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MULA BLANCA

# 08 | FEBRERO-MARZO, 2014 | LITERATURA Y ARTE | GRATIS

Literatura: Alejandro Badillo (6) Poesía: Mario Benedetti (16) | Chris Torrance (11) | Galo Ghigliotto (22) | Luis Eduardo García Arquitectura: Estudio Macías Peredo (14) Reseñas: Cordiox, Voces Paranoicas, Nina (28) | El Lobo de Wall Street (30)

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MULA BLANCA

# 08 | FEBRERO-MARZO, 2014 | PUBLICACIÓN GRATUITA

La poesía, como escribió Emilio Adolfo Westphalen, transita por vías soterradas. De un lugar a otro, por medios y caminos muy distintos, los poemas encuentran sus lectores. Mario Benedetti, homónimo del famoso escritor uruguayo, es un poeta italiano con algunos libros publicados. La serie “Lágrimas” pertenece a su libro Pitture nere su cara y gracias a su traductor, José Molina, podemos leer algunos de sus versos en estás páginas. Cuando Molina me acercó sus traducciones sentí inmediatamente que debían ser compartidas con nuestros lectores. Los poemas poseen una densidad y hondura infrecuentes y considero que significarán una ampliación del horizonte poético de lo que se lee y se escribe nuestro país. Lo mismo sucede con los poemas de Chris Torrance, poeta inglés poco conocido, y Galo Ghigliotto, poeta, narrador y editor chileno, autor de Valdivia, un poema-río imperdible. Luego de leer con entusiasmo Dos estudios a partir de la descomposición de Marcus Rothkowitz le escribí a Luis Eduardo García, poeta mexicano que generosamente aceptó la solicitud de publicar en esta revista material inédito. Las fotografías que acompañan los textos son de un proyecto del Estudio Macías Peredo, jóvenes y destacados arquitectos de Guadalajara. José Luis Bobadilla

Para obtener información sobre los colaboradores incluidos en este número visita:

mulablanca.com

DIRECCIÓN: José Luis Bobadilla EDICIÓN LITERATURA: Ricardo Cázares DISEÑO: Radjarani Torres DIRECCIÓN COMERCIAL: Abel Ibáñez Galván PUBLICIDAD: Josué Ríos SITIO WEB: Alberto Iván Hernández Ruíz REDES SOCIALES: Beatriz Ladrón de Guevara DIRECCIÓN: Tamaulipas 153-C, Colonia Hipódromo Condesa, México. D.F., C.P. 06179.

N° de certificado de reserva de derechos al uso exclusivo del título: en trámite.


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UNA PALABRA

Alejandro Badillo

6

Frente a una sombra hay un cadáver. No siempre ha sido así. No siempre ha estado en esta posición, con los brazos abiertos y los dedos encallados en la tierra. Los pies están cerca de un árbol: sus raíces, desencajadas, tienen ramas que parecen manos queriendo alcanzar nubes. Pero ya no hay nubes, han desaparecido, como animales en repentina migración, pájaros devorados por su propio miedo. Un día antes habría caminado por algún pueblo cercano: la lumbre de sus ojos habría perfilado la silueta de una mujer, la habría seguido, la habría deseado. Quizás, en su ingenuidad, mientras pateaba una piedra y su respiración convocaba sombras, pensaba en un boleto de autobús, un brindis por las moscas que miraban el abismo de un vaso lleno de ron. Ahora está aquí, junto al árbol, como una piedra esperando el desgaste, una imposible marea. El calor desbasta la tierra. Los segundos crecen, se vuelven pesados como gotas que superan sus límites. El sol avanza en el polvo: nubes ocres flotan y enmarcan la escena. Se puede jugar con el punto de observación: inicia en el cabello revuelto y sigue con la camisa hecha jirones. Hay sangre coagulada en el estómago: una cauda roja, relieves casi imperceptibles para la vista y que invitan al regodeo del tacto. Es previsible un balazo y la muerte casi instantánea. Un quejido y las manos a la tierra o al asfalto caliente. Unos temblores y, al fin, silencio. Entonces el sol descubre una mancha circular, la tela quemada por la diminuta combustión. Y vuelven las moscas, su imagen y su vuelo de infinitas nervaduras. Es verdad, sólo hay una imagen turbia, como mirar un rostro velado por nubes, pero debe haber un vínculo entre todo: el boleto de autobús, las piedras y el vaso nublado por alguna sombra: una mano en aproximación, un ademán que vuela sin orden y que vuelve al punto de

origen, tal vez un suspiro o un parpadeo. Tal vez, incluso, dependiendo del punto de observación, se pueden añadir más elementos: una palabra imaginada, un movimiento en apariencia gratuito pero que echó a andar un mecanismo que desembocó en la muerte. Por el momento sólo existe el cadáver endureciéndose bajo el sol, bocarriba, afianzados los ojos al vértigo del cielo y a su vacío. Una palabra, llega una morosa, de muchas letras, sumergida en un murmullo opaco. A veces se intuye su inicio y esta sensación es suficiente para delinear la boca del hombre, sus labios ahora inermes pero que, en un punto del pasado, tenían un temblor vivo, un principio brillante que se fue desgastando hasta acabar en un silencio concreto, casi sólido, como el que ahora da forma a este cadáver de piel caliente, asediado por el tiempo y es probable que la combustión iniciada por la bala siga en los órganos internos que se desbaratan, pierden consistencia, quedan como edificios a punto del colapso, elementos sostenidos apenas por su memoria y, entonces, llega la certeza del humo, el tránsito de varios cigarros en la penumbra y el hombre regresa en las horas para estar ahí, inmóvil, como un animal aturdido por el polvo, esperando una bocanada de luz en el techo, concentrado en el vaso frente a él y en una mosca que dibujaba círculos desordenados y el caos, por alguna razón, iba a las voces que buscaban protagonismo. Se puede pensar – mientras una gota de sangre resbala de los cabellos y cae en la tierra– que la derrota del cuerpo no es total, porque ahora se ha liberado de la conciencia y su perfil que naufraga es un objeto más, que, poco a poco, crea un equilibrio con las cosas que lo rodean: el cuervo que mira la muerte desde una rama, la piedra que interroga las afiladas ramas y sus sombras. Una risa grave y profunda debe haber tenido este hombre. Quizás, en el bar que se reconstruye, que emerge como la proa de un barco que combate la marea, la risa del hombre rompía con el murmullo, con el calor y una mosca dejaba el vaso para posarse en un cenicero. Las manos, entonces, buscaron un cigarro que moría lentamente para dar una última bocanada y miró el humo displicente, con un orgullo absurdo que contrastaba con la indiferencia que lo sofocaba: los


