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CARABOBO N A C I O N A L S I S T E M A

de Valencia.

(antigua Kuai Mare) de la ciudad

en la sede de Librerías del Sur

sábados, a partir de las 10:30 am,

a cabo sus actividades los

y Científicas Li Po, el cual lleva

Incursiones Culturales

Forma parte del Grupo de

ensayística se mantiene inédita.

de cuentos, su obra narrativa y

A excepción de este volumen

Ojos de Perro Azul.

de las revistas Nostromo y

Perteneció a la redacción

en la ciudad de Valencia.

fotografía, el cine y los medios

desempeño en la literatura, la

cultural que ha enfocado su

Silencioso pero efectivo promotor

Richard Montenegro.

Valencia, Julio de 2007

R E G I O N A L E S

Guillermo Cerceau

I M P R E N T A S

sentido de la narración en el autor nos impide enunciar, como para que nos parezca inexorable...”

d e

“...Esperamos que el lector disfrute tanto como nosotros restituyendo cada paso de la historia a partir de una frase lapidaria que sospecha desde el principio, pero que un agudo

N A R R AT I VA

clima inicial que asume compartido con el lector, el desarrollo medroso y calculado de unas circunstancias que poco a poco modifican la situación original, el final sorprendente para quien no ha prestado atención a los detalles enumerados, a veces, con excesiva ostentación...”

13 fábulas y otros relatos

Richard Montenegro

“...En las fábulas de Montenegro se encuentran todos los elementos de que hecha mano en su oficio: la presentación de un


13 Fรกbulas y otros relatos (Tributo a Li Po)


RICHARD MONTENEGRO

13 Fábulas y otros relatos (Tributo a Li Po)

Edición José Carlos de Nobrega Transcripción Richard Montenegro Corrección José Carlos de Nobrega Diagramación Anais Silva Diseño de portada Anais Silva

Los 250 ejemplares de este título se imprimieron durante el mes de Enero de 2008 en Fundación Imprenta del Ministerio de la Cultura Valencia, Edo.Carabobo, Venezuela


ÍNDICE Prólogo de Guillermo Cerceau 13 Fábulas Mediterráneo Génesis La Conejera

Imprenta Editorial Regional del Edo. Carabobo, VALENCIA, 2007 Av. Carabobo, Sector Los Colorados, Edificio INCE Valencia, Edo. Carabobo, Venezuela

© Autor © Fundación Editorial el perro y la rana, 2007 Av. Panteón, Foro Libertador, Edif. Archivo General de la Nación, P.B. Caracas-Venezuela 1010 telefs.: (58-0212) 5642469 - 8084492 / 4986 / 4165 telefax: 5641411

correo electrónico: elperroylaranaediciones@gmail.com ISBN 978-980-396-695-9 LF --- EN PROCESO DE TRAMITACIÓN---

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dábamos chupándole las historias a la gente. Nuestra afición nos enseñó a contabilizar horas y planificar visitas a nuestros distintos narradores. Por ejemplo, al carpintero Polaco lo visitábamos casi todos los sábados en la tarde; y siempre antes de salir mi Papá preguntaba a dónde iba y yo, con una gramática y pronunciación pésima digna de Johnny Westmuller en Tarzán, le decía algo que para él sólo eran los balbuceos de alguien con una papa caliente en la boca pero que significaban: Vamos a recordar los tiempos de antaño y él sonriente me decía: -Ahmm, vas donde el nazi encubierto a recordar los tiempos de antaño. En vez de estar aprendiendo polaco deberías estar estudiando Inglés que eso si te va servir de grande. Y deja de estar coleccionando nostalgias ajenas que tú estás muy muchacho para eso. Ah y nada de estarse sentando en la acera que me partí el lomo para que tuviesen una casa con porche y jardín. Y vuelve antes de la cena. “Vamos a recordar los tiempos de antaño”, musité al incorporarme, mientras sentía cómo me colocaban la mano en el hombro. Embargándome una plácida calidez ya conocida, me susurraban al oído: -¿Qué haces, papá? -Recordando los tiempos de antaño, papá.

El Sistema Nacional de Imprentas Regionales es un proyecto editorial impulsado por el Ministerio del Poder Popular para la Cultura, a través de la Fundación Editorial El perro y la rana, con el apoyo y participación de la Red Nacional de Escritores de Venezuela. Tiene como objetivo fundamental brindar una herramienta esencial en la construcción de las ideas: el libro. El sistema de imprentas funciona en todo el país y cuenta con tecnología de punta, cada módulo está compuesto por una serie de equipos que facilitan la elaboración rápida y eficaz de textos. Además, cuenta con un Consejo Editorial conformado por un representante de la Red Nacional de Escritores de Venezuela Capítulo Estadal, el Coordinador regional de la Plataforma del Libro y la Lectura, el representante del CONAC en el Gabinete Regional, un miembro activo de la Misión Cultura, más cuatro representantes de los Consejos Comunales, atendiendo al principio de que El pueblo es la cultura.


