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DESOCUPÉS EMILIANO CRUZ LUNA

Emiliano Cruz Luna. Nació en 1976. Estudió el profesorado en Lengua y Literatura en la UNLP y en el Instituto JN Terrero. Coordinó los talleres de poesía de la Municipalidad de La Plata en el Centro Cultural Pasaje Dardo Rocha entre 1998/99. Publicó dos libros de poesía: El poder de la marca (edición de autor, 2002) y Desocupez, (Ed. Del Dock, 2010), libro finalista del concurso nacional de poesía Macedonio Fernández 2009. Ejerce la docencia a nivel secundario y universitario. Poemas suyos integran antologías nacionales e internacionales


D E S O C U P É S

Emiliano Cruz Luna


Este libro fue FINALISTA en el concurso nacional Macedonio Fernández 2009 jurado por Javier Adúriz, Jorge Boccanera y María del Carmen Colombo


A Verónica Spasoff, señora de mis días.


I

CITY CORNER


In itinere: sur

Quería llegar a City Corner por imantación del centro, la posibilidad de un puerto, la cercanía al exterior. No soy de acá pero llego a diario y veo barcos marcharse; tomo junto a otros llegados por mar y río que escuchan historias, y pierden en sus silencios más que en la extrañeza de enlazar eso contado.

Eso hago, además de entregar, archivar, servir, que es mi tarea de aquí para allá, cerca del puerto llenando el Corner, envanecido; al atardecer, en micro, vuelvo a casa subiendo la autopista


como un helicóptero sordo; quedan los docks, la desembocadura, monoblocs a los pies; después, baja sobre una curva en el llano verde, la costa apoyada en el río. Sueño; giro y en el lado opuesto veo una flota de lucecitas amarillas anclada en un fondeadero brumoso a la espera de una voz para levar ancla y dejar oír el bramar multiplicado de las naves que despiertan a zarpar. Pero no es sino un barrio, bajo niebla un suelo socavado, no sé, pienso, no fui a ese, vivo en otro


para Max Mc Govern

Último yo

Ser pobre y tener sin cambio cien pesos es como tener y no tener como un último tiro que un amigo dijera.

Camino sin ganas, por una baldosa sube un pasto: primavera al instante, pienso en el último

en ese tiro vital; y sí, cómo no va a ser vital riendo yo le decía, si es el último…

¿Qué voy a hacer hoy? ¿Qué hice ayer? Sartén enharinada y punto


pescado frito, pero ¿si es vital?….Ja! ¿el último?…Ja! Queréme ave maría purísima esta sartén.

Pero, y si cambio los cien esos por pescado? Qué tal los cien todos de merluza? Sartén vacía y cien pesos en mi bolsillo. Sin cambio: Desocupado, ¿versión inútil, oquedad parlante enhebrada mal en la historia? Así, achican a copia de multitud muchedumbre, masa de asfalto y de humo y de banderas apiladas en el piso, al pie de un andén que se llena y embute carne en la piel de un monstruo malherido y gritando cerrado al vacío


instrumento del viento y del tiempo por un cielo inhibido. La ambición en punta de un mástil desocupado miro y ocupo un sitio postizo a la vida con idénticos cien, mi último tiro cuando vuelvo de mi plan.


Los hombres huecos T.S. Eliot Voz desocupada

-

Por qué no hacen otro centro para ellos, es peor que una

autopista en hora pico esta peatonal, y vos dónde estás? -

Entre otros, acá, voy solo

pero siento una caterva en la panza. Hombres desocupados, maniquíes y nylon somos un frigorífico con ropa, eso.

Nuestras miradas sin movimiento con ánimo difuso… la respiración pedregosa,… mugidos desbarrancados, vamos y así nos recordarán? Ávidos por túneles y subsuelos? Hambrientos con estómago de nylon.


Somos hombres desocupados pero no carentes tutores de la carestía, nos mantenemos y desdeñamos a la muerte. Igual, ella nos sonríe sentada en la barra del fondo; un convite inevitable en el salón Las viejas Eras. Eras en que se daba belleza a la muerte devolviéndola vida; de inmortal murientes es lo que somos en esta peatonal al mediodía. Labios blancos son nuestra imagen, polvo de mármol, un beso un último sello por despido.

Mientras, la más limpia de las estrellas moribunda habita sola arriba. A mañana en la peatonal suena este río seco.


Víspera de embarque en el dock

Sedienta junto al ventiluz está para amar y servir por qué es vil? porque sí?

