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COUNTRY CLUB DE BOGOTÁ Historia

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CONTENIDO

PRESENTACIÓN Andrés Fernández de Soto INTRODUCCIÓN Guillermo Sanz de Santamaría

Páginas 2-3: Panorámica, sede desde el lago Página 4: Taberna desde el lago Página 6: Corredor sur hacia el gimnasio

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COUNTRY CLUB DE BOGOTÁ, Línea de tiempo Sede La Magdalena: 1917 -1927 Sede El Retiro: 1927-1948 Sede Contador: 1948-2015 EL COUNTRY: UN CLUB ARRAIGADO EN EL CORAZÓN DE BOGOTÁ Adriana Llano Restrepo CARICATURAS, HUMOR Y AFECTO… Definitivamente mucho más que una colección Martelena Barrera Parra

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PRESENTACIÓN Andrés Fernández de Soto Presidente del Country Club de Bogotá

Me ha correspondido como presidente de la Junta Directiva del Country Club de Bogotá, cerrar la edición de la monumental obra que Villegas Editores pone hoy en manos de los socios de nuestra querida Corporación. Esta iniciativa, liderada por Guillermo Sanz de Santamaría, por la junta que lo acompañó durante su presidencia y por el Comité de Comunicaciones, compuesto por María Esguerra y Juan Manuel Urrutia, es un esfuerzo colosal por recordarle a cada uno de nuestros socios el valiosísimo activo del que somos parte. Nos hemos reunido en una comunidad de más de cinco mil personas, de las más disímiles características, pero unidos en el afecto que guardamos por nuestro Club. Al repasar esta obra sobre los pasados cien años, los recuerdos de tantos amigos juntos, las distintas disciplinas deportivas que se practican a diario, nuestros hijos creciendo en el parque infantil, los irreemplazables terrenos que ocupamos y de cuyo testimonio se da fe en esta edición,

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transformará nuestro querido Club. Al equiparar a todos nuestros hijos en derechos y obligaciones y al ordenar la emisión de 100 acciones exclusivamente para hijos de socios, se ha abierto paso a la necesaria renovación generacional indispensable para afrontar los retos del futuro. En nombre de laJunta Directiva que presido, no puedo menos que dejar en este libro mi reconocimiento a los socios que de manera unánime nos acompañaron en la aprobación de la reforma y el mensaje para las futuras generaciones que les envían nuestros actuales socios, advirtiéndoles que en sus manos queda la conservación de los principios que hoy nos unen. Durante los últimos años se han levantado sobre la Corporación distintas y bien conocidas amenazas. Tengo claro que solamente la infranqueable unión de todos

nuestros socios, como ha sido hasta ahora, logrará que las afrontemos con decisión, dentro de la mayor altura; con arrojo, pero conservando siempre la cordura; con imaginación, pero sin perder de vista el objetivo principal de proteger y conservar este legado que con tanto esfuerzo nos dejaron nuestros antecesores. Seguramente más adelante tendremos que hacer algunas concesiones. Otros clubes de diferentes partes del mundo en parecidas o idénticas circunstancias, lo han hecho y no solamente sobrevivieron, sino que crecieron y se fortalecieron. Por eso termino esta corta nota, enviándole a toda la comunidad del Country Club de Bogotá un parte de tranquilidad y dándole una emocionada bienvenida a nuestros siguientes cien años.

no puedo menos que preguntarme por los siguientes cien años del Country Club de Bogotá, recordando siempre la obligación que tenemos los miembros de la Corporación de conservar y proteger este patrimonio. Nos lo debemos a nosotros mismos, a nuestras familias, a nuestros colaboradores y, por qué no decirlo, a un país que se esfuerza permanentemente por encontrar su brújula. El esfuerzo de nuestros socios fundadores, continuado por tantos socios que sería imposible enumerarlos a todos, para construir el club más importante de Colombia, por encontrar un espacio vital donde nuestras familias puedan ejercer su derecho a reunirse y a realizar todas las actividades que el Country Club de Bogotá les ofrece, nos debe animar a continuar con la tarea, día a día, creciendo como comunidad, buscando la tan esquiva perfección en todos los detalles. En recientes asambleas, los socios de la Corporación, aprobaron una reforma a los estatutos que, sin lugar a dudas,

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INTRODUCCIÓN Guillermo Sanz de Santamaría Expresidente del Country Club de Bogotá

El 17 de septiembre de 1917 un grupo de veintiséis amigos firmaron el acta de constitución del Country Club de Bogotá. Con el fin de conmemorar el primer centenario de su fundación, la Junta Directiva decidió editar un libro que en dos tomos presentara, de la forma más fiel posible, la esencia e importancia de lo que el Club es y ha sido para los socios y la sociedad. Entendiendo la gran responsabilidad que este trabajo implicaba, se inició su preparación con suficiente anticipación en febrero de 2014 con el fin de obtener el documento que hoy se entrega. Agradezco muy sinceramente al doctor Andrés Fernández de Soto, presidente actual del Club, su deferencia al haberme permitido presentar el libro con esta breve introducción. La Bogotá de aquella época era muy diferente a la bulliciosa metrópoli que habitamos hoy y, naturalmente, sus gentes también mantenían una vida acorde con su desarrollo y entorno. Hemos querido con este escrito rendir un homenaje a quienes nos precedieron, intentando recordar la ética y el

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comportamiento de nuestros padres, abuelos y bisabuelos a través de la maravillosa crónica de la periodista Adriana Llano Restrepo, editada por Juan Manuel Urrutia Valenzuela y revisada por María Esguerra González, en espléndida edición de Benjamín Villegas, a quienes los socios y amigos del Country Club de Bogotá les debemos esta memorable obra. La historia del Country es entretenida pero debe, al mismo tiempo, ser inspiradora y permitirnos revisar nuestro comportamiento. Mirar hacia atrás nos debe llevar a recuperar usos y costumbres que la modernidad ha alienado y a volver a hacer del fairplay, inspirado en un claro sentido de la ética y del respeto hacia los demás, una norma fundamental de nuestro día a día. Las historias, los relatos, el fino humor visible en las caricaturas de Rendón, magníficamente restauradas por doña Martelena Barrera Parra, deben evitarnos repetir algunos errores que pudiesen haberse cometido y recordarnos que podemos reírnos de nosotros mismos de manera sana y cordial. El comportamiento de los socios y su forma

de relacionarse conforman la naturaleza misma de un club. El tomo que cuenta la historia está dedicado a esa esencia. Las formas de ser de su gente y su espacio son el patrimonio de los socios del Country y de la ciudad que lo rodea. La sede es un tesoro urbanístico y ambiental. El segundo tomo completo de la obra exalta el resultado de años de cuidado, de esmero y de relaciones de equilibrio con el medio ambiente, la flora y la fauna del Club. Un espectacular estudio fotográfico acompaña la muy cuidadosa y elaborada reseña de las especies de nuestra fauna y vegetación. Igualmente se presentan los textos de Juanita Mariño de Posada, asesora del Country, sobre la importancia ambiental del Club, y el recuento de doña Patricia Mejía González acerca del trabajo ecológico que a diario se realiza para su mantenimiento. Al revisar este tomo del libro y contextualizarlo con el valioso documento del retrato escrito de nuestros predecesores en el siguiente tomo, salta a la vista la inmensa responsabilidad histórica que nuestra generación tiene con nuestros hijos y nuestra ciudad. Revisemos nuestra evolución: En la página 12 se aprecian los traslados físicos del Club, mientras en la página opuesta un cronograma general despliega su devenir temporal, sirviéndonos de orientación y guía al recorrido. Una aerofotografía de 1936 enseña, en la página 14, el espacio de la primera sede del Country en La Magdalena (calle 53). En la foto de la siguiente página, se hace evidente la urbanización de la zona.  Otra fotografía aérea esta vez del año 1943, en la página 16, muestra las zonas verdes del Club en la sede El Retiro —hoy calle 85—, el lago Gaitán y el Polo Club. En la página enfrentada, otra fotografía deja ver las construcciones edificadas en estas zonas.

La vista aérea de 1965, en la página 18, presenta la sede actual, ubicada en Contador, cuando aún no estaba rodeada de edificios y casas. La fotografía satelital de la página siguiente muestra esta sede ya totalmente circundada por la ciudad. Como en los dos casos anteriores, era también un espacio despoblado de la ciudad, convertido hoy en una de las zonas con mayor densidad poblacional, pero sobre todo vehicular, de la urbe en que se ha transformado la Bogotá que esta historia describe. Finalmente, el desplazamiento físico de las sedes deja ver cómo la ciudad no tarda en ocupar los espacios verdes que quedan libres cuando entidades como el Country se mudan. El Country podría de nuevo urbanizar la sede y mover sus instalaciones hacia el norte, Chía o Cajicá; o hacia el oriente, Sopó; o hacia el occidente, Funza. Sin embargo, la verdadera responsabilidad de esta generación consiste en entender y hacer entender el valor patrimonial y ecológico que tiene el Country, no solo para sus socios sino también para toda la comunidad de Bogotá. Tenemos el compromiso histórico de encontrar soluciones imaginativas a los problemas que nacen de las tensiones entre urbanización, desarrollo y medio ambiente. Durante los cien años del Club, este ha sido polo de desarrollo urbanístico hacia las afueras de la ciudad. En esta ocasión, repetir esa historia daría al traste con un santuario ecológico irreemplazable que nos corresponde preservar. Mantener la sede actual no es embeleco de un grupo de socios, es un deber que, con sus costos y sacrificios, todos en conjunto debemos asumir. Presentamos pues la historia del Country para dar testimonio del patrimonio cultural y ecológico que alrededor de una idea de veintiséis amigos nació y se forjó, para que las generaciones venideras lo cuiden y defiendan.

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Country Club de Bogotá Línea de tiempo PRIMERA SEDE

SEGUNDA SEDE

SEDE ACTUAL

LA MAGDALENA

EL RETIRO

CONTADOR

1917

1933

1917 Fundación del CCB El CCB comienza en un terreno de 20 fanegadas, en la calle 53 con carrera 17. En los estatutos se estipula que el número de socios no excederá los 25. El Club contaba con 9 hoyos de golf y comités de golf, tenis, croquet y hockey.

1927 1928 1929

1929 Traslado definitivo a la nueva sede.

1928 Se inauguran los primeros 6 hoyos de golf.

1927 Traslado a la sede de El Retiro. El 14 de noviembre de 1927 se adquirieron 50 fanegadas de la hacienda El Retiro. En 10 años el número de socios había pasado de 25 a 200. En diciembre de 1927 se aprueban nuevos estatutos y se definen tres clases de socios: activos, honorarios y transeúntes. El número de socios activos se eleva a 300.

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1933 Se completa la construcción de los 18 hoyos

1946

1948

1964

1948 Traslado del CCB a la sede en Contador. Se decide que el Club debe tener un doble carácter (social y deportivo), convirtiéndose en un club de familias y no solo de socios.

1946 Acuerdo con el Club de Polo Santa Fe. Se intercambia su campo, dependencias y elementos libres de impuestos, a cambio de la entrega, por parte del CCB, de 16 acciones libres de derecho de traspaso para ser adjudicadas a socios del Santa Fe.

1964 El Plan de movilidad de Bogotá contempla la prolongación de la carrera 15.

1998

2007

1998 El Distrito anuncia que se necesita un parque al norte de la ciudad.

2014

2015

2014 Fallo final autorizando expropiación.

2007 Entrega anticipada del Polo.

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SEDE LA MAGDALENA 1917 - 1927

Primera sede del Country Club de Bogotá en La Magdalena (calle 53 con carrera 17).

 Sobrevuelo 1936

Ortofotomapa de 2010 donde se señala la zona que ocupaba el Club  14 |

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SEDE EL RETIRO 1927-1948

Sede y zonas verdes del Club en El Retiro —hoy calle 85—.

 Sobrevuelo 1943

Fotografía aérea del Antiguo Country en 2014 donde se señala la zona que ocupaba el Club  16 |

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SEDE CONTADOR 1948-2015

Sede actual y vista aérea, ubicada en Contador, cuando aún no estaba rodeada de edificios y casas.

 Sobrevuelo 1965

Sobrevuelo 2009  18 |

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EL COUNTRY: UN CLUB ARRAIGADO EN EL CORAZÓN DE BOGOTÁ Adriana Llano Restrepo

Colombia comenzó a ser un país menos pobre en la segunda década del siglo xx. Para esta época las familias que eran tenidas por acomodadas, cayeron en una ‘gentil pobreza’.1 “El efectivo en circulación era solamente cuatro pesos per cápita, mientras que el promedio en Chile era diez, y seis en Argentina”. 2 La guerra de los Mil Días y la separación de Panamá dejaron las arcas vacías y la moral golpeada. En 1917 Colombia estaba endeudada y el mundo sentía los efectos de la llamada Gran Guerra. Bogotá era una aldea grande. La gente se conocía, se saludaba con frecuencia con un “Adiós, ¿cómo te va?”, graciosa frase cuyo propósito, diría alguien, era que no le fueran a contestar a uno algo diferente a “Adiós, ¿cómo te va?”. 1. James D. Henderson, doctor en Historia de América Latina en la Christian Texas University y profesor de la Coastal Carolina University en Estados Unidos, en su obra La modernización en Colombia: los años de Laureano Gómez, 1889-1965 2. Salomón Kalmanovitz en La agricultura colombiana en el siglo xx.

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¿Qué tal que a alguien se le fuera a ocurrir contarle a uno cómo le iba? Pero había que saludar. Cien años después aún hay socios del Country que al encontrarse con una cara conocida le dicen “Adiós, ¿cómo te va?”. Las generaciones mayores recordarán que en los años cincuenta y sesenta, para decir que una costumbre era anticuada, se decía: “Ala, eso sí es del tiempo del ruido”. El ‘tiempo del ruido’ fue en 1687, cuando a la Bogotá colonial la desperto un ruido misterioso y fuerte. El Country Club de Bogotá es, para muchos, del ‘tiempo del ruido’. El diario El Tiempo, en su edición del jueves 28 de septiembre de 1917, menciona la fundación, días atrás, del Country Club de Bogotá y reproduce un cable de agencia noticiosa que da cuenta de la guerra, denominada entonces Gran Guerra y conocida luego como Primera Guerra Mundial: “Alemania sigue insistiendo en sus propuestas de paz cada vez más acentuadas”. Un cable de Nueva York dice que ese país “ha ofrecido libertar a Bélgica como base de sus nuevas propuestas. Los aliados la consideran inaceptable,

Terraza de la piscina

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si no trae el desmonte del militarismo prusiano. Se habla de ataques aéreos a Londres”. En ese año, Bogotá tenía un poco más de 150 mil habitantes, que vivían en cerca de 9.000 casas repartidas en una extensión de nueve kilómetros de norte a sur y tres de oriente a occidente. El tranvía, propiedad del municipio, recorría esos nueve kilómetros de la carrilera electrificada. Los bogotanos “elegantes” viajaban colgados del tranvía y con sus finos sombreros saludaban a los peatones, “Adiós, ¿cómo te va?”. Por las pocas calles asfaltadas circulaban cerca de doscientos carruajes y más de cien carros; Bogotá entraba a la modernidad. En primera plana el diario El Tiempo promocionaba así los automóviles Ford: “Acaba de llegar una nueva remesa de carros modelo 1917 y una cantidad considerable de repuestos. Agentes generales, G. Pradilla y Cía. Bogotá, carrera octava, teléfono 778”. En un principio la ciudad se extendió hacia el sur, por lo que rápidamente se puso en marcha el tranvía hacia San Cristóbal. También se construyeron algunas quintas en Teusaquillo, La Magdalena, La Merced y Chapinero. En agosto del diecisiete, Bogotá fue sacudida durante cuatro días por un fuerte temblor de tierra. El sismo, que afectó varias regiones del país, generó pánico en la capital: Los habitantes recordaban la profecía del padre Francisco Margallo y Duquense: “Un 31 de agosto / de un año que yo me sé / en sucesivos terremotos / Monserrate y Guadalupe / hundirán a Santafé”. Y el 31 de agosto los bogotanos pensaron que su día había llegado. El “año que yo me sé” se volvió el ‘año del ruido’ y algunos agoreros siguen esperando el año “que yo me sé”. Hubo siete temblores. Casas y edificios se vinieron abajo, la iglesia de San Ignacio, el claustro del Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario, edificios gubernamentales y residencias privadas también sufrieron daños graves, pero Guadalupe y Monserrate permanecieron incólumes.

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La gente, “muerta del miedo, se quedó a dormir en la calle e hizo procesiones para rogarle a Dios que la profecía no se fuera a cumplir a cabalidad”, rememora El Tiempo días después, señalando que la zozobra duró nueve días. El diario agrega en su recuento que “por miedo a que sus residencias cayeran, muchos se fueron a vivir a sus fincas. Quienes no tenían se mudaron a los parques y a las calles”. De acuerdo con su cronista, “la ciudad se llenó de altares improvisados ante los cuales rezaban decenas de llorosas mujeres mientras muchos sacerdotes confesaban al aire libre y era innumerable el número de gentes que estrechaban ansiosamente entre las manos un crucifijo o una camándula”. Bogotá iba desde Las Cruces hasta la calle 26. En el sur estaba San Cristóbal. En el norte Egipto, Las Aguas, La Perseverancia, el Paseo Bolívar. Después de San Diego estaba Chapinero, que comenzaba en la calle 45 y llegaba hasta la 66. De oriente a occidente había algunas edificaciones en la carrera séptima y otras en la 13. Un tranvía de mulas iba desde Chapinero hasta el centro. Los domingos, los bogotanos iban a los parques: el de la Independencia, donde había retreta, y el del Centenario. Abelardo Forero Benavides, historiador, muy querido socio del Club y autor del libro Cincuenta años del Country Club de Bogotá (1967), señala que “Todos los tejados son uniformes. Nada rompe la armonía de ese sedante paisaje urbano. Se destacan las cúpulas de las iglesias y los campanarios. Ninguna de las edificaciones tiene la presunción de sobresalir sobre la casa del Señor. (…) Los balcones se asoman a las calles, para ver pasar a los transeúntes y admirar los primeros automóviles”. En el Teatro Colón se presentaban afamadas compañías. Había matinée los domingos y vespertina jueves, sábados y domingos. El cine era mudo y de alta velocidad. El alumbrado estaba en sus inicios, los teléfonos eran de manivela y operadora. El edificio Cubillos, en la carrera octava con la avenida Jiménez, fue el primero que tuvo ascensor.

Gimnasio

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En el mencionado libro, Forero Benavides cuenta que “los sábados concurren los caballeros a la más lujosa peluquería de la ciudad, La Ville de París, fundada por Víctor Huard y Jorge Lagos Mendoza”. Una propaganda de la época, en El Tiempo, asegura que “Este salón de peluquería es el mejor de la ciudad por su confort y lujo y la absoluta desinfección que se practica en el instrumental”. Continúa Forero Benavides: Salimos a la Plaza de Bolívar y allí vemos la estatua de Tenerani rodeada de pinos. Frente al pequeño jardín hay unos coches estacionados, con sus aurigas soñolientos. Y una pareja de mulas tristes esperan el turno para conducir, como refuerzos, el lento tranvía, a través de la carrera décima, hasta el hospital de La Hortúa. La electrificación creciente no las ha destituido de la burocracia municipal. Sin salir del marco de la plaza, admiramos la precaria vitrina del Almacén del Día, fundado en 1903 por los señores Liévano. Allí se encuentran los cuellos pajaritas, las camisas para el frac, las levitas traídas de Londres, los plastrones y corbatines, los cúbilos para las grandes ceremonias. Y bajando por la calle 11, se despliegan las incitantes vitrinas de la sombrerería Garzón Hermanos, en la que se venden todos los modelos de sombreros producidos en el país. Allí están los jipas de amplias alas. Y este paseo sería imposible sin la colaboración de don Aristides A. Ariza, el más conocido fotógrafo de su tiempo. Él se encargó de transmitir la imagen de todas las celebridades del centenario. Editó millares de tarjetas postales, ilustradas con los poemas breves de Julio Flórez y de José Asunción Silva. Los enamorados salían de apuros gracias a Ariza, que en una pequeña tarjeta postal tenía ya dispuestas, en rítmicos versos, todas las posibles declaraciones de amor, ilustradas con corazones atravesados por una flecha, o manos que se unen simbólicamente o pétalos marchitos que evocan los tiempos idos.

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El fotógrafo se promocionaba con este grandilocuente aviso: “Tarjetas postales artísticas con estrofas ilustradas, notabilidades colombianas, vistas, retratos de mujeres hermosas, parejas, niños, foto esculturas, etc. Muestrario con cien modelos diferentes al recibo de cuatro pesos oro”. Circulan El Tiempo, El Espectador, El Nuevo Tiempo, El Diario Nacional, y las revistas El Gráfico y Cromos, cuyos talleres gráficos eran los más grandes de la época. “En el camino que conduce de Bogotá hacia Chapinero, dice Forero, se levanta un pequeño grupo de casas, ninguna mayor de un piso, en las cuales el doctor Carlos Esguerra decidió organizar una casa de salud, con cupo para cincuenta enfermos”. Marly estableció desde su fundación un sistema de seguro, que garantizaba los servicios médicos a la persona abonada. Los sastres que confeccionaban los trajes de los señores eran Francisco Platín y Daniel Valdiri. La librería de Jorge Roa era la más visitada por los intelectuales de la época. Así culmina la descripción que de la capital, en los días previos a la fundación del Country, hace Forero Benavides. Vladimir Melo Moreno, en su ensayo titulado Espacio geográfico y vivencia urbana en Santa Fe de Bogotá, dice que: “En 1917 se creó la Sociedad de Embellecimiento Urbano con varios propósitos, entre ellos hacer cumplir una serie de normas fundamentales que se estaban infringiendo descaradamente. También era objeto esencial de la Sociedad cambiarle la cara a la ciudad. Uniformó a los emboladores, arborizó numerosas calles, organizó torneos deportivos, colocó buzones en las esquinas, pintó los postes y promovió concursos de vitrinas en los sectores comerciales”. Los bogotanos de la época pugnan por dejar atrás las costumbres de pueblo chiquito. La revista Cromos lo consigna: Somos un pueblo grande (…). Somos la capital de la república con 150.000 almas, inclusive las almas de cántaro y sin embargo nuestras costumbres no se diferencian en nada,

Taberna desde el lago

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absolutamente en nada de las del más insignificante de nuestros villorrios. En los pueblos la vida cotidiana tiene el inconveniente de que no existe para ella eso que se llama fuero privado. Uno vive para el vecindario y el de aquí es fiscal y espectador del de más allá. En Bogotá, con pequeñas diferencias, la vida se desliza por un cauce igual o parecido. Y es muy contado el bicho viviente que no se preocupa e inquieta por lo que no debiera importarle un comino.

ATENAS SURAMERICANA Parroquial y aldeana, se la llamaba la Atenas Suramericana. El humanista español Menéndez Pelayo en su Antología de la poesía latinoamericana (1892), señalaba que “la cultura literaria en Santa Fe de Bogotá, destinada a ser con el tiempo la Atenas de la América del Sur, es tan antigua como la conquista misma”. El proceso de modernización de Bogotá fue bastante lento. A razón de su aislamiento, la ciudad estuvo desconectada de las fuerzas modernizadoras que dejaron sentir sus efectos de manera más temprana en otras ciudades latinoamericanas, condición que permitió a la élite tradicional no contar con la competencia de corrientes migratorias de extranjeros que le disputaran su preeminencia social y cultural. Debido a este retraso, la ciudad continuó regida por principios sociales y culturales provenientes de la tradición. (…) Se recurre a fronteras culturales, virtuales, para establecer elementos visibles de jerarquía social: la Atenas Suramericana. El mito del paraíso perdido, de la edad de oro desaparecida, cuando todo era mejor (…). 3

LA ÉLITE Había sin embargo, en esta sociedad austera y empobrecida, naciente a la modernidad, una élite que se veía y sentía parte de una sociedad culta y que llevó a Bogotá a un imaginario de logros intelectuales y académicos, antes reservado para Popayán o Cartagena. Élite ha sido una palabra que ha ido tomando una connotación negativa. Ha sido asociada con posiciones de derecha, con nociones de clasismo, con negaciones de democracia. Pero no, no lo es. Las élites siempre tienen que existir y no tienen relación alguna con privilegios de clase o con mayores o menores patrimonios económicos. Élite es quien por derecho adquirido, no heredado, dirige una sociedad; quien determina patrones; quien busca salidas en momentos de crisis; quien ve más allá; quien tiene noción de historia y por ende noción de futuro. Élite es quien es consciente de tener más responsabilidades que derechos. Las élites no son perversas, todo lo contrario. Por no haberlas tenido, o mejor, por haberlas perdido, es que estamos donde estamos. Hemos confundido elitismo con riqueza y son dos conceptos que poco o nada tienen que ver.4

Para esa élite capitalina de principios de siglo, priman las buenas maneras, la cortesía, el uso de la palabra justa, la sobriedad, la discreción. “Dentro de esta sociedad, en la que todos se conocen y saludan ­—refiere Abelardo Forero Benavides— se produce un tipo humano muy respetable. Posee un sentido ingénito de la decencia. Sabe comportarse con distinción en sociedad. Conoce sus deberes cívicos. Respeta las jerarquías del espíritu. Tiene en su mente el arquetipo del gentleman. Viste con discreta sencillez y habla con propiedad y mesura. No hace alarde de su riqueza o de

3. Fabio Zambrano Pantoja. “De la Atenas Suramericana a la Bogotá moderna: La construcción de la cultura ciudadana en Bogotá”. Revista de Estudios Sociales, Universidad de los Andes n. 11. Febrero de 2002 o

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4. Luis Carlos Valenzuela Delgado, Discurso a los graduandos. Universidad ICESI. Cali, 14 de agosto de 1999.

Piscina

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su influencia. La principal fuente de su riqueza es la agricultura, la más noble de todas las actividades”. Bogotá era vista desde décadas atrás como ciudad erudita y bien hablada. Aquí se estableció la primera sede americana de la Academia de la Lengua, inaugurada en 1871. Fabio Zambrano Pantoja refiere que “desde fines del siglo xix el buen hablar se asumía como un requisito para aquellos bogotanos que aspiraban a ser considerados como gente culta y bien nacida”. Al respecto se destaca el libro de Rufino José Cuervo, Apuntaciones críticas sobre el lenguaje bogotano (1872, 1907), así como los muchos trabajos de Miguel Antonio Caro. Hablar mal, vestirse mal, comportarse por fuera de las normas dictadas por los manuales de urbanidad, eran signos de barbarie en 1917. Sandra Pedraza señala que “estas necesidades de distinción, surgidas del desastre urbano que presentaba Bogotá durante este período, se constituyeron en los elementos sobre los cuales se elaboró la nueva urbanidad burguesa en Bogotá, que incluía respeto al orden social, corrección en el vestir, uso del tiempo, noción del comportamiento femenino y masculino, al igual que principios estéticos y morales a partir de los cuales elaborar normas de distinción social”.5 Esos valores de clase, la urbanidad, el buen gusto, la corrección en las maneras se unen a la valoración de lo extranjero. La publicidad prevalente en El Tiempo del día fundacional del Country Club, son los anuncios de ropa inglesa, vidrios ingleses, paños ingleses, pantuflas de fieltro inglés. La elegancia y limpieza de su correspondencia realza la índole de sus negocios. Si pretende usted obtener los mejores resultados es imprescindible adoptar los mejores medios. Usted se debe a sí mismo investigar personalmente cuál es la mejor máquina de escribir que está más en armonía con sus negocios y presta realce a su reputación comercial o

profesional. La Underwood es la máquina que usted al fin comprará en la Carrera Séptima Atrio de la Catedral.6

No es entonces extraño que el club formado por un grupo de jóvenes caballeros pertenecientes a esa naciente élite bogotana, se llamara el Country Club y que desde un comienzo adoptaran las normas de la ética y de la caballerosidad por las que deseaban distinguirse.

