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ANEURISMA Y OTROS CUENTOS Por SANTIAGO Pテ・Z


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Para Agenor Martí (+), que le estará contando cuentos a Ochún. Y para Michael Handelsman, con mi gratitud.


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Enemy, take one good look at me Eradicate what you will always be Tainted flesh, polluted soul Through the mirror I behold. Children of Bodom, Are you death yet?, 2005.


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PRÓLOGO


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En mi trabajo como narrador me he dedicado, principalmente, a la novela; hasta este momento he escrito diez novelas y solamente un libro de cuentos, mi primera obra: Profundo en la Galaxia. Se debe, probablemente, a que en la redacción novelesca me siento más cómodo: voy urdiendo el enorme universo que esos largos relatos necesitan y, luego de meses de trabajo previo, cuando ese mundo ya tiene sus leyes, sus lugares y sus gentes, me pongo a deshilar una historia, a seguir una pequeña hebra que diferencio del tapiz enorme que antes he tejido. Con el cuento no se trabaja así, en este género debe el autor fiar su labor en los destellos: el brillo de una mirada debe ser suficiente para determinar el destino de un soldado, el resplandor de una bayoneta debe sellar la existencia de una monja o el fulgor de un cirio – colocado al pie de un altar- debe condenar a una muchacha para


7 siempre. Es ese peso fatal de algo tan etéreo como el reflejo lo que me aleja del cuento. Hay otra razón: todo escritor genera un afecto intenso para sus personajes. Uno los imagina, los sigue –por las sendas que les ha trazado-, les da tormentos y también júbilos, a veces les da muertes maravillosas. Y, en los cuentos, tras unas pocas páginas debe despedirse de ellos. Siento que cada uno de esos personajes, que aparecen en relámpagos, merece su novela… También me aleja del relato corto ese cariño contrariado. Pero no siempre fue así. Hubo un tiempo en que mi felicidad dependió de mi capacidad para contar (contarme) cuentos. Fue durante los últimos años de la escuela cuando, gracias al padre Sagasti, me convertí en escritor. El padre Sagasti –Director de la escuela primaria- era temible, el terror que inspiraba solo era superado por el que producía el padre Echeverría, rector de todo el colegio. Sagasti era un cura gordo y –visto por nosotros en contrapicado- enorme, tenía la voz tonante y unas secas y grandes manos en las que las cachetadas reventaban con rapidez, como pistoletazos. El buen sacerdote descubrió que yo leía (en esos meses de quinto grado leía El retorno de los brujos, deslumbrado). Que en los recreos iba a la biblioteca con el libro que traía de la casa y que me quedaba allí hasta que nos llamaran a clases, que ocupaba el trayecto del bus escolar en terminar cuentos y novelas… Naturalmente, decidió que tanta lectura no podía ser buena, que mi influenciable espíritu podía


8 perderse por algún vericueto perverso, de esos que se inician entre los renglones de algún relato y terminan en los bajos fondos de las ciudades, en antros de vicio y de perdición. Hecho el descubrimiento, el buen sacerdote ordenó a mis padres que vigilaran mis lecturas y que no me permitieran llevar libros al colegio; él mismo, en la fila de entrada a las clases, abría mi carril y lo inspeccionaba

minuciosamente,

por

si

llevaba

una

novela

de

contrabando. Durante meses estuve vigilado en la casa y en la escuela, el OJO DEL PADRE me alejaba del gozo, del placer de la lectura, concretamente. Pero yo escapé. No podía leer historias; el padre Sagasti, en dos oportunidades, me confiscó y para siempre un libro de poemas y una novela; pero, no podía evitar que me contara cuentos. Y así, durante un año, en cada recreo y en el trayecto que iba desde la casa a la escuela, y de regreso, me conté historias en las que, al principio, yo era el héroe. Luego, las narraciones se volvieron más complejas y tuvieron otros protagonistas, unas veces me contaba historias fantásticas de brujos y aparecidos, en otras, aventuras espaciales. Alguna vez me conté un cuento tan triste que en la casa se preocuparon por mi visible melancolía… Al cabo de un año, el padre Sagasti debió suponer que me había curado del feo vicio de la lectura y me dejó en paz, yo volví a llevar – impunemente- libros y más libros en mi carril y a leerlos entre clases y dejé de contarme historias… por un par de décadas.


9 Fue así como empecé mi carrera de escritor, con cuentos, no con novelas. Justo es que ahora, por un tiempo, vuelva a contarme cuentos, en memoria de esos años de la niñez y del espléndido padre Sagasti, a quien le debo tanto.

Ambato, enero de 2007.


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ESCRITORES


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…y el escritor no era nada raro. Más bien era un tipo común, viejo, debía tener como cuarenta o cincuenta años, alto, ni gordo ni flaco. Total, nada raro, como te digo. Venía caminando por cerca de los columpios, en el Ejido, como si no viera nada, ni el suelo que pisaba; pero a mí no me engañó, estaba que cachaba todo. Todo veía desde atrás de esos lentes negros, como gafas de ciego. Te digo, Juana, a todos podrá embobar con ese pasito de veterano cansado, pero yo al hilo me di cuenta de que estaba mirándonos, como una de esas cámaras que han puesto sobre los postes, casi como uno de los policías sin uniforme que nos andan siguiendo. ¡Pero policía no era, Juana, parecía, como mucho, uno de esos viejitos zonzos que vienen a darnos caridad y papeles contra las drogas! Yo me hice el desentendido, pasó a mi lado, después de ver bien si yo estaba con algo en las manos. Ha de haber querido estar seguro de si


12 tenía una navaja escondida, o una varilla para asaltarle. Iba apoyándose en el bastón, pero ese palo más parecía garrote que muleta, yo mejor le dejé pasar, haciéndome el loco, te digo, Juana. El parque ya no es lo que era, ahora cualquier gil te saca una pistola, muerto del miedo, eso sí. Después, el escritor se fue hacia la vieja Melisa, la cajonera, y le compró chicles y tabacos sueltos y, apoyándose en uno de los árboles del parque, hizo como que prendía el tabaco, como que el viento no le dejaba, como que se iba a quedar ahí hasta que hubiera menos aire para pegarle la candela al cigarrillo. Pero yo sabía para lo que estaba allí. Estaba para pescar cuando algún aniñado del norte viniera a comprarle la droga a la Melisa; la vieja sabida tiene debajo de la caja de los chicles su montón de bolsitas, y los niños bien le pagan bastante por los saquitos de coca. Y llegó uno de los clientes de la Melisa, uno flaquito, vestido como metalero pero con chompa de cuero y zapatos gringos, llevaba como cien dólares en ropa, Juana, te juro. El pendejito iba hecho el tonto al principio, pero clarito se veía que estaba necesitando una dosis porque temblaba como perro mojado, y eso que era de mañana y hacía un solazo. Dio unas vuelta cerca de la Melisa, como para coger coraje, y después se acercó a la vieja, le pidió la droga, pagó y, apurado, fue a esconderse tras de un árbol para jalar como aspiradora. El escritor vio todo, medio sonreído, haciéndose el que prendía su cigarrillo en el viento. Y te digo que era escritor porque después se fue hasta uno de los bancos del parque y se puso a escribir en una libretita,


13 como para no olvidarse de lo que había espiado. Yo le seguí y el muy desgraciado se dio cuenta y me quedó mirando, como midiéndome, como burlándose. ¡Para qué meternos en problemas, Juanita! Le hice una mala seña y me fui tras el de la chompa de cuero. Y sí había sido gringa la cosa esa, en la Arenas me dieron ocho dólares por la chompita. ¿Y el escritor? Ahí se quedó, riéndose por dentro me pareció. ¡El muy hijo de puta!


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EL BELLO VIAJE


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Itaca te ha dado el bello viaje. C. P. Cavafy, Itaca, 1911.

De un latido a otro, das el PASO que te desgaja, convierte al hogar en pasado impalpable, te inserta en la calle incierta. Empiezas a andar la parte que te toca de la urbe.

*** Cae la LLUVIA. Entre agua y piel, una leve coraza de vapor te protege unos instantes del Cosmos.

*** La GOTA que moja el ojo del muerto -tras la batalla- tiembla en la ceja del hijo.


16 *** Indefenso, con el uniforme ajeno hilvanado a los huesos, el viejo GUARDIA de un almacén se imagina policía y te mira, insolente.

*** Flamante, rugiente el FORD. Tanto metal fundido, forjado, moldeado. Y aceite y gasolina e ignición. Tanta potencia, veloz, hacia la chatarra.

*** En el BUS se amodorran, se amortiguan, se afantasman y enturbian doce pasajeros. Y la ciudad, afuera, va hacia atrás.

*** En la palma de su mano, el COBRADOR cuenta los centavos. Les siente el peso, les palpa el canto, les oye el retintín. Y los recuenta.

*** Tras la ventanilla, el HIPPIE envejecido -largas canas, iras largasve deslizarse la ciudad, tan indignante como siempre.

*** En la radio del chofer el CANTANTE, alargando falsetes, dogmatiza falsías.


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*** Trepa al bus, aterrador y aterido, hirsuto, encandila con los ojos. Vende chicles, AMENAZA. El miedo de la niña escurre hacia el pequeño monedero.

*** Revientan INSULTOS y quedan, grumosos, repugnantes en parabrisas y frentes. Y los hombres, airados, desembragan.

*** Junto al bus, MULTITUDES bruscas, torvas, muelen las aceras marcándoles vagos senderos. Tantos pasos, tan pocos destinos.