profundos rasgos de un viejo atrás de una botella de whisky, un aparato de radio que ponía en juego un bolero interrumpido por la estática. El murmullo en el bar comenzó a perder fuerza, a sucumbir como el cadáver que, para este instante, cede ante una segunda muerte que se nutre del calor y la materia se vuelve maleable, dispuesta a la degradación. En poco tiempo sólo habrá una huella, huesos alejándose entre sí, convirtiéndose en una memoria confusa que se pierde. Entonces destaca un rastro rojizo en los labios. Parece una anomalía, un punto de fuga que llama la atención en el gesto detenido del cadáver. No es sangre. Le falta consistencia a este trazo apenas visible y que, con un acercamiento, se revela como la huella de un lápiz labial. Queda más nítida la imagen del hombre y un previsible encuentro que terminó con un beso, un contacto que tuvo la suficiente fuerza para dejar una impronta, un instante parecido al fugaz viaje de una mosca. El hombre buscó en el ámbito algo que le recordara el rostro de una mujer. El viejo, perezoso, salió de la lenta órbita del whisky y tal vez rió, pero el hombre no atendía los movimientos que sucedían a su alrededor, enfrascado en la imagen que parecía completar segundo a segundo, con cada parpadeo, con cada latido. Pudo haberla conocido días antes, en las calles abandonadas del pueblo y él le preguntó por una dirección. El encuentro empezó con reticencias: en aquel lugar las palabras se decían a cuentagotas, nadie hablaba más de lo necesario. Sin embargo, contra toda posibilidad, aquel primer contacto detonó una plática en un café y el café, a su vez, los llevó a una cita en un hotel de paredes amarillas y cuartos con ventiladores averiados que parecían insectos detenidos y expectantes. Volvía con la imagen el calor de aquel día, un calor que uniformaba el sonido de los autos y que, de alguna forma, creaba vínculos, simetrías en las sombras que propagaban las casas. Pagaron un cuarto y subieron las escaleras en silencio, como si estuvieran realizando un acto prohibido y él la desvistió con urgencia, con un pulso que iba en ascenso y que contagiaba todo su cuerpo. Ella, desnuda y secreta, se sentó en el borde de la cama y se quedó ahí, apenas parpadeando, fingiendo desinterés aunque sólo bastó un momento para

que la espera se transformara en un anzuelo, una provocación que se reafirmaba en el tiempo y que condensaba un poco de odio, desprecio porque sabía que él no era el indicado, que sólo estaba ahí para aliviar su soledad y después del sexo estarían en silencio, rodeados de sus respiraciones que semejaban una desordenada e irremediable marea, mirando la luz que entraba por la ventana y que iluminaba a medias las sábanas revueltas, la ropa desperdigada en un pequeño sillón y los zapatos en el límite acuoso de la penumbra. Ella, aún en la cama, lo tuvo que haber mirado con un evidente rastro de duda, cubierta apenas por una sábana luida y él la imaginó descalza en la alfombra de rombos grises y negros, recuperando su soledad pero, al mismo tiempo, su desconfianza. Ella, adivinando el pensamiento, se levantó de la cama y le habló con palabras oscuras, como pronunciadas bajo el agua, con ecos que moldearon una despedida. Él debió inclinar la cabeza, buscando por instinto un poco de aire fresco en la atmósfera caliente. Después trató de recuperar la iniciativa mirando la boca que reafirmaba lo dicho apretando los labios, intentando romper lo poco que había podido construir en ella: intuir el olor de su piel, la fugaz visión de un lunar cerca de la ingle, los densos pezones y la absurda seguridad de que algo cambiaría, que el ablandamiento de su cuerpo mientras la penetraba iba más allá de lo físico, del natural deseo alimentado por noches en las que ella fumaba, miraba el techo y se sentía un poco enferma por estar sola, por las gotas de lluvia o los relámpagos que postergaban la oscuridad absoluta; por eso recorría la habitación para agotar el tiempo y caminaba en círculos remedando el vuelo obsesivo de un mosquito y pensaba que la espera de alguien, con los años, se transformaría en una locura que en algún punto se volvería atroz y definitiva; una locura que la haría hablar con las paredes, con objetos cuya inmovilidad aceleraría su destrucción. Pero ella no dijo nada, quizás por un orgullo cuyo peso se evidenció en la manera de cubrir sus pechos mientras los ojos se entretenían en el polvo que flotaba en una amplia franja de luz. Entonces le dijo del bar, de la mesa que compartía con un vaso lleno de ron y la promesa de un nuevo encuentro.

