OCHO RELATOS BREVES Mariella Delfino
OCHO RELATOS BREVES Mariella Delfino
Textos: Mariella Maisonnave /Adrián “Fino” Sosa Diseño: Mariella Maisonnave Armado: Magdalena Silveyra Fotos: Mariella Maisonnave
Escribir es un acto solitario. Transformar los imposibles, sacudir algunos fantasmas para llegar a un puerto mejor. Es darle vueltas a las palabras hasta dejarlas acomodadas de la manera que soñamos al momento de sentarnos a jugar. Entonces, escribir es jugar. Muchas veces en ese juego solitario, inconscientemente vamos por caminos que ya conocemos. Muchas veces evitamos perder, salteando los lugares peligrosos intentando llegar a buen puerto. Escribir a cuatro manos es compartir el juego, es encontrar una manera diferente de jugar sin cambiar de juego. Escribir de a dos es compartir, dividir, zurcir y entregarse. Es intentar ser más libre y dejarse aprender. Casi nunca se da encontrar la sintonía, el respeto y el desprendimiento absoluto. Eso es lo difícil. El resultado será mejor o peor, pero de lograr algo medianamente aceptable se puede decir que somos mejores personas. Y eso es lo que se agradece al encontrar personas así. Gracias por hacer de este “juego” algo Natural.
Escribir de a dos es trabajar en equipo, complementarse, compartir. Pero encontrar a esa persona con quien mi trabajo y el suyo se funde como si fuese uno , eso es un milagro. Celebro el milagro de encontrarnos, para crear, para imaginar, para esto que aquĂ sigue. Por mucho mĂĄs.
Una foto, un gesto, una situación, pueden ser disparadores de nuestros más profundos sentimientos (iba a decir convicciones), los que guardamos con recelo y toman su mejor forma a través de la palabra escrita. Cada uno de estos relatos envuelve algo nunca dicho. Compartirlo aquí es soltarlo para que cada uno haga suyo ese mismo sentir, si así lo quiere. De eso se trata.
Ana Maria Si demorĂĄs Golpe Tlink-tlink Encuentro Betty NĂşmeros La enredadera
Ana María La casa era blanca, pulcra, acética, cada cosa estaba en su sitio. Ana María se encargaba de eso. Cada día a las ocho de la mañana el aseo de las habitaciones, a las nueve los baños y la cocina. Luego llegaba la hora del café. La sala y la biblioteca después del almuerzo y la siesta. Sin ruidos, sin despliegues ostentosos, todo claro, rápido y efectivo. Cada cosa en su sitio. A la casa no llegaba el aire viciado de la avenida que le pasaba por el frente, a treinta metros del portón, los taxis, los ruidos y los transeúntes morían antes de llegar a la puerta principal. Los árboles, las enredaderas y las plantas del jardín absorbían como algodones vivos toda vida exterior, un oasis en medio de la locura y el miedo. Ana María respiraba tiempo, hacía las tareas y vigilaba que nada interrumpiera su cometido, cuidaba de que nada fuera de otra manera de como ella lo había dispuesto. Ana María respiraba tiempo, solo su casa resistía a las demoliciones generadas por la necesidad de calles y avenidas o las agobiantes construcciones de edificios de apartamentos. Monstruos escupiendo aceite, gases y humo. Una casa blanca en medio del caos y el apuro, una casa con jardín absorbiendo el infierno. A la hora de cenar, ella disponía los cubiertos a los lados del plato, acercaba un poco más las copas, se pasaba las manos por el vestido quitándose las pequeñas arrugas, se acomodaba el peinado y se preparaba para llevarse el primer trozo de pastel a la boca. Sola. Saboreó, apoyó los cubiertos en la mesa y se limpió los labios con la servilleta que segundos antes descansaba sobre su regazo, masticó, tragó y volvió a comenzar. Ahí, en la soledad de su mundo, comprendió algunas cosas que le venían preocupando y que no lograba distinguir. Era obvio. ¿Como no lo había descubierto antes? Entre el final de la cena y el café disponía del tiempo que necesitaba. Entonces entre las 20:30 y 21:20 comenzaría a analizar y a elaborar, como todos sus asuntos, los pasos que debía seguir. Ana María, como la casa, respiraba tiempo y soledad pero ahora algo se movía bajo su piel y su cabeza recién podía entenderlo. Algo comenzaba a cambiar, algo que modificaría sus rutinas, sus planes y su monotonía. Los perros ladraron, ella descorrió la cortina de la sala y miró hacia el jardín mal iluminado, intentando ver de donde nacía el nervio de sus perros. Los ladridos se hicieron más insistentes, pero tampoco
