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“Paciencia de buey. Cuentos, crónicas y un poema”, de Matías Sapegno. Ediciones DE LA TRAVESÍA. Santa Rosa, La Pampa, Argentina. 2012 Tapa diseñada por Horacio Comerci, de imprenta Visión 7 Foto de tapa de Diego Ulises Giménez ISBN 978-987-20923-7-5

A Carola


CUENTOS


A la hora precisa Nunca nos reímos tanto. Me acuerdo que el año era 1981 y hacía frío. El edificio de nuestras oficinas estaba en una esquina del centro, donde casi siempre había sombra y viento. La cosa fue así. Había un loco que todos los días se aparecía por esa vereda, miraba para arriba, hablaba solo, hacía gestos indescifrables y se iba. Todo eso lo veíamos desde el tercer piso a la hora del mate cocido con pancitos. Un día se apareció con un sobretodo y un sombrero de cowboy. En nuestra oficina había dos empleados limpiando pisos y muebles con plumeros, escobas y escobillones. Uno de ellos había abierto la ventana para ventilar y como al descuido asomó un palo de escoba. Fue un rayo. El loco de allá abajo se escondió enseguida atrás de un auto, echó el sobretodo para atrás y se llevó la mano a la cintura. Nos quedamos helados. “Éste se cree que lo vamos a atacar”, pensamos. Y nos entramos a cagar de risa. Pasó ese día. Mañana siguiente. “Che, vengan, el loco está de nuevo”. No había cambiado el atuendo, lo había mejorado con un cinturón de cuero con la cartuchera vacía. Caminaba como tenso. Los brazos separados un poco del cuerpo. El Morsa dijo “Voy a probar algo”, y abrió la ventana. El loco, como si le hubieran pegado un cachetazo, se llevó la diestra a la cartuchera y de allí la trajo convertida en una pistola de carne y hueso, con los dedos haciendo una L. Y nos apuntaba. Como acto reflejo nos agachamos, y cuando nos dimos cuenta de la boludez que habíamos hecho (cinco hombres y mujeres adultos agazapados), volvimos a cagarnos de risa. Al otro día ya había público. Habían venido de varias oficinas a ver el fenómeno. “¡Ahora!”, abríamos bruscamente la ventana y el loco rodaba por la vereda, se escondía atrás del buzón de la esquina, corría en cuclillas. Hubo compañeras que se hicieron pis de la risa, y éramos como veinte mirando el espectáculo. Hasta vinieron gerentes y jefes de área. Así varios días. Cuando no aparecía, nos preguntábamos qué estaría haciendo, si estaría lustrando los revólveres o ajustando la mira del winchester. Casi que lo extrañábamos. Y cuando volvía, lo amenazábamos con plumeros, percheros y hasta con la artillería pesada de esos ceniceros que eran cilindros metálicos. PUM PUM TATATATÁ PAM gritábamos. Era él solo contra cinco, diez, quince empleados que lo tiroteaban con onomatopeyas. Hasta que un día. El calor ya había llegado. En la oficina estábamos sofocados. “Abrí la ventana, Norma, vos que estás cerca”. Fui yo quien se lo pidió. Hubo dos destellos que se confundieron. Uno el de la ventana, que al abrirse disparó un largo reflejo de sol que bañó al edificio de enfrente y parte de la vereda. Y otro, acompañado de un golpe seco, tan distinto a los exagerados sonidos que hacíamos con la boca. Norma cayó para atrás. “Se acabó la joda”, murmuró el loco.