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El cadáver muestra, además del surco de sangre, alguna arruga, marcas en la frente que nacieron por las largas caminatas bajo el sol corrosivo. Un cuervo mira con evidente complacencia la sombra de un árbol y su avance entre las piedras. Quizás este mismo cuervo siguió a la mujer mientras el hombre empezaba su naufragio en el bar y se internaba en la frágil memoria de los objetos: el último malabar de un cigarro, la vida inútil de una servilleta. Un bebedor presumió algún disparate motivado por el ron mientras los otros aplaudían y daban voces que los devolvían a un mundo anterior, un mundo en el que el alcohol es guía y no remedio. El hombre apuró un trago y sintió una gota de sudor perderse en la frente. Pensó en la mujer y en un viaje a la costa para olvidar todo, para entrar al ámbito de lo corporal, de lo inmediato: el único sitio en el que se reconocían, en el que eran sinceros. Tal vez así la podría retener. Pensó en su cuerpo renovado con cada caricia, como un palimpsesto que desdibuja las huellas de besos pasados para hacer espacio al deseo presente. El péndulo de un reloj iba y venía. Sólo habría que ir a la estación de autobuses y comprar los boletos, escoger dos asientos y mirar el paisaje cambiante, cerros disueltos en la lejanía y en la lenta espuma de las nubes. El cadáver gana dureza: su gesto se fija como si estuviera grabado en piedra. Las mandíbulas parecen hundirse, abrevar del filo del sol hasta desaparecer por completo. Es inevitable volver a la marca del lápiz labial y a la boca cuya ansia dejó una huella, una clave efímera, casi volátil, como el paso de un ave en el agua. Y la mujer entró al bar y quizás el cuervo merodeó por un tejado de color rojo y extendió un poco las alas para después permanecer inmóvil, con el pico apenas abierto y displicente. El hombre ponía un pensamiento sobre otro, dirigía su atención a la luz que desbordaba el horizonte irregular de vasos. Convocó la mirada de los bebedores, el paso de la mujer. Entró y bebió el silencio con los ojos mientras el hombre la seguía recordando en el hotel, tratando de reconstruir el momento después del amor, cuando ella se concentró en el techo y su rostro, por un segundo, se volvió viejo, porque el deseo se había agotado pronto y sólo quedaba un

espacio para llenar con frases vacías, para recuperar el ventilador y mirar sus aspas como un gesto detenido. Y el hombre alzó la vista y sintió un hueco que se expandía cuando ella se sentó y le dio un beso en la mejilla, un beso que apenas dejó su impronta de provocación y deseo. Entonces el hueco en el pecho del hombre se colmó y su mente se llenó de fuego. Pidió un par de tragos de ron y ella cruzó las piernas. Los vasos llegaron lentos y las manos de ambos se buscaron en la mesa y ella sumergió la mirada en el alcohol esperando en su transparencia, inútil refugio, como si estuviera desnuda otra vez ante ese hombre que le devoraba el cuerpo con la mirada, protegida apenas por unas sábanas luidas. Comenzaron a hablar. A la distancia, para un remoto habitante de la barra, la escena prometía esperanza: la mujer acercaba su lejanía y el hombre salía de su sombra. Sin embargo, la feliz perspectiva acabó pronto: ella le dijo que era un error estar ahí, que el instante construido en el hotel no debía ramificarse porque perdería su fuerza. Él pidió razones, pero ella apretó los labios dejando que el ron descendiera y abrasara su respiración. Los bebedores se desdibujaron en las lejanas mesas y, por un instante, parecieron un sueño. Igual de inaprensibles eran las razones de la mujer y el hotel desapareció porque el hombre rescataba, obcecado, el boleto de autobús, pulía en sus palabras la vida en un pueblo en la costa y ellos dos olvidados de todo, atendiendo sólo al amor, a las indecisas siluetas sobre la arena y a los despojos arrojados por la marea. Eso era él en su ofuscación: un despojo sometido a la mirada de la mujer que tomaba su bolsa, dejaba unos pesos junto a su vaso y emprendía la huída en medio de un coro de voces que acicateaban la escena. Él la siguió por la calle. Pero ella se alejaba de él, de ella misma, del mundo. El sol declina en el cadáver y le opaca sus reflejos. El blanco que resta en la mirada se vuelve un confuso amarillo. A lo lejos, para un observador ocasional, podría parecer un relieve más del terreno, un sedimento acumulado por el tiempo. La sangre ya no busca su curso natural: permanece inmóvil como quieta ceniza, como la huella remanente del fuego. Sin embargo, a pesar de la corrupción, a pesar de las moscas que zumban y se regodean, el cuerpo mantiene


una voluntad por perdurar, por estar ahí con su inútil testimonio, con la historia que se degrada y se pierde y el beso sigue ahí, en la mejilla, casi brillante, como un acto acabado de realizar, como cuando la alcanzó en la calle y detuvo su huída, y en ambas voces hubo algo definitivo, algo que los devolvió, por un momento, al cuarto de hotel, cuando él exploraba la marea de luz que dejaban las cortinas sobre sus pechos y había cierta distancia que ella marcaba con pestañeos lentos, un límite que complementaba con la respiración que sustituía las palabras y con los brazos y manos que se endurecían para buscar un espacio propio, un ámbito predecible y solitario. Y mientras ella besaba su mejilla en la calle desierta, mientras el cuervo volaba hacia tierra de nadie, él se detuvo en el segundo en el que ya no pudo seguirla tocando, el instante en el que sólo pudieron mirar aquel ventilador averiado, como si fuera un objeto de otro mundo, y entonces comprendieron que la culpa era del calor, de la humedad que evidenciaba el transcurso del tiempo y que se extendía como una bestia caliente, deshilvanándose como el humo del cigarro que ella deseaba fumar para romper esa burbuja que los envolvía. Entonces, el último beso ocurrió en dos lugares: en la calle desierta y en la cama de aquel hotel de ventiladores detenidos. Quizás ella elaboró, en ambos escenarios, el mismo gesto, una sonrisa triste y resignada, una sonrisa que parecía venir del fondo de un espejo. Los labios, en la calle desierta, quedaron un poco abiertos, como si contuvieran el impulso de una palabra y él sólo pudo estar ahí, inmóvil, náufrago de algo que nunca llegaría, como si midiera en silencio la distancia hasta su cuerpo y ella regresó a su primitiva condición, a emparentarse con el polvo y la fija mirada de él, un poco incrédula, la siguió por la acera mientras buscaba esa palabra y tuvo la terrible certeza de que tampoco había sido dicha en el hotel y que, quizás, no sería pronunciada nunca porque no existía. El hombre regresó al bar y lo vieron deambular entre las mesas, buscando en el horizonte de vasos, en el declive irrevocable del sol, un rostro que no se le escapara, una certeza para nombrar en las noches de lluvia cuando la derrota adquiriera matices profundos, y volvió a la

