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Año 1 No. 4

Había una vez...


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Año 1 Número 4 Rosa Lina Diego Güemes Directora de Colaboradores

Colaboradores Redacción

Gisela Labrada z

Sitio Web

Araceli Ma z

Maquetación

Luz Castillo z

Fotografía

Susana Miguel z

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Invierno 2011 - 2012

Índice EDITORIAL Rosa Lina Diego Güemes 5 DANIELA Y EL MAGO Del libro “Un viaje por el mundo de Daniela”

Escrito por: Gisela Labrada Ilustraciones de: Stephanie Arroyo 6

EL CAMINO DE LUCES Y COLORES Escrito por: Luz Castillo Ilustraciones de: Edward I. Tejeiro 16 EL MENSAJERO Escrito por: Jorge Alvarado Ilustraciones de: Valentina 36 UNA PRINCESA DE VERDAD Escrito por: Rosa Lina Diego Güemes Ilustraciones de: María Victoria Urresti 46

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Un, dos, tres, ¡Sopla! Vamos, ¡hazlo! ¿A qué esperas? Sopla, por favor. Ffffffffffff… ¡Adalabel! ¡Ah, sí! Ahora puedo verte ahí, sentado frente a la pantalla leyendo estas líneas. La cuestión es: ¿seguirás leyendo o simplemente hojearás las páginas y te irás? Yo de ti, me quedaría, pero eso es algo que sólo tú puedes decidir. A lo mejor prefieres jugar con tu videojuego favorito, irte con tus amigos o leer otra cosa. Tú eliges…

¡Bienvenido a los cuentos de Nabuart!

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DANIELA Y EL MAGO Del libro UN VIAJE POR EL MUNDO DE DANIELA


Autor: Gisela Labrada Ilustraciones: Stephanie Arroyo

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D

aniela quería volar.

Pasaba horas frente a la ventana del patio mirando cómo los gorriones revoloteaban sobre el naranjo. Soñaba con el día en que ella pudiera remontar el aire, igual que esos pajaritos traviesos, y ver al mundo hacerse chiquitico bajo sus pies.

Su papá trataba de explicarle que las personas no vuelan, solo las aves. Daniela escuchaba atenta sus palabras pero en el fondo de sus ojos siempre quedaba una chispa de duda, una lucecita de esperanza que no dejaba que se apagara su sueño de volar. Sin decírselo a nadie, Daniela intentó varios métodos.

Cumplía con todos sus deberes en la escuela y se comía hasta la última cucharadita de su comida esperando ser premiada con un par de alas blancas por su buena conducta.

Ayudaba a sus abuelos - siempre un poco lentos a la hora de bajar los escalones - arreglaba su cama todas la mañanas, reciclaba los envases de cartón y se cepillaba con ahínco los dientes para demostrar que era una niña muy buena que merecía levantar vuelo. Cuando nadie la veía, se subía a la cerca del fondo y se lanzaba agitando los brazos. Siempre terminaba sobre la hierba, con los sueños tan magullados como las rodillas. Pasados unos días, desaparecían los moretones y sus ansias renacían con más fuerzas. Volvía a pasar horas frente a la ventana del patio mirando a los gorriones con un brillo especial en los ojos. Su abuelo Yiyo le regaló un libro donde los científicos, esas personas que estudian mucho y saben muchas cosas, explicaban por qué las aves pueden volar y las personas no. Daniela se lo leyó hasta la última página. Sin embargo, sus deseos de volar se quedaron intactos dentro de su pecho. En las vacaciones de verano, sus papás la invitaron a viajar en avión. La experiencia fue maravillosa. Se sintió muy feliz, abrazó a su mamá y a su papá con mucha fuerza y les dio muchos besos en las mejillas pero… su sueño era otro. Un domingo, los padres de Daniela la llevaron al circo. Se divirtió mucho. Lo que más le gustó fue el mago. Con su varita mágica, aquel señor hacía desaparecer conejos y sacaba palomas blancas de su sombrero. ¿Y si NABUART–Diciembre