VIDA URBANA Según la Revista Credencial, las universidades existentes en Bogotá para este momento eran: el Colegio Mayor del Rosario, institución privada y de corte tomista fundada durante la colonia; la Universidad Nacional, pública, fundada en 1867; tres de carácter liberal: el Externado Nacional de Derecho, creado en 1886, clausurado en 1895 y reabierto en 1918; la Universidad Republicana, conocida como Universidad Central, fundada por Francisco de Paula Santander en 1826, que funcionó entre 1826 a 1843; y la Universidad Libre, inaugurada en 1913. Había pocos colegios importantes, casi todos confesionales, como San Bartolomé y La Salle, que vivían cerrados buena parte del año por falta de agua. Y ya había abierto sus puertas el Gimnasio Moderno, en la carrera 11 con calle 74, fundado en 1914 por Agustín Nieto Caballero en las afueras de la ciudad, ya que Bogotá acababa en la 72. En la exposición titulada “Casas bogotanas de los años veinte”, organizada en 2009  por el Archivo de Bogotá, se mostraron 66 planos de las licencias otorgadas entre 1914 y 1949. El historiador Fabio Zambrano ha señalado que fue en estos años cuando la ciudad, que parecía una aldea, comenzó su proceso de transformación: “Con la llegada de nuevos habitantes, provenientes del campo, la capital comenzó a ensancharse y por primera vez los bogotanos

5. Pedraza, Sandra. En cuerpo y alma. Visiones del progreso y la felicidad. Universidad de los Andes, 1999

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6. Aviso publicitario, El Tiempo. Bogotá, septiembre de 1917.

Comedor principal desde el campo de golf

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establecieron sus diferencias socioeconómicas a partir del tamaño y la forma de sus viviendas. Los espacios se convirtieron en símbolos de prestigio y las familias más adineradas comenzaron a contratar sus propios arquitectos, que diseñaron las quintas y residencias más lujosas de la ciudad”. Por entonces las licencias de construcción eran firmadas por el alcalde y se archivaban en la Secretaría de Obras Públicas con sus respectivos planos originales. El curador muestra cómo “las escalinatas exteriores, las puertas alargadas construidas en madera y vidrio, los balcones y los ventanales con abundancia de luz eran sinónimo de bienestar, prestigio y suficiencia económica. Las casas de las familias acaudaladas también contaban con amplios salones para el esparcimiento social, como salas de piano, comedores, cuartos de recibo, vestíbulos y despachos”. Esta exposición reveló que en 1917 los constructores, ante la carencia de un acueducto público, encaminaban las aguas negras a los pozos y ríos, como el caso del San Francisco, empeorando las condiciones de salubridad de la ciudad, que harían que a finales de este año y comienzos de 1918, Bogotá padeciera la peor crisis higiénica de la que haya memoria, agravada por una epidemia de gripa que afectó a unas 40.000 personas y causó la muerte a 800. Por entonces se había hecho un llamado al Concejo Municipal para que solucionara el problema de los asentamientos del norte, oriente y sur, “en donde la carencia absoluta de condiciones higiénicas en cuanto a excusados, desagües, alcantarillados, amplitud de las habitaciones y servicios de agua y aseo representaba un peligrosísimo caldo de cultivo para toda clase de enfermedades”. El Tiempo reseñó: “La epidemia de grippa (sic) que hay actualmente en Bogotá es algo verdaderamente fabuloso. Más del 20 por 100 de la población se encuentra atacado de esta fastidiosa enfermedad, sin que ni baños ni remedios sean capaces de librarla de ella y aunque parece que no es grave sí es en alto grado desagradable. Ojalá la Dirección de Salubridad publicara algo sobre la manera de evitar o curar

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pronto esa grippa (sic), para que los pobres tengan algún remedio contra ella”. En la revista Cromos del 2 de febrero de 1918, se lee: “La infesta y confiada. Así deberá llamarse a esta muy digna y muy ilustre ciudad del águila negra y de las granadas de doublé. Sin pavimento, sin agua, sin alcantarillado, la vida aquí es un milagro de la existencia y de equilibrio. Gérmenes patógenos por todas partes: en el aire, en el agua, al salir de la casa, al entrar a la iglesia, al comer y al dormir”.

ESPACIO DE SOCIALIZACIÓN Un puñado de amigos, educados como caballeros en Londres y París, decide fundar el Country Club en esa Bogotá que se modernizaba, con esperanza y con dificultades, con modernismos y con contrastes. “Un pueblo en alpargatas, sacudiéndose la ruina de la guerra y el dolor por la pérdida de Panamá.(…) Un conglomerado de gente pobre, descalza, de empleados, pocos que vivían de la burocracia o del comercio, en donde las industrias eran muy incipientes. La ciudad vivía en medio de obras inconclusas, muchas de ellas iniciadas varias décadas antes”.7 Las sociedades, desde la antigüedad, buscan espacios de socialización, desde el ágora en Atenas, o los baños romanos o el hammam en los países árabes. En occidente, más precisamente en el Imperio Británico, desde muy temprano, siglo xvii, se formaron las sociedades y los clubes vieron su apogeo en el xix y en la era victoriana. Espacios dedicados a la tertulia, a la cultura, al intercambio intelectual y en algunos casos a la práctica de los deportes, fundamentalmente aquellos practicados por las élites, como el polo, el golf, el tenis, y el críquet.

7. Vicente Casas Sanz de Santamaría, socio desde 1972. Entrevista, diciembre de 2014.

Sede principal

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No es entonces coincidencia que los jóvenes de la élite bogotana siguiesen el ejemplo que conocieron en sus viajes a Europa o en los relatos de sus amigos. Se fundan así el Polo Club, y el Jockey Club a finales del siglo xix. La progresiva modernización que tímidamente comenzaba a experimentar la ciudad, fue introduciendo la práctica de los deportes y con ello se generó la necesidad de nuevos espacios de sociabilidad distintos a las plazas y parques. Así, desde 1890 se inició la práctica del polo, el tenis y el fútbol, los cuales estaban inicialmente limitados a las élites capitalinas que los importaban de sus viajes a Europa. Esto motivó la apertura en 1893 del primer almacén de artículos deportivos de la ciudad, donde se vendían juegos de mesa e implementos deportivos; posteriormente el comerciante Ernesto Duperly importa las primeras bicicletas. El siglo (xix) se cierra con la fundación en 1897 del primer club deportivo de Bogotá: el Polo Club, destinado a la práctica del llamado deporte de los reyes, el polo.8

Los clubes fundados en la ciudad fueron, en sus inicios, lugares exclusivos de los hombres. Estos clubes sociales, establecidos en amplias casonas ubicadas en el centro histórico, eran lugares para conversar, jugar a las cartas o al billar o leer prensa nacional y extranjera. Luego vendrían los clubes en donde aparece la práctica de los deportes. En 1905 hay partidos de polo y críquet en el hipódromo de La Magdalena. “Los clubes se fundaron por la influencia europea. El Club fue en su inicio una asociación libre de toda imposición y sin otro objetivo que él mismo; optaba por ignorar los vínculos con la familia y estableció un nuevo modelo de sociabilización. No había secreto, ni iniciación, ni programa. El único compromiso era la adhesión a un simple código de conducta, idéntico para todos los miembros, que no imponía ninguna relación preferente

con ninguno de ellos. Sin embargo, llevaba una marca en su origen: la exclusividad masculina”9. Por su parte, Luis Patiño, socio desde el año 1972 y miembro de Junta Directiva durante nueve años, explica que: “a través de los clubes se crearon nuevas formas de relacionarse exclusivamente para la élite de las principales ciudades; se fundaron clubes en Barranquilla, Medellín, Cartagena, Cali, Manizales; primero fueron ámbitos masculinos para afianzar la vida pública varonil y con el transcurrir del tiempo se fue abriendo el mismo espacio a las mujeres, quienes al principio se limitaban a asistir a las fiestas que los hombres determinaban y más tarde, incorporándolas a deportes como el golf y el tenis y a actividades relacionadas con la familia; durante muchos años hubo en los clubes espacios vedados para las mujeres; entre ellos, los bares”. A esta élite de la Bogotá de principios del siglo xx, pertenecían Joaquín Samper, Ulpiano A. de Valenzuela, Álvaro Uribe, Carlos A. de Vengoechea, Enrique Reyes, Enrique de Narváez, Enrique Umaña Umaña, Eusebio Umaña Umaña, Guillermo Gómez, Ignacio Sanz de Santamaría, Jorge Herrera T., Joaquín Reyes, Miguel López, Manuel Vicente Ortiz, Manuel B. Santamaría, Pedro N. López, Pedro Londoño Sáenz, Rafael Reyes A. Unos caballeros, que se reunieron el 28 de septiembre de 1917 a las 4:00 p. m., con el objeto de considerar los estatutos del Club, según consta en el acta n.o 01 de la Junta Directiva del Country. Esta primera acta da cuenta del acontecimiento fundacional: “En el curso de la sesión se presentaron los señores Francisco Pineda López y Frank Koppel y dejaron de asistir los señores Daniel Holguín, Jorge Umaña, Harry W. Cutbill, Evaristo Herrera y Tomás Samper”, quienes se hicieron representar respectivamente por otros fundadores, de suerte que estuvieron representados 25 votos. 9. Castro Carvajal Beatriz, “Aspectos de la vida diaria en las ciudades repu-

8. Fabio Zambrano, Ibíd.

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blicanas”. Revista Credencial, s. f.

Sede principal desde el campo de golf

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La sesión, presidida por Joaquín Reyes, quien informó que la invitación a formar parte del naciente Club había “dejado de ser contestada” por Ernesto Michelsen y Rafael Osorio, tuvo lugar en el Hotel Continental, cuyo inmueble era propiedad de Tomás Samper. En esta sesión se discutieron y aprobaron los estatutos. El primer artículo reza: “El Club se denominará Country Club de Bogotá y se gobernará conforme a los presentes estatutos. La dirección del Club estará inmediatamente a cargo del presidente que por mayoría absoluta de votos elijan cada año los socios”. El artículo décimo establece que el número de socios del Club no excederá los 25: “Y para llenar una vacante de socio se necesitará que el aspirante sea aceptado unánimemente por la Junta General de Socios. Si hubiere varios aspirantes, los que no fueren aceptados por unanimidad serán sometidos a nueva votación y en esta decidirá la mayoría absoluta de votos. Las votaciones serán secretas”. Y en el artículo undécimo se decide y se consigna que los únicos socios honorarios serán el presidente de Colombia, el gobernador de Cundinamarca y el alcalde de Bogotá. El Country se fundó para jugar al golf. El acta de fundación reza: “La Junta Administradora, establecerá y fomentará en el campo del Club los juegos que estime conveniente, pero el juego del golf tendrá siempre prelación absoluta, sobre todos los demás. Cada juego estará a cargo de un comité nombrado por el presidente (…)”. También se eligieron aquí los socios que conformarían cada comité, así: de golf, Carlos A. de Vengoechea y Harry W. Cutbill; de tenis, Ulpiano de Valenzuela y Miguel López; de croquet, Enrique Reyes, Álvaro Uribe Cordovez y Jorge Herrera; y de hockey, Rafael Reyes y Eusebio Umaña. Así mismo, se conformaron las comisiones del campo, liderada por Joaquín Reyes; de mesa, por Pedro Londoño; de arreglo de la casa, por Daniel Holguín; de arreglo de la calle 53, por Ignacio Sanz de Santamaría. De la proveeduría se encargó a Enrique de Narváez.

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Joaquín Samper, quien fuera el principal promotor de la idea, ya que como lo refiere el socio Iván Gómez Villa en el libro Country Club de Bogotá, 75 años de historia, del que fuera editor general, “en uno de sus viajes a Londres de manera casual conoció en un almacén británico el juego que se convirtió en parte fundamental de su vida”, fue elegido presidente del Club. Además, Carlos A. de Vengoechea, que había tenido la oportunidad de practicar el golf en Francia y que cuando llegó a Colombia en 1913 reunió a algunos amigos con el fin de practicar este novedoso deporte, tenía la misma inquietud deportiva que Samper.

LA MAGDALENA Joaquín Samper y Joaquín Reyes prestaron dinero de su propio peculio para la instalación del Club. Samper prestó 180 pesos con 83 centavos y Reyes, 2.682 pesos con 59 centavos. El terreno escogido durante la primera sesión fue uno de 20 fanegadas ubicado en la calle 53 con carrera 17, donde luego se hicieron nueve hoyos. Estos terrenos eran propiedad del Banco de Colombia. El arrendador de los terrenos era Victoriano Chiriví, quien allí pastoreaba ovejas. Chiriví administró el Club durante los diez primeros años de su existencia. Aportó además sus ovejas, que “cortaban los fairways”, costumbre muy escocesa. Con dos máquinas manuales se podaban los greens. La primera sede, la de la calle 53, en La Magdalena, fue descrita así por Alfonso López Michelsen en el prólogo del libro de los 75 años del Club: “(…) Basta evocar la modesta casita (…) con una sola línea telefónica con varias derivaciones, y con sus muebles forrados en cretona, como se estilaba en las casas de campo de los ricos, para llevarse en la retina una estampa de la Colombia aldeana, anterior a 1930. Éramos tan pobres que en el recuento de un torneo en el

Escalera a la segunda planta

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que participó mi madre, el premio para la pareja ganadora consistió en tres bolas de golf por cabeza”. En el libro del medio siglo del Club, Abelardo Forero Benavides consigna el testimonio del socio Eusebio Umaña, Chispas era su apodo: “El lote tenía una extensión de 20 fanegadas. Allí se hicieron nueve hoyos. Naturalmente no estaban muy bien trazados, por falta de técnica, y se cruzaban en varios sitios. Se constituyó un pequeño cuarto donde los pocos jugadores se cambiaban de ropa y ahí mismo se guardaban las talegas de golf. Más tarde el Club negoció con el Banco de Colombia, propietario del terreno de la 53, veinte fanegadas adicionales y allí hicieron los otros nueve hoyos”. En el acta del 3 de octubre de 1917, se informó que, “se había obtenido con el Banco de Colombia un crédito flotante por tres mil pesos oro, con seis meses de plazo”. El 27 de septiembre de 1918, al cumplirse un año de labores, se reunió la primera asamblea general de socios. Se reeligió en la presidencia a Joaquín Samper y se organizó el Comité de Señoras. Para 1919 la casa había progresado considerablemente y se adecuó un vestuario para damas, quienes además para este año ya conformaban su propio Comité, integrado por Sofía de Valenzuela, Nina de Valenzuela, Amalia de Holguín, Julia Parga, Helena Faux, Queenie de la Torre y Emma Calvo. El Club era muy concurrido los domingos y se ofrecían ajiaco santafereño y empanadas. Desde un principio la etiqueta y el buen comportamiento prevalecieron dentro del Country. Así se prohibió el consumo de bebidas alcohólicas y, en 1919, se imprimieron 500 hojas que decían en rojo: “Sírvase usted observar las reglas de etiqueta para evitar desgracias”. El 27 de marzo de 1919 se organizó el Concurso de Banderas de golf, con tres premios discretos y austeros para los vencedores, conforme a los tiempos: una obra de arte, seis bolas de golf y un mazo de golf. El 7 de abril de 1919, según actas, se decide “fijar en la suma de diez centavos el valor de cada taza de té, que a petición de un socio o señora se

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prepare en el Club, siempre que no sea llevado por la persona interesada”. El 6 de mayo de 1919 empezó a regir la Ley Seca y el acta así lo consigna: “Desde la fecha quedará suspendida la venta de toda clase de licores en el Club. La Junta decidió prohibir que se lleve al campo de juego cualquiera clase de bebidas alcohólicas”. La Ley Seca dentro del Club se suspendió el 16 de marzo de 1920 y entonces se fijaron precios: “Por cada copa: whisky, $0,50; brandy, $0,40; derecho de descorche, $5,00”. En agosto de este año se organizó el concurso El juego de las caricaturas, que Abelardo Forero describió así: ”Se dispuso a solicitud de don Joaquín Samper, que todos los domingos y días feriados a partir del 3 de agosto, se hará un pool, mediante la consignación de un peso, por cada socio que entre al concurso”, el cual “se decidirá en dos vueltas, por el sistema de banderas, el mismo día, con el hándicap que esté vigente. El jugador que gane un concurso tendrá derecho a su caricatura, sin otro gravamen. Pero aquel que haya tomado parte en diez concursos sin ganar ninguno, también tendrá derecho a su caricatura”. La Junta dispuso que las caricaturas fueran propiedad del Club y se fueron colgando a medida que el antioqueño Ricardo Rendón, nacido en 1894, considerado en ese momento y hasta el día de su suicidio en 1931 como el más sobresaliente caricaturista del país, las fue entregando. Desde entonces, las caricaturas de Rendón, que cobró diez pesos por cada una, adornan el Club y son un elemento distintivo que da cuenta de la historia a las nuevas generaciones de golfistas y socios: Creo que mi mejor aporte al Club, desde la Secretaría, fue haber conquistado al inolvidable Ricardo Rendón para que hiciera caricaturas para los golfistas. Rendón, antítesis del ejercicio físico, bohemio sempiterno, le hacía concesión especialísima a su amistad conmigo al visitar el Club. Eso era un viaje para él. Lograba despertarlo y levantarlo algunos domingos por la mañana y casi de las narices lo llevaba al Club,

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donde discretamente hacía sus sorprendentes croquis instantáneos de los golfistas en acción. El maestro, que no tenía idea del real y antiguo juego, captaba las idiosincrasias del swing de sus modelos con perfección fulminante, como lo atestigua la treintena de caricaturas que adornan hoy (…) el Club. Rendón hizo también admirables combinaciones de pluma y acuarela al trazar las siluetas de las golfistas: María Helena Samper, Queenie, Lady Harvey, Saturita García, Fina Dávila.10

El acta del 2 de mayo de 1920 consigna una moción de Ulpiano de Valenzuela para “exigir a los señores jugadores de golf que se abstengan de jugar cuando haya peligro de golpear o alcanzar con la bola a otro” y recomienda gritar fore antes de jugar, porque podría haber un jugador oculto tras los árboles y quien golpee la bola puede no verlo. También recomienda “protegerse de los rayos de tormenta”. Los socios, muchas veces y hasta en los tiempos de Contador, solían pasar por alto lo de protegerse de los rayos de la tormenta. Como lo asegura Abdón Espinosa: “creíamos que un pelotazo o un rayo nunca podrían alcanzarnos. Y mire: una vez en la 127 caminaba yo con Virgilio Barco, a quien le gustaba bordear los campos, y cayó un rayo, tumbó un árbol y nos metió un buen susto. Es que los rayos de las tormentas pueden ser muy peligrosos en el campo de golf porque, desprotegido y con palos metálicos, el riesgo de que a uno lo alcance un rayo es mayor; hoy en día suena una sirena y hay que acatar la alerta; pero al principio, no lo hacíamos”. Años más tarde, ya en la sede de Contador, según relata Carlos Moreno, la muy querida y recordada socia doña Cecilia de Gallo, en medio de la tormenta, siguiendo al pie de la letra la advertencia de don Ulpiano, y para protegerse de los rayos, abrió la puerta del vestier de caballeros, grito fore y atravesó el corredor mirando hacia el suelo ante la sorpresa 10. José Camacho Lorenzana, secretario de la Junta Directiva. Carta al Presidente

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de varios socios que en ese momento se encontraban “como mi Dios los trajo al mundo mijo”. En los años 20 la situación económica del Club seguía siendo difícil y la Junta tomaba decisiones con gran austeridad. Los socios hacían aportes por cuenta propia. Por ejemplo, Ulpiano Valenzuela donó en 1923 un calentador para tener agua caliente en los baños. En 1924 se compraron gramófonos y discos así como juegos de mesa, naipes y bolos. El Club no era ajeno a los problemas sociales del país. La Junta debía hacer esfuerzos grandísimos para “motivar a los caddies a bañarse a diario y abstenerse de tomar chicha”. En este año habilitó para ellos un servicio de restaurante, primera acción filantrópica y de responsabilidad social, de las muchas que luego animarían la creación de la Fundación Country Club. De hecho, desde 1919 hasta mediados de los años treinta, en Bogotá se llevaron a cabo varias campañas políticas y periodísticas sustentadas en informes médicos y de salubridad que buscaban la popularización del baño como medida higiénica, mediante la publicidad de jabones para baño, champús y otros elementos de aseo personal. Por su parte, la preocupación de la administración se nota ya en 1919, cuando el Registro Municipal de Higiene propone, entre otras medidas, que el municipio asigne una partida presupuestal “para la construcción de baños públicos para los obreros, con todas las especificaciones técnicas e higiénicas y que los domingos los tranvías que andan por la ciudad vayan hasta los barrios más pobres y lleven a sus habitantes hasta los baños para que puedan asearse”. El consumo de chicha y la asistencia a las chicherías, frecuentes en los caddies, fueron descritos por Beatriz Castro Carvajal en su ensayo Aspectos de la vida diaria en las ciudades republicanas: Las chicherías, aparte de ser un sitio de fabricación y expendio de la chicha, eran también el sitio de reunión de las clases populares, donde se reproducía una especie de submundo

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pagano de la ciudad. A principios de este siglo, una visita realizada por la Dirección de Higiene y Salubridad en 1909, encontró 45 chicherías. En 1913, mientras las cervecerías Bavaria y Germania producían cinco mil litros diarios de una bebida tonificante y saludable, las chicherías sumadas producían treinta y cinco mil; (…) eran críticos los problemas de higiene en la producción de la chicha y de suciedad de las chicherías y sus alrededores, ya que no tenían baños y los espacios eran tan reducidos que la gente se aglomeraba en las calles.

Durante los primeros diez años los socios seguían siendo 25, pero existía la figura de asociado, autorizada por los estatutos. Los favorecidos eran rigurosamente seleccionados y podían disfrutar del golf, los otros juegos y, por supuesto, la vida social. Tras diez años de existencia el Club comenzó su trasegar hacia el norte, tratando de adelantarse a la expansión de la ciudad. Así, en agosto de 1928 se inauguraron los primeros seis hoyos en la calle 85 y, el 29 de julio de 1929, el Club se trasladó definitivamente a la nueva sede en El Retiro. La nueva sede tenía “plazoleta para automóviles, un amplio salón de baile, un corredor ancho, un departamento para hombres, un departamento para señoras, un bar, una despensa, una cocina, un departamento para el servicio, un salón de bridge y de billar”, según Forero Benavides.

EL RETIRO De la pequeña casa de la calle 53 se pasó a la calle 85, en un terreno propiedad de Luis Mallarino que era parte de la finca El Retiro, que le dio el nombre al sector. Cuenta Forero Benavides que como el Club no disponía de los fondos para esa compra y necesitaba una financiación paralela a través de uno de los bancos de la ciudad, se le pidió la colaboración a Miguel López Pumarejo y el 17 de agosto se anunció que el Banco Hipotecario de Bogotá le prestaría la plata a 25 años.

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Las nuevas circunstancias permitieron abrir las puertas a nuevos socios y pasar de los 25 estatutarios a 300, gracias a decisión de la sesión extraordinaria de la Junta, según consta en acta del 13 de diciembre de 1927. En esta misma fecha, se determina que Joaquín Reyes, Carlos A. de Vengoechea, Ulpiano A. de Valenzuela, Joaquín Samper y Álvaro Uribe serán considerados socios honorarios. El viejo Club de la 85 es recordado así por Jorge Atuesta Amaya, presidente del Country entre 1977 y 1980: “Mi papá, Jorge Enrique Atuesta Osorio, fue socio desde la 53; yo conozco el Club desde que estaba en la 85; empecé a jugar golf a los siete años y con el primer swing que yo hice, casi mato al que me estaba enseñando, que era Gustavo Rueda Osorio; él se hizo detrás de mí y le pegué… Muchos de los hijos de socios estudiábamos en el Gimnasio Moderno; salíamos a las cuatro de la tarde y yo me iba a pie hasta el Club, por entre potreros, con Bernardo Rueda, Fernando Gamboa y Carlos Urdaneta; alcanzábamos a jugar 8 o 9 hoyos; teníamos como 13 años. El profesor era el argentino Alberto Serra y el caddie master era el Pote Arévalo”. Años más tarde el Pote Arévalo fue el profesor de golf que nos enseñó a todos en los años sesenta. Relata Jairo Navarrete, uno de los caddies que crecieron con el club, que el Pote tenía unas vacas en un terreno aledaño al campo de práctica en la sede de Contador y que mandaba a los caddies más jóvenes a que se las ordeñaran. El Pote nos decía en el campo de práctica, “saque hacia Usaquén y termine hacia Suba”, para explicar el swing. Varios jugadores, como Rafael Ortega, todavía usan las frases del Pote. Cuando uno pega un gancho hacia la izquierda, inmediatamente dice “¡Uy!, el abrazo del oso, como decía el pote”. De estos tránsitos a pie desde el colegio o la casa hasta el Club de la 85, también se acuerda José Alejo Cortés: “La casa de mis padres quedaba en la calle 78. Los amigos con los que jugaba tenis vivían en la 77, así que nos íbamos a pie hasta el Club, saltando charcos, porque solo había potreros”.

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José María Rodríguez Montoya, presidente durante 21 años (1990-2011), recuerda el viejo Club: “Mi papá, Vicente Rodríguez Plata, médico, entró en 1942. El Country quedaba en la 85 y uno se bajaba por la séptima. La portería quedaba en la 15, donde hoy está Carulla; el Club limitaba con la autopista e iba hasta la noventa y pico. Mi papá compró la acción y entró por un tío de mi mamá, Francisco ‘Paco’ Restrepo, famoso integrante del grupo de golf que tomó su apodo por nombre: Los Pacos. Yo jugué golf desde niño”. Rodríguez complementa el recuerdo: “Años después, cuando se adquirió el terreno de Contador, se emitieron acciones para financiar la compra. Mi papá compró una y no la vendió. Me la dio a mí que tenía seis años. Desde ese momento soy socio; activo, cuando fue posible, a los 18”. Desde luego, este es un caso atípico y socios desde niños solo han sido José María Rodríguez, Evaristo Obregón, Rafael Carvajal Argáez y Luis Soto Sinisterra. Tanto en El Retiro como años después en Contador, no solo los hijos de socios salían del colegio para el Club, también sus amigos, incluso si aún no tenían acción, como cuenta Vicente Casas Santamaría, “socio gracias a una promoción que hizo Gabriel Restrepo Suárez”, quien de muchacho iba a la 127 “colado en los baúles de los carros para poder jugar bolos. Uno se encariñaba con el Club porque allí estaban todos los amigos; el Club nos enseñó a los muchachos de los años cincuenta y los sesenta el respeto inmenso por las niñas; fue pionero en integración porque en esa época no había colegios mixtos; sin proponérselo, el Country rompió esa barrera”: Desde el comienzo el Country fue el lugar donde se han consolidado las amistades y las relaciones; donde se han generado negocios y noviazgos, en un espacio al que se pertenece con orgullo. Por estas razones digo, sin duda a mis 75 años, que a mí me quiten todo, menos el Club. El Club hizo lo que no hicieron los colegios de la época con respecto a los deportes; gracias al Country se difundió la pasión por el golf y por

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el tenis, y se fortalecieron prácticas nuevas como el squash; los compañeros de colegio que iban al Country, practicaban Mens sana in corpore sano, mientras los que no, nos la pasábamos viendo a los amigos que sí. La 85 era como una finca. La ciudad iba hasta la avenida de Chile. No había sino una calle de acceso al Club, por la 85; el terreno era pantanoso. Existía el lago Gaitán y cuando uno jugaba golf oía la música que ponían durísimo en el parque Gaitán.

