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OTROS RELATOS

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Textos: Mariella Maisonnave /Adrián “Fino” Sosa Diseño: Magdalena Silveyra Fotografía: Mariella Maisonnave


Escribimos para completarnos, para agregarle comas, puntos y palabras al silencio. Escribimos sobre ese silencio, que es nuestro y parte del lenguaje. Escribimos para destruir la soledad y los fantasmas, para recomponer los pasos en falso, las contradicciones. Escribimos y nunca es suficiente .


Escribimos para abrir puertas y ventanas, para descubrir otros caminos, para espantar el miedo a la soledad.


Ya nos pasó antes. Ir caminando y ver, escuchar algo que de repente, nos dispara una vivencia, una historia, un sentimiento que al fin, logramos desentrañar. Como antes, como siempre, eso es lo que plasmamos en nuestros relatos. Cada lector se identificará, o se sentirá muy lejos de esos sentires. Pero no será indiferente, al menos así lo esperamos.


SIN NOMBRE Cada visita a la biblioteca era una fiesta. Entraba al edificio inmenso de paredes de mármol y sentía un breve cosquilleo de ansiedad al abrir los diminutos cajones en búsqueda de algo nuevo. Adoraba esos instantes, incluso respirar el olor a papel gastado en las fichas acariciadas por millones de manos. Ese era el comienzo de la aventura diaria, verse transportada hacia un mundo paralelo del cual se sentiría parte por el resto de la tarde, y que no terminaba cuando el asistente anunciaba que ya era hora de cerrar. Ese ritual continuaba en una cafetería cercana, cuando sentada a la mesa de siempre sacaba su libreta de apuntes y repasaba las notas que había tomado durante todo el día. Escribía sobre lo escrito, borroneaba, reescribía, pasaba en limpio y avanzaba inmersa en vuelos de tinta y papel. Solo se detenía si todos los sentidos le indicaban que las ideas estaban en orden. Mañana sería igual, regresaría con nuevos títulos de libros y nombres de autores en la cabeza para hurgar en los cajones. Así pasaba sus tardes, lejos del “allá fuera”, lejos de sus recuerdos. Sabía que muchas cosas no se pueden olvidar por más que las vistiera de aventuras o poesía novelada. Lo sabía, claro que lo sabía. Por eso, cada día caminaba despacio para volver a su casa, hacía que la llegada fuese más lejana y sentía suyas, como nunca, aquellas palabras que describían el dolor de Flaubert. Comprendía a cada paso y por enésima vez que más que vivir sin aquellos a quienes amamos, no hay mayor suplicio que vivir con quienes no amamos. No quería recordar. Se veía deambulando por un bosque inmenso, sagrado, tanto como el Bomarzo que anhelaba conocer. Deseaba experimentar el placer de mirar, más que de tocar, las magníficas monstruosidades que tan bien se describían en el libro. Bestias de un mundo interior. Ese lunes amaneció lloviendo, como toda la semana; sin pensarlo y bajo la lluvia recorrió el camino que la llevaba hacia la biblioteca. Pasó toda la tarde envuelta en los susurros de sus autores favoritos y el golpetear de las gotas de lluvia en el alero de la ventana cerca de su asiento. No podía distinguir qué le gustaba más. La música de la lluvia la tranquilizaba, parecía que el pronóstico del tiempo hubiera adivinado el autor de turno y hubiese decidido acompañarla con su cantar. Cuando escuchó el anuncio de cierre quedó sorprendida, el día había pasado como si fuesen minutos. La lluvia se había ido y eso fue lo único que la hizo percatarse del tiempo transcurrido. Afuera calentaba el sol, a pesar del frío, a pesar de su pena. El astro brillante acarició su corazón, como aquel que calentaba el corazón de Zezé para darle esperanza. Fue en ese mismo instante que lo vio pasar. Y esta vez, se atrevió a soñar. Sintió que lo conocía desde siempre y que ya no sería inalcanzable. Lo había soñado mil veces, como aquel que soñaba a su amada en el llano hasta que el destino los juntó pero al contrario de lo que dicen, no fue para siempre. Ella soñaba con un destino que no interrumpiera su deseo. Caminó detrás de él sin quitarle la vista, envuelta en sus pensamientos. Lo vio entrar a la cafetería de todas sus tardes y sentarse en la mesa donde ella siempre lo hacía. Colgando su mochila en respaldo de la silla y sin dudarlo, se acomodó frente a él. Por esas cosas mágicas que solo suceden una vez, como en los libros, se miraron y sonrieron. Sus ojos irradiaron un brillo absoluto, subyugante, que le recordó al escarabajo de oro, tan bello como peligroso. Conversaron y bebieron un café tras otro hasta que las luces de la madrugada se colaron por la ventana. Él le leía


papeles que guardaba dentro de un libro. Ella apilaba sobre la mesa sus libretas abriéndolas como mapas. Les avisaron que ya era hora de cerrar. Guardaron todo en la mochila, como juntando cadáveres. Ella y sus zapatos rojos, como los de la madre de Anouk, fueron dibujando un nuevo recorrido. Fueron andando bajo la luz de la luna intentando repeler las irrupciones eternas de las flores del mal. Recitaban en voz baja poemas y anti-poemas que sabían de memoria. Ellos, juntos, dentro de una vida breve. La historia recién comenzaba pero parecía escrita con miles de palabras en capítulos que venían desde mucho tiempo atrás. El lobo estepario encuentra a su igual alguna vez, lo sabían. El viejo edificio en el que tanto habían buscado cada día, los había devorado en cada libro, en cada autor. Y allí estaban, frente a frente, caminando juntos sí, pero sabiéndose únicos. Eso los hacía sentir completos. Mano con mano siguieron el camino sin mirarse, no era necesario hacerlo. Habían imaginado este momento y ahora, sentían esa atracción que solo se siente hacia uno mismo. Borronearon, tacharon y reescribieron una nueva felicidad sin soltarse de la mano, sin puertas que derribar. ¿Es ahí cuando se termina el viaje? Se miraron inquietos. Dudaron. Sabían que no sería para siempre. Pero, ¿cuánto tiempo es para siempre? El conejo blanco tenía la respuesta, a veces solo dura un segundo. Estaban listos para atravesar el espejo. (a todos los autores y libros que guardamos en el corazón)


