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© Carolina Olivares Rodríguez Ilustraciones: Nicolas Papenko Primera edición diciembre 2014 Segunda edición marzo 2015 Tercera edición julio 2015

Miembro de la Asociación de Escritores de Madrid www.asociacionescritores.com Edita: Asociación de Escritores de Madrid Gestión editorial: libros@internautis.com ISBN: 978-84-941522-7-6 Depósito Legal: M–36628–2014 Imprime: Ulzama Digital Impreso en España – Printed in Spain


Introducción

Cuando tenía 12 años de edad, escribí un pequeño cuento titulado: «Fly y el mundo Absurdo». No era más que un par de hojas, y en él hablaba de un duende de color verde que tenía unas uñas muy largas y afiladas; había quedado atrapado en Lo Absurdo, y para poder salir de allí debía atravesar espejos, llegar a su casita y poner cuadros derechos. Este cuento, que fue una tarea para la asignatura de Manualidades, pudo haber quedado perdido u olvidado en mi cabeza, pero no, pues siempre ha estado guardado en algún cajón de todos los que componen mi mente. Una tarde, en un prado de un pueblo de Cantabria llamado Mogro, me encontré entre montones y montones de tréboles de tres hojas uno que tenía siete. Y arrancándolo, decidí que me lo llevaría. Pasado un tiempo me deshice de él; sin embargo, guardé su recuerdo en otro rincón de mi cabeza. Siri Ocra y el mundo de lo Absurdo (al que yo llamo cariñosamente «El hijo de mi Fantasía»), es un cuento que nació a partir de unir al duende que tenía el nombre de Fly con el trébol de siete hojas. Este es su origen y su verdadera historia, historia ésta que estoy desvelando ahora.


Después de recuperar la idea inicial del mismo en varias ocasiones, finalmente lo terminé. Y el cuento verá la luz pasadas tres décadas de su primera creación. Este cuento que ahora, tú, vas a leer, está dedicado para ti. Pero también está dedicado para una persona que fue muy importante para mí: mi abuelito Antonio. Mi abuelo, (al que quise y sigo queriendo con toda la fuerza de mi corazón y al que nunca olvidaré mientras viva), lleva muchos años viviendo en El Cielo, junto a muchos abuelos y abuelas. Para ellos también está dedicado de un modo muy especial este libro. Cómo no, Siri Ocra y el mundo de lo Absurdo, está dedicado a mi hijo Iván. De alguna manera, ahora mi hijo tiene un hermanito... aunque sea de Fantasía. Asimismo se lo dedico al único hermano que tengo, a Pedro (que fue quien más disfrutó con aquel duende llamado Fly.) Y para ti Carlos, mi amor. A ti también te lo dedico, porque eres una de las cosas más bonitas que, un día, la vida decidió traerme... envuelto en papel de regalo. Carolina Olivares Rodríguez


Índice

Primer capítulo:

El planeta en forma de rombo . . . . . . . . . . . . . . . .

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Segundo capítulo:

Siri Ocra en el mundo de lo Absurdo . . . . . . . . .

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Tercer capítulo:

La constelación de los eclipses . . . . . . . . . . . . . . . .

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Capítulo primero

E

El planeta en forma de rombo

n otro tiempo, hace varios años luz, existió un universo diferente al nuestro. Un mundo abstracto que se creó en otra dimensión. No se encontraba en la Vía Láctea, pues se formó en una galaxia antípoda a la nuestra. Y no tenía nombre porque nadie la había bautizado todavía. En la galaxia solamente había un planeta. Era enorme, en forma de rombo y constaba de dos gigantescos triángulos isósceles que parecían gemelos. Al planeta se le llamaba «El planeta de la Armonía», y tenía dos continentes: «El continente del Triángulo del Norte» y «El continente del Triángulo del Sur». El continente del Norte, situado en la parte superior, estaba compuesto por un océano inmenso. En algunas partes, el agua estaba completamente congelada y en otras no. Había grandes bloques de hielo que terminaban en punta; unos estaban fijos al suelo y otros navegaban sin rumbo por las frías aguas que parecían mares de cristal. Las zonas donde las aguas estaban heladas, bien podían haber sido pistas de patinaje. La única vida que existía se hallaba bajo el agua;


