"Narrativas y poéticas a 170 años de la Batalla de Caseros"

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Museo Histórico Sarmiento

Batalla de Caseros

Narrativas y poéticas a 170 años de la


Autoridades Nacionales Presidente de la Nación Alberto Fernández Vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner Ministro de Cultura Tristán Bauer Jefe de Gabinete Esteban Falcón Secretaria de Patrimonio Cultural Valeria González Directora Nacional de Gestión Patrimonial Viviana Usubiaga

Créditos

Directora Nacional de Museos María Isabel Baldasarre

(Por orden alfabético)

Directora Museo Histórico Sarmiento Virginia González

Montaje digital de la exhibición Virginia González (link a la exhibición: https://www.artsteps.com/embed/618457ba1dd4175b8af39502)

Producción Milena Acosta, Soledad Durando, Virginia González, Paola Rosso Ponce Investigación e imágenes Colaboración entre los museos que han sido parte de este proyecto: Museo y Biblioteca Casa del Acuerdo, Museo Histórico Nacional, Museo Histórico Sarmiento, Palacio San José Textos Milena Acosta, Adriana Amante, María Isabel Baldasarre, Ricardo de Titto, Alberto del Pino Menck, José María De Vincenzi, Gabriel Di Meglio, Sofía Elizalde, Virginia González, Guadalupe Guzman, Constanza Ludueña, María Julia Tiseira, Haydee Carolina Torigino Muñoz, Carlos Vertanessian Edición Viviana Werber Coordinación Belén Coluccio (Dirección Nacional de Museos) Prensa y comunicación Fabiana Dibb, Soledad Durando, Emilse Schneidermann Diseño gráfico Marcos Aruguete Narrativas y poéticas a 170 años de la Batalla de Caseros / María Isabel Baldasarre... [et al.]. - 1a edición especial - Salta : Virtudes Editorial Universitaria, 2022. 120 p. ; 15 x 21 cm. Edición para Museo Histórico Sarmiento ISBN 978-987-1237-79-1 1. Literatura Argentina. 2. Historia Argentina. I. Baldasarre, María Isabel. CDD 860.9982


Narrativas y poéticas a 170 años de la

Batalla de Caseros

Museo Histórico Sarmiento


Índice 5

Museos de tiempos múltiples: a 170 años de la batalla de Caseros María Isabel Baldasarre

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Caseros: de estadistas, combates y abrazos Ricardo de Titto

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Caseros: a 170 años de la disputa entre Sarmiento, Urquiza y Alberdi Guadalupe Guzman - José Maria De Vincenzi

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El misterio de la bandera rosista Constanza Soledad Ludueña

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La División Oriental: uruguayos en Caseros Alberto del Pino Menck

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Los relatos a 170 años de Caseros Virginia Fernanda González

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Otra mirada sobre la batalla de Caseros Gabriel Di Meglio

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Todo Sarmiento en un retrato al daguerrotipo Carlos Vertanessian

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Las representaciones de la batalla de Caseros en el Museo Nacional Casa del Acuerdo María Julia Tiseira - Sofía Elizalde

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Del Establecimiento al Palacio San José - Tres momentos históricos del 3 de Febrero Haydee Carolina Torigino Muñoz

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Campaña en el Ejército Grande: el libro (más) extraño de Sarmiento Adriana Amante


Museos de tiempos múltiples: a 170 años de la batalla de Caseros María Isabel Baldasarre Directora Nacional de Museos

La exposición Narrativas y Poéticas a 170 Años de Caseros surge como resultado de la sinergia entre cuatro museos nacionales de historia o, mejor dicho, cuatro museos que problematizan y se proponen reconstruir las diversas historias que conforman nuestro pasado y se reconfiguran en nuestro presente. A partir de una exposición en la sala prologal del Museo Histórico Sarmiento, el Museo Histórico Nacional, el Museo Nacional Casa del Acuerdo y el Palacio San José se han sumado para pensar colectivamente sobre la batalla que enfrentó en 1852 al ejército de la Confederación Argentina, al mando de Juan Manuel de Rosas, con el Ejército Grande, liderado por Justo José de Urquiza. Sin embargo, la exposición —que gracias a la virtualidad reúne al patrimonio de estos cuatro museos— es mucho más que una crónica de la contienda bélica que implicó el fin del rosismo, el ascenso de Urquiza y la posterior sanción de la Constitución Argentina. Por un lado, las selecciones provenientes de cada reservorio permiten rastrear cómo las figuras rectoras de nuestra historia (Rosas, Urquiza, Sarmiento y Alberdi, entre otras) y los relatos fundacionales de la nación han tenido un peso diferencial en cada uno de ellos, y en qué punto ese lugar está indefectiblemente asociado a su génesis y transcurrir institucional. Las presencias, recurrencias y ausencias en los acervos de los museos son vías de ingreso a sus historias de origen, así como a las ideologías que han conducido sus impulsos coleccionistas a lo largo del tiempo. Pero, además, esos objetos, considerados testimonios fidedignos del pasado y patrimonializados para legitimar un relato hegemónico, han resultado mucho más porosos que las voluntades de quienes

justificaron su reunión y atesoramiento. Así, fotografías, óleos, acuarelas, estampas, caricaturas, prendas de indumentaria, divisas, manuscritos, mapas y objetos diversos permiten captar no solo las dinámicas y las materialidades de la época en que fueron producidos sino su fortuna crítica a través del tiempo. La mitad del siglo XIX fue un período en que, además de redefinirse la organización de la nación, nuevas técnicas de reproducción —como la litografía y el daguerrotipo, y posteriormente la fotografía— habilitaron una circulación inédita y masiva de la apariencia de los protagonistas de entonces. Dispositivos novedosos, como las divisas e impresos sobre las prendas de vestir, hicieron ostensible la adhesión política de maneras impensadas hasta el momento. Es decir, los objetos pueden ser medios privilegiados para acceder a las memorias sociales, políticas y económicas de nuestro país, pero también para reflexionar en torno a su propio estatuto material y a las prácticas cotidianas en las que estuvieron implicados al ser producidos, intercambiados, manipulados o exhibidos. El marco temporal aquí contemplado no se ciñe específicamente a los años que rodean la batalla de Caseros, sino que incluye los modos en que sus héroes e iconografías fueron recuperados en décadas posteriores. Una vez más, el museo se asume como un recinto de tiempos múltiples, donde el pasado no hace otra cosa que volver a narrarse en cada visita, cada exposición, cada catálogo. En esa línea, celebramos este proyecto colectivo que, reuniendo a cuatros museos nacionales de distintos puntos del país, no hace más que reactivar otros sentidos posibles.

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Caseros: de estadistas, combates y abrazos Ricardo de Titto

En Caseros concluye un período de la embrionaria, progresiva y traumática construcción republicana y comienza otro, el de la era constitucional, que el triunfo militar permitió emerger. Para poner fin a veinticinco años de guerra civil, centralización, unanimismo punzó, lemas coercitivos y poder dictatorial de la burguesía saladeril bonaerense y su asfixiante control aduanero, en 1851 se conforma una muy amplia coalición que logra su objetivo —la expulsión de Rosas del poder y del país— pero que abre un nuevo y tortuoso curso que demorará otros diez años en resolverse, con el consenso alrededor del arribo de Bartolomé Mitre a la primera presidencia nacional unificada, en 1862.

Coaliciones y realineamientos La guerra tiene una lógica distinta que la vida social. En vez de enfrentar intereses sectoriales múltiples y variopintos, alinea a las fuerzas en campos enfrentados en forma binómica, polarizando la realidad en fuerzas antagónicas. La existencia de dos campos en pugna implica, a su vez, dos cosas: que en el interior de cada bando se uniformen variados matices bajo un mismo mando —personal o colectivo, impuesto o consensuado— y, en segundo término, que en algún momento —con más o menos alternativas, peripecias y avatares— se concrete el triunfo de uno de ellos. Así, el Ejército Grande, bajo la conducción de Justo José de Urquiza como referente indiscutido de la “oposición”, reúne a antiguos federales leales a Rosas —sobre todo del Litoral y del Interior pero con la no demasiado solapada participación de tránsfugas porteños—, unitarios —tanto cerriles como moderados—, viejos federales disidentes o “cismáticos” desplazados por el rosismo y, también, a quienes, en la huella de Esteban

Echeverría y los postulados del romanticismo y del socialismo utópico, se reconocían “ni unitarios ni federales”. La fuerza antirrosista suma el respaldo, además, de un importante contingente y una experimentada flota del Imperio del Brasil —siempre interesado en la libre navegabilidad de los ríos— y de militares y civiles uruguayos del bando Colorado en el gobierno oriental, recientes triunfadores del sitio de Montevideo gracias al apoyo de brasileños, de unitarios y de entrerrianos y, por lo tanto, en buena medida, fruto y presa de un conflicto de escala rioplatense. En el bloque rosista, la falta de compromiso general para defender a la Santa Federación motiva centenas de deserciones, entre ellas las de varios oficiales de primera línea que prefirieron tomar prudente distancia de los acontecimientos, como el general Lucio N. Mansilla —cuñado del Restaurador— y el coronel Ángel Pacheco, que, con sus quinientos hombres, se retira a su estancia en El Talar. También se registra una importante baja en el ejército urquicista, sobre todo la de la División Aquino, de cuatrocientos miembros, que cambia de bando y que, al terminar la lucha, será pasada a degüello y colgada de los árboles en la puerta misma de la casona de Rosas en Palermo.

Fracturas, continuidades y desplazamientos La descripción que sintetiza a los contendientes de Caseros no tiene nada de particular: cambiando los actores se podrían observar situaciones parecidas en muchos momentos históricos claves de la historia mundial, tales como la heterogeneidad de los conglomerados y los precipitados pases y traiciones, por lo general de anteriores obsecuentes al poder amenazado: es algo completamente 7


propio de la lógica política y los nuevos encolumnamientos que genera cualquier cisma social profundo. Concretado el cambio en el poder político-militar, sobrevendrán inevitables realineamientos y disputas entre los triunfadores, como también complicadas reubicaciones en el tiempo y el espacio para los derrotados, que muchas veces incluyen cárcel o exilio. Lo que es inevitable es que un suceso profundo —explosión final de procesos incubados por años— tenga consecuencias múltiples, algunas de ellas insospechadas por sus propios protagonistas. El nuevo curso, si bien no es un papel en blanco, puede parecerse mucho a eso y solo admitir pronósticos de trazos gruesos. En efecto, cuando el ruido de las balas se acalla y mientras se sepulta a los muertos y se cuida a los heridos y mutilados, solo entonces las figuras políticas de relevancia pasan a primer plano. Vienen a cuento como ejemplo de dimensiones —porque iluminan sobre fracturas, continuidades y desplazamientos— la mayor guerra mundial, aquella que entre 1939 y 1945 enfrentó a las fuerzas del Eje (la Alemania de Hitler, la Italia de Mussolini y el Japón del emperador Hirohito) con los Aliados, y, en sus postrimerías y ya sobre su desenlace favorable a estos últimos, la potente imagen guardada para la historia de sus conductores triunfantes. La reunión de Winston Churchill, Franklin D. Roosevelt y Josef Stalin sentados en un sillón en Yalta, península de Crimea, en 1944, pasó a la posteridad porque acordaron allí el nuevo orden mundial de posguerra. Tres personalidades provenientes de regímenes políticos muy distintos —una democracia imperial, una monarquía constitucional y una dictadura bonapartista— situadas como nuevas potencias universales confluyeron entonces para delinear un mapa que, basado en la coexistencia pacífica, tendría vigencia por lo menos durante los siguientes cuarenta y cinco años.

Campos, espacios y fronteras La teoría de los campos explica la forma que adquieren las fuerzas encontradas en los siempre transitorios estados de guerra. Luego de Caseros, las agrupaciones políticas se afirman en “clubes” —con antecedentes en los debates previos realizados en Chile—: los más famosos son el Libertad, que agrupa a los liberales nacionalistas dirigidos por Mitre, y el Club del Pueblo —partido que orienta la acción del gobernador Pastor Obligado—, que reúne a los separatistas más intolerantes, entre los que despunta el liderazgo de un joven, Adolfo Alsina, hijo de don Valentín, connotado unitario de los años de la resistencia en el exilio. En ambos clubes encuentran refugio y expresión hombres de la incipiente masonería local. Pero la forma de los partidos era aún mal vista: partir era entendido como dividir. En efecto, “en el siglo XIX […] 8

predominaba la concepción unanimista de la voluntad popular, que rechazaba la idea de divisiones políticas porque ‘el pueblo es uno e indivisible’: un ‘partido’, en consecuencia, se convertía en un enemigo de la voluntad mayoritaria” (De Titto, 2011). Clubes, facciones, parcialidades, agrupamientos diversos serán prólogo de los partidos políticos “modernos” e institucionalizados de principios del siglo XX, como la Unión Cívica Radical y el Partido Socialista, gobernados por estatutos, con declaraciones de principios y elecciones internas de autoridades y candidaturas, formalmente democráticas. Además de las multiformes estructuras de los movimientos populistas —como el peronismo-justicialismo—, los tiempos más cercanos, reemplazando a los “partidos”, han dado forma a los intentos de coaliciones multipartidarias e incluso multisectoriales. En un último formateo, se prefiere hablar de “espacios”, lo que, de algún modo, tiende a diluir límites y fronteras en su interior y remite casi tácitamente a aquello de los campos como frentes de combate. Pero, retomando el tema de Caseros y sus reverberaciones, los intentos de amplias coaliciones polarizadoras y los esquemas bipartidistas —como el surgido de la convención reformadora de 1994— intentan, de algún modo, trasladar a la política esa teoría de los campos de batalla deslizando lo político hacia lo maniqueo, el reino del “bien” y la justicia que enfrenta al “mal” y a lo injusto o perverso y desprecia los matices y los grises. En ese concepto, nadie puede poseer a la vez —o conjugar— elementos “malos” y “buenos”. Esta digresión sobre las derivas de la institucionalización de las expresiones políticas apunta a una reflexión sobre el tema de las fronteras y los límites de la acción política y las modulaciones que ha adquirido esta cuestión desde los años de la organización constitucional para evitar anacronismos y miradas estáticas y unilaterales sobre las formas de participación de la ciudadanía. Caseros abonó una matriz que concebía a la elite como la genuina depositaria de la representación —idea más fuerte en Alberdi y Mitre que en Sarmiento, pero que no le era ajena a este— generando una “organización institucional que responde a ideas que hoy repudiaríamos en términos de cómo se entendía la democracia” (Gargarella, 2021: 10-11).

Los sismos y los cismas Luego de un sismo, los cismas. Tras un grave conflicto o enfrentamiento, el tablero nunca será el de un calculado ajedrez en el que las piezas del ganador se mantengan en sus casilleros y se muevan de acuerdo con un plan completamente previsto. Disparadas las fuerzas sociales, suelen hacerse incontenibles, mutar en desconocidas


formas y agrupamientos, y nuevos jugadores y liderazgos disputarán el de quienes tuvieron la osadía de encabezar los primeros arrestos. Los líderes de las primeras fases también deberán encontrar su nuevo espacio; Urquiza, como ocurre no siempre pero sí en muchas oportunidades, tras vanos esfuerzos por conciliar con sus nuevos enemigos, “los secesionistas del sur”, llegará a comprender que su hora de gloria como referente primordial ha pasado para convertirse en el estadista que abre paso a una nueva reconstitución nacional. En efecto, lo que destaca a un verdadero hombre de Estado es su capacidad de ponerse por encima de las menudencias para pensar, elaborar, proponer y acordar políticas de mediano y largo plazo intentando amalgamar diferencias en pos de un objetivo superador... y dando un paso al costado cuando las circunstancias así lo exigen. En nuestro caso, la revolución del 11 de septiembre de 1852 plasma la división del campo triunfador en Caseros. Dos Estados, la Confederación Argentina, con base en Paraná y sostenida por una Constitución Nacional, y el Estado de Buenos Aires —escindido de los “trece ranchos”, como los porteños llamaban despectivamente a las provincias—, con su propia constitución sancionada en 1854. Sin una nación preexistente, como pretende inculcar en su favor Bartolomé Mitre, pero con tradiciones y una historia regional en común de varios siglos que los porteños consideran o presentan como genuina acreencia (la misma “hermana mayor” que invocaba Juan José Paso en mayo de 1810), los políticos “nacionalistas” y quienes tienen miras de largo plazo se impondrán a las mezquindades locales o malhadadas herencias de la antigua capital virreinal y su puerto monopólico. Sin embargo, el aparentemente más homogéneo Estado de Buenos Aires tampoco será estable. Su primer gobernador, Pastor Obligado, será el único en cumplir su período de cuatro años. Lo sucederán casi en cascada Valentín Alsina y Felipe Llavallol —durante apenas unos meses cada uno— hasta que Mitre aparecerá como el nuevo e indiscutido referente desde mayo de 1860 irguiéndose como factótum del nuevo acuerdo republicano. De cualquier modo, el conflicto entre Buenos Aires y la nación recién se soldará en 1880 con la inserción de la ciudad de Buenos Aires como capital en el nuevo Estado nacional y su consiguiente separación de la provincia que la cobijaba hasta entonces, para la que se funda una nueva capital, la ciudad de La Plata. En ese entramado de dos países y una nación que hace crisis en 1859, Urquiza denota su envergadura —como político, emprendedor y empresario polirrubro— con su actitud al término de la batalla de Pavón, en 1861, cuando acepta que el estado de

guerra con Buenos Aires es inconducente a escala histórica —la convención reformadora ya ha aceptado las modificaciones constitucionales requeridas— y deja el campo en manos de sus adversarios de modo tal que Mitre será aceptado como primer presidente de la nación unificada. Es de hacer notar que la prensa de los Estados Unidos ya había reparado en estas cualidades del entrerriano. Ellos dos —los que aparecen como tutores y líderes político-militares de la nueva polarización— son acompañados, respectivamente, por los dos grandes arquitectos de la Argentina moderna, Juan B. Alberdi de un lado y Domingo F. Sarmiento del otro. Estos promedian a sus jefes en edad, y no es ese un dato menor: el entrerriano y el porteño han nacido, cada uno en la provincia en la que aún viven entonces, en 1801 y 1821, respectivamente; sus espadas intelectuales, de 1810 y 1811, actúan en el sentido generacional —y también en el geográfico, provenientes de Tucumán y San Juan, exiliados en Montevideo y Chile y conocedores del mundo atlántico— como un fiel en la balanza. Son conocidas sus trayectorias: el “abogadito de pacotilla” —recibido a duras penas— y el “gaucho malo de la prensa” —autodidacta de la vida— han debatido agriamente en la prensa trasandina. Juan Bautista será artífice de la Constitución del 53; Domingo Faustino, voz cantante de su primera reforma. Al primero se debe el cuerpo central del texto y su sustento teórico y dogmático; al segundo —primer profesor de derecho constitucional de la Universidad de Buenos Aires— su adecuación a la realidad del fin de esa misma década, que plasma en la unidad de la República Argentina. En efecto, al realizarse la Convención Reformadora de 1860, es el propio Sarmiento quien pide que se incorpore en el texto un nombre para el país, en honor a su pasado y como prenda de paz con la historia. Su propuesta es aceptada por aclamación, según relatos varios al grito de “¡Viva Sarmiento!”. Aún hoy —con varias reformas a cuestas— el artículo 35 reza que nuestro país se llama también “Provincias Unidas del Río de la Plata y Confederación Argentina”. Que conste en actas. Sabiduría de estadistas que tuvieron bien ganadas esas aclamaciones que se refieren. Había allí un espíritu de real confluencia y superación: antiguos unitarios de diversa laya, gobernadores de provincia reconvertidos al nuevo marco institucional y federales de toda estirpe —como los viejos rosistas de hueso colorado del tipo de los Anchorena y Lorenzo Torres, socio comercial de Rosas el uno, panegirista inflamado el otro— convergieron en la reforma constitucional que posibilitó el origen institucional de la República o Nación Argentina.

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La constitución, una hija colectiva Como bien se señala en un extenso trabajo de José López Rosas (1996: 500), durante esa década de definitiva organización nacional, los cuatro personajes principales del período cruzaron por entonces elogios y críticas. Demos la palabra a los actores desde la selección de García Merou, un ensayista y político heredero de esos tiempos: “Los hombres de aquella época valoraron en su justo significado la obra de Alberdi. El general Urquiza, luego de elogiar la actitud del eminente tucumano, le dice en carta del 22 de julio de 1852: ‘Su bien pensado libro es, a mi juicio, un medio de cooperación importantísimo. No pudo ser escrito ni publicado en mejor oportunidad. Por mi parte, lo acepto como un homenaje digno de la patria y de un buen argentino’. ”De Sarmiento hay dos épocas: la primera, donde elogia la obra de Alberdi; y la segunda, donde lo ataca en sus Comentarios de la Constitución. Preferimos transcribir la carta fechada en Yungay en setiembre de 1852, de la primera época, por creerla más sincera, o por lo menos, más ajustada a la verdad: ‘Mi querido Alberdi: Su Constitución es un monumento: es usted el legislador del buen sentido bajo las formas de la ciencia. Su Constitución es nuestra bandera, nuestro símbolo. Así lo toma hoy la República Argentina. […] su libro, pues, va a ser el decálogo argentino, la bandera de todos los hombres de corazón’. ”Por su parte Mitre, que había igualmente, como Sarmiento, atacado a Alberdi, dirá en 1888, desde la Tribuna Nacional: ‘Pocos libros arrojan más viva luz sobre los accidentes de la política argentina y ninguno contiene ideas más claras, puntos más seguros de partida para el estudio de nuestro derecho constitucional. Como todas las obras maestras, poco ha perdido de su interés y su oportunidad. Es una fuente considerable de principios y doctrinas, de las que pueden usar varias generaciones sin extinguir su caudal’. Y coincidente en aquello de que la obra constitucional del 53 no fue exclusiva de dicho autor, agrega a continuación: ‘Ensalzar a Alberdi no importa desconocer la influencia que, a la par de él, ejercieron otros políticos distinguidos de su época... Pero Alberdi representa la verdadera inteligencia creadora, el político de maduro pensamiento y largas vistas... Era de todos ellos el más apto para construir y fundar un régimen institucional ajustado a las exigencias del presente y futuro. Reconozcámoslo así —termina— sin negar el mérito de los demás colaboradores de una obra que reclamaba por su magnitud el concurso de todas las fuerzas morales del país’.

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”Estos conceptos de Mitre, definitivos y terminantes, borraban toda una etapa de enconos, que lo llevó a decir que los libros del insigne tucumano eran ‘lo más inútil y más atrasado sobre materia constitucional’” (García Merou, 1916: 102). Como se aprecia, las heridas de la década del cincuenta restañaban ya en los ochenta: será Julio A. Roca, presidente, quien ordene publicar las obras completas de Sarmiento y de Alberdi —por medio de una ley del Congreso—, sufragando el Estado todos los gastos que ocasionara la ciclópea tarea. Debe apreciarse esta tarea como parte, justamente, de sellar definitivamente la unidad nacional distinguiendo para la posteridad el papel de sus dos colosos intelectuales... dos hombres “de provincia”.

Aquella decisiva tenida masónica Tras las cortinas del escenario principal, los desfiles pomposos y los discursos altisonantes, el nuevo orden tuvo otros hombres muy lúcidos pero menos lucidos, decisivos para el nuevo entramado. La acción de la masonería en pos de un arreglo pacífico sobre bases liberales y racionales fue decisiva, funcionando, de hecho, como el “partido” de la unificación nacional. Instalados institucionalmente en 1857 el Supremo Consejo Grado 33 y la Gran Logia del Gran Oriente Argentino, presididos ambos por José Roque Pérez, la masonería trabajó intensamente para evitar la continuidad sin solución de las luchas fratricidas. En julio de 1860, por iniciativa de Pérez y con su presidencia, se celebró una tenida en la sede porteña, la Unidad Nacional, en la que se otorgó el Grado 33 a Mitre, Sarmiento, Santiago Derqui —por entonces presidente de la Confederación Argentina—, Urquiza y Juan Andrés Gelly y Obes. A este listado vale agregar también la pertenencia a la masonería del mismo Alberdi y del sanjuanino Salvador María del Carril, ex vicepresidente de la nación bajo la presidencia de Urquiza entre 1853 y 1859, de antigua militancia en el unitarismo y devenido confederado tras la organización constitucional. Como parte de ese nuevo espíritu que se hizo público para calmar las pasiones más extremas, el 18 de julio de 1860 se colocó la piedra fundamental de la primera edificación proyectada desde los planos con objetivos educativos: la Escuela de Catedral al Norte (la actual escuela José Manuel Estrada), ubicada en la calle Reconquista al 400. Del acto participaron —enorme gesto para fortalecer la nueva unidad nacional— el presidente Derqui, su ahora ministro de Gobierno Domingo Sarmiento (inspirador del proyecto), Urquiza (gobernador de Entre Ríos) y el general Mitre (gobernador bonaerense).


Entre la persistencia del pasado y el desafío del progreso A pesar de todas las tendencias al acuerdo, no escampó en toda la nueva república; las fuerzas locales y centrífugas —algunas, claramente nostálgicas de un pasado irrecuperable— estaban disminuidas pero alojadas en diversos rincones de la nación unificada. Desde 1861 y hasta 1876, varias últimas montoneras federales, resabios de un país que ya no sería una verdadera confederación por el peso de la fuerte figura presidencial adoptada y de la provincia de Buenos Aires como nítido eje económico, se alzaron en armas. “El Chacho” Ángel V. Peñaloza, Felipe Varela y Ricardo López Jordán fueron sucesivamente desarmados en la Cordillera y el Litoral. La guerra contra el Paraguay, al terrible costo de la casi desaparición física de los adultos masculinos del país, configuró nuevos límites en el Noreste, y las campañas contra los pueblos aborígenes del “desierto” consolidaron el nuevo poder traspasando la frontera anterior del río Colorado y desarticulando la vecina y poderosa Confederación de las Salinas Grandes, liderada durante cuarenta años por el cacique Calfucurá y su hijo Namuncurá. También hubo bonaerenses indómitos que intentaron evitar repetidamente una mayor democratización del poder federalizado. La lista incluye en destacado lugar al propio Mitre, que promovió el primer golpe contra un presidente constitucional en 1874, huella que retomaría el gobernador Carlos Tejedor en el exacto comienzo del invierno de 1880, cuando, alzado en armas, generó durísimos enfrentamientos en el sur de la ciudad —Puente Alsina, Barracas y los Corrales Viejos, o sea, Parque de los Patricios— y forzó el traslado momentáneo del gobierno nacional a la localidad de Belgrano, que funcionó en el solar donde se encuentra actualmente el Museo Histórico Sarmiento. En el interregno, con la presidencia de Sarmiento, surgió la primera presidencia que no nació ni se sostuvo por hechos de armas. Con él y desde 1868, un sanjuanino, dos jóvenes tucumanos y un cordobés gobernaron hasta una nueva crisis que replantearía el sistema político en 1890-1891, primera interrupción efectiva de una presidencia constitucional del Estado unificado como consecuencia de la Revolución del Parque.

