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fotografĂ­a

daniel weinstock elmagico666@yahoo.com.mx


director general

José Ángel Leyva directora editorial

María Luisa Martínez Passarge editor

Universidad Autónoma de Sinaloa rector

Dr. Víctor Antonio Corrales Burgueño secretario general

Dr. José Alfredo Leal Orduño

Alfredo Fressia consejo editorial

Jorge Bustamante | Marco Antonio Campos | Sandro Cohen | Elsa Cross | Evodio Escalante | Jor­ ge Esquinca | Juan Gelman | Hugo Gu­tié­rrez Vega | Eduardo Hurtado | Eduardo Langagne | Her­nán Lavín Cerda | Carlos Maciel | Pa­blo Molinet | Carlos Montemayor | José Emilio Pa­ che­co | Vicente Quirarte

año 2 | núm. 6 | enero-marzo 2010

consejo nacional aguascalientes Claudia Santa-Ana | chihuahua Jorge Humberto Chávez | distrito federal Ma­

portada y dossier fotográfico

Daniel Weinstock

ría Baranda, Víctor Cabrera, Antonio Deltoro, Miguel Ángel Flores, Grissel Gómez Estrada, Samuel Gordon, Eduardo Mosches, Lucía Rivadeneyra | jalisco Jorge Souza | michoa­cán Gas­ par Aguilera | morelos Javier Sicilia | nuevo león Armando Alanís Pulido, Margarito Cuéllar | puebla Ludmila Biriukova | sinaloa Elmer Mendoza, Juan José Rodríguez, Elizabeth Moreno Rojas | sonora Juan Manz | veracruz Silvia Tomasa Rivera | zacatecas José de Jesús Sampedro consejo internacional argentina Rodolfo Alonso, Jorge Boccanera, Cecilia Romana | australia John Kinsella | bél­gica Stefaan van den Bremt | bolivia Eduardo Mitre, Mónica Velásquez | brasil Lêdo Ivo, Floriano Martins, Ana Rüsche | chile José María Memet, Jaime Quezada, Manuel Silva | co­lombia

Rafael del Castillo, Pedro Alejo Gómez, Santiago Mutis, Amparo Oso­rio, Juan Manuel Roca | costa rica Alfonso Peña | ecuador Jorge Enrique Adoum†, Edwin Madrid | el salvador André Cruchaga | españa Rodolfo Häsler, Luis García Montero, Uberto Stabile, Jordi Virallonga | estados unidos Margaret Randall, Víctor Rodríguez Núñez | francia Stéphane Chaumet, Eduar­ do García Aguilar | grecia Guadalupe Flores | islas canarias Juan Carlos de Sancho | italia Martha Canfield, Emilio Coco | paraguay Jacobo Rauskin | perú An­tonio Cisneros, Hilde­bran­ do Pérez Grande, Renato Sandoval | polonia Krystyna Rodowska | portugal Rosa Alice Branco, Nuno Júdice | quebec Claude Beausoleil, Bernard Pozier | república dominicana Soledad Ál­ varez, Alexis Gómez Rosa | rusia Andrei Kofman | uruguay Luis Bravo, Gerardo Ciancio | ve­ nezuela María Antonieta Flores

Portada: 1997-2007

consejo de arte

Ismael Guardado

dossier artes plásticas

Octavio Bajonero | Pascual Borzelli | Guillermo Ceniceros | Rogelio Cuéllar | Felipe Ehren­ berg | Germaine Gómez-Haro | Es­ther González | Graciela Kartofel | Samuel Vázquez

diseño y formación

La Cabra Ediciones, S.A. de C.V. relaciones públicas

Araceli Pérez Montiel impresión

Exima, S.A. de C.V. | Panteón 209, bodega 3, Los Reyes Coyoacán, Coyoacán, 04330, México, D.F. 1 000 ejemplares página web

www.laotrarevista.com Reyes Sánchez Villaseñor [mexking@prodigy.net.mx] issn 1305 5143

La Otra es una publicación trimestral de La Cabra Ediciones, S.A. de C.V., en coedición con la Universidad Autónoma de Sinaloa | issn 1305-5143 | Número de Certi­fi­cado de Re­ser­­va otorgado por el Instituto Nacional de Derecho de Autor: 04-2009-022514215700-102 | Número de Certificado de Licitud de Contenido: en trámite | Domicilio: Callejón del Atrio núm. 8-1 bis, casa 3, Cuadrante de San Francisco, Coyoacán, 04320, México, D.F. | Teléfono: (55) 5554 3968 | [www.laotrarevista.com] [otragaceta@ gmail.com] [lacabraediciones08@gmail.com]


Otros sin dejar de ser Cumplimos ya un año de ser distintos sin dejar de ser. Arribamos a una fecha anunciada con gran alharaca institucional inmersos en una crisis no sólo económica, sino moral. De la primera es menos complicado emerger si existe una mínima salud social y cultural para remontar dificultades con voluntad ciudadana y responsabilidad colectiva. El problema es más grave cuando el deterioro de ese tejido comunitario abre paso al cinismo y al silencio, o al conformismo envuelto en la apariencia de resignación: “así somos”, “estamos en México”. La cultura continúa siendo la más sacrificable de las políticas de Estado. Pero sólo se hará visible cuando la astringencia presupuestal invada intereses de grupos y santones. Mientras tanto, las calles y los espacios públicos son arrebatados al peatón; no obstante, ni los automovilistas escapan a la violencia cuando las armas dictan la noticia y la estadística. Lo peor de una sociedad enferma es no reconocer su mal y mucho menos suponer que es curable a través de la palabra. Claro, para ello habría que devolverle su verdadero valor a la palabra. En eso estamos; en el intento de cambiar algo, aunque sea desde La Otra, donde no cabe el fraude, la corrupción, la indolencia, la negligencia, la simulación, el olvido, porque aspiramos a ser otros sin dejar de ser.


índice fotografía | daniel weinstock

| Autorretrato | 6

daniel weinstock poetas en babel

| Poemas (presentación de Guadalupe Flores Liera) | 21 | Poemas (presentación de Enrique Servín Herrera) | 21 Jean portante | Poemas (presentación de Enrique Servín Herrera) | 23 kristín dimitrova | Poemas (presentación de Reynol Pérez Vázquez) | 27 sylvestre clancier | Poemas (presentación de Christine Bini y Marco Antonio Campos) | 30 zoë skoulding | Poemas (presentación de Katherine M. Hedeen y Víctor Rodríguez Núñez) | 33 giorgos moleskis

torgeir rebolledo pedersen

yo poeta | francisco hernández

| Poesía en grado de tentativa. Las breves ausencias de Francisco Hernández | 37 | Francisco Hernández, circa 2009 | 48 francisco hernándeZ | Poemas inéditos | 52 Juan domingo argüelles hernán bravo varela

yo poeta | josé santiago naud

| Otro nombre del misterio. Sobre la poesía de José Santiago Naud | 57 José Santiago Naud: rostros de nuestra americanidad | Diálogo con floriano martins | 62 josé santiago naud | Poemas | 69 floriano martins

artes plásticas | ismael guardado

| Ismael Guardado: 13 esculturas y 13 sueños para una instalación | 73

graciela kartofel miscelánea

| El Cuaderno paulista de Rodolfo Häsler | 81 | Poemas | 85 josé mármol | Tácticas de vuelo | 89 juan manuel roca | El tren de medianoche | 93 poetas sinaloenses | 95 alfredo fressia alex fleites

Francisco Alcaraz, 95 | Óscar Paúl Castro, 97 | Francisco Meza Sánchez, 99 | Javier Velásquez, 101 | René Higuera, 102 | Moisés Vega, 103 | Jobyoan Villarreal, 104 la cocina del artista | óscar blancarte óscar blancarte

| En el cine las recetas no funcionan | 105

p. 4 | © daniel weinstock | 1997-2007

otras letras julio travieso serrano

| Amor a los cincuenta | 112

lengua de sastre jorge boccanera antonio deltoro colaboradores

| Juan Gelman, arqueo de sombras | 120 | Juan Manuel Roca, breve historia de Nadie | 123

| 127

eclipses juan manuel roca

| Arenga del cuerpo | 136


daniel weinstock

autorretrato

O

bseso como siempre he sido, desde que re­cuer­ do, viviendo aislado la mayor parte del tiempo por no sé qué motivo, siento que estos dos aspectos marcan la pauta de mi trabajo. Obsesionado con la muerte, con el sufrimiento, con la locura, con el aislamiento y con mis propias diferen­ cias físicas y mentales con respecto a los demás, y las emociones que estas preguntas sin respuesta —o con respuestas demasiado dolorosas para querer conocer­ las— implican, tomo la fotografía como un medio pa­ra exorcisar a mis demonios; los convierto en imáge­nes en un pedazo de papel, quizá tratando así de librar­me de ellos. Básicamente, el trabajo fotográfico es mi búsque­ da, la ma­ne­ra de indagar en mi in­terior y tratar de com­ prenderme y comprender la vida, que a veces parece no tener sentido. Esta búsqueda brin­ca todo el tiempo de lo físico a lo espiritual y viceversa. Vivo lleno de culpas y re­mordimientos, y sólo así encuentro mo­mentos en los que me siento libre y feliz, donde todo parece co­ mo debe ser, sin dudas, sin angustia. No obs­tante, es­ tos espacios pacíficos y serenos son sólo oasis en los 

que descanso y tomo fuerzas, me olvido de todo y vi­ vo como me imagino que vive el resto de la gente. Sin embargo, no pasa mucho tiempo hasta que mi obse­ sión de búsqueda, de algo más por descubrir, me lleva de nuevo a un mundo de turbulencias, de aire enra­ ecido en el que es difícil respirar, de prisas, inmerso en una carrera contra el reloj con la urgencia de en­ contrar algo, que no sé qué es, pero que me está es­ perando antes de irme de aquí. Un problema que se deriva de mi forma de traba­ jar siempre o casi siempre inmerso en mi mundo in­ terior es el económico. Es difícil conseguir algo de dinero, por lo menos el necesario para vivir y comprar el ma­terial para seguir trabajando, mientras se persi­ guen caballos con alas. Las imágenes que resultan de mi trabajo son muchas veces fuertes, intensas y con un aura pertubadora, lo que hace difícil su comercializa­ ción. Pero es una situación inevitable. Se crea lo que se tiene necesidad de crear. Por más tortuoso que parece ser mi proceso crea­ tivo, no me imagino haciendo algo diferente a lo que hago, a lo que es mi vida. No sé en que momento me atrapó la fotografía. Podría decir que desde niño, pe­ ro no es cierto, no recuerdo ningún momento defini­ tivo, un punto de partida. Intuyo que la foto siempre ha estado en mí, a veces como una condena, y otras, co­mo una bendición. v Nota: La técnica de las fotografías de Daniel Weinstock presentadas en este dossier es plata sobre gelatina, inter­ venida con químicos, tóners, y pinturas de óleo y pastel. La Otra | enero-marzo 2010

p. 7 | © daniel weinstock | 1997-2007

fotografía


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pp. 10-11 | Š daniel weinstock | 1997-2007


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pp. 12-13 | © daniel weinstock | 1997-2007

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Š daniel weinstock | 1997-2007

Š daniel weinstock | 1997-2007


poetas en babel

Giorgos moleskis | Lysi, Chipre, 1946 | Nota y traducción del griego | Guadalupe Flores Liera

Giorgos Moleskis es­tu­dió Letras en la Unión Soviética. Es autor de los siguien­tes libros de poesía: Hermoso país (1967), Cuaderno de poesías (1967), La calle (1970), La zarza ardiente y cuatro poesías populares de Grigoris Afxendíou (1971), Autobiografía (1972), Grande era la luna (1980), Los árboles en el Norte (1981), así como de la novela Las uvas robadas (1985). Ha colaborado en la revista Nueva Época y en el periódico El Amanecer. La poesía de Moleskis se carac­ teriza por una honda reflexión política, su amor a la patria y su anhelo de justicia social. v

Ένας σκύλος ανάμεσα στα σπίτια που πεθαίνουν Τα σπίτια πεθαίνουν! Πάντοτε όρθια, με τον ίδιο προσανατολισμό, στις ίδιες πάντα θέσεις. Πεθαίνουν. Υπογραμμίζουν τη μελαγχολία τους τα λιγοστά δέντρα που μαραίνονται. Αφημένα πρώτα στο έλεος των βαρβάρων παραβιάστηκαν, λεηλατήθηκαν, ατιμάστηκαν. Μέρες κράτησε το κακό. Οπλισμένοι στρατιώτες γύριζαν στους δρόμους, έσπαζαν τις πόρτες, αναποδογύριζαν τα έπιπλα, ασχημονούσαν πάνω στα χαλιά, κατουρούσαν, έφτυναν, έβριζαν χτυπώντας με το βαρύ σπαθί τους δεξιά κι’ αριστερά. Ύστερα μπήκε ο νικητής λαός, βάρβαρος όχλος και φόρτωσε τα πάντα σε αμάξια. Για λίγο ακόμα 

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απόμειναν να γυρίζουν στους δρόμους ζώα που ξέφυγαν τη σφαγή, ώσπου σε λίγο χάθηκαν κι’ αυτά. Τότε γύρισε ο Άργος, σκύλος ράτσας με τέχνη εκπαιδευμένος από το γέρο Αντρέα, δάσκαλο ξακουστό. Ο Άργος αρπάχτηκε από κάποιο βάρβαρο που με πολλή φροντίδα και αγάπη τον τράβηξε μαζί του. Λίγο μονάχα να ήτανε υποταχτικός. Και τέτοια τύχη κανείς δε θα την είχε απ’ τους ανθρώπους. Ωστόσο αδιάφορος για τις πολλές φροντίδες του αφέντη του βρήκε μια μέρα την ευκαιρία κι έφυγε. Μαύρος, με σώμα αθλητικό, μ’ άγριο και θλιμμένο μάτι πέρασε σαν σίφουνας μεσ’ από τους αγρούς, μέσ’ από τους δρόμους, τα βουνά κι’ έφτασε στο σπίτι που όρθιο μοναχό του αργοπέθαινε… Γύρισε ένα ένα όλα του τα δωμάτια, την αυλήπόρτες ανοιχτές, χαλάσματα, ερημιά. Στράφηκε και κάθησε στην εξώπορτα, έγειρε το κεφάλι στα σκέλια κι’ απόμεινε έτοιμος να περιμένει είκοσι χρόνια.

Un perro entre las casas que se mueren ¡Las casas se mueren! Siempre de pie, con la misma orientación, en los mismos lugares de siempre. Se mueren. Resaltan su melancolía los árboles escasos que se secan. Abandonadas primero a merced de los bárbaros fueron forzadas, saqueadas, ultrajadas. La desgracia duró días. Soldados armados recorrían las calles, destrozaban las puertas, volcaban los muebles, realizaban actos vejatorios sobre las alfombras, orinaban, escupían, insultaban golpeando con su pesada espada a diestra y siniestra. A continuación entró el pueblo victorioso, la turba bárbara poetas en babel




y lo echó todo en coches. Por poco tiempo más quedaron vagando por las calles animales que escaparon a la matanza, hasta que al poco también éstos se perdieron. Entonces regresó Argos, perro de raza amaestrado con arte por el viejo Andreas, maestro famoso. Argos fue capturado por cierto bárbaro que con gran cuidado y amor lo arrastró con él. Con un poquito que hubiese sido obediente. Y esa suerte nadie entre los hombres la hubiese tenido. Pese a todo, indiferente a los muchos cuidados de su amo encontró un día la oportunidad y se escapó. Negro, de cuerpo atlético, de mirada feroz y triste, pasó como un torbellino por entre los campos, por entre las calles, las montañas y llegó a la casa que de pie moría solitaria lentamente… Recorrió una por una todas sus habitaciones, el patio —puertas abiertas, ruinas, abandono—. Se volvió y se sentó a la puerta, apoyó la cabeza entre las patas y se quedó presto a esperar veinte años. 

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poetas en babel

torgeir rebolledo pedersen | Nes, Romerike, Noruega, 1949 | Traducción | Enrique Servín Herrera

torgeir rebolledo pedersen es poeta y dramaturgo. Es­tudió arquitectura en la aho (Escuela de Arquitectura y Di­ seño) de Oslo. Fue miembro, entre 1985 y 1987, de la guerrilla poética Stunt-Poets. Ha publicado, des­de el inicial Tidr (1983), catorce libros de poesía. Un volumen de sus poemas escogidos apareció en 2004. Ha realizado numerosos proyectos que integran poesía y música con diferentes compositores contemporáneos, grupos musicales y coros. Ha recibido reconocimientos por su poesía y sus textos dramáticos, entre otros, el Prix Italia (por el libreto de la ópera Alfa & Romeo, 1998), el premio de la Sociedad de Poe­sía de Noruega (1998), y el premio como el mejor Slam-Poet de Noruega (2005). Sus poemas han sido traducidos al inglés, alemán y estoniano. Su bisabuelo fue el nota­ble poeta modernista mexicano Efrén Rebolledo. v

Morfars trokeer

Los endecasílabos de mi abuelo

Morfar var født fattig. Men den som lander tungt i livet, kan ha lett for kunsten.Tung-lett. Tung-lett.Trokéisk trasket morfar, han diktet vidt og bredt. Tungt for livet. Lett for døden. Tung-lett. Tung-lett.Trokeisk trasket han.I døden plutselig.Han måtte ta til takke med en massegrav Man sier store poeter dør med jambene på. Morfar rakk ikke å skifte.

El padre de mi madre nació pobre. Pero quien va a parar en una vida difícil, la tiene fácil en el arte. Difícil fácil. Difícil-fácil. A endecasílabos caminaba mi abuelo a lo largo y ancho del mundo. Difícil en la vida. Fácil en la muerte. Difícil-fácil. Difícil-fácil. A endecasílabos anduve, de repente en la muerte. Y se le agradeció con una fosa común. Un gran poeta suele morir en yambos. No pudo ni siquiera, mi abuelo, confesarse.

poetas en babel




Que me esparzan Que me esparzan el clima y el viento Para lo que, en todo su recato recuerde el mundo acerca de mi presencia Recuerde el mundo sobre otro mundo Como un mercado imaginable para otras intenciones Que me esparzan el clima y el viento Para lo que en todo su recato recuerde el mundo de mi ausencia Recuerde el mundo sobre otro mundo Como un mercado imaginable para las cenizas de otras intenciones

En silencio fluye el río Mississipi lamiendo sus anchas heridas En silencio fluye en el paisaje lo abraza con meandros cariñosos En silencio vienen los ríos A ayudar a la cosecha En silencio viene el maíz En silencio hablan los ríos Con el tufo de la vida Con el perfume de la muerte En silencio se junta Todo aquello en lo que creemos

En silencio se juntan las nubes

Todo aquello a través de lo que creemos En silencio se eleva

En silencio se juntan las nubes En silencio se calman

En silencio se juntan las nubes En silencio se calman

En silencio pastorean grises En silencio descienden

En silencio pastorean grises

Miles de gotas cayendo En silencio se junta la lluvia En silencio fluyen los ríos. En silencio fluye el río Chuna en el Angara En silencio fluye el Angara en el Yenisei En silencio fluye el Lúvua en el Lualába 

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poetas en babel

jean portante | Luxemburgo, 1950 | Traducciones | Enrique Servín Herrera

jean portante vive en París. Es poeta, novelista, dra­ maturgo, traductor y periodista. Su obra, escrita en francés y traducida a numerosos idiomas, incluye una treintena de libros. Desde 2006 forma parte en Fran­ cia de la Academia Mallarmé. Ha recibido numerosos reconocimientos en ese país, entre ellos el prestigioso Premio Mallarmé, así como el Gran Premio de la So­ ciedad de Escritores 2003 por el conjunto de su obra. Ha traducido una decena de obras de la literatura mun­ dial (entre otros, a los poetas Juan Gel­man, Jerome Ro­ thenberg, Gonzalo Rojas, Maria Luisa Spaziani y John F. Deane). Su obra poética escrita entre 1988 y 2005 fue recopilada en La cendre des mots (La ceniza de las pa­ labras), antología publicada en Pa­rís por la editorial Le Castor Astral en 2005. En lengua española se han publi­ cado Abierto Cerrado (Medellín, Colección Prometeo, 1996) y Elaborrar (Buenos Aires, Bajo la Luna Nue­va, 2000). v

poetas en babel

[moins rien] commençons par ensevelir le jour sous un tas d’heures désordonnées. par mettre tout en haut de la pile afin qu’elle sèche la première heure du mystère. est-elle blonde et inutile. ou silencieuse comme le voyage entre la vie et le catalogue des images dormantes. c’est d’un enterrement qu’il est question. quand il touche à sa fin il construit des immeubles solides. le béton de l’insouciance lui donne des ailes lourdes. le long du sable des nuages il est le désert du pourquoi.




La escalera del árbol y el árbol de la casa, levantan por el centro el mantel blanco y dormido. José Lezama Lima

la noche pasa en un lomo de gato Juan Gelman

[menos nada]

ahogo individual. su resultado es el estornudo de la noche. el cuerpo atravesado de lado a lado por barcas crueles. a golpe de remos se acerca como en el cine la orilla lejana. el agotamiento pasa por allí y deja en barbecho los labios que hasta entonces interrogaban los últimos signos de este reloj que ya nadie

empecemos enterrando el día bajo un montón de horas desordenadas. poniéndolo todo en lo alto de la pila para que seque

entiende. en el ojo un cielo desleído. un diamante le da la espalda.

la primera hora del misterio. es quizá rubia e inútil. o silenciosa como el viaje entre la vida y el catálogo de imágenes durmientes.

[menos dos]

de un entierro se trata. cuando llega a su fin construye edificios sólidos. el cemento del descuido le pone alas pesadas. en la arena de las nubes es el desierto del porqué.

aspiramos a otra cosa que a sillas rampantes. sentarse requiere un nuevo comienzo. la serpiente de nuestros ojos pliega el sol y lo guarda en el silo del cielo. que la colada celeste no esté todavía hecha no modifica el carácter del universo. abunda la angustia y de ella serpentea un río con peces intranquilos. cuando el anzuelo roza los sauces llorones se sabe que la

[menos uno] serpiente del ojo es lo único que queda. abandono de los dedos en la frialdad del pelo. acariciar es un acto de 

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[menos tres]

[menos cinco]

allá abajo las viñas tienen pies. la marcha empieza con el alba. alguien acaso es el que repinta las montañas da la señal. recogemos primero

el olvido tiene las manos grandes. cómo es posible que no coja nada. lleva un diamante en uno de los dedos. es un signo de humildad. los peregrinos cuando

la ropa bajo la rodilla del sol. después recogemos el sol y su acero lavado por la espera. todo hierve. el final del siglo levanta la tapadera de la luz.

se acercan se quitan los anillos. su país es un buscador de oro. se arrodillan y algunas pepitas secas saltan de los ojos. no es verdad acaso

levanta también las montañas mientras no tengan ni pies ni cabeza. luego llega la hora de escanciar el vino.

que así podría pacer la mirada.

[menos seis] [menos cuatro] “la noche pasa en un lomo de gato” pasa también en espinazo de pez. estamos vencidos de antemano. nos queda por decir sólo la última palabra. cambiarla por un lomo de gato o un hacha de deseo. hasta las piedras mueren lentamente. las echamos sobre la hierba lisa y se aleja de ellas el pez tantas veces apresado. pasamos la noche en el lomo de la piedra.

el tiempo pensamos tiene un rostro familiar. no se le saluda ya cuando pasa. sucede lo mismo con las casas. la mentira tiene un ojo blanco el otro menos. sólo necesita un viejo cántaro ante la puerta en que se seca la leche mohosa. eso basta para romper una vida. la infancia es un roca encalada.

[menos siete] si lloro como una canilla dócil es porque la casa necesita humedad. necesita también arroyos y peces que desechar

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


porque no tienen el tamaño requerido. eso hace crecer el alma dicen. eso le pone sal y horizonte a la tristeza.

[menos once] lo que no he visto detrás de las cortinas es el arpa de la ballena arrepentida. un viejo paraguas cantando a pulmón cubierto.

[menos ocho] he visto revolotear en el aire la flecha que ha empalado nuestras promesas. tenías más de una cuerda en tu arco iris. en los pliegues de tu vestido el ojo erraba como un

[menos doce] el mediodía es la hora de las conjugaciones infelices. dame un verbo y te diré a quién odio.

silencio vagabundo. eso me hace pensar en las patas de la mascota de mi infancia. [menos trece] a veces detrás de la puerta un silencio se desnuda. [menos nueve] si hablo menos de la noche es porque en la esquina de la calle se desaparece con frecuencia. sin olvidar que un viaje tan largo puede doblar

[menos todo]

en cuatro la oscuridad y tirarla.

[menos diez] vuelta a empezar. cómo parar las locomotoras. cómo impedir que salgan de mi boca. cuanto más respiro más parecen los raíles un infinito malogrado.

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Kristín Dimitrova | Sofía, Bulgaria, 1963 | Versión del búlgaro | Reynol Pérez Vázquez

Kristín Dimitrova es poeta y narradora. Realizó es­tudios de filología inglesa en la Universidad de Sofía “Cle­ mente de Ójrid”, donde actualmente imparte cla­ses en la cátedra de lenguas extranjeras. De 2004 a 2006 trabajó como editora en el suplemento semanal de arte y cultura del periódico Trud. Es autora de nueve poemarios, entre ellos Imagen bajo el hielo, Repara­ción de talismanes y La gente de las linternas. A visit to the Clockmaker (De visita al re­ lojero), trad. de Gre­go­ry O’Donoghue, apareció en Cork, Ir­landa, en 2005. Su volumen de relatos Amor y muerte bajo los perales tor­cidos (2004) figuró entre los títulos más vendidos del año. Su novela Sabazio participó co­mo edición búlgara en la colección internacional The Myths, de la editorial escocesa Canongate. Sus poemas y relatos han sido traducidos a quince idiomas. v

La gente de las linternas Allá me están haciendo señas, con las linternas desde la oscuridad. Sus rostros apenas se adivinan, pero yo los conozco. Las linternas los iluminan a medias. Todos se irán de aquí a mañana, mas no para siempre tampoco largo tiempo.

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Recuerdos de la Guerra Fría

Amoroso

con garras diestras a la pared, en la postura de un consumado murciélago, la cabeza colgando, y se afana en descubrir dónde se halla. ¿Qué está ocurriendo bajo sus ojos plegados? Un filoso pedazo negro de la piel de la noche, es evidente que lo asusta la luz aun sin verla. Qué sensación tan conocida.

Igual que larvas de rana en nuestros diáfanos pasillos yacíamos desnudos frente al mundo pero enclaustrados en nosotros mismos

Esquela

Nos aseguraban que había dos mundos en pugna, pero existía sólo uno. Nosotros pertenecíamos al otro.

igual que larvas de rana sin periodo alguno sufríamos metamorfosis y después entre las aguas pantanosas perecíamos el uno sin el otro.

El miedo Qué gran mariposa negra, no, algún gorrión geométrico que sin aleteos se desplaza, no es que vuele muy raudo, mas cómo vuela: ¿un murciélago en la entrada? Es más pequeño que una aceituna gruesa, se aferró 

“Val Kilmer engordó para horror de sus admiradoras”, para horror mío, ¿pero cómo?, ahora ¿en quién voy a soñar, a quién voy a asustar con Val Kilmer? El tren bala de ruedas adiposas a todas luces emprende su camino, pero no penetra ya en el túnel, no encaja con los rieles, donde todo es derecho, derecho, sin embargo un sueño no tiene derecho a echar barriga.

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El interlocutor

Tres barcos Tres barcos navegaban. Uno transportaba seda. El segundo se desplazaba hacia la nada. El último regresaba rumbo a un mundo de mitos que aún sobrevivían.

Se detuvo encima de la hierba y ésta le lanzó un saludo. Después andaba a lo lejos debajo de unos árboles muy altos y les hablaba para ser parte de su contribución. La luz resplandecía desde el interior del aire y se expandía en una esfera. Luego se topó con un hombre escuálido —su cara lucía inanimada y absortos los ojos— que sin verlo pasó a través de su cuerpo. Aquello no lo perturbó en absoluto. Y qué, los muertos no oyen todavía el lenguaje de aquí, pensó él y continuó haciendo ruido con las hojas.

Cruzamos un saludo. De La gente de las linternas (2004)

Tres veces cambio de barco y es el mismo siempre.

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poetas en babel

sylvestre clancier | Limousin, Francia | Traducciones: Christine Bini | Revisión: Marco Antonio Campos

Sylvestre Clancier nació un día después del ani­ versario de la movilización general y un año después de la guerra. Subyugado por el superrealismo y el Gran Juego, forma parte de las vanguardias (txt, Gé­né­ra­tion, Textruction) a finales de los años sesenta hasta 1976. Pintor y poeta, filósofo en su hora, entre sus principa­ les obras están Enfrance, L’Her­bier en feu, Le présent com­posé, L’animal animé, Pierres de mémoire, Poèmes de la baie, Si loin dans l’o­céan, L’âme alchimiste, Ecritu­ res premières, Une cou­leur dans la nuit, La lingua im­ probabile della me­mo­ria, L’éternel éphémère des visages et des corps, Un jardin où la nuit respire, Le livre d’Isis, Généalogie du paysage. Su ensa­yo La voie des poètes ce­ lebra a los que supieron vivir en la poesía: Artaud, Dau­ mal, Michaux… Ha sido jurado en varios premios literarios; es se­creta­rio general de la Academia Mallar­ mé; es también presidente del pen Club francés y de la asociación de los amigos de Gaston Miron. Tiene la responsabilidad de las comisiones de poesía, de los asuntos europeos y de la francofonía en la Société des Gens de Lettres. Fundó la Nouvelle Pléiade y firma el primer manifiesto del grupo en marzo de 2005. v 

Dans l’incendie du temps [fragmente] Viens, je te conduirai dans l’incendie du temps loin de la quotidienne imposture. Lionel Ray Syllabes de sable

Si jamais tu m’ignores il ne tiendra qu’à moi de te faire ressurgir Le sentiment rappelé selon mon désir ainsi façonnerai-je notre destin commun Amour enfin partagé tu seras là

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Dans cette lumière de mes rêves rose à nulle autre pareille et tu prendras ma main dans l’incendie du Temps.

En el incendio del tiempo [fragmento]

Buscas bajo la ceniza la pregunta que habrías de hacer vuelves al manantial al fuego primero Aquí estaba desde siempre aquí están las palabras arrancadas al silencio que forman la respuesta Y tu corazón late como aquél de un niño

Ven, y te llevaré al incendio del tiempo lejos de la cotidiana impostura

Aquí como la flecha se invirtió el tiempo.

Lionel Ray Syllabes de sable

Si llegas a ignorarme de mí solo dependerá que te haga resurgir El sentimiento evocado según mi deseo así labraré yo nuestro destino común Amor por fin compartido tú estarás aquí En esta luz de mis sueños rosa sin parangón y me tomarás la mano en el incendio del tiempo. poetas en babel

¿Oyes los pasos en la lejanía que acuden en el hueco del camino de sombra? Son su eco imperceptible las palabras que pronuncias como las respiras Estás en la celebración de lo invisible un perfume, un refrán que se perdió Inventas tierras de fuentes y castañares donde la infancia no se olvida Te vas alma adentro de ti mismo antes de la hora de la hoguera. 


