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El texto

Secreto

Montse Boher

del

Viento

ilustraci贸n

Javi Rey Marina Mart铆n


Querido Javi, Cada uno de nosotros es un guerrero que esconde una historia para ser contada... Sabemos que tu corazón es valiente y honesto y tu historia guarda grandes hazañas. Que veas todo ello reflejado en la historia de este libro. Te cuidan desde su planeta, Los Guardianes de los Cuentos

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Este cuento personalizado es un libro mágico. Despierta la imaginación de la protagonista y puede convertirla en soñadora de nubes, exploradora de estrellas o guerrera del viento.


Para: Javi De: Los Guardianes de los Cuentos

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Tierra La gran sequĂ­a de provincia

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Hacía mucho, mucho tiempo, que la lluvia no regaba la Tierra. Desde que no llovía, los campos de Arroyito estaban secos como la suela de un zapato; los ríos adelgazaban y las primaveras nacían sin flores. El día que cumplí 7 años, la última gota del río se secó. Todo el mundo estaba triste y asustado. La abuela Juana, desanimada, me dijo: —Javi, pequeño mío, el agua nos ha abandonado.


¿Cómo podría vivir en un mundo sin agua? Me gusta tirar piedras a los ríos, bañarme en el mar, llenar globos de agua hasta reventar... ¿Qué harían los campesinos en un mundo seco? ¿Cómo regarían los tomates y los cerezos? ¿Por dónde navegarían los barcos? ¿Por dónde se deslizarían los surfistas y los esquiadores? ¿Por dónde caminarían los pingüinos? ¿Qué sería de los peces, de los hipopótamos y de los cocodrilos? Aquella noche me fui a la cama muy inquieto. Mis padres me habían dicho que no debía preocuparme; aún quedaba mucha agua en los pozos. Pero, ¿y si el agua de los pozos también desaparecía? Estaba nervioso y no podía conciliar el sueño. Me levanté de la cama. En el pasillo, retumbaban los fuertes ronquidos de papá Fernando y los agudos ronquiditos de mamá Adriana. Abrí la puerta del jardín sin hacer ruido y me acerqué al pozo.

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La luna llena se reflejaba en sus aguas negras, pequeña como una estrella. Una gruesa lágrima corrió por mi mejilla y cayó dentro del pozo. «Nubes, vuelvan pronto», susurré mientras lloraba. Como si aquellas palabras fuesen mágicas, empezó a subir un vapor blanco del fondo del pozo. La neblina se fue volviendo densa y compacta. Una voz suave surgió del vapor: —¿Quién llama a las nubes? Me asusté un poco. ¿De dónde provenía aquella voz?

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Fascinado y sin palabras, tardé un buen rato en contestar: —Las llamo yo, me llamo Javi. Quiero que vuelvan. —Pues, lo siento, pero las nubes no pueden venir. Yo soy la Última Nube viajera; no habrá ninguna otra jamás. —Pero, ¿por qué? ¿Por qué no quieren viajar? ¡Tienen que venir! ¡Tengo que hablar con ellas como sea! —¿Cómo sea? De acuerdo. Si esto es lo que quieres, súbete a mí. Te llevaré a un lugar en el que podrás ver las nubes y hablar con ellas. Pero te advierto que no conseguirás hacerlas volar. ¿Me estaba hablando aquella masa de vapor? No lo podía creer. Durante unos segundos dudé si subir o no. ¿Qué dirían mis padres cuando no me encontrasen por ninguna parte? ¡Se enojarían mucho! Aun así, quizás aquella era la única oportunidad de hacer regresar a la lluvia. No podía dejarla escapar: decidí montarme en la nube misteriosa. —Muy bien, Javi. Agárrate fuerte que esto no es ninguna atracción.


Y, dicho esto, la Última Nube gritó tres veces con fuerza: —¡Harmattan! ¡Harmattaaan! ¡Harmattaaan! De repente, una oscura silueta pasó como un rayo por delante de la luz de la luna. Dejando una estela de polvo a su paso, se plantó a nuestro lado.


