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Directora General Parques Nacionales Naturales de Colombia Julia Miranda Londoño Subdirector de Gestión y Manejo de Áreas Protegidas Edgar Emilio Rodríguez Director Territorial Pacífico Juan Iván Sánchez Jefe Área Protegida - Parque Nacional Natural Sanquianga Nianza Angulo Paredes Autores, equipo de trabajo del Parque NN Sanquianga Diego Ferney Estupiñan Perea Jaime Julio Chávez Lozada Wilfrido Ibarbo Biojó Saturnino Montaño Solís Eder Johan Torres de la Cruz Víctor Hugo Estupiñan Darly Estupiñan Deyvi Ramírez Julio Grueso Anchico

Con el apoyo del proyecto “contribución a la prevención de conflictos a través del ordenamiento ambiental participativo del territorio” (Nariño y Cauca) AECID Fase IV. Mercedes Álvarez Rementeria Responsable proyecto Punto focal Nariño. Diseño, ilustraciones e impresión Naturaleza Creativa www.naturalezacreativa.org ISBN: 978-958-8426-36-5


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Presentación El equipo de trabajo del Parque Nacional Natural Sanquianga tiene el placer de presentarles el cuento “Tita en el territorio de la tradición y del futuro” que recoge la historia del conocimiento ancestral y las prácticas tradicionales de producción, basados en la identidad cultural de las comunidades negra e indígena que establecen unas armónicas relaciones con la naturaleza, que le permiten a estas comunidades humanas ser dueñas de la construcción de su futuro. Sin embargo, en el territorio que ahora es el Parque Nacional Natural Sanquianga no todo el tiempo fue armonía y equilibrio natural, todo lo contrario a raíz de la introducción de conceptos y actuaciones foráneas consideradas como “progreso” y “desarrollo” se llegó a un periodo de debilitamiento de la identidad cultural, por la introducción de prácticas de producción cuyo máximo interés, era fomentar la extracción de recursos naturales con valor comercial, lo cual afectó el equilibrio de los ecosistemas y de las especies que los conforman, entre estas, la especie humana. A partir de aquí se generaron conflictos entre veredas por obtener los cada vez más escasos recursos naturales que estuvo a punto de acabar con las relaciones humanas de familiaridad y solidaridad, características de las comunidades humanas que habitan el territorio.

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Pero cuando Tita, situada en el año 2025, recibe la encomienda por parte de su maestra de investigar la historia reciente del territorio, le parece ilógico, pues percibe que todo en éste está en orden, como lo ha sido desde siempre, sin darse cuenta que los equilibrios naturales y la convivencia humana fueron arduamente restablecidos por las comunidades y el equipo del Parque Nacional Natural Sanquianga que vieron en la valoración de las prácticas tradicionales y tecnologías ancestrales una opción para la conservación del territorio, y que este se convirtiera en un lugar hermoso, habitable y con un futuro promisorio. Mas la intención de la maestra es clara, busca estimular en sus estudiantes la recuperación de la memoria colectiva, y mostrar los esfuerzos invertidos por los antepasados para dejar el legado del conocimiento de la naturaleza que permite la conservación y uso sostenible de los recursos naturales. Especial agradecimiento a las comunidades, a los Representantes Legales de los Consejos Comunitarios de Comunidades Negras y a los Expertos y Expertas locales que con su trabajo en el corazón del territorio hicieron posible la etnoinvestigación que nutre esta historia. Igualmente con mucha gratitud al equipo de trabajo de la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo, AECID, por su irrestricto apoyo al proceso de participación social en el ordenamiento ambiental de la subregión Sanquianga de la costa Pacífica del departamento de Nariño.


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rase una mañana del año 2025, cuando Tita despertó restregándose los ojitos encandilados por el sol de un amanecer resplandeciente, y al saltar de la cama y asomarse a la ventana de su cuarto ve la luna reflejada en el agua alta y quieta del estero como si hubiese mirado directamente al cielo; la paz que normalmente le transmitía la bella imagen y que debió iluminar de alegría, como de costumbre; de repente su cara de alegria, ¡puf!, se esfumó, porque había despertado más bien preocupada, pues la noche anterior por más que se había quemado las pestañas consultando en los libros de historia, geografía y ciencias naturales, no encontró respuesta satisfactoria a la tarea que le había dejado el día anterior la maestra. Y aunque tenía a su favor todo el fin de semana para averiguarlo, se lamentó porque entonces no tendría el tiempo suficiente para jugar en la playa y nadar con sus amigos en la mar, poniéndose retos irrealizables como que pasarían a nado hasta la isla Gorgona; lo que parecía perfectamente posible, pues si llueve toda la noche y a la madrugada escampa, entonces desde la playa Sanquianga podían ver la isla tan nítida como si bastase unas cuantas brazadas para llegar a Ella. A pesar de que no había hablado con sus amigos y amiguitas al salir de la clase para comentar las preguntas que a cada uno le habían dejado por escrito en un papelito, que a su suerte habían ido sacando cada uno, supervisados por la maestra, de la bolsa de las fichas de jugar bingo; pero desde el principio estuvo más que segura que le había tocado en suerte la tarea más difícil, la más complicada, por no decir que misteriosa.


