Page 1

1


2 Los Rostros de Antioquia


3


4 Los Rostros de Antioquia


L os

R o5 s t r o s

d e

A nti oqui a


CATÁLOGO REGIÓN ANDINA Los Rostros de Antioquia ISBN 978-958-5413-56-6 Primera edición Medellín, Colombia, 2017 Créditos UNIVERSIDAD DE ANTIOQUIA Luis Pérez Gutiérrez Presidente del Consejo Superior

Hernán Alberto Pimienta Buriticá Nelfa Yulisa Palacios Cuesta Corrección de Estilo Hernán Alberto Pimienta Buriticá Fichas técnicas Colección de Antropología

Carlos Alberto Palacio Tobón Vicerrector de Extensión

Fabio Hernán Arboleda Echeverri Hernán Alberto Pimienta Buriticá Fotografía Colección de Antropología

Santiago Ortiz Aristizábal Director MUUA

Rafael Manosalva Fragmentos de improntas

Hernán Alberto Pimienta Buriticá Curador Colección de Antropología

David Romero Duque Jorge Iván Yepes Villada Pablo Aristizábal Espinosa Oscar Botero. Archivo: viztaz.org Sofía Botero Páez Otras fotografías

Anngy Daniela López Jiménez Liliana Isabel Gómez Londoño Ilustraciones Víctor Manuel Aristizábal Giraldo Diseño y Diagramación Portada y contraportada Urna funeraria La Pintada, Antioquia 53,4 cm. x 36,5 cm. Id. 8332 Forma cilíndrica con doble representación antropomorfa. Decoración aplicada e incisa. Colección Museo Universidad de Antioquia Impresión Puntotres, diseño y producción gráfica Universidad de Antioquia, Vicerrectoría de Extensión, Museo Universitario Calle 67 Nro. 53 – 108, Bloque 15, Ciudad Universitaria (574) 219 51 80 – http://museo.udea.edu.co – museo@udea.edu.co

6

Los Rostros de Antioquia

Mauricio Alviar Ramírez Rector

Roberto Lleras Pérez Francisco Javier Aceituno Bocanegra Gustavo Adolfo Santos Vecino Sofía Botero Páez Carlo Emilio Piazzini Suárez Isabel Cristina González Arango Textos

Las ideas, conceptos y opiniones que contienen los diferentes artículos del presente libro son responsabilidad exclusiva de los autores. La presente publicación es el producto de una investigación financiada por el MUUA para la Sala de larga duración Graciliano Arcila Vélez, además recibió el apoyo del Banco Universitario de Programas y Proyectos de Extensión – BUPPE, de la Vicerrectoría de Extensión de la Universidad de Antioquia. Las imágenes incluidas en esta obra se reproducen con fines educativos y académicos, de conformidad con lo dispuesto en los artículos 31-43 del capítulo III de la Ley 23 de 1982 sobre derechos de autor.


7


8 Los Rostros de Antioquia


C O N T E N I D O

PRESENTACIÓN

12

OCUPACIONES TEMPRANAS Y MODOS DE VIDA ARCAICOS EN LAS REGIONES DE ANTIOQUIA

42

LAS PRÁCTICAS FUNERARIAS PREHISPÁNICAS DE LA REGIÓN CENTRAL DE ANTIOQUIA

86

HISTORIA Y ARQUEOLOGÍA EN LA CUENCA ALTA DE LA QUEBRADA PIEDRAS BLANCAS

9

10

118 TEJIDOS ARQUEOLÓGICOS DEL OCCIDENTE DE COLOMBIA: UNA APROXIMACIÓN A PARTIR DE HUELLAS IMPRESAS SOBRE CERÁMICA


PRESENTACIÓN Roberto Lleras*

10

Los Rostros de Antioquia

E

s difícil exagerar la importancia del territorio antioqueño en la historia prehispánica de Suramérica. No se trata únicamente de que fuera, como continuación geográfica del istmo de Panamá y el Darién, el escenario del ingreso de los primeros pobladores, la ruta por la cual llegaron los cazadores recolectores y se expandieron en diversas direcciones colonizando el continente. Es que es también una región en la que se dieron, por primera vez en América del Sur, algunos procesos tan vitales que marcarían desde entonces el transcurso de la historia precolombina de una extensa región. En esta zona se dio, por primera vez, la colonización permanente e intensiva de las tierras altas del trópico ya que, aunque tropical, América Central no cuenta con grandes extensiones de tierras altas, por lo que los pobladores que ingresaron por allí no habían experimentado la colonización de altura. Esto supuso la aclimatación de las plantas previamente domesticadas en las tierras bajas y un aprendizaje complejo para la vida en la montaña. No fue solo esto lo que hizo de Antioquia un lugar excepcional en los milenios anteriores a la conquista española; la explotación de ojos o venas de agua sal, la temprana utilización de la cerámica y su posterior diversificación, la existencia de yacimientos de oro y el acceso a distintos pisos térmicos mediante redes de caminos hicieron que la dinámica socioeconómica aquí fuera intensa. Antioquia aparece como un gigantesco laboratorio humano en el que dieron inicio los cambios que llevarían al desarrollo de la alta cultura en Suramérica. Este conjunto de factores no siempre se ha reconocido; por bastante tiempo Antioquia fue un gran espacio en blanco en el mapa arqueológico de Colombia. Se le mencionaba como un territorio donde se habría dado la extensión de los complejos del Quimbaya, cuyo centro, en todo caso, se ubicaba en el Quindío y Caldas; se hacían referencias a las numerosas tribus que los españoles encontraron allí en el siglo XVI y se destacaba la portentosa riqueza de sus yacimientos auríferos, pero solo como productores de metal en bruto. Semejante cuadro parcial y burdamente subvalorado persistió en la mente de la academia colombiana pese a los esfuerzos solitarios del pionero Graciliano Arcila *Arqueólogo, Academia Colombiana de Historia.

Vélez, que intuía el enorme potencial arqueológico que encerraba esta región. Hoy en día, por fortuna y gracias al trabajo incansable y juicioso de los arqueólogos de varias generaciones, tenemos otro panorama de la historia precolombina antioqueña. Los Rostros de Antioquia aparece entonces como una puesta al día de la arqueología de este departamento. Lo es, además, en un doble sentido; como conjunto de textos científicos, originales y llenos de valiosas informaciones e interpretaciones y, también, como insumo para el guión museográfico de la segunda sección de la Sala de larga duración de Antropología Graciliano Arcila Vélez del Museo Universitario Universidad de Antioquia. Dos dimensiones que multiplican la trascendencia de los textos aquí compilados, ya que aseguran su difusión amplia, tanto en los escenarios académicos, como en los del público general. Para conformar esta síntesis los editores escogieron cuatro textos que cubren una gran profundidad temporal, un espacio geográfico amplio y una temática novedosa. El capítulo escrito por el arqueólogo Francisco Javier Aceituno explora las Ocupaciones tempranas y modos de vida arcaicos en las regiones de Antioquia. En él, Aceituno enfatiza en este departamento como una región clave para el ingreso de pobladores a Suramérica, hace una completa revisión de los hallazgos más antiguos de Colombia y de Antioquia y, con base en ellos, postula que el final del pleistoceno, con el mejoramiento climático, fue un periodo dinámico de cambios y desplazamientos que llevo al desarrollo de formas de vida arcaicas. Para este autor la secuencia de la cuenca media y baja del río Porce revela como la caza de mamíferos, anfibios y reptiles y la recolección de plantas fueron seguidas de estrategias de intervención del ambiente para la producción de alimentos; esto permitió que entraran en escena el maíz, la yuca y el frijol, entre otros, acompañados de una reducción de la movilidad, una funebría desarrollada y huertos caseros: conductas que se tipifican como territoriales en torno al eje del río. Al sur del Valle de Aburrá otros sitios confirman la secuencia del Porce y la adaptación agrícola a mayores alturas. Continúa Aceituno señalando que, tras un lapso oscuro de unos 600 años para el cual hay poca información, aparecieron los complejos cerámicos Ferrería, Marrón Inciso y la tradición Cancana. El autor llama la atención, adicionalmente, sobre algunos sitios de primera importancia poco conocidos hasta ahora: Los Conservadores, un sitio de acondicionamiento de material lítico y la Caverna del Tigre, con cerámica de 5.300 años de antigüedad. También señala la aparición de plantas cultivadas entre 6.900 y 7.700 años y la alfarería hace 5.000 años como una innovación no asociada con el cultivo de plantas. La recapitulación del arqueólogo


Presentación

ojos de sal y vetas de oro; 7 contextos mineros con canales y acequias atestiguan la importancia colonial del sitio. Siguiendo linealmente la quebrada y los canales se encuentran plataformas con muros de piedra, campos y aluviones protegidos con canales, adecuaciones hidráulicas para la minería colonial, explotaciones de sal con acumulaciones de tiestos, un enorme anfiteatro, aterrazamientos, etc. lo cual plantea una aparente confusión que no es más que la superposición de actividades y ocupaciones en un área que desafía cualquier interpretación simplista. El último artículo, escrito por los antropólogos Carlo Emilio Piazzini e Isabel Cristina González, se enfoca sobre los textiles precolombinos, un tema hasta ahora inédito en la arqueología antioqueña. Tejidos arqueológicos del occidente de Colombia: una aproximación a partir de huellas impresas sobre cerámica recoge las evidencias de este tipo de impresiones en muestras obtenidas en investigaciones efectuadas en el occidente del país. Esta área hasta ahora no había figurado en los estudios sobre textiles precolombinos. El tejido es una práctica milenaria, muy importante que incluye la cestería, las mallas y redes de pesca, etc. En el mundo se conoce el tejido desde hace 30.000 años y en América hay evidencias de 12.800 años de antigüedad. Las evidencias en Colombia se remontan a 5.000 años, en contextos de cazadores recolectores; más tarde esta industria floreció en Nariño, la Cordillera Oriental, el Sinú-San Jorge y el Quindío, sitios de donde provienen los pocos textiles que se han preservado. En Antioquia las improntas sobre cerámica datan de hace unos 2.000 años (Medellín) y 1.500 a 1.300 años para tejidos con hojas de palma y cestería en Santa Rosa de Cabal. Hay una estrecha asociación entre alfarería y textilería, lo que no sorprende dada la importancia de los tejidos entre las comunidades indígenas. Para el siglo XVI los autores transcriben varias referencias documentales sobre hamacas, esteras, mantas y mortajas de difuntos que tenían funciones claves en la vida diaria y ritual, así como en las prácticas funerarias. El artículo se acompaña con una muestra fotográfica de las improntas de textiles sobre cerámica recuperadas en el departamento. En resumen, una colección de textos que combinan la frescura de lo inédito y la solidez de la experiencia profesional de sus autores. Una exploración en profundidad sobre temas amplios, como el que trata Francisco Aceituno, prácticas sociales como las que recoge e interpreta Santos, localidades como la explorada por Botero y tradiciones de manufactura como la que rastrean Piazzini y González. En buena hora llega esta publicación a la arqueología de Antioquia. Igualmente prometedora la exposición que, con esta sólida base científica, se prepara en el Museo Universitario Universidad de Antioquia.

11

Aceituno se enfoca en la escasez de evidencias que, no obstante, permite postular un ingreso probable de pobladores a Antioquia entre 14.500 y 13.000 años atrás. El capítulo del antropólogo Gustavo Adolfo Santos Vecino, titulado Las practicas funerarias prehispánicas de la región central de Antioquia es un interesante ensayo de interpretación teórica, a la vez que de recopilación sistemática de datos. Santos estudia las prácticas funerarias de las sociedades del territorio antioqueño de los últimos 3.000 años antes de la conquista. Para el este registro arqueológico refleja las visiones del mundo, la manipulación de creencias y el establecimiento de identidades sociales. Para sustentar su argumento examina la teoría arqueológica procesual y post-procesual en torno de la muerte y los registros funerarios de Antioquia, en especial el Valle de Aburrá con sus contextos asociados con las tradiciones Ferrería, Marrón Inciso y Tardío. Durante la época asociada con el Complejo Marrón Inciso se produjo, según Santos, un retorno al origen o cosmificación: la cremación transformaba el cadáver para volver al origen o cosmos, no perpetuaba en la muerte el supuesto estatus de los caciques: de hecho, no hay ninguna evidencia de cacicazgos en el Valle de Aburrá en este periodo. En la época del Complejo Ferrería primaban los roles imaginados y los espacios sagrados: los cadáveres se instalaban en complejas tumbas que son lugares sagrados, recreaciones del cosmos. En el periodo Tardío (siglos XV y XVII) las tumbas de pozo con cámara lateral, individuales o colectivas, como las del Cerro El Volador, son cabalmente tumbas-viviendas. Esta época exhibe una gran variabilidad, que refleja la complejidad y diversidad de concepciones cosmológicas. Esta interesante revisión de las evidencias funerarias antioqueñas y su lucida critica de las vetustas teorías procesuales le permiten a Santos concluir que ha habido pocos esfuerzos de interpretación de las practicas funerarias y que hay, a la vez, muchas respuestas frente a la muerte, que no hay reglas generales y que las creencias religiosas y cosmológicas tienen una materialidad que nos transmite mensajes sobre identidades sociales y culturales. Fotografías, gráficos y reconstrucciones de las urnas funerarias y de las tumbas complementan este artículo. La antropóloga Sofía Botero Páez se enfoca en la Historia y Arqueología en la cuenca alta de la quebrada Piedras Blancas. Botero rastrea una gran cantidad de estructuras que datan desde 1.790 años de antigüedad hasta la época colonial; caminos, canales, muros y terrazas, construidos en piedra, tierra o piedra y tierra en la gran cuenca de la quebrada. Algunas de ellas están asociadas al Complejo Marrón Inciso y otras a periodos posteriores. En la quebrada Piedras Blancas se explotaron


Los Rostros de Antioquia

12 Norte del Cañón del río Porce / Sector El Chispero, Vereda Los Trozos, Anorí, Antioquia / Centro de Investigaciones Sociales y Humanas CISH - Universidad de Antioquia, 2011 / F: Jorge Iván Yepes Villada.


*Doctor en Arqueología Prehistórica por la Universidad Complutense de Madrid. Actualmente se desempeña como profesor titular del Departamento de Antropología de la Universidad de Antioquia. Entre sus campos de interés se encuentran el estudio de cazadores-recolectores, el poblamiento temprano de Colombia, los orígenes del cultivo de plantas, la arqueobotánica y, en general, todo lo concerniente a las ocupaciones prehispánicas entre el Pleistoceno final y el Holoceno medio.

E

n el actual territorio colombiano, el departamento de Antioquia ocupa un lugar estratégico, dado que sirve de conexión entre diferentes regiones del país y del continente. A escala nacional, entre la región Caribe, la Andina y el Pacífico (Chocó biogeográfico); y a escala continental entre el istmo de Panamá y el norte de Suramérica. Esto quiere decir que los diferentes ecosistemas de Antioquia debieron jugar un papel importante en el poblamiento inicial de Suramérica, así como en las ocupaciones tempranas que se desarrollaron a partir de la colonización inicial y que van a caracterizar el paisaje cultural prehispánico de una gran parte del Holoceno. Naturalmente, las ocupaciones tempranas, de lo que constituye actualmente el departamento de Antioquia, no se pueden entender de forma aislada, dado que las dinámicas poblaciones de lo que sucedió en las diferentes regiones hay que entenderlas en el marco general del poblamiento temprano del actual territorio colombiano, donde se dieron ocupaciones de diferentes ecosistemas y pisos altitudinales que no se mantuvieron aislados unos de otros. De este modo, la arqueología ha planteado, entre otros, interrogantes como el origen de las culturas arqueológicas, las estrategias de adaptabilidad y las relaciones interregionales; preguntas todas ellas sin una respuesta clara, dado que las señales arqueológicas de estas culturas tempranas no son muy visibles, a lo que hay que añadir que los estudios sobre el poblamiento y las ocupaciones más antiguas no tienen mucho peso en el marco de la arqueología colombiana, como queda manifiesto en que, salvo escasas excepciones, todavía una parte de la información procede de contextos intervenidos hace varias décadas. El objetivo del presente capítulo es presentar una síntesis actualizada sobre las ocupaciones tempranas del territorio circunscrito al territorio antioqueño. Como metodología se proponen varios temas y sus consecuentes preguntas, las cuales trataremos de responder con base en la información y los datos del registro arqueológico existentes hasta la fecha, que se encuentran tanto en publicaciones académicas como en literatura gris.

Ocupaciones tempranas y modos de vida arcaicos en las regiones de Antioquia

Francisco Javier Aceituno Bocanegra*

Introducción

13

OCUPACIONES TEMPRANAS Y MODOS DE VIDA ARCAICOS EN LAS REGIONES DE ANTIOQUIA


14

Los Rostros de Antioquia

Las primeras señales de ocupación humana en el actual territorio colombiano Hoy por hoy, la respuesta a este difícil interrogante todavía es inconclusa; no obstante, sea como fuere, está sujeta a las evidencias arqueológicas conocidas hasta la fecha. En Colombia se cuenta con cuatro sitios arqueológicos con fechas de radiocarbono que indican la llegada de los primeros grupos humanos anterior al 11.000 BP1, fecha a partir de la cual el panorama se aclara algo más, debido al incremento de sitios arqueológicos dispersos por diferentes puntos de la geografía colombiana. En orden cronológico, los sitios con dataciones más antiguas son: Pubenza 3, El Jordán, el Abra 2 y Tibitó (Figura 1). Pubenza 3 está ubicado en las tierras bajas del valle medio del río Magdalena, en el municipio de Girardot (Correal, 1993; Van der Hammen y Correal, 2001). Este sitio, con una amplia secuencia estratigráfica, cuenta con una fecha de 16.400±420 BP [cal BC 18.830:16.869] asociada a restos de mastodontes (Haplomastodon waringi) que aparecieron junto a 8 artefactos líticos, uno de ellos en obsidiana y dos astillas de hueso. En los diferentes cortes también se recuperaron restos de gliptodon (Gliptodon clavipes), armadillo (Propaopus magnus y Dasypus sp.), venado (Odocoileus sp.), caracoles y tortuga, que estratigráficamente se pueden ubicar entre el 16.550±150 BP [cal BC 18.403:17.629] y el 13.280± 110 BP [cal BC 14.333: 13.687] (Correal et al., 2005). Dos contextos arqueológicos con evidencias similares a Pubenza 3 se encuentran en la Sabana de Bogotá y en el Norte de Santander; estos sitios son El Totumo (Cundinamarca) y La Pileta (Norte de Santander) y en ambos casos se recuperaron restos de mastodonte asociados a artefactos líticos. Sorpresivamente, en El Totumo se recuperaron restos de mastodonte y megaterio vinculados a una fecha de 6060±60 BP, evidencias que han permitido plantear la supervivencia de grandes animales en el valle del Magdalena hasta el Holoceno medio (Correal y Van der Hammen, 2003). El sitio de La Pileta no tiene fechas de radiocarbono, lo cual dificulta su ubicación cronológica, aunque por el tipo de contexto se podría ubicar hacia finales del Pleistoceno (Correal, 1993). El Jordán se encuentra a unos 2.400 m s. n. m., en la zona de vida bosque húmedo montano bajo, en el municipio de Roncesvalles (Tolima). De la unidad estratigráfica más antigua se obtuvieron dos fechas, una de 12.910±60 BP [cal BC 13.724: 13.255] y otra de 9760±160 BP [cal Las iniciales BP son equivalentes a AP, esto es, antes del presente. (Nota del corrector)

1

BC 9678: 8713], que se corresponden con unas condiciones climáticas frías y húmedas (Salgado, 1998: 78, 115). El problema de esta unidad, además de la diferencia entre las dos dataciones, es que solamente se recuperaron 6 artefactos líticos, de los cuales solamente dos tienen señales claras de talla. Estas anomalías han sido atribuidas por Salgado (1998: 114) a procesos de erosión que afectaron a la preservación de esta unidad deposicional. El Abra 2 y Tibitó se encuentran en la Sabana de Bogotá (Cordillera Oriental) a una altura aproximada de unos 2.600 m s. n. m., en una zona de vida cubierta por bosques húmedos montanos. El Abra 2 es un abrigo rocoso con evidencias de ocupaciones pleistocenas y holocenas. Los restos más antiguos consisten en 18 lascas en chert y un raspador (chert), asociados a restos de animales holocenos como venados y roedores recuperados en la unidad estratigráfica C3. Con base en las características de estos artefactos se definió la clase Abriense, una tecnología lítica unifacial perteneciente a la edge-trimmed tool tradition (Correal, 1986; Correal et al., 1966-1969; Hurt et al., 1977). El componente de donde se recuperaron las evidencias anteriores arrojó una fecha de 12.400±160 BP [cal BC 13.184: 12.050] (Correal et al., 1977). Tibitó es un sitio de matanza al aire libre, donde se recuperaron mayoritariamente artefactos de la clase Abriense, asociados a huesos de mastodonte (Haplomastodon y Cuvieronius), caballo (Equus) y venado (Odocoileus virginianus) datados en 11.740±110 BP [cal BC 11.826: 11.391] (Correal, 1982). A estos dos sitios se puede añadir un tercero, Tequendama I, cuyo componente más antiguo está compuesto por restos de animales similares al Abra 2 y por unos cuantos artefactos líticos pertenecientes a la clase Tequendamiense, caracterizada por el uso de materias primas, exógenas y locales, y la presencia de raspadores, lascas de dorso rebajado y un fragmento de punta de proyectil. Este componente estratigráfico se ha datado entre el ca. 12.500 BP (fecha relativa por posición estratigráfica) y el 10.920±260 BP [cal BC 11.358: 10.193] (Correal y Van der Hammen, 1977: 34). Dadas las diferencias en el registro arqueológico y la disparidad de fechas, no es fácil relacionar entre sí las ocupaciones anteriores; sin embargo, al menos sí permiten plantear la llegada de grupos humanos durante el Máximo Glacial, en un rango entre el cal BC 14.000 y el 13.000 (Marchant et al., 2002). Además de las fechas por encima del 11.500 BP, otro elemento que encontramos en varios sitios es la presencia de restos de megafauna, asociados a evidencias antrópicas (Pubenza 3, El Totumo, La Pileta, Tibitó), lo cual indica dos hechos importantes: el primero, unas condiciones ambientales diferentes a las del Holoceno y, segundo, que este tipo de fauna formaba parte de las estrategias de subsistencia y que de alguna manera debieron marcar la adaptabilidad de estos grupos más


15 Figura 1. Mapa de Colombia.


Los Rostros de Antioquia

16

tempranos a paisajes que van a sufrir las transformaciones o ajustes del cambio de era geológica. A escala continental, las referencias espaciales más próximas de ocupaciones pleistocenas, con cronologías más o menos similares, se encuentran en la costa Venezolana, correspondientes a la tradición del Jobo, con fechas entre ca. 16.400 y el ca. 13.000 BP (Bryan et al. 1978; Cruxent y Ochesenius, 1979; Gruhn, 1979: 31-33; Ranere y López, 2007). Sin embargo, las diferencias cronológicas y el tipo de tecnología lítica no esclarecen la relación entre los datos tempranos de Colombia y Venezuela, más allá de plantear una llegada temprana (anterior al 11.000 BP) que claramente supera el modelo Clovis primero (Fiedel, 2000, 2006). Hasta la fecha Antioquia no cuenta con evidencias arqueológicas tan antiguas; sin embargo, por su posición estratégica, cabe preguntarnos sobre el papel de las regiones del departamento a la llegada de estos primeros grupos humanos. Al respecto, en un análisis geográfico reciente sobre modelos de desplazamiento óptimo, realizado a partir del registro temprano de Colombia, varias rutas que conectan los sitios anteriores con el istmo de Panamá (como punto de entrada) cruzan el territorio antioqueño, desde las tierras bajas del golfo de Urabá hasta el valle del río Magdalena, atravesando por diferentes puntos las tierras altas y los valles subandinos de las cordilleras Occidental y Central (Aceituno y Uriarte, 2017). Estos caminos representan rutas potenciales sobre las cuales cabría esperar el hallazgo de sitios arqueológicos. Más adelante volveremos sobre el valor de estos caminos a la hora de explicar posibles movimientos poblacionales para argumentar la distribución del registro arqueológico a lo largo de los andes colombianos. Al respecto y para concluir este apartado, no sobra añadir que muchos expertos en el poblamiento de América han sido muy críticos con los contextos anteriores, (p. e. Pubenza 3 y el componente inferior del Abra 2), hasta el punto de que no han sido tenidos muy en cuenta en las discusiones continentales por diferentes razones que se salen del objetivo del presente capítulo (Politis, 1999).

Los primeros registros humanos en Antioquia y sus relaciones interregionales Las evidencias más tempranas del departamento de Antioquia, fechadas mediante radiocarbono, se remontan a la segunda mitad del undécimo milenio antes del presente y las pocas fechas se concentran básicamente

en la cuenca del río Medellín/Porce. En algunos otros puntos de Antioquia hay varios reportes de puntas de proyectil que por su estilo tipológico se pueden ubicar cronológicamente en el último milenio del Pleistoceno final. En el resto del país, la visibilidad arqueológica aumenta claramente después del 10.500 BP, incluyendo la Sabana de Bogotá, región que cuenta con una secuencia cronológica muy completa durante todo el Holoceno. La fecha más antigua procede de la cuenca media del río Porce (Figura 2), donde en las pasadas décadas se han llevado a cabo diferentes proyectos de arqueología preventiva (Castillo y Aceituno, 2006; Cardona, 2012; Cardona et al., 2007; Otero y Santos, 2012). En el sitio PIIIOI-52 se cuenta con una fecha de 10.260 ± 50 BP (Tabla 1) asociada al estrato 3AB, donde se recuperaron 4 artefactos de chert (Otero y Santos, 2012: 66). En el sitio PIIIOI-39 se recuperó una punta de proyectil tipo Magdalena medio, en un estrato precerámico, que no fue posible datar (Otero y Santos, 2012: 67). En la cuenca alta del río Medellín, se encuentra el sitio La Morena, localizado a unos 2.100 m s. n. m., en el piso térmico templado. En el horizonte AB se recuperaron lascas y artefactos relacionados con el procesamiento de plantas, asociados a un rango cronológico datado entre 10.060±60 y 7080±40 BP (Tabla 1) (Santos et al., 2015). Exceptuando estas dos escasas fechas, como se observa en la tabla 1, el resto de la secuencia cronológica indica ocupaciones más o menos constantes durante el Holoceno temprano y medio. Como veremos más adelante, en términos generales la tradición lítica del Porce y del río Medellín se va a caracterizar por una industria compuesta por artefactos de talla, hachas, azadas, manos de molienda y molinos planos (Castillo y Aceituno, 2006; Cardona, 2012; Otero y Santos, 2012). Aunque no está dentro de la jurisdicción del departamento de Antioquia, en la margen izquierda del golfo de Urabá (municipio de Acandí -departamento del Chocó-) se reportaron dos puntas de proyectil en Bahía Gloria que son relevantes por su posición estratégica en un punto de entrada hacia Suramérica. La primera es una punta tipo “cola de pescado” hallada en superficie, mientras que la segunda se trata de una punta lanceolada, asimilable a la tradición del Magdalena medio, que fue recuperada en la Cueva de los Murciélagos (Correal, 1983). En la región andina de Colombia, el registro arqueológico, datado entre el 11.000 y el 10.000 BP, aumenta su visibilidad considerablemente. La tecnología lítica de este período no es homogénea, sino que se expresa en diferentes tradiciones arqueológicas que de alguna manera estarían indicando diferencias culturales desde momentos muy tempranos. Una de las razones que puede explicar este aumento del registro es la movilidad


17 Excavación arqueológica Corte 1. Sitio PIV-36A / Finca El Pital, Vereda El Zafiro, Anorí, Antioquia / Centro de Investigaciones Sociales y Humanas CISH - Universidad de Antioquia, 2011 / F: Jorge Iván Yepes Villada.


Los Rostros de Antioquia

18

y desplazamientos de grupos humanos hacia finales del Pleistoceno, un momento climáticamente hablando, muy dinámico, en el que se están produciendo cambios que afectaron a la distribución de los recursos naturales (Marchant et al., 2002). De esta manera surgen preguntas sobre las relaciones de las diferentes tradiciones y sus posibles orígenes. Responder a este interrogante no es sencillo. En un reciente capítulo de libro publicado (Aceituno y Uriarte, 2017) se trata este tema y al respecto se han planteado diferentes hipótesis para intentar explicar las relaciones del registro arqueológico a escala macro-regional. A grandes rasgos y dado que se cuenta con publicaciones detalladas que describen el registro arqueológico del resto del territorio colombiano, nos vamos a referir únicamente a las tradiciones líticas, puesto que continúan siendo el principal componente a la hora de plantear explicaciones sobre los orígenes y las relaciones interregionales en el ocaso del Pleistoceno y en los albores del Holoceno. En el Centro y Suroccidente del país se encuentran las regiones de Popayán, Cauca medio y Calima. En Popayán se han reportado dos sitios tempranos, el primero es San Isidro, datado entre 10.050±100 y 9530±100 BP, donde se recuperaron desechos de tallas, artefactos unifaciales retocados y no retocados, 120 bifaces lanceolados, 8 molinos planos, 6 manos de molienda y un hacha pulida (Gnecco, 2000: 54-61). El segundo sitio es La Elvira, donde en niveles datados tipológicamente entre el final del Pleistoceno y comienzos del Holoceno, se recuperaron 2 puntas de proyectil, una de pedúnculo ancho tipo El Inga y otra de forma elongada, similar a una punta hallada en la cueva de Chobschi (Ecuador) (Gnecco, 2000: 88-90). En Popayán también se cuenta con el reporte de azadas recolectadas en superficie, halladas en el sitio Los Árboles (Gnecco y Salgado, 1989) que son similares a las de otras regiones del país. En el Cauca medio se ha establecido una secuencia cronológica entre el Pleistoceno final y el Holoceno medio (ca. 4000 BP), gracias al reporte de 29 sitios con ocupaciones precerámicas (Dickau et al., 2015; Tabares, 2004). Hasta la fecha se cuenta con cuatro fechas tempranas entre el ca. 10.600 y el ca. 10.120 BP. Artefactos tallados sobre rocas volcánicas, molinos y manos de molienda, y azadas definen la tradición lítica del Cauca medio (Dickau et al., 2015). Aunque sin fechas tan tempranas, a estos hallazgos se pueden sumar los contextos tempranos del río Calima (Cordillera Occidental), Sauzalito y El Recreo con fechas del décimo milenio antes del presente. La tecnología lítica es muy similar a la del Cauca medio y está compuesta principalmente por manos, molinos planos, lascas unifaciales y azadas (Herrera et al., 1992; Salgado, 1988, 1990).

Este aumento de los sitios, que se observa en la segunda mitad del undécimo milenio antes del presente, más la diversidad de tradiciones líticas, sugiere un incremento demográfico y movimientos poblacionales, tendencia que se va a mantener durante el primer milenio del Holoceno temprano. Para explicar la cartografía temprana de estas tradiciones líticas se han planteado diferentes hipótesis sobre orígenes y relaciones interregionales. La primera es la dispersión de grupos del Magdalena medio hacia la Cordillera Central, como lo indica el reporte de varias puntas de proyectil pertenecientes a la tradición del Magdalena medio, registradas en el valle medio del río Porce (Otero y Santos, 2012: 86) y el valle del Aburrá (Ardila y Politis, 1989), a las que hay que sumar la punta de Restrepo, reportada en el departamento del Valle. Un dato que avala esta dispersión es que las puntas del río Porce y Medellín están manufacturadas con chert que parece ser originario del Magdalena Medio. La segunda hipótesis arguye la llegada de grupos desde el istmo de Panamá, a través del Chocó biogeográfico hasta llegar a las regiones del Cauca medio y el Suroccidente colombiano (Aceituno y Uriarte, 2017). Según esta hipótesis, las puntas de pedúnculo ancho de La Elvira y las lanceoladas de San Isidro estarían vinculadas con las puntas “cola de pescado” de la costa pacífica de Panamá (Faught, 2006: 181; Jackson, 2006: 119; Ranere y López, 2007). Dos de las puntas de pedúnculo ancho presentan acanaladura en la base, rasgo diagnóstico de las puntas “cola de pescado” (Illera y Gnecco, 1986). La punta cola de pescado hallada en superficie en Manizales (ReichelDolmatoff, 1997) reforzaría esta ruta de poblamiento asociada más con las regiones del Centro y Suroccidente. También se podría plantear un tercer escenario que se basa en las dos posibilidades anteriores. Se trataría de movimientos poblacionales desde el istmo de Panamá y desde el valle medio del río Magdalena, que confluyen en las tierras altas de las Cordilleras Central y Occidental. Lo anterior no son más que hipótesis que requieren ser contrastadas, dado que una gran parte de los argumentos se basan en la dispersión espacial de puntas de proyectil, la mayoría de ellas recuperadas hace décadas en superficie, como las del valle del Aburrá, Manizales, Restrepo y algunas relacionadas con el sitio La Elvira. Empero, fuera como fuese, al menos una cosa parece clara: hacia la transición Pleistoceno/Holoceno, durante el período frío del Estadial El Abra, se produjeron movimientos poblacionales que de alguna manera debieron estar vinculados con los rápidos cambios ambientales, que se estaban produciendo en aquel momento, como consecuencia de los cambios climáticos del final de una era geológica y el comienzo de otra.


Punta de proyectil Sitio PIII OI-39 Anorí, Antioquia 8,3 cm. x 3,3 cm. Artefacto bifacial elaborado en chert.

Fragmento de Punta de proyectil Niquía Bello, Antioquia 5,6 cm. x 4,5 cm. x 0,7 cm. Id. 2642.

19

Punta de proyectil Niquía Bello, Antioquia 11,3 cm. x 3,7 cm. x 0,8 cm. Id. 2641.


20

Los Rostros de Antioquia

Recolectando, cultivando plantas y cazando animales El registro arqueológico muestra continuidad en las regiones que fueron ocupadas en los últimos siglos del Pleistoceno final. Esto indica que aquellos grupos humanos tuvieron continuidad en el tiempo, efecto del éxito de sus estrategias adaptativas; pero dicha continuidad tuvo que superar o sortear un hecho muy importante: las consecuencias del cambio climático que marcaron el inicio del Holoceno, tales como la extinción de grandes animales, la expansión de los bosques húmedos, los movimientos altitudinales de los cinturones de vegetación y la expansión de las plantas C3 (Marchant et al., 2002; Piperno, 2006, 2011), que de alguna forma debieron actuar como un factor de presión en la adaptabilidad de los grupos de la época. La aparición de evidencias en nuevas regiones sugiere que una respuesta de los grupos de cazadores-recolectores fue la búsqueda de nuevos territorios. Tales ajustes en la adaptabilidad llevaron a desarrollar formas de vida tipo Arcaico, concepto que se refiere a sociedades holocenas con economías mixtas que incluyen caza, recolección y pesca, estrategias complementadas con el cultivo de plantas como forma de producción de alimentos (Loaiza y Aceituno, 2015). Siguiendo a Smith (2001) este tipo de estrategias encajan en el concepto de economías de baja producción (lowlevel food production) (Smith, 2001), que ocuparían el amplio espacio entre las economías forrajeras y las consideradas como netamente productoras. Hasta la fecha, espacialmente las evidencias arcaicas se concentran en el oriente del departamento de Antioquia, siendo la región más importante la cuenca del río Medellín/Porce, donde se agrupa la mayor parte de los sitios tempranos. Otros sitios se encuentran dispersos en Frontino, Yolombó, río Cocorná y río Alicante (Figura 2). La cuenca media y baja del río Porce cuenta con una de las secuencias históricas más completas para analizar la evolución cultural en un ambiente cordillerano, dado que las evidencias van desde el 10.200±50 hasta el ca. 2600 BP (Tabla 1, figura 3) (Cardona, 2012; Castillo y Aceituno, 2006; Otero y Santos, 2012: 55; Ardila et al., 1998). De los sitios relacionados en la tablas 1, los que cuentan con fechas precerámicas son: 021, 045, 107, PIII0I-40, PIII0I-52, PIIIOP-59, PIIIOP-29, PIIIOP-61 y PIV-37 (Cardona, 2012: 374-376; Cardona et al., 2011: 331; Castillo y Aceituno, 2006; Otero y Santos, 2012: 55; Santos et al., 2015). Otros sitios precerámicos considerados tempranos por el material lítico recuperado, pero sin fechas de radiocarbono son: PIIIOI-27,

28, 35, 57, 89 y PIIIPO–60, 38 y 62 (Cardona et al., 2007: 644). Estos contextos se encuentran en el área de confluencia de las zonas de vida bosque húmedo tropical (Bh-T) y bosque muy húmedo premontano (BmhPM), a una altura entre 800 y 1.200 m s. n. m. (Castillo y Aceituno, 2006; Cardona, 2012 Otero y Santos, 2012: 35-38). El principal componente de estos contextos es la tecnología lítica, compuesta por miles de artefactos que reflejan una economía de amplio espectro, donde plantas y animales tuvieron un peso importante. La gran cantidad de artefactos líticos han permitido definir una de las tipologías más completas para este tipo de sociedades, dado que están representadas en diferentes técnicas de manufactura, desde la talla hasta el pulimento. El componente más numeroso está formado por miles de artefactos tallados (debitage), principalmente manufacturados sobre cuarzo lechoso y, en menor medida, usaron cuarzo cristalino y lidita, ésta última materia prima de origen exógeno. Los conjuntos líticos de cuarzo están formados por un amplio abanico de tipos, entre los que se destacan lascas de corte, raspadores (algunos del tipo plano-convexos), denticulados, perforadores, buriles y cuñas (Aceituno, 2001: 182-188; Cardona, 2012: 332-336; Otero y Santos, 2012: 74, 82-83). A estos tipos hay que añadir 4 puntas de proyectil, que se recuperaron en el sitio 021, datadas entre ca. 7000 y ca. 5000 BP en el sitio 021 (Aceituno, 2001: 188-189). El segundo grupo lo constituyen artefactos de molienda, compuestos por bases o molinos planos, manos de molienda de diferentes tipos y varios yunques (Aceituno, 2001: 171; Cardona, 2012: 343; Otero y Santos, 2012: 91-95). El tercer tipo incluye hachas talladas manufacturadas sobre rocas volcánicas. A su vez, este grupo se puede dividir en dos según la estrategia tecnológica seguida; por una parte, están las hachas manufacturadas mediante talla bipolar y, por otra parte, las hachas realizadas a partir de la talla de cantos rodados. En ambos grupos hay hachas con filos pulimentados y tallados (Aceituno, 2001: 165-167; Cardona, 2012: 347-348; Otero y Santos, 2012: 70-76; Santos et al., 2015); éstos últimos también pudieron ser utilizados como azadas. Este grupo es muy importante por su amplia distribución geográfica en Colombia, lo que ha permitido establecer relaciones regionales a larga distancia. Afortunadamente, a diferencia de lo que sucede en otras regiones del país, en el río Porce, junto a los artefactos líticos se recuperaron restos de animales, restos de plantas y restos humanos, lo que ha permitido documentar sólidamente la adaptabilidad de estos grupos durante el Holoceno temprano y medio. En los diferentes proyectos que se realizaron en el río Porce, uno de los temas más importantes fue la adaptabilidad a las condiciones ambientales


Ocupaciones tempranas y modos de vida arcaicos en las regiones de Antioquia

21

Figura 2. Mapa de Antioquia con distribución de zonas o sitios Arcaicos. que caracterizaron este valle subandino, marcado por una topografía angosta y quebradiza, y un clima que varía según la altitud, pasando de un clima cálido a un clima templado en distancias relativamente cortas. Aunque en Antioquia hay ecosistemas que teóricamente pudieron ser más ventajosos para los grupos humanos, como las mesetas localizadas en los pisos templados, hoy por hoy, la secuencia del Porce es la más completa para entender o documentar algunos de los rasgos culturales de estas sociedades cordilleranas.

En una secuencia milenaria como es la del Porce, el paso del tiempo dejó su huella en los cambios observados en el registro arqueológico. Con base en tales cambios, se ha definido una primera fase entre el ca. 10.200 y el ca. 7700 BP, en la cual se producen hechos como la llegada de los primeros grupos, la consolidación territorial, la delimitación de nichos y el despliegue de formas de manejo del medio que todavía siguen siendo objeto de debate. Para esta fase de casi tres milenios, los tipos de artefactos líticos descritos anteriormente (hachas, debitage,


22

Los Rostros de Antioquia

Tabla 1 Sitios arcaicos departamento de Antioquia

14C Fecha

1ฯƒ

10.260

50

10.225

9818

Otero y Santos, 2012

Porce medio

9120

90

8616

8202

Castillo y Aceituno, 2006

Sitio 021

Porce medio

8990

80

8380

7935

Castillo y Aceituno, 2006

PIIIOP-59

Porce bajo

8340

40

7520

7313

Cardona et al., 2007

PIIIOI-29

Porce bajo

8230

60

7453

7077

Cardona et al., 2007

Sitio 021

Porce medio

7780

80

6912

6449

Castillo y Aceituno, 2006

PIII0I-52

Porce bajo

7730

170

7048

6252

Otero y Santos, 2012

Sitio 045

Porce medio

7710

70

6657

6437

Castillo y Aceituno, 2006

PIV-37

Porce bajo

7340

40

6250

6080

Cardona et al., 2011

Sitio 021

Porce medio

7240

80

6254

5981

Castillo y Aceituno, 2006

PIII0I-40

Porce bajo

7190

40

6205

5989

Otero y Santos, 2012

PIII0I-40

Porce bajo

7110

40

6059

5903

Otero y Santos, 2012

Sitio 021

Porce medio

7080

80

6081

5758

Castillo y Aceituno, 2006

Sitio 045

Porce medio

7080

130

6218

5723

Castillo y Aceituno, 2006

Sitio 021

Porce medio

7040

60

6023

5779

Castillo y Aceituno, 2006

Sitio 021

Porce medio

6940

70

5984

5712

Castillo y Aceituno, 2006

PIII0I-40

Porce bajo

6890

40

5880

5707

Otero y Santos, 2012

Sitio 021

Porce medio

6540

50

5615

5380

Castillo y Aceituno, 2006

Sitio 021

Porce medio

6280

120

5478

4952

Castillo y Aceituno, 2006

Sitio 021

Porce medio

5880

80

4942

4546

Castillo y Aceituno, 2006

Sitio 021

Porce medio

5670

70

4683

4362

Castillo y Aceituno, 2006

Sitio 045

Porce medio

5000

70

3949

3660

Castillo y Aceituno, 2006

Sitio 107

Porce medio

4970

50

3938

3649

Castillo et al., 2000

Sitio 045

Porce medio

4690

60

3636

3363

Castillo y Aceituno, 2006

Sitio 021

Porce medio

4670

60

3633

3350

Castillo y Aceituno, 2006

PIIIOP-61

Porce bajo

4650

70

3636

3119

Cardona et al., 2007

Sitio 045

Porce medio

4420

70

3338

2909

Castillo et al., 2000

Sitio 045

Porce medio

4410

70

3337

2904

Castillo y Aceituno, 2006

Sitio

Regiรณn

PIII0I-52

Porce bajo

Sitio 045

Calib BC/AD2

Todas las fechas fueron calibradas con 2 sigmas (99%) mediante el programa Calib Rev 7.0.0 (curva usada: intCal3.14c).

2

Referencia


Calib BC/AD2

Referencia

Porce medio

4360

90

3348

2773

Castillo y Aceituno, 2006

Sitio 021

Porce medio

4350

70

3332

2873

Castillo y Aceituno, 2006

Sitio 045

Porce medio

4320

90

3334

2670

Castillo y Aceituno, 2006

PIII0I-52

Porce bajo

4260

40

3009

2697

Cardona et al., 2007

Sitio 045

Porce medio

4230

70

3011

2584

Castillo y Aceituno, 2006

PIII0I-52

Porce bajo

4170

40

2886

2628

Otero y Santos, 2012

Sitio 107

Porce medio

3920

50

2567

2213

Castillo et al., 2000

Sitio 107

Porce medio

3910

50

2564

2209

Castillo et al., 2000

PIII00-61

Porce medio

3750

50

2334

1983

Cardona et al., 2007

PIII0I-52

Porce bajo

3680

40

2196

1948

Otero y Santos, 2012

PIII0I-52

Porce bajo

3650

40

2139

1917

Otero y Santos, 2012

PIIIEIA-08

Porce bajo

3600

40

2126

1784

Ardila et al., 1998

PIV-36A

Porce bajo

3330

40

1692

1510

Cardona et al., 2011

PIII0I-40

Porce bajo

3300

70

1743

1433

Otero y Santos, 2012

Sitio 045

Porce medio

3050

70

1492

1088

Castillo et al., 2000

La Morena

Río Medellín (valle del Aburrá)

10.060

60

9881

9366

Santos 2010; Santos et al., 2015

La Blanquita

Río Medellín (valle del Aburrá)

7720

50

6640

6468

Botero, 2008

La Morena

Río Medellín (valle del Aburrá)

7080

40

6030

5882

Santos et al., 2015

Casa Blanca (La Estrella)

Río Medellín (valle del Aburrá)

4810

70

3711

3375

Botero y Salazar, 1998

La Morena

Río Medellín (valle del Aburrá)

4170

50

2890

2619

Santos, 2010

Casablanca (Medellín)

Río Medellín (valle del Aburrá)

2550

40

806

542

Nieto et al., 2003

El Pedrero

Carmen del Viboral (Oriente antioqueño)

6660

100

5743

5465

Botero y Salazar, 1998

El Pedrero

Carmen del Viboral (Oriente antioqueño)

4700

70

3636

3363

Botero y Salazar, 1998

El Pedrero

Carmen del Viboral (Oriente antioqueño)

4510

80

3493

2928

Botero y Salazar, 1998

Yolombo-22

Nordeste antioqueño

5460

70

4455

4070

Correa, 1997

Yolombó-22

Nordeste antioqueño

3280

70

1737

1421

Correa, 1997

Yolombo-22

Nordeste antioqueño

2740

60

1014

801

Correa, 1997

Los Conservadores

Río Alicante

6180

80

5317

4915

Pino y Forero, 2003

Los Conservadores

Río Alicante

3680

70

2283

1887

Pino y Forero, 2003

Caverna El Tigre

Río Alicante

3480

70

1973

1626

Pino y Forero, 2002

Sitio 045

Ocupaciones tempranas y modos de vida arcaicos en las regiones de Antioquia

Región

23

14C Fecha

Sitio


Los Rostros de Antioquia

24

Figura 3. Secuencia de fechas C14 BP río Porce (no calibradas)

manos y molinos) indican una economía de amplio espectro, asociada al aprovechamiento de los ecotonos vinculados a los cursos de agua, que en zonas de montaña atraen a recursos como los animales (Piperno y Pearsall, 1998: 74). Para este rango temporal, el polen extraído de sitios como el 021 y 045 no muestra evidencias de alteración antrópica de la vegetación que puedan asociarse con el uso y manejo de plantas útiles. De este modo, se puede plantear que la caza de mamíferos, el aprovechamiento de anfibios y réptiles, más la recolección de plantas en rangos territoriales amplios debieron ser las formas más comunes de obtención de los recursos alimenticios (Aceituno y Castillo, 2005; Castillo y Aceituno, 2006). No obstante, esto no resuelve la pregunta sobre si en esta primera fase los grupos asentados en el Porce medio desarrollaron alguna forma de producción de alimentos. Esta cuestión es justificable si tenemos en cuenta que en otras regiones del país, como el altiplano

de Popayán (Gnecco, 2000: 68, 2003; Piperno y Pearsall, 1998: 200202), el Cauca medio (Aceituno y Loaiza, 2007, 2014, 2015) o en el río Caquetá (Morcote et al., 2014) hay evidencias que sugieren formas simples de cultivo o manejo de plantas; la difusión, los intercambios, la alta movilidad y territorialidad de grupos cazadores recolectores son factores que favorecen la dispersión de ideas, conocimientos y recursos alimenticios a largas distancias. La redundancia ocupacional de los sitios, vinculada a una conducta territorial, una vez consolidada la colonización del valle, nos hace pensar en alguna estrategia para incrementar la previsibilidad, disponibilidad y productividad de los recursos. En el Neotrópico, históricamente, la forma de intervenir la productividad de los ecosistemas ha venido de la mano del manejo selectivo y el cultivo de plantas. De manera que esta posibilidad cobra fuerza, aunque por el momento el registro arqueobotánico para esta


25

Puntas de proyectil Sitio PII Y-021 Gómez Plata, Antioquia De izquierda a derecha 6,3 cm. x 3,3 cm. x 0,8 cm. - 4,8 cm. x 5,4 cm. x 1,2 cm. Id. AQ528, AQ1602 Artefactos bifaciales elaborados en cuarzo Colección Museo de Antioquia.

Lascas Sitio PII Y-021 Gómez Plata, Antioquia De izquierda a derecha 5,3 cm. x 2,7 cm. x 0,5 cm. - 4,5 cm. x 3,3 cm. x 1 cm. - 3,6 cm. x 2,6 cm. x 0,9 cm. - 3,7 cm. x 2,4 cm. x 0,9 cm. Id. AQ1473, AQ1478, AQ540, AQ539 Láminas de corte elaboradas en toba volcánica y cuarzo Colección Museo de Antioquia.

Placa y mano de moler Porce II Y-021 Gómez Plata, Antioquia 12 cm. x 21 cm. x 16,5 cm. Herramientas utilizadas para procesar alimentos.

Hachas de mano Porce II Y-021 Gómez Plata, Antioquia De izquierda a derecha 10,8 cm. x 7 cm. x 10,1 cm. x 6,3 cm. – 8,3 cm. x 5,4 cm.


Los Rostros de Antioquia

26

fase todavía no es muy evidente. Sobre la estrategia de ocupación del territorio, con base en la diversidad del registro, proponemos un modelo de movilidad residencial en el que los niveles inferiores de algunos sitios como 021 y 045 actuarían como pequeñas bases residenciales que se ocuparían durante determinados períodos del año. La dispersión posterior de los contextos a lo largo del cauce del río Porce, indica que la territorialidad giró en torno al río; sin embargo, esto puede sesgar la visión territorial que pudieron tener estos grupos humanos, si tenemos en cuenta las grandes áreas que son capaces de cubrir las sociedades cazadoras recolectoras. Entre el ca. 7700 y el ca. 3500 BP, el registro arqueológico muestra cambios importantes que sugieren una mayor intervención del medio mediante estrategias de producción de alimentos. El polen recuperado en los sitios 021 y 045 evidencia algún grado de alteración antrópica que se ha asociado con la delimitación de áreas para la siembra de plantas como así lo sugiere el polen de Solanaceae, Aracaceae, Annonaceae y Passifloraceae (Castillo y Aceituno, 2006). El incremento de estos taxones coincide con un hecho muy importante como marcador bioestratigráfico y es la aparición de cultígenos de origen foráneo como Zea mays (polen, fitolitos y almidones) y Manihot spp., (almidones). Estos taxones se recuperaron junto a otras plantas alimenticias como Ipomoea spp. (almidones), Smilax spp. (polen), Amaranthus spp. (polen), Phaseolus trychocarpus (polen), cucurbitáceas (fitolitos) y Persea americana (macrorresto) (Tabla 2) que no debería descartarse algún tipo de manejo antrópico, incluyendo su cultivo (Castillo y Aceituno, 2006; Otero y Santos, 2006: 420; Santos et al., 2015). La irrupción de estas evidencias arqueobotánicas, incluyendo la aparición de plantas domesticadas, sugiere el desarrollo de la horticultura hacia comienzos del Holoceno medio: un sistema productor que se basa en la concentración y cultivo de plantas domesticadas y silvestres en pequeñas parcelas próximas a los sitios habitacionales (Castillo y Aceituno, 2006; Loaiza y Aceituno, 2015; Piperno y Pearsall, 1998: 7). El registro arqueobotánico asociado a este rango cronológico coincide con la recuperación de miles de restos de fauna procedentes del sitio 021, donde se recuperaron miles de restos de fauna, entre los que cabe resaltar la presencia de guagua (Agouti paca), rata espinosa (Proechimis semispinosus), ñeque (Dasyprocta fuliginosa), puerco espín (Coendou prehensilis), armadillo (Dasypus novemcinctus), perezoso de dos dedos (Choloepus hoffmanni) y de tres dedos (Choloepus didactylus). También se recuperaron en cantidades muy pequeñas restos óseos pertenecientes a primates, carnívoros, aves y reptiles (Castillo y Aceituno, 2006). Las anteriores evidencias sugieren claramente una economía mixta, basada en el cultivo a pequeña escala, la recolección y la caza de fauna local.

Esto se pudo corroborar con los datos de oligoelementos realizados a dos restos humanos del cementerio hallado en el sitio 021, datado entre el ca. 7000 y el ca. 5000 BP, que indicaron una dieta terrestre con un consumo más elevado de plantas que de carne y un insignificante aporte de recursos acuáticos (Castillo y Aceituno, 2006). Los mayores niveles de intervención del medio junto a una mayor adecuación de los sitios, como lo indican los pisos de piedra aparecidos en 021 y 045, sugieren una reducción de la movilidad residencial que cada vez dependería más de la producción de los pequeños huertos, los cuales no solamente sirven para la recolección de plantas, sino también para la caza de animales hasta el punto de que la etnóloga Linares (1976) los denominó como “huertos de caza”. Esta reducción de la movilidad, vinculada al cuidado de las áreas de cultivo, llevaría a un mayor control territorial. La visibilidad de la muerte, expresada en los entierros humanos, es una estrategia cultural de crear vínculos con el territorio mediante la memoria de los ancestros. En este sentido, el cementerio del 021 pudo actuar como un marcador territorial que legitima la pertenencia de un territorio a partir de los derechos adquiridos durante generaciones y materializados en la muerte (Castillo y Aceituno, 2006). A unos 80 km en dirección sur, en el valle del Aburrá, por donde discurre el río Medellín, se localiza una serie de sitios asociados con los contextos del río Porce. Estos sitios son: La Morena, La Blanquita, Casa Blanca (La Estrella) y Casablanca (Medellín) (Figura 2), los cuales tienen en común que se encuentran en puntos muy elevados, entre los 1.800 y los 2.100 m s. n. m., con una secuencia cronológica muy amplia, entre el ca. 10.000 y el ca. 2500 BP (Tabla 1, figura 4). La tradición lítica es similar a los sitios del río Porce, destacándose la presencia de manos, molinos planos, diferentes tipos de artefactos tallados unifaciales, algunos en cuarzo lechoso, y azadas con escotaduras similares a las del Centro y Suroccidente del país, recuperadas en La Morena y La Blanquita (Santos 2010; Santos et al., 2015; Botero, 2008; Langebaek et al., 2000: 50-57). En el valle del Aburrá, el rango cronológico es muy amplio: entre el ca. 10.000 y el ca. 255. En los niveles más profundos del sitio Casablanca (Medellín), además de recuperarse artefactos líticos de la misma tradición tecnológica, se registró una cerámica denominada como estilo “amarillo exfoliado” asociada a la tradición Cancana, en un contexto de pisos de piedra similares a los del Porce medio (Nieto et al., 2003: 92). Para el valle del Aburrá también hay registro sobre manejo de plantas (Tabla 2); en La Morena se recuperaron almidones y polen de Dioscorea spp. en un rango cronológico comprendido entre el 10.060±60 y el 9680±60 BP (Santos et al., 2015); polen y almidones de


Región

Cronología BP

Evidencias arqueobotánicas

Referencia

PIIIOI-52

Porce medio

7730 ± 170

Zea mays (p , f , a ) Phaseolus trychocarpus (p)

Otero y Santos, 2012

021

Porce medio

ca. 7500-6500

Aracaeae (f); Zea mays (a), Poaceae (f)

Castillo y Aceituno, 2006

PIIIOI-40

Porce medio

6890 ± 40

Zea mays (f)

Otero y Santos, 2012; Santos et al., 2015

021

Porce medio

ca.6500-5000

Zea mays (p), Manihot spp. (p, a), Smilax spp. (p) Amaranthus spp. (p); Annonaceae (f)

Castillo y Aceituno, 2006

107

Porce medio

ca. 5000

Zea mays (p, f), Manihot spp. (p)

Castillo et al., 2000

PIIIOP-61

Porce medio

4650± 70

Persea americana (m); Cucurbitaceae (m)

Cardona et al., 2007

PIIIOI-52

Porce medio

4170±40

Zea mays (p, f, a)

Otero y Santos, 2012

045

Porce medio

ca. 4200-3500

Amaranthus spp (a), Manihot spp. (a), Zea mays (a); Ipomoea spp. (a); Cucurbitaceae (f)

Castillo y Aceituno, 2006

La Morena

Río Medellín (valle del Aburrá)

10.060±60-4170±50

Phaseolus spp. (p)

Santos et al., 2015

La Morena

Río Medellín (valle del Aburrá)

10.060±60 9680±60

Dioscorea spp. (p)

Santos et al., 2015

La Morena

Río Medellín (valle del Aburrá)

7080±40 4170±50

Zea mays (p, a) Dioscorea spp. (p)

Santos et al., 2015

Casa Blanca

Río Medellín (valle del Aburrá)

4810±70

Zea mays (p)

Langebaek et al., 2000

Casablanca (Medellín)

Río Medellín (valle del Aburrá)

2550±40

Phaseolus (p), Solanum (p)

Nieto et al., 2003

p: polen f: fitolitos 5 a: almidones 3 4

3

4

5

Ocupaciones tempranas y modos de vida arcaicos en las regiones de Antioquia

Sitio

27

Tabla 2 Evidencias arqueobotánicas recuperadas en la cuenca río Medellín/Porce


Los Rostros de Antioquia

28

Entierro primario individual – Infante Sitio PII Y-021 Gómez Plata, Antioquia Período entre 7.500 a 5.500 antes del presente.