podía ver a sus perros. -Koki, Laucha, Tarugo –gritó hacia el jardín esperando vinieran a su lado. Ladridos era todo lo que podía escuchar, ladridos mecánicos y pausados. Cada diez segundos. Ladridos, silencio y otros ladridos. Volvió a repetir el llamado a sus perros que parecían no escucharla en su obstinada tarea. La noche cubría todo mas allá de los focos del jardín, el cielo renegrido y sin estrellas, la oscuridad crecía superando los ladridos. Ya no se escuchaban los ladridos, los perros no respondían y Ana María forzaba la vista tratando de captar algún movimiento, una pista, pero nada, absolutamente nada se movía más allá de las luces flojas del vergel. La casa siguió respirando silencio. Tuvo el impulso de salir pero no lo hizo, un poco por miedo a la noche, a la oscuridad, a lo desconocido; otro poco porque eso la sacaba por completo de su rutina. ¿Qué pasaría si no seguía, como todos los días, lo que venía después de la cena? Así que entró, levantó la mesa minuciosamente, lavó y guardó los utensilios que había usado y todo volvió a estar brillante, respirando silencio. Tomó el libro que estaba leyendo y se acomodó en el sillón. Pero no pudo concentrarse, quiso olvidarse de la falta del ladrido de los perros; tuvo de nuevo el impulso de salir, pero no lo hizo. Se fue a la cama sin saber qué había pasado, sin haber podido retener una palabra de lo que había leído. Eso sí, con la tranquilidad que le daba saber que todo estaba en su lugar y que tenía tiempo. Primero el aseo de las habitaciones, después los baños. El ladrido de sus perros había acompañado el comienzo del día, como siempre. Empezaba un nuevo día, casi como todos los demás. Hoy después de la cena, a las 20.30 comenzaría a plasmar su plan. No antes, cada cosa tenía un orden y un tiempo. Ana María apenas había terminado de cenar cuando escuchó el ladrido de los perros, fuerte, tanto que taladraba los oídos. Fuerte, muy fuerte, y otra vez, se apagó por completo. Todo volvió a estar en silencio. Sin entender, se quedó mirando el jardín. Afuera, solo la luz de la luna y un desolado silencio. La nueva mañana trajo un sonido que ella conocía muy bien. -Koki, Laucha, Tarugo -los llamó, invitándolos a apagar sus ladridos para acercarse a recibir sus caricias. En la calle, el ruido de las máquinas de construcción acompañaba el paso de los transeúntes,
apurados, inmersos cada uno en su mundo. -Pongan las vallas, esta zona queda cercada -gritaba el capataz de la obra tratando de hacerse oír entre las máquinas demoledoras. La excavadora avanzó y sin más preámbulo, la cerca del jardín de la única casa que aún permanecía en pie en esa calle, cayó. La máquina poderosa se acercaba más y más a la pared, llevándose todo a su paso. Un muro, el otro, así, sin tiempo ya, la casa se transformó en escombros. El vecino del edificio de al lado, parado en la vereda de enfrente miraba como la casa se iba reduciendo a su mínima expresión. Cuando todo terminó llamó a sus perros. -Koki, Laucha, Tarugo, vamos, ya no hay nada que ver aquí. Era pasado el mediodía, Ana María aseaba la sala. Y respiraba tiempo.
Si demorás Esa tarde él la vio por primera vez. Ella cargaba su historia en unas cuantas bolsas de nylon y en cada una de ellas lleva sus vivencias, son sus tesoros. Hace años que se pasea por esas mismas calles, ella es parte del paisaje, algo en el camino que quienes pasan esquivan sin notar. Hoy él la vio, con mayúscula. Vio la tristeza, su cansancio y la soledad. Quiso hablarle pero no supo cómo empezar, tenía que ser ahora, porque hoy la vio de verdad. Así que se acercó y se sentó en el mismo escalón donde descansaba. Ella lo miró sin entender y le hizo lugar en su asiento. Y ahí le habló, quiso preguntarle tantas cosas pero solo le salió un saludo tembloroso y unas ganas terribles de abrazarla. Ella le preguntó la hora. -Las tres -respondió. -Falta poco. Dentro de un ratito llega Tito –le dijo con ojos brillantes. Como si supiera de qué le hablaba, asintió con la cabeza y la dejó seguir. -Tengo que preparar el mate, ya llega Tito -repitió. Se incorporó con dificultad y revolvió entre sus bolsas. Sacó un mate viejo y quebrado, nada más, y se sentó nuevamente a su lado. -¿De dónde viene Tito? –preguntó él. Lo miró sin escuchar y con la mirada colgada de una pena dijo: -Fíjate Tito, el agua ya debe estar hirviendo. Por un instante el hombre no supo qué hacer. Le miró las manos y vio como manipulaba una bombilla imaginaria apilando yerba -que tampoco existía- contra uno de los bordes del mate destartalado. Sin pensarlo, de manera instintiva, le acercó su mano semiabierta como sosteniendo algo y, esperando no equivocarse, le susurró: -Tomá viejita, acá tenés, el agua ya estaba pronta.