mesa que había ocupado antes y pidió más tragos de ron. Estuvo bebiendo largo rato, habitado por la sed y la sombra, y el bar se transformó en una caldera, en una cueva incendiada por las crecientes voces de los parroquianos. Quizás estuvo ahí, mirando la orilla de la noche y el indeciso aliento de los focos, extraviada su mente en los hielos que se disolvían circulares en el ardor del alcohol y llegaron más tragos que entumecieron las ideas, la vida breve de sus pensamientos. Como toro de lidia, buscó fuerzas sondeando su derrota, y, al quinto o sexto trago de ron, levantó la vista de la mesa y pensó que, si había perdido todo, no valía nada la pena. Sus dedos dejaron un último reflejo en el vaso y se levantó buscando alguien que pagara los dolorosos saldos de su desgracia, que lo redimiera de una vez por todas. Tambaleante se acercó a la barra, los ojos indagaron entre el humo candidatos para su revancha, alguien que resumiera en su semblante la posibilidad de un cambio en su destino, una variación que lo salvara de esa noche aborrecible. En la barra pensó en un insulto que echara a andar la espiral de la violencia y el socorro llegó cuando una voz lo interrogó con burla. El hombre volteó y alejó como pudo la fatiga del alcohol hasta ubicar a la silueta que lo invocaba y que, en ese momento, estaba ahogada por la penumbra. La luna era alta y coronaba con luz las bocas de los vasos. El hombre supo que era su oportunidad y contestó de mala manera al agresor. Llegaron los golpes, palabras como lanzas y el demonio del ron acabó por envenenar todo. Se sujetaron de las camisas. Los bebedores, como diablos, hicieron valla con sus gritos y el sudor y el forcejeo que terminó en el suelo fueron un suceso en expansión, fichas que empujaron a otras fichas hasta que las camisas quedaron hechas jirones y los enemigos se levantaron para buscar espacio y, también, nuevas perspectivas, resuello. Entonces, el de la pregunta, embebido también por el intercambio de golpes, sacó una pistola y la empuñó en dirección a su oponente: el hombre sintió la descarga y un dolor en el estómago que comenzó a desgarrarlo desde lo profundo. El bar se abandonó de pronto a la incertidumbre y salieron, espantadas, las primeras bandadas de bebedores. Algunos, los menos, curiosearon los últimos momentos

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del hombre que parecía estar conforme con su muerte, clavados los ojos en el techo como si estuviera a cielo abierto, como si la breve bocanada de un foco, su resplandor, le revelara la palabra no dicha, la última imagen de ella en el hotel, cuando cruzó el umbral de la puerta y el espacio remanente fue habitado por su olor, una esencia que permaneció en el ámbito, casi flotando, como esperando ser encendida por la memoria.

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TRES POEMAS Chris Torrance

Traducción del inglés: José Luis Bobadilla

LOVE POEM (for L.H.)

the geraniums are of a lovely, most perfect crimson this year even more striking than before in previous summers & as always, I think of you year by year writing poetry as wonderful, fragile & quick as flowers “you infest me”, I said, & again I really like you I love you most strange, most disconcerting of lilies, most abstract of fine delineation & yet most concretely expressful of feeling, restrained (it is a pity the sense of this is so restrained: ) with the change of light at sunset of course the colour deepens but seems more luninous still: & so I come again to the perennial problem of just how to love you & again can only think that loving you is not grasping you at all which is in itself a form of knowledge of you: which I am most privileged to receive.

Bristol, August, 1969.

POEMA DE AMOR

(Para L.H.)

los geranios son, del más perfecto y lindo rojo este año incluso más notables que antes en veranos previos & como siempre, pienso en ti año con año escribo poemas delicados, maravillosos y súbitos como flores “tu me contagias,” dije, y otra vez me gustas mucho te amo más extraña, más desconcertante que las lilas, más abstracta de una fina delineación & más concretamente expresiva, contenida (es una pena que el sentido de todo esto sea tan restringido: ) con el cambio de luz al atardecer desde luego el color se ahonda aunque pareciera más luminoso todavía: & de este modo vuelvo al problema perene de simplemente cómo amarte & de nuevo sólo puedo pensar que hacerlo no es de ningún modo tocarte que es en sí una forma de conocerte: la cual soy privilegiado en recibir

Bristol, Agosto, 1969.

