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Sergio


Querido Sergio: que la lectura y la imaginación te acompañen siempre. Con amor, Mamá y Papá


Había una vez un niño llamado Sergio, que soñaba con conocer una estrella. Todas las noches miraba el cielo y observaba los millones de estrellas que brillaban en lo alto mientras se preguntaba:

—¿Quién vivirá allí?


Una noche, mientras Sergio contemplaba el cielo, una estrella brilló tres veces. Sergio sintió que había llegado el momento de conocer el secreto que se escondía allí arriba. Sacó un globo aerostático, que estaba guardado en el desván desde hacía mucho tiempo, y esa noche partió a vivir su gran aventura.

Sergio!


¡Qué sensación tan increíble era volar! Mientras se alejaba podía ver su preciosa ciudad, Salamanca. Desde arriba, las casas eran diminutas, como luces de colores que titilaban entre las laderas. Todo estaba en calma en lo alto.

Salamanca


Entonces ya casi tocaba las nubes y veía España, que se hacía cada vez más pequeña hasta convertirse en un punto diminuto en el mundo.

Sergio sonreía feliz, como una estrella más.


La Tierra parecĂ­a tan minĂşscula desde allĂ­ arriba... Sergio estaba impresionado por la inmensidad de la noche, por la luz de la luna y el silencio que lo abrazaba todo.


«¡El universo está lleno de cosas maravillosas!», pensó Sergio.


Pero, de pronto, ¡oh, no! ¡El globo se pinchó con un cometa y empezó a perder altura! ¡Rápido, tenía que aterrizar!


Por suerte Sergio encontró un pequeño planeta. El planeta donde aterrizó era un asteroide tan pequeño que en él se podían ver miles de atardeceres. Había tres volcanes, hierbas extrañas, un encantador cordero y una rosa. En él vivía una persona muy especial.


Allí se encontró con un pequeño príncipe, de su misma estatura y de cabellos dorados.

El principito estaba muy contento de tener un invitado. Sergio le contó todo lo que le había sucedido con su globo.


—¡Oh, no te preocupes! Hace mucho tiempo le pasó algo parecido a un amigo mío, que era aviador en el desierto, y después pudo arreglarlo —le tranquilizó el pequeño príncipe.


El principito le contó que su amigo aviador era un gran artista que sabía dibujar hasta boas que comían elefantes y que había sido él quien había creado el precioso cordero que vivía en el planeta.


—¿Te gusta mi casa, Sergio? —le preguntó el principito—. Cada mañana cuido de mi planeta, revuelvo los volcanes, y junto con el cordero cortamos los baobabs para que no invadan todo. Sergio se acordó de su planeta Tierra y de lo bien que le vendría que lo mimaran cada día.


El principito le presentó después a su rosa, que era muy coqueta. Nada más verlos se arregló sus pétalos, empezó a toser y dijo:

-¿Por favor me podéis cubrir con el cristal para refugiarme del viento frío? El niño se dio cuenta de que esa rosa era muy especial para el principito, porque al mirarla le brillaban los ojos.


—¿Sabes que una vez viajé a tu planeta Tierra? Me sentía solo y fui en busca de un amigo. Allí conocí a un zorro. ¡Tenía una mirada tan bonita como la tuya! —contó el principito a Sergio—. Él me enseñó a domesticarlo. —Qué palabra más extraña, ¿qué significa «domesticar»? —preguntó el niño. —Es algo que está muy olvidado. Se trata de crear lazos y de ser verdaderos amigos. El zorro me dijo:

«Tú serás para mí único en el mundo, y yo seré para ti único en el mundo».


Pero un día empecé a echar de menos a mi rosa y quise volver a su lado —suspiró el principito—. Comprendí que mi rosa era única en el mundo, simplemente porque la había cuidado y la amaba. Entonces me despedí del zorro y él me regaló un gran secreto que te voy a contar ahora:


«Solo se ve bien con el corazón, lo esencial es invisible a los ojos». Sergio sintió que el principito había compartido con él algo que muy pocos sabían. Algo tan frágil y precioso como una estrella fugaz.


Tal como le ocurrió al principito con su rosa, Sergio empezó a echar de menos a su familia y a sus amigos, pero ¿cómo volvería a su casa? —¡Yo te ayudaré! —le dijo el principito—. Aprovecharemos una bandada de pájaros salvajes y juntos volaremos hacia tu casa.

Volaremos hacia Salamanca, Sergio


Por el camino, el principito le enseñó varios planetas. En el primero que visitaron vivía un vanidoso que deseaba que todo el mundo lo admirase. También fueron a un planeta habitado por un hombre de negocios, que comerciaba con las estrellas y las trataba como si fueran suyas, con el único propósito de tener más estrellas. Sergio y el principito se reían de lo raras que son a veces las personas mayores. Y, por último, conocieron el planeta preferido del principito. Era tan pequeño que solo entraba un farolero y su farol, y giraba tan rápido ¡que un día duraba un minuto! Al principito le encantaba el oficio de aquel señor: cada vez que encendía el farol era como si naciera una nueva estrella.


Y así fue como finalmente volvieron a casa, dejando atrás la Vía Láctea y acariciando con los pies el amanecer. ¡Ya podían ver la casa de Sergio! Había llegado el momento de despedirse. —Tienes los ojos de color miel. El color de mis volcanes siempre me recordará a ti. Me encantará escuchar el pequeño rugido del viento en ellos; será como si estuvieras conmigo —le dijo el principito a Sergio.

Sergio y el principito se fundieron en un largo y cálido abrazo. Uno de esos que solo se pueden entender con el corazón.


Sergio


El atardecer naranja pintaba los ojos de Sergio, que miraba el paisaje desde su ventana. Estaba triste por haber vuelto, pero entusiasmado por todo lo vivido con su nuevo amigo el principito. ¿Quién podría haber imaginado que el universo escondía tantas cosas maravillosas? El zorro tenía razón:

Lo esencial es invisible a los ojos.


“Me pregunto si las estrellas están encendidas a fin de que cada uno pueda encontrar la suya algún día” El Principito


Sergio


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El Principito Personalizado  
El Principito Personalizado  
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