Hete aquí en el tiempo que te quema después de la mañana de la infancia a nada parecida Anhelas otra tregua un remanso de luz donde las preguntas aún serían posibles Un espacio secreto al fondo de tu memoria donde pájaro migratorio podrías regresar Pero el soplo del viento te extravía hete aquí habitado por un fuego asombroso que tardó en madurar en la espera de la vida.

Acechas la luz que quisieras intensa y sólo ves la sombra vana y gris donde se demora el cortejo de las horas Mira tu jardín hecho de piedras y hiedra la grama, la mala hierba disputan con el musgo y el liquen. 

El mes ése en que naciste víspera del verano ¿qué fue de él? Ya no hay junio para encontrarse para irse con un paso más firme ya no hay caminos de verano donde el azul respondía al paro y al jilguero ya no hay perfumes suaves de brisa inolvidable Atardece viene la sombra la urraca calla.

¿qué destierro nos hace hombres? ¿qué sufrimiento nos inspira la pregunta? Pero la promesa hecha a la amada inventa los mañanas siempre recomenzados.

La Otra | enero-marzo 2010


poetas en babel

zoë skoulding | Bradford, Inglaterra, 1967 | Traducciones | Katherine Hedeen y Víctor Rodríguez Núñez

Zoë Skoulding es una destacada poeta, editora, mú­sica, performer y profesora universitaria. Ha participado en varios proyectos que cruzan las fronteras de los géneros artísticos y es miembro del grupo Parking Non-Stop. Ha escrito letras para los composito­res galeses Rheinallt H. Rowlands y David Wrench, para quienes también ha to­ cado el bajo; ha actuado con el supergrupo anglo-galés The Serpents. Fundó en 1994 la revista literaria Skald, y desde 2008 es editora de Poetry Wales. En la actualidad trabaja como investigadora en la Escuela de Inglés de Bangor Univer­sity, donde explora la relación entre poesía y espa­cio urbano, y coordina los cursos de extensión universi­ taria en literatura y escritura creativa. Ha dado a la luz los libros de poemas Tide table (1998), The mirror trade (2004), Dark wires (en colaboración con Ian Davidson, 2007), y Remains of a future city (Bridgend: Seren, 2008). De esta última obra fueron seleccionados los poemas que aquí se traducen. v

From Mont Royal

Desde Mont Royal

They call the surface of the landscape a skin (the hugeness of that organ). But it is a lung. 25 times the surface of the skin, 500 million passageways into the blood.

Llaman la superficie del paisaje una piel (la grandeza de ese órgano). Sin embargo es un pulmón. 25 veces la superficie de la piel, 500 millones de pasillos hacia la sangre.

Erín Moure

Erín Moure

Take a walk down a deep breath where poetas en babel

Dar un paseo por una profunda aspiración donde 


fractal branches crumple air ways divide and multiply

las ramas fractales hienden las vías respiratorias se dividen y se multiplican

in street plan sections deep in the creases

en secciones del plano de la calle profundas en las rayas

of lungs an interior surface like raised hands

de los pulmones una superficie interior como manos levantadas

with eyes looks back at wet air exhaled

con ojos mira para atrás el aire húmedo que se exhala

in clouds as gas exchange latticed under fog

en nubes como canje de gas entramado bajo la neblina

or honeycombed in lights in steps of respiration

o enjambrado en las luces en los pasos de la respiración

I follow my nose down pharynx larynx windpipe

sigo mi nariz a través de faringe laringe tráquea

bronchi bronchioles and into the tips of terminal

bronquios bronquiolos y en las puntas de las ramas

branches further in and farther out it’s winter

terminales más hacia dentro y más hacia fuera es invierno

and it should be snowing but it’s too

y debe estar nevando pero hace demasiado

warm for a coat a line I dreamed

calor para un abrigo una línea con que soñé

escapes me slides between inverted streets that suck

se me escapa se mete entre calles contrarias que aspiran



La Otra | enero-marzo 2010


in cash expel it through glittering halls or

el efectivo lo expelen a través de pasillos que relumbran o

was that maws or malls the underground unfolds

eran fauces o centros comerciales el subterráneo se despliega

at each step in blood transport as doors

a cada paso en el transporte de sangre mientras las puertas

open to respiratory trees starred with blue lights

se abren a los árboles respiratorios estrellados con luces azules

through darkness a face travels as time grows

por la oscuridad una cara viaja mientras el tiempo crece

out of itself and antique domes jut against

fuera de sí y los domos antiguos se proyectan en contra

sheer glass or brick scuffed where painted ads

del vidrio transparente o el ladrillo roto donde los avisos pintados

peel off and underfoot the sandy mud exposes

se despegan y debajo de los pies el lodo arenoso revela

pipes and drains with planks laid over while

tubos y drenajes con tablas recostadas encima mientras

mist presses down on arched ribs of trees

la llovizna comprime las costillas arqueadas de los árboles

and oxygen crosses alveoli

y el oxígeno atraviesa alvéolos

poetas en babel




yo poeta

juan domingo argüelles

poesía en grado de tentativa

las breves ausencias de francisco hernández

p. 36 | francisco hernández, 2008 | © barry domínguez

N

acido en San Andrés Tuxtla, Veracruz, en 1946, Francisco Hernández publicó su pri­mer libro, Gritar es cosa de mudos, en 1974. Siete lustros después, su obra rebasa los veinte títulos y está considerada como una de las mayores aportaciones poéticas contemporáneas de México. Entre sus libros más importantes es imprescindible mencionar los siguientes: Textos criminales y Portarretratos (1976), Cuerpo disperso (1978), Mar de fondo (1982), Oscura coinci­ dencia (1986), De cómo Robert Schumann fue vencido por los demonios (1988), En las pupilas del que regresa (1991), Habla Scardanelli (1993), Moneda de tres caras (1994), Mascarón de prosa (1997), Las gastadas palabras de siempre (2000), Soledad al cubo (2001), Óptica la ilusión (2002), Diario invento (2003), Imán para fantasmas (2004), Diario sin fechas de Charles B. Waite (2005), Mi vida con la perra (2006) y La isla de las breves ausencias (2009). Con el heteróni­ mo del jaranero Mardonio Sinta ha publicado Coplas a barlovento (1993), Una roja invasión de hormigas blancas (1994) y ¿Quién me quita lo cantado? (1999). En 1993 publicó su primera antología personal bajo el título El infierno es un decir. Tres años más tarde vio la luz su Poesía reunida de dos décadas (1974-1994), y en 1999 apareció su segunda antología personal, Antojo de trampa. Entre otros reconocimientos importantes, ha recibido el Premio de Poesía Aguascalientes (1982), el Premio de Poesía Carlos Pellicer pa­ra Obra Publicada (1993), el Premio de Literatura Xavier Villaurrutia (1994), el Premio Interna­ cio­nal de Poesía Jaime Sabines (2005) y el Premio Iberoamericano de Poesía Ramón López Velarde (2007). Poeta intenso, riguroso, inteligente y emotivo, Francisco Hernández posee una amplia y sólida cultura poética, pero también una firme cultura artística y científica que involucra a

yo poeta | francisco hernández




la pintura, la música, el cine, la filosofía, la psicología y el saber general que jamás estorba a un buen poeta. Francisco Hernández es un observador exacto de lo imperceptible y lo imprevisto o, co­ mo dijera otro poeta, Jorge Esquinca, “la mirada de Hernández es, casi siempre, implacable”. Para Marco Antonio Campos, uno de los poetas y ensayistas que mejor ha comprendido la obra del autor de Moneda de tres caras, “Francisco Hernández, sin ninguna inocencia, sabe que el mundo es un sitio que tiene a menudo las formas de la pesadilla, y que en un descuido o de improviso puede deformarse más y semejar el mismo infierno”. Arte poética y profesión de fe, los siguientes versos describen perfectamente la búsqueda de este poeta que ya forma parte de la madurez lírica de México: “Escribimos lo que recorda­mos / aunque nadie recuerde lo que escribimos. / Escribimos lo que soñamos / aunque nadie sueñe lo que escribimos. / Escribimos lo que borramos / aunque nadie borre lo que escribimos.” En el siguiente diálogo, a treinta y cinco años de su primer libro, Francisco Hernández nos entrega algunas de las claves de su poesía y mucho del sentido de su existencia.

¿Cómo descubriste la poesía? Durante mi niñez, los pocos libros de la casa pa­ terna eran libros de poemas. Entre los de narrativa sólo recuerdo La vorágine, de José Eustasio Rivera, y un volumen de Víctor Hugo. Pero lo que me entusias­ mó, y que a final de cuentas determinó mi destino, fue haber descubierto, entre esa colección exigua, la poesía de Salvador Díaz Mirón, Rubén Darío y Gus­ tavo Adolfo Bécquer. Estos poetas me hicieron ver que había otra posibilidad de escritura que estaba más cer­ ca de mí que la prosa. En la poesía descubrí algo que me hacía sentir y vibrar de manera distinta, y a partir de ahí comencé a disfrutar las rimas, la música, el rit­ mo de las palabras, las cadencias y, por imitación, em­ pecé a escribir. Todo esto lo descubres en San Andrés Tuxtla que, en­ tonces, seguramente era un pueblo grande o una ciudad muy pequeña. 

No te podría decir cuántos habitantes tendría en­ tonces San Andrés Tuxtla; ahora tiene más de 180 mil. Ha crecido muchísimo, pero, paradójicamente, creo que hoy es un pueblo más atrasado que cuando yo era niño y vivía allá. Haciendo una suposición, entonces tendría unos veinte mil habitantes o algo así, pero ha­ bía dos cines, una biblioteca, y llegaban el periódico Excélsior y la revista Selecciones. Ahora no hay cines, y el único periódico que llega es el Esto. Se ha vuelto un lugar aburridísimo donde sólo se puede tomar cer­ve­ zas o café y comprar películas piratas para verlas en ca­ sa. Es tristísimo que se haya llegado a este atraso con el crecimiento poblacional. Con casi 200 mil habitan­ tes, en San Andrés Tuxtla no hay nada de lo que de­ bería haber para divertirse, entretenerse, cultivarse y crecer anímicamente. En tus primeros libros, y especialmente en Mar de fon­do y En las pupilas del que regresa, haces percep­ La Otra | enero-marzo 2010


Luego de ese viaje a la semilla, después de ese retor­ no poético a la infancia, ¿hacia dónde sientes que di­ riges tu poesía o tu preocupación poética? Por un lado me asaltan las imágenes: empieza mi pasión por lo fotográfico y las artes visuales. Por otro lado, se hace muy vivo el interés por esos personajes solitarios y perturbados que, hasta la fecha, me siguen atrayendo muchísimo. Se trata, en este caso, de los grandes escritores y artis­ tas (Robert Schumann, Friedrich Hölderlin, Georg Trakl, entre los principales) que protagonizan tus libros De cómo Robert Schumann fue vencido por los demo­ nios, Habla Scardanelli y Cuaderno de Borneo, que luego reunirás en Moneda de tres caras. ¿Tu interés es­tá dictado porque encuentras en ellos, de alguna mane­ ra, ciertas afinidades emotivas? Sí, claro. Vuelvo a sentirme identificado, ya no con mi origen o con el ambiente de mi infancia, sino con una forma de ser, de sentir y percibir el mundo: un tanto depresiva y alejada de lo convencional, aunque el hu­

© josé ángel leyva

tible la atmósfera de tu infancia y hay referencias muy específicas y concretas a tu lugar natal. Luego éstas van desvaneciéndose, poco a poco, hasta casi desparecer. ¿A qué lo atribuyes? Yo creo que era un camino que tenía que recorrer: el de la descripción del ambiente donde crecí, y en es­to tuvo mucho que ver el escritor argentino Pedro Orgambide (1929-2003), autor de Memorias de un hom­ bre de bien, entre otros libros. Trabajábamos juntos, y como llegábamos muy temprano a la oficina nos po­ níamos a platicar. Él me contaba acerca de su niñez en Buenos Aires y yo le refería cómo había sido mi in­ fancia en San Andrés. Recuerdo que me dijo entonces: “Yo ya he escrito todo esto que te estoy platicando, pero tú deberías escribir también lo que me platicas: tu pueblo, el calor, la vegetación, las muchachas y to­ do eso.” Fue así como escribí Mar de fondo; luego de mostrarle el manuscrito, él prácticamente fue quien lo llevó al correo para enviarlo al Premio de Poesía Aguas­ calientes, en 1982. Por todo ello, el poema que da tí­ tu­lo al libro está dedicado a él.

Frase de Jaime Jaramillo Escobar tatuada en el brazo de Francisco Hernández. yo poeta | francisco hernández




cortesía de f. h.

mor, en mi poesía, no desaparece. Continúo con los juegos verbales, las ironías y los paralelismos para­ dó­ji­cos, por ejemplo, con Eliot Ness o con el doctor Fran­kenstein, etcétera. En todo esto tiene mucho que ver mi incursión en la publicidad.

Con Eliseo Diego, en casa de Diego García Elío | octubre, 1986.

¿Cuántos años trabajaste como publicista? Estuve 29 años, y en este trabajo tiene suma impor­ tancia el rigor de las palabras: decir en veinte segundos unas cuantas cosas que hagan pensar a las personas o fijar su atención en algún elemento que las lleve a la compra.

cortesía de f. h.

Ese humor del que hablas se refleja de modo más evi­ dente en las coplas de tu heterónimo Mardonio Sinta. Fue el descubrimiento de otro camino que me re­ gresa, también, a la tierra natal, pero ya de una forma más suelta, más chistosa, con la recuperación de las ri­mas y los asuntos a la manera de los trovadores ve­ racruzanos.

cortesía de f. h.

Con Álvaro Mutis | 1997.

Con José Luis Cuevas en su estudio | 1999.



En tus libros posteriores, e incluso en varios poemas de tus libros iniciales, hay abundancia de referentes li­bres­ cos y, sin embargo, no eres un poeta libresco. Los libros y los personajes son más un pretexto para decir lo tuyo, para hablar de ti mismo y de tu circunstancia, que pa­ ra plantearte la confección de biografías. ¿Es así? Desde luego, y es el mismo caso de Mardonio Sinta. Si yo firmo las coplas de Mardonio como Francis­co Hernández, quizá se podría hablar incluso de me­dio­ cridad o de falta de rigor poético. Alguien podría de­ cir que, a lo largo de todos estos años, no he aprendido nada. En cambio, si las firma Mardonio Sinta, a los lectores les parecen muy ingeniosas. En las lecturas pú­ blicas que hago la gente se ríe mucho. Les han pues­to incluso música. Las cosas cambian así porque aquí la La Otra | enero-marzo 2010


máscara interviene de una manera muy precisa. Al­ go similar sucede con Schumann, Hölderlin, Trakl y Charles B. Waite. En este último caso, en el Diario sin fechas de Char­ les B. Waite, comprobamos tu pasión por las artes vi­ suales y, especialmente, por la fotografía. Sí, pero es un libro prácticamente desconocido por­ que se quedó en las bodegas de Tuxtla Gutiérrez, Chia­ pas, luego de que se publicó allá, en 2006, con motivo del Premio Internacional de Poesía Jaime Sabines, que obtuve un año antes. En efecto, aquí toco la fotogra­fía y a otro personaje singular. Waite fue un fotógrafo que llegó a México a fines del siglo xix y que, entre otras temáticas e inquietudes estéticas, tiene una serie de fo­ tografías de niñas, parecidas a las que realizó Lewis Carroll entre 1864 y 1910, prácticamente en sus últimas tres décadas de vida. Esto me llamó mucho la atención y le inventé a Waite un diario en el que imagino cómo se relacionaba con esas niñas. En este sentido, la vida de todos estos personajes es más la vida que tú les quieres dar que la de la veracidad biográfica. ¿No es así? Así es. Porque Charles B. Waite nunca escribió un diario. Y para mí es obvio que, en caso de que lo hu­ biera escrito, tampoco lo hubiera dejado a la vista de todos. Tendría que haberlo escrito en un universo se­ creto, furtivo e, incluso, clandestino. Esta es la parte de la invención, que también he llevado a cabo con otros personajes, como es el caso de Los vigilantes de Miss Dickinson, un libro inédito. En este libro ima­gi­ no a miss Dickinson en su casa, sola, derrotada por el desamor y la soledad. Como un narrador (a fin de cuen­tas es lo que soy: un narrador frustrado), invento a dos personajes que rentan una casa frente a la de yo poeta | francisco hernández

Emily Dickinson y uno de ellos le dicta al otro to­do lo que ella hace. Pero el otro se harta de estar sólo to­ mando el dictado, así que amarra y amor­da­za al pri­ mero y le dice: “Ahora tú serás el que es­cuche qué es lo que está pasando realmente en la casa de en­frente.” Y lo que hace, al igual que yo, es inventar, por­que en la casa de enfrente no sucede nada. Así, en mis historias hay una parte de realidad, una parte de precisión (que tiene que ver con la esencia del persona­je, los lugares, sus oficios, etcétera), pero también hay otra, muy con­ siderable, que es fruto de la absoluta invención. Y ahora, según me has dicho, trabajas en Paterson, de William Carlos Williams, y utilizas este libro y este tema como pretexto… Exacto, ahora el pretexto es Paterson. Investigando, vine a saber que Paterson es el lugar de Estados Uni­ dos donde más peruanos hay, y esto lo relaciono, al escribir, con la gran tradición poética de Perú, que es una de las más extraordinarias de Hispanoamérica, pe­ ro también me intriga qué es lo que hacen allá tantos peruanos. El hecho de que Paterson esté a treinta o cua­ renta minutos de Nueva York me hace pensar en la posibilidad de ir de visita y ver cómo es ese lugar tan misteriosamente poblado por paisanos de César Va­ llejo y Antonio Cisneros. Todo esto es materia de investigación y un ejercicio sin duda narrativo. ¿Cómo se despertó en ti este inte­rés por la narración y la invención que, sin embargo, no fluyó hacia el cuento o la novela, sino hacia la poesía? Realmente no lo sé, porque, por otra parte, soy un pésimo lector de novelas. Casi no leo novelas, pero sí leo poesía todos los días. Leo también crónicas y en­ sayos, pero la lectura de la novela no es mi fuerte. Efec­ tivamente, como dices, estos libros son esencialmente 


narrativos, y a ellos hay que sumar uno muy reciente, publicado por Almadía a principios de 2009: La isla de las breves ausencias, algo así como el diario secre­ to de Robinson Crusoe que, en este caso, se llama Ro­ binson Defoe. Las voces se entrecruzan y, de pronto, no sabes quién es quién. Todos éstos son elementos de la narrativa, que creo he llevado al extremo en un libro que he concluido ya y en el que aparece mi co­ne­ xión con las artes visuales. Háblame de él, por favor. Tiene por título, tentativamente, Cincuenta autorre­ tratos, en cuyas páginas recreo el pensamiento de cin­ cuenta pintores al momento de retratarse. En estas páginas no sólo entra la descripción del autorretrato, sino también de otros “autorretratos” que parten de la vida de estos pintores. Así, en cada texto, los perso­ najes recuerdan, monologan, dicen, maldicen. No es un libro de crítica de arte ni una obra que se le parez­ca; no sigo un orden cronológico ni alfabético. Empiezo con Jean-Michel Basquiat, sigo con Lu­cien Freud, y después, anárquicamente, paso por Frida Kahlo, Die­ go Rivera, Durero, Dalí, Picasso. No dudo que alguien llegue a decir que cómo me atrevo a escribir qué es lo que estaban pensando estos artistas al hacer sus au­ torretratos. Pero yo no me detengo por esto: simple y sencillamente lo hago. Algo me impele a hacerlo. ¿Por qué habría de arredrarme ante la idea de imaginar qué es lo que estaba pensando Goethe en un momento determinado? Así en el caso de los pintores. Si lo pien­ so, no lo hago. Este vínculo de tu poesía con las artes visuales se da desde tus primeros libros. Tu poesía es en gran medida vi­ sual, y luego llevas a cabo la conexión poesía-fotografía ante una serie de imágenes de Octavio Paz. 

En Imán para fantasmas, la primera parte es sobre Aimé Cesaire; la segunda, sobre Octavio Paz, y la úl­ tima sobre Salvador Díaz Mirón. Los poemas de la se­ gunda parte están escritos a partir de fotografías de Octavio Paz que corresponden a distintos momentos de la vida del poeta. Originalmente, el libro estaría acompañado de esas fotos, pero desafortunadamen­ te no se consiguió la autorización para utilizarlas. Antes, en 2001, la tercera parte de Soledad al cubo, que le da título precisamente a este libro, está dedicada por entero a seis pintores. Este vínculo de mi escritura con las artes visuales se ha intensificado a medida que fui conociendo más. El primer poema que escribí para un artista plástico fue para Francisco Toledo. Después escribí otro para Fran­ cis Bacon. Ambos están ahora en los autorre­tratos. ¿Sobre qué otros pintores has escrito? Sobre Ricardo Martínez, después de haber visto una maravillosa exposición en el Palacio de Bellas Artes. También sobre Rodolfo Nieto. En 1976 publiqué el li­ bro Portarretratos, en uno de cuyos poe­mas, “El que fue”, escribo: “La frustración de no po­der realizar / un retra­ to de Henri Michaux / desapareció al leer esta frase / del propio Michaux: / Desde hace años he dejado de depen­ der / de mis rasgos. Ya no ha­bito esos lugares.” Después de 33 años aparecerán los Autorretratos, lo cual me in­ dica que sigo en equilibrio sobre esa misma línea. De modo que así como habla Scardanelli, pones a hablar a estos pintores… Todos hablan o, más bien, a todos los hago “pen­ sar en voz alta”. Además, esto último quizá tiene que ver con el hecho de que mi esposa Leticia tiene una galería de arte y sa­be mucho, sobre todo de grabado. La Otra | enero-marzo 2010


Vivimos en con­tinuo contacto con las artes plásticas, y ello ha alimen­tado mi gusto por escribir sobre pin­ tura, fotografía, etcétera, más allá de los catálogos. Para los cuales también has escrito una buena can­ tidad de textos. Sí, y muchos de ellos están recogidos en un libro también de escasa circulación publicado por Conacul­ ta. Tie­ne por título Óptica la ilusión, y todos los tex­ tos son sobre arte, lo mismo en prosa que en verso. Creo que a la fecha tengo una buena cantidad de textos que he es­cri­to para catálogos y que pueden perfecta­ men­te cons­tituir un libro lo suficientemente amplio. ¿Te identificas con la vida atormentada de los perso­ najes de los que se ha ocupado tu voz poética? Hay una identificación pero, curiosamente, en todo esto tiene mucho que ver el azar. No es que yo me pon­ ga a buscar al más atormentado de los poetas alema­ nes o al más angustiado de los pintores holandeses, sino que esos personajes han llegado a mi vida con la experiencia de la lectura y el conocimiento. Si de esta experiencia nace la necesidad de escribir, obviamente lo hago. Ahora que estaba escribiendo los Cin­cuenta autorretratos compré un libro de pintura con qui­nien­ tos autorretratos y, sin embargo, no hice muchos que, previsiblemente, debieran estar en mi libro, senci­lla­ men­te porque no encontré la forma de co­nec­tarme con ellos. Entre los importantes, ¿quiénes son los que no están? No está Velázquez, por ejemplo, porque no le pu­ de entrar a Las meninas. Tampoco está Goya, aunque lo menciono, de paso, en otro autorretrato. Pero sí es­ tá Marcel Duchamp, aunque no exactamente como Duchamp, sino como Rose Sélavy, el alter ego femeni­ yo poeta | francisco hernández

no del artista y que, en este caso, es como otra vuelta de tuerca de Duchamp. Esto nos regresa al tema del misterio y la máscara. ¿Te has propuesto en algún momento desenmascarar a tus personajes? ¿O más bien lo que buscas es acrecentar su misterio? No tengo ningún interés, al menos consciente, ni por una cosa ni por la otra. Lo que busco es ahondar en el conocimiento, en la experiencia de ellos por todo cuanto me dicen y que, a mi vez, yo transmito a los lectores. Mis personajes hablan de lo que yo creo que podrían hablar. ¿Qué me dices de la soledad y la depresión o de esa acentuada melancolía que asoma en tus textos y que deliberadamente aparece, por ejemplo, en la última sec­ ción de Soledad al cubo, luego en Mi vida con la perra (2006) y ahora en La isla de las breves ausencias? En el caso de Mi vida con la perra, éste es un libro so­ bre la depresión, pero sentí que tenía que hablar con un poco de humorismo, así fuera amargo. No me qui­ se meter en el aspecto clínico ni hacer precisamente un libro depresivo, sino al contrario. El resultado es un libro divertido, creo yo, donde simplemente tengo una perra que se llama Depresión y que me acompaña a todos lados: le doy de comer, la baño, viaja conmigo. A fin de cuentas es otra manera de ver las co­sas. Es en­ trarle a la depresión por otro lado, porque, por lo de­ más, es bastante perra. Y todo partió del refrán que dice: “De que la perra es brava, hasta a los de casa muerde.” En mi libro Diario invento modifiqué el re­ frán: “De que la depresión es brava, hasta a los de ca­sa muerde.” Esta certeza fue la que disparó el libro so­bre la perra Depresión.




El escritor y neurólogo Bruno Estañol, a quien co­no­ ces, afirma que “todos estamos más o menos locos, aun­ que algunos actuamos con mayor disimulo”. ¿Piensas que en la actividad artística, y sobre todo en la crea­ción li­ teraria, se torna consustancial un cierto grado de dese­ quilibrio o de observación oblicua, en relación con la mirada directa y prosaica de los “normales”? Lo que yo sé es que el mundo que se ve bajo esa mirada que llamas oblicua me interesa mucho más que la apariencia “normal”, porque es para mí un mun­ do más cercano. Cuando trabajaba en un periódico, alguna vez escribí una crónica a la que puse por título “La dicha de estar enfermo”. Me refería a un hombre que está en su casa, que no sale a la calle, que se la pasa en su biblioteca, viendo películas y reci­bien­do a la ma­sajista. De alguna manera como lo que des­cri­be Huysmans en Contra natura, donde estar enfermo se convierte en una dicha. A mí, la dicha de estar enfer­ mo me viene desde niño, porque significa­ba no ir a la escuela, estar solo, escuchar —en aquel tiempo— 

© leticia arróniz

Hablando ya de la experiencia depresiva sin humor, ¿qué opinión tienes de Esa visible oscuridad. Memo­ ria de la locura, de William Styron? Mi identifiqué con él, evidentemente, por la dis­ persión que refiere, y admiré su valentía de enfrentar el problema describiendo todos los desequilibrios que producen el alcoholismo y la depresión. Me identifi­ qué porque esas cosas también me han sucedido. El li­­bro me emocionó en muchas partes, a pesar de que tiene sus momentos amargamente divertidos, como cuando pierde el cheque que le acaban de entregar pro­ ducto de un premio literario en Italia. Digamos que al leer Esa visible oscuridad me sentí pariente de Sty­ ron, porque muchas cosas que él refiere las he vivido de la misma manera.

Bogotá, Colombia | 1999.

los juegos de beisbol por radio y leer. La salud es exac­ tamente lo contrario: es tener obligaciones. Pero, estrictamente, tú no huyes de las obligacio­nes. No exactamente, pero tengo la impresión de que funciono con la premisa del menor esfuerzo. Por eso me identifico mucho con los desequilibrados; porque en el sentido más estricto lo soy: me he caído en la ca­ lle muchas veces, producto de ese desequilibrio, y a veces ni siquiera me acuerdo: lo sé porque me lo han contado. Eso no le ocurre a las personas “normales”; por ejemplo, a ese contador pú­blico que iba delante de mí en las escaleras eléctricas del aeropuerto y estaba regresando de Monterrey lue­go de hacer un negocio. La Otra | enero-marzo 2010


Regresaría a su casa o a la oficina a contar no aspectos de lo que vivió, sino simplemente de lo que comió. Es­te es el atractivo extraño que tiene para mí la enfermedad.

No, desde luego que no. Incluso voy más allá: dudo mucho que una buena película venza a un buen li­bro, siendo también yo adorador de la cinemato­grafía.

En Mar de fondo hablas de esta postración infantil. En el último texto digo de algún modo que debo, por fin, bajar a tierra. Escribo: “Sentado al borde de la cama, es decir, al borde del abismo, miro el suelo distante que me espera.” Me refiero a tocar la realidad con los pies luego de haber estado enfermo mucho tiempo, pues a veces eran hasta quince días los que pa­ saba aislado a causa de alguna infección.

¿Puedes imaginar tu vida sin libros? El simple hecho de imaginarla es muy difícil, pues los libros ocupan una parte importantísima en mi vi­ da. Sería un vacío tremendo, del mismo modo que lo sería si la imagino sin otros satisfactores. Por ejemplo, conozco personas que, deliberadamente, no tienen te­ levisor en casa, y curiosamente, yo que amo los libros y tengo el mayor vínculo con la lectura, pienso que la vida sin televisión sería para mí otro gran vacío pues, entre otras cosas, me limitaría en información y me impediría ver los juegos de beisbol.

¿Has leído a Oliver W. Sacks? No, aún no lo leo. Aunque tengo buenas referen­ cias sobre él. Jorge Esquinca me recomendó mucho El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, e incluso mi esposa lo leyó. No sé por qué yo no le en­ tré ni a este libro ni a los otros de este autor, y eso que se han publicado ya muchos títulos en español. Por ejemplo, Despertares, Un antropólogo en Mar­ te, Con una sola pierna, Migraña, Veo una voz, etcéte­ra, que me parecen muy cercanos al mundo que te in­teresa. Tengo también muy buenas referencias sobre Veo una voz. Y ahora que lo analizo, creo que no le entré a los libros de Sacks porque llegué a pensar que se tra­ taba de novelas. Despertares o Un antropólogo en Marte me parecen títulos de novelas; incluso El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, que yo llegué a decir al revés: El hombre que confundió a su som­ brero con una mujer. Eres también un apasionado del cine, y por esto te pregunto si crees que una mala película pueda vencer a un buen libro. yo poeta | francisco hernández

¿Qué tipo de biblioteca has formado? Especialmente es una biblioteca de poesía, pero ten­ go libros de otros temas y materias: arte, psicología, narrativa, ensayo en general y diccionarios. Son sólo unos cuantos, alrededor de mil quinientos volú­me­ nes, que frente a los cuarenta mil de Alí Chumacero constituyen una insignificancia. Tampoco es una bi­ blioteca ordenada. Apenas hace unos días vino una persona que se encargará de ordenarlos, y por prime­ ra vez en mi vida tendré una colección con cierto sis­ tema. Mi referencia siempre ha sido la memoria: sé muy bien dónde está cada libro, pero como llega un momento en que la memoria ya me falla, es impor­ tante poder localizarlos sin demasiados pro­blemas. Supongo que ya no puedes resignarte a la vida sin su respectiva bibliografía. Digamos también que lo que necesito es tener, siem­ pre, los libros a la mano. No me hago a la idea de que no estén ahí en el momento en que los necesito. 


cesita un amor profundísimo por las letras, y un enor­ me interés por el desarrollo y el crecimiento de la imaginación, la música del lenguaje, el aprendizaje de nuevos vocablos y todo lo que tiene que ver con un ritual, muchísimo más allá de lo que alguien pue­de leer como para pasar el rato o para hacer la digestión. ¿Cómo definirías entonces la lectura? Creo que el término exacto es ése: la lectura es un ritual en el que, por ejemplo, abres con ansiedad un li­ bro de Idea Vilariño y te encuentras con una frase que te sacude y te perturba. Esto es lo que tanto me gusta y lo que siempre espero de los libros: una experiencia distinta que no te proporcionan otros lenguajes.

cortesía de f. h.