Ni opuestos ni complementos No eran opuestos ni complementos, y los dos tuvieron tan distintos destinos. El Hueso y el Manija podían considerarse como eso que el imaginario colectivo llama -a primera, prejuiciosa y superficial vista- personajes de pueblo. Pero el mote los disminuye. Ambos excedían la pequeñez de ser meros protagonistas de pícaras anécdotas más o menos graciosas. Eran personajes de dimensiones diferentes, remotas, con leyes y ritos ocultos a los que se sometían a diario sin apelaciones ni firmas en disconformidad. El Hueso era el funebrero y el asador del pueblo. Daba tierra y alegría, a veces en el mismo día. Después del sol, era el segundo que entraba cada mañana al bar que nuestro viejo tenía en Eduardo Freda. Pido minuto para recordar algo singular de aquel sitio. Sus cosas: sillas, espejos, barra, estantes, mesas, carteles tenían eso que me atrevo a llamar dignidad de las cosas. A una mesa podía faltarle un pedazo de fórmica, pero seguía siendo mesa y los bordes de la parte rota se suavizaban con el uso diario y el paso del tiempo. A una silla se le rajaba la cuerina pero nadie se escandalizaba, se la seguía usando hasta que sólo quedaba el caño al aire y entonces se tiraba al patio, junto a los cajones con envases vacíos. No era descuido o dejadez por parte del viejo, sino que los clientes no se merecían otra cosa. Llegaba y decía “Buendía, nene. Un platito con roquefort, otro con lengua y así de fernet”. 8 de la mañana, y el así de fernet era casi la mitad de un vaso culón. Y puro. Así cerraba su jornada de funebrero y se iba a dormir. Todas las mañanas de la vida. Aunque no se lo conocía públicamente borracho, tampoco era un alcohólico anónimo. Tomaba parejo. Lo sabíamos por su cara, su aliento y porque empezamos a notar que su cabeza hacía chispazos. Como cuando contó, y se ofendió en serio cuando largamos la carcajada, que andaba cansado porque venía de hacer un asado de cocodrilo para ochocientas personas en una localidad cercana. Otro que advirtió un cable suelto fue el Peludo Soto, que a veces lo ayudaba en los menesteres de preparar un cuerpo para darle entierro. El Hueso era de River, enfermo, y los domingos se caminaba diez kilómetros hacia las afueras con su radio para captar la transmisión de Buenos Aires. Y en el pueblo tenía un enemigo, el Gordo Batistosi, que en el bar del viejo tenía el récord de sillas quebradas. Cada vez que Boca le ganaba a River, el Gordo lo iba a esperar con la camioneta a la entrada del pueblo, y desde ahí hasta su casa lo iba gastando, con la chata en primera y la cabeza afuera, gritándole los goles y haciendo el replay oral de las jugadas. Cuando el Gordo murió, el Hueso lo tuvo que preparar, y ahí fue cuando el Peludo vió cómo cumplía con la tarea de pegarle los labios con la Gotita... pero el espanto fue cuando empezó a decirle a la pálida cara dale, gritá los goles ahora, dale hijodeputa. El Manija estaba retirado, nadie sabía de qué porque nunca había hecho nada. Pero el tipo se manejaba como esa gente de campo que llega a los 60 y está terriblemente cansada, cada músculo agotado y cada hueso dolorido. Éste desayunaba una ginebra con cinzano. Eso en el bar del viejo, porque después seguía el itinerario en el bar del club y se clavaba otra.


No era malo, tampoco bueno. La gente cruzaba con él algunos párrafos amables pero nadie le hubiera dicho ¿Me cuidás la casa que salgo unos días? El Manija tenía en su haber la proeza, involuntaria, de ser el único en la zona que se había fumado un pucho al revés. Una noche ya venía medio dado vuelta y se llevo un cigarrillo a los labios, con el filtro para afuera. Intentó prenderlo cuatro veces mientras puteaba por la mala calidad de los cigarros nacionales, que no agarraban buena brasa. Cuando el fuego finalmente superó la parte del filtro, el Manija lo fumó aliviado. Otra vez entró al bar, temprano, y los que estaban contuvieron la risa. Él notó que lo miraban raro pero se hizo el sota, no quería darles pie. Aunque hubo una época en que le gustaba, ya estaba harto de ser el borracho del pueblo y por lo tanto el blanco de todos los chistes pesados. Uno le preguntó ¿Hoy se peinó, Manija? Y cómo no me viá peinar, dijo. Pero no captó por dónde venía la cosa. Recién se dio cuenta cuando se sentó en la barra y se vió en el espejo. Todavía llevaba el peine ensartado entre las grasientas canas. Despacito, como quien se repasa el pelo con la mano, se lo sacó y lo guardó en el bolsillo de atrás. Pero el Manija se daba tiempo para la farra. Además de visitar los dos lugares de expendio de bebidas del pueblo, a veces iba al cabaré que estaba a tres kilómetros para el lado de la ruta. Cuenta el Moro Tanú que estaba el Manija en la mejor de sus noches. Era invierno y se había armado baile, más para entrar en calor que por ánimo festivo. El Manija tomaba, bailaba, abrazaba, sonreía, toqueteaba cuando podía. Era su noche. Y en ese fragor que ya había provocado sudoraciones, el Manija se mandó un trago del tarro con agua y hojas de eucalipto que se calentaba arriba de la salamandra. El Moro lo vió y pensó que el Manija iba a escupir ahí mismo el hirviente brebaje, pero no. No podía hacer esa guarangada delante de las chicas. Y se lo tragó. Bailó un rato más, con los ojos más brillosos que nunca, y se retiró sin palabra. Con el tiempo, varios en el pueblo se fueron adjudicando la paternidad de la idea: organizar un concurso entre el Hueso y el Manija. Uno debía hacer fondo blanco de jugo de naranja y el otro de leche. Llevó meses convencer a uno y otro, quienes finalmente aceptaron nada más para que los dejaran de joder. El viejo no prestó el bar, por razones éticas dijo, así que toda la comparsa se fue para el otro local. Todo fue risas, formar las hinchadas respectivas, elegir los vasos, medir volúmenes, correr las mesas... hasta que llegó el momento. El Hueso y el Manija lo vivían como que todo era una joda, que en un punto todos se irían y no tendrían que tomar los líquidos. Pero los crueles hombres querían comprobar si eran capaces de tomar algo que no tuviera alcohol, y nadie se movía de ahí. Ante lo inexorable de la situación, el Hueso, solemne, le ofreció al Manija elegir la bebida. El Manija, rápido, eligió el jugo, pensando que no sería muy distinto a cuando lo pedía con vodka. Listos, ya. Eduardo Freda durante mucho tiempo no volvió a tener funebrero propio. Así que los muertos debían esperar varias horas hasta que viniera uno de otro pueblo. Pero el Hueso no murió, todo lo contrario. Tomar ese vaso de leche lo iluminó. Dejó la mala bebida, su trabajo de siempre y se entregó a una vida saludable. Hasta salía a correr en alpargatas por los