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a en pie, lo primero que se le ocurrió fue dirigirse a la cabaña del Parque Sanquianga, en donde muy a menudo los trabajadores daban a quien les solicitaba información y explicación sobre los llamados “temas de conservación” de los que, erradamente, algunos pensaban que eran los únicos sabedores y además responsables de la preservación de los recursos; entre los diversos tipos de personas, acudían niños a resolver sus tareas y a capacitaciones sobre educación ambiental. Fuese para lo que fuese consultar o simplemente recrearse, se disponía de una biblioteca con muchos libros; algunos con ilustraciones, fotografías muy hermosas y coloridos mapas que hacían ver la tierra como un país de fantasía, pero que junto con la interpretación de las convenciones, las lecturas compartidas, las reflexiones, los vídeos y las conclusiones, quien los utilizaba terminaba sintiendo que comprendían un poco más la realidad que les circundaba y a la que pertenecían; y por tan razonable pensamiento, se sintió desconcertada, como si por dentro su espíritu se desinflará, cuando, después de una nada fácil travesía por la bocana Sanquianga, de allí el potrillo surcó con la vela desplegada y el primo Nacho a la pilota, que venía del placer de Mangacho que a esa hora tempranísima de la mañana bullía de aves marinas que desayunaban como a la carta camarones y cardume. Para llegar a la cabaña se decidió caminar por la playa,


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9 pues el sol rojo acababa de despuntar completamente por el horizonte, luego todavía no quemaba. Al llegar a la cabaña con decepción, vio en la cartelera la programación que indicaba que los funcionarios estarían atendiendo a otras veredas, de las cincuenta y dos que hay dentro del Parque; razón por la cual la cabaña se encontraba temporalmente cerrada. ¡Zamm…! Como un ¡portazo en las narices! Así que no le quedó más remedio, que devolverse, y hacer primero a pie el largo camino hacia La Vigía, para luego volver a hacer la travesía de la bocana hasta El Naranjo, vereda en donde quedaba la casa de su familia. Por el camino de regreso, refrescó sus pies en la laguna del tuliciero, en donde contemplaba, aunque fuera por unos instantes, los grandes ojos de los tulicios, que era la única parte del lagarto que, junto con la punta de la trompa, apenas asoman fuera del agua; se confunden fácilmente con trozos de leños. Sin tratar de explicárselo, sólo con la sana intención de no interrumpir el momento, se paralizaba ante la belleza de la garza cuando ésta estaba al acecho con su largo pico a la pesca de su alimento. Entonces, Tita, era capaz de no moverse hasta no

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ver que la garza pudiera estirar el pescuezo fulminante como el rayo sobre la liza y la agitara salpicando agua, atenazándola con el pico unos instantes por los aires para, en un abrir y cerrar de ojos, engullirla. Claro, que también varias veces le habían paralizado otros incomparables motivos de la naturaleza: el vuelo de las bandadas de pato cuervos, los comilinches entre el bosque y la playa aguaitando a los maricacos, su presa favorita, lo que también le llevaba otro buen tiempo de total quietud. Otra cosa que le entusiasmaba durante la marea baja era leer los rastros que dejaban en sus andares, para buscar alimentos, asolearse o simplemente a anidar en las noches, los animales, que desde el mar o desde el bosque transitaban la playa; reconocía los rastros dejados por la tortuga patiamarilla, la tortuga caguama, las iguanas, los maricacos, los chirlos, las iguanas, y muchos otros que su mente no alcanzó a repasar. Luego atravesó el ancho de la playa que no era barrido por el oleaje de la marea, así, a ¡saltitos!, la arena quemaba, el sol del medio día estaba que ardía como braza, y andar descalzo sí que era una insensatez, y se fue internando en el bosque guandaloso y firme.


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Antes de entrar por entre los manglillos y el majagual, ni siquiera la detuvo toparse con un nacimiento de tortuguitas marinas Caguama que habían comenzado a abrirse camino desde su nido entre la arena, en donde permanecieron alrededor de cincuenta días a cincuenta centímetros de la superficie para estar lista para salir, alcanzar la playa y enfrentar cada una por su cuenta al gran océano, que se interponía entre Mulatos y la China, para algún día volver. Las que sobrevivían volvían ya adultas a sembrar sus huevos en la arena; este episodio le maravillaba, a pesar de que estaba acostumbrada desde chiquita a ver las eclosiones de los nidos, sobre todo entre octubre y noviembre, esta vez no la detuvo, estaba demasiado preocupada por resolver la tarea y se internó en el fresco bosque, entre majaguas, manglares, manglillos y los frondosos arbustos cargados de icacos y de uvillas dulcecitas que iba comiendo, Tita, como una pajarita, encantada por la distancia que necesariamente tenía que recorrer para llegar a casa. Prefirió tomar el atajo por el bosque, no por ser más corta, sino que a esa hora era muchísimo más fresca. Al atravesar el puente de madera y llegar a la división en Y del camino, que llevan el uno al Cacao y el otro a La Vigía, iba tan desanimada, que para nada le sorprendió, mucho menos le aterró que a la vera del camino, con los pies metidos en las aguas del estero, se topara con su bisabuela Lucha, la abuela de su papá Tuco y del tío James, que había pasado a mejor vida sin otra explicación que una centenaria vejez. Sin siquiera enfermar, se acostó una noche tan natural y no se volvió a despertar; la encontraron sin el menor rastro de dolor en el rostro. De eso habían pasado algunos años, cuando apenas ella, Tita, su bisnieta, comenzaba a caminar y a hablar; pero si la había reconocido en las fotografías más antiguas del álbum familiar. -Mijita, ¿por qué vienes tan achicopalada? Parece que te hubieran dado una tunda-, le dijo con una voz ronca, pero a la vez tan dulce, que para nada alteró la confianza de Tita. -No, abuelita_, le contesto de la manera más natural, como si le conociera de toda la vida, y no hubiese necesidad de llamarla bisabuela.