*** En las ESTATUAS del parterre, los ancestros vigilan con ojos de bronce nuestras miradas líquidas.

*** Tiene alas la muerte o GUARDACHOQUES que se abaten durísimos, demoledores, contra las rodillas del niño, que salta.

***


18 No engañas, tétrico CIPRÉS de lentas garras. Permaneces -entre smog y cemento- esperando despiadado la conflagración final que te libre de nosotros, los humanos.

*** Se espantan la caspa o se sacuden el polvo de las bastas para no ver la casa en RUINAS: sus ventanas quebradas, sus techos hundidos, sus paredes rotas, augurio cierto de la calamidad que espera.

*** Saben que la fritada, los tamales cocidos al vapor y las carnes asadas apartan del morir unos instantes. Por eso se aglomeran en las aceras, junto a PAILAS y braseros.

*** Los arquitectos delinearon el PARQUE -tinta china en papel inmaculado-: paseos, jardines, rotondas mínimas para solazar niños y asolear ancianos. Y eso aún presintiendo su destino: cubil, guarida, madriguera.

*** Siente en su rodilla la mano mugrienta. Se estremece. El pequeño mendigo la mira y la TURISTA, enternecida, logra una foto fantástica.

***


19 Hace tiempo lo comprendió TODO. Por eso hoy el pordiosero te extiende la mano, en silencio.

*** Tanto te odia. Si pudiera desgarrarte cada miembro… y así te mira la LOCA agazapada en la esquina. Y tú, debiéndole tanto, solamente te apartas.

*** Sueltos de cuerpo y boca anegan con su vigor la calle y el fin del día. JÓVENES. Ojala estuvieran hechos con otra carne y otro aliento que los nuestros.

*** Tras esos altísimos muros de piedra, en ese enorme edificio rectangular y helado ¿vive alguien? ¿Habitan allí los poderosos amos? No sabrían decirlo los treinta guardias mestizos que de espaldas a la EMBAJADA nos vigilan.

*** No sabe quién es George Bush ni qué es un sunita ni dónde está Irak. Pero sostiene triste el PERIÓDICO que vende. El titular dice: DÍA SANGRIENTO EN BAGDAD. Y ella está vieja y sabe lo que es tener un hijo muerto.


20 *** Todas las rutas del mundo se anudan bajo la visera. En la PARADA, por un instante, nos miramos a los ojos, desolados, desconfiados,

mudos. Luego volvemos a perdernos en el tráfago de

buses y viandantes.

*** Tanto poder en su cintura desnuda, en el peso suspenso de sus caderas y senos, tan limpio su sudor, tan clara ella. Y la MUCHACHA camina, ausente de esa fuerza. La mira una niña flaca y, sin saber qué, espera.

*** Los BURÓCRATAS, cansados, aguantan el gris de sus atardeceres por el probable candor que aguarda al fin de sus rumbos.

*** El eco de la SIRENA rebota aterrador dentro en los cráneos recordando con su chillido la extrema debilidad de todas las carnes, lo quebradizo de huesos y destinos.

*** El cajón de la CARAMELERA es un remanso en las rápidas corrientes del día. Frente a él, quietos por un instante, encendemos un cigarrillo y tenemos la misma eterna duración de la candela.


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*** Damos ese Ăşltimo PASO, al fin de la ruta, como si en ĂŠl se condensara alguna certeza. Mas nunca se llega, quedamos en el camino en jirones: deseo, mirada y aliento.


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DOS VIEJAS SEテ前RAS


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Hermelinda Quijano, viuda de Paz, sabía al menos tres cosas con total seguridad: que si no visitaba el Santo Sepulcro en Jerusalén moriría sin oportunidad de ir al cielo –pues muchos habían sido sus pecados-, que en Jerusalén, en toda Tierra Santa, mandaban los judíos, y que los judíos eran malos, los seres más infames de todos los que habitaban la tierra. Todavía, a sus sesenta y cinco años, recordaba las misas de su niñez en las que oraba “por los pérfidos judíos”, recordaba también que ellos no le habían querido dar posada a la Virgen María cuando estaba en trance de dar a luz. Por eso, por su odio contra los judíos, detestaba cada día más a su difunto marido, don Carmelo Paz, quien en mala hora había construido junto a la “Beneficencia Judía” la casa que le heredara. Carmelo había sido un pobre tonto y, gracias a su simpleza, ella tenía que cruzarse una y otra vez con esa mujer judía tan desagradable que era su vecina y que elegía también las mañanas para pasear por la calle en el suave sol que en esas horas caldea Quito.


24 La señora Sara Lieberman, hosca, fingió ver el horizonte -una nube sobre las montañas lejanas- para que su mirada no corriera el riesgo de encontrarse con la de la mujer que iba hacia ella, caminando por la acera. Era su vecina, una anciana tan pesada y corpulenta como ella misma, y que, como ella, caminaba ayudándose con un bastón recio, de madera nudosa. Doña Sara, empuñando con vigor su propio bastón de roble, apuró el paso para alejarse de la otra mujer. ¡Cómo detestaba a los ecuatorianos! Todos eran vagos, indios o medio indios, todos sucios, groseros y desordenados. La señora Lieberman estaba resignada a terminar sus días en el Ecuador, el país al que llegara con su padre en 1939, huyendo de los nazis y de la guerra. ¡Ah si solo pudiese visitar Jerusalén por una vez y orar mirando de cerca el Muro de las Lamentaciones! Siempre había deseado ir. Cuando ella y su marido pudieron hacerlo él, el pobre Isaac, pusilánime hasta la médula, no se había atrevido. Ya viuda, sin tener que cargar con el peso de un marido inútil, podía viajar, tenía el dinero pero estaba sola, y sin compañía no se atrevía a un viaje tan largo. Inocencio Díaz Gualín sabía que todas las viejas eran ricas. Unas más y otras menos, pero todas tenían algo que se les pudiera robar: un reloj, unos billetes doblados una y otra vez y guardados entre los pliegues de sus ropas, o joyas, gruesas joyas antiguas que vendía en la Plaza Arenas o cambiaba directamente, en alguna cantina, por aguardiente y marihuana. Inocencio tenía once años y era pequeño y débil, por eso elegía siempre, para sus asaltos, a mujeres viejas que pudiera dominar con facilidad.


25 Esa mañana de domingo la calle estaba desierta, los muros de piedra brillaban en la luz del sol, coronados por el follaje de las plantas de los jardines. La acera se veía limpia y el viento, leve, barría las hojas que caían suavemente de los árboles que adornaban la calzada. Oculto tras de uno de sus troncos, Inocencio vigilaba el paseo de las dos viejas quienes, vestidas con largas batas grises, recorrían, como todos los días, el bordillo cruzándose varias veces: una de este a oeste y la otra en dirección contraria. Cuando las dos mujeres se encontraron –ignorándose, como siempre- el muchacho saltó, andrajoso y rápido desde su escondite y se aproximó corriendo hasta las viejas. Cuando estuvo sobre ellas, extrajo un puñal mellado de entre sus harapos y las amenazó con él, mientras insultaba: ¡Viejas putas de mierda, quietas y denme todo lo que tengan, o les rajo las tripas! Mientras gritaba, hacía amagos de herirlas con su cuchillo, de darles puntapiés o chirlazos. Las dos ancianas se miraron para hallar, cada una en los ojos de la otra, una dureza que conocían, que habían enfrentado en sus propios espejos. Y como si se hubieran puesto de acuerdo, levantaron sus bastones y la emprendieron a garrotazos contra el muchacho quien, desconcertado, perdió el equilibrio y cayó soltando el puñal que rebotó en el suelo alejándose de él. Las viejas, sacándose años de frustraciones y de ira en cada golpe, no detuvieron su ataque. Inocencio, pequeño y vociferante, sintió


26 como el cuero cabelludo se le reventaba en varios lugares, como algún hueso del antebrazo se le trizaba con un crujido. Tras unos larguísimos segundos perdió el conocimiento. Las mujeres no dejaron de golpear hasta que todo indicio de vida y aliento dejó el cuerpo machacado del asaltante. ¡Casi me quedo sin ver Tierra Santa

exclamó doña Hermelinda,

pronunciando las primeras palabras que se le ocurrieron tras el susto-, casi me quedo sin ver Tierra Santa! ¿Tierra Santa?

preguntó doña Sara, tras asestar un último y

brutal bastonazo sobre la cabeza de Inocencio. Jerusalén

explicó la señora Quijano . Usted sí ha de conocer.

Es su tierra. No. Yo nací en Alemania

explicó la señora Lieberman .

Siempre he querido ir allá, a Jerusalén. ¡No me diga!

se admiró Hermelinda, mientras tomaba a Sara

del brazo y la obligaba amistosamente a caminar junto a ella . ¡No me diga! Y las dos viejas señoras se alejaron, en la misma dirección, dejando atrás el cuerpo yerto, mugroso y sangrante de Inocencio Díaz Gualín.