El libro Historia de Bogotá, de Villegas Editores, cuenta que en 1936 el sector se llenó de paseos familiares, de jóvenes que remaban y de niños que jugaban fútbol debido a que cuando Jorge Eliécer Gaitán fue alcalde, mandó hacer un lago artificial que adoptó su nombre en honor y memoria. Luis Patiño Leyva recuerda que en los sesenta desapareció de Chapinero el lago Gaitán y que en su lugar se erigió una urbanización de residencias, centros comerciales y famosas discotecas, que frecuentaron los ‘cocacolos’ de los sesenta y comienzos de los setenta. “El lago se tapó y rellenó con desechos y materiales de construcción y sobre él se edificaron diversas obras; pero el haber construido sobre un terreno que antes era lago, ocasionó el hundimiento de muchos edificios de la zona”, comenta. “El lago Gaitán colindaba con el hoyo 8 hacia a la autopista, que no era autopista sino el camino a Chía, por donde pasaba el ferrocarril; hasta ahí llegaba el Club”, complementa Abdón Espinosa Valderrama, socio desde 1950 y quien por entonces concurría al Country por invitación de su concuñado Ulpiano Quintero Delgado. “Yo iba con frecuencia, hasta que resolví entrar y echar anclas en Bogotá. Ya me había casado cuando me hice socio”, y continúa: Bogotá era una ciudad mucho más manejable, tenía uno movilidad por las calles, por todas partes, no tenía ninguna dificultad para desplazamientos, entonces ir al Country, tan cerca de la casa de uno, era una delicia. De la 85 guardo muchos recuerdos; por ejemplo, me llamaba la atención que el

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doctor Jorge Eliécer Gaitán iba a las empanadas bailables de los sábados con la señora, sin escoltas. Yo había sido miembro del comité de expertos financieros del Ministerio de Hacienda. Mi contrato aún tenía unos meses de vigencia, cuando el doctor Gaitán, como jefe del Partido Liberal, prohibió la colaboración con el Gobierno; entonces le pedí al Ministro, José María Bernal, con quien no me entendía muy bien, que resolviéramos el contrato de común acuerdo. Se opuso mucho al principio y le di una razón muy poderosa para convencerlo; le dije que para trabajar juntos se necesitaba una confianza mutua y yo no tengo confianza en usted ni usted tiene confianza en mí. Al otro día fui a las empanadas bailables del Country, y allí estaba el doctor Jorge Eliécer Gaitán, a quien yo conocía como profesor en la universidad, la Nacional, aunque no fue mi profesor, y porque yo había sido secretario privado del presidente Alberto Lleras Camargo y en ese cargo tuve oportunidad de saludarlo. Yo pasé al baño y detrás se fue el doctor Gaitán y me dijo, “Mire, yo quería hablar hace rato con usted, estaba pendiente de la ocasión para decirle que estoy muy agradecido de que usted hubiera renunciado a su contrato con el Ministerio de Hacienda. Usted va a hacer política y le voy a pedir un favor: No vaya a atacar a los curas porque todos los curas de parroquia son gaitanistas”. Después lo vi bailando, nos despedimos muy cordialmente y no lo volví a ver. A la semana lo mataron (9 de abril de 1948).

Y Jorge Atuesta relata: En la 85, cuando yo ya estaba más grande, jugaba con mi papá y su grupo, Los Fabios, del que hacían parte Jorge Murillo, Alfredo Cardozo, Fabio Restrepo, Juan Samper Sordo, Juan Uricoechea, Aristóbulo Morales. El campo se inundaba y a veces para pasarlo los caddies me cargaban a caballo. En esa época los jóvenes no participábamos mucho de la vida social del Club, circunscrita a las famosas empanadas

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bailables, mirábamos desde lejos. El mejor bailarín era Henry Duperly, la mejor pareja Pablo Bickenbach y su señora Alicia Plata, la música era de vitrola y a veces llevaban duetos, tríos o grupos de cuerdas. Aquí no se había desarrollado la hípica; pero a caballo montaban Enriqueta e Isabel Silva. Llevaban sus caballos, llegaban a caballo, montaban con sillas de amazonas. Y saltaban obstáculos como amazonas. Genoveva Montoya era la otra señora que en esa época montaba como amazona; las mujeres jugaban poco golf. Me acuerdo de Nohora Villegas Cano y de Alicia Cardozo; en tenis la mejor era Enriqueta Silva; y cosa curiosa, se jugaba croquet.

CONTADOR En el terreno de Contador el Country Club alcanzó su madurez en los deportes, se erigió en epicentro de la vida social capitalina y ha desplegado su vocación ambiental de preservación de la fauna, la flora y el sistema hídrico del humedal de Torca, del que disfruta. El crecimiento de la ciudad y del Club propiciaron un nuevo cambio de sede y el 25 de abril de 1950 fueron cerrados definitivamente los campos de la 85. Contador recibió a los socios con 36 hoyos de golf, lagos artificiales que ocasionaron un movimiento de tierras de 181.260 metros cúbicos, un completo sistema de riego con tubería a presión para 102 fanegadas, siete canchas de tenis, cuatro canchas de bolos, una piscina cubierta con planta de recirculación y purificación de aguas, campo de juegos para niños, gimnasio para señores, sala de billares, sala de ping-pong, edificio principal, casa para los empleados, casa para los caddies, baño turco para señores, baño turco para damas, campo de polo y pesebreras. El Club trasladó a la nueva sede las canchas de golf y 50 árboles del campo de golf. La casa del Country, de carácter patrimonial, fue construida por Rafael Obregón González, arquitecto nacido en

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Barcelona en 1919, graduado en la Universidad Católica de Washington en 1943. Cuando llegó a Colombia empezó a trabajar con el arquitecto Manuel de Vengoechea en algunos proyectos de vivienda; luego se hizo socio de la firma Obregón y Valenzuela, empresa que habían constituido los arquitectos José María Obregón, su primo, y Pablo Valenzuela. La llegada de Rafael Obregón fue de vital importancia para la compañía porque puso en práctica sus grandes capacidades como diseñador, relacionista público y organizador de equipos de trabajo. Su primer trabajo importante en la firma fue la construcción del Country Club de Bogotá en 1956, cuyo diseño, dentro de las pautas del movimiento moderno, ganó por concurso el arquitecto Jorge Arango Sanín. Obregón desarrolló los planos y la empresa construyó el edificio. En Contador se fortaleció el golf, con sus dos campos: Fundadores y Pacos y Fabios, afirma Alfonso Linares Porto, que recuerda sus primeros años como hijo de socio: De chiquitos no nos gustaba ir al Country. O mejor, no es que no nos gustara, sino que no le habíamos parado bolas al Club; nos la pasábamos jugando fútbol y tapas en el parque de la esquina. Eso era lo que jugábamos los niños en el Moderno. Un día mi papá nos agarró a las seis y media de la mañana a mis dos hermanos mayores y a mí y nos llevó a jugar golf al campo de los niños, en Contador. Yo tenía diez años. Quedé prendado con el verdor del campo, de ver un potrero arreglado. La sensación es inolvidable. Inmediatamente quedé tocado con el golf y arranqué. Aprendí mirando. Había profesores pero tuve la ventaja de tener una disposición natural; fue como aprender a bailar sin tomar clases. Había una canchita con tres hoyitos, para niños, muy buena. Con un par tres, un par cuatro y un par cinco. Era muy completa. Allí aprendimos muchos de mis amigos; recuerdo a Bernardo Mora, Carlos Felipe y Santiago Botero Iriarte, José Arturo y Francisco Cajiao, Juan Manuel Santos, los Gallo.

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Tuvimos la suerte de que la mamá de los Gallo, Cecilia, esposa de Darío Gallo Medina, nos adoptara; eso siempre pasa en este tipo de clubes. Nos recogía, nos llevaba al Country a jugar golf y nos regresaba a casa. Metía un mundo de chinos en su Mercedes. Gracias a ella todos nosotros le cogimos amor al Club y por supuesto al golf, del que llegué a ser comisario, es decir, guardián del campo.

Sobre la vida en el Country, Luis Felipe Triana Soto trae a colación sus recuerdos: Soy parte de una generación que creció en el Country. Mi papá, Enrique Triana Uribe y mi mamá, Isabel Soto de Triana, nos dejaban temprano en el Club y uno hacía de todo: jugábamos tenis, golf, bolos, nadábamos. A las siete y cuarto de la noche, uno cogía el bus del Country, que nos dejaba en la séptima, y uno subía hasta la circunvalación y no pasaba nada. En esa época uno no tenía ni choferes, ni escoltas. Mis amigos íntimos no son del colegio —estudié en el San Carlos— sino del Club. Luis Soto del Corral era mi abuelo, él era banquero, tenía una finca en la Sabana donde veraneábamos. Era un hombre recto y disciplinado que nos ponía a trabajar en su empresa durante las vacaciones. Uno duraba años en una jugada de golf porque los niños teníamos que darle la cancha al adulto que venía atrás. Durante el mandato de ‘Bigotes’ Castillo, los niños estábamos confinados y no gozábamos de plenos derechos; sobra decir que no teníamos interacción con los adultos.

Además del golf masculino, en Contador brilló el tenis, descolló la natación, se fortalecieron los deportes ecuestres: el polo y la hípica, y despegó en forma el golf femenino, años más tarde se iniciaría el squash. Aunque fue en 1920 cuando por primera vez las señoras participaron en una Copa —la Pineda López, que se sigue jugando hoy en día—, con Mercedes Nieto de Reyes, Amalia Reyes de Holguín, María Michelsen de López, Leonor

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Samper de García, Josefina de Edmunson, Emilia H. de Samper, Nina Reyes de Valenzuela, Cecilia de Obregón, Virginia de Ucrós, Sofía Reyes de Valenzuela, Josefina Dávila de Sáenz, María de Gómez, María Tadea de Vengoechea, Julia Umaña, Helena Faux, María Helena Samper Herrera, Queenie de la Torre, Silvia Rocha, Cecilia Michelsen, Fanny Mallarino, María Gamboa y Rebeca Álvarez, como pioneras, el golf femenino despegó en la segunda mitad del siglo xx. Antes de los años 50, narra Iván Gómez Villa en su libro, en pocas ocasiones los periódicos registraban torneos femeninos que esporádicamente se realizaban en los clubes del país. “Fue realmente en septiembre de 1950, cuando por iniciativa de El Tiempo se organizó el primer Campeonato Nacional Femenino de Golf, cuando este deporte despegó en firme en la categoría de damas. El torneo tuvo lugar en las nuevas canchas de Contador de Los Pacos y Los Fabios; todavía no había árboles que le dieran abrigo al campo, y el campo de Los Fundadores estaban sin terminar”. En esos años surgen figuras como Magola de Gamboa, Clemencia de Santos, Cecilia de Buraglia, Elisa Pardo, Clemencia de Silva, Gloria de Pardo, María Victoria Mejía de Samper y Gloria de Atuesta. A propósito, Gloria de Atuesta cuenta que todas integraron varias veces el equipo femenino para el Campeonato Suramericano, obteniendo lugares destacados, premios y trofeos en interclubes y torneos nacionales.

Sus grandes competidoras en aquella época fueron Magola de Gamboa y Clemencia de Silva. Ellas abrieron el camino a las nuevas generaciones de mujeres golfistas.

FAIR PLAY A propósito del polo, Gloria González de Esguerra cuenta que la historia de los deportes ecuestres en el Country Club comenzó con el polo, en los tiempos de la calle 85, cuando se fusionó con el Club de Polo Santa Fe, cuyos terrenos lindaban con los recién comprados por el Country en Contador. Me tocó vagamente el Country de la 85…, mis recuerdos más nítidos están en el nuevo Club. Con mi esposo y nuestras hijas vivimos un tiempo en Estados Unidos, donde tomé clases. A nuestro regreso comencé en la hípica, con mis hijas María y Beatriz. En los deportes ecuestres hay dos disciplinas: salto y adiestramiento, que exigen disciplina, autocontrol, educación, concentración, respeto por los animales y fair play. En el Country teníamos ambas modalidades, más polo. Después de la expropiación, quedamos con una pista chiquita que nos permite no romper la tradición, pero no es lo mismo. Otros clubes acogieron a nuestros deportistas y hoy nos dedicamos a enseñarles a los niños a montar.

Sobre la llegada del Polo Santa Fe, Iván Gómez Villa narra: Nuestros esposos nos apoyaban cada vez que debíamos viajar. En los campeonatos no teníamos tiempo para ir de shopping o hacer turismo; pero después de cada viaje nos quedaba la amistad con señoras de otros países. Yo gané muchos trofeos, pero la copa más querida fue la que obtuve la primera vez que fui campeona del Country Club. En estos años las señoras jugábamos con pantalones que no fueran ni de dril ni de jean, que estaban prohibidos, blusas de manga larga importadas y suéter para el frío. Las talegas nos las traían de Estados Unidos; la primera que yo tuve fue una herencia de mi esposo.

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La iniciativa se concretó en febrero de 1946 cuando se recibió una carta firmada por los señores Luis J. Williamson y Ernesto Pombo. En ella decían que el Club de Polo Santa Fe entregaría su campo, dependencias y elementos libres de impuestos, deudas o gravámenes de cualquier clase. El Country, por su parte, debería entregar 16 acciones libres del derecho de traspaso para ser adjudicadas a socios del Santa Fe y se comprometió a dar una opción de compra de nueve acciones más para los socios del Club de Polo Santa Fe.

Salón de bridge

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En esta época, finales de la década de los cuarenta, se jugaban las copas Helena Rubiano de Obregón y Frederich Charles Child, las cuales, según Jaime Child Williamson, “eran todo un acontecimiento social”. Como el entusiasmo por el polo crecía, en 1948 El Tiempo ofreció un trofeo para ser disputado anualmente y se acordó realizar una temporada conjunta con el Polo Club, alternando la sede. En los años 60 hubo un interés mayor por lo ecuestre y creció la participación en las clases de equitación y de salto; así mismo, se sugirió la construcción de un picadero. Por años toda la zona de los deportes ecuestres, incluido el mencionado picadero, fue conocida como “el Polo”, por la preeminencia de esta práctica sobre las otras. Iván Gómez Villa cuenta que, para 1972, las pesebreras ya totalizaban 42 y se habían hecho depósitos para viruta y atalajes, vestuarios para damas y caballeros, baño con ducha para los empleados, entre otras obras. Y agrega que durante cuatro años el Club patrocinó la traída de excelentes equipos de polo ingleses y argentinos, quienes se midieron con equipos colombianos en busca del trofeo Challenger Cup, ofrecido por los ingleses. Además, se jugaban en ese momento las copas Child, Isabel Soto de Williamson e Inés Elvira Holguín y los trofeos Santa Ana, Amistad, Country Club por la Dama, llamado así en una clara reminiscencia de los torneos medievales. En ecuestres, las primeras figuras del Country fueron Genaro Payán, Fernando Pombo, José M. Montaña, Eduardo Puyana y Fermín Sanz de Santamaría. Les siguieron Gloria González de Esguerra, María Eugenia de Alfaro y Juan Uricoechea. “En ecuestres le dimos al país grandes campeones como Fernando Sanclemente, Alejandro Montaña, Juan Pablo Akl, Eduardo Gaitán, María Angélica Forero, Francisco Montoya, Juan Saldarriaga, Beatriz y María Esguerra González, María Paulina González, Pilar Rodríguez, Camila Hernández y Héctor Rodríguez Arango, quien participó en concursos internacionales en Estados Unidos y en Europa”, recuerda Gloria González de Esguerra.

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ÉTICA Y FAMILIA El tenis, otro de los grandes deportes del Country, nació dos años después del golf y se jugaba desde los tiempos de La Magdalena, como refiere José Alejo Cortés, una de las máximas figuras en el deporte blanco y asiduo desde los cinco años de edad: “A mi papá y a mi mamá les gustaba jugar tenis; mi mamá fue subcampeona nacional; ellos fueron socios del Club desde 1927”. La historia del Club cuenta que Ulpiano de Valenzuela, miembro del primer comité de tenis, encargó a las canteras del norte, en Usaquén, la arena para las dos canchas, las cuales se inauguraron en 1919 con un tradicional piquete santafereño y con discurso de Joaquín Samper y un partido de dobles entre Roberto Herrera y Enriqueta Taque Silva, contra Jaime Uribe y Anita Osorio. Cuando el Club se mudó a la 85 se aumentó el número de canchas a cinco y poco tiempo después, a siete. Hoy en día en Contador, tiene 27. En 1922 se redactó el reglamento del tenis y se organizó un campeonato con participación de tenistas de Tunja, Medellín y Bucaramanga. En un acta de abril de 1924 se definió cómo debía ser el vestido de tenis para los señores, “quienes ya no deberán usar tirantes ni chaleco y podrán utilizar cinturón”. Para las señoras se dispuso falda larga de color gris y blusas de seda bordadas, traídas de Europa, afirma Margarita Dever de Serna, conocedora del tema, porque su madre fue tenista en esa época. “La raqueta de mi mamá tenía forma de pera, era pesada, de madera con cuerdas de tripa de gato. Las bolas eran blancas, de caucho, y las usaban hasta que ya no servían para nada, porque eran importadas y muy costosas. A nosotras nos tocaron unas bolas que venían enlatadas”, agrega Belén Jaramillo de Buendía, quien comenzó a jugar por sugerencia del profesor Arturo Forero, cuando llevaba sus hijas a clase. En los primeros años del tenis en la 127, Margarita y Belén dicen que “las canchas las acaparaban los Linares, los

Hall principal

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Cortés y las señoras de primera categoría; nosotras jugábamos en segunda categoría. Las mujeres tenían reservados los jueves para su práctica. Nunca tuvimos restricción de cancha”. “Nuestro atuendo era importado, vestidos Lacoste. A otras señoras se los hacían las costureras, llevando el modelito; pero había una francesa que descrestaba a los señores porque jugaba con shorts, cuando aún no se había dado el movimiento de liberación femenina”, anota Belén. Margarita y Belén dicen que lo mejor del deporte es tener amigas del tenis. “Nosotras tenemos vidas sociales separadas y poco nos vemos cuando no estamos jugando. Eso siempre ha pasado y pasa también en el golf. Eso evita que haya chismes, roscas, peleas”. “Las señoras no jugábamos con los esposos. Y los esposos jugaban con otras señoras solo si eran de su categoría. Señores de primera con señoras de primera. Por ejemplo, Beatriz del Corral no jugaba con nosotras pero sí con los señores. Incluso una vez en un torneo la pusieron en el cuadro de hombres”, asegura Margarita. Belén fue comisaria de tenis. Trataba de que estuvieran las personas en la categoría correspondiente, que los caddies hicieran un buen trabajo y ”limábamos peleas bobas, porque no teníamos el ojo de águila de hoy y la gente con frecuencia, cuando eran malos perdedores, decían que les robaron la bola o que la bola sí había entrado”. José Alejo Cortés agrega: “Mi padre jugaba tenis con los de su época; recuerdo a Roberto Herrera y a Alberto Serna. Por su parte, Arturo Forero fue el profesor de tenis de toda la vida. Se retiró entrado en años. No se hacían torneos ni clínicas ni nada. El tenis era muy recreativo, una orientación a que los socios pudieran jugar, no a que entraran en procesos de competición”. En la década de los 40 el tenis tuvo un inusitado auge y para 1943 se jugaron ocho copas inolvidables: Gregorio Obregón, Alfredo Samper, Susana Samper, Country Club, Juniors, Dobles con ventajas y Campeonato. El fortalecimiento del tenis

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le permitió al Club ser sede de los Primeros Juegos Bolivarianos en 1949. Los primeros campeones nacionales fueron: Jorge Combariza, Inés Uribe, Taque Silva, Jaime Uribe, Sofía Osorio de Rueda, Jaime del Corral, Isabel Linares, Beatriz Mejía de Del Corral. Internacionales: José Alejo Cortés y Alicia Linares. En eventos interclubes son inolvidables Pilar Atuesta, Gloria Helena Azcuénaga, Leonor Sáenz, Mónica Lanzetta, María Clara Buendía, Virginia Rey, Lissy de Krauss, Patricia Soriano, Inés Elvira Buraglia, Claudia Rey, Pablo Lanzetta. Más adelante se destacarían Alejandro Linares, Pedro Vélez y Mónica Vélez. El tenis ha sido un deporte de familias, asegura José Alejo Cortés, quien fuera campeón nacional en más de una oportunidad. “Tiempo después de los buenos jugadores, comenzaron a destacarse sus hijos y sus nietos: María José y Carolina Herrera, hijas de Roberto; Luis Alberto Serna, hijo de Alberto; los Linares todos, hijos de Humberto Linares”, son algunos de los ejemplos. En la actualidad, familias como los Cortés, los Osorio y los McAllister son de tenistas. José Alejo Cortés asegura que el tenis le dio grandes lecciones para su vida: Yo creo que el modo de ser de uno es consecuencia no solamente del deporte sino de los principios y valores de la familia y el medio en el cual uno se desarrolla. En el Country, uno de los temas que son un pilar no negociable es el respeto por los demás. En el Club nuestros padres compartían los principios de los fundadores, es decir, comportarse con las reglas que se esperan de un caballero; esta convicción la infundieron en la práctica de todos los deportes, en los cuales no se ve al contrincante como un enemigo, sino como parte de una comunidad de amigos. El tenis me ha enseñado muchas cosas de la vida. Gracias al tenis he aprendido que para ganar uno tiene que perder muchas veces. Que hay que aprender a perder y que hacerlo no es el fin de la historia, sino parte de un proceso. Que uno tiene

Acceso a la taberna

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que saber controlarse porque eso está relacionado con el éxito a largo plazo. Y que, finalmente, hay que ser disciplinado porque por más talento que tenga una persona, si no es consagrada y perseverante, nunca llega a nada. Nunca. La otra cosa es que cuando uno es deportista, para ser campeón tiene que hacer muchos sacrificios y esfuerzos para llegar al logro. No darse por vencido por las derrotas o porque no se pudo ganar un torneo. Trabajé muy duro para ser campeón. También fui ajedrecista, y este deporte me enseñó a tener paciencia, pero sobre todo, a no tomar decisiones inmediatas. Es una lección para los negocios. La inmediatez, sea por entusiasmo o por ira, lo lleva a uno a tomar decisiones que no son buenas. A veces sirve, a veces no. Así como en el ajedrez los grandes campeones se toman su tiempo para cada jugada, en los negocios es igual. El buen ajedrecista espera, considera muchas opciones. El ajedrez en el Country nunca tuvo muchos adeptos. Éramos solo quince. Entre los valores aprendidos en casa y refrendados en el Club, destaco el respeto, la honestidad, la justicia con ecuanimidad, la disciplina, la lealtad, el entusiasmo, la alegría y el buen humor, los cuales me sirvieron en mi vida como empresario. No es lícito ganar con trampa. La cultura del avivato es dañina para la sociedad.

GRANDES REFORMADORES A los presidentes del Country les cabe el mérito de haber impulsado y fortalecido el crecimiento del Club durante este siglo de existencia. A fin de cuentas, como afirma Vicente Casas Santamaría, “cien años es fecha importante en cualquier actividad humana, pero lo más importante no es cumplirlos, sino mantenerse”, como lo ha hecho el Country, fiel a deseo de sus fundadores. Joaquín Samper Brush, Álvaro Uribe Cordovez, Manuel Casabianca, Alberto Serna Cortés, Alberto Fergusson, Luis Soto del Corral, Alfonso Villegas Restrepo, Jorge Obando

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Lombana, César García Álvarez, Carlos A. Dávila Ordóñez, Gregorio A. Obregón, Carlos Sanz de Santamaría, Mario Espinosa Ponce de León, Carlos Castillo de la Parra, Bernardo Sáiz de Castro, Enrique Pardo Montero, Gabriel Restrepo Suárez, Jorge Atuesta Amaya, Jaime Camacho Leyva, Julio Ortega Samper, José María Rodríguez Montoya y Guillermo Sanz de Santamaría han traído el Country hasta el siglo xxi, con el apoyo de sus respectivas Juntas Directivas, de las que han hecho parte hombres y mujeres destacados no solo en el Club, sino en la sociedad. A todos ellos se les debe desde la primera piedra hasta las grandes obras, realizadas a veces en medio de tiempos difíciles pero con la convicción de que le aportaban al bienestar de las familias, al desarrollo de las prácticas deportivas e incluso a la preservación del medio ambiente. Entre todos ellos, quizás el gran reformador fue Gabriel Restrepo Suárez, como aseguran Jorge Atuesta y Luis Patiño. Con Restrepo comienzan tiempos de apertura para el Club, se rejuvenece con la presencia de socios llegados de otras regiones del país y se les da mayor importancia a las mujeres, los niños, los jóvenes y a la vida social. Gabriel Restrepo fue escogido como presidente en 1969, y el año siguiente fue el de los grandes cambios, como refiere Iván Gómez Villa: “Podría decirse que 1970 fue el año de las reformas. Este año la Asamblea autorizó a su presidente, Gabriel Restrepo Suárez, a reformar el sector social, juvenil e infantil, los vestuarios de damas y de caballeros, la construcción de apartamentos y la reforma de algunos servicios”. Se amplió el comedor principal, se construyeron los comedores reservados y se renovó el mobiliario; se construyó un salón para las sesiones de la Junta Directiva; y como ver cine había dejado de ser una actividad apetecida por los jóvenes, en el sitio donde funcionaba el cine se hizo un apartado juvenil con billar y ping-pong y se renovaron los bolos. A propósito del cine, no hay un socio que de adolescente de la década de los sesenta no tenga un recuerdo

Taberna

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romántico de una ‘echada de cuento’ en el cine mientras pasaban una de vaqueros. Se reformaron los vestuarios de damas y se hicieron otros nuevos para niños y niñas. Todo se complementó con salón de belleza, baños turcos, gimnasio y salón de estar de caballeros. Se reemplazaron los lockers por unos nuevos “para eliminar el lamentable espectáculo que constituye la exhibición de ropas a todo lo largo y ancho de los vestieres”, como explicó el mismo Restrepo a la Asamblea. Pero quizá la reforma más grande fue haberles dado un lugar a los niños y a los jóvenes, lo que trajo como consecuencia que el Club dejara de ser visto como un asunto de señores o de mayores, y se lo percibiera como un lugar para toda la familia. Restrepo reformó el sector juvenil e infantil, para “solucionar uno de los problemas más importantes que tiene el Country, pues los hijos de los socios desde pequeñitos hasta los 15 años y de allí hasta los 21 no tienen ambientes para estar y mucho menos para ser cuidados o entretenerse”. Donde antes funcionaron los dormitorios para el personal, ya innecesarios por cuanto la ciudad había crecido en transporte y movilidad, se reubicaron las oficinas de gerencia, contabilidad, la Fundación y las dependencias para enfermería. Se estableció prestación de servicio de comedor a domicilio para los socios, se construyeron apartamentos para uso de socios en canje o invitados de socios, proyecto que con el paso de los años, el crecimiento urbano y el aumento de la oferta hotelera en Bogotá, dejó de ser interesante. Así mismo, Restrepo construyó la primera cancha de squash, le dio impulso a la natación, mejoró los campos de golf, reformó los estatutos y entregó el Club con una estabilidad financiera y unas instalaciones apropiadas para los años por venir. En 1990 fue elegido presidente José María Rodríguez Montoya, con quien el Club se consolidó. Durante los 21 años de su presidencia, el Country alcanzó su madurez como

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institución y se puso a la vanguardia de los más importantes clubes del país. La lista de obras sería interminable. Pero vale la pena anotar la remodelación general del Comedor de los Fundadores, respetando el diseño original de la casa; la remodelación del bar principal; la construcción de un cuarto técnico para el manejo de los equipos de comedor; la instalación de paneles divisorios para el reservado del comedor; la construcción del lobby en piso de madera; la reconstrucción general de la taberna: ampliación, baños, ventanería, alfombras; la construcción de un gimnasio de dos plantas; la remodelación del baño turco de señores; la construcción del salón de belleza, bar y baño turco en el vestuario de señoras; la remodelación general de la recepción; la construcción de la sala de juntas y de los reservados aledaños; la remodelación de la fuente de soda, la construcción de un salón para fiestas infantiles, gimnasio para niños, baños para niños, niñas y niñeras; la construcción de un nuevo parque infantil con juegos importados; las mejoras a las canchas de tenis, hípica y golf. A José María Rodríguez Montoya le tocó vivir como presidente el episodio quizá más doloroso para los socios: la decisión del Alcalde Mayor de Bogotá, Enrique Peñalosa (1998 -2000), de expropiar terrenos de Country para convertirlos en un parque público, episodio que comenzó con una entrevista de la revista Semana del 28 de febrero de 2000, en la que sin ambages, él dice: “Quiero todo el Country”. Carlos Roberto Pombo, arquitecto y socio, y quien fuera director de Planeación Distrital, explica: “En la presidencia de José María Rodríguez se hizo el Plan Director, con el objetivo de proponerle al Distrito la cesión de ocho hectáreas, cuatro en la cancha de polo, conservando los picaderos, y cuatro como alameda, bordeando el Club; fue una propuesta buena para la ciudad y buena para el Country, pero no fue oída; habría sido un parque lineal, más bello que el del Virrey”.

