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A単o 1 No. 2

Floreciendo


Susana Miguel Fotógrafo

Nota

de

A

Agradecimiento

trapar sentimientos es un arte al alcance de unos pocos privilegiados.

Hay que nacer dotado de un sexto sentido que te permite distinguir, en medio de las cosas cotidianas, lo extraordinario. Susana Miguel, nuestra fotógrafa en Nabuart, pertenece a ese selecto y exclusivo grupo de elegidos. Cada una de sus fotografías recoge una historia, y para conocerla, basta con tomarse un cachito de tiempo, posar la mirada y comenzar a leer. En su colección de imágenes se encuentran pequeños retazos de civilizaciones, de ciudades y de seres humanos con el alma asomada en ese instante guardado para la posteridad. Son las huellas que en el futuro narrarán nuestra existencia con la nostalgia del eco. Los integrantes de Nabuart podemos jurar que esto es cierto, pues nuestra historia está ligada a su arte. Y una vez más, tenemos el honor y el privilegio de que sus maravillosas fotografías engalanen los textos de “Floreciendo”. En todas y cada una de ellas está plasmada la grandiosidad de la madre naturaleza. Os invitamos a demorar vuestros ojos en ellas y a descubrir la magia que las habita.

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recemos con la creencia de que los bosques son lugares mágicos habitados por

árboles encantados, plantas guardianas de secretos, animales parlantes y seres fantásticos, invisibles para los ojos carentes de fe. Y es cierto, los cuentos, las leyendas, los mitos y las religiones nos enseñan cómo, generación tras generación, la humanidad ha sido consciente de la importancia que los bosques tienen en su supervivencia. Por su parte, con el discurrir del tiempo y sus avances, la ciencia ha desgranado, paso a paso, las causas y los efectos para transformar la superstición y lo sobrenatural en conocimiento empírico. Ambos son dos caminos distintos y válidos para llegar a una única verdad: nosotros también somos parte del bosque. Es nuestro hábitat y afortunadamente, cada vez nos esforzamos más por compenetramos y alcanzar un mutuo entendiemiento. Los relatos de “Floreciendo” son una muestra de la omnipresencia que el bosque tienen en nuestra existencia. Éste es el homenaje de Nabuart a esos lugares mágicos y con él nos sumamos al reconocimiento mundial que ha realizado la ONU al declarar el 2011 como Año Internacional de los Bosques.

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Verano 2011 La abuelita Ayahuasca Yolanda Silva 7 Los Milagros de Iroko Gisela Labrada 11 El Paraiso de los Robles Jorge Alvarado 15 Ramamuri Mercedes Aguilera 21 El Rey Avaro Rosa Lina Diego Güemes 27 El Voladero del Senote Javier Gallo 33 Un Mundo Nuevo Ernesto Alonso 41

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Actores Participantes Adriana Oliveros Carlos Villuendas Marisela González Servat Monze Martínez Ruth Carvajal 46


Año 1 Número 2 Rosa Lina Diego Güemes Directora de Colaboradores

Colaboradores Redacción

Gisela Labrada z

Sitio Web

Araceli Má z

Maquetación

Luz Castillo z

Fotos & Gráficas Susana Miguel z

Información sobre la edición: © Nabuart Todos los Derechos Reservados 2011 NABUART es una revista electrónica trimestral establecida en 2011 por los miembros fundadores de la organización de actores y escritores latinoamericanos del mismo nombre. Subscripciones: Para subscribirse, visite nuestro sitio en el internet: http:\\www.nabuart.com. Comunicaciones - Si desea más información por favor contacte a Rosa Diego, directora de colaboradores (rdgtorre@yahoo.es). Advertencia: “Los derechos de los texto y las fotos pertenecen a sus autores y/o personas que las han cedido y no pueden ser publicadas sin permiso de NABUART o del propio autor”. “Contacta con el autor del texto o fotografía o con NABUART para obtener su permiso y autorización expresa para poder usar o publicar su contenido de forma total o parcial”. JUNE 2011 NABUART 5


La abuelita Ayahuasca Escrito por Yolanda Silva

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La abuelita Ayahuasca

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Ayahuasca, Ayahuasquita

a abuelita Ayahuasca muestra sus dientes y ríe, se ríe de sus castigos sanadores. Los profanos, los pecadores, los sabios, los brujos y brujas todos retorciendo sus tripas, conjurando sus males, aferrándose a la muerte para volver a vivir. En el laberinto de la vida ella me acompaña, a veces como una sombra, a veces como luz, a la abuela la llevo adentro, todos la llevamos, pero pocos han visto su cara desnuda. La ceremonia de ayahuasca no es sino el medio para encontrarla, para encontrarse a sí mismo, reconocerse y verse el alma en el espejo. En esa mi búsqueda infinita del porqué y para qué, participar en una ceremonia de ayahuasca, una especie de “fast track” al alma, asusta, intriga, pero sobre todo me hace recordar la deuda que tengo conmigo misma; así pues, decido ir al Amazonas en busca de ella, o debo decir… ¿en busca de mí? En las ceremonias ella castiga y sana, cura y arremete contra las entrañas de los tomadores. Los participantes debemos expulsar nuestros males, enfrentar nuestros infiernos y miedos; solo conociendo a los demonios podremos encontrar los ángeles. Ella fustiga duramente mientras también susurra suavemente un canto sagrado; luego manda las visiones purificadoras dando respuestas a los buscadores, torturando a los necios, orientando a los perdidos, indultando al arrepentido. La abuela señala el camino, con cada purga de dolor expulsada por la boca ella revela el secreto. Los demonios se sacuden, se aferran a las tripas donde moran e intentan llegar al fondo del alma, pero la abuelita Ayahuasca los expulsa con la fuerza despiadada de la sanación. Ayahuasca, Ayahuasquita entona el chamán con una voz quejosa y lejana mientras la humareda de su puro e incienso se extiende en la sala; una tela negra se apodera del recinto sumiéndolo en la más profunda oscuridad. Los adoradores de la planta Ayahuasca rodean al chamán; uno a uno se empinan la bebida y forman un círculo esperando pacientemente que la medicina haga efecto. Cuando llega mi turno, me arrodillo frente al hombre con plumas y olor de agua florida que tanta repulsión me causa, empino la pócima, no puedo evitar sentir desprecio por el hedor y sabor fétido de la infusión.

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Mientras el chamán convoca a los espíritus, poco a poco se va sintiendo la presencia de la abuela. Las bascas, quejas, dolores y angustias no se hacen esperar; una turbulencia de lamentaciones, vértigos, espasmos y vomitonas inundan el salón. En un instante todo se torna caótico, las lamentaciones, gritos y sufrimiento de los tomadores se mezclaban con el canto e incienso del curandero que, sumido en otra dimensión, no se percata que está rodeado de vómitos y angustiados cuerpos que tiemblan y sudan copiosamente mientras se revuelcan de dolor. Siento mis tripas, vorágine infernal, retorcerse violentamente y un torrente amargo y pestilente sube desde los pies hasta la garganta; las entrañas me tiemblan y convulsionan agitadamente. Siguiendo las recomendaciones del chamán trato de concentrarme, de respirar y cantar mis mantras pero los bramidos desaforados del muchacho de al lado me lo impiden. El chavalo, fuera de control, grita, maldice y vocifera contra sus dolores; se retuerce de angustia y disgusto, sus alaridos resuenan por todo el lugar exacerbando el castigo a todos los ayahuasqueros. No puedo más y rompiendo el círculo salgo del salón. Afuera el cielo es apacible e iluminado, parece tan bajo que podría tocar las enormes estrellas con las puntas desnudas de mis dedos. La noche me envuelve y siento el murmullo del viento en mi cara, por un segundo olvido los dolores y convulsiones. Abrazo sin pudor la piel oscura de las tinieblas y me entrego a las obsesiones de la noche. Escucho mi propia voz llamándome a lo lejos, hago un esfuerzo supremo para salir del abismo en que se encuentra mi cuerpo al que ya no siento mío y voy al encuentro de mi voz. El bosque, convertido en una jungla de luces verdes de neón ciega mis ojos, tropiezo y las lianas sagradas de la ayahuasca me sostienen de las piernas, me reciben, me arrullan entre sus brazos. La voz se hace más cercana, pero ya no es mi voz, es la voz del bejuco, y también la del árbol, es el bosque entero musitando mi nombre. El corazón se me acelera y escucho el eco de mi palpitar en el corazón de la planta, luego en el corazón de la selva, del mundo, del universo, todos latiendo al unísono en un profundo ritmo armonioso, cadente, profundo. Todos los corazones formando uno solo. Ahora entiendo que todos somos parte de un


Escrito por Yolanda Silva

todo, es más que una frase mística. Respira… despacio… me dice la planta; yo me aferro a ella como un niño de pecho se adhiere a la teta de la madre, por favor, no me dejes, le imploro, desfallezco... Mi corazón deja de latir, un profundo silencio se apodera de la jungla y las luces se apagan, poco a poco la espesura queda reducida a una sombra lúgubre y gris.

quieres una oportunidad debes nacer me dice y clava sus dientes en mis pechos, mi piel se parte, se transforma en círculos escamosos sube hasta la garganta, cierro los ojos para dejarme devorar por la abuela, entonces entono, ayahuasca, ayahuasquita…

¿Debo morir? ¿Debo morir para poder vivir? La muerte está aquí, siento su piel cálida y su respiración humeante, quedita y cautivadora me canta bajito al oído, “ayahuasca, ayahuasquita…” yo me dejo seducir, toma mi mano y me dirige fuera del bosque, quiero irme con ella, la partida es más dulce de lo que contrariamente se cree. Al cruzar el umbral la vida no es una película, eso sería sencillo; revivir nuevamente cada segundo, con todos sus dolores, angustias, amores y desamores es el purgatorio. El tiempo y la distancia desaparecen y la vida se recrea, pero esta vez, con el peso angustiante de la sabiduría. El observado y el observador se convierten en uno solo.

*La Hayauasca es una planta sagrada utilizada en ceremonia de curación por los pueblos indígenas en el Amazonas. Debido a la deforestación de la selva amazónica esta planta está en peligro de extinción y con ella los miles de años de prácticas de sanación de los pueblos autóctonos. Protejamos el pulmón de la tierra, di no a la deforestación.