alrededores del pueblo y algunas viudas ya no lo descartaban. El Manija, ay, el Manija. No vivi贸 mucho m谩s, y desde el concurso hasta su muerte vivi贸 haciendo arcadas.


Doce pruebas para cruzar el día Entre todas las cosas que fallan en la vida de Rodrigo, lo único que funciona bien es su despertador. Implacable e inapelable, su llamado diario es ley. El maldito de los bracitos de plástico lo rescató de una pesadilla que como único rastro le dejó el peso en el pecho que le queda al testigo de un hecho espantoso. Fue un sueño que le apuró el corazón y le dio ganas de decir abrazáme mamita. Pero nadie iba a hacerlo: tenía 33 años y vivía solo. El día se presentaba normal, brutalmente normal. No era un insecto ni tenía ganas de voltear molinos ni mucho menos conocer el hielo. En realidad le hubiera gustado tener hielo, porque la SIAM hacía ocho días que no andaba y eso lo obligaba a comer cualquier cosa que entrara en una lata. Se levantó y desayunó mate con dos galletitas saladas para no salir con la panza vacía, porque ganas de comer no tenía. Un sanguche de milanesa al mediodía sería la bendición que sanaría todos los males. O media pizza Uggis, tragada de pie. Se puso las medias de ayer y la única camisa que tenía limpia. Enseguida sintió el pinchazo de la etiqueta, esa maldición de los hombres. Se puteó por no haberla cortado antes; ahora ya tenía la camisa puesta y los minutos contados. Sacó unas cosas de su maletín, metió otras. La radio prendida bla bla bla tachín tachín. Tiró, guardó, apagó, cerró y salió. Otro día más. Primera prueba. Tenía que cruzar Plaza Miserere, que siempre le guardaba una sorpresa. Para mal. Cuando iba por la mitad vio a un hombre con la ropa mugrienta sentado en el piso, concentrado en algún menester que primero no distinguió. Pero sintió que en su garganta ya se iba armando el nudito diario, la bolita de nieve que iba creciendo con el día y que allá al final, a la hora de acostarse, era una señora pelota de hilo sisal que no había forma de tragar. Cuando pasó al lado del tipo en el suelo se le revolvió el estómago. El hombre intentaba prender fuego dos pliegos de diario sobre los que había unos cueros de pollo... crudos. En los cincuenta segundos que le duraría la llama (como mucho), el tipo pretendía que los cueritos se asaran. Imposible. Segunda prueba. En el colectivo encontró un asiento, milagro. En la butaca de al lado había una morocha con 95 de busto y perfumada, milagro dos. Creyó que ella le había sonreído y empezó a maquinar cómo empezar una conversación. Iban sentados hombro con hombro. De pronto a ella se le cayó el celular, despacito y por un costado, y no se dio cuenta. Rodrigo sí lo notó y en vez de avisarle se lo guardó para tener una excusa para charlar. “¿Esto es tuyo? Bueno, me podrías dar el número”, pensó Rodrigo. No, mejor “Se te cayó ésto. Lo menos que merezco es que me des el número, je”. O si no “Mirá, tengo algo que es tuyo pero te lo voy a dar si vamos a tomar un café”. “No, me va a sacar cagando”. Cuando el colectivo frenó de golpe, se dio cuenta de que la chica se estaba bajando. Se levantó rápido pero la puerta ya se había cerrado y tuvo que bancarse la cara de odio del chofer cuando le suplicó por-favor-abra. Bajó y la mina ya cruzaba la calle esquivando autos y se perdía entre la gente. Tercera prueba. Una cuadra antes de llegar a su trabajo vio a un chico de unos 16 años, al que