EL PUENTE Ya no confesaría en cuotas sus pecados, no pensaba volver a la iglesia ni a leer sobre filosofía. Estaba cansada que le mintieran. Desde hacía un tiempo, la tristeza la envolvía dejándola al borde de la desesperación, y ese sentimiento comenzó a volverse recurrente. Nadie imaginaba que tenía razones para sentirse así. Quienes la conocían creían que todo en su vida era perfecto, o se acercaba mucho a serlo. La familia, el trabajo, sus hijos, eran cosas que le envidiaban sanamente. Sin embargo la brecha con la realidad se estaba volviendo cada vez más profunda, estaba a punto de caer en un pozo. Durante toda su vida había tratado de encajar y en algún momento creyó haberlo logrado, había aceptado que eso era la felicidad. Los años atravesaron su vida monótona y sin sobresaltos, eso que la gente llama un buen pasar, a ella de a poco la estaba ahogando. Llevaba muchísimo tiempo buscando una razón por la cual seguir fingiendo que era feliz, pero el verdadero yo siempre puede más, y es difícil de esconder. Esa mañana se levantó temprano y bajó a la cocina. El desayuno servido la esperaba, el día le sonreía desde los enormes ventanales que daban al jardín. Todo a su alrededor brillaba, menos ella. Los niños desayunaron y su esposo los llevaría hasta el colegio de camino a su trabajo. Los saludos, los besos, las palabras de siempre. Apenas quedó sola, y luego de pensarlo mucho, decidió que era momento de cruzar el puente. No importaba cuando, como, ni quien, había dejado en sus manos la posibilidad de cruzarlo. Era el momento de hacerlo, era momento de escaparse de la cuadrada realidad en la que vivía. Buscó en su bolso el celular y llamó. -Hola. Estoy lista –dijo. -¿Segura? -Si. -Te espero sobre el mediodía. Ángeles dejó el teléfono sobre la mesa y subió a su dormitorio. Eligió la ropa con la que iba vestirse y mientras se miraba en el espejo pintó sus ojos, sus labios y se vistió sin prisa. Al terminar se encontró más linda que siempre. Estaba segura no tenía dudas, temor, ni vergüenza. Era su primer paso sobre el puente. Encendió un cigarrillo y al dejar escapar la bocanada, notó que algo atrapado en su interior se evaporaba junto con el humo gris. No comprendía por qué, pero se sentía un poco más libre. Es increíble que todo se disuelva tan rápido, pensó, no debí esperar tanto tiempo. Después que su auto se mezcló en el tráfico infernal de la avenida, fue consciente que estaba dando el segundo paso. Estacionó lejos de la agitada arteria. Se puso el abrigo y caminó por el borde de la vereda, desafiando a los pocos autos que circulaban. Se sentía bien dejar de estar alerta, cuidando cada detalle. Un hombre de ropa rasgada y sucia sentado bajo la vitrina de un local le tendió la mano pidiendo monedas. Instintivamente buscó el metal en su bolso y al entregárselo, tocó aquella mano áspera. El hombre retuvo la mano de Ángeles y ella lo miró a los ojos. Al encontrarse con esos ojos negros, desolados, fue transportada a un mundo que no era desconocido para ella, un mundo al cual juró que ya no volvería. Esperó que desde el portero eléctrico le franqueran el paso. Las paredes del corredor la protegieron como brazos invisibles camino del ascensor. Retocó su maquillaje al tiempo que ascendía hasta el noveno piso. Se encontró con la puerta abierta del apartamento 902.


-Por fin -escuchó cuando cerraba el camino de retorno a su vida anterior. -Por fin -dijo Ángeles al dar el paso número tres. Se acomodó frente a él mientras observaba las fotografías que el hombre iba desplegando sobra la mesa. Era difícil mantener la vista en la crueldad que mostraban, sin embargo, era más difícil aun dejar de mirarlas. La atrapaban, la despojaban de todo sentimiento. -Salimos esta tarde- dijo el hombre Ella se estremeció, pero no dudó un segundo. -Ya te dije, estoy lista – repitió. Era de madrugada cuando regresaron al apartamento. Ella miró el reloj y se percató de que en su casa la deberían estar esperando. Se encogió de hombros, ya no importaba nada de lo que estaba dejando atrás. Entendió que solo había estado fingiendo, que cada cual define su propia felicidad, aunque sea la más cruel. Pura basura, ya nunca podría cruzar el puente del regreso.


LA MONTAÑA No era la primera vez que intentaba irse, de hecho, esta era la cuarta vez. La tercera es la vencida dicen, pero él había necesitado una cuarta. Lo peor fue todo el proceso previo a la decisión, los enojos, las discusiones, las horas y horas gastadas tratando de hacerlos entender. Hasta que se dio cuenta de que ya no había nada más que explicar, que era solo una cuestión de tener iniciativa. No tenía que quedar bien con nadie, sino consigo mismo. Esto no era una historia de amor, así que pensó que lo que acababa de hacer le dolería mucho menos. Decidió partir. El problema sería para su familia. Ellos necesitarían encontrar las razones por las que había desaparecido, ya que nunca lo escucharon realmente. Cada acción, cada duda, cada movimiento partía de un motivo egoísta, satisfacer sus propias necesidades. Nunca pensaron en él. El viento venía perforando el lado derecho del auto de Gonzalo y sacudía la máquina de forma lenta, sostenida. Lo desplazaba de a centímetros contra la ladera de la montaña. El camino asfaltado ascendía en espiral, cada vez se hacía más estrecho y el auto se apretaba poco a poco contra la masa de rocas y tierra. A un centenar de metros de la cima, el camino se cortaba, y se abría una explanada con una garita y una baranda circular de madera. Desde ese mirador se veía el lago sobre el cual las luces mostraban la ciudad dormida. Gonzalo bajó del auto, se descalzó a pesar del frío para poder sentir en su centro la conexión con el mundo, con su ser interior. Ya había recibido castigo suficiente, ya había llorado y era hora de estar a solas, era hora de sentirse bien. Observando en silencio desde la oscuridad que le regalaba la altura, encendió un cigarrillo. Hacía un año que había dejado de fumar pero como tantas otras cosas siempre los llevaba en la guantera para casos de emergencia. Fumó y exhaló varias veces, intentando vaciar sus pulmones y su cabeza de todo lo malo que cargaba, incluido ese humo envenenado. El aire limpio de la montaña empezó a relajarlo, se tendió de espaldas sobre la explanada y abriendo los brazos en cruz, fijó sus ojos en el cielo estrellado e inmenso. Sabía que no lograría dormir, pero eso no importaba, su cuerpo ya estaba habituado a la falta de sueño. Solo necesitaba estirar las piernas, aflojar sus músculos y no pensar. Sobre todo, no pensar. Abajo en la ciudad, sus padres y su hermana, buscaban en su cuarto algún indicio, alguna pista que les permitiera saber su paradero. - No puede ser que no haya dejado nada escrito como las otras veces –dijo su madre con voz chillona. - No veo nada por acá –dijo su hermana, mientras revolvía los papeles amontonados que había sobre el escritorio. El padre con las manos en los bolsillos, recostado con su hombro derecho al marco de la puerta repasaba con los ojos semicerrados el aire que flotaba espeso en el cuarto, como siempre lejos, muy lejos de todo. -¡El teléfono! ¡Acá esta el teléfono! –dijo su madre revoleando el aparato sobre su cabeza con movimientos espasmódicos –¡No se lo llevó! No puede ser – insistía mientras aumentaba los decibeles de su voz. - Lo debe haber olvidado. No es para tanto –balbuceó el padre sin moverse un solo centímetro de su punto de apoyo. -Pero Saúl, sos el padre. Hace dos días que Gonza no aparece. No puede ser que no hagas nada. ¡No puede ser! ¡Por dios, hace algo!