Taberna

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GUARDIÁN DEL PAISAJE El Country es hoy en día un oasis en el desierto de concreto y ladrillo que lo rodea. El silencio, tan solo interrumpido por el trino de los pájaros o un sonoro grito de fore, contrasta con la sinfonía de bocinas de las calles aledañas. En palabras de Abelardo Forero Benavides: Lo enmarcan casi simétricamente los cerros de Suba y de La Calera. En los días de solo en los amaneceres de dorada bruma, se aprecia toda la belleza del paisaje sabanero. Este paisaje tan bellamente descrito en la prosa de don Tomás Rueda Vargas, quien desde los corredores de Santa Ana observó cada uno de sus detalles, la tristeza de sus sauces, las nubes viajeras, la luna detrás de los cerros, el verde intenso de los potreros, la melancolía de los caminos en los cuales se unen las sombras y se alargan. El paisaje no fue modificado con la presencia de este campo deportivo por el cual pasearon, en otros tiempos, sus miradas los orejones. Se le hicieron apenas unos retoques civilizados y en los pastales de otras épocas, surgieron los campos y su ligera inclinación ondeada. Los árboles plantados allí, crecieron armónicamente. Y se complementa el panorama con el espejo líquido de un lago, situado en la mitad de los campos, a cuyas aguas se asoman, en sus distintos tonos de verde, las cabelleras vegetales. En el jardín se observan azules, rojos, variaciones del verde, amarillo; los novios enanos, las hortensias, las rosas, los delfines, las dalias, los crisantemos, los claveles chinos en diversos colores, las caléndulas, los gladiolos, las salvias azules, los pensamientos, los merigoles amarillos, los agapantos, los bugambiles en distintos tonos encendidos, los anturios, la verbena roja y blanca, los margaritones japoneses, las anémonas, los heliotropos, las bocas de dragón, los cosmos rojos, los pichones enanos, las azucenas amarillas, las violetas de los Alpes, los paraguas, las palmas, las hiedras trepadoras, los pichones colgantes, los alelíes, los gallardeos. (…). Todas

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esas flores, en su variedad cromática, deleitan la retina, desde la entrada del Club y le dan una variedad alegre de paisaje. Hay algunas que se muestran orgullosas y erguidas. Y otras se esconden tímidas y perfumadas.

Así lo explica Andrés Fernández de Soto: Hoy se entiende que el terreno del Country Club le aporta a la preservación ambiental de una zona altamente densificada de Bogotá. Desde el traslado a Contador, en los años cincuenta y hasta hoy, los socios hemos venido cuidando este ecosistema. En los últimos años, Guillermo Sanz de Santamaría, entendiendo su importancia, se dedicó a crear conciencia de la riqueza de la avifauna y de la flora. El impulso de proyectos de compostaje, de uso de abonos naturales, de manejo de residuos, de manejo de aguas y de buenas prácticas de manufactura ha fortalecido la conciencia ambiental del Club. Yo diría que el Country es un tapón ambiental de un desarrollo de la ciudad que viene hasta Unicentro y que se vuelve diferente de la calle 134 hacia el norte.

Trascendiendo su importancia paisajística, por estar rodeados por una zona con alta densidad poblacional, los terrenos del Country son un tesoro ecológico para Bogotá. La historia muestra que los terrenos anteriormente ocupados por este y otros clubes como el Polo, con el tiempo se urbanizaron. Cuando el Country se vino a Contador, estaba rodeado de potreros. Hoy en día está en el medio de la ciudad. El Plan de Desarrollo Territorial expedido por el alcalde Peñalosa, y que buscaba adquirir todo el Club para hacer un gran parque metropolitano, dejaba abierta la puerta para la urbanización de la zona y para la ampliación del sistema vial circunvecino. En La Magdalena (1917-1927), el Club estaba ubicado en las calles 50/53 con carrera 17, tenía 13 hectáreas, 9 hoyos y 25 socios; en El Retiro (1929-1950), el Country estaba situado

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en las calles 82/85 con carrera 15/Autopista, tenía 32 hectáreas, 18 hoyos y 200 socios; cuando el Club dejó cada una de estas sedes, la ciudad no conservó las zonas verdes ni la arborización, sino que, por el contrario, las urbanizó y los respectivos sectores mostraron densificación alta. En Contador, donde estamos desde 1950, en las calles 127/134 con carrera 17, en 97 hectáreas luego de la expropiación del polo, por vía administrativa, durante el gobierno del alcalde distrital Enrique Peñalosa (1998-2000), tenemos 36 hoyos y 1.300 socios. Si este terreno se llegase a urbanizar, es presumible que la ciudad perdería un pulmón ambiental como lo hizo en el pasado.11

En 2003, el entonces alcalde Antanas Mockus expidió el Plan de Reordenamiento Parque El Country para dejar en firme su creación e incluirla en el Plan de Ordenamiento Territorial (POT) que expidió por decreto, y que contempla la urbanización de parte de los terrenos. En diciembre del 2011 el Juzgado Segundo Civil del Circuito de Bogotá hizo efectiva la expropiación de 76.800 metros cuadrados del Country Club, lo que ha sido llamado el Polo. “Hoy la administración distrital entiende que este es un terreno que aporta a lo ambiental. Creemos que la mejor manera de preservar el verde es si el Club permanece, haciendo unas cesiones para la ciudad para que podamos coexistir de manera armónica, con corresponsabilidad y sentido intergeneracional”, dice Andrés Fernández de Soto.

CLUB DE CLUBES Por definición, un club es una sociedad creada por un grupo de personas que comparten ciertos intereses y que desarrollan conjuntamente actividades culturales, recreativas o deportivas. Los miembros de un club se asocian 11. Fernández de Soto, Andrés. Entrevista, enero de 2015.

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libremente con la intención de enriquecer su vida social. Y así nació el Country Club de Bogotá; como una asociación de amigos con una afición en común: el golf. La esencia de los fundadores permanece pero, según Guillermo Sanz de Santamaría, cuyo abuelo materno, Pedro Londoño Sáenz fue uno de los fundadores, el devenir del Club fue mostrando que también había otros motivos por los cuales fueron llegando nuevos socios: actividades sociales y de esparcimiento para la familia, realización de otras prácticas deportivas, intercambio de ideas. Yo creo que hasta los 350 socios, o sea, hasta los días en El Retiro, todos los socios se conocían unos a otros y prevalecía el interés por el golf. Como paréntesis anoto que por los múltiples viajes de mi padre como diplomático, no disfruté el Club durante mi infancia e incluso, aprendí a jugar golf en Brasil. Mi mamá jugaba golf muy bien y mi papá era pésimo. Cuando se trasladan de La Magdalena a El Retiro, empiezan a existir intereses distintos al golf, no como esencia, porque sigue siendo esencialmente un club de golf, pero se va convirtiendo en un club más familiar, donde tienen aceptación los hijos de los socios. Cuando nos trasladamos a Contador y llegamos a tener 1.300 socios y una comunidad de 5.800 personas, se gesta una nueva esencia del Club. Sin lugar a dudas el Country es un club de clubes.

En efecto, en el Country se da lo que Guillermo Sanz de Santamaría denomina “pequeñas agrupaciones de amigos que hacen parte de este gran club. Dentro de estos grupos sí hay intereses comunes y sí se da la amistad, por generaciones, por aficiones”. Guillermo Sanz de Santamaría llegó a la presidencia del Country porque le pasó algo muy parecido, guardando las proporciones, desde luego, a lo que le sucedió a Virgilio Barco cuando Alfonso López Michelsen, quien ya había sido presidente del país (1974-1978), dijo en reportaje a la revista Semana (abril 16 de 1984) sobre la Convención Liberal para

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elegir candidato presidencial para el período 1986-1990: “Si no es Barco, ¿entonces quién?”. Es que en el Country, durante la larga y fructífera presidencia de José María Rodríguez, nadie se presentaba como candidato para reemplazarlo, hasta que se lo propusieron a Guillermo, quien diseñó una sólida plataforma política titulada “Cinco razones para votar la evolución”, que lo llevó a ganar y a posesionarse en el cargo en marzo de 2011. Él lo explica: “Como candidato yo poseía una virtud: la de no tener enemigos, que en el Club son más bien contradictores; uno los va haciendo ya en ejercicio del cargo, porque no siempre es posible decir sí a todas las sugerencias, quejas o solicitudes”. “Propuse una Junta Directiva renovada, integrada por un equipo interdisciplinario representativo de socios y socias de todas las actividades, lo cual permitió la llegada a la Junta de gente nueva y muy joven y de más mujeres; contar con finanzas sanas; también, con una administración moderna con separación de poderes; gracias a esto hoy en día la gerencia ejecuta con cada una de sus coordinaciones y la Junta Directiva es estratégica; también propuse con mi equipo fortalecer el equipo administrativo y formalizar a los colaboradores”. De hecho, este último punto es uno de los grandes logros de la presidencia de Guillermo Sanz de Santamaría, como señala Luis Felipe Triana Soto, su vicepresidente: “En junio de 2013, más de 450 trabajadores del Club que prestaban servicios como contratistas, pasaron a ser parte de la nómina de trabajadores del Country, como resultado del diálogo entre las directivas del Club, las empresas contratistas y los trabajadores”, proceso que contó con el acompañamiento permanente del Ministerio del Trabajo, en cabeza en ese momento de Rafael Pardo Rueda, quien destacó como “muy satisfactoria la firma del acuerdo” e invitó a que “ojalá más empresas y más sindicatos puedan hacer lo mismo”. Sanz de Santamaría plasma el espíritu de la relación de los socios con su Junta con la siguiente anécdota: Una vez recibimos un correo que decía: “es inconcebible que un club bogotano como el Country no sepa hacer huevos

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pericos. Los pericos son bogotanos”. El correo había sido copiado a otros miembros de Junta y a socios muy queridos. Yo no dije nada, pero me fui a donde el chef a averiguar. Pregunté: ¿cómo se hacen los huevos pericos? Me contestaron que con tomate en cuadritos y cebolla larga en julianas, para emular los colores del ave que les da el nombre; pero que en el Club se hacían con cebolla cabezona, por el olor; sobre todo, porque los socios pedían huevos pericos en el turco, ubicado a cien metros de la cocina, y llevarlos desde allí significaba transitar con ellos por la recepción y esparcir un aroma no siempre grato para otros miembros de la comunidad. Con la certeza y a gusto con la explicación, llamé al socio y le dije que el asunto no era falla de cocina sino problema de diseño del Club.

El Country se ha convertido en el centro de la vida social y deportiva de los socios e invitados, lugar de esparcimiento y punto de encuentro  familiar. Hoy en día es uno de los clubes más prestigiosos de Colombia, no solamente por acoger los más importantes eventos deportivos del país sino también porque allí se han forjado grandes jugadores y representantes en golf, tenis, hípica, natación y squash.

EL GOLF, UN JUEGO DE ÉLITE MUY POPULAR Decir que el golf es el menos popular de los deportes, es caer en un lugar común, sobre todo después de que el antioqueño Camilo Villegas, uno de los diez pegadores más fuertes del PGA, nos volviera adeptos y entendidos a todos los colombianos, gracias a un drive que en ocasiones supera el límite de las 400 yardas y un estilo particular, cuando se agacha como una araña para estudiar los greens. Al Country Club de Bogotá le cabe el mérito de haber contribuido con creces a la divulgación de un deporte que en sus inicios en nuestro país era, sin duda, al decir de muchos, “el deporte menos popular en Colombia (Semana, octubre 28 de 1946)”.

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Los primeros juegos de golf en Bogotá, antes de que se fundara el Country Club, tuvieron lugar hacia 1913 en unos potreros abajo de la línea del ferrocarril del norte, que luego se llamó carrera 14 y más tarde, avenida Caracas, cuyo trayecto estaba trazado desde 1890 y pasaba por el Parque de la Independencia, en San Diego, comunicaba la ciudad con Chapinero y llegaba a los municipios del norte de Bogotá. En ese terreno comprendido entre las calles 49 y 51, unos afiebrados jóvenes capitalinos jugaban por la carrilera, usando como bunkers la banca del ferrocarril. Los potreros eran de grama natural. Eran los convidados de Carlos A. de Vengoechea que había practicado golf en Francia, en el Club Porte Marly, y a su regreso al país este año les propuso la práctica del novedoso deporte. En su casa se guardaban la máquina de hacer hoyos y las banderas. El sitio web de la Secretaría Distrital de Cultura, Deporte y Recreación, dice: “La historia del golf en Colombia (…) llegó de París, literalmente, de la mano de Carlos A. de Vengoechea. Este caballero apareció en Bogotá con un baúl donde había guardado unos palos y bolas que solo él y los pocos ingleses residentes en el país sabían para qué servían. Así que invitaron a unos cuantos que les gustaba y conocían de este tipo de juego, e introducen su práctica en el país al crear el primer campo de nueve hoyos”, que sería el embrión del Country Club de Bogotá, fundado por estos afiebrados el 28 de septiembre de 1917. El profesionalismo de este deporte se fue labrando poco a poco y se afianzó de la mano de “golfistas ingleses y argentinos que arribaron a Colombia en 1919, de los cuales muchos aprendieron los primeros golpes e hicieron del golf un deporte destacado en el ámbito nacional e internacional”. La iniciativa de este grupo de amigos gestores del Country Club de Bogotá, caló en otros aficionados; poco a poco se fueron creando clubes de golf en otras ciudades. En 1924 Barranquilla se convirtió en la segunda de Colombia donde se diseñó un campo de golf con nueve hoyos, en un plano de lo que iba a ser el Country Club en el barrio El Prado.

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Como a las mujeres también les empezó a gustar el golf, el 12 de abril de 1918 Joaquín Samper ofreció un premio “para que sea jugado en un torneo, dejando a las señoras en libertad para organizarlo como a bien tengan, ya sea con caballeros, en la forma de mixed dobles o entre ellas únicamente”. La primera organizadora del torneo fue Sofía Reyes de Valenzuela. No obstante, la incursión de la mujer en estos primeros años no fue importante. Sobre la historia de este deporte en el mundo, el mismo portal refiere: “Los romanos practicaban un tipo de juego utilizando un palo curvado y una bola hecha de plumas. Esta clase de juego puede ser el antecedente del juego de golf. Algunos historiadores sostienen que se habría originado en los Países Bajos de Europa y que la palabra golf proviene de la palabra holandesa kolf, que significa palo”.

UN POCO DE HISTORIA Las primeras noticias sobre este deporte provienen del siglo xv en Escocia, donde, según la leyenda, el golf alcanzó tanto auge que el rey James II se vio obligado en 1457 a promulgar un acta que ponía límites a su práctica para evitar que la gente jugara durante el tiempo que debían dedicar a practicar el tiro con arco. Pero, la ley no tuvo mucho éxito. “En sus comienzos el golf logró que compitieran de igual a igual nobles y plebeyos. El golf se introduce en Inglaterra en 1608. El primer partido del que se tienen datos es el que jugaron el Príncipe de Gales con John Paterson (zapatero muy hábil en el juego) en 1682”. El golf tiene reglas muy estrictas. Es un deporte de caballeros, la mayoría de los castigos se los impone el jugador a sí mismo. En realidad, las reglas del golf están hechas para ayudar al jugador a resolver de forma ética, es decir, que no le den ventaja a nadie, los problemas que se van presentando a lo largo de la “vuelta”, como se llama el recorrido del campo.

Fuente del lago

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En 1744 se fundó la primera asociación de jugadores en Escocia, y en 1745, también en Reino Unido, se redactó la primera reglamentación del golf. Las primeras asociaciones de golf se organizaron en el siglo xviii: la Honourable Company of Edinburgh Golfers y la St. Andrews Society of Golfers. Hoy en día el golf mundial es regulado conjuntamente por la R&A y la USGA.

NACE LA FEDERACIÓN Al Country le cabe el honor de ser la cuna del golf colombiano y a su vez el de haber sido el gran impulsor de la creación de la Federación que rige este deporte. Con la difusión que hacía el Country Club se fortalece el interés por el golf. Se destacan Medellín, Barranquilla, Pereira, Bucaramanga y Cali, en cuyo Club Campestre nació, el 5 de agosto de 1946, la Federación Colombiana de Golf, ente que rige su práctica en nuestro país, y cuya existencia se debe en gran parte a un socio del Country Club de Bogotá, el inolvidable ‘Bigotes’ Castillo, Carlos Castillo de la Parra, vicepresidente de 1949 a 1955 y presidente por cuatro períodos: 1955-1957, 19581959, 1961-1962, 1965-1966. El sitio web de la Federación Colombiana de Golf narra la historia y al hablar de su creación, señala: No fue un hecho fortuito ni mucho menos un afán burocrático. Fue el resultado del propio desarrollo que venía teniendo la práctica de este deporte en Colombia. Hacia mediados del siglo pasado ya tenía cuerpo y forma lo que en un principio (1917) era el propósito de un grupo de amigos para practicar en el país un novedoso deporte. En esos treinta y pico de años el golf había avanzado a pasos de siete leguas (…). (…) Por su parte, los titulares y los sumarios en los diarios tenían las características tipográficas correspondientes a una noticia de primer orden. Noticia que se seguía de manera diaria a medida que se iba desarrollando tal o cual certamen. Inclusive los

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diarios contaban con corresponsales especiales para el cubrimiento de los torneos en ciudades distintas de sus sedes. Ese era el ambiente que existía en el escenario golfístico nacional; estaban dadas las condiciones subjetivas y objetivas para que todos esos logros y esa dinámica dejaran de ser sucesos aislados y más bien convergieran en un solo vértice, en una entidad, una organización con suficiente fuerza legal para darle a la actividad la condición de deporte organizado. Y faltaba el quién, hasta cuando apareció Carlos Castillo de la Parra; abogado de profesión y socio de toda la vida del Country Club de Bogotá, se lo conoció como ‘Bigotes’. Fue golfista y de los buenos. Pero fue más bueno por fuera de los campos que dentro de ellos: era un líder natural, y no por eso le restaba un segundo a su capacidad de trabajo. Incansable, detallista, cuidadoso, su triunfo como golfista ha sido el más rotundo ocurrido en este deporte, aunque sin palos ni bolas: organizarlo y darle estructura. En diciembre de 1945 el Club Campestre de Cali tenía programado el torneo de golf más importante que se hubiera realizado hasta ese momento en Colombia. Participaban los mejores jugadores de esa ciudad y de Bogotá y Medellín y los argentinos Raúl Posse, Daniel Torrilla, Guillermo Felice, Alberto Serra y Pedro Valdi, radicados en el país como profesores. Con su ojo avizor, Carlos Castillo entendió que allí estaba el caldo de cultivo para sus intenciones de crear una organización de naturaleza nacional que enlazara las distintas entidades que de manera aislada impulsaban el golf. Castillo de la Parra alentó al entonces director de la Federación Nacional de Deportes, Alberto Nariño Cheyne, para que promoviera una reunión oficial con representantes de los clubes asistentes a tal torneo. Sin mayores dilaciones, dicha entidad gubernamental expidió la Resolución n.o 3, del 9 de diciembre de 1945, por medio de la cual se citaba a todos los clubes campestres que tuvieran campos de golf a que nombraran delegados a una junta que se iba a realizar en la capital del Valle a las seis de la tarde. Aparte de los representantes del Gobierno estuvieron los delegados

Hall de acceso a vestieres y gimnasio

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Bernardo Rueda (del Country Club de Bogotá), José Durana Camacho, Jorge Calle y Alberto Escallón (del Club Los Lagartos), Rafael Urdaneta Holguín (del San Andrés), Alberto Gamboa Álvarez (del Tropical Golf Club de Barrancabermeja), Pedro Peña S. (del Club Campestre de Bucaramanga), Jaime Sáenz, Julián Posada y Daniel Torrilla (del Club Campestre de Medellín), y Jaime Correa López, José Botero Salazar y Alberto Guzmán Candía (del Club Campestre de Cali). El lugar escogido fue el Club Campestre de Cali. Allí, rodeado de flora nativa, y enmarcado por reminiscencias de la arquitectura española, se llevaron a cabo las reuniones en las que, al contrario de lo acostumbrado, no hubo rimbombantes discursos ni sesudos debates sobre políticas golfistas. Todo fue manos a la obra y ahí mismo todos también firmaron el acta de constitución de la Asociación Colombiana de Golf. En seguida se nombró un Comité Ejecutivo Provisional y una Comisión encargada de redactar los estatutos. Fue integrada por Carlos Castillo de la Parra y Bernardo Rueda Vargas, ambos socios del Country Club de Bogotá, la cual citó a los clubes del país a una asamblea general para nombrar un Comité Ejecutivo de la Asociación y redactar los estatutos. Cada club tenía derecho a dos delegados. El lugar señalado fue el Country Club de Bogotá. Los delegados a la asamblea nombraron el que sería para la historia de Asogolf su primer Comité Ejecutivo. Seis meses después de la primera reunión de la flor y nata del mundo del golf colombiano, el Ministerio de Gobierno le dio personería jurídica a la Asociación Colombiana de Golf, (…) con la firma del ministro Absalón Fernández de Soto y del secretario Enrique Acero Pimentel. Pero el acta de constitución, o sea, el acta de nacimiento, se firmó en la capital colombiana a mediados de 1948. (…) Darle vida a una entidad con características muy especiales, como esta del deporte del golf, fue un trabajo de romanos. Hubo que vencer muchos obstáculos. Por suerte los clubes fueron conscientes de esto y prefirieron sacrificar sus propias inquietudes, en beneficio de las colectivas. No es una exageración lo de trabajo de romanos si tenemos en cuenta las

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siguientes tareas que acometió la naciente entidad: Medir todas las canchas del país. Definir los factores de dificultad y sus porcentajes de aplicación (el vuelo de la bola es distinto en la Sabana de Bogotá que a nivel del mar). Precisar los anchos, las ondulaciones y las pendientes de los fairways, la altura de corte de los roughs, la ubicación y frondosidad de la arborización, el número, el tamaño y la localización de las trampas de arena y de los azares de agua, las especies de grama, la pluviosidad, la temperatura y muchas otras particularidades y características de cada uno de los clubes de golf de Colombia. Y a ello se sumó la reglamentación del sistema de hándicap, que se adaptó a la reglamentación estadounidense (por esa época se usaba el sistema argentino, que era copia del inglés).

Un hecho notorio fue en esta ocasión la asistencia de don Alberto Gamboa Álvarez, como representante del club de Barrancabermeja. Alberto sería poco tiempo después uno de los grandes y más destacados jugadores del golf amateur colombiano y sus matchs con y contra el conocido ‘Bambuco’ Samper son legendarios. Por años fue el comisario de golf y el encargado del campo en el que dejó su huella con pequeñas pero significativas modificaciones al diseño original. Actualmente Colombia cuenta con más de cincuenta campos. El éxito de Camilo Villegas ha hecho que el golf sea muy atractivo para niños y niñas y muchos clubes, entre ellos el Country, hacen importantes esfuerzos para apoyar a esos niños y niñas.

LA LLEGADA DE TRENDALL A los dos años de su fundación, el Club trajo de Escocia al profesor Thomas Trendall quien, junto con Paul Boucicault, ingeniero de la Compañía Marconi y conocedor de los campos de golf, hizo el primer trazado técnico de los nueve hoyos iniciales. El Country contrató a Trendall por tres años y él, que había venido a Bogotá pensando en recuperarse

Piscina

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de una afección pulmonar causada por el gas mostaza en la Primera Guerra Mundial, se quedó toda la vida. El 25 de noviembre de 1920, según acta de la Junta, se lee una carta del socio John Vaughan informando las condiciones del profesor Trendall, para venir con un contrato de tres años como profesor de golf. “El pasaje de ida y vuelta debe ser costeado por el Club, el Club lo mantendrá y hospedará gratis y le pagará a razón de 100 libras esterlinas por año”. El acta agrega que el Country “le anticipará un sueldo de un año, que se cuenta desde la salida de Inglaterra a fin de que pueda comprar allá palos, bolas, etc. Para traerlo, el Club toma un descubierto en el Banco de Londres en Río de la Plata, para que la casa principal en Londres provea de los fondos necesarios a Thomas Trendall”. Trendall abrió el camino. Pero cuando se habla de golf en Colombia, la referencia obligada es el grupo de profesores argentinos que durante varios años comandó la afición nacional por el juego y tuvo el liderazgo profesional en cuanta competencia existía en esos tiempos. Entre ellos, sin duda, asegura Santiago Figueroa, estaba el profesor Alberto Serra, contratado por el Club en 1943, quien luego de ocho años en el país decidió dedicarse a formar a los primeros jugadores profesionales de golf que tuvo Colombia.

APARECE EL KIKUYO Fernando Restrepo Suárez, hermano de Gabriel, presidente del Country en dos períodos consecutivos (19691975 y 1975-1977), recuerda con afecto la casa de El Retiro: “Era estilo inglés. Emulaba la arquitectura del club de golf escocés The Royal and Ancient Saint Andrews. Quizá porque sus fundadores, excepto Carlos A. de Vengoechea, habían estudiado en su mayoría en Londres y aprendido allí este deporte… En esa época muchas cosas en Bogotá eran inglesas: sombreros, paños, paraguas, gabardinas y la arquitectura

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inglesa influyó en los barrios que se construyeron al norte de Chapinero, en la zona de la avenida de Chile. En el Club había bolas inglesas, no americanas. Luego eso se estandarizó. Es que las bolas, como los palos, también tienen su historia”, precisa Restrepo Suárez. En efecto, entre 1400 y 1960 el golf ha tenido cuatro períodos, según el tipo de bolas. Primero fue la bola de madera. Luego la bola de cuero, de toro o caballo, fabricada con tres piezas de un ancho de 1/16 de pulgada y rellena de pluma de ganso o pollo. Al mojar la bola, la piel tiende a encogerse apretando las plumas cuando se seca, en tanto que al secarse las plumas tienden a expandirse. La combinación de estas dos acciones producía una bola dura con la que se podía jugar. Las bolas de cuero no eran perfectamente esféricas, pero volaban y rodaban bastante bien. Luego llegó la bola de gutapercha, material parecido a la goma que producen algunos árboles del este de Asia. El material se calentaba en agua y las bolas se moldeaban a mano. Poco después les introdujeron metal y sonaban como bolas de billar. Su dureza impedía que se cortaran con facilidad al golpearlas con los hierros, pero las maderas de cabeza grande, usadas para las bolas de cuero, no permitían repetir golpes centrados. El perfil de las cabezas de las maderas se volvió más fino. Luego vino la bola de núcleo de goma. Aunque en un principio estas se hacían a mano, en 1900 se empezó a utilizar la máquina tejedora de bolas que permitió fabricarlas masivamente. Esta era una bola más fácil de golpear y no era preciso tener tanto nivel para poder jugar. “La 85 —continúa Restrepo Suárez— era un perfecto club inglés: cancha muy angosta y arborizada. Hoy la tendencia es a que no haya tantos árboles. El kikuyo no había llegado al país. El campo de El Retiro tenía un pasto nativo, pero no tan agresivo como este, que fue traído a Bogotá por Nemesio Camacho de una provincia en Kenia que le dio su nombre… Don Gustavo Pradilla, el viejo, que era costarricense, me contaba que cuando llegó a Bogotá, la capital era un erial, la sabana tenía tres o cuatro manchitas fértiles, de resto,

Parque infantil

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como los llanos de Casanare, que cuando llega el verano la tierra se resquebraja… Alguien tuvo la idea de sembrar kikuyo y todo reverdeció”. Jorge Atuesta añade: “Este pasto fue introducido en Colombia alrededor de 1930, con el fin de mejorar los potreros para la cría de ganado. Es una de las plantas más invasoras que han llegado al país, donde se ha propagado por casi todos los potreros y campos fértiles, desplazando a la mayor parte de las hierbas que crecen en estos lugares. Algunas especies de aves, como los copetones, se alimentan con las semillas de kikuyo”. El bloguero de El Tiempo Andrés Ospina, se va lanza en ristre contra este pasto: “Kikuyo es el pasto bogotano, por trasplante. Adorna —como un peinado caprichoso y terco— las viviendas, edificios y calles grises en vísperas de convertirse en lotes, en puentes o en despojos”. Para los ganaderos que tienen pastos finos, el kikuyo “es una tragedia”, asegura Restrepo Suárez. “En el caso del golf es parecido; al principio no se sabía tratar, era muy tupido y cuando venía el invierno, el Club quedaba por su cuenta sin juego. Por fortuna, en Fundadores no hay kikuyo”.

