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LOS TIEMPOS DE LA ANTÁRTIDA HISTORIA ANTÁRTICA ARGENTINA

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INDICE. Cap. I. EL TIEMPO DE LA HIPÓTESIS • Hacia la Cruz del Sur • La Antártida en la cartografía antigua • El mapa de Piri Reis Cap. II. EL TIEMPO DE LA APROXIMACIÓN • La leyenda: Los fueguinos. Los maoríes. • La Historia: La noticia de Heródoto. Los españoles. Los avistajes dudosos. Cap. III. EL TIEMPO DE LOS DESCUBRIDORES • Las expediciones mixtas • Sucesos mundiales Cap. IV. EL TIEMPO DE LA CIENCIA Y LA COOPERACIÓN ANTÁRTICA INTERNACIONAL • Los Congresos Internacionales de Geografía y el progreso de la investigación antártica Cap. V. EL TIEMPO HEROICO • El asalto al Polo Sur • La exploración aérea • La Antártida en el concierto internacional promediando el siglo XX • La Antártida en el concierto universal promediando el siglo XX • Brasil • La explotación ballenera • El Año Geofísico Internacional (A.G.I.) • El Tratado Antártico • Protocolo de Madrid • El Año Internacional del Sol Quieto (A. I. S. Q.) • Sucesos mundiales Cap. VI. EL TIEMPO DE LOS ARGENTINOS • Los argentinos en la primera mitad del siglo XIX. Luz roja en la economía. La reacción local. La inquietud marítima. • Primera división política que incorpora tierras polares; el decreto del 10 de junio de 1829 • Luis Piedra Buena en la Antártida

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Los foqueros del Río de la Plata descubren islas antárticas. El almirante Brown navega cerca del Círculo Polar. Primer acto de soberanía en tierras polares: la concesión a Juan Pedro Aguirre. Los buques foqueros La acción precursora de Estanislao S. Zeballos y el Instituto Geográfico Argentino Los petitorios de Popper y Neumayer. El pensamiento del almirante Solier y algunos actos administrativos de soberanía antártica Cooperación argentina con la Expedición Antártica Internacional. El observatorio de las islas de Año Nuevo Una gesta singular: el rescate de la expedición Nordenskjöld. La actividad del alférez José María Sobral La partida El rescate El regreso Homenaje en el teatro Politeama José María Sobral 1904: El Observatorio Nacional de las islas Orcadas del Sur Tardía reacción británica e insólita propuesta 1921: ¡luz roja para orcadas! Oportunidad de la propuesta de la liga El trabajo realizado hasta la fecha Resultado práctico de estos trabajos El interés oficial La Compañía Argentina de Pesca S. A. Buques de la compañía Argentina de Pesca S.A. 1906: Nombramiento de autoridades locales para dos regiones antárticas

Cap. VII. LA ARMADA EN LA ANTÁRTIDA • Historia de nuestros primeros buques polares: la Uruguay y el Austral. La estación de la isla Booth o Wandell • 1939: la Armada y el plan general de política antártica. La Comisión Nacional del Antártico • Las expediciones Oddera (1942) y Harriague (1943). Las campañas anuales • Primer vuelo argentino en la Antártida • 1946: Plan general de ocupación y administración efectiva del Sector Antártico Argentino. Reorganización de la Comisión Nacional del Antártico. • El Sector Antártico Argentino • 1947: Primera Gran Expedición Antártica Argentina

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La partida En la zona de operaciones Aportes de la expedición 1948: La Flota de Mar en la Antártida 1949: Argentina, Chile y Gran Bretaña en la Antártida Argentina y Chile Argentina y Gran Bretaña El acuerdo tripartito de 1949 Agresión inglesa en la isla Decepción Cooperación Científica Internacional: el A. G. I. y el A. I. S. Q. 1958: Turismo a la Antártida

Cap. VIII. EL EJÉRCITO EN LA ANTÁRTIDA • El coronel Hernán Pujato, el Instituto Antártico Argentino y la penetración en el continente El Instituto Antártico Argentino coronel Hernán Pujato El presidente Juan Domingo Perón y la Antártida • Una hazaña: El cruce de los Antartandes La expedición bahía Margarita – bahía Mobiloil La expedición terrestre invernal antártica bahía Esperanza– bahía Margarita. • Proyectos en los años cincuenta • La penetración del mar de Weddell y la base General Belgrano • Vuelos precursores de Pujato y descubrimientos geográficos en los 83º Sur • Prioridad argentina en la toponimia de la zona hoy lamentablemente perdida • Correspondencia de topónimos argentinos, ingleses y norteamericanos. • 1965: Expedición terrestre al Polo Sur. 0peración 90 Operación 90 • Otras importantes travesías terrestres Belgrano I – Cabo Adams Belgrano II – Belgrano III – Cordillera Diamante – Base Sobral - Belgrano II • 2000: Segunda expedición terrestre al Polo Sur Cap. IX. LA AVIACIÓN ARGENTINA EN LA ANTÁRTIDA • El proyecto de 1926 y los vuelos a partir de 1942 • 1962: La Aviación Naval y el primer aterrizaje argentino en el Polo Sur • La Fuerza Aérea Argentina en la Antártida. La Fuerza Aérea de Tareas Antárticas • La operación Upsala • Frustrado vuelo transpolar

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• 1965. Primer vuelo transpolar transcontinental • El operativo San Martín 67 • Base Aérea Vicecomodoro Marambio • 1973. Primer Vuelo Transantártico Tricontinental Cap. X. LA ACTIVIDAD CIENTÍFICA ARGENTINA EN LA ANTÁRTIDA • Las campañas anuales • El Instituto Antártico Argentino Coronel Hernán Pujato • La cooperación científica internacional. El Año Geofísico Internacional y el Año Internacional del Sol Quieto • Arqueología histórica en la Antártida Los comienzos El programa Museoantar Las tareas en Cerro Nevado Las tareas en la Bahía Esperanza Cap. XI. MISCELÁNEAS • El yeti de Thule. La primera ocupación de las islas Sándwich del Sur y una festiva anécdota • El romance de los pingüinos • ¡Con el corazón mirando al Sur! • Solidaridad antártica • Primera misa católica en la Antártida • El perro polar • El monumento al perro antártico; un sentido y justo homenaje • Algo más sobre perros • Un día en Orcadas: ¡Aquellos héroes! • 1933: Turistas argentinos en Orcadas • Intervenciones quirúrgicas en la Antártida • Periodismo Antártico • ¿Premonición? ¿Autosugestión? • ¡Mosquitos en la Antártida! BIBLIOGRAFÍA CRONOLOGÍA ANTÁRTICA IBERO-ARGENTINA

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Capitulo I EL TIEMPO DE LA HIPÓTESIS Hacia la Cruz del Sur Desde muy antiguo, presintió el hombre la existencia de la Antártida. Y fueron los griegos quienes desarrollaron, quinientos o seiscientos años antes de Cristo, la teoría sobre una masa territorial que, en el mundo esférico que describieron en virtud de sus observaciones de la naturaleza, contrapesara las masas continentales del hemisferio Norte. Filósofos de la talla de Aristóteles y su escuela elaboraron la teoría de la esfericidad sobre la base de las formas circulares que la Tierra proyectaba en la Luna durante los eclipses. Confirmaban esa idea las noticias de los caminantes, que cuando transitaban de norte a sur, avistaban nuevas estrellas y constelaciones, y dejaban de ver las ya conocidas. Pensando que el mundo giraba alrededor de un eje imaginario, los griegos llamaron polos a los puntos en que ese eje cortaba la superficie de la Tierra. Al Polo Norte lo denominaron “ártico”, porque sobre él se encuentra la Estrella Polar perteneciente a la constelación de la Osa Menor (arktos, término griego que significa “oso”). Y al otro polo, al del sur, lo llamaron, por oposición, “antiártico” o “antártico”. Así nació la denominación de la región polar austral hacia cuya historia marchamos. Cartógrafos y cosmógrafos dieron rienda suelta a su imaginación y, con el correr de los siglos, el territorio que aún no había sido descubierto, adquirió las más diversas configuraciones y las más disímiles superficies.

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La Antártida en la cartografía antigua La primera concepción hipotética de la Antártida es debida al filósofo griego Crates (300 a. de C.) de la escuela cínica, discípulo de Diógenes; como el mundo conocido hasta entonces representaba sólo la cuarta parte del globo terráqueo, asimetría inconcebible para la mentalidad helena, Crates pensó que debía haber necesariamente un contrapeso y resolvió el problema imaginando tres continentes, uno de los cuales ubicó en el sur denominándolo Antípodas. Después de tan antigua representación, la imaginada Antártida vuelve a reaparecer a principios del siglo XVI, coincidiendo con los primeros viajes de los navegantes iberos tras la ruta de la especiería. Así, en 1527 se ejecuta en Londres un planisferio, obra del cartógrafo Robert Thorne, que muestra el estrecho de Magallanes, separado, no de la Tierra del Fuego, sino de un inmenso territorio austral que tiene la inscripción Terra Firmorum. Este planisferio fue publicando por primera vez por Richard Hakluit en 1582 en Londres. En 1531 Orontius Fineus publica un mapa que muestra un amplio territorio alrededor del Polo Sur con la leyenda Terra Australis recenter intenta, sed nondum plene cognita. (Tierra Austral recientemente descubierta pero aún no plenamente conocida). Dos años después (1533), Juan Schoner publica en Innsbruck un planisferio en el que se reproduce el hipotético continente alrededor del Polo Sur con una ancha prominencia hacia el Pacífico, y aproximándose a la América del Sur, de la que se halla separada por un estrecho; igual que en el planisferio de Thorne de 1527, no figura la Tierra del Fuego. Pedro Apiano, famoso matemático y astrónomo sajón, y Gemma Frisius, notable geógrafo y cosmógrafo, que fue profesor de Mercator, publican en 1545 una “Cosmografía” incluyendo un planisferio que registra, a continuación del estrecho de Magallanes, el contorno de un continente sin nombre. Recordemos que para esa época

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todavía no se había descubierto el Cabo de Hornos, por lo tanto no se sabía que la tierra al sur del estrecho de Magallanes era una isla. En 1569 aparece el mapamundi del holandés Gerardo Mercator, considerado el padre de la cartografía holandesa, y cuyo verdadero apellido era Kremer. En él se ve un supuesto continente antártico con el círculo polar en los 70º de latitud Sur y la leyenda: Merides/Polus antarcticus. La fama del conocido cartógrafo flamenco se debe a dos hechos: redujo la longitud del mar Mediterráneo, corrigiendo así a Ptolomeo, e ideó la proyección que lleva su nombre. En 1570 y 1575, fueron publicados los hermosos mapas coloreados de Abraham Ortelius, que muestran una Terra Australis nondum cognita (Tierra Austral, apenas conocida), en cuya costa hay un “Golfo de San Sebastiano” y en su interior una Isola Cressalina, que son un verdadero interrogante. El Tipus Orbis de Joan Martines, editado en Messina, Italia, muestra una “terra del fuego” que se extiende por el oeste hasta Nueva Guinea y ostenta un segundo nombre: Terra incognita. Tiene graduación de 360º E y 190º W, meridiano central de 170º, y la latitud graduada hasta la máxima polar de 90º S y N. En 1587, la Antártica aparece representada, siempre imaginativamente por supuesto, en dos mapas: el mapamundi de Mercator, que muestra una gran isla con el nombre de Nueva Guinea, separada por un ancho brazo de mar, de un gran continente austral, separado a su vez de América del Sur por el estrecho de Magallanes; este mapamundi fue reproducido en el Gerardo Mercatoris Atlas, publicado en Ámsterdam en 1630, y en el “Mapa de las Tierras Antárticas” de Orelius, donde también se ve una Terra Australis nondum cognita extendida al sur del estrecho de Magallanes, con un contorno muy sinuoso. Frente al cabo Vírgenes se observa un archipiélago sin nombre, que podría ser el malvinense, y frente a la costa fueguina una isla con el nombre “Calis”.

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Juan Bautista Vrient, cartógrafo de Amberes, nos ha dejado también una representación de un gran continente inmediatamente al sur del estrecho de Magallanes con el nombre de Terra Australis et Magallánica, con meridianos de longitud graduados hasta las islas Salomón. La fecha de ejecución de este mapa se supone entre fines del siglo XVI y el año 1610, por el hecho de no figurar el estrecho de Le Maire. En un mapa impreso en Amberes por el cartógrafo flamenco Gerardo de Jode y reeditado por su hijo Cornelio, en una obra titulada Speculum Orbis Terrarum, figura la Australia Terra como un continente montañoso, siempre confundido con una gran Tierra del Fuego, de la que conserva parte de su toponimia; una leyenda dice que la Australia Terra es llamada vulgarmente por los navegantes Tierra del Fuego, o también Tierra de los Loros. China Sive Patagonica et Australis Terra es el título de un mapa del año 1600 del cartógrafo alemán M. Quad, de Colonia, que presenta una Tierra del Fuego muy extendida a todo lo largo del mapa, con varios topónimos y una inscripción que dice Terra Australis Pars; en la parte inferior, se ve una Terra Incognita dentro del Circulus Antarcticus. Este nuevo e hipotético continente antártico limita en el este con el sur de África, y por el oeste con las islas de Nueva Guinea, Guadalcanal y otras. Un mapamundi editado en España en 1610, muestra una Tierra del Fuego aislada y alargada de este a oeste, separada de la Patagonia y del Antártico por simples pasos. La Antártica en su parte occidental incluye en este mapa la Nueva Guinea, limitando en la parte oriental con las islas de la Polinesia. En la obra Descriptio ac delineatis geographica detectionis freti, publicada en Ámsterdam en 1612, se incluye un mapamundi que muestra al sur del estrecho de Magallanes una gran Terra austral incognita, separada por una línea de puntos de la Nueva Guinea y por un canal de las islas Salomón, con una leyenda que dice: Terra per Petrum

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Fernández de Quirecens delecta olim vero sub nomine TERRAE AUSTRALIS incognita celebrata (Tierra elegida por Pedro Fernández de Quirecens, de otro modo reconocida como Tierra Austral incógnita”). El cartógrafo inglés John Speed realizó un mapa, publicado en Ámsterdam en 1626, edición de Abraham Goos, en el que aparecen la Tierra del Fuego, la isla de los Estados, el estrecho de Le Maire, las Malvinas (mencionadas como Sebald de Waerts Eylanden), y el pasaje al sur del Cabo de Hornos (nominado G. Browers, el navegante holandés que lo navegó en 1642 con la flota de cinco barcos enviada por el príncipe de Nassau, como ya hemos visto). En 1669 fue realizado por Marcelo Ansaldo el “Croquis de Australia”, que se conserva en el Archivo Histórico de Madrid, incluido como lámina Nº 87 /11.012 por el capitán Julio F. Guillén y Tato en su Monumenta chartographica indiana, publicada en Madrid en 1942. El mapa muestra las tierras australes: Nueva Guinea, Java, Sumatra, el estrecho de Magallanes y el círculo polar antártico. En 1675 —fecha probable— apareció “Hemisferio Sur, derrotero de las costas meridionales del Pacífico”. El capitán Guillén y Tato incluyó este mapa como lámina Nº 4/11.015 en esa obra. La Antártida aparece aquí como Nueva Guinea y separada de la Tierra del Fuego por el estrecho de San Vicente, o sea el de Le Maire. Les Deux Poles Arctique ou Septentrional, et Antarctic ou Meridional, mapa producido y editado por Nicolás Sansón de Abbeville en París, 1679, muestra la Antártida con la leyenda Terra Maguellaniquae, Australe et Incognue; los límites son imaginados. La Nova Orbis Tabula, ad usum Serenissimi Burgundiae Ducis (Nueva Tabla del Orbe para uso del Serenísimo Señor de Burgundia), del cartógrafo francés Alexis Hubert Jaillot, apareció en el año 1694; muestra un continente antártico de enorme dimensión con límites imprecisos, extendido hasta los 30º Sur y 23º Este en el hemisferio occidental, y los

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50º Sur y los 135º Este, con la denominación Terre Australe et Inconue, appelé Maguellanique (Tierra Austral y Desconocida, denominada Magallánica). En 1728, el cartógrafo francés N. Bion produjo y editó en París el mapa L`Amerique, que registra la Antártida con un extenso límite costero de este a oeste y una leyenda que dice: Terres Australes et Inconnues, separada de la Tierra del Fuego por el estrecho de Le Maire. Este mapa también registra los nombres de “Detr. De Brouwers” e “I. de Diego”. En 1774 apareció, editado en Venecia, Italia, Il Mappamondo o sia Descrizione Generale del Globo, producido por el cartógrafo veneciano Antonio Zatta, en dos hemisferios. En los 50º S y 35º Este, la figura de una nave señala la latitud alcanzada por Américo Vespucio con la leyenda: Fin qui e arrivato Américo Vespucci. En la parte meridional, se lee la leyenda Terrae Australis ovvero Antartiche Cerchio Polare. Otro mapa del mismo cartógrafo, publicado en la misma ciudad, 1779, con el título Hemisferio Terrestre Meridional Tagliato su L’Ecuatore, incluye los descubrimientos de Cook y Bouganville señaliza la Antártida, pero sin topónimo. La Carte de Deux Regions Polaris Jusqu’au 45º Degré de Latitude (Mapa de las Dos Regiones Polares hasta el Grado 45º de Latitud), del grabador francés Blanchard, editado en París en 1790, señala la ruta del viaje de James Cook (1774-1775) y las islas Georgias y Sándwich. El círculo antártico está trazado en los 67º S; para las longitudes parte del meridiano de París. El teniente de la Real Armada británica, Henrry Roberts, realizó la carta general de los tres viajes de Cook, editada por W. Palmer en 1794. Están señaladas allí las rutas y en las latitudes antárticas hay varios topónimos: Isle of Georgia (Clerks Rocks) y Sandwich Land (Candlemas I., C. Montagu, C. Bristol, Southern Thule), con las fechas 26 de enero de 1775, y 3 de febrero de 1775, correspondientes a los avistajes de las islas.

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El cartógrafo inglés Willam Faden ejecutó un Map of América or the New World, editado en Londres en 1797, en el que señalaba la línea de Tordesillas, y en la parte austral las islas Grande de la Roche de 1675, de San Pedro 1756 o New Georgia 1775 y de Sandwich. Debajo del círculo polar antártico, hay una leyenda: Cook’s Nec Plus Ultra at 71º10’ Lat. S. January 30th. 1774. Cierra la cartografía del siglo XVIII un interesante mapa relacionado con nuestro tema, porque denuncia el conocimiento inglés del real descubrimiento de las islas de San Pedro: A General Map of the World of Terraqueous Globe, ejecutado por el matemático inglés S. Dunn y publicado en Londres en 1799 por Laurie y Whittle, en dos hemisferios; señala en el austral la derrota del Resolution de Cook y en las islas de San Pedro hay una leyenda que dice: I. S. Pedro or Georgia discovered by Spanish Ship Lion in 1756. Las islas Sándwich del Sur, con varios topónimos y Sandwich Land en caracteres destacados, están acompañadas por la fecha del descubrimiento de Cook: February 3rd 1775, al noreste de estas islas, llama la atención una marca señalando el lugar hasta donde navegó Vespucio: Thus far sailed Vespucius in 1502 (“Hasta aquí navegó Vespucio en 1502”). Al norte de las islas de San Pedro, en latitud aproximada 45o S, aparece una isla con la leyenda Ysla Grande according to La Roché 1675. El continente antártico no está señalado, sí el círculo polar antártico y el polo Sur; en el lugar una inscripción dice: Southern Icy Ocean (“Océano Helado del Sur”).

El mapa de Piri Reis Y concluimos esta cronología de la cartografía antártica aportando un dato que hemos obviado por polémico, pero que entendemos no podemos soslayar por la difusión

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que ha tenido en la bibliografía especializada, al tiempo que interpretamos su valor como tema de investigación. En la reseña transcripta, hemos omitido la fecha 1513, correspondiente a la edición del mapamundi de Piri Reis, que representa una verdadera —y al parecer irresoluble— incógnita en la historiografía antártica. Y la incógnita radica en la insólita representación en ese mapamundi del litoral antártico —la costa de la Reina Maud— con su perfil tal cual se lo conoce hoy por investigación sísmica, es decir sin la cobertura de hielo. ¿Y cómo fue posible ese conocimiento en tan lejana fecha? Y el dilema aumenta si tenemos en cuenta que la glaciación comenzó en el 4000 a. de C. Según Graham Hancock (“Las huellas de los dioses”, Ediciones B. S. A., 1998, Barcelona), el profesor Charles H. Happgood, del Keene College, New Hampshire, que estudió el tema, solicitó el análisis de esa parte del mapamundi Piri Reis al Octavo Escuadrón Técnico de Reconocimiento de las Fuerzas Aéreas Estadounidenses, de la Base Aérea de Westover, recibiendo la respuesta de su comandante, teniente coronel Harold Z. Ohlmeyer, de la que extraemos lo siguiente: “El detalle geográfico que figura en la parte inferior del mapa coincide de modo asombroso con los resultados del perfil sísmico que fue trazado en la parte superior de la capa helada por la expedición sueco-británica a la Antártida en 1949. Ello indica que se había trazado el mapa de la costa antes de que ésta quedara cubierta por la capa de hielo. La capa de hielo en esta región presenta en la actualidad un espesor de aproximadamente 1,6 kilómetros. No tenemos ni idea de cómo pueden conciliarse los datos de este mapa con el supuesto nivel de conocimientos geográficos en 1513.”

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El profesor Charles H. Hapgood —seguimos siempre a Hancock— recibió el apoyo de Albert Einstein en el prólogo que escribiera en 1953 a su obra: “Earths’s Shifting Crust” (Nueva York, 1958, pp. 1-2). Dice así: “En una región polar se producen continuos depósitos de hielo, los cuales no son distribuidos de forma simétrica alrededor del polo. La rotación de la Tierra incide sobre esas masas depositadas de modo no simétrico y produce un movimiento centrífugo que es trasmitido a la rígida corteza terrestre. Cuando alcanza un cierto punto, ese creciente movimiento centrífugo provoca un desplazamiento de la corteza terrestre sobre el resto del cuerpo de la Tierra.” (Ver: http://mapapirisreis.blogspot.com).

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Capitulo II EL TIEMPO DE LA APROXIMACIÓN

El aislamiento de la Antártida de los otros continentes —Asia, África, Oceanía, Europa y América— fue la causa de la ausencia del hombre en aquella región hasta épocas muy recientes. Por eso es que la primera parte de la historia antártica sea una relación de la aproximación humana a la región helada, cuyo conocimiento nos llega por medio de tradiciones orales y escritas, que pertenecen al tiempo de la leyenda y al tiempo de la historia.

La leyenda: Los fueguinos. Los maoríes. La primera leyenda que arrima noticias sobre la existencia de tierras heladas en el sur es de los indios Haush —etnia extinguida de la Tierra del Fuego—, y cuenta que los primeros pobladores de las ínsulas australes de América llegaron a ellas tras migrar desde otros archipiélagos, recorriendo en su tránsito el “país de los hielos”, es decir, las islas septentrionales de la Antártida. Si bien no hay pruebas de tal migración, como afirma el académico ruso Levedev en su obra Antarktica, sin embargo llama la atención, como lo destaca el mismo autor, la semejanza de los idiomas de la Australia oriental, la Patagonia y la Tierra del Fuego, lo que daría cierta verosimilitud a la leyenda.

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Otra relación oral refiere que aproximadamente 650 años antes de Cristo, un navegante maorí llamado Ui´Te-Rangiora, con su canoa Te-Ivi-0-Atea, navegó con rumbo sur por muchas lunas, hasta que una sustancia blanca, fría y sólida que flotaba en el mar lo detuvo; él denominó al fenómeno “mar de arrurruz” por una fécula comestible de sus ínsulas. Sería la segunda aproximación del hombre a los mares polares del sur.

La Historia: La noticia de Heródoto. Los españoles. Los avistajes dudosos. A Heródoto —el bien llamado “padre de la Historia”— le debemos la primera noticia de la aproximación del hombre al hemisferio austral. Cuenta el historiador griego que Necao, rey de Egipto, mandó unos buques tripulados por fenicios a recorrer las costas de Libia (África). Partieron los navegantes desde el Mar Rojo hacia el sur; años después regresaron, pero no por el Mar Rojo sino por el Mediterráneo, pasando por las columnas de Hércules (estrecho de Gibraltar), por lo que fueron los primeros que navegaron el hemisferio austral, avistando dos mil años antes que Vasco da Gama el Cabo de Buena Esperanza. Fue entonces la latitud más meridional alcanzada por el hombre antes del advenimiento de Cristo y, por consiguiente, la primera aproximación del hombre a las tierras australes. Y la historia registra después nombres que nos resultan familiares en la navegación austral: Cristóbal Colón, Juan Díaz de Solís, Hernando de Magallanes y García Jofré de Loaysa. La expedición de este último al arribar al estrecho descubierto por Magallanes soportó un duro temporal que dispersó las naves, una de las cuales, la San Lesmes, comandada por Francisco de Hoces, al ser empujada por los vientos alcanzó aproximadamente los 55º de latitud sur, por lo que el capitán Hoces, al reunirse

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nuevamente con la flota, informó a su comandante que en aquellas latitudes había avistado el “acabamiento de la tierra”. Conviene señalar que el pasaje está mal llamado de Drake, porque el famoso pirata y corsario inglés jamás lo navegó. En homenaje a la realidad histórica, debiera denominarse pasaje de Hoces. En 1502, Américo Vespuci —o Vespucio—, marino italiano al servicio de la corona de Portugal, navegó nuestras costas, alcanzando los 52º de latitud Sur, donde lo sorprendió un fuerte temporal que hizo decidir el regreso a Portugal. Durante ese viaje de retorno, avistó una larga costa acantilada, dando lugar esta afirmación del navegante a erradas especulaciones entre algunos historiadores, sobre el descubrimiento de las islas Malvinas o las de San Pedro, error que ha demostrado fehacientemente con un serio estudio el almirante Ernesto Basílico, de la Armada Nacional. Es posible que el famoso navegante haya confundido un inmenso témpano tabular con el accidente geográfico señalado. De todos modos, ese viaje representa la segunda y más importante penetración en el mar austral. En 1674, el comerciante franco-británico Antonio de la Roche superó la latitud alcanzada por Vespucio, llegando al cabo de Hornos, al que no pudo rodear, por lo que retornó al norte. La historia inglesa pretende que De la Roche descubrió la isla de San Pedro, aunque el análisis más somero de la descripción efectuada por el navegante hace caer esa suposición. La jurisdicción castellana en el Nuevo Mundo llegaba hasta el Polo Sur, la provincia del estrecho y la Terra Australis Incógnita. Al regreso de Colón a España con las novedades de su viaje, los Reyes Católicos se apresuraron a asegurarse la posesión de las tierras ocupadas por sus vasallos ante la amenaza de una posible intromisión portuguesa, ya que el monarca lusitano las consideraba dentro de su jurisdicción, como se lo había manifestado al mismo Colón.

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Siguiendo la costumbre de la época, Fernando e Isabel pidieron la donación de esas tierras al papa, considerado administrador temporal de los bienes terrenos creados por Dios. El papa Alejandro VI accedió, concediendo a los Reyes de Castilla y León y a sus herederos y sucesores, “todas las islas y tierras firmes halladas, y que se hallaren, descubiertas, y que se descubrieren hacia el Occidente, y Mediodía, fabricando y componiendo una línea del Polo Ártico, que es el Septentrión, al Polo Antártico, que es el Mediodía, la cual línea diste de cada una de las islas, que vulgarmente dicen de las Azores y Cabo Verde, cien leguas hacia el Occidente y Mediodía, que por otro Rey o Príncipe Cristiano no fueran actualmente poseídas.” Ante el desacuerdo del monarca portugués por lo exiguo del territorio que le correspondería, logró un nuevo acuerdo con Castilla concretado en el Tratado de Tordesillas del 7 de junio de 1494, que estableció la línea imaginaria divisoria a trescientas setenta leguas de las islas de Cabo Verde. El tratado fue luego sometido a la aprobación del papa Julio II, que lo confirmó en 1506. De modo que la jurisdicción castellana en el Nuevo Mundo alcanzó hasta el mismo Polo Sur y la Corona así lo entendió, como lo prueba el hecho de que Carlos V creara en 1534 la provincia del Estrecho, encomendando su exploración y conquista en 1536 al obispo de Plasencia Gutierre Vargas de Carvajal, que financió para ello la expedición de Francisco de la Ribera y Alonso de Camargo, y en 1539 a Pedro Sancho de Hoz, que debía navegar por la Mar del Sur (hoy océano Pacífico), y descubrir “hasta el dicho Estrecho de Magallanes y la tierra que está de la otra parte de él”. Si bien estos intentos, como otros posteriores, no pudieron concretarse por imperio de las circunstancias, el empeño puesto por la corona castellana en las exploraciones de aquella zona, encomendadas principalmente al gobierno de Buenos Aires durante el virreinato, demuestran cabalmente la intención de la Madre Patria de ejercer dominio

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sobre los territorios australes, que por decisión real quedaron incorporados al Virreinato del Río de la Plata, creado por Real Cédula del 1º de agosto de 1776.

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Capitulo III EL TIEMPO DE LOS DESCUBRIDORES La primera noticia que tenemos del descubrimiento de tierras subantárticas corresponde a un mercante español. Don Gregorio Jerez, al mando del Santo Christo del Auxilio y Nuestra Señora de los Dolores (alias el León), quien en su regreso a España con mercadería cargada en el puerto peruano del Callao, empujado por un temporal, arriba el 29 de junio de 1756 a dos islas situadas entre los 54º Sur y los 38º Oeste, a las que por el santoral católico bautizó San Pedro. Esas islas, que la toponimia internacional registra como Georgias del Sur por lo que pronto veremos, serían desde fines del ese siglo hasta principios del XIX, centro de intensa actividad foquera protagonizada tanto por mercantes procedentes del Río de la Plata como del hemisferio norte. Seis años después de ese descubrimiento, otro buque también español, igualmente en tránsito del Perú a España, el Aurora, descubre un grupo de islas entre las de San Pedro y las Malvinas, a las que los españoles denominaron “islas del Aurora”, identificadas hoy como las rocas Cormorán y Negra (en inglés Black y Shag). Entre 1772 y 1775, el inglés James Cook circunnavega la Antártida alcanzando latitudes inéditas y haciendo la mayor parte de su recorrido al sur del Círculo Polar Antártico (66º 33¨ S). Habiendo tenido noticia Cook del descubrimiento español de las islas de San Pedro, buscó y halló las islas, rebautizándolas Georgias del Sur en homenaje a su rey.

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Las expediciones mixtas Por la misma época se sucedieron una serie de viajes organizados por empresas comerciales y navieras, que presentan la particularidad de encomendar a sus capitanes observaciones científicas, para el mejor conocimiento de las zonas de caza con vistas al mejor y más seguro rendimiento, de modo que estas empresas (entre las que se destacó la Enderby Brothers de Londres) contribuyeron indirectamente al progreso del conocimiento antártico, pudiendo considerarse sus expediciones como un preludio de la investigación científica de los años siguientes. De aquella actividad comercial-científica, rescatamos los nombres de: George Powell, que, junto con Nathaniel Palmer, descubrió las Orcadas del Sur; James Weddell, descubridor del mar que lleva su nombre; Henry Foster, explorador de la zona de la península Antártica y John Biscoe, que circunnavegó la Antártida y exploró la costa norte de la península Antártica, a la que bautizó Tierra de Graham.

Sucesos mundiales En Europa se difundieron las nuevas ideas políticas, sociales y económicas de los pensadores del siglo XVIII. Fue la “época de las luces” y del “despotismo ilustrado”. En España reinaban los Borbones desde 1701 con Carlos III (1759-1788). Se produjo un auge de la masonería, los movimientos liberales y nacionalistas con las revoluciones de 1830 y 1848 en Francia y su repercusión en otros países. En Inglaterra, durante el reinado de Victoria, se inició en 1837 la llamada “Época Victoriana” y el país avanzó en su condición de gran potencia.

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Otros acontecimientos significativos de esta etapa son: 1756-1763: Guerra de los Siete Años. 1776. 4 de julio: Independencia de los Estdos Unidos de América. 1789-99: Revolución Francesa. 1800-1815: Época de Napoleón. 1805: Batalla de Trafalgar. Inglaterra obtiene el dominio de los mares; comienza el desarrollo comercial e industrial y la expansión mundial británica. 1830: Fallecimiento de Simón Bolívar. 1832: Invento de la hélice.

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Capitulo IV EL TIEMPO DE LA CIENCIA Y LA COOPERACIÓN ANTÁRTICA INTERNACIONAL Entre 1819 y 1820, la expedición rusa de Fabián Thaddeus von Bellingshausen y Mijail Lazarev, con los buques Vostok y Mirny, siguiendo precisas instrucciones del emperador Alejandro I (según el plan concebido por el Ministerio de Marina) exploró en primer lugar las islas de San Pedro (Georgias del Sur) y las Sandwich del Sur, descubriendo una gran cantidad de islas que fueron bautizadas con los nombres de los oficiales de la expedición. Cruzó luego el Círculo Polar para alcanzar la mayor latitud posible. Luego, el navío Vostok navegó el mar que hoy recuerda con su nombre a Bellingshausen, el comandante del buque. Durante esta expedición, el 28 de enero de 1820 (en los 69º 7’30” Sur y 0º 16’15” Oeste) el capitán Bellingshausen divisó, según su detallado informe, “una superficie sólida de hielo extendida desde el Este, por el Sur, hasta el Oeste”. Como muy bien lo ha entendido Frank Debenham —editor de la obra de Bellingshausen—, esa superficie sólida de hielo era el borde del continente, avistado por el hombre por primera vez. Entre 1837 y 1843 se sucedieron una serie de expediciones impulsadas por las ideas de las Sociedades Reales de Ciencias de Gran Bretaña, que bregaban por el conocimiento de la naturaleza antártica aún “nondum cognita”, a pesar de los avances realizados desde principios del siglo XIX.

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Así es que son dignas de mención: la expedición de Dumond D’Urville con el Astrolabe y el Zelée (1837-40), que avistó tierra continental, bautizada “Adela”, por la esposa del jefe expedicionario. Contemporáneamente (1839-1841), la expedición norteamericana de cinco buques, bajo el comando del teniente Charles Wilkes y con un buen equipo científico, superó los 70º Sur por el mar de Bellingshausen realizando un muy buen aporte cartográfico. Y cerró este breve pero positivo capítulo precursor de la ciencia antártica, la expedición británica de James Clark Ross (1840-1843) que hizo tres viajes con los buques Erebus y Terror y alcanzó los 78º 04’ Sur, máxima latitud navegada hasta esa época, en el mar bautizado con su nombre. A la costa oriental la denominó Tierra Victoria del Sur, y aplicó el topónimo Tierra del Almirantazgo a una cordillera descubierta. Avistó en esa cordillera dos volcanes, uno en actividad, que bautizó Erebus y Terror. El Primer Año Polar Internacional de 1882-1883 significó un llamado de atención para el mundo científico sobre las regiones polares, vírgenes aún para la ciencia. Fue así que el VI Congreso Internacional de Geografía, reunido en Londres en 1895, impulsó la investigación científica del Antártico y luego el VII Congreso Internacional de Geografía de Berlín, en 1899, dio lugar a la Gran Expedición Antártica Internacional. Esas expediciones inauguraron una nueva etapa en la historia de las exploraciones antárticas, que ha ido incrementándose ininterrumpidamente y continúa en nuestros días con gran impulso.

Los Congresos Internacionales de Geografía y el progreso de la investigación antártica Si bien la realización del Primer Año Polar Internacional (entre 1882 y 1883) representó el preámbulo del interés científico mundial por el conocimiento de las zonas

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polares, como ya dijimos, el Sexto Congreso Internacional de Geografía de Londres (1895) y el Séptimo Congreso Internacional de Geografía de Berlín (1899) fueron los que impulsaron la investigación científica de la Antártida. La actividad antártica finisecular fue intensa y se multiplicó al nacer el siglo XX, siendo la gesta más singular de ese período la protagonizada por Adrián de Gerlache de Gomery con el Bélgica, respondiendo a las recomendaciones del Sexto Congreso Internacional de Geografía. En su equipo científico figuraron futuras personalidades famosas, como el geólogo polaco Arktowsky, el médico estadounidense Frederick Cook, el geólogo Emile Danco, fallecido durante la expedición, y Roald Amundsen, futuro protagonista de una gran hazaña polar. La expedición navegó el mar de Bellingshausen, explorando y estudiando el estrecho que hoy recuerda con su nombre al jefe expedicionario. Algunos de sus logros fueron una buena cartografía del pasaje Drake, el sondaje de sus aguas, la comprobación de la inexistencia de una plataforma entre Tierra del Fuego y Antártida, el relevamiento costero de las Shetland del Sur, y datos meteorológicos, magnéticos y biológicos. Otra expedición de ese momento fue la del británico Carsten Borchgrevink, quien exploró la zona del cabo Adare, utilizando trineos tirados por perros. Respondiendo a las recomendaciones del Séptimo Congreso Internacional de Geografía de 1899, fue organizada la Gran Expedición Internacional Antártica, integrada por Gran Bretaña, Suecia, Alemania y Francia. Contemporáneamente con esas expediciones, pero al margen de las recomendaciones del Séptimo Congreso, tuvo lugar la expedición escocesa de William S. Bruce, íntimamente relacionada con nuestra propia historia antártica, como ya veremos.

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La expedición británica dirigida por Robert Scott con el Discovery (1901-1904), navegó el mar de Ross; exploró la costa de la bahía McMurdo y luego, junto con Shackleton, alcanzó los 82º Sur. La expedición sueca dirigida por el geólogo Otto Nordenskjöld con el Antarctic (1901-1903), estuvo muy relacionada con nuestra propia historia, tanto por haber participado en ella como observador científico el alférez de navío de la Armada Nacional José María Sobral, cuanto por haber sido rescatados los suecos por nuestra corbeta Uruguay, ya que habían quedado separados en tres grupos por el naufragio del Antarctic frente a la isla Paulet en el mar de Weddell, en la que se refugiaron los veinte hombres de la tripulación con el capitán noruego Karl Antón Larsen (ballenero que había operado en la zona a fines del año anterior recogiendo algunos fósiles vegetales que demostraban la existencia de flora vegetal propia de clima cálido durante el Terciario); allí construyeron los náufragos una choza con las abundantes lajas del lugar y el maderamen y lonas del buque aprisionado y destruido por los hielos del semi congelado mar de Weddell. Otros tres hombres de la expedición habían desembarcado antes del naufragio en la parte noreste de la península, con la intención de alcanzar por tierra Cerro Nevado, donde había quedado el grupo de Nordenskjöld —Sobral entre ellos—, mientras el buque navegaba a Malvinas y a Ushuaia para reaprovisionamiento; los tres hombres, no pudiendo llegar a Cerro Nevado por hallar imprevistamente descongelado el canal del Príncipe Gustavo que les impidió el paso, regresaron a la bahía de la Esperanza para reembarcarse y, al no ver al buque, igual que los de Paulet construyeron, también con lajas, una choza donde invernar. Mientras tanto, en Cerro Nevado (Snow Hill en aquel entonces) Nordenskjöld y sus cinco hombres disponían de una cómoda y abrigada vivienda de madera, prefabricada en Suecia, de 6,30 metros de largo por cuatro de ancho, con dobles paredes y forrada exteriormente con cartón embreado. Dos jaurías de perros, una malvinera y otra groenlandesa, formaban los

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equipos que habían de transportar a los expedicionarios en sus patrullas de reconocimiento e investigación. Todos los grupos trabajaron intensamente hasta ser rescatados dos años después, en 1903, y regresaron con colecciones de fósiles de vegetales y animales, e importantes datos de meteorología y gravimetría. Ésta fue la primera exploración en trineo en el mar de Weddell y en la costa oriental de la península Antártica. La expedición alemana (1901-1903) fue dirigida por Erich Von Drygalsky con el buque Gauss y exploró la zona antártica correspondiente al océano Indico, descubriendo la costa de Wilhhelm II. Fue la primera expedición en hacer exploración aérea con globo cautivo. La cuarta expedición, organizada respondiendo a las recomendaciones del VII Congreso Internacional de Geografía, fue la dirigida por Juan B. Charcot con el Francais (1903-1905). Reconoció el estrecho de Bismarck, el archipiélago de Palmer y la isla Alejandro I; invernó en el puerto Charcot de la isla Booth (o Wandell), haciendo reconocimientos y levantamientos en las zonas adyacentes. Al oeste de la Tierra de San Martín (península Antártica), Charcot descubrió una serie de islas pintorescas que bautizó “Argentinas” en homenaje a la República Argentina, lo mismo que el cabo Roca y los islotes Roca, por el presidente de la nación que había favorecido a su expedición. Charcot regresó al Antártico en 1908-1910 con el buque Pour quois Pas?, recorriendo las Shetland del Sur y cartografiando el área del estrecho de Gerlache. Contemporáneamente, pero al margen de la Expedición Antártica Internacional, tuvo lugar la expedición escocesa del Dr. William S. Bruce (1902-1904), íntimamente relacionada —como la sueca— con nuestra historia polar. Con el Scotia avistó las Sándwich y las Orcadas, donde después de una frustrada tentativa de navegación del Weddell, desembarcó en la bahía que bautizó “Scotia”, de la isla Laurie (Orcadas del Sur). Allí instaló

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una casilla con instrumental para meteorología y magnetismo, y una choza para invernar que bautizó “Omond House”. En noviembre de 1903, dejando una pequeña guarnición en la isla, vino con el Scotia a Buenos Aires en tiempo del arribo de la corbeta Uruguay que llevaba a bordo a los suecos rescatados. En el acto de homenaje a los marinos de la Uruguay y a los expedicionarios de Nordenskjöld, se pudo escuchar a éste elogiando a nuestros marinos y diciendo que esa expedición tan bien realizada no sería la última que la Argentina haría al Antártico. Eso seguramente lo habrá afirmado más en su proyecto de vender a nuestro gobierno sus instalaciones de la isla Laurie; ese fue el origen del Observatorio Nacional de las Islas Orcadas del Sur, al que nos referiremos más adelante.

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Capitulo V EL TIEMPO HEROICO El asalto al Polo Sur El siglo XX se inicia con los tres primeros intentos para alcanzar el Polo Sur. Entre 1907 y 1909 el inglés Shackleton hizo el primer intento, con trineos tirados por ponies siberianos que, superados por el esfuerzo, debieron ser sacrificados. La expedición alcanzó finalmente los 88º 23’ Sur, mientras que tres miembros arribaron al Polo Sur Magnético. En 1914, Shackleton hizo un segundo intento, que también fracasó por el naufragio del Endurance, comandado por él, en el mar de Weddell. Los hombres se “embarcaron” en un témpano, en el que navegaron a la deriva y con los botes llegaron a la isla Elefante, de las Shetland del Sur. Allí Shackleton dejó parte de su tripulación, mientras él con cinco hombres alcanzó la isla de San Pedro, Georgias del Sur, y desembarcaron en la costa sur occidental. Cruzaron por montañas y glaciares en condiciones extremas, para llegar al puerto de Grytviken en la costa opuesta, asiento de la factoría ballenera, cuyo administrador, amigo de Shackleton, ofreció a los esforzados e intrépidos hombres toda la ayuda necesaria. De allí partió a las Islas Malvinas, desde donde intentó rescatar infructuosamente a los náufragos de la isla Elefante por las condiciones del hielo, y regresó a las Malvinas, donde luego de varios intentos, el escampavía chileno Yelcho pudo concretar el rescate. Los expedicionarios regresaron a Londres, dando fin a una de las más notables odiseas vividas en la Antártida.

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Los que lograron arribar al Polo Sur fueron el noruego Roald Amundsen y el británico Robert Falcon Scott. El primero, con trineos livianos tirados por perros, aportó una suma de conocimientos geográficos al tomar una ruta antes nunca recorrida por el hombre. Llegó con cuatro trineos y cuatro hombres al Polo Sur el 14 de diciembre de 1911 y bautizó la tierra circundante con el nombre de Haakon VII. Scott utilizó en su expedición ponies siberianos, inadecuados para ese intento, como le había ocurrido en su anterior intento (1903), experiencia que no supo aprovechar. Alcanzó el Polo Sur el 17 de enero de 1912, con la penosa desilusión de comprobar que los noruegos habían llegado un mes antes. El mal empleo logístico culminó con el dramático final de la expedición, porque murieron todos los hombres que llegaron al Polo. A ello se sumó el esfuerzo realizado en la extenuante travesía bajo malas condiciones climáticas, y a pie o en esquíes, ya que los ponies debieron ser sacrificados a poco de la partida, como había sucedido también durante el intento de Shackleton en 1908.

La exploración aérea En 1928 se produjo una novedad muy valiosa en el tema de la exploración antártica: la utilización del avión. El 16 de noviembre de ese año apareció por primera vez un avión sobre la Antártida, un monoplano Lockheed Vega, piloteado por el australiano Hubert Wilkins, que sobrevoló la península Antártica a lo largo de cien kilómetros. El piloto Eilson, de la misma expedición de Wilkins, con otro avión gemelo del anterior efectúa el segundo vuelo, el 20 de diciembre. El norteamericano Lincoln Ellsworth (1931-1935) sobrevuela por primera vez la península Antártica hasta el mar de Ross. El almirante Richard Byrd voló al Polo Sur en 1929, y desde 1928 a 1941 hizo reconocimientos

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aéreos desde el mar de Ross; en 1946-1947 comandó una gran expedición antártica: con trece buques, cuatro mil hombres y varios aviones embarcados, continuó la exploración aérea. Por esos años, Finn Ronne comandó una expedición estadounidense que, con nueve aviones, hizo un extenso reconocimiento aéreo de la península Antártica sobre la costa del mar de Weddell.

La Antártida en el concierto internacional promediando el siglo XX Promediando el siglo XX, la década de los años cincuenta se destacó por su carácter de vanguardia en los grandes cambios del final de ese siglo; se inició con la guerra de Corea (1950), que alarmó a una humanidad aun conmovida por la gran tragedia de la década anterior que concluía con el horror de Hiroshima y Nagasaki y continuó con otro suceso inscripto en la historia con una tremenda carga de dramaticidad: el 1° de noviembre de 1954 los argelinos iniciaron la lucha por su independencia, configurando la contienda un nuevo tipo de guerra interna, sobre cuyo carácter de guerra civil aún no hay total consenso, por los intereses externos, que juegan un papel preponderante. Además, otra novedad de esa lucha está dada por la extrema crueldad de la que hacen gala ambos bandos, al margen de toda convención inspirada en principios humanitarios y en una ética militar, hasta donde ello es posible en un enfrentamiento bélico; es lo que ha dado en llamarse “guerra sucia”, la irracionalidad en acción que los argentinos de aquella época conocieron a través de la noticia periodística sin sospechar que, en dos décadas más, sería realidad también en esta tierra, considerada por entonces de promisión y de paz.

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Otra novedad trascendente, ya en el campo de las relaciones internacionales, será la división europea —y luego mundial— en dos grandes bloques opuestos: el del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), liderado por los Estados Unidos, y el del Pacto de Varsovia, encabezado por la Unión Soviética, con sus satélites eslavos. Después surgirá el movimientio de los países del llamado Tercer Mundo, conocidos como “No Alineados”, que así dejarán de serlo. Y continuando con las novedades de la época, un pueblo de nuestra América será también protagonista de la historia cerrando la década; en enero de 1959, el abogado Fidel Castro, vistiendo un uniforme militar que ya no se sacaría más, lo mismo que la espesa barba, comandando una hueste revolucionaria entró triunfante en La Habana, iniciando una nueva etapa pro-soviética de la historia cubana. Moscú siguió saltando políticamente por sobre el cerco militar que le tendiera Washington, fomentando movimientos subversivos y apoyando gestas independentistas en Asia y África. De ese modo, Europa deja de ser la única zona caliente y el fuego se enciende en otros lugares. Casi se diría que la tercera guerra mundial, que muchos pronosticaban, se fue desarrollando elusivamente mediante guerras menores y marginales, en las que Estados Unidos respondía interviniendo a su vez en otros países. Y los turbulentos y preocupantes años cincuenta, plagados de amenazas, concluyeron por fin con alentadoras perspectivas futuras, tras las visitas del vicepresidente norteamericano Richard Nixon a la Unión Soviética y a Polonia, y de Nikita Khruschev a los Estados Unidos. Con la distención, Europa marchó hacia la unidad económica, iniciada por Francia, Italia, Alemania y los países del Benelux (Bélgica, Holanda y Luxemburgo), que integraron la Comunidad Europea del Carbón y del Acero, prolegómeno de la Comunidad Económica Europea y del EURATOM, destinado a desarrollar conjuntamente la utilización pacífica de la energía atómica.

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En lo concerniente a la cultura, continuó el avance de la ciencia y de la técnica con ritmo vertiginoso; en la competencia se destacaron los Estados Unidos, la Europa occidental, la Unión Soviética y el Japón. Uno de los más espectaculares logros fue la investigación espacial iniciada con el lanzamiento de los primeros satélites artificiales: el Sputnik I de la Unión Soviética (1957) y el Explorer de Estados Unidos (1958). Un acontecimiento también de gran trascendencia de la época en el campo de la investigación científica, fue la realización del Año Geofísico Internacional (A. G. I.). Consecuencia de tan valiosa experiencia sería el Tratado Antártico, temas ambos que pronto trataremos.

La Antártida en el concierto universal promediando el siglo XX Relatado sintéticamente el contexto internacional de la década del cincuenta, veamos ahora la cuestión antártica en la misma época. Al comenzar esa década, era evidente en los medios internacionales la preocupación por los recursos naturales de aquella región, y principalmente por el uranio que allá se preveía, que fue al parecer el incentivo prioritario para las expediciones de aquellos años, a tal punto que se hablaba de la “carrera hacia los campos de uranio del Polo Sur”, que se consideraba iniciada en la década anterior con la gran expedición norteamericana dirigida por el almirante Richard Byrd en 1945. El interés por el metal era tanto que, según algunas versiones, en las expediciones antárticas británicas intervenían incluso técnicos del Intelligence Service. En los Estados Unidos el interés por la Antártida era tal que no sólo instituciones privadas, como la Asociación “Hijas de la Revolución Norteamericana”, sino hasta simples ciudadanos pedían al congreso que su gobierno reclamara un sector antártico. En la sesión del 28 de agosto de 1950 del Senado norteamericano, fue presentada una carta firmada

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por una ciudadana de apellido Kendall, de Washington, solicitando esa reclamación, porque “junto al hecho de que la Antártida es fascinante, está el punto de que parte de mis impuestos han sido invertidos en expediciones recientes, y parte de los impuestos pagados por mi abuelo fueron probablemente invertidos en el viaje auspiciado por Wilkes.” ¡Interesante la anécdota! Y oportuna para reflexionar sobre obligaciones y derechos. Durante una convención celebrada en Washington en abril de 1951, la Asociación “Hijas de la Revolución Norteamericana”, pidió al Congreso de ese país, en una de sus resoluciones “que tome las medidas del caso con el fin de dejar sentadas las demandas norteamericanas con respecto a esas tierras australes, ya que otras naciones han expresado su interés sobre las regiones polares, que podrían ser de gran valor para la defensa nacional de este país, dados sus recursos minerales.” Los casos mencionados sirven para ejemplificar el interés, por cierto generalizado, de la ciudadanía norteamericana en el tema polar. Y si bien el gobierno de ese país hizo reserva de sus derechos antárticos, que por otra parte nunca especificó, sí se preocupó por establecer y mantener bases permanentes en ese entonces. Es que Estados Unidos (lo mismo que Gran Bretaña) además del interés científico, consideraban también, y principalmente, el valor estratégico del helado continente austral con relación a la seguridad de las potencias occidentales. Según una fuente naval británica, en 1951 su Gobierno ya había definido su política antártica con vistas a una posible guerra con la Unión Soviética. En tal eventualidad, se consideraba de suma importancia el control de los pasos interoceánicos, y muy especialmente el Atlántico-Pacífico, donde existía una ruta cierta — el estrecho de Magallanes— y dos posibles para el futuro: el canal Beagle y el pasaje de Drake; de modo que la vigilancia de esa zona se haría desde dos puntos estratégicos: la isla Decepción (Antártida) y las islas Malvinas. Según la misma fuente, de acuerdo con Estados

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Unidos Gran Bretaña ejercería ese control, ya que no podía contarse con la Argentina, dada su tradicional neutralidad en los conflictos internacionales. En 1955 Francia declaró por ley “territorios autónomos” a las tierras antárticas comprendidas en su sector, reclamado en 1938. Pero quizá lo que más evidenciaba el incremento del interés por las lejanas y heladas comarcas del Polo Sur en la época que tratamos, es el hecho de que en países sin antecedentes en la región comenzaron a aparecer manifestaciones en pro de reivindicaciones antárticas. Tal el caso del Brasil, sobre el que nos extenderemos más adelante, tanto por ser uno de los tres primeros países latinoamericanos que demostró un interés antártico, como por la originalidad de sus argumentos.

Brasil En este país existía, en sectores políticos, intelectuales y militares, la idea de que se debía reclamar un sector antártico, siendo original la idea de la “defrontacao” de Teresina de Castro, basada en el enfrentamiento de las costas, por sus meridianos extremos, con la Antártida. Es el concepto de la Antártida Sudamericana, abarcando el arco antártico limitado por los meridianos de 24° Oeste y 90° Oeste, correspondientes a la Zona de Seguridad interamericana según el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR), de 1947. Así, le corresponderían sectores antárticos a Ecuador, Perú, Chile, Argentina, Uruguay y Brasil. En su edición del 30 de abril de 1955, la revista “La Semana” con el título “Nuestro territorio será mayor. Un pedazo de la Antártida pertenece al Brasil”, comentaba la conferencia del profesor Joaquín Ribeiro y decía que Brasil necesitaba su parte antártica,

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no sólo por razones económicas sino porque “estando el continente tan cerca de nuestras fronteras, cuando seamos un gigante que no necesite divisas, es posible que precisemos bases estratégicas para proteger nuestros intereses.” El profesor Ribeiro propiciaba que Brasil iniciara la explotación pesquera en la Antártida y que reclamara previamente su territorio, por ser el único país con derechos históricos; —tal era su opinión— por el Tratado de Tordesillas, y además por razones estratégicas, pues “se hace imprescindible para nuestra defensa en el Atlántico Sur, el establecimiento de un trampolín en la Antártida. Y ese punto estratégico además nos coloca en una posición defensiva contra la única nación sudamericana que tiene veleidades de competir con nosotros.” Es evidente la alusión a la República Argentina. Según Ribeiro, la línea de Tordesillas pasaba por el meridiano de Laguna, de modo que el sector antártico brasileño se extendería desde allí hasta el meridiano que pasa por la parte más oriental del archipiélago de Fernando de Noronha, los meridianos 34° a 49° Oeste. Sobre las reclamaciones territoriales en ese espacio, opinaba el conferenciante que su país y Rusia eran las únicas naciones con derechos incuestionables. Mencionaba a Rusia, señalando el hecho de que uno de sus almirantes, Bellingsausen, había “descubierto” la Antártida en enero de 1821. En cuanto a la Argentina y Chile, cuestionaba sus derechos antárticos porque representaban la fragmentación de la América española, mientras que Brasil en cambio, había heredado íntegramente la América portuguesa. Contemporáneamente con la conferencia del profesor Ribeiro, se realizó un trabajo sobre la Antártida en la Escuela Superior de Guerra del Brasil, en el que se consideró el aspecto estratégico, afirmándose en una parte lo siguiente: “En una guerra total aéreonuclear, el Ártico podría ser el campo de batalla aérea decisivo y el Antártico la última base y la zona de retaguardia vital de las comunicaciones marítimas y aéreas circunterrestres de

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los occidentales; esto da fueros de veracidad al lema estratégico del futuro: ‘Quien domine los polos dominará al mundo’”. En el informe final del trabajo se hacían consideraciones sobre las posibles razones del Brasil para una reclamación antártica, descartándose las de orden histórico basadas en la línea de Tordesillas, ya que Brasil se había extendido al oeste de esa línea. En cuanto a los intereses económicos, eran reales, pero se estimaba inoportuna su mención por cuanto el país nunca había estado presente en la Antártida, de modo que sería poco honesto pretender allí beneficios económicos, “por lo que hay que ser prudentes” afirmaba; “la única razón que se puede invocar es la SEGURIDAD NACIONAL. Hasta los extranjeros consideran al Brasil el país del futuro. Nadie duda de que nuestra rica tierra se transformará, tarde o temprano, en una gran potencia. ¿Cuál sería pues, la situación estratégica del Brasil, encuadrado por el norte y por el sur, por poderosas bases aéreas y navales? ¿Convendría al Brasil que Chile y sobre todo Argentina, aumenten sustancialmente sus potenciales nacionales, por la anexión de nuevos territorios tan promisorios?”. En otra parte del trabajo, en la que se aconsejaba la “línea de acción y medidas propuestas”, se concluía: “Por el momento es oportuno no reconocer, en lo posible, oficial y públicamente, los derechos de posesión de cualquier país sobre la Antártida, reservándose los derechos de libre acceso a aquellas regiones y de defender sus intereses en las mismas, a fin de que oportunamente, reclamar la parte con que se crea con derecho. Basta de complejos de subdesarrollo”. Siete países habían efectuado reclamos territoriales sobre la Antártida a mediados del siglo XX, a saber: Gran Bretaña, Nueva Zelandia, Australia, Noruega, Francia, Chile y Argentina, de las cuales tres se superponían: Argentina, Chile y Gran Bretaña. El sector reclamado por Chile va de los 53° Oeste a los 90° Oeste, prolongándose hasta el territorio continental chileno. Gran Bretaña reclamaba dos sectores: entre 20° Oeste y 50° Oeste,

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cerrado por el paralelo de 50° Sur, y 50° Oeste a 90° Oeste, cerrado por el paralelo 58° Sur. Pero, después de la firma del Tratado Antártico, ese sector sería dividido en dos, el antártico entre los meridianos 20° Oeste y 80° Oeste y el paralelo 60° Sur, correspondiendo el restante al norte del paralelo 60° Sur a las Dependencias de las Malvinas.

La explotación ballenera Mientras los gobiernos de los países con intereses antárticos estudiaban la situación elaborando secretos planes de acción, y los científicos y técnicos proseguían con entusiasmo su silenciosa y, por lo tanto, ignorada tarea, los comerciantes hacían su agosto. Cerca de veinte flotas balleneras operaban en los mares antárticos en la temporada 19501951: nueve noruegas, cuatro británicas, dos japonesas, una soviética, una holandesa y una perteneciente a la nueva empresa “Olimpia Whaling”, integrada por capitales de diversa procedencia y dirigida por el noruego Lars Andersen, conocido como el “Rey de los Balleneros”, radicado en Alemania después de abandonar su patria al ser multado con 140.000 dólares por haber colaborado con los alemanes durante la guerra. Todas esas flotas estuvieron activas en las siguientes temporadas y, en el verano de 1954-1955, operó también la flota cazaballenas de Aristóteles Onassis. Ese año, al parecer, el negocio fue muy rendidor pues el precio del aceite estuvo en suba, pagándose —en operaciones al contado— hasta noventa libras la tonelada que, en la temporada anterior, había costado alrededor de setenta. El hombre avanzaba sobre Antártida; pronto sería necesaria una definición; la entrada en escena de un nuevo protagonista, la Unión Soviética, brindaría la oportunidad. El Año Geofísico Internacional, la más ambiciosa y fructífera experiencia de la ciencia en

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Antártida, allanaría el camino hacia una solución materializada en el Tratado Antártico. Con él comienza una nueva etapa de la historia antártica, la de la cooperación internacional, durante la cual y hasta hoy, se ha preservado a la Antártida de las controversias internacionales.