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-Oigan muchachos a pesar de todo disfruté la cara que puso el Padre Francisco al beber el vino, nunca la voy a olvidar. Se escuchó un benigno blasfemo corístico y cada quien voló hacia su casa dispuesto a recibir como mínimo un templón de orejas. Después de ese relato nos volvimos asiduos visitantes de la casa Vikinga y adictos a las leyendas y cuentos. Era tanto así que el Sardo dueño del abasto se ahorraba muchas ñapas a cambio de un cuento los fines de semanas. A mí me decía: – ¿Un aleado o una historia? Y yo chistaba una historia y el viejo sardo me la guardaba para el fin de semana. O si no era el nuevo zapatero sirio, ese que llegó gritando por la calle: zaaaaaabaatero, que nos contaba un cuento de las mil y una noches por cada cliente nuevo que le lleváramos (nunca olvidaré que su almuerzo eran cambures con tomate). Su clientela era tal que Isócrates, el zapatero Maracucho, comenzó a memorizarse los cuentos que salían en Tigre, Onza y León para poder tener nuestros servicios. El siguiente en caer en nuestras redes fue el mecánico Yugoeslavo, que nos contaba su versión western del halcón de Serbia, con Alan Ladd cual caballero negro y aderezado con un poco de Shane (tiempo después hicieron una película protagonizada por Franco Nero). Cada uno de nosotros le sacaba lo que podíamos a nuestros padres. Con mi papá aprendí de los Trasgos, de los Gentilli esos gigantes vascos que cortaban cerros en dos y arrojaban un pedazo en la costa, de cómo según el Tío Abuelo el hombre llegaría a la Luna usando un rompehielos; y de cómo algún día alguien pondría una bandera debajo del polo norte, porque allí había mucho oro. Era tal nuestra obsesión que nos bautizaron las pulgas, porque siempre an-

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el Carretón (corría el rumor de que nuestras casas estaban construidas sobre un cementerio de la época independentista) y juegos de fútbol, metras, los papagayos, el fusilado y el estar colándonos en las casas ajenas como ninjas. Esa tierra de ideas y ensueños era capaz de exorcizar la pena más profunda. Nosotros descubrimos su poder de casualidad, cuando sustituimos el agua de la liturgia, la que mezclan con el vino, por vinagre con un toque de bórax y devoramos una buena cantidad de las miniobleas (lástima que no tuviésemos arequipe) que eran las hostias sin consagrar. Luego vino el susto, el Padre al descubrir nuestra travesura prometió una caldera de cuatro estrellas en el infierno a los autores de tan grande sacrilegio. Los sospechosos habituales junto con el Vikingo (que no era pagano) ni cortos ni perezosos confesamos a fi n de salvar nuestras pequeñas almas inmortales. Aturdiéndonos el Padre con la ira divina hecha verbo en su voz. Salimos mucho después de haber concluido la clase dominical. Luego de haber cumplido con los castigos impuestos, anduvimos pateando el polvo por las calles; con el peso de todos los pecados del orbe sobre los hombros. Hasta que el vikingo nos invitó a su casa, donde su padre nos esperaba con un buen regaño debajo del brazo. Luego fuimos al patio de la casa. Donde bajo un samán enorme (era tan grande que a mí siempre me pareció un hongo nuclear) nos empezó a relatar “El Edda” (El bisabuelo) que nos arrebató de este mundo llevándonos al mundo de los Ases (no al mundo del barón rojo con triplano, esos eran otros) mientras comíamos lechosa y cambures de la cosecha familiar. Ahí nuestra depresión se disolvió quedando sólo el recuerdo y el arrepentimiento. Al terminar el relato fuimos redimidos por un libro pagano. Dimos las gracias y antes de dispersarnos no pude evitar decir:

Eran trece los caballeros de la mesa redonda y un trece algo frío nació mi padre. A él dedico estas páginas, a Diego Montenegro


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-¿Y los Canarios qué? –Inquiría otro. Era una estúpida discusión que iba a iniciar una inocente Guerra Civil española. Yo observaba los petardos verbales que se lanzaban. Hasta que en el cansancio acudían a mí, para que decidiese como Supremo Juez sobre la disputa: -Oye, tú el que más sabes, decide- decían a coro. -Yo guardaba silencio por unos minutos y decía con solemne voz: -A mí no me metan en camisa de once varas, además si de decidir se trata, repito lo que se dice en mi familia de generación en generación: Los únicos y legítimos españoles además de ser la raza más antigua de la tierra, somos la gente de Euzkadi. Cada vez que decía esto sonaba una rechifl a que provocaba el retorno de la risa infantil entre nosotros. Así era la vida en la calle La Conejera, donde había (a mí me lo parecía) un pedazo de cada región del mundo. Eso era un collage étnico y además muy divertido, una vez un amigo se quedó un fi n de semana en la casa y al irse me dijo: vives en una hallaca. Ahí en la calle, la plaza, la escuela o la iglesia había niños españoles, polacos, italianos, yugoeslavos, criollos y un vikingo hablando un único idioma: el juego. En los mismos lugares grupos de adultos con la homogeneidad de un vitral gótico charloteaban y reían cargando su terruño en cada carcajada. Y nosotros a pesar de tener padres tan distintos éramos casi idénticos al jugar. Vivíamos entre dos mundos y nos gustaba tanto un corrido como una polka (a mi abuela le encantaba, no sé si más que el ajenjo) y la Europa, la de rimas y leyendas, no la de odios y guerras, era la mitad de nuestra vida, la otra mitad se repartía entre “aparecidos” como la Sayona,