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13 - ¿Entonces, mijita, qué te pasa?_, insistió la anciana. Una suave brisa que arreciaba entre las ramas del bosque, levantó levemente, el pelo ensortijado completamente blanco de la abuela, lo que sin saber exactamente por qué, le creó un ambiente de confianza para continuar conversando. -Abuelita, perdóneme que no pierda tiempo preguntándole, pero no creo que tú puedas responder a las preguntas de la tarea que me dejaron en la escuela; eso de la conservación de la naturaleza es una misión institucional de Parques; no más basta con preguntarles a los trabajadores y se vienen por boca y nariz cuando hablan acerca de la conservación de los recursos naturales y las culturas que los usan y manejan sustentablemente. _Dale, cuéntame-. Le ánimo la abuela. Tita, todavía incrédula de lo que podía saber la abuela, por bondadosa que fuese, la veía muy vieja como para que supiera lo que no sabían los libros y algunos que los estudian, le contó: - “¿Cómo hicieron los antepasados para recuperar la naturaleza y la convivencia social…?”, ¿No te parece ridículo que lo pregunte una maestra, como si todo lo que existe no hubiese estado aquí todo el tiempo desde que Dios lo creó, lo dice, clarito, el génesis, además por eso somos felices los que vivimos aquí, porque siempre hemos tenido todo lo que necesitamos?” -Tendía a no confrontar en su interior la creencia religiosa con la historia natural de la materia; y en cuanto a las tensiones sociales individualizadas

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y vueltas a juntar no trascendían del chisme y como nadie odiaba, no existía el peligro. -Tita, mi niña, estás totalmente equivocada; si bien mi Dios todo nos lo dejó, como bien lo dice el Génesis, para que lo disfrutáramos, hubo un tiempo, no hace mucho, cuando tú papá y tú tío todavía eran niños, que por poco nuestra comunidad y la de las veredas vecinas, estuvimos a un tris de morirnos de hambre y de sufrir de mil enfermedades que nos atacaban, pues la desnutrición de la población comenzaba a ser un problema de salud. Así que todo este hermoso paisaje que ves hoy y la sabrosa comida que comes todos los días, especialmente, las de las fiestas patronales, Semana Santa y Navidad, por poco se convierten en fantasía, cuando todo presagiaba que nos íbamos a quedar sin bosques, sin agua, sin mariscos, sin peces, sin gallinas, sin cerdos y cultivos para por lo menos defender el bocado del día. Tita, con cara de duda, le dice: _Abuelita, ¡no lo puede creer! -Es mejor que lo creas; ya me las arreglaré en algún sueño, con tu padre y tus tíos, por no haberles contado a los hijos nuestra historia. Y más respeto con la maestra, ella no hace preguntas tontas; afortunadamente a ella sí se le ocurrió preguntarte para que investigaras y compartas con tus compañeritos en la clase, el esfuerzo y el sudor que costó pa’ tener lo que ahora tienen, y eso de que conviven en paz, no es muy seguro, pues cuando cada quien comienza a jalar solo pa’ su canasto las cosas terminan mal.


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e esta manera, le reconvino la abuela sacando el canasto -tejido con fibras de cholati-, del agua lleno de camarones, y cuando Tita pensó que la abuela había terminado de pescar y rezongar, ésta, se puso a escoger rápidamente, devolviendo los camarones pequeños y medianos, ¡chumbulúm!, al agua, y le dijo: -Los que acabo de liberar son para tus nietos y para los bisnietos de sus nietos… Ahora, te voy a llevar a donde unos amigos, que por viejos que sean no son ignorantes, y darán respuesta a tu pregunta, porque incluso lo que saben hoy los que trabajan en el Parque lo aprendieron, en gran parte, escuchando a los mayores de nuestros pueblos. Claro, que en ese tiempo, también los viejos, los adultos y los jóvenes, también atendieron a lo que decían los universitarios, los líderes de consejos comunitarios, los funcionarios de las alcaldías y dialogando y uniendo esfuerzos y conocimientos entre todos… Ya verás cómo fue… Se decidieron tomar por el sendero del Cacao. Tita iba tan ilusionada, después de la “jalada de orejas”, en el afán de hallar respuestas para su tarea, se había portado necia, que ni siquiera se fijó en que su abuela caminaba hábilmente sobre un pie de niño y un pie en forma de molinillo de batir chocolate. Antes de llegar a la casa del Cacao, a la que nunca antes había ido, pues estaba en el desvío, y era un territorio de respaldo, es decir un bosque cuya soledad infundía respeto; se encontraron en el estero


