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El cuaderno de Renata


El Renata

Ministerio de Cultura Taller de Escritura de la Biblioteca Departamental del Valle


El cuaderno de Renata / Julio César Londoño, edición y prólogo; Constanza Lema Botero ... [et al.]. -- Cali: Impresora Feriva, 2009. 190 p.; 24 cm. ISBN 978-958-44-6159-9 1. Literatura colombiana – Colecciones. 2. Poesía colombiana – Colecciones. 3. Crónicas – Colecciones. 4. Cuentos colombianos – Colecciones. 5. Ensayos colombianos – Colecciones. 6. Estilo Literario - Ensayos, conferencias, etc. 7. Crítica literaria - Ensayos, conferencias, etc. I. Lema Botero, Constanza. II. Londoño, Julio César, 1953- , ed. Co868.6 cd 21 ed. A1242615 CEP-Banco de la República-Biblioteca Luis Ángel Arango

© Julio César Londoño © Biblioteca Departamental del Valle © Ministerio de Cultura Diciembre de 2009 ISBN 978-958-44-6159-9 Impreso en los talleres gráficos de Impresora Feriva S.A. Calle 18 Nº 3-33 PBX 524 9009 www.feriva.com Cali, Colombia


A Ernesto Fernรกndez sintรกctico


Contenido Prólogo.................................................................................................. 11

Ensayos El significado de nuestro castellano......................................... 14 Constanza Lema Botero Las dudas de un escritor en ciernes.......................................... 17 Emilio Aljure Subjetividad y lenguaje............................................................... 18 Eduardo Botero Nicholls Europa ingrata, xenófoba y homicida....................................... 23 Fernando Gallego De la lengua y otras cositas........................................................ 30 Isabel Prado Violencia, performance y teatro................................................. 34 Orlando Cajamarca El sentido de la velocidad........................................................... 39 Piedad Villegas Círculos y variaciones.................................................................. 45 Iván Olano Duque

Cuentos Nostalgia de campanas............................................................... 52 Rodrigo Escobar Holguín A la orilla del olvido..................................................................... 55 Andrés Ceballos Ramírez La Donna........................................................................................ 60 Ana María Gómez Padre: no registra.......................................................................... 62 Alejandro Liscano

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Magnetosuicida............................................................................ 66 Alexander Ortega Gribenchenco El inglés.......................................................................................... 72 Andrea Serna Malicia indígena........................................................................... 77 Constanza Lema Botero Un cuento de un cuento.............................................................. 80 Fernando Gallego Doctor Leguizamón...................................................................... 81 Gladys Franco Hasta cuándo................................................................................. 82 Gladys Franco La penúltima carta....................................................................... 86 Gladys Franco La eternidad.................................................................................. 88 Gabriel Ruiz Arbeláez Primera comunión........................................................................ 90 Hernando Aldana Velásquez

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Monólogo de la Madonna........................................................... 96 Isabel Prado Exterminio..................................................................................... 99 Julián Enríquez Una manera de morir................................................................ 104 Jannis Estacio El monito basurero..................................................................... 107 Jesús David Valencia Ramírez Encuentro en el samar............................................................... 113 Leonor María Fernández Riva Treinta y uno................................................................................ 118 Layla Montoya Hammar


Dos gallinas sin cabeza.............................................................. 122 Layla Montoya Hammar La enemiga interior.................................................................... 125 Leidy Kirley Rivera El patrón....................................................................................... 127 Orlando Cajamarca Los cuatreros............................................................................... 130 Sandra Patricia Palacios Demasiado tarde......................................................................... 131 Sandra Patricia Palacios Las mujeres de Almifar............................................................. 134 Sandra Patricia Palacios El borracho y la bailarina sicóloga.......................................... 138 Winston Espejo Resplandor metálico.................................................................. 144 Ximena Aldana

Crónica El premio Rómulo Gallegos otorgado a Cien Años de Soledad.................................................................... 152 Fernando Jaramillo Un poema de leyenda................................................................ 158 Jorge Benalcázar Villacís La pasión del castellano............................................................ 162 Jorge Benalcázar Villacís

Poesía El poder de las palabras (Poemas).......................................... 168 Ana María Gómez Cadáveres flotantes.................................................................... 169 Ana María Gómez

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Y esperar que la vida te cure las heridas............................... 170 Ana María Gómez Y fuimos el amor......................................................................... 171 Ana María Gómez Ciudad ebria................................................................................ 172 Gabriel Ruiz Arbeláez Nuestra pequeña guerra........................................................... 174 Leonor Fernández Riva Creo............................................................................................... 175 Manuela Botero La Cali de los ángeles condenados......................................... 176 Manuela Botero Confesiones de punta y piel..................................................... 178 Manuela Botero Recordando a Penélope............................................................. 179 Manuela Botero Sueños pesados........................................................................... 181 Manuela Botero

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Muñeca......................................................................................... 182 Manuela Botero Mercuria....................................................................................... 183 Manuela Botero Algún día...................................................................................... 184 Sandra Patricia Palacios Fuego............................................................................................. 185 Sandra Patricia Palacios Amor imposible.......................................................................... 186 Sandra Patricia Palacios

Los Autores.................................................................................... 187


Prólogo ¿Se puede enseñar a escribir? Por supuesto que sí, aunque los escritores se empeñen en hacernos creer que lo suyo es un don divino, una cualidad marciana, un misterio impenetrable, como la inteligencia o la telepatía. Cuando se los interroga, responden con gravedad: “Nadie entiende los misterios de la escritura, y si alguien los entendiera no podrá enseñarlos, y si alguien lograra enseñarlos no será comprendido”. Tampoco digo que sea fácil. Escribir como Dios y la academia ordenan, seguir al pie de la letra los decálogos de los maestros, levantarse a las cuatro de la mañana y aplicarse durante siete inviernos al estudio de la preceptiva no garantizan nada. Las preceptivas y los cánones no garantizan nada porque las reglas duran muy poco. Los críticos las sacan en limpio después de estudiar muchas obras exitosas y descubrir en ellas las constantes, las claves, las argucias, los resortes ocultos de la fascinación. Pero en cuanto terminan de enunciar sus sabias reglas llega el genio que las viola de manera magistral y hay que volver a empezar. Además, las fórmulas y las metáforas se gastan rápido: el primero que comparó la muerte con el sueño fue ovacionado; al segundo lo chiflaron. Sí, no hay fórmulas infalibles, nada que garantice la eficacia de una estructura ni la perduración de un soneto, nadie que pueda transmitir la genialidad, ni siquiera los genios, pero hay muchas cosas enseñables: pueden enseñarse, por ejemplo, las normas de la gramática para escribir correctamente, y cómo apartarse de ellas en ciertos casos para escribir mejor, para librarse del corsé de la corrección y ganar fluidez. Se puede advertir que en el ensayo son menos graves los errores intelectuales que los defectos sicológicos (la exhaustividad, la pedantería, el mal humor). No está de más recordar que el cuento gira en torno al argumento y la novela en torno a los personajes; es decir, que “el cuento trata del crimen; y la novela, del criminal”. Que la frase: “El criminal es el artista y el detective apenas el crítico” es divertida pero falsa, como la boutade de los Goncourt: “El arte es una facilidad innata y una dificultad adquirida”. Que el buen poema se reconoce porque se lo puede mejorar fácilmente. Que si al señor K lo aterra la página en blanco debe cambiar de oficio; o de papel. Que las musas existen, por supuesto, pero sólo soplan sobre los aplicados.

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Y que después de Rimbaud no ha nacido ningún genio: todos han sido hechos a mano. Me hice todas estas consideraciones cuando me ofrecieron la dirección del taller de escritura de la Biblioteca Departamental… y rechacé el ofrecimiento porque, la verdad, la idea de dirigir talleres no me seduce no tengo vocación de apóstol de las letras y me deprimen las planas de los aprendices de escritor pero finalmente me convencieron la directora de la Biblioteca, la inteligente (y buenísima) Patricia Alaeddine, y el apoyo de Renata, la Red Nacional de Talleres de Escritura Creativa del Ministerio de Cultura, y empecé a trabajar el 21 de junio de 2008, día del solsticio de verano, con un grupo que resultó extraordinario (¿manes del solsticio?). Es una feliz combinación de adultos que aportan su experiencia y de jóvenes llenos de talento y entusiasmo. Hay estudiantes de literatura, humanistas, dramaturgos, periodistas, artistas, hombres de ciencia. Por eso las sesiones del taller pueden desembocar en una discusión sobre astrofísica, ética, biología, música, neurología o cualquier otro asunto. Fue un resultado sorpresivo: sólo aspirábamos a ser un taller de escritura y nos encontramos con un centro de pensamiento estimulante y muy divertido (la risa no está excluida) con énfasis en literatura. Esta heterogeneidad del grupo garantiza que los textos que los estudiantes someten allí al examen de sus condiscípulos resulten analizados desde muchos ángulos y adquieran una consistencia notable. De la severidad de la crítica de este grupo no escapa nada, ni siquiera los escritos del director. ¡Cuánto hemos aprendido todos en los debates del taller! El volumen que el lector tiene en sus manos es dispar por la misma disparidad del grupo, y no tiene pretensiones antológicas: es más bien una especie de memoria del taller. Cada estudiante eligió de su producción algunos cuentos, ensayos, crónicas o poemas, y con ellos armamos un libro que aspira a enseñar y a divertir, a intrigar y a conmover. Pido a los dioses del verano que algún vestigio de la felicidad con que fue compuesto alcance al lector.

Julio César Londoño


Ensayos


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El significado de nuestro castellano

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los países que han sufrido largos procesos de colonización, Colombia padece de un mal llamado “desarraigo lingüístico”. Así como extrañamos la patria en el exilio, así extrañamos nuestras lenguas precolombinas, que sí sabían nombrar los pájaros, los vegetales, los utensilios y los sentimientos autóctonos. “Lo más humillante de la Conquista –escribe en alguna parte William Ospina– fue que tuvimos que aprender a cantar y a rezar en la lengua de los enemigos”. Fue tan evidente el desprecio de los españoles hacia nuestras lenguas originales que palabras tan hermosas para nuestros aborígenes como wache que significaba pobre y waricha, princesa, fueron degradadas en vocablos tan innobles como guache, atarbán; y guaricha, prostituta. Si tenemos en cuenta que el lenguaje es la expresión del pensamiento, es fácil imaginar la confusión que debió de sufrir el indígena cuando quiso expresar pensamientos americanos en una lengua extranjera y traducir sus sentimientos americanos al castellano. O para decirlo con un poeta africano: “Qué difícil expresar con palabras de París las ansiedades de un corazón de Senegal”. Todo para él fue entonces confuso; ya no podía significar como lo había hecho siempre, cuando lengua, entorno y cultura eran un complemento armónico. Todo fue más difícil para él –trabajar, conversar, divertirse, sentir–. Y quizás lo sigue siendo, y por la misma razón, para nosotros. ¿Qué clase de comunicación desarrollaron nuestros indígenas durante la Conquista y la Colonia? Es difícil responder con exactitud pero casi puedo asegurar que fue, en todo caso, precaria, muy inferior a la comunicación de los tiempos precolombinos, y que estuvo signada por el odio y la incomprensión. Odio al extranjero e incomprensión con el vecino. La representación mental –operación netamente verbal– que el indígena tenía de la realidad se le volvió muy confusa. Sus necesidades e intereses se distorsionaron y le resultó difícil, incluso, conservar las relaciones interpersonales en términos cordiales. El mantener una relación biunívoca entre mente y habla fue imposible, y esta es una de omo todos

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Constanza Lema Botero


Ensayos las razones por las cuales la palabra diálogo nos queda grande. Todos conocemos cuáles son nuestras necesidades y problemas básicos, y estamos de acuerdo en ello, pero a la hora de discutir las soluciones nos enfrascamos en discusiones bizantinas. Es como si habláramos lenguas distintas. O como si aún no supiéramos reflexionar en castellano. Tal vez tiene razón Antonio Caballero cuando afirma que en Latinoamérica no ha habido pensadores porque aquí el ruido no nos deja percibir el sentido. El trauma lingüístico de la Conquista es evidente y medible en la literatura americana: por lo menos trescientos años nos llevó a los americanos producir textos literarios de valía. Las letras estadounidenses “cuajan” en la primera mitad del siglo XIX, con Edgar Allan Poe y Nataniel Hawthorne. En Colombia tuvimos que esperar hasta la segunda mitad, cuando Jorge Isaacs y José Asunción Silva escribieron las primeras páginas de indudable valor literario que se produjeron en este país Claro que no podemos achacarles todo a la lingüística y al español. El cuadro colombiano se complica con otros factores de perturbación: la exclusión de la participación política y económica de grandes sectores de la sociedad; la falta de autonomía de la nación por causa de las injerencias extranjeras; la falta de credibilidad de nuestros dirigentes; y los grupos alzados en armas, factores todos que han multiplicado hasta el delirio nuestros problemas sociales. Qué hacer en una situación como esta, nos preguntamos todos. La respuesta es arisca. Pero es indudable que sea cual sea la solución, la educación en general y el lenguaje en particular tendrán que ser tenidos en cuenta. No olvidemos que“gracias al lenguaje una persona ocupa un rol social”(M.A.K Halliday) y que“el lenguaje permite sacar conclusiones sobre la estructura de la sociedad” (William Labov). Si aceptamos que una de las causas de la fragilidad de nuestra estructura social estriba en la precariedad de sus canales de comunicación, entonces es pertinente conocer las funciones del lenguaje. Recordemos cuáles son estas en el criterio de dos destacados lingüistas. Frank Smith y M. Halliday (Revista Lenguaje, Universidad del Valle, 1982) se inscriben en un contexto social y afirman que el lenguaje expresa sentimientos, necesidades y relaciones de causa y efecto, y que mediante el lenguaje el individuo construye su relación con el otro e, incluso, su propia identidad. Afirman también que en el lenguaje hay una“negociación del significado”cuando reconocemos al interlocutor y queremos comunicarnos con él. Es como crear diferentes formas

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de comunicación según el interlocutor. En cada conversación surgen diferentes gestos verbales y corporales, timbres de voz, silencios o pausas, entre otras tantas negociaciones que se van tejiendo en el habla interactiva. Y ya que mencionamos lo social, echemos, antes de terminar, una rápida mirada a nuestra realidad. Por una parte, vivimos una situación que nos abruma con deprimentes índices económicos, alarmantes estadísticas de criminalidad y una larga espiral de odios. Por otra, existe una realidad que nos permite abrigar esperanzas: riqueza de recursos humanos y naturales, conciencia de la crisis y repudio generalizado y creciente de la violencia, venga de donde venga. A la sociedad y a los gobernantes les corresponde hacer lo suyo para enderezar los índices socio-económicos. A los educadores, optimizar las funciones del lenguaje; esto debe ser un imperativo en los currículos de castellano. Quizás entonces podamos unir de nuevo lenguaje y pensamiento, educar a jóvenes que sepan nombrar su entorno y sus ideas, hombres y mujeres capaces de construir un país de verdad, y líderes capaces de imaginar escenarios en donde quepamos todos.

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Las dudas de un escritor en ciernes

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Emilio Aljure

escribir con belleza y sustancia ya lo habría hecho, y profusamente. Colmaría viejos anhelos que todavía me apremian y cumpliría de paso los obligantes mandatos de Julio, mi profesor. Pero, ¿cómo superar la falta de concordancia entre ideas y propósitos y entre propósitos y realizaciones? ¿Cómo resolver el divorcio entre imágenes e ideas alimentadas por memorias y fraguadas en el complejo universo electroquímico del cerebro y los procesos mecánicos propios de la escritura? ¿Cómo si, peor aun, el divorcio ya existe entre esas imágenes e ideas y la elaboración cerebral de los programas que permiten plasmarlas en el mundo exterior? ¿Y cómo dar apropiada cabida a requerimientos del inconsciente sin que se desborde exageradamente? ¿Y cómo atender al severo censor que hemos construido en nuestro interior sin que se frustren el flujo legítimo de la emoción y los llamados amigables al disfrute del placer? Y, suponiendo que tengamos la virtud, por supuesto sin mérito propio alguno, de que todo esté enlazado a la perfección en esa misteriosa cascada cerebro-mente-voluntad-acción, ¿por qué pretender que esas imágenes o esas ideas resulten atractivas para alguien distinto de nuestro yo, demasiado generoso consigo mismo? Y si por fortuna fueran de interés para algunos amables lectores, ¿cómo lograr que se trasmitan con gracia? Y si, por fin, sometidas al rigor de una introspección severa, uno calificara de bellas ciertas imágenes que su cerebro construye, o fuertes algunas ideas que concibe, ¿cómo hacerles justicia en la palabra? Por supuesto, quedaría el menos ambicioso y poco poético recurso de llegar a ser narrador de acontecimientos que por lo general ya todos conocen, o el intérprete de realidades que, inexorablemente, cada lector potencial padece o disfruta a su manera. No parece suficiente. i fuera fácil

Cali, agosto de 2009

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Subjetividad y lenguaje

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por estarlo al lenguaje. Puede considerarse verdad irrefutable que al ser humano, cuando nace, lo primero que se le ofrece es otro ser humano, un prójimo. Nacemos en una relación social y estamos condenados a esta verdad imperativa, tanto como la otra de hecho implicada, la de que nacemos de otro ser humano. Verdades irrefutables, ambas producen por lo menos dos reacciones diferentes en quienes las escuchan. Una de ellas es de fastidio inocultable: “¡Síiii! ¡Y qué!”, como queriendo decir: no perdamos el tiempo hablando bobadas… Otra reacción muestra el asombro: “Ajá… ¡Qué bien!” Debo decir que cuando las escuché por primera vez mi reacción fue la segunda y creo que se produjo porque por entonces en la Facultad de Medicina se discutía ardientemente acerca de si el ser humano debía ser tomado como un ser biológico, psicológico o social. Discutir ardientemente significa que entre quienes participábamos parecía que se ponía en juego algo más que el prestigio académico. Era como si de establecer cuál era la verdad se derivaran consecuencias en la respectiva estima que cada uno tuviera de sí mismo. Recuerdo haber escuchado por primera vez esa verdad de boca de un profesor de sociología de la salud que se declaraba enemigo acérrimo del psicoanálisis, al que consideraba ciencia de la burguesía y de la degeneración sexual. No solamente se trataba de un profesor que preparaba con seriedad sus clases, sino que además estimulaba, con la vehemencia del sabio, nuestra participación activa durante el desarrollo de ellas.“Quien asiste (a clase), tiene 3; quien persiste, tiene 4 y quien insiste, tiene 5”, era su brújula para evaluarnos. Años después, cuando ya me había orientado por el ejercicio del psicoanálisis, en plena preparación me encontré con que esa afirmación la hacía el mismísimo Sigmund Freud, fundador de la disciplina que nuestro buen profesor de sociología despreciaba con encono. Y lo que a continuación leí, en el cotejo obligatorio con otras fuentes del mismo y de otros autores, vendría a justificar las razones, entonces desconocidas, por las cuales había reaccionado con asombro, años atrás, frente a la afirmación: el ser humano nace en una relación social. omos sujetos

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Eduardo Botero Nicholls


Ensayos

No es una paradoja Uno podría pensar que nacer significaría soltarse de la sujeción a la madre a través del cordón umbilical, el que debe cortarse y anudarse a unos cuatro dedos de distancia de lo que será el futuro ombligo del sujeto. Pero la frase misma revela la aparente paradoja: nos dessujetamos para convertimos en sujeto. No así no más. Pues lo que pasa a sujetarnos ahora no es una cosa material sino algo diferente: quedamos sujetos a un vínculo social. Esta sujeción es a otro precio, si cabe la expresión. Mientras estamos sujetos a la madre a través de cordón y placenta, lo único que hacemos es flotar. Pero, ¿qué digo? ¿Hacemos? Para conjugar el verbo hacer y cualquier otro verbo es necesario el pronombre. ¿Somos alguna, cualquiera, de las personas del singular o del plural (no discriminemos ni gemelos ni mellizos ni hermanos por la madre pero de padres diferentes que comparten el mismo lago amniótico)? Lo que flota es lo que se llama feto y debemos agradecer que en siglos pasados no existieran partidarios de los lenguajes políticamente correctos porque después de nacidos no nos llamaríamos bebés sino post-fetos. En el vínculo social la otra sujeción, nuestra supervivencia, depende absolutamente de quien nos cuida. Tanto de la forma en que da cuenta de que nos deseó como en los términos en que el cuidador se relaciona con todo lo que significa hacer parte de la cultura: darnos un nombre propio, inscribirnos en un lugar de la genealogía, todo esto y mucho más, a través de la acción repetida de cuidarnos con el alimento, con el abrigo, con el refresco, con el alivio, con el mimo. Desprovistos al nacer de un yo propio quedamos a merced del suyo, sujetos a su deseo y a la forma en que transmite el discurso de la cultura. Si ha apostado a las ventajas de aprender a hablar, a pensar, a sentir y a actuar en las condiciones puestas por la cultura a la que pertenece, debemos celebrarlo. Si no, hay que cruzar los dedos… Por ejemplo, si nos ha tocado en suerte una cuidadora ejemplarmente adscrita a la racionalidad y vacunada contra toda fantasía e imaginación, esa señora (¿esa sujeto?) dirá, amparada en su saber, que para qué hablarle a un bebé si este no entiende. La verdad no siempre nos hace libres y lo que ella afirma es una, como se dice, verdad de a puño. Pero aquí podemos contribuir a la restitución del prestigio de la imaginación* de esa cuidadora, aparentemente loca, * La loca de la casa, de Teresa de Ávila

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que habla a su bebé independientemente de que este no entienda lo que le dice. El cambio de una sujeción (fetal) por otra (neonatal) nos prepara para algún día llegar a poseer una realidad mental con la cual podamos pensar, sentir y actuar. No hay, pues, paradoja: todo es asunto de palabras. En efecto, la palabra sujeto puede ser usada como participio adjetivado cuando decimos “la cuerda estaba bien sujeta”, “el feto estaba bien sujeto a la placenta”. O bien cuando significamos uno de los términos de la oración: “En la frase ‘Juan ama a Estela’, Juan es el sujeto”. O bien como asunto: “El sujeto de esta reunión es…” (poco usada, por cierto). O bien en forma descriptiva con cierto dejo peyorativo: “La policía capturó a un sujeto que portaba un arma sin salvoconducto”.

Sujetos en un vínculo social

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Sujetos al vínculo social, este se nos transmite en forma de lenguaje. Se trata de lo que los psicoanalistas llamamos el discurso del Otro, y la mayúscula la empleamos para diferenciarlo de ese “otro” que es el cuidador, agente de la transmisión dirigida a nosotros de aquel discurso del Otro. Todo discurso es una forma de vínculo social, también. Lo que llegamos a poseer como realidad mental es lo que deja esa transmisión. De ahí que los psicoanalistas (en verdad, no todos) sostengan que el inconsciente está estructurado como un lenguaje), porque por realidad mental se entiende la que Occidente concibe después del descubrimiento freudiano. La madre, que es quien más frecuentemente hace las veces de cuidadora, es la intermediaria entre la cultura y el bebé, a quien asiste valida del modo como ella se inscribe en la cultura, es decir, con su singular realidad mental, como sujeto. Esto quiere decir que ella cuida al bebé con la totalidad de su psiquismo: consciente e inconsciente; yo, ello, superyó… No se trata solamente de la forma en que cuida sino de cómo transmite su palabra al niño. El vínculo entre forma de cuidar y transmisión verbal cumplirá un papel fundamental para que el bebé llegue a poseer su respectiva realidad mental, su condición de sujeto. La forma de cuidar tiene una característica que es esencial: la repetición del cuidado, hora tras hora, día tras día. La repetición crea las condiciones para que el infante* empiece él mismo a representarse * De ‘infans’, sin palabra.


Ensayos la realidad, lo que se denomina representación de cosa, al poner en marcha su capacidad sensorial, al principio y principalmente visual y táctil. Al ser capaz de percibir, la repetición conduce a recordar. Como la percepción del objeto que cuida se liga a la experiencia de satisfacción (alimento, abrigo, mimo), el efecto es la memoria de la experiencia misma ligada a la representación. Pero el infante también “mama” las palabras que la madre le ofrece. Con las palabras que escucha y mediante un complejo mecanismo de asociación, las representaciones de cosa pasan a ser convertidas en representaciones de palabra sin que por ello desaparezcan las primeras. A partir del momento en que la representación de palabra comienza a poblar la realidad mental del niño este deja de ser infante y el proceso lo coloca en condiciones de transformación mediante la cual de ser exclusivamente hablado por el otro ahora puede hablar con el otro. Antes no tenía otra manera de llamar al cuidador que mediante el llanto. El llanto del niño es una verdadera forma de comunicación que convoca al cuidador y le exige a este un ejercicio de desciframiento que puede compararse con el realizado por Champollion con los jeroglíficos egipcios. Ahora ya puede llamar al otro con palabras. Al principio con los fonemas, después con las sílabas, luego con la repetición de sílabas, más tarde con frases, etc. Con todo lo que significa acceder a un lenguaje, la satisfacción que se obtiene jamás será absoluta porque el lenguaje es invención humana y los humanos, a diferencia de los dioses que no pueden equivocarse porque, siendo eternos, de hacerlo estarían condenados a sufrir por toda la eternidad, podemos celebrar la impertinencia del equívoco porque somos mortales y contamos con la posibilidad de descansar algún día si es que el equívoco nos hizo sufrir hasta la obsesión. De esta manera, pues, decimos que el lenguaje es el responsable de la existencia de nuestra realidad mental, de nuestra subjetividad, de que podamos asumir una historia de vida en la que indefectiblemente muchas veces encontraremos el sufrimiento cuando busquemos la felicidad, o viceversa. ¿Por qué no?

Envío A quienes lean este ensayo debo advertirles que fue realizado como ejercicio en el taller de literatura RENATA, dirigido por Julio César

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Londoño en la ciudad de Cali. Temas más específicos dentro del sujeto de este ensayo, sobre todo la forma en la que los psicoanalistas usan la lingüística y la lógica formal para representar matemáticamente la realidad del inconsciente estructurado como un lenguaje, no han sido abordados aquí pues mi intención es la de privilegiar la utilidad que los conceptos puedan brindar, a través de un ensayo divulgativo, para propósitos de tipo pedagógico, por ejemplo, los que involucran a gestantes y a padres adolescentes. Ahora que la crisis social arrastra también los discursos que pretenden explicarla (porque las cosas son ellas y lo que se dice de ellas), me pareció pertinente este tema que me concierne personal y profesionalmente desde mucho antes de que los discursos sobre lo social entraran en esta inverecunda crisis de promoción del dios mercado, el pensamiento políticamente correcto y la proliferación de esos que Marx denominó “voceadores más chillones”, de quienes dijo eran los únicos en tener éxito cuando lo que campea es “el mal humor pusilánime en las masas”. Beneficia a estos voceadores chillones que la importancia conceptual de lo social desaparezca. Y porque abomino la pusilanimidad, quisiera mantener invicto mi desprecio para con ellos. De esto se trata, ni marx ni menos. Santiago de Cali, junio 4 de 2009

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Europa ingrata, xenófoba y homicida

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Fernando Gallego

exterminio sistemático de una población, la primera expropiación de un territorio, la primera rapiña del alimento de un conglomerado humano fue perpetrado por nuestros antepasados, los mal llamados Cromañones (homo sapiens moderno) en lo que hoy llamamos Europa, y sus víctimas fueron nuestros pacifistas abuelos los Neandertales (homo sapiens neardentalensis). La humanidad había tomado dos rumbos paralelos, que con el tiempo se fueron diferenciando. Los hombres de Neandertal se afincaron en la mayor península asiática y durante más de doscientos mil años supieron enfrentar los terribles fríos de una era especialmente fría, el último periodo glacial. Se organizaron en clanes y con infinita paciencia fueron aprendiendo todo lo necesario para asegurar su supervivencia. La otra rama, salida también de la misma sala-cuna, África, se fue regando por todo el resto del orbe y llegó tempranamente a poblar Asia, Australia y un poco más tardíamente América. La diversidad ambiental los fue diferenciando. Los que después llamaríamos Neandertales eran bajos de estatura, robustos, musculosos y conservadores; los Cromañones, más altos y esbeltos, hábiles en la fabricación de armas y en sus técnicas de cacería. Los Cromañones llegaron hace unos cuarenta mil años a la península de los Neandertales. El saqueo y exterminio les tomaron más de diez, quizá veinte mil años, pero fueron exhaustivos: no quedó ningún Neandertal. Quienes alguna vez aseguraron que quizá los vascos serían el último reducto Neandertal, todavía no conocían las magias del genoma humano. Quizá este genocidio esté representado en el mito de Caín y Abel, pero lo único seguro es que quedó impreso en el alma de los Cromañones: le cogieron gustico al saqueo, a la sangre y a la guerra. Dejemos a estos nuestros abuelos –me refiero a quienes nos legaron nuestro componente genético de hombres blancos (ojalá y fuera bien poco) – y trasladémonos a tiempos históricos. El imperio romano, el sanguinario imperio de la Pax Romana. Chuzando técnicamente barrigas se apoderó de toda la cuenca del Mediterráneo, de las Galias, de las islas británicas y de buena parte de l primer

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lo que hoy es Europa. Un millón de muertos, un millón de prisioneros convertidos en esclavos y ochocientas ciudades galas destruidas es un solo ejemplo de lo que orgullosamente pueden incluir en su hoja de vida estos europeos de hace dos mil años. En la última retaliación contra la díscola provincia de Judea, según el historiador Josefo, no les tembló la mano para dejar dos millones de judíos con el corazón aquietado. En el exterminio de los cartagineses no dejaron piedra sobre piedra, salaron todo el territorio alrededor de la ciudad en varios estadios a la redonda y no quedó ni quién contara el cuento. La sangrienta historia de Europa continuará sin interrupciones. Si bien es cierto que sufrieron las invasiones de los llamados “bárbaros” (los griegos llamaron así a todos los pueblos que no hablaban el griego; era un término peyorativo) casi siempre fueron escalonadas. Primero las hordas asiáticas caían sobre los pueblos germánicos; estos se replegaban e invadían a los galos; estos continuaban descendiendo y los últimos en sufrir las consecuencias eran los pueblos mediterráneos. No se tiene información cierta sobre estas inmensas matanzas ni hay modo de cuantificarlas. Pero la sangre humana continuaba fertilizando todo el suelo europeo. Demos otro salto en el tiempo y ubiquémonos en el año mil cien. Europa, cansada de derramar su propia sangre, se dejó convencer por un papa ladino y asesino y se lanzó contra los pueblos del Profeta, y so pretexto de reconquistar para la cristiandad los lugares santos regó con sangre cristiana, judía y mayoritariamente musulmana el Oriente Medio. Me refiero a las cruzadas. De allí salieron con el rabo entre las patas, pero no escarmentaron. Una vez regresados los matones francos a su tierra fueron acicateados por otro papa asesino y su furia se concentró en la más rica y próspera región de la Europa cristiana. Los pobladores del suroriente francés, los llamados albigenses o cátaros, fueron acusados de herejía, sistemática e implacablemente expropiados y exterminados por estos nuevos soldados de Cristo en lo que se llamó la cruzada contra la herejía cátara. Cuando cayó la primera fortaleza, Miguel de Montfort preguntó al obispo: “¿Cómo puedo diferenciar a los cristianos de los herejes”. La respuesta fue lapidaria: “Mátelos a todos que allá arriba el Señor sabrá distinguir”. Más tarde aparece el Santo Oficio, que compitió en la quema de pobres infelices con los protestantes, durante varios siglos. Algunos historiadores calculan que los santos padres de la iglesia católica torturaron y achicharraron en hogueras a unos cinco millones de personas en quinientos años. Entre ellas figuraron personajes de gran


Ensayos valía como Giordano Bruno, a quien después de siete años de torturas lo quemaron en una plaza en Roma. Miguel Servet, quien postuló la circulación de la sangre antes que nadie, también fue salvado del fuego eterno por el acariciante fuego de la Inquisición. La Noche de San Bartolomé es otro lindo ejemplo de celo y piedad religiosos. Esa noche, arriadas por quién sabe quién –en todo caso usaba faldones negros–, las turbas católicas salieron plenas de fervor místico a linchar protestantes, llamados hugonotes, en toda Francia. Se calcula en diez mil los demonios protestantes destripados en esa jornada. Las guerras de entretención de la nobleza europea no han parado de derramar sangre plebeya en toda su geografía hasta nuestros días. Los campesinos europeos tuvieron que sufrir todos los oprobios de esa nobleza salvaje: sus hijas tenían que ofrendar sus encantos en su primera noche a su señor, quien no dudaba en cobrar el derecho de pernada o jus prima noctis; y sus hijos tuvieron que poner el pecho en las infinitas guerras que sus amados señores se inventaron, y los siervos debieron alimentar el desenfreno “gourmandesco” de la nobleza, las patas de cuyos briosos caballos estaban autorizadas para pisotear los cultivos campesinos en caso de que una presa de caza cometiera la imprudencia de meterse por allí. Llegará pronto la conquista de las ricas Américas. Con la cruz y la espada los esbirros europeos se encargaron en unos pocos siglos de acabar con las brillantes civilizaciones americanas. Humillaron como pocas veces se había visto en la historia a estos pobladores aprovechándose de su inmensa superioridad bélica: caballos, perros entrenados, corazas de hierro, armas de fuego, brutalidad sin límites, tácticas y estrategias guerreras enfrentadas a macanas y flechas, lograron con total facilidad sojuzgar a estos pueblos. Tenemos excelentes crónicas de los hermanos Gonzalo y Hernando Pizarro en el Perú, cuyas iras aun resuenan en el valle sagrado de los incas. Cuando fueron astutamente empujados hacia las selvas amazónicas en busca del país de la canela llevaron dos mil perros, y al acabárseles la comida para estos los alimentaron con indios picados en presencia del contingente enorme de nativos que acompañaban a los conquistadores. Luego vino el saqueo del oro y la plata que enriquecieron a la corrupta Europa y el fondo de los mares: miles de bergantines, carabelas, naos cargadas con toneladas de metales preciosos, duermen hoy en el silencio de las profundidades marinas. Pero la gran mayoría de estas riquezas que expolió España solo sirvió para alcahuetear

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la zanganería de los nobles españoles y de otros de sangres no tan azules. La España de nobles, soldados, taberneros, frailes, alcahuetas, putas y mendigos haraganeó durante siglos recostada en el saqueo de las Américas, cuyas riquezas casi todas fueron a parar también a las arcas de otros bandidos menos ignaros: franceses, ingleses, holandeses, italianos, que se quedaron con estos tesoros y con ellos construyeron con esplendidez la Europa que hoy, ya reconstruida, nos llena de asombro por la magnificencia de sus palacios, iglesias, monumentos, ciudades. Los guanches, primitivos habitantes de las islas Canarias, antiguamente llamadas Las Afortunadas, fueron eliminados por hábiles cazadores de hombres. En 1500 llegaron los españoles, y en pocos años de los guanches solo quedó el relato. La cacería de seres humanos como si se tratara de animales configuró un gran negocio que enriqueció a portugueses, ingleses y holandeses, quienes organizaron el comercio de esclavos a gran escala, trayéndolos a América para remplazar a las diezmadas poblaciones de indios que no resistieron el infernal trabajo en las minas y en los campos. Para que los capturados no viajaran de balde, institucionalizaron la caza de elefantes y el marfil fue transportado a hombros de los negros hasta el puerto de embarque, conocido hasta hoy como Costa de Marfil. Si a los negros de Norteamérica les fueran cancelados los salarios no pagados por los ingleses, hoy gringos, a sus antepasados, por supuesto que indexados, todo el rico país del Norte sería de ellos. Igual ocurrió en el valiente Paraguay, donde los reverendos padres jesuitas esclavizaron en forma jamás conocida hasta entonces a los guaraníes, a quienes no les dejaron ni el reducto de su propia conciencia porque hasta allí llegaron con la confesión. Obligaron a trabajar gratuitamente a hombres, mujeres y niños durante ciento sesenta años, en granjas y obras públicas, y se les privó hasta de su iniciativa personal: los jóvenes eran asignados a dedo para aprender los oficios en que trabajarían por el resto de sus vidas y las parejas las escogían los santos padres como si se tratara de granjas para la reproducción humana. Estas misiones terminaron cuando sus reverencias fueron expulsados de todo el territorio del imperio español. Una vez seguros y al amparo de sus armamentos, naves y toda la parafernalia bélica, se lanzaron a la conquista y pillaje de todo el orbe. Se apoderaron de todos los continentes y organizaron un sistemático saqueo de los recursos de las que llamaron sus colonias. La rica India fue convertida en un país paupérrimo en dos siglos de


Ensayos dominación. África fue expoliada por una pandilla de países europeos que compitieron por quedarse con todos sus ricos territorios. A Italia, que se quedó a la zaga, sin colonias en el Continente Negro, la conciencia de este retraso la acicateó, y el prepotente Duce en el siglo pasado lanzó sus tanques y bombarderos contra Libia primero, desmoronando con ellos ejércitos armados de alfanjes y escopetas de fisto; luego, ebrio por este triunfo, fue por Etiopía donde la historia se repetiría. El pueblo italiano lloró de alegría cuando Benito Mussolini anunció en la plaza pública que primero Libia y luego Etiopía eran italianas. Los europeos solo fueron francos vencedores en batallas contra pueblos que no tenían armamentos similares: fueron héroes cuando guerreaban contra ejércitos armados de flechas, macanas y lanzas, pero cuando a estos héroes los enfrentó un ejército armado de igual a igual los aplastó ignominiosamente, todo un continente, por un país y solo la oportuna ayuda de los Estados Unidos permitió que hoy no hablen todos alemán. Como si todo esto fuera poco, la gran carnicería humana de los europeos apenas comenzaba. Las dos guerras mundiales, llevadas a cabo en menos de cincuenta años, fueron sin duda el ejemplo de barbarie más grande que el mundo vio: sesenta millones de muertos y un poco más del doble de heridos, casi todos los países arrasados, las muestras de crueldad más salvajes jamás presenciadas, las armas de destrucción masiva más mortíferas; todo fue válido. Cuando el Führer solicitó verdugos voluntarios para accionar las palancas que limpiarían el orbe de judíos, los alemanes acudieron masivamente, pero la gran mayoría no pudo saciar sus ganas: no hubo ni palancas ni botones que oprimir para todos. Los países que no intervinieron directamente en la Segunda Gran Guerra, como Suiza, lo hicieron de fachada. Suiza fue el banco de Alemania, el proveedor de minerales estratégicos y el ladrón del oro de los judíos. Si hubiese sido verdaderamente neutral quizá la contabilidad de muertos en esa conflagración se habría disminuido en diez millones. España, que le “mamó gallo” al Führer, se había enzarzado en una contienda civil en la que la crueldad fue el tono común, con un saldo de un millón de muertos, entre ellos personajes de gran valía como García Lorca y Miguel Hernández, vilmente asesinados por órdenes de un tirano que mangoneó el país a sus anchas por más de cuarenta años y lo dividió en dos bandos que se odiaban a muerte, aunque necesariamente vencedores y vencidos habrían de compar-

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tir la misma tierra. La guerra civil dejó sumida a nuestra madrastra patria en un atraso no solo económico sino intelectual, ético, moral y social, hasta el punto que todavía en los años setenta se decía en Europa que África empezaba en los Pirineos. Ni qué decir de infamias como la de los belgas en el Congo, en el cual, cuando fueron obligados a retirarse, dejaron una situación cocinada por ellos y que ha causado más de un millón de muertos entre las dos etnias principales de la Ruanda de hoy. Infamias que se han repetido en todo el orbe. Francia casi acaba con las encantadoras islas del Pacífico Sur, donde cometió toda clase de tropelías contra sus inocentes y alegres pobladores. Las vergüenzas de este perverso arrabal del planeta no terminan ahí. La xenofobia los carcome. Aunque necesitan mano de obra para oficios que ellos, tan lindos, se niegan a realizar, les hacen imposible la vida a quienes, empujados por la miseria de sus países, tratan de meterse en sus predios en busca de un mendrugo. La Italia del poco ético Berlusconi, al igual que España, ya tiene aprobadas penas carcelarias para esos parias que se atreven a profanar su territorio. Y seguramente pronto toda Europa tendrá en su legislación normas parecidas. Pero no terminan aún sus hazañas. Al final del siglo pasado nos tocó presenciar las limpiezas étnicas en todo el territorio de los Balcanes, un genocidio tras otro a la vista de “la muda, de la absorta caravana” y sin que se inmutaran las Naciones Unidas; es más, en algunos casos con su beneplácito, como cuando la “limpieza” fue de musulmanes. Inglaterra y Francia se repartieron los territorios del mundo árabe al finalizar la Primera Guerra y con ella la caída del imperio turco; pero no precisamente por filantropía: ya sabían del inmenso potencial petrolero de esos países e instauraron en ellos dinastías corruptas que les entregaron a precios irrisorios su casi único recurso durante décadas: el petróleo.Y armaron conflictos que todavía no tienen trazas de resolverse, como la creación del Estado judío en tierras palestinas, con el único argumento de que el Señor se las había entregado dos mil quinientos años atrás, por supuesto, refrendado por sus bombarderos y sus tanques. Son tan cínicos e ingratos que se olvidaron, por ejemplo España, de que toda Latinoamérica abrió sus puertas a los que huyeron de la matanza franquista, los apoyó y les consiguió trabajos para que se asentaran aquí con dignidad. Y ni hablar de la inquina que todos, tal vez con la excepción de la pérfida Inglaterra, albergan contra los


Ensayos Estados Unidos, sin cuyo concurso muy probablemente Europa hoy se llamaría Bundesrepublic Deustchland. No he pretendido ser exhaustivo en este recorrido por la ruta de las infamias del Viejo Mundo; el inventario total ocuparía miles de páginas. Solo he querido hacer un rápido paneo de la historia del continente que se precia de ser el origen y reducto de la civilización; de los que miran con desprecio a los países que ellos mismos se encargaron de depauperar, los países que les suministran sus recursos naturales a cambio de espejitos y abalorios. Claro, respetando las sacrosantas leyes de la oferta y la demanda.

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De la lengua y otras cositas

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Isabel Prado

ablando de nuestra lengua y más precisamente del voseo, tra-

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tamiento pronominal muy empleado en el Viejo Caldas y el Valle del Cauca, entre otras regiones de Colombia y América Latina, los invito a reflexionar, si no lo han hecho ya, sobre su origen y los diferentes usos que ha tenido a lo largo de varios siglos. El voseo español se remonta al tiempo del imperio romano y tenía un valor social de sumo respeto. Era un vos reverencial, usado con el emperador y después con otras autoridades políticas, militares y religiosas y podía referirse a uno o dos interlocutores. Se hacía la distinción entre el tú para una persona de igual categoría y el vos para una de mayor prestancia o autoridad. Con el paso de los siglos este tratamiento se volvió más complejo. Páez Urdaneta cree ver dos variantes sociolingüísticas, como lo cita en un artículo Norma Beatriz Carricaburo: la pragmaticidad y el sentimentalismo. Por la primera se entiende ¨la intención del hablante de imponer un acatamiento o solicitar un favor¨ y por la segunda, ¨la distancia o cercanía afectivas asumidas por una relación entre los actuantes¨,1 léase interlocutores. Después se agregó otra variante para este uso: la relación impersonal pero formal que se tenía con muchos. Luego este tratamiento siguió modificándose por variables como los cambios sociales –en la clase alta, los nobles y caballeros; en la clase media, los clérigos y en la clase baja, los labradores y mercaderes–. Si antes el vos sólo se usaba de abajo arriba, de servidor a señor, ahora se usaba de arriba abajo para indicar distancia social. Se perdió el sentido reverencial y se impuso el pragmático o de interés. En el siglo XV se dan nuevas fórmulas de tratamiento debido al cambio que se produce en la sociedad española con el fin de la Reconquista. –No me vayan a preguntar cuál Reconquista, o mejor, que Rodrigo o Fernando Gallego me asistan, si así lo desean, pero me imagino que los moros intentaron quedarse en la Península después de las guerras de expulsión–. Los nobles, sin batallas, se dedicaron al ocio; la burguesía ascendió y se fortificó; y las ciudades crecieron. El 1

El Castellano en la Historia y en la lengua de hoy. Norma Beatriz Carricaburo. www.elcastellano.org.


