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John Lennon 1940-1980


BEAUTIFUL NONSENSE Huían como cerdos de una pistola o unos dientes. Lloraban y venían, luego escapaban volando en el cielo con diamantes. Extraña materia amarilla, humo asfixiante oculta el cinismo del bufón persiguiendo el fuego, sin creer lo que nos dice el periódico: que el viento en tu pelo anuncia su propia predicción del tiempo. Atrevidos descifradores de textos, el bromista se ríe de ustedes; piensa en cosas que no existen, se come todas las ostras y, engordando, deja al carpintero llorando. Hombre de ninguna parte, no puede permitirse alienarse para pasar inadvertido, viendo lo que quiere y no quiere. Una ostra venerable te guiña un ojo y sigue en su ostracismo. Hierve el mar caliente alma astral de Lisergia, Sopor y Despertar.


ยกOh, muerte inoportuna! Te reconozco, la bala no mata sino el destino.

Diego Mercado Villarroel


«Dios era de Liverpool y tenía cuatro cabezas». Benjamín Prado Dear John, only you y yo sabemos lo mucho que te quise allá lejos y entonces. Lo que lloré por vos con dieciséis añitos, nacida con retraso para todo lo bello y lo importante. Parecía que toda la verdad ya había acontecido en este mundo y que mis días eran sesión continuada de alguna peli mala. Encontraros fue una suerte de patria clandestina. El mundo se hizo beatle. El walkman, aquel ladrillo a pilas que viajaba conmigo a todas partes, me inundaba los oídos de raras nostalgias que no catalogaba todavía. Tuve una remera con la portada del Sgt. Pepper's... que me convertía en mujer anuncio de la banda. Compensaba así mi ausencia en los conciertos agitando melena como loca. Vi todos los documentales que acerté a tropezar, leí todos los libros, me enamoré de vos tantísimo que hasta perdoné a Yoko. Copié como cien veces aquella visión vuestra de un lugar conocido como Locutopía. Se lo enviaba en cartas a todos mis amigos. Sí, era tiempo de cartas todavía. Varias llegué a escribirte cada 8 de diciembre. Era ya insoportable como pocas.


Estuve en el Dakota, ¿lo recuerdas? Lloré tu absurda muerte con retraso pensando cuántas veces habrías caminado esa calle, tarareando qué. Saqué la foto de rigor al monumento Imagine en Central Park. Seguí llorando. Era mi adolescencia un melodrama. Qué te puedo contar que no sepas. Poco y nada inventé mientras te quise. Seguimos necesitando tipos de tu estatura a los que trepar con nuestros sueños rotos. Hombres a los que el tiempo agujerea pero no desmorona. Soñadores que acierten a hacernos reír con sus delirios. Sobre todo, seguimos necesitando canciones donde colgar el sombrero de nuestros recuerdos. Y en eso, dear John, siempre estarás presente. Escuchamos tus temas como clásicos que hubieran salido al aire hace dos días y en cada uno encontramos una catarata de imágenes de las que somos dueños hace mucho. Nunca te di las gracias por la compañía. Ya sé que los muertos no leen estas cosas, pero los vivos no entretenemos con ellas. Perdónanos, John, porque sí sabemos lo que hacemos. Love, Mac

Macarena Trigo


UNA BALA PARA EL PEQUEÑO JOHN «Vivir es fácil con los ojos cerrados». John Lennon Al final, ese mundo que creías era un pajarillo huérfano entre tus manos se hizo grande como alimaña, pequeño John. Eras un niño de piel temerosa y mirada pálida que atravesaba las paredes de ladrillos grises para llegar a la hierba azul, al río amarillo, a la verde fresa. Con el tiempo llegaste a creer que se podía disimular el dolor disfrazándolo de morsa o de chico que vende periódicos en una esquina sin perder la sonrisa, que podías derribar murallas cerrando fuertemente los ojos durante un minuto mientras hilabas acordes que viajaran por tus venas. Pero al abrirlos el tedio de las cosas seguía ahí como un dinosaurio deforme tapando con su cuerpo cualquier posibilidad de victoria, aplastando con su aliento marchito las ilusiones, los deseos, los besos. Por eso no pudiste parar la bala desnuda que te había elegido, John. No te bastaron ni tu guitarra como armadura ni tus gafas redondas como yelmo de espejos para rechazar el mal de ojo. Llevabas la canción en las manos como un amuleto y el paso -