El Año Geofísico Internacional (A.G.I.) Un acontecimiento de gran trascendencia para la ciencia mundial comenzó a gestarse cuando promediaba el siglo XX. Un vasto plan de cooperación científica fue elaborado por especialistas en meteorología, geomagnetismo, auroras, ionósfera, actividad solar, radiación cósmica, glaciología, oceanografía, información por medio de satélites y cohetes, sismología y gravimetría, comunicaciones y logística. El Congreso Internacional de Uniones Científicas tuvo a su cargo la coordinación de las tareas por medio de un comité especial. Así fue cómo se programó realizar, durante los años 1957 y 1958, las mismas observaciones que anteriormente se habían realizado durante los años polares, pero ampliándolas ahora a todos los rincones de la Tierra. Se realizaron conferencias preparatorias en Roma, París, Bruselas y Barcelona entre los años 1954 y 1956. De esta manera se gestó el Año Geofísico Internacional, con el que se inició la etapa de la cooperación internacional coordinada para la investigación del casquete polar austral, cuya culminación en el campo político fue el Tratado Antártico. El A. G. I. comenzó en el medio antártico a principios de 1957 (aunque oficialmente se menciona la fecha 1º de julio de ese año) y finalizó el 31 de diciembre de 1958. Durante ese lapso funcionaron 55 observatorios en el Antártico e islas subantárticas, contándose

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entre ellos los de nuestro país, que igual que los chilenos y británicos operaban con anterioridad en aquellas latitudes. Los países participantes en las tareas en la región austral de nuestro planeta fueron: Argentina, Australia, Bélgica, Chile, Francia, Japón, Nueva Zelandia, Noruega, Sudáfrica, Reino Unido, Estados Unidos y Unión de las Repúblicas Socialistas Soviéticas. Todos ellos integraron el S. C. A. R. (Comité Especial de Investigaciones Antárticas) y fue después del A. G. I. que, en 1959, firmaron el Tratado Antártico. Más de sesenta países y treinta mil científicos trabajaron en ese emprendimiento en todo el mundo, con investigaciones y estudios desde diversas estaciones de observación. Uno de los más importantes aportes del A. G. I. en el Antártico fue la revelación de que, debajo del gran manto de hielo y nieve, el continente está fraccionado en islas, siendo una de ellas la península Antártica. En cuanto a la meteorología polar austral, se pudo completar el primer censo; esta información favoreció el conocimiento de las incidencias del clima antártico en el hemisferio austral.

El Tratado Antártico En 1949 el Gobierno de los Estados Unidos propuso a los países con intereses antárticos someter la región austral a la administración de las Naciones Unidas, propuesta que fue rechazada por algunos países —entre ellos el nuestro— por su evidente intención de internacionalizar el helado continente. Pero la iniciativa estadounidense tuvo un desenlace inesperado al provocar la reacción de una potencia sin más antecedente antártico que la expedición de Bellingshausen en 1821. El 6 de julio de 1950, la Unión Soviética comunicó que no admitiría

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ninguna solución antártica en cuya tramitación ella no hubiera intervenido. Era otra acción de la guerra fría, que en aquel entonces se desarrollaba entre ambas superpotencias. Felizmente, el problema fue superado; la realización del A. G. I. posibilitó el ingreso de nuevos países a la investigación antártica, entre ellos la Unión Soviética. Concluido aquel programa internacional el 31 de diciembre de 1958, Moscú comunicó que sus científicos continuarían en la Antártida hasta finalizar los estudios iniciados. Ante tal situación, el gobierno de los Estados Unidos convocó a una reunión en Washington en mayo de 1959 para solucionar el problema antártico y el 1º de diciembre de ese año los doce países que habían intervenido en el A. G. I., Argentina entre ellos, firmaron el Tratado Antártico que entró en vigencia el 23 de junio de 1961, para toda la región situada al sur de los 60º de latitud Sur, excepto la alta mar sujeta al derecho internacional. Las principales disposiciones del Tratado son: no militarización, libertad de investigación científica, establecimiento de un statu quo ante en lo referente a reclamaciones territoriales, prohibición de ensayos nucleares y eliminación de desechos radiactivos. El gran aporte de este instrumento jurídico es que asegura la cooperación científica internacional y el carácter estrictamente científico de las tareas que realizan los estados contratantes, para lo cual se establece el principio de la inspección recíproca. El sistema del Tratado es innovador en muchos aspectos. Precedió en ocho años al de 1967 sobre utilización pacífica del espacio ultraterrestre, la Luna y otros cuerpos celestes. Fue anterior en cuatro años al Tratado de Moscú de 1963 que prohibió los ensayos nucleares, con la diferencia de que la prohibición por el Tratado Antártico es mucho más amplia, pues creó un sistema de observación internacional, tema que, referido a otras latitudes, lleva años de discusiones en el Comité de Desarme de Ginebra.

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La aplicación del Tratado Antártico se realiza por medio de recomendaciones adoptadas en reuniones consultivas periódicas, que deben ser luego aprobadas por unanimidad por las partes contratantes para que puedan entrar en vigencia. En lo referente a la posición sostenida por los estados que han fijado sectores en la Antártida y por aquellos que no reconocen reclamos territoriales, el Tratado se limita a señalar su existencia y a indicar que dicha posición no se verá afectada por su vigencia, pero que tampoco podrán crearse nuevos derechos de soberanía a partir de ella. Esto es favorable a los estados que, como la Argentina, poseen títulos anteriores a la ratificación del citado instrumento jurídico internacional. La firma por nuestro país del Tratado Antártico no afecta ni modifica el oportuno reclamo de soberanía hecho por la nación sobre su sector; nada hay en su articulado que los países no hubieran podido hacer libremente sin él. Cualquier otra modificación está sujeta a control recíproco y no genera derechos de ninguna otra parte. El Tratado Antártico une a los países que ejercen actividades antárticas guiados por el acuerdo básico de utilizar la zona con fines pacíficos; su confiabilidad es cada vez mayor y las Partes del Tratado representan un setenta por ciento de la población mundial. Recomendaciones y convenciones complementan el Tratado, como ser la Convención para la Conservación de Focas Antárticas (1972), la Convención para la Conservación de los Recursos Vivos Marinos Antárticos (1982) y la Convención para la Regulación de las Actividades sobre Recursos Minerales Antárticos (CRARMA) (1988) —si bien esta última fracasó por la negativa de Francia y Nueva Zelandia a ratificar la Convención, finalmente se logró el acuerdo tres años después al adoptarse el Protocolo de Madrid—.

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Protocolo de Madrid El 4 de octubre de 1991, las partes adoptaron en Madrid el Protocolo al Tratado Antártico sobre Protección del Medio Ambiente, en el que se establece un régimen global de obligaciones jurídicas, destinado a garantizar que las actividades que se realicen en la Antártida respeten el medio ambiente. Por el artículo 2° “las partes se comprometen a la protección global del medio ambiente antártico y los ecosistemas dependientes y asociados y, mediante el presente Protocolo, designan a la Antártida como reserva natural, consagrada a la paz y a la ciencia”. En cuanto a los recursos minerales, el artículo 7° determina: “Cualquier actividad relacionada con los recursos minerales, salvo la investigación científica, estará prohibida”. Esto es importantísimo, no sólo por lo que atañe a la conservación del medioambiente antártico, que se vería alterado por actividades de explotación minera, sino también porque las actividades comerciales –que tal implicaría la explotación minera– con el consiguiente secreto de las empresas para evitar la competencia, terminarían con la libertad y el intercambio de información científica que ampara el Tratado Antártico.

El Año Internacional del Sol Quieto (A. I. S. Q.) Como un complemento del A.G.I., se realizó un nuevo programa de cooperación científica internacional entre el 1º de enero de 1964 y el 31 de diciembre de 1965. Su objetivo era la realización de estudios geofísicos en una época de escasa actividad solar (como la del período señalado), para el mejor aprovechamiento de los datos

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correspondientes a las relaciones entre el Sol y la Tierra, que habían sido obtenidos en una época de máxima actividad solar, la del A.G.I. El programa fue denominado Año Internacional del Sol Quieto (A. I. S. Q.) y participaron en él 64 países, entre ellos la Argentina. Se hicieron estudios de meteorología, geomagnetismo, auroras y luminiscencia del aire, ionósfera, actividad solar, radiación cósmica, investigación espacial y aeronomía 1.

Sucesos mundiales Entre 1830 y 1850, paralelamente con el auge de las nuevas ideas políticas liberales y nacionalistas, se desarrolló en Europa un nuevo movimiento cultural, el romanticismo, que se manifestó principalmente en las artes y las letras. En Francia, con Luís Napoleón III se inició el Segundo Imperio Francés, que concluirá en 1870 con la guerra franco prusiana. En la segunda mitad del siglo XIX, se produjo un gran progreso científico-técnico que dio lugar a la Segunda Revolución Industrial. La siderurgia, el ferrocarril, el automóvil, el buque a vapor, el teléfono, el telégrafo, la fotografía y el cine son algunas de las novedades de la época. Aparecieron nuevas ideologías político-socio-económicas: el socialismo, el anarquismo y el sindicalismo. A partir de 1870 Europa entró en un período de paz, con grandes tensiones entre la Triple Alianza y la Triple Entente; era el período de la “Paz Armada”. Se consolidaron las grandes potencias que concretaron su expansión en Asia y África, iniciándose el apogeo del colonialismo. Los Estados Unidos comenzaron su ascenso con su 1

Nota editorial. Aeronomía es la ciencia que estudia las capas superiores de la atmósfera, donde los fenómenos de ionización y disociación son importantes.

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influencia en la América Hispana y en las Filipinas, después de la guerra con España en 1898. Y ya en los primeros años del siglo XX, Europa fue sacudida por la Primera Guerra Mundial, a cuyo fin —y como consecuencia de ella— surgieron nuevos movimientos políticos que enfrentaron a la democracia liberal occidental: el socialismo soviético en Rusia, el fascismo en Italia y el nacionalsocialismo en Alemania, iniciándose un proceso que finalmente llevó al estallido de la Segunda Guerra Mundial de 1939-1945. Entre los adelantos científicos, se destacan la radio (los esposos Curie), la vacuna antivariólica (Pasteur), los estudios preliminares del físico alemán Albert Einstein sobre radiactividad y del neocelandés Ernest Rutherford sobre desintegración del átomo. Otros acontecimientos significativos de esta etapa son: 1905: Guerra ruso-japonesa. 1914-1918: Primera Guerra Mundial. 1917: Revolución comunista en Rusia. La influencia cultural francesa caracteriza el período denominado la Belle Epoque. En arquitectura surge el art nouveau y en música el auge de la ópera. 1922: Benito Mussolini inicia el régimen fascista en Italia. 1931: Se implanta la república en España. 1932: Adolf Hitler inicia el régimen nacionalsocialista en Alemania. 1935: Italia invade Etiopía. 1936-1939: Guerra Civil en España. 1939-1945: Segunda Guerra Mundial. 1945, agosto 6 y 7: Los norteamericanos arrojan bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki.

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1946: Guerra en Indochina. Guerra fría entre las superpotencias. 1947: Independencia de la India y Pakistán. 1948: Nacimiento del Estado de Israel. Surge la República Federal Alemana. 1949: República Democrática Alemana. República Popular China. 1950-1953: Guerra de Corea. 1959: Fidel Castro inicia el régimen socialista en Cuba. 1962: Asesinato de John F. Kennedy

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Capitulo VI EL TIEMPO DE LOS ARGENTINOS

Los argentinos en la primera mitad del siglo XIX. Luz roja en la economía. La reacción local. La inquietud marítima. El 29 de Julio de 1809, en medio de un desbordante entusiasmo popular, hizo su entrada en Buenos Aires el nuevo virrey designado por la Junta Central de Sevilla, teniente general de la Real Armada Baltasar Hidalgo de Cisneros y la Torre Ceijas y Jofré, caballero de la Orden de Carlos III. Le esperaban momentos difíciles pero mientras tanto, ignorante de su incierto futuro, debía resolver importantes asuntos, entre otros la apertura del puerto al comercio inglés. Esto se hizo con carácter transitorio y con ciertas limitaciones en defensa del interés y de los comerciantes locales, a quienes los británicos deberían vender sus mercancías. Fernández de Agüero, miembro del Consulado, había expresado su opinión contraria a ese comercio que, lejos de producir beneficios, acarrearía un gran perjuicio pues los extranjeros venderían sus productos a menos del costo hasta copar el mercado, imponiendo luego el precio a su voluntad; por otra parte, nuestras incipientes industrias locales (artesanías) no podrían competir con las fábricas británicas y terminarían por desaparecer. Fue una profecía, tal cual sucedió. De todos modos, el virrey puso sus límites al intercambio. Pero después de 1811 los ingleses ya pudieron vender ellos mismos sus mercaderías directamente al consumidor,

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mientras balleneros, foqueros y loberos del hemisferio Norte exterminaban nuestras riquezas marinas en el Sur, provocando las protestas del coronel José Gascón y la reacción de los miembros del Consulado porteño, Pedro Capdevila y Juan Pedro Aguirre, quienes se quejaron por la ruina del comercio local, la evasión de metálico y el monopolio extranjero. Todo esto salió al tapete durante el debate económico de 1815, poniendo de manifiesto una saludable reacción nacional que encontraría eco en la gestión del Director Supremo Juan Martín de Pueyrredón, bajo cuyo mandato se dictaron medidas a favor del comercio marítimo local. Por ejemplo, la resolución de 1817 eximía a los buques menores de treinta toneladas del pago de derecho de practicaje y boleta sanitaria, “ya que es un deber del gobierno y de utilidad al país animar con fomento el comercio marítimo”. Ese mismo año se dictaron otros decretos reglamentando la recepción de la correspondencia llevada en barcos al puerto de Buenos Aires, estableciendo un fondeadero para buques menores en el puerto de Las Conchas, autorizando al resguardo para proceder a la vista de los buques, disponiendo que la Aduana no abriría ni cerraría registro sin determinarse antes el puerto al que se encaminaba el buque solicitante, estableciendo la visita de los barcos que pasaran por Martín García, prohibiendo el desembarco de mercaderías bajo el pretexto de tránsito o trasbordo, etcétera.

Primera división política que incorpora tierras polares; el decreto del 10 de junio de 1829 La intensa actividad de los foqueros europeos y norteamericanos en las aguas jurisdiccionales argentinas era conocida en Buenos Aires y, pese a encontrarse el gobierno empeñado en otras tareas (vinculadas con la estabilización del estado) decidió ejercer el control efectivo de las tierras y mares australes. Para ello, creó la primera demarcación

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política que incluía las tierras polares. Con fecha 10 de junio de 1829, el gobierno de Buenos Aires creó la Comandancia Política y Militar de las Islas Malvinas y adyacentes al Cabo de Hornos. Las islas “adyacentes al Cabo de Hornos” son a todos los vientos o rumbos, “incluso la que se conoce como Isla de Tierra del Fuego” dice el decreto. La Isla Grande de Tierra del Fuego rodea al Cabo de Hornos, pero no es adyacente si se entiende por tales a las contiguas inmediatas, ya que las separa un grupo de islas importantes como Hoste y Navarino. El término “las que rodean” es entonces omnicomprensivo y abarca un área no indefinida, pero sin delimitación precisa. Esa delimitación tiene que estar dada necesariamente por el conocimiento geográfico del tiempo. La afirmación no es aventurada, ya que está confirmada por otros parámetros que dan la real latitud de esta demarcación política. El gobierno de Buenos Aires tenía noticias de la existencia de las islas próximas al Polo Sur, donde ya se realizaba la explotación irracional de la foca. Así lo prueba el documento del Consulado de Buenos Aires autorizando la concesión a Juan Pedro Aguirre.

Luis Piedra Buena en la Antártida Nació Miguel Luis Piedra Buena el 24 de agosto de 1833 en la ciudad de Carmen de Patagones, a orillas del Río Negro, en la provincia de Buenos Aires. Fue evidente desde pequeño su vocación marinera, viajó con el consentimiento paterno a los Estados Unidos para hacer la carrera naval, y regresó después de cinco años con los conocimientos técnicos habilitantes para su carrera, que inició cuando el comerciante William Horton Smiley lo invitó a integrar la tripulación de su buque John E. Davison para la caza de la foca

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y la ballena. En agosto de 1848, el Davison comenzó una operación en el mar austral y (cuando el estado de los hielos lo permitía) también en el mar antártico, que frecuentó hasta 1852. En una de sus expediciones antárticas fue designado por Smiley para reconocer una parte de la costa de la península. Cuando realizaba esta tarea debió sobrevivir a una encerrona de los hielos que duró casi treinta días y con escasos recursos; esto ocurrió en las proximidades de la isla Belgrano, en el mar de Bellinghausen. En 1867, realizó su última expedición antártica, durante la cual y con dos pequeños barcos de su propiedad, el Espora y la lancha Julia, navegó para cazar focas en la Antártida.

Los foqueros del Río de la Plata descubren islas antárticas. El almirante Brown navega cerca del Círculo Polar. En el final del siglo XVIII, la actividad foquera se intensificó considerablemente con los descubrimientos de las islas de San Pedro y Aurora. La foca de doble pelo (foca peletera) 2, muy preciada en los mercados orientales, trajo al extremo austral americano una verdadera horda de aventureros, ávidos de pronta riqueza. Foqueros rioplatenses y del hemisferio norte, donde ya menguaban los cazaderos por la irracional explotación, compitieron en la caza marina en las costas patagónica y fueguina, favorecidos por la falta de medios de las autoridades virreinales para una efectiva vigilancia. Tras las presas, a medida que éstas mermaban en la zona patagónica-fueguina, remontaron latitudes, hasta las islas de San Pedro primero y hasta las Shetland después.

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Nota editorial: se refiere al lobo marino de dos pelos (Arctocephalus australis).

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El almirante Guillermo Brown, marino del Río de la Plata, inició en septiembre de 1815 un viaje en corso hacia el Pacífico para hostigar a los españoles; iba al mando de la fragata Hércules, en conserva con el bergantín Trinidad. Llevado por un temporal, navegó por el mar antártico, y relató así el acaecimiento: “Después de doblar el Cabo de Hornos y experimentar las tempestades frecuentes en aquellos mares y de llegar a los 65º, en cuya latitud el mar se torna muy benigno, con un horizonte despejado y sereno, y sin hielo, vimos signos indicativos de no estar muy distantes de tierra”. Esta anotación de la bitácora, permite afirmar que los marinos del Río de la Plata, sabían ya de la existencia de las tierras polares.

Primer acto de soberanía en tierras polares: la concesión a Juan Pedro Aguirre. Los buques foqueros Como vimos, ya en las primeras décadas del siglo XIX, buques argentinos surcaban las aguas australes en procura de las codiciadas pieles de pinnípedos, que en la centuria del setecientos habían sido el imán que atraía a balleneros, foqueros y loberos del Norte (a tal punto que había llegado a preocupar a la corona española, por el peligro que esa presencia significaba en sus lejanas y desamparadas costas). De esa actividad de nuestros antepasados han quedado suficientes pruebas en el Archivo General de la Nación, de donde han salido a la luz por obra del meritorio equipo de investigadores del Instituto de la Producción, de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Buenos Aires, dirigido por el Dr. Lorenzo Dagnino Pastore, que produjo un enjundioso trabajo publicado por ese Instituto bajo el título “Cronología de los viajes a las regiones australes”. Tampoco podemos dejar de nombrar a otro investigador, cuyo

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nombre es familiar para aquellos que frecuentan la sala del cuarto piso de la Av. Leandro Alem 249 y cuyos hallazgos, de significativo valor, han sido divulgados por el Dr. Ernesto J. Fitte. Nos referimos a Julio A. Benencia. Nosotros, por nuestra parte, hemos recurrido a las fuentes documentales citadas por ellos. Así es cómo hemos tenido noticias de la empresa pesquera iniciada por el síndico del Consulado de Buenos Aires, don Juan Pedro Aguirre, que en 1818 solicitaba permiso para la caza de lobos marinos “en alguna de las islas que en la altura del Polo del Sud de este continente se hallan inhabitadas”, solicitud que tuvo resolución favorable, según consta en el acta de la sesión consular del 25 de agosto de aquel año. Si bien aún no hemos hallado una noticia concreta referente a las actividades de la sociedad de Juan Pedro Aguirre, tenemos sin embargo la evidencia de tal empresa, pues los registros de aduana de la época mencionan la corbeta nacional Pescadora de Juan Pedro Aguirre y el bergantín argentino Director del mismo Aguirre, que hacía viajes a “Patagónicas”, vaga denominación de la época, de donde solía venir cargado de aceite de lobo. Al parecer, la empresa funcionó, aunque falta aún la prueba de los viajes a la Antártida o “islas inhabitadas del Polo Sur”, prueba que ya se tiene en otros casos. Tal es el tema del foquero matriculado en Buenos Aires y bautizado Spíritu Santo. Gracias a la obra del norteamericano Edwin Swift Balch, titulada “Antarctica Addenda” sabemos que operaba en las Shetland del Sur y —según parece— antes que los foqueros extranjeros. El relato hecho por el piloto del buque foquero Hersilia es el siguiente: “En 1818, Nathaniel Brown Palmer era el segundo a bordo del Brig 3 Foquero “Hersilia”, lo comandaba el capitán Sheffield, que iba a cazar focas en las cercanías del Cabo de Hornos. En el curso de este viaje, Palmer fue dejado con un hombre en una de las islas Malvinas, para obtener provisiones, en tanto que el 3

Nota editorial: Bergantin, en ingles en el original.

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Brig iba a buscar las legendarias Aurora. Poco después de la partida del Brig, el Spiritu Santo, de Buenos Aires, llegó a la vista de la isla y el joven Palmer, piloteando este buque hasta el ancla, supo que iba con destino a un lugar donde se encontraban millares de focas, pero que su capitán no quería divulgar. Tres días más tarde, el Hersilia regresó, y Palmer refirió el hecho a su capitán, aconsejándole seguir al Spiritu Santo y descubrir su cazadero. El capitán Sheffield, que tenía gran confianza en su segundo, le escuchó, y pocos días después descubrió las Shetland del Sur, desconocidas por esta época en la América del Norte. El Spiritu Santo estaba anclado allí y su tripulación quedó no poco sorprendida al ver llegar al Brig; pero su admiración por la habilidad de Palmer fue tal, que ellos mismos contribuyeron al cargamento del Brig, que regresó a Stonington con diez mil pieles de las más hermosas”. Indudablemente esa gran sorpresa y esa admiración despertada por Palmer en los tripulantes del Spiritu Santo, que los impulsó a colaborar con los norteamericanos, es una evidencia más que suficiente de que no estaban acostumbrados a ver llegar a extraños a ese lugar, que era de su exclusiva competencia. La época del relato es el verano de 1819; en el siguiente verano de 1820, una escuadrilla foquera norteamericana de cinco embarcaciones bajo el comando del capitán Pendleton y con Palmer entre sus pilotos, se halló operando en el mismo lugar. Otro de los buques foqueros de Buenos Aires contemporáneo del Spiritu Santo (que posiblemente también frecuentaba aquellas latitudes australes) era la polacra San Juan Nepomuceno. Matriculada por su dueño Marcos Pagliano en Buenos Aires el 21 de octubre de 1817, hizo frecuentes viajes a “Patagónicas” con el capitán Pedro Nelson, trayendo cargamentos de cueros de lobos consignados a su dueño, Marcos Pagliano. Alternó con Pedro Nelson en la conducción de la polacra durante 1818 el capitán Juan Tedblon. A partir

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del 23 de agosto de 1819 la embarcación tuvo como nuevos dueños a Adan Guy y Carlos Timblón; capitaneada por este último, entró en el puerto de Buenos Aires el 22 de mayo de 1820 con un cargamento de catorce mil cueros de lobos. Si bien no traía cueros de focas (lo que sería la prueba evidente de una operación en aguas antárticas) la enorme cantidad de cueros llama la atención. Nada difícil sería que estos foqueros argentinos de comienzos del siglo XIX hubieran conocido las rutas a las “islas inhabitadas del Polo del Sud” a través de sus antecesores españoles, que seguramente las recorrieron con el mismo fin. Nos induce a tal conclusión no sólo la intensa actividad pesquera en el Atlántico sur en la segunda mitad del siglo XVIII, sino también las comprobaciones sobre embarcaciones balleneras españolas que hemos hecho en el Archivo General de la Nación. Por ejemplo, hemos localizado en legajos de la Sección Comerciales la existencia de la fragata Nuestra Señora de los Dolores, dedicada a la caza de ballenas por cuenta de su dueño Francisco Medina y capitaneada en 1784 por Tomás de Juaná. En legajos de la Sección Guerra y Marina, hemos comprobado que en 1801 figuraban matriculados en Buenos Aires los bergantines Ballena y Lobo Marino, nombres que por sí solos ya nos dan un indicio sobre la actividad de esas embarcaciones. Y con relación al tema que tratamos, es oportuno recordar un testimonio ratificatorio e inobjetable por la nacionalidad y autoridad de su autor, el Dr. Juan Bautista Charcot, que realizó dos expediciones antárticas a principios del siglo XX, cuando aún no existían planteos firmes sobre cuestiones de soberanía en las tierras polares. Dijo el Dr. Charcot: “Ningún documento me ha permitido decir quién ha descubierto propiamente hablando, la isla en la que nos encontramos, ni quién la ha podido bautizar tan impropiamente, a mi parecer, con el nombre de Decepción, porque no lo ha sido para nosotros, como tampoco lo es para todos aquellos navegantes de estas regiones, que están

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seguros de encontrar en ella un buen abrigo, tan raro en el Antártico [….]. No estoy lejos de creer que era conocida de los españoles, o hablando más propiamente de los antepasados de los actuales argentinos [….] ¿No correspondería bautizar por lo menos ese sector marítimo con el nombre del barco argentino que primero lo haya navegado y hasta tanto no aparezca en algún archivo de Buenos Aires el de su descubridor?” Volviendo a nuestro pasado más inmediato, digamos que, tras los intentos de Julio Popper para instalar un establecimiento de pesca antártica —frustrado por su fallecimiento—, y de Luis Neumayer —cuyo desenlace aún ignoramos— a fines del siglo XIX, encontramos nuevamente la presencia argentina en la competencia comercial en el Antártico recién en 1904, con el establecimiento de la Compañía Argentina de Pesca S. A. en Grytviken, isla San Pedro, de las Georgias.

La acción precursora de Estanislao S. Zeballos y el Instituto Geográfico Argentino Hacia el año 1879, bajo la firme conducción del presidente Nicolás Avellaneda, el país continuaba su marcha ascendente hacia un nuevo destino venturoso. La economía nacional, superada la seria crisis de 1873-1875, ofrecía un panorama alentador; la cultura, favorecida por una pléyade destacada de científicos y artistas, manifestaba su auge con la aparición de nuevos institutos, museos y academias. Surgió entonces en ese año, por obra del Dr. Estanislao S. Zeballos, el Instituto Geográfico Argentino, que habría de ser la entidad señera del interés argentino en la Antártida. Giacomo Bove, oficial de la Marina Real Italiana que había participado en la exitosa expedición sueca al Polo Norte, proyectó hacia 1880 una expedición antártica que no interesó al gobierno italiano (que por entonces estaba ocupado en el África, donde ya

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había comenzado la competencia europea) por lo que el marino se puso en contacto con el Dr. Zeballos, quien acogió con entusiasmo el proyecto logrando interesar vivamente a sus colegas del Instituto, los que inmediatamente se movilizaron ante las autoridades nacionales y la colectividad italiana, para obtener tanto la aprobación gubernamental para la empresa como el apoyo material necesario. Bove propuso al Instituto que se diera a su empresa el carácter de Expedición Científica Argentina al Antártico. Siendo prioritario perfeccionar el conocimiento geográfico de la zona austral por el reciente tratado de límites con Chile, nuestro gobierno modificó el proyecto de Bove, suprimiendo la etapa antártica al encuadrar los objetivos en una ley de octubre de 1880, que ordenaba el estudio hidrográfico de las costas australes para su mejor conocimiento y señalización. Así se realizó la Expedición Austral Argentina de 1881, con la comandancia militar de Piedra Buena, secundado por el capitán Edelmiro Correa, delegado del Instituto Geográfico Argentino, y la dirección científica de Bove. La expedición fue exitosa, pero quedó postergado el proyecto antártico. No obstante, ya estaba sembrada la semilla que germinó en suelo fértil: el Instituto Geográfico Argentino, y así continuó Zeballos con su prédica a favor de nuestra presencia polar. Cuando en 1882 el profesor Bachmann de la Universidad de Córdoba, propuso al Instituto Geográfico Argentino la realización de una expedición para establecer bases en distintas áreas de la Antártida, el proyecto recibió la misma cálida acogida que el del teniente Giacomo Bove. Según Bachmann, la expedición debía tener carácter internacional y realizar observaciones simultáneas de los diversos fenómenos físicos y de la naturaleza en diversos lugares, para establecer así los principios que rigen las grandes leyes de la meteorología y la gravimetría en el hemisferio Sur. Bachmann estimaba necesario que el país estableciera

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las bases correspondientes a su sector, ofreciéndose para dirigir personalmente alguna de ellas; de tal manera quedaba determinado el liderazgo argentino en la Antártida. En su proyecto el interés científico se conjugaba con el nacional, en total correspondencia con Zeballos. Lamentablemente, la carencia de medios impidió la realización del segundo proyecto de expedición antártica argentina, por lo que Zeballos dijo durante una alocución a los cadetes de la Escuela Naval en 1884: “Si nos alejamos más al Sud todo es un misterio […] Apenas si se cuenta con una docena de viajeros ilustres, que alejándose más allá de las latitudes de la Tierra del Fuego, más allá todavía de las islas de South Shetland y de las tierras de Graham, han logrado entrever, como un sueño en la noche de los mares, la silueta de un Continente Austral, que invade el mar polar en pos de cuyas tierras ignoradas el Instituto ha pretendido lanzar una nave sin poderlo conseguir por el fatal enervamiento de nuestro país en punto a la navegación”. Continuó firme en los años sucesivos la inquietud polar del Instituto Geográfico. Fue así que en 1896, presidiendo el organismo científico el Dr. Francisco Seguí, y bajo sus directivas, un grupo de estudiosos proyectó una expedición científica a las islas Shetland del Sur, “con el propósito de propender al conocimiento de la geografía nacional”, y en consecuencia solicitó al Poder Ejecutivo Nacional que se destacara una nave de la Armada, proponiendo la cañonera Uruguay, afirmando entre otros conceptos “que el desarrollo creciente de la República exige ya el afianzamiento de su dominio efectivo sobre todos los puntos respecto de los cuales le asiste un derecho incontestable”. Analizó luego las posibilidades económicas para explotar los minerales que afloran en los espacios sin hielo y contempló una faz humanitaria que tampoco registra antecedentes en la historia antártica: “y la razón política y humanitaria que nos obliga a la toma de posesión de esas islas que están indicadas como punto de descanso y recuperación

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de los buques corridos por las tempestades del Cabo de Hornos”, es decir, establecer en las Islas Shetland del Sur un puerto de salvamento para los buques que transitaban la peligrosa ruta del Cabo de Hornos. Tuvo la petición trámite favorable en el Ministerio de Marina, porque accedió a destacar la corbeta —entonces cañonera— Uruguay, que sería comandada por el capitán Guillermo Núñez. Sin embargo, el Instituto sufriría una nueva frustración en su empeñoso intento, pues la expedición no se realizó; se ignoran las causas del impedimento, pero para el buque sólo significó una postergación de lo que al parecer era su destino polar, ya que siete años más tarde la Uruguay protagonizaría una verdadera hazaña en el mar antártico, donde tendría una trajinada carrera de varios años.

Los petitorios de Popper y Neumayer. El pensamiento del almirante Solier y algunos actos administrativos de soberanía antártica Con fecha 6 de mayo de 1892, el ingeniero rumano Julio Popper (dueño de un lavadero de oro en El Páramo, sobre la costa noreste de la Isla Grande) solicitó al Ministerio del Interior autorización para fundar en la Antártida una factoría ballenera y foquera. Después de referirse al agotamiento de las poblaciones de anfibios por la acción de marinos de diversas banderas “que seguían considerando res nullius aquellas aguas del litoral argentino”, concluía afirmando que no pedía para su empresa más primicias “que las que resultan de la estricta observación de los preceptos constitucionales argentinos, sobre todo lo que se refiere a la propiedad particular”. Julio Popper reconocía así el dominio y la jurisdicción del gobierno argentino sobre los territorios polares. El petitorio no tuvo

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resolución por el prematuro fallecimiento del peticionante, ocurrido el 5 ó 6 de junio de 1893. Promediando 1894, Luis Neumayer, ciudadano argentino por adopción, solicitó también al Poder Ejecutivo Nacional autorización para explorar la hasta entonces desconocida tierra de “Grand” (sic), comprometiéndose a entregar al gobierno los estudios que allí realizaría. Igual que Popper, Neumayer reconoce la jurisdicción nacional sobre esa zona polar, al afirmar que su labor importaría también conveniencias políticas y económicas para la nación por la cuestión de límites con Chile y la posesión que pudieran tomar otras naciones, por lo que estima conviene también que, bajo un punto de vista patriótico, se conozcan esas tierras “bajo el amparo de la bandera a la que pertenecen; por otra parte esas extensas zonas desconocidas e inexploradas pueden dar lugar en lo sucesivo a una fuente de recursos para el estado y es menester hacerla conocer para que los capitales y la inmigración encuentren algo trillado ese vastísimo campo de acción y de trabajo”. Solicitada la opinión del comando de la Armada, el almirante Solier informó: “He leído con detención la adjunta solicitud y encuentro que el permiso solicitado puede ser concedido sin ningún inconveniente; más bien, por el contrario, creo que reportaría ventajas para nosotros, puesto que ese estudio nos servirá de base para la reglamentación de las explotaciones de los productos naturales de nuestra costa sud y sería el mismo un acto de soberanía sobre tierras cuya posesión nos corresponde por su situación geográfica. De esa manera, nos adelantaríamos pacíficamente a cualquier toma de posesión que ulteriormente pudiera ser realizado por el extranjero”. Con fecha 29 de diciembre de 1894, el presidente Luis Sáenz Peña suscribió la resolución otorgando a Luis Neumayer autorización para realizar los estudios proyectados, con la siguiente limitación: “No podrá en ningún caso el recurrente proceder a explotar, ya

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sea por su cuenta o la de terceros, las riquezas minerales o vegetales de las comarcas que recorra; debiendo en oportunidad elevar al gobierno un informe detallado sobre los estudios y observaciones verificados en los territorios de que se trata”. El gobierno de la nación concedía así en un acto de incuestionable ejercicio de la soberanía, su autorización para el estudio y exploración de una parte de su territorio, y ello ocurría doce años antes de que ningún país del mundo insinuara siquiera pretensión alguna sobre los territorios antárticos. Tal pretensión fue manifestada recién en 1908 por una declaración unilateral de la Gran Bretaña, que se adjudicó todas las tierras situadas al sur del paralelo 50º como una dependencia de Malvinas.

Cooperación argentina con la Expedición Antártica Internacional. El observatorio de las islas de Año Nuevo Al organizarse las expediciones antárticas recomendadas por el Séptimo Congreso Internacional de Geografía del año 1899, los organizadores solicitaron la cooperación argentina. El barón de Richthofen, que había presidido aquel Congreso, encomendó a la legación imperial alemana en los Estados del Plata que solicitara al gobierno de la República Argentina la instalación de una estación científica en la Isla de los Estados, diciendo: “Se trataría ante todo que el gobierno argentino haga en la Isla de los Estados, los mismos trabajos meteorológicos y magnéticos que harán las dos expediciones (alemana y británica) y durante el mismo tiempo, es decir desde el mes de octubre de 1901 hasta el mes de abril de 1903, más o menos”. Y continúa: “Habiendo el gobierno de la República Argentina demostrado siempre tener el mayor interés por las regiones del Polo Sur, la presidencia del Congreso arriba citado, espera que no negará su concurso a esta empresa

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internacional, de la cual se espera obtener resultados de la mayor importancia para la ciencia“. Respondiendo a ese pedido, el 10 de octubre del año 1900 el gabinete nacional, en acuerdo general de ministros, encomendó al Ministerio de Marina la construcción de un observatorio meteorológico y magnético en la isla de los Estados. Esto se concretó, trasladando el faro establecido el 25 de Mayo de 1884 en el puerto de San Juan del Salvamento, en la misma isla pero a una mejor ubicacion —dentro del grupo de islas Año Nuevo, en la que desde entonces se denomina Observatorio— la inauguración y puesta en funcionamiento se realizó el 1º de marzo de 1902. Operó en forma continua hasta el 31 de diciembre de 1917. Su primer jefe fue el teniente de navío Horacio Ballvé.

Una gesta singular: el rescate de la expedición Nordenskjöld. La actividad del alférez José María Sobral Como ya hemos dicho, el naufragio del Antarctic había dejado a los expedicionarios suecos aislados en tres grupos y sin posibilidades de regreso, de modo que, transcurridos dos largos años, la incertidumbre por la suerte de la expedición conmovió a los medios científicos nacionales y extranjeros, y especialmente a la opinión pública de nuestro país. Una carta pública del Dr. Francisco P. Moreno sintetizó la ansiedad de varios sectores e invocó el espíritu humanitario de la Republica Argentina para justificar el operativo. Presidía por aquel entonces la nación el general Julio Argentino Roca, que ya desde su primera presidencia había demostrado su inquietud por los problemas australes y tanto él como el ministro de Marina Onofre Betbeder compartieron el sentir del Dr. Moreno.

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No contaba el país con buques aptos para la navegación polar, por lo que se dispuso acondicionar alguno de la flota para intentar la búsqueda de los expedicionarios. El almirante Barilari, a cargo del taller de Marina, dispuso que la cañonera (así clasificada entonces) Uruguay fuera alistada para la difícil empresa. Bajo la dirección de los capitanes Sundbland Rosetti, Adolfo Rugeroni y Jacinto Z. Caminos, trabajando en intensas jornadas hicieron que el casco de hierro de la Uruguay fuera revestido de un forro de madera de gran espesor sobre el cual se clavaron, bajo la línea de flotación, chapas de acero para rechazar el embate de los témpanos. La vieja arboladura fue cambiada por palos nuevos y, en lugar de la pequeña caldera y la máquina de vapor original, se la dotó de las máquinas del destructor Santa Fe, naufragado poco antes en el Río de la Plata. La corbeta tenía un puente de mando abierto, al igual que la timonera, por lo cual se hubiera hecho difícil resistir el frío polar, para evitarlo la proa y la popa se cerraron con los denominados lomos de ballena y sobre el puente se tendió un toldo protector. La partida El 8 de octubre de 1903, el presidente Roca despidió en el puerto de Buenos Aires al remozado buque que comandaba el teniente de navío Julián Irízar, con la siguiente plana mayor: teniente de fragata Ricardo J. Hermelo, segundo comandante; alférez de navío Jorge Yalour, alférez de navío Felipe Fliess, alféreces de fragata Enrique Plate y Francisco Arnaut, Dr. José Gorrochategui, Médico; Juan López de Bertodano, jefe de máquinas) y el oficial chileno Alberto Chandler Baunen. La tripulación era de veintidós hombres. Después de completar su instrumental en la isla Año Nuevo, la Uruguay se dirigió a Ushuaia para reunirse con el buque Français de Charcot, y el Frithjof de Tilden. Después de una inútil espera, la Uruguay continuó sola su itinerario, alcanzando el día 4 de noviembre

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los primeros hielos al noroeste de las islas Shetland del Sur; el día 5 el vigía anunció que una espesa faja del pack 4 cerraba el horizonte y la nave se vio forzada a buscar un paso entre el pack y la costa, búsqueda que se mantuvo durante toda la noche hasta que amaneció el día 6 y el golfo Erebus y Terror se presentó libre de témpanos. La Uruguay se abrió paso entre los hielos y, ya en el mar libre, enfiló hacia la isla Seymour (hoy Marambio). En su ingreso al Erebus y Terror el buque había navegado apenas a doce millas de la isla Paulet, sin advertir que allí se refugiaban los náufragos del Antarctic. La nave pasó al costado de la isla Cockburn, acercándose a Seymour hasta unos mil metros de la costa, límite fijado por el hielo acumulado en la orilla. El hielo era duro y espeso, por lo que Irízar dispuso que una comisión bajara a tierra con el teniente Fliess y el médico de a bordo, quienes en un trineo recorrieron la costa y hallaron uno de esos solitarios y tan elocuentes mensajes que dejaban los marinos de aquella época durante las exploraciones polares. En lo alto del palo, una tabla decía: “Jackson, 1899”, y alguien había agregado más recientemente: “Sobral - Anderson, octubre de 1903”. Los témpanos en movimiento obligaron a la Uruguay a levar anclas y a navegar lentamente a lo largo de la costa. En su lenta recorrida, la nave invirtió casi veinticuatro horas, mientras los hombres trataban de avizorar una tienda o una cabaña. Recién a las cinco de la mañana, vieron una tienda de campaña. Irízar y Yalour bajaron en un bote y se dirigieron al lugar del emplazamiento de la carpa, encontrándose con los suecos Bodman y Akerlund que estaban recolectando huevos de pingüinos. Después de un intercambio de saludos y abrazos, los cuatro hombres emprendieron rápidamente la marcha hacia la estación invernal de Cerro Nevado.

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Nota editorial: se refiere al pack o campo de hielo, gran masa de hielo marino flotante que obtura importantes sectores de los mares.

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El rescate Al anochecer del 8 de noviembre, la Uruguay levó anclas poniendo rumbo a la isla Paulet; los suecos llevaban sus valiosas colecciones de rocas y fósiles y los registros magnéticos y meteorológicos, pero debieron abandonar sus pertenencias personales, ya que la corbeta no tenía capacidad para más carga. Sobre la costa quedaron los viejos e inútiles trineos y en la casa los rotosos sacos de dormir, elementos varios y el vestuario con remiendos que “denunciaban nuestra vida estrecha en aquellos parajes”, como diría Nordenskjöld años después. También quedaba una abundante provisión de víveres y de equipos para futuras expediciones, dejados por la Uruguay. El día 11 la corbeta llegó a Paulet a embarcar al resto de los suecos, lamentablemente con una baja, lo que empañaba la alegría del momento; el joven Wennersgard, de veintiún años había fallecido, víctima de una afección cardíaca. Se reinició la navegación con destino a la bahía Esperanza para recoger las colecciones de los tres hombres que habían vivido allí durante nueve penosos meses, a pesar de lo cual habían podido hacer importantes observaciones científicas. El regreso Al amanecer del 15 de noviembre, tras soportar dos días de fuertes vientos, la corbeta sobrepasó las Shetland con un temporal que los castigó con ráfagas de más de cien kilómetros por hora y rolidos de 42 grados. A las seis de la mañana, un golpe de viento cortó el palo mayor. Lo que hizo bambolear toda la arboladura; dos horas más tarde, se partió el trinquete

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Tripulantes y pasajeros debieron trepar a los mástiles y hachar cuerdas y palos. Yalour nos cuenta: “Salvada la chimenea, que de caer nos hubiera puesto en serios apuros para continuar navegando, nos dimos por satisfechos con poder, en tres horas de duro trabajo, cortar la cabuyería y abandonar al mar el tributo de esos despojos”. El 18 llegaron a la isla de Año Nuevo y Sobral desembarcó para verificar el instrumental magnético, operación que no se había podido realizar en el viaje de ida. Además, en la isla de los Estados dejaron los perros groenlandeses, algunos de los cuales después fueron llevados por Charcot. El 22 de noviembre llegaron a Santa Cruz, punto terminal de la línea telegráfica y el comandante Irízar telegrafió a Buenos Aires: “Puerto de Santa Cruz, noviembre 22. A S. E. el señor ministro de Marina, Buenos Aires. La comisión de la Uruguay ha tenido completo éxito. He recalado hoy a este puerto accediendo a un pedido del doctor Nordenskjöld, que deseaba cuanto antes comunicarse telegráficamente con su país”. Y siguen detalles del rescate. Por su parte, Nordenskjöld telegrafió al día siguiente al presidente Roca, expresando su agradecimiento por el gesto argentino: “La expedición antártica sueca, regresando con la Uruguay, con colecciones y observaciones de dos años, hace presente las expresiones de su profundo y respetuoso agradecimiento por la grandiosa benevolencia que han demostrado V. E. y el pueblo argentino”. El 30 de noviembre la Uruguay llegó al Río de la Plata y se procedíó a ordenar y pintar la nave, y el 2 de diciembre entró a puerto en medio del entusiasmo general. En la dársena, se había levantado una tribuna donde funcionarios del gobierno y destacadas personalidades esperaban a los viajeros. Allí mismo el comandante de la Uruguay recibió de manos del ministro de Marina su flamante despacho de capitán de fragata, iniciándose luego la marcha hacia el Círculo de Oficiales de Marina en la calle Florida, recibiendo los expedicionarios durante el trayecto las muestras de afecto y entusiasmo de los porteños,

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que desde aceras y balcones hacían llegar sus ramilletes de flores y sus vítores. Esas demostraciones le harían manifestar a Nordenskjöld: “Si es cierto, como se ha dicho algunas veces, que el Interés producido por una empresa de verdadero valer da la medida de la cultura de los pueblos, constituía esta manifestación seguramente una prueba del excelente estado en que se encontraba el pueblo argentino”. Homenaje en el teatro Politeama El 9 de diciembre tuvo lugar en el teatro Politeama 5 un emotivo homenaje a los expedicionarios en un acto tan imponente, que el diario “La Prensa” diría al día siguiente: “Supera el esfuerzo descriptivo el cuadro que presentaba anoche la sala del Politeama.” Agregaba la nota que “en el escenario rodeaban los asientos de honor la oficialidad y tripulación de la Uruguay y en el fondo, al centro, aparecía el doctor Charcot con la oficialidad y tripulación del Français. Hablaron en la oportunidad el teniente Yalour, delegado del Instituto Geográfico Argentino en la Uruguay, quien hizo una reseña del viaje y el doctor Nordenskjöld, que refirió pormenores de su estadía, trabajos y peripecias en Cerro Nevado, como así también los resultados científicos de su expedición. Finalmente, el señor Carl Skottsberg se refirió al naufragio del Antarctic”. Resulta interesante destacar algunos pasajes de la conferencia del Dr. Nordenskjöld, que entre otras cosas dijo: “Es seguro que nunca olvidaremos el pabellón azul y blanco que fue el primero en buscarnos en la hora de la angustia.” Con respecto a la tarea realizada, expresó que, si únicamente hubieran salido las expediciones británica y alemana, una por 5

Nota editorial: El Teatro Politeama Argentino fue una importante sala de espectáculos que funcionaba en la Avenida Corrientes 1490, en la ciudad de Buenos Aires. Fue inaugurado en el año 1879, durante la presidencia de Domingo Faustino Sarmiento.

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el Pacífico y otra por el Índico, los resultados habrían sido muy incompletos por no haber tenido lugar una exploración desde la tercera gran región representada por el sur del Atlántico, situación que la Argentina resolvió con el establecimiento de un observatorio en la isla de Año Nuevo. Además, Suecia envió su expedición para cooperar con el observatorio argentino en la misma longitud, más cerca del polo. Nordenskjöld concluyó su disertación dedicando algunas palabras a la expedición de la Uruguay, pronunciando una sentencia realmente profética: “Esta expedición de la Uruguay, la primera que ha salido del hemisferio sur, no será la última que la Argentina mande.” El orador invitó luego a nuestro país a continuar con las exploraciones antárticas asegurando que toda la experiencia adquirida por ellos en el Polo Norte estaría a nuestra disposición. “La Argentina no será para nosotros un extraño sino que será tratada como un amigo querido.” Con relación a Sobral, dijo el científico sueco: “En el teniente Sobral ya poseen ustedes una persona que está al corriente de todas las cuestiones que un explorador de las regiones polares del sur necesita conocer.” En cuanto a nuestra capacidad para este tipo de empresas, agregó “que una expedición como la de que me ocupo, de carácter científico, sea bien preparada, lo garantiza el nombre del gran sabio Dr. Moreno que fue uno de los primeros entre los iniciadores de la expedición ahora concluida [...]. Que las expediciones, una vez resueltas, aquí son bien preparadas y bien llevadas a conclusión, lo sabe cualquier persona que contempla la expedición que ha sido llevada a un tan gran éxito por la Armada nacional, y especialmente la que ha sido efectuada por el jefe, oficiales y tripulantes de la Uruguay. [...] “Una expedición semejante, siempre sabrá aumentar el respeto y el honor de la bandera argentina.”

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José María Sobral En cuanto al alférez José María Sobral, la aventura despertó en él una nueva orientación profesional. Dice su biógrafo, el contralmirante Laurio H. Destéfani: “Y es que a su vuelta de la Antártida, Sobral no era un alférez de navío común; era un hombre que había corrido una pesada pero al mismo tiempo hermosa aventura y que en esos momentos discurría que aún tenía mucho que aprender para continuar su obra y que debía hacerlo pronto.” En diciembre de 1904 solicitó su baja de la Armada para dedicarse a los estudios geológicos. Ingresó a la Facultad de Ingeniería de la Universidad de Buenos Aires, pasando luego a la Universidad de Uppsala (Suecia), donde obtuvo los títulos de licenciado y doctor en Geología, regresando a la patria para servirla como geólogo con la misma dedicación y eficiencia con la que antes lo había hecho como marino. En 1922 ocupó el cargo de Director de Minas. Designado para ejercer el Consulado General de nuestro país en Noruega, interrumpió su actividad profesional para reiniciarla a su regreso, incorporándose a Yacimientos Petrolíferos Fiscales en calidad de petrógrafo. Su vida se extinguió en Buenos Aires el 14 de abril de 1961, día en que se cumplía el octogésimo primer aniversario de su nacimiento, ocurrido en la ciudad entrerriana de Gualeguaychú.

1904: El Observatorio Nacional de las islas Orcadas del Sur

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Durante la presidencia del General Julio Argentino Roca se daban las condiciones para que nuestro país pudiera intervenir más activamente en el quehacer científico y se ocupara de colaborar en el avance general de la ciencia. Así fue que la Argentina decidió cooperar con los científicos europeos dispuestos a explorar e investigar el extremo austral del mundo, cooperación que se concretó —según hemos dicho— con el apoyo meteorológico a las expediciones polares desde el expresamente instalado observatorio en el grupo de islas Año Nuevo, y después con el exitoso rescate de la expedición sueca. Estos hechos inclinaron quizá aún más al doctor William S. Bruce, jefe de la expedición antártica escocesa, a pensar que nuestro país podía continuar con las observaciones iniciadas por sus hombres en la isla Laurie (Orcadas del Sur). Por otra parte, dado que nuestra situación geográfica es estratégica, no cabía duda de que podíamos intentar la empresa y Bruce así lo entendió. Con tal motivo, se dirigió al jefe de la Oficina Meteorológica del Ministerio de Agricultura, Sr. Gualterio Davis, con la siguiente proposición: le vendía al Gobierno argentino la instalación de Omond House —que él había bautizado así en honor de uno de los organizadores de la expedición—, el depósito de instrumental y los aparatos de observación, todo por la suma de cinco mil pesos moneda nacional; sólo ponía una condición: que dicha venta no se hiciera pública, que figurase como donación hecha por él a nuestro gobierno, en retribución por la ayuda que le prestara la Armada Nacional durante su viaje de las Orcadas a Buenos Aires. El Sr. Davis, hombre competente en su materia, valoró la importancia de continuar con las observaciones comenzadas por los escoceses en Laurie, lo cual proporcionaría un conocimiento de las corrientes magnéticas polares y meteorológicas, sumamente útiles desde el punto de vista práctico y del interés científico, como se comprobó una década después.

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Con tales argumentos, Davis entrevistó al subsecretario del Ministerio de Agricultura, Dr. Carlos Ibarguren. “En cuanto me enteré de la propuesta del señor Bruce — declaró Ibarguren— percibí la importancia que tendría para la Argentina, no sólo en interés científico sino también político, práctico, el establecimiento permanente de una instalación oficial del gobierno en los que entonces se llamaban ‘mares australes de la República’, hoy Antártida”. Esto es lo que el subsecretario de Agricultura dijo al ministro del ramo, Dr. Wenceslao Escalante, quien inmediatamente dio su aprobación al proyecto y encargó a su subordinado que redactara el decreto de fecha 2 de enero de 1904, el que fue publicado en el Boletín Oficial del 5 de enero del mismo año. El decreto dice: “Considerando que es de alta conveniencia científica y práctica extender a dichas regiones las observaciones que se hacen en la isla de Año Nuevo y en el Sur de la República, “El presidente de la Nación Argentina decreta: ”Artículo 1°. Autorízase al jefe de la Oficina Meteorológica Argentina para recibir la instalación ofrecida por el señor William S. Bruce en las islas Orcadas del Sur, y establecer un nuevo observatorio meteorológico y magnético en las mismas. ”Artículo 2°. El personal se compondrá de los empleados que el Ministerio de Agricultura designe y de los que posteriormente pueda suministrar el Ministerio de Marina. ”Artículo 3°. Anualmente serán reemplazados dichos empleados por los que designe para relevarlos y que conduciría un buque de la Armada. ”Artículo 4°. La asignación de sueldos y viáticos para los que no los tengan determinado por el presupuesto, así como los demás gastos requeridos,

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serán determinados por el Ministerio de Agricultura e imputados al ítem correspondiente del presupuesto general. ”Artículo 5°. Comuníquese, publíquese y dése al Registro Nacional. Julio Argentino Roca - Wenceslao Escalante” Junto con el observatorio, se instaló también en la isla Laurie la primera oficina de correos que funcionó en la Antártida en forma permanente, siendo su primer jefe el señor Hugo Acuña, miembro de la dotación, designado para esa tarea por el entonces director general de Correos y Telégrafos de la Nación, don Manuel García Fernández, y provisto para tal fin de una valija postal con formularios del correo nacional y un matasellos para inutilizar las estampillas argentinas utilizadas por el personal del observatorio. El autor de la iniciativa había sido Francisco P. Moreno, el famoso naturalista y geógrafo, doctor honoris causa en Ciencias Naturales, perito en cuestión de límites con Chile. El 21 de enero de 1904, el Scotia zarpó de nuestro puerto rumbo a las Orcadas del Sur para embarcar a los escoceses que habían quedado allí; a su bordo viajaban los integrantes de la comisión argentina que iban a hacerse cargo del observatorio: Edgar C. Szmula, empleado en la Oficina Meteorológica Argentina; Hugo A. Acuña, de la División de Ganadería y Luciano H. Valette, de la Oficina de Zoología del Ministerio de Agricultura. Este personal trabajaría bajo la dirección del señor Roberto C. Mossman, miembro de la expedición escocesa, que de ese modo haría otra invernada en Laurie, igual que William Smith, que quedaría como cocinero de la comisión argentina. El 14 de febrero de 1904 el Scotia llegó a Laurie y el 19 se efectuó la ceremonia de traspaso de las instalaciones, enarbolándose la bandera nacional junto a la escocesa, hasta el 22 de febrero en que fue arriada ésta, al zarpar el Scotia. En 1906, una gran casa de

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madera reemplazó a la pequeña Omond House, la precaria casa de piedras de los escoceses. En 1927 invernó la primera comisión integrada totalmente por argentinos, presididos por José Manuel Moneta, y se construyó una estación radiotelegráfica, la primera permanente en la Antártida. En 1950, la base fue ocupada por la Fuerza Aérea Argentina, ésta la cedió el 3 de marzo de 1951 a la Armada, que comenzó a operarla como Destacamento Naval Orcadas, hoy Base Orcadas.

Tardía reacción británica e insólita propuesta El 23 de agosto de 1906 se recibió en el Ministerio de Relaciones Exteriores, por entonces a cargo del Dr. Manuel A. Montes de Oca, una nota del ministro plenipotenciario de Gran Bretaña en nuestro país, informando “que el grupo de islas de South Orkney es territorio británico y que la intervención del gobierno de Su Majestad en la cuestión de traslado de la estación se fundaba no solamente en la propiedad británica, sino también en el carácter británico de la expedición de Mr. Bruce, que la había establecido originariamente.” Para analizar la pretensión británica es oportuno recordar lo que el propio Dr. Bruce dice, en su obra publicada en 1906 sobre su invernada en Laurie; allí el científico escocés relata una conversación con sus hombres en aquel momento sobre la propiedad de las islas Orcadas, expresando su satisfacción por estar en ese momento en una “tierra de nadie”, aunque temiendo que esa situación no duraría mucho, “no porque la pretendamos para Inglaterra, porque aun cuando siempre hemos deseado ensanchar los confines de nuestro Imperio, no hubiéramos podido pretender nuevos territorios en nombre de nuestro país sin un mandato de nuestro gobierno.”

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Nuestro gobierno no respondió la nota de la legación inglesa y transcurrió el año 1906 sin novedad, hasta que, en los primeros días de enero de 1907 se recibió en nuestra Cancillería una segunda nota de la misma procedencia, con fecha 4 de enero de 1907, manifestando que había llamado la atención del gobierno de Su Majestad un decreto del Ministerio de Agricultura, fijando los sueldos del personal de la estación meteorológica de Orcadas del Sur, señalando que ésta estaba ubicada en territorio argentino del sur. Por tal motivo, renovaba la declaración del 23 de agosto del año anterior. Efectivamente, nuestro gobierno había expedido con fecha 15 de diciembre de 1906 el decreto mencionado en la nota inglesa, en cuyo artículo primero dice: “Apruébese la siguiente asignación de sueldos, propuesta por la Oficina Meteorológica, para el personal de las nuevas comisiones de observación en las estaciones de las tierras australes argentinas.” El decreto lleva las firmas de Figueroa Alcorta, presidente de la Nación, y Ezequiel Ramos Mejía, ministro de Agricultura. En 1907, el Ministerio de Colonias de Inglaterra publicó un libro semi oficial titulado “Colonial List”, donde se mencionaba a las islas Orcadas como dependencia de las Malvinas, y el 1º de septiembre de 1908 Eduardo VII emitió una proclamación imperial, alegando por primera vez la soberanía británica sobre la región del Sector Antártico Argentino, incluyendo la tierra firme que, en la proclamación, se menciona como “Graham Land” (Tierra de San Martín, según nuestra toponimia) en la península Antártica, y las islas Orcadas del Sur, Georgias del Sur, Shetland del Sur y Sándwich del Sur. En el mismo documento se dice, refiriéndose a estas islas y tierra firme, que “es conveniente se declaren sus respectivos gobiernos como dependencia de nuestra colonia de las islas Falkland.” Y seguía luego la propuesta insólita. Un día del mes de junio de 1913, el Dr. Ernesto Bosch, que tenía a su cargo entonces la cartera de Relaciones Exteriores en el gobierno de

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Roque Sáenz Peña, recibió la visita del nuevo embajador británico, Sr. Reginald Tower, que venía a adelantarle la intención del gobierno de Su Majestad de ceder a nuestro país las islas Orcadas ¡a cambio de un terreno en Buenos Aires! donde se construiría el nuevo edificio de la embajada británica. De acuerdo con lo anticipado por el Sr. Tower, nuestra Cancillería recibió un “Memorándum” con la propuesta oficial y adjunto un “Proyecto de Convención”, por cuyo artículo primero Su Majestad Británica cedía a la República Argentina la soberanía sobre las islas Orcadas del Sur; por el artículo segundo, la República Argentina se comprometía a reconocer a los súbditos británicos derecho de pesca en las aguas territoriales de esas islas y, al renovarse las concesiones de pesca de ballenas, dar preferencia a los poseedores de las que caducaban; por el artículo tercero, nuestro país se comprometía a conceder a los súbditos británicos derecho de cazar ballenas y focas, en las mismas condiciones que a los ciudadanos argentinos. La cláusula final establecía que “la República Argentina cede a Su Majestad británica un solar apropiado para la casa de la legación en Buenos Aires.” La propuesta británica fue rechazada por el gobierno argentino en acuerdo de ministros. Su aceptación significaba el reconocimiento de la soberanía británica sobre las “tierras australes argentinas”, como se las llamaba en esa época (hoy Sector Antártico Argentino), que ocupábamos ininterrumpidamente desde 1904 en las Orcadas del Sur. Por otra parte, lo relativo a caza y pesca era absolutamente inaceptable. En consecuencia, nuestra cancillería hizo llegar a la legación de Gran Bretaña una contrapropuesta concebida en los siguientes términos: 1º Gran Bretaña reconoce como pertenecientes al dominio argentino a las islas Orcadas del Sur, desistiendo de sus pretensiones a las mismas; 2º La Argentina no alterará la situación preexistente de los súbditos británicos con relación a la pesca, por un máximo de tiempo de la concesión, siempre que los concesionarios de esos derechos se sometan a la legislación argentina y a

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las prescripciones que se dictaren. El gobierno argentino reconoce la existencia de esas concesiones al solo efecto de la realización de este convenio, y ofrece al de Su Majestad Británica un solar en Buenos Aires para sede de la legación británica. Con el rechazo de la contrapropuesta argentina por parte de la cancillería británica, quedó concluido este episodio en el que el gobierno de Su Majestad Británica pretendió — como muy bien dice Ibarguren (“La historia que he vivido”, Peuser, Buenos Aires, 1955, p. 170) cambalachear la soberanía sobre las regiones antárticas argentinas por un terreno en Buenos Aires. Desde 1904, nuestra bandera flamea sobre la Antártida y ciudadanos argentinos habitan su inhóspito suelo para brindar información científica, seguridad a la navegación y conocimientos meteorológicos a todo el mundo. Hay un destino nacional que también tiene un lugar para realizarse en el continente de los hielos eternos y la conciencia de ese destino empezó hace poco más de un siglo, cuando un grupo esforzado de argentinos comenzó una aventura que continúa ininterrumpidamente.