Ensayos rompimiento del orden anterior se dio junto con una expansión del vos que llevó a desgastarlo; tanto, que se hizo necesaria una nueva fórmula de respeto: vuestra merced. Y es éste el castellano que llega a nuestro continente: pero, mientras en la Península se fue desprestigiando el uso de estas fórmulas, en nuestros lares el voseo siguió y sigue vigente como fenómeno lingüístico. Parafraseando a Rufino José Cuervo y para no hacer de mi asunto un tema más largo, él explica que la pervivencia del voseo en estas tierras se da por el abuso que de esta forma hacían los españoles al hablar con los inferiores y que es ésta una prueba más de cómo trataban a los indios* y a los criollos.2 Y como la moneda tiene dos caras –yo no sé de dónde salió este dicho. ¿De China? Porque algunas monedas ni la tienen– Lapesa, un crítico español, considera que este uso americano responde al abandono de distingos sociales y de normas lingüísticas del conquistador. Yo creo más en lo segundo porque tengo entendido que fueron pocos los letrados que pisaron tierra nueva con Colón. Por el contrario, se dice que la reina Isabel de Castilla desocupó sus cárceles para que fueran los parias de su reinado quienes se aventuraran con el genovés. ¿Se imaginan ustedes a estos señores sintiéndose iguales a los desprevenidos indígenas y queriendo tratarlos de tú a tú? No. Ellos venían a lo que sabemos: ¨liberados a su suerte¨ en tierras inhóspitas, los que no murieron se impusieron y dejaron parte de la huella que hoy tenemos. Con la llegada de los conquistadores los indígenas no sólo se vieron abocados a cambiar sus lenguas, vestidos, religiones y costumbres en general, sino también a percibir un modo diferente de ser tratados y de tratar al otro. Lo cierto es que este trato prodigado en la época fue determinante en la formación e integración del español americano y en consecuencia en las relaciones de rango que ha generado. Y este es mi punto. Yo no sé de estudios recientes hechos al respecto, aparte de la historia del voseo de la señora Carricaburo en Venezuela y algunos esbozos de su estrecha relación con distingos sociales. Parece que en este aspecto todo está por hacer, pero siempre me ha llamado la atención el uso que le dan los paisas y nosotros, los

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Tengo entendido que a los habitantes autóctonos de estas tierras no se les debe llamar indios sino indígenas, para distinguirlos de la gente de India cuyo gentilicio es indio-a y no hindúes, porque éste es el nombre que se les da a los seguidores del hinduismo. Apuntuaciones críticas sobre el lenguaje bogotano (1867-1872). Rufino José Cuervo

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vallecaucanos. Entre los primeros la camaradería y la confianza se establecen con un: ¡eh, Ave María, vos!, bien timbrado, y entre los segundos con el ¡mirá, vé! bien desabrido de bugueños y palmiranos. Hasta aquí el asunto es familiar y pocas veces hosco pero remitámonos a estos ejemplos para ver cómo cambia la situación en otras circunstancias: Consultorio. Médico a su paciente después de un inaudible saludo y ni una mirada de su parte: “¿Qué tenés? ¿Venís a abortar?”. Parqueadero en centro comercial: “¡Señora! Tenemos una promoción muy buena hoy. Te lavamos el carro, te lo enceramos, te lo aspiramos. Todo por veinticinco mil pesos. ¿Querés?”. A la entrada de un almacén. “Siga, madrecita. Mi amor, ¿qué se te ofrece?” ya casi encima de la transeúnte. Salón de clase. “Teacher: Vos dijiste que al fin no había tarea”. Podría seguir enumerando los casos en que me he sentido agredida. Es mi problema y voy a tratar de superarlo. Con el doctor me atreví a decir: “No me gusta que me voseen” y lo mismo he dicho a mis estudiantes. La respuesta fue la misma: “Estamos en el Valle y aquí nos tratamos ají, perdón, así”. Con todo respeto con aquel que no comparta mi sentir, no creo que esta sea una buena razón. Lo es si es costumbre entre viejos amigos o en familia, como dije antes, pero no en los casos que cité y como creo que es sobre educación y buenas maneras de lo que estoy hablando, no me molesta mucho cómo me tratan en un parqueadero o en un almacén, pero sí cómo lo hacen algunos profesionales cuyos estudios les hacen pensar que son mejores y se toman el derecho con ese vos, de “pordebajear” a quienes ellos consideran no han pasado por su misma facultad. Además de sentirse superiores por un saber que el otro no tiene, ¿qué tal la agresividad y todo lo que implica por parte de un galeno suponer que la paciente va a abortar cuando en realidad va por una caída en moto? ¡El conquistador iletrado se le quedó en pañales! Les aseguro que una médica no trata de esta manera a sus pacientes sea cual sea su género, o una ingeniera a los trabajadores de su obra. De los estudiantes puedo decir a su favor que están en un proceso de formación (con el cual no se sienten aludidos porque se las saben todas) y se supone que poco a poco encontrarán ese delgado y fino hilo que separa su arrogancia o ignorancia del respeto hacia una persona que es figura de autoridad. En mi opinión, en esta situación la alternativa es tutear si se está en estratos sociales medios altos o


Ensayos más, y “ustedear” si se está en estratos medios bajos o menos. Todo depende de la actitud del estudiante. Ya en nuestro tiempo tenemos otra variable aparte del estatus social y la categoría que dan ciertas profesiones: el sexo; y aunque siguen en boga la pragmaticidad y el sentimentalismo, pareciera que éste es el que impera a la hora de vosear. En Guatemala, por ejemplo, suena mal en labios femeninos. O todas se mezclan, como la señora ama de casa de hace tres o cuatro décadas que trataba de“india zarrapastrosa” a la empleada del servicio. Descendiente de conquistador, ¿acaso ignora que entre sus ancestros hubo india violada? Como decía Cantinflas: “Todos somos iguales pero hay unos más iguales que otros”. Y para empatar agrego que “el mico sabe a qué palo trepa”. No quiero filosofar, ni mucho menos, pero todos sabemos, vuelvo a creer yo, que si ciertas reglas se cumplen nos podemos tratar como queramos. Mientras tanto seguiremos tratando de usted a nuestro maestro-director; de señor doctor, al doctor Aljure, porque, como me sopló el compañero Benalcázar, antes de ser doctor hay que ser señor, y ¡qué señor!; y de tú, porque hemos aprendido a hacerlo, a la honorable y risueña Leonor y al joven Jesús David que nos lleva con sus palabras a mundos increíbles. De un lado pesan los saberes, las prácticas, los cargos y/o los años. Del otro, pues nos falta mucho pelo para moño.

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Violencia, performance y teatro

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culturas han sido violentas y el cuerpo su objeto máximo de barbarie desde tiempos prehistóricos: Caín y Abel; nuestros pueblos originarios; los romanos; los conquistadores que desmembraban a sus opositores y exhibían sus partes en las plazas públicas como escarmiento; las torturas de Guantánamo, entre otros. Hoy, por ejemplo, en Colombia los paramilitares descuartizan con motosierra a los campesinos por su supuesta colaboración con la guerrilla: el imperio del miedo para consolidar el poder. La violencia es inherente a la cultura —en eso están de acuerdo sociólogos, antropólogos, filósofos y sicoanalistas—, y es a través del cuerpo como se ejerce el poder, sometiéndolo o fragmentándolo, ya sea física o psíquicamente; de tal suerte que la barbarie y la violencia no son asunto del pasado, ni formas regresivas de reinstalar mitos o rituales originarios. No. La violencia se “moderniza” y va siempre a la vanguardia, o si no que lo digan los comerciantes de la violencia, pues antes de que se descubra la cura para el sida y para muchas enfermedades letales, ellos ya tienen las armas mortales más sofisticadas y con la más alta tecnología, listas para ser vendidas y usadas. La puesta en escena actual de ciertas formas de violencia remite de manera directa a una corriente de teatro de la posguerra europea denominada teatro pánico, basado en las tesis filosóficas del teatro de la crueldad del célebre Antonin Artaud, en el onirismo surrealista, en la iconoclasia de las vanguardias artísticas, en el esperpento grotesco de Valle-Inclán y en la urgencia delirante del arte happening, entre otros. Este tipo de teatro buscaba, ante todo, generar terror y humor a través de acciones o actos simultáneos, caóticos, diseñados para ser impactantes y encauzar las fuerzas destructivas. Se trataba una vez más de desafiar la estructura aristotélica para exhibir con orgullo parricida su cabeza como trofeo ante las nuevas generaciones, conservando de alguna manera la acción dramática y algunos vestigios del relato que no desestabilizaban de manera contundente la fábula. Las escenificaciones modernas denominadas performances o acciones (término que, debo reconocer, todavía no alcanzo a comprender del todo en su semántica y operatividad), y que se han tomado con mucho entusiasmo la escena contemporánea, establecen una hibridación y resignificación tanto del teatro pánico y sus fuentes como de la odas las

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Orlando Cajamarca


Ensayos tragedia romana que deviene de la tragedia griega, y a la que los romanos en su afán de espectacularidad le integraron el sacrificio humano como un ritual bárbaro dentro de la representación, cuando el pasaje o la escena lo requería, para darle más realismo a la representación; no se trataba, entonces, en el caso de los romanos, de re-presentar, ni siquiera de pre-sentar, sino de “sentar”, es decir, de vivenciar la violencia que el texto enunciaba como trama del argumento. Muchos performances toman como insumo temático la violencia, y centran esta violencia sobre el cuerpo y no propiamente como vehículo de expresión activa, ni siquiera como marioneta, tal como lo apuntaba Gordon Craig, sino como cuerpo cadáver: el cuerpo como alegoría de la muerte y de la violencia, pero no de la muerte en el sentido ambivalente y festivo como en la tradición mexicana, o en la tradición popular rabelaisiana, como nos la describe Mijail Bajtin en su riguroso estudio La cultura popular en la Edad Media y el Renacimiento.1 Al contrario, hay en esta parateatralidad, es decir, en esta relación escena-público, un sentido de la muerte serio, ceremonioso y doloroso, de alguna manera con un carácter judeo-cristiano, pues el cuerpo es sometido al sacrificio con un fin ejemplificante y con una alta dosis de expiación: todo en la lógica escénica del teatro pánico o de “teatralizacion de los excesos”, como lo llaman algunos teóricos posmodernos.2 La violencia, entonces, en el performance moderno, ya sea en las escenas patéticas del cuerpo azotado y marcado como nos lo expone el performer, escritor, activista y educador Guillermo Gómez Peña (artista nacido en México y residente en Los Ángeles) en su más reciente performance Mapa-Corpo, el cual, según reza en su programa impreso, es “una pieza de acupuntura política y brujería poética: los cuerpos desnudos de una mujer y un hombre serán el escenario de la intervención, bajo la mirada de un chamán travesti”; o la violencia en el cuerpo como materia sacrificial en la “acción” Fosa, del artista colombiano radicado en México Álvaro Villalobos, que se hizo enterrar por dos policías en Ciudad de México.“En un espacio que la memoria colectiva asocia a sitios de enterramiento de restos corporales, a raíz de conmociones telúricas y de violencia política, Álvaro se enterró durante cuatro horas, vestido de blanco como campesino colombiano en un día de fiesta, dejando únicamente su cabeza expuesta”.3

Barral editores 1974 Ileana Diegues, Pasodegato, revista mexicana de teatro, Nº 38 Pág. 60 3 Idem. 1 2

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Abundan en la actualidad performances e instalaciones con carácter ritual, en los que por medio de signos y símbolos viejos y nuevos se exhibe sobre el escenario o la locación, con un fin aleccionador e ilustrativo, la violencia sobre el performer: allí el performer no representa: su cuerpo mismo es objeto de la violencia; él vive en carne propia la violencia en un presente hiperrealista, hiperbólico para el espectador que evidencia la barbarie por medio de la visualización del cuerpo o de fetiches alusivos a la barbarie y a la violencia en sus distintas manifestaciones, o en una mezcla de los dos: performer y/o fragmentos de cuerpos mutilados u objetos, sábanas y puñales ensangrentados, fotografías, videos, sonidos, coreografías, animales vivos y muertos, sensaciones olfativas, táctiles, degustaciones… Todo alusivo a los diversos tipos de violencia: política, racial, sexual, intrafamiliar. En esta “teatralización de la violencia o del exceso”, donde todo es válido y permitido —como en el teatro pánico—, se desvirtúan deliberadamente principios básicos de la representación en su función comunicativa, como son la economía de acción, la creación de situación por una ausencia del relato, es decir, no hay relación ni correspondencia con nada, pues aquí todo es válido. Por otra parte, en estas acciones o performances, su puesta en escena privilegia lo sincrónico-paradigmático sobre lo diacrónicosintagmático (como en la poesía), pues se trata la escena, o la acción, o la instalación, como una sinécdoque, donde la parte “representa” el todo y todo lo dispuesto en el escenario opera en un tiempo de “representación” limitado; donde lo visualizado, olido, tocado, oído o saboreado actúa —en el sentido de actualidad, de presente— como un eslabón de una cadena de significantes que constituyen el relato oculto o referenciado y donde el acto o acción performática se nos brinda como síntoma, es decir, es como el final de una cadena de significantes; de la misma forma como la fiebre, el vómito y la diarrea son los síntomas que nos permiten informarnos de que el organismo está enfermo, mas estos síntomas en sí mismos no constituyen la enfermedad. Esta nueva vanguardia toma distancia de la teatralidad clásica y despoja al actor de su función poética re-presentativa, como nos lo canta Pessoa en este hermoso verso. El poeta es un fingidor. Finge tan completamente Que hasta finge que es dolor, El dolor que de veras siente.


Ensayos Y quienes leen lo que escribe, Sienten, en el dolor leído, No los dos que el poeta vive Sino aquél que no han tenido. Y así va por su camino, Distrayendo a la razón, Ese tren sin real destino Que se llama corazón.4 El performer vive, “no finge”, es decir, no actúa, no representa ni presenta; de alguna manera se asienta en sí mismo y en muchos casos se “sacrifica” ante el público, como el performer que para llamar la atención sobre la violencia se mutila una falange de sus dedos en cada evento. Resulta conveniente, no con el ánimo de descalificar ni de crear tablas de ponderación entre el teatro y el performance, precisar hasta dónde existe o no teatralidad cuando se convoca al público a presenciar estos híbridos o mixturas contemporáneas denominados performances, para que el público pueda orientarse frente a estos hechos escénicos que sin lugar a dudas se han ganado un espacio respetable en la escena contemporánea, pero que algunos críticos y académicos entusiasmados con la novedad y deslumbrados con sus fulgurancias se empeñan en presentar como la pócima salvadora de las artes representativas en el nuevo mileno.  Para el teatro que le apuesta al relato como relación de acontecimientos, a la acción dramática que anuncia el diálogo y los personajes, y que fabula, la violencia es un insumo temático, un contexto. La escena teatral latinoamericana y en particular la escena nacional se desarrolla en un contexto de violencia política, que ha servido y sirve de marco de referencia e insumo temático para los creadores, para quienes la violencia casi siempre es una ausencia significante, una presencia ausente de la escena, pero al mismo tiempo el motor de los personajes que se interrelacionan e interactúan por intereses contradictorios y generan un tejido de acciones que se manifiestan en conflictos cotidianos que requieren ser resueltos. El público es convocado a compartir un acto de comunión, en el que en el escenario se entregan las claves para que el lector-espectador sea conmovido por lo visualizado y oído, y también ya en algunos casos olido, tocado y degustado, y pueda transformar su realidad tanto individual Fernando Pessoa “El poeta es un fingidor”, poesía completa.

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como social, según su libre albedrío. Busca esta teatralidad más que aleccionar, crear espectadores que estén en capacidad de decodificar en su cotidianidad las causas de la violencia que los intimida, y encuentren con sus iguales la manera de desactivarlas dándole trámite pacífico a la resolución de sus conflictos, hasta donde el contexto y las circunstancias políticas —que no dependen del teatro ni de lo actores— lo permitan. Sin conflicto no hay teatralidad. Cuando Lady Macbeth desarrolla su plan macabro que arrastra sevicia, violencia y mucha sangre, a Shakespeare sólo le basta con mostrar sus manos ensangrentadas como síntoma y signo de la violencia que desata esta acción para que el terror y el horror inunden el imaginario del espectador y éste descifre en el drama la naturaleza de la violencia que desata la ambición.

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El sentido de la velocidad Piedad Villegas En el museo de Cluny, seis grandes tapices provenientes del castillo de Boussac han recibido el nombre de “La dama y el unicornio”. Muestran o ilustran los cinco sentidos. Un problema, agradable y fácil, se plantea para el sexto tapiz, el único que ostenta una inscripción. ¿Tenemos cinco sentidos o seis? Michel Serres - Los cinco sentidos

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335 antes de Cristo. Atenas, Grecia. Las cenefas con diseños geométricos enmarcan el piso de mosaicos con dibujos de animales multicolores que jugando se mueven con las sombras de las columnas que rodean el patio. Desde uno de los corredores está él, mirándolos, absorto. Tiene en su mano un vaso de arcilla dibujada que acaban de llenarle de agua. Saborea con placer su frescura. También traen una bandeja de frutas que ponen en una mesita cubierta con mantel de seda. Cierra los ojos y siente el olor de las uvas y las olivas, mientras percibe con sus dedos la suavidad de la seda, que al moverse con la brisa le roza la piel. En la tranquilidad del patio alcanza a escuchar el rumor del agua del río afuera y los pasos que se alejan. Apenas ha comenzado la mañana. Vuelve a abrir los ojos. Aristóteles piensa; acaba de ver, de saborear, de oler, de tocar y de oír, en un mismo instante. Se levanta despacio para ir al Lyceo. Sus palabras y los actos humanos girarán alrededor de los cinco sentidos. Año 1770. Königsberg. Prusia. Los andenes del claustro dibujan caminos por los que los estudiantes van y vienen. Desde la ventana de arriba, por momentos, se ven corriendo como pequeños arroyos y a horas determinadas parecen torrentes de agua que fluyen rápidamente. A través de los cristales está él, mirándolos absorto, mientras juega a hacer aros con el humo de la pipa que acaba de aspirar. En el estudio lleno de libros y papeles, de pronto se siente saturado por el olor del tabaco y de la tinta, y abre la ventana. El viento del otoño azota las cortinas, que cubren su cara con fuerza. Siente la dureza de la tela pesada. Alcanza a escuchar los murmullos de las voces y el sonido de los pasos agitados, que afuera caminan por el claustro. Acaba de comenzar la mañana. Se acomoda el pelo desordenado por la cortina y sacude la ceniza que cayó en su chaleco. Immanuel pienño

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sa, acaba de ver, de saborear, de oler, de tocar y de oír, en un mismo instante. Se dispone para ir a dictar su cátedra de filosofía sobre los cinco sentidos de Aristóteles. Año 1904. Dornach, Suiza. Los senderos del bosque dibujan rutas enmarcadas por piedras y flores silvestres, que en filas se pierden detrás de los árboles. En el tronco que le sirve de banca, y mirando hasta donde se diluyen en la distancia los colores, está él, absorto, concentrado en sus pensamientos sobre los sentidos. Sus manos juegan a quebrar en pedazos pequeños una hoja seca; los pájaros cantan en sincronía cada tanto, y mientras trata de armar la melodía que componen los diferentes trinos lo invade el fuerte olor a tierra. Arranca una brizna de hierba y se la lleva a la boca; muerde el tallo y saborea la savia amarga hasta agotarla. El sol ya se oculta y el frío de la primavera comienza a sentirse. Rudolf se levanta, tira la brizna y se acomoda el pañuelo alrededor del cuello. Piensa que la vista, el oído, el tacto, el gusto y el olfato son apenas un bosquejo de la capacidad sensorial del ser humano y que el calor, la vida, el movimiento, la palabra, el pensamiento, el yo y el equilibrio son otros siete sentidos para ser desarrollados. Hoy dormirá este pensamiento; mañana escribirá su conferencia sobre los doce sentidos. Año 2009. América, África, Europa, Asia u Oceanía. Las luces de los carros y de los avisos dibujan en la autopista la velocidad que llevan. Dentro del carro va él, a cien kilómetros por hora. Todo pasa ligero mientras conduce sentado e inmóvil, con sus manos adormecidas por estar aferradas al timón. Está absorto, manteniendo su atención en el carro que va adelante. Ningún pensamiento aparece mientras conduce. No siente el olor a gasolina y el chicle que lleva en la boca no sabe a nada. El ronroneo de los motores de las motos y los carros que lo rodean se bloquea en cualquier lugar de su cerebro en el que esté, de tanto oírlo. Ninguna emisora sintoniza con él. No siente ni el deseo de llegar. El carro lo lleva, él se deja llevar. Lo único que percibe es velocidad. Velocidad, ese rumbo que Aristóteles no percibió aquella mañana como un sentido, cuando sentado en la tranquilidad de aquel patio estaba clasificando las capacidades de las cinco experiencias sensoriales, con las cuales se vibra, para realizar el anhelo humano. Velocidad, esa misma dirección que no percibió Immanuel Kant como un sentido cuando miraba pasar a los estudiantes en los corredores del claustro a través de la ventana, y tal vez pensaba que “es en esos mismos cinco sentidos donde comienza el conocimiento, donde el alma razona y piensa”.


Ensayos Tampoco en aquella tarde de primavera Rudolf Steiner percibió la velocidad como un sentido mientras completaba su teoría de los doce sentidos. Hoy, sin percibir esa intuición inteligente llamada sexto sentido y sin el reflejo de esa sabiduría natural que es el sentido común, los seres humanos ya no se atreven a saber, diría Kant; ya no se atreven a explorar los sentidos, tampoco se atreven a inventar nuevos, como un sentido para la memoria o un sentido para la eternidad, porque ya la muerte tiene su sentido, como la vida tiene el suyo. El ser humano, sin atreverse a percibir ya nada más que la muerte que acecha, cierra las vías de acceso y solo osa descubrir el sinsentido de la velocidad, “la forma de éxtasis que la revolución técnica ha brindado al hombre”, según Kundera. La velocidad, ese desplazamiento obligado para el mundo contemporáneo, ha sido capaz de hacernos olvidar aquellas ideas del pasado que se dejaron dormir, como la Bella Durmiente, en el transcurrir de los siglos. La secuencia que va de las imágenes que sucedieron en el patio de mosaicos dibujados, a la autopista con un solo dibujo de líneas blancas interrumpidas, se perdió, y los siete nuevos sentidos de Steiner quedaron suspendidos, como quedó suspendida la velocidad como experiencia sensorial en la polaridad de esa idea fija que son los cinco sentidos. Sin embargo, los sentidos se niegan a permanecer dormidos e insisten en darles giros decisivos a pensamientos de los siglos anteriores, en un momento histórico en que Oriente con su espiritualidad y Occidente con su pensamiento materialista se encuentran, se seducen, y simultáneamente se resisten, pero siempre se asombran, hasta la obsesión o el rechazo en todos los ámbitos posibles. El mundo, en una búsqueda individual de sensaciones, pretende encontrar en la velocidad la sustancia de la propia humanidad; ya todo se está sirviendo con afán para develarnos rápidamente los misterios del mí mismo. Estudios sobre los sentidos dan una dimensión de lo que algún día descubrirán que somos por las capacidades que demostramos. Solo el sentido del tacto tiene el más sorprendente tratado, escrito por Ashley Montagu. Por otro lado, los poetas expresan la incertidumbre y la certeza de sentir: es el ser humano en el límite y en el centro, debatiéndose desesperado entre polaridades, entre la sal y el dulce, entre la iluminación y la ceguera, entre el olor a sándalo y el olor a mierda, cuando al

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mismo tiempo percibe el golpe y la caricia y padece el ruido inevitable de este mundo mientras escucha sinfonías sin tiempo. Mientras tanto, los médicos creen curar los desórdenes de los órganos de los sentidos con gotas, cremas, pastillas e inhaladores para la nariz, los oídos, los ojos, la piel y las papilas gustativas; los psicólogos y maestros insisten en evaluar la manera como se percibe el mundo desde la teoría de los cinco sentidos, “…que son para los órganos como el alma para el cuerpo…”, según Aristóteles, y que las revistas en pequeñas reseñas relacionan con ventanas frente a ese palacio de doce portales, ventanales y entradas que tiene el ser humano. Ahora con un portal más: el sentido de la velocidad, tal vez para completar trece sentidos… “La velocidad es la vejez del mundo”, sentencia Virilio. Convertida en una nueva capacidad sensorial, con el sentido de la velocidad podríamos percibir la forma en que caemos al vacío sin podernos detener, o la forma en que flotamos sobre una tabla de salvación para ir sobreviviendo. Compartimos algunos sentidos físicos y anímicos con las plantas y los animales, pero con los mismos sentidos ni unas ni otros tienen la posibilidad de recorrer los caminos que nosotros los seres humanos alcanzamos con sentidos espirituales. Con el sentido del tacto sabemos dónde termina y dónde comienza el mundo que nos rodea. Se puede vivir sin otros sentidos menos sin esta frontera, un sentido tan físico y tan básico que si no logra su verdadero alcance deprime a la planta, al animal y al hombre hasta convertirlos en formas inertes. Con el sentido del movimiento podemos desplazarnos hacia los lados, hacia arriba y hacia abajo, hacia delante y hacia atrás, para descubrir que somos libres y podemos traspasar límites. Es también tan físico que si no alcanza su potencial nos reduce a la minusvalía. Con el sentido del equilibrio físicamente tenemos un centro de gravedad que nos permite estar presentes para nosotros mismos, además de estar vivos. No fluctuamos perdidos en movimientos incontrolables. Con el sentido de la vida hay una confianza básica por mi sola existencia; es física y real, puedo compartirla con la planta, con la piedra y con el animal, pues es un hecho que estamos; pero también puede no desarrollarse nunca y convertirnos en seres desconfiados e insatisfechos, infelices. Empero, nunca volveremos a estar iguales a la piedra, a la planta o al animal porque las preguntas tarde o temprano aparecerán para nosotros.


Ensayos Dijo Aristóteles: “El alma es al cuerpo como la vista al órgano visual”. El sentido de la vista es un sentido del cuerpo y del alma, porque ver es pasar los ojos, que no es lo mismo que mirar, lo cual es ver más, observar, detallar, ir más allá hasta develar, que no es lo mismo que desvelar, lo cual es no dejar de ver, ni lo mismo que soñar, que es ver dormidos. Del cuerpo y el alma también es el sentido del sabor, de saber; si no sé muero de hambre, no me alimento. Así es desde el nacimiento, cuando se saborea la primera gota de leche de ese mundo redondo donde se recoge conocimiento; de allí aprendo todo sobre el amor y el desamor, sobre el gusto y la belleza, para aprender a vivir y también a morir. El sentido del olfato, que es más que oler, también es físico y anímico; es el sentido de reconocer, es seguir un rastro, recoger una señal para elegir o descartar, es respirar, tomar el impulso que me trae el mundo en una inhalación para intercambiar, para acoger o no. El sentido del calor también es físico y anímico, es más que sentirse vivo o sentir la piel; es la vivencia de la luz y la alegría que da el calor o la de la oscuridad y la soledad que transmite el frío; es la euforia o la impersonalidad; es la exageración o la parquedad. Los sentidos espirituales también son físicos y se relacionan con una necesidad interior que tiene el ser humano de re-ligar con un mundo presentido e innombrable, no visible, sin embargo percibido y que traspasa los límites del alma. Tal vez habrá un día en que se llamen sentidos divinos, cósmicos o suprasensibles; tal vez…, cuando los humanos elevemos nuestra condición hasta alcanzar otros poderes o cuando nombrar a Dios sea más sencillo y no un asunto delicado. El sentido del oído es escuchar, o ir al sentir, porque oír hace evocar, sufrir y conmover, o ir más allá de lo físico, llegar donde se abre un espacio interior, que hasta parece hacernos comprender algo. No hay palabras inventadas aún para nombrarlo, o no oír, que es estar aturdido o sordo. El sentido de la palabra es el de la verdad o la mentira, el de nombrar o callar para formar o deformar el mundo, para confundir o aclarar. Es el sentido de expresar, de conocer que mientras los verbos actúan los adjetivos sienten y los sustantivos piensan; juntos palpitan en el gesto, en el tono y en la voz de cada letra. El sentido del pensamiento es el sentido de las relaciones entre todo lo que existe y lo que sucede; resume la actividad humana en

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la inspiración o en ideas sin brillo que logran reflejar las imágenes coherentes o disociadas de la vida. El sentido del yo de los demás es esa capacidad de percibir a los otros, de leer en mi interior sus características, de reconocerlos, validarlos, adivinarlos; algo íntimo e intuitivo que se traduce en saber o no quién es el otro cuando me encuentro con él. Año 2015. Cualquier lugar del planeta Tierra. El parque está atestado de gente. Desde las vidrieras del spa se alcanza a ver la plaza en la que se entrelazan puentes de madera y hierro y terrazas donde los niños corren y juegan a mojarse con los chorros juguetones que brotan del piso. En las tarimas, cerca de ellos, todos pueden ser saltimbanquis, músicos, teatreros y espectadores. Los espacios sembrados de flores donde los viejos pasean por el prado se combinan con espacios abiertos, con cúmulos de arenilla y piedra, que se ofrecen para que todos puedan moverse y explorar con sus sentidos. Sumergido en la piscina de piedra natural está él, absorto, mirándolo todo a través de los cristales. Los olores de la lavanda, la canela y la mandarina llegan en pequeñas oleadas, marcadas por los sonidos vibrantes de los móviles de metal y de vidrio ubicados en diferentes sitios del spa. El agua está tibia y los chorros en las paredes hacen masajes en sus piernas. Alcanza a ver en las explanadas a los adolescentes en corrillos cantando, abrazados, mientras en los puestos de comidas, sentados en mesas y bancas, jóvenes y adultos comparten canciones, palabras y vinos. Piensa que ahora es posible explorar los sentidos hasta “…la realización final de su capacidad”, como diría Aristóteles, la misma capacidad sensorial que en otras épocas fue reprimida por ser origen de pecado. Mueve su mirada hacia las personas que como él, desde la piscina, están percibiendo el mundo afuera y adentro. Sale del agua, se sirve un té de frutas y se sienta a beberlo en una poltrona frente al gran ventanal. El ventanal dibuja un gran cuadro de la ciudad que se mueve al ritmo del sentido de la velocidad; ese movimiento preciso que en un instante puede bloquear o expandir todas las experiencias sensoriales: fuentes de la creatividad; ese mismo desplazamiento que puede suceder respirando sin detenerse y también sin respirar, que puede sobrepasarse hasta el acelere desmedido o hasta la lentitud desesperante.


Círculos y variaciones

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Iván Olano Duque

árbol de pomarrosa está repleto de frutos. Nada evitará que en las noches sea presa de decenas de murciélagos locos por el dulcísimo algodón rosado; nada evitará que los carros que parquean a lo largo de la calle sean a su vez víctimas de los esfínteres del enjambre de murciélagos; nada evitará que las pomarrosas que caen al suelo una vez mordidas sean luego destripadas por las llantas de los automóviles, que por esta época del año, y en un precioso ritual que se repite con ligeras variaciones, tapizan la calle con una rica mezcla de colores. Hay en las artes cierta intención por que la obra tenga un sentido, coherencia y cohesión; basta ver una catedral o un viejo teatro para notar motivos que se repiten en distintos lugares, en ocasiones aumentados de tamaño y en otras reducidos, en ocasiones invertida su forma o con ligeros ornamentos. Tal vez no haya conciencia inmediata de cierta simetría, de cierto equilibrio, de pausados patrones que buscan reaparecer, pero sin duda los ojos sí lo entienden y lo valoran. ¿Por qué? La explicación puede estar en todo ese verdor que se niega a desaparecer, en las hojas distintas e idénticas de cualquier árbol o en los nubarrones que adornan las mañanas. La naturaleza no es más que un número límite pero inconmensurablemente grande de patrones que se repiten y repiten con un número desde luego infinito de variaciones. La música, aquel discurso a través del tiempo, o como dice Thomas Mann, aquella mágica combinación entre teología y álgebra, no es ajena al curso natural de las cosas. Desde siempre la música ha descubierto en la reiteración una herramienta y un recurso de vastas proporciones. Un simple motivo se convierte en una sinfonía conectando sus repeticiones con vanos pretextos, tan solo para que la idea o el motivo se interne tan hondo en el cerebro a fuerza de reiteraciones que le sea luego imposible salir. ¿Quién olvida una vez escuchada la Quinta Sinfonía de Beethoven, el motivo de su primer movimiento? Los pilares sobre los que se construyen esta y todas las grandes obras suelen ser de una inconfundible sencillez. Pero la reiteración no se limita a la idea principal. De antaño se descubrió el recurso de la repetición de grandes secciones de una melodía, en e nuevo el

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ocasiones al pie de la letra, consiguiendo con ello que lo que antes agradó, después conmueva. Con el pasar del tiempo lo que era un recurso del músico, la repetición y la variación, convirtiéronse en un género: “Tema con variaciones” o “Variaciones sobre…” comenzaron a adornar los anaqueles de la literatura musical. La capacidad para jugar con una idea, con sus colores y sus ritmos, se volvió una condición ineludible del gran compositor. En la segunda década del siglo XIX el compositor Anton Diabelli decidió mandar un vals de su autoría a los cincuenta compositores que consideraba los más grandes de la época. Su intención era hacer una antología donde cada compositor ofreciese una variación del vals. Beethoven, reconocido por su capacidad de desarrollar una idea aun cuando se creyese por completo agotada, no escribió una, sino treinta y tres variaciones, hoy conocidas como Variaciones Diabelli, y reconocidas como una importantísima obra para piano. Alguien me dijo que el tema con variaciones, esa suerte de eco que rebota enriquecido, es el mayor exponente en música de la reflexión, del pensamiento detenido, dubitativo… del filósofo. ¡Y cuánta filosofía hay en Brahms y sus ricas variaciones sobre temas de Haydn y Haendel! ¡Cuánta en Bach y sus variaciones Goldberg, compuestas para acompañar el insomnio de un conde! En el Palacio de Invierno de San Petersburgo, antigua residencia de Catalina la Grande, que hoy hace parte del Ermitage, museo a orillas del río Neva y cuya colección asciende a más de tres millones de piezas, cuentan los viajeros, hay un salón inmenso con por lo menos dos centenas de cuadros de un mismo artista. Las pinturas, retratos de mujeres en su totalidad, son absolutamente distintas. Lo extraordinario surge cuando a los oídos llega un rumor difuso sobre las cuatro modelos del artista. Resulta que por motivos difíciles de precisar, cuatro mujeres fueron retratadas suficientes veces para llenar uno de los inmensos salones. En los cuadros el artista, cambiando el ángulo, la iluminación, el fondo, los vestidos, la disposición del cabello y un sinnúmero de factores que se prestaban para ser variados, da la impresión de haber retratado a las doncellas de todo un pueblo, pero para el ojo minucioso son una perfecta muestra de variaciones sobre cuatro temas. Al ver la historia, da la impresión de que nos enfrentamos también a un tema con variaciones: la lucha frenética y desenfrenada por el poder, las alianzas tan fácilmente quebrantables y el ímpetu de individuos que con su solo esfuerzo movilizan hasta a los dioses; la


Ensayos rebelión, la conspiración, la guerra, el tratado, la venganza; la ilusión de años de bonanza y paz; la ilusión de años de bonanza y conflicto; los ideales y la falta de ellos… parecen el argumento interminable de una interminable obra de teatro. ¿Acaso en los últimos cien años, o en los últimos quinientos, o en los últimos dos mil, ha sucedido algo sustancialmente nuevo?¿Acaso los motores de las proezas y las desgracias de los pueblos, no presentan rasgos sospechosamente similares a través del tiempo? ¿No seremos quizás variaciones de los mismos individuos de hace varios milenios? Los poetas se arrancan las vestiduras y se desprenden las barbas, tiran de sus cabellos y se lamentan por lo inevitable que es el tiempo, por cómo pasan los días y cada vez se alejan más de aquel café y esa mirada. Pero también vuelan por los aires vestiduras, barbas y cabellos de sabios, desesperados con la historia y su afán de seguir tan similares patrones, de repetir un circulo infinito, o peor aún, una, ojalá finita, caída en espiral. En la memoria está con sus interminables ecos lo que, según Shakespeare, un adivino le gritó a Cayo Julio César días antes de su asesinato en el senado: Cuídate de los Idus de Marzo. Y lo que la noche anterior a su muerte le dijera Calpurnia, su esposa: César, jamás di fe a los presagios. Pero, más allá de lo que hemos visto y oído, uno de nuestros hombres cuenta los horrores que ha presenciado la guardia. Una leona parió en la mitad de la calle y las tumbas abrían sus bocas para escupir muertos. Feroces guerreros combatían entre las nubes, dispuestos en filas, escuadrones y todo el orden militar, lanzando sobre el Capitolio una llovizna de sangre. El fragor de la lucha tronaba en los aires, junto a un relinchar de caballos, agónicos lamentos, y alaridos de fantasmas que destemplaban las calles. ¡Ay, César! Todo esto es tan extraño. Tengo mucho miedo. Y el intento a última hora de Artemidoro, el profesor de retórica por advertir a César de la amenaza latente. Pero éste pasó por alto todas las señas y advertencias y en los Idus de Marzo del año cuarenta y cuatro antes de Cristo caería muerto de veintitrés puñaladas.

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Cayo Casio, mayor artífice del asesinato, y Marco Bruto, cabeza más visible a los ojos del pueblo, conspiraron so pretexto de evitar que fuese declarado rey Julio César y se instaurara de nuevo una monarquía en la república. Sin embargo, puede decirse que la mayoría o todos aquellos que se excusaron en la aparente noble empresa, lo hicieron en la persecución de cosas muy distintas y desde luego menos elevadas. Y es que los fines nobles parecen no existir sino como la envoltura que disimula los más ruines fines personales. De lo común de esta escena en todo el globo y su historia ya hablaban, entonces, aún con el cuerpo de César ensangrentado y tibio: Casio: ¡Cuántas veces los siglos venideros verán representar nuestra sublime escena en países y lenguajes aún desconocidos! Bruto: Cuántas veces no será un espectáculo ver a César desangrado. Reducido a polvo, como ahora, a los pies de la estatua de Pompeyo.

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Ya Shakespeare, milenio y medio más tarde, sabía que la historia sería tomada por la traición y la ambición. La mayoría de sus obras son muestra de ello ¡Cuánto material para tragedias se ha continuado apilando con el discurrir del tiempo! La humanidad parece no aprender y poco parece interesarle. Está obsesionada por recorrer los mismos caminos de sangre y sufrimiento. Terminaría Salvador Allende su última transmisión radial por Radio Magallanes, a las nueve y diez de la mañana del 11 de septiembre de 1973, diciendo: “Estas son mis últimas palabras y tengo la certeza de que mi sacrificio no será en vano, tengo la certeza de que, por lo menos, será una lección moral que castigará la felonía, la cobardía y la traición”. ¡Cuán equivocado estabas, Allende! Si lecciones no quedaron, al menos no para las inmensas mayorías que tienden a celebrar más la felonía que su contraparte porque, me temo, se identifican más con el agresor que con el agredido. De repente he dejado los lamentos y me arrojo a una tesis: La historia no tiene por qué cambiar, está destinada a repetirse hasta que ella sola, bajo el peso de sus desgracias, se destruya definitivamente. Un tema con variaciones siempre, ineludiblemente, temprano o tarde, llega a un final. Si en virtud del tiempo podemos decir que sobre las guerras antiguas están las nuevas, y sobre las primeras variaciones están las últimas, podemos también asegurar que cada nueva guerra añade elementos a las futuras, les añade razones y resentimientos. Algo así como una guerra dentro de otra: el teatro dentro del teatro.


Ensayos En la segunda escena del tercer acto de Hamlet, el dubitativo príncipe pone a prueba a su tío y actual rey para comprobar si fue él quien asesinó a su padre. Para ello escribe una escena y contrata actores para su representación. Bastante se ha comentado la situación en la que actores actúan de actores, y se da una escena dentro de la escena, con el agravante de que lo representado es la trama de la obra principal. Claudio, el tío de Hamlet y rey de Dinamarca, se retira nervioso a sus aposentos, delatándose. Siente el lector que hay un espejo que refleja otro y descubre así los enigmas del primero. Siente el lector un círculo eterno de reflejos, que en virtud del tiempo bien pueden ilustrar la historia. Borges tiene un cuento en el que un hombre llegado de tierras extrañas se entrega al sueño día y noche, con el único objetivo de soñar a otro, detallada, pausada, minuciosamente, y traerlo a la realidad. Su devoción al sueño es tan grande, que uno no duda en la posibilidad de su proeza. Se entrega metódicamente, y entre error y error da con un hombre que sería reconocido por todos como tal, menos por su creador y por el fuego, que lo despreciaría y no le haría daño; el hombre parecería y se creería de carne y hueso, pero no dejaría de ser poco más que un sueño. Llegado a viejo el protagonista y viéndose cercado por un círculo de fuego, resignado a la inevitable muerte, descubre con alivio, humillación y terror, que el fuego acaso lo acaricia… que él también es el sueño de otro hombre. Borges nos lleva a suponer que ese nuevo hombre que sueña bien puede ser el sueño de otro, y este el sueño de otro, y el nuevo un sueño de alguien más… Suponemos entonces que fácilmente somos variaciones.Variaciones superpuestas de un tema antiguamente dado. Que nuestros amores más apasionados no están tan distantes del de Romeo y Julieta; que nuestras proezas más audaces, nobles y atrevidas no están tan distantes de las de Don Quijote y Sancho; que nuestras bajezas y mentiras fácilmente llegan a los extremos de las del duque de Gloster, después Ricardo III. Coincidencialmente Cayo Casio, conspirador y uno de los asesinos de Julio César, dice en la voz de Shakespeare en medio de su última batalla: Un día como hoy tuve mi primer aliento; el tiempo ha dado la vuelta y donde comencé he de terminar; mi vida cierra el círculo.