¿Produce la lectura mejores personas? Creo que sí. Te hace mejor persona, te prepara, te da un mejor lenguaje, te comunicas y te expresas mejor, y también puedes guardar silencios más pulidos.

Con mi “doble” | 1968.

¿Crees que haya alguna disposición para ser lector, del mismo modo que otros son boxeadores, toreros, beis­ bolistas, etcétera? Más que para ser lector, debe haber una disposi­ ción especial para ser escritor, porque también hay toreros, ferrocarrileros, abogados o dentistas que leen, pero que difícilmente escriben. Ahora, para ser un lec­ tor realmente, como los que dicen que existen y que leen cuatro o cinco horas diarias, para esto sí se ne­ 

¿Contribuye Internet a la lectura? No lo uso, pero supongo que sí. Nunca he podido entrar realmente a ese mundo. Lo he intentado, pero como te he dicho, soy alguien que funciona con la premisa del menor esfuerzo. Sé que sirve mucho. Por ejemplo, con la ayuda necesaria pude ver lo relativo a Paterson, y las imágenes, la información escrita y to­do lo demás me empezaron a abrir los ojos de la imaginación. ¿Cómo determinas o privilegias tus lecturas? Otra vez, por el azar y las casualidades. Ahora que he mencionado a Idea Vilariño, te diré que yo tenía mu­ chas ganas de leer toda su poesía, pues mi conoci­ miento se reducía a una selección muy pequeña de su obra. Hace poco mi hijo fue a Barcelona, compró la La Otra | enero-marzo 2010


Poesía completa y me la envió después de la muerte de esta gran poeta uruguaya, que ocurrió en abril de es­ te mismo año. ¿Acudes sistemáticamente a las librerías? Yo diría más: una de las actividades que me sostie­ nen vivo es ir a las librerías. Para mí esto es básico. Si puedo ir todos los días, voy todos los días, y busco y rebusco en las mesas y anaqueles, y siempre me encuen­ tro con algo que me interesa, o bien, con algo inespe­ rado: a veces, libros extraños que constituyen todo un hallazgo. ¿Los libros modifican el curso de la historia? Yo creo que sí, pero tendríamos que pensar muy se­ riamente cuáles son esos libros; seguramente sólo son unos cuantos los que, en una época determinada, han modificado la forma de amar, la forma de creer, o las estructuras políticas. ¿Pueden tener la escritura y la lectura un propósito terapéutico, sanador? La escritura ayuda a vivir, y esto puede ser también válido para la lectura. En mi caso así es. Ayuda a lle­ var una vida un poco menos oscura, menos sórdida, menos aburrida; quizá un poco más esperanzadora, y esta esperanza sirve también para desear que nues­ tro próximo libro sea mejor que los anteriores o que, por fin, se alojen en sus páginas dos o tres versos ver­ daderamente buenos. ¿Qué te falta por escribir? He escrito ya veintidós libros y no siento que se me haya quedado alguno en la cartera. Pero es una muy buena pregunta porque, ahora que lo pienso, des­ pués de Paterson no sé qué voy a hacer. yo poeta | francisco hernández

Si tuvieras que ponerle un título general a tu obra, ¿cuál sería éste? Un día le dije a Hernán Bravo Varela: “Si me muero pron­to y pienso, desde luego, que será primero que tú, procura que se reúnan mis libros bajo un título que no tenga casi nada de poético.” ¿Por qué se lo dije? Porque últimamente he estado huyendo de tales tí­ tulos, y por eso mis libros se titulan Mi vida con la pe­ rra o Paterson la horrible. La isla de las breves ausencias podría pasar por un título poético, pero a fin de cuen­ tas “la breve ausencia” es un término clínico con el que se conoce uno de los síntomas de la epilepsia. He pensado en algo así como Poesía en grado de tentativa. ¿De dónde proviene? De la terminología legal. Algo parecido a “asesinato en grado de tentativa”. De este modo seguiré conectado con el mundo de los de­se­qui­ librios para asumir que lo único que traté de ha­cer en esta vida es intentar escribir poesía. Ésta es también una especie de ars poetica: lo intenté, nada más. ¿Has sentido o sabido que algunos de tus libros hayan influido especialmente en algunos lectores? No. Nadie me ha dicho nada así. ¿Ni los críticos? Tampoco. Por ejemplo, del Diario sin fechas de Char­ les B. Waite sólo se escribió una nota, y el más recien­ te, La isla de las breves ausencias, que fue muy bien distribuido y promocionado, tampoco tuvo mucho eco. Las únicas manifestaciones de gusto que provo­ can mis textos las sé por los cuatro u ocho libros que dedico y firmo en una lectura para quienes me dicen: “Muchas gracias, lo felicito, me gustó mucho su li­ bro.” Aunque debo aclarar que, para mí, esto es sufi­ ciente, pues el grado de tentativa se cumple. v Ciudad de México, 22 de octubre de 2009.

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yo poeta

hernán bravo varela

francisco hernández, circa 2009

Sólo hay una salida: yo es otro. La alte­ ridad del yo conduce a la teoría del vi­ dente, porque el intocable otro conserva la frialdad de la mirada al mismo tiem­ po que es impulsado a romper sus pro­ pios límites en una incesante apertura de espacio y penetración de tiempo no sucesivo, de éxtasis de tiempo. El otro es el que ve y me dicta. Cintio Vitier, “Imagen de Rimbaud”

U

na historia del retrato literario en México bien podría agotar sus páginas en Francisco Her­ nán­dez (San Andrés Tuxtla, Veracruz, 1946), el más consistente de sus hacedores y figura central de nues­ tra poesía contemporánea. Tan decisiva ha sido su in­ fluencia entre las promociones más recientes, que el retrato literario goza hoy de raros prestigios, supers­ti­ ciones, fetiches y hasta exvotos. A través de él, los jó­ve­ ­nes poetas recrean el paraíso o el infierno perdi­do de sus figuras tutelares y, en última instancia, cumplen un rito de paso para mudar de voz. En esas primeras obras, el retrato literario ocupa un lugar de pri­vilegio

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entre las técnicas utilizadas por sus autores en for­ ma­ción. Pero más que ser cantados y contados, los pa­sajes de la vida y obra de los artistas canónicos son curados e intervenidos como si de una galería se tra­ tara. Dicha galería abrió sus puertas con la obra tem­ prana de Hernández (Gritar es cosa de mudos, 1974), y ha ido nutriéndose a lo largo de este tiempo con las donaciones de su colección particular —es decir, de los incontables otros que la conforman. El retrato literario representa el desafío de adentrar­ se en una zona de niebla donde se confunden la biogra­ fía con la autobiografía, la psicología o la medicina fo­rense con la estética. Tan profundo es este recorrido que el homenaje o la parodia que lo animara se des­ vanece sin dejar huella, y la curiosidad o admiración súbitamente se transforma en un conjunto de apela­ ciones, en una quevediana pero literal conversación con los difuntos. Bajo amenaza, la autoridad poética tiene la sola consigna de perderse para encontrarse; es decir, perder el norte propio (la terra incognita) para encontrar el paradero (la tierra prometida) de otros que también se extraviaron, ésos que Hernández en­ La Otra | enero-marzo 2010


cortesía de f. h.

Miguel Falconi, Omar [hijo de F. H.], Jorge F. Hernández, Leticia Arróniz [esposa de F. H.], Francisco Hernández, Francisco Magaña, Jorge Filigrana y Pablo A. Graniel | San Andrés Tuxtla, Veracruz, México, 2000.

carnó al abolir la singularidad de la primera persona. El balance final es contradictoriamente fructífero: el paso por la cuerda floja del lenguaje de Hernández nunca ha sido más firme que en la falta de red, su pa­ seo verbal por la rotonda de espíritus ilustres nunca estuvo tan organizado como en la conciencia de su ex­ travío. La obra de nuestro autor parece suscribir el si­ guiente poema de Emily Dickinson en traducción de Rosario Castellanos: Jamás he visto un páramo y no conozco el mar yo poeta | francisco hernández

pero sé cómo debe ser la ola y cuál es la apariencia del brezal. Con Dios no he hablado nunca ni el cielo he visitado pero estoy tan segura del lugar como si en algún mapa lo hubieran señalado.

Si bien la operación poética de Hernández parte de la escisión vital que padeció Friedrich Hölderlin (trans­ formado en el mítico Scardanelli los treinta y siete años que vivió recluido en la locura, desde su madu­ rez hasta la muerte) y de la multiplicación literaria 


que creó Fernando Pessoa (extendido a setenta per­ sonalidades múltiples, entre las cuales se encontraba él mismo, su desconfiado ortónimo), la polifonía en la obra de Hernández es atmosférica, no discursiva. Jamás desemboca en la imitación porque dicha poli­ fonía, a diferencia de la que Dostoievsky y Tólstoi elaboran en sus murales novelescos, provee al poema de recursos líricos y hasta dramáticos, pero no épicos. Nada más alejado de Hernández que la confección de una epopeya. La ilusión de colectividad es un efecto secundario del trance poético, cuya naturaleza es tan íntima como toda creación y puesta en escena de la experiencia personal. Como ocurre con los autorretra­ tos diarios que aún realiza su amigo José Luis Cue­ vas, la poesía de Hernández no es sino las incontables caras de una moneda pulida por el tiempo. Caras que, al contemplarse retrospectivamente, dan la impre­sión de constituir una exposición colectiva antes que un ejercicio hemerográfico. El mismo Hernández reco­ no­ce en su poema “El que fue”:

Justo cuando la imagen del poeta y pintor francés ha­ bía alcanzado “su definición mejor” (en palabras de Lezama Lima), abandonó los rasgos que la definían. Es por ello que la mano del poeta lleva tatuada en el dorso, simbólicamente, la frase de Michaux. Sin em­ bargo, al retratar el mundo que asoma por la rendija de los dedos, en realidad retrata su línea de vida. Cuan­ do Hernández reelabora pasajes selectos de la vida telúrica de Robert Schumann, de Hölderlin mismo y 

cortesía de f. h.

La frustración de no poder realizar un retrato de Henri Michaux desapareció al leer esta frase del propio Michaux: Hace años he dejado de depender de mis rasgos. Ya no habito esos lugares.

Junto al Peine del viento, del escultor Eduardo Chillida | San Sebastián, 2007. La Otra | enero-marzo 2010


de Georg Träkl (Moneda de tres caras, 1994); cuando redacta sonetos en prosa como pies de foto al archi­ vo de imágenes de Octavio Paz o conjetura sobre los últimos días de su coterráneo Díaz Mirón (Imán pa­ ra fantasmas, 2004); cuando anota las entradas imagi­ narias del diario de Charles B. Waite, alma siamesa de Lewis Carrol, en sus fotografías de niñas mexicanas (Diario sin fechas de Charles B. Waite, 2006); cuando convierte a Daniel Defoe en el mismísimo Viernes de Robinson Crusoe o transforma a ambos en el Dr. Jekyll y Mr. Hyde de un tercero llamado Robinson Defoe (La isla de las breves ausencias, 2009); cuando ejecu­ta rea­ dy-mades a partir de autorretratos de artistas como Basquiat, Warhol o Christo en un conjunto todavía inédito… Cuando Hernández, en resumen, bosque­ ja su retrato hablado de otros —un retrato que se basa en la impresión del testigo, no en la veracidad de los he­ chos—, Hernández descubre el móvil de su poesía y se descubre a sí mismo como el único autor intelec­ tual y material de su escritura. “El héroe de las mil caras”, de acuerdo con Joseph Campbell; el héroe ar­ mado con las mil versiones posibles de su rostro avan­ za desde el fondo de un teatro repleto de personajes para revelar su anagnórisis: “Esa sombra que avanza cuando mi cuerpo se detiene soy yo”, según reconoce Hernández en Cuaderno de Borneo (1994). Así, la poesía hernandiana tiene la virtud, entendi­ da como riesgo supremo, de caer en cuenta y en trance simultáneamente. La proclamación romántica del poe­ ta como medio (médium) entre lo humano y lo divi­no, entre naturaleza y cultura, entre imagen y concepto, no podría ser aquí más cierta: dicho enlace lleva el se­ llo indeleble de su mediador. El médium genera y for­ talece el vínculo que une a la palabra —venida desde el más allá del sentido común— con su destinatario, sentado a la mesa de las apariciones. Lección de tinie­ yo poeta | francisco hernández

blas, lección inconfundible de poética, la materiali­ za­ción o el ectoplasma —mejor dicho, ectograma: es­cri­tura “en el exterior”— sería impensable sin el cuer­ po que le da cabida. A riesgo de caer en una contra­ dicción disfrazada de aforismo, se diría que el poema exige la presencia fantasmal del poeta, aun detrás de su ausencia protagónica. “El poeta es una cámara de voces”, asegura Seamus Heaney. Junto con el peruano Antonio Cisneros (1942) y el colombiano William Ospina (1954), Hernández es el único autor latinoamericano de nuestro tiempo que ha seguido al pie de la letra la sentencia del irlandés. En la cámara del poema hernandiano, el cuerpo de su obra está en los ecos que allí se multiplican y reverbe­ ran caóticamente. Sólo la máscara protege al poeta frente a aquel enjambre ensordecedor; sólo ella pue­ de guiarle para encontrar el sonido inconfundible del yo. De acuerdo con el consejo del poeta cubano José Ko­zer, Hernández decidió “purificar la propia existen­ cia anulando coartadas que, aunque inútiles para existir, participan de la mentira (el poeta necesita más­ caras, no mentiras)”. Apoyado en su cámara lúcida, Hernández se retra­ ta; es decir, se retracta, vuelve a tocarse: retoca un re­ trato familiar hasta convertirlo en un autorretrato. Si la poesía es, en sus palabras, “ese lejano territorio ca­ rente de fronteras y de mapas, pero eso sí, plagado de espejismos y de trampas”, la de Francisco Hernández ha dejado ver una íntima región, delimitada y carto­ grafiada por él desde hace treinta y cinco años. Un país interior rodeado de trampas que son tramas, de espejos que simulan espejismos. “El relámpago cruza una pared del cielo / y por instantes somos idénticos, / como dos espejos enfrentados”, escribe Hernández que, a su vez, escribe Scardanelli. v

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yo poeta

francisco hernández

poemas inéditos

2 Escriba : Las bardas están hechas de cantos, coma, aunque el silencio diga lo contrario. Punto y aparte. Solos en el balcón se sacuden los tapices, coma, deshaciéndose de hormigas y de granos de polvo. Punto y aparte. Los escucho y respiro sus irritantes sistemas planetarios, coma, mientras los árboles continúan aferrados a sus cinturones de cinabrio. (Tache “cinturones de cinabrio” y ponga “cadenas subterráneas”.) Aparte. Humillado ladrón frente al botín me siento, coma, aunque no te aparezcas con tu vista nocturna de leopardo. Aparte. Sin poder alejarme, coma, muerdo las cordilleras de la pared hasta mancharlas de sangre. Punto final. [Del libro inédito Los vigilantes de Miss Dickinson; poema 2 de la primera parte]

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7 Imagine : a Miss Dickinson con la barba crecida, derribando álamos con su hacha. Imagine la planicie de su pecho y piense en la fuerza de sus músculos al destrozar la suavidad de un camisón de seda. Imagínesela excitada, entre los brazos de otra mujer. ¿La amaría de la misma manera? Piense en el reverendo o en el juez que la trastornaron con sus besos. Considere su virginidad conventual y sus largas penitencias sin pene. Acuérdese de sus siete poemas publicados, los únicos, como si fueran los siete pecados capitales. [Del libro inédito Los vigilantes de Miss Dickinson; poema 7 de la segunda parte]

1 Dice Lavinia : Murió mi hermana Emily. La vida eterna de los poetas tiene también los días contados. De pronto el blanco es el color de todo lo existente. De lo inmóvil y lo volátil. De lo que nace debajo de las piedras y de lo que repta. De los frutos, los peces y las hortalizas. De los mamíferos carniceros, de los órganos vitales y de los uniformes de las criadas. De la magia negra, de los pararrayos y de los arrecifes. Y en el contorno de nuestra alma fortalecida, es el color yo poeta | francisco hernández

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que se despliega como un manto cándido. Blanco el cenit, blanco el nadir y blanca la carcoma. Blanco lo indescriptible y blanca la torre gótica de la iglesia rodeada por abejas. Blancas asimismo las costras, las ostras, las veletas herrumbradas y el seno aparecido en la boca entreabierta del estómago. Niños de yeso juegan en la calle con una pelota de yeso. En el jardín la fuente se ha convertido en géiser y las violetas, las dalias, las malvas y las rosas rojas, disimulan sentirse a plenitud con el creciente uniforme de su entorno. Todos los pájaros blanquean. Todos entonan una canción de espuma. Murió mi hermana Emily. Lustremos la piedra caliza de su florecimiento. [Del libro inédito Los vigilantes de Miss Dockinson; poema 1 de la tercera parte]

Autorretrato 1 (Jean-Michel Basquiat) De Haití me viene lo negro y lo afrancesado. Mi madre era barriobajera del Bronx, con orígenes en la isla del Encanto. Paga la sopa, mami, le decía, después quémalo todo, hasta los pellejos de mi abuelita. Jean-Michel, por azares del bautizo. ¿Lo pondré en alguna parte del cuadro? Si al terminar llego a sonrojarme, mi cara se transformará en un guante de box 

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y me pondré a bailar de esquina a esquina sin dejar de aplastar a los abejorros ni a mis senos postizos mismos que uso para dormir noqueado por un peso muerto. Debo confesar algo más: nada tiene en común mi gusto por las artes con mi pasión por fumar yerba o inyectarme heroína. También soy adicto al arroz con pollo, a los sonidos algodonosamente azules de Miles Davis, a la mortificación de la carne y a las pelucas de Andy Wharhol. Acrílico sobre tela, saliva dentro de Madonna, cera contra el fuselaje de los aviones: todo entrando y saliendo de mi guarida, de mis gemidos de topo demacrado. ¿Mi fisonomía está ahí, enfrente, con cejas de marfil? Miro las cortinas metálicas y bajan de golpe. Tal vez mi vida, ya demasiado larga, deba subordinarse a papeles rotulados o a las culebras quinceañeras de Brooklyn. ¿Quién me auxiliará en caso de que mi mano necesite mantener el rumbo? Extraviado: así fui, así soy, así seré. Polvo cósmico en vías de extinción. Mutatis mutandis. Graffitis interruptus. Bazo de ceniza. Balsa de la alianza. Tierra entre las uñas. Basca de Basquiat. Soplen. No me gustan los restos de pintura sobre la sangre seca. Leonhard Emmerlin, Jean-Michel Basquiat, Taschen, 2003. [Del libro inédito 50 autorretratos]

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Autorretrato 26 (Alexander Calder) Pluma y tinta. Nada más. No pienso hacer móviles ni estábiles con mis pestañas de alambre. Papel, y algunas líneas negras. Nada más. No pienso hacer esculturas ni tapices con mis orejas. ¿Existe el rojo Calder? Si es así, lo dejo cubriendo la enorme joya de mi barriga. Pluma y tinta. Nada más. ¿36 por 29 centímetros? El canoso remolinar debe desequilibrar al cuello de la camisa. Pluma y tinta. Nada más. Ninguna pista para conocer mi presión sanguínea, la inflamación de mi próstata o mi trasero de elefante. Pluma y tinta. Nada más. Un autorretrato no es una autopsia. Es un acto circense o algo por al estilo. 500 autorretratos, Phaidon, 2004, p. 472. [Del libro inédito 50 autorretratos]

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yo poeta

floriano martins

otro nombre del misterio

sobre la poesía de josé santiago naud Traducción | Marta Spagnuolo

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osé Santiago Naud es tal vez el poeta de mejor convivencia con el espectro cósmico y mí­ tico en los meandros de una lírica brasileña. Su poesía es intensamente religiosa y une lo sagrado al espíritu humano, asimilando diferencias, puliendo confluencias, convocando los elementos visibles e invisibles, nostálgicos y visionarios, dispares y consensuados a una fies­ ta de sentidos mucho más allá de la simplificación esquemática de nuestra tradición, que se satisface, en ciertos casos, en oponer a Drummond y a Cabral, para en seguida descartar al pri­mero. Santiago Naud, al contrario, sabe bien del poder de la suma y también en esto nos da una gran lección. Su poesía hace surgir entre nosotros todos los nombres de La Musa, sus trucos de lenguaje, máscaras rituales y vestes íntimas del espíritu. No se le escapa nada de nuestra memoria de testimonios poéticos. Recurre a todos los elementos a su dispo­ sición, sumergiéndose y trayendo a la superficie figuras inquietas de sueños y visiones. No como señal de conquista, sino guiado por la generosidad, por un rigor expansivo. Como él mismo dice en un poema del libro Oficio humano (1966), “querer tener es avari­ cia”. Se trata de una poesía que elude los vicios de la posesión. Su excelencia está en la con­ vivencia. Pero esa convivencia se fortalece justamente al mezclar ciclos, al poblar el poema de silencio y vocerío, ascetismo y sensualidad, dudas y claridades. Incluso cuando dice de Jor­ ge de Lima: “probablemente, con Carlos Drummond de Andrade, es el poeta brasileño más presente en mis inquietudes poéticas”, incluso ahí, sabemos la fuerza del abarcamiento, por la propia profundidad del acto poético dado a la luz de nuestra lírica por ambos poetas. Y esa mención cumple además con la notable tarea de llamar la atención hacia la importancia de la obra de Jorge de Lima, una de las voces fundamentales de la poesía en lengua portugue­ sa, no sin violenta injusticia casi del todo olvidado por las nuevas generaciones brasileñas. yo poeta | josé santiago naud

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Esta carencia de influencia orquestada por un si­ lencio que une el descuido a lo intencional es algo que también se verifica en relación con la propia circula­ ción de la obra de Santiago Naud. Escasa en gran par­ te por la falta de distribución fuera de Brasilia, donde sus libros vienen siendo editados en los últimos trein­ ta años. Y agravada porque la mayor parte de esos libros están agotados y porque en el medio edi­torial bra­sileño no se hallan algunos de sus títulos pu­blicados en el ex­ terior: Conhecimento a Oeste (Portugal, 1974), Dos nomes (Argentina, 1977), HB Promontorio milenario (Pana­ má, 1983) y Piedra azteca (México, 1985). Este último, uno de esos ejemplos engrandecedores de cualquier tradición lírica y, sin embargo, totalmente descono­ cido por los lectores brasileños, sin olvidar que entre esos lectores se encuentran también nuestros poetas. Piedra azteca, con su arquitectura de cinco cantos o capítulos, su trébol de cinco hojas, encierra en sus nervaduras un interesante diálogo con Drummond, sucediéndolo en su convocación de los mitos urgen­ tes. Diálogo ampliado en sorprendente dirección con otro poeta, el mexicano José Gorostiza, puertas abier­ tas a la altura y a la síntesis de dos poéticas entraña­bles, medulares y trascendentes, configurando un particu­ lar rito de convivencia entre dos culturas, afirmado por la residencia de Naud en México. El extenso poema que compone el libro —cuya superficie apunta en la dirección de una visita al mi­ to o celebración del milagro de Guadalupe— refleja un dominio alquímico donde la Piedra de Roseta se transfigura en obsidiana transmutándose a la vez, a cada canto, en navaja, puñal, hilo, lengua, mariposa, sin perder el espíritu mineral, pero adentrándose en círculos y profundidades en busca de nuevos contra­ rios que pueda rescatar unificándolos. Viaje pleno de las formas que se descubren y quedaron de esa inti­mi­ 

dad. Viaje insolente de la resurrección tras cada sitio extraviado, “así como alguien pasa / después de per­ dido todo / y lleva el nombre cambiado”. La propia construcción del poema, al recurrir a una prácti­ca de espirales en el tallado de palabras y sentidos, modula un instigador desafío entre el repetir y el reflejar, des­ doblándose en múltiples sentidos alcanzados a partir de la acción de un verbo en otro. Piedra azteca confirma la condición visionaria de la poética de Santiago Naud, enlazándose en el esplen­ dor de sus imágenes con un libro que le es vecino en el tiempo, HB Promontorio milenario, luminoso colo­ quio con una pintura homónima del panameño Adria­ no Herrerabarría. Acierta Mario Augusto Rodríguez al decir que se trata de “una obra de alucinantes sensa­ ciones interiores, que parece desafiar la interpreta­ción del espectador, con el denso contenido de un pasado transido de valores culturales, en permanente rumbo al futuro”.1 También aquí el tema definido y evocado se transfigura y genera nuevos matices. La densidad sel­ vática de la pintura de Herrerabarría fructifica en la pa­ labra de Santiago Naud, en la forma de una vege­tación espiritual: “ese eterno secreto / de los dobleces del ti­ empo, / la madera podrida goteando en convulsión / el semen despreciado, los odios resentidos // y el ri­ tual engañando / a los libres, que no somos.” Una vez más se encuentra plenamente postulado el vérti­go creativo señalado en Piedra azteca, el episodio ba­rro­ co del viaje de “un ojo dentro del ojo / de otro ojo / en el otro, original”. Tuve la oportunidad de conocer parte de la obra del panameño que, de alguna manera, esconde y des­cu­ bre sustanciosa franja de la poética de Santiago Naud. Mario Augusto Rodríguez, “Un cuadro y un poema”, diario La Re­ pública, Panamá, 25 de noviembre de 1983.

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Con todo, al destacar estos dos libros, lo hice menos movido por la intención de diferenciarlos de los de­ más que por la simple razón de que hasta ahora no han sido publicados en el Brasil. Estoy de acuerdo con el poeta cuando afirma que no hay en su poesía reorientaciones o rupturas de sus inquietudes en términos esenciales. Sus transforma­ ciones internas se conducen por el mito de las meta­ morfosis y no por la pérdida de guía, norte o solidez. Él mismo confirma: “Las lecturas posteriores, las ex­ pe­riencias vitales, la lectura de otros poetas y, principal­ mente, el estudio de la mitología universal, me fueron revelando los símbolos que yo había fijado incons­ cien­temente en versos y que pertenecen no a mi in­ cons­ciente, pues venían de algo más grande —¿un inconsciente colectivo? ¿quién sabe?”2 En preciosa com­ plementación, agrega: “La forma, la sintaxis y la lógi­ ca que busqué, al par que se comprometen con la línea histórica, con la poesía escrita en lengua portuguesa, enraizan en el primer libro y tratan, en los subsiguien­ tes, de esclarecer la emoción que, subjetivamente, me justifica como conciencia individual o miembro espe­ cífico del grupo al que pertenezco. Sería una actividad solar, busca de la luz que hace uno lo diverso o vice­ versa.” La obra de José Santiago Naud fue tejida en forma visionaria, obsesiva y profética. Toda ella transcurre siempre en busca de aquel que hasta hoy se configura como su libro esencial y misterioso, que jamás se mos­ tró íntegramente, sabiendo guardarse parcialmente en misterio, idéntico misterio que el poeta volvió elemen­ to ardiente e inestimable de su poética. Me refiero a

2 “A organicidade da poesia brasileira não encontra correspondência na crítica literária”, entrevista concedida a Danilo Gomes. Suplemen­ to Literário Minas Gerais, Belo Horizonte, 10 de junio de 1978.

yo poeta | josé santiago naud

José Santiago Naud

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Cara de cão, en cuyas partes publicadas hasta ahora —Dos nomes (1977), Vez de Eros (1987), Memórias de signos (1994) y Os avessos do espelho (1996)— resuena la intensa relación entre memoria y antevisión del mundo. Relación referida como un viaje incansable, donde un poeta se siente “traspasado por el Verbo / y escupido por seres extraños”. De una orilla a otra del tiempo hay toda una cosecha de imágenes que son residuos acumulados a lo largo de la vida del propio poeta, lo que naturalmente incluye antecedentes y uto­ pías, ancestralidades del ser humano y potencialidad de su errancia sobre la tierra. Esos residuos se multiplican y repiten, configuran­do el estilo, pero esencialmente aclaran un funda­men­ to que no se limita al juego semántico, cuya adverten­cia caprichosa encontramos en el verso: “toqué de nuevo el nombre / en el que todo otra vez se puede repetir”. Es­ ta es la auténtica vibración alquímica de la poesía de Santiago Naud. No en vano el poeta aclara: Para mí la poesía corporiza un acto supremo de ocio y tra­bajo. Es como dejarse llevar por la corriente de la vi­ da, con todo su misterio de maravillas y horror, o labrar como el oro en las profundidades de la tierra, precipi­ tación mineral de pureza máxima e inmune al tiempo, a las polillas o a la herrumbre.3

Las asociaciones capturadas en esa profusión mine­ral de sonidos, imágenes, sentidos, entretejiéndose sin re­ chazar contradicciones, disonancias, desvaríos, en­cuen­ tran en este poeta una rara expresión de grande­za que es, al mismo tiempo, el retrato más terrible de la con­ dición humana. Lo erótico entreverado con el voce­ río encubierto de las calles y callejones, lo coloquial expuesto de forma ostensible, provocativo en su lu­ juria, pero jamás percibido como una vulgaridad. 3

“Preâmbulo”, Antologia pessoal, Thesaurus Editora, Brasília, 2001.