1921: ¡luz roja para Orcadas! Efectivamente, en 1921 hubo un momento de incertidumbre en la vida del observatorio orcadense, según una noticia aparecida en un periódico de manufactura casera editado en el mismo observatorio (lo trataremos en el apartado “Misceláneas”). Dice la noticia de referencia: “Al iniciarse la preparación para organizar el envío de la Comisión 1921-1922 a las Orcadas, alguien había tratado de convencer al entonces presidente de la nación, Hipólito Irigoyen, de la inutilidad de este gesto.”

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Por ese entonces, había una preocupación en los medios navales en cuanto al tema de los relevos y el abastecimiento del observatorio, ya que no se contaba con un buque apto para la navegación en aquella zona, lo que indudablemente significaba un posible y serio riesgo para hombres y materiales. Prueba de esa preocupación es que, en el viaje de la Uruguay a Orcadas en el año 1919, su comandante, el teniente de navío Jorge Games, con directivas de la superioridad naval, efectuó tratativas en Grytviken para futuros relevos de Orcadas desde ese puerto a realizarse con buques balleneros de la Compañía Argentina de Pesca S. A. Y en 1924 el ministro de Marina, almirante Domecq García, escribió a su colega de Agricultura, Dr. Tomás A. Le Bretón, manifestándole su opinión adversa al mantenimiento del observatorio, ya que la Armada no contaba con buques apropiados para navegar en zona de hielos y porque las observaciones que allí se hacen “sólo alcanzan a beneficiar, en el mejor de los casos, a las compañías de pesca que incidentalmente trabajan en esa zona bajo el amparo y con el permiso del Gobierno de Su Majested Británica”. Sin embargo, la realidad no era tan así, como sabemos por el informe elevado en 1909 por el jefe de la Oficina Meteorológica del Ministerio de Agricultura, Sr. Gualterio Davis, que decía: “De la combinación de las observaciones de las Islas Orcadas con las de Georgias del Sud, relacionadas con las practicadas en tierra firme, se han palpado ya los resultados, pues en estos últimos años, desde que las estaciones han sido organizadas allí se pueden estudiar la formación y la propagación de los disturbios atmosféricos que se originan en la región antártica y se mueven hacia las zonas ecuatoriales, donde sus reflejos están observados por las estaciones situadas en las regiones templadas.” De modo que un beneficio ocasionaba la operación del observatorio de la isla Laurie. Pero continuemos con la lectura del periódico orcadense: “Con este motivo la Liga Patriótica Argentina se vio en la obligación de entrar en acción, movilizando a la opinión

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pública. A tal efecto, requirió informes de un grupo de ciudadanos del “ambiente”. Entre ellos el Dr. Cristóbal Hicken y un tal Sigurd Schjaer, quien a pedido del Dr. Manuel Carlés, el gran organizador y presidente de la Liga, escribió un artículo que fue publicado (enero 1921) en la mayor parte de los diarios y periódicos del país”. Y efectivamente en “La Prensa” del domingo 16 de enero de 1921, que se conserva en la Biblioteca del Congreso Nacional, hallamos la nota que transcribimos a continuación: “LA LIGA PATRIÓTICA ARGENTINA. Observatorio Meteorológico en las Orcadas. Importancia de sus servicios. ”La Liga Patriótica Argentina, que denunció oportunamente el intento de suprimir la partida del presupuesto de gastos que autoriza el funcionamiento del observatorio establecido en las islas Orcadas, ha conseguido conmover el espíritu científico del país, como asimismo evidencia el perjuicio irreparable que causaría el abandono jurisdiccional en el ejercicio de la soberanía de la Nación sobre los mares y tierras del Sur. La junta de gobierno de la Liga Patriótica requirió la opinión de la comisión técnica, la que recibió con tal motivo el siguiente informe del erudito meteorólogo, señor Sigurd Schjaer. ”Se acerca de nuevo el momento —comienza diciendo el doctor Schjaer— en que la corbeta Uruguay tiene que salir hacia los mares del Sur. ¿Llevará también esta vez, como en otros años, el relevo esperado allí? Porque los cinco jóvenes, si es que sobreviven los cinco, que allí esperan, desean, como lo han deseado los equipos anteriores, que su trabajo no resulte estéril. Y para ello es menester que otros prosigan la ardua tarea iniciada con graves riesgos y privaciones. ”Yo mismo conozco por propia experiencia, lo que significa la estada, durante un año, en la estación meteorológica de las Orcadas, desde que

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en la estación de 1919-1920 he sido uno de los cinco que allí han trabajado. Un año de destierro voluntario, un destierro privado de todas las compensaciones que suelen amenizar otros destierros; un clima frío, continuamente húmedo, en una pequeña casilla azotada continuamente por vientos helados; una alimentación monótona y un grupo de cinco personas que, bajo estas condiciones enervantes, por amigos íntimos que sean o se hagan, sufren dentro de aquel espacio reducido una existencia desesperante. Durante un año y con una remuneración harto escasa, la vida de cinco hombres queda expuesta allí a los peligros del clima y de la soledad, sin médico, sin posibilidad siquiera de comunicarse con el mundo. Oportunidad de la propuesta de la Liga ”¿Acaso se consuela el gobierno argentino —prosigue el informe— con la idea de que otros que no fuesen delegados argentinos continuarán el trabajo iniciado allí? Es verdad que acaba de salir de las islas Malvinas —tierras geográficamente argentinas— la “Expedición Imperial Británica Antártica”, provista del equipo más moderno imaginable pues que lleva hasta aeroplanos. Tal vez haya llegado a las mismas islas Ocadas y no cabe duda de que, hallando abandonada esta avanzada política y científica argentina, la expedición británica ha de dejar allí a sus representantes para continuar nuestro trabajo. El trabajo realizado hasta la fecha

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”El trabajo realizado en las Orcadas puede fructificar tan sólo a base de una serie no interrumpida de años, a fin de anotar las observaciones con el carácter más amplio. El ex director de la oficina meteorológica, el profesor Davis, ha dicho hace muchos años ya, que en el Antártico y por lo tanto en el único observatorio fijo establecido allí, hay que buscar la llave para todos los fenómenos, cuyo total constituye el tiempo en el Sur de nuestro país, del cual, por un encadenamiento de analogías, expuestas de una manera muy clara por el doctor Cristóbal M. Hicken en su carta a la Liga Patriótica, se pueden derivar los pronósticos para el resto del país. Tan preponderante es esta importancia que no se puede sino aplaudir la idea del mismo señor de establecer allí una estación radiotelegráfica que facilite el envío inmediato de esas observaciones. Resultados prácticos de estos trabajos ”Sabios de una autoridad indiscutible y reconocida como Martín Gil, el profesor Bigelow, el profesor Birkeland y el señor Clayton, coinciden en afirmar que existe una relación innegable entre la actividad solar y los fenómenos meteorológicos. Los magnetógrafos modernos son de una sensibilidad tan aguda que por ellos se nota hasta la modificación más insignificante en la fuerza magnética, siendo ésta, a su vez, influida por la actividad solar. ”Empero, para determinar los resultados prácticos de estas teorías importantísimas, pero aún incompletas, es absolutamente esencial la continuación de las observaciones, y su interrupción arbitraria sería de funestos resultados para la ciencia universal.

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El interés oficial ”El Interés manifestado por parte del gobierno argentino en los resultados de sus propias comisiones científicas ha sido hasta ahora tan deficiente, que los mismos resultados de las observaciones y de los estudios se elaboran y publican en la Gran Bretaña, de donde de nuevo vienen a ésta en vez de suceder a la inversa. ”Más aún, a pesar de que una repartición como la del Ministerio de Marina, aprovecha directamente de estos trabajos, me consta que en sus círculos reina un desconocimiento inexcusable de su importancia, el que se manifiesta en una actitud de frialdad oficial poco comprensible hacia las propias comisiones en viaje. ¿Será que la marina argentina está satisfecha con la proeza de haber salvado a Nordenskjöld en 1903, y de haber realizado varias veces el trayecto hasta las Orcadas?”. La nota del doctor Schjaer terminaba haciendo un llamamiento a las instituciones científicas del país y al buen criterio de los hombres de estado, para que se interesen en el mantenimiento de la estación meteorológica de las islas Orcadas. Los llamamientos como el del doctor Schjaer fueron escuchados y atendidos, y el observatorio

de

la

isla

Laurie

ha

proseguido

su

actividad

y

la

continúa

ininterrumpidamente hasta el presente. De modo que rescatamos —repetimos— para la historia antártica su nombre y junto con él a la Liga Patriótica Argentina, en defensa de nuestro primer establecimiento antártico como así también el del profesor Cristóbal M. Hicken por su idea precursora de la radiotelegrafía antártica, que se inauguró precisamente en el observatorio de la isla Laurie en 1927.

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La Compañía Argentina de Pesca S. A. Se constituyó esta empresa en Buenos Aires por iniciativa del ex capitán ballenero noruego Carlos A. Larsen, quien en 1892-1893 había navegado aguas antárticas con el buque Jason, y en 1901-1903 con el Antarctic de la Expedición Antártica Sueca del Dr. Otto Nordenskjöld, cuya dramática odisea y su rescate por la corbeta Uruguay ya hemos narrado. Radicado en Buenos Aires después de aquel histórico suceso, Larsen encaró una nueva actividad comercial: la explotación ballenera en el Antártico, para lo cual formó una sociedad con la conocida firma argentina Ernesto Tornquist y Cía.; así nació la Compañía Argentina de Pesca S. A., cuyo primer presidente fue D. Pedro Christophersen. El 3 de noviembre de 1904 zarparon del puerto de Buenos Aires los tres buques adquiridos en Noruega (el Fortuna, el Louise y el Rolf, de 160, 1015 y 400 toneladas respectivamente) rumbo a Grytviken, en la isla de San Pedro —Georgias del Sur— y arribaron el día 16 del mismo mes. Allí se instaló la primera factoría del lugar —después se establecerían otras extranjeras— con dos casas desarmables de madera, una para la fábrica y otra para alojamiento del administrador y los obreros. La fábrica contó durante el primer año con doce tachos abiertos para la cocción de grasas y con tres secciones: tonelería, calderas a vapor y depósito de materiales. Al año siguiente comenzó la ampliación de instalaciones y elementos: se duplicó el número de tachos y se introdujeron nuevas calderas a vapor y cuatro digeridores. Año tras año aumentó también la flota ballenera. En 1914, se incorporó el Fortuna II. Para ese entonces, ya había comenzado la competencia extranjera en las Georgias del Sur con la presencia de dos factorías noruegas, una inglesa y una sudafricana.

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El incremento de la actividad en la zona da una idea el número de ballenas cazadas, que pasó de 195 en el primer año de operación de la empresa argentina, a 10.760 en los años 1912 y 1913. Con la Primera Guerra Mundial declinó la actividad, que volvió a recrudecer en 1931, cuando se faenaron 40.201 ballenas con la intervención de más de cuarenta empresas extranjeras. Para esa época (comienzos de la década del 30), la Compañía Argentina de Pesca S. A. ya había ampliado considerablemente su parque, con una factoría flotante que permitía elaborar los productos en alta mar. El nombre original de esa factoría adquirida en Noruega, Kommandoren I, fue reemplazado por el de Ernesto Tornquist; esta factoría de nueve mil toneladas, con una flotilla de cuatro balleneros (Lobo, Delfín, Albatros y Foca), dio gran impulso a las actividades de la empresa argentina, que en los años siguientes debió aumentar su flota ballenera con tres embarcaciones foqueras, bautizadas Lille Carl, Don Ernesto y Días. Para el transporte de aceite, contó en un primer momento (1911 a 1917), con el Harpón, reemplazado luego por un moderno buque con igual nombre y con capacidad para treinta mil barriles; con él pudo omitirse la obligada escala en el puerto de Buenos Aires, enviando el producto directamente a Europa, con el consiguiente abaratamiento de fletes. Las instalaciones de la Compañía al comenzar la tercera década del siglo XX eran: 1.- Una fábrica con veinte tachos abiertos para cocción de grasa y fábricas para cocción de carne y huesos con 58 digeridores. Capacidad de producción: más de mil barriles de aceite diarios. 2.- Separadores para el aceite y separadores para el “blue water” para extraer el aceite. 3.- Tanques para depósito de 65000 barriles de aceite 4.- Fábrica de guano con tres secadores automáticos. 5.- Un lago abastecedor de agua para la usina hidroeléctrica.

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6.- Un caño de 8” y 500 metros de largo que envía agua para la fábrica, para el consumo y a un turbo-generador de 25 HP, para alumbrado. 7.- Un dique flotante para carenado de barcos de hasta 650 toneladas. 8.- Una barraca comedor, cinco barracas habitación, una casa de reuniones, iglesia y hospital con doce camas, sala de cirugía y farmacia, una biblioteca, un cine y una cancha de fútbol. 9.- Panadería, carnicería, depósito de materiales y estación radiotelegráfica. 10.- Tres muelles, uno para el dique flotante y uno para buques de gran porte. En los primeros veinticinco años los resultados fueron los siguientes: Ballenas cazadas

20.579

Focas cazadas Aceite de ballena producido Aceite de foca producido Barbas de ballenas elaboradas Guano (mezcla de harina de huesos y de carne) Entradas (total de los 25 años) Gastos (en la misma época) Ganancias (total de los 25 años)

50.000 924.922 barriles 101.360 barriles 443.400 kilos (hasta 1922) 19.682.100 kilos o$s 21.131.910.80 o$s 11.916.489.16 o$s 9.215.421.64

La constitución del capital de la compañía al final del período señalado era la siguiente: Acciones ordinarias Aumento por acciones correspondientes a las acciones ordinarias Aumento por acciones correspondientes a los bonos Total

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o$s 200.000 o$s 945.000 o$s 708.750 o$s 1.853.750


Durante la Segunda Guerra Mundial, la factoría argentina fue la única que operó en el Antártico. Hacia 1946 su producción total de aceite, desde 1904, fue de 1.901.281 barriles. En 1951 la Compañía amplió considerablemente el tonelaje de su flota con la incorporación del buque ballenero Juan Perón —de 34.000 toneladas—, botado en Belfast en abril de 1950. Considerado en esa época como el más grande y mejor equipado del mundo, su tripulación era de 94 hombres, utilizaba su fábrica 257 obreros, y tenía además comodidades para los 136 hombres que operaban la flotilla ballenera. En los períodos de cierre de la caza ballenera este buque ballenro prestaba servicios como buque-estanque. Finalmente, cabe destacar como experiencia interesante la introducción de renos por la Compañía Argentina de Pesca en 1910, algunos de los cuales se adaptaron bien al clima, por lo que se reprodujeron en cantidad (aunque hoy, por razón de la conservación y protección del ambiente natural antártico, está prohibida la introducción de especies ajenas a ese ambiente). Con la venta de la factoría de Grytviken, la Compañía Argentina de Pesca S. A. finalizó sus actividades en 1960; su último presidente fue el Sr. Alfredo Ryan.

Buques de la Compañía Argentina de Pesca S. A. 1904 / 1929: Nombre FORTUNA LOUISE ROLF CACHALOTE ROSITA KARL

Datos Ballenero construido en Noruega, 160 tn. Naufragó en 1919 Velero construido en Noruega, 1800 tn. Velero construido en Noruega, 400 tn. Buque transporte Ballenero, 43.o7 tn. Ballenero 84


TIJUCA HARPON CACHALOTE II FORTUNA II DON ERNESTO GRANAT ALBATROS FOCA TIBURÓN DON SAMUEL ORCA DON MILES SKUA MORSA LOBO DELFIN PETREL

Velero motorizado 2.500 tn. Vendido en 1917 2.000 tn. Reemplazó al “ROLF” y al “CACHALOTE” , vendidos Naufragó en el mar de Irlanda en 1926 Buque foquero Buque ballenero, 51 tn. Ballenero Ballenero Adquirido en 1924 Adquirido en 1925 Adquirido en 1926 Adquirido en 1926 Adquirido en 1927 Adquirido en 1969 Ballenero. Con el “DELFIN”, el “ALBATROS” y el “FOCA” integró la flotilla de la factoría flotante “ERNESTO TORNQUIST”. Ballenero Ballenero. Con el “SKUA”, “DON SAMUEL” y “ALBATROS” formó la factoría flotante al ser vend “FOCA” y el “LOBO”

En 1929 la flotilla de caza en Georgias del Sur se componía así: “ORCA”, “DON MILES”, “MORSA”, “NARVAL” y “TIBURÓN”. La factoría flotante “ERNESTO TORNQUIST” con los balleneros “PETREL”, “SKUA”, “DON SAMUEL” y “ALBATROS” Para la caza de focas: Nombre LILLE CARL DON ERNESTO DIAS HARPON

Datos Ex ballenero Ex ballenero Ex trawler Adquirido en 1923 en reemplazo del anterior homónimo. Capacidad 30.000 barriles

AÑO 1951: Nombre JUAN PERÓN

Datos Buque ballenero construido en Belfast, 34.000 tn.

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1906: Nombramiento de autoridades locales para dos regiones antárticas Sin perjuicio de la primera ocupación permanente de tierras antárticas por la República Argentina desde principios de siglo, merece señalarse en ese tiempo un decreto del Poder Ejecutivo de singular trascendencia como acto soberano sobre aquellas tierras polares. Por primera vez en la historia antártica un país que había llevado una política coherente en relación con sus dominios polares nombró autoridades propias para distintas zonas del territorio antártico. El referido instrumento decía: “Buenos Aires, diciembre 7 de 1906. Existiendo en los territorios australes de la República diversos establecimientos nacionales como el Observatorio Meteorológico de las Orcadas y siendo conveniente la creación de otros, y para proveer a su mejor administración, “El Presidente de la República decreta: “Artículo 1º.- Nómbrase Comisario, en la región donde se halla el Observatorio de las Orcadas, y en las islas de su Archipiélago, al Sr. Rankin Angus. “Artículo 2º.- Nómbrase comisario de la Isla Wandell y de las islas y tierras inmediatas, al Sr. Guillermo Bee. “Artículo 3º.- Ambas comisarías continuarán dependiendo de la Gobernación de la Tierra del Fuego. “Artículo 4º.- Comuníquese, publíquese y dése al Registro Oficial. “Figueroa Alcorta. - M. A. Montes de Oca” Así, la República Argentina fue el primer país que designó autoridades para tierras polares. Existe la constancia documental sobre la aceptación del cargo y su ejercicio por

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parte de Rankin Angus. El Sr. Bee no pudo ejercer su cargo por haberse frustrado, como se dijo más arriba, la construcción de la estación de Booth o Wandell, donde habría de tener su asiento. Recién en el año 1908, Inglaterra realizaría su irrupción en el territorio antártico mediante una carta patente.

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Capitulo VII LA ARMADA EN LA ANTÁRTIDA

Historia de nuestros primeros buques polares: la Uruguay y el Austral. La estación de la isla Booth o Wandell A fines de 1904, la corbeta Uruguay fue destinada para una nueva navegación antártica, en la que habría de cumplirse un doble objetivo: relevar al personal del establecimiento meteorológico de la isla Laurie y realizar la búsqueda preventiva de la expedición francesa del Dr. Juan Bautista Charcot, quien debía estar operando en la parte occidental de la península Antártica. Charcot, que había adelantado su expedición para acudir en socorro de la del Dr. Nordenskjöld, llegó a Buenos Aires con su buque Français luego del rescate protagonizado por la Uruguay, por lo que, aprovechando la experiencia de los suecos, dejó precisas instrucciones para que se procediera a su búsqueda si, en los términos previstos, no reaparecía en los lugares prefijados. La Uruguay hizo carbón en Ushuaia y luego puso rumbo a las Orcadas del Sur, donde procedió al relevo de la dotación del observatorio, dirigiéndose luego a las Shetland del Sur, no sin tener que forzar bancos de hielo marino interpuestos en su rumbo, obligando al capitán Ismael Galíndez a aplicar una técnica nueva, que sería la usada posteriormente por los modernos rompehielos: apoyaba la proa del buque sobre el frente de hielo y daba toda máquina adelante hasta quebrar el bandejón, avanzando luego por el canal abierto.

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La nave argentina buscó infructuosamente a los franceses en el archipiélago señalado y en el estrecho de Gerlache, donde navegó usando la carta realizada por el expedicionario belga, anotando todas las novedades náuticas sobre la marcha. En tanto los franceses habían partido hacia el oeste, en viaje de exploración por el mar de Bellingshausen. Cumplido su cometido —aún no había expirado el plazo fijado por Charcot para que se iniciara su búsqueda— y con el enriquecido conocimiento náutico de esa zona casi desconocida, la corbeta Uruguay puso rumbo al norte y arribó a Buenos Aires el 8 de febrero, donde la recibieron las autoridades y una manifestación popular que puso de relieve la hazaña cumplida. Los relevos de las dotaciones del observatorio orcadense crearon la necesidad de contar con un buque más apropiado para la actividad polar, razón por la cual el gobierno de la nación compró al Dr. Charcot, no bien este arribara de regreso del sur al puerto de Buenos Aires, el ballenero Français, que era más lento que la Uruguay, pero con casco de madera especialmente construido para la navegación polar. El 1º de noviembre de 1905 el Français fue rebautizado Austral, y el 17 de diciembre puesto bajo el mando del teniente de navío Lorenzo Saborido. El 30 de diciembre dejó el puerto de Buenos Aires para cumplir su primera —y a la postre única— misión polar bajo pabellón nacional. La navegación fue muy dura y el buque denotó serias falencias para el cumplimiento de sus misiones polares. Siguiendo las recomendaciones del capitán Saborido a su regreso, se procedió durante el invierno al cambio de máquinas y calderas en el Arsenal Naval y, con fecha 16 de diciembre, el almirante Onofre Betbeder hizo llegar al teniente de navío Celery, nuevo comandante del Austral, las instrucciones para el viaje de relevo. En esta oportunidad el buque debía cumplir también una doble misión: el relevo de rutina del observatorio de la isla Laurie y fundar en la isla Booth o Wandell, en la parte occidental de la península

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Antártica, el segundo establecimiento permanente para observaciones meteorológicas y magnéticas. Para ello, el buque iba dotado de todos los materiales y el personal necesarios, como asimismo de los elementos para establecer en toda el área refugios con víveres y combustibles para los trabajos de investigación a realizar en el invierno. El emplazamiento de la nueva estación se dejó librado al mejor criterio del jefe científico de la expedición, quien debía cuidar que la zona fuera accesible en los meses de verano. Cumplido el establecimiento, tornaría a Ushuaia donde cargaría los víveres y relevo para la isla Laurie. El 20 de diciembre el Austral zarpó desde el puerto de Buenos Aires. A la noche se desencadenó un temporal que abatió el buque sobre el banco Ortiz, causándole averías tales que produjeron su naufragio. Como consecuencia del siniestro, la Uruguay debió retomar su destino antártico y navegar hasta el año 1922 —con algunas alternativas— para realizar el relevo anual del observatorio de la isla Laurie, sumando conocimiento y experiencia polar que se plasmaron en información hidrográfica con la cual, por ejemplo, en el año 1915 la Oficina de Hidrografía produjo la carta náutica Nº 31 “Fondeaderos de la Gobernación de Tierra del Fuego”, editada y puesta en circulación en 1916. Hoy, a casi cien años de su incorporación a la Armada argentina, la corbeta Uruguay es el buque más antiguo de la Marina que se encuentra activa, convertida en museo de sus propias glorias, en el puerto de Buenos Aires. A partir de 1923 —y hasta 1947, año en que comenzaron las campañas antárticas anuales— continuaron los rutinarios viajes de relevo y reaprovisionamiento del observatorio de la isla Laurie los siguientes transportes navales: Guardia Nacional, Pampa, Primero de Mayo y Chaco. El Pampa presenta en su historial una interesante anécdota que ya pasamos a relatar.

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1939: La armada y el plan general de política antártica. La Comisión Nacional del Antártico

En 1939, nuestro país se aprestaba a participar en la Exposición Polar Internacional y en el Congreso de Exploradores Árticos, convocados por el gobierno noruego; se creó para tal fin una Comisión Consultiva Argentina para los Asuntos de las Regiones Antárticas, integrada por representantes de los ministerios de Relaciones Exteriores y Culto, de Marina y de Agricultura. Si bien el congreso no se realizó por el comienzo de la Segunda Guerra Mundial, la labor preparatoria de la comisión argentina movilizó el interés nacional por la cuestión antártica; se decidió entonces planificar la política a seguir y tuvo preponderante participación en esta tarea la Armada Nacional por su veteranía en el tema, como pionera antártica desde 1903 con el rescate de la expedición sueca, y principalmente desde 1905 con los relevos de Orcadas. Bueno es recordar en cuanto a esto el pensamiento de la institución naval, expresado por el almirante Solier en 1894; al ser requerida su opinión por el petitorio del señor Neumayer, manifestó el marino en su informe: “He leído con detención la adjunta solicitud y encuentro que el permiso solicitado puede ser concedido sin ningún inconveniente. Más bien, por el contrario, creo que reportaría ventajas para nosotros, puesto que ese estudio nos servirá de base para la reglamentación de las explotaciones de los productos naturales de nuestra costa sud y sería el mismo un acto de soberanía sobre tierras cuya posesión nos corresponde por su situación geográfica. De esa manera, nos adelantaríamos pacíficamente a cualquier toma de posesión que ulteriormente pudiera ser realizado por el extranjero.” 91


De modo que la primera manifestación de la idea de soberanía argentina sobre la Antártida de la Armada, coincidente con el pensamiento del Dr. Zevallos en 1881, perteneció a la Armada Nacional, que ahora tuvo su representante en la mencionada comisión asesora, en la persona del capitán de navío Francisco J. Clarizza, quien había comandado el Primero de Mayo en 1929. Acorde con este interés antártico y la consecuente necesidad de contar con personal especializado para las futuras actividades en la zona polar, Clarizza aprovechó la oportunidad brindada por la expedición estadounidense del almirante Byrd, que se aprestaba a expedicionar a la Antártida, y embarcó en el North Star, buque de la expedición, al teniente de navío Julio Poch y al teniente de fragata Emilio Díaz. La labor de la precitada comisión asesora determinó conclusiones de orden geopolítico y de orden geográfico, especificando entre las primeras que la posición estratégica, las potencialidades minerales y los fenómenos materiales que se originan en la Antártida e inciden directamente en nuestro territorio afectando su economía, son las tres razones básicas por las que nuestra política de estado define y sostiene nuestros intereses antárticos, exigiendo el reconocimiento de nuestra soberanía sobre la Antártida Argentina. Acorde con sus conclusiones, la comisión determinó la necesidad de: a) Estaciones fijas de observaciones científicas, sistemáticas y permanentes, que simultáneamente constituyan concreciones de la voluntad de ocupación y administración. b) Exploración extensiva y levantamiento del área por buques y aviones, desde las zonas más accesibles hacia las más difíciles, y c) Actividades científicas intensivas en igual forma, según se determinan en el apartado b). El plan trazado puso en evidencia la necesidad de un organismo permanente en nuestro medio para centralizar y asesorar en todo lo relativo a la defensa y desarrollo de

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nuestros intereses en el Antártico. Fue así que el 30 de abril de 1940, y en virtud del decreto 61852, surgió la Comisión Nacional del Antártico dependiente del Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto, con la misión de continuar los estudios sobre los problemas de aquella región vinculada con el interés nacional, para lo cual propondría al gobierno un plan de acción para desarrollar. El Dr. Isidoro Ruiz Moreno, el capitán de navío Francisco J. Clarizza y el ingeniero Alfredo Galmarini fueron los miembros de la Comisión creada por el primero de ellos, actuó como secretario el Dr. Raúl C. Migone. A partir de 1957, la institución tuvo un presidente designado por el Poder Ejecutivo, delegados ministeriales y representantes de diversos organismos. Consecuencia inmediata del plan esbozado y de las primeras actividades de la Comisión Nacional del Antártico fueron las expediciones antárticas del Primero de Mayo de 1942 y 1943, que pronto relataremos.

Las expediciones Oddera (1942) y Harriague (1943). Las campañas anuales

En base a una recomendación de la Comisión Nacional del Antártico y en cumplimiento de un plan de tareas preparado por el Servicio de Hidrografía Naval, se organizó una expedición polar para el verano de 1942. La carencia de un buque apropiado para esa clase de operaciones no fue obstáculo para llevar a cabo la empresa que el interés nacional requería. Una vieja embarcación construida en Alemania en 1893 se destinó para el viaje, por lo que una febril tarea comenzó en los astilleros de Río Santiago para ponerla en condiciones de surcar las rutas antárticas con sus hielos y sus vientos.

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Para las tareas científicas se equipó al buque con instrumental para hidrografía, sonda ecoica, telémetro, radiogoniómetro y un avión “Stearman” para observaciones aéreas. Modernos equipos radiotelegráficos, materiales de campaña y auxilio, vestuario y víveres para un año completaron los preparativos. El buque fue puesto al mando del capitán de fragata Alberto J. Oddera. La expedición contó con la participación de cuatro científicos: el Sr. Juan A. López, investigador del Ministerio de Agricultura, y los profesores Francisco Gneri, Alberto Nani y Félix A. Motti, del Museo de Ciencias Naturales Bernardino Rivadavia. El 14 de enero de 1942 se inició el viaje en Buenos Aires. Luego de recalar en Ushuaia, el buque navegó a la isla Decepción, donde fueron hallados los restos de una antigua estación ballenera noruega de la Compañía Hektor, que había operado allí desde 1917 hasta 1932 aproximadamente, y que en el momento de la llegada de la expedición argentina presentaba signos de reciente y evidente destrucción intencional, suponiendo el capitán Oddera que el hecho estaba relacionado con la Segunda Guerra Mundial, en curso por esos años. La suposición fue confirmada después: ante la sospecha de que el lugar era aprovechado como refugio por los submarinos alemanes, un buque de guerra británico, el crucero H. M. S. Carnarvon Castle llegó hasta allí, procediendo a cañonear los tanques de combustible que había en el desembarcadero y las instalaciones de la Compañía Hektor. El día 8 de febrero se procedió a afirmar el pabellón nacional. El capitán Oddera tomó posesión formal en nombre del gobierno argentino del sector antártico y depositó el acta labrada al efecto en un cilindro de bronce que quedó en la isla. Idéntica ceremonia se repitió en las islas Melchior, el día 20, y el 24 de febrero de 1942 en una isla del archipiélago Islas Argentinas.

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Primer vuelo argentino en la Antártida Además de los actos políticos señalados, la expedición realizó un importante trabajo hidrográfico y cartográfico en toda la zona recorrida con apoyo aéreo, siendo éstos los primeros vuelos argentinos sobre la Antártida. Lamentablemente, el piloto teniente de fragata Eduardo Lanusse y el copiloto, cabo principal aeronáutico Eric Blonquist, perdieron la vida al accidentarse el avión en el puerto de Buenos Aires, al regreso de la expedición. Una importante tarea de la expedición fue la instalación del primer faro argentino en la isla Lambda, denominada luego “Primero de Mayo” en recordación del buque. En el campo científico, cabe destacar las observaciones y recolecciones que realizara el grupo científico; éstas fueron las primeras muestras zoológicas y geológicas ingresadas al Museo Argentino de Ciencias Naturales de Buenos Aires. Los escasos elementos con que contaba la expedición, las cartas deficientes y el desconocimiento de la navegación entre hielos, son elementos de juicio necesarios para una exacta valoración de lo realizado por aquellos argentinos. Pero aún debe agregarse a estas realizaciones como un aporte de gran valor las apreciaciones y sugerencias del capitán Oddera, que constan en su informe, actualmente custodiado en el Archivo General de la Armada. El jefe expedicionario señaló la conveniencia de instalar una estación central meteorológica en Decepción (para lo cual se aprovecharía parte de las instalaciones de la factoría noruega) y un destacamento naval en Melchior; estas sugerencias se hicieron realidad en 1947 y 1948, cumpliéndose así los objetivos señalados por la Comisión Nacional del Antártico. Ante los positivos resultados de la expedición Oddera, se decidió realizar una nueva campaña antártica con el ya veterano Primero de Mayo, puesto esta vez bajo el mando del capitán de fragata Silvano Harriague.

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El equipo científico estuvo integrado por el geólogo Dr. Pascual Sgrosso, los meteorólogos Carlos Pascale y Carlos Martinoli, y el biólogo Francisco Gneri, integrante de la expedición anterior. Zarpó el buque del puerto de Buenos Aires el 4 de febrero de 1943 con destino a Ushuaia, donde estaba concentrada una fuerza de apoyo formada por el buque tanque Ministro Ezcurra, el rastreador Spiro y tres aviones patrulleros “Consolidated”. Del 11 al 18, el buque estuvo en Ushuaia, de donde zarpó con rumbo sudoeste, con destino a Melchior; desde allí la expedición siguió al sur hasta avistar la isla de Alejandro I, reconoció costas y archipiélagos e izó el pabellón nacional en aquellas latitudes, como afirmación de soberanía. Cartografía, hidrografía, determinación de declinación magnética, observaciones mareográficas y meteorológicas, reconocimientos aéreos, una baliza instalada en la bahía Margarita y observaciones biológicas y geológicas con acopio de muestras, fueron las realizaciones de esta segunda expedición antártica, llevada a cabo como consecuencia de las recomendaciones de la Comisión Nacional del Antártico. Después de las expediciones Oddera y Harriague y en base a los trabajos realizados durante la misma en Melchior (lugar señalado por el capitán Oddera para un establecimiento permanente) se organizó la Primera Gran Expedición Antártica Argentina del año 1947; con ella se inició la nueva etapa de las Campañas Antárticas Anuales, integrada por siete unidades navales y un avión embarcado: transportes Patagonia y Chaco, buque tanque Ministro Ezcurra, patrulleros King y Murature, rastreador Granville y ballenero Don Samuel; avión “Walrus”2-0-24. El comandante de la fuerza era el capitán de fragata Luis M. García. Esta expedición instaló el destacamento naval Decepción (hoy base Decepción) inaugurado el 25 de enero de 1948 en la bahía Primero de Mayo de la isla Decepción (Shetland del sur).

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1946: Plan general de ocupación y administración efectiva del Sector Antártico Argentino. Reorganización de la Comisión Nacional del Antártico. De acuerdo con el plan de 1939, la Comisión Nacional del Antártico decidió su concreción con los siguientes objetivos: 1.- Desarrollo de la capacidad meteorológica para asegurar la navegación y los vuelos. 2.- Levantamiento extensivo de la costa y de la península Antártica. 3.- Presencia de la flota de mar en el área antártica. 4.- Estudio del valor geoestratégico de la península Antártica. 5.- Erigir una estación permanente en el nordeste de la península Antártica, por ser zona de interés científico. 6.- Estudio y correspondencia de las mareas antárticas con las americanas. 7.- Actividad científica localizada y móvil. 8.- Estudio y ensayo de aclimatación humana, animal y vegetal. 9.Adquisición de buques y aviones aptos para la Antártida. Las actividades programadas, que regirían la política antártica hasta 1951, hicieron necesaria la reorganización de la Comisión Nacional del Antártico; debía ampliar su número de integrantes incorporando miembros especialistas en las diversas materias a encarar, lo que se hizo por el decreto n° 8507/46; la nueva Comisión quedó así integrada: Por el Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto, el Dr. Juan Carlos Rodríguez (presidente); por el Ministerio de Justicia e Instrucción Pública, el Sr. Martín Doello Jurado, director del Museo Argentino de Ciencias Naturales Bernardino Rivadavia; por el Ministerio de Guerra, el general de brigada Otto A. Helbling y el capitán ingeniero militar Manuel José Olascoaga; por el Ministerio de Marina, los capitanes de fragata Alberto J. Oddera y Julio A. Poch; por el Ministerio de Agricultura, el ingeniero agrónomo Rafael García Mata; por la Secretaría de Aeronáutica, el vicecomodoro César B. Ojeda y los señores Santiago Díaz Bialet, asesor jurídico, y el ingeniero Alfredo G. Galmarini, director general del Servicio

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Meteorológico Nacional. Como secretario de la Comisión, se designó al señor José Manuel Moneta. Con fecha 8 de noviembre de 1946, la Comisión Nacional del Antártico elevó al Ministerio de Relaciones Exteriores el plan de actividades para la temporada 1946/1947, en el que se contemplaba, entre otras realizaciones, la instalación de un nuevo observatorio meteorológico-geofísico argentino dentro del Sector Argentino y otras instalaciones de carácter meteorológico (instrumental automático) en los lugares más apropiados y de acuerdo con el Servicio Meteorológico Nacional.

El Sector Antártico Argentino La Comisión Nacional del Antártico, en la reunión del 12 de marzo de 1947 trató el tema de la delimitación del territorio antártico argentino; habiendo estudiado “detenidamente todos los antecedentes argentinos relacionados con las tierras australes, y en base a los resultados de esos estudios”, procedió a delimitar el sector polar sobre el cual la nación mantiene derechos. Tal sector antártico es el que se encuentra situado “entre los meridianos 25º y 74º de longitud oeste de Greenwich, al sur de los 60º de latitud sur”. Esos límites habían comenzado a aparecer en los mapas del Instituto Geográfico Militar a partir del año 1940 y corresponden a los límites extremos longitudinales argentinos; 74º oeste marca el punto más occidental de nuestro límite con Chile —el cerro Bertrand— y el meridiano de 25º oeste corresponde a las islas Sándwich del Sur, mientras que el paralelo 60º sur es el límite convencional de la Antártida, internacionalmente aceptado.

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En cuanto a los límites longitudinales se ha adoptado el sistema concebido por el senador canadiense Pascual Poirier para fijar los territorios árticos pertenecientes a Canadá, los Estados Unidos, Noruega y Rusia. Es bueno recalcar que, por vigencia del Tratado Antártico, las soberanías territoriales en el territorio sud polar están en suspenso. En conclusión, a partir del mes de marzo de 1946, reorganizada la Comisión Nacional del Antártico con mayor número de miembros y con especialistas científicos, económicos y militares, se inició una nueva etapa en la política antártica nacional, caracterizada por la ocupación y administración del Sector Antártico Argentino, delimitado y cartografiado. La acción tendiente a concertar acuerdos internacionales y el incremento de las expediciones científicas nacionales que (después de la experiencia de las expediciones Oddera (1942) y Harriague (1943) se plasmó en la organización de las campañas antárticas anuales, inauguradas en 1947 con una gran expedición, integrada por siete unidades navales y un hidroavión embarcado, y contó con la participación de especialistas científicos en las diversas especialidades: biología, geología, glaciología, meteorología, etcétera. Y de ese modo pasamos a la gran expedición de 1947.

1947: Primera Gran Expedición Antártica Argentina

Esta gran expedición, comandada por el capitán de fragata Luis M. García, estuvo integrada de la siguiente manera: transportes Patagonia y Chaco, buque-tanque Ministro Ezcurra, patrulleros King y Murature, rastreador. Granville”, ballenero Don Samuel y avión “Walrus” 2-0-24. La expedición contó con dos invitados que integraron la plana mayor del buque insignia: un capitán de la marina chilena y un capitán del ejército argentino, del Instituto Geográfico Militar.

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El transporte Patagonia, de sesenta metros de eslora y 2400 toneladas de desplazamiento, había sido adquirido en Alemania después de la Segunda Guerra Mundial, y reacondicionado para la navegación polar. El transporte Chaco era un buque de pasajeros y carga; desplazaba 3850 toneladas. El buque-tanque Ministro Ezcurra, petrolero, desplazaba 4200 toneladas. El ballenero Don Samuel, alquilado con su tripulación a la Compañía Argentina de Pesca, tenía 30 metros de eslora y muy buenas condiciones. El rastreador Granville, de apoyo en Ushuaia, había sido construido en Río Santiago, medía 60 metros de eslora. Los patrulleros King y Murature, construidos también en Río Santiago, tenían una buena velocidad (16 nudos).

La partida

El Patagonia, buque insignia, zarpó de Buenos Aires el 4 de enero; fue por el ministro de Marina, el jefe del Estado Mayor, los directores generales y el presidente y miembros de la Comisión Nacional del Antártico. El Ministro Ezcurra y el Chaco zarparon desde el puerto de La Plata, el 8 y el 14 de enero, respectivamente. El día 15 del mismo mes la nave insignia arribó a Ushuaia y se reunió con el buque Don Samuel procedente de las Georgias del Sur. Con la llegada de los restantes buques, la expedición abandonó Ushuaia el 24 de enero, rumbo a la Antártida, menos el Chaco, que debió permanecer para reponer el carbón para la nueva estación a instalar, inutilizado por una combustión espontánea.

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En la zona de operaciones

El 29 de enero la nave insignia y el Don Samuel llegaron a la isla Decepción, de donde zarparon el 16 de marzo con rumbo a Melchior, donde encontraron una chapa metálica con la bandera inglesa sobre la casilla del faro Primero de Mayo. La placa fue retirada, labrándose un acta y pintando la siguiente inscripción: “Propiedad del Ministerio de Marina de la República”. Para instalar la nueva estación se eligió la punta Gallows de la isla Observatorio. Se puso en funcionamiento el faro, y el avión —en su primer vuelo de reconocimiento en la zona— verificó la presencia inglesa en puerto Lockroy y, en un lugar próximo a la punta Gallows, llamada hoy punta Observatorio, se decidió instalar la nueva estación. El 5 de febrero, dejando en Melchior una comisión de tareas, ambos buques zarparon para Decepción. Durante la navegación hicieron reconocimientos en el canal Schollaert y en el estrecho De Gerlache. El 7 de febrero, después de un intento de desembarco en la bahía Esperanza que falló por causa de los hielos, se navegó a la isla Decepción. Mientras, el Don Samuel, con el jefe de la expedición y el oficial de navegación del Patagonia a bordo, recorría la ruta Melchior hasta bahía Margarita para hacer acto de presencia en las estaciones británicas allí existentes y obtener datos para cartas y derroteros. En el canal Lemaire los argentinos avistaron al buque de guerra inglés Trepassey. Intercambiaron saludos y navegaron luego a Lockroy, islas Argentinas y fiordo Neny, visitando las instalaciones inglesas. Luego navegaron por el canal De Gerlache-Lemaire y el Francés-Penola, haciendo levantamientos expeditvos.

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En isla Melchior, mientras el Patagonia desembarcaba material y personal para la construcción de la nueva estación, arribó el Trepassey que desembarcó a su comandante, quien manifestó al oficial argentino a cargo del campamento que ése era territorio inglés; nuestro oficial le respondió que ese territorio era argentino. Mientras tanto, el avión “Wallrus”, transportado por el Patagonia, volaba fotografiando y reconociendo la zona. El 25 de febrero, a raíz de un accidente, el obrero Pablo Nicolyzyn fue intervenido quirúrgicamente, con éxito, por el médico de a bordo —teniente de fragata Jaime Mario Coronel—. El capitán E. J. Pierrou, a quien estamos siguiendo en este relato, dice lo siguiente: “Era evidente que las previsiones de índole farmacéuticas y quirúrgica, muy amplias por cierto, contemplaron todas las eventualidades posibles, aun para casos de la mayor gravedad. Al obrero Nicolyzyn le fue amputada una mano con todo éxito y se le practicaron curaciones serias en el cráneo y en los ojos.” El 27 llegó también a isla Melchior el Don Samuel; su comandante, teniente de navío Pisan Reill, entregó al jefe expedicionario, una nota de protesta que había recibido del magistrado inglés residente en puerto Lockroy. La conversación entre ellos se había desarrollado en términos amables, el inglés había abosequiado al argentino un pequeño presente y fue igualmente retribuido. El capitán García, respondiendo la nota inglesa, cursó al magistrado inglés la siguiente respuesta: “Tengo el honor de comunicarle que la zona a que Ud. hace referencia se encuentra en el sector que la República Argentina considera de su pertenencia y que todos los actos de la Expedición Naval Argentina, a mis órdenes, se realizan por derecho propio. En consecuencia, debo dejar constancia de que no puedo aceptar su reglamentación ni reconozco, otra autoridad en esta zona que la de

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mi Gobierno.” (E. J. Pierrou, “La Armada argentina en la Antártida 1939-1959”, p.107). El 7 de marzo se libró al servicio el segundo faro antártico, denominado “Patagonia”, mientras el King instalaba una baliza luminosa en el cabo Ana de la costa Danco, la primera luminosa en el Sector Antártico Argentino. El 24 comenzó a funcionar la estación radiotelegráfica en Melchior, enviando el jefe de la expedición un saludo al ministro de Marina, al jefe del Estado Mayor General y al director general de Navegación e Hidrografía. El 31 de marzo a las 16.15 fue izado el pabellón nacional en Melchior, se inauguró allí el Destacamento Naval Melchior (hoy Base Melchior), y quedó a su cargo durante ese año 1947 el teniente de fragata Juan Carlos Nadaud. El jefe de la expedición, en cadena con LRA Radio del Estado, transmitió a Buenos Aires: “Con esta sencilla pero emotiva ceremonia queda inaugurado hoy, 31 de marzo de 1947, el Observatorio Meteorológico Antártico del Archipiélago Melchior, perteneciente al Ministerio de Marina. A partir de esta fecha, la República Argentina, por medio de su Armada, tendrá ocupación permanente en estas islas adyacentes a la Tierra de Graham, afianzando así con hechos su soberanía sobre el Sector Antártico, que considera como de su pertenencia y contribuyendo además con su aporte científico al progreso de la meteorología internacional.” (E. J. Pierrou, op. cit. p. 114). Luego transmitió, también en cadena con LRA Radio del Estado, un discurso del que seleccionamos unas breves pero significativas palabras: “Es necesario crear una conciencia argentina y para ello difundir el conocimiento de la geografía de estas regiones […]. La publicación de mapas que incluyen la República Argentina y nuestro sector antártico […] contribuirá

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eficazmente a ese fin […] Esa conciencia antártica habrá sido creada el día que cada ciudadano tenga en cuenta que estas tierras no son exóticas, sino que forman parte del territorio de la República. En las inmediaciones del Observatorio se ha instalado un letrero que reza: “TERRITORIO DE LA REPÚBLICA ARGENTINA.” (E. J. Pierrou, op. cit., pp. 177 y 120). El 1° de abril la expedición zarpó de Melchior, iniciando el regreso a Ushuaia con una navegación afectada por permanente mal tiempo, especialmente en el cruce del pasaje Drake, por los violentos y frecuentes temporales de esa zona, que hacen la navegación muy movida —especialmente con los buques libres de carga, lo que afecta a la mayor parte de la tripulación, que se ve obligada a adoptar la posición horizontal para evitar los mareos—. El 23 de abril el Patagonia atracó en la Dársena Norte del puerto de Buenos Aires escoltado por los patrulleros King y Murature. Se embarcaron en el muelle el ministro de Relaciones Exteriores, el jefe del Estado Mayor General, miembros de la Comisión Nacional del Antártico, oficiales superiores y jefes y oficiales de las Fuerzas Armadas; se realizó después una ceremonia en tierra y en proximidades del buque en la cual pronunció un discurso el jefe expedicionario, finalizado el cual se realizó un desfile hasta la Casa de Gobierno por la calle Cangallo (hoy Teniente General Perón), Leandro N. Alem, Corrientes, Florida, Diagonal Norte y Rivadavia. Los expedicionarios recibieron durante el trayecto las manifestaciones entusiastas del pueblo, con vítores y flores arrojadas desde los balcones; finalmente fueron recibidos en el Salón Blanco de la Casa Rosada por el Presidente de la Nación y los ministros.

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Aportes de la expedición

–Nueva estación meteorológica permanente en Melchior. –Exploración y reconocimiento expeditivo en la importante ruta Decepción – Bahía Margarita. –Faro Patagonia en la boca sur del De Gerlache y una baliza luminosa en el cabo Ana (zona continental). –Levantamiento cartográfico en la zona de la bahía Dallman. –Mayor cantidad de buques en la Antártida con aporte de información geográfica. –Visita a instalaciones inglesas en Decepción, Lockroy, islas Argentinas y bahía Margarita. –Comprobación de la libertad de acción por el racional uso de la sonda ecoica 6 y el radar.

1948: La Flota de Mar en la Antártida

De acuerdo con uno de los objetivos de la Comisión Nacional del Antártico (frecuentar con numerosas unidades de la Flota de Mar el área antártica) al mando del vicealmirante Juan M. Carranza y con los cruceros Almirante Brown y Veinticinco de Mayo y los destructores Santa Cruz, Misiones, Entre Ríos, San Luis, Mendoza y Cervantes, la flota de mar realizó maniobras en el archipiélago de las Shetland del Sur, Melchior y Orcadas del Sur en febrero de 1948. Se hicieron importantes estudios en la zona de las Orcadas del Sur, 6

Nota editorial. Sonda ecoica: instrumento para determinar la distancia vertical entre el fondo del lecho marino y una parte determinada del casco de una embarcación.

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Shetland del Sur y en la parte norte de la península Antártica, con un expeditivo reconocimiento geográfico-militar de sus fondeaderos; el antiguo estrecho Bransfield fue denominado Mar de la Flota. En la isla Decepción se realizó una ceremonia afirmando los derechos argentinos. La instalación del Destacamento Naval Decepción en la isla de ese nombre, inaugurado el 25 de enero de 1948, provocó un entredicho con Inglaterra que dio lugar a un intercambio de notas de protesta y a la presencia de unidades navales de ambos países, en cuyo marco se inscribieron las operaciones de nuestra Flota de Mar, como acabamos de ver. La preocupación causada por tales incidentes llevó a los gobiernos de Argentina, Chile y Gran Bretaña a firmar un acuerdo, comprometiéndose a no llevar buques artillados al sur del paralelo 60º Sur, por lo que se puede considerar ese compromiso como un antecedente de la no militarización de la Antártida que posteriormente estableció el Tratado Antártico.

1949: Argentina, Chile y Gran Bretaña en la Antártida Argentina y Chile En varias oportunidades nuestro país había hecho referencia a sus posesiones antárticas, implícitamente en el siglo XIX —al establecer la Comandancia Política y Militar de las islas Malvinas (1829) — y explícitamente en el siglo XX —por ejemplo en la reserva hecha a las convenciones postales firmadas en 1934 en El Cairo, en el Xº Congreso de la Unión Postal Universal, en la Conferencia de Panamá en 1939, en un memorándum a la embajada británica en 1943, etc—.

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De ese modo, nuestro territorio antártico apareció por primera vez graficado en recuadro en un mapa de la República publicado por el Instituto Geográfico Militar en 1941, aunque el limite occidental fijado allí en los 68º 34’ Oeste fue modificado luego a 74º Oeste, de acuerdo con el decreto del Poder Ejecutivo Nacional Nº 8944 del 2 de septiembre de 1946. El decreto-ley Nº 2191 del 28 de febrero de 1957, que estableció el Territorio Nacional de la Tierra del Fuego, delimitó el sector entre los meridianos de 25º Oeste y 74º Oeste, al sur del paralelo de 60º Sur. La hermana República de Chile, por su parte, señaló su sector antártico el 6 de noviembre de 1940 entre los 53º Oeste y los 90º Oeste, como prolongación continua de su territorio continental. Como se aprecia, hay superposición de espacios polares entre ambos países, que se consideran igualmente herederos de la corona castellana, lo cual, no obstante, no ha sido un obstáculo para las buenas relaciones en este tema, que —especialmente en la década del cuarenta— han sido óptimas. Ambos paíse se reconocieron mutuamente sus indiscutibles derechos en esa parte del globo y convinieron en cooperar tanto en la investigación científica de la naturaleza antártica como en el aprovechamiento de sus recursos naturales; lo establecieron de esta manera: “Los ministros de Relaciones Exteriores de la República Argentina y de Chile […] propician la realización de un plan de acción armónico de ambos gobiernos en orden al mejor conocimiento científico de la zona antártica, mediante exploraciones y estudios técnicos; que así mismo consideran conveniente una labor común a lo relativo al aprovechamiento de la riqueza de esta región; y que es su deseo llegar lo antes posible a la concertación de un Tratado Argentino-

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chileno de Demarcación de Límites en la Antártida Sudamericana.” (Firmado: Juan Atilio Bramuglia / Raúl Juliet Gómez). Este enunciado fue ratificado y ampliado por la Declaración La Rosa – Donoso, del 4 de marzo de 1948. De ese modo, las relaciones argentino-chilenas en aquellos años —con relación a la Antártida— se basaron en un pensamiento político realista, que valoraba la conveniencia de una acción conjunta en defensa del patrimonio austral, heredado por ambas de la Madre Patria. Esos acuerdos pudieron haber sido un incentivo para encarar luego, en el continente americano, esa integración. Lamentablemente, la historia siguió otro curso.

Argentina y Gran Bretaña Diferentes fueron nuestras relaciones con Gran Bretaña. Este país alegaba derechos de descubrimiento entre los 20o oeste y los 80o oeste, confirmados por la Carta Patente del 21 de julio de 1908, que estableció un límite norte a los 50o de latitud sur, abarcando así parte de la Patagonia continental, este error fue subsanado por otra Carta Patente, del 8 de marzo de 1917. Allí determinó, entre los meridianos mencionados, un sector oriental con límite norte en los 50º sur, y otro occidental con ese límite en los 55o sur. Como ya lo hemos explicado, el primer problema con esa potencia fue a raíz del establecimiento del observatorio de las islas Orcadas del Sur en 1904. Pero en la década del 40, con el aumento de las expediciones, comenzaron frecuentes incidentes en la zona, que felizmente no pasaron de un intercambio de notas, reclamando y afirmando derechos. La primera es de nuestra cancillería del 23 de agosto de 1940, en la que nuestro gobierno sugiere la convocación a una reunión de estados con intereses antárticos, que podría

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realizarse en Buenos Aires, para producir un estatus jurídico-político de la región aceptado por todos los Estados. La nota concluía con una reclamación por haber aparecido en un mapa británico un sector antártico como dependencia de las islas Malvinas “Que el gobierno argentino con justo fundamento, ha considerado siempre como parte inalienable de su territorio nacional.” En enero de 1943, llegó a la isla Decepción el buque británico Carnarvon Castle y su comandante retiró los testimonios argentinos de soberanía dejados allí por la expedición del Primero de Mayo, y colocando en su lugar un tablero con la leyenda “Tierras de la Corona Británica”. Después, nuestra cancillería recibió una protesta de la embajada británica, lo que dio lugar a un intercambio de notas. En 1947, en ocasión de la gran expedición antártica argentina, el encuentro de nuestras naves con las británicas y el mutuo hallazgo de sitios ocupados, tuvo lugar un frecuente intercambio de notas in situ y luego entre las cancillerías. Abreviando, vale la pena destacar la sugerencia de nuestra cancillería para resolver cuestiones atinentes al Antártico con los países que tenían —y tienen— intereses en la región, con la idea de una conferencia internacional “cuya finalidad primordial sería la de arribar a la determinación de un estatus jurídico-político de aquella región”. De ese modo, la República Argentina se adelantaba por un poco más de una década a la solución a la que finalmente arribarían los estados con intereses en el lejano continente blanco austral, al firmar el Tratado Antártico el 1º de diciembre de 1959. Si bien los incidentes habían sido leves, su frecuencia, las actuaciones diplomáticas, las encontradas declaraciones de las partes involucradas y las interpretaciones en la Cámara de los Comunes de Londres (durante las cuales se manifestaba cierta impaciencia en algunos legisladores frente a lo que consideraban presencia ilegal de argentinos y chilenos en la Antártida) repercutieron en el ámbito internacional, dando lugar en algunos

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casos a muestras de solidaridad americana (por ejemplo el comunicado del Ministerio de Relaciones Exteriores de Venezuela del 3 de marzo de 1948 expresando que su gobierno veía con preocupación los incidentes surgidos recientemente entre algunas repúblicas del continente y el Reino Unido de Gran Bretaña, esperando que “aquellos inconvenientes podrán resolverse de conformidad con los principios de justicia y de equidad declarados en la Carta de las Naciones Unidas”). Pocos días después de ese comunicado, el Congreso Nacional de Venezuela, el 16 de marzo, dio una declaración expresando “la aspiración unánime al pueblo de Venezuela de que se liquiden de una vez para siempre los rezagos de coloniaje en América”, manifestó “viva simpatía hacia los derechos alegados por las repúblicas de Argentina y Chile” y expresó “solidaridad ante las justas reclamaciones que los respectivos países han formulado sobre las regiones antárticas”. En Buenos Aires, el 2 de junio de 1948 la Cámara de Diputados de la Nación hizo una declaración, reafirmando la soberanía nacional sobre las islas Malvinas y los derechos sobre la Antártida.

El acuerdo tripartito de 1949 Era previsible que las potencias del Hemisferio Norte, libres ya de la guerra, aumentaran su presencia en las desérticas comarcas polares del sur, que ya se perfilaban como la tierra prometida del futuro y sobre las cuales, además de Argentina, Chile y Gran Bretaña, otros cuatro países (Nueva Zelandia, Australia, Noruega y Francia) formulaban reivindicaciones. El gobierno de los Estados Unidos, país también con intereses antárticos, pero sin reclamos declarados, observando las disputas y previendo futuras complicaciones con intervención de otros actores, giró a los gobiernos de los siete países con presencia

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antártica un memorándum proponiendo la internacionalización del continente en cuestión, en el cual —a su juicio— “los valores previsibles […] son predominantemente científicos, más bien que estratégicos o económicos”, de modo que la investigación científica y la exploración se verían beneficiadas por un régimen de administración internacional. La propuesta norteamericana tendría una derivación imprevista al provocar la entrada en escena de un nuevo actor con la consiguiente complicación del panorama, pero eso sucedería ya en el comienzo de la década siguiente. Mientras tanto, los tres países enfrentados por sus reclamos superpuestos tratarían de hallar de alguna manera un modus vivendi, pues si bien los incidentes hasta entonces no habían tenido otra trascendencia que la diplomática, debía preverse la posibilidad, seguramente no deseada, de algún hecho con derivaciones inconvenientes para el normal desarrollo de las exploraciones y las actividades científicas en la zona. De ese modo, la década del 40 se cerró con un compromiso contraído entre los gobiernos de Argentina, Chile y Gran Bretaña de no enviar buques de guerra al Antártico. El 18 de enero de 1949 a las 15.00, los tres gobiernos intercambiaron mutuamente en Buenos Aires, Santiago de Chile y Londres, una nota del siguiente tenor: “Deseando evitar todo malentendido en la Antártida que pudiera afectar las relaciones amistosas entre este país y..... el gobierno de……… está dispuesto a informar al gobierno de……… que, en las actuales circunstancias, no prevé ninguna necesidad de enviar buques de guerra al sur de los 60o de latitud Sur, durante la temporada antártica de 1948-1949, aparte, desde luego, de las maniobras tradicionales como las que han sido habituales durante varios años.” A partir de entontes, y hasta la realización del Año Geofísico Internacional (19571958), este intercambio de notas se renovó anualmente. Luego, la vigencia del Tratado

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Antártico, a partir de 1961, haría innecesario tal compromiso, que bien puede considerarse como un antecedente de la no militarización del continente polar austral, establecida por el artículo primero del mencionado instrumento legal internacional.