alegre de las muchachas en flor, pero no fue suficiente. Oh, John, no viste la bala, ni viste su vuelo de halcón decidido. Gritaste contra el gran devorador de la guerra y dejaste crecer tus cabellos como azafrán salvaje, pero no viste el vuelo exacto del proyectil que era beso de judas, porque a veces te creías un dios poderoso aunque a veces intuías que eras sólo un pobre diablo. Muchos te tuvieron por un soñador de nubes, y aun así prefirieron seguir la estela de tus débiles verdades a esperar la llegada de la bella y suntuosa mentira. Ya cuerpo sin voz, expuesto a la multitud rumorosa, intentaron tus labios susurrar una melodía que te resucitara, pero la Muerte es un instrumento preciso, un operario de experiencia milenaria que sabe callar a tiempo y desoír los gritos de auxilio. Oh, John, no viste la bala, ni viste su vuelo de halcón decidido. Ni que antes de impactar te dedicó su mejor sonrisa.

Pedro S. Sanz


MY MUMMY’S DEAD John, un niño de ocho años de edad, yace en el suelo, dormitando en lo alto de una loma sobre la que se derrama un radiante sol de verano. Su frente está bañada de gotas de sudor. Está hambriento, demasiado cansado para jugar. Mira al cielo, que es de un color azul desteñido y carente de nubes. La intensa luz, el hambre y el sueño dibujan en la conciencia de John un paisaje que, por momentos, parece del todo irreal. A duras penas, el niño se incorpora, luchando contra su somnoliento estado, y mira al horizonte: desde donde está, puede divisar, a lo lejos, el mar teñido de tonos verdosos. Diminutas barcas de pesca y algunos veleros lo puntean a lo largo de toda la costa. La casa de John se encuentra al pie de la loma: una destartalada construcción de madera que da la impresión de que no resistirá más allá del próximo invierno. Junto a ésta se extiende una pequeña porción de terreno cultivable. Antes de su partida, su padre se dedicaba a trabajar la tierra. Era la única forma de mantenerles, a él y a su madre. Pero John ya casi ha olvidado aquellos días. Cada vez le resulta más difícil recordar el rostro de su padre, era demasiado pequeño cuando este desapareció. -


Apenas guarda en la memoria el olor a tabaco de su camisa y la forma de sus manos: grandes, de dedos gruesos que siempre estaban manchados de tierra. Eso sí que lo recuerda aún. Pero papá ya no está, no va a volver, y ahora es mamá quien se ocupa del cultivo. Trabaja de sol a sol. John la oye cada día, cantando a lo lejos. Son los primeros días de julio y el tiempo de la cosecha ha comenzado. Cuando el viento sopla de poniente, proveniente del mar, trae consigo un fuerte olor a sal, y la voz de mamá suena entonces clara y melancólica allá en lo alto de la loma, como una especie de himno atávico, como un conjuro de magia que hace desaparecer el hambre y el cansancio. Esos días, John se siente protegido, aunque no pueda verla. Otros días las notas no llegan con nitidez, se entrecortan, van y vienen como los barcos en el puerto, resuenan un instante en el aire y luego se pierden mar adentro. ¿Quién sabe si los seres abisales llegarán a oírlas? John piensa en ello a menudo, y se pregunta cómo debe de ser vivir allí, en lo más profundo del océano, donde nadie ha estado nunca. A lo mejor no es muy distinto a vivir a los pies de la loma. Esos seres deben de sentirse solos y, a veces, él también se siente así: solo, sin nada a lo que aferrarse, sobre todo cuando pasan muchos minutos -