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Mientras se ahogaba entre las montañas transformaba el cielo en un caleidoscopio gigante y dotaba de un tinte malva a todo el ambiente. Incluyendo los serios e inconmovibles titanes de concreto, esos a los que nunca les vi una sonrisa esbozada en sus ventanales. De pronto me invadió una sensación de calidez hogareña mientras caminaba. Sin darme cuenta me había introducido en mi viejo barrio. Las calles no estaban muy concurridas, supongo que era causado por la creciente inseguridad, por lo que decidí enfi larme hacia la calle principal donde perduraba mi primer hogar. Mis pies recogían mis viejas huellas hasta que llegué a ese baúl de recuerdos. Estaba muy bien conservada aunque ahí ya nadie vivía. Miré el cielo y vi que aún era el mismo aunque un poco más oscuro y con manchas industriales. Abrí la verja, y en el jardín estaba yo como caperucita por los bosques de la memoria esperando que las fauces del recuerdo me atraparan. Súbitamente una ráfaga de viento me azota, alejándose mientras me dejaba en la mente una frase que de buenas a primeras me pareció incomprensible, era el recuerdo de una lengua olvidada. La impresión hizo sentarme en uno de los bancos de cemento, estilo turco rococó, que hice con mi papá. Al otro lado de la calle estaba un ficus en pleno crecimiento lleno de loros y torditos y me recordó el estallido de una granada. -Los únicos verdaderos españoles, son los castellanos – dijo uno con sorna. -Eso es falso, pues somos los gallegos – Replicó otro por su lado. -Pero si los gallegos son unos cabezones – Decía a su vez otro. -¿Y a dónde nos dejan a nosotros los Andaluces? – Preguntaba uno.

PRÓLOGO

En la presente selección de cuentos se han incluido muestras de las distintas aproximaciones de Richard Montenegro al género, para que se le permita al lector no sólo descubrir la amplitud de dichas aproximaciones, sino también su unidad y coherencia, que no son ni más ni menos que la expresión de ese humor, “vertical y solitario”, que se llama estilo. En tal sentido, pensamos que las fábulas iniciales, aunque dotadas de una estructura muy particular, y que sin algunas consideraciones que haremos, pueden parecen repetitivas o predecibles, son en cierta manera los ejemplares más desarrollados de la cuentística de Montenegro. Más allá de las fronteras, internas y externas de un género, están las coordenadas mentales desde las cuales se narra, la situación del contador de historias frente a las mismas, el tono que asume, el guiño que nos deja entrever; características todas que no se ven en el cuerpo del texto sino que se perciben en el ocaso de la lectura, tal vez cuando cerramos el libro, tal vez horas más tarde. En las fábulas de Montenegro se encuentran todos los elementos de que echa mano en su oficio: la presentación de un clima inicial que asume compartido con el lector, el desarrollo medroso y calculado de unas circunstancias que poco a poco modifican la situación original, el final sorprendente para quien no ha prestado atención a los detalles enumerados, a veces, con excesiva ostentación. Lo que para


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algunos conocedores de este género puede parecer una repetición innecesaria, para quienes se detengan a ver qué clase de modificaciones introduce Montenegro en la historia, cómo la lentitud en el desarrollo de las peripecias no son otra cosa que la enumeración de las partes que hacen visible al todo antes de su exhibición y donde el final es en realidad un recurso más sintagmático que narrativo. El tratamiento distanciado, casi paródico, de un género en necesidad de renovación, es lo que le da unidad a la producción de nuestro autor. Los textos que siguen a las fábulas, de manera más discreta pero no menos intensa, reiteran esta posición del narrador. Esperamos que el lector disfrute tanto como nosotros restituyendo cada paso de la historia a partir de una frase lapidaria que sospecha desde el principio, pero que un agudo sentido de la narración en el autor nos impide enunciar, como para que nos parezca inexorable. Guillermo Cerceau Valencia, Julio de 2007

La Conejera Hoy comienzan mis merecidas vacaciones anuales. Al salir de la oficina decidí darle un puntapié al colesterol y la hipertensión. Así que obvié devorar mis habituales cuarto de libra con queso (en Francia le llaman Royal con queso), mi ración de papas y mi coca Cola extra grande sabor a vainilla e hice algo extraordinario: Caminar. Sería algo así como las cuatro de la tarde o al menos eso creo (ya que por ética no uso reloj). Cuando comencé a recorrer lo que con mucho orgullo muchos llamaban ciudad. Siguiendo la calle que escogía mi moneda en cada esquina. Aquí hasta el mismísimo Minotauro se hubiese perdido sin remedio, ni Dédalo hubiese podido acercarse al caos creado por la falta de urbanismo y las nuevas reformas (pensé en Hesíodo por momentos), esto si que era un laberinto... Al caminar llevaba la cuenta de las ninfas asesinadas por el “progreso” que talaba cuanto árbol se le atravesara. La tarde es ventosamente fría como debía ser; pues ya estábamos a finales de noviembre y el viejo Pacheco puntual como todos los años, nos traía el frío navideño junto con Juanito Escarcha y las producciones de Rankin Bass en la tv. El Catire parecía muy interesado en mi caminata, mientras seguía su trayecto obligado hacia el poniente.

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por instantes. El brillo fue zarandeado hasta que cuajó la oscuridad. Un frío húmedo se esparció sobre él. Luego la calidez volvió pero al mundo se le revolvía un ansia en las entrañas. Con dolor le nació un espinazo que comenzó a crecer retorcidamente hasta que reventó la burbuja para internarse en la nada. El espinazo reptaba con dificultad mientras se le hinchaba el lomo retorcido. El espinazo irguiéndose invade un espacio desconocido más allá de la nada, su lomo se abre y despliega sus alas. Pequeños ángeles verdes se hallan diseminados por doquier en ese espacio. Un brillo enceguecedor la empapó. Vio por vez primera el sol y sintió las cosquillas que le hacía la suave brisa al acariciarle las alas. Ella finalmente comprendió. Sudoroso y apoyado en la azada, el hortelano sonríe ante el nacimiento de la vida. La semilla había germinado dándose cuenta que ella no era el mundo sino sólo una parte de éste.