—Harmattan es un viento africano, cálido y polvoriento. Es el único caballo que conservan los guerreros del viento. Y su jinete, tal como dicta la tradición, también se llama Harmattan. —¿Cómo? Esto de lo que hablas qué es: ¿un viento o un caballo? —pregunté sin entender nada — ¿quiénes son esos guerreros de los que hablas? —¡Ja, ja, ja! ¡Cuántas preguntas! —exclamó la Última Nube. —Todos los vientos son caballos de aire que galopan. Sus jinetes, aquellos que guían los caballos, son los guerreros del viento. Gracias a los vientos, las nubes podemos movernos por el cielo y viajar de un país a otro. Yo abría los ojos como platos y tenía una media sonrisa de incredulidad en los labios. ¡Todo aquello era demasiado extraño para ser cierto!

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—Basta de charla —dijo el guerrero Harmattan con voz grave—. Tenemos que irnos. Nos espera un largo camino por delante. Entonces, Harmattan espoleó su caballo de aire y un galope de viento nos empujó a la Última Nube y a mí. ¡Cielo arriba y cielo allá, cruzábamos el firmamento a gran velocidad! —Nube, ¿dónde está el guerrero Harmattan? Miro hacia atrás y no lo veo. —¡Ji, ji, ji! No sufras, Javi, ¡Harmattan no se ha ido! Cuando sus caballos cabalgan, los guerreros del viento se vuelven invisibles. Es uno de los dones de este pueblo maravilloso.

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aire

Javi descubre la Isla de las Nubes

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Sobre la Última Nube, el mundo era tan pequeño que parecía de juguete. Me brillaban en los ojos las luces de montones de autos y pueblos. —¿Dónde vamos? —pregunté. —Vamos a la Isla de las Nubes. —¿Las nubes tienen una isla? —No es que tengamos una isla, es que nacemos en una isla. —¿Ah, sí? —dije con desconfianza —¿cómo puede ser que la maestra Marta de mi escuela Dr Dalmacio Velez Sarsfield no me haya hablado nunca de esta isla? Mis padres y mis maestros lo saben todo. —¡Ji ji, ji! ¡Ja, ja, ja! —Harmattan y la Última Nube estallaron en risas. —¡Javi, cuando te hagas mayor descubrirás que no existe ninguna persona que lo sepa todo! —gritó tras de mí el guerrero.

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La Isla de las Nubes no aparecía en ningún mapa, ni siquiera en los digitales. Siempre estaba cubierta por una niebla extensa y espesa que imposibilitaba cualquier tipo de visión. Además, los guerreros del viento se encargaban de proteger el anonimato de la isla lanzando fuertes ráfagas de aire para alejar cualquier ser o máquina que se acercase. Proteger la Isla de las Nubes era muy importante: era el lugar en el que nacían todos los vientos y las nubes de la Tierra. Si este lugar sufriese algún mal, todos los climas del mundo cambiarían de repente, provocando grandes desgracias. Harmattan y la Última Nube me explicaron todo esto, mientras galopábamos entre estrellas y constelaciones.

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Agotado, me dormí sobre el cuerpo esponjoso de la Última Nube. Al cabo de un rato, tras un sueño de algodón, volví a abrir los ojos. En el horizonte, unos rayos de sol anaranjados asomaban tímidamente. Habíamos dejado atrás las tierras llenas de ciudades y bosques. Debajo, todo era un lienzo de agua infinito. —Ya estamos en el océano, pronto llegaremos a casa. —¿Cómo es su casa?


—La Isla de las Nubes es completamente redonda. A su alrededor, se alza un círculo de sierras altísimas que se desploman en el mar formando acantilados. En el centro, hay un gran desierto salpicado de oasis, el hogar de los guerreros del viento.