Desde hace años es petisa y argentina por adopción, ahora la cubre sólo una rana tatuada en el talón: Su salto da una alfombra de luz.

-

Manda cruel y se apaga, torna a prenderse con lenguazo corto y seco. -

Hacélo bien! Interrumpo (es esto vil?)

-

Si quiere le hago una dancita, acota

y sonríe desalentada aunque no deja entrar su sentimiento al vaho de cortesías falsas que en este puerto se estila y es para mí penoso. - Siempre lo hacés así? pregunto -

No, fue sólo un desliz.

-

Claro, -el mío también lo es-.


(la esposa había dicho entonces, -es todo el día a cuerda nene el día con vos, y si no echo humo me embolo -

Y yo?- Contesté-, ni siquiera

hacho calientes las resmas, ni quemo la selva ambigua, o digo, ¡Pobre Juan! Pobre! -

Aunque tu sombra es ruin. Agregó.

-

Ruin?!

-

Sí, en el cemento sudario, otro

culo solidario, en el Corner....de gil! -

Lo mío vale si? Es mi culo a contramano!

-Ni su grito fue puro.-) Ahora, aquí, a quién importa, pensé -

Vení, subíte. Bajá

Qué cosita, reí, reí me hechizan tus ojos con semen. Terminó en el piso sin ser más argentina y pidiendo, más pis, más pis no quiero -

Dale...no seas vil!


II

VIAJE AL BLANCO DELIRADO


Grytviken: bahía de las ollas

Allí está la ensenada, ya no hay un barco ni por anclar tampoco a zarpar quedan; el cielo gris sobre las aguas reposadas, miasmas de sangre, las grasas de ballenas bisecadas vuelven fétido el aire.

Sobre la playa helada un hombre hace aspas con los brazos, parece decir vuelvan, regresen acá, desde cubierta por un instante nos reímos del acto desolado del antiguo capitán, ahora confinado a tener un candado a cielo abierto en su boca, su sombra; no queda el mundo allí, nos decimos, un ángel solo del mal nos despide y aquí no hubo traición, pero tampoco habrá capitán. Sobrevuelan los petreles el viento envuelve el hedor fondeado en la bahía como un barco más lo lleva a ultramar


allí vamos, el ruego mudo queda con el rocoso fondo disminuye.

Ocurrió esto: la caza de ballenas es convenida entre las factorías, así el cazador, una vez la presa obtenida, la acarrea hasta sí y una vez amarrada al buque la abordan dos o tres hombres; uno carga una gran jeringa vacía que inyecta en el lomo del cetáceo, otro en cubierta enciende un motor que llena de aire por la jeringa a la ballena que rota y queda panza al cielo, entonces el último hombre clava el estandarte de la factoría para quien trabaja y que ahora es dueña del animal. Podía suceder, entonces, en época de caza masiva que uno divisara mástiles coloridos con insignias, ondulando en señal de ocupador, que todos hasta hoy respetaron. Y por siempre no más.


Leyenda del abismo en los cerros Mossman

Luego, qué hubo, alejándose el buque no se distinguía; pero él allí sostuvo su oscuro talante humano.

No hay posible digresión del rumbo pensó: en un mundo sin huellas, la patria no me espera, ya nadie tiene mis recuerdos, mi nombre pesa menos que el aire sobre el hielo.

Debo andar en octubre o en su luz falsa la bahía tiende a fracturarse no hace ya falta comida tengo frío el viento es parte de mis huesos trayéndome la melodía del último aleteo del vuelo último del pájaro del Dormido.


PĂĄjaro y vuelo en las manos detengo, llevo una pluma blanca de una de sus alas hasta mi boca y de ahĂ­ baja la pluma hasta mi pecho izquierdo, cambia su color; volviĂŠndose piel se adosa a mis costillas que son parte ya del suelo.


Sumisión en el “Espíritu Santo”

I

No pude olvidar ni callar entre el borde de la planchada y la marejada. Allí confesé. Me llamaron de regreso y caminé vacío a bordo, las manos atadas con el castigo: eterna pena que acompaña y desluce con amargura; sin embargo pude ver en lo que cae pero que nadie nombra, el vuelo de la saliva bajo el sol, la caída misma, el destino irradiado desfallecía sin brío en la estela de proa.


II

La sombra de mar se levantó en popa como un ancla se enrolla y se envuelve en el óxido ya seco que vuela hacia los rostros, pulverizado, como polvo de ladrillo; el ladrillo es sangre dura tiñendo el sudor de abordo. La sólida familia que suman dos ladrillos, en nada se compara con el agua en torno y en los sueños disuelve templos, mientras por su curso navega nuestra luz hacia la lucha que todo lo habita; el llamado a construir es por entero a un nuevo habitar cielo vida muerte tierra amor.