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BLONDE WAVES

The kestrel, swinging and hovering reminds me of a child’s kite country people will call any hawk “a kite” which takes my head up to the skies the bones of sheep swimming into the soil the cow and her calf distantly afloat in dried reed beds pivoted & looned. A snipe hoots, peels of our chimney at dawn the woods wait for rain to burst the buds

April, 1971

OLAS RUBIAS

El cernícalo batiéndose & planeando me recuerda el papalote de un niño la gente de campo llama a cualquier halcón “un papalote”

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lo que me hace mirar al cielo los huesos de las ovejas nadan en el barro la vaca y su cría a la distancia flotan en secas camas de caña dan vueltas & se desquician. Una agachadiza grita, pedazos de nuestra chimenea en el atardecer el bosque aguarda la lluvia para que exploten los retoños

Abril, 1971


STRAIGHT FROM SLEEP

straight from sleep to chase sheep from the garden a bloody, dead blackbird on the doormat ‘mid thousands of feathers & catspew the word jumps from this to that to brake the ennui of my own tense control all goes into the melting pot of acid over the hill kicking a dead lambskin what to do with all this energy, lambent, unreconciled at atmosphere almost of terror the planet helpless with mirt gold coins rolling in the streets the skylark’s interminable raga borne aloft on shivering wings

Mid-May 1971

AL DESPERTAR

Al despertar persigo ovejas del jardín un mirlo sangrante, en el tapete de entrada entre miles de plumas & adormideras el mundo salta de aquí a allá para quebrar el tedio de mi tenso control propio todo cayendo en el caldero de ácido colina arriba pateando un cuero muerto de oveja qué hacer con toda esta energía, chispeante, irreconciliable, una atmósfera casi de terror el planeta indefenso se ríe monedas de oro ruedan por las calles el raga inagotable de la alondra cargada en el vuelo de las batientes alas

A mitad de mayo 1971

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TERRAZA CV

Estudio Macías Peredo 2013

Zapopan, Jalisco, México, 220 m2 Autores: Arq. Salvador Macías / Arq. Magui Peredo Colaboradores: Hector Covarrubias / Elizabeth Fernández


LÁGRIMAS

Mario Benedetti

Traducción del italiano: José Molina del libro Pitture Nere Su Carta

1

Contare l’inverno, a uno a uno. Facile notte, non nera non Bianca non blu. Facile notte, è il dormire questa veglia. Il viso grande nel viso piccolo. Frantumo nel suo pianto di ossa interne e guance. Indietreggiati gli occhi. Il rantolo. E la fontana della via, del muro qualcosa della vasca. Da quale mente, piccolo, la vista paterna in te, sciolta. La mucosa dei tanti, sopportati anni, cremato inverno, va, va, va.

1

Contar el invierno, uno a uno. Fácil noche, no negra no blanca no azul. Fácil noche, es el dormir esta vigilia. El rostro grande en el rostro pequeño. Fragmento en su llanto de hueso interno y mejillas. Vueltos atrás los ojos. El gemido. Y la fuente de la calle, del muro alguna cosa de la pila. 16

De qué mente, pequeño, la vista paterna en ti, suelta. La mucosa de tantos, años soportados, cremado invierno, ve, ve, ve.


2 ospedale Respiro, andati posti, nel passo riplasmato, risospeso. Plasma e occhi rilasciati alla parete. Io, e tu che mi coprivi, coperta, scoperta, verso il pianto. Bocca, ginocchio, mano, e speravi grazia per questo letto. Un’ombra tienimi. E il quadro, la poesia dell’acqua della fontana. Respira tra la goccia.

2 hospital Respiro, lugares idos, En el paso re-plasmado, re-suspendido. Plasma y ojos dejados otra vez en la pared. Yo, y tú que me cubrías, cubierta, descubierta, hacia el llanto. Boca, rodilla, mano y esperabas gracia por esta cama. Una sombra me sostienes. Y el cuadro, la poesía del agua de la fuente. Respira entre la gota.

3

3

Tutto sembra visto, le parole nei volti. In quello che è stato,

Todo parece visto, las palabras en los rostros. En aquello que ha estado,

che torna, comune, che è la vita, disinvolta. E gli anni

que vuelve, común, que es la vida, desenvuelta. Y los años

a capo, che seguitano, vedi,

en cima, que siguen, ves,

posso andare, nel non volto, e non piango per questo, oh per questo

puedo ir, al no regreso, y no lloro por esto, oh por esto

non ci sono labbra da toccare. Non ho gesti, emozione, cosa

no hay labios que tocar. No tengo gestos, emociones, qué

è una veste rossa, gialla.

es un vestido rojo, amarillo.

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4

4

Ti dissero: “Imbuto di preghiera. Divisa la terra nel fulmine per sempre.

Te dijeron: “Embudo de oraciones. Dividida la tierra en el rayo para siempre.

Tu sei, ti prego, lo senti?, il fulmine, nel nero, per sempre”.

Tú eres, te suplico, lo escuchas?, el rayo, en el negro, para siempre”.

5

5

Niente, adesso, è dire. Quante le vite di abiti, visi, mani,

Nada, ahora, es decir. Cuántas las vidas de hábitos, caras, manos,

quante. Indietro, intorno. Lo sai, è finire, qui.

cuántas. Atrás, alrededor. Lo sabes, es terminar, aquí.

Venivi dal pianto, ricordi, strappato

Venías del llanto, recuerdas, desgarrado

alla voce. Gli occhi sulla pagina che scrivevi, blu, nera.

de la voz. Los ojos sobre la página que escribías, azul, negra.

Padri, spose, in bianche lapidi, bianche.

Padres, esposas, en blancas lápidas, blancas.

E tutto tenevi sul tuo maglione.

Y sostenías todo sobre tu suéter.

6

6

E anche i fiori, il portone del cortile, aperto. Le voci

Y también las flores, el portón del jardín, abierto. Las voces

verso il cielo rosa e dei nomi, della fortuna. Come inverni

hacia el cielo rosa y unos nombres, de la fortuna. Como inviernos

quegli occhi, grandi, aprivano

aquellos ojos, grandes, se abrían

alle primavere. La nostra ombra che li piangeva. Lì, sempre,

a las primaveras. Nuestra sombra que los lloraba. Allí, siempre,

accostati, erba, le belle di notte. Occhi che stringevano occhi,

recostados, yerba, las bellas de noche. Ojos que apretaban ojos,

la nostra ombra che li piangeva.

nuestra sombra que los lloraba.