- Él ya es un hombre. Sabe lo que hace –dijo Saúl sin despegarse del centro de gravedad. -Bueno, ustedes sabrán que hacer –sentenció la hermana de Gonzalo mientras se colgaba una mochila negra –Yo me voy al cine con unos amigos. Cualquier cosa me llaman –y dicho eso pasó haciendo una fina contorsión frente a su padre que seguía mirando el infinito aire espeso en el cuarto. -Yo me voy a desmayar, esto no lo puedo soportar –dijo la madre mientras se dejaba caer sobre la cama de su hijo con las manos en la cara. Allá arriba, en la montaña, Gonzalo entrecerraba los ojos, respiraba muy profundo y se llenaba de vida. Buscaba la armonía que con el paso de los años había perdido. Tal vez fueron los golpes interminables del abandono que, con secuencias pausadas e implacables, lo habían castigado. Sabía que era tiempo de cambiar. En las últimas semanas lo había sentido. Pero, ¿a cambio de qué? Estaba sofocado, triste, sin energía. Estaba solo, implorando por detenerse en medio de la locura generada. Vivir donde vivía, encontrarse tan vacío, sin diferenciarse de los demás. ¿Eso era todo? ¿Realmente era eso lo que había procurado? Los años y la rutina le habían desviado el paso, lo habían transformado. El norte, su norte, estaba demasiado lejos. También con este intento salvador buscaba vaciarse de las cargas pesadas. Sus dieciocho años fluyendo a toda velocidad y a contramano de todo. El desamor, la frustración, sumaban barreras que lo tiraban hacia atrás. Dejó su teléfono, su guardarropa selecto y la comodidad inmóvil de su habitación. Ahora respiraba profundo, llenaba sus pulmones de un aire con otra espesura. Estaba decidido. No volvería atrás. Se levantó lentamente y caminó hasta su auto. La luna se metía en el lago a los pies de la montaña. La mancha redonda se balanceaba serena en el agua, en la oscuridad de la noche. Buscó en la guantera, en su mochila y entre las cosas desparramadas en el piso del vehiculo. Revolvió y amontonó cosas en el asiento trasero. Un saco, tres pares de championes, envoltorios de comida rápida, vasos de papel, revistas, apuntes de la facultad, bolsas de plástico y de papel. Encontró el frasco de los ansiolíticos bajo el asiento del acompañante, trabado en el enganche del cinturón de seguridad. Dudó en tomar uno o dos comprimidos, dudó en sacarse la angustia rápidamente o en ir de a poco para sepultar de forma consciente y dolorosa este corte con su vida insulsa y solitaria. Tomó dos. Luego otro. Siguió mirando el cielo. Con la plenitud del cielo estrellado en sus ojos y en un arranque de lucidez, decidió cambiarse el nombre. Sería Danilo ni bien saliera el sol, pero también comprendía que solo con eso no era suficiente. Tomó una bolsa y comenzó a juntar las cosas de las que también se desprendería. Llenó más de una. Se quedó con un mapa de carreteras y albergues. Encendió su segundo cigarrillo, lo disfrutó más que el primero. Puso en marcha el motor e inició el lento descenso desde la montaña. Bajó con las luces apagadas por el camino sinuoso y oscuro, guiándose por las señales luminosas en medio el asfalto. Las luces titilantes de la ciudad en plena madrugada marcaban el horizonte haciendo espejo con el cielo. El viento ya no soplaba. Al llegar al llano encendió las luces del coche y estacionó, sin apagar el auto, junto a un contenedor de basura. Se deshizo de todo lo que había acumulado. La limpieza había comenzado. Ya en el cruce de la carretera, observó a ambos lados del camino y en un juego de adivinación, a suerte y verdad, giró a su izquierda. Aceleró camino a otra ciudad, de la que solo el tiempo y los carteles, en algún momento le revelarían el nombre. La carretera vacía, kilómetros y kilómetros iluminados


solo con la luz de la luna y los faros de su auto. No recordaba haber sentido nunca tanta paz. El efecto de las pastillas se sumó al silencio que lo rodeaba y empezó a cabecear. No te duermas Danilo, se repetía. Pero con cada metro era más difícil vencer el sueño. Decidió parar a descansar en el próximo mojón. A lo lejos en la oscuridad unas letras reflectivas anunciaban a pocos kilómetros su destino: Paraje Milagro. No supo por qué pero sintió el impulso de acelerar, quizá porque necesitaba justo eso, un milagro, para salir por fin de donde había estado casi toda su vida. Una luz brillante lo sorprendió, no le dio tiempo a reaccionar. El silencio de la noche se interrumpió con el ruido imponente del choque de ambos vehículos. Gonzalo sintió el golpe en su cabeza, apenas pudo percibir la sirena y las luces de la ambulancia que lo transportaba, eso fue lo último que pudo recordar. Despertó con la luz brillante lastimándole los ojos. Miró con dificultad, no reconocía el lugar en el que estaba. Una mano cálida rozó su brazo. -¿Estás despierto? –preguntó con una suavidad que le inundó el alma. La habitación olía a jazmín, todo era blanco alrededor. Se incorporó y la vio en plenitud. Blanca, muy blanca y ofreciendo sus brazos hacia él, la sonrisa amplia, invitándolo a acercarse mientras lo envolvía con sus dulces palabras. -Danilo, ya estoy aquí. Vamos, hace tiempo te esperábamos. A lo lejos, allá, muy lejos...la montaña.