Ocupaciones tempranas y modos de vida arcaicos en las regiones de Antioquia

más reciente puede tratarse de fríjol común (P. vulgaris). Otro dato importante es que la aparición de plantas domesticadas coincide con las fechas arrojadas por los sitios del río Porce. En el Oriente antioqueño, en el piso climático frío, a unos 2.140 m s. n. m., se localiza el sitio El Pedrero (Tabla 1), cuyo contexto arqueológico está formado por miles de rocas que fueron transportadas al sitio, entre las que se encuentran artefactos muy poco definidos, como manos y objetos pulimentados (Botero y Salazar, 1998). La tecnología lítica es muy simple y no encuentra una correspondencia muy clara con la tradición tecnológica del río Porce/Medellín.

29

Zea mays y polen de Dioscorea spp. se identificaron en un nivel fechado en 7080±40 BP (Santos et al., 2015). En un lapso muy amplio, entre el 10.060±60 y el 4170±50 BP, se identificó polen tipo Phaseolus spp. y Persea (Santos, 2010: 41). En Casa Blanca (La Estrella) se identificó polen de maíz asociado a una fecha de ca. 4800 BP (Langebaek et al., 2000) y en Casablanca (Medellín) se recuperó polen de Solanum y Phaseolus asociado a una fecha de 2550±40 BP (Nieto et al., 2003: 94). Estos datos corroboran el uso de plantas desde momentos muy tempranos; destacándose la presencia temprana de Dioscorea, género al que pertenecen plantas tuberosas, y Phaseolus, que por su cronología

Figura 4. Secuencia fechas otros sitios Antioquia


Los Rostros de Antioquia

30

En la secuencia del río Porce, hacia el 5000 BP, el registro muestra un hecho muy importante: la aparición de una tradición cerámica más antigua que la conocida hasta entonces para estas tierras (Ferrería y Marrón Inciso). Esta tradición cordillerana, sin precedentes en la zona, fue bautizada como estilo Cancana y fue recuperada en varios de los sitios tempranos del río Porce, siendo los más relevantes el 021, 045, 107, PIIIOI-40, PIIIOI-52, PIV-35, PIV-36 y PIV-36A (Tabla 1). A grandes rasgos, esta tradición está compuesta por pequeños cuencos, platos, ollas globulares y jarras de boca restringida escasamente decorados (Cardona et al., 2011: 522-527; Otero y Santos, 2012: 114-116; Castillo y Aceituno, 2006); a estos tipos hay que añadir pequeñas figurinas zoomorfas y antropomorfas que aparecen entre el ca. 4200 y el ca. 3500 BP (Castillo y Aceituno, 2006). Como límite de esta tradición se planteó una fecha alrededor del 3000 BP; no obstante, la fecha obtenida posteriormente en el sitio de Casablanca (Medellín) indica que esta tradición se extiende hasta el primer milenio antes de Cristo. La aparición de la cerámica coincide con el mayor peso de cultígenos como Zea mays y Manihot esculenta. En algunos sitios como 045 y 107 se identificaron huellas de poste y estructuras de almacenamiento consistentes en pequeños pozos (107). Estos cambios en el registro frente a momentos anteriores sugieren una menor movilidad, asociada a una mayor dependencia de las plantas cultivadas y, probablemente, a nichos de explotación más reducidos y concentrados. Castillo (en Castillo y Aceituno, 2006) ha propuesto que una posible reducción de los territorios de explotación tuvo varias consecuencias, como la delimitación espacial de identidades territoriales y la necesidad de diseñar estrategias de intercambios o interacción con grupos extra locales. En esta nueva realidad espacial, la cerámica Cancana parece haber jugado un papel más de elemento de prestigio e intercambio de acceso restringido que como un bien utilitario de uso general. Esta inferencia se apoya, primero, en que una gran cantidad de las formas se corresponde más con vajillas de consumo que de preparación de alimentos (Castillo y Aceituno, 2006) y, segundo, que solamente se recuperó en seis contextos, lo que sugiere la idea de que fue un bien de circulación restringida (Cardona, 2012: 353). Empero, este punto no está claro para todos los investigadores que han trabajado en la zona; para Otero y Santos (2012: 118) la gran cantidad de fragmentos recuperados en el sitio PIIIOI-52 (90.000) sugiere más un uso utilitario que un uso restringido. En la secuencia de poblamiento del río Porce se produce un descenso de la evidencia entre aproximadamente el 3000 BP y la segunda mitad del primer milenio antes de Cristo, momento en el cual se producen

cambios en las materialidades del registro arqueológico, marcadas por el aumento de sitios arqueológicos asociados a los estilos cerámicos Ferrería y Marrón Inciso (Otero y Santos, 2012: 218). Todavía no hay una respuesta clara sobre este “silencio” arqueológico de aproximadamente unos 600 años. Sea como fuere, la aparición de nuevos estilos alfareros marca una discontinuidad en el paisaje que deja abierta la posibilidad de la llegada de nuevas gentes que asimilaron las tradiciones locales con miles de años de historia en la región. En la vertiente oriental de la Cordillera Central se localiza una serie de sitios que, si bien están dispersos unos de otros, tienen en común que dependen de afluentes del río Magdalena. En orden cronológico el más antiguo es el sitio La Inmaculada, que se encuentra en la cuenca del río Cocorná (Figura 2) (Cardona y Yepes, 2012: 14). Este sitio se encuentra a una altura de unos 800 m s. n. m. en la zona de vida bosque muy húmedo tropical. En los niveles precerámicos se recuperaron manos y molinos planos, hachas/azadas, pulidores y desechos de talla en un nivel estratigráfico fechado en 8470±50 BP (Cardona y Yepes, 2012: 163164). La tecnología lítica se puede agrupar en la misma tradición que los sitios del río Porce y el valle del Aburrá y con el río Porce comparte ese patrón de asentamiento en ríos secundarios. No se tiene información más allá de la tecnología lítica, pero el conjunto lítico se enmarca en las economías de amplio espectro que hemos descrito previamente. Es obvio que las similitudes en la tecnología lítica dan cuenta de la pertenencia a una misma tradición cultural de grupos ocupando valles subandinos localizados entre el río Cauca y el río Magdalena. Los otros sitios son algo más recientes y tienen en común que han sido asociados a la tradición alfarera Cancana. Estos sitios se localizan en Yolombó y en el río Alicante (Figura 2). En Yolombó (nordeste antioqueño) se encuentra el yacimiento 22 (Tabla 1), un sitio de vivienda con tres ocupaciones. Las dos más antiguas están datadas en 5460±70 BP y 3280±70 BP, y contienen artefactos líticos para procesar restos vegetales y restos de cerámica denominados como estilo “bosque alisado cremoso”, que Correa (1997) asocia con el complejo Cancana del río Porce y el desarrollo de la agricultura. La ocupación más reciente de este sitio se dató en 2740±60 BP y se caracteriza por un tipo cerámico denominado como el “bosque pulido inciso”, que la autora no asocia directamente con Cancana, pero tampoco con el estilo más reciente Marrón Inciso (Correa, 1997). Los otros contextos se encuentran en el río Alicante, afluente del río Magdalena, una región de clima cálido en una zona de vida de bosque húmedo tropical, a una altitud entre 400 y 600 m s. n. m., entre los municipios de Maceo y Puerto Berrío (Pino y Forero, 2002: 48) (Figura 2,


Fragmentos de figura Sitio PII Y-107 Amalfi, Antioquia De izquierda a derecha 5,6 cm. x 3,2 cm. x 2,5 cm. - 4,8 cm. x 4,7 cm. x 2 cm. Id. AQ1452, AQ1450 La primera pieza está identificada como nariz ancha y pronunciada de rostro ausente. La segunda pieza está asociada a figura zoomorfa. Colección Museo de Antioquia.

31

Fragmentos de vasijas Sitio PII Y-045 Yolombó, Antioquia De izquierda a derecha 6 cm. x 5,6 cm. x 0,8 cm. - 5,5 cm. x 3,3 cm. x 0,8 cm. Id. AQ1448, AQ1451 Cerámica de dos colores asociada al estilo cerámico La Cancana Colección Museo de Antioquia.

Fragmento de vasija Sitio PII Y-107 Amalfi, Antioquia 4,9 cm. x 7,5 cm. x 0,5 cm. Id. AQ1449 Cerámica asociada al estilo cerámico La Cancana Colección Museo de Antioquia.

Máscara Sitio PII Y-107 Amalfi, Antioquia 8,9 cm. x 6,9 cm. x 7 cm. Id. AQ760 Representación antropomorfa de sección ovalada con evidencia de engobe rojo Colección Museo de Antioquia.


Los Rostros de Antioquia

32

tabla 1). El primero de ellos es el abrigo Los Conservadores, el cual contiene evidencias de varias ocupaciones correspondientes con actividades de tipo doméstico, como lo atestiguan los restos de líticos, macrorrestos vegetales y restos de fauna (Pino y Forero, 2003: 209). La ocupación más antigua está datada en 6180±80 BP y contiene restos de fauna, líticos y cerámica. La segunda ocupación está fechada en 3680±70 BP y la tercera y más reciente en 2170±60 BP, ambas asociadas al mismo tipo de evidencias (Pino y Forero 2003: 67). La fauna está compuesta por una amplia diversidad de animales, siendo los más abundantes los gasterópodos y los mamíferos. Entre los mamíferos se destacan los roedores, representados por los géneros Dasyprocta (ñeques), Agouti (guagua), Proechimys (ratones), Diplomys (rata arborícola) y Sigmodon (rata algodonera). Otros taxones identificados fueron Mazama americana (venado), primates, como Ateles (mono araña) y Saguinus (tamarinos), osos perezosos (Bradypus), armadillos (Dasypus) y murciélagos (Chiroptera) (Pino y Forero, 2003: 96-98). También se recuperaron restos de anfibios, reptiles y aves. La industria lítica está compuesta por artefactos tallados sobre cuarzo, lechoso y cristalino, y chert (Pino y Forero, 2003: 120). El chert está asociado a la segunda ocupación del sitio y todo indica que procede del río Magdalena; entre los artefactos recuperados hay que destacar la presencia de lascas de adelgazamiento y microlascas de reavivamiento, razón por la cual los investigadores plantearon esta ocupación como un área de acondicionamiento de instrumentos líticos (Pino y Forero, 2003: 127-128). Uno de los hallazgos más relevantes de este sitio son los restos de cerámica asociados a las tres ocupaciones. Este estilo de cerámica fue denominada como “conjunto alicante pulido”, el cual se caracteriza por una cerámica de paredes delgadas, de color crema, café claro y escasa decoración. Las formas más comunes son cuencos y ollas globulares. Por su similitud tecnológica, esta cerámica fue asociada con la tradición Cancana del río Porce (Pino y Forero, 2003: 72, 77, 81). El otro sitio arqueológico del río Alicante es la caverna del Tigre que, a diferencia del abrigo Los Conservadores, es considerado un contexto funerario y ritual (Pino y Forero, 2003: 209), dado que se hallaron enterramientos humanos junto a restos de fauna, instrumentos líticos, cerámica y restos de plantas, todos ellos asociados a una fecha de 3480±70 BP (Pino y Forero, 2002: 64). La fauna recuperada y la cerámica son similares a la del abrigo los Conservadores, aunque con pequeñas diferencias, dado que en este contexto se recuperaron restos de pecarí (Tayassu), ausentes en el anterior. En cuanto a los líticos, además de artefactos tallados sobre cuarzo se recuperaron hachas pulidas y en cuanto a la cerámica, se recuperaron

fragmentos de platos junto a cuencos y ollas (Pino y Forero, 2002: 94-115, 128, 139). Entre los macro restos, cabe destacar la presencia de restos de palmas (Arecaceae), calabazas (Cucurbitaceae) y maíz (Zea mays). Estos contextos también reflejan un patrón de asentamiento vinculado a ríos secundarios, en este caso a un afluente del río Magdalena. Estos sitios son muy relevantes para entender la diversidad adaptativa del período arcaico; a primera vista, nuevamente nos encontramos con un patrón económico marcado por la caza, la recolección de plantas y animales (moluscos) y el cultivo, como lo indica la presencia de maíz en el Tigre. Sobre el peso de esta última actividad no es mucho lo que se puede decir; no obstante, si la territorialidad de estas gentes estuvo vinculada al río Magdalena, como así lo sugieren los datos, es probable que el cultivo de plantas no tuviera tanto peso frente a otras actividades como la pesca o la caza. La otra novedad es la cerámica asociada a una fecha que la convierte en la más antigua de Colombia y en una de las más antiguas de América, dado que calibrada llega hasta el 5300 a. C. Tecnológicamente, se puede agrupar dentro de la tradición Cancana que antecede varios milenios a la tradición Marrón inciso. Sobre este punto, por el momento, lo único que podemos decir es que sería deseable más de una fecha de radiocarbono para datar un hecho tan importante como es la irrupción de la alfarería en el Noroccidente de Suramérica. No obstante, la fecha de Los Conservadores es totalmente plausible si tenemos en cuenta las fechas tempranas en el continente; por ejemplo, la cerámica de San Jacinto está datada en 5940±40 BP [cal BC 4911:4722] (Oyuela-Caicedo, 2006). En Ecuador la fecha calibrada más antigua de la tradición Valdivia es de 4400 a. C (Zeidler 2008: 462). La proximidad al río Magdalena, apenas unos 20 km en dirección este, sugiere que estos sitios están vinculados territorialmente a la tradición del Magdalena medio. Para este período, en el Magdalena hay evidencias de ocupaciones en el sitio Peñones de Bogotá (Puerto Berrío), fechadas en 5980±90 BP y 3130±70 BP. En los diferentes niveles se recuperaron artefactos en chert y cuarzo, entre los que destacan fragmentos de puntas de proyectil bifaciales (7), lascas de adelgazamiento, lascas unifaciales choppers, molinos planos y cantos con los bordes desgastados (López, 1998). La tecnología lítica de los sitios del río Alicante se puede inscribir en la tradición del Magdalena Medio que hunde sus raíces en el Pleistoceno final, de manera que estos contextos pueden catalogarse como herederos de los primeros habitantes de esta región. La ocupación del paisaje kárstico del río Alicante formaría parte de la espacialidad y estrategias de movilidad de los grupos del Magdalena medio, que incluiría diferentes nichos como parte de su cobertura territorial. Otero y Santos


Lascas Puerto Berrío, Antioquia De izquierda a derecha 5,5 cm. x 3,3 cm. – 4,7 cm. x 1,5 cm. – 3,4 cm. x 3,1 cm. Id. 12447, 12448, 12451 Láminas de corte elaboradas en chert y cuarzo.

33

Cuchillos raspadores Puerto Berrío, Antioquia De izquierda a derecha 11,7 cm. x 4,2 cm. – 7 cm. x 3,4 cm. Id. 12431, 12434 Artefactos laminares elaborados en chert.

Puntas de proyectil Hacienda Santa Clara Puerto Berrío, Antioquia De izquierda a derecha 5,7 cm. x 4 cm. – 13,8 cm. x 6,8 cm. Id. 13852, 13851 Artefactos bifaciales elaborados en chert.


Figuras XXXX Punta de proyectil Puerto Berrío, Antioquia 16,4 cm. x 6,6 cm. x 1 cm. Id. 12408 Artefacto bifacial elaborado en chert, recuperado de manera superficial.

34

Los Rostros de Antioquia

Puntas de proyectil Doradal Puerto Triunfo, Antioquia De izquierda a derecha 7,5 cm. x 4,2 cm. x 0,8 – 7,2 cm. x 4,5 cm. x 1,2 cm. Id. 12437, 12436 Artefactos bifaciales elaborados en cuarzo.

Raspadores Puerto Berrío, Antioquia De izquierda a derecha 8,3 cm. x 4,3 cm. x 1,4 cm. – 9,7 cm. x 7,3 cm. x 1,8 cm. Id. 12458, 13853 Artefactos de forma plana-convexa, elaborados en chert y recuperados de manera superficial.

Chooper Puerto Berrío, Antioquia 11,8 cm. x 10,7 cm. x 4,2 cm. Id. 12429 Artefacto tallado en cuarzo que puedo ser utilizado originalmente para cortar, raspar o golpear. El extremo no cortante es natural y facilita manejar el instrumento.


El poblamiento temprano es uno de los temas más complejos de abordar, debido a que todavía faltan muchas piezas para tener una idea más clara de cómo y cuándo se produjo la llegada de los primeros grupos humanos a esta parte del subcontinente. Hasta la fecha lo único que se puede plantear es la llegada de grupos humanos antes del 11.000 BP, en un rango todavía muy amplio, difícil de precisar, que si nos ajustamos a las fechas de radiocarbono puede llegar hasta los ca. 16.000 BP. No obstante, el contexto de esta fecha ha sido muy criticado y muy pocos arqueólogos a nivel internacional lo tienen en cuenta (Politis, 1999). Las otras fechas tempranas tampoco han estado exentas de polémica, la unidad C3 del Abra 2 contiene muy pocos artefactos y la unidad estratigráfica de Tibitó, que contiene restos de megafauna, únicamente cuenta con una fecha de radiocarbono (Politis et al., 2009:66). Si exceptuamos esta fecha, el rango más plausible estaría entre 13.500 y 12.000 BP (entre el 14.000 y el 11.000 a. C. en fechas calibradas). El panorama es algo más claro a partir del ca.11.000 BP y especialmente del ca.10.500 BP, cuando se produce un aumento de los datos y las fechas de carbono 14. Independientemente del cuándo, las regiones de Antioquia, por su posición geográfica, debieron haber sido testigos del paso de grupos humanos asociados con movimientos poblacionales tempranos. El problema, nuevamente, es la escasez de evidencias. Como hemos visto, el registro arqueológico se concentra en la Cordillera Central, concretamente en la cuenca del río Medellín/ Porce. Artefactos líticos, como las puntas de proyectil, recuperadas en varios puntos, sugieren relaciones con los grupos del Magdalena medio, cuyas dataciones son algo más tempranas que las del río Porce. Estos exiguos datos, pero relevantes, han servido para plantear algún tipo de movimientos de pequeños grupos desde las tierras bajas del río Magdalena hacia la Cordillera Central. En este escenario, el río Porce es una ruta natural que conecta las dos arterias fluviales más importantes de los Andes colombianos, de

Ocupaciones tempranas y modos de vida arcaicos en las regiones de Antioquia

Discusión

manera que pudo ser utilizado para colonizar nuevos territorios. A su vez, artefactos similares a la tradición lítica del Magdalena se reportaron en un punto tan estratégico como el golfo de Urabá. La amplia distancia entre la localización de ambos hallazgos ha servido para plantear movimientos desde el istmo de Panamá hacia el interior de Colombia, relacionados con la tradición “puntas cola de pescado” (Aceituno y Uriarte, 2017). Desde el istmo de Panamá se ha planteado otra ruta de poblamiento por el Chocó biogeográfico, ruta que también está asociada a la tradición “puntas cola de pescado”. Este recorrido se vincularía con los sitios tempranos próximos a la cuenca del río Cauca, como son el Cauca medio, el río Calima y los hallazgos del valle de Popayán (Aceituno y Uriarte, 2017). En Frontino (Figura 2) se cuenta con un hallazgo puntual, pero muy relevante a la hora de vislumbrar esta ruta desde el Chocó. Se trata del sitio Tablaito, donde en el horizonte Ab se recuperaron lascas de andesita, chert y una mano, materiales asociados a una fecha de 8350±60 BP (Piazzini y Escobar, 2014: 35-38) y que son similares a los del Cauca medio, río Calima y río Medellín/Porce. En síntesis, se pueden plantear dos posibles rutas para explicar parte del registro arqueológico distribuido por la Cordillera Central y Occidental. Por una parte, movimientos desde el río Magdalena y, por otra parte, desplazamientos desde áreas de influencia del Chocó biogeográfico, en dirección Oeste-Este. Como causa de estos posibles movimientos se ha esgrimido como el principal motivo los cambios climáticos y los consecuentes ajustes en la distribución de los recursos, que debieron empujar a los grupos hacia nuevos territorios. Otra causa sería la fisión natural de grupos cazadores-recolectores, como consecuencia de un mayor crecimiento demográfico. Todas estas regiones (Magdalena medio, Río Porce, Cauca medio) muestran continuidad a lo largo del Holoceno temprano y medio, cuando se puede plantear el desarrollo de formas de vida arcaicas. En Antioquia, para este período el registro arqueológico es bastante limitado, concentrándose en la cuenca del río Medellín/Porce y en varios puntos dispersos por el Oriente del departamento. Afortunadamente el volumen de datos en el río Medellín/Porce es lo bastante amplio como para documentar las formas de vida y la adaptabilidad de este tipo de sociedades cordilleranas. La ocupación efectiva de la cuenca del río Medellín/Porce parece ser un hecho consumado desde comienzos del Holoceno, como lo muestra la secuencia de fechas y la redundancia ocupacional que muestran algunos de los sitios precerámicos. Esto quiere decir que desde los primeros momentos los grupos asentados desarrollaron conductas territoriales en torno al río; territorialidad en este caso entendida como el mantenimiento de un área

35

(2002) propusieron un patrón de asentamiento para el Magdalena medio compuesto de sitios ribereños y no ribereños que dan cuenta de un modelo de explotación del territorio, de acuerdo a la distancia respecto al río. Según este modelo, la pesca tendría un mayor peso en los contextos ribereños, mientras que la caza de mamíferos terrestres, la recolección y el cultivo a pequeña escala serían más importantes en los sitios más alejados de las tierras bajas del río Magdalena.


Los Rostros de Antioquia

36

donde sus habitantes controlan el uso de los recursos (Cashdan, 1983; Dyson-Hudson and Smith, 1978; Peterson, 1975; Kelly, 1995: 163). Estas territorialidades, aunque son muy difíciles de delimitar y no es el objetivo de este capítulo, dependerían de la espacialidad de las estrategias de obtención de alimentos o, dicho con otras palabras, de la ubicación de los nichos de explotación de recursos. Sobre este punto, la pregunta principal gira sobre qué estrategias desplegaron los grupos más tempranos en una geografía angosta, cubierta de densos bosques y suelos no muy fértiles, condiciones que se traducen en una capacidad de carga no muy elevada, comparada con otros ecosistemas (Kelly, 1983; Bailey et al., 1989; Piperno y Pearsall, 1998: 53). Empero, la capacidad de carga es una medida relativa que depende de la demanda de recursos y es obvio que las densidades demográficas del Holoceno temprano no debieron ser muy altas. Algunos cálculos realizados así lo demuestran; Otero y Santos (2012: 210) calcularon una densidad por debajo de 1 habitante por km2 para las ocupaciones agrícolas y Cardona et al., (2007: 632) calcularon un promedio 0,04 sitios por Ha2 para todas las áreas de ocupación del río Porce independientemente del período. Para grupos cazadores recolectores y pequeños horticultores de regiones tropicales, la densidad está por debajo de 1Hb/ km23 (Correa, 1987; Hill y Hawkes, 1983; Kelly, 1995: 226; Hurtado y Hill, 1983; Yost y Kelley, 1983). Como hemos argumentado en páginas previas, los datos indican una economía mixta basada en la caza y la recolección de plantas, y queda abierta la posibilidad de la producción de alimentos, mediante alguna forma rudimentaria de cultivo. El registro arqueobotánico no es muy diciente para el Holoceno temprano, aunque haya datos sobre el uso de algunas plantas (véase Tabla 2). Dos hechos están a favor de algún tipo de estrategia de producción de alimentos; por una parte, la siembra es una forma de ejercer un mayor control sobre las plantas, aumentando su productividad y predictibilidad en ambientes de mucha diversidad pero poca densidad, como lo son las selvas de montaña; por otra parte, las evidencias de cultivo en regiones relativamente próximas como el Cauca medio y Popayán permiten plantear la llegada de plantas que desde temprano estarían circulando por la región andina de Colombia. Las similitudes tecnológicas en los artefactos líticos, siendo las azadas uno de los elementos más conspicuos, indican relaciones entre las culturas cordilleranas desde los primeros momentos de ocupación. No podemos 2

Hectárea

3

La convención se entiende por habitantes por kilómetro cuadrado

dejar de lado que la difusión es una consecuencia de las interacciones entre los grupos humanos. Un momento importante en la secuencia del río Porce está marcado por la aparición entre el 7730 BP (7048-6252 a. C. cal.) y el 6900 BP, (5880-5707 a. C. cal.) de plantas domesticadas como el maíz y la yuca, evidencias que indican el desarrollo de la horticultura, modo de producción que consiste en la preparación de suelos para el cultivo a pequeña escala de plantas tanto silvestres como domesticadas (Piperno y Pearsall 1989: 7). Estos datos obligan a preguntarse sobre la procedencia de estas plantas. El maíz es una planta domesticada en Mesoamérica hace aproximadamente unos 9000 años antes del presente, de manera que se presupone una difusión norte-sur (Piperno et al., 2009). De las dos fechas más antiguas obtenidas en Porce, consideramos la de 6890 BP como más exacta, dado que la más antigua (7730 BP), calibrada, arroja una desviación de casi 800 años, mientras que la segunda apenas de unos 100 años. Los rangos de desviación de ambas fechas se solapan alrededor del 6000 a.C. cal. En Panamá la introducción del maíz está fechada en 6680±90 BP (Dickau et al., 2007), en Ecuador en 7260±40 BP (Pagán-Jiménez, 2015). En el Cauca medio se cuenta con una fecha de 7080±50 BP, asociada a almidones recuperados de artefactos líticos del sitio El Jazmín (Aceituno y Loaiza, 2014). La fecha de La Morena relacionada con micro restos de maíz coincide con la del Cauca medio. La yuca aparece hacia el ca. 6500 BP, un momento en el que ya hay registros en lugares tan dispersos como Panamá (ca. 7000-5000 BP) (Dickau et al., 2007) y Perú (ca. 9800/7800 BP) (Rossen, 2011). En el Cauca medio, la fecha de introducción de la yuca es de 7080±50 BP (Aceituno y Loaiza, 2014). Los últimos datos indican que la yuca fue domesticada en el Suroeste de Brasil (Estados de Mato Grosso, Rondonia y Acre) (Arroyo-Kalin, 2010; Clement et al., 2010), lo que sugiere una dispersión de sur a norte a través de los Andes. El registro de Ipomoea spp. es importante en la medida en que los dos ancestros de la especie domesticada (I. batatas), Ipomoea trífida e Ipomoea triloba se localizan en varios puntos de la Cordillera Central y en la región Caribe de Colombia (Roullier et al., 2015); no obstante, por el momento no ha sido posible determinar su estatus (silvestre o domesticada). En el Porce medio hacia el 5000 BP aparece la alfarería como una innovación tecnológica; hecho que está asociado con otros cambios en el registro que sugieren una mayor sedentarización, vinculada a una dependencia más fuerte del cultivo de plantas. En el contexto local este cambio se da en unas condiciones de reducción de la pluviosidad como lo indica el palinograma del sitio 045. No obstante, en otros sitios de Colombia como la costa Caribe y otras regiones, entre el ca. 5500 y el


Referencias Aceituno, Francisco J., 2001. Ocupaciones tempranas del bosque tropical subandino en la Cordillera Centro-occidental de Colombia. Disertación doctoral, Facultad de Geografía e Historia, Universidad Complutense de Madrid. Madrid. Aceituno, Francisco J. y Neyla Castillo, 2005. Strategies of mobility in the Middle Range of Colombia. Before Farming 2005/2.

Ocupaciones tempranas y modos de vida arcaicos en las regiones de Antioquia

más evidente es que independiente del origen geográfico, el río Porce se convirtió en un importante centro de producción alfarera, como lo indica el número de sitios y la cantidad de cerámica recuperada en sitios como el 107 o el PIIIOP-52. En este sentido sí se observa una relación entre producción alfarera y mayor complejidad, como lo sugiere el número de sitios, las evidencias de cultivo de plantas, los entierros humanos, las adecuaciones de piedra y las pequeñas estructuras de almacenamiento. Aunque todavía no son muchos los sitios con cerámica temprana, la distribución espacial sugiere una expansión de los grupos de tradición Cancana y, en este escenario, cobra sentido el planteamiento de Castillo de proyectar un contexto con mayores densidades demográficas y de fuertes relaciones extra locales, entre grupos que gradualmente se van expandiendo y que probablemente hicieron de la interacción una estrategia adaptativa más. Al respecto, las distancias entre los diferentes puntos con cerámica Cancana son relativamente cortas, haciendo plausible un mundo de fuertes relaciones entre grupos que forman parte de una misma tradición cultural. Por ejemplo, entre Yolombó y el río Porce apenas hay unos 30 km; entre Yolombó y el río Alicante, unos 50 km y entre Yolombó y el río Medellín unos 70 km. Después de unos 3.000 años, la tradición Cancana va a ser sustituida por las tradiciones alfareras que se consideran exponentes de sociedades agrícolas (Otero y Santos, 2012: 159). Estos estilos son Ferrería y Marrón Inciso que grosso modo se remontan al primer milenio antes de Cristo. Estos estilos se han asociado con fuertes cambios en el registro arqueológico y a sociedades con ciertos niveles de desigualdad. Toda discontinuidad seduce mucho a las teorías difusionistas que encuentran en los movimientos de población potenciales explicaciones de los cambios en el registro arqueológico. Sin embargo, muchas de las manifestaciones culturales de este período no son más que las consecuencias de procesos de larga duración, los cuales por supuesto no son herméticos a la llegada de nuevas ideas, materialidades o gentes.

37

ca. 4700 B.P los datos paleoambientales sugieren un período húmedo (Oyuela-Caicedo, 1996; Van der Hammen, 1992: 27-28). Por supuesto, la aparición de esta discontinuidad en el registro arqueológico arroja una pregunta sobre el origen de esta tradición. En este punto son más las preguntas que las respuestas. En el caso del río Porce, la aparición de la cerámica Cancana se da en un contexto de evolución local; es decir, o la cerámica fue una innovación local o llega mediante difusión en un escenario de relaciones inter-regionales. En este sentido, investigadores como Neyla Castillo o Luis C. Cardona han resaltado el valor que pudo alcanzar la cerámica Cancana como un bien de intercambio en un escenario de identidades locales arraigadas a territorios más reducidos que demandaron más relaciones extra locales (Castillo y Aceituno, 2006). Sin embargo, la fecha obtenida en el río Alicante, casi mil años antes que en el Porce, ha llevado a replantearse el origen de esta tradición. Si analizamos en conjunto los sitios donde se ha registrado cerámica temprana, se observa que aquellos se distribuyen entre el río Medellín/ Porce y el río Magdalena; es decir, los datos indican que se trata de una tradición cordillerana vinculada a grupos arcaicos territorialmente próximos, puesto que entre ambas regiones no hay más de 100 km de distancia. Si nos ceñimos a las fechas de radiocarbono, la cerámica llegaría vía difusión desde algún punto de la Cordillera Central. El contexto cultural de aparición de la cerámica en el río Alicante no dibuja un escenario tan complejo como el del río Porce, donde se había relacionado con grupos cada vez más sedentarios que habían aumentado su dependencia del cultivo de plantas y con conductas territoriales más rígidas. Por ejemplo, en el río Alicante las evidencias de cultivo de plantas no son muy visibles, antes todo lo contrario, parece ser que la caza y la recolección de moluscos fueron actividades con mayor peso que las plantas. Sea como fuere, al menos se puede concluir que la cerámica temprana está vinculada a una zona del departamento de Antioquia con aproximadamente unos 4500 km2 que agrupa diferentes tipos de paisajes y pisos térmicos hacia la vertiente del río Magdalena. Otro punto importante es que la aparición de la cerámica temprana en Antioquia no está asociada con los orígenes del cultivo de plantas, como se planteó en su día (Correa, 1997), dado que el cultivo antecedió a la aparición de la cerámica. Incluso la relación menor movilidad-incremento de la producción de alimentos-cerámica, no es muy clara, según los datos que arrojaron los contextos del río Alicante. Igualmente, la cerámica tampoco está vinculada a ningún tipo de vida aldeano ya que el patrón de asentamiento se mantiene sin mayores variaciones. Lo que sí parece


Aceituno, Francisco J. y Nicolás Loaiza, 2007. Domesticación del Bosque en el Cauca Medio Colombiano entre el Pleistoceno Final y el Holoceno Medio. British Archaeological Reports, International Series 1654. Archaeopress, Oxford. Aceituno, Francisco J., y Nicolás Loaiza, 2014. Early and Middle Holocene evidence for use of plants and cultivation in the the Middle Cauca River Basin, Cordillera Central (Colombia). Quaternary Science Reviews 86: 49-62. Aceituno, Francisco J. y Nicolás Loaiza, 2015. The role of plants in the early settlement of Northwest of South America. Quaternary International 363: 20-27. Aceituno, F.J., Loaiza, N., Delgado, E., Barrientos, G., 2013. The Initial Human Settlement of Northwest South America during the Pleistocene/Holocene Transition: Synthesis and Perspectives. Quaternary International 301, 23-33

38

Los Rostros de Antioquia

Aceituno, Francisco J. y Antonio Uriarte, 2017. Mobility and human dispersion during the peopling of Northwest of South America between the late Pleistocene and the early Holocene. En The Human Occupation during the Ice Age in the Americas: New Directions and Advances Editado por Rafael Núñez. The University of Utah Press (aceptado). Ardila, Gerardo y Gustavo Politis, 1989. Nuevos datos para un viejo problema. Boletín del Museo del Oro 23: 3-45. Ardila, Gerardo, Mario Bermúdez, Helena Castillo, Liliana Buitrago, Juan Guillermo, Javier Gutiérrez, Sandra Orrego, Diego Pérez, Gonzalo Murillo Gonzalo y Fredy Villa 1998. Prospección arqueológica del cañón del Río Porce, nordeste de Antioquia. Etapa de prospección y evaluación. EPM- UdeA. Informe final (no publicado).

Cardona, Luis C. 2012. Porce III proyecto hidroeléctrico estudios de arqueología preventiva. Del arcaico a la colonia. Construcción del paisaje y cambio social en el Porce Medio. Medellín, Empresas Públicas de Medellín. Cardona, Luis C., Luis E. Nieto y Jorge I. Pino, 2007. Del Arcaico a la Colonia. Construcción del paisaje y cambio social en el Porce Medio.Informe final. Medellín, Universidad de Antioquia-Empresas Públicas de Medellín. (No publicado). Cardona, Luis, C., Jorge I. Yepes, 2011. Ejecución del plan de manejo arqueológico en el área de influencia del proyecto hidroeléctrico Porce IV intervenciones arqueológicas en 10 yacimientos y monitoreo en las áreas de obras. Informe final. Medellín: Empresas Públicas de Medellín-Universidad de Antioquia. (No publicado). Cardona, Luis C. y Jorge I. Yepes, 2012. Rescate arqueológico para la central hidroeléctrica a 20 MV El Popal, municipio de Cocorná, Antioquia. Informe final. HMV Ingenieros- Servicios Ambientales Geográficos. Itaguí (No publicado). Castillo, Neyla y Francisco J. Aceituno, 2006. El bosque domesticado el bosque cultivado: un proceso milenario en el valle medio del río Porce en el noroccidente colombiano. Latin American Antiquity 17 (4): 561-578. Castillo, Neyla, Francisco Javier Aceituno, Luis C. Cardona, Jorge Pino, Juan Carlos Forero y Diana García. 2000. Programa de Arqueología de Rescate Porce II. Etapa de Análisis e Interpretación. Informe Final. Medellín: Universidad de Antioquia, Medellín. (No publicado).

Arroyo-Kalin, Manuel 2010. The Amazonian Formative: crop domestication and anthropogenic soils. Diverstiy 2: 473-504. Doi:10.3390/d2040473.

Cashdan, Elizabeth A., 1983. Territoriality among human foragers: ecological models and an aplication to four Bushman groups. Current Anthropology 24 (1): 47-66.

Bailey, Robert C., Genevieve Head, Mark Jenike; Bruce Owen, Robert Rechtman, and Elzbieta Zechenter, 1989. Hunting and gathering in Tropical Rain Forest: is it possible?. American Anthropologist, 91: 59-81.

Charles R. Clement, Michelly de Cristo-Araújo, Geo Coppens d’Eeckenbrugge, Alessandro Alves Pereira y Doriane Picanço-Rodrigues, 2010. Origin and domestication of native Amazonian crops. Diversity 2: 72-106.

Botero, Silvia H, 2008. Ocupaciones tempranas en el Valle de Aburrá. Sitio La Blanquita. En Ecología Histórica: interacciones sociedad ambiente a distintas escalas socio temporales, eds. Carlos López y Guillermo Ospina, 80-83.Pereira: UTP-Universidad del Cauca-Sociedad Colombiana de Arqueología.

Correa, Inés, 1997. Arqueología de rescate sí…pero no. A propósito de un debate en arqueología. Boletín de Antropología 11 (27): 168-186.

Botero, Sofia y Carlos S. Salazar, 1998. El Pedrero. Evidencias de antiguos especialistas en el municipio de El Carmen de Viboral, departamento de AntioquiaColombia. Boletín de Antropología 12 (29): 168-195. Bryan Alan J., Rodolfo Casamiquela, Jose M. Cruxent, Rurth Gruhn, Claudio Oschsenius, 1978. El Jobo an mastodon kill at Taima-Taima. Science 200: 1275-1277.

Correa, Francois (Ed) 1987. Indígenas horticultores del Vaupés. En Introducción a la Colombia Amerindia. Bogotá, Instituto Colombiano de Antropología pp. 109-134. Correal, Gonzalo, 1982. Restos de megafauna en la Sabana de Bogotá. Caldasia XIII (64): 487-547. Correal, Gonzalo, 1983. Evidencias de Cazadores Especializados en el Sitio de la Gloria, Golfo de Urabá. Academia de Ciencias Exactas Físicas y Naturales XV (58): 77-82.


Faught, Michael K., 2006. Paleoindian Archaeology in Florida and Panama: two circumgulf regions exhibiting waisted lanceolate projectile points. In Paleoindian Occupation in the Americas: a hemisphere perspective Juliet Morrow and Cristóbal Gnecco (eds). University Press of Florida, pp: 164-184.

Correal, Gonzalo 1993. Nuevas evidencias culturales pleistocénicas y megafauna en Colombia. Boletín de Arqueología 8 (1): 3-13.

Gnecco, Cristóbal, 2000. Ocupación Temprana de Bosques Tropicales de Montaña. Universidad del Cauca.

Correal, Gonzalo, Thomas van der Hammen, J. C. Lerman, 1966-1969. Artefactos líticos de abrigos rocosos en el Abra, Colombia. Revista Colombiana de Antropología 14: 9-53.

Gnecco, Cristóbal, 2003. Against ecological reductionism: Late Pleistocene hunter-gatherers in the tropical forests of northern South America. Quaternary International 109-110: 13-21.

Correal, Gonzalo y Thomas van der Hammen, 1977. Investigaciones Arqueológicas en los Abrigos Rocosos del Tequendama. Biblioteca Banco Popular, Bogotá.

Gnecco, Cristóbal y Héctor Salgado, 1989. Adaptaciones precerámicas en el suroccidente de Colombia. Boletín del Museo del Oro 24: 35-55.

Correal, Gonzalo, Thomas van der Hammen, Wesley R. Hurt, 1977. La ecología y tecnología de los abrigos rocosos en El Abra, Sabana de Bogotá, Colombia. Revista de la dirección de divulgación cultural 15: 77-99.

Gruhn, Ruth, 1979. Description of the 1976 excavations in Taima-Taima. Taima Taima: Final Report on the 1976 Excavations, pp. 31-33

Correal, Gonzalo y Thomas van der Hammen, 2003. Supervivencia de mastodontes, megaterios y presencia del hombre en el valle del Magdalena (Colombia) entre 6000 y 5000 AP. Revista de la Academia de Ciencias Naturales y Exactas 27 (103): 159-164.

Herrera, Leonor, Warwick Bray, Marianne Cardale y Pedro Botero, 1992. Nuevas fechas de radiocarbono para el precerámico de la Cordillera Occidental de Colombia. In Archaeology and Environment in Latin America Omar Ortiz-Troncoso, Thomas van der Hammen (eds). Institutvoor Pre- en Protohistorische Acheologie Albert Egges van Giffen, Universiteit van Amsterdam, Amsterdam, pp. 145-163.

Correal, Gonzalo, Javier Gutiérrez, Javier Calderón y Diana Villada, 2005. Evidencias arqueológicas y megafauna extinta en un salado del Tardiglacial Superior. Boletín de Arqueología 20: 3-58.

Hill, Kim y Kristen Hawkes, 1983. Neotropical hunting among the Ache of eastern Paragüay. En Raymond B. Hames and William T. Vickers (Eds) Adaptive responses of native amazonians. Academic Press: 139-88.

Cruxent, Jose M., Claudio Ochsenius, 1979. Paleo-Indian studies in Northen Venezuela. South American Quaternary: 9-13.

Hurtado, A. Magdalena y Kim Hill, 1990. Seasonality in a foraging society: variation in diet, work effort, fertility, and sexual division of labor among the Hiwi of Venezuela. Journal of Anthropological Research 46: 293-346.

Dickau, Ruth, Francisco J. Aceituno, Nicolás Loaiza, Carlos E. López, C.E., Martha Cano, Leonor Herrera, Juan C. Restrepo and Anthony J. Ranere, 2015. Radiocarbon chronology of preceramic occupation in the Middle Cauca Valley, Colombia. Quaternary International 363: 43-54

Hurt, Wesley R., Thomas van der Hammen y Gonzalo Correal 1977. The El Abra Rockshelters, Sabana de Bogotá, Colombia, South America. Occasional Papers and Monographs No. 2. Indiana University Museum, Bloomington. Illera, Carlos y Cristóbal Gnecco, 1986. Puntas de proyectil en el valle de Popayán. Boletín del Museo del Oro 17: 45-57.

Dyson-Hudson, Rada y Eric A Smith, 1978. Human Territoriality. American Anthropologist, 80 (1): 21-41.

Jackson, Lawrence, 2006. Fluted and fihstail points from Southern Coastal Chile. In Paleoindian Occupation in the Americas: a hemisphere perspective, Juliet Morrow and Cristóbal Gnecco. (eds). University Press of Florida, pp: 105-122.

Fiedel, Stuart J. 2000. The peopling of the New World: present evidence, new theories, and future directions. Journal of Archaeological Research, 8 (1): 39-103.

Kelly, Robert L. 1983. Hunter-gatherer mobility strategies. Journal of Anthropological Research, 39: 277-306.

Fiedel, Stuart J. 2006. Points in Time. En Paleoindian Archaeology. A Hemispheric Perspective. Juliet E. Morrow y Cristobal Gnecco (eds). University Press of Florida, pp. 21-43.

Kelly, Robert L. 1995. The foraging spectrum. Diversity in hunter-gatherers lifeways. Smithsonian Institution Press. Washington.

39

Dickau, Ruth, Anthony J. Ranere y Richard Cooke, 2007. Starch grain evidence for the preceramic dispersals of maize and root crops into tropical dry and humid forest of Panama. PNAS 14 (9): 3651-3656.

Ocupaciones tempranas y modos de vida arcaicos en las regiones de Antioquia

Correal, Gonzalo, 1986. Apuntes sobre el medio ambiente pleistocénico y el hombre prehistórico en Colombia. In New Evidence for the Pleistocene Peopling of the Americas, Alan L. Bryan (ed). Center for the Study of the Early Man, University of Main, Orono, pp. 115-131.


Langebaek, Carl, Iván Espinosa y Santiago Giraldo, 2000. Prospección arqueológica del valle de Aburrá y sus ecosistemas estratégicos. Estudios de cambios sociales en una región del Occidente de Colombia. Informe final. Medellín: Área Metropolitana del Valle de Aburrá-CORANTIOQUIA-STRATA ltda-CESO. Linares, Olga, 1976. Garden hunting in the American tropics. Human Ecology 4 (4): 331-349. Loaiza, Nicolás, Francisco J. Aceituno, 2015. Reflexiones en torno al Arcaico colombiano. Revista Colombiana de Antropología 51 (2): 121-146.

Los Rostros de Antioquia

López, Carlos, 1998. Evidence of late Pleistocene/early Holocene occupations in the tropical lowlands of the Middle Magdalena valley. In Agusto Oyuela-Caycedo y J. Scott Raymond (eds) Recent advances in the archaeology of the northern Andes in memory of Gerardo Reichel-Dolmatoff. pp. 1-19. The Institute of Archaeology, University of California, Los Angeles. Marchant, Robert, Hermman Behling, Juan Carlos Berrío; Antoine Cleef, Joost Duivenvoorden, Hugo Hooghiemstra, Peter Kuhry, Bert Melief, Elizabeth SchreveBrinkman, Basvan Geel, Thomas van der Hammen, Guido van Reenen, Michael Wille. 2002. Pollen-based biome reconstructions for Colombia at 3000, 6000, 9000, 12000, 15000 and 18000 14C yr ago: Late Quaternary tropical vegetation dynamics. Journal of Quaternary Science 17: 113-129. Morcote, Gaspar, Francisco J., Aceituno, y Tomás León, 2014. Recolectores del Holoceno temprano en la floresta amazónica colombiana. Stephen Rostain (ed) Antes de Orellana. Actas del 3er Encuentro Internacional de Arqueología Amazónica. Quito, Estudio Francés de Estudios Andinos-Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales, pp. 39-50. 2014.

40

Nieto, Luis E., Juan Restrepo y Alexis Restrepo, 2003. Plan Parcial Pajarito. Prospección arqueológica y plan de manejo. Medellín: Empresa de Desarrollo Urbano-Universidad de Antioquia. (No publicado). Otero, Helda y Gustavo Santos, 2002. Aprovechamiento de recursos y estrategias de movilidad de los grupos cazadores-recolectores holocénicos del valle medio del Magdalena, Colombia. Boletín de Antropología 16 (33): 100-134. Otero, Helda y Gustavo Santos, 2006. Las ocupaciones prehispánicas del cañón del río Porce. Prospección, rescate y monitoreo arqueológico. Proyecto hidroeléctrico Porce III. Obras de infraestructura. Informe final. Medellín: Universidad de Antioquia-Empresas de Medellín (No publicado). Otero, Helda y Gustavo Santos. 2012. Porce III proyecto hidroeléctrico estudios de arqueología preventiva. Dinámica de cambio en las sociedades prehispánicas de la cuenca baja del Porce. Medellín: Empresas Públicas de Medellín.

Oyuela-Caicedo, Augusto, 1996. The study of collector variability in the transition to sedentary producer in northen Colombia. Journal of World Prehistory 10 (1): 49-93. Pagán-Jiménez, Jaime R., Ana M. Guachamín-Tello, Martha E. Romero-Bastidas, Angelo R. Constantine-Casto, 2015. Late ninth millenium B.P use of Zea mays L. at Cubilán area, highland Ecuador revealed by ancient starches. Quaternary International 123, 231-246. Peterson, Nicolas, 1975. Hunter-Gatherer territoriality: the perspective from Australia. American Anthropologist 7 (1): 53-68. Pino, Jorge y Juan Carlos Forero, 2002. Ocupación humana y entorno natural en las cavernas del río Alicante, Maceo-Puerto Berrío (Antioquia). Medellín, Corporación Autónoma Regional del Centro de Antioquia (Corantioquia). Informe final. (No publicado). Pino, Jorge y Juan Carlos Forero, 2003. Ocupación humana y entorno natural en las cavernas del río Alicante, Maceo-Puerto Berrío (Antioquia). Fase II. Medellín, Corporación Autónoma Regional del Centro de Antioquia (Corantioquia). Informe final. (No publicado). Piperno, Dolores R., 2006. The origins of plant cultivation and domestication in the Neotropics: a behavioral ecological perspective. En Behavioral Ecology and the transition to agriculture Douglas J. Kenett, and Bruce Winterhalder (eds). Berkley, University of California Press, pp. 137-166. Piperno, Dolores R., 2009. Crop plants with phytoliths (and starch grains) in Central and South America: A review and an update of the evidence. Quaternary International 193, 146-159. Piperno, Dolores R. 2011. The Origins of Plant Cultivation and Domestication in the New World Tropics. Patterns, Process and New Developments. Current Anthropology 52 (4): 453-470. Piperno, Dolores R. y Deborah M. Pearsall, 1998. The Origins of Agriculture in the Lowland Neotropics. San Diego, Academic Press. Piperno, Dolores R., Anthony J. Ranere, Irene Holst, Jose Iriarte y Ruth Dickau, 2009. Starch grain and phytolith evidence for early ninth millennium B.P. maize from the central Balsas river valley, Mexico. PNAS 106 (13): 5019-5024. Politis, Gustavo, 1999. La estructura del debate sobre el poblamiento de América. Boletín de Arqueología 14: 25-51. Politis, Gustavo, Luciano Prates y S. Ivan Pérez, 2009. El poblamiento de América. Arqueología y bioantropología de los primeros americano. Universidad de Buenos Aires.


Van der Hammen, Thomas y Gonzalo Correal, 2001. Mastodontes en un humedal pleistocénico en el valle del Magdalena (Colombia) con evidencias de la presencia del hombre en el pleniglacial. Boletín de Arqueología 16 (1): 4-36.

Ranere, Anthony J., y Carlos E. López, 2007. Cultural diversity in Late Pleistocene/ Early Holocene populations in northwest South America and lower Central America. International Journal South American Archaeology 1: 25-31.

Yost, James A., y Patricia M. Kelley, 1983. Shotguns, blowguns and spears: the analysis of technological efficiency. En Raymond B. Hames and William T. Vickers (Eds) Adaptive responses of native amazonians. Academic Press, pp. 189-224.

Reichel-Dolmatoff, Gerardo, 1997. Arqueología de Colombia. Un Texto Introductorio. Biblioteca familiar Presidencia de la República, Bogotá.

Zeidler, James, 2008. The Ecuadorian Formative. En Helaine Silverman y William H. Isbell (Eds) Handbook of South American Archaeology. New York, Springer, pp. 459-488.

Rossen, Jack, 2011. Preceramic plant gathering, gardening, and farming. In Tom Dillehay, T. (Ed) From Foraging to Farming in the Andes: New Perspectives on Food Production and Social Organization. Cambridge: Cambridge University Press, pp.177-192. Caroline Roullier , Anne Duputié, Paul Wennekes, Laure Benoit, Víctor Manuel Fernández Bringas, Genoveva Rossel, David Tay, Doyle McKey, Vincent Lebo, 2013. Disentangling the Origins of Cultivated Sweet Potato (Ipomoea batatas (L.) Lam.). PLoS ONE 8(5): doi:10.1371/journal.pone.0062707 Salgado, Héctor, 1988-1990. Asentamientos precerámicos en el alto y medio río Calima, Cordillera Occidental de Colombia. Cespedesia 16-17 (57-58): 139-162. Salgado, Héctor 1998. Exploraciones Arqueológicas en la Cordillera Central Roncesvalles–Tolima. Fundación de Investigaciones Arqueológicas Nacionales, Banco de la República, Bogotá. Universidad del Tolima, Fondo Mixto de Cultura del Tolima, Bogotá.

Ocupaciones tempranas y modos de vida arcaicos en las regiones de Antioquia

Piazzini Carlo E., David Escobar, 2014. Territorios y memorias arqueológicas de Urrao y Frontino. Medellín, Instituto de Cultura y Patrimonio de Antioquia y Universidad de Antioquia.

Santos, Gustavo, 2010. Diez mil años de ocupaciones humanas en Envigado Antioquia. El sitio La Morena. Envigado: Alcaldía de Envigado.

Smith, Bruce D, 2001. Low-Level Food Production. Journal of Archaeological Research 9 (1): 1-43. Tabares, Dionalver, 2004. Fase I: Prospección río Campoalegre, mundo arcaico en la región del Cauca medio, Colombia. Fundación de Investigaciones Arqueológicas Nacionales. Bogotá. Informe final (No publicado). Van der Hammen, Thomas, 1992. Historia, ecología y vegetación. Corporación Araracuara, Fondo de promoción de la cultura Banco Popular. Santafé de Bogotá.

41

Santos, Gustavo, Carlos A. Monsalve y María Victoria Correa. 2015. Alteration of Tropical Forest Vegetation from the Pleistocene-Holocene Transition and Plant Cultivation from the End of Early Holocene through Middle Holocene in Northwest Colombia. Quaternary International 363: 28-42.


Los Rostros de Antioquia

42 Vereda Llanadas Abajo, Sonsรณn, Antioquia / F: David Romero Duque.


Introducción

*Antropólogo. Docente del Departamento de Antropología de la Universidad de Antioquia entre 1976 y 2004. Arqueólogo investigador en el municipio de Envigado entre los años 2006 y 2016. Ha realizado investigaciones en el Golfo de Urabá, la Altiplanicie de Rionegro, el Valle de Aburrá y el Magdalena Medio. Autor de varias publicaciones donde se destacan temas relacionados con ocupaciones tempranas (grupos cazadoresrecolectores y horticultores) y ocupaciones de sociedades agrícolas prehispánicas (pautas de asentamiento, prácticas funerarias y organización social). Actualmente, se desempeña como investigador independiente.