-Menos mal Tito. Tengo tantas ganas de tomar unos mates. Ella estiró la mano, se llevó el vacío que la mano cercana le ofrecía y como quien se reencuentra con una imagen del pasado, cebó el primer mate. -Sabés Tito, no tenés que demorar tanto en volver a casa cuando salís de la escuela. La calle está peligrosa y yo me pongo nerviosa. -Si lo sé. Es que vine caminado y cuando crucé por la plaza me dieron ganas de hamacarme –inventó siguiendo su relato. -Pero yo me pongo nerviosa. Los autos andan como locos y pasan a todo lo que da. Vos tenés que cuidarte. Yo me pongo nerviosa. Sorbía con fuerza ahuecando las mejillas, en cada movimiento de sus labios se bebía sin piedad años de angustia y desconsuelo. Aguantando las lágrimas, el hombre cerró los ojos, como para no ver tanto dolor, tanto abandono. Ella acercó su mano helada y le tomó el brazo. En un lapso de razón, volviendo a su cruda realidad lo miró y le dijo: -Está cansado mijo, vaya, ya me acompañó bastante hoy. Nadie se acerca, ¿sabe? A veces una quiere hablar con alguien – siguió. Hacía frío. El abrigo que llevaba consistía en un collage de buzos agujereados que coronaba con una capa fabricada con una bolsa negra, que brillaba al atajar los rayos del sol. Él pensó que más que a un ser humano, estaba viendo la cúpula derruida de algún viejo edificio art déco, vestigio de otro Montevideo. La anciana miró hacia el costado y lo notó. Se quedó callada, se apretó a su cargamento de bolsas repletas de historias del pasado. Las manos gastadas, sucias, buscaron entre su equipaje hasta encontrar un pedazo de pan que fue comiendo despacito, mordiendo con dificultad. -¿Tenés frío viejita? –él quiso saber -Un poco, mijo.
-Espera un ratito le te voy a traer algo calentito para comer. Ya vengo, no demoro –prometió. El se levantó y caminó en dirección a un bar que podía distinguir desde donde estaban sentados. Caminó rápido. Al volver, desde la esquina volvió a ver aquel bulto cubierto en nylon, desde donde sobresalían unos pies cubiertos con fragmentos de lo que una vez fueron zapatos. Se alegró de que todavía estuviera allí. Se agachó, le acercó el plato humeante que ella aceptó sin mirarlo, los ojos fijos en el alimento que llegaba como un bálsamo. Con el corazón apretado, la miró comer con ganas. Al terminar, le ofreció agua de la botella que siempre llevaba consigo. La viejita movió la cabeza para rechazar el ofrecimiento y dijo mientras cebaba imaginariamente: -Tomá otro mate Tito, está riquísimo. Qué suerte que ya llegaste. Si vos demorás, yo me pongo nerviosa. Él solo podía mirarla y bucear entre las grietas de su rostro. Encontró en lo profundo de su piel curtida y reseca toda la belleza que alguna vez tuvo y que los inviernos se encargaron de enterrar. Ella tenía los dedos deformes, sus piernas torcidas y vencidas por el peso inclemente de la vida. La misma vida que se le escapó entre las manos cuando, para ella, la moneda cayó del lado equivocado. La moneda y el madito reparto de la suerte. Una frenada violenta lo sacó de sus pensamientos. Miró hacia la esquina y descubrió que solo se trataba de un ruido más en la rutina violenta de la ciudad. Ella temblaba incontrolable a su lado con las manos tapándose la cara. Tocó su hombro, mientras ella decía unas palabras que él no lograba distinguir. -Viejita –susurró. La anciana levantó su cara y lo miró con los ojos inundados de lágrimas. -Si vos demorás, yo me pongo nerviosa Tito –repetía como un mantra intentando borrar de su mente la túnica, el inmenso charco de sangre y los cuadernos desparramados en la avenida.