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peces abisales de cuerpos deformados buceaban el submundo del país invernal, puesto que también se le denominaba así. Este continente, carente de color, era siniestro y tenebroso; por él, eternamente soplaba un viento seco. El continente del Sur, ubicado en la parte inferior, era árido, y estaba formado por un monumental desierto de arena blanquecina. Hacia el este estaba adornado por cientos de dunas. Al poniente, en un paraje similar a una playa, se levantaban docenas y docenas de pirámides. El cálido aire que viajaba de acá para allá, o bien ondeaba juguetón entre las dunas, o se entretenía acariciando los ábsides de las pirámides. Este continente, conocido también como el país estival, estaba habitado al oriente por camellos y dromedarios que vivían en oasis. Estos animales eran suaves como la seda y se alimentaban con tréboles de siete hojas que crecían entre los pedruscos del lugar; las hojas de éstos, poseían diversos tonos que coincidían con los siete colores del arco iris, a saber: con el morado, con el azul oscuro y con el azul claro, con el verde, con el amarillo, el naranja y el rojo. Al oeste, la vida animal se había extinguido varias décadas atrás. En medio del planeta había un pequeño país. Se le decía el Estado Neutro aunque su verdadero nombre era «El país de la Armonía». En él, se sellaban las bases de los triángulos que eran mellizos; se separaban geográficamente hablando, y se encontraban las fronteras.


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El país de la Armonía era alargado y estrecho, similar a un rectángulo. Tenía una variada vegetación y un sinfín de aves bellísimas gobernaban los cielos. En él reinaban las flores, sobre todo los girasoles y las orquídeas; eran mágicas y tenían poderes curativos. Este país tenía extensos prados y dos o tres bosques repletos de árboles. De punta a punta lo coronaba una cordillera de altas montañas rocosas y, de alguna que otra, saltaban cascadas que recorrían raudas las pendientes hasta llegar a los valles. Una vez en éstos, los arroyos de agua cristalina se deslizaban tranquilos hacia los confines de esta singular tierra en la que no había estaciones y sí un clima agradable. Aquí todo era color, exquisitas flores y definidas formas. En el país de la Armonía había una colorida aldea, «La aldea de las Orquídeas». En ella vivían unos duendes de color verde, y ninguno tenía el mismo tono de piel1. Los duendes llevaban puesta una túnica negra de terciopelo que les cubría hasta los tobillos. A la altura de la cintura, centrado, las túnicas tenían un bolsillo de color naranja con una cremallera metálica que solían dejar abierto. Los bolsillos llevaban en el centro un bor-

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¿A qué se debía esto? Muy fácil de explicar: como los colores son infinitos, el abanico de gamas de un color concreto, así mismo lo es.


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dado simbólico. Era un trébol de lino que tenía siete hojitas que se iban alternando en tonos blancos y negros en este orden: negro, blanco, negro, blanco, negro, blanco, negro. En los pies calzaban unas zapatillas de plástico con purpurina, de tacón plano y de punta redondeada. No soportaban los sombreros, les resultaban horriblemente incómodos. Les encantaba llevar el pelo suelto, y por este motivo, lucían una larga, lacia y amarillenta melena que les llegaba hasta las rodillas. Eran peculiares ya que sólo tenían seis dedos, tres en cada mano; de ellos, les crecían unas uñas que jamás se cortaban, y las tenían muy largas y puntiagudas. Sus uñas eran especiales: si por cualquier circunstancia tenían que arrancarse una, otra nueva les volvería a salir. Daba igual el número de veces que las arrancasen porque siempre les saldría otra2. Tenían otra peculiaridad: sus ojos eran desparejos, uno era de color azul oscuro y el otro era rojo. Eran vidriosos como canicas, y con ellos podían ver luces infrarrojas y ultravioletas. Este toque les daba cierto aire extravagante; sin embargo, solamente era algo externo. En su interior había humildad. También tenían una tercera peculiaridad, su aspecto era andrógino. 2 A las estrellas de mar y a las lagartijas les ocurre lo mismo, y en caso de perder accidentalmente un brazo o la cola, respectivamente, una segunda extremidad les saldrá. Pero a diferencia de los duendes, estos seres vivos solamente tienen un brazo y una cola de repuesto.