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Disponerse al peligro magnífico de recordar a lo ange­ lical su alcance terreno. Interconectar los contrarios por analogías arriesgadas. No limitarse a lo lírico, sin dejar al mismo tiempo de ser profundamente lírico. Poesía compleja en la mecánica sinfónica en que está tejida, pero fluyente en la opción de su entrega. Sus códigos no son cerrados, indescifrables. La sucesión de misterios que la destaca no la vuelve incomunicable; al contrario: alimenta el hambre del lector por impul­ sos de participación, aprendizaje, convivencia con este campo insondable que es tan tangible e intangible co­ mo la vida de cada uno de nosotros. Al mezclar mundo prosaico y atmósfera fantástica (el mundo prodigioso de la imaginación), Drummond alcanzó, más que nadie en la poesía brasileña, un gra­do de sensibilidad que nos permitió rever nuestras ideas acerca de lo real y su sospechoso estado contrario. San­ tiago Naud recogió bien la lección y le dio, entremez­ clando secuencia y consecuencia, un sabor singular al borrar otra frontera, la que separa lo lírico de lo épi­ co. En Vez de Eros, libro que recuerda a un laberinto, uno de sus pasajes se inicia: “Pongo un dragón en tu vestido / Bajo la tela tu piel se eriza / y / se endurece, es­ tremecida, / y va abriendo un poco / los abismos de la infancia.” En la forma de un dragón allí está puesto lo real, lo imaginario, lo lírico y lo épico. La infancia pro­vocada es la de la propia especie humana. La sub­ jeti­vi­dad es una fuente inestimable de acceso a lo co­lec­ tivo. Este libro, por ejemplo, nos enseña que es posible rom­per las barreras entre los géneros sin necesidad de atender a ninguna tradición, y sin promover esa ac­ titud a la condición de una vanguardia, ocasional co­ mo cualquier otra. El propio poeta gusta siempre de recordar que la improvisación de los repentistas fue el primer impulso que lo llevó a la escritura. Por allí sin­ tió las primeras esencias de los huertos de la lengua, La Otra | enero-marzo 2010


el portugués de una y otra margen del Atlántico. Muy pocos poetas, en Brasil, se entregan a esta inmersión en dos aguas con la intensidad con que lo hace San­ tia­go Naud. No hay retórica en su diálogo con nuestra contradicción lingüística. La defino así por­que en la lengua es donde se encuentran las raíces de nues­ tras ambigüedades. En el fondo, tal vez no sea la cul­ tura portuguesa la que rechazamos, sino la lengua. El recha­zo aisladamente no construye una realidad. La improvisación en Santiago Naud alcanza un particu­ lar sentido de entrega al misterio. Ella misma, con su organización nerviosa o su energía organizada, reco­ no­ce las estaciones rítmicas, semánticas, los planos de reco­nocimiento de lechos o estrategias de transpo­ sición de cursos, inquietudes, decepciones. Se trata de una poé­tica caudalosa, pero consciente de su voluptuo­ sidad, y con un enorme aprovechamiento estético de ese es­píritu irrefrenable. Recuerdo esto movido por una carta que en 1963 le envió Drummond. Allí decía: “Su poesía tiene ese don de extensibilidad; prolonga los temas y las visiones, no se satisface con el misterio captado.” La extensión del verso en Santiago Naud refleja la intensidad con la que incorpora dominios y demonios del lenguaje. Es un re­finamiento, no un descuido. El verso largo, por algu­ na inadvertencia, fue excomulgado en el Brasil como una herejía. En parte viene de allí el rechazo irreflexi­ vo que nuestros poetas cultivan casi en sigilo hacia la poesía que se hace en la América hispana. No se pue­ de oponer Celan a Rilke tomando como punto de com­ paración la extensión del verso. La síntesis, cuando es pregonada con un metro en las manos, puede expre­ sar simplemente una falta de qué decir. El lenguaje, la forma de expresión, legítima o afectada, es indepen­ diente del metro. Es un hecho que la poesía de Naud “prolonga los yo poeta | josé santiago naud

temas y las visiones”. De alguna manera recurre a una fuente barroca que es la misma que ani­maba la poesía de Drummond. O de Murilo Mendes. O de Jorge de Lima. No obstante, le da tratamiento distinto a la fuen­ te. Ya no le cabe ser deliberado o irrevocable en una instancia mítica o social, lúcida o delirante. No se sien­ te cómodo con una sola estructura vigente. Quiere rom­ per con la propia naturaleza humana y no sólo con una parte de sus caprichos. He ahí la franca osadía de es­ ta poesía. Por eso es que no importa —sinceramente no importa— oponer sus méritos o errores a los rum­ bos trazados por sus pares generacionales. Los poetas brasileños nacidos en la década de los treinta consti­ tuyen —a mi entender— el más alto grado de nuestra perspectiva de entrada en un ambiente internacional insultado por el conocido ciclo de las vanguardias. Algunos de esos poetas corrigen con naturalidad los errores de nuestro Modernismo, y lo hacen con una propiedad aún hoy no considerada, cuya raíz es la mis­ ma de todas nuestras volubilidades. La poesía de Santiago Naud nos dice que somos par­ te de algo. Que no avanzamos mientras no identifica­ mos el origen. Que las mil cabezas del mito, cualquiera que éste sea, no pueden reflejar pura y simplemente una sujeción a la historia. Que tenemos que percibir­ la, recibirla de la manera como se presenta, pero con el espíritu preparado para que salten dentro de noso­ tros, que se descubran en nosotros, que formen parte de nosotros nuestras mil cabezas, las nuestras. El ver­ bo se lanza desnudo al espacio, expuesto a las varia­ ciones y disidencias. Estamos todos en un gran salón. Hasta las ilusiones semánticas confidencian su fragi­ lidad y siguen en la fiesta. Estamos sin disfraz. Todos somos hijos de la misma urgencia. Los símbolos ga­ nan un nuevo diapasón. Pero que nadie se engañe. El misterio tiene otro nombre. Siempre. v 


yo poeta

josé santiago naud: rostros de nuestra americanidad diálogo con floriano martins

Traducción | Marta Spagnuolo

B

orges solía citar algo que le dijo Alfonso Reyes: “Pu­ blicamos para no pasarnos la vida corrigiendo los borradores.” Y agregaba: “Es decir, uno publica un libro para librarse de él.” ¿Piensas que la publicación de la poesía es parte necesaria del destino de un escritor? ¿A quién se destina la poesía? Prefiero la naturaleza a las bibliotecas o a las ruinas circulares del poeta genial que fue Borges. Así, más que a las letras, la poesía para mí está ligada a los mi­ lagros de la vida, esa explosión natural que tanto tie­ ne que ver con la palabra como con una flor. Se escribe por impulso vital, registro del misterio que se llegó a develar. La poesía ahí existe en sí misma, vale por sí, es como oro batido, ya antes entero, atrás, en las aguas que corren o en el fondo de la tierra, o como fruto en el gajo, la razón del árbol, fuerza de raíz; el resto ven­ drá después —puro accidente. El fondo del baúl de Pessoa es el mejor ejemplo. ¿Crees, como Hölderlin, que la inspiración descien­ de infinitamente de los dioses? Este poeta pagó su lucidez con la locura. Pero siem­

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pre estuvo seguro, como Van Gogh, tan valioso en su tiempo como ahora, y no porque una obra suya haya pasado a valer fortunas. Pues tienen razón los “suici­ dados de la sociedad”, conforme Artaud. Es claro, lo que nosotros vemos (y oímos) desciende (o sube) de los dioses, sean ellos, dentro o fuera de nosotros, las circunvalaciones de la memoria o los elementos de­ satados. Recibimos por inspiración, como se anima el soplo de Brahma en el mito hindú. ¿Hasta qué punto es posible hablar de la influencia de Jorge de Lima en tu poesía? ¿Qué otros autores tuvie­ ron importancia, y en qué nivel? Creo que todos los que pretendan hacer poesía en portugués, después del 45, no pueden prescindir de ningún autor nacido a partir del 22, cuando comien­ zan a emerger en brasileño cumbres más o menos emi­ nentes. En lo que me concierne, sin mencionar lo que está detrás y representa en los siglos la coherencia in­ dispensable de nuestra organicidad poética, Bandei­ ra, Drummond y João Cabral fueron claves. Jorge de Lima es como un fresco. Total. Registro de nuestras La Otra | enero-marzo 2010


Tu poesía, principalmente la de los libros más recien­ tes, se caracteriza por una reafirmación de la imagen, del mundo como imagen; por el hecho de ser una poe­ sía de significados y no de signos, y por cierto rechazo al vacío obsesivo de la técnica, al presentar una visión par­ ticular del mundo. En una época caracterizada por la pérdida de la imagen del mundo, la crisis de significa­ dos y la valoración de la técnica, ¿ella no correría el ries­ go de convertirse en puro anacronismo? El signo es una señal, vacía sin el significado. Y éste suma a la convención su propia virtualidad. Así, no es signo el origen y se puede hablar del significado del sig­ nificado. En ambos extremos se sitúa el hombre, y en­ tre ellos se divide, inventando sus orígenes y sus fi­nes. ¿Cómo, en este caso, eludir la imagen? El mismo len­ guaje abstracto, incluso el científico, no pueden ab­dicar de ella, guión de visible-invisible. La sobrevalora­ción de la técnica sólo puede llevarnos a la destrucción, y el avi­ so está dado desde el Apocalipsis. Por lo tanto, al per­ cibir en mí el soplo creador, quedo atento a su origen y quiero saber de su finalidad, y el proceso se inicia yo poeta | josé santiago naud

© Nely Rosa

raíces, lenguaje creado o heredado, mito y misterio, la complejidad del universo referida a través de lo local. Así como Drummond estableció el código del decir poético en brasileño, Jorge de Lima abrió peculiarida­ des a lo universal. Por lo tanto, responden mejor a mi inquietud. Sin contar los clásicos ni otros nombres que siguen siendo indispensables en la historia literaria, el triángulo sobre el que edifiqué mi modo de ver y de oír lo forman Hölderlin, Rilke y Pessoa, socorrido por otras formas de lenguaje, cuando crecen en mí Bach, Beethoven o Bartók; Da Vinci, Van Gogh o Klee. Cual­ quier otra mención, “diluvialmente” hablando, equi­ valdría a la diferencia entre el casco del Arca y su línea de flotación.

José Santiago Naud.




por una cascada de imágenes. Aunque las modas impongan la intención de la regla, ese impulso ¿so­ lo? moverá a los rebaños. Pero el poeta, como ser que pro­fesa la libertad, ferozmente individuo, quiere oír la señal de la totalidad y reafirma o reinventa los sig­ nos capaces de reordenar el mundo según el límite in­ finito del propio corazón, esa parcela que estalla. Y será entre la soledad y la plenitud donde hombre y mundo se fusionen aniquilando cualquier intromi­ sión. Que nuestra época haya cambiado el todo por la parte o que anteponga sus artificios a lo natural es “una cuestión de época”. El soplo primigenio conti­núa alentando, y ya se comienza a reclamar por el “grito primordial”. El poeta es libre de elegir entre cualquie­ ra de los extremos. Por mi parte, tengo el compromi­ so de hablar como siento, según los infinitos del límite de cada uno, y pienso que antes que lo anacrónico es­ tá lo eterno, y que continúa después. También será mo­ da lo antiguo olvidado que se recordó. Y riesgos, hay que correr. Las crisis son “riesgo y oportunidad”. Leyendo tu ensayo Situação de Pessoa na poesia do século xx, algo en particular me llama la atención: veo allí por primera que un poeta brasileño se refiere a los estridentistas de Xalapa (movimiento surgido en Mé­xico en la misma época que nuestro modernismo, o sea, entre dadá y el surrealismo); es más que una simple refe­ren­ cia que se ocupa de subrayar una correspondencia “en tiempo y adecuación” entre ambos movimientos. En el decurso del mismo ensayo, al encontrarme con la cita de nombres como Martín Adán y Rogelio Sinán, pienso una vez más en el casi insalvable hiato cultural existen­ te entre las literaturas brasileña e hispanoamericana. El poeta uruguayo Mario Benedetti cree que ese aisla­ miento cultural existe no solamente en relación con el Brasil, sino entre todos los países americanos, y que es 

resultado de las dictaduras instaladas en todo el conti­ nente. ¿Crees que sea ésta la única justificación posible para este extraño distanciamiento? ¿Cuáles serían sus consecuencias más dañinas? Un buen estudio de literatura comparada demos­ traría maravillosas coincidencias de trayectoria entre la poesía mexicana y la brasileña. Lástima que a la uni­ versidad actual le preocupe más la ciudad que el univer­ so, y la carrera o los papers valgan más que la aventura de la identidad; empezando por la propia fuente, pues es inconcebible que en esta institución, con referencia a “medieval”, continuemos escuchando la estúpida fra­ se hecha de que la Edad Media fue la época de las tinie­ blas, cuando de tinieblas y de luces padecen todas las eras. Así, buscando el todo en las partes, se observa que, coetáneos, el estridentismo de Xalapa y la antro­ pofagia de San Pablo se complementan. Culturalmen­ te, México es el hermano mayor en América Latina y tuvo, con su enorme revolución, la extensa articula­ ción del virreinato, la densidad múltiple del indígena precolombino, núcleos y vectores desde donde pue­den partir o explotar las líneas de fuerza o las ener­gías ce­ rradas de toda nuestra falta de coherencia colectiva. Bastaría una somera mirada a esos dos países para per­ cibir cómo las discordancias del presente esconden una potencia fantástica que, envolviendo en círcu­lo el pasado y el futuro, hace de nuestro continente, espe­ cíficamente, la garantía del plan oculto de la crea­ción, y, conforme la ruta solar, la garantía de que el ovillo de la historia siempre acaba por soltar la línea recta. Por consiguiente, en el gran drama de la vida reflejado por el espejo literario, hubo un momento en que la malicia mexicana y la ingenuidad brasileña conver­ gieron. A la distancia y sin comunicación. Para for­ mular un mismo principio —igual y diferente— de re­novación. La Otra | enero-marzo 2010


Para que algo nazca, algo se tiene que rom­per, y este enlace entre la vida y la muerte es lo que dis­tingue a ambos movimientos. Por las características de Mé­ xico, el estridentismo tenía forzosamente que ser una explosión urbana de encuentro con la civiliza­ción; mien­tras, la antropofagia brasileña, concebida a partir de una ciudad que el tiempo consagraría como el cen­ tro industrial de nuestra América, iría al en­cuen­tro de las raíces, deglutiendo en lo primitivo las complejida­ des heredadas o, mejor, impuestas por la colonización. Los liga la herencia aceptada de Europa, a la manera inocente o maligna de la consagración infan­til (dadá) o de los abismos oníricos (surrealismo) que, en el Bra­ sil, se reparten entre Tarsila, Oswald, Raul Bopp y Mu­rilo Mendes. Y más aún, los contemporáneos me­xicanos también coinciden con nuestros poe­tas de la fase “heroica” o de formación; y las temáticas de Dru­mmond, Cassiano Ricardo, Cecília Meireles etc., encuentran correspon­ dencias admirables allá. Y toda­vía, coincidiendo, ya en nuestros días, con el cons­truc­tivismo deflagrado a par­ tir de 1945, se suceden los textos, acá y allá, como si fue­ ra un diálogo de sordos pero en­tre primos hermanos. Valdría despertar la curiosidad de los investigadores pi­ diéndoles que procurasen co­no­cer a Ramón López Ve­ larde o a José Emilio Pache­co, para sentir cómo ellos podrían haber escrito en portugués, realizando aquí, sin perjuicio de la catego­ría lírica, el tránsito del siglo xix al xx, como lo hi­zo Ribeiro Couto, hasta lo coti­ diano y la protesta según la inquietud posterior de Lêdo Ivo. Y si miramos atrás, llega la mención de Sor Juana Inés de la Cruz o de Gre­gório de Matos. La gente aho­ ra entiende por qué los enlatados de la tv, ligándolos, tratan de separarnos; pues nuestro trazo de unión (o raya) son nuestras di­ferencias. Similares. Diría ade­más que lo que se diga para México vale para toda América, yo poeta | josé santiago naud

sin excluir siquie­ra a Canadá y Estados Unidos, siem­ pre que nuestra atención no se distraiga de lo que es auténticamente cultural. Entre tanto, en lo que concierne al mundo abajo del Río Grande o Río Bravo, urge instalar en el empo­ brecido y escuálido currículo nacional, más que una cátedra, la residencia de nuestra comunidad continen­ tal. Por zonas, el Plata o los Andes, el Caribe, el Istmo o la Parte Ecuatorial, desde Jalisco (¡no te rajes!) a la Pa­ tagonia, todo ha de converger en el corazón del Bra­sil. Y no sólo en el co­razón, también en el cerebro y en la entraña. Podemos honrar la Trinidad, que forma par­te antigua de nuestras devociones, sin menosprecio de la Trimurti orien­tal, según los valores de la Tríada, que la física actual, más inclinada al número que al expe­ rimento, co­mien­za a comprender entre el yin y el yang. Pues esto somos, los desheredados de América, más allá de nuestras venas abiertas, la mágica posibilidad complementaria de reunir macho y hembra en un glo­ bo perfecto o círculo de luz. Lo supo y lo sa­be —por­ que siempre lo supo— la Poesía. No quiero hacer ahora un rosario de nombres, ni me fastidia cual­quier lista biográfica. Pero cuando sa­ cudamos nuestra pereza o nuestra desconside­ra­ción, el paraíso de nuestra ignorancia será compensado con el tejido or­gánico de nuestro acto o de nuestra ins­pira­ ción, que así incluirá totalmente, como la piel envuel­ ve el cuer­po, el aticismo barroco de un Franz Tamayo, en Boli­via, y los atomismos parnasianos de los herma­ nos Campos, en Brasil. Neruda, Vallejo, Parra, Huido­ bro, Ca­rranza, Cardenal, Borges, Benedetti o Paz, son emi­nencias evidentes, pero no estarán solos. Nosotros, los brasileños, por ejemplo, nos sorprenderíamos si com­ parásemos la evolución de Rogelio Sinán con el des­ pliegue de nuestro modernismo, y lo consideráramos en la tela de la poesía panameña, tan firme y esplendo­ 


rosa como la nuestra; y el surrealismo esotérico de Martín Adán, junto con el de sus émulos argentinos o mexicanos menos divulgados, mucho favorecería nuestra inquietud, considerando la magra cosecha del Brasil en este sentido. Nótese que el hiato no es sólo internacional; dentro de nuestras fronteras, desde Oia­ poque a Chuí, o desde Rio Apa a Fernando de No­ ronha, mi coterráneo Érico Veríssimo ya decía que somos un archipiélago… cercado de silencio por to­ das las aguas, podríamos agregar. Pienso, también, como Benedetti, pero un poco di­ferente. Las dictaduras son efecto y no causa, y se ins­talan con el objetivo de mantenernos así, aislados. Entre tanta justificación injustificada, para el diag­ nós­tico de nuestro atraso, todas han de reducirse al carác­ter de nuestra colonización. Al contrario del May­ flower, que religiosamente trajo hacia estas costas una revolución de raíz medieval, las naves peninsulares sólo aportaron el dogma. ¿Quién sabe, con lucidez, a excepción de Pietro Ubaldi, qué planes redimen el mo­no en el hombre? Por lo tanto, si vale la intuición poéti­ca y la lógica histórica, yo estoy seguro de que nuestra miseria presente es el fermento de nuestra mi­ sión fu­tura, y América seremos todos juntos, miran­ do sin polaroid a la humanidad, que ya puso el pie en otro es­pacio. Sin embargo, no me ilusiono, será pre­ ciso con­sumir nuestro dolor y, así, la recesión econó­ mica —resultado de la recesión de la inteligencia y de la moral, que nuestro Brasil comparte con las demás regiones americanas— será el caldo de cultura o el abono que propiciará el florecimiento del fruto o el na­ cimiento del animal, que van a alimentar o a hacer mo­ ver la rueda de la fortuna. Una ley superior nos enseña que antes es preciso destruirse y madurar, lo que sólo ocurre por voluntad o por rebeldía. En seguida ve­re­ mos, en lo que concierne al continente, que los inte­ 

reses nacionales o las barreras del idioma serán menos poderosos que la vocación de unidad. Para ella y por ella, aquí estamos. Si por un lado nosotros tenemos, dentro del univer­ so de la modernidad de la poesía hispanoamericana, una relación íntima (aunque jamás señalada por la crítica) con las doctrinas herméticas y ocultas; o sea, si esta poesía era (¿todavía lo será?) adepta confesa del paganismo, por otro lado la poesía brasileña estaba (y todavía lo está) visiblemente marcada por sus relacio­nes con el positivismo y la razón crítica, o sea, una poesía comprometida hasta la médula con las ruinas del es­ piritualismo cristiano. ¿Sería posible establecer pará­ metros de beneficios y/o perjuicios en lo tocante a las relacio­nes aquí expuestas? Un mero examen del barroco hispanoamericano, principalmente de las tallas y pinturas preservadas en la faja andina, México y adyacencias, puede eviden­ ciar cómo esa expresión artística representa el enlace entre las cosas herméticas y el paganismo, ya en el gran impulso de la segunda mitad del 700 fortalecido por la mitología masónica. Tal ejercicio visual marca la ex­ presión poética, desde los albores hasta el moderno flu­ jo semiótico. Sobre, o bajo la estética aportada, val­ga insistir en el poderoso y asombroso sustrato indíge­ na. En el Brasil, a pesar del Aleijadinho, fue lo contra­ rio; es estéticamente escaso el sustrato que podíamos heredar de nuestros salvajes, o menos intelectual la ri­ queza traída por los negros africanos. No obstante que nuestra poesía se haya definido, después de la glo­rio­ sa excepción de Gregório de Matos, ya bajo el influjo del racionalismo francés, hacia la consagración posi­ tivista del siglo xix, permeó la cultura popular cierta herencia mística, hermética y mesiánica, recibida a tra­ vés de lo luso, de manera heterodoxa, y viva en el culto La Otra | enero-marzo 2010


de lo divino o en los mitos alquímicos de El Dorado y de Avalón. Habrá ejemplos que sólo la poesía de Jorge de Lima lleva a luminosas consecuencias. Tam­ bién a este respecto, un intercambio cultural más in­ tenso contribuiría a un impulso de mayor pasión, de osadía mayor, el dejarse llevar por la marea de la vi­ da, entre los trópicos y la sangre, que un positivismo enclenque o la importada razón crítica que de hecho ha­cen mermar nuestro ímpetu. Entre tanto, a través de lo épico y de la protesta social, además de la brasa etnográfica por la cual el sentimiento religioso emer­ ge de manera heterodoxa de manifestaciones folcló­ ricas como el Bumba-meu-boi, las generaciones que trataron de escribir después de los años setenta tie­ nen a su disposición una base poética que podrá fa­ cilitar la aproximación de dos idiosincrasias, acortando la separación de los dos idiomas, con superación de los perjuicios y multiplicación de los beneficios. Resisto a la tentación de mencionar nombres, por­ que uno no se engaña cuando advierte sobre los ries­ gos de la precipitación, la desinformación y los afectos, que tornan aleatorias esas menciones. Pero, incluso con los más notorios y pregonados, al margen de cualquier rigor, de cualquier criterio de calidad, cualquiera de nosotros tendrá, de punta a punta del país, una lista que compruebe la vitalidad de la poesía brasileña, su presencia y sus conexiones con lo que se escribe en español. Lo cuantitativo también es un presupuesto de valor. Cuantos más nombres haya para confrontar con la crítica o con el gusto personal, tanto más visi­ ble será aquel que sintetice las cualidades o los descon­ suelos de su época. Que Rosa, Lispector y Suassuna no encabecen las listas del boom latinoamericano, no los excluye de sus brillantes convergencias o armonio­ sas conciliaciones. Quiero decir que, también así, nues­ tra poesía actual, a pesar de la severidad o de las yo poeta | josé santiago naud

complacencias, prefigura en cantidad y en calidad la mano que va a partir el pan en la cena americana. Sólo entonces podremos saber lo qué era real y qué fue oficial, y la confusión de ahora se resolverá. Pero importa reconocer desde ahora que somos muchos y estamos vivos, ni más allá ni más acá de los que ha­ blan español, y la característica común será el conflic­ to de dos épocas o el choque de dos pensamientos. Más que lo ortodoxo o lo heterodoxo, lo paradójico puede franquear nuestras barreras; entre la gracia di­ vina y el realismo mágico, desde el sentido hermético al insulso positivismo, están ahí el barroco, el surrea­ lismo, la semiótica, el lirismo épico, el esoterismo o la protesta social, como dicen, para comprobar que algo de nuevo, extra-europeo, se propaga por estos lados, dando mayor complejidad y apertura a las direccio­ nes que heredamos del mundo hispánico. Hoy esta­ mos viviendo con una perspicacia inédita —y ésta es una de las crestas de la crisis— el conflicto entre los conceptos de vida pagano y cristiano, de eternidad. Mirando al futuro, y a partir de nuestra etnia mistu­ rada, la unión (o confederación, según quieran) de la América de dos idiomas es una solución, que el tes­ timonio poético ya ha anticipado. Octavio Paz, en su El arco y la lira, decía que “el mar­ xismo es la última tentativa del pensamiento occiden­ tal para conciliar razón e historia”. ¿Crees en la validez de esa afirmación? Dan ganas de decirle a Octavio Paz que no tenga ra­ zón, tal cual le decía Álvaro de Campos a Fernando Pessoa; ellos mezclan matemáticamente lógica e intui­ ción. Desde Descartes que se trata de conciliar razón e historia, no siempre prestando a atención a aquella ad­ vertencia de Pascal sobre las cosas del corazón. Pues, sin excepción, todas las ideologías del siglo pasado —y en­ 


tre ellas sobresalen el gigantismo de Marx y el titanis­ mo de Freud—, terminaron perdiendo la partida. Hoy es más actual llevarse por lo antiguo, buscando el equi­ librio de cuerpo, alma y espíritu. Cualquier ten­tativa de pensar fuera de este triángulo, que puede ser leído de abajo hacia arriba o de afuera hacia adentro, significa reduc­ción y será siempre una tentativa frustrada. Nuestra obsesión por el futuro, por los cambios, por el progreso, nos arrastró de forma definitiva al centro de una ilusoria inmovilidad. De este modo, aquello que nos acostumbramos a llamar transgresión, después de una sucesión ininterrumpida de repeticiones, pasa de tal for­ ma inadvertido que nos hace creer que la única mane­ ra posible de transgresión, actualmente, es su opuesto, el conservadurismo. ¿No habría un punto de intersección entre los principios de cambio y permanencia? Totalmente de acuerdo con su afirmación. Las dos dictaduras que nos afligen, tanto la política como la económica, se abarrotaron de razón hasta el punto de entronizar la lógica del absurdo: el movimiento in­ móvil. La insanidad se convirtió en regla y estamos vi­ viendo en carne y alma la waste land entrevista por Eliot (siempre los poetas). La transgresión, en este ca­ so, deja de ser crimen, pues adapta nuestra rebeldía a los “paraísos artificiales” que nos prometen o nos imponen, y es, de manera conservadora, un acto en pro de la salud. Quedamos nosotros, los individuos, en el mundo amplio ya devastado, sobre nosotros las vastedades consteladas —de un modo u otro, último refugio de nuestras transgresiones. Entonces, mental­ mente, miro el lago extendido hacia la calma de la ma­ ñana: una leve brisa encrespa suavemente su superficie y el sol cae de plano sobre la infinidad de crestas que lo cubren de margen a margen. Estas perturbaciones no representan la totalidad del lago. A la nochecita 

vuelvo a contemplar las aguas serenas; en la lisa su­ perficie ni una casa roza el espejo líquido que refleja el cielo. Tiro una piedra, y los círculos concéntricos se expanden. Así todo depende del ojo que ve o de la mano que se mueve; el lago es siempre el mismo, ac­ cidentado en mí. Lo que hoy sufrimos será causa o efecto y el pueblo sabe que “nada acontece por azar” y que “todo lo que es demasiado es mucho”. Las ideas y las técnicas nos llevaron a intervenir en el mundo. Eso tiene consecuencias, altera y prepara la paz que ansiamos. Y el punto de intersección entre los prin­ cipios de cambio y de permanencia ha de ser como la luz que es la misma entre la cresta de las olas y la lisa superficie, o, en la extensión de la chapa de agua el círcu­lo que se acaba en las márgenes. Lo máximo es mirar a los otros como nos miramos a nosotros mis­ mos, sin hurtar a los hechos nuestro gesto de amor. Y todos seremos un día el lago, reelaborado en noso­ tros. Ahí el juego de poder, que todavía se engaña con el progreso, cederá al conocimiento y se sumará el sen­ tir al comprender cómo se suman los individuos en el colectivo. La felicidad ha de llegar para todos o no llegará para ninguno. ¿Todo ya fue escrito? Respondo con la sabiduría del lado occidental, re­ pitiendo salomónicamente, según el Eclesiastés, que “no hay nada nuevo bajo el sol”. Pero las formas se renuevan y sólo en este sentido, finalmente el poeta puede aventurar que “la chair est triste et j’ai lu tout les livres”. Artísticamente, la cuestión es cómo se pue­ de llegar a la verdad general partiendo de la verdad de cada uno, como en sus ejercicios espirituales el santo busca la cara de Dios. El acto poético es el poeta ho­ jeando un libro en busca del Libro que jamás podrá escribir. v La Otra | enero-marzo 2010


yo poeta

josé santiago naud

poemas

Traducción | Marta Spagnuolo

Tres romances [1] En la cara humana hay un misterio, rosa y espina entrelazados, trigo en el viento ondulando, tierra en carne lacerada. En la cara humana a veces la indecisión se refleja, y el amor viene aleteando como banderas en la noche. Inconclusa geografía, la cara humana adivina, subterránea, la certeza que en los rasgos se prepara.

a los amplios campos de la frente. Y la faz que, de cuidada, civilizada, la blandura va cerniendo entre los hombres, deja ver, si se la observa con los ojos de la realidad engrudados en la fantasía, el choque fuerte de las razas, las manos reunidas en una sola y los ecos de un cielo más claro. Vientos más altos reducen, entonces, el todo que es el hombre a estatua de brisa y cabellos. Así, en las crestas del pasto, un rayo de sol incide y oro las hace fulgir.

Y la línea tierna de la boca, la oblicua de la mirada, la abrupta que en la nariz se insinúa conducen sus raíces yo poeta | josé santiago naud

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[2] La niña está en el balcón acunando el silencio, las alas de la nostalgia le insuflan vidas increíbles.

a la niña envía su marca, y un impetuoso caballo le corre rubio en la sangre.

El sol vierte en los ladrillos savia amarilla de besos y sobre muslos y senos pespuntea lagos de sueño.

[3] De la mujer, quiero el cuerpo en sus formas constelado, suelto el espíritu, que éste en muerte propia engendramos.

La niña piensa, y levanta por las columnas esbeltas voces tibias susurradas de azúcar, muñeca y ansias. La noche baja. La niña enrolla sus largas ramas en el campo azul que le dispersa, mugiendo, las payanas. Por la verdura oscilante peces de luna se asoman y encienden en la tiniebla ardiente calor de llamas. La niña queda mirando, se queda, y queda mirando, mientras el balcón ataja, bramando, un tropel de estambres. Entonces, la tierra tiembla, el verde tiembla, la hora tiembla, y ella cierra sus caderas en su ombligo. Viaja, en velas de la llaga, 

En la mujer, voy abriendo arduas sendas de la tierra, línea tortuosa aguzando las fuentes de su deseo, aves oscuras planeando la incontención de los límites. Oriundos del mismo limo, ansia en barro dilatada, impaciencia de ventura, enraizada en la noche, la rosa, amorosamente deshojamos en la ausencia. Y el cansancio nos devuelve a los lechos del ser solo, e intentamos nueva busca —el salto hacia las razones del origen, y la noción del tiempo se escurre por nuestros miembros transidos, y dos en uno quedamos, presos, en medida y peso particular de su angustia. La Otra | enero-marzo 2010


Hasta que llegue la mañana, el mañana, la muerte solamente, la carne que nos explique, nos testimonie en el mundo, ensaye otro infinito, y nos transfigure – ¡el hijo!