Golpe Rodando en bajada, sobre el pasto. Hojas sueltas, las copas de los árboles, ramas crujiendo, los troncos de los árboles, más hojas, tierra y piedras. ¡Crash! ¡Crash!, pasto, giros a toda velocidad, hojas secas y árboles girando. El golpe contra la roca, todo el impulso frenado de golpe. El dolor de cabeza y la sangre caliente que baja por su mejilla. Soledad respira boca arriba, los brazos extendidos en cruz, el pasto húmedo aguantándole la espalda y el dolor, todo el dolor. Allá arriba la bicicleta, desparramados en el recorrido de la caída los championes y la mochila. Acá abajo el ojo amoratado, el silencio y todas las preguntas en una sola. ¿Qué pasó? La tarde invitaba a salir, el sol brillaba y la brisa fresca creaba una atmósfera perfecta para pasar la jornada al aire libre. Soledad agarró su bicicleta y salió, sin rumbo, sin apuro. Recorrió las calles desiertas del pueblo, las copas de los árboles se mecían de cara al sol, todo era luminoso y contagiaba entusiasmo. Andando, Soledad decidió adentrarse en el bosque, pedaleando por los caminos de tierra que la llevarían hasta la laguna. Caminos sinuosos, tierra que volaba al paso de las ruedas de su bicicleta, pájaros que levantaban vuelo al verla avanzar, todo era perfecto. Llegando a la colina, Soledad divisó unas siluetas. Parece que no soy la única que tuvo la idea de salir a disfrutar este día maravilloso, pensó. Pedaleó con fuerza, tratando de vencer la pendiente. Al alcanzar la cima, lo que vio le congeló el corazón….un hombre de espaldas, sostenía algo con su brazo levantado, algo pesado, se notaba por la musculatura tensa y el puño apretado. Desde donde estaba Soledad no podía distinguir qué era. De repente escuchó un grito, fuerte, desgarrador. Pudo divisar que el hombre sostenía un cuchillo en su otra mano. Su bicicleta crujió y el hombre se dio vuelta. Soledad ya no supo que pasó. La laguna se dormía mansa mientras el sol se incrustaba lento en el agua. Sin la distracción del viento, un pájaro planeaba en espiral buscando algún indicio de alimento, buscaba matar para comer. Soledad miró sin moverse, apenas podía respirar. Estaba en medio del bosque junto a la laguna, acurrucada entre la roca y una inmensa raíz. La luz púrpura del sol iba coloreando el cielo y las nubes gomosas, mientras comprendía que no podía decir que no
se arrepentía de nada. Algunas imágenes de lo que había sucedido la comenzaban a atormentar. Tenía tierra en las manos y algunas heridas, nada importante pero las tenía. No le quedaba tiempo para disfraces ni para jugar a lo que nunca fue. Ahora se sumaba esto, no era sencillo, complicaba las cosas. Ya no tenía tiempo para regalar, la laguna se dormía poco a poco, pero ella aún no. ¿Cómo pudo ser capaz? Infeliz, pensaba. No podía olvidar ni entender lo que había presenciado, tanta crueldad. En su cabeza, mil recuerdos desordenados afloraban al mismo tiempo, ella también había pasado por eso, aunque nunca con tanta violencia. Todo en su interior se estremecía con una mezcla de asco y miedo. Respiró. Intentó calmarse mientras repasaba la secuencia en cámara lenta y en reversa. El golpe contra la roca, la rodada, la caída de la bicicleta, la huida a toda carrera por el camino, el palazo en la cabeza del hombre, los gritos de la chica pidiendo socorro. El actuar por instinto. El ver y no pensar. El sentir que lo que estaba viendo le estaba pasando a ella. No otra vez, no, nunca más. No tenía más tiempo para fingir que no pasó. De a poco, Soledad recuperó el aliento y logró incorporarse. Se calzó los championes y empezó a caminar despacio, la mirada serena, la frente alta, decididamente no se arrepentía de nada.