ALERTA Las ventanas tapiadas solo dejaban pasar un tímido rayo de luz que caía justo en el centro de la sala. La oscuridad lo dominaba todo, los muebles tapados con telas inmensas no hacían más que obstaculizar el paso. Así era la habitación donde se encontraba. Con esfuerzo, había logrado romper la puerta de la casa y abrir una rendija para entrar escapando de su perseguidor. Exhausta, se sentó en el suelo, el corazón le salía por la boca. Sus sentidos alerta, atentos a cualquier movimiento o ruido que denotara que él estaba cerca. Pasaron las horas, el silencio y la penumbra la envolvieron y se quedó dormida. La despertó el ruido del viento que se colaba por las ventanas, había anochecido y la oscuridad ahora era total. Sintió la boca seca, la garganta áspera de aguantar la sed y el miedo. No se atrevía a incorporarse pero la sed pudo más, a los tumbos, tanteando los objetos que la rodeaban se abrió paso hasta la siguiente habitación. Su celular no funcionaba, la batería en cero, todo estaba en su contra. Pensó en las lecciones de yoga, en las conversaciones con su terapeuta, buscaba en su cabeza algo que la ayudara a encontrar la manera de salir de allí. Inhaló, exhaló, inhaló, exhaló, hasta que logró bajar su ritmo cardíaco y decidirse a desandar el camino hasta la puerta rota y salir de allí. A lo lejos escuchó pasar un tren, pero mucho más cerca, los movimientos bruscos de un pestillo y los golpes en la puerta. La tensión congeló la habitación. Supo que venía por ella, ya no había vuelta atrás. Se agachó y se abrazó las rodillas tan fuerte como pudo, entre temblores y sollozos ahogados por el miedo. Sentada en un rincón oscuro volvió a oír los golpes que mecánicos, amenazaban con derrumbar la puerta. Cerró los ojos apretando con fuerza los párpados y su rostro quedó completamente desfigurado. Había llegado a la casa abandonada luego de correr durante más de media hora entre árboles y pastizales, pensó que estaba a salvo pero no fue suficiente ni la velocidad ni el rumbo que había elegido, eso quedó en evidencia con los golpazos que sonaban ensordecedores castigando la puerta. Cuando estaba casi por desmayarse a causa de aguantar la respiración, los golpes cesaron abruptamente. El silencio se hizo insoportable, los segundos eternos y la angustia aplastante. Fue lo peor. El silencio fue lo peor. Nancy seguía petrificada en un rincón alejado de la puerta, dentro de una cabaña semivacía en medio de un bosque eléctrico. Estaba contra la espada y la pared, lo sabía. Ella tenía en un bolsillo de su campera un sobre con el problema y la solución, todo se había desencadenado por el contenido de ese sobre. En la oscuridad profunda de la sala, resonaron amplificados los pasos firmes de alguien que caminaba afuera sobre restos de vegetación reseca que resquebrajaba el silencio transformándolo en miedo. Pasos crepitantes dibujando con líneas sonoras el perímetro puertas afuera. Los pasos se dejaron de oír cuando el perseguidor llegó junto a la ventana de vidrios cortinados por el polvo del abandono. En medio del miedo aterrador y la noche densa, se recortó la figura robusta de lo que se adivinaba un hombre con sombrero de ala ancha. Ya no tuvo dudas. Era él, personificando en la vital pesadilla al mismo demonio. Los vidrios de la ventana estallaron y algunos restos del destrozo golpearon las piernas de Nancy. Luego se escuchó la voz pesada del hostigador. -Quiero lo que me pertenece –dijo claro y contundente. -Quiero lo que me pertenece -repitió luego de dos segundos interminables.


Nancy se llevó la mano al bolsillo para corroborar que aún tenía allí el objeto de su desgracia. Pensó en gritarle “acá estoy, tengo lo que buscas”, pero se dio cuenta de que aunque le entregara lo que buscaba, no se salvaría de su furia. Así que se quedó dónde estaba, muda, tratando de silenciar hasta su respiración. Miró hacia el costado y con dificultad pudo distinguir una diminuta ventana en la pared lindera a la casa de al lado. Un pasillo angosto, repleto de escombros y basura, era lo único que separaba ambas viviendas. Se arrastró en silencio con la mano sosteniendo el tesoro en su bolsillo. Se acercó a la ventana y vio que su salvación estaba ahí, al otro lado de esa ventana. Antes de trepar dudó unos instantes. Lo que tenía en ese sobre era todo lo que le quedaba de la mujer que más había amado en el mundo. Sabía que también lo era todo para su perseguidor, violento, duro, implacable, como siempre lo había sido. Con la congoja en el alma, sacó el sobre, lo apretó contra su pecho con fuerza, lo depositó en el suelo y la dejó ir. Se quedó inmóvil en el pasillo ruinoso para escucharlo llegar hasta su trofeo. Escuchó su grito de victoria y luego un sollozo que se transformó en llanto. Y entonces entendió al tirano, sintió su dolor y libre de culpa y remordimiento, se despidió de ambos.