Leyenda inicial

-¿Crece igual el pasto que una sombra? -Aquí no hay pasto que crezca hace miles de años y… -¿los años pasto, sepultos allá abajo abajo quedarán?

-La sombra asciende al pasto desde su origen, su pertenencia a un único orden, pero ¿A su lado quién marca las huellas?¿En su sombra quién señala el pasto?

Miró de soslayo como si hubiera alguien cerca luego sus ojos eran también astros errantes, antes en la vastedad cana recordó su traición y el abandono.


Avanzaron a él consiguientes furias; dejó caer su brazo como un martillo vikingo y una columna vertebral filosa, un rayo quebró las capas de hielo. Un cúmulo de placas y placas, placas más placas en segundos superpuestas, abiertas hacia lo profundo creando una grieta hacia el negro más negro como una noche sumergida. Inicial. Por ese martillazo debajo de sus botas comenzó a separársele el témpano que flotaba a la deriva.

- y ¿cómo sigue? quiero acordar historias, cómo salió de un témpano quebrado? - Bien: par entre par: botas entre el hielo abierto el negro azul debajo intenso y extendiéndose a la sima de un centro quieto, oculto silencio que subió como el aliento de un bostezo en espiral hasta vos; vacío.


III

DESDE EL REFUGIO


Rutina por otra jornada

A la menor distracción, a la interrupción inhóspita de propósito se la quitaba del tiempo raso, no podíamos pensar sino en sobrevivir en la inclemencia del istmo ampliado sin contornos. Cubríamos los días así: cazar, explorar y por dentro medir los cambios, anotarlos, leer escribir cartas con nostalgia de no enviarlas. Sin más, el tiempo causaba ahogo, pero así era el invierno así lo regía y lo hace. En el día tantas veces la carne a fuerza de embozarse hay que verla oscura, de trabajo interno y asombro, claridad en penumbras. Pero prefería ese claustro al infierno centro de Corner.


Entre camaradas que hablan lenguas cada vez menos extrañas, había que verlo, ah! Sí señor aún conservo esas notas.


Trabajo de campo

La montaña, ralo su cuerpo, larga esos vientos con furia; ninguna palabra en esta densa tela de aire podría persistir.

Fuera de la casa-habitación mantenemos el más íntimo silencio en diálogo.


Sol desde ventiluz superior izquierdo en la casa-habitación

La repetición no sería un obstáculo, permitiría eso a la luz un nuevo contraste. Habría también centella? Habrá!.. una centella tras otra, oiga… venga y mire Mrs. Starback, en la sartén;

Que apagara la luz e hiciese silencio hubiera sido…

sin embargo, sólo ventanas blancas un pizarrón de nieve. Tapiada la puerta, solo, último-yo en la casa-habitación, cada uno con su soledad (que pende, bajo, en la garganta) envolviéndose al cuello-

y vuelta de prepo a mirar


en la sartén; las estrellas caerían como un telón, escamas de pescado y la mar quieta y brillante. Sólo en aceite caían. Sólo era verano, sólo un día perpetuo. Hablaba solo mientras cocinaba: Que apagara la luz e hiciese silencio hubiera sido… el filo del cuchillo no.


A Lydda Franco Farías Lentísimo aullido bajo un tilo

Antes del Laurel que cese y no haya otro más nacimiento maderable un fin último será el cofre que te obsequie.

Así pasará a ocupar uno entre los lugares de los demás cofres que posaban en tus repisas; en tu habitación, iglú en la Guajira.

Aunque ahora solamente allí no sea donde habites ni sea donde el frío acorralado permanece.

Estany atestiguaba y los mil cofres daban tesoro al viento ardiente de Cabo de la Vela y al abismo, desfiladeros del Páramo. Como el corazón, decías, Eros y Tánatos. Tomábamos café sentados en la cama. Tres orillas.


En cambio, ahora hiervo en el caldero alas de pingüino y masco hojas de aquél laurel, aislado, mientras me esperan camaradas sentados a la mesa;

que siempre Dios te guíe porque no puedo hacerlo y conservá este cofre en el antiguo silencio.


Vislumbre, hay nevisca. Bebo mi última ración de café.

Amanece y Lezama tatúa en la ventana dos peces de hojalata. Quien viera esa luz sonreiría todavía.