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Casio moriría el día de su cumpleaños después de dar la orden de que lo matase un esclavo suyo y con su propia espada, por miedo a caer en las manos del enemigo. Antes de morir exclamaría: César, te ha vengado la misma espada que te mató. Casio es víctima del mismo afán de repetición de la realidad. Tal vez la metáfora más certera y bella, ilustración de cierta complicidad en las cosas, cierto orden y cierto desorden previamente pactados, y probablemente de toda la historia de la humanidad, me la contó una amiga hablando del sueño dentro del sueño, la repetición, las variaciones y el círculo infinito o la, ojalá finita, caída en espiral: Había una vez un cuentero que se sentó en la mitad de la nada a contar el cuento de un cuentero que un día cualquiera se sentó, en la mitad de la nada, a contar el cuento de un cuentero que un día... Cinco días después de los Idus de Septiembre del año 2009

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Nostalgia de campanas

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Rodrigo Escobar Holguín

e asombrabas de que no te dejaba vestirte solo, hasta que te acostumbraste apenas a decir “vísteme”. Quién sabe qué pensarías de mis rarezas, de mis ceremonias con el vino, y ahora, cuando no tienes de mí sino una dirección electrónica, creo que te puedo contar. Es el momento de escribirte; está amaneciendo en el silencio sin campanas de esta ciudad que ya será la mía, y que aún, después de largos meses, me hace sentir por momentos tan extranjera. Ya no tengo sino los recuerdos de aquellos años; hubiera querido tener fotos pero no pude, y si no te escribo todo se me irá olvidando.  Mi mamá nunca me dijo nada de cómo eran las cosas.  No sé qué hubiera pasado si no llega Rodolfo. Lo conocí primero en el colegio: nos enseñaba religión y filosofía. Era muy tierno conmigo, era delicioso. Tenía unos treinta y cinco años, las manos grandes y los ojos claros, grises, casi azules. Hablaba el español bien, con ese acento que para mí era música. No sólo religión; él a mí me enseñó todo. Cuando fue preciso me avisó de lo que me iba a pasar para que no me asustara. Fue mamá quien se asustó cuando le dije, con la mayor tranquilidad del mundo, que mi vida fértil había comenzado. Poco a poco me fue llevando a comprender, a tener conciencia de mis miembros, de mi piel, de mi cuerpo; a reconciliarme con lo que iba sintiendo. Por las mañanas él estaba en su despacho atendiendo a la gente, o en el colegio dando clase, y muchas  tardes las tenía libres. De cuando en cuando las aprovechábamos para ir a un recodo del río. El agua era fresquísima, pero su cuerpo estaba siempre muy tibio. Jugábamos hasta el atardecer, y llegábamos de vuelta al campamento ya con los arreboles y un cansancio exquisito. En unas cuantas noches le enseñé a bailar a nuestro modo, no con ese brinquito aburrido que se gastan en su tierra. Para mí, al comienzo, él era lo máximo.   Me dijo que, para poder alcanzar los gozos dispuestos por  Dios para nosotros desde la eternidad, habría que pasar ciertos umbrales. Yo le pedí que me ayudara. No sé si es que no quiero o no puedo casi darte detalles; lo que más se me ha quedado en la memoria son aquellos remojos con clara de huevo. Fue durante varios días, en la alcoba grande de la casa que le habían asignado, cuando, con mucha paciencia y delicadeza, a mis catorce años, fui entronizada. Me había dicho que iba a ser doloroso pero no lo fue casi. ¡Me ha tocado oír


Cuentos de vez en cuando unas historias tan terribles, en el colegio y en la universidad! Fui muy afortunada. Y luego, tenía razón: más allá de eso no me imagino qué podrá ser el paraíso. Comenzó a enseñarme algunos trucos de su oficio. En especial, cómo vestirlo. Me propuso que fuera su ayudante. Yo acepté feliz.   Nos encontrábamos de madrugada, antes del primer repique. Prendíamos un par de velas y el incensario, pues a esa hora la sacristía era un poco oscura; incluso también de día, pues sólo había una especie de ventana alta hacia el norte.Y dentro, dos sillas, una banca con espaldar, un reclinatorio, y una mesa de cedro muy sólida, sin clavos, muy bien ensamblada.  A esa hora una monja nos había dejado ya la ropa ceremonial sobre la banca, y en la mesa, una jarra con agua, un aguamanil y una gran toalla. Cuando llegaban las fechas propicias yo iniciaba quitando todo de allí; dejaba apenas la toalla. Nuestra ropa la poníamos con cuidado en las sillas. Para entonces el incienso se había suavizado hasta el punto justo. Después de las primeras ternezas venía el momento cuando me acomodaba de espaldas sobre la mesa, con las caderas al borde, y él, con sus manos sobre mi cintura, me llegaba de pie, mientras yo me iba sintiendo quizá no en la gloria celestial pero sí cerquita, marcándole ritmo con los pies al pecho. Otras veces me quedaba parada, sintiendo el frío de las baldosas, y me apoyaba con la cara y los brazos sobre la mesa. Pero entonces no podía sino sentirlo y oírlo, me quedaba sin  ver esos gestos salvajes que se iban volviendo más y más demoníacos, hasta que, de súbito, un grito de su garganta lo transformaba en un ángel cansado y desfalleciente.  Luego de la culminación, intercambiábamos lugares. Él se quedaba boca arriba, sobre la mesa, recuperando el aliento.Y yo allí junto a él, de pie, inclinándome, acariciándolo con mis labios. De cuando en cuando veía que hubiéramos podido repetir, pero ya no era hora. El segundo repique nos encontraba descansados. Para mí, esas campanas anunciaban no tanto la proximidad de la misa sino la cabalidad del rito ya cumplido. Me ponía rápido la ropa –apenas la batica, las medias y los zapatos, para no perder tiempo–, y comenzaba a vestirlo, gozando cada prenda. Primero los interiores, siempre blancos,  como una pantaloneta de algodón suave, con lo que se me antojaba, en el centro, la ventana amplia para una dama mimada a quien le encantara recibir dulces serenatas, y al mismo tiempo, el ojal de la ruana de un campesino fuerte, orgulloso y altanero. Después las medias. A cada una la recogía en acordeón, le ensartaba la puntera en el pie, y luego se la iba subiendo hasta que quedaba

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bien puestecita, mejor de lo que lo hubiera hecho su madre cuando niño. La camisa, con cada botón rezado, asegurado y defendido por los santos más propicios a ese corazón que había dentro y que todavía estaba latiendo tan fuerte como este otro. Al cerrar los pantalones había que extremar los conjuros para asegurar que cuando volvieran los días buenos su pasión siguiera tan intensa y tan leal como hasta ahora; los zapatos exhortados a que no lo llevaran por otros caminos distintos de los míos; entonces pasaba a la banca de las prendas litúrgicas y le ponía el alba, y luego, la casulla y la estola. Lo peinaba, y era cuando yo finalmente me colocaba la sobrepelliz. Y al tercer repique salíamos a dar la misa, relajados y tranquilos.  De vuelta en la sacristía,  tomábamos más vino. Si no había otra misa enseguida y sentíamos la necesidad, era la ocasión para efectuar una vez más la ceremonia. Si no, yo me acababa de vestir.   Lástima: luego me di cuenta de que él no se sentía tan tranquilo. Llegó un momento en que comenzó a verme como un problema. A veces se ponía hasta violento. Una vez organizó una kermesse en cierta empresa y no quiso invitarme, pero yo tenía mis contactos allí y pude hacerme presente, para su sorpresa y su ira. Me dio una bofetada, me golpeó el brazo. No sabes lo feo que se ve un moretón sobre este color dorado páez que disfrutaste tanto. Por eso me vine a la capital; me conseguí un trabajo y me gradué de lenguas modernas. Unos años después de mi escapada él regresó a Barcelona. A veces volvía y siempre me buscaba. Luego me le perdí, hasta un año largo antes de mi viaje cuando resolví volverlo a ver, ya por la edad. Nos encontramos en lo que quedaba del campamento. Habían destruido casi todas las viviendas; sólo estaban en pie la iglesia y la casa cural. Me reclamó que dónde había dejado mi cinturita. Me dijo, con el pelo blanco y la piel arrugada, que aún gozaba del baile. Por eso me puse a contactar a los viejos amigos y en pocas horas armamos una fiesta. La terminamos con unas cuantas compinches en la sacristía. Increíble: la mesa, la banca, las sillas, todo seguía allí.  Le di mi cámara a Paola para que me tomara fotos, y me puse a loquear sobre la mesa. Me ponía igual que antes, sólo que ahora vestida, claro. Él, como un beato que acabaran de ascender a los altares, me miraba y apenas sonreía. La idiota dejó caer la cámara, que se abrió del todo sobre el piso. Por eso no puedo mandarte sino texto. No me gustan las despedidas. Sin avisarles, salí de allí, me fui al parqueadero y  volví a la ciudad.   Poco después tú y yo nos conocimos.Ya ves por qué  te fue tan fácil conseguirme con aquella botella de vino. Allá no me quedaban sino unos mesecitos; ibas a ser el último de mi vida en Colombia.


A la orilla del olvido

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Andrés Ceballos Ramírez

arina y Evaristo vivían en la primera casa que se veía después de la curva, los dos solos porque Evaristo era estéril. La casa era oscura, hecha de barro seco, blanca y con tejas de zinc; quedaba al pie de la carretera y tenía un patio grande que se resbalaba con el bosque e iba a dar a la quebrada. Marina y yo habíamos sido amigas en la escuela, y lo fuimos también en bachillerato, a pesar de que yo lo estudié en el pueblo y ella en la vereda.Ya después me fui a Medellín a la universidad y sólo sabía de ella lo que me decían amigos en común. Me contaron que se casó con un muchacho de la vereda, que no siguió estudiando y que tenía una vida más o menos tranquila en una casa en La Primavera. Cuando terminé la universidad conseguí un trabajo de reportera en El Colombiano. Era corresponsal del diario en Marinilla; tenía que recorrer el pueblo y las veredas en una moto que me dieron para desplazarme. Era muy difícil encontrar noticias, y cuando el diario me pedía crónicas o reportajes sufría mucho más, porque la vida en el campo, vista por mí, que venía de la ciudad más apasionante y peligrosa que tenía el país, me parecía muy religiosa y solemne como para encontrar algo que valiera la pena. Siempre era el mismo recorrido. Iba a la estación de policía a averiguar casos, daba un par de vueltas por todo el pueblo, después me iba al Alto de Chocho a hablar con la gente de la vereda, recogía quejas, pero pocas veces noticias y terminaba siempre en La Primavera, donde vivía Marina con su esposo. Disfrutaba mucho de las tardes con ellos; me invitaban siempre a tomar el algo. Desde que Marina se dio cuenta de mi trabajo le interesó. Cuando llegaba a su casa me contaba todas las cosas que pasaban. Siempre estaba más informada que yo. Tenía talento y poesía en la manera en que me contaba las noticias. Sabía combinar el arte del chisme con un poco de profundidad, sólo un poco, para que el relato no perdiera su ligera frivolidad y conservara el sutil hechizo de lo cotidiano. La creía sin duda mejor periodista que yo, y su manera de contar influyó en mi estilo y en la forma de percibir la anodina vida del campesino. La amistad entre Marina y yo recobró fuerzas. Rememorábamos esos viejos tiempos que eran verdes y que olían a pino. Recuerdo que un día robamos una caneca azul, la partimos por la mitad a lo

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largo, y después de salir del colegio íbamos a la manga más lisa, nos montábamos en la caneca y ella se echaba a rodar a una velocidad que ahora me estremece; recorriendo de nuevo el lugar no entiendo cómo nunca fuimos a dar al río. Yo vivía sola en el cuarto de una vecindad. Muchas veces me quería sentir extraña entre las gentes del pueblo. Me repugnaban los borrachos y las cantinas, pero no sé por qué encontraba cierta familiaridad con todo eso y me era imposible ser del todo indiferente; no pocas veces me descubría susurrando algún éxito cantinero y me odiaba. Me he interesado mucho por la manera de vivir de Marina y Evaristo y a través de ellos he aprendido a disfrutar mi trabajo. Han salido más noticias y las crónicas me han brotado con una facilidad inusitada. Llevaba ya tres años recorriendo Marinilla y sus alrededores. El diario apreciaba mi trabajo. Me cambió la moto por una camioneta; con ella me ahorraba mucho más tiempo y podía llegar más temprano donde Marina, a escuchar a Alfonso Ortiz Tirado en la grabadora que Evaristo ponía a todo volumen.Yo recuerdo a mi padre cantando unos versitos de una canción de Ortiz Tirado: “Un rayito de sol por la mañana/… Mi alma que vive errante y soñadora/”, y me familiarizaba aun más con la nostalgia y los viejos recuerdos. Evaristo era un cuarentón conservado, de ojos verdes y cejas pobladas. Trabajaba en su misma casa, tenía un arado grandísimo y unas cuantas reses; con eso vivían. Se preocupaba por Marina pero su machismo de paisa arraigado no le permitía demostrárselo. Hubiera sido buen padre, es cariñoso y tiene una inteligencia extraña. Es un hombre casi iletrado, pero tiene una sobriedad de pensamientos que envidiaría cualquier matemático, y una labia que envidiaría el más fértil de los poetas. Es buen conversador. Un día me llegó una carta de la dirección del diario; me habían ascendido y tenía que ir a trabajar a Medellín. Me dieron un par de semanas para empalmar con el nuevo corresponsal y arreglar mis asuntos. Me sentí triste. Marina y Evaristo lamentaron mucho el suceso y el resto de días que estuve en el trabajo viví con ellos. La última noche la pasamos como los viejos tiempos, en el bosque con una pequeña fogata y contando historias tomando aguardiente. Fue duro incorporarme al nuevo estilo de vida. Estaba acostumbrada a los paseos en moto por el oriente antioqueño, a la poesía de las historias de Marina y a las tardes de historias y recuerdos de Evaristo. Ahora andaba en un mejor carro, y con tres colaboradores, pero el ajetreo de la ciudad lo encontraba tedioso y hostil.


Cuentos Aguanté cuatro años más en el diario, hasta que llegó una noticia que fue el pretexto para mi renuncia. El reportero había informado en un escueto artículo que en la vereda La Primavera y de extraña manera había muerto un hombre a quien se lo había tragado la tierra por andar buscando una guaca que al parecer había sido enterrada por sus antepasados. Yo llevaba años ahorrando y esperando una historia convincente para dar mi salto del periodismo a la literatura, y veía no sé por qué en esta una buena historia y una buena razón para regresar a casa de Evaristo y Marina. Alquilé la misma habitación de la vecindad. Compré una máquina de escribir. Me instalé, salí, entré al bar menos bajo que encontré y hablé con unas cuantas personas. Disfruté el regreso. Me descubrí tarareando una canción de cantina y no me odié. Al siguiente día por la tarde fui a visitar a Marina y a Evaristo. La casa estaba más oscura que siempre; las paredes despintadas dejaban al descubierto el café roído del barro. Desde que la vi una extraña melancolía me invadió. A medida que me aproximaba el aire era más pesado. Llegué al portón, llamé y nadie me contestó; como estaba entreabierto lo empujé y penetré en la casa. A mitad del corredor que daba a las piezas vi a Marina, derrotada, en una mecedora vieja. Tardó un poco en notar mi presencia. La observé; tenía sus rizos casi cenizos, los pómulos chupados y estaba visiblemente más flaca. Alzó la cabeza; su rostro era pálido y su mirada, profunda. Fijó en mí sus ojos, y quisiera que nunca lo hubiera hecho: la muerte estaba viva en ellos. No se me ocurrió decirle nada. Desvié mi mirada de ella y seguí por el corredor hasta la puerta trasera, la que daba al patio, me asomé a él y vi un hueco inmenso y a su lado montones de tierra fresca. Regresé adonde Marina y le pregunté por Evaristo. Me dijo que se había ido, y lo entendí todo. –¿Cómo fue, Marina? –No me hablés de eso, Nohemí. –¿Cómo fue? –Es duro, Nohemí, es duro. –Es duro, te entiendo. –Dime. –Está bien. Una mañana se despertó Evaristo, ¡maldito sea ese día!, con la idea, ¡maldita y mil veces maldita idea!, de que en la casa había una guaca, que un ángel dizque divino le mostró el lugar, que sólo era cuestión de romper, que tenía claro el dónde, en qué parte de la casa estaba enterrada.Yo no te voy a negar que le creí. Él estaba tan convencido. Pensé que podíamos encontrar la guaca y que podíamos

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comprar con esa platica los cerdos y las reses para poder vivir el resto de nuestra vieja vida. “Yo al principio lo ayudaba. Me contagió de sus ganas. Hacíamos huecos por todos lados. Parece que la razón de los ángeles no fue precisa y los daños que teníamos pensados se multiplicaron, pero sabíamos que eso no iba a ser problema si encontrábamos esa plata. Todo eso lo hacíamos al atardecer cuando él llegaba de trabajar, y lo disfrutábamos. “Evaristo se veía cansado y al principio no me preocupó. Se le iba notando más, pero tampoco me preocupó mucho.Yo también estaba desesperada por encontrarla y debió de ser por eso que no me daba cuenta de lo mal que estábamos. “A medida que el tiempo pasaba, Evaristo se perdía mucho más, y no se podía controlar; hacía huecos por aquí y por allá, eso sí, con mucho cuidado, para no quedar enterrado y ser parte del tesoro. La vida íntima, aunque no tengo por qué contarte, empeoró. A Evaristo no le servía sino esa puta cabeza y se olvidó poco a poco de mí. Me preguntás que cómo estaba él; pues ni te imaginás. Ese viejo estaba muy mal, tenía los ojos hundidos, se puso flaco, jorobado y feo. “No podía más con mi viejo Evaristo. Cada día me daba más lástima, pero cada día él estaba más loco con la idea de volverse rico. Yo, al revés, cada día me desilusionaba más, me sentía triste por estar perdiendo a mi viejo, ya no creía que hubiera nada debajo de la tierra más que mierda del pozo que él mismo había hecho antes de que se le metiera esa idea en la cabeza. “Una mañana se levantó más animado que nunca; pero yo ya estaba decidida, y aunque me daba lástima quitarle la ilusión, lo aterricé con un sermón que duró toda la mañana y que terminó en la cama. ¡Por fin! Ya en el lecho, y después de hacer lo que hicimos, le insistí que dejara eso ya, que iba a terminar enloqueciendo. Que no, que él estaba más cuerdo que nunca, que ya estaba cerquita de encontrarlo y que no iba a arrugarse ahora. Eso me dijo el muy descarado, ¿podés creer vos? Y se levantó, no sabés con qué fuerza; parece que hacer el amor le dio fuerzas. ¡Ay, Evaristo! Si no te hubieras puesto a creer en habladurías de ángeles todavía estuvieras acá conmigo, pobre, pero todavía estuvieras acá conmigo. Esperate, Nohemí, dejame recordar la última vez que pude tocar a mi viejo Evaristo. “Al otro día ni me saludo. Se levantó más temprano que otros días, se tomó un café claro, se echó la bendición y se metió al hueco, allá donde no lo podía ver, en ese hueco que desde hacía muchos días me había ganado la batalla. Él al final de ese hueco veía la luz.


Cuentos Hubiera querido seguir siendo esa luz, ya no lo era. Yo sé que lo fui, pero ya no lo era. “¿Cuándo llegué al límite de mi paciencia? No lo sé. Sé que ese mismo día me dio lástima, tanta que saqué mi argolla de compromiso, ¡una verdadera joya!, carísima, lo único de valor material que me había dado, y aproveché que había salido a almorzar, me arrimé al hueco y lancé la argolla, con la firme idea de que al encontrarla, Evaristo creería que esa era la guaca, o por lo menos se contentaría con eso, y volvería a mis brazos. Todo me salió al revés, Nohemí. Él se metió al hueco, y esta vez para no salir. Al principio se había cuidado mucho, construía muy bien los soportes. Pero después se relajó. No se siguió cuidando, construía esos soportes de cualquier manera, cavando frenéticamente. Se metió, pues, y siguió su tarea. Cuando encontró la argolla, pegó un grito que movió los soportes. –¡Eso fue, no fui yo! –fue el grito.Y escuché–: Estoy cerca, Marina, estoy cerca, ya encontré la primera joya. El resto no alcanzó a decirlo. Guayaquil, agosto de 2009

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La Donna

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Ana María Gómez

cuenta de que la naturaleza de un hombre cualquiera saciaría su deseo, sintió compasión. Extraña compasión, que se dirigía a quien fuera que fuese el escogido. Ya que competía al hombre sucumbir ante las propuestas, sin derecho a rechazarlas”… Sabía de memoria ese texto de Nélida Piñón; lo repetía como un sortilegio antes de salir de cacería. Cuando asecha el amor caminas con pasos inseguros por un sendero desconocido. El asombro es tu guía. ¿Cuántas veces quisiste acercarte a él antes de ese deslumbramiento? Sentir el suave calor del contacto de su mano en tu mano. La maravilla de la anunciación:“Eres el elegido. Ahora disfruta.” ¿Cuánto tiempo dura esa sensación? Solo un instante. ¡Al evocarlo en tu mente se despliegan tantos momentos imaginados, vividos, reales, irreales, soñados! El suave toque de su dedo rozando apenas tu vello. La sensación de sonrojo, el deseo disimulado. El adormecimiento de tus labios, el dulce flujo que empiezas a verter. La fiebre que se desprende de tus entrañas. Cuando se acercó por primera vez y te miró a la cara, creíste que su aliento se confundía con el tuyo en muchos abrazos apretados. El brillo de sus ojos al chocar con el de tus ojos era la sensación de un orgasmo fugaz. Era como si te entregaras a esa pasión que se reconocía en la distancia. La primera mirada. Es allí donde tienes la certeza: si los dos se meten en la cama habrá llamas y gemidos: “Será un placer seguirte, será un placer sentirte cerca”.Y él decía tu nombre con tono apasionado: Laura, Laura, Laura... Como experta cazadora –antes de las primeras caricias– sé cuál es el hombre indicado. Tengo una indecible vocación de deseante. De estar disponible para el azar del encuentro. Para gozar del placer de la lujuria. Elijo un hombre y me le aproximo de la manera adecuada: le sonrío, le hablo, lo miro y lo toco. No tiene opción, estará a mi merced como pieza propicia para el sacrificio. Allí me detendré, beberé de esas aguas, me dejaré empapar y luego volaré. Lástima de ti. No puedes negarte. Te domino. Y si esa extraña sensación de compasión se atraviesa, no le haré caso. Seguiré adelante. Recuerdo cuando conocí a Paulus, era jueves. El hombre estaba allí, frente a mí. No sabía de mis intenciones, no sospechaba siquiera, pero yo tenía dispuestas mis armas de seducción. Esa mañana al levantarme uando se dio


Cuentos me dije: Hoy saldré de cacería. Tomé un baño con hierbas aromáticas y miel para endulzar el camino. Revisé el periódico y el Internet en busca de sujetos: festival de cine, congreso de ginecólogos, reunión de periodistas y también una semana de conciertos. Escogí la reunión. Los ginecólogos están descartados –ya nada los seduce–. Al cine casi siempre se va en pareja. El concierto era en la noche. Revisé bien los nombres, no estuviera entre ellos el de una antigua víctima. El segundo conferencista era alto, bien formado, edad adecuada, buena resistencia en la cama, pensé. En la ronda de preguntas me miró. ¿Era el brillo esperado? Mi corazón de cazadora estaba a la expectativa. En la pausa del café se enredó en amena charla con nuestro mejor periodista gay. Descartado. Me enfilé hacia el concierto. Había un chelista, Paulus; tocaba al día siguiente. Era atractivo en las fotografías. No sabía nada de él. Al llegar al teatro encontré a mi ex novio Ramiro. Un tipo espanta suerte. Siempre que me topo con él se queda a mi lado para cuidarme el ala. Me lleva a mi casa y me deja a la puerta sin un solo beso. Es un egoísta, se asegura de que pase la noche sola. Se acercó con una sonrisa de su boca que yo adoré, pero que en ese momento no brillaba para mí. “Hola, Laura, sabía que vendrías. ¿Diriges hoy?”. “No”. Salí corriendo y entré al auditorio. Busqué un lugar adecuado, dejé mi agenda y me dirigí al baño. Repasé el maquillaje, guardé los calzones en mi bolso y me hice un masaje con hierbas aromáticas y aceite en muslos y nalgas. Salí muy segura: vestía una falda ancha, blusa de seda, medias de malla, tacones altos y un liguero de encaje. Vi a Ramiro, lejos. Delante de mi lugar se había sentado un hombre. Le dije con voz exasperada: “Señor, hay ciento treinta y ocho sillas libres. ¿Por qué se hace justo delante de mí? Me tapa el piano”. Él volteó, sorprendido, y me dijo: “Oh, no la había visto, disculpe. ¿Puedo sentarme a su lado?”. Era Paulus. Lo miré con una ensayada sonrisa y empecé a repetir en mi cabeza: “Cuando se dio cuenta de que la naturaleza de un hombre cualquiera saciaría su deseo, sintió compasión”.

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Padre: no registra

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Alejandro Liscano

ajardo todavía no estaba muy seguro. Su vecino y amigo, Oscar,

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estaba decidido a hacerlo. Ya el plazo se había agotado y el Patrón los presionaba insistentemente. La vuelta debía hacerse ese mismo día y aunque no era momento para dudar, Fajardo conservaba algo de respeto por la vida de los otros. No era temor; era cuestión de integridad. A ratos parecía absurdo que alguien debiera morir. Por otro lado, era simple supervivencia. En la naturaleza unos mueren para que otros vivan. Aunque Oscar era dos años mayor, Fajardo lo igualaba en físico. Eran un par de jóvenes flacos, de dieciocho años el primero y dieciséis el segundo, con apariencia de mayor edad en sus rostros. Tenían en común la agilidad y la habilidad especialmente requerida para actividades al margen de la ley, como muchos del barrio. En el otro lado de la ciudad estaba Alicia. Una mujer aún joven pero parecía tener la experiencia de los viejos para desempeñarse en el oficio de vivir la vida y llevar a los demás a hacer lo mismo. Tomaba el café de la mañana en la mesa de costumbre. Era dueña de una panadería, cuyas mesas invadían el andén. La mujer se encontraba ensimismada en la lectura. Esta vez no era el periódico; eran hojas con el doblez característico de las cartas. De vez en cuando se pasaba la mano por el cabello, quitándolo de en medio y acomodándolo detrás de la oreja. En ese momento su presencia invadía la panadería, la cuadra y el mundo. Ocurría lo mismo cuando tomaba pequeños sorbos de la taza; su belleza se hacía más evidente que nunca. Por más sutiles que fueran sus movimientos, hacía que la tierra girara en torno a ella; hacía parar el transcurso de los segundos y el caminar de los transeúntes. Héctor, el panadero de cabecera, se encontraba siempre ocupado. Iba y venía, atendía clientes, recibía mercancía, revisaba las masas en proceso dentro de los hornos, ayudaba en la registradora, orientaba a los demás empleados. Hoy, al igual que todos los días desde hacía dos años, intentaba mantener el control y el buen desarrollo del servicio y de las ventas, mostrándose como un colaborador altamente agradecido con la panadería y con Alicia. Por esos días se esforzaba aun más en su trabajo.


Cuentos Desde hacía días lo venía persiguiendo el pasado de años atrás. En ese entonces, para Héctor la pobreza, el alcohol y la droga habían ido armando circunstancias que ahora lo obligaban a escapar de la ciudad. Varios negocios truncados por el vicio lo habían endeudado a un ritmo que no alcanzaba a cubrir. Durante los últimos dos años había ido abonando a la deuda con el Patrón pero éste se había cansado de esperar. Ahora se hacían presentes las amenazas. La carta que leía Alicia la iba envolviendo en una mezcla de sentimientos de satisfacción, de cariño, de alegría, de tristeza, de todo a la vez. No obstante, en ese momento había algo que la inquietaba por encima de todo. Tal vez era algo de la carta o tal vez algo en el ambiente. La carta decía lo siguiente: “Doña Alicia, “Usted ha sido como un ángel para mí. Usted me salvó del vicio y de la calle. Nunca olvidaré lo bondadosa que usted ha sido conmigo. Soy consciente de que cuando llegué a los alrededores de la panadería usted me atendió sin habérselo pedido. Créame que de todas las puertas que toqué nunca nadie se había portado tan bien. Yo estaba más cerquita de la muerte que de la vida. Usted hizo que dejara de sentirme totalmente solo. También estoy muy agradecido con el centro de rehabilitación, y de no haber sido por su ayuda no hubiera podido o no hubiera querido ingresar. Luego el haberme dado trabajo en la panadería. Usted me dio la entrada para hacerle diligencias y de ahí sí para qué, pero también me doy mi crédito: yo me entregué al oficio para devolverle algo de todo lo que usted había hecho por mí y lo sigo haciendo. Quién iba a pensar que yo terminaría siendo panadero y hasta bueno, porque para qué, que sí. Las almas tan buenas son muy escasas, doña Alicia, y usted es una de ellas. Aunque he tratado de hacer bien mi trabajo, no sabré cómo agradecerle todo lo que ha hecho por mí. Le escribo todo esto porque me encuentro en una situación que me hace renunciar a la panadería. No quisiera mezclarla a usted más en mis problemas. Es sólo que no he terminado de enmendar mi pasado. Todavía me acorralan unos problemitas y no creo que pueda permanecer mucho tiempo en un solo sitio. Yo me voy a tener que ir, doña Alicia. Me duele mucho tener que alejarme de la panadería y de usted pero no tengo otra salida. No sé si en dos días o tres pero es ya. Sé que es muy rápido pero créame que no tengo más alternativa.

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Le puedo prometer que no voy a recaer en el vicio y que seré una persona de bien. Bueno, si salgo de todo esto. Con todo el cariño y agradecimiento del mundo, Héctor”.

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Eran las seis y media de la mañana. A esa hora Alicia prefería ceder la mesa para dar lugar a los clientes y pasaba a echar una mano a sus empleados. De cualquier manera, era su presencia lo que realmente atraía a los clientes, así otros pensaran que era del aroma que escapaba de los hornos y las mesas los que prácticamente los enganchaban a su paso por el andén. Tenía que ser mucha la prisa para que no pararan aunque fuese por un tinto. Oscar había probado el revólver tres días antes contra un indigente que parecía tener los días contados con los dedos de las manos. Esa vez nadie se enteró, sólo Oscar, el revólver y el indigente. La moto estaba bien sincronizada, con gasolina de sobra y todo listo para hacerle el quite con rapidez a cualquier contratiempo. Fajardo ya tenía la estampita de la Virgen del Carmen en un bolsillo de la chaqueta y el revólver en el otro bolsillo. Todas las balas en el tambor tenían el orificio en el plomo para que este se deshiciera más rápido y el riesgo de dejar vivo al paciente fuera menor. La víctima había sido estudiada durante varios días, a partir de la foto que les había dado el Patrón. El de la foto era un tal Héctor, un panadero que permanecía en el lugar de trabajo. Esa constante facilitaba la vuelta. Todo estaba listo salvo por Fajardo, quien parecía no acabar de hacerse a la idea. Había algo que no le cuadraba del trabajo. De cualquier manera, el asunto ya estaba decidido entre el Patrón y Oscar. No había vuelta atrás. Seis y cuarenta y cinco de la mañana. Fajardo y Oscar se desplazaron hacia la panadería. Observaron desde una distancia prudente y pararon justo enfrente cuando vieron que Héctor salía al andén a recibir un pedido de leche. Había dado el papayazo. Era más fácil hacer blanco afuera, a la luz del sol y sin gente de por medio. Alicia acababa de subir a su carro; había recordado que no había dejado llaves para la empleada que la ayudaba en casa. Era cuestión de ir y volver para la hora pico. Al quitar la emergencia y al mirar hacia delante vio la moto que se interponía en su camino. Luego vio cuando uno de los muchachos sacó el arma y la apuntó, pudiendo ser hacia Héctor o hacia el señor del camión de la leche que estaba hablando con él.


Cuentos No lo pensó dos veces. Arrancó y atropelló la moto, aunque no lo suficientemente fuerte como para que sus ocupantes cayeran. Al tiempo del impacto con la moto se oyó un primer disparo. Para entonces todos los ojos de la panadería estaban sobre los sicarios. Fajardo intentó dos disparos más antes de que Oscar arrancara sin lograr reponerse del imprevisto. Alguno de los tiros había dado en el objetivo. Héctor estaba en el piso y sangraba. Inmediatamente Alicia, haciendo de tripas corazón y como cumpliendo otro mandato divino, salió del carro y pidió al señor de la leche que le ayudara a subir a Héctor al carro. Héctor yacía en el hospital, con pronóstico reservado tras una intervención quirúrgica para drenar la sangre de uno de sus pulmones. Su única acompañante era Alicia, esa mujer quien parecía más un ángel que un ser humano, una vez más rescatándolo de las puertas de la muerte. Oscar y Fajardo pasaban el susto en el parque cercano a sus casas. El susto era más por el imprevisto y por la posibilidad de haber truncado la vuelta debido al choque del carro. Pero lo más importante era que habían salido libres de la zona de peligro. Después de eso era como estar en otro planeta; nadie sabría que tuvieron algo que ver. Ahora era cuestión de esperar las noticias y cruzar los dedos para no tener que rectificar el acto. Tres días después los muchachos seguían inquietos por saber qué había sido del paciente, hasta que la madre de Fajardo rompió la incertidumbre con una inocencia desgarradora: –Mijo, apareció su papá. Está en el hospital después de un atentado que le hicieron. Dice que quiere conocerlo, que no quiere que se lo lleve la muerte sin haberlo visto a usted. Él nunca se portó bien, pero ¡qué carajo, mijo!, un último deseo no se le niega a ningún moribundo. Su papá se llama Héctor, Héctor Fajardo, por si quiere ir a preguntar por él. Fajardo salió corriendo para la iglesia. Comenzó a llorar lo que lloraría por el resto de su vida. De ahí en adelante el mundo se le vino encima. Se dio cuenta de que tocar fondo era todavía más abajo de lo que él creía haber vivido antes. Algo le había dicho la intuición, pero la intuición nunca habla con suficiente claridad. Ya el daño estaba hecho; ahora quedaría muerto en vida por el resto de sus días; pues las penas del alma duelen más que los achaques del cuerpo. De todas maneras, hizo lo que tenía que hacer. Esta vez cogió un bus para ir al hospital.

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Magnetosuicida Alexander Ortega Gribenchenco

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Pérez. Treinta y cinco años. Canillejas. Madrid. Fue todo lo que pude responder antes que la estilográfica alcanzara su vida útil y fuera abismada con demencia en la soledad de un cesto por un guardia que se empeña en tenderme malos tratos, pues cree que le he jugado una broma al llenar el formato de reclusión. Pudo parecerle una mofa y no es para menos. Yo lo hubiera pensado de igual modo, pero aunque se cabree, Benito Pérez es mi nombre y no falto a la verdad. Mi madre fue una mujer sin complicaciones y no pensó en dejar de serlo el día de mi bautizo. Según me explican, estoy implicado en pedofilia. Una falta de respeto, y de criterio ante todo. No aparece en el expediente únicamente mi sobrenombre, pero soy el único detenido. Ante ustedes, y como reza también en el papel que llevó mi firma al ingreso, rechazo los cargos. Doblo películas porno y no soy mala persona. Pautas publicitarias y animaciones infantiles también hacen parte de mi currículum. No es un oficio afable, pero estoy convencido de no delinquir con ello. Empecé en el oficio para poder asegurar las cañas con frecuencia. De momento lo creí pasajero. Un empleo edificante y digno para tener diecisiete años. Con el tiempo no pude soltar la seguridad que el curro traía consigo. Nada de lujos, pero ganaba lo suficiente para el piso, la comida, las cañas y los despilfarros mínimos. Más aun, podía ejercer algo cercano a la libertad empleando mis propios tiempos en el oficio. Solo debía cumplir con las entregas semanales, y trabajaba para ello en la habitación en que vivía. Generalmente empleaba las madrugadas, propicias, como lo leí en una revista del súper, para cualquier encuentro creativo. Al principio lo hice con mucha gracia pero poco después me di cuenta de lo industrial del oficio. Mi emotividad se transformó en modorra y tedio. Los doblajes desde entonces los hago en el sofá que sumisamente ha cerciorado el crecimiento de mi culo y la obesidad que mes a mes he ido capitalizando. La producción fue siempre industrial. Cinco películas por día. Sumado a ello los no menos de diez que éramos en la ciudad, hacen enito

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A Rodrigo Ray Rosa


Cuentos los cálculos fáciles y extravagantes. Sorprendente la cantidad de pornografía producida; más impresionante aún la cantidad de pajeros consumidores que hacían del mío un trabajo estable; gente que se masturba con avaricia y despilfarro. Tengo un buen pollón y también problemas de disfunción. Ana, quien fue compañera de oficio, decía siempre que era una manifestación de lo contradictorio de mi carácter. Los médicos, porque esto me preocupó un tiempo y los hice parte de mi consulta, hablaban técnicamente del sistema circulatorio y trataban de explicarme cómo mi marcada obesidad interfería en la calidad de una buena erección. Ahora, pasado el tiempo, me entrego a explicaciones más claras. Rayo la asexualidad. Indiferente como el mear de un perro se me hace encontrar a Delia –envidia hecha culo– en cuatro. Menos atractivo poder tener a mano la aplaudida y porno–atlética polla de Mr. Dickson. La homosexualidad fue en algún momento duda, y no resultó nunca certeza. Cualquier combinación sugerida entre uno y otro mundo, bisexualidad, voyerismo, poligamia, se me hace igualmente inapetente. Por un tiempo pensé que había tenido suficiente con mi oficio y de allí el tedio a lo sexual, pero la verdad es que tuve suficiente desde siempre. ¿Por qué? Bastante con saber que mi conducta es recurrente, que mi indiferencia es total. Inútil plantear preguntas mayores. Presumido y vulgar intentar responderlas. Los variados gustos de la audiencia y las mejores remuneraciones actorales impidieron alguna relación estable con las mujeres que temporalmente compartieron conmigo el oficio del doblaje. De ninguna estuve enamorado. Con algunas compartí mayor cercanía. Los contactos establecidos entre los diversos campo de acción –producción, doblaje, comercialización–, una vez se hacía parte del curro, incitaron a que todas, con excepciones merecidas, accedieran posteriormente a rodar por el cine porno. Gordas, mujeres que gozaban de mostacho, madres en edad avanzada, mujeres pseudo–andróginas. Interminable y mordaz la lista en su conjunto. Cualquier particularidad se prestaba para ser un fetiche publicitario nato. Inverosímil saber que todo ello era apetecido. Traficamos con toda la extravagancia que pudo generarnos ingresos. Pedofilia nunca, por si acaso. Los niños no me parecen tiernos en modo alguno. Ejercen una crueldad aplastante, superior a cualquier otra etapa. Son de sentimientos desproporcionados y sus burlas para con otros son ácidas. Su rabia no tiene límites, y si el otro no cae humillado –conocen muy pronto la humillación; la muerte será una amenaza que vendrá más adelante, muestra de estupidez intolerante desarrollada en la

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adultez– solo ocurre porque desconocen cómo hacerlo. Las capacidades no han sido desarrolladas, las estocadas aún les son ajenas. Sin embargo, cinco o diez años no son insuficientes para arremeter intuitivamente frente al enemigo con toda la efervescencia del sentimiento. Un juguete no compartido, un caramelo más grande, una cometa que vuela más alto, la pregunta por un padre que falta, por unos lentes que sobran. Son las capacidades y no las ganas las que no logran mayores destrozos. Ahora, si hay que enfrentar a un cualquiera entrado en años, las cosas están más claras, mueven sus ojos, sonríen, rompen en llanto y con ello desenfundan su licencia a la agresión. Doblegado en nostalgia, el adulto exhibe su vulnerabilidad y dilata el blanco en que habrá de agredirlo el infante, como las pupilas que no hallan luz, ni con ello, entendimiento. No soy padre, y agradezco a los míos su efímera sexualidad para no procurarme hermanos que hubieran podido haberme hecho tío. Si algo guarda el arquetipo de la maldad es la niñez. Pero la pedofilia es un exceso superior, consciente y calculado que me parece aun más cruel y aberrante que su conducta. Sería una venganza no permitida para con esos diablos. No será nunca el sexual un campo en el que llegue a consentir hacerlos parte. La voz de Pepe Grillo también estuvo a mi cargo. Un intento por atrapar a esas bestias que no han sabido reconocerme. Con el tiempo tuve algún criterio del curro. Trabajé para críticos inútiles, como en cualquier caso –comepingas que no’an tenío nunca una verga on culo, decía siempre Ana–. Nunca traicioné mis principios. El dinero, que fue mi inicial motivación, continuó siéndolo siempre. Accedí por ello a escribir parte de sus columnas sin más crédito que las muchas pesetas y los pocos contactos que podían entregarme. Empleando ambas conocí la Europa citadina en su totalidad. Nunca reclamé como propio el reconocimiento que en varios festivales estuvieron pavoneando. Carezco en el medio de prestigio alguno. Nada tan terrible como una película porno doblada. Mi oficio recibe, también de mi parte, el peor descrédito del que pueda hacerse merecedor. Del otro lado del mundo un tío se masturba mientras oye gemir a un gordo que come patatas mientras se rasca una axila. A lo mejor usted también se ha tomado el miembro en mi voz y tenemos una conexión superior a la que nos entrega esta historia. El día que inicié con el trabajo, el viejo que lo ofreció me explicó que uno entre muchos baluartes que tenía la madre patria era la de tener el idioma puto por excelencia. A mí en contraparte, en épocas aun activas, me excitó la jodida concreción de las norteamericanas. Pussy and Dick, aunque se mencionaran vez tras vez, fueron siem-


Cuentos pre más sexuales y animales que la ráfaga que arrancaba en coño y terminaba en pinga. En ocasiones, para poder conservar el curro tuve que aprender a hacer todo tipo de voces, hasta femeninas, por supuesto. Increíble tener que simular al negro que con su pollón empala, y a la asiática que después de ello habrá de quedar con el culo más rasgado que los ojos. Ocho fue mi obra maestra. Una orgía nórdica en la que hice todas las voces. ¡Ópera prima!, fue lo primero que gritó el italiano que me llamó al recibir el paquete con el doblaje. En la noche allanaron el lugar en las afueras donde se almacenaba el material terminado que serviría para las entregas. Algunos teléfonos y datos habrán tomado. Fotografías. Atiborraron el lugar con material pedófilo. Ninguna información pudieron haber tomado que hubiera logrado implicarme, menos aun conducirlos a mí directamente. El viejo me entregó. Estaba a punto de morir y no accedía por estas épocas a encontrar el dinero suficiente; el porno amateur tomaba auge y el negocio de las cintas iba en declive. Los maderos le habrán ofrecido el dinero suficiente como parte de sus fachadas de brillantes capturas y el viejo debió de haberlo pensado lo necesario para entregarme de inmediato. Imaginé todo, menos que fuera a hacer parte de su suplicio a los maderos. Realmente creía en él. Lo había visto mecer en las piernas a su nieta y pensé que eso significaba algo, como pienso que muchas cosas inútiles nos pueden exorcizar de otras con mayor peligro. Pensé que de encontrarse en aprietos, de tener que subsistir en la ilegalidad, otro sería su estilo. Me habrá elegido por ser el único que carece de familia. Seguro estará preciándose de ser buena persona. No vendrá de mi parte venganza. Cuando comiencen las agonías, la seguridad social hará lo propio por tenderle malos tratos. No es tan sarnoso el encierro como los cargos. Pude estar soportando épocas de encierro mayor en las interminables jornadas de doblaje. Tenía contacto con menos personas que con las que aquí, obligado por causas ajenas, he tenido que soportar, pero no estaba manchado por el insulto malintencionado de cualquiera que tratara de acercarse. Al llamado de “pedófilo” siempre quise ir hasta donde el cabrón y regresar con unos ojos en mis manos. Ahora sé que fui reconocido por un guardia pajero, idéntico al que se masturba en los turnos nocturnos mientras vigila nuestro encierro, de los que se precia de cuidar a su hija –infante aún– mientras mira la de su compañero con morbo total, y a la que follaría de encontrar oportunidad. El otro no se quedaría corto en mezclar en una orgía

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a la esposa y a la madre del compañero de turno anterior al menor asomo. Sin embargo, aunque todo ello sea tácito en esos rostros grasientos, se saludan de mano y vierten copas juntos brindándose amistad. Tales son los sujetos que me tienen recluido, emblemas de moral y respeto en estos sitios. Con otros guardo singular simpatía. La totalidad del material decomisado, con excepción del que emplean para incriminarme, fue repartido por los maderos que hicieron parte del operativo, por lo cual buena cantidad fue a parar a mi sitio de reclusión. La exhibición del material fue motivo de algunos encuentros. Los televisores en la cárcel turnaban equitativamente el fútbol y la pornografía y se convertían, junto con las patatas, en el festín de la jornada. Los había devotos de uno y otro bando, especialistas o no en el tema. La escasa variedad en la programación no fue motivo nunca de queja; la porno-pelota fue siempre suficiente para abarcar el alma humana que vagaba estos sitios. Sólo Martín, guardia distinguido escéptico en su cargo, entraba en insultos a la hora de la pelota, momento único en el cual fumaba, lo que le servía como pretexto para alejarse y aplacar los hijoputazos. Guardaba extrañas costumbres. Le gustaba oír el fútbol pero no verlo. De chico veía a su padre escuchar la radio.Ya mayorcito, su padre, para celebrar su décimo cumpleaños, lo llevó a su primer partido. Cuando fue al estadio le pareció un espectáculo menor el que se tenía en el campo frente al que siempre había escuchado. Prefirió conservar el recuerdo. –¡Vaya papelón, tío! –me gritaba Martín siempre que un doblaje en mi voz podía sobrevivir al sicópata reproductor de cintas que, en línea, podía hacer risible la cifra de cualquier asesino en serie. Lo llamaba el magnetosuicida y juraba, además, que el reproductor estaba preso junto a nosotros por ello. Las pocas cintas que Martín pudo ver, tras las cuales se acercó siempre a intentar un diálogo, nos llevaron a profesarnos algo cercano a la camaradería. Creía en mi inocencia y eso me bastaba. Era madero y delinquía como todos los demás; eso me alegraba aun más. Era consciente de todas las fugas que se planeaban y pensaba incluirme en la próxima. Fue madero y como tal pidió algo a cambio. Vio una película en su juventud que lo dejó marcado. Un excompañero suyo de escuela, Alberto, súbdito también de las novicias de Avellaneda, tuvo a bien montar un video que se especializaba en manejar géneros audiovisuales extravagantes, entre ellos el suyo: el cine porno–terror. Especialista en uno de los dos campos, aseguraba que la cosa debía salirme bastante bien. Decía que no entendía puta madre de otros


Cuentos idiomas, pero que adoraba la última escena en la que una rubia con cara demencial andaba con un pito cortado en la mano gritando no sé qué cosas. Quería saber qué coño gritaba la rubia y que yo hiciera para él el doblaje. Esto dejaría los favores a mano. Me contaba mientras trazaba un mapa que envidiaría cualquier advertido en artes, cómo tomar rumbo al alquiler de donde extraía tan extraños títulos. La gráfica y el nombre fueron hechos con la estilográfica negra que firma hoy los préstamos de las cintas. Soy yo quien ahora dirige El Magnetosuicida. No llevaba este nombre cuando la dirección que tenía en el papel coincidió con la del lugar; no llevaba ninguno, por demás, pero no me mostré dubitativo y elegí el nombre de un zarpazo. Las indicaciones fueron exactas y apropiado el tiempo en que hice el arribo. Alberto, a quien se lo compré por una suma ínfima, pensaba, después de haber hecho sus últimos veinte años entre putas pistoleras y sepultureros, incinerarlo porque argumentaba que las buenas costumbres se habían tomado a las personas y que él no podía con eso. Últimamente sólo lo frecuentaban académicos a quienes les parecía extravagante el lugar, y por ello adecuado para presumir de gamberros. Los toleró por un tiempo cuando sólo representaban unos billetes al final de mes, pero que se convirtieran en su única clientela se le hizo intolerable. Los gamberros de verdad habían envejecido con él, y presa de hijos y mujer cayeron en las buenas costumbres; otros fueron sus vicios. Tiempo después supe que habían sido más los que habían rayado en la locura y habían tomado por cuenta propia, y no observando ahora en cintas, una actitud en extremo extravagante frente a la cual seguir alquilando títulos constituía un oficio menor; estaban, después de ello, para cosas grandes. Era ésta y no la sartilla de injurias contra las buenas personas la causa por la cual el alquiler había caído en desolación. Alberto había conseguido algo superior a sus propósitos. Hoy grabo la última escena: una joya del cine. Es la vez décimo tercera que repito la frase y creo que esta ha sido digna del pacto contraído; la fuga fue merecida. En ella, un tipo que para decir las cosas con propiedad se tiraba siempre de la pinga, sinónimo de que quería que se le tomara en serio, se folla a una rubia de un modo salvaje. La rubia, espectacular y egocéntrica, en labor pedagógica, prepara, mientras el tipo disfruta por vez última su culo, las tijeras que zigzaguearán aleccionantes al sujeto. Tras cortar el miembro del carcelero menciona, mientras llueve sangre que tapa la lente de la cámara y anuncia que el the end de la película ha llegado: ¡¿Este es tu orgullo?! ¡Pues de qué poco os ufanabais en el mundo!