Agresión inglesa en la isla Decepción Sucedió durante la campaña antártica 1952/1953. En cumplimiento del plan trazado por la Comisión Nacional del Antártico, la Armada instaló en la caleta Balleneros de la isla Decepción un refugio, inaugurado el 16 de enero de 1953, que fue bautizado "Teniente Lasala", en homenaje al infante de marina Cándido de Lasala, caído en acción durante las invasiones inglesas. El encuentro de nuestras naves con las británicas en la zona dio lugar a un intercambio de notas de protesta por ambas partes, hasta que el 19 de enero, dejando en un mojón de concreto un tubo metálico con una copia del acta de inauguración, zarpó el Bahía Aguirre, dejando el nuevo refugio a cargo de un teniente de navío y dos cabos. Ese mismo día, fondeó en la caleta Balleneros el buque inglés Snipe, a cuyo bordo viajaban el denominado gobernador de Malvinas y un obispo; el magistrado británico entregó una nota de protesta al jefe del Destacamento Naval Decepción (hoy base Decepción). Pocas horas después, arribó a la isla el ARA Punta Ninfas y su comandante entregó a su vez una nota de protesta al Snipe. El 23 de enero los buques chilenos surtos en la caleta Balleneros instalaron un refugio, a doscientos metros del nuestro. EL 16 de febrero, habiendo quedado en el flamante refugio argentino los dos cabos, pues el jefe se había trasladado por razones de servicio al destacamento naval, personal de la nave inglesa Snipe procedió a destruir los refugios argentino y chileno. Narrando este

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suceso, dice Pierrou: "La conducta inglesa no resultó novedosa ni extraña; fue una consecuencia de ya conocidos procedimientos de piratería ejercidos desde tiempo atrás en detrimento de soberanías y patrimonios ajenos a su jurisdicción." (“La Armada Argentina en la Antártida”, Buenos Aires, Instituto de Publicaciones Navales, 1981, p. 469). El jefe del refugio argentino destruido se presentó en la base inglesa de la caleta Balleneros y fue informado por el jefe británico de que el personal argentino hecho prisionero sería llevado a las islas Georgias del Sur y luego a Buenos Aires. Informado del acontecimiento, el comandante de la Fuerza de Tareas, obedeciendo orden superior, envió una nota de protesta a la base inglesa, de la cual transcribimos lo siguiente: "La presencia de esas fuerzas y las acciones llevadas a cabo importan un acto ilícito que sancionan los principios del Derecho Internacional, perpetrado en territorio de la República Argentina, desconociendo que incuestionables derechos de dominio, de acuerdo con los cuales las operaciones del personal y buques a mis órdenes constituyen actos indiscutibles de jurisdicción." Y volvemos a citar a Pierrou: "Este hecho insólito ha sido digno émulo de las piraterías de Drake y revela en quienes lo planearon la supervivencia de una primitiva y anacrónica mentalidad imperialista, sustentada a látigo y arcabuz, olvidando que la acción argentina [estaba] encuadrada exactamente dentro de las normas del derecho internacional y de los procedimientos que son normales en el Continente Blanco."

Cooperación Científica Internacional: el A. G. I. y el A. I. S. Q.

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Nuestro país realizó en el Año Geofísico Internacional estudios de meteorología, auroras y luz nocturna, sismología, latitud y longitud, gravimetría ionosférica, oceanografía, glaciología, actividad solar y rayos cósmicos. Una vez finalizadas las tareas del A. G. I., los Estados Unidos y la Argentina acordaron cooperar para mantener el funcionamiento de la base norteamericana Ellsworth sobre la barrera de hielo de Filchner, encargándose nuestro país de la administración de esa base, donde trabajaron conjuntamente científicos de ambos países. Además la Argentina, por su situación geográfica, ocupó un lugar destacado durante las tareas del Año Internacional del Sol Quieto. Las observaciones antárticas recibieron preferente atención, destacándose las actividades en la zona de la barrera de Filchner, en el mar de Weddell.

1958: Turismo a la Antártida Por primera vez en los anales de la historia de la navegación se realizaron dos viajes de turismo a la Antártida, organizados por el Comando de Transportes Navales, que a tal efecto destinó el transporte ARA Les Eclaireurs a Ushuaia, desde donde se iniciaría la excursión, en dos viajes. Los turistas utilizaron para su traslado a la capital fueguina aviones Douglas DC–4 de la Marina de Guerra, pertenecientes al Comando de Transportes Aeronavales. En el primer viaje, el buque, comandado por el capitán de corbeta Eduardo Llosa, zarpó de Ushuaia con cien turistas el 16 de enero de 1958, con destino a la Antártida; hizo escala en rada Picton, donde arribó el 16 y continuó con el siguiente itinerario: isla

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Decepción, bahía Luna, caleta Potter, bahía Paraíso, isla Melchior y regreso a Ushuaia, donde arribó el 24 de enero de 1958. El segundo viaje turístico el buque, comandado por el mismo capitán Llosa, zarpó de Ushuaia con 94 turistas el 31 de enero de 1958, con destino a Melchior, siguió hacia bahía Paraíso, caleta Potter, bahía Luna, Decepción y regresó a Ushuaia a la que arribó el 11 de febrero de 1958. Del interés despertado por estos dos primeros viajes turísticos dio una clara idea la recepción de cuatrocientas solicitudes para participar en ello, más cuatrocientas notas pidiendo informes, entre las que se encontraban las de personas residentes en los Estados Unidos, Alemania, Brasil, Chile, Italia, Paraguay y Uruguay.

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Capitulo VIII EL EJÉRCITO EN LA ANTÁRTIDA

El coronel Hernán Pujato, el Instituto Antártico Argentino y la penetración en el continente El coronel Hernán Pujato, preocupado por el problema antártico y por la afirmación de nuestra soberanía en esa región, había comenzado por aquel entonces un ambicioso plan, con el cual el ejército inauguraría sus actividades antárticas. Con el plan aprobado por el gobierno, Pujato marchó en 1949 a los Estados Unidos para asistir a un curso de supervivencia polar en Alaska. De regreso a la patria, traía una nueva idea: la creación de un instituto especializado en técnica y ciencia polar. El plan constaba de cuatro puntos: 1. creación del Instituto Antártico Argentino (I. A. A.), 2. realización de una expedición polar y establecimiento de una base al sur del Circulo Polar Antártico, 3. compra de un buque rompehielos y 4. expedición al mar de Weddell, para instalar una base a mil quinientos kilómetros del Polo Sur Geográfico. El proyecto tuvo principio de ejecución con el decreto Nº 2492 del Poder Ejecutivo Nacional del 9 de febrero de 1951, encomendando al entonces Ministerio de Asuntos Técnicos la organización y envío de una Expedición Científica a la Antártida Continental Argentina. Los preparativos para la expedición exigieron un verdadero esfuerzo con tareas de gabinete y de campo, que contemplaban desde la información por consulta bibliográfica sobre las características físicas y climáticas del lugar elegido, la Bahía Margarita, hasta el 116


entrenamiento de los hombres en un medio similar, los Andes Patagónicos, donde tres miembros perecieron durante una tormenta de nieve (el teniente Arnoldo Serrano, el subteniente Eduardo Molinero Calderón y el soldado Emiliano Jaime). Listos los hombres y completados los equipos y el material, la expedición (integrada por el coronel Hernán Pujato, el capitán Jorge Mottet, el teniente farmacéutico Luís Roberto Fontana, el doctor Ernesto Gómez, el suboficial ayudante Haroldo Juan Riella, los cabos mayores Lucas Serrano y Hernán Sergio González Superí, los señores Ángel Roque Abregú Delgado y Antonio Moro, y veinticinco soldados voluntarios), partió del puerto de Buenos Aires el 12 de febrero de 1951 en el buque Santa Micaela, al mando del capitán de ultramar Santiago Farrell. No había en la marina un buque adecuado para la riesgosa expedición, por lo cual la empresa Pérez Companc facilitó el Santa Micaela —un buque de desembarco de tanques de la Segunda Guerra Mundial— que servía como medio de transporte a los puertos patagónicos. La empresa cobró el precio simbólico de un peso, tomando a su cargo la adecuación del buque para la expedición. El remolcador de la marina Sanavirón acompañó a la expedición hasta bahía Margarita, como apoyo. El 21 de marzo de 1951 fue inaugurada la Base General San Martín (hoy Base San Martín), bendecida por el padre salesiano Juan Monticelli. Era la primera estación argentina al sur del Círculo Polar (68º 07’ S y 67º 08’ W); en ella permaneció durante 1951, presidida por su jefe, la dotación fundadora (excepto el teniente Fontana, que por un accidente debió regresar a Buenos Aires con el Santa Micaela, que retornó al año siguiente con el relevo). El 29 de marzo los hombres tuvieron una emotiva sorpresa: la inesperada visita de un camarada de la Armada, el teniente de fragata Halfdan H. Hansen, que piloteando un hidroavión Grunman Goose llegó desde Melchior en un vuelo imprevisto y por propia iniciativa, lo que luego le valió una sanción de sus superiores. Iba a saludar a sus camaradas

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del Ejército que se iniciaban en el quehacer antártico. Grande fue la emoción de Pujato y sus hombres en aquel momento. En la Antártida, el arribo de un buque o un avión, a veces el simple paso, produce júbilo y emoción, máxime si es imprevisto; lo mismo sucede hoy a pesar de las comunicaciones radiales. Por eso, es de imaginar la mayor dimensión que adquiriría entonces semejante acontecimiento en aquellos tiempos de total aislamiento, en un lugar pleno de misterio para el hombre. En verdad, la visita de Hansen compensó a los expedicionarios de la desagradable sensación de abandono y soledad que habían sentido tres horas antes, cuando las pitadas del Santa Micaela y el Sanavirón conmovieron el silencio de la bahía, anunciando la partida de los buques. La actividad en la nueva base fue intensa durante todo el año y los noveles expedicionarios antárticos felizmente tuvieron el valioso concurso del único veterano del grupo, Antonio Moro, que aportó las experiencias adquiridas en el observatorio de Orcadas. Dificultades hubo muchas, como la provocada por el intenso temporal del 6 de abril, que destruyó la casilla meteorológica y las antenas de la radio y llenó de nieve la casa-habitación. La reparación llevó varios días y se tuvo que realizar con una temperatura ambiente de 25ºC bajo cero. Otro día hubo un principio de incendio; por suerte, el tiempo calmó, algo raro en la Antártida siempre ventosa, lo que evitó un desastre; debemos tener en cuenta que quedarse sin vivienda allá puede significar la muerte. El personal se organizó en Base y Patrulla; esta última estaba encargada del adiestramiento de los treinta y seis perros, con los que hicieron 1.287 kilómetros de recorrido sobre el hielo de mar y sobre el continente, y pudieron ubicar así los accesos a la meseta central bautizada San Lorenzo.

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Pero no todo fue trabajo, esfuerzo y sacrificio, pues hubo también momentos agradables como los vividos en oportunidad de las fiestas patrias, celebradas según las pautas protocolares y, por supuesto, como lo permitía el ambiente polar. También festejaron los cumpleaños con un menú especial. En aquellas latitudes, los motivos de celebración se deben aprovechar, se les presta mucha atención porque ayudan a compensar carencias afectivas y elevan el estado anímico. “La permanencia en estas soledades” dice Pujato “da al hombre una sensibilidad especial. Una pequeña noticia un poco desagradable convierte al hombre en un ser preocupado por varios días. Por eso, tanto valorizamos y agradecemos íntimamente los radiogramas conceptuosos y llenos de estímulo y de afecto que el Excelentísimo Señor Presidente nos hizo llegar periódicamente.” Pujato hizo extensivo ese agradecimiento al ministro de Ejército que les había enviado un saludo en ocasión del 25 de Mayo, y a todos los hombres, mujeres y niños, desconocidos algunos, que también les hicieron llegar sus afectos. Al finalizar el verano de 1952 llegaron los buques de la Armada Sanavirón y Bahía Aguirre. En el segundo, arribó la dotación de relevo y los hombres de Pujato emprendieron el regreso en el mismo buque, que tuvo que realizar la travesía del mar de Bellingshausen en condiciones difíciles, atravesando campos de hielo muy densos que le produjeron algunas averías, lo que obligó a trabajar con la mayor intensidad y rapidez, para hacer las reparaciones necesarias y evitar un posible naufragio. La emergencia puso a prueba la capacidad y personalidad del comandante de la nave, capitán de corbeta Alberto J. Springolo, para quien el jefe expedicionario tuvo un agradecido recuerdo por haberlos evacuado “cumpliendo su misión con la responsabilidad, la capacidad y el espíritu de la mejor escuela del almirante Brown”.

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El Instituto Antártico Argentino coronel Hernán Pujato Por decreto del Poder Ejecutivo Nº 7338 de abril de 1951, fue creado el Instituto Antártico Argentino Coronel Hernán Pujato. Dice el decreto: “Vista la organización de la Expedición Científica a la Antártida Continental Argentina […], y considerando: que ella está inspirada en el alto y firme propósito de este Poder Ejecutivo de continuar asegurando en forma irrenunciable para la Nación Argentina los derechos históricos, geográficos y territoriales que la asisten sobre el sector de la Zona Antártica que le pertenece, “Que tal misión de ejercer en forma concreta la soberanía de la Nación en dicha zona, que ha sido confiada a la Expedición Científica a la Antártida Continental Argentina y se confiará en el futuro a las que le sucedan exige el complemento de un organismo técnico-científico que sirva de apoyo y continuidad a sus tareas; “Que para ello es necesario contar con un Instituto especializado que, en forma permanente, oriente, controle, dirija y ejecute las investigaciones y estudios de carácter técnico-científico vinculado a dicha región; “Que sin perjuicio de la debida coordinación que un Instituto de esta naturaleza debería mantener con la Comisión Nacional del Antártico, dependiente del Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto, es conveniente atribuirle jurisdicción propia sobre la materia enunciada en el considerando precedente; “Que el coronel Hernán Pujato, no sólo al propiciar y comandar la Primera Expedición Científica a la Antártida Continental Argentina, sino al hacer

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renuncia de los emolumentos, que como tal le corresponden, ha evidenciado un alto espíritu patriótico que lo hace acreedor al reconocimiento de la nación; “Que ello mueve al Poder Ejecutivo como un acto de justicia, a dar su nombre al Instituto que por este decreto se crea, para que él sirva de ejemplo a las futuras generaciones argentinas…”. La historia del Instituto reconoce tres etapas: 1º.- De la fundación, que se extiende desde el 17 de abril de 1951 hasta el 26 de enero de 1956. En esta primera etapa, el Instituto dependió sucesivamente del Ministerio de Asuntos Técnicos, del Ministerio de Defensa, de la Secretaría de Defensa y del Estado Mayor de Coordinación. 2º.- De la reorganización, desde el 26 de enero de 1956 al 31 de diciembre de 1969, dependiendo del Ministerio de Marina. Se dicta el Reglamento Orgánico que determina la siguiente organización: Dirección; Secretaría General, Departamento Técnico, División Contaduría y Departamento Científico, con las secciones de: Geofísica, Geología, Biología, Laboratorios y Museo. 3º.- De la Dirección Nacional del Antártico, dependiendo de la misma, que fue creada el 1° de enero de 1970. En esta etapa actual 7, el Instituto cuenta con los siguientes departamentos: Ciencias de la Tierra, Ciencias de la Atmósfera, Ciencias Biológicas y Ciencias del Mar, el Área Química Ambiental, los Programas Psicología y Museoantar y Coordinación Científica. Sobre la actividad específica del Intituto nos extenderemos al tratar la actividad científica argentina en la Antártida.

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Nota editorial. El IAA y la DNA dependen del Ministerio de Relaciones Exteriores, Comercio Internacional y Culto desde 2003.

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El presidente Juan Domingo Perón y la Antártida De los dichos del general Perón al despedir a la Primera Expedición Científica a la Antártida Continental Argentina y luego, al recibirla a su regreso, se desprende el ideario que configuró la política nacional antártica de aquella época, por lo que consideramos oportuno hacer una breve selección de los conceptos para nosotros más significativos. Dijo el presidente al despedir a los expedicionarios: “Sé que cumplirán no sólo con la misión que les he encomendado, sino que harán mucho más, satisfarán nuestros deseos de conocer y hacer efectiva la posesión de aquellos territorios sobre los cuales algunos disputarán nuestro derecho. Éstas son las misiones que poco a poco asegurarán la real posesión de estos territorios”. “Estos muchachos que están llevando a cabo esta misión saben que no será la primera y que la seguirán todas las que sean necesarias para mantener en forma permanente el estudio y la ocupación de las bases que están comenzando a establecerse […]. Hemos convenido no ocupar aún estas regiones del Antártico con las fuerzas armadas. Las expediciones científicas argentinas que seguirán ocupándolo progresivamente en número cada vez mayor, será la fuerza más grande que enviaremos por ahora a nuestro territorio antártico…” Al recibir en 1952 al coronel Pujato y a sus hombres, que regresaban de la exitosa misión en la que habían fundado en la bahía Margarita la primera base continental antártica argentina, manifestó: “Hemos querido que sobre esas tierras comenzasen actividades argentinas que nos diesen, con la familiaridad de su permanente ocupación, una impresión y una situación de vida argentina en territorio argentino”.

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Una hazaña: El cruce de los Antartandes La expedición bahía Margarita – bahía Mobiloil La nueva dotación presidida por el capitán Bassani Grande debía continuar las exploraciones iniciadas por sus antecesores y establecer rutas en el interior de la península. Para ello dispuso de dos elementos novedosos en el quehacer antártico: un automotor de orugas Weasel y un helicóptero Sikorsky S51 provisto de un radio compás y un radio goniómetro, para poder operar en zona de permanentes nevadas y nieblas; así, los nuevos expedicionarios pudieron cumplir su ambicioso programa y en el calendario de sus actividades quedaron registradas hazañas y peripecias; la más dramática fue la del 9 de julio de 1952, cuando ocurrió el incendio de la casa habitación con la radio estación. Otra pérdida sensible fue la del hangar del helicóptero, destruido por un temporal de vientos de 120 km/h. Durante una expedición al cabo Berteaux, noventa kilómetros al sur de la base, se accidentó el helicóptero y destrozado. El piloto Hugo Jorge Parodi resultó herido, mientras que los mecánicos Jorge Weber y Carlos Román Marrón resultaron ilesos. No obstante, los hombres afrontaron la más desafiante empresa, que el inglés Rymill había considerado imposible en 1936: el cruce de los Antartandes para llegar a la costa opuesta del mar de Weddell. Listos los elementos, el 2 de agosto fueron distribuidos los perros para las jaurías y organizadas las patrullas en tres grupos: Grupo de apoyo aéreo: señor Hugo Parodi, cabo mayor mecánico aeronáutico Jorge Weber y señor Carlos Marrón.

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Grupo de trineos Nº 1: capitán Humberto Bassani Grande, cabo mayor Cirilo Urtasún y cabo mayor Mario de la Torre, y N° 2: teniente José María T. Vaca, teniente farmacéutico Luis R. Fontana y cabo My. Antonio Osés. Grupo de apoyo terrestre: Teniente primero Alberto Giovannini, subteniente Federico Soares Gache, cabo mayor mecánico y radiotelegrafista Enrique González. El 18 de noviembre inició la marcha el grupo de trineos hacia un malacate y el primer campamento, previamente colocados al pie del cordón Molinero sobre el glaciar continental. Se estableció un segundo campamento (depósito Km 20), donde fue evacuado un hombre con doble congestión pulmonar. Grandes derrumbes y estrepitosas avalanchas de los glaciares y copiosas nevadas castigaron a los hombres hasta el 1º de diciembre, cuando el buen tiempo permitió reconocer el cordón Molinero, abrir el acceso a la meseta y establecer nuevos sitios para depositar la carga; debió evacuarse allí a un segundo hombre por enfriamiento de ambos miembros, y el día 14 otro, por enfriamiento general del cuerpo e intoxicación por mal funcionamiento del calentador Bram-Metal en la carpa. Desde el 24 al 26 de diciembre el mal tiempo y los consecuentes derrumbes y avalanchas, entorpecieron la marcha, pero, al mejorar las condiciones climáticas, el 27 se inició el cruce de la cordillera: ascendieron hasta los 1720 metros y descendieron desde esa altura, para iniciar el 28 a las 5:00 la marcha hacia el mar de Weddell; luego de cinco kilómetros de recorrido alcanzaron la ladera del imponente cordón Martín Miguel de Güemes; avanzando, descubrieron un cerro “peculiar y siempre brillante”, según el informe del jefe de la expedición, al que se denominó Cerro Diamante. El avance a partir de ese punto concluyó final y exitosamente, con el arribo a la bahía Mobiloil, entre la punta Pylon y el cabo Agassiz en la costa Bowman, a los 68º 35’ sur y 64º 30’ oeste. El capitán Bassani Grande rebautizó a la bahía con el nombre de Eva Perón, prevaleciendo, no

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obstante, el topónimo original, dado por su descubridor Hubert Wilkins en 1928 y referido al combustible utilizado en su vuelo. La expedición terrestre invernal antártica bahía Esperanza– bahía Margarita El segundo cruce de la cordillera antártica tuvo lugar diez años después, lo protagonizó la dotación militar de la base Esperanza bajo la conducción de su jefe, teniente primero Gustavo A. Giró Tapper. Tenía como misión principal expedicionar por vía terrestre la bahía Margarita; además sobre el terreno adquirieron experiencia durante el riguroso invierno antártico, probaron equipos y se prepararon para otro gran emprendimiento: la expedición terrestre al polo Sur, que se concretaría tres años después. Se organizaron tres grupos: Grupo de avanzada: teniente Oscar Sosa (jefe), sargento primero Roberto Carrión (topógrafo), sargento ayudante Pablo Elgueta (encargado de las jaurías, técnico en escalamientos). Grupo principal: teniente primero Gustavo A. Giró Tapper (jefe, observador meteorológico y glaciológico), sargento primero Silvano Corvalán (radiotécnico, auxiliar del observador glaciológico y meteorológico), sargento primero Raúl Rodríguez (mecánico), sargento Jerónimo Andrada (mecánico) y cabo primero Oscar Alfonso (encargado de las jaurías). Grupo aéreo (dependiente de la base Teniente Matienzo): capitán Jorge Raúl Muñoz (jefe), capitán Héctor René Guidobono (piloto), teniente Eduardo Fontaine (piloto), suboficial ayudante Juan C. Bianchi (mecánico), suboficial ayudante Tomás Orrú (mecánico) y Jorge Mario Musso (fotógrafo). Medios empleados: tres trineos de ocho perros cada uno, tres vehículos Snowcat y dos aviones monomotores Beaver (De Havilland). Finalizadas las tareas previas y listos los

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hombres, las jaurías y los demás elementos, el grupo de avanzada voló a la base Matienzo y desde allí hasta el cabo Longing, en los 64º 30’ sur y 58º 45’ oeste, comenzando un reconocimiento para establecer un posible itinerario. Concluido el difícil reconocimiento hacia el sur sobre la barrera de hielos, se cruzó el 12 de mayo el Círculo Polar; fueron ellos los primeros argentinos en hacerlo por tierra. El 14 de junio, con la llegada del grupo principal desde Esperanza a Matienzo se inició la marcha con tres tractores y dos trineos tirados por ocho perros cada uno (pero sin los Beaver, porque fuertes vientos los habían destruido en sus amarraderos. El 29 de julio se cruzó por segunda vez el Círculo Polar con ¡43ºC bajo cero! El 8 de agosto se alcanzaron los 68º sur, y se encaró luego el cruce de la meseta polar. El 14 de agosto se llegó a la caleta Carretera, donde se instaló un campamento; allí se hicieron los preparativos para el difícil cruce del Antartandes, repitiendo la experiencia de los camaradas de 1952. El día 15 de agosto la patrulla comenzó a moverse hacia el sudoeste, dejando en Carretera material y vehículos que no podrían emplearse en el cruce cordillerano, con dos hombres de guardia. Continuando la marcha en pos del objetivo final, se encaró el difícil ascenso el 17 de agosto. Tras dieciséis horas de dura marcha, agobiados por el cansancio y el intenso frío, los hombres descansaron mientras el termómetro marcaba 29 º bajo cero. Se pusieron nuevamente en marcha, estaban unidos los hombres con cuerdas, pero tuvieron que hacer un nuevo descanso en carpas, obligados por huracanados vientos; ya pasado el temporal continuaron el ascenso hasta los mil quinientos metros de altura sobre el nivel del mar; sobrevino otro temporal y hubo una nueva pausa con 18º bajo cero. El 24 de agosto se encontraban a 1620 metros de altura, marchando a ciegas por la niebla y cubiertos de hielo. Y luego llegó una acelerada bajada hasta los seiscientos metros; ¡cuarenta kilómetros en veinticinco minutos! Tras veinte kilómetros de marcha, llegaron

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por fin a la base San Martín, en la bahía Margarita. El 28 de septiembre emprendieron el regreso a la base Esperanza, pasando por Carretera en busca de los hombres y el material dejado allí. La odisea concluyó el 24 de octubre en Esperanza. Además de haber abierto la ruta Esperanza-San Martín, aparte de las importantes conclusiones sobre técnica polar, utilísimas para posteriores expediciones, se desarrollaron tareas topográficas con actualización de la cartografía existente y revisión toponímica y se hicieron observaciones meteorológicas, glaciológicas y geológicas, con recolección de muestras rocosas que fueron analizadas luego, en el Instituto Antártico Argentino. La operación, dirigida por el jefe de la base demandó un serio esfuerzo, tras cruzar el extenso y peligroso glaciar que desemboca en la bahía Margarita con las trampas mortales de sus profundas grietas ocultas bajo la nieve. Debieron escalar no menos peligrosas elevaciones montañosas hasta los mil ochocientos metros, bajo la permanente amenaza de las avalanchas de hielo y nieve. Al fin, tras 43 duras jornadas, la patrulla alcanzó el 28 de diciembre de 1952 la bahía Mobiloil en la costa Bowman, en la parte oriental de la tierra de San Martín (península Antártica). Ése fue el primer cruce de los Antartandes; el segundo tendría lugar en 1962 desde Esperanza a San Martín. Una patrulla del ejército, al mando del teniente primero Gustavo A. Giró Tapper, partió el 14 de junio de 1962 desde la base Esperanza y, con una primera etapa en Matienzo, continuó por la barrera de Larsen hasta los 68º Sur, donde efectuó el cruce de la cordillera antártica ascendiendo hasta mil ochocientos metros y descendiendo luego para llegar a la base San Martín el 24 de agosto.

Proyectos en los años cincuenta

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Con fecha 13 de agosto de 1954, el general Hernán Pujato elevó al secretario de Defensa Nacional un informe proponiendo la instalación de un caserío antártico en Cabo Primavera. El lugar del establecimiento, población integrada por grupos familiares, construcción, gastos y ocupación de los habitantes, eran aspectos contemplados en el proyecto. Sobre el mismo tema hemos visto un trabajo muy minucioso –quizá relacionado con el proyecto Pujato- elaborado por el teniente coronel Edmundo Boris; se trata de una planificación urbanística completa con todo lo necesario para la vida normal de una población: edificio para las autoridades, viviendas para las familias, escuela, hospital, correo y hasta lugares de esparcimiento, paseos, clubes y sala para cine y teatro, además de las instalaciones para una factoría ballenera. Por esa época, en 1952, había circulado también en el Ministerio de Marina un proyecto semejante para la bahía Esperanza, realizado por el capitán de fragata Luis T. de Villalobos. Se trata de un interesante estudio, en el cual se consideran las características geográficas del lugar y se presenta un plan urbanístico y un programa de desarrollo paulatino de la colonia. Otro proyecto es del año 1953 y pertenece al Ministerio de Industria y Comercio. De acuerdo con el Plan de Acción de la Antártida Argentina ordenado por el gobierno, el ministerio propone a su colega de Defensa Nacional un plan operativo para la búsqueda de petróleo y minerales, y para la explotación ballenera. En relación con lo señalado en primer término, expone los trabajos a ejecutar, el método y los elementos. El proyecto contempla, entre otras cosas, la realización de exploraciones gravimétricas, magnetométricas, eléctricas y radiactivas, como así también la exploración con sísmica. Todo ello se podría concretar, según el proyecto, por medio de las comisiones que la Dirección Nacional de

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Minería tenía destacadas en la Antártida para estudios geofísicos, estructurales y económico-mineros. Las investigaciones que en esa época realizaba el Dr. Isaías Rafael Cordini, de la Dirección Nacional de Minería, en la Antártida, serían útiles al respecto. En lo referente a la pesca de la ballena, los estudios para su promoción, como así también de otras especies antárticas, se harían con el concurso de los organismos que el Ministerio de Industria y Comercio ya había propiciado: la Dirección de Pesca, integrante de la Dirección General de Economía Comercial, y el Consejo Nacional de Pesca. El plan contempla igualmente la posibilidad de encarar con los otros ministerios los estudios necesarios para la instalación de establecimientos de caza e industrialización de la ballena en el Antártico. Si bien estos proyectos no llegaron a concretarse, los exponemos por considerarlos antecedentes interesantes y, además, a modo de homenaje a aquellos argentinos estudiosos y laboriosos, que tuvieron tales inquietudes quizá demasiado ambiciosas para la época.

La penetración del mar de Weddell y la base General Belgrano Cumplidos los dos primeros puntos del proyecto Pujato, se imponía realizar los puntos 3 y 4: adquisición del rompehielos y expedición al mar de Weddell para establecer una base a mil doscientos kilómetros del Polo Sur geográfico, punto de partida de la futura expedición terrestre hacia allí. Mientras tanto, y siempre de acuerdo con las ideas de Pujato de estratégica ocupación del sector antártico argentino, se fundaba una nueva base Esperanza en la bahía homónima el 17 de diciembre de 1952, donde ya existía una base naval, que fuera evacuada luego.

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Por gestión personal de Pujato, con acuerdo del gobierno nacional, el buque fue construido en los astilleros navales G. Weser, Seebeck Werke, de Bremerhaven, República Federal Alemana, con las siguientes características: eslora: 84,70 metros; manga: 18 metros; puntal: 9,85 metros; calado: 6,50 metros; desplazamiento: 4854 toneladas; velocidad: 16 nudos; propulsión: 16 diesel eléctrica, con dos hélices sobre dos ejes accionados directamente por motores eléctricos de corriente continua con potencia normal de 3.150 Kw cada uno. La estructura del casco era de acero naval completamente soldado. La conformación y la forma de los costados y las líneas del casco eran tales, que el buque era capaz de resistir la presión del hielo, que lo levantaría en caso de aprisionamiento. El forro exterior del casco era muy reforzado, hasta un espesor de 30 mm. Grandes tanques de combustible especial para zonas frías le daban una autonomía de trescientos días de navegación. Para estudios oceanográficos y meteorológicos, el buque estaba convenientemente equipado además con un laboratorio fotográfico. Por decreto 3193 del 26 de enero de 1954, el buque fue bautizado General San Martín. El 29 de noviembre de ese año entró en nuestro puerto listo para iniciar su primera campaña antártica, con el serio compromiso de la penetración del mar de Weddell hasta el sur de la barrera de hielos de Filchner, objetivo frustrado de diversas expediciones europeas que se realizaron entre 1820 hasta 1949. De modo que la campaña antártica 1954-1955, comandada por el capitán de navío Alicio E. Ogara contó, además de las seis unidades navales y de un grupo aeronaval, con el flamante rompehielos General San Martín, que haría la expedición al mar de Weddell con el objetivo de alcanzar la barrera de Filchner, donde prestaría apoyo al componente terrestre del general Pujato, que debía instalar la nueva base. La expedición naval era oportuna además para hacer observaciones científicas en una zona de especial interés y casi virgen, como era el mar de Weddell, sobre todo por las

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expectativas del Año Geofísico Internacional a realizarse en 1957-1958. El capitán de fragata Luis R. A. Capurro integró la plana mayor del rompehielos con la especial misión de efectuar un minucioso estudio de las condiciones oceanográficas, meteorológicas e hidrográficas del Weddell. Con los antecedentes de las observaciones aéreas hasta el límite del radio de acción de los aviones empleados —Grumman-Goose— y las observaciones sobre el borde del campo de hielo hechas por los buques que anualmente viajaban a Orcadas, completado todo con las exploraciones cercanas llevadas a cabo por los transportes Bahía Aguirre y Bahía Buen Suceso con sus helicópteros y los “Grumman-Goose”, el rompehielos al mando del capitán de fragata Luis T. de Villalobos emprendió la navegación hacia el mar de Weddell desde las islas Orcadas, el 27 de diciembre de 1954. Con apoyo aéreo, el buque pudo mantener el rumbo calculado hasta los 72º Sur y 26º Oeste. El 1º de enero de 1955, por medio del reconocimiento aéreo, se descubrió un canal abierto a lo largo de la barrera. Por su parte, el general Hernán Pujato realizó una exploración aérea de la barrera, en procura de un lugar apto para la instalación de la base, hallándolo en el interior de aquélla, a unas cinco millas de la ensenada Comandante Piedra Buena, en los 77º 59’ Sur y 38º 44’ Oeste; allí, con la participación conjunta del personal del Instituto Antártico y del personal naval, en dos semanas se construyó la base que fue bautizada General Belgrano (luego Belgrano), inaugurada el 18 de enero. En 1970, las instalaciones de la base se ampliaron con la construcción del Laboratorio Belgrano (LABEL), para los estudios de la alta atmósfera. Finalizada su misión, el buque emprendió el regreso al norte, dejando instalada una nueva baliza denominada Comandante Piedra Buena, en los 77º 59’ Sur y 38º 48’ Oeste. En su navegación de regreso, el buque recaló en la isla Thule del Sur, de las Sándwich del Sur, donde se instaló el refugio Teniente Esquivel y la baliza Teniente Sahores. En su

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navegación antártica inaugural, el rompehielos General San Martín recorrió 1.720 millas de mar congelado, alcanzando la latitud inédita hasta ese entonces de 78º 01’ Sur. Dice el capitán Pierrou: “La misión se llevó a cabo con rapidez y exactitud extraordinarias, (…) resultado de un plan cuidadosamente elaborado y brillantemente ejecutado. El comando del buque conocía perfectamente, en todos sus aspectos y alcances, el serio compromiso que esperaba a su unidad y no ahorró esfuerzos ni sacrificios para conseguir su propósito. Su conducción inteligente, magníficamente secundada por su plana mayor y su tripulación, constituyó el factor preponderante del éxito obtenido” (La Armada Argentina en la Antártida, p. 617).

Vuelos precursores de Pujato y descubrimientos geográficos en los 83º Sur Los argentinos quedaron en la nueva base aislados del resto del mundo durante veintiocho largos meses, pues en el verano siguiente las condiciones del Weddell hicieron imposible el relevo. La larga invernada fue aprovechada para exploraciones y reconocimientos en la zona, y estudios de glaciología física y meteorología. Por su parte, Pujato, disponiendo de dos pequeños aviones monomotores, un Cessna 180 y un Beaver IAA 101, con la participación de los suboficiales aeronáuticos Alfonso Obermaier y Domingo E. Molinari y el sargento primero Julio Germán Muñoz, realizó hasta fines de 1956 veinticuatro vuelos desde la base hasta la bahía austral en el oeste, hasta el nunatak Moltke en el este. Un nunatak es un pico que emerge de los hielos, sin estar cubierto de ellos.

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En uno de los viajes se accidentó el Cessna. No obstante, el resultado de los reconocimientos aéreos fue positivo. Se descubrieron y bautizaron varios accidentes geográficos: una alta planicie de hielo, dos cordones montañosos y un accidentado y largo glaciar extendido desde el interior hacia el borde de la barrera de Filchner. La helada planicie fue bautizada San Lorenzo y los accidentes orográficos nominados con topónimos que recuerdan el lugar de origen de los descubridores: montes Rufino, cadena montañosa Los Menucos y los picos Entre Ríos, Santa Fe y Buenos Aires. Otros accidentes igualmente avistados por primera vez fueron bautizados cordón Diamante, macizo Santa Teresita y glaciar Ejército Argentino. Adolfo E. Quevedo Paiva en “Los descubrimientos geográficos antárticos argentinos” hace el siguiente detalle: – Planicie San Lorenzo (78º 15’ Sur, 40º Oeste): Superficie helada de cerca de 200 km2. Topónimo referido al Combate de San Lorenzo de la Guerra de Independencia. – Montañas Rufino (79º 05’ Sur, 28º 15 Oeste): Altura 1.775 m. Rufino, ciudad natal del suboficial Muñoz. – Glaciar Sargento Cabral (79º 50’ Sur, 28º 30’ Oeste): Longitud 120 km; ancho 80 km. Recuerda al sargento Juan Bautista Cabral caído durante el combate de San Lorenzo. – Cordillera Los Menucos (80º 40’ Sur, 26º 0este): 2.010 m de elevación. Lugar de nacimiento del suboficial Obermeier. – Glaciar Ejército Argentino (rebautizado Falucho) (81º 10’ Sur, 28º Oeste): longitud 96 km, ancho: 64 km. Falucho, sobrenombre con el que pasó a la historia el soldado Antonio Ruiz, de la Guerra de Independencia, fusilado por los realistas en El Callao, Perú. – Macizo Santa Teresita (82º 36’ Sur, 52º 30 Oeste): 44 km de longitud ENE/0N0. El topónimo honra a la santa de la devoción del general Pujato. – Cordillera Diamante (83º Sur, 49º 30’ Oeste): 105 km de longitud. Diamante, ciudad entrerriana de nacimiento de Pujato.

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– Pico Santa Fe (82º 03’ Sur, 41º 21’ Oeste): Altura 925 m. El topónimo recuerda a la provincia argentina de Santa Fe, de nacimiento de Julio Germán Muñoz. Meseta Ejército Argentino (82º 50 Sur, 38º Oeste): 190 km de extensión. – Pico Buenos Aires (83º 26’ 17,6” Sur, 39º 18’ 50,8” Oeste): Altura 1592 m. Buenos Aires, ciudad natal de Domingo Ernesto Molinari. – Pico San Rafael (82º 15’ Sur, 41º 25 Oeste): Altura 875 m. San Rafael, ciudad mendocina donde residiera Hernán Pujato durante su destino en la Infantería de montaña. Nunataks Entre Ríos (81º 33’ Sur, 28º 30’ Oeste). Conjunto de afloramientos rocosos de 11,5 km de extensión. El topónimo es un homenaje de Pujato a su provincia natal. – Aeródromo Ceferino Namuncurá (83º 10’ Sur, 39º 30’ Oeste). Altiplanicie helada de 1200 m de longitud, utilizada por los aviones; allí se accidentó el Cessna 180. El topónimo es un homenaje al indígena patagónico del santoral católico.

Prioridad argentina en la toponimia de la zona hoy lamentablemente perdida Tras los acontecimientos políticos de 1955, el general Pujato dejó de ser el director del Instituto Antártico Argentino, por decisión de las nuevas autoridades nacionales. ¿Se le acusaba de algo? No. ¿Había actuado en política, o tenido alguna participación indirecta? Tampoco. El interrogante sigue sin respuesta. Algunos hablan de una amistad personal con el presidente Perón, lo que no sería razón para tan injusta decisión, que relegó al olvido y sustrajo a la consideración de los ciudadanos la importante obra de ese verdadero patriota en pro de la Antártida Argentina. El licenciado Eugenio A. Genest dice con razón: “Fue tal vez el haber recibido de manos de Perón esta distinción (Se refiere a la medalla peronista de primera clase dada por Perón a Pujato y a cada uno de

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sus hombres al regreso de la base San Martín) uno de los hechos que en el futuro algunos de sus detractores le enrostrarían, pero no debemos olvidar que entre sus peores enemigos algunos de ellos también habían recibido la misma condecoración” (Pujato y la Antártida argentina en la década del 50, Buenos Aires, 1998, p. 8). El coronel Quevedo Paiva es aún más contundente: “La

Argentina, convulsionada

por

el vértigo

e

importancia

de

los

acontecimientos políticos de la época (derrocamiento del presidente Perón), no valoró en su magnitud lo descubierto. Manteniéndose miope e indiferente a su trascendencia, merced a funcionarios de turno mezquinos, que por celos, envidia, soberbia, o bajeza moral los ocultaron, ignoraron y menospreciaron.” (Quevedo Paiva, Los descubrimientos geográficos antárticos argentinos, Buenos Aires, 2005, p. 78). Pero nada justifica que se haya silenciado esa obra, con grave daño para el país, más allá de las personas. No obstante, fue testigo de lo realizado por Pujato y sus hombres el norteamericano Finn Ronne, quien visitó la base General Belgrano el 31 de diciembre de 1956, en ocasión de un vuelo de reconocimiento con un helicóptero del rompehielos Staten Island. En “Antartic Command”, publicado en Nueva York en 1961, menciona los descubrimientos —o redescubrimientos— norteamericanos en la zona con los nombres ingleses y los correspondientes originales de Pujato, afirmando que los argentinos deberían tener el honor del descubrimiento original. De la mencionada obra de Quevedo Paiva tomamos lo siguiente: Correspondencia de topónimos argentinos, ingleses y norteamericanos

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Topónimos argentinos Montañas Rufino Glaciar Sargento Cabral Cordillera Los Menucos Glaciar Falucho Nunataks Entre Ríos Macizo Santa Teresita Cordillera Diamante Pico Santa Fe Pico San Rafael

Topónimos ingleses norteamericanos Theron Mountains Slessor Glacier Shackleton Range Recovery Glacier Whichaway Nunataks Dufek Massif Forestal Range Spann Mount Ferrara Mount

y

Al regresar Pujato a Buenos Aires, arribó a la zona de la base General Belgrano la expedición transantártica británica, presidida por Sir Vivian Fuchs, que redescubrió los mismos accidentes y los rebautizó, ignorando los descubrimientos argentinos. Pero como expresó Hernán Pujato: “Fuimos primeros ocupantes y descubridores en esta región. Lo decimos porque la patria tiene estos derechos irrebatibles que nadie puede desconocer.” Sin embargo, cuando a principios de 1957 regresó de Antártida, era un ilustre desconocido a quien nadie le preguntó qué había realizado durante aquella larga invernada en Belgrano.

1965: Expedición terrestre al Polo Sur. 0peración 90. La Base General Belgrano fue el punto de partida para operaciones de la Expedición Terrestre al Polo Sur, cuya preparación comenzó a fines de noviembre de 1963 con una serie de estudios sobre el terreno para determinar las posibles vías de acceso al interior del continente y planear la instalación de una base secundaria de operaciones en los 83° de latitud Sur, que sirviera de trampolín para el asalto final al Polo Sur.

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Determinadas las vías de acceso al interior continental y establecida la ruta a seguir, en marzo de 1965 una patrulla al mando del teniente primero Gustavo Adolfo Giró, quien había dirigido la expedición terrestre invernal de 1962 de la bahía Esperanza a la bahía Margarita, en cumplimiento de las órdenes del Comando en Jefe del Ejército, inició la marcha hacia los 82° Sur, jalonando la ruta y construyendo en los 81°04’45” Sur y 40°39’05” Oeste, la base secundaria denominada Base Avanzada Científica del Ejército Doctor Sobral, inaugurada el 2 de abril. Integraban la primera dotación al teniente Adolfo Eugenio Gotees, al sargento ayudante Julio César Ortiz, al sargento primero Adolfo Oscar Moreno y al cabo primero Leonardo Guzmán.

Operación 90 Estaba compuesta por: Jefe de la Expedición y jefe del Grupo de Asalto, coronel Jorge Edgard Leal. Segundo jefe y jefe de tareas científicas, capitán Gustavo Adolfo Giró. Mecánicos: suboficial principal Ricardo Ceppi, sargento ayudante Julio Ortiz, sargento pimero Jorge Rodríguez y sargento ayudante Florencio Pérez. Topógrafos: sargentos primeros Roberto Carrión y Adolfo Moreno. Comunicaciones: sargento primero Domingo Zacarías. Auxiliar patrullero: cabo Ramón Oscar Alfonso. Patrulla Paralelo 82; acompañó al grupo de asalto como patrulla de reconocimiento hasta los 83° Sur. Jefe: teniente Adolfo Eugenio Gotees. Sargento primero Ramón Villar. Cabos primeros Marcelo Álvarez y Leonardo I. Guzmán. Grupo Apoyo Base Internación en Sobral; apoyo logístico y radioeléctrico. Jefe: teniente Pedro Ángel Acosta. Sargentos primeros: Guido Bulacio y Orlando Britos.

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El 24 de octubre de 1965 partió de la base General Belgrano la patrulla de trineos del teniente Gotees para jalonar la ruta y el 26 inició la marcha la columna de vehículos de la expedición, que avanzó muy lentamente porque el gran “blanqueo” de ese día podía provocar una colisión entre los snowcats 8. Al día siguienteno van entró en el área de la Gran Grieta con un inconveniente: una fuerte ventisca entorpecía la visibilidad. Mientras, la Patrulla 82 vivaqueaba en la Gran Grieta por causa del temporal. Seguidamente, los snowcats y los trineos de la Patrulla 82 marcharon hasta el cordón Santa Fe, donde el teniente Gotees hizo estudios glaciológicos recogiendo muestras de rocas de ese cordón aún virgen. El 4 de noviembre la expedición estaba ya en la base Doctor Sobral con una temperatura de 33° bajo cero y un brillante sol. Allí se hizo un alto para tareas de mantenimiento mecánico de los trineos y los vehículos maltratados por la dura marcha. También fue necesario separar de la expedición al suboficial Guido Bulacio por una herida en una mano, en previsión de un posible riesgo de infección o congelamiento, incorporando al grupo de asalto al suboficial Alfredo Florencio Pérez, de la dotación de la Base Sobral. Perdidos en las grietas algunos trineos con provisiones, la marcha debió continuar muy lentamente ante los duros filos de los sastruguis (palabra de origen ruso, que denomina cierto tipo de lomas formadas por los fuertes vientos) y, ya sobre la meseta polar, los persistentes y por momentos violentos temporales impusieron una obligada inmovilidad, con el peligro que eso significaba. El 18 de noviembre el grupo de asalto se separó de la Patrulla 82 (que estaba integrada por el teniente Gotees, el sargento Villar y los cabos Guzmán y Álvarez) porque había cumplido ya la primera parte de su misión de avanzada, detectar peligrosos 8

Nota editorial. Snowcat: vehiculo con cabina y orugas, diseñado para movilazarse sobre la nieve.

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accidentes del terreno. A la patrulla de perros les restaba aún realizar tareas cartográficas y geológicas en el cordón Santa Fe; sus integrantes fueron los primeros en llegar con trineos hasta los 83°2’ de latitud Sur. Separada de la Patrulla 82, la columna continuó la marcha, con la pesada tarea de tener que reubicar la carga, dejando a uno de los snowcats como depósito de combustible para el viaje de regreso. Siguió la trajinada marcha con los trineos semidestrozados por el accidentado terreno. Considerando que, sin ellos, sería imposible alcanzar el polo Sur, sobre los 83° de latitud Sur y a 1900 metros de altura sobre el nivel del mar, se armó un campamento, que después los hombres denominaron Desolación, para reparar patines y reforzar la estructura de los trineos; esta tarea requirió de dos días de incesante trabajo con la soldadura autógena. A partir de los 86° los sastruguis fueron cada vez mayores, pero el 8 de diciembre, cuando la columna ascendió hasta los 2645 metros sobre el nivel del mar, el terreno comenzó a mejorar. El 9 de diciembre ya se estaba a sólo 45 kilómetros del polo y de la base Amundsen–Scott de los Estados Unidos. El día 10 de diciembre del año 1965 el coronel Leal plantó la enseña patria en el mismo polo Sur. El 31 de diciembre, la exitosa Expedición Operación 90 estaba de regreso en la base General Belgrano.

Otras importantes travesías terrestres Belgrano I– Cabo Adams En octubre de 1966 se inició el recorrido de la ruta que, luego de cruzar la Gran Grieta, remontó la isla Berkner para dirigirse luego en línea recta hacia el cabo Adams,

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punto en el cual se unen la barrera de Ronne y el extremo sur de la península Antártica, sobre el mar de Weddell. La patrulla estuvo integrada así: Teniente primero Oscar Roberto Sosa. y teniente Edgardo René Piuzzi. Suboficiales: Tito Rubén Torres, Alfredo Pérez, Roberto Tomashiro, Oscar Rodríguez, Humberto Cagniello y Ramón Oscar Alfonso. Medios empleados: cuatro vehículos Snowcat y dos trineos con nueve perros cada uno.

Belgrano II – Belgrano III – Cordillera Diamante – Base Sobral – Belgrano II Se inició la marcha a las 6:00 de la mañana desde Belgrano II el 12 de octubre de 1984; el regreso fue el 12 de noviembre a las 15:30. Se llegó a Belgrano III el 25 de octubre y se salió de esa base el 5 de noviembre; se habían recorrido 1400 kilómetros. Fueron sus integrantes: teniente primero Marcelo H. Filippa (jefe) y teniente Néstor Encina, segundo jefe. Invitado especial: capitán de corbeta de Fusileros de la Marina del Brasil José E. Elkfury. Sargento ayudante Miguel A. Galeano, sargentos primeros Julio E. Abdala, Juan C. Cepeda, Aníbal E. Martín, José L. Rodrigo y Paulino Campos. Medios utilizados: tres vehículos Snowcat, dos motos Skidoo, tres trineos de arrastre.

2000: Segunda expedición terrestre al Polo Sur En cumplimiento de órdenes emanadas por el Comando Antártico del Ejército, el jefe de la base Belgrano II organizó la expedición terrestre al Polo Sur, que repetiría la hazaña de 1965 con la expedición comandada por el coronel Leal. Después de una paciente

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tarea organizativa, consultada la cartografía de la zona, estudiada la naturaleza del escenario y establecida la ruta, preparados los equipos y los hombres con los antecedentes y la experiencia aportados por la expedición de 1965, la columna mecanizada —que contaba con modernas motos para nieve de 540 centímetros cúbicos de cilindrada, equipadas con una central meteorológica portátil, un equipo satelital que seguía su ubicación y una radio HF, arrastrando cada una dos trineos con 300 kilos de equipos, alimentos y combustible— inició su marcha desde Belgrano II el 28 de noviembre de 1999. Estaba presidida por el jefe de la base teniente coronel Víctor Figueroa, secundada por el capitán médico Nicolás Bernardi, e integrada por el suboficial principal Julio Dobarganes, el sargento primero Daniel Paz (técnicos mecánicos), el sargento ayudante Ramón Celayes (topógrafo), el sargento ayudante Luis Cataldo (técnico polar) y el sargento primero Juan Brusasca (operador de radio). La marcha fue lenta y laboriosa, tanto por la accidentada naturaleza glacial con sus abundantes y molestos sastruguis, por las infaltables y peligrosas grietas disimuladas por la nieve endurecida, que en ocasiones dieron cuenta de la vida de hombres y perros, cuanto por los casi permanentes temporales que castigaban a los hombres con sus huracanados vientos de doscientos a doscientos cincuenta kilómetros horarios, y las tormentas de nieve con el efecto “blanqueo”, que hace perder la visión total con la consiguiente desorientación; todo eso obligaba a continuos descansos involuntarios, permaneciendo en las carpas para aguardar el mejoramiento de las condiciones climáticas —incómoda y tediosa espera, prolongada a veces por una semana, o más—. No obstante, desafiando con esfuerzo y entusiasmo la inhóspita y agresiva naturaleza, los expedicionarios pudieron seguir la ruta que los llevaría al objetivo final, el paralelo 90°, cumplir con su programa de investigaciones científicas glaciológicas, geográficas, cartográficas, meteorológicas y médicas (como lo fueron la observación y

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descripción de la conducta humana en aquel medio tan particular y la incidencia y el incremento de la radiación ultravioleta en el ojo humano). El 6 de enero del 2000, después de haber recorrido mil quinientos kilómetros en el transcurso de 39 días con esas tareas, a la total intemperie y con temperaturas entre 25 y 50 grados bajo cero, los expedicionarios arribaron a los 90° Sur; allí el jefe de la expedición enarboló la enseña nacional. El termómetro marcaba 35° bajo cero.

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Capitulo IX LA AVIACIÓN ARGENTINA EN LA ANTÁRTIDA

El proyecto de 1926 y los vuelos a partir de 1942 En 1926, dos años antes que Richard Byrd y Hubert Wilkins hicieran los primeros vuelos en aeroplanos sobre la Antártica, nació en Buenos Aires la idea de un vuelo transpolar. Autor del plan fue el ingeniero Antonio Pauly, chileno radicado en nuestro país desde noviembre de 1919, quien, en mayo de 1926, elevó al Poder Ejecutivo Nacional un pedido de apoyo para materializar su idea. En esa gestión tuvo Pauly la cooperación del Instituto Geográfico Argentino, que desde fines del siglo anterior bregaba por el envío de expediciones científicas al sur polar. Con esa latente inquietud el ingeniero Francisco Seguí, presidente de la institución, intervino personalmente ante el primer magistrado de la República Dr. Marcelo T. de Alvear, quien prometió toda la ayuda material y moral necesaria para el éxito de la iniciativa, cuyos detalles serían analizados por el Ministerio de Guerra y Marina. Junto con su pedido, Pauly presentó un estudio pormenorizado del proyecto, cuya síntesis hizo también en una conferencia para la Sociedad de Estudios Geográficos, que fue pronunciada en el salón de actos de la Facultad de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales de

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la Universidad de Buenos Aires, el 10 de junio de 1926. En una parte de su discurso dijo el conferenciante: “No pasarán muchos años sin que se inauguren los viajes comerciales entre Occidente y Oriente por la vía del Polo Norte. Y, entonces, se aprovecharán también las regiones antárticas para las comunicaciones aéreas entre América y Australia, que adquieren cada año más importancia comercial. El Polo Sur, con sus grandes regiones de tierra firme, se presta mucho mejor para el establecimiento de bases aéreas que el Polo Norte con sus mares. ¿Por qué no será la Argentina la nación destinada a agregar este laurel a los muchos que ya tiene? ¿Por qué no hará ella también flamear su bandera en el Polo Sur, junto a las enseñas de Noruega y Gran Bretaña?” El aparato propuesto para el vuelo era un hidroavión Dornier Wall que, por sugerencia del Instituto Geográfico Argentino, pilotearía el mayor Pedro Zanni, prestigioso aviador militar, acompañado por un radiotelegrafista, un fotógrafo, un operador cinematográfico e investigadores de las ciencias naturales, meteorológicas, geográficas, geológicas, físicas y astronómicas, equipados con el instrumental necesario. También se llevaría una casa de madera para la estación de base en la isla Booth. Las etapas del vuelo serían: Buenos Aires – Bahía Blanca – Comodoro Rivadavia – Ushuaia – Isla Booth – Latitud 75º – Latitud 80º – Polo Sur – Mar de Ross – Isla Macquarie – Hobbartown – Melbourne. Un buque conduciría al Dornier Wall y las provisiones hasta la isla Booth (65º 05` lat. S, 64º 00’ long. W.), donde se instalaría la base principal; quinientos kilómetros más al sur se establecería un depósito de combustible y provisiones, y mil kilómetros hacia el polo otra estación a los 80º de latitud Sur, desde donde se iniciaría un gran vuelo hacia el mar de Ross, bajando sobre el polo Sur y descendiendo allí para realizar expediciones, izar el pabellón nacional y hacer los relevamientos topográficos y

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magnéticos, etcétera. Desde el polo, se volaría al mar de Ross. Otros vuelos se harían hacia el mar de Weddell y la costa occidental de la península Antártica. El trabajo con el que Pauly acompañó su petición contenía una exposición de los conocimientos sobre ciencias de la tierra y el mar, cálculo de velocidades, consumos, condiciones para los trabajos magnéticos, aerofotográficos, meteorológicos, aportes a las ciencias y aspectos

de la

supervivencia, equipos y provisiones. Pero, muy

lamentablemente, el proyecto no llegó a materializarse, quizá por el accidente sufrido por el Dornier Wall en un vuelo a Río de Janeiro, impidiendo que la Argentina protagonizara la primera expedición aérea antártica. Dieciséis años después del proyecto comentado, las alas argentinas surcaron el cielo polar durante las campañas antárticas de 1942 y 1943, y continuaron permanentemente a partir de 1947 con campañas anuales; de entre ellas las de los años 1962, 1965, 1973 y 1974 son las fechas de nuestros primeros vuelos memorables. El 13 de diciembre de 1947 se realizó el PRIMER CRUCE DEL CÍRCULO POLAR ANTÁRTICO desde el continente sudamericano, durante una expedición aérea de la Aviación Naval. Ese día a las 4:45, un Douglas cuatrimotor C–4, característica 2–Gt–1, decoló de la Estación Aeronaval Comandante Piedra Buena (Santa Cruz), iniciando un vuelo directo sin etapas, con el siguiente itinerario: Piedra Buena – Cabo de Hornos – isla Decepción – Trinidad – Melchior – acceso norte a la bahía Margarita –Cabo de Hornos – Piedra Buena. Se hicieron reconocimientos sobre la isla Decepción, parte norte de la Tierra de San Martín, Melchior, bahía Dallmann, islas Argentinas, Isla Renaud y bahía Margarita. El Círculo Polar Antártico fue cruzado a las 13:41., en latitud 66°33’ Sur y longitud 68° Oeste. A las 20:15, el avión aterrizó en la pista de la Estación Aeronaval Comandante Piedra Buena, después de quince horas y media de vuelo, habiendo recorrido 2200 millas; estuvo

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comandado por el contralmirante Gregorio A. Portillo y piloteado por el capitán de corbeta aviador naval Gregorio Lloret y el capitán de corbeta aviador naval Mario A. Ugarriza. El 6 de enero de 1962 el capitán Hermes Quijada, como comandante de los bimotores Douglas CTA-12 y CTA-15 de la Fuerza Aeronaval Argentina, arribó al Polo Sur Geográfico, donde se encontraba la estación norteamericana Amundsen-Scott. Fue la primera expedición aérea al Polo Sur, que un marino argentino definió como un regalo de Reyes a la Patria. Aquel mismo año, el capitán Mario Luis Olezza, al mando del Douglas TA-33 de la Fuerza Aérea realizó el primer aterrizaje de un avión de gran porte en la base Teniente Matienzo (hoy Base Matienzo). Y en 1965 el mismo capitán Olezza realizó otra proeza: a bordo del Douglas C-47 TA-5, con el que había efectuado el salvamento de una patrulla accidentada de la Base Belgrano, acompañado de dos monomotores Pipper, voló hasta el Polo Sur, donde enarboló el Pabellón Nacional. El comandante Olezza completa el vuelo con el C-47 hasta la base estadounidense McMurdo, y regresa previa escala en el Polo Sur, donde se integraron nuevamente los Pipper. Luego la escuadrilla voló a Matienzo. Ése fue el primer vuelo transpolar argentino, desarrollado entre los días 4 y 14 de noviembre. Entre el 5 y el 8 de diciembre de 1973 tuvo lugar el primer vuelo transpolar intercontinental. Un avión LC-130 Hércules de la Fuerza Aérea unió, en un vuelo sin precedentes, Buenos Aires y Canberra (Australia) a través del continente antártico, bajo el comando del brigadier general Héctor Luis Fautario, comandante general del arma. En 1974 la Fuerza Aérea programó tres vuelos transantárticos, uno de los cuales lo realizaría en el viaje de regreso el Cuarto Curso de la Escuela de Aviación Militar en el 19º viaje final de instrucción. El 19 de noviembre de 1974 el Hércules C-130 TC-65 partió de El Palomar, comandado por el vicecomodoro Juan Carlos Moroni, conduciendo a la promoción nº 40

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de la Escuela; con escalas que circundaban el océano Pacífico, arribó a Christchurch (Nueva Zelandia), donde se reunió con el TC-66 de apoyo técnico, comandado por el vicecomodoro José Apolo González, que había partido de Río Gallegos con escala en McMurdo, itinerario transantártico que ambas máquinas hicieron de regreso a Río Gallegos, Comodoro Rivadavia, con destino final Córdoba (11 de diciembre). Entre el 20 de noviembre y el 9 de diciembre de 1979, se realizó el segundo vuelo transantártico de instrucción para el XXIVº viaje final de instrucción de la Escuela de Aviación Militar, protagonizado por un Boeing 707, matrícula TC-91 de la F.A.A., al mando del director de la Escuela, brigadier Antonio José Crosetto. En un vuelo de 67 horas y 30’, se recorrieron 50.187,3 km, vía Pacífico a Auckland (Nueva Zelandia) regresando por la ruta transantártica, con destino final Córdoba, previa escala en Río Gallegos.