—Pero ¿cómo puede haber un desierto en la Isla de las Nubes? —Buena pregunta, Javi —dijo Harmattan— nuestros antepasados colocaron unos escudos en la cima de las montañas, en el lugar donde nacen las nubes. De este modo, las nuevas nubes no pueden entrar nunca en el interior de la isla; se quedan en la periferia hasta que los vientos nos las llevamos. Ten en cuenta que allí nacen todas las nubes del mundo. ¡Si las dejásemos entrar en la isla, al momento quedaría inundada! —¡Mira, ya hemos llegado! —exclamó la Última Nube. Y una espesa niebla los cegó por completo. De repente, tras atravesar la densa capa de vapor, un gran chaparrón nos cayó encima. Cientos y cientos de nubes con todo tipo de formas y colores abarrotaban el cielo. Eufórico, grité de alegría: —¡Llueve, llueve, llueve! Si hubiese podido, habría agarrado aquel aguacero con las manos para llevárselo a mi hermana Daniela. ¡Qué feliz se hubiese sentido!

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La Isla de las Nubes era tal y como me la habían descrito: Sierra Alta rodeaba un desierto circular. Sobre las montañas, un grandioso anillo de nubes daba aires de leyenda al paisaje. —¡Ya hemos llegado, salta! —dijo Harmattan. —¿Que salte? —pregunté mirando hacia abajo y lleno de miedo. Debajo, las cumbres puntiagudas de las montañas, parecían espadas amenazantes. —¿Confía en mí, salta! ¡Salta Javi La Última Nube no se puede adentrar en el interior de la isla. ¡Si sigues adelante chocarás contra los escudos! Cerré los ojos para no mirar hacia abajo y salté. —¡Aaaaaaaaaaahhhhhh! Harmattan me atajó al vuelo y yo me agarré fuertemente a su espalda. Abrazado al guerrero invisible, sobre el caballo de aire, estuve seguro de que aquello solo podía ser un sueño. Y, aun así, ¡era todo tan real! —Ya te dije que no existe ninguna persona que lo sepa todo. Ahora que has descubierto la Isla de las Nubes, ya sabes unas cuantas cosas más que la mayoría de la gente —dijo Harmattan como si me hubiese leído el pensamiento.

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Harmattan y yo aterrizamos en medio de un oasis. En el mismo momento en que el caballo fren贸, el guerrero recuper贸 la visibilidad.


—Bienvenido al Oasis de los guerreros del viento—. Y un arco de bondad se dibujó en su rostro moreno. —Espero que nuestro humilde hogar sea un fresco refugio para tu corazón. Acompáñame— añadió señalando una gran tienda de color azul marino.


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FUEGO

Los secretos de la Monta単a Prohibida

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—Nuestro pueblo es amigo de las nubes, las madres de la lluvia. Bailamos juntos en el azul tapiz del cielo desde el nacimiento de la Tierra—. La voz firme de una anciana guerrera trepaba entre los vapores de las tazas de tÊ.


La tienda estaba repleta de gente de todas las edades. Todos vestĂ­an una tĂşnica dorada y escarlata. Decenas de ojos oscuros me observaban con una mirada intensa. El aroma del tĂŠ impregnaba todos los rincones.


—Durante siglos, nuestro pueblo ha guiado los vientos con el fin de llevar la lluvia alrededor del mundo. Pero hace ya más de un año que un hijo nos robó los caballos de aire. Desde entonces, no podemos llevar a cabo nuestra misión. Las nubes se acumulan sobre Sierra Alta y ningún viento puede llevárselas. Por culpa nuestra, el planeta se está secando. —¿Y quién robó los vientos? ¿Por qué se los llevó? —pregunté sin entender quién podría perpetuar aquella estupidez. —Los guerreros del viento nos regimos por las Normas Ancestrales. Ninguno de nosotros puede saltárselas. Nuestro poder es demasiado grande, y mal utilizado podría causar daños catastróficos. La voz de la anciana era triste pero contundente. —Un día, un joven guerrero se saltó una de estas normas: montó al Huracán. El Huracán es el más salvaje de todos los Grandes Caballos; solo los guerreros veteranos y expertos pueden cabalgarlo. Las consecuencias de esta imprudencia fueron nefastas—.

