido de utilidad al hablar de este hipotético caso, licenciado Falcón. -Le debo un favor, abogado. -Tendré el placer de recordárselo algún día -advirtió Unda mientras se alejaba por un polvoriento caminito que se perdía entre arbustos resecos. Falcón se levantó mientras concluía: -Triste es esto de vivir de la mierda ajena, pero es más triste vivir en la mierda y no sacarle provecho.


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NOCHE

Eran las 9:37 de la noche y Falcón, refugiado en su estudio, trataba de encontrar en el cuadro de Botticelli la serenidad que le solían brindar los suaves contornos de las figuras pintadas. Había colocado, sobre la mesita central de

la

habitación,

su

arma

y

la

orquídea

amarilla

ya

mustia, junto a un vaso lleno de pisco del que bebía de vez en cuando. En la casetera, Roy Orbison cantaba sus notas alargadas, y las paredes cubiertas por los libreros se veían tan protectoras como siempre. Y sin embargo, Stalin


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no

encontraba

la

paz

suficiente

como

para

tomar

el

teléfono, llamar a Solano e informarle de su conversación con Unda. En el extremo derecho de “La Primavera”, Flora, como

siempre,

se

desprendía

de

los

brazos

de

Céfiro

mientras de su boca se escapaba el fino tallo de una flor.

I feel so bad, I got a worried mind; I´m so lonesome all the time Since I left my baby behind on Blue Bayou...

El

detective

recordó,

con

la

canción,

la

inútil

búsqueda que había hecho, en la memoria de su cliente, tras de

una

explicación

para

la

flor

amarilla.

Nada

había

significado, a la larga, la orquídea, que reposaba muerta y suave junto al acero de la pistola; los pétalos marchitos solo sirvieron para que entre ellos, Cecil y él mismo, depositaran sus nostalgias, sus fantasmas. El miedo de doña Grace McKey al escándalo explicaba todo el caso: sicarios, policías y periodistas. Daba razón de todo excepto de la flor amarilla. Stalin bebió un gran trago de licor, se acomodó en su sillón y, recordando la hoja que la noche anterior había arrancado de una libreta en el dormitorio de Regina De la Cueva,

la

buscó

en

sus

bolsillos;

cuando

la

hubo

encontrado, empezó a leerla. Y Falcón lo comprendió todo mientras sus ojos seguían con dificultad la irregular escritura femenina, el texto


179

había sido redactado, sin duda, durante una borrachera y era, a momentos, incoherente. El investigador, luego de la lectura, bebió de un trago el resto de licor que sobraba en el vaso, trataba de protegerse con el pisco de la opresión que le provocaban las paredes cubiertas de libros. Tomó el teléfono, marcó el número

de

la

hostería

de

su

cliente

y,

cuando

éste

contestó, le dijo: -Señor Solano, tengo una carta que leerle, se la deben haber escrito hace como quince días, escuche:

Cuando empiezo a escribirte sí sé lo que te quiero decir en la carta. Sí me doy cuenta de lo que quiero poner en el papel. Pero después llegan la iras, las iras por todo lo que me hiciste, las iras por todo.

Mentiroso, ruin.

Y yo me olvido y ya no sé lo que pongo, y solo me salen ofensas.

Pero te mereces las ofensas, los insultos, ruin, ruin, sucio dañado, torcido asqueroso, cochino, ruin, ruin, ruin. Yo que era todo para ti, una madre, todo, todo. Yo que solo quise ser una orquídea para ti.


180

Ya, ya te tocó. Tanto me ha tocado padecer a mí, a mí. Ahora te toca a ti.

Ahora, al fin.

-No entiendo -dijo Cecil luego de escuchar la lectura-. ¿Qué es eso que me ha leído? -¿No reconoce las últimas frases? -No. -”Ahora te toca a ti. Ahora, al fin”. -Bueno... sí. Es lo que decía la nota que vino con la orquídea, antes del primer atentado. Falcón hizo un esfuerzo para evitar el abrigo que le ofrecía el cuadro de Botticelli. ¿Cómo era la hostería de Solano, era la copia en cartón de una cabaña Far West? Imaginó la habitación en que se encontraba su cliente: paredes de ladrillo visto, adornos de madera, bronce y cuero, aperos de labranza colgados de las vigas del techo y escopetas inútiles cruzadas sobre una chimenea falsa. ¿Cómo se arreglaría Cecil para asimilar la realidad en semejante escenario? -Lo que le leí -informó Stalin- es una carta que encontré en el dormitorio de su ex esposa. -Fue ella, yo sabía.


181

-Usted tuvo razón. Doña Grace contrató a los sicarios y movió policías y periodistas pero, al hacerlo, era solo un instrumento de Regina. -¿Cómo? -Ella usó a Tony Obando. Convenció al muchacho para que chantajeara a su madre amenazándola con hacer pública su relación

con

Adrián.