Quiero morir para comenzar de nuevo, para reparar mis daños, darme una oportunidad... Las lianas, aún adheridas a mis piernas, me impiden moverme, me arrastran hacia la jungla y me apresan contra su pecho. Siento de nuevo el corazón de la abuela palpitar como un quejido lejano agrandándose hasta convertirse en un palpitar donde mi cuerpo es solamente una partícula más del pulso universal. Ahí estaba ella, la abuela, la sabia, la ayahuasca, mirándome con sus ojos enormes de serpiente, camuflada entre la hojarasca verde de las amazonas. Sus escamas frías y resbalosas se deslizan por mis pies, los bejucos cálidos de la planta me envuelven completamente, siento mi cuerpo navegar en una gelatina verde y pegajosa, estoy en el vientre de la tierra y ella está a punto de parir, de parirme. La serpiente sigue subiendo por mis pies y estos se funden con el cuerpo del reptil, desaparecen y se convierten en escamas verdes y fulgurantes, mis tobillos, mis piernas, mis glúteos, se apodera de mi vientre y de mi sexo. La mutación de mi cuerpo es dolorosa, mis huesos crujen antes de fundirse con los del animal que no deja de hipnotizarme con su mirada. Todo comienzo es doloroso, si quieres vivir debes morir, solo lo vacío puede ser llenado. Si

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Los MILAGROS DE IROKO Escrito por Gisela Labrada

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LOS MILAGROS DE IROKO

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recí huérfano y apenas sin darme

cuenta. Mis mañanas eran el trabajo apilando caña y, cuando me hice más fuerte, cortándola con el machete. Por las tardes eran los cuentos de Chawaró y las santiguadas de Babalocha. Lo mejor era por las noches, bajo la Ceiba de las ceremonias. Me escapaba para dormir acurrucado entre sus raíces gigantescas porque allí siempre soñaba con los besos de mi madre... Pero todo cambió cuando conocí a Maíta.

machete al piso y varios hombres del mayoral me agarraron por las manos y los pies y me sacaron de allí en andas directo al cepo. En mi memoria solo tengo recuerdos del primer día. El sol era abrasador. Juan Bruno, con la herida en su hombro aún fresca, se encargó en persona de azotarme con su brazo bueno hasta que cayó extenuado y adolorido. Entonces pidió a sus hombres que me siguieran azotando por turnos. Prohibió que me dieran comida y agua. Esa madrugada, Maíta vino a verme. Zobeida se encargó de echarle dormidera al café del hombre del mayoral que me vigilaba. Maíta tenía el rostro amoratado y caminaba despacio, doblada por el dolor. Me acarició la cara con su mano de azúcar. Me dio a beber agua de un güiro y me untó sábila en la espalda en carne viva. Luego me dijo:

Maíta era preciosa. Tenía el cuerpo de Oshún y los ojos color de melcocha. La amé desde el primer día que la vi. Venía de pie en el carretón, junto con los otros esclavos que llegaron ese día a la plantación. Me miró con el mismo susto de las tojosas cuando las merodea un cernícalo. Eso bastó para que me rindiera el -Perdimos nuestro primer hijo, Mamba… y corazón. Nos ajuntamos varios días después. todos. Mi vientre se apagó. Fue de madrugada. La llevé a la Ceiba para que nos bendijera Iroko, la diosa dulce y buena Vi sus lágrimas resbalando silenciosas por sus que habita en su tronco. Allí mismo, debajo de mejillas y el grito se me ahogó en el pecho. aquel árbol sagrado, nos amamos tanto que Maíta me dio un beso y se marchó antes de fundamos una estrella. Debí haberme dado que el hombre del mayoral se despertara. Al cuenta que todo era demasiado bueno. día siguiente, con las primeras luces, se reanudaron los azotes pero ya yo no los sentía. Al poco tiempo a Maíta le dio por comer El corazón me dolía más que el cuero del látigo. ciruelas verdes con sal. Zobeida, la negra más Traté de morir. Casi lo logro. Cuando volví en vieja de la dotación, no tuvo ninguna duda: mí ya no estaba en el cepo. Estaba en una cama en el cuartón de los criados de la casa -Mamba, tu tá ser padre. grande. Taita Lemba, el cocinero, me contó que Me parecía imposible tanta felicidad. Entonces al mediodía había llegado el dueño. Cuando llegó Juan Bruno, el mayoral. Venía de la vio lo que me estaban haciendo se horrorizó. capital donde había pasado dos meses cumPidió que le contaran y en cuanto supo la pliendo encargos del dueño del trapiche. Sus verdad, reprendió al mayoral y mandó que me ojitos de jutía se llenaron de lujuria en cuanto soltaran de inmediato del cepo y me llevaran a Maíta le pasó por delante. En ese mismo curar. momento, una nube negra nubló el atardecer y -Tú tá sabé que el amo Don Alfonso tá sé un se hizo de noche. hombre justo, Mamba. Los gritos de Maíta me despertaron en medio -Ahora sí tengo que huir, Taita. Juan Bruno es el de la madrugada. Salté de la hamaca y agarré mismo Okurri Borokú, un diablo cruel y capriel machete de cortar caña. Cuando llegué al choso. Él no perdona. En cuanto el dueño barracón de las mujeres, Juan Bruno estaba a regrese pa’ la capital hará que Maíta sea su horcajadas sobre Maíta que yacía inconsciente mujer a la fuerza y a mí me matará sin remedio. en el piso de tierra. No pude evitar ver la lengua de Juan Bruno metiéndose como un Taita Lemba guardó silencio. Sabía que yo jubo maldito en la boca entreabierta de mi tenía toda la razón. Me dio a beber de sus Maíta. Tampoco la brutalidad con la que cocimientos sabios que todo lo curaban y cabalgaba sobre su vientre adolescente. No vi empezó a cantarle a Oloddumare en voz baja nada más. Cuando recobré la visión, la sangre invocando su protección. A los dos días Don del mayoral se confundía con la que le manaba Alfonso partió para la Habana y a mí me a Maíta por entre las piernas. Azorado, lancé el mandaron para el barracón. Enseguida avisé a

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Escrito por to por Gisela Labrada

Maíta. Esa misma noche, justo a las doce, nos fugamos. Ninguno de los dos podía andar muy de prisa pero tratamos de adelantar camino lo más posible. A las tres horas estábamos exhaustos. Nos detuvimos. A los pocos minutos escuchamos el ladrido lejano de los perros. -Ya nos descubrieron. Por ahí viene Juan Bruno con sus perros y sus rancheadores. Tenemos que seguir. Nos incorporamos y tratamos de correr pero nuestros movimientos eran cada vez más lentos y torpes. Maíta se cayó varias veces. Finalmente comencé a llevarla a rastras. Al filo de las 5 de la madrugada empezamos a subir por la ladera de una montaña. Mis pies descalzos resbalaban cada dos pasos. Torcí por un sendero que parecía menos empinado y apenas empecé a recorrerlo sentí el golpe seco del metal contra el hueso. El dolor me apretó la boca. Había pisado una trampa para cazar negros cimarrones como nosotros. Maíta logró librarme de ella con la ayuda de una rama de Caoba pero ya el daño estaba hecho. Mi pierna derecha estaba lacerada casi por completo a la altura de la pantorrilla. Maíta se arrancó parte de la bata y me la amarró con fuerza tratando de contener la sangre. Apenas podía moverme pero sabía que teníamos que seguir. Los ladridos de los perros sonaban cada vez más cercanos. Con un esfuerzo sobrehumano avanzamos apenas diez pasos hasta entrar en un pequeño descampado. En el mismo centro había una Ceiba majestuosa. A juzgar por el ancho de su tronco debía tener como cien años.

machete de la vaina y lo alcé, dispuesto a defender a mi amada hasta el último aliento. Allá, por entre las altas ramas de la Ceiba, me pareció ver una luz pero no pude comprobar si era el día que ya estaba amaneciendo. El primer rancheador entró en el descampado y avisó a los otros. En ese momento cerré los ojos y grité con todas mis fuerzas: ¡Ayúdanos Iroko! Me despertó un vaho caliente en la cara. Era el aliento de un perro amarillo que me lamía la cara y me miraba fijo. Tuve que restregarme varias veces los ojos para poder creer lo que veía. Maíta dormía a mi lado, respirando suave como una mariposa. Mi mano crispada todavía empuñaba el machete. Alrededor de la Ceiba estaban esparcidos los cuerpos inertes de los tres rancheadores, de Juan Bruno y de los cinco perros que los acompañaban. Todos con la marca de una mordida mortal en el cuello. Busqué con la mirada al perro amarillo pero había desaparecido por completo. Entonces, entre las ramas de la Ceiba volví a ver aquella luz, una luz fosforescente que reía con risa de mujer. Tenía que haber sido Iroko. -¡Gracias, Iroko, por salvarnos la vida! -Fue el amor quien los salvó… Siempre es el amor. Aquella voz de miel se apagó de golpe junto con la luz. La risa se quedó unos instantes flotando como un manojo de cascabeles hasta que se desvaneció por completo en el mediodía. Maíta se despertó más tarde y me curó la pierna con unas hierbas, como le había enseñado Zobeida. Del otro lado del descampado encontró un manantial y varios palos de mango y tamarindo. De eso vivimos hasta que al fin pude tenerme de nuevo en pie. Seguimos camino y llegamos a la orilla de un río caudaloso. Allí levantamos un conuco. Justo al frente, Maíta plantó una Ceiba.

Ya los ladridos de los perros nos retumbaban casi en la nuca y podíamos oír los gritos de los hombres achuchándolos para que siguieran nuestro rastro. No sé cómo llegamos al pie de la Ceiba. Nos dejamos caer y nos recostamos contra su tronco. Maíta y yo nos miramos. Por unos breves instantes todo desapareció a nuestro alrededor. Sólo éramos ella y yo y -Quiero que Iroko viva junto a nosotros siempre. nuestro amor, un amor limpio, transparente, Quiero que nuestros besos aniden en sus gigante en su simple pequeñez, enorme en su ramas y por las noches vuelen por el mundo de entrega absoluta, desgarrador en su intento los sueños… quiero que un día, cuando tú y yo por no morirse justo cuando empezaba a nacer. ya no estemos, bajo esta Ceiba el amor siga Nos besamos. El jadeo de los perros y las haciendo milagros… hojas crujiendo bajo las pisadas de Juan Bruno y sus cazadores de esclavos nos trajo a la realidad. Maíta se apretó contra mí y yo saqué el

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Thousand Oaks, El ParaĂ­so de los Robles Escrito por Jorge Alvarado

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Thousand Oaks, El Paraíso de los Robles