Los estadistas, en la unidad nacional Reafirmemos la idea: después de Caseros hubo algunas personalidades sobresalientes que supieron sobreponerse a cuestiones coyunturales para trabajar con miras estratégicas. En ese nivel, está claro que Sarmiento es el mentor de un proyecto de país, aunque resultó derrotado por los

poderes oligárquicos que no le perdonaban su plan de dar forma a una “Argentina de clase media”, con educación, salud y “tierras y ríos para todos” y proyección americana. Como él mismo lo denunció sin ambages, contra su proyecto de país basado en el desarrollo de la pequeña propiedad agraria, la inmigración y la inversión en ciencia y tecnología, se impuso “la oligarquía con olor a bosta, que nos gobierna”, conformando una estructura social y política conservadora sostenida sobre las espaldas de una aristocracia latifundista. No es casual, por lo tanto, que la discusión sobre modelos estuviera sobre el tapete y que quienes se alzaban como estadistas de una época actuaran como tales: Urquiza recibió en su casa a Sarmiento, y este fue, a su vez, anfitrión de Alberdi tras décadas de ausencia. Tampoco lo es que, desde Cepeda y Pavón, don Bartolo ejerciera influencia política decisiva y fuera casi reverenciado hasta su muerte, en 1906. Todos pagaron costos a sus renunciamientos y convicciones de estadistas. La unidad nacional le costó la vida al entrerriano, dejó sin sueldo al exiliado Alberdi por haber sido ministro del gobierno de la Confederación y enemigo de la Triple Alianza y obligó a Mitre a adaptarse al modelo que él mismo había prohijado, tal vez heredero de un caudillismo de otros tiempos, aunque se repitió en sublevaciones como el mecanismo considerado legítimo en aquellos años, si bien, en la última de ellas, con justeza pero de modo inconsecuente: acompañando primero a las filas de la Unión Cívica de la Juventud contra el unicato de Miguel Juárez Celman para luego abandonar a su suerte a los alzados. Cuatro referentes inexorables de distinto peso específico y trayectorias diversas: algunos más “populares” y de armas tomar —jefes de facciones—; otros, más afectos a la ciencia política, el debate y la literatura; todos, amantes de las ciencias y las artes y, para su época, poco menos que eruditos. Dos de ellos, con mundo recorrido, cosmopolitas, conocedores de otras tierras y fisgones estudiosos de otras tradiciones. Sin embargo, más allá de los importantes matices y distancias, son los cuatro apellidos que, desde aquel 3 de febrero de 1852, resumirían los siguientes treinta años de política nacional —hasta la aparición de Roca— y marcarían la transición de una desflecada y supuesta confederación en sistemática guerra civil solo dominada por el autoritarismo a una nación unificada y pujante, abierta a la inmigración, al comercio y a la industria y en consonancia con el “progreso”, palabra mágica de la época, que todo lo teñía. El papel de las grandes personalidades —un clásico de la historiografía—, de aquellos que cambian el 11


rumbo de su país, de una región o de todo el mundo, con decisiones tácticas y estratégicas inspiradas, creativas y profundas —a la vez calculadas e ingeniosas—, que conforman equipos y promueven reformas profundas o verdaderas revoluciones, se une a los momentos históricos en que la perspectiva de progreso social, científico, tecnológico fermenta almas sensibles, desobedientes, rebeldes, inconformistas, que se salen del renglón y de la pauta: lo que hoy llamaríamos caracteres políticamente incorrectos. Así fue en la época del surgimiento de los Estados nacionales con las Wollstonecraft y Shelley, las “George Sand” como las Juana Manso o Flora Tristán de nuestras tierras; así también con los Goethe, los Hugo, los Garibaldi, los Chopin, los Marx y los Byron. Las épocas de decadencia, en cambio, ocluyen el futuro y no brindan el mejor pasto para el florecimiento de esas cabezas trascendentes y animosas capaces de apasionar a los pueblos en pos de causas nobles y de envergadura significativa. En ese mismo marco de desarrollo socioeconómico como impulsor de proyectos, el aspecto ético es una contracara imprescindible: la construcción de modelos de conducta pública asociados con el altruismo y la austeridad entronca también con modelos sociales ascendentes y se facilita allí donde se promueven la riqueza y el progreso comunitario y solidario.

El político, la construcción del mérito y la calidad humana La tendencia visible en los últimos tiempos de demeritar el mérito pone en tela de juicio el valor de los próceres como modelos históricos y de identidad. No está en nuestro ánimo entrar en ese debate, pero es indiscutible que los personajes que hemos reseñado tuvieron miradas de hombres de Estado y se prepararon concienzudamente para ello: no jugaron semejantes roles por pura casualidad, por golpes de suerte, como advenedizos o como producto de circunstancias que los catapultaran a su pesar. Por el contrario, cumplieron con las misiones que se habían propuesto como jóvenes comprometidos con la construcción de un futuro político durante décadas de trabajo, estudio y esfuerzo; en el caso de nuestros cuatro protagonistas, ya a los veinticinco o treinta años tenían todos ubicaciones destacadas y claros proyectos en marcha. Mitre, admirador y seguidor de Garibaldi en la década del 40, gobernador a los treinta y nueve y presidente a los cuarenta y uno; Urquiza, diputado al Congreso a los veinticinco años y gobernador a los cuarenta; Alberdi y Sarmiento, también veinteañeros cuando fueron parte de la llamada Generación del 37, y polemistas y escritores consumados en la década siguiente. La historia modularía hacia diversas y múltiples relaciones y combinaciones entre ellos a 12

lo largo de casi toda la segunda mitad del siglo XIX. Porque entendemos que resulta paradigmático y oportuno, registramos con énfasis dos abrazos y algunas palabras para concluir esta reflexión sobre las grandezas exhibidas para construir la unidad nacional. Primer abrazo. La invitación del Gran Entrerriano al presidente Sarmiento para que lo visite un 3 de febrero en su residencia —engalanada con fuerzas militares en su honor— motiva que, al ingresar al Palacio San José, cercano a Concepción del Uruguay, el sanjuanino afirme: “Ahora sí que me siento presidente”. El encuentro le cuesta la vida a Urquiza: acusado de traidor al federalismo, solo dos meses después muere asesinado ahí mismo, en ese preciso Palacio y cerca de la mesa de billar y los suntuosos sillones de cuero que habían reunido al presidente y el gobernador. El magnicidio consumado por los partidarios de López Jordán merece el encomio de José Hernández: el hombre del Martín Fierro, un cuarto de siglo después, sostiene la violencia preconizada de algún modo en el Facundo pero ya superada por su autor. Seguramente, estos federales indómitos desconocían que, en forma privada, Urquiza solventó fuertemente la estadía de Rosas en Southampton, como lo atestiguan cartas intercambiadas entre ellos en febrero de 1864, es decir, durante la presidencia de Mitre y cuando el Restaurador llevaba ya más de una década de un exilio con sabor a asilo político en tierras británicas. Segundo abrazo. En 1879 Juan Bautista Alberdi retorna a Buenos Aires tras más de cuarenta años de ausencia en el país. Será diputado nacional por el roquismo, pero… ¿quién envía por él al puerto? ¡Curiosamente, quien, a la sazón, funge como ministro del Interior de Avellaneda y denuncia al roquismo en la Legislatura exhibiendo unos telegramas y bramando con furia contra la formación de una liga de gobernadores!: “Tengo las manos llenas de verdades, que voy a desparramar a todos los vientos para disipar los fantasmas y neblinas que asustan o enceguecen a la opinión pública”. ¡Sí! Quien envía por Alberdi y lo recibe obsequioso es “el loco” Sarmiento, ¡el inefable autor de “Las ciento y una” de 1853!, cartas donde el sanjuanino junto con el tucumano con sus respuestas desde Quillota habían dejado una huella indeleble que grafica la curiosidad americana del parto argentino: que su principal debate constitucional se realizara en la prensa de un país limítrofe: “Allá el cañón, Alberdi, aquí la pluma; allá la pólvora, aquí la tinta” habla de ese extraño destierro que animaba la constitución de una nueva nación. Discreparon. Y en su momento el tono había escalado todo lo imaginable incluyendo ataques


bajos y groseros. Pero el paso del tiempo había resuelto empíricamente muchas de las diferencias y, también, había temperado los espíritus. Un pelado Sarmiento con algo de sobrepeso —similar a la imagen que nos recuerdan sus miles de bustos estacionados atentos en cientos de patios de escuela y edificios públicos— recibe al cano, cejudo y enjuto Alberdi y se congratula: “¡Por fin tendré alguien con quien discutir!”. Cena con él, festeja, brinda. La república posible y la república verdadera, la virtud y el interés, ya en el cuerpo de dos ancianos, se estrechan efusivamente. “Es el progreso material el que lleva al progreso moral y no viceversa”, había dicho el abogado... ¡Viceversa! habrá pensado para sí el cuyano, que apostaba a la educación popular como escudo de combate para la construcción de civismo. Dos repúblicas se abrazaban con algo de saudade: “Gobernar es poblar”, decía uno, y el otro rebatía que lo primordial era “educar al soberano”. Desde distintas ventanas, el hombre, en cualquier caso, era el sujeto social; el hombre económico, el industrioso y el moral, la razón de ser de la república. Y miles de hombres habían poblado el país desde Caseros, en colonias, en nuevos pueblos y ciudades, abriendo horizontes en el “desierto”. Sin embargo, aunque la obra estaba hecha, las cosas no resultaron tal y como lo pensaban: “¡Qué chasco nos hemos llevado con la inmigración!, ¿no, Alberdi?”, se dice que dijo Sarmiento entonces; también, que el cariño flotaba en la sala sin lujos. Son abrazos de antiguos hermanos de fe, de logistas confesos, de intelectuales y políticos respetados y respetuosos, de hombres que hicieron de la palabra un culto y un aprendizaje, de quienes, con modelos diferentes, soñaron con una democracia republicana y federal y una Argentina floreciente. Pero… ¿cuánto importa eso a esta altura? Ya es 1879 y la Liga de Gobernadores está dando nacimiento a la etapa de “la paz y la administración”. Y, nuevamente y como fue casi siempre, Alberdi y Sarmiento están posicionados en bandos políticos opuestos.

Teniendo siempre al genio inopinado del sanjuanino como la más firme columna vertebral del período, nos permitiremos sintetizar este sencillo aporte al 170.° aniversario de la batalla de Caseros recordando el epitafio elegido por el propio Sarmiento para su sepulcro, que bien puede resumir los anhelos de estos notables estadistas, responsables de amasar la Argentina moderna con el sueño de la libertad y del progreso ciudadanos como banderas: “Una América toda, asilo de los dioses todos con lengua, tierra y ríos libres para todos”.

Referencias bibliográficas Borges, J. L. (1975). “Prólogos con un prólogo de prólogos”, prólogo a Recuerdos de Provincia (1944). Buenos Aires: Torres Agüero Editor. De Titto, R. (2011). “A modo de presentación. Entre elecciones y revoluciones”, prólogo a Sabato, H., Ternavasio, M., De Privitellio, L. y Persello, A. V., con epílogo de Botana, Natalio R., Historia de las elecciones en la Argentina (3° ed.). Buenos Aires: El Ateneo. García Merou, M. (1916). Alberdi. Ensayo crítico. Buenos Aires: La Cultura Argentina. Gargarella, R. (2021, 24 de diciembre). “Busco desafiar los lugares comunes”, reportaje de Débora Campos. En Revista Ñ, n° 952, Ideas, pp. 10-11. López Rosas, J. R. (1996). Historia constitucional argentina, con prólogo de Germán Bidart Campos (5° ed.). Buenos Aires: Astrea.

Abrazos, los mismos que el sanjuanino había provocado en aquella memorable alocución en la convención reformadora en la que fue ovacionado y que concluyó con su emotivo llamado a los convencionales y la barra a “abrazarse como hermanos”, como hombres todos de una misma nación, esa que convenía llamar también Provincias Unidas. Al fin, mientras que el propio “Don Yo” se describió con su conocida autodefinición de “porteño en las provincias y provinciano en Buenos Aires”, el gran Jorge Luis Borges (1975) afirmó que “en un incompatible mundo heteróclito de provincianos, orientales y porteños, Sarmiento es el primer argentino, el hombre sin limitaciones locales”.

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Caseros: a 170 años de la disputa entre Sarmiento, Urquiza y Alberdi Guadalupe Guzman José María De Vincenzi Área de Investigación del Museo Histórico Sarmiento

Unitarios y federales en nuestra historia El 3 de febrero de 2022 se conmemoraron los 170 años de la batalla de Caseros, en la que se enfrentaron el Ejército Grande, al mando del general Justo José de Urquiza con 23 mil milicianos y soldados veteranos, y el ejército comandado por el general Juan Manuel de Rosas. Desde la década de 1810 hasta la del 1850 se realizaron intentos —que resultaron infructuosos— para establecer gobiernos regulares a fin de organizar la nación argentina. El escenario sociopolítico de nuestro país se caracterizaba por la rivalidad entre provincias, permeado por la anarquía, el despotismo y la dictadura. La historia de las Provincias Unidas estuvo atravesada por el enfrentamiento entre unitarios y federales, las dos facciones políticas más importantes que tuvo nuestro país durante la primera mitad del siglo XIX, que intentaron imponerse sobre la sociedad. El ala unitaria se conformó a inicios de la década de 1820. En un comienzo no fueron denominados unitarios, pero muchos de los actores que tuvieron luego un rol protagónico dentro del unitarismo se nuclearon en torno a Bernardino Rivadavia, ministro de Gobierno y Relaciones Exteriores durante el gobierno del general Martín Rodríguez (1820-1824) en la provincia de Buenos Aires. Bajo esa administración, Rivadavia llevó adelante medidas políticas, religiosas, judiciales y educativas de carácter ilustrado y reformista. Impulsado por su admiración por la cultura europea, tuvo como objetivo disipar de la sociedad todo rasgo colonial. En 1826 Rivadavia fue nombrado presidente por un congreso constituyente, lo cual dio lugar posteriormente a la conformación del Partido Unitario, que surgió como un frente político de

alcance interprovincial y se compuso por un grupo numeroso de adeptos oriundos del interior, con preferencia por una forma de gobierno centralizada en Buenos Aires. Una de sus proclamas fue que las ganancias provenientes de los impuestos recaudados por el puerto de Buenos Aires debían ser administradas solamente por esa provincia. La gestión presidencial de Rivadavia fue breve debido a la incidencia directa de la guerra con el Imperio del Brasil y al rechazo de la nueva constitución por parte de varias provincias. Los federales, que encarnaban la facción opositora al unitarismo, lograron ocupar el poder en Buenos Aires y gran parte del interior del país. Reclamaban una forma de gobierno en que las provincias se asociaran de forma voluntaria y delegasen algunas funciones al poder central pero conservaran plena autonomía para dictar normas y elegir a sus gobernantes. Además, al contrario que los unitarios, sostenían que las ganancias del puerto debían repartirse a todas las provincias del país. En materia económica había tres facciones: por un lado, los “federales porteños”, cuyo interés era desplazar a los indígenas que poblaban las pampas para extender así la producción ganadera destinada a las exportaciones; por otra parte estaban los “federales de las provincias”, que eran aliados de los porteños y cuyo objetivo era la defensa de la producción regional de mercancías frente a la importación de productos manufacturados en el extranjero; finalmente, la facción “del Litoral” mantenía un enfrentamiento con los federales porteños con relación al monopolio del puerto, del comercio y de la navegación interna de los ríos. A fines de 1828, el general unitario Juan Lavalle quebró el orden legal, desalojó del poder al gobernador bonaerense Manuel Dorrego y ordenó 15


fusilarlo. Don Juan Manuel de Rosas, uno de los principales exponentes del federalismo, con gran influencia en la población rural, llevó a cabo un alzamiento y venció a Lavalle al año siguiente. Por esa razón se exiliaron la mayoría de los principales miembros del unitarismo, hecho que ayudó a la mantención de Rosas en el poder durante casi veinte años. En 1829 Rosas asumió por primera vez el cargo de gobernador de la provincia de Buenos Aires, que conservó hasta 1852, y logró extender su poder de forma gradual en todo el territorio argentino. En 1851, es decir, cuarenta y un años después de la Revolución de Mayo y treinta y cinco de la Declaración de la Independencia de nuestra nación, aún no se había podido redactar una constitución. Eso impedía materializar la Organización Nacional, cuestión soslayada por Don Juan Manuel de Rosas, quien ejercía el poder como jefe supremo de la Confederación Argentina y gobernador de la provincia de Buenos Aires. La Organización Nacional implicaría el reparto de las rentas aduaneras con el resto del país y la pérdida de la hegemonía porteña sobre el resto de las ciudades portuarias. En la provincia de Entre Ríos, gobernada por el general Justo José de Urquiza, el dominio de Rosas era más limitado, por lo que necesitaba aliados para garantizar el éxito. Urquiza, anteriormente aliado de Rosas, ahora se encontraba en el bando contrario y aguardaba la oportunidad para enfrentarlo. Además, gozaba de prestigio por las reformas económicas y educativas que había aplicado en la provincia. Consustanciado con la necesidad de organizar constitucionalmente el país, Urquiza inició su campaña en oposición enarbolando los principios del federalismo, pues consideraba que el régimen de Rosas no aseguraba dicho sistema. Cada año, Juan Manuel de Rosas comunicaba a las provincias su renuncia a la conducción de los negocios públicos y las relaciones exteriores y de la Confederación Argentina, y las provincias invariablemente lo confirmaban. No obstante, el 1 de mayo de 1851, en Concepción del Uruguay, el general Urquiza anunció el Pronunciamiento, en el que se manifestó en contra de la continuidad de Rosas al frente de esa delegación; asimismo, expresó la voluntad de reasumir el ejercicio de las facultades inherentes a su soberanía territorial delegadas a Rosas. Ese mismo día, Urquiza comenzó a reunir al ejército entrerriano, dando inicio a un proceso que culminaría dos años después, el 1 de mayo de 1853, con la sanción de la Constitución Nacional en la ciudad de Santa Fe. En resumen, la base del conflicto entre ambos líderes era el reclamo por la libre navegación de los ríos entrerrianos, que le habría permitido a Entre Ríos 16

exportar e importar insumos y manufacturas sin pasar por Buenos Aires. Corrientes fue la única provincia argentina que desde un principio apoyó el Pronunciamiento de Entre Ríos. Simultáneamente, Urquiza buscó el apoyo del Imperio del Brasil, y este aportó instrumental bélico, tropas terrestres y financiamiento. Además, se sumó el apoyo de Uruguay y Corrientes. Dichas colaboraciones se materializaron con la firma del tratado de alianza por Entre Ríos el 29 de mayo de 1851 en Montevideo. En materia de geopolítica, fueron varias las motivaciones que llevaron al Imperio de Brasil a prestar su colaboración. Primaban el interés por obtener la libre navegación del río Paraná y la preocupación de que el Gobierno de la Defensa en Uruguay fuera derrotado y absorbido por Rosas, personaje que representaba un impedimento para el expansionismo brasileño hacia el sur. Al mismo tiempo, el imperio vecino defendía el gobierno de Oribe en el Uruguay y reclamaba la devolución de las Misiones Orientales, ocupadas ilegalmente por los lusitanos desde 1801. En otras palabras, el área en cuestión era la cuenca del Río de la Plata, de gran importancia económica para los intereses regionales en el siglo XIX. Bolivia, Brasil, Uruguay y Paraguay necesitaban utilizar esos ríos para promover sus respectivas economías. El control de los ríos platinos ejercido por Juan Manuel de Rosas, con la prohibición de la libre navegación de barcos extranjeros, perjudicó al Imperio de Brasil, a Paraguay y a las provincias argentinas ubicadas en el litoral fluvial (Zanotti de Medrano, 2001).

El inicio de la batalla de Caseros La campaña contra Juan Manuel de Rosas constó de dos fases. La primera fue la invasión del Estado Oriental del Uruguay con dos cuerpos que debían reunirse a la altura del río Negro y marchar sobre Montevideo para romper el sitio que la amenazaba y asegurar la independencia de Uruguay (entonces Montevideo estaba sitiada por el Ejército Unido de Vanguardia bajo el mando de Manuel Oribe). Para lograr su objetivo, el general Urquiza esgrimió una doble estrategia: por un lado, formó un ejército de operaciones con la consigna de avanzar sobre el territorio de la República Oriental del Uruguay, y además conformó una milicia de reserva para resguardarse de una posible invasión santafecina bajo el mando del gobernador Pascual Echagüe mientras el ejército de operaciones se aseguraba su marcha sobre la Banda Oriental. Mientras en agosto de 1851 el general Urquiza se iba imponiendo a las fuerzas de Oribe, en Buenos Aires el ministro de Gobierno y Relaciones Exteriores Dr. Felipe Arana solicitó la intervención de Gran Bretaña para poner fin al acuerdo entre Urquiza y Brasil, basado en el tratado de paz que


había dado lugar a la creación del Estado Oriental del Uruguay el 17 de agosto de 1828 y que daba por terminada la guerra entre el Imperio del Brasil y las Provincias Unidas del Río de la Plata. En ese acuerdo Gran Bretaña fue garante, pero finalmente la solicitud del Dr. Arana no prosperó. Luego, el 18 de agosto de 1851, Rosas declaró la guerra al Imperio, motivo por el cual se activó el artículo 15 del tratado de alianza, donde se establecía que, ante una declaración de guerra del gobierno de Buenos Aires a los aliados, se los obligaba a actuar en contra del gobierno, en este caso el liderado por Rosas. El 7 de octubre de ese mismo año se venció formalmente a Oribe, y al día siguiente se firmó en el Cuartel de Pantanoso el acuerdo con Urquiza, mediante el cual se dio por finalizado el sitio de Montevideo iniciado en 1843. Cesadas las hostilidades, el Estado Oriental firmó varios tratados unilaterales con el Imperio de Brasil en relación con límites, comercio, navegación, extradición, socorro mutuo y alianza a perpetuidad. Posteriormente, el 21 de noviembre de 1851, los representantes de Entre Ríos, Corrientes, el Estado Oriental y el imperio brasileño firmaron en Montevideo un tratado de alianza con carácter secreto, en cuyo primer artículo se enfatizó la necesidad de liberar al pueblo argentino, siendo Juan Manuel de Rosas el objetivo de la guerra y no la Confederación Argentina. Mediante ese tratado, el general Urquiza se convirtió en jefe del Ejército Grande. Se inició entonces la segunda fase de la campaña antirrosista, que consistió en operar sobre el territorio de la Confederación Argentina: reconcentrar rápidamente en Villa del Diamante, 40 kilómetros al sur de la ciudad de Paraná (provincia de Entre Ríos), y organizar el Ejército Grande, al cual se incorporaron entrerrianos y uruguayos que se trasladaron primero en buques del Imperio de Brasil y luego por tierra. En el buque brasileño Médicis viajaban vía Cabo de Hornos (Chile) con rumbo a Montevideo el entonces teniente coronel Bartolomé Mitre y el capitán Domingo Faustino Sarmiento, quienes se habían embarcado en Valparaíso, para integrar la artillería entrerriana. Cabe recordar que el 28 de febrero de 1851 Domingo Faustino Sarmiento le había escrito a Urquiza haciéndole conocer su posición, su acción y su solidaridad con él. A ambos los unía el criterio opositor al régimen de Rosas. En respuesta, el general Urquiza le manifestó que su plan era vencer a Rosas y reunir un congreso general constituyente para que sancionara la Constitución Nacional de acuerdo con las bases fijadas en el Pacto Federal de 1831.

El 20 de noviembre de 1851, en Gualeguaychú (provincia de Entre Ríos), Sarmiento se presentó ante Urquiza con la intención de ser su consejero militar, objetivo que no consiguió, aunque fue reconocido con el grado de teniente coronel y a la vez encargado del boletín de guerra del Ejército Grande. Por ello volvió a Montevideo, compró una imprenta volante y les enseñó su manejo a cinco obreros que lo acompañaron durante la campaña militar. Finalmente, durante la batalla Sarmiento produjo dos escritos: los boletines considerados como la verdad oficial de la campaña y su diario personal, texto privado que aportó otra versión de la historia sobre el ejército urquicista. Una vez incorporado a las tropas unitarias, y ya ubicado en la localidad de Diamante, el 1 de diciembre Sarmiento armó la imprenta en una carretera y comenzó a editar los mencionados boletines de guerra. Esos escritos serían compilados después en una de sus obras, “Campaña en el Ejército Grande Aliado de América del Sud” (1852), que luego Augusto Belin Sarmiento incluyó en el tomo XIV de las Obras Completas de D. F. Sarmiento (1897). La cuestión más notable de este texto es que, por un lado, resalta los objetivos por los que se luchó en Caseros y, por otro lado, hace visible el descontento de Sarmiento con Urquiza cuando lo describe como un “caudillo bárbaro” y lo ubica en el mismo nivel que Rosas. La obra “Campaña…” contiene un escrito titulado “Ad Memorándum”, que Sarmiento editó a pocos días del derrocamiento de Rosas y que versaba sobre el inicio de la campaña y de la actividad antirrosista. Más adelante, Sarmiento completó ese texto con un prólogo que narraba la negativa de Urquiza de considerarlo su “guía” e incluyó una carta dirigida a Bartolomé Mitre titulada “Complemento”. Por último, en 1897 Augusto Belin Sarmiento editó su tercera pieza en formato libro con las dos entregas anteriores y un escrito que abarca la mayor parte del volumen definitivo y que conformó el tomo XIV de las Obras Completas de D. F. Sarmiento.