TODOS SE CONOCÍAN Con respecto al ambiente en El Retiro, Fernando Restrepo Suárez recuerda: Toda la gente se conocía y fue en esta sede donde comenzó a darse una mayor presencia de las mujeres. Pero la vida de los niños en el Club era discriminada, porque ni siquiera había espacios para ellos. Y porque ‘Bigotes’ Castillo detestaba a los niños. El Club era para viejos. Hoy día uno llega a jugar de senior y si hay muchachos jugando, lo tienen a uno un cuarto de hora esperando. En esa época la regla era que si llegaban los socios, los niños y jóvenes se quitaban del campo, a tal punto que si uno tenía la bola en el tee y llegaba un mayor, le tocaba a uno quitar la bola sin protocolo ni preguntas…

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En la 85 había una institución que eran las empanadas bailables de los sábados, en la terraza, y desde los 18 uno podía bailar. Pero de niño, uno miraba. Los niños iban y mucho. En un momento dado hubo una cancha de bolos, y de niños jugábamos bolos principalmente… ‘Bigotes’ Castillo fue el más característico de los presidentes. Era estrictísimo con los jóvenes y odiaba a los niños. Y nosotros a él. El rigor era imperativo en esa época y ‘Bigotes’ le hizo mucho bien al Club… La sociedad era recatada. Las mujeres salían muy poco. Las mujeres en el Club eran mínimas. Solo las veía uno en las fiestas casuales, en los bailes, en las empanadas de los sábados, en los matrimonios. Era un club de hombres. Cuando estábamos en la 85, la gente iba a misa a La Porciúncula y subía al popular Tout va bien a comer empanadas. Las empanadas siempre fueron una costumbre muy bogotana de sábados y domingos. El Tout va bien —que todos llamaban ‘tubabián’— nació a finales de los cuarenta y fue el sitio de moda durante casi 15 años. Tenía de todo: restaurante, bailadero, salón de onces, bolos, peluquería, centro de negocios y venta de empanaditas.

Al Tout va bien le cayó el tiempo encima y pasó de moda. A principios de los sesenta el sitio de reunión de los jóvenes comenzó a desplazarse. Vino el célebre Cream Helado de la 68 con 13 y después el crecimiento de la ciudad empujó los sitios de encuentro hacia el norte, entre las calles 70 y 100, “pero entonces, ya nos habíamos mudado a Contador”. En El Retiro comienza la vocación ambiental del Country Club de Bogotá, mostrando un interés en preservar la fauna y la flora que se divisaba desde la terraza de la 85. Este talante ecológico se desplegaría ampliamente y con creces en la sede actual, la de Contador, en la 127, adonde se trasladaron en septiembre de 1950. Muchas fueron las razones que llevaron a los socios a pensar en un nuevo traslado del Club. La primera, el crecimiento de la ciudad que iba extendiendo más y más hacia el norte

Terraza de la taberna desde el lago

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sus límites. Cuando se pasaron de La Magdalena a El Retiro, la 85 era parte de los extramuros y un par de décadas después se vieron rodeados de barrios residenciales. La ciudad era otra. En efecto, Fabio Zambrano, en el ensayo titulado “De la Atenas Suramericana a la Bogotá moderna, la construcción de la cultura ciudadana en Bogotá”, publicado en la Revista de Estudios Sociales de la Universidad de los Andes, afirma: La progresiva industrialización, así como la profesionalización de la arquitectura, aceleró la transformación de la ciudad con la introducción de nuevos materiales de construcción tales como el hierro, el acero, el vidrio... El uso del ladrillo a la vista y la popularización del vidrio caracterizan esta época… Las discusiones entre lo tradicional y lo moderno también se extienden a la pintura. En 1940 se abre el salón de Artistas Nacionales, y con él se muestran las primeras pinturas abstractas. Los maestros de pintura que van a reinar en la ciudad en la segunda mitad del siglo xx, hacen su aparición en esos años. En una aproximación al arte moderno, Alejandro Obregón hace su primera exposición en 1944. Hace su aparición la escultura de los maestros Negret, Ramírez Villamizar y Arenas Betancur, quienes la hacen plenamente contemporánea. En la poesía, los piedracielistas, con Carranza como su máximo exponente, y el grupo Cántico, o los cuadernícolas, continúan la renovación de este género. Luego, Aurelio Arturo va a introducir una poesía, la de la soledad, y anuncia el camino a los poetas de la segunda mitad del xx. En la vida cotidiana bogotana el bolero inicia su reinado. Cantantes como Agustín Lara, Libertad Lamarque, Leo Marini, María Luisa Landín y Ortiz Tirado son los ídolos de este género, que compite con el tango y la música caribeña que está entrando con fuerza para entonces. La música procedente de Cuba, así como la proveniente de la costa norte, hacen su arribo con fuerza, y las composiciones de José Barrios y la orquesta de Lucho Bermúdez con su Orquesta Caribe se toman a Bogotá con los porros y la cumbia. La emisora Nueva

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Granada populariza los espectáculos musicales en vivo, con artistas invitados como Pedro Vargas y Libertad Lamarque. La Voz de la Víctor transmitía ‘La hora costeña’, donde reinaba Lucho Bermúdez. La sintonía de estos programas competía con el periodismo político. La Radio Nacional continuaba con su labor pedagógica de difusión de la música culta. Así mismo, al igual que en el resto del mundo, (…) se introdujo la Coca-Cola al mercado local. Camiones de reparto visitaban los colegios y repartían gratis la bebida. Rápidamente esta marca se puso de moda en las fiestas de la juventud, y a los muchachos se les llamó ‘cocacolos’, sucesores de los glaxos y los filipichines de antaño. En el vestido, los colores claros, pasteles, comenzaban a competir con el inefable negro que había dominado el paisaje de las calles bogotanas desde la colonia. Además, las medias de nylon reemplazaron a las de seda luego de la Segunda Guerra Mundial. De esta manera continuaba la popularización de algunas modas que hasta entonces eran prerrogativas de la clase alta bogotana. La posguerra significó un período de grandes cambios para la ciudad.

Para este momento, el número de socios había crecido a 350, muchos de los cuales eran ávidos jugadores de golf. Para ellos resultaban ya insuficientes los 18 hoyos de la 85. Además, las familias de socios no fueron ajenas a los cambios que hubo en la forma de concebir el ocio, gracias al influjo de usos, costumbres y corrientes llegadas del extranjero: la radio, el cine, los nuevos ritmos musicales y nuevos deportes, lo cual contribuyó a fortalecer la convicción de que había que ampliarse.

EL GOLF EN LA VIDA PÚBLICA El golf siempre tuvo enorme importancia en la vida del Club y la sociedad; en los campos se encontraban los tomadores de decisiones del país y los formadores de opinión

Sede y piscina

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pública; hubo incluso ocasiones en que grandes acontecimientos políticos estuvieron ligados al golf del Country. Entre ellos, según rememora Guillermo Sanz de Santamaría, el fin del asilo del peruano Víctor Raúl Haya de la Torre, fundador en 1924 de la Alianza Popular Revolucionaria, APRA. “Mi papá, Carlos Sanz de Santamaría, era presidente del Club cuando el gobierno del dictador Gustavo Rojas Pinilla (1953-1957) lo nombró, junto a Alberto Zuleta Ángel, negociador para la finalización del asilo de Haya de la Torre en la Embajada de Colombia en Lima, que había comenzado en 1948, tras el golpe de Estado, y de donde no pudo salir hasta que en 1954 se le permitió exiliarse en México”. Haya de la Torre volvió a Perú en 1957 y ganó las elecciones presidenciales de 1962, pero otro golpe militar le impidió tomar posesión del cargo. Haya de la Torre moriría en 1979 y solo en 1985 hubo en Perú un presidente aprista, Alan García, que curiosamente también estuvo asilado en Colombia (junio, 1992-octubre, 1995) y quien concurrió al funeral de Carlos Sanz de Santamaría (noviembre de 1992), donde le agradeció a su hijo, Guillermo Sanz de Santamaría, en nombre de su país, por el asilo que casi medio siglo atrás había ayudado a resolver. Sobre la finalización del asilo de Haya de la Torre, el propio Carlos Sanz de Santamaría escribió en 1978 el libro Fin del asilo del doctor Víctor Raúl Haya de la Torre en la Embajada de Colombia en Lima, 1954 (Negociaciones entre los representantes del Perú y los de Colombia), en que narra los hechos y presenta conceptos y doctrinas jurídicas al respecto. Allí se cuenta una anécdota célebre sobre la importancia del Country como epicentro del acontecer diplomático: “Al día siguiente, cinco de marzo, los delegados colombianos invitaron a almorzar a sus colegas del Perú en el Country Club y fue relativamente sencillo iniciar allí los primeros contactos para llegar al fondo del problema. Después del almuerzo los cuatro delegados iniciaron conversaciones, sin la presencia de los secretarios ni del encargado de negocios del Perú, que había también asistido al almuerzo”.

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El domingo 21 de marzo de 1954 prosiguieron las conversaciones: “Durante los días jueves, viernes y sábado no se tuvieron noticias del Perú. En varias ocasiones fuimos informados de que el jueves a las 8:00 de la mañana, como en efecto pudo comprobarse, habían pasado un cable con todos los detalles de la fórmula para la aprobación o improbación de su gobierno”. Estaban reunidos en casa de Carlos Sanz de Santamaría. Ya ambos países habían llegado a un acuerdo, por lo que el presidente del Country no vio problema en manifestarles a los negociadores “no poder continuar en ese momento en las conversaciones (…) porque tenía que entregar unas copas en el Country Club, por tratarse de un torneo en el que intervenían todos los clubes del país”. Sanz de Santamaría y Alberto Zuleta Ángel fueron con sus señoras a entregar las copas, según los diarios de la época, y aprovecharon la salida del Club para conversar con otros negociadores. Al regreso, ya el acuerdo estaba listo para firmas. En esta década se tuvo el convencimiento de que el Club debería tener un doble carácter: social y deportivo, que dejara atrás su sello de club de señores o de club de socios, y pasara a ser un verdadero club de familias. Así narra Jorge Atuesta Amaya, presidente de 1977 a 1980, cuyo padre, Jorge Enrique Atuesta Osorio, fue socio desde la 53 y él, habitual en El Retiro: “De acuerdo con este criterio se pensó en construir, además de los campos de golf y las canchas de tenis, una piscina para la práctica de la natación, bolos, tenis de mesa, cine, jardín para los niños, amplios salones para la vida social”. Con el cambio de sede, el Country se rejuveneció y aseguró una larga vida, al involucrar a los niños y a los jóvenes. Las señoras, por su parte, encontraron espacio y oportunidad para consolidarse como golfistas, porque en Contador, como ya se ha dicho, se tuvieron dos campos: Fundadores, y Pacos y Fabios. “Los Fundadores es un hermoso campo, su diseño es clásico — ­ señala José María Rodríguez— fairways planos y roughs muy arborizados. Los greens sembrados en bent

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grass, ideal para la altura de Bogotá, son elevados y muy rápidos. El hoyo 18, par 5 de 551 yardas puede ser determinante en los resultados de un torneo. Los tees son elevados, rectangulares y largos. Los fairways son planos y con una amplitud entre 35 y 40 yardas de ancho. Los roughs, rodeados de un bello jardín, son amplios y muy arborizados. Este campo exige mucha habilidad en el manejo de la bola, destreza y precisión”. Un campo de golf para competencias oficiales o profesionales, cuenta por lo general con 18 hoyos y más de 7.000 yardas, aunque no necesariamente. En el Country, por ejemplo, Fundadores (antes Fabios) es la cancha de campeonatos, diseñada por John van Kleek con 18 hoyos, es par 72, tiene un total en marca larga de 7.237 yardas desde las marcas largas o de campeonato. Por su parte, Pacos y Fabios, que también consta de 18 hoyos, es par 71 y tiene un total en marca larga de 5.970 yardas. Cada una de las tres sedes —La Magdalena, El Retiro y Contador— le ha dado al Country Club de Bogotá momentos de gloria para el golf. Cada época ha tenido figuras cuya talla ha trascendido la institución y hacen parte de la galería nacional e internacional de campeones. Alfonso Linares Porto, hijo de Alfonso Linares Guarín, uno de los golfistas más elegantes que ha tenido el Country —se vestía impecablemente con zapatos y pantalón blancos, suéter de color, gorra inglesa a juego— y el único jugador en Colombia con las maderas de color blanco, asegura que los mejores golfistas que el Club ha producido en estos cien años son, sin lugar a dudas, Enrique Bambuco Samper, en la 53; Alberto Gamboa, en la 85; y Jaime Child Williamson, en la 127, primer profesional que hubo en el Country; así como Alfonso Linares Porto, quien representó a Colombia en campeonatos suramericanos de mayores, presenior y senior, como aficionado. En 2002, el sitio web de la Federación de Golf publicó esta semblanza de Bambuco Samper, fallecido en 1990: “Mi nombre es ‘Bambuco’ y mi apodo Enrique. Con estas

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palabras, Enrique Bambuco Samper se presentaba ante todo el mundo y, por eso, no es raro que muchos de los que lo conocieron jamás se enteraron de cuál era su nombre de pila. Esa es, apenas, una de las tantas anécdotas que retratan a este personaje, uno de los más pintorescos de la historia del golf colombiano”. Perteneciente a una dinastía vinculada al golf del país desde su propia génesis, su padre Joaquín Samper Brush fue uno de los pioneros del golf en Colombia. Bambuco Samper se dedicó, casi exclusivamente, a jugar golf, ganar torneos, acumular trofeos y divertirse. Sumó unas 400 copas y fue tal su importancia como golfista que el día que anunció su retiro de la actividad, la revista Semana del 28 de octubre de 1946, o sea, el primer número de esta publicación, fundada por Alberto Lleras Camargo al terminar su período presidencial, acoge la noticia: Un antiguo campeón de golf se retira. Enrique (‘Bambuco’) Samper no volverá a presentarse a las competencias formales a disputar ningún título. Antes de llegar a los cuarenta años… dejará de figurar en los torneos sensacionales y solo accidentalmente participará, en el futuro, en las Copas de Casados… Samper ha dominado el panorama del golf desde 1924. Inconsistente, arbitrario, absurdo, el campeón que se retira ha hecho todo lo que se aconseja para ser un mal jugador, pero ha podido más en él la clase. Juega con la sangre, con los nervios, con el temperamento. Así ha venido siendo desde que a los cinco años, bajo la vigilancia de su padre, don Joaquín Samper, en el viejo campo del Country —hoy el hipódromo— comenzó a dar golpes con los primeros mazos para niños que se importaron al país.

Alfonso Linares asegura que Bambuco era puro instinto. Y que Alberto Gamboa, el segundo grande, pura ciencia. La misma edición de Semana, saluda a Gamboa: “Gamboa, el actual campeón (1946), es el reverso de la medalla. Gamboa juega golf, habla de golf, piensa en golf, lee golf, y su vida

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resulta una preparación cuidadosa para los links. Comenzó a jugar, como sus hermanos, antes de la primera comunión. Mientras estudiaba Derecho miraba por la ventana, las nubes, con el temor de que la meteorología conspirara contra su destino. Al salir de clase tomaba el bus del Country. A veces jugaba entre 6 a. m. y 8 a. m. Corrige sus defectos examinándolos con indignación. El swing se ha ido depurando, armonizando y tornándose exacto… Todos en golf tienen un minuto de vacilación, de desconcierto; Gamboa, jamás”. Por su parte, el propio Jaime Child Williamson narra la historia que lo llevó a ser el primer golfista profesional que hubo en el país, un rockstar de Contador para el mundo: Mi familia fue golfista toda la vida. Los primeros nueve hoyos los jugué con mi madre a los ocho años, en el Country. En mi casa había un jardín muy grande e hice allí un mini campo de golf en donde yo jugaba todos los días después del colegio con unas bolas plásticas con huecos que no avanzaban gran distancia y que me permitían jugar como si fuera un campo de golf de verdad… Entre los 13 y los 16 años me gané todas las copas jugadas en el Club. A mí me marcó mucho el haberme ganado el Abierto de la Sabana a los 16 años con una gran cantidad de gente siguiéndome para verme. Los diarios me llamaban fenómeno del golf. Los aplausos, las entrevistas, la publicación de fotos de gran despliegue; todo esto me impulsó a querer ser profesional… Como no era bien visto en esa época que un aficionado se volviera profesional, mi padre no me dejó aceptar una beca maravillosa que me ofrecía la Universidad de Oklahoma y me envió a estudiar a Inglaterra… A los 16 años clasifiqué como representante de Colombia en el campeonato suramericano Copa Andes. No pude jugar porque me fui para Inglaterra. Luego, a mis 19, se jugó el primer torneo clasificatorio para escoger el equipo que representaría a Colombia en la Copa Andes y gané por una diferencia de 12 hoyos, siendo el único jugador que en 18 hoyos le ganó a la cancha. Con este equipo Colombia ganó en Montevideo esa Copa, por primera vez… El rival que no puedo olvidar es Juan

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Carlos Dapiaggi de Uruguay, campeón aficionado, con quien me tocó jugar en Montevideo en el Campeonato Suramericano de 1961.

Child fue la revelación. El Camilo Villegas de la época. Los cientos de espectadores se deleitaron viendo un golf espectacular. Juan Carlos había jugado una linda vuelta de 2 bajo el par en los primeros nueve hoyos e iba perdiendo con Child por cinco hoyos que Child había hecho 7 bajo par. Al hacer otro birdie en el hoyo 12 estaba seis arriba y seis por jugar. Luego el uruguayo hace birdies en el 13, 14 y 15. Cuando Child emboca su birdie también en el hoyo 15 ganó el match 4 arriba y 3 por jugar. El pobre ídolo de Uruguay acababa de hacer 5 bajo par y había perdido contra el colombiano con su 9 bajo par. Fue el primer triunfo suramericano de golf para Colombia. A los 21 años me vuelvo profesional y a los pocos meses disputando el Abierto de Colombia me tocó jugar con uno de los grandes jugadores de Estados Unidos, Bob Toski, que luego se convirtió en el profesor más importante de jugadores de la PGA. Me insistió para que yo fuera a su club en La Florida donde trabajaría para él durante un año y él me puliría mi juego para ingresar a la gira. Para trabajar en Estados Unidos tenía que sacar visa de residente. Lo hice, sin saber que al tener visa de residente quedaba obligado, como cualquier americano, al servicio militar obligatorio. Con el conflicto con Vietnam aumentando fui llamado a prestar servicio y tomé la decisión de no entrar al ejército sino a los US Marines. Consideraba que siendo esta la rama más exigente de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos me mantendría en forma. De allí salieron jugadores de la talla de Lee Trevino y Tony Lema, el maravilloso golfista que se mató en un accidente de avioneta.

Child fue ganador del Primer Trofeo Tony Lema, que se entrega al ganador del Torneo All Marine. Ese año venció en todos los torneos importantes de los Marines.

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Al salir de los Marines, Child se fue a trabajar en el Deauville Country Club en Los Ángeles. Estaba como director de golf Ralph Guldhal, jugador del salón de la fama, ganador del US Open, del Masters y otros torneos de la PGA. Al año de estar allí, jugó el Abierto de Arizona, cuyo segundo puesto lo clasificó para disputar la gira de Asia. Obtuvo éxitos que le abrieron las puertas para jugar el Abierto de Australia, gira que se recorta con la muerte de su padre. El día que se casó, dejó de deambular por el mundo entero. El último trabajo que tuvo como profesional de golf fue en el Club de Golf de Panamá. “Mi recuerdo más grato como instructor fue haber creado una escuela de golf para más de 70 niños durante unas vacaciones; un semillero del que salieron muy buenos jugadores”. De todos sus trofeos, el que más quiere es el del Suramericano de Golf. La lista de golfistas importantes es larga. Todos contribuyeron a popularizar un deporte como el golf que en sus inicios en el país era mirado con extrañeza por unos y con antipatía por otros, por considerarlo elitista. Familias enteras como los Gamboa y los Linares, que han tenido figuras destacadas de generación en generación, y personajes como Álvaro Gómez Monedero y Ricardo Fajardo, también hicieron grandes aportes a la divulgación del golf. Por el campo de Los Fundadores han pasado grandes del golf de todos los tiempos. Se destaca Roberto de Vicenzo, quien ganó el Abierto del Country en varias ocasiones. En 2012 jugó en el campo del Country la revelación de golf de esta década, Jordan Spieth, quien a sus 21 años acaba de coronarse campeón del Masters de Augusta. El día que se quiera conformar el sanedrín del golf colombiano, el nombre de José María Rodríguez Montoya aparecerá entre los grandes dirigentes. Como muchos socios, don José María heredó la pasión de sus padres y de su tío Carlos Montoya Restrepo. “Su vitalidad, conocimiento y dedicación al golf le permitieron convertirse en un dirigente como pocos. Su claridad mental, su don de mando y su liderazgo le permitieron tomar grandes decisiones, planear o ejecutar muchos

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proyectos durante los veintiún años que presidió la Junta”, señala Santiago Figueroa Serrano. Don José María le dejó al Club el torneo de mayor nivel que se juega hoy en Colombia. En los campos del Country Club de Bogotá en la actualidad tiene lugar el Torneo de la gira Web.com de PAGA, uno de los más significativos que se realizan en Suramérica. También se celebran estos torneos internos o copas: Banderas, Adopte un Padre, Fundadores, Presidente, Presidente Damas, Carlos Castillo de La Parra, Junta Directiva, Armonía Padres e Hijos, Country Club, Pineda López, Social. Así mismo, cada año en septiembre, mes que recuerda la fundación de la institución, se celebran las fiestas golfísticas que comienzan con el torneo interno por parejas para los socios; luego se juega la Copa Eusebio Umaña, y se finaliza el festejo con el Torneo Aniversario por parejas. El Club participa también en estos torneos interclubes: Copa Tradición Lagartos–San Andrés–Country; Ryder Country–Rincón; Torneo Senior Lagartos–Country, y Ryder “Country–Militar”. Y en los torneos de integración: Socio– Empleado; Socio–Caddie a los que se suma la copa Cárdenas, el campeonato interno de caddies y empleados.

EL VESTIER: ENTRE SIBERIA Y WALL STREET La historia de los clubes, de todos los clubes, tiene siempre personajes mucho más influyentes que los socios. El portero cuya real ocupación es la del concierge de un hotel de lujo. El profesor de golf o de tenis que le enseñó a toda una generación. El maitre que atendió el restaurante principal por años y años y a quien los socios no tenían ni que decirle qué querían. Los empleados tienen más que ver con la historia del Club porque van con más frecuencia y pasan más tiempo en el Club que sus socios. En la historia del Country hay muchos de estos personajes, todos superados por Carlos Moreno, el ‘dueño’ del vestier.

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El vestier de señores del Country es el sitio más privado y menos reservado del Club. Carlos ha hecho del vestier una institución porque ha honrado con lealtad la confianza depositada por los socios. Él, que los conoce desnudos de vanidades, ha sido un confidente, un escucha empático, un guardián de secretos. “Al Country le debo todo; eduqué a mis hijos, mantuve dos familias e hice mi casa”, dice. Diez días después de “el Bogotazo”, el 19 de abril de 1948, un muchachito de Fusagasugá vino a conocer la capital; una paisana, amiga de sus padres, Inés Pinzón, trabajaba como secretaria del Club en la sede de El Retiro, en la 85. Bogotá estaba convulsionada, apenas una semana larga había transcurrido desde el asesinato del líder liberal Jorge Eliécer Gaitán, hecho que se constituyó en un punto de quiebre para el país. El proceso político tomó un nuevo rumbo. La ciudad también experimentó cambios inmensos. Algunos historiadores afirman que esos hechos marcaron el fin de la ciudad republicana y el nacimiento de la llamada ciudad moderna. Pero Carlos Moreno tenía sueños, quería progresar. Inés le preguntó al jovencito si le gustaría trabajar en el Club, para presentarlo a sus superiores. En esa época no se hablaba de restricciones al trabajo juvenil y era común que chicos del campo llegaran a la ciudad a trabajar en oficios varios. Él aceptó. “Tenía 14 años y había terminado primaria. Estaba comenzando bachillerato y no estudié más”, recuerda Moreno: Mi primer trabajo fue en la portería del Club, en la 85. Yo vivía en el Club, ya que para los trabajadores masculinos, excepto caddies, había habitaciones, creo que para facilitar las condiciones de trabajo porque transportarse era muy difícil y el Club quedaba casi donde terminaba la ciudad. En ese momento se estaban levantando barrios residenciales cerca del Club, y ya se habían negociado los terrenos de Contador.

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DE LA PORTERÍA AL BAR Con mucha visión sobre el futuro de la ciudad, el Club había adquirido el terreno de Contador, donde en 1947 pusieron la primera piedra de su nueva sede, ubicado en los que entonces eran extramuros de una ciudad que había continuado su crecimiento demográfico y que contaba en este año con 715.520 habitantes, el 6,2 por ciento del total nacional, ya que en ese momento Colombia tenía 11’548.772 habitantes. Cuando el Club se trasladó a Contador, en septiembre de 1950, Carlos Moreno pasó a trabajar en los bares: Yo llevaba el inventario; en esa época se hacían vales para cada consumo y los socios firmaban los que les correspondía y escribían además, el número de su acción. Uno con el tiempo se aprendía el número de la acción de los socios que más frecuentaban los servicios de bar y restaurante; uno no tenía socios preferidos ni consideraba a uno más importante que a otro; se iba aprendiendo poco a poco los números y no preguntarlos era una deferencia para con el socio. El manojo más grande de vales era de la familia Brando. Eran muchos. Recuerdo su número: el 693. Consumían chocolatinas, helados, coca colas, almuerzos casi todos los días. ‘Bigotes’ Castillo, era el número 3; Eusebio Umaña, el 9; Bernardo Samper, el 550; el número uno era el Presidente de la República, el de turno. Una vez don Luis Soto del Corral, que era presidente, firmó y el mesero le dijo: “Señor, por favor, su número”; don Luis replicó: “Cómo que mi número. Yo no tengo número. Yo no soy una vaca”. Y el mesero, todo asustado, le aclaró: “El número de la acción, por supuesto, doctor”. Y don Luis, muy alterado contrapunteó: “¿Doctor? Yo no soy médico, ni sacamuelas, yo soy el presidente del Club”. Su acción era la n.o 4. Es que a nadie le gustaba que le preguntara el número porque eso era como decirle que era poco conocido.

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Cuando nos pasamos a Contador, cerca no había nada. Ni Unicentro, ni Multicentro, ni edificios, ni casas. Yo vivía en el Club, ya que nos hicieron habitaciones a algunos de los trabajadores; en esta sede sí hubo cuartos para las mujeres, que para entonces ya trabajaban en otros oficios diferentes al aseo, la limpieza, la cocina y el vestier de damas; en Contador les permitieron laborar en el bar y ser meseras. Los domingos asistíamos a misa en Usaquén. El día de descanso yo iba a Chía. No pasaban buses cerca del Club, había que ir hasta Usaquén y allí se tomaba la flota. Había un solo bus y si uno al regreso lo perdía, tenía que caminar hasta el Club. Estuve en el bar hasta enero de 1961; luego me pasaron al vestier y allí empecé a conocer a los socios; antes no los veía; los distinguía por el número.

DEL BAR AL VESTIER “Yo empecé pasándoles las toallas y cuidándoles los lockers; en el primer piso tienen locker los socios mayores, los de más edad. Ahí no caben todos. Los otros, están en el segundo piso”. A los lockers de arriba les dicen Siberia, sinónimo de exilio y castigo, en alusión a los tiempos de la Rusia estalinista cuando los caídos en desgracia iban a parar a ese alejado territorio; y a los de abajo, Wall Street, porque son los mejor ubicados, pero Carlos Moreno asegura que no hay preferencias, y que todo mundo quiere locker abajo, junto al de Juan Manuel Santos, “que lo heredó del papá”. No obstante, con humor confiesa: “el locker de Alfonso López Michelsen y el de Alberto Lleras Camargo siempre estuvieron alejados; en medio del locker de Lleras Camargo y Julio César Turbay Ayala, estaba el del paisa Villa, y ni lo saludaban; y una vez mandaron para Siberia el locker de Turbay Ayala, cuando le dio por meter panfletos contra el general Gustavo Rojas Pinilla”.