7

Le campane sono i campi vivi nel freddo. Volevo andare al circo, camminavo nella sera, il colore rosa dove camminare. Il torrente. La brina è la sola luce delle cose. Volevo andare al circo, camminavo nella sera, il colore rosa dove camminare. Tra i vetri della mia vita.

7

Las campanas son los campos vivos en el frío. Quería ir al circo, caminaba al atardecer, el color rosa donde caminar. El torrente. La escarcha es la única luz de las cosas. Quería ir al circo, caminaba al atardecer, el color rosa donde caminar. Entre las vitrinas de mi vida.

8

8

Non l’ascolto, sta la veglia, senza. Carriole di muri, non raccontate.

No la escucho, está la vigilia, sin. Carretillas de muros, no contados.

Nessuno, nel finire degli occhi. Neanche i visi. Hai abitato,

Ninguno, al término de los ojos. Tampoco las caras. Has habitado,

abbastanza, il corpo.

bastante, el cuerpo.

Abitato. Qua. Un sole, una pioggia. Le scarpe, le scarpe ricordate.

Habitado. Acá. Un sol, una lluvia. Los zapatos, los zapatos recordados.

I corpi, i due corpi, i tre. Rimasti, nella loro casa.

Los cuerpos, los dos cuerpos, tres. Permanecidos, en su casa.

Nella loro casa rimasti.

En su casa quedados.

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9

Indaco, colore sottile. E colore di nuovo colore sfarfalla.

Índigo, color sutil. Y color de nuevo color que aletea.

E sonore onde, non viste. Stati che non si possono. Di quanta luce,

Y olas sonoras, no vistas. Estados que no se pueden. De cuánta luz,

occhi, di quale. Vista di terra, calcare.

ojos, de cuáles.. Vista de tierra, calcárea.

Zolle schiacciate sul legno, quel giorno,

Terrones aplastados sobre la madera, aquel día,

pesato, nel passo incamminato a tornare nei sensi,

pesado, en el paso encaminado a volver en los sentidos,

inconsulti e docili sulla via.

imprudentes y dóciles en la vida.

10

10

In cosa risolti. Dalle balaustre. Sui binari.

En qué resultados. De las balaustradas. Sobre los binarios.

Straziati contro. Non guardati abbastanza.

Torturados contra. No mirados suficientemente.

Non guardati, abbastanza. Mai.

No mirados, suficientemente. Jamás.

Sangue, capelli, orbite nei loro globi. E gonfi,

Sangre, cabellos, orbitas en sus globos. E inflas,

nell’acqua, del loro cielo. Non guardati abbastanza.

en el agua, de su cielo. No mirados suficientemente.

Non guardati, abbastanza. Mai.

No mirados, suficientemente. Jamás.


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11

Così, né stazionario né altro. Tutto di te. Dove.

Así, ni estacionario ni otro. Todo de ti. Dónde.

I sedimenti, la misura del carbonio. Le nuvole slegate, e salire.

Los sedimentos, la medida del carbono. Las nubes desligadas, y subir.

Vorresti, crescere dal pianto.

Quisieras, crecer del llanto.

Gioia dei profumi impensati. Dal muschio stare muschio, oh.

Alegría de perfumes impensados. Del almizcle quedarse almizcle, oh.

Così dire, come non capitava. Dopo il nero,

Así decir, como no sucedía. Después el negro,

evanescente, della terra e cielo.

evanescente, de la tierra y el cielo.

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MONOSÚPER (fragmentos) Galo Ghigliotto

desde los paisajes celulares se vislumbra el sol: es una molécula de ADN gigante que proyecta información a lo ancho del citoplasma. parece sonar de tanto que vibra colores de fuego. se desenrolla en sentido del tiempo como un papiro demasiado moderno de tan antiguo. sobre los paisajes celulares y el estadio de la mitocondria empuja un largometraje de colores que lo tiñe todo. esta vida es efímera a la velocidad de la luz.

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yo estuve al interior de una célula y me pareció igual que esto: compartimentos, divisiones, organelos estructuras y vacío indispensable para que exista movilidad: yo estuve al interior de un cuerpo y floté entre los órganos que eran todos inmateriales pero ahí estaban y los flujos del mismo modo en que están las corrientes del océano y los vientos sobre la tierra: yo estuve en la ciudad y volví a ver lo mismo estructuras, organelos, vacío vientos, corrientes, desplazamientos: nada parecía un poema, pero todo lo era: la costa de Bretaña mide más de lo aparente el mar la escribió y la corrigió por años y el conjunto de cada molécula marina que golpea cada grano de arena costera es un escalante: nunca hubo sacrilegio en negar al inventor el creador también es creación lo único primordial es lo escrito: ¿qué importa quién habla?: toda voz es la voz de un muerto toda voz la silueta de un fantasma a millones de años luz en el tiempo hacia atrás o hacia adelante esa voz que clasifica ni siquiera es un murmullo –es un [silencio¯¹] elevado a menos uno–: del mismo modo en que Antares es 300.000 veces más grande que Arcturus que a su vez es 250.000 veces más grande que el sol –y cualquiera sabe lo que es la tierra en relación a estas estrellas–: conociendo la distancia que separa las galaxias y la rapidez con que se alejan unas de otras, podemos, a través de cálculos, ir atrás en el tiempo hasta el principio de la expansión.