se le notaba algún retraso, jugando al yo-yo frente a una fila de autos que esperaban el verde del semáforo. El pibe tenía un asomo de joroba y cada tanto le caía un hilito de baba. Un segundo antes del verde, pasaba sonriendo hacia las ventanillas de los autos con la mano en cucharita. A nadie le parecía que mereciera una moneda por ejecutar el simplísimo acto de jugar con un yo-yo. Cuarta prueba. A las 3 de la tarde, de la oficina lo mandaron a hacer un trámite y tuvo que tomarse un colectivo, el 115. Iba parado, mirando para afuera, encerrado entre el pinchazo de la etiqueta y el nudo en la garganta, que crecía. Al rato de subir dos pendejos se le acercan. -¿A ver que reló tené? -¿Qué? -Dale, no te hagá el boludo. Mostrá el reló –dijo uno de los pibes, sin calentarle si algún pasajero lo escuchaba. -Paren, loco, ¿qué pasa? –Rodrigo quería ganar segundos, a ver si algo lo salvaba. -Hijo de puta, te vamo a cortá todo ¿dónde te bajá, eh? Mierda te vamo a’cé. A Rodrigo le latían los oídos. Miró para el lado del chofer y el chofer tenía la vista clavada adelante. Lo único que se le ocurrió fue hacerse el indiferente, hacer como que los dos chorros no existían... y que pasara lo que pasara. Quinta prueba. Cuando el 115 paró en un semáforo, Rodrigo ya había aflojado la presión de su mano sobre el caño del que se estaba agarrando. Y pudo ver otras cosas. Pudo ver a un viejo al que le faltaba una pierna y que venía caminando por la vereda. Traje negro, gastado como un felpudo; muleta hecha en casa con un palo de escoba. El viejo llegó hasta una bicicleta vieja que tenía unos viejos aparejos para afilar cuchillos, y que estaba apoyada en el cordón. Puso la muleta a lo largo y la ató con una soguita. “¡No se irá a subir!”. Sexta prueba. Cuando terminó el trámite, caminó unas cuadras para hacer tiempo y no volver enseguida. Se sentó en el banco de una plaza. Delante de él pasó un hombre muy curtido con un sombrero de cuero, jeans ultra gastados, con los pies asomando por algo que fueron zapatos. Arrastraba un poco una de sus piernas. Llevaba un bebito en brazos (prolijito y bañado como para un cumpleaños) y lo sentó en la parte de atrás de un carro tirado por un caballo. Séptima prueba. Quería demorar lo más posible la vuelta a la oficina. Ahí lo esperaban sus compañeros. Los compañeros y sus chistes. ¿Por qué tenía que soportar eso? Cuando le dijeron que iba a trabajar mucho y ganar poco, que lo iban a llamar algún sábado para adelantar laburo sin pagarle horas extras, que iba a tener quince minutos para comer, que iba a poder ir al baño dos veces como máximo, que una camarita de seguridad lo iba a estar mirando siempre, nadie le avisó que iba a tener que tolerar los chistes de sus compañeros, que tienen la asombrosa capacidad de hacer chistes sobre todo. Los gallegos, los tanos, los judíos. También sobre los deformes, los lerdos, los viejos. No se salvan las mujeres, las suegras, los jefes ni los cabezones. Además del cáncer, los down, los bebés, los desaparecidos. El nudo ya