FE Vicente irrumpió en la habitación donde estaban los tres hombres. Venía agitado, sudando y con el rostro desfigurado por el espanto. Nunca se había creído capaz de lo acababa de hacer. Nunca había imaginado que pudiera matar. Ante la estrepitosa entrada, los tres se dieron vuelta. Sus miradas se cruzaron y dos sentimientos opuestos se enfrentaron. Por un lado, el terror en el rostro de Vicente por la realidad que lo golpeaba en plena cara. Por otro, la satisfacción de los hombres de haber cumplido, a través de Vicente, con el plan. Afuera, las hojas de los árboles empezaban a caer, rojas, amarillas, se iban desprendiendo de a poco de su progenitor. Otro otoño empezaba a asomarse en Montevideo, los días se tornaban más cortos. La claridad del día estaba a punto de terminar y no solo por lo que marcaba el calendario. Vicente había empezado la jornada con optimismo, estuvo toda la mañana en su casa, entretenido con unas viejas enciclopedias que había encontrado en el desván. Le recordaban su infancia, cuando vivía en el colegio y cargaba siempre con mil preguntas que deseaba hacerle a su maestro. Inmerso en ese viaje retrospectivo, una vez más, lo envolvieron aquellos aromas putrefactos, los nombres y los rostros que su mente, por dolor, se empeñaba en dejar suspendidos en el tiempo. Pero esta vez todo fue diferente. Se desató dentro de él una tormenta. Retornaron imágenes secretas, mareas congeladas de rabia y desencanto. Se arremolinaron en su cerebro ciclones de angustia, de rencor. El convento, los castigos, las penitencias y por encima de cualquier herida lacerante... Valentín, la figura oscura del horror. Pensó en los otros tres. Eran sobrevivientes que, como Vicente, cargaban la mochila pesada del odio. Más de una vez lo habían hablado y sabía que ellos, sin dudarlo un instante, aceptarían mover los engranajes oxidados de la venganza. Esa noche se juntaron a beber. Vicente lo planeó. Estaba todo preparado y habían repasado todo lo previsto, paso a paso. No había forma de equivocarse. Se habían aprendido cada movimiento, cada pequeña acción que los llevaría a concretar su misión. Solo faltaba decidir quién de ellos cuatro sería el encargado de mover las piezas. Aunque eso estaba claro sin necesidad de decirlo. Vicente era el único capaz de hacerlo. Al entrar al convento, luego de descolgarse por los muros de piedra, le palpitaba el pecho y una inhumana sensación de paz, como un aura, rodeaba su cuerpo extasiado. Fueron los minutos más felices de su vida, hasta que percibió que lo habían descubierto. Lo asaltó el espanto, y recordó en un segundo todas las historias llenas de horror que como un imán, lo habían arrastrado hasta allí. Apenas escuchó los ladridos comenzó a correr a toda velocidad esquivando los bancos, las columnas, las estatuas gélidas y fantasmales. Atravesó la inmensa puerta de roble, sin mirar hacia atrás y siguió con su frenética carrera, buscando refugio en la oscuridad. Olvidó sus planes, su objetivo, otra vez el terror, el miedo, todo un déjà vu de su infancia en ese maldito convento. Llegó hasta un árbol inmenso, lo abrazó con fuerza buscando protección, un respiro. Se le cayó la cruz de metal, la de palo, la de papel y se prendieron fuego en la hoguera de los pecadores. ¿Para que entré al templo, si a esta hora mi dios siempre duerme? pensó. Sus manos comenzaron a sangrar manchando los trapos inútiles que las cubrían. Los ladridos aterradores que se acercaban le hicieron estallar los oídos, retomó la huida entre la vegetación desordenada y espesa de la que estaba rodeado. Aparecieron por su derecha.


Era él, podía presentirlo. Valentín retenía con cadenas a tres perros descontrolados que se contorsionaban y mordían el aire con apetito asesino. Vicente quedó paralizado por el terror. Miró al monje y a su jauría, le devolvieron la mirada ocho ojos desorbitados. Tres bocas hambrientas y babeantes reclamaban por su carne. Levantó las manos llenas de arrepentimiento y sangre, mientras que Valentín, con una risa macabra soltaba los perros para que saciaran su gula criminal. Vicente abrió los brazos sobre una cruz imaginaria. -Felices Pascuas -gritó Valentín, sin dejar de reír Los perros de abalanzaron sobre Vicente que con un movimiento instintivo sacó su arma y disparó a la cabeza de uno de los animales, los otros al escuchar el estruendo salieron despavoridos y sin rumbo. El caño del arma, apuntó al rostro de Valentín que sin sorpresa ni asombro miró los ojos de Vicente al tiempo que la sonrisa se le iba transformando en una mueca desesperada. -Siempre supe que tenías razón cuando recitabas aquel libraco mientras te sacabas el cinturón. Hay un tiempo para casa cosa. Un tiempo para reír, un tiempo para sufrir –dijo Vicente y comenzó a repetir de memoria los versos de Eclesiastés aumentado lentamente la presión sobre el gatillo. Nunca se había creído capaz de lo acababa de hacer. Nunca había imaginado que pudiera matar. La claridad del día estaba a punto de terminar y no solo por lo que marcaba el calendario.