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17 con el tío de su papá, el tío Juancho, de San pablo de la Mar, que si la memoria no le fallaba, también había pasado a mejor vida, pero ella le vio igual que estuviera vivo, que pa´ nada le dio miedo, y ni siquiera lo volvió a pensar. El tío Juancho, estaba pescando con vara, y mientras lanzaba el anzuelo al agua emitía vigorosamente los silbidos del chango (¡cleck cleck cleckle…!), con lo cual, además de verse algo chistoso, como cosa de locos, con su ¡clakeo! acudían los mulatillos y los pargos asomando, como desesperados, de entre las raíces del manglar inundada por la puja, a pescar los restos de tasquero que deja caer el chango cuando come encima del raicero; engañados picaban en el anzuelo, y tal como su abuela hizo con los camarones, el tío echaba en el potrillo los peces grandes y devolvía al agua los medianos y los pequeños. -¡Suficiente! - Exclamó, el Tío Juancho, que les había escuchado aproximarse, sin que ellas hubieran hecho el más mínimo ruido,

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pues se cuidaban de no espantar a los peces y por nada del mundo dañar la pesca del tío. Apenada, Tita, porque ella pensó exactamente lo contrario: que había espantado a los pargos rojos, se disculpó: -Lo siento, tío Juancho, por interrumpirlo. El tío contestó como si estuviera enojado, pero ese era el tono normal de su voz cuando nada podía alterarle; nadie era más condescendiente y sociable que él: - ¡Qué interrumpido y que ocho cuartos! Simplemente que ya pesqué lo que vamos a merendar hoy. Pa´ el tapao de mañana, me madrugo con la atarraya a pescarme unas cuantas lizas. Sólo como pescao fresco, pa´ eso vivo a orillas del mar. La Lucha - la mujer del tío, que se llamaba como mi abuela -, sala y seca al sol, en la barbacoa, lo que vamos a intercambiar con los agricultores del río por productos de los cultivos que no se dan por acá. ¿Y cómo está usted, comadre Lucha?; lleguemos hasta donde su tocaya que el sancocho de gallina criolla ya está ardiendo, ya va siendo hora de almorzar - .


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ogó hasta la orilla. Y antes de bajar del potrillo, enhebró con una tira de majagua los pescados por las agallas, las anudó a las puntas que salieron por las bocas a medio cerrar, como un ojal, y levantó vigorosamente la sarta de pescado que inicialmente se agitaba en el aire como si los peces permanecieran vivos, y efectivamente algunos permanecían durante un buen rato en tal estado, pues de vez en cuando propinaban un sacudón, que aparte de salpicar, amagaba con desbaratar el nudo y desparramarse por el piso. Tita, no quiso preguntar, por qué tenía una mano mocha, pero se le quedó mirando, como si se lo preguntara con la mirada. Entonces Juancho se adelantó: - Mija, pregunta sin vergüenza, que más bien, me gusta contar lo que me pasó, para que a nadie se le vuelva a ocurrir repetir mi desgracia. Comenzaron a caminar hacia la casa del tío Juancho y de la tía tocaya por entre el terreno guandoloso dejado por la fuerte lluvia que había caído la noche anterior. La abuela continúo muda como si lo hiciera de aposta, para que yo siguiera su ejemplo: me callara y escuchara, sólo al tío Juancho. -Qué tal comadre que no tuviéramos estos bosques, si hubiéramos continuado con la corta de madera para vender a la empresa, con los temporales que están cayendo por esta época, ¿qué hubiese sido de estas criaturas?. Le acarició la cabeza a Tita con su áspero muñón, que ella sintió como una bendición; ahora estaba más que tranquila: ¡dichosa!


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21 -Claro, compadrito, y lo peor es que viviremos por siempre, generación tras generación, bajo la amenaza de que nos arrasé una ola repentina como la “visita” de 1906, que, según, mis abuelos, no hizo más daño ni mató a toda la gente porque estaban de pie, como hoy los manglares, para aguantar semejante embate de andanía embravecida. -Tiene razón comadre, se dice que la ola de 1979 acabó con más veredas y gente, pues cuando se nos metió en la cabeza que la plata lo valía todo, pa´ lo que uno quisiera, cuando nos dimos cuenta habíamos talado muchos mangles pa´ vender la corteza a la empresa compradora de corteza que lo único que le interesaba era sacar el tanino y por eso dejábamos el palo tumbao en el bosque haciendo daño, sin ningún otro servicio… Perdimos sin darnos cuenta los demás beneficios... Dudó en proseguir como si hubiera sentido en ese momento vergüenza propia y ajena por su participación, pero casi de inmediato reanudó la conversación. -Pero venga mija le cuento: mi mano mocha, no es castigo de Dios; él no castiga de esta forma tan cruel… Es verdad, se debió, solamente a mi irresponsabilidad, por andar pescando con torpedo; en una ocasión, sin explicármelo por qué, se me estalló en la mano antes de lanzarlo, y me la voló. Y eso que ya me lo había advertido mi abuelo, mi papá y la gente del Parque, que me decían que además de destruir las pozas y matar a toda

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forma de vida sumergida en el agua, algún día, podía hacerme un daño irreparable. Yo de terco les gritaba que eso sólo eran cuentos, y ya que ellos no hacían más que cacarear y cacarear sobre la bondad de las prácticas tradicionales, les discutía con rabia que la pesca con torpedo también era una práctica tradicional, que veníamos haciendo desde hace mucho tiempo algunos en la vereda. - Pero sólo los mochos, compa… -contrapunteó la abuela. Ahora quien callaba escuchando atentamente era Tita. - Claro, ya no lo discuto, comadrita. Se aproximaron a la casa por entre la huerta: las badeas, las papayas, las guanabanas, los plátanos, los bananos, no dejaban ver desde lejos la casa, y además atraían un jolgorio de pájaros que trinaban y picaban, y que al tío Juancho era como si no se le diera nada que comieran de lo que se daba en la huerta acabando con parte del esfuerzo de él y el de la tía Lucha, pues ambos la cultivaban, y como si hubiera leído su pensamiento, le dijo: - Muchachita, aquí de lo que se produce alcanza pa´ todos. Mira que no necesito, lo que de por sí es caro, enjaular a los loros, a las cuaritas, a los azulejos, a los chicaos, para disfrutarlos, así que no hago nada por espantar a los pájaros; grábatelo: sin bosque no hay pájaros, y sin pájaros tampoco hay bosque-. Y fue como si de golpe hubiese comprendido todos los desentendidos de las ciencias racionales.