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esa era la solución? Quizás el mago podía darle un toque con su varita y ella podría irse a revolotear con los gorriones… ¡la magia todo lo puede! Como no podía ir sola de nuevo al circo, le pidió a su abuela Yeya que la llevara y le dijo cuáles eran sus intenciones. -Está bien- le dijo su abuela- te llevaré esta tarde al circo a ver al mago pero primero debo pasar por casa de mi amiga Nena. -Muy bien, abuelita. A las seis de la tarde salieron las dos de la casa vestidas de limpio, peinaditas y con un toque de perfume detrás de cada oreja. A Daniela el corazón le palpitaba con fuerza. Al fin alguien iba a ayudarla de verdad. Al fin daría una patadita en el suelo y saldría volando por la ventana igual que los gorriones y las mariposas y se pasaría las tardes oliendo las flores. Así pensaba Daniela cuando llegaron a casa de Nena, una señora de pelo muy blanco y manos pequeñitas que les abrió la puerta. Su abuela Yeya y Nena empezaron a conversar cosas de mayores y le dijeron a Daniela que pasara al patio, que allí estaba Lilia - la nietecita de Nena - y podría jugar con ella. Daniela fue caminando despacio por el pasillo de la casa, observándolo todo como siempre hacía, hasta que llegó a la puerta del patio. Entonces la vio y se detuvo un momento. Allí estaba Lilia, debajo de un árbol muy grande. Lilia, al verla, le sonrió. -Hola, me llamo Lilia ¿Y tú? -Yo me llamo Daniela -Ven, acércate. Daniela caminó hasta Lilia que no dejaba de sonreírle. Lilia le mostró lo que estaba dibujando: un delfín azul saltando sobre el agua. Luego la miró y le preguntó: -Daniela, ¿alguna vez has ido a la playa? -Sí, muchas veces ¿y tú?

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-Yo también. Es lo que más me gusta. Me encanta ver el mar. Allí paso horas dibujando todo lo que veo. Mira, aquí tengo varios dibujos. Lilia le enseñó a Daniela un cangrejo rojo corriendo por la arena, dos pelícanos volando a ras del mar, una gaviota caminando sobre una ola. Eran dibujos muy lindos. Entonces Lilia le preguntó. -¿Y a ti, Daniela, qué es lo que más te gusta? -Volar… ¿a ti no te gustaría? -Me encantaría. Pero me conformaría con correr por la arena… nadar… Mis padres me dicen que un día podré hacerlo… pero yo sé que eso no es verdad… Cuando Lilia terminó de hablar sus ojos estaban un poco tristes. En ese momento se escuchó la voz de Yeya llamando a Daniela. Las dos niñas se despidieron con un abrazo y Daniela le prometió a Lilia que volvería otro día para jugar con ella. Yeya y Daniela emprendieron entonces el camino hacia el circo. Daniela iba cabizbaja, pensativa. Finalmente llegaron al circo. La abuela Yeya habló con un payaso que le dijo cuál era la caseta del mago. Hasta allí fueron. Una vez frente a la caseta, y mientras esperaban que el mago saliera a recibirlas, Daniela tomó una decisión. Entonces cerró los ojos y sin darse cuenta se le desprendieron los pies del piso. Se vio volando sobre la carpa del circo. Movió los brazos y voló sobre las casas del pueblo, sobre la laguna, hasta finalmente llegar a la playa. Allí, en la arena, divisó un puntito. Bajó volando en espiral hasta acercarse y comprobó que el puntito era Lilia, sentada en su silla de ruedas. Estaba dibujando un barco que cruzaba el horizonte despacito, echando mucho humo por la chimenea. Justo en ese momento Daniela abrió los ojos. Frente a ella estaba el mago con su capa roja. Daniela lo miró y le dijo: -Señor mago, he venido a pedirle una magia muy grande… El mago asintió y esperó en silencio a que Daniela hiciera su pedido. Ella tomó aire y le dijo: -Tengo una amiga que se llama Lilia. Ella está enferma, en una silla de ruedas, y sueña con poder correr por la arena y nadar en el mar ¿usted puede hacer una magia para que ella pueda hacerlo? NABUART–Diciembre

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La abuela Yeya no pudo evitar una pregunta. -Pero Daniela ¿tú no venías a pedirle al mago que te hiciera volar? -Abuela, acabo de darme cuenta que Lilia necesita más la magia que yo. Entonces el mago sonrió y dijo: -La magia ya está hecha… -¿Seguro? – dijo Daniela -Seguro – dijo el mago. Y entonces le preguntó a Daniela: -¿Acaso no estabas volando hace unos minutos cuando tenías los ojos cerrados? -Sí – contestó Daniela sorprendida- ¿cómo lo sabe? -Porque soy mago y los magos lo sabemos todo. Tú podrías haber sido egoísta y haber pensado solo en ti pero preferiste ayudar a Lilia a cumplir su gran sueño. Las niñas generosas como tú solo necesitan cerrar los ojos para volar. Las alas las llevan en el corazón. Ahora ve y cuéntale a tu amiga esta magia secreta y todo lo que ella sueñe también se hará realidad… Se despidieron del mago. Daniela estaba feliz. ¡Lo había logrado! Por eso no entendió las dos lágrimas que rodaron por las mejillas de su abuela Yeya de regreso a la casa… pero eso lo averiguaría otro día.