P

ara una mujer de su edad,

pensaba ella, era más que suficiente. Después de Alicia aún se conducir por trece horas sin descansar, paró en conserva fresca. Cuando lava su cara un motel cerca de Tucson, que por su aspecto en las mañanas, siente que sus mejillas aún son lisas y que las grietas lucía como el escenario de Psycho, sin mencionar que las maneras del administrador le recordaban que el tiempo graba en la piel, aún no a Norman Bates. se han hecho presentes. Su rostro se siente todavía limpio y suave, como la arena de un desierto en un territorio que no ha sido colonizado. - ¿Cuántas noches? –preguntó Norman Bates con un español entrecortado. Alicia nunca quiso contarle a nadie lo que la empujó a refugiarse en este lugar, el vecindario - Just one –respondió Alicia. de Thousand Oaks, al que siempre ha llamado el paraíso de los robles. Solo ella sabe que un día - It will be twenty three dollars. entró en su casa, empacó dos maletas, abrió la Alicia sacó unos billetes de su monedero, contó el caja metálica en la que su padre guardaba los dinero y se lo pasó a Norman Bates, quien le ahorros que su madre había reunido antes de su entregó un formulario y un bolígrafo para que ella muerte, tomó los tres mil doscientos treinta y dos lo llenara con sus datos personales. dólares y setenta y cinco centavos y se marchó. Alicia empezó a conducir por la autopista Interestatal 10. Atravesó Texas dejando atrás a su padre con su nueva esposa, la enfermera que él mismo había contratado para que atendiera a la madre de Alicia durante la penosa enfermedad que la llevó a la muerte. Atrás quedó su medio hermano recién nacido, el hijo que la enfermera había acabado de parir, y al que nunca más volvería a ver. Salió sin remordimientos, pues todo aquello estaba lejos de parecerle una familia. Atrás quedó también el bar de Mercedes, a donde llamó y dejó un mensaje en el contestador diciendo que no volvería a trabajar, y un ligero ‘lo siento’ para ella, que se había portado tan bien, y que hasta le había prestado dinero para completar la compra del Nissan azul oscuro modelo 82 que ahora conducía. Alicia no tenía un lugar a donde ir; huir parecía ser su único destino. No había querido si quiera imaginar en dónde pasaría la noche, los siguientes días o semanas. Lo único que tenía claro era en qué lugar no quería estar, y eso,

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- No hay muchos árboles en esta área –dijo Alicia sin parar de escribir. Norman Bates guardó silencio y ella se percató de que él no había entendido una sola palabra. - I meant trees. –Alicia señaló hacia la ventana y le devolvió el formulario firmado. - If you wanna see trees, you gotta go west. - ¿Dónde? - Go west. –respondió Norman moviendo sus cejas con imponencia mientras le pasaba las llaves de la habitación. Alicia bajó sus maletas y se instaló en el cuarto que Norman Bates le había asignado, curiosamente –notó ella– el cuarto contiguo a la oficina del motel. Encendió la radio y se apresuró a sentarse en el borde de la bañera para abrir el grifo de agua caliente. Mientras desabotonaba su blusa con la mano izquierda, metía los dedos de su otra mano en el agua, siguiendo con la cabeza el ritmo de la música. Cuando el agua había


Escrito por Jorge Alvarado

llenado la bañera hasta la mitad, desabrochó la falda dejándola caer en el piso junto con la blusa que se quitó despacio como quien pela una fruta antes de echársela a la boca. Entró en la tina, se acomodó recostando su cabeza en la pared, cerró los ojos y empezó a cantar el coro de la canción que sonaba en la radio: Go west life is peaceful there Go west in the open air Go west where the skies are blue Go west this is what we’re gonna do… Alicia abrió los ojos, recordó el último comentario de Norman Bates y sonrió. Al día siguiente emprendió su marcha hacia el oeste por la Interestatal 10. En las siguientes doce horas, pasaría por Phoenix y atravesaría el desierto hasta llegar finalmente a Los Angeles. Era el otoño de 1985 y Alicia tenía entonces 26 años. Hoy, Alicia despertó casi al medio día en su casa de Thousand Oaks, abrió las cortinas de su habitación y se quedó mirando los robles que dibujan el camino de entrada hacia su casa y que despliegan sus ramas como queriéndola abrazar. El Norman Bates de su juventud vino de pronto a su memoria y la hizo sonreír. De alguna manera Alicia se siente complacida de haberle hecho caso 25 años atrás, cuando su viaje sin rumbo la hizo descubrir en el suroeste californiano un rincón al lado de la metrópoli, en el que habitan cientos de robles, los Live Oaks, que han sido testigos de su historia. Después de tantos años de vivir entre los oaks, su cuerpo y su alma han empezado a comportarse como ellos. Cuando Alicia se mira al espejo se da cuenta de que, como los oaks, ella también ha empe-

zado a crecer hacia los lados. Y silenciosos, siempre verdes, ella y los oaks se fortalecen con los años, como si quisieran burlarse del tiempo. Es tal vez por eso que su piel es todavía tersa. Es también por eso que no le teme a la renuncia, ni a la melancolía. Lo supo desde el día en que estableció su hogar en Thousand Oaks y consiguió su trabajo de cantante en un bar nocturno de Los Angeles, en el cual canta desde entonces, de miércoles a domingo, con un selecto repertorio que incluye su canción favorita: Go West. Alicia sabe que nadie olvidará sus ojos color miel, su sonrisa exquisita y su voz profunda que ha alegrado con sus canciones las noches del Club Zafiro por más de dos décadas. Como los oaks, Alicia ha tenido siempre el mismo semblante. Su misión es hacer más fácil la vida de otros; los que llegan cada noche a buscarla, a pedirle que cante para ellos una canción de amor, de dolor o de optimismo; y ella acepta complaciente, porque como los oaks, su sonrisa no cambia, no tiene por qué cambiar, y parece eterna. Ella es el refugio de los enamorados y el consuelo de los desesperados. Hubo un tiempo en el que Alicia disfrutó de todo eso a plenitud. Un tiempo en el que ella misma pertenecía al grupo de los enamorados y le era más fácil decir que había conocido el amor y que su vida amorosa podría servir de inspiración para otros. Alicia no reniega porque durante ese tiempo ella fue feliz. Durante dieciséis años la felicidad para ella ha consistido en ver a Squally en el bar en las noches y cantar para él. Como esta noche, todas las canciones que ha cantado Alicia en los últimos años se las ha dedicado sólo a él. No se le ha dicho a nadie,

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Thousand Oaks, El Paraíso de los Robles

ni siquiera al mismo Squally que desde temprano ha estado sentado en la primera mesa, mirándola y flirteando con ella, siguiendo el juego descarado que los dos siempre practican para llamar la atención de los demás espectadores. Probablemente él ya lo sepa, piensa Alicia, y quiera disimularlo. Alicia termina su última canción y se acerca sonriendo a la mesa de Squally que no para de aplaudir. - No creí que vendrías hoy, le dice Alicia casi al oído. - Es miércoles, fin de mes ¿recuerdas? - El día en que hacemos el amor. - Puesto así parece una tortura. - Cada vez te veo menos. - Tú sabes cómo son las cosas. - Ya sé. -Alicia suspira. Lo aplausos continúan y Alicia se acerca al escenario una vez más para hacer la última venia al público. Quiere mirar a Squally a los ojos y decirle que su paciencia se ha agotado. Pero sonríe, toma el micrófono y el pianista detrás de ella toca una suave melodía para acompañar su corto discurso final. - Thank you, –dice Alicia- thank you for coming tonight, and for making this possible. I hope you have enjoyed the show. I love you all. Alicia sale del escenario y camina hacia el camerino; siente los pasos de Squally detrás de ella, pero continúa su marcha sin mirar atrás. Entra al camerino deja la puerta abierta, se sienta frente al espejo, y su mano vacila entre la gama de coloretes y las otras posibilidades que su colección de maquillaje le brinda, antes

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de encontrar la crema limpiadora, forcejear con la tapa del frasco que no abre, y escuchar a Squally que ahora le habla desde el marco de la puerta. - ¿Me puedes decir qué es lo que te pasa hoy? - No tienes por qué volver Squally. - ¿Pero qué estás diciendo mujer? Alicia ya no recibe las frecuentes visitas de Squally en su casa de Thousand Oaks. En los últimos años ha tenido que conformarse con verlo ocasionalmente en el Club Zafiro y, de vez en cuando, en su casa para hacer el amor. En esa noche en particular, ella termina su presentación y conduce las siete millas que hay entre el club y su casa, Squally la sigue en su automóvil, mientras ella observa sigilosamente las luces de su auto que se reflejan en el espejo retrovisor. El trayecto, a las once de la noche, dura solo quince minutos, después de los cuales ella estaciona en el camino de robles que abriga su casa, justo en frente del auto de él. Los dos entran, ella le sirve una soda que él nunca termina porque pronto estarán en el cuarto, en la cama, desnudos, peleando con el tiempo que les ha robado la energía y que les ha hecho cada vez más difícil conectar y terminar lo que empezaron. Ella se pregunta cuánto más va a durar todo aquello y espera impaciente a que él termine porque ya no siente nada, sólo las ganas de estar con él sin hacer el amor; sólo las ganas de que Squally le hable sobre los planes del día siguiente, los problemas de la oficina ¿qué tal unas vacaciones en el Caribe? Pero nada de eso podrá escuchar, porque seguramente Squally ha guardado esa conversación y esas vacaciones para su esposa, quien debe estar


Escrito por Jorge Alvarado

esperándolo en casa, esperando a que Squally y Alicia acaben lo que empezaron dieciséis años atrás, para poder por fin dormir tranquila y saborear el triunfo de una larga partida de ajedrez. - ¿Qué excusa le inventaste a tu esposa esta vez? ¿Otra junta de negocios? - Alicia, yo nunca te he mentido. - Creo que no me has entendido. Yo quiero estar sola. Hoy y siempre. Alicia pone un poco de crema entre sus manos y la esparce en su cara con un suave masaje que por unos pocos minutos la mantiene protegida de la mirada silenciosa de Squally. Luego humedece una pequeña toalla, la pasa otra vez por su cara y se levanta mirando a Squally con firmeza. - No sé qué estás haciendo acá. - Lo nuestro no puede terminar así. - Yo ya no creo que podamos hablar de dos. No te preocupes por mí, yo estoy bien, siempre he sido una mujer fuerte, y así voy a seguir. - Al menos déjame visitarte. En el club, de vez en cuando. - ¿Y qué ganaríamos con eso, Squally? Mírate al espejo, ya vas a cumplir 60 años. Yo sé que es con ella con quien tú quieres envejecer. Si en algo nos parecemos tú y yo es en que los dos siempre hemos querido una familia. El problema es que tú y yo nunca construimos una.

sabe que los oaks que rodean el camino de su casa en Thousand Oaks han dejado crecer sus ramas año tras año, lo suficiente para abrazarla todo lo que ella necesita ser abrazada esta noche y por una eternidad si es necesario. Ellos están dispuestos a perdurar y, aunque Alicia haya agotado hoy la paciencia, ellos le enseñarán a olvidar. Si de algo está segura hoy Alicia es que con los oaks, ella ha construido una familia. Ellos la adoptaron desde ese día en que encontró el borde más lejano del oeste; ellos estuvieron allí cuando tomó en arriendo la última casa al final del camino de los robles, la más pequeña, la más silenciosa. Los oaks, que han vivido en ese pequeño paraíso por más de un siglo, le dieron la bienvenida y con el ruido de sus ramas moviéndose con el viento en los cálidos otoños californianos, acompañaron siempre sus canciones. Los oaks son testigos de las lágrimas que Alicia derramó por la traición de su padre, de su incansable lucha por pertenecer a alguien que la amara, de su profundo deseo de sentir que al volver del trabajo puede llamar hogar al lugar en el que vive y sentir que es en verdad su hogar. Hoy Alicia ha retornado a su casa sola, por primera vez en mucho tiempo un miércoles de fin de mes. Ha preparado un té y se ha sentado a contemplar el camino de los oaks, su pequeño paraíso. Los robles no tienen más palabras para ella que sus arqueadas ramas, siempre verdes y Alicia entiende que como ellos, aprenderá a envejecer y a morir de pie.