Después de Caseros: las controversias entre Urquiza, Sarmiento y Alberdi Una vez que las tropas urquicistas fueron avanzando sobre el territorio, ya era notable su intención de invadir Buenos Aires en busca de la batalla decisiva. En la fase de operación sobre el territorio de la Confederación, teniendo en cuenta las fuerzas argentinas, se enfrentaron exclusivamente las provincias firmantes del Pacto Federal de 1831. Finalmente, el 3 de febrero de 1852, tras salir de la localidad de Diamante y cruzar el río Paraná, el Ejército Grande entró en batalla con las tropas de Rosas en el Palomar de Caseros, actual Ciudad Jardín (partido de Tres de Febrero), 17


es decir, en las proximidades de la Ciudad de Buenos Aires. Tras seis horas de combate, el general Urquiza resultó vencedor, y, por consiguiente, el general Rosas tuvo que exiliarse en Inglaterra, donde residió hasta su fallecimiento, en 1877. Como ya se mencionó, el vínculo entre Sarmiento y Urquiza estuvo atravesado por profundas tensiones, a tal punto que el sanjuanino plasmó por escrito ejemplos del maltrato que recibió pocos días antes de la acción bélica en Caseros. Más aún, una vez finalizada la batalla de Caseros, Sarmiento consideró que el conflicto armado no iba a dar lugar a la formación de la patria moderna y democrática por la que había abogado en sus obras capitales Facundo (1845) y Viajes por Europa, África y América (1849) porque, según su criterio, Urquiza todavía representaba el caudillismo y era un continuador de las políticas instauradas por Rosas. Incluso categorizó a Urquiza como un conservador a destiempo, que, si bien quería establecer en el país una constitución de corte republicano y federal, estaba decidido a rehacer los viejos arreglos entre gobernadores de la ya derrotada Confederación rosista. Cuando Sarmiento se desempeñaba como diputado del Congreso Nacional por la provincia de San Juan, publicó en el periódico El Mercurio del 13 de octubre de 1852 la “Carta de Yungay”, dirigida a Urquiza, en la que adelantaba muchas de las apreciaciones que luego plasmaría en “Campaña…”. En esa carta le expresó al general que no quiso ser su sostenedor pero tampoco su opositor porque ambos compartían los puntos fundamentales sobre la organización de la república y, no obstante, discordaban en la práctica. Incluso reprochó a Urquiza el haber confiado el gobierno de Buenos Aires a hombres serviles. Asimismo, le remarcó su equivocación al no incluir ningún federal ni unitario destacado, hecho que, para Sarmiento, daba cuenta de su intento de dominar a Buenos Aires y al Congreso (Gandía, 1978: 231-232). En el momento de esas disputas, Chile se había constituido en escenario de fuertes discusiones políticas entre quienes apoyaban al general Urquiza y quienes se le oponían. Entonces, el 16 de agosto de 1852, se fundó el Club Constitucional Argentino en Valparaíso, cuyo principal inspirador fue Juan B. Alberdi. Y, en contraposición, el 19 de octubre de 1852, luego de haber sido reprobada la “Carta de Yungay'', Domingo F. Sarmiento dio comienzo en Chile al Club de Santiago. De ese modo quedaron definidos dos bandos. Por su lado y en líneas generales, Sarmiento aspiraba a un gobierno constitucional que no se impusiera coercitivamente sobre la población civil; ahora bien: él denunció que esos eran los 18

mecanismos que implantaba Urquiza en Entre Ríos, provincia que, según su criterio, funcionaba como “hacienda personal” y donde el sistema económico respondía a los intereses individuales de Urquiza y los de su círculo. Además, el sanjuanino consideraba que las políticas culturales y educativas de esa provincia estaban sujetas a la existencia de sobrantes en los presupuestos militares. Las discrepancias entre ambos líderes político-militares ya eran evidentes, casi irreconciliables. Por eso, finalmente, Sarmiento se desvinculó de la Confederación y publicó “Campaña…”, donde también presentó una nueva explicación de los hechos como una síntesis problemática entre los dos textos previos que produjo durante su estadía con el ejército del general Urquiza. Esa obra fue cuestionada por Juan Bautista Alberdi, que se sintió desprestigiado por Sarmiento, dado que este afirmó que su apoyo ciego al liderazgo de Urquiza desautorizaba toda la propaganda que Sarmiento había elaborado a favor de la organización regular de la República en detrimento de Rosas. Tales aseveraciones están registradas en la carta que Sarmiento envió a Bartolomé Mitre el 12 de noviembre de 1852. La polémica continuó cuando Alberdi publicó las “Cartas quillotanas”, un compendio de escritos que incluyó “Cartas sobre la prensa y la política militante de la República Argentina” y “La complicidad de la prensa en las guerras civiles de la República Argentina”. Su objetivo principal fue desmerecer el desempeño del sanjuanino en el Ejército Grande y las razones de su posterior alejamiento. Alberdi consideró que “Campaña…” era una mera interpretación personal de la realidad y, además, una operación política, porque allí, según su perspectiva, se evidenciaban las intenciones de Sarmiento de ocupar el lugar de Urquiza. Entonces, Alberdi retrató a Sarmiento como el “gaucho malo de la prensa”, como un personaje incapaz de comprender la nueva realidad, a su entender signada por el orden y la paz. Alberdi estaba abocado a brindar a la Confederación Argentina el cuerpo legal y la armazón institucional que la nación estaba demandando. Como respuesta a Alberdi, a través del escrito titulado “Las ciento y una”, Sarmiento expresó que no existía un panorama nacional pacificado debido al conflicto entre los que deseaban construir un “nuevo orden civilizado” y los que pretendían que continuase la “barbarie rosista” que él encontraba en la figura de Urquiza y en su gobierno. Entonces, creía necesario utilizar los mismos medios de lucha contra “la tiranía” de Rosas, pero esta vez contra el entrerriano. Con relación a las tendencias interpretativas de la historia después de la batalla, surgió una de corte liberal por parte de la denominada Joven


Generación o Generación del 37, integrada por un grupo de intelectuales que recibieron el influjo de las ideas de moda venidas desde Europa hacia mediados de la década de 1830. En sus comienzos, incursionaron en el debate político y social a través de panfletos y periódicos, y así se ganaron la enemistad de Juan Manuel de Rosas. Por consiguiente, casi todos ellos se exiliaron en Chile y Uruguay, y se unieron a facciones antirrosistas con el objetivo de derrocar al entonces gobernador porteño. Luego de la derrota de Rosas, los integrantes de la Generación del 37 tuvieron una participación política clave en distintas áreas del gobierno. Domingo Faustino Sarmiento, a diferencia de otros miembros, había sido previamente unitario. Entonces, desde su exilio en Chile logró delinear y aglutinar el ideario de los enemigos de Rosas y la construcción del arquetipo del “federal” a partir de su obra Civilización y Barbarie. Vida de Juan Facundo Quiroga. Aspecto físico, costumbres y hábitos de la República Argentina (1845). Allí estableció distinciones entre campo-federalismo-barbarie y ciudad-unitarismo-civilización. Esa dicotomía se impuso como la primera conceptualización sociológica de la nación. A pesar de mantener cierto recelo por los unitarios, Sarmiento los ubicaba dentro de un mundo de valores del cual él formó parte activa. A su vez, también era consciente de la necesidad de sostener discursivamente la figura de Rosas como el principal enemigo de la nación a través de los medios de comunicación, en los registros tanto de la prensa “culta” como de la “popular”. La construcción de esa imagen ayudaba a sostener la estructura de una dialéctica de amigo/enemigo, y con el tiempo todos los enemigos de Rosas fueron denominados “unitarios”. Contrariamente, desde la perspectiva de Juan Manuel de Rosas, el unitarismo se encarnaba en la imagen del “conspirador”, que poseía tres características fundamentales: 1) tenía una tendencia aristocrática y cosmopolita que fácilmente podría vincularse con potencias extranjeras con fines de conspiración; 2) era cercano a la revolución y a la “propagación del desorden”; 3) ostentaba un alto grado de irracionalidad y moral perversa y antirreligiosa; de allí, el epíteto “salvajes, locos unitarios” (Zubizarreta, 2011: 244). La conceptualización del “orden” fue central en la construcción del discurso de Rosas, así como en las manifestaciones de los publicistas y de la prensa que lo apoyaba (Zubizarreta, 2013: 7). En suma, para Rosas, la imposición del orden constituía una manifestación con doble sentido: por un lado era un objetivo deseado, y por otro traslucía una situación de mucha debilidad (Sabato, 1995).

Otro miembro de la Generación del 37 fue Alberdi, un reconocido antirrosista que también tuvo que partir al exilio. Se vio influido por las ideas del Iluminismo; por ello, creía que la nación podía progresar, al igual que su congénere sanjuanino, pero, a diferencia de él, Alberdi no concebía que hubiera una antítesis entre “el hombre de ciudad” y “el hombre de las campañas”. Es decir, desde su perspectiva, las disputas entre unitarios y federales reflejaban la constante lucha de dos grandes regiones, el interior y Buenos Aires, por el predominio en el país. Este intelectual, además, trazó los lineamientos generales para la Constitución de 1853. Estableciendo otra diferencia con Sarmiento, Alberdi afirmó que Rosas dominaba con hombres educados en las ciudades (como Dorrego, Anchorena, Medrano, Arana) y que no se daba lugar a personas menos letradas. También aseveró en su obra Bases y puntos de partida para la organización política de la República Argentina (1852) que la única subdivisión que admitía el hombre americano español era la de “un hombre del litoral y un hombre de tierra adentro o mediterráneo” y que, en tal sentido, los principales unitarios eran hombres de campo. También a diferencia de Sarmiento, Alberdi sostuvo que Buenos Aires había impuesto la unidad de las provincias camuflándola bajo la denominación de federación. Es decir que, en la práctica, Buenos Aires ejercía el control de todo el territorio nacional y no compartía las ganancias que obtenía de su puerto. Por ello se puede afirmar que Alberdi centraba el eje de su conflicto con Sarmiento en el aspecto económico, enraizado en los intereses divergentes de las provincias. Alberdi también consideró que el caudillismo había surgido como una reacción lógica de las sociedades establecidas en el interior del territorio nacional frente a los constantes embates de las sociedades porteñas que buscaban sojuzgarlas a través de las incursiones de ejércitos profesionalizados. Por otra parte, tenía la convicción de que las conductas individuales no alteraban el curso del devenir histórico y de que las grandes personalidades eran el reflejo de un comportamiento social más vasto. Esa consideración completa el eje argumental según el cual el problema central para el progreso de la nación radicaba en la hegemonía que ejercía Buenos Aires sobre el resto del territorio. Su postura antiporteña lo llevó a estar en total desacuerdo con la visión esgrimida por Mitre, a quien concebía como un ejemplo de porteñocentrismo. Para Mitre, también miembro de la Joven Generación, el federalismo solamente era sostenido por los caudillos regionales; por eso, en 19


su obra Historia de Belgrano y de la Independencia Argentina (1857) arguye que esos personajes ejercían acciones mediante la apropiación de las pasiones que ellos mismos estimulaban en las multitudes con un estado social semibárbaro. Afirma que ejercían total oposición al ideal de libertad en el marco de orden y unidad nacional, y los define como integrantes de una “democracia bárbara”, solamente con aspiraciones a la independencia individual y local. Entonces, desde la perspectiva liberal de los unitarios, los caudillos federales representaron una generación trunca pero necesaria por haber sentado las bases de la construcción del Estado nación de corte liberal. Pero, a diferencia de Alberdi, para Mitre la causa de los conflictos territoriales no abrevaba solamente en los “regionalismos” sino en la responsabilidad que tuvieron algunas figuras históricas. Por eso, reivindicó a Bernardino Rivadavia y repudió a Juan Manuel de Rosas. Puede decirse que esa interpretación liberal rigió prácticamente sin oposición hasta los primeros años del siglo XX.

El liberalismo al frente de la Organización Nacional La batalla de Caseros, además de provocar la caída de Juan Manuel de Rosas, permitió avanzar en la construcción del Estado nacional, porque posteriormente se llegó al Pacto de San Nicolás del 31 de mayo de 1852. Este convocó a un nuevo congreso constituyente, al que, en principio, adhirieron todas las provincias, aunque luego Buenos Aires, considerando que peligraba su hegemonía, se levantó contra las autoridades de la Confederación, se declaró Estado autónomo y retiró a sus representantes del congreso. Además, ese proceso de unidad, en su devenir, estuvo atravesado por otros enfrentamientos. En 1853, la Confederación, a excepción de Buenos Aires, sancionó una constitución de carácter representativo, republicano y federal, lo cual permitió concretar la organización nacional definitiva, y eligió como su primer presidente a Justo José de Urquiza. Al año siguiente, el Estado autónomo de Buenos Aires dictó su propia Constitución, nombrando como gobernador a Pastor Obligado. Como consecuencia de esos conflictos, nuestro país quedó dividido en dos unidades independientes, con gran inestabilidad, y Buenos Aires recuperó su hegemonía económica: su puerto seguía siendo el privilegiado por el comercio internacional y, debido a la división política imperante, no estaba obligada a compartir sus ganancias con las demás provincias. Las economías internas languidecían, y, aunque se permitía la libre navegación de los ríos, los puertos interiores, como los de Rosario y Paraná, no podían competir con el de Buenos Aires. 20

La disputa desembocó en el dictado de la Ley de Derechos Diferenciales en 1857 por parte de la Confederación. Mediante esa ley se establecían aranceles aduaneros más altos para los productos importados que hicieran escala en Buenos Aires antes de ingresar a Rosario, el mayor puerto de la Confederación. Eso representaba una traba para el circuito económico de Buenos Aires, lo que derivó en el conflicto armado que se desplegó en Cepeda en 1859. Allí se enfrentaron las tropas bonaerenses al mando de Bartolomé Mitre y las de la Confederación al mando de Urquiza. El resultado fue que el Estado autónomo de Buenos Aires fue derrotado, y, por medio del Pacto de San José de Flores, Buenos Aires aceptó ingresar a la Confederación y someterse a su Constitución a cambio del derecho de proponer modificaciones que debían ser aceptadas por el resto de las provincias, lo cual se logró en 1860. Ese pacto terminó con los proyectos autonomistas, dando lugar a posturas que abogaban por la creación de un Estado nacional. Los liberales nacionalistas liderados por Bartolomé Mitre estaban vinculados a los intereses de los porteños que pretendían poner fin a los enfrentamientos entre Buenos Aires y la Confederación y consideraban que había que crear un Estado nacional bajo la hegemonía de Buenos Aires sobre la base de la Constitución de 1853, reformada en 1860. La idea era que todos los poderes locales se subordinaran al Estado nacional, de modo que, entre otras cosas, los bonaerenses debían entregar las ganancias de su puerto a la nación. Entonces, su objetivo era fortalecer ese Estado para apoderarse de él mediante negociaciones con grupos afines. El Estado nacional se organizó sobre la base de las oligarquías provinciales, liderado por la aristocracia porteña. Mitre y sus tropas porteñas vencieron en la batalla de Pavón, en 1861, a las de la Confederación, lideradas por Urquiza. Por su lado, Santiago Derqui, presidente de la Confederación, renunció, y Mitre asumió como presidente provisional meses después, y en 1862 fue nombrado presidente constitucional. De esa manera se logró la unidad nacional, y el triunfo del proyecto liberal nacionalista permitió reconstruir la hegemonía porteña y creó un Estado nacional dinámico que logró someter a los poderes provinciales. Entre 1862 y 1880 se sucedieron las presidencias de Bartolomé Mitre, Domingo F. Sarmiento y Nicolás Avellaneda, electos por todas las provincias. Sus gobiernos fomentaron la consolidación del Estado nacional mediante una estrategia que combinaba el acuerdo y la coerción. La finalidad era lograr la subordinación a la autoridad central para limitar o eliminar las


autonomías provinciales. Para eso fue necesario establecer pactos con las provincias que accedían por verse beneficiadas, mientras que a las que se oponían se les aplicaban sanciones a través del aparato coercitivo del Estado, nucleado en el Ejército Nacional.

Referencias bibliográficas

Otro de los propósitos de la organización institucional era que el Estado ocupara cada vez más funciones mediante una fuerte política de obras públicas, especialmente en el área educativa, en la defensa, en el ferrocarril, en el ámbito burocrático y en los correos. Y, por último, otro objetivo era lograr la integración territorial, para lo cual se implementaron distintas acciones militares, como la inefable “Conquista del Desierto” desplegada en la región patagónica y comandada por el general Julio Argentino Roca entre los años 1878 y 1885. Además de ampliar los límites nacionales, la Campaña produjo una de las mayores matanzas de poblaciones indígenas, a la que se agregó la confiscación de los territorios ancestrales en los que se asentaban esas poblaciones para entregarlos como recompensa a las familias de los militares que habían participado de la Campaña, en su mayoría clanes pertenecientes a la oligarquía. Los indígenas que sobrevivieron a la Campaña fueron reubicados en reservas o directamente entregados como mano de obra barata o servidumbre a las sociedades acaudaladas de Buenos Aires y otras provincias.

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Por último, pero no a modo de desenlace, en 1880 se sucedió otro conflicto entre el Estado nacional y los autonomistas bonaerenses –liderados por Carlos Tejedor, gobernador de la provincia de Buenos Aires–, que se oponían a que la ciudad de Buenos Aires quedara escindida de la provincia y así se limitara su poder, y promovían la constitución de un Estado porteño independiente de las demás provincias. En resumidas cuentas, luego de sucedida la batalla de Caseros se produjeron numerosos conflictos militares y políticos entre las facciones que se disputaban el poder, que han sido revisados por intelectuales del siglo XX. Casi todos ellos acuerdan que estos procesos históricos, a los que se suman el estímulo de las olas inmigratorias, el avance sobre el territorio nacional con la matanza y el destierro de sus poblaciones indígenas, y la resolución del conflicto por las rentas del puerto de Buenos Aires, cimentaron las bases del modelo agroexportador en la República Argentina, que la abrió al mundo capitalista.

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Batalla de Monte Caseros Librada el 3 de febrero de 1852 en las afueras de la ciudad de Buenos Aires, donde el Ejército Grande al mando de Justo José de Urquiza se impuso sobre las tropas lideradas por Juan Manuel de Rosas. Autor: Carlos Penuti Materiales: papel y tinta Técnica: impresión litográfica Lugar y fecha: Buenos Aires, Argentina, 1852 Colección Museo Histórico Sarmiento 23


Justo José de Urquiza Retrato donde viste uniforme militar. Materiales: papel y albúmina Técnica: fotografía Fecha: siglo XIX Colección Museo Histórico Sarmiento

Capitán Oriental Martín María Rafael Aldecoa de González Aldecoa integró a la División Oriental durante la batalla de Caseros. Recibió la medalla de plata que luce por su participación como subalterno. Autor: Charles DeForest Fredricks Técnica: daguerrotipo de un cuarto de placa Lugar: Montevideo - Buenos Aires Fecha: circa 1852-1853 Colección Vertanessian

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El misterio de la bandera rosista Constanza Soledad Ludueña

Coordinadora de Gestión de Colecciones - Museo Histórico Sarmiento

Al iniciar el trabajo de investigación para la nueva exposición del Museo Histórico Sarmiento en relación con los 170 años de la batalla de Caseros, se comenzó a recoger la documentación del archivo institucional del Museo y de las publicaciones realizadas por sus primeros directores. Entonces se evidenció la gran importancia de la bandera rosista y su pertenencia a este acervo: la bandera, según relata su nieto Augusto Belin en El relicario de Sarmiento. En busca de asilo, fue “tomada por Sarmiento con su propia mano en el asalto del Palomar” (Belin, 1935). Ahora bien, en el momento de seleccionar las piezas que serían parte de la exposición, se detectó que la bandera no formaba parte del inventario de bienes patrimoniales, lo cual indicaba un problema. De inmediato se inició una investigación para descubrir por qué la bandera no poseía el mismo tratamiento documental que el resto de la colección, y se emprendió el desafío de revalorizar y reintegrar su pertenencia al acervo del Museo. A fin de conocer una colección patrimonializada, el primer paso es investigar todo aquello que refiera a los objetos que la conforman, desde su ingreso a la institución hasta su situación actual. Por tanto, se debe estudiar toda la documentación comprendida en el legajo, el inventario y los registros, como así el archivo institucional. Esos documentos dan cuenta de la historia del acervo, sus modificaciones, incremento, bajas y movimientos. Si se posee un buen sistema de documentación, cada movimiento o alteración de algún objeto de la colección queda registrado, de modo que luego pueda entenderse qué sucedió con su recorrido institucional. Eso no ha ocurrido con la bandera que analizamos aquí, lo cual instaló un enigma en la reconstrucción de su trayecto histórico dentro de la institución.

Para concretar una exposición, se lleva a cabo un proceso de documentación. Primero se decide qué objetos pueden ser parte de la exhibición y se efectúa un listado tentativo; luego se recaba toda la información posible sobre cada uno de ellos. Es de suma importancia que en este paso intervengan todas las áreas vinculadas al patrimonio y a la historia del museo, ya que muchas veces, como sucedió aquí, los datos son casi inexistentes. En este caso, se tomó la decisión de emprender un trabajo de investigación dividido en tres etapas: la búsqueda en el archivo, en la biblioteca del Museo y en fuentes externas; la realización de estudios del material constitutivo de la bandera; y una serie de entrevistas que para desentramar el misterio de la bandera rosista. El primer paso —fundamental, dado que se basaba en la documentación existente en la institución— demostró que la pieza original fue parte de la colección fehacientemente. Esta se conformó gracias a la donación de Augusto Belin, nieto de Domingo Faustino Sarmiento, al Estado nacional en diciembre de 1910, para la fundación de un museo a nombre de su abuelo, lo cual dio pie a una pieza crucial para el registro y la documentación de los bienes, El relicario de Sarmiento. En busca de asilo. Se trata de la primera publicación que contiene el listado detallado de los objetos del Museo, entre los que se encuentran la banda y el bastón presidencial, elementos de uso personal, documentos y cartas, el sillón articulado que usó Sarmiento en sus últimos años y uno de los trofeos tomados en la batalla de Caseros: la bandera rosista. Debido a diversos contratiempos, no se logró fundar el museo en ese año, y “el H. Senado sancionó un proyecto ordenando la conservación de las reliquias históricas de Sarmiento en el Museo Histórico Nacional. […] Con fecha del 14 de Marzo de 1917 el 25


Imagen 1 Ismael Bucich Escobar, Guía descriptiva del Museo Histórico Sarmiento, Buenos Aires, 1943.

Director del Museo Histórico acusa recepción de los enseres remitidos en custodia conforme al inventario en su poder” (Belin, 1935). Finalmente, en 1938, con motivo del cincuentenario de la muerte de Domingo Faustino Sarmiento, se retomaron las gestiones para el establecimiento definitivo del Museo. A través de la Comisión Nacional de Museos y Monumentos Históricos y de la Comisión Nacional de Homenaje a Sarmiento, se sancionó la Ley N.º 12.556, que ratificaba las disposiciones del decreto de creación del Museo. Este se inauguró el 11 de septiembre de 1938 bajo la dirección de Ismael Bucich Escobar. Se trasladaron todas las colecciones referidas a Sarmiento a su edificio actual, que anteriormente había oficiado de Municipalidad del Pueblo de Belgrano. A partir de ese momento, el acervo comenzó a enriquecerse gracias a donaciones de particulares vinculados a la figura de Sarmiento. En consecuencia, los procesos de documentación y registro se encuentran en continua actualización,

Imagen 2 Bernardo López Sanabria, Las Reliquias del Museo Histórico Sarmiento, Buenos Aires, 1958.

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por lo que requieren de tiempo, constancia y dedicación. Gracias al trabajo de su primer director, el Museo cuenta con una guía descriptiva publicada en 1943 que relata los objetos existentes e ilustra algunos de ellos con fotografías, como es el caso de la bandera rosista. En el proceso de investigación sobre la bandera, la información sobre la pieza volvió a aparecer en una publicación de 1958 (imagen 2) realizada por Bernardo López Sanabria, quien fue director del Museo entre 1956 y 1974. Esta última fecha es muy relevante, ya que en el cambio de gestión a la dirección de Ernesto Liceda, quien estuvo a cargo del Museo hasta el año 1988, se produjo el alta patrimonial de los bienes. Lamentablemente, en el inventario realizado en 1974 para formalizar la documentación requerida sobre el alta, no estaba presente la bandera, por lo cual tampoco figura en la documentación actual de la institución.


En ese punto de la investigación se encendió una alarma, no solo por la ausencia del objeto original en el inventario, sino porque en un primer acercamiento, al observar la pieza a ojo desnudo, se detectó que los materiales presentaban apariencia moderna. Entonces se comenzó a recabar toda la información que se encuentra en el archivo institucional en busca de documentación que explicara esa situación. Como no se halló respuesta, se pasó a la etapa de las entrevistas.

Por otro lado, se consultó a la Dra. Adriana Amante, fiel sarmientina y gran conocedora de la colección del Museo, quien compartió el resultado de su búsqueda de bibliografía. El equipo llegó a la conclusión de que, en efecto, la bandera que ingresó en el año 1938 en la fundación del Museo Histórico Sarmiento era aquella que Domingo Faustino tomara en el Palomar de Caseros como trofeo y que, por lo menos, se exhibió en esa institución hasta los años 70.

El primer contacto fue con la anterior coordinadora de Gestión de Colecciones, Beatriz Verd, quien deslizó lo que podría haber sucedido con la bandera original, aquella que, en palabras de Augusto en El relicario, era “de seda, blanca y negra, con gorros frigios rojos y el escudo argentino dorado. Inscripción en oro: ¡Viva la CONFEDERACIÓN ARGENTINA! ¡Mueran los Salvajes unitarios! Batallón Cuartel General” (Belin, 1935). Según cuenta Beatriz, la que se conserva en el Museo es una réplica confeccionada con materiales modernos, ya que en los años 70 la institución sufrió un ataque vandálico en el que se sustrajo la bandera original. Esa información le fue transmitida a Verd de manera oral, cuando se desempeñaba como voluntaria, por otra trabajadora del Museo. Sin embargo, no hay registro escrito de ese atentado en la institución. En este momento, es necesario continuar con la investigación para develar el misterio de lo que ocurrió con la bandera original, para lo cual se indagará en periódicos de la época y en otra documentación.

Ahora bien, al carecer de documentación que indicara qué había sucedido con la bandera original, se llevaron a cabo diversos estudios para comprobar la materialidad de la pieza y, así, poder confirmar o desestimar si se trataba de un textil del siglo XIX. Para ello, fue clave efectuar una ficha de conservación, donde se detalló el estado completo de la pieza, su descripción, sus medidas, los deterioros presentes y la hipótesis por la cual se efectuaban los estudios.

Imagen 3

Imagen 4

En primer lugar, se realizó un examen organoléptico, donde se describieron todas las patologías que presentaba la bandera, como desgarros, roturas, faltantes e incluso desprendimiento de la capa pictórica (imágenes 3, 4 y 5), solo con observación a ojo desnudo y con lupa.

Imagen 5

(Fotografías de la autora) 27


Imagen 6 - Fotografía de la autora

Ese primer paso fue suficiente para detectar que el material constitutivo de la bandera no es seda, sino que se trata de un textil compuesto por dos tejidos planos de tafetán (imagen 6) y que, por su color, brillo y textura, puede ser un material semisintético posterior al año 1953. Eso derivó en un segundo estudio, que contribuyó a confirmar la materialidad del textil que constituye la bandera. Se procedió a tomar una muestra de los tejidos para realizar un examen de combustión, que “consiste en exponer a una llama fibras o hilos de la materia textil que queremos identificar, analizando su forma de arder, el olor desprendido y el residuo que produce la combustión […] determina si la fibra es celulósica, proteica o sintética” (Hollen, 1999). Ese análisis ratificó que se trata de dos textiles, uno

Imagen 7

(Fotografías de la autora) 28

de color verde azulado (imágenes 7 y 8) y otro natural, que presentan trama y urdimbre de poliéster patentado por DuPont en 1953. Por último, se elaboró el informe final, con la bibliografía, las imágenes y los resultados, para anexarlo a la documentación, que, a partir de ahora, será parte del legajo del objeto. A fin de poder cerrar este proceso de revalorización de la pieza, se debió completar la limpieza y preparación de la bandera para su montaje en el soporte de exhibición, compuesto por un bastidor con una tela de base que recibe a la bandera. Esta se cosió con puntadas de sujeción para permitir el máximo agarre con la mínima intervención en la pieza, lo cual posibilita un posicionamiento vertical de la bandera que no solo optimiza el espacio sino que preserva la integridad física del textil (imagen 9).

Imagen 8


En conclusión, el trabajo interdisciplinario permitió armar el rompecabezas de la historia de este trofeo: si bien la bibliografía indicaba que la bandera rosista formó parte de la colección del Museo Histórico Sarmiento desde su creación, la pieza actual resultó ser una réplica, según confirmaron los estudios realizados sobre el textil. Es necesario continuar con la investigación de fuentes, los análisis científicos y las entrevistas para averiguar por qué la bandera original, que Sarmiento tomó en el Palomar de Caseros en 1852, no se encuentra en la Institución, como también para acrecentar el nuevo legajo de esta pieza, que, si bien es una copia, constituye un objeto clave en el discurso y el guion planteados para esta nueva propuesta expositiva y en el acervo de este Museo. Los casos como este dan cuenta de la importancia de la documentación y la transmisión, no solo oral sino por medio de informes o fichas que dejen testimonio de la historia de propiedad y uso de las piezas que conforman el acervo del Museo Histórico Sarmiento. Cada uno de los objetos de la colección ocupa un lugar relevante, ya que son dispositivos testimoniales de las decisiones tomadas por Sarmiento en cada aspecto de su vida, y por eso es nuestra obligación preservarlos para las generaciones futuras.