Elena L贸pez


sin que pueda oír la voz de su madre. Siempre que esto sucede, John permanece muy quieto, a la escucha, hasta que la melodía llega de nuevo a sus oídos mecida por el viento. Esa misma mañana, mientras dormitaba bajo el intenso sol estival, John pudo reconocer la canción: se trataba de You are here, una antigua canción tradicional que su madre solía cantarle para despertarle por las mañanas. Sin embargo, hacía ya un buen rato que John no oía nada allá en el terreno de cultivo. Aquello le pareció muy extraño, pues, aquel día, el viento soplaba de poniente y no había motivo para que el sonido no llegara con claridad hasta la cima de la loma. Por otra parte, aún faltaba al menos una hora para el almuerzo, por lo que tampoco había razón alguna para que su madre hubiese dejado de trabajar, y por consiguiente de cantar. Aunque su madre le insistía cada día en que permaneciera jugando en lo alto de la loma hasta que ella acabara la jornada de trabajo, esta vez John decidió ir a buscarla. Casi sin fuerzas para correr, debido al hambre y al sueño, John descendió muy lentamente hasta los campos de cultivo. Conforme se iba acercando al lugar, sentía más vivamente el olor a sal y el rumor lejano del oleaje. Pero nada más. El canto de su madre seguía sin oírse. El mijo crecido, -


casi tan alto como el niño, impedía a John ver más allá, por lo que no le quedaba más remedio que adentrarse en la plantación para tratar de localizarla. Cuando hubo avanzado un buen trecho, guiado sin más por una débil intuición, se percató de que una de las hileras de mijo estaba tronchada a todo lo largo, como formando un camino. Decidido, John comenzó a recorrer la «senda marcada» y, al poco de andar sobre las plantas caídas, fue vislumbrando aquí y allá unas marcas de color rojo oscuro. En algunas zonas, las manchas llegaban a ser tan numerosas que formaban una especie de línea continua, un diminuto río de color rojo sangre. El corazón del niño latía aceleradamente y su respiración se volvía cada vez más irregular. Completamente asustado, John se obligó a seguir aquella funesta guía, a sabiendas de que, al final del camino, no esperaba nada bueno. La senda de mijo rojo se detenía en un claro en mitad del cultivo, un claro provocado por el cuerpo de su propia madre, la cual yacía en el suelo sobre un charco de sangre. Su rostro, totalmente desencajado por causa de algún esfuerzo atroz, estaba empapado en sudor. Tenía el vestido, que antes fue blanco y ahora era rojo, subido hasta la altura de los senos y, de sus partes íntimas, seguía brotando un hilo de sangre oscura. John deseó entonces hablar, gritar, al menos, -


pero su voz no conseguía abrirse paso a través de la garganta. Fue su madre entonces quien habló con voz trémula: «Escucha siempre, John, se trata de escuchar…». No llegó a terminar la frase. Su cabeza se ladeó hacia la izquierda y, de alguna manera, John supo que su madre había muerto. Sin embargo, de repente, John escuchó pronunciar su nombre una última vez: I thought I could hear (hear, hear, hear) Somebody call out my name —JOHN— as it started to rain… salvo que, en esta ocasión, el sonido no provenía de los labios maternos. El viento lo traía desde el norte, justo a su espalda. Casi temblando, John dirigió su mirada en esa dirección. Fue entonces cuando, a lo lejos, pudo divisar a una niña, casi de su misma edad, que le saludaba con la mano y le hacía señas para que se dirigiera a la orilla del mar. Instantes después, y a pesar de la distancia que se abría entre ellos, pudo oír cómo ésta le susurraba al oído: «¿Quieres que cante para ti, John?».

Antonio Ullén


Luc铆a L贸pez


POR FIN Hace una semana que no sabemos nada, mi cuerpo duerme y desespera en el tiempo alado, difunto y sin suspiros. Cuelgan, cuelgan mis manos muertas, cansadas, inanimadas e ingrávidas, mi cuerpo, frágil, descansa en el diván, frío, astroso, cantos de miseria. No existo, soy inmaterial, inmarcesible, me he perdido, buscándote, caminando, no sabemos nada desde hace una semana, sólo olvídame, escucha mi silencio; triste y pétrea música de mi alma.

Franz López Vásquez


KARMA hasta más de las tres de la madrugada al igual que los míos tus padres prenden segundos con luz incandescente, azulada y recortada en negro el testamento sobre las nalgas se ofrece con un cariño que no alardea en alquiler con opción a compra en algún barrio de la periferia varias latas de conserva y un último paquete de arrroz integral puede que en ocasiones, glutamato monosódico restos de benzedrina, compartidos con el río cuando soy la morsa, a destiempo campos de fresas para siempre caminando de espaldas átomos de cornezuelo de síntesis, un bomardeo al fin de vuelta al loto, en los restos de pizza un mensaje codificado mediante cada ingrediente de comida rápida un viernes.