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La gran guerrera detuvo su explicación y tomó un largo trago de té, como para ayudarse a tragar unos recuerdos demasiado amargos. —Cuando el joven guerrero volvió, le quitamos su silla de montar y lo llevamos a juicio. Fue un juicio largo y controvertido. Tras una larga deliberación, lo condenamos a no montar ningún caballo nunca más. Este es el peor castigo que puede recibir un miembro de nuestro pueblo. Un guerrero del viento sin caballo no tiene nombre, no es nadie. —¿Y quién robó los vientos? ¿Fue este guerrero sin nombre? — volví a preguntar sin entender quien podría ser tan mezquino— ¿y dónde ha ido? ¿Qué ha hecho con los caballos de aire?

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Al día siguiente, justo en el momento en que la aurora empezaba a pintar el horizonte, ya estábamos en pie y a punto para adentrarnos en el desierto. Harmattan meditó durante largo rato observando el sol naciente. Después, se acercó a mí y me volvió a preguntar: —¿Εstás seguro, Javi? —¡Síííí, ya te lo he dicho! —La montaña de fuego no es un lugar para criaturas. —Harmattan, ya hemos hablado de ello. He venido hasta aquí para devolver la lluvia a casa. ¡Quiero recuperar los caballos de aire, quiero que vuelvan a galopar por el cielo y esparzan las nubes por todas partes! El guerrero Harmattan exhaló un largo suspiro. —De acuerdo, pequeño. Tienes alma de guerrero. ¡Vamos!

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Mientras volábamos sobre las dunas, le pedí a Harmattan que me volviese a explicar la historia del robo. —Una noche muy oscura, para vengarse del castigo recibido, el joven arrogante se llevó todos los caballos. Nunca comprendimos cómo pudo hacerlo. Solo hemos conservado mi caballo porque cuando se produjo el robo no estaba en la isla. Pero Harmattan es un viento seco; no puede arrastrar nubes de tormenta. Como te expliqué, hemos buscado los caballos por todos los rincones de la isla. Hemos explorado las dunas, las grutas y los acantilados. Lo hemos revuelto todo. Pero no los encontramos por ninguna parte. Solo nos queda un lugar por explorar, un lugar peligroso... Demasiado peligroso.

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La Montaña Prohibida era un viejo volcán situado en el centro del desierto. Los guerreros del viento la consideraban la madre de aquella tierra porque la Isla de las Nubes nació a partir de una erupción. —Una antigua profecía dice que todo acabará de la misma manera que empezó. Por eso tememos a la montaña de fuego; sabemos que del mismo modo que nos regaló la vida, un día nos la arrebatará —me explicó Harmattan. «¡Guau!» pensé. Me había hecho mucho el valiente, pero a medida que nos acercábamos a la Montaña Prohibida, me sentía cada vez más asustado.


—Javi, tendremos que entrar por el cráter. Es la única vía de acceso —. Mientras decía esto, el gran guerrero tenía una expresión de pánico en la cara. Miré el inmenso agujero negro: ¡aquello sí que era meterse en la boca del lobo! Si al menos tuviese a mi amiga Muriel conmigo...

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El interior de la montaña de fuego era un gran laberinto subterráneo. Afortunadamente, no había ni rastro de lava. Debía hacer muchos siglos que el volcán estaba inactivo. O, al menos, eso es lo que parecía. Al cabo de pocos minutos de caminar, no veíamos absolutamente nada. Allí dentro no entraba ni un rayo de luz. El silencio me molestaba. —¿Harmattan? ¿Harmattan?—. Nadie me respondió. —¡Harmattan! ¡Harmattan! —grité a pleno pulmón sin obtener respuesta. Aterrorizado empecé a correr por el laberinto palpando las paredes y sin dejar de gritar: ¡Harmattaaaaaan!

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Tras unas horas o minutos eternos, vi bailar una sombra de luz. Excitado, me hubiese echado a correr hacia ella, pero la prudencia me detuvo. Después de secarme con la manga del pijama el sudor, avancé en puntas de pie. A medida que avanzaba por el pasillo de piedra la luz se hacía cada vez más intensa. Cuando llegué al final, apoyé la espalda en la pared, como había visto hacer en las películas de policías, y alargué la cabeza para espiar el interior de la gruta. ¡Mi sorpresa fue enorme! En el centro de una espaciosa cueva, espaciosa como un claro, había decenas y decenas de caballos de aire, casi imperceptibles. Formaban un gran círculo vaporoso con todas las riendas en el centro, entrelazadas.