Mujer En la carne, como saeta a su meta arrojada, hecho aire, cosa dura, silencio, ala vibrante, su ser se constela y el círculo demanda. Pura como una piedra, densa como una sombra a pique, bajo el sol de ardores rociada, condensada de llamados, lana, cosa más honda, forma de conseguir convulsiones en el agua clara, por meandros línea igual que se aclara y se oculta, en los vestidos que la componen y la desnudan. Tan simple, como la flor explícita, pero confusa si al color se suman en la hoja las lisuras del tallo y el perfume, a la noche, hace yo poeta | josé santiago naud

más flor la flor de la flor. Desisto de entenderla, para rendirle el asombro del césped cuando crece. Basta el aire, que escalofría en el azul de un cielo desierto su vuelo, que amo, su manera de ser el ser que, en el tallo, es: ave pajarito, suave o salvaje, nido o nave, isla, monte entrañas de locura revueltas.

Cantares No poder llegar el cuerpo a la enérgica dimensión de la cintura. Mirar la luna, y escarbar, escarbar inconsolable el dolor de animal afecto al galope y a la fuerza. Qué pesares se escurren, por las facciones del proscripto: ni hombre de verdad, ni verdadera bestia. No me inquieta el tropel de Pan, 


que infla la llama de las mujeres, en el lago. Me inquieta la mujer, me sustenta el instinto.

Y la luna, que podría ser mi plácido espejo, boga, inmóvil o acecha, más hondamente, lo que no tengo. Se lacera el sentido galope en soledad, falla la búsqueda fatal de la demanda, en lo eterno —pues que ya me muero de armonía en las horas, y no puedo anularme por la savias sanas, ni lanzarme a la vida, sin alas, ser partido. Si a la naturaleza llamo, en el amor me quedo solo, y si busco la unidad, ni hablo ni cautivo. Así, asuelo y escarbo en el miedo enmarañado,

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porque hombre no puedo con las patas juntarme serenamente las manos, ante el altar de Dios. Anteriormente, soy sólo lo que debiera ser. Pero el cuerpo interfiere y, entero, soy fragmento. Si al espejo me asomo, tocado por mi calor se limita narciso. En él sumerge la cara de lo que, mío, se destaca, y sucumbo en el otro queriendo ver en mí. Quien sabe de mí, en el agua instaura las figuras únicas, el resto busque mi rastro, nostalgia de mí — en el Origen.

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artes plásticas

graciela kartofel

ismael guardado

13 esculturas y 13 sueños para una instalación

Vista de la exposición Transición visual. Alquimia del espacio | Antiguo templo de San Agustín, Zacatecas | septiembre-diciembre 2009

artes plásticas | ismael guardado

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L

a exposición de Ismael Guardado en el ex templo de San Agustín se vislumbraba como una visión de tensiones mágicas, algo así como una invocación de los estudios de artistas del Renacimiento, enfocada con el lenguaje de nuestros días. La convivencia de fun­ ciones de un edificio, se conoce. Desde hace décadas, los espacios industriales en desuso han venido dando cabida a las artes. Así sucede con San Agustín, este mo­ numento histórico zacatecano sede de exposiciones. Es un espacio que se impone por sus proporciones y por la carga histórica que conlleva, aún estando va­cío. Ismael Guardado ha caminado ambos espacios infi­ nidad de veces, le merecen respeto. Nadie puede pen­ sar en tener una exposición en San Agustín sin darse cuenta del riesgo que implica. Y eso sucede si un artis­ ta no percibe la intensidad y magnitud del entorno en el que exhibe. Sea pintor o escultor, la sala recibirá la exposición con beneplácito, la tratará de manera indi­ ferente o la fagocitará. Ismael sabe que con sus trece dibujos —que sin marco miden 150 x 90 cm—, hará una sólida visita al templo. Y sabe que con sus trece esculturas de tres metros de altura promedio, saluda­ rá al espacio de manera significante. Además de los trece dibujos y las trece esculturas, el artista ha pensado en infinidad de proyectos para el atrio. Ha hecho bocetos de trece ideas, todas buenas y algunas ya comenzadas a realizar: cuatro metros cin­ cuenta, esquemas, croquis, medidas…, molcajetes, herrería, anafres…, lámina superpuesta, cantera, columnas…, una piedra clave…, señales. O serán unas columnas con señales en positivo y en negativo, en ma­

Selección del texto de Graciela Kartofel, Ismael Guardado 2009: Tran­si­ ción visual. Zacatecas, capítulo “Alquimia del espacio. 13 esculturas y 13 sueños para una instalación”, Instituto Zacatecano de Cultu­ra Ra­món Ló­pez Velarde, Gobierno del Estado de Zacatecas, México.

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dera, en rojo y en oro, con cantera y herrería de Zaca­ tecas. Un universo de ideas para una instalación que como tal, sólo se concretará, cobrará vida, será obra en el preciso momento en que la instale en el atrio. Al usar vidrio, el artista expande las esculturas por las cualidades intrínsecas de dicho material y los efectos de la luz sobre el mismo. Dado que la luz se expande en línea recta habrá acción de iluminación-reflejo de las esculturas sobre zonas del edificio y de los dibujos. Siendo que la luz refracta —cambia de dirección cuan­ do atraviesa un cuerpo—, las acciones no serán fijas, sino que irán cambiando levemente con las ho­ras del día y con el caminar de los espectadores. El vidrio se re­ fleja al visualizarse contra otra superficie reflejante, por lo que habrá cambios inesperados e incontrola­bles. El contraste entre la opacidad del metal y la transpa­ rencia del vidrio ofrece una lectura simbólica del mun­ do en cuanto a lo inaccesible y a lo transparente. Al preparar esta exposición, lo que he hecho es ordenar el espacio. Así se expresa Guardado. Es cierto, lo ha or­ denado, ha evitado la dispersión y ha consolidado las ideas, concentrándolas. Esa conceptualización aporta a quien deambula por la sala, llena los sentidos de cargas emocionales y despertares mnémicos. Agrega: La escultura que más admiro es Stonhenge. El concep­to, la correlación de los espacios, y el espacio central… to­do se corresponde. Ismael Guardado sonríe y dice: puede que en la obra haya unos ángulos o una visión relacio­ nable con de Chirico. Tiene razón, la pintura metafísica creada por Giorgio de Chirico y Carlo Carrá especula con aparecer en estos dibujos y aún en las esculturas. Los pintores metafísicos manejaron situaciones del si­ guiente orden: imaginar la vida interior de los objetos —sobre todo arquitectura con espacios deshabitados y, por ende, fuera de sus contextos propios o de sus fun­ La Otra | enero-marzo 2010


Al filo de tu piel | graffito/papel, 150 3 90 cm

Diálogo virtual | graffito/papel, 150 3 90 cm

artes plásticas | ismael guardado

Diálogo virtual | metal y madera, 262 3 80 3 56 cm

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Ismael Guardado | © Gabriela Bautista, 2009

ciones. Una sensación de melancolía no palpable, tra­ tada con mucha presencia de color —que Guardado reemplaza con luz. Pero es sólo una conexión intangi­ ble. Ismael Guardado lo crea, nosotros lo pondera­mos en la cadena de los misterios que subsisten en la obra de arte. Se le atribuye a de Chirico la siguiente frase: “Hay mucho más misterio en la sombra de un hombre caminando en un día soleado, que en todas las re­ ligiones del mundo.” 

Guardado dice: No me interesa la abstracción como tal. En sus creaciones hay abstracción y representa­ción. No es obra puramente geométrica ni hay una narrativa temática, tampoco es una abstracción lírica. El artista desarrolla un diálogo entre paisajes evocados no detallados, e infinidad de texturas entre la línea y la incisión, entre los materiales. De cada lugar y de cada técnica él capitaliza algo. Del grafismo y la incisión se expande a otras expresiones; aparecen en su pintura, en objetos en madera, en cerámica y en los trece di­bu­ jos que ahora nos ocupan. Del registro de sus obras públicas, la variedad ratifica el espectro de solucio­nes que Guardado plantea. Por un lado está el Prometeo (1969, Universidad Autónoma de Zacatecas), una obra figurativa y emblemática. Por el otro, existe la recien­te escultura monumental El arado, una interpretación abs­tracto-geométrica de ascendiente maquinista, cam­ pirano (como su nombre lo indica) y hasta pampulhea­ no. Se entiende que no se dedica a la abstracción como tal, sino que la articula de manera personal, la habita con coordenadas espacio-temporales y con los recur­ sos que hemos venido mencionando. En esa conjunción entre dibujo técnico y grafismos expandidos surge un balance. Los dibujos emergen como ritos chamánicos. Las esculturas confirman ese ri­tual peculiar, por momentos hasta pueden invocar a la máquina. En tiempos de guerra, más vale que el me­tal y la máquina no sean usados para incrementar esa crueldad. Guardado trabaja con lo que proviene de la na­turaleza, aunque con diversos grados de procesa­ do industrial. Así utiliza el hierro, el vidrio, la madera y el carbón, en una alquimia de materiales. Por contra­ dictorio que parezca, grandes paralelepídedos de me­ tal están incentivados giroscópicamente por el círculo, la esfera y sus fracciones, alimentadas por la luz. v La Otra | enero-marzo 2010


Eje solar | madera y metal, 262 3 73 cm

El beso | graffito/papel, 150 3 90 cm

El beso | metal y vidrio, 262 3 80 3 54 cm


Fusi贸n | metal, 216 3 55 3 55 cm

Modular en tres tiempos | cantera, metal y madera, 450 3 45 3 45 cm c/u

Elevaci贸n de volumen | metal, 262 3 56 3 120 cm

Nave nocturna | metal y vidrio, 262 3 50 3 75 cm


Modular en tres tiempos | cantera, metal y madera, 450 3 45 3 45 cm c/u

Filamentos | graffito/papel, 150 3 90 cm

Filamentos | cantera y vidrio, 80 3 100 3 29 cm


Oráculo | ambientación modular, cantera, ø 800 cm


miscelánea

alfredo fressia

el cuaderno paulista de rodolfo häsler

L

© José ángel leyva

os poemas que siguen pertenecen al Diario de la urraca (Cuaderno paulista), de Rodolfo Häsler. Especie de esfinge instalada en las periferias de la mo­dernidad, la ciudad de São Paulo, con sus veinte mi­ llones de habitantes, íntima, monstruosa, seducto­ra, nos desafía a todos a descifrarla so pena de devorarnos. Es lo que hace esa urraca de Häsler, sin establecer dis­ tancia entre ella y el objeto infinito donde vuela, ella misma parte de ese paisaje que pide al lector una in­ terpretación, que implora por la síntesis imposible, el dibujo definitivo, el vuelo unívoco que São Paulo ja­ más tendrá. Testimonio íntimo del pasaje del poeta por la ciu­ dad, puedo adelantar al lector que Häsler fotografió São Paulo desde todos los ángulos, pero quedó cier­ tamente seducido por los cielos y los planos captados desde las torres gigantes. El vuelo era de ave; los poe­ mas están ahora frente al lector para invitarlo al re­ corrido de los días y las calles del poeta. v

Rodolfo Häsler, 2008. miscelánea

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Página uno: lunes. La urraca lúcida Tengo una urraca que todo lo mira. Aunque huidiza, ahí está, quizá un azar, tira de la hebra y del ovillo, un deslizamiento al caer sobre un montoncito de hierba de Ibirapuera. En territorio agreste, lejos de mantener la calma la urraca se manifiesta, insiste en un vuelo sin laberinto, atraviesa el éter y anula el deseo yéndose por el costado, se esfuma por el mejor lugar, su juicio en la fronda. Repite un salto que es una línea, y abarca más, embauca temprano a su adiestrador. Celebran ambos la vez, bordea el refrán siempre a punto de perder la ocasión, hurgando en tierra mansa, sobre hojas húmedas, un hondo sentimiento de abandono.

Página dos: martes La palabra urraca: la leo en el espejo. Un liso corte en el cristal ¿qué te propone? La imagen se va por la ranura del azogue y corre a una boca de metro, destino Jabaquara. La sombra estatuaria de los predios lima el cristalino, no descubre nada, sólo extrañeza y dolor. El graznido de un pájaro, y un día, quizá hoy, puede que mañana, nublado, cesa su intención ante el ritmo del universo.

Página tres: miércoles. La urraca ciega La urraca ciega se guarece en el café Brahma. En la esquina de Ipiranga con São João, se esparce en la mente un paisaje infinito, un ángulo aéreo 

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que descansa sobre una tarja donde dice: tão acima de nós, tão longe da terra, recalcando el tono molesto de la escritora. La poeta adoraba a los animales. Y yo, al salir de un templo shinto, jardincillo de bambúes y pez rojo en el estanque, me escondo en el café, retomo un poema de Cecília Meireles que habla de gatos, de sombras de gatos, ¿o son sombras de urracas? que me van nombrando por la ciudad. Todo es revelador, serpentear una avenida desproporcionada, fotografiar el cielo desde el Altino Arantes, reír… Ciego frente a tanta opción, escondido en el Brahma no hay salida, la urbe se agita, la sombra quemada que permanece, no sé, y mientras leo, ciego como estoy, a aquellos poetas que me dicen sí, que me dan una fina excusa para huir hacia un recodo de cielo babélico y espantoso.

Pagina cuatro: jueves. El cuerpo como si yo no existiese, como si hubiese muerto por adelantado Blanca Wiethüchter

Hay un cuerpo que asiste a su devastación. Un olor a carne y a vísceras que se exponen a la curiosidad como si nada existiese, no mancharás, dice la sangre que gotea lenta, cuajándose en una galaxia que ilumina la pared del Copan. La pupila es azul, o puede que verde veneciano, y pide algo, correr, un pensamiento estoico, corriendo, lo deja a su voluntad el cuerpo que huye por la pared en su carne maltrecha. Un cadáver tendido como si nada y un prodigio que se presenta y dice: azul. Dónde duerme hoy la urraca, o es mi perro, repite su nombre, negro y blanco y azul. Azul. El cuerpo que cae y la nada adelantándose a la muerte una llamarada. miscelánea

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Página cinco: viernes. Rua Aurora para Alfredo Fressia

Cruzando la rua Aurora mira hacia atrás. Cómo menciona rua Aurora, cómo se atreve si nada le pertenece. Es el inicio de una transformación, el rufián es codiciado por un puñado de paseantes, es un incendio, un fuego que se acerca, un pálpito, una diadema. Ordena su melena frente al cristal, al borde del abismo, no sabes si el reflejo es real o una puerta imaginada. No sabes si volver, si lo deseas, no en vano fuiste alguien, abrazado, lamiendo las manos, atravesando la calle. Eres la decadencia, la buscas, adoras lo que un hada te cuenta, las cuerdas de un arpa que festeja el delirio. Dejas la rua Aurora y piensas en el poeta, su obra encerrada en el agua, encantado en un verso, mientras huyes, te vas, con su contenido.

Página seis: sábado. Cidade de São Paulo Su olor es a materia mojada y su mirada punzante. Es una urraca soberbia de plumas enmarañadas, una transformación en curso que ignora su devenir, una rama borrosa, un quicio para posarse, busca el sol entre tanta desmesura, la mano pide libertad, y se la dan, la toma, un ramito de lilas iguala la mención de la idea, cómo salir, ascender y atisbar por encima de mí, para reconocerte, y alza la voz de la ignominia, y da un consejo, si lo sigues, ven, vuelve, tu ciudad se va enfermando.

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miscelánea

alex fleites

poemas

Invención de Mexi* Este poema no sabe lo que dice Habla de oídas, sin comprobar las fuentes Para la oreja y se distrae de su viejo oficio de nunca entender, de llegar siempre tarde a donde no lo esperan Recibe ecos de un ser mitad nocturno mitad no precisada que se ha cansado de vivir Así de simple, como si diástoles y sístoles pudieran frenarse con el puño, ya como golpe o caricia

* La invención de Morel, de Bioy Casares.

miscelánea

Este poema definitivamente no sabe a dónde va ni por qué está fluyendo de la mano Como a la tan mentada sombra, a él también le cuesta respirar, hacerse el optimista cuando lo asolan, en vuelo rasante, dardos de eternidad y nunca Digamos que no es un poema socorrista Así es que no sabría si saltar, nadar contracorriente y devolver —bien abrazado— el cuerpo de la joven a la orilla Y en todo caso una mujer atravesada de humedad, pongamos que Mexi sea su nombre, 


es algo que hasta ahora no había asociado con la muerte Y está mal que se distraiga soñando con la transparente desnudez, ser gratificado con todas las delicias que una joven herida de boleros podría practicar Ya ven Es un poema que pierde lo esencial, los motivos reales o aparentes los cómo, los porqué esta Mexi que todos inventamos cubre con pudor sus pies menudos y en ocasiones evita los espejos y le cuesta tanto responder si, desolado, desde el otro lado del mar un montoncito de versos dudosos la imagina Ah, estas tercas mujeres que sin haber llegado al lado irreversible tratan de meterse a la fuerza en los poemas, y creen que el viento es una pared, 

y confunden la noche y el abismo Este poema, aclaremos de una vez, no siente compasión, sino envidia de los ojos negrísimos que aún tienen tanto que mirar, de la graciosa figura que una vez quiso bailar sobre las rosas y que cada día danza sin saber con un fantasma en el teatro más bello de la tierra Este poema será severamente amonestado por decir las cosas sin pensar, por difundir rumores, por suponer que Mexi existe en realidad y le ha pedido ayuda, por saborear el amargo dulzor de sentirse el primero entre los viudos Mayo de 2009

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Kenneth Cole Reaction Álvaro me ha comprado un reloj que, dice, se parece a mi mano Es fuerte y preciso, soporta golpes y tensiones tanto en el mar como en la tierra; no teme a los delirios del fuego y está tan pendiente del instante, que no le alcanza el tiempo para ocuparse de los días que vendrán Sin duda los hijos se hacen extrañas ideas de los padres Despiadadas a veces En ocasiones tiernas Equivocadas siempre En lo adelante tendré que trabajar para que esta mano, que ya es la mano de mi viejo, cada día se parezca más a su reloj Octubre de 2008

Fin de fiesta Para Helena Núñez, del otro lado del mar

A esta hora todos han partido En los vasos navegan los restos de promesas, las atropelladas historias inconclusas Los rincones, mezclados con ceniza, con rajas de limón que rodaron al suelo y semillas que denuncian miscelánea

nuestra unánime vocación de pájaros, ocultan los fragmentos de lo que no debió decirse, pero que aun así fue defendido con pasión y mal querencia, como sólo se puede hablar de las cosas que en realidad importan Fin de la fiesta El cansancio conocido, la certeza de pertenecer a ningún lugar, un ámbito que ni siquiera puedes construirte en el remedo de sueño que intentas al final de cada noche Vuelta a la arena negra del reloj, a las cifras que encierran los enigmas, al cuarto de nadie en la ciudad que arde, y al que la estampida de los amigos devuelve su condición de erial La sopera, cenote del sacrificio familiar, quedó intacta Si acaso tu sombra se asoma por un instante al fondo, y allí es recibida por lo que puede ser un pez o un atormentado rostro de muchacha En todo caso una imagen que viene envuelta en el amargo olor de viejas floraciones La noche se lleva la música imposible, los bocinazos de los autos atroces, una risa intolerable que moja las puntas en el lago, tal como lo haría una estrella en la taza de café 


Hay relámpagos goteando sobre los techos de zinc —en el resto de la ciudad no llueve—

Discurso del hombre como un gato

Regreso al cotidiano oficio de morir

En ocho metros cuadrados acomodo mi mundo, lo que queda de él, afortunadamente tan pequeño que nunca va a desbordarse aunque las ventanas se queden peligrosamente abiertas a los incendios de la noche

Lo sabíamos por años, pero aún así se lo negamos una y otra vez a los seres que amamos: definitivamente nada vuelve Maracaibo, 2007

Tarantella Para Silvano “Gao” Forte

La mujer que se cree araña siente en el espejo los destellos inquietantes de la araña que se cree mujer, sus ojos como carbones encendidos, el fuerte olor del sexo germinado, la sospechosa presencia de alguien que las mira, a uno y otro lado del vidrio, sonriendo en silencio

Este instante es el comienzo de la cuarta vida

Este es el momento en que empieza a fundarse el olvido Fuera los espejos Fuera las cintas que reproducen intensas vísperas, anunciaciones varias Fuera los libros que atestiguan, los retratos que hablan, el perro que pasa una y otra vez por el sueño sin reconocer la mano, el olor pálido de entonces Esta es la hora en que debo quemar los trajes que en otro tiempo me arroparon el alma El segundo de cortar los hilos del teléfono, cambiar de nombre, dejar tan sólo un rastro de hojas secas que sirva a los hijos, si fuera menester, para dar con mi atribulado corazón, tan errático como una granada de mortero que nadie puede corregir y una y otra vez cae al centro del mar sólo para espanto de anémonas y peces

Octubre de 2007 2008

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miscelánea

josé mármol

tácticas de vuelo

i Si estremece las nubes un 737 ¿por qué sostenerme no pueden a mí? El estrépito del lince metálico en sus bosques, el estruendo en las turbinas, virulencias, la orden de amarrarse el cinturón. ¿Por qué no sostenerme, si saltara? ¿Acaso no se trata de húmedo vapor y consistencia táctil del aire lo que vuela? Las nubes se compactan como rocas de algodón. Perfecta simetría, extendida y desértica llanura de quietud. El 737 se desliza solitario, suspendido casi, elegante y rapaz. ¿Por qué no sostenerme, si saltara? La sobrecargo roza su muslo en mis rodillas, me sonríe y rescata del letargo y el pavor. ¿No es, me pregunto, consistencia táctil del aire lo que vuela?

ii Esta ruta es un paseo gaseoso por las islas. Al volarla te descubres y disgregas miscelánea

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y el océano te dice lo que nunca habrás de ser. Vomitiva espátula en la imaginación. Efecto estroboscópico en la velocidad. El 757 empina su nariz hasta quedar el suelo hecho un dejo de ilusión. Me siento reposar en un movimiento sordo, mientras cambia lentamente el paisaje su figura. Esta ruta es, con poco esfuerzo digo, como quedarse en casa inclinado a la tv.

iii Surcar los aires hondos con pájaros de fuego es una osadía y tú lo sabes bien. Somos tan pequeños, me decías dormida, duramos el soplido de una fragilidad. Déjate pasear por misterios y delirios; apenas quedarán territorios de aflicción. Somos tan pequeños. Delgadísimos y débiles, tal vez, como un niño que grita sabiéndose nacer, una hebra de ilusión de la nada prendida, un pétalo de hastío tirado al lodazal. Desde su arrogancia, todo parece al hombre tan fútil, tan destruible. Este caballo griego, tú lo sabes, es una belleza creada y fundida seis mil años después, por unas manos ácidas que anunciaron las tuyas. Lo vi. Espigado y sereno me miraba en la sórdida vitrina de una tienda en Nueva York. Déjate llevar por lo que habría de ser. La certeza ya no pasta en el prado de los dioses. La muerte ha sido siempre antesala del vacío, su hálito de hielo no se puede retratar. 

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iv Water evacuation es, a ciencia cierta, una cuestión de probabilidad. El sudor te inunda, de ansiedad, la palma blanquecina de las manos. Es señal de madurez, y precaución, prestar oído atento a las recomendaciones de seguridad. En 30 segundos, antes de despegar, al Padrenuestro sumas una fugaz versión de tus memorias. Un árbol, un juguete adorado, un amigo leal, una playa lejana, un viento sabio que deja la huella de la duda en la inocencia. Los ojos tremendos de la niña amada sumergidos en cuencas de ámbar y esmeralda. Land evacuation es, quizás, la probabilidad que acerque la escena al espectáculo. Rastros de audífonos del iPod del muchacho nacido en New Jersey. El pantalón vaquero zurcido a la rodilla de la niña que a los 12 ya conocía varones y soñaba con hondos paraísos del éxtasis y el crack. El laptop de la Dell que muestra en pantalla la foto en familia del ejecutivo que se calcinó. El número de asiento, la maleta negra de un miembro de la tripulación. Life vest under your seat. Mientras, empiezo a caminar, letra por letra, El último encuentro de Sándor Marai, y el A300 zumba por el espinazo blando del vacío.

v Un aeropuerto es la ordenación del caos. Pero, ¿acaso no es allí donde todo comienza? La simetría y el orden son fragilidades, deslices del desastre del orbe natural. Nido de pájaros ruidosos, sin plumas siquiera, lampiños de metal sin follaje en el pico. Pájaros que asedian la calma del cielo a la velocidad de la velocidad, a la velocidad que no pueden ni el sonido ni la luz en sus urgencias. Un aeropuerto es un plano del delirio. Multitudes que hablan por doquier. Multitudes que comen porquerías y beben aguarrás. Multitudes que van, precipitadas y tristes, al principio del fin de la incertidumbre. Multitudes en bluejeans aferradas a pequeños aparatos de adicción. Rostros iluminados, casi absortos, por la pantalla plana de su ordenador. Un aeropuerto es, me lo susurra un santo, el bosquejo nervioso del retrato del miedo. Plaza helada y sorda de la despedida. Plaza luminosa, preñada de tiendas y bullicios, en cuyas arterias celebra la risa del festejo sus reencuentros. Multitudes que se miran sin tocarse. Multitudes de la mano con su propia soledad. Catafalco del último adiós, entre sollozos. Tablero en movimiento acelerado, donde nunca aparece, en letras amarillas, el destino final de la fatalidad. Un aeropuerto es, no me lo cuentes, la metáfora precisa del desastre por llegar.

miscelánea

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vi Viajo en el asiento 24D. Me mira dormirse, la tigresa, en la copa cenital de su butaca. La 24F, adivino. Me mira dormirse, la insondable, abriendo el compás del entrepiernas. Un ademán impúdico desliza por el pasillo estrecho, semioscuro. El capitán anuncia condiciones favorables de vuelo y tiempo claro. Siento que planeamos, de repente, en el infierno acuoso de la concupiscencia. Me mira dormirse, los párpados besándose la comisura, esa caníbal rubia de farmacia. Se arde suspensa ella misma, se contornea lenta bajo la manta gris, y en el fuelle de su lengua, apretada y muda, pone trampas a mi amago de olvidarla y dormir. Me mira y me mira, desfallecida casi, la felina de las gafas y el jersey. Insinúa, provoca, desconcierta, explaya la tersura del valle de su plexo. Me mira encandilarse. Me mira delirante y abrasiva, la empujada hacia el susto por velámenes lascivos. Me mira ensombrecerse. Me mira derretirse. Me mira espumarse en la dureza vítrea del cristal de mis deseos. Esa, esa misma, la tormento llamada, lo presumo, la indecible de las formas y los tonos del misterio, la que adora con un peso de angustia en la mirada. Inclina su cansancio, sin que importe un bledo, el pasajero del asiento 23D. Me mira dormirse, la despierta, y azuza la extensión de su letargo. Me mira morirse, la que llamo mantarraya. Me mira y me mira, la bendita. Yo no puedo palpar la tibieza de su carne, el brillo apetecible de la foto y su misterio. Por la ventanilla del A300 casi toco la luna, con su preñez de atisbos de cantos perdidos y embelesos. Me mira mirarla, ahora sí, y mi estómago columpia, señal de turbulencia, entre la frivolidad y el balbuceo de un ebrio. Viajo en el asiento 24D.

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juan manuel roca

el tren de medianoche

Te llevaste a ti mismo al tren. Yehuda Amijai

Aunque sólo ocurriera en un sueño, me ocurrió. Me veo salir de casa entrada la noche. El tren debe partir en la madrugada. Desde la ventana de mi cuarto veo mi cuerpo que baja las gradas del edificio y advierto que al salir, mis 50 años pasan bajo un inmenso aviso de neón. Es un anuncio colorido en el que una mujer guiña un ojo azul y bebe una cerveza dorada. Me conduzco a la estación por una senda solitaria: llevo en una mano un periódico doblado y en la otra el boleto. (Debo aclararlo: un pasaje para nunca supe dónde.) A mis ojos se extiende un paisaje de bermas y de andamios desarmados, de ductos de chimeneas y campanas herrumbrosas, una bodega con durmientes, con cascos de mineros y ménsulas de señalización. A cada paso se hace más visible la oscuridad. Adosado a una pared enferma, ultrajada por el tiempo, se prende y apaga el tablero de itinerarios. En el fondo nocturno de la estación florece un cementerio de vagones, un festín de óxido que deja ver trozos de básculas, láminas de zinc, desechos de literas y faroles devorados por la hierba. miscelánea




Veo a mi otro subido en la garita. Me hace confusos gestos con una bandera de señales: mezcla agreste de ángel sombrío, guardagujas y espantapájaros. Yo me hago el distraído y decido ignorarlo. Al acercarme al taquillero, tras las rejas que revelan la fatiga del bronce, el viejo funcionario se encasqueta su gorra azul, una gorra con un escudo de dos rieles cruzados, un símbolo en X hecho con hilos de cobre, celebrado emblema de los Trenes Estatales. Mientras mira al vacío con calculada indiferencia yo levanto mi valija, con más extrañeza aún, y subo al primer vagón que encuentro en el camino. El tren está vacío, como lo están la estación, la mirada y el cuerpo del vendedor de boletos, la maleta de pana heredada de mi abuelo y la lustrosa locomotora de vapor. Desde el andén me veo subir a un vagón con una ligera pizca de nostalgia. Cuando me asomo a la ventanilla me observo entre el humo y la niebla del muelle 17 y suena una campana ronca y lejana. Ninguno dice adiós con un pañuelo al aire, ni esboza un ademán de despedida. El tren arranca conmigo o con mi otro, pero uno de los dos queda en el muelle con su rostro pétreo de la Isla de Pascua.

Para Tobías y Juana Burghardt

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miscelánea

poetas sinaloenses

Francisco alcaraz

para Mariel, por supuesto

De qué hubiera servido llamarte de otro modo, en qué ayudó esconderte bajo otras redondeces, de qué valió usar máscaras, cambiar el timbre de tu voz, robar su rostro a otras muchachas si ya te presentía, si hacía tiempo oteaba tu perfume, como el gato al que sacan de la casa con los ojos vendados y regresa tras conocer el agrio amor en los colmillos de las gatas.

Aquel mazo de cartas y la bruja en trance en un rincón de Veracruz: la promesa en la pila bautismal de donde vienes a mí todavía húmeda. Sin saberlo tus dos saladas sílabas llegaban desde entonces, tu nombre de diáspora, de barco fantasma levantando con su esquife una brisa fatigada en la memoria; un ruido de piratas asolando los puertos de mi infancia. No era otro sino éste el nombre que te deseaba en la tormenta.

Francisco Alcaraz | Culiacán, Sinaloa, 1979 | Estudió lengua y literatura hispánicas en la Universidad Autónoma de Sinaloa (uas).