Tlink-tlink El fuego esta quemando la habitación. El humo cubre todos los espacios y se va comiendo el aire. Estoy panza abajo contra el suelo, las cortinas, la cama, el ropero, todo está ardiendo. No escucho gritos ni hay pedidos de ayuda colgados del aire. El fuego está terminando con todo, o terminó con todos, al menos así parece. La puerta del cuarto se va partiendo por las llamas. El picaporte cae y rueda por el piso, está al rojo vivo y el sonido hueco que produce al chocar contra las maderas me cambia el ángulo de enfoque en el que estaba inmerso. Solo fue una distracción y también un aviso. La puerta se desmorona y ofrece un agujero, pero solo puedo ver fuego y humo más allá. Estoy que muero de calor y de sed. Una hora atrás el viento fresco de la madrugada hacía que los adornos que colgaban del alero se movieran con tanto alboroto que lograron despertarme. Llamadores de ángeles les dicen, mejor sería llamarlos despertadores, pues cuando comienzan a cumplir con su función son una verdadera molestia. Tlink-tlink, tlink-tlink, un insufrible tlink-tlink que va perforando cerebros de a poco sin que nadie lo note, hasta que se siente a modo de tornillo perforando el hipotálamo. Una verdadera tortura la de esos benditos ángeles insufribles. Yo dormía plácidamente, todos dormíamos. Pero el vientito y el tlinktlink insoportable me despertaron, la fiesta y la noche fueron largas. Los ruidos, la música, la gente, todos felices, festejando no sé qué, pero festejaban y reían. También comieron y bailaron hasta agotarse. La casa estaba adornada por todas partes con guirnaldas coloridas, globos y velas de colores. A las niñas siempre les gustaron esos adornos colgantes. Recuerdo el día en que llegaron de la escuela, felices trayendo consigo una colección de colgantes que habían fabricado en clase, con ayuda de la maestra. Los colocaron en todas las habitaciones, y en el patio, no había lugar que hubiese quedado en silencio, todo sonaba al pasar, tlink-tlink, tlink-tlink. Los grandes de la casa pasamos varios días esquivándolos, tarea casi imposible, así que las convencimos de que quedarían mucho más vistosos afuera, en el alero. Con descontento accedieron a nuestra súplica, y lo que comenzó para ellas como una renuncia, se convirtió en una tarde de lo más divertida combinando colores y eligiendo largos, tamaños, materiales, para hacer que su creación luciera como se merecía.
Esta noche durante el festejo, el viento no estuvo presente y lo agradecí. No hubiera podido soportar la música estridente de la fiesta acompañada del sonido penetrante de estos llamadores tortuosos. Me dediqué a observarlos con atención, alejada de los festejos; me preguntaba por qué llevaban ese nombre, ¿a quién llamaban en realidad? No puedo soportar más el calor, intento moverme, todo lo que mi cuerpo toca parece desintegrarse. Mis piernas están dormidas, no puedo sentirlas. Me arrastro como puedo hasta alcanzar el hueco que deja la puerta consumida por el fuego, vidrios por todas partes, herrajes hirvientes que dificultan mi paso. Tengo que lograr salir, tengo que alcanzar el patio, repito. Hago el último esfuerzo sacando fuerzas de dónde solo queda el instinto. Como puedo me pongo en cuclillas e invocando a todos los dioses del universo, me lanzo como kamikaze a través del hueco en la puerta. Fuego, humo y restos de muebles ardiendo es todo lo que puedo ver. No, no... ahí si, por ahí...parece un salida... la pared destruida de la sala deja una cortina de aire que saca las lenguas de fuego hacía el jardín. Sin pensar, gateo, grito, jadeo y tapándome la cabeza con las manos al rojo vivo me lanzo al vacío de lo desconocido. Por un instante veo a mis padres, a mi maestra, a mis tíos, las tardes en la playa, mis primos, el primer beso con Gabriel. Las niñas, las niñas. Caigo, ruedo, lloro e imploro. Pasto, voces, gritos. Algo me envuelve, parece una frazada empapada, sofocante. Aire fresco, agua, sed... las voces de las niñas, tlink-tlink, tlink-tlink allí estaba ese sonido otra vez. Por primera vez después de tanto tiempo adoré ese tintineo conocido... y por fin entendí.