no pasaba ni con agua. Octava prueba. Salió del trabajo y no quiso ir enseguida para su casa. Lo desalentaba no tener heladera. Fue a lo de Omar, su amigo. Omar lo recibió con una bombacha de mujer, puesta como calzoncillo. -¿Qué hacés, Rodri? ¿Cómo andás? Pasá, pasá. -... -Eh, bolú, dale, pasá, no seas tímido. -Pero... es que... puesto... -¿Eh? ¡Ah, ésto, ja! Es lo único que tengo limpio, es de una amiga que se la olvidó. Y te tengo que confesar algo... no sabés qué cómoda es. ¡Pero ojo! No te confundas, Rodri. No te vas a creer que yo fiu, fiu, fiu ¿eh? En el departamentito de Omar estaban el hijo de su primer matrimonio y el ex suegro, también de su primer matrimonio. El primero tenía un año y medio y el segundo más de ochenta mal llevados, y los dos dependían de Omar para vivir. -Aguantáme que me visto y nos tomamos una cervecita. Rodrigo se instaló en un sillón de dos cuerpos, destrozados ambos, frente a la mesa donde estaban sentados nieto y abuelo. De repente el nenito balbuceó algo. El abuelo, que tenía la frente apoyada en la mesa, la levantó y le dijo algo al bebé en el mismo idioma. El chiquito acotó algo más, y después el abuelo: poti poti, bda bda, aprufff y así. Rodrigo seguía la conversación como en un partido de tenis, anonadado. Que ti ti, blu blu, da da guá. Y Rodrigo se acordó de algo que escuchó durante su paso por la carrera de antropología (que le duró un cuatrimestre). Un profesor había contado que en una tribu africana, cuando un bebé o un viejo balbuceaba se creía que se estaba comunicando con los espíritus. Novena prueba. –Ah, Rodri ¿te jode donar sangre? –le preguntó Omar cuando volvió de la pieza. -¿Qué? -Donar sangre, es para un amigo, el Caniche... vos lo conocés, el que tenía un pool. No te preocupes por lo del ayuno. Mientras sea líquido, éste se banca cualquier cosa. -Eh... sí, pero... Fueron. Rodrigo, al borde del desmayo por agotamiento. Tantas cosas haciendo tun tun tun en su cabeza. En el hospital, una enfermera teñida de rubio no le encontraba la vena. “¡Ay, qué venas finitas que tenés, querido!”. Décima prueba. Cerrar los oídos, hacer como si estuviera abajo del agua y ver pasar la gente por los pasillos. Único habitante de su pecera. El agua amortiguando todo, gritos, temperaturas, olores. Y el nudo que se afloja. Undécima prueba. Basta. Rodrigo (o su alma, o su mente, o todo Rodrigo) no da más. Está a punto de explotar. El día no termina más. No quiere pensar más, ver nada más, sentir más. Pero de frente viene caminando una chica embarazada y... no, no, no, basta, basta de ideas,


pensamientos, imágenes que invocan otras imágenes. ¿Por qué estaba así? Pero sí, esa chica le hace recordar a otra que vio cuando fue a visitar a un primo, allá en La Pampa. Después del asado del sábado salieron a caminar (el primo y él) para bajar la comida, y agarraron para el lado de la cárcel, un edificio vasto de dos pisos, medio tapado por una arboleda impresionante. Iban por una calle lateral, de tierra, cuando vieron que frenaba un auto viejo con vidrios polarizados. Bajaron un flaco de gorrita, una petisa morocha y una chica jovencita embarazada, que encararon para el alambre tejido que rodeaba la cárcel. A cincuenta metros estaba la cancha de fútbol, donde había unos presos jugando. El grupito del auto empezó a llamar a los gritos a uno. Uno miró, abandonó el partido y caminó hacia el alambrado de la cancha. Y Rodrigo vio cómo el chabón encerrado se agarraba con las dos manos al tejido de la cancha... y la chica embarazada, agarrada a su propio alambre tejido a cincuenta metros, le gritaba algo como “¡...ver al bebé!”, y el otro le decía “¡¿Quéee?!”, y ella no-se-cuanto “¡¡...ver al bebéee!!”. Doceava prueba. En Retiro quedaba un hueco oscuro entre la bacanal de un puesto de cervezas y choripanes (donde tres morochos ya velaban a cinco Quilmes vacías), y un local de venta-de-todo-menos-seres-vivos. Primero lo vio de refilón y se resistió a girar la cabeza... “No, basta, suficiente por hoy, no doy más”. Y el pinchacito de la etiqueta que ya parecía que le iba a atravesar la columna vertebral. Logró pasar sin ver, sin darse cuenta, sin enterarse. Ahí nomás estaba la parada del 101, glorioso caballo alado con motor Mercedes Benz que lo llevaría a su cubil, donde los dioses le tenían preparadas una lata de cerveza tibia y dos empanadas de ayer. Pero volvió al hueco, sosteniéndose en la manija de su maletín. Sus piernas querían ir, él no. Y ahí estaba, como la fugaz mirada le había sugerido: a un bebé le estaban dando vino en caja. La que sería su mamá, sub-16, estaba al lado pero también estaba en Saturno o en un planeta aún no descubierto. Ahora sí, las galletitas y el mate (añejados desde la mañana) ganaron la vereda efusivamente. Se le bajó la presión, se tuvo que apoyar en una reja y un calor de adentro lo sofocaba tanto que se sacó la camisa y se la pasó por la cara. Mientras recuperaba el aliento y ya no pensaba que se iba a morir ahí mismo, la vio: La puta etiqueta, la maldita etiqueta con su microscópica puntita dura que cómo era posible que causara tanto sufrimiento. Y la arrancó con los dientes, como un primitivo que come su primera pata de ciervo después de meses. En Miserere, el mate y las galletitas pegaron un salto que casi les permite llegar a la calle, pero no, Rodrigo pudo contenerlos. Cuando bajó del colectivo, se quedó parado con el celular de ella en el bolsillo, sonando. Descubrió una media sonrisa y una ceja levantada en la cara del chico del yo-yo que le hicieron pensar que para el pibe era un triunfo con toda la gloria. Los pibes chorros lo putearon hasta la siguiente parada, donde se bajaron, y en todo ese tramo se olvidó del pinchazo de la etiqueta. El viejo de la bici se subió y salió pedaleando con su sola pierna sola, despacito. El tipo curtido le dio un chupetín al bebé; los dos se sonreían, parecían contentos. Rodrigo imaginaba que cada vez que sus compañeros decían algo que suponían gracioso, de sus bocas salía una baba de nicotina, que se chorreaba por sus comisuras y les manchaba la ropa. En lo de Omar escuchó con atención lo que decían el bebé y el viejo,