Eso

afectaría

a

Franck

en

sus

aspiraciones electorales. ¿Qué miraba Solano mientras oía su verdad? ¿En cuál de los objetos de utileria que le rodeaban reposaba la vista, los ojos desorbitados? Pero, ¿es que sus ojos de pájaro indefenso llegaban a desorbitarse? -¿Por qué no me chantajeó a mí, o a mi hermano Franck? -A Regina no le importaba el dinero, sabía que la reacción de

doña

Grace,

su

antigua

suegra,

sería

ordenar

el

asesinato de De Montero. -¿Estaba celosa de Adrián? -No. Se quería vengar de usted con esa muerte; se quería vengar de su abandono, de su fracaso matrimonial... de todo. ¿Cómo se sigue siendo parte de un decorado artificial y perfecto luego de saber que la madre de uno le quiere matar

al

novio?

Se

preguntó

Falcón

mientras

fijamente la bocina negra del teléfono. -¿Y la orquídea? -preguntó Cecil con la voz apagada. -Es la única flor con clítoris, ¿no le parece?

miraba


182

-¿Qué? -La

orquídea

es

ella,

Regina.

Debieron

ver

orquídeas

durante su luna de miel, en el jardín botánico que ella mencionó. Usted no las recuerda, su ex esposa no las pudo olvidar. -La orquídea. -Creo que cuando un insecto se introduce en ese tipo de flores

queda

atrapado,

perdido

entre

tantos

pétalos

retorcidos. -¿Cómo dice? Stalin cortó la comunicación sin despedirse, sabía que Solano contrataría unos asesinos para eliminar a su ex esposa. Falcón se dio cuenta de que con su llamada había puesto a funcionar una ciega máquina de sentimientos que modelaría un cadáver; un asunto que, por lo demás, no era de su incumbencia. Sintió

como

si

por

algún

lado

del

pecho

se

le

adelgazaran las carnes hasta quedarse en huesos, y se le diluyeran los huesos hasta volverse lágrimas. Por suerte tenía una botella de pisco, la amorosa y eterna luz del cuadro de Botticelli y las alargadas notas de Roy Orbison que, en el fondo, cantaba:

Oh, some sweet day, gonna take away this hurtin´ inside...


183

VIERNES


184

MAÑANA

Falcón había bebido toda la noche anterior y solo al final, cuando la botella de pisco estuvo vacía, consiguió reconciliarse con las dulces mujeres de “La Primavera” de Botticelli. Eran las 9:55 y el sol de Quito brillaba con sus

acostumbradas

crueldad

e

indiferencia.

El

detective

salió de su departamento para buscar una cerveza que le permitiera sobrevivir a la jaqueca y a la náusea. Llegaba a la

tienda

aullaba:

esquinera

cuando

chocó

contra

una

mujer

que


185

-¡Fifí! Hijito, ¿dónde estás? Falcón miró a la dama que había gritado, era gorda, cuidadosamente

pintada,

vieja

y

muy

fea.

Claro

que

compensaba todos esos defectos, pensó el detective, con un peinado surrealista que tenía vida y destino propios, una torre de bucles renegridos por el tinte, una tétrica maraña de pelos que se erguía autónoma, ajena al mundo, a la vieja y a la luz de la mañana. -¡Fifí! -volvió a gritar la señora-. ¡Ven con mamá, no le hagas sufrir a tu madrecita que te quiere tanto! Stalin, para no mirar el indescriptible peinado, se concentró en las hojas muertas que el sol había calcinado sobre

la

acera.

La

dama,

dirigiéndose

a

él,

preguntó

majestuosa: -¿No ha visto un poodle por aquí? Falcón, detective al fin, supo que era capaz de hallar al perro sin problemas; es más, en la esquina en que se encontraban solo podía estar oculto tras unos cartones que, apilados contra un muro, esperaban el paso del camión de la basura.

El

investigador

estuvo

a

punto

de

responderle

profesionalmente a la señora, pero se contuvo. -No he visto nada -contestó hosco, mientras se preguntaba cómo había hecho la gorda para escapar de “Amarcord”. La mujer gruñó: -¡Borracho asqueroso! -y se alejó resoplando.


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Cuando la señora estuvo lejos, Falcón pateó el montón de

cartones

y

un

ridículo

perro

negro,

con

el

pelo

recortado y cubierto de lazos blancos, salió a escape, alejándose de su “madrecita”. -Probablemente te atropellará un camión antes de que cruces la

primera

calle

-murmuró

Stalin-,

pero

hay

destinos

peores. Y el detective, por si acaso, se alejó también en dirección opuesta a la que recorría la madre del animal.

San Francisco de Quito, marzo de 1998 a mayo de 1999.


187

INDICE

DOMINGO

PAG.

5

LUNES

PAG.

30

MARTES

PAG.

83

MIERCOLES

PAG. 117

JUEVES

PAG. 155

VIERNES

PAG. 180

CONDENA MADRE  

Novela policial

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