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o fabuloso consistía en que no necesitó pensarlo para entenderlo en el acto: “¡la convivencia”!, se le vino a la cabeza como una palabra cargada de magia que le llevó al colmo de sentirse espontáneamente feliz: ¡Sin convivencia humana no había tal respeto por el resto de la naturaleza! Ambas condiciones, con tan simple sugerencia, entendió, eran perfectamente indisolubles. Abriéndose paso por entre las docenas de gallinas, a un lado de la casa, estaba la tía Lucha; afanada le daba las gracias a la chillangua, porque le iba arrancar algunas hojas, para terminar el último hervor del sancocho. Tita pudo ver que en su barbacoa tenía de toda clase de plantas que servían de alimento, para aliñar la comida que con los aromas que desprendían la hacían más que deliciosa, y cerró los ojos para respirar profundo, pues lo que estaba sintiendo estaba más allá del simple hambre y era como si el mismo aire la alimentase. -¡Comadrita!, ¡qué buenos vientos la trae…! ¿Y ésta no es la hija del Tuco con la Adelaida?. -Sí, tocaya, la misma, que dejamos de ver aún chiquita. -¡Pero qué alegría me da volverla a ver! Comadre, ponga ese canasto en la sombra que los camarones todavía aguantan sin dañarse. -Claro, comadre. Una parte es pa´ usted y la otra se las estoy llevando a la Rosa, pa´ cambiársela por arroz, que ayer don Vidal llegó del Patía, y cosechó de su parcela arroz, plátano, manzano, maíz, papachina, chilma…, traía la canoa que se hundía-. Tita, no podía ocultar su curiosidad por lo esplendida que lucía la barbacoa,


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25 y a pesar que en su casa su mamá tenía una similar, jamás se había tomado la molestia en averiguar para qué servía cada planta. Y otra vez, como si esta gente, que ya tiempo que se había ido, leyera su pensamiento, la tía Lucha le explicó: -No todas son para comer, algunas son medicinales, o sirven para ambas cosas. Ven otro día y te explicaré una por una para qué sirven, tienes cara pa´ saber y corazón pa´ curar, se te ve en los ojos. El sancocho está en punto, vamos a comer. El tío Juancho, que se había encaminado por entre el monte, mientras ellas platicaban, regresó con tres pipas pa´ sacar la bebida fresca que se acostumbra como sobremesa y que había bajado, sin estropear la palma de coco, con una palanca de guadua; luego de que las vaciaran, el tío Juancho, las partiría por la mitad con el machete, y con la punta del mismo, labraría una cuchara de la misma cáscara, y se deleitarían con la tierna pulpa blanca. -Ésta con espiga es la tuya, Tita, para que te comas la manzana, tengo tantas otras así, con espiga, para sembrar, pero ésta es tuya y de nadie más. Y de veras, al sentirla desvanecerse pura en su paladar, entendió a qué refería “de nadie más”, fue cómo si un maestro le hubiese hablado, que se atrevió a preguntarle:

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-Tío, y… ¿usted aprendió la lección y no volvió a pescar con torpedo? Ya estaban frente al plato de sancocho humeante y unas porciones de aguacate en forma de media luna, que la boca de cualquier humano se deshacía en agua. - Mija, lo que existió era una masacre con torpedo a la naturaleza. Claro aprendí, pero no del todo, porque me puse a pescar camarón con mallas ahogadoras, que con los plomos y la relinga revuelcan el fondo… Tita, otra vez ansiosa le interrumpió: -Pero, si tanto daño hacía esa malla, no entiendo, ¿por qué pescaban con eso, o acaso también era tradicional? -De ninguna manera, Tita, la malla ni de dos, ni de dos y media, ni dos tres cuartos de pulgadas, son artes tradicionales; fueron introducidas con el ¡bum! del fomento de la pesca del camarón por allá en los años sesenta, desde ese momento nuestra pesca tradicional comenzó a llamarse pesca artesanal y a competir con la pesca industrial de camarón, ésta, por el tamaño de sus aparejos, haciendo un daño irreparable a los fondos marinos y el ojo tamaño de la malla captura alevinos de todas las especies; pero lo único que nos importó, a unos y otros, industriales y artesanales en ese momento era que el camarón por kilos