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Imagen 9 - Fotografía de la autora

Bandera rosista Se trata de una réplica de la Bandera de Caseros “(Tomada por Sarmiento con su propia mano en el asalto del Palomar, y ‘Único Trofeo’, á que se refiere al tomar el destierro en 1852. Exhibida por él al pueblo en su gran discurso á Belgrano el 24 de Septiembre de 1873)” (Belin, 1935). La réplica se realizó debido a que en la década de 1970 hubo un acto de vandalismo en el Museo que culminó con la pérdida de la bandera original. Materiales: poliéster y acrílico Técnica: cosido y pintado a mano Lugar y fecha: Buenos Aires, Argentina, ca. 1970 Colección Museo Histórico Sarmiento 29


Mapa de la batalla de Monte Caseros Memorias Inéditas del General Oriental Don César Díaz publicadas por Adriano Díaz Materiales: papel y tinta Técnica: impreso Imprenta y Librería de Mayo - Alsina 189 Lugar y fecha: Buenos Aires, 1878 Colección Vertanessian 30


La División Oriental: uruguayos en Caseros Alberto del Pino Menck

Instituto Histórico y Geográfico del Uruguay

Una división uruguaya en Caseros El 3 de febrero de 1852 una pequeña fuerza representó al Estado Oriental del Uruguay. Fueron poco más de 1.600 soldados los que participaron en la gran batalla que derribó del poder a don Juan Manuel de Rosas. Ocuparon la extrema izquierda del dispositivo aliado al mando del general Urquiza, distribuidos en un Estado Mayor, cuatro batallones de infantería y un escuadrón de artillería. Se le encomendó a César Díaz tomar por asalto la casa fortificada de Caseros y sus defensas aledañas, que casi cerraban la derecha de las fuerzas defensoras, lo que se consideraba el punto mejor fortificado del dispositivo que estaba al mando de Rosas. Era el corolario de la guerra que habían mantenido argentinos y orientales en suelo uruguayo durante casi una década. Dejaba al país con las consabidas secuelas propias de una guerra prolongada: ruina, desolación y muerte. Muchos episodios bélicos tuvieron lugar, sobre todo en torno a la ciudad que Dumas denominó “Nueva Troya” y Sarmiento “último atrincheramiento en que hicieron pie las resistencias argentinas y orientales”: Montevideo quedó sola en la lucha, sosteniendo en medio de peripecias sin ejemplo en la historia, el sitio célebre de nueve años y de cuya defensa salió otra vez, como de la chispa que no alcanzó a extinguirse en el incendio, la nueva conflagración que había de acabar con Rosas y su sistema (Sarmiento, 1958: 84). Meses antes de Caseros, el 29 de mayo de 1851, el gobierno de Montevideo pactó una alianza militar con los gobiernos de la provincia argentina de Entre

Ríos y el Imperio del Brasil, ampliada el 21 de noviembre de aquel año al adherirse la provincia de Corrientes. Se preparaba la caída de Rosas y de Oribe con la entrada en territorio oriental de las fuerzas al mando del general Garzón y de un poderoso ejército brasileño a las órdenes del Conde de Caxias. Al tratado de paz que concluía el estado de guerra entre orientales el 8 de octubre de 1851 —con un significativo y esperanzado enunciado de que “no habría vencidos ni vencedores”— siguió, el 12 de octubre del mismo año, la firma de cinco tratados menos fraternos y nada auspiciosos, signados por el gobierno de Montevideo con el Imperio del Brasil. Don Joaquín Suárez autorizó por decreto del 5 de noviembre de 1851 la constitución de una división compuesta por “toda la fuerza de Infantería de Línea que tiene la República”, a fin de darle “un porte uniforme y toda la regularidad y disciplina que el buen servicio exige”. Según el artículo 1.º, esa fuerza se compondría de los cuatro batallones orientales de línea Resistencia, Voltígeros, Guardia Oriental y Batallón del Orden, además de un escuadrón de artillería ligera con una batería de seis piezas. El artículo 2.º dispuso que la fuerza sería organizada y mandada por el coronel de infantería César Díaz, quien propondría al general Eugenio Garzón —fallecido poco tiempo después— “los Jefes y Oficiales que sean necesarios para el servicio y administración de esta columna” (Del Pino Menck, 2021: 89). El decreto llevó la firma del coronel Lorenzo Batlle, ministro de guerra del presidente Joaquín Suárez. Pocos días después, la orden general del 9 de noviembre de 1851 determinó el nombre por el que sería distinguida esa fuerza durante toda la 31


campaña y hasta su disolución: División Oriental. Por el artículo IV del tratado del 29 de noviembre de 1851, Uruguay debería proporcionar un contingente de “dos mil hombres de infantería, caballería y artillería, con una batería de seis piezas, provistas abundantemente de todo lo que precisaren”. En realidad, nunca superó los 1.700 efectivos. Quedaba en la república un ejército brasileño al mando del general Caxias, apoyado por una escuadra en carácter de fuerza “de reserva”. Unos 12.000 efectivos ocupaban Colonia, expectantes ante los acontecimientos originados de las operaciones fluviales y terrestres por desarrollarse, mientras que otros 4.000, al mando del general Manoel Marqués de Sousa, participarían en la caída del gobernador de Buenos Aires. Brasil pasaba a ocupar el lugar que dejaban Francia e Inglaterra al abandonar su política de intervención en el Río de la Plata. Irrumpía militar y financieramente en el Plata, quebrando definitivamente el equilibrio tradicional existente hasta entonces entre orientales y argentinos. Ahora la lucha se trasladaba a suelo argentino, invadido por una poderosa fuerza aliada que recibió el nombre de Ejército Grande Aliado de Sudamérica, integrada por brasileños, porteños, entrerrianos, correntinos y orientales. Su comandante: el capitán general y gobernador de la provincia de Entre Ríos, brigadier general don Justo José de Urquiza.

Una fuerza heterogénea La inmensa mayoría de los combatientes de la División Oriental eran africanos o sus hijos y nietos nacidos en el Río de la Plata. Por un lado, había libertos que una década antes habían cambiado su condición de esclavos por la de soldados; pertenecían a los batallones de línea y a la artillería ligera que había defendido Montevideo entre 1842 y 1851. Por otro lado, estaban las reliquias del personal de los batallones que, al mando del general Oribe, habían sitiado la ciudad durante el prolongado asedio y ahora combatían junto a sus enemigos de ayer. Los jefes y oficiales de la división eran orientales en su mayoría, siguiéndoles en número los argentinos, algunos italianos, españoles y franceses, y alguno que otro oficial afrodescendiente. Ese mosaico de nacionalidades expresaba con justeza la proporción que habían tenido aquellos protagonistas de la defensa de Montevideo, convertida en nueva Babel. Encabezaba la lista el coronel César Díaz como comandante en jefe. A pesar de que no contaba aún cuarenta años, era un veterano de las guerras del Plata. Había nacido en Montevideo el 16 de julio de 1812, hijo de Feliciana Martínez, oriental, y 32

Francisco Díaz, español. Con una temprana vocación militar, César ingresó a la Academia Militar de Santiago de Chile en 1825. En 1827 participó en la campaña de Córdoba al mando del general Paz y en 1838 ingresó al ejército oriental. Durante la defensa de Montevideo, fue jefe y fundador del batallón 4.º de Cazadores, además de integrar la Asamblea de Notables hasta su disolución. Separado de esos cargos en abril de 1846, ocupó la comandancia general de armas y, luego de culminado el sitio grande, organizó el contingente oriental que participó en Caseros. Implacable abanderado de los principios de la defensa, negó la política de fusión. Fue de los perpetradores del motín de julio de 1853 que derribó el gobierno de Giró. Se casó con Josefa Martínez, hija del segundo matrimonio del general Enrique Martínez con doña Mercedes Ugarte. Fue un hombre de armas y letras; realizó traducciones del francés y escribió una táctica vigente muchos años en los ejércitos de Argentina y Uruguay, además de redactar sus conocidas memorias, que conocen dos ediciones argentinas y una uruguaya. Exiliado en Argentina durante el gobierno de Gabriel Pereyra, lideró la revolución que culminó en Quinteros y fue fusilado el 1 de febrero de 1858. El coronel de artillería Julián Pelayo Martínez, nacido en Buenos Aires en 1807, fue reconocido por César Díaz el 8 de noviembre de 1851 como jefe de Estado Mayor de la División Oriental. Hijo del general Enrique Martínez y de Francisca Antonia del Río y Torres, Julián era cuñado de César Díaz y contaba con largos servicios, habiendo sido oficial en Ituzaingó y en Cagancha. Durante la defensa de Montevideo tuvo una activa participación como jefe de la artillería. En Argentina fue ministro de Guerra y falleció en el cargo en 1868. En el cuerpo del Estado Mayor y ayudantes, advertimos una nutrida presencia de militares oriundos de Argentina y escasos orientales: teniente coronel Floro de la Quintana, segundo jefe de Estado Mayor; sargento mayor Justo V. Zamudio, jefe del detall; sargento mayor José María Cabot, ayudante de Estado Mayor; comisario de guerra teniente coronel Gregorio Dillon, y ayudante mayor Fermín Orma. Entre los ayudantes, después de los argentinos, se destaca la presencia de italianos: el mayor genovés José Esteban Sacarello, el capitán Gerónimo Berisso —ambos ex oficiales de la Legión Italiana— y el teniente segundo León Solaro, nativo de Mondori. En la sanidad militar predominaban franceses e italianos. El cirujano mayor teniente coronel Lorenzo Lons, nacido en 1806 en Francia, donde cursó sus estudios de medicina, había sido cirujano del Regimiento de Cazadores Vascos. Era apoyado en su labor por dos practicantes y ayudantes de cirugía: Julio Labastie, francés, y Carlos Perratone, italiano.


La caballería fue casi inexistente en el contingente uruguayo. Como escolta de Díaz, encontramos apenas un piquete formado por un oficial y veinte soldados. En más de una ocasión se quejó César Díaz de la necesidad de disponer de un contingente de caballería. El predominio absoluto en la organización del cuadro de la división lo ostentaba la infantería: “ligera” o de cazadores, organizada en cuatro batallones con compañías de élite de carabineros y volteadores, y compañías variables en número de tiradores. Volvemos a encontrar en la oficialidad de estos cuerpos un importante componente argentino. El batallón Resistencia, que merecía la cabeza en las formaciones por ser el más antiguo, estaba al mando del coronel graduado Juan Antonio Lezica y Aramburu. Nacido en Buenos Aires en 1812, había emigrado a Montevideo y allí ascendió desde el grado de teniente hasta mandar su propio cuerpo, donde revistaba desde el inicio del sitio. En marzo de 1852 estaba de regreso en su suelo natal, donde prosiguió su carrera hasta fallecer en su ciudad, en 1874. También hemos podido identificar en la numerosa oficialidad del batallón —dos jefes y diecinueve oficiales— a otros argentinos. Se trata de los capitanes y comandantes de compañía Gabino Rodríguez, de volteadores, y Juan José Pérez de la 2.° Compañía, como también del subteniente Manuel Bernabé Navarro, natural de Buenos Aires, quien, alegando su condición de argentino, se separó del servicio uruguayo a fines de abril de 1852. Fueron, además, oficiales de este cuerpo un futuro general del ejército argentino nacido en suelo uruguayo, el entonces teniente José Miguel Arredondo Moyano (Canelones, 1832-Buenos Aires, 1904), anteriormente oficial de uno de los batallones de Oribe durante el sitio de Montevideo; y el capitán Martín Aldecoa y González (Montevideo, 1816-1888), comandante de la 3.° Compañía. Aldecoa fue herido durante el asalto a la casa fortificada de Caseros pero sobrevivió, como lo prueba el bello daguerrotipo de Charles Fredricks (colección de Carlos Vertanessian), donde ostenta orgulloso su medalla de plata de Caseros. El batallón Resistencia fue el preferido por Sarmiento, tal como lo trasmite en sus memorias, al partir de Montevideo en diciembre de 1851: “Desde entonces también tomé, por decirlo así, mi colocación de batalla en el batallón del coronel Lezica, que fue el mismo a que me incorporé en Caseros” (Sarmiento, 1958: 121). Los tres batallones restantes tenían características similares. El batallón Voltígeros, al mando del teniente coronel León de Palleja, español, era el

único completo en su organización: contaba con seis compañías, un jefe y veinticuatro oficiales. Este batallón cargaría con la mayor cantidad de bajas sufridas en la campaña, así como con el estigma de haber ultimado al doctor y poeta Claudio Mamerto Cuenca, cirujano mayor del ejército de Rosas, en la toma de la casa fortificada de Caseros. Fueron sus capitanes Celestino Zamora, Tomás Larragoitía, José Abella, Segisberto Montero (muerto en la batalla), Jacinto Valdivia, Adolfo Larragoitía y Macedonio Farías. De ellos, Valdivia y el teniente segundo Ángel Pérez eran argentinos. El batallón Guardia Oriental, al mando de los hermanos coronel José María Solsona y mayor Sebastián Solsona, tenía cinco compañías y, además de sus jefes, diecinueve oficiales. Entre estos solo pudimos identificar a un ciudadano argentino: teniente segundo Pío José Otero, oficial de la 3.° Compañía. Muchos menos efectivos tuvo el batallón Orden. Dado que fue formado con el batallón Restauradores Orientales, que había pertenecido a las fuerzas de Oribe, tuvo una notable deserción que casi concluye con el cuerpo. Separado el jefe y puesto a cargo el mayor Eugenio Abella del Voltígeros, el único oficial que permaneció sin abandonar filas fue el subteniente Aurelio Freire. El investigador Gaio Gradenigo (1987: 126) comete inexactitudes al afirmar que el batallón Orden estuvo compuesto enteramente por italianos; solo hemos encontrado a dos oficiales de esa nacionalidad: el capitán Juan Charlone y el teniente primero Lorenzo Pieroti, antiguos oficiales de la Legión Italiana. Joaquín Rodríguez —el otro capitán del batallón— era argentino, y, excepto los mencionados y el teniente Joaquín Lora (español), el resto de la oficialidad eran orientales: ayudante mayor Agustín Chalar, tenientes Lindolfo Pagola y Santiago Abella y subtenientes Aurelio Freire y Trifón Estevan. El personal del batallón tenía la misma integración que los demás: antiguos soldados libertos de los batallones de línea. Resta reseñar el escuadrón de artillería ligera, cuya dotación de seis piezas, según Sarmiento, no pudo hacer fuego en Caseros “porque las mulas que la tiraban, en su vida las habían visto más gordas tirando cañones; creo que eran mulas de arreo sanjuaninas” (Sarmiento, 1958: 203). Sus tres jefes eran argentinos: teniente coronel Mariano de Vedia y sargentos mayores Emilio Mitre y José Gallardo. De los veinte oficiales que tenía el escuadrón (tres capitanes, dos ayudantes, siete tenientes y ocho subtenientes), solo encontramos a dos argentinos: teniente primero Federico Mitre, nacido en Carmen de Patagones, hermano menor de Bartolomé y Emilio; y subteniente Adolfo Orma, nacido en Buenos Aires. La lista señala, al igual que en los cuerpos anteriores, a numerosos oficiales que mandarían batallones orientales y argentinos en la 33


guerra de la Triple Alianza contra Paraguay. Pero esa ya es otra historia.

Uniformes y pertrechos: Sarmiento dixit César Díaz escribe en sus memorias que, en Caseros, las “divisiones oriental y brasilera vistieron de parada” (Díaz, 1968: 229). Lamentablemente, este comentario es una excepción, pues a lo largo de aquellas se manifiesta muy poco expresivo al referirse a la indumentaria usada por las fuerzas en campaña, que incluyen a las de su propio mando, el mismo que tanta admiración causó en Sarmiento. El primer contacto visual con estos uniformes fue en la mañana del domingo 2 de noviembre de 1851. Domingo Faustino Sarmiento llegaba a Montevideo acompañado de Mitre, Paunero y Aquino y con incertidumbre motivada por falta de noticias desde su partida de Chile. Pronto quedó develada la intriga. Ya no había sitiados ni sitiadores. Su recorrida por la ciudad fue en el momento preciso de producirse una parada militar, ejecutada en la “Calle Ancha, fuera del mercado”, hoy avenida 18 de Julio de la capital uruguaya. En forma entusiasta se expresó el memorialista sanjuanino al testimoniar aquella circunstancia ocurrida durante su regreso a la ciudad, finalmente libre del prolongado sitio de los nueve años, y ahora en los prolegómenos de la campaña militar que provocaría la caída de Rosas: Los viejos tercios italianos, franceses, vascos, estaban ahí, diezmados por nueve años de combates, satisfechos de triunfo tan costoso. Los cuatro batallones de negros orientales formaban a la cabeza, uniformados con lujo, con el uniforme francés, que habían recibido poco antes, y que sentaba admirablemente a los soldados más aguerridos, más disciplinados que la América podía ostentar. M. du Chateaux, jefe de la expedición francesa, había dado repetidas veces testimonio de esta suprema perfección de los cuerpos de línea de la plaza (Sarmiento, 1958: 78). En campaña, marchando a Santos Lugares, dedica una nota a los uniformes. Aprovecha además para denigrar el uso del chiripá y la camiseta por parte de las fuerzas entrerrianas y correntinas, que, no obstante esas invectivas tan suyas e irreverentes, siguió vigente por largo tiempo en el inventario de los uniformes militares del Río de la Plata. Describe con su habitual verba el imponente aspecto del ejército aliado, que semeja “dos culebras que marchaban paralelas, una negra por el equipo europeo de los orientales, la otra roja por los chiripás y camisetas que hacían el uniforme salvaje dado por Rosas y sus secuaces al ejército argentino” (Sarmiento, 1958: 166).

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Finalmente, el desfile en la ciudad de Buenos Aires del ejército aliado, ocurrido el 19 de febrero de 1852. Allí, de nuevo, Domingo Faustino manifestó su acritud al ver pasar batallones entrerrianos, correntinos y de Buenos Aires vistiendo chiripá y camisetas rojas, “desaliñados, y fatigantes por la monotonía de este color tan ofensivo a la vista” (Sarmiento, 1958: 228). También expresó su beneplácito ante la contemplación de aquellos soldados orientales, negros como el ébano, con avíos de guerra franceses: Llegaron los batallones orientales precedidos por el coronel D. César Díaz, vestido con gusto, y rodeado de un pequeño estado mayor de jóvenes apuestos y elegantes. Desfilaron las mitades de aquellos batallones con pantalón, casaca y quepí manufacturados en París, de colores oscuros y con todos los arreos de tropas europeas, y un movimiento de placer, de dicha, de nuevo estalló por todas partes a su tránsito. (Sarmiento, 1958: 228). Con exagerado concepto Sarmiento refiere lo que vio en la expresión del pueblo porteño aquella mañana. Parangonando a esos orientales con los veteranos de la guerra del Brasil, señaló: “Al fin tropas decentes, ésta era la palabra”.

La medalla de Caseros. Un premio militar polémico Dos días antes de la apertura de las sesiones ordinarias de la Asamblea don Joaquín Suárez, ya en la víspera de su descenso del Gobierno, decretó honores a los jefes oficiales y soldados de la división oriental (Acevedo, 1933: 404). Por decreto del 13 de febrero de 1852, firmado por Suárez y su ministro de guerra José Brito del Pino, se creó una medalla de honor para los integrantes de la División Oriental, por haber “llenado por su parte lo que la nación esperaba de ella”. Esa medalla iría colocada al lado izquierdo del pecho, pendiente de una cinta azul celeste, y sería construida en tres metales: oro para los jefes, plata para los oficiales y latón para los individuos de tropa. La del coronel César Díaz, recién ascendido a general, sería en oro con una corona de laurel sobrepuesta (Díaz, 1968: 270-271). El hecho es que Suárez resignó la presidencia dos días después, inmediatamente de reinstalarse la asamblea general. El 1 de marzo de 1852 fue elegido presidente Juan F. Giró, un fusionista convencido que había militado en filas del Cerrito, votado por la mayoría blanca de senadores y diputados. Aceptó buenamente recibir con honores a los divisionarios orientales a su regreso triunfal a Montevideo y, el 13 de marzo de 1852, nombrar ministro de guerra y marina al general César Díaz.


Díaz tuvo dificultades para ejercer ese ministerio y fue llamado a sala en mayo de 1852. Una de las razones de la convocatoria era el motivo por el cual las medallas aún no tenían sanción legislativa que avalara constitucionalmente su uso, siendo anunciado que habría un próximo reparto de ellas a los soldados de Caseros. No obstante, los diplomas que hemos podido apreciar tienen estampada la fecha del 24 de marzo de 1852 y su firma como flamante ministro de guerra. Terminaría renunciando a principios de junio de ese mismo año al cargo, que ocuparía luego el general Venancio Flores. La construcción de las medallas había sido encomendada al maestro armero y mecánico francés Antonio Adolfo Bertonet, a quien, según José María Fernández Saldaña, se debía también la introducción del telégrafo en el Río de la Plata (Fernández Saldaña, 1945: 200-201). Giró presidió la entrega del premio militar entre los expedicionarios, el que tuvo efecto el mediodía del 29 de junio de 1852. El presidente prendió la medalla en el pecho de jefes y oficiales, sargentos y cabos, en una tocante ceremonia en la plaza Matriz de Montevideo, a la que no asistió el general César Díaz, alegando una indisposición. Se registró más de un diez por ciento de jefes y oficiales que no acudieron al acto de entrega, en muchos casos por estar en comisión. El único cuerpo que se presentó con todas sus plazas fue el batallón Voltígeros, al mando de Palleja. El 18 de marzo de 1853, luego de largos debates en que tuvo especial participación Juan Carlos Gómez, se sancionó el proyecto de ley que aprobaba la medalla de Caseros. El artículo 2.º declaraba con opción a ella “a todos los ciudadanos que combatieron en aquella gloriosa jornada, en comisión o con permiso del Gobierno”. Ese artículo y anteriores reclamaciones del general Anacleto Medina y de los coroneles Ramón de Cáceres y Wenceslao Paunero propiciaron que muchos militares orientales que habían servido en las fuerzas de Urquiza y fuera del cuadro de la División Oriental solicitaran y obtuvieran el goce de la medalla. Despierta curiosidad el caso del coronel Bartolomé Mitre, quien obtuvo su medalla de oro de Caseros. Hoy esta puede verse exhibida en el Museo Mitre, prendida junto a muchas otras en el peto de su casaca de teniente general argentino. Además, en el mismo museo se exhibe una tela del artista Narciso Desmadryl —gentileza de la directora del Museo, Lic. Gabriela Mirande Lamédica— fechada en Buenos Aires en 1857 y donde ya se observa el uso de esta medalla.

uruguayas para comandar una batería de la artillería al mando del coronel Pirán. Para Sarmiento, la artillería “que mandaban Pirán y Mitre fue la que sostuvo el cañoneo del centro durante toda la jornada” (Sarmiento, 1958: 203).

Referencias bibliográficas Acevedo, E. (1933). Anales Históricos del Uruguay. Tomo II. Abarca los Gobiernos de Rivera, Suárez, Giró, Flores y Pereyra. Desde 1838 hasta 1860. Montevideo: Casa A. Barreiro y Ramos S. A. Fernández Saldaña, J. M. (1945). Diccionario uruguayo de biografías 1810-1940. Montevideo: Adolfo Linardi/Editorial Amerindia. Del Pino Menck, A. (2021). “3 de febrero de 1852. Aspectos de la participación de la División Oriental en Caseros”. Revista del Instituto Histórico y Geográfico del Uruguay, XLV, 87-254. Díaz, C. (1968). “Memorias”. Colección de Clásicos Uruguayos, volumen 129. Montevideo. Gradenigo, G. (1987). Italianos entre Rosas y Mitre. Buenos Aires: Ediciones Ediliba. Sarmiento, D. F. (1958). Campaña en el Ejército Grande. México: Fondo de Cultura Económica.

Emilio y Federico Mitre llevaron esa medalla por haber pertenecido al escuadrón al mando de su cuñado Mariano Vedia. Bartolomé, el mayor de los tres hermanos artilleros, había dejado las filas 35


Batalla de Monte Caseros Autor: Carlos Penuti y José Alejandro Bernheim Técnica: litografía coloreada Dimensiones: 25,2 x 39 cm Museo Histórico Nacional, Casa de Rivera, Montevideo, Uruguay. Leyenda: “Batalla de Monte Caseros/ (Febrero 3 de 1852)/ La División Oriental al mando del Coronel, hoy Gral., D.n Cesar Diaz ataca la extrema derecha de la / linea enemiga que formaba un ángulo sobre los edificios de Monte-Caseros—Dos batallones Brasileros pro- / tegen el ataque: la derrota del enemigo se pronuncia por este costado”. A la derecha, su traducción al portugués. Representa el asalto de la División Oriental a la casa fortificada de Caseros. Es una de las cuatro representaciones de la batalla de Caseros que se conocen, realizadas a partir de los dibujos tomados en el combate por el italiano Penuti, luego llevados a la litografía coloreada conjuntamente con el alsaciano Bernheim. Penuti y Bernheim fueron operarios de la Imprenta Volante del Ejército, adquisición de Sarmiento, que hizo posibles los boletines redactados desde el comienzo de la campaña del Ejército Grande contra Rosas. 36


Retrato del General César Díaz Autor: Anónimo Técnica: óleo sobre tela Dimensiones: 66 x 44 cm MHN, Buenos Aires, cortesía Lic. Ezequiel Canavero. Esta magnífica tela de autor anónimo y que representa al general César Díaz en el esplendor de su carrera complementa la escasa iconografía en colores que se conoce del malogrado militar uruguayo, constituida por la acuarela de Alphonse D’Hastrel y la miniatura de Juan Secundino Odogerti. Sobre el pecho de su casaca lleva la medalla de oro de Caseros con “una corona de laurel sobrepuesta”, tal como fue dispuesto por el artículo 2.º del decreto de creación de la medalla “para el Coronel, Jefe de la División”. Pende de una cinta azul celeste.

Izquierda: Medalla de plata, para oficiales (de subteniente a capitán). Derecha: Medalla de latón (para sargentos, clases y soldados). La cinta original es azul celeste. Anverso: “El Gobierno de la Republica Oriental del Uruguay”, en el campo: “Al/ Vencedor/ en Monte / Caceros.”; reverso: en el campo: “3 de/ Febrero/ de/ 1852”. Colección Alberto del Pino Menck

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Los relatos a 170 años de Caseros Virginia Fernanda González Directora - Museo Histórico Sarmiento

Escribir sobre la batalla de Caseros luego de 170 años implica repensar las líneas historiográficas que le han dado forma al relato de ese evento para comprender desde dónde nos paramos para estructurarlo, entendiendo que existe una configuración hegemónica de esas narraciones históricas que le dan forma al discurso nacional. Cierto es que desde instituciones como los museos, donde la objetualidad es la principal herramienta de narración, los virajes están determinados por esos artefactos que son considerados “verdaderos”, que estructuran la esencia discursiva. Es en torno a ellos que damos voz y forma a los hechos, que inevitablemente terminan siendo sesgados, ya que muchas veces solo podemos contar una parte de la historia, a partir de aquellos objetos que conservamos y que antes fueron seleccionados como “testimonios”. En este sentido, Miller (1998) plantea que la cultura material permite objetivar la presencia de un espacio tiempo, que evoca un conjunto de posibilidades frente a un grupo alternativo de obligaciones. Podríamos agregar que esa selección se da a partir de un determinado grupo, que prioriza cierto relato. En el caso particular del Museo Histórico Sarmiento (MHS), la colección ha sido estructurada a partir del interés del mismo Domingo F. Sarmiento de conformar su figura para la posteridad. Esa línea fue continuada por su nieto Augusto Belin, quien siguió con la estructuración de aquel “prócer” intachable y, por eso, a fines de 1910 donó ese legado al Estado nacional, que aceptó continuar con el planteamiento entronizador. Incluso los libros que escribió y editó Augusto sobre su abuelo, como Sarmiento anecdótico, El relicario de Sarmiento y las obras completas, o sus colaboraciones con Leopoldo Lugones en la

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Historia de Sarmiento, demuestran esa necesidad de engrandecer a Sarmiento… de hacerlo gigante.

Construcción del legado Respecto de la conformación de la colección del MHS, en la escritura del primer inventario, es decir El relicario de Sarmiento, publicado en 1935, podemos ver la intención de venerar a Sarmiento cuando Augusto postula en la presentación: Todo cuanto hay hoy en el Museo [el Museo Histórico Nacional, donde se encontraban en aquel momento las colecciones donadas por Augusto Belin al Estado nacional] permanecerá, con o sin indemnización, su propiedad, pues que mi voluntad y de mis hermanas, únicos nietos sobrevivientes, es que no serán considerados como objetos valuables en dinero, sino objetos de un culto y guardados en sagrario. Como se ve, el museo era concebido como un espacio para la contemplación, donde el visitante estaba más allá del tiempo y donde no era posible entablar debates, confrontaciones, etc. Ese posicionamiento a partir del positivismo creó figuras ficcionadas, en el sentido de que desarman el encadenamiento de la realidad, con una articulación entre lo imaginario y lo simbólico (Bourriaud, 2009). En esa línea, la dimensión ficcional toma sentido dentro del museo desde varias perspectivas: por un lado, a partir de la patrimonialización de determinados objetos y, por el otro, por la pertenencia al “relato”/narración, que actúa como un medio para captar lo “real” y producir un determinado conocimiento respecto del mundo que se ha de interpretar (González, 2020).


En ese sentido, los museos son lugares que representan públicamente creencias sobre el orden del mundo, su pasado y su presente, así como sobre qué lugar ocupa el individuo en él. Entonces, controlar el museo significa controlar la representación de la comunidad, sus valores y verdades (Duncan, 2007).