FIN

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El camino de luces y colores


Autor: Luz Castillo Ilustraciones: Edward I. Tejeiro

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n una noche de lluvia y aires tormentosos, Tita cansada de juegos y retozos quería dormir, pero el soplido del viento no la dejaba. Abuelita Blanca que estaba con ella zurcía un par de medias.

- No me gusta cuando llueve abuelita, dijo Tita cubriéndose la carita. La abuelita amorosa puso sus remiendos a un lado y se acercó a la cama de Tita. - Me recuerdas mucho a otra niña a quien tampoco le gustaban los día de lluvia. Curiosa Tita apartó las sabanas y se sentó en la cama. - ¿Quién abuelita? ¡Cuéntame! - Es noche, dijo la abuelita, tienes que dormir. Tita no pudo evitar hacer pucheros, pero enseguida sus ojitos se iluminaron porque recordó que su abuelita le había enseñado un par de palabras mágicas y una de ellas te ayuda a que tus deseos se hagan realidad. La niña juntó sus manitas e imploró:

- Por favor. - Bien, dijo la abuelita, pero me prometes que te vas a dormir tan pronto termine la historia. - Lo prometo, respondió Tita abrazando fuerte a su abuelita.

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E

Y la abuelita empezó su historia… n un país no muy lejano donde gobernaba un rey malo, vivía una niña llamada

Blanca…

- ¿Cómo tú? – interrumpió Tita. - Sí mi vida como yo y a su abuelita le decían Tita, como a ti. - Me gusta esta historia. Sigue, sigue… por favor.

Era un país muy hermoso, lleno de luces, colores y risas, pero cuando llegó este rey, lo cubrió de nubes oscuras que lloraban a diario y no dejaban ver el sol, ni las estrellas. Muchas tardes, Blanca triste miraba desde la ventana de su casa como las calles quedaban vacías porque casi todas sus amiguitas se habían ido del lugar.

- Ya nunca podemos salir a jugar. El patio está siempre mojado, se lamentaba Blanca. Pero su abuelita que llevaba el sol, los colores y la risa aún en el corazón, no dejaba que los lamentos se apoderaran de su nieta por mucho tiempo. - Pues, si no podemos salir, jugamos aquí adentro. Y saltando de su mecedora, la abuelita Tita tomaba las manitos a Blanca y daban vueltas bailando mientras cantaban.

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Una tarde, mientras Blanca y su abuelita jugaban en su cuarto, Blanca vio por la ventana algo que le llamó la atención. Soltó a la abuelita y corrió a la ventana para ver más de cerca… - ¿Qué era abuelita? ¡Dime! …por favor En el cielo, entre las nubes grises y la lluvia, a lo lejos, se distinguían unos rayos luminosos de distintos colores que parecían un camino… - Un arco iris abuelita. Blanca nunca había visto nada igual. No sabía que era un arco iris y por eso ella pensaba que era un camino, un camino de luces y colores. - ¡Mira abuelita! ¡Mira qué lindo caminito! Dijo Blanca a su abuelita señalando el cielo. - ¿A dónde va? ¿A dónde abuelita? ¿Y por qué brilla? Tita emocionada interrumpió una vez más: - ¡Yo sé! ¡Yo sé por qué brilla! - Dime Tita, ¿por qué? - Porque hay un tesoro al final del arco iris abuelita.

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- Eso mismo le dijo la abuelita Tita a Blanca: hay un tesoro al final del camino de luces y colores. - ¡Vamos a buscarlo! Dijo Blanca. - Me temo que no podemos mi niña, se lamentó por primera vez la abuelita, ese camino termina al otro lado del mar. Nosotras no tenemos un barco para navegar. - ¡Construimos uno! Dijo la niña emocionada. Blanca también conocía la palabra mágica y juntó sus manitas e imploró: -¡Por favor abuelita! Aquí siempre está lloviendo. Tal vez si encontramos el tesoro la lluvia piense que es el sol y se va…y una vez más agregó: por favor. - Bien Blanca, dijo la abuelita, pero prométeme que será nuestro secreto. Es peligroso si los guardias del rey malo se enteran que nosotros vamos a buscar el tesoro. - Lo prometo, dijo Blanca. Al día siguiente Blanca y la abuelita Tita entraron en su granero buscando materiales para hacer su barco. Tenía que ser algo que flotara. Allí había varios barriles de plástico que la abuelita sabía que flotaban. Eso podría ser un barco, pensó Blanca. Encontraron un serrucho y empezaron a abrir uno de los lados del barril. Cuando terminaron, las dos se metieron dentro del barril, pero no era muy ancho y estaban muy apretadas. Además no podían sentarse. Definitivamente, ese no era un