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de ahí que los partidarios de la teoría del big bang concluyan que el nacimiento del universo se produjo hace diez billones de años. “La evolución del mundo puede compararse con un grandioso fuego artificial cuyos últimos cohetes acaban de apagarse: quedan algunos residuos incandescentes, cenizas y humo. En las brasas más frías se extinguen soles.” (Lemaitre): no me avergüenzo de decir que soy lo menos importante del universo porque al mismo tiempo yo soy el universo y si disparo un cometa en mi cabeza todo desaparece: soy el cometa y permanezco sobre mi ruta: soy la paradoja el carácter del arracimamiento mis pulmones un territorio que se extiende y yo mismo viajo con ellos hasta el fondo hasta lo ínfimo para encontrarme con O y N y las moléculas del aire: mi lengua viaja millones y millones de micrones hacia el fondo y mis órganos se desplazan de sí para saludar de la mano a H2 y O y dejarles pasar al templo de mi cuerpo –porque también soy credo y necesito feligreses–:

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todo es un asunto de relaciones los planetas [que bailan a lo lejos] con largos vestidos y máscaras y uniformes envían informes a los ejércitos que avanzan sobre la tierra a los cardúmenes que avanzan bajo las aguas [donde el mar es el mar] a los electrones y a las partículas de tiempo: el gran reloj cosmológico empieza su ritmo en mi vientre donde estoy yo, encerrado dando vueltas a una manija: y siempre me olvido de mí porque mi oído está demasiado cerca de mis pensamientos y demasiado lejos de todo el resto:


las ideas monumentos de la estética del azar obstruyen con su invisibilidad los lazos que me unen al todo: el único pensamiento se disfraza de lenguaje y se transfigura para despistar a los hombres de los cinco continentes todos amarrados a privadas contingencias diluyéndose en el único día en la única clepsidra de la historia y me digo “cuando ya antes miles de generaciones padecieron los mismos síntomas de la vida ¿qué hay más obsoleto que la contingencia?”: todo es simulacro y punto [.] una simulación de final: hay que ser absolutamente posmoderno jalarse unas líneas de posmodernidad otras más de barroco latinoamericano otras tantas de minimalismo y de todos los ismos posibles y quizás entonces, recién, podamos aprender a hablar: no hay mucho más que decir ni tampoco es necesario el que tenga ojos, que entienda: sin metáforas, imágenes poéticas, métrica, estrofas, idiomas sin palabras que corran más rápido que la mente sin complejos de estupidez ni de inferioridad –nunca nadie ha salido del planeta–: estoy vivo, eso es mucho y respiro sé que soy sólido y puro en mí convergen las cosas del universo en su perpetuo fluir: todo ha sido escrito para mí, y soy yo quien debe descifrar el significado de las escrituras.

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De VACACIONES EN ARMENIA (INÉDITO) Luis Eduardo García

PRESENTACIÓN DEL PROTAGONISTA Aún el sonido de mi madre en las manos en mi paleta que se pudre. Aún el recuerdo en mi cabeza violonchelo (haga espacio ahora para el drama) mi madre es una hilera de púas la línea del horizonte.

ORIÓN Bienvenido al mundo. Es un lugar lindo si te gusta el ruido que producen los metales al chocar y la carne al ablandarse. 26

¿Has oído hablar de los milagros? No existen. Pero con algo de suerte los vidrios que se claven en tu cara podrían formar una constelación.


NUESTRO AMIGO VISITA AL PSICÓLOGO No tan bien. Hay mañanas en las que algunos erizos entran por mi boca y se ríen organizan reuniones en mi páncreas dejan sus agujas colgadas por doquier. No puedo pintar, mi espíritu se encoge con el frío. Mi esposa tampoco lo cree. No me soporta, creo que me engaña con un chino. Me siento un poco desarraigado, ¿sabe? He soñado con un pulpo durante diez noches seguidas sí: me saca a pasear me alimenta, me besa sus ojos brillan de amor ¿mi madre? Ella era hermosa y tenía dos brazos. Estoy muy seguro.

Los horizontes están demasiado lejos demasiado inundados de líquidos que arden con facilidad. “Estamos adelantados”, piensan. ¿En relación a qué? Allá no hay nada. No es una línea ni un círculo. Más bien una acumulación de fragmentos no muy bellos. La conclusión de una vida: no vamos a sitio alguno y la poesía nos sigue. Todo esto es acerca de un lugar muy frío llamado persistencia.

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CORDIOX

Ariel Guzik / Laboratorio Arte Alameda Febrero / Abril 2014

La obra de Ariel Guzik (México D.F., 1960) se articula desde hace décadas como una de las más sólidas del arte actual en México. Su experiencia abarca distintas aproximaciones que incluyen la música, el arte sonoro y la escultura. Guzik ha conseguido desde un punto de vista muy personal relacionar además el arte y la ciencia. Ha dedicado parte de su tiempo al estudio de la herbolaria y trabaja también como iridólogo. Su obra se ha ocupado de la resonancia, el electromagnetismo y los intervalos armónicos naturales. Para ello ha construido diversos aparatos como el espejo plasmaht, el resonador espectral armónico o el submarino canoide. Con éstos ha producido música a partir de elementos naturales como la luz solar, el agua o sonidos emitidos por ballenas. Un componente fundamental de sus objetos es que poseen un carácter escultórico que obliga a quienes se aproximan a ellos a recorrerlos y experimentar el espacio de un modo nuevo. Esto fue posible apreciarlo hasta hace poco en el Cárcamo de Chapultepec, donde Guzik intervino el sitio con su cámara lambdoma. El Laboratorio Arte Alameda bajo la curaduría de Itala Schmeltz presenta de febrero a abril Cordiox, pieza de Guzik que representó a México en la 55 Bienal de Venecia. La pieza es instrumento monumental que consta de un sistema de puentes de madera que acopla cuerdas de arpas con un tubo de cuarzo fundido. Estos materiales se encuentran dentro de una estructura de acero más o menos sencilla pero que soporta la tensión de varias toneladas que ejercen las cuerdas sobre ella. El instrumento funciona mediante una serie de controles y circuitos. Como toda la obra de Ariel Guzik, Cordiox busca generar una experiencia plurisensorial y abierta.