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27 estaba dando plata y todo el mundo se dedicó a esa pesca, en las pozas y en los placeres, y prácticamente olvidamos la pesca con vara, con volantín, calandro, calabrote, piola, que son artes de anzuelo, artes con las cuales aumenta enormemente la selección de las especies de peces tanto en diversidad como tamaños; lo mismo que abandonamos la atarraya, la catanga y los esterados, artes con las que también se pesca; no volvimos a utilizar las trampas cangrejeras, ni a amilandar con mecheros en las noches para agarrar jaibas. Y como al principio el camarón nos daba plata, antes de que se escaseara, no volvimos a sembrar ni huertas ni azoteas ni a cazar de vez en cuando animales de monte con trampas o con escopeta para variar la comida y no dedicarnos a una sola cosa, tal como se hizo hace un tiempo, con todo recurso natural que se compraba con dinero. -Pero por lo menos la pesca con malla no hace tanto daño como el torpedo. Insistió, Tita, para confirmar la respuesta que anotaría en su

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cuaderno, de que el arrepentimiento del tío era verídico, como inmediatamente lo comprobó. El tío contestó: -Pero cuando nos dimos cuenta, no teníamos ni pescao, ni plata, pues éramos muchos haciendo la misma cosa todos los días: pescar camarón. Pero el problema más grande es que en esta pesca por cada kilogramo de camarón que pescábamos, también caían en la malla diez kilos de toda clase de peces, todos por debajo del tamaño y la madurez sexual que tienen que alcanzar para dejar las crías que son las encargadas de mantener la abundancia del recurso. Así fue como se disminuyó el pescao que no daba ni pa´ comer, pero al menos daba pa´ fiar la gasolina de la próxima faena… Entonces, al acabarse el camarón y el pescao, nos cogimos con la piangua, y sucedió una y otra vez la historia con cada recurso al que se le ponía precio: iba reemplazando al recurso recién acabado, hasta ser también sobreexplotada hasta el cansancio, hasta agotarlo.


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¡Lo hubieras visto!, a los hombres - intervino nuevamente la tocaya-, no les importó, que el piangüeo en principio fuese un oficio de mujeres, en cuanto se disminuyeron a tal punto los peces y el camarón que no daban ni para comer y sus tamaños dejaron de ser comerciales, nos volcamos al raicero y le dimos tan duro a la piangua que casi la desaparecemos. -Pregúntale, a tu abuela- intervino la tocaya-, cuando tu papá Tuco y tú tío James, se perdieron en el manglar y los entundó la Tunda: por poco se mueren de hambre, porque la visión no encontraba qué darles de comer; cosa que no sucedía normalmente con los entundados de los tiempos de los abuelos, que salían del monte bien tenidos, y con fuerza suficiente pa´ ponerse furiosos con lo que costaba el esfuerzo de reunir a todo un pueblo para controlarlos y desentundarlos. -¡No lo puedo creer! Entonces lo que hoy tenemos en abundancia, no siempre ha estado así? -No, mijita-, contestó la abuela-; las cosas sucedieron tal como la está contando el tío. -Y entonces, ¿qué hicieron para recuperarlo todo como lo estoy viendo hoy? -Comenzamos a pensar entre todos, pero no fue fácil. Los líderes y lideresas de nuestro Consejo Comunitario en unión con los funcionarios del Parque Sanquianga, en ese entonces, Tuto, Will, Diego, Eder y Jota entre otros… nos invitaron a que hiciéramos desde las veredas un plan de manejo para recuperar las riquezas de nuestros territorios, que como has visto no se trata solo de plata; más hacemos tratando de recuperar la sabiduría y el orden que habíamos perdido junto con nuestra identidad ancestral.


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31 -¿Cuál es la dificultad? Preguntó Tita, no viendo mayor complicación en la respuesta tan razonable que había dado el tío Juancho; pero además segura de los resultados que saltaban a la vista en cuanto a la conservación de la naturaleza y el bienestar que disfrutaban en la vereda y en la región. -Hacer un plan conjuntamente no era lo mismo que realizarlo. A través de talleres y charlas ambientales en todas las veredas, fuimos diagnosticando los problemas causantes de que la comunidad no conviva ni se sienta bien, problemas en los cuales todos los que participábamos teníamos su parte de responsabilidad; pero, así mismo, se nos mostraron las posibles soluciones que debíamos emprender, y las propusimos. -Pero era suficiente con recuperar las prácticas tradicionales, para que la gente produjera su sustento-, se adelantó a responder Tita, como una adivinadora. -Ni creas -, dijo la Tocaya. - La prácticas tradicionales no se recuperan simplemente porque volvamos a utilizar las artes de nuestros antepasados en pesca, en agricultura y la manera como usamos el bosque, los esteros y los animales en que ellos viven. Primero, teníamos que recuperar la fe en nosotros mismos, lo que llaman nuestra identidad. Sin los conocimientos heredados generación tras generación, sin nuestras costumbres, sin la celebración de nuestras fiestas que

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nos volvieran a integrar como personas y pueblo, sin el respeto por los otros que son distintos a nosotros, pero iguales como seres humanos, imposible, las prácticas no iban a volver solas, como caídas del cielo. -Y sí que fue una dura batalla; la juventud de entonces, a la que yo ya no pertenecía, pero sentía que me incluía- dijo el tío Juancho, agitando el muñón-. Durante mucho tiempo nos opusimos. Algunos, otros los apoyaron con su participación, le dimos la espalda al Consejo Comunitario desde nuestras propias veredas, que se hacían llamar mesas de etnoeducación. Nos oponíamos, aunque también reclamábamos a los del Parque, en sus recorridos de prevención y control porque no nos permitían pescar con mallas en las pozas porque nos las decomisaban; lo mismo que nos decomisaban la piangua que estaba por debajo de la talla mínima que era regresada con testigos a los raiceros. Les reclamábamos que nos íbamos a morir de hambre; lo que era totalmente cierto, pero en la medida en que siguiéramos la práctica del desorden y los malos usos de la naturaleza y lo que es peor, los enfrentamientos entre vecinos y familiares por la disputa de lo que quedaba… -Pero cuando estos muérganos se fueron dando cuenta con sus propios ojos - intervino la abuela-, que iba en aumento la pesca, que también crecía el camarón y la piangua, con no más cumplir los acuerdos de uso y manejo que existían desde