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SI LOS LOCKERS HABLARAN ¿Qué guardan los señores en los lockers? Ningún secreto, responde con humor Carlos Moreno, y sale al paso diciendo: “Guantes y pelotas de golf. El golfista es gomoso del golf. Cosas de golf. Nada más”. El golfista Santiago Figueroa Serrano dice que entre las cualidades más especiales que tiene Carlos Moreno está el que “saca a los socios de problemas, provee de plata prestada para pagar caddies, de bolas de golf si has botado demasiadas y te oye tus confidencias con toda la paciencia”. El expresidente José María Rodríguez refiere esta anécdota: “Hace muchos años, cuando Alberto Lleras Camargo era presidente de Colombia, llegó a jugar, entró al vestier, y cuando se iba a cambiar, encontró frente a su locker sus zapatos; Carlos Moreno siempre fue muy diligente y toda la vida se ha adelantado a lo que uno necesita; entonces, le preguntó a Moreno: ¿cómo sabe que son los míos? Y Moreno, tranquilamente le respondió: por el olor, presidente; por el olor”. Además, Carlos Moreno sabe jugar tresillo y bidú, dos juegos que Alberto Escobar Aristizábal recuerda haber jugado con frecuencia hace 50 años. Es muy buen jugador, añade Santiago Figueroa, sobre todo en tresillo, el juego en el que era experto Simón Bolívar, y refiere la anécdota respectiva: En el Club jugábamos tresillo luego de los partidos de golf; era una tradición que se fue perdiendo; en el país el tresillo fue muy popular en la época de la Independencia. El libertador jugaba muy mal. La pelea de Simón Bolívar y Francisco de Paula Santander fue por un juego de tresillo. La historia dice que Bolívar iba para Venezuela y Santander lo invitó a quedarse en Hatogrande. Organizaron una partida de tresillo y Bolívar ganó, y al cobrar la apuesta, dijo: algo me quedó del empréstito; fue un desafortunado apunte porque Santander estaba acusado de malos manejos en el empréstito inglés de

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1824; las malas lenguas dicen que luego de esta partida de tresillo, se fraguó la conspiración septembrina.

Santander se pasó el resto de su vida afirmando: “Nada he adquirido por medios fraudulentos, ni por acciones que pudieran comprometer mi honor. Soy inocente de todas las calumnias inventadas y propagadas por mis enemigos… sobre la negociación del empréstito de 1824, pues todavía ignoro si se han cometido fraudes. Jamás he tenido dinero depositado en banco alguno de Europa, ni he comprado acciones en ellos, ni tengo actualmente” y Bolívar nunca jamás volvió a jugar tresillo.

UN BANCO MUY PERSONAL Pero ¿cómo comenzó Carlos Moreno a prestarles plata a los socios? “Un día un socio, Alfonso Salazar, me dijo: Carlos, no tengo para el caddie; yo le presté cinco pesos de entonces, porque era muy incómodo para el caddie esperar a que el socio saliera del vestier, y muy maluco para el socio tener al caddie esperando para cobrarle; don Alfonso Salazar echó a correr la bola de que yo dizque les prestaba plata a los ricos”. Aunque Carlos Moreno confiaba y sigue confiando en que ningún socio va a olvidar su deuda con él, porque “todos son buenas pagas”, anota cada pesito en una libreta chiquita que carga a la mano. El fondo es plata personal de Carlos Moreno y nació para resolver problemas. “El Club me prestó una vez para esta caja menor, pero un señor de la Junta se opuso y vino a hacer auditoría; ¿dónde están los 500 pesos?, y yo le respondí: “aquí, anotados en la libreta: don Gabriel Restrepo, me debe 120 pesos; este otro, tanto; todo suma 500 pesos; ahí está representada la plata y todos van a pagar. Pero me molesté y decidí seguir prestando de mis ahorros”. Lo de los préstamos, que al principio fue como una manera de aligerar el pago a los caddies, en ocasiones ha servido para otras cosas. Como “una vez, cuando Virgilio Barco era

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presidente de Colombia, él necesitó 500 pesos. Era sábado, estaba solo y madrugaba para algún sitio. Llamó a su sobrino Carlos Escobar a pedirle que me pidiera que lo desvarara y llegaron al Club sus escoltas. Él mismo me llamó para que le cambiara un cheque, a las 9 de la noche”.

SECRETOS A VOCES En el vestier los señores hablan de golf, de tenis, de apuestas, de negocios, de plata. Pero Carlos Moreno no suelta prenda. Sabe que su mayor virtud es el silencio. “Aquí adentro se discute más de fútbol que de política. Y hay más pullas entre santafereños y millonarios que entre partidos; en ninguna época ha habido discusiones feas de liberales y conservadores, de santistas y uribistas; nunca”. Cosas curiosas pasan en el vestier. “En una oportunidad que a don Gabriel Restrepo se le olvidó traer ropa para jugar golf y fui y cogí un pantalón de los que los socios dejaban olvidados y nunca reclamaban, me dijo: ‘¿De dónde la sacó? ¿Cómo supo mi talla?’ En otra ocasión, a Alfonso López Michelsen al salir del baño turco se le clavó una tachuela que se había caído de una cartelera. Y en ese momento, él era el presidente de Colombia. Yo se la saqué, le eché alcohol y pensé que se le había olvidado. Pero, al domingo siguiente, llegó al vestier preguntando: ‘¿Quién puso la tachuela? ¿No me tiene un atentado hoy?’”. Pero lo más raro que ha sucedido, fue “cuando don Bernardo Cárdenas, que estaba con don Humberto Mora en el baño turco, le pidió al mesero un florete, cuando este le preguntó qué iba a tomar; fue una broma pesada, el pobre mesero preguntaba qué clase de trago es un florete, y cuando yo le dije lo que era un florete, fue y se bajó tres espadas que hacían parte de la decoración de una fiesta, se las llevó y los dejó callados”. “Los socios también se sientan en el bar Clarita a jugar dados, o dudo, porque se han perdido juegos como el Costa Rica; el bar se llama así por la esposa de don Ernesto

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Maldonado —explica Carlos Moreno—, porque ella siempre se sentaba en la taberna al lado del marido y no lo dejaba hablar, era muy celosa, y a él le gustaba tomar trago y jugar dudo con los amigos. También hubo otra Clarita, la señora de don Ernesto Cárdenas, que también molestaba mucho al esposo. Cuando abrieron el bar del vestier de señores, como allá no podían entrar señoras, en venganza el bar tomó sus nombres”. Más de 60 años de la vida de Carlos Moreno han transcurrido en el vestier; ha visto el poder desnudo; se ha ganado la confianza de empresarios, presidentes de Junta, mandatarios nacionales, gobernadores, alcaldes, embajadores; ha visto crecer a socios como Enrique Santos, a quien a veces se le sale decirle ‘cachifo’, como hacía ‘Bigotes’; o al mismo presidente Juan Manuel Santos, a quien conoció siendo niño y por quien profesa un afecto lleno de gratitud. “Por el vestier han pasado muchos presidentes de la República; pero el único que pensó que para mí era importante conocer Palacio, fue él; me invitó a un evento, me mandó a recoger como si yo fuera un embajador y luego me regresó con sus escoltas al Club; ha sido el momento más feliz de mi vida”. Con la autoridad que le da conocer a todos los socios, Carlos Moreno afirma: “El socio más bravo que ha habido en toda la historia del Club, es don Carlos Castillo de la Parra, ‘Bigotes’; el más necio fue don Gonzalo Moreno; el más elegante, don Bernardo Sáiz; el más chistoso, don Vicente Casas Santamaría; el más mal perdedor, don paisa Villa; y el más querido, todos”. Carlos conoce los montos de las apuestas de golfistas y jugadores de dado. Nunca los divulgaría.

LOS GRUPOS: MUCHO MÁS QUE UN TEMA DE PODER En el prólogo al libro Country Club, 75 años de historia, Alfonso López Michelsen hace esta semblanza de los grupos que se forman entre golfistas y que llegan a ser cada

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uno “un club dentro del club”, como asegura Santiago Figueroa Serrano. “Como suele suceder con algunos deportes —explica López Michelsen—, en el golf se van configurando grupos de jugadores que compiten sábados y domingos dentro de un grupo que acaba siendo una cofradía con sus respectivos prosélitos. En el Country Club de El Retiro fueron famosos Los Pacos y Los Fabios, que le dieron su nombre a las canchas de Contador. El nombre de Los Pacos provino del doctor Paco Restrepo, que fuera por años una de las figuras más queridas del Club, a pesar de las torturas que les imponía a sus clientes en su gabinete odontológico. A la misma comparsa pertenecían José Carlos Villegas, padre de una tribu de golfistas encantadoras; (…) el Chato Gómez Brigard, cuyo hijo Carlos alcanzó a ser campeón nacional, y Edmundo Merchán (…)”. “A mis ojos —continúa López Michelsen—, todos ellos tenían la particularidad de ser de muy pequeña estatura y de un gran parecido físico que acentuaba el hecho de vestirse de la misma manera y ostentar unas cachuchas convencionales que para la época eran de rigor entre los estudiantes. Presumo que el nombre genérico de Los Pacos obedecía a que mucha gente no distinguía unos de otros y los cobijaba a todos con el mismo nombre”. El segundo foursome era el de Los Fabios. Su portaestandarte era don Fabio Restrepo, gerente de El Tiempo, un caballero de estirpe paisa a carta cabal. A su grupo pertenecieron en sus orígenes Rubén Jaramillo Arango, Bernardo Villegas y Leonidas Mazuera. Más tarde se sumaron el pelao Murillo, Sam de Botton y Juancho Uricoechea. Todos fueron jugadores de buena categoría, pero nunca comparables a Carlos Gómez Vargas y a Santiago Holguín Dávila, mis contemporáneos, que eran 20 o más años más jóvenes que el resto de Los Fabios. Siempre me han preguntado qué tenían en común con quienes los aventajaban en edad, dignidad y gobierno; pero en el juego de golf se traban amistades duraderas que no tienen otra explicación que la comunidad de intereses deportivos

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entre personas que de otro modo nunca se hubieran relacionado. A los viejos los halagaba y los estimulaba competir con dos estrellas del Club y a los jóvenes apostarles fuerte con grandes posibilidades de ganar. Era admirable verlos al terminar el juego, comentando el balance de la jornada con alaridos de satisfacción, recapitulando cada una de las jugadas decisivas del día.

Por su parte, Fernando Restrepo Suárez recuerda, como lo escribió Alfonso López Michelsen, que con su padre, Fabio Restrepo, comenzaron los grupos. También apareció un grupo efímero, llamado Los Parmenios, encabezado por Parmenio Cárdenas e integrado por Rafael Escallón, Bernardo Rueda Vargas, Miguel Arango y Jorge Ortiz. A finales de los 30 apareció un grupo que solo jugaba entre semana y que estaba conformado por Juan de Vengoechea, Enrique Umaña Gutiérrez, Camilo Vásquez Carrizosa, Sydney J. Tillotson, Carlos G. Escobar, Alberto y Rafael Gamboa y Hernando Murillo Castro. Algunos de ellos, como los Gamboa, formaron más tarde un grupo autodenominado Eightsome del que hacían parte Bambuco Samper, María Victoria Mejía de Samper, Alberto Gamboa, Magola Azuero de Gamboa, Alfonso Salazar, Beatriz Gómez de Salazar, Enrique Santos Castillo, Clemencia Calderón de Santo, Jorge Atuesta y Gloria de Maldonado de Atuesta. Los vacíos del grupo a veces los llenaban Carlos Urrutia Holguín, Gregorio Obregón y Juan de Vengoechea. Más tarde se unirían al Eightsome Alfonso Rey y Matty Canal de Rey. Ese ha sido uno de los pocos grupos mixtos. Alberto Lleras Camargo hizo parte del Eightsome, siendo presidente de Colombia; solía llegar al Club sin escoltas ni edecanes, manejando su propio Chevrolet. En el libro Country Club de Bogotá, 75 años de historia, Alberto Gamboa relata los primeros pasos de Lleras Camargo en el golf: Ingresó de socio siendo Ministro de Gobierno del Presidente Alfonso López Pumarejo. Un día el doctor Lleras me dijo, “me

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da pena molestarte pero quiero que me des unas indicaciones de golf”. Yo estaba estudiando en la Facultad de Derecho de Santa Clara, al lado del Capitolio, y me decía, “a las doce salgo del Ministerio, vamos al Country, me das una clase o jugamos unos pocos hoyos y te vuelvo a traer a la universidad”. Por aquellos días, de la Plaza de Bolívar a la calle 85 gastábamos diez minutos. Desde entonces, el doctor Lleras se aficionó. No era muy diestro, pero sí gustaba y disfrutaba mucho del golf.

Los grupos cambian o desaparecen; incluso hay grupos de uno, como el de Abdón Espinosa Valderrama, que juega solo, con el caddie de turno, porque como él afirma, “así no dependo de nadie ni me comprometo. Mi única aspiración es ser campeón nonagenario de golf”. No obstante, de joven, Abdón Espinosa Valderrama jugó con el Grupo sin nombre, integrado además por Hernando Galvis y Jorge García Gómez. También lo hizo con Alfonso López Michelsen, su correligionario, cuyo grupo se autodenominaba Grupo de López. “Él lo organizaba, hacía un torneo en el día de su cumpleaños; lo conformaban mujeres como Magdalena de Núñez y otras damas a quienes él iba reclutando. López solía decir que a los dos nos gustaba jugar con mujeres para que no se imaginaran otras cosas”. Y afirma con humildad: Yo no jugaba demasiado bien, pero López tampoco. Él no llevaba cuentas, solo en los torneos, donde él se ganaba siempre el primer puesto. Jugar con él era muy agradable porque era lleno de humor sin ninguna complicación, los problemas se quedaban afuera. A él le gustaba jugar en la cancha de Los Pacos y Fabios y no en el lago, porque le modificaba el score. López era perfeccionista, y no se resignaba con una jugada regular; ensayaba una y otra vez y terminaba más fatigado que nosotros porque nosotros jugábamos 18 hoyos y él los mismos multiplicados por cuatro, por tanta repetición. Además, López ejercía el derecho que Jimmy Carter les asignaba a los presidentes: el de poder hacer una bola de práctica o dos.

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En el Grupo sin nombre y en el Grupo de López nunca apostamos plata, eso era cosa de La Pesada, de Tanda y más tarde de Casino; nosotros conveníamos que quien ganaba invitaba a unas onces.

Abdón Espinosa Valderrama solo jugaba los jueves y los sábados, nunca un miércoles, día en que redactaba y sigue redactando su columna de El Tiempo. Es que el golf, por naturaleza, es muy competitivo, como lo explica Luis Patiño, y por tanto genera relaciones muy fuertes en los grupos: “Se forman núcleos y a veces se tornan muy antipáticos. Yo, por ejemplo, pertenecí a La Pesada, el más odioso de los grupos. Jugábamos los jueves y los sábados. Hacíamos aportes mensuales para mantener fondos suficientes para tomar trago y hacíamos asambleas que terminaban en las broncas más horribles”. Sobre los grupos, habla Enrique Santos Calderón: “Mi papá fue muy regular golfista, tirando a malo. Y era muy divertido porque mi mamá jugaba muy bien y mi viejo era muy acelerado, no se concentraba, entonces le decía a mi mamá, ‘Clemencia ¿qué hago, qué estoy haciendo?’”. Su grupo era el Eightsome,toda una institución; jugaban con sus señoras; recuerdo a Gregorio Obregón, Chichimoco Hernández, Juan de Vengoechea, Gabriel Restrepo, Alberto Gamboa, Paco Urueña, El Chato Salazar, Alberto Lleras Camargo; como jugaban de a ocho, la cosa se demoraba mucho; algunas de las señoras se retiraron porque los maridos las regañaban ya que no jugaban bien”. Sin embargo, excepción hecha de Alberto Gamboa, el mejor juego del grupo lo exhibían Clemencia de Santos, Mago de Gamboa y Gloria de Atuesta; al lado de ellas, los señores eran unos chambones. Cuando Enrique Santos Calderón era adolescente, comenzó a jugar por los lagos con su grupito y “los viejos, que eran cascarrabias, nos mandaban para Los Pacos, que era una cancha como para señoras, niños y viejitos. Yo juego desde pequeño y de los 11 hasta los 18 llegué a ser hándicap 9. Luego entré a la universidad y el golf comenzó a

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parecerme un deporte burgués, detestable y dejé de jugar durante casi 25 años. Regresé al Country como a los 40. No me tocó comprar acción. Además, no tenía con qué. Pero como mi papá se volvió socio decano, la acción me llegó por ese lado”. Enrique Santos, a su regreso al Country, luego de la experiencia con la contestataria revista Alternativa, asegura que “nunca hubo pesadeces. La gente estuvo asombrada porque hubiera vuelto. Cero desplantes. Inclusive, poco después ingresé a La Pesada, un grupo poderoso que era todo un club dentro del Club”. “A mí me hizo siempre falta el golf en esas épocas de bohemia y marxismo”, confiesa Enrique. “Y cuando volví, me pusieron un hándicap como de 28, porque no movía la bola. Ya lo recuperé y estoy en 21. Con el golf pasa que si uno lo aprende de pelado, le queda el swing, las cosas básicas, al contrario de quienes lo aprenden de viejos, como Santiago Figueroa Serrano, que siempre serán machacos o chambones, así hayan sido parte del poderoso grupo de La Pesada”. “La Pesada era muy divertida, recuerda Enrique; hacían asambleas, tenían una especie de cuenta abierta; jugaban sábados y domingos y los que se quedaban podían beber y comer; había como una bolsa común que después se distribuía. Juan Manuel fue miembro de La Pesada antes que yo, y fue el que me dijo ‘métase hombre y se gana su platica’”. Porque La Pesada apostaba duro. Pero no tanto como Casino, su relevo generacional. “En golf siempre hay que apostar algo. Cuando mis hermanos y yo éramos muchachos, apostábamos con los Child, los Botero, los Salazar, o el caddie —el que perdía le pagaba—, o paquetes de papas fritas y Coca-Cola. Cualquier cosa”. “De mis hermanos yo soy el mejor, modestia aparte —revela Enrique—. A nuestro grupo le dicen Casino dizque porque apostamos duro. Muchos de los miembros son pokeristas y les gusta apostar. En nuestro grupo también están Juan Claudio Morales, Germán Torres Lozano, Juan Bernardo Sanint, Eduardo Scarpetta, Pacho Samper,

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Eduardo Pacheco, Santiago Figueroa, Martín Carrizosa, Orlando Sardi, Roberto Murillo”. “El club es el club y los amigos del golf no son necesariamente los de mi vida académica e intelectual. En mi vida profesional de periodista tengo otros amigos. Obviamente hacemos vida social común cuando se casa un hijo, pero normalmente los amigos del golf son del golf. La vida puede confluir pero no es la misma”, concluye Enrique Santos Calderón. Las apuestas hicieron famosos a grupos como La Pesada y Casino. En los clubes no falta la humorada, “cargada de tigre”. En una de esas resolvieron bautizar a Casino como Los Extraditables. Se jugaba en el club hermano, muy hermano de Payandé, un torneo muy simpático pues convocaba a equipos de seis jugadores miembros de los grupos estables del Country, de Los Lagartos, de El Rincón y de Payandé. Por el Country fueron dos equipos del grupo siete y treinta, uno de tanda y uno de Casino y al equipo de Casino lo inscribieron como Los Extraditables. Santiago Figueroa, con su humor lleno de la gracia de la gente decente de Bogotá, le inventó un eslogan al grupo que decía “preferimos una tumba en el Country a una acción gratis de cualquier otro club”. Lo que podría haber sido tema de molestia, se volvió el chiste del torneo. El presidente Santos en un agradecimiento a don Santiago por sus servicios a Colombia como embajador en Chile se refirió con cariño a su grupo de golf, Los Extraditables. Parece que a él nunca le molestó el nombre. Ese es el talante de los socios del Country. Al respecto del grupo Tanda, otra institución, Alfonso Vejarano, quien fuera revisor fiscal y miembro de la Junta Directiva durante 21 años, desde la presidencia de Bernardo Sáiz de Castro, añade: “El grupo se llama Tanda porque las chambonadas se pagan con una ronda de trago para todos los que están jugando. Por ejemplo, el que hace más golpes que el doble del par de un hoyo, paga tanda. Ernesto Mc Allister fue quien le puso nombre a este grupo”. Luis Felipe Triana Soto, miembro de Tanda, narra cómo funcionan las penalizaciones y los pagos con tandas de licor:

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Antes de Tanda yo pertenecí a La Liviana, una derivación de La Pesada, a su vez fruto del Eightsome; yo me fui a vivir un tiempo a Panamá y me retiré de La Liviana; a mi regreso decidí no retornar al grupo porque no todos estábamos en igualdad de condiciones a la hora de apostar y sucedían cosas como que quienes iban perdiendo se quedaban jugando en medio del diluvio universal, exponiendo la vida, para ver si se recuperaban. Luego yo me fui a vivir a Miami y allí jugaba con algunos de Tanda que tenían casa o apartamento e iban por temporadas. Cuando volví a Colombia, empecé a jugar con mis primos, somos 16 Triana Soto; conformábamos tres o cuatro Foursomes. Tanda es muy particular; como los floricultores no tienen que ir todos los días a la finca porque las rosas no crecen tanto y tienen un régimen laboral distinto al de nosotros los banqueros, establecieron jugada los miércoles a la una de la tarde y no hay que anotarse. A esa hora sale el grupo y siempre hay quien juegue. El grupo fue creciendo poco a poco, y se fueron adicionando retirados, personas pudientes; hoy somos unas 40 personas. Yo soy el que hace las cuentas de las apuestas. Tanda instauró la penalización de bestialidades, las cuales están reglamentadas. Paga más el que menor hándicap tiene. El más penalizado es Guillermo González Holguín, que debe tener como 40 de hándicap. En Tanda no se fía. Todos los días de juego se liquida. Nos sentamos en el bar Clarita y revisamos cuentas. El 10 por ciento de lo recaudado por penalizaciones se queda en caja porque el grupo contribuye a los torneos de la Fundación del Country. También organizamos torneos fuera de la ciudad y torneos padres e hijos en el Club.

Fernando Restrepo Suárez recuerda que el grupo de su padre, Los Fabios, les tenía nombre a las apuestas para que no se supiera cuánto jugaban; la unidad monetaria era el ‘bichirito’; así los caddies no se enteraban del monto. En el golf, el caballero que apuesta duro, no tiene razón de divulgar el monto.

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Y como los grupos dan para todo, hubo incluso uno denominado Plenitud, que, al decir de Santiago Figueroa “era un grupo de ancianos, inmenso, de 40 golfistas muy divertidos, del cual José María Rodríguez Montoya sacó su Junta Directiva”. En Plenitud había una cosa muy importante: los juegos de dados al final del juego. “Jugaban bidú —continúa Figueroa—, una especie de póker al revés, es decir, el perdedor de la vuelta se lleva el pozo. Para mentir, el bidú; es un juego fácil y rápido que se presta a mentir o chicanear al adversario”. Lo que queda claro, según Figueroa, es que sea cual sea el grupo, hay en todos más de un ‘pistolero’, sobre todo en Casino. En el golf se le dice pistolero al jugador que pasa por un momento en que su hándicap le queda holgado, lo que lo favorece en las apuestas. El golf sin apuestas no es concebible, puede ser un peso o un millón, cada quien según sus capacidades y su propensión o aversión al riesgo, pero siempre hay apuesta. Decía don Juan de Vengoechea, un veterano tahúr, “a mí, lo que más me gusta es ganar y lo segundo perder, porque lo que no resisto es no apostar”. Los grupos de golf hacen de un club como el Country algo único. No hay que llamar, no hay que apartar horario de salida, uno llega y juega. El orden de salida de los grupos se respeta bastante. Y cada grupo tiene, después de muchos años, su propia personalidad.

UN CLUB INCLUYENTE El Country Club de Bogotá ha ido evolucionando con el transcurso del tiempo. Dejó de ser un club para 25 amigos y sus familias. El desarrollo mismo de la sociedad jalonó su propio crecimiento. Y sin abdicar a su talante de ser una institución de élite, dejó de ser un club de cachacos para acoger en su seno a nuevos socios, procedentes de otras ciudades y destacados en sus lugares de origen, a quienes sin embargo ha ido convirtiendo en cachacos.

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El expresidente de Colombia (1974-1978), socio y golfista muy apreciado, Alfonso López Michelsen, en el prólogo al libro Country Club de Bogotá: 75 años de historia, así lo explica: “Con el traslado a las actuales edificaciones, que se elevaron en donde terminaba la ciudad, el Club abrió sus puertas y dejó de seguir siendo parte de la sociedad cerrada de la época. Llegaron nuevos socios procedentes de familias raizales de otras ciudades de Colombia que ya habían sentado sus reales en Bogotá”.

ANTISEMITISMO Y ANTIGERMANISMO “Apenas durante la II Guerra Mundial —continúa López Michelsen—, y por motivos excusables, hubo un asomo de antigermanismo para con socios alemanes establecidos en Colombia desde hacía muchos años sin ninguna vinculación con el nazismo. Es, en mi memoria, el único momento en que el actual Club ha pretendido discriminar injustificadamente contra quienes aspiran a ingresar como socios, así excepcionalmente, y quizá por motivos personales, se haya votado en contra de determinado nombre por algún miembro de la Junta Directiva, pero jamás como práctica del Club. Es una consideración que parece superflua dentro de nuestras instituciones democráticas, pero no hay que olvidar que en otras latitudes existe el veto racial o religioso que nosotros consideramos inadmisible”. Pero en ese momento también hubo asomos de antisemitismo generalizado, a los cuales no escapó el Club. Luis López de Mesa, canciller de Eduardo Santos Montejo, presidente de Colombia entre 1938-1942, era claramente antisemita y durante esta guerra, que se desarrolló entre 1939-1945, dio instrucciones a los cónsules colombianos en Europa para no dar visas a los judíos, que buscaban desesperadamente salir de Europa. Debido a esta restricción y a que Estados Unidos y Canadá cerraron sus fronteras a los judíos durante la Segunda

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Guerra Mundial, muchos judíos de Europa Oriental llegaron a Suramérica, especialmente a Chile y a Argentina. Por el antisemitismo de nuestro Ministro de Relaciones Exteriores, a Colombia vinieron muy pocos y se instalaron mayoritariamente en las cuatro ciudades principales: Bogotá, Cali, Medellín y Barranquilla. Fanny Kertzman, en una columna de opinión en la revista Dinero, afirma que en Bogotá a los judíos “no les permitían afiliarse a los clubes sociales y no había colegio para los niños. (…) Fundaron colegios hebreos y clubes como el Carmel Club, porque en el Country no admitían judíos”. Una historia referida por Enrique Santos Calderón parece mostrar que el Club tardó en tener apertura frente a otras comunidades: “Mi papá me contó sobre la balota negra que la Junta Directiva del Club le puso al ingreso de los Shaio, Eduardo y sus hijos, como socios, por ser judíos. Mi papá y Alberto Lleras Camargo, así como otros miembros de su grupo de golf, el Eightsome, eran muy amigos de Abood Shaio”, el patriarca de la familia, un empresario y filántropo que donó en 1957 los recursos financieros para crear la fundación y la clínica cardiovascular que llevan su nombre, así como los terrenos para la sinagoga de la calle 79 y que además era propietario de la empresa Sedalana. “Los Shaio fueron de las primeras familias de la comunidad judía que se integraron a la sociedad. Como mi papá y Alberto Lleras se indignaron, a la Junta le tocó echar para atrás su decisión, pero los Shaio no quisieron ingresar después del desaire”, concluye Enrique Santos Calderón sobre este episodio, sucedido a mediados del siglo pasado, que él califica de ‘maluco’.