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En aquel país tan armónico, los colores y las formas eran esenciales. Igualmente eran imprescindibles la música y las siete notas musicales. Las corcheas gustaban de bailar con la brisa al ritmo de melódicos cantos que trinaban los ruiseñores, y la música que a veces era romántica, sonaba en la aurora, en el ocaso; sonaba festiva y ruidosa en noches de fiesta. Sonaba a cualquier hora y a doquier. En el planeta de la Armonía los días duraban catorce horas, de las cuales, siete eran diurnas y siete nocturnas. Cada día estaba teñido de un color: uno era amarillo, otro añil y otro blanco; uno era naranja, otro malva y otro celeste; uno era rojo, otro rosa y otro verde, y así, sucesivamente. Los nombres de los días de la semana eran los mismos que los de las notas de la escala musical. En esta área neutral reinaba el sol y apenas llovía. La luna siempre tan tímida. ¿Qué decir de ella? Enamoraba, inspirando nostalgia y melancolía. Y ¿cómo describir la hermosura de las estrellas? Eran botoncillos brillantes que flotaban, allá, en la lejanía; eran como minúsculas perlas de coral que viajaban, allí, por el espacio sideral; eran diminutos puntos hechos con un lapicero fluorescente, allá, en el firmamento. Andrógino es que no tiene aspecto masculino ni femenino, y a doquier quiere decir que está por todas partes


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También había cometas fugaces de espíritu caprichoso, por ello, raramente se los veía, pues solían estar escondidos; sin embargo, cuando deleitaban con su presencia, la velocidad que alcanzaban se asemejaba al sonido de una música multiplicada por siete años luz, e iba dejando a su paso una estela centelleante ornamentada por acordes. Todas las tardes, por antojo, se formaban grandiosos arco iris que surcaban los cielos entre nubes de fantasía que eran doradas, plateadas y cobrizas; éstas, eran muy chiquitinas y estaban hechas con papel de celofán, y tenían forma de rectángulos, rombos y triángulos. Los duendes no tenían padres. Todos ellos, de manera independiente, se gestaban dentro de grandes orquídeas durante un periodo de veintiún días. Pasadas las tres semanas las hojas de las flores se abrían de par en par y cuando estaban totalmente desplegadas podía verse un duende acurrucadito sobre la corola. Al nacer de orquídeas, éstas les hacían un regalo muy preciado: les daban la vida. Ellos en agradecimiento, cuidaban a la Madre Naturaleza. Se consideraban hermanos, se protegían y se regían por el mismo orden que les rodeaba, y en dos palabras: eran felices. En general eran muy reflexivos y en particular un poquitín despistadillos. Tenían costumbres sencillas, comían cáscaras de pipas y bebían agua directamente de los arroyos. Asimismo, la tomaban de las fuentes naturales y de los ríos.


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Entre sus aficiones estaban, como no, los juegos. Les gustaba montar puzles y cubos de Rubik3. Especialmente, les encantaba jugar con éstos últimos. Los encontraban fascinantes por tres motivos: eran divertidos, muy originales y estaban plenamente convencidos que ayudaban a desarrollar la inteligencia. No todo eran hobbies ya que tenían una obligación, era primordial: cuidar las orquídeas. Cada duende cuidaba la suya. No había que regarlas, sólo había que mimarlas. Las flores, que eran muy delicadas, tenían un tallo negro, nueve pétalos de color violeta y una mullida corola de color marrón. Las espinas que salían de los tallos, los rodeaban de abajo hacia arriba imitando escaleras de caracol. Dentro de su país, los duendes podían moverse con plena libertad por donde quisieran. Solamente les estaba prohibido ir hacia las fronteras puesto que era temerario. En la frontera del norte había maremotos y en la del sur movimientos sísmicos. Exceptuando estos sitios no había mayor riesgo, salvo un bosque. Se encontraba a unas cuantas millas de la aldea y bajo ningún concepto debían internarse en él4. El bosque al que no podían ir hacía honor a su nom3 El cubo de Rubik es un juego de lógica. Está compuesto por un total de seis lados y tiene nueve pegatinas en cada uno de ellos. Este cubo en cuestión, sirve entre otros, para fomentar la agilidad mental y el sentido común. Las pegatinas pueden ser colores o tener pequeños dibujitos. 4 Una milla equivale a 1,6 kilómetros de distancia.