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33 mucho antes del primer plan de manejo participativo. Con el tiempo, al ver que con un poco de voluntad y esfuerzo entre todos funcionaban, comenzaron a solicitar que se hicieran otros Acuerdos: que para proteger el mangle, el guandal, las tortugas de charcas, las tortugas marinas, las iguanas, los pericos… -Perdón, voy a volver abrir por última vez mi boca – dijo la tocaya no sin antes meterse una cucharada de sopa en la boca, así que su voz salió como si saboreara las palabras-, pues yo en ese tiempo tampoco era muchacha, pero me las daba, y era de las que si era posible no dejaba piangua en el raicero: pianguas grandes, que ya casi no habían, medianas y pequeñas, todas iban al canasto; afortunadamente comenzamos a atender a tiempo los expertos locales, que no eran otros que muchachos y muchachas de nuestras veredas, igual que los colectores de información pesquera, que en principio no hicieron nada distinto que ponernos a dialogar entre nosotros y casi sin darnos cuenta, escuchando a nuestros mayores, fuimos recordando, cómo llegaron y en qué condiciones nuestros antepasados desde África a estas tierras traídos a la fuerza por los españoles para trabajar en las minas de oro y en la agricultura; nos enteramos por nuestras historias, cómo fuimos fundando los poblados, construyendo nuestras casas cortando en menguante mangle jecho para los parales y utilizando distintas maderas para el resto: chonta para

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el piso y chanul o chachajo para las paredes, estas maderas finas traídas de los ríos; el techo se hacía de hojas de palma de naidí. De esta manera fuimos construyendo un modelo de cómo debíamos volver a organizar el territorio para nuestro beneficio, el de los renacientes y de los que aún no han nacido. -Comadre -, dijo la abuela- no olvide en esta historia a los indígenas, que habitan estas tierras desde mucho antes que llegaran los españoles; de ellos aprendimos casi todo lo que hoy sabemos del monte, de los ríos y del mar, zonas que para nuestros primeros antepasados eran nuevas; aprendimos, pegando el conocimiento ancestral que traíamos de África con muchas de las prácticas indígenas, para cuidar y aprovechar la naturaleza sin acabarla. -¿Y qué pasó con los españoles, abuela, en dónde están? -La gran mayoría de españoles después de las guerras de independencia en América, retornaron a España. Sin embargo, quedaron algunos de sus renacientes, mestizos, en todo el territorio colombiano, en la playa de los Mulatos quedaron unos pocos mestizos que luego fundaron las veredas de La Vigía y Amárales; su territorio fue concedido a finales del siglo XVIII por un virrey español al señor Claudio de Reina mediante una cédula real, y abarca, además de las playas, las tierras entre los esteros el Perico y el camino Real.


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ita, volvió a intervenir, como si quisiera vaciarles todas las respuestas, y aclarar la mente quedándose con sus saberes: -Perdónenme, pero con el aumento de la población, las prácticas tradicionales también terminarán por disminuir los recursos naturales. -Si bien visto de ese modo tienes razón- habló el tío Juancho con voz de maestro, por lo menos así le escuchó Tita, sin que él se lo propusiera-, la naturaleza bien manejada nos puede suplir el bienestar necesario a muchas generaciones, y la clave está en que nuestras prácticas tradicionales no están separadas la una de la otra, están integradas, a nuestra existencia, son, como los arrullos, o el encocao de raya ahumada, o el son de una marimba, o el de un cucununo, una forma de vida; se rotaban según la época favorable para los cultivos, las cosechas, la preparación de la tierra; lo mismo para pescar: en la cuaresma pescábamos pargo con volantín (…). En fin, nadie se dedicaba a un solo oficio. - ¿Cómo cultivaban la tierra?- preguntó Tita, definitivamente cautivada por la historia. -Según el terreno: si el terreno es guandaloso- comenzó a contar la tocaya, cuando en principio, Tita, pensó que esa era una respuesta que solamente podía dar el tío Juancho: - primero se zanjeaba el terreno, se rozaba y se tumbaba una porción de bosque, pero no se tumbaban todos los árboles, para no aflojar la tierra, para sombrear los cultivos y no secar las quebradas cercanas; además los árboles combinados con los cultivos controla las plagas: yuca no se sembraba junto al maíz para no favorecer el aumento de la hormiga arriera, así se controla naturalmente; la tierra trabajada por esta hormiga es uno de los mejores abonos que fabrica la naturaleza. -¿Qué tiene que ver la luna con el manejo de los cultivos?; eso también nos mandó a investigar la profe.