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barco. En el granero, además de los barriles de plástico, había, paja, trocitos de maderas, cordeles y un viejo camión que apenas andaba. La madera era muy pequeña y aunque pudieran amarrarla con los cordeles no harían una tabla lo suficientemente grande para hacer un barco. El camión era muy pesado y seguro no flotaba. - ¡Qué triste abuelita! No tienen con que hacer un barco – dijo Tita desilusionada. - Calma Tita… por favor. La historia sigue. A la abuelita Tica se le ocurrió una idea. No podían entrar en un barril porque era muy pequeño y con el peso de los dos seguros no flotaría, pero si usaban los cordeles y amarraban los barriles al camión como si fueran gomas, tal vez el camión flotaba. - ¡Qué buena idea abuelita! Amarraron los barriles al camión y al caer la noche, la abuelita y Blanca lo empujaron despacito hasta la orilla del mar. Muy quedito y con mucho cuidado para que los guardias no las vieran. Cuando estaban cerca de la arena, una gran ola vino y se llevó el camión. Blanca y la abuelita Tita se agarraron como pudieron a la puerta para no caerse. Temían que cuando la ola bajara el camión se hundiera, pero, de repente, la ola bajo y el camión flotó. Blanca y su abuelita Tita se encontraron en el medio del mar en un camión flotante de barco. - ¡Qué emoción! Ahora sólo tienen que llegar a donde está el tesoro.

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- Sí, pero no era tan fácil: La lluvia no dejaba de caer y el viento soplaba y silbaba fuerte: fuiii, fuiii, fuiii…era todo lo que oía Blanca en la oscuridad. Además, en el cielo no se veía el camino de luces y colores. Todo estaba muy oscuro y Blanca tenía miedo. La abuelita la abrazó a la niña y empezó a cantar: Esta niña linda que nació de noche… Abuelita Tita cantaba tan fuerte que el viento en vez del silbido recogió su voz y hasta los pececitos en el agua disfrutaron su canción. Blanca se durmió y un rato después también la abuelita Tita. Todo parecía estar en paz hasta que de repente sintieron que el barco-camión se alzaba en el aire. Blanca y su abuelita abrieron los ojos asustadas pero no podían ver nada. Una luz muy intensa no las dejaba. - ¿El sol? – preguntó Tita. - No Tita, no era el sol. La luz era una antorcha en la mano de una dama gigantesca que había rescatado el camión del agua. En su cabeza, la dama llevaba puesta una corona de luces brillantes como las del camino de luces y colores. La dama puso con toda suavidad el camión en tierra firme, la lluvia había cesado y al cielo lo cubrían las estrellas. Una vez en tierra, la abuelita Tita y Blanca saltaron fuera del camión. La dama les sonrió y Blanca, muy tímida, en voz bajita, le habló:

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- Seguíamos el camino de luces y colores para encontrar el tesoro. - Lo lograste, le dijo la dama. Y señaló a una gran olla que brillaba como si estuviera llena de oro. Blanca saltaba de alegría abrazando a su abuelita. Las dos estaban muy felices. - ¡Lo logramos abuelita! - ¡Lo lograron! - Sí mi hijita, lo logramos. Blanca entonces volteó a ver a la dama y le preguntó: - ¿Nos lo podemos llevar? ¿Nos ayuda a ponerlo en el camión? - ¡Oh no Blanca! – Le respondió la dama – ese tesoro le pertenece a todos. Blanca miró a su alrededor y se dio cuenta que junto a ella habían muchos niños de todas partes del mundo que habían llegado antes que ella siguiendo también el camino de luces y colores para encontrar el tesoro. Blanca sintió curiosidad por saber que podía ser tan valioso para que esa gente se quedara allí, y compartiera el tesoro. - ¿Qué era abuelita? Blanca se acercó a la olla y puso su manito en ella.