Alicia ya no le teme a estar sola. Como los robles, ha aprendido que la soledad significa silencio y silencio ultimadamente es paz. Ella

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raRテ[uri Escrito por Mercedes Aguilera

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RARÁMURI

C soy.

uando era niño, mi madre solía contarme muchas historias, a ella debo, en gran parte, todo lo que sé; lo cual desde luego me moldeó, como barro en sus manos, en el hombre que hoy

Dos cosas en particular dejaron una honda huella en mí y marcaron el camino que habría de recorrer por el resto de mi vida. La primera de ellas fue la más grande enseñanza que pude recibir de ella.

Tenía 6 años, mi madre y yo caminábamos por la vera del río, yo comía una golosina, al terminarla arrojé el envoltorio al agua. Mi madre, que caminaba a mi costado, se detuvo de golpe. Me detuve unos pasos delante de ella y volteé a verla. Su mirada reflejaba una mezcla de tristeza, decepción y rabia. Nunca antes la había visto así. No supe que pensar. Me miraba fijamente y después de unos minutos, que me parecieron interminables, me dijo: - ¿Acaso tienes idea de lo que acabas de hacer?- Yo la veía sin lograr entender lo que intentaba decirme. - No.- Respondí, sin saber que otra cosa decir. - Muy bien, en ese caso déjame mostrarte algo.- Aunque su rostro se mostraba de nuevo apacible, sus ojos mostraban la seriedad de las palabras que estaba a punto de decirme. – ¡Acércate!- Me dijo. Me acerqué de prisa, pero con la cautela de quien sabe ha hecho algo incorrecto. Mi madre tomó mi brazo derecho entre sus manos y, con fuerza, apretó mi muñeca, impidiendo que la sangre circulara correctamente por mi brazo. - ¡Mírame! – Me dijo en tono grave. – Pues necesito que entiendas lo que voy a decirte.

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La miré directamente a los ojos pensando que la vería furiosa, pero su mirada, limpia y penetrante, sólo reflejaba amor. Amor por mí, por la naturaleza, la vida…por todo lo que nos rodeaba. - Lo que yo le estoy haciendo a tu brazo es exactamente lo mismo que tú le has hecho al río. La basura que arrojaste a sus aguas impide que fluya, lo satura, lo asfixia, lo ahoga.Mi brazo comenzaba a dolerme y, en un esfuerzo inútil, intenté soltarme. - Aunque el río desborde sus aguas con la lluvia, no siempre logra liberarse de la basura que los hombres inconscientes le arrojan encima. Si tú no lo cuidas, cuando crezcas no habrá río. Es tu deber como heredero y guardián del bosque de Rarámuri proteger lo que tus ancestros han logrado preservar hasta el día de hoy.- Mamá finalmente soltó mi brazo y sin decir más, continúo caminando. La seguí en silencio mientras reflexionaba en la lección que acababa de enseñarme. Mi brazo aún dolía. Después de un tiempo de caminata, mi mirada se centro en el río que acaba de contaminar y, no muy lejos de ahí, pude ver la envoltura que le había arrojado, atorada entre las ramas secas de un arbusto caído. Corrí e inclinándome en la orilla del río intenté recuperar la envoltura. Me resbalé y caí al agua; la corriente era muy fuerte en esa época del año y me arrastró. Sin pensarlo siquiera, mi madre saltó al agua y me rescató. Acunándome en sus brazos me contempló con ternura y me dijo: - La naturaleza siempre nos devuelve lo que le damos. Si le das amor y cuidados, te devolverá casa y alimento; si la maltratas y descuidas te lo devolverá con creces. Sus palabras se quedaron conmigo como un eterno tatuaje. Jamás olvidé la lección, al


Escrito por Mercedes Aguilera

contrario, la he enseñado a las nuevas generaciones de mi aldea y a todos aquellos que tienen un corazón dispuesto para escucharla. Pues nosotros, los guardianes de Rarámuri, vivimos para proteger y amar lo que él nos heredó. Y esa…esa es precisamente la otra historia que mi madre me enseñó: la historia del origen de mi aldea; la historia de Rarámuri, “el de los pies ligeros”. Rarámuri, el señor de la vida: guardián y protector del bosque. Cuenta la leyenda de mi pueblo, que su madre fue la mujer más bella que habitara el “Gran Valle”: Hija de reyes, dotada de una inteligencia sin igual, y una pureza de corazón que le permitía ver en el interior de las personas; no existía, pues, doncella con más cualidades. Desde su nacimiento había sido destinada al cuidado del bosque de Maza ( venado ), habitado por los venados cola blanca. Su nombre: Izel (Única). Cuando niña, había sido prometida en matrimonio al hijo del rey del “Alto Valle”, lo cual permitiría limar las asperezas entre los habitantes de ambos valles, pues era conocido por todos de las rencillas que, desde antaño, se desataban entre ambos bandos por el completo dominio del bosque de Maza, ya que se decía era la morada del “Señor de la vida”, que había decidido bajar a la tierra tomando la forma de un venado. Era también igualmente conocido que aquel que lograra atraparlo controlaría el mundo. Justamente esto era lo que hacía crecer la codicia en el corazón de los hombres insensatos: el deseo de poder. Izel, quien había crecido no solo en sabiduría y sencillez, también lo hizo en belleza. Acostumbraba a caminar en las mañanas por el bosque, especialmente en las mañanas de invierno, cuando la brisa matutina lo inundaba todo, dándole la sensación de haberse transportando a otro mundo. Su mundo. Nunca permitió a su guardia real que la acom-

pañara en sus recorridos, a pesar de de ello nunca se sintió sola, todo lo contrario. En el fondo, ella siempre supo lo que sucedía; en el fondo siempre supo quien cuidaba de sus pasos a la distancia. Y un día, con la niebla a punto de disiparse tras ser tocada por los tímidos rayos del sol, lo vio por primera vez. Una visión increíble, de otro mundo, tan impresionante como su presencia misma. Un enorme venado cola blanca, con la cornamenta descomunal, nada, absolutamente nada se le podía comparar. Fue en ese preciso instante cuando ella lo supo, había nacido para conocerlo y recorrer el mundo junto a él. Su futuro…su destino frente a sus ojos: Rarámuri, la leyenda. Ahora lo sabía, no era sólo una historia, él era real y estaba ahí junto a ella. Esperándola. Pero así como la brisa de la mañana se desvanece, así se desvaneció él. Izel lo sabía. Ahora lo sabía. Rarámuri siempre estaría a su lado, sin importar nada ni nadie. A partir de ese momento se volvieron a encontrar todas las mañanas, justo antes de salir el sol. El tiempo pasaba y el corazón de Izel latía con más fuerza, agobiando su alma con la espera del nacer del nuevo día. Cada mañana para ella se había convertido en el regalo más grande, pues en ella crecía un inmenso amor. Y en una mañana, extrañamente cálida a pesar del invierno, apareció ante sus ojos transformado, en lo que Izel reconoció, como el ser más hermoso que ella hubiera podido conocer. La imagen de un hombre perfecto, alto y musculoso, de piel canela, labios carnosos y ojos negros como alas de escarabajo y tan profundos como la misma noche; su melena azabache, larga como la cornamenta que su cabeza mostrara en su otra forma. Y al igual que el venado, se movía con la dignidad de un gran señor: Rarámuri. Izel, a pesar de verlo en su forma humana pudo reconocerlo al instante,

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RARÁMURI

porque siempre lo supo…su destino, su misión en la vida. Estar junto a él. Todos en el “Gran Valle” observaron un cambio en ella, se veía distraída y distante, pero sus ojos reflejaban un brillo sin igual. Su padre, el rey del “Gran valle”, temiendo que Izel hubiera sido presa de algún espíritu maligno y con su cumpleaños acercándose, creyó que era tiempo de cumplir la promesa al señor del “Alto Valle”: desposarla con el príncipe Mayel. Sin perder tiempo, sus padres comenzaron los preparativos de la boda. Al escuchar las noticias de la inminente boda Izel creyó morir. No podía ser verdad, esa boda no podía realizarse. Izel debía detenerla a como diera lugar. Tratando de impedir una catástrofe suplicó a sus padres, pero ellos no escucharon razones, la boda se celebraría sin importar nada. No lograban entender como su amada hija, quien siempre había sido obediente y presta a realizar los deseos de sus padres podía negarse, sobre todo cuando sabía que la paz de ambos reinos dependía de esa unión. - “No puedo casarme.” – Gritó Izel con todas sus fuerzas.- “Mi corazón, mi alma y mi cuerpo le pertenecen a Rarámuri y sólo a él”- “¿De qué tontería estás hablando, niña?”- Repuso con furia su padre. – ¡Te casarás y no hay nada más que discutir! – Sin permitirle decir una sola palabra, Izel fue llevaba a su habitación, y no podría salir de ahí hasta que la comitiva del príncipe Mayel arribara para la boda. Rarámuri, al darse cuenta de que Izel no aparecía como de costumbre, sintió en su corazón que algo no esta bien. Pero sabía que no podía abandonar el bosque, pues fuera de él su fuerza se debilitaba, y con ello la vida del bosque mismo. Pues él, Rarámuri, era el corazón del bosque. Desde el día en que Izel fue confinada, al despuntar el alba, y con la neblina aun cubrien-

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do el paisaje, una manada de venados corría alrededor del palacio. Izel podía verlos desde su ventana y sonreía, pues sabía que su amor la esperaba en el bosque y eso le daba la fuerza suficiente para no rendirse y desfallecer. Los habitantes del valle no comprendían lo que sucedía, pero se maravillaban al ver semejante espectáculo. Desde luego intuían que se debía a la princesa Izel. Sentían que el bosque entero reclamaba la presencia de su amada princesa. Los meses pasaron y el dolor de no poder estar junto a su amado herían el corazón de Izel, pero ella lo resistía todo pues sabía que, sin importar nada, ellos estarían siempre juntos. Además, un gran consuelo crecía dentro de ella, el hijo de Rarámuri. Y aunque, hasta ese momento, había logrado ocultarlo, sabía que no sería para siempre, pues el día de la boda se acercaba a pasos agigantados. Sin poder detener el paso de los días, finalmente el príncipe Mayel llegó al “Gran Valle”, con el deseo de conocer a su futura esposa; la que le daría el control total de los dos reinos y con ello el poder absoluto. Cuando Izel fue llamada a la presencia de su futuro esposo, aprovechó un descuido de su escolta y corrió hacía el bosque, lo que enfureció a su padre y al príncipe Mayel quién, usando como escusa la ofensa infringida por Izel, declaró la guerra al “gran Valle”. Sin poder detener la furia y las ansias de poder del joven príncipe, la guerra estalló. Sien embargo era claro que el príncipe Mayel tenía la ventaja, pues su ejército era más numeroso y fuerte. Pronto el reino del “Gran Valle” caería bajo sus manos. Sintiendo su corazón atravesado por el dolor de ver a su pueblo morir, Izel salió a los límites del bosque para hablar con el príncipe Mayel, quien al verla con su enorme vientre sintió aumentar más su cólera. La maldijo y trató de


Escrito por Mercedes Aguilera

asesinarla con una flecha, pero un enorme venado cola blanco saltó frente a ella recibiendo la flecha en su corazón. Izel corrió hacía él, tratando de sacar la flecha pero Rarámuri se lo impidió. Asustada, lloró sobre su cuerpo herido. Rarámuri se levantó y cargó a Izel sobre su lomo introduciéndose en el bosque.

nacerá. Ámalo y protégelo como tu padre lo hizo, y diciendo esto se abrazó al cuerpo de su amado y murió.