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37 -No era sólo con la agricultura, sino con todas las actividades, tenía algo que ver la época de luna llena. En la agricultura, se sembraba en menguante y se cosechaba en menguante, pues sino no se obtenían frutos de buena calidad y se echaba a perder la mata o el palo. En los usos del bosque no se cortaba en luna para ningún uso el palo que se iba a elaborar; de lo contario se apolillaba al poco tiempo la madera y la cosa terminaba siendo inservible. En la pesca, las diferentes fases de la luna definen el tipo de pesca; durante la luna creciente es típico pescar con volantín sierra y peladas y el pargo achiote. - Qué hacían con tal abundancia de comida?, Preguntó Tita - La que cultivábamos- retomó la palabra el tío Juancho, mientras las señoras y Tita llenaban la boca-, no era sólo para que la gente comiera e intercambiara y vendiera; si alguien en la vereda estaba necesitado, la viuda, los enfermos, todo el que por impedimentos de la vida no podía procurársela por los propios medios, se compartía; era una ofensa para nuestra comunidad que alguien aguantara hambre. - Los cultivos, también estaban pensados para alimentar los animales que criábamos en las huertas: gallinas, patos, chumbos, estaban relacionados con la parcela en donde predominaba el maíz; los cerdos que criábamos en chiqueros, estaban relacionados con el cultivo de plátano, banano, manzano, chontaduro. También se criaban vacas cuando el terreno era

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apropiado, teníamos una que otra, que aparte de darnos leche, carne y abono, era como un ahorro para en caso de atender una enfermedad grave, o para mandar a estudiar a los hijos a las ciudades, o comprar un motor pa´ la canoa, pa´ cosas así era que las vendíamos, y en otras ocasiones la sacrificábamos en las fiestas patronales, beneficiándose toda la comunidad. -Todo muy bonito-, dijo emocionada Tita-: Pero, ¿fue suficiente con recuperar las tradiciones de nuestra cultura ancestral para que vivamos cómodamente como vivimos hoy? En ese momento llegó don Vidal; cargando al hombro un bulto de arroz: -Cómo que llegué a buena hora. Huele a sancocho de gallina de fogón de leña; ese cuentico de que el sancocho se cocina en estufa a gas, no me convence; cualquier otra cosa, menos el sancocho sea de gallina o de pescao. -Bien pueda compadre, siéntese a la mesa, que le voy a servir. ¿Quién quiere repetir?- Todos levantaron la mano, menos el tío Juancho que alzó el muñón. Don Vidal tomó la palabra, y como buen decimero había cogido al vuelo con la última silaba escuchada el hilo de la conversación sin tener que hacer el más mínimo esfuerzo de memoria: -Tita, un pueblo que respira vida no puede quedarse simplemente anclado en el pasado, sino que tiene que basarse en su historia para escoger sabiamente lo que le conviene, tanto para el


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39 presente como para el futuro, y nosotros los negros, los indios y los mestizos no nos la sabemos toda. Los paneles solares, las estufas a gas, los motores fuera de borda, los purificadores de agua, los computadores de la escuela, la biotecnología, los teléfonos celulares y otras tecnologías que utilizadas responsablemente nos facilitan la vida, no son de nuestra invención, pero las apropiamos, inclusive nos hemos preparado para resolver los problemas que a veces se presentan con su funcionamiento y nos encargamos de su renovación. - En conclusión- dijo Tita, soltando un largo suspiro, que daba cuenta, de la tensión que le había costado permanecer atenta a todo lo que se decía, al fin y al cabo acababa de resolver la tarea, y el descanso de su tensión era más que merecido-, poniéndonos de acuerdo todos que de una u otra forma pertenecemos y somos responsables con él y en el territorio es que hemos logrado lo que hoy en día tenemos y disfrutamos. - Sí, pero no es todo. Espera Tita, no peles esos ojos, falta apenas lo último; aparte de nuestra historia y del proyecto de vida que periódicamente debemos actualizar, siempre debemos esforzarnos por mejorar nuestras relaciones sociales y éstas con la naturaleza, como lo ha sido desde siempre, nuestra propia forma de vida. Como si lo estuviera pensando en voz alta, Tita, exclamó: -¡Ahora sí comprendo cuánto trabajo ha costado sostener nuestra salud, felicidad y nuestros bellos paisajes. Nunca volveré a bajar la

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guardia dejándome llevar por el olvido y la pereza- . Sonriente de haber entendido completamente la tarea, se sintió en el deber de comunicarlo a los cuatro vientos, y sin darse cuenta se escuchó en un animado ¡clekeo! como si fuera un chango, como si calentara la voz para narrar con toda la claridad posible este cuento. Tita, despertó en su camita, saboreando todavía el último trozo de espiga de coco, y no le dio ninguna importancia que se hubiera tratado de un sueño, pues entendió que los sueños sólo son una continuidad de la realidad en su versión despierta; la tarea era tan real, incluso, que al asomarse a la ventana todavía en piyama, y ver el sobrevuelo de la bandada de aves migratorias que llegaba desde tierras lejanas a guarecerse del invierno en tierras cálidas, no tuvo duda, la respuesta siempre estuvo a la vista: se trataba de lo que vivía, porque aquí realmente estaba el mundo que describía su sueño, no porque fuese algo que le costará recordar porque nunca antes le había visto ni en fotografía…Entonces sonrió…. Ahora se daba cuenta que la dimensión de su responsabilidad, no sólo es con su vereda, con el consejo comunitario o con el Parque, su responsabilidad por la conservación como en cualquier lugar del mundo es planetaria. Fin



Cartilla Tita