VOCES PARANOICAS Eros Alesi

Cuadrivio, México, 2013. Traducción del italiano: Hiram Barrios Hace algunos años sin demasiado ruido la editorial Bonobos publicó en versiones de Guillermo Fernández, Mamá morfina, un breve grupo de poemas del poeta italiano Eros Alesi (1951-1971) quien muriera lanzándose del Muro Torto a los diecinueve años. Alesi jamás publicó en vida, pero sus cuadernos fueron rescatados del olvido y han ido publicándose poco a poco. Los poemas de Alesi son a veces filosos fragmentos en prosa que registran momentos de exaltación. Sin embargo, su poesía no es solamente un arrebato, es más bien un registro concentrado de una breve y desbocada existencia: “Oh muerte que es muerte. Muerte que pone punto a esta saeta vibrante.” Voces Paranoicas coincide en algunos poemas de Mamá Morfina, sin embargo agrega otros poemas desconocidos en nuestra lengua hasta este momento. El prólogo y la traducción de Hiram Barrios son igualmente concentrados y demuestran una generosa dedicación.

NINA

Xiu Xiu + Tim Berne, Tony Malaby, Mary Halvorson, Andrea Pakins y Ches Smith

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Graveface Records / Diciembre, 2013

La influencia de Nina Simone resulta indispensable en alguna música desde la segunda mitad del siglo XX y hasta nuestros días. Esto es posible corroborarlo en cantantes como Joni Mitchell o Fiona Apple, raperos como Kanye West e incluso compositores de la talla de Luciano Berio, quien realizó arreglos para dos canciones de Simone en su ciclo titulado Folk Songs. Jamie Stewart, voz y líder del interesante proyecto conocido como Xiu Xiu logró convocar en esta ocasión a músicos excelentes como el saxofonista alto Tim Berne para acompañar sus versiones de Nina Simone. Las aproximaciones de Stewart son muy originales aunque no abandona el tono melancólico de la cantante. La voz de Stewart resulta por momentos un tanto dramática, sin embargo logra crear una ambiente sonoro nuevo y estimulante. José Luis Bobadilla / @jlbobadilla


EL LOBO DE WALL STREET

Dir. Martin Scorsese, EE.UU., 2013 Duración: 180 minutos

Tenía tanto dinero que no sabía qué hacer con él.

Basado en el libro The Wolf of Wall Street y adaptado sagazmente a guión cinematográfico por Terence Winter –guionista de Los Soprano-, el director estadounidense Martin Scorsese registra en su más reciente filme la voracidad desenfrenada del sistema capitalista. A partir de las memorias de Jordan Belfort, un corredor de bolsa que pasó solamente 22 meses en la cárcel luego de ser acusado de fraude, lavado de dinero y manipulación del mercado de valores, Scorsese nos presenta a un hombre que se volvió leyenda robando y defraudando y, que hoy vende libros e imparte conferencias sobre cómo ser un emprendedor y alcanzar el éxito. Una ambición que pronto se convierte en avaricia corrompe a un hombre que llega a Wall Street, el único lugar para saciar sus ambiciones, con el fin de alcanzar el modelo del sueño americano. En un ritual de iniciación, Mark Hanna (Matthew McConaughey), el primer jefe de Belfort (Leonardo DiCaprio), introduce al ingenuo empleado en el mundo de las inversiones y lo aconseja sobre como sobrevivir a la presión de su trabajo practicando la masturbación, desfogándose con prostitutas y consumiendo drogas. Ambos sellan el encuentro golpeando sus pechos y emitiendo sonidos como si se encontraran en una tribu y así comienza un viaje sin límites. A partir de ese día, Belfort aprende que no es necesario pensar en el bien común cuando puedes llevarte todo. No hay tal cosa como una situación de ganar-ganar, porque en el sistema capitalista gana el más astuto. En una escena de la película, Scorsese introduce al personaje interpretado por el actor Jonah Hill, Donnie Azoff, un simple vendedor que, tras ver en un estacionamiento un bello y lujoso Jaguar amarillo, tiene el valor de entrar a una cafetería para interrogar a Belfort. Al escuchar que Belfort gana 72 mil dólares mensuales, se da cuenta de lo tonto que ha sido viviendo una vida aburrida y decide renunciar a su trabajo y seguir a su nuevo gurú. Scorsese plantea la avaricia como el motor de sus personajes. Belfort fascina, no sólo por la excelente interpretación de Leonardo DiCaprio, sino porque logra plasmar en sí mismo al sistema que hoy rige las grandes potencias económicas. Belfort es la ironía misma del sistema, quien pese a ser un delincuente, adicto al sexo, a las drogas, al dinero, y representar todo aquello condenable por la justicia y la sociedad, es indestructible. Tras ser perseguido y juzgado por la ley, pasar algunos meses en la cárcel, perder parte de sus bienes y a su familia, el sistema vuelve a asimilarlo y lo convierte en un héroe. Personas ordinarias, como a las que él solía defraudar, de nuevo pagan dinero y se sientan a escuchar sus conferencias. Al final, como espectadores ¿qué nos queda, podemos huir de esa realidad? El lobo de Wall Street representa una sociedad enferma que quiere ser redimida por el dinero y el estatus. En la película no hay una transformación del personaje porque no hay forma de romper la vorágine y el círculo vicioso en el que nos encontramos todos. 30

Beatriz Ladrón de Guevara García / @LadronadGuevara



Mula Blanca 8