13 FÁBULAS I

Todas las tardes, desde su llegada, parecía un lienzo de Watts. Reclinado sobre un parapeto algo resquebrajado, sin duda, por la usura del tiempo mientras, desde las profundas sendas del sueño, miraba con cierto temor a lo lejos la red de senderos que se entrecruzaban de manera casi infinita. Ahí estaban ellas y mañana las vería. Lleno de valor sale temprano a recorrer la madeja de sendas que se entrecruzaban y resbalaban entre ellas como serpientes recién nacidas en su nido. Aún se pierde en los senderos. La gente le miraba con rencor mientras le gritaban: ¡Minotauro! ¡Minotauro! Él ignoró los gritos hasta que sintió unas coles estrellándose contra su cabeza. Volteó y vio un celaje huyendo por un estrecho sendero. Corrió por ahí y al final se encontró con una niña. Apretó el mango de la espada al acercarse y ella sonriendo con burla le ofrece un cuenco con agua y un poco de pienso. Él se detuvo en el acto y resoplando con furia se vuelve y regresa al palacio. Su mujer había sido raptada. Muchos dijeron que ella había huido con aquel hombre. Manchado su honor, organizó a sus hombres, buscó a su hermano y en la empresa sumó a todo aquel que gloria quería. Navegaron y al llegar sitiaron las murallas que guardaban el amor. Con tretas poco honrosas las doblegaron y destruyeron, cortando las gargan-

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tas de cada poeta para que no cantaran las bellezas de su ciudad perdida. Temían que retoñaran las piedras. Mató al hombre que amaba su esposa, la trajo de nuevo a su reino y a su lecho pero ya nada fue igual. Nunca pudo evitar que en los angostos callejones que dejaban los tenderos en la plaza del mercado las mujeres, esas mujeres que perdieron a sus padres, hermanos e hijos en esa lejana guerra le llamaran: Menelao el Minotauro. 14

GÉNESIS Todo era calidez y oscuridad cuando despertó. No sabía cuando había comenzado; sólo sabía que existía. Se sentía inmensa percibiendo que sólo una vaga frontera la limitaba. Silenció sus pensamientos por un momento y percibió murmullos débiles y lejanos. Sus pensamientos y sensaciones fluyeron nuevamente, acallando esos murmullos, comenzando a girar sobre sí misma. Sintió su poder cuando se dio a la tarea de ordenar esos pensamientos que cuajaban en estructuras que semejaban galaxias espirales y sistemas solares. El poder y la fuerza embebían esa burbuja de autoconciencia que era incapaz de ver más allá de sí misma, porque ella era alfa y omega, más allá la nada se extendía. La nada ¿Qué era eso? : no lo sabía con seguridad; pero lo más cercano era todo aquello que no era ella, como aquellos murmullos. ¿Realmente existieron? Seguro que no, eso eran engaños de la nada, sólo ella existía. Ella era todo, era el mundo. Las sensaciones seguían apareciendo, ubicándose en su respectivo lugar en la danza de las esferas. Hasta que el orden fue violentado con una rudeza desconocida por ella. Toda su majestuosa presencia: el mundo, era estremecido por un poder ignoto hasta ese momento. La calidez fue rota, un brillo inimaginable envolvía al mundo ahogándolo. Sintió miedo por primera vez y dejó de girar, sobre sí misma,

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II

La luz temblaba por el frío aire que se escurría por la juntura de los postigos y un zumbido revoloteaba a su alrededor. Mientras, él seguía trenzando el mimbre, al terminar lo amarró a una vara de sauce. Blandió ágilmente el adminículo y aplastó el zumbido contra la pared. El matamoscas ya se había popularizado desde que él, convaleciente, de aquella descomunal caída, lo había ideado. Se levanta con su andar intermitente y sale al jardín. Alzando la mirada ve a su antiguo compañero de juegos fijado al cielo. Y cojeando suspiros vuelve a la casa. Desde aquella caída había comenzado a estudiar a los insectos voladores, a las aves y a esas semillas que caían en danza frenética hacia el suelo. Pensó en imitar las alas de las aves pero la cera no era de fiar. Icaria estaba de testigo. El secreto se lo brindó un pequeño murciélago. Con buen viento y la envergadura necesaria esta vez si que llegaría y se reiría en la cara de ese viejo verde. Hacían falta sólo unas cuantas monedas pero con su nuevo invento no tardarían en llegar: el papiro matamoscas llegaría para quedarse y financiaría su empresa. Esta vez llegaría y ningún moscardón lo tumbaría de su montura alada. Ahora no temía caer: Belerofonte hacía tiempo que había inventado el paracaídas.

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tras de sí una gruesa capa de espuma, donde flotaban propelas, al zambullirse en el mar desde los riscos que saludan a las estrellas.