“Cuenta la leyenda”, decía mi madre, que los cuerpos enlazados de los amantes se convirtieron en la higuera que domina el centro del bosque y desde ahí vigilan y protegen a su pueblo. Y de su hijo, ella solía decirme que fue alimentado y cuidado por las criaturas del Al ver lo sucedido el príncipe Mayel, quien hasta ese momento había permanecido inmóvil, bosque, quienes lo acompañan en sus recorridos por el bosque. corrió tras de ellos, siguiendo el rastro de sangre dejando por aquella majestuosa criatuTras haber incendiado el bosque el príncipe ra. Cuando finalmente les dio alcance, logró ver como aquel enorme venado se convertía en Mayel decidió marcharse y regresar a su valle, un hombre. Izel no podía dejar de llorar tras ver pues creía que ya no habría nada más para él la sangre que brotaba del cuerpo de su amado. en aquel lugar. Mayel se acercó a ella y extendiendo su mano - “Es por eso”, - decía mamá – que nosotros la ofreció a Izel, pero esta se negó. Jamás como descendientes de Rarámuri, estamos abandonaría a Rarámuri. Ante la negativa de obligados a preservar este bosque y este río, Izel el príncipe Mayel, acrecentó su furia y pues fueron formados con el sacrificio y las marchándose ordenó a sus hombres que lágrimas de ambos. incendiaran el bosque. Y ahora yo, heredero y guardia, les transmito En aquel mismo momento Izel sintió los dolores esta historia a ustedes, los hijos de Rarámuri, de parto, el olor del humo se acercaba rápiday a todo aquel que quiera escuchar. mente y con él las llamas. Rarámuri regresó a su forma de ciervo y cargo a su amada a lo más profundo del bosque. Cuando finalmente llegó al corazón mismo del bosque, bajó con cuidado a Izel, quien en ese momento daba a luz a su hijo. Regresando a su forma humana, y con la última fuerza que le quedaba, colocó la mano sobre la cabeza de Izel y le traspasó el último residuo de su energía vital que le permitiría salvar al bosque y a su hijo. Su hijo, su heredero. Las lágrimas de Izel caían sin cesar; sus lágrimas se convirtieron en torrente; el torrente en río. El agua aplacó las llamas que se acercaban salvando al bosque y a su hijo. Con una sonrisa en sus labios se despidió de él diciéndole al oído: -“Hijo mío, llevarás por nombre Rarámuri, como tu padre y al igual que él cuidarás a este bosque y al pueblo que de ti

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EL REY AVARO Escrito por Rosa Lina Diegoo Guemes

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EL REY AVARO

H

ace poco tiempo, en un país

cualquiera, gobernaba un rey avaro que quería destruir un bosque para construir un gigantesco centro comercial repleto de tiendas, cafés, restaurantes, centros de belleza, recreativos, un supermercado y varios cines. Había encargado el diseño a un arquitecto de renombre internacional, quien proyectó una enorme mole cuadrada de cemento, acero y cristal del mismo tamaño que el bosque. El rey estaba encantado con el edificio, pues era tan gigantesco como lo serían sus ganancias. Una noche, cuando regresaba a palacio después de guardar sus últimos millones en su bunker, el coche decidió romperse. El rey viajaba sólo, como hacia siempre que iba a su secretísimo bunker, pues no quería que nadie viese donde ocultaba su dinero por temor a que le robasen.

del bosque. Apenas se había adentrado unos metros, cuando todas las criaturas se enteraron de su presencia. Las estrellas les habían comunicado la noticia y tras reunirse en uno de sus rincones, decidieron dar una lección al odioso monarca. Mientras, el rey caminaba ensimismado pensando en cuánto ganaría cuando eliminase aquel bosque porque a los beneficios del centro comercial, había que sumar, lo que le pagarían las farmacéuticas por las plantas medicinales, las madereras por toda la leña a la que quedarían reducidos los árboles, las peleteras por las pieles y las industrias cárnicas por la carne de los animales. Y además, la empresa eléctrica que aprovecharía el agua del río, le pagaría un jugoso canon todos los meses.

-¡Seré el hombre más rico del planeta!- pensó Durante un buen rato, el monarca trató de satisfecho el monarca sin darse cuenta, que a arrancar el coche. Pero por más que insistió, su paso la vegetación se hacía más y más del motor no salió ni el más mínimo sonido de frondosa. Pronto empezó a sentir como se recuperación. Así que, como no tenía ni idea raspaba la piel con las ramas de los arbustos, de mecánica y le daba pavor quedarse tirado pero tras lanzar un bufido de indignación siguió en mitad de la carretera expuesto a sabrá Dios avanzando con la mente ocupada en sus qué peligros, decidió regresar caminando. Total, cálculos hasta que se topo con una inmensa el palacio estaba detrás del bosque y en unas pared de vegetación. horas habría llegado. Supondría un gran esfuerzo para su cuerpo, pero en cuanto -¡Recórcholis, tendré que dar la vuelta y busca llegase a casa, se encargaría de que su otro sendero! - protestó indignado el monarca. fisioterapeuta le diese un buen masaje reparaPero cuando giró sobre sus talones se encondor. Decidido, pues, se internó en la oscuridad tró sin salida, pues a su alrededor, todo estaba

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Escrito por Rosa Lina Diego Güemes

cubierto por la misma espesura. - ¡Y ahora, ¿cómo salgo de ésta?!- se lamentó el rey. Apenas unos segundos más tarde, se posó sobra su hombro una alondra. - Majestad, si me dejáis, yo seré vuestra guía- se ofreció servicial la alondra. - ¿Y cuánto tendré que pagarte?- preguntó el rey recelando de tanta amabilidad. - Nada majestad. Un monarca de vuestra altura ha nacido para que gente como yo le sirvaaseguró la pícara alondra fingiendo una admiración que no sentía. - Bien, pájaro, acepto tu oferta. Puedes empezar por apartar de mi camino esas plantuchasordenó el rey despectivamente. - Lo siento majestad, pero el follaje sólo se retirará si le dais una muestra de vuestra buena educación- respondió la alondra.

dejar pasar al rey, por favor- pidió la alondra educadamente. - Ese grosero, gritón, engreído y mal educado se quedará aquí hasta el final de sus días- contestó enojado un romero. - Tened piedad de él- dijo la alondra. - Acaso tiene él compasión de nosotros. Damos sabor a sus comidas, le regalamos nuestras propiedades sanadoras y a cambio, por un puñado de monedas, él planea arrancarnos de raíz y construir un centro comercial- replicó el romero. El rey comenzó a caminar mientras lloraba desesperado, pues estaba seguro de que moriría encerrado en esa cárcel vegetal. Pero a cada paso que daba, la foresta se apartaba porque temía estropear sus propiedades si se bañaba en las lágrimas del monarca. Al fin y al cabo, su misión era otorgar remedios curativos y sabrosas especias a los hombres y para ser justos, el resto de la humanidad no tenía la culpa de la avaricia de uno.

-Yo, vuestro rey y señor, ¡os ordeno que os apartéis!- exclamó el monarca con tono orgulloso y prepotente. Pero los muros de vegetación no desaparecieron. Así que el indignado rey volvió a repetir, a gritos, su mandato. Más nada cambió y él siguió gritando hasta que se quedó afónico y exhausto.

- ¿Dónde se han ido las vengativas plantuchas?preguntó a la alondra.

- Arbustos de bosque, seríais tan amables de

- Se marcharon porque temieron malograrse

Cuando terminó de compadecerse de sí mismo, el rey se dio cuenta de dos cosas: que llovía a raudales y que la vegetación había desaparecido.

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EL REY AVARO

con su amargura- respondió el ave. - ¡Sácame de este mugriento bosque! ¡Me estoy calando de agua!- ordenó el rey, colérico. - Majestad, observad como el cielo está cubierto de nubes. No parará de jarrear. Lo mejor sería que os refugiaseis en una cueva cercana que conozco. - ¡Oh, está bien!- aceptó a regañadientes el rey mientras seguía el vuelo de la alondra. Subieron por una empinada colina y hacia la mitad, encontraron una cueva en la que ardía un fuego acogedor. Olía al conejo asado que cocinaba un pequeño y delgado zorro ataviado con gorro y delantal de chef. - ¡Hola amiga!- saludo jovial a la alondra. - ¡Hola! Zorro, vengo con el rey. Le encontré perdido en el bosque y está hambriento. ¿Podrías compartir tu cena con él? - ¿Y por qué habría de darle parte de mi cena? Caza los animales que como por diversión y para acumular riquezas y encima, se hace abrigos con la piel de mis hermanos. Lo que quiero, es que se vaya de mi casa. - Pero llueve y hace frío. Ten misericordia de él.- argumentó la alondra en defensa del rey. - ¿Acaso se muestra él indulgente con el bosque y con las criaturas que vivimos en él? Y

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enseñando sus afilados dientes, se fue aproximando al rey dispuesto a arrearle un buen mordisco en sus reales posaderas. Lo único que le impidió cumplir su deseo, fue que el monarca echó a correr colina bajo tan rápido como le permitían sus piernas. Antes de abandonar la cueva, la alondra guiñó un ojo al zorro y emprendió el vuelo detrás del rey. Lo encontró, jadeante y doblado en dos, en la orilla del camino, bajo las ramas de un manzano repleto de verdes manzanas que brillaban como diamantes. - Majestad, podrías apaciguar vuestro hambriento estómago con una de esas manzanas. Se ven bien apetitosas- le propuso la alondra. El rey enderezándose, examinó las manzanas y concluyó que la alondra tenía razón. Así que alzó su mano dispuesto a arrancar una. Pero cuanto más se alargaba, más se estiraban, lejos de su alcance, las ramas del árbol. Contrariado, miró a su alrededor indagando por qué razón los frutos que antes estaban al alcance de su mano, ahora estaban tan lejanos. Pronto vio que el manzano estaba de puntillas sobre sus raíces y con las ramas pegadas a su tronco y apuntando al cielo. - ¡Esto es lo que me faltaba!- exclamó furibundo el rey. - Señor manzano, apiádate de nuestro rey. El pobre está famélico y una de tus sabrosas manzanas lo saciaría.- imploró el ave en