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-¿Qué sacó? ¿Monedas de oro? - No Tita - ¿Joyas? - No - Anda, dime abuelita…por favor Blanca miró a la dama tímidamente, quien le sonrió dándole permiso para que sacara el tesoro. - ¿Qué? - Un papel -¿Un papel? - Aja… un papel muy importante Tita. Blanca sorprendida miraba el papel que tenía escrito en el: “Nosotros, la gente de los Estados Unidos…” - ¡Estaban en América, abuelita! - Sí Tita, estaban en América y el tesoro eran todas las cosas que ese pedazo de papel le promete a la gente que vive aquí, especialmente una, que ni Blanca ni su abuelita

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tenían desde que llegó el rey malo a su país: libertad. ¿Sabes cómo se llama ese papel Tita? - Ese papel es la Constitución. ¿Qué pasó con Blanca y su abuelita? ¿Se quedaron a vivir aquí? - Blanca y su abuelita se quedaron a vivir aquí y muchos años después Blanca tuvo una nietecita a la que le pusieron Tita como a su abuelita. Tita sonrió complacida. La abuelita Blanca besó a Tita en la frente, arropó a su nietecita y Tita como lo prometió se dispuso a dormir, no sin antes decir la segunda palabra mágica que hace que las cosas buenas vuelvan otra vez:

- Gracias.

FIN Adaptación y traducción de la historia “THE ROAD OF LIGHTS & COLORS escrita por la autora en 1995 para los Centros Valera, un programa de iniciación educativa para niños inmigrantes (1994 a 1996).

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El Mensajero


Autor: Jorge Alvarado Ilustraciones: Valentina

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R

Ratón despertó una mañana de invierno, con el canto de un canario que se colaba por todos los rincones de su mansión.

afael

- ¿Quién anda ahí? –preguntó Rafael. - Déjame entrar, Rafael Ratón --respondió el canario—. Me estoy congelando. Rafael abrió la puerta y el canario entró volando.

- ¿Y tú cómo sabes mi nombre? - En el País del Trigo todo el mundo te conoce –dijo el canario--. Mi nombre es Amarillo. - Mucho gusto, Amarillo. Debo ser muy famoso entonces.

- No por las buenas acciones –respondió Amarillo. - No te entiendo canario. Yo siempre he sido un buen gobernante. Escucho a mi pueblo y mi pueblo me respeta. - ¿Respeto? Llevo muchas horas volando. Las calles están desiertas, y nadie ha querido abrirme la puerta. Aquí en el País de los Quesos nadie abre la puerta sin tu autorización. - Pues yo gobierno. Se supone que yo decido sobre todo. - Lo que pasa es que tu pueblo te tiene miedo. Pero bastaría con que nazca alguien que no te tema para que todos se vuelvan contra ti. Rafael Ratón guardó silencio por un minuto. Luego se levantó y caminó pensativo, mirando al canario que sacudía sus alas para escurrir el agua del aguacero que se había quedado en sus plumas. - Pero yo no quiero que mi pueblo me tenga miedo –dijo finalmente Rafael—. Yo solo busco que todos respeten las leyes del País de los Quesos. - Entonces debes cambiar tu forma de gobierno. - ¿Cómo? - Sencillo, Rafael Ratón. Escucha a tu pueblo. Aprende a escuchar y a entender sus verdaderas necesidades. Cuentan que desde entonces, Rafael Ratón escuchó a su pueblo y le garantizó las libertades que todos NABUART–Diciembre