III 16

Comenzó a recorrerlo como solía hacerlo cuando el sol tocaba el estanque del jardín. La luz no era un problema. Para eso estaba el sistema de espejos y en el peor de los casos las teas estaban al alcance de la mano. Se adentró en ese portento inútil que había mandado a construir para ocultarlo y protegerlo del mundo. Los caminos se quebraban cayendo de manera imperceptible. Dispuestos a jugar con los sentidos de otros hombres. Él ya era inmune a esa estratagema, sus dedos hacía tiempo que marcaron en las paredes senderos más duraderos que el producto de una rueca. Su rostro mostraba paciencia y resignación; pero qué más se puede hacer ante el deseo que hiere las carnes de tu mujer cuando tú no puedes hacer que se preñen las vides. Hiciste lo justo porque la querías. A pesar de su previsible aspecto, cargaste ese niño cuando nadie se atrevía. Quizás en Esparta lo hubiesen arrojado a las rocas, pero tú no. A él estaban destinadas grandes cosas. Lo apartaste del mundo para protegerlo. Nunca le negaste la dicha de tener compañeros de juegos. Muchos tuvo y él compartía sus talentos con ellos. Tocaba la lira y el caramillo con pasión y en la escritura historias de una isla portentosa engullida por el océano surgían de su mano. Una noche infausta un invitado bárbaro besó con su espada el cuello del príncipe y ahora en su templo mortuorio no te queda Minos, tan sólo acariciar las astas de aquel que convertiste en tu hijo.

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si era exitosa, le daría el pasaporte a la vida civil. Así podría, por lo menos, llevar flores a sus idos amores aunque no tuvieran tumbas. Ahora la tierra era yerma para él y no sabía si era capaz de echar raíces en ella. De improviso la propela comienza a chasquear y su hipocampo mecánico encalla debajo del casco. ¡Maldita cosa!, se dijo, así nunca llegaría a tiempo al punto de transbordo; pero decidió no perder tiempo. Creyó escuchar aquel susurro y dudó por momentos. Pensó en la gente que quizás debía estar en el barco y sintió algo de pena por ellos; pero eran soldados. La pobre gente de su pueblo no lo era y aceptaron con impotencia y dolor el abrazo de los capullos de muerte que arrojaban las águilas roncas remachadas con barras y estrellas. Él siempre terminaba lo que comenzaba. Así que colocó las cargas con el tiempo necesario para poder llegar a ninguna parte y comenzó a nadar lejos de ahí. Maldijo al Duce y comenzó a escuchar aquel susurro casi olvidado. Se percataba después de mucho tiempo, por última vez posiblemente, de la belleza del mar. Esa que le sonreía de niño, cuando jugaba con los hijos de Knossos. La luna tocaba suavemente la niebla que unía a la tierra con el mar. Él llegaba con ellos y se dedicaba en el pueblo a reparar relojes, relojes que comenzaban a marcar el tiempo hacia atrás buscando recuperar idos deseos. Él frecuentaba las tabernas y bebía el vino con tristeza mientras hablaba con los paisanos, que querían olvidar el pasado que les laceraba el alma, sobre todo aquellos amores que había perdido y que él se negaba a dejar atrás. La niebla muere y el puente entre los dos mundos se desvanece. Ellos se alejan de nosotros junto con él. Aquel que de niño, ajeno al glorioso y triste pasado de los hijos de Knossos, compartía con ellos sus secretos juegos. Dejando

IV

Lo vio a lo lejos. Él se acercaba con parsimonia. Ella pensó: otro más que viene a morir. Él vio que no era monstruosa, es más, era bella y amenazante. Ya cerca él se quita el sombrero y con respeto se presenta. Ella desdeñosa, como siempre, se sacude un poco y enuncia el enigma: - ¿Cuál es el animal que se toma dos en la mañana, tres al mediodía y cuatro al anochecer? Él recibió en silencio el desafío, cerró los ojos. Ella le espeta que se apresure y él abriendo los ojos dio la respuesta al enigma que tantas muertes había provocado. Ella enmudeció por instantes y luego gritó llena de ira, intentó devorarlo; pero el sentido del honor la detuvo. Ella, no era buena perdedora, le dijo al forastero que no era el hijo de esos campesinos y que en la ciudad mataría a su padre y preñaría de gozo a su madre. Él escuchó la revelación en silencio y sólo consiguió decir: - Lo sé, es mi destino. Ella enloqueció y se arrojó al vacío.

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V 18

Él nunca pensó que volvería. Extrañamente él recordaba todo, antes y después de Leipetra. Nunca pensó que el Hades sólo era una estación intermedia antes de volver bajo el sol. Veía a su alrededor con disfrute y percibía con entusiasmo los olores de la estación. Entre el vulgo era capaz de reconocer a antiguos héroes que no recordaban sus hazañas aún cantadas por los poetas. Se les acercaba pero ellos le rechazaban con extrañeza. Él veía el encender del alumbrado público y se asombraba del poder del hombre. Sin embargo algo le faltaba, solo se sentía y recordó el amor que le había sido arrebatado. Comenzó a buscar con celo pero no la hallaba. La gente le huía con pavor contenido hasta que una vez en un ágora moderna de ferrosos nervios sintió su presencia. Siguió el invisible hilo y ante la escalera mecánica se detuvo. Leyó un cartel que decía mercado y estacionamiento. No era nada de eso, era el infierno. Recordó su antigua hazaña y dijo “nunca más”. Bajó con entereza, y se encontró rodeado de rapsodas, sofistas y tenderos que pesaban sus diversos frutos y compradores que regateaban 100 gramos. Con ojos nuevos vio ese fruto que tan familiar le había sido en su olvido y que llamaban libro. Vio centauros y ninfas, ajenos a su condición, sumergidos en su sueño de olvido y pequeñas imitaciones de Atlas que en vez de llevar con dificultad el orbe sobre la espalda, lo llevaban sonriendo en bolsas rojas que