Escrito por Rosa Lina Diego Güemes

nombre del rey. - ¿Y dime alondra, por qué habría de tener conmiseración de un hombre que se aprovecha de mis frutos, tala a mis hermanos y desprecia mis esfuerzos por proporcionarle un aire limpio para respirar?- replicó indignado el manzano mientras, con una de sus ramas, arreaba un coscorrón a su avara majestad. La alondra se encogió de hombros, pues no podía refutar los argumentos del árbol. Así que, emprendió el vuelo seguido por el rey. Anduvieron durante horas, pero parecía que cuanto más se adentraban en el bosque, más lejos estaba el palacio. O al menos, eso le parecía al desanimado monarca, quien caminaba, ensimismado, lamentándose de la mala suerte que lo perseguía esa noche. Habían llegado a un claro del bosque por el que discurría el río cuando la alondra se detuvo a beber. - Majestad, aprovechad el agua cristalina del río para refrescaos y saciar vuestra sed- dijo la alondra.

se apiada de mí cuando permite que me contaminen? - No, ese es el problema. Nuestro rey sólo es benévolo con sus riquezas y consigo mismorespondió enojada la alondra. A estas alturas, el rey estaba tan avergonzado que rompió a llorar, pues se dio cuenta de que se merecía todos y cada uno de los castigos que le habían infligido durante la noche. Había aprendido una lección: hay que tratar a la naturaleza con respeto porque si no, la naturaleza será cruel y despiadada contigo. Así que, cuando regresó a su palacio, ordenó archivar el proyecto del centro comercial y fundó el Ministerio de Ecología. Ahora, en su país, se recicla, se plantan árboles, se construyen edificios ecológicos y se usan energías que respetan el medio ambiente. Quizás aún no sean todo lo cuidadosos que debieran con la naturaleza, pero al menos, cada día que pasa, se esfuerzan por mejorar.

El rey se arrodilló en la orilla y haciendo de sus manos un cuenco, se dispuso a beber un poco de agua. Pero apenas el agua estaba en sus manos, se escurría velozmente y no llegaba ni una gota a sus labios. - Río, ten lástima de nuestro sudoroso y sediento monarca y permite que sacie sus necesidades en tus aguas- imploró la alondra. - ¡Jamás! - exclamó inflexible el río. ¿Acaso él

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el voladero del senote Escrito por Javier Gallo

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el voladero del senote

L

a vista es inefable.

Se pierde en la curvatura de la tierra. Es como si fuera el fin de mundo pero es sólo un salto. Es el jardín de los deseos. Por detrás y por delante hay vegetación, sólo separada por kilómetros verticales.

Gustavo Pilares está a punto de saltar. Le pidió a la selva una vida digna, un trabajo que le alcance para pagar manutención y, si sobrevive, de ahí saldrá para pagar otras deudas que, de cualquier manera, lo matarían. Gustavo cruza los brazos, corre y salta; cierra los ojos. Al sentir estabilidad abre las alas y grita. El viento juega con su sonrisa como con masa para galletas. Si acaso son ocho segundos, es infinito. 1, 2, 3… estaba en deuda con la naturaleza. El aterrizaje no comenzó como planeado; el paracaídas se abrió demasiado tarde y no abrió completamente; las ramas de unos secoyas son el único obstáculo entre el cuerpo de agua y el cuerpo humano; la más fuerte de las ramas atoró y columpió a Gustavo hacia el senote azul; nada mal para el ecoturismo. Su primer negocio sería el primer fin de semana del verano. El anuncio en los clasificados en línea leía “Alas Delta y Paracaidismo en el Voladero del Senote, un lugar único en el mundo donde caminas, vuelas y nadas entre la naturaleza. Comidas incluidas y precios en dólares. Reserve en línea. www.voladerodelsenote.com VIPack incluye la experiencia en helicóptero. Con las reservaciones ordenó 2 sets más de

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alas delta y paracaídas que volarían en un helicóptero alquilado por dos días. 17 clientes para el sábado y doce para el domingo, pero algunos ya tienen experiencia y esos son más rápidos. Se vieron en un café del pueblo, se presentaron, se criticaron, se preguntaron y se ordenaron. Subieron a un autobús y se embarcaron. A la orilla del pueblo, Danika le pidió a Gustavo que detuviera el vehículo para que pudieran bajar a pedirle permiso de entrada al bosque. - Esto es la selva –dijo Gustavo- Vamos a hacerlo allá arriba… - No. Yo lo hago antes de entrar, no cuando ya estoy adentro. Gustavo gritó al resto de los pasajeros - Los que quieran bajarse aquí… DANIKA RUA Danika Rua fue la primera en reservar. Danika es estéril. A raíz de una infección vaginal ocasionada por su ahora ex esposo, perdió las dos trompas de Falopio, una por cada embarazo fracasado. Se enclaustró en una depresión llena de humo de mariguana, lo que Miguel odiaba y se iba a otras casas, a embarazar mujeres. El carisma que alguna vez brilló en sus ojos se desvaneció. De ser la princesa en el reino del sol pasó a ser una momia de sofá envuelta en una nube de mariguana medicinal. Siempre creyó en la naturaleza, pero nunca se imaginó


Escrito por Javier Gallo

lo vil que puede ser su poder cuando algo ya no crece porque está roto. Danika había conocido a Gustavo Pilares de vista. Sabía de su reputación torcida de aventurero, le envidiaba su ímpetu y el coraje para darle sentido a algo que no lo tenía. Alguna vez se comunicaron en línea y no más volvió a saber de él, hasta ahora que recibió un correo electrónico con un título curioso, que al leerlo, sintió en la matriz un par de alas. Lulú, como consejo de mejor amiga, animó a Danika a dejar atrás sus fracasos amorosos, que comenzara con volver a enamorarse de sí misma y hacer lo que ama: “no estaría mal que nos fuéramos a vivir una experiencia de esas, extrema. Yo voy contigo”. En la página, Danika vio fotos del senote, un ojo de agua dulce y limpia, de color electrizante, enmarcado por secoyas masculinos y misteriosos. Aunque sus ahorros se terminarían, Danika los usaría como inversión de negocios personales, contrataría al senote como la matriz más grande que podría conseguir para parirse a sí misma, entrar del nuevo al mundo pero por la puerta grande. Si ella no podía dar vida, se la pediría a la naturaleza. Tratándose de Gustavo seguro hay algo sospechoso en este negocio, pero cuando alguien va en busca de lo inesperado, Gustavo es el mejor candidato del concurso. TAYLOR Y GLORIA Taylor y Gloria fueron la segunda reservación. No tienen hijos y no quieren tenerlos. Gloria es ama de casa y niñera. También acababa de

pasar por una infección vaginal. Culpó a Taylor, su marido, de habérsela traído a casa. Él es abogado y también fuma mariguana, pero ésta es recreativa, no medicinal. Después de demandarla por infidelidad, llegaron a un acuerdo, él dejaría de zumbarse y ella dejaría de acostarse con los padres de los niños que cuida. Gloria volvió a ser el ama de casa que Taylor adoraba porque mantenía todos sus sentidos ocupados. Taylor siguió fumando cigarros pero dejó la mariguana y se sentía muy ansioso, al grado de considerar hacer un intercambio con Gloria por un día de escape, pero ella sugirió que se escaparan al senote, que Gustavo le había platicado maravillas de ese lugar. - Dice que es el jardín de los deseos, que ahí iban las mujeres mayas a pedir marido, y las que no lo conseguían, el bosque les daba un secoya, y fueron los únicos árboles que sobrevivieron el fuego que devastó el lugar hace cientos de años y ahora todo es selva, y cuando caes con el paracaídas, caes en agua, que está entre esos pinos A Taylor nunca le había simpatizado este amigo Gustavo, pero si este lugar era en verdad el jardín de los deseos, él pedía una nueva esposa, y si no lo era, lo sospechoso que sonaba el negocio de Gustavo era suficiente para demandarlo por cualquier irregularidad, incluyendo fiscal, pretexto perfecto para meterse en su vida y comprobar que Gustavo se acuesta con Gloria. A Taylor le sobraban pretextos para pasar tiempo fuera de casa, y creía que la infidelidad de Gloria era la única que se podía comprobar.

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el voladero delsenote

Usaría el negocio chueco de Gustavo como el más cercano a la mano para demostrarle a su esposa que los abogados trabajan hasta en sus vacaciones. Si la costumbre es más fuerte que el amor, la conveniencia conquista hasta al odio. Reservaron su merecida e inolvidable segunda luna de miel, como premio a su reconciliación, a su reencuentro, a su milagro de recuperar la confianza el uno en el otro. RICARDO Y RITA Ricardo y Rita fueron los terceros en reservar. Su grupo musical “Universa” vendió lo que produjo y los productores quieren más. La oportunidad de invertir recursos en inspiración para su nuevo disco se acordó bajo la premisa de que sería una fusión entre folk, jazz y su “signature upbeat dance tempo” se mexicanizaría con el alma de la selva lacandona. Lulú invitó al productor, el baterista se apuntó, la cuñada se pegó y así se formó el grupo. Lamentablemente, Lulú tuvo que cancelar, debido a una incómoda y como siempre inesperada infección vaginal. Todos tenían preguntas, incluyendo a Gustavo, pero la primera parte del viaje estuvo llena de panderos y percusiones, improvisaciones y carcajadas. No sólo ellos sino hasta las canciones del nuevo álbum estaban contagiadas de la nostalgia ochentera. Danika pidió al chofer que detuviera el autobús; las cejas de los demás pasaron de media frente a media nariz. Algo siempre sale mal. - Los que quieran bajarse aquí –gritó Gustavo- los que no de todos modos vamos a

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pedirle permiso de entrada a la selva pero allá arriba, en el voladero. Danika se quitó los zapatos para sentir la tierra con sus pies; se paró en silencio frente a la selva con las manos en las caderas. Taylor se bajó a fumar. Gloria no estaba poniendo atención a Taylor, como siempre. Danika sintió la mirada de Taylor en su trasero y dio una vuelta seca. Durante todo el trayecto cuesta arriba hacia el voladero, Danika no dejó de sentir que Taylor le estaba viendo el trasero. A tres metros de distancia del voladero, con el horizonte encorvado de fondo, 18 personas tomadas de las manos formaban un círculo. Todos se miraban con ojos y sonrisas de complicidad. Danika notó que Taylor no despegaba su mirada de Gloria tratando de ocultar su sonrisa al mirar a Gustavo. Taylor sintió la mirada de Danika y Gustavo comenzó a invocar a la selva con un ritual; le pidió los recibiera, le pidió protección, le ofreció respeto y responsabilidad y juntó en el centro las manos de todos los asistentes - Que la diversión… esa está en nuestras manos… Las sonrisas de Taylor y Danika también se encontraron. El sol del sábado lanzó su primer rayo y Gustavo ya estaba lavándose la cara con el agua del río, calzado y vestido. El resto del campamento aún dormía hasta que escucharon las aspas del helicóptero. Salieron a ver lo que Gustavo desempacaba. Las alarmas de los relojes sonaron cuando