Es autor del libro La musa enferma (Premio Nacional de Poesía Joven Elías Nandino 2002). Ha sido incluido en varias antologías de poesía mexicana y en los colectivos Los límites acordados. Ocho poetas jóvenes sinaloenses (2000) y 1979. Antología poética (2005). Ha colaborado con poemas, ensayos y reseñas en los periódicos La Jornada, El Financiero y Milenio, así como en las revis­ tas Tierra Adentro, Biblioteca de México, La Gaceta del Fondo de Cultura Económica, Alforja, Revista de la Univer­sidad de México, Blanco Móvil y Luvina, entre otras. Durante ocho años fue editor de la revista Textos (uas) y actualmente es jefe de redacción de Literal (Instituto Sinaloense de Cultura). Ha sido becario del fonca y del foeca de Sinaloa. miscelánea

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Como todos los niños de la escuela también hice un dibujo de mi casa. El cielo era surcado por inocuas nubes pálidas en su naufragio azul y un sol desaliñado que rugía como un león inverosímil: ante su fiero aspecto de quimera el árbol ocultaba sus raíces cual estacas, y hubiera pasado inadvertido si las caras redondas y sonrientes de cuatro personajes, cuyos cuerpos tenían con la cabeza un serio desacuerdo, no estuviesen muy frescos a su sombra. Era una casa, en fin, muy parecida a la real, excepto que la puerta no tenía ni chapa ni orificio que pudiera servir como cerrojo; una puerta sencillamente falsa, condenada no sé por qué palabras a no ser una puerta, a cerrar el paso a aquello que escondía. (Por eso me reprocho tanto escrúpulo: si hubiera sido menos serio, si lo infantil me hubiese sido dado, habría permitido que los muebles ignoraran los límites que impone una simple pared, y no sería difícil recordarla por dentro tal cual era. Pero aun si esa vez no triunfara la razón, si me fuera concedido trazar una vez más aquellas líneas, si acaso regresara, ¿qué vería?: una larga mesa para seis a la que se sentaban siempre cuatro, luego tres: el lugar donde la vida resuelve sus frías sumas y restas.) 

Hace años que me fui de aquella casa por vez primera, pero he regresado tantas veces que quizá llegué a creer que no la dejé nunca. Sin embargo hoy sé que me fui antes, al cerrar la puerta del dibujo, sin sospechar siquiera que la primera vez no existe, que me había ido para siempre, que lo único que queda de esa casa es la mañana azul de mi naufragio y un sol inverosímil y un niño ante una puerta sin cerrojo.

La Otra | enero-marzo 2010


Óscar Paúl CAstro

Giotto di Bondone (Colle di Vespignano 1276?-Florencia 1337)

i En el principio fue Giotto. Así da inicio el Evangelio según Vasari, que retrocede a través de los siglos y avanza hasta nosotros. Común a todos los gigantes, nos dice, el azar estaba de su parte: si las cosas hubieran sido de otro modo el gran maestro que sigue rompiendo las cabezas de los especialistas no habría pasado de sonriente pastor o mercader; sin embargo las cosas fueron como debieron, y Cimabue —como un ángel— cruzó el momento precioso en el que el muchacho dibujaba, una vez más, como quizás cada día en los instantes de ocio, el ademán de alguna oveja en un trozo de madera; nada podemos saber acerca de aquella revelación que al viejo maestro fue dada, y sin embargo podemos intuir cómo ante sus ojos aquella pálida bestia parecía más viva en los rudos trazos que el pastor ensayaba casi distraídamente bajo el aire fresco de una tarde cualquiera; es posible que más allá del gesto del animal, retozando después de haber saciado su hambre o apretando los músculos áureos para trepar alguna roca, un árbol desatara su peso en la llanura u ondulara abandonado al viento bajo un sol benévolo o rencoroso, o quizás fue la mirada extrañamente humana de la bestia

Óscar Paúl Castro | Culiacán, Sinaloa, 1979 | Poeta y traductor. Es coautor de los libros Antes de los veinte

(1998), Los lí­mites acordados (2000), 1979. Antología poética (2005), La luz que va dando nombre. Veinte años de la poesía última en Méxi­co (2007), La voz en la mirada (2009). Ha publicado en las re­vistas Generación, Literal, Crótalo, Flecha y Espejo, TextoS, entre otras. Ha publicado traducciones en las revistas TextoS, Pun­to de Partida y en el Periódico de Poesía de la unam. Colabora con la sección de traducción literaria Tradiut­ tore en la revis­ta Literal (Instituto Sinaloense de Cultura). miscelánea

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posándose más allá de los imposibles ojos que en ese instante la veían. Lo demás estaba claro. Por todos lados se extendió la buena nueva: un humilde pastor había sabido regresar lo terrenal a lo divino, podía también dotar con cierta luz de misterio los escenarios terrenales. Y los ángeles habitaron de nuevo entre los hombres, confundiéndose.

iii El milagro estaba hecho. Los ángulos dispusieron sus alas: un gesto apenas, un ademán hermoso, un segundo quizás bastaron. Como un Dios ante un mono intentaste explicar con una sonrisa. Y como una roca posible cayendo en el agua imposible su forma se ha duplicado en ecos exactos hasta nosotros. Continúa todavía desde los labios atónitos del emisario y el cero en su cabeza vacía: el sol robó su efigie, lo siguieron la misma tierra, las estrellas todas, despojándose melancólicamente de sus pétalos de espinas, las ruedas de nuestros carros aún la reproducen, nos obsesiona ese trazo milenario e inhumano, todavía le atribuimos propiedades —tanto matemáticas como esotéricas— inexpugna­ bles, alcanzarlo implica la más alta genialidad humana y la más alta estupidez humana, el Dios futuro lo hemos de moldear a su imagen y semejanza: un vacío infinito y perfecto capaz de contener todos los vacíos limitados e imperfectos. Sabemos que llegará de nuevo la hora del comienzo, el regreso al punto de partida y el silencio, pero todo indica que nada nos importa: seguiremos felices o infelices, encerrados entre sus paredes trans­ parentes, viviendo ciega o deliciosamente, hasta la muerte.

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La Otra | enero-marzo 2010


Francisco Meza Sánchez

El cercano dolor de lo remoto No recuerdes esos animales convocados sólo con una mirada ni las aciagas latitudes donde ardíamos en liturgia, tampoco aquellos abismos de bolsillo —el nunca saber decir a tiempo las cosas— No levantes tus banderas en el campo después de la disputa no cantes nuestras notas: Paloma negra entre el polvo que el derrumbe levanta. Deja que se pudran los muertos, no busques la furia que antecedió a la ceniza ni la vendas sucia de silencio; no vuelvas al simulacro de un ave que parte a otros osarios —pero no, no avanza, no nada, suspendida, sola en su engaño— Olvida las arrogancias, la indignante fragilidad de los asuntos, lo inconcluso, lo cerradura, lo oscuro. No vuelvas a ese jardín donde un felino rencoroso

duerme su sueño de hambre bajo la sombra de una gacela de piedra ni a la estridencia del tiempo como rosas pétreas en los párpados. Ignora a esa mosca que vuela siempre muy cerca de la oreja mientras zumba y susurra: “¿lo que pudo haber sido?” No busques claves en los latidos rotos de la sangre rota ni en las campanas sumergidas ni en los claveles incinerados, no hay oasis en estos desiertos sólo sed y espejismo. Mejor recuérdame cuando caminé más allá de mi cansancio y pude cortar luz de un espejo para dártela mansa y tierna como un cachorro que se duerme entre los brazos. Recuérdame dibujando bosques en tu ojo, traduciendo la húmeda alegría de los días de lluvia, cuando te di mi mano en el cercano dolor de lo remoto.

Francisco Meza Sánchez |

Culiacán, Sinaloa, 1979 | Poe­ta y ensayista. Es coautor de Los límites acordados (2000) y 1979. An­ tología poética (2005). Autor de la plaquette Mar en sombra (2005) y del libro de ensayos Defensa de la demora (2009). Fue incluido en la antología de ensayos El hacha puesta en la raíz (2006). Es egresado de la licenciatura en letras hispánicas de la Universidad Autónoma de Sinaloa.

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Leve flama, tu nombre Como quien frota dos sílabas hasta la cantidad suficiente de calor, o luz, o de fuerza que haga retumbar la materia hasta su morada en la chispa; como quien choca dos nombres dos palabras hace tiempo dichas y después queda en círculos en su tierra prometida de aves amotinadas. Aparece la flama, breve. Apenas en la oscuridad bosqueja su erguida danza, su movimiento de paja contra el cierzo. Esa lumbre inofensiva, suficiente para iluminar abismos aún no dibujados, para combatir los inviernos en el blanco de la página, para delatar la escritura de peces en el interior de la palabra: río.

Si cae este alfiler, propagando en miles su sustancia, arderán casas, prisiones, hospitales, enfermos, esclavos, tristes. Porque a simple vista es doméstica en su torre de cera, en su madera dormida, y enlazada, en mecha suspendida, espera el roce que la encienda. Porque aunque es grácil, pequeña, tierna y leve, no debo olvidar que es una espiga del infierno.

Ese sonoro acero, espada de aire, que te defiende y te hiere; si se derrama sobre un árbol mirado mil veces, sobre todas estas cáscaras de tiempo se secarán los sueños y los vocablos como soldados muertos en los desiertos.

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La Otra | enero-marzo 2010


Javier Velázquez

Raíces del quebranto La muerte durmió esa noche por las cercanías… Don Ismael, Noroeste, 2002

Como cerdos o rosas Los hombres se derrumban. El primigenio ardor Socava los cuerpos Los fija en el instante Del similar aullido Entre una flecha y la comba De la bala: Ambas, en teoría, No buscan la muerte, Sino ganar la vida plena, Donde el otro Resulta innecesario.

Animal cuerpo adentro El polvo es animal erguido En total mansedumbre. Lame pústulas y pétalos Para aliviar la locura. Sacia en la tibia noche Vuelos pausados. Todo viento tiene su lomo, Todo vendaval abarca Sus erizadas plumas. Visto de cerca, la blancura de su porte resplandece. Desde el interior, Sus alas son filamentos Que punzan los alvéolos.

Javier Velázquez | Sinaloa, 1979 | Poeta y ensayista. Es coautor de Los límites acordados. Ocho poetas sinaloenses (2000), 1979. An­ tología poética (2005) y Permanencia del relámpago. Antología de poesía de Sinaloa (2008). Los poemas aquí publicados pertenecen al libro inédito Migración de la hierba, que escribió como becario del foeca en 2003. En la actualidad cursa la maestría en historia en la Universidad Autónoma de Sinaloa.

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René Higuera

Palidez 1 Tan pura fue aquella penumbra Que alcanzamos la fugaz clarividencia Esa noche se te acaban pronto los cigarros La promesa de estar vivo es casi nada A esta hora donde todo tiende a derrumbarse Están el agua hervida y una blanca luna barbi­ túrica. No te alcanza.

Este nuevo amanecer que se desgrana Como una flor abierta para nadie ¿Eso es la vida? Quédate ciego, corazón, danza un momento Con el polvo blanco intenso que te anima Están las sombras que te aguardan, además. Descansa, temporal Cierra tus ojos

2 Mi sombra está vacía No hay consuelo Bien lo sé que habrá de irse un día cualquiera

Los minutos pasan y no pasa la ansiedad. Qué lejos va quedando todo eso, un rincón de mayo Que te vio nacer con la alegría sobrepuesta Una media soledad perdida entre las múltiples veneraciones.

Ese fuego insípido sobre los rojos tejados Para quién agoniza

Está el peligro de mirar de frente Las gorgonas de la infancia dicha que no vuelve Tantos dioses tristes hemos esculpido Que ya nada se parece a la alegría

Mira cómo tiembla ahora la luna Nadie allí por más que busques Tiende trazos para abrir tu soledad

También está la angustia de saber que existen Otras cosas, otras piedras donde atarse para oír De las sirenas el glorioso canto

Después caerá la angustia El deseo de no ser parte o serlo todo En los asuntos propios del ocaso

Se consume el alma en la humareda de un cigarro lento Se levanta, bruma, viento en fuga Y también se va

René Higuera | Los Mochis, Sinaloa, 1981 | Poeta. Autor de la plaquette Circe (2007). Director fundador de la revista Migala, de poesía joven (2003), coeditor de la revista La letra escarlata (2004-2006). Colaborador de las revistas Centauros (Culiacán), Amane­cer (Los Mochis), Solar (Chihuahua), Creta (Guanajuato), Alforja (Ciudad de México). Apareció en las antologías Litera­ tura sinaloense del siglo xxi (2006) y La permanencia del relámpago (2008).

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La Otra | enero-marzo 2010


Moisés Vega

Plegaria para un niño dormido Quizá tenga flores en su ombligo barcos de papel sin altamar un minúsculo oasis semejante a un dátil donde descansa el joven Prometeo cuando aún tenía fuerzas para ser libre O bien es posible que sea algo más desolador y en su lecho de nácar y algas haya un pájaro asustadizo superman que olvidó las torres gemelas un ídolo de plastilina con crédito abierto en el bar de moda Quizá se trate de una tarde más junto al junco dispuesto ahora sí a poner el dedo en la llaga a extirpar de una vez por todas la voz que escucha al terminar el día: su mujer silbándole en la espalda En todo caso nada de la felicidad que el Padre prometiera

Para Alí Calderón

Alguien escribe por mi grandes golfos de pútrido vértigo peñascos de espuma bajo el árbol de los huesos estatuas esculpidas por fantasmas Sobre un abismo de claridades corrige la naturaleza dicta antologías igual que un relámpago lascivo La noche le heredó en el ojo la arqueología del ritmo no el sueño del cenzontle Mientras escribo alguien más aprende de la escritura sólo fábricas de aire pero no es mi tema fijar vértigos por desgracia tengo la carne triste la lujuria me ha enseñado más que todas las bibliotecas de la Ciudad de México creo en los cerdos no en el alma en la tierra de mis viejos aunque sea festín de los buitres en mi mujer que no es rubí ni huele a sándalo Soy un hombre perezoso que alguien más escriba por mí los libros que han incendiado al mundo

Moisés Vega | Mazatlán, Sinaloa, 1982 | Poeta y promotor cultural. Egresado de la Academia Estatal de Artes Francisco Martí­ nez Cabrera. Sus poemas han aparecido en la revista Literal. Ha realizado performances a partir de la obra de Gilberto Owen y Jaime Labastida, entre otros. Actualmente asiste al taller de poesía coordinado por Jesús Ramón Ibarra en Culiacán.

miscelánea

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Jobyoan Villarreal

Sueño Para Viridiana Zavala

De pie en un pálido cuadro aparecías como ánima de los viejos libros. Ausente de horizontes. traías flores en los ojos y un sombrero de otoños encimados. Se quebraba el aire en tu falda tulipán agitado entre sus brazos. Mirabas al cielo, pintando el contorno de un nuevo azul una ilusión de viento.

Te pienso más de lo que me sé pero te pienso como neblina. Orquídea que se abre en la noche, recuerdo que se hace ventana. Traslucido para el mundo como calendario que le abre paso a nuevas estaciones, con mis corbatas y horarios sudo palabras de plomo. De frente, mis manos cambian. Diciendo tu nombre disperso, labro en un rincón la rosa del primer olvido.

Jobyoan Villarreal | Culiacán, Sinaloa, 1985 | Egresado de ingeniería industrial. Participó en el taller de Jesús Ramón Ibarra. Fue beneficiario de la beca del foeca en 2008 y obtuvo la beca para jóvenes lectores en 2009. Ha publicado en la revista Literal. Actualmente coordina un círculo de lectura.

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La Otra | enero-marzo 2010


la cocina del artista

Óscar blancarte

en el cine las recetas no funcionan

Las únicas cosas que nos llevamos de esta vida terrenal, son las cosas que hemos regalado… Pastor, El festín de Babette

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ara escribir un guión, dirigir o producir una película, las rectas no funcionan. Jean Claude Carrier, escritor y guionista de cineastas como Luis Buñuel, Jean-Luc Godard, Milos Forman, Peter Brook y muchos otros, señala en su libro Práctica del guión cinematográfico que un guión debe ser sólo una guía creativa, una herramien­ ta más para el cuerpo de la obra en su totalidad, sabiendo que lo que se escribe para cine es apenas una forma pasajera, destinada a convertirse en “otra cosa”. Al final del día, cuando uno revisa un guión que está siendo fil­ mado, los escritos están llenos de rayones, notas, cambios de texto, de acotaciones e incluso de situaciones, de­ bido a que el cine tiene esa cualidad específica: transformar todo de manera creativa día a día, incluyendo cambios de secuencias o anulación de las mismas en la edición del filme. En cambio, Sidfield —escritor que tiene un manual para escribir guiones titulado ¿Qué es el guión cinema­to­ gráfico?— cree en las recetas dramáticas presentadas en tres actos: un primer acto (pp. 1-30) en el que se muestra al personaje principal y se da la premisa del relato, cuál es la situación y un punto argumental, es decir, un suce­ so o incidente que se inserta en el relato y lo hace girar hacia una nueva dirección. Un segundo acto (pp. 31-90) en el que se desarrolla el grueso del relato y el conflicto o conflictos y cómo se logran vencer, determinando la acción dramática de la historia. Y un último acto (pp. 91-120), que constituye la solución del relato. El director de cine Alfred Hitchcock creía en los guiones de hierro, es decir, guiones que se debían seguir al pie de la letra, aunque al analizar muchos de sus apuntes vemos que hacía un guión especial para la etapa de la pos­pro­ ducción, es decir, cuando la película se editaba y sonorizaba.

la cocina del artista

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tan manipulada que a veces una mala película es con­ vertida en un éxito gracias al dinero invertido por las distribuidoras. Pero aún con carretadas de dinero in­ vertido en publicidad muchas películas son fracasos en taquilla, lo que confirma que no hay recetas para el éxito. Es muy raro el cinéfilo que regresa a la sala a ver de nuevo una película que no le gustó, y también es poco probable que la compre en dvd o que la vea en un canal de paga o por televisión abierta. Haciendo un símil entre la comida y el cine, es lo mis­mo que su­cede en un restaurante que se despres­ tigia por alguna razón. Así como un chef prepara, in­ venta y renueva sus recetas con base en la degusta­ción personal y en la de terceros, el cine también —sobre todo en Hoolywood— hace screening (pruebas de de­ gus­ta­ción para un selecto público que asiste a los es­ tudios a funciones gratuitas para dar su opinión acerca de la cinta antes de que salga al mercado). Con base en encuestas sobre el ritmo, las actuaciones y, especialmen­ te, el de­senlace, muchos directores filman otro final, o eliminan escenas que simple y sencillamente no son del agrado del público. Pero vayamos al punto que nos convoca: la comi­da en el cine. Recetas van, recetas vienen; nada está es­cri­ to. Una cantidad significativa de filmes tiene que ver con la comida, o con la vida de personas y el significa­ do de sus vidas en relación con la comida. Los resul­ tados van de lo subli­me a lo ridículo. En lo personal, adoro el cine en el que la vida transcurre alrededor de la mesa. Por eso mi película favorita sobre el tema es El festín de Babette; le sigue Comer, beber, amar, y lue­ go, La gran comilona. Tres películas muy diferentes en­tre sí unidas por el gusto, la sencillez y, en ocasiones, contradictoriamente, por los excesos y lo barroco. El festín de Babette (Babettes gaestebud, 1987), de Ga­ briel Axel, es una adaptación del relato de Isak Dine­sen. La Otra | enero-marzo 2010

p. 107 | Óscar Blancarte | Fotografía cortesía de Óscar Blancarte

Roger Corman, octagenario director de cine y so­ bre todo productor, escribió hace ya algunos años un libro ti­tulado Cómo realicé cien películas y nunca per­dí un céntimo. Corman recibió en 2009 un Óscar hono­ rario por sus aportaciones al séptimo arte y fue gestor de mu­chos cineastas, entre otros, Francis Ford Cop­ pola, Brian de Palma, Martin Scorsese, James Came­ ron, Jonathan Demme y Peter Bodganovich. Es un cineas­ta de culto realizador de películas como La tien­ dita de los horrores (filmada en sólo tres días) o La pa­ vorosa casa de Huser (en dos semanas), claros ejemplos de un cine de confección artesanal y funcional. Cor­ man te­nía reglas muy claras acerca de cómo hacer ci­ ne barato y, sobre todo, exitoso. No debemos olvidar que esas películas eran confec­ cionadas, en ese entonces, con muy ba­jos presupues­ tos, y que varios directores noveles que realizaban su opera prima señalaban en sus memorias que eran so­ metidos a terminar filmes que poco desean recordar. Un ejemplo: Dementia 13,de Coppola. Aún así, Roger Corman es una de las excepciones que confirma la regla, ya que la mayoría de los produc­ tores/escritores o directores que han obtenido éxito económico y fama por sus películas, incluyendo a Co­ ppola, Spielberg o Georges Lucas, también tuvie­ron estrepitosos fracasos en taquilla, comentarios devas­ tadores de la crítica y fiascos en los festivales interna­ cionales. Si los que hacemos cine siguiéramos las reglas de los manuales, haríamos películas exitosas. El mons­ truo de las mil cabezas llamado público tiene gustos cambiantes, y aunque siga el estilo de X o Z artista, generalmente es cruel. Si hay algo que no le gusta, chi­ fla, se aleja de las salas, no recomienda la cinta y —lo que es peor— nunca más vuelve a dar una segunda oportunidad. La oferta es tan grande y la publicidad


La película es para todos aquellos amantes de la bue­ na comida y para quienes saben apreciar un buen man­ jar, una exquisitez plástica enmarcada en un pue­blo de pescadores daneses donde la vida transcurre sin nove­ dad. El festín de Babette aborda diversos temas, como la amistad, a través de los manjares exquisitos y la rela­ ción de las personas y sus valores religiosos al interior de la comunidad. La sinopsis es muy sencilla: en un pueblo de pesca­ dores en la costa danesa, la comunidad sigue los prin­ cipios religiosos que el pastor ha predicado duran­te años. Cuando éste muere, sus dos hijas conti­núan con su obra y su palabra. En 1871, durante la guerra fran­coprusiana, una joven francesa encuentra refugio en el austero hogar de las dos hermanas. A pesar de que la joven convive durante catorce años con ellos, los fie­les adeptos a la palabra de Dios la consideran ajena a la gracia divina. Un día, Babette se saca la lotería y deci­de gastarse su pequeña fortuna —cien mil francos— en agradecimiento a la hospitalidad de las hermanas, of­ reciéndoles un banquete en honor del difunto padre. Todo buen festín requiere siempre de una prepara­ ción meticulosa y eficaz; así lo hace saber el general Lorens Lowenhielm, quien ha sido invitado a la cena. Lowenhielm platica que en París, el general Galliffet le habló acerca de la chef del Café Anglais, que conducía a sus comensales, por medio de la cena, a “una especie de aventura de amor, que no distinguía entre apetitos carnales y espiri­tua­les”. Galliffet confesó que en el pa­sado se había ba­tido en duelo por el amor de una her­mosa mujer, pero que en ese momento no ofrece­ ría derramar su sangre por ninguna mujer en Pa­rís, ex­ cepto por la chef de aquel res­taurante. La chef —mujer para el asombro de muchos— era considerada la má­ xima genio culinaria. El menú del festín francés que ofrece Filippa, la ex 

chef del Café Anglais, con sus respectivas bebidas, es el siguiente (tomado de Wikipedia): • Sopa de tortuga acompañada de un exce­lente vino amon­ tillado. • Blinis Demidoff con caviar; champaña Veuve Clic­quot, co­ secha 1860. • Caills en sarcophage: codornices rellenas de trufa negra en una voul-au-vant con salsa de vino Clos de Vou­geot de chez Phillippe, cosecha 1845. • Ensalada de lechuga, radichio y endivias con nueces y vi­ nagreta francesa, escoltada por el mismo vino. • Selección de quesos, entre ellos, roquefort y camembert. • Tarta de cerezas frescas, frutas confitadas y una salsa dul­ce de licor, acompañado del mismo vino. • Fruta fresca: piña, uvas, higos y dátiles. • Concluye el convite con café recién molido; como digestivo, un soberbio Marc Vieux Fine Champagne en la sala de la ca­sa, junto al pia­no, con una hermosa canción de Fili­pa, quien, con su dulce canto, complementa el festín.

La película es sencilla como la cocina clásica, sin rebus­ camientos innecesarios, pero de una complejidad que no se ve a simple vista. Mi segunda película favorita es Comer, beber, amar (1994), de Ang Lee. La historia es la siguiente: Jen, Chien y Ning son las tres bellas hijas del señor Chu, un exper­ to cocinero de Taipei. El señor se quedó viudo y pro­ tege con celo a sus tres hijas, que tienen personalidades diferentes y su propia idea de la vida. Sólo coinciden en su carácter rebelde y decidido. Sus vidas se compli­ can cuando reciben la visita de su nueva vecina, una mujer anciana y cascarrabias. Por si esto no fuera su­ ficiente, una de ellas se embaraza, otra sufre una pro­ funda decepción, y la tercera encuentra al hombre por el que ha suspirado toda su vida. Es una comedia repleta de sensibilidad, que narra de manera ágil y con sutileza la vida de tres mujeres. Está dirigida por el reputado Ang Lee, artífice de Sen­ ti­do y sensibilidad o El banquete de boda. Tiene elemen­ La Otra | enero-marzo 2010


internet

Fotogramas de El festín de Babette, 1987.

tos muy atractivos, con una estética elegante, cercana al texto de Shakespeare: Rey Lear. Mi tercera película favorita es La gran comilona (La grande bouffe, 1973), de Marco Ferreri: cuatro amigos (Michel Piccoli, Philippe Noiret, Mar­cello Mastroian­ ni y Ugo Tognazzi) tienen una especie de club de gour­ mets y deciden suicidarse comiendo hasta reventar. Aburridos de la vida, quieren agregar a la gula un pe­ cado mayor: la lujuria. Para ello invitan a unas pros­ la cocina del artista

titutas que se enfadan por no ser el “platillo fuerte”, y sólo se queda en la mansión donde acontece el relato la maestra (Andréa Ferreol), dispuesta a gozar y ser tes­ti­ go de la bouffe, la orgía de la carne y las barbaridades. La comilona con el sexo se mezclan: caviar, cham­ pagne, flatulencias, vómitos y desnudos van de la ma­ no para lograr la orgía perfecta, la del desamor, el hastío y la vulgaridad. Así, la maestra presencia la muerte de Marcello, que por la noche se queda dormido en el 


jar­dín. Michel fallece sufriendo los dolores de los ga­ses intestinales; Ugo pierde la vida a causa de las con­trac­ ciones de una digestión imposible, y Philippe, co­mien­ do compulsivamente. Es una feroz crítica a la sociedad de consumo y del hedonismo, manejada en el género de la comedia de la tragedia moderna y del absurdo. Esta película fue abu­ cheada en el Festival de Cannes, pero fue muy bien re­ cibida por el público que sabe degustar los placeres y excesos de los cineastas que se atreven a romper mol­ des y que gustan de “agriarles” la vida a los exquisitos críticos que no saben comer ni palomitas en el cine. El mítico escritor de esta película, Rafael Azcona (a quien tuve el gusto de conocer en Madrid en 1996) me dijo, mientras tomábamos café una tarde soleada cerca de la Puerta del Sol: “No hay buenas historias, hay buenos guiones.” Considero que La gran comilo­na está sustentada en un muy buen guión. Azcona fue par­ te de una época del cine español con más de sesenta guiones, entre otras, El pisito (1958), El verdugo (1963), La gran comilona (1973), Bella época (1992), La lengua de las mariposas (1999). Otro filme que recuerdo con especial cariño y que vi en el cine Latino en una Muestra Internacional de Ci­ ne es Como agua para chocolate, de la escritora Lau­ra Esquivel, dirigida por Alfonso Arau. Su excelente fo­ tografía y las finas actuaciones de Lumi Cavazos, Re­ gina Torné y Arcelia Ramírez vinieron a refrescar la imagen ya deteriorada del cine nacional. Otras que he degustado, saboreado y digerido con sumo placer y que me traen buenos recuerdos por sus personajes canibalescos son Hannibal Lectter, psi­quia­ tra devorador de sus propios pacientes en la película El silencio de los inocentes (1990), y Delicatessen (1991), de Jean Pierre Jeunet y Marc Caro, con su decadente carnicero Clapet que asesina a sus vecinos para se­ 

guir manteniendo la cadena alimenticia en un mun­ do posmoderno y apocalíptico. Vatel, de Roland Joffé, basada en la vida del coci­ ne­ro francés del siglo xvii y la ardua defensa de su dignidad ante la Corte decadente y enferma. Fresa y chocolate, de Tabio y Tomás Gutierrez Alea (Cuba, 1993), situada en La Habana y que presenta las condiciones de los habitantes de la ciudad prisioneros de un régimen que considera que las libertades indi­ viduales pertenecen al gobierno revolucionario, mos­ trando además la intolerancia a los gays. No hay muchas películas que en sí y por su te­má­ti­ ca gastronómica me llamen la atención, pero me gus­ ta mucho ver películas italianas donde casi siempre la comida está presente: los comensales disfrutan sus es­paguetis y al mismo tiempo bailan y cantan, o los ma­fiosos beben, brindan y comen mientras preparan el si­guiente golpe o asesinan a un soplón en medio del banquete. Son, por lo tanto, secuencias del filme y no la cinta en su totalidad lo que me cautiva. La película El padrino, de Francis Ford Copola —ex­ celente película sobre la historia del hampa y la fami­ lia— tiene dos secuencias relacionadas con la comida muy bien logradas: la fiesta de bodas de la hija de don Corleone, y cuando Sony mata en el restaurante al ca­ po y al policía en venganza por el intento de asesina­to de su padre. Otra secuencia inolvidable es la comida donde es­ tán reunidos todos los capos aliados a Al Ca­pone en la cinta Los intocables, y Robert de Niro, en el papel de Capone, mata a batazos a un soplón. Recuerdo también la secuencia más erótica que vi en mi adolescencia en la película Tom Jones (1963), de Tony Richardson, donde Albert Finney —en el perso­ naje del pícaro Tom— seduce a una pueblerina mien­ tras comen en una posada. Entre platillo y platillo, por La Otra | enero-marzo 2010


Menú | Espagueti al burro En una olla con agua de filtro colocar un diente de ajo y un chorrito de aceite de oliva; esperar a que hierva el agua. Luego poner sal al gusto e introducir la pasta hasta que se cueza (hasta lo que los ita­lianos llaman al dente, es decir, ni muy dura ni muy blanda). Se cuela el espagueti y se le agrega mantequi­lla encima; se le pueden adicionar algunas hierbas finas. Eso es todo.