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En un rincón, el guerrero sin nombre se sentaba en el suelo, junto a una pequeña hoguera. Tenía los brazos apoyados sobre las rodillas y controlaba de a ratos los caballos, de a ratos el fuego, con mirada inexpresiva. —¡Es él! ¡Son ellos! ¡Los he encontrado!— exclamé en mi interior, lleno de alegría.

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agua La voz del coraz贸n

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No había otra opción. Lo pensé durante un buen rato, pero lo único que podía hacer era robar al ladrón. Si me enfrentaba a él, el guerrero sin nombre, seguramente perdería. Esperé con una paciencia que nunca imaginé tener, quieto en aquel recodo, a que el guerrero sin nombre se quedase dormido. Cuando, finalmente, aquel adolescente cerró los ojos, me acerqué sigilosamente a los caballos. Había muy poca luz, solamente quedaban las brasas de la hoguera. Estaba muy nervioso. El corazón me latía a trescientos por hora. De repente, mi mano tocó el vapor espeso de un caballo de aire.

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—¡Iiiiiiiiiiiii! —el caballo emitió una especie de grito, a medio camino entre un relincho y un silbido de viento. —Shhhhh —dije bajito, acariciándolo. Pero el ruido del primer caballo inquietó al resto y, en un instante la sala era un lío de chillidos de viento y de relinchos. —¡¿Quién eres?! —exclamó con dureza el guerrero sin nombre, mientras me daba un buen empujón. —Yo, yo... —la voz se me entrecortaba por el miedo, pero haciendo de tripas corazón dije bien alto— ¡Soy Javi y he venido a salvar los vientos! —¡Ja, ja, ja! ¿Pero qué dices? ¿Tú vas a salvar a los vientos? ¡Pero si eres una criatura! —dijo con tono de burla el guerrero sin nombre mientras seguía empujándome.

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—¡Déjame en paz, idiota! —¡¿Qué me has llamado?! —dijo el ladrón de caballos extremadamente enojado, sujetándome por las muñecas.


—¡Idiota, te he llamado idiota! —grité totalmente encolerizado —porque por culpa de tu orgullo el mundo se está secando. ¡Por culpa de tu bromita mi Tierra se muere! —No... no es verdad... —dijo el guerrero sin nombre, desconcertado. —¡Sí, sí que lo es! Sin los caballos de aire las nubes no pueden volar y el agua se está acabando. Muchas plantas y animales han muerto. Las primaveras nacen sin flores. Los ríos se han secado... —no pude más y estallé en lágrimas—, por tu culpa, mi familia y todo lo que amo desaparecerá, ¡¿lo entiendes?! ¿Entiendes lo que estás provocando? El guerrero sin nombre me soltó las muñecas. Poco a poco, temblando, se volvió a acurrucar en su rincón y escondió la cabeza entre los brazos. Los caballos de aire continuaban chillando.


El guerrero sin nombre tardó un buen rato en hablar. Finalmente, aguantando un profundo gemido dijo: —¡No puedo más, quiero salir de aquí! ¡Esto es un infierno! No puedo ver el cielo ni cabalgar. Nadie me habla ni me sonríe. ¡Pero no puedo volver! Si vuelvo no se qué me harán... La otra vez me robaron la silla, la ilusión y el futuro. Solo tenía trece. Lo único que deseaba en la vida era cabalgar. Mis propios padres, hermanos y amigos.... ¡por un error me lo arrebataron todo! ¡Imagínate ahora! ¡Me matarán!

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—¡No digas tonterías! Tu familia te castigó porque hiciste una estupidez, pero seguro que siguen queriéndote... además, ¿cómo viviremos si no vuelve la lluvia? Libera a los caballos, por favor. Necesitamos el agua para sobrevivir. Tú puedes salvarlo o destruirlo todo. Tú decides. El guerrero sin nombre me miró fijamente a los ojos. Después, sin mediar palabra, se levantó y desató a los caballos. Al verse libres, los vientos echaron a correr como locos por los túneles de la montaña. ¡Qué alboroto!