REDES DE AMOR Estaba cansado de verla pasar moviendo las caderas de manera exagerada cada vez que pasaba junto a él. Ella sabía que el no vivía solo y que era difícil hacerle perder el equilibrio, menos cuando estaba con sus amigos apilados en la esquina tomado cerveza. Él era diferente a todos en el barrio. Él no era como todos los demás, ella lo sabía. Todos la acosaban con frases provocadoras llenas del verbo hacer. Pero él siempre se mantenía en silencio y eso la excitaba, le hacía sentir el deseo de lo esquivo. Ella conocía de sexo por placer y de otras formas que prefería no recordar. Era joven, morena, con el pelo enrulado, de ojos grises que enmarcaban una cara hermosa como pocas entre todas las que andaban en la vuelta. Curvas perfectas completaban el tesoro que todos querían y prometían llevar hasta el cielo dándole placer. Ella nunca se quedaba callada. No podía, ni debía hacerlo. Callate pajero, que vas a coger si vos sos puto. Anda a cuidar a tu mujer que estácon otro. Era pelear o asumir que los buitres la iban a devorar. Pero Miguel no. Miguel no era así. Nunca le decía nada y eso a ella la enloquecía. Además era lindo, el más lindo de todos. Más dulce, más fuerte y mejor marido que todos los estúpidos del barrio. Él era bueno y por eso lo quería para ella. Sería capaz de compartirlo al principio, pero solo al principio, hasta que pudiera robarlo para siempre. Luego sería solo para ella. Miguel al verla se resistía y dejaba todo su deseo enterrado bajo la culpa de lo incorrecto. Buscaba encontrar en sus nervios de acero el respiro necesario para no caer en la red que Yuli no paraba de tejer a su alrededor. Miradas soñadoras al dar vuelta la esquina, la lengua disimulada barriendo el labio inferior, sacudir la melena enrulada resaltando sus ojos pícaros llenos de deseo. Y pasó lo que se veía venir. Una noche ella lo vio llegar por la cuadra de la cantina, èl traía la guardia baja por la soledad del descontento y una angustia que le carcomía las tripas. Ella caminaba destructora y preparada para irse a bailar. Se cruzaron. Ella lo saludó y le preguntó si estaba bien. Él pisó la cuerda y le pidió para besarla. Se trenzaron en un beso despojado de premura, y en la soledad de la casona abandonada, se dejaron tragar por una historia mil veces contada. Los besos, las caricias duras, la saliva y las ganas de explotar. Todo se dio en unas horas perdidas en las entrañas del caserío. Un deseo, un desistir y el nacimiento de algo parecido a la esperanza, en sus manos entrelazadas respiraba un sueño compartido, por las ganas de cambiar. Un sueño que no era el mismo, cada uno de ellos deseaba algo diferente, ella las ganas de ser amada de verdad; él la necesidad de sentirse protegido en sus caricias, sus abrazos, pero solo por esta vez, no pensaba en más. Aunque costara creerlo, Elena, la mujer de Miguel, compartía con Yuli el mismo sentimiento, había visto como él se alejaba sin irse y necesitaba sentirse querida, hacía tiempo que eso se había terminado. Al principio esperó, confiada de que fuese solo una etapa de esas por las que Miguel acostumbraba a transitar, el cansancio, la frustración, las penurias económicas que con frecuencia lo desvelaban. Esperó y esperó, sabía que tratar de que él le contara su pena era tarea imposible. Nada sucedió, nada cambió. Miguel pasó de la indiferencia a la angustia y ella no supo por qué. La vieja habitación de amantes fue testigo del sudor, los gemidos, el éxtasis de un amor superficial y efímero donde Miguel y Yuli se encontraron un par de veces más. Él volvió a la angustia repetida, ella a la desesperanza, y con esta a su deseo irrefrenable de encontrar el amor. Lo seguía a escondidas, se cruzaba


en su camino, pero solo conseguía la mirada indiferente de Miguel. Anhelando lo que había tenido, llegó a la casa donde él vivía con Elena. Se quedó esperando en la vereda, atenta a cada movimiento, esperando poder abordarlo, seducirlo como la primera vez. Fue Elena quien salió, las dos mujeres se encontraron en la vereda, Yuli imponente, Elena con la ternura y la soledad reflejada en el rostro. Se miraron, no se sintieron extrañas, se reconocieron en su pena, estaban más cerca que nunca. No necesitaron decirse nada, ahí empezaba el recorrido de un verdadero amor, ese que estaban buscando y no sabían. Miguel y su angustia, no importaban ya.


ROJO Alfonso se durmió para siempre entre las patas de la mesa donde habían cenado. Envuelto en un mantel manchado y arrugado parecía una nube que sin preámbulos había logrado reventar. La pared a su espalda estaba salpicada por restos de comida y de vómito violeta. Era el color del mejor vino tinto que esa tarde había podido comprar. Alfonso pagó sus pecados asestándose un tiro en la boca. La bala le entró por el paladar, le dividió como un meridiano el cerebro y le salió por el cráneo. Una escena dantesca, una sátira de su propia vida, algo que nadie hubiese imaginado. Estaba solo, como nunca lo había estado. Ya no había gente a su alrededor. Días atrás, su vida había comenzado a desbarrancarse. Aquel martes sus hijos lo esperaban para cenar como cada día. Elena, adolescente aún, se encargaba de toda la casa ante la ausencia de su madre que había muerto hacía unos meses. Pablo, el mayor, desde hacía poco tiempo trabajaba en la pequeña empresa de su padre y todo parecía ir viento en popa. Viéndolos juntos, todos admiraban la forma en que la familia había logrado recomponerse luego de la muerte trágica de Susana. Se apoyaban, se ayudaban, se reconfortaban mutuamente. Al menos así había sido hasta ahora. Ese día Alfonso y su hijo terminaron la jornada laboral pero tomaron rumbos distintos. Pablo volvió a su casa. Alfonso sin embargo, se excusó y caminó sin rumbo por un rato, como lo hacía cada vez que tenía “algo” que resolver. La semana anterior una llamada lo había dejado en ascuas, con los nervios de punta. Aquello que creyó olvidado y que ya no era parte de su vida volvía a la luz y tenía que explicarlo. Susana se lo había pedido mil veces, tenés que contarle a ellos, son tus hijos, le había suplicado. El cemento caliente y el tumulto en el que Alfonso estaba inmerso le intensificaron el dolor en el pecho, el dolor y la angustia de saber que todo lo que se oculta y no se resuelve, tarde o temprano llega para cobrarse el precio. Pero esta vez sentía que no podía pagarlo, no resistiría otro golpe, no resistiría más tanta crueldad. Decidió devolver la llamada que lo había puesto en jaque, quedaron de encontrarse para cenar, Alfonso llevaría vino. Llamó a su casa, le avisó a su hija que no cenarían juntos, que posiblemente llegaría muy tarde, también le dijo, como era su costumbre, que los amaba. Dejó el auto estacionado a unas pocas cuadras del destino final, necesitaba llegar caminado. Antes de bajar abrió la guantera del coche, sacó el treinta y ocho de reglamento que hacía décadas que no tocaba ni disparaba. El arma estaba cargada y pesaba tanto como la culpa. Apenas la empuñó comenzó a sentirla latir, se amoldó a su palma, se acomodó a su cuerpo y despertó en él un ser que creía muerto y enterrado. A medida que se acercaba al lugar de encuentro iba tomando coraje. Decidió que no iba a dejar que lo extorsionaran más, que pasara lo que tenía que pasar. No quería seguir con esa mentira. Entró a la habitación y lo vio, radiante, con la sonrisa cínica de siempre. Alfonso estiró la mano para ofrecerle la botella de vino. -Brindemos- dijo el anfitrión sirviendo dos sendas copas- Por el pasado y el presente. Alfonso vació la copa de un tirón y con un gesto de su mano, pidió al hombre que la llenase nuevamente. Seguro la comida amortiguaría el efecto del líquido carmín. Cenaron casi en silencio, ninguno de los dos tenía apuro por comenzar la conversación que los había convocado. No había necesidad de palabras, ambos sabían lo que seguía. Pero esta vez Alfonso decidió que no


se repetiría nunca más. Levantó la copa llena por tercera o cuarta vez esa noche, se llevó la mano al bolsillo y por última vez brindó por Susana.


