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Franz Kafka 1883-1924


Sonia Marpez


INSECTO

Una vez el ciudadano se despertó, una mañana después de un lustro tumultuoso, y desayunando tranquilo antes de volver otra maldita vez al trabajo, puso el televisor y vio cómo el presidente de la nación hablaba a su vez a través de un televisor de plasma y apoyándose sobre el atril desde donde se dirigía al pueblo, con el mismo atuendo de siempre pero con seis patas repugnantes sosteniendo unos folios de manera dificultosa, intentaba leer emitiendo un chirrido ininteligible propio del insecto en el que se había convertido. En la pantalla, reconocido por fin como el animal más despreciable del globo, con su capacidad para esconderse y aparecer por sorpresa, la mirada titubeante de sus dos ojos compuestos y tres ojos simples, su apestoso líquido abdominal con el que se defendía y un cerebro gelatinoso, parecía desvelar, a través de sus alas inquietas, el deseo de volar de inmediato hacia un lugar más sucio, un espacio donde arrastrarse tranquilamente por el suelo hasta reunirse con los suyos, una cómoda cochambre desde donde poder infectarlo todo.

Javier López Menacho


DESPERTAR KAFKIANO Despertar con la incertidumbre de saber si se vive o se sueña. Transitar la cuerda sobre el abismo, anegada de recuerdos en ruina. La puerta del cuarto se abre de golpe. El miedo entra y corta lentamente la garganta con su navaja de acero irrefutable. El heroísmo se abaja a los tobillos y se ahoga en el temblor. Nunca he sabido, ni sabré, lo que es el oxígeno. Sigo, sin saber aún si vivo o sueño. Me detengo. Una brizna de aire dispersa la sombra del silencio. Y una mano se apodera de mi lengua, exime el aliento y me ahoga.

Yorgenis Ramírez


PROMETEO MUERE “Voló un poco,

retrocedió para lograr el ímpetu necesario y, como un atleta que arroja la jabalina, encajó el pico en mi boca, profundamente. Al caer de espaldas sentí como una liberación; que en mi [sangre, que colmaba todas las profundidades y que inundaba todas las riberas, el buitre irreparablemente se ahogaba” Buitres Franz Kafka Ya no son palabras, sino realidad: la tierra ha temblado. Mírate, Prometeo: los ojos vueltos hacia el abismo, de repente, como una fiebre inesperada. Temis estaba en lo cierto: los espejos siempre muestran más de lo que reflejan. Sin embargo, esos gestos aprendidos han perdido todo su significado. Pertenecen a otro lugar, a otro tiempo, a otra vida. Extrañas flores salvajes, sin más perfume que el de un recuerdo involuntario. No, nadie me ayudará a escapar de la prisión. Oigo el aleteo cada vez más cerca. Es inútil continuar. No sé lo que siento, ni lo que quiero sentir. Llevo tan dentro de mí estos muros que ya no me distingo en nada de ellos. Día tras día, mis pensamientos se funden con la roca y la hacen más consistente, como si arrastraran tras de sí el peso de mil sueños. ¿Por qué entonces esas voces llegan tan nítidas a mis oídos? Voces que me hacen dudar de todo, pesadas como cuerpos, oscuras y caprichosas como nombres de -


Elena L贸pez


dioses impronunciables. Todo en este lugar me niega el descanso y cada hora que pasa me deja al borde de las lágrimas. ¡Tengo miedo, Hesíone! ¿Qué haré cuando el buitre descienda de nuevo sobre mí? Estoy seguro de que a la bestia no le temblará la voluntad, no la veré dudar cuando tenga que asestar el golpe definitivo. Es cuestión de tiempo, lo sé. Pero la crueldad del hombre ha dispuesto una guerra larga, eterna, hasta el punto de no tener forma. Siempre tuve la capacidad de adelantarme a los acontecimientos, de ver más allá. ¿Cómo es posible que no haya podido prever este final? No hay duda de que he fracasado. Durante toda mi vida quise tener fe, o al menos la fuerza ciega de los héroes. Sí, tal vez eso habría bastado para romper las cadenas. En cambio, me he contentado con justificar mi existencia aferrándome únicamente a mí instinto, un instinto tan lúcido y triste como el cristal del espejo que reflejó el primer amanecer del mundo. La posibilidad del error, Hesíone, quisiera haber podido abrazar, siquiera una sola vez, la posibilidad del error. Ahora siento cómo arden mis manos y… ¡Ahí llega de nuevo! ¡Mira cómo hunde su pico en mi pecho, convencido de su tarea! Soy el adjetivo herido y mi sangre ha de saciar al mundo. Lentamente, la tierra se oscurece, pero a pesar de todo el fuego sigue aquí: abrasador e incomprensible, como siempre lo fue. ¿Puedes sentirlo tú también? Porque ahora ya no se extinguirá hasta que algo se consuma… no se extinguirá hasta que todo se consuma.