ABIERTO A LOS NUEVOS TIEMPOS No obstante, estos episodios han sido bastante escasos. El Club se fue abriendo a los tiempos, volviéndose poco a poco incluyente. Y quienes son de otras regiones se han sentido acogidos. Incluso si, como en el caso de José Luis

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Villa, el paisa Villa, su origen no es ‘pinchado’, como lo dice él mismo de manera jocosa, y quien para ingresar como socio necesitó de dos votaciones y algunas palancas, entre las cuales la más importante fue la de Luis Soto del Corral, quien fuera presidente del Club durante tres períodos, entre 1947 y 1953. Fue precisamente Luis Soto del Corral quien lideró la adquisición de los terrenos de Contador. Era banquero. Y como dice su nieto Luis Felipe Triana Soto “era ante todo un fiduciario, una persona en quien los otros depositaban su confianza”; pero sobre todo, era un caballero a carta cabal y mereció el trato de don, reservado para los prohombres. Días después de la muerte de Luis Soto del Corral, Carlos Caballero Argáez escribió en El Tiempo de junio 30 de 1984 este diciente panegírico: “La muerte de Luis Soto del Corral, ocurrida hace un mes en Bogotá, ha venido a marcar con trazo indeleble el fin de una era, de una actitud en el mundo de los negocios, de una etapa en la historia financiera de la ciudad. Porque don Luis, como se le llamaba afectuosamente, representó el papel del señor (…) de quien comprendía la importancia de las actividades desarrolladas por los particulares, siempre que ellas se llevaran a cabo dentro de normas claras de comportamiento y se acoplaran con el interés nacional. (…) es forzoso mencionar sus calidades de hombre de familia y persona de sociedad; (…) supervisaba al detalle todas las actividades en las que se envolvía. Le sobraba tiempo para visitar su hacienda los sábados y para jugar golf con cuatro o cinco personajes bogotanos”. Y era magnánimo; esa grandeza y elevación del ánimo fue la que permitió que en la Bogotá endogámica de entonces, encerrada en sí misma y no afecta a los afuerinos, tuviera cabida el paisa Villa. El paisa nació en Belmira, Antioquia, en 1914 y “ni siquiera soy bachiller; estudié en un seminario, el de San Pedro, también en Antioquia, conocido como el Juniorato, que era de clausura, del que me escapé cuando me di cuenta de que no quería ser sacerdote y al que le debo lo poco

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que sé; me salí en segundo de bachillerato porque tenía que trabajar; mi papá era el mandamás del pueblo, pero no éramos ricos”. Es más viejo que el Club, del que es socio desde 1952; la sede actual, de Contador, él la conoció de lejos en sus paseos a caballo, cuando no había mucho construido y no era más que un terreno baldío; se iba desde el Club a caballo hasta el parque Nacional con amigos a ver muchachas lindas y a comer empanadas; “uno andaba por las calles y andenes a caballo”. La primera vez que el paisa Villa entró al Country Club, invitado a un baile, sintió que estaba “en una de las siete maravillas de mundo, ante los Jardines Colgantes de Babilonia. Nunca había visto nada tan fastuoso y decidí que tenía que hacerme socio como fuera”. Al paisa Villa le iba bien en los negocios. Hizo de todo en la vida: trabajó en un almacén de artículos importados de Alemania, vendió automóviles Ford, montó una bomba de gasolina, fue hacendado y propietario de una oficina de finca raíz; también fue actor y protagonizó el primer comercial de Marlboro en el que solo tenía que prender un cigarrillo y soltar el humo haciendo cara de placer. Fue extra en comerciales de conservas California y de lácteos Alpina; pero su mejor papel lo hizo en 1972, en la película Piú forte ragazzi, del director italiano Giuseppe Colizzi, a la que fue convidado estando en Girardot, donde se filmaban algunas escenas. Según Enrique Santos Calderón, el paisa Villa fue el primer playboy de Colombia: “Siempre coqueto, con apuntes finos, él es una institución; cuando yo era muchacho me decía monito bandido; todavía nos hacemos bromas”. “A mi llegada a Bogotá —continúa Villa—, me contrataron como encargado de cartera de una empresa de carne. Eran los tiempos de la Segunda Guerra Mundial y Bogotá era una ciudad envuelta en la niebla, más pegada al cielo que a la tierra; pero cuando adquirí la acción del Club, ya era próspero y estaba dedicado a negocios de importación y exportación”.

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“Le compré la acción a un comerciante belga por 18 mil pesos, pero cometí la burrada de hacerlo antes de presentar la solicitud. La sociedad bogotana era muy cerrada y miraban raro a las gentes de provincia; yo creo que me veían como a un judío errante, un culebrero, un campesino, un ser medio folclórico. Y eso que yo me había casado muy bien, con Lucía Vergara Abadía, nieta del expresidente Miguel Abadía Méndez; ella era una belleza, muy tímida, celosa y cantaletuda”. “Me pusieron en cartelera dos veces porque la primera no fui aceptado; yo insistí porque a mí no me daba pena nada; y con ayuda de don Luis Soto del Corral, el presidente y a quien yo le había vendido unos caballos, me aceptaron; también me colaboraron otros socios antioqueños, ellos de muy buena familia”. El paisa Villa habla arrastrado, seseando, como un poblano; es delgado y huesudo y le cae como anillo al dedo la descripción que Michel Foucault hizo del Quijote en Las palabras y las cosas: “largo grafismo flaco, como una letra”. Se ha ganado a pulso el cariño de los socios, cachacos y no cachacos, antiguos y nuevos, viejos y jóvenes, quizá porque es desparpajado sin ser grosero, frentero sin ser procaz, sencillo sin ser chabacano: “Saludo a todos por igual, incluso a los que no me hablan”. A través de las señoras encajó en el Country. “Gracias a ellas ya no era exótico que hubiera un paisa en el Club. Yo era el terror de los maridos y el amor de las señoras”. José Luis Villa no se ha sentido discriminado por paisa, y eso que según Enrique Santos Calderón, los paisas en el Club siempre fueron exóticos: “Me acuerdo cuando estaban de socios Juan Bernardo Sanint y Juan Luis Vieira, el dueño de La Teja Corrida; nosotros les hacíamos bullying; los muchachos de mi época les decíamos ‘paisas go home’”. “Las vueltas que da la vida”, dice Villa; “de muchacho yo iba al Club Campestre de Medellín a robar mandarinas y guayabas, saltando la alambrada; y luego volví, con canje del Country, a jugar golf. Fue lo mismo que me pasó cuando fui por primera vez a Nueva York; yo, en la Estatua de la

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Libertad siendo de un pueblo y bien montañero, y no me lo creía. Hoy tengo un apartamentico en Manhattan”. A su edad, el paisa Villa es un habitual cotidiano del Club. Todos los días desayuna allí y se sienta a ver pasar gente mientras se hace el que lee los diarios. “Buenos días don Paisa”, le dicen los meseros. “Y vos, ¿de quién sos hijo?”, les dice él a los jovencitos con los que coincide en el turco o en la taberna. Ha visto crecer todos los árboles del Country y ha visto pasar generaciones enteras de socios. Es junto con Abdón Espinosa Valderrama, el socio más mayor que aún está activo. “Mi eterna juventud se debe al Club y a que he sido un San Luis Gonzaga, flor de pureza y muy metódico. No tomo, no juego y lo del coqueteo a las señoras, es pura envidia”. Manejó hasta hace un par de años. Se cansó de que los agentes de tránsito lo pararan y le preguntaran: “Usted tan viejo ¿por qué tiene pase, por qué maneja?”. Aún conserva intacta la pasión por los caballos. En su finca tiene varios de paso y mientras hubo hípica en el Club, les seguía la pista a las competencias. El paisa Villa fue golfista hasta los 89 años y él asegura que no le gustaba el golf y que jugó porque “era esnobista”; se jacta de ser el primero y acaso el único que se ha puesto unos jeans para jugar. Por hacerlo, se ganó el apodo de Pancho Villa. “Yo era muy lanzado para vestirme y los cachacos del Club parecían gerentes de pompas fúnebres, vestidos de negro de pies a cabeza; compraba mi ropa en Alonso Restrepo y mis consocios me decían dizque tecnicolor porque me ponía suéter amarillo, zapatos bocadillo, ropa casual; ellos jugaban golf vestidos como ingleses, porque se creían ingleses”. “Recuerdo en especial a Alfonso Williamson porque se ponía knickers, bombachas inglesas; a Alfonso Linares, porque jugaba de blanco; y a Bernardo Sáiz, porque era el señor más elegante del Country: salía con todo tan perfectamente aplanchado, desde el suéter hasta los pantalones y terminaba de jugar sin una sola arruga, del hoyo uno al hoyo 18”. En los viejos tiempos el paisa Villa jugó golf con varios políticos y expresidentes. Recuerda que Alfonso López

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Michelsen “era un ser noble y amigable que se convertía en una fiera cuando entraba al campo de golf. Le quería ganar a todos y nunca podía. Era mal jugador y el peor perdedor. Pero en cuanto salía del campo se calmaba”. “Mi casillero en el vestier separaba los de Julio César Turbay y Alberto Lleras Camargo, que era muy neurótico, arqueaba las cejas y resoplaba por todo; le decíamos el monarca. Jamás me saludó. Se creía el Coloso de Rodas”, afirma Villa. “En cambio, Julio César Turbay no era tan creído; recuerdo que en tiempos de la dictadura de Gustavo Rojas Pinilla, cuando vigilaban a todo el mundo, Turbay solía meter por los bordes de los casilleros panfletos en contra del gobierno”. “Rojas Pinilla, en cambio, no era bien visto por los socios. Iba al Club porque era socio honorario. Llegaba haciendo un alboroto ensordecedor de pitos y sirenas. Y aunque a él lo subieron conservadores y liberales, nunca lo aceptaron. Los socios más estirados permanecieron fieles al presidente destituido, aunque de eso no se hablaba en el Club, que es dizque apolítico”. “Me acuerdo tanto que los muchachos de la época, en el Club y en la calle, en vez de la canción religiosa que habla de la aparición de la Virgen de Fátima en Portugal y que dice el trece de mayo la Virgen María, bajó de los cielos a Cova de Iría, cantaban esta otra inventada por ellos: (…) el trece de junio la Virgen María cambió el presidente por un policía”. Carlos Moreno, empleado del vestier, asegura que “el socio que más sufre cuando pierde, es el paisa Villa”. Y según Jaime Child Williamson, el paisa, que jugaba con su mamá, Emma Williamson de Child, y con María Barco, Nancy Duperly, Alice Finnig y Luisa de Pardo, “les hacía trampa a las señoras; no hacía más que enamorarlas y tomarles el pelo”. Pero Villa también se defiende y afirma que es que en el Country “eran muy elitistas; los más me decían que cuando yo cogía un palo de golf, se me salía el ancestro del azadón”. “Todos se conocían entre ellos y todos me conocían; ahora no, porque ya somos mil trescientos socios y viejos no

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quedo sino yo”, concluye José Luis Villa, el paisa que a punta de autenticidad, les mostró a los cachacos del siglo pasado que “la provincia también existe; los acostumbré a verme y me volví parte del paisaje”.

LAS NUEVAS GENERACIONES El Country también ha sido de puertas abiertas con nuevas generaciones. El Club, que iba aumentando con mucha timidez y discreción el número de socios y que durante muchos años solo se renovaba a través de los hijos de estos, se vio abocado en las postrimerías de la década de los sesenta, a abrir 250 cupos nuevos. Así lo narra Iván Gómez Villa, en su libro: “(…) la Junta Directiva (…) propuso un aumento de 750 a 1.000 en el número de puestos, con miras a cubrir el déficit operacional y desembolsos extraordinarios de elevada cuantía que tendría que afrontar el Club en un futuro muy próximo, como el pago del impuesto de valorización, un posible reajuste del impuesto predial y la solución de abastecimiento de agua para la casa y para los lagos, que cada día era más difícil”. De los 250 nuevos cupos, 100 se reservaron para hijos de socios y los otros 150, se ofrecieron a nuevas personas. Así llegaron socios como Luis Patiño Leyva, quien luego sería vicepresidente de Julio Ortega Samper (1982-1985) y de Bernardo Sáiz de Castro (1985-1989). “Esta apertura le da un vuelco al Club, que se estaba avejentando; profesionales jóvenes y exitosos, muchos de ellos parientes de socios, le dimos un nuevo aire a la institución, que lejos de perder su estatus, lo fortalece”. “Con la llegada de Gabriel Restrepo Suárez a la presidencia (1969-1977), se reavivó la vida social, muy perdida desde los tiempos de las empanadas bailables en la 85”. Así mismo, se modernizó la administración, de acuerdo con lo expresado por Luis Patiño Leyva.

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“Él separó la gerencia de los eventos sociales, los cuales quedaron a cargo de la Junta Directiva y contrató a Carlos Ricci, un argentino experto en manejo de hoteles, que entre otras cosas impulsó el squash en el Club”. Sobre el rejuvenecimiento del Club habla Fernando Restrepo: “Cuando mi hermano asumió la presidencia, el Club estaba como dormido. Era de pura gente vieja, mayor. Con mi hermano llega un grupo de gente joven, como Jorge Atuesta Amaya, que primero fue su vicepresidente (19751977) y luego presidente (1977-1980); ese grupo se tomó, en el buen sentido, el Club”. Al ampliar el apartado de los niños y los jardines de juegos infantiles hubo una apertura para los chiquitos, impensable en los memorables tres periodos presidenciales de Carlos Castillo de la Parra, ‘Bigotes’, el terror de los niños. A ‘Bigotes’ Castillo lo recuerda así Jaime Child Williamson “Era el hombre más bravo del mundo, odiaba a los niños; nos gritaba, nos regañaba, a quienes éramos golfistas no nos dejaba jugar por los lagos, teníamos que jugar por Los Pacos y Los Fabios, no nos podía ver ni acercarnos a mil metros a la taberna, regañaba a todo el mundo. Era bravísimo, pero tenía una especial alergia hacia los niños, no los dejaba circular. Era un solterón de muy mal genio. Los papás decían que era muy buen presidente, pero nosotros le teníamos terror”. Por su parte, la tenista Margarita Deber de Serna narra esta historia de sus encontrones con ‘Bigotes’: “Yo llegaba con la camioneta y parqueaba junto a los juegos de los niños para sacar los triciclos, los niños, los amigos de mis hijas y ‘Bigotes’ me mandaba a decir que moviera esa camioneta inmediatamente de ese sitio y yo le replicaba: listo, quito la camioneta y usted se encarga de los niños; ‘Bigotes’, por supuesto, salía corriendo y refunfuñando”. “ A mí, ‘Bigotes’ Castillo me suspendió tres veces —recuerda Enrique Santos Calderón—. Nosotros éramos muy gamines, teníamos una banda y en el cine ocupábamos la octava fila. Veíamos películas de Tarzán y Hopalong Cassidy, un héroe cowboy, creado en 1904 por Clarence E. Mulford; esa

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fila era de nosotros y nadie nos podía quitar los puestos y menos que se metieran los chinos más chiquitos. Una vez cada uno de nosotros marcó con su nombre el asiento, que era de madera, con navaja; ‘Bigotes’ montó en cólera y me gritó: ‘cachifo Enrique, está usted suspendido’”. “Era implacable; esa severidad permitió conservar las buenas costumbres, sin lugar a dudas; recuerdo que cuando jugábamos bolos, a los 10 u 11 años, botábamos la bola durísimo para sacar los boliches. En una ocasión dañamos la cancha. También por esto me suspendió ‘Bigotes’ Castillo, durante 15 días”. Iván Gómez agrega: “Cuando planearon la sede de Contador, ‘Bigotes’ Castillo, que era un dictador al que ni le gustaban las señoras ni los niños, les hizo vestieres más pequeños. Toda la zona de jóvenes y parte de los niños fue transformada durante la presidencia de José María Rodríguez, porque ‘Bigotes’ prefería a los golfistas”. Abdón Espinosa Valderrama, socio desde 1950, va más allá y asegura que, sin duda, ‘Bigotes’ Castillo “buscaba desterrar a los niños”. ‘Bigotes’ era bravo con todo el mundo; Carlos Moreno, uno de los empleados del vestier, dice que sin duda alguna, es el socio más bravo que ha habido: “una vez ‘Bigotes’ me iba a regañar y hubo un pequeño sismo. El chiste en esos días era: cómo será de bravo ‘Bigotes’, que hizo temblar la tierra”. Alfonso Linares Porto expresa que un ‘Bigotes’ Castillo no sería posible en esta época: “Como él, no hay dos. No puede haberlo. Se metería en líos con las mamás. Fue muy instrumental en implementar la visión que los fundadores tuvieron del Country. En ese tiempo era un club de viejos y los niños no tenían voz ni voto. Ahora tienen voz. Los posteriores presidentes comprendieron que el Club es una extensión de la casa y por ello debe ser algo más familiar, no con la disciplina de hierro de ‘Bigotes’ Castillo. Hoy en día no es el presidente el que impone la disciplina sino un tercero: el gerente o los meseros. Hoy es un club para todo el mundo. Niños, señores, señoras, mayores”.

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LAS MUJERES Y LOS JÓVENES “El hecho de que hayamos cuatro mujeres en la Junta, es un hito impensable en otras presidencias, porque los tiempos eran otros, la sociedad era machista y por ende el Club; la primera mujer que hubo en una Junta Directiva fue Cecilia Buraglia; nuestra presencia en la Junta habla de los cambios que ha habido en el Club, ahora más incluyente con las mujeres, los jóvenes y los niños”, afirma Natalia. “Mi generación, que es más joven, ha venido ganando espacios en el Club. Guillermo Sanz de Santamaría ha querido que la gente más joven se integre, participe, y nos ha dado voz, tanto a los jóvenes como a las mujeres; nosotras, con nuestro sexto sentido para ver lo que los señores no ven, somos capaces de pensar en los chiquitos, en sus necesidades, en sugerir actividades para ellos, en incentivar los deportes para ellos”. “Además, nosotros, que somos privilegiados de tener semejante lugar, con 36 hoyos de golf, casi 30 canchas de tenis, en la mitad de la ciudad, que es un pulmón ecológico, el hábitat de decenas de especies de aves, somos muy conscientes de que la ciudad crece, con unos vecinos que nos miran; quizás algún día nos tocará emigrar, ojalá no, como en el pasado lo hicieron los fundadores: de La Magdalena a El Retiro, y de El Retiro a Contador”.

NUEVOS DEPORTES Con Gabriel Restrepo Suárez también comienza la diversificación de las actividades recreativas a fin de que todos los miembros de la familia encontraran alguna que se ajustara a sus gustos o afinidades; se contrató un entrenador de fútbol para los más pequeños, se instaló una discoteca para los jóvenes, que funcionaba sábados y feriados; y se abrieron las puertas a un nuevo deporte: el squash. Así lo rememora Fernando Restrepo Suárez: “Después de que fundé la productora de televisión RTI, la dejé en manos

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de mi socio Fernando Gómez Agudelo y me fui cuatro años a Europa, como funcionario de la Unesco; allá no pude volver a esquiar. Intenté esquiar en el Sena y era un desastre. Mis compañeros de misión eran en su mayoría ingleses y australianos, cuyo deporte era el squash, que tampoco era que se jugara mucho en París”. “A mi regreso a Colombia —continúa Fernando Restrepo—, yo estaba muy desconectado del golf, y esquí no había sino en Los Lagartos. De squash, ni hablar; había una canchita de unos ingleses, que se llamaba el Bogotá Sport Club, en la autopista; era tapada, en cemento, nada que ver con una verdadera cancha de squash. El country estaba en apogeo y le propuse a la Junta que montáramos una cancha de squash. Se dio un terrible debate porque la gente decía que mejor un gimnasio, que cualquier otra cosa, que eso quién lo iba a jugar”. “Hoy es un deporte clásico en Bogotá. En el Country comenzamos de manera un poco experimental, con una cancha; trajimos profesores y estimulamos la práctica. Se empezaron a vincular al squash los que habían jugado en los colegios y universidades del este de Estados Unidos, donde es muy popular. Aparecieron personajes como Tomás Payán, Julio Ortega y Alberto Samper, que lo habían aprendido mientras estudiaban”. El estándar inglés del squash fue el que terminó imponiéndose. Este deporte tiene un origen muy simpático: la prisión Fleet de Londres. Allí los prisioneros se ejercitaban golpeando una pelota con una raqueta contra alguna de las muchas paredes, dando origen al juego de racquet. En 1820 el racquet, por algún extraño camino, llegó hasta Harrow y otras escuelas inglesas y desde allí, se diseminó por el mundo. En la actualidad el Club dispone de tres canchas y se organizan torneos internos e interclubes en las categorías 2da, 3ra, 4ta, senior, juvenil e infantil masculino y femenino. Los programas de capacitación y entrenamiento también están disponibles para los jugadores de todos los niveles y, por supuesto, para los niños mayores de cinco años.

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“Para la primera cancha le robamos un espacio al parqueadero y muchos socios se disgustaron. A raíz de la primera cancha que hicimos, Carlos Ricci, gerente del Club, hizo por cuenta propia cuatro canchas públicas en Unicentro. Eso sirvió para jalonar el desarrollo del deporte en Bogotá y para que en el Country tuviéramos contendores para los torneos”, concluye Fernando Restrepo.

ÉLITES DE PROVINCIA Bogotá se fue consolidando como polo de desarrollo económico, financiero y comercial, mientras atraía empresarios de otros departamentos. El Club fue dejando de ser endogámico y acogió con calidez a socios de clubes de otras ciudades que se radicaban en la capital. Ese fue el caso de “los Escobares”, la familia más numerosa que hay en el Country: 25 miembros y cuyo grupo, que se conformó en 1975, se llama El grupo de las 7:30, aunque juegan a las 8:00 a. m. Mario Escobar Aristizábal narra la llegada de su familia al Club: “Somos 16 hermanos. Estamos en Bogotá desde 1965 y desde ese mismo año, Alberto, nuestro hermano mayor, está vinculado al Country. Él era golfista en Manizales, en el Campestre. Somos de Pensilvania, Caldas, pero salimos y estuvimos en Manizales durante 10 años, donde éramos socios del Club Manizales y del Club Campestre”. “De los 16 hermanos, seis somos socios desde hace más de 40 años y los seis hemos sido miembros de Junta. Todos somos golfistas; Rubén Darío es el mejor; Alberto era más aficionado a la equitación y su vinculación con el Country fue por este tema; Ramiro y Alonso comenzaron a jugar golf en Los Lagartos, pero Alberto los convenció de venir al Country; William ahora no está jugando y Alonso compró la acción de soltero, antes incluso de comprar carro”, cuenta Mario. Los Escobar aprecian el Club y le han transmitido esta convicción a sus hijos, expresa Alonso, quien añade: “Creo que este sentimiento es generalizado, porque los jóvenes

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cuando empiezan a trabajar, en lo primero que piensan es en poder comprar una acción del Country; el Club es tan demandado que hoy hay 200 hijos de socio en lista de espera”. Alberto agrega: “El Country nos abrió una puerta muy amplia. Éramos caldenses recién aterrizados y nos dieron reconocimiento toda la vida; somos socios del Jockey desde hace 20 años, y conservamos las acciones del Club Manizales, del Campestre de Manizales y del Campestre de Cali; han sido refugios seguros y tranquilos para nuestros hijos”. Mario, el patriarca de los Escobares, dice: “Con orgullo y humildad no somos unos socios comunes y corrientes; a pesar de venir de provincia nos hemos involucrado, colaboramos con eventos, con la Fundación; la nuestra no es una relación de fin de semana; las cosas del Club, los éxitos y las dificultades nos llegan muy hondo porque el Club hace parte de la vida nuestra”. Alonso concluye: “Los clubes como el Country son instituciones tan importantes como las Fuerzas Militares. Son instituciones que la sociedad necesita. Y nosotros nos vemos obligados a conservar la vinculación para que las instituciones permanezcan”.

EL GUARDIÁN AMBIENTAL En sus primeros cincuenta años el Country respondió a los desafíos planteados por el crecimiento de la ciudad trasteándose. De La Magdalena, a El Retiro y de ahí a Contador. Cuando se acerca a su centenario y pese a la falta de visión de algunos gobernantes, la respuesta debe ser la contraria. El Country se tiene que quedar en Contador. El espacio ecológico que es el territorio del Country Club es estratégico para la ciudad. Ofrece a la ciudad bienes y servicios socioecológicos y ambientales que son y, sobre todo, que serán fundamentales para el equilibrio urbano. “Y este territorio es fundamental, no solo para el vecindario más directo sino para toda la estructuración ecológica

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de la Sabana de Bogotá, ya que cumple funciones de corredor ecológico y esto es especialmente importante en una ciudad cada vez más poblada y en una zona especialmente densificada”.12 “Este estudio parte de una premisa: nuestra Constitución Política reconoce la propiedad privada, pero advierte que el hecho de ser propietario de un predio no da un derecho ilimitado de uso, sino que ese derecho está limitado por la función social y la función ecológica de la propiedad privada”.13 A tono con esto, el Club cumple una función ecológica, que por definición siempre será social, ya que es vital para la población. “Vale la pena mantener esta función social —asegura Mariño—, porque la pérdida que se tenga es de difícil recuperación, como lo muestra la historia del uso que la ciudad dio a los terrenos que el Country ocupó en La Magdalena y El Retiro”.14 Mariño reafirma la función socioecológica que desempeña el Country Club de Bogotá, a partir de los servicios ecosistémicos de soporte al desarrollo que cumple, entre ellos el control de inundaciones, polinización de plantas, captura de CO2; y los servicios culturales, como el paisaje y la identidad. Así mismo, el Country ha sido amigable con el medio ambiente desde sus albores; ha dado albergue a aves y especies de flora donde antes solo había pantanos y desolación; y en los últimos años ha emprendido el camino de la ecoeficiencia con prácticas de manejo de residuos y producción de abonos orgánicos, manejo de aguas residuales y tratamiento de aguas para recirculación.

12 . Estudio adelantado por Juana Mariño, arquitecta de la Universidad de los Andes, quien fuera Directora General de Población y Ordenamiento Ambiental en el Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible, conjuntamente con la ecóloga Diana Carolina Useche. 13. Ibíd. 14. Ibíd.

Canchas del tenis central

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RIQUEZA ACUÍFERA El arquitecto y socio Carlos Roberto Pombo, quien fuera Director de Planeación Distrital, explica que los lagos del Club “hacen parte del nacimiento del humedal de Torca; el humedal es un ecosistema intermedio entre el medio acuático y el terrestre, con porciones húmedas, semihúmedas y secas, caracterizado por la presencia de flora y fauna muy singular. Los humedales del altiplano bogotano pueden verse como restos de la gran laguna que cubrió la Sabana hace mucho tiempo. Su formación se debe a la acumulación, por sucesivos desbordes de los ríos. Funcionan como amortiguadores absorbiendo parcialmente la crecida de los ríos, minimizando las inundaciones que afectan los sectores urbanos”. Los humedales “no incluidos”, que la gran mayoría de habitantes ignoran y que tiene Bogotá, son: el río Tunjuelo, el río San Cristóbal, el río Arzobispo, el río Salitre, el río Torca, la Quebrada Yomasa, el río Juan Amarillo, el canal de Los Comuneros, el canal Rionegro, el canal de Los Molinos, el canal río Callejas, el canal Córdoba, el canal de San Francisco, el canal de Guaymaral, el canal y río Fucha, los lagos del Parque Metropolitano Simón Bolívar, el parque de los Novios, el parque Timiza, el Club Campestre Los Lagartos, el Club Guaymaral, el Club Campestre Los Arrayanes y el Country Club. “¿Qué ha pasado con los que no son considerados humedales?, ¿acaso no se les debería de dar igual importancia que a los 14 humedales anteriormente nombrados?, o ¿acaso deben cumplir con unas características especiales para ser catalogados con este nombre? Hay muchos de estos que por la acción humana han perdido los bordes naturales que conforman su morfología y la serie de transiciones entre especies vegetales y animales que permiten el balance normal de su ecosistema y ahora se encuentran encerrados entre barreras de todo tipo (Leal, 2013), provocando transformaciones

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socioespaciales irreversibles, siendo canalizados, convirtiéndose en simples elementos hídricos que atraviesan el paisaje urbano, perdiendo por completo sus funciones ecosistémicas como mecanismos de absorción de agua, actuando como una esponja en las épocas lluviosas, evitando las inundaciones y recargando los acuíferos como reservas de agua para las épocas secas de la metrópolis, porque los humedales son elementos importantes de regulación climática. Por medio de las plantas lacustres se retienen sedimentos que llegan y capturan contaminantes localizados a su alrededor, donde hay un mejoramiento en la calidad ambiental del aire y del agua, del cual las grandes metrópolis como Bogotá necesitan cada día más; por los índices de contaminación que van en aumento, los humedales son elementos que brindan muchos beneficios a la ciudad y a su contexto, pero solo si se conservan y mantienen en buen estado”.15

No obstante, junto al lago del parque Simón Bolívar, el lago del Jardín Botánico, el Refugio de la Tingua, el lago Timiza, el lago de los Novios, el Distrito reconoce los lagos del Country como cuerpos de agua eco-sistémicos. Y como tales, los lagos del Country tienen estas cualidades: son reguladores del ciclo hídrico, ya que retienen sedimentos y nutrientes, contribuyen en la descarga y recarga de acuíferos, funcionan como reservorios de aguas. Contribuyen a mejorar la calidad del aire, porque al ser sumideros de CO2, son retenedores de polvo, regulan la temperatura, generan microclimas y producen oxígeno. Son espacios de conservación biofísica de la región y refugio de biodiversidad endémica, hábitat esencial de diversas especies residentes y migratorias, como lo afirma Juana Mariño; y pueden ser escenarios pedagógicos, para los socios y sus invitados, porque propician la contemplación, la reflexión y la calma; en este sentido, les cabe la definición 15. Salas Tobón, Ayesha, El ayer y el hoy de los humedales de Bogotá, Facultad de Arquitectura de la Universidad Católica de Colombia.