En la Región Central de Antioquia, que comprende la Cordillera Central de los Andes en el departamento de Antioquia, se encuentra el Valle de Aburrá donde se halla la ciudad capital de Medellín, la cual ha jalonado el desarrollo económico, urbanístico, académico y cultural de todo el departamento. Por esta razón, en esta región, y especialmente en el Valle de Aburrá, se han encontrado numerosos entierros de las sociedades agrícolas y sedentarias prehispánicas, que se desarrollaron desde hace aproximadamente 3.000 años hasta la época de la Conquista española. Las prácticas funerarias, representadas en estos entierros y expresadas en el tratamiento de los cadáveres, las formas de las tumbas y los ajuares funerarios, constituyen un potencial de información importante sobre las creencias religiosas y sobre la organización social de estas sociedades que no han sido explorados suficientemente. El examen de estas prácticas funerarias muestra que no reflejan una diferenciación social marcada ni la existencia de organizaciones sociales jerarquizadas y centralizadas, como tampoco lo evidencia el registro arqueológico no funerario; y puede decirse, entonces, que no fueron escenificadas para legitimar poderes hegemónicos o la herencia de recursos y bienes cruciales, sino que más bien expresan creencias sobre la muerte y el más allá, es decir, son la materialización de concepciones escatológicas y cósmicas que debieron estar involucradas y haber influido decisivamente en los desarrollos sociales. En este sentido, la peculiar asociación de estas prácticas funerarias con los estilos cerámicos diferenciados por los arqueólogos es indicativa de que estas manifestaciones funerarias y alfareras formaron parte de conjuntos de cultura material que jugaban un papel activo en el establecimiento de identidades sociales y culturales necesarias para negociar el acceso a los recursos y el intercambio de productos.

Las prácticas funerarias prehispánicas de la región central de Antioquia

Gustavo Adolfo Santos Vecino*

43

LAS PRÁCTICAS FUNERARIAS PREHISPÁNICAS DE LA REGIÓN CENTRAL DE ANTIOQUIA


De otro lado, la sucesión de estas manifestaciones culturales en el tiempo es indicativa de procesos sociales relacionados con desarrollos locales y regionales, expresados en la diversidad y variabilidad cultural, que llevaron a la redefinición de relaciones sociales y a la construcción de nuevas identidades. En esta perspectiva, el cambio marcado en las manifestaciones funerarias y alfareras que se presenta hacia el siglo X d. C. es sintomático del establecimiento de nuevas relaciones de poder

y de la materialización de los efectos que las creencias escatológicas y cosmológicas tienen en los cambios sociales. Actualmente, existe un consenso entre los arqueólogos sobre la infinita variabilidad y complejidad de las respuestas de los humanos frente a la muerte, sobre la inexistencia de reglas o principios universales para explicarlas y sobre el carácter intencional, y por lo tanto simbólico, del registro funerario. En consecuencia, el análisis de las prácticas funerarias de las sociedades agrícolas prehispánicas de la Región Central de Antioquia, basado en la recopilación de la información disponible sobre los distintos entierros asociados a sociedades indígenas, busca motivar la discusión e implementación de nuevos enfoques que superen las interpretaciones “procesualistas” (basadas en la concepción del registro funerario como un reflejo directo de la complejidad social) y que permitan abordar el ámbito de las creencias religiosas y cosmológicas, así como su agencia en los procesos de cambio social.

Los Rostros de Antioquia

Reflexiones teórico-metodológicas: sobre cómo los vivos enfrentan la muerte

44

“La arqueología, como ciencia humanista que estudia la esencia de la humanidad a través de la historia, se enfrenta a menudo con las expresiones supremas de las percepciones que los humanos tienen de ellos mismos en la sociedad y el cosmos: la muerte. El registro arqueológico se compone de innumerables testimonios de cómo los seres humanos de diferentes culturas y en distintos momentos han resuelto y dado respuestas a lo inevitable. Sin embargo, a pesar del hecho de que todo el mundo va a morir y de que todos los seres humanos se enfrentan al mismo fin definitivo, las soluciones a ese común destino son tan diferentes y variadas como tradiciones, culturas, creencias y religiones hay” (Fahlander y Oestigaard 2008: 1). Traducción del autor.

Urna cineraria / Anzá, Antioquia / 16,2 cm. x 15,5 cm. x 13,7 cm. / Id. 1257.

Las prácticas funerarias, o las actitudes de la gente frente a la muerte y el más allá, representadas en el tratamiento y disposición de los cadáveres, las formas de las tumbas, y los ajuares funerarios son importantes para el estudio de las sociedades del pasado, porque tienen un alto y variado potencial de información, no solo sobre los difuntos, sino especialmente


La teoría de alcance medio en arqueología intentaba explorar la relación entre los datos arqueológicos que observamos en el presente y la dinámica cultural y social del pasado que representan, es decir, es como un puente entre los comportamientos culturales y sus vestigios materiales, para lo cual la etnografía y la etnoarqueología eran una fuente heurística de analogías o hipótesis para las inferencias sobre las sociedades pasadas.

La arqueología procesual proponiendo universales positivistas no ha logrado producir más que unas pocas generalizaciones, en algunos casos con muchas excepciones, y sólo han sobrevivido, criticadas desde varias posiciones, las hipótesis de Tainter del gasto de energía y de Saxe/Goldstein sobre la relación cementerios-recursos. (Parker Pearson, 2008: 31-32)

1

2 Así por ejemplo, Drennan, en su estudio de las prácticas funerarias de la cultura de San Agustín de Colombia (300 a. C. a 800 d. C.), señala que la monumentalidad de las tumbas y sus ofrendas están asociadas a liderazgos altamente personalizados, pero en un contexto de poca diferenciación económica, de manera que la conmemoración pública de los líderes fallecidos posiblemente servía para legitimar sus sucesores y estos procesos de legitimación reflejarían un poder político centralizado no institucionalizado o incompleto (Drennan, 1995: 105; Dillehay, 1995: 11). 3

Las prácticas funerarias prehispánicas de la región central de Antioquia

invertida en el funeral (trabajo social o “gasto funerario”), o con la cantidad y complejidad de los bienes del ajuar que subsisten; también hay numerosos estudios que sitúan el énfasis en la relación entre construcción monumental y el difunto como un ancestro importante (Dillehay, 1995: 10), o que asumen que “las tumbas son para los vivos”, es decir, que el ritual funerario en algunas sociedades sirve para legitimar el orden social o para mantener las estructuras de autoridad, de manera que los espacios para el reposo de los muertos (tumbas, cementerios, “chullpas”, o cuevas), e incluso los cadáveres momificados, funcionarían como símbolos de autoridad para el mantenimiento del poder o la propiedad sobre un territorio o sobre recursos vitales por parte de un grupo de descendientes (Dillehay, 1995: 10-20; Valverde, 2011: 277-278)2. Siguiendo este planteamiento sobre las relaciones entre los vivos y los muertos, varios estudios sobre las pautas mortuorias de los Andes muestran la posibilidad de que las prácticas y cultos funerarios de las élites hayan desempeñado un papel significativamente activo en los procesos para lograr cambios sociales y culturales (Dillehay, 1995: 19). No obstante, aunque la proposición fundamental de la Arqueología de Muerte (que la variabilidad funeraria está determinada por la variabilidad social y puede ser utilizada para acceder a la complejidad de la organización social) parece una proposición de sentido común, su sustentación teórica solo fue posible recurriendo a la evidencia etnográfica (Vincent, 1995: 19)3. Además, los términos de sociedades ‘simples’ (o igualitarias) y ‘complejas’ (o jerárquicas) han sido considerados como connotaciones de previos esquemas racistas de salvajes y civilizados, moralmente no aceptables, dado que sociedades con organizaciones sociales y tecnologías simples pueden tener cosmologías muy complejas (Parker Pearson, 2008: 32).

45

sobre los seres vivos que las realizaron, su forma de vida, su organización social y su concepción del mundo. Sin embargo, históricamente se han desarrollado varias maneras de abordar esta información. Luego del interés de la arqueología tradicional por la descripción, cronología y asociación etnocultural de las costumbres funerarias de las poblaciones extintas a comienzos de la década de los setentas del siglo pasado, con el desarrollo de la arqueología procesual norteamericana surge la llamada Arqueología Funeraria o de la Muerte como una teoría de alcance medio1, basada en el enfoque “Binford-Saxe”, según el cual el registro funerario estaba determinado por la estructura social, más allá de sus componentes arbitrarios (o intencionales) y, por tanto, la variabilidad funeraria era representativa de la complejidad social de las sociedades (Binford, 1971; Saxe, 1970; Vincent, 1995; Parker Pearson, 2008; Pou, 2011). Así, la persona social del muerto, constituida por sus identidades sociales, es decir, el sexo, la edad, la posición y la afiliación social y por las condiciones y el lugar de la muerte, se expresaban en forma de elementos o combinaciones de elementos dentro del contexto funerario (como los objetos del ajuar funerario, el tratamiento del cadáver o la forma de la sepultura), dependiendo de la composición y tamaño del grupo social que reconoce el estatus del difunto; y podía esperarse, entonces, una relación directa entre complejidad funeraria, riqueza y rango jerárquico o posición social del difunto (Vincent, 1995: 20; Parker Pearson, 2008: 28-30; Pou, 2011: 26). De acuerdo con este enfoque, la información etnográfica mostraba que las sociedades de agricultores sedentarios serían las que usualmente considerarían las dimensiones de la persona social en los rituales funerarios, mientras que entre los pastores habría una menor cantidad de estas distinciones, y entre los cazadores-recolectores y los agricultores itinerantes un poco más que entre los pastores (Binford, 1971). Los arqueólogos procesuales recurrieron entonces a los estudios etnográficos de prácticas mortuorias como un componente básico de la teoría de alcance medio para explorar las regularidades y generalizaciones interculturales y esto llevó a enmarcar leyes, como axiomas o referentes universales, para describir las relaciones entre los comportamientos mortuorios y sus restos arqueológicos (Parker Pearson, 2008: 27-28; Pou, 2011: 25-26). Las variantes de este enfoque incluyen los intentos para establecer el rango del muerto de acuerdo con la cantidad de energía


Los Rostros de Antioquia

46

Cuenco / Támesis, Antioquia / 8,9 cm. x 19 cm. / Representación ornitomorfa adosada. / Id. 1300.

Como una reacción a esta posición teórica, a mediados de la década de los ochentas la arqueología post-procesual, asumiendo una posición crítica, advirtió que el comportamiento funerario es de naturaleza intencional y que todos sus productos tienen una determinación significante (que expresa un significado) y por lo tanto arbitraria (Vincent, 1995: 1924), de manera que no necesariamente el registro funerario refleja la estructura social. La arqueología post-procesual considera, entonces, que el registro funerario como un orden simbólico en el que la materialidad

de los objetos funerarios está manipulada por un discurso cuya voluntad de significar impone una mediación irrevocable entre las tumbas y la sociedad que las produce, de manera que las representaciones del orden social pueden no solo no revelar el verdadero orden social, sino también ocultarlo (Vincent, 1995: 25). Es por esto que los arqueólogos post-procesuales actualmente son más propensos a dudar de la claridad de la imagen que reflejan los funerales, y estos son considerados como animados y disputados


En ambas corrientes, la diferencia radical con respecto al enfoque procesual está en considerar los objetos funerarios, no como meros soportes de ese orden simbólico, sino como su propia materialidad, es decir como símbolos antes que cosas (Vincent, 1995: 25).

4

Las prácticas funerarias prehispánicas de la región central de Antioquia

disposición del cuerpo, el ajuar, o la organización de los cementerios) para entender cómo y porqué la gente del pasado trató sus muertos, disponiendo sus restos y proporcionando maneras para que los muertos pudieran coexistir con los vivos. De todas maneras, el desarrollo de la Arqueología de la Muerte propició un gran impulso metodológico porque posibilitó la introducción de otras estrategias de investigación en el análisis funerario, como

47

eventos, en los que los roles sociales son negociados o manipulados, reevaluados o adquiridos y descartados, de manera que la cultura material es, en sí misma, parte de la manipulación activa de las percepciones, creencias y lealtades de la gente (Parker Pearson, 2008: 32). Además, como algo específico de los humanos, los rituales funerarios son incorporaciones y revelaciones de mundos y entidades a menudo muy diferentes de aquellas involucradas en otras circunstancias de la vida social, las cuales en muchos casos conciernen con roles idealizados, espíritus, comunidades y parentescos que pueden referirse más al pasado imaginado que al presente experimentado (Parker Pearson, 2008: 32). Por tanto, “deberíamos pensar la experiencia humana como un desarrollo dentro de una infinidad de representaciones, ya sean de relaciones de género o de estatus puestas en juego en las actividades domésticas, o de los roles reconstituidos en rituales funerarios” (Parker Pearson, 2008: 33). De esta manera, sin desconocer que pueda haber una correspondencia entre el registro funerario y la estructura social, los postprocesualistas plantean que lo importante es conocer la naturaleza de esta correspondencia, es decir, develar el carácter simbólico del ritual funerario, buscando su sentido en la esfera de las relaciones sociales de producción (análisis basados en el concepto marxista de “ideología”), o en los contextos históricos de donde pueden proceder los significados concretos (análisis estructuralistas basados en la analogía lingüística para la comprensión de las pautas materiales del comportamiento) (Vincent, 1995). En el primer caso, el registro funerario es considerado como un orden simbólico que debe ser analizado ideológicamente para entender cómo es que las estructuras de significado son movilizadas para legitimar los intereses de grupos hegemónicos, o en otras palabras, cómo el registro funerario remite al conflicto social y contribuye a su reproducción de acuerdo con los intereses del grupo social dominante; en el segundo caso, el significado debe ser buscado en la propia materialidad de los rituales funerarios, en su propia función significante, “el medio como mensaje”, a partir de la especificidad de los recursos simbólicos en cada contexto particular (Vincent, 1995: 26-29)4. Esta discusión ha llevado a los arqueólogos a asumir el estudio de las prácticas funerarias teniendo cuidado de interpretaciones ingenuas, pero sin desconocer el gran potencial que los elementos del registro funerario (como la forma y la profundidad de la tumba, el arreglo y la

Alcarraza / Ituango, Antioquia / 22,1 cm. x 17,2 cm. / Id. 3763 / Recipiente de doble vertedera, asa plana de puente, decoración incisa alrededor y soporte tetrápode.


universales, los antropólogos en años recientes han explorado la variación y las diferencias dentro de la singularidad de cada cultura en un proceso de “parroquialización” o de enfoques hacia lo particular y contingente, importantes para el reconocimiento de las personas, sus creencias y su agencia (lo que la gente hace como actores con conocimiento, las intenciones detrás de las acciones) (Parker Pearson, 2008: 33). Los cuasi-universales y temas generales proveen un modelo de la variación cultural, pero sacados de sus contextos culturales, cuentan sólo una pequeña parte de la historia (Parker Pearson, 2008: 33). Hodder (1982) ha señalado que el problema con las analogías es su mal uso y que, por lo tanto, es posible reevaluar la supuesta creencia de que no son confiables ni científicas y de que son limitantes. Para esto

48

Los Rostros de Antioquia

los análisis espaciales de conjuntos funerarios y la puesta en valor de técnicas de análisis procedentes de la Antropología Física; así, por ejemplo, cobraron importancia los estudios de paleopatología y nutrición, para poder establecer desigualdad social mediante un acceso diferencial a la riqueza social, (expresado en la incidencia social de las enfermedades, la suficiencia y variedad de las dietas, o los traumatismos y el desgaste de los huesos debido a la división del trabajo) y los estudios genéticos para comprobar la información sobre parentesco y movilidad (Vincent, 1995: 21-22). Actualmente, la etnoarqueología sigue siendo una fuente de analogías para la interpretación del pasado, pero estas deben ser usadas con precaución y los arqueólogos son muy conscientes de sus limitaciones; así, mientras los arqueólogos han buscado generalizaciones y

Fragmento / Albania / Titiribí, Antioquia / 9 cm. x 22,2 cm. x 3,8 cm. / Id. 1092 / Representación de figura antropomorfa.


Una manera de aumentar las similitudes formales es comparando casos comparados no alejados en el tiempo que ocurren en la misma área, o que tienen continuidad histórica (enfoque histórico directo); enfatizando la gama de ejemplos en los que se presentan las asociaciones, o demostrando su amplio rango (leyes interculturales) (Hodder, 1982). 5

6 La materialidad es entendida como los objetos materiales y las cosas que están involucradas e influyen de diversas maneras en el desarrollo social, es decir, se enfatiza el papel activo de la cultura material, por ser esta significativamente constituida (Fahlander y Oestigaard, 2008: 4).

imposibles sin la materialidad de la muerte en sentido amplio; así, aunque los entierros están dentro de las esferas de las creencias cosmológicas y trascendentales sobre lo que pasa después de la muerte, la manera como esas ideas son entendidas y expresadas por los humanos son materiales o involucran elementos materiales, y esas materialidades difieren en gran medida dentro de grupos con las mismas concepciones escatológicas o con las mismas creencias sobre la existencia de otros mundos y sus implicaciones (Fahlander y Oestigaard, 2008: 3-4). Se considera, así, que el estudio de la materialidad de la muerte, teniendo en cuenta la diversidad intracultural (la variación diacrónica y sincrónica), puede contribuir a la arqueología en general y a los estudios de la muerte en particular y que por lo tanto es necesario discutir y explorar otras maneras de tratar con los datos de los enterramientos, teniendo en cuenta algunos aspectos relacionados con el cuerpo, la muerte, el entierro y las creencias, como la materialidad del cuerpo (el cadáver en descomposición,

Las prácticas funerarias prehispánicas de la región central de Antioquia

Vasija / Laureles / Santa Fe de Antioquia / 11,1 cm. x 11,8 cm. x 10,4 cm. / Id. 2674 Recipiente troncónico con doble representación ornitomorfa (aves).

49

ha diferenciado dos tipos de analogías: formales, cuando dos objetos o situaciones tienen propiedades comunes y se asume que probablemente tienen otras similitudes, las cuales son débiles porque las asociaciones observadas pueden ser fortuitas o accidentales, y relacionales, cuando hay alguna relación natural o cultural entre los diferentes aspectos de la analogía, de manera que las cosas asociadas en la analogía son interdependientes. Además, existe un continuum de variación, desde la analogía más formal hasta la más relacional, y las analogías formales pueden llegar a ser más razonables cuando el número de similitudes aumenta5. Además, ha señalado que el uso de la analogía implica alguna relación necesaria entre los distintos aspectos de la analogía, no solo relaciones funcionales, y que los intentos por desarrollar las analogías relacionales se han dirigido a definir los contextos en los que diferentes propiedades de las sociedades y las culturas son funcionalmente interdependientes, es decir, los patrones de la cultura material se pueden predecir por sus relaciones funcionales con otros aspectos de la vida (Hodder, 1982: 20). Así, las analogías relacionales y el análisis de los contextos en que se presentan constituyen los aspectos esenciales para uso apropiado de la analogía en arqueología. En la última década, hay varios estudiosos que participan en la construcción teórico-metodológica de la arqueología de la muerte, tratando de reforzar o superar el pesimismo de la crítica post-procesual, cuyos planteamientos tienen como denominador común la insistencia en la variabilidad y complejidad del mundo mortuorio y la ausencia de reglas generales que podamos aplicar a todos los periodos y zonas (Pou, 2011: 42). Por ejemplo, es interesante la propuesta de los escandinavos Fahlander y Oestigaard (2008: 3-5), quienes en cierta medida retoman los planteamientos de la arqueología post-procesual, en el sentido de reconocer y examinar uno de los aspectos más importantes de los enterramientos, la materialidad de la muerte6. En esta perspectiva, tanto los lugares como los medios para dialogar con los muertos tienen propiedades materiales (templos, construcciones sagradas, objetos rituales) y las interacciones espirituales son a menudo


Los Rostros de Antioquia

50

que requiere un tratamiento y su disposición), la materialidad de las prácticas (los rituales y su variabilidad), la materialidad de los enterramientos (las pertenencias personales y las ofrendas funerarias), la materialidad de la memoria (los monumentos), la materialidad del cambio social (jerarquías y patrimonios), la materialidad de la edad, el sexo y el género (o las identidades individuales) y la materialidad de la eternidad (los antepasados y el otro mundo) (Fahlander y Oestigaard, 2008). En este orden de ideas, se ha señalado que los arqueólogos han hecho significativas contribuciones teóricas, en cierta medida debido a que una parte importante del registro arqueológico se compone de los restos mortuorios7, y que, por lo tanto, la materialidad de la muerte siempre ha sido una fuente arqueológica para las interpretaciones y los desarrollos teóricos (Fahlander y Oestigaard, 2008: 5). Es posible entonces, que cambiando las preguntas al registro funerario, en cuanto a las materialidades que en él se encuentran, se puedan superar las interpretaciones predominantemente sociológicas sobre sexo, edad y estatus, y avanzar en interpretaciones más relacionadas con la religión y las mentalidades que con la organización social (Pou, 2011: 42-44).

La Región Central de Antioquia: un escenario de hallazgos funerarios Definimos la Región Central de Antioquia como el territorio comprendido, básicamente, por la Cordillera Central de los Andes en el departamento de Antioquia (ubicado al noroccidente de Colombia). De acuerdo con el Instituto Geográfico “Agustín Codazzi” (1992), en Antioquia esta cordillera es amplia y maciza, se interna por el sur al departamento a partir del páramo de La Arboleda, transversalmente se extiende desde el valle del río Magdalena al oriente hasta el cañón del río Cauca al occidente, y pierde altura y desaparece hacia el norte del departamento, donde limita con el valle inferior del río Cauca. El río Medellín-Porce divide esta cordillera en dos ramales, desde su nacimiento en las cuchillas de El Comino, San Antonio y San Miguel (con alturas entre 2.100 y los 2.400 m s. n. m.). Ambos ramales tienen alturas entre 2.000 y los 2.500 m s. n. m., aunque en algunas partes alcanzan

“La arqueología del entierro o la arqueología de la muerte, es en muchos aspectos, al menos en las creencias populares, casi sinónimo de la arqueología en sí. De hecho, gran parte de nuestros datos y el material proviene de contextos funerarios, y tal vez en realidad sabemos más acerca de la muerte que de la vida en la prehistoria (Fahlander y Oestigaard, 2008: 1). Traducción del autor.

Excavación arqueológica de la cámara lateral de la tumba EV-1 / Sitio Universidad Adventista, Barrio La Castellana / Secretaría de Infraestructura Física - Alcaldía de Medellín, 2009 / F: Pablo Aristizábal Espinosa.

hasta 3.000 m s. n. m. Encajonado entre estos dos ramales se encuentra el Valle de Aburrá, cuenca natural del río Medellín, entre los 1.400 y los 2.000 m s. n. m., con una longitud de 160 km y un ancho promedio de 6 km. En el Valle de Aburrá se encuentra la ciudad de Medellín, la capital de Antioquia, la cual ha atraído y generado el desarrollo económico, urbano, académico y cultural de la Región Central y del departamento desde mediados de siglo pasado, razón por la cual en esta región, y especialmente en este valle, se han encontrado la mayoría de los entierros de sociedades indígenas de Antioquia, los cuales empezaron a reportarse desde 1977 (Arcila 1977). Estos entierros, hallados tanto fortuitamente como en investigación básica y preventiva, constituyen una muestra suficientemente representativa de las prácticas funerarias de las sociedades agrícolas y sedentarias prehispánicas que se desarrollaron en los últimos tres milenios en esta región8. Una particularidad de las pautas funerarias que expresan estos entierros es su correspondencia con los estilos cerámicos diferenciados por los arqueólogos, conocidos como Ferrería, Marrón Inciso y Tardío, lo cual indica que, junto con los estilos cerámicos, jugaban un papel activo en el establecimiento de afinidades y diferencias sociales y culturales.

7

8 En la cuenca media del río Porce se hallaron varios entierros en un sitio asociado a grupos precerámicos, fechados entre 6.000 y 7.000 años AP (Castillo, et al., 2000), cuya descripción y análisis escapan de los alcances de este artículo.


Por esto, la mayor parte de las vasijas prehispánicas que se encuentran en los museos regionales, y especialmente en el Museo Universitario Universidad Antioquia, corresponden al estilo cerámico Marrón Inciso, es decir, esta pauta funeraria permitió la preservación de numerosas vasijas, que han sido recuperadas de los entierros, y que forman un conjunto muy representativo de este estilo cerámico.

10 En el cerro El Volador se hallaron los restos óseos no cremados de un individuo con deformaciones corporales en una urna, posiblemente un enano acondroplástico, que fue depositada en una fosa con una forma definida (la parte superior de forma rectangular y la parte inferior, donde se encontraba la urna, de forma cilíndrica) (Santos y Otero de Santos, 1996) y en dos de los entierros del sitio La Primavera en Bello se hallaron los restos no cremados de tres neonatos (Santos, 1998).

Prácticas funerarias asociadas al estilo cerámico Marrón Inciso: el retorno al origen o la cosmificación En las sociedades agrícolas tempranas, 3.100 a. C. a 1.000 d. C., son comunes los entierros en fosas sencillas y en los sitios de vivienda de restos óseos cremados en vasijas de cerámica, a veces con otras vasijas empleadas como tapas o como ajuar funerario. Las vasijas corresponden al estilo cerámico Marrón Inciso9, el cual se extiende por toda la cuenca montañosa del Cauca (desde el norte del departamento del Valle hasta el norte del departamento de Antioquia) y ha sido fechado entre los siglos X a. C. y XIII d. C., aunque las fechas se concentran entre los siglos II a. C. y VI d. C. (Santos y Otero de Santos, 1996, 2003; Otero de Santos y Santos, 2012).

9

Las prácticas funerarias prehispánicas de la región central de Antioquia

Vasija lobulada / Laureles / Santa Fe de Antioquia, Antioquia / 19,8 cm. x 36,2 cm. / Id. 5263

La cerámica Marrón Inciso fue definida con base en vasijas de colecciones procedentes de tumbas guaqueadas de la región del Cauca Medio (Bruhns, 1990), entre las que se destacan las urnas funerarias de forma cilíndrica, en las que es común la presencia de bandas verticales que alternan engobe marrón e incisiones finas en forma de espina de pescado (o más bien nervaduras de hojas); las urnas con representaciones antropomorfas de mujeres desnudas y acurrucadas con vientres abultados, y las urnas fitomorfas que mediante lóbulos, repujados, festones y protuberancias representan frutos de cucurbitáceas (Bruhns, 1990; Santos, 1993, 1998). Sin embargo, los contextos domésticos y funerarios de Antioquia muestran una diversidad de formas y decoraciones, entre las que se incluyen vasijas globulares, subglobulares, cuencos y platos, formas aquilladas y lobuladas, pintura polícroma y variados motivos incisos y estampados (Santos, 1993, 1998). Dentro de esta pauta de enterramiento se observa cierta variabilidad expresada en la forma y calidad de las urnas funerarias, en la composición del ajuar y en la disposición de los restos óseos. Así, entre las urnas (recipientes y tapas) se encuentran desde vasijas elaboradas para ser exclusivamente empleadas como urnas funerarias (generalmente ausentes en los contextos domésticos), algunas de ellas espectaculares por sus representaciones antropomorfas y fitomorfas, hasta vasijas de formas sencillas y sin decoración elaboradas para servicio, cocción y almacenamiento. El ajuar puede contener otras vasijas (igualmente variables en formas y decoraciones); piezas de orfebrería de oro o tumbaga (entre las que se encuentran cuentas de collar, narigueras sencillas, y una figurina zoomorfa); o herramientas de piedra (manos y metates para la molienda de máiz o hachas de piedra pulida) (Santos, 1993, 1995, 1998). Excepcionalmente, se han hallado restos óseos no cremados al interior de vasijas de cerámica 10 y en muchos casos no se encuentran restos óseos dentro de vasijas que fueron enterradas solas (no como ajuar), pero en la medida en que no se encuentra ningún otro tipo de material (identificable) y en que se trata de vasijas enterradas con las mismas características de las que sí presentan restos óseos (fosas sencillas en sitios de vivienda y, en algunos casos, vasijas tapadas con otras vasijas), se considera que se trata de vasijas

51

Las prácticas funerarias de las sociedades agrícolas prehispánicas tempranas


Los Rostros de Antioquia

52

empleadas como urnas funerarias en las que los restos óeos han desaparecido debido a la práctica de la cremación y a la acidez de los suelos. Incluso, en muchos casos, restos óseos recuperados de las urnas corresponden solo a fragmentos de coronas dentales, las cuales están formadas por el esmalte, que es el tejido más duro del organismo, compuesto por aprocimadamente un 96% de sustancias inorgánicas (Rodríguez, 2003: 44). A pesar de esto, no debe descartarse la posibilidad de que algunas urnas no contuvieran restos óseos, como ocurre en el caso de los cenotafios, o como se ha registrado en algunos casos en los que los cementerios contienen tumbas vacías, debido a que el cadáver no pudo ser enterrado o a que existen restricciones para los entierros dependiendo de la forma de la muerte, lo cual cuestiona la idea preformada de que la tumba es un lugar o recipiente para un cuerpo muerto y muestra que el problema universal de la muerte tiene una infinita gama de soluciones (Fahlnder y Oestigaard, 2008). Numerosos entierros de este tipo asociados al estilo Marrón Inciso han sido excavados en el Valle de Aburrá y en la Región Central de Antioquia (para las características de estos entierros ver Tabla 3). En Medellín se excavaron 10 entierros que contenían 21 vasijas en el cerro El Volador (Santos y Otero de Santos, 1996), uno en el cerro Nutibara (Restrepo y Tabares, 2011) y seis en el sitio Los Guayabos (Aristizábal, 2012a, 2012b); en el municipio de Envigado se recuperaron parcialmente los restos de siete entierros en un sitio alterado por máquinas en el sitio Álamos del Escobero (Santos, 2006, 2007, 2009) y en el municipio de Bello se excavaron cinco entierros y se recuperaron otros dos, en un sitio “guaqueado” y alterado por máquinas en el sector La Primavera (Santos y Otero de Santos, 1996). Además, se han reportado entierros o vasijas guaqueados o hallados accidentalmente en varios sitios de Medellín, como en los cerros El Salvador, Nutibara, y La Asomadera, y en los barrios de Aranjuez, Simón Bolívar, Manrique Oriental, La Floresta y El Poblado (donde se hallaron 16 entierros que contenían 49 vasijas de cerámica, aunque sólo seis de ellas correspondían al estilo Marrón Inciso); igualmente en corregimientos de Medellín como San Cristóbal y San Antonio de Prado, así como en el municipio de Envigado (Arcila, 1977). En este reporte resaltan tres vasijas con formas características de las urnas Marrón Inciso, dos del cerro Nutibara (una de ellas con restos óseos) y otra del barrio Manrique Oriental, la cual corresponde a una vasija antropomorfa con una pequeña cabeza sobre un gran vientre y sexo exagerado,

Urna cineraria / Sitio La Primavera / Bello, Antioquia / Urna 29,8 cm. x 24,5 cm. – vasija 6,5 cm. x 11,4 cm. / Recipiente piriforme encontrado con una vasija globular que funcionaba como tapa. En el interior se hallaron restos óseos, ceniza y carbón vegetal.

teniendo los brazos y piernas apenas esbozados (también con restos óseos cremados). También se han excavado otros entierros en Santa Elena (corregimiento de Medellín en la altiplanicie de Rionegro) (Obregón et al., 2004, 2009), en el municipio de Yolombó hacia el noreste (Santos et al., 1996) y en el municipio de Armenia hacia el Suroeste (Botiva, 1976). Así mismo, en el área de influencia del proyecto hidroeléctrico Porce II (Guadalupe) se recuperaron 13 vasijas de entierros alterados por máquinas (Castillo et al., 2000) y en el área de influencia del proyecto hidroeléctrico Porce III (Anorí y Amalfi) se hallaron 11 vasijas en varios yacimientos (Otero de Santos y Santos, 2012). Igualmente, en el muni-


Colgante zoomorfo / Sitio El Volador T11-E9 / Medellín, Antioquia / 1,3 cm. x 1,1 cm. x 3,4 cm. / Id. O93 / Hallada en urna funeraria asociada al estilo cerámico Marrón Inciso. La forma es atribuida a una “Mantis Religiosa”.

11 No se trata propiamente de canceles, los cuales han sido considerados por los arqueólogos como sarcófagos o ataúdes de piedra con restos óseos, sino más bien de fosas para vasijas forradas y tapadas con piedras. Sin embargo, estas tumbas se ajustan a la definición de cancel como biombo o separador que se emplea para aislar un espacio.

Se trata de una cuenta de collar similar a las halladas en el municipio de San Pedro de Urabá (al norte del departamento de Antioquia), que son conocidas como “mariapalitos”, y que han sido halladas también en la cuenca media del río Cauca y en el llamado “Tesoro de los Quimbayas” descubierto en el departamento del Quindío (Uribe, 1982). 12

Las prácticas funerarias prehispánicas de la región central de Antioquia

acostumbrado entierro de restos cremados en urnas cerámicas. También en el municipio de Briceño, en la cuenca del Cauca, hacia el norte de Antioquia, se registraron cuatro tumbas de cancel11 con siete vasijas, tres de ellas con restos óseos cremados y tres nichos tapados por lajas, uno de ellos sin vasija pero con restos óseos cremados y los otros dos con cinco vasijas sin restos óseos (Botero et al., 2011). Estos canceles con urnas o vasijas o cerámicas en su interior, representan entonces una variante de las tumbas de cancel en la que se combinan las dos formas de enterramiento asociadas al estilo Marrón Inciso. En el cerro El Volador, uno de los sitios más representativos de los entierros asociados al estilo Marrón Inciso, se halló en una de las urnas, además de restos óseos cremados, una cuenta de collar en forma de Mantis religiosa característica de la orfebrería Quimbaya Temprana12 (Santos y Otero de Santos, 1996). Igualmente, en el entierro excavado en la cuenca alta de la

53

cipio de La Ceja se registraron varias vasijas Marrón Inciso de entierros guaqueados (Santos, 1998). Una variante de la costumbre de enterrar en sitios de vivienda está representada por cinco entierros excavados debajo de abrigos rocosos en el municipio de Jericó al Suroeste de Antioquia (Otero de Santos, 1992). En este municipio se hallaron varios entierros asociados al estilo Marrón Inciso debajo de dos abrigos rocosos formados por grandes rocas aisladas (desprendidas de partes altas) en las laderas de la Cordillera Occidental que bajan al río Cauca. En el primer abrigo se hallaron dos entierros con vasijas subglobulares, una de ellas con restos óseos cremados; y en el segundo abrigo se hallaron tres entierros, uno de ellos con 14 vasijas, de las cuales siete correspondían a urnas que contenían restos óseos cremados de uno o varios individuos y las otras siete a vasijas depositadas como ajuar. Entre las vasijas con restos óseos, sobresalen cuatro vasijas de forma cilíndrica que corresponden las urnas funerarias típicas del estilo Marrón Inciso. Un entierro muy particular, que contrasta con los anteriores, es una “tumba de cancel”, o sarcófago en piedra, fechada en 1.640±50 años AP, que fue hallada en el sitio Álamos del Escobero en Envigado, en un sitio de vivienda asociado a ocupaciones Ferrería y Marrón Inciso (Santos, 2006, 2007, 2009). Aparte de los restos óseos de una mujer al interior del cancel, y de tres placas y dos manos de moler depositadas como ofrendas debajo de este, no se encontró cerámica u otros objetos que permitieran asociar directamente esta tumba con cualquiera de los estilos cerámicos mencionados. Sin embargo, este entierro se asocia con el estilo cerámico Marrón Inciso con base en la relación entre un conjunto de tumbas de cancel hallado accidentalmente en Manizales y la cerámica Tricolor asociada estilísticamente a la cerámica Marrón Inciso (Bruhns, 1990) y considerada una variante regional de este estilo (Santos, 1998). Con base en esta anotación, se ha señalado que esta tumba es indicativa de la interacción interregional que debió existir desde los comienzos de nuestra era entre los habitantes del Valle de Aburrá y los de la región del Cauca Medio donde son comunes estas tumbas. Dos tumbas de cancel halladas recientemente en el sitio La Meseta, en el municipio de Girardota, con restos óseos, algunos de ellos cremados, y dos vasijas Marrón Inciso en una de las tumbas corroboran la asociación establecida en El Escobero entre este tipo de tumbas y este estilo cerámico (Correa et al., 2011). Por consiguiente, los entierros en canceles, aunque inusuales, constituyen otra forma de enterramiento asociada al estilo cerámico Marrón Inciso que difiere marcadamente del


Los Rostros de Antioquia

54

quebrada Piedras Blancas se halló un entierro con dos urnas características del estilo Marrón Inciso que contenían restos óseos cremados, 16 cuentas de collar prismáticas y dos microesferas elaboradas en aleaciones oro y cobre asociadas a orfebrería Quimbaya Temprana (Obregón et al., 2004, 2009). Estos entierros han permitido confirmar arqueológicamente la asociación estilística que se había establecido entre la cerámica Marrón Inciso y la orfebrería Quimbaya Temprana (Bruhns, 1970)13. Con respecto a la simbología de estos entierros de restos óseos cremados en urnas cerámicas, llama la atención el hecho de que combinan las dos formas más comunes de disponer los cuerpos: la cremación y la inhumación. La cremación hace parte de los procesos rituales que tienen que ver con la preparación del cuerpo, el cual, como materialidad primaria de la muerte, es a menudo investido de un significado cosmológico y requiere un trato especial y particular, especialmente si el fallecido debe llegar a los reinos divinos o cosmológicos que se cree que existen dentro de una sociedad o religión dada (Fahlander y Oestigaard, 2008: 5)14. Lamentablemente, la cremación no permite conocer otras prácticas relacionadas con el tratamiento del cadáver que pudieran arrojar pistas sobre su significación y, por lo general, los huesos cremados ofrecen menos información sobre el número de individuos, la edad, el sexo, la salud, las lesiones o las características faciales y las patologías. En cuanto a la inhumación de los restos cremados en vasijas de cerámica, se ha interpretado que las urnas representan el útero materno, es decir, un regreso al origen para renacer nuevamente, especialmente cuando las urnas tienen formas antropomorfas, lo cual representa, a su vez, un acto de cosmificación (Reichel-Dolmatoff, 1985: 118; 1967). Esta relación es explícita en la utilización como urnas funerarias de recipientes de orfebrería Quimbaya Temprana y de cerámica Marrón Inciso con representaciones de mujeres embarazadas en posición de parto. Además, se ha sugerido que el predominio de las representaciones de mujeres y frutas, especialmente calabazas y totumas, expresa un vínculo entre La relación estilística se manifiesta en la similitud de los detalles de las representaciones antropomorfas como el realismo y el énfasis en el volumen, la preponderancia de formas femeninas y de frutos, la redondez, el hieratismo, la desnudez, los rostros triangulares con ojos semicerrados y la pintura facial de líneas que atraviesan longitudinalmente el rostro, así como en las similitudes de algunas formas de vasijas y los poporos de la orfebrería (Bruhns, 1970; Uribe, 2005). 13

14 El cuerpo no es simplemente una entidad biológica sino un artefacto cuidadosamente diseñado y usado para transmitir representaciones de la muerte y del más allá, de los límites de la sociedad, de la naturaleza de la humanidad y del ordenamiento del mundo social (Parker Pearson, 2008: 71).

Urna cineraria / Barrio Aranjuez / Medellín, Antioquia / 26,8 cm. x 21,3 cm. / Id. 898 / Urna cilíndrica con anillos sin alizar e impresiones dactilares. Presenta engobe marrón en algunos sectores.

ellas y sugiere significados de fecundidad, vida y transformación, que se relacionan con ciclos de vida, muerte y renacimiento (Uribe, 2005)15. En apoyo a esta interpretación, la información etnográfica de varias 15 La iconografía femenina de la orfebrería Quimbaya Temprana y la alfarería Marrón Inciso, con sus sexos y vientres exagerados y sus formas curvas acentuadas, su asociación con frutas de calabazas y totumos, y el empleo de estas formas para urnas funerarias, sugiere significados de fertilidad, sustancias de vida y transformaciones uterinas, cocción, fermentación y trance, las urnas funerarias con formas de mujeres embarazadas en posición de parto sugieren una concepción de un tiempo cíclico (Uribe, 2005).


Cuello de poporo / Vereda La Dorada / San Rafael, Antioquia / 1,9 cm. x 3,3 cm. / Id. O098 / Asociada a urna cineraria con cuenco-tapa del estilo cerámico Marrón Inciso.

gueras, collares, colgantes o cuentas de collar) y herramientas (cinceles para metalurgia y ganchos de propulsor), destacan los poporos y otros objetos (recipientes y palillos) relacionados con el consumo ceremonial de la coca, que se relacionan más bien con actividades chamanísticas (Uribe, 2005). Lo mismo podría decirse de los instrumentos musicales (silbatos y trompetas). Además, casi todas las piezas de esta orfebrería que se encuentran en los museos provienen de entierros “guaqueados” y la ausencia de contextos arqueológicos no permite saber qué papel jugaban, en que situaciones o actividades estaban involucradas, ni cómo eran los sistemas de circulación, especialmente de las piezas más suntuosas. Así mismo, los tres “Tesoros Quimbayas”, que podrían indicar una concentración de estos objetos en manos de un individuo o de un grupo particular, carecen también de contextos arqueológicos. Por ahora, el hallazgo de piezas de collar y narigueras en vasijas de uso doméstico o en urnas funerarias típicas en los entierros excavados en el cerro El Volador y en la cuenca alta de la quebrada Piedras Blancas, sugiere que estos objetos eran adornos personales que no tenían una circulación restringida, sino que estaban al alcance de toda la comunidad. Desde el registro arqueológico no funerario, en un estudio sobre la organización social en el Valle de Aburrá basado en la metodología del “reconocimiento sistemático regional” se planteó que a partir de la

Las prácticas funerarias prehispánicas de la región central de Antioquia

Colgante zoomorfo / El Carmen de Viboral, Antioquia / 1,9 cm. x 1,4 cm. x 2,7 cm. / Id. O070 / Oro de alta ley fundido a la cera perdida.

55

comunidades indígenas del país muestra que en el pensamiento indígena amerindio es frecuente la asociación de mujeres con calabazos, totumos, vasijas y otros tipos de contenedores en la medida en que constituyen lugares de transformaciones esenciales y profundas, que en muchos casos se equiparan al desarrollo embrionario en el útero (Uribe, 2005). Puede decirse, entonces, que la cremación, aparte de evitar la descomposición del cadáver, es un acto de trasformación del cadáver en una sustancia vital en la medida en que ésta es depositada en “vasijas-úteros”, ya sea para volver al origen o para renacer en algún lugar del cosmos. De otro lado, la orfebrería Quimbaya Temprana ha sido considerada una de las más famosas de Colombia y de América por sus avanzadas técnicas metalúrgicas y por la belleza de sus diseños. Se ha planteado que constituye un “estilo de élite” o una “tecnología de poder” a través de la cual se plasmaron y comunicaron un conjunto de ideas que legitimaban grupos de poder, mediante la materialización de una ideología o cosmovisión que establecía vínculos entre las élites y las divinidades, y otras fuerzas sagradas para el control del universo (Uribe, 2005). Sin embargo, ni en la orfebrería Quimbaya Temprana ni en la alfarería Marrón Inciso hay representaciones de caciques o personajes de alto rango, sino de mujeres y frutos o imágenes que se asocian con concepciones cosmológicas sobre la vida y la muerte. Sumado a lo anterior, en la orfebrería, además de los objetos personales (cascos, coronas, nari-


Los Rostros de Antioquia

Narigueras Concordia, Antioquia De izquierda a derecha 1,7 cm. x 1,4 cm. – 1,4 cm. x 1,2 cm. Id. O188, O186 Hilos de oro de alta ley martillado. La primera en forma de “ene” con extremos prolongados y la segunda en forma torsal de sección cuadrada sólida.

Nariguera anular Pueblo viejo La Estrella, Antioquia 4,6 cm. x 4,2 cm. Id. O026 Hilo de oro martillado de sección aplanada.

56

Orejera Concordia, Antioquia 3 cm. x 0,4 cm. Id. O202 Hilo de oro martillado en forma de horquilla.

Anzuelo Pueblo viejo La Estrella, Antioquia 6,3 cm. x 1,7 cm. Id. O024 Barra de oro de alta ley martillada.

Colgante zoomorfo El Carmen de Viboral, Antioquia 1,2 cm. x 1,4 cm. x 2,5 cm. Id. O043


57 Huaira Vereda La Aguacatala Caldas, Antioquia 25,1 cm. x 22,1 cm. x 24,5 cm. Id. 13424 Horno para la fundiciรณn de metales hallada en una tumba a 5 mts. de profundidad.


Los Rostros de Antioquia

58

ocupación Marrón Inciso del Valle de Aburrá se presentan jerarquías de asentamientos (evidenciadas como aldeas o concentraciones de viviendas) que se mantienen hasta la ocupación Tardía y que serían indicativas de “cacicazgos”, entendidos como unidades políticas autónomas “que comprenden un número de aldeas bajo el control permanente de un jefe máximo” dentro de una circunscripción regional (Langebaeck et al., 2002: 17-18). No obstante, más allá de esta definición, los cacicazgos, un concepto con fuertes implicaciones ecologistas y neoevolucionistas, suponen una combinación de factores como una jerarquización centralizada para asegurar la estabilidad política mediante el control de la sucesión del poder, un control centralizado de la agricultura intensiva y de la redistribución de las cosechas, y una fuerza armada para el dominio y defensa de la población que se manifiestan en grandes obras de infraestructura para garantizar el funcionamiento del sistema, arquitectura monumental, y producción de objetos de arte finos para ser empleados o consumidos como bienes de prestigio por los gobernantes y sus aliados (Roosevelt, 1999), ninguno de los cuales se manifiestan en el registro arqueológico del Valle de Aburrá. En otras palabras, no hay evidencias de la existencia de centros político-administrativos, asociados a obras de infraestructura o de arquitectura monumental, que ejercieran controles a niveles territoriales o regionales en las sociedades agrícolas prehispánicas de la Región Central de Antioquia (Santos, 2011)16. Un punto de vista alternativo, el enfoque heterárquico, señala que no necesariamente las sociedades complejas debieron estar organizadas bajo jerarquías centralizadas, sino en estructuras horizontales o “rizomáticas”, basadas en líderes y comunidades locales que, en el contexto de una producción diversificada, controlaban la explotación y el acceso a ciertos recursos, (Roosevelt, 1999; Navarrete, 2006), especialmente el oro y la sal (Santos, 1986, 2011). Este enfoque se ajusta más a las formas de organización social que debieron desarrollar las sociedades agrícolas prehispánicas durante los últimos 3.000 años en la Región Central de Antioquia (Santos, 2011), aunque no existe información concluyente al respecto. Aunque se han registrado caminos antiguos o en piedra que se asocian a la época prehispánica, y que suponen una inversión de trabajo considerable no sólo para su construcción sino para su mantenimiento, no se cuenta con información sobre la época en que fueron construidos, sobre su asociación histórico-cultural, ni sobre su función específica (Santos, 1995; Botero, 1999; Botero y Vélez, 1997, 2000). Entre ellos se encuentra el famoso “camino de la cuesta” que conduce desde el Valle de Aburrá hasta la cuenca alta de la quebrada Piedras Blancas, hipotéticamente asociado a la explotación de fuentes salinas y al comercio de la sal (Santos, 1998; Santos y Otero de Santos, 2003).

Por consiguiente, la variabilidad observable en el registro arqueológico funerario asociado al estilo Marrón Inciso, en las urnas (urnas funerarias o vasijas de uso doméstico), en el ajuar funerario (vasijas, adornos personales o herramientas) o en los excepcionales entierros de restos óseos no cremados pueden responder tanto a diferencias en los rituales funerarios relacionados con roles idealizados, como a la especialización de roles y actividades dentro de estructuras sociales horizontales. De todas maneras, hay que tener en cuenta que el ajuar funerario puede estar conformado por objetos perecederos y que su significado es ambiguo, porque no solo puede corresponder a las pertenencias del muerto, la cuales son seleccionadas por los descendientes de acuerdo a las normas rituales, sino también a ofrendas para el más allá, o a regalos de los vivos, es decir, que dependen de las diversas relaciones que el difunto pudo tener con grupos o personas y de la manera como ellas perciben sus compromisos rituales (Fahlander y Oestigaard, 2008). Otra situación muy distinta se presenta con la variabilidad regional de esta pauta funeraria de entierros en urnas cerámicas, indicada por los entierros debajo de abrigos rocosos en el Suroeste de Antioquia y por los entierros de urnas en “canceles” o “cajas de piedra” en la cuenca del Cauca hacia el Noroeste de Antioquia. En ambos

16

Huaira / Vereda La Aguacatala / Caldas, Antioquia / 25,1 cm. x 22,1 cm. x 24,5 cm. / Id. 13424 / Horno para la fundición de metales hallada en una tumba a 5 mts. de profundidad.


Las prácticas funerarias prehispánicas de la región central de Antioquia

59

Vasija / Titiribí, Antioquia / 19,5 cm. x 27,7 cm. x 25,8 cm. / Id. 3724 / Recipiente subglobular / con representación antropomorfa adosada al cuerpo.

casos estas diferencias se correlacionan con variantes estilísticas de la cerámica Marrón Inciso, expresadas en la presencia y popularidad de algunas formas y decoraciones (Santos y Otero de Santos, 2003). En el primer caso, en el Suroeste, predominan rasgos estilísticos como engobes cremas sobre bordes vertidos horizontalmente de vasijas aquilladas con decoración incisa y se presenta policromía. En el segundo caso, hacia el Noroeste, son comunes las vasijas piriformes o de cuerpos globulares con la decoración de bandas marrón

y decoración incisa en bandas horizontales. Así mismo, estos rasgos estilísticos son raros o escasos en el Valle de Aburrá y la Altiplanicie de Rionegro, donde predomina la decoración dentada-estampada especialmente sobre bordes evertidos de vasijas subglobulares. Es posible entonces que esta variabilidad estilística y funeraria sea el resultado de desarrollos regionales que estarían indicando la existencia de unidades sociopolíticas regionales articuladas en estructuras sociales “heterárquicas” (Santos, 2011).


60

Los Rostros de Antioquia

Prácticas funerarias asociadas al estilo Ferrería: los roles imaginados y los espacios sagrados Otra pauta funeraria de las sociedades agrícolas prehispánicas tempranas está representada por los entierros asociados al estilo cerámico Ferrería17, el cual se distribuye por el ramal oriental de la Cordillera Central de Antioquia, incluyendo las vertientes al Magdalena y ha sido fechado entre los siglos XI a. C. y XVI d. C., aunque las fechas se concentran entre los siglos IV a. C. y VI d. C. (Santos y Otero de Santos, 1996, 2003; Otero de Santos y Santos, 2012). Estos entierros también se encuentran en sitios de vivienda, pero a diferencia de los anteriores muestran diversas formas de inhumación, entre las que se encuentran pozos rectangulares y ovalados sencillos, pozos con escalones o semicámaras laterales de plantas generalmente rectangulares (a uno de los lados del eje mayor de los pozos) en los que se depositaban los cadáveres y entierros de restos óseos cremados en vasijas de cerámica o directamente sobre el suelo (Tabla 4) (Otero de Santos, 1993; Castilllo, 2000; Santos y Otero de Santos, 1996, 2003; Otero de Santos y Santos, 2012; Santos, 2010, 2011). No obstante, predominan los entierros en pozos rectangulares con semicámaras laterales, generalmente sin vasijas y sin ajuar funerario, lo cual ha dificultado su asociación históricocultural18. La asociación estilística de este tipo de tumbas con el estilo Ferrería se estableció con base en un entierro de restos óseos cremados depositados directamente sobre el suelo, que contenía una pequeña vasija característica del estilo, el cual se encontraba anexo a otro entierro de un cadáver extendido en un pozo rectangular con nichos laterales en el cerro El Volador, ambos contemporáneos de acuerdo con las fechas radiocarbónicas obtenidas (Otero de Santos, 1993; Santos y Otero de Santos, 1996.) 17 Esta cerámica se caracteriza por formas muy estandarizadas, entre las que se encuentran vasijas subglobulares con bordes fuertemente evertidos y vasijas globulares con cuellos estrechos y bordes evertidos horizontalmente, generalmente con dos asas verticales, ambas formas decoradas con hileras de líneas cortas o puntos sobre el borde o sobre el hombro. Eventualmente se presentan también cuencos sencillos con bordes y decoraciones similares a los de las vasijas (Santos y Otero de Santos, 1996, 2003). 18 A pesar de que han registrado numerosos sitios con fragmentos de cerámica Ferrería en el Valle de Aburrá y en la Región Central de Antioquia, los entierros asociados son menos frecuentes debido probablemente a la ausencia de vasijas en la mayoría de ellos, lo que explicaría el escaso número de vasijas de este estilo en las colecciones museales. Es posible que restos óseos de esta pauta funeraria hallados accidentalmente hubieran sido destruidos o “guaqueados” sin dejar evidencias, o que ni siquiera hubieran sido asociados a ocupaciones prehispánicas.

Además de la diversidad de formas de enterramiento, se observa cierta variabilidad en la posición de los esqueletos, en la orientación de la tumbas y en la presencia de ofrendas funerarias (sólo la vasija hallada en el entierro de El Volador y una nariguera de tumbaga, elaborada a partir de una lámina martillada, asociada al esqueleto hallado en el pozo anexo). Sin embargo, debido a la baja frecuencia de estos entierros (en comparación con los asociados al estilo Marrón Inciso) y a que solamente se han encontrado hasta el momento en cinco sitios (El Volador en Medellín, La Primavera en Bello, Yacimientos 169 y 200 del área de influencia del proyecto hidroeléctrico de Porce II, y La Morena en Envigado), se considera que la muestra no es suficientemente representativa, que la variabilidad de las prácticas funerarias puede ser mayor y que su interpretación hay que asumirla con carácter provisional. De todas maneras, estas prácticas funerarias contrastan con las asociadas al estilo Marrón Inciso, especialmente en cuanto a la inusual cremación y a la inhumación de cadáveres en pozos rectangulares con semicámaras laterales, lo que, ante todo, es una expresión de la existencia de distintas tradiciones culturales y de distintas creencias religiosas y cosmológicas, es decir, de la diversidad cultural que debió existir en la Región Central de Antioquia desde el surgimiento de las sociedades agrícolas y sedentarias. De otro lado, en los entierros de Porce II las prácticas funerarias son indicativas de diferencias que parecen relacionarse con las variables de edad y sexo en el tratamiento del cadáver (su preparación y disposición) y en la elaboración de la tumba (Castillo et al., 2000). Así mismo, se observan diferencias en la posición de los cadáveres y su orientación, al igual que en la forma y profundidad de las tumbas de los infantes. Además, con respecto al tratamiento de los cuerpos de los difuntos, existen claros indicios de amarres para mantener ciertas formas en los cadáveres como la flexión de los miembros, lo que supone otros arreglos como trajes o envoltorios relacionados con la manera de resolver el problema de la materialidad de los cadáveres. Esta variabilidad funeraria no es indicativa de marcadas diferencias sociales y es posible que (al igual que la variabilidad observable en los entierros asociados al estilo Marrón Inciso) responda a diferencias de roles adquiridos en los contextos locales y domésticos, y construidos o idealizados en los rituales funerarios. De otro lado, aparte de la variabilidad en las formas de las tumbas, la construcción de semicámaras funerarias constituye, ya, la construcción de un espacio para los muertos, de manera que, más allá de enterrarlos para deshacerse de los cadáveres en descomposición, se trata de su instalación en el mundo de los muertos o en el lugar imaginado en el cos-


Entierro primario individual – Adulto / Sitio El Volador T11-E1 / Medellín, Antioquia I: Helda Otero de Santos

mos. En tanto que la construcción de estos espacios es la construcción del cosmos, la imitación de trabajo de los dioses, puede asumirse que constituyen lugares sagrados (Eliade, 1959). En este sentido, la materialidad de la muerte no se limita a los muertos, sino que incluye también su memoria, sus poderes, sus bendiciones, su eterno retorno y sus diálogos con los vivos, así como las propiedades físicas de los lugares que habitan en otros mundos y que pueden tener correlatos materiales en este mundo, lo cual se relaciona con la creencia común de que los muertos viven en los cementerios con una existencia paralela en otros mundos o que los muertos están vivos, no plenamente como un ser humano, pero sí en formas reales y presentes (Fahlander y Oestigaard, 2008). Al respecto, es ilustrativa la concepción de los indígenas Kogui de la Sierra Nevada de Santa Marta sobre el “mundo de abajo” o el “mundo de los muertos”, parte integrante del universo, en el cual no solo están los antepasados sino

Las prácticas funerarias prehispánicas de la región central de Antioquia

61

Vasija / Sito El Volador T10-E3 / Medellín, Antioquia / 9,6 cm. x 11,5 cm. x 10,5 cm. / Recipiente subglobular asociado al estilo cerámico Ferrería.