tratando de encontrar una clave para descifrar ese día, que a la mañana le había parecido tan brutalmente normal. La enfermera le metió la aguja una y otra vez... cuatro veces; Rodrigo sentía que la etiqueta le estaba perforando la médula. Mejor que en agua sumergirse en aceite, aceite de oliva; dejarse hundir en el verde espeso e ir hasta el fondo, lento, muy lento, abrir los poros para que entre el aceite y adormezca los sentidos, tan suavemente suave. Rodrigo pensó que ella y él (el preso de la cancha) estaban conectados por una vibración que recorría todo el alambre, aunque en el medio hubiera tanto aire y dos guardias con itakas, y que ese alambre no lo podía tocar nadie en ese momento, sólo la embarazada y el sopre: electrocutados de amor. Al cerrar los ojos en Retiro recordó su pesadilla de la mañana, y esa imagen y la del bebé se empataron, eran la misma escena. Qué largo puede ser un día. Porque un día es un día y otro día y otro y otro y otro. Ese día, Rodrigo llegó a sentirse varias cosas. Un arcángel, un testigo de algo, un boludo. Quedó como el charquito de cera que deja una vela al borde de la muerte. Cuando se acostó, se durmió mirando al tirano, que con su bracito plástico le avisaba que la alarma sonaría a las 6.


De noche hay que dormir El insomnio estuvo ahí las últimas noches. O casi todas las noches que recuerda. Como un vacío que no sirve para nada, porque no descansa, no produce, no imagina, no trabaja. La única materia es la espera, la áspera espera de dormirse. La habitación está atacada por pintitas de luz naranja estampadas en la pared. Mirándolas, podía pasarse tres horas. Como esa noche, cuando se durmió con los ladridos de los perros del barrio, que siempre ladraban por algo: la luna, un gato, los ladridos de otros perros, una ambulancia. Al rato se despertó ¿Cuánto rato? No habían parado los ladridos, pero sonaban distinto. Sin reverberación ni eco. Ladridos secos que morían en los hocicos de los perros. Muchos perros. Y trompetas ¿Vecinos descontrolados en medio de algún festejo? ¿Alguien se acostó sobre el control remoto del televisor? La trompeta sonaba muy real. Y los ladridos eran muy ruidosos, caóticos, imparables, y parecía que se acercaban hacia el fondo de su casa. Cada vez más fuerte. Y la bola de sonido inundó su patio. Su respiración ya se había acelerado. Apenas levantó la oreja izquierda para descifrar si lo que escuchaba era real. No se animaba a moverse. Y ahora gritos de personas... en inglés. Órdenes, indicaciones. Relinchos y galopes cortos. Multitud de voces y hasta alguna risa de borracho. Una frase escupida como un insulto. Sentía pánico y lo único que se movía era su pecho. Y eso, todo eso se había detenido ahí, detrás de la persiana. Parecía que habían perdido algo, quizás el rumbo... o una presa. Levantó su cuerpo como si pesara el triple, caminó hacia la ventana y miró por las rendijas. Justo ahí abajo saltó un zorro y salió corriendo. Enseguida estallaron los gritos de sorpresa y los perros se volvieron locos. Los cazadores salieron tras ellos, tragados por la oscuridad del fondo de su patio.


Dos en una puerta Un hombre y su hija esperan en la puerta de un garaje en el que viven solos. Miran cada auto que pasa como si fuera el que están esperando ¿Qué esperan qué? La hija, algo que le alivie la frustración que siente por su papá. Está frustrada. Frustrada porque su papá no puede comprar, no puede comprarle. No puede comprar nada. Y mira a los conductores que pasan y a último momento baja la vista para que no le vean la vergüenza que siente por su papá. Y se acomoda la liviana camperita de hacer gimnasia. Él, parado al lado, hombro con hombro con ella pero sin tocarse, se banca el fresco de la mañana con una remera azul. La misma que lavada y planchada usa para el lujo del cine o de una pizza el sábado a la noche. Hunde las manos en los bolsillos de su jean gastado y piensa, otra vez, “dónde mierda le erré”.