Encuentro Cuando lo vieron estaba tirado en el piso, en medio de la acera bañada de sol, con una cara de felicidad indescriptible. Él estaba ahí. -Esto es vida -dijo en voz alta. Hacía mucho tiempo que no se sentía tan bien, que no sentía esa tranquilidad que ahora lo colmaba. Quienes pasaban por la vereda lo miraban como quien ve a un loco, como algo peligroso. Apuraban el paso y cruzaban la calle en cuanto el tráfico lo permitía. Él ni lo notaba. Los ojos cerrados, lágrimas de felicidad que como finas líneas corrían por los pómulos. Lo había logrado, eso era todo lo que le importaba. Pensó en quedarse en esa posición todo lo que restaba del día. Pensó en seguir disfrutando de ese instante hasta que se agotara totalmente. Pero todos lo saben, la felicidad es caprichosa y dura tanto como ella quiere. -¡Está bien, está bien! dijo levantándose de manera intempestiva al tiempo que alisaba las arrugas de su pantalón con movimientos enérgicos de ambas manos -Ya no es posible vivir así. Todos quieren que haga lo contrario a lo que pienso -gritó desafiando con la mirada a los transeúntes. Una muchacha se detuvo a unos metros de él. Desde la vereda opuesta lo había visto dejarse caer. Ella, llena de curiosidad, había atravesado la calle mientras todos lo esquivaban con cara de asombro y pavor. Ahora ella estaba a pocos metros, lo observaba y el eco de las palabras del hombre zumbaba en sus oídos. Llena de una extraña empatía, dudó entre acercarse o esperar que él dijese alguna otra cosa. Ella estaba comenzando a sentir ganas de reír. Muchas veces había sentido que sus pensamientos y sus ganas de hacer iban a contracorriente y ahora creía encontrar a alguien que sufría lo mismo, eso le daba seguridad para enfrentar a quienes decían que no era el mundo, sino ella, la que debía cambiar. ¿Por qué hacerlo? El hombre la vio y se acercó con pasos rápidos. Se reconocieron, sin mediar palabra y sin haberse visto antes, como pasa cuando uno encuentra a su igual. La tímida y mutua sonrisa se transformó poco a poco en carcajadas. Aislados del entorno envueltos en su felicidad no podían dejar de mirarse,
reflejados uno en el otro. Se puede decir que nacieron a través de aquellos gritos de placer y molestia. Que aprendieron a mirarse en el campo energético del alma. Que dejaron atrás, mientras caminaban, lo ciego y todos sus engranajes perversos. Encontraron una forma de no ser parte de esas partes. Muchas veces una frase, un trazo, una melodía cala más hondo que el frío polar y clama por paz y por revolución, la tan vilipendiada revolución. Cuantas veces en la soledad de sus vidas, sin conocerse, habían prometido olvidar las cicatrices. La televisión vomitaba cifras, daba vuelta las noticias y jugaba fichas en su propio casino. Ellos decidieron aguantar el espíritu, el cuerpo en sus huesos y en su carne. Decidieron que era hora de las caras que extrañaban, del viento y del amor en la luz, sin grises. Era tiempo de nacer en otro cuerpo, en otros ojos con los que mirar cada nuevo día. Juntos, sin decirse nada, se dejaron caer en la vereda, de cara al sol y con una felicidad indescriptible dibujada la cara. Ellos estaban allí, riendo a carcajadas. Hasta que la risa les humedeció los ojos y se transformó en lágrimas. Lloraban por los otros, los que no sabían ver y día tras día repetían paso a paso cada una de sus acciones. Esos que los esquivaban por ser diferentes, esos que los llamaban locos. Ellos lloraban y luego reían y las lágrimas eran a la vez de dolor y de felicidad. Juntos, decidieron quedarse con la felicidad de ser distintos y uno solo, una sola alma que celebraba el encuentro.
Betty Cada uno por su lado. Aquella vez tiré mis valijas cargadas en el contenedor y seguí caminando calle abajo, solo, con lo puesto y dos mil pesos en el bolsillo. De vos no supe nada más. Hasta que la otra noche, después de cinco años, te vi bajando de un auto nuevo. Vestida con una blusa negra, de jeans, botas negras y apretando sobre tu hombro el encendido de la alarma, de espaldas y a cinco metros del auto. Marcabas en tu manera de caminar que ya no eras la misma Betty que había compartido mi cama. Yo quedé petrificado viendo tu gesto al trabar el auto. Cuánto poder. Cuánto desdén en un solo gesto. Betty, ¿Aquella Betty? Cuando pude reponerme del impacto, fui caminando hasta un kiosco que había en la esquina, compré una petaca de whisky y me senté en el cordón de la vereda espiando de lejos tu coche, con la remota esperanza de que al verte aparecer no fueras vos. Pues, si fueras vos, estoy seguro de que no podría soportarlo. Sabe dios lo que pasaba por mi cabeza, mientras rumiaba el fuego que se avivaba con cada trago de alcohol. Aunque una parte de mi deseaba con toda el alma que fueras vos, y cada buche me daba la valentía para creer que podía recuperarte. Apareciste al rato. Cargabas bolsas con logos brillantes, ostentando tu posición en el mundo, ahora tu mundo. Mientras guardabas los bultos en la valija, una mujer que pasó cerca fue víctima de tu mirada, que marcaba a las claras la diferencia que creías tener con ella. Vos, que aguantabas el llanto cada vez que caminando de la mano, veíamos un niño o un anciano pidiendo monedas en la calle. Vos que compartías todo lo que tenías, tu ropa, tu comida y tu casa. ¿Dónde estaba esa Betty? Con altanería, arreglaste tu peinado y subiste al auto desparramando soberbia a tu alrededor. Me paré de un salto y caminé hacia vos. -Betty, esperá -te grité tan fuerte que miraste hacia donde provenía el llamado. Me acerqué a la ventanilla que habías bajado y repetí: -Betty, esperá.