62

Los Rostros de Antioquia

también múltiples personificaciones de divinidades y ancestros míticos que forman una comunidad invisible que acompaña, observa y orienta a los vivos, integrando así el pasado, el presente y el futuro (ReichelDolmatoff, 1967). El registro no funerario asociado a estas manifestaciones funerarias muestra que los grupos representados por el estilo Ferrería, a diferencia de los representados por el estilo Marrón Inciso, no explotaban la sal ni están asociados a un estilo orfebre específico que sugiera una explotación intensiva de oro o la adquisición en cantidades considerables de este metal y esto debió repercutir en las relaciones sociales para el acceso a los recursos y la distribución de productos, es decir, en la organización económica y social; en este sentido, es posible que las identidades culturales expresadas en los estilos cerámicos y las practicas funerarias jugaran un papel decisivo en la explotación de recursos y en la división del trabajo en un contexto pluricultural, ya que ambas manifestaciones culturales (representadas por los estilos Marrón Inciso y Ferrería) conviven durante varios siglos en un mismo territorio.

Las prácticas funerarias de las sociedades agrícolas prehispánicas Tardías: las viviendas de los muertos A partir del siglo XIV d. C. se presenta en la Región Central de Antioquia una nueva pauta funeraria que contrasta con las anteriormente descritas y que se asocia con el estilo cerámico conocido como Tardío, el cual se extiende por la Cordillera Central en Antioquia y ha sido fechado entre el siglo X d. C. y la época de la Conquista (siglo XVI d. C.) (Santos y Otero de Santos, 1996, 2003; Otero de Santos y Santos, 2012; Santos, 2015). Esta nueva pauta funeraria consiste en entierros individuales o colectivos en grandes y complejas estructuras funerarias conocidas como “tumbas de pozo con cámara lateral”, formadas por cámaras funerarias y pozos de acceso rectangulares, las cuales se encuentran en cementerios en las cimas de cerros o cuchillas (Santos, 1995, 2015; Santos y Otero de Santos, 1996, 2003; Bermúdez, 1997; Aristizábal, 2014, 2015). A diferencia de las semicámaras paralelas a los pozos rectangulares de las tumbas asociadas al estilo Ferrería, las cámaras se encuentran siempre hacia uno de los extremos de los pozos. Los cadáveres en posición extendida, o los restos de su cremación, eran colocados en el piso de las cámaras, ocasionalmente acompañados por vasijas de cerámica de uso

doméstico, volantes de huso, herramientas de piedra o narigueras de oro y tumbaga en forma de alambres retorcidos. Estas tumbas han sido reportadas dentro del Valle de Aburrá en el cerro El Volador (Santos, 1995; Santos y Otero de Santos, 1996, 2003), en el cerro de La Castellana (Gómez y Betancur, 1999; Tabares, 2009; Aristizábal, 2009), en el Alto de La Colinita (Arcila, 1977; Espinal et al., 1998; Aristizábal, 2014, 2015) y Envigado (Santos, 2013, 2015); y en la Región Central de Antioquia en el municipio de Sopetrán (Castillo, 1988, 1992) y Concordia19 (Bermúdez, 1997). Igualmente se han reportado tumbas “guaqueadas” en los municipios de Concordia y Salgar (Bermúdez, 1997), La Ceja (Santos y Otero de Santos, 2003) y Jericó (Gómez y Aristizábal, 2012). Además, en varios municipios del Valle de Aburrá, como Girardota e Itagüí, y de la Región Central de Antioquia, como Jardín, Jericó y Fredonia, se encuentran cementerios “guaqueados”, indicados por conjuntos de grandes depresiones o huecos en los suelos. Aunque se trata de una estructura básica, una cámara funeraria y un pozo de acceso, se presentan algunas variantes como tumbas con dos cámaras o pozos sin cámaras o con nichos para los restos óseos20. También se observa cierta variabilidad en el tratamiento de los cadáveres y en los ajuares funerarios. En el cerro El Volador, ubicado hacia el centro de la ciudad de Medellín, un sitio representativo a partir del cual se definieron este tipo de tumbas, se hallaron 62 depresiones en sus cimas correspondientes a un cementerio “guaqueado”. La excavación de 12 de estas estructuras funerarias mostró que se trataba de estructuras compuestas de pozos rectangulares (que pueden alcanzar hasta cinco metros de profundidad) y de grandes cámaras funerarias de formas cónicas y plantas elípticas (con diámetros entre 2,20 y 3,70 m y alturas entre 1,50 y 2,20 m) a las que se accede por una pequeña abertura que se encuentra un poco antes del fondo de los pozos (Santos, 1995; Santos y Otero de Santos, 1996). Estas tumbas fueron fechadas entre los siglos XV y XVII d. C., es decir, hacia finales de la época prehispánica, la época de la Conquista (1541-1580) y los inicios de la Colonia (1580-1810), pero por la cerámica se asocian a una ocupación tardía de la base del cerro que fue fechada en los siglos 19 En la tumba excavada en Concordia se hallaron vasijas sencillas de cerámica, numerosos volantes de huso, manos de moler, hachas pulidas y 14 narigueras formadas por alambres retorcidos (Bermúdez, 1997). 20 Tumbas con dos cámaras funerarias opuestas se han hallado en los municipios de Envigado, Concordia, Fredonia, Sopetrán y Jericó (Castillo, 1988; Bérmudez, 1993; Gómez y Aristizábal, 2012). Tumbas formadas por un solo pozo o por un pozo con un nicho en unos de sus extremos se han hallado en el municipio de Girardota (Martínez 2006) y en el cerro El Volador en Medellín (Santos y Otero de Santos, 1996) respectivamente.


63 Excavación arqueológica de la cámara II - Tumba II. / Sitio El Salvador. Jericó, Antioquia / Universidad de Antioquia, Instituto para el Desarrollo de Antioquia –IDEA-, Municipio de Jericó. / F: David Romero Duque.


Los Rostros de Antioquia

64

X y XI d. C., por lo que puede decirse que correspondían a los prácticas funerarias de los indígenas que habitaron el Valle de Aburrá entre los siglos X y XVI d. C. A pesar de que casi todas las tumbas se encontraban “guaqueadas”, pudo establecerse que contenían restos óseos cremados de varios individuos y fragmentos de cerámica prehispánica, y algunas de ellas restos óseos de caballos y vacas, al igual que materiales de procedencia europea como cerámica vidriada, loza, y vidrio21. Una peculiaridad de estas tumbas registradas en el cerro El Volador, que las hace muy especiales, es que las cámaras funerarias, por su forma y por los grabados en las paredes recuperados en cinco de ellas, son una representación explícita de bohíos o viviendas indígenas, es decir, representan “tumbas-viviendas”. Los grabados están formados por acanaladuras de 1 a 2 cm y se alcanza a percibir un engobe o “pañete” de barro que los cubrían. En ellos se representan alfardas (o varas de madera que se emplean en la armazón de viviendas, conocidos en algunas partes de Antioquia como “pares”), y distintos elementos constructivos de las viviendas como una espiral o un círculo que amarra las alfardas, el marco de la puerta, el ápice del cono del techo y las fibras de la trama vegetal del techo. La información etnográfica, histórica y arqueológica muestra que en varias sociedades indígenas del territorio colombiano se presenta esta relación entre tumbas y viviendas, expresada en el entierro de los muertos al interior de las viviendas, en el entierro o ubicación de los muertos en casas ceremoniales o templos y en la concepción de las tumbas como casas para los muertos (Santos, 1995). En el ritual funerario de los indígenas Kogui de la Sierra Nevada de Santa Marta se alude a la tumba como “casa”, “casa ceremonial de la muerte” o “aldea de la muerte” (Reichel-Dolmatoff, 1967). Así mismo, los indígenas amazónicos que viven en “malocas”, como los Ufaina, entierran a sus muertos dentro de ellas, en el área doméstica o debajo del lugar donde dormían (Reichel-Dolmatoff y Hildelbrand, 1984); y los indígenas Pasto de Nariño y los indígenas Cuna de Urabá enterraban a sus muertos dentro de las viviendas (Uribe, 1977-78; Morales, 1987). Igualmente, el cronista de la Conquista, Cieza de León, cuenta que cuando Francisco Cesar entró desde el Golfo de Urabá a Antioquia, al llegar al Valle del Guaca o dominios del “cacique” Nutibara, él mismo vio que tenían casas o templos donde hacían sus sepulturas en “bóvedas muy labradas” (Cieza de León, 1922). Igualmente, las cámaras funerarias o

21 Como puede apreciarse, el contenido de las tumbas coincide con las fechas de radiocarbono. Una de estas tumbas que no estaba guaqueada, dio una fecha anterior a la Conquista y contenía sólo restos óseos cremados revueltos con la tierra que rellenaba la cámara.

Cámara funeraria de tumba de pozo con cámara lateral / Sitio El Volador / Medellín, Antioquia / F: Oscar Botero. Archivo: viztaz.org


Sitio El Volador, Medellín, Antioquia 65

Las prácticas funerarias prehispánicas de la región central de Antioquia


Los Rostros de Antioquia

66

hipogeos de Tierradentro, algunas con columnas y paredes pintadas, han sido consideradas templos o casas ceremoniales donde se albergaban los muertos (Cháves y Puerta, 1986). También, en cementerios parcialmente saqueados asociados a asentamientos tardíos en Cantaclaro y La Ruiza (municipio de Palmira, Valle del Cauca), se han registrado tumbas de pozo rectangulares con cámaras en formas de viviendas, de dos y cuatro aguas, con “caballetes” y “vigas de amarre”, en las que se hallaron restos óseos humanos y volantes de huso en grandes cantidades (Rodríguez, 2007)22. Existe también información etnográfica y arqueológica sobre la significación de las viviendas como representaciones del universo o del cosmos. Por ejemplo, las estructuras arquitectónicas de los templos Kogui (Reichel-Dolmatoff, 1975) o de las “malocas” o viviendas colectivas del Amazonas (Correa, 1987; Hildebrand, 1983; ReichelDolmatoff y Hildebrand, 1984 y 1987) son una réplica en menor escala de la estructura del universo con sus distintos niveles unidos por un eje central, constituyendo, así, microcosmos o modelos pedagógicos que permiten visualizar y comprender el orden cósmico, y, en armonía con él, el orden social y político. Esta concepción del universo como un modelo tridimensional compuesto por varios niveles o planos horizontales, en el que la tierra habitada constituye el nivel central y los demás niveles lo conforman otros mundos habitados por seres naturales y sobrenaturales, da lugar a una oposición entre “arriba y abajo” que se asocia en las sociedades indígenas a otras parejas de oposiciones como “el día y la noche”, “el bien y el mal”, “lo caliente y lo frio” o “el mundo de los vivos y el mundo de los muertos” (Santos, 1995). Un ejemplo ilustrativo de esta concepción cósmica se presenta en un cementerio de los indígenas antecesores de los Pastos, en el municipio de Pupiales (Nariño), al sur del país (Uribe y Cabrera, 1988). Considerando que las tumbas de los indígenas Pastos se encuentran en el centro de sus viviendas, se asumió que la distribución de las tumbas debía coincidir con la distribución de un poblado. Siguiendo esta idea se encontró que hacia el centro del cementerio las tumbas asociadas a los “principales” y sus séquitos eran colectivas y profundas; hacia el área intermedia las tumbas asociadas a sectores sociales intermedios eran menos profundas; y hacia la periferia las tumbas asociadas a los “comuneros” eran individuales y

No puede dejarse de mencionar un “hipogeo” (o cámara funeraria) revestido en piedra, hallado en el municipio de Cañasgordas, al noroccidente de Antioquia, de planta circular, paredes y techo cónico con una altura hacia el ápice del cono de 1,70 m y un diámetro de 3,20-4,40 m (Botero, 2005), el cual, aunque sin asociación cultural, es literalmente un bohío de piedra sepultado.

superficiales, denotando un orden social y cósmico. Incluso, en la planta de la tumba, con base en sus características físicas y la posición de los objetos del ajuar, se diferencian también un centro, una zona intermedia y una periferia, al igual que en el cementerio Protopasto y las viviendas de los Pastos. Así, con respecto a un plano de reflexión constituido por la superficie terrestre y mediante una operación de inversión-transformación, pueden concebirse los poblados en dos niveles, arriba las viviendas de los vivos y abajo las viviendas de los muertos. También en el cerro La Castellana de Medellín, en predios de la Universidad Adventista, hacia el occidente de la ciudad, se excavaron nueve “tumbas de pozo con cámara lateral”, de un cementerio evidenciado por aproximadamente 60 depresiones del suelo, resultado de “guaquería” (Betancur, 1998; Betancur y Gómez, 1999; Tabares, 2009; Aristizábal, 2009), una de ellas fechada en el siglo XIV d. C. (Aristizábal y López, 2009). Lamentablemente, todas estas tumbas habían sido guaqueadas o afectadas por explanaciones con máquinas. Aun así, pudo establecerse que tenían la misma estructura de las tumbas de El Volador, constituidas por pozos rectangulares y cámaras cónicas de plantas elípticas23. En estas tumbas se hallaron restos óseos humanos no cremados, fragmentos cerámicos, algunos volantes de huso y en una de ellas una placa de moler. En las tumbas que todavía conservaban las cámaras había grabados en las paredes, simulando alfardas, y otros elementos como un círculo que unía las alfardas, el ápice del cono o la trama las fibras de la trama vegetal del techo, por lo cual puede asumirse que estas tumbas también representaban viviendas, al igual que las tumbas de El Volador. Igualmente, en el Alto de La Colinita, conocido también como Alto de la Calabacera o el Morro, en el barrio Guayabal, al suroccidente de Medellín, se hallaron tres “tumbas de pozo con cámara lateral”, una de ellas excavada por “guaqueros” y las otras dos halladas accidentalmente, que indican que en el lugar debió existir otro cementerio, ya sepultado o afectado por viviendas y urbanizaciones. Estas tumbas contenían restos óseos humanos cremados y no cremados, numerosos volantes de huso y narigueras de oro y tumbaga formadas por alambres retorcidos, vasijas y fragmentos de cerámica sencillas de uso culinario, y restos óseos de caballos (Arcila, 1977; Espinal et al., 1998; Aristizábal, 2014, 2015). En las paredes de las cámaras conservadas había también grabados que

22

Sin embargo, una de la tumbas, formada por un pozo rectangular y una cámara también rectangular paralela al pozo (Tabares, 2009), la cual contenía restos óseos humanos y animales (correspondientes a cánidos y un ejemplar de la familia Tayassuidae), corresponde por su descripción a la forma de las tumbas asociadas al estilo Ferrería. 23


simulaban las alfardas y fibras de la trama vegetal del techo de los bohíos, similares a las de las tumbas de El Volador y La Castellana. Además de estos cementerios de tumbas-viviendas descubiertos en Medellín, también se han registrado dos “tumbas de pozo con cámara lateral” en el municipio de Envigado, al suroriente del Valle de Aburrá. Una de estas, en la loma de El Escobero, tenía dos cámaras opuestas, una grande y otra pequeña, de acuerdo con una descripción acompañada de un dibujo hecha a mediados del siglo pasado (Restrepo, 1944). La cámara mayor presentaba líneas grabadas en el techo “perfectamente orientadas” de norte a sur y oriente a occidente, y en ella se hallaron los restos óseos de 15 individuos dispuestos concéntricamente y una nariguera formada por un alambre retorcido de oro. En la cámara menor se hallaron los restos óseos de tres individuos y tres narigueras formadas también por alambres retorcidos de oro. La otra tumba se halló accidentalmente en el Alto de Las Flores (Santos, 2013, 2015). Esta tumba, que arrojó una fecha calibrada

entre los siglos XVII y XVIII d. C., contenía los restos óseos de un individuo adulto (cuya posición no fue posible determinar, ya que la tumba había sido alterada) sin ajuar funerario. En las paredes de las cámaras se observaron grabados que simulan la trama vegetal del techo de un bohío, similar a los de las tumbas de El Volador, La Castellana y La Colinita. Como puede apreciarse, las “tumbas de pozo con cámara lateral” del Valle de Aburrá son, en general, representaciones de viviendas y como tal no solo representan las concepciones cosmológicas de las sociedades agrícolas tardías, sino que son construcciones altamente significativas. Incluso, puede decirse, que son una representación arquitectónica de sus viviendas, especialmente si se tiene en cuenta que los modelos del universo, como creaciones divinas, son modelos paradigmáticos que pueden reproducirse indefinidamente en distintas escalas y múltiples espacios y objetos (Eliade, 1959; Reichel-Dolmatoff, 1975). Esta interpretación puede extenderse a las demás “tumbas de pozo con cámara lateral” que se

Las prácticas funerarias prehispánicas de la región central de Antioquia

67

Tumba de pozo con cámara lateral / Sitio La Colinita, Barrio Guayabal / EPM Empresas Públicas de Medellín - Secretaría de Cultura Ciudadana - Alcaldía de Medellín, 2015


Los Rostros de Antioquia

68

han registrado en la Región Central de Antioquia, las cuales, aunque no presentan los grabados que simulan estructuras de viviendas, o muestran algunas diferencias, tienen una misma estructura básica y mantienen la forma cónica y las plantas elípticas de las cámaras funerarias. Una variante de esta pauta funeraria está constituida por las tumbas halladas en Sopetrán, hacia el noroccidente de la Región Central de Antioquia (Castillo, 1988, 1992). Estas tumbas fechadas entre los siglos X y XVI d. C., es decir, contemporáneas con las del Cerro El Volador, se asocian con una variante del estilo cerámico Tardío, conocida como Inciso con Borde Doblado; presentan pozos de acceso circulares, tienen dos cámaras laterales de plantas ovaladas o trapezoidales y contenían restos óseos humanos de niños y adultos, quemados o desarticulados, vasijas y pintaderas de cerámica, volantes de huso, narigueras de oro y fragmentos de alambres y láminas martilladas de oro y tumbaga, hachas y cinceles pulidos, y pesas de red. Dos de las tumbas contenían además restos óseos de caballos y vacas, y materiales de procedencia europea como ladrillos, loza y una herradura. En una de las tumbas, el techo de las cámaras estaba pintado con figuras humanas y símbolos, lo que indica también el carácter significativo de estas construcciones. Asociado a este mismo estilo cerámico, en el municipio de Briceño, al norte de la Región Central de Antioquia, se hallaron dos “dólmenes” formados por grandes lajas que servían de techo y descansaban sobre otras lajas verticales, en cuyo interior se hallaron fragmentos cerámicos y restos óseos humanos fragmentados y calcinados, los cuales sugieren la existencia de una pauta funeraria muy particular (Botero et al., 2011). Igualmente, hacia el noroccidente de Antioquia, y especialmente en los municipios de Dabeiba, Frontino, Buriticá y Urrao, donde se encuentra otra pauta funeraria que contrasta con las anteriormente descritas, representada por montículos de tierra y que fue inicialmente asociada al estilo Inciso con Borde Doblado (Castillo, 1988, 1992). No obstante, en estudios recientes, la excavación parcial de dos túmulos funerarios arrojó fechas de los siglos VI y I a. C., por lo que esa forma de enterramiento, que se distribuye en un área de aproximadamente 2.000 km2 en territorios de los municipios de Urrao, Frontino, Abriaquí y Cañasgordas estaría asociada a los inicios del proceso de establecimiento de grupos sedentarios de esta área (Piazzini y Escobar, 2014)24. Aunque Al respecto, una referencia del cronista de la Conquista Cieza de León refiriéndose al territorio de los hevexicos, citada por Botero (2005: 229), señala que “cuando se mueren los principales señores…hacen una sepultura tan grande como un pequeño cerro, la puerta de ella hacia el nacimiento del sol. Dentro de aquella tan gran sepultura hacen una bóveda mayor de lo que era menester muy enlosada, y allí meten al difunto lleno de mantas y con oro y armas que tenía…”. 24

esta pauta funeraria no ha sido investigada sistemáticamente, constituye un ejemplo importante de la materialización de las poco tangibles prácticas o rituales funerarios25”. De todas maneras, estas diferentes prácticas funerarias son una expresión de la diversidad cultural de las sociedades agrícolas prehispánicas de la región montañosa de Antioquia26. Con respecto a la relación entre las prácticas funerarias y la organización social en las sociedades agrícolas prehispánicas tardías de la Región Central de Antioquia, es necesario tener en cuenta que es difícil establecer con certeza la variabilidad en el tratamiento del cadáver o la variabilidad de los ajuares funerarios que pudieran ser indicativas de diferenciación social, en primer lugar, porque la mayoría de las “tumbas de pozo con cámara lateral” registradas se hallaron “guaqueadas” o fueron destapadas accidentalmente y alteradas por la gente, y, en segundo lugar, porque los restos óseos fueron generalmente cremados, de manera que en la mayoría de los casos no fue posible precisar el contenido del ajuar funerario, el sexo, la edad (en algunos casos solo en términos de infantes y adultos), el número de individuos o la posición de los cadáveres. A pesar de todo esto, la variabilidad percibida en el tratamiento de los cadáveres (entierros de cadáveres o de restos óseos cremados) o en el ajuar funerario (volantes de huso, vasijas sencillas de uso culinario, narigueras formadas por alambres retorcidos de oro, algunos restos óseos de animales y algunas herramientas de piedra) no parece ser notoria o sobresaliente y es opacada por la persistencia y la espectacularidad de la forma y la estructura de las tumbas. Por consiguiente, puede establecerse que las tumbas tardías del Valle de Aburrá no reflejan complejidad social o el rango social de los difuntos, sino la complejidad de las concepciones cosmológicas o los valores y creencias religiosas, y la arquitectura de las viviendas de los indígenas que habitaron “Un montículo, por ejemplo, es construido por una serie de acciones intencionales y es posible analizar los efectos de los diferentes estratos. En la medida en que las construcciones de montículos son cruciales en los funerales que emplean este tipo de monumentos, se puede esperar que la manera con la que los hacen no es casual, porque los participantes construyeron los montículos basados en principios religiosos y rituales, y por lo tanto, es posible seguir estas secuencias rituales” (Fahlander y Oeestigard, 2008: 6). Traducción del autor. 25

26 En la época de la Conquista, los españoles diferenciaron varios grupos o pueblos indígenas en la región montañosa de Antioquia: hacia el noroccidente guacas, catios, peques, hevégicos, noriscos, curumes, nores, ituangos, yecos, pencos, tencos, carautas, y abibes, los cuales tenían una cultura y una lengua común, y otros como pubios, ceracunas, peberes, nitanas, tuin, cuiscos, araques y guazucecos; hacia el centro los nutabes y tahamíes; y hacia el oriente yamecíes y guamocoes, que tenían una misma cultura, y pantágoras, amaníes, samanaes y punchinaes (Castillo, 1998, 1992).


Son muy escasos los esfuerzos que se han realizado por interpretar las prácticas funerarias en Antioquia y en Colombia, algunos de ellos se han hecho a partir de enfoques neoevolucionistas (Reichel-Dolmatoff, 1967), procesualistas (Drennan, 1995; Gnecco, 1995) o marxistas (Rodríguez, 2005, 2007); y otros a partir de principios universales y analogías etnográficas (Santos 1995; Valverde 2007). Generalmente sólo se describen las características de los entierros hallados en prospecciones o excavaciones arqueológicas, orientadas hacia otros objetivos o realizadas como arqueología preventiva y en algunos casos sólo se señala tímidamente, asumiendo explícita o implícitamente los planteamientos ampliamente cuestionados de la arqueología procesual, que la variabilidad funeraria es indicativa de diferenciación o jerarquización social. Actualmente, existe un consenso entre los estudiosos de la arqueología mortuoria, en cuanto a la variabilidad y complejidad de las respuestas ante la muerte, la inexistencia de reglas o principios universales que puedan aplicarse a cualquier período, región o caso particular y al carácter intencional, y por lo tanto simbólico, arbitrario y manipulable, del registro funerario. No obstante, se reconoce la importancia de las creencias

El rápido exterminio de la población indígena se justificó porque sus costumbres y creencias fueron consideradas desde la visión eurocéntrica de los españoles como influencias del demonio (Álvarez, 1988), pero como una forma de resistencia a su aculturación los indígenas se aferraron a sus creencias religiosas, y algunos fueron perseguidos por mantener en secreto “santuarios” y supuestas prácticas de hechicería (Colmenares, 1982). 27

Las prácticas funerarias prehispánicas de la región central de Antioquia

Consideraciones finales

religiosas y cosmológicas de las gentes o sociedades en el análisis de la prácticas funerarias, las cuales pueden examinarse en la medida en que los rituales mortuorios, a pesar de basarse en concepciones escatológicas y de otros mundos, tienen una materialidad que se manifiesta en objetos o cosas materiales que influyen de diversas maneras en los procesos sociales, como los cadáveres, los restos de los rituales, los ajuares, los monumentos, los cambios sociales y la herencia de patrimonios, la identidad social expresada en la edad, el sexo y el género, y los lugares donde se realizan los diálogos con otros mundos, ancestros y dioses. Teniendo en cuenta estos planteamientos, en el análisis de las prácticas funerarias de la Región Central de Antioquia es necesario afrontar ciertas limitaciones. En primer lugar, se trata de sociedades agrícolas y sedentarias que vivieron desde hace 3.000 años hasta hace unos 450 años sin que hubiera sido posible un registro etnográfico o histórico de su organización social o de sus creencias y costumbres. Solo se cuenta con algunas referencias muy parciales y de las crónicas españolas sobre el “descubrimiento” y “conquista” de la región montañosa de Antioquia, que no dieron importancia al Valle de Aburrá porque no ofrecía las riquezas auríferas de otras regiones vecinas como el norte y el nordeste de Antioquia. Por esto, es necesario recurrir a analogías etnográficas, a la iconografía representativa de algunos elementos funerarios y a los registros no funerarios de las sociedades involucradas. En segundo lugar, la “guaquería” llevó al saqueo y destrucción de un número incalculable de tumbas, y junto a la construcción de obras de civiles y viviendas, han alterado los contextos de muchos entierros registrados por los arqueólogos, y en algunos casos en los que fue posible “rescatar” las vasijas o la forma de las tumbas, sin permitir el registro completo de las estructuras funerarias y sus contenidos. En tercer lugar, la costumbre generalizada de cremar los cadáveres no permite conocer todos los rituales involucrados en el tratamiento del cadáver y esto, adjunto a la acidez de los suelos de la región montañosa de Antioquia, no ha posibilitado en muchos casos el establecimiento de variables básicas como el sexo y la edad. A pesar de estos obstáculos, el análisis de las prácticas funerarias de la Región Central de Antioquia muestra la importancia de las creencias sobre el más allá o la vida de ultratumba articuladas a concepciones cosmológicas sobre el espacio y el tiempo, y permite decir que los rituales funerarios no parecen haber sido puestos en escena para sustentar diferencias sociales o legitimar la herencia de poderes o de recursos cruciales, sino que son más bien una expresión de visiones del mundo. Además, su asociación con estilos cerámicos u orfebres muestra que jugaron un papel activo en la manipulación

69

el Valle de Aburrá desde el siglo X d. C. hasta la época de la Conquista (siglo XVI d. C.), lo cual se corresponde con la ausencia de estructuras jerarquizadas o centralizadas que sugiere el registro arqueológico no funerario. Un elemento en favor del alto contenido religioso y cosmológico de esas estructuras funerarias es que debieron jugar un papel en la resistencia de los indígenas ante el sometimiento español, que implicó una imposición de valores culturales y religiosos a través del adoctrinamiento en encomiendas y resguardos (Colmenares, 1982) y que llevó al aniquilamiento de los indígenas durante los siglos XVI y XVII d. C. (Monsalve, 1937; Álvarez, 1988)27, como lo demuestra la construcción de estas tumbas o su utilización hasta los siglos XVII y XVIII d. C., esto de acuerdo con las fechas radiocarbónicas y la presencia de materiales indicadores del contacto con los inmigrantes europeos (loza, restos de caballos y vacas).


Los Rostros de Antioquia

70

de las percepciones y creencias para la construcción de lealtades o identidades sociales. En ese sentido, la materialidad de las prácticas funerarias, tanto en el caso de los entierros en urnas-útero como en el caso de los entierros en tumbas-viviendas (casos en los que el registro arqueológico es explícitamente representativo), no solo expresan concepciones cosmológicas y escatológicas, sino que, en la medida en que tienen una amplia recurrencia espacial y cronológica, son en sí mismas un medio de comunicación de mensajes sobre identidades sociales y culturales, que en organizaciones sociales heterárquicas (no centralizadas ni jerarquizadas), como las expresadas en el registro arqueológico de las sociedades agrícolas prehispánicas de la Región Central de Antioquia, debieron ser implementadas para el establecimiento de relaciones sociales indispensables para el control del acceso a los recursos (especialmente del oro y la sal) y del intercambio de productos en extensos territorios. Estas identidades, indicadas en las prácticas funerarias y los estilos cerámicos, debieron estar articuladas a otras identidades sociales y culturales, construidas estratégicamente para distintos contextos económicos, sociales y culturales, significativos en distintas dimensiones espaciales y cronológicas. Así, a nivel espacial se manifiesta una variabilidad cultural del registro arqueológico estilístico y funerario que sugiere identidades regionales y locales. En la época de la Conquista, por ejemplo, los españoles diferenciaron numerosos grupos indígenas en la región montañosa de Antioquia, aunque algunos de ellos tenían la misma lengua o cultura, lo cual es indicativo de la existencia de un juego de identidades que funcionaba en distintas escalas espaciales y sociales. Puede asumirse, entonces, que la variabilidad intra e intercultural observable en las prácticas funerarias no necesariamente es la expresión de procesos de diferenciación o jerarquización social, sino que puede ser el resultado de la manera como las creencias, y las lealtades o identidades, son percibidas y expresadas por los individuos, los grupos familiares y las comunidades a nivel local y regional. Lamentablemente, no se ha establecido la variabilidad en el tiempo que debió existir dentro de estos estilos cerámicos y prácticas funerarias, y sólo se han percibido los cambios entre manifestaciones funerarias y alfareras, y especialmente el cambio marcado ocurrido hacia el siglo X d. C. en la Región Central de Antioquia, que ha llevado a diferenciar las sociedades agrícolas prehispánicas tempranas y tardías. Aquí es necesario tener en cuenta que los cambios en las prácticas funerarias son, en cierta medida, una materialización de los efectos benéficos o perjudiciales que las creencias cosmológicas, o las creencias en los ancestros y en los

espíritus o “muertos vivos”, tienen en los individuos, familias o linajes y de los efectos que la “legitimidad divina” tiene en los cambios sociales y en la creación de nuevas relaciones de poder. Es posible, entonces, que este cambio en las manifestaciones culturales ocurrido hacia el siglo X d. C. esté relacionado con desarrollos regionales y locales que llevaron a una reorganización o redefinición de relaciones sociales y a la construcción de nuevas identidades. En favor de esta idea, la variabilidad cerámica y funeraria en las sociedades agrícolas tardías, que se expresa en la existencia de variantes regionales y locales, parece guardar relación con el desarrollo de la diversidad cultural que registraron los españoles en la época de la Conquista en la región montañosa de Antioquia. Finalmente, el análisis de las prácticas mortuorias o rituales de la Región Central de Antioquia muestra que es necesario desarrollar otros enfoques distintitos a los de las aproximaciones de la arqueología procesual que centraban su atención en la relación de las prácticas funerarias y la organización social, dejando de lado el potencial del registro funerario como representación de las concepciones cosmológicas o de los valores y creencias religiosas, de las mentalidades y de los imaginarios.

Referencias Álvarez, Víctor. 1988. La Sociedad Colonial. 1580-1720. Historia de Antioquia. Suramericana de Seguros. Medellín. Arcila, Graciliano. 1977. Introducción a la arqueología del Valle de Aburrá. Universidad de Antioquia. Medellín. Aristizábal, Pablo. 2012a. Plan de Manejo Arqueológico. Programa de Arqueología Preventiva Lote los Guayabos EAFIT. Universidad EAFIT sede El Poblado. Medellín. Aristizábal, Pablo. 2012b. Nuevos Descubrimientos Arqueológicos en la Ciudad de Medellín. Programas de Arqueología Preventiva. Plan de Movilidad 20082011. Secretaria de Infraestructura Física, Alcaldía de Medellín Aristizábal, Pablo. 2014. Programa de arqueología preventiva. Rescate arqueológico de hallazgo fortuito. Tumba de pozo con cámara lateral. Sitio la Colinita – Guayabal. Ejecución de Plan de Manejo Arqueológico. Empresas Públicas de Medellín E.S.P. Secretaría de Cultura Ciudadana. Alcaldía de Medellín. Aristizábal, Pablo. 2015. Los Aburráes. Tras los rastros de nuestros ancestros. Una aproximación desde la arqueología. Secretaría de Cultura Ciudadana. Alcaldía de Medellín. Empresas Públicas de Medellín E.S.P. Universidad Nacional de Colombia, sede Medellín.


Aristizábal, Pablo y López Luis Guillermo. 2009. Gestión del Patrimonio Arqueológico. Formulación y Ejecución del Plan de Manejo Arqueológico. Proyecto Vía Longitudinal Occidental entre Belén Rincón y la quebrada Ana Díaz. Yacimiento YAMUNAC – 01. Consorcio Vía Longitudinal. Informe no publicado. Compañía Colombiana de Consultoría. Secretaría de Obras Públicas de la Alcaldía de Medellín. Medellín. Informe no publicado.

Castillo, Neyla. 1988. Complejos arqueológicos y grupos étnicos del siglo XVI en el Occidente de Antioquia. En Boletín del Museo del Oro. Bogotá. No. 20. pp. 16-34.

Bermúdez, Mario A. 1997. Los grupos portadores del estilo cerámico tardío en el centro del departamento de Antioquia. En Boletín de Antropología. Universidad de Antioquia. Medellín. Vol. 11, No. 27. pp. 187-201.

Castillo, Neyla et al. 2000. Entre el bosque y el río: 10.000 años de historia en el Valle Medio del río Porce. Universidad de Antioquia. Empresas Públicas de Medellín. Medellín. Informe sin publicar.

Betancur, Pompilio. 1998. La Universidad Adventista de Colombia y su potencial arqueológico. Informe de una visita realizada a sus instalaciones. Universidad de Antioquia-Museo Universitario. Medellín. Informe sin publicar.

Chávez, Álvaro y Puerta, Mauricio. 1986. Monumentos arqueológicos de Tierradentro. Biblioteca Banco Popular. Bogotá.

Colmenares, Germán. 1982. La economía y la sociedad colonial, 1550-1800. Manual de historia de Colombia. Tomo I. Procultura S.A. Bogotá. Correa, Francois. 1987. Los Ayawaroa construyen el cosmos. Universitas Humanística. Universidad Javeriana. Bogotá, pp. 9-21. Correa et al. 2011. Informe del monitoreo al patrimonio arqueológico en la construcción del gasoducto Sebastopol – Medellín, ramal Oriente. TRANSMETANO S.A., INDISA S.A, Medellín. Informe sin publicar.

Botero, Sofía y Vélez, Norberto. 1997. Piedras Blancas: transformación y construcción del espacio. Investigación arqueológica en la cuenca alta de la quebrada Piedras Blancas. Boletín de Antropología. Universidad de Antioquia. Medellín. Vol. 11, No. 27, pp. 124-167.

Drennan, Robert. 1995. Mortuary practices in the Alto Magdalena: the social context of “San Agustín culture”. En Tombs for the living: Andean mortuary practices. Dumbarton Oaks Research Library and Collection. Washington, DC.

Botero, Sofía y Vélez, Norberto. 2000. La Búsqueda del Valle de Arví. CORANTIOQUIA. Medellín.

Dillehay, Tom. 1995. Introduction. En Tombs for the living: Andean mortuary practices. Dumbarton Oaks Research Library and Collection. Washington, DC.

Botero, Silvia Helena; Muñoz, Diana Patricia; y Ortiz, Alejandro. Nuevos datos sobre patrones funerarios en el cañón del río Cauca al noroccidente de Colombia. En Boletín de Antropología. Universidad de Antioquia. Medellín. Vol. 25, No. 42. pp. 203-230.

Eliade, Mircea. 1970. Imágenes y símbolos. Ensayos sobre el simbolismo mágico religioso Taurus Editorial. Madrid.

Botiva, Álvaro. 1976. Informe del curso de técnicas de excavación y de reconocimiento arqueológico del departamento de Antioquia. Departamento de Antropología. Universidad de Antioquia. Medellín. Informe sin publicar. Bruhns, Karen O. 1970. Stylistic affinities between the Quimbaya gold style and a little known ceramic style in the Middle Cauca Valley, Colombia. Naupa Pacha 7, 8, pp. 65-84. Bruhns, Karen O. 1990. Las culturas prehispánicas del Cauca Medio. El Arte de la tierra. Fondo de Promoción de Cultura. Banco Popular. Bogotá, pp. 10-14.

Espinal, Carolina et al. 1998. Informe sobre labor realizada en la urbanización en construcción Quintas del Rodeo. Departamento de Antropología. Universidad de Antioquia. Informe sin publicar. Fahlander, Fredrick y Ooestigaard, Terje. 2008. The materiality of death: bodies, burials, beliefs. En F. Fahlander y T. Oestigaard (eds.), The materiality of death: bodies, burials, beliefs. BAR International Series 1768, Oxford, 1-13. Gómez, Alba Nelly y Betancur, Pompilio. 1999. Reconocimiento arqueológico de un sitio en el Occidente de Medellín. Museo Universitario. Universidad de Antioquia. Informe sin publicar.

Las prácticas funerarias prehispánicas de la región central de Antioquia

Botero, Sofía. 1999. Gente antigua. Piedras Blancas, campos circundados. Vestigios arqueológicos en el Altiplano de Santa Elena (Antioquia, Colombia). En Boletín de Antropología. Universidad de Antioquia. Medellín. Vol. 13, No. 30, pp. 287-305.

Cieza de León Pedro. 1932. Crónica del Perú. 2° Edición. Espasa-Calpe. Madrid.

71

Binford, Lewis. 1971. Mortuary Practices: Their Study and Their Potential. En Approaches to the Social Dimensions of Mortuary Practices. Memoirs of the Society for American Archaeology, No. 25. pp. 6-29. Consultado en http://users.clas.ufl. edu/davidson/arch%20of%20death/Week%2004/Binford%201971.pdf (15 de octubre de 2015).

Castillo, Neyla. 1992. Antioquia: pasado aborigen. Banco de la República. Universidad de Antioquia. Medellín.


Gómez, Alba Nelly y Aristizábal, Santiago. 2012. Jericó. Herencia y paisaje prehispánico del Suroeste de Antioquia. Municipio de Jericó. Instituto para el Desarrollo de Antioquia. Universidad de Antioquia. Medellín. Hodder, Ian. 1982. The use of analogy. En The present past. An introduction to anthropology for archaeologist. B. T. Batsford LTD London. Hildelbrand, Martín. 1983. Vivienda indígena. Amazonas. En Revista Proa. No. 323. Bogotá. Instituto Geográfico Agustín Codazzi. 1992. Antioquia. Características Geográficas. Santafé de Bogotá. Langebaeck, Karl; Piazzini, Emilio; Dever, Alejandro; y Espinoza, Iván. 2002. Arqueología y guerra en el Valle de Aburrá. Ediciones Uniandes. Vol. 145. Bogotá.

Los Rostros de Antioquia

Monsalve, Manuel. 1937. Libro de actas del muy ilustre cabildo de Medellín. Imprenta oficial. Medellín.

Parker Pearson, Mike. 2008. The archaeology of death and burial. Texas A&M University Press College Station. Piazzini, Carlo Emilio y Escobar, David Andrés. 2014. Territorios y memorias arqueológicas de Urrao y Frontino. Universidad de Antioquia. Municipio de Frontino. Municipio de Urrao. Instituto de Cultura y Patrimonio de Antioquia. Pou, Sergio. 2011. Arqueología de la muerte: estado de la cuestión. Tesis Maestría. Universidad Complutense. Madrid. Reichel-Dolmatoff, G. (1967). Notas sobre el simbolismo religioso de los indígenas de la Sierra Nevada de Santa Marta. Razón y Fábula, (1).

Morales, Jorge. 1987. Cuna. En Introducción a Colombia Amerindia. ICANH. Bogotá.

Reichel-Dolmatoff, Gerardo. 1975. Templos Kogui. Introducción al simbolismo y a la astronomía del espacio sagrado. Revista Colombiana de Antropología. Vol. XIX, pp. 149-294.

Martínez, Luz Elena. 2006. Plan de manejo arqueológico Proyecto doble calzada Niquía-El Hatillo. Área Metropolitana del Valle de Aburrá. Informe sin publicar.

Reichel-Dolmatoff, Gerardo. 1986. Arqueología de Colombia. Un texto Introductorio. Presidencia de la República. Bogotá.

Navarrete, Rodrigo. 2006. Prospectando caciques: teorías y métodos actuales para el estudio de las sociedades complejas en el norte de Suramérica. Arqueología Suramericana. Departamento de Antropología. Universidad del Cauca. Popayán. Volumen 2, Número 1, pp. 53-71.

Reichel-Dolmatoff, Elizabeth y von Hildelbrand, Martín. 1984. Vivienda indígena. Grupo Ufaina. Amazonas. Función sociopolítica de la maloca. En Revista Proa. No. 32 Bogotá.

Obregón et al. 2004. Ocupación y cambio social en territorios del Parque Regional Arví. CORANTIOQUIA. Medellín. Informe sin publicar. Obregón et al. 2004. 2009. Una trayectoria diversa: cambio social, heterogeneidad y desigualdad en la cuenca alta de la quebrada Piedras Blancas. Economía, prestigio y poder. Perspectivas desde la arqueología. . Instituto Colombiano de Antropología Historia. Bogotá, pp. 244-371

72

Otero de Santos, Helda y Santos, Gustavo. 2012. Dinámica de cambio en las sociedades prehispánicas de la cuenca baja del Porce. En Porce III. Proyecto hidroeléctrico. Estudios de Arqueología Preventiva. Empresas Públicas de Medellín - Universidad de Antioquia. Medellín. pp: 11-229.

Otero de Santos, Helda. 1992. Dos períodos de la historia prehispánica de Jericó. Departamento de Antioquia. Boletín de Arqueología. Fundación de Investigaciones Arqueológicas. Banco de la República. Santafé de Bogotá. Año 7, No. 2, pp.3-66. Otero de Santos, Helda. 1993. Definición de las zonas arqueológicas del cerro El Volador. Secretaría de Educación de Medellín. Informe sin publicar. Otero de Santos, Helda. 1993. Las zonas arqueológicas del cerro El Volador. Estudio técnico. Departamento de Cultura. Secretaría de Educación Municipal. Medellín. Informe sin publicar.

Restrepo, Alonso.1944. Meditaciones biológicas sobre la muerte. Editorial Bedout. Medellín. Restrepo, Juan y Tabares, Dionalvert. 2011. Diagnóstico, evaluación y corrección del impacto arqueológico. Proyecto Acueducto Circuito Nutibara. EE PP M. Medellín. Informe sin publicar. Roosevelt, Anna C. 1999. The development of prehistoric complex societies: Amazonia, a Tropical forest. En Complex polities in the Anciant Tropical World. Archaeological Papers of the American anthropological Association. Number 9, pp. 13-34. Service, Elman R. 1984: Los orígenes del Estado y de la civilización. El proceso de El proceso de evolución cultural. Madrid: Alianza Editorial Santos, Gustavo.1986. Investigaciones arqueológicas en el “Oriente” antioqueño. El sitio de Los Salados. Boletín de Antropología. Universidad de Antioquia. Medellín. Vol. 6, No. 20, pp. 45-80.


Santos, Gustavo. 1995. El Volador: Las viviendas de los muertos. En Boletín de Antropología. Universidad de Antioquia. Medellín. Vol. 9, No. 25. pp. 11-48. Santos, Gustavo. 1998. La Cerámica Marrón Inciso de Antioquia. Contexto Histórico y Sociocultural. En Boletín de Antropología. Universidad de Antioquia. Medellín. Vol. 12, No. 29. pp. 128-147. Santos, Gustavo. 2006. Una tumba de cancel en el Valle de Aburrá. Prospección y rescate arqueológico en el área de la Urbanización Álamos de Escobero. Municipio de Envigado. Envigado. Informe sin publicar. Santos, Gustavo. 2007. La Tumba de Cancel Hallada en El Escobero. En La Tumba de Cancel de Envigado. Alcaldía de Envigado. Secretaría de Educación para la Cultura. Envigado. pp. 35-59. Santos, Gustavo. 2009. Una tumba de cancel en el Valle de Aburrá: implicaciones ideológicas de la interacción interregional. Aguas Arriba y Aguas Abajo. De la Arqueología en las Márgenes del Río Cauca. Departamento de Antropología. Uniandes – Ceso. Bogotá. pp. 91-115. Santos, Gustavo. 2010. 10.000 años de ocupaciones humanas en Envigado (Antioquia). El sitio La Morena. Sección Archivo Histórico. Secretaría de Educación para la Cultura. Municipio de Envigado. Envigado.

Saxe, Arthur Alan. 1970. Social dimensions of mortuary practices. Tesis PhD. University of Michigan. Colsultado en http://users.clas.ufl.edu/davidson/arch%20 of%20death/Week%2004/saxe%201970.pdf. (15 de octubre de 2015). Tabares, Dionalbert. 2009. Yacimiento arqueológico La Castellana. Corporación Universitaria Adventista-UNAC. Medellín. Informe sin publicar. Uribe, María Alicia. 1982. Introducción a la orfebrería de San Pedro de Urabá, una región del noroccidente colombiano. En Boletín del Museo del Oro. Bogotá. No. 20. pp. 35-53. Uribe, María Alicia. 2005. Mujeres, calabazos, brillo y tumbaga. Símbolos de vida y transformación en la orfebrería Quimbaya Temprana. En Boletín de Antropología. Departamento de Antropología. Universidad de Antioquia. Medellín. Vol. 19 No. 36, pp. 61-93. Uribe, María Victoria. 1977-8. Asentamientos prehispánicos en el Altiplano de Ipiales, Colombia. En Revista Colombiana de Antropología. Vol. XXI. pp. 57-196. Valverde, Alejandra. Prácticas funerarias desde la arqueología: el caso de las momias de la Sierra Nevada del Cocuy. En Antípoda. Revista de Antropología y Arqueología. Universidad de los Andes. No. 05. pp: 275-292. Vincent, Juan Manuel. 1995. Problemas teóricos de la arqueología de la muerte. Una introducción. En Arqueoloxía da Morte na Península Ibérica desde as Orixes ata o Medievo. Biblioteca arqueohistórica Limia, Serie Cursos e Congresos, Xinzo de Limia. pp: 13-31.

Las prácticas funerarias prehispánicas de la región central de Antioquia

Santos, Gustavo. 1993. Una población prehispánica de Antioquia representada por el estilo cerámico Marrón-Inciso. En Catálogo de la exposición El MarrónInciso de Antioquia. Museo Nacional de Colombia y Museo Universitario de la Universidad de Antioquia. Bogotá. pp. 39-55.

Santos, Gustavo. 2011. Investigaciones arqueológicas en El Escobero. Municipio de Envigado (Antioquia). Secretaría de Educación para la Cultura y Archivo Histórico de Envigado. Informe sin publicar.

Santos, Gustavo. 2015. Una tumba vivienda en el Alto de las Flores. Envigado. Secretaría de Educación y Cultura. Alcaldía de Envigado. Santos, Gustavo y Otero de Santos, Helda. 1996. EL Volador: una ventana al pasado del Valle de Aburrá. Departamento de Antropología. CISH. Universidad de Antioquia. Secretaría de Educación Municipal. Medellín. Informe sin publicar. Santos, Gustavo y Otero de Santos, Helda. 2003. Arqueología de Antioquia. Balance y síntesis regional. En Boletín de Antropología. Edición especial. Universidad de Antioquia. Medellín.

73

Santos, Gustavo. 2013. Una tumba-vivienda en Envigado. Salvamento arqueológico en el Alto de las flores. Envigado (Antioquia, Colombia). Secretaría de Educación para la Cultura. Municipio de Envigado. Informe sin publicar.


Yacimiento

No. de entierro

Tabla 3: Entierros asociados al estilo cerámico Marrón Inciso.

Forma del pozo

Profundidad

Vasijas

(cm) 1

2

Medellín

2

Irregular con nicho lateral

140

T6 Medellín

Irregular

108

Vasija subglobular con anillos sin alisar, con un cuenco con decoración incisa (espina de pescado) como tapa, y un cuello de vasija subglobular con decoración dentada como soporte.

1

Irregular

55

Vasija subglobular.

Los Rostros de Antioquia

T6

Medellín

Vasija subglobular con anillos sin alisar y otra vasija sub- globular como tapa.

3

El Volador

4

El Volador

Medellín

2

74

T7 Medellín El Volador T 10

Restos óseos cremados.

Referencia

Santos y Otero de Santos, 1996

1 adulto.

Nariguera de oro dentro de la urna

Fosa tapada con 4 Santos y Otero bloques de piedra, de Santos, dos de ellos manos 1996 de moler.

Restos óseos cremados.

Vasija subglobular con engobe marrón, dos vasijas subglobulares con el borde recortado, y un cuenco.

El Volador

6

Observaciones

Santos y Otero de Santos, 1996

2 adultos.

T7 5

Ajuar

Vasija subglobular con engobe marrón y cuenco como tapa.

El Volador

3

Restos humanos y número de Individuos

1

Cuadrangular 112 en su parte superior (130 x130 y 30 de profundidad), y cilíndrica en su pate inferior (36 de diámetro y 86 de profundidad)

Vasija subglobular y otra vasija sub- globular como tapa.

Contexto alterado. Bloque de piedra que debió tapar la fosa. Restos óseos no cremados. 1 adulto.

Esqueleto posiblemente de enano acondroplástico. 1800±140 AP Cal 60 a. C. - 560 d. C.

Santos y Otero de Santos, 1996

Santos y Otero de Santos, 1996


Forma del pozo

Medellín

2

Irregular

3

1

Profundidad

Vasijas

Restos humanos y número de Individuos

43

Vasija subglobular con anillos si alisar y dos cuencos como tapa.

Indeterminado.

Irregular con nicho lateral debajo de roca

80

Vasija subglobular con Restos óseos engobe marrón y decremados. coración dentada, y un cuenco con decoración 1 adulto. incisa como tapa

Santos y Otero de Santos, 1996

Irregular

60

Vasija subglobular.

Santos y Otero de Santos, 1996

(cm) 7

El Volador

Ajuar

Observaciones

Referencia

Santos y Otero de Santos, 1996

T 10 8

Medellín El Volador T 10

9

Medellín El Volador

2 adultos.

T 11 10

Medellín

2

El Volador T 11 11

Medellín Cerro Nutibara YA110408A01

11

Envigado Álamos del Escobero T 1, 11 y 12

12

Envigado Álamos del Escobero T 1, 11 y 12

Restos óseos cremados.

1

Irregular con nicho lateral debajo de roca

60

Irregular con escalón

120

Vasija subglobular con anillos si alisar.

Restos óseos cremados. 2 adultos.

Laja de granodiorita Santos y Otero Cuenta de que debió servir de de Santos, oro zoomorfa 1996 (Mantis religio- tapa de la fosa. sa) dentro de la urna

Vasija subglobular con Restos óseos cremados. anillos si alisar y un cuenco con decoración incisa acanalada como tapa.

Fosa tapada con 3 lajas de piedra.

Vasija subglobular con cuello, engobe marrón sobre el borde y cuello y decoración incisa sobre el borde.

Contexto alterado.

Subglobular con cuello.

Contexto alterado

Restrepo y Tabares, 2011

Fragmentos recuperados de otras vasijas parecen corresponder a otros entierros alterados. Santos, 2006

Vasija con costras carbonizadas en superficie interna y externa.

Vasija con costras carbonizadas en superficie interna.

Santos, 2006

Las prácticas funerarias prehispánicas de la región central de Antioquia

No. de entierro

75

Yacimiento


Yacimiento

No. de entierro

Forma del pozo

Profundidad

Vasijas

Restos humanos y número de Individuos

Ajuar

Observaciones

Referencia

Vasija globular con cuello cónico y hombro.

Restos óseos cremados.

Concha de bivalvo marino

Contexto alterado.

Santos, 2006

(cm) 13

Envigado Álamos del Escobero T 1, 11 y 12

14

Envigado Álamos del Escobero

Vasija subglobular con anillos sin alisar en el cuello.

T 1, 11 y 12 15

Envigado Álamos del Escobero

Los Rostros de Antioquia

T 1, 11 y 12

16

Envigado Álamos del Escobero

Envigado Álamos del Escobero

Contexto alterado.

Vasija subglobular.

Restos óseos cremados.

Contexto alterado.

Vasija suglobular.

Bello

Bello

Bello La Primavera

76

Vasija con costras carbonizadas en superficie interna y externa. Santos, 2006

Vasija con costras carbonizadas en superficie interna y externa. Contexto alterado.

Santos, 2006

Irregular

Vasija subglobular con cuenco como tapa.

Santos y Otero de Santos, 1996

Irregular

Vasija subglobular y otra vasija sub- globular como tapa.

Santos y Otero de Santos, 1996

Irregular

Urna típica Marrón Inciso, de forma piriforme con un cuenco fitomorfo con protuberancias.

Santos y Otero de Santos, 1996

La Primavera 20

Santos, 2006

Vasija con costra carbonizada en superficie externa.

La Primavera 19

Santos, 2006

Vasija con costra carbonizada en superficie externa. Restos óseos cremados.

T 1, 11 y 12 18

Contexto alterado.

1 adulto.

I

Vasija con costra carbonizada hacia la base.

Vasija subglobular con cuello cóncavo, engobe marrón interno y externo.

T 1, 11 y 12

17

1 adulto.


Forma del pozo

Profundidad

Vasijas

Restos humanos y número de Individuos

Irregular

Vasija subglobular con un cuenco de tapa.

Restos óseos no cremados.

irregular

Vasija subglobular con un cuenco de tapa.