1962: La Aviación Naval y el primer aterrizaje argentino en el Polo Sur Dos aviones DC–3 pertenecientes al Grupo Naval Antártico y equipados para operar en la Antártida, decolaron de Río Gallegos y anevizaron en la pista provisoria Capitán Campbell, próxima a la isla Robertson, después de haber recorrido unos mil seiscientos kilómetros. El rompehielos General San Martín apoyó la preparación del aeródromo Campbell y puso en funcionamiento un radiofaro. Desde allí, los aviones efectuaron vuelos de reconocimiento y exploración sobre el Weddell, hasta el 26 de diciembre de 1961 a las 23:00, cuando decolaron para volar sobre la costa occidental del Weddell, anevizando en la Estación Científica Ellsworth el 27 a las 08:00; desde allí, levantaron vuelo hacia el Polo Sur, donde estaba emplazada la base Amundsen–Scott de los Estados Unidos, a cuyo jefe el

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comandante del vuelo, capitán de fragata Hermes J. Quijada, hizo entrega de una placa de homenaje de la Armada Argentina a Amundsen y Scott, al cumplirse cincuenta años de la llegada al Polo Sur de esos dos pioneros antárticos. Eso ocurría el 6 de enero (de 1962), hazaña que un marino denominó “un regalo de reyes a la Patria”. Fue realizado por el avión CTA–15: el comandante era el capitán de fragata Hermes J. Quijada; era piloto el teniente de fragata Miguel A. Grondona; el copiloto, el teniente de corbeta José L. Pérez; el jefe de operaciones, el capitán de corbeta Pedro Margalot; además de los suboficiales segundo Edmundo C. Franzoni y el cabo primero Gabino R. Elías como radio-operador. En el avión CTA–12, el comandante era el teniente de navío Jorge A. Pittaluga; el piloto, el teniente de fragata Héctor A. Martín; el copiloto, el teniente de fragata Enrique J. Dionisi; el jefe de ingeniería aeronáutica, el capitán de corbeta Ingeniero Rafael M. Checchi; además del cabo principal Raúl Rodríguez y el cabo primero Raúl Ibasca como radiooperador. El capitán de fragata ingeniero José M. Cahuepé hizo asistencia técnica desde Buenos Aires, y el capitán de corbeta Edmundo Acuña apoyó la primera parte del vuelo, Río Gallegos – isla Robertson, con un DC–4.

La Fuerza Aérea Argentina en la Antártida. La Fuerza Aérea de Tareas Antárticas La Fuerza Aérea Argentina inició su presencia en la Antártida en 1950 al hacerse cargo del observatorio de las Orcadas, que fuera cedido por el Ministerio de Agricultura; lo administró hasta 1952, cuando lo transfirió al Ministerio de Marina. Durante la campaña 1951–1952 el vicecomodoro Gustavo Argentino Marambio inició las actividades de la Fuerza Aérea de Tareas Antárticas (FATA) y realizó la Operación

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“Enlace” el 19 de diciembre de 1951, con un avión Avro Lincoln, matrícula LV–ZEI, “Cruz del Sur”, que voló desde Río Gallegos (Santa Cruz) a la Antártida, para hacer un lanzamiento de elementos de supervivencia sobre la base General San Martín. Como el estado de los hielos impedía el relevo por mar de la dotación de la base General San Martín en la temporada 1952–1953, fue preciso efectuar el reabastecimiento desde el aire, misión que cumplió la Fuerza Aérea el 3 de enero de 1953 por medio de la Operación “Pingüino”, con un cuatrimotor de bombardeo Avro Lincoln, LV–ZEI Cruz del Sur. Dos bimotores, un DC–3 y un Beechraft AT–11, prestaron apoyo e hicieron reconocimiento meteorológico. Víveres y medicamentos fueron arrojados con paracaídas y luego las aeronaves regresaron a su base de Río Gallegos. El 6 de enero un B–025 de la Fuerza Aérea hizo un vuelo Río Gallegos – Decepción – Río Gallegos, y el día 15 el LV–ZEL “Cruz del Sur” voló de Gallegos a Decepción, islas Dundee y James Ross y península Trinidad, regresando a Río Gallegos. En el transcurso de la campaña 1953–1954, el LV–ZEI “Cruz del Sur” voló en febrero desde Río Gallegos a las islas Smith y Cerro Nevado, a la bahía Luna y a la isla Decepción, regresando a Río Gallegos; en septiembre de 1954 el mismo aparato volvió a volar desde Río Gallegos a la base General San Martín con posterior regreso, y en diciembre desde Gallegos a Melchior y de regreso a Gallegos. En 1957 se proyectó la organización de un Servicio Aéreo Militar a la Antártida y, con esa finalidad, se adquirió en Canadá un bimotor Douglas C–47 especialmente acondicionado y equipado para vuelos en zonas polares, con esquíes adosados a su tren de aterrizaje, posteriormente colocados en el TC–33, gemelo del anterior, que no llegó a operar en la Antártida por limitaciones técnicas. El 15 de junio de 1958, la Fuerza Aérea, con los aviones Douglas C–54 T–45 y Lincoln B–024, y Aerolíneas Argentinas con un aparato DC–6, realizan conjuntamente la Operación

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Esperanza, sobrevolando la Antártida hasta la latitud de la isla Robertson, al este de la Tierra de San Martín, en los 65° 10’ de latitud Sur y 59° 40’ de longitud Oeste, para localizar y auxiliar a una patrulla del Ejército extraviada durante una exploración, tarea que culminó con éxito. Entre el 25 de febrero y el 19 de marzo de 1961, la Fuerza Aérea instaló sobre el nunatak Larsen su primera base terrestre polar, inaugurada oficialmente el 27 de febrero de 1961, como base conjunta con el Ejército. Intervinieron en el operativo un monomotor Beaver P–02, del Grupo 1 Aéreo Antártico, y otros dos aparatos similares que hicieron siete viajes de ida y vuelta Esperanza – nunatak Larsen, apoyando a la patrulla militar que, desde Esperanza y con trineos, marchando hacia el sur, procedió a la ocupación del nunatak y a la rehabilitación del refugio San Antonio, instalado en 1959. Hoy esta base es operada por la Fuerza Aérea.

La operación Upsala El 7 de junio de 1962 la Fuerza Aérea inició una experiencia en el glaciar Upsala, en el lago Argentino (Santa Cruz), cuyas características, modalidades y condiciones semejantes a las de la Antártida la convirtieron en una escuela de adiestramiento para la actividad polar. La práctica se realizó con el descenso en el glaciar de un bimotor C–47 TC–33 equipado con esquíes; estaba comandado por el capitán Mario Luis Olezza y piloteado por el teniente Carlos Corino; completaba la tripulación el suboficial ayudante Miguel Amado Acosta (mecánico), el suboficial auxiliar José María Biain (mecánico), el cabo principal Luis Gerosa (radioperador), el suboficial ayudante Francisco Taboada (comisario) y el suboficial mayor Osvaldo G. Fernández (fotógrafo). Seis horas después partió el Cessna 180 tripulado por el

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teniente Eduardo J. Canosa (piloto) y el suboficial ayudante Juan Carlos Nasone (mecánico). Los aviones aterrizaron en el aeródromo de Lago Argentino. Desde allí, iniciaron las tareas de enlace por radiocomunicaciones con el grupo terrestre, estimándose que la patrulla se hallaría en las proximidades del glaciar Upsala entre el 6 y 7 de junio. Y efectivamente, el 7 de junio a las 9.30 el TC–33, con su dotación completa y llevando como observador al teniente Luján, la nave despegó del aeródromo de Lago Argentino con destino al glaciar Upsala, sobre el que aterrizó a las 10.19 y sin novedad. A las 11.23, despegó de regreso, habiendo cumplido el objetivo fijado, que era el adiestramiento preantártico del personal, en una zona de similitud con el continente austral. El grupo aéreo tuvo el apoyo de otro grupo, terrestre, con equipos de supervivencia para zona fría, elementos de radiocomunicaciones, carpas, vestimentas y alimentación adecuada. Este grupo estaba integrado por los tenientes Alfredo Cano y Julio F. Luján, el suboficial mayor Pedro Martínez Aránsolo (topógrafo), el suboficial principal Pedro M. Ríos (mecánico de radiocomunicaciones), el suboficial ayudante Alfredo Villalba (meteorólogo), el cabo 1° Omar F. Poet (mecánico de radiocomunicaciones) y los soldados Díaz y Escalante, cocinero y ayudante respectivamente. Sobre el brazo norte del lago Argentino el grupo terrestre construyó además una pista de seiscentos metros de longitud y cincuenta metros de ancho, en la que descendió el Cessna 180 LQ–ZKF procedente del aeródromo de Lago Argentino, con lo que se rompió el aislamiento de esa zona. El grupo contó con el asesoramiento final y directo del teniente coronel Emiliano Huerta –expedicionario al Himalaya– y director ad honorem del Instituto Nacional del Hielo Continental, y del ingeniero Mario Bertone, miembro destacado del mismo instituto.

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Frustrado vuelo transpolar El 2 de noviembre de 1962 a las 17.45, el TA–33 convertido en transporte antártico descendió en la base Benjamín Matienzo, en un vuelo iniciado en la base aérea Río Gallegos, estableciendo así el enlace aéreo entre ellas. El TA–33 fue convertido en “híbrido” de C–47 y C–54, con la célula del primero y dos motores del segundo, que aportaban 600 HP extras. La estructura del aparato fue también reforzada y se perfeccionaron los equipos de a bordo. El vuelo Río Gallegos – Matienzo se cumplió en 7.55 horas. Desde Matienzo, el T A–33 voló a la estación Ellsworth de los Estados Unidos, a la que arribó el 1° de diciembre. Allí completó combustible y el 10 de diciembre inició la última etapa del que debía ser un vuelo transpolar, pero mientras carreteaba en la pista de nieve, una chispa causó un incendio que, después de catorce horas consumió a la aeronave; felizmente resultaron ilesos todos sus tripulantes. El vuelo había sido comandado por el capitán Mario Luis Olezza, quien estuvo acompañado por siete oficiales y suboficiales de la Fuerza Aérea y un observador del Ejército, el teniente coronel Jorge E. Leal. En junio de 1964 se realizó la Operación “Glaciar”, que repitió la experiencia de Upsala; allí el TC–05 recibió su bautismo de hielo, convirtiéndose en Transporte Antártico. En septiembre, la idea del Servicio Aéreo Militar a la Antártida se concretó con el STAM 500/501, que llevó el primer pasajero al continente polar y cumplió dos travesías completas del pasaje Drake, en una semana, entre Río Gallegos y Matienzo. En 1965, la Fuerza Aérea en Matienzo y el Centro de Proyectiles Autopropulsados Chamical, de la Rioja, realizaron mediciones simultáneas de alta atmósfera con lanzamiento de cohetes Alfa Centauro. Desde Matienzo se elevó el 6 de febrero el primer cohete en un emplazamiento antártico para fines meteorológicos.

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1965. Primer vuelo transpolar transcontinental Otro hecho significativo protagonizado por la Fuerza Aérea fue el primer vuelo con aviones monomotor al Polo Sur y la doble travesía —ida y regreso— antártica, entre la base General Belgrano y la norteamericana McMurdo, con un bimotor. Esta Operación Sur se inició el 20 de septiembre con la partida de El Palomar del TA–05, comandado por el vicecomodoro Mario Luis Olezza, hacia Río Gallegos, y de allí a Matienzo, con apoyo del C– 54 TC–48, el Lincoln B–022 y el Albatros BS–03. En Matienzo, el TA–05 pasó a integrar con los Beaver P–05 y P–06 del Grupo 1 Aéreo Antártico, la primera escuadrilla polar argentina. El 1° de octubre, el TA–05 y ambos Beaver realizaron un enlace postal entre las bases Decepción, Esperanza, Almirante Brown y las chilenas O’Higgins y Aguirre Cerdá. Al regresar las máquinas a Matienzo, ante la noticia de la emergencia de un Cessna de la dotación de la base General Belgrano, el TA–05 salió en su búsqueda. Al localizar al Cessna, capotado y con la cola quebrada —el 4 de octubre—, se arrojaron cuatro bultos con paracaídas y uno libre, con equipos de supervivencia para quince días, dos radios, brújulas, combustible y ropas de abrigo. Ante la imposibilidad de descenso del TA–05 por las condiciones desfavorables del terreno, la tripulación del Cessna, que había resultado ilesa, fue rescatada por una patrulla terrestre, con trineos de la Base General Belgrano. Cumplida esa misión, el TA–05 debió apoyar el vuelo del Lincoln B–022 entre Gallegos y la base Belgrano, lanzando correspondencia y repuestos para el C–47 estacionado allí. En tanto, los dos Beaver que habían quedado en Matienzo, decolaron y se unieron al TA–05 al norte de la base Belgrano, para apoyarlo en su ruta al Polo Sur, en cuyo transcurso los Beaver arrojaron correspondencia para la dotación de la nueva estación Sobral. Luego, el TA–05 prestó apoyo a la Expedición Terrestre Argentina al Polo Sur, salida

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de Belgrano el 26 de octubre, instalando un depósito de combustible y equipos, con estación de etapa, en los 84° Sur y 40° Oeste, a mil seiscientos metros de altura. Con viento de 60 km/h y temperatura de 40° C bajo cero, el TA–05 descendió en un terreno de sastruguis, completando la descarga de materiales y demarcación del emplazamiento. Finalmente, el 3 de noviembre la escuadrilla de la Fuerza Aérea alcanzó el Polo Sur, plantando allí el pabellón nacional; era la segunda vez que nuestra enseña nacional flameaba allí. La primera había sido el 6 de enero de 1962, cuando se cumplió el arribo del CTA–15, comandado por el capitán de fragata Hermes J. Quijada. Dejando en la estación 9 del Polo Sur los monomotores, el TA–05 completó la travesía transpolar arribando a la base norteamericana McMurdo, sobre el mar de Ross; regresó luego al Polo Sur y nuevamente en escuadrilla rehizo su ruta hasta la base Belgrano. El 8 de diciembre el TA–05 regresó a Matienzo y de allí a Río Gallegos, después de siete horas de vuelo, apoyado por los Albatros BS–01 y BS–03. El avión TA–05 tuvo como tripulantes al comandante vicecomodoro Mario Luis Olezza y además al capitán C. F. Bloomer Reeve, el primer teniente Roberto Triviani, el suboficial principal Guillermo Hauser, los suboficiales ayudantes Miguel Acosta y Juan Carlos Rivero, el cabo primero Gerardo Mateos y el sargento ayudante Julio Germán Muñoz 10. En el avión P–06 iban el comandante Jorge R. Muñoz y, como piloto, el primer teniente Alfredo A. Cano. En el P–05, el piloto era el teniente Eduardo Fontaine y el mecánico el suboficial principal Juan Carlos Nassoni.

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Nota editorial. Los dos aviones monomotor quedaron apostados en el la base del Polo Sur a la espera del regreso del TA-05. 10 Nota de los autores. El sargento Julio Germán Muñoz, que en 1956 había colaborado con Pujato en los vuelos de descubrimiento de los accidentes geográficos en los 83° de latitud Sur, fue asesinado el 29 de diciembre de 2006 por delincuentes que lo asaltaron al salir de su domicilio, en la localidad bonaerense de Hurlingham. Fue el segundo militar con actuación antártica abatido por la delincuencia. El anterior había sido el teniente retirado Federico Soares Gache.

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El operativo San Martín 67 El 4 de septiembre de 1967 el Escuadrón Aéreo Antártico inició en Río Gallegos el Operativo San Martín 67, en el que intervinieron siete aviones de ese escuadrón y dos aparatos de la base aérea de Rio Gallegos. Su objetivo era observar las variantes climatológicas y geomagnéticas hasta los 72° Sur. También se aprovisionó la Estación de Apoyo Fuerza Aérea N° 1, de las islas Hearst, y se arrojó correspondencia sobre las bases antárticas.

Base Aérea Vicecomodoro Marambio 11 El 25 de septiembre de 1969 un aparato de la Fuerza Aérea, el DHC–2 Beaver P–03, procedente de la Base Aérea Teniente Benjamín Matienzo, aterrizó con ruedas en la pista en preparación en la isla Vicecomodoro Marambio (Seymour), y el 9 de octubre el DHC–6 Twin Otter T–05 voló por segunda vez a la Antártida, para integrar junto con los Beaver P– 03 y P–05, el material aéreo de Matienzo y apoyar a la patrulla Soberanía, que construía la pista de Marambio, auxiliada también por un C–130. El DHC–6 realizó luego un Correo Aéreo Antártico Servicio Interbase. El 29 de octubre se inauguró en la isla Vicecomodoro Marambio la base homónima de la Fuerza Aérea. Ese día decoló de la flamante pista de novecientos metros de largo el DC–3 TA–05 con destino a Río Gallegos y Buenos Aires en su vuelo final, aterrizando poco después un avión pesado, el Folker F–27, conduciendo al ministro de Defensa y otras autoridades nacionales. Había terminado el aislamiento antártico. 11

Nota editorial. Desde la década del 1990, se la denomina Base Aérea Marambio.

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La patrulla Soberanía que, con picos y palas, esfuerzo y coraje construyó la pista de la Base Aérea Vicecomodoro Marambio, estuvo integrada por el comodoro Oscar José Pose Ortiz de Rozas, el vicecomodoro Francisco Florencio Mensi, el vicecomodoro Mario Víctor Lucciardello, el primer teniente médico Américo Osvaldo Auad, el suboficial mayor Arturo Rafael Jiménez, los suboficiales principales Ramón Alberto Velásquez y Aníbal César Klocker, el suboficial ayudante Castor Eustaquio Ayala, el sargento ayudante Lucas Feliciano Soria, los suboficiales auxiliares Juan Carlos Luján y Omar Juan Aimaretti, los cabos principales Alberto Oscar Gallardo y Hugo Adolfo Ferrari, los cabos primeros Luis Facundo Fioramonti, José Luis Cortelezzi, Daniel Enrique Timo, Adolfo Sissoy, José Oscar Medina, Miguel Angel Mignani, Whaldo Salvador García y Carlos Alberto Schenone.

1973. Primer Vuelo Transantártico Tricontinental Este vuelo se realizó en diciembre de 1973 con carácter experimental, pues se trataba de unir Buenos Aires con Australia y Nueva Zelandia a través del Polo Sur, y se logró mediante una planificación basada en la experiencia que la Fuerza Aérea había adquirido para esa época en la Antártida. El aparato elegido, un Hércules C–130, fue dotado de un nuevo sistema de combustible e instalaciones electrónicas. El 5 de diciembre a las 5:21 el Hércules aterrizó en Marambio, donde esperaba otro Hércules como avión tanque que, en breve tiempo, proveyó 17.000 litros de carburante. Con vientos favorables y una temperatura de –50ºC el Hércules llegó hasta los 80° Sur. Poco después de sobrevolar el Polo Sur, aumentó la intensidad del viento alcanzando los 155km/h cerca de la base estadounidense McMurdo; a partir de allí fue un permanente obstáculo para el vuelo, lo que ocasionó un atraso de casi dos horas para arribar a

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Canberra, de donde despegó el sábado 8 de diciembre rumbo a Christchurch, en Nueva Zelanda. De ese aeropuerto decoló el día 9 a las 23:54, de regreso a la Argentina. Sobrevoló Marambio, donde las malas condiciones meteorológicas impidieron el aterrizaje. El Hércules siguió en vuelo directo a Río Gallegos, donde aterrizó a las 23:43 y de allí continuó a Buenos Aires. Tres continentes (Sud América, Antártida y Australia) habían quedado unidos por este vuelo. Los tripulantes fueron: comandante, el brigadier general Héctor Luis Fautario; primer piloto, el vicecomodoro José A. González; segundo piloto, el capitán Juan D. Paulik: tercer piloto, el capitán Héctor Cid; navegantes, los capitales Adrián J. Speranza y Hugo C. Meisner y el primer teniente Jorge Valdecantos; meteorólogo, el mayor Salvador Alaimo; mecánicos, los suboficiales mayores Mari F. Guayan y el suboficial principal Pedro Bessero; auxiliar de carga, el suboficial mayor Jorge R. Luder, camarógrafo, el suboficial mayor Juan Bueno. Participaron también del vuelo el comodoro Julio C. Porcile y el mayor Manuel M. Mir.

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Capitulo X LA ACTIVIDAD CIENTÍFICA ARGENTINA EN LA ANTÁRTIDA

Tras los primeros y frustrados intentos del Instituto Geográfico Argentino en 1881 y 1896, la República Argentina inició sus actividades científicas antárticas respondiendo a las recomendaciones del Séptimo Congreso Internacional de Geografía de Berlín de 1899 y a una invitación de sus autoridades; así fue cómo, en acuerdo general de gabinete, el 10 de octubre de 1900 se decidió participar en la Expedición Antártica Internacional, originada en aquel congreso y en las iniciativas de la Real Sociedad Geográfica de Londres, encomendando al Ministerio de Marina la instalación de un observatorio magnético, meteorológico e hidrográfico en la isla de los Estados, lugar que luego se cambió por una de las ínsulas del grupo de Año Nuevo, frente a la costa norte de aquella. El teniente de navío Horacio Ballvé dirigió la obra. Esa participación se concretó también con la incorporación del alférez de fragata José María Sobral a la Expedición Antártica Sueca de 1901–1903, mientras se iniciaban en la isla de Año Nuevo las observaciones de magnetismo, meteorología e hidrografía, continuadas hasta 1917. Sobral, por su parte, trabajó en Cerro Nevado en geodesia, geomagnetismo y meteorología. Esta labor inicial se completó con las observaciones meteorológicas y magnéticas en el Observatorio Nacional de la isla Laurie, de las Orcadas del Sur, que

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comenzaron en 1904 y continuaron ininterrumpidamente hasta la actualidad en la hoy Base Orcadas. Las observaciones realizadas allí hasta el año 1909 constituyeron la serie más larga y más completa efectuada jamás en las regiones polares y, junto con las observaciones del observatorio en funcionamiento en las instalaciones de la Compañía Argentina de Pesca S. A. en la isla de San Pedro, de las Georgias del Sur, relacionadas con las practicadas en tierra firme, posibilitaron por primera vez el estudio de la formación y la propagación de los fenómenos atmosféricos originados en las zonas polares y propagados a las regiones ecuatoriales, donde sus reflejos son seguidos por las estaciones situadas en las regiones templadas. En la ciencia argentina en la Antártida, es pionero el Museo Argentino de Ciencias Naturales Bernardino Rivadavia, que en 1923, 1926 y 1930 hizo estudios y recolección de ejemplares marinos en las islas Georgias del Sur, Orcadas del Sur y Shetland del Sur, participando luego en las expediciones del Primero de Mayo en 1942 y 1943, con estudios en las islas Argentinas, Melchior, Decepción, Wiencke y en la bahía Margarita. Envió, en el verano de 1968–1969, a las primeras científicas argentinas en Antártida, la licenciada Carmen Pujals y las profesoras Irene Bernasconi, María Adela Caría y Elena Martínez Fontes, que hicieron estudios de biología marina en Melchior. En 1932–1933 tuvo lugar el Segundo Año Polar Internacional, en cuyas investigaciones colaboró la Argentina, respondiendo a una solicitud de la Comisión Internacional del Año Polar. Se solicitaba nuestra cooperación, especialmente en lo referente al apoyo del observatorio de Orcadas y la reinstalación del de la isla de Año Nuevo. Si bien no fue posible la reactivación de Año Nuevo por la crisis económica mundial de 1930, se prestó la más amplia colaboración en el observatorio de Orcadas, lo que fue muy bien recibido por la Comisión Internacional, por cuanto los datos de Orcadas (los

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únicos del Antártico) eran muy estimados en las investigaciones geofísicas y meteorológicas generales. Igualmente en 1939 Argentina vuelve a prestar apoyo meteorológico a una expedición extranjera. A pedido el gobierno de los Estados Unidos, se transmitieron boletines meteorológicos a la expedición del almirante Byrd, principalmente desde el observatorio de Orcadas, durante la permanencia de esa expedición en el Antártico. Los buques de la Marina de Guerra complementaron también la acción científica durante aquellos años con registros magnéticos, meteorológicos, hidrográficos y mareográficos. La pérdida del Austral impidió el establecimiento de un nuevo observatorio en la isla Wandell (o Booth) en 1906. La corbeta Uruguay, encargada de relevar a las comisiones de las Orcadas, aprovechó sus viajes para hacer tareas científicas; por ejemplo, en 1905 efectuó el relevamiento cartográfico en las Shetland del Sur y en 1909, hizo registros magnéticos en la bahía Moltke (Georgias del Sur). En 1923, el transporte Guardia Nacional llevó a cabo observaciones hidrográficas y de mareas en la bahía Cumberland (Georgias del Sur), y el transporte Primero de Mayo realizó tareas cartográficas en la bahía Uruguay, Orcadas del Sur, en 1930. Resultado de esa labor fue la primera carta náutica del Sector Antártico Argentino, publicada en 1916, de cuyo valor da cuenta el juicio del científico alemán Hans Peter Kosak en su libro “Antarktis”, editado en Bonn en 1955, al decir que no ha sido superada ni siquiera por las británicas. Con la Uruguay y el Primero de Mayo, alternaron en el relevo de Orcadas y en el apoyo y abastecimiento de la factoría de Grytviken, los transportes Guardia Nacional, Chaco y Pampa, que hacían al mismo tiempo las observaciones científicas indicadas. Durante la campaña 1941–42, el Primero de Mayo cumplió tareas de exploración e

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hidrografía en Decepción, Melchior e islas Argentinas y, durante la siguiente campaña 1942–1943, efectuó levantamientos en Melchior y bahía Margarita.

Las campañas anuales La década del 40 se inició con un hecho auspicioso para el tema que estamos desarrollando: la creación de la Comisión Nacional del Antártico, que daría nuevo impulso a nuestro accionar polar con énfasis en la actividad científica. Como ya se ha visto, tras los viajes de 1942 y 1943, se inició la época de las campañas antárticas anuales con la de 1946–1947, con participación de equipos científicos que desarrollaron importantes planes de investigación; contaban para su cometido con el apoyo operativo y logístico de las Fuerzas Armadas. Principal protagonista en el quehacer científico es el Instituto Antártico Argentino Coronel Hernán Pujato, del que enseguida trataremos, junto al cual intervienen los siguientes organismos: – El Servicio de Hidrografía Naval, que planea y ejecuta trabajos de gabinete, elaborando los resultados de las tareas de campaña (balizamientos, cartografía, oceanografía, hidrografía y observaciones científicas). Es el organismo responsable también de la producción y edición de cartas náuticas. – El Servicio de Meteorología Marítima, sección del anterior, que desarrolla su labor en el campo de la meteorología y la climatología polar. – El Laboratorio Ionosférico de la Armada, que realiza investigaciones ionosféricas en la zona polar.

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– El Instituto Geográfico Militar, que se ocupa de trabajos geodésicos, cartográficos y geofísicos. – El Servicio Meteorológico Nacional, dependiente de la Fuerza Aérea, que destaca personal técnico en las estaciones antárticas para tareas meteorológicas, geomagnéticas y sismológicas, proporcionando también los pronósticos para los vuelos en la región polar. – La Comisión Nacional de Investigaciones Aeronáuticas y Espaciales, también dependiente de la Fuerza Aérea, que completa la serie de organismos científicos que colaboran en la misión de desentrañar los misterios de la naturaleza polar. Eventualmente, intervienen también en el quehacer científico argentino en la Antártida las universidades y observatorios nacionales, la Comisión Nacional de Energía Atómica, el Centro Nacional de Radiación Cósmica, la Comisión Nacional de Estudios Geoheliofísicos y los museos nacionales —principalmente los de Ciencias Naturales de Buenos Aires y La Plata—. Las disciplinas desarrolladas cada año son: meteorología (observaciones de superficie y alturas en estaciones y a bordo de buques), radiación, química del aire, radiación nuclear, auroras (observaciones visuales e instrumentales), glaciología (observaciones de estación, en patrullas y desde buques y aviones), ionósfera y silbidos, mareas, oceanografía, geomagnetismo, geoelectricidad, sismología, gravimetría, radiación cósmica, biología, microbiología y fisiología humana.

El Instituto Antártico Argentino Coronel Hernán Pujato El Instituto Antártico Argentino es el organismo por excelencia dedicado desde su inicio a orientar, dirigir, controlar, coordinar y ejecutar las investigaciones y estudios de

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carácter técnico–científico en la Antártida. Su primer equipo científico estuvo integrado por el Dr. Otto Schneider (jefe del Departamento Científico), el Dr. Juan Carlos Cabos (fisiólogo), el Dr. Juan P. Di Lena (glaciólogo), el Dr. Néstor Horacio Fourcade (geólogo), el Sr. Alfredo Corte (biólogo), el Sr. René E. Dalinger (geólogo), el ingeniero Enrique Levín (geofísico), el Sr. César Augusto Lisignoli (geólogo–glaciólogo), el Dr. Ricardo A. Mauri (biólogo), el Dr. Antonio Moscoso Boedo (químico), el Dr. Benito Colqui (geólogo), el Dr. Ricardo Novatti (biólogo), el Sr. Osvaldo Carlos Schauer (geólogo) y el Sr. Jorge Scholten (meteorólogo). El Instituto operó en la Antártida la Estación Científica “Almirante Brown” desde 1955 hasta 1984, año en que fue destruida por un incendio; fue activada desde entonces sólo durante los períodos estivales y contando con laboratorios y una casa–habitación. Desde 1959 hasta 1962, administró la Estación Científica Ellsworth cedida por los Estados Unidos, transfiriendo su personal y equipos a la base Belgrano I, donde se instaló el Laboratorio Belgrano, reinstalado luego en la base Belgrano II; cuenta con una cámara “todo–cielo” para observación de auroras australes de visibilidad nocturna. En la base San Martín funciona desde 1986 el Laboratorio de Ciencias de la Atmósfera con las siguientes actividades: geomagnetismo, silbidos radioeléctricos y sondajes ionosféricos, entre otros. La base Jubany 12 cuenta en sus instalaciones con el laboratorio LAJUB de efecto invernadero y el laboratorio Dallmann, operado en colaboración científica con Alemania, para investigaciones biológicas y geológicas; es el único laboratorio binacional en la Antártida. En la base Marambio operó desde 1994 el laboratorio LAMBI, del Departamento de Ciencias de la Atmósfera, donde se hacieron registros de ozono por el método de 12

Nota editorial. Base Carlini desde el 5 de marzo de 2012.

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absorción en un programa conjunto con el Instituto Nacional de Tecnología Aeroespacial de España. Entre las primeras realizaciones del Instituto Antártico, se cuentan: el relevamiento geológico de las islas Decepción y Media Luna, estudios geológicos submarinos en Decepción; investigaciones paleontológicas en la bahía Esperanza, estudios glaciológicos marinos

y

continentales,

estudios

bioecológicos;

investigaciones

astrofísicas

y

magnetométricas, contribuciones al estudio de la botánica sistemática, al estudio de factores incidentes sobre la vida humana (psiquismo–patología), y al estudio geológico de las Shetland del Sur. La astronomía, la geología, la topografía, la ictiología, la zoología, la limnología, la paleontología y la glaciología fueron otras tantas disciplinas encaradas por el organismo científico en su inicio. Los resultados de tan importante labor se dieron a conocer por medio de las publicaciones científicas (Contribuciones) del Instituto, editor también de la versión castellana del “Boletín del Comité Científico para la Investigación Antártica”. Desde aquellas primeras realizaciones, el Instituto ha ido incrementando su presencia en el quehacer científico antártico con su propio personal científico y técnico, que elabora en Buenos Aires proyectos de investigación, ejecutados después in situ en las propias instalaciones ya mencionadas y seleccionados con el criterio de que la investigación cuente con un alto grado de factibilidad dentro de los recursos nacionales disponibles y de los previstos a determinado plazo; que provea resultados concretos con incidencia favorable en el desarrollo nacional y en el conocimiento de la existencia de recursos naturales; que también provea resultados concretos que afirmen los propios reclamos de soberanía territorial; que posibilite un progresivo avance en el conocimiento de un área estratégica; que tienda a retener e incrementar el número de científicos y

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técnicos interesados en esos temas, y que aporte nuevos conocimientos para beneficio de la humanidad. Con esos parámetros el Instituto realiza las siguientes investigaciones: En el campo de las ciencias de la Tierra: geología, geofísica de la tierra sólida, glaciología física (dinámica del hielo) y glaciología química. En el de ciencias de la atmósfera: magnetósfera, atmósfera media y astronomía, efecto invernadero, impacto climático, radiación ultravioleta y ozono atmosférico. En ciencias biológicas: fisiología, biología, limnología, mecanismos antioxidantes, microbiología de especies antárticas, ecología costera, efectos de la radiación UV, monitoreo del ecosistema, bioquímica y transferencia energética del ecosistema antártico, krill, aves, mamíferos marinos. En ciencias del mar: oceanografía física y oceanografía química. En el área de la química ambiental, se hacen investigaciones en química ambiental y contaminación marina. Además, el Instituto desarrolla los programas de psicología y museoantar: –Programa de psicología: Investigación, asistencia, selección de personal, preparación y orientación psicológica. –Programa museoantar: Recuperación de relictos y restauración y conservación de sitios históricos. El Instituto realiza convenios de colaboración científica con las universidades nacionales y privadas de Belgrano y del Salvador, y con los siguientes organismos nacionales y provinciales: Centro de Ecofisiología Vegetal, Instituto de Investigaciones Científicas y Técnicas de las Fuerzas Armadas, Comisión Nacional de Actividades Espaciales, Consejo Nacional de Educación Técnica, Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas, Centro Austral de Investigaciones Científicas (C.A.D.I.C.), Fundación para la

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conservación de las Especies y el Medio Ambiente, Fundación Oftalmológica “Hugo Nano”, Grupo de Estudios sobre Ecología Regional, Instituto Nacional de Ciencias y Técnicas Hídricas, Instituto Nacional de Investigación y Desarrollo Pesquero (INIDEP), Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria, Instituto Nacional de Tecnología Industrial, Museo Argentino de Ciencias Naturales Bernardino Rivadavia, Municipalidad de La Plata, Administración de Parques Nacionales, Servicio de Hidrografía Naval, provincias de La Pampa (Ministerio de Educación), de Río Negro y de Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur.

La cooperación científica internacional. El Año Geofísico Internacional y el Año Internacional del Sol Quieto Ya en vísperas del Año Geofísico Internacional, la Argentina contrajo compromisos para el futuro gran emprendimiento en las conferencias preparatorias realizadas en París y en Bruselas en 1955, en las que estuvieron presentes sus delegados. El compromiso se concretó con el decreto del 3 de julio de 1956, que creó la Comisión Nacional del Año Geofísico Internacional, con el objetivo de coordinar las actividades científicas de todas las instituciones nacionales comprometidas en la magnífica empresa internacional, en cuyos trabajos previos la Argentina estuvo presente, integrando el equipo de doce países que se dispusieron a lanzar el gran ataque de la ciencia contra la aún enigmática, rebelde y a la vez majestuosa naturaleza polar. A través de las cuatro Conferencias Antárticas para coordinar las tareas del A. G. I., nuestro país elaboró un programa de investigaciones en los campos de la oceanografía; la glaciología; el geomagnetismo; la sismología, auroras y luz

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nocturna, química del aire, meteorología, ionósfera; latitud y longitud–gravimetría; actividad solar y rayos cósmicos. Ya en la práctica del programa trazado, nuestro país desarrolló una serie de trabajos desde enero de 1957 hasta diciembre de 1958 (período del A. G. I.), entre cuyas importantes realizaciones se destaca —en el campo de la oceanografía— la Campaña Invernal Antártica del rompehielos General San Martín (1957), la Campaña Conjunta al Arco de las Antillas del Sur de los buques oceanográficos ARA Sanavirón y el norteamericano Vema (1957–1958); la campaña del oceanográfico ARA Capitán Cánepa al pasaje Drake (Operación Drake I, 1958) y la Operación Drake II (1959). Esas operaciones tuvieron por objeto el conocimiento de la influencia de las condiciones existentes en el pasaje Drake sobre el Atlántico Sur y el Mar Epicontinental Argentino. El General San Martín, por su parte, en enero de 1957 hizo dos estaciones oceanográficas en su derrota a la base Belgrano (barrera de Filchner). En julio–agosto cruzó las Shetland del Sur haciendo observaciones de superficie y una estación oceanográfica. En enero de 1958, realizó otras dos estaciones entre el área de las Sándwich del Sur y la barrera de Filchner. El Capitán Cánepa en marzo y abril de 1958 completó veintitrés estaciones oceanográficas en el Drake, hasta profundidades máximas de 3784 metros. El Sanavirón entre enero y febrero de 1958, conjuntamente con la goleta norteamericana Vema, completó cuatro estaciones oceanográficas en el área del mar del Scotia y las Sándwich del Sur. Estas tareas continuaron también después del Año Geofísico Internacional. Siempre dentro de ese plan de cooperación científica internacional, meteorólogos argentinos estuvieron presentes en la Central Meteorológica Antártica de Estados Unidos, la Pequeña América V, durante el A. G. I. Por otra parte, los científicos del Instituto

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colaboraron en las tareas llevadas a cabo para establecer la posición de la zona auroral del mar de Weddell. Con esos datos y los proporcionados por la estación norteamericana Ellsworth y la británica de Halley Bay, quedó establecido el avance hacia el norte del frente de la barrera de Filchner. Pero quizás el hecho más notorio en este tema de la cooperación científica internacional, por la trascendencia mundial que tuvo y su incidencia en el campo de la salud, fue la actividad desarrollada a bordo del rompehielos General San Martín por el Dr. John Sieburth del Instituto Politécnico de Virginia, quien estudió la microbiología de la fauna antártica y descubrió el efecto antibiótico del fitoplancton, investigación que continuó durante la Campaña Antártica 1958–1959, embarcado con su colega el Dr. Burkholder a bordo del remolcador hidrográfico Chiriguano; ambos habién sido invitados por la Armada. El 15 de julio de 1958, los gobiernos de la Argentina y de los Estados Unidos acordaron continuar las actividades científicas iniciadas por el país del norte en Ellsworth, para lo cual esa estación fue cedida a nuestro país, que la operó durante cuatro años consecutivos por medio del Instituto, cuyo personal científico argentino trabajó allí en estrecha colaboración con el nortemericano. En base a las experiencias del Año Geofísico Internacional, se inició en enero de 1961 –y en virtud del Tratado Antártico firmado en Washington en diciembre de 1959– una nueva era polar, la de la cooperación científica internacional y la libertad de investigación en ese campo. La Argentina, el primer país de América en cooperar con los científicos europeos en el estudio de la naturaleza polar, con el apoyo a las expediciones en las ayudas meteorológicas de sus observatorios de Orcadas y de Año Nuevo, no podía estar ausente en el ambicioso proyecto mundial y por ello siguió aportando su esfuerzo y entusiasmo en la investigación polar. En lo que atañe a la colaboración internacional,

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aparte del intercambio de personal realizado en todas las campañas con otros países, merecen destacarse: – El programa conjunto de la Estación Científica Ellsworth, llevado a cabo por personal del Instituto y de la U. S. National Science Foundation (U. S. Antarctic Research Program). El programa se realizó de acuerdo con el comunicado argentino–norteamericano del 15 de julio de 1958, y se desarrolló hasta el 30 de diciembre de 1962, fecha de clausura de Ellsworth; – La Campaña Internacional Weddell II, del 17 de enero al 27 de febrero de 1962. – Como consecuencia del gran interés despertado por los fenómenos sísmicos en la isla Decepción ocurridos desde 1967 hasta 1969, se trabajó allí en vulcanología junto a los científicos de otros seis países. En 1971 el General San Martín y el buque estadounidense Hero con los botes Zodiac, de la Fundación Nacional de Ciencias de los Estados Unidos, dieron apoyo logístico a esas tareas. – El programa glaciológico Hieloantar para estudiar las condiciones del hielo en la península Antártica, desarrollado conjuntamente por el Instituto y el British Antarctic Survey. – Un estudio sobre deriva de témpanos, realizado también por el Institut National Francais d’Investigations Antarctiques, durante el verano de 1973. Las actividades que hemos sintetizado, a través de cometidos considerados de mayor relevancia, representan un aspecto importantísimo, si no el mayor, del ejercicio de nuestra soberanía en la Antártida. El estudio de ese gran laboratorio de fenómenos naturales que tanto influyen en otros lugares de nuestro planeta, es el principal objetivo de la ciencia mundial. De él se han de obtener, pues, los mayores beneficios no sólo para nuestro país –tan sometido a aquellos fenómenos– sino también para toda la humanidad.

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Como un complemento del A. G. I. 1957–1958, se encaró un nuevo programa de cooperación científica internacional entre el 1° de enero de 1964 y el 31 de diciembre de 1965, denominado Año Internacional del Sol Quieto (A. I. S. Q.); su objetivo era la realización de estudios geofísicos en una época de escasa actividad solar como la del período señalado, para aprovechar mejor los datos correspondientes a las relaciones entre el Sol y la Tierra que se habían obtenido durante una época de máxima actividad solar, como la del A .G. I. Argentina, por su situación geográfica, ocupó un lugar destacado durante las tareas del A. I. S. Q. y, dentro de su programa, las observaciones en la Antártida recibieron preferente atención, en especial las realizadas en la zona de la barrera de Filchner en el mar de Weddell. Por decreto N° 2685 del 23 de mayo de 1962, se concretó la adhesión argentina a ese programa internacional, encomendando al Comité Nacional de la Unión Geodésica y Geofísica Internacional la organización de la participación de nuestro país. Esa Comisión fue creada ad honorem por decreto Nº5532 del 4 de julio de 1963; estuvo integrada por los titulares (o sus representantes) de los organismos nacionales intervinientes, entre los que no podía faltar por supuesto el Instituto Antártico Argentino. El programa argentino comprendió: aeronomía, actividad solar, auroras, luminiscencia del aire, geomagnetismo, ionósfera, investigación espacial, meteorología y radiación cósmica. La Argentina, representada por el Instituto Antártico, organizó y participó en las siguientes reuniones científicas internacionales: la XIV Reunión General del SCAR, realizada en la ciudad de Mendoza en octubre de 1976; la Reunión del Grupo de Especialistas del Programa BIOMASS, en Buenos Aires en junio de 1979; el Primer Experimento Internacional BIOMASS (FIBEX) y la XXII Reunión del SCAR en San Carlos de Bariloche, del 8 al 19 de junio de 1992, durante cuyo desarrollo y como parte de la misma, tuvo lugar el Quinto Simposio de Operaciones y Logísticas Antárticas. En 1983, también en Bariloche,

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tuvo lugar el Simposio Regional sobre Avances Recientes en Biología Acuática Antártica del BIOMASS, auspiciado por los organismos que apoyan las actividades del Programa Biológico Internacional; su coordinación fue responsabilidad del Instituto Antártico Argentino. La Argentina participó igualmente en las cuatro reuniones realizadas desde 1987 en las que se trataron las Comunicaciones sobre Investigaciones Científicas 13. Siempre representado por el Instituto, el país intervino en las Reuniones de Administradores de Programas Nacionales Antárticos Latinoamericanos (RAPAL), iniciadas en Buenos Aires los días 11, 12 y 13 de junio de 1990; la Dirección Nacional del Antártico fue el organismo anfitrión. En esa primera reunión se acordó realizar durante el verano 1992–1993, trabajos científicos conjuntos y publicarlos en un tomo conmemorativo del Quinto Centenario del Descubrimiento de América, para lo cual se invitaría a los historiadores antárticos –uno por cada país– a participar en una reunión que tendría lugar en la base Esperanza en el verano 1992–1993, y en la cual se propondría la edición de una publicación conjunta. El reino de España sería invitado a participar en ese emprendimiento. Resultado de esos encuentros fueron las Reuniones de Historiadores Latinoamericanos, la primera de las cuales tuvo lugar en nuestra base Esperanza.

Arqueología histórica en la Antártida El hombre, ese gran protagonista de la historia, en su devenir terrestre va dejando huellas, testimonios de su existencia, que servirán a cada generación para preservar la 13

Nota editorial. Se refiere a las reuniones periódicas organizadas por el IAA y denominadas Jornadas de Comunicaciones sobre Investigaciones Antárticas (1987, 1991, 1994, 1997), que luego derivaron en simposios argentinos y latinoamericanos sobre investigaciones antárticas.

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memoria de la gran aventura de la vida; siguiendo esas huellas y recogiendo testimonios la humanidad va conociendo y reconstruyendo su pasado. En lo que respecta a nuestra historia occidental, ya la antigüedad clásica nos ofrece algunos nombres de quienes se preocupaban por coleccionar esos vestigios: Plinio, Luciano, Pausanias fueron algunos de ellos. Promediando la Edad Media, en las primeras décadas del siglo XV, Ciríaco de Ancona fue el primero en recorrer con criterio científico comarcas del Mediterráneo, Europa, Asia Menor y África, pero fue recién a partir de la segunda mitad del siglo XVIII cuando comenzó a perfilarse en el campo de la historiografía una nueva disciplina, la arqueología, eficaz auxiliar de la historia que, a partir del inicio del siglo XX empezó a independizarse adquiriendo métodos y técnicas propias. Según el período estudiado, la arqueología se divide en prehistórica e histórica, reconociéndose subdivisiones en cada caso. En cuanto al espacio geográfico, también hay divisiones; su ámbito es tan amplio que abarca toda la Tierra. Sin embargo, parecería que hasta no hace mucho una parte del planeta estaba vedada a la nueva ciencia. La Antártida, separada geológicamente del resto de los continentes mucho antes de la aparición del hombre y exenta por lo tanto de migraciones humanas, no ofrecía civilizaciones, culturas, pueblos ni ciudades que descubrir o estudiar. Pero el hombre llegó también un día a ella, un día incógnito aún pero no muy lejano —siglo y medio quizás—, lo suficiente para que hoy sintamos la necesidad de rescatar y conservar los vestigios de aquella presencia. Y así ha llegado la arqueología a la región polar austral. Obviamente, en cuanto a metodología, la arqueología antártica difiere de la que se practica en el resto del mundo, tanto por la diferente naturaleza del terreno como por tratarse de yacimientos recientes, que no requieren grandes excavaciones ni estratigrafía para ubicar cronológicamente el hallazgo.

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La arqueología histórica general comprende la búsqueda, situación, clasificación, conservación, restauración, mantenimiento de sitios, artefactos, y construcciones históricas. Los elementos recuperados, debidamente tratados para estudio y exposición, se insertan en la actividad museológica; por esa razón, la sección Museo del Instituto Antártico Argentino contó con dos clases de colecciones: la Colección de Estudio (CE) y la Colección de Exhibición (CX). La arqueología histórica antártica es la rama de esta ciencia y la técnica dedicada específicamente a los sitios y monumentos históricos situados en el continente antártico que, sometidos a las condiciones extremas de la meteorología de aquel espacio geográfico, aún pueden ser situados y sometidos al tratamiento adecuado para su conservación hacia el futuro. Los comienzos Los neocelandeses iniciaron estas actividades durante el verano de 1960-1961, al comenzar las tareas de limpieza para restaurar y conservar las tres chozas que las expediciones antárticas británicas de los años 1901 y 1913, dirigidas por Scott y Shackleton respectivamente, habían construido en la isla Ross, rescatando una serie de elementos pertenecientes a ambas expediciones. Los trabajos continuaron en la temporada estival 1963–1964, perfeccionándose entonces la técnica, ya que los hallazgos fueron inventariados y registrada su posición en un plano. En 1978, D. I. Harrowfield, del Museo Canterbury de Christchurch, trabajó en el yacimiento de cabo Evans en el exterior de las cabañas, en una superficie de escoria volcánica sobre la que extendió un reticulado de 2,5 m2, para registrar la posición de los artefactos de superficie.

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Harrowfield se encontró allí con un problema propio de la arqueología antártica, ocasionado por la naturaleza del lugar: La mayoría de los artefactos habían sido rescatados del hielo y era necesario descongelarlos. El uso de sal, agua caliente y calefactores de motores de aviones, aconsejado por varias instituciones consultadas, fue desechado por el riesgo de daño a los objetos, decidiéndose en cambio el método de la radiación solar, aumentada por el uso de cubiertas de polietileno negro. En el mismo año 1978, los australianos encararon similares trabajos en la cabaña dejada por la Expedición Antártica Australiana de Mawson (1911–1914), en la bahía del Commonwealth. Quedaban en la Antártida otros sitios arqueológicos de muy especial interés para tareas como las señaladas: la cabaña de la Expedición Cruz del Sur, de Borchgrevink (1898– 1910), en el cabo Adare, y las de la Expedición Antártica Sueca, de Otto Nordenskjöld (1901–1903), en las islas Cerro Nevado y Paulet y en la bahía Esperanza. Esta última expedición está tan ligada a la historia antártica argentina, ya sea por la participación del alférez de marina José María Sobral, como por el hecho de haber sido los expedicionarios rescatados por nuestra Armada, que debía la República Argentina acometer la empresa, más aun teniendo en cuenta que esos restos están ubicados en el espacio antártico que, por múltiples razones, nuestro país reconoce como propio. Por ese motivo, entre las previsiones del Instituto Antártico Argentino y la Dirección Nacional del Antártico para la temporada 1979–1980, figuró la iniciación de los trabajos en la isla Cerro Nevado, lugar prioritario, ya que la cabaña allí existente había sido declarada Monumento Histórico Nacional por nuestro gobierno por decreto Nº 6058/65. Su restauración y conservación debían iniciarse a la brevedad. Tal cometido significaba también una obligada respuesta a las recomendaciones hechas en ese sentido en las últimas reuniones internacionales de los países miembros del

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Tratado Antártico. Durante la Reunión Consultiva realizada en Canberra en 1961, se recomendó a los gobiernos que adoptaran las medidas necesarias para proteger las construcciones, tumbas u objetos de interés histórico del daño o destrucción, produciendo informes y consultas sobre el estado y restauración (Recomendación I–9, y más tarde la Recomendación V–4). Posteriormente, los gobiernos confeccionaron una lista de monumentos históricos y asumieron las responsabilidades de su mantenimiento. Los monumentos involucrados en el programa Museoantar del Instituto Antártico forman parte del listado de la Recomendación VIII–9, que los incluye de la siguiente manera: – Monumento N° 38: Cabaña construida en la isla Cerro Nevado en febrero de 1902, por el grupo principal de la Expedición Sueca al Polo Sur, dirigida por Otto Nordenskjöld (64°24’ Sur, 57° Oeste). – Monumento N° 39: Cabaña de piedra en la bahía Esperanza, construida por un grupo de la Expedición Sueca al Polo Sur en enero de 1903 (63°24’ Sur, 56°59’ Oeste). – Monumento N° 41: Cabaña de piedra en la isla Paulet, construida en febrero de 1903 por Carl Antón Larsen, capitán noruego del buque náufrago Antarctic, de la Expedición Antártica Sueca de Otto Nordenskjöld, junto con la tumba de un miembro de la expedición (63°35’ Sur, 55°47’ Oeste). El Monumento Internacional N° 38, era ya –como hemos señalado– Monumento Histórico Nacional por Decreto N° 6058/65. El programa Museoantar El programa Museoantar tiene por finalidad cumplir con el compromiso tomado por la República Argentina, como país miembro del Tratado Antártico, de salvaguardar el patrimonio histórico del continente antártico en el área geográfica de su influencia.

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Consecuentemente, esta tarea tiene relevancia nacional e internacional. Y los monumentos que involucró en su origen, son los bienes relictos de la Expedición Sud Polar Sueca (1901–1903), en atención a que ella estaba íntimamente vinculada, como ya hemos dicho, a los comienzos de la actividad científica oficial argentina en aquellas comarcas. Los trabajos comenzaron durante la campaña antártica de verano 1979–1980 en la isla Cerro Nevado (Snow Hill), lugar donde había sido instalado en febrero de 1902 el campamento base de la expedición sueca, de la que formaba parte el argentino José María Sobral. Allí está ubicada la casa de madera prefabricada en Suecia, que dio albergue a los expedicionarios durante dos invernadas. También se previó realizar los trabajos prospectivos de otros dos sitios vinculados con la expedición: una choza de piedra construida por una avanzada dejada en la bahía Esperanza (Hope Bay), y otra de idéntico material construida por los náufragos del buque de la expedición, en la isla Paulet, donde igualmente se encuentra la tumba del marinero Ole Wennersgaard. Estas prospecciones fueron igualmente planificadas para la campaña 1986–1987, pero recién se materializaron durante la realizada entre 1986–1989. Elaborado entonces el plan de trabajo en Buenos Aires durante el invierno de 1979 por el Dr. Ricardo Capdevila y los licenciados Enrique Iribarren y Santiago M. Comerci, los responsables de la investigación histórica en el Instituto –Capdevila y Comerci– viajaron a la Antártida en los primeros días de enero de 1980, con la doble finalidad de intentar recuperar objetos que seguramente habían sido abandonados por los expedicionarios, dado lo imprevisto y apresurado del rescate, e inspeccionar la cabaña para encarar su futura conservación. (Ver el apartado “Una gesta singular: el rescate de la expedición Nordenskjöld. La actividad del alférez José María Sobral”). Las tareas en Cerro Nevado

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Cumplidas las etapas de la ruta aérea Buenos Aires–Río Gallegos–Marambio, el equipo del Instituto, completado ahora con la utilísima presencia de un veterano polar, el señor Ramón Oscar Alfonso, con veinte años transitando las rutas heladas, incluso llegando al Polo Sur con Leal en 1965. Arribaron finalmente a la isla Cerro Nevado el 4 de febrero a las 16.00; instalaron su campamento junto a la cabaña construida por los suecos sobre una elevación de aproximadamente trece metros sobre el nivel del mar que estaba formada por una acumulación de morena lateral del glaciar que cubre la isla por el sur y el oeste; su frente en aquella temporada llegaba hasta unos quinientos metros aproximadamente, mientras que en la actualidad ha desaparecido porque ha retrocedido significativamente. La casa fue construida totalmente en madera, con una planta baja y un desván configurado por el elevado techo a dos aguas; tiene una superficie cubierta de 23,67 m2. Según la descripción hecha por Sobral en “Dos años entre los hielos”, que concuerda con la de Nordenskjöld en “Viaje al Polo Sur”, la casa había sido forrada interior y exteriormente con papel negro preservador de la humedad; el piso y las paredes interiores que daban al exterior se habían cubierto con una gruesa alfombra y linóleo en el piso sobre el que estaba la alfombra. Las ventanas tuvieron doble vidrio. Los dormitorios fueron provistos de dos cuchetas cada uno, una inferior y otra superior, contra los tabiques internos de separación. La cocina estaba en la cuarta habitación sobre el ángulo sudeste de la casa. El desván estuvo utilizado como depósito de víveres y equipos. El primer trabajo del equipo del Instituto consistió en franquear el acceso a la casa, pues algo impedía interiormente abrir por completo la puerta de entrada; solo se abrió más de veinte centímetros aproximadamente. Desde allí se podía ver una gran acumulación de hielo, que hubo que golpear con un pico introducido por el breve espacio de la puerta entreabierta; ésta fue una tarea lenta y paciente.

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Una vez franqueado el paso, se halló el hall de entrada ocupado por un montículo de hielo de cerca de un metro de altura; una vez eliminado —a pico y pala—, se pudo ingresar a la cabaña que estaba totalmente invadida por hielo muy consolidado y abundante nieve. Una durísima y gruesa capa de hielo sumamente resbaladiza cubría todo el piso, lo que los obligó a caminar lentamente y con gran cuidado, previniendo muy posibles caídas, que no obstante se produjeron. Los camarotes de los ángulos noroeste y sudoeste presentaban las cuchetas inferiores soldadas a compactos bloques de hielo, dentro de los cuales se podían ver diversos objetos no identificables. Las cuchetas superiores mencionadas por Sobral habían desaparecido. La cocina, en la cuarta habitación sobre el ángulo sudeste de la casa, estaba totalmente ocupada por el hielo, hasta el techo. En el corredor central, una mesa, una silla y otros objetos fueron hallados en idénticas condiciones; las ventanas sin vidrios estaban tapiadas para impedir el ingreso de nieve, que no obstante siguió penetrando. Ese tapiado había sido realizado por nuestros marinos que, en oportunidades anteriores, habían inspeccionado el lugar. El segundo paso consistió en la remoción del hielo que cubría el piso. No hubo más remedio que emplear el pico; resultó inevitable la destrucción del linóleo y la alfombra; varios trozos se guardaron, con la idea de conseguir alguno semejante para la futura restauración de la cabaña. Haber pretendido derretir el hielo por medio de la combustión de gas hubiera significado correr el riesgo de agotar los tres tubos de gas de cuarenta y cinco kilos cada uno con los que contaba el equipo, con el agravante de que no hubieran alcanzado para concluir con el descongelamiento. Por otra parte, los permanentes temporales con nevisca y vientos que oscilaban entre 150 y 200 kilómetros por hora y las bajas temperaturas que en algunos casos llegaron hasta -20°C, a pesar de ser el mes de

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febrero, tornaban ilusorio el método por descongelamiento con calor, de modo que los arqueólogos tuvieron que optar por el método mecánico más efectivo. Descongelado el piso lo suficiente como para poderse mover con cierta libertad de maniobra, aunque siempre prudentemente, se encaró la tarea específica: el rescate de los elementos, que pudo hacerse en el pasillo y en las habitaciones noroeste y sudoeste. En la habitación del ángulo nordeste, solamente fue hallado un mensaje dentro de una botella, dejado por los marinos que en 1971 habían visitado el lugar. El descongelamiento y limpieza de la cocina fueron postergados para el verano siguiente, ya que se llegó al final de febrero sin haber podido encarar ese trabajo. El descongelamiento de los lugares indicados se llevó a cabo eliminando el hielo a golpes de pico hasta aproximarse a los objetos aprisionados en su interior; entonces, para no dañarlos, se abandonaron las herramientas y se aplicó calor por medio de garrafas de gas con pantalla, que se acercaba al hielo cuanto era posible. Como el material así obtenido presentaba fuertes incrustaciones de hielo o, en algunos casos, quedaba completamente envuelto por él, se desechó cualquier método mecánico para liberarlo, prefiriéndose en cambio aprovechar la radiación solar. Como esto ya había sido previsto al preparar el plan en Buenos Aires, siguiendo la experiencia de Harrowfield en cabo Evans, se había decidido usar el polietileno negro, pero con una variante: el agregado del polietileno cristal, de modo que se contaba con dos grandes bobinas de polietileno de diferente color, cada uno de cien micrones de espesor. Con estos materiales se envolvieron los sólidos de hielo conteniendo objetos, para exponerlos a la radiación solar. Al usar este método, se obtuvo una mayor absorción de la radiación solar con el polietileno negro exterior y la refracción entre esa cubierta y la interior de cristal, acelerando la fusión y el total descongelamiento sin someter a los objetos a otros

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peligrosos procesos mecánicos. Esto fue realizado después de anotar el lugar donde había sido hallado cada objeto. En la campaña siguiente, iniciada en diciembre de 1981, se completó la limpieza de la cocina y se terminó el descongelamiento de la vivienda. Se recuperó una buena cantidad de objetos: piezas de loza inglesa, cubiertos de igual procedencia, tres calentadores marca Primus, uno de ellos con su carga de combustible intacta. En el dormitorio sudeste contiguo a la cocina, se halló un cofre de madera conteniendo herramientas, calzado polar, algunos fósiles y huevos de pingüinos perforados y vacíos. En el exterior, junto a la choza, se armó una carpa con una gran cubierta de polietileno negro de 1,50 por 3 metros, para cubrir todos los artefactos envueltos individualmente o por grupos, también en polietileno. Mientras el sol, con la ayuda del plástico, completaba el descongelamiento de los objetos, se encaró la recuperación física del desván. Fue también una pesada tarea descargarlo por la estrecha abertura del techo. Había trozos de hielo, papel alquitranado, lonas, estopa y cueros dejados por los expedicionarios. Pero este esfuerzo tuvo su premio en el hallazgo de dos libros de edición francesa de fines del siglo XIX, uno de ellos dedicado a Nordenskjöld por el autor. Ambos libros estaban en buen estado, pero totalmente congelados. Con los trabajos realizados en esas dos primeras campañas, la cabaña quedó descongelada, en condiciones para iniciar las tareas de restauración. En sucesivas campañas se realizaron las siguientes tareas de restauración dirigidas por Capdevila, con el valioso concurso de Alfonso: a) Se desmontó el varillaje de madera exterior de paredes y techo, que originariamente sostuvieron el forro de cartón alquitranado, del que sólo quedaban jirones, y se forró íntegramente la vivienda, utilizándose el mismo varillaje para seguridad de la cobertura. Se aplicaron dos manos de pintura asfáltica. El arrastre de tierra y pedregullo provocado por

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el viento, que produce una intensa acción erosiva sobre los materiales, hizo prever trabajos de mantenimiento anual. Para tener una medida de la violencia meteorológica en la zona, puede recordarse que en la campaña 1985–1986 hubo un temporal de veinte días que registró vientos de más de doscientos kilómetros horarios. b) Los vientos de cáñamo que sostenían en sus cuatro esquinas la construcción, habían desaparecido. Como se había eliminado el hielo interior que sostuvo la estructura de la cabaña, se instaló un cableado de acero, con cuatro muertos o fundaciones de hormigón, vinculados interiormente, tal como lo habían estado los cáñamos originales. c) La meseta en la que se encuentra la cabaña afecta la forma de un bote invertido. Su superficie se ve disminuida año a año en razón de los factores meteorológicos y el tránsito del hombre, por lo que se iniciaron los trabajos de consolidación d) En todas las campañas se realizan distintas expediciones de búsqueda en la zona, en razón de que los movimientos de tierra, así como el deshielo, suelen dejar al descubierto objetos de interés museológico. En la parte interna de la vivienda estos fueron los principales trabajos: a) Se prolijaron los restos de cobertura interior. b) Se restauró el camarote noreste, utilizando maderas originales en la reconstrucción de las cuchetas y el escritorio. c) En los dos camarotes restantes se iniciaron los trabajos para reinstalar las cuchetas y escritorios. d) Se desarmó y rearmó la salamandra. Un hecho menudo produjo un momento de emoción entre los integrantes del grupo de trabajo: al limpiar el cenicero se advirtió, por el fuerte olor, la presencia de grasa de foca, combustible que los expedicionarios suecos debieron utilizar en la segunda invernada, por la escasez de carbón de piedra.