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se acrecentó. Imprimió más velocidad al torpedo y la vejiga de caucho comenzó a inflarse y desinflarse con más rapidez; mientras al fondo veía una pradera de esponjas. ¡Esponjas! Ni él conocía la cantidad que recogió de niño, mientras competía con cabezones de bronce y lana cauchatada, trabajando con su papá y su tío. Este había sido el trabajo de su familia desde los tiempos de Minos. Por lo menos eso le decían desde que tuvo uso de razón. Por suerte, eso pareció en ese momento, el maestro descubrió la peculiar inteligencia del muchacho y con su ayuda y mucha aplicación, Giuseppe pudo ir a la Universidad. Allí estuvo dando tumbos unos cuantos semestres hasta que dio con la Oceanografía. En ese tiempo se abría todo un universo submarino; pero vino la Locura encamisada de negro y no tardó en buscarle para misiones especiales. La locura negra se esparcía por doquier augurando un futuro glorioso, como el pasado de su Pueblo, forjado con águilas de acero negro. Era toda una canción futurista impulsada por un corazón de cilindro y pistón. Él creyó en esas promesas, sin saber que eran incapaces de ser preñadas, y sintió con gusto que era un heredero de los gloriosos Urinatores. Ahora era un buzo de combate. Pero la Locura sólo dio palabras estériles y terminó llevándose a todos los que quería, los engulló sin piedad. Se llevó hasta el susurro que suavemente resonaba en su mente y que le acompañaba en sus sueños. Ahora estaba verdaderamente solo. Ahora estaba solo en el mar, dispuesto a hundir lo que fuera en esta oscuridad liquida. Ya la maleza se despejaba y comenzaban a verse más rayos de luz desde el muelle, percibiéndose con dificultad a lo lejos el casco imponente. Se enfi la con rapidez para acabar con esta aburrida tarea, que

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piriferas, Deleserea sanguínea y otros tantos nombres que había aprendido en la facultad y que de nada le servirían en este momento. El sol desliza su sonrisa en las aguas del impávido muelle. En el borde de éste, el Maestro espera hasta que arroja un puñado de monedas al mar donde nadaba un grupo de niños y donde iba sin percatarse su anillo de graduación. Todos los niños se sumergieron en busca de las monedas, excepto uno. Giuseppe nadaba y comenzó a escuchar un burbujeante susurro que nunca había escuchado, pero que era extrañamente familiar y que guiaba suavemente su mano. Él emergió rápidamente con el puño en alto, cual Teseo mostrando el anillo de Anfitrite, llevándole el trofeo a su Maestro. En ese momento, éste decidió convertirse en un centauro para ese niño. Desde ese día a Giuseppe le resonó suavemente ese susurro en su cabeza. Él fue a preguntarles a los viejos del pueblo sobre ese susurro extraño y ellos le hablaron de los Hijos de Knossos. Le dijeron que cuando la niebla une la tierra con el mar, los Hijos de Knossos caminan entre nosotros sin que lo notemos. Ellos nos hablan en susurros milenarios que nos llenan la sesera de sueños heroicos y nos cantan con la cadencia de un suave oleaje que nos arrulla. Sin malicia alguna y sin desearlo siquiera nos enamoran, mientras nos sonríen y prueban el dulce vino que Dionisio nos enseñó a hacer hacía mucho tiempo. Giuseppe ve a través del cristal de su escafandra un mundo verde azulado. Donde sólo se escucha el húmedo ronquido de su vehículo, su respiración amplificada por el depósito de cal sodada y el latir de su corazón. La maleza submarina se hacía más densa a la par que trabajosa se volvía la marcha. Pudo escuchar el lejano eco de las máquinas trabajando y su deseo de terminar rápidamente con esta misión

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colgaban de sus brazos. Siguió caminando y al fin la consiguió vestida con trozos de cielo y asediada por sátiros, ninfas y centauros. Él se le acercó, le recitó antiguos versos y ella sonrió bella y ajena sin reconocerle. Intentó vanamente sacarle del olvido tañendo música como él sólo lo hacía. Pero el sortilegio seguía sin quebrantar. Sintió una vaga presencia y miró en todas direcciones hasta que halló al soberano de esa región. Se le acercó y éste, después de sorber un poco de café esspreso, le ofreció sonriente el mismo trato, recalcándole que nunca viera hacia atrás. Él aceptó y se dijo que esta vez no se equivocaría. Tañó su música y se dirigió a la escalera mecánica, la miró y le dijo: -Ven. Ella sonrió y avanzó con un libro en sus manos. Él siguió con parsimonia y decisión a la salida. Cientos de ojos brillaban, en la oscuridad camuflada con ráfagas de luz, flotando en la música. Sin mirar atrás salió del centro comercial y caminó varias cuadras escoltados por los postes del alumbrado público. Fue inútil, Eurídice y la cultura permanecen en el infierno.

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VI 20

Su cabellera sibilante destellaba inquietantes miradas. Avanzó hacia él con deseo contenido. Sus labios se humedecieron como hacía tiempo que no pasaba. Él no retrocedió, era un gallo con espuelas de bronce. Ella se acerca sinuosamente y antes de reflejarse en el escudo taraceado con albas dice: -Mi lecho es de piedra pero nuestro calor lo ablandará. Rígido e invisible, dudó un instante. Y de soslayo Perseo le tasajeó la cabeza.