Asume la mirada divisoria, su voz cartulina de dicharachero, el desayuno ausente.

Amanece en los ojos de hojalata raya empañado el sol mientras por allí el ojo al árbol de hielo señala, más ojos duermen. Desinteresado por saber si hay espinas, cuida Lezama de no tragarlas, antes bien las ofrece engarzadas en collar y encauza en las acequias la sangre derramada del pez, guardándose consigo


todas las escamas para guindarlas en ese mediodía playo de porcelanas y oros; luego su mano busca en qué apoyarse sobre un libro vacío, en cuyas hojas los coros vuelven absurdo el anzuelo, por cuyo cebo llegan más peces a cada lado del vidrio.

Pero no logra el apoyo su mano; cae sin sostén y traza en torno un núcleo, no su ámbito: un ojo ciego.

A ese prado negro vuelven las cabras siguiendo el tintineo cristalino:

la cuchara en la taza de café.

Antes ríe conmigo. Eso dijo.


Algo se va esta tarde en la casa-habitación

La arquitectura del humo semejante al hielo quebrándose en el agua, la común memoria, tu vista en la mía ahora retraída sobre aquel muelle nocturno bajo el sol, ahí aparece a despedirse?

Y los días en el día ahora con ella? ¿y con ella las costas, con ella los cerros sin ella lo inhabitable?

Que no se vaya tu vista. El humo destruye su morada única en despedida acorde y el hielo esparcido agrega su miniatura: un ínfimo sembradío de témpanos para náufragos. Es el sueño de la ballena en que se halla el témpano hombre


en su deriva, en él ella es dueña del aire y del agua como nosotros del tiempo que dura la deriva y nuestra vista persigue en esta casa sola, oculta arquitectura de humo semejante, disolviéndose la común vista en mi memoria ahora muelle.


Para Ramón Quchiyao Flores

Las lejanas islas que se empeñan en volver hechas madre

Mientras mi mano aprieta tiza expande un campo de observación posible y mueve las marcas señalatorias, hoy las horas persiguen a las sombras en mi cabeza busco el sonido de su voz, a esta altura mil veces cambiada como las marcas que sigo precisando erróneamente; miro allá y hacia ahí me dirijo y llego sin recordar de dónde provine ¿Cómo era su voz? ¿A dónde fue? ¿Dónde llegué? Y aquélla mano la tiza expande, sobre la mía se posa aquí lejana, une los puntos que suman las islas a la distancia lejana, y crece.


Hormiga

El arco blanco del pie sostiene el puente donde cruza nuestra hormiga, Ăşnica establecida a bordo.

Podemos con ella saber de la muerte?

Cruza el puente y nos regala su mĂĄs allĂĄ, su rumbo conciso nos deja mudos.

No bien el pie se arquea le otorga su frontera, suelta entonces ella su paso de estrella en estrella y las nombra; aparentes, reunidas.

Vuelve, y por eso el puente se derrumba a sus espaldas, pero, una sombra atestigua su espacio: otro puente; confiados, en trineo lo afrontamos, una vez del otro lado el ĂĄngel de la hormiga nos espera. Miramos sin palabras:


El paso de la hormiga da contorno a una isla, en esa isla se posa la casa-habitaci贸n refulgente en medio de la noche. Vamos. Una vez dentro no evitamos el asombro. Nuestra hormiga encandila.


La Desantojosa

Vuelve en su cuerpo calado un túmulo coral. Baila su danza de negro, Desantojosa. Pone sus manos al fuego la llama no se rinde a los bordes, ay! Desantojosa

Meditá la pena que sí vale la flor en tus labios. ¡subí, subí desde un abismo, Desantojosa! Quebrá tu espejo de agua,

Que fluya esa agua que abraza. Y entre, enlome, arrastre ¿cuántas veces vendrás Desantojosa?


¿Temés del hilo delgado que pende por tu mirada y nos hace sobrevivir? ¿Desantojosa, seguís ahí?

-Serenate y soñá, querés? que pronto recordarás la desocupés más añosa.


IV

APARICIテ誰 FINAL


Aparición a mediodía

Vine a City Corner envuelto en brumas en busca de la luminosidad de un sueldo. O eso quise. Asido a esa premura quise también no sentirme más desocupado pero no pude, aún con trabajo.

Ahora recorro calles y días por igual bajo el cielo hondo de un pozo seco y sin sombras; no escucho, no miro, no recuerdo.


FIN

Emiliano Cruz Luna: Desocupés  

El Libro fue finalista del concurso nacional de poesía Macedonio Fernández 2009.

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