¿Por qué la batalla de Caseros? A partir de la intención de hacer foco en la batalla de Caseros, vemos que el relato en torno de ella tampoco escapó a esa estructuración discursiva hegemónica —en este caso, la de Belin—, no solo en el detalle que da de los objetos que conserva, sino en la descripción misma de los rivales. En esa descripción se nota el sesgo de relato heroico y, por lo tanto, la necesidad de encontrar villanos que pudieran proporcionar esplendor, como se lee en la nota del editor del tomo XIV de las obras completas, “Campaña en el Ejército Grande”: Desde 1851, la larga campaña emprendida diez años antes contra Rosas por Sarmiento, tomaba un nuevo giro. El tirano había logrado enajenarse los gobiernos de Corrientes y Entre Ríos que empezaban á reclamar el retiro del encargo de las Relaciones Exteriores depositado provisionalmente en el Gobernador de Buenos Aires y de que éste se había apoderado para crear un gobierno monstruoso. Estas argumentaciones y configuraciones de los relatos condicionan los modos de ver: uno mira desde una posición influida por una serie de hipótesis aprehendidas de civilización, belleza, forma, verdad, genio, gusto, etc., parámetros en cuyo establecimiento el museo ha sido protagonista. A partir de allí se construye una “verdad” referida al presente, lo cual oscurece el pasado, mistificándolo (Berger, 2000). Por otra parte, nos referiremos a distintos escritos publicados por el MHS en los cuales se alude al tema que aquí nos ocupa en distintas fechas. Ellos nos servirán para comparar las líneas discursivas de cada gestión y ver cómo se han producido o no ciertos virajes en los relatos. Ismael Bucich Escobar, primer director del MHS, desde 1938 hasta 1943, publicó una serie de documentos referidos a distintos tópicos relacionados con Sarmiento. En 1943 editó una guía descriptiva de las salas de exhibición, donde, entre otras cosas, nombra la bandera tomada por Sarmiento el 3 de febrero en Caseros: “Bandera que se encuentra en el museo y es una corroboración interesante de la actitud de Sarmiento, que a veces le ha sido negada” (Bucich Escobar, 1943).

Antonio P. Castro, segundo director del Museo, de 1943 a 1956, publicó “Las nuevas salas del Museo Sarmiento” en 1949. Al referirse a Caseros, habla sobre la libreta de apuntes que Sarmiento escribió durante la campaña: “Frases emotivas y verdaderas que la posteridad tiene obligación de tenerlas muy en cuenta para juzgar a ambos personajes [Sarmiento y Urquiza], ahora unidos en la gloria común” (Castro, 1949). Cinco años después publicó “Sarmiento y Urquiza”, donde, al referirse a la batalla, postula: “Batalla de Caseros, completa derrota del ejército de Rosas y caída de la tiranía que durante 20 años ensangrentó a la Nación” (Castro, 1954). El testimonio del tercer director (1956-1974), Bernardo López Sanabria, desarrolla, en la “Guía descriptiva del Museo Histórico Sarmiento” (1963), un relato que simula el recorrido de un visitante: Sabremos por sus propias palabras como vino con Mitre, a Paunero, al coronel Aquino, trayendo la convicción en el triunfo de sus ideales. Nos dirá cuando su traje militar moderno despertó la burla de los oficiales de Urquiza. Nos contará, su odisea en el barco desde Montevideo a Entre Ríos, viendo a bordo siniestras caras de antiguos federales (Sanabria, 1963). Por último, presentamos la postura del cuarto director, Ernesto Liceda (1974-1988), quien comenzó la generación de directores museólogos de la institución, ya que, a partir de él, las últimas tres directoras fueron también profesionales de esta rama. Liceda fue un director que escribió mucho sobre la organización del Museo. También desplegó líneas de análisis sobre Sarmiento que no habían sido abordadas hasta el momento; por ejemplo, lo consideró precursor de la museología por su gran interés en la conformación de museos en el territorio. Respecto de Caseros, a partir de Liceda puede verse una modificación en el discurso entronizador: El 3 de febrero se libró la batalla contra las fuerzas de Rosas. Sarmiento intervino en ella con su proverbial energía […] Al mando de un piquete de expedicionarios irrumpió sable en mano en una de las posiciones rosistas, rindiéndola y tomándole una bandera como trofeo (Liceda, 1988). Aquí es posible ver cómo el discurso comienza a matizarse: ya no es tan tajante la estructuración de buenos y malos, aunque la figura de Sarmiento continúa con ese halo de héroe. Lamentablemente, las últimas dos gestiones no realizaron publicaciones que nos permitan analizar las posturas de sus relatos con relación a Caseros, por lo que no serán parte del presente escrito. 39


Si bien el cuarto relato es un poco más equilibrado que los de los tres primeros directores, altamente polarizados, nos es posible ver cómo esas diégesis han sostenido un discurso engrandecedor. Este ha permitido a las instituciones pervivir como entidades que avalan la prédica política imperante a partir de la selección de artefactos históricos, constituidos y a la vez convertidos en testimonios verídicos de un pasado que pretende ser el antecedente y, de algún modo, la justificación de un presente que busca ser un modelo de comportamiento social, desde una perspectiva ritual y liminar donde el espacio museal es equiparado a un santuario que propicia la contemplación (Duncan, 2007).

Relatos museológicos actuales Desde la mirada sobre estas configuraciones de fines del siglo XIX y hasta la década de los 90 del siglo XX, buscamos para nuestra estructuración del discurso museológico un enfoque desde teorías críticas que posibiliten discutir, interpelar, incomodar esa otredad que se conformó a partir de los artefactos seleccionados para dar forma a esa versión de la batalla de Caseros. Por ello, no estructuramos la narración a partir de la figura de un héroe y su contracara, sino, por el contrario, mostrando las contradicciones entre personas y facciones, y también las fuertes discusiones que se dieron incluso dentro de un mismo bando, donde los protagonismos, los egos y las pujas de poder configuraron el entramado bélico y político. Entendemos que el objeto cobra significado solo cuando el espectador realiza su intervención, que dependerá, en parte, de su experiencia y disposición, como también de la manera en que es presentado y puesto en diálogo con otros objetos, textos e imágenes. Será, entonces, esa interacción la que crea significado, la cual a su vez es distinta en cada “experiencia”, aunque la convergencia precisa nunca se pueda identificar con exactitud (Pearce, 1994). Consideramos que los conceptos vertidos por Didi-Huberman (producción, denkraum, ensayo y dialéctica) en cuanto a las exhibiciones como máquinas de guerra nos permitirán escapar al encorsetamiento discursivo museológico hegemónico de décadas anteriores. En definitiva, todo dispositivo es el resultado de un acto político porque es una intervención pública y, por ende, una toma de postura dentro de la sociedad.

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Referencias bibliográficas Berger, J. (2000). Modos de ver. Barcelona: Gustavo Gilli. Bourriaud, N. (2009). Radiante. Buenos Aires: Adriana Hidalgo Editora. Bucich Escobar, I. (1943). Guía descriptiva del Museo Histórico Sarmiento, serie I, n.° 2. Buenos Aires: Comisión Nacional de Museos y Monumentos Históricos. Castro, A. (1949). Las nuevas salas del Museo Sarmiento. Buenos Aires: Comisión Nacional de Museos y Monumentos Históricos. — (1954). Sarmiento y Urquiza, dos caracteres opuestos unidos por el amor a la patria. Buenos Aires: Comisión Nacional de Museos y Monumentos Históricos. Comisión Permanente de Homenaje a Sarmiento (1988). Vigencia de Sarmiento. Cartilla Sarmientina. Buenos Aires: Pellegrini e Hijos Impresiones. Didi-Huberman, G. (2011). La exposición como máquina de guerra. Madrid: Minerva. Duncan, C. (2007). Rituales de civilización. Murcia: Nausicaa. González, V. (2020). “Experiencia museal”. En Actas XXVIII Encuentro Regional del ICOFOM LAM “Hacia una definición de museo en perspectiva latinoamericana y caribeña: Fundamentos epistemológicos”. Córdoba: ICOFOM LAC. Isava, L. M. (2009). Breve introducción a los artefactos culturales. Caracas: Universidad Simón Bolívar. Liceda, E. (1988). Las nuevas salas del Museo. Sin pie de imprenta. Miller, D. (1998). A theory of shopping. Ithaca: Cornell University Press. — (2001). Material cultures. Why some things matter. Londres: University College. Pearce, S. (1994). Interpreting collections. Londres: Routledge.

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Otra mirada sobre la batalla de Caseros Gabriel Di Meglio

Director - Museo Histórico Nacional

El mundo de los museos de temática histórica y el mundo de la investigación historiográfica han tenido una relación distante en Argentina desde hace muchas décadas. Los museos creados entre fines del siglo XIX y mediados del siglo XX conservaron durante un larguísimo tiempo —y en algunos casos todavía lo hacen— la narrativa de sus inicios; a veces modificaron el modo en que las colecciones se presentaban, pero no el relato histórico. En pocas ocasiones se encargaron de revisar su discurso para incorporar las novedades que fueron presentando la historiografía universitaria y otros centros de investigación, como el CONICET, que cambiaron muchas maneras tradicionales de entender el pasado argentino (en particular después de la gran renovación que tuvo lugar con la llegada de la democracia en 1983). Esa historiografía, llamada habitualmente “académica”, por su parte, tuvo muy poco interés en buscar una interrelación con los museos, que no han sido apreciados por ella —lamentablemente— como espacios valiosos de transmisión de conocimiento. La lejanía entre ambos mundos no se ha modificado del todo, pero desde el siglo XXI se ha empezado a desarrollar lentamente una mayor convergencia, algo que es realmente necesario. Los museos ganan mucho al incorporar —y también generar— miradas sobre el pasado creadas en la actualidad y no seguir con discursos obsoletos desde hace décadas. La historiografía gana mucho si busca cómo comunicar sus avances por fuera de los círculos profesionales y también si incorpora elementos de la historia material que las colecciones de museos permiten para su propia práctica.

museos, para intentar ese acercamiento en el tema puntual de este catálogo: la batalla de Caseros. Se trata de uno de esos acontecimientos cuya importancia para la historia argentina nadie discute. Significó un cambio de época en varias formas: provocó la caída del sistema político conducido durante un largo tiempo por el gobernador porteño Juan Manuel de Rosas y la desaparición del partido federal en Buenos Aires, dio lugar a la organización constitucional de la Confederación Argentina (y a una pronta separación de Buenos Aires de ella durante unos años para evitar perder su posición privilegiada), y marcó el regreso del imperio brasileño a una posición preponderante en el Río de la Plata por un par de décadas.

En estas líneas voy a hablar como historiador proveniente del “mundo académico” (el de las universidades y del CONICET) que trabaja en

Es también habitual decir que Rosas y Urquiza eran “caudillos”. Eso no es incorrecto, pero opino que conviene dejar de usar el término, porque está

Ahora bien, ¿cómo se cuentan las razones del conflicto? Una vieja forma era contraponer a Rosas y Justo José de Urquiza. Dos hombres que fueron estrechos aliados y terminaron enfrentados. En la década de 1840 uno era gobernador de Buenos Aires y el líder absoluto de la Confederación —no de derecho, pero sí de hecho—, mientras que el otro era gobernador de Entre Ríos y la principal espada de esa Confederación. La relación entre ambos se fue tensando a medida que Urquiza mostraba signos de autonomía respecto de Rosas y terminó en el paso del primero a la oposición, visto por el segundo como una traición. Más allá de la potencia dramática de esa relación, y sin negar la importancia de las decisiones individuales de los líderes en la historia, es claro que no alcanza con observar sus comportamientos para entender lo ocurrido.

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demasiado connotado en su uso popular (como ocurre con palabras tales como “populismo”, que ya no son útiles). “Caudillo” remite inmediatamente a sociedad “atrasada”, a fuerza y carisma, a arbitrariedad. Eso pesa tanto que es muy difícil pensar otras características de los mismos caudillos y sus parecidos con otros dirigentes a los que no se les atribuye el mote. Es muy difícil cambiar viejas concepciones cuando hay rasgos tan sobreimpresos en una palabra. Mejor usar “líderes” a secas o alguna palabra similar. De todos modos, Caseros no se explica por una rivalidad entre “caudillos”. Otra opción que se emplea para pensar el enfrentamiento de 1852 —y se utilizó otra vez en algunos medios en el 170.° aniversario— es enmarcarlo en una disputa más larga, una suerte de “grieta” con la que a veces se interpreta el siglo XIX: el conflicto entre unitarios y federales. Sin embargo, ubicar a Caseros en él conduce a errores. Veamos por qué. En la actualidad se le dice “federal” a una persona o política que esté a favor de las provincias, y “unitario” se asocia con posiciones favorables a Buenos Aires. Esto lleva a un equívoco cuando se proyecta al pasado. El conflicto de los dos partidos en la primera parte del siglo XIX no fue equivalente a Buenos Aires contra las provincias. Hubo muchos unitarios porteños, pero también los hubo en las provincias (casos como el sanjuanino Salvador María del Carril, el jujeño canónigo Gorriti o el cordobés general Paz), así como hubo numerosos federales en Buenos Aires (entre ellos, Manuel Dorrego, José Ugarteche y el propio Rosas). La pertenencia a alguna de esas facciones no tenía que ver necesariamente con el lugar de procedencia. El conflicto fue entre dos visiones contrapuestas acerca de cómo organizar el país. Para entenderlo hay que remontarse a la Revolución de Mayo. En 1810 se planteó recuperar la soberanía que los pueblos le habían dado al rey español, quien ahora no podía ejercerla porque estaba preso de los franceses, y también habían caído quienes gobernaban en su nombre en España. La Junta que se formó el 25 de mayo en Buenos Aires fue reconocida por buena parte del Virreinato del Río de la Plata, del cual era capital. Y esa Junta se atribuyó la capacidad de tomar las decisiones que antes se tomaban desde España o por parte de los funcionarios coloniales, como la designación de autoridades en todo el Virreinato o el manejo de las cajas reales (en otras palabras, de la recaudación). Por lo tanto, se continuó con un sistema centralista de gobierno. Pero enseguida surgieron problemas con relación a eso. Si la soberanía había vuelto a los pueblos, es decir, a las ciudades que formaban el virreinato, algunas de ellas cuestionaron que una ciudad tuviera mayor importancia que otra. Y 42

algunas buscaron romper su dependencia. Jujuy, por ejemplo, planteó en 1811 que no quería seguir siendo parte de Salta. En Entre Ríos, la Banda Oriental (hoy Uruguay) y otros lugares del Litoral se empezó a rechazar la dependencia respecto a Buenos Aires. Fue en el Litoral donde, para conseguir la autonomía respecto de la capital, nació el federalismo rioplatense. Bajo el liderazgo de José Artigas se creó en 1815 una liga de “pueblos libres” sin ninguna autoridad central. Buenos Aires no lo aceptó y continuó con un férreo centralismo, aunque desde 1815 las provincias del Interior que de todos modos no rompieron con el gobierno central empezaron también a decidir o negociar quiénes las gobernaban. En 1820 los federales del Litoral vencieron a Buenos Aires, y se disolvió el gobierno central. Las provincias se convirtieron en pequeñas repúblicas soberanas. En 1824 acordaron convocar a un congreso para volver a reunirse, y fue allí que estalló el conflicto entre unitarios y federales. Los unitarios se decían a sí mismos “nacionales”; fueron sus adversarios quienes los denominaron unitarios por proponer la unidad: las provincias elegían diputados, y cuando se reunían se formaba la nación, una única soberanía. El gobierno central, elegido por el congreso, tomaría todas las decisiones. En cambio, para los federales de la década de 1820 un gobierno federal debía ser débil y solo manejar algunos asuntos, dejando la mayoría en manos de las provincias, estructura fundamental del país. El conflicto entre los partidos en el congreso y las provincias dio lugar en 1826 a enfrentamientos armados. Luego desembocó en una guerra civil entre 1829 y 1831, en la cual la alianza federal de Buenos Aires, Santa Fe y Entre Ríos venció a la Liga del Interior, unitaria. En realidad, en 1831 el proyecto unitario naufragó para siempre, porque ya no hubo planes con posibilidades serias de organizar a Argentina según el modelo francés, con un estado centralizado y unidad de soberanía. De todos modos, el nombre siguió existiendo. Rosas llamaba unitarios a todos sus enemigos, fueran miembros de ese partido, federales opuestos a su proyecto, románticos o cualquier otro grupo. Además, en muchas provincias quienes habían sido unitarios siguieron combatiendo a los federales, y por eso se continuó denominándolos de ese modo, incluso si ya no pedían un sistema de unidad. También Urquiza, al pronunciarse contra Rosas en 1851, se convirtió para este en un unitario. Pero no había nada unitario en la consigna que Urquiza hizo inscribir en las divisas coloradas —el símbolo federal por excelencia— de sus seguidores, que decía “Constitución federal o muerte”. Y es que Caseros fue eso: un conflicto entre dos proyectos federales distintos.


Rosas defendía la existencia de una confederación sin autoridad central, una alianza de provincias con aparente igualdad entre ellas, que solo delegaban el manejo de las relaciones exteriores en Buenos Aires. Sin embargo, en los hechos la Buenos Aires que gobernaba Rosas era claramente predominante sobre el resto. Urquiza apelaba a otro proyecto: crear un Estado federal a favor del cual las provincias aceptaran renunciar a parte de su soberanía. Para eso había que convocar a un congreso que sancionara una constitución, como se había acordado en el Pacto Federal de 1831. Pero Rosas se había opuesto desde entonces a llamarlo, argumentando que solo traería más conflictos, al igual que en las décadas de 1810 y 1820. A la vez, Urquiza quería dejar de depender de Buenos Aires. Por eso defendió la libre navegación de los ríos interiores, que Rosas prohibía, asegurando que todo el comercio del Litoral hacia el Atlántico debiera pasar por Buenos Aires, lo cual le daba a su aduana un alto nivel de recaudación que hacía que la provincia fuese mucho más rica que todo el resto de las provincias juntas.

Por lo tanto, para hablar de Caseros es conveniente no simplificar ni acudir a maniqueísmos que no funcionan. Lo mejor es tratar de contar que la historia nunca es igual y que está cargada de especificidades.

Entonces, en Caseros se enfrentaron dos proyectos federales opuestos. Por su parte, los antiguos unitarios, los románticos como Sarmiento y Alberdi —que antes habían criticado tanto a unitarios como a federales—, los federales contrarios a Rosas y la provincia de Corrientes —que tuvo varios conflictos con Rosas en años anteriores, exigiendo la convocatoria del congreso y la implementación de medidas proteccionistas para sus productos frente al librecambismo que Buenos Aires mantuvo por décadas— se sumaron a la causa de Urquiza. Pero eso no hace de Urquiza un unitario… Y, además, no se puede entender Caseros solo como un problema entre argentinos. La intervención a favor de Urquiza del imperio brasileño, enemigo de Rosas, fue decisiva. También la del Partido Colorado oriental (uruguayo), que llevaba años en guerra contra Rosas y sus aliados del partido blanco oriental. La complejidad de la alianza que lideró el vencedor Urquiza se hizo evidente apenas Rosas fue derrotado, cuando empezó un período de nuevos conflictos que abarcaría décadas, de los cuales no hay espacio para hablar aquí, salvo para decir que los alineamientos no fueron tampoco unitarios vs. federales. Quienes separaron a Buenos Aires durante unos años por oponerse a una integración al Estado federal creado por la constitución nacional sancionada en 1853 ya no defendían ideas unitarias —aunque sí reivindicaban a viejas figuras ya fallecidas de ese partido, como Bernardino Rivadavia o el general Lavalle—, sino que temían que su provincia perdiera los privilegios o tuviera que compartir su aduana. Algunos preferían crear un estado independiente y otros conseguir que, en la flamante república federal, Buenos Aires mantuviera la hegemonía, que no es lo mismo que proponer un sistema unitario de gobierno. 43


Proyecto de baraja federal diseñado por Juan Camaña, 1851. En 1851 el artista Juan Camaña diseñó un proyecto de una baraja federal que recordara los hitos de la vida y los gobiernos de Juan Manuel de Rosas. El proyecto, compuesto por 26 cartas, está coronado por los retratos de perfil entre laureles del gobernador y de su compañera Encarnación Ezcurra, fallecida en 1838. Pretendió ser un juego histórico y didáctico que inflamara a sus partidarios, en un año en el que el rosismo se veía nuevamente amenazado. La primera carta es la fecha de nacimiento del “ilustre General Rosas”, mientras que la última es el día de la declaración de guerra al Imperio del Brasil, el 18 de agosto de 1851. Este evento desencadenó la guerra que culminaría en la batalla de Caseros, el 3 de febrero de 1852. La impresión de los naipes no se habría concretado. Pero se conservan en el Museo Histórico de la Ciudad de Buenos Aires Cornelio 44

Saavedra dos afiches con los lemas que figuran en dos naipes, que se usaron como santo y seña en el campamento del río Colorado en la campaña de ocupación de territorios indígenas en 1833. Estas consignas hacían alusión a que en paralelo a esa expedición militar se producía en Buenos Aires un enfrentamiento en el interior del federalismo entre rosistas y antirrosistas, en el que triunfó el rosismo en la “Revolución de los Restauradores”. En 1851, con el pronunciamiento del gobernador federal de Entre Ríos en contra de Rosas, se reeditaría un contexto de división del federalismo que conduciría al fin de la hegemonía rosista. Juan Camaña, de origen mallorquín, sobrevivió a la caída de Rosas. Su tienda y mercería incorporó un estudio fotográfico donde ofreció novedades, como daguerrotipos esteroscópicos y retratos en papel albuminizado desde 1853.


Caricatura litografiada de Urquiza, difundida por rosistas y oribistas, 1851. A partir de que el gobernador federal entrerriano encabezó la oposición a Rosas, fue tachado con una serie de calificativos por el federalismo rosista y oribista, que son los que titulan esta caricatura: “El Retrato del Loco, Traidor, Salvaje, Unitario Urquiza”. Las relaciones eran tensas desde que Urquiza intentó sellar un tratado de paz con los opositores correntinos en 1846, y fue desautorizado por Rosas. En 1848 el gobierno de Buenos Aires ordenó que no se enviara metálico —oro y plata— hacia el interior, y restringió el envío de pólvora. Y los reclamos entrerrianos ante estas medidas fueron desatendidos. Una de las tácticas de la sátira es deshumanizar a quien se ataca. En este caso, Urquiza figura representado como un ser monstruoso con doble cara, simbolizando la traición. Su rostro está compuesto, como en un cuadro de Arcimboldo, de serpientes y diablitos. Su gorro de bufón se confunde con una cornamenta, sobre el que se lee una divisa: “Viva la Anarquía”.

Su cuerpo es el de un animal de carga, en el acto de depositar sus “crímenes sobre el derecho de Gentes”. Entre sus “paquetes” figuran: “Villanía”, “Noticias Falsas”, “Máscaras”, “Calumnias”, “Traición”, “Puñales”, “Despotismo” e “Ingratitud”, mientras que sus patas traseras destrozan “las balanzas de la igualdad y la justicia”. Con una de sus pezuñas ofrece un mate con veneno: “cicuta para servir en lugar de yerba”. Y sus charreteras tienen forma de garras. En su pecho porta dos medallas “de traición”, regaladas “por su amigo el emperador del Brasil”. Así como también “adornos enviados por su majestad infernal”, entre los que se confunden una víbora, una horca y una cabeza de burro. Está acompañado por un perro de tres cabezas, como el que en la mitología grecorromana custodia el inframundo, el cancerbero. Su compañía no es arbitraria. Urquiza condujo al Ejército Grande junto a su perro Purvis. Sarmiento, en su libro sobre la campaña, caracteriza al perro por sus feroces mordidas, que solo lograba contener su amo. 45


Divisas rosistas Cintas doble de seda colorada. Llevan impresas en tinta negra en cada mitad las consignas “¡Viva la Confederación Argentina!”, “¡Vivan los Federales!”, “¡Mueran los Salvajes Asquerosos Inmundos Unitarios!”, “¡Muera el Loco Traidor Salvaje Unitario Urquiza!”, y en los extremos “F. ó M.”, es decir, “Federación o Muerte”, entre banderas erguidas sobre lanzas que sostienen el gorro de la libertad.

El uso de colores para identificar una causa política se puede remontar en el Río de la Plata a las jornadas de mayo de 1810, que desembocaron en la destitución del virrey. La necesidad de uniformar se trasladó a la guerra, y así es como se difundieron escarapelas y banderas para diferenciar a los ejércitos. La Liga de los Pueblos Libres, liderada por Artigas, distinguió a la enseña celeste y blanca atravesándole una banda colorada, para asociarla con el proyecto federal que impulsaba. A partir de esta insignia, el rojo expresó al federalismo. El 11 de marzo de 1831, el gobernador de Buenos Aires, Juan Manuel de Rosas, emitió una circular para que se usara la divisa federal en las escuelas. En 1835, reforzó esta indicación, para que desde la infancia su color y su consigna fuera una “impresión”, “grabada de un modo indeleble”. El 3 de febrero de 1832, ordenó por decreto que todos los empleados de su administración portaran la divisa punzó para “grabar en el corazón de los hijos de Buenos Aires, un principio [...] constituyéndolo, no una señal de división y odio, sino de fidelidad a la causa del orden, y de paz y unión”. El lema “Federación o Muerte” debía estar estampado en el distintivo que usaran los militares. Rosas mismo en 1838, en una carta a su primo Tomás Anchorena, trazó el origen de estos distintivos: ... yo traje del desierto el cintillo colorado en el sombrero y el chaleco colorado. Algunos paisanos siguieron la moda; a nadie se obligó. [...] Mas yo siempre he tenido por un bien para hacer revivir en ciertos hombres el espíritu patriótico de federación, y de odio contra los unitarios. 46

Una de las publicaciones oficiales rosista, el Archivo Americano, justificaba en 1844 que la divisa “no representa un voto de división o un voto de venganza. Tiende a unir a todos bajo una sola idea; y protege al vencido con el mismo signo que lleva el vencedor”. Pero los lemas que encabezaron los papeles oficiales se fueron sumando a las divisas. En 1847, el inglés William Mac Cann registró con ironía que la divisa se trataba de “un signo que su gobierno ha mandado llevar a sus empleados en señal de conciliación y paz”. Y marcaba la contradicción de sus consignas: “‘Mueran los salvajes, asquerosos, inmundos unitarios’, son por cierto muy conciliatorias”. Ante la incorporación de la consigna “¡Muera el loco traidor salvaje unitario Urquiza!” a los documentos oficiales, las imprentas vieron una oportunidad comercial. En julio de 1851, se anunció en el diario oficial La Gaceta Mercantil que se vendían “divisas aumentadas con el nuevo lema”. Su artífice fue el imprentero de origen español Benito Hortelano. En sus memorias narró así el negocio: Una noche, a las diez, nos mandan un decreto para publicar en el diario y en él venía cambiado o aumentado el lema, añadiendo a los mueras de orden el “¡Muera el loco traidor, salvaje unitario Urquiza!”. Como siempre he tenido pensamientos tan oportunos, en el acto de leer el nuevo lema se me ocurrió una especulación [...]. Consistía esta idea en imprimir en aquella misma noche nuevas divisas con el muera Urquiza agregado, seguro de que al día siguiente el público se precipitaría a comprarlas. Mis consocios, naturalmente, comprendieron la importancia de la idea, y acto continuo unos se pusieron a hacer el molde, otros el anuncio, y yo salí a comprar toda la cinta que


encontrase en las mercerías. A las doce de la noche ya había reunido miles de varas de cinta, y acto continuo la prensa empezó a imprimir. Al siguiente día la gente se agrupaba ante mi librería; la Recova Nueva estaba invadida por los furiosos federales, que les faltaba tiempo para arrancarse la antigua divisa y colocarse la nueva. ¡Oh pueblo envilecido! ¡Un insignificante anuncio de diario, que creían oficial, bastó para aglomerarse precipitadamente a comprar un cintajo, con el que se creían garantidos! Sin embargo, Rosas no mandó a nadie que usase la nueva divisa; solo sus documentos iban encabezados con el nuevo lema, pero nada más.

Detalles

Las cintas de seda se importaban desde Europa y se estampaban en imprentas locales. Eran las cintas más caras. Su circuito articulaba América Central por sus tintes, Asia en la seda y Europa en la producción textil. Eran teñidas con el pigmento carmín extraído de los huevos de cochinilla, un insecto que se criaba entre los cactus nopales en Centro América. Su color se conocía como punzó, porque era como se nombraba en francés a la amapola, una flor colorada. A la vez, el término, en su raíz latina, denominaba al color con el que se vestían los generales romanos, es decir, un tono asociado con la autoridad.