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Los que lo presenciaron dicen que la salida de los vientos es el recuerdo más brillante que guardan en su memoria. De repente, la montaña de fuego tembló como si fuese a entrar en erupción e, inmediatamente después, un estallido de caballos galopando saltó del cráter. A la cabeza de todos ellos, Harmattan guiaba a los animales.


El guerrero sin nombre fue el último en salir del volcán. Tardó aún dos o tres días en decidirse a volver a casa. Cuando lo hizo, se presentó cabizbajo frente a todos y dijo: —Siento mucho todo lo que he hecho. Solo les pido poder volver a vivir con ustedes. La anciana del Consejo se acercó a él y lo abrazó: —Ηabía llegado a pensar que no volverías, hijo mío—. Y con los ojos enternecidos añadió: —Para pedir perdón y aceptar las consecuencias de los errores hace falta mucho más valor que para montar el Huracán. Nosotros también tenemos que ser valientes y pedirte disculpas porque el castigo que te impusimos era una carga demasiado pesada.

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Ahora que has demostrado tu auténtico coraje te nombraremos Guerrero de Fuego. Cuidarás de la Montaña Prohibida durante cinco años. Pasado este tiempo, podrás volver a cabalgar. —Y tú, pequeño guerrero —dijo Harmattan mirándome a mí— a partir de hoy formas parte de esta familia. Tú no necesitas dominar ningún viento porque dominas dos cosas más importantes: el corazón y la palabra. Ahora vuelve a casa con el Carro de Siete Colores. Me parece que en Arroyito está a punto de empezar una fiesta.

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Tras deslizarme y volverme a deslizar por el cielo con el arcoíris, aterricé en el jardín de casa. —Javi, ¿dónde diablos estabas? —me preguntó enfadada mamá. Pero el enfado le duró muy poco. A continuación, exclamó: ¡Llueve! ¡Llueve! ¡Vuelve a llover! Y fuimos corriendo a la plaza, donde todos se habían reunido para celebrar la llegada de la lluvia. Los niños y las niñas chapoteábamos en los charcos de agua y nos salpicábamos unos a otros, pero nadie nos reñía porque todo el mundo estaba muy contento. Resguardada bajo un paraguas dorado y escarlata, la abuela Juana miraba la lluvia con una gran sonrisa en los labios. Aquella sonrisa bien valía todas las aventuras y desventuras del mundo.


Primera edición personalizable: octubre 2013 Título: El secreto del viento Título original: El secret del vent Colección EL BÚHO Ediciones Micuento www.micuento.com info@micuento.com Twitter: @mi_cuento Facebook: /librosmicuento Texto: Montse Boher Traducción: Raquel Raposo Ilustración: Marina Martín y Javi Rey Edición de contenido: Guillem Fernàdez-Valls Coordinación editorial: Muriel Bourgeois Diseño y maquetación: Victoria M. Mascianica Revisión lingüística: Estela Guyot Todos los derechos reservados Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723 Los derechos de traducción y reproducción están reservados en todos los países. Queda prohibida cualquier reproducción, completa o parcial, de esta obra. Cualquier copia o reproducción mediante el procedimiento que sea constituye un delito sujeto a penas previstas por la ley de Propiedad Intelectual. IMPRESIÓN EN ARGENTINA EJEMPLAR NÚMERO: SECRET_AR6789

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Colección LA CIGÜEÑA de 0 a 3 años La cigüeña es el símbolo del nacimiento, el momento en que un nuevo ser llega a la vida. Los cuentos de esta colección ilustran el mundo que rodea los primeros pasos de los más pequeños: la familia, el hogar, los objetos cotidianos.

Colección LA GOLONDRINA de 3 a 6 años La golondrina es el símbolo de la primavera, el momento en que los campos a la imaginación para que los niños arranquen su primer vuelo.

Colección EL BÚHO a partir de 6 años El búho es el símbolo de la noche, un momento repleto de sueños y misterios. Los cuentos de esta colección despiertan la audacia de los niños y les alientan a vivir grandes aventuras.

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El Secreto del Viento  
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