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e) Se iniciaron los trabajos de restauración de las aberturas, reuniendo varillajes originales con vista a rearmar las ventanas y reponer las puertas destruidas. Se restauró e instaló la ventana principal del sitio de estar. f) Se instaló cartelería con indicaciones para los visitantes, pidiendo que dejen una nota en el libro de visitas. Posteriormente a las tareas relatadas, hubo hallazgos en Cerro Nevado, relacionados siempre con la ya mencionada expedición sueca: restos de una barca utilizada por los suecos, según relatos del jefe expedicionario y también de José María Sobral. El hallazgo fortuito fue hecho por un grupo de Ciencias de la Tierra que trabajaba en la zona durante la campaña 1997–1998. En la campaña de verano 1999–2000, la baja marea dejó al descubierto parcialmente una tablazón en las proximidades de una elevación que ha dado en llamarse el Mirador de los Suecos; realizada la excavación, se hallaron los restos de la parte superior de una cocina del tipo ‘económica’. Las tareas en la Bahía Esperanza En la bahía Esperanza las tareas consistieron en la restauración del monumento N° 39, la choza de piedra construida por un grupo de la Expedición Sueca al Polo Sur en enero de 1903. Con la referencia de las fotografías tomadas por Santiago M. Comerci y Vicente Palermo durante la campaña antártica 1978–1979, programó Capdevila durante el invierno de 1993 las tareas para la restauración del monumento. De ese modo, el 14 de octubre de 1993 la comisión de trabajo del programa Museoantar arribó a la bahía hallando la siguiente situación: 1.- La zona cubierta por nieve de hasta 2 m de espesor; 2.- El interior del habitáculo tenía nieve hasta la altura del techo;

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3.- El acceso y su muro protector estaban cubiertos de nieve; 4.- El techo de lona colocado durante la campaña anterior estaba rizado como consecuencia de dos factores: a) Dos de los parantes que sostenían la lona tensada fueron retirados en un caso, y roto un tercero. De este último, la parte superior estaba pendulante del armazón de hierro. La falta de los parantes permitió que la misma gualdrapeara libremente al son del viento. Los parantes habían sido retirados del interior de la choza y arrojados fuera de ella; b) Los fuertes vientos que en el mes último superaron los 250 km horarios hicieron el resto. Las tareas programadas fueron las siguientes: 1.- Reconocimiento del estado del relicto. 2.- Análisis de los daños sufridos por el techo. 3.- Demarcación de las partes restauradas conforme la metodología de anastilosis. 4.- Implantación de un cerco de protección visual. 5.- Modificación de la protección de acceso conforme a las medidas originales. 6.- Restauración del baño y depósito de víveres de acuerdo con la información disponible. 7.- Limpieza superficial del área y demarcación de cribado para situación de elementos museológicos (proyecto de excavación). 8.- Experimentación del uso de resina poliéster con control de proporciones, tiempo y condición meteorológica. La limpieza de nieve en el área se hizo hasta donde lo permitió el pie de hielo. La experiencia realizada con la instalación de un techo de lona similar al usado originariamente por los suecos permitió deducir lo siguiente:

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a) La instalación en las condiciones en que se realizó la experiencia puede tener alguna permanencia por un período de tiempo prolongado, tanto en cuanto se mantenga la estructura de sostén, o bien el monumento sea cubierto con una estructura de resguardo, lo que permitiría retirar el cribado. En el caso en examen, el retiro de los parantes que tensaban la lona tuvo un efecto desastroso, ya que expuso el material al castigo de los vientos, por lo que se deben tomar recaudos para que el hecho, provocado intencionalmente por el hombre, no se repita; b) La aplicación de la resina poliéster ha probado buena resistencia a la meteorología extrema de la zona, de manera que, si se logra el respeto por el trabajo en la forma en que lo deja instalado este equipo y se aplica adecuadamente su técnica, será factible conservar el monumento como lo habían dejado los suecos en 1903. Comenzando los trabajos de restauración, se reestructuraron los muros reconstruyéndolos hasta su altura original; se utilizaron lajas caídas en la zona aledaña y y se reemplazaron las faltantes con lajas procedentes de las canteras próximas. Este tipo de tarea —según la técnica de anastilosis—, obliga a respetar y diferenciar la estructura original de la restauración, por lo cual, en la primera etapa, se dejó marcado el nivel de lo construido mediante la colocación de un alambre que delimitaba las partes en todo el contorno. Para permitir su adecuada visualización, en esta campaña se marcaron con un círculo de 3 cm de diámetro y de color rojo todas las piedras incorporadas para llegar al nivel original. Las condiciones del terreno y la meteorología adversa impidieron la colocación de las columnas de hormigón llevadas desde Buenos Aires para construir un cerco visual y físico de protección del monumento. Éstas tenían como propósito formar un resguardo que impidiera el tránsito de personas por el interior del relicto, además de colocar estacas para marcar el sitio donde se situaron las columnas, ya que el hielo impidió hacer las

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fundaciones. La base Marambio proveyó 27 metros de soga de cáñamo de una pulgada de espesor para unir los aros de metal que coronan las columnas, las que se apilaron en el acceso de la vivienda, acondicionando el cáñamo en un cajón. La tarea de instalación quedó así preparada para la siguiente campaña de verano. Al iniciar las tareas de restauración en 1992, el acceso que formaba una suerte de protección a la entrada de la choza estaba derrumbado y las piedras que lo constituyeron se hallaban amontonadas junto a ella, por lo que en aquella oportunidad se procedió a ordenarlas y apilarlas sobre la base de las que habían conformado una suerte de cimiento, el que se distinguía claramente a nivel del suelo. Con fundamento en la documentación gráfica existente, se les dio la conformación y alturas correctas. En orden al citado paredón de acceso, se determinaron las oquedades correspondientes al sitio utilizado por los suecos como baño y el correspondiente a un cajón empotrado en el cerco que fuera utilizado como almacén de víveres. Se aprovecharon algunas maderas que se encontraron en las proximidades de la estación británica que se incendiara en la década del 40 y que, por su aspecto, se prestaban para la labor, y se construyó un símil ciego, que se instaló en el sitio correspondiente. Hasta la segunda semana de estadía, la meteorología no permitió realizar una limpieza del terreno conforme a lo planificado. Se sucedieron días de sol, nevadas, bajas y altas temperaturas, por lo que la tarea se postergó hasta que mejoró la meteorología. En el interior de la vivienda, único sitio de interés para un relevamiento museológico, un grueso pie de hielo impidió planificar la tarea de búsqueda, la que se difirió para la campaña de enero de 1994.

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Capitulo XI MISCELÁNEAS

El yeti de Thule. La primera ocupación de las islas Sándwich del Sur y una festiva anécdota El 14 de diciembre de 1955, la Armada Argentina desembarcó en la isla Morrell, del Grupo Thule del Sur a los tres primeros ocupantes, quienes permanecieron por tiempo prolongado en el archipiélago de las islas Sándwich del Sur. Esta operación respondía a la política vigente de ocupación y ejercicio de la soberanía en la Antártida Argentina, vigente desde 1903, año en que la corbeta Uruguay asombró al mundo con el conocido rescate de la expedición sueca de Otto Nordenskjöld, al hundirse su buque polar Antarctic. El rompehielos General San Martín transportó los materiales y el personal del refugio Thule. El año anterior, al regresar de la primera penetración que efectuara al mar de Weddell este buque, recaló en el grupo Sándwich y, luego de desarrollar relevamientos y trabajos, procedió a instalar el refugio, que un año más tarde permitiría la primera ocupación formal y reconocida. El refugio se llamó Teniente Esquivel y fue construido a bordo y en navegación. Esta curiosa manera de fabricar el refugio, que normalmente se transportaba desarmado desde Buenos Aires, se debió a que la decisión de instalarlo fue adoptada a bordo (luego del 186


reconocimiento antes citado) por el entonces comandante de la Agrupación Naval Antártica, capitán de navío Alicio E. Ogara. La instalación se completó el 26 de enero de 1955, conjuntamente con la baliza Gobernación Marítima de Tierra del Fuego. Como es habitual en estos casos, se dejaron víveres para la eventualidad de que alguien pudiese necesitarlos. No se omitieron los símbolos patrios –escudo y bandera argentinos– que acreditaban la nacionalidad de la nueva instalación subantártica. Fue durante esos días, mientras se cumplían estas tareas, que un ingeniero naval alemán que actuaba como garantía del astillero que recientemente había entregado el rompehielos a la Argentina, creyó ver un extraño ejemplar en la costa, a unos cientos de metros de donde tenían lugar los trabajos. Este acontecimiento se produjo en uno de los tantos viajes de la lancha “doble carroza” a tierra. Al regresar a bordo, el guardiamarina Ricardo Hermelo, patrón de la lancha, dio parte del asombro que denotaba el alemán, quien manifestaba haber observado un extraño ejemplar; se le pidió que lo dibujara y como resultado, quedó la incógnita de no saber bien lo que había divisado, a unos cien metros de la costa y en una mañana fría y sin sol; sólo él había avistado el extraño ejemplar. Los comentarios de a bordo quedaron flotando en el ambiente durante unos cuantos días y se le dio en llamar “el yeti de Thule”. Un año más tarde, en la campaña antártica 1955–1956, se decidió ocupar por tres meses el refugio Thule, como se lo conocía en ese entonces, y se designó al mismo Hermelo para que ejerciese la jefatura, contando con los señores José M. Ahumada y Miguel Villafañe como integrantes de la primera dotación. Estos dos últimos eran miembros del Radio Club Argentino, que, conjuntamente con la Armada, patrocinaba la expedición de esos radioaficionados, cuya tarea consistía en

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efectuar transmisiones “desde un nuevo país”, según las regulaciones internacionales de las comunicaciones de “DX” (de larga distancia). Como parte de la misión asignada a los ocupantes, figuraba la de efectuar observaciones meteorológicas, glaciológicas y oceanográficas y, en particular, la instalación de un mareógrafo y un abrigo meteorológico con el instrumental de observaciones. Durante el viaje hacia Thule, fueron constantes las bromas y chanzas con el “yeti”, que se les hacía a quienes se enfrentarían en ese lugar. La mayoría lo hacía con la convicción que se trataba de un caso sin credibilidad, pero otros no estaban tan convencidos. Fue así como el 14 de diciembre de 1955, luego de completar en varios viajes de lanchas el transporte de todo el material necesario (antenas, equipos y víveres) la dotación quedó sola en tierra, mientras el rompehielos se alejaba hacia el sur, para iniciar su segunda penetración al Weddell y reabastecer la base adelantada Belgrano. Antes de zarpar, el suboficial Ferrari (que había construido el refugio) adosó una pequeña “habitación” para que pudiese alojar a un tercer hombre, ya que el refugio disponía de sólo dos cuchetas. La primera tarea fue la de calafatear, con estopa y tenedor en mano, las innumerables rendijas del refugio. Las dos estufas a gota de kerosene, más la lámpara y la cocina a presión, no resultaban suficientes para elevar la temperatura en el pequeño interior. Tanto era el frío, que se pasaba la noche dentro de los sacos de dormir de plumón duvet, casi completamente vestidos, con ropa de lana y medias antárticas. Las botas, que se untaban con grasa de foca, no llegaban a permitir que los pies se calentaran. Pero el ingenio y la dedicación triunfaron y los chifletes de las hendijas se fueron desvaneciendo; sólo quedó la gran ranura de la puerta, difícil de obstruir.

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En los comienzos, para mejorar las condiciones de habitabilidad se erigió una carpa con piso de madera y palo central con vientos anclados. Desde allí se trabajaba con las comunicaciones, pero los fuertes temporales terminaron por destrozarla y el transreceptor se instaló a los pies de Villafañe, quien dormía en la pequeña piecita con las piernas encogidas, mientras Ahumada o Hermelo efectuaban comunicados de DX (larga distancia). El resultado fue que, al término de la permanencia, se habían completado más de mil quinientos comunicados en las bandas de radioaficionados, además de las comunicaciones diarias y periódicas con el rompehielos General San Martín y las estaciones del servicio naval móvil marítimo de la Antártida y el continente. El día se ocupaba, además, con tareas que no eran menores en cuanto a su importancia; sin desmedro de las observaciones meteorológicas y de marea, se efectuaban reconocimientos y se registraban los datos de flora y fauna que habían planificado el Servicio de Hidrografía Naval y el Instituto Antártico Argentino. El tiempo fue transcurriendo sin prisa pero sin pausa, ciertas veces más rápidamente pero otras lentamente en función de que las actividades no eran muy atractivas (la cocina, el agua, etc.). Cierto día, Ahumada había salido a efectuar una patrulla de rutina y, de repente, regresó corriendo al campamento con el rostro desencajado: ¡había visto al yeti! El guardiamarina Hermelo dudaba de la existencia del yeti pero, como había participado el año anterior del incidente del ingeniero alemán, se dirigió en compañía de Villafañe y Ahumada, pistola COLT 45 en mano, al lugar de la aparición, distante unos dos kilómetros. El terreno era sinuoso y con piedras volcánicas de diverso tamaño. La isla de por sí era un volcán. Luego de unos veinte minutos de marcha, Ahumada reconoció el lugar, sin poder divisar al extraño intruso. Sólo se veían perezosas focas y leopardos marinos, más unos pocos elefantes, que se entretenían en el lugar, en el extremo

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meridional de la isla, sobre la bahía Ferguson. El crepúsculo, que dura casi toda la noche, dificultó la búsqueda y, luego de dos horas, regresaron al campamento. Desde ese día, Hermelo estableció una patrulla diaria hasta el mismo lugar, que era cumplida por turno por un solo integrante, mientras los dos restantes quedaban a la orden cumpliendo tareas, pero con la consigna de acudir al lugar si el hombre de patrulla no regresaba luego de un tiempo prudencial. No tenían miedo pero sí expectativas; cuando se es joven, la aventura es un accidente. Una semana más tarde, la táctica dio el resultado que se esperaba: nuevamente el mismo Ahumada regresó corriendo, casi sin aliento, con el convencimiento de haberse topado de repente con el monstruo; agregaba además que, cuando se quedó mirándolo, se le había venido encima, cosa que no era normal en la fauna de cierta semejanza. Se repitió el alistamiento presuroso con la pistola Colt, único armamento disponible, y la casi carrera de los tres hasta el lugar, actuando Ahumada como guía. Pero esta vez el trío se encontró con el animal. Se aproximaron hasta unos cinco metros y fue allí cuando Hermelo, al ver que el ejemplar desconocido mostraba sus colmillos y, erguido, buscaba el acercamiento con una agilidad poco común, empezó a computar con las fracciones de microsegundos que se aceleran a cada instante y que definen los momentos de peligro; sin dudar más que un instante, comenzó a disparar sin interrupción el cargador completo de ocho tiros de su pistola. Al tercer o cuarto disparo, el animal de más de 2,30 metros de altura se detuvo y lentamente se desplomó. Yacente en tierra, la bestia fue analizada por quienes ignoraban de qué se trataba; les llamó la atención la piel, de pelo corto y una tonalidad negra y ligeramente plateada. Pero si bien existían diferencias con las focas conocidas, le encontraron semejanzas con

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esa especie, salvo en la cabeza y en las extremidades. Se decidió que había que cuerearlo y así se hizo. Los restos quedaron en el lugar y el cuerpo se clavó sobre una pared exterior de la casilla, para despojarlo de la grasa que aún quedaba. El jefe del refugio informó el hecho a su buque de apoyo, el San Martín, y las cosas quedaron así hasta que, días más tarde, la dotación fue evacuada de urgencia por haber entrado en erupción una isla vecina. Dos científicos de a bordo pidieron y recogieron los restos del yeti y, durante varios días, trataron de identificar el ejemplar. Al cabo de una semana, uno de los especialistas en biología lo logró. Era de una foca peletera, especie extinguida a principios de siglo por la continua persecución en razón de su fina piel. Además, se trataba de la cuarta especie de focas, de la que no existía en nuestros museos ningún ejemplar. Quedaría inconclusa esta pequeña historia si no se describiera el regreso de Hermelo, Ahumada y Villafañe al San Martín. La toldilla y parte de la cubierta de vuelo estaban ocupadas por quienes querían verlos. Había gran curiosidad pero, al poco rato, quienes regresaban fueron obligados a tirar al mar toda la ropa del equipo antártico, porque tenían el hedor de los pingüinos, con quienes habían convivido y se habían acostumbrado. La experiencia fue realmente hermosa; permitió valorar estrechamente lo que representa vivir en un mundo civilizado, donde no se presta atención a lo que significa encender y disponer de luz, accionar una canilla y ver que el agua fluye alegremente, penetrar en una casa y encontrarse en un ambiente confortable, en fin, una serie de realidades que son parte del mundo actual y que, por cotidianas, pasan realmente desapercibidas.

El romance de los pingüinos

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Dice Emilio Díaz en “Relatos antárticos” (Losada, 1958, pp.187/89): “Diciembre es el mes en que fructifica el romance de los pingüinos. El amor entre ellos, tan protocolares con sus fracs negros y sus pecheras blancas, tiene dos aspectos importantes siempre presentes: la llegada del verano y el concepto que las pingüinas comparten con sus hermanas de sexo del género humano, concepto que puede resumirse así: el novio (o el marido, o el amante) resulta mas agradable si regala alhajas caras. “Al alargarse los días intensamente luminosos de la primavera antártica, a medida que el hielo del mar se va rompiendo y que las rocas de la costa se desnudan gradualmente de nieve, los pingüinos regresan al Sur y trepan la tierra. Han pescado mucho en su viaje y se sienten gordos y fuertes. Con ojos curiosos, contemplan el dibujo familiar de la bahía, el mar azul sembrado de trozos de hielo grandes y pequeños, las laderas blancas de las montañas, los glaciares resquebrajados, los picos recortados en el cielo límpido con su mancha deslumbrante del sol. “A su llegada, los machos, que no logran explicárselo, comienzan a descubrir encantos desconocidos en las pingüinas, encantos que no notaban pocas semanas antes, cuando pescaban en el mar, subían a algún trozo de hielo huyendo de algún enemigo o simplemente buscaban descanso. “Se sienten atraídos por un impulso extraño e incontrolable. Se ven realmente bien, su plumaje está lustroso, pleno de vigor; las carreras en seguimiento de los peces son más fáciles y placenteras. Junto a ellos hay unas hembras que no los desdeñan como en los meses pasados.

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“Pronto el macho encuentra una pingüina que realmente le gusta y en su cerebro surge un interrogante que, humanizado, podríamos traducir por “¿cómo conquistarla?”. Una fuerza ancestral lo lleva a pavonearse ante el motivo de sus desvelos. La pingüina lo mira con cierta indiferencia aunque procurando no descorazonarlo por completo. Se trata de una señorita de buena familia que ha recibido una educación muy completa y que no va a acceder al primer partido que se le presente. “Si la pingüina es bien parecida (que de esos detalles se darán cuenta los pingüinos), es posible que algún otro admirador, o tal vez varios, entren en competencia por sus favores. Ella se mantiene algo distante pero benévola, pues tanto daño hace aparecer excesivamente lejana como demasiado apurada (de todas maneras se apurará si, al avanzar la estación, no ha sido objeto de atenciones). “Al cabo de cierto tiempo, llega el momento de la decisión. Cada pretendiente se decide a demostrar a esa pingüina apetecible y esquiva, no solo su buen gusto sino la profundidad de su amor. Selecciona de las proximidades unas piedritas de colores vivos y las lleva a su amada. La solicitada, con mirada conocedora, juzga el obsequio y al que se lo trae; si la pingüina se sienta sobre el regalo significa que da el sí a su cortejante y que, en esa temporada, formará pareja con él; tendrá hijos inteligentes y hermosos como sus padres. “Los otros, los rechazados, suelen aceptar, si no de buen grado por lo menos con resignación, tal definición de la bella. Si esto no ocurre así y alguno osara recurrir a la última ratio o sea a la violencia, en procura de sus anhelos, unos fuertes aletazos del vencedor y la acción de su pico vigoroso defenderá el derecho instituido por la hembra.

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“Cuanto más vivos son los colores de la piedrecilla, tanto más probable que la pingüina se decida por ella y por quien se la trae (también nuestras amigas del sexo débil suelen preferir los brillantes). Luego vienen las dulzuras de la luna de miel, el nido hecho de piedras, la espera y las atenciones y ternuras recíprocas, el nacimiento de los polluelos y la crianza. “Cuando el plumón se cambia en plumas, la madre lleva a sus hijos al mar y comienza la educación para la vida; incita a los infantes a arrojarse al agua helada. Si, pasado un período prudencial, el joven se muestra remiso, ella misma lo empuja, acudiendo a un procedimiento de convicción viejo como el mundo: `lo haces por las buenas o las malas´. “Al terminar enero, los nidos están desiertos y en las aguas de la bahía los pingüinos retozan y pescan. El interés reciproco de los sexos está dormido, pero reaparecerá, pujante, al promediar la siguiente primavera. “Los pingüinos emperadores, los aristócratas de la especie, altos y elegantes, son de corta progenie; ponen un solo huevo por estación. Para ellos no reza el asunto de la piedrita; viven en el más lejano Sur, sobre el hielo, y tienen sus hijos cuando la oscuridad del riguroso invierno ha cedido ante el pálido sol de primavera. Para empollar, colocan el huevo sobre el dorso de los dedos de sus patas, aislándolo así del contacto del hielo. “Dan a sus niños una educación esmerada y organizan lo que, en nuestro equivalente humano, podríamos llamar colegios. En la barrera de hielos del fondo del mar de Weddell, existe una “institución” de esta índole. Promediaba enero; en las partes altas se encontraban los padres, en la zona donde el hielo descendía suavemente hasta el nivel del mar centenares de polluelos reposaban bajo la mirada vigilante de ocho nurses.

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“Nos vieron al principio con indiferencia, pero cuando nos acercamos a distancia que ellos juzgaron peligrosa, las ocho nurses dispusieron la retirada de los pichones y, en larga fila, ordenadamente, los hicieron marchar hacia las alturas en que se encontraba el resto de la colonia. “Y entonces nos quedamos pensando si no nos equivocamos al suponer que Anatole France exageraba demasiado cuando escribió La isla de los pingüinos.” Hasta aquí el relato del capitán Emilio Díaz y ahora lo que nosotros hemos visto: Cuando llega la hora del “almuerzo”, los adultos, todos, machos y hembras, se van al mar, no sólo a alimentarse, sino también a llenarse el buche para después volver y alimentar a sus crías. Cuando el pichón requiere a su progenitor con insistencia, entonces éste abre la boca y el pequeño introduce su cabeza adentro, produciéndose un reflejo por el cual el adulto regurgita el alimento. Bien, pero cuando los progenitores se van al mar, dejan a sus “bebés” al cuidado de varios adultos que se estacionan como guardianes alrededor de los pichones, y sucede, igual que en los humanos, que algún pichón travieso se sale de la formación y pretende iniciar una experiencia por su cuenta, entones el “guardián” que está más cerca lo corre y lo vuelve a aletazos a su lugar. ¡Qué ejemplo para muchos progenitores humanos!

¡Con el corazón mirando al Sur! Leemos en LA NACIÓN del 6 de enero de 1994, p.6, sección 3: “El anciano de los hielos”:

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“A los 88, Norman Vaughan, norteamericano intrépido, no se da por vencido. En 1929 integró la primera expedición al Polo Sur, comandada por su connacional Richard Byrd, y desde entonces no ha pensado en otra cosa que en volver a remontar un monte antártico de tres mil metros bautizado —aquella vez— con su nombre. “Pero los años se escurrieron como arena entre los dedos. A principios del 93, Vaughan se impuso la obligación de no quedarse con las ganas y estimuló a algunos empresarios amigos para que financiaran el nuevo raid. Obtuvo contribuciones y, a la par, algunos gestos de incredulidad: para un octogenario avanzado, artrítico incurable, el viaje debía considerarse una loca osadía. “Desde luego, esos mecenas tenían pocas referencias de su indomable temeridad. Las agencias noticiosas internacionales señalan que el veterano explorador se encuentra en Punta Arenas, Chile, a la espera de mejores condiciones climáticas para abordar el continente helado. “No lo arredra el hecho de que un avión que transportaba parte de su equipo y una veintena de perros capotara días atrás en la base antártica Patriot Hills; no hubo víctimas personales, pero se perdieron cuatro perros y muchos pertrechos resultaron inutilizables. “La travesía de Vaughan será la última con participación de perros, en ese territorio, ya que el protocolo del Tratado Antártico (suscripto en Madrid en 1991) prohíbe a partir de abril el ingreso de animales que no correspondan al hábitat. “No importa, las dificultades están para ser vencidas”, acaba de proclamar el venerable aventurero, quien encarará el asalto al monte Vaughan

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con un escalador famoso y especialista en supervivencia, Vernon Tejas, y un grupo de camarógrafos del National Geographic Magazine.”

Solidaridad antártica Año 2000: Enero 31, hora 07.55; el rompehielos Almirante Irízar, operando al sur de la isla Amberes del archipiélago de Palmer, al oeste de la península Antártica, aproximadamente en los 64° Sur y 63° Oeste, recibe por Inmarsat (International Maritime Satelite) un pedido de auxilio del buque Clipper Adventurer, que en viaje de turismo por la Antártida, había arribado al estrecho Matha entre las islas Belgrano y Watkins, al oeste de la península Antártica, donde había quedado bloqueado por los hielos en los 66°43’ Sur y 67°31’ Oeste, a cuatrocientos kilómetros de distancia del Almirante Irízar. A las 18.30 el rompehielos argentino arriba a la zona de la emergencia. Tras un vuelo de reconocimiento con un helicóptero tripulado por el comandante y un oficial del Irízar, evaluadas las condiciones meteorológicas, el estado del hielo y la difícil posición del buque bloqueado, se determinó la acción a seguir para liberar al Clipper Adventurer. En cinco horas de navegación, abriendo un surco en el mar congelado, el rompehielos llegó hasta el Clipper, comenzando la durísima tarea de romper el hielo alrededor del buque siniestrado y abrir un espacio de agua a su alrededor, para poder cambiar la posición del buque con su proa hacia el sur y ubicarlo en sentido contrario para poder remolcarlo luego hacia aguas libres, operación que se inició a las 5:06 del 1° de febrero, y fue suspendida luego, para volver a abrir un surco en el hielo que más adelante tornaba a cerrarse —según se comprobó por un nuevo vuelo de reconocimiento glaciológico. A las 9:15 ambos buques lograron salir del campo de hielo, alcanzando al fin aguas libres.

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Año 1980, febrero 2, hora 22.48. El rompehielos Almirante Irízar navegaba por el Weddell, rumbo a la estación científica Corbeta Uruguay. Atrás quedaba la base General Belgrano II. En esas circunstancias, se recibe a bordo un requerimiento de la Radio Central Buenos Aires, de la Armada, y de Radio Pacheco: cubrir un circuito con el buque polar noruego Polarcirkel. Establecida la comunicación, el capitán de la nave extranjera informó que tenía a bordo un accidentado en grave estado, con posibles heridas internas. Se trataba del ingeniero Gerds Fuchs, miembro de un grupo científico alemán, que había sufrido un accidente cuarenta millas al oeste de la base General Belgrano III. Según el capitán noruego, únicamente el Almirante Irízar podría prestarle auxilio. De inmediato, el comandante de la nave argentina ordenó invertir el rumbo a máxima velocidad para llegar hasta el Polarcirkel, a unas 370 millas al SW en Lat. 77° 55’ Log. 46° 30’W. El día 3 a las 20.30, en malas condiciones de visibilidad, se estableció contacto por radar con la nave noruega, comenzando las maniobras para recibir el helicóptero que arribó a la 1:30, con el enfermo y el médico de la expedición alemana. Rápidamente, el hombre fue internado en la enfermería del buque, efectuándosele los correspondientes análisis médicos. El diagnóstico fue “politraumatismo severo de hemiabdomen y miembros inferiores derechos con estado de shock”. El día 5, según el informe médico, el paciente evolucionaba favorablemente. Mientras tanto, el rompehielos navegaba en procura de la estación científica Corbeta Uruguay. El día 16 arribó a Buenos Aires, donde personal de la embajada de Alemania Federal recibió al accidentado. Una vez más, la República Argentina había brindado su cooperación en una misión humanitaria, en apoyo de científicos y navegantes de otras naciones, allá en el lejano Sur. Ocuparía muchas páginas relatar aquí esa historia; basta simplemente señalar algunos casos que vienen a nuestra memoria mientras redactamos esta nota.

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Septiembre de 1971. En una difícil operación por las malas condiciones climáticas y la necesidad de escalas en nuestra base Matienzo y en la estadounidense Palmer para hacer combustible, el Porter 461 procedente de base Petrel, rescató a dos hombres enfermos de la base británica Fósil Bluff, en los 71°20’ SW y 68°20’ W. La hazaña dio lugar a un telegrama de felicitación de Sir Vivian Fuchs, director del British Antartic Survey, y a una distinción otorgada por la reina Isabel a los autores del rescate. Julio de 1968: también una base británica solicita socorro. En la dotación inglesa de Islas Argentinas hay un enfermo grave. Un DC-4 de nuestra Marina acude desde Ushuaia, con medicamentos para cinco meses de tratamiento. El enfermo es evacuado, pero al despegar la máquina, el congelamiento del carburador por las bajas temperaturas, provoca su precipitación sobre el hielo marino. Felizmente, no hubo víctimas; todos regresan a la base británica, de donde el paciente será evacuado el 20 de agosto por el rompehielos General San Martín que lo llevaría a Ushuaia, desde donde sería luego trasladado a Buenos Aires. El 21 el buque en navegación recibía el siguiente mensaje: “Retransmito mensaje London luz hache cuatro cero de director British Antartic Survey y CMM Sir Vivian Fuchs que dice: “CLN ruego acepte nuestras sinceras gracias por el rescate del enfermo de nuestra estación en Islas Argentinas PD una campaña invernal de esta naturaleza resulta sin paralelo en la historia marítima antártica”. Febrero de 1960: En cumplimiento de la Campaña Antártica 1959–1960, el rompehielos General San Martín se dirigía a la bahía Margarita por el mar de Bellingshaussen, para realizar el relevo del personal y el reaprovisionamiento de la base General San Martín. El día 22 comenzó a soplar un viento noroeste a ciento cincuenta

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kilómetros por hora. Los bandejones relativamente pequeños que rodeaban al buque se convirtieron pronto en grandes extensiones de hielo presionado, que fueron oprimiendo el casco lentamente, bajo los efectos de una gran tensión. Como consecuencia de que una parte del campo de hielo se mantenía fija y otra se desplazaba a la velocidad de cuatro kilómetros por hora bajo un fuerte viento de temporal, se había formado en la superficie una peligrosa cisura, mientras grandes bandejones se amonticulaban, y algunos alcanzaban hasta la cubierta de vuelo desgarrando lo que hallaban a su paso. Mientras tanto, se realizaba intercambio de información por radio con los integrantes de la expedición inglesa a bordo del Kista Dan, encerrado también por los hielos, a unas cincuenta millas del General San Martín. Ante la dramática situación de ambas naves, el rompehielos norteamericano Glacier se dirigía al lugar para prestar ayuda, abriéndose paso con dificultad en el denso hielo que cubría el mar. En tales circunstancias y sin poderse mover, se mantuvo el General San Martín hasta el 5 de marzo, en que un cambio del viento le permitió navegar lentamente hacia el norte, hasta hallar mar libre; zafó por sus propios medios, sin necesidad de ayuda. No obstante, quedó demostrada la solidaridad antártica sin distinción de banderas. Durante esa misma campaña 1959–1960, en oportunidad en que el buque noruego Polarbjon solicitara ayuda por haber quedado atrapado entre los hielos antárticos, el rompehielos General San Martín, que se encontraba en la zona, acudió en su auxilio y, atravesando un espeso campo de hielo, abrió un canal por donde pudo salir la nave socorrida hasta hallar aguas libres. Julio de 1958: En el destacamento naval Decepción se recibió un radio de la estación inglesa de caleta Balleneros de la isla Decepción, manifestando que un miembro de la base inglesa Lockroy padecía apendicitis y no contaban en la base con antibióticos. Después de

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varias consultas entre los facultativos del destacamento naval Almirante Brown y la base de Islas Argentinas, el jefe del destacamento naval Almirante Brown, teniente de corbeta Horacio Méndez, el médico Dr. Mario Yamazaki, y el radiotelegrafista Oscar Bammater, se trasladaron a la base inglesa de puerto Lockroy. Durante la travesía, que duró siete horas, y que fue llevada a cabo en un chinchorro con motor fuera de borda, se debió sortear gran cantidad de témpanos y escombros de hielo y una permanente lucha contra la corriente, contando siempre con el apoyo meteorológico del destacamento naval Decepción y el radiotelegráfico de los destacamentos navales Almirante Brown, Melchior y Decepción. Una vez arribados a destino y sometido el enfermo al tratamiento con antibióticos, se produjo la mejoría esperada. Febrero de 1949: En el puerto Foster de la isla Decepción, estando anclados los remolcadores hidrográficos Chiriguano y Sanavirón de la Armada argentina y el buque inglés Sparrow, el médico de éste solicitó una consulta médica con los argentinos por un tripulante accidentado de su buque. En consecuencia, el teniente de fragata médico Roberto M. Amuchástegui, de los remolcadores, el teniente de fragata médico Lescano, del Destacamento Naval (hoy base) Decepción, y el teniente de fragata médico Rafael de Diego, del Pampa, se trasladaron inmediatamente al buque inglés, cuyo médico diagnosticaba hemorragia interna por rotura de bazo al caer al agua el paciente y golpear contra una embarcación menor, mientras que los argentinos opinaban que se trataba de un estado de shock. Accediendo los argentinos al pedido de intervención quirúrgica del médico inglés, insistente en su diagnóstico, se decidió la operación, improvisándose un quirófano y preparándose el instrumental; el equipo médico quedó integrado de la siguiente forma: teniente de fragata médico Amuchástegui, cirujano; teniente de navío

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médico Lescano, ayudante cirujano; teniente de fragata médico De Diego, anestesiólogo, y el Dr. Wood, médico inglés, transfusionista, por haber sido ésta su práctica durante la Segunda Guerra Mundial, no habiendo jamás operado. Todos los preparativos se hicieron con el paciente en estado plenamente consciente. Trasladáronse los argentinos al Pampa en procura de algunos elementos no disponibles en el Sparrow, con la sorpresa, al regresar a la nave inglesa, de encontrarse con el paciente en perfecto buen estado, con pulso normal, buen color de la piel, afirmando sentirse bien y sin más dolores. Indudablemente, había sido un estado de shock, por lo que se puso punto final a la vista de los preparativos para la operación; también debe haber influido el diagnóstico tranquilizador de los médicos argentinos. Regresando a Europa el Sparrow, pasó por Mar del Plata el Dr. Wood, quien relató el suceso a los periodistas con palabras de agradecimiento a los médicos argentinos. 1958, julio 9: En el Destacamento Naval Almirante Brown (hoy base Brown) se recibe por conexión radioeléctrica un mensaje de la base inglesa de Islas Argentinas, informando que el jefe de la base de puerto Lockroy, Sr. James Muirsmith, padecía un ataque apendicular y solicitaba auxilio médico de la base argentina, ya que estaba más cerca de Lockroy que la base de Islas Argentinas, y además por carecerse en Lockroy de los fármacos necesarios. El jefe de la base argentina respondió que, por el momento, las condiciones glaciológicas y meteorológicas impedían navegar a puerto Lockroy en un bote de madera, único medio disponible en Brown, pero aseguraba el auxilio en cuanto las condiciones lo permitieran. El 4 de agosto, al romperse el hielo de la bahía Paraíso, lugar de la base Brown, su jefe aprovechó para probar la pequeña embarcación; navegó a la cercana base chilena González Videla en procura de algunos elementos en préstamo, para completar su equipo y regresar a su base, a la que se pudo arribar recién el 25 de agosto

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por el estado del hielo en el mar. Persistiendo las pésimas condiciones glaciológicas y meteorológicas, sólo el 19 de septiembre se pudo zarpar de Brown con el bote tripulado por el jefe de la base teniente de corbeta Horacio Méndez, el médico Dr. Mario Yamazaki, y el jefe de la estación radiotelegráfica, Sr. Oscar E. Bammater. Por el brazo norte del canal Argentina, se navegó hasta el estrecho De Gerlache, y luego en dirección a la entrada del canal Neumayer hasta el extremo norte de la isla Wiencke, arribando finalmente a la base inglesa del puerto Lockroy después de soportar un temporal con vientos de hasta 55 km por hora; el tiempo de navegación entre la base argentina y la inglesa fue de siete días. Según el médico argentino, se imponía una intervención quirúrgica, pero, ante la imposibilidad de practicarla allí, sometió al paciente a un tratamiento que lo mejoró y le permitió esperar el arribo del buque inglés Shackleton. El 12 de octubre, los argentinos emprendieron el regreso a su base, a la que llegaron después de cinco horas de navegación, continuando el Dr. Yamazaki la atención del paciente por radio, hasta el arribo del buque Shackleton. El médico inglés agradeció por vía radiotelefónica el apoyo argentino, lamentando no poder hacer un reconocimiento oficial por parte de las autoridades de su país por razones de índole política. Noviembre de 1903: la corbeta Uruguay, al mando del capitán Julián Irízar, rescató a los náufragos del Antarctic, de la Expedición Antártica Sueca del Dr. Otto Nordenskjöld, en las islas Cerro Nevado y Paulet en el mar de Weddell. El histórico suceso por haber sido ya narrado, nos exime de mayor comentario. Lo dicho no agota, por supuesto, el largo y emotivo anecdotario de la ayuda argentina a extranjeros en el confín austral, siguiendo el ejemplo heredado de aquellos compatriotas que, ubicados en las puertas mismas del Antártico, auxiliaban a tantas naves de diversas banderas. Así, por ejemplo, don Luis Piedra Buena en 1873 con su Luisito,

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recogió a seis náufragos del bergantín Eagle y los condujo a Punta Arenas. El capitán extranjero, emocionado y de rodillas, rogó a su salvador que le permita besarle las manos. Al año siguiente, con el mismo Luisito, Luis Piedra Buena recogió en bahía Falsa, Tierra del Fuego, a veintiún náufragos del bergantín alemán Doctor Hansen, lo que motiva un expresivo agradecimiento de la legación alemana en Buenos Aires. El 5 de octubre de 1877, nuestro marino auxilió y salvó a veintidós náufragos de la nave inglesa incendiada Anna Richmond, y en 1881 repitió la acción al naufragar en Quequén la ballenera Anita; rescató a la tripulación, reparó la nave y la botó al agua. Don Luis Vernet, comandante civil y militar de nuestras islas Malvinas en 1829, recordaba en un documento que se conserva en el Archivo General de la Nación, el salvataje de la goleta inglesa Hope, naufragada en las costas de las Georgias del Sur, de la goleta estadounidense Belville, en cercanías de Tierra del Fuego, de la ballenera Nouvelle Betsie y del cúter inglés Sively. Y dice Vernet: “Las tripulaciones de todos estos buques, deben quizás su existencia a mi establecimiento o al menos le deben el pronto alivio de horribles padecimientos.” ¡Esta es la colonia que destruyó el comandante Duncan!

Primera misa católica en la Antártida La historia de nuestro Observatorio Meteorológico y Magnético de la isla Laurie, de las Orcadas del sur, registra en sus anales un suceso de gran significación, como es la llegada de la Iglesia Católica a la Antártida, llevando hasta ese apartado y helado rincón de la tierra la Palabra de Dios, que había difundido ya por todo el orbe; sólo restaba la región de los hielos eternos del Sur, y allá llegó por iniciativa de un sacerdote jesuita y con la ayuda de los argentinos. Era ese sacerdote el padre Felipe Lérida, que aprovechó el viaje

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de 1946 por el relevo de la dotación de Orcadas, para materializar su idea de oficiar la santa misa, erigir una cruz y colocar una imagen de la Virgen de Luján en el Observatorio, como manifiesto de la Fé católica en el lugar. El 15 de febrero de 1946 el transporte Chaco, veterano de la derrota a las Orcadas desde 1925, en la que se venía alternando con el Pampa desde 1939, zarpó del puerto de Buenos Aires al mando del capitán de corbeta Manuel A. Ruiz Moreno, con la rutinaria misión de reaprovisionar el Observatorio y llevar a la comisión de relevo para ese año; a bordo iba también el padre Lérida, para cumplir su misión espiritual. El 17 de febrero el Chaco cruzó la convergencia antártica y el 19 se avistó tierra; tomó fondeadero el buque ese mismo día en la bahía Uruguay, frente al glaciar Ramsay. Inmediatamente comenzó la dura tarea de descargar en aquellas latitudes provisiones y materiales, mientras un grupo de hombres, miembros del Observatorio y tripulantes del buque, encaraba el trabajo de fijar frente a la bahía Uruguay una cruz de madera de lapacho de ocho metros de altura, que había llevado el sacerdote, en cuyo travesaño tenía grabada esta frase del salmo 71 de la Biblia: “Dominaré hasta el último extremo de la tierra”; a su pie se colocó una placa de bronce con la leyenda: “República Argentina. A Jesucristo Salvador del Mundo, Cruz de homenaje, erigida y bendecida por el P. Felipe Lérida, por delegación de Su Eminencia Cardenal S. L. Copello, ante las comisiones de las Orcadas, 1945. Febrero 1946. Salva tu alma.” A partir de las 18.00, se procedió a la bendición del nuevo edificio del Observatorio y de la cruz, junto a la cual el sacerdote rezó una oración, explicando luego a los presentes el misterio de la redención y el significado del acontecimiento que estaban protagonizando. Concluida la sencilla ceremonia, el padre Lérida, acompañado siempre por los miembros entrantes y salientes del Observatorio y los marinos presentes en tierra, se dirigió al

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pequeño cementerio de la isla Laurie, para rezar un responso por las almas de los fallecidos en el lugar. Finalmente, en la sala de estar y en el comedor del Observatorio, se instaló el altar portátil, compañero de viaje del P. Lérida por los mares del mundo, y allí con la colaboración de uno de los miembros de la comisión meteorológica, el religioso ofició la primera misa en la Antártida, a la cero hora del 20 de febrero de 1946, según quedó registrado en el informe elevado a la superioridad naval por el comandante de el Chaco. El prefecto principal Ricardo F. de León describió así el histórico suceso en una nota titulada “Tres Misas”, publicada en la Revista del Círculo de Oficiales de la Prefectura General Marítima: “¡Estrella del Mar! Allá lejos, al amparo de las montañas cubiertas de nieves eternas, en medio del imponente paisaje helado, en instantes que el silencio era roto solo por la voz del sacerdote, y la nota de color la ponía el sagrado pabellón de la patria, emplazado a la derecha del altar, esos hombres fuertes que luchan frente a frente con el mar y las tempestades crueles de esas latitudes, se inclinaron una vez más ante Vos, en una demostración de honda religiosidad, y ferviente devoción, porque sabes que desde el empíreo presides y proteges las faenas rudas y peligrosas del mar.” Desde Orcadas, el religioso envió telegramas a Roma y al otro confín helado del globo, Alaska, donde otro jesuita, el padre Segundo Llorente, se hallaba misionando. Al santo padre le decía: “Santísimo Padre Pío XII. Ciudad Vaticano. Celebrada primera misa, erigida cruz, establecido culto Virgen María, Continente Antártico, Islas Orcadas, República Argentina Solícita bendición. Padre Lérida. Jesuita, Buenos Aires.”

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Así terminó la inusual e histórica jornada en la isla Laurie del 19 al 20 de febrero de 1946, festejada por último con un brindis de champán.

El perro polar Sobre este tema nos ilustra el capitán Emilio Díaz en “Relatos antárticos” (Losada, 1958, pp. 41/42): “El perro polar es un animal inteligente y emotivo. Presenta, como los seres humanos, virtudes y defectos. Nuestros destacamentos del Ejército y del Instituto Antártico Argentino tienen amplia experiencia al respecto y han hecho observaciones muy interesantes. Existe el perro haragán, que unido al trineo simula tirar mientras que en realidad deja a los demás el esfuerzo de arrastrar el vehículo. Sus compañeros pronto lo identifican y es blanco de las antipatías y de algún mordisco. Vigila al hombre que conduce el trineo y, cuando es sorprendido en falta, comienza a hacer fuerza, para abandonar luego su trabajo cuando se cree no observado. “Hay perros que son taimados; los hay alegres, valientes, cobardes, camorristas, inteligentes y torpes. Entre ellos se conocen y establecen una jerarquía perfectamente visible; ninguno discute al perro jefe de trailla su derecho a conducir ni a comer antes que los demás. “El peso y tamaño de los animales depende del sexo y de la raza. Una hembra pesa unos 22 kilos, un macho de Alaska puede alcanzar los 42. Son resistentes al frío y duermen en la nieve con temperaturas de hasta 55º bajo cero. Las distancias recorridas por un trineo en una jornada son en función del terreno y

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no son raras las marchas de cuarenta kilómetros diarios, en las cuales cada perro arrastra 55 kilos de carga total.”

El monumento al perro antártico; un sentido y justo homenaje En la bahía Esperanza, cerca del histórico resto –la choza de los suecos– nos sorprendió un monumento al perro antártico, el gran compañero y apoyo del hombre en sus duras faenas del pasado en el desierto blanco, pasado que ha merecido justificadamente el calificativo de “época heroica”, cuando la falta de medios y de tecnología adecuada como la actual, imponían al hombre un serio esfuerzo y habilidad para sortear peligros. Un trineo sobre una pila de piedras compone el monumento que ostenta tres placas, una de las cuales tiene grabado un texto lamentablemente anónimo que dice: “Cerca de este punto yacen los restos de uno que poseyó belleza, sin vanidad, fuerza, sin insolencia, valentía, sin ferocidad; todas las virtudes del hombre, sin sus vicios. Este elogio, que sería una adulación sin significado si fuese escrito sobre cenizas humanas, es simplemente un justo homenaje a la memoria de un perro.” La choza de los suecos y ese monumento al perro son silenciosos pero elocuentes testimonios de la llamada época heroica de la Antártida, y quedan en la bahía Esperanza para memoria de las generaciones; por eso su restauración y conservación, como la de Cerro Nevado y la de la isla Paulet, fueron incluidas en las previsiones del programa Museoantar e iniciadas en 1980 en Cerro Nevado y continuadas en 1992 y 1995 en la bahía Esperanza y en la isla Paulet, respectivamente.

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Algo más sobre perros Este suceso ocurrió durante una patrulla realizada por los hombres de la base San Martín en la bahía Margarita, que había ido allí para reconocer el canal Presidente Sarmiento, que separa la isla Alejandro I del continente; con trineos tirados por perros, Gustavo Giró, Oscar Ramón Alfonso, Jorge Rodríguez y Carlos Carrión, desafiando la brava naturaleza con sus temporales de viento y nieve, ascendieron a la isla Alejandro I, realizaron las tareas geodésicas previstas y emprendieron el regreso. Poco habían avanzado hacia el Norte, todavía sobre el glaciar y ya próximos al mar, cuando cedió un puente de nieve sobre una ancha grieta y el trineo guía comenzó a caer en el abismo. Se cortaron los arneses y Pimpollo, el perro guía, se perdió en el fondo de la grieta. Una hábil maniobra de Ramón, que clavó la pala de freno y azuzó lateralmente al resto de la jauría, impidió que ésta siguiera la misma suerte. Convenientemente atado, Ramón se asomó al borde de la grieta; quince metros más abajo, Pimpollo nadaba en el fondo de la grieta, formada en la parte flotante de la barrera de hielo. Fueron inútiles los esfuerzos por enlazarlo. Pimpollo nadaba en la frígida piscina y su suerte estaba echada. Ramón quiso bajar a rescatarlo, pero con buen criterio, Gustavo le negó la autorización. El riesgo implícito era perder, además del perro, al hombre. Y allí quedó Pimpollo, mientras los trineos de la expedición continuaron su camino de regreso. Dos días después acamparon a unos cien kilómetros del lugar del accidente. El día diáfano regalaba esa increíble y casi ilimitada visibilidad de las tierras blancas. Se aprestaban a levantar el campamento para continuar, cuando la vista aguda de Ramón anunció un hecho singular: algo se movía allá en el Sur, quizás un pingüino emperador, ya que en la época de estos sucesos y con el mar congelado, difícilmente aparezcan focas u

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otras especies. Todos dirigieron sus miradas hacia el objeto misterioso, que a más, se acercaba a bastante velocidad. Ante los ojos sorprendidos de los expedicionarios, la silueta de un perro polar se fue dibujando, lenta pero claramente. Flaco al extremo, del esfuerzo realizado y las penurias pasadas daban cuenta las marcadas costillas y los verrugones de sangre que denunciaban heridas casi curadas. Era Pimpollo. Cómo pudo salir de la extrema situación, aun hoy es un misterio. Lo cierto es que el bravo perro polar, por sus propios medios, había zafado de una muerte segura, y se integraba nuevamente al grupo expedicionario. Pronto sus heridas fueron curadas y el noble animal sirvió por varios años en las expediciones en la que, por aquel tiempo, era la base antártica más austral del mundo. Y continuamos con el tema canino. En algún momento y en alguna base, ocurrió este vituperable episodio. Un integrante del grupo de invernada sentía especial animadversión por los perros polares. En la perrada existían tres viejos ejemplares, díscolos y poco afectos a integrar el tiro de los trineos. Sin lugar a dudas, no contaban con la simpatía de los hombres de la base. Un atardecer, ya de noche cerrada, uno de los tres biólogos de la dotación se arrimó a la zona de asiento de la perrada; próximo al lugar, había un galpón destinado a depósito y usos varios. Un fuerte viento arrachado, de esos vientos catabáticos que desde el continente bajan hacia el mar, le obligó a buscar refugio en el galpón. Falto de luz, buscó entre sus ropas un encendedor y lo encendió. Ante sus ojos azorados la tenue lumbre le mostró un espectáculo macabro, colgados con alambres del tirante principal de la construcción, los tres perros pendían atados del cogote, en una suerte de lazos fijos. Repuesto del asombro y el dolor que le causó tanta crueldad, el biólogo se montó en uno de los cajones y descolgó los cuerpos inertes de los perros.

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Luego, con un esfuerzo significativo, entre el viento y la nieve blanda, los arrastró hasta afuera del galpón, y de allí, cuesta abajo hacia la playa, con la esperanza de que la grieta entre el mar congelado y la costa rocosa, se los llevara al fondo del mar, para una más digna sepultura. La noche larga siguió con nieves y vientos. El biólogo regresó a su campamento y esperó hasta la luz del mediodía para volver a la playa antes de la hora de la comida de los perros porque quería asegurarse de que su propósito se hubiera cumplido. Sorprendido, advirtió que el hielo no se había movido, pero los cuerpos de los perros no se encontraban en el sitio en que los depositara. No encontró explicación al misterio. Sorprendido y alelado regresó al campamento y relató a sus compañeros lo acontecido, “Que son cuentos”, “que lo soñaste”, “que estás tocado por la noche polar”. Que sí y que no, así se extendió en la rutina del atardecer el hecho distinto que rompía la monotonía de la invernada. Recontaron la perrada: no faltaba ninguno. Los tres más viejos, atados a sus estacas, junto al collar de cuero, lucían sendos collares sanguinolentos, en una maraña de pelo y sangre que denunciaba la verdad del episodio.

Un día en Orcadas: El 23 de enero de 1978 a las 10.00 arribamos con el Bahía Aguirre a la base Orcadas, en la isla Laurie, de las Orcadas del Sur. En la base, encontramos una dotación con el espíritu realmente admirable, a pesar del lógico malestar por la imprevista prolongación de la estada que debía haber finalizado en diciembre. Según manifestaron todos los hombres, habían pasado allí catorce meses inmejorables, en completa armonía y cimentando una amistad para el futuro; reconocían como factor fundamental de esa concordia, la calidez

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humana del jefe, teniente de fragata Jorge Luis Laboro, por quien sentían respeto, admiración y hasta afecto. El Sr. Reynaldo Soto, del Servicio Meteorológico Nacional y de larga trayectoria antártica, pues frecuentaba la Antártida desde hacía treinta años, nos explicó con la claridad y la capacidad de síntesis de quien domina el tema, los pormenores de las tareas meteorológicas y magnéticas en la base. También nos relató el accidente que le había costado la vida a su hermano Walter allí mismo en 1959, cuando contaba veintitrés años de edad. Además se mostró agradecido por el noble gesto de la Armada al bautizar con su nombre a un refugio naval, en un acto que se realizó el mismo día del cumpleaños de Reynaldo y que él presenció porque había sido invitado a participar en la ceremonia. En su compañía y con sus interesantes comentarios, recorrimos las instalaciones de la isla filmando y fotografiando lugares de interés histórico.

¡Aquellos héroes! Al día siguiente tuvo lugar una piadosa ceremonia. Concluida la misa, que se celebró en la sala de estar de la base, nos trasladamos al cementerio ubicado frente a la bahía Uruguay; había allí siete tumbas en el siguiente orden de izquierda a derecha: Walter Soto (1959), H. Wistron (1913) John Elieson (1910); H. Bahe Wiig (1915), Allan C. Ramsay (1905), Fortunato Escobar (1928) y Otto Diebel. Tres de esas tumbas son simbólicas, ya que no contienen restos; el cadáver del desaparecido Bahe Wiig nunca fue hallado y los de Walter Soto y Fortunato Escobar fueron llevados a sus provincias de origen: Jujuy y Santa Fe, respectivamente.

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Frente a cada una de las tumbas y por expreso pedido de Reinaldo Soto, el sacerdote pronunció un responso en sufragio de las almas de esos hombres, que, con su trabajo silencioso y con su muerte, quedaron para siempre incorporados en el historial antártico, en el que ocupa un lugar destacado Fortunato Escobar, radiotelegrafista de Orcadas en 1926; un día sus compañeros lo hallaron muerto en su camarote, llegando a conocer después sus dramáticos avisos telegráficos al Hospital Naval de Buenos Aires: “Estoy enfermo. Tengo mucha fiebre. Siento fuertes dolores de cabeza. Escobar. Radiotelegrafista.” Y un segundo y último mensaje: “Me encuentro muy mal. Siento fuertes dolores en los riñones. Orino sangre.” “Nefritis” diagnosticaron en el Hospital Naval. Asombro y dolor en la dotación del Observatorio; nadie se había dado cuenta; ¡Tanto había sido el silencio y el disimulo de Escobar para evitar la depresión que afectaría al grupo! Para invernar en Antártida, se requiere ese temple, aunque hoy esas situaciones no son tan dramáticas, ya que un enfermo puede ser evacuado por vía aérea en cualquier momento, dependiendo de las limitaciones climáticas posibles. De todos modos, allá hay que disimular los problemas físicos o morales, en lo posible. Otro suceso que prueba la dureza y los riesgos en la Antártida en aquella época, es el de Augusto Tapia, que invernó en el observatorio en 1920; tomando la temperatura del mar, resbaló en el hielo y se aferró a las salientes rocosas de la barranca costera. Permaneció así durante una hora hasta ser rescatado por sus compañeros con cuerdas, escalera y un hombre metido en el agua. Varios grados bajo cero era la temperatura en ese mes de julio. Sus manos blancas y frías, aferradas a la roca helada, pronto mostraron síntomas de gangrena. Convencido de que era necesaria la amputación, Tapia pidió a su jefe Koppelmann que procediera. Cuatro dedos de cada mano fueron amputados con un bisturí —que por suerte tenían—, cortando tendones y nervios con una tijerita para uñas;

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cuando el paciente flaqueaba se le daba un trago de coñac. ¡Tremendo sufrimiento! Pero Tapia salvó su vida, y de regreso al continente se graduó en geología, llegando a ocupar altos cargos universitarios y públicos. ¡Tiempos heroicos de la Antártida aquellos! ¿Sí o no?

1933: Turistas argentinos en Orcadas El viaje del Pampa en el año 1933 ofreció una simpática novedad. A su bordo, viajaba un grupo de turistas cuyo destino era Ushuaia. Estaba integrado por miembros del Club Universitario de Buenos Aires y el por entonces popularísimo comentarista radial don Juan José de Soiza Reilly, con su esposa e hija. De modo que cuando el buque arribó a la isla Laurie, la dotación del observatorio, que había pasado un año en esa soledad, tuvo la grata sorpresa de la amable y a la vez insólita presencia femenina. Y todos pudieron saborear los platos preparados en la cocina del observatorio por la esposa de Soiza Reilly, disfrutando además un verdadero día festivo en el mágico ambiente glacial. Componían el grupo de turistas a Ushuaia el agregado naval de los Estados Unidos en Buenos Aires, capitán de fragata Leilan Jordan Jr. y su familia. Invitados por el comandante del Pampa para el crucero a la isla Laurie, el marino norteamericano rehusó la invitación por considerar riesgosa la navegación polar en ese buque no preparado para el mar glacial. Cuál habrá sido su reacción al recibir en Ushuaia un breve telegrama desde Orcadas, suscripto por el periodista porteño, con el siguiente texto: “Llegamos, los criollos somos así”. Esta fue la primera expedición turística a la Antártida, de la que se tenga noticias.