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de aulas vivas para el aprendizaje, áreas de recreación pasiva, generadores de conocimiento. Dos ríos bordean el Club: el Callejas sobre la 127, y el Contador, sobre la 134, los cuales están conectados por los lagos del Club, aceptados como cuerpos de agua y de acuerdo con el Convenio Ramsar que suscribió Colombia, “todo cuerpo de agua es reconocido como un humedal que hay que proteger”. Colombia forma parte de la Convención sobre los Humedales de Importancia Internacional, llamada la Convención de Ramsar, un tratado intergubernamental para la acción nacional y la cooperación internacional para la conservación y el uso racional de los humedales y sus recursos. La Convención Relativa a los Humedales de Importancia Internacional especialmente como Hábitat de Aves Acuáticas, conocida en forma abreviada como Convenio Ramsar, fue firmada en Ramsar (Irán) el 18 de enero de 1971 y entró en vigor el 21 de diciembre de 1975. Su principal objetivo es “la conservación y el uso racional de los humedales mediante acciones locales, regionales y nacionales y gracias a la cooperación internacional, como contribución al logro de un desarrollo sostenible en todo el mundo”. Añade Pombo:

PATRIMONIO AMBIENTAL “Es un desafío para los futuros planificadores, tanto para los que hacen las políticas urbanas ambientales, para los diseñadores y equipos interdisciplinarios, (…) la proyección de enlaces entre el paisaje urbano y natural. El concepto de corredores como estrategia de conservación ha tenido mucho éxito en atraer la atención de planificadores, ecólogos (Bennet, 1998), estudiantes y docentes en diferentes estudios y propuestas a nivel mundial, pues los corredores de hábitats son un signo palpable de esfuerzos por corregir el paisaje fragmentado (Soulé, Gilpin 1991), el cual es una realidad que viven la gran mayoría de las ciudades y Bogotá no es la excepción (…) tienen mayores probabilidades de conservación los fragmentos de humedales que están entrelazados por corredores de hábitats que los fragmentos que se encuentran aislados y de tamaño parecido (Diamond 1975; Wilson y Willis 1975); (…) No se debe esperar a que ellos desaparezcan para comenzar a hacer algo y tener claro que recuperar es más caro que prevenir”.16

PRESERVACIÓN DE FAUNA La filosofía de Ramsar gira en torno al concepto de uso racional de los humedales, definido como el mantenimiento de sus características ecológicas, logrado mediante la implementación de enfoques por ecosistemas, dentro del contexto del desarrollo sostenible. Por tanto, la conservación de los humedales, así como su uso sostenible y el de sus recursos, se hallan en el centro del uso racional, y aplicaría para los lagos del Club, ya que la Convención emplea una definición amplia de los tipos de humedales abarcados por esta misión, incluidos pantanos y marismas, lagos y ríos, pastizales húmedos y turberas, oasis, estuarios, deltas y bajos de marea, zonas marinas próximas a las costas, manglares y arrecifes de coral, así como sitios artificiales como estanques piscícolas, arrozales, embalses y salinas.

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El Country Club de Bogotá tiene unas características muy importantes para el mantenimiento de la biodiversidad de la ciudad. Es así como por su localización y tamaño puede albergar una comunidad de aves y especies vegetales que encuentran allí un refugio y lugar de paso protegidos. El estudio liderado por Juana Mariño, que consultó la investigación titulada The Role of Golf Courses in Biodiversity Conservation and Ecosystem Management de Johan Colding y Carl Folke, publicada por The Beijer Institute of Ecological Economics, Royal Swedish Academy of Sciences; y el Stockholm Resilience Centre, Stockholm University, trae a 16 . Ibíd.

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colación el hallazgo de que los campos de golf tienen mayor valor ecológico que los parques en el 64 por ciento de los casos comparativos. Este patrón fue consistente también para las comparaciones basadas en medidas de riqueza de especies, ya que son muchos los campos de golf que también contribuyen a la preservación de la fauna de interés para el tema de la conservación. “Es necesario tener en cuenta que la actividad humana que se desarrolla en el campo de golf es de baja intensidad en términos de carga de usuarios, contaminación auditiva (el golf es probablemente una de las actividades recreativas más silenciosas), contaminación atmosférica y contaminación visual”, asegura Mariño. En el Country hay 39 especies de aves que cumplen funciones de polinización y control de insectos y roedores; el 26 por ciento de ellas son migratorias, procedentes de Norteamérica; los árboles del Club les prestan un servicio denominado de percha a las aves que vienen volando y hacen una escala antes de dirigirse a los humedales; también acogen a las migratorias de vuelo largo que huyen de las temporadas frías y llegan a nuestra ciudad. Entre las 39 especies de aves, hay nativas y no nativas; entre estas, hay endógenas, es decir, solo las hay en el país; y algunas están en vía de extinción. Por política nacional de biodiversidad, es obligatorio conservarlas, afirma Mariño. Hay también 99 especies de plantas herbáceas y 42 de árboles. Según explica Guillermo Sanz de Santamaría: El proyecto de manejo de avifauna y flora del Club comenzó a mediados de diciembre de 2013 con el objetivo de conocer, estudiar e inventariar las distintas especies de aves y flora que existen en el Club. Empezó con un estudio de riesgo estructural de los árboles que reveló la necesidad de intervenir 74 árboles que presentaban riesgo de caída para los socios y vecinos. Una vez obtenido el respectivo permiso del DAMA (Departamento Administrativo del Medio Ambiente), se

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procedió a intervenir estos árboles mediante poda o derribo según el riesgo que presentaban. Todos estos árboles serán reemplazados, en razón de dos por uno, por especies nativas que nos permitan diversificar la avifauna del Club. Por ello, era necesario conocer primero las distintas especies que conviven en los terrenos del Club y posteriormente sembrar los árboles que atraen nuevas especies de aves y restauran el hábitat para quienes ya viven en los campos de golf.

Entre las aves que hacen presencia o moran en el Club, hay copetones, torcazas, atrapamoscas, mirlas negras, gavilanes de alas anchas, garzas ganaderas, pollas de agua, colibríes, gavilanes polleros, garzas reales, zambullidores y cucaracheros, que se posan o habitan entre saucos, estoraques, palmas, papayuelos, cipreses, acacias japonesas y negras, tréboles, alcaparros, eucaliptos, pinos, jazmines, cerezos, cedros, arrayanes cajetos, mermelados y urapanes.

REVOLUCIÓN DE LAS PEQUEÑAS COSAS Para Guillermo Sanz de Santamaría, “la conservación del medio ambiente es uno de los principales retos de la humanidad, tras haber sentido los graves problemas de contaminación y deterioro que se vienen afrontando actualmente. Es por ello que el desarrollo sostenible hay que enfocarlo no como una meta sino como un proceso en constante cambio cuyo objetivo es mantener un equilibrio entre los componentes económicos, socioculturales y ecológicos para satisfacer las necesidades presentes y futuras”. El Club decidió acometer la gestión ambiental como una revolución de las pequeñas cosas. Por ello la Junta Directiva, en cabeza de Guillermo Sanz de Santamaría y de su señora Pilar “Cuqui” Medina, introdujo dentro de su programa de trabajo un plan ambiental con el fin de dar cumplimiento a las normativas y parámetros exigidos por las entidades

Cancha de squash

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competentes y adicionalmente concientizar a la comunidad sobre la importancia de conservar los recursos naturales para llegar a un desarrollo sostenible. Este plan ambiental comenzó en enero de 2013 y se dividió en cinco fases sucesivas:

• Fase I. Identificar los componentes que generan • • • •

contaminación. Fase II. Plantear medidas correctivas y preventivas para mitigar la contaminación. Fase III. Generar motivación, interés, información, sensibilización y concientización de la comunidad. Fase IV. Implementar medidas correctivas y preventivas. Fase V. Hacer seguimiento y mejoramiento continuo.

El programa está enfocado en el manejo de los residuos sólidos biodegradables y de las aguas. En cuanto a los residuos biodegradables, se identificaron, luego se elaboró un plan de manejo para minimizar impactos negativos, se dio capacitación a los empleados y colaboradores y se costearon estas acciones. Las áreas identificadas fueron: la cocina casa club, con residuos de comida (lavazas, cáscaras y grasa); la cocina casino con residuos de comida (lavazas, cáscaras y grasa); los jardines y campos de golf con residuos vegetales (hojas, plantas, madera y pasto); el taller, productor de residuos vegetales en máquinas, y la pesebrera, generadora de estiércol equino y aserrín”. Anteriormente los residuos sólidos biodegradables identificados en cada uno de los departamentos del Club eran almacenados en una zona de puerto patos donde un camión los recolectaba para hacer su disposición final fuera del Club. Hoy en día los residuos no orgánicos de cocina son recolectados por la empresa Ecogiros, que hace su disposición final fuera del Club. En una primera fase de identificación de residuos orgánicos se observó que el estiércol se empacaba en bolsas plásticas

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para evitar malos olores y moscas. En la zona de puerto patos no solamente se encontró el almacenamiento de residuos vegetales sino también residuos no biodegradables (plásticos principalmente). En la cocina se mezclaban residuos no biodegradables con biodegradables, lo que generaba una demora en la recolección.

Entonces se decidió establecer un manejo que minimizara la contaminación y permitiera al mismo tiempo el aprovechamiento de los residuos generados. Se definió elaborar compostaje a partir de los residuos vegetales y el estiércol. Para evitar pudrición, malos olores y moscas se introdujo la tecnología japonesa llamada Probio Balance Plus, que consiste en un cultivo mixto de microorganismos benéficos naturales (bacterias ácido-lácticas, fototrópicas, levaduras, actinomicetos y otra serie de microorganismos) que al entrar en contacto con la materia orgánica segregan diferentes sustancias tales como vitaminas, ácidos orgánicos, minerales quelatados y antioxidantes que aceleran el proceso de descomposición y previenen las sustancias que causan putrefacción, malos olores y enfermedades.

Luego el Club tomó la decisión de aplicar la tecnología Probio Balance Plus directamente en las pesebreras para iniciar el proceso de descomposición del estiércol desde la fuente y erradicar el empaque en bolsas plásticas, los malos olores, las moscas y solo transportar una vez a la semana el estiércol a puerto patos. También se decidió hacer nuevas camas adicionando las cáscaras de naranja, mandarina y limón. En una segunda fase se definió enviar prácticamente todo como materia prima para la elaboración de compostaje y finalmente se introdujo al proceso de residuos biodegradables generados en el casino. Para aprovechar todos los residuos, se construyó en puerto patos un área techada donde

Canchas de bolos

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se recibe la materia prima, se procesa y cosecha compostaje para ser utilizado como acondicionador de suelos en los jardines, prados y una vez se estandarice la producción y la calidad, pueda ser un producto para la restauración de los suelos en los campos de golf.

De los residuos biodegradables entran a proceso de compostaje un promedio de 1.850 kg mensuales y de estos se obtienen en compostaje 740 kg, equivalentes al 40 por ciento del residuo inicial.

CUIDADO DEL AGUA En el Club también se ha trabajado la contaminación de las aguas en los diferentes departamentos. De acuerdo con lo expuesto por Guillermo Sanz de Santamaría: Primero que todo se procedió a identificar las aguas residuales y contaminadas generadas en los departamentos y se observó que las trampas de grasa son las que más contaminan el agua que sale del Club, puesto que llevan cargas altas de sólidos suspendidos, grasas y tensoactivos. Para combatir esta contaminación el programa se inició con una capacitación al departamento de cocina que tuvo como objetivo mostrar la importancia de limpiar completamente todo el menaje antes de pasar al sumidero, esta acción reduce la cantidad de sólidos suspendidos que caen a la trampa de grasa.

Se emprendió una campaña pedagógica, liderada por las socias Natalia Escobar Varela, miembro de Junta Directiva e Intendente, y Cuqui Medina de Sanz de Santamaría, y como resultado de la capacitación (control cultural) y postura de mallas en los sumideros (control mecánico) se observó una reducción de los residuos de comida en la trampa de grasa. Adicionalmente a estas actividades se implementó un

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protocolo con la tecnología Probio Balance Plus para mantener una población de microorganismos que reducen el cúmulo de materia orgánica (control biológico). En palabras de Natalia Escobar Varela, “los socios son conscientes de la riqueza ambiental que disfrutan, saben que son privilegiados porque tienen acceso a un pulmón ambiental de la ciudad que disfrutan con sus familias”. Y esta certeza, según ella, los ha animado a emprender el camino de la corresponsabilidad, sabedores de que son guardianes de un buen inventario de la fauna y la flora de Bogotá, amenazada con desaparecer por la expansión de la ciudad hacia las fronteras de los cerros y los bosques.  

RESPONSABILIDAD SOCIAL Desde los albores de su existencia, el Country Club de Bogotá se preocupó por las condiciones de bienestar de sus empleados, con acciones dirigidas a mejorar su bienestar, como los dormitorios que tuvo para ellos en La Magdalena y El Retiro; o pedagógicas, como las campañas de 1920 para desincentivar el consumo de chicha por parte de los caddies; o de dignificación como personas, con normas que prohibían a los socios faltarles al respeto, so pena de sanciones, como está consignado en las actas fundacionales. Hace más de medio siglo se formalizó la gestión social que de buena voluntad llevaban a cabo las esposas de socios, a través de la Fundación del Country Club de Bogotá, una organización sin ánimo de lucro cuya misión está “dirigida a garantizar recursos económicos y humanos para conseguir una mejor calidad de vida a los empleados del Club, a los caddies y sus familias”. La Fundación “es un motor de cambio social que busca romper los círculos de pobreza”, según lo expresa el socio Juan Manuel Urrutia Valenzuela, presidente de la misma

Primer piso gimnasio

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desde 2011 y quien fuera Director del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar durante el gobierno del presidente Andrés Pastrana Arango. La Fundación del Country Club de Bogotá recibe mensualmente tanto un porcentaje de los recaudos por cuotas de sostenimiento de los socios, como aportes extraordinarios de algunos grupos de golf, a fin de poder ofrecer sus servicios; adicionalmente, socios voluntarios organizan eventos como torneos de golf y la kermés, que permiten acopiar otros recursos para el desarrollo de los programas. Desde sus comienzos, la principal estrategia de la Fundación ha sido prestar ayuda económica en vivienda, educación y salud. No obstante, el énfasis está en la educación, como un aporte al desarrollo de las familias de los caddies; “desde la Fundación estamos convencidos de que la educación es un instrumento para romper el ciclo de pobreza”, aclara Juan Manuel Urrutia. “Hemos hecho una apuesta amplia por la educación que incluye apoyo a la primera infancia, en concordancia con la estrategia nacional De Cero a Siempre, a través de la cual costeamos el jardín infantil de niños entre cero y cinco años, hijos de empleados, en instituciones certificadas; este programa garantiza que a los niños no se les vulneren sus derechos y que sus padres puedan estar tranquilos en el trabajo mientras sus hijos pequeños son atendidos idóneamente”. Así mismo, y gracias a la gestión desde hace más de 10 años de la socia Cuqui Medina de Sanz de Santamaría, se motivó a los caddies a ser bachilleres, como un requisito para poder ejercer su oficio. Este programa de Educación Media fortaleció el de Educación Superior, gracias al cual más de 150 caddies han cursado carrera profesional, técnica o tecnológica, y 40 lo están haciendo en 2015. El programa de Educación Superior recibe Asistencia Técnica de la Fundación Ventanas, auspiciada por la familia

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Pradilla, socios del Club, con el fin de que los caddies hagan una elección pertinente, de acuerdo con sus aptitudes y su vocación. Las carreras preferidas por los caddies son Ingeniería, Derecho y Contaduría, así como tecnologías de la información y la computación. Los caddies que desean cursar una carrera profesional deben manifestar su deseo, escoger el programa y la universidad, a fin de acceder al préstamo, con intereses subsidiados, y pagadero a diez años luego de la finalización de los estudios, con amortizaciones de cuotas mensuales muy bajas. Se comprometen con la Fundación a tener un buen rendimiento académico. El tercer programa de educación que impulsa la Fundación, es de alfabetización, porque algunos empleados mayores, que fueron regularizados en los últimos cuatro años, no sabían leer ni escribir; en asocio con Colsubsidio se diseñó una estrategia para suplir esta falencia y hoy en día no hay un solo empleado analfabeta. La Fundación también suministra alimentación subsidiada a todos los caddies de tenis y golf, y vela porque cumplan con sus aportes a la seguridad social y acojan normas de conducta adecuada en el Club. También ha ofrecido durante muchos años un consultorio médico y dental dentro de las mismas instalaciones del Club para empleados, caddies y sus familias. “La Fundación ejecuta un presupuesto anual de mil quinientos millones de pesos, con una filosofía que va más allá del asistencialismo. Consideramos a nuestros caddies y empleados, sujetos del desarrollo, protagonistas de su progreso y partícipes corresponsables del mismo”, explica con énfasis Juan Manuel Urrutia Valenzuela, quien concluye: “La Fundación está convencida de que el bienestar de nuestros empleados es nuestro propio bienestar; el Club es grande gracias al aporte que todos ellos han hecho a lo largo de cien años”.

Segundo piso gimnasio

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MIRANDO HACIA DELANTE Caminan por los campos del golf, juegan al tenis, socializan en la taberna, juegan o nadan en la piscina. Niños, niñas, jóvenes, menos jóvenes, definitivamente nada jóvenes, y viejos. Los socios del Country son los hijos, nietos y bisnietos de los veinticinco visionarios que se juntaron una tarde de septiembre de 1917 y los de los amigos que ellos paulatinamente fueron invitando a unirse al Club a lo largo de los años. Dentro de otros cien años, ya no serán cuatro sino ocho las generaciones. No sabemos cuál sea el modelo que escojan los bogotanos para el crecimiento de su ciudad. Las generaciones que regirán los destinos del Country tienen en esta historia las anécdotas, los hechos y los pensamientos que han forjado el carácter de un Club posiblemente único en el mundo.

Pesebrera

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CARICATURAS, HUMOR Y AFECTO… Definitivamente mucho más que una colección Martelena Barrera Parra Restauradora y periodista

La conservación y restauración de la importante colección de acuarelas en la modalidad de caricatura y retrato que posee el Club, tomó dos años y medio de intervención por manos expertas. Son ochenta y tres caricaturas y tres retratos que fueron realizados aproximadamente entre los años veinte y cincuenta del siglo pasado, por virtuosos dibujantes de la época: Rendón, Santamaría, Péncula y Campo. Aparte de su innegable valor artístico, histórico y patrimonial, es evidente que hay en ellos, y por ellos, una carga importante de reconocimiento y afecto por esos antepasados, abuelos y padres, que inculcaron en sus hijos, con su ejemplo, la práctica del deporte como parte fundamental de la vida, como una forma de socializar sanamente y afianzar los lazos de parentesco y amistad. Es obvio que la intención primera no fue la de formar una colección. Pareciera que jugó más el azar y el deseo de tomar apuntes en el campo de golf.

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De los cuatro artistas, autores de esta muestra, sobresale por su maestría en el trazo y su vida en el ámbito nacional del periodismo y las artes, Ricardo Rendón, quien —con sobradas razones— es considerado por muchos el mejor caricaturista de principios del siglo xx: línea firme y ligera, agudeza para captar el gesto, satirizar y dar justo en el alma. Rebelde, de corazón liberal, con un profundo sentido social, incansable contestatario del establecimiento, capaz de confrontar a altos funcionarios públicos, ponerlos en jaque y hasta hacerlos caer. Independiente, solitario, huraño, callado, enamorado de la noche, bohemio en el amplio y profundo sentido de la palabra. Fue alumno sobresaliente de los maestros Francisco Cano y Humberto Chávez, de esto dan razón las pinturas y grabados que dejó como legado; pero su mente inquieta no le permitió estacionarse en la pintura clásica. Pese a que le atraía notoriamente la belleza, su espíritu, su agudeza mental y su rebeldía le exigieron siempre algo más que una línea perfecta.

Por esto mismo, no deja de llamar la atención que Rendón haya aceptado realizar estos “retratos” que están, definitivamente, más cerca de lo amable y afectuoso y que son diametralmente opuestos a la crítica y el sarcasmo. Pareciera más una travesura del azar o una concesión de su parte por afecto hacia algunos de los socios. De cualquier manera, para el Club y el artista fue y sigue siendo un privilegio que se diera. Inesperadamente, un 28 de octubre de 1931, a sus 37 años, decide poner punto final a su vida en un lugar público, La Gran Vía, un café en el centro de Bogotá donde se daban cita diariamente intelectuales y hombres del común que amaban la tertulia, como era usual en esa época, “de temas

de hombres”, lugares, por supuesto, vetados a la presencia de mujeres de bien… Es posible que si esa loca idea no hubiese atravesado jamás su prodigiosa cabeza, el Club contaría con más obras de su autoría, entonces habría todavía más motivos de nostalgia y agradecimiento en el presente. Es una verdadera lástima que no existan datos biográficos sobre los otros tres artistas. Empero, la buena manufactura de sus caricaturas da razón de ellos. Restaurar esta colección y ponerla de nuevo en valor fue una prioridad para el Dr. Guillermo Sanz de Santamaría, presidente del Club, su señora Pilar Medina y la Junta Directiva.

Ricardo Rendón MADAME GRAMBAL (Detalle) 26 x 18 cm

N. S. Santamaría JULIO D. PORTOCARRERO (Detalle) 28 x 20 cm | 131


Ricardo Rendรณn QUEENIE LATORRE de jaramillo 16,5 x 11 cm 132 |

Ricardo Rendรณn MADAME GRAMBAL 26 x 18 cm | 133


Ricardo Rendón JOSEFINA DÁVILA DE SÁENZ 17 x 11 cm 134 |

Ricardo Rendón JOSÉ CAMACHO LORENZANA 25 x 17 cm | 135


Ricardo Rendón EUSEBIO UMAÑA U. 26 x 18 cm 136 |

Ricardo Rendón ANDRÉS VARGAS 26 x 18 cm | 137


Ricardo Rendรณn POR IDENTIFICAR 27 x 20 cm 138 |

Ricardo Rendรณn MR. H. EMPS 25 x 17 cm | 139


Ricardo Rendรณn รlvaro Samper Herrera 25 x 16 cm 140 |

Ricardo Rendรณn CARLOS A. DE VENGOECHEA 26 x 19 cm | 141


Ricardo Rendรณn MANUEL B. SANTAMARรA 24 x 17 cm 142 |

Ricardo Rendรณn MIGUEL CAMACHO CARRIZOSA 25 x 17 cm | 143


Ricardo Rendรณn MIGUEL SAMPER HERRERA 26 x 17 cm 144 |

Ricardo Rendรณn MR. STEVENSON 25,5 x 17 cm | 145


Ricardo Rendรณn MR. SWIFT 26 x 17 cm 146 |

Ricardo Rendรณn POR IDENTIFICAR 27,5 x 19 cm | 147


Ricardo Rendรณn RAFAEL SALAZAR 26 x 18 cm 148 |

Ricardo Rendรณn ULPIANO A. DE VALENZUELA 26 x 18 cm | 149


Ricardo Rendรณn DANIEL SAMPER ORTEGA 24,5 x 18 cm 150 |

Ricardo Rendรณn รLVARO SAMPER HERRERA 25,5 x 16,5 cm | 151


Ricardo Rendรณn TOMรS PLAZAS FRUTOS 23 x 17 cm 152 |

Ricardo Rendรณn THOMAS TRENDALL 26 x 17,5 cm | 153


Campo BLANCA DE SAMPER, MINISTRO DE ITALIA, RAFAEL ESCALLÓN, FRANCISCO BRUNO 32 x 51 cm

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Campo JORGE GÓMEZ, JOSÉ CARLOS VILLEGAS, ARTURO SAMPER, JULIO MARIO SANTO DOMINGO 34 x 56 cm

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Campo CARLOS HOLGUÍN 27 x 13 cm

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Campo CANDELO SAMPER 27 x 19 cm

Campo MIGUEL SAMPER HERRERA 27 x 19 cm

Campo FERNANDO GAMBOA 25 x 15 cm

Campo RAFAEL ESCALLÓN 24,5 x 16 cm

Campo SIDNEY THOMPSON 25 x 19 cm

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Campo ALONSO BOTERO 24 x 13.5 cm

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Campo ALFONSO ARAÚJO 24 x 17 cm

Campo CARLOS CASTILLO 26 x 17 cm

Campo CARLOS CASTILLO DE LA PARRA 24 x 16 cm

Campo CARLOS HOLGUÍN H. 26 x 14,5 cm

Campo POR IDENTIFICAR 26 x 20 cm

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Campo JORGE ATUESTA 22,5 x 13 cm

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Campo CARLOS A. DÁVILA 30 x 22 cm

Campo JOSÉ DURANA 22 x 14 cm

Campo ENRIQUE SAMPER HERRERA 27 x 19 cm

Campo MR. BYINGTON 28,5 x 21 cm

Campo ALONSO BOTERO MARULANDA 25 x 16 cm

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Campo รLVARO LINARES 23 x 15 cm

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Campo ARTURO SAMPER 25 x 14 cm

Campo ROBERTO HERRERA 28 x 19,5 cm

Campo Sin IDENTIFICAR 27,5 x 20 cm

Anรณnimo F. H. SIMONS 26 x 23 cm

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Campo FABIO RESTREPO 27 x 17,5 cm

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Anónimo CARLOS HOLGUÍN 25 x 14,5 cm

Campo JORGE GÓMEZ 23 x 15 cm

Campo MNISTRO DE ITALIA 23 x 12 cm

Anónimo SANTIAGO HOLGUÍN 22 x 14,5 cm

Campo ENRIQUE CORTÉS REYES 27 x 21 cm

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Campo SANTIAGO TRUJILLO 27,5 x 19 cm

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Campo WILLIAM VILLA 22 x 15 cm

Anónimo FELIPE ECHAVARRÍA 21 x 15 cm

Anónimo JORGE GÓMEZ BRIGARD 27 x 16 cm

Campo PABLO DE LA CRUZ 26 x 19 cm

Campo GABRIEL HERNÁNDEZ 26 x 15 cm

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Campo VICENTE RODRÍGUEZ PLATA 25 x 15 cm

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Campo FRANK SMITH 28 x 21 cm

Campo GONZALO FERNÁNDEZ 25 x 13 cm

Campo FERNANDO MAZUERA VILLEGAS 21 x 16 cm

Campo JORGE MURILLO 25 x 14 cm

Campo JORGE MURILLO 28 x 20 cm

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Campo JORGE OBANDO LOMBANA 30 x 23 cm

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Campo JOSÉ CARLOS VILLEGAS 28 x 20 cm

Campo JUAN DE DIOS GUTIÉRREZ 23 x 13,5 cm

Campo JUAN K. PLAZA 21 x 17 cm

Campo JUAN SAMPER S. 22 x 17 cm

Campo JUVENAL VILLA 24 x 16 cm

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Campo LUIS SOTO 22 x 15 cm

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Campo MANUEL MERIZALDE 25 x 17,5 cm

Campo PARMENIO CÁRDENAS 21,5 x 13 cm

Campo POR IDENTIFICAR 25 x 16 cm

Campo POR IDENTIFICAR 24,5 x 15 cm

Campo JORGE OBANDO 27 x 15 cm

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Campo S. M. DE BOTTON 29 x 14 cm

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N. S. Santamaría JULIO D. PORTOCARRERO 28 x 20 cm

Campo RAÚL PELÁEZ 25,5 x 13 cm

Campo POR IDENTIFICAR 31 x 22 cm

Pencula POR IDENTIFICAR 35 x 21 cm

Campo ROGER VAUGHAN 27 x 19 cm

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Libro creado, diseñado y editado en Colombia por VILLEGAS ASOCIADOS S. A. Avenida 82 n.° 11-50, Interior 3, conmutador: 57.1.616.1788. Bogotá, D. C., Colombia. e-mail: informacion@villegaseditores.com © COUNTRY CLUB DE BOGOTÁ Dirección, diseño y edición Benjamín Villegas Investigación, reportería y texto Adriana Llano Restrepo Asesoría editorial y revisión de textos Juan Manuel Urrutia Valenzuela María Esguerra González Fotografía de campo Andrés Mauricio López Restauración y texto de caricaturas Martelena Barrera Parra Departamento de arte Enrique Coronado Yadira Silgado Joselyn Gómez Revisión de estilo Stella Feferbaum Primera edición, septiembre de 2016 ISBN obra completa 978-958-8818-32-0 ISBN Tomo 1 978-958-8818-33-7

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