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querían. El País de los Quesos se convirtió en un lugar agradable para vivir, y todos sus habitantes declaraban su amor y respeto por su gobernante. En señal de agradecimiento, Rafael Ratón nombró a Canario Amarillo su consejero y mandó a fabricar una jaula de oro para que el canario viviera en su mansión. Un día, Rafael Ratón encontró a su amigo, el Canario Amarillo, llorando en su jaula. - ¿Pero qué te pasa mi buen amigo? - Extraño mucho mi casa, en el País del Trigo. Quiero volver con mis hermanos canarios. - No entiendo –Respondió Rafael Ratón—. Yo creí que eras feliz en el País de los Quesos. Te he dado una hermosa jaula de oro. Tienes el mejor trato, y la mejor comida. Y eres mi mejor amigo, aparte de ser el principal consejero del País de los Quesos. No entiendo qué más puedas querer. - Ya sé que me has dado esta hermosa jaula de oro. Ya sé que me das la mejor comida, y que escuchas mis consejos y que todos me quieren y me respetan en este país. Pero eso no es suficiente. Yo quiero mi libertad. Quiero volar y ver a mis hermanos canarios en el País del Trigo. Quiero despertarme y ver el cielo en vez de los barrotes de oro de esta jaula. Yo seguiría siendo tu amigo, y vendría a visitarte, Rafael Ratón. Rafael Ratón miró a Canario Amarillo con decepción. Rafael no podía imaginar un día sin su amigo canario. Sin comprender las necesidades de canario Amarillo, respondió: - Yo creo que estás un poco nostálgico amigo. Te aconsejo que descanses hoy todo el día en tu hermosa jaula de oro. Mañana ya estarás mejor. Pero al día siguiente, Canario Amarillo no mejoró. Se paseaba todo el día en su jaula de oro, y ya no se escuchaba ni su canto ni sus consejos. Al cabo de varias semanas Rafael Ratón tuvo una idea para subir los ánimos de su amigo. - Amiguito –dijo Rafael Ratón despertando a Amarillo—. Voy a hacer un viaje, y me he dado cuenta de que pasaré cerca del País del Trigo. Si me autorizas, puedo entrar allí y saludar a tus hermanos canarios. ¿Hay algo que quieras que yo les diga de parte tuya? ¿Quieres que les diga que eres mi amigo y consejero? - Sí, Rafael Ratón, amigo mío –respondió Canario Amarillo, entusiasmado--. Por favor dale a mis hermanos canarios mis saludos. Cuéntales que estoy bien, que tú me has dado esta linda jaula de oro para que yo viva, y que me das las mejores comidas y que soy tu consejero. Y por favor pregúntales si me quieren enviar un mensaje. NABUART–Diciembre

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- Así lo haré mi amigo Canario. Rafael Ratón salió del País de los Quesos muy alegre de ver que su amigo canario había recuperado la alegría. De camino al País del Trigo, Rafael compró muchos presentes para los hermanos canarios de su amigo. Al llegar allí conversó con todos los canarios que lo recibieron con miles de cantos. A la hora de la cena, los canarios escucharon atentamente el mensaje que Amarillo Canario había enviado con Rafael Ratón. Cuando Rafael les preguntó si querían mandar un mensaje a su amigo Canario Amarillo, uno de los canarios del País del Trigo cayó al piso y todos los otros canarios volaron alborotados a auxiliarlo, pero el canario había muerto. Rafael Ratón no pudo escuchar su mensaje y se despidió de todos en medio de la tragedia. Al regresar al País de los Quesos, Rafael encontró a Canario Amarillo despierto. - Tu viaje ha sido muy corto, Rafael Ratón. ¿Has visitado a mis hermanos canarios? –dijo Canario Amarillo ansioso. - Sí, amigo mío –respondió Rafael—, pero no pude ir a ningún otro lugar después de visitar tu País del Trigo. Algo extraño ha sucedido. - ¿Qué ha sucedido? ¿están bien mis hermanos canarios? - Todos han sido muy atentos. Y les di tu mensaje. Les he dicho que tú les enviabas muchos saludos, que vives feliz en una jaula de oro que yo te mandé a construir, y que además eres mi mejor amigo y el principal consejero del País de los Quesos. Y tan pronto terminé de hablar, uno de tus hermanos cayó al piso muerto. Y yo sentí mucho miedo, ¿me entiendes? Miedo de que te pasara algo en mi ausencia, y enseguida me despedí y corrí de vuelta a verte. Al decir esto, Rafael Ratón vio que su amigo Canario Amarillo caía en el piso de la jaula de oro. - Amarillo –lo llamó impresionado— ¿Amigo, estás bien? Pero Canario Amarillo no contestó. Su cuerpo yacía inmóvil en su jaula de oro. - Amigo mío, no me dejes –dijo Rafael Ratón— tu eres mi consejero. No podría gobernar mi país sin tu sabiduría. Canario Amarillo continuó sin contestar. Rafael empezó a llorar y abrió la jaula para tomar el cuerpo de su NABUART–Diciembre

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amigo. Entonces Canario Amarillo se echó a volar saliendo de su jaula de oro. - Pero, no estás muerto –dijo Rafael Ratón. - Por supuesto que no, Rafael Ratón –dijo Canario Amarillo—. Estoy bien, tanto como mi hermano canario en el País del Trigo. - No entiendo –dijo Rafael. - Es simple, Rafael Ratón. Cuando mi hermano canario escuchó que tú me habías dado una jaula de oro, fingió estar muerto. Esa era su forma de mandar su mensaje, pues él sabía que tú me contarías todo. Mi hermano canario me estaba diciendo en su mensaje que yo tenía que fingir estar muerto para que tú abrieras la jaula de oro. Y así lo he hecho. - Así que me has engañado. Y ahora piensas huir –dijo Rafael decepcionado. - ¿Sabes? –respondió Canario Amarillo, antes de saltar por la ventana—Yo he aprendido algo desde que estoy contigo, y te lo agradezco. - ¿Qué es lo que has aprendido? - Que la libertad, Rafael, no es algo que se pide. Simplemente se toma. Pero tú también has aprendido algo hoy, Rafael. Rafael Ratón permaneció en silencio, esperando que Canario Amarillo dijera qué había aprendido él. - Tú has aprendido que un mensajero no siempre conoce el verdadero mensaje que lleva. Rafael Ratón vio cómo Canario Amarillo se echó a volar, a través de la ventana, dejando sola más sola que nunca su jaula y su mansión.