Escrito por Javier Gallo

todos estaban más que despiertos y a punto de emprender otra larga caminata cuesta arriba. Algunos pensaron que volarían en helicóptero, pero Gustavo aclaró que éste era sólo para emergencias. También era para subirlo a él después de un salto, pero prefería omitir esta parte en su contrato. Nadie pidió el paquete VIP. Mientras Gustavo preparaba a Danika, Taylor y Gloria no despegaban la vista de esos dos cuerpos sujetándose el uno al otro para saltar al precipicio. Gustavo daba instrucciones a los siguientes y Taylor pensaba en lo creído y sabelotodo que era. - ¿Gustavo, ya solucionaste tu problema con lo de la manutención de tus gemelas? - Sí, con tu dinero –y dirigiéndose a Danika agregó- Pedí una vida digna y dinero… ¿tú que vas a pedir?... no me digas ahora. La primera en lanzarse era Danika, la segunda Gloria, después Taylor, luego Ricardo y Rita, los vocalistas del grupo, que ya tenían experiencia en este tipo de saltos y lo harían juntos, también el productor y el director, pero todos los demás tendrían a Gustavo amarrado a sus espaldas. Todo listo. Gustavo se paró frente al infinito. Danika se presentó ante la madre naturaleza, creadora y dadora de vida. Respiraron profundo, corrieron y saltaron, gritaron, volaron. Se sentían como pétalos de magnolias, cayendo cada vez con más velocidad. La vista hacia el caribe era majestuosa, pero hacia abajo, el senote lucía inigualable. Las ramas rojas de los secoyas y las lianas de

la selva eran como los cabellos y brazos de la madre naturaleza, que a lo lejos miraba con su ojo azul cristalino y mientras se acercaban diseñaba una obra de arte cambiante y seductora, abriéndose como flor cortejando a las abejas que tocarían lo más profundo de sus entrañas. El resto del grupo se asomó por el precipicio hasta que perdieron de vista a los volantes. Estaban anonadados y emocionados, brincando y bailando. En el aire, Danika comenzó a resbalarse. Los arneses cedían con la misma velocidad con la que ellos caían. Gustavo no lo notó hasta que Danika lo miró con pánico. Los movimientos de Gustavo se tajaron para jalar el cordón del paracaídas; cuando se abrió dio un jalón que lanzó el cuerpo de Danika demasiado lejos del alcance de Gustavo. Danika cerró los ojos y escuchó la sonrisa de una niña, la voz de una mujer, el bullicio de muchos hombres, de mucha gente, y agua, se sentía cubierta de agua. La selva madre tejió con su cabello una red y abrió sus brazos para recibir a su hija y depositarla en su cuna de agua. El rompimiento de lianas y sus nudos no fue pacífico, pero lo que sonó como un balazo fue la transición. Danika ensordeció y sus pulmones se colapsaron; estaba consciente pero no sabía qué estaba pasando. Era demasiado pronto para llorar como cualquier recién nacido. Todo se veía al revés. Los rayos del sol eran azules, las rocas verdes y la vegetación roja y anaranjada.

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el voladero del senote

Los pilotos del helicóptero no notaron nada. Danika permaneció en el fondo del agua hasta que Gustavo cayó y la sacó. Le dio respiración artificial y ella reaccionó a la primera. Se encontró rodeada de los secoyas y con Gustavo frente a ella rompiéndose en una risa nerviosa. Los pilotos la pusieron en una camilla, la subieron al helicóptero y se fueron. Gustavo no olvidó a sus clientes pero no podía dejar que esto le arruinara su negocio. Arriba, los músicos tenían la fiesta a todo lo que daba. El baterista del grupo sacó un cigarro extraño, lo encendió y lo repartió. Taylor y Gloria dejaron de bailar cuando vieron al helicóptero salir hacía ya más de media hora, y mientras más esperaban sentían que los arneses apretaban más. Ricardo y Rita estaban ansiosos por lanzarse. - O se lanzan con el arnés o me lo prestan para que nos lancemos nosotros dos… - Si quieren les enseñamos a aventarse juntos, ¿o quieren a Gustavo amarrado al trasero? Taylor miró a Gloria y sin decir nada caminó hacia la orilla del precipicio. Gloria se ajustó los arneses y lo siguió. Inmediatamente Rita les ayudó como pudo, sus brazos no son tan fuertes pero tiene trucos artísticos para que las cosas amarren y parecía que nada ni nadie los separaría. Frente al precipicio, Taylor le sonrió confiadamente a su esposa, contaron hasta tres, corrieron y saltaron. Aunque el viento masajeaba casi todos sus músculos, la tensión era inevitable. Se les olvidó disfrutar la vista, uno de los puntos principales de la aventura. El gusto del vuelo no les duró mucho. Algo estaba

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apretando de más a Gloria y la estaba sofocando. Taylor veía el senote cada vez más cerca y jaló la cuerda que abriría el paracaídas, pero este nunca llegó a cobrar forma. Con el viento vieron cómo las cuerdas se enredaron y se jalaron. Rita y Ricardo miraban al paracaídas desvanecerse en el precipicio. Los otros participantes se les unían en silencio. La punta más alta del árbol más alto detuvo a Taylor como un padre prepara a su niño para darle una sarta de nalgadas. A Gloria nada la detuvo. Ni las cuerdas, ni las lianas, ni el agua ni las ramas. Fue un impacto rojo sobre agua. Taylor no tuvo tiempo ni de respirar cuando se dio cuenta de lo que acababa de hacer. Comenzó a desatarse del arnés. Quiso que sus lágrimas se mezclaran con el agua de la tumba de su esposa. Luchó sin sentido, hasta que cayó al lado de Gloria. No tenía fuerzas ni para ahogarse. Su vista pasó las ramas de los secoyas y se fijó en nubes rojas por donde pasó, desapercibido, el helicóptero. Cuando volvió, Gustavo no encontró gente en el voladero. Cuando bajó al senote escuchó como si Taylor estuviera tratando de recordar las notas de una canción ochentera. Inmediatamente entró al agua y jaló a Taylor, quien jalaba los restos de su esposa. Taylor sólo estaba vivo. Sus ojos vagaban, opacos y perdidos. Tal vez había pasado demasiado tiempo debajo del agua y le hizo falta oxígeno al cerebro. Casi lo rechazaron en el hospital por no presentar lesiones externas.


Escrito por Javier Gallo

Pensando cómo reportar el crimen en el que se había metido, Gustavo se armó de resignación y fue a sonreírle a Danika, quien parecía estar dormida. Al acercarse, Danika levantó la mano para sostener la de Gustavo. - Gracias Una de las enfermeras entró al cuarto muy agitada

única que tendría acceso al sitio. Ahora se encarga de fomentar el turismo en el área. Lulú ya los visitó y hasta se lanzó del voladero, pero ella prefirió ala delta, aunque no cayera en el senote. Le salió gratis porque prometió promoverlo y traer un grupo grande. Reserven en línea. El cupo es restringido y los lugares vuelan.

- Dónde está la esposa del señor, quiere que lo lleven… - Ella murió… hace tiempo, pero él nunca se ha recuperado –explicó Gustavo. - Entonces métalo a un hospital psiquiátrico, ¿para qué lo trae aquí? El papeleo no fue sencillo pero Danika le ayudó a Gustavo a conseguirle el manicomio a Taylor y, en la búsqueda de documentos legales se dio cuenta de la escasa vida familiar que tenían; la única explicación a la que pudo llegar fue que se habían escapado de sus familias y nadie sabía dónde estaban. Los clientes de Taylor recibieron un documento si bien no oficial, si muy profesional, notificando su ausencia por motivos médicos. Para no pasar por encima de la ley, Gustavo se sometió a ella. Casi dos años tardó en entrar al cuerpo de policía, y otro más en conseguir el puesto en la comandancia para patrullar y hacerse cargo del senote. A cambio de su silencio, Danika le pidió a Gustavo le transfiriera el negocio, y ella sería la

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un mundo nuevo Escrito por Ernesto Alonso Flores

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Un Mundo Nuevo

E

l día no podía ser más hermoso, el sol brillaba en su máximo esplendor; los alegres jilgueros se acompañaban en su canto. Las mariposas abrían sus alas a un nuevo día; las flores sonreían entre sí al recibir los rayos de sol mientras que los pocos árboles que quedaban recibían el rocío fresco del amanecer. Así comenzaba un día más en el pueblo de Agua Blanca; una pequeña comunidad maderera al norte del estado de Jalisco. Contrario a los regalos de la madre naturaleza, en la familia Gutiérrez todo iba de mal en peor. Hacía menos de un mes que había muerto el abuelo Pedro, padre de María Inés, suegro de Felipe y entrañable abuelito de Lluvia, de 11 años y Luís, de 8. Estos últimos se encontraban muy tristes ya que su abuelo era la única persona que los cuidaba y les brindaba la atención y el cariño que sus padres no eran capaces de ofrecerles. Felipe era un hombre posesivo y cada día se volvía más amargado mientras que María Inés parecía más su esclava que su esposa.

Después de la muerte de su abuelo Pedro, Lluvia y Luís todos los días acudían al bosque tratando de encontrarlo; lo hacían porque él así se los había prometido. Su casa quedaba justo en una colina pegada al bosque El taleón, muy reconocido décadas antes por su enorme forestación y muy criticado en los últimos años por su ambiciosa producción maderera; generada principalmente por la familia Ruin, dueña de una empresa importante que había cavado la tumba del bosque El taleón a cambio de iniciar una enorme fortuna basada en el diseño, la producción y venta de muebles de madera fina. -¡Abuelito, abuelito, contéstame por favor!, gritaba la pequeña Lluvia en el bosque. -Lluvia, deja y le silbo. Ya ves que a él le gustaba que le silbara, replicaba Luís, quien desde los 3 años y gracias a su abuelo Pedro había aprendido a imitar a los jilgueros

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- ¡Abuelito Pedro, aquí estamos! Pero no había respuesta. - ¡Vámonos Luís! Se está haciendo tarde - exclamaba Lluvia triste, su rostro reflejaba la necesidad del amor y la compañía de su abuelo. Esa tarde, cuando los hermanitos llegaron a su casa se encontraron de nuevo con una acalorada discusión entre sus padres. Ambos se miraron a los ojos y se fueron a dormir. Como había sucedido en noches anteriores, ni Lluvia ni Luís podían dormir; se la pasaban escuchando los gritos de sus padres y extrañando los cariños de su gran abuelo. Cierto día, debido a la poca producción de árboles y a la escasez de robles, Felipe llegó enojado y comenzó a vociferar contra su mujer. Asustados, Lluvia y Luís se abrazaron a su madre. -¡Corran, vayan al bosque!, les dijo su madre. -¡Sí, lárguense! Déjenme beber solo. ¡Quiero estar en paz!, dijo furioso el padre. Los dos pequeños se tomaron de la mano y se adentraron en lo que quedaba del bosque El taleón. Pronto comenzaron a llamar a su abuelo pero al igual que en los otros días, no obtuvieron respuesta. Cansados y tristes se fueron a sentar en el tronco del último roble del bosque; era tan enorme que con su frondosidad los cobijaba en su sombra. De repente Lluvia sintió que la tocaron en el hombro y se asustó. -Lluvia, hija… La niña escuchó sorprendida y se puso de pie de inmediato. -¿Escuchaste?, le dijo a su hermano. - ¡Sí, viene de dentro del árbol!