Cintillo urquicista Cinta gros de seda moiré colorada, bordada con hilos metálicos con la consigna “Constitución Federal o Muerte”. Sarmiento ofició de boletinero del ejército en su marcha sobre Buenos Aires. A lo largo de 1852 publicó las partes que compondrían el libro Campaña en el Ejército Grande, donde desacreditó la campaña y a su líder, Urquiza, a los que había publicitado en sus 26 boletines. El sostén del uso del cinto colorado alarmó a Sarmiento. Su campaña en contra resumió su lucha contra Urquiza. Su vínculo se inauguró con una carta en la que Urquiza le prometía “Un olvido de todo lo pasado — nada de colorados, negros, ni otro color político”. Sarmiento refirió, en palabras de Urquiza, que la cinta “era una cosa que no significaba nada, que cuando llegásemos a Buenos Aires la pisotearíamos; pero que era necesario conciliarse las masas, y que él quería probar a Rosas que era federal”. Irónicamente, comentaba que, sin embargo, “siendo rojas sus tropas y las de Rosas, él previó la confusión que iba a resultar de estos trajes semejantes, y para obviar a los peligros que podían originarse, mandó hacer divisas blancas para el ejército”. Urquiza sí modificó el lema que encabezaba los documentos, de “Mueran los salvajes unitarios” a “Mueran los enemigos de la organización nacional”. Su consigna pasó a ser “Constitución federal o muerte”. Incluso acusó a Rosas de unitario, como también era calificado él por el rosismo. Sarmiento citó en Campaña una conversación con Urquiza en la que “me dijo que llamase a Rosas en el Boletín ‘el salvaje unitario Rosas’, todas las veces que hubiera de nombrarlo. ‘Se le puede probar —me dijo— que es salvaje, y unitario lo es por su gobierno’”. Pero

dado el arraigo del federalismo entre las provincias, Urquiza no se apartó de su color insignia. El 15 de febrero el gobierno provisorio de Buenos Aires pos-Caseros declaró que no era obligatorio el uso del “cintillo punzó” que había adornado “las frentes de los valientes que componen el Ejército Libertador”. Aclaraba que no representaba “el odioso sistema que ese ejército ha tenido la virtud y la gloria de pulverizar”, sino que era un “símbolo únicamente de la confraternidad de los argentinos y de la reorganización nacional, con arreglo al pacto federal de 1831”. Señalaba que “puede ostentarse sin las manchas oprobiosas que han caracterizado a la cinta, divisas y chalecos preceptuados por un tirano de execrable recuerdo, signos todos de la voluntad despótica de un solo hombre, que cimentaba su usurpado poder en el aniquilamiento moral de un pueblo al que reputaba su patrimonio, como en efecto hubiera llegado a serlo, a no haberse interpuesto el pujante brazo del ilustre vencedor del 3”. Urquiza mismo, en una proclama lanzada el 21 de febrero, defendió el uso del “cintillo punzó”, argumentando que “no debe su origen al dictador Rosas, sino a la espontánea adopción de los pueblos de la República; y que simbolizando la grande alianza y confraternidad Argentina, está santificado en mil combates gloriosos para los que lo llevan, y que no ha mucho los bravos del ejército coaligado ostentaban en Caseros con noble orgullo entre el polvo y el estruendo de los cañones”.

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Caseros, en su general El 1 de mayo de 1851, el gobernador de Entre Ríos, Urquiza, había difundido un documento conocido como “pronunciamiento” en el que manifestaba que esta provincia reasumiría su soberanía delegada en el gobernador de Buenos Aires, Rosas, como representante de las relaciones exteriores de la Confederación. Así, estos líderes políticos pasaban de ser aliados a enemigos.

Bala encontrada en el campo de Caseros

Urquiza pretendía concretar lo que el Pacto Federal firmado veinte años antes estipulaba: la reunión de un congreso que definiera un estado federal, con el objetivo de que la nacionalización de las rentas del puerto de Buenos Aires brindara recursos para su sostenimiento. Firmó entonces un tratado con el Imperio de Brasil y con el gobierno de Montevideo para quebrar el sitio de Montevideo mantenido por la Confederación y las fuerzas de Oribe, en la guerra comercial por el control de la cuenca del Río de la Plata. Reunió para esto un “Ejército Grande” con fuerzas de Entre Ríos, Corrientes, Brasil, Uruguay y emigrados antirrosistas. Una vez levantado el sitio, se dirigió a Buenos Aires para dar la batalla que sería una bisagra en la historia de este territorio. La noche del 2 de febrero de 1852, unos 50 mil soldados acamparon en los alrededores de las chacras de Monte Caseros. Al día siguiente, desde la mañana, ante su particular palomar, se enfrentaron veinte mil hombres de cada bando en la batalla de Caseros. A la tarde, ante la ausencia de mando, las tropas rosistas se rindieron. La bala de esta imagen habría sido encontrada en el campo de batalla. No se sabe por qué bando fue disparada. Rosas fue herido con un disparo en la mano derecha en su huida hacia Buenos Aires, desde donde se embarcó en la fragata Centauro para transbordar al vapor Conflict hacia su exilio en Inglaterra.

Daguerrotipo retrato de Justo José de Urquiza después de la batalla de Caseros, febrero de 1852. Atribuido a Antonio Pozzo. Colección MHN

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Poncho de Urquiza. Paño de lana blanco, ribeteado con cinta de gros de seda moiré colorada y flecos de seda colorados. Colección MHN

El fotógrafo Antonio Pozzo donó en 1896 su colección de daguerrotipos a la colección del Museo. Entre ellos se encontraba el retrato de Justo José de Urquiza que habría tomado él mismo después de la victoria de su ejército en Caseros, el 3 de febrero de 1852. Urquiza está vestido en su modo habitual según descripciones de la época, que lo acompañaba también en las batallas —poncho, pañuelo y sombrero de copa o galera, rodeado por una cinta punzó—. Cuando el ejército aliado ingresó a la ciudad de Buenos Aires días después, el 20 de febrero, sí lució el uniforme de general. El poncho era una prenda que le aportaba una apariencia popular, por ser la usanza del paisanaje que componía sus tropas y también las enemigas. El que acostumbraba vestir era blanco, lo cual lo destacaba visualmente. El Museo cuenta con un

ejemplar suyo de paño de lana y seda roja en sus detalles. Pero es probable que el fotógrafo le haya aconsejado variar de prenda, para que el blanco no predominara en la composición y “quemara” la imagen. Urquiza ya estaba habituado a los daguerrotipos: había sido retratado en uniforme de general por Charles DeForest Fredericks y sus socios en su residencia, el palacio de San José, en 1850, cuando ya se perfilaba como el líder de la oposición a Rosas. Visualizando una oportunidad comercial que se concretó exitosamente, estos fotógrafos encargaron litografías basadas en aquellos daguerrotipos en Francia. Arribaron a Buenos Aires en simultáneo al triunfo de Caseros, y por ser del vencedor, pasaron por el puerto sin pagar impuestos. El daguerrotipo de Pozzo no se multiplicó en litografías, pero guarda la apariencia que Urquiza elegía lucir en su día a día. 49



Todo Sarmiento en un retrato al daguerrotipo Carlos Vertanessian

El retrato al daguerrotipo de Domingo Faustino Sarmiento en uniforme militar que pertenece al Museo Histórico Sarmiento (imagen 1) ha resultado históricamente un curioso y pintoresco enigma. En un rápido recorrido por daguerrotipos de héroes de la Independencia y patriotas de la consolidación nacional de la colección del Museo Histórico Nacional, se puede constatar que los hombres de armas no se presentaban de manera tan informal e inusual para la cámara. En ningún otro retrato de Sarmiento sucede algo parecido: en todos los otros casos, se ajustó a los cánones y gestualidades esperadas bajo las directivas del artista de turno, ya sea de pie, representado como un hombre de acción en una toma realizada en París, o sentado en pose como un general de la nación ya entrado en años, retratado aún con toda su prestancia en Buenos Aires. Lo visible de una imagen daguerreana —es decir, lo que ella muestra— es siempre una construcción, un encuentro de voluntades: la del artista y la del modelo. Sin embargo, en este caso hay algo que excede esa regla. Cuesta imaginar a un fotógrafo proponiéndole a un temperamental oficial de alto rango que suba el pie a un banquito o taburete, que clave allí su espada envainada, en pose, de pie con su quepí en la cabeza, todo en un encuadre de media pierna. La derivación lógica es que se trata de una elección del propio Sarmiento. Entonces, ¿qué lo llevó a enfrentar la cámara con actitud y mirada desafiantes para este, su primer retrato fotográfico del que se tenga evidencia? Antes de 1852, durante su exilio político, Sarmiento tuvo sobradas oportunidades para hacerse retratar al daguerrotipo. Estuvo en Chile entre fines de 1840 y 1845. Durante su paso por Montevideo se cruzó con el publicista y daguerrotipista Florencio Varela.

Luego fue hacia Europa en compañía de otro artista de la cámara, el furierista Eugène Thandonet. En Francia visitó a San Martín en El Havre, se dirigió a París y continuó por España, con escalas en Argelia y otros países: Italia, Suiza, Alemania y los Países Bajos. Su retorno a América lo llevó primero por Canadá y Estados Unidos, para volver a Chile. En 1851 se incorporó al Ejército Grande comandado por Justo José de Urquiza, con el grado de teniente coronel y boletinero a cargo de la imprenta volante. En todas esas instancias de viaje en ambos continentes abundaron las ocasiones de acceder a estudios daguerreanos. Por cierto, en nuestra colección contamos con tres retratos daguerreanos de Antonino Aberastain, en dos de lo cuales posa junto a su esposa. El así llamado “padre eterno” fue, desde la infancia, comprovinciano, amigo y confidente de Sarmiento: “Nunca he amado tanto como amé a Aberastain; hombre alguno ha dejado más hondas huellas en mi corazón de respeto y aprecio” (Sarmiento, 2006: 180). A su muerte, le dedicó sentidas palabras y una certera descripción: Aberastain fue una “encarnación de la moral, un ensayo hecho sobre sí mismo por un hombre para ser impecable. […] La forma de sus facciones grandes, su cara ancha, sin ser fea ni bella, la seriedad innata de su porte, lo inofensivo y dulce de su carácter y la claridad de su inteligencia, que se reputaba un talento superior, le afirmaban esta superioridad” (De Estrada, 1987: 31). Consciente de su momento frente a cámara, Aberastain tuvo la previsión de dejar señas manuscritas en el papel engomado que sella la placa daguerreana. Oculto dentro del estuche, su mensaje estuvo destinado a trascenderlo y, por eso, llega hasta nosotros: “Valparaíso. Diciembre 18 de 1845. A la edad de 35 años 7 meses i 8 días. Antonino Aberastain”. Estos retratos de Aberastain 51


sugieren la factibilidad de que Sarmiento también se haya retratado para la misma época durante su exilio en Chile y alientan así la esperanza de que algún día surja algún retrato al daguerrotipo suyo de fecha previa a la batalla de Caseros. Integrado al Ejército Libertador de Urquiza, Sarmiento tuvo un destacado desempeño como cronista militar. Durante el primer encuentro de armas, el combate naval de Tonelero, sin embargo, no participó de la acción y solo acompañó a las fuerzas embarcadas brasileñas junto con Bartolomé Mitre y Wenceslao Paunero. Durante la batalla de Caseros, el 3 de febrero de 1852, ingresó a la casa fortificada por el ejército defensor allí apostado, la derecha del dispositivo de Rosas en aquella batalla. Lo hizo acompañando al batallón oriental Resistencia, bajo el mando del coronel Juan Antonio de Lezica y Aramburu. En esa acción, cuyas instancias fueron aportadas por Alberto del Pino Menck (comunicación personal), el regimiento de Rosas ofreció quizás su mayor resistencia, y allí el capitán Martín Aldecoa, oficial de la División Oriental del Ejército Grande, resultó gravemente herido. En el daguerrotipo (imagen 3) lleva prendida en el pecho de su levita militar la medalla de plata recibida en junio de 1852 por su desempeño como comandante de compañía

Ilustración 1 Buvelot & Prat (atribuido) Teniente Coronel D.F. Sarmiento Río de Janeiro, circa abril de 1852 Daguerrotipo de media placa MHS

del batallón Resistencia en la batalla de Caseros. Estos detalles sugieren una fecha de toma durante el segundo semestre del año en el Río de la Plata o posiblemente en la capital oriental a comienzos del año siguiente. Aldecoa luce magistralmente coloreado en el rostro y en las correas de su sable, que empuña al frente, presentándose, para el ojo de la cámara, como hombre de acción que fue. Cabe señalar que la medalla debió ser colocada por el retratista sobre el lado derecho para que en la imagen daguerreana —invertida— se viera del lado correcto, el izquierdo. Esa era una práctica habitual cuando el modelo posaba con algún distintivo tal como una divisa federal u otro tipo de insignia. Sarmiento se puso a las órdenes del general Virasoro, ocasión en la que obtuvo el estandarte —también denominado guion— del bando derrotado: “Servile media hora de edecán, tomé un guion, hasta que me mandó a hacer ocupar la batería de Chilavert” (De Marco, 2016: 112).

Ilustración 2 Autor no identificado Teniente Coronel D. F. Sarmiento Buenos Aires, ca. 1884 Reproducción del daguerrotipo anterior sobre papel albuminado

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Los días que siguieron a la victoria llenaron la escritura de Sarmiento de un ánimo triunfal: “Estoy en Buenos Aires [su primera vez en la ciudad] saboreando el placer de recorrer sus calles, rodeado de amigos, ebrio de popularidad” (Segretti, 1988: 188). Sin embargo, esa euforia le duró tan solo hasta el párrafo siguiente: “Urquiza se empeña


en hacer llevar el cintillo colorado. Buenos Aires se le rebela contra esta exigencia, excepto algunos débiles que han recogido del suelo el trapo que habían pisoteado en el momento en que se creyeron libres” (Segretti, 1988: 188). Su decepción se tornó indignación, y el día 23 comunicó a Urquiza su decisión de dejar el país, por “no suscribir a la insinuación amenazante de llevar un cintillo colorado, por repugnar a mis convicciones, y desdecir de mis honorables antecedentes” (Segretti, 1988: 189). Sarmiento se embarcó en el primer buque con rumbo a Río de Janeiro para, desde allí, seguir tiempo después hacia Chile. La fiebre amarilla que azotaba Río de Janeiro desperdigaba de manera centrífuga a todo aquel que tuviera los recursos para escapar de la ciudad. Sarmiento se refugió donde había marchado la corte imperial, Petrópolis: “Una colonia alemana, sobre las montañas de Río de Janeiro, —le narra a Aberastain— encerrado en mi cuarto por […] ocho días, alejado de nuestro país y a oscuras de los acontecimientos que por allá tienen lugar. Como usted sospechará soy un proscripto de la victoria” (Segretti, 1988:192). Lo único que recibió de Buenos Aires fue una carta anónima del 3 de marzo que contenía “órdenes secretas a todos los puntos de la república para que usted sea fusilado en el acto de pisar el territorio argentino” (Segretti, 1988: 190). Dedicó su tiempo aislado a la traducción de libros y trató de “rehacer páginas perdidas de mi biografía militar” (De Marco, 2016: 119). Además, lo angustiaba el silencio epistolar de Buenos Aires: “Escríbame algo, le reclama a Mitre, para no creerme de todos olvidado” (Segretti, 1988: 191). Sarmiento esperaba instrucciones de Mitre para saber qué pasos seguir, pero las cartas llegaron tarde, por lo cual se embarcó hacia el Pacífico sin información que cambiara sus planes iniciales. “El 14 de mayo tenía pasaporte sacado para Buenos Aires: llega el paquete, no recibo una sola carta, y menos la que esperaba de usted para guiarme. Entonces rompí mi pasaporte y tomé otro en el acto para Chile”, y luego: “En virtud de tal silencio, me embarcase para Chile” (Segretti, 1988: 214-215). A pesar de todo ello, su estadía en Brasil le deparó algunas vivencias que congeniaban con su personalidad. Compartió con el emperador Don Pedro II entrevistas “frecuentes y amistosas”: “Recordéle que usted —le dice a Mitre—, Paunero y yo habíamos participado de las glorias de Tonelero”. Sarmiento quedó satisfecho por haber sido distinguido por “este joven lleno de bondad”, que le habló con “tanta franqueza” durante sus largas entrevistas (Segretti, 1988: 202). En una carta enviada a José Posse el 10 de abril, concluye: “Hoy he recibido la condecoración de la orden militar de la Rosa, por haberme hallado en el combate de Tonelero, con Mitre y Paunero” (Segretti, 1988: 197). La reconstrucción de ese

Ilustración 3 Charles DeForest Fredricks Capitán Martín Aldecoa luciendo su medalla recibida por la Batalla de Caseros Buenos Aires, 1852 Daguerrotipo de un cuarto de placa. Colección del autor.

contexto permite acercarnos a las circunstancias en las que, aun victorioso, Sarmiento decidió dejar Buenos Aires y emigrar una vez más, “resuelto a seguir el plan de vida política que he seguido siempre, que consiste en conservar ilesa la dignidad de hombre” (De Marco, 2016: 86). En medio de la incertidumbre sobre su futuro inmediato, logró hacerse otorgar por un poder extranjero la máxima distinción por su desempeño militar. En un envío a Mitre, fechado en Río de Janeiro el 13 de abril, le dice: El Golfinho probablemente les llevará a usted y a Paunero los diplomas y las condecoraciones de Oficiales de la Orden militar de la Rosa, que da en Brasil honores y tratamiento de coronel, como una honra con que el Emperador ha querido que conservemos el recuerdo del combate naval del Tonelero, a que asistimos los tres a la sombra del pabellón brasilero, usted y yo literalmente, pues recordará que estábamos sobre la borda, apoyándonos en el asta-bandera […] El señor vicealmirante Grenfell, al dar la cuenta del combate, tuvo la atención de poner nuestros nombres entre los de jefes y oficiales a quienes concedió los honores de permanecer en el puente lo que indico a usted haga para que lo haga anotar en su foja de servicios. // Para mi, la mención honorable del señor vicealmirante Grenfell, y la condecoración del Emperador, como mi espada, las espuelas de Lavalle y el estandarte tomado al enemigo, son los únicos recuerdos y los únicos trofeos adquiridos. Sin ellos, mi 53


nombre habría sido borrado de las listas del ejército, no obstante que fui el único que, por su doble empleo, no tuvo hora de reposo en la campaña, y se halló en los dos grandes combates que la ilustraron (Segretti, 1988: 201). Esta carta brinda elementos que ayudan a descifrar su retrato daguerreano. La primera observación que surge en el análisis es que no debió ser esta su primera vez frente a un daguerrotipista. Si bien por detrás de sus piernas se vislumbra la columna del sujetacabezas, el hecho de plantarse sobre un solo pie fue por demás temerario, una verdadera osadía. Luego de Caseros, Sarmiento sufrió “horriblemente” lo que consideraba las “ingratitudes de los pueblos”. Consciente del peso que su pluma había tenido para inclinar el fiel hacia la causa vencedora, se había enquistado en su intransigencia contra la cinta colorada: “... que el general decía que cuando llegásemos a Buenos Aires la pisotearíamos” (Sarmiento, 1957: 86). La realidad de los hechos le marcaba que debía tomar distancia del escenario local y esperar su momento construyendo lazos y estrategias lejos del país. El retratista espera unos breves minutos: no está convencido de lo que el militar le pide. Sarmiento luce con orgullo ese uniforme que adquirió a su paso por Montevideo. Según sus propias palabras, su corte francés les “sentaba admirablemente a los soldados más aguerridos, más disciplinados”, pero, debido a sus exóticas plumas, le había deparado reiteradas burlas de sus compañeros de armas: En una visita de Sarmiento a Urquiza, este aprovechó para decirle con sorna de paisano que se le iban a mojar las plumas, en alusión a su brillante uniforme y la tormenta que se avecinaba. Sarmiento consideraba su uniforme como parte integral de su programa civilizador: “Era el caso que yo era el único oficial del ejército argentino que en campaña ostentaba una severidad de equipo estrictamente europeo. Silla, espuelas, espada bruñida, levita abotonada, guantes, quepí francés, paleto en lugar de poncho, todo era una protesta contra el espíritu gauchesco, lo que al principio dio lugar a algunas pullas, a que se contestaba victoriosamente por la superioridad práctica de mis medios” (Sarmiento, 1957: 158). De hecho, Del Pino Menck, quien realizó un estudio exhaustivo de su vestuario, nos confirmó que en el retrato viste de media gala, levita con charreteras y quepí en lugar de chacó o morrión. Durante sus largas tertulias, el Emperador habrá compartido con Sarmiento su pasión por la daguerrotipia, ya que tuvo un interés más allá del aspecto científico asociado a la modernidad, al punto de haberse ganado la fama de ser “el primer fotógrafo brasileño y, también, el primer soberano fotógrafo del mundo” (Turazzi, 2019: 189). 54

Literatura, modernidad, ciencia, tecnología y arte constituyeron temas de mutua atracción, como también lo fueron los viajes de Sarmiento por Europa y América desbordantes de experiencias estéticas, puntos en común extensamente abordados por Amante (2010). Es muy factible, por ende, y hasta esperable que el joven Don Pedro sugiriera el nombre del estudio que había adoptado para sí y su familia. Había elegido a Abraham Louis Buvelot, un profesor de pintura suizo y paisajista de mérito arribado a fines de la década anterior, que incursionó en la daguerrotipia a partir de 1846. En 1847 el Emperador lo distinguió con la condecoración en el grado de Caballero de la Orden Imperial de la Rosa y en 1851 otorgó el título de Fotógrafos de la Casa Imperial a Buvelot & Prat —el estudio que el suizo había formado con su socio norteamericano Prat—, anticipándose así en dos años a la Reina Victoria (Moritz Schwarcz, 1999: 345). Los registros contables imperiales dan cuenta de que, por aquellos años, el Emperador gastó en daguerrotipos la cifra de 2.999.000 reales solo en este estudio. Como punto de comparación, un profesor de la Academia Imperial de Bellas Artes ganaba entre 300 y 800.000 reales al año. Así, artista y modelo —casi de la misma edad— pudieron llegar a conocerse en alguna reunión protocolar, quizás incluso el mismo 10 de abril, cuando Sarmiento fue condecorado, o, sencillamente, por recomendación del joven Don Pedro, el sanjuanino habrá solicitado entrevista para visitar la galería. A Buvelot & Prat se adjudican al menos cuatro daguerrotipos de un cuarto de placa: dos del Emperador —uno en pose napoleónica de tres cuartos, como el tomado en París de San Martín, y otro de medio cuerpo de frente—, dos de la Emperatriz —uno de luto y otro en vestido de verano— y un último ejemplar de la princesa Isabel de niña. De todos estos ejemplares, el daguerrotipo de la emperatriz Thereza Christina de luto, que pertenece al Instituto Moreira Salles de Río de Janeiro, guarda diversas similitudes con la toma del sanjuanino. Sarmiento se presentó en el estudio con su impecable uniforme de teniente coronel de caballería; llevó su espada y la condecoración de oficial recién recibida y de estreno para la cámara. Quizás también haya llevado a la sesión el estandarte del regimiento derrotado. Recordemos que, según sus palabras, esos eran sus únicos recuerdos y trofeos que había adquirido durante su participación en el triunfo sobre Rosas, sin los cuales su nombre habría sido borrado de las listas de hombres de armas. ¿Cómo componer en un solo retrato todo lo que representa haber sido parte de esa gesta libertadora, por la que trabajó intelectual y simbólicamente primero desde el exilio y luego como oficial y cronista en operaciones? Una vez más, el escritor se narrará a sí mismo.


sería solo un retrato. Esta imagen, tomada a sus cuarenta y un años, representaría un alegato a favor de su condición y mérito de militar victorioso. Era su modo de inscribir la historia, atento al riesgo de quedar relegado en una mera nota al pie del triunfo del Ejército Grande. Debió pedir un banquito, que cubrió con una tela –¿el estandarte?–, y ahora eleva una pierna y lo pisa, mientras con ambas manos simula clavar la espada, afirmándose en el trípode que forman sus dos piernas y el arma. El artista acude a ajustar el sujetacabezas por detrás de su nuca. Es el otoño carioca. La exposición —según publicitaba Buvelot— debió ser de menos de un minuto. El “digno soldado del Ejército Grande” no debió pestañear ni mover un músculo. Pisotea el trapo ignominioso, lo atraviesa con su espada —acto teatral que, según Del Pino Menck, se inscribe dentro de las prácticas ancestrales de los vencedores— y lleva la condecoración como testimonio triunfal (obsérvese que la condecoración luce del lado correcto, por lo cual el artista debió prenderla de la derecha). Este retrato daguerreano —iluminado al detalle en los oros del uniforme— es, entonces, una dramatización muy personal o, en palabras del propio Sarmiento, la “exposición teatral, poética y pintoresca” de un momento atravesado por emociones vivísimas, su legado de haber “cumplido la tarea” de destituir a Rosas (De Marco, 2016: 113). “Lo que mejor maneja este escritor es la puesta en escena”, señala Amante (2016a: 10), y es verdad que este daguerrotipo fue concebido y escrito por él. Por otra parte, y casi como si estuviera hablando de este retrato, la autora concluye que “todo Sarmiento está en cualquier fragmento de su obra”. En este, su primer retrato daguerreano, Sarmiento logra combinar muchos de los elementos recurrentes de su obra y de sus ideas fijas —que para Amante son “sus condenas políticas, sus proyectos desvelados, de furias incontenibles”— y los codifica en una elaborada metáfora visual frente a cámara. Sarmiento es consciente de la importancia histórica de las dos décadas de rosismo que acaban de terminar: “Para mí no hay más que una época histórica que me conmueva, afecte o interese, y es la de Rosas. Este será mi estudio único, en adelante, como fue combatirlo mi solo estimulante al trabajo, mi solo sostén en los días malos”, escribe en carta a Mitre del 13 de abril de 1852 (Segretti, 1988: 207). Este retrato daguerreano es su virtual último boletín de la campaña libertadora. Fue escrito con la fidelidad de El lápiz de la Naturaleza, con destino a su foja personal de servicios, literalmente. Décadas después, en 1884, se publicó la Introducción a las memorias militares y foja de servicios del prócer. Varios ejemplares consultados de este raro opúsculo incluyen una reproducción sobre papel albuminado de su retrato daguerreano

que, en un reencuadre de medio cuerpo, omite mostrar su pisada. Pasados los años y despejada la turbación que la cercanía de los hechos promueve, Sarmiento habría resignificado su propio retrato al evitar la humillación al derrotado. En esta decisión resuena aquella otra de eliminar la “sombra terrible de Facundo” en el inicio de la segunda edición (1851) de su obra consagratoria, Civilización y Barbarie (1845) (Amante, 2016b). Sobre el banco del estudio, visible en el encuadre original del daguerrotipo, Sarmiento pudo haber colocado también las espuelas de Lavalle que menciona la carta antes citada (Del Pino Menck nos aporta el dato de que, a su paso por Montevideo, el prócer recibió de regalo las espuelas de Lavalle desde Montevideo, con fecha del 20 de noviembre de 1851, de parte de Rafael Lavalle, hermano del General). Luego de haber visto la placa desnuda en una reproducción fotográfica de poca calidad, pareciera que fue así. Por otra parte, no resulta esencial que lo que pisotea en la imagen sea efectivamente el estandarte rosista, ya que simula estar parado sobre una tela, por lo cual no se altera el sentido del gesto elegido. La pose es por demás singular: diríamos única en la etapa del daguerrotipo en Sudamérica, quizás incluso una de las pocas del mundo por sus características. La reconstrucción de la toma, aunque está bien documentada, es un ejercicio de especulación. Lo que Sarmiento elige mostrar frente a cámara y lo que expresa en su carta, no. Su escrito enumera los elementos simbólicos que luego pone en escena en la elaboración de su retrato en el estudio fotográfico. Uno entra en diálogo con el otro, y juntos se resignifican. El registro visual de ese pasado junto con su lectura desde el presente echan luz sobre una historia memorable, articulada entre relato e imagen. Ya no se puede pensar en ese retrato sin recordar sus palabras. Tampoco puede leerse su carta sin imaginar a Sarmiento firme frente a cámara para la posteridad.