FIN

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Autor: Rosa Lina Diego Güemes Ilustraciones: María Victoria Urresti

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E

n la mañana de su sexto cumpleaños, Alegra, una princesa de largos cabellos de color fuego, sonreía frente al espejo pensando en la enorme tarta de chocolate que habían cocinado en su honor. Pero para comerse su trozo de tarta, tenía que empezar la fiesta y eso no sucedería hasta que los invitados llegasen a las seis de la tarde. Cientos de importantes personalidades del reino acudirían a verla soplar las velas. Así que se había limpiado el palacio de arriba abajo y se había adornado profusamente con guirnaldas de olorosas flores y globos de llamativos colores.

Como era la protagonista, Alegra se arregló con esmero. Después de bañarse y perfumarse, se cepilló el cabello hasta que brillo como el sol al atardecer. Luego, se puso un precioso vestido de organza verde a juego con los zapatos.

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Lo único que le faltaba para estar lista, era ponerse su corona de oro con incrustaciones de esmeraldas. Estaba tan ensimismada colocándosela, que cuando su perro Zapatillas entró corriendo, se asustó y lanzó la corona por la ventana que daba a las murallas exteriores del palacio.


-¡Oh, no Zapatillas! Ahora tendremos que salir de palacio a buscar mi corona, pues sin ella, nadie me reconocerá como princesa - se lamentó Alegra. Zapatillas ladró fuertemente y se dirigió trotando feliz a la salida porque si había algo que le encantaba al revoltoso mastín, era salir a explorar los terrenos de alrededor del castillo.


Cuando salieron por la puerta, Alegra empezĂł a buscar su corona atentamente entre los matorrales. Pero por allĂ­ no estaba. - Preguntemos a esas niĂąas. dijo Zapatillas.


- ¡Oh, no Zapatillas! Son musulmanas. Rezan a otro dios y llevan esos feos pañuelos para esconder sus cabellos. No podemos hablar con ellas - respondió asustada Alegra.

Pero Zapatillas ya no la escuchaba, pues conversaba con las niñas. Ninguna de las tres había visto la corona, pero ayudaron a Zapatillas a buscarla. Mientras, Alegra se acercó tímidamente al risueño grupo para ayudar en la búsqueda.


Pasado un rato sin hallar la corona por ningún lado, Alegra, Zapatillas y las niñas decidieron jugar al escondite. Alegra se divirtió tanto, que una hora más tarde se sorprendió al escuchar el reloj de la torre dar las tres. Era tardísimo y aún tenía que encontrar su corona. Así que se despidió de sus nuevas amigas y tras invitarlas a su fiesta de cumpleaños en palacio, salió en busca de corona acompañada de Zapatillas.


Hab鱈an llegado junto a la caba単a del herrero cuando vieron a un grupo de ni単os con caras extra単as y sonrisas perpetuas.


- Preguntemos a esos niños- ladró Zapatillas. - ¡Oh, no, Zapatillas! Son niños con Síndrome de Down. Tienen caras distintas a las de los demás y siempre parecen estar despistados. No podemos hablar con ellos - replicó alarmada Alegra. Pero por segunda vez en el día, Zapatilla no la escuchó y preguntó a los niños si habían visto la corona de la princesa. Lamentablemente, no sabían nada de la corona, pero ayudaron a Zapatillas a buscarla mientras Alegra se unía a ellos llena de temor. Pese a que miraron con atención, no encontraron la corona, así que comenzaron a jugar al Corro de la Patata. Alegra se lo estaba pasando tan bien, que se sobresaltó cuando el reloj de la torre dio las cuatro. Apurada, se despidió de sus nuevos amigos y tras invitarlos a su fiesta de cumpleaños, corrió colina abajo para proseguir su búsqueda. NABUART–Diciembre

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Detuvieron su carrera al pie del bosque donde encontraron un grupo de ni単os cantando, bailando y tocando panderetas. - Preguntemos a esos ni単os- dijo Zapatillas.