LA VOZ Sentado sobre el verde al costado del río, un viento insistente le acariciaba el rostro. El sol entibiaba la tarde y a lo lejos las voces de niños jugando, eran solo una parte del paisaje. Con una mano peinaba el césped a su alrededor buscando ese trébol de cuatro hojas tan anhelado. Sintió una leve presión en su hombro pero no le dio tiempo a darse vuelta. En ese mismo instante unos dedos finos y largos le taparon los ojos. No sintió temor. Una calidez eléctrica fluyo de lado a lado de su cara cuando escuchó un susurro junto a su oído izquierdo. -Soy tu trébol de la suerte. El aroma dulce y embriagador de un perfume desconocido terminó de convencerlo. La dueña de esa voz tenía razón. No estaba seguro de estar despierto, ni tampoco sabía si la voz le hablaba a él o a alguien más. Al oír esa voz experimentó esa misma electricidad que había sentido al contacto con la mano en su hombro y que ahora recorría parte de él. Quiso incorporarse y sin embargo, su cuerpo no respondió. Ella se dio cuenta y se sentó a su lado, muy cerca. Hacía años que él venía llevando este sufrimiento, años de aceptación donde había aprendido a que sus sentidos le tradujeran el mundo que él no podía recorrer. Olores, colores, texturas le permitían descubrir parte de lo que sus ojos le impedían. Nunca olvidaría el día en que despertó para darse cuenta de que no era el mismo, después del accidente. Como un roble destruido por una tormenta, siempre fuerte, hasta que un rayo dejó solo rastros del árbol poderoso. Mucho le costó no dejarse caer, salir adelante en un mundo que pregona la igualdad pero no pierde oportunidad de ensanchar las diferencias. Retenía fijas en su mente un puñado de imágenes, el coche negro, la frenada, el golpe contra el pavimento, la oscuridad posterior. La inmensa oscuridad posterior que ahora no le permitía verla, descubrirla. -Hace semanas que te observo. Te veo llegar solo, sentarte sobre los tréboles y buscar. Hurgar hoja por hoja. Perdoname, no me presenté. Mi nombre es Julia. El silencio caía desde la boca semi-abierta de Gastón, al tiempo que intentaba ocultar su rostro girando la cabeza en dirección contraria de donde percibía la voz. Algo que en ese momento no podía explicar lo hacía mantenerse a la defensiva, se sentía desprotegido. -No te ocultes, por favor. Ya te conozco de memoria. Podría describir tu rostro de memoria. Solo quiero que charlemos. –dijo Julia empujándolo al diálogo. Gastón giró la cabeza y sus ojos inútiles se dieron de lleno contra Julia. Si no sus ojos, todo el resto de su rostro denotaba una tristeza inmensa. Estiró su mano y la posó sobre el brazo femenino, terso, delgado. Podía adivinarla con solo tocar esa ínfima parte de su cuerpo. Ella lo dejó, le gustaba sentir la tibieza de esa mano firme, a pesar de pertenecer a alguien que se mostraba tan frágil. Julia puso su mano en la de él y con un lento movimiento lo invitó a seguir recorriendo su extremidad. -¿De qué querés conversar? -dijo él un tanto desconfiado. Estaba claro que no le agradaba hablar de sí mismo.


Julia acercó sus labios al oído de Gastón y le susurró: -Algunas veces en la vida lo que pensábamos imposible puede suceder. Y esta va a ser una de ellas. Esta iba a ser una de esas veces. Gastón se paró de súbito y entre el miedo y el entusiasmo, se dejó llevar. Caminaron de la mano sobre el pasto mullido como un colchón que los llevaba al cielo. Él quiso adivinar el camino, pero se confundía con tramos muy empinados y otros que lo hacían sentir flotando. Pensó en preguntar cuál era el destino, pero lo seducía la idea de que ella lo pudiera sorprender. Luego de andar durante varios minutos en completo silencio, Gastón se dio cuenta de que pisaba sobre suelo firme, una vereda. Ella se detuvo y le soltó la mano, él escucho ruido de llaves chocando contra una cerradura. Volvió a sentir la mano de Julia y de inmediato su voz. -Vení, pasá. Apenas atravesaron la puerta un aroma, que no pudo reconocer de inmediato, lo transportó a alguna parte de su pasado que lo llenó de paz. Una leve sensación de felicidad lo fue invadiendo mientras que su corazón se aceleraba sin motivo. Una vez más se dejo llevar. -Podès sentarte -dijo Julia cuando lo acercó hacia un sofá. Gastón se sentó y quedó inmóvil, esperando. El silencio se apoderó de la habitación y la paz que había sentido al entrar se transformó en impaciencia. -Julia -llamó. Esperó unos momentos, nadie respondió así que decidió levantarse y examinando con sus manos el entorno, logró llegar a una puerta. Por lo que sus manos pudieron entender, era una puerta de madera con un gran vidrio. Sus ojos no podían verlo pero sintió el destello de una luz que marcaba la diferencia entre el interior de la casa semioscura y calma, y el paisaje lleno de vida del exterior. Sus pies descubrieron un escalón, con cuidado bajó para encontrarse con unas baldosas rústicas, desiguales, de esas que se usan en los patios traseros de las típicas casas de campo. Escuchó voces de niños, oyó la voz de Julia y otra vez, ese aroma que no lograba reconocer y que ahora se hacía más penetrante. -Julia. -Estamos acá –dijo ella con calma –, cuidado con las baldosas. Acercáte que te quiero presentar. -Hola Gastón –escuchó al unísono de boca de las niñas. -Ellas son Dinora y Mariana, mis hijas –dijo Julia con voz temblorosa que el visitante pudo detectar de inmediato. -Ho-hola –respondió Gastón al tiempo que el aroma conocido, la voz de Julia y los recodos de la casa, se mezclaron a una velocidad incontrolable que le hizo perder la capacidad de reacción. Las horas anteriores al accidente le llegaron como una revelación. La fiesta, las sonrisas, el bullicio y el alcohol de esa noche fatal, le habían jugado en contra al momento de recordar todo lo vivido. El traumático momento del accidente, la culpa, la negación y los días al borde de la muerte habían borrado de su cabeza algo que Julia conservaba para si como un tesoro. Gastón buscó la mano de Julia, la apretó con fuerza y sin decirlo, pidió que lo llevara hacia las niñas. Les recorrió el rostro palmo a palmo, reconoció rasgos de sí mismo en las caritas que percibía sonrientes. -Al fin, de nuevo en casa -suspiró mientras abrazaba a la familia que creyó nunca sería capaz de tener.