También dicen que una receta para la vida es nunca desistir en los sueños que uno se ha forjado y que de­ bemos utilizar la paciencia y los principios que nos inculcaron nuestros padres, abuelos y maestros has­ ta lograr la meta. Yo soy cineasta; me llamo Óscar, que significa “la lanza de los dioses”. Soy guerrero y tengo la paciencia la cocina del artista

cortesía de óscar blancarte

medio de gestos, miradas y actitudes sensuales se van preparando y excitando para el “acostón”. También me agrada la secuencia de la película Ha­ rry el sucio, donde Harry conoce a Sally: están senta­ dos uno frente al otro y ella finge un orgasmo. Añoro las películas mexicanas de barrio donde los personajes principales se echaban un taco de “buche” en la carreta de la esquina o se comían un tamal acom­ pañado de champurrado mientras hablaban de sus anhelos, sus preocupaciones o desgracias, y un orga­ nillo de fondo musical emanaba sus notas trágicas. Dicen que hay recetas para la vida, y que una de ellas es enfrentar los problemas, nunca decaer, tener ánimo a pesar de estar rodeados de tantos “malandri­ nes”, de tanta podredumbre con políticos corruptos, pésimos legisladores y líderes de pacotilla. Yo prefiero, ante tanta desfachatez, buscar amigos y deleitarme con la comida. Creo que un guiso senci­llo me ayuda a en­ frentar la vida. Por eso, uno de mis platos fa­voritos es el espagueti al burro, fácil de preparar y delicioso al pa­ ladar. Esta es mi receta.

Óscar Blancarte dirigiendo en Bogotá, 2008.

de los samuráis; tal vez por eso mis recetas de cine no van con las recetas de los otros en cuanto a seguir un modelo o una moda. Mis recetas intentan ser inde­ pen­dientes, originales y creativas. Como chef que soy, tam­bién puedo equivocarme a la hora de realizar una pe­lícula, porque como dice el dicho: “Hasta al mejor chef se le queman los frijoles.” Dicen que un chef es feliz cuando el comensal es fe­ liz. Un cineasta es feliz cuando el público aplaude en la sala, de eso nos alimentamos los artistas. Es muy emotivo estar presente cuando fallece un artista ami­ go del gremio y los demás artistas lo despedimos con un minuto de aplausos mientras los gusanos gozo­ sos aplauden, esperando su banquete. v 


otras letras

julio travieso serrano

amor a los cincuenta

N

o dudé. Era Lourdes. Allí estaba, bella como siem­pre, con sus ojos verdes agua mari­na, sus cabellos rubios. ¿Cuántos años habían pasado desde nuestro último encuentro? ¿Veinte, veinticinco, treinta? De repente me sentí emocionado. Tanto como el día que la conocí en casa de Dolores (¿o fue en la universi­ dad en la cafetería de la Escuela de Derecho?) Yo tendría veinti­cinco años y ella veinte, y desde el primer momen­ to me dije que ésa era la mujer a la que amaría siempre y con la cual me casaría. Lo primero se cumplió, lo se­ gundo no. La vida, im­placable, dura, no me dio am­ bas cosas. Siempre la amé. Nunca me casé con ella. ¿Dónde estuvo todos aquellos años en que dejamos de vernos, cuando el destino nos con­dujo por cami­ nos diferentes? Después de terminar nuestra relación se casó con un reconocido ingeniero español que tra­ bajaba en Cuba, de quien se divorció para casarse con un alto funcionario. Luego la perdí de vista y mis últimas noticias (¿dadas por Dolores?) eran que se ha­ bía marchado a España. Pero nada de eso pensé cuando la vi parada en la cola de una guagua, mientras yo cruza­ba en mi bici­ 

cleta. En realidad, fue el destino quien nos reunió nuevamente porque ese 5 de julio de 1995 yo no debí pasar por aquella calle en la que los gritos de la multi­ tud que luchaba por subir a un ómnibus me hicieron volver la cabeza. Lourdes también volvía la cabeza y, al verme, sonrió, quizás tan sorprendida como yo. La muchedumbre, ansiosa, irritada, se agitó junto al ómnibus y avanzó. Ella, dejando pa­sar a otras perso­ nas, me esperó. El próximo ómnibus llegaría en trein­ ta minutos o en tres horas. Al parecer, no me había olvidado y deseaba verme. Se veía un poco más gruesa y su piel no guardaba la frescura de la juventud. Unas ligerísimas arrugas le surcaban el rostro a partir de los ojos, y la comisura de los labios, apretados, hacia abajo, re­velaba tristeza. Era natural, ¿quién no había sufrido lo suyo en los últimos años? Vestida con un viejo pantalón azul oscuro y una blu­ sa amarilla nada hacía recordar en ella a la elegante joven del inicio de los años sesenta, la hija de los aris­ tocráticos Letelier Gabaldá, dueños de la exclusiva “Ca­ sa francesa”. La Otra | enero-marzo 2010


¿Por qué se quedó en Cuba cuando los Letelier aban­donaron el país?, le pregunté una noche de con­ fiden­cias. El amor, respondió, y suspiró, el amor. Al marchar­se sus padres ella amaba intensamente a Ro­ bert, el intré­pido combatiente, muerto fuera del país poco des­pués, en un enfrentamiento con el enemigo. ¿Amó así al alto funcionario, al ingeniero? No lo sé, pero a quien nunca amó fue a mí. Estaría mal vestida y más vieja, pero yo la encontré más atractiva que nunca. Indudablemente, el fuego del amor no se había extinguido en mi corazón. Y allí estábamos, sonrientes, uno frente al otro, lue­ go de tantos años, sin saber qué decirnos, deseosos de conocer qué habíamos hecho y qué hacíamos. Poco le podía contar. Por inercia terminé la univer­ sidad, me dieron trabajo en un ministerio cualquie­ra desde el cual me mandaron a una provincia cualquie­ ra, donde viví varios años. Luego, en premio a mi buen comportamiento o para deshacerse de mí, me envia­ron a trabajar a un país cualquiera, donde viví otros años, y del que regresé al ministerio cualquiera, al igual que todos, gordo como nunca, blanco como una sábana por la falta de sol, con un automóvil nuevo y un po­ co más viejo. Ahora, próximo a los sesenta, era viejo; el auto, ro­ to para siempre, fue sustituido por una bicicleta china en la que pedaleaba treinta kilómetros diarios, gra­ cias a lo cual estaba más flaco que nunca y mi piel se había carbonizado. Además, me faltaban tres muelas y muchos pelos en la cabeza. Nada interesante para recordar y que, por supues­ to, no recordaría. Diría que mi vida era excepcional, llena de satisfacciones (importantes responsabilida­des en el trabajo, vida en el extranjero, un auto nuevo). Sin embargo, el cuerpo esquelético, los ojos hundidos, la vieja bicicleta, no me acompañarían en la mentira. otras letras

—¿Te casaste? —preguntó sin darme tiempo a men­ tir y en sus ojos me pareció ver un gesto de coquetería. —Sí, y también me divorcié muchos años atrás. —¿Con Dolores? —Con Dolores. —Siempre supe que la amabas. “No, no supiste. A quien siempre amé fue a ti”, qui­ se decir, pero me contuve. “Me casé con la tonta e in­ sulsa de Dolores por despecho, por buscar a alguien en quien recordarte”, pensé con tristeza y miré a lo lejos. Dos ómnibus, furiosos rinocerontes, trepidan­tes, en­vueltos en humo, se acercaban a toda velocidad. La mul­titud fluyó y refluyó como la marea. Al ver los óm­ nibus Lourdes se puso tensa, pero ninguno de los dos era el que aguardaba. —¿Entonces, no tienes compañera? —preguntó, de­ jan­do de mirar a los ómnibus. —¿Ni hijos? —Ninguna de las dos cosas. ¿Y tú? —¿Yo? —¿Estás casada? —No. Sin parar, un ómnibus cruzó a toda prisa por la ca­ lle. Otro se detuvo a unos veinte metros y el gentío pug­ nó para subir. El chofer tenía unas grandes patillas y sonreía. —Nunca más vi a Dolores. Ni a ti —dijo ella, mi­ rando hacia el ómnibus que ya cerraba sus puertas. —Dejamos de vernos —dije, y pensé en la causa de nuestra separación. Habían pasado tantos años que no valía la pena recordarlo. Por un momento nos mantuvimos callados. La multitud refluyó y se reorganizó la cola de la gua­ gua. Nosotros quedamos al final. —¿ Ustedes son los últimos? —preguntó una an­ ciana. —Sí, señora. 


Tras la anciana llegaron varias personas corriendo. —¿Quién es el último? ¿El último? —gritaban. Escudriñé la fila. Ya habría unas cuarenta personas, no menos de veinte por delante de nosotros. —Nunca voy a llegar a casa —dijo. —¿Sigues viviendo en el Vedado? Si quieres, te pue­ do llevar. Ella miró mi vieja bicicleta y después a mí. —No será una carroza, pero en media hora esta­ rás en la casa. Es camino de la mía. —Bueno —dijo con tono resignado y sonrió. —En cosas más peligrosas he montado. Partimos. Yo delante, ella detrás a caballo, las manos en mi cintura para mantener el equilibrio. Qué agra­ dable sentir la suave presión de sus dedos sobre mi cuerpo, su respiración sobre mi espalda. Tomamos por el Malecón y al llegar a la calle G mi corazón saltaba descontrolado, agotado por el esfuer­ zo de pedalear tres kilómetros con una carga extra. Por un momento creí que me ahogaba, pero, haciendo un esfuerzo, continué la marcha. ¿Qué hubiera pensado ella? ¿Qué yo era un viejo, incapaz de llevar en su bi­ cicleta a una mujer? —Ya estamos llegando —dijo cuando yo estaba a punto de desmayarme. —¿Te acuerdas de la casa? Claro que me acordaba. Tantos atardeceres pasados allí, conversando de literatura, de pintura, amándola en silencio. Siempre fui (sigo siéndolo) un tímido, in­ capaz de confesar mi amor. Pero, si lo hubiese hecho, ¿me habría aceptado? Por supuesto que no. —Bueno, aquí me quedo —dijo cuando detuve la bicicleta frente a la puerta de la casa. Treinta años atrás había sido una hermosa residencia, pero ya esta­ ba de­teriorada, con los techos del portal agrietados, las pare­des despintadas y las maderas de las ventanas carcomidas. 

—Me alegró mucho haberte encontrado —dijo, tendiéndome la mano. Era tibia y suave y yo la retu­ ve entre la mía por un instante. Ella sonrió. —Bueno, debo irme. ¿Por qué no vienes uno de es­ tos días a tomar té conmigo? Ahora tomo té y paste­ litos at five o’clock, como los ingleses. Otra cosa no te puedo brindar —su hermosa sonrisa, la de siempre, resplandeció y yo sentí recompensado mi enorme es­ fuerzo físico. Por supuesto que iría. Cómo no ir si, después de trein­ta años, seguía siendo la mujer de mis sueños. —¿El jueves? —El jueves —sus ojos coquetearon con los míos. Después, al despedirnos, me dio un dulce beso en la mejilla. Estuve a punto de desplomarme, pero no de agota­ miento sino de emoción y felicidad. ¿Sería posible que todavía yo despertase la coquetería de una mujer? Y no de cualquier mujer, sino de una en particular, ella. Casi levitando tomé la bicicleta y me deslicé sua­ve­ mente por la calle. Unos metros más allá miré hacia atrás para verla otra vez. Aún estaba en la puerta de la casa y me dijo adiós con la mano mientras me son­ reía. Yo agité la mano. —Cuidado —gritó alguien. —Imbécil —gritó el chofer de un auto que dio un rápido giro a la izquierda. Al volver la cabeza para despedirme, había sacado la bicicleta de su senda y me puse en el camino de un auto que, por suerte, no me atropelló. Sin responderle al colérico chofer enderecé el rum­ bo y proseguí mi camino. Qué importancia podía tener aquel pequeño incidente comparado con la enorme felicidad de haberla encontrado y de poder volver a verla en pocos días. La Otra | enero-marzo 2010


El jueves, desde temprano, lo preparé todo. Engra­ sé la bicicleta, limpié los zapatos, saqué la mejor ropa y, como había agua en la ducha, me bañé temprano. Después, sonriente, silbando una vieja canción de mi época de estudiante, partí. —Hola —dijo Lourdes y me besó en la mejilla. —Me alegro que hayas venido. Ven —tomándome de la mano me condujo al comedor. Adentro todo olía a viejo y a tristeza, como si la ca­ sa se sintiese adolorida del mal estado en que la man­ tenían: rajado el tapiz de los muebles, roto el cristal de una ventana, desconchado el techo de la sala. Sin em­ bargo, la mesa del comedor se veía alegre y arreglada con un mantel nuevo, hermosas tazas, doradas cu­ charitas, platicos de porcelana y hasta una tetera pla­ teada, probables restos de mejores épocas. —Siéntate, siéntate, estás en tu casa —dijo, tomó la tetera y vertió agua caliente en las tazas, junto a las cuales, sobre los platicos, había bolsitas de té. Des­ pués trajo una bandeja con pastelitos. Comí uno y lo encontré delicioso. El té también era excelente. —Muy rico —dije, y mordí otro pastelito mientras bebía más té. —Estos son de guayaba pero, a veces, hay de coco. Cada día hago cincuenta y los vendo a la gente del ba­ rrio. En estos tiempos hay que hacer algo para poder vivir —dijo, y sonrió con tristeza. —A media maña­ na ya los he vendido todos. Claro, hoy es especial y dejé éstos para nosotros. —Hace años que no tomo un té así. Es como el que hacía mi abuela —dije. —Me lo manda mi hija Marielita desde la India. —¿La India? —Se casó con un indú y se fue con él para allá. Ha­ ce ya cinco años —ella suspiró. Callamos y bebimos. otras letras

—¿Y tus otros hijos? —Horacio vive en Nueva Zelanda y Ovidio en Wa­ shington. —¿Cómo están? —Oh, de lo mejor. ¿Más té? —sus manos fueron hacia la tetera. —Bueno, un poco más. El té salió lentamente de la tetera hacia mi taza. Era oscuro y olía muy bien. Yo recordé un poema que mi abuela gustaba de recitar en momentos así: “bebe el té, solitario caballero, falto de amor y dinero”. Yo tam­ bién era un solitario caballero sin dinero y sin el amor de nadie. —¿Y a ti, cómo te va? —No me quejo —bebí otro sorbo de té. —¿Qué haces? La taza quedó a medio camino hacia mis labios. Por fin la pregunta inevitable había surgido. ¿De qué vivía un honrado y honorable profesional como yo? ¿Para qué ocultárselo? —Ayudo a un hombre que arregla colchones. Ade­ más, vendo pollos y carnes que consigo por ahí. De eso vivo. —Bueno, yo, de vender pasteles. El té llegó a mis labios y lo sentí frío. —¿Y no tuviste hijos? —No. Del exterior llegaron gritos y malas palabras de per­ sonas que peleaban. Lourdes fue hasta la ventana y, cerrándola, cortó los gritos. —Estos vecinos nuevos son espantosos. Ya la po­ licía ha tenido que venir dos veces —en su tono de voz hubo irritación. No dije nada. Mis vecinos eran peores y hasta me habían agredido, pero no valía la pena recordar cosas así en un instante tan agradable. “Corre caballero, co­ 


rre ligero, por el mundo y sin dinero”, proseguía mi abuela y nunca supe el final de aquel poema. Era bella y dulce mi abuela. Tan bella y dulce como Lourdes. —¿Más pastelitos? —No, no, gracias. —Sí, sí, prueba estos que son los de coco —levan­ tándose, fue a la cocina y trajo otra bandeja con pas­ telitos. Estaban deliciosos, mucho más que los de guayaba y comí varios. Al final de la tarde, después de los ex­ celentes pasteles, el estupendo té, pero, sobre todo, la conversación y compañía de Lourdes, yo me sentía ma­ ravillosamente bien. —Bueno, debo irme —dije y miré el reloj. En rea­ li­dad me sobraba el tiempo y con gusto me hubiese quedado toda la noche allí, pero no era correcto. Qui­ zá ella tendría cosas que hacer; o al acercarse la hora de la comida no tendría nada para brindarme. —Ha sido una tarde agradable —dijo ella al despe­ dirse y me besó en la mejilla. —¿Cuándo vuelves? —El jueves. —No dejes de venir. Tenemos mucho de qué hablar. Comencé a visitarla los jueves y también los fines de semana. Tomábamos té, conversábamos, a veces sa­ lía­mos a pasear. Por primera vez en mucho tiempo me sentí feliz. Una noche regresábamos, caminando, del cine. La temperatura era agradable y las calles estaban casi de­ siertas y silenciosas. Comentábamos la película cuan­ do un gato negro, grande, peludo, cruzó por delante de nosotros. Lourdes se detuvo. —No me gusta. Nunca me ha gustado —dijo. —Es sólo un gato. —Traen mala suerte. —¿Crees en eso? —me sorprendí que una mujer como ella pudiera creer en tales supersticiones. 

—No sé. Dos veces me han pasado cosas muy ma­ las después de ver un gato negro. Ella se pegó a mí y yo la tomé de la mano. —Es sólo un gato. No tiene importancia. Todo va a irte bien —dije y le tomé la otra mano. Estábamos uno frente al otro. Desde la oscuridad llegaron los maullidos del ga­ to, probablemente en celo. Sin pensarlo, la atraje hacia mí y la besé en la boca. Ella no se resistió y me devol­ vió el beso, el más dulce, el más hermoso de toda mi vida, el que aún recuerdo. Una y otra vez nos volvimos a besar, con furor y prisa, como si la vida se nos acabara y no tuviéramos tiempo para otros besos. Qué importaba que nos ha­ lláramos en medio de la calle y nos miraran. El amor es algo esplendoroso, como para no ocul­ tar mi amor de toda la vida por Lourdes. Que todos lo vieran y lo supieran. Un hombre de casi sesenta años besando en público a una mujer de la misma edad. Con suavidad, ella se separó. A la incierta luz de la luna se veía más hermosa que nunca. —Caminemos —dijo. Caminamos tomados de la mano, su cabeza sobre mi hombro. Ah, qué hermosa era la vida. Aquella noche, al regresar a mi casa después de de­ jar a Lourdes en la suya, los diez kilómetros de reco­ rrido en bicicleta me parecieron un paseo triunfal. Aprisa avanzaba, impulsado por el viento, como si tuviera alas en las piernas. “Corre caballero, corre li­ gero.” En realidad, donde tenía alas era en el corazón que, en ese instante, volaba hacia ella. Desde entonces fui a su casa casi todas las tardes después de terminar mi trabajo. Comenzamos a comer juntos. A veces llevaba yo la comida (algo de carne, una flauta de pan), a veces la ponía Lourdes. Luego nos que­ La Otra | enero-marzo 2010


dábamos viendo la televisión, conversando o jugan­ do cartas. Algunas noches dormíamos juntos y entonces era el sexo (maravilloso, extraordinario, el sexo del amor, del placer) hasta la madrugada, algo inimaginable en un hombre de mi edad, mal alimentado y agotado por el esfuerzo de pedalear en una ruinosa bicicleta kiló­ metros y kilómetros. En realidad, no era yo. Era ella, el estímulo de su aún hermoso cuerpo desnudo, su ca­ pacidad para entregarse y darme placer. —Te quiero mucho —le dije una noche en la cama. Habíamos hecho el amor y estábamos tomados de la mano. En la calle llovía con fuerza y las gotas de agua golpeaban contra las ventanas, tratando de entrar en la casa. —Y yo a ti —sus grandes ojos verdes aguamarina me miraron de frente. —Casémonos —dije de pronto. Ella apretó mi mano sin responderme. Sus dedos es­ taban tibios y yo, trayéndolos hacia mí, los besé len­ tamente. —Los dos estamos solos. —No sé —había nerviosismo en su voz— no sé… —Podemos ayudarnos mutuamente y… —Tengo miedo… —¿Miedo?… ¿A qué? Desde la sala llegó el sonido de una ventana que se abría y cerraba, al parecer empujada por el viento. —No sé… a todo… a que ocurra algo inesperado, a que las cosas salgan mal y todo se acabe. No es la pri­ mera vez que me sucede. —Nada tiene que salir mal. Si estamos juntos to­ do nos irá bien. El batir de la ventana se hizo más fuerte. Echándo­ se una toalla sobre los hombros, Lourdes se levantó y fue hacia la sala. Al regresar se sentó en la cama y se otras letras

tomó las piernas con los brazos. Así, acuclillada, me pareció una niña, una pequeña niña indefensa. Sua­ vemente la atraje hacia mí y ella me abrazó. —Tengo miedo de cosas nuevas porque me pue­ do acostumbrar a ellas y luego perderlas. Tantas cosas he per­dido en la vida —su voz era un susurro— tan­ tas —ella se apretó aún más contra mí y le acaricié el cabello. —Yo, Lourdes Letelier Gabaldá, la hija del re­ nombrado doctor Letelier y de la ilustre Concha Ga­ baldá, viviendo de vender pasteles. Para no creerlo. Por suerte mis padres no están vivos para verlo —un so­ llozo cortó sus palabras. Yo la abracé muy fuerte y pensé en mí, arreglando colchones. —Todo eso es cosa del pasado. Si nos casamos, to­ davía podemos ser felices. —No sé, no sé… Esa noche nos dormimos muy tarde, ella fuertemen­ te apretada contra mi pecho, yo pensando en mi vida y en la de ella. En los siguientes días no volví a hablar de matrimo­ nio y continuamos nuestra vida de siempre. Quizá Lourdes tuviera razón. Pensé: ¿para qué ne­ cesitábamos casarnos, firmar papeles y todo eso? Ella era feliz así y yo, por primera vez en muchos años, me sentía lleno de alegría, esperanza y vigor. ¿Qué importaban los extenuantes viajes en bicicle­ ta, la monotonía y el tedio de cada día, lo abrumador y absurdo de mis actividades, si la tenía a ella aunque no estuviéramos casados legalmente? Un mínimo de dinero para no morir de hambre, tran­quilidad y amor, ¿qué más, a los cincuenta años, se le puede pedir a la vida para ser feliz?, me dije. Se acercaba la fecha de mi cumpleaños. Sesenta largos y duros años. Lourdes no me dijo nada, pero yo sabía que me preparaba una sorpresa. 


Aquella semana llegaron muchos colchones y ter­ miné muy tarde en el trabajo. Abrir, amarrar mue­lles, rellenar y cerrar un colchón es tarea dura que requie­ re tiempo y al anochecer estaba agotado, deseoso, so­ bre todo, de dormir. Apenas pude visitar a Lourdes. El día antes de mi cumpleaños, un viernes, ella me llamó por teléfono. —Tengo algo muy importante que enseñarte —di­ jo y sentí alegría e incertidumbre en su voz. —¿Qué? —Estoy en un teléfono público. Ven mañana —di­ jo, y en su voz había también una cierta urgencia. Se­ guramente me había comprado un hermoso regalo. Me levanté muy temprano, alegre, como nunca, de­ seoso de ver la sorpresa de Lourdes. ¿Qué sería? ¿Una camisa? ¿Un par de zapatos nuevos? Los míos estaban en mal estado. “Necesitas otros”, me había dicho. Qui­ zá fuera un gran cake, con velitas y todo, porque ella conocía de mi debilidad por los dulces. Parado fren­te al cake, soplaría con fuerza hasta que las sesenta di­ minutas velitas, semejantes a pequeñas estrellas, se fue­ ran apagando. Muchos encargos de colchones por arreglar había y aunque era el día de mi cumpleaños debí trabajar. A las cinco, bañado, con mi mejor ropa y una botella de vino casero que, con un poco de buena voluntad, po­ día ser considerado bueno, llegué a su casa. Ella me abrió la puerta y en su rostro vi tristeza. ¿Qué sucedía? ¿Por qué no me felicitaba? —Algo importante sucedió ayer —dijo, sin repa­ rar en mi botella de vino. —¡¿Qué?! —Mira —dijo, y me enseñó un sobre. Era cuadra­ do y de su interior ella extrajo una carta y me la dio. Con rapidez comencé a leer. En un papel blan­co con membrete de la Oficina de Intereses de los Es­tados Uni­ 

dos en Cuba estaba escrito su nombre y, en seguida: “Felicidades. Ud. ha sido seleccionada para partici­ par en el Programa Especial para la Inmigra­ción Cu­ bana (sorteo). El Gobierno de los Estados Unidos…” —Me gané la lotería de los americanos —dijo de golpe. De pronto me olvidé del vino y de mi cumpleaños. No supe qué decir. —Nunca me dijiste que mandaste tu solicitud —di­ je finalmente. —La mandé hace dos años y lo tenía olvidado. Nun­ ca pensé que pudiera ganar. En breve ella recibiría una visa para viajar y vivir en los Estados Unidos. Eso quería decir que… —¿No es maravilloso? —dijo, y sus palabras me sonaron falsas. El desconcierto y la tristeza me invadieron. —¿Y nosotros? Sabes que el sorteo sólo te da de­ recho a viajar tu sola —dije, y probablemente mi ros­ tro se ensombreció. Lourdes me abrazó con fuerza, su cabeza junto a la mía. —No puedo perder esta oportunidad, no puedo —susurró. —Mis hijos están allá. Ya he pedido visa dos veces y siempre me la han negado. Esta es mi úl­ tima oportunidad. Aquí me voy a morir, vendiendo pasteles, en esta casa que se cae a pedazos —sus pa­ labras terminaron en un largo sollozo. Yo también hubiese querido llorar, pero me con­ tuve. —Claro, claro —dije, y sentí una profunda triste­ za y rabia. Tristeza porque todas mis ilusiones, todos mis sueños se derrumbaban. Rabia contra la suerte, contra Lourdes. Rabia por no haber hablado antes con ella sobre un tema como la posibilidad de que se reu­ niera con sus hijos. Qué ingenuo, qué tonto había sido. La Otra | enero-marzo 2010


Treinta años atrás se había separado de mí, ahora lo volvería a hacer. Mi cuerpo se endureció y con suavidad la aparté. Lourdes dejó de sollozar y me miró a los ojos. —Pero quizás podemos arreglarlo todo —dijo. No entendí. ¿Que quería decir “arreglarlo todo”? Pronto ella se iría y yo me quedaría con mi soledad y tristeza. Eso era lo único claro para mí. —Casémonos. Me caso contigo y declaro que lo hi­ ce inmediatamente después de haber enviado al sor­ teo, mucho antes de haber recibido la notificación de haberlo ganado. En ese caso, sí tengo derecho a llevar­ me a mi marido conmigo. En mi cerebro una voz dijo sí, pero enseguida, otra dijo no es posible. Pestañeé y me rasqué la cabeza. —¿Casarnos? ¿Quién se lo va a creer? —En la embajada americana. He oído que mucha gente lo hace. Una mosca voló a mi alrededor y se posó en mi brazo. —Podemos obtener unos papeles arreglados que digan que nos casamos hace dos años —ella sonrió. —Es muy peligroso. Si te descubren en la embaja­ da te negarán la entrada a Estados Unidos. Lourdes me tomó de las manos y sus grandes ojos verde aguamarina miraron directamente a los míos. —Por ti corro ese riesgo —había firmeza en su voz y dulzura en sus ojos. Me amaba, me amaba verdaderamente. Qué di­ cha. Y yo, apenas unos minutos atrás, creí que no me quería. Hubiese querido saltar de felicidad, gritar, pe­ ro sólo la abracé con fuerza. Así, abrazados, estuvimos

otras letras

unos segundos, en silencio. Después la besé tierna­ mente en la mejilla. —Nos iremos juntos. Tú verás, nos iremos —dijo. Me senté y me pasé la mano por la frente. La mos­ ca volvió a posarse en mi brazo y de un manotazo la espanté. ¿Qué haría yo, un hombre cercano a los sesenta años, casi descalificado profesionalmente y con pro­ blemas de salud, en Estados Unidos? ¿Dónde traba­ jaría? ¿Dónde viviría? ¿En verdad quería irme? Lourdes esperaba por mis palabras. Corre caballero, corre ligero, por el mundo y sin dinero. Qué importaba que no tuviera dinero, que casi lle­ gara a los sesenta años, benemérita edad de la jubila­ ción, que mi salud no fuera la mejor. La tenía a ella, mi amor de los cincuenta años, mi amor de toda una vi­ da. A ella la seguiría a cualquier parte. —¿Cuándo podremos arreglar los papeles del ma­ trimonio? —Pronto, y no costará muy caro. Yo conozco a una mujer que conoce… —Lourdes sonrió. Ah, qué bella sonrisa. Desde entonces sólo nos dedicamos a trabajar. Lour­ des prepara cien pasteles diarios, yo arreglo veinte colchones semanales, además de mis ventas de pollo. Las tazas de porcelana, la tetera, los platicos han sido vendidos. Pronto tendremos el dinero para pagar los papeles falsos. Pronto el caballero correrá ligero con su dama por el mundo. v

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lengua de sastre

jorge boccanera

juan gelman, arqueo de sombras

juan gelman

De atrásalante en su porfía Seix Barral | Buenos Aires, 2009

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P

odría decirse que De atrásalante en su porfía, nue­ vo libro de Juan Gelman, es una obra padecida —más que escrita— por quien se debate en la espe­su­ ra del vacío. La búsqueda del sí mismo que atravie­sa toda esta obra fluctúa en un “atrásalante; mo­vi­mien­ to en el cual el poeta interroga a la vez que se interro­ ga”. La sucesión de planteos y replanteos enfocan un punto movible, cuestión que se descentra en el ejer­ cicio de la interpelación. Y precisamente el tono del libro está dado por la gestualidad que asume esa in­ terpelación que se vuelve demanda, advertencia, ex­ hortación. Alguien clama en medio del tumulto: “¿Qué somos sino eso?”, “Hay que taparse los extraños!”, “¡Que paren la mutilación!”. A ratos el monólogo in­ terior deja paso a un formato de diálogo con interlo­ cutores a la mano: “Soy otro dice usted?”, “Vean, vean…”, “Óiganme todos…”, “¿A dónde vamos, hi­ jaeputa…”, “Abran sus pechos, camaradas…”. En esa dirección apuntan también algunos títulos de poe­ mas: “Síseñor”, “Déjenla en paz”, “Apurémonos”. El sosiego entonces, atravesado por una franja exas­ perada. Como si ese lenguaje escueto, despojado —que La Otra | enero-marzo 2010


caracteriza la última producción de Gelman— resul­ tara en jirones, hebras de un furor que trasunta in­ tensidad, vestigios de una lucha interna. Todo el ser está en juego al momento de crear; luego, en la pausa entre un azar y otro, la mano anota: “El poema que pasa/ con un monstruo que no deja dormir.”