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ANEURISMA


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El teléfono sonó, una y otra vez, en la habitación de altas paredes antiguas; su ruido se propagó, escandaloso, entre los muebles viejos, tallados, las fotos sepia que colmaban los muros grises y las telarañas que se movían, con suavidad, colgadas en las molduras del tumbado. Angustiosamente, don Antonio Fernández extendió sus dedos hacia el aparato. Como el anciano se hallaba casi totalmente paralizado, por un ataque cerebral, su intento fue inútil: apenas podía mover un poco la mano derecha y contraer, aún más, la boca que le había quedado lamentablemente torcida desde el día en que un aneurisma estalló bajo su cráneo, como un sismo mínimo y, para él, definitivo. Doña Marta, su mujer, se le acercó seca, solícita, sonriente y, con un pañuelito blanco de encajes -que extrajo de la limpísima bocamanga de su blusa- se dedicó a secarle la saliva que, en su desesperación,


29 soltaba involuntariamente el viejo mientras miraba a su esposa con los ojos como cautines: ardientes en odio y furia. En la iracundia de su deseo, don Antonio pudo acercarse algo a la bocina del teléfono y extender sus dedos torcidos hasta casi, casi tocarla. Su esposa, que cuidaba cada detalle de su vida, lo colocaba siempre cerca del teléfono, lo bastante para que, llegado su último esfuerzo, pudiera alejar el aparato de los dedos temblorosos del anciano con solo desplazarlo un par de centímetros. La dama corrió el teléfono sobre la superficie opaca de la mesita de cedro y, sin preocuparse por cómo su esposo se debatía en la silla de ruedas que ocupaba, caminó hasta la ventana, corrió un poco la cortina y pudo ver, bajo el sol frío del invierno, la plaza de San Marcos, colonial, perfectamente trazada, con macizos de flores blanca y rojas y caminitos de piedra en los que aún destellaba el agua que dejara la tormenta de la noche. Sus ojos parecieron seguir a un par de colegialas, que caminaban por encima de los senderos mojados, pero pronto se fijaron en la casa que tenía en frente; allí, asomada también a la ventana, una anciana llamaba por el teléfono, mientras miraba, desconsolada, en dirección de doña Marta, quien sonrió con dulzura. El

timbre

del

teléfono

sonó

aún

dos

veces

más,

con

desesperación, y calló, dejando la habitación en un silencio terrible en el que se agitaron las telarañas del techo. La quietud duró poco, pronto don Antonio empezó a bramar, mientras crispaba los dedos de su única mano sana, como si quisiera pulverizar, entre ellos, el mundo entro, las montañas, las placitas coloniales y, por supuesto, a doña Marta, quien


30 se le acercó servicial y continuó en la tarea de enjugarle los labios retorcidos. *** Si me parece que fue ayer

dijo la anciana doña Filomena, que

hablaba con su sobrina Maura. Ambas estaban en la sala de la casa, frente a la gran ventana , y ya son seis meses. Fui su mujer, su verdadera mujer por diez años. Vivió y comió y durmió aquí por diez años y, justo el día en que fue a verle a la víbora esa… ¿Qué?

indagó Maura, quien escuchaba, gorda y compungida,

repantigada en un sofá floreado, entre macetas colmadas de helechos y palmeritas, búcaros en los que se erguían claveles y floreros llenos de rosas amarillas

astromelias y

¿Qué paso ese día?

La malvada llamó, con algún pretexto. Y cuando él fue… Para mí que le dio algo, si era un hombre fuerte. ¡Cómo darle el ataque justo cuando estaba con ella! ¡Víbora! Sí. Y el Toño no cruzó la plaza de regreso

suspiró la anciana y,

desanimada, colgó el audífono que había sostenido, inútilmente, contra su oreja, mientras le contaba a su parienta la historia triste de su amor contrariado.


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MAGNUTRÓN, SUPERHÉROE


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Jor–El, científico y astuto político del planeta Kripton, ha descubierto que su mundo desaparecerá como consecuencia de la desidia criminal de sus habitantes. Desesperado, envía dos naves hacia la Tierra; en cada una de ellas viaja uno de sus hijos gemelos: El–Khar y Kal-El. Ambas astronaves llegarán a la Tierra, años luz después de que Kripton se haya convertido en ceniza cósmica. Kal-El llega a Ohio, en Estado Unidos, y allí es adoptado por un granjero; luego se convertirá en periodista y habrá de llevar una doble vida: la del tímido reportero Clark Kent, y la de Superman, héroe que combate contra criminales de toda laya ayudado por un conjunto de superpoderes que provienen de su naturaleza extraterrestre. Superman siempre vence en sus luchas e impone el bien y la justicia, enfrenta a gángsteres que tratan infructuosamente de herirlo con sus ametralladoras o a malvados terroristas que intentan dinamitar el Golden Gate o alguno de los rascacielos del gran New York. Como su


33 cuerpo es inmune a las balas no demora en reducir y dominar a sus oponentes y en entregarlos a la policía; a veces, incluso, él mismo lleva a los criminales a la cárcel sin demorarse en juicios ni lidiar con abogados y jurados. Casi podríamos decir que la vida de Superman es aburrida, el único enemigo que algún trabajo le da es Lex Luthor, una mente maestra del mal, un archicriminal que a veces logra neutralizar sus poderes de extraterrestre; pero aún él sucumbe a la larga ante esa fuerza de justicia y de moral que es Superman quien, siempre luego de sus luchas, vuela sobre la ciudad, poderoso e invencible, mientras grita: ¡A luchar por la justicia! El otro hijo de Jor – El, llamado El – Khar, en cambio, ha aterrizado en los barrios miseria de una ciudad latinoamericana, en los Guasmos de Guayaquil. Allí, es adoptado por un payaso que actúa en los buses que recorren las calles del gran puerto, en sus aceras y en sus esquinas. Con el paso de los años, El – Khar sigue el oficio de su padre adoptivo y se convierte en el payaso Magnumín, y recorre la ciudad bajo esa cobertura mientras, en su personalidad de Magnutrón, lucha contra las injusticias, defiende a los débiles y enfrenta a los corruptos. Usa los superpoderes que le da su condición de extraterrestre en cada uno de sus combates y, sin embargo, fracasa en todos ellos: el mal, el origen del mal, siempre lo elude; a veces, ni siquiera logra detener a los mínimos malhechores que son las cabezas visibles de ese mal omnipresente y que se manifiesta en el hambre, la brutalidad de los citadinos o la corrupción de nimios y poderosos.


34 Con frecuencia debe defender a los pobres de la policía, a la policía de los jueces, a los jueces de los políticos y a unos políticos de otros políticos. En una oportunidad, siguiendo sus ideales de justicia, detuvo a una pandilla de asaltantes, los llevó a la Penitenciaría Modelo de Guayaquil, los dejó encarcelados allí y luego, tras ver las condiciones de insalubridad en las que los pandilleros tendrían que vivir en esa cárcel, y siguiendo siempre sus ideales de justicia, tuvo que liberarlos él mismo, enfrenando a los guardias de la prisión que le dispararon – inútilmente claro- con sus viejas escopetas de fabricación nacional. Antes de huir, y en un descuido, los maleantes recién liberados le robaron la capa. Después de eso su disfraz de superhéroe nunca fue el mismo. Con el paso de los años y con la acumulación de sus fracasos, ElKhar va refugiándose en la personalidad del chispeante payaso Magnumín, hasta olvidar, completamente, su otra identidad de Magnutrón, el superhéroe. A veces va al cine y ve en la pantalla las aventuras de Superman, su hermano de Ohio, y se divierte como cualquier otro guayaquileño pobre; luego, se pone su disfraz de payaso e imita -en los buses- a Superman. Ese es uno de los números que más gusta a los pasajeros.


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EL SUICIDA RETICENTE (Un caso del Cabo Suasnavas -mejor conocido como el Azote del Crimen- relatado por su compaĂąero el periodista GĂĄlvez)


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He decidido comenzar ésta que será la saga del Cabo Suasnavas, con el caso que fue el que dio origen a su inmenso y merecido prestigio en la cúpula policial, prestigio discretísimo que, naturalmente, no se volcó hacia los medios de comunicación ni fue, por tanto, aquilatado en su real magnitud por la sociedad metropolitana a la que el Cabo Suasnavas ha defendido. Me encontraba en el rotativo ¡YA!, donde presto mi contingente como Sacerdote de la Información en la diaria lucha contra la corrupción y el crimen. Eran las diez de la mañana y estábamos en plena preparación de lo que sería una sesuda página de consejos prácticos para el hogar y la oficina. Conversaba yo con Pepito, el nuevo pasante. Lo hacía sin el menor asomo de mala intención, cuando, desde la entrada, escuché un silbido bronco, de hombre poco habituado a las sutilezas, de hombre curtido por el sano ejercicio del cuerpo y del espíritu. Era mi compadre, el Cabo Suasnavas, adalid en la ardua lucha contra la


37 corrupción, craso ejemplo de ciudadano y de policía no represor sino científico y democrático. Estaba en medio de la puerta de la redacción, con su traje de civil (desde hacía un año pertenecía a la Oficina de Seguridad Política, y ya no traía ese uniforme que le sentaba tan bien). A primera vista no se adivinaba en él al hombre decidido y preclaro que era: su apariencia achaparrada y regordeta disimulaba su interior de prócer, de líder de multitudes, de timonel de mares procelosos, de caudillo como debieron serlo los de las guerras y las revoluciones. Era, en pocas palabras, un hombre en quien podía confiarse, pues exudaba una viril serenidad por todos los poros del robusto cuerpo. Me acerqué presuroso hacia él. ⎯Compadre Gálvez ⎯dijo a modo de saludo⎯, se me jodió el carro otra vez y el hijo’e puta del Coronel quiere que esté ya mismo en una dirección. Preste para el taxi. He de asentar aquí que el Cabo Suasnavas, hombre de cultura, cuya mente había sido forjada en el "Colegio Laico San Pánfilo" de Totoranga, completó su formación en la meritísima "Academia Marcial de la Policía" en San Juan de Pullunga. En esta última institución había aprendido, de la espartana vida que allí le tocara llevar, una manera directa y sin ambages de expresarse. No era incultura lo suyo (por eso admitía yo que me denominara “Tiroloco” de vez en cuando, vocativo que hace referencia a un embarazoso problemita de eyaculación precoz que ya he superado casi por completo, o “mariconcito”, epítetos ambos que hubieran despertado mi indignación en otras circunstancias). ⎯¡Como cree, compadre, yo mismo le llevo!