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El inglés

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Andrea Serna

stábamos sentados tomando nuestras primeras cervezas cuando

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él entró. Llevaba un sombrero, un bastón, y un caminado que me recordaba a los personajes de Dickens. Se sentó cerca de la entrada del bar, y se quedó mirando por un rato las sillas dispuestas al frente de la calle mientras turistas, nativos, y vendedores se repartían de un lado a otro en la ciudad amurallada. Mientras tanto, María seguía bailando junto a mi silla, moviendo sus esplendidas caderas, y mirándome como siempre lo había hecho con esos ojitos juguetones que brillaban cada vez que quería atraparme con sus besos. Habíamos llegado a Cartagena esa mañana a las diez. Veníamos buscando la publicidad de la ciudad, belleza, historia, y elegancia por las calles, pero no fue así. Sólo logramos atrapar la realidad: un calor endemoniado, un olor a basura de mil años, y una ruina palpable por todos lados. Pero María insistía: no podía ser mentira, en algún lugar estaría la Cartagena soñada. Llegamos entonces al bar de Celina, Daniel Santos y la Sonora Matancera de los años sesenta, el único lugar que encontramos al entrar a la ciudad amurallada, medio vacío, con las figuras de los héroes musicales de la salsa que nos recordaban nuestros mejores momentos de noviazgo. Por entonces la luna de miel. El ritmo de los tambores marcaba la cadencia de la noche. Poco a poco nuevos visitantes se acomodaban en las mesas. Ninguno bailaba. Todos se acompañaban con un par de cervezas. Las mujeres observaban a María con una envidia notable. Era apenas lógico: una mujer canela bailando sin parar, descalza sobre la pista, sin permiso de nadie, sólo dejándose llevar por la autoridad que le mandaba su cuerpo. Los hombres también la miraban, incluyendo al inglés que de vez en cuando le lanzaba una mirada inquisidora. Hombres y mujeres abandonaban el bar, y una nueva pareja entraba, compartía la música durante quince minutos, nos miraba, y se lanzaba a la calle. Pero el inglés continuaba allí, sentado frente a las dos únicas botellas de cerveza que bebió en toda la noche para acompañarse mientras miraba a María con mayor detenimiento. Comenzó a recorrerla con la sensibilidad de un hombre solitario frente a una mujer soltera. Intentaba llamar la atención de mi querida esposa pero ella estaba frenética en la pista.


Cuentos De pronto, el mesero se acercó con un nuevo par de cervezas. Le rectifiqué que no las había pedido. El mesero insistió. –Son cortesía de la casa. Al mirar a la izquierda me encontré con la sonrisa del inglés que levantaba su botella para saludarme. A los pocos segundos llegaron un paquete de cigarrillos y un par de mentas. El inglés nuevamente me saludaba. Llamé la atención de María pero ella no estaba para pequeñeces. Estábamos de vacaciones, dijo, así que todo podía suceder. Precisamente, le respondí yo, porque estábamos de vacaciones nada debía estropearlas. Al poco tiempo el inglés se paró de la mesa y se acomodó en la nuestra. Llamó al mesero y pidió otro par de cervezas. Él seguía bebiendo de su segunda botella. María se sentó junto a nosotros. Sin mayores preámbulos se presentó. No había por qué preocuparse, me diría con la mirada. El inglés le devolvió el saludo, se paró de la mesa por unos segundos sosteniéndole la mano y luego le brindó la silla que estaba junto a mí. La música seguía sonando, y las parejas que unas horas antes estaban en el bar, habían desaparecido. Impresionado por este detalle le pregunté al inglés qué pasaba. –Son parejas de paso –me dijo. María se echó a reír. Toda la noche había estado especulando sobre cuántos años llevarían de casados, y de un momento a otro nos enterábamos de que sólo eran parejas de turismo. Mujeres y hombres que se acompañan mientras la temporada alta sobrepasa los límites del amor. –Yo estoy buscando a una mujer –dijo al fin el inglés con la sequedad y la frialdad propias de un habitante de Oxford Street. –¿Y cómo es? –le preguntó María. –Parecida a usted –le respondió con una mueca que delataba una incomodidad. –Quedaron de encontrarse aquí, supongo –dije yo sin un asomo de cordialidad. –Me dijeron que estaría acompañada de un hombre moreno, como usted. El bar estaba casi vacío. En las sillas que daban a la calle quedaban pocos hombres. El inglés insistió en la historia de su mujer. –Tiene los ojos cafés, como ella –dijo, señalando con su tabaco a María. –Bueno, en Colombia es posible encontrar a muchas mujeres con esta cualidad –respondí yo, un poco ya aburrido de la situación.

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–Sin embargo –me respondió–, no tan vivaces y juguetones. Son únicos. María bailaba otra vez. El inglés la contemplaba ahora con mayor detalle, y detenía su mirada en lugares poco caballerosos. –¿Hace cuánto la espera? –dije para llamar su atención. –Todavía la estoy esperando. –Es una lástima no poder acompañarlo. Nosotros ya casi nos vamos. –No es posible. –¿Cómo que no es posible? –No pueden. –No entiendo –le dije. –Ella –dijo señalando a María– es la mujer que estoy esperando. Extrañado, sorprendido y molesto, le expliqué que aquello era imposible. María era mi mujer. Había llegado conmigo de Cartagena y sin mayores inconvenientes se iría conmigo nuevamente. El inglés se paró de la mesa, sacó un fajo de billetes y los puso junto a las botellas de cerveza. –Este es su pago, por la espera. Indignado por semejante insulto, le repetí a gritos que mi mujer no era una cualquiera ni mucho menos una mujer de intercambio cultural. María detuvo su baile y se paró detrás de mí ya un poco asustada. El inglés dijo algo en su idioma que no pude comprender, y luego lo repitió en un vivaz español: –¡Esta mujer me pertenece y me la llevo! El inglés agarró de la mano a María y la empujó hasta su lado. De un salto lo agarré de su chaleco, lo tumbé de un golpe, y nuevamente María estaba detrás de mí. El mesero se sumó a la algarabía para pedirnos que nos largáramos del bar. El inglés, recuperado del golpe, exigió en ambos idiomas que se la entregara, que ya había pagado por ella, que le pertenecía, que yo había tenido tiempo para disfrutarla, que lo demás no era problema suyo. Todavía sin comprender de qué se trataba la situación, jalé a María hacia la calle para salir corriendo de una buena vez de aquel sitio, pero el inglés, un hombre alto, macizo y decidido, se nos atravesó y de un solo golpe logró tumbarme sobre las mesas del bar, y llevarse a toda prisa a María. Me levanté enloquecido tomando en mis manos un par de maderas destrozadas para lanzarme contra el inglés que corría con mi María, pero el dueño del bar y dos policías que llegaron al lugar me


Cuentos detuvieron con fuerza. El policía me trataba de calmar a punta de golpes en las piernas. –Deje al extranjero, colombiano ratero –me decía, sin conocer la situación. –¡Pero es mi mujer! ¡María es mi mujer! –respondía yo iracundo y tratando de soltarme. –Pues déjala que se vaya, es su decisión… –sentenció el mesero del bar. El inglés se había perdido. Como pude logré soltarme del policía y del dueño del bar y corrí hasta que logré ver a lo lejos al inglés que tiraba del brazo de María. En un callejón ingresaron a una casa blanca, vieja, de dos pisos. Cuando llegué, el portero me detuvo al instante. –¡Ese inglés lleva a mi mujer!– le grité casi a punto de llorar. El portero me miró detalladamente, y como si mi rostro de horror le fuera conocido, me dejó seguir, aconsejándome de paso que no perdiera tiempo, que buscara rápidamente al inglés. Subí por unas escaleras hasta encontrarme con un viejo corredor solitario, oscuro y frío. El inglés no se veía por ninguna parte. Tampoco lograba escuchar la voz de María. Gritaba desesperado pero era como si en aquella casa no existiera nadie. Al llegar al fondo del corredor encontré una puerta abierta. Una luz roja desplazaba la penumbra del lugar. Allí logré ver a un hombre que fumaba y firmaba notas en un cuaderno viejo. Lo tomé de la camiseta y le pregunté por María. El viejo, sin dudar un momento, tomó su teléfono y llamó. –¡Te lo dije! Otra vez el inglés… ¡Llámalo y tráelo hasta aquí! A los pocos segundos un hombrecito moreno bajaba con María en su mano, y el inglés detrás de ambos, profiriendo insultos y gritos en su lengua nativa. Ansioso por recuperar a mi mujer, me lancé contra el hombre pequeño hasta quitarla de sus garras. El viejo de la llamada me miraba con vergüenza, como si esto hiciera parte de la cotidianidad de la casa. –Es la misma joda con este gringo. ¡¿Cuándo es que se larga para su tierra?! El inglés se le acercó y halándolo de su camiseta levantó el puño y casi a punto de reventarle las narices le pidió explicaciones sobre María: una mujer de ojos cafés, ¡ah!, juguetones, ¡ah!, una mujer que me esperaba en el bar, ¡ah! ¡Maldito colombiano de mala muerte, maldita tierra de mala muerte! En medio de los gritos y la furia del inglés logré escuchar a María susurrarme al oído:

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–El hombre está perdidamente enamorado… Sin embargo, no pude decirle nada a mi mujer pues el dueño del lugar alzó la voz como un trueno que viniera desde el mismísimo infierno. –¡Quién te manda a joderte a una colombiana! ¡Quién, quién! Al recordar nuestra presencia, el viejo, sin perder el tono de su voz proveniente de las profundidades del horror, nos dijo: –El maldito se enamoró de una colombiana, ¿pueden creerlo? En ese momento solo atiné a presionar la mano de María, a sostenerla tan fuerte como me fuera posible para que no se me escapara jamás. El inglés rompió en un llanto infantil. El hombre moreno le pasó una copa y al fin lo sentó junto a él, para tratar de consolarlo. Muerto de la ira, sin dejar de fumar y tirar el humo por la nariz, el viejo nos hizo la señal de salir, y nos llevó hasta la puerta de la casa. –Es una historia larga y penosa –nos dijo–. Se enamoró de una colombiana, una mujer así como ella –señaló a María con la punta de su puro encendido–. Una mujer canela, de ojos juguetones. La conoció en el bar (el mismo donde estábamos). Era una simple cita, como cualquiera otra que solicita un extranjero. La muy desgraciada lo jodió. Lo enamoró, le sacó el billete, y lo dejó. Ahora el tipo la busca. Lleva dos años en esta misma casa, en la misma habitación, rogándole al tiempo que le devuelva a la mujer trigueña, ¿pueden creerlo? –nos repetía el viejo insistente–. Ahora la busca en el mismo bar, y cuando se encuentra con una mujer que tiene los ojos como ésta –volvió a señalar a María–, pues se la trae, y junto a ella ¡los maridos detrás con la indignación y la pistola en la mano! Ya en la puerta del hotel nos pidió que no volviéramos, que preferiblemente no regresáramos a la ciudad amurallada. Imposible, luego dijo María, allí está la realidad de la ciudad. Después de aquella lucha entre amores extranjeros y nativos, decidimos regresarnos al hotel. Caminamos en silencio durante un largo rato. De vez en cuando nos mirábamos y nos sonreíamos como cómplices de una aventura dolorosa para otros, pero para nosotros, simplemente excitante. Ya en la cama del cuarto de hotel, María por fin habló para decirme lo que ya Borges en un poema había constatado: –Al pobre inglés le duele en todo su cuerpo una mujer. 2009


Malicia indígena

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Constanza Lema Botero

años, en el mil quinientos veinte aproximadamente, en una de las islas de las Antillas menores llamada Karukera o Isla de las bellas aguas, en el mar Caribe, había una cultura indígena perteneciente a los arawak con unas características muy particulares: no era su raza, ni su tamaño o su color, sino su comportamiento. Eran tan pacíficos que no parecían humanos. Y eran felices porque no sabían que la felicidad es arisca. Lo único que los enfurecía era la injusticia, los atropellos, y los castigaban con la “pena mayor”, como la llamaban: la indiferencia. Cuando hablaban eran precisos, sinceros y breves. Tenían pausa, o medida, y sabían escuchar. Las guerras les producían náuseas y estupor. Tenían armas pero sólo las utilizaban para cazar. No sacrificaban loros, porque creían que en ellos había semejantes atrapados; ni hienas, porque su risa los asustaba. Comían pescado, plátano, maíz y una gran variedad de raíces y verduras. Si alguien interrumpía una conversación, no esperaba un turno o tomaba las pertenencias ajenas sin permiso, nadie volvía a dirigirle la palabra y le aplicaban la pena mayor. La indiferencia era una sanción que duraba entre una semana, seis meses o un año, según el error cometido. Hubo un indio que pasó casi un año en el vacío de la indiferencia; nadie le hablaba, no lo miraban, era como un chinchorro más. Empezó a secarse como una planta sin agua, hasta que un día murió de tristeza. ¿De dónde venía la serenidad de los arawak? Nadie lo sabe a ciencia cierta, pero algunos creen que todo empezó una tarde en la pradera, cuando el límpido cielo de agosto se reflejaba en el río Kuagi. Anuaq, un indio alegre y simpático, llegó con un extraño brebaje. Dijo que llevaba varios días preparándolo, que era una especie de licor, porque estaba fermentado; que lo había extraído de un bejuco que crecía sobre los árboles y algunas piedras. Un día probó una hoja desprevenidamente y al poco rato sintió una embriaguez leve y bonita, una sensación diferente, como si estuviera conectado con la piedra, el pájaro y la flor. Entonces, decidió destilarlo en el alambique ace muchos

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de su abuelo y luego se lo ofreció a todos en medio de una fiesta en la pradera. –¿Quieren probarlo? –preguntó. Nadie contestaba, hasta que la india Zina se animó y los demás la siguieron, como si necesitaran un líder para hacer una travesura. En cuestión de media hora entraron en trance: vomitaron y defecaron hasta las tripas; pero nadie culpó a Anuaq, por el contrario, una vez pasada la tormenta se miraron con una complicidad infinita y una sensación de alivio se dibujó en sus rostros, el rocío era frescura silvestre, los sonidos de la naturaleza eran melodías musicales; se sintieron llenos de amor por todas las cosas, en armonía con el aire y con el agua, amasados con tierra y fuego, hermanos del jaguar y de la nigua. En ese instante todos supieron que esa planta sagrada significaba equilibrio y sabiduría en su existencia. La llamaron “la planta sanadora de la madre tierra”. En las siguientes tomas comprobaron que servía para purgar el cuerpo y alejar enfermedades. Así pasaron muchos años plenos. Llevaban una vida tranquila sembrando, cultivando. También pescaban y cazaban. Consumían la planta sagrada en noches de luna y mantenían un equilibrio envidiable con la naturaleza y hasta con las tribus vecinas. Pero los dioses, se sabe, odian la felicidad de los mortales. Por ahí andaban hombres blancos, surcando las aguas de los caribes, brincando de isla en isla en busca de oro. Un día Francisco de Orellana, quien dejó rastro por las Antillas Mayores y tomó luego rumbo hacia las Menores, apareció en una de sus expediciones en Karukera. Maldito sea ese día; todos lo recuerdan con rabia y dolor. Orellana resolvió quedarse a descansar con su expedición y recuperar fuerzas antes de seguir el viaje. Pero pasaron los días y el hombre no parecía interesado en marcharse; por el contrario, empezó a averiguar sobre la isla, descubrió los rituales que hacían cada mes con la toma del zumo de la ayahuasca; participó dos veces y le fue mal, tuvo fiebre y convulsiones, parecía que una rata se lo estuviera comiendo por dentro. Sin embargo, tomó dos veces más y empezó a actuar como un demente. Era claro que el sujeto no le simpatizaba a la planta. Orellana envidiaba la paz de los indígenas y su estilo de vida; estaba convencido de merecer esa tranquilidad, consideraba inaudito que unos indios con taparrabos vivieran de manera más civilizada que los españoles, los insultaba constantemente; creía que la magia no estaba solamente en la planta, que tenían un secreto guardado. Primero los interrogó por las buenas y después a los golpes. Una


Cuentos tarde, Anuaq apareció muerto en la misma pradera donde les brindó a todos el zumo sagrado. Ese día cambió la historia en Karukera: se esfumaron la armonía y el respeto, y los indígenas empezaron a actuar como los conquistadores. Lapidaban a sus parientes por cualquier diferencia, usaban las armas para acabar con los invasores, robaban en los predios vecinos y ultrajaban a los más débiles. Consternado con la situación, Bechi, el chamán que amaestraba aves, se escondió en una cueva y ayunó durante tres noches con la esperanza de que el dios de las águilas lo iluminara. Al cuarto día fue encontrado por los hombres de Orellana y azotado sin clemencia. Entonces Bechi les dijo que había un lugar prodigioso cerca de la desembocadura del río Orinoco, a muchos días de camino al suroccidente, un imperio con montañas de oro y esmeraldas. No le creyeron, por supuesto, y le propinaron más azotes. Casi moribundo, Bechi los llevó hasta su choza y les mostró una colección rutilante de piezas de oro, regalos de amigos de tribus de islas vecinas: poporos, alfileres, narigueras, pectorales... Una semana después, el tiempo que les tomó reparar sus naves, Francisco de Orellana y su grupo partieron hacia el suroccidente; se internaron en las selvas de lo que hoy es Venezuela, y la selva se los tragó. Otras expediciones de españoles codiciosos se perdieron, devoradas por los mosquitos, por las fieras y por la jungla; buscando, unos, los bosques de la canela en el Perú; otros, la fuente de la eterna juventud en la península de La Florida; otros, la belleza de las amazonas en algún lugar del Brasil; y otros, como Orellana, el espejismo deslumbrante de El Dorado, que solo existió un momento: el día que brilló, alto y magnífico, en la imaginación ladina del indio Bechi.

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Un cuento de un cuento

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leí, o creí leer, o soñé, o imaginé un cuento cuyo nombre estaba en francés; creo recordar que se intitulaba: “Trate de sensaciones”, quizá con una tilde de las que no tiene mi teclado. Supongo que su hacedor era pluma mayor. He deseado recuperarlo y lo he buscado infructuosamente en obras suyas, en sus obras completas; he consultado a sus exégetas y nada, se esfumó como por encanto. No existe, no fue escrito. Voy a tratar de reconstruirlo y me perdone el autor esta osadía, aunque solo logre una mala versión aproximada. Se había esculpido una fantástica estatua en el más bello y translúcido mármol de Carrara por un prodigioso artista que a no dudarlo aunaba la inspiración, la destreza y el arte de Fidias, Mirón y Praxíteles, de Miguel Ángel y Rodin. Era la perfección, hubiera matado a Pigmalión. Embelesado con ella, quiso el Gran Demiurgo hacer algo: Es el olfato el más descuidado y menos usado de los sentidos por el hombre. ¿Y qué si se lo concedo a esta maravilla? Un buen día la estatua despertó; era un olor a rosa, sin matices ni partes, un continuo. Al cabo el olor se esfuma dejando a la estatua perpleja. Pero se consuela pensando que aun sin el estímulo puede recordar su dicha. Súbitamente le llega el aroma de un jazmín y vuelve a quedar arrobada. Diferencia ambos olores, los compara y le gusta más uno. Se suceden otros y sin querer los ordena según el placer dejado. Ya tiene memoria y comparación, el principio del pensamiento. Advierte que el rosa regresa después del vetíver, luego el jazmín. Empieza a entender que su universo no es fijo, cambia, muta. Así descubre el tiempo. Pronto se da cuenta de que sus deliciosas sensaciones le llegan, que no son ella, ve que no es el todo, que hay un afuera: está descubriendo el mundo. En algún momento ansía el aroma de la rosa, y entiende que debe esperar, que no lo puede obtener de sí. ¿Y qué tal si llegasen juntos rosa y jazmín? Así, lentamente, con seguridad, va desarrollando las facultades del entendimiento y quizá con éstas lleguen las de la voluntad. Con la sola ayuda de su olfato se va abriendo al universo. ¿Llegará a intuir a su autor material? ¿Hilará que nació con el aroma de la rosa?” ace tiempo

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Fernando Gallego


Doctor Leguizamón

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Gladys Franco

cualquiera. El mantel, impecable; las rosas, amarillas; las copas de cristal, el tempranillo en su punto, música al fondo. Todo dispuesto con gran esmero. Y así, durante los últimos cincuenta y dos años, la señora Isabel atendió a su esposo Juan. Esa noche lo esperó en la terraza con su comida preferida: asado de jabalí. Sin saludar se sentó a la mesa. Ella le puso la servilleta, le sirvió el vino, le trajo la bandeja con la carne y en ese justo instante, con el cuchillo del asado, le atravesó el corazón. –Doctor Leguizamón, doctor Leguizamón, ¡defiéndame! ¡DEFIÉNDAMEEEE! –fue lo único que alcanzó a decir antes que se la llevaran a la comisaría. Días después, ante el jurado y la concurrida audiencia, el doctor Leguizamón dijo: “Durante cincuenta y dos años el señor Juan de la Espriella asesinó, uno a uno, todos los proyectos de la señora Isabel: sus posibilidades de laborar, de conocer otros países. Asesinó su carisma, su don de gentes. Asesinó sus dotes artísticas, sus ilusiones. Asesinó su risa, asesinó su juventud, su figura. Ella… ella sólo lo asesinó una vez”. na noche

Cali, 27 de mayo del 2009

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Hasta cuándo

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divinamente hasta el maldito día en que llegaron esas putas cajas. Yo estaba, lo más de relajada, viendo televisión en el apartamento cuando llamaron de la portería para decir que don Víctor las había enviado. “Pues que sigan”, qué más podía decir. Abrí la puerta y comenzaron a entrar cajas y cajas…veintisiete en total. ¿Y esto qué...? Inmediatamente llamé a Martica al trabajo y le conté. Y ella, feliz. “Tranquila, mamita, don Víctor se jubiló, tiene que entregar la oficina y vamos a guardarle unas cositas”. Bien pequeño el apartamento. La verdad no podía oponerme, al fin y al cabo es él quien corre con todos los gastos y, además, es el padre de mis nietos. “Mamita, no te preocupes, ésta es una buena señal; si él hubiera querido se las lleva adonde la bruja de su mujer” . A los pocos días la señal no se hizo esperar. Cuando llegué del paseo al morro y entré al apartamento, ¿qué me encontré? Todo el apartamento invadido de chécheres viejos y a don Víctor apoltronado en el sofá, con tres maletas a su lado, dieciocho cajas y mil trebejos más. No había por dónde moverse. –Y esto qué? –Desde hoy don Víctor vivirá con nosotros. Estamos felices. Yo siempre he querido que se ponga al frente de los muchachos. Y comenzó la pesadilla. El viejo asqueroso se levanta después de las diez. Se queda en pijama hablando por teléfono hasta las dos o tres de la tarde. A esa hora se viste –por el olorcito dudo que se bañe–, saluda a los muchachos y baja al parque a conversar con sus amigos. Quiere sentirse importante y útil y se hace llamar “asesor tributario”. Cuando alguien lo llama se da unas ínfulas de gran magnate: “Déjeme ver la agenda, aquí veo…sí, le puedo atender en…en una semana, el próximo jueves a las cuatro de la tarde, ¿le parece?”. Y saber que no tiene nada, nada que hacer. Lo peor llegó el día en que abrí la boca para decirle a Martica: ¡¿Cómo te aguantas a ese viejo en la cama?! De una lo sacó, ¡y ah, problema! Yo no iba a ceder mi cuarto por nada del mundo, y menos a permitir que durmiera conmigo; a duras penas caben la cama y mi máquina de coser. Tampoco era justo que él odo iba

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Gladys Franco


Cuentos durmiera en el sofá. Al final compró un camarote para los muchachos y se acomodó en el cuarto de ellos. ¡Me da una rabia cuando me preguntan que si es mi marido! ¡Qué tal! ¡Ni de fundas! Es muy viejo para mí, me lleva más de diez años. Él es… ¡el marido de mi hija! *** Cuando le decía a Tita que alguien me caía bien, ella siempre contestaba: “Vaya viva con él y me cuenta”. Empecé a trabajar a los diecisiete años. Todavía no había terminado mi bachillerato. Mi primer jefe fue don Víctor, también mi primer amor. Amor a primera vista. Todo ocurrió de manera imprevista. Un día fui a pedirle permiso para unos exámenes médicos. –¿Hasta qué hora, señorita Marta? –Ummm... más o menos hasta las nueve. –Ah, bueno, a las nueve y cinco me espera en La Nacional. –¿Cómo así? La emoción que sentía era tan grande que no fui a ningún laboratorio. Me arreglé lo mejor que pude y a las ocho y media estaba ya parada en La Nacional. Cinco minutos antes de las nueve llegó don Víctor y sin dudarlo me llevó al parqueadero. Ese día no volví a la oficina, pero llegué a mi casa, como de costumbre, a las siete y cuarto de la noche. Lo amé con locura, es cierto. A excepción del primer día, todos nuestros encuentros fueron fugaces. A veces llegábamos antes que todo el personal y en el cuarto del archivo nos amábamos con pasión. Nunca nadie nos pilló; nadie sospechó de lo nuestro. Cuando quedé en embarazo de mi primer hijo mi madre lo supo antes que yo; no sé cómo, pero así fue. Todos en la oficina me felicitaron cuando les conté que estaba esperando un bebé; hasta don Víctor vino a felicitarme. Aún recuerdo su risita. En ese entonces vivíamos en la casa de la Tita, con mis tíos y mis primos. Días antes de nacer Dieguito le monté un show: le dije que me habían echado de la casa, y claro, él corrió a instalarme en un apartamento. Le dije que mi mamá se venía conmigo; al fin y al cabo soy única hija y quién mejor que ella para ayudarme a cuidar al bebé. Después nació Pedrito. Y de nuevo volví a la película: le dije que la dueña del apartamento era una fregona, que fiscalizaba todo, que cinco días antes del plazo comenzaba a cobrar, y que ya con dos chinitos el incremento iba a ser el doble. Resultó. Sacó sus ahorros,

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se endeudó y compró el apartamento; chiquito pero bien ubicado. Claro que el viejo cretino lo compró a su nombre, y ahora… no hay forma de sacarlo. Él era un hombre acomodado, padre de dos hijas ya casadas; tenía buenos ingresos tanto de su salario como de algunas propiedades. Durante muchos años le hablé de lo conveniente que era para los niños convivir con una figura paterna. Él se hacía el desentendido. Alegaba que no podía dejar a su mujer después de cuarenta años de matrimonio y postrada en una silla de ruedas. Pasaron los años. Dieguito tenía ya diez años y Pedrito, ocho, cuando don Víctor se jubiló. Le monté otra película: le dije que me iba para España, que me habían ofrecido un puestazo en un hotel, y que necesitaba el permiso de salida de los niños. No le quedó más remedio que conseguirle a la bruja de su mujer una enfermera y venirse con nosotros. La felicidad de tenerlo al fin para mí sola no pasó de la primera noche. Jamás lo había visto en pijama; no tenía idea de que usara caja de dientes y menos, que roncaba como un león. *** Mis amigos del parque me dicen que por ningún motivo me puedo ir de aquí. No sé en qué momento se le metieron los diablos a Martica. Ella fue la mujer más dulce y cariñosa del mundo.Ya tenía mis añitos cuando entró a trabajar a mi oficina. Recuerdo que por ese entonces me encontraba en una depresión total; ya no quería vivir; no me sentía bien en ninguna parte. Eso fue meses después del accidente, cuando perdí a mi único hijo varón. Sólo la tristeza llenaba el gran vacío que su partida me dejó. No le podía comentar nada a Inés que hasta esos momentos era no solo mi mujer sino mi mejor amiga; el dolor de ella era igual o mayor que el mío. Por eso me refugié en el trabajo. No tenía con quién compartir mi pena. Y de pronto… me encuentro con los ojos más brillantes, la risa más alegre y el caminar más cadencioso que hubiese visto hasta entonces. “Un verdadero sol”. Y así comenzaron las miradas que traspasaban el alma, la cogidita de mano, los encuentros, hasta el día que le dije: “Martica, dame un hijo”. Ella se sentía muy orgullosa de mí. Eso sí, me hizo cambiar el vestuario por uno más juvenil: reemplazó mis guayaberas por camisas a cuadros y mis everfit por bluejeans. Ella misma me teñía el pelo, me arreglaba las uñas. Dejar a mi mujer no fue fácil. Siempre fui lo más importante en su vida. Nos llevábamos bien; me prestaba atención, se reía de mis chistes. Aun después del accidente que la dejó parapléjica, conver-


Cuentos sábamos hasta altas horas de la noche; al fin y al cabo es una mujer culta. Su mundo giraba a mi alrededor. Nunca olvidaré su patético asombro cuando le dije que me iba. Y asombro y burla les causé también a mis hijos cuando al llegar a mi nuevo hogar comencé a desempacar mis cosas. –Papá, ¿de dónde sacaste esta porquería de computador? –¿Cómo así? –Ni siquiera se le puede instalar un módem, y ¿qué es esta pantalla? –¡Ja, ja, ja! Pero mirá, ¡qué tal esta grabadora con casetera! –¿Y qué opinás de estos discos de acetato? –¡Uy, bacano! Peguémoslos en la pared del cuarto. –¿Y el resto? –¡Ay, viejo! Lo que vos querés es montar un museo. –Pues que lo monte en otro lado. Todo eso no es más que basura. Más difícil me fue aguantar las burlas por mi carro. “¡Uy! ¿Y esta carcacha todavía anda?”. Que si me iba para Buenaventura en esa nave. Que si pagaba doble parqueo. Un día dije ¡no más!, y lo vendí. Todavía los tengo tramados esperando un carro nuevo de concesionario, pero lo cierto es que ya me gasté esa plata. No los soporto. Y pensar que antes me sentía tan orgulloso de ellos, así comentaran que parecían mis nietos. Solía venir todos los días después del trabajo, y me quedaba hasta las ocho o nueve de la noche. Les ayudaba con sus tareas; les daba gusto en todos sus embelecos. Y ahora parece que solo sirvo de estorbo. Pero de este apartamento no me voy. Yo lo compré, yo lo amoblé, yo pago todos los gastos: la remesa, los servicios, la administración, los impuestos; además aquí viven mis hijos y punto. Si me voy, me toca seguir pagando todos los gastos de este apartamento; los de la casa de mi ex mujer, con enfermera y visitas a la lata de hijas, yernos, nietos y ya casi bisnietos y además, la mía. La verdad, la verdad, así no hay quién aguante. Marzo 17 del 2007

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La penúltima carta Gladys Franco

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Hola: No es fácil escribirte en estos momentos; primero, por el puto estado en el que me encuentro, y segundo, porque abrir la boca después de treinta años… no es fácil. Pero es ahora o nunca. Me estoy muriendo muy despacio; hace seis meses sufrí un accidente cerebrovascular; quedé con parálisis y de repeso no puedo hablar, no emito palabras sino gruñidos insoportables hasta para mi propio oído. Por fortuna, o mejor, por desdicha puedo comprender todo. Oigo y veo muy bien; escribo con algo de dificultad, sólo con la mano izquierda. La derecha, como en política, no sirve para nada. Te escribo por dos cosas. Primero, quiero contarte algo que nunca te he dicho. Siempre admiraste mi seguridad. Es cierto, siempre la tuve, pero mucho más desde aquel ya lejano día en que me confiaste el cofre de tu tía Paulina. ¿Recuerdas que me lo entregaste con la condición de que lo abriera sin dañar la cerradura, lo desocupara y lo devolviera a su sitio? Así lo hice y luego te dije que contenía monedas y que las había cambiado en el banco. Te alegraste mucho con la gran cantidad de dinero que te entregué. Era una suma exorbitante, y saber que era el producto de la venta de una sola moneda. La vendí como oro normal porque no tenía idea de que su pureza era del noventa por ciento. Pesaba treinta y uno punto uno gramos de oro casi puro. Y había mil seiscientas ocho monedas de una onza cada una. Sentí, no te lo niego, un tanto de remordimiento por ocultarte la verdad pero, irónicamente, la inmensa alegría que vi en tu rostro me ayudó a callar. “Este cofre pesa más que un bulto de cemento”, decíamos entre risas. Buen cálculo, eso pesaba. Muy pequeño, pero muy pesado. Y es que ¿sabes? El oro es de los metales más pesados. Su densidad es de diecinueve punto tres gramos por centímetro cúbico. ¿Recuerdas el día que murió tu tía? Todavía estaba caliente y ya tu madre se había puesto a esculcar con mal disimulado frenesí todos los anaqueles, cajones, cómodas. Tuvo la estupidez de decir, a manera de explicación, que buscaba un manuscrito de una novela que les podría dar mucho dinero si se publicaba. Decía que ella le había ayudado a corregir la sintaxis y que era excelente. Ni siquiera se molestó en ir al funeral. Ese día su mirada inquisitiva me taladró


Cuentos y me siguió taladrando de la misma forma cada vez que nos encontrábamos. Tal vez tú para ese entonces ya ni te acordabas del dichoso cofre; habían pasado cuatro años desde el día en que me lo diste. Días después del funeral te fuiste a estudiar a la capital. Sólo venías en los veranos. No me gustaban esos veranos porque al visitarte me tenía que enfrentar a tu madre; a la atroz mirada de tu madre. Sin embargo, ella nunca me dijo nada. Me has expresado que nuestra amistad permanece igual que en aquellos lejanos años juveniles. Pues bien, ha llegado el momento de demostrarlo y es el segundo motivo de esta carta. Ahora, sólo tienes que venir. Con que me des tu mano, basta. Ayúdame a irme con dignidad. Búscate la forma más sencilla, la menos dolorosa, la más efectiva. La menos sospechosa.Y el cofre, con su valioso contenido, será tuyo. Nos vemos pronto.

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La eternidad Gabriel Ruiz Arbeláez Se aceptan todas las apuestas: Eternidad, infierno, aventura, estupidez… Juan Carlos Onetti. Balada del ausente.

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cerró la puerta del horno crematorio, Perla le dijo a Luzmila: Ahora sí se nos fue “el Maluco” y comienza para nosotras la eternidad de la que siempre nos habló. El día anterior ambas, muy afligidas y llorosas, habían estado en las vueltas y el papeleo que deja pendientes un muerto que se las dio de ateo y que nunca se preocupó por ese trance y menos por lo que había que hacer después. “Los que sigan vivos que arreen”, repitió en vida. Luzmila, la viuda, una bella y delicada mujer, había convivido con Raúl durante los últimos veintiocho años. Perla, la hermana mayor del muerto, se preciaba de haberlo criado y “casi de haberlo parido”. Ella había sido la primera hija en el matrimonio de sus padres y por dificultades de pareja entre ellos se convirtió desde muy niña en madre-padre de sus cuatro hermanos menores. Al muerto, que había sido el tercero de los hijos, le llevaba casi siete años y siempre tuvo algo de predilección por él. “Cuando niño fue mono, flaquito, cariñoso, muy tímido y de mirada tierna y lejana. Nunca supe cuándo cambió”, repetía. Al funeral asistieron muy pocas personas. Y era de esperar. Bastantes años atrás, los padres y dos hermanos habían muerto. Ahora, con la muerte de“el Maluco”sólo quedaban Perla y Gustavo, el menor. Ella estaba por cumplir setenta años y Gustavo, cincuenta y siete. Muy pocos de los quince tíos y tías quedaban y la relaciones entre primos fueron muy lejanas. A ningún familiar le avisaron. Fácilmente se identificó en la misa funeral a Luzmila, Perla, varios cuñados y cuñadas, unos cuatro amigos de farra y cercanos al muerto, algunos indigentes alucinados y varias ancianas pedigüeñas de perdones y de cielo. Era de esperar. El muerto, al vivir y superar una agitada adolescencia y culminar estudios universitarios ya había desarrollado, en concepto de “los otros”, una personalidad y un talante de hombre uando se

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Cuentos duro, frío, lejano, calculador e insensible. De “autista sentimental”, lo tildaba su hermana. Pero la vida es así y no pocas veces rara. Cuando joven, al muerto se le había aparecido la virgen en la universidad. Y virgen en todo el sentido de la palabra, y hembra y bella. Luzmila ingresó a estudiar la misma ingeniería que Raúl había culminado y en cuya facultad ejercía como destacado y apuesto profesor. Las cosas se dieron y terminaron “viviendo bajo el mismo techo” y en el mismo lecho. –”Maluco” y todo, yo lo amé intensamente. En el fondo fue un hombre cercano y cariñoso –le insistía Luzmila a Perla en la sala del apartamento en donde había convivido veintiocho años con Raúl. –Muy, pero muy en el fondo –anotó Perla, pícara y sonriente. Y la conversación fue larga y nostálgica. Ellas se habían convertido en dos cercanas y confidentes amigas. Brindando, entre risas y lágrimas, fueron creciendo la noche, las anécdotas, las memorias y las frases trascendentales. –Mientras vivamos, “el Maluco” vivirá –dijo Perla. –Si él hubiera muerto en el accidente que tuvo cuando niño, yo hubiera sido viuda de nacimiento –murmuró Luzmila, suspirando. En la mesa de centro, en una pequeña caja, las cenizas. Allí pasarían la noche. El cansancio, tantas memorias y reflexiones y el licor las fueron agotando. Habrá que hacer el intento de dormir. Mañana será otro día y la vida sigue. Miraron con ternura la cajita y, sorprendidas, se tomaron de la mano. Al mismo tiempo habían escuchado: –Ahí les dejo, pues, la eternidad para que descubran todas mis bondades. La frase que Raúl, en vida, siempre les había repetido. Cali, noviembre 2, 2008.

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Primera comunión

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Dominus Nostrum Iesuchristo Sacramentum… El sacerdote depositó la hostia en la lengua de Sebastián. Era su primera comunión. Estaba vestido de gris, camisa blanca, corbatín. Tenía el pelo muy corto, dos incisivos de menos. Intentó tragar la hostia pero esta se le pegó al paladar. “No soy digno de que entres en mi morada”, pensó. Intentó pasarla con saliva pero tenía la boca seca; le corría un sudor frío por la espalda. Estaba arrodillado, la cabeza inclinada, los ojos cerrados. Los abrió, miro hacia los lados, metió el dedo en la boca y trató de despegar la hostia. “No soy digno de que entres en mi morada”, seguía pensando y tratando de despegarla, pero la hostia seguía adherida a la bóveda del paladar. Repetía la frase que decía la monja que lo había preparado para hacer su primera comunión junto con otros niños en el colegio de las monjas franciscanas. Por fin pudo despegar la hostia y tragarla con la poca saliva que había logrado segregar. Esa mañana lo habían levantado muy temprano; de todas maneras no había dormido. Lo hicieron bañar como Dios manda, lo estregaron con estropajo, no fuera que se le escapara uno que otro mapa de mugre en el cuello. Lo frotaron como si fuera parte de un ritual, hasta dejarlo rojo pero limpio. Ese día iba a estrenar vestido, camisa, zapatos, medias, calzoncillos; pero lo mejor, no iba a usar las cargaderas que tanto lo atormentaban. –No más cargaderas! –y las arrojó al techo. En cambio, iba a lucir su primera correa. –La primera correa! –dijo durísimo. –¡Apúrese! –gritó Ana Rosa al otro lado de la puerta. Apenas estaba en calzoncillos; contemplaba su vestimenta puesta en perfecto orden por su madre. ¡Correa! No lo podía creer. Pensaba en todos los malditos de la escuela que lo atormentaban por desdentado, tuso y de pantalones cortos y cargaderas. –¡Le pican los pollos! –le gritaban. orpus

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Hernando Aldana Velásquez


Cuentos Terminó de vestirse. Ana Rosa le acomodó el corbatín. Se miró en el espejo; no estaba mal. Lástima el pelo, y este desportillado en la boca… Luego le puso una cinta con moño en el hombro; Sebastián la miró de reojo, prefirió no verla en el espejo, le pareció un adorno de niñas.Y salió con papá, mamá, tías, hermanas para la iglesia, a tan solo dos cuadras de su casa. Le habían dicho las monjas, las amigas de mamá y las tías que iba ser el día más feliz de su vida. Excepto la correa, los pantalones largos y las botas nuevas, no veía cómo ese día iba a ser el más feliz de su vida, sobre todo porque en cualquier momento una grieta enorme debía abrirse debajo de sus pies y tragárselo todo con moño y cirio, y expiar de una vez por todas el pecado no confesado... –¿Cuánto hace que no te confiesas? –Tres meses, padre. –Dime tus pecados –Acúsome que soy desobediente. –¿Qué más? –Que soy respondón. Les contesto feo a mis padres. –Debes honrar a tu padre y a tu madre. Ellos saben qué es lo mejor para tu vida. Debes obedecer sin chistar. ¿Qué más? –Acúsome, padre, de que he matado torcacitas. –No lo vuelvas a hacer; ellas son parte de la obra de Dios. –Sí, padre. –¿Te tocas? –No, padre, yo no me toco. ¿–Te tocas allá abajo? –No, padre, no. –¿Seguro que no te tocas? –No, padre; no me toco. –¿Te has tocado con niñas? –No, padre. –¿Las has tocado debajo de la falda? –No, padre. –¿No me estás mintiendo? –No, señor. –Espero que no me hayas mentido. Vas a hacer tu primera comunión y eso sería muy grave a los oídos y a los ojos de Dios. Acuérdate de que Él todo lo oye y todo lo ve. –Sí, padre. –Reza un yopecador, cinco padrenuestros y cinco avemarías. Ve con Dios.

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En el momento que abrieron la puerta de la calle para hacer el recorrido hasta la iglesia, lo volvió a asaltar la imagen pavorosa de una grieta que se abría bajos sus pies y se lo tragaba ante la mirada horrorizada de su familia. Era una imagen nítida: se veía cayendo hasta el fondo, levantar sus brazos suplicando, gritando sin que le saliera un sonido de su garganta, y cómo se hundía más y más y cómo se iban haciendo pequeñitos sus padres, igual que se ve alejar el paisaje desde el vidrio de atrás de un auto. Como en la pesadilla de anoche. –No te quedes –Ana Rosa le haló la mano–. ¿Por qué estás caminando así? Pareces borracho. “¿Qué tal que a Dios le dé por castigarme antes que llegue a la iglesia, delante de mi familia, de todo el mundo”, pensó y siguió evadiendo las grietas. –¿Qué te pasa? ¿No puedes caminar bien? No dijo nada. Entraron por la puerta grande, por el centro de la iglesia. Al fondo estaba el altar. Caminó con mucho cuidado, no fuera a pisar una de las separaciones de las baldosas. “No creo que Dios me vaya a tragar aquí en la iglesia”. Miró a los lados y de verdad le pareció imposible que Dios fuera a tomar venganza en Su propia casa. Sintió un alivio enorme. Se sentaron en la primera banca y empezó la misa. Monaguillo, campanas, el sacerdote, bendiciones, sentarse, arrodillarse, ponerse de pie, otra vez el monaguillo, más campanas, sentarse, levantarse, arrodillarse. Finalmente terminó la misa. De regreso a casa recordó la hostia que se resistía a ser tragada, el frío en la espalda, las preguntas del cura. Recordó todas las veces que había negado el pecado que había perpetrado con Beatriz, su vecina que vivía a una casa de por medio. La había conocido tres años atrás; vivía al lado en una casa grande, llena de piezas sin puerta, dieciséis hermanos, dos espacios grandes cubiertos, un patio interior, otro gran patio al sol y al agua en donde ladraba y gruñía un perro lobo detrás de una malla de gallinero. Era la única casa de la cuadra con biblioteca, la enciclopedia Universitas, la única casa que tenía un equipo estéreo en todo el pueblo, un canguro de resorte, giróscopo, mapamundi, un ula-ula. Solamente en esa casa en toda la cuadra los muchachos y muchachas se acostaban tarde. –Claro, por eso son verdes –le decía su madre cuando Sebastián protestaba porque a las ocho de la noche escuchaba la misma frase: “Los dientes y a dormir”.


Cuentos Esas vacaciones él se la pasó en casa de Beatriz, jugando el infinito Monopolio tirados en el piso con sus hermanas, con sus primas. Les miraba las pecas, las trenzas, los calzones, los vellos de frailejón en las mejillas. Estaba alucinado, pero sobre todo con Beatriz. Cuando las primas se fueron y todos entraron al colegio, solo la veía en las tardes. Se sentaban en las sillas de lona en la sala, el leía a Supermán y ella la Pequeña Lulú. Atentos a las revistas, esculcaban los corredores con el rabillo del ojo. –Subamos que no hay nadie –dijo Sebastián. Subían al segundo piso, luego a un cuarto pequeño y oscuro que conducía al techo por una escalera larga de guadua, debajo de la cual se quedaron, Sebastián recostado en la pared y Beatriz recostada en él. Quietos, con la respiración contenida, escuchaban los sonidos del primer piso, atentos a los pasos sobre las gradas; sólo entonces él deslizaba las manos debajo de la falda, las metía debajo de los pantaloncitos de franela y las dejaba sobre el sexo. Eso era todo, no hacían nada más. La última vez, después de una semana de encuentros, hicieron el mismo teatro, él en una silla, ella al lado en otra, leyendo los mismos cuentos, atentos al tráfico de adultos, esperando a que desaparecieran. –Subamos ya –dijo Sebastián en voz baja. –No puedo… –¿Por qué no? –Porque no. –Pero, ¿por qué no puedes subir? –No puedo. –¿No puedes? –No. –¿Por qué no? –Es que me confesé… Solo en ese momento entendió qué era eso de la preparación para hacer la primera comunión; entendió todas las recomendaciones, la larga lista de pecados y el sexto mandamiento… Enrolló sus cuentos, los metió en un bolsillo y salió para la casa, muy asustado. Un día después le llegó el día de la confesión. Confesó todo lo que el cura le preguntó pero negó todo el tiempo que la hubiera tocado. Ahora debía esperar en qué momento Dios lo iba a castigar. Quién iba a pensar que en la penumbra del pequeño cuarto, debajo de la escalera de albañil en casa de ella, el ojo de Dios asomado por un triángulo lo fuera a ver.