Antonio Ullén


A铆da Ben么it


Es un fuego vivo, como jamás he visto, pero a la vez, delicadísima, graciosa, y todo lo arroja en el sacrificio; o mejor dicho, todo lo ha adquirido por medio del sacrificio. Kafka a Max Brod (Fragmento de carta) KAFKA ON FIRE En las llamas quedó todo lo escrito

[—Quémalo todo, Max—]

consumido como un bosque de palabras que arde por el placer de un yo pirómano.

[—Ven, Milena, ven, y nada me falta. Sólo me falto a mí mismo—]

¿Quedarán las palabras en el aire? Resistencia del corazón descrito, piedras de tinta para El Castillo inacabado.

Jorge Ortiz Robla


BUXAINA xira no eixo extinto de tan estable liñaxe pai case inmóbil de si mesmo cantas historias pare na súa desviaxe e con cantas parábolas na súa man o pensador fai que pare

TROMPO yace en un giro este eje extinto de tan estable linaje padre casi inmóvil de sí mismo cuántas historias nace en su desviaje y cuántas parábolas el pensador en su mano yace

Jesús Castro


CARTA A FRANZ KAFKA Estimado señor: Acuso recibo y sorpresa de su cordial mensaje instantáneo y su generoso ofrecimiento, pues nunca antes hubiera imaginado que nadie se atreviera a invitarme a un viaje a Palestina mediante un mecanismo o artefacto tan alejado de nuestras costumbres como esta aplicación llamada whatsapp. Me veo forzada a colocar el papel, la carta, sobre la pantalla de un móvil que ignoraba, que simplemente no imaginaba. El papel es de cristal líquido y no proviene de los árboles talados en el próximo siglo. ¿Entiende mi sigilo? Soy precavida con pasado y presente... ¡Cómo no serlo con el futuro! Quizás éste sea un tiempo histórico en el que el pensamiento viaje a mayor velocidad que las palabras. Como está ocurriendo ahora, de hecho. Jamás antes el hoy y el mañana estuvieron tan cerca, fueron tan semejantes. El momento no es aún oblicuo, pero todo llegará, no se preocupe. Lo vertical y lo horizontal le preceden, y ya sabe usted que todo viaje es búsqueda y cuerpo en transformación. ¿Cuántos títulos se le ocurren a esta misiva instantánea, no enviada, pero que usted ya está leyendo en este preciso instante en el que llego a la mitad del mensaje? [Imagine -piense- que el transcurso del tiempo siempre es paradójico.] Tiene algo de romántico e irreal aquello no finalizado, ¿no opina lo mismo usted?, pues no deja der un inicio continuo, un tiempo perpetuo y verbal de redes sociales. Tampoco, como usted, escribo a máquina. Utilizo los dedos. Pulso teclas imaginarias. Pulsar, que quizás provenga de pulsión, curiosidad que sin duda usted podrá esclarecerme. Palestina es sólo un nombre, una metáfora. En mi barrio las iglesias caminan vacías, y las veletas aparecen torcidas por el peso de las aves que en ellas se posan. La vida está llena de insectos, -