(cm) 21

Bello La Primavera

Ajuar

Observaciones

Santos y Otero de Santos, 1996

1 infante 22

Bello La Primavera

23

Medellín Morro El Salvador

24

Medellín Cerro Nutibara

25

Medellín Cerro Nutibara

26

Medellín Cerro Nutibara

27

Medellín Cerro La Asomadera Medellín Barrio Aranjuez

Referencia

Santos y Otero de Santos, 1996 Restos óseos cremados

Obtenida por “guaquería”.

Arcila, 1977

Contexto desconocido.

Arcila, 1977

Vasijas códigos 9849 y 9828

Vasija globular con cuello alto, engobe marrón y decoración incisa, con un cuenco con decoración acanalada como tapa

Vasija código 6246

Cueco con decoración acanalada, posible tapa de urna.

Vasija código 459

Vasija globular con borde recortado.

Vasija código 6245

Urna típica Marrón Inciso, bandas verticales que alternan engobe marrón e incisiones en forma de nervaduras de hojas.

Contexto desconocido

Arcila, 1977

Vasija código 9919

Vasija subglobular con Restos óseos engobe marrón y deco- no cremados. ración dentada.

Obtenida por “guaquería”.

Arcila, 1977

Vasija código

Vasija semiglobular .

Contexto desconocido.

1 infante.

Restos óseos no cremados.

Hallazgo accidental. Arcilla, 1977

“Barrita” o “bastoncillo” de tumbaga? Arcial, 1977

900 28

Medellín Barrio Simón Bolívar

Vasijas códigos 6224, 6225 y 6226

Dos vasijas subglobulares, una de ellas con un cuenco fitomorfo como tapa.

Restos óseos no cremados en una de ellas.

Hallazgo accidental. Arcila, 1977 Tapadas con 2 lajas de piedra.

Las prácticas funerarias prehispánicas de la región central de Antioquia

No. de entierro

77

Yacimiento


Yacimiento

No. de entierro

Forma del pozo

Profundidad

Vasijas

Restos humanos y número de Individuos Restos óseos cremados.

Los Rostros de Antioquia

(cm)

Observaciones

Referencia

29

Medellín Barrio Vasija Manrique código Oriental escuela 2686 Alfonso López

Urna típica de Marrón Inciso, antropomorfa, con una pequeña cabeza sobre un gran vientre y sexo exagerados, con los brazos y piernas apenas esbozados.

30

Medellín Barrio Vasija Manrique código Oriental escuela 2687 Alfonso López

Vasija subglobular con engobe marrón y decoración incisa.

Hallazgo accidental. Arcila, 1977

31

Medellín Barrio Vasija Manrique código Oriental escuela 2688 Alfonso López

Cuenco con decoración acanalada, posible tapa de urna.

Hallazgo accidental. Arcila, 1977

32

Vasija Medellín Barrio código Manrique Oriental escuela 2691 Alfonso López

Cuenco aquillado, con pintura blanca sobre rojo, decoración acanalada y dentada.

Hallazgo accidental. Arcila, 1977

33

Medellín Bario La Floresta

Vasija código 813

Vasija subglobular con engobe rojo.

Hallazgo accidental. Arcila, 1977

34

Medellín Barrio El Poblado

Vasija código 1

Vasija subglobular con decoración incisa.

Hallazgo accidental. Arcila, 1977

Medellín Barrio El Poblado

Vasija código 2

Vasija subglobular.

Hallazgo accidental. Arcila, 1977

36

Medellín Barrio El Poblado

Vasija código 4

Vasija subglobular con anillos sin alisar.

Hallazgo accidental. Arcila, 1977

37

Medellín Barrio El Poblado

Vasijas códigos 5y6

Vasija con borde recortado y un cuenco como tapa.

Hallazgo accidental. Arcila, 1977

38

Medellín Barrio El Poblado

Vasija código 7

Vasija subglobular con anillos sin alisar.

Hallazgo accidental. Arcila, 1977

39

Medellín Barrio El Poblado

Vasija código 8

Vasija globular, en forma de jarra.

Hallazgo accidental. Arcila, 1977

35

78

Ajuar

Hallazgo accidental. Arcila, 1977


Forma del pozo

Profundidad

Vasijas

(cm) 40

Medellín Corregimiento de San Cristóbal

Restos humanos y número de Individuos

Ajuar

Observaciones

Referencia

Vasija código 5071

Vasija subglobular con engobe marrón y decoración incisa.

Contexto desconocido.

Arcila, 1977

Arcila, 1977

41

Medellín Corregimiento de San Antonio de Prado

Vasija código 8598

Vasija subglobular con Restos óseos. engobe marrón y decoración incisa.

Contexto desconocido.

42

Envigado

Vasija código 4572

Vasija globular grande con decoración incisa.

Hallazgo accidental. Arcila, 1977

Fabrica Peldar 43

Medellín Corregimiento de Santa Elena

Irregular de 50 cm de diámetro

Tres vasijas fragmenResto óseos tadas correspondientes cremados. a dos urnas típicas Marrón Inciso y aun cuenco.

Alto El oro 44

Armenia

45

Jericó

1

La Sorga

Abrigo 1

Jericó

2

La Sorga

Abrigo 1

Jericó

1

La Sorga

Abrigo 2

Jericó

2

La Sorga

Abrigo 2

Jericó

3

La Sorga

Abrigo 2

46

47

48

49

Restos óseos cremados.

19 cuentas de collar y 2 microesferas de oro y cobre,

1 vasija piriforme con engobe marrón y un cuenco de tapa.

Cardona et al., 2004

Botiva, 1976

23-58

Varias vasijas fragmentadas

40-105

Vasija subglobular

15-30

Dos cuencos fragmentados y fragmentos cerámicos

Otero de Santos, 1992

12-50

Un cuenco y tres vasijas subglobulares fragmentadas

Otero de Santos, 1992

30-95

14 vasijas, entre ellas cuatro urnas típicas Marrón Inciso, dos vasijas fitomorfas, y cuatro cuencos.

Restos óseos cremados.

Restos óseos cremados en siete vasijas

Debajo de abrigo rocoso

Otero de Santos, 1992

1670±60 AP

Otero de Santos, 1992

Otero de Santos, 1992

Las prácticas funerarias prehispánicas de la región central de Antioquia

No. de entierro

79

Yacimiento


Yacimiento

No. de entierro

Forma del pozo

Profundidad

Vasijas

(cm) 50

Barbosa

Restos humanos y número de Individuos

Vasija subglobular

Ajuar

Observaciones

Referencia

1650±50 AP

Santos et al., 1996

Contexto alterado por máquinas.

Castillo et al., 2000

El diamante 51

Guadalupe

13 vasijas

El Tablón

Restos óseos no cremados en cuatro vasijas. 2 adultos, 2 infantes

52

Guadalupe

Irregular

Los Rostros de Antioquia

Yacimiento 72

2 vasijas subglobulaRestos óseos res, una de ellas de cremados tapa. Decoración incisa 1 adulto y dentada.

Otero de Santos y Santos., 2006 y 2012

1 subadulto 1 infante 53

9 vasijas

Área de influencia Porce III Guadalupe, Anorí y Amalfi Envigado

Cancel de 1,77 , y 47 cm de altura

Restos óseos no cremados.

Cancel de 1,70 m largo, 60 cm ancho, y 70 cm

Restos óseos cremados y no cremados.

80

Álamos del Escobero

54

Girardota La Meseta

1

Otero de Santos y Santos., 2006 y 2012

alto

Santos, 2006

1 adulto femenino de 40-50 años de edad y estatura promedio de 142,91±4,45 cm.

4 adultos.

Alterado. Cancel formado por lajas de granodiorita.

Correa et al., 2011


No. de entierro

Forma del pozo

Profundidad

Vasijas

Restos humanos y número de Individuos

(cm) 55

Girardota

2

La Meseta

Cancel de 1,20 m largo,76 cm ancho, y 60 cm

Restos óseos cremados y no cremados.

1

Tipo o forma del pozo

1

Pozo cinerario

Dimensiones

Orientación

Contenido

Referencia

Alterado.

Correa et al., 2011

Observaciones

Referencia

2 adultos

330±60 d. C.

El Volador

20 cm de

Cal 60-540 d. C.

Otero de Santos, 1993

T11

Huesos cremados

Pozo que se amplía hacia la base 26 cm lateralmente

Otero de Santos, 1993

Medellín

No. De entierro

Tabla 4. Entierros asociados al estilo cerámico Ferrería.

Observaciones

Cancel formado por lajas de granodiorita.

1 o 2 infantes. Vasija fragmentada Marrón Inciso

alto

Yacimiento

Ajuar

Posición

Ancho-largoprofundidad en cm 90x130x70

Vasija Ferrería Medellín

Pozo rectangular con nichos semicónicos laterales hacia la parte superior

50x80x200

3

Fosa Irregular

30 cm de profundidad

1

Pozo Pozo 40x156 rectangular con Semicámara semicámara lateral 50x156

2

El Volador T11

3

Medellín El Volador T10

4

Bello La Primavera

Noroestesureste

1 adulto femenino Decúbito dorsal Nariguera de tumbaga miembros extendidos Cerámica Cráneo al sureste Carbón

204±60 d. C. Cal 245-540 d. C.

2 adultos cremados Urna subglobular Ferrería 1 adulto en semicámara

81

2

Las prácticas funerarias prehispánicas de la región central de Antioquia

Yacimiento

Otero de Santos, 1993 Decúbito Alterado parte lateral derecho superior

Santos y Otero de Santos, 1996


Yacimiento

5

Bello

No. De entierro

Tipo o forma del pozo

2

Orientación

Contenido

Posición

Pozo Pozo 45x220 rectangular con Semicámara semicámara lateral 64x220

Norte-sur

1 adulto

Decúbito Alterado parte lateral derecho superior

Santos y Otero de Santos, 1996

3

Pozo rectangular con semicámara lateral

Noroestesuoeste

1 adulto

Decúbito lateral derecho

Santos y Otero de Santos, 1996

1

Pozo rectangular escalonado

Norte-sur

1 adulto Masculino Decúbito dorsal Huesos de Brazos animales? extendidos Cerámica Piernas carbón flexionadas atrás

La Primavera

6

Bello La Primavera

7

Porce II Y 169

Dimensiones

Observaciones

Ancho-largoprofundidad en cm

Escalón 1 60x150x1,10

Los Rostros de Antioquia

lateralmente

Castillo et al., 2000

Cráneo al norte Cara al este. Escalón 2

Norte-sur

1 adulto

Escalón 2

1 adulto

15 cm diámetro

Femenino Desarticulado

200 cm de profundidad

20 cm arriba Nicho circular

82

Referencia


8

Porce II

No. De entierro

Tipo o forma del pozo

Dimensiones

2

Pozo rectangular escalonado

Escalón 1

Y 169

Orientación

Contenido

Posición

Observaciones

Referencia

Ancho-largoprofundidad en cm Este-oeste

Castillo et al., 2000

80x170x55

lateralmente Escalón 2 80x170x80

Este-oeste

1 adulto Femenino

Decúbito dorsal Brazos cruzados Piernas extendidas Cráneo al sur Cara al este

9

Porce II

3

50x85x60

Este-oeste

1 adulto

Y 169

Castillo et al., 2000

Decúbito dorsal Brazos cruzados Piernas flexionadas adelante

Las prácticas funerarias prehispánicas de la región central de Antioquia

Yacimiento

Cráneo al este Porce II

4

Y 169

Pozo rectangular escalonado

85x40x63

Este-oeste

1 infante

Castillo et al., 2000

Carbón

lateralmente 11

Porce II Y 169

5

Pozo ovalado

35x60x55

3 infantes Carbón

Secundario?

Castillo et al., 2000

83

10


Yacimiento

12

Porce II

No. De entierro

Tipo o forma del pozo

Dimensiones

1

Pozo ovalado escalonado

Escalón 1 85x130x108

Este-oeste

Escalón 2 50x80x158

Este-oeste

Y 200

Orientación

Contenido

Posición

Observaciones

Referencia

Ancho-largoprofundidad en cm Castillo et al., 2000

lateralmente 1 adulto Carbón

Decúbito dorsal Brazos y piernas flexionadas

13

Porce II

2

Pozo ovalado

42x70x109

Este-oeste

Y 200

Los Rostros de Antioquia

14

Porce II

3

4

Y 200

16

Porce II

17

Porce II

Envigado La Morena Y1

½ vasija globular

Sur-este

1 adulto

Escalón 1 55x120x90

Surestenoroeste

Castillo et al., 2000

Escalón 2 30x145x120

Surestenoroeste

1 adulto

80x130x70

Este–oeste

Alterado

6

Pozo rectangular cinerario

45x120x50

Este-oeste

Huesos humanos y animales

Fosa irregular

150-100 de diámetro y 60 de profundidad

1

Castillo et al., 2000 Decúbito lateral izquierdo

Semicámara

Extremidades flexionadas

planta ovalada

15 cm abajo

Castillo et al., 2000

Pozo rectangular

Y 199 18

Pozo ovalado escalonado lateralmente

Semicámara 60x145

Sur-este

5

Y 200

84

Pozo 65x105x157 Pozo rectangular con semicámara

Porce II

Femenino

Cerámica Carbón

Y 200

15

1 adulto

Castillo et al., 2000

Carbón Urna subglobular

3.180±40 AP

Ferrería

Cal 1.520-1.400 a. C.

Carbón

Santos, 2010 y 2011


Envigado

Tipo o forma del pozo

Dimensiones

1

Pozo rectangular

110x130x80

La Morena Y2

Orientación

Contenido

Posición

Observaciones

Norte-sur

Urna subglobular

1.990±70 AP

Ferrería

Cal 170-140 a. C.

Referencia

Ancho-largoprofundidad en cm

Restos óseos Cremados Leños carbonizados Carbón

20

Envigado La Morena Y2

2

Pozo rectangular

Siete vasijas Ferrería Leños carbonizados Restos óseos Cremados Carbón

Santos, 2010 y 2011

Las prácticas funerarias prehispánicas de la región central de Antioquia

19

No. De entierro

85

Yacimiento


Los Rostros de Antioquia

86 Quebrada Santa Elena / Vereda Piedras Blancas, Corregimiento de Santa Elena / MedellĂ­n, Antioquia / F: David Romero Duque


*Antropóloga y magíster en Arqueología. Docente del Departamento de Antropología de la Universidad de Antioquia y coordinadora del grupo de Investigación y Gestión sobre el Patrimonio, adscrita al Centro de Investigaciones Sociales y Humanas (CISH), de la misma universidad. Autora de artículos y libros sobre arqueología en Antioquia.

E

l trabajo realizado en campo para la formulación del Plan Integral de Manejo Arqueológico en 2014, permitió cartografiar e incluir en una base de datos geográfica, una serie representativa de estructuras claramente visibles en el paisaje, la mayoría de ellas registradas como “líneas” (caminos, canales, muros en piedra, en tierra y en tierra y piedra, etc.); excavaciones profundas y estructuras cerradas, posibles de representar como polígonos; vestigios arqueológicos localizados a lo largo y ancho de la cuenca, señalan patrones constructivos y estructuras que solo excepcionalmente se superponen entre sí. Los elementos relacionados con la historia colonial, deben ser leídos en relación a otros que, sin lugar a dudas, son más antiguos. En términos culturales la totalidad de la cuenca alta de la quebrada Piedras Blancas es un sitio arqueológico, entendido como un conjunto de vestigios y estructuras coherentes entre sí y espacialmente organizadas, posible de registrar y definir por la recurrente presencia de materiales cerámicos, la gran mayoría de ellos correspondientes al estilo Marrón Inciso en sus características más reconocidas. Este hecho está soportado por más de una docena de fechas absolutas que remiten a lo que en la arqueología colombiana se reconoce como el período Quimbaya Clásico. Conjuntos de datos cronológicos menos consistentes (más tempranos y hasta la república) y estilos cerámicos distintos señalan temporalidades, intercambios y dinámicas que están por reconocerse y analizar. En el momento ha sido verificada la existencia de una densa red de caminos, canales, muros en piedra y en tierra; espacios claramente delimitados (campos circundados), excavaciones profundas, cortes en ladera, adecuaciones sobre los cauces de las quebradas y notorios sistemas de desagüe, que si bien no están claramente articulados a una cronología se localizan a lo largo y ancho de la cuenca, señalando distintas temporalidades y técnicas constructivas; características que si bien ya han sido identificadas, aún deben ser detalladamente descritas y analizadas en sus distintos contextos y en su totalidad. Todavía es necesario, además, verificar si la singularidad que evidencia la concentración de vestigios arqueológicos, obedece a una distorsión dada por el estado de la investigación o al reconocimiento que hicieron sus antiguos habitantes de su localización y características bióticas, que llenaron espacios en sus creencias cosmogónicas, relatadas por un registro arqueológico increíblemente complejo. Considerando las crónicas de conquista y la reiterada presencia de estructuras en piedra localizadas en el cañón del río Cauca, no es descartable que lo que estamos registrando, sea un estado del arte en el que ignoramos el dominio de la geografía e interpretaciones que guiaron a sus antiguos habitantes.

Historia y arqueología en la cuenca alta de la quebrada Piedras Blancas

Sofía Botero Páez*

Introducción

87

HISTORIA Y ARQUEOLOGÍA EN LA CUENCA ALTA DE LA QUEBRADA PIEDRAS BLANCAS


La cuenca alta de la quebrada Piedras Blancas

88

Los Rostros de Antioquia

Suelos y bosques La región marca el límite hidrográfico entre las cuencas del Cauca y el Magdalena. Su base litológica está conformada por afloramientos de roca denominadas dunitas y anfibolitas serpentinizadas de origen muy antiguo, de la era secundaria o mesozoica, los geólogos afirman que tienen una antigüedad que se extiende aproximadamente desde hace 225 millones de años hasta hace aproximadamente 65 millones de años, por lo cual se encuentran tremendamente fracturadas y meteorizadas, visibles en forma de arcilla, en prácticamente la totalidad de su extensión; su composición mineralógica incluye hornblenda, plagioclasas, óxidos de hierro, biotitas, etc. El nombre de la cuenca, sin duda, se deriva de los afloramientos de cuarzo segregado en forma de diques y rocas de muy distintos tamaños, que se observan desperdigados en distintos espacios (Botero, 1963). La relación directa que comúnmente se establece entre el cuarzo y el oro, ha cimentado la idea de que en la cuenca alta de Piedras Blancas se explotó masivamente el oro. La cuenca está natural e históricamente determinada. A una altura promedio de 2.400 m s. n. m., el relieve de la cuenca es ondulado, cruzado por pequeños valles poco profundos de amplitud variable; son comunes las cuchillas continuas y alargadas que separan microcuencas con elevaciones que no superan los 150 m, que crean escalonamientos en el relieve. La base de rocas (madre) se encuentra recubierta por paquetes de cenizas volcánicas de hasta 2 m de espesor, pequeños depósitos de materiales arrastrados por las principales corrientes de agua (aluviales) y depósitos formados por derrumbes de grandes proporciones (coluviales). Para el sector del Molino (sobre la quebrada el Rosario), se obtuvo una fecha por análisis de Carbono 14, asociada a un evento volcánico tan fuerte que alcanzó a depositar cenizas en el lugar hace aproximadamente 7150 años (Obregón, Cardona y Gómez, 2003). Es necesario considerar que fertilidad natural para la agricultura, se considera baja y muy baja, ya que sus suelos, si bien son moderadamente ácidos con alto contenido de materia orgánica, están saturados de aluminio con bajo contenido de fósforo, potasio y bases totales (Pineda, 1979; Jaramillo, 1989). Sin embargo, no necesariamente en un suelo pobre se establece un ecosistema pobre; el componente biótico de los ecosistemas puede llegar a almacenar cantidades de elementos suficientes para, muy

lentamente, cambiar hacia formas de vegetación leñosa, bosques de más alta biomasa y diversidad; para que ello suceda la interferencia humana debe ser mínima. Sin intervención humana allí se habrían desarrollado densos bosques denominados por Holdrige (1978) como bosque húmedo premontano y bosque húmedo montano bajo; los estudios palinológicos revelan la presencia de palmas y en la actualidad se conservan parches de robles (Quercus humboltii), chagualo (Clusia spp.), amarraboyos (Meriania nobilis), sietecueros (Tibouchina lepidota), chirlobirlo (Tecoma stans), carate (Vismia spp.), encenillo (Weinmannia pubescens), arrayán (Myrcia popayanensis), candelo (Croton spp.), canelo, etc. (Velez y Botero, 1997; Universidad Nacional de Colombia – EPM, 2002). Los estudios palinológicos señalan además la existencia de palmas y muestran picos de apertura de bosques y cambios de vegetación, asociados a la actividad humana desde hace por lo menos 3.000 años (Botero, 1999). Si durante el proceso de ocupación humana el suelo de asentamiento es muy pobre, la pérdida de la cobertura boscosa (sabanización) se alcanza en menores períodos de tiempo, a lo cual no solo contribuyen las quemas, sino también la roturación, el cultivo y la erosión de los terrenos, la utilización permanente de la vegetación leñosa, tal y como se observa en las laderas entre el cerro de Pan de Azúcar y la divisoria de aguas entre las quebradas Seca - La Gabriela y Rodas (Parsons, 1992). Al momento de la llegada de los conquistadores, los fenómenos de sabanización parecen ser visibles en el valle de Aburrá; el historiador Fray Pedro Simón al referirse a la expedición de reconocimiento al oriente, anotó: “Para lo cual despachó con gente de a pie y de a caballo al caudillo Jerónimo Luis Tejelo que, habiéndola pasado y descubierto muy grandes sabanas, que eran las de Aburrá.”

Sal, oro y agua para Medellín El área total de la cuenca es de 42 km2 desde su nacimiento en el nudo montañoso que forma el Alto de Las Cruces y el alto Tres Puertas, hasta su desembocadura en el río Aburrá, en el municipio de Copacabana; a la cuenca alta le corresponden 30 km2. El cauce de la quebrada Piedras Blancas se nutre con las quebradas que llegan a su margen derecha: La Rosario o Perico, Piedras Blancas sur, Las Ánimas o Velásquez, El Soldado o Palo Santo y El Atajo. A su margen izquierda llegan las quebradas El Salado, Avila, Guruperita, Gurupera, Matasano sur o Chorroclarín, Matasano norte


Historia y arqueologĂ­a en la cuenca alta de la quebrada Piedras Blancas

89 Bosque de pino /Vereda Mazo, Corregimiento de Santa Elena / MedellĂ­n, Antioquia / F: David Romero Duque


Los Rostros de Antioquia

90

Vasija El Santuario, Antioquia 48,2 cm. x 55,6 cm. Id. 381 Recipiente subglobular con anillos sin alisar e impresiones dactilares. Aunque la pieza fue reportada en 1947 como urna funeraria, corresponde a vasijas utilizadas en la explotaciรณn de la sal.


de minas que comprende la denominación de Piedras Blancas, con todas las aguas tributarias”.6 El documento más antiguo sobre minas de veta en la región es el amparo concedido a don José López de Meza en 1783, de las minas de oro San Antonio y Las Ánimas y de plata San Sebastián y Santa Bárbara. Más intensamente se explotaron minas de veta en el siglo XIX, en 1825 y mayormente en la década del 60, según se infiere de los documentos de minas de este período (Botero et al., 2009). Durante los tres primeros siglos de la colonia, el agua de la Villa se tomó de la quebrada Ana o Santa Elena; pero desde 1879, al hacerse necesaria la construcción de un acueducto, se condujeron las aguas de la quebrada Piedras Blancas y sus afluentes como su principal fuente de abastecimiento, primero por acequia y luego por tubería.7 En 1915 el municipio de Medellín inició la adquisición de tierras en la zona, con la idea de mejorar las condiciones ambientales necesarias para el adecuado suministro de agua para la ciudad. En 1918 el Concejo Municipal de Medellín ordenó comprar las tierras de la cuenca, la empresa del acueducto las compra con el propósito de reforestar y manejar los bosques. Se quería, además, crear un bosque público y organizar “paseos para el disfrute de los visitantes”, aprovechando los caminos empedrados existentes (Acuerdo 63 de 1918 del Consejo de Medellín).8 En la década de 1930, se estudió la posibilidad de obtener un mayor caudal de la quebrada Piedras Blancas, regulando sus aportes mediante la construcción de un embalse. En 1932 nuevamente el Concejo de Medellín autorizó la compra de todas las tierras de la Cuenca. En 1941 se habían adquirido ya 1.800 (alrededor del 61% del total del área de la cuenca), con lo cual se desarrolla plenamente la idea de crear un bosque, garantizar su protección y realizar reforestación con fines comerciales.

Historia y arqueología en la cuenca alta de la quebrada Piedras Blancas

o Matasanito, Tiburcio, Quebraditas, Chorrillos, Salinas y Piedras Negras; a las cuales, a su vez llegan decenas de hilos de agua a los que resulta muy difícil adjudicarles un nombre, pero que explican por qué los habitantes de Medellín tomaron sus aguas para consolidar su poblamiento. Otra de las características de la red hídrica de la cuenca, son los afloramientos de agua salada, conocidos comúnmente como “ojos de sal”; en la documentación colonial aparecen con frecuencia usados como referente de localización; fueron utilizados sin lugar a dudas en remotos tiempos prehispánicos y motivo de disputa entre los españoles. Alonso de Rodas, encomendero del valle del Aburrá, exigía a los indígenas que semanalmente le entregaran “un pan de sal de una arroba y de treinta libras para comer y salar carne”.1 Documentos de 1686, que dan cuenta de la agria disputa que interpuso Pedro del Mazo, por la adjudicación de las tierras anexas, a los que hasta hoy se conocen como “salados de Mazo”.2 Concentrar la sal exige ingentes cantidades de leña para mantener la producción, por ello lo que se disputan son los “montes” que según los testigos de la época son “abundantes”.3 En 1777, las salinas que se disputaron fueron las de La Honda y El Tambor, cuya titularidad se remonta a 1665.4 En el primer registro oficial que se hizo sobre la producción de sal en la provincia (1786), en el área de la cuenca se registran los salados de Mazo con ocho fondos, que permiten producir 188 arrobas de sal “amarga” por mes, cocinando día, y noche; en este registro aparecen además 2 explotaciones de sal en El Tambor y otros dos denominados Piedras Blancas.5 Los salados de Mazo se seguían explotando en 1885. En razón de las grandes extensiones de tierra que se concedieron para cocinar la sal, no es raro que aparezca igualmente la mención al oro, sin embargo, documentos con referencias incontrovertibles a su explotación, solo aparecen en el año de 1779 cuando don José López de Mesa, don Antonio Molina y don Juan de Ochoa, herederos de don Diego Beltrán del Castillo, se disputan “todo el globo

AHA, tomo 353, folios 155r – v-160.

6

Información sobre el interés de utilizar las aguas de la cuenca para construir centrales eléctricas se puede consultar en: http://fluidos.eia.edu.co/hidraulica/articuloses/historia/ hidroe_antioquia/paginas/centrales%20de%20santa%20elena%20y%20piedras%20 blancas%20y%20plantas..htm

AGN, Colonia, Encomiendas, tomo 10, folio 24r.

1

AHA Minas Salinas 374 documento 6974, folios 192r 233r. Aunque hoy las aguas saladas de la cuenca se encuentran completamente abandonadas o se taparon para desecar los terrenos aledaños, la forma e intensidad con que se explotaron, sin duda explica la masiva deforestación que todavía persistía en la década del 40. 2

AHA Minas Salinas 374 documento 6974, folios 254r y v).

3

AHA Minas Salinas 374 documento 6969, folios 2v y 5r.

4

AHA Minas Salinas 374 documento 6972 folios 159r-162r y 217v-218r; Uribe Ángel, 1885. 5

En 1916, Ricardo Olano y Jean Peiret, publican la primera Guía de Medellín y sus alrededores; dado que hay buenas vías que permiten hacer (con precios fijos) agradables excursiones a caballo, se presenta en primer lugar, el paseo a la laguna: “en la cima de la cordillera hacia el oriente, hay una laguna muy pintoresca. El camino es un poco escarpado. El ascenso ofrece admirables puntos de vista sobre el valle. La excursión debe hacerse en la mañana, saliendo desde Medellín antes de las 7 a.m., para regresar a las 12” (Consultado en línea: http://biblioteca-virtual-antioquia.udea.edu.co/pdf/14/travel-roma.pdf). (12 de septiembre de 2016). 8

91

7


Los Rostros de Antioquia

92

Las fotografías aéreas tomadas en 1945 muestran un área prácticamente deforestada cubierta de rastrojos y pastos, con algunos pequeños parches de bosques nativos, pese a que desde 1930 ya se había registrado el crecimiento de las primeras plantaciones de coníferas (Cupressus lusitanica, Pinus patula y Pinus elliottii) y de especies nativas como cañafístula macho, pimienta y roble. Las coníferas de origen norteamericano y mejicano se adaptaron a las condiciones del suelo del clima y la manipulación con mayor facilidad, y si bien hoy son objeto de crítica, lo cierto es que significaron un cambio positivo y notable en el paisaje y en la conformación actual de la vegetación. Durante los años de 1949 a 1952 se construyó el embalse de Piedras Blancas, con una capacidad de almacenamiento de diez y seis millones de metros cúbicos; como alternativa para garantizar por lo menos durante 20 años el suministro de agua potable para la ciudad de Medellín (función que, aunque restringida, sigue cumpliendo en la actualidad). En 1951 el Consejo Superior de la Universidad Nacional de Colombia aprobó la creación del Instituto Forestal con sede en Piedras Blancas (margen occidental de la quebrada Gurupera); en ese mismo año inició la Carrera de Ingeniería Forestal. En 1954 y 1959 se firmaron convenios entre la Secretaría de Agricultura de Estados Unidos, la empresa que antecedió a EPM, y la Universidad Nacional de Colombia – Sede Medellín, para la investigación y el desarrollo de las plantaciones forestales; de estas primeras experiencias e investigaciones, nace la reforestación comercial en Colombia. En 1955 la fusión de las empresas dedicadas a distribución de energía eléctrica, acueducto, alcantarillado y teléfono da origen a las Empresas Públicas de Medellín tal y como la conocemos hoy. Al iniciar la década del 70 se tomaron dos decisiones fundamentales para la conservación y desarrollo de la cuenca, lamentablemente contradictorias. En 1971, se crea un área protegida de orden nacional: la Reserva Forestal Protectora del río Nare, con una extensión de 15.590 hectáreas (118, 25 km2) en jurisdicción de los municipios de Medellín y Guarne, 4327,8 corresponden al corregimiento de Santa Elena. Con alturas que oscilan entre los 1950 y los 2900 m, entre los cerros que demarcan su perímetro se encuentran el Pan de Azúcar, Cerro Verde, El Venteadero, La Yegua, Morro La Tablaza, y Altos como Santa Catalina, el Chuscal, La Mona, Perico, Espíritu Santo, Patio Bonito, Romerillo, de la Pelada, de la Paloma, San Ignacio, de la Polca, del Pino, Cuchillón, Tres, Cerro Puertas, El Chiquero y La Honda, entre otros (Corantioquia, Cornare 2010: 28-58). La declaratoria de la reserva sucede al mismo tiempo que se desarrollan los megaproyectos que comenzaban a construirse en el departamento: autopista a Bogotá, los embalses y las centrales

hidroeléctricas de Guatapé, San Lorenzo, Playas, Punchiná y Calderas, el aeropuerto José María Córdova, la Zona Franca y la Base Aérea. En 1970, para caracterizar el área de la Zona Forestal Protectora del río Nare, se propuso dividir el territorio en 4 zonas correspondientes a las hoyas hidrográficas: Piedras Blancas, La Honda, Santa Elena y Las Palmas; con funciones eminentemente protectoras, se presentan subdivididas en zonas de: libre recreación, recreación controlada; restringidas y de acceso prohibido al público. La cuenca de Piedras Blancas entre la Laguna de Guarne – Alto la virgen – y Llave de Piedra, se recomienda declararla Monumento Nacional; específicamente la laguna se reconoce como de interés para desarrollar actividades recreativas ya que allí llegaría un teleférico (Corantioquia - Cornare, 2010: 9-14). Desafortunadamente en 1973 se rompió el convenio de Empresas Públicas de Medellín con la Universidad Nacional de Colombia, lo cual, entre otras cosas, ocasionó el saqueo generalizado de todo tipo de recursos naturales, vegetales y animales. Extensas áreas fueron degradadas por la extracción de musgo y tierra de capote, afectando drásticamente el hábitat de aves, roedores y mamíferos.9 Fue solo hasta 1995 que CORANTIOQUIA, al recibir las instalaciones del INDERENA, reinició la investigación de especies forestales nativas de la región. La presencia directa y permanente de la Universidad Nacional en la cuenca explica, en parte, la masa documental derivada de estudios sobre lo forestal, los suelos y el agua, pero sigue sorprendiendo la carencia de estudios que desde lo social, la historia, la antropología, la sociología, la filosofía, el arte, la arquitectura, etc., permitan conocer lo específico de los fenómenos sociales, económicos y políticos que la determinan. En 1998, 16 km2 de la cuenca fueron declarados como Bien Cultural de interés Nacional (Resolución 0797 de 1998 del Ministerio de Cultura); desde el año 2000 y de manera sistemática hasta el 2004. CORANTIOQUIA financia estudios sobre vestigios arqueológicos, en el marco del programa Poblamiento y Territorio con el objetivo de desarrollar un Parque Regional (Castro, 1999; Corantioquia, Holos – Natura, 2001; Obregón, Cardona y Gómez, 2003, 2004). En 2004 se inaugura la estación Metrocable en el barrio Santo Domingo Savio; en 2010 se inaugura la estación que conduce hasta el Parque Arví; en este mismo año el Ministerio del Medio Ambiente accede a redefinir la Reserva Forestal Protectora declarada en 1970, para posibilitar

9 Según información recuperada en 2014, para esta época, los campesinos recuerdan “volquetadas enteras” que salían llenas de musgo y otros elementos del bosque para ser vendidas en Medellín. Una perspectiva menos drástica la presenta Marín (2012).


Historia y arqueologĂ­a en la cuenca alta de la quebrada Piedras Blancas

93 Bosque de pino / Vereda Mazo, Corregimiento de Santa Elena / MedellĂ­n, Antioquia / F: David Romero Duque


Los Rostros de Antioquia

94

Campos circundados o estructuras cerradas delimitadas por paredes artificiales. / Vereda Mazo, Corregimiento de Santa Elena / MedellĂ­n, Antioquia / F: David Romero Duque


95


las obras de adecuación del Parque y solicita a EPM la propuesta de un plan de manejo forestal cuyo borrador se entrega en 2013, justo en el momento en que la Corporación Parque Arví le solicita a la Universidad de Antioquia proponer un plan de manejo arqueológico, mismo que se presentó a finales de 2014 y continúa en trámite de concertación con las unidades que deberán desarrollarlo. La densidad y formas del poblamiento actual de la cuenca evidencia un auge urbanístico sin precedentes, solo limitado por la existencia de los bosques de propiedad de las Empresas Públicas de Medellín; los cambios del uso del suelo y nuevas formas productivas que impone el turismo, se perciben de formas contradictorias y generan no pocos conflictos entre pobladores y administradores.

Los Rostros de Antioquia

Los antiguos caminos Los más tempranos relatos de la conquista, escritos en 1541 por Pedro Cieza de León, Jorge Robledo y Juan Bautista Sardella, mencionan y describen con gran detalle su paso por el valle de los aburráes (a las gentes les pusieron el nombre del río). Los relatos de los conquistadores no solo mencionan la existencia de caminos, reportan que están empedrados y no dudan en señalarlos como más anchos que los del Cuzco; también vieron muy grandes acequias hechas a mano y muy grandes edificios antiguos destruidos y bohíos como a manera de depósitos, lo cual hizo pensar a Robledo en una gran población.

96

Cieza de León al referirse a Aburrá nos informa: “Hay en este valle de Aburrá muchas llanadas, la tierra es muy fértil y algunos ríos pasan por ella. Adelante se vio un camino antiguo muy grande, y otros por donde contratan con las naciones que están al oriente, que son muchas y grandes, las cuales sabemos que las hay más por fama que por haberlo visto.” Juan Bautista Sardella, al referirse a la expedición que le ordenó hacer el capitán Jorge Robledo, al capitán Diego de Mendoza añade: “[…] que con cierta gente de a pie y de a caballo fuese hacia la mano derecha que era donde caía el valle de Arvi por aquellos llanos que él había visto, a ver lo que

había, el cual anduvo por allá a la ligera veinte días y más e nunca pudo hallar poblado sino fueron ciertos bohíos como a manera de ventas e estaba aquí un bohío e a dos leguas otro, e en cada uno avía sembrado su comida de maíz e yuca e halló muy grandes acequias de agua hechas a mano e como vio que no hallaba un poblado volvió donde estaba el capitán y le dio razón de lo que havía hallado.” Este informe hizo que Robledo decidiera explorar él mismo el territorio que estaba al oriente del valle (plano como la palma de la mano) y que consideraban era Arví, lugar del cual tuvieron noticia y buscaron desde su salida de la ciudad de Cartago. Sardella, el escribano de Robledo, relata: “[…] y visto por el capitán que hacia la parte de Arví no se hallaba poblado por se haber abajado mucho el mismo con ocho de a caballo e ciertos peones a la ligera fue a descubrir por otra parte e nunca pudo hallar poblado puesto que halló muy grandes edificios antiguos destruidos e los caminos de peña tajada hechos a mano más anchos que los del Cuzco […]” Los investigadores Norberto Vélez y Sofía Botero (1997) concluyeron que algunos de los caminos que transitaron los conquistadores corresponden a los que, de occidente a oriente y de norte a sur, cruzan la cuenca alta de la quebrada Piedras Blancas y que el camino que desde el centro del valle, sube por el noroccidente del cerro Pan de Azúcar y llega a la Laguna de Guarne, es el que utilizaron Álvaro de Mendoza y Jorge Robledo en 1541, y que es justo este camino el que el cronista Cieza de León, consideró antiguo y muy grande. En razón de ello, los investigadores lo denominaron “camino de Cieza”, el camino que los actuales habitantes de la zona denominan “camino de la cuesta”, describiendo muy bien la empinada pendiente por la que pasa (Figura 5). El camino de Cieza o de la cuesta, se divide en dos ramales al alcanzar el escarpe, en el punto denominado “Llave de Piedra”; el ramal que se dirige al norte bordea el costado occidental de la Laguna de Guarne, y se divide a su vez en dos caminos, en el sitio conocido a principios del siglo XX como el “Hotel Cabuya”, muy cerca de la actual estación de Metro Cable Arví. Desde allí el camino desciende por “El Sango” rumbo hacia Girardota y se bifurca en otro que continuaba por la cima de la Cordillera Central hacia el norte/


Historia y arqueologĂ­a en la cuenca alta de la quebrada Piedras Blancas

97 Figura 5. Caminos y posibles rutas seguidas por los conquistadores desde el occidente y hacia el oriente tomando como punto de partida el Sitio de Pueblo Viejo en el municipio de La Estrella. Fuente: VĂŠlez y Botero, 2009.


caminos se construyeron mucho antes de la llegada de los españoles (Botero, 2005; 2006, 2008). Una fecha que se remonta a 1.790 años antes del presente, ha sido asociada al camino que conduce a la Laguna de Guarne, la obtuvo el investigador Luis Carlos Cardona (2002). La fecha obtenida por Cardona, se relaciona de manera directa con los restos carbonizados del enterramiento ritual de una vasija, localizado bajo la calzada del camino que cruza la cúspide del cerro Pan de Azúcar, espacialmente asociada a una concentración de aterrazamientos delimitadas por muros perimetrales, en un área de 400 x 200 m. Sin embargo, el estudio de los caminos antiguos en Antioquia y en Colombia, es todavía incipiente y se encuentra atascado en interpretaciones

98

Los Rostros de Antioquia

noreste hacia los municipios de Concepción, Alejandría, Santo Domingo, etc. El ramal sur descendía hacia la quebrada Piedras Blancas y desde allí ascendía al Alto de Medina hasta alcanzar a Guarne por la cuenca de la Honda y continuar hacia el piedemonte del cerro El Órgano, el Viejo Peñol, Guatapé y finalmente el río Magdalena. A estos grandes ramales de alcance interregional, lógicamente, se articulan caminos más cortos y estrechos que comunican lugares de muy distintas características formando una compleja red que fue descrita por Vélez y Botero (1997), al seguir las rutas seguidas por el conquistador Jorge Robledo en la búsqueda del valle de Arví; el análisis de la información contenida en las crónicas de conquista, las evidencias arqueológicas y el paisaje, les permiten afirmar que estos

Elementos constitutivos de los caminos empedrados del Caunce y la Bocaná. Obsérvese que las diferencias constructivas corresponde a los distintos problemas que impone el manejo de las aguas de escorrentía y las características geográficas de los distintos espacios que atraviesa el camino. Reconstrucción grafica a partir de información proporcionada por Correa, 2001.


El seguimiento de la ruta de los conquistadores y la localización de los caminos que atraviesan la cuenca de la quebrada Piedras Blancas, llevó a realizar un reconocimiento exhaustivo en terrero, fotografías aéreas y mapas, que permitió reportar el descubrimiento de muy distintas construcciones en piedra y un particular manejo de suelo evidenciado en la existencia de cortes, excavaciones, aterrazamientos y más de 1300 espacios claramente delimitados por muros de tierra y piedra, denominados y utilizados por los habitantes de la cuenca como “huertas” y por los investigadores como campos circundados (Botero, 1999). La antigüedad de los campos circundados fue establecida mediante la obtención de 8 fechas absolutas, que permitieron proponer que el inicio de su construcción podría remontarse a 2.900 años antes del presente, con el propósito de mejorar el drenaje y conducir las aguas de escorrentía (Vélez y Botero, 1997; Botero, 1999).

Con un área total de 16 km2, las áreas protegidas se definieron, a partir de 45 pares de coordenadas planas (X y Y) que marcan áreas geográficas (polígonos) cuyos tamaños y formas señalaron no solo es estado de la investigación, sino que reconocieron la existencia de predios de propiedad privada, desafortunadamente la mera declaratoria no ha tenido ningún tipo de efecto en la protección de los vestigios arqueológicos.

10

Apoyados por documentación colonial y republicana, Obregón, Cardona y Gómez (2003), excavaron la casa, localizaron un socavón y “cargueros” o acumulaciones de materiales finos y medios, producto de la actividad minera al utilizar un molino de pisones. La fecha obtenida asociada a esta casa colonial es: 1610±60 d. C. (Beta 172857). Lo que en la cartografía se registró como socavones, los pobladores los reconocen como “cuevas de indios”.

11

Historia y arqueología en la cuenca alta de la quebrada Piedras Blancas

Un paisaje construido: reacomodación sistemática del suelo

El conjunto de estructuras y vestigios espacialmente relacionados fueron declarados como Bien de Interés Cultural de Carácter Nacional con la Resolución 0797, expedida por el Ministerio de Cultura en 1998, y si bien no corresponden a la totalidad de lo que hoy se conoce, los hallazgos presentados como conjuntos relativamente diferenciados sigue vigente.10 En la vertiente oriental de la quebrada El Rosario, se localiza el polígono protegido denominado Altos del Rosario, marcado por la estrella fluvial que forman las quebradas Oro, Perico y Ruiz; allí se reportó la existencia de 7 plataformas, formadas a partir del corte y la elevación del terreno y que fueron protegidas por muros de contención revestidos de piedra; hacia 1630 un minero español construyó allí una casa de la cual aún se conserva prácticamente intacto el corredor; el lugar es conocido entre los pobladores como El Molino.11 Otras evidencias que señalan la importancia antigua del lugar son: la existencia de salados; el recubrimiento con piedra de los cauces que forman la estrella fluvial y a lo largo de la quebrada El Rosario; los andenes relativamente estrechos, algunos con dos niveles empedrados y el hecho de que por el pase el camino que conduce al Alto de La Honda; en 1997 el camino aún conservaba tramos de su calzada empedrada. Un asunto que desafortunadamente no ha sido investigado es la clara delimitación y cerramiento de zonas anegadizas, como hipótesis se propuso que pudieran corresponder a “huertas” o sitios donde se pueden obtener materias primas o alimento propios de humedales. Más al norte sobre esta misma vertiente, los vestigios arqueológicos incluidos en el sitio El Carmelo, están referidos sustancialmente a las adecuaciones realizadas en los alrededores de una pequeña estrella fluvial que corre en dirección oriente-occidente por la margen derecha del tercio inferior de la quebrada El Rosario; conocido y cartografiado en la década del 70 como la “La Alcantarilla”, y posteriormente como El Carmelo. La comunicación más expedita al sitio, podía conseguirse por el camino que

99

sobre la temporalidad de su construcción, sin avanzar en el conocimiento de sus características y alcance geográficos, en los cuales, consideramos, están las claves más importantes. La idea de que estos caminos fueron construidos por los españoles durante la colonia e incluso durante el periodo republicano sigue vigente (Arcila, 1977; González, 2000, Correa, 2001, Jiménez et al., 2005). Retomar con nuevos elementos este ángulo de la discusión, resulta importante en tanto la adscripción temporal de los caminos a uno u otro periodo histórico, se ha usado a favor y en contra de su valor patrimonial y por ende repercute con fuerza en el uso y protección que se propone en los planes y proyectos institucionales y privados. Sobre lo que no existe duda es que fue en 1960, que se construye sobre el camino antiguo la carretera central de Piedras Blancas, para conectar El Tambo con la inspección de Mazo. En 1995 los antiguos ramales ya se habían convertido en carreteables. Pese a que en 2010 el municipio de Medellín, a través de la Fundación Ferrocarril de Antioquia, restauró y realizó adecuaciones para proteger parte del camino mencionado por Cieza de Léon, en el sector próximo a la Laguna de Guarne, denominado Canalón Azul; entre 2012 y 2015, se logró hacer lo que no se había logrado en los 500 años anteriores: cubrir con cemento las partes más bellas y mejor conservadas de su extraordinaria calzada recubierta en piedra.


Los Rostros de Antioquia

100

Detalle sobre fotografía aérea tomada en 1945, vuelo C-395 foto 996 (IGAC; Trabajo 155).1

1 La Corporación Autónoma Regional del Centro de Antioquia compró, restituyó y digitalizó la serie completa de 533 fotografías, tomadas en 72 vuelos durante los años 1943 y 1945, con el objeto de identificar la cobertura vegetal y zonas de vida y la fisiografía, red hídrica y rasgos antropológicos del centro de Antioquia; el trabajo de restitución sobre 64 planchas cartográficas escala 1:25.000, fue realizado por el Laboratorio de Fotointerpretación de la Universidad Nacional sede Medellín.


Historia y arqueología en la cuenca alta de la quebrada Piedras Blancas

corre entre El Tambo y el Alto del Rosario por la serranía de Casa Grande. Se reportó así mismo un conjunto de huertas o campos circundados situados en los tendones de las serranías que bajan hacia la quebrada El Rosario, a lado y lado de la estrella fluvial, la mayoría conservan piedras en sus paredes y aparece cerámica en su superficie. Uno de estos campos fue estudiado intensivamente, la datación realizada sobre muestras de carbón asociadas a cerámica proporcionó una fecha de 1390±60 BP (Beta 67469) (Botero, 1999; Botero y Vélez, 2007; Botero et al., 2009). En condiciones de avanzado deterioro, lo que se consideró el centro del sitio, se registró un túmulo de tierra de aproximadamente 4 metros de altura por 6 de diámetro. Los numerosos pasos de agua formados por los drenajes naturales que bajan a lado y lado enmarcando el lugar y que se unen en la parte baja de este túmulo, a partir de allí la quebrada desciende

unos 7 metros hasta desembocar en un vertedero construido en piedra. El vertedero tiene una sección transversal en V que se origina en la unión abierta de dos muros de piedra y tierra que asciende a lo ancho de sus vertientes, la longitud aproximada de los muros que enmarcan el paso de agua es de 15 metros, sin embargo estos se prolongan aún después de ascender a los dos tendones de serranía formando las paredes de algunas de las huertas que componen el sitio. La caída de la corriente de agua después de cruzar el vertedero se efectúa sobre una pared vertical de menos de un metro de altura, la cual forma parte de la caja o “alcantarilla” de piedra que constituye la totalidad del vertedero. En 1997, en el vertedero, se registró como parcialmente visible la pared sobre la que cae el agua, ya que las otras paredes de la caja se encuentran cubiertas por vegetación y sedimentos, “el manejo que

101

Sitio El Molino, vertiente oriental de la quebrada El Rosario, en proceso de excavación (Obregón, Cardona y Gómez, 2003).


Los Rostros de Antioquia

102

Sistema hidráulico construido en piedra y arena para la conducción del exceso de agua de lluvia / Vereda Barro Blanco, Corregimiento de Santa Elena / Medellín, Antioquia / F: David Romero Duque Foto 1. Camino recorrido por los conquistadores para llegar al valle del Rionegro o Arví. Fotografías tomadas en 2005.


Historia y arqueología en la cuenca alta de la quebrada Piedras Blancas

piedras pequeñas de cuarzo. La densidad de la vegetación y lo estrecho del cauce no permitieron seguir la corriente hasta sus cabeceras para verificar el origen y longitud de este canal. Este tipo de canales y adecuaciones, se hizo plenamente visible durante la investigación realizada en los alrededores de la confluencia de las quebradas Piedras Blancas, El Rosario y Matasanos en 2009 y se corrobora su existencia a lo largo y ancho de la cuenca en 2014. Son recurrentes los cortes en ladera regulares e irregulares, muros aislados, canales largos (con más de más de 80 m de largo y promedio de profundidad de 1,50 m, algunos con profundidades mayores a 6 m), canales cortos (de 5 hasta 30 m), canales con muro artificial a un lado, canales enterrados y “bocas”. Los canales con muro artificial a un lado, fueron construidos mediante la disposición ordenada de los materiales excavados, colocados en forma de rampa hasta formar un muro marcado por un grueso recubrimiento de suelo negro compactado en forma de L, y un centro en forma de “cuña” formado por los materiales amarillos provenientes de los horizontes B y BC. Localizados en cimas y laderas, la mayoría se construyeron perpendiculares a la pendiente y se interrumpen justo en el lugar donde se concentra el agua de escorrentía –a media ladera o en la vega–, punto en el cual, la pared en tierra es remplazada por muros rectangulares, con paredes recubiertas con cuarzos hasta que llegan al espejo de agua. Los canales con muro artificial a un lado, no se perciben como directamente relacionados con los contextos de vivienda o agrícolas, ni se encuentran evidentemente relacionados con la minería, por lo menos no con la que pudiera considerarse colonial, tampoco que hayan sido construidos con la idea de separar predios, entre otras cosas, porque en muchas ocasiones el muro artificial se construyó justo al lado que resulta inoperante para cumplir esta función (Botero et al., 2009; Botero, 2012). Los cortes en la ladera son claramente visibles en las partes más bajas y acentúan o alejan las vegas y zonas de inundación más próximas a las quebradas. En la quebrada Piedras Blancas, fue posible observar en los tramos en donde la vega es más amplia, en ambas márgenes, que el corte se profundizó (entre 15 y 30 cm) al finalizar la pendiente, con el fin de conducir las aguas de escorrentía de forma paralela a la quebrada para, la mayoría de las veces, depositarlas en ella decenas de metros después. En ocasiones el agua llega hasta explanaciones más o menos grandes produciendo amagamientos; en ambos casos lo que llama la atención es su cercanía a la quebrada (en todos los casos menos de 2 m); la profundidad del cauce (en ocasiones más de 1.5 m) podría señalar que efectivamente se trata de acequias para llevar el agua a los lugares

103

se dio al descenso de las aguas hacia la quebrada Piedras Blancas es difícil de establecer ya que estas fueron tapadas durante la construcción de un camino para la conducción de madera”; en 2010 el vertedero fue destruido durante la adecuación de la carretera, realizada como parte de las obras de amoblamiento de lo que hoy se reconoce como el Núcleo de Comfama. El sitio arqueológico denominado Chorroclarín-El Tambo, se localiza a lo largo de las vegas de la quebrada Piedras Blancas, a partir de las desembocaduras de las quebradas Tiburcio y El Rosario hasta un salado situado cerca de la desembocadura de la quebrada, justo al lado norte, donde hoy se localiza la capilla de la Santa Cruz. Señalado como un sitio de particular interés, se tomó como referencia para su localización una fuente salina, denominada durante la colonia Salado del Pozo Real. Los investigadores destacan además un conjunto de espacios adecuados para el cultivo, campos circundados y aluviones protegidos por un canal al pie de la ladera; una de esas plataformas, escalonada y con área aproximada de 170 m2, conserva las ruinas de una casa de tapia y sobre el costado que da a la quebrada, se acumulan gran cantidad de fragmentos de cerámica prehispánica. En 1999 esta plataforma fue excavada por el arqueólogo Gonzalo Castro, quien evidenció dos momentos de ocupación, el primero marcado por la presencia de cerámica estilo Marrón Inciso y una datación de 390±60 d. C. (Beta 129459), asociada al inicio de la explotación prehispánica de la fuente salina; la segunda ocupación la marca la presencia de una casa en tapia, materiales cerámicos y metálicos asociados a una fecha de 1680±50 d. C. (Beta 129457), la cual coincide con información derivada de documentos coloniales que registran la explotación de oro y sal en la región. En las inmediaciones del salado se registran además vestigios denominados “cabezas de puente” y construcciones para el manejo de los salados. Este sitio está cruzando el camino transversal de “La Candelaria”, que unía el ramal sur con el ramal norte del denominado camino de Cieza, y que partía de El Tambo hasta el alto de Brisuela y La Honda, por un sendero que lo comunicaba directamente con el sitio de Mazo. Para adecuar la plataforma escalonada, se excavó un canal de aproximadamente 15 m de largo y ancho promedio de 1,5, con paredes que alcanzan los 5 m de altura; poco antes de que la pendiente se agudice, una especie de pared forma una pequeña cascada a partir de la cual el agua se vuelve subterránea para salir a poca distancia de la quebrada Piedras Blancas. Desde el lugar de la pequeña cascada, aguas arriba, algunos tramos de las paredes del cauce se encontraron recubiertos por


Los Rostros de Antioquia

104

Estructura o muro de protecciĂłn construido en piedra para preservar el sendero y la orilla de la quebrada / Vereda Piedras Blancas, Corregimiento de Santa Elena / MedellĂ­n, Antioquia / F: David Romero Duque


Historia y arqueología en la cuenca alta de la quebrada Piedras Blancas

identificar, para acceder a claves desconocidas sobre las técnicas mineras que habrían sido utilizadas durante la colonia y quizás desde tiempos prehispánicos. Las referencias documentales están en mora de ser detalladas y analizadas, en tanto suponen formas de trabajo, construcciones y manejo de los recursos que nos resultan confusas ya que lo que se dice que se hace, no es lo que se puede inferir de las evidencias localizadas en el terreno. Las técnicas de extracción mecánica con “monitores” introducidas durante el siglo XIX, utilizando la fuerza del agua lanzada a presión para desintegrar las capas de suelo, excluye la construcción de canales. La minería de veta, hasta donde sabemos, implica la construcción de acequias pero no de canales; este tipo de minería está documentada en la zona a principios del siglo XX, relacionada con la introducción del molino de pisones (Obregón, Cardona y Gómez, 2003). Sobre la vertiente noroccidental de la serranía que corre entre las quebradas Piedras Blancas y Gurupera, son observables una importante concentración de evidencias arqueológicas, localizadas en el polígono protegido denominado Mazo-La Concha. Aquí se presentan condiciones especialmente favorables para albergar una población numerosa, con tierras planas, bien drenadas, propicias para la agricultura; su importancia está señalada por los numerosos caminos y senderos que atraviesan el sitio. El referente arqueológico más característico del sitio, es conocido por los habitantes de la zona como “El Tiestero”, se trata de una gran acumulación de fragmentos cerámicos, colocados en la parte alta de un espacio en cuyas inmediaciones brotan en cinco sitios distintos agua salada y en el que, además, los investigadores reportaron en 1997, cabezas de puentes y puentes de piedra, tramos de muros empedrados en los causes de las quebradas San Roque y El Salado. El Tiestero contenía cerámica típica del estilo Marrón Inciso con fechas asociadas al inicio y abandono del sitio en 1430±60 BP (Beta 67470) y 1540±60 BP (Beta, 67471) (Botero y Vélez, 1995). Del conjunto de campos circundados o “huertas”, localizado en este polígono, fue estudiado intensivamente el llamado “La Concha”, ubicado en las cercanías de las actuales instalaciones de la estación Forestal de la Universidad Nacional, por presentar en distintos sitos de sus muros revestimientos de cuarzo lechoso; el análisis de una muestra de carbón obtenido en su interior, proporcionó una fecha de 2900±70 años antes del presente, la cual comparada con fechas obtenidas de los sedimentos de la Laguna de Guarne, permite proponer que es en esta época que se da inicio a la construcción de este sistema de manejo del suelo (Botero, 1999).