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bre, pues se llamaba «El bosque de lo Prohibido». Aunque no sabían con certeza si el bosque era peligroso ya que ningún duende se había adentrado en él. Un mediodía, el sol y la luna se enfrascaron en una discusión absurda y tonta. Discutieron por celos acerca de quién de los dos era más imprescindible para la galaxia. Y estuvieron así, dale que te pego hasta la noche. Al día siguiente, el alba que iba asomándose por el horizonte, poco a poco, pintaba la mañana de color granate; pero la luna y el sol que seguían peleando consiguieron que aquel día fuera cambiando de color hasta que adquirió un tono grisáceo. Y los pajarillos que siempre estaban alegres se entristecieron. Del cielo comenzaron a caer unos goterones de lluvia que parecían globos inflados y los duendes creyeron que el mundo lloraba de pena. El sol y la luna, que cabezones, no daban su brazo a torcer, seguían erre que erre entre gritos y peleas. La alocada riña que mantenían provocó que estallase una tormenta y rayos y truenos invadieron los cielos. Los relámpagos, injustamente, trataban de atravesar a fuerza de golpes a las originales nubes que decoraban el cielo y los truenos les chillaban al oído con crueldad para asustarlas. Pero las nubes eran muy valientes, y aún estando hechas con papel de celofán se mostraban duras como el marfil, y sin inmutarse, hacían caso omiso a la tormenta y ésta no lograba su propósito. Al verlas tan valerosas, un rayo de espíritu cobarde y corroído por la envidia las empujó a todas traicioneramente.


El cuento es el regalo perfecto que un abuelo puede hacer a su nieto; sin embargo, sería igual de perfecto si un niño decidiera obsequiar a cualquiera de sus abuelos con él. Y no sólo podréis disfrutar con este cuento, no, porque es el primero de una Trilogía, en la que os esperarán miles de asombrosas y prodigiosas aventuras. ¿Te atreves a vivir junto a Siri Ocra todas las cosas misteriosas que te aguardan dentro de este libro? Disfruta de su lectura y de las ilustraciones de Nicolas Papenko. Yo ya lo hice, ahora te toca a ti soñar despierto.

Este libro colabora con causas benéficas

Carolina Olivares

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Siri Ocra y el mundo de lo absurdo

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¿Te apetece descubrir un mundo lleno de fantasía y absoluta originalidad? ¿Sí?, pues bienvenido al mundo de Siri Ocra. Siri Ocra es un duende muy especial y algo peculiar, que vive en un país llamado “El país de la Armonía”, con muchos más duendes. Un día, La aldea de las orquídeas, que es la aldea de los duendes, se ve amenazada por una tormenta y el planeta de la Armonía sufrirá una gran catástrofe. Siri Ocra quedará atrapado en el mundo contrario, El mundo de lo Absurdo, y guiado por la Voz de la Nada, vivirá una odisea, donde le esperarán una serie de pruebas y juegos absurdos pero que también serán inteligentes. Y para superarlos necesitará emplear estas tres cosas: astucia, ingenio y lógica... ¡con vuestra ayuda! Este cuento, que es muy descriptivo y algo misterioso, está dirigido para todo el mundo, de todas las edades, pero especialmente a los más pequeños. Os conducirá a un mundo lleno de magia, donde las formas, los colores, las flores, y la música cobran un papel esencial.

Siri Ocra y el mundo de lo Absurdo - El primer capítulo  

Ven a conocer un mundo completamente distinto de la mano de la cántabra Carolina Olivares, quien reinvierte en solidaridad: comprando este l...

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