de seres que se aman y se detestan y se vuelven a amar unos a otros. La instantaneidad del momento también es física. No sustituye al cuerpo sino que lo comparte: es un apéndice más que no logra suplir vuestra impaciencia. Mi respuesta es sonrojada y empeora a medida que usted avanza en su lectura, pues observo sus ojos iluminados por pequeños puntos de luz difusos y percibo la caricia táctil de sus dedos sobre la pantalla. ¿En qué momento el niño decide utilizar uno y no dos dedos? Somos lo que no creemos. Y nos levantamos, siempre que el cuerpo obedezca. No me asustan los episodios escabrosos que menciona sobre su personalidad, quien esté libre de culpa que tire el primer teléfono móvil. Desfallezco un poco, sin duda por la agitación del momento. Trastabilleo y me apoyo en el ventanal, quedando mis manos marcadas sobre el cristal. ¿Qué cosa más extraña que ésta podría usted imaginar? Una huella genética que rompe la transparencia de un objeto inerte. Aparentemente inerte. Observo la ventana y llueve. La observo y cielo. La observo y huellas. El recuerdo de lo que está por llegar. ¿Por qué no iba a utilizar el botón de envío si usted, como yo, nos encontramos en línea? Estimado señor, no sé quién es usted, aunque tampoco sé quién soy. Observo el cristal y sé que de alguna forma, quizás televisiva, quizás literaria, dependiendo del azar histórico escogido, estamos alineados. No me malinterprete ni mal considere, pues ahora mismo me encuentro ruborizada frente a un espejo. No diga nada, aunque sí espero su respuesta inmediata, simultánea, o avanzada. La impaciencia expandida son dos polos magnéticos que se atraen. Reciba mi más afectuoso y cariñoso saludo. Suya, Felice Bauer.

Sergi de Diego Mas


Paloma P.


CARTA A UN PADRE Me enseñaste que vivir era eso: chocar los dientes por dentro morderse la lengua por fuera. Chocarse para jurarse amor en la médula. Pienso en ti y en tu órbita hay una flor: ayer la palma abierta en la mejilla hoy el destierro metido en las uñas. Deglutir. Sí, para ti vivir era eso o una butaca donde gobernar el mundo. Dime que para curarse no basta con leer el prospecto: que si las náuseas que si el temblor que si el ojo cerrado. Cuando lo tocas, un crisantemo tiene la textura de la carne humana. Pero eso no lo sabías. Ahora me pongo tus camisas. Ahora el peso de las pinzas en mis hombros.

Ángelo Néstore


Raquel Agea


A LO FRANZ

El mundo me resultó frágil desde el alumbramiento: el aire denso, las luces amarillas y la poesía, apenas, una razón para parpadear. Luego, una y otra vez, una música que reza: «Kafka era una persona profundamente sensible y físicamente débil», no sólo por mi afición a su literatura sino por las palabras en forma de encierro. En un lecho de aroma a lavandas y sábanas claras siento cómo Franz me protege quién sabe desde qué cielo a través de una postal traída desde Barcelona. Es que quise sentir en la sangre pasajes de La metamorfosis o El proceso con acento catalán o incluso, francés. Crezco y me resigno a la pérdida de los sueños sin posibilidad de recuperar el tiempo perdido hundiéndome en suicidios llenos de calas que llueven sobre mi rostro. Olvido los sonidos de ojos negros y excitantes que sé, podrían amarme, a pesar de mis inestables pies que se acalambran o son incapaces de pisar céspedes sin dejar jamás de temblar. Me despierto sola. Confusa. Con la vista llorosa, por saberme enterrada con el cuerpo suelto en un jardín sumergido sin agua.

Crista Smith


Assa Trash


236 páginas leías, libros demasiado densos y deslizantes para soportar el calor del plástico para el existencialismo. La filosofía del silencio y el canibalismo en el asedio, necesito leer, ellos tampoco, ya son droga, igual a cocaína como sustancia cálcica, limpiada por alguna ama de casa con varices en los ojos. Seremos estudiantes ficticios y benevolentes, almos sacados de algún sacrificio buscando el tren al pasado, en la puerta del mundo paralelo en el que alguna vez fuimos prisioneros de nuestro cuerpo. Siempre pagaste oro por otro empaste más, sobre el árbol de ese, en la cual, caía tu estantería doblada, llena de polvo, con libros vacíos, llenos de mierda en los que sólo ponía Franz Kafka. Este escritor podía haber sido cualquiera, regresó a las antípodas, miles de indígenas esperando su bocado, ese insecto conectado a Internet en su Mac buscando trabajo.

Marygarlic


JosĂŠ Morillo


BICHO RARO

No me extraña vivir incomprendido. Un ser insignificante que da tumbos en la ventana empeñado en darse cabezazos en el mismo recoveco, que zumba los mismos versos, debe de resultar molesto. Quizás fue allí donde me concibieron, arrinconado, como cuando mi padre recogía los bichos en una caja de cerillas, ya sin rastro de calor, tampoco de luz. No recuerdo más que verme suelto en la terraza, que respirar me ahogaba. Seguro de mi indecisión, lo más sensato era volver a la incertidumbre de lo conocido. No pretendo llegar lejos. Tal vez el confort me lo ofrezca quedarme al margen. Las alas de los insectos son demasiado frágiles.