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Sebastián y toda la familia llegaron caminando desde la iglesia hasta la casa; siguieron hasta el patio cubierto, donde habían dispuesto su mamá y las tías una mesa larguísima con un mantel blanco. Al fondo, presidiendo la mesa, estaba el tío cura. A Sebastián lo sentaron en la otra punta, cosa que le pareció una desproporción. ¡Con semejante pecado a cuestas! El tío rezó algo y desayunaron café en leche, pan y carne en rollo. Repitió y logró por un rato largo olvidarse del castigo que le esperaba. Al final el tío dijo unas palabras, luego se le acercó. Se sintió pésimo; pensó que iba a repetir el interrogatorio del otro cura. Solo le dijo palabras afectuosas, le puso la mano en la cabeza y se fue al patio a fumar Pielroja, con sus hermanos. No lo dejaron cambiarse el vestido ni quitarse el corbatín; así almorzó y luego, como todos los adultos, se recostó a la hora de la siesta y se durmió. Despertó sobresaltado; alguien tocaba durísimo en la puerta. En la cama de al lado su tío había dejado de roncar. Miraba el techo. Le parecía que hablaba solo, por el movimiento de los labios, pero no emitía ningún sonido. En ese momento volvieron sus temores. –Tío, ¿qué horas son? –Van a ser las tres. –¿Falta mucho? –Quince minutos. Finalmente se fueron levantando todos. Ana Rosa le mojó la cabeza, lo peinó. –¿Contento, mijo? –Sí, mamá. –Pues no parece… Luego llegó el tío Miguel desde Pereira con las primas, Fueron llegando todos los tíos, todos los primos y poco a poco todos los amigos. La cama se fue llenando de regalos. Repartieron las sorpresas. Unos monaguillos llenos de dulces sirvieron el helado. Partió el ponqué y brindaron con vino dulce. –Tío, ¿qué horas son? –Las tres y cuarenta y cinco. Llegaron más invitados. Los regalos seguían aumentando. –Mijo, abra los regalos. –Sí, ya voy. Entró al cuarto; sobre la cama, la montaña de regalos seguía subiendo. Entró por una puerta y salió por la otra: los tres cuartos se comunicaban por puertas interiores. Salió al zaguán y caminó en


Cuentos medio de gente y saludos; finalmente llegó hasta el patio de atrás y se sentó al lado del gallinero. –Dios me va a castigar… pero, ¿a qué hora? –¡Sebastián!, mijo, venga que llegó Alvarito. –A mí qué… –¿Cómo? –Nada, ya voy. Nunca se habían caído bien, pero las familias eran amigas. Llegó con la hermana menor y un regalo, que llevó a la cama. La montaña seguía creciendo. –Tío, ¿qué horas tiene? –¡Carajo con esa preguntadera de la hora! ¿Por qué mejor no abre los regalos? –Sí, tío, ya voy. Se escabulló en medio de la gente y el barullo de los muchachos. Llegó de nuevo al patio y se sentó en el mismo lugar fuera de la vista de todos. “Dios me va a castigar… pero, ¿a qué hora? Le voy a dar plazo hasta las seis. Si a esa hora no me ha hecho nada, abro los regalos”. Ese solo pensamiento fue un alivio. Respiró profundo. Lo invadió una sensación de frescura que no había sentido en todo el día. Se reunió con los amigos, repitió helado y ponqué, se rió con los amigos; con las niñas se tapaba la boca, le atormentaban esos dientes de menos. Al final de la tarde la luz se hizo amarilla, rosada, gris. Finalmente, con los últimos invitados oscureció. Alguien prendió las luces de la casa. Sebastián se sentó al lado del tío, le subió la manga de la camisa, miró el reloj. –¡Las seis! –Le voy a dar quince minutos más… –¿A quién le vas a dar quince minutos? –A nadie, tío, a nadie. Cali, 2 de abril del año 2009

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Monólogo de la Madonna

A

sólo fui una idea. Como lo fue este cuento y todo lo hasta ahora creado. No tenía idea de cómo iba a ser. Lo único claro era que así iba a ser siempre. No iba a tener pasado ni futuro. Sólo un eterno presente. Nunca iba a ser un bebé, ni una niña, ni una adolescente. Sólo una joven adulta, quizá hermosa. Así que sólo nací. Tres años duró este proceso y parece que han podido ser más. No hubo médico, ni comadrona, ni sangre, ni agua tibia, ni paños pero fue como un parto. Igual de agotador y sudoroso. Con mucha contracción del entrecejo, mucha ansiedad, mucha luz, mucho color y mucho calor. ¿Cabello rubio o negro, lacio u ondulado; tez blanca o trigueña; nariz aguileña o recta, grande o pequeña; ojos cafés o azules? Fueron muchos los interrogantes pero no era yo quien decidía. A medida que nacía, yo ya era. Los trazos iban y venían como las ideas van y vienen para este cuento. El bus se detiene, continúa, hace calor y mientras tanto el que escribe reflexiona: ¿Qué más puede pensar esta mujer atrapada en un cuadro por siempre? ¡Ah! La sonrisa. Mi sonrisa. Es la más intrigante, la más enigmática. ¡Ha dado tanto de qué hablar! ¿Qué quiso decir mi autor? ¿Qué quise decir yo? Nada. No fue premeditado. Él nunca respondió y ¡hum...! yo menos. Pero si pudiera… Parece que muchos se han preguntado si fui real, qué miraba mientras posaba, a qué me dedicaba.Y yo pienso: ¡Claro que soy real y no he hecho más que mirar y estar ahí, haciéndome la pendeja! Primero con el pintor y luego con toda esta gente que se para al frente de mí como yo si yo fuera y no fuera. Siento que siempre he estado conectada con él, y lo poco que sé es por él y a través de él. Supe de muchas de sus otras creaciones, de sus sinsabores, de sus amores, de sus penurias y tengo muchos interrogantes con respecto a lo que he visto y oído. Yo estoy de este lado y siempre he sido feliz, pero ¿será que me he perdido de algo? Del vidrio para acá mi mundo es estático, no existe el tiempo y el espacio ha sido siempre el mismo. Del vidrio para allá todo es movimiento y cambio. A veces siento que me mareo, que me caigo, l principio

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Isabel Prado


Cuentos pero no, estoy bien aferrada a la madera. Ellos me miran y yo los miro. No puedo evitar seguirlos con la mirada y este es otro de mis rasgos que ha sido tema de estudio.“Innovación del pintor para darme más vida”, concluyeron los expertos y es verdad. En ese interminable desfile de pocos minutos para observarme y tomar fotos con sofisticados aparatos pues son pocos los que extasiados permanecen, yo los escudriño, los adivino, los escaneo. A través de mis ojos los toco, los huelo, los degusto, los oigo, los percibo. Vivo. La felicidad es una meta, dicen unos. La felicidad es el camino, dicen otros. Y yo ni camino ni meta. Si hubiera hecho, si hubiera dicho. Lo haré mañana, se lo diré después. Y yo ni idea qué es el hubiera, el mañana o el después. Yo sé de hoy. Aquí y ahora. Si estudiara, si trabajara, si me casara, si tuviera hijos, si viajara, si comiera, si me pusiera, si me comprara. ¿Qué es todo esto? Yo ni estudio, ni trabajo, ni casamiento, ni hijos, ni viajes, ni comida, ni vestidos, ni compras. Aquí y ahora con el mismo vestido, la misma actitud, sin aptitud, el mismo peinado, la misma sonrisa, la misma mirada. Estoy feliz, estoy triste, estoy enojada, estoy emocionado, estoy encaprichada, estoy excitada. ¡Uy! Yo nunca estoy. Tengo calor, tengo frío, tengo casa, tengo carro, tengo amigos, tengo reloj. Tengo, tengo, tengo. Yo no tengo… Tengo un vestido. Parece que lo necesitaba. Tengo una cara, una sonrisa, una mirada, unas manos, unos senos. ¿Piernas? No sé. ¿Será por eso que no me muevo? Soy médico, soy ingeniero, soy profesora, soy filósofo, soy gobernadora, soy cantante. Soy, soy, soy. ¿Y yo qué soy? Bonjour, Good morning, Buenos días, Guten morgen, Buon giorno, Bom día, God morgon.Yo no hablo y los entiendo. Entiendo que estoy creada para comprender más allá de estos signos. En mi mente no hay palabras. Hay ideas. Yo no sé quién las pone o de dónde vienen, pero están allí. Yo, tú, él, ella, nosotros, ustedes, ellos. Y me sigo preguntando quién es tú, nosotros, ustedes, ellos. Sólo alcanzo a tener la fugaz idea de que yo soy ella, que él es él, mi creador y que ustedes son ellos, los que me miran. Ellos van y vienen. Siempre diferentes. Casi nunca repitentes. Es un desfile interrumpido por razones ajenas a mí. Sé que la luz cambia dos veces, de tenue a más tenue. Parece que me hace daño.

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Me cuidan, me observan, me estudian, muchos me admiran y muchos otros me aprecian. Me han reproducido millones de veces, pero no tengo ecos de estas clonaciones. Me siento única pero, según mi creador, inacabada. Él hubiera podido retocar por allí o poner más color por allá. Por eso tengo la sensación de que de todos los tiempos el más tenaz de comprender es el hubiera. Cuando se dice hubiera ya no hay posibilidad de nada, sólo una mezcla de rabia, desazón e impotencia. Quien escribe la conoció personalmente hace quince años: pequeña, menuda y al mismo tiempo grande e imponente. Ella, la siempre bella, la indiferente, la observadora, lleva varios siglos ahí: inmutable, impenetrable, imperturbable, muda, sonriente, sola. Ella es un símbolo más de lo que debemos no ser para llegar a ser: observadores sonrientes del mundo que nos rodea, aparentemente inmutables e imperturbables pero con almas profundamente conscientes. Solos, a pesar de estar con, porque como en toda dualidad, hay paradoja. Para conocernos debemos estar en relación con los otros y experimentar con ellos lo que no somos; ser conscientes de nuestra pequeñez e insignificancia para conocer luego nuestra grandeza e importancia. Conocer, experimentar, entender, comprender, ser. Parece que es la ecuación perfecta, piensa la joven-vieja mientras me sonríe.

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Exterminio Julián Enríquez –Entiende, somos el nuevo Ku Klux Klan de América y ahora la cruzada contra nuestros enemigos se está haciendo usando sus mismas sucias armas. –Entiendo… entiendo –farfulló “Denis”, nuevo integrante de la Organización–. Los blancos, explícame cómo se escogen los blancos. –Es sencillo –sostuvo“Michael”y abrió un mapa de la ciudad–. Los círculos rojos indican el lugar exacto donde se halla una mezquita, un sitio de reunión, un grupo familiar o un restaurante de los invasores. Todos se erigen como posibles blancos. –Pero, ¿cómo se hace la escogencia? –Muy simple: al azar. –¿Al azar? –Sí, al azar. Ha sido probada como la mejor estrategia para despistar a la policía. Sin una lógica de eventos previos el sistema de seguridad está ciego y se hace más difícil para ellos anticipar nuestros movimientos. –Tomando un marcador empezó a señalar–: ¿Ves esta flecha negra? Pues bien, corresponde a un atentado ya perpetrado con éxito; éste, el de la esquina de Bowling Green del nueve de julio; este otro, en la calle setenta y dos, del veinticinco de septiembre, y éste en la avenida principal de Chinatown, del primero de diciembre. A cada círculo rojo le corresponde un número; semanas antes del atentado todos los números han sido sorteados. De esta manera escogemos el próximo blanco. –¿Y la periodicidad? Dime cuántos días separan un atentado de otro. –No nos desgastamos, amigo –observó Michael clavando su mirada en los ojos de Denis–. El criterio de temporalidad varía de acuerdo con la buena o mala memoria de los neoyorquinos. –Pero, ¿qué clase de criterio es ese? –repuso Denis. –Se trata de una variable en la que todos y cada uno de los miembros de la Organización tenemos que ver. Depende de los rumores callejeros y lo que manifieste la gente del común. Cuando están a punto de olvidarlo, nosotros volamos un nuevo lugar de reunión. Así, les refrescamos la memoria a los americanos, haciéndoles ver que los musulmanes y todo lo que hieda a ellos es motivo de desprecio. El mensaje que impartimos es sumamente claro: existe una Organi-

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zación conformada después del once de septiembre que vela por la seguridad de la nación, hasta que no haya un solo hombre, mujer o niño que se postre en dirección a la Meca, al menos no desde suelo americano. –Pero, ¿por qué Mohamed Alí? Si él fue un deportista que hizo ondear la bandera de los Estados Unidos por los cuadriláteros del mundo. –Mohamed Alí es musulmán y eso nos basta. –Pero, es ¡Mohamed Alí, por Dios! –Exacto, uno de los símbolos ya islamizados de esa religión de fanáticos. Él lo ha dicho: primero es musulmán antes que americano. Tenemos la grabación en la que lo dijo. En ese momento alguien abre la puerta y los saluda. Se trata de “Bob”, el hombre que contactó a Denis y lo invitó a las reuniones informativas. Denis recuerda la primera:“Cómo estar preparado para un ataque terrorista”. Luego de esa primera reunión vinieron más. En vista del creciente interés y compromiso de Denis, la Organización decidió invitarlo a formar parte del equipo. –Bob, amigo, dinos. ¿Conseguiste averiguarlo? –preguntó Michael. –Claro que sí. Mohamed Alí se hospedará en el Sheratton el próximo fin de semana. El aceptó venir a Nueva York a un homenaje que las viejas glorias del boxeo neoyorquino piensan tributarle. –¿Cuándo y dónde será el operativo? –preguntó Denis, que se mostraba sorprendido de la velocidad con la que la Organización definía sus blancos y la precisión para ejecutarlos. –Se hará el próximo sábado –respondió Bob y señalando el mapa agregó–: más o menos a las nueve horas saldrá del hotel y lo recogerá una limosina, justo aquí. Mohamed Alí se sentará prácticamente encima de una bomba con temporizador que hemos ubicado bajo el asiento del auto. ¿Entendido? –Perfecto –dijo el otro, entusiasta. Luego los dos hombres miraron al mismo tiempo a Denis, pero fue Michael el que se lo dijo: –Y serás tú quien llame al teléfono celular conectado a la bomba y haga volar al traidor. De esta manera serás un miembro más de la Organización, oficialmente reconocido como uno de los nuestros. Denis se mostraba absorto. Sabía que sólo había una forma de estar adentro y era cumpliendo a cabalidad las tareas encomendadas. Estaba consciente de que infiltrar una organización terrorista comportaba grandes riesgos. Pensó en Mohamed Alí y recordó cuando


Cuentos niño cómo su padre lo llevó un día a ver a “el Divino”; su resistencia a los golpes y su infatigable obsesión por agotar a los rivales antes de irse encima de ellos y noquearlos hacían que brillaran de emoción sus ojos. –¿No creen ustedes, señores –les dijo, saliendo de su ensimismamiento–, que es demasiada responsabilidad para alguien como yo que acaba de llegar? –De ninguna manera –respondió Bob–. Nos probarás a nosotros de qué material estás hecho. Michael también intervino: –La Organización es una pirámide que está dividida por módulos de poder. El ascenso a cada módulo se hace a través de filtros. Ningún módulo se abre si la nueva célula no es capaz de pasar los filtros. Los filtros son las pruebas que ustedes deben superar; también el seguimiento que nosotros mismos les hacemos. Por ejemplo: sabemos que tú vives en Waverly Place, solo y trabajas como corredor de bolsa en West Broadway, entre otras informaciones. Estamos al tanto de que los fines de semana sales con Anny Smith, compañera de trabajo, y los domingos van juntos a trotar a Central Park. Denis sabía que el hombre estaba describiendo la vida fachada que llevaba, que incluía a su compañera la agente Emily Perry, de la CIA. Ahora lo que le preocupaba era la obligación de ser él, el responsable de activar la bomba y asesinar a la vieja gloria deportiva. –¿Saben? –confesó Denis–. De niño mi padre me llevaba a ver al Hombre Maravilla. Era increíble verlo burlarse de los contrincantes, sacarlos de quicio y, con un jab recto al mentón, mandarlos a la lona… Sugar Ray Leonard, Bam-Bam Thompson, Larry Holmes, ¡no eran nada al lado del campeón! –¿Lo harás o no? –ripostó Bob. Denis empezó a hacer pases de boxeo en el centro de la vieja bodega. –Así se movía –les decía, desplazaba los pies en movimientos rápidos como alas de colibrí, emulando a su ídolo–. Lo haré, lo haré, por supuesto que lo haré. Se veía agitado. Se trataba de un hombre de buena contextura física y sus movimientos eran recios como los de un verdadero deportista. Bob y Michael, más reposados y de mayor edad, sabían que con él adentro ganaba la Organización, pues en ocasiones los operativos, por muy bien planeados que fueran, requerían de una mente ágil y un par de rápidos movimientos. Michael volvió a intervenir:

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–Al convertirse al Islam –sentenció– ipso facto renunció a Occidente. Ya ves lo que ocurrió en Afganistán cuando uno de nuestros soldados arrojó una granada contra su propio ejército, en cabeza de un comando que a esa hora se protegía del ardiente sol del desierto departiendo bajo una tienda de campaña. Cuando terminó la investigación se percataron de que el maldito era musulmán y hasta se había hecho cambiar de nombre. ¿Te das cuenta? –Pero Alí ya es un hombre viejo –repuso Denis–. Tiene el mal de Parkinson. ¿A quién va a hacerle daño? –No te fíes, amigo –dijo Bob–. La ralea musulmana puede aprovechar la notoriedad pública de Mohamed Alí; cuando va a la Casa Blanca, por ejemplo, obligarlo a que pida una audiencia con el Presidente e intentar matarlo. –Hizo una pausa en la que pareció reflexionar–. Para eso estamos nosotros, ¿entiendes? Michael retomó el hilo de la conversación que llevaba Bob, agregando otros pormenores que sirvieran para sustentar las aseveraciones. –Ni siquiera si pasaran todas las pruebas de que se trata de genuinos americanos, yo confiaría. Los malditos son como robots y no se sabe en qué momento sus mentes son activadas y, aprovechando que viven entre nosotros, en nuestros barrios, revueltos entre nuestros vecinos, empiezan a matarnos a todos sólo por el hecho de ser occidentales y ofender a su rabioso Dios. En este momento son la plaga de la humanidad; con ellos la palabra clave es AMENAZA y hay que saber detectarla a tiempo, de lo contrario nuestra cultura, nuestra libertad, nosotros mismos seremos aniquilados. ¿Comprendes? Son hierba mala, un cáncer que no hay que dejar enquistar en el suelo saludable de la nación. Tres días después Denis, o el agente Glover MacKenzie, recibiría el visto bueno de la Central de Inteligencia para hacer parte del operativo. Quienes llevaban el caso consideraban que era la única manera de que las puertas se le abrieran al agente y poder así desvertebrar la Organización que, en lo que iba corrido del año, había cometido no menos de una veintena de atentados contra grupos familiares, mezquitas e intereses musulmanes en todo el Estado. Sin embargo, el sábado, día del atentado, en el momento crucial, con el teléfono celular en la mano, Denis se echó para atrás y decidió no efectuar la llamada. Todo lo contrario, cruzó apresurado la calle frente al hotel Sheratton justo cuando Mohamed Alí salía del hotel y la limosina lo estaba esperando; corrió a gran velocidad con el fin


Cuentos de advertir a la vieja gloria deportiva del asesinato que se planeaba en su contra. Pero no alcanzó a hacerlo, no se lo permitieron. El piquete de gorilas que custodiaba la humanidad enferma de Mohamed Alí defendió al ex deportista de un presunto atacante y liquidó de tres balazos a Denis o, lo que es lo mismo, al agente Mackenzie. Mohamed Alí fue llevado de vuelta al hotel y la bomba fue hallada en el auto por la policía. De alguna forma, aquel hombre había logrado salvar la vida de su ídolo. Un año después, sin embargo, Mohamed Alí pediría una audiencia con el señor Presidente y, estando en ella, de manera inexplicable, temblándole la mano a causa del mal de Parkinson, sacaría una pistola del bolsillo de su saco y dispararía contra el mandatario, hiriéndolo mortalmente. Ahora, Alí es un ídolo que se pudre en la prisión de Guantánamo en Cuba, un hombre disminuido en el pasillo de los condenados a muerte; desde allí, empero, sigue hincándose hacia la Meca, convencido de sus creencias; un ex boxeador odiado por los suyos pero secretamente venerado por los musulmanes de todo el mundo.

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Una manera de morir

E

como hoy. Alberto se preparaba para una nueva jornada de trabajo mientras los rayos del sol se colaban por su ventana. Alcanzó a percibir una luminosidad especial, aquella que se forma cuando el astro rey se abre paso por la cordillera, pero que hoy parecía pronosticar un día inolvidable. Rápidamente esta percepción se coló en el olvido, pues se necesita de un sexto sentido que logre fijarla en la conciencia; sentido del cual suelen prescindir los médicos como Alberto. Se saludó frente al espejo con la nostalgia que dan los años perdidos y la soledad ganada. Se preparó como siempre, sin mucho afán; apartó la corbata verde con puntos plateados, la camisa blanca y el pantalón negro. Le tomó solo treinta minutos llegar a la morgue pero duraría allí veinticuatro horas. Pasó revista de los cadáveres ingresados durante la noche anterior: uno con herida letal a la altura del estómago por arma blanca durante una riña callejera; otro con cinco impactos de bala en la cabeza y laceraciones en muñecas y tobillos, encontrado en las afueras de la ciudad; uno más, de aproximadamente diez años de edad, sin herida evidente, descubierto en su cuarto cuando su madre llegaba de trabajar; y ocho cuerpos más hallados en una fosa común en cercanías de la vereda El Rosal. Alberto estudió cuidadosamente cada uno de los cuerpos, trabajo que le tomó buena parte de la jornada. Pausaba de vez en vez su bisturí para tomar café, fumar y tertuliar con sus colegas sobre temas más amables. O más problemáticos, como la política. Cerca de las diez de la noche llegó un cuerpo que cautivó la atención de Alberto. Se trataba de una mujer de tez blanca, estatura promedio, de aproximadamente veintidós años de edad, cabello castaño oscuro que bordeaba sus delgados brazos, y unos exquisitos labios de un natural rojo profundo, como si allí se concentrara la poca sangre que contenía su helado cuerpo, ya que buena parte de la misma se había vertido sobre su ropa e insinuaba una herida de bala en el costado derecho. Sin embargo, lo inquietante no era belleza de aquella mujer, una mezcla entre la exótica e insignificante, sino la ausencia de la lividez cadavérica propia de los visitantes del ra un día

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Jannis Estacio


Cuentos lugar, como si se encontrara presa de una influencia hipnótica que la hubiera sumido en tal estado. Llevaba un vestido de lino con violetas grabadas en un sutil relieve que descendía hasta la mitad de la pierna e insinuaba la esbelta silueta que escondía tan humilde traje. No había sido identificada aún, no poseía documentos o un teléfono móvil en el que pudiera verificarse un registro de contactos; pero la imagen de su cuerpo sumido en un profundo letargo sobre la fría plancha de la morgue daba la licencia de llamarla Ofelia o Julieta. Fue hallada en el parque de la Quinta con Cincuenta y Dos al atardecer. La policía tuvo conocimiento del hecho gracias a una anciana que circulaba por el sector mientras un hombre alto y corpulento le disparaba a la joven y le arrancaba bruscamente lo que al parecer era un collar. Según la anciana, la joven no opuso resistencia y su cuerpo cayó vencido ante el fulminante disparo. Se logró un retrato hablado del delincuente con el fin de distribuirlo en las estaciones de policía de la ciudad; retrato que sólo alcanzó la estrechez de un archivador de la oficina de “casos en proceso”. Sólo eso se sabía de ella. Fue hundiendo su bisturí a lo largo del torso y, como si este marcara un camino, fluyó un hilo de sangre. Buscó la bala pero en su lugar se topó con un fenómeno atípico, más que atípico… inconcebible: dentro de los órganos de la mujer encontró diminutos elementos semejantes a palabras; algunas estaban sueltas, otras parecían conformar frases enteras, como si las ideas hubieran migrado de la cabeza al resto del cuerpo. Alberto retrocedió, pero un extraño impulso lo hizo regresar. No fue fácil comprender lo que significaban las palabras porque iban de un lado a otro, chocaban entre sí, se mezclaban, parecían disolverse y formar distintas configuraciones. A punto de ser eliminados, en los intestinos se podía leer titulares de prensa en diversos colores que informaban de muertes, nacimientos incontrolables, robos, mentiras presidenciales y dominaciones políticas; números que se multiplicaban sin cesar y se deslizaban por una línea en descenso, moda, sudor y lágrimas. En el hígado se concentraban los reclamos de Otelo y las intrigas de Iago; la perseverancia de Ulises y la fiel espera de Penélope; la ciega osadía de Dédalo y su hijo; la culpa engendrada en el destino de Edipo y la desobediencia de Antígona. A su lado, el estómago aún reservaba toda clase de insultos, los mayúsculos “no” de las leyes humanas y divinas y cláusulas contractuales.

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Un persistente ruido le hizo desviar la mirada un poco más arriba; parecía proceder de los pulmones. El golpeteo de notas musicales en complicidad con el aire evocaba imágenes sonoras, como un contrapunto de melodías, entre las que Alberto solo alcanzó a reconocer algo de rock sinfónico, tango, jazz, salsa, pop y una voz con la potencia de un soprano y la distancia de quien ha partido al otro mundo. Por un momento lo inquietó saber qué encontraría en la matriz. Sólo pudo reconocer algunos signos de interrogación y fórmulas con X, Y y Z. Nada más. Tal vez esperaba hallar la huella del dedo de Dios o un mapa que señalara el camino al placer, pero ni lo uno ni lo otro. Un poco decepcionado, subió al corazón y en cada una de sus cámaras se topó con frases cortas de santos versos, tácticas miradas, deseosos silencios y paganos deseos en los que se fundían la noche y el día. Ascendió a la garganta para revisar la tráquea, donde encontró incrustado un papel con forma cilíndrica que probablemente obstaculizó el paso del aire. Lo sacó con sus pinzas y lo desdobló cuidadosamente para que el húmedo papel no se rasgara. Palabras más, palabras menos, decía: “Estas serán las últimas palabras que leerás de mi puño, y espero que tengan la misma fuerza y precisión de mi voluntad. Gracias por tu compañía durante estos tres años; por enseñarme de la vida y llevarme de la mano por esta caída libre del amor. Gracias porque tu ciega mirada me señaló la piedra con la que tropecé, el charco con el que me mojé y la espina que hirió mi mano. Gracias porque tu atenta sordera me devolvió el eco de mis palabras y la mágica noche del silencio. Pero llegó la hora de que mi alma no sea más el cedazo que aún preserva tus desechos, mientras intenta depurar lo mejor de ti para divinizarlo. No fue fácil tomar esta decisión, y sé que será mucho peor asumirla porque duele deshacerse de la comodidad de la costumbre que se le va adhiriendo al amor con el paso de los años, como el hongo que se apodera de la vid y echa a perder el vino. Pero de allí viene la fuerza; del hastío que produce descubrir que se vive con un recuerdo, con un oasis prometido en el desierto mientras uno se muere de sed camino a él. Me detengo en el camino a esperar el paso de los mercaderes. Adiós”. Y firmaba: “Tu indescifrable, Eva María”. Alberto guardó el papel en una bolsa sellable y la puso al lado de la bala que había encontrado entre las dos últimas costillas del lado derecho, y que no alcanzó a lastimar ningún órgano vital. Algo turbado, terminó de hacer la autopsia, organizó el cuerpo y diligenció el formulario pertinente. Cuando llegó al décimo punto del documento, “causa de deceso”, escribió en el pequeño rectángulo: asfixia.


El monito basurero

H

Jesús David Valencia Ramírez

un monito que recogía basuritas y se llamaba el Monito Basurero. Un día buscando entre basurita, como casi siempre hacía, encontró cinco centavitos relucientes de esplendor. Contento se fue cantando y arrastrando su carrito de sorpresas. Pasó por la calle donde los vidrios guardaban cosas con las que soñaba y lo vio: un tambor reluciente como el sol. Pero muy costoso era ese tambor. Y con cinco centavitos ni a tocarlo se atrevió. Los ojitos se le aguaron pero valiente aguantó. Se alejó del tamborcillo con su carro y su ilusión. El estómago, vacío y destartalado, le sonó como si cincuenta relámpagos le bailaran al compás de su canción. “¿Qué será lo que me compro para comer?”, preguntó. “¡Golosinas!”Y a la tienda de don Chacho corriendo se dirigió. “Hola, monito”, le dijo el tendero que siempre le regalaba lo poquito que podía. “Te tengo una sorpresita”, y don Chacho de su vitrina sacó un paquete. “¡Almendritas!”, el monito contento dijo y don Chacho: “Pues estas para ti son”. “Un momento”, le contestó el monito y del bolsillo los centavitos sacó. “Estas las pago yo”, le dijo y el tendero sorprendido se quedó. Corriendo con su tesoro, el carrito parqueó junto a un árbol muy tupido y a la cima se trepó. Destapó las almendritas y “a comer se dijo”, dijo y de una se metió más de cinco a la bocaza y por eso mismo, “¡plop!”, tres almendritas perdió. Pasaba un chivo algo ido, que sin comer nada estaba desde hacía unas semanas.“¿What?”, preguntó el chivo en un lenguaje enredado. “¡Están lloviendo almendritas!”, y en la cabeza sintió los golpes de los granitos que de una devoró. Lo vio el monito desde su rama.“¡Oh no!”, le gritó a todo pulmón. Bajó como rayo loco y ante el chivito plantó su estampa destartalada. “Esas eran almendritas que le compré a don Chacho con el dinero que encontré entre basurita”, le dijo al chivo. “Peace and Love”, le contestó el chivito y el monito no entendió que era esa cosa y le dijo: “¿Cómo? ¿Pizza y jamón?”Y el chivito se rió. Entonces el monito los pulmones se llenó de aire y le cantó: “Chivito comió almendrita del Monito Basurero”. Y el chivito sorprendido de una se disculpó. abía una vez

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“Solo tengo esto que darte”, dijo el chivo y un cachito se arrancó. El monito extrañado el cachito recibió.Y el chivito muy orondo se fue cantando y bailando una canción de amor. Sin saber qué hacer con un cacho de chivito, el monito se pasó todo el día meditando. “¿Y esto qué? ¿Para qué diantres me sirve un cachito de chivito?”Y la noche lo alcanzó. Por fortuna los golpes del martillo escuchó. “¡El herrero!”, y a su casa corriendo se dirigió. Rino, el herrero, con músculos poderosos y un alegre vozarrón, lo saludó. “Monito, ¿cómo anda todo?” “Marchando”, le contestó. “Señor herrero, quisiera me hiciera usted un favor. Este cacho de chivito, guárdemelo esta noche. El carrito tengo lleno y si lo llevo en las manos no puedo subir la loma”. “Todo bien”, dijo el herrero. “Hasta mañana, pequeño. Que sueñes con pasteles de limón”.“Y con un tambor de plata”, el monito pensó y entre brincos se perdió entre la noche estrellada. Al otro día, temprano, antes de trabajar, el monito al herrero fue a visitar. “Buenos días”, le dijo al verle la espalda. “Monito”, dijo el herrero. “Lo siento mucho, monito soy un tonto”. “¿Qué pasó?”, preguntó el monito, preocupado.“El cachito, snif, del chivito, snif. Anoche en la fragua estaba acabando un encarguillo.Y por sonso y distraído, con las nalgas empujé el cachito al fuego”.“¡Válgame!”, dijo el mono y la canción continuó: “Cachito no era mío. Cachito era del chivito. Chivito comió almendrita del Monito Basurero”. Y el herrero, arrepentido, en su grande corazón encontró una solución. “Solo tengo mi trabajo”, le dijo. “Te regalo esto a cambio de tu cachito. No es mucho pero al menos vale lo suyo para quien lo sepa usar”. Un machete puntiagudo el herrero al fin sacó. Se lo regaló al monito quien, sin más, lo recibió. “¿Y esto? ¿Qué hago con esto?”, pensó el monito y la noche le llegó junto al bosque de los Momos. “¡Zambomba, ya anocheció!” Los golpes del hacha le llegaron desde lejos y hacia allá se dirigió. El castor, un leñatero con dientes como diamante y cola de nadador, lo vio llegar y le dijo: “Monito. Qué sorpresa”. Intercambiaron saludos, la merienda compartieron (un delicioso salmón). El pájaro carpintero, ayudante del castor, el café trajo caliente y bebieron y cantaron y la luna les salió. “Señor leñatero”, dijo el monito. “Este machete filoso el herrero me cedió. Larga es la historia. Otro día se la cuento”. “Muy bonito”, le dijo el castor al ver la herramienta. “Guárdelo, por favor”, pidió el monito a su amigo. “Esta noche a mi tía tengo que visitar. Si me ve llegar con esto del susto desmayará”. “Tranquilo muchacho”, dijo el


Cuentos castor.“Te lo guardo hasta que vengas. No hay problema”.Y las manos estrecharon y luego “¡Bien!”, las chocaron. El monito y su carrito por la trocha se perdieron entre algún callejón del centro de la ciudad. Amaneció en la ladera. El monito con su carro al bosque se dirigió. El leñatero, apenado, con la cara colorada le dijo con voz cortada: “Monito, ¡ay qué pesar! Anoche por acabar un encargo del ingenio me puse a cortar un árbol, más duro que mi papá. Usé tu machete y ¡puaf!, se quebró contra un gran nudo que no alcancé a evitar”. El monito se rascó los pelos de la cabeza. Miró fijo al leñatero y cantando con presteza relató: “Machete no era mío. Machete era del herrero. Herrero quemó cachito. Cachito no era mío. Cachito era del chivito. Chivito comió almendrita del Monito Basurero”. “¡Ay, monito! Pues mira, esto es todo lo que tengo”, le dijo el castor y sacó algo de una manta más bien rota. “Esta es leña de primera”. “Gracias”, dijo el monito. Puso la leña en el carro y del bosque se alejó sin saber muy bien qué hacer con la leña de primera. Llegó la noche y Monito, cansado de arrastrar leña, olió algo delicioso y la fuerza le volvió. Se encontró a la tamalera, una señora hipopótama, con sus gafas de coral haciéndose un buen tamal.“Hola, monito”, le dijo. “¿Se te antoja un tamalito para el día terminar?” El monito se comió su tamal en dos bocados. “Despacio”, dijo doña Hipo, “que tamal en dos bocados resulta más peligroso que un jaguar bien enfadado”. “Doña Anita”, dijo el mono, “¿podría hacerme un favor?” “Pues depende. Si me pides que te baile un merengón, paso”. “Nada de eso. Necesito que me guarde esta leña, nada más. Tengo que trabajar esta noche en el comercio”. Doña Anita asintió y la leña le guardó. Al otro día el monito por su leña regresó. Doña Anita, apenada, con pesar lo recibió. “Monito, anoche llegó un señor a pedirme cien tamales. Leña no me quedaba, la plata necesitaba y a tu leña le di mano”. El monito se rió y de una le cantó: “Leña no era mía. Leña de era leñatero. Leñatero quebró machete. Machete no era mío. Machete era del herrero. Herrero quemó cachito. Cachito no era mío. Cachito era del chivito. Chivito comió almendrita del Monito Basurero”. Doña Anita, apenadita, le preparó un gran tamal. El monito bien contento se fue corriendo y silbando, para llevar la delicia a casa de su mamá. En camino a la ladera un susto lo recibió. Tres macacos más bien feos le salieron a paseo. Al tamal habían olido y el monito, nada bobo, robarlo no les dejó. Corrió, gritó y arañó, hasta que escapó de ellos y a una casa vecina se metió sin más.“¡Monito!”, le dijo una voz señorial,

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“¿qué pasó?”“Pues que esos mensos mi tamal quieren robar”, dijo el mono y señaló a los macacos que afuera sus monerías hacían. La lavandera, elefanta de corazón generoso y genio más bien rabioso, les salió al encuentro. “Mensos. Si a alguien van a robar, inténtenlo y ¡ya verán!” Con la trompa resopló. Las orejas estiró. Los macacos, asustados, salieron despabilados. “Doña Gloria, muchas gracias”, dijo el monito. “Esta vaina, este tamal, por favor, guárdelo hasta mañana. Bien temprano lo recojo”. “Pues claro, ni más faltaba”, dijo la señora Gloria. “Vaya con cuidado, mijo, y si lo molestan más, me llama para azotarles las nalgas a esos piojosos”. “De una, señora Gloria”. Un besito le dio el mono y doña Gloria un abrazo. Se escabulló por si acaso los macacos lo esperaban. Al otro día volvió a recoger su tamal. La lavandera entre mantas no se dejaba mirar. “¿Qué pasó?”, preguntó el mono. “Una desgracia terrible”, le dijo la lavandera y las mantas se quitó. De la trompa le colgaba un pedazo de tamal. “Monito, toda la noche el olor me atormentó. ¡Es que olía delicioso! La barriga me sonaba como motor de tractor. Desvelada, no aguanté. Al tamal yo devoré”. El monito, carcajeado, le cantó: “Tamal no era mío. Tamal era de tamalera. Tamalera quemó leña. Leña no era mía. Leña era de leñatero. Leñatero quebró machete. Machete no era mío. Machete era del herrero. Herrero quemó cachito. Cachito no era mío. Chachito era del chivito. Chivito comió almendrita del Monito Basurero”. La lavandera, sonriente por la canción escuchada, le regaló una toalla. El monito, agradecido, la recibió y un besito a la lavandera le dio. Aunque sin saber qué hacer porque bañarse seguido no era de su querer. Entre basurita el día se le escapó de las manos. Cayó la noche y en un barrio del centro de la ciudad, con la toalla aun sin poderla usar, se encontró. “¿Y ahora?”“¡Rechanfle!”, escuchó a una voz exclamar. Era el barbero que ansioso salía de su local. “¿Y ahora en dónde encontrar una toalla para el trabajo acabar?” El monito se acercó.“¿Necesita una toalla?”, al barbero preguntó. “Hola, monito. Un gran cliente tengo ahora en el local. Un león harto peludo que le dio por afeitar una barba de treinta años. Pero toallas no tengo. Menos plata pa’ comprar”, dijo el barbero angustiado, un suricato de anteojos. “Pues da la casualidad que aquí tengo una. Nuevecita, pa’ estrenar”, dijo el monito y el otro, el barbero suricato, le dijo: “¿Podrías prestármela esta noche? La melena del león me va a hacer trasnochar”.“Tome”, dijo el monito.“Muchas gracias, amiguito.


Cuentos Mañana te la devuelvo bien lavada y limpiecita”. “Con tal que no tenga pelos…”, dijo monito y entre sombras se perdió. Al otro día volvió al negocio del barbero. Al suricato extenuado en el local encontró. “Monito”, le dijo, “la desgracia anoche me cogió desprevenido”. “¿Qué hizo?”, preguntó el mono. “¿Acaso usted al león una oreja le cortó?”“¡Cómo crees!” El suricato de una se santiguó. “No estaría aquí enterito. Lo que pasa es que al final, cuando la melena estaba a punto de terminar, descaché. Fue a tu toalla a la que al final corté”. El monito sonrió y la canción continuó: “Toalla no era mía. Toalla era lavandera. Lavandera comió tamal. Tamal no era mío. Tamal era tamalera. Tamalera quemó leña. Leña no era mía. Leña era leñatero. Leñatero quebró machete. Machete no era mío. Machete era del herrero. Herrero quemó cachito. Cachito no era mío. Cachito era del chivito. Chivito comió almendrita del Monito Basurero”. El barbero, contagiado de la risa del monito, una tijera sacó. “Te la regalo. Ha cortado los cabellos de un señor emperador”. El monito recibió las tijeras relucientes. Se despidió del barbero y a la calle se lanzó. El día se fue volando. El monito siguió andando hasta que un rumor oyó. Era el golpe contundente de un tambor. Entre un par de rascacielos se internó. Una tienda de tambores, escondida entre hormigón. Una figura pesada, un gorila más bien viejo, tocaba con maestría un tambor todo curtido. “Hola”, dijo al monito. “¿Qué es eso?”, le preguntó el monito sorprendido al ver cueros y maderas unidos por la pasión. “Esta es la tienda del Gori, se fabrica el mejor son. ¿Quieres probar?”, lo invitó el Gori y un gran tambor le puso enfrente. “Pues claro. Si cantar es mi pasión”. Tocaron y bailaron y cantaron y la noche los coreó. El monito se quedó dormidito en un rincón. “Un tambor…”, entre sueños murmuraba. “Si pudiera fabricarle un tambor bien especial. Pero tijeras no tengo”, dijo Gori. En el bolsillo del mono algo resplandeció. “¡Tijeras!”. El tamborero despacio al monito se acercó. Sin hacer el menor ruido las tijeras le sacó. Al otro día el monito de un salto se despertó. “Me quedé bien dormidote. Mi mamá debe de estar bastante bien preocupada”. Vio al Gori en un rincón. “Señor Gori, muchas gracias. Ahora me tengo que ir. Algún día vuelvo y paso para tocar”. Se llevó las manos a los bolsillos. “Mis tijeras, ¿dónde están?” El Gori le dio un vistazo y le dijo: “¡Ay, monito! Tus tijeras se partieron ante un cuero muy tozudo”. El Monito lo miró y de una le cantó: “Tijeras no eran mía. Tijeras eran peluquero. Peluquero cortó toalla. Toalla no era mía. Toalla era lavan-

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dera. Lavandera comió tamal. Tamal no era mío. Tamal era tamalera. Tamalera quemó leña. Leña no era mía. Leña era leñatero. Leñatero quebró machete. Machete no era mío. Machete era del herrero. Herrero quemó cachito. Cachito no era mío. Cachito era del chivito. Chivito comió almendrita del Monito Basurero”. Al terminar su canción, ¡oh sorpresa!, frente a él, un tambor como ninguno el tamborero le dio. “Para un monito cantor. Para que cante por siempre. Para que siempre se acuerde que la tristeza se va si cantas con corazón”. El monito dio un brincote. La gorra se le cayó. Chocó las manos con Gori.“¡Muuuuuchas Graaaaaacias!”, exclamó. Salió de la tienda contento, con el tambor en las manos. De oreja a oreja una risa. El corazón palpitaba como un segundo tambor. Recorrió todas las calles. A todas partes miró. Hacia la loma pelada el monito dirigió sus pasos y en el viento, su voz danzante se oyó: “Tambor no era mío. Tambor era tamborero. Tamborero quebró tijeras. Tijeras no eran mías. Tijeras eran peluquero. Peluquero cortó toalla. Toalla no era mía. Toalla era lavandera. Lavandera comió tamal. Tamal no era mío. Tamal era tamalera. Tamalera quemó leña. Leña no era mía. Leña era leñatero. Leñatero quebró machete. Machete no era mío. Machete era del herrero. Herrero quemó cachito. Cachito no era mío. Cachito era del chivito. Chivito comió almendrita del Monito Basurerooooo”.

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Encuentro en el samar

V

Leonor María Fernández Riva

iajero, si al atravesar el Sahara pasas por la aldea de Abu Zaid

detente a escuchar junto al samar y bajo la radiante luz de Al Nair los subyugadores versos del poeta de las estrellas. Lentamente, al paso largo y cadencioso de los camellos, la caravana emprendió su marcha. Abu Zaid la contempló intensamente hasta que se convirtió en un manchón oscuro que fue desvaneciéndose entre las dunas de arena. Entró entonces a su humilde vivienda y buscó su tesoro. Arrobado, observó el extraño objeto. Esa mañana se había desprendido de su única pertenencia de valor, pero no sentía pesadumbre; todo lo contrario, una inmensa alegría desbordaba su alma. Abu Zaid as Saruyi experimentó siempre una intensa fascinación por esos cuerpos celestes que titilaban a lo lejos y que él amaba desde niño. Compartir con sus hermanos la música de la palabra y hablarles de esos radiantes habitantes de la noche era la razón de su vida. El pozo, convertido cada noche en samar, daba cobijo no solo a su pueblo sino también a muchos visitantes que acudían de otros poblados a escuchar sus qasida o macaamas, poemas que tenían fama de trocar en mágicas y bellas las existencias de quienes los oían, por más grises y ordinarias que fueran sus vidas. Pero en esta ocasión no fue Abu Zaid quien pobló la noche de historias y leyendas. Otro fue esta vez el protagonista. Acuclillado junto al fuego y compartiendo los jugosos rottab con el viajero de ojos azules y poblada barba, Zaid escuchó de sus labios historias perturbadoras de otros pueblos, de otras culturas. El extranjero llegado de tierras remotas, alto y espigado, de facciones bellas y regulares, cabello negro y ojos bondadosos, despertó entre aquellas gentes sencillas una ingenua pero ardiente curiosidad. Esa mañana, al llegar la caravana procedente de las costas de Túnez en el mar Mediterráneo, Marco, que tal era su nombre, fue recibido por Sulayman, el patriarca de la aldea, con la proverbial hospitalidad del desierto. Superado el recelo que despertó inicialmente su presencia, hombres, mujeres y niños le rodearon con una admiración rayana en la impertinencia. Todos deseaban tocar sus extrañas ropas, olerle, escucharle.