Hamaca Dedos gordos, gramilla. Dedos gordos, gramilla. Dedos gordos, gramilla. Le gustaba el chirrido de las cadenas de la hamaca. Constante. Previsible. Uno igual al anterior y al que vendrá. El parque a las dos de la tarde tiene aún más privacidad que su pieza. Nadie pregunta, nadie llama. Y puede pensar. Uiiic, uiiic. Uiiic, uiiic. ¿Cuánto tiempo podía hamacarse alguien? ¿Un día? ¿Tres días? ¿Y si te dan ganas de ir al baño? ¿Y el hambre y la sed? ¿Y si me quedo acá hasta que vengan a buscarme? Mientras, no

soy del mundo. Aunque estoy a unos centímetros de él, estoy en otro lado. Nadie puede llegar hasta mí. Nadie del mundo puede tocarme porque no estoy en el mundo, estoy en esta hamaca. Estoy en el aire. Porque sabe que hoy se lo van a pedir. Ella sabe que hoy él se lo va a pedir, y no sabe qué hacer. Mientras, se hamaca. ¿Y si alguien ve que me estoy hamacando? ¿Si me ve una de las

chicas? ¿Si él me ve? Van a pensar que ya estoy grande. No me importa, a mí me gusta. Y se hamaca cada vez más fuerte y el pelo le tapa la cara y se corre, le tapa la cara y se corre. Y las cadenas suenan distinto al ser forzadas. Y ella que no sabe qué va a hacer, si le va a decir que si o le va a repetir que no. Y le da más envión a la hamaca y ya vibra toda la estructura de caño. Y se larga.


La sombra El chico es Down. Va en el asiento de atrás, sacando los brazos por la ventanilla y moviendo los deditos al viento. El auto frena en el semáforo y él de repente descubre la sombra de sus dedos sobre el asfalto. Mueve un dedo y la sombra se mueve ¡Uau! Mueve dos dedos y la sombra repite. Está feliz. La sombra entiende.


Ay, imágenes Hay imágenes que nunca se te borran. No digo ver un accidente de tránsito o cómo se tropieza una vieja o alguna otra cosa desagradable. Hay momentos en los que confluyen un gesto, una mirada y el movimiento de un brazo y clik, ya se te graba esa escena para toda la vida. No tiene explicación, simplemente pasa. ¿Cómo se me podría borrar la imagen de la manga del saco del Chiqui, chorreando agua sobre el paño de la ruleta? Aquella había sido una noche de gancia (mucho), picada y asado. Y por esos días el Chiqui estrenaba dentadura nueva. “No saben cómo estoy cogiendo ahora”, nos repetía, y no paraba de sonreir para que todos pudiéramos admirar su nuevo comedor. Por ahí nadie había hecho ningún chiste o estábamos hablando de lo seco que estaba el campo y él igual desplegaba una sonrisa, radiante y plástica. El Chiqui había sido empleado telefónico toda la vida... toda la vida que había trabajado, que fue después de los 30, cuando su mamá murió y él se las tuvo que arreglar solo. Decía que no se iba de su casa materna “para cuidar a la vieja, ya está grande, ¿viste?”. Pero cuando la empresa telefónica achicó gastos, le ofrecieron el retiro y él no dudó. Con esa plata se hizo los dientes nuevos. Pero tenía otra característica que podríamos calificar como sobresaliente. Sólo tenía tres mechones de pelo (uno le nacía atrás de la oreja derecha, otro en la nuca y el tercero en la frente). Bueno, con esa tríada él cubría mágicamente toda la superficie craneana, era un maestro de la peinada. Le llevaba tiempo, eso sí. Y no querrías verlo un domingo a la mañana recién levantado porque parecía la momia. Esa noche, adornados como estábamos de alcohol, nos fuimos para el casino, muy en pedo. El Chiqui con su eterno traje celestito gastado y su delgada corbata gris metalizado. Llegamos, compramos fichas, algunos se fueron a las cartas, otros a los dados. Al rato, el Chiqui desaparece. Pasaron los minutos. Mientras yo decidía cómo sacrificar mis últimas cuatro fichitas en la ruleta, veo que un brazo que gotea algo que parece agua pone cinco fichas en el 26. Lo primero que pienso es que la borrachera no se me pasó. Pero sigo ese brazo hasta su origen y veo que es del Chiqui, a quien le noto un aspecto raro. Tenía la cara más flaca y parecía veinte años más viejo. “¡Chiqui! ¿Qué pasó?”, le pregunté. “Nara pibe, nara... pasha que

me descompushe y fui a gomitar al baño... y en el mareo she me piantó la dentadura por el inodoro ¡No pude hasher nada pibe, traté de aghararla pero she me fue! Y ahora me juego todo al veintisheis. Shi me shale, me la hago de nuevo pibe”.