Escrito por Ernest Alonso Flores

Los dos se miraron y una enorme alegría les inundó el corazón. Exclamaron al mismo tiempo: -¡Abuelo Pedro! -¡Mis queridos nietos! Sí, soy yo, su abuelo Pedro. Ya ven, les dije que me encontrarían. Y aquí estoy convertido en este viejo y robusto roble.

gran lección acerca de lo poco que apreciamos su bondad y creo que ya comprendí a que se refería. -Pero ¿por qué te irás de nuevo abuelito? Tú puedes vivir aquí por siempre. Nosotros todos los días vendremos a visitarte, jugaremos y te cuidaremos y tú a nosotros. ¡Así como hacíamos antes!, le dijo Luís.

-Si la ambición humana no fuera tanta, quizás Luís, pero desafortunadamente no es así. ¡Miren a su alrededor! Ahora que soy un roble me doy cuenta de la grandeza y riqueza de la -Luís, el Señor es muy bondadoso y por mis naturaleza, es enorme y todo nos lo regala. acciones me dio permiso para volver a verlos y Hace como 30 años todo esto estaba habitado también porque nos quiere mucho a todos. Por por enormes y frondosos árboles como este eso me permitió reencarnar en este roble. ¡Ven- que soy pero poco a poco los han ido matando. gan abrácenme!, les dijo. -Abuelito, ¿y nosotros podemos irnos contigo?, Los pequeños se abrazaron al roble con le preguntó Lluvia. ternura y amor. -No, ustedes son apenas unos pequeñitos; -Abuelito, preguntó Lluvia, ¿Y qué se siente al crecerán, estudiarán una gran carrera, se ser árbol? casarán, tendrán a sus hijos y los cuidarán. -Pero tú ya estás muerto, no puedes hablar, le dijo Luís.

-Oh, es muy hermoso. No tienes que preocuparte de nada porque todo es un regalo. Los pájaros vienen y cantan para mí, la lluvia cae sobre mí sin preocupaciones permitiéndome ser más fuerte y alimentar mis grandes raíces. La tierra nunca me reclama por el espacio que le invado, el viento me refresca sin yo pedirlo y los rayos del sol se refugian entre mis ramas. Por las noches el espectáculo es maravilloso, todo es tan perfecto; la luna, las estrellas, las bellas luciérnagas, el cantar melodioso de los grillos en medio del silencio de la noche. ¡Es tan reconfortante para mi alma! Aunque sé que pronto se acabará…. -¿Por qué abuelito?, preguntó Lluvia. -Mi pequeña y adorada nieta, ¡cómo te quiero!, le dijo el árbol acariciándola con una de sus ramas y luego continuó -Porque el Señor me lo advirtió, me dijo que a mi regreso recibiría una

-Pero es que mis papás siempre están enojados, no juegan con nosotros como tú lo hacías. -Sí, lo sé. Se lo advertí tantas veces a María Inés… El abuelo roble hizo silencio y suspiró profundamente. Luego continuó: -Pero no se preocupen, cada vez que les quieran hacer daño, corran y vengan conmigo. Yo los protegeré. Los quiero tanto que sólo por ustedes volví. Le insistí tanto al Señor que yo creo que por enfadado me dijo que sí. Bueno, ahora váyanse que ya está oscureciendo y no quiero que su papá los regañe. -Abuelito, yo me quiero ir contigo. Te extraño mucho; nadie nos cuida como tú lo hacías. ¡Por favor llévame contigo!, le dijo Lluvia comen-

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Un Mundo Nuevo

zando a llorar. -¡No, no puedo hija! ¡Por favor abuelo, dile al Señor que te ayude!, le pidió Luís. .Luís y Lluvia se abrazaron a él y los tres lloraron sin poder contenerse. -¡Está bien, se lo diré!, No lloren más; hablaré con el Señor pero no les prometo nada, les dijo el abuelo roble Lluvia y Luís se regresaron a su casa. Cuando entraron buscaron a su madre y la encontraron durmiendo en su hamaca. Lluvia y Luís se sonrieron cuando apreciaron que, dormida, su madre hacía muecas de alegría. De repente, su madre comenzó a llorar y luego despertó asustada y gritando: -¡No papá, no me dejes! ¡Por favor ya no te vayas, quédate! Felipe se despertó con los gritos y bruscamente sacudió a la mujer y le dijo: -¡Ya vieja, ya cállate! Es otra de tus pesadillas. María Inés se levantó y fue a acostar a sus hijos, los besó y abrazó como nunca antes lo había hecho. Por la noche, la mujer no podía dormir, daba vueltas en la cama recordando lo que en sueños le había dicho su padre. Le había revelado el secreto y le había pedido que lo ayudara a permanecer en el bosque por mucho tiempo; el mayor posible. El tiempo transcurría y todos los días Lluvia y Luis acudían a jugar con el abuelo roble, ellos recibían el amor y compañía que no encontraban en su hogar mientras que el abuelo árbol gozaba del amor y la ternura de sus nietos en su máxima expresión. Los tres eran felices juntos. Sin embargo, la ambición humana continuaba creciendo y el líder de la familia

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Ruin dio la orden de cortar el enorme roble. Le urgía porque tenía retraso en sus pedidos. ¡No, no lo permitiré!, gritó María Inés decidida. Y se abrazó al roble. Cuando Lluvia y Luís se dieron cuenta fueron y también se abrazaron con fuerza al viejo roble.

-¡Sí, abrácenme con fuerza!, les pidió el abuelo árbol. -No, esta vez no lo permitiré papá. Ahora nada ni nadie nos separará, le dijo angustiada María Inés. Pero el líder de la familia Ruin que no comprendía el daño que causaba dio la orden. -¡No, no por favor! Abuelo yo quiero irme contigo, decía la pequeña Lluvia inundada en llanto. Los taladores del líder Ruin, obedeciendo órdenes, echaron a andar la maquinaria que acabaría con el viejo roble y con el abuelo árbol. ¡Vieja, quítate! Suelta el árbol. No seas ridícula; tu padre ya está muerto, le gritó Felipe a María Inés apartándola del roble. Luego, sin consideración y agresivamente, apartó a sus dos hijos. Los taladores comenzaron a cortar el roble mientras Lluvia y Luís no paraban de llorar. Cuando el roble caía escucharon la voz de su abuelo decirles: ¡Vamos Lluvia y Luís, pidan un deseo el Señor se los concederá! Los dos hermanitos cerraron los ojos y pidieron un deseo. Al abrirlos corrieron justo donde iba a caer el enorme roble. Nadie puedo evitarlo y los niños murieron instantáneamente. La


Escrito por Ernest Alonso

tristeza e indignación eran tan grandes en toda la comunidad de Agua Blanca que se presentaron varias denuncias en contra de la familia Ruin y otra contra Felipe y María Inés por negligencia. El líder Ruin fue encarcelado inmediatamente y sin derecho a fianza. Con el paso del tiempo, la empresa Ruin se fue a la quiebra. Seis meses después de la tragedia, las autoridades forestales emitieron una nueva ley que prohibía estrictamente la tala de robles en todo el estado. María Inés fue exonerada y se divorció de Felipe quien fue condenado a 10 años de prisión por abuso y violencia doméstica. Así, en medio de la tristeza y en la casa que un día habitaron sus hijos y que fuera herencia de su padre, María Inés decidió recomenzar su vida y fundar UN MUNDO NUEVO, un mundo en el que todos pudieran vivir mejor al lado de los regalos y bondades de la madre naturaleza. Los años pasaron y María Inés dirigió a la comunidad en su lucha por lograr su objetivo: estaba decidida a reforestar el bosque El taleón y a construir lo que la Familia Ruin había destruido. -¡Si, lo lograré!, se decía María Inés decidida mientras cuidaba de un pequeño roble silvestre que había comenzado a crecer justo en el mismo sitio donde habitó el roble en el que su padre había reencarnado. Se esmeraba, le hablaba ilusionada y le ponía mayor atención que a los demás por los recuerdos que llegaban a su mente. -¡Cómo los extraño! ¡Pero sé que donde están son muy felices!, le decía llorando. El tiempo transcurrió y el pequeño roble se convirtió en un enorme y frondoso árbol bajo el cual María Inés todos los días descansaba. María Inés ya no era la misma, lucía cansada, demacrada y enferma. No había un día en que no hablara con el roble imaginando que le contestaría, que le hablaría de sus hijos. Transcurrieron los años y el bosque El taleón se había convertido de nuevo en uno de los

mejores bosques en todo el estado, de tal modo que las autoridades lo declararon patrimonio nacional. Cierto día, María Inés cansada se sentó como siempre en el tronco del roble. De repente sintió que la tocaban en el hombro. Sin pensarlo exclamo: -¡Papá! ¿Eres tú? -¡Sí, hija! Soy yo, y no estoy solo. Sobre el hombro de María Inés se posó un hermoso jilguero que no paraba de cantarle al oído. ¡Luís!, exclamó ella feliz. Sus ojos estaban inundados de lágrimas y en su corazón no cabía tanta dicha y alegría. Mientras apreciaba el canto del jilguero comenzó a sentir en su rostro las gotas de lluvia fresca que caían del cielo. Mirando hacia las nubes escuchó: -¡Mamá, pide un deseo , el Señor te lo concederá! -¡Lluvia! ¡Hija! , dijo María Inés complacida y feliz. Luego cerró los ojos.

“No dejemos que el fruto del amor de la madre naturaleza muera como está muriendo el amor en la humanidad”

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NABUART presenta a Adriana Oliveros monserat60@yahoo.com

Miami, Florida

Carlos Villuendas

villuendascarlos@hotmail.com

Valencia, España

Marisela González Servat mgservat@gmail.com

Miami, Florida

Monze Martínez monze.martinez@ymail.com

Miami, Florida

Ruth Carvajal ruthmecar@hotmail.com

New York, New York

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