-Seguro está confundido –dijiste imperturbable -mi nombre no es Betty. Perforé tus ojos con un dejo de rencor y encontré tras ellos algo solo había visto en la expresión de los condenados. Fluyeron en mí, oleadas de sensaciones que sin vos había olvidado, deseos, sueños, perdones y lujurias. Me arrodillé ante la ventana de tu auto, sin tocarlo, sin dejarte tiempo a que me olvidaras. -Seguramente si, no nos conocemos –dije con voz entrecortada – Te pido disculpas ¿Puedo darte algo? Sin tiempo a que pudieras contestarme, me arranqué el collar de zircón que mi Betty me había regalado años atrás. Lo dejé colgando en el parabrisas como una despedida. Volví a sumergirme en tu mirada. -Lo necesitas más que yo –dije como despedida. Te tembló la mano cuando lo tomaste para descolgarlo con un rápido gesto que quería ocultar recuerdos que habías intentado borrar. Por un segundo cerraste los ojos e imagino que mil imágenes de nuestros cuerpos entrelazados habrán pasado por tu cabeza. No dijiste una palabra, tu silencio habló por vos. Arrancaste el auto, vi como te alejabas mientras se evaporaba el tímido rayo de ilusión que por un segundo me había cruzado el corazón. Con una mezcla de desazón y rabia me di vuelta y caminé hacia la esquina y ahí te vi, el auto estacionado, tus manos tapando la cara, ¿estabas llorando?
Números Nelson se sentaba cada mañana en el escalón de la vieja casa y escribía en su cuaderno desarmado. Trazos firmes, casi perfectos, dibujaba hoja tras hoja con cuidados movimientos de su mano. Todos los días. Con sol, con lluvia, con frío, él y su cuaderno parecían uno solo. Cuando terminaba, ponía el ejemplar bajo del brazo, apretándolo como cuando se ama algo, y se paseaba por la cuadra. Un día me decidí y me acerqué, ya no podía más de la curiosidad. Le pregunté qué escribía tan afanosamente. –Números -me respondió con toda naturalidad –escribo números. Al observar las hojas amarillentas vi la secuencia que descansaba en cada renglón: 1.2.3.4.5.6.7.8.9.0. Todas las líneas iguales, parecían impresas. Al ver que mis ojos buscaban en el tesoro que tenía entre sus manos, discreto, cerró su cuaderno y se levantó sin ninguna prisa. Viendo su reacción serena, le dije casi disculpándome. –No se levante Nelson, yo ya me voy. No quise molestarlo. –De ninguna manera. Por hoy ya he escrito lo suficiente. Que tenga muy buenos días –dijo y dándome la espalda se metió en el caserón. Desde la ventana de mi apartamento, mientras bebía el café de cada mañana, lo observaba rodearse de ceros, nueves y miles de miles de números que le cascoteaban el cerebro. Primero se acomodaba en el escalón, luego con un ritmo calculado, miraba hacia ambas esquinas. Abría su cuaderno, sacaba un lápiz del bolsillo izquierdo de su camisa e iniciaba a descargar mecánicamente sus anotaciones. Todos los días, con sol, lluvia o frío, trago a trago de café, comencé a pensar en la mejor forma de abordarlo para intentar comprender su obsesión y tratar se satisfacer la mía. Mientras tanto, Nelson completaba cuadernos enteros y en cuanto me veía acercar, escondía su trabajo como presintiendo que le robaría su tesoro. Con el correr de los días nuestros diálogos crecieron, aunque él evadía hablar de sí mismo y cuando mi curiosidad afloraba, nunca obtenía otra respuesta que no fuera ver cómo una vez más, hundía la cabeza en los renglones uniformes de su cuaderno. Un día me vio acercar contando los pasos hasta llegar a él, venía contando en voz alta,