MARAGATO Era sordo, estúpido y mal hablado, una combinación que solo le podía traer problemas. Pero él lo disfrutaba. Se llamaba Ernesto, todos en el barrio le decían “Maragato”. Nadie sabía su edad, era viejo desde que lo conocíamos. Chiquito, arrugado, caminaba encorvado y escondía la mirada bajo la visera de una gorra de paño tan vieja como él. Cuando hablaba, la dentadura postiza se le movía deformándole la cara y en cada lengüetazo húmedo que daba para mantenerla en su sitio, se le caía el tiempo, la paciencia. Arrastraba los pies acentuando su andar lento. Iba envuelto en un sobretodo remendado y gris, escupía cada cinco pasos, insultaba cada diez. El almacén estaba a unas cuatro cuadras de la casa en que vivía y todos se enteraban cuando salía a hacer los mandados. La serenidad nunca fue su virtud y comentaba a quien quisiera escucharlo, que solo el manicomio sería un buen refugio para él, su destino natural. Estaba completamente loco y era feliz con eso. Desde tres años antes de que muriera su mujer, él ya estaba peleado con la vida y cuando bebía alguna copa de más, la recordaba y cantaba algún tango machista y una sonrisa malvada siempre le iluminaba el rostro. Él solo bebía en las noches impares y en año nuevo, cuando todo el mundo se cansaba de festejar y ya nadie podía verlo. Pensaba que estar atado brutalmente a unas correas, para él sería lo mejor. Sabía que nadie lo iba a internar, pero el insistía en provocar para que alguien le llevara la contra. Hoy hace justo una semana, que mientras acomodaba los cajones en la verdulería del almacén, lo vi venir desde lejos, envuelto en ese trapo gris que el llamaba abrigo. Venía profiriendo insultos a viva voz, contra todo lo que se le cruzara en el camino, ni las baldosas que pisaba se salvaban del agravio. La gente ya ni lo miraba, lo conocían muy bien. Maragato, el loco del pueblo, y todo su entorno actuaba en consecuencia. Pero esa vez, no estaba esa sonrisa que habitualmente se le dibujaba en el rostro entre insulto e insulto. La había cambiado por un rictus de furia, por un fuego que desde sus ojos penetraba todo a su alcance, incluída la visera de su gorra vieja. Pasó de largo por el almacén. -Maragato- le gritaron desde adentro -Vení, tenés que probar esto. Él viejo encorvado se dio vuelta. Reconoció a los tres paisanos que, recostados en el marco de la puerta del vetusto almacén, le hacían gestos con una botella en la mano. Pese a que no era día de copas, Maragato volvió sobre sus pasos con determinación y a media lengua pronunció algo incomprensible, que solo él pudo escuchar. Yo miraba la escena, manteniendo mi distancia, podía verlos bien y escucharlos mientras seguía acomodando las verduras. -Dale viejo, apurate, tenés que probar esto –insistía uno de los paisanos entre risas y ademanes. La caminata de Maragato hasta el almacén fue interminable o al menos me dio esa impresión. Será que me detuve en sus gestos, en los movimientos de su boca o en la lenta transformación de sus rasgos a causa de esa furia que lo envolvía como un aura. Decididamente no era más él. Los hombres no habían visto nunca ese gesto en su rostro, ninguno de nosotros lo había visto. Una cosa eran los insultos y otra muy diferente, era esa ira que le salía por cada poro de su cara arrugada. Se acercó a la puerta donde estaban los hombres y estos sintieron algo que nunca habían sentido en su presencia, los invadió el miedo. Maragato tomó la botella que le ofrecían con un gesto violento, casi


arrancándola de la mano que la sostenía. Se la empinó de un tirón y de repente, la estrelló contra el piso. -¿Contentos? – les preguntó- Ya les dije que no me demoren cuando voy a verla- les gritó. Los paisanos intercambiaron miradas atónitas, no entendían nada. Maragato, el loco del pueblo, y todos habían actuado en consecuencia. Pero esa vez, parecía que su furia venía desde la cordura, que el viejo sabía muy bien lo que estaba haciendo. Lo vieron alejarse, apurado, rengueando, pero sin insultar. Solo le escuchamos decir un nombre, nombraba a su mujer. El incidente se olvidó pronto, todos continuamos con la rutina pueblerina. Pasaron los días y ni uno solo de nosotros extrañamos al viejo. Una semana, un mes pasó sin que alguien lo cruzara, ni en el almacén, ni en la calle, ni en la plaza. Un día empezaron las preguntarse qué había sido de su vida, empezamos a notar su ausencia. Una tarde de otoño el viejo apareció, caminando encorvado y rengo, como siempre. Cuentan que algunos lo vieron venir y una flor medio marchita que asomaba de su bolsillo les llamó la atención. Ni escupidas ni malos dichos. Pasó de largo por la puerta del almacén. -Maragato – lo llamaron. El anciano no escuchó, siguió su camino sin darse vuelta, a pesar de la insistencia de los llamados. Uno de los hombres se aventuró a seguirlo pero lo perdió de vista siguiendo el camino del cementerio abandonado. Y así lo vieron desaparecer. Todo siguió su curso, el almacén, los paisanos, los cajones de verdura bien acomodados, todo igual en el pueblo, aunque faltase Maragato. Sin embargo, en algunas noches impares, aparecen pétalos marchitos ahogando pasos torcidos, que pasan de largo, sin mirar, camino del viejo cementerio.


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Montevideo Octubre 2020


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