Referencias bibliográficas Amante, A. (2010). Poéticas y políticas del destierro. Argentinos en Brasil en la época de Rosas. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica. — (2016a). Sarmiento. Diez fragmentos comentados, prólogo. Buenos Aires: EUFyL. — (2016b). “El poder de un libro. Facundo como afterimage”. En Mauricio Meglioli y Ricardo de Titto (coords.) Una y otra vez Sarmiento. Buenos Aires: Prometeo.

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De Estrada, M. (1987). Seis sanjuaninos ilustres. Buenos Aires: Tucuma. Del Pino Menck, A. Comunicación personal. De Marco, M. A. (2016). Sarmiento. Maestro de América, constructor de la nación. Buenos Aires: Emecé. Moritz Schwarcz, L. (1999). As Barbas do Imperador. D. Pedro II, um monarca nos trópicos. San Pablo: Companhia Das Letras. Sarmiento, D. F. (1957). Campaña en el ejército grande aliado de Sud América. Buenos Aires: Kraft. — (2006). Recuerdos de Provincia. Buenos Aires: Gradifco (Colección Ombú). Segretti, C. S. A. (comp.) (1988). La correspondencia de Sarmiento. Primera serie: Tomo I años 1838-1854. Córdoba: Poder Ejecutivo de la Provincia de Córdoba, Comisión Provincial de Homenaje a Domingo Faustino Sarmiento. Turazzi, M. I. (2019): El Oriental-Hydrographe y la fotografía. La primera expedición alrededor del mundo con un “arte al alcance de todos” (1839-1840). Montevideo: CdF.

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Las representaciones de la batalla de Caseros en el Museo Nacional Casa del Acuerdo María Julia Tiseira

Responsable de Registro y Documentación de Bienes Culturales

Sofía Elizalde

Responsable de Registro y Documentación de Archivo Documental Museo Nacional Casa del Acuerdo

La batalla de Caseros representa un hito en el proceso de Organización Nacional, en el cual se inscribe también el hecho histórico de la firma del Acuerdo de San Nicolás. En palabras de Galimberti (2021), luego del pronunciamiento de Urquiza en mayo de 1851, que resultaría en la batalla de febrero al año siguiente: La derrota del líder que había marcado la historia de la Confederación Argentina en las últimas dos décadas abría una nueva etapa y con ella la expectativa de la organización constitucional del país. Sin embargo, su mera caída no resolvía automáticamente ni la forma que debía asumir la organización política ni mucho menos el orden económico y fiscal, cuestiones que traerían durante la década iniciada, nuevos e intensos procesos de unión y desunión. Luego de reprimir los saqueos, Urquiza proclamó el olvido de todos los agravios en pos de lograr una nueva confraternidad que pacifique las relaciones entre los adversarios (que iba a durar poco, por cierto). Acto seguido nombró a Vicente López y Planes como gobernador provisorio de Buenos Aires. Luego, buscó recomponer el orden interprovincial para llenar el vacío dejado por Rosas y comenzar a establecer una unión más sólida y definitiva entre las provincias. Para ello, mediante la firma del Protocolo de Palermo (06-04-1852), suscrito por Entre Ríos, Corrientes, Santa Fe y Buenos Aires (con la adhesión del resto de las provincias), logró que le delegaran las relaciones exteriores. Así, el triunfador de Caseros consolidaba su liderazgo a la vez que invitaba a las provincias a una comisión representativa con el objetivo de convocar un nuevo congreso general. De esta forma, entraba nuevamente en vigor la propuesta del Pacto Federal que Rosas había bloqueado una y otra vez. La reunión se

efectuó en San Nicolás y su resultado fue la firma del acuerdo homónimo. El Museo Nacional Casa del Acuerdo se creó en relación con ese acontecimiento, en la ciudad de San Nicolás de los Arroyos, al norte de la provincia de Buenos Aires y en el límite con la provincia de Santa Fe. El ejercicio de releer y revisitar nuestras colecciones nos llevó indefectiblemente a revisar la propia historia institucional analizando qué había sido considerado patrimonio y patrimonializable en cada etapa del Museo y, por lo tanto, qué bienes culturales podían aspirar a formar parte de su colección.

Primera etapa: creación del Museo Por iniciativa del diputado provincial Aquileo Gonzales Oliver, en 1909 se intentó rescatar el inmueble donde se había llevado a cabo la reunión de los gobernadores en 1852, para abrir una biblioteca pública que llevaría el nombre del general Justo J. de Urquiza, dedicada a su figura y al periodo de Organización Nacional. Ese proyecto fue aprobado por la Cámara de Diputados y la de Senadores de la Provincia de Buenos Aires, pero finalmente no prosperó. Varios años después y tras un largo proceso, mediante un decreto del Poder Ejecutivo Nacional durante la presidencia del Gral. Agustín P. Justo, se formalizó la creación del Museo el 14 de mayo de 1936. En ese decreto se encomendaba su instalación y organización a una Comisión Nacional Honoraria, que estuvo presidida por Tomás R. Cullen e integrada por Gustavo Martínez Zuviría, Luis María Campos Urquiza, Enrique Udaondo, 57


Octavio S. Pico y Francisco Santillán, entre otros. La Comisión contó con un presupuesto inicial para adquirir los primeros bienes, documentos y material bibliográfico que formarían el incipiente acervo del nuevo museo. En menor medida, otros ingresaban mediante donaciones. Según se pone de manifiesto en la documentación institucional y administrativa del Museo, en esta etapa no se ponía en cuestión la autenticidad del bien o documento. Incluso, en reiteradas ocasiones el ingreso era justificado mediante una carta de donación como única documentación respaldatoria: una nota en la cual se inscribía el número de inventario con la firma de la Comisión Honoraria o, en su defecto, del director del Museo. En particular, los bienes patrimoniales vinculados a la batalla de Caseros fueron adquiridos también durante la etapa de formación del Museo: ingresaron a la institución entre los años 1937 y 1939. En el caso de los documentos, en sus respectivos legajos se consigna la misma fecha de ingreso y forma de adquisición que para los bienes culturales. Es importante mencionar que todos ellos se encuentran en el fondo Justo José de Urquiza. En esta primera etapa de creación del Museo y, por consiguiente, de conformación de la colección, el criterio principal acerca de qué patrimonio debía adquirirse y cómo debía ser expuesto estuvo a cargo de Enrique Udaondo, por entonces director del Museo Histórico de Luján. La influencia de Udaondo se ve también en el agregado de ciertos ornamentos a la casa histórica, como los faroles de ambos zaguanes (principal y trasero), que, a sugerencia de él, fueron copiados de los ya existentes en el Palacio San José, y el aljibe, ubicado en el patio principal del Museo, que Udaondo recomendó emplazar allí para dar un sentido colonial al espacio. Udaondo (1937), en uno de los documentos que redactó con motivo de la inauguración del Museo, dice acerca de los fines de la institución (en una descripción muy similar a la primera definición de “museo” del ICOM que, sin embargo, la antecede, ya que dicho organismo sería creado en 1946): El Museo de la Casa del Acuerdo de la ciudad de San Nicolás es un instituto creado por el Gobierno Nacional con el objeto reunir, conservar y exhibir al público, en forma adecuada, reliquias, objetos históricos y documentos del pasado argentino, especialmente de la época de la organización nacional. La biblioteca, a su vez, se especializa en la conservación de libros de consulta que se refieran a ese mismo periodo de nuestra historia.

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De esta manera, opera un doble proceso de patrimonialización en la creación del Museo Nacional Casa del Acuerdo: el de erigir a la casa histórica como el edificio-símbolo representativo del período de la organización nacional y el de impregnar dicho símbolo de contenido a través de la adquisición de bienes culturales en consonancia con la corriente más tradicional de la museología, para la cual un museo es su colección. Según la memoria institucional correspondiente a los años 1936-1937 (Cullen y Campos Urquiza, 1937), a dos meses de inaugurado el Museo, Tomás Cullen, presidente de la Comisión Nacional Honoraria, y su secretario, Luis María Campos Urquiza, se refieren a la adquisición de patrimonio que conforma el acervo del Museo de la siguiente manera: ... hemos tratado en lo posible de reunir en dicho sitio documentos originales, retratos, reliquias y todo cuanto fuere directamente pertinente a la personalidad del Gral. Justo Jose de Urquiza, a sus colaboradores, gobernadores de provincias, signatarios del Acuerdo, y de todos aquellos personajes que contribuyeron con sus esfuerzos en la obra de la organización nacional […] suprema aspiración de todos los buenos argentinos. Esta cita expresa las intenciones de quienes tomaban las decisiones sobre qué patrimonio debía conformar las colecciones en el Museo Nacional Casa del Acuerdo, cuál tenía que ser su relato y, dentro de él, qué actores serían exaltados en este Museo Nacional: quiénes contribuyeron a los esfuerzos de una organización nacional, de qué manera se narra el hecho histórico, cómo son mencionados algunos personajes y cómo son ignorados otros. Aquí se ve que el criterio adoptado desde un primer momento fue destacar la figura de Urquiza e invisibilizar o minimizar la de Juan Manuel de Rosas. Un ejemplo interesante de adquisición para la Sala Caseros es la pieza Entrada triunfal del Gral. Urquiza a Buenos Aires después de la Batalla de Caseros, el 19 de febrero de 1852, realizada por la artista Léonie Matthis. Este gouache constituye un caso de compra directa a su autora en septiembre de 1937, un mes antes de la inauguración del Museo, fecha desde la cual, ubicado en la pared principal de la sala, ocupa un lugar predominante en la museografía.

Segunda etapa: consolidación del relato museológico En 1941 la Comisión Nacional Honoraria concluyó sus funciones, y fue nombrada para dirigir el Museo la Comisión Casa del Acuerdo, a cargo de Campos


Urquiza, con Walter Sigfrido Cartey como secretario. Este último asumió como director en 1948 y fue quien reorganizó la exhibición permanente, dedicando una sala exclusiva a la batalla de Caseros, tal como se evidencia en la Guía Ilustrada del Museo y Biblioteca de la Casa del Acuerdo de San Nicolás de los Arroyos (1958). La gestión de Cartey, de fuertes rasgos conservadores y personalistas, duró hasta 1991, año en que asumió como director honorario, para retirarse definitivamente en 1994. Durante esos cincuenta años, el guion museológico y museográfico del Museo se mantuvo inalterado. Recién con el ingreso de la primera directora por concurso que tuvo la institución, Diana Peyrano de Mendonça, se realizaron las primeras modificaciones en la Sala Caseros, sin cambios en el guion museológico pero con un rediseño de la sala en favor de una museografía más despojada. Por indicación de la entonces Secretaría de Cultura de la Nación, se retiró gran cantidad de patrimonio exhibido, que pasó al área de reserva. Sin embargo, el relato del Museo no fue modificado. El cambio que introdujo Peyrano fue mínimo pero muy significativo para el guion: se añadió en la Sala de Caseros una pequeña lámina de Juan Manuel de Rosas, primera imagen del prócer expuesta en la institución. Otro dato interesante es que se retiró el escritorio de Sarmiento de la Sala Caseros y se lo incluyó en la sala llamada Generación del 37.

Tercera etapa: releyendo la colección En el año 2017 se dio lugar a la necesaria reparación de cubiertas en el Museo y, con ella, al inicio de una obra de puesta en valor que actualmente sigue en curso. Para ello se procedió a desarmar y trasladar todo el contenido de las salas a espacios de guarda a fin de realizar los primeros trabajos de conservación en la historia institucional —que ya contaba con personal formado en áreas específicas, como Conservación y Archivo— y también para iniciar trabajos de investigación sobre las colecciones. Este proceso nos permite enfrentar hoy el desafío de releer la colección con vistas a una nueva exhibición principal con un enfoque más contemporáneo.

temático por sala que habitualmente se encuentra en los museos históricos más tradicionales, que eluden interpelar la colecciones, los discursos hegemónicos y, a fin de cuentas, también a los visitantes. Entonces, este guion nos da la oportunidad de reflexionar internamente para generar debates, nuevas lecturas y capas de sentido; en otras palabras, dar espacio a la investigación, al pensamiento crítico y a la construcción de convivencia ciudadana.

Referencias bibliográficas Cullen, T. y Campos Urquiza, L. M. (1937). “Carta al Excmo. Señor Ministro de Justicia e Instrucción Pública Dr. Jorge de la Torre”. Memoria correspondiente a los años 1936/1937. Archivo Institucional MNCA. Galimberti, V. A. (2021). “El Acuerdo de San Nicolás en perspectiva histórica”, mimeo. Goldman, N. (1998). Nueva historia argentina. Revolución, república, confederación (1806-1852), Tomo III. Buenos Aires: Sudamericana. Udaondo, E. (1937). Museo y Biblioteca de la Casa del Acuerdo de San Nicolás de los Arroyos. Breve reseña. San Nicolás de los Arroyos. Cartey, W. S. (1958). Guía Ilustrada del Museo y Biblioteca de la Casa del Acuerdo de San Nicolás de los Arroyos. San Nicolás de los Arroyos. Libro de recortes de periódicos locales y nacionales (1936), colección Museo Nacional Casa del Acuerdo.

Las narrativas actuales del Museo Nacional Casa del Acuerdo nos llevan a preguntarnos cómo podemos representar el hecho histórico de la Batalla incluyendo la mayor cantidad de voces, es decir, de actores sociales. El nuevo guion museológico da cuenta de la complejidad del proceso de Organización Nacional —en el cual se inscriben como hechos determinantes tanto la batalla de Caseros como la firma del Acuerdo de San Nicolás y, un año después, la sanción de la Constitución de la Confederación Argentina, aprobada en Santa Fe— evitando el relato lineal 59


Primera etapa:

Creación del museo Entrada triunfal del Gral. Urquiza a Buenos Aires después de la Batalla de Caseros, el 19 de febrero de 1852 Autora: Léonie Matthis Fecha: septiembre de 1937 Técnica: gouache Dimensiones: 102,5 x 187,7 cm Colección MBCA

Segunda etapa:

Consolidación del relato museológico Fotografías de archivo institución del MBCA. Vista de la Sala de Caseros durante la gestión de 1948 a 1994.

Tercera etapa:

Releyendo la colección Traslado de bienes culturales de la Sala de Caseros a guarda en reserva técnica para la posterior obra de reparación de cubiertas. Puesta en valor del MBCA (2017-2018)

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Del Establecimiento al Palacio San José Tres momentos históricos del 3 de Febrero

Haydee Carolina Torigino Muñoz

Palacio San José Museo y Monumento Histórico Nacional “Justo José de Urquiza”

Cuando en el Museo pensamos en el 3 de Febrero, lo hacemos en torno a tres situaciones. Una es la batalla en sí misma, que fue contemporánea al inicio de la vida de Urquiza en la residencia de San José. Otra es el análisis de los aniversarios de dicho acontecimiento, principalmente el de 1870, con la visita del presidente Domingo Faustino Sarmiento a la zona. Y, por último, el 3 de Febrero que se actualiza cada año en la comunidad como feriado provincial, con el recuerdo de los festejos que se han llevado adelante desde que este lugar pasó a ser patrimonio de todos los argentinos. Pensando en los festejos y repensando el impacto de la batalla de Caseros en el proceso histórico para los visitantes y en el recorrido de la casa, los invitamos a experimentar las dos primeras situaciones a partir de la tercera.

Hablamos, entonces, de antecedentes, comenzando por el Pacto Federal de 1831 y sus postulados, por Urquiza en el ejército de la provincia de Entre Ríos bajo las órdenes de Pascual Echagüe, por la década de 1840 y un Urquiza gobernador en varios períodos sucesivos. En ese momento, como esboza Sarobe (1941), crecía el prestigio militar y político del general, concentrándose en él las sospechas y desconfianzas de Rosas. Por eso, nos abocamos a los últimos años de esa década, en la que, además, se llevaron adelante proyectos que traspasarían lo personal y se transformarían en hitos de la historia regional: proyectos que no solo fueron inmensos en su momento sino que perpetuarían a Urquiza en el tiempo, como la fundación del Colegio del Uruguay, el saladero Santa Cándida y el inicio de la fundación de las colonias agrícolas.

El 3 de febrero 1852 es una fecha emblemática para la historia del Establecimiento San José, la casa del general Urquiza ubicada a 30 kilómetros de la ciudad de Concepción del Uruguay, en el medio del monte entrerriano, y, por supuesto, lo fue también para su morador en el marco del proceso de organización del Estado argentino. Sin duda, la fecha representa uno de los hechos por los que más preguntan y que más conocen los visitantes. La propuesta de la institución para quienes ingresan a la casa es volver al pasado, revivir aquellos años a través de la imaginación y los sentidos, ubicarnos en el siglo XIX: pensar en los medios de transporte de la época, en los viajes, en los tiempos, en la tecnología disponible. Iniciamos la visita, luego de algunas apreciaciones respecto de la construcción y datos sobre la casa, mientras recorremos los jardines y patios de ingreso; luego pasamos el zaguán y comenzamos a recuperar el proceso histórico a partir de los objetos que vemos.

A los motivos de índole personal y política que gradualmente debilitaban las relaciones entre el gobernador de Buenos Aires y el de Entre Ríos, se sumaba la rivalidad producida por los intereses comerciales entre el primero y los demás Estados de la Confederación, especialmente los del Litoral, que no contaban con tráfico fluvial internacional. Sarobe (1941) indica que el descontento era general: hasta el comercio de frutas de Cuyo estaba paralizado. La situación se complejizó aún más cuando, en 1848, se prohibió la extracción de cualquier clase de moneda metálica para las provincias, y estas debieron emplear el papel moneda del banco de Buenos Aires, con lo cual disminuyeron el circulante y las posibilidades de transacción. Además, poco después se prohibió la salida de pólvora con destino a las explotaciones de cal en Entre Ríos, una de las principales fuentes de ingresos de la provincia. Para superar la situación, Urquiza tomó diversas medidas: fomentó 61


el cultivo de trigo, aplicó impuestos a los productos que se podían producir en la provincia, aumentó la existencia de ganado e incluyó la navegación por Montevideo, entre otras. Pero el disgusto crecía y se exacerbaba con la intervención de potencias extranjeras, situación que agudizaba las cuestiones políticas y morales de las disputas internas. En esos años Urquiza estaba radicado en el campamento Calá, 50 kilómetros al oeste del Museo, hoy localidad de Rocamora (Entre Ríos), ya siendo gobernador de la provincia por segunda vez. Los primeros documentos que hablan de la construcción de la residencia de San José datan de 1848, y, para cuando se comenzaban a dirimir estos asuntos, a partir de 1850, Urquiza ya vivía en esta residencia, en calidad de gobernador por tercera vez consecutiva. Mientras recorremos el Patio de Honor, reflexionamos sobre la compleja situación de las provincias para ese momento: mientras las luchas revolucionarias en Europa hacían florecer los intercambios en el puerto de Buenos Aires, el prestigio de su gobernador caía. Aunque parecía reinar la paz entre las provincias, fuerzas internas y externas —entre ellas muchos exiliados, como Sarmiento, Alberdi y Frías— esperaban una reacción en contra de Rosas. La democracia era a la vez el problema y la solución. Por un lado suscribían en principio a las ideas de gobierno representativo institucional; por el otro, desconfiaban profundamente de la voluntad del pueblo, ya que las masas se encolumnaban detrás de Rosas y el autoritarismo tradicional que él representaba (Sarobe, 1941). Para 1851 Urquiza decidió tomar cartas en el asunto y comenzó a organizar sus fuerzas; sobradamente previstas las posibilidades de la salida institucional, según Bosch (1971), Urquiza trazó alianzas contundentes. Aprovechando la renuncia protocolar de Rosas, la aceptó utilizando las razones que el mismo Rosas daba para tal acto y reasumió el ejercicio de las facultades inherentes a su soberanía territorial —el manejo de las relaciones exteriores y asuntos de paz y de guerra delegados en el gobernador de Buenos Aires— a través del Pronunciamiento, un decreto ley esbozado el 1 de mayo de 1851 en el Establecimiento San José y leído en la plaza principal de la Villa de Concepción del Uruguay. Rosas, por su parte, ... decide continuar en el ejercicio del poder y enfrentar los acontecimientos. El 15 de septiembre comunica a la legislatura el retiro de la renuncia al mantenimiento de las relaciones exteriores presentada a comienzo de año... (Bosch, 1971) 62

declarando los actos de Urquiza como alta traición. Este comenzó a conformar el grupo que enfrentaría a las fuerzas del gobernador de Buenos Aires a través de un tratado de alianza defensivo-ofensivo en que se unieron el Imperio del Brasil, el Uruguay y la provincia de Entre Ríos. Del resto de las provincias, la única que respondería sería Corrientes. Mientras observamos los cuadros de Blanes, analizamos de qué modo se dio ese proceso y cómo empezaron a conformarse los ejércitos —pues el enfrentamiento era solo cuestión de tiempo—, pese a dificultades tales como la de conseguir oficiales entrenados o soldados de carrera. Rosas, por su parte, contaba con un importante poder militar. La capitulación de Oribe y la caída de Montevideo fueron la primera fase de la empresa. Ahora irían por la decisiva contra Rosas. Eso implicó la celebración de un nuevo acuerdo entre los aliados Entre Ríos, Corrientes, Uruguay y Brasil, el 21 de noviembre de 1851. En un primer momento se establecieron en Diamante (Entre Ríos), y para fines de diciembre la concentración de las tropas era total. En Punta Gorda las fuerzas aliadas cruzaron el Río Paraná y se reunieron. Así culminaba el franqueo del caudaloso río por una masa imponente de veintiocho mil soldados, cincuenta y cinco mil caballos, varios cientos de vehículos y piezas de artillería, lo que hacía exclamar a Sarmiento el cronista de la campaña: “La operación que arredra a los más grandes capitanes, está pues ejecutada, y el pasaje del Paraná realizado por un gran ejército y por medios tan diversos, será considerado por el guerrero, el político, el pintor o el poeta, como uno de los sucesos más sorprendentes y extraordinarios de los tiempos modernos” (Sarobe, 1941). Aquel 3 de febrero, la batalla se llevó adelante frente al Palomar. Tras el triunfo aliado, Rosas se exilió en Inglaterra. Según Bosch (1971), la batalla de Monte Caseros cierra un ciclo: termina el período de aislamiento provincial, en un instante se extinguen los rótulos de unitarios y federales, y cesa el monopolio económico detentado por la aduana de Buenos Aires. Luego de la victoria, Urquiza se dirigió a Palermo, donde nombró a Vicente López y Planes gobernador de la provincia. La entrada a Buenos Aires fue recién el 19 de febrero. Gastiazoro (1980) establece que la derrota de Rosas mejoró la situación: creó favorables condiciones para construir el Estado, para lograr la unificación nacional y para el desarrollo de la lucha de clases, pero no modificó la estructura económico-social ni de poder.


En estas circunstancias, utilizando los antecedentes del Pacto Federal de 1831, Urquiza convocó a una reunión de gobernadores en San Nicolás para resolver principalmente la convocatoria a un Congreso general federativo y legitimar en carácter provisional su posición de director de hecho de la Confederación Argentina (Gastiazoro, 1980). Isidoro Ruiz Moreno (2006) resalta que la campaña militar debía dar paso al objetivo político. En 1852 la tarea principal era derrocar a Rosas, lucha a la que Alberdi se unió, como otros intelectuales, contribuyendo a la formación de ideas. A tales efectos, envió su libro Bases y puntos de partida para la organización política de la República Argentina, que sería tenido en cuenta en el momento de redactar la Constitución. El acuerdo de San Nicolás fue suscripto el 31 de mayo del mismo año. Para Bosch (1971), es un documento de trascendental importancia en la historia institucional pues representa el compromiso de constituir un país, allanando las dificultades para reunir un congreso y garantizando la soberanía durante el período constituyente. Según Ruiz Moreno (2006), esa reunión de gobernadores fue algo insólito, pues nunca había ocurrido un encuentro de ese tipo. Este autor indica que el acuerdo fue tan decisivo para la Organización Nacional como el Pacto Confederal firmado veintiún años antes y puede considerase dentro de los pactos preexistentes que menciona la Constitución. Sin embargo, tras la partida de Urquiza camino a Santa Fe, se produjo el levantamiento del 11 de septiembre de 1852, que implicó la separación de Buenos Aires de la Confederación y el ataque a la Villa de Concepción del Uruguay, la conocida invasión de Madariaga. De todas maneras, al cesar las hostilidades, se inició el periodo de convivencia entre la Confederación y Buenos Aires, situación que culminaría en 1859 en la batalla de Cepeda. Cabe destacar que, aun sin la participación de Buenos Aires, el 1 de mayo de 1853 se sancionó la Constitución Nacional. Para la provincia de Entre Ríos específicamente, la apertura de la navegación implicaría, según Urquiza Almandoz (1983), un notorio incremento del comercio entrerriano, sumado al aumento de la población y a la formación de nuevos núcleos urbanos. Los años pasaron y el proceso de formación del Estado continuó, inicialmente, con la elección de Urquiza como primer presidente y su residencia de San José como el centro político de la época. La relación entre Urquiza y Rosas, en realidad, no acabó tras la batalla, sino que tuvo una

transformación y continuó por carta. Gras (1948) analiza la extensa vinculación entre ambos, que, si bien estuvieron distanciados en el período que va desde el Pronunciamiento hasta la batalla de Caseros, antes y después intercambiaron una copiosa correspondencia, casi exclusivamente de carácter oficial o semioficial durante la primera etapa, pero de tipo personal, de recíproca comprensión y solidaridad, en el período posterior. Dejando por el momento los avatares del proceso de Organización Nacional, avanzamos en el recorrido por la casa y en el tiempo, veinte años específicamente. Nos ubicamos en la Entre Ríos de 1870, en el Palacio San José, la residencia personal de quien es gobernador por sexta vez. Recuperamos la batalla del 3 de febrero, pero en esta ocasión en la celebración de un nuevo aniversario y en la espectacular visita del presidente de ese momento, Domingo Faustino Sarmiento. Sabido es que las relaciones entre Urquiza y Sarmiento sufrieron sus altas y bajas. Adversarios políticos antes de Caseros, se reconciliaron y aunaron esfuerzos por una misma causa en dicha campaña, para luego volver a distanciarse. La reconciliación definitiva se produjo en esta ocasión, aunque, según varios autores, ella apresuró la muerte de Urquiza y la guerra civil en Entre Ríos. Más allá de eso, el 3 de febrero de 1870 sería memorable. Al comenzar el año se nombraron en Concepción del Uruguay las comisiones encargadas de preparar el recibimiento y las fiestas, una debía preparar los arcos triunfales, otra la iluminación, otra adornar el teatro para el baile de gala y la restante encargada de realizar las invitaciones. Además había otra en Gualeguaychú para invitar a las personas de aquella localidad que quisieran participar (Bruchez de Macchi, 1995). Esa fecha se declaró feriado provincial. Fue una visita que quedó plasmada en el recuerdo de muchos, incluso en los relatos del mismo Sarmiento, y terminó siendo una fecha de fiesta, hasta el día de hoy, en nuestra provincia. Sarmiento y la guardia nacional arribaron al puerto de Concepción del Uruguay en un vapor llamado Pavón. Para tal ocasión se había embanderado el muelle y se había colocado un arco del triunfo adornado con flores y coronas, elementos ornamentales que se repetían en las calles por las que pasarían el presidente y su comitiva. Hubo desfile de tropas en la plaza, y al mediodía el grupo llegó al Palacio San José. En este momento del relato los mediadores nos volvemos azafatos y comenzamos a señalar con las manos los lugares donde tuvo lugar el banquete, los adornos con elementos de la batalla, el 63


comedor principal, el piso de madera para el baile, la habitación donde pernoctó el presidente, los caminos por los cuales se dirigió a disfrutar del parque y del lago artificial. La residencia lucía banderas de todas las nacionalidades y su ornamentación impresionó vivamente a Sarmiento y sus acompañantes. El patio principal estaba tapizado de pared a pared con una alfombra roja, y a manera de toldo, habían colocado un gran lienzo blanco del que colgaban guirnaldas, banderas y faroles de variado colorido. Lucían en el centro, sobre una base circular de madera, dos cañones de bronce, balas, bombas, granadas, cornetas, fusiles con bayoneta, espadas lanzas y además las cuatro banderas que flamearon el 3 de febrero pertenecientes a la Argentina, la de Entre Ríos, la de Uruguay y la de Brasil. Todo ello rematado por coronas de flores y laureles (Bruchez de Macchi, 1995). Luego de la visita al Palacio, la comitiva volvió a Concepción del Uruguay para participar del baile en el Teatro 1° de Mayo y después se dirigió a la ribereña y mercantil Villa Colón, entonces dentro del departamento Uruguay, unos 30 kilómetros al norte de Concepción del Uruguay. Tras la visita a la Colonia Agrícola San José, los agasajos y las charlas sobre los progresos realizados, Sarmiento pronunció, según Bruchez de Macchi (1995): “Ahora sí me creo presidente de la República, fuerte por el prestigio de la ley y el poderoso concurso de los pueblos”. Esta parte del recorrido por la casa despierta mucho entusiasmo y curiosidad: 150 años después de aquellos hechos, los visitantes del Palacio San José, ahora Museo y Monumento Histórico Nacional “Justo José de Urquiza”, se anonadan e imaginan a las personas con sus formas, sus ideas, sus acciones. A partir de allí el relato se vuelve cada vez más atrapante, y el Patio de Honor de la residencia nos invita a volver, porque siempre hay más por conocer, siempre queda algo que preguntar, pero, sobre todo, siempre podremos construir juntos un nuevo relato. Para ello, como al principio, debemos despojarnos de nuestro presente, revivir el pasado, ser empáticos y recordar que hay mucho que podemos contar y otras cosas que serán una eterna incógnita o que quizás dejemos para la próxima visita. Los invitamos a volver a recorrer los patios del Palacio, a sentir los aromas de las magnolias y los jazmines, a ver la belleza de las rejas forjadas a fragua y martillo, a caminar los espacios por los que allá, hace mucho tiempo, se tomaron decisiones que cambiaron la historia de nuestro país. Y, de paso, aprendemos un poco más de nosotros mismos.