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Marco les dejó hacer con gran condescendencia. Y esa noche, una noche radiante de luna llena, la aldea toda se reunió en el samar alrededor de la fogata que amortiguaba el intenso frío en que se había convertido el ardiente calor del mediodía. En el dialecto bereber de los tuareg y con una entonación profunda y musical, Marco fue narrando historias fascinantes de su país, un lugar muy lejano, de verdes montañas, ríos caudalosos y lluvias constantes. Con un dejo de nostalgia describió la ciudad que lo vio nacer, construida sobre el agua, donde pintorescos botes hacían las veces de camellos para dirigirse de un lugar a otro y donde habitaban seres como él, de barba tupida y ojos claros, y mujeres hermosas, cuyos rostros podían observarse sin velos aun a la luz del día. Habló de leyendas y aventuras surgidas en el laberinto enmarañado de sus calles, y se emocionó al describir los grandes barcos anclados en sus muelles repletos con mercancías asombrosas traídas de las más remotas regiones de la Tierra. La incredulidad y la fascinación colmaban los corazones. Pero al paso de las horas el cansancio fue venciendo a aquellos pastores acostumbrados a recogerse con la llegada de las tinieblas y despertarse con los primeros rayos del sol. Los párpados empezaron a entrecerrarse. Poco a poco, fueron retirándose a sus tiendas. Al lado de la fogata, ya casi en ascuas, quedaron solamente Marco y Abu Zaid. Desde el primer momento surgió entre estos dos hombres tan diferentes y distantes una corriente de simpatía. La luna llena, en todo su esplendor, dibujaba en la arena y en las hojas de las palmeras visos iridiscentes. Era la hora de la reflexión, de la confidencia. Durante unos momentos guardaron silencio. Luego, aquel hombre joven de origen lejano abrió su corazón al bardo del desierto y le habló con pasión de sus anhelos, de su ansia por conocer otras civilizaciones, por internarse más y más en el mar y llegar hasta donde nadie había llegado; de descubrir otros mundos misteriosos e ignotos, poblados por hombres y mujeres de ojos rasgados; lugares prodigiosos que presentía y que ya había visto en medio de sus sueños. Hablaba con vehemencia, con la determinación de quien está seguro de que se cumplirá lo que anhela. Y oyéndole, Abu Zaid confirmó algo que siempre había sospechado: el mundo no eran solo esas dunas de arena que rodeaban su aldea, ni los oasis cercanos, ni las palmeras enhiestas como doncellas, y ni siquiera las grandes ciudades a las que había viajado con su padre cuando niño; existían otras realidades lejanas y sorprendentes.


Cuentos Marco calló, y sus ojos se detuvieron pensativos en las chispas que todavía brotaban de la casi extinguida fogata. Abu Zaid tomó entonces la palabra y describió con inmensa ternura la maravilla que representaba para los amazig, los hombres libres del desierto, el néctar encerrado en los rottab, los dátiles que extraían la dulzura de la arena para convertirla en ambrosía para su pueblo; de un elíxir llamado café, bebida oscura y prodigiosa que despertaba los sentidos y tornaba claros los enigmas y los más complicados números; de los briosos caballos que su pueblo cuidaba como a su propia vida y a los que los amazig destinaban preciosas eras de tierra fértil; del milagro constante de los oasis y los pozos inextinguibles del desierto… del amor por su joven esposa, de la muerte y de su poder infinito de ausencia; de su soledad… y del inenarrable consuelo que había deparado a su vida la contemplación de las estrellas. Sí. Abu Zaid compartió con el viajero la ansiedad indescriptible que lo embargaba en las noches por observar el infinito y viajar con la mirada y con la imaginación hasta esos mundos lejanos y titilantes. Y así, de manera fortuita, Marco supo que los dos compartían la misma fascinación, el mismo embrujo por la bóveda celeste. Compararon los nombres que cada uno daba a las constelaciones y descubrieron llenos de gozo que lo que para Marco era El brazo derecho de Cefeo era para Abu Zaid El Draa El Imm; El Camello, Al Fanik; El Cabrito, ElYedi, Casiopea, Aldermarin; La Liebre, Ameb… Emocionado cual un niño, Abu Zaid señalaba una a una en el cielo los astros que tan bien conocía. En determinado momento y sin pronunciar palabra, Marco se levantó y se acercó hasta el pequeño baúl en el que guardaba sus pocas pertenencias, lo abrió y ante la sorpresa de Zaid extrajo un objeto de bronce de forma circular. –Observa este instrumento –le dijo, entregándoselo con una sonrisa. Un tanto indeciso, Abu Zaid lo tomó entre sus manos y reparó, curioso, en el complicado entramado de piezas en su superficie. Marco lo contemplaba divertido. –Lo que tienes en tus manos es un astrolabio –le explicó–. Su nombre significa “buscador de estrellas” y se usa para localizar la posición y altitud de los astros. Un mecanismo para medir el cielo. Me lo obsequió el prior de un convento de mi ciudad, agradecido por la narración que le hice durante varios días de mis aventuras en lo que ellos llaman la Tierra Santa. Pero no quiero cansarte con esa historia ni tampoco engañarte; éste no es un invento de mi civilización sino de la tuya.

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Enseguida, Marco se acomodó junto a Zaid y se dispuso a enseñarle el complejo mecanismo. Primero fue nombrándole las diferentes piezas: el tímpano, la madre, la araña, la eclíptica, la esfera armillar, la esfera celeste, el ángulo horario sideral… Luego, pacientemente, fue adiestrándolo en su manejo. Con el corazón a punto de salírsele del pecho, Abu Zaid descubrió que con aquel artefacto prodigioso podía localizar la medida de altitud de una estrella sobre el horizonte y que sin modificar la posición de la “araña” podía leer su acimut verdadero como también el de cualquier astro que se encontrara en ese momento sobre la línea del horizonte… Y Zaid no pudo ya desprenderse en toda la velada de aquel portento. La brisa helada de la madrugada hizo estremecer a los dos hombres. Hacía rato ya que el fuego se había apagado. En el hogar solo quedaban pavesas. Como saliendo de un embrujo volvieron a la realidad. Dentro de poco la aurora, con su meridiana claridad, borraría los mapas celestiales. Abu Zaid se levantó para dar las buenas noches a su amigo. –Discúlpame. No me di cuenta del paso de las horas. Masa el nur (que tu noche esté llena de luz) –le dijo, agradecido, a Marco extendiéndole el astrolabio. Y añadió desolado–: Mañana te irás. Marco, el comerciante de mil caminos, diestro en el arte de conocer el corazón y los deseos de sus semejantes, percibió en ese instante la insondable tristeza de aquel hombre del desierto cuya única felicidad consistía en observar el firmamento. En un impulso irreprimible apretó el curioso instrumento entre las manos de Abu Zaid diciéndole con una sonrisa: –Quiero que lo conserves. Creo que las estrellas están más cerca de ti que de mí y que a ti te llega más su luz. –Y viendo que Abu Zaid oponía resistencia, añadió–: No te preocupes, podré reponerlo en mi nuevo destino. Ese es el motivo de este viaje. Masa el nur para ti, querido amigo. Presos de una profunda emoción, se abrazaron en silencio. Horas más tarde, antes de que la caravana reemprendiera su marcha, los dos amigos se encontraron y se desearon buena suerte. Abu Zaid as Saruyi abrazó con gran afecto al que ya consideraba un hermano. –Assalam alikum, que la paz de Alá sea contigo –dijo el amazig, tomando la mano de Marco entre sus dos manos y colocando en ella el anj de marfil y esmeraldas, precioso amuleto egipcio en forma de cruz ansada, obsequio de un beduino misterioso que alguna vez escuchó sus poesías. Y agregó con voz solemne–: Que la gloria y la


Cuentos inmortalidad sean tus compañeras, Marco. No te desprendas nunca de este amuleto. Quien me lo dio me aseguró que el que lo porte hará realidad sus sueños y alcanzará la gloria y la inmortalidad. –Assalam alikum, hermano. No dejes de contemplar las estrellas; aunque la tierra nos separe, el cielo nos unirá. No volverían a encontrarse. Marco continuaría su periplo a través del desierto visitando pueblos perdidos en el mapa hasta llegar a la costa de Libia en el Mediterráneo. Era un comerciante, pero sobre todo un marino, y su alma navegaba ya por mares ignotos hacia mundos lejanos y sorprendentes. Nunca regresaría al Sahara. Pero ni él ni Abu Zaid olvidarían jamás ese encuentro fugaz junto al samar. Pasaron los años. La vida para el pastor del desierto continuó casi inmutable entre ese océano infinito de arena y ese otro, no menos infinito, poblado de estrellas que nunca se cansó de contemplar. Envejeció, y sus versos cual dulcísimos rottab se convirtieron para todos quienes le oían en ambrosía para el alma. Cuentan que al momento de su muerte una gran sonrisa iluminó su cara. Abu Zaid parecía percibir algo que nadie más podía ver. Con voz apenas inteligible se le oyó murmurar: “Masa el nur, querido amigo”. De acuerdo con sus deseos fue enterrado junto a ese entrañable objeto de bronce que lo acompañó cada noche en el samar a lo largo de su existencia. Lo que sucedió luego es difícil de explicar. ¿Fue solo la imaginación de ese pueblo nómada enseñado a contemplar cada atardecer el firmamento o realmente aconteció? Lo cierto es que al día siguiente del fallecimiento de Abu Zaid una nueva estrella iluminó las noches del desierto. Una estrella que desde entonces se conoce con el nombre de Al Nair, La Brillante. A partir de ese momento, Abu Zaid, el poeta de las estrellas, se convirtió para los amazig en una de sus más entrañables leyendas. Cali, agosto 2009

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Treinta y uno

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Layla Montoya Hammar

reinta y uno de diciembre. Bogotá. Dos de la mañana. Estoy en

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casa de un tío y acabo de darle el primer mordisco a mi tajada de pavo con salsa de ciruelas. El bocado, más grande de lo que la etiqueta recomienda, me deja un poco atorada. Decido saltarme otra regla más y sin terminar de pasar el resto de la comida, deslizo champaña por mi garganta. Feo pero efectivo. No me atranqué. Suena el timbre. Es un amigo que ha venido a recogerme. Iremos a otro sitio a recibir el año juntos. El problema es que se adelantó media hora y sin ese tiempo no podré terminar de comer. Y tengo mucha hambre. Le pido que coma conmigo pero me dice que acaba de hacerlo. Yo sigo mirando el plato que sostengo sobre mis piernas. El tipo me gusta bastante, no sólo es guapo sino que además baila muy bien, y esta noche promete ser larga. Información suficiente para que mi cerebro decida poner una sonrisa en mi rostro. Salgo disparada a lavarme los dientes. Luego de despedirnos de mis tíos, primos, abuela, amigos y demás ciudadanos presentes, salimos al carro. Cierro la puerta y me dice, con el ceño fruncido, que mi papá lo saludó seco, que hasta hizo un gesto con la boca. Antes se había demorado, le digo yo tratando de aligerar el ambiente; él es así, no le parés bolas. Mi amigo no quiere que le aligeren nada, es evidente que está molesto y quiere hacérmelo sentir. Trato por todos los medios de hacerle ver que es una bobada, algo sin importancia, pero él sigue muy serio con sus ojos fijos en la calle; ahora es él quien está haciendo un gesto con su boca. Llegamos a la casa de un amigo suyo, en donde otros primos, tíos y amigos de alguien más están festejando. No hay abuela. Tal vez por eso la música suena tan fuerte. Me dice que aquí sólo estaremos un minuto, que este sitio es sólo el punto de encuentro para salir todos, en varios carros, a rumbear. El minuto se convierte en media hora y yo me empiezo a desesperar. El ambiente no es agradable, la música es sólo un elemento distractor que trata de esconder, sin éxito, que esta reunión es muy aburrida. Alejandro –así se llama mi amigo– decide que es mejor no manejar, al fin y al cabo la meta de la noche es llegar al amanecer prendidos y felices, no multados y sin pase. A la mayoría le parece bien y decidimos irnos en varios taxis. Él y yo no cruzamos una sola


Cuentos palabra en todo el trayecto. Él se comporta distante; presumo que sigue molesto por la mueca de mi padre; yo me estoy impacientando con la situación. Además, sigo con hambre. Llegamos al sitio. Es un local ubicado en la zona T. No le veo nada especial; es una pared negra con dos tipos de igual color y el doble de mi tamaño restringiendo la entrada. Hay una cola infinita. No soy el tipo de persona que hace fila para entrar a un restaurante o a un bar. Para hacer fila están los bancos y las entidades públicas. Pero soy minoría y debo adaptarme a los deseos del grupo. Mi amigo se dirige a uno de los custodios, le menciona un par de nombres y por arte de magia la barra se abre. Si hay algo que detesto más que hacer fila, es precisamente no hacerla cuando otras personas la están haciendo. Comunico mi pensamiento y recibo miradas y comentarios irónicos de los amigos de mi amigo, que a estas alturas, es evidente, nunca serán mis amigos. Traspaso la puerta. Reguetón. Pagamos el cover. Hacemos otra fila, esta vez para entregar mi cartera y mi chaqueta; a cambio recibo un rectángulo plástico con un número. Caminamos con dificultad; llegamos a donde se supone que deberíamos llegar. Estamos parados en medio de un garaje lleno de gente en donde me reciben con un empujón aquí y otro allá. Más reguetón. Alejo empieza a moverse al ritmo de la música. Yo me quedo quieta. No me gusta el reguetón. Primero me mira con extrañeza; luego, al ver que sigo sin moverme, también se queda quieto. Ahora somos dos personas estáticas en medio de una muchedumbre que se mueve frenética. La cosa no pinta bien. Miro hacia arriba y veo que el segundo piso está casi vacío. Mejor todavía: veo asientos. Le digo a mi amigo que quiero subir; él también mira y ve a dos de nuestros acompañantes cómodamente sentados. Les hace señas; ellos nos informan por dónde tenemos que subir. Antes de pisar el primer escalón notamos que tenemos que pasar por otra barra en donde un sujeto idéntico a los que están cuidando afuera nos dice que esta es la zona VIP. Por eso mismo, le dice Alejandro, y agrega dos palabras que no alcanzo a escuchar. La barra se abre. Tengo que confesar que a estas alturas me imaginaba que la peor parte de la noche había pasado, así que me dije a mí misma: qué importa si no puedo bailar, al fin y al cabo unas noches atrás bailamos salsa y merengue; soy flexible, ratifiqué para convencerme; puedo tolerar esta dosis concentrada de reguetón. ¡Es primero de enero, hay que empezar el año contenta!

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Mientras yo hacía todas estas conjeturas, Alejo, que siempre ha tenido los ojos inquietos, estaba concentrado en los movimientos que una reguetonera hacía enfrente de su nariz. La cosa no fue casual, una miradita furtiva no se le niega a nadie. Pero no, el asunto era más complejo. Ella, instalada a pocos centímetros de la cara de Alejandro –hay que recordar que él y yo estábamos sentados–, hacía todo tipo de contorsiones mientras sostenía la mirada fija en mi ilustre amigo, todo ello acompañado de una sonrisita controlada que parecía haberse quedado congelada en su horrible boca. Y él, que es como es, compartía con igual entusiasmo la actitud de esta mujer. Tal vez sea necesario mencionar en este punto que últimamente me he propuesto ser más tolerante, ya saben, tener más control sobre las propias emociones, vivir más zen, dejar que los demás sean como son, etc., etc. Con todo esto en mente respiré profundo, miré a mi amigo, lo cual es siempre un placer –ya mencioné que es realmente guapo– y traté de entablar una conversación. Él, que es todo un caballero, se tomó dos segundo para responderme –tampoco me iba a dejar con la palabra en la boca– y acto seguido giró su cabeza para seguir moviendo sus ojos al ritmo del reguetón. Suficiente es suficiente, me dije, no hay espiritualidad ni autocontrol que valgan en una situación como esta, y me despedí tranquila pero decididamente de Alejandro. Cogí mi ficha plástica, la cambié por mi chaqueta y mi cartera, y salí a la calle a buscar un taxi. Nadie vino detrás de mí. Sentada en el carro, mientras el taxista tomaba el rumbo hacia mi apartamento, me puse a pensar en lo extrañas que a veces resultan las cosas. Unos días atrás él y yo la habíamos pasado realmente bien, veníamos viéndonos con frecuencia y sin importar el plan parecía que siempre nos divertíamos; yo hasta había dejado de comer, literalmente, para verlo esa noche, para que ahora, de un momento a otro, todo se viniera abajo sin mayores explicaciones. Hice un esfuerzo y analicé toda la película desde el inicio: estuve toda la noche con mucha hambre, lo cual redujo desde el comienzo mi nivel de tolerancia; la mueca de mi padre al saludar a Alejo, mueca que derivó en malestar para mi amigo, malestar que a su vez nos llevó a un silencio incómodo a los dos. Con el silencio vino el aburrimiento, a este le sumamos que no pudimos bailar por causa de la pésima música; los inquietos ojos de Alejandro buscando diversión, para finalmente aterrizar directo en las fauces de la intensa bailarina reguetonera.


Cuentos De repente, capté la esencia de todo lo que había ocurrido. No fueron el hambre asesina, que me acompañó todo el tiempo, la mueca, el malestar, el silencio, el aburrimiento, el reguetón, los ojos con hambre ni el hambre hecho mujer. No. Nada de eso. Fue intervención celestial. En ese taxi, sola y en la madrugada del primer día del año, entendí que sólo se había hecho realidad mi deseo, aquel que había pedido en la misa del día anterior, treinta y uno de diciembre, en el cual se oyó: “Señor, aleja de mí las malas compañías”, sin saber que con semejante petición estaba renunciando a la persona que habría podido darme el mejor de los momentos para iniciar el 2009, así fuera una mala compañía en todo lo demás.

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Dos gallinas sin cabeza

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en un apacible café del norte de la ciudad. El día está nublado, la temperatura no debe superar los trece grados centígrados y son las diez de la mañana. Suena Artie Shaw con Out of Nowhere. Este tipo de música, el de las Big Bands, siempre ha logrado conmoverme, y en este día, un tanto gris por dentro y por fuera de mi piel, tiempla algunas de mis fibras en su justa medida. Sostengo mi taza de café con ambas manos –procuro con ello suplir la ausencia de una chaqueta más gruesa–, pero la combinación de ambas cosas, café caliente y chaqueta mediocre, logra calentarme. Podría decir que este es uno de aquellos raros momentos en los cuales siento que todo es perfecto, que no necesito ni deseo nada más para ser feliz; soy simple y ordinariamente feliz. Miro hacia el frente y veo bruma en la calle, la gente pasa caminando rápido y con los brazos cruzados, el frío del viento cala hasta lo más hondo. Me gusta que este lugar no tenga paredes a su alrededor, está al aire libre, sólo hay unos cuantos parasoles (o paralluvias, en este caso) cubriendo a los clientes de una potencial descarga del gris y pesado cielo que flota ahora mismo sobre la ciudad. Me gusta el frío, y como vivo en una ciudad de clima cálido aprovecho cada vez que puedo para exponerme al viento helado de la agridulce Bogotá. Llega a mi mesa una nueva taza de café, pero esta vez viene acompañada con un apellido: irlandés, que la hace más caliente que el trópico mismo. Trato de disfrutar de la música que sigue en la misma línea; esta vez escucho la voz de Louis Armstrong, pero algo se interpone entre su ronca voz y mi deleite de sus bajos guturales. Busco con la mirada el origen del disturbio. Logro enfocarlo. Se trata de dos mujeres entradas en años; hablan duro, casi gritan. Hablan de Bangladesh, de Laos, y una de ellas dice: interesantísimo todo eso, es muy interesante, sí, mucho, interesantísimo. Llevan dos platos a su mesa y piden un pan en particular. La mesera dice que en el momento no lo tienen y la mujer del saco verde alza la voz en un nuevo y más estridente nivel: ¿por qué no lo tienen?, mientras manotea agresivamente; ¿qué pasa que no lo tienen? La mesera, desconcertada por una reacción tan desproporcionada sólo atina a decir: Lo siento, señora, pero en el momento puedo ofrecerle…, la flamante comensal la interrumpe chillando: ¿Pero sí lo elaboran o stoy sentada

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Layla Montoya Hammar


Cuentos no? La amable mesera se deshace ante sus ojos intentando dar con una respuesta que logre calmar al par de fieras que tiene enfrente. Todo es inútil. Sí, señora, sí lo elaboramos, continúa la joven, pero en este momento no lo tenemos. La mujer vuelve a refunfuñar algo y la mesera se retira. La otra gallina, igual de arrogante que su compañera, grita desde la mesa: ¡Tráigame pan, señora, pan! “Señora”, dice la gallina de la sudadera blanca, y se lo dice a la jovencita que la atiende y que no supera los veinte años; mientras que a ella le resulta imposible ocultar sus arrugas a pesar del botox, artificio que pretende momificar su cara más allá de lo estéticamente razonable. En este punto, y ante tales manifestaciones, uno no puede evitar sentir vergüenza ajena por estos especímenes, que además pretenden hacerse notar a como dé lugar, comportamiento este muy semejante al que tienen los amantes del dinero fácil y a quienes con toda seguridad estas distinguidas señoras critican en sus reuniones del Country Club. La música ha desaparecido; las gallinas con su cacaraquear la han hecho desaparecer por completo. No más Glenn, no más Artie ni Louis, sólo un parloteo constante, ruidoso; insoportable: Estos tenis no te los conocía. ¿Son nuevos? Estos no los compraste aquí, ¿verdad? El volumen es francamente detestable, y el tono de sorpresa impostado lo hace aun más difícil de padecer. Me pongo las gafas –soy miope–, quiero verlas bien. Se levantan, van a la caja a pagar, miro sus vestimentas. Es claro que vienen del gimnasio: la de verde tiene las piernas como fósforos y una mochila que con toda seguridad pertenece a una de sus hijas, posiblemente a Sofi, que ha viajado muchísimo y desde muy jovencita por todo el mundo. Su acompañante, no la de Sofi que en este momento debe estar en Laos o en Bangladesh, sino la de su madre, tiene una sudadera blanca que deja ver múltiples hoyuelos de celulitis, la cual tiene bien colonizadas sus nalgas. Al verlas así, en un momento en el cual van sin maquillaje, con ropas sencillas y sin hablar –por un instante guardaron silencio mientras verificaban la cuenta– se hace aun más patético y ficticio su comportamiento desproporcionado para un mediodía. Pero, claro, es que las fachadas no conocen de horarios, sólo de oportunidades para mostrar ruidosamente todo lo infinitamente vacías y ridículas que son sus vidas. Se alejan.Vuelve la música. Pero el embrujo se ha perdido. Son las doce y el sol alumbra tímidamente entre un mar de nubes blancas. Se fueron la bruma, el frío, el misterio de una mañana perfecta. Es bien sabido que la felicidad dura sólo un instante, y yo tuve mi por-

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ción de ella durante el tiempo suficiente para darme cuenta de que la perfección existe sólo por breves momentos. Pago la cuenta y me levanto. Dirijo la mirada al cielo y veo que puedo caminar de regreso a casa. Shaw, Miller, Armstrong y compañía seguirán tocando en mi cabeza. Supongo que esa es una de las ventajas que tiene el no ser una gallina, al menos no una sin cabeza.

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La enemiga interior

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Leidy Kirley Rivera

llegué a casa luego del colegio. Había sido un día interminable. Estaba cansada pero mi cuerpo pedía diversión después de una semana extenuante. Recordé que esa noche tenía una fiesta en la casa de Sofía, no era mi gran amiga, sólo una vecina extrovertida. Agotada, me lancé sobre la cama a descansar y me dormí. Desperté sin necesidad de despertador. Pensé en la blusa roja. Eran casi las ocho de la noche cuando terminé de arreglarme. Cuando sonó el timbre pensé que era mamá, fui a abrir pero no, era Carlitos ¿Qué hacés aquí? Vengo por vos, ¿no vamos a ir a la fiesta? Carlitos era un amigo de la infancia pero de un tiempo para acá apenas nos veíamos. Esperamos juntos frente al televisor. Al rato llegó mamá, me acomodó un mechón y me dio un beso. ¿Estoy bonita?, le pregunté a Carlos cuando salimos. Pues sí, contestó con un punto de displicencia. La fiesta estaba buenísima. Hervía. Sofía nos recibió. Bailé rico. No me perdí ni una. Yo jamás bebía. En cuanto me ofrecían una copa, escuchaba la retahíla de mamá, una vocecita que me decía mucho cuidado mija, mucho cuidado, pero qué va, el escándalo de la fiesta ahogó la vocecita, endeble como yo. Bailé con todos. Vibraba llena de energía y todos los pasos me salían perfectos. La música se me metía por los poros y me ponía eléctrica. Sofía me ofreció un trago, lo rechacé, ella insistió, lo recibí y me lo tomé de un sorbo, a lo cowboy. Dos minutos después me sentí mareada, a punto de desvanecerme, la vista se me nubló como si estuvieran tirando humo en la pista, apenas distinguía siluetas de mujeres bailando en cámara lenta, una voz me hablaba, camine subamos, mamita, era una voz conocida pero no la podía identificar, mi cerebro definitivamente no funcionaba bien, quise decirle que sí, que subiéramos pero tenía la lengua pesada. El caso fue que me dejé llevar. Algo dentro de mí se dejó llevar. Mi pie tropezó con el primer escalón.Venga mamita, suba, y subimos, llegamos al rellano, subimos el segundo tramo, caminamos unos se viernes

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pasos, entramos a una habitación y me tiraron sobre una cama. El mundo me daba vueltas. Una mano temblorosa empezó a acariciarme los muslos y el abdomen con delicadeza, luego desabrochó mi pantalón, ya sin temblores. Yo no sabía si estaba en una fiesta o en una pesadilla. Luego de sacarme los pantalones despacio, y los calzones, las manos se impacientaron, me arrancaron la blusa de un zarpazo y los botones salieron volando. Adiós blusa roja. Con otro tirón voló mi top. Allí estaba yo, semidesnuda, inerme y turuleta. Lo único que se me ocurrió fue llorar. Hasta eso me costó trabajo.Y no sirvió de nada: el tipo empezó a frotar su pelvis contra la mía y a besarme frenético. Sentí asco y ganas de morirme. De morirme, no de matarlo: ¡con qué alientos! ¿Quién era ese extraño que se creía con derechos sobre mi cuerpo? ¿Un verdugo, un sátiro, un falo ebrio? Luego se desvistió y me penetró con fuerza, abalanzándose sobre mí con todo su peso, con todo su deseo, arremetiendo lascivo una y otra vez, y otra vez y otra vez. Un dolor agudo me corrió de la cabeza a los pies y me erizó. Marcelita... decía, Marcelita, mamita, rica. ¡Entonces reconocí su voz, era Carlitos, la mosquita muerta de Carlitos! Aún faltaba lo peor: mi cuerpo reaccionó. Yo sentía odio y asco ¡pero mi cuerpo la estaba pasando bien! Quién sabe desde qué momento, a lo mejor desde la escalera. El tipo jadeaba, mamita rica, mamita rica. Lo odié a él y a mi cuerpo, me odié por no poder controlar esa sensación, por no poder evitar la excitación que me encendía. Mi pelvis se levantó, mis piernas se abrieron y lo odié a él y esa que gozaba con mi ultraje, que se despernancaba y gemía sin vergüenza, sin importarle mi rabia. Él y la muy perra se estaban divirtiendo de lo lindo conmigo. Desde ese momento luché no solo contra él, sino contra mi cuerpo. Estoy segura de que la otra se lamentó cuando todo acabó. Al día siguiente mi mamá pregunto cómo me había ido. No supe qué contestar. Me provocó decirle: mi cuerpo estuvo en el cielo, yo en el infierno. Pero callé. Marcelita calló. Se sentía infeliz y sucia. Más o menos, respondí sentándome a la mesa.


El patrón

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Orlando Cajamarca

aparatosamente, como si le hubieran dado un buen empellón, y a duras penas logró frenar frente a la única mesa ocupada. Eran las diez y treinta de la mañana. Afuera el sol hacía hervir el aire. Adentro del restaurante la atmósfera era espesa y los rayos que se filtraban entre las rendijas del techo de palmiche ponían un toque dramático en la escena. El Patrón lo mira de reojo mientras sopla una pequeña avispa que se ha posado en el dorso de su mano. La avispa vuela hasta la cara de Joel, que la retira con violencia y trata de aplastarla con el pie. –Dejala, cabrón –lo recrimina con autoridad–. Delante de mí no volvás a hacer eso. Quién te creés para quitarle la vida a una indefensa avispa que lo único que hace es polinizar los campos. –Sentate, m’hijo. –Gracias, Patrón. –¿Qué querés oír? –Lo que usted quiera, Patrón. –No, decidí vos. Vos sos mi invitado. –Una salsita entonces, Patrón. –¡Qué salsa ni qué hijueputa! ¿A qué viniste: a bailar o a comer? ¡Mesero! Póngale un bambuco a este marica… esa sí es música de la patria, mijo. ¡Qué salsa ni qué hijueputa! El ambiente se ha puesto tenso y frío como el lomo de un cuchillo. No vuela una mosca. El mesero está alerta. Joel permanece inmóvil como un soldado en formación.  –¿Qué mal te hizo la indefensa avispa? –Casi lo pica, Patrón. –La próxima vez no la tocás. Delante de mí no se mata ni una avispa sin mi consentimiento. ¿Entendido? –Sí, Patrón… pensé… –Aquí el único que piensa soy yo… ¿entendido? –Sí, Patrón. Estoy a sus órdenes, Patrón, y firme como fierro. –Sí, ya lo sé, m’hijo. ¿Qué querés comer? –Lo mismo que usted, Patrón. – ¿De esto querés comer?… No sea marica, si esto es comida de enfermo, comida para diabético. Mandate una bandeja paisa. ¡Caoel entró

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marero!, servile a este güevón una bandeja paisa con doble porción de chicharrón. –¡Eso! Eso era justamente lo que quería. –¿Y cómo está tu mamá? El Patrón disuelve dos tabletas efervescentes en un vaso de agua y toma tragos haciendo muecas de acidez. –Ya la sacamos del hospital…  gracias a su ayuda, Patrón… que mi Dios le pague. –No endeudés tanto al pobre Chucho que hartas deudas le vas a tener que pagar el día de tu juicio final.   El Patrón toma un palillo de madera y lo manipula entre  sus dientes. Joel come sin levantar la vista. El camarero lo observa de reojo mientras arregla la mesa vecina. Hay en el ambiente un silencio de miércoles   y el camarero presiente lo peor. –¿Y tu hermanita ya cumplió los quince, cierto? –Sí, señor –responde Joel con la boca repleta de comida. –Quince añitos... un “boccato di cardinali”. –Es una niña todavía, Patrón. –Debe de estar linda la cagona... Joel come con voracidad sin levantar la cabeza del plato. El Patrón hace un gesto y la puerta de ingreso es cerrada desde afuera.   –Llevás bastantes días sin probar bocado, ¿cierto, m’hijo? –Sí, Patrón. –Por marica. –Sí, Patrón, por marica; es que uno a veces es un pendejo y se deja mangonear. Pero de ahora en adelante cuente conmigo que no le vuelvo a fallar, Patroncito. –Dejá de hablar güevonadas y comé.  Joel come mientras observa por encima de sus cejas al Patrón que se corta las uñas con una pequeña tijera, mientras da vueltas en su boca al fino palillo de madera.  –Ya verá usted, Patrón, cómo de ahora en adelante... –No hables más güevonadas y seguí comiendo… Camarero, dale otra bandeja con triple porción de chicharrón, que este marica lo que tiene es hambre. –No quiero más, Patrón, ya estoy lleno. –Coma, m’hijo, coma. El Patrón acomoda su silla frente a la de Joel y le da comida como a un bebé.  –Eso, así, m’hijo, así está mejor.


Cuentos Joel come con dificultad, tiene los ojos brotados e inyectados de sangre El camarero sube el volumen de la música. –Está rico, Patrón…, muy rico. –Camarero, traele a este marica una taza de mazamorra con panela. Joel trata de vomitar e intenta pararse. El  Patrón lo detiene. –No quiero más. El Patrón le abre la boca con la cuchara y le empuja con violencia la comida. –Coma, m’hijo, coma. Joel vomita sobre la mesa. Entran dos hombres corpulentos y lo sacan a empujones.  –No olviden darle su porción de postre para que se vaya llenito y contentico. –Como ordene, Patrón –responden en coro los dos hombres. –¡Camarero! Subile el volumen a esa maricada.  Aunque el camarero le pone todo el volumen al equipo, alcanzan a escucharse los estampidos de varios disparos en el exterior.  – ¿Desea algo más el Patrón…? –Silencio, sólo quiero silencio.  El camarero silencia el aparato. El Patrón se levanta, se acomoda el sombrero y sale.

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Los cuatreros

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Sandra Patricia Palacios

os cuatreros, así llamaba mi abuelo a los mismos hombres que

quemaron la casa, decía José Antonio Burgos. Solo recuerdo los gritos de las mujeres.“¡Corran, corran!”, decía Matilda,“¡Corran, corran!”, decía Gertrudis y entre tanto fuego y tanto grito, en un abrir y cerrar de ojos todos estábamos en el monte, acuscambados y aterrados viendo cómo nuestra casita se pulverizaba, nuestra huerta ardía en llamas y los perros aullaban con un lamento que era igual a nuestro dolor. De tal forma fuimos dejando nuestras vidas atrás, igual que en tanto correr olvidamos al abuelo, cuyo único grito esa noche era. ¡Llegaron los cuatreros!

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Demasiado tarde

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Sandra Patricia Palacios

lla estaba segura de que nunca lo olvidaría, a pesar de que Yei-

son parecía haber dejado atrás la historia y haber continuado la vida sin ella, cuando de pronto sonó su teléfono después de un mes de silencio. Catalina lo escuchó decir con la voz entrecortada y triste lo que tantas veces había presentido: –Hola, mi amor; te llamo desde la cárcel. Catalina dejó caer sus lágrimas sin poder contenerse y pudo recordar la forma en que él había llegado a su vida, para demostrarle que no solo en los cuentos y en las novelas pasan cosas que rompen los límites, las reglas y toda la coherencia. Catalina ya nunca sería la misma después de haber encontrado sus ojos. Nunca volvería a ver la vida igual, pues aunque en su casa había aprendido que las diferencias entre las personas eran solo cuestiones externas, la vida le había demostrado lo contrario. Cada noche al mirar las estrellas pensaba en sus corazones: estaban tan cerca que casi podían tocarse, pero en la realidad sus vidas eran tan lejanas que jamás podrían estar juntos. Catalina y Yeison eran conscientes de lo irracional que era todo esto, pero como el amor no mide, ni cuestiona, ni planea, solo llega y deja huella, así como en un juego de azar se cruzaron sus vidas para hacerlos reír y llorar hasta lo más profundo de las entrañas. Yeison tenía escasos veinticuatro años y unos ojos que reflejaban la bondad de su alma. La vida había sido dura para él, siempre asumiéndolo todo solo, siempre abriéndose camino entre las escasas posibilidades que le permitía su condición social. No podía borrar de su pasado los días y las noches interminables en que había tenido que esperar, a veces con hambre, a veces con frío y con mucha tristeza en su corazón desde los trece años, para poder entregar los encargos con la droga que le proporcionaba su tío y así poder ganarse unos pesos para comprarse una camisa y un pantalón nuevos que su madre no podía comprarle. Pero en los últimos años todo había cambiado desde que estaba trabajando en el día como mensajero en una compañía y en la noche estudiando en la universidad. “Soñaba con ser alguien en la vida”, como él mismo lo decía. Para él ser alguien en la vida era tener una

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profesión y trabajar en algo honrado que le permitiera suplir las necesidades de su casa. Para él eso significaba no enterarse nunca más cuando alguien en la organización de su tío fallaba y debían eliminarlo, o cuando había que callar a algún sapo para poder continuar en el negocio. Para él significaba vida y no muerte. En cambio, Catalina lo había tenido todo en la vida, nunca había pasado necesidades, era una mujer honesta y trabajadora. Se había graduado con honores de la mejor universidad del país como abogada y había viajado a Europa a especializarse. A diferencia de la inmensa soledad en que Yeison vivía, ella siempre tenía a su lado a su esposo, sus tres hijas y el resto de su familia que nunca le habían fallado. Catalina lo había conocido una tarde de agosto en el consultorio jurídico de la universidad. Desde que lo vio, a pesar de que ella le doblaba la edad, sus ojos se clavaron en su alma y su historia en su corazón. Desde ese día todos los miércoles puntualmente acudía a resolver sus dudas sobre la forma en que él podría comprobar que la casa de su abuela nunca había sido vendida a ese hombre que decía tener la escrituras. Ella le tomó mucho cariño, y él había encontrado refugio en cada palabra de esa mujer. Así fue como muchos meses después, dejando a un lado sus diferencias, sus dudas, todos los prejuicios y con mucha locura en el corazón, hicieron el amor desenfrenadamente y vieron el cielo y las estrellas y después cuando tuvieron que separarse tocaron el infierno también. Se amaron con locura sin dejar de lado sus vidas y hablaron mucho de lo malo que era todo esto y hablaron mucho del amor que se tenían. Así pasó un año durante el cual se vieron cuando pudieron y se amaron sin límites. Unieron sus almas y sus corazones y también muchas veces sus cuerpos. Solo podían ofrecerse momentos de felicidad, pues a ella siempre la esperaban en su casa. A Catalina le sobraba todo el amor que a él le faltaba. Él le ofrecía locura, juventud y las historias de un mundo tan diferente al suyo que ella ni siquiera alcanzaba a imaginar. No sirvieron de nada las súplicas de Catalina cuando Yeison le contó que había comprado un arma para defenderse pues su barrio se ponía cada vez más peligroso y él no podía permitir que nada malo le sucediera a su abuela, que era lo único que tenía en el mundo. De nada sirvió su llanto, hasta que su presentimiento se cumplió. Por eso el día en que él tuvo que disparar su arma para defenderse del hombre que quería robarle el encargo de droga del tío que


Cuentos entregaría para pagar el último semestre de su carrera pensó en ella antes de disparar, pero se hizo demasiado tarde y por eso con el corazón destrozado pero con la certeza de que ella nunca lo olvidaría, escuchó a Catalina responder a esa llamada: “Lo siento. Te lo advertí, te amo pero tengo mi vida y debo continuar. Nunca más sabrás de mí, es demasiado tarde para los dos, simplemente es demasiado tarde”.

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Las mujeres de Almifar

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de mayo, día de la Virgen, tendida en su cama en medio de bolsitas rojas, Clara supo que la magia existía y que la vida florecía sobre la tierra a pesar de todos los dolores que había en su alma y de aquellos temores que cada noche la habían perseguido. Se levantó temprano, y antes de irse a la ducha abrió la ventana de par en par para que la luz penetrara en todos los rincones de su cuarto y alumbrara ese triste y lúgubre lugar en que vivía su profunda soledad. Se vistió, como de costumbre, con su blusa de seda roja y escote profundo y se puso su falda negra, la más corta y apretada, con la cual pretendía incitar el deseo de sus clientes. Pero en realidad se veía como un esqueleto con harapos colgados sobre su escuálida figura. Su cuerpo desgarbado, consumido por los sufrimientos y el trasnocho, podía elevarse con tan solo una brisa leve. Tenía una belleza angelical. A pesar de la rudeza de su expresión, en medio del maquillaje grotesco se adivinaba una niña perdida y su mirada melancólica no lograba ocultar la infinita bondad que había en su alma. Clara llevaba ya nueve años ejerciendo este oficio que llenaba tanto su alma de soledad. Contaba escasos veinte años, pero su aspecto era el de una mujer mayor, que escondía bajo el labial rojo y los ojos oscurecidos por las sombras la inocencia perdida hacía muchos años ya. Su madre la había iniciado en este oficio a los once años, el día en que Clara había terminado su primera menstruación. Esta había sido su sentencia: “Clara, alístate, acicálate, ponte la blusa que te regaló la madrina Tita el día de Navidad, que llegó la hora de que te hagas mujer y empieces a ayudarme”. Ella, con su sonrisa tierna y el alma inocente, se arregló y se peinó con mucho esmero. Después miró desprevenidamente cómo en sus pechos comenzaban a insinuarse unos botoncitos rosados que traían el anuncio de su adolescencia y que ella procuraba esconder bajo su blusa, pues se sonrojaba de solo pensar que alguien los pudiera notar. quel martes

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Cuentos En eso tocaron a la puerta. –Doña, ¿me tiene lista a la niña? –Sí, ya va. Clara, apúrate. Ella salió sonriente pensando en lo importante que sería ese día. Ya se convertiría en mujer y podría ayudar a su madre, sin imaginar siquiera que cambiaría los juegos con sus cuatro hermanos por años de sacrificio y clientes cada hora. –¡Mamá, la bendición! –gritó Clara. –Dios te lleve con bien –contestó su madre, y le hizo la señal de la cruz desde lejos, bendiciéndola como en aquellos días en que todavía la mandaba a la escuela. Clara se fue con Pedro, aquel señor gordo, barrigón y lleno de granos de cuya boca salía un brillo especial al sonreír y mostrar su diente de oro. Al regresar había perdido la alegría en sus ojos. Triste, llorando y muy adolorida le preguntó a su madre: –¿Por qué don Pedro me llevó a su casa, me quitó la ropa y me tocó tanto hasta hacerme llorar? ¿Por qué me dijo que no me preocupara, que tú ya lo sabías todo? Adriana, su madre, le contestó: –Te dije que hoy te volverías grande y empezarías a ayudarme a conseguir la comida de tus hermanos. Así que debes ser fuerte. Deja de lloriquear porque de ahora en adelante harás lo mismo con muchos hombres y ya no tendremos que pasar más necesidades. En su corazón, la madre de Clara no sentía el más mínimo remordimiento. Los cien mil pesos que le había pagado don Pedro por la virginidad de la niña la ayudaban a salir de algunas deudas; además, siempre había pensado que Clara tenía en gran parte la culpa de todo. De no haber sido porque ella nació cuando Adriana apenas tenía quince años, no habría tenido que irse a vivir con Estiven, y no habría quedado embarazada cuatro veces más de él, en medio de tantas borracheras cuando llegaba a pegarle en la madrugada. Ella lo había soportado todo para sobrevivir con sus hijos. En este momento ya ni siquiera recordaba cuál había nacido primero, ni cuántos años tenía cada uno; al fin y al cabo solo habían llegado varones después de Clara. Adriana se pasaba los días lavando ropa, haciendo de comer y esperando la hora en que llegara Estiven, rezando para que esta vez no quisiera tocarla, pidiendo que no gritara tan fuerte y se durmiera rápido. Suplicándole a Dios con todas sus fuerzas que se lo llevara

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pronto, y fue por esos días cuando una vecina le contó lo de la bolsita roja. Un tiempo después llegaron unos hombres tocando fuertemente a la puerta, con la noticia de que a Estiven lo habían matado de una puñalada certera. Al oír esto Adriana dejó caer de sus ojos dos lágrimas que, más que tristeza, expresaban que todo el sufrimiento había llegado a su fin. Como muchas mujeres en la ciudad de Almifar, llevaba varios meses guardando en la bolsita roja que le había mandado el muchacho cada peso que le sobraba, cada devuelta de la tienda, con una constancia y una tenacidad inquebrantables. Cuando pensó que ya tenía lo suficiente le pidió a Clara que fuera a la casa verde de la otra cuadra y preguntara por Walter, un muchacho un poco mayor que ella que había cumplido ya trece años, y le entregara la bolsita roja con todas las monedas que tenía adentro. Cuando Clara tocó le respondieron: –Ya voy, ya voy; es que estaba dormido. –¿Walter? –inquirió ella. –Ajá. Diga a ver. –Que aquí le manda mi mamá Adriana, que usted ya sabe para qué es. –Bueno –contesto él. Clara sólo se fijó en sus ojos negros, y estiró la mano para entregarle la bolsita roja. Todo pasó muy rápido en esos días: la noticia de la muerte de su padre, la recolecta entre los vecinos para el cajón, el entierro y el hambre de nuevo, mordiéndoles las entrañas sin tener siquiera derecho a llorar. Por eso la alegría y la sonrisa volvieron a ocupar el lugar que habían perdido hacía mucho tiempo ya, cuando ese martes de mayo, día de la Virgen, Clara hizo entrar a su cliente más fiel a su guarida. Él era un joven de ojos negros, que llevaba solicitando sus servicios varios años. Siempre la hacía desnudarse al entrar, y le contaba historias de mujeres que ella pensaba que eran inventos o sueños, a lo que él solía contestar que todas vivían en la ciudad de Almifar. Cuando se cansaba de hablar, le leía cuentos, y escribía en un cuaderno viejo todo lo que ella le preguntaba o le respondía, y a las once salía con mucha prisa, le pagaba la tarifa acordada y le pedía que se vistiera de nuevo sin siquiera rozar su cuerpo. El último día que Clara tuvo que trabajar, ese martes de mayo, día de la Virgen, el muchacho de los ojos negros le pidió que se des-


Cuentos nudara despacio. Le contó otra historia: una historia diferente, una que tenía que ver con ella, una en la que le pedía que se fuera con él, una historia en la que le prometía que nunca la iba a tocar. Después de esto, descargó sobre su cama un morral con muchas bolsitas rojas, llenas de monedas, bolsitas que escondían historias de muchas mujeres que le habían pedido su ayuda en la ciudad de Almifar.