Como quedó dicho, el núcleo principal de De atrása­ ­lante en su porfía es una búsqueda del sí mismo que deviene arqueo de sombras. En esa especie de balan­ ce escribe Gelman: “Hay que subir/ paredes del amor/ por la escalera de uno/ y devolver las joyas”. El poeta trabaja como un minero en zonas subte­ rráneas, escarba con preguntas, procura un centro en­ tre fuerzas contrarias con la sola certeza de que “Serse es una aventura”. Y si bien este libro está atravesado por las obsesiones del autor —el amor, la infancia, el exilio, la memoria, la poesía—, su anclaje estriba en versos que inquieren una y otra vez en un ejercicio de prospección a fondo: “¿Cuándo/ se podrá decir/ que lengua de sastre

© josé ángel leyva

El poeta minero

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hemos estado en nuestro ser?” […] “El que siempre me revisa el ser/ es otro, disperso”. También el tema de la fugacidad —las más de las veces un tiempo trastocado— cala hondo en versos siem­pre originales: “La lengua lame horas que/ mue­ ren en su saliva cuando/ la mano del organillero/ mueve el instante”. El afán de justicia, el tema de la revolución y la mi­ seria que “duerme con un temblor negro en la cabeza”, dan cuenta de la posición siempre cuestionadora de Gelman y de los sueños perdidos: “El espectáculo del mundo está triste” […]: “¿a dónde fueron las noticias/ que inventaban humano al ser humano?” […] “La sangre de las ideas manchadas/ mancha la sangre.” Ya desde el título De atrásalante en su porfía reve­ la otra de las marcas de la poesía gelmaniana: la lucha de contrarios. Versos tomados del texto “El nudo” (“La puntada sin nudo hace/ nudo con lo imposible”) no dejan duda sobre el manejo de las figuras de pen­ samiento del autor de Com/posiciones, Valer la pena y País que fue será, entre otros títulos. Las torsiones de lenguaje forman parte de las sacu­ didas de este “atrásalante”: el terror convertido en ver­bo (“miedar”), y el uso de términos como “mesmamen­ te”, “aujeros”, “Y de áhi?”, “vinió”, “sabió”, “rojidonde”,

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“terránima”, “plurivida”, etc. Y como siempre, el tango, un elemento característico de esta poesía que aparece en un fraseo canyengue, como en el poema “Caran­ canfunca”. La canción ciudadana aparece además en un ejercicio de intertextualidad: el inicio del poema “Tango” (escribe Gelman: “¿Dónde estás corazón, que oigo/ tu trasluz, tu disfraz,/”) utiliza el primer verso de la pieza de Luis Martínez Serrano y Augusto Berto titulada precisamente “¿Dónde estás corazón?” (1930). También hay giros que remedan “la vergüenza de ha­ ber sido/ el dolor de ya no ser” de “Cuesta abajo”, uno de los puntos fuertes del trabajo compositivo de la du­ pla Gardel-Lepera. Como en aquel texto “Confianzas”, en el que el poe­ ta encara su quehacer pese a todo, en este nuevo libro Gelman se sienta a la mesa y concluye con estos ver­ sos: “Nunca vuelve al sí mismo, sale/ de lo real a la verdad/ de lo real y canta”. De atrásalante en su porfía muestra, una vez más, los muchos registros de una poesía siempre contun­ dente que, armada entre la idea y la intuición, arroja aquí y allá imágenes que restallan en un punto que es borde, justamente donde se reúne la imaginación de la conciencia y la conciencia de la imaginación. v

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lengua de sastre

antonio deltoro

juan manuel roca, breve historia de nadie

juan manuel roca

Hipótesis de Nadie Alforja-Conaculta-Instituto de Cultura del Estado de Durango | México, 2006

G

uillermo Sucre, en un libro ya clásico —La más­ cara, la trasparencia—, al hablar de la poesía de Roberto Juarroz dice: “Tal vez la existencia del hom­ bre consista en perfeccionar el no existir.” Jorge Luis Borges apunta en el mismo sentido: “Qué mejor don que ser insignificantes podemos esperar.” El libro de Juan Manuel Roca Hipótesis de Nadie lleva al extre­mo más delgado y sutil una búsqueda de muchos años y por muchos libros, que corresponde al espíritu que su­ponen las dos citas anteriores. Hay un breve poe­ ma, entre los muchos que en la obra de Juan Manuel Roca anticipan a Hipótesis de Nadie, titulado “Breve historia de Nadie”; lo copiaré completo, pues me ser­ virá para adentrarme en lo que, para mí, es una de las vetas esenciales de su poesía: Dice el señor Nabokov que la literatura no nació cuando un niño de un valle del Neandertal llegó gritando: ¡Un lobo!, ¡un lobo!, y tras de él, cuatro patas al aire, un lobo gris blandía su lengua chasqueante. Dice, mejor, que la literatura nació cuando un niño del valle del Neandertal llegó gritando: ¡un lobo!, ¡un lobo!, y tras él nadie venía.

lengua de sastre

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Desde entonces, nadie es un eterno personaje, un fan­tasma en los valles del poema.

© josé ángel leyva

Este pequeño texto cae de lleno dentro de la defini­ ción borgiana de la poesía como un arte inmortal y pobre. Su última línea —“Desde entonces, nadie es un eterno personaje, un fantasma en los valles del poe­ ma”— lleva a cabo la anterior idea, pues qué mayor pobreza y mayor inmortalidad puede haber que ser na­ die y ser un eterno fantasma. Para los autores de cuya estirpe forma parte Juan Manuel Roca no es en lo ple­ no y satisfecho donde se genera la poesía y anida la ficción, sino en los huecos y en los vacíos que tanto la realidad como la imaginación crean.

Antonio Deltoro y Juan Manuel Roca, Bogotá, 2009.

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Más que su rotundo apellido, Juan Manuel Roca merecería los de Niebla, Sombra, Nadie o Vacío. Más que la dura roca o la tierra firme, pienso que el ele­ mento dominante en la poesía de nuestro autor es el aire, porque éste es lo más aproximado que en la vida de todos los días tenemos de la nada o del vacío, y por­ que su poesía cultiva el arte aéreo de las apariciones y las desapariciones, como lo cultivan el tiempo y la magia. En un poema de un libro dedicado a la pintu­ ra, un pintor chino al servicio de un emperador, des­ pués de pintar y borrar sucesivas criaturas animadas con sonido y con vida —entre ellas un caballo—, de­ sarrolla ese tipo de magia que ejerce el tiempo con to­ do: “Pronto borraré mi crepuscular figura del óleo / —emperador de mi cuerpo— / y sabrán que es de la misma materia / la ausencia de un hombre o de un caballo.” A Roca le fascina hacer para deshacer; le gusta pin­ tar para después borrar; conocer para después poner en duda la posibilidad del conocimiento. Su poesía parece que habita más la ausencia que lo pleno, más el olvido que la memoria. Esta fascinación no es me­ ramente lúdica o retórica, sino esencial y significativa. Recalca, con un afán de verdad, que nuestro destino fi­ nal es el olvido y nuestra condición más característi­ca es la fragilidad. Pero lo hace, paradójicamente, vita­li­ zado por esa conciencia de la fragilidad, con sentido de humor y con amor a la vida, no con la amargura sistemática y previsible de gran parte de la poesía reli­ giosa de nuestro idioma. Si señala de diferentes mane­ ras las fisuras por las que se cuela el vacío minando lo sólido, convirtiéndolo en polvo; si repite ante la pom­ pa y la estatua, una y otra vez: “el rey va desnudo”, lo ha­ ce con el talante irónico del anarquista y con el vi­gor y la alegría del saber popular. Prefiere, como dice que lo hace el Bosco, “izar la bandera de la derrota en la na­ve La Otra | enero-marzo 2010


sin puerto de los locos”, que celebrar al pode­roso o al triunfador. En el mismo poema del que extraje la cita anterior hace una pregunta autodefinitoria, referida a un cuadro de Brueghel, que a su vez es objeto de un famoso poema de Auden: ¿Qué hacer cuando seduce Más Ícaro cayendo como fardo Que Ícaro cayendo como globo?

¿Le parece a Roca, como a Machado, que la auténtica creación es la nada? Creo que sí, pero de lo que estoy seguro es que su poesía subscribiría la siguiente co­ pla del poeta sevillano: “Se miente más de la cuenta / por falta de fantasía, / también la verdad se inventa.” No recuerdo en este momento poesía más fabulado­ ra que utilice más la fantasía y los recursos narrativos para llegar a la verdad poética, hasta tal punto, que a veces el poeta parece un cuentacuentos de Las mil y una noches en una calle de Bogotá, si no en Bagdad. En efecto, podemos leer sus poemas como imagino que escuchaban los cuentos y leyendas en las fondas y po­ sadas los viajeros medievales. Pues curiosamente una poesía que frecuenta el polvo, el olvido, la duda, lo fantasmal, lo inexistente, no es una poesía imprecisa, vaga, arbitraria y, mucho menos, débil y desvaída. La poesía de Roca es una poesía habitada; incluso sus fan­tasmas difieren unos de otros, tienen cada cual su aventura y su destino (como los tienen las calaveras de Posada de las que se enamora su poesía). Juan Manuel Roca es un caminador y un curioso. Para él cada per­ sonaje o cada cosa en el mundo tiene su poema; no es el mismo el poema de quien se va que el de quien re­ gresa, el poema del anticuario que el del ciego, el del polvo que el de la lavadora de agua. Todos sus poemas tienen un principio, un clímax y un final; son como buenos cuentos cuyo remate no dilucida el misterio si­ lengua de sastre

no que, al contrario, lo potencia sin explosión, exten­ diéndolo como un aroma que seduce despacio. A Juan Manuel Roca lo mueve la simpatía, es capaz de mostrar la verdad oculta que sólo el personaje del poema podría sentir en carne propia. Sus poemas sue­ len tratar de un amigo y un semejante; nunca —o ca­ si nunca— de un extraño o un adversario, ni mucho menos del yo encerrado en el yo del poeta. En un poe­ ma titulado “Los espejismos”, que dada su brevedad también citaré completo, dice: Saliendo de un sueño me inclinaba ante un lago cristalino. En mi sueño al agua interrogaba: —Espejismo, espejismo, ¿dónde encontrar la sabiduría? Y la pedrada de un niño sobre el agua borró mi rostro en el estanque.”

Su tendencia a deshacer toda posible certeza se mani­ fiesta incluso en la frontera del sueño, lejos del yo, en la pedrada de un niño que rompe algo tan congelado y estático como la superficie de un espejo. Roca, como buen lector, cuando escribe, está aten­ to a su semejante que se encuentra del otro lado del libro; sabe que lo primero es que el poema se lea, sale hacia el terreno del otro y a su vacío, se alimenta de lo cercano y lo lejano valiéndose de sus raíces poéticas y de sus habilidades lingüísticas, pero no cultiva las tecniquerías que entretienen a los académicos. Roca está tan pleno y tan hueco, es tan todos y tan nadie, que puede darse el lujo de no rizar el rizo ni ponerle demasiada crema a sus tacos. Es ciudadano de una re­ pública donde la imaginación y la naturalidad son na­ti­ vas. Al propósito, recuerdo una ecuación que me surgió de la poesía de Eliseo Diego y que viene muy a cuento con la del colombiano: “alma más imaginación: pie­ dad”. En el caso de nuestro poeta quizás sería pruden­te 


En uno de los poemas de Hipótesis de Nadie, el libro en donde está más próximo a lo metafísico e intangi­ ble, aborda otra vez la nada y la ausencia desde lo con­ creto y lo cotidiano. Nuestro animal más cercano le permite casi husmear el más allá. El poema se titula “Los perros de nadie” y dice en sus últimas estrofas: Los perros sin dueño Recorren centro y sur de la ciudad, Las zonas donde Nadie Tiene su reino de olvidos.

© josé ángel leyva

¿A quién ladran En la calle vacía? ¿A quién dirigen Sus orejas vacilantes? Acaso descubran el paso de Nadie, Del que se fue una vez, Envuelto en brumas. Juan Manuel Roca, Bogotá, 2009.

sustituir la palabra piedad —para quitarle todo tinte religioso— por simpatía, pero lo de alma y lo de ima­ gi­nación se quedan. Es increíble la capacidad que es­ ta poesía tiene para acompañar, para ser cómplice. Si el poeta es un cómplice, como lo creía Borges, Roca es las dos cosas: poeta y cómplice en grado sumo. Tiene un corazón muy ancho y una mente flexible, capaces de viajar por todos los mundos del hombre, pero a pie, siempre apegados a lo humano esencial. Por ejem­plo, cuando trata los viajes espaciales no pone los ojos en los confines deshabitados del universo, sino que, sa­ bien­do que la noche cósmica es la misma que la noche al­deana de este planeta, pregunta a los astronautas, hé­ roes oficiales de nuestro tiempo, “si al dejar nuestra es­fera se escucha el ladrido de los perros, la algarabía del hombre en los valles de la Tierra”. 

Roca parte en este último poema de los perros calle­ jeros y de sus carencias y hambres, porque también las carencias y hambres son un vacío, así como en otros poemas no duda de partir de un lugar común, de un refrán, de lo verdaderamente sabido por todos; sólo que en el camino va transformando lo conocido, al punto de encontrar un comentario propio o in­ cluso contraponerle algo de sentido de humor que lo renueve. Asombra la forma tan natural y propia en la que entra por territorios colonizados y nos lleva con él a la aventura de explorar sus abismos y sus zonas de riesgo. Roca, lector de lluvias, fabricante de espejos, ciu­ dadano de la noche, habitante de un país secreto, Me­ fisto y Fausto al mismo tiempo, tiene ya su lugar en el vacío junto a otros poetas habitados por Nadie: Ho­me­ ro, Dickinson, Machado, Rojas y algunos más que mi memoria o mi ignorancia no alcanzan. v La Otra | enero-marzo 2010


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juan domingo argüelles | Chetumal, Quintana Roo, México, 1958 | Poeta, crítico y editor. Ha publicado, entre otros, los siguien­

tes libros de poesía: Agua bajo los puentes (1993), A la salud de los enfermos (1995), Animales sin fábula (1996), Piedra maestra (1996) y La última balada de François Villon (1998). Además, los libros de ensayo Quintana Roo una literatura sin pasado (1990), Escribir cansa. Brevísimo diccionario del hastío cultural (1996) y Diálogo con la poesía de Efraín Bartolomé (1997). Ha recibido el Premio Nacional de Poesía Efraín Huerta (1987), el Premio de Ensayo Ramón López Velarde (1988), el Premio Nacional de Literatura Gil­ berto Owen (1992) y el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes (1995). óscar blancarte | Mazatlán, Sinaloa, México, 1949 | Egresado del Centro Universitario de Estudios Cinematográficos de la Univer­

sidad Nacional Autónoma de México en 1972. Realizador de documentales, cortometrajes y series de televisión, obras de teatro y comerciales para los sectores público y privado. Sus cortometrajes Owen (Un poeta olvidado), Óscar Liera (Pasión por el teatro) y Centro del Espacio Escultórico cosecharon premios y reconocimientos tanto a nivel nacional como internacional; El milagro del campo obtuvo el primer lugar en el concurso de la Organización de las Naciones Unidas y del Consejo Nacional de Población en 1979. Ha completado los largometrajes Que me maten de una vez (Heraldo a mejor director debutante), El jinete de la Divina Pro­ vi­dencia, Dulces compañías (Premio del Jurado en el VI Festival de San Juan, Puerto Rico; Premio ocic de la Muestra de Guada­ lajara y mejor director en el Festival de Ourense, España), Entre la tarde y la noche (mejor película en el Festival de Figueira Da Foz, Portugal; premio honorífico del Festival de Cine Latino [Cinemafé], Nueva York). Su filme más reciente es Polvo de ángel (2009). jorge boccanera | Argentina, 1952 | Vivió durante 16 años entre México y Costa Rica tras el golpe militar en su país. Desde 1997 reside en Buenos Aires. Ha publicado los siguientes libros de poesía: Los espantapájaros suicidas (1973), Noticias de una mujer cual­ quiera (1976), Contraseña (1976), Música de fagot y piernas de Victoria (1979), Poemas del tamaño de una naranja (1979), Los ojos del pájaro quemado (1980), Polvo para morder (1986), Sordomuda (1990) y Bestias en un hotel de paso (2002). Reunidos en las com­ pilaciones personales: Antología poética (1996), Zona de tolerancia (1998), Antología personal (2001), Poemas (2002), Servicios de insomnio (2005). En 2009 apareció en México, bajo el sello de la Cabra Ediciones y la Universidad Autónoma de Nuevo León, Libro del errante. Es Premio Casa de las Américas (1976), Premio Nacional de Poesía Joven de México (1977), Premio tea de Periodismo (2007) y Premio Casa de América (2008) por el libro Palma Real. hernán bravo varela | Ciudad de México, 1979 | Poeta, traductor y crítico literario. Tradujo La

balada de la cárcel de Reading, de Oscar Wilde (2000) y, junto con Marco Antonio Campos, El hombre redivivo, de Gaston Miron (2001). En 1999 obtuvo el Premio de Poesía de la revista Punto de Partida y el Premio Nacional de Poesía Joven Elías Nandino. Ha publicado los títulos Oficios de ciega pertenencia (1999, 2004) y Comunión (2002). Junto con Ernesto Lumbreras realizó la muestra crítica El manantial latente. Poesía mexicana desde el ahora: 1986-2002 (2002). Coautor del libro de ensayos Xavier Villaurrutia: …y mi voz que madura (2004).

| Poeta, narrador, ensayista y traductor. Ha publicado los libros de poesía Muertos y disfraces (1974), Una seña en la sepultura (1978), Monólogos (1985), La ceniza en la frente (1979), Los adioses del forastero (1996) y Viernes en Jeru­sa­ lén (2005). Ha obtenido los premios mexicanos Xavier Villaurrutia (1992) y Nezahualcóyotl (2005), el Premio Casa de América (2005, España) por Viernes en Jerusalén. En 2004 se le distinguió con la Medalla Presidencial Centenario de Pablo Neruda otor­ gada por el gobierno de Chile. marco antonio campos

antonio deltoro | Ciudad de México, 1947 | Ha publicado, entre otros, los siguientes libros de poesía: Algarabía inorgánica, ¿Hacia dónde es aquí?, Los días descalzos, Balanza de sombras (Premio Nacional de Poesía Aguascalientes 1996) y El Quieto. En 2009 apareció Un sol más vivo, antología de la poesía de Octavio Paz con selección y prólogo suyos.

| Caracas, Venezuela, 1954 | Poeta, guionista, editor y periodista cubano. Su más reciente libro publicado es la an­ tología personal La violenta ternura (La Habana, 2007).

alex fleites

guadalupe flores liera | Ciudad de México | Licenciada en Letras Hispánicas por la Universidad Nacional Autónoma de Méxi­

co. Ha publicado Antología poética de Jaime Sabines (1994), Lo sagrado en la poesía de Jaime Sabines (1996), Atravesar la noche (2001), El sitio donde nada se le­vanta (2004), Una espera infinita (2007). Escribe poesía, cuento y artículos sobre li­teratura. Es traductora del griego.

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alfredo fressia | Montevideo, Uruguay, 1948 | Poeta, profesor de literatura, se desempeña también como periodista cultural. Es traductor de poesía brasileña al español. Reside en São Paulo, Brasil, desde 1976. A partir del fin de la dictadura en su país vuelve sistemáticamente a Montevideo, donde publica y se desempeña como crítico de poesía. Editor de La Otra. Revista de Poesía + Ar­tes Visuales + Otras Letras. Entre sus libros publicados se encuentran Un esqueleto azul y otra agonía (1973), Clave final (1982), Noti­cias extranjeras (1984), Destino: Rua Aurora (1986. 2007), Cuarenta poemas (1989), Frontera móvil (1997), El futuro / O futuro (1998), Amores impares (1998), Veloz eternidad (1999), Eclipse. Cierta poesía (1973-2003) (México, 2006). rodolfo häsler | Santiago de Cuba, 1958 | Desde los diez años reside en Barcelona. Tiene editados los siguientes libros: Poemas de arena (Barcelona, 1982), Tratado de licantropía (Madrid, 1988), Elleife (Barcelona, 1993; premio Aula de Poesía de Barcelona 1992), De la belleza del puro pensamiento (Barcelona, 1997; beca de la Oscar B. Cintas Foundation de Nueva York 1993), Poemas de la Rue de Zurich (Málaga, 2000), Paisaje, tiempo azul (Ciudad de México, 2001), Cabeza de ébano (Barcelona, 2007) y Antología poética (Caracas, 2005). Ha publicado la plaquette Mariposa y caballo (Cuenca, 2002). Ha sido incluido en varias antologías. Ha traducido la poesía completa de Novalis y minirelatos de Kafka. katherine m. hedeen | Salem, Oregon, Estados Unidos, 1971 | Traductora, investigadora y profesora universitaria, especializada en poesía hispanoamericana; doctora en Literaturas Hispánicas por la Universidad de Texas en Austin, es profesora de esa espe­cia­li­dad en Kenyon College, Estados Unidos. Recibió este 2009 el National Endowment for the Arts por su traducción de Los poemas de Sid­ ney West, de Juan Gelman. Entre sus libros traducidos del español al inglés destacan The Infinite’s Ash (Víctor Ro­d ríguez Núñez, 2008), Garden of Silica (Ida Vitale) y Journal with No Subject (Juan Calzadilla). Editora asocia­da de la serie Earthworks de Salt Publishing. En español ha publicado, en colaboración con Víctor Rodríguez Núñez, El silo. Una sinfonía pastoral (2005) y Améri­ ca o el resplandor (2006), del poeta australiano John Kinsella. Ha escrito ensayos académicos sobre varios autores contemporáneos de la región, como Fina García Marruz, Aída Cartagena Portalatín y Carilda Oliver Labra. graciela kartofel | Historiadora de arte. Creó el área de Arte Moderno y Contemporáneo para la Universidad Nacional Autónoma de México; ejerce como profesora invitada en diversas instituciones; es curadora y crítica independiente; escribe en ArtNexus, La Otra, La Voz de Michoacán y Kunst. Es autora de monografías sobre artistas contemporáneos y libros de teoría editados en México y en el exterior. Es miembro de Penn, caa e International Art Critic Association.

josé mármol | Santo Domingo, República Dominicana, 1960 | Poeta y ensayista. Fundador de la Colección Egro de Poesía Do­ minicana Contemporánea; miembro fundador y coordinador-director en varios periodos, entre 1979 y 1992 del Taller Literario César Vallejo, de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (uasd) y director del Círculo Literario del Instituto Tecnológico de Santo Domingo (Intec), entre 1985 y 1990. Entre sus libros de poemas están Encuentro con las mismas otredades I y II (1985 y 1989, respectivamente; el segundo, Premio Nacional de Poesía 1987), Lengua de paraíso (1992, Premio de Poesía Pedro Henríquez Ure­ ña 1992), Deus ex machina (1994, con ilustraciones de German Pérez, premios Casa de Teatro 1994 y Accésit del Premio Internacio­nal Eliseo Diego 1994, de la revista Plural, perteneciente al diario Excelsior de México), Lengua de paraíso y otros poemas (antología personal, 1997), Premisas para morir. Aforismos y fragmentos (1999), La invención del día (Madrid, 2000), Deus ex machina y otros poemas (Madrid, 2001), Premesse per morire (Italia, 2001), Torrente sanguíneo (2007, Premio Nacional de Poesía Salomé Ureña), Maravilla y furor (2007) y Miradas paralelas (en colaboración con el fotógrafo Ángel A. Martínez, 2009). floriano martins | Fortaleza, Brasil, 1957 | Poeta, ensayista, traductor y editor. Se ha dedicado en particular al estudio de la li­te­ra­

tura hispanoamericana. Es autor de los libros Escritura conquistada. Diálogos con poetas latinoamericanos (1998) y El inicio de la búsqueda. El surrealismo en la poesía de América Latina (2001). Ha traducido a Fe­derico García Lorca, Guillermo Cabrera Infan­te, Jorge Rodríguez Padrón, José Luis Vega, Alfonso Peña, Ana Marques Gastão y Juan Calzadilla, entre otros. Entre sus libros de poesía destacan Alma en llamas (1998), Cenizas del sol (2001) y La noche impresa en tu piel (2006). En la actualidad dirige, junto a Claudio Willer, la revista electró­nica Agulha (www.revista.agulha.nom.br) y es coordinador del proyecto Banda Hispánica, del Jornal de Poesia. En colabora­ción con María Estela Guedes dirige el dossier surrealista Poesía y Libertad, en la revista electrónica TriploV (Portugal). | Monterrey, Nuevo León, México, 1959 | Narrador, dramaturgo, traductor y periodista. Hizo sus estudios de maestría y lengua búlgara en la Universidad San Clemente de Ójrid, de Sofía, Bulgaria. Sus relatos, traducciones, obra dramáti­ ca y cuentos infantiles han sido editados por la Universidad Autónoma de Nuevo León, la Universidad Autónoma Metropolitana, el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes de Nuevo León, Alforja y Ediciones Palmira. Sus cuentos han sido traducidos y

reynol pérez vásquez

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publicados en Bulgaria y Rusia. En 1997 obtuvo la Beca de Traducción del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes para trasladar al español el libro La espiral tenue, del narrador búlgaro Yordán Radíchkov. Sus obras de teatro han sido puestas en escena en im­ portantes ciudades de México. juan manuel roca | Medellín, Colombia, 1946. Poeta, periodista, ensayista. Ha obtenido varios premios nacionales de poesía (Eduardo Cote Lamus y Universidad de Antioquia), de periodismo (Simón Bolívar) y de cuento (Universidad de Antioquia). Di­ ri­ge el periódico cultural La Sangrada Escritura. Ha publicado Memoria del agua (1973), Luna de ciegos (1975), Los la­drones noctur­ nos (1977), Señal de cuervos (1979), Fabulario real (1980), Antología poética (1983), País secreto (1987), Ciudadano de la noche (1989), Luna de ciegos (antología, 1990), Pavana con el diablo (1990), Prosa reunida (1993), Lugar de apariciones (2000), Los cinco entierros de Pessoa (2001), Arenga del que sueña (2002), Las hipótesis de Nadie (2006). [juan_manuelroca@hotmail.com] víctor rodríguez núñez | La Habana, Cuba, 1955 | Poeta, periodista, crítico, traductor y profesor universitario. Ha publicado once

libros de poesía, casi todos premiados en su país, México, Costa Rica y España. Selecciones de sus poe­mas han sido traducidas al inglés, húngaro, italiano, esloveno, ruso, sueco, portugués y búlgaro. Durante la década de 1980 fue redactor y jefe de redacción de la inquieta revista cultural cubana El Caimán Barbudo. Ha realizado numero­sas ediciones críticas, antologías y estudios sobre poe­ tas hispanoamericanos. En colaboración con Katherine M. He­deen ha traducido del inglés al español obras de Mark Strand y John Kinsella, y del español al inglés, de Juan Gelman e Ida Vitale, entre otros. Es profesor asociado de literaturas hispánicas en Kenyon College, Estados Unidos. enrique servín herrera | Chihuahua, Chihuahua, México, 1958 | Poeta. Ha sido coordinador del taller de poesía Gilberto Owen y de talleres de poesía y narrativa; editor de la Editorial Flor de Arena (Universidad Autónoma de Chihuahua) y de Solar. Políglota y traductor del árabe, catalán, francés, inglés, polaco, portugués y ruso. Becario del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (cre­ adores con trayectoria, 1998). Recibió por el libro Elogio para los dedos y otros poemas el Premio Chihuahua de Literatura 1994 .

| La Habana, Cuba, 1940 | Ha publicado, entre otros títulos, Para matar al lobo (1971), Cuando la noche muera (1981; Premio uneac 1981), El polvo de oro (1996, Premio de la Crítica Literaria, Cuba; Premio Mazatlán de Literatura, Méxi­ co, y finalista del Premio Rómulo Gallegos , Venezuela). En 2004 Letras Cubanas dio a conocer la novela Llueve sobre La Habana.

julio travieso serrano

daniel weinstock | Ciudad de México, 1957 | De formación fotográfica autodidacta, continúa sus estudios en Parsons School of Design en (Los Ángeles, California) y en The International Center of Photography (Nueva York), donde tiene como maestros a Amy Arbus, Mary Ellen Mark, Eugene Richards, Charles Harbutt, Joan Liftin, Lester Lefkowitz y Jeff Jacobson, entre otros. Ha exhibido su obra en exposiciones individuales y colectivas en El Centro de la Imagen (Ciudad de Mexico), El Círculo de Bellas Artes y Arco (Madrid), Brooklyn Museum (Nueva York), Foto Fest (Houston, Texas), así como en otros museos y galerias en México, Europa, Estados Unidos y América del Sur. Sus fotos han sido publicadas en revistas y periódicos, entre otros, La Foto­ grafia de España, The New York Times, Spy Magazine, Tiempo Libre, Revista de Teatro de la unam, La Cabra, etc. Ha impartido cursos y talleres en El Centro de la Imagen, el Centro Fotográfico Manuel Álvarez Bravo de la ciudad de (Oaxaca, México) y en la Escuela Activa de Fotografia, entre otros.

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“Habiendo atravesado / quince años; después quince, / y, antes, quince […].” César Vallejo


belove.com.mx

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José Manuel Recillas

Gottfried Benn Un peregrinar sin nombre | Ein Wallen, namelos 16 x 23 cm Tomo i: poesía (bilingüe), 352 pp. Tomo ii: ensayo y prosa, 320 pp. La Cabra Ediciones | Universidad Juárez del Estado de Durango, 2009

La Cabra Ediciones, S.A. de C.V. Callejón del Atrio 8-1 bis, casa 3, Cuadrante de San Francisco, Coyoacán, 04320, Ciudad de México | (55)5554 3968 | lacabraediciones08@gmail.com

Gottfried Benn es mucho más que un poeta: es el hijo de las dos de­vastadoras guerras mundiales y de su fanatismo de des­truc­ ción y muerte. Su presencia, esquivada por muchos, equivale a una marca de fue­go. Es el más duro, el más radical, el más trastornador y el más ebullente de los poetas alemanes del pasado siglo xx. Mé­ dico del cuerpo y de la poesía, Benn ha podido escribir estas pala­ bras que valen como un diagnóstico la­cerante: “Todos mis referen­ tes se han desmoronado. El universo susurra en torno. Estoy en el bor­de: gris, enhiesto, muerto.” El calvario del espíritu se acompaña en es­te caso de una monstruosa lucidez. En este sentido, Benn es hi­jo no sólo de Baudelaire o Stefan George, sino también de Hegel y de Nietzsche. evodio escalante


eclipses

juan manuel roca

Arenga del cuerpo i. Ocurre que Roca me invade hasta el cansancio. No me deja respiro, me hurga y examina como a un raro pajarraco, no le basta con traerme noticias de su espejo. ii. Harto estoy de su cruenta dictadura, de su manía de exhibirme por el mundo como un perro de lujo, como un galgo. iii. Harto estoy de que me habite, de que cambie el oro de mis días por migajas de milagro. iv. Ocurre que a veces me invade con voces de ausentes, con jerga de poetas que guarda en mí como si fuera un viejo y simple armario. v. Por las noches me arroja en su cama como un pesado saco mientras duerme a pierna suelta en sus laureles. vi. Si no lo arrojo desde la terraza es porque no quiero darle el gusto de saltar conmigo al vacío, conmigo y la sombra que llevo pegada a mi destino. vii. Me aburren sus chistes —que conozco hasta el cansancio— y sus decires y sus poemas y ese aire seguro de pequeño faraón de su pobreza. viii. Pero ocurre que a veces me desarma: hay que verlo cuando me acerca a su muchacha, cómo se agazapa en mí, como esculca en el bolsillo del corazón su mejor habla. ix. El pobre Roca no tiene remedio.


La Otra No. 6