38 ⎯¿No tendrá que cerrar página? ⎯Si ya soy editor, compadre

le contesté a modo de explicación. No

es que quisiera faltar a mis deberes, pero la perspectiva de acompañar a semejante portento de deducción y trabajo mental en uno de sus casos me seducía. No podía resistir la tentación de ver la materia prima de la crónica

periodística, la expresión misma de las condiciones históricas

objetivas en los dramas de la cotidianidad... ⎯Bueno pues ⎯aceptó el Cabo⎯. Pero no se vaya a traer al meco ese con el que estaba hablando, viejito maricón. Lo decía en broma, naturalmente. Yo siempre he tenido un gran respeto por las opciones sexuales alternativas y solo he ido a ese bar “Gay” unas dos veces. Di la orden al pasante de que cerrara él la página de consejos para el ama de casa y los ejecutivos y, minutos después, rodábamos hacia el sur de la capital en mi automóvil, viejo e indigno de un representante de la ley como el Cabo. ⎯¡Acelere pues chucha! ⎯me dijo mientras miraba tan varonil y enérgico la calzada ⎯¿no ve que el Coronel me espera? Nos disparamos por entre peatones y autos con la celeridad de una centella. Todavía se me erizan los pelos de la nuca cuando recuerdo la veloz carrera que nos llevó hasta el que sería el primer escenario de los triunfos deductivos del gran Cabo Suasnavas. Llegamos a un edificio de apartamentos en la parte sur de la ciudad, un área de viviendas multifamiliares para personas de clase media. Apenas pisó el suelo, el Cabo pareció olvidarse de mí, su prisa en concentrase le obligó a olvidar incluso el darme las gracias por el viaje. Yo


39 respeté la puesta en marcha de esa estupenda maquinaria deductiva que era su cerebro y, callado, le seguí los pasos sin que él se diera por enterado. Atravesamos los jardines descuidados de la multifamiliar; los espacios verdes estaban en una situación lamentable, al punto que yo, en mi apresuramiento, no observé un excremento perruno. Demoré como cinco minutos en limpiarme el zapato. Casi pierdo al Cabo, pero pude dar con él siguiendo los gritos de: ⎯¡Dónde estuvo, cojudo de mierda! ⎯con que lo recibió el Coronel Toapanta, señero miembro de la cúpula policial. Era este un hombre alto y fuerte y viril, que se comportaba con recia firmeza, no obstante la indudable humildad de su cuna. ⎯Verá, Suasnavas ⎯dijo el superior de mi amigo, tras escupir en el suelo del pasillo anterior a la puerta de un departamento⎯: Le hemos elegido para que investigue este caso porque sabemos que usted sabe obedecer. ⎯¡Sí, mi Coronel! ⎯tronó con su voz varonil el Cabo. ⎯No quiero huevadas de dactiloscopia... ⎯¡Sí, mi Coronel! ⎯...ni esas pendejadas de análisis psicológicos... ⎯¡Sí, mi Coronel! ⎯...ni ninguna de esas cojudeces que les enseñaron en el curso de investigación... ⎯¡Sí, mi Coronel!


40 ⎯Fue suicidio, eso quiero que diga el informe. ⎯¡A sus órdenes, mi Coronel! ⎯Y no se preocupe por la prensa ni por los mamones de los Derechos Humanos. No se le van a acercar. Usted sabe que nuestro presidente Febres Cordero nos apoya plenamente. ⎯Así es, mi Coronel. ⎯Entonces entre y hágase cargo, Cabo. Mientras el Coronel se retiraba me dirigió un: ⎯Saluda, chucha, o quieres ir al calabozo

me había confundido, a

no dudarlo, con uno de los subordinados de Suasnavas. El oficial se marchó mientras yo comprendía la magnitud de la misión que le había sido encomendada a mi amigo: debía desarrollar la investigación de ese suicidio basándose únicamente en sus formidables dotes deductivas, sin el auxilio de ninguna de las técnicas policiales, falibles, por lo demás. Su orden de que la prensa no debía ser enterada, indicación que me afectaba en lo más profundo de mi ser de periodista democrático, la comprendí en el contexto de una situación de Emergencia Nacional, pues no otra cosa podía justificar una conducta semejante en un hombre como mi amigo, el Cabo Suasnavas, un demócrata de tal magnitud que, sabedor de que yo me había formado en Cuba, me decía con frecuencia: “Gálvez, Tiroloco, ese Fidel sí que tiene huevos, cuarenta años mandando y nadie le chista. ¡Mis respetos, chucha!” Entré al departamento del crimen. El trabajo de explicar el suicidio iba a ser monumental -me di cuenta mientras vomitaba- pues el suicida yacía en piezas por toda la sala. Ver su cabeza sobre un cojín, las piernas


41 cada una sobre un asiento diferente, el tronco encima de la mesa del centro y los brazos colgando atados al manubrio de una puerta fue un golpe excesivo para mi resistencia. Por suerte había desayunado poco esa mañana. Cuando me repuse, me dirigí en pos de mi amigo quien, tan hombre y tan valiente como es, ocultaba perfectamente sus emociones tras una máscara de asco simulado y fingidas arcadas de repugnancia. El Cabo había ya revisado el cadáver y se disponía a realizar otras pesquisas mientras un subalterno de la policía le informaba: ⎯El muerto se llamaba Jonás Escobar, era profesor de literatura, 39 años, soltero. Se le sospechaba colaborador de algún movimiento subversivo, aunque no se le haya probado nada, ni posesión de armas, ni de panfletos, ni nada. En el departamento encontramos muchos libros y otras cosas sospechosas, cartas de una mujer que vive en Madrid y una postal de un amigo desde París, en la postal dice un poema:

No porque hoy llores, llorarás mañana; si enmudeció en tus manos hoy la lira, puede que la Musa despertará ufana, y no por siempre Apolo el arco estira.

Sospechamos que ya que es un hombre él que le escribe y hablan de llorar, tenía tendencias de maricón, homosexuales digo, el occiso, mi Cabo.


42 Mientras

escuchaba,

Suasnavas

recorría

con

seguridad

el

departamento mirándolo todo con agilidad y perspicacia. Era un piso grande, eso sí, pero arreglado con un gusto bien horrible: los muebles tallados no tenían esos bonitos forros de plástico que les hubieran hecho lucir tan bien, había unos espejos gruesos con soportes de hierro que se hubiesen visto preciosos con marcos brillante de esos que parecen de oro; no vi flores, ni siquiera de esas divinas de plástico, y de pinturas solo había una negra que decía: “El Guernica” de un pintor que debe ser muy importante, un impresionista creo (a mí por lo menos me impresionó bastante ver el toro ese muerto y el niñito deforme...). El Cabo se detuvo en el dormitorio, abrió una caja que estaba en el velador y, tras coger dos de los tres anillos que allí se encontraban, entregó el tercero al subalterno quien se lo guardó con una mirada de inteligencia. Sin duda el Cabo quería que se analizaran las piezas por separado. Se guardó las evidencias (los anillos) en el bolsillo y siguió el proceso investigativo. La minuciosa tarea policial se desarrollaba sin contratiempos cuando llegó, de improviso, un equipo de televisión con un reportero a la cabeza (el colega sí me conocía pero se hizo el gringo, no sé por qué). El periodista era un joven bien plantado, alto y con unas espaldas inmensas. Entró en el departamento correctamente vestido y, apenas hubo traspasado el dintel, se sacó la americana, aflojó la corbata y desordenó el peinado. Así se puso frente a la cámara y empezó: ⎯Este es Joan Manuel Luján, su reportero. Televista Informa. Alertados por unos vecinos del lugar nos apersonamos de inmediato en el


43 sitio de los hechos. Nos encontramos en el Departamento 3-b de los Multifamiliares Divino Niño de Atocha, al sur de la ciudad capital, donde se ha cometido, por lo que podemos ver, un horrendo crimen. Las imágenes que vamos a mostrar son muy fuertes así que... En ese momento sucedieron dos cosas, el camarógrafo (un cholo feísimo) se puso a vomitar, mientras el reportero le exigía: ⎯Filma nomás, huevón, que esto tiene que salir pronto, en el noticiero de la hora del almuerzo. Y los cuatro policías de tropa que acompañaban al Cabo Suasnavas se echaron sobre el camarógrafo, el reportero y un joven que les acompañaba cargando los cables. Los agarraron por los brazos mientras el Cabo preguntaba: ⎯¿Quién les autorizó la entrada, señores? ⎯Somos la prensa, el pueblo tiene derecho a saber, es un derecho reconocido por la Constitución ⎯el reportero parecía muy engalladito, lo que contrastaba con la serena y magnánima actitud del Cabo Suasnavas. ⎯Cállate pendejo ⎯murmuró el que cargaba los cables, un joven de unos veinte años, blanquito, con lentes y unos ojos soñadores⎯. Son de Seguridad Política, si te dije que no entráramos. El Cabo Suasnavas, condescendiente, ordenó con un gesto que los soltaran. El camarógrafo se fue al baño para seguir vomitando. ⎯Mejor ⎯dijo Suasnavas riendo de la manifiesta flaqueza de ánimo del asistente periodístico⎯. Por orden superior no pueden tomarse ni fotos ni película. Solo puede recibir el informe que vamos a dar.