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El borracho y la bailarina sicóloga

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Winston Espejo

entada en la barra, apenas iluminada por la suave luz del bar, daba la impresión de no escuchar la música; más bien era como si la música le brotara de sí, o saliera de su vientre; posiblemente le sacudía el dorso y terminaba en un suave movimiento de hombros desnudos, un movimiento sensual y perfecto, armónico y demencial, para recordarnos que estaba ahí, que su presencia era omnisciente y que todos estábamos obligados, gracias a Dios, a respirar su mismo aire. La observé el tiempo que me fue posible. Y sin saber cómo ni por qué, temiendo que mi cadencia no fuera la suya y que mis pies arruinaran el embrujo de la brillante noche, me atreví a invitarla a la pista. Allí mis pasos fueron como… ¡ah, pero por Dios! ¿A quién le importan mis pasos? ¡Ni siquiera a mí mismo! A la semana siguiente la busqué. Le pregunté al portero del bar y afuera, en la entrada, al hombre de los dulces: “Disculpe, ¿usted ha visto a…? (describí el rostro y el cuerpo, la falda corta, abierta a un lado, las medias veladas, el polvo de oro sobre las mejillas y los muslos, hasta que debí fastidiar a estos hombres que respondieron estar hastiados de ver mujeres de esa clase).Viene con un tipo, mezcla ángel-arlequín, mezcla simio-títere, no es joven ni viejo, baila bien, aparenta ser buena persona, amable, dicharachero, es su pareja en la pista, creo…” Y en los momentos que terminaba la indagatoria volví a experimentar el alegre trastorno de aquella noche al asirle la mano –¡al diablo el sincronismo! La frase de la mezcla ángel-arlequín: “el hombre que no sabe bailar es como un trompo guardado en un armario” –; las clases de baile que prometí tomar. Al diablo el mundo si se baila con la criatura más hermosa y sensual del universo, me dije, entre tantos conceptos precedidos por su nombre, al día siguiente. Había pensado tanto en ella que me sentía como un adolescente. ¡No, ni siquiera! ¡Como un púber ante la expectativa de ver el cuerpo femenino por primera vez! Y mi pubertad, lejana más de cuarenta años, debió de haberse reído de mí.


Cuentos Bailamos una pieza.Yo lanzaba mis pies a todos los lados; ella, ¡una virtuosa!, sonreía en medio de las intermitentes luces que definían la pista, como mandan los cánones a una bailarina “. ¿Y qué hace?”, le pregunté cuando no sabía qué preguntar; en realidad quería decirle: “Usted, bella, ¿dónde estaba todo este tiempo?” Y un pequeño monstruo emergía de mí y le asía la cintura, y juntos inventábamos nuestra propia melodía.“¿Cuál tiempo? ¿De qué habla? ¿Puede profundizar más?” “Entienda”, le increpo en silencio, “que las palabras salen torpes cuando una mujer logra turbarlo a uno”. En realidad ella, a mi primera pregunta, cuando yo pensaba que su respuesta sería lóbrega, y que pertenecía por completo a la vida bohemia, de algún modo conectada a un gángster, contestó, seca y con la mirada firme en mis pusilánimes ojos: “Soy sicóloga”. ¡Ah! Están en todas partes, brotan del piso, pensé.Y continuamos con dos o tres frases de rutina hasta que la magia de esa pieza terminó. La doctora, como sugirió que debía decirle, volvió a su trono, en la barra, y en la penumbra un rayo de luz le iluminaba los hombros y nos permitía, a todos los concupiscentes del bar, ver su sonrisa electrizante. Esa es la última imagen que conservo. *** Ahora ningún fantoche sabe de su paradero, apenas balbucean displicentes, sin dejar de lado la tristeza que los acompaña y disimulan bien coreando la música de moda: “En el bar que está al frente, tal vez”; o “quizá en el de al lado”. Voy ansioso. Al pie mío camina uno que siempre está atento a mis comportamientos. Ríe cada vez que meto la pata. Sólo que su risa es silenciosa, y además ayuda a que la pata se hunda toda, hasta la ingle, y el barro de ese hoyo misterioso en que me hundo, hecho a mi medida, se adhiere a la piel como una sanguijuela, y me absorbe como tal, hasta inducirme a un sopor que en vez de evitar, agradezco. Entonces noto que me gusta más ese problema llamado bailarina. *** Anoche fue diferente, tuve un sueño. Estábamos juntos en su auto, un pequeñín al que ha bautizado como Katty, Kittie, Kotex… no recuerdo… y ella, sin decir nada, sin tomar mi consentimiento, se lanza a mis labios resecos que pronto entran a la contienda de sus labios ansiosos. Mientras parece que nos cercenáramos las lenguas, recuerdo la voz del hombre que a veces me acompaña: dice que es fastidioso ponerle un nombre al auto y, encima, uno tan ridículo. O sea que me baño en un mar de ridiculez, interpreto que quiere decir.

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Remata que es un mal síntoma y que debo alejarme pronto. “Sí”, le respondo. Y más pronto de lo que él se imagina, lo golpeo y lo tiro al suelo para que aprenda a no meterse en asuntos que no le incumben. Ella, como si pudiera introducirse en mis películas, grita que soy su héroe. Al instante, empezamos a volar por encima de la ciudad que nos ignora. Apenas nos advierten unos transeúntes que pasan, y curiosos, atisban por los vidrios cerrados y oscuros del pequeñín. Sólo nos ve un celador con lentes infrarrojos, un ex combatiente de Corea, fanfarronea él, que se divierte y excita con lo que viene después de nuestra contienda de labios: ella abre las piernas y por debajo de su falda y adentro de su pubis, al igual que los transeúntes, atisbo cierta intimidad que se desborda en dulces gritos y se contiene con insípidos raciocinios. Hasta que cansados de aquel juego, nuestras piernas se turnan para sobresalir por las ventanas de Katty, Kittie, Kotex…que se estremece y se desvencija. Despierto tirado en mi auto, con la bragueta perpleja y una pastosidad que me fastidia. Serán las tres de la mañana, me digo, pues a esta hora la gente sale de los bares. Y pasan alegres, pasan tristes, pero sobre todo pasan bulliciosos y con ganas de pelear. Yo compro las peleas cuando las fiestas acaban. O a veces cuando empiezan. Y he vencido a más de mil fantoches. Pero ahora me siento cansado, luzco viejo, con unas ojeras marcadas y el rostro inflado, como si se me fuera a explotar. Me percato de ello cuando miro, por el espejo retrovisor, a dos que pasan: se ofenden con fintas de micos pendencieros, se amenazan y sus patadas, por infortuna, rompen el aire, a nadie más. Mi mano, cansina, sostiene una botella de brandy. Reviso cuánto queda: con tristeza descubro que faltan uno o dos tragos. Y decido tomarme el contenido de un sólo envión.Y decido que es mejor estrellar la maldita botella vacía contra el pavimento.Y decido que mi vida, ante la falta de licor, vale menos que esos pedazos de cristal… Al cabo de hacerlo, golpean una de las ventanas. Es el hombre mezcla ángel-arlequín. Pregunta, igual que yo, y una multitud, por ella. Su cara luce distorsionada, como si un fuerte viento le hubiera quitado de su lugar la nariz, los ojos y la boca. Él trata de ponerlos donde deben estar, pero como lo domina la ebriedad y es un torpe, los deja ligeramente corridos. A él no le importa. A mí sí. Le increpo. Estalla en carcajadas. De tal modo y con tanto cinismo, que un fuerte deseo de estrangularlo me subyuga. Antes pensaba que mis manos sólo existían para trabajar y mimar, antes me enorgullecía de ellas y de mis obras, de mi paz y mi alegría, ahora pienso en cuánto he vivido equivocado: ¡un océano! ¡Una montaña! ¡El universo! ¡No sé! Mis


Cuentos manos le rodean su cuello y ¡lo estrangulo! Su cara se torna violácea, la saliva es un abundante río que se desborda por las comisuras de sus labios. Pero soy yo el que me asfixio, ¡ay!, soy yo el que me muero. *** Soy un borracho, dicen. Pero yo digo que no. Y también digo que la gente es feliz cuando tiene algo que decir de los demás. Si no, nuestras vidas terminarían más vacías de lo que suelen terminar. Y nuestras lenguas se atrofiarían y la sangre ya no circularía como debe circular. Por eso, para sentirnos vivos, medio mundo habla del otro medio mundo. Así que sonrío y termino perdonando a los que dicen cosas terribles de mí. Por estos días hay uno empeñado en decir que soy un caso insalvable, pues adquirí el vicio desde que tengo uso de razón. Y aprovecha para fanfarronear que tuvo uso de razón antes que muchos. ¡Pero si yo olvidé cuando tuve uso de razón! Es más, no me interesa. Hace poco, hablando con un perro sabio, me demostré a mí mismo que el uso de la razón no es mayor cosa. Él, claro, demostró su acuerdo conmigo al poner su pata en mi mano y lamerme la cara. No todos los perros son sabios. A algunos lo único que les importa son sus huesos; a otros, deslumbrar una perra, tener un árbol de ancha copa, tronco grueso y hojas amables que les rocen el lomo cuando caen, todo con el único fin de fanfarronear, pues su felicidad depende de cuánto los admiren y lisonjeen; hay quienes miran a la luna y esperan, inmutables, que ésta caiga para enseguida despedazarla. En cambio los perros sabios se reconocen por su rítmico andar, casi danzante, la mirada perdida y una vasija con licor pendiendo del pescuezo. No hablan de filosofía porque está lejos de su entendimiento. Sí hablan de la vida, de la perra vida que les tocó con todas sus miserias y bonanzas. Mencionan las veces que han visitado las estrellas y de cuando han descendido al infierno, alardean de sus aventuras en inhóspitos parajes y de las oscuras noches de alas postizas que inesperadas, como pestañas a los ojos de ciertas damas, se adhieren a sus costados para volar junto a las aves ¡Y qué poco creen en los demás! Sólo creen en el licor que los espera y se les filtra en las venas, acaso en una hembra que les siga la cuerda en el asunto de tomar y bailar, y, cuando es necesario, en las fatales mordeduras que les propinan a sus contrincantes. Pero… ¡ay! Casi nunca veo a los perros sabios. Se atraviesan una o dos veces al año en mi camino. Llegan por todos lados, tosen con la obstinación de quien, como todo bohemio que se respete, expone su pecho desnudo a cada aurora, y bailan, sin importarles la cadencia o la ridiculez, hasta la más aburrida de las danzas. Lo malo es que en

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cuestión de segundos vuelven a escabullirse. Me dejan vacío y triste, con muchas preguntas sin resolver. Y por más que les ladre y baile como ellos, no voltean a mirarme. *** “¡Buenos días!”, dice con una sonrisa que me recuerda las alas de los perros sabios. “¿Qué tenemos para hoy?” ¡Es ella! ¡La reconocería en el averno o el paraíso! Lleva un vestido sastre y no está tan pintarrajeada como en la pista de baile. Se sienta al frente mío. Su actitud es indiferente cuando saca una libreta de notas y empieza a escribir lo que le digo. Arranco, aturdido, con una sarta de palabras inconexas y a jurarle que no volveré a tomar. Comienzo a justificarme en mi pasado infantil, le echo la culpa a mi madre, a mi padre y a las hormigas rojas. Las negras, le digo entre sollozos, esas no son del diablo. Y pueden caminar por mi cuerpo dormido sin picarme, apenas haciéndome las mismas cosquillas que las hojas de los árboles, cuando caen, hacen sobre los lomos de los perros. Le cuento que ellos –padre y madre– también se embriagaban y se agredían al punto de descuidarme, y que una vez, cuando las rojas me picaron, el licor, ¡Gran Licor!, fue mi único alivio. Ella calla. Sólo sabe callar, y yo, incapaz de hacerlo –hablo demasiado y me reviento en incoherencias– le pido que vuelva y baile. Silencio. Y ante la crueldad de sus labios cerrados, sucia técnica aprendida en la universidad para hacerme hablar, me desbordo en letanías de mi pasado con minucias, en las posibles causas de mi alcoholismo, apoyado, desde luego, en una frase suya: “El origen del mal habita en usted, señor, debe esforzarse”. Pero cuando se me acaba el repertorio, y ni una palabra es capaz de aflorar, sonrío ladino, y al igual que los perros no sabios con su amo, meneo la cola y le insisto: “Baile, por favor”. “Soy su sicóloga”, responde con una leve amargura; “no su bailarina. Desconozco de dónde ha sacado tamaña idea, señor, pero si nos ayuda, está bien, puede usted quedarse con ella, recrearse con ella, vivir por ella...” A mí nada me importa su lacónico estilo para tratar a hombres como yo. A mí poco me importan su conocimiento ni sus frases prefabricadas; me gusta mi embriaguez y ese cuerpo de sinuosas curvas contoneándose al compás de la música. Disfruto su rostro maduro y felino, las formas de meretriz pulcra y refinada, eso, sin mencionar su piel cobriza. Atrás de su escritorio, apenas bañado por la luz mortecina del lugar, advierto al ángel-arlequín con una sonrisa amplia, tan amplia como la equivocación de mi vida, exhortándome a bailar.


Cuentos ¡Vamos!, parece decir. ¡No se quede ahí acostado!Y reitera entre dientes su frase amañada que le permite vivir bailando: “El hombre que no sabe bailar es como un trompo guardado en un armario”. “¡Sí!”, le contesto, mientras que ella, impetuosa y por primera vez turbada, pregunta: “¿Con quién habla, ah?” Decido ignorarla. Decido que el pequeño monstruo que vive conmigo emerja, la tome de la cintura, e inicie, deslizando nuestros pies, como en un piso enjabonado, un vals, un vals eterno que bailaremos hasta desfallecer. Ella, en su papel de sicóloga, me trata como si yo aún continuara recostado en el maloliente diván de su frío consultorio cuyas paredes están a punto de caerse por la cantidad de pergaminos y reconocimientos. Seca, supongo que con su firme mirada clavada en mis ojos cerrados, dice: “Eso, señor, deje volar su imaginación”. Y yo, por fin feliz y sonriente, bailo, bailo hasta inducirme en un sopor que en vez de evitar, agradezco…

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Resplandor metálico

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cara a la pared, Teresa mira la oscuridad con los ojos muy abiertos y escucha ronquidos, cuerpos acomodándose y uno que otro paso que hace crujir la madera de la edificación. Aunque no está cómoda, permanece quieta por temor de incomodar a Segundo, que duerme a su lado. Llegaron al lugar al final de la tarde y ambos estuvieron de acuerdo en hacerse pasar por un matrimonio con la esperanza de despistar a alguno de los que atacaron el convento en caso de estar entre los huéspedes. Comieron evitando cruzar conversación con los demás visitantes y luego fueron acomodados en un jergón de donde emergía el rastro de sudores trasnochados. Segundo le cedió la cobija y sólo se quitó la camisa y las botas para acostarse, mientras Teresa quedó en camisón. A pesar de llevar casi una semana de caminata, nunca habían estado tan cerca el uno del otro y Segundo estaba algo perturbado con la idea de limitar el espacio de su protegida y dificultarle el sueño, aunque a lo largo del viaje entendió que la monja apenas dormía por cortos periodos que terminaban en un despertar sobresaltado. En el pequeño campamento que instalaba en las noches, se quedaba despierto escuchando la tortuosa tribulación de la mujer y componiendo noche a noche el tormento que había sufrido durante los tres días que duró el asalto. Segundo, cuya finca era la más cercana, había pasado los mismos tres días escondido en el monte observando impotente cómo los bandoleros saquearon y quemaron su casa y destazaron a sangre fría su vaca; y los vio dirigirse al convento de donde casi inmediatamente se escucharon los alaridos de la monjas. Animales y mujeres fueron asesinados. Teresa logró esconderse en la capilla, con la suerte de que a pesar de su ferocidad y sevicia, los asesinos no se atrevieron a acercarse al altar. Mucho después de abandonar la casona donde las monjas habían montado la escuelita y la botica y prestaban atención médica, la gente llegó al lugar ahora oscuro, apestoso a muerte y de pisos resbalosos de sangre, para sepultar a las hermanitas. Fue entonces cuando encontraron a Teresa, con grandes pelones en la cabeza causados por ella misma quien, para distraerse del horror de afuera y de los gritos de su propia mente, se arrancó los cabellos a puñados. Muchas de las heridas que se infligió fueron tan graves que el pelo simplemente no volvería a crecer, por costada de

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Ximena Aldana


Cuentos lo que las mujeres le afeitaron la cabeza. A Teresa le tomó semanas volver a hablar. –Tengo que ir a la capital –dijo con la mirada en el vacío, suavemente pero con la decisión que le habían conocido en los días en que enseñaba a leer a niños y adultos. El trajín de la cocina de los hermanos Bedoya se interrumpió. –¿Cómo así, hermanita? –le preguntó la menor, especialmente lastimada al ver a su antigua profesora pálida, calva y en los huesos. –Tengo que contar esto a la provincial –Teresa miró por primera vez a todos los ojos que la miraban–.Yo los vi, yo sé quiénes son, quién los mandó, tengo que contar lo que pasó. Julio, quien llegó minutos después cuando una de sus hermanas lo alcanzó en el arado para contarle que la hermanita Teresa había hablado pero que había perdido la razón, se sentó frente a ella, entrelazando las manos sobre la superficie de la mesa, pulida por generaciones de ásperas manos campesinas. –Hermana, usté tiene que saber mejor que nosotros que irse ahora es muy peligroso. Ellos andan por aquí, no sabemos cuándo vuelvan. –Por eso tengo que irme. Cuando sepan que quedó una monja viva van a buscarme para acabar conmigo y con los que me cuidan. Sin argumentos, Julio echó el torso hacia atrás. Esa noche los tres hermanos Bedoya tomaban café y sopesaban las implicaciones del viaje. Los acompañaba Segundo, su cuñado, quien seguía siendo parte de la familia no obstante la muerte de su mujer y su hijo en el parto tres años atrás. En realidad no les tomó mucho tiempo; había consenso en el sentido de que la hermana Teresa no se quedara más tiempo en la casa. Les preocupaba su seguridad durante el viaje, pues también estaban de acuerdo en que ella no debía usar los caminos comunes. –Yo la llevo –dijo Segundo mientras miraba el fondo de su taza. Los Bedoya miraron el pelo entrecano y las manos toscas de ese cuñado recio al que parecían no hacerle mella las tristezas de su vida, la pérdida de su familia y ahora último, de su casa y sus animales. Sin decir más, todos entendieron que este hombre no tenía nada qué perder. Partieron una madrugada dos días después. Llevaron consigo sendos petates y provisiones que acomodaron sobre la mula cerrera de Segundo, que se salvó de los machetes asesinos por su costumbre de echarse al monte. A lo largo del viaje, rememoraba Segundo ahora en el jergón, hablaron poco, cada uno sumido en sus pensamientos,

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pero unidos por la incertidumbre. En la tercera jornada de la caminata se encontraron un río, donde Segundo cuidó de que la monja pudiese asearse con aceptable tranquilidad, sentado en una piedra totalmente a espaldas del charco. Desde el agua, la mujer le hablaba de tanto en tanto para indicar que seguía allí y estaba bien, a lo que Segundo le respondía levantando la mano. Pasado un rato, ella estaba de pie a su lado. –¿No se baña? Podemos hacer lo mismo: yo me quedo aquí, me habla y le contesto. Durante el resto del viaje no se toparon con sorpresas ni malas ni agradables, pero el temor caminaba con ellos, de manera que mirar hacia todas direcciones fue un movimiento tan frecuente como sus pasos. Aquella tarde vieron desde lejos la casa y Segundo miró compasivo a la religiosa, que había dormido en el suelo durante todo el trayecto. La idea de una cama y comida caliente la tentaba pero también la asustaba la idea de ser vista, de tener que hablar con otros. –No hablamos. Usté es mi mujer y yo soy un marido celoso. Se miraron y lentamente Teresa sonrió. El hospedaje no resultó como se lo había imaginado Teresa, pero la idea de dormir en una cama compensaba lo demás. Durante la comida no se atrevió a mirar nada por fuera de su plato y dejó que Segundo hablara por los dos, de forma que los demás alojados vieron en ellos un matrimonio normal. Acostada de cara a la pared, Teresa mira la oscuridad con los ojos muy abiertos mientras escucha ronquidos, cuerpos acomodándose y uno que otro paso que hace crujir la madera de la edificación. Aunque no está cómoda, permanece quieta por temor de molestar a Segundo, que duerme a su lado. La incomodidad no es tanto física como de verse por primera vez junto a un hombre cuya respiración acompasada le indica que si no está dormido, por lo menos está tranquilo. Durante el viaje Teresa aceptó agradecida el silencio de su acompañante y su solidaridad que la arropaba como agua caliente. Sabía que muchas veces él estaba despierto cuidando su sueño atormentado e intermitente y la asaltó el pensamiento de que él la estuviese observando en ese preciso momento. Aguzó el oído para escuchar mejor, pero la penumbra sólo le devolvió el ritmo parsimonioso de la respiración de su guardián y los latidos acelerados de su propio corazón. En un esfuerzo por sosegarse, Teresa recuerda el semblante fuerte y callado de Segundo y se imaginaba el mismo viaje junto a otro, Julio, que también pudo haberla guiado por donde la guió Segundo, pero en seguida se dice que el viaje tal vez hubiese sido menos tranquilo.Y sin


Cuentos proponérselo recuerda también la espalda ancha del hombre sentado en la roca, que respondía a su conversación con monosílabos. La conciencia de estar junto a un hombre, de su propio cuerpo, de su piel, del contacto de la simple tela del camisón, se abría camino en sus pensamientos como el agua entre las rocas, hasta que el eco de un llamado desconocido, nacido de una profundidad que se había clausurado sin ser conocida ni consultada, resonó bajo su esternón con tal fuerza que su cuerpo se contrajo en un espasmo sin dolor que le desocupó los pulmones, dejándola rígida y acurrucada como los niños. Al tomar una bocanada de aire perfumado de cuero y madera en el que creyó reconocer el olor de Segundo, la certeza de la mirada del hombre tendido a su lado la recorrió erizándole la piel, desde la parte posterior de sus rodillas, muslos, nalgas y espalda hasta llegar a su nuca, obligándola a estirarse más allá de lo que sus huesos le permitían; y a punto de obedecer el impulso de correr lejos, dos manos atenazaron sus hombros al tiempo que una boca caliente se pegaba contra su nuca descubierta. Teresa sintió centímetro a centímetro el torso desnudo de Segundo en su espalda, su aliento en su cuello y sus manos ásperas a lo largo de sus brazos. Abandonada al ímpetu de ese abrazo, la mujer echó la cabeza hacia atrás para facilitar ser rodeada con mayor presión a la altura de sus riñones. Se quedaron quietos, salvo un pulso atropellado que Teresa no podía identificar si era el de Segundo o el suyo. Las manos de Teresa recorrieron su propio regazo, hasta topar con las otras manos, con las que se entrelazaron. En el silencio de aquel abrazo todo parecía suspendido en el aire: el viento, la respiración de los demás huéspedes, el resplandor de la luna que penetraba las pequeñas fisuras del techo y creaba un cielo de estrellas alargadas. Las manos de Segundo empezaron a moverse como si hubiesen escuchado el grito profundo y callado que había doblado a Teresa sobre sí misma. También en el silencio de ese abrazo recordó sus votos, la razón por la que estaban allí.Y el miedo viejo que había amordazado la determinación de la mujer para ser relegada a la maestra, volvió con todos sus reproches y advertencias, empeñado en callar del todo ese llamado al que Segundo había acudido con la misma fuerza que amansaba bestias. Ella se zafó del abrazo y tomando la delgada cobija cubrió a Segundo desde su cabeza hasta las rodillas y rodeó el cuerpo del hombre en un abrazo de enredadera acercando su boca a la de él; y apenas separados por la sábana, se respiraron. Te respiro. Te llevo lo más adentro que me da la vida. Tu aliento, tu olor, tu nombre, todo son una misma cosa, una oscuridad que todo

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se lo traga y me devora para mi condena y mi dicha. Al otro lado de esta tela, muralla inútil, está la felicidad y estás tú respirándome; mientras escucho el aire abriéndose paso dentro de ti quiero ser aire también, penetrarte y dentro tuyo ser sangre, carne, tendones y pensamientos; quedarme ahí por siempre, ver la luz a través del cristal ámbar de tus ojos, hacer de tus venas mis caminos, de tu ombligo mi refugio y de tu pelo hilo para tejer mantas infinitas mientras espero tu llegada, cubrirte con ellas y darte el consuelo que nos falta, espantar este dolor que nos sobra. Un frío en su espalda la arrancó sin aviso del abrazo y se irguió despacio, acaballada sobre la pelvis de Segundo; lentamente, el hombre descubrió su cara para mirarla y posó las palmas sobre los muslos pálidos y magros. En un esfuerzo por imaginarlos, cerró los ojos, pero la memoria imponiéndose a la imaginación le mostraba un rostro pálido salpicado de gotas en las que se reflejaba el sol anaranjado de la tarde. Lleno y rendido por el peso de la mujer sobre él, abrió los ojos y la contempló mientras ella miraba la noche que brillaba en su cara con un resplandor metálico. Completaron el viaje en silencio, pero en lugar del miedo, abandonado en la casa de los viajeros, caminaba con ellos el tigre herido que resuella antes de saltar sobre el enemigo que no lo supo matar. Fueron recibidos en la casa cural donde pudieron comer y de donde se llevaron a la hermana Teresa al despacho del alcalde. Más tarde, un policía se acercó para entregarle a Segundo una suma en reconocimiento por la escolta a la monja. Esperaban la llegada de la superiora provincial para un día de esa semana, pero Segundo no sacaba en claro cuándo, ni la conclusión de todo aquello. Con el dinero en la mano, decidió buscarse un trago y jugar una partida de billar; pasó la tarde solo en la mesa de la cantina hasta la noche, cuando una joven copera le pidió un trago y la dejó sentarse sin mirarla. Jugó una partida más y la copera se acercó otro poco, buscando cerrar negocio, lo que logró sin inconvenientes. En el cuartucho atrás del café, Segundo acaricia sin apego la cabellera de su compañía y por primera vez en horas piensa en el perfil pelado de Teresa. Le intrigó el destino de aquella mujer tan valiente como frágil. Sonríe para sí mismo como si la estuviera mirando y ella le devolviera la sonrisa con los ojitos hundidos pero llenos de vida, como ese día cuando encontraron el río. Parpadeó dos veces como cuando de golpe ve lo que había pasado inadvertido: ya no había convento, Teresa no volvería a la vereda. Pensó en la gente que ya no tendría quién le enseñara en la que fue hace tiempo la casona en la que durante el día


Cuentos retumbó “eme con a MA”, y sin entender por qué se acordó de él y se vio solo y viejo, sentado en una casa remendada, pero supo que esa casa jamás se remendaría si no estaba Teresa para llenarla de flores y niños a quienes enseñarles canciones de vaquitas, soles y sílabas. Supo que la vereda y su casa serían ganadas por algo más helado y escalofriante que los asesinos y era no saber para qué se vino a este mundo, porque súbitamente no entendió el mundo sin ella. La lluvia había dejado su olor a tierra fresca y el lodo hacía pesados los pasos de Segundo, que pudo correr mejor una vez en el pavimento; corría por las calles del pueblo en dirección a la casa cural que al llegar avistó al otro lado del parque, lo mismo que un carro. Corrió cuanto le dieron las piernas mientras veía salir por el frente a varias personas entre las que distinguió la figura de una monja a quien el hábito le colgaba sobre hombros y omoplatos, lo que convirtió el corazón de Segundo en un papel que se arrugó en un gesto. Su carrera no le impidió verla abordar el carro que arrancó hacia las afueras del pueblo. Su carrera culminó en la mitad de la calle frente a la casa cural donde, mientras jadeaba, miró la calle que brillaba, con resplandor metálico.

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Cr贸nica


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El premio Rómulo Gallegos otorgado a Cien Años de Soledad

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2 de agosto de 1967 Simón Alberto Consalvi, presidente del Instituto Nacional de la Culturización y las Artes (Inciba), de Venezuela, fue al aeropuerto de Maiquetía a recibir a Mario Vargas Llosa y le informó que el avión en que venía Gabriel García Márquez llegaría poco después. El escritor peruano se quedó allí hasta que aterrizó el avión. Así, tras años de amistad epistolar, se estrecharon la mano por primera vez. Alguien que presenció la escena comentó: “El uno parece un mosquetero y el otro un jugador de billar”. Luego se fueron juntos a Caracas a recibir el premio Rómulo Gallegos para Vargas Llosa por La casa verde. García Márquez salió de su innata timidez y ante los delegados del Congreso Internacional de Escritores pronunció un discurso en el que contó “Cómo empecé a escribir”. Fiel al espíritu zumbón y burletero con que había asistido a la cita de su amigo, respondió a un periodista la pregunta sobre su opinión de Rómulo Gallegos como escritor:“En Canaima hay una descripción de un gallo, que está muy bien...”. El mismo Vargas Llosa escribiría más tarde que les contestaba a los periodistas con la cara de palo de su tía Petra, que sus novelas las escribía su mujer, pero que él las firmaba porque eran muy malas y Mercedes no quería cargar con la responsabilidad. Luego cada uno de los dos se fue a su propia casa. Vargas escribió una biografía de García Márquez en un libro de seiscientas sesenta y siete páginas que lleva por título García Márquez, historia de un deicidio. En 1972, los venezolanos ya tenían claro a quién entregar la segunda versión del premio Rómulo Gallegos. El libro de moda, el libro del cual se hablaba alrededor del mundo, el libro que ya había sido traducido al inglés y se vendía en las librerías del mundo “como salchichas”, Cien años de soledad, fue galardonado y su autor invitado a recibir el premio en Caracas, acompañado de toda su familia. l

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Fernando Jaramillo


Crónica El Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos fue creado en Venezuela con la finalidad de perpetuar y honrar la obra del eminente novelista venezolano y estimular la actividad creadora de los escritores de habla castellana. El premio en metálico, además de medalla de oro y diploma, era de cien mil bolívares, equivalentes a veintidós mil doscientos veintitrés dólares de la época. En ese tiempo se entregaba cada cinco años. Antes de su llegada, la prensa caraqueña se hacía lenguas respecto de la asistencia de García Márquez al evento. Hicieron toda suerte de conjeturas: Que no viene. Que sí viene pero primero va a ver a su amigo Álvaro Cepeda que está grave en un hospital de Nueva York. Que sería el colmo que le recibiera un premio a la burguesía. Que sí lo recibe porque veintidós mil dólares no son para dejar por ahí botados. Que ha dicho mil veces que no acepta premios en plata. Que qué va a venir si está más inflado con lo de Cien años... Pero cómo no va a venir si los jurados son sus amigos, entre ellos Vargas Llosa. Pero sí llegó y lo primero que le pasó fue que el equipaje se le extravió. García Márquez con su inefable camisa Truman, pantalones “botatubo”, de moda en la época y abarcas ‘trespuntás’, de las que usan los campesinos de su tierra, asistió al almuerzo que le daban sus amigos intelectuales de Venezuela. En la mesa estaban Vargas Llosa, José Vicente Rangel, actual canciller de Venezuela; Teodoro Petkoff, hoy en la oposición al gobierno de su país; Carlos Augusto León, en ese momento candidato a la presidencia de Venezuela; el crítico Ángel Rama y el embajador de Colombia, Héctor Charry Samper. Los rumores de la prensa se intensificaron cuando García Márquez dio sus primeras declaraciones: –¿Qué vas a hacer con los cien mil “bolos” del premio? –Voy a comprar un yate –contestó. En las revistas de la cadena Capriles, tradicionales opositores de Colombia y los colombianos, lloraban por la fuga de divisas que constituía el premio. Para el evento llegó de Barranquilla don Gabriel Eligio, padre del homenajeado, que se montó en un bus durante casi veinticuatro horas para llegar hasta Caracas. Eligio Gabriel, su hermano, estuvo presente en el acto con su esposa y su hijo Esteban García Garzón. Ahora estaban juntos los tres: Gabriel Eligio, el padre; Eligio Gabriel, el hijo menor, y Gabriel José, el hijo mayor. La prensa los entrevistaba a todos al tiempo. Un periodista le preguntó al padre lo que pensaba de la influencia de Balzac en la obra de su hijo. “Qué

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Balzac, qué influencias, ni qué carajo... Quien le enseñó a Gabito a escribir fui yo”, repetía. Entre las novelas que concursaron estaba Tres tristes tigres, de Guillermo Cabrera Infante, de Cuba y Cuando quiero llorar no lloro, de Miguel Otero Silva, de Venezuela. Fallo tan repartido y con tantos elementos en juego no podía dirimirse así no más. Afloraron los celos, las envidias y los egos lastimados. Ese ego que se les lastima tan fácil a los intelectuales. Desde este premio, Cabrera Infante se declara enemigo irreconciliable de García Márquez y repite que la ascensión al cielo de Remedios la bella es como ver a Mary Poppins en las mismas. Al acto de premiación llegó García Márquez con una hora de retraso. La maleta había aparecido y el escritor cambió su indumentaria. Ahora andaba de guayabera con rutilantes arabescos en el frente, otro pantalón, pero las mismas abarcas ‘trespuntás’ del día anterior. Eran las once de la mañana del 4 de agosto de 1972. Cuando atravesó el proscenio en compañía de Vargas Llosa, el desconcierto de los venezolanos era tal que decían a su paso: “Para estos actos se inventó la corbata”; y “las corbatas” (sinecuras), dijo otro que no estaba de acuerdo con la entrega del premio. Después de los infaltables, interminables y sesudos discursos de rigor pronunciados por todos los integrantes de la mesa de honor, le tocó el turno a García Márquez que dio oración a la siguiente pieza:

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Ahora que estamos solos, entre amigos, quisiera solicitar la complicidad de ustedes para que me ayuden a sobrellevar el recuerdo de esta tarde, la primera de mi vida en que he venido de cuerpo presente y en pleno uso de mis facultades a hacer al mismo tiempo dos cosas que me había prometido no hacer jamás: recibir un premio y decir un discurso. Siempre he creído, en contra de otros criterios muy respetables, que los escritores no estamos en el mundo para ser coronados; siempre he creído, y muchos de ustedes lo saben, que todo homenaje público es un principio de embalsamamiento. Siempre he creído, en fin, que los escritores no lo somos por nuestros propios méritos, sino por la desgracia de que no podemos ser otra cosa y que nuestro trabajo solitario no debe merecernos más recompensas ni más privilegios, que los que merece el zapatero por hacer sus zapatos. Sin embargo, no crean que vengo a disculparme por haber venido, ni que trato de menospreciar la distinción que hoy se me hace bajo el nombre propicio de un hombre grande


Crónica e inolvidable de las letras de América. Al contrario, he venido a regocijarme en espectáculo público por haber conocido un motivo que agrieta mis principios y amordaza mis escrúpulos. Estoy aquí, amigos, sencillamente por mi antiguo y empecinado afecto hacia esta tierra en que una vez fui joven, indocumentado y feliz, como un acto de cariño y solidaridad con mis amigos de Venezuela, amigos generosos, cojonudos y mamadores de gallo hasta la muerte. Por ellos he venido, es decir, por ustedes. Silencio total en la platea con aquello de“cojonudos y mamadores de gallo”. En el siguiente segundo, estallido de aplausos y carcajadas. García Márquez había logrado su cometido. Su padre inflaba las solapas del vestido azul que otro de sus hijos había logrado de botín el nueve de abril en Bogotá. “Igual a Pedro Mata, corto y conciso”, decía. Acto seguido pasó al estrado en donde Alfredo Tarre Murzi en su condición de presidente del Inciba, le entregó un diploma y el cheque de cien mil bolívares. El diploma lo arrojó por encima del hombro y al cheque lo besó y se lo entregó a Pompeyo Márquez, secretario del MAS. La prensa venezolana, fascinada con las declaraciones irreverentes del escritor colombiano, y por el desparpajo inusual con que acudió a la cita con el premio, no acató a manifestar su rechazo por el gesto despectivo de arrojar el diploma por encima del hombro. García Márquez entregó el premio al MAS, como cumplimiento de una apuesta que había hecho con Teodoro Petkoff un año antes en Naiguatá. El pacto decía que si el premio le era concedido, García Márquez le haría entrega del cheque al movimiento político que dirigía Petkoff. Al respecto García Márquez expuso: Les prometí a los dirigentes del MAS que si ganaba el premio les entregaría el dinero. Ellos nunca me lo exigieron y si me lo hubieran pedido no lo hubiera regalado. Este fue un acto pensado y meditado mucho tiempo y en vista de que ya entregué el dinero he aceptado la invitación del presidente Caldera a almorzar a pesar de nuestras ideas políticas. Por eso reitero: lo que estoy haciendo es un acto político aunque creo que en Venezuela es muy difícil una revolución, porque es en este país latinoamericano donde el imperialismo tiene más qué perder. “Empero, lo escrito por el habitante de Aracataca fue quizás lo más revolucionario que pasó por estas tierras. Al menos, sin disparar un solo tiro”, apuntó el periódico caraqueño El Nacional.

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En el almuerzo Caldera le agradeció el haber dejado los bolívares en Venezuela y el escritor respondido: “A Venezuela pertenecen”. El partido comunista del vecino país se regodeó con el hecho y por intermedio del mamerto mayor dijo que había sido una “forma muy hábil del gobierno para ayudar al MAS”. La vocería de la iglesia católica la tomó el obispo de Caracas para hacer un enérgico rechazo de la entrega del premio por parte del Inciba a los fondos de los “revolucionarios comunistas que quieren desestabilizar a Venezuela”. José Vicente Rangel, simpatizante del MAS, que sabía de la apuesta y tiene un carácter similar al de García Márquez como andar sin corbata y hablar sin diplomacias, alcanzó a decir: “No hay escritor de la talla de García Márquez. Además, tengo que decirlo agradecido, cien mil veces agradecido”. Entonces García Márquez salió a la calle y le cayeron los periodistas y sus grabadoras. Les dio una entrevista llena de “mamaderas de gallo” del más clásico y puro estilo caribe colombiano. –¿Qué va a hacer con los derechos para televisión de Cien años de soledad? –Comprarme otro yate. –¿Cuál es su modisto? –Alejandro Obregón. –¿Cuál es su arma preferida? –Los cuernos. –¿Cuál es la palabra más bella del castellano? –Cuarzo. –¿Cuál es su color preferido? –El miércoles. –¿A qué atribuye el éxito de Cien años de soledad? –A que se vende mucho. –¿Cuánta plata le ha producido la novela? –Me ha producido más miedo que plata. –¿Por qué no vive en Colombia? –Porque temo profanar su nombre santo. –Es vox populi que se ha vuelto inflado, petulante y antipático. –Yo he sido inflado, petulante y antipático desde chiquito. Lo que pasa es que antes los lagartos no se daban cuenta porque no me paraban bolas. –¿Qué opina de Asturias? –Que es la región más bella de España. –¿Qué va a hacer con la plata del Nobel? (premonición anticipada diez años. N del E.)


Crónica –Voy a comprarme otro yate. –¿Por qué le chocan tanto los “cachacos”? –Es que no puedo soportar sus malos modales. –¿Cuál es el mejor escritor colombiano? –Andrés Landeros. –¿Hasta cuándo va a seguir mamando gallo con El otoño del patriarca? –Uno no le mama gallo a quien quiere sino a quien puede. –¿Considera que Estados Unidos es el país más socialista del mundo? –Sí, pero después de las cuatro de la tarde. –¿Qué es el boom latinoamericano? –No me haga preguntas que me quiten la oportunidad de darle respuestas ingeniosas. –¿Por qué no se vincula más a los colombianos y a su país? –Todo lo que hago es pensando en ustedes, pendejo. Al día siguiente de recibir el premio Rómulo Gallegos, Gabriel García Márquez entró, como un cliente más, en un banco del centro caraqueño, para hacer efectivo el cheque de cien mil bolívares. Le fue entregado, luego de los trámites de rigor, en billetes de cien y quinientos bolívares. “Hice registrar la serie y los números de los billetes por si las moscas…”, dijo. Luego se marchó. Así sin más. El escándalo quedaba bien configurado. Cali, 2008 Bibliografía Cromos El Tiempo El Espectador El Nacional de Caracas El Universal de México www.institutonacionalparalaculturizacionylasartes

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Un poema de leyenda

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Jorge Benalcázar Villacís

ue una mañana al comienzo de los años setenta. Mi vuelo hacia Cali había sido aplazado hasta la noche de aquel día, y la condena de permanecer en el horno que hacía las veces de sala de espera en el destartalado aeropuerto Ernesto Cortizos de Barranquilla se convertía en una pesadilla insufrible; decidí entonces enfrentar ese contratiempo en un sitio amable. No fue necesario pensarlo; siempre he creído que el parque zoológico, las catedrales y las bibliotecas son los mejores sitios para sustraerse del bullicio canceroso de las ciudades, y ésta no podía ser la excepción en la denominada“Puerta de Oro de Colombia”. Ese día especialmente un sol implacable calcinaba sus arenas y las fachadas de las antiguas casonas construidas al mejor estilo Art Déco, aquellas en cuyos salones se vivieron inolvidables tertulias y donde Amira De La Rosa y Meira Delmar se desleían en música y poesía. Frente a la jaula de la marimonda albina, el espécimen más visitado del parque, conocí a José Miguel Racedo, quien con ademanes quería llamar la atención del primate, mientras su acompañante, un joven con apariencia de estudiante aplicado, lo inquiría, en la jerigonza propia de la mayoría de los costeños, sobre un tema que llamó mi atención: –¡Eeche, viejo José! Si Gabo hubiera hecho poemas, ya se habrían publicado, o al menos serían conocidos. A lo que respondió José Miguel: –¡Nohombe, qué va! ¿Quién te asegura que todo lo dicho o pensado por el maestro ha sido publicado? Además, qué tú sabes si es parte de su intimidá. Pasaron unos instantes antes de que se percataran de mi entrometida mirada. Fue cuando el supuesto estudiante me miró y sin dar tiempo a reacción alguna me lanzó una pregunta a quemarropa: –Oye tú, ¿sabes si Gabo escribió poemas? Y antes de siquiera pronunciar una sílaba, José Miguel replicó: –Panohablamá, un día te presento a mi amigo Lucho Consuegra, que sabe más que todos juntos sobre Gabito. –¿Te sabes alguno de esos poemas? –le pregunté, y tajante respondió: –No, pero recuerdo su belleza y sentimiento.


Crónica Un viento huracanado, de esos que los barranquilleros llaman brisas, me arrancó algunos de los papeles que sostenía, momento que aproveché para despedirme con un movimiento de manos, mientras a mis espaldas esos personajes sin duda seguirían enfrascados en una discusión sin fin. Grande fue mi sorpresa al enterarme de la posible existencia de dichas composiciones sin publicación ni reconocimientos conocidos, seguramente escritas bajo la complicidad de un seudónimo, o desechadas púdicamente en un cesto cuando aún la gloria y la fama no habían enfrentado cara a cara al autor. Pasaron muchos meses desde aquel encuentro. Una tarde, robándole una víctima más al hirviente abrazo de la Arenosa, entré al sitio de moda por aquellos días, el Bar de Kike, donde se preciaban de servir la cerveza más fría de todo el litoral Caribe, y mostraban ufanados la ostentosa decoración del sitio, el inicio de una época que en un futuro cercano llenaría de nuevos ricos, ordinariez, crímenes y corrupción a nuestra querida y terrible Colombia. En una de las mesas se encontraba José Miguel, y al reconocernos me dijo con euforia: –¡Oye, cachaco! Ven te presento a Lucho, el de los poemas. Ese día conocí a Luis Eduardo, el médico, ex-alcalde, cantautor de boleros y fiel depositario en su memoria de la para mí desconocida obra poética de nuestro escritor y exquisito manejador del castellano. La oportunidad de satisfacer mi curiosidad y dudas al respecto se presentaba sin haberla programado. Cambié de mesa e inmediatamente fui recibido como un viejo conocido, un invitado más de la fiesta que en ese momento se desarrollaba; porque si hay algo ponderable en los barranquilleros es el atributo de la camaradería y la informalidad con que tratan a un desconocido y lo hacen sentir parte de su familia. –De modo que tú eres uno de los que le prende velas a nuestro bardo pero desconoces sus cantos juveniles –me dijo, mientras colocaba en mis manos un vaso con fino scotch. Presentí entonces que esa iba a ser una entrañable amistad, que luego y por muchos meses se encargó de hacer amable mi estadía en esa desconcertante ciudad y compañera de largas y literarias caminatas por la playas de Neguanje, aquel rincón paradisíaco del Parque Nacional Tayrona, que desde tiempo atrás había convertido en mi segundo hogar y que un día les regalé a él y a su amada Rosario.