105

más propicios para separar el oro de los materiales rocosos entre los que se encuentra. Con el nombre de “bocas” se designó a los lugares excavados en la media ladera, en forma de media luna o rectangulares, de los que se desprende uno o varios canales, caracterizados por estar fuertemente alterados por cortes en ladera irregulares, en ocasiones erosionados o derrumbados. En ocasiones, el canal es tan ancho y profundo que parece el cauce de una pequeña quebrada, sin embargo, al llegar al nacimiento, resulta claro que se trata de una excavación artificial con paredes claramente levantadas mediante el acomodamiento de suelos. Un hecho que llama la atención es que muchos de ellos tienen un flujo constante de agua, que en ocasiones fluye y se pierde en fuentes subterráneas. A pesar de que se ofrece información que señala la poca profundidad, extensión y localización poco coherentes con lo que supone la extracción del oro; las bocas, los canales cortos, los cortes en ladera (regulares e irregulares) y los muros aislados, fueron asociados a actividades mineras. En estas zonas los canales no solo se encuentran muy concentrados, sino directamente asociados a cárcavas, cargueros y espacios alterados donde se concentra el agua y, corresponden a las descripciones que proporcionan autores como Fernández de Oviedo (1513–1549), Pedro Nisser (1825-1834), Vicente Restrepo (1871), Manuel Uribe Ángel (1885) y Robert West (1972). En 2009 se registró la existencia de 7 contextos mineros, con áreas de 13.230 m2; 13.265 m2; 26.426 m2; 33.455 m2.; 36.000 m2; 97.000 m2, y 5000 m2 respectivamente. Se trata de espacios con conjuntos de canales que se perciben espacial y temporalmente relacionados; el más pequeño se consideró como prehispánico. La opción de referirse a contexto y no a minas propiamente dichas, se tomó en razón de que el tamaño y espacialidad que se registró no correspondía con la información tomada de los títulos y pleitos que se encuentran en la documentación de archivo (Mesa, 1906; Obregón, Cardona y Gómez, 2003; Botero et al., 2009). Para profundizar en la comprensión de la actividad minera realizada en la zona, la observación y registro realizado en 2014, se concentró en cuatro grandes espacios masivamente alterados y excavados hasta remover profundamente material parental con áreas de 80.000, 33.000, 11.000 y 9.000 m2. Al interior de los espacios identificados como minas, se encuentran ruinas de tapia y cargueros, muros en piedra, canales de muy diversos tamaños, cuya función si bien estaría relacionada con el manejo del agua indispensable a su explotación, su localización y profundidad obligan a pensar en otras lógicas que consideramos necesario


Los Rostros de Antioquia

106

El área protegida denominada Laguna-Camino de Cieza-Matasanos, incluye La Laguna de Guarne, bordeada por el camino referido por Pedro Cieza, en sus alrededores aún se conservan restos de largos muros de contención en dos niveles, uno separado del otro por aproximadamente 60 m. El muro del nivel inferior, aún es posible observarlo a lo largo de más de 150 m. El muro del nivel superior se encuentra muy deteriorado, sin embargo es posible observar que formó parte de otras estructuras construidas en el lugar y de las cuales es posible diferenciar cuatro diferentes espacios delimitados por muros o hilos de piedra y adecuaciones para la circulación dentro del conjunto (Botero y Vélez, 1997). En 2009 la arqueóloga Helda Otero de Santos, actualiza la información sobre el deterioro de las estructuras y reporta el hallazgo de 5 fragmentos cerámicos de un mismo recipiente encontrados al interior del “muro en piedra que transcurre por la margen oriental del camino de la cuesta”, más precisamente en “un hueco perforado en el muro que acompaña el acceso a la Laguna de Guarne”; desafortunadamente la investigadora reportó el hallazgo sin ningún tipo de asociación estilística por lo cual reporta la vasija como indeterminada (Otero de Santos, 1999). Este mismo tipo de cerámica se localizó en las terrazas 5 y 6 descritas como “Terrazas escalonadas con muro en piedra que separa del camino” y que las 22, 23 y 24 forman parte del conjunto considerado por Botero y Vélez (1997) como de origen prehispánico y por Correa (2001) como configuraciones orgánicas antiguas. En este mismo informe se reportan: […] aljibes que brotan entre el afloramiento rocoso de dunita existente en el sector. […] Corresponden a huecos con bordes irregulares perforados intencionalmente sobre la roca o sobre el horizonte B. […], uno de ellos distante 80 m de la laguna, cercano a la terraza 32, podría relacionarse con la casa en tapia que existió sobre dicha terraza. En el plan Maestro se registran como “reservorios de agua” cuya función social dentro del sistema vial sería la de “instalaciones para el abastecimiento de agua a los viajeros” (Tomo II: 558 citado por Otero de Santos, 2009). La ubicación de la laguna, al borde de la cuchilla que separa el valle del Aburrá de la cuenca, ofrece espectaculares visuales sobre la ciudad, las características del camino por el que se llega y sin duda el atractivo que ejerce la laguna misma, se traduce en una masiva afluencia de turistas que histórica y permanentemente han llegado hasta allí, siendo, sin

duda, el sitio con vestigios arqueológicos más intensamente intervenido y por lo tanto en mayor riesgo de ser irremediablemente desnaturalizado y contaminado. El sitio denominado Matasanos, ocupa el valle alto y estrecho de la quebrada de igual nombre; a lo largo del arroyo que nace en el alto de Gurupera, de norte a sur hasta la estrella fluvial de la quebrada para continuar luego en dirección occidente-oriente aguas arriba a partir de la estrella fluvial. Esta ubicación es la que, a juicio de los investigadores, presenta una de las características más interesantes de este sitio: dos trinchos o canales de drenaje, los cuales siguen la pendiente de la ladera occidental del pequeño valle, protegiendo y delimitando el conjunto de obras allí existentes: siete aterrazamientos (plataformas) delimitados con cortes recubiertos con piedra a manera de muros de contención, comunicados por senderos que en algunos tramos conservan sus piedras; así mismo se destaca una estructura circular, la cual podría corresponder a una “torre o atalaya” de aproximadamente 2.50 m de altura por 3 de diámetro en su cima plana, presenta revestimiento de piedra en algunos puntos. Uno de los rasgos que llamaron la atención de los investigadores, fue un escalón y canal revestido de piedra para proteger la banca del camino que comunica el sitio con la serranía que lo enmarca por el oriente. El tercio inferior del sitio hacia el norte, fue protegido de la erosión mediante un muro que descuelga desde la ladera occidental del pequeño valle y conecta con un relicto de la ladera oriental, que fue cortada formando una pequeña garganta en forma de U con la cual fue desviada la quebrada. Los numerosos senderos que llegan o se derivan de este sitio señalan su importancia. A lo largo de la quebrada Matasanos y sus afluentes aún se conservan largos tramos de los muros de su cauce y vertederos cubiertos con piedra; aún es posible seguir estos muros a lo largo de hasta 600 m. En la margen oriental del arroyo, se ubica el banqueo de una acequia que recorrió las vertientes de la serranía en un trayecto de más de 800 m. Al norte del sitio denominado Matasanos, un poco antes de la estrella fluvial de esta quebrada, la ladera oriental de la serranía que la enmarca por el oriente, fue excavada en forma de U a lo largo de aproximadamente 10 m. Por el canal abierto fue desviada la quebrada Matasanos, el muro occidental que la acompaña hasta aproximadamente 600 m hacia el sur, remata en el pie de la colina que por efecto de la desviación quedó en su orilla occidental. Aún es posible observar parte del cauce seco de la quebrada Matasanos a partir de un muro en piedra que en sentido occidente-oriente, amarra formando un escalón, el plano aluvial de la margen occidental de


Historia y arqueología en la cuenca alta de la quebrada Piedras Blancas

107 Sitio El Tiestero, vereda Mazo. Obsérvese la gran cantidad de fragmentos localizado en superficie, producto de la intensa guaquería a la que cíclicamente se somete el sitio. El depósito tiene una profundidad promedio de 50 cm, en un área aproximada de 70 m2.


108

Los Rostros de Antioquia

la quebrada. Este muro de unos 25 m de longitud, parte de las laderas occidentales del valle, atraviesa sus aluviones en dirección norte-sur y muere contra el relicto del pie de monte de la serranía oriental, separada de esta por el corte en U. La función de esta desviación pareciera ser la de facilitar la defensa de las tierras de aluvión aguas arriba, pues así se deduce de la circunstancia de presentarse escalonamiento, en un desnivel de aproximadamente 1 metro de altura; precisamente la altura del muro que amarra el aluvión al sur de la quebrada. Muy posiblemente sea esta excavación la que el Plan Maestro (2001), registra relacionada con actividades mineras y denomina: Anfiteatro: Actualmente, casi todas estas obras se encuentran reforestadas; según las evidencias […] En dicha área, se realizó una excavación de grandes dimensiones, que presenta un corte en U, siguiendo la pendiente, lo cual da como resultado la forma de un anfiteatro con una inclinación que aumenta la pendiente general de la zona intervenida; adicionalmente, las áreas seleccionadas, no presentan un cuerpo hídrico que las cruce de manera puntual, sino que éste se encuentra distante no más de 100 m (Plan Maestro, 2001, Tomo II: 448). A partir de este gran corte se registraron en el 97, aterrazamientos escalonados y otras modificaciones realizados a lo largo de la ladera; adecuaciones pequeñas (3 X 2 m en promedio) la bordean en el pie de monte. Se registró, además, “una excavación cuadrada de aproximadamente 20 metros de lado y 1 metro de profundidad, comunicada hasta la quebrada por un sendero de 1 metro de ancho, enmarcado por muros de tierra”. En ese momento se consideró que “podría no corresponder ni temporal ni culturalmente con los otros vestigios señalados para el sitio ya que la utilización de piedras en este sector es escasa”, y no se logró establecer relación de estas estructuras con la minería ni con las actividades de los campesinos en este sector. Finalmente se señaló una torre, posiblemente cabeza de puente, de 2 m de alto por 1.10 de diámetro, localizada en la margen oriental del arroyo, recostada en el contrafuerte de la ladera, construido con piedras de anfibolita bien recortadas y pequeñas que contrastan con las piedras grandes y poco o nada trabajadas, con que se construyeron las demás obras registradas en el sitio. Los investigadores concluyeron que este sitio se distingue por la extensión y magnitud de sus estructuras y por el tamaño de las piedras de cuarzo y anfibolita, de hasta un metro cúbico, utilizadas en su construcción; lo cual permite pensar que

este sitio “pudo albergar un número considerable de personas, aunque quizás, no de manera permanente ni cotidiana” (Botero y Vélez, 1997: 159-160). En el extremo sur de la cuenca, el sitio denominado La Honda, presentaba ya en 1997 alto grado de destrucción; se localiza entre las quebradas Pueblito y Montañita con canalones, banqueos y aterrazamientos, dominados por una plataforma circular con un área aproximada de 2000 m2, donde aparecen montículos recubiertos en piedra y evidencia de construcciones de naturaleza incierta. Las paredes del cauce de la quebrada se encuentran empedradas en diversos sectores. Hacia el costado occidental del sitio se abrió un carreteable que afectó la banca de una acequia en tierra que debió conducir las aguas de la quebrada Montañita hacia la Plataforma. Un muro semicircular de aproximadamente 150 m de largo por 80 cm de alto, parece demarcar un espacio de gran tamaño a juzgar por la nivelación del piso que se realizó en su interior; relativamente distantes de la plataforma, se realizaron cortes profundos formando tres enormes caídas o paredes verticales rectangulares, de aproximadamente 5 m de largo por 8 y 10 m de alto, posiblemente construidas para controlar las aguas, desaguar el terreno y proteger las construcciones (Botero y Vélez, 1997: 164-165).

Los campos circundados en clave de interpretación Al iniciar el trabajo de investigación en 2014, de inmediato llamo la atención la “ausencia” de campos circundados; en la actualidad solo es posible observarlos en las áreas de pastizales y en parches de bosques plantados, por lo cual se consideró indispensable verificar en las fotografías aéreas de 1943–1945, tomadas a 30.000 pies de altura por el Instituto Geográfico Agustín Codazzi. La revisión de las fotografías esta vez en formato digital (.TIF), proporcionadas por la Corporación Autónoma Regional del Centro de Antioquia Corantioquia, permitió verificar la existencia, definición constructiva y número de campos reportados en 1999. Lo que permitió establecer los nuevos recorridos y la fotointerpretación, es que estos campos están relacionados con la red de canales existentes en la cuenca, asunto que todavía debe ser investigado. En el año 2000 y 2001, como soporte para la formulación del Plan Maestro, con que se proyectó la creación del Parque Regional Ecoturistico Arví, la arqueóloga Inés Correa verificó, analizó e interpretó el conjunto de vestigios arqueológicos registrados en la cuenca, desplegando un


Historia y arqueología en la cuenca alta de la quebrada Piedras Blancas

109 Laguna de Guarne. Detalle sobre la formación rocosa de la que brotan 7 nacimientos de agua o “aljibes”. Uno de ellos presenta un drenaje labrado en roca que, hoy desagua en la laguna (Otero de Santos, 2009).


110

Los Rostros de Antioquia

corpus conceptual y metodológico, que es necesario considerar. Teniendo como punto de referencia las tecnologías prehispánicas reconocidas en Ecuador, Perú y Bolivia (Parsons y Denevan, 1967; Denevan, 1970, 1984, 1992), Correa se concentra en mostrar la relación de los campos circundados como parte integral de un “sistema hidráulico que obedece también a la lógica de un sistema agrícola”.12 El examen de 104 campos de cultivo “del tipo genérico redondeados”, en sus diversas variantes (aisladas, agrupadas, de prediación y mixtas), le permiten establecer una tipología que da cuenta de cambios tecnológicos que, a su juicio, dan cuenta de una secuencia evolutiva que le permite proponer la existencia de “formas urbanísticas”, hasta ese momento no mencionadas en la región para tiempos prehispánicos: Los campos estudiados en detalle, responden a la denominación de “terrazas aisladas en segmentos”, definidas por Denevan (1984), las cuales se insertan en el tipo “aisladas orgánicas”, descrito por nosotros. Por lo demás, los tipos “orgánicas aisladas y orgánicas agrupadas”, muy probablemente constituyen, en su respectivo orden, las formas urbanísticas prehispánicas vinculadas con la producción agrícola (Corantioquia, 2001, tomo II: 416.13 Las denominadas “configuraciones territoriales de prediación” o “tipo prediación”, corresponden a lo que Botero y Vélez en 1997, denominaron como “trinchos” y “chambas”, comúnmente interpretados por los habitantes de la zona como linderos antiguos, realizados para evitar el paso del ganado de un predio a otro. Correa interpretó estos elementos como representantes de una etapa de desarrollo de un sistema económico, en el que predomina la minería sobre la agricultura; cuya temporalidad, si bien es incierta, estaría plenamente vigente durante la colonia y la república. Los elementos que se definen por muros de tierra, acompañados de zanjas delimitan áreas de gran tamaño e introducen: […] nuevos elementos en la apropiación territorial, los cuales se expresan como una ruptura con las formas anteriores: grandes extensiones de tierra, mayores áreas, Véase Corantioquia (2001) Plan Maestro, Tomo II, paginas 412-456.

12

Resulta interesante resaltar que por vías teóricas y metodológicas distintas, Langebaek (2002), realiza este mismo tipo de asociaciones, retomado información obtenida en los municipios de La Estrella y Girardota. 13

trazado regular, forma de relación de las infraestructuras con el paisaje y diferentes formas de subdivisión. Fundamentalmente, se pierde la relación con las fuentes de agua y con las formas topográficas, vale decir, se trata de una racionalidad diferente. […] Al interior del área, se forma un mosaico de diversos elementos formales, donde puede diferenciarse fragmentos de configuraciones anteriores, originales o modificadas (recicladas) (Corantioquia, 2001, tomo II: 420). Los sistemas hidráulicos que se registran en el Plan Maestro, se asocian exclusivamente a las configuraciones redondeadas aisladas, éstas tendrían un canal colector principal que pasa por toda la mitad, que recibe tanto el agua de escorrentía como el agua de canales secundarios que se encuentran al interior de la configuración; ayudarían a drenar la zona y mantener el equilibrio de la irrigación necesaria a los cultivos. En los recorridos realizados por nosotros en 2014, solo observamos un caso de una estructura que consideramos antigua y que correspondería con esta descripción, aunque no presenta canales internos. Los canales colectores secundarios y principales, tampoco fueron observados por nosotros en la relación propuesta por Correa en el 2001; sin embargo, en predios utilizados en la actualidad con fines ganaderos o agrícolas, es frecuente encontrar canales poco profundos para manejar las aguas de escorrentía. A pesar de las muy distintas posibilidades de análisis y discusión sobre los alcances y limitaciones de los términos interpretativos de Correa, hasta donde conocemos su propuesta analítica no ha tenido eco. Ello sin duda se debe a las limitaciones que impone su lógica argumental, al hecho de que no haya sido publicada, pero también a que en nuestro medio no nos pensamos como “andinos” ni hemos logrado conocer ni establecer conexiones con el pasado prehispánico.

La cerámica en contexto: indicador de cultura La presencia de estilos cerámicos en la cuenca alta de la quebrada Piedras Blancas, asociados a temporalidades plenamente compartidas con los hallazgos del valle del Aburrá y con elementos típicos de estilos identificados al sur del valle del Cauca (Ilama y Cauca Medio), permite analizar contextos y explorar la posibilidad de comprender sus usos y significados. Considerando la cantidad de ojos de agua sal existentes en la zona, el primer contexto cerámico reportado en la zona (El Tiestero), fue asociado a la explotación intensiva y comercial de la sal; la primera publicación referida


[…] fue posible detectar sobre la superficie misma de la banca del camino, una mancha de suelo oscuro con fragmentos cerámicos. Al proceder a la excavación de los mismos se detectó una alteración de la estratigrafía que señalaba una perturbación de un suelo oscuro que se introduce en el horizonte B, la cual fue delimitada y excavada, ofreciendo un contorno de silueta rectangular

Historia y arqueología en la cuenca alta de la quebrada Piedras Blancas

1977); las figuras geométricas en el Viejo Caldas (Castaño, 2000) y el Valle del Cauca (Rodríguez, 1989). La presencia del estilo cerámico “Ferrería” es menos concluyente; Botero y Vélez (1997) reportaron un fragmento localizado en un campo circundado, Cardona (1999) asociado a la cerámica enterrada, bajo la carpeta de rodadura del camino que conduce a la cúspide del cerro Pan de Azúcar y que se deriva del que conduce a la Laguna de Guarne. Otros reportes de este estilo, los hace Inés Correa en el Plan Maestro (2001) asociado al sitio Alto del Cable (código SZAIII2-50); Muñoz (2006) en la zona de influencia de la línea del Metrocable Arví y Acevedo et al. (2009), en relación a cerámica recuperada en estructuras aledañas al camino de la represa. Otro aspecto que ha sido señalado, es la evidente relación entre la cerámica localizada en la cuenca de la quebrada Piedras Blancas y la que se registró en los organales de Titiribí y Venecia. En Titiribí se localizaron fragmentos cerámicos en todo coincidentes con los cuencos más grandes y característicos de la cerámica de El Tiestero de Mazo y en puntos extremos de la cuenca de la quebrada Piedras Blancas (vereda el Placer y cerca de la que la quebrada La Veta) se localizaron fragmentos de alcarrazas, platos acorazonados, vasijas escaleriformes y lobuladas con franjas de pintura blanca etc. Más que las características formales de esta relación, interesa relievar la similitud de uso y relación con la piedra, las distancias recorridas y el transporte de objetos que, sin duda, realizaron estas gentes (Arcila, 1969; Botero, 2002; Botero et al., 2009; Botero, 2013). Un aspecto que, ya podemos asegurar, es recurrente en la cuenca de la quebrada Piedras Blancas, es el entierro de vasijas o fragmentos de ellas; el primer reporte lo tenemos en el cerro Pan de Azúcar, relacionado con las terrazas y muros ya referidos en los estudios de Cardona (1999, 2000, 2002). Interesa relievar que lo que se denominó como unidad arqueológica 4: estructura vertical, fue el resultado del enterramiento de una vasija, localizado sobre la cuchilla, gracias a la “banca erosionada” del camino del cerro Pan de Azúcar; citamos en extenso:

111

a ello, refutó tal asociación, por lo menos en la escala y consecuencias económicas; pese a los argumentos esgrimidos en contra, la idea de una explotación especializada fue ampliamente aceptada al punto que las distintas acumulaciones de fragmentos cerámicos, se asume que corresponden a los recipientes en que evaporo (“cocino”) el agua salada, rotos al momento de extraer la sal, ignorando la cantidad, calidad y los contextos de la cerámica hallada de dos formas completamente diferentes. En El Tiestero se depositaron con todo cuidado fragmentos de recipientes muy elaborados, en un sitio alto y relativamente alejado de los lugares de tránsito y de los ojos de aguasal, a lo largo de por lo menos 200 años (Botero y Vélez, 1995). La plataforma escalonada de Pozo Real, a pesar de su localización, tamaño y obras asociadas, se interpretó como un sitio donde se “explotó” la sal (Castro, 1999); sin embargo a nuestro juicio, la localización de la cerámica, lo que señala es que quienes construyeron allí durante la colonia, botaron fuera de la plataforma los elementos indígenas que encontraron. Las fechas obtenidas, sin lugar a dudas, relacionan el sitio con el Marrón Inciso, es decir con gentes que optaron conservar a sus muertos en vasijas y urnas funerarias, distintivas a lo largo de toda la secuencia temporal reconocida, durante poco menos de 1.000 años (Obregón, Cardona y Gómez, 2002; Botero, 2013). Al noroccidente, en límite con el municipio de Guarne, una importante concentración de cerámica y líticos, se encuentran al final de un espolón de cordillera que forma un tope de colina con visual a la quebrada La Veta, a lo largo de la cual, por más de 700 m, se observan las paredes del cauce empedradas con tramos que superan los 2 m, con un cauce estrecho, sin ningún vestigio asociable a la extracción minera de sal o de oro. Por tratarse de un contexto removido por actividades agrícolas, no se logró establecer su asociación a entierros funerarios; de muestras de carbón tomadas en la base y en la mitad del suelo negro, se obtuvieron dataciones de 1860±60 BP (Beta – 264622) y 1450±30 BP (Beta-385279) respectivamente. Con una extraordinaria visual sobre el Valle de Aburrá, en el extremo suroccidental de la cuenca, fue posible localizar un contexto cuya cerámica y cronología es similar a la localizada en inmediaciones de la quebrada La Veta, lo cual nos permite pensar en un poblamiento intensivo de la cuenca, con claras evidencias de relaciones interregionales, por lo menos 1.300 años antes de la llegada de los conquistadores españoles. El tejido y la cestería están bien representados en la cerámica de la cuenca alta de la quebrada Piedras Blancas. La iconografía de espirales es recurrente en el valle del Aburrá y el Suroeste Antioqueño (Arcila,


Los Rostros de Antioquia

112

Reconstrucciรณn grafica de algunos recipientes representativos, hallados en inmediaciones de la quebrada La Veta.


En la fase de monitoreo realizada durante la adecuación necesaria para construir el parqueadero del Núcleo Comfama (2010), en la unidad de intervención arqueológica denominada 167, localizada sobre la divisoria de aguas entre la quebrada Piedras Blancas y El Rosario (Botero et al., 2009), con una visibilidad sobre la Rosario mayor a 240 grados, en un área de 32.000 m2, a una altura de 2 483 m s. n. m. se localizaron dos entierros.

A modo de cierre Hoy la principal dificultad que afronta la investigación arqueológica en la cuenca alta de la quebrada Piedras Blancas, es la de establecer con certeza el tipo de vestigios que se observan. Un mismo vestigio lineal que la mayoría de las veces desemboca en un hilo de agua o una quebrada, presenta elementos correspondientes a distintas definiciones: un canal con muro a un lado, se convierte en canal que además presentaba muros en piedra, para más adelante volver a ser canal con muro, que puede terminar (¿comenzar?) en un campo circundado o en una casa recién construida. En el bosque o en sitios con vegetación muy cerrada, el error de los datos tomados con GPS llega a ser mayor a 25 m, un margen tan elevado de imprecisión se debe controlar tomando notas de orientación y de rasgos geográficos, que, se piensa, deben estar en la cartografía básica, lo cual la mayoría de las veces no es cierto, y, al contrario, muchos de los elementos que aparecen en la cartografía como parte del sistema hidrográfico “natural”, corresponden en realidad a canales evidentemente construidos.

Historia y arqueología en la cuenca alta de la quebrada Piedras Blancas

En el que se denominó entierro 1 se recuperaron fragmentos de cantos rodados de cuarzo, un percutor, dos fragmentos de placa de anfibolita y un cincel. En el entierro denominado 2, se recuperaron fragmentos cerámicos correspondientes a por lo menos 63 vasijas distintas, una docena de ellas por lo menos, en todo similares a las vasijas más tempranas localizadas en los organales de Titiribí, las otras presentan características formales consideradas típicamente como “tardías”; con algunos fragmentos de cuarzo, los fragmentos cerámicos se encontraron colocados sobre abundante carbón, la fecha obtenida a partir del análisis de este carbón es: 1240±30 BP (Beta 385281). ¿Qué representan los fragmentos enterrados?, ¿se trata de cerámica que se encontró al momento de construir la gran estructura o de cerámica que estuvo “guardada” a lo largo de, por lo menos, 600 años? Ambos entierros se localizaron espacialmente relacionados a 51 huellas de poste y manchas de materia orgánica (Botero y Gómez, 2010). El análisis detallado de la cerámica realizado en 2009, permitió identificar 112 fragmentos con evidencias de haber sido reutilizados o cuidadosamente fragmentados y pulidos los cortes; en este contexto y teniendo en cuenta que estas fracturas intencionales son recurrentes en urnas funerarias a las que se les recorta el borde para ajustar las tapas y bases para lograr mayor estabilidad, el asunto cobra relevancia y merece ser investigado.

113

de extremos ovalados, la cual atraviesa de lado a lado el camino, de forma perpendicular al eje de la banca (norte-sur). La estructura presenta en su lado mayor una longitud de 2,50 m, ofreciendo una orientación exacta este-oeste, presenta un ancho de 0,55 m y una profundidad máxima de 70 cm sobre el nivel actual de la superficie de la banca erosionada del camino. Luego de ser excavada la estructura presentó paredes rectas, y un piso irregular en tierra, en el que se observa un pequeño desnivel que sigue la pendiente de la banca del camino. El relleno de la estructura contiene moteados pardos y negros hacia el costado este. El relleno hacia el centro y el costado oeste resultó mucho más homogéneo, de color amarillo rojizo, y se distinguió como material intruido a partir de la presencia de abundantes pintas de carbón. En el sector oeste de la estructura, se encontró una vasija (a la que le fue fragmentada de manera intencional y antes de ser depositada, el borde y la base) y una concentración de carbón, así como dos bloques de dunita serpentinizada que probablemente formaban parte del empedrado del camino y que se hallaron parcialmente superpuestos a la vasija; uno de ellos afloraba parcialmente, en la superficie del camino. La vasija se encontró intencionalmente colocada con la boca hacia abajo, sobre una capa de carbón (de espesor entre 2 y 5 cm) que le rodeaba el cuello, y posiblemente corresponda a una quema realizada dentro de la estructura a juzgar por el enrojecimiento del suelo y de las paredes de la estructura en este sector, de este carbón se tomaron muestras para fechado las cuales arrojaron como resultado un dato radiométrico de 1790±70 BP (Beta 135401) (Cardona, 2002: 68).


Los Rostros de Antioquia

La utilización de la piedra como elemento constitutivo de las estructuras es permanente y, sin duda, señala aspectos tecnológicos posibles de relacionar a temporalidades y gentes específicas; sin embargo, el porcentaje de representatividad que tiene en el registro realizado es muy baja, en razón de que hoy su presencia es errática. Se observan muros o paredes de causes empedrados en tramos cortos o largos, que desaparecen sin una lógica posible de discernir; es difícil proponer causas, patrones o características asociadas a funciones estructurales claras. Resulta “riesgoso” registrar la “artificialidad” de elementos que resultan “raros”, integrados completamente a los elementos que hasta donde sabemos, son producto de acciones naturales. La presencia y utilización del cuarzo es igualmente problemática; persistentemente los encontramos relacionados espacial y estructuralmente con los canales, en muchas ocasiones evidentemente se trató de rocas que por su peso y tamaño no se movieron, pero se excavó alrededor o debajo de ellos para permitir el paso del agua; la mayoría de las veces son espacios imposibles de relacionar con la explotación o búsqueda de oro, ya que no fueron removidas las capas de ceniza volcánica. Así mismo, está por registrar, describir y analizar la estrecha relación que existe entre los canales y los flujos de agua subterránea, en estos el agua aparece repentinamente, desaparece y vuelve a aparecer por muchos de los canales que registramos.

Tabla 5. Elementos arqueológicos cartografiados en 2014 en la cuenca alta de la quebrada Piedras Blancas. Unidad de análisis

114

Las rocas como elemento constitutivo del paisaje sin duda, debe ser considerado en próximas investigaciones, incluso si no se presentan relacionadas con las estructuras que aquí se reportan; su análisis podría proporcionar claves sobre el contexto de los vestigios y permitirá establecer parámetros tecnológicos indispensables para entender el conjunto del que aquí se intenta dar cuenta señalando su magnitud (véase tabla 5). Es importante considerar que la información que ofrece el programa (Arcgis 10.2.2) está referida a “segmentos”, los cuales, si bien consideramos que efectivamente, representan las unidades de análisis (canales, canales con muro artificial a un lado etc.), su número referido a líneas y puntos obliga a verificar en la cartografía impresa y en terreno. Por el momento, corregidas las inconsistencias geográficas mediante el análisis topológico, es posible afirmar que la información presentada en la tabla 5, señala con claridad conjuntos y relaciones entre elementos que deben ser identificados y diferenciados en sus contextos (geográficos y geológicos) para entender sus técnicas y determinantes constructivos. El intenso proceso de urbanización que sufre la cuenca es perfectamente visible en el paisaje; la cifra de más de un millón de turistas que anualmente utilizan el Metrocable, no deja duda de la presión sobre un territorio repleto de vestigios arqueológicos, cuya temporalidad y complejidad, por distintas razones, nos sobrepasa.

Longitud aproximada en metros y forma de registro en SIG

Canales (de muy diversos tamaños)

45.123 (1.042 segmentos)

Canales con muro artificial a un lado (no se incluyen campos circundados)

89.041 (704 segmentos)

Cortes en ladera

32.696 (188 segmentos

Muros de Piedra (aislados, quebradas canalizadas, asociados a canales)

3.637 (120 segmentos)

Acequias

1.873 (13 segmentos)

Socavones

5 (puntos)

Salados

7 (puntos)

Tapias

24 (puntos)


Arcila, Graciliano (1977). Introducción a la arqueología del Valle de Aburrá. Universidad de Antioquia, Museo Universitario Universidad de Antioquia, Medellín. Acevedo Zapata, Jorge Luís; Guerra Gómez, Giuliana; Martínez García, Luz Elena; Agudelo Arredondo, Alejandra María y Agudelo, Alexander (2009). Prospección arqueológica Parque Ecológico de Piedras Blancas. Portada de acceso, sendero Quebraditas, sendero de conexión y tramo del camino La Represa. Informe final. Alcaldía de Medellín (2010). Intervención de caminos ancestrales. Camino de La Cuesta, tejiendo patrimonios y memorias. Secretaría de Cultura Ciudadana, Fundación Ferrocarril de Antioquia, Medellín. Botero, Páez Sofía (1999). “Gente Antigua, piedras blancas, campos circundados. Vestigios arqueológicos en el altiplano de Santa Elena (Antioquia- Colombia)”. En: Boletín de Antropología universidad de Antioquia, Vol. 13 N° 30, Medellín, pp. 287- 305. Botero, Páez Sofía (2002). “Entre rocas, espacios sagrados. Actividad humana antigua en los organales de Titiribí”. En: Boletín de Antropología Universidad de Antioqui, Vol. 16. N. 33. Medellín, pp. 77-99. Botero, Páez Sofía (2005). Caminos ásperos y fragosos para los caballos. Apuntes para la historia de los caminos en Antioquia. Comité para el Desarrollo de la Investigación —CODI—, Centro de Investigaciones Sociales y Humanas CISH, Universidad de Antioquia. Botero, Páez Sofía (2006). “Elementos para leer un palimpsesto: indígenas, caminos, piedras, mulas y caballos en Colombia”. En: Boletín de Antropología Universidad de Antioquia, N° 37. Medellín, pp. 265-287. Botero, Páez Sofía (2007). “Redescubriendo los caminos antiguos desde Colombia”. En: Bulletin de l’Institut Français d’Études Andines, 36 (3), 2007 lima, Perú. Botero, Páez Sofía (2008). Vestigios de una red vial antigua en el valle del río Aburrá, Antioquia – Colombia – Suramérica. Área Metropolitana del Valle de Aburrá, Corporación Autónoma Regional del Centro de Antioquia Corantioquia, Universidad de Antioquia, Medellín. Botero, Páez Sofía (2012). “Cuestiones alrededor del tiempo y el espacio. Muros y canales en la cuenca alta de la quebrada Piedras Blancas (Antioquia, Colombia)”. En: Boletín de Antropología, N° 43, Universidad de Antioquia, Medellín pp. 157-191.

Botero, Sofía et ál. (2009). Investigación arqueológica Núcleo Chorro Clarín Zona Norte del Parque Regional Arví, síntesis final. Realizada mediante el contrato N° 11902, firmado entre la Caja de Compensación Familiar de Antioquia Comfama y la Universidad de Antioquia, Centro de Investigaciones Sociales y Humanas, CISH, Medellín. Botero, Páez Sofía y Vélez, Norberto (1995). “Algunas consideraciones sobre el registro cerámico arqueológico en Antioquia”. En: Boletín de Antropología, Universidad de Antioquia, N° 25, Medellín, pp. 100-118. Botero, Páez Sofía y Vélez, Norberto (1997). “Piedras Blancas: Transformación y construcción del espacio. Investigación arqueológica en la cuenca alta de la quebrada Piedras Blancas” En: Boletín de Antropología, Universidad de Antioquia, N° 27, Medellín, pp. 124- 167. Botero, Sofía; Vélez, Norberto y Guingue, Lucas (2000). “Ubicación de la ruta seguida por los conquistadores Robledo y Núñez Pedroso en el descubrimiento de los valles de Aburrá y Rionegro, (Antioquia-Colombia)”. En: Caminos precolombinos. Las vías, los ingenieros y los viajeros. Herrera, Leonor y Cardale, Marianne (eds.). Instituto Colombiano de Antropología e Historia, Ministerio de Cultura, Bogotá, pp. 195 – 217. Botero Páez, Sofía y Gómez Londoño Liliana (2010). “Arqueología de lo doméstico en Colombia”. En: Boletín de Antropología Universidad de Antioquia, Vol. 24 N° 41, Medellín, pp. 242-282. Cardona, Luis Carlos y Nieto, Luis Eduardo (2000). Plan de Manejo Especial del Patrimonio Arqueológico del municipio de Medellín. Informe Técnico de Soporte. CORANTIOQUIA. Medellín. Cardona, Luis Carlos; Nieto, Eduardo y Gómez, Liliana (2002). Transformaciones territoriales y procesos de poblamiento en el sistema de páramos y bosques altoandinos del noroccidente medio antioqueño. Reconocimiento y prospección arqueológica. Informe final de Investigación, Corporación Autónoma Regional del Centro de Antioquia Corantioquia, Medellín. Cardona, Luis Carlos (2003). Proyecto de Acuerdo Municipal para la adopción del Plan Especial de Protección Patrimonial Arqueológico para el municipio de Medellín. Alcaldía de Medellín – Universidad de Antioquia, Medellín. Cardona, Luis Carlos (2002). “Prospección arqueológica en el cerro Pan de Azúcar, área periurbana de la ciudad de Medellín, Colombia”. En: Boletín de Antropología Universidad de Antioquia, N° 33, Medellín, pp. 54-76. Cardona, Luis Carlos (2000). Prospección arqueológica Cerro Pan de Azúcar: Resultados de los análisis de polen suelos y carbono 14, de las

Historia y arqueología en la cuenca alta de la quebrada Piedras Blancas

Arcila, Graciliano (1969). “Introducción al estudio arqueológico de Titiribíes y Sinifanaes. Antioquia. Colombia”. En: Boletín de Antropología Universidad de Antioquia, N° 11, Medellín, pp. 13-43.

Botero, Páez Sofía (2013). Huellas de antiguos pobladores del valle del río Aburrá. Piedras, arcilla, oro, sal y caminos. Editorial Universidad de Antioquia, Medellín.

115

Referencias


unidades arqueológicas 4, 9, 29 y 33. Universidad de Antioquia, Centro de Investigaciones Sociales y Humanas CISH, Medellín. 66 p. más anexos.

estructuras sociales en Antioquia. Universidad Nacional de Colombia, sede Medellín.

Cardona, Luis Carlos (1999). Prospección arqueológica en el Cerro Pan de Azúcar. Informe. CORVIDE, Universidad de Antioquia Centro de Investigaciones Sociales y Humanas CISH, Medellín.

Langebaek, Rueda Carl Henrik (2002). “Antecedentes indígenas del urbanismo colonial en dos regiones de Colombia: los Andes Orientales y el Valle de Aburrá. Una visión desde la Arqueología”. En: Revista de Ciencias Sociales, Nº 11, Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de los Andes, Bogotá, pp. 47 – 56.

Castro, Gonzalo (1999). Investigaciones Arqueológicas en la Cuenca Alta de la Quebrada Piedras Blancas. Corregimiento de Santa Elena. Informe final de Investigación, Corporación Autónoma Regional del Centro de Antioquia Corantioquia, Medellín. Castro, Gonzalo (2009). Gestión del patrimonio. Diagnóstico y Plan de Manejo Núcleo de la Biodiversidad. Centro de Ciencia y Tecnología de Antioquia CTA, Corporación Parque Arví, Medellín.

Los Rostros de Antioquia

Castro, Gonzalo y Forero Juan Carlos (2010). Monitoreo arqueológico a las obras para la construcción del Fuerte de Carabineros, corregimiento de Santa Elena, municipio de Medellín: informe final. Empresa de Desarrollo Urbano EDU, municipio de Medellín, Medellín. Castro, Gonzalo; Pino Jorge y Forero Juan Carlos (2009). Proyecto para la instalación de infraestructura turística Ceprea. Prospección y Plan de Manejo Arqueológico áreas Chorroclarín y El tambo – Las Rojas. Corporación Parque Regional Ecoturístico Arví, Medellín. Correa, Arango Inés (2000). Poblamiento, marcas territoriales y estructuras en la cuenca media de la quebrada Santa Elena Informe final de Investigación. Corporación Autónoma Regional del Centro de Antioquia Corantioquia, Medellín.

116

Denevan, William (1970). “Aboriginal Drained-Field Cultivation in the Americas. En: Science, New Series, Vol. 169 N° 3946, American Association for the Advancement of Science. Consultado en: http://www.jstor.org/stable/1729265 pp. 647-654. (12 de septiembre de 2016).

Marín, Juan Gonzalo (2012). “Actividades extractivas entre la tradición y la legislación. Saberes entre musgos y tierra de capote en el corregimiento de Santa Elena, Medellín”. En: Boletín de Antropología. Universidad de Antioquia, Medellín, N° 44, pp. 164-181. Mesa Jaramillo, José María [1906] (2013). Minas de Antioquia. Catálogo de las que se han titulado en 161 años desde 1739-1900. Edición facsimilar, Corporación Universitaria Remintong, Expedición, Antioquia, Medellín. Muñoz, Zea Diana (2006). Formulación y Diseño de la gestión ambiental integral del proyecto Metrocable Arví. Subcomponente arqueológico. Servicios Ambientales y Geograficos S.A. Medellín. Nisser, Pedro [1834] (1990). La minería en la Nueva Granada. Colección Bibliográfica del Banco de la República. Bogotá. Obregón, Mauricio (2012). Arqueología del ámbito doméstico en los Andes noroccidentales. Diferenciación social, usos del espacio y procesos de formación en dos lugares de habitación tardíos del valle de Aburrá Colombia. Tesis, para optar al grado de doctor en antropología. Posgrado en Antropología Facultad de Filosofía y Letras, Instituto de Investigaciones Antropológicas, Universidad Nacional Autónoma de México. Obregón, Mauricio (2003). “Poblamiento prehispánico del Valle de Aburrá: nuevos apuntes sobre un discurso fragmentado”. En: Boletín de Antropología Universidad de Antioquia, Edición Especial, Medellín, pp. 125-156.

Empresas Públicas de Medellín (2014) Formulación del Plan Integral de Manejo Forestal para las plantaciones propiedad de EPM ubicadas en la zona de Piedras Blancas-La Honda. Informe final. Contrato N° CT-2012-000300 con la Universidad de Colombia sede Medellín, Departamento de Ciencias Forestales, Medellín, 321 p.

Obregón, Mauricio (1999). “De los tiestos a los textos. Elementos para un análisis al respecto de las categorías clasificatorias de la cerámica arqueológica en Antioquia”. En: Boletín de Antropología Universidad de Antioquia, Nº 30, Medellín, pp. 166-178.

González, Escobar Fernando (2000). Caminos republicanos de Antioquia, caminos de Medellín a Rionegro, las rutas por Santa Elena1800 – 1828. Consultado en: http://biblioteca-virtual-antioquia.udea.edu.co. (12 de septiembre de 2016).

Obregón, Mauricio; Cardona, Luís Carlos y Gómez, Liliana (2004). Ocupación y cambio social en Territorios del Parque Regional Arví. Informe final de Investigación. Corporación Autónoma Regional del Centro de Antioquia, Corantioquia Medellín.

Guingue Valencia, Lucas (1999). “Prospección arqueológica en el documento histórico escrito: Valle de Aburrá y oriente antioqueño”. En: Boletín de Antropología Universidad de Antioquia. Vol. 13 Nº 30, Medellín, pp. 179-220.

Obregón, Mauricio; Cardona, Luís Carlos y Gómez, Liliana (2003). Vivienda, producción minera y élites entre los siglos XVII y XIX en la cuenca alta de la quebrada el Rosario. Informe final de Investigación. Corporación Autónoma Regional del Centro de Antioquia Corantioquia, Medellín.

Jiménez Meneses, Orián; Pérez Morales, Edgardo y Gutiérrez Flórez, Felipe (eds.) (2005). Caminos, rutas y técnicas: huellas espaciales y


Ochoa, Marjory (1998). Análisis y clasificación cerámica de un sitio de explotación Prehispánica de Sal: Mazo, corregimiento de Santa Elena, Antioquia, Colombia. Monografía de Grado. Departamento de Antropología. Universidad de Antioquia, Medellín. Otero, Helda (2008). Prospección arqueológica para el amoblamiento y adecuación de los núcleos El Tambo y Mazo en el Parque Regional Ecoturístico arví. Resumen Ejecutivo. Corporación Parque Regional Ecoturístico Arví – Cprea, Medellín. Otero de Santos Helda (2009). Prospección arqueológica en La Laguna de Guarne y Plan de Manejo Arqueológico Núcleo La Laguna. Gobernación de Antioquia, Corporación Parque Regional Ecoturístico Arví – Cprea, Medellín. Parsons, James J. y William M. Denevan (1967) “Pre-Columbian Ridged Fields”. En: Scientific American, Nº 217: pp. 92-100. Restrepo, Vicente ([1871] 1952). Estudio sobre las minas de oro y plata de Colombia. Publicaciones del Banco de la República Archivo de la Economía Nacional, Bogotá. Robledo, Jorge (1939). “Descripción de los pueblos de la provincia de Anserma”. En: Homenaje del Concejo a Anserma en su IV centenario. Edgardo Salazar Santa Coloma (ed.), Manizales, pp. 299-314. Sardella, Juan Bautista (1963). “Relación del descubrimiento de las provincias de Antioquia”. En: Crónica Municipal; Órgano del Cabildo de Medellín. Edición especial de agosto de 1963. Medellín. pp. 9-28.

Historia y arqueología en la cuenca alta de la quebrada Piedras Blancas

Obregón, Mauricio; Cardona, Luís Carlos y Gómez, Liliana (2005). “Mineros ricos y mineros pobres. Tecnología y cultura material de un contexto minero entre los siglos XVII y XIX en la cuenca alta de la quebrada Piedras Blancas (Antioquia)” En: Boletín de Antropología, Universidad de Antioquia, Nº 36. Medellín, pp. 11 – 32.

Uribe Ángel Manuel (1885) [2006] Geografía General y Compendio Histórico del Estado de Antioquia en Colombia, Edición facsimilar de la obra original editada en la Imprenta de Víctor Goupy y Jourdan, París, Imprenta Departamental de Antioquia, Medellín. Vélez, Norberto y Botero, Sofía (1997). La Búsqueda del Valle de Arví y descubrimiento de los valles de Aburra y Rionegro por el Capitán Jorge Robledo. Primera edición, Comisión Asesora para la Cultura del Concejo de Medellín. Medellín. West, Robert (1972). La minería de aluvión en Colombia durante el período colonial, Bogotá, Universidad Nacional de Colombia, Imprenta Nacional, Bogotá.

117

Serna, Ángela (1989). La explotación de la minería de oro en Guarne, Antioquia. Monografía de Grado. Departamento de Antropología, Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de Antioquia, Medellín.


Los Rostros de Antioquia

118 Rosa María Horno para quemar Jeréz Ruiz, cerámica artesana en de Mekasarabá Ráquira, Boyacá. / Vereda/ Reproducción Mazo, Corregimiento del diseño de Santa de unaElena pintadera / Medellín, en barro Antioquia cocido/de F: Antioquia David Romero / Museo Duque Universitario Universidad de Antioquia F: Fabio Hernán Arboleda Echeverri


*Tejedor, Antropólogo, magister en Historia y doctor en Historia. Profesor Asociado, Instituto de Estudios Regionales-Iner, Universidad de Antioquia. Miembro del Grupo Estudios del Territorio. **Tejedora, Antropóloga, Especialista en Derechos Humanos y Derecho Internacional humanitario, investigadora del Grupo Cultura, Violencia y Territorio del Instituto de Estudios Regionales-Iner, Universidad de Antioquia.

L

a preparación o creación de fibras para conformar hilos, su trenzado, entrelazado o anudado, dando como resultado estructuras tejidas de carácter más o menos flexible, así como el teñido, pintado o estampado de las mismas, constituyen principios mínimos que durante milenios han acompañado las más diversas formas de fabricación de tejidos: desde la cordelería y la cestería elaborados para producir canastos y esteras, pasando por las redes empleadas para la pesca e infinidad de textiles y tapices, hasta las telas industriales logradas a partir de fibras artificiales o sintéticas. La persistencia de estos principios, más que corresponder a un patrón universal, constituye un repertorio básico de técnicas para tejer, producto de diferentes procesos culturales de elección y creación de filamentos, tinturas y texturas. En diferentes lugares y momentos históricos, específicas tradiciones y prácticas de tejeduría se han puesto en contacto, recombinando técnicas, tecnologías, gestos y saberes. En este sentido, cada pieza de tejido que nos acompaña cotidianamente, es evidencia de procesos milenarios mediante los cuales particulares tradiciones se fueron anudando entre sí, muchas veces en el contexto de tensiones culturales, económicas y políticas. Para el caso colombiano, en las memorias urbanas se suele recrear la existencia de industrias textiles, alguna vez florecientes, que durante el siglo XX proveyeron buena parte de los tejidos que el país consumía, pero que de la mano del debilitamiento de políticas económicas proteccionistas y de la apertura desmedida a las importaciones, desaparecieron o entraron en crisis1. Pesadas máquinas de hierro fundido, como urdidoras, encanilladoras y telares, traídos de Inglaterra, Alemania o Estados Unidos desembarcaron en los puertos colombianos para conformar las primeras industrias textiles mecanizadas en la Costa Atlántica o subieron en barco y luego a lomo de mula para servir a iguales propósitos en Santander, Boyacá, Cundinamarca y Antioquia, donde al ruidoso vaivén de batanes y lanzaderas se conformaron las primeras clases obreras del país.

Acerca de la historia de la industria textil colombiana de finales del siglo XIX y el siglo XX, se puede consultar por ejemplo a Montenegro (1982) y Pineda (2009). 1

Tejidos arqueológicos del occidente de Colombia: una aproximación a partir de huellas impresas sobre cerámica

Carlo Emilio Piazzini Suárez* Isabel Cristina González Arango**

Introducción

119

TEJIDOS ARQUEOLÓGICOS DEL OCCIDENTE DE COLOMBIA: UNA APROXIMACIÓN A PARTIR DE HUELLAS IMPRESAS SOBRE CERÁMICA


Los Rostros de Antioquia

120

Memorias menos centradas en este momento histórico, amplían el espectro espaciotemporal de los tejidos para incluir lo que fue la fabricación artesanal de textiles del periodo colonial y del siglo XIX, tan importante por ejemplo en Santander, cuyas telas, alpargatas y sombreros, entre otros productos, abastecieron las demandas locales e incluso llegaron a los confines del Nuevo Reino de Granada. Ya en los inicios de la República, la introducción por importación o contrabando de telas europeas, notablemente aquellas producidas en las factorías inglesas, afectó crónicamente las industrias artesanales locales2. Las prácticas de este artesanado de tejedores se habían conformado a partir de formas anteriores de producción de tejidos que combinaban saberes, técnicas y tecnologías indígenas y europeas. Prontamente, en el siglo XVI, los españoles habían aprovechado los conocimientos y la mano de obra indígena para producir telas y otros tejidos en encomiendas y obrajes, introduciendo telares manuales de origen europeo3. Como en otros ámbitos de la vida social, esta articulación significaba el entrelazamiento de dos grandes tradiciones: la ibérica, con sus propias trayectorias locales y encadenamientos con tradiciones europeas, asiáticas y árabes de tejeduría, y la indígena, que como veremos tampoco era homogénea y se había configurado durante milenios de manera independiente a la del Viejo Mundo4. En este sentido, la historia de los tejidos no remite a una sucesión lineal de tradiciones o formas de elaboración que fueron reemplazándose unas a otras, sino que de alguna manera todas ellas se encuentran hoy presentes, formando tejidos armoniosos y novedosos o texturas ásperas, producto de tensiones entre diferentes maneras de hacer y concebir los tejidos. De tal forma que un mapa aún inacabado de las prácticas contemporáneas de tejeduría en Colombia, deberá hacer visible la existencia de muy diversas tradiciones indígenas, afrodescendientes, campesinas, urbanas e inmigrantes de hacer tejidos artesanales, así como su hibridación con materias primas, técnicas y tecnologías de carácter industrial, mecanizado y electrónico. Estas hibridaciones, que en cualquier caso merecen ser mejor estudiadas, hacen visible la existencia de delgados hilos que conducen de

2

Raymond (2013) se refiere en detalle a este proceso para Santander.

En Vanegas (2007) y Álvarez (2006) se encuentran estudios detallados sobre estos procesos en Santander y el altiplano Cundiboyacense. 3

4 Es necesario estudiar mejor los aportes de las tradiciones africanas de tejido a este proceso. Actualmente, comunidades afrodescendientes del Pacífico y el Caribe colombiano poseen prácticas de tejeduría, basadas en técnicas de trenzado, cestería y malla, con las cuales fabrican sombreros, canastos, esteras, abanicos y redes (Cf. Maya, 2003: 244).

las prácticas de tejido antiguas a las más recientes, y para el caso de este ensayo, entre las tradiciones de tejido de origen precolombino y aquellas que se fueron estableciendo durante el periodo colonial y republicano. El presente texto quiere aportar específicamente al conocimiento y reconocimiento de prácticas indígenas precolombinas de elaboración de tejidos, enfatizando en un área que, como el Occidente de Colombia, no suele figurar en el mapa de los tejidos arqueológicos del país, y en la cual las historias y memorias han enfatizado sobre todo en procesos recientes de industrialización mecánica de los textiles. Con base en el reconocimiento de la antigüedad milenaria de los tejidos en varias partes del mundo y de su temprana presencia en las sociedades del continente americano, nos enfocamos en los registros arqueológicos disponibles para Colombia, para luego referirnos con mayor detalle al occidente del país, un área en donde las evidencias directas de tejidos son muy escasas, pero en la cual afortunadamente una serie de investigaciones han permitido identificar huellas de tejidos que han quedado impresas en la superficie de artefactos precolombinos hechos en cerámica. Se trata de una evidencia indirecta pero definitiva, acerca de la existencia, por lo menos desde hace unos 2.000 años, de tradiciones locales de tejeduría íntimamente asociadas a las prácticas alfareras.

La tejeduría: una práctica milenaria Por lo general, los tejidos están hechos a partir de materiales orgánicos (fibras vegetales, pelo de animales e incluso cabello humano), lo cual implica que su preservación en el tiempo se encuentra sujeta a la combinación de particulares factores climáticos (grado de temperatura y humedad) y de contenido químico de los suelos y materiales a los que se encuentran asociados. Usualmente, condiciones de aridez extrema, baja temperatura e incluso congelamiento y microambientes ácidos resultan apropiadas para preservar fibras y tejidos durante siglos e incluso milenios. Sin embargo, en la mayoría de los casos no imperan condiciones tan particulares, de tal manera que los tejidos se han degradado, quedando sólo evidencias de carácter indirecto: por una parte estructuras y microestructuras fósiles de fibras y tejidos, huellas de tejidos en los suelos o sedimentos, mineralización de texturas adheridas en artefactos metálicos e impresiones de cuerdas y tejidos sobre arcilla, cerámica o yeso; por otra parte, los instrumentos asociados a los procedimientos de hilado, tejido y ensamble de telas, como volantes de huso, piezas de telar y agujas; también están las imágenes relativas a atuendos y vestimentas presentes en los motivos


5 Estas definiciones se hacen teniendo en cuenta la terminología empleada por autores como Rowe (2006), Pérez (2003) y Adovasio (1977), aun cuando no pretende restringirse a la clasificación que cada uno de ellos establece, ni hacerlas compatibles entre sí. La terminología de análisis técnico de los tejidos dista mucho de haberse unificado, a lo cual se suman las acepciones que los términos tienen en diferentes idiomas. En este sentido, más bien se ofrece aquí un esquema que evita en lo posible el empleo ambiguo de los términos con los cuales se designan las técnicas y estructuras de los tejidos. Para facilitar la correlación con la terminología en lengua inglesa, que domina la gramática sobre el tema en la literatura especializada, se tienen las siguientes correspondencias: lazo (loop), cuerda (string), hilo (yarn), torsión (twist), anudado (knotting), cordelería (cordage), trenzado (braided), cestería (basketry), acordelado (twining), acordelado simple o llano (simple twining) acordelado en diagonal (diagonal twining), acordelado envuelto (wrapped twining) espiralado (coiling), puntada (stich), entrelazado (plaiting), malla (mesh), tejido de punto (knitting), tafetán o tejido plano (plain weave), diagonal o sarga (twil), faz o cara de urdimbre (warp-faced), faz o cara de trama (weft-faced), urdimbre complementaria (complementary warp), urdimbre suplementaria (suplementary warp) y tapiz (tapestry).