44 ⎯¿Y no puede adelantarme algo? ⎯pidió el reportero observando con fascinación la despejada mirada del Cabo, en quien creo intuyó a un hombre poco común, como lo era. ⎯Fue suicidio, eso va a decir el parte que entregaré de inmediato en la Comandancia. ⎯Pero si está en pedazos ⎯casi gritó el jovencito de los cables⎯. Y parece que le tuvieron amarrado por las muñecas al pomo de la puerta. Le han de haber torturado o algo. El Cabo Suasnavas lo miró con simpatía, como se mira a un hijo rebelde, y dijo: ⎯Ya sáquemen a estos cojudos, y al guambrito, que no le queden ganas de hacerse el vivo. Mientras se llevaban a la fuerza a los periodistas que tan mal habían cumplido con su justísimo cometido, el Cabo tuvo a bien explicarme el caso, uno digno de la mejor Crónica Urbana, sin duda. ⎯Un suicidio ⎯dijo⎯. Más te vale, Gálvez, que eso salga mañana en la prensa. Se trata sin duda de un caso claro de desorden mental. Obviamente

el

occiso

era

bisexual;

se

comprueba

esto

en

la

correspondencia sentimental que mantenía con un hombre y una mujer en el extranjero. La tensión mental le llevó a la fatal decisión. ⎯Pero, ¿cómo pudo matarse así? ⎯pregunté yo, asombrado de las poderosas dotes deductivas de mi amigo. ⎯Pero si eso está clarísimo, Tiroloco, eso de andar con hombres y mujeres, estos puercos, les da esa enfermedad...


45 ⎯¿SIDA? ⎯No pendejo. ¿Cómo es? Esquizofrenia. Doble personalidad. Múltiple la personalidad. Algo así es. Y vos, tendrás cuidado de no andar aflojando el que sabemos a los guambritos, ya ves lo que les pasa después. ⎯¡A claro! ⎯concluí yo, haciendo caso omiso a la jocosa ocurrencia del Cabo Suasnavas, mientras captaba el genial proceso deductivo en toda su magnitud⎯. Por eso se mató así, en partes. Fue un claro caso de esquizofrenia llevada hasta sus últimas consecuencias. La perfección de trabajo detectivesco de mi amigo le valió el reconocimiento, como dije, de la cúpula policial. En la prensa (por mi acuciosa mediación, claro), solo se informó de la muerte por suicidio de un peligroso homosexual y yo volví a la página de etiqueta y modales en el hogar. No sería ésta la única vez que acompañara al Cabo Suasnavas en sus prodigiosos procesos investigativos, por lo que pronto continuaré con la que he denominado SAGA HEROICA DEL CABO SUASNAVAS. Me he propuesto incursionar de esta manera en la Crónica Urbana y lograr así, modestamente, la inmortalidad, como lo hiciera el DOCTOR WATSON, autor de las historias del detective Holmes. Yo

quedaré

imperecedero,

en

la

memoria

de

las

futuras

generaciones de la patria, como el PERIODISTA GÁLVEZ, compañero y cronista de Suasnavas, el Azote del Crimen.


46

MI FAMILLA


47

La abuela llegó esa tarde al pequeño departamento donde vivían Abel y sus padres. Era una mujer alta, delgada, muy elegante. Fumaba en una boquilla negra y, mientras lo hacía, se ahuecaba el peinado con delicadas caricias. La dama timbró con insistencia y, apenas la madre abrió la puerta, entró en el recibidor.

Abel sintió como tomaba posesión del espacio,

pensó que hasta el polvo se erizaba cuando, desde su rígida estatura, la señora deslizaba sobre él la mirada. La madre, contrariada, se secó las manos con el delantal; trató, con poco éxito, de ordenarse el cerquillo pegado a la frente húmeda, y dijo: Buenos días doña Beatriz, pase, pase. Vine para traerte las medicinas del niño

dijo la anciana,

mientras extraía de la cartera, con sus manos flacas y duras, un pequeño frasco envuelto en papel de estraza.


48 No se hubiera molestado, doña Beatriz

agradeció la madre al

tomar el paquete. No es molestia, ya sabes que es un gusto venir a verles. Pero no había gusto en su voz. Abel, azorado, la miraba desde abajo: la seca papada, las aletas delicadas de su nariz de pico, esa mirada que parecía detenerse con asco en cada uno de los rincones del departamento, en cada uno de los rasgos de su madre. Ahí no había gusto alguno. Luisa, la madre del niño, quedó en silencio. En esa actitud mustia que se repetía cuando enfrentaba a su suegra. ¡Pero hija, ofréceme un vaso de agua por lo menos!

le dijo

sonriendo. Abel percibió algo duro en las palabras. Siéntese, siéntese, doña Beatriz, no faltaba más. ¿Qué quiere?, ¿un café, una copita? Nada de alcohol, hija, ya sabes que estoy tan mal del hígado. Tráeme un té. La dama atravesó el recibidor, evitando los agujeros de la alfombra, y se introdujo en la sala.

Eligió, para sentarse, el sillón del padre, el

único que no crujía, y se dispuso a esperar, muy, muy erguida. La madre desapareció en la cocina, entre vapores pesados, mientras la abuela, barriendo con su mirada las paredes desnudas, murmuraba: ¡Qué inutilidad de mujer!... Mi pobre hijo...Estúpido...


49 A solas con su abuela, Abel se sintió más pequeño que de costumbre, más vulnerable. Trató de perderse entre los pocos muebles, de ser una mota de polvo más. Fracasó. ¿Qué haces ahí como un pasmarote? Ven, quiero ver si ya estás repuesto. Venciéndose, Abel se acercó a la señora a través del humo que la envolvía. Apenas estuvo a su alcance, la abuela lo empezó a palpar con sus dedos huesudos: le atenazó los hombros, le pellizcó el vientre, palmeó su espalda. Sus movimientos le parecieron al niño intencionadamente dolorosos. Flaco, sigues flaco. ¿No comes o no te dan de comer? No abuela. ¿No qué? Sí como. Pues comes mal. De notas, en las escuela ¿Vas bien? Ya escribo sin faltas de ortografía. ¡Ojalá, muchacho, porque parece que en eso eres una nulidad, como tu padre - al recordar a su hijo, la dama se dulcificó un poco . Si quieres que yo viva largo, tienes que escribir sin faltas. ¡Me oyes! Tienes que obtener buenas notas. No molestes a doña Beatriz

dijo, en un rápido jadeo, la madre

que llegaba con una taza de té . Sigue con tus tareas. Abel se escurrió, resentido, hacia la cercana mesa del comedor, donde hacía sus deberes. La madre entregó la taza a su suegra y tomó asiento, con la espalda tensa y las manos ocultas por el delantal.


50 El chico no engorda

increpó la dama . Desde que dejaste que se

enfermara con la anemia, no mejora. Algo tendrás que hacer. La madre contestó con un murmullo. Abel cerró el cuaderno de Matemáticas, sin terminar el ejercicio que había interrumpido su abuela, y abrió el de Redacción. En la sexta página se leía "Escriba una composición con el tema: Mi familia" El niño empezó a redactar con trazos cortos, lentamente. Mi familia es pequeña. Solo somos un padre, una madre, y yo, que me llamo Abel y tengo nueve años. Debes tener más cuidado con tu casa, hija

decía la abuela en

ese momento . El polvo está por todas partes, eso enferma al muchacho. Abel, luchando por no perder la concentración, continuó. Antes teniamos un perro En ese momento, la dama aspiró con aspereza y tosió, como si se hubiera atorado ligeramente con el té. Abel interrumpió su trabajo un instante y corrigió el error. Antes

teníamos un perro, pero la abuela dijo que los perros pasan las

pulgas y se llevaron al perro. Tengo una abuela pero no vibe con nosotros. Doña Beatriz sufrió un espasmo más fuerte, luego escupió el té y apagó el cigarrillo mientras exclamaba muy molesta: !Pero mujer, qué le pusiste a este brebaje! Si está intomable, me ahogo cuando me pasa por la garganta. Discúlpeme, doña Beatriz, tal vez dejé que hirviera demasiado...