cinco, seis, siete, ocho, cuidando con recelo no pisar la línea que separaba las baldosas. Sin darme cuenta, los números también se habían metido en mi cabeza. Comencé a contarlo todo, los pasos, las cucharadas de azúcar en el café, los movimientos que requerían completar tal o cual tarea. Todo se reducía a una representación numérica. Yo caminaba hacia él y él me miraba atento, acompañando mis pasos, contándolos al mismo tiempo. -Nos estamos acercando. Bienvenida a la Isla -dijo acomodándose en su escalón, dejándome un lugar para sentarme. Una vez a su lado, continuó. -Para ellos es solo ordenamiento vulgar. Quizás años, parte del intercambio mezquino, claves o contraseñas. Tenemos las secuencias de ceros y unos. Comenzó a cambiar el mundo. Tres, seis, nueve, tienden otros puentes de energía. Es hora de seguir trabajando. Miró mecánicamente hacia ambas esquinas, abrió su cuaderno y comenzó a escribir a mi lado. 0, 1, 2, 3, 6, 9, a. 4, 5, 7, 8, b. Mientras tanto, yo sacaba de mi bolsa una libreta de tapas rojas, esperando mi turno.
La enredadera Una enredadera de flores rojas en el alero de la casa de enfrente. Eso era todo lo que podía ver desde de su habitación en el hospital. La vio morir en invierno cuando la acechaba el frío y renacer cuando los rayos del sol de primavera comenzaban a entibiar el aire. No recordaba qué la había llevado hasta ese lugar y mucho menos cuánto hacía que estaba allí. A veces, algunos olores y sonidos parecían traerle sensaciones conocidas, reminiscencias de una vida pasada que no podía recordar. Esa tarde bajo un extraño destello de luz, creyó reconocerse. Cerró los ojos, se recordó caminando por la playa, descalza y con el viento acariciándole la piel y otra vez...las flores rojas, el alero y el destello aún más intenso. -Una Santa Rita –murmuró. Abrió los ojos y miró a su alrededor buscando algún punto de referencia, algo que le permitiera seguir rescatándose de la ausencia. Giró sobre sus pies y caminó hacia la cómoda de madera que rompía la blancura exasperante de la habitación. Tres portaretratos de marco azul, equidistantes, descansaban sobre el mueble y un espejo ovalado colgaba de la pared. Dudó un instante en dónde concentrar su confusión. ¿En su rostro o en los retratos? Dudó en cual de esas puertas abrir primero. Se acercó al espejo, se miró un rato largo buscando algún resquicio de lo que había sido. Llevo sus manos temblorosas a la cara. La recorrió de lado a lado estirando su piel. En el óvalo brillante vio reflejadas las flores rojas de la enredadera vecina, coronando su imagen, eso la hizo sonreír. Volvió a sentirse joven, con ganas de vivir. Un olor dulce y penetrante que venía de lejos invadió la habitación y la despertó, por fin, de su letargo. Y entonces se acordó de la Santa Rita que habían plantado juntos, esa que prometieron cuidar y no cortar nunca. La misma Santa Rita que la vio partir aquel día funesto. Encontró en los retratos el rostro joven y hermoso de él. Unas lágrimas hirvientes le surcaron el rostro buscando la paz de sus labios. El que fue la razón de su existencia, de su pasión y de su dolor. Otra vez, como aquella vez, la puntada en el pecho que retumbaba en el cerebro haciéndola perder el equilibrio. Otra vez esa angustia
transformándose en la niebla que la había alejado de su yo. Ese fuego implacable que había arrasado con todo lo que amaba. Otra vez no. En ese instante se juramentó que no. Sus ojos se perdieron nuevamente entre los retratos, y vino el fuego, y la niebla, y dolor y el llanto. Todo lo que había vivido pasó frente a sus ojos, los hechos desordenados pero siempre el mismo dolor. Fuera de sí caminó hacia la ventana y estiró el brazo anhelando tocar la Santa Rita inalcanzable. El torso inclinado hacia el jardín en el borde del marco de madera, un paso en falso, la inclinación incorrecta, y su pena eterna encontrando el fin.
ENERO 2020 MONTEVIDEO-URUGUAY