Miguel Hernández Pindado


Basura Especial


No hay traidor más noble que Max Brod, ni condena más grande que vivir buceando en la angustia, todo el tiempo, toda la vida. Aún así, tal vez K. se riera, siempre moderadamente, al saber que una persona como él, tan herida por las palabras, se ha convertido, finalmente, en un adjetivo. Y Homero y Alonso Quijano le habrían puesto, cada cual, una mano en el hombro al gris burócrata y le habrían dicho: «Bienvenido, hombre. Quédate con nosotros. Aquí no se está tan mal».

Ignacio Moreno


Michelle Martins


DOS BOTONES DE ABRIGO VIEJO Había una vez un hombre muy rico. Era tan rico que no tenía despertador ni relojes, así no iba nunca con prisa ni llegaba tarde a ningún sitio. Dormía sobre un colchón de plumas de alas de ángel y tenía una máquina maravillosa que le fabricaba sueños, ideados por los doce mejores escritores del mundo. Bebía los vinos más exquisitos, comía los manjares más refinados; desde flores de menta pálida de chocolate ingrávido hasta papas fritas con huevo. Tenía siete palacios, treinta barcos, diez aviones, cien automóviles y un submarino, en el que se sumergía cuando no quería que nadie le encontrase. Sí, era el hombre más rico del mundo. Un día pensó que igual no tenía lo más bonito del mundo; tenía miles de cosas pero como no sabía qué era, no podía estar seguro de tenerlo. Así que ese mismo día convocó para la semana siguiente en uno de sus palacios una convención de científicos y artistas para que determinasen qué era lo más hermoso sobre la tierra. Esperó con impaciencia el inicio de la convención y el día que empezó esperaba con la misma impaciencia que le aclarasen el misterio: aunque le habían advertido que la respuesta se podía demorar semanas, el hombre asistía emocionado a las reuniones, tan tensas como aburridas. Cansado de escuchar tanto debate, la mañana del quinto día de la convención se fue a pasear por el inmenso jardín que rodeaba al palacio. Entonces, vio una niña. Estaba muy triste. Iba a preguntarle, cuando a ella se acercó uno de los jardineros. —¿Qué te pasa? —¿ le preguntó el jardinero. —He perdido a mi muñeca. Se llama Roberta. —¿Roberta? ¿Una muñeca de trapo y trenzas de paja?


—Sí. Con ojos de botones de abrigo viejo. ¿La has visto? —agregó la niña, esperanzada. —Sí, la vi ayer —le confirmó el jardinero—. No se ha perdido. Se ha ido de viaje. —¿Cómo lo sabes? —le preguntó la niña, incrédula. —Porque me ha dejado una carta para ti. —¿La tienes ahí? —No. ¿Cómo sabía que iba a verte? Mañana la traeré conmigo. Durante tres semanas, mientras proseguían los encendidos debates, el hombre más rico del mundo vio como el jardinero se citaba con la niña y le entregaba cada vez una carta. En ellas, le contaba que estaba viajando por todo el mundo y le hablaba sobre las cosas que le pasaban y las maravillas que veía: la niña leía las cartas en voz alta, ansiosa y contenta. En la última que le entregó, Roberta se despedía de la niña; se iba a vivir a la luna con un muñeco que había conocido y era muy feliz. La niña sonrió, le dio las gracias y se alejó con la carta. El jardinero sonrió a su vez y silbando siguió con su labor. En ese momento, un mensajero presuroso llegó del palacio. Llevaba un sobre precintado. Le dijo al hombre más rico del mundo que tras casi cuatro semanas de discusiones y polémicas, se había llegado a un acuerdo. En el sobre estaba la conclusión. Leyó lo que decía: «Lo más bonito del mundo es la sonrisa de un niño».

Augusto López


#3 Trémula la carne que habita el alba: Un estribillo repetido mil veces /es Conjura(mos) el cadáver de la mujer gata con hilo de seda reconstruido, en tres El hábitat calcinado (el pelo trenzado) un insecto diseccionado del revés La metamorfosis perfecta, la clamidia blanca, cómo si Kafka reviviese... Y tú; Te imaginas que lo ves.