51 ¡Hirviera! Pero cuando aprenderás, el té no es un hervido, es una infusión. Siguió tosiendo, pero con menor intensidad. Abel levantó la mirada y observó, divertido, como el alto moño de la dama se le había deslizado por el lado izquierdo de la cabeza. Tenía las mejillas manchadas de rimel, la tos la había hecho lagrimear. El niño corrigió su nuevo error y siguió escribiendo. Tengo una abuela, pero no vive con nosotros, vive con mi tio Francisco que es rico. La tos se inició de nuevo, por lo visto no tenía nada que ver con el té. Era como si un fantasma sacudiera a la anciana desde sus entrañas. Al principio de este nuevo ataque la dama alzó los brazos en un gesto que a Abel le pareció muy cómico; luego los dejó caer, mientras levantaba la cabeza y se estiraba su seca papada. ¿Qué le pasa, señora Beatriz?

la madre trataba de auxiliar a su

suegra con torpeza, con celeridad inútil. Abel miró la escena con sus claros ojos infantiles agrandados por una sospecha. La borró de su pensamiento, asustado. Si había sonreído al principio, dejó de hacerlo y continuó. Dibujaba con exactitud las palabras. A veces mi familia se va al campo. Mi padre travaja en una fabrica en el campo, a veses, cuando tiene que ver lo que acen los travajadores en domingo, vamos a la fabrica. La tos insistente de la vieja dama se había convertido en una serie de estertores desesperados.

Tratando de liberar su garganta, doña


52 Beatriz se arrancó el collar de perlas y desgarró su vestido de seda azul. Las blanquísimas esferitas saltaron sobre el piso de la sala. Abel las miró un instante, fascinado. Luego reanudó, con seriedad, su tarea. Ai juego con el portero, mientras mi mamá tege en el hauto. Mi aguela, a veses, se disgusta, a veses porque me henfermo, a veses porque mi mamá no esta bien areglada cuando ella biene. La señora había resbalado de su asiento. reanimarla, pero la anciana no conseguía respirar.

Luisa trataba de Algo invisible la

estrangulaba, implacable. Abel, casi satisfecho, la miró. Vio sus piernas flacas, abiertas y retorcidas, sus brazos chorreados. Pensó que los ojos de su abuela parecían huevos duros. Cuando mi aguela se a hido, mis padres sienpre se pelean y tengo miedo. ¡Hijo, llama al vecino

gritó la madre , tu abuela se muere!

Abel, como si no la hubiera escuchado, concluyó. El rezto del tiempo estoi contento. No tengo miedo i me guzta eztar con Mi Familla.

FIM.


53

TORMENTA, TORMENTOSO TORMENTO


54

1 ¿Llovía afuera? Era, tal vez, una de esas noches en las que, más que gotas, caen del cielo pesadas mantas de agua que se doran por segundos al reflejar las luces de la ciudad y luego golpean contra el asfalto y se ennegrecen para siempre. Tormenta

murmuró el anciano sin mirar a través de la ventana

para averiguar si en verdad llovía . Tormenta. Tormentoso tormento. Estaba inmóvil, de pie, tras el ventanal. Sabía que si alguien lo miraba tendría que forzar la vista para descubrir que era un ser humano y no una sombra. La vejez le había quitado las carnes y agrisado la piel. Pero no era una sombra, se podía quebrar en cualquier momento y las sombras no se rompen. Desistió de abandonar su casa. Con paso incierto se dirigió hacia la cocina, prendió la luz y, luego de quitarse el abrigo negro y pesado, encendió una hornilla y puso a calentar una olla con agua. Las paredes del lugar estaban llenas de manchas verdosas producidas por el moho y


55 el humo. No había apagado la cerilla, sintió el fuego en sus dedos cuando ya olía a carne quemada. Con los años se pierde la sensibilidad. Al menos la piel ya no duele tanto

dijo en voz alta mientras

abría el grifo y se refrescaba las pequeñas llagas en el agua fría. Sacó de la refrigeradora un litro de leche; la botella, helada, estuvo a punto de resbalársele de los dedos. Pensó que, de haberla soltado, el líquido blanco habría manchado veloz el piso ya sucio de la cocina. Y no tengo un gato

murmuró.

Nunca le habían gustado los gatos: recibían las caricias como si los humanos solo existieran para dárselas. También detestaba a los perros: vivían, exclusivamente, para recibir caricias. Con torpeza se preparó una taza de café, con algo de leche, y de pie, junto al lavabo, empezó a beberla. En otro departamento alguien hizo sonar una canción muy triste y él, fastidiado, deseó estar aún más sordo de lo que estaba. Regresó a la sala y, resignándose a ver el desorden de muebles, revistas y objetos viejos, encendió la luz que brilló malamente, amarillenta. Empujó algunos de sus libros, que cubrían un sillón desvencijado, y ocupó el lugar doblándose con esa mezcla de fragilidad y torpeza que es la propia de los movimientos ateridos en la vejez. Cuando estuvo sentado, tal vez para alejar su mente del tiradero que lo rodeaba, pensó en Kiqui, en ese cuerpo dolorosamente joven, en los ojos color miel, en ese cabello que olía a sudor dulce… Carnes duras, piel lozana.


56 Moho, su casa olía al moho que se enquistaba entre las hendijas, bajo las alfombras y en las altas cenefas perdidas entre sombras y telarañas. ¿Cuándo se puso tan viejo? ¿Cuándo se le pusieron quebradizas la uñas, tiesas las articulaciones? ¿En qué momento se le enturbió el juicio hasta dejar que sus gestos pasaran de tontos a ridículos, y de ridículos a lastimosos? El café se había enfriado en la taza, probablemente mal lavada: sobre el líquido pardo flotaba una corteza de pan, un grumo negruzco. El hombre levantó la vista de su bebida y la fijó en una esquina del cuarto en la que, como un ataúd pequeño, descansaba una arqueta antigua. Dejó la taza en el brazo del sillón e, izándose trabajosamente, dijo: ¡Última vez que me sobajo, mierda! Caminó hacia el cofre y lo abrió con sus manos pálidas y temblorosas. Al abrirse, la tapa golpeó contra la pared desconchándola, una nubecilla de yeso flotó en el aire un instante. El viejo sacudió la mano, como una mariposa fantasmal, para apartar el polvo blanco, y miró en el interior del baúl: una oquedad rectangular, tapizada con terciopelo, en la que brillaban dos objetos de metal, una pesada esclava de oro y una pequeña pistola plateada en su funda de cuero. La esclava se la habían regalado años atrás, muchos años atrás, con una inscripción que había servido entonces y que podía volver a decir la verdad: “A pesar de todo”. El arma tenía otra historia, la había comprado en un portal obscuro, en un país lejano, arrebatado por una


57 rabia que casi era capaz de sentir otra vez. Era una pistola calibre .25 cuyo mecanismo, exacto como el de un reloj, disparaba una pequeña bala capaz de rasgar las carnes más firmes y lozanas. El viejo miró largamente el arma, la extrajo de su funda y la rastrilló, con un gesto recio y seco. En ese instante, la taza semivacía que dejara sobre el brazo del asiento resbaló y su contenido, el líquido negrusco y graso, se regó por el suelo como una violenta mancha de sangre. “Sangre” pensó. “Sangre que hace palpitar tu cuello delicioso, sangre tan deseada.” El charco opaco se extendió por debajo del sillón y sobre el piso hasta embeber la alfombra; fue como si una fuerza opuesta a la luz amarillenta empujara la mancha hacia la parte del suelo que ensuciaban las sombras.

2 El aldabón de bronce enverdecido clausuró con un golpe sordo la puerta de la calle y el viejo dejó la protección del alero para atravesar la calzada en una atmósfera tomada por una llovizna fina, tan fina que se convertía en bruma. Caminó por las calles de la ciudad vieja, sobre aceras y adoquines, hasta que esas casas antiguas y esos portales fueron sustituidos por los viles edificios de la zona de los juzgados, las oficinas públicas

y

las

notarías:

construcciones

baratas,

altos

edificios

rectangulares levantados sin ninguna vergüenza para aprovechar cada


58 centímetro de suelo. El hombre, conocedor de la sordidez de las calles, las recorrió concienzudamente, sumiéndose voluntarioso y torvo en ese ambiente degradado de edificios de pacotilla y cantinas y nigth clubs humosos y ruines.

3 Había dejado de llover cuando se detuvo frente a la marquesina de LUNA LOKA; las luces del rótulo, las que aún brillaban, se reflejaban en los charcos sucios empozados entre el asfalto y la vereda. El viejo respiró profundamente, y leyó en voz alta: Luna loka. Entró al local sacudiendo los hombros, como para librar su abrigo de unas invisibles gotas de la lluvia que había soportado en el camino. Dentro olía a un sudor antiguo, atrapado en las alfombras, a perfume escandaloso, y a plástico. En el salón todo era de plástico: mesas traslúcidas, taburetes endebles, el encofrado de las paredes y todos los adornos, desde las flores que se erguían en los centros de las mesas hasta las sombrillas de colores que decoraban las copas que bebía el grupo de hombres zafios que se ahumaba en la atmósfera turbia. Una mujer, en la estrecha tarima que se levantaba al fondo del local, terminó una canción, un bolero meloso; luego, tras descubrir al viejo apoyado en la barra, corrió hacia el, mientras se acomodaba en el escote el busto exiguo. Cuando estuvo junto al recién llegado, la cantante le sacudió de las solapas unas últimas gotas de lluvia, reprendiéndolo:


59 ¡No, en noches así, de tormenta, no debes venir a verme! Y menos entre semana, ya sabes que tengo otros novios. Pero

protestó el viejo

¡Ningún pero!