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Intervenciones quirúrgicas en la Antártida En la base Melchior, durante la campaña 1948–1949, se realizó la primera operación de cirugía mayor. Estando, a mediados de diciembre de 1948, los remolcadores hidrográficos Chiriguano y Sanavirón fondeados en puerto Melchior, y siendo jefe de sanidad de los mismos el teniente de fragata médico Dr. Roberto M. Amuchástegui, se presentó para una consulta médica, el marinero segundo panadero del Chiriguano quejándose de dolores abdominales y síntomas gástricos comunes en la navegación. Tras la revisación médica, el Dr. Amuchástegui diagnosticó apendicitis aguda. Realizada una consulta con el médico de Melchior, teniente de fragata Dr. Eladio R. Martínez y confirmado el diagnóstico, hubo acuerdo en la necesidad de rápida intervención quirúrgica, que se realizaría en la misma base (ya que contaba con instrumental, medicamentos y material sanitario suficiente, excepto la mesa de operaciones, que se improvisaría). Y se procedió, con el visto bueno del capitán Grundwaldt, comandante del Chiriguano. En la cámara de oficiales de Melchior se improvisó el quirófano, actuando el siguiente equipo: cirujano, Dr. Amuchástegui; ayudante de cirugía, el Dr. Martínez; y enfermero principal, el cabo enfermero Muglialdi, del Chiriguano. Abierto el peritoneo, se confirmó el diagnóstico: “apéndice inflamado, tumefacto y congestivo”. Tiempo de la intervención: una hora y media; el paciente debió soportar los últimos quince minutos de la operación sin anestesia. Evolucionó favorablemente, transcurridos ocho días de la intervención, el paciente fue dado de alta. Un mes después de la operación que acabamos de relatar, tuvo lugar otra intervención en Melchior. Estando anclados en el puerto Melchior el transporte Pampa y el remolcador hidrográfico Chiriguano, el teniente de fragata Rafael de Diego, médico del

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Pampa, hizo una consulta médica con el Dr. Amuchástegui, del Chiriguano, y el teniente de fragata médico Dr. José M. Castellano, del Destacamento Naval Melchior, por un tripulante civil del Pampa que presentaba un cuadro abdominal agudo. Examinado el paciente, los tres médicos coincidieron en el diagnóstico: oclusión intestinal. Era necesario operar, se improvisó nuevamente el quirófano en la base Melchior, con el siguiente equipo médico: Dr. Amuchástegui, cirujano; Dr. Castellano, anestesiólogo, y Dr. De Diego, ayudante de cirugía. La operación resultó complicada por el antecedente alcohólico del paciente que dificultaba llevarlo al estado de anestesia quirúrgica; no obstante, resultó exitosa y el paciente mejoró; fue embarcado treinta y seis horas después con destino a Ushuaia, y de allí a Buenos Aires donde fue nuevamente intervenido por el Dr. Ricardo Finochietto, comprobándose que la causa de la oclusión había sido una hernia diafragmática estrangulada (consecuencia de una herida de arma blanca que tuvo durante una riña ocurrida años atrás, hecho en el que el arma perforó el diafragma y, como la herida interna quedó sin curar, se introdujo el intestino y cuando estaba en la Antártida se estranguló. Lamentablemente después de esa segunda intervención el enfermo falleció. (Extractado de: “Enrique J. Pierrou, “La Armada Argentina en la Antártida, 1939– 1959”, Buenos Aires, Instituto de Publicaciones Navales, 1981, p. 321).

Periodismo antártico “La Voz de Decepción”, el decano de la prensa antártica es el título del periódico aparecido en el Destacamento Naval Decepción, cuyo primer ejemplar fue editado el sábado 10 de abril de 1954. Surgió por inspiración y con la dirección de un miembro de la

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dotación de ese año, el Dr. Julio A. Bonelli, y colaboraron en él el observador sismólogo Humberto J. Di Bella y los operadores radiotelegrafistas Hugo Abraham y Juan Quiroga. De edición quincenal al principio, pronto pasó a ser semanal; aparecía los sábados, con las siguientes secciones: Editorial, Artículos sobre la Antártida Argentina y sus derechos, Artículos sobre vidas notables, Notas deportivas locales y extranjeras, Información meteorológica, Sociales y Colaboraciones. El editorial del primer número dice: “Un periódico nace en Decepción Con el presente número, comienza su vida “La Voz de Decepción”, periódico que viene a llenar una necesidad y un lugar en esta populosa y progresista metrópoli de la Antártida Argentina que es Isla Decepción. Este lejano lugar, prolongación de la patria, tiene ya su periódico. Él tratará de reflejar en sus hojas la vida y el alma, las ambiciones y los sentimientos de este puñado de argentinos que constituyen el Destacamento Naval Decepción. Son los propósitos de la Dirección que nuestras modernas rotativas, únicas en la Antártida, beneficien no sólo a esta hermosa ciudad sino también a los pueblos suburbanos de Esperanza, Luna, Brown, Melchior y Orcadas, a quienes se le remitirán oportunamente ejemplares de este órgano periodístico. Con estos propósitos comienza a palpitar el corazón de “La Voz de Decepción”.” Las ediciones de los días normales eran de diez páginas, siendo mayores en fechas especiales, como ser las de las fechas patrias. Por disposición del Servicio de Hidrografía Naval, el periódico contó con una corresponsal en Buenos Aires, la Srta. Haydee Canaletti, alumna del ciclo superior de la Escuela Argentina de Periodismo. Ella brindaba su

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desinteresada colaboración por medio de comunicaciones radiotelefónicas con notas sobre actividades culturales, sociales, vidas notables —como la referida al gran poeta argentino Almafuerte en oportunidad de cumplirse su centenario—. En “La Voz de Decepción”, también encontramos artículos sobre la Antártida Argentina y sus derechos, el primero de ellos debido al jefe de la dotación del año 1954, teniente de corbeta José A. Fort. Diarios y revistas del país homenajearon a “La Voz de Decepción” con artículos alusivos, y la novedad periodística antártica hasta trascendió los límites del país pues desde Estados Unidos y Europa solicitaron envíos de ejemplares. Pero el hallazgo, en la oficina de Publicaciones de la Dirección del Antártico, de otro periódico lamentablemente incompleto, editado en el observatorio de la isla Laurie de las Orcadas del Sur en 1921, le ha hecho perder a “La Voz de Decepción” su carácter de decano de la prensa antártica. El periódico orcadense “La Antorcha”, o “La Vela”, como fue rebautizado, es muy diferente al de Decepción, pues su estilo es festivo, con abundantes ilustraciones que nos muestran el interior de la casa–habitación del observatorio y también paisajes de la zona, debidas a la hábil pluma de un miembro de la dotación, el meteorólogo Sigurd Schjaer, quien además de su condición de veterano antártico con varias invernadas en la isla Laurie entre 1919 y 1922, ha ingresado en nuestra historia antártica por la defensa que hizo del Observatorio Nacional de las islas Orcadas en momentos en que pareció peligrar su continuidad, como ya hemos expuesto en la parte principal de esta obra bajo el título “1921: Luz roja para Orcadas.”

¿Premonición? ¿Autosugestión?

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Noviembre 1957. El Bahía Aguirre navega rumbo al Destacamento Naval Melchior (hoy Base Melchior), ubicado en la isla Observatorio del archipiélago de Palmer, en los 64° 20’ Sur y 62° 57’ Oeste. Y entramos en la zona quizá de mayor belleza del Antártico, el estrecho de Gerlache, nombre que recuerda al expedicionario belga Adrián de Gerlache, quien, explorando la zona con su buque Bélgica fue encerrado por los hielos y obligado en consecuencia a hacer una invernada, que resultó ser la primera de una expedición científica en el Antártico. El Destacamento Naval Melchior se había instalado allí el 31 de marzo de 1947 durante la gran expedición antártica de ese año, contaba con siete unidades navales y un avión embarcado; con él se inauguró la era de las campañas antárticas argentinas anuales, pues si bien desde 1904 todos los años iba un buque a la zona polar, era exclusivamente para el reaprovisionamiento y relevo de las dotaciones del observatorio de las islas Orcadas; recién a partir de 1947, además de ese objetivo, comenzaron a cumplirse planes de investigación científica con profesionales especializados en las diversas disciplinas encaradas. Desembarcamos en la punta Gallows de la bahía de Dallmann en la isla Observatorio, donde está el destacamento naval, que cuenta con una central de pronósticos del tiempo, estación de radio y meteorología y un mareógrafo. La casa–habitación está ubicada sobre una pequeña loma, en un lugar bastante deprimente por la mayúscula soledad, o por lo menos esa era la impresión que causaba. No sé si esa sensación estaba dada por la imagen de la casa allá arriba, lo que quizá hacía más patente el aislamiento, o bien la fabricó mi espíritu posteriormente y a raíz del penoso suceso que tendría lugar allí después de nuestra partida, y que casi se anticipó en la inquietud demostrada por el joven marino Luis

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O. Ventimiglia, quien invernaría allí durante 1958 como jefe de la dotación. Recuerdo la escena como si hubiese sucedido ayer. Mirando la casa desde el desembarcadero, Ventimiglia, como pensando en voz alta dijo: “¡Y aquí un año sin médico!”. Lo acompañábamos en ese momento los integrantes del grupo del Instituto Antártico Argentino que viajábamos en cumplimiento del programa de la campaña antártica 1957-1958. Habíamos tenido muy buen trato con él durante el viaje, de modo que, sin darle mayor importancia a su preocupación, continuamos conversando y escuchando sus proyectos futuros y el recurrente recuerdo de su esposa y su hijo recién nacido, que ya habíamos escuchado durante el viaje. Y el motivo de su actual misión: un año en la Antártida para poder comprar su casa. Si bien ese objetivo sería un incentivo para aguantar la invernada polar con su noche y su encierro permanente, sin embargo, su evidente sensibilidad y su nostalgia familiar recién dejada Buenos Aires creaba un interrogante. Con la manifestación de nuestros deseos de buena invernada para los que quedaban, nos despedimos para reembarcar... Tres meses después, finalizada nuestra misión, regresábamos en el Bahía Aguirre y, al pasar por Melchior, se volvió a actualizar nuestra preocupación por el joven Ventimiglia, que afectado y preocupado por continuos dolores abdominales y problemas digestivos, subió a bordo para una consulta con el médico del buque. Su diagnóstico fue negativo, lo que no convenció al paciente, que desembarcó contrariado y más preocupado que antes de la consulta, debiendo conformarse con el consejo de una dieta, una medicina para la función digestiva y un médico que se incorporaría a la dotación. Pero un día de mayo una dolorosa noticia vino a demostrar que la preocupación de Ventimiglia, y también la nuestra, era justificada. Con diagnóstico de apendicitis aguda, el Dr. Manuel Sánchez Sánchea decidió intervenir quirúrgicamente. Se armó la sala de operaciones en la cámara de oficiales del destacamento, colaborando el personal de la

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dotación en las funciones de instrumentista, anestesista y controlador de pulso. Totalmente ajeno por supuesto a esas tareas, los hombres fueron previamente instruidos por el médico con ayuda de láminas de libros, y a las 17.00 comenzó la operación hasta que un paro cardíaco del paciente obligó a suspender para iniciar respiración artificial. No obstante, a las 20.00 Ventimiglia falleció. Era el 18 de mayo de 1958. Recordando la preocupación de Ventimiglia cuando llegamos a Melchior, por tener que pasar un año allí sin médico –después se le asignó– nos queda un interrogante: ¿pudo haber sido un caso de autosugestión o premonición?

¡Mosquitos en la Antártida! Leemos en el Boletín del Instituto Antártico Argentino, Vol. I, N° 1. “Primer mosquito hallado en la región antártica: Constituye sin duda un hallazgo de sumo interés, el de los dípteros alados coleccionados por el Dr. Héctor A. Orlando el día 16 de enero de 1956 en caleta Potter, isla Veinticinco de Mayo, grupo de las Shetland del Sur, en las proximidades del refugio Teniente Jubany, instalado por la Marina de Guerra. “Los ejemplares, siete en total, corresponden a la especie Podonomus steinini, y pertenecen a la familia Tendipendidae y a la subfamilia Podonominae, nueva para la Antártida. “Fueron capturados sobre algunos charcos de agua dulce, ubicados a unos cien metros de altura sobre el nivel del mar y a unos dos km de las instalaciones del ya citado refugio Jubany, donde se observaron volando a poca altura sobre la superficie del agua.

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“El material fue enviado para su estudio al Dr. Belindo A. Torres, quien en su trabajo “Primer Hallazgo de Tendipédidos Alados en la Región Antártica” (Contribución del Instituto Antártico Argentino N° 6) lo clasifica y describe detalladamente sus características”.

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CRONOLOGÍA ANTÁRTICA IBERO-ARGENTINA Sin fecha

Una leyenda fueguina de origen haush cuenta que los primeros pobladores de las islas llegaron a ellas migrando a través del “país de los hielos”. 500/400 AC Según Heródoto, Necao, rey egipcio, envió buques tripulados por fenicios a las costas de Libia, África; salieron los navegantes desde el Mar Rojo hacia el sur, reaparecieron años después en Egipto, pero no por el Mar Rojo sino por el Mediterráneo, trasponiendo las columnas de Hércules (Estrecho de Gibraltar). Fueron ellos los primeros en navegar el hemisferio meridional, y en avistar el Cabo de Buena Esperanza (dos mil años antes que Vasco da Gama). Ésta fue la primera aproximación del hombre a las tierras australes. 300 AC El filósofo griego Crates concibió la idea de un continente austral que denominó Antípodas. Fue la primera concepción hipotética de la Antártica y su primera representación cartográfica. 1494 El tratado de Tordesillas da jurisdicción a España sobre las tierras australes situadas a 370 leguas al oeste de las islas de Cabo Verde hasta el Polo Sur, en el hemisferio austral. 1502 El piloto italiano Américo Vespucio arriba a los 52º de latitud Sur en el cuadrante americano, denunciando la existencia de tierras. Es probable, por la descripción del hecho, que el navegante haya confundido con tierras un gigantesco témpano antártico, fenómeno desconocido en la época. 1515/1525 El famoso constructor de globos terráqueos del siglo XVI Juan Schöner, de Nuremberg, constructor de globos terráqueos en el siglo XVI, representó en dos de sus globos de 1520 y 1525 un estrecho en Sudamérica; fue una concepción hipotética anterior al viaje de Hernando de Magallanes. Otra novedad de esos globos es la representación al sur del estrecho de una gran “Terra Australis”. 1520 Hernando de Magallanes descubre el estrecho bautizado luego con su nombre, que separa la Tierra del Fuego de la América continental. Esteban Gómez o Duarte de Barbosa, con motivo de la deserción del primero, avistan un grupo insular frente al extremo meridional americano que se encuentra representado en la carta de Diego de Rivero de 1527. 1526 Francisco de Hoces, marino gallego de la expedición de Frey García Jofré de Loayza, que intentaba reeditar la navegación magallánica, es arrastrado por un temporal con su carabela San Lesmes, hasta los 55º de latitud, denunciando la existencia de aguas libres al sur de la Tierra del Fuego (el hoy llamado pasaje Drake).

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1534 1539

1580

1603

1606

1618

1756

1762

1769 1774 1790

Carlos V crea la provincia del Estrecho, que comprende el estrecho de Magallanes y los territorios (tierras e islas) a partir de él, hacia el polo Sur. Carlos V capitula el 14 de enero de 1539 con Pedro Sancho de Hoz, que había intervenido en la conquista del Perú, para navegar por la Mar del Sur (Océano Pacífico) y descubrir “hasta el dicho Estrecho de Magallanes y la tierra que está de la otra parte del”. El 8 de febrero siguiente, Sancho de Hoz recibe el título de gobernador interino, hasta tanto descubriera los parajes que no estuvieran dados en gobernación a otras personas, en las regiones australes. Si bien este intento no pudo concretarse, demuestra el animus possidendi de España sobre los territorios australes. En enero de 1580 el capitán Juan de Villalobos, de la expedición de Pedro Sarmiento de Gamboa, alcanza los 56º de latitud Sur, comprobando que al sur de la Tierra del Fuego se unían el Atlántico y el Pacífico. El almirante Gabriel de Castilla, a las órdenes del virrey del Perú, que le encomendara la persecución y detención de los holandeses que merodeaban por las costas de Chile, recorrió el litoral chileno y traspasó el estrecho de Magallanes, alcanzando en el mes de marzo los 64º de latitud Sur. Pedro Fernández de Quirós descubre la “Nueva Australia del Espíritu Santo” y toma posesión de ella y todas las tierras hasta el polo Sur en nombre de la corona española. Los hermanos Bartolomé y Gonzalo García de Nodal descubren las islas de Diego Ramírez, el grupo insular más austral de América. Sus buques fueron el Nuestra Señora de Atocha y el Nuestra Señora del Buen Suceso. El capitán Gregorio Jerez, al mando del navío español León, en su derrota de Lima a Cádiz descubre —el día 29 de junio— las islas que bautiza San Pedro (Georgias del Sur). Gregorio Jerez es el primer marino que avista tierras subantárticas en el cuadrante americano. Entre el 27 de febrero y el 24 de marzo, la fragata española Liebre —procedente del puerto de El Ferrol y con destino al de El Callao (Perú)— navega aguas antárticas al sur del Cabo de Hornos. El mismo año 1762 otro buque español, el Aurora, avista un grupo insular entre las islas Malvinas y las de San Pedro (Georgias del Sur). Otro navío español, el San Miguel, avista las islas Aurora. El navío de guerra español San Pedro de Alcántara alcanza los 62º de latitud Sur y el Aurora vuelve a avistar las islas de su nombre. El navío de bandera española Dolores avista las islas Aurora, avistadas también por el Princesa que, al mando de Manuel de Oyarbide, navegaba de Filipinas a Cádiz.

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1794

El capitán José de Bustamante, de la expedición científica de Alejandro Malaspina, sale de Malvinas al mando del Atrevida, a la búsqueda de las Auroras, las que localiza el 20 de enero, realizando luego el relevamiento hidrográfico del área. Las islas Aurora fueron luego rebautizadas Shag Rocks y Black Rocks. 1806/1820 El Dr. Ernesto J. Fitte dice que el primer topónimo castellano usado en las islas antárticas fue monte Pesca, para designar la hoy llamada isla Smith; tal aserto surge del informe del capitán Sheffield, que llegó a aquellas tierras tras un buque de Buenos Aires. 1815 El almirante Guillermo Brown, marino irlandés al servicio de la emancipación del Río de la Plata, armado en corso y en viaje al Pacífico fue arrastrado por un temporal hasta los 65º de latitud Sur, en el hoy llamado Mar de Bellingshausen, afirma en su diario de viaje haberse hallado próximo a tierra. 1817/1820 El San Juan Nepomuceno, buque del puerto de Buenos Aires mandado por Carlos Temblón, un sueco radicado en el Río de la Plata, realiza varias expediciones para cazar focas. En febrero de 1820, regresa a puerto con un cargamento de 14.500 cueros de focas, lo que evidencia las altas latitudes navegadas, atento a que la especie estaba virtualmente extinguida en los archipiélagos australes americanos. 1818 El 18 de febrero el comerciante porteño Juan Pedro Aguirre solicita al Consulado autorización para establecer una factoría foquera en “alguna de las islas a la altura del Polo Sur de este continente”, obligándose a formar una sociedad argentinoestadounidense. El Consulado autorizó la concesión en agosto de ese año; fue el primer acto de soberanía sobre esas tierras antárticas. Juan Pedro Aguirre fue uno de los más activos consignatarios de cueros de focas que hubo por aquel tiempo en el puerto de Buenos Aires. En ese mismo año, el capitán Ebenezer Hollix, al mando del Pescador de Buenos Aires, buque de propiedad de Juan Pedro Aguirre, sale el 4 de marzo hacia el Sur, y luego navega al Asia, principal mercado de la foca de doble pelo. El 6 de octubre zarpa del puerto de Buenos Aires el Concepción, con destino a “Patagónicas”, una de las denominaciones genéricas de las islas secretas donde los roqueros rioplatenses hacían gran cosecha de cueros de foca de doble pelo. El capitán Luís Viana al mando del Carmen arriba a Carmen de Patagones el 23 de diciembre con carga de sal y cueros de foca, navegando después a Buenos Aires; su consignatario es José María Roxas, otro de los fuertes comerciantes foqueros de la plaza. 1819 El buque porteño Espíritu Santo navega en febrero de Malvinas a Decepción (Shetland del Sur) a la caza de focas. Siguiéndolo, arriba a esas islas el buque norteamericano Hersilia del capitán Sheffield. Este hecho y el avistaje contemporáneo de William Smith, hacen públicas las hasta entonces secretas

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reservas foqueras de los rioplatenses. El 3 de marzo, procedente de “Patagónicas”, cargado con cueros de focas, arriba a Buenos Aires consignado a Juan Pedro Aguirre el buque Pescadora; su capitán era Ebenezer Hollix, y el mismo día es redespachado al mismo destino y a la caza de lobos el Neptuno, al mando del capitán Pedro Nelson. El 7 de abril, con igual carga y procedente de “Patagónicas” y Valparaíso arriba la fragata Pescadora al mando del capitán Guillermo Estanal, y en consigna a Lynch Zimmerman. Llegado de “Patagónicas” el 3 de marzo, es redespachado al mismo destino y a la caza de lobos el Neptuno, al mando del capitán Pedro Nelson; su consignatario es Juan Pedro Aguirre. El brigadier Rosendo Porlier naufraga con su buque el San Telmo en las islas Shetland del Sur, en medio de un duro temporal; de Cádiz se dirigía al Perú para apoyar a las fuerzas realistas. Los restos del navío español fueron hallados al año siguiente por foqueros americanos, en la isla Media Luna. 1821 El 22 de octubre el gobierno de Buenos Aires establece derechos por la caza de anfibios a los extranjeros que operen en las costas del Sur, liberando de derecho a los “naturales y vecinos de la provincia que ejerzan dicho tráfico”. 1829 El 10 de junio el gobierno de Buenos Aires crea la Comandancia Política y Militar de Islas Malvinas, cuya jurisdicción incluye las islas próximas al Cabo de Hornos, que (conforme el conocimiento geográfico de la época) eran las de Tierra del Fuego por el norte y las próximas al Polo Sur hacia el sur. El gobernador de Malvinas estaba a cargo de “hacer observar” en sus costas la ejecución de los reglamentos sobre pesca de anfibios, este mandato permite al gobierno argentino ratificar la amplitd de la jusriscción a su cargo. Por aquel tiempo la zona de más intensa actividad era la de las islas del sur del Cabo de Hornos. 1847/1852 Luis Piedra Buena, embarcado en los buques del norteamericano residente en las Malvinas William Horton Smiley, realiza varias temporadas pesqueras y de caza de focas en los mares antárticos. 1867 Luis Piedra Buena con sus buques Espora y Julia sale a la caza de focas, alcanzando la isla Adelaida, al oeste de la península Antártica, a los 67º de latitud Sur. 1879 Estanislao S. Zeballos, junto a otros notables de la época, funda en Buenos Aires el Instituto Geográfico Argentino, que habría de señalar durante la última parte del siglo XIX y con diversas manifestaciones, la inquietud nacional por sus tierras antárticas. 1881 El Instituto Geográfico Argentino patrocina la expedición austral del marino italiano Giacomo Bove, que preveía una segunda etapa antártica, la que no llegó a concretarse. 1883 Eugenio Bachmann, profesor de matemáticas de la Universidad de Córdoba

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(Argentina), propone al Instituto Geográfico Argentino el establecimiento de estaciones antárticas en el cuadrante americano, las que en conjunto con otras situadas en distintos lugares del continente austral realizarían observaciones científicas simultáneas, como una forma de determinar las grandes leyes que rigen la meteorología y el magnetismo terrestre. 1892 Julio Popper, ingeniero rumano que realizaba exploraciones y explotación de oro en Tierra del Fuego, eleva un petitorio al Ministro del Interior solicitando autorización para establecer una factoría en las Shetland del Sur, y manifestando el interés que otorgaría a la Nación su empresa, atento a que aquellas tierras nacionales se encontraban virtualmente olvidadas. El prematuro fallecimiento de Popper, que alistó dos buques de su propiedad, el Explorer y el Gringuito para su empresa, impidió la materialización del proyecto. 1894 Luis Neumayer, explorador patagónico, solicita autorización al Ministerio del Interior para realizar la exploración de las tierras antárticas argentinas, por considerarlo de interés nacional. Debe destacarse el informe favorable que el ministro de Marina, almirante Solier, dio al proyecto, manifestando que éste constituiría un acto de soberanía, adelantándonos por ese medio a cualquier toma de posesión que ulteriormente pudiera ser realizado por autoridades extranjeras. 1896 El Instituto Geográfico Argentino, respondiendo a las inquietudes del VI Congreso Geográfico Internacional (realizado en Londres el año anterior) y en concordancia con los intereses antárticos del país, organiza una expedición para realizar el estudio científico de las tierras polares argentinas y establecer una base de salvamento para los buques que realizan la ruta del Cabo de Hornos en alguna de las islas Shetland del Sur. Personal científico y medios económicos estaban previstos para el logro. Se solicitó a la Marina de Guerra que destacara a la cañonera Uruguay para transportar a los miembros de la expedición. Por razones no conocidas, la empresa no se concretó. 1897/1899 Adrián de Gerlache de Gomery, quien con su buque Bélgica fue jefe de la primera Expedición Científica Polar que invernara en el Antártico, bautiza “Canal del Plata” al situado entre la isla Brooklin y la península Antártica, al oeste de la misma, como reconocimiento al apoyo generoso que recibiera de nuestro país para poder realizar con éxito su expedición. 1900 En acuerdo del 10 de octubre, el Poder Ejecutivo Nacional decide apoyar las resoluciones del VII Congreso Internacional de Geografía, reunido el año anterior en Berlín, encomendando al Ministerio de Marina la construcción de un observatorio meteorológico y magnético en la isla de los Estados, para realizar observaciones simultáneas con la Expedición Antártica Internacional; éste observatorio, emplazado en la isla del grupo Año Nuevo y que desde entonces se

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llama Observatorio, fue inaugurado el 1º de marzo de 1902 y funcionó permanentemente como apoyo a la navegación austral hasta el 31 de diciembre de 1917. 1901 El 21 de diciembre parte del puerto de Buenos Aires la expedición sueca del Dr. Otto Nordenskjöld, a bordo del buque Antarctic comandado por el capitán Carl Antón Larsen. Formaba parte en la expedición el joven José María Sobral, de la Armada Argentina, quien junto al grupo que mandaba el jefe de la expedición, invernó por dos años en la isla Cerro Nevado, al este de la península Antártica. 1902 El capitán Larsen, de la expedición Nordenskjöld, descubre en la costa norte de la isla de San Pedro (Georgias del Sur) calderos españoles, en los que más de cien años antes se había fundido grasa de focas y ballenas. Denominó al lugar Bahía de las Ollas (Grytviken). 1903 El teniente de navío Julián Irízar, al mando de la recientemente transformada cañonera Uruguay, rescata a la totalidad de los miembros de la expedición de Nordenskjöld en la isla Cerro Nevado, así como al capitán Larsen y los sobrevivientes del naufragio del Antarctic, que habían invernado en precarias condiciones en la isla Paulet, también al este de la península Antártica. De regreso en Buenos Aires, el capitán Larsen con un grupo de comerciantes porteños constituye la Compañía Argentina de Pesca S. A., que tuvo su domicilio legal en Buenos Aires y factoría ballenera en la Bahía de las Ollas, en la isla de San Pedro (Georgias del Sur). 1903/1904 El doctor Juan Bautista Charcot, explorador francés, bautiza con el nombre “Islas Argentinas” un grupo de islas que descubre al oeste de la península Antártica. 1904 El Poder Ejecutivo Nacional adquiere las instalaciones dejadas por la expedición escocesa del Dr. William S. Bruce en la isla Laurie (Orcadas del Sur) e inicia la primera ocupación permanente del hombre en la Antártida; el decreto lleva fecha 2 de enero de 1904, y la enseña patria permanece izada en aquel observatorio austral desde el 22 de febrero de ese año hasta la actualidad. Contemporáneamente, se habilitó la primera estación de correo antártico, a cuyo cargo estuvo el Sr. Hugo Acuña, quien junto a Luciano H. Valette, otro integrante del primer grupo de invernada, levantó una carta de la zona oriental de la isla Laurie. 1904/1905 El teniente de fragata Ismael Galíndez al mando de la corbeta (ex cañonera) Uruguay, hace el primer relevo de la dotación del observatorio de las Orcadas del Sur, y realiza un recorrido de búsqueda de la expedición francesa del Dr. Charcot en la costa occidental de la península Antártica e islas adyacentes. 1905 El 1º de enero el operador Eric Nordenhaag abrió el libro de registro de la segunda estación meteorológica argentina en tierras próximas a la Antártida, el

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observatorio de la isla San Pedro (Georgias del Sur), dependiente del Servicio Meteorológico Nacional. Esta estación funcionó hasta el 1º de enero de 1950, fecha en que fuerzas británicas lo desmantelaron, y pusieron los elementos sustraidos a disposición de nuestro gobierno en Montevideo, Uruguay. 1905/1906 El Gobierno Nacional compra al Dr. Charcot su buque polar Français, para afectarlo al servicio antártico y, sobre fines de 1905, sale del puerto de Buenos Aires con el personal de relevo para el observatorio de las Orcadas del Sur y los elementos necesarios para instalar el tercer observatorio austral, al oeste de la Tierra de San Martín, en la isla Booth o Wandell. El Austral, como se había rebautizado al buque francés, no pudo realizar la operación por las condiciones del mar helado, por lo que regresó a Buenos Aires con su cargamento. En diciembre de 1906, cuando salía para su tercera derrota austral y con igual objetivo, un temporal en el Río de la Plata le provocó averías y su posterior naufragio en el banco. 1906 Por decreto del Poder Ejecutivo Nacional y con fecha 6 de diciembre, se designan jefes políticos —comisarios— para las islas Orcadas del Sur y la isla Wandell (o Booth) y demás tierras y archipiélagos antárticos, a los señores Rankin Angus Y Guillermo Bee. El señor Angus se hizo cargo de su comisariato, mientras que Bee no pudo acceder al suyo por el hundimiento del Austral, que transportaba los elementos para el observatorio. 1906/1907 El teniente de navío Ricardo Hermelo, con la corbeta Uruguay, releva la dotación de la isla Laurie. 1908 El 15 de enero suelta amarras en el puerto de Buenos Aires la Uruguay al mando del teniente de navío Jorge Yalour, con destino a Orcadas para el relevo de la dotación. El capitán Kurt A. Larsen de la Compañía Argentina de Pesca, realiza un estudio de factibilidad en las islas Sandwich del Sur, para establecer una factoría ballenera allí. 1909 El 13 de enero, comandada por el teniente de navío Carlos S. Somoza, ¿qué nave? parte para el relevo en Orcadas; a bordo viaja un grupo de científicos que realizarían estudios en la isla de San Pedro (Georgias del Sur), en base a las observaciones que en 1883 realizara una expedición alemana en la bahía Moltke. Se desarrolló intensa actividad hidrográfica en la isla de San Pedro, instalándose faros y otras ayudas para la navegación. 1908/1910 El Dr. Juan Bautista Charcot hace su segunda expedición a nuestro sector antártico y bautiza una serie de accidentes de la región occidental de la península Antártica con nombres de funcionarios y científicos argentinos. 1910 El teniente de navío César Maringa sale de Buenos Aires con la Uruguay para el relevo en el observatorio de Orcadas.

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El teniente de navío Guillermo Llosa al mando de la Uruguay, efectúa el relevo de la dotación del observatorio de Orcadas. Sobre el fin del año, el buque Deutschland del explorador alemán Willhelm Filchner, es arrendado por el gobierno argentino para hacer el relevo del personal del observatorio orcadense. 1912/1914 Se realizan los relevos de Orcadas con los buques de la Compañía Argentina de Pesca S. A., con apostadero en la isla San Pedro. 1915 El teniente de navío Ignacio Espíndola, al mando de la Uruguay, hace el relevo en Orcadas y completa estudios hidrográficos en la zona. Con esos trabajos, el Servicio Hidrográfico prepara la carta Nº 31 “Fondeaderos de la Gobernación de Tierra del Fuego”, la más completa realizada hasta esa fecha para servicio de la navegación. El transporte Pampa de la Marina de Guerra realiza tareas hidrográficas en la Antártida, en apoyo de la corbeta Uruguay. 1916 El Servicio Hidrográfico edita y pone en circulación la carta nº 31. 1911

1916/1917 Los buques de la Compañía Argentina de Pesca S. A. realizan en esos años el relevo de las dotaciones de las Orcadas del Sur. 1918 El teniente de navío Eleazar Videla, al mando de la corbeta Uruguay, realiza el relevo en el observatorio de las Orcadas del Sur y recala en la isla San Pedro (Georgias del Sur), para contratar los servicios de un ballenero que en los años siguientes realice el relevo en el observatorio. 1919 Al mando del teniente de navío Jorge Games, la corbeta Uruguay se dirige a la Antártida soportando uno de los más fuertes temporales de su larga vida marinera. Luego de relevar la dotación del observatorio de Orcadas inicia el reconocimiento del estrecho de Washington, antes nunca navegado, y de las costas de las islas Laurie y Coronación. Asimismo se denominó Corbeta —por el buque— a una isla en el estrecho de Washington. 1920 El 12 de febrero la Uruguay zarpa de Buenos Aires al mando del teniente de navío Daniel Capanegra Davel, con destino a las Orcadas, para el relevo de la dotación. 1921 El teniente de navío Domingo Casamayor, con la Uruguay, releva la dotación de Orcadas. 1922 Con 48 años de servicio activo en la Marina de Guerra, la corbeta Uruguay, comandada por el teniente de navío Francisco Lajous, cumple su última derrota antártica entre el 15 de febrero y el 29 de marzo, relevando al personal del observatorio de las Orcadas del Sur. 1923 El transporte de la Marina de Guerra Guardia Nacional, lleva hasta la isla de San Pedro (Georgias del Sur) al personal de relevo en las Orcadas del Sur, el que es

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reembarcado en el ballenero Rosita de la Compañía Argentina de Pesca S. A. hacia su destino. El Guardia Nacional, comandado por el capitán Ricardo Vago, realiza tareas hidrográficas en todo el litoral de la isla de San Pedro y sirve de apoyo al naturalista Alberto Carcelles, del Museo de Historia Natural de Buenos Aires, quien inicia estudios sobre la malacofauna antártica en las Georgias del Sur. El Guardia Nacional, comandado por el teniente de navío Jerónimo Costa Palma, cumple el relevo en Orcadas. Los señores Antonio y Aurelio J. Pozzi, taxidermistas del Museo de Historia Natural de Buenos Aires Bernardino Rivadavia, inician la recolección de esqueletos de mamíferos y aves en la isla de San Pedro (Georgias del Sur), y a su regreso son portadores de un esqueleto de ballena donado por la Compañía Argentina de Pesca S. A., para enriquecer las colecciones del museo. El teniente de navío Ramón A. Poch con el transporte Primero de Mayo releva la dotación de Orcadas. El relevo en Orcadas se hace con el velero motorizado Tijuca de la Compañía Argentina de Pesca S. A. a las Georgias del Sur, y con el ballenero Harpon a las Orcadas del Sur. En mayo-junio, el balizador Alférez Mackinlay, comandado por el teniente de navío Ramón A. Poch, viaja a las Orcadas del Sur. El biólogo Alberto Carcelles y el alférez de navío José Schwartz hacen estudios de flora y fauna marina en las Georgias del Sur, Orcadas del Sur y norte de las Shetland del Sur. Con el relevo de la comisión de Orcadas, efectuado también con los buques Tijuca y Harpon, llega a las Orcadas la primera dotación integrada totalmente por argentinos nativos, siendo su jefe el Sr. José Manuel Moneta. El día 30 de mayo, la República Argentina inaugura en el observatorio la primera estación oficial radiotelegráfica en la Antártida, operada por el suboficial de la Armada Nacional Emilio Baldoni. El Tijuca y el Harpon colaboran en el relevo de las dotaciones de Orcadas. En enero-febrero, el Primero de Mayo, al mando del teniente de navío Francisco J. Clarizza, hace el relevo en Orcadas. El biólogo Alberto Carcelles y el sargento Serviliano Romero, también del Museo Bernardino Rivadavia, recolectan ejemplares de fauna y muestras de rocas en las islas Georgias del Sur. El teniente de navío Ángel Rodríguez, al mando del transporte Primero de Mayo, hace el relevo en Orcadas y realiza un relevamiento hidrográfico del archipiélago. El naturalista Alberto Carcelles cumple su tercera campaña científica en la isla de San Pedro (Georgias del Sur), patrocinado por la Compañía Argentina de Pesca S. 238


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A. y el Museo Bernardino Rivadavia. El relevo en Orcadas se cumple nuevamente con los buques de la Compañía de Pesca Tijuca y Harpon. El ballenero Rata de la Compañía Argentina de Pesca S. A. efectúa el relevo en Orcadas. Con el transporte Pampa, al mando del teniente de navío Ángel Rodríguez, llegan a Orcadas la dotación de relevo y los primeros turistas argentinos a la Antártida, entre ellos un popular periodista radial de la época, don Juan José de Soiza Reilly. Arrendado por el gobierno, el transporte Rata, al mando del capitán Reinaldo Forti, hace el relevo en Orcadas. El relevo en Orcadas se cumple con el Pampa, al mando del teniente de navío Jorge G. Schilling. El Pampa, comandado por el teniente de navío Julio C. Castro releva Orcadas. Comandado por el capitán de ultramar Juan A. Clemente, el Pampa releva las comisiones de Orcadas. Continúa el Pampa el relevo en Orcadas, este año al mando del capitán de ultramar Ernesto Roux. Como el año anterior y con el mismo capitán, el Pampa cumple el relevo en Orcadas. Comandado por el capitán de ultramar Juan A., Clemente, el transporte Chaco efectúa el relevo y reaprovisionamiento de Orcadas y transporta personal de la Dirección de Geofísica e Hidrografía y del observatorio astronómico de la Universidad de La Plata, que realizan estudios de su especialidad en la region. El transporte Pampa, al mando del capitán de ultramar Juan A. Clemente, cumple el relevo en Orcadas. Ese año el Servicio de Hidrografía Naval planifica reconocimientos, levantamientos y balizamientos, para apoyar un plan de estudios e instalación de bases en la Antártida. La expedición antártica 1941-1942 es comandada por el capitán de fragata Alberto J. Oddera con el transporte Primero de Mayo. Esta expedición cumplió tareas de exploración e hidrografía, visitando la isla Decepción, el archipiélago Melchior y las islas Argentinas. El 8 de febrero, en la isla Decepción, el capitán Oddera toma posesión formal, en nombre del gobierno nacional, del Sector Antártico Argentino; deposita un cilindro con el acta correspondiente e iza el pabellón nacional. Lo propio se lleva a cabo el 20 y 24 de febrero en las islas Melchior y Argentinas. Durante esta campaña se instala un faro en el archipiélago Melchior, dos balizas ciegas (Is. Decepción y Observatorio) y un hidroavión biplaza Stearman,

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comandado por el teniente de navío Eduardo Lanusse y como copiloto el cabo principal aeronáutico Eric Blonquist, sobrevuela el 11 de febrero el archipiélago Melchior, obteniendo fotografías aéreas oblicuas y verticales. El ballenero Dias de la Compañía Argentina de Pesca S. A., efectúa desde Ushuaia el relevo del personal en Orcadas. La campaña 1942-1943 se realiza con el Primero de Mayo, comandado por el capitán de fragata Silvano Harriague. Se efectuan levantamientos en Melchior y en la bahía Margarita, y se trae de regreso el instrumental dejado en esa bahía por la expedición estadounidense de Byrd en la Base del Este. El transporte Pampa, comandado por el teniente de navío José Amegeiras Barrere, efectúa el relevo en Orcadas. El “Pampa”, comandado por el teniente de navío Juan B. Dato Montero, hace el relevo en Orcadas. El transporte Chaco, comandado por el teniente de navío Carlos Korimblum, hace el relevo en Orcadas. El Chaco, al mando del capitán de corbeta Manuel A. Ruiz Moreno, hace el relevo en Orcadas. El 20 de febrero el padre jesuita Felipe Lérida celebra en el observatorio la primera misa católica en la Antártida. De enero a abril se realiza una gran expedición al mando del capitán de fragata Luis M. García, con los transportes Patagonia y Chaco, el buque-tanque Ministro Ezcurra, el rastreador Granville, el ballenero Don Samuel y un avión embarcado “Walrus” 2-0-24. Participan en la expedición el capitán de corbeta José C. Costa Franke, de la Armada de Chile, y el capitán Odilón A. Nuñez, del Ejército Argentino. El 31 de marzo se instala el Destacamento Naval Melchior (hoy Base Melchior) en los 64º 20’ Sur y 62º 08’ Oeste, siendo su primer comandante el teniente de fragata aviador naval Juan Nadaud. El 2 de mayo, en cumplimiento de las leyes fiscales nacionales, el inspector de la Dirección General Impositiva Jorge Renard verifica la instalación de un aparato de destilación, en la factoría ballenera de Grytviken, Georgias del Sur. Durante el invierno, viajan a la Antártida los rastreadores Fournier, Robinson, Spiro y Bouchard, para estudiar el régimen invernal de los hielos y los fenómenos meteorológicos, en el área del pasaje Drake y de la parte septentrional de la península Antártica. En noviembre-diciembre, el rastreador Granville viaja a la Antártida como piquete de avanzada de la campaña 1947-1948. El 13 de diciembre la Aviación Naval realiza su primera hazaña polar; un avión Douglas C-54, al mando del contralmirante aviador naval Gregorio Portillo, piloteado por el capitán Gregorio Lloret, cruza el Círculo Polar Antártico en un vuelo sin etapas de quince horas y media de duración, partiendo de Comandante

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Piedra Buena (Santa Cruz) y regresando al mismo punto. 1947-1948 La Campaña Antártica 1947-1948 es intensa, estuvo comandada en etapas sucesivas por los capitanes de fragata Ricardo Hermelo y Luis M. García, con el patrullero King, el transporte Pampa, el buque-tanque Ministro Ezcurra, el rastreador Seaver y los remolcadores Charrúa, Chiriguano y Sanavirón. El 25 de enero se instala el Destacamento Naval Decepción (hoy Base Decepción) en la bahía Primero de Mayo de la isla Decepción, a los 65º 59’ Sur y 60º 43’ Oeste, siendo su primer comandante el teniente de navío aviador naval Roberto Cabrera. En el mes de febrero, la flota de mar, al mando del almirante Juan M. Carranza, con los cruceros Almirante Brown y Veinticinco de Mayo, y los destructores Santa Cruz, Misiones, Entre Ríos, San Luis, Mendoza y Cervantes, realiza maniobras navales en la zona. Por decreto 6752/48, es designado Mar de la Flota, el que hasta ese momento figuraba en nuestras cartas como mar o estrecho de Bransfield. De febrero a octubre, viajan a la Antártida los rastreadores Parker, Fournier, Robinson y Bouchard. El 4 de marzo se crea en el Ministerio de Relaciones Exteriores la División Antártida y Malvinas, para los asuntos relativos a la Antártida Argentina, islas Malvinas, Georgias del Sur y Sandwich del Sur. 1948-1949 Durante el verano 1948-1949 las fragatas Sarandí y Heroína desarrollan un plan meteorológico–oceanográfico, los remolcadores Sanavirón y Chiriguano efectúan tareas hidrográficas, y los transportes Pampa y Chaco y el buque-tanque Punta Ninfas dan apoyo logístico. La actividad científica, además de la desarrollada por los buques, contó con la participación de personal de los museos de Ciencias Naturales de Buenos Aires (oceanografía y biología marina) y de La Plata (biología). En diciembre y enero, se realizan en Melchior intervenciones de cirugía mayor a un marinero del Chiriguano con apendicitis aguda, y a un civil del Pampa con oclusión intestinal; los operó el teniente de fragata médico Roberto M. Amuchástegui, quien estuvo secundado en el primer caso por el teniente de fragata médico Eladio M. Martínez y el cabo enfermero Muglialdi, y en el segundo caso por los tenientes de fragata médicos Rafael de Diego y José M. Castellanos. 1949-1950 En la Campaña Antártica 1949-1950 intervienen la fragata Sarandí, el transporte Chaco, el buque-tanque Punta Ninfas y los remolcadores Chiriguano y Sanavirón. Los trabajos hidrográficos abarcan las bahías Andvord, Dorian, Falsa y Luna, las islas Wiencke y Livingston, los canales Neumayer y Peltier, el mar de la Flota y la isla Decepción, en la que se instaló un sismógrafo, así como un mareógrafo automático en Melchior. La actividad científica abarca también estudios de geología, sismología y biología, a cargo de profesores de las universidades

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nacionales de Cuyo, Córdoba, Tucumán y La Plata. Un grupo andinista, patrocinado por la Sociedad Científica Argentina, intenta el cruce de la península Antártica desde puerto Neko al mar de Weddell. La Fuerza Aérea Argentina se hace cargo del Observatorio de la isla Laurie, en las Orcadas del Sur. En diciembre viajan a la Antártida las fragatas Santísima Trinidad y Hércules. 1950-1951 Durante la Campaña 1950-1951 se realizan trabajos hidrográficos con el Grupo de Tareas Antártico, bajo el mando del teniente de fragata Rodolfo N. M. Panzarini, con el transporte Bahía Buen Suceso, los remolcadores Sanavirón y Chiriguano, el buque-tanque Punta Loyola y el avión embarcado 3-P-25. Los trabajos hidrográficos abarcan los puertos Leith, Neko, Orne, Svend Foyn, Yankee y Paraíso, haciéndose relevamientos aerofotogramétricos en el estrecho de Gerlache. Una estación ionosférica es instalada en el Destacamento Naval Decepción. Siete científicos realizan estudios de geología, sedimentación y biología, geomagnetismo, ionósfera y recolección botánica y zoológica. El 12 de febrero zarpa del puerto de Buenos Aires con destino a la bahía Margarita, el B.D.T. de la Compañía Naviera Pérez Companc Santa Micaela, con el capitán Santiago Farell conduciendo a la Expedición Científica a la Antártida Continental Argentina del coronel Hernán Pujato, cuyo objetivo es la instalación de una base al sur del Círculo Polar Antártico. El 21 de marzo se funda la Base General San Martín (hoy Base San Martín) en el islote Barry de la bahía Margarita, a los 68º 07´ Sur y 67º 08´ Oeste, siendo su primer jefe el coronel Hernán Pujato. Allí ameriza un hidroavión de la Marina de Guerra piloteado por el aviador naval teniente de fragata Halfdan H. Hansen; es el primer amerizaje al sur del Círculo Polar (29 de marzo de 1952). El 6 de abril se funda el Destacamento Naval Almirante Brown en el Puerto Paraíso, al oeste de la tierra de San Martín, a los 64º 53’ S y 62º 51 W. Su primer jefe es el teniente de fragata Antonio Vañek. El 17 de abril se crea, por decreto 7.338, el Instituto Antártico Argentino Coronel Hernán Pujato, bajo la dependencia del Ministerio de Asuntos Técnicos, para coordinar y realizar la actividad científica y técnica en la Antártida, siendo su primer director el coronel Pujato. Desde el 1º de enero de 1970, pasa a integrar parte de la Dirección Nacional del Antártico, en el área del Ministerio de Defensa; este organismo interviene desde su fundación en todas las campañas antárticas (de invierno y verano) con planes propios de investigación y en colaboración con instituciones nacionales e internacionales. El 19 de diciembre de 1951, un Avro Lincoln de la Fuerza Aérea, al mando del vicecomodoro Gustavo A. Marambio, sobrevuela la flamante base General San

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Martín arrojando correspondencia. 1951-1952 La campaña 1951-1952 es comandada por el capitán de fragata Emilio L. Díaz. Participaron cinco buques: Bahía Buen Suceso, Bahía Aguirre, Chiriguano, Sanavirón y Punta Ninfas y un grupo aéreo con dos aviones embarcados. El 14 de enero comienza la construcción del nuevo Destacamento Naval Esperanza, y el 1º de febrero, por orden del comandante de la campaña se impide, con una ráfaga de ametralladoras, el desembarco de una comisión inglesa para instalar una base de esa nacionalidad. Se reaprovisionan y relevan destacamentos y bases; se instalan dos nuevos refugios, en la isla de Dundee y en la isla Media Luna, y tres nuevas estaciones radiotelegráficas: en Brown, Esperanza y Orcadas. Se hacen relevamientos aerofotográficos al oeste, norte y nordeste de la península Antártica; balizamientos e hidrografía en la zona de Orcadas, de la isla D’Urville y de bahía Esperanza; también en los estrechos de Gerlache, Bismarck, Active y Tay. Dos hidroaviones navales Catalina, al mando del capitán de fragata Pedro Irolagoitía vuelan de Río Grande a Decepción, estableciendo el primer correo aéreo antártico. El vuelo cuenta con el apoyo de la fragata Heroína (Plan “Lobo”). Las fragatas Hércules y Sarandí efectúan un reconocimiento de las islas Sandwich del Sur (Plan “Foca”). Se crea la Fuerza Aérea de Tareas Antárticas (F.A.T.A.), al mando del vicecomodoro Gustavo A. Marambio. El 31 de marzo se funda el destacamento Naval Esperanza en la bahía homónima a los 63º 24’ S y 56º W; su primer jefe es el teniente de fragata Luís M. Casanova. Allí convive, con sus camaradas de la marina, una dotación en su propio edificio. Con el revelo de la dotación de la base General San Martín, llega el primer helicóptero enviado por la Argentina a la Antártida; es el Sikorsky, S-51, piloteado por el aviador civil Hugo Parodi. En noviembre-diciembre de 1952, una patrulla de la Base San Martín, al mando del capitán Humberto Bassani Grande, realiza una marcha terrestre al mar de Weddell, arribando a la bahía Mobiloil el 28 de diciembre. Es el primer cruce de los Antartandes registrado en la historia antártica. Por decreto del 23 de diciembre de 1952, el observatorio de Orcadas pasa a depender del Ministerio de Marina. La actividad científica del verano 1951-1952, con la participación de diecisiete investigadores, abarca diversas especialidades: oceanografía, ictiología, biología, paleontología, geología, gravimetría, zoología, astronomía y magnetismo, entre otras. La intensa labor en la que colaboraron las universidades nacionales y los institutos de las fuerzas armadas arroja importantes resultados, entre los que

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merece destacarse la determinación de la “convergencia antártica”. 1952-1953 La campaña antártica 1952/1953 es comandada por el capitán de navío Rodolfo N. M Panzarini. Participan seis buques: Bahía Buen Suceso, Bahía Aguirre, Punta Ninfas, Chiriguano, Sanavirón y Yámana, y dos hidroaviones Grumman Goose, 3-P50 y 3-P-51. Severas condiciones glaciológicas, averías en buques, aviones y helicópteros y accidentes personales, dificultan esta campaña (la de mayor amplitud de planes hasta entonces) no obstante lo cual, además de los relevos y reaprovisionamientos de rutina , se hacen relevamientos aerofotográficos y tareas hidrográficas en ambas márgenes de la Tierra de San Martín, desde la bahía Esperanza hasta la isla Cerro Nevado por oriente hasta el archipiélago de Palmer por occidente, y en las zonas de las islas Orcadas, como así también estudios sobre oceanografía, meteorología y balizamientos. El avión Cruz del Sur de la Fuerza Aérea Argentina vuela desde Río Gallegos hasta la bahía Margarita cerrada por los hielos, para arrojar medicamentos y correspondencia a la base General San Martín. El 16 de febrero de 1953, personal de la fragata inglesa Snipe desembarca en la caleta Balleneros de la isla Decepción y destruye un refugio chileno y el nuestro — Teniente Lasala—, recién instalado, capturando a los dos cabos allí presentes. El 1º de abril, el gobernador de Tierra del Fuego inaugura el Destacamento Naval Luna, bautizado luego “Teniente Cámara”, en la isla Media Luna. La campaña científica 1952-1953 es desarrollada por veintiséis investigadores del Instituto Antártico Argentino y de universidades nacionales. El objetivo prioritario del plan científico es la prospección de horizontes minerales de caracteres estratégicos y factibles de ser extraídos. Mineralogía, petrografía y topografía se realizan en las islas Shetland del Sur, en el estrecho de Gerlache y en la bahía Esperanza, y vulcanología en la isla Decepción. También se realizan observaciones y recolección de especímenes de la fauna antártica y subantártica, botánica y zoología, microbiología, paleontología, ecología vegetal y humana, edafología, glaciología, criopedologia, meteorología, gravimetría, sismología, magnetismo, electricidad atmosférica y radiaciones cósmicas. 1953-1954 Al mando del capitán de navío Alicio E. Ogara, la campaña 1953-1954, se efectúa con los buques Bahía Buen Suceso, Bahía Aguirre, Punta Loyola, Chiriguano y Sanavirón, dos aviones Grumman-Goose, y dos Catalina. En febrero de 1954, por primera vez es necesario el empleo de dos helicópteros Sikorsky S-55, especialmente adquiridos para relevar a la dotación de la base San Martín, trasladándola desde la isla Barry al transporte Bahía Aguirre —distante 250 kilómetros— por encontrarse la bahía Margarita totalmente congelada.

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Se relevan y reaprovisionan bases; se instalan un radiofaro y cinco nuevos refugios y se inaugura, el 4 de marzo, la nueva base de Ejército Esperanza; su primer jefe es el teniente coronel Fortunato Castro. La ceremonia cuenta con la presencia del ministro de Marina, contralmirante Aníbal O. Olivieri, que a bordo del transporte Les Eclaireurs, realiza una visita de inspección a las instalaciones argentinas de la zona. Se hacen relevamientos aerofotográficos en las zonas nordeste y noroeste de la Tierra de San Martín; levantamientos con poligonales de mar en la ruta de Esperanza-Cerro Nevado; y tareas hidrográficas en diversas zonas, entre ellas: Orcadas, Dundee, Gerlache y Shetland. En la actividad científica participan veinticuatro investigadores y diez ayudantes, con la misma misión general fijada por el Instituto Antártico Argentino de proseguir con las investigaciones científicas iniciadas en las temporadas anteriores, de manera de obtener un pleno conocimiento de su constitución geológica, condiciones biológicas, oceanografía, meteorología, condiciones de vida, geofísica y astrofísica. 1954-1955 La campaña antártica 1954-1955 es comandada por el capitán de navío Alicio E. Ogara con el rompehielos General San Martín, los transportes Bahía Buen Suceso y Bahía Aguirre, el buque-tanque Punta Loyola, los hidrográficos Chiriguano y Sanavirón, el buque de salvamento Yamana, dos aviones y tres helicópteros. La novedad de esta campaña es la utilización de un rompehielos, recientemente adquirido por iniciativa del general Hernán Pujato, director del I. A. A. El flamante rompehielos, al mando del capitán de fragata Luís T. Villalobos, realiza la inédita penetración del mar de Weddell hasta los 78º 01’ de latitud Sur, conduciendo al general Pujato y a sus hombres, que ocuparon la nueva Base de Ejercito General Belgrano, fundada el 18 de enero de 1955 sobre la barrera de hielo Filchner, en la bahía Comandante Piedra Buena. Se relevan, reaprovisionan y reparan siete bases y se instalan cuatro nuevos refugios. Se hacen relevamientos aerofotográficos en la costa oriental de la península Antártica hasta la isla de Cerro Nevado, y por la parte occidental, en las islas Shetland del Sur y zona de Bismarck-Martha. La costa de la Tierra de los Coats y zonas de la península antártica y archipiélagos de Biscoe, son levantadas con poligonales de mar. Veintisiete científicos del Instituto Antártico Argentino, de los museos de Ciencias Naturales de Buenos Aires y La Plata y de las universidades nacionales, realizan relevamientos geológicos y estudios petrográficos de rocas en las Shetland del Sur, Melchior y cabo Spring, bahía Paraíso y bahía Esperanza; glaciología en los mismos

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lugares y en bahía Margarita; paleontología, desde Esperanza hasta Cerro Nevado; topografía en diversas zonas de interés geológico; recolección y estudio de especímenes botánicos y zoológicos, ecología y oceanografía. En la bahía Esperanza, se hace la primera experiencia de granja hidropónica. El general Hernán Pujato, en un pequeño avión monomotor, descubre los primeros accidentes orográficos al sur de los 82º de latitud: la meseta del Ejército Argentino y los montes Río Negro, los Menucos, Bahía Blanca, Rufino, Santa Fe, Entre Ríos y Diamante, y la cordillera de Santa Teresita. Durante la campaña de verano, pierden la vida el teniente de navío Juan Ramón Cámara y el marinero conscripto Mario Ortiz, accidentado el primero en la caleta Potter y el segundo en la bahía Paraíso. 1955-1956 Al mando del capitán de navío Emilio L. Díaz, participan en la campaña 1955-1956, los buques: General San Martín, Bahía Aguirre y Chiriguano y el grupo aeronaval, con dos aviones y dos helicópteros. Se relevan, reaprovisionan y reparan nueve bases y quince refugios, y se instala uno nuevo en la isla de Mikkelsen. Se hacen relevamientos aerofotográficos en 1.900 millas, tareas hidrográficas en diversas zonas, determinación de catorce puntos astronómicos, estaciones gravimétricas, magnéticas y oceanográficas, y balizamientos. En la actividad científica intervienen veintisiete investigadores argentinos y dos norteamericanos, secundados por veinte ayudantes. Oceanografía, gravimetría, astronomía, zoología, geomagnetismo, meteorología, ionósfera, glaciología, geología, limnología, paleontología, microbiología y topografía, son las disciplinas encaradas. Personal del Museo de Ciencias Naturales Bernardino Rivadavia hace la recolección de especímenes zoológicos y botánicos. El capitán de corbeta Raúl G. Kolbe participa en la expedición norteamericana Deepfreeze. Durante la campaña de verano se registra la desaparición del cabo primero cocinero Humberto N. Rojo, quien fuera arrastrado por la corriente, y el fallecimiento del suboficial segundo de mar Roberto Álvarez Argañaráz. Por decreto del 26 de enero de 1956, el Instituto Antártico Argentino pasa a depender del Ministerio de Marina. Por decreto del 3 de julio de 1956, se crea la Comisión Nacional del Año Geofísico Internacional (C.N.A.G.I.), para coordinar las actividades científicas de las instituciones nacionales comprometidas en el programa multinacional. 1956-1957 La campaña 1956-1957 es comandada por el capitán de navío Helvio N. Guozden con los buques: General San Martín, Bahía Aguirre, Chiriguano y Sanavirón. Dos aviones y dos helicópteros componen el grupo aeronaval.