- ¡Oh, no, Zapatillas! Son gitanos. Dicen que son excéntricos y maleducados. No podemos hablar con ellos - replicó Alegra rápidamente mientras intentaba agarrar del collar a Zapatillas. Pero pese a sus esfuerzos, Zapatillas la arrastró hasta los niños. Ellos tampoco habían encontrado la corona, pero ayudaron a Zapatillas y a Alegra a buscarla. Después de una cuidadosa inspección por los alrededores sin verla por ninguna parte, los niños enseñaron a Alegra a tocar la pandereta y a Zapatillas a hacer bonitas cabriolas al ritmo de la música. Se estaban divirtiendo tanto, que se alarmaron cuando el reloj de la torre dio las cinco. Aprisa se despidieron de sus nuevos amigos y tras invitarles a la fiesta de cumpleaños, Alegra y Zapatillas prosiguieron.

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Habían andado hasta la plaza, cuando se encontraron a un grupo de niños que miraban fijamente la estatua del centro mientras hablaban en lenguas que Alegra desconocía. - Preguntemos a esos niños- soltó impulsivamente Zapatillas. - ¡Oh, no, Zapatillas! Son extranjeros. No hablan nuestro idioma y jamás les entenderemos- argumentó Alegra.


Mas Zapatillas ya estaba conversando con ellos. Así que a Alegra no le quedó de otra, que ir tras él. Los niños venían de distintos países europeos y cada uno hablaba una lengua distinta a la del otro. Lo único que tenían en común, era que estaban de campamento en la ciudad para aprender el idioma de Alegra. Tras algún que otro mal entendido idiomático que provocó sonoras carcajadas, los niños les dijeron que no habían visto la corona, pero que les ayudarían a encontrarla. Mientras buscaban de un lado a otro, Alegra y Zapatillas aprendieron un montón de palabras en inglés, francés, alemán, italiano, portugués, griego, polaco y sueco. Se lo estaban pasando tan bien tratando de pronunciar correctamente cada palabra, que se sobresaltaron cuando el reloj hizo din don y marcó las seis. Rápidamente, se despidieron de sus internacionales amigos y Alegra les invitó a su fiesta de cumpleaños antes de regresar corriendo a palacio. NABUART–Diciembre

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La fiesta estaba por comenzar y Alegra debía asistir, aunque fuese sin corona. ¿Pero sin su corona, se darían cuenta los demás de que ella era la princesa?


Ese era el gran temor de Alegra cuando entró al salón seguida por Zapatillas. A cada paso que daba hacia el trono, más miedo sentía, pues estaba segura que de un momento a otro, alguien comenzaría a preguntarle quién era y dónde estaba la verdadera princesa. A punto estaba de llorar, cuando la puerta del gran salón se abrió para dejar paso a sus nuevos amigos: las tres niñas musulmanas, los niños con síndrome de Down, los dicharacheros gitanos y los niños extranjeros. En sus manos, todos llevaban un pequeño paquete envuelto en papel de regalo que entregaron a Alegra.

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- ÂĄFeliz cumpleaĂąos, princesa Alegra! - dijeron todos a coro.


- Gracias - respondió la princesa. Dentro del primer paquete, Alegra encontró una preciosa corona confeccionada por sus amigas musulmanas con pañuelos de colores. En el segundo, una bella corona de cartulina amarilla adornada con lentejuelas rosas que habían hecho sus amigos con síndrome de Down. En el tercero, una hermosa corona trenzada con flores silvestres por sus amigos gitanos y en el cuarto, una corona de fimo moldeada por sus amigos extranjeros. Alegra se las probó todas, mientras en el salón resonaban los aplausos y los vivas que lanzaba la gente aclamando a la princesa. Así fue, como en el día de su sexto cumpleaños, Alegra descubrió que para ser una auténtica princesa, hay que dejar de lado los prejuicios y querer a los demás sin importar cuál sea su religión, su apariencia física, su etnia o el idioma que hablen.

FIN NABUART–Diciembre

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Agradecimientos Gracias a todos los artistas, grandes y pequeños, que colaboraron con su arte para hacer posible esta edición de nuestra revista. Especialmente a Stephanie Arroyo cuyos dibujos no sólo adornan la historia “Daniela y el Mago” sino que también nuestra portada.

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Revista Nabuart Diciembre 2011  

Revista Nabuart, numero dedicado a cuentos infantiles. Escritores latinos.

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