Kiqui, yo…

insistió la cantante mientras se quitaba la

peluca para transformarse en un muchacho maquillado con demasiado labial y demasiado rimel . No quiero verte hoy. Te fuiste. Kiqui

susurró el viejo mientras hundía la mano en el bolsillo

del abrigo ; Kiqui, por favor. Apenas sintió la dureza del metal agarró el objeto brillante y lo sacó rápidamente para ponerlo frente al rostro del chico, quien soltó una serie de grititos estridentes y dijo: ¡Una esclava, una esclava de oro! Tuya

dijo el viejo, y trató de besarlo. El muchacho se resistió

mientras ordenaba: ¡No, no! Te pones algo de maquillaje si me quieres chupetear, ¡ponte colorete, algo! Así, pálido como Drácula, no te me acercas. Y el viejo, con una sonrisa entre boba y desesperada, se dejó maquillar por el muchacho, mientras al fondo, en la tarima, otro travesti cantaba una tonta canción de amor.


60

AGELASTA


61

… agelasta… el que no ríe… Los agelastas están convencidos de que la verdad es clara, de que todos los seres humanos deben pensar lo mismo y de que ellos son exactamente lo que creen ser. Milan Kundera, El arte de la novela, 1987.

Se veía magnífico, reflejado entero sobre el vidrio de la vitrina que protegía el pabellón nacional, en el rellano de la escalera que bajaba desde el segundo piso del Palacio de Gobierno. Alto y macizo, con el terno perfectamente armado sobre el ancho cilindro de su tórax, vio su imagen superpuesta a la bandera, como si el símbolo patrio y él mismo fueran una amalgama vistosa. Se inclinó, ceremonioso, frente a pabellón y a su propia imagen, y acompañado siempre por el jefe de su escolta –hombre pequeñito y


62 peligroso-, descendió los pocos escalones que lo separaban del hall principal de la mansión. Allí lo esperaban su secretario personal –obeso y jadeante- y su jefe de protocolo –grave, alto y tieso. Embajador

soltó, dirigiéndose a este último , usted va en el

carro de los guardias de seguridad. Pero, señor Presidente

observó el diplomático, sin perder su

rigidez , tenemos que revisar la agenda del viaje a Brasilia y usted dijo que solo podía en el automóvil… Bueno,

bueno

aceptó

el

Mandatario,

molesto

al

verse

contrariado . Si no hay más remedio, tendré que aguantarle. Y la comitiva dejó el pasillo con dirección a las antiguas caballerizas donde les aguardaban los automóviles. A su paso, los miembros de la guardia presidencial se cuadraron con sonoros golpes de tacón y chasquidos de sus fusiles y correajes. En el cristal de la puerta que daba acceso a los garajes, el Presidente volvió a mirarse, esta vez, de medio cuerpo. Se detuvo un momento y alisó con su mano una arruga, probablemente imaginaria, que deslucía el bordado en su impecable corbata de seda. Satisfecho, reinició su marcha. Inmóvil, como si estuviese hecho de plástico y fierro, su chofer le abría la puerta del gran automóvil oficial. El presidente alcanzó a mirarse

en

el

obscuro

vidrio

polarizado

del

vehículo.

Se

veía

distorsionado, con una gran cabeza y un cuerpo enjuto. Fastidiado por esa alteración de su imagen, el Mandatario aproximó el rostro al cristal, se acomodó cuidadosamente los cabellos de la sien izquierda sobre la


63 calva que le relucía en la parte alta del cráneo, y trabajosamente se introdujo en el auto, seguido de sus dos asistentes: el secretario y el embajador. Su esmirriado jefe de seguridad se escurrió hacia el asiento delantero y lo ocupó, junto al chofer. En la parte trasera del vehículo, el Presidente se repantigó en el centro del gran asiento posterior y, acariciando la superficie tersa del cojín, murmuró: ¡Cuero, cuero legítimo! Sus acompañantes tuvieron que acomodarse, malamente, en las dos butacas auxiliares que cuando no estaban en uso se plegaban contra el espaldar de los asientos delanteros. El embajador, flemático, encogió sus largas piernas casi hasta que las rodillas le tocaron el mentón, mientras que el secretario distribuía sus anchas caderas en el angosto sillón que lo soportaría durante el viaje. Eran las seis de la mañana. La ciudad, y sus calles más antiguas, se abrieron desiertas al cortejo del primer Mandatario: dos automóviles oficiales de gran tamaño y cuatro vehículos de doble tracción, repletos de militares armados con fusiles automáticos y protegidos por chalecos negros blindados y cascos de fibra del mismo color. Los escoltas observaban, desde la obscuridad despiadada de sus gafas, el aire quieto de las esquinas, el polvo de los adoquines y las oquedades de los sumideros. El Presidente sabía que era un blanco para sus adversarios, que sus decisiones –las únicas posibles para retorcer el curso de la Historiale habían creado enemigos por todo lado: en el extranjero, dentro de la


64 ciudad, bajo las piedras… Era duro ser odiado por los poderosos, pero lo compensaba el amor de los desposeídos, ese frenesí que provocaban sus gestos, ese ambiente eléctrico que se generaba cuando, desde cualquier tarima, levantaba los brazos, como un apóstol, y miraba hacia el horizonte. Era su destino tan exaltado, que no le perturbaba si debía consumarlo con el sacrificio. El Mandatario se resignó una vez más a su sino y, para apurarlo si cabía, ordenó al chofer, con su acento chillón: ¡Oiga, acelere que no tengo toda la mañana! ¡Es cierto

lo secundó melifluo el secretario , hoy tenemos un

día ajetreado! ¡Acelere! ¡Qué le pasa

lo reconvino el Presidente, mirándolo con

desprecio , aquí el que da las órdenes soy yo! Usted calle y muéstreme la agenda de Brasilia. El diplomático miró por la ventanilla, indiferente. El secretario, que era en extremo sensible, entrecerró los ojos para que nadie viera el intenso resentimiento con que alumbraban, y le entregó a su jefe unas hojas. Durante unos minutos la comitiva rodó en silencio. En una curva, el cortejo debió reducir su velocidad y, desde la puerta de un zaguán de piedra, una vieja obesa –vestida con falda y pañolón negros- miró los autos y los bendijo. La mujer tenía la piel rosada y sus arrugas enmarcaban las hinchazones de sus cachetes y papadas como una serie de cueros secos que sostuvieran esos otros pellejos henchidos de grasa.


65 En la penumbra de la cabina de su automóvil, el Presidente, que seguía siendo monaguillo en su corazón, se santiguó con unción mientras soltaba un hondo suspiro y se miraba en el espejo retrovisor que le devolvió la imagen recortada de su rostro. Podía verse solo el mentón, cuadrado, y la boca. Se sonrió descubriendo su dentadura perfecta, deslumbrante y, gozando de su apariencia, afirmó: ¡Es por ella, por ellos que trabajamos! ¡Por ellos todos nuestro sacrificios! El diplomático, haciendo gala de su oficio, calló asintiendo solemne un par de veces con la cabeza, mientras que el secretario, arrebatado –ya había olvidado el desaire de hacía unos minutos-, confirmaba: ¡Es así, señor! ¡Y ellos lo saben! Pero –inquirió el Mandatario , ¿lo saben en verdad? ¡Claro, claro que lo saben! Porque

deberemos

salvarlos

hasta

de

ellos

mismos

se

conmovió el Presidente, mientras su secretario -piadoso y gordo- se santiguaba. Unas calles después, cuando ya habían dejado la zona antigua de la ciudad, en una de sus avenidas más anchas y modernas, la comitiva cruzó frente a un grupo de jóvenes que corrían en círculos sobre patinetas, usando las amplias veredas como pista. Eran chicos flacos, estirados por los años de crecimiento, vestidos con pantalones cortos y camisetas de colores.


66 Al paso del cortejo, dos o tres de los muchachos levantaron las manos haciendo con sus dedos una inconfundible señal ofensiva. La comitiva se detuvo y de uno de los coches de la guardia saltaron dos soldados. Al verlos, los jovencitos subieron en sus patinetas y, en un par de segundos, se perdieron por las calles transversales, como fantasmas veloces, coloridos. El Presidente bajó el vidrio del auto, sacó la cabeza por la ventanilla abierta y ordenó: ¡Cójanmelos a esos estúpidos, hay que enseñarles a respetar a la autoridad!

su mirada se reflejó en uno de los niquelados largos y

brillantes que adornaban la puerta del vehículo y el ver la ira que le enrojecía los pequeños ojos lo enfureció aún más, por lo que siguió gritando: ¡Vamos a darles una lección de respeto! Señor

intervino el Jefe de Protocolo , son solo chicos…

¡Por eso, son unos malcriados! ¡Insolentes! … además, estamos de apuro, usted lo dijo… ¡Embajador, nuestro trabajo es educar a la sociedad, educarlos a todos hasta que sepan cómo deben comportarse! Señor

insistió el diplomático, que se veía bastante ridículo con

las largas piernas recogidas casi contra el pecho , si los detenemos, la prensa hará un escándalo… ya sabe cómo son. El Mandatario evaluó la situación y, de mala gana, aceptó: Está bien, que vuelvan los hombres de la guardia. Seguimos el viaje. Al cabo que son jóvenes…


67 Y los jóvenes son rebeldes, aunque su rebeldía no esté siempre bien encaminada Es verdad

pontificó el secretario. aceptó el Presidente . Y es nuestro deber canalizar

positivamente toda esa rebeldía… cueste lo que cueste. El viaje pudo terminar sin sobresaltos. El Presidente hubiera tomado su avión para dirigirse al rincón de la patria que demandaba su presencia, de no haber sido por el loco que empezó a reír cuando la comitiva oficial se detuvo ante el gran portón que daba acceso al aeródromo de las Fuerzas Armadas. Era un sujeto anodino, sentado en la vereda: ni grande ni pequeño, ni joven ni viejo, ni pobre ni rico en su vestir; un tipo común y corriente que, mirando hacia el automóvil presidencial, empezó a reír mostrando al hacerlo unas mandíbulas muy bien dispuestas para la risa, y unos dientes caballunos, que hacían la carcajada aún más visible. El sonido de sus risotadas era también insólito: atronaban, como una cascada que cayera desde una altura considerable contra los vidrios del gran auto negro ocupado por la máxima autoridad del país. El Presidente lo vio, vio al reidor, y no pudo dar crédito a sus ojos (ni a sus oídos) por lo que preguntó: ¿Se ríe?, ¿ese idiota se está riendo? Sí

le contestó el secretario, incómodo , será algún enajenado

mental… ¡Se ríe

repitió el Mandatario levantando la voz , se está riendo!