Tejidos arqueológicos del occidente de Colombia: una aproximación a partir de huellas impresas sobre cerámica

la manera de urdimbre y trama), dando lugar a diferentes subtipos de estructura, como el acordelado simple o llano, el diagonal o el envuelto, que a su vez pueden ser abiertos o cerrados, dependiendo de lo tupido del tejido. El espiralado implica que una serie de fibras son enrolladas sobre sí mismas, siendo unidas por una puntada o costura hecha con otra serie de fibras, más o menos delgadas que las anteriores. Finalmente, la estructura correspondiente al entrelazado, se refiere al entrecruzamiento simple de dos series de fibras que interactúan a la manera de urdimbre y trama, pasando alternativamente por encima y por debajo unas de otras. Con ello se logran subtipos de estructuras como el entrelazado simple o llano y el diagonal. En cuanto a la malla, también conocida como tejido de punto, se refiere a la técnica de entretejido flexible de una o más fibras, empleando para el efecto una serie muy amplia de formas de entrelazamiento o anudamiento denominadas puntadas. Como en el caso de la cestería, no se requiere del empleo de telares, siendo más bien una labor desempeñada mediante el anudado directo o el empleo de agujas. Esta técnica es usada a menudo para tejer redes, mochilas y gorros. Finalmente están los textiles propiamente dichos, que se refieren a las telas obtenidas mediante el entrecruzamiento de dos series de hilos, denominados urdimbre y trama. La urdimbre consiste en un tendido de hilos dispuestos todos ellos en la misma dirección, conformando una estructura básica sobre la cual se entrelazan en sentido perpendicular los hilos de trama. A diferencia de las demás técnicas de tejido, los textiles requieren por lo general del empleo de una serie de herramientas para soportar, ordenar y mantener con una tensión adecuada los hilos de la urdimbre, pero también para facilitar el entretejido de los hilos de trama. La primera función se puede lograr de varias formas: la más sencilla consiste en el empleo de una varilla sobre la cual se fija un extremo de la urdimbre, mientras que el otro se mantiene con la tensión apropiada dando la vuelta a la cintura del tejedor (telar de cintura); también se emplean simples bastidores de forma rectangular, que pueden ser fácilmente trasladados; o estructuras más complejas como los telares de carácter fijo, los cuales disponen la urdimbre en sentido vertical (telares verticales) u horizontal (telares planos u horizontales); por otra parte, y con el fin de evitar enredos y establecer el recorrido específico de los hilos de urdimbre se emplean lizos, peines y marcos. En la función de tramado se emplean agujas y lanzaderas, así como dispositivos conocidos como espadas o batanes que sirven para apretar cada una de las series de trama, una vez se han entrelazado en la urdimbre. Dependiendo

121

decorativos de los artefactos arqueológicos mismos; y finalmente, referencias inscritas en imágenes y textos de documentos antiguos (Cf. Good, 2001: 211). El estudio detallado y correlacionado de evidencias directas e indirectas de tejeduría permite diferenciar en términos generales, cuatro técnicas básicas de tejidos, cada una de las cuales puede dar lugar a estructuras que le son exclusivas o no5. Estas técnicas son la cordelería, la cestería, las mallas o redes y los textiles propiamente dichos. Habría que añadir a las anteriores la técnica de anudado, que aun cuando no siempre da lugar a la elaboración de tejidos, se encuentra íntimamente asociada a labores frecuentes en su elaboración, como son el empate o añadido de cuerdas o fibras, la realización de algunas puntadas propias de las mallas o redes y, definitivamente, es la base del tejido denominado macramé, el cual es hecho fundamentalmente a partir de nudos. El anudado es considerado como una de las técnicas más antiguas, a partir de la cual se fue creando la cordelería. Esta última se refiere a los procedimientos empleados para producir cuerdas, sogas o lazos, que pueden adquirir diferentes estructuras, por efecto de la torsión y retorsión de uno o más cabos o mediante su trenzado. Por su parte la cestería se logra mediante el entretejido de fibras o cuerdas rígidas o semiflexibles, torsionadas o no, sin que ello implique el empleo de telares o bastidores. A medida que se van entretejiendo las fibras, el objeto, por ejemplo un canasto o una estera, va tomando cuerpo. Dentro de esta técnica se distinguen tres estructuras básicas: acordelado, espiralado y entrelazado. El acordelado consiste en el entretejido enlazado de dos series de fibras o cuerdas (que actúan a


Los Rostros de Antioquia

122

de la tensión con la cual se mantengan los hilos de la urdimbre, de lo tupido que sea el entrecruzado de los hilos de la trama, y de la proporción de hilos flotantes en uno u otro sentido, los textiles se reconocen como balanceados (se observan en igual proporción trama y urdimbre), o bien, con faz de urdimbre o con faz de trama (cuando predomina una u otra). Las estructuras de los textiles son muy diversas, estando definidas por la relación que guardan entre sí los hilos de urdimbre y trama. Entre las más comunes se encuentra el tejido llano, también denominado tafetán, en el cual urdimbre y trama se alternan entre sí, arriba y abajo, guardando una relación de 1 x 1 (un hilo de trama sobre uno de urdimbre, alternándose consecutivamente con la disposición inversa). También son frecuentes las estructuras en diagonal o sargas que se logran mediante relaciones de trama y urdimbre de 2 x 1 o 3 x 1. Más complejos son los subtipos de estructuras de urdimbre o trama complementaria y suplementaria, en los cuales la relación entre ambos elementos varía en diferentes sectores del tejido, y para lo cual se requiere del manejo previamente definido de trayectorias específicas para los diferentes hilos, con el fin de que permanezcan alternativamente arriba o abajo durante varias pasadas de la trama, dando así lugar a motivos o dibujos. Un subtipo de estructura adicional de los textiles, que también puede implicar ciertos grados de complejidad es el tejido de tapices, caracterizado por que las tramas, y en ocasiones las urdimbres, no tienen un recorrido completo de un orillo al otro de la tela, sino que se entrelazan en sectores específicos para generar motivos o figuras. Con estos tipos y subtipos de estructuras textiles, se llegaron a elaborar las llamadas telas dobles, constituidas por dos juegos de urdimbre que son tramados simultáneamente, permitiendo la obtención de dos tejidos independientes o unidos entre sí en específicos puntos. Más ampliamente, se observa que en ciertos casos las técnicas de anudamiento, cordelería, cestería, malla y textiles se combinan entre sí, dando como resultado lo que podrían denominarse tejidos híbridos. Tan amplia e intrincada serie de técnicas y estructuras de tejido es el resultado de miles, cuando no cientos de miles de años de experimentación y creación. La elaboración de tejidos fue conocida sin duda antes que la alfarería, y para algunos autores es posible que antecediera incluso la domesticación de especies vegetales y animales, procesos “revolucionarios” que dieron lugar a la agricultura y la ganadería. A manera de hipótesis se ha propuesto que las técnicas de cordelería y anudado, elementos básicos de muchos tejidos, son sumamente antiguos, datando

quizá entre 30.000 y 25.000 años de antigüedad6, lo que se deduce de la existencia de cuentas de collar perforadas, pesas para redes y artefactos de hueso y marfil con huellas de haber sido empleadas en labores de tejeduría, en varios sitios arqueológicos de Europa, Asia y África (Hardy, 2008; Soffer, 2004). En todo caso, en Europa y Asia los tejidos ya estaban presentes durante el paleolítico superior, de tal forma que se propone que habrían llegado a América con los primeros pobladores, entre unos 20.000 y 15.000 años (Adovasio et al., 2014: 341; Barber, 1991: 4; Bruhns, 1994: 159; Good, 2001: 209). Evidencias de fibras naturales halladas recientemente en contextos arqueológicos del Cáucaso, sugieren que desde hace ya unos 30.000 años grupos de cazadores-recolectores fabricaban cuerdas, tejían canastos y cosían vestidos en esta región euroasiática (Kvavadze et al., 2009). Más contundentes resultan las impresiones de tejidos sobre arcilla quemada, logrados mediante la técnica de acordelado, datadas aproximadamente en 25.000 años de antigüedad en Moravia, República Checa (Adovasio, Soffer y Klima, 1996). Más hacia el este, evidencias de cordelería impresa en arcilla, han sido datadas entre 21.000 y 19.000 años en yacimientos cercanos a los ríos Don y Osyotr, en Rusia (Adovasio et al., 2014: 333; Soffer, Adovasio y Illingworth, 2000). Y en el cercano Oriente, evidencias más recientes, de aproximadamente 19.000 años, se han registrado en un yacimiento adyacente al lago de Galilea en Israel, correspondientes a fibras carbonizadas elaboradas por torsión, que se sugiere eran parte de cuerdas, canastos o redes empleadas en labores de pesca (Nadel et al., 1994). Ya en Europa occidental, con una antigüedad de 17.000 años, fragmentos carbonizados de cuerdas obtenidas mediante torsión, fueron identificados en Lascaux, Francia, acompañadas adicionalmente por improntas sobre arcilla, un tipo de evidencia que también ha sido registrado en Gönnersdorf, Alemania, datado en 15.000 años (Soffer, Adovasio y Illingworth, 2000). De otra parte, llaman la atención por su asociación con evidencias de cerámica muy tempranas y por su ubicación geográfica, una serie de impresiones de cordelería provenientes de yacimientos situados al este de Rusia, relativamente cercanas al estrecho de Bering, datadas en Para facilitar la lectura por parte de públicos no necesariamente familiarizados con el lenguaje experto de la arqueología, nos referiremos en este texto a la cronología de los hallazgos arqueológicos en términos de los años de antigüedad respecto del presente. Una referencia precisa de las dataciones radiométricas y su margen de error, obtenidas sobre muestras arqueológicas, se reserva para los hallazgos del Occidente de Colombia, tal como se presenta en la tabla 6. 6


Los tejidos arqueológicos en Colombia A partir de los escritos de diversa índole que se produjeron a propósito de la colonización española, para el territorio de lo que hoy es Colombia, es posible constatar la existencia de muy diversas formas de elaboración, uso y distribución de tejidos entre las sociedades indígenas del siglo XVI,. Prácticamente no existe región para la cual no se indiquen aspectos de la indumentaria, las costumbres y prácticas cotidianas o ceremoniales, los mercados y circuitos de intercambio, en los cuales no figuren directa o indirectamente artefactos tejidos. Sin embargo, y por diversos factores, es poco lo que se sabe sobre las tradiciones precolombinas de tejeduría. Las condiciones ambientales de humedad predominante, combinadas con temperaturas cálidas, imperantes en buena parte de la región, han implicado que la preservación de fibras y tejidos se encuentre restringida a ecosistemas muy específicos, como las tierras altas del sur, en el departamento de Nariño, la altiplanicie cundiboyacense en el oriente, o el cañón del río Chicamocha en Santander, al nororiente. Pero incluso una parte presumiblemente importante de aquellas evidencias que podrían haberse conservado, fueron destruidas en el curso de excavaciones no controladas, en medio del afán por recuperar artefactos de orfebrería que ha caracterizado las prácticas de saqueo y guaquería de sitios arqueológicos desde el siglo XVI hasta el presente. Paradójicamente, la mayoría de evidencias directas de tejidos precolombinos de las que se dispone, provienen de hallazgos fortuitos o de guaquería, siendo muy pocas las que se han recuperado en desarrollo de investigaciones arqueológicas. A lo anterior se suma el hecho de que los estudios sobre tejidos precolombinos se han centrado en un reducido número de piezas que han logrado preservarse, siendo secundario el análisis detallado e integral de

Tejidos arqueológicos del occidente de Colombia: una aproximación a partir de huellas impresas sobre cerámica

menos espectaculares, aunque no menos importantes, se han efectuado para épocas muy tempranas en Brasil, Argentina (Bruhns, 1994: 169; Pérez, López y Lessa, 2014) y, como veremos, en Colombia, lo que indica la existencia de otras tradiciones milenarias de tejido en el subcontinente, cuyas relaciones entre sí, no obstante, son aún desconocidas. En todo caso, y de acuerdo con las evidencias disponibles, entre los pueblos precolombinos las técnicas de anudado y cordelería parecen haber sido la base a partir de la cual se generó gran diversidad de técnicas y estructuras de tejido, en un proceso que abarca por lo menos diez milenios.

123

13.000 años de antigüedad (Hyland et al., 2002). Aunque las evidencias más antiguas de cerámica en América son posteriores (unos 8.000 años de antigüedad en la Amazonía (Neves, 2008: 365), los datos anteriores, conjuntamente con los identificados en Eurasia, respaldan hipótesis acerca de la existencia de técnicas de tejido a base de cordelería y anudamiento entre poblaciones que hicieron parte del poblamiento inicial del continente americano. En el oeste norteamericano, han sido efectuados hallazgos de tejidos que oscilan entre 12.800 y 9.000 años de antigüedad, por lo general en cuevas y abrigos rocosos. Allí, técnicas de anudamiento y probablemente de cestería (acordelado), fueron empleadas para elaborar cestos, esteras, mantas mortuorias, mochilas y sandalias, por parte de comunidades cuya economía dependía en buena medida de la cacería (Adovasio et al., 2014: 339). Evidencias tanto o más antiguas se han hallado en Suramérica, específicamente en el sitio Monte Verde al sur de Chile, donde restos de cuerdas y tejidos acordelados, se encuentran asociados a fechas de 13.000 y 12.500 años de antigüedad, correspondientes a grupos de cazadores y forrajeros (Adovasio, 1997). En los Andes centrales de Perú, en el sitio Cueva del Guitarrero, se han obtenido restos de tejidos de unos 10.000 años, asociados a evidencias de poblaciones que comenzaron a colonizar entornos ecológicos de gran altura (más de 2.500 m s. n. m.). A partir de fibras obtenidas de plantas de los géneros agave y bromelia, así como de la familia de los juncos, se fabricaron cuerdas, en ocasiones anudadas, y algún tipo de tejido basado en el acordelado de fibras para obtener probablemente esteras, mochilas o vestidos (Jolie et al., 2011). Estas y otras evidencias similares registradas en los Andes centrales y la costa Pacífica adyacente, constituyen el preámbulo de tradiciones de tejeduría que durante los siguientes 10.000 años crearían uno de los repertorios de cestería y textiles más ricos y complejos de América. De ello son testimonio los magníficos hallazgos efectuados en áreas como Paracas y Nasca en Perú, que expresan el tránsito de los tejidos basados en cordelería hacia mallas, telas y tapices a base de algodón o de pelo de camélidos americanos (vicuña, guanaco y llama), con la implementación de tecnologías que incluían telares verticales, así como el teñido, estampado y pintado. Las condiciones ambientales de los Andes centrales y la costa Pacífica del Perú, proclives a la conservación de restos orgánicos, sumadas a la gran importancia que la producción de tejidos tuvo para las sociedades precolombinas del área, han conllevado a que sean sus tradiciones de tejeduría las más conocidas de Sur América. No obstante, hallazgos


Los Rostros de Antioquia

124

evidencias indirectas de la elaboración de tejidos, como son las impresiones sobre cerámica, arcilla u otros materiales, así como instrumentos asociados al tejido (agujas), hilado (volantes de huso) y decorado de telas (rodillos y sellos de impresión). Como en otras partes de América, es muy posible que en Colombia las prácticas de tejeduría hayan antecedido el desarrollo de una tradición tan antigua e importante como la alfarería. No deja de llamar la atención que la evidencia de tejido más antigua hasta ahora conocida para el país, consista en una impresión de estera tejida mediante una técnica de cestería denominada como “escalonado sencillo” (Reichel-Dolmatoff, 1961: 354; 1997: 77), registrada sobre arcilla quemada en Puerto Hormiga, Costa Atlántica, un sitio reconocido por poseer algunas de las evidencias de cerámica más antiguas de América (aproximadamente 5.000 años). Es probable que técnicas de anudamiento, cordelería, cestería y malla hayan predominado en la elaboración de canastos, esteras y redes por parte de sociedades cazadoras, recolectoras, pescadoras y horticultoras desde hace unos 13.000 hasta hace unos 3.000 o 2.500 años, época a partir de la cual se suman al registro arqueológico algunos indicios de la fabricación de textiles. Por ejemplo, en los sitios arqueológicos precerámicos de Aguzuque y Checua, en el altiplano Cundiboyacense, se registraron cantos de piedra con horadaciones bicónicas asociadas a ocupaciones humanas entre 5.000 y 3.000 años de antigüedad. Por su forma y en el caso de Aguazuque, por la alta frecuencia de restos óseos de peces, estos artefactos han sido interpretados como pesas para red (Correal, 1990: 37, 257; Groot, 1992: 43). Por otra parte, en las vasijas cerámicas del periodo Ilama (3.000 a 2.000 años) de la zona Calima, se encuentran con frecuencia figuras humanas que llevan a cuestas cestos o canastos (Cf. Cardale et al., 1992: 34). Y hace aproximadamente unos 2.500 años comienzan a aparecer evidencias relacionadas con textiles: impresiones sobre cerámica han sido identificadas en la Costa Pacífica en el sur de Colombia y norte de Ecuador (Guinea, 2003; Patiño, 2003: 106; Stothert et al, 1990) y en Zipaquirá, en el altiplano cundiboyacense (Cárdale, 1981: 135), asociadas a dataciones entre 2.500 y 2.000 años de antigüedad; por otra parte, volantes de huso, así como sellos y rodillos de impresión elaborados en cerámica han sido identificados en Momil, en la cuenca del río Sinú, para épocas similares (Reichel-Dolmatoff y Dussan, 1956: 217). Lo anterior permite afirmar que buena parte de las evidencias arqueológicas más vistosas que se han conservado en Colombia, como las telas halladas en Nariño, Cundinamarca y Santander, corresponden en realidad a una fase relativamente reciente, resultado de un prolongado proceso histórico. Sin embargo, es preciso reconocer que

es a partir de unos 2.000 años de antigüedad que se registra en varias regiones del país un incremento notable de evidencias indirectas de tejidos, como volantes de huso elaborados en piedra o cerámica, y sellos o rodillos de impresión hechos en arcilla, lo cual puede estar indicando la ocurrencia, a partir de entonces, de una generalización e intensificación de las prácticas de tejeduría, principalmente de textiles elaborados en telares. Este fenómeno se asocia con dinámicas de incremento demográfico, pero también, a la importancia que por entonces adquirieron los tejidos como bienes de prestigio e intercambio. Una mirada rápida a las características de los tejidos que se han logrado preservar de este último periodo precolombino, indica la existencia de tradiciones diferentes o por lo menos distintas formas de tejer y decorar las telas. Mientras las evidencias halladas en Santander, el altiplano Cundiboyacense y probablemente el Sinú, se caracterizan por el empleo predominante de algodón y técnicas de pintura aplicadas cuando las telas ya estaban tejidas, en las de Nariño se emplearon además fibras de camélidos y se dio mayor énfasis a los diseños tejidos. Por su parte, las de la cordillera occidental destacan por la presencia de hilos logrados por torsión en sentido “Z”, por contraste con las anteriores en las que prevalece la torsión en sentido “S”. Al respecto es importante tener en cuenta que en otras partes, como en Perú, el sentido de la torsión dado a los hilos, para obtener diferentes calibres y grados de resistencia, resulta indicativo de la existencia de diferencias culturales (Bruhns, 1994: 157). Destacan en el sur de Colombia los hallazgos efectuados en la altiplanicie de Nariño, cuyos tejidos, con una antigüedad aproximada de 1.500 a 500 años, se relacionan con los ancestros de la etnia de los pastos. En su gran mayoría provienen de ajuares funerarios depositados en tumbas del tipo de pozo y cámara. Las materias primas consisten generalmente de fibras de pelo de camélidos y algodón, aun cuando también se empleó cabello humano, hilos de tumbaga (aleación de cobre y oro) y fibras que posiblemente provenían de palmas. La existencia de tejidos en telares ha quedado atestiguada por el hallazgo de instrumentos de madera en una tumba, tales como golpeadores o espadas para apretar la trama, y varillas que podrían servir para lograr el calado de la urdimbre o sostener los lisos7; adicionalmente se El calado se refiere a la separación de los hilos de la urdimbre, unos por encima, y otros por debajo, en medio de la cual atraviesa cada pasada del hilo de trama, generalmente empleando agujas o lanzaderas. El calado se logra mediante el empleo de los lisos, mecanismos que mantienen separados los hilos de la urdimbre, unos de otros, según deban estar dispuestos arriba o debajo de cada pasada de la trama. 7


125 Fragmento de manta / Nariño / 91,5 cm. x 108 cm. / Id. 751 ICANH / Detalle de tela con dimensiones amplias, tejido en pelo de camélido de color café, negro y rojo. El diseño consiste en líneas verticales cortas que forman barras horizontales.


Los Rostros de Antioquia

126

hallaron volantes y un huso, también de madera (Cardale y Falchetti, 1980). El repertorio de técnicas de tejeduría es extenso y en algunos casos complejo. Aunque se conocen algunos tejidos de punto o malla, así como esteras, la mayoría corresponde a telas fabricadas en telar: desde tejidos lisos o tafetanes con faz de urdimbre conformando motivos lineales, pasando por tejidos diagonales, hasta llegar a tapices con ranuras para formar motivos geométricos triangulares o cuadrangulares escalonados, o de urdimbre discontinua, para producir motivos cuadrangulares o en damero. Los hilos empleados son de uno o dos cabos (esto último sobre todo en la urdimbre), con torsiones en sentido “S”, principalmente, y excepcionalmente en sentido “Z”. Mediante el teñido previo de las fibras, se logró una gama muy variada de colores: blanco, negro, crema, amarillo, azul, marrón, rojizo, gris, café y purpura, posiblemente obtenidos a partir de tintes de plantas de los géneros Indigofera, Relbunium y Galium, así como taninos derivados de otras plantas. Destaca de otra parte un tejido que puede considerarse excepcional: una pieza de metal elaborada con hilos de tumbaga (aleación de cobre y oro) entrelazados por medio de técnicas de cestería que dieron como resultado un tejido en diagonal8. Por sus técnicas y estructuras básicas, los tejidos de Nariño se relacionan con las tradiciones ecuatorianas y peruanas, lo cual se explica por la existencia de redes precolombinas de interacción regional, que para el siglo XVI vinculaban las sociedades del altiplano nariñense con otros pueblos de los Andes hacia el sur y de las vertientes y la costa Pacífica al oeste. La tributación y el intercambio de materias primas como el algodón y de tejidos ya elaborados, hacía parte de interacciones que no se agotaban en el ámbito económico, sino que involucraban dimensiones políticas y culturales (Cf. Bernal, 2000; Langebaek, 1995; Rappaport, 1988; Salomon, 1980; Romoli, 1978). Por su parte, los tejidos de la cordillera Oriental han sido asociados a las etnias Guane de Santander y Muisca del altiplano cundiboyacense. Los tejidos santandereanos, con una antigüedad de entre 1.000 y 500 años, han sido obtenidos en su mayoría en contextos funerarios localizados en las cuevas del cañón de los ríos Chicamocha y Suárez, en los cuales los cadáveres momificados eran envueltos en mantas o se acompañaba el ajuar con otras telas, mochilas y trenzados. Se fabricaron fundamentalmente a partir de hilos de algodón, aun cuando se tienen 8 Los mejores tejidos precolombinos de Nariño se encuentran en Museo del Oro del Banco de la República en Pasto. Sobre los tejidos arqueológicos de Nariño véanse: Cadavid y Ordoñez, 1992; Cardale, 1978a; 2007; Cardale y Falchetti, 1980; Cortés, 1987: 100; 1997; Correal, 1978; Devia, 2007; Plazas, 1978; Uribe, 1978; Uribe y Lleras, 1983.

referencias del empleo de fibras de flor de ceiba, fique y cabello humano. Las fibras fueron sometidas por lo general a torsión en sentido “S”, aun cuando hay alguna referencia a hilos con torsión inversa. Técnicas de tejido en malla como redes con o sin nudos, el espiralado y el entrelazado recíproco (sprang entrelazado), no requirieron del uso de telares y pudieron fabricarse tanto a mano como con agujas para obtener gorros y mochilas. Con telares se fabricaron tejidos planos o tafetanes con faz de urdimbre, así como diagonales o sargas. En ocasiones se agregaron motivos decorativos en forma de líneas, triángulos, rombos, espirales o animales estilizados, ya fuera mediante el tejido con urdimbre complementaria o suplementaria, o pintando las telas una vez terminadas. La complejidad y precisión de algunos de los motivos pintados sugiere el empleo de la técnica de pintura negativa o de teñido por reserva9. Se plantea así mismo que los tonos empleados en la decoración (rojo, negro, café y verde-azul) corresponden a tintes obtenidos a partir de plantas como el palo del Brasil (Hematoxylom brasiletto), la bruja (Rubia nitida), barbas de piedra (Usnea barbata), trompeto (Bocconia frutescens), coca (Erythroxylum coca), dividive (Caesalpina tinctorea) y dinde (Chlorophora tinctorea)10. Los tejidos del altiplano cundiboyacense ofrecen mucha similitud con los de Santander, lo cual puede explicarse por efecto de interacciones entre ambas zonas, incluyendo redes de intercambio y mercados que eran muy activos en el siglo XVI. Allí circulaban y se trocaban algodón, especies para lograr tinturas y mantas ya elaboradas, entre miembros de diferentes grupos sociales de los Andes orientales (Langebaek, 198; Pérez, 1990). Con frecuencia, los tejidos del altiplano cundiboyacense se han hallado en cuevas localizadas en los páramos, en forma de mantas que cubren cadáveres momificados, o como tocados y ajuares funerarios, incluyendo cintas, gorros y mochilas. Igualmente, instrumentos de hilado y tejido elaborados en piedra, cerámica y hueso, tales como volantes de

La pintura negativa y el teñido por reserva, se logran mediante la aplicación de una sustancia impermeable (por ejemplo cera) en específicos sectores de la superficie del tejido, conformando con ello una imagen en negativo del diseño deseado. Luego, mediante técnicas de pintura o teñido, los tintes son fijados sobre los sectores libres de la sustancia impermeabilizante. Una de las variantes de esta técnica más conocida hoy en día, es el batik.

9

10 Las mejores colecciones de tejidos arqueológicos de Santander se encuentran en el Museo Casa de Bolívar en Bucaramanga y el Museo del Oro del Banco de la República en Bogotá. Sobre los tejidos arqueológicos de Santander, véanse los textos de Acevedo, 1955; Cardale, 1987b y 1993; Carvajal, 1940; Correal y Flórez. 1992; Cortés, 1987: 101; Fondo Mixto para la promoción de la cultura y las artes de Santander, 1995; Giraldo, 1941; Jiménez, 1945; Martínez, 1991; Morales, 2005; Schottelius, 1946; Tavera y Urbina, 1994.


Aguja Duitama, Boyacá 5,4 cm. x 0,4 cm. Id. 13482 Instrumento delgado en hueso empleado para coser. Tiene un orificio en el extremo opuesto a la punta por donde se pasa un hilo.

Plato Duitama, Boyacá 4,2 cm. x 14,4 cm. Id. 13486 Recipiente de forma abierta y soporte ausente. Está elaborado en arcilla con evidencia de pintura roja.

127

Mochila Duitama, Boyacá 23 cm. x 20 cm. (bolsa) 44 cm. x 4 cm. (con cargadera) Id. 13479 Bolso elaborado en algodón con evidencia de pintura roja. Este artículo está asociado con el transporte de objetos personales.

Fardo funerario – Infante Duitama, Boyacá 20,0 cm. x 53,5 cm. x 53,0 cm. Id. 13477 El ajuar funerario estaba constituido por varias piezas de cerámica, tres mochilas, una aguja y un collar.


Los Rostros de Antioquia

128

huso, lanzaderas y agujas, suelen hallarse en sitios de vivienda de comunidades muiscas precolombinas. De acuerdo con las dataciones de radiocarbono obtenidas para algunos ejemplares arqueológicos, las huellas de tejido o los tejidos que se han logrado conservar en el altiplano Cundiboyacense poseen una antigüedad de entre 2.000 y 500 años. Fueron elaborados en fibras de algodón y fique, generalmente torsionadas en sentido “S” y excepcionalmente en sentido “Z”. Entre los tejidos que no fueron elaborados en telar destacan las técnicas de cordelería en trenzas, cestería en diagonal, y redes anudadas o mallas simples. En cuanto a los tejidos en telar se encuentran tafetanes, generalmente balanceados, pero también se refieren algunos con faz de urdimbre: a veces hechos con hilos dobles tanto en trama como en urdimbre, o solamente en ésta última; también en tafetán se tejieron complicadas telas dobles. Para la decoración se emplearon urdimbres y tramas previamente teñidas para conformar motivos lineales o bandas, pero también se observan diseños con urdimbre complementaria. Combinados con los anteriores, o de manera independiente, se pintaron motivos geométricos, antropomorfos y zoomorfos sobre las telas ya tejidas. En estos diseños se usaron tanto los colores naturales de las fibras, así como tintes negros, cafés, rojos y azul-verdes, procesando para el efecto una muy variada serie de plantas11. De otra parte, en las cuencas de los ríos Sinú y San Jorge, se han hallado escasas evidencias de tejidos, provenientes al parecer de túmulos funerarios con una antigüedad que va entre 1.500 y 500 años, atribuidos a los ancestros de las sociedades zenú. Una de ellas corresponde a una red elaborada con nudos simples completos, a partir de cuerdas de hilo doblado con torsión en sentido “S” y retorsión en sentido “Z”, usando tal vez filamentos de iraca. Otras dos evidencias corresponden a fragmentos de tela tejida en telar con hilos de algodón torsionados en sentido “S”, dando como resultado una estructura lisa o tafetán con faz de urdimbre. Hilos de urdimbre simples o en pares, previamente teñidos en colores 11 Cortes (1990) se refiere a una muy amplia serie de plantas que podrían haberse utilizado para tinturar las fibras y pintar las telas muiscas. Para la arqueología de los tejidos del altiplano cundiboyacense, véanse además los textos de Bateman y Martínez, 2006; Boada, 1989; Broadbent, 1985; 1990; Cardale, 1978b; 1987a; Cortes, 1987; Enciso, 1995; Londoño, 1990; Martínez, 2008; O´Neil, 1974; Silva, 1978; Tavera y Urbina, 1994. Las mejores colecciones de tejidos arqueológicos del Altiplano cundiboyacense se encuentran en el Museo del Oro del Banco de la República, el Museo de Trajes Regionales de Colombia y el Museo Nacional de Colombia, todos ellos en Bogotá, así como en el Museo Arqueológico de Sogamoso y el Museo de Pasca.

crema, rojo o marrón y dispuestos en listas, sirvieron al propósito de decorar las telas, mientras que en una de ellas se lograron además diseños geométricos mediante urdimbres complementarias. Por sus técnicas y características estéticas, estas últimas evidencias se asemejan a las registradas para Santander y el altiplano cundiboyacense, lo que ha llevado a considerar que se podría tratar de productos de intercambio, e incluso a dudar de la precisión geográfica de su proveniencia. Con todo, un análisis contrastado de las más abundantes evidencias de alfarería y orfebrería halladas en las cuencas de los ríos Sinú y San Jorge, permite identificar técnicas e iconografías (figuras antropomorfas con vestidos, sombreros y fajas, vasijas en forma de canasto e hilos de metal en forma de trenzados y redes), que indican la importancia que tuvieron los hilados y los tejidos entre las sociedades precolombinas del área, por lo menos a partir de hace 2.000 años12. Finalmente, para el occidente del país las evidencias directas de tejidos arqueológicos son realmente pocas. Un pequeño fragmento de tela de algodón de tejido muy tupido procedente del Quindío, se caracteriza por ser uno de los pocos registrados con torsión en sentido “Z” en Colombia, con hilos sencillos de trama y dobles de urdimbre. Se trata de un tafetán con faz de urdimbre y motivos rectangulares pintados en color pardo (Cardale, 1988a). También en el Quindío se han referido fragmentos de tela adheridos a piezas de orfebrería con una antigüedad aproximada de 900 años (Cardale, 2007: 17). Más al sur, en La Cumbre, Valle del Cauca, se han reportado fragmentos de tela asociados a enterramientos en urnas funerarias, los cuales han sido identificados como tafetanes o tejidos lisos elaborados en fibra de algodón con torsión de hilos en sentido “Z” y fechados entre 1.100 y 900 años de antigüedad (Cardale, 2007: 18; Gawhiler, 1989). Salvo estas evidencias, la información sobre las prácticas de tejido precolombinas del occidente de Colombia es de carácter indirecto. Con frecuencia se encuentran en sitios arqueológicos artefactos asociados al hilado y la pintura, como volantes de uso, sellos y pintaderas13, además de impresiones de tejidos sobre fragmentos de cerámica, un tipo de registro arqueológico al que dedicaremos la parte final de este texto.

12 Para los tejidos de las cuencas de los ríos Sinú y San Jorge, véanse los textos de Bateman y Martínez, 2006: 74; Cardale, 1988b; Cortés, 1987: 99; Plazas y Falchetti, 1981: 77. Los textiles arqueológicos de esta zona se encuentran en el Museo del Oro del Banco de la República en Bogotá.

Para un estudio de los volantes de huso en la historia del hilado precolombino de Antioquia, véase Lema (1996). 13


129 Pectorales Sitio Sinaí, T11. Cámara 1 y 2 Vereda Padilla, La Tebaida, Quindío De izquierda a derecha 14,8 cm. x 13,9 cm. – 11,2 cm. x 11,6 cm. Id. O125, O123 Pectorales acorazonados fundidos a la cera perdida en tumbaga. Las dos piezas conservan por el cobre evidencia de tejidos y restos orgánicos. El primero T11 C2 (izquierda) tiene adherido un fragmento de cuerda en el extremo superior y una fecha asociada de 1370±90 BP (Beta 207319)


130

Los Rostros de Antioquia

Las improntas de tejido en la cerámica arqueológica del Occidente de Colombia En varias partes del mundo, la observación de huellas de cuerdas y tejidos sobre superficies de barro o sedimentos endurecidos, arcilla quemada y artefactos de cerámica ha sido empleada desde hace muchos años como una estrategia metodológica valiosa para acercarse a los tejidos arqueológicos (Drooker, 2000; Holmes, 1884; Hurley, 1979; Stothert et al, 1990). Sin embargo, en Colombia la identificación de improntas de tejidos ha sido por lo general una observación marginal dentro de los análisis e informes arqueológicos, siendo muy pocos los estudios orientados específicamente a este tópico Piazzini (1996) y González (2011). Con todo, es precisamente este tipo de evidencia la que ha permitido establecer la referencia más antigua de tejidos en el país y, desde entonces, década de 1960, se han reportado ocasionalmente improntas de tejido sobre cerámica arqueológica recuperada en investigaciones efectuadas en el altiplano cundiboyacense, Nariño, Magdalena Medio, Antioquia y la cuenca media del río Cauca14. Desde luego que al tratarse de las huellas en negativo de los tejidos, su análisis tiene limitaciones. Salvo raras excepciones, en las que en las improntas han quedado atrapados restos de tejidos y fibras, es muy difícil establecer las materias primas. Así mismo, a menos que hayan quedado residuos de pigmentos, es improbable detectar los colores de las fibras o los dibujos de los tejidos. Finalmente, al tratarse por lo general de la impresión de pequeños sectores de los tejidos, es imposible obtener información relativa a su tamaño y forma general, así como a la composición de los diseños y motivos (Good, 2001: 215; Pérez, López y Lessa, 2014: 8). Sin embargo, la cuidadosa observación de estas huellas o de sus réplicas obtenidas mediante técnicas de moldeado, puede llegar a brindar información valiosa sobre las prácticas de tejeduría, algo que resulta crucial en regiones que, como el occidente de Colombia, no cuentan con condiciones proclives a la conservación de los tejidos mismos. Potencialmente, las improntas de tejido permiten aproximarse a una serie de características que resultan básicas para aportar a la comprensión de las prácticas de elaboración de los tejidos: calibre, forma y en ocasiones En Honda, Tolima: Cifuentes, 1993: 56; en Pubenza: Cardale, 1976: 391 y la cuenca baja del río Bogotá, Cundinamarca: Peña, 1991: 100; en Las Delicias, Bogotá: Enciso, 1995: 148; en Samacá, Boyacá: Boada, 1989: 72; Cardale, 1987a; y en Nariño: Cortes, 1997: 70; Patiño, 2003: 106. Las referencias a los hallazgos de improntas de tejido efectuados en el Occidente de Colombia se citan más adelante. 14

la torsión de las fibras; técnicas generales de tejido (cordelería, cestería, malla o textil); indicadores sobre sus estructuras (formas de entrelazado y anudamiento); medidas que dicen de la densidad y flexibilidad de los tejidos (cantidad de hilos o hiladas por centímetro cuadrado); y en casos excepcionales, anomalías en el proceso de hilado y elaboración, así como forma de los orillos, en el caso de los textiles. De otra parte, son testimonio de una estrecha articulación entre prácticas de tejeduría y alfarería, sea como resultado de la elaboración de las vasijas con ayuda de moldes de tela, sea por haber puesto a reposar las vasijas sobre superficies tejidas antes de la cocción, o para lograr efectos de textura o decorativos en los objetos cerámicos una vez acabados. Finalmente, constituyen recursos museográficos y pedagógicos valiosos, cuando a partir de procedimientos de vaciado en molde, que no afecten las muestras originales, se logran obtener réplicas positivas y en tercera dimensión de texturas antiguas. Para el caso que nos convoca, las improntas de tejido sobre artefactos cerámicos permiten constatar la existencia de prácticas de tejeduría desde hace por lo menos unos 2.000 años de antigüedad en el occidente colombiano. Las evidencias más antiguas se refieren fundamentalmente a huellas de cestería, pero gradualmente se van sumando al registro disponible, huellas de textiles, cordelería y mallas. En Medellín, corregimiento de Santa Elena, se han recuperado improntas de cestería en excavaciones arqueológicas en los sitios La Cañada y El Tiestero. Se trata de acumulaciones profundas de desechos de alfarería que por su cercanía a una fuente de aguasal, forma de las vasijas y disposición de los desechos de las mismas, han sido interpretadas como lugares de aprovechamiento de sal. De acuerdo con fechas de radiocarbono, estas actividades se habrían desarrollado entre unos 1.700 y 1.400 años de antigüedad (Botero y Vélez, 1995). Las improntas se hallan sobre la superficie de fragmentos cerámicos que han sido clasificados dentro del complejo Marrón Inciso, una tipología arqueológica de frecuente hallazgo en la cuenca media del río Cauca y Antioquia para el periodo comprendido entre 2.000 y 1.300 años de antigüedad (Ochoa 1998; Santos, 1998). El examen de una muestra compuesta por 65 fragmentos cerámicos provenientes de estos sitios (González, 2011), indica que la cestería se elaboró a partir de fibras planas que poseen entre 0,4 mm a 12 mm de ancho, siendo las más comunes de 0,9 mm. La relación entre urdimbre y trama es de 1 x 1 o 2 x 2, lo cual, sumado a variaciones en el espaciado o tensión entre ellas y en la dirección de la fibra, da como resultado dos tipos de estructuras: tejido plano y en diagonal. En éste último se observan dos


Volante de huso Sitio El Morro Guayabal, Medellín, Antioquia 1,7 cm. x 5,8 cm. Id. 1524 Instrumento de forma simple (casquete de esfera) con decoración empastada.

Volante de huso Sitio El Morro Guayabal, Medellín, Antioquia 1,8 cm. x 5,7 cm. Id. 1545 Instrumento de dos colores y forma simple (casquete de esfera) con decoración empastada.

Volante de huso Sitio El Morro Guayabal, Medellín, Antioquia 4,5 cm. x 4,9 cm. Id. 1734 Instrumento de forma simple y cuerpo troncónico con decoración empastada.

131

Volante de huso Sitio El Morro Guayabal, Medellín, Antioquia 1,8 cm. x 5,5 cm. Id. 1791 En 1953, en la Estación Arqueológica de Guayabal, fue hallada una tumba de pozo con cámara lateral por el señor Manuel Antonio Ortiz. En el sitio se encontraron cuatro piezas de cerámica, cinco narigueras de oro y 213 volantes de huso elaborados en arcilla cocida (Arcila, 1977).

Volante de huso Sitio El Morro Guayabal, Medellín, Antioquia 4,9 cm. x 5 cm. Id. 1737 Instrumento de forma simple y cuerpo troncónico con decoración empastada.


Los Rostros de Antioquia

132

variantes: cuando urdimbre y trama se entrecruzan perpendicularmente formando un ángulo de 90 grados, o cuando se cruzan formando un ángulo de 45 grados. La densidad promedio del tejido es de 1 fibra por cm2. Por su técnica y estructura, estas evidencias pueden corresponder tanto a esteras como a canastos. Es probable que, dada la forma de las fibras, la materia prima utilizada fuera derivada de hojas de palmas, a partir de las cuales y tras un cuidadoso tratamiento, se obtuvieron elementos regulares y rígidos adecuados para tejer. La presencia en la zona de palmas de los géneros Geonoma, Ceroxylon y Carludovica ha sido interpretada como posible fuente de obtención de las fibras (Botero y Vélez, 1995: 106). En todos los casos, las impresiones están localizadas en la superficie externa de fragmentos cerámicos que corresponden a la parte media o la base de vasijas globulares y subglobulares de boca amplia, que se cree fueron empleadas para el aprovechamiento de sal. Estas son en general de acabado burdo, aunque en algunos casos se observa engobe rojo en la parte externa y sobre las improntas de tejido. Ello sugiere, por una parte que las vasijas fueron dispuestas sobre esteras antes de su cocción, pero también, que la textura producida por la impresión de los tejidos era un efecto buscado para facilitar el agarre de los recipientes, algo que resulta funcional al tener en cuenta la manipulación de las vasijas para procesar o transportar la sal (Botero y Vélez 1995: 106). Con todo, no se puede descartar una intención decorativa. Como se ha dicho, la alta acumulación de fragmentos cerámicos identificada en el sitio El Tiestero, ha sido interpretada como desecho del proceso de la sal. Retomando ejemplos arqueológicos e históricos documentados para otras regiones, el agua salada habría sido extraída de la fuente cercana y depositada en vasijas de forma semicilíndrica, para ser luego cocinada con la finalidad de producir la evaporación del agua, quedando la sal compactada al interior de los recipientes. Posteriormente, para extraer la sal, se quebraban las vasijas, siendo este el origen de la gran cantidad de fragmentos cerámicos que se encuentra en las excavaciones15. Si esta interpretación fuera correcta, lo que las improntas de cestería están indicando, es la concurrencia de prácticas alfareras y de 15 Santos (1993) retoma el modelo propuesto por Cardale (1981), para el tratamiento y la explotación de sal en el altiplano cundiboyacense. Sin embargo, Botero y Vélez (1995: 116) cuestionan este modelo para el sitio El Tiestero I, proponiendo que la rotura de las vasijas en las que se evapora el aguasal en el mismo lugar de la extracción y cocción, no era una condición necesaria para obtener los bloques de sal; de otro lado en el sitio no se han encontrado evidencias que sugieran actividades de cocción, requeridas si las vasijas se hubieran empleado para lograr la evaporación del aguasal.

tejeduría en torno al aprovechamiento de sal. No obstante, el hallazgo ulterior en El Tiestero y cercanías de impresiones de cestería sobre fragmentos cerámicos que parecen corresponder a la base de platos planos localizados en áreas de vivienda (Obregón, 2008: 163, 180) indica, como es de esperarse, que estos tejidos eran empleados también en actividades cotidianas. Aunque es muy probable que ya para esta época en el occidente de Colombia se conocieran otras técnicas como la elaboración de mallas y textiles, por ahora las evidencias más antiguas de estos tipos de tejido sólo aparecen a partir de unos 1.300 años de antigüedad, en Risaralda, en el yacimiento San Germán, municipio de Santa Rosa de Cabal. Se trata de un sitio de vivienda habitado entre 1.500 y 1.300 años de antigüedad, cuyas evidencias cerámicas fueron clasificadas dentro del estilo Aplicado Inciso, una tipología arqueológica de la cuenca media del río Cauca que contrasta marcadamente con la alfarería de los siglos anteriores, incluido el complejo Marrón Inciso (Bernal, 2001). El análisis de 47 fragmentos con impresiones de tejidos recuperados en San Germán (Piazzini, 2000), permitió identificar la presencia de tres técnicas: cestería, malla y textiles. La cestería, representada por 17 fragmentos, corresponde al tejido de fibras vegetales en estructura diagonal con una disposición de 2 x 2 y una densidad de 1 x 1 fibras por cm2. Huellas de mallas o redes fueron identificadas en 14 fragmentos, en los cuales se notan hilos de mayor calibre a los empleados en los textiles, anudados entre sí de manera más bien abierta (2 carreras o hiladas por cm2), indicando una textura elástica y poco tupida. Por su parte, las huellas de textiles, presentes en 16 fragmentos cerámicos, corresponden en su mayoría a la estructura de tafetán, con disposición de hilos 1 x 1 y densidades de entre 17 x 17 hilos por cm2 para lograr texturas elásticas y más bien abiertas, hasta 27 x 27 hilos por cm2 para lograr texturas más finas y tupidas. También se observan textiles aparentemente elaborados en diagonal, con una disposición de hilos de 1 x 1 logrando texturas más bastas de 9 x 9 hilos por cm2, siendo por lo tanto más flexibles y abiertos. Se nota que los hilos empleados para el diagonal, son de mayor calibre que los empleados para el tafetán. Sin excepción, mientras que los textiles se encuentran sobre la parte interna de las vasijas, las mallas y la cestería se encuentran sobre la superficie externa, indicando una articulación diferencial entre determinadas técnicas de tejido y diversas fases o intencionalidades dentro del proceso de producción de la alfarería. La presencia de impresiones de malla y cestería sobre la superficie externa de las vasijas, y muchas veces sobre la base, hace suponer que se trataba de tejidos sobre los que se ponían


Impresión de cestería Estructura lisa 1 x 1 Sitio El Tiestero 1 Corregimiento de Santa Elena Medellín, Antioquia 6,1 cm. x 7,1 cm. Id. Fragmento PBMCIN3 31 (Botero y Vélez, 1995)

Impresión de cestería Estructura diagonal 2 x 2 Sitio El Tiestero 1 Corregimiento de Santa Elena Medellín, Antioquia 4,4 cm. x 4,7 cm. Id. Fragmento PBMCIN2 6 (Botero y Vélez, 1995)

Impresión de cestería Estructura diagonal 2 x 2 Sitio El Tiestero 1 Corregimiento de Santa Elena Medellín, Antioquia 8 cm. x 12 cm. Id. Fragmento PBMC1N4 36 (Botero y Vélez, 1995)

133

Impresión de cestería Estructura diagonal 2 x 2 Sitio El Tiestero 1 Corregimiento de Santa Elena Medellín, Antioquia 4,7 cm. x 6,9 cm. Id. Fragmento MRS 57 (Botero y Vélez, 1995)


Los Rostros de Antioquia

134

Impresión de cestería Sitio El Tiestero 1 Corregimiento de Santa Elena Medellín, Antioquia 7,7 cm. x 8,6 cm. Id. Fragmento MTICI. 66 (Botero y Vélez, 1995)


135

Impresión de cestería Sitio El Tiestero 1 Corregimiento de Santa Elena Medellín, Antioquia 5,5 cm. x 8 cm. Id. Fragmento PBMCI 33 Impresión realizada sobre la parte media de una vasija (Botero y Vélez, 1995)

Impresión de cestería Estructura diagonal 2 x 2 Sitio El Tiestero 1 Corregimiento de Santa Elena Medellín, Antioquia 4,4 cm. x 8,2 cm. Id. Fragmento PBMCIN3 20 Impresión realizada sobre la parte media de una vasija (Botero y Vélez, 1995)


Los Rostros de Antioquia

136

a secar las vasijas, antes de iniciar el proceso de cocción, o bien de la impresión de texturas que mejoraban el agarre de los utensilios. Por su parte, la relación entre textiles y superficies internas, remite a la intervención de los mismos durante la fase de modelamiento de las vasijas, siendo probable que sirvieran como moldes para el armado de las mismas. Esta última posibilidad, que ha sido planteada para explicar la presencia de improntas de textiles al interior de vasijas arqueológicas en otras regiones (Guinea, 2003, Stother et al., 1990), adquiere mayor sentido al tener en cuenta el análisis de muestras de improntas textiles provenientes del oriente y sur de Antioquia y el norte de Caldas. En prospecciones arqueológicas efectuadas en los municipios de La Unión, Abejorral y Caramanta, en Antioquia, y Aguadas, en el norte de Caldas, se pudo identificar un complejo cerámico característico de los asentamientos del periodo más reciente de la época precolombina (entre 800 y 500 años de antigüedad) (Castillo y Piazzini, 1995). Una de las características que ha permitido distinguir dicho complejo, denominado Quebrada Negra, es la presencia, relativamente frecuente, de impresiones de textiles en los fragmentos cerámicos de vasijas subglobulares, ollas hemisféricas y cuencos. El análisis de 100 fragmentos provenientes de esa investigación, incluyó la realización de réplicas, empleando para el efecto papel aluminio de calibre muy delgado, el cual fue dispuesto cuidadosamente sobre las huellas de tejido para obtener una impresión en positivo de las mismas. Luego sobre el revés de las impresiones en aluminio se vació yeso piedra, empleado para obtener impresiones en el campo de la odontología. Este procedimiento, así como el análisis de originales y réplicas, permitieron efectuar una aproximación inicial a una tradición textil que, como se verá más adelante, parece haber tenido un ámbito geográfico más amplio (González, 2011; Piazzini, 1996). En las improntas de cerámica Quebrada Negra se aprecia que el calibre de los hilos varía entre 0,3 mm y 1,7 mm, siendo lo más recurrente un calibre de 0.5 mm, lo que en otras palabras indica destreza en la técnica de hilado, para lograr fibras muy finas y resistentes. Por otra parte, la forma de los hilos es redondeada y no presenta descamaciones propias de fibras obtenidas a partir de fique o yute, lo que lleva a suponer que la materia prima utilizada en estos textiles fue el algodón, especie ampliamente empleada en otras partes de Colombia, y concretamente en el Cauca medio en épocas precolombinas (Cardale, 1988a). La estructura de los tejidos es del tipo tafetán, con una relación entre urdimbre y trama de 1 x 1, aun cuando se tiene un ejemplar en el cual la relación es de 2 x 1, observándose que una de las series (quizá

la urdimbre) fue dispuesta en hilos dobles no retorcidos, mientras que la otra (probablemente la trama), lo fue de manera sencilla. Con estas estructuras se lograron telas por lo general muy finas y tupidas, con una densidad de hasta 40 x 40 hilos por cm2, aunque lo más frecuente es encontrar una densidad de aproximadamente 17 x 17 hilos por cm2. En ocasiones se observan texturas más bastas, de 4 x 4 hilos por cm2 y en el caso del tejido con disposición de hilos dobles, la densidad es de 10 x 5 hilos por cm2. En su gran mayoría, las improntas se encuentran en la parte interior, principalmente en el fondo, pero también en el borde y cuello de vasijas globulares y subglobulares, cuyas superficies ofrecen discontinuidades producto de un alisado poco cuidado. Dada la forma y contextos de proveniencia, se trata de vasijas de uso doméstico, que en el caso de los fragmentos con impresiones exhiben a menudo huellas de ahumado o residuos de carbón, como resultado de su exposición al fuego en fogones. Varios rasgos indican que los textiles fueron intencionalmente empleados en la elaboración de las vasijas cerámicas: en su gran mayoría las improntas textiles se limitan a la parte interna de las vasijas, y en algunos casos estas huellas se encuentren “borradas” por procesos ulteriores de alisamiento de la superficie interna de los utensilios. Es decir que el contacto con las telas se produjo durante el armado de las vasijas, las cuales por sus características formales parecen haber sido elaboradas por la técnica de modelado y no por rollos. En este sentido, es posible que la masa de arcilla fresca se haya aplanado sobre una superficie firme, recubierta de tela, retirándola posteriormente para dar forma a la base y las paredes de las vasijas, procediendo luego a su alisado, el cual habría sido incompleto sobre la cara interna de las mismas, justamente donde quedaron las huellas de los tejidos. La función de la tela sería en este caso la de servir de aislante entre la superficie de trabajo y la masa de arcilla, impidiendo que ésta última se adhiriera a la primera. Sin embargo, el empleo de las telas, no sólo como aislantes sino también como moldes es una posibilidad que no se puede descartar. En algunos fragmentos se aprecian pliegues o arrugas, así como deformaciones del tejido, que sugieren que las telas no estaban en disposición “plana” cuando entraron en contacto con la arcilla (Fotos 17 y 18). Es posible que “paquetes” o “bolsas” hechas de tela, rellenas con algún contenido maleable (por ejemplo arena, e incluso también arcilla), sirvieran como molde durante el modelamiento de las vasijas. Una vez obtenida la estructura básica de las mismas, dichas “bolsas” se vaciaban de su contenido y se retiraban del interior de las vasijas, para proceder a su alisado y terminado, previo a la cocción.