Mediterráneo

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...Los viejos pescadores de esponjas dicen que el mar es el hogar de todas las lágrimas, las nuestras y las de todos aquellos a los que quisimos. Las Crónicas del Argos, Alexandros Voyanis

Los Riscos saludan a las estrellas opacadas por una extrovertida luna que acariciaba la niebla. Las flores caen girando suavemente, como pequeñas propelas, en un cadencioso mar. El niño le preguntaba a su padre si su madre había muerto y él le decía que no, que sólo se había ido al mar y que esas flores, como un curioso hilo de Ariadna, le mostrarían el camino de regreso. El niño bajó la cabeza y siguió absorto la caída de las propelas que acariciaban al viento. El Cielo mira implacable cómo el alarido de la Tierra quiebra a la isla. Las aguas, con violencia, comienzan a adueñarse de los restos de la otrora gloriosa ciudad. A lo lejos los Hijos de Knossos veían con estupor, mientras sus lágrimas dulces caían sobre el mar, cómo la isla se sumergía con sus padres en sacrificio expiatorio. Desde ese momento ellos renunciaron a las glorias de la Tierra. Viviendo voluntariamente en una realidad ajena a nosotros. Las aguas están ligeramente alteradas. Él mira a su alrededor, mientras dice a sus adentros Fucus veciculosas, Macrocystes


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VII

Ya olvidó hace cuanto su amado se fue, solo le mantenía en pie su esperanza. En sueños le veía venir por ese sendero que los llevaba a ese jardín oculto donde sudorosos llegaban a abrazarse. Recordaba como él, antes de darle la comida en la boca, jugaba con ella imitando el vuelo de Ícaro. Recordaba todas las veces que durmieron juntos y compartieron el calor de sus cuerpos. Aún recordaba el olor de su amado. Como lo extrañaba. Ya no creía que volvería, pero esperaría hasta el final. La vejez quería apoderarse de su cuerpo pero no lo permitiría. Todos los días salía a recorrer ese sendero secreto, que ya no era tal porque muchos hombres y mujeres comenzaron a profanar ese signo de amor no olvidado. Una ráfaga le trajo un viejo perfume. Le vio venir por ese sendero, que al mediodía dolía caminar, detrás de una carreta arrastrada por bueyes. Caminaba con gallardía oculta. A su lado pasó el herrero, el zapatero y el pescador de esponjas que hacia tiempo que estaba baldado. Ninguno le reconoció, parecía invisible a los demás. ¿Sería él? ¡Claro que lo era! Su corazón se lo decía. Temblando emprendió la carrera hacia su amado, él se detuvo y abrió los brazos. Saltó hacia su pecho y él le abrazó. Volvió a sentir su olor, su calor y el sabor de su piel. Había vuelto, él había vuelto. Con su mirada nublada busca los ojos de su amado y suspira por última vez. Y así Argos descansó por última vez en los brazos del rey de Ítaca.

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VIII 22

Creíste en tu corazón, creíste en él. ¿Volviste a ese lugar para qué? Para recordar las tristezas. Te escapaste de los brazos de tu tierno protector ¿sólo para sollozar? No sabes si es ira o amor lo que sientes por ese extranjero. Por celos y por él renegaste de tu casa y derramaste tu sangre. Los hombres nunca perdonarán que tu sangre haya sido el sudor de su espada. Ahora llevas la marca de Caín en tu frente. Un marino solo le es fiel al mar. Sollozabas cuando a lo lejos viste el corcel de las olas con henchidas velas alejándose. Pero no lo maldijiste. Luego llegó él con su séquito. Era bello y resplandeciente. Te acogió, consoló y sació tus ansias de mujer. Sin embargo estás aquí sola en la arena sin creer que cada vez que te despliegas y acoges a un dios, veas reflejado en sus ojos el rostro de Teseo.

XIII

Forjasteis las armas del nuevo Regente. Bajo la guía de su sangre creasteis los más ingeniosos mecanismos. Os creíais libres cuando erais esclavos de un usurpador que prometió orden y justicia. Cuando sólo llegó para dar rienda suelta a su lujuria. Su caída los arrastró al olvido y disolución. Renacisteis sin saber cómo, multiplicados por un puñado de arena, en cuerpos de metal y plástico. Alejados de sus viejas proporciones de leyenda homérica. Y con mecanismos movidos por las hilachas del venablo de Zeus más pequeños y precisos que los de Antiketera. Permanecéis con vuestros ojos encadenados a recorrer iridiscentes senderos circulares. Asesinando el tedio, todo para el mayor disfrute de las antiguas fichas de juego de los inmortales: los hombres. Nunca pensasteis volver así. Arges, Estéropes y Brontes, seguisteis siendo esclavos.

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XII 26

El oráculo estudió los signos con sumo celo y mostrándole su visión le dijo: Nunca serás Martín Tinajero. Tu lujuria desmedida rompió un lazo que debía ser eterno. No importa lo que pudiste enseñarle a los hombres. Con tu persecución llenaste de veneno un ánfora colmada de un amor que te era ajeno. Ellas, con razón, mataron sin piedad a tus compañeras. Condenaste al mundo a no escuchar más prodigios. Buscaste desesperado el consejo del oráculo. Él te dijo: - Un óctuple sacrificio debes hacer para purificarte. Seguiste sus palabras y ellas alegres volvieron danzando para ti ¿El sacrificio saldó la deuda? No, no podría. El milagro era producto de tu alcahuete padre. Pero en el corazón del oráculo vivía la justicia y te mostró cuál sería tu desgracia. En la edad de hierro, en una tierra aun sin nombre. Más allá del extremo oriental del reino de los Atlantes, él te dio a ver lo que nunca serías: -¡Ay! Aristeo, nunca serás Martín Tinajero.