El Trígono


S. Marpez y G.Noguera


UN ARTISTA DE LA PALABRA Otros tenían a Houdini, pero nosotros teníamos en el Gran Teatro de Oklahoma a Josef K, que siempre dejaba en éxtasis al público con sus espectáculos literarios. Un artista de la palabra, lo llamaban. Esto despertaba algunas envidias en el resto del elenco, claro, sobre todo en el lanzador de cuchillos, que había perdido su estatus de estrella y le dedicaba siempre miradas torvas. K, quizá para mantener ese aire de misterio tan beneficioso para el negocio, era muy reservado y nunca hablaba de su vida anterior a unirse a la compañía. Algunos decían que era un refugiado, un exiliado buscado en Europa por algún oscuro crimen, pero seguramente eran calumnias lanzadas por sus enemigos. Siempre tuvo mala salud: le acompañaba una tos persistente que algunos tomaban por tuberculosis; él siempre negaba esto con una sonrisa y bromeaba con la idea de que era por una puñalada en el pulmón mal curada. La noche anterior a su desaparición, me lo encontré dormido junto a la jaula de la pantera. Murmuraba entre sueños algo que parecía alemán y, llevado por la curiosidad, busqué a Fritz, el forzudo, para que me lo tradujera. Al parecer, repetía sin descanso: como un perro, como un perro.

Gabriel Noguera


LA LECCIÓN Una cosa es querer enmendar a tu hijo y otra muy distinta lanzarle una maldición gitana, vamos, digo yo. Y es que aunque él jamás lo reconocerá, mi padre tiene un serio problema de adicción a los castigos esotéricos. Bajo la premisa de que todo es poco para mi porvenir, mi padre da rienda suelta a su peculiar hobby didáctico ante la menor oportunidad. Si entra en mi habitación al mediodía y todavía estoy en pijama, me dice «hay algo que debes saber sobre la vida», y eso significa que ha contratado a unos hechiceros venidos desde más allá del Amazonas para que lancen sobre mí sus conjuros estrambóticos. La última vez que no fregué los platos se me acercó despacio y me susurró al oído «cuando seas mayor me lo agradecerás», y acto seguido unos indios apaches me hicieron caer en una ensoñación en la que debía desempeñar el rol de un murciélago durante todo un curso escolar. Por cierto, eso es el equivalente indígena a mandarte a un reformatorio. Debido a estos castigos camuflados de lecciones vitales me han maldecido y transmutado tantas veces que ya apenas puedo vocalizar. Me baso en el empirismo cuando digo que los ictus son en realidad secuelas de una educación demasiado severa. Ayer mismo, por ejemplo, salí del baño con la bragueta abierta, y tengo la certeza absoluta que antes del anochecer seré poseído por vete a saber qué ente demoniaco como reprimenda. Lo que a priori debería servir para convertirme en un portento de rectitud me está ocasionando un trastorno de personalidad que ni un alud de pastillas multicolores podrá disimular. Ha llegado el punto en el que no me sorprendería despertar transformado en un insecto gigante por haber olvidado -


regar las plantas. Pero lo peor de todo es que mis cartas de auxilio al mundo cuerdo son ignoradas e interpretadas como obras de ficción. Envío una minuciosa denuncia por maltrato a las autoridades y ésta termina en los estantes de las librerías junto a relatos de fantasía. Vuestra ficción es mi hiperrealismo, necios.

Xavi Lázaro


«—¡Como un perro! —dijo, y era como si la vergüenza tuviera que sobrevivirlo». Franz Kafka


COLABORADORES Raquel Agea Aída Benôit Jesús Castro Sergi de Diego Mas Basura Especial Miguel Hernández Pindado Xavi Lázaro Augusto López Elena López Javier López Menacho Marygarlic Sonia Marpez Michelle Martins Ignacio Moreno (Microalgo) José Morillo Ángelo Néstore Gabriel Noguera Jorge Ortiz Robla Paloma P. Yorgenis Ramírez Crista Smith Assa Trash El Trígono Antonio Ullén

DIRECCIÓN Sonia Marpez Gabriel Noguera

Obituario N.15 – Franz Kafka Publicado el 03 de junio de 2014 obituariomag.blogspot.com

DISEÑO Y PORTADA Sonia Marpez


OBITUARIO #15  

Obituario - N.15 - Franz Kafka.

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