Impresión de textil Estructura tafetán 1 x 1 Yacimiento 16 Abejorral, Antioquia 2,3 cm. x 3,3 cm. Id. Fragmento 16-32 89 (Castillo y Piazzini, 1995) Colección particular

137

Impresión de textil Estructura tafetán 1 x 1 Yacimiento 16 Abejorral, Antioquia 4 cm. x 4,4 cm. Id. Fragmento 16-29 86 (Castillo y Piazzini, 1995) Colección particular

Impresión de textil Estructura tafetán 1 x 1 Yacimiento 24 Abejorral, Antioquia 2,9 cm. x 3,4 cm. Id. Fragmento 24-47 156 Véase la huella del pliegue de tejido (Castillo y Piazzini, 1995) Colección particular

Huellas de alisado con tejido Yacimiento 24 Abejorral, Antioquia 3,6 cm. x 4,9 cm. Id. Fragmento 24-46 155 (Castillo y Piazzini, 1995) Colección particular


Los Rostros de Antioquia

138

Por otra parte, tanto en este caso como en el yacimiento San Germán, se observaron algunos fragmentos del mismo tipo de cerámica de aquella en la cual se encuentran las improntas textiles, en los que se aprecian líneas incisas paralelas muy finas sobre la superficie externa de las vasijas. Un ejercicio en laboratorio, de alisado de superficies frescas de arcilla con textiles finos, permitió obtener huellas idénticas, con lo cual se plantea la posibilidad del empleo de telas también durante la fase de alisado de las vasijas, lo cual adicionalmente explicaría la presencia, más bien excepcional, de impresiones de tejidos en la superficie externa de algunos fragmentos cerámicos. Varios de los patrones observados en las improntas textiles asociadas al complejo cerámico Quebrada Negra, se aprecian también en evidencias obtenidas en una investigación efectuada en Guatapé, al oriente de Antioquia (Piazzini, 2003a). En este caso, el análisis se realizó sobre 16 fragmentos cerámicos que tipológicamente se asocian al mismo complejo alfarero y provienen de sitios de vivienda con una cronología relativa de entre 1.200 y 500 años de antigüedad. En todos los ejemplares, se trata de impresiones de textiles sobre la cara interna del cuerpo de vasijas de uso doméstico, cuyo alisado es burdo, registrándose en varios casos la presencia de ahumado sobre las superficies externas e internas. Las improntas corresponden a estructuras de tejido llano o tafetán con disposición de trama y urdimbre de 1 x 1. Se registran tejidos muy tupidos, con densidades de 30 x 30 o 20 x 20 hilos por cm2, así como otros de textura más abierta de 10 x 10 hilos por cm2. La estrecha asociación entre prácticas de elaboración de alfarería y tejidos que suponen las improntas de textiles asociadas al complejo Quebrada Negra, no parece haber sido una cuestión local. En investigaciones efectuadas en otros lugares del oriente de Antioquia se han identificado incidentalmente fragmentos de improntas de textiles asociados a cerámica del mismo periodo en San Rafael (Rodríguez, 1998) y La Unión (Jaramillo, 1998), donde destaca un fragmento en el cual se aprecia una estructura en diagonal, con una relación de 3 x 1. Registros esporádicos han sido efectuados también para el Valle de Aburrá (Botero y Múnera, 1997; Castillo, 1995), Buriticá (Girón, 1985) y el municipio de Armenia en Antioquia (Nieto, 1991), asociados por lo general a evidencias cerámicas contemporáneas del complejo Quebrada Negra, es decir, del periodo final de la época precolombina. Pero tal y como se puso de manifiesto a propósito de los hallazgos de improntas textiles efectuadas en el yacimiento San Germán, y como se desprende de referencias puntuales efectuadas para hallazgos similares en cerámica arqueológica de Risaralda (Jaramillo, 1989: 31),

es muy probable que la práctica alfarera con ayuda de textiles se haya desarrollado de manera simultánea en la cuenca media del río Cauca. Al respecto resulta sugerente el reporte de tres fragmentos cerámicos con impresiones de tela en excavaciones arqueológicas efectuadas en el sitio Nuevo río Claro, municipio de Villamaría, Caldas, que en términos geográficos se ubica a medio camino entre Antioquia y Risaralda. En todos los casos se trata de huellas de textiles con estructura de tafetán, localizadas sobre la pared interna de vasijas de acabado burdo, las cuales han sido asociadas por sus características formales al complejo cerámico Aplicado Inciso, coetáneo de Quebrada Negra. La densidad de los hilos remite a la existencia, tanto de telas relativamente tupidas y finas, de 29 x 26 hilos por cm2, como de otras de textura más suelta, de 7 x 10 hilos por cm2 (Cardale, 1990; Herrera y Moreno, 1990). El relativo auge en épocas precolombinas tardías de tejidos elaborados mediante la técnica textil de urdimbre y trama, que, por la regularidad y fino calibre de sus hilos y la alta densidad de las texturas, supone la existencia de telas fabricadas en telar, no implica, sin embargo, que la cestería y la malla hubieran dejado de usarse. En el municipio de Dosquebradas, Risaralda, impresiones de cestería con estructura de sarga o en diagonal han sido advertidas sobre la superficie interna o externa de vasijas asociadas a una fecha de radiocarbono de aproximadamente 1.000 años de antigüedad (Montejo y Rodríguez, 2001: 91). Y en Jericó y Andes, Antioquia, lo propio ha sido observado en evidencias cerámicas (Otero, 1992; Agudelo, Hernández y Obregón, 1998: 56), en las cuales las fibras vegetales empleadas poseen de 5 a 12 mm de ancho, con una disposición de 2 x 2 y una densidad promedio de 2,6 fibras por cm2 (González, 2011). En ambos casos las huellas se encuentran en la base y el cuerpo de vasijas globulares y subglobulares empleadas para la cocción y/o el almacenamiento de alimentos. En Andes, se encuentran asociadas a una fecha de radiocarbono de aproximadamente 300 años de antigüedad (Agudelo, Hernández y Obregón, 1998: 56), con lo cual se estaría registrando la ocurrencia de prácticas de tejido mediante la técnica de cestería para la época colonial. Por otra parte, evidencias de tejidos logrados por la técnica de malla o red han sido identificadas en el curso de investigaciones arqueológicas efectuadas en la cuenca del río La Miel, al oriente del departamento de Caldas (Piazzini, 2001, 2003b; Piazzini y López, 2002). Tejidos abiertos y flexibles, semejantes a la textura de las mochilas, fueron identificadas en 89 fragmentos de vasijas de uso doméstico, muchos de ellos con evidencias de ahumado o residuos


Impresión de textil Estructura tafetán 1 x 1 Yacimiento 6 Guatapé, Antioquia 2,6 cm. x 3,2 cm. Id. Fragmento G6R352 71 (Piazzini, 2003a) Colección particular

139

Impresión de textil Estructura tafetán 1 x 1 Yacimiento 37 Guatapé, Antioquia 3,2 cm. x 3,6 cm. Id. Fragmento G37R1774 76 Obsérvese el ahumado de la superficie interna (Piazzini, 2003a) Colección particular

Impresión de textil Estructura diagonal o sarga 3 x 1 Yacimiento 35 La Unión, Antioquia 4,6 cm. x 5 cm. Id. Fragmento Y35-88 166 (Jaramillo, 1998)

Impresión de textil Estructura tafetán 1 x 1 Girardota, Antioquia 7,6 cm. x 9,1 cm. Id. Fragmento DVK89+650 69 (Botero y Múnera, 1997)


Los Rostros de Antioquia

140

de carbón. La presencia de las impresiones en la cara externa de las vasijas, sin que se restrinja a su base, permite suponer que su función, además de decorativa, tenía que ver con la producción de una textura que facilitara el agarre de los utensilios. Sin embargo, no es de descartar que, en una técnica de elaboración inversa a la propuesta para las evidencias textiles del Cauca medio y Antioquia, en este caso los tejidos hayan servido como moldes externos, al interior de los cuales se realizaron las labores de modelado de la arcilla para dar forma a las vasijas. En cualquier caso, dada la frecuencia de los hallazgos y las características de los tejidos, se trata de la evidencia de una tradición de tejeduría muy particular de este sector del Magdalena Medio, cuya existencia llegó por lo menos hasta el siglo XVI. Esta cerámica hace parte del complejo El Bosque, una tipología arqueológica que ha permitido distinguir las ocupaciones humanas que tuvieron lugar en el área durante un periodo que va de los 800 a los 400 años de antigüedad, es decir, hasta la época de contacto con los europeos. Esta última temporalidad se pone de manifiesto en el sitio La Antigua, municipio de Norcasia (Caldas) que, de acuerdo con tradiciones orales y documentación histórica fue el lugar en donde los españoles establecieron la ciudad de Nuestra Señora de la Vitoria hacia 1557 (Piazzini, 2007). Allí, evidencias de tejidos impresos sobre cerámica del complejo El Bosque, se encuentran, tanto de manera subyacente como coexistente con evidencias de loza, metal y vidrio de origen europeo. No lejos de la cuenca del río La Miel, en Honda, Tolima, han sido identificadas impresiones de cestería sobre la cara interna de platos planos o budares, en los cuales se sugiere era cocinada harina de yuca. Dichas improntas aparecen tanto en utensilios de manufactura netamente indígena, como en otros de cerámica vidriada, una técnica alfarera introducida por los españoles (Cifuentes, 1993: 57). Este registro conjuntamente con otros similares efectuados esporádicamente en sitios arqueológicos del Magdalena Medio (Cardale, 1976: 391; Fundación Erigaie 1995; Flórez, 1998; Peña 1991: 100), lleva por una parte a considerar esta zona como otra importante región en la cual tuvieron lugar tradiciones de tejeduría milenarias en Colombia, pese a que en los mapas de los textiles arqueológicos del país ha constituido un espacio en blanco. Además indica la existencia de procesos de hibridación entre tecnologías indígenas y europeas de alfarería y tejido, un aspecto poco conocido hasta ahora en las historias de los tejidos en Colombia.

Aproximación al lugar de los tejidos entre las comunidades indígenas del siglo XVI Al releer algunas de las narraciones escritas por europeos que durante la primera mitad del siglo XVI conocieron de cerca el occidente de lo que hoy es Colombia16, se puede establecer que prácticamente no existía un espacio o tiempo de la vida de las sociedades indígenas, en los cuales no estuvieran presentes los tejidos jugando un papel a menudo relevante. Desde los lugares de vivienda hasta los mercados y desde el lecho hasta la tumba; en estas comunidades los tejidos habían llegado a ser una parte constituyente de la vida social. Hacia 1539 en Urabá se duerme en hamacas (Cieza, 1941: 23), pero en las provincias cercanas a Anserma, en el Cauca medio, “… tienen sus esteras que ponen en el suelo y ansy mesmo en la cama sobre que duermen porque no usan echar ropa debaxo sino es pa(ra) enҫima se cubren con sus mantas grandes de algodón” (Robledo, 1993: 340). Por lo demás, en las vecinas provincias de Arma y Pozo, vivían en grandes viviendas comunales en las cuales no obstante se demarcaban espacios individuales conformados por “… muchos apartados entoldados con esteras” (Cieza, 1941: 54, 61). En la vida cotidiana los vestidos e indumentarias hacían parte fundamental de categorías identitarias, ya fuera para distinguirse frente a otras comunidades o ya para demarcar diferencias de género, rango y edad. Entre los patangoras de las vertientes de la cordillera Central hacia el Magdalena medio, los hombres “la natura traen siempre cubierta con la una mano o atada a, un tocado, que a manera de cortina traen por la cintura”, mientras que las mujeres “…andan, desnudas y con solamente un pedazo de manta de hasta palmo y medio o dos palmos, a quien llaman pampanillas, puesto por delante de sus partes vergonzosas, asido a un hilo grueso que traen ceñido al cuerpo por la cintura”. Por su parte, las doncellas “…no traen estas pampanillas sino unos delantales Nos basamos aquí en documentos escritos durante la primera mitad del siglo XVI y a más tardar la década de 1560, puesto que se refieren a un momento histórico en el cual, presumiblemente, las sociedades indígenas aún conservaban muchas de sus costumbres precolombinas. Para las cuencas de los ríos Atrato y Antioquia empleamos documentos escritos por Vasco Núñez de Balboa, Juan de Vadillo, Fray Pedro Cieza de León, Juan Bautista Sardella y Jorge Robledo, quienes entre 1513 y 1541 recorrieron el Darién, Urabá y Bajo Atrato y algunos de ellos trajinaron los caminos que llevaban de Urabá a Popayán y Viceversa. Para el Magdalena Medio nos basamos en Fray Pedro Aguado quien, conjuntamente con Fray Antonio Medrano -de quien retomó buena parte de su Recopilación historial- se basó principalmente en relatos de testigos presenciales. 16


141

Impresión de cestería Estructura diagonal 2 x 2 Jericó, Antioquia 10,2 cm. x 12,6 cm. Id. Fragmento 10.265 CXXXVI 3 (Otero, 1992)

Impresión de cestería Estructura diagonal 2 x 2 U.I.A 01 Andes, Antioquia 7,7 cm. x 11,9 cm. Id. Fragmento 4132 1 (Agudelo, Hernández y Obregón, 1998)


de rapacejos, hechos de cabuya o de algodón, que les llegan por bajo de la pantorrilla, y con aquello andan hasta ser casadas” (Aguado, 1956: 81). En Urabá, donde había “ropa de algodón mucha”, las mujeres:

Los Rostros de Antioquia

“… andan vestidas con unas mantas que les cubren de las tetas hasta los pies, y de los pechos arriba tienen otra manta con que se cubren. Précianse de hermosas; y así, andan siempre peinadas y galanas a su costumbre. Los hombres andan desnudos y descalzos, sin traer en sus cuerpos otra cobertura ni vestidura que la que les dio natura. En las partes deshonestas traían atados con unos hilos unos caracoles de hueso o de muy fino oro, que pesaban algunos que yo vi a cuarenta y a cincuenta pesos cada uno, y a algunos a más, y pocos a menos” (Cieza, 1941: 23). Algunas variaciones se presentaban en las indumentarias que llevaban las gentes de las provincias de Guaca y Nore situadas en las montañas del noroccidente de Antioquia, donde las mujeres “… andan vestidas de la cintura abajo con mantas de algodón muy pintadas y galanas”, mientras que los hombres “no traen sino unos maures angostos, con que se cubren las partes vergonzosas, asidos con un cordel que traen atado por la cintura”. No obstante, los señores y principales “…algunas veces se cubren con una gran manta pintada, de algodón” (Cieza, 1941: 35-36).

142

La diferencia entre la vestimenta de personas de alto y bajo rango social, se hace más evidente en la siguiente descripción de los atuendos que se llevaban en las provincias cercanas a Anserma: “Tienen pa(ra) ceñirse por el cuerpo los que son Señores unos ҫinchos de aquella chaquira blanca y de chaquira de oro y de canutos de oro hasta un palmo de ancho dello el qual entre ellos vale mucha cantidad. Y este es para meter el maure con que tapan sus vergúenҫas q(ue) es vara y media de largo de lienҫo de algodón muy pintado y una de ancho y meten el un cavo que les cuelga por delante con que las atapa(n) y toma el otro por debaxo de las piernas y métenle por el ҫincho y cuélgales un rabo que llega casi al suelo” (Robledo, 1993: 337). Por contraste, los “de más baxo estado” llevaban en lugar de los cinchos descritos “… una sarta de cuentas gruesas y el que no las alcanza trae

un hilo y todos traen estos maures” (Robledo, 1993: 338). Por su parte las señoras principales “… andan vestidas hasta la punta de los pies con unas mantas muy pintadas que se dizen naguas e vienense a ҫiñyr a la ҫintura y de allí (a)rriba no traen camisa sino otra manta pintada, la cual se pone con dos puntos por delante como mantellina” (Robledo, 1993: 339). Las mantas de algodón constituían además medios para el pago de tributo a los caciques principales, allí donde algunos grupos sociales habían establecido un sistema político jerarquizado, como por ejemplo en las provincias de Guaca y Nore (Cieza, 1941: 33). Y en algunas provincias de la cuenca media del río Cauca, el prestigio de los caciques era puesto en evidencia mediante la exhibición de piezas de oro dispuestas a manera de prendedores o patenas sobre sus mantas. Además, los señores principales eran llevados en andas sobre hamacas (Cieza, 1941: 35-36, 49). Se percibe pues que ciertos tejidos, y en especial las telas de algodón pintadas, eran valoradas como objeto de prestigio, razón por la cual hacían parte de circuitos de intercambio en los cuales circulaban bienes escasos en unas u otras partes. En Urabá, donde eran “grandes mercaderes y contratantes” intercambiaban zainos, sal y pescado, por oro y ropa con las comunidades que se encontraban asentadas en las montañas del noroccidente de Antioquia. Las piezas de oro obtenidas en dicha contratación, como “campanas, platos, joyeles, y unos que llaman caricuries, y otros caracoles grandes de oro bien fino”, eran almacenadas en “unos canastillos que ellos llaman habas” (Cieza, 1941: 23-24), que también fueron advertidos por los españoles en la provincia de Guaca (Vadillo, 1864: 404). Sistemas semejantes de intercambio funcionaban en otras partes: en el bajo Atrato, el cacique Davaive entregaba a los de las montañas de Antioquia, a cambio de su oro, zainos, pescado, sal, piezas de oro labradas y ropa de algodón (Núñez, 1913: 133); en Urabá circulaba oro proveniente de las montañas de Antioquia y mantas, sal y piezas de orfebrería que provenían del Sinú (Vadillo, 1864: 406); y en Murgia, cerca del río Cauca en Antioquia, obtenían ropa y oro a cambio de la sal que ellos mismos explotaban (Cieza, 1941: 51). Más allá de un empleo metafórico del lenguaje, se puede decir incluso que en ciertos lugares las rutas mismas de intercambio eran tejidas. Técnicas tan antiguas como la cordelería y el anudado eran empleadas en la construcción de puentes, indispensables para el funcionamiento de redes de comunicación en una región atravesada por innumerables ríos. En las montañas de Abibe, los españoles advirtieron la existencia de puentes hechos. “…de unos grandes y recios bejucos, que son como unas raíces largas que nacen entre los árboles, que son tan recios algunos de ellos como cuerdas de cáñamo; juntando


“…enbuélbenle en muchas mantas de algodón q(ue) para aquel efecto tiene(n) hechas y guardadas de mucho // tiempo y es la cantidad de mantas q(ue) le ponen tanta q(ue) hacen un bulto como un tonel que veynte hombres tienen arto que alҫar, y van tan por orden puestas y cosidas q(ue) ay que deshacer en él para quytárselas quando alguno se ropa mucho y después de puesta toda esa ropa estando él en medio della envuelto en sus algodones le llevan a la sepoltura q(ue) tienen hecha” (Robledo, 1993: 343). Más sencillo en apariencia resultaba el ritual funerario entre los patangoras: “… lo primero que hacen es amortajarle, atándole los pulgares de los pies juntos uno con otro y las piernas una con otra, por cima de la rodilla, y tras esto le pintan todo el cuerpo de diversas colores, lo más galanamente que puede ser pintado; y entre las demás tintas con que pintan a estos muertos, la blanca y amarilla no se usa de ellas en otros regocijos sino es en mortuorios, porque las tienen estos bárbaros aplicadas a este efecto, y luego le ponen todas las joyas que tienen y se hallan en su poder, que son cuentas blancas, que entre ellos las había antiguamente, y plumajes y otras maneras de galanías hechas de plumas de aves de diversas colores, y puesto en este estado le revuelven por mortaja una estera al cuerpo” (Aguado, 1956: 93). Los tejidos también resultaron siendo fundamentales en muertes ciertamente menos tradicionales. En medio del choque inicial entre mundos tan diferentes, como el europeo y el americano, cuando los españoles llegaron hacia 1541 al Valle de Aburrá: “Acontesció en esta provincia a algunos españoles yendo por fruta y a caza de aves yr donde algunos indios estavan e ansi como los vían se quytavan una manta de vara y media de largo e de una en ancho con q(ue) traen atapadas sus vergüenzas, quytasela e darse una buelta al pescuezo y a(h)orcarse” (Sardella, 1993: 288).

Tejidos arqueológicos del occidente de Colombia: una aproximación a partir de huellas impresas sobre cerámica

Puentes semejantes, tejidos con bejucos son descritos sobre el río Cauca, en las provincias y pueblos de Quimbaya, Bredunco y Tahamí; en Cunquiva, cerca de Nore y en la provincia de Los Palenques en el Magdalena Medio (Aguado, 1956: 80; Cieza, 1941: 69, 95; Sardella, 1993: 292, 322; Robledo, 1993: 357). Pero el relacionamiento entre diferentes grupos sociales no se establecía siempre en términos comerciales, sino también en medio de tensiones por el control de territorios y rutas. En los eventos bélicos, los tejidos funcionaban como estandartes, pero, además, las técnicas de cordelería y anudamiento servían a la construcción de dispositivos de apresamiento y defensa. Los guerreros de Arma portaban “…banderas de gran valor” sobre la punta de las lanzas, semejantes a las que en iguales circunstancias enarbolaban los de Carrapa, estandartes que consistían en “… una manta larga y angosta puesta en una vara llena de unas piezas de oro pequeñas, a manera de estrellas, y otras con talle redondo” (Cieza, 1941: 55, 68). Por su parte los de la provincia de Pozo llevaban “… cordeles recios para atar los que prendiesen” (Cieza, 1941: 63), cordeles con los cuales los del Pueblo de las Peras quisieron apresar a los españoles (Sardella 1993: 283). Y en la provincia de los Palenques, cercana a la cuenca del río La Miel, en el Magdalena Medio, en sus enfrentamientos con los españoles los indígenas emplearon ciertas trampas: “…éstas eran unos maderos muy gruesos y de gran peso subidos algunos estados en alto en derecho del camino y atados con tal orden que en la hora que pasaba gente por debajo de ellos, ya casi a la salida, estaba un bejuco o cordel atravesado en el camino, al cual, en tocando con los pies, se desarmaba la trampa y caían los maderos, y a todos los que debajo cogían hacían pedazos o los ahajaban” (Aguado, 1956: 26) Usos menos “prácticos” de los tejidos tenían lugar en las ceremonias fúnebres. En los valles de Nore, al morir “…meten al difunto lleno de mantas y con el oro y armas que tenía” en la bóveda de su tumba, costumbre que también se observaba en Caramanta y en las provincias cercanas a Anserma, donde además el cadáver era disecado sobre hamacas y posteriormente envuelto “… en mucha cantidad de mantas”, lo cual también se hacía en la provincia de los gorrones, cerca de Cali (Cieza, 1941: 37, 45, 49, 50, 80). Lo descrito para los alrededores de

Anserma deja ver un ritual más complejo en la preparación del cadáver para su sepultura. Luego de haber desecado el cuerpo:

143

gran cantidad hacen una soga o maroma muy grande, la cual echan de una parte a otra del río y la atan fuertemente a los árboles, que hay muchos junto a los ríos, y echando otras, las atan y juntan con barrotes fuertes, de manera que queda como puente” (Cieza, 1941: 31).


Cuando se les preguntó por qué se ahorcaban “... dixeron que porque se espantavan de ver a los españoles e de las barvas e que por esto se avían aorcado muchos” (Sardella, 1993: 288.) Este fatal acontecimiento, cuyo grado de veracidad descansa en la narración por separado de dos testigos (Cf. Cieza, 1941: 52), resulta en perspectiva histórica paradigmático de la discontinuidad entre las tradiciones precolombinas de tejido y aquellas que los europeos irían introduciendo durante el periodo colonial. No obstante, prácticas híbridas de tejido poco o nada conocidas, semejantes a las que es posible detectar en las tradiciones culinarias, han debido permitir la transmisión de saberes indígenas durante los siguientes siglos, para llegar a hacer parte del inmenso repertorio actual de materias primas, técnicas y estructuras de tejido.

144

Los Rostros de Antioquia

Consideraciónes finales El registro arqueológico de evidencias de tejidos precolombinos disponible para Colombia, indica la existencia de tradiciones milenarias de trabajo con materiales vegetales para conformar fibras, cuerdas e hilos, y con estos, dar forma a esteras, canastos, redes, mochilas y telas, entre otras texturas. Igualmente, permite aproximarse al empleo de sustancias vegetales y minerales a partir de las cuales se tinturaron y pintaron fibras y tejidos. No obstante, en lo que se refiere al Occidente de Colombia, han sido hasta ahora muy pocas las evidencias directas de tejido en el registro arqueológico, con lo cual se hace necesario prestar mayor atención a evidencias indirectas, como son las impresiones sobre cerámica. Se trata de un tipo de registro que a menudo ha pasado inadvertido en las investigaciones arqueológicas, y que además ha contado con pocos estudios que permitan consolidar las evidencias generalmente dispersas en informes y colecciones, además de aproximarse a los tejidos como parte de prácticas sociales y procesos históricos. En este texto hemos tratado de solventar hasta cierto punto estas dificultades, proponiendo que las prácticas de tejeduría tienen una larga historia en el Occidente de Colombia, que se inicia probablemente desde épocas precerámicas, pero que se intensifica durante los últimos mil quinientos años de la época precolombina. Técnicas fundamentales de la tejeduría, como son el anudamiento, el acordelado, la cestería, los tejidos de punto o malla y los textiles, se observan en el registro arqueológico de dicho periodo e inclusive durante la Colonia temprana, asociados a prácticas cotidianas de producción alfarera, probablemente también de explotación de sal y finalmente en contextos funerarios. Dicha intensificación hizo parte de procesos de cambio social en los cuales los artefactos tejidos parecen haber jugado un papel importante en la definición de esquemas

de diferenciación e interacción cultural, social y política, tesis que se complementa al efectuar una aproximación a lo expuesto en los documentos escritos de la primera mitad del siglo XVI. Los tejidos estaban presentes por entonces, en los diferentes momentos de la senda vital de las personas y en los más diversos espacios de la vida social, condición que, aun cuando profundamente transformada, sigue estando presente en las sociedades contemporáneas. Sin embargo, frente a mercados globalizados de producción en serie de tejidos sintéticos, con una relación anónima entre productores y consumidores, es cada vez más necesario explorar iniciativas alternativas de elaboración de tejidos bajo criterios ecosostenibles y de innovación tecnológica, que no prescinda de la re-creación de saberes y técnicas históricamente configuradas. Así mismo, se hace necesario adoptar un enfoque de simplificación de la cadena de abastecimiento-consumo, en la cual se visibilicen plenamente los actores, prácticas y lugares que la conforman. En esta perspectiva, el mejor conocimiento y experimentación a partir de los tejidos precolombinos entendidos como parte de saberes, prácticas y procesos, resulta en un repertorio de referencia de suma importancia. Por otra parte, se observa cómo en las últimas décadas, diversas organizaciones y programas sociales han venido movilizando metáforas derivadas de la estructura y textura de los artefactos elaborados mediante prácticas de tejeduría, para indicar la importancia de fortalecer la solidaridad y la cohesión social: tejidos, enlaces y redes sociales. También, en proyectos de memoria colectiva, y muy especialmente en organizaciones de mujeres, los tejidos, ya no sólo como metáfora, sino como parte de prácticas concretas de hilar, entrelazar, cocer y pintar, constituyen un recurso sumamente potente para propiciar espacios de encuentro, visibilización e intercambio de experiencias. Aquí, al ritmo de agujas, telares y nudos, se despliegan narrativas que a partir de prácticas tradicionales, recuperan el textil como texto y el tejer como oficio sanador, para reconstruir recuerdos y memorias silenciadas en contextos de conflicto y violencia. En uno y otro caso, conocer y reconocer antiguas prácticas de tejeduría, y en una perspectiva más amplia, comprender la manera en que, siguiendo diferentes trayectorias se vinculan con las prácticas del presente, se puede contribuir con una apropiación creativa de las mismas, mejor informada y estratégicamente situada en términos históricos, culturales y geográficos. Agradecimiento: deseamos agradecer a Mariela Suárez por su atenta lectura de crónicas y relatos del siglo XVI, rastreando referencias de artefactos tejidos y prácticas de tejeduría, ejercicio a partir del cual elaboramos el apartado correspondiente del presente texto.


Municipio/Dpto

Sitio

Evidencia

Código Fecha

Referencia

4875 ± 150

Arjona, Bolivar

SI 445

Reichel-Dolmatoff, 1965

2270 ± 70

Tumaco, Nariño

Beta 83659

Patiño, 2003

1800 ± 40

La cruz, Nariño

Beta 168164

Cardale, 2007

1640 ± 60

Medellín, Antioquia

GrN 17664

Santos, 1986

1550 ± 60

La cruz, Nariño

Beta 129140

1540 ± 60

Medellín, Antioquia

Beta 67471

Lleras et al., 2007, Cardale, 2007 Botero y Vélez, 1995

1500 ± 90

San Marcos, Sucre

IAN 61

Cardale, 1988b

1480 ± 50

Yacuanquer, Nariño

Beta 65196

Cortes, 1997

1430 ± 70

Medellín, Antioquia

Beta 67470

Botero y Vélez, 1995

1365 ± 65

Yacuanquer, Nariño

AA 12488

Cortes, 1997

1270 ± 60

B125441

Bernal, 2001

1140 ± 60

Santa Rosa de Cabal, Risaralda Pupiales, Nariño

Beta 67955

Plazas, 1998

1090 ± 40

Nariño

Beta 180017

1060 ± 80

La Cumbre, Valle del Cauca Ipiales, Nariño

Berna 4681

Lleras et al., 2007, Cardale, 2007 Gahwiler, 1989

GX 22265

900 ± 90

Dos Quebradas, Risaralda La Cumbre, Valle

Berna 4030

Lleras et al., 2007, Cardale, 2007 Montejo y Rodríguez, 2001 Gahwiler, 1989

900 ± 40

Pupiales, Nariño

Beta 168165

Cardale, 2007

890 ± 40

La Tebaida, Quindío

Beta 129144

Cardale, 2007

830 ± 140

El Tambo, Nariño

IAN 34

Cardale, 1978

1050 ± 40 975 ± 110

Beta 180016

Tejidos arqueológicos del occidente de Colombia: una aproximación a partir de huellas impresas sobre cerámica

Fecha C14 AP

145

Tabla 6. Dataciones de radiocarbono asociadas a evidencias de tejidos en Colombia


1270 ± 60

B125441

Bernal, 2001

1140 ± 60

Santa Rosa de Cabal, Risaralda Pupiales, Nariño

Beta 67955

Plazas, 1998

1090 ± 40

Nariño

Beta 180017

1060 ± 80

La Cumbre, Valle del Cauca Ipiales, Nariño

Berna 4681

Lleras et al., 2007, Cardale, 2007 Gahwiler, 1989

GX 22265

900 ± 90

Dos Quebradas, Risaralda La Cumbre, Valle

Berna 4030

Lleras et al., 2007, Cardale, 2007 Montejo y Rodríguez, 2001 Gahwiler, 1989

900 ± 40

Pupiales, Nariño

Beta 168165

Cardale, 2007

890 ± 40

La Tebaida, Quindío

Beta 129144

Cardale, 2007

830 ± 140

El Tambo, Nariño

IAN 34

Cardale, 1978

780 ± 40

Pupiales, Nariño

Beta 144493

780 ± 80

Cundinamarca

UCR-2074

Lleras et al., 2007, Cardale, 2007 Broadbent, 1990

730 ± 50

Abejorral, Antioquia

Beta 77435

Castillo y Piazzini, 1995

700 ± 35

Pupieales, Nariño

GrN 6911

Correal, 1978

550 ± 180

Cundinamarca

UCR-2073B

Broadbent, 1990

540 ± 150

Cundinamarca

UCR-2075

Broadbent, 1990

440 ± 30

La Cruz, Nariño

Beta 133987

350 ± 60

Costa Atlántica

Beta 67954

Lleras et al., 2007, Cardale, 2007 Plazas, 1998

350 ± 50

Costa Atlántica

Beta 67953

Plazas, 1998

350 ± 50

La Cruz, Nariño

Beta 159602

320 ± 60

Andes, Antioquia

Beta 1104039

Lleras et al., 2007, Cardale, 2007 Agudelo et al., 2007

270 ± 50

La Cruz, Nariño

Beta 159603

Lleras et al., 2007

1050 ± 40

146

Los Rostros de Antioquia

975 ± 110

Beta 180016


Boada, A. M. (1989). Elementos de uso cotidiano, elementos de uso funerario. Boletín Museo del Oro, 25, 71-91.

Acevedo, M. (1955). La Mesa de los Santos. Revista Jiménez de Quesada, 8 (9), 43-47.

Botero, S. y Múnera, L. C. (1997). Proyecto línea de distribución Gasoducto Valle de Aburrá. (Informe de Investigación). Empresas Públicas de Medellín, Medellín, Colombia.

Adovasio, J. (1977). Basketry technology. Chicago: Aldine.

Botero, S. y Vélez, N. (1995). Algunas reflexiones sobre el registro arqueológico en Antioquia. Boletín de Antropología, 9 (25), 100-118. Broadbent, S. (1985). Chibcha textiles in the British Museum. Antiquity 59 (227), 202-205.

Adovasio, J., Soffer, O. y Klíma, B. (1996). Upper Palaeolithic fibre technology: interlaced woven finds from Pavlov I, Czech Republic, c. 26,000 years ago. Antiquity, 70 (269), 526-534. Adovasio, J., Soffer, O., Illingworth, J., y Hyland, D. (2014). Perishable Fiber Artifacts and Paleoindians: New Implications. North American Archaeologist, 35 (4), 331-352. Aguado, P. (1956). Recopilación historial. Primera Parte, Tomo II. Bogotá: Empresa Nacional de Publicaciones. Agudelo, A., Hernández, M. F. y Obregón, M. (1998). Acercamiento arqueológico a sitios prehispánicos alrededor de una fuente de salina. (Tesis de grado), Universidad de Antioquia, Medellín, Colombia. Álvarez, R. (2006). Artesanos y producción manufacturera en la Nueva Granada: la industria textil en la Provincia del Socorro, siglos XVIII y XIX. Procesos Históricos, 10, 1-40. Arcila, G. (1977). Introducción a la arqueología del Valle de Aburrá. Medellín: Universidad de Antioquia. Barber, E. W. (1991). Prehistoric Textiles. The development of cloth in the Neolithic and Bronze Ages. Princeton: Princeton University Press.

Broadbent, S. (1990). More Chibcha textiles. Antiquity 64 (245), 841 – 843. Bruhns, K. O. (1994). Ancient South America. Cambridge: Cambridge University Press. Cadavid, G. y Ordoñez, H. (1992). Arqueología de salvamento en la vereda de Tajumbina, municipio de La Cruz (Nariño). Bogotá: Fundación de Investigaciones Arqueológicas Nacionales del Banco de la República. Cardale, M. (1976). Investigaciones arqueológicas en la zona de Pubenza, Tocaima y Cundinamarca. Revista Colombiana de Antropología, 20, 355 -496. Cardale, M. (1978a). Textiles Arqueológicos de Nariño, Revista Colombiana de Antropología, (21), 245-282. Cardale, M. (1978b). Informe preliminar sobre una mochila Muisca hallada en la región de Pisba. Boletín Museo del Oro, 1, 18-21. Cardale, M. (1981). Las salinas de Zipaquira, su explotación indígena. Bogotá: Fundación de Investigaciones Arqueológicas Nacionales del Banco de la República. Cardale, M. (1987a). Los textiles del sitio Marín, Cucaita. En A. M. Boada Excavación de un asentamiento indígena en el valle de Samacá (Marín-Boyacá), (Informe de Investigación). Fundación de Investigaciones Arqueológicas Nacionales del Banco de la República, Bogotá, Colombia.

Bateman, C. y Martínez, A. (2006). Conservación y restauración de textiles arqueológicos: dos estudios de caso en el Museo del Oro. Boletín Museo del Oro, 54, 72-86.

Cardale, M. (1987b). Informe preliminar sobre el hallazgo de textiles y otros elementos perecederos conservados en cuevas en Purnia, Mesa de los Santos. Boletín de Arqueología, 2 (3), 3-23.

Bernal, A. (2000). La circulación de productos entre los pastos en el siglo XVI. Revista de Arqueología del Área Intermedia, 2, 125-152.

Cardale, M. (1988a). Notas sobre un fragmento de tela hallado en la Hoya del Quindío. Boletín Museo del Oro, 20 ,13-15.

Bernal, F. (2001). Rescate y monitoreo arqueológico a 230 Kv La Virginia- La Hermosa. En Interconexión Eléctrica S. A. (Ed.) Arqueología en estudios de impacto ambiental, Vol. 3, 207-248. Medellín: Interconexión Eléctrica S.A.

Cardale, M. (1988b). Textiles arqueológicos del bajo río San Jorge. Boletín Museo del Oro, 20, 86-95.

147

Adovasio, J. (1997). Cordage and Cordage Impressions from Monte Verde. En T. D. Dillehay (Ed). Monte Verde, A Late Pleistocene Settlement in Chile. The Archaeological Context and Interpretation, 221-228. Washington: Smithsonian Institution Press.

Tejidos arqueológicos del occidente de Colombia: una aproximación a partir de huellas impresas sobre cerámica

Referencias


Cardale, M. (1990). Anexo II. Fragmentos de cerámica con impresiones de tela”. En Herrera, L. y Moreno, M. C. Investigaciones Arqueológicas en Nuevo Río Claro (Departamento de Caldas). Informes Antropológicos 4, 33. Cardale, M. (1993). El Arte del Tejido en el País Guane. En Banco de la República, Academia de Historia de Santander, Museo Casa de Bolívar (Eds.) El Arte del Tejido en el País Guane, 13-34. Bogotá: Banco de la República- Academia de Historia de Santander- Museo Casa de Bolívar. Cardale, M. (2007). Los textiles en la arqueología de Nariño y Carchi: Un balance actualizado. Boletín de Arqueología, 22, 3–116. Cardale, M., Bray, W., Gähwiler, T. y Herrera, L. (1992). Calima. Diez mil años de historia en el suroccidente de Colombia. Bogotá: Fundación Pro Calima. Cárdale, M. y Falchetti, A. M. (1980). Objetos prehispánicos de madera procedentes del Altiplano Nariñense, Colombia. Boletín Museo del Oro, 3, 1-15.

Los Rostros de Antioquia

Carvajal, M. (1940). Recuerdos arqueológicos de Santander. Estudio, 9 (105107), 303-334. Castillo, N. (1984). Investigaciones arqueológicas en un complejo funerario del municipio de Sopetrán (Informe de Investigación). Fundación de Investigaciones Arqueológicas Nacionales, Bogotá, Colombia. Castillo, N. (1995). Reconocimiento Arqueológico en el Valle de Aburrá. Boletín de Antropología, 9 (25), 49-90.

148

Castillo, N. y Piazzini, C. E. (1995). Prospección Arqueológica de la Línea a 500 kV San Carlos – San Marcos Tramo norte (Informe de Investigación). Interconexión Eléctrica S. A. Consultoría Colombiana – Universidad de Antioquia, Medellín, Colombia.

Cortes, E. (1987). Industria textil precolombina. Boletín Museo del Oro, 18, 99103. Cortes, E. (1990). Mantas muiscas. Boletín del Museo del Oro, 27, 61-75. Cortes, E. (1997). Tecnología y conservación de un ornamento prehispánico para la cabeza procedente de Nariño, Colombia. Boletín Museo del Oro, 43, 69-87. Devia, B. (2007). Análisis de colorantes y fibras en los textiles arqueológicos de Nariño. Boletín de Arqueología, 22, 117-141. Drooker, P. (2000). Approaching fabrics through impressions on pottery. En: Textile Society of America (Ed.) Approaching Textiles, Varying Viewpoints. Proceedings of the Seventh Biennial Symposium of the Textile Society of America, 59-68. New Mexico: Textile Society of America. Enciso, B. (1995). El tejido: vestigios arqueológicos de una antigua tradición. Revista de antropología y arqueología, 11, 139-182. Flórez, D. (1998). Prospección arqueológica de la línea a 230 kV Purnio– Miel I–San Felipe. (Informe de investigación). Interconexión Eléctrica S.A. Medellín, Colombia. Fondo Mixto para la promoción de la cultura y las artes de Santander (1995). Memoria del Pueblo Guane. Bogotá: Papel Gráfico Editores. Fundación Erigaie. (1995). Prospección arqueológica del Proyecto Hidroeléctrico Miel I. (Informe de Investigación) ISAGEN, Medellín, Colombia. Gähwiler-Walder, T. (1989). Estudios arqueológicos en la región Pavas-La Cumbre. Boletín Museo del Oro, 24, 90-101.

Cieza, P. (1941). La Crónica del Perú. Madrid: Espasa-Calpe S.A.

Giraldo, G. (1941). El Cementerio Indígena de los Santos. Boletín de Historia y Antigüedades, 28 (317-318), 308-322.

Cifuentes, A. (1993). Arrancaplumas y Guataquí, dos periodos arqueológicos en el Valle Medio del Magdalena. Boletín de Arqueología, 8 (2), 3-88.

Girón, J. M. (1985). Arqueología de Buriticá. (Tesis de grado), Universidad de Antioquia, Medellín, Colombia.

Correal, G. (1978). Una tumba de pozo con cámara lateral. Revista Colombiana de Antropología, 21, 270-282.

González, I. (2011). Improntas de tejidos sobre cerámica arqueológica en el Departamento de Antioquia. (Tesis de grado). Universidad de Antioquia, Medellín, Colombia.

Correal, G. (1990). Aguazaque Evidencias de Cazadores, Recolectores y Plantadores en la Altiplanicie de la Cordillera Oriental. Bogotá: Fundación de Investigaciones Arqueológicas Nacionales, Banco de la República. Correal, G. y Flórez, I. (1992). Estudio de las momias guanes de la Mesa de los Santos, Santander, Colombia. Revista de la Academia Colombiana de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, 18 (70), 283-289.

Good, I. (2001). Archaeological Textiles: A Review of Current Research. Annual Review of Anthropology, 30, 209-226. Groot, A. M. (1992). Una Secuencia Cultural entre 8.500 y 3.000 Años antes del Presente. Bogotá: Fundación de Investigaciones Arqueológicas Nacionales, Banco de República.


Hardy, K. (2008). Prehistoric string theory. How twisted fibres helped to shape the world. Antiquity 82, 271-280.

Londoño, E. (1990). Mantas muiscas - Una tipología colonial. Boletín del Museo del Oro, 25, 121-126.

Herrera, L. y Moreno, M. C. (1990). Investigaciones Arqueológicas en Nuevo Río Claro (Departamento de Caldas). Informes Antropológicos 4, 7-33.

Martínez, A. (1991). Consideraciones históricas sobre la fabricación de las mantas muiscas y guanes. Estudio. Bucaramanga, 317, 82-91.

Holmes, W. H. (1884). Prehistoric Textile Fabrics of the United States, Derived from Impressions on Pottery. En J. Powell (Ed.), Third Annual Report of the Bureau of Ethnology 1881-1882, 393-425. Washington: Smithsonian Institution.

Martínez, D. (2008). Arte rupestre, tradición textil y sincretismo en Sutatausa (Cundinamarca). Consultado en http://www.inapl.gov.ar/invest/patrim_textil_03. html (7 de junio de 2016).

Hurley, W. M. (1979). Prehistoric Cordage: Identification of Impressions on Pottery. Washington: Taraxacum.

Maya, A. (2003). Arte y artefactos. En: Atlas de Culturas Afrocolombianas, (Pp. 230-249). Bogotá: Ministerio de Educación Nacional.

Hyland, D., Zhushchikhovskaya, I. S., Medvedev, V. E., Derevianko, A. P. y Tabarev, A. V. (2002). Pleistocene Textiles in the Russian Far East: Impressions from some of the World’s oldest pottery. Anthropologie 41, 1-10.

Montejo, F. y Rodríguez, E. (2001). Antiguos pobladores y labranzas en el valle medio del río Otún, Risaralda. Boletín de Arqueología, 16 (1), 37-115.

Jaramillo, L. G. (1989). “nvestigación Arqueológica en los Municipios de Chinchiná, Villamaría y Santa Rosa de Cabal. Boletín de Arqueología, 4 (1), 29-40. Jaramillo, L. G. (1998). Prospección y Evaluación Arqueológica en el Área de Influencia del proyecto Hidroeléctrico Guaico (Informe de Investigación). Empresas Públicas de Medellín – Universidad de Antioquia, Medellín, Colombia. Jiménez, E. (1945). Los Guane. Lecciones de prehistoria para primeros conocimientos. Boletín de Arqueología 1 (3), 249-255.

Montenegro, S. (1982). La industria textil en Colombia: 1900 – 1945. Desarrollo y Sociedad (8), 115-176. Morales, J. (2005). Tejedores Indígenas de la montaña Santandereana. Boletín de Historia y Antigüedades, 92 (831), 745 – 767. Nadel, D., Danin, A., Werker, E., Schick, T., Kislev, M. E. y Stewart, K. (1994). 19,000 year-old twisted fibers from Ohalo II. Current Anthropology 35 (4), 451-458.

Jolie, E., Lynch, T., Geib, P. y Adovasio, J. (2011) Cordage, Textiles, and the Late Pleistocene Peopling of the Andes. Current Anthropology, 52, (2), 285-296.

Neves, E. (2008). Ecology, Ceramic Chronology and Distribution, Long-term History, and Political Change in the Amazonian Floodplain. En: H. Silverman y W. Isbell (Eds.) The Handbook of South American Archaeology, (pp. 359—379). New York: Springer.

Kvavadze, E., Bar-Yosef, O., Belfer-Cohen, A., Boaretto, E., Jakeli, N., Matskevich, Z. y Meshveliani, T. (2009). 30,000 Years old wild flax fibers - Testimony for fabricating prehistoric linen. Science, 325 (5946), 1359.

Nieto, E. (1991). Asentamientos prehispánicos en el sur occidente antioqueño municipio de Armenia Mantequilla (Informe de Investigación). Fundación de Investigaciones Arqueológicas Nacionales, Banco de la República, Bogotá.

Langebaek, C. (1987), Mercados, poblamiento e integración étnica entre los Muiscas, siglo XVI. Bogotá: Banco de la República.

Núñez de Balboa, V. (1913). Carta dirigida al Rey por Vasco Núñez de Balboa desde Santa María del Darién, pidiendo los auxilios necesarios para asegurar la población y adelantar los descubrimientos en aquellas tierras—20 de Enero de 1513. En J. T. Medina (Ed.) El descubrimiento del Océano Pacifico. Vasco Núñez de Balboa, Hernando de Magallanes y sus compañeros, Tomo II, 129-139. Santiago de Chile: Imprenta Universitaria.

Langebaek, C. (1995) Algunos comentarios sobre cambios diacrónicos en el intercambio prehispánico en el norte de Ecuador y sur de Colombia: revisión de la evidencia. En: C. Gnneco (Ed.) Perspectivas regionales en la arqueología del suroccidente de Colombia y norte del ecuador, 314-330. Popayán: Universidad del Cauca. Lema, L. A. (1996). Tejiendo la historia del hilado en Antioquia prehispánica. (Tesis de grado), Universidad de Antioquia, Medellín, Colombia.

O’Neil, D. (1974). Manufacturing Techniques of Chibcha Spindle Whorls. Man, 9 (3), 480-484.

Tejidos arqueológicos del occidente de Colombia: una aproximación a partir de huellas impresas sobre cerámica

Lleras, R., Gómez, A. y Gutiérrez, J. (2007). El tiempo en los Andes del norte de Ecuador y sur de Colombia: un análisis de la cronología a la luz de nuevos datos. Boletín del Museo Chileno de Arte Precolombino, 12 (1), 61-83.

149

Guinea, M. (2003). De lo duradero a lo perecedero I: Las improntas textiles en la cerámica de Esmeraldas, Ecuador. Revista Española de Antropología Americana, 238, 231-243.


Obregón, M. (2008). Unidades habitacionales y cambio social. Una mirada comparativa a contextos del Área Intermedia en Mesoamérica. (Tesis de Maestría), Universidad Nacional Autónoma de México, México.

Piazzini, C. E. (2007). “Nuestra Señora de La Vitoria: la solidez de una ciudad efímera”. En: L. G. Jaramillo (Ed.) Escalas menores - Escalas mayores: Una perspectiva arqueológica desde Colombia y Panamá, 67-93. Bogotá: Universidad de los Andes.

Ochoa, M. (1998). Análisis y clasificación cerámica de un sitio de explotación prehispánica de sal. Mazo- corregimiento de Santa Elena, Antioquia. (Tesis de grado), Universidad de Antioquia, Medellín, Colombia.

Piazzini, C. E. y López, L. G. (2002). Arqueología en la Cuenca media del Río La Miel, Caldas. Proyecto Hidoeléctrico Miel I (Informe de investigación). Isagen Strata Ltda, Medellín, Colombia.

Otero, H. (1992). Dos periodos de la historia prehispánica de Jericó. Boletín de Arqueología, 7 (2), 1-66.

Pineda, N. (2009). Primera industria textil de algodón en Colombia, 1884-1905. Compañía Industrial de Samacá “Fábrica de hilados y tejidos de algodón”. Historelo 1 (2), 137-168.

Patiño, D. (2003). Tumaco Prehispánico. Asentamiento, subsistencia e intercambio en la Costa Pacífica. Popayán: Universidad del Cauca. Peña, G. (1991). Exploraciones Arqueológicas en la Cuenca Media del río Bogotá. Bogotá: Fundación de Investigaciones Arqueológicas Nacionales.

Los Rostros de Antioquia

Pérez, C. (2003). Pautas descriptivas para el análisis de cestería arqueológica. 54ª Congreso Internacional de Americanistas julio, Santiago de Chile. Consultado en http://www.inapl.gov.ar/invest/patrim_textil_03.html (7 de junio de 2016). Pérez, C., López, S. y Lessa, R. (2014). Basketry of South America. En: H. Selin (Ed.) Encyclopaedia of the History of Science, Technology, and Medicine in NonWestern Cultures, (pp 1-22). Dordrecht: Kluwer Academic Publishers. Pérez, P. (1990). El comercio e intercambio de la coca: Una aproximación a la etnohistoria de Chicamocha. Boletín Museo del Oro, 27, 14-35. Piazzini, C. E. (1996). Impresiones textiles sobre cerámica: Una alternativa para el estudio de los tejidos arqueológicos. Revista Hispanoamericana, 20, 36-37.

150

Piazzini, C. E. (2000). Análisis de impresiones de tejidos sobre cerámica. En F. Bernal. Rescate y Monitoreo Arqueológico en la Línea a 230 kV La Virginia – La Hermosa (Informe de Investigación). Interconexión Eléctrica S. A., Medellín, Colombia. Piazzini, C. E. (2001). Rescate arqueológico Línea a 230 kV Purnio – Miel I – San Felipe (Informe de Investigación). Interconexión Eléctrica S.A –Interservicios, Medellín, Colombia. Piazzini, C. E. (2003a). Rescate y monitoreo arqueológico Variante de líneas de transmisión a 230 kV. Doble circuito subestación Guatapé - línea San Carlos - Ancón sur (Informe de Investigación). Interconexión Eléctrica S. A., Medellín, Colombia. Piazzini, C. E. (2003b). Programa de Arqueología Central Hidroeléctrica Miel I. Reconstrucción de historias de la región. Medellín: ISAGEN, Servigráficas.

Plazas, C. (1978). La orfebrería prehistórica del altiplano Nariñense, Colombia. Revista Colombiana de Antropología 21, 197-244. Plazas, C. (1998). Cronología de la metalurgia colombiana. Boletín Museo del Oro, 44- 45, 3-77. Plazas, C. y Falchetti. A. M. (1981). Asentamientos prehispánicos en el Bajo río San Jorge. Bogotá: Fundación de Investigaciones Arqueológicas Nacionales. Rappaport, J. (1988). Relaciones de intercambio en el sur de Nariño. Boletín del Museo del Oro, 22, 33-53. Raymond, P. (2013). El algodón y los tejidos en Santander. Origen, decadencia y renacer de una tradición textil. Bogotá: Ecoe Ediciones. Reichel-Dolmatoff, G. (1961). Puerto Hormiga: un complejo prehistórico marginal de Colombia (Nota preliminar). Revista Colombiana de Antropología, 10, 347354. Reichel-Dolmatoff, G. (1965). Excavaciones arqueológicas en Puerto Hormiga (Departamento de Bolívar). Bogotá: Universidad de los Andes. Raichel-Dolmatoff, G. (1997). Arqueología de Colombia. Un texto introductorio. Bogotá: Imprenta Nacional. Reichel-Dolmatoff, G. y Dussán de Reichel, A. (1956). Momil: excavaciones en el Sinú. Revista Colombiana de Antropología, 5, 111-333. Robledo, J. (1993). Relación de Anzerma. En: H. Tovar (Ed.) Relaciones y Visitas a los Andes, Siglo XVI. (pp.: 335-361). Bogotá: Instituto de Cultura Hispánica Tercer Mundo Editores. Rodríguez, C. (1997). Rescate y monitoreo arqueológico en la línea a 230 KV. Jaguas-Guatapé (Informe de investigación). Interconexión Eléctrica S. A., Medellín, Colombia.


Rowe, A. (2006). Términos textiles en castellano. En V. Solanilla (Ed.) III Jornadas Internacionales sobre Textiles Precolombinos. Actas, (pp. 443-469). Barcelona: Universitat Autònoma de Barcelona. Salomon, F. (1980). Los señores étnicos de Quito. Otavalo: Instituto Otavaleño de Antropología. Santos, G. (1986). Investigaciones arqueológicas en el Oriente antioqueño. El sitio de Los Salados. Boletín de Antropología, 6 (20), 45-80. Santos, G. (1993). Una población prehispánica representada por el estilo cerámico Marrón Inciso. En El Marrón Inciso de Antioquia. Colección Museo Universitario-Universidad de Antioquia 190 años. (pp.:39-55). Bogotá: Museo Nacional. Santos, G. (1998). La cerámica marrón inciso de Antioquia. Contexto histórico y sociocultural. Boletín de Antropología 13 (30), 124-167. Sardella, J. (1993). Relación de lo que subcedio al magnífico señor capitán Jorge Robledo. En H. Tovar (Ed). Relaciones y Visitas a los Andes, Siglo XVI. (pp.:263334). Bogotá: Instituto de Cultura Hispánica. Tercer Mundo Editores. Schottelius, J. W. (1946). Arqueología de la Mesa de los Santos. Boletín de Arqueología, 2 (3), 213-226. Silva, E. (1978). Elementos arqueológicos procedentes de las montañas de Pisba. Boletín Museo del Oro, 1, 22-29.

Vanegas, C. (2007). La producción textil en el Nuevo Reino de Granada: Obrajes y tributación indígena en los Andes centrales, siglos XVI y XVII (Informe de investigación). Instituto Colombiano de Antropología e Historia, Bogotá, Colombia. Uribe, M. V. (1978). Asentamientos prehispánicos en el altiplano de Ipiales, Colombia. Revista Colombiana de Antropología, 21, 57-195. Uribe, M. V. y Lleras, R. (1983). Excavaciones en los cementerios Proto-pasto y Miraflores, Nariño. Revista Colombiana de Antropología, 24, 335-379.

Tejidos arqueológicos del occidente de Colombia: una aproximación a partir de huellas impresas sobre cerámica

Romoli, K. (1978). Las tribus de la antigua jurisdicción de Pasto en el siglo XVI. Revista Colombiana de Antropología, 21, 11-56.

Soffer, O., Adovasio, J. M. y Illingworth, J. S. (2000). Palaeolithic perishables made permanent. Antiquity, 74 (286), 812-821. Stother, K., Epstein, K., Cummins, T. y Freire, A. M. (1990). Primer informe del estudio de los tejidos prehistóricos utilizados en la fabricación de figurinas en la costa ecuatoriana. Boletín Arqueológico, 2, 29-36. Tavera, G. y Urbina C. (1994). Textiles Muiscas y Guanes. Quito: IADAP. Vadillo, J. (1864). Carta del licenciado Xoan de Vadillo a Su Magestad, dándole quenta de su visita a la Gobernación de Cartagena. Octubre 15 de 153”. En: Colección de Documentos Inéditos de Indias. Vol 41, Pp. 397 – 420. Madrid: Imprenta Española.

151

Soffer, O. (2004). Recovering Perishable Technologies through Use Wear on Tools: Preliminary Evidence for Upper Paleolithic Weaving and Net Making. Current Anthropology, 45 (3), 407-413.


152 Los Rostros de Antioquia


153


154 Los Rostros de Antioquia

Catálogo de Antropología Los Rostros de Antioquia  

Código ISBN: 978-958-5413-55-9 Número de páginas: 151

Catálogo de Antropología Los Rostros de Antioquia  

Código ISBN: 978-958-5413-55-9 Número de páginas: 151

Advertisement