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Referencias bibliográficas 1° de mayo de 1851 (1907). Buenos Aires: Imprenta Nacional de J. Lajouane & Cía. Barreto Constantín, A. M. (2012). Urquiza íntimo. Buenos Aires: Dunken. — (2007). Residencia del General Justo José de Urquiza. Buenos Aires: Dunken. — (2016). Vida de un caudillo. Buenos Aires: Dunken. Bosch, B. (1971). Urquiza y su tiempo. Buenos Aires: EUDEBA. — (1978). Historia de Entre Ríos. Buenos Aires: Plus Ultra. Bruchez de Macchi, S. E. (1995). Las fiestas en el Palacio San José. Buenos Aires. Capdevila, A. (1922). Las vísperas de Caseros. Buenos Aires: Agencia General de Librería y Publicaciones. Carcano, R. J. (s.f.). De Caseros al 11 de septiembre. Buenos Aires: Roldan Editor. Castro, Antonio P. (1941). “Lo que es y significa el Palacio San José”. Revista Litoral. — (1944). Memorias de Antonio P. Castro. Comisión Nacional de Museos. Cerrudo, L. A. (2016). El Palacio San José. Casa del General Urquiza. Buenos Aires: Dunken. Chiaramonte, J. C. (1997). Ciudades, provincias, estados. Orígenes de la nación argentina (1800 – 1846). Buenos Aires: Emecé. Comisión Honoraria (1938). Palacio San José y Museo Regional. Concepción del Uruguay. De Urquiza, A. F. (1922). El Palomar de Caseros: Los soldados de Urquiza. Buenos Aires: La Facultad. — (1924). Campañas de Urquiza. Buenos Aires: J. Lajouane & Cía. Degénova, L. M. (1911). Monografía de la Campaña de 1851-1852 (Caseros). Buenos Aires: Talleres Gráficos del Estado Mayor del Ejército. Domínguez Soler, S. T. P. de (1999). Urquiza. Bibliografia. Buenos Aires: Instituto Urquiza de Estudios Históricos.


Fregueiro, Clemente L. (1917). La defensa de Montevideo y el general Urquiza. Buenos Aires: Talleres Gráficos del Ministerio de Agricultura de la Nación. Gastiazoro, E. (1980). Historia de la Argentina. Introducción al análisis económico-social (1536-1880). Buenos Aires: Editorial Ágora. Gras, M. C. (1948). Rosas y Urquiza. Sus relaciones después de Caseros. Buenos Aires: Talleres Gráficos SEMCA. Macchi, M. E. (1981). Creación de la Municipalidad de Buenos Aires. Concepción del Uruguay. Palacio San José Museo y Monumento Histórico Nacional Justo José de Urquiza (s.f.). Sarmiento visita el Palacio San José. Comisión Nacional de Museos y Monumentos y Lugares Históricos. Palacio San José (2011). Patrimonio archivístico. Una herencia legada al porvenir. Buenos Aires: Dunken. Rodríguez Larreta, C. (1920). Después de Caseros. Buenos Aires. Romero Carranza, A., Rodríguez Varela, A. y Ventura Florez Pirán, E. (s.f.) Historia política de la Argentina. Buenos Aires: Editorial Astrea. Ruiz Moreno, I. J. (2006). Campañas militares argentinas. La política y la guerra. Buenos Aires: Emecé Editores. Ruiz Moreno, L. (1952). Centenarios del Pronunciamiento y de Monte Caseros, tomos I y II. Paraná: Museo Histórico de Entre Ríos Martiniano Leguizamón. Sarmiento, D. F. (1956). Campaña en el Ejército Grande. Buenos Aires: Amigos del Libro. Sarobe, J. M. (1941). El general Urquiza y la campaña de Caseros (1843-1852). Comisión Nacional del Monumento al General Justo José de Urquiza, vol. I y II. Buenos Aires: Guillermo Kraf Ltda. S. A. Shumway, N. (1993). La invención de la Argentina. Hacia la historia de una idea. Buenos Aires: Emecé. Urquiza Almandoz, O. F. (1983). Historia de Concepción del Uruguay, tomo II. Concepción del Uruguay: Municipalidad de C. del U. Usal, F. H. (s. f.). El fusilado de Caseros. La gloria trágica de Martiniano Chilavert. Buenos Aires: La Bastilla.

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Batalla de Caseros. Ataque de caballería Se observan las divisiones de caballería. Autor: Juan Manuel Blanes Fecha: 1856/1857 Técnica: óleo sobre tela Dimensiones: 80 x 235 cm. Enmarcado. Ubicación: Patio de Honor, ala oeste, sala Benjamín Victorica. Colección Palacio San José

Batalla de Caseros. Final del combate Se observan puntos emblemáticos del encuentro militar. Autor: Juan Manuel Blanes Fecha: 1856/1857 Técnica: óleo sobre tela Dimensiones: 80 x 235 cm. Enmarcado. Ubicación: Patio de Honor, ala oeste, sala Benjamín Victorica. Colección Palacio San José

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Fragmento recuperado del cuadro ecuestre a tamaño natural realizado por el pintor uruguayo Juan Manuel Blanes. La obra original fue destrozada en el recinto de la Cámara Legislativa por las fuerzas jordanistas tras el asesinato del general Urquiza; el mismo autor se encargó de la restauración del que hoy es patrimonio del museo. Donación: Angélica y Victoria García Victorica. Fecha: 1869 Técnica: óleo sobre tela Dimensiones: 96,5 x 83,5 cm. Enmarcado. Ubicación: Patio de Honor, ala este, sala escritorio político. Colección Palacio San José

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Busto de bronce del general Justo José de Urquiza ubicado en el jardín posterior. Obra de los escultores Italianos Ciochetti y Piraino, 1943. Colección Palacio San José

Ingreso principal a la residencia de San José. Frente del edificio en la actualidad.

Vista desde el sur del jardín Francés y la Torre Norte. Al fondo sobresalen las araucarias.

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Teniente Coronel Domingo Faustino Sarmiento En la distribución de premios de la Exposición de París Autor: No identificado Materiales: papel y albúmina Técnica: fotografía Lugar y fecha: París, Francia, 1867 Colección Museo Histórico Sarmiento 69


Quepí Forma parte del uniforme de general exhibido en la Sala Sarmiento Obra y Legado Autor: Clarent y Cía. Técnica: cosido, bordado Materiales: paño de lana, seda, cuero, mostacillas e hilo dorado Fecha: mediados del siglo XIX Colección Museo Histórico Sarmiento 70


Condecoración de la Orden de la Rosa Forma parte del uniforme de general de Sarmiento exhibido en la Sala Sarmiento Obra y Legado. Fue entregada por el emperador Pedro II por su actuación en la batalla del Tonelero, ocurrida el 17 de diciembre de 1851, cuando se enfrentaron baterías brasileñas y rosistas, a orillas del río Paraná. Materiales: metal Técnica: fundido y esmaltado Fecha: circa 1852 Colección Museo Histórico Sarmiento 71


Campaña en el Ejército Grande: el libro (más) extraño de Sarmiento Adriana Amante

Instituto de Literatura Hispanoamericana (Facultad de Filosofía y Letras-Universidad de Buenos Aires)

Ya en su vejez, en "Facundo. Civiltà o barbarie. Versione al'italiano de F. Fontana", uno de los más bellos artículos que ha escrito con motivo de la traducción de su libro al italiano en 1881, Sarmiento resuelve sintéticamente su firme convicción sobre el poder de la palabra en el campo de las acciones políticas al proponer que fue la obra fulminante de un libro –su Facundo– lo que provocó la caída del más fuerte sistema de gobierno –el de Rosas–: “El tirano cayó abrumado por la opinión del mundo civilizado, formada por ese libro extraño, sin pies ni cabeza, informe, verdadero fragmento de peñasco que se lanzan a la cabeza los titanes”. Sin embargo, no es el Facundo el libro más extraño de Sarmiento, sino Campaña en el Ejército Grande Aliado de Sud-América. Campaña en el Ejército Grande: ese texto que quien ha sido el boletinero del ejército comandado por Justo José de Urquiza concibe, organiza, escribe, transcribe, reescribe y edita en tránsito a lo largo del año 1852, en un nuevo destierro que, apenas veintiún días después de la batalla de Caseros, lo lleva de Buenos Aires a Río de Janeiro para devolverlo nuevamente a Chile. Las anómalas condiciones de su producción generan una forma extraña de composición estética y argumental, lo que vuelve tan fascinante la historia de su ideación, realización y publicación como significativas las intervenciones de Augusto Belin Sarmiento para su reedición como tomo XIV de las Obras de D. F. Sarmiento publicado en 1897, que merecen un artículo aparte. Atractivo como es, Campaña termina siendo un libro poco leído. ¿Injustamente? Seguro; pero quizás también inevitablemente. Porque su singularidad lo vuelve complejo.

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Campaña en el Ejército Grande es el libro que pone en juego del modo más intenso la relación entre las armas y las letras, incluso más que Facundo, al que continúa, no obstante y por supuesto, en otra variante magistral de la articulación entre escritura y política. No solo porque trata sobre el modo en que se llega al triunfo militar sobre Rosas en Monte Caseros el 3 de febrero de 1852, sino ante todo porque la propia estructura del libro está marcada por las vicisitudes de un escritor en combate. Porque muestra la disponibilidad de una escritura para ponerse al servicio de una causa política; pero, a la vez, plantea los problemas que esa articulación entre escritura y política acarrea cuando se juega en el campo de batalla, que no solo enfrenta dos ejércitos, el de Urquiza y el de Rosas, sino también –y quizás fundamentalmente– dos obstinadas posiciones: la del letrado Sarmiento, que cree que ya es hora de que la Argentina lo convierta en el consejero del poder, y la del jefe militar Urquiza, que descree de los chillidos de la prensa para conseguir resultados en la política práctica. Ahora Sarmiento ya no se mide solamente con su enemigo histórico (Rosas) sino también con su aliado incidental (Urquiza), y cualquier programa de acción futura deberá entrar en nuevos agenciamientos para concretarse. ¿Pero qué tipo de libro es este? ¿Por dónde abordarlo? Convirtiendo las dificultades que pueda ocasionar su lectura en un problema crítico, empezando por la consideración de su estructura. Porque la estructura de este libro es la marca más evidente de su singular naturaleza. Estructura que no es necesariamente la que Sarmiento eligió, sino probablemente la única –o la mejor– de que dispuso, dadas las circunstancias. Porque la escritura (que implica tanto la concepción del texto


como las condiciones materiales en que en efecto se redacta), la estructura y la publicación del libro son en este caso instancias interdependientes y forman una trama perfecta. Así, esa trama puede leerse –y combino acá dos ideas de Ricardo Piglia que no son sobre Sarmiento pero vienen bien al caso– como la segunda historia que acompaña y sostiene el relato sarmientino de la avanzada militar de las fuerzas aliadas sobre la Buenos Aires de Rosas. Esa segunda historia, que en el fondo quizás sea la que realmente se quiere contar, es la de la lucha de un escritor: Soldado, con la pluma o la espada, combato para poder escribir, que escribir es pensar; escribo como medio i arma de combate, que combatir es realizar el pensamiento i este mi titulado Diario de la Campaña en el Ejército Grande tiene por objeto dar cuenta a mis amigos de los hechos a que se refiere como de las causas que los produjeron, i los resultados que debiera dar i dará el triunfo de Monte-Caseros, a que concurrí en mi doble carácter, arrastrando desde el Pacífico hasta el campo de batalla aquella prensa de Chile que continuó fulminando i persiguiendo al tirano hasta las calles de Buenos- Aires (vii). Este bello y elocuente pasaje define la relación entre escritura y política al asimilar las dos luchas: la de la producción intelectual y la del ejército. Y es interesante notar la inversión de lo que podría considerarse el orden ¿natural? de las acciones de un letrado: Sarmiento no dice que escribe para poder combatir sino que combate para poder escribir. Lo que tal vez no sea, en rigor, un mero lapsus de este escritor movido preponderantemente por el pólemos: arte de la guerra que ejerce tanto en su materialización militar como en la verbal. Y si el pensamiento se articula como lenguaje, para Sarmiento el pensamiento se articula en particular como escritura, que se ejerce como forma de lucha concreta y sobre todo efectiva. Porque el pensamiento no está condenado a ser una abstracción: se realiza, adquiere realidad. Así, combatir es poner en acto y en acción el pensamiento, lo que se vuelve tangible en las insistentes menciones que hace en Campaña de su libro Argirópolis, de marzo de 1850, en el que apostó con clarividencia política al caudillo entrerriano que todavía no se había pronunciado. Con el avance del Ejército Grande sobre Buenos Aires, esa “plegaria” de Argirópolis que le “enderezaba” en su momento a Urquiza (74) iba concretándose: “He aquí, me decía mi vanidad, Argirópolis, galopando en la pampa” (106). De las condiciones en que Campaña en el Ejército Grande fue gestado, organizado, escrito, impreso y publicado surge su singular estructura. Las condiciones de producción y la voluntad de Sarmiento de hacer del libro una evidencia material

de esas condiciones marcan a fuego la naturaleza del texto, que se juega, ante todo –como propongo– en la estructura. Y, así, entendiendo la estructura vamos a poder inteligir el libro. Campaña en el Ejército Grande Aliado de Sud-América ha sido ideado, redactado e impreso en tres partes, lo que se hace visible desde la que se anuncia como la “primera entrega”, publicada por la Imprenta Imperial e Constitucional de J. Villeneuve, en Río de Janeiro. Porque –como ya comenté–, menos de un mes después de la batalla de Caseros y previsiblemente desencantado con el jefe militar y nuevo líder político de la Argentina, Sarmiento vuelve a emigrar, convirtiéndose en “un proscripto de la victoria”, como le dice melancólica y certeramente desde Petrópolis a su amigo Antonino Aberastain. Apremiado por la situación, sin tener todavía claro el plan de obra ni su conveniencia, Sarmiento se conforma con citar “ad memorandum” (sintagma en latín que significa “lo que debe ser recordado”) y organiza bajo ese título la primera entrega de 45 páginas, que reúne artículos periodísticos publicados en Sud-América o en La Crónica (en general fragmentos), documentos oficiales y cartas que le dirigieron o envió, ordenados bastante cronológicamente. Sarmiento tiene tiempo y está, si no inactivo, claramente más desocupado, esperando en Río de Janeiro o en Petrópolis que sus amigos políticos –Mitre, sobre todo– le den alguna señal de que sí, de que Urquiza se dio cuenta de que verdaderamente lo necesita. Pero esa señal no llega. Pero frente a esta compilación que se publica como Ad memorándum cabe preguntarse: ¿Es lícito hablar de escritura? En el caso de Sarmiento sí: porque escribir es también editar y no solo de manera conceptual sino incluso material (en su caso, la noción de “autor” implica también las de scriptor, compilator, commentator como se entienden en la antigua retórica). Por lo que la edición de su texto implica atesoramiento, acopio, custodia, cuidado, conservación, compilación, selección y puesta en orden; en una palabra: archivo. Edición de materiales que se articulan como un montaje de partes (no en un sentido cinematográfico sino en un sentido maquínico) y en cuyo desenvolvimiento puede seguirse (leerse) un relato (con planteo de situaciones, intriga y dramaticidad) compuesto por artículos, documentos y cartas. La segunda parte de Campaña se plantea como un “complemento” de la anterior, pero a la vez se inscribe como “Prólogo” de un texto que, de todos modos y como es evidente, ya ha empezado. En las quince páginas de esa segunda entrega (numeradas en romano, como sucede habitualmente por practicidad con los textos liminares en la 73


composición del objeto libro), el yo de Sarmiento se despliega con la abundancia y la autoconciencia de siempre, distribuyendo entre la tercera y la primera personas el indudable protagonismo que le cabe en una de las coyunturas más determinantes de la historia nacional. Aceptemos, entonces, que podríamos centrar esa historia en él y recuperemos su periplo: el 3 de febrero se da la batalla, el 4 de febrero Sarmiento entra en Palermo, el 9 de febrero le advierte a Urquiza por carta que está a punto de volver a emigrar, el 24 de febrero efectivamente se marcha y lo despide en el puerto de Buenos Aires su amigo Mitre. Las fechas que se anotan en la segunda entrega de Campaña (la parte titulada “Prólogo” es del 20 de marzo de 1852, y la carta a Mitre que le sigue, del 13 de abril de 1852) van poniendo de manifiesto el tiempo que pasa: termina marzo, llega abril y Sarmiento todavía está en tierras brasileñas: Mándole a V. un panfleto que tiene por título el que llevaba el Memorandum que cayó en poder de Rosas i reconquisté en el campo de batalla, le dice a Mitre. Y se explaya: El cansancio i el tedio por un lado, i la mala corrección de la tipografía brasilera por el otro, han estorbado que escriba i publique nada por ahora, contentándome con citar ad memorandum todos los documentos que trazan el camino de mi narración, como antecedente necesario de los conceptos que emitiré. Es lo que va un laberinto de fragmentos, en que puede extraviarse el juicio; pero yo tengo el hilo de Ariadne, i lo pondré a disposición de todos (XIII). Que en esa segunda entrega se enunciara un prólogo (o que esa segunda entrega se enunciara como prólogo) implica que el libro (o, al menos, el libro propiamente dicho) no habría empezado del todo, o que el libro en sí sería más lo que vendría (la tercera entrega) que la que ya se había publicado (el Ad memorándum). Pero la continuidad del conjunto completo está dada (entre otras cosas, claro) en que la numeración de las páginas retoma en arábigos la de esa primera entrega, por lo que la tercera abre estableciendo su primera página como la número 47. Y en esta tercera entrega el destinatario de la carta de Sarmiento ya no es Mitre sino Alberdi, y la misiva se propone como una “Dedicatoria” (otra forma discursiva liminal). La datación muestra, además, que no solo pasó el tiempo, sino que también cambió la ubicación: “Yungay, noviembre 12 de 1852”. Es evidente que la señal que Sarmiento esperaba para volver e instalarse en Buenos Aires no ha llegado (reconvendrá a su amigo Mitre en alguna otra carta por eso) y el escritor ha retornado a su destierro chileno.

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Entre la ironía, el enojo y la reivindicación de sus acciones, Sarmiento le consagrará (esa es la palabra que usa) a Alberdi, en un acto de liturgia cívico-pendenciera, la última y más abultada entrega de las tres que compondrán finalmente este libro extraño, acusándolo de haber sido la causa: No será el timbre menor de su talento i sagacidad el haber provocado i hecho necesaria esta publicación, pues cónstale a U., a todos mis amigos aquí, i al señor Lamas en Río-Janeiro, que era mi ánimo no publicar mi campaña hasta pasados algunos años. Los diarios de Buenos-Aires han reproducido el ad Memorandum que la precede, el prólogo i una carta con que se lo acompañé al Diario de los Debates. Véelas [sic] U. en el Nacional, i observe si hai consistencia con mis antecedentes políticos, nuestras conferencias en Valparaíso i los hechos que voi a referir (49). No habrá que esperar hasta 1853: la polémica ya empezó. El tono de discordia se instala y, a continuación, una “Advertencia” (una forma discursiva liminal más, y van…) se envalentona como una amenaza: “Yo vi, yo oí, yo hice”, les espeta a esos teóricos de bufete o de mostrador de Valparaíso (como Alberdi, es evidente) que no han puesto el cuerpo ni jugado su pellejo como él y abre –al fin– la boca: “Me he estado mordiendo la lengua ocho meses, por no ir a interrumpir la marcha del carro triunfante con revelaciones indiscretas” (52). Y en la disputa entre el valor de la empiria combativa y las disquisiciones de “los hombres que se llaman prácticos a cuatrocientas leguas del teatro de los sucesos”, Sarmiento desenvuelve la narración de los hechos guerreros en una enunciación que adopta primordialmente la forma de un diario de marcha. Es en esta tercera entrega donde se terminará de confirmar que este libro es una acción iterativa. Sí: que se repite e insiste, como la voluntaria perseverancia de Sarmiento en mantener, recordar y afirmarse en sus posiciones ideológicas. La publicación de Campaña es una acción iterativa, como “los movimientos convulsivos” del joven de Rosario que al encontrarse en persona con su admirado Sarmiento, que hizo una parada con el ejército en su ciudad, tuvo un ataque de catalepsia como consecuencia de la emoción que le produjo haberlo conocido (“Es la primera vez que la tengo de placer”, cuenta el escritor en Campaña que el pobre muchacho manifestó en medio de la crisis). En ese estado, el muchacho reproducía lo que oía o lo que hacían los demás: “Daban tres golpes en la mesa, y los repetía con la misma cadencia en la muralla”, movido siempre por una “una idea arraigada, clara y fija”. Buena síntesis conceptual de lo que, aun si no padeciendo catalepsia, Sarmiento también tiene (las ideas arraigadas) y hace (que


conviene repetir), y que confirman lo que el propio Alberdi le ha dicho: “La prensa no obra sino por la repetición y la insistencia”, en un repiqueteo constante, que podríamos relacionar con el movimiento continuo y à la mécanique de la pesada imprenta volante que el escritor comandaba y arrastraba a través de la pampa, contra viento y marea, y contra el desdén de Urquiza, que insistía en que debía abandonarla: esa era la disciplina que, “reló [sic] en mano”, el boletinero del Ejército Grande les había impuesto tenazmente a sus colaboradores: “Una verdadera táctica de movimientos precisos y siempre iguales” (126). Pero no solo el libro: los materiales a partir de los cuales el texto se gesta y se escribe también fueron produciéndose sobre la marcha: el Diario de campaña del Teniente Coronel Sarmiento llevado en la Memoranda de tapas de cuero, los veintiséis Boletines del Ejército Grande que se suman a las cartas, los artículos y los documentos que Sarmiento fue produciendo o recopilando desde 1848. Ya en otra ocasión lo he dicho: todos esos materiales son la condición de posibilidad del libro pero no son el libro. Son la base sobre la que se idea, se organiza y se escribe (o se reescribe o se transcribe o se sobreescribe) el libro; irán a dar en el libro aunque –y este es el punto fundamental– cada uno de esos elementos no sea por sí mismo el libro. Así, Campaña en el Ejército Grande Aliado de Sud-América es un compuesto marcado por las vicisitudes del tránsito entre tres países y por la incertidumbre de Sarmiento respecto del lugar en el que terminaría colocado (y no me refiero solo a un espacio físico, sino sobre todo a su posición en el nuevo escenario de la política argentina). El escritor va acomodando la emergencia y las características de su texto a esas circunstancias, lo que dará por resultado esta obra extraña, claro y espléndido producto de la ansiedad. De la ansiedad de Sarmiento por publicar una obra cuyo plan de escritura todavía no tenía del todo claro, pero hacia la que la urgencia constitutiva de su estilo lo espoleaba (urgencia que nadie caracterizó con tanta lucidez como Beatriz Sarlo, que prefiere dejar de atribuirla a las circunstancias políticas que se imponían para entenderla como efecto de una “velocidad subjetiva”, que es un “rasgo interno” de este escritor).

seguir siendo la misma, sino también por no lograr lo que todos sus compañeros letrados de la causa antirrosista (pero sobre todo él) querían conseguir: convertirse en los consejeros del poder. La furia, pero también el lamento –repito–, es la reacción ante lo que parece irreductible: que ni Rosas ni mucho menos Urquiza estaban dispuestos a admitir mejor ideólogo que su propia conciencia. Aunque siempre habrá un Alberdi que lo logre, y por eso Sarmiento volverá a dar batalla. (Este artículo es un anticipo de las ideas que la autora está elaborando para la edición crítica de Campaña en el Ejército Grande que prepara para la colección El País del Sauce de EDUNER/UNL.)

Referencias bibliográficas Amante, A. (2012). “Sarmiento el boletinero”. En Amante, A. (directora del volumen) Sarmiento, vol. IV de Jitrik, N. (director de la obra) Historia crítica de la literatura argentina. Buenos Aires: Emecé. — (junio de 2016). “Sarmiento y sus precursores”. Boletín del Instituto de Historia argentina y americana Dr. Emilio Ravignani (44), Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos Aires. Sarmiento, D. F. (1900). "Facundo. Civiltà o barbarie. Versione al'italiano de F. Fontana" (El Nacional, 22 de septiembre de1881). En Obras de D. F. Sarmiento, tomo XLVI: “Páginas literarias”. Buenos Aires: Imprenta y Litografía Mariano Moreno. — (1852). Campaña en el Ejército Grande Aliado de Sud-América. Río de Janeiro: Imprenta Imp. y Const. De J. Villeneuve y C.; Santiago: Imprenta de Julio Belin i Ca. Sarlo, B. (2011, 6 de noviembre). “Sarmiento. El escritor inestable”. Suplemento “Cultura”, Perfil.

Por eso la variación en el carácter de las partes de Campaña en el Ejército Grande Aliado de Sud-América, por eso la variación en la extensión de las partes, por eso la variación en el registro de las partes, aunque el tono –deberíamos decir– es el mismo: el de la furia de décadas contra Rosas, al que se agrega –y ese plus termina siendo quizás lo más magnético de este libro extraño– el de las filípicas contra Urquiza. Y el lamento. No solo por el triunfo permanente de la “barbarie” que Sarmiento combate y que, persistente, se transforma para 75


Libreta de notas Contiene anotaciones sobre la Campaña del Ejército Grande Autor: Domingo Faustino Sarmiento Materiales: papel, lápiz y tinta Técnica: manuscrito, encuadernado y cosido Lugar y fecha: Caseros, Buenos Aires, Argentina, 1852 Colección Museo Histórico Sarmiento

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Páginas de las ediciones originales de las tres entregas que componen Campaña en el Ejército Grande Aliado de Sud-América, de Sarmiento

Página de la Memoranda, el Boletín número 3 y la edición en libro que refiere el “pasaje de un gran río por un grande ejército”.

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Juan Bautista Alberdi Copia fotográfica del daguerrotipo tomado el 16 de diciembre de 1851 en Valparaíso. Autor: Christiano Junior Materiales: cartón, papel y albúmina Técnica: fotografía Lugar y fecha: Buenos Aires, 1876

Justo José de Urquiza Retrato donde viste poncho a rayas Materiales: papel y albúmina Técnica: fotografía Fecha: siglo XIX Colección Museo Histórico Sarmiento

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Narrativas y poéticas a 170 años de la

Batalla de Caseros