JUEGOS MENTALES una voz ajena con el amago, de esculpir celulosa a poder ser mañana y para siempre la huida con talento en viajes de autobús, nirvana de préstamo de ácido de fin de semana, hasta la médula en lo que dura un cambio del patrón irisado, dedicar una oda entera desde el asiento de cualquier transporte público, invertebrado ensayando gestos en gerundio, cuando sea demasiado pronto, aún de camino a casa, bolsas de plástico en mano y al llegar, la sorpresa (que no estaba en la lista) se ha acabado, higiénico, el papel; habrá que volver al supermercado a cualquier monumento de la clase obrera recuerda, yo lo hice la única balada, querida, yo lo deshice en el cadáver, ojos de soñador al buscar una ciudad, carne picada karma instantáneo demasiado intermitente. Adrián Arias Astorgano


Ă lvaro Gastmans


UN GILIPOLLAS Cualquier imbécil sin talento puede comprarse una pistola y disparar en la espalda a un hombre indefenso. Bueno, no cualquier imbécil sin talento, también tendría que ser un cobarde. Pero el cerebro de mosquito de Mark David Chapman era incapaz de entender incluso algo tan sencillo. El FBI no pudo acabar con Lennon, pero nos lo arrebató un gilipollas, quizá sea lo más trágico de todo. Su asesinato convirtió a Lennon en precisamente lo que él no quería: un mártir. Ese mismo año había declarado que quería que su hijo Sean adorara a los vivos, no a los muertos. ¿Qué puede enseñarnos un muerto? Nada, en realidad, sólo lo que nosotros queramos hacerle decir aprovechando su silencio. Enarbolemos la imagen de nuestro ídolo para defender nuestra causa ahora que nada puede alegar al respecto. Porque ya no es persona, es un símbolo puro, ha trascendido. John Lennon habría querido entrar en casa aquella noche de diciembre de 1980 y abrazar a su hijo de cinco años como un día cualquiera. La vida, con todas sus imperfecciones y aburridas rutinas, es mucho más interesante que el martirio. Pero se cruzó en el camino un gilipollas.

Gabriel Noguera


CIUDADANO DE NUTOPIA Yo soy un ciudadano de Nutopia. O al menos lo era, cuando era más joven y me sentaba en una hojuela de maíz, esperando que llegue el furgón. Y, como ciudadano, al declarar la consciencia de su existencia, automáticamente nos convertíamos en sus embajadores. No había religiones, ni nacionalismos extremos. Ninguno se sentía aislado, ni tampoco se creía convencional. Así era hasta que el armatoste político/mediático/idólatra se apodere de nuestras mentes. ¿Pasaportes? No los necesitábamos, pues en Nutopia no existían las fronteras ni límites, éramos sólo gente. Nos sujetábamos a sus leyes cósmicouniversales y no a las de aquellos que nos ataban y limitaban. La constitución la conocían y sabían todos, ya que constaba de un único artículo: sucumbir, entregarse al amor. Nutopia trataba de ello: de transformar lo estrictamente personal en lo intensamente universal. Todos éramos como espíritus danzando extrañamente, había magia en el aire. Y es que creíamos… Nos hicieron creer que el amor era algo


accionado, pero, como un sue単o intermitente, empezaba y acababa.

Diego Mercado Villarroel


« Estoy preparado para la muerte porque no creo en ella. Creo que es sólo salir de un coche y entrar en otro». John Lennon


COLABORADORES Adrián Arias Astorgano Álvaro Gastmans Elena López Franz López Vásquez Lucía López Diego Mercado Villarroel Gabriel Noguera Pedro S. Sanz Macarena Trigo Antonio Ullén DIRECCIÓN Sonia Marpez Gabriel Noguera

DISEÑO Sonia Marpez

Obituario N.33 – John Lennon Publicado el 8 de diciembre de 2015 obituariomag.blogspot.com


OBITUARIO #33  

Obituario - N.33 - John Lennon

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