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Se relevan, reaprovisionan y reparan ocho bases y doce refugios, y se instala una nueva estación ionosférica y un nuevo refugio. Se hacen tareas hidrográficas de rutina, estaciones oceanográficas, batitermográficas, balizamientos y determinación de puntos astronómicos. Doce científicos locales y dos norteamericanos realizan estudios de glaciología, biología y cartografía en diversos lugares y a bordo del rompehielos General San Martín. El capitán de corbeta Daniel Cánova participa en la expedición Deepfreeze II. El vicepresidente provisional de la Nación, contralmirante Isaac Francisco Rojas, inspecciona las bases a bordo del Bahía Thetis. Por decreto del 28 de enero de 1957 se restablece el Territorio Nacional de Tierra del Fuego, Antártida e islas del Atlántico Sur. En julio-agosto, el rompehielos General San Martín, al mando del capitán de fragata Jorge A. Boffi, realiza una campaña invernal, penetrando hasta los 61º 59’ S y 62º 59’ W. 1957-1958 La campaña 1957-1958 es comandada por el capitán de navío Alberto Patrón Laplacette con el rompehielos General San Martín, el transporte Bahía Aguirre, el buque hidrográfico Chiriguano, dos helicópteros, un hidroavión Martín Mariner y dos aviones Catalina. Dado el desarrollo de las tareas del Año Geofísico Internacional (AGI), esta campaña tiene un carácter notoriamente científico; participan en ella el Servicio de Hidrografía Naval, la Universidad de La Plata, el Instituto Geográfico Militar, el Museo de Ciencias Naturales “Bernardino Rivadavia” y el Instituto Antártico Argentino, que tuvo a su cargo la coordinación de todas las actividades glaciológicas del programa argentino. También embarcan científicos estadounidenses y, como observadores, oficiales de las armadas de los Estados Unidos, Chile y Uruguay. Nuestro país desarrolla las siguientes disciplinas: meteorología, sismología, auroras y luz nocturna, ionósfera, oceanografía, glaciología, actividad solar y rayos cósmicos. Tres bases, San Martín, Belgrano y Esperanza, funcionan como estaciones glaciológicas principales, mientras que Orcadas, Cámara, Decepción, Melchior y Brown, como secundarias. A bordo del rompehielos General San Martín, el Dr. John Sieburth del Instituto Politécnico de Virginia, estudia la microbiología de la fauna antártica y descubre el efecto antibiótico del fitoplancton. El 18 de diciembre de 1957, el hidroavión Martín Mariner 2-8-21, comandado por el capitán de fragata Justiniano Martínez Achaval, une en un vuelo sin etapas la Antártida con Buenos Aires y hasta marzo de 1958 cruza varias veces el Drake.´

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En un accidente en la bahía Margarita pierden la vida, el suboficial primero aeronáutico Leónidas Carabajal, el cabo segundo electricista Pedro Garay y el señor Otto Freytag, este último del Instituto Antártico Argentino. Al margen de la campaña antártica, el buque hidrográfico Sanavirón y el buque norteamericano Vema realizan una campaña geofísica patrocinada por el Servicio de Hidrografía Naval y la Universidad de Columbia. El transporte Les Eclaireurs al mando del capitán de fragata Eduardo Llosa y apoyado por el Grupo Naval Antártico, realiza los dos primeros cruceros turísticos a la Antártida. El teniente de navío Pedro Margalot participa en la expedición norteamericana Deepfreeze III. La Fuerza Aérea establece el Servicio Aéreo a la Antártida. El 22 de enero de 1958 el mayor del Ejército Pedro P. Arcondo se lanza en paracaídas, en proximidades de la base Belgrano; en 1962 perderá la vida en un similar intento sobre el mar. Por decreto del 17 de septiembre de 1958 se designa al Instituto Antártico Argentino para administrar y operar la Estación Científica Ellsworth, de los Estados Unidos. 1958-1959 La campaña antártica 1958-1959, bajo el comando del capitán de navío Adolfo A. Schultze, se lleva a cabo con el rompehielos General San Martín, el transporte Bahía Aguirre y los buques hidrográficos Chiriguano y Sanavirón, y el buque oceanográfico Capitán Cánepa. Tras tareas logísticas de rutina se realizan trabajos de oceanografía, meteorología, hidrografía y cartografía y se da pleno apoyo a los grupos del Instituto Antártico Argentino especializados en biología, fisiología humana, geología y oceanografía, que operan en tierra y a bordo de los buques. El 17 de enero se hace el relevo de la dotación norteamericana de la Estación Científica Ellsworth, porla argentina, presidida por el capitán de corbeta Jorge Suárez. Invitados por la Armada, a bordo del Chiriguano, los científicos norteamericanos Sieburth y Burkholder investigan sobre microbiología, confirmándose —entre otras cosas— el descubrimiento realizado por el Dr. Sieburth en la campaña anterior, de un nuevo antibiótico. Durante la presente campaña la Armada realiza un Relevamiento Aerofotogramétrico de la zona Antártica (Operación R. A. Z. A.). El gobernador de Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur, a bordo del Bahía Aguirre, pone en funciones por primera vez a un delegado antártico del Gobierno Territorial, que en esa oportunidad es el capitán de corbeta Rodolfo C.

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Castorina, jefe del Destacamento Naval Decepción. En marzo-abril de 1959 se realiza la campaña oceanográfica Vema-Sanavirón II, y en julio-septiembre la campaña Drake II, con el buque oceanográfico Capitán Cánepa. El paquete Yapeyú realiza el segundo crucero de turismo antártico. En junio de 1959 aviones de la Fuerza Aérea y de la Aviación Naval y un DC-5 de Aerolíneas Argentinas, vuelan hasta la isla Robertson para localizar y dar apoyo a una patrulla del Ejército incomunicada (Operativo Esperanza). 1959-1960 La campaña antártica 1959-1960 es comandada por el capitán de navío Jorge A. Boffi con los buques, General San Martín, Bahía Aguirre y Chiriguano y dos helicópteros. Se realizan tareas logísticas de rutina, de apoyo a bases y refugios. Por las condiciones del hielo no se pueden relevar las dotaciones de Belgrano y Ellsworth; es evacuada la base San Martín; Brown y Cámara son desocupadas y adaptadas para su uso como refugios. En la actividad científica de los buques se destaca la determinación de la ubicación de la convergencia antártica y la determinación del valor de la corriente circumpolar antártica, además de observaciones de oceanografía, biología, física y química y de sondajes en los diversos cruces del Drake. Las tareas científicas del Instituto Antártico Argentino sobre el terreno tienen por finalidad obtener datos observacionales e información operacional para la ejecución de planes de investigación sobre radiación cósmica, ornitología, paleomagenitismo, geoquímica, glaciología y meteorología. El Instituto destaca dos grupos; uno a bordo del rompehielos, para observaciones de rayos cósmicos, y otro acampado en la península Ardley, isla Veinticinco de Mayo (King George), para glaciología, geología, meteorología y fotografía. El primer grupo (en tarea conjunta entre Instituto Antártico y la Facultad de Ciencias Exactas de Buenos Aires) registra la intensidad de la radiación cósmica desde el Río de la Plata hasta la Antártida. El segundo grupo hace relevamientos geológicos y análisis químico del agua, colecciona fósiles y ejemplares biológicos, determina el contenido de anhídrido carbónico en el aire, obtiene ejemplares de rocas para análisis paleontológico, y toma datos meteorológicos. 1960-1961 La campaña antártica 1960-1961 se realiza bajo el mando del capitán de navío Luis M. Iriarte con el rompehielos General San Martín, el transporte Bahía Aguirre, el hidrográfico Chiriguano, el buque-tanque Punta Ninfas y el grupo aeronaval, con dos aviones y dos helicópteros. Se relevan y reaprovisionan todas las bases y se habilitan cinco refugios, instalándose uno nuevo del Ejército en bahía Halley.

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Se hacen tareas oceanográficas, hidrográficas, balizamientos y registros meteorológicos. Se desarrollan los planes de estudios e investigaciones del Instituto Antártico, conocidos como: Microbio, Paleomag y Química, trabajándose en las siguientes disciplinas: geología, glaciología, microbiología, fauna, taxidermia y museo. El Instituto y la Facultad de Ciencias Exactas de la Universidad de Buenos Aires, conjuntamente, continúan los estudios de radiación cósmica de la campaña anterior, contando a bordo del rompehielos con un monitor de neutrones para medir la componente protónica de la radiación cósmica, medición que se realiza así por primera vez. En el curso de la campaña 1960-1961, el presidente de la República, Dr. Arturo Frondizi visita el Destacamento Naval Decepción el 8 de mayo, acompañado por el provicario castrense, monseñor Victorio Bonamin, y otras personalidades. Por decreto del 5 de mayo de 1961, la República Argentina ratifica el Tratado Antártico, suscripto en Washington el 1º de diciembre de 1959. El buque oceanográfico Capitán Cánepa participa en la campaña oceanográfica Vema-Cánepa II, abril-junio de 1961. 1961-1962 La campaña de 1961-1962 es comandada por el capitán de navío Jorge H. Pernice con los buques: General San Martín, Bahía Aguirre, Chiriguano y Punta Médanos. Esta campaña, como la anterior, se caracteriza por el amplio apoyo a la actividad científica, que se torna relevante acorde con la nueva era iniciada por la vigencia del Tratado Antártico. Durante la campaña de verano, el Instituto Antártico destaca dos grupos de trabajo: uno para realizar tareas de carácter glaciológico a bordo del rompehielos General San Martín y otro, para estudios geológicos y biológicos en tierra. El primer grupo inicia el censo de los glaciares, traza una carta de hielos y observa la deriva del hielo y de los témpanos. El segundo grupo hace un relevamiento geológico expeditivo en la zona de la bahía Esperanza y microbiología (Plan conjunto del Instituto Antártico, la Facultad de Farmacia y Bioquímica de la Universidad de Buenos Aires). En la Estación Científica Ellsworth continúan durante 1962 los estudios de meteorología, física ionosférica, rayos cósmicos, auroras, biología, fisiología humana, glaciología y nivología y geomagnetismo. El capitán Hermes Quijada, como comandante de los bimotores Douglas CTA-12 y CTA-15, arriba el 6 de enero al Polo Sur Geográfico. El teniente primero Gustavo Adolfo Giró, al mando de una patrulla militar, realiza la expedición invernal bahía Esperanza-bahía Margarita, que es el segundo cruce de los Antartandes. El capitán Mario Luis Olezza al mando del Douglas TA-33 de la Fuerza Aérea,

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efectúa el primer aterrizaje de un avión de gran porte en la base Teniente Matienzo, siendo éste el primer descenso de la Fuerza Aérea en la Antártida. A pala, sobre hielo y nieve, veinte hombres deben construir una pista de ochocientos metros. El 1º de diciembre de ese año, el avión se dirige a la Estación Científica Ellsworth. El 10 de diciembre siguiente, al intentar decolar para intentar cumplir el vuelo transpolar, una chispa incendia el avión y frustra el intento. En marzo-abril 1962 se realiza la campaña oceanográfica del buque Capitán Cánepa. 1962-1963 La campaña 1962-1963, comandada por el capitán de navío Jorge A. Iriarte, se realiza con el General San Martín, el Bahía Aguirre, el Punta Médanos y el Grupo Aeronaval (dos helicópteros). Se relevan y reaprovisionan todas las bases existentes, a excepción de la Estación Científica Ellsworth, que fue clausurada el 30 de diciembre de 1962. Se efectúan balizamientos, hidrografía e importantes tareas oceanográficas: observaciones batitermográficas, registro horario de temperatura de superficie, cartas de hielo sobre la derrota en el Weddell, etcétera. En noviembre de 1962-febrero 1963, el Instituto Antártico Argentino interviene en la campaña antártica con programas propios y en forma conjunta con la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la Universidad de Buenos Aires, sobre radiación cósmica; con el Centro de Investigación de Biología Marina sobre plancton antártico, y con la Facultad de Farmacia y Bioquímica de la misma sobre microbiología. En la zona de la Estación Científica Ellsworth, se realiza un vuelo de reconocimiento glaciológico, con un avión Beaver del Instituto Antártico Argentino y otro del Grupo Naval Antártico. Durante el invierno de 1963 el Instituto desarrolla programas de bioquímica y biología en el Destacamento Naval Decepción, y de física de la alta atmósfera en la base Belgrano. 1963-1964 La campaña 1963-1964 es comandada por el capitán de navío Jorge E. Zimmermann, se realiza con el rompehielos General San Martín, el transporte Bahía Aguirre y el aviso Comandante General Zapiola. Además de las tareas de rutina, se instalan dos nuevos refugios en la costa Confín, tareas hidrooceanográficas y de balizamiento, y relevamientos expeditivos parciales de la Tierra de Coats, costa de la Princesa Martha y de la barrera de hielos Filchner. El Instituto Antártico hace estudios de paleontología y geología en las islas Rosamel, Decepción y Veinticinco de Mayo (King George Island); glaciología y topografía en la zona de la barrera de hielos de Filchner, donde también desarrolla investigaciones relacionadas con el programa argentino para el Año Internacional del Sol Quieto, iniciado el 1º de enero de 1964 y que comprende: aeronomía, actividad solar, luminiscencia del aire, geomagnetismo, ionósfera, investigación

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espacial, meteorología y radiación cósmica. A bordo del rompehielos continúa el registro de la componente nucleónica con el equipo monitor de neutrones. Durante el invierno de 1964 se desarrollan tareas de auroras y física ionosférica en la base Belgrano. 1964-1965 La campaña 1964-1965 es comandada por el capitán de navío Gonzalo de Bustamante con los buques General San Martín, Bahía Aguirre y Comandante General Zapiola. Durante esta campaña, el rompehielos General San Martín realiza una penetración en el mar de Weddell hasta cabo Adams, inédita hasta ese entonces en la historia antártica. El Instituto continúa en la barrera de hielos Filchner los estudios emergentes del Año Internacional del Sol Quieto, vigente hasta el 31 de diciembre de 1965, año en el que participan también institutos de las Fuerzas Armadas y de las universidades nacionales. Por otra parte el Instituto Antártico encara tareas de glaciología y topografía en las bases Esperanza, Belgrano y Ellsworth. En Esperanza, Decepción y en la bahía Paraíso, se hace la recolección biológica (aves e invertebrados marinos) y en Decepción también estudios geológicos y geoquímicos. El 17 de febrero de 1965 el Instituto inaugura la Estación Científica Almirante Brown, en el Destacamento Naval homónimo, cedido por la Marina; allí se desarrollan, durante todo el año 1965, las siguientes disciplinas: zoología (vertebrados e invertebrados), biología vegetal, bioquímica, fisiología animal, patología, bacteriología, micología y ecología. De febrero a mayo de 1965, se desarrollan dos campañas oceanográficas: una con el aviso Comandante General Zapiola (Drake IV), y otra con el buque oceanográfico Capitán Cánepa. Desde el punto de vista científico, una importante tarea de la Fuerza Aérea es la realización de la Operación Matienzo, planificada y ejecutada por la misma. Entre el 6 y el 8 de febrero de 1965, desde la Base Teniente Matienzo, se lanzan dos cohetes Gamma-Centauro, lanzamiento coordinado con otro simultáneo de iguales artefactos en el Centro de Experimentación y Lanzamiento de proyectiles autopropulsados en El Chamical (La Rioja). Estos proyectiles fueron diseñados y fabricados por la misma Fuerza Aérea en su Instituto de Investigaciones Aéreas y Espaciales de Córdoba y su lanzamiento tuvo como objetivo la medición de la radiación cósmica. El 2 de octubre de 1965, el avión Douglas C-47 (el TA-05) de la Fuerza Aérea al mando del comandante Mario E. Olezza, realiza reconocimientos en la búsqueda de un avión Cessna del Ejército que se había extraviado. Lo localiza dos días después, a los 79º de latitud sur, arrojando elementos de supervivencia y de

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comunicación. Es el mismo Douglas C-47 que utilizó el coronel Leal para trasladarse desde Buenos Aires a la Base General Belgrano, desde la que iniciaría su expedición por tierra al Polo Sur. El 4 de noviembre de ese año corresponde también a la Fuerza Aérea la emoción de plantar en pleno Polo Sur el pabellón argentino. Una escuadrilla del arma integrada por el bimotor Douglas C-47, piloteado por el comandante Mario L. Olezza, y dos monomotores Beaver (el P-05 y el P-06), piloteados respectivamente por el primer teniente Eduardo Fontaine y por el comandante Jorge Raúl Muñoz, realizan la extraordinaria hazaña de la que participaron igualmente los tenientes Roberto Tribiani y Alfredo Abelardo Cano, los suboficiales principales Juan Carlos Nasoni y Guillermo Hausser, el suboficial ayudante Miguel Amado Acosta, el suboficial auxiliar Juan Carlos Rivero y el cabo principal José Gerardo Mateos, así como el sargento ayudante Julio Germán Muñoz, este último del Ejército. Desde allí, el comandante Olezza cumple finalmente el primer vuelo transpolar desde el continente americano, entre el Polo y la base McMurdo, en el C-47, los días 11 y 12 de noviembre. En el vuelo de regreso, se le unen dos Beaver, que habían permanecido en el Polo y regresan a la Base Teniente Matienzo. Los Beaver quedan en la Antártida y cumplen en ese mismo año numerosas tareas, entre ellas la observación de los hielos para facilitar el acceso del rompehielos General San Martín; instalación de la Estación de Apoyo de la Fuerza Aérea Argentina Nº 1 en los 70º de latitud sur; traslado de personal y materiales a la Base de Ejército Alférez de Navío Sobral; instalación de depósitos de combustibles en la ruta que debería seguir la expedición terrestre del coronel Leal al Polo; ejercicios de salvamento y rescate, etcétera. En ese mismo año, 1965, el Ejército, en cumplimiento de tareas previas y necesarias para su posterior marcha hasta el Polo Sur, instala una Base Avanzada de Operaciones. En efecto, desde la Base General Belgrano y en sucesivas patrullas, el capitán Gustavo Adolfo Giró, planta en los 81º de latitud, la que sería la base más austral de nuestro país, la base del Ejército Alférez de Navío Sobral. Su primera dotación tuvo por jefe al teniente Adolfo E. Gotees. En la Base Sobral, al igual que en la Base Belgrano, la noche polar dura cuatro meses, interrumpiendo solamente el silencio y la oscuridad reinantes la belleza de las auroras australes. Una hazaña marca a 1965 con uno de los jalones más memorables de la epopeya argentina en el continente Antártico: el asalto por tierra del Polo Sur. El Ejército Argentino inicia el 26 de octubre de 1965 la marcha terrestre desde la base Belgrano hacia el Polo Sur. Al mando del coronel Jorge Edgard Leal, la patrulla integrada por el capitán Gustavo A. Giró, el suboficial principal Ricardo Bautista

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Ceppi, los sargentos ayudantes Roberto Humberto Carrión, Julio César Ortiz, Adolfo Florencio Pérez y Jorge Raúl Rodríguez, los sargentos pimeros Adolfo Oscar Moreno y Domingo Zacarías y el cabo Ramón Oscar Alfonso, luego de innumerables sacrificios y peligros, arribó al Polo Sur, vértice del Sector Antártico y extremo austral de nuestra patria, el 10 de diciembre de 1965. Con un recorrido de 2.900 kilómetros, se cumplen los viajes de ida y regreso en jornadas de hasta 36 horas de marcha. Regresa esta expedición a la base Belgrano el 31 de diciembre de 1965, después de 66 días en el desierto blanco, atravesando alturas de hasta 3.000 metros, con temperaturas inferiores a - 40º C, soportando el helado viento polar y debiendo salvar, permanentemente, las traicioneras grietas. La expedición cumplió objetivos científicos que se llevaron a cabo exitosamente. De esta manera, la Argentina se sitúa como el primer país del mundo que llegó al Polo Sur partiendo y regresando del mar de Weddell, es decir, siempre en nuestro Sector Antártico. 1965-1966 La campaña 1965-1966 es comandada por el capitán de navío José A. Alvarez, con los buques General San Martín y Bahía Aguirre. Se relevan y reaprovisionan todas las bases en actividad y se habilita el Destacamento Naval Teniente Cámara, para actividad científica durante la campaña de verano. Entre las tareas científicas cumplidas por los buques se destacan: relevamientos expeditivos en las zonas de caleta Potter, puerto Circuncisión y bahía Faro; registros de temperatura, salinidad y composición química del agua de mar durante la penetración a Belgrano y estaciones oceanográficas en el mar de la Flota y en el de Gerlache. Durante la campaña de verano participa junto al personal del Instituto Antártico, personal del Centro Nacional de Radiación Cósmica. A bordo del rompehielos, se determina durante la derrota la componente nucleónica de la radiación cósmica; se efectúan lanzamientos de globos estratosféricos y recepción de señales transmitidas por ellos, y se mide la componente cargada y la componente fotónica de la radiación cósmica, desde los 54º hasta los 78º de latitud Sur aproximadamente. En la estación Científica Almirante Brown, se hacen estudios de ictiología, recolección de ejemplares de fauna marina. Durante el invierno, se trabaja en la base Belgrano en auroras, física ionosférica, geología y radiactividad. El 12 de enero de 1966, el capitán Gustavo A. Giró Tapper y el teniente Pedro Acosta, realizan, desde un Beaver de la Fuerza Aérea, un lanzamiento con paracaídas que incluye tres perros, un trineo desarmable, víveres y elementos de supervivencia. 1966-1967 Bajo el comando del capitán de navío Julio Álvaro Vázquez, la campaña antártica 1966-1967 se lleva a cabo con los buques: rompehielos General San Martín,

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transporte Bahía Aguirre y aviso Comandante General Irigoyen. Se da apoyo logístico a bases, refugios y grupos científicos; se construye la Estación Aeronaval Petrel, sobre la base del refugio homónimo, siendo su primer jefe el teniente de corbeta Eduardo Figueroa. Se realizan tareas náuticas y oceanográficas y un vuelo glaciológico que abarca el Drake Sur, el mar de la Flota, el estrecho Antarctic y el noroeste del mar de Weddell hasta la isla Robertson. La observación glaciológica se completó por mar con el aviso Comandante General Irigoyen. Las tareas científicas del Instituto Antártico comprenden: puesta en funcionamiento en la base Belgrano de un fotómetro de auroras; registro de la componente nucleónica de la radiación cósmica, a bordo del rompehielos; estudios ictiológicos y recolección biológica en puerto Paraíso; recolección de muestras para análisis de radiactividad, estudios limnológicos, geológicos y geoquímicos en la isla Decepción, y observación glaciológica desde a bordo. Durante el invierno se continúa trabajando en Belgrano, en física ionosférica y auroras. 1967-1968 La campaña 1967-68 fue comandada por el capitán de navío Jorge Alberto Ledesma con los buques General San Martín, Bahía Aguirre, Comandante General Irigoyen y buque polar Martín Karlsen. Se efectúa el relevo, reaprovisionamiento y reparación de bases y refugios. El 4 de diciembre, una erupción volcánica de grandes proporciones obliga a evacuar el Destacamento Naval Decepción. Se hacen diecisiete estaciones oceanográficas para estudiar organismos animales y vegetales en el fondo marino, observaciones de hielo, registros meteorológicos y levantamientos expeditivos en caleta Choza y bahía Esperanza. La actividad científica del Instituto se desarrolla principalmente en la Estación Científica Almirante Brown con fisiología animal en pingüinos papúa y biología animal y vegetal. En Decepción, se hacen estudios de vulcanología. Durante el invierno se continúan estos estudios en Brown, y auroras y física ionosférica en Belgrano. En Brown inverna un meteorólogo soviético como parte del intercambio de personal científico argentino-soviético y por el cual un meteorólogo argentino inverna en la estación soviética Molodeshnaya. El observatorio de la isla Laurie opera una Central Meteorológica Antártica. El 28 de octubre se clausura la base Sobral. Finalizada la campaña, en el mes de julio, una base inglesa solicita socorro porque un enfermo grave debe ser evacuado. Después de un frustrado intento, por accidente del Beaver enviado desde la Base Matienzo, sin víctimas, el rompehielos General San Martin rescata al paciente de la base británica de las Islas Argentinas y lo lleva a Ushuaia, desde donde es trasladado a Buenos Aires. En un mensaje de

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agradecimiento del director del British Antarctic Survey, Sir Vivian Fuchs, dice textualmente: “…una campaña invernal de esta naturaleza, resulta sin paralelo en la historia marítima antártica”. 1968-1969 La campaña 1968-1969 es comandada por el capitán de navío Horacio Arturo Ferrari con el rompehielos General San Martín, el transporte Bahía Aguirre y el aviso Goyena. El personal científico realiza tareas en diversas disciplinas, destacándose la comisión de la isla Decepción para el estudio vulcanológico de la misma. En el mes de febrero se produce una nueva explosión volcánica. La Dirección Nacional de Turismo organiza a bordo del buque Libertad, de la Empresa Líneas Marítimas Argentinas, cuatro cruceros turísticos a la Antártida. Durante enero y febrero, el rompehielos General San Martín y el aviso Goyena efectúan sendas campañas oceanográficas, el primero en el mar de Weddell y el segundo en el mar de la Flota y adyacencias. El 29 de octubre de 1969 se inaugura la Base Aérea Vicecomodoro Marambio, ubicada en la isla del mismo nombre, en latitud 64º 15’ S y longitud 56º 43’ 15’’ W. Tiene una pista principal en la meseta de la isla, casi enteramente despejada de acumulaciones de nieve y hielo, en cota 200 metros y con una longitud de 1.500 metros en orientación NNE-SSW. Se opera con aviones pesados con ruedas; allí aterrizó el avión C-130 Hércules. Esa pista puede utilizarse unos diez meses al año. La creación de esta base de avanzada significa un valioso aporte para asegurar la operación continua de aviones de gran porte, sin perjuicio de un futuro uso como base alternativa o de apoyo para vuelos intercontinentales transpolares. Durante esta campaña se inaugura la presencia científica femenina argentina en la Antártida; cuatro biólogas del Museo de Ciencias Naturales Bernardino Rivadavia realizan investigaciones de su especialidad en el Destacamento Naval Melchior (hoy Base Melchior), durante el período estival. 1969-1970 La campaña 1969-70 se realiza bajo el comando del capitán de navío Gerardo Félix Ojanguren, con el rompehielos General San Martín, el transporte Bahía Aguirre y el buque polar Theron. Para esta campaña y las sucesivas, se pone en ejecución un Comando Conjunto Antártico, integrado por el componente terrestre (Ejército), el componente naval (Armada), el componente aéreo (Fuerza Aérea) y el componente científico (Instituto Antártico Argentino). Se efectúan los relevos de los destacamentos y las bases, habiéndose arrendado el buque polar Theron, de bandera danesa, para el transporte de carga con destino a la Base General Belgrano. El Instituto Antártico Argentino en esta campaña instala en esa base un laboratorio científico para el estudio de la alta atmósfera que comprende: equipos para ionósfera, auroras australes, física de la alta atmósfera,

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un súper monitor de neutrones, cámara todo cielo y antenas y registradores para el ruido cósmico. También se instala una casilla para lanzamiento de globos para registro de altura. La instalación del laboratorio, denominado LABEL, se ajusta a los programas mundiales que en la actualidad se desarrollan para investigar las relaciones Sol-Tierra de fenómenos propios de los puntos conjugados, que comprenden: uno no lejos de la costa canadiense, frente a la isla Terranova, y otro en las proximidades de la Base General Belgrano. Personal científico atiende las observaciones y registros. Por decreto-ley 18.513, del 31 de diciembre de 1969, créase a partir del 1º de enero de 1970, la Dirección Nacional del Antártico, bajo la dependencia del Ministerio de Defensa y asígnase a la misma la responsabilidad del planeamiento, programación, dirección, coordinación y control de la actividad antártica argentina, de acuerdo con los objetivos, políticas y estrategias nacionales y con los recursos y medios que el Estado asigne, fomentando el interés nacional en esa actividad y difundiendo sus resultados. Se designa como primer Director Nacional al general de brigada Jorge E. Leal. 1970-1971 La campaña 1970-1971 es comandada por el capitán de navío Roberto A. Ulloa con los buques General San Martín, Bahía Aguirre y Comandante General Zapiola. Además del apoyo logístico a las bases, refugios y grupos científicos, se hacen reconocimientos hidrográficos con búsqueda y localización de rocas y bajofondos, etc. En los mares de Weddell y Bellingshausen, se realizan estaciones oceanográficas; en la isla Berkner un reconocimiento marítimo y en la isla Pedro I, tareas hidro-oceanográficas y también observaciones glaciológicas, registros meteorológicos y balizamientos. El Instituto Antártico Argentino desarrolla los siguientes planes: geológicotopográfico Pedro I, Fisiofac, Biofac, Microfac, Histiaa, vulcanológico, glaciológico, cosmantar, biológico Pedro I y museo. Durante el invierno, se desarrollan los planes: hormofac, oceanográfico, nucleoantar, zoológico, observaciones del ambiente en la Estación Científica Almirante Brown y Cosmoantar, Deniaa, auroras y Núcleoantar en la Base Belgrano. Entre el 31 de agosto y el 21 de septiembre de 1971, se produce el rescate desde el Destacamento Naval Petrel de dos miembros de la base inglesa Fosil Bluff, ubicada a los 71º 20’ S y 68º 20’ W, uno de ellos enfermo y el otro herido, quienes son trasladados a la Base Vicecomodoro Marambio, desde donde son evacuados por un avión C-130 a Buenos Aires. La difícil misión se realizó en un avión Porter 4G1, cuya tripulación estaba formada por el teniente de navío Roberto J. Seisdedos, el teniente de fragata Carlos Anzay, el suboficial mecánico Gerardo

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Palladito y el doctor Aurelio Bosso. 1971-1972 Bajo el comando del capitán de navío Justo G. Padilla, con los buques General San Martín, Bahía Aguirre y Goyena, se realiza la campaña antártica 1971-72. Se realizan las tareas logísticas de rutina y, con la colaboración de diecinueve instituciones científicas del país, se desarrolla un amplio plan de labor en las áreas de los mares del Scotia, de Weddell y Bellingshausen, archipiélagos antárticos y Tierra de San Martín. El Instituto Antártico Argentino continúa con el desarrollo de los planes de la campaña anterior. En la isla Decepción, el plan vulcanológico se efectúa con la participación de seis investigadores extranjeros. A bordo del Goyena se desarrolla el plan Oceantar. En la barrera de Larsen y en la meseta de la península antártica, se elabora el plan Hieloantar; en la isla Pedro I: meteorología, radiación y geomagnetismo; en Esperanza el plan Hepafac. Durante el invierno continúa la labor científica en la Estación Científica Almirante Brown y en el LABEL (Laboratorio Belgrano). En el curso de esta campaña, los días 12 y 14 de abril, se realiza, desde el rompehielos General San Martín, mientras navegaba por el mar de Weddell, una transmisión a distancia de electrocardiogramas, utilizando las técnicas ideadas en el Instituto de Ingeniería Biomédica de la Facultad de Ingeniería de la Universidad de Buenos Aires. El registro electrocardiográfico se repite el día 17 en la Base General Belgrano, siendo interpretados en Buenos Aires por el Dr. Domingo Carreras. 1972-1973 La campaña 1972-1973 es comandada por el capitán de navío Adriano Juan Roccatagliata con los buques General San Martín y Bahía Aguirre. Se brinda apoyo logístico a las estaciones en tierra y a los grupos de científicos; se hacen balizamientos, oceanografía e hidrografía. Investigadores del Instituto Antártico Argentino trabajan en: Estación Científica Almirante Brown (Fisiofac, Histiaa, Oceanografía); Esperanza (Microfac y Visión); Palmer (Estados Unidos) (Bioantar I y Bioantar II); Decepción (Vulcantar); isla Livingston (Geoantar) y a bordo del buque Goyena (Oceantar), Durante el invierno de 1973, continuan las tareas en la Estación Científica Almirante Brown y en el LABEL. El 10 de agosto se realiza la ceremonia central del Día de la Fuerza Aérea en la Base Vicecomodoro Marambio, constituyéndose la Base en esa ocasión, en la sede accidental del Poder Ejecutivo Nacional, firmándose el Acta de Afirmación de la Soberanía en la Antártida Argentina, suscripta por las autoridades nacionales; allí se efectua la habitual reunión semanal de gabinete, tratándose importantes asuntos de estado.

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El 28 de diciembre de 1972, el buque oceanográfico Calypso fondea en el Puerto Foster, isla Decepción, donde Jacques Cousteau proyectaba efectuar algunos estudios y filmar escenas para una de sus películas. En esa ocasión, el primer oficial del Calypso resulta muerto al ser alcanzado por la pala de un helicóptero; su fallecimiento es denunciado ante las autoridades judiciales de Ushuaia. La intervención directa del tribunal federal de esta ciudad, solicitada por Cousteau, constituye un verdadero reconocimiento de soberanía hecho por la expedición francesa al someter a autoridades argentinas la investigación del suceso, inscribir la defunción de Laval en el Registro Civil de Ushuaia y mantener enarbolado el pabellón argentino durante su permanencia en aguas antárticas. 1973-1974 La campaña antártica 1973-1974 es comandada por el capitán de navío Horacio Justo Gómez Verte con los buques: rompehielos General San Martín, transporte Bahía Aguirre, avisos Comandante General Irigoyen y Comandante General Zapiola. Se da apoyo logístico a las estaciones en tierra y a la actividad científica. Se realizan tareas náuticas, hidrográficas y oceanográficas e inspección de faros y balizas. La actividad científica durante la campaña de verano cuenta con la participación de noventa científicos y técnicos. El Instituto Antártico continúa el desarrollo de sus programas propios y en colaboración: Oceantar, Geoantar, Vulcantar, Igmantar, Visión, Histiaa, Fisiofac, Microfac, Gaba y Bioantar. Durante el invierno, continúan los programas propios de la ECAB y el LABEL. Los días 5 y 8 de diciembre de 1973, un avión LC-130 Hércules de la Fuerza Aérea une, en un vuelo sin precedentes, Buenos Aires y Canberra (Australia) a través del continente Antártico. Encabeza su tripulación el comandante general del arma brigadier general Héctor Luis Fautario, integrándola el vicecomodoro José A. González (primer piloto), el capitán Juan Daniel Paulik (segundo piloto), el capitán Héctor Cid (tercer piloto), los capitanes Adrián J. Speranza y Hugo C. Meinsner y el primer teniente Jorge Valdecantos (navegantes), el mayor Salvador Alaimo (meteorólogo), el suboficial mayor Mario F. Guayan y el suboficial principal Pedro Bessero (mecánicos), el suboficial mayor Juan Bueno (camarógrafo). Participan además, el comodoro Juan C. Porcile y el mayor Manuel Marcelo Mir. 1974-1975 La campaña 1974-1975 es comandada por el capitán de navío Aldo de Rosso, con los buques General San Martín, Bahía Aguirre y Comandante General Zapiola. Se trata de una campaña muy difícil por las duras condiciones del tiempo y de los hielos, que obstaculizan incluso los relevos de las dotaciones y el reabastecimiento de las bases. En este verano, un fuerte temporal arroja al Bahía Aguirre sobre las rocas de Punta Bajos, en la isla Dundee, colocándolo en una situación de sumo

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peligro, de la cual pudo zafar gracias a las hábiles maniobras de sus tripulates. Poco después, el hielo encerró al rompehielos General San Martín mientras navegaba cerca de la isla Vicecomodoro Marambio, en el golfo Erebus y Terror. El buque permaneció atrapado durante un mes hasta que la aparición de una grieta le permitió acceder a aguas libres. Durante la campaña de verano, el Instituto continúa el desarrollo de sus programas: Bioantar, Histiaa, en ECAB; Microfac, en Esperanza: Gaba, en la base Palmer (Estados Unidos) Vulcantar, en Decepción; Geoantar, en las islas Vicecomodoro Marambio, James Ross, Cockburn y Lockyer. A bordo del buque oceanográfico Islas Orcadas, se desarrolló el programa Oceantar. También en esta temporada, la Dirección Nacional de Turismo contrata al buque Regina Prima para efectuar cinco cruceros turísticos, con 474 plazas en cada viaje. 1975-1976 Bajo el comando del capitán de navío Fernando Miguel Romeo, los buques General San Martín, Bahía Aguirre, Cándido Lasala y Comandante General Zapiola, intervienen en la campaña antártica. Fueron relevadas y abastecidas todas las estaciones en operación. Se reactivó la base San Martín y se instalaron dos nuevas estaciones, una en los nunataks Bertrab y otra en la caleta Potter. El Servicio de Hidrografía Naval, el Servicio Meteorológico de la Armada y el Servicio Meteorológico Nacional, dependiente de la Fuerza Aérea, efectuaron observaciones hidro-oceanográficas, geológicas, glaciológicas, meteorológicas y de geomagnetismo. En febrero se instalan por primera vez los nuevos equipos de Televisión de Barrido Lento (SSTV), consiguiéndose emitir y recibir en la Antártida (Base Brown) imágenes fijas diferidas cada siete segundos y en cualquier momento del día (sistema similar al utilizado por la NASA en el primer alunizaje). Este sistema revoluciona las radioconversaciones con la base Brown, porque permite a los residentes observar a sus familiares a través de la distancia, o viceversa. El Instituto Antártico Argentino participa en el crucero del buque de investigación Thomas G. Thompson, que realiza el proyecto F. Drake 76 como parte de la Década Internacional de Exploración Oceánica y desarrolla programas propios y en colaboración con organismos nacionales e internacionales de ciencias de la tierra, ciencias de la atmósfera y ciencias biológicas. Se realizaron seis cruceros turísticos con el buque Regina Prima. En 1976 ocurren dos graves accidentes aéreos en la Antártida: uno el 15 de septiembre cuando un avión Neptune de la Armada se estrella en el monte Bernard, isla Livingston (Shetland del Sur), falleciendo sus diez tripulantes y un civil perteneciente a la TV de Río Grande; y el otro, el 5 de diciembre, en ocasión de precipitarse a tierra en la isla Vicecomodoro Marambio, un helicóptero de la

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Fuerza Aérea, accidente en el que perdieron la vida sus tres ocupantes. El 18 de febrero de 1976 se inaugura en la base Esperanza la capilla católica San Francisco de Asís. 1976-1977 La campaña 1976-1977 es comandada por el capitán de navío Isidoro Antonio Paradelo, se realiza con los buques General San Martín, Bahía Aguirre, Cándido Lasala y Francisco de Gurruchaga. Se efectúa el relevo y abastecimiento de todas las estaciones en operación y continuan las observaciones científicas de las campañas anteriores, prosiguiendo el Instituto Antártico Argentino con el desarrollo de sus programas propios y en colaboración con otras instituciones. Como el año anterior, en 1977 la actividad antártica se ve empañada por la pérdida de vidas humanas. El 11 de enero, mientras realiza una misión de rescate del avión Neptune, un helicóptero del Ejército se precipita a tierra sobre la isla Livingston, falleciendo sus tres tripulantes. 1977-1978 La campaña 1977-1978 es comandada por el capitán de navío Carlos Alberto Barros; se realiza con los buques General San Martín, Bahía Aguirre, Cándido Lasala y Francisco de Gurruchaga. Se relevan y abastecen todas las estaciones en operación. La actividad científica continúa como en las campañas anteriores, iniciándose tareas hidrográficas en la bahía Pingüino, bahía López de Bertodano y paso Norte. 1978-1979 La campaña 1978-1979 fue comandada por el capitán de navío Alberto Oscar Casellas y llevada a cabo con los buques General San Martín, Bahía Aguirre y Francisco de Gurruchaga. Se relevan y abastecen todas las bases en operación y se instala una nueva base: Belgrano II. Se continúa con las tareas científicas y, como parte de ellas, cabe señalar la confección de las cartas náuticas de la caleta Potter, cabo Primavera y bahía Scotia (Islas Orcadas del Sur). El 5 de marzo de 1979, un helicóptero de la Armada que vuela desde el rompehielos General San Martín hacia el transporte Bahía Aguirre, para evacuar a un enfermo a bordo de aquel buque, al decolar se precipita sobre las aguas del pasaje Drake, provocando la muerte de sus tres tripulantes. Durante esta campaña, visitan la zona antártica el Jefe del Estado Mayor General de la Armada, el secretario de Intereses Marítimos y el Jefe del Departamento Antártida y Malvinas, del Ministerio de Relaciones Exteriores. Del 5 al 8 de junio de 1979, se realiza en Buenos Aires la Reunión del Grupo de Especialistas del Programa BIOMASS (Investigaciones Biológicas de los Sistemas y Poblaciones Marinas Antárticas).

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1979-1980 La campaña antártica 1979-1980, bajo el comando del capitán Alberto Máximo D’Agostino, se realiza con los buques: rompehielos Almirante Irízar, transporte Bahía Aguirre y aviso Francisco de Gurruchaga. Se efectúa el relevo y abastecimiento de las estaciones en operación y se instala la Base Belgrano III. Continúa la actividad científica. La Comisión Nacional de Investigaciones Espaciales efectúa lanzamientos semanales de cohetes sonda, con el propósito de recibir información científica, y lanzamientos de globos meteorológicos portando radiosondas, a efectos de completar la información. Durante esta campaña, la Dirección Nacional del Antártico inicia las tareas de conservación de la cabaña construida por la Expedición Antártica Sueca del Dr. Otto Nordenskjöld (1901-1903) en la isla Cerro Nevado, recuperando también elementos de aquellos expedicionarios (entre los que estaba el alférez de la Armada Nacional José María Sobral). Con esta campaña, inaugura su carrera antártica el nuevo rompehielos Almirante Irízar, que reemplazó al veterano General San Martín. El 22 de enero de 1980 pierde la vida un sargento primero del Ejército, caído al mar por un desprendimiento de hielo durante las tareas de amarre del rompehielos Almirante Irízar frente a la Base Belgrano. 1980-1981 La campaña 1980-1981 es comandada por el capitán de navío César Trombetta, con el rompehielos Almirante Irízar y el transporte Bahía Aguirre. Se relevan y abastecen todas las bases en operación, continuando las actividades científicas de las campañas anteriores. En la isla Cerro Nevado prosiguen las tareas de restauración y de conservación del refugio Suecia, iniciadas durante la campaña anterior como respuesta a las recomendaciones de las Reuniones Consultivas del Tratado Antártico. El Instituto Antártico Argentino continúa también desarrollando sus programas de las campañas pasadas, participando además en el Primer Experimento Internacional BIOMASS (FIBEX), a bordo del buque de investigaciones pesqueras Dr. Eduardo Holmberg. 1981-1982 Bajo el comando del capitán de navío César Trombetta, la campaña 1981-1982 se efectúa con el rompehielos Almirante Irízar y el transporte Bahía Paraíso. Se realiza el relevo y el abastecimiento de las estaciones y continúan las investigaciones científicas a cargo de los institutos de las Fuerzas Armadas y del Instituto Antártico Argentino, que prosigue el desarrollo de sus programas propios y en colaboración con los organismos y universidades nacionales. 1982-1983 La campaña 1982-1983 fue comandada por el capitán de navío José Amauri Ferrer, con los buques Almirante Irízar y el Bahía Paraíso. Se efectúa el relevo y el abastecimiento de todas las estaciones y continúan las

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tareas científicas (hidro-oceanógrafa, glaciología, geología, meteorología, geomagnetismo y los programas del Instituto Antártico Argentino en ciencias de la tierra, de la atmósfera y biológicas). Con la participación del buque de investigaciones pesqueras Santa Rita, continúa el desarrollo de las tareas relacionadas con el programa del Primer Experimento Internacional BIOMASS. Del 6 al 10 de junio de 1983, se realiza en la ciudad de San Carlos de Bariloche, Río Negro, el Simposio Regional y Reunión de Trabajo sobre Avances Recientes en Biología Acuática Antártica, con especial referencia a la región de la península Antártica. 1983-1984 La campaña 1983-1984 es comandada por el capitán de navío Alejandro José Giusti, y participan en ella los buques Almirante Irízar y Bahía Paraíso. Se hace el relevo y abastecimiento de todas las bases en operación y se evacúa por aire la base Belgrano III, que queda inactiva. Se hacen diversas tareas hidrooceanográficas y un relevamiento sísmico de la plataforma submarina en el borde oriental de la península Antártica. En el cerro Millerand se efectúa un reconocimiento del lugar y se recolectan muestras geológicas. El Instituto Antártico Argentino continúa desarrollando sus programas: Geoantar, Quimioceantar, Oceantar, Bioceantar y Museoantar. El 12 de abril un incendio destruye la mayor parte de la base Brown. No se producen desgracias personales; la dotación es evacuada a Ushuaia con la cooperación del buque Hero, fondeado en la base norteamericana Palmer. 1984-1985 La campaña 1984-1985 es comandada por el capitán de navío Alfredo Claudio Febre, y se realiza con los buques Almirante Irízar y Bahía Paraíso. Se relevaron y abastecieron todas las bases activas, se hicieron tareas hidrooceanográficas y se dio apoyo a los grupos científicos. La actividad científica continúa como en los años anteriores: el Servicio Meteorológico Nacional realiza observaciones de radiación solar; el Servicio de Hidrografía Naval efectúa balizamientos; y el Instituto Antártico Argentino desarrolla sus programas en los tres campos de las ciencias mencionados. La actividad científica del Instituto cuenta con la participación del Grupo Antartic 85 (España), para determinar la convergencia subtropical antártica y la divergencia antártica. Se hizo un estudio de sales y nutrientes, de la vertical de temperatura media XBT, y un estudio sistemático del plancton. 1985-86 La campaña 1985-86 es comandada por el capitán de navío Vicente Manuel Federico, y llevada a cabo con los buques Almirante Irízar y Bahía Paraíso. Se relevan y abastecen todas las estaciones en operación. Hubo una intensa actividad científica con participación de 107 investigadores pertenecientes al

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Instituto Antártico Argentino y a las Universidades de Buenos Aires, La Plata, Córdoba y Cuyo, al Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas y el Centro de Investigaciones en Recursos Geológicos. Las disciplinas abordadas durante la campaña incluyen biología, geofísica, geología, oceanografía, química, contaminación y arqueología. Durante la navegación, se toman muestras para comprobar la posible contaminación por hidrocarburos; además se detecta la presencia de polinucleados a través de la instalación de veinticinco estaciones oceanográficas. Igualmente, se toman muestras del agua de mar en superficie para determinar los micronutrientes (silicatos, nitratos y fosfatos), clorofila, alcalinidad y salinidad, a fin de establecer la relación con la presencia de cardúmenes. Dentro del programa oceanográfico prosiguen los estudios de la convergencia antártica y sus variaciones térmicas con el fin de conocer la migración de peces en diversas épocas. En el Atlántico Sur, a bordo del buque oceanográfico Melville, en colaboración con las Universidades de Texas y Oregon, se logran reconocimientos de salinidad y temperatura de profundidad, con el propósito de determinar corrientes. En el campo de la biología, se recolectan hongos superiores de las musgueras y por primera vez se encuentran hongos de sombrero y en forma de copa, y se redescubre una especie perdida, hallada en 1897 por la expedición de Gerlache y que, según informaciones, no está registrada en las colecciones de los museos belgas; se trata del Sclerotium Antarcticum. Entre otros resultados de esta campaña, cabe destacar el hallazgo de dos esqueletos de plesiosaurios, troncos fósiles de hasta tres metros de largo junto con otros ejemplares delprimer dinosaurio antártico del Cretácico que proliferaron hace setenta millones de años. En la isla de Cerro Nevado, continúan las tareas de reconstrucción y ambientación de la cabaña de la expedición Nordenskjöld. Como complemento al quehacer sintetizado, se concreta durante el verano un viaje de turismo organizado por una empresa privada que contrata los servicios del buque polar Bahía Paraíso, transportando en esa oportunidad a 64 turistas. Durante esta campaña, visitan la Antártida directivos de la Dirección Nacional del Antártico y del Instituto Antártico Argentino. Especialmente invitados, viajan también legisladores nacionales. 1986-1987 El capitán de navío José Luciano Luis Acuña, como comandante conjunto del rompehielos Almirante Irízar y del buque Bahía Paraíso durante la campaña 19861987, realiza el relevo y abastecimiento de las bases antárticas y presta apoyo logístico a la actividad científica, en cuyo desarrollo el personal del Instituto

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Antártico Argentino hace relevamientos morfológicos y químico-planctológicos de lagos de agua dulce en inmediaciones de la Base Esperanza. Entre el 9 de diciembre y el 25 de enero, el Bahía Paraíso efectúa cuatro cruceros turísticos. 1987-1988 Durante la campaña antártica 1987-1988, el capitán de navío Manuel Guillermo Videla, como comandante conjunto del rompehielos Almirante Irízar y del buque Bahía Paraíso, dirige la campaña en la cual se relevan y abastecen las bases antárticas y se da apoyo logístico a la actividad científica, que contaba con la participación del Instituto Antártico Argentino, cuyo personal prosiguió con los programas de ciencias de la tierra y el mar; del Servicio Meteorológico Nacional que efectúa observaciones meteorológicas, glaciológicas y de radiación solar, y del Servicio de Hidrografía Naval, que desarrolló tareas oceanográficas. Como en la campaña anterior, el Bahía Paraíso realiza cuatro cruceros turísticos entre el 8 de diciembre y el 29 de enero. 1988-1989 En la campaña 1988-1989, bajo el comando del capitán de navío Ismael Jorge García y con los buques Almirante Irízar y Bahía Paraíso, son relevadas y abastecidas las estaciones antárticas; se efectúa la reconstrucción del refugio Puerto Moro en la zona de la bahía Esperanza y el mantenimiento y recuperación de la red de balizamiento existente. La actividad científica cuenta con la participación del Instituto Antártico Argentino, el Servicio Meteorológico Nacional y el Servicio de Hidrografía Naval. Se realiza la actualización cartográfica en la ruta a la base Belgrano III, por el nuevo trazado de la barrera de hielos de Filchner; se efectúa el reconocimiento de la nueva ruta de navegación terrestre, sobre la costa Confín y hasta la longitud de Halley Bay, y se hacen tareas hidro-oceanográficas. El buque Bahía Paraíso encalla en una roca sumergida a baja profundidad del estrecho de Bismarck el 28 de enero a las 14.00, marcando el azimut 095 y seis cables a punta Bonaparte, a corta distancia de las islas Amberes y de la estación científica Palmer (Estados Unidos.); zafó luego de su varadura, hundiéndose el 31 de enero a las 21:53, en latitud 64º 46’ Sur, longitud 64º 06’ 06’’ Oeste, a escasa distancia del lugar de la varadura. 1989-1990 El capitán de navío Mario Dante Barilli, como comandante conjunto, dirige la campaña 1989-1990 con los buques Almirante Irízar y Francisco de Gurruchaga, que efectúan el relevo y abastecimiento de las estaciones y dan apoyo logístico a los grupos científicos. La actividad científica cuenta con la participación del Instituto Antártico Argentino, el Servicio Meteorológico Nacional y el Servicio de Hidrografía Naval, que continúan las tareas de las campañas anteriores. Intervienen además las siguientes

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instituciones: Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas, Centro de Investigaciones en Recursos Geológicos, Instituto Nacional de Tecnología Industrial, Ministerio de Educación, Servicio Nacional de Parques Nacionales y los Museos de Ciencias Naturales de Buenos Aires y de Mar del Plata. Durante esta campaña, se produce un hallazgo de importancia en el campo de la paleontología: fueron descubiertos por primera vez en la Antártida, en nuevas áreas fosilíferas de la isla Vicecomodoro Marambio, fósiles de mamíferos ungulados. 1990-1991 Bajo el comando conjunto del capitán de navío Gustavo Adolfo Rojas, intervienen en la campaña 1990-1991, el rompehielos Almirante Irízar y los avisos Francisco de Gurruchaga y Comandante General Irigoyen. Son relevadas y abastecidas las estaciones, se presta el apoyo logístico de rutina a los grupos científicos y se hacen expediciones de corto y mediano alcance en las zonas de influencia de cada una de las bases activadas, con tareas de cartografía, topografía, geodesia, navegación terrestre y técnica polar. El Servicio de Hidrografía Naval realiza tareas hidrooceanográficas y el Servicio Meteorológico Nacional hace observaciones meteorológicas, glaciológicas y de radiación solar. El Instituto Antártico Argentino desarrolla tareas científicas y técnicas propias y en colaboración, integrando el grupo de tareas en sismología del fondo oceánico, en cumplimiento del programa conjunto de investigación con Polonia y Japón, y participando en el Plan de Contingencia Anticontaminación en el área de la base Palmer (Estados Unidos); en el lugar del casco hundido del transporte Bahía Paraíso, se efectúa buceo para control de pérdida de hidrocarburos, para lo cual se realiza el tendido de barreras alrededor del casco, en ejercicio combinado entre el Grupo Anticontaminación del aviso Irigoyen, personal del la Base Palmer y de la National Science Foundation para evaluación del Plan de Contingencia; en caleta Potter se fondean testigos con diversas combinaciones de agua, hidrocarburos y lubricantes, para evaluar a fines de 1991 y de 1992, su descomposición en condiciones similares a las existentes en el casco hundido. 1991-1992 Bajo el comando conjunto del capitán de navío Raúl D. Pueyrredón, participan en la campaña 1991-1992, el rompehielos Almirante Irízar y los avisos Comandante General Irigoyen y Francisco de Gurruchaga, este último de estación en Ushuaia. Son relevadas y abastecidas las estaciones y se presta apoyo logístico a la actividad científica, participando el aviso Irigoyen en el Plan de Contingencia Antipolución, que se realizó entre el 15 de diciembre y el 22 de febrero en el área de la Base Palmer (Estados Unidos), con intervención del Instituto Antártico Argentino, que realiza también estudios en el campo de las ciencias de la tierra, del mar, meteorológicas y biológicas. Se instala un espectrofotómetro Brewer (Canadá), propiedad del IFA, y una computadora terminal NODE CONTROLER con un

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transmisor y un receptor para emisión diaria de datos desde la Base Belgrano II a Buenos Aires, en forma continuada durante no menos de tres años. 1992-1993 La campaña antártica 1992-1993 se realiza bajo el comando del capitán de navío Leónidas I. Llanos y se extiende desde el 20 de noviembre de 1992 al 27 de marzo de 1993. Prestan apoyo el rompehielos Almirante Irízar y el aviso Francisco de Gurruchaga. Se realiza la extracción del combustible remanente del casco del transporte Bahía Paraíso con personal propio y de la empresa holandesa participante. 1993-1994 Bajo el comando conjunto del capitán de navío Ricardo Guillermo Corbetta, se inicia la campaña 1993-1994, que contó con la participación del rompehielos Almirante Irízar. Durante la campaña prestan apoyo aéreo aviones de la Fuerza Aérea Hércules C-130 y helicópteros Puma. Se presta apoyo sanitario a las bases extranjeras Arctowsky (Polonia) y King Sejong (Corea). Se efectúa búsqueda y rescate de una expedición polaca (el 31 de julio de 1994). La actividad científica y técnica es la siguiente: intervienen 178 científicos y técnicos, entre ellos catorce extranjeros (un australiano, tres alemanes, cuatro españoles, cuatro italianos y dos polacos). Se desarrollan cincuenta programas científico-técnicos, tres programas técnico-logísticos y tres de apoyo a programas extranjeros. Entre los temas tratados figuran: recursos mineros, pesqueros, medio ambiente y desarrollo de energías no convencionales. El Instituto desarrolla sus programas de ciencias de la tierra, ciencias del mar, ciencias de la atmósfera y ciencias biológicas. El 20 de enero se inaugura en la base Jubany el Laboratorio Dallmann argentinoalemán. Se instala el primer Laboratorio para Medición de Anhídrido Carbónico con el fin de estudiar el efecto invernadero (programa conjunto con el Instituto de Física de la Atmósfera, Roma),y la Dirección y el Instituto Antártico argentinos. Se instalan dos de los tres equipos EVA (Espectómetro Visible de Absorción) para establecer una red de medición del ozono (Convenio Argentino-Español). En la base San Martín, científicos alemanes desarrollarn el programa OEA de Percepción Remota, previéndose un trabajo conjunto argentino-alemán para la campaña 1994-1995. 1994-1995 Bajo el comando conjunto del capitán de navío Carlos Daniel Carbone, se inicia la campaña 1994-1995 con la participación del rompehielos Almirante Irízar. Participaron también aviones Hércules C-130, DH-6 y helicópteros B-212. La actividad científica y técnica es la siguiente: intervienen 76 científicos y técnicos. Se desarrollan programas de recursos mineros, pesqueros, medio ambiente, desarrollo de energías no convencionales y logístico. Se lleva a cabo una actividad

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1995-1996

1996-1997

1997-1998

1998-1999

1999-2000

conjunta con Estados Unidos., Alemania, Japón, España, Italia, Austria y Bulgaria. El Instituto desarrolla sus programas de ciencias de la tierra, ciencias del mar, ciencias de la atmósfera, museo y —por primera vez— una misión pastoral, que recorre las bases Esperanza, Jubany y Marambio, a cargo de monseñor Alejandro Inzaurraga Frías. En la base Belgrano II se instala el primer Observatorio Astronómico Polar Argentino, bautizado “José Luis Sersic”, y una antena satelital para transmisión de datos del LABEL (Laboratorio Belgrano). En Decepción se instala el primer observatorio vulcanológico de la Antártida y, en proximidades de la Base San Martín, el refugio ONA para apoyo logístico al programa de percepción remota de imagen (ERS. 1 y ERS. 2), corrimiento de glaciares y posicionamiento GPS, bajo el convenio entre la Universidad de Freiburg (Alemania), y la Dirección y el Instituto antárticos argentinos y la Gobernación de Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur. Bajo el mismo convenio, los alemanes instalan una Central Meteorológica Autónoma en la base San Martín. Bajo el comando del capitán de navío Carlos Daniel Carbone, se efectúa la campaña 1995-1996, en la que intervinieron el Almirante Irizar, un Hercules C-130 y helicópteros B-212 y BHC-6. En la campaña 1996-1997, bajo el comando del capitán de navío Francisco Héctor Cachaza intervienen el rompehielos Almirante Irízar, el buque oceanográfico Puerto Deseado, el aviso Suboficial Castillo, los aviones de la Fuerza Aérea Hércules C-130 y Twin Otter DHC-6 y helicópteros B-212 y un helicóptero del Ejército Super Puma. La escuela de la base Esperanza es transferida a la dependencia de la provincia de Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur y rebautizada Escuela Nº 38 Presidente Julio A. Roca. Bajo el comando conjunto del capitán de navío Juan Carlos Ianuzzo, se inicia la campaña 1997-1998 con el Almirante Irízar, el Hercules C-130, el Twin Otter DHC-6 y helicópteros B-212, Super Puma y Sea King. Se hace un relevo de emergencia en la base Belgrano II, donde quedan sólo nueve hombres. Bajo el comando conjunto del capitán de navío Juan Carlos Ianuzzo, se inicia la campaña 1998-1999, que se desarrolla con el Almirante Irízar, el Puerto Deseado, aviones Hércules C-130 y Twin Otter DHC-6, y helicópteros B212 y Sea King. Bajo el comando conjunto del capitán de navío Marcelo Gustavo Genne se inicia la campaña 1999-2000, que se desarrolla en tres etapas con el Almirante Irízar, el Hércules C-130, el Twin Otter DHC-6 y los helicópteros B-212 y Super puma. El 5 de enero del 2000 arriba al Polo Sur geográfico la expedición técnica científica del ejército al mando del teniente coronel Victor Hugo Figueroa.

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El 31 de enero el Almirante Irízar recibe un pedido de auxilio del Clipper Adventurer, varado con turistas al norte de la isla Belgrano (bahía Margarita). A las 18:30 el rompehielos llega hasta el Clipper, picando durísimo hielo de hasta dos metros de espesor. A las 2.25 del 1º de febrero, se consigue abrir una laguna en derredor del Clipper para hacerlo entrar en una grieta abierta por el rompehielos y remolcarlo hasta aguas libres, lo que se consigue a las 9:15. 2000-2001 Bajo el comando conjunto del capitán de navío Carlos Picone, se realiza la campaña antártica 2000-2001, interviniendo el Almirante Irizar, el Puerto Deseado, los aviones Hércules C-130 y Twin Otter DHC-6 y helicópteros B212 y Super Puma. 2001-2002 Bajo el comando del capitán de navío Raúl Eduardo Benmuyal, se realiza la campaña 2001-2002. Se hace en dos etapas; enero-marzo y abril-mayo, con el Almirante Irízar, dos helicópteros embarcados Sea King, dos aviones Hércules C130, un Twin Otter DHC-6 y un Boeing B-707 para transporte de personal. El aviso Suboficial Castillo colabora en el traslado de personal y carga. En junio de 2002 el Almirante Irízar recibe la orden de acudir en auxilio del buque multipropósito alemán Magdalena Oldendorff, atrapado por el hielo en los 70º Sur y 01º Este, condenado a una invernada forzosa, sin combustible ni víveres. Para realizar la operación, denominada “Cruz del Sur”, el personal es instruido durante el viaje (ya que nunca se suele ir a la Antártida en invierno) y, en este caso, bajo durísimas condiciones climáticas, con tempestades, en una de las cuales las olas alcanzaron los treinta metros de altura. El rompehielos, finalmente, pudo llegar hasta el buque alemán, pero no logró sacarlo. Se le dejó un médico argentino, víveres y combustible. 2002-2003 En esta campaña, comandada por el capitán de navío Delfor Raúl Ferraris, actúa sólo el Almirante Irizar, que continúa con programas iniciados en las campañas anteriores, contribuyendo al proyecto GLOSS, en colaboración con la Universidad de Hawai y la Administración Nacional del Océano y la Atmósfera de Estados Unidos.

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Los tiempos de la Antártida  

Riciardo Capdevila y Santiago Comerci, historiadores antárticos, vuelcan en forma amena un extenso relato acerca de la presencia argentina e...

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