Es un demente, eso se ve, señor

terció el diplomático que

observaba, extrañado, el progresivo encrespamiento del Presidente.


68 El hombre, sin pausa ni descanso, seguía en su carcajada, agarrándose los costados para controlar en algo las contracciones de sus costillas, con los ojos húmedos por el esfuerzo y la mirada feroz y gozosa, al mismo tiempo. Al Presidente le desagradaba la risa. Le gustaba cuando sus subalternos festejaban riendo alguno de sus chistes, y también le agradaba sonreír, ampliamente, cuando en sus discursos desplegaba el poder de sus verdades contra sus enemigos políticos. Pero la risa, esa que brotaba incontenible de las gargantas y sacudía los cuerpos y desorbitaba los ojos, esa risa le molestaba, le parecía obscena, era como todas esas funciones de los cuerpos que los sacerdotes –cuando fuera monaguillo en el colegio- le habían enseñado a rechazar con asco. ¡Se ríe!

bramó . ¡Qué hace la guardia que no lo arresta! ¡Se

está riendo… de mí! El Presidente, furioso, se cubrió el mentón con el puño; al hacerlo pudo verse reflejado en el anillo de oro blanco que le adornaba el dedo meñique. La pequeña superficie bruñida le mostró solamente sus labios, la furia los retorcía en una mueca que transformaba su boca en una especie de hocico dispuesto al mordisco. Y el primer Mandatario, enardecido, abrió la puerta del vehículo para agarrar, personalmente, esa garganta que lo ofendía- y echó el cuerpo hacia afuera. Quería callar, con sus propias manos, esa risa enloquecedora. Infortunadamente, en ese instante, el conductor de uno de los autos de su guardia decidió rebasar al automóvil presidencial para protegerlo de un posible ataque.


69 … Esa tarde, en el Hospital Militar, el Presidente recibió a la prensa en la oficina estrecha del Director del sanatorio; tenía el brazo enyesado en cabestrillo y una expresión en la que la serenidad vencía al dolor. Los periodistas, deseosos de informar sobre su estado de salud, empezaron a soltar sus preguntas. El Mandatario no respondió a ninguna de ellas, limitándose a declarar: Una desgracia con felicidad. Sólo fue eso. Informen eso. Y no dijo más, concentrado como estaba en la imagen que proyectaba hacia las cámaras: Sosegado y firme, aunque herido. “Como un mártir” se dijo satisfecho. “¡Como un mártir!”


70

EL CRÍTICO


71

La suerte de Joaquín Anda Martínez era estupenda: los albaceas testamentarios

del

autor

recién

fallecido

le

habían

permitido

inspeccionar las notas y documentos que dejara Cristóbal Blázquez, el gran narrador nacional. Joaquín,

crítico

literario

y

profesor

de

semiótica

en

la

Universidad, había sido delegado por el Municipio del Distrito Metropolitano para editar un texto de homenaje al escritor, un libro que, de alguna manera, remediara la indiferencia que la sociedad le había demostrado en vida. Anda Martínez se hallaba incómodo en el laberíntico y mal iluminado estudio de Blázquez; al entrar, se había enfrentado con la única imagen colgada en todo el departamento -un retrato del escritorsintiéndose enclenque, lampiño y miope ante el hombrazo de apariencia tosca representado en la pintura. No había conocido al novelista, en


72 vida, y suponía que no le hubiera gustado ese sujeto grande e hirsuto, que tenía fama de cínico, irascible y misántropo. El crítico empezó a revisar los papeles dejados por el autor, su trabajo se dificultaba porque el departamento –situado en un edificio centenario del centro de la ciudad- había sido acondicionado por su dueño como estudio y biblioteca: solo la cocina y el baño estaban libres de estanterías embutidas de libros y carpetas, y mesas colmadas de cartapacios, fotografías de distinto formato y tomos de enciclopedias abiertos, como si su dueño estuviera aún consultándolos. Todo olía, desagradablemente, a polvo y papel viejo. Entre cuartillas y publicaciones, se desperdigaban objetos extraños: armas antiguas, bolas de cristal gruesas y coloridas, herramientas ya inútiles como tenazas de orfebre o plomadas de bronce, media docena de caleidoscopios, tres binoculares, cajas de música y un par de esas viejas reglas de cálculo que usaban los ingenieros antes de las calculadoras de bolsillo. El destino literario de Blázquez había sido difícil –recordó Anda Martínez, mientras manipulaba un cuaderno cuyas hojas estaban malamente garabateadas-: por cuarenta años, el escritor produjo novelas extrañas que adolecían, según los críticos, de una imaginación retorcida, excesiva, perversa casi. Poco suponían sus escasos lectores de esos primeros tiempos la transformación que, en el último lustro de su vida, había experimentado el artista; toda su estrambótica producción previa –se percataron entonces los analistas- había sido solo el ejercicio preparatorio que necesitaba para lanzarse a su gran obra:


73 una serie de cuentos populares que se habían convertido en material obligatorio en las escuelas de toda la República; relatos alegres, ligeros, memorizables incluso, y llenos –para quien quisiera verlos- de valores positivos y patrióticos. Infortunadamente, el éxito había llegado a la vida de Blázquez aparejado con el cáncer, por lo que poco pudo gozar el escritor de la fama tardía, los derechos de autor y el reconocimiento público del Estado. Era para compensar esa mala fortuna, que Anda Martínez husmeaba entre cartas personales y notas incoherentes: buscaba la última creación del maestro, ese texto postrero que le permitiría inmortalizarlo como visionario de una patria nueva, como conductor de juventudes. Tras dos horas de hurgar entre papelotes, el crítico había decidido que su búsqueda era inútil: por lo que podía ver, el genio de Blázquez se había

agotado

en

esos

pocos

cuentos

inmortales,

inspiradores,

magníficos. Tendría que partir de ellos para el libro de homenaje, haría poca referencia a sus obscuros años de novelista y llenaría el texto con testimonios de estudiantes, maestros y funcionarios gubernamentales que habían sentido alimentado el fuego de su patriotismo con los últimos relatos del autor. Anda Martínez había decidido, también, no hacer mención del estudio de Blázquez en su libro. Ese lugar no era propio de un padre espiritual de la patria; parecía, más bien, la guarida de un hippie envejecido. Satisfecho de sus resoluciones, el crítico se disponía a abandonar el polvoroso departamento, cuando halló, aprisionado bajo


74 la pata de una mesa, un papel cubierto con la gruesa escritura de Blázquez; lo levantó del suelo para descubrir que estaba fechado un par de días antes de la muerte del autor. Interesadísimo, empezó a leer lo que era, sin duda, un testamento literario: esa pieza fundamental que le permitiría armar un libro de homenaje espectacular. La nota decía:

¿Por qué no me callo? A ratos creo que debería callarme, no siento que mis novelas tengan efecto mariposa alguno, peor esos cuentitos… Y no es que esperara grandes cosas: Al cabo los libros, todos, no han sido

capaces

de

evitar

un

adarme

de

la

imbecilidad

humana. Más bien parecen ser una coartada. Los humanos seguimos matando y destruyendo y, cada semana o cada siglo, nos detenemos, miramos hacia atrás y decimos: “Cierto, hemos sido crueles, brutales y viciosos, pero nos redime el arte. El Dante anula los crímenes de la Inquisición y el dolor de Gunter Grass, transmutado en novela, aligera el recuerdo del GULAG o de Dachau”.

Joaquín Anda Martínez no dudó un momento, sacó su fosforera, la encendió y procedió a incinerar el documento que sostenía en la pálida mano izquierda. La llama, reflejándose en sus lentes gruesos,


75 devoró, azulenca y humeante, el pedazo de papel. Cuando la pequeña flama le llegó a los dedos, el crítico y catedrático soltó el último texto de Cristóbal Blázquez y, aliviado, abandonó el estudio del autor muerto: estaba ya harto de antigüedades polvorientas y libros viejos. Sobre el suelo, quedó un trozo de papel que el fuego no había podido consumir; en él, ya nadie leería la palabra

Dachau

Fin de ANEURISMA y otros cuentos


76

Ă?ndice


77

PRÓLOGO p. ESCRITORES p. EL BELLO VIAJE p. DOS VIEJAS SEÑORAS p. ANEURISMA p. MAGNUTRÓN, SUPERHÉROE p. EL SUICIDA RETICENTE p. MI FAMILLA p. TORMENTA, TROMENTOSO TORMENTO p. AGELASTA p. EL CRÍTICO p.

ANEURISMA  

Cuentos malvados...

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