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Fueron necesarias unas cuantas copas antes de verlo poseído por las Musas y la tierna mirada de Rosario, quien consecuente con el momento exigió al barman silenciar al Alejo Durán que copaba el ambiente. Lucho, su amado juglar e inspirador de sus artes, era ahora el dueño de la palabra, quien levantando el vaso declamó con impostada voz: Al pasar me saluda y tras el viento que da el aliento de su voz temprana, en la cuadrada luz de mi ventana no se empaña el cristal sino el aliento. Es tempranera como la mañana, cabe en lo inverosímil como un cuento y mientras cruza el hilo del momento vierte su sangre blanca la mañana. Si se viste de azul y va a la escuela nadie imagina si camina o vuela. Porque es como la brisa, tan liviana, que en la mañana azul no se precisa cuál de las tres que pasa es la brisa, cuál es la niña y cuál es la mañana.

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Una lágrima corrió por la mejilla de Rosario, como si esos versos, seguramente escuchados muchas veces, hubieran sido inspirados por y para ella. El auditorio gritó al unísono ¡bis! Y mientras un Lucho radiante repetía el poema, afuera la noche llegaba lenta, arropada con las nubes heridas por los últimos rayos de un sol implacable que se resistía a caer. Después vinieron los comentarios al margen: Que si su autoría estaba confirmada y cuál la edad cuando lo compuso. Lucho afirmó con un dejo de autoridad incuestionable que fue escrito por el aquel entonces aprendiz de escritor, cuando enamorado hasta los tuétanos de una colegiala vecina fue arrastrado sin defensa alguna a cometer poemas de amor. Rosario, socarronamente y una vez repuesta del impacto producido por el poema, insinuó que fue escrito por encargo para un desconocido y del cual obtuvo los primeros centavos por derechos de autor. Otro de los presentes, más osado y conocedor de intimidades costeñas, aseguró que por esos años ya el autor intuía


Crónica a Mercedes, la que sería su acicate, inspiradora y cómplice incondicional años después. Pasaron unos cuantos años desde ese día. Una madrugada de 1982, de aquellas en que la lectura me llevaba de la mano por otros mundos, el timbre del teléfono interrumpió; descolgué con curiosidad… y una voz peculiar, tan lejana y querida, me transportó a esa tarde de poesía, descubrimientos y sentimientos encontrados: –“¡Ajá compañero y amigo! Te llamo para contarte que el poeta se nos volvió Nobel. Estamos celebrando y queríamos hacerte partícipe de este evento y nuestra alegría. Luego de un corto silencio se escuchó el chocar de copas, gritos de euforia y al fondo el lamento de un acordeón desperezándose en el amanecer. La verdad sobre este poema y su autor se mimetizaba en ese tiempo entre la leyenda y la fantasía. Mas no importa. En la prosa de nuestro Nobel se camuflan delicadamente, sin tiempo y sin tapujos la magia, la realidad, la poesía y la ternura. Sept./2008

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La pasión del castellano

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Jorge Benalcázar Villacís

na réplica de la pieza más famosa del Museo del Oro de Bogo-

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tá, la balsa Muisca, arte precolombino en filigrana, simulaba navegar alrededor del poporo Quimbaya, cuyas inexplicables esferas relumbraban con destellos dorados bajo los neones de la impenetrable y no menos delicada vitrina, que el Museo Nacional de Tokio le había asignado en su salón principal, con motivo de la Muestra de Arte Americano. Fue al acercarse a contemplar esas joyas únicas de la orfebrería indígena, cuando Guillermo y Saeki-San cruzaron desprevenidas miradas. Ella ocupaba un cargo en el museo, él era un joven abogado buscando caminos en el difícil arte de las relaciones diplomáticas, quien representaba a Colombia, un país que escoraba peligrosamente al inicio de una época marcada por la corrupción, el narcotráfico, la impunidad y el crimen. Guillermo intentaba deshacer los entuertos en que se había visto involucrada injustamente su embajada al haber sido permeadas las valijas diplomáticas por la yakuza japonesa, la hermana oriental de nuestros carteles del delito. Solamente se requirió una mirada más para concluir que era necesario encontrar un pretexto para buscar explicar esa sensación mezcla de timidez y alegría que luego los invadió. Cruzaron las primeras palabras en el inglés precario y formal de ella. Él se extendió en referencias y explicaciones a los presentes acerca de la costumbre de nuestros ancestros en el milenario ritual de mambear coca y sobre el uso de ese recipiente para guardar sustancias de uso reservado a las más altas dignidades. Ella, con lo poco o nada que podía entender, alucinaba con tan extrañas costumbres y no lograba diferenciar si el encanto provenía del tono de su voz o de la forma tan especial como Guillermo traducía literalmente sus eufóricas referencias, haciendo de ese inglés una canción para sus sentidos. Envuelta en su fino kimono escuchaba absorta las historias y leyendas. Poco a poco, y en medio de las inmensas lagunas que dejaba la traducción, fue lavando esa primera impresión que se había formado de esos seres primitivos al verlos representados en los afiches alusivos


Crónica a la exposición, desnudos y adornados con plumas multicolores. No pudo menos que admirar su maestría en el manejo de los metales, su técnica de la cera perdida y su calidad artística. Las palabras que Guillermo, en impecable castellano, tenía que dirigir a sus coterráneos en la exposición, la terminaron de encantar. Nunca antes había escuchado un lenguaje más dulce y rico en sonidos. Tanta fue la seducción que nuestra lengua y Guillermo le causaron, que indujeron en ella el irrefrenable deseo de aprenderla. Con no poco sonrojo, cierta picardía oriental y muchos ademanes, le propuso ser la más aplicada de las alumnas, si él accedía a ser su profesor de castellano. La disculpa buscada tomó forma, y luego de unas cuantas tazas de té ella aprendía, cual niña de materno avanzado, a conjugar irregularmente los regulares; de los artículos definidos y por definir; sobre los táctiles substantivos y empalagosos adjetivos. Los sufijos, preposiciones, adverbios y prefijos la llevaron a un estado de total indefensión lingüística, ante lo cual el improvisado maestro decidió buscar herramientas en la lengua japonesa que le ayudaran en tan ardua tarea, hasta comprender finalmente que ese canturreo monótono era el resultado de un compromiso entre la lengua escrita antigua y la lengua hablada moderna. La escrita que ha sido representada con la ayuda de caracteres chinos tomados para su pronunciación aproximada y simplificados posteriormente en forma de signos que llevaron a dos silabarios. Al poco tiempo Guillermo aceptó su incapacidad de establecer el más mínimo paralelo entre ambas lenguas para hacerle comprender a Saeki las bases del castellano, y fue así como decidió adoptar el método utilizado por sus progenitores con La Alegría de Leer, aquel lejano y amoroso libro que le enseñó a ligar vocales y consonantes asignándoles un sonido, lo que para ella significó modificar la anatomía de su laringe y retemplar sus cuerdas vocales. Pero algo que la hizo adquirir confianza en su aprendizaje fue el darse cuenta de que las palabras se pronunciaban tal y como se escribían; lo que le recordó algo que había escuchado decir acerca del sánscrito, idioma donde la palabra es esencia. La delicada rigidez y exigencias del profesor contrastaban con la dedicación y los relativos avances de Saeki en el aprendizaje de un idioma que nunca siquiera intuyó la llevaría a conocer las bondades y terribles contrastes de esa Colombia ignota. Meses después,“Guillo”, como aprendió a llamarlo por limitaciones fonéticas y una creciente amistad, terminó su gestión en Japón

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y regresó a Colombia. Tal evento lo forzó a terminar las clases con su aventajada alumna y a realizar y aceptar prematuramente el sueño de ser maestro de leyes en su Universidad. Siempre pensó, frente a la supina y“exquisita” ignorancia de algunos de sus mediocres profesores, que esa honrosa posición llegaría para él cuando la sabiduría que dan los años y el pulcro ejercicio profesional hubieran enriquecido su haber como jurista y que sumado al concepto escuchado en boca de sus prematuramente adinerados y despectivos colegas cuando de justicia se discutía. –Por favor, respetado y benemérito doctor Guillermo; entienda que la justicia no existe, solamente la interpretación de las leyes –le causaron náuseas profesionales suficientes para encontrar en la academia una forma de sentirse más ético e impoluto. La calurosa despedida fue en el primitivo y limitado castellano que ella se permitió lucir, tras la rasgada sonrisa de sus ojos y un no disimulado dejo de teatrera solvencia en el manejo de la que sería su nueva lengua. Se prometieron, sin juramentos, continuar las clases epistolarmente, mientras él traspasaba la puerta de inmigración y las manos de ella se cerraban apretando el aire tratando de retenerlo. El tráfico de cartas con que se vio congestionada la ruta polar a Oriente enriqueció el léxico y la sintaxis del castellano de Saeki. Al poco tiempo los tecnicismos fueron cediendo ante el surgimiento de rotundas y untuosas frases, de poemas y alusiones afectivas que él escribía. Pero el recuerdo de un frustrado amor y los mundos de distancia que los separaban le parecían a ella grandes razones para negar sus afectos, y él creyó entender que el SÍ y el NO eran adverbios inexistentes en japonés, y que solamente existía su incertidumbre. El monte Fuji resplandecía tras los ventanales del tren bala. Saeki abrió la carta que había recibido pocos minutos antes de viajar a Osaka, sitio de su nueva residencia. Las primeras palabras la excitaron, las siguientes la llevaron a un estado de dulce irresponsabilidad, y sin pensarlo dos veces tomó la firme decisión de terminar el aprendizaje del castellano en Colombia, uno de los países que se precia y tiene la fama de ser su mejor cultor, y darle un chance de recuperación a su maltratado amor. Días después una nueva carta la impulsó a reservar tiquete sin regreso. La debilidad frente a esas palabras que le proponían empezar una nueva vida en América la llevó un día al frío altiplano bogotano. La alegría hecha hombre esperaba por ella. Lo que vino después fue la historia de una relación simbiótica y respetuosa como se podría intuir de algo que se inició con tal finura y delicadeza.


Crónica Cada día el español de Saeki se alimentaba con las enseñanzas que le brindaba su nuevo entorno. Aprendió a entender la más ligera de las inflexiones. Los modismos, latinajos y sinónimos eran motivo de su estudio. Corregía con sobrada autoridad al que se atrevía a maltratar el que para ella se convirtió en el más preciado de sus bienes, el castellano, esa lengua profunda e infinita, su nueva forma de sentir, esa que le daba una palabra a cada uno de sus estados de ánimo, para sus angustias y tristezas, para su alegría, para su nostalgia de los cerezos en flor; la que le cambió el sabor al insípido “pop corn” cuando supo que en castellano se les llamaba “crispetas”; la que le permitió vivir y disfrutar del eterno verde primaveral que vivía al lado de Guillo; la más preciada de sus fantasías y la más real de las personalidades que con su dignidad le dio a Colombia ejemplo de desprendimiento y entrega por los valores de una vida sin tacha, una vida que se le entregó hasta llevarla a los confines del placer literario con que aprendió a hablar y amar en tan bella lengua. Un tiempo después, el largo brazo de la mafia con la complicidad de un gobierno pusilánime y corrupto se cerró en el cuello de Guillo. Saeki se vio así sin su maestro y sin su hombre. Su lengua y su vida la abandonaron dejándola vacía rumiando su ira y su tristeza en una fría noche de aquella Bogotá que un día fue su ideal de destino. El Gobierno al poco tiempo se desentendió del caso, la maltrató mientras buscaba acceder a sus derechos, y no hizo nada al ver malograda una de las existencias más valiosas, la de uno de los hombres más brillantes y cristalinos de su generación, una vida sacrificada en la búsqueda de una patria mejor, esa de la cual se sentía orgulloso cuando la conoció, la que ella adoptó como suya y que le serviría como ejemplo de lucha para sobreponerse de tan dura prueba. Regresó solitaria a sus ancestros para ser profesora de castellano en el Instituto Hispanojaponés de Cultura. Al atravesar la puerta de su apartamento en Osaka, pleno de ausencias y recuerdos, su interior se conmovió al encontrar entre el menaje la caja con algunas de sus más valiosas pertenencias: una réplica en bronce de aquel poporo histórico, un sobre que contenía algunas cartas de Guillermo; el pequeño Larousse que él le había regalado al inicio de sus clases y unos cuantos acetatos fósiles con la música de juventud de su maestro, que él había arrumado pero nunca olvidado en un rincón inexplorado de sus anaqueles. Desprevenidamente colocó, en el ya anticuado tornamesa, uno de esos acetatos de treinta y tres tercios. La aguja siseó sobre el conservado disco y el corazón le dio un vuelco cuando letra por letra

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escuchó musicalizada una de las cartas de Guillo, aquella que le había devuelto la fe en sí misma y el deseo de estudiar una lengua a su lado: “Sin un amor la vida no se llama vida, sin un amor el alma muere derrotada”. Luego su alma se desarrugó de alegría al escuchar esas contundentes palabras que le dieron el empujón definitivo para dejar atrás su patria, su familia, su cultura y hacer una vida feliz en ese lejano país al lado de un hombre maravilloso y de paso evitar su suicidio cuando le decía: “Sin ti, no podré vivir jamás…, sin ti es inútil vivir”. La asaltaron entonces unas ganas inmensas de reír cuando comprendió luego de muchos años, que Guillermo, su razón de existir, la más preciada de sus memorias, la había enamorado y llevado a conocer una lengua en detalle tomando prestadas y haciendo suyas como tantos enamorados en un amanecer de serenata, las letras de “Los grandes éxitos del trío Los Panchos”. Marzo de 2009

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Poesía


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El poder de las palabras Poemas Ana María Gómez

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Mientras me duchaba esta mañana pensaba en que tenemos una relación bastante profunda con las palabras, es una relación supersticiosa, como dice William Ospina. Las palabras crean, destruyen, convocan, suceden. Las palabras dichas o escritas tienen poder. Un poder tan grande como el de una carta de amor. Una tarde, en Cali, nos reunimos a escribir textos. Cada cual escribía un texto diferente de tema libre, a su propio amaño. Al final lo leeríamos. Había mucho sol esa tarde, pero en cada texto llovía de diferentes maneras: en el primero solo unas gotitas, en el segundo una lluvia tibia, en el tercero iba aumentando la lluvia, en el mío caía un aguacero tan terrible que dejó sin luz un museo. Antes de terminar de leerlos hubo tanta lluvia que debimos parar las lecturas porque el agua entró en la biblioteca, rompió una teja y tuvimos que correr las mesas y los asientos. Esto sucedió en la Biblioteca La María y así nos dimos cuenta -una vez más- del poder de las palabras. Escribiré las palabras protegiendo tu nombre y mi nombre con un círculo de azúcar, yerbas aromáticas y flores para que no nos toquen: olvido, despedida, partida, pesadilla, accidente, ruptura, pelea, desprecio, insulto, engaño, mentira, falsedad, burla, avaricia, egoísmo, descalificación, codicia. Las palabras que pueden tocarnos son: sentido, confianza, pensamiento, corazón, tristeza, angustia, desesperación, extrañeza, nostalgia, sueño, hambre, duda, generosidad, largueza, ternura, y no sobran los besos y los abrazos ni la tibieza. ¿Qué palabras quieres que nos toquen? ¿De qué palabras quieres protegernos? Jueves 7 de mayo de 2009


Poesía

Cadáveres flotantes Ana María Gómez Nadamos hacia el vacío. Vamos a la deriva flotamos por el río somos cadáveres perdidos no sabemos nada solo los peces nos ayudan los gallinazos nos cobijan. Nuestras almas condenadas a vagar por el infinito mar. ¿Quién consolará a nuestras amantes? Sábado, noviembre 29, 2008

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Y esperar que la vida te cure las heridas Ana María Gómez De los rituales que hacemos las mujeres para conjurar las tristezas por nuestros amantes desaparecidos. Y esperar que la vida te cure las heridas. Idear rituales y coger las flores amarillas y encender las velas y juntar los ramitos de romero y los de yerbabuena y creer en la luna y hacer los tres círculos alrededor de tu nombre junto a su nombre y pensar que la miel y el agua lograrán el milagro y saber que todo es inútil y que para un corazón roto no bastan remiendos de otros amores porque yo misma no estoy, ni estoy aquí ni en el otro lugar. Y que saberlo no te ayuda nada. Y que tienes que sonreír y decir hola y la vida continúa y te levantas para mirar si el sol salió esta mañana o si hay nubes para asegurarte de que estás viva de nuevo y que tienes que decirte: debo seguir, aguantar el viaje por hoy. Y pensar y decir hoy no me dolerá y tomar gotas de flores “rosa de la templanza” para que no me duela, para que no sienta, para que me calme el dolor por esta media hora.

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Poesía

Y fuimos el amor Ana María Gómez I. Y le dije: Ven a mi lado, apóyate en mi hombro, deja que acaricie tu cabeza y te ponga ungüentos olorosos a maderas y azahares para que tu cuerpo descanse de sus dolores. Llevé entonces velas y flores de frangipán y ungí su cuerpo y lo acaricié despacio, con dulzura, quedito, quedito, hasta que durmió en mis brazos por tres noches y tres días. Lo alimentaba con leche de cabra y pan ácimo, pescado ahumado y tomates con albahaca. Todo igual, todo distinto. Habló a mi corazón y me contó sus penas, apoyó su cabeza en la almohada y luego ya descansado y en paz me tomó en sus brazos y fuimos el amor y los sueños y volamos en carros de fuego al cielo y bajamos al infierno tantas veces con angustia y buscamos el secreto de las amapolas y los nidos de las arañas y las golondrinas e inventamos palabras para nosotros y reímos y cantamos y fuimos uno y dos y tres y seis y siete y cuatro por doce y soñamos despiertos y vivimos dormidos. Fuimos libres y amantes y dos y todos. II. Pensando mejor, fue así: Existíamos tú y yo. Tu mirada con su luz abrió mi entendimiento y me dio la fuerza para avanzar entre espinas y abrojos hasta llegar a tu orilla renovada y llena de esperanzas. Fue tu mano la que me dio de comer y de beber y fueron mis palabras las que salieron de mi pecho para sanar mis heridas y me hiciste descansar en tu almohada. Después de la transformación me diste tu amor como una ofrenda de sedas y flores rojas. Transcurrimos por una senda de luz y de calma, transformamos los sueños en besos y el temor en sosiego. Y fuimos el amor y los sueños y la vida. Y fuimos libres y amantes y dos y todos. Escrito un martes de abril del año de gracia de 1352 en Coímbra

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Ciudad ebria Gabriel Ruiz Arbeláez A José Saramago

Cali…, “… un sueño atravesado por un río…” Eduardo Carranza Sus siete ríos se secan. Su temperatura sube… Hoy, millones deambulamos en sus calles y visitamos sus esquinas. Rojo, amarillo y verde dan el ritmo. Aparentemente en la ciudad no se ha iniciado aún, en un semáforo, la “ceguera blanca”. De cuerpo entero, en su parque, a los cinco silenciosos y mutilados poetas Jorge Isaacs, Ricardo Nieto, Carlos Villafañe, Antonio Llanos y Octavio Gamboa,

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vecinos inmóviles de La Ermita, del puente Ortiz y del río que fue, acompañados por una placa con el poema de Carranza, no los ven los transeúntes y ya casi nadie los recita … Hoy iremos, todos, con camisa negra, a oír a Juanes –con su guitarra y su “camisa negra”– y llenaremos el estadio…


Poesía Mañana, alucinados y febriles, caminaremos por una de sus múltiples “cavernas” y otro día cercano por las calles de esta ciudad ebria, nos llevarán – sin vida –, a uno de sus siete poblados y florecidos cementerios.

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Nuestra pequeña guerra Leonor Fernández Riva

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Nuestra pequeña guerra es solo eso. Una pequeña guerra de un atrasado y pequeño pueblo tercermundista. Que mata, hiere y desplaza solo a pequeños seres tercermundistas. Aunque todos los días mueran y hieran muchos No es esta una gran guerra como esas otras guerras que merecen protestas en el mundo, Asambleas Extraordinarias de la ONU, Juntas de Mandatarios, Pedidos de Sanción… No tienen nuestros muertos espacios en CNN, ni en la RAI ni en FRANCETV. Y sin embargo, es ésta y no otra guerra, nuestra guerra. El agresor no es grande, es solo otro pequeño y aun más atrasado ente tercermundista Que ilusamente piensa que matando e hiriendo a sus hermanos Podrá vencer un día, estatuir el caos y erigir un sombrío reinado de terror. No tenemos que ver en las pantallas los muertos de otras guerras Nuestra pequeña guerra copa todo y no nos deja espacio para ver otros muertos Ni oír otros clamores. Y es que, aunque para otros sea tal vez difícil de creer, aquí, en este pequeño y atrasado país tercermundista, sabemos más que en muchos pueblos desarrollados cómo hacer una guerra, matarnos entre hermanos destruir el futuro y conjugar el verbo ¡exterminar!


Poesía

Creo Manuela Botero Incluso cuando pensás estar despierto ellos aún no se han ido Siguen ahí esperando un movimiento o algo que pruebe que seguís con vida Es una casa un vaso una mesa pero no es tu casa ni tu vaso ni tu mesa Has comprendido por fin que como todos sos efímero Y esos ojos que te apuntan como gatillos te han hecho el espectáculo del día Y reclamás reclamás que no sos un objeto Que los días aunque arañando tu cara han pasado para hacerte no tan feliz pero sí real. Aquí estás conmigo y mañana quizás le regale un beso a una de tus letras pues hoy y apenas puedo con el mareo matutino ese que nos prepara para un día sin sorpresas con el mismo malestar con la misma monotonía pero ¿sabés? Creo tan purísimamente en lo vacío que estás detrás de tus gafas Creo tan purísimamente en el dolor que te cubrís con los sacos Creo tan purísimamente en lo absurdo En lo vano En lo mundano En vos Te fusilan el corazón y no corrés… Te mastican el alma y seguís aullándole a tu luna Incluso cuando nuestra soledad es casi sideral siempre me ha servido estar cerca de vos para no sentir el frío de esta inmensa y cruel galaxia Y que sigan usando nuestros corazones como explosivos… Allá ellos mientras tanto no te alejés demasiado.

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La Cali de los ángeles condenados Manuela Botero

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Repites tanto que soy un ángel que me provoca desnudarme y mostrarte mi frágil y humana piel. Dices entre humo que no es cuestión de piel y con el cigarro te señalas el pecho cubierto de telita azul. Te veo un momento con ojos llenos de sarcasmo y dolor mientras recuerdo muda las veces que traté de volar y las alas, estas, tus malditas alas me amarraron a esta Cali vacía, la Cali de los Ángeles condenados, la misma que prohíbe mirar a un solo lado antes de cruzar la Quinta, la Cali que exige vista adelante, atrás y una periférica mientras caminamos ya casi galopando con las manitos sudadas por estos malditos treinta y nueve grados y agarrando con cobardía disfrazada de fuerza los cuatro pesos que tenemos en los bolsillos. Es un paraíso que golpea con puños de acero y seda, que seduce con sus calles lunares y sujetos sin fortuna a carros sin motor y a Ángeles destruidos por su propio dios. Sí, este es el paraíso cielo… y no quiero tener alas, arráncamelas a mordiscos y bebe las plumas que te llevarán al cielo que te digo. Quizás ahí sentadito y espectador de mis movimientos no te das cuenta de que las únicas alas que quiero y cuido son las de mi cabeza, que solo necesitan alimentarse del dolor cotidiano, del sexo ocasional de la viejita cara de pasitas, de los domingos que le rezan a un cristo que prefiere estar colgado antes de bajar y brindarles auxilio. No de agua bendita ni de la esencia fantástica e inocente de los niños que cada día van perdiendo un poco más de curiosidad de vida… de niñez. Cielo…yo busco un paraíso… cielo, yo busco un sitio de piel y no me importa si prefieres quedarte sentado imaginando cielos que no existen…


Poesía Cielo, yo busco un poco de ayer, nada de hoy y espacios en blanco de un mañana que no puedo prometer. Cielo, yo te busco a ti… Y si para hacerlo debo desabotonarme la blusa y apuñalarme el pecho lo haré, porque no hay paraíso sin besos... Porque este ángel que tanto admiras quiere eso…hacerte tragar las palabras y sin alas escapar un rato caminando. ¿Y no crees que si fuera un ángel las alas no me habrían impedido ver el asfalto a tres centímetros desde un cuarto piso?

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Confesiones de punta y piel Manuela Botero

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Son tiempos difíciles y eso que no te he dicho cómo queman las noches en las que sueñas con cómo hacer que tu sudor se vuelva aguja y te inyecte ese veneno que has decidido botar en calurosas gotitas de color cristal… Es vergonzoso, es casi patético tenerte enfrente y simplemente no poder sacarme de los bolsillos las tijeras que he guardado toda la mañana pese a mi pánico estúpido hacia ellas y enterrártelas justo en las costillas …En cambio te apuñalo con mi practicada sonrisa que solo pretende inspirarte… y es solo para que veas más allá de los rasguños de mis pantorrillas y de los ojos vidriosos que quedan como evidencia después de llorarle a grito herido a una perfecta extraña, que me quiere y me entiende. NO ES QUE ESTÉ ENAMORADA, NI MUCHO MENOS QUE QUIERA DEJAR COMO PARÁSITO DE MIS ENTRAÑAS, es que precisamente esas tijeras a las que tanto pánico les tengo están enterradas en un rincón tan oscuro y tan profundo que ni yo soy capaz de desenterrarlas y mucho menos tú. Solo alcanzo a decirte que esperaba que después de desangrarme fueras mi paraíso pero solo comprendí que mientras siga viva no encontraré nada más que infierno.


Poesía

Recordando a Penélope Manuela Botero Quizás sí tenías razón, amor, y yo era quien estaba enferma, imbécil… llena de miedos que no tenían sentido y la verdad es que me sumergí en ese río que nos separó en orillas distintas y no me importa, y no me importa perderte. Mis acciones son crueles y no me importa rasgar la desnudez de esos sentimientos que me susurrabas. Han pasado dos años… y nadie sabe dónde estoy. Mi intención no es resucitar en tu cabeza sino explicarte que no fue cierto lo que Shal y Louis te dijeron, nunca lloré por ti, nunca dije que te amaba; es más, huí, rodé y corrí lejos de tu cariño, lejos de tu amor deforme y viscoso que se me quería pegar por todo el cuerpo. Sé que cuando escuchaste los tacones de Shal y los labios de Louis decirte mis supuestas verdades algo se te salió del pecho y del pulso normal… pero, Amaretto, yo sí te quise y te quiero y a veces se me escapa una risita que pego en el tubo y la música se va, y la humillación desaparece, el chiflido se disuelve y las gotitas de sudor se vuelven pálidas, el tiempo se enloquece y simplemente olvido que soy exótica y el bar que se está cayendo sobre mí me grita que soy una puta. Lo sé, Amaretto, cómo podría olvidar la vez que nos encendimos en cualquier cuarto; mientras yo temblaba tú me rozabas con cariño, sin ninguna obligación sentimental, solo puro deseo crudo. Ya tantos entraron y se deslizan con rapidez que mirando el espejo agrietado del techo pienso uno, tres, cinco, siete años de más mala suerte. Puede que no me haya importado perderte… pero siempre voy a recordar que después de fingirte amante me destruyeras el ego diciendo que nunca me acostara con otro cualquiera, que eso solo demostraba lo fácil que era… Amaretto, nunca fui virgen; desde el instante en que acepté tus intenciones sabiéndote ajeno y el primero en mí, cerré los oídos para dejarte mudo articulando

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mentiras que nunca escuché… que soy especial, dijiste… que esto es casi igual al cielo, dije… Mentiras con olor a óxido y neón. Amar… estoy estancada en el mismo bar, y aquí soy realmente especial para borrachos y tristes como nosotros, amor, como tú y como yo amplificados y pegados a una silla que ya no gira y que les deja saborear un poquito de carne dulce. Cambio de nombre todos los días… pero es muy temprano y no me siento de ninguna forma todavía, así que dejaré que tú solo desempolves de la memoria mis letras y expresiones para que finalmente no me leas con los ojos sino con tu desgastado corazón 31/10/1969 …Amaretto cerró la carta y taciturno releyó con la mano en busca de entender lo que para sus ojos era imposible mostrarle… y otro tequila incendió su garganta.

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Poesía

Sueños pesados Manuela Botero Todos sabían que estaba ahí, escondida, con temor. Detrás de tantas ganas de salir solo se ocultaba la irremediable sensación de dolor y obsesión. Como siempre la reunión se desarrolló por encima de ella, de ese secretito a voces que todos conocían. Las horas se elevaban en un ritual mágico y quieta y silenciosa esperaba con una raya de luz en su rostro, sollozando, apretando los ojitos, ocultando de vez en cuando su cara en las rodillas para hacerse invisible y camuflarse en el tapiz. Idos los invitados se descubre su escondite, una mano familiar le toma el pelo, la arrastra mientras sus gemidos quedan regados en el piso, la lleva a la habitación con sus ojos aún apretados y los gritos heridos en el suelo; la misma mano le roza la cara, le suelta el pelo. Sus ojos, por fin abiertos, se penetran en los de él. Su vida es un constante ir y venir, esconderse y gritar sin nadie que la oyera, con todos sumidos en un coma tan voluntario, tan lleno de resignación y asco pero siempre envuelto en la fascinación de lo prohibido, de lo mezquino, de lo atroz. Mientras recupera sus sueños regados por el cuarto él fuma un cigarrillo y una leve sonrisa en su rostro le recuerda que aún es su padre.

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Muñeca Manuela Botero Podríamos mentirnos en cada letra Habría sido mejor que enfrentar de cara la verdad Hoy estamos estallados contra aquel cristal pero tú, tú nunca sales perjudicado sales sonriendo y sabiendo que el calor te sobra Y yo pálida y fría me desangro perdiendo el control renunciando a mi posibilidad de ser mujer de ser real solo por no perjudicarte Me acaricio con suavidad los restos de piel que me dejaste y me descubro ajena Este cuerpo ya no es mío este cuerpo ya ni es cuerpo es un instrumento de placer que puede ser amado o abandonado, Soy tan culpable por haberte dejado entrar soy tan culpable por no dejar que unos piecesitos me curaran las heridas… No digo nada prefiero cerrarme la posibilidad de hablar Soy tu muñeca y tu muñeca acaba de abortar.

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Poesía

Mercuria Manuela Botero Hay cosas que no cambian como el sonido de su voz Ya no sufre ya no ama tiene triturado el corazón. Ya Cali cobija sus tejas con un manto que sumerge en los infiernos Quedan solo rastros de polvo y espinas en los que Mercuria aterriza sin prisa Tiene las piernas casi invisibles no existe entre las multitudes de ciegos y se pregunta si de tanto mirar el suelo alguna rosa petunia o maleza la pudiera atravesar Y así criar en su vientre algo más que vísceras hartas de palpitar Y aunque Mercuria ya ni habla no sé bien si lo que dijo fue un insulto o un alivio en todo caso sonó sideral Es un pedazo del espacio que se absorbe y se traga finalmente puede o no explotar… Y Mercuria quiere explotar sembrarse en el suelo, derramar vida crear belleza universo para sentirse más mortal.

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Algún día Sandra Patricia Palacios Algún día cuando el sol y la luna tuvieran otro lugar... El sol saliera al anochecer y la luna al amanecer… Cuando el tiempo no existiera… y fuéramos otros... Y fuéramos solo tú y yo… Algún día cuando entrara en tu corazón y esculcara tu alma, Y descubriera que al menos dejaré una huella. Algún día en que solo hubiera hoy sin ayer, ni mañana, Sin preguntas, sin respuestas, sin porqués. Algún día en que los sueños pudieran volar... Ese día dejaría de ser yo, para fundirme contigo, Y me gustaría estar en aquel lejano lugar.

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Poesía

Fuego Sandra Patricia Palacios Me acerco y te siento, me rozas, te rozo, te beso, tus labios me proporcionan los más dulces besos que me hacen humedecer. Sigues susurrando mi nombre mientras tus manos me recorren gentiles y apasionadas, mis pechos se erizan, tus ojos me escudriñan el alma y me buscan con sed. Veo la lujuria en tu mirada, me recorres lentamente con tus labios, hay estrellas, fluyen volcanes, puedo tocar la luna cuando siento casi con dolor cómo penetras mi cuerpo y me haces estallar en un gemido interminable de placer.

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Amor imposible Sandra Patricia Palacios Pedirle al cielo que te olvide, Invocar a Dios para que me ayude, Retroceder el tiempo y olvidar tu nombre. Nada será suficiente. Nada permitirá borrarte. Nadie hará que deje de amarte. Nada permitirá que estemos juntos. Este amor imposible flotará en el tiempo. Tu vida y la mía seguirán su camino Y el ángel que nos acompaña Cantará a nuestro oído Y seremos uno Más allá de todo.

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Los autores


El cuaderno de Renata

Andrés Ceballos Ramírez Marinilla, Antioquia, 13 de octubre de 1990. Vivió su niñez en Marinilla, a sus 10 años se traslada a Cali donde termina su bachillerato. Ahora se encuentra en Guayaquil, Ecuador, iniciando sus estudios universitarios.

Ana María Gómez. Soy Ana María, y Penélope, pero también soy Analuna, Maryluna, Alucinada, Aluna o cualquier otro nombre que me invento para explicar esta cantidad de mujeres que habitan en mí. Desde Cali tejo una colcha de sueños con recuerdos, letras y palabras. Lectora: mi hábitat ideal es una biblioteca. Escribana: corrección de estilo, edición textos y similares. La poesía es mi modo de comunicación. Gestora cultural y representante de poetas y escritores. Buena parte de mis textos están publicados en http://paginadeanamariagomez.blogspot.com

Alejandro Liscano

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(Cali, Colombia 1971) Psicólogo (Clark University, MA, USA), especializado en mercadeo (ICESI, Cali) y en gestión publicitaria (Universidad Complutense de Madrid, España); dedicado a la investigación de mercados; docente universitario en áreas de psicología del consumidor. Caleño hasta el tuétano (por la ciudad, no por el equipo). Caminante ecológico y buzo; queriendo ver y aprender lo que más pueda de la naturaleza antes de que acabemos con el planeta. Lector desordenado pero constante. Desde hace un par de años, particular interés por las novelas de autores colombianos contemporáneos. Columnista de la revista“Colombia SÍ”, encargado de reseñas literarias. Ganador por “doble U” del segundo puesto en el concurso de poesía de la Universidad San Buenaventura (Cali, 2002).

Alexander Ortega Gribenchenco Estudiante universitario de último semestre de Física en la Universidad del Valle. Ha incursionado sin destreza ni disciplina alguna en todas las ramas de las artes, de las cuales ha sido despedido en tiempos tan precoces que intuye, podrá postular por ello a un Guinnes Record. Actualmente presume de lector, y, vulgarmente, de escritor. Radicado en Chile. Está estudiando una maestría y llevando adelante dos tesis.


Los autores

Andrea Serna

Autodidacta, estudiosa de la literatura y del periodismo literario. Ha desarrollado proyectos de emprendimiento y de innovación tecnológica, lo que le ha permitido dedicarse a la docencia universitaria, y participar en proyectos de educación y tecnología con algunas universidades de la región.

Constanza Lema Botero

Mi nombre completo es María Constanza Lema Botero, valluna de Palmira con ascendencia paisa: mis padres son de Santa Rosa de Cabal, un pueblo de Caldas. Soy licenciada en Lenguas Modernas de la Universidad del Valle, estudié una maestría en educación en la Universidad Javeriana, inglés en el Georgia Institute of Technology (Georgia, Atlanta) y he trabajado como profesora de esta lengua en algunos colegios y universidades. Desde hace diez años soy profesora del Instituto de Idiomas de la Universidad Santiago de Cali, institución para la que he escrito dos libros de estudio. Me gusta escribir cuentos, ensayos y crónicas, género con el que me gané una mención en el concurso de la Cámara de Comercio de Palmira en 2003.

Emilio Aljure

Nacido en Cali (1933). Casado con la psicóloga Sixta Paz. Abogado de la UNal de Colombia, Médico de Univalle, Ph.D (Neurofisiología) de Columbia University. Profesor universitario por decenas de años (Ciencias Fisiológicas, Facultad de Salud, Univalle). Ex Rector de la Universidad Nacional de Colombia y de Universidad del Valle (1) (1998-1999). Ex Congresista (Lista Galanista), exdirector del ICFES (Virgilio Barco), Ex consejero Presidencial de Derechos Humanos (Virgilio Barco). Miembro fundador del Consejo Nacional de Acreditación de la Educación Superior. Lector apasionado de literatura. He tratado de escribir decentemente textos que atañen a mi oficio: clases, seminarios, artículos para revistas científicas especializadas. Envidio (buenamente) a quienes lo hacen literariamente, es decir, con arte, y trato de aprender de ellos. Tengo la ilusión de que todavía no es tarde, pese a la inexorable aproximación al final de la trayectoria. E-mail: emiljure@cable.net.co

Eduardo Botero Nicholls

Médico Psicoanalista. Profesor Universitario. Co-editor de la revista “Pensamiento y Psicoanálisis” que se edita en la ciudad de Pereira.

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Fernando Gallego Ingeniero sanitario de la Universidad del Valle, promoción 1970. Buen lector, mal escribidor y pésimo perdedor.

Fernando Jaramillo Para entregar un producto digno de mis suscriptores en el blog que manejo sobre noticias de Gabriel García Márquez, (http//memorabiliaggm.blogspot.com) asisto al Taller de Escritura para tratar de escribir menos mal de como lo hago. Tengo por orgullo el Diplomado que me otorgó la Universidad Tecnológica de Bolivar en Conocimiento Vital del Caribe, que es un grado en García Márquez. Quien llegue a estas líneas está invitado a darle un vistazo a ese blog:

Gladys Franco Sánchez Ingeniera Civil de la Universidad del Valle con máster en Administración de Empresas. Funcionaria de la CVC y de EMCALI. En la actualidad está vinculada al mercado de bienes raíces.

Gabriel Ruiz Arbeláez

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Pereira (Viejo Caldas) 1.942. Reside en Cali desde 1948. Allí realizó sus estudios. Ingeniero Químico y Magíster en Administración Industrial de la Universidad del Valle. Exprofesor de esta Institución. Su actividad profesional la realizó principalmente en el área de la Ingeniería Económica y las Finanzas. Gestor y director del blog NTC… Nos Topamos Con … ( http://ntcblog.blogspot.com/ ) y de otros derivados. Desde principios del siglo XXI aspirante a la alquimia de la Poesía. Algunos de sus poemas se han publicado en revistas y libros editados en Cali. E-mail: ntcgra@gmail.com

Hernando Aldana Velásquez Nací en Cartago Valle, a orillas de Río La Vieja, pero no lo vuelvo a hacer, la próxima vez lo haré en cualquiera de nuestros puertos, no importa que sea Buenaventura a orillas de la Mar Pacífica que garantiza una vista permanente a la curvatura de la tierra y el arribo de barcos y ultramarinos que enriquezcan el paladar y la imaginería. Fotógrafo desde la tierna edad de los catorce hasta la madura fecha. Historiador sin título de la U del Valle. Publicista de artículos innecesarios, hasta campañas cívicas que contribuyan a que los autos y motos viajen por andenes y calles y que los peatones vuelen. Como debe ser.


Los autores

Iván Olano Duque Nació en Bogotá pero vive en Cali. Más joven que viejo, comparte un apartaestudio con su gata y estudia música en la Universidad del Valle.

Isabel Prado Nací en Buga, Valle del Cauca, en junio 27 de 1960. Estudié Lenguas Modernas y Literatura en la Universidad del Valle. Me encanta leer y después de muchos años siento la curiosidad por saber si tengo el talento para contar historias cortas con algo de humor y mucho de profundidad o viceversa.

Jesús David Valencia Ramírez Licenciado en Arte Dramático de la Universidad del Valle, tesis laureada año 2008. Premio Andrés Bello año 2000. Se desempeña como escritor, fotógrafo y actor en su ciudad natal, Santiago de Cali. Artículos publicados: David Mamet, Creador desde la Ciudad de los Vientos, Revista EntreArtes 2009, Facultad de Artes Integradas, Universidad del Valle.

Jorge Benalcázar Villacís Ingeniero Electricista (Universidad del Valle 1970), lector, melómano, buzo, cocinero aficionado y aprendiz de escritor.

Julián Enríquez 1973, Cali. Autor inédito sin palmarés.“Exterminio” se presenta como un texto de actualidad (en relación con el 9/11). A partir de una situación hipotética, algo humorística, se pretende poner de presente el fundamentalismo por un lado y la cacería de brujas por el otro. Santiago de Cali, (1973).

Jannis Estacio Hace dos años recibí un diploma de la Universidad del Valle que decía “Psicóloga”; pero desde entonces la vida me ha mostrado que no es mucho lo que sé. He tenido un impulsivo deseo por aprender sobre las manifestaciones de la conducta humana de una manera distinta a la propuesta por los manuales y los “humanistas”. Respeto y amo el psicoanálisis, tal vez por eso me dedico entonces a leer cuanta novela se me atraviesa; también me gusta el teatro -leerlo, verlo y una vez intenté practicarlo-. Soy apasionada al cine independiente, a uno que otro género musical y me deleito con las artes plásticas. Aunque no

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El cuaderno de Renata

manejo la gramática, sintaxis y demás, escribir se me ha convertido en una necesidad y quiero hacerlo de la mejor manera.

Leonor María Fernández Riva Caleña; mayor de edad. Poeta por sentimiento y periodista por ejercicio y vocación. Correctora de estilo y asesora de redacción de varias publicaciones caleñas. Autora de los libros Cristal, El Legado de Toña, El Coraje de un hombre. Creadora y directora del Almanaque Imprescindible de Leonor, publicación anual con el sello nostálgico de las revistas de antaño. almaleonor@gmail.com http://www.almanaqueleonor.blogspot.com/

Layla Montoya Hammar Comunicadora Social-Periodista de la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá. Actualmente es miembro del Taller RENATA dirigido por el escritor Julio César Londoño en la ciudad de Cali.

Leidy Kirley Rivera Nací el 5 de agosto de 1992 en la esplendorosa ciudad de Cali. Bachiller del Colegio “Santa Cecilia”. Me inicié en las letras para comprender mejor la admiración que me suscitan algunas mujeres que viven como a la deriva. Fui finalista del concurso Vive tu cuento, escríbelo, de la Biblioteca Departamental, Cali, 2009.

Manuela Botero Castro Cali, 10 de octubre de 1993, estudiante de 10º grado en el Colegio Berchmans.

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Piedad Villegas Nació en Cali, Colombia. Estudió, trabajó y enseñó publicidad, y alcanzó a estudiar dos años de artes plásticas. Actualmente trabaja como profesora de arte para niños, diseña talleres creativos para embarazadas y padres de familia, y dicta cursos de estimulación sensorial y masaje infantil, pues también estudió masaje terapéutico. Ha recurrido a la escritura y a la ilustración para desarrollar los talleres, especialmente los de niños, y escribe cuentos infantiles.

Rodrigo Escobar Holguin Poeta, ensayista y traductor colombiano. Arquitecto (Universidad del Valle) y magíster en planeamiento regional y urbano (Universidad de Edimburgo). Nacido en Florida, Valle del Cauca, en 1945. Obtuvo su primer premio en poesía en un concurso entre alumnos


Los autores de la Universidad del Valle en 1965. En 1984 ganó el primer premio del Concurso Nacional de Poesía del Departamento Administrativo del Servicio Civil, y en 1987 el premio nacional de poesía de la Casa de la Cultura de Montería. Ha traducido a poetas bengalíes, chinos, japoneses, húngaros. Hasta 2008 ha publicado dos libros de poesía propia: “Obrador de versos” (1991), “Ocaso en Copán” (2002), y dos de traducciones: “El reverso de la luz: cuatro poetas húngaros”(1999) y “Para el corazón que no duda – breve antología del Haiku japonés” (2005) además de ensayos en revistas. Vive en Cali.

Sandra Patricia Palacios Mujer, madre y aprendiz de escritora. Odontóloga de la Universidad Javeriana, especialista en estética dental de la Universidad de Nueva York y en administración de empresas de la Universidad ICESI. Dedicada a su centro de estética dental SonrisaSana. Soñadora sin tregua a la que le gusta jugar con las palabras para plasmar los sentimientos de su alma.

Winston Espejo Ingeniero Químico de profesión, intentando escribir por esperanza y tozudez. O tal vez por desesperanza e inquina. Nacido en Cali. Con dos colecciones inéditas de cuentos, una de malos poemas, y una novela, apenas leída por un ocioso, de la cual aún no sabe si debe arrepentirse. Fue finalista en dos concursos de cuento: Palabras Autónomas 2006 y Concurso Bonaventuriano 2008. Goza de un gran reconocimiento por parte de su madre.

Ximena Aldana Clínica de los Remedios Cali, 1970. Patología: complejo de Peter Pan. Hija, amiga, apneísta, nadadora, buzo, gatófila, comunicadora y aspirante a escritora, que sueña abrir alguna vez en la vida un refugio para perros, gatos y niños abandonados. Se destacó desde muy joven como declamadora, mérito que impidió la echaran del colegio de monjas.

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EL CUADERNO DE RENATA  

El Taller de Escritura de la Biblioteca Departamental funciona desde el año 2006. Está adscrito a la Rede Nacional de Talleres de Escritura...