IX

Los candelabros desprendían brillos en medio de las charlas de rigor. La música luchaba por vencer la panoplia de olores y sabores que se desprendían de la mesa. Aquí y allá los saltimbanquis y bufones arrancaban atención con regular éxito. El amo y señor de este palacio aguardaba con impaciencia al invitado de honor. No se escatimaron gastos en la fiesta sorpresa. Todos vinieron con sus mejores galas y perfumados con el mejor aceite. El anfitrión se acicaló como si esperase al rey de los persas. Al fondo del pasillo se escucharon risas y todos hicieron silencio. Vendado, trastabillando y perseguido por mujeres el invitado entró al salón. De improviso le fue quitada la venda, vio a su amigo y éste le dijo: - No digas nada. La música estalló y se reanudó el remolino de sabores y olores. Él fue llevado al mejor lugar de la mesa y después de unos tragos y bocados su amigo le pidió que admirara los nuevos frescos del techo. Levantó la mirada y vio una joya bruñida, digna del atelier de Hefestos & Co. , colgada de un hilo invisible. Se sonrió, se levantó y con calibrada apostura ofreció el puesto de honor a su amigo diciéndole: - Soy indigno de servir de vaina a la espada destinada a mi señor.

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Has caminado a lo largo del mundo. Viste cómo destruyeron los bosques y desgarran la piel de la tierra. Cómo apiñados hombro con hombro son incapaces de sentir a otro ser humano. Cómo envenenan el aire con ruidos sin sentido y ahogan el cielo con una mortaja más duradera que la noche. Parecía que hubiesen despertado al caos y que un aliento flameante recorriera el orbe. Nuevamente las aguas tratan de engullir la tierra pero no por mandato de los dioses, sino por estupidez humana. Quisiste perdonarlos pero la Tierra clamaba justicia. Entonces te erguiste, Deucalión, y comenzaste a recoger las piedras.

XI

Corría en la oscuridad mientras sus pies se hundían en el cieno. Se detuvo frente a un árbol caído y decidió no huir más. Se sentó y esperó. Al poco rato ella se presentó. Era bella, con serpientes que parecían cabellos y fríos ojos verdes. Le dijo: - No te temo - y sonrió. Una ola indiscreta le despertó, a su lado estaba él. La miró y le dijo: - Ya nada te pasará, yo te cuidaré. Dime ¿Qué me espera a mi regreso? Ella sonrió y le dijo: - Tu mujer te espera ansiosa, varios hombres la pretenden. Pero ella te ha sido fiel mientras teje un tapiz donde se ve tu nave que navega en el mar. Si el viento da en el tapiz véras cómo el oleaje se mueve y se hinchan las velas de la embarcación. Serán dichosos juntos. - Tu visión es hermosa, seremos felices, tú olvidarás y serás parte de esa felicidad. - Sí, mi señor, lo seré. Al desembarcar la llevó al palacio donde la vistió y perfumó. Ya en el salón él le dijo: Hoy conocerás a mi esposa. Entonces ella sintió algo frío que llenó todo el salón, sonrió para sí misma, y vio unos cabellos que parecían serpientes y unos fríos ojos verdes. Él sonrió y dijo: -Ante ti está la reina de esta tierra: Mi esposa Clitemnestra.

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CARABOBO N A C I O N A L S I S T E M A

de Valencia.

(antigua Kuai Mare) de la ciudad

en la sede de Librerías del Sur

sábados, a partir de las 10:30 am,

a cabo sus actividades los

y Científicas Li Po, el cual lleva

Incursiones Culturales

Forma parte del Grupo de

ensayística se mantiene inédita.

de cuentos, su obra narrativa y

A excepción de este volumen

Ojos de Perro Azul.

de las revistas Nostromo y

Perteneció a la redacción

en la ciudad de Valencia.

fotografía, el cine y los medios

desempeño en la literatura, la

cultural que ha enfocado su

Silencioso pero efectivo promotor

Richard Montenegro.

Valencia, Julio de 2007

R E G I O N A L E S

Guillermo Cerceau

I M P R E N T A S

sentido de la narración en el autor nos impide enunciar, como para que nos parezca inexorable...”

d e

“...Esperamos que el lector disfrute tanto como nosotros restituyendo cada paso de la historia a partir de una frase lapidaria que sospecha desde el principio, pero que un agudo

N A R R AT I VA

clima inicial que asume compartido con el lector, el desarrollo medroso y calculado de unas circunstancias que poco a poco modifican la situación original, el final sorprendente para quien no ha prestado atención a los detalles enumerados, a veces, con excesiva ostentación...”

13 fábulas y otros relatos

Richard Montenegro

“...En las fábulas de Montenegro se encuentran todos los elementos de que hecha mano en su oficio: la presentación de un

13 Fábulas y otros relatos  

Autor: Montenegro, Richard. 13 fabulas y otros relatos(Tributo a Li Po). Coleccion:Coleccion: Narrativa. . Carabobo : Fundacion Editorial...

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