Hormigas Era un viejo al que todos conocían por lo macanero pero, esa vez, yo le creí. Veníamos hablando de las plagas del campo, de la langosta, de bichos varios hasta que llegamos a las hormigas. Y ahí don Evaristo me miró como pensando si yo sabía. -¿Usté sabe mi historia con las hormigas? -No, para nada. -Claro... no se la he contado a nadie. Y eso que a mi me gusta contar macanas y que la gente se ría... pero ésta no es pa’ reirse. No le pregunté nada ni le pedí que siguiera. Para las personas como don Evaristo, la mejor invitación para que hablen es hacer silencio. -Vea...-, dijo, y se transformó, como los boxeadores que suben al ring el día de la pelea y tienen la mirada distinta, se mueven distinto, y son distintos de aquel de los entrenamientos. En ese momento son todo boxeador. En ese momento, don Evaristo era todo narrador. Voz, manos, ojos, todo era en función del relato. Hasta medio que se le había erizado el bigote. -Vea... esa parra está acá al lado de la casa desde hace añares. Viene de un vástago que me dio mi padre, y que si me pongo a pensar fue lo único que me dejó, amás del apellido. Y ahí la fui criando y a los años empezó a dar fruta y sombra. Ahí nos juntamos siempre con los hijos pa’ las fiestas. Don Evaristo hizo una pausa y parecía que estaba viendo a los nietos abajo de la planta, primero en una cunita puesta al fresco y después en triciclos y bicicletas. -Punta de cosas hemos festejado ahí... Usté ahora la ve linda, verde, con las hojas sanas, pero una vez me la atacaron las hormigas. -¡Ah, la puta!-, dije para manifestar interés y también solidaridad. -Disculpe pero le voy a pedir que sea respetuoso con esos bichitos, que serán insetos pero también son hijos de dios. A veces pueden ser dañinas pero hay algo más, y tiene que ver con lo que le voy a contar. Aquella vez me puse ciego de rabia y les eché todo tipo de venenos. Pero nada, siempre volvían, y me iban pelando a la pobre parra. Hasta que un día agarré aquella pala e’punta que ve allá, y que desde entonces no he vuelto a tocar, me le fui derecho al hormiguero y con todas mis fuerzas la enterré hasta el fondo. Me afirmé en la pala y empecé a levantar el hormiguero, despacito pa’que no se desarmara. Yo buscaba a la reina. Se le iba quebrando la voz al viejo y en los párpados de abajo se le habían hecho dos


cuenquitos llenos de lágrimas. -Así iba levantando todo junto y por ahí la vi... la reina... como con los bracitos estirados, parecía que estuviera sosteniendo las paredes. ¿Y sabe qué es lo pior? Que la oí gritar. Y una lágrima saltó al vacío.


Michael Jackson está vivo y cría chivas en el Oeste Michael Jackson está vivo y cría chivas en el Oeste de La Pampa. El P.R.E.H.T. (Programa de Relocalización de Estrellas Hartas de Todo) montó toda la escena de su muerte y mandó al rey del pop a un lugar donde nunca fuera encontrado por fan alguno. Ahora presenta cara al sol sin reparos, y su piel se curte, se aja, se quema. Él sospecha que la felicidad es ese calorcito en su cuerpo. Los paisanos de la zona lo tienen ahí, no le dan mucha confianza pero tampoco le niegan el saludo, aunque eso sólo sea una mano levantada a doscientos metros (que en el Oeste es mucho). Las madres no saben nada del pasado de ese raro criador de chivas, que cuando cree que nadie lo ve pega extraños saltitos, levantando nubecitas de tierra. Nada saben, pero algo intuyen. Y cuando lo ven acercarse, llaman a sus chicos pa’dentro e’ las casas.


Al patio Había sido una noche brava. Había esquivado a dos pendejos mamados que se estaban cagando a palo y, cuando frené, los dos se pusieron en contra mía. Una borrega me dijo que no tenía para pagarme el viaje y me quiso entregar sus piernas. A otro borracho lo tuve que bajar de los pelos antes de que me vomitara el auto. No quería saber más nada y estaba a punto de cumplir mi turno. -Cero cinco, geriátrico Descanso soñado, toma el viaje señora Luisa. ¿Lo agarro?, pensé. Podría haber dicho que no, ya había cumplido mis doce horas con el culo en el asiento. Señora Luisa. Por ahí es una enfermera cachonda y termino la noche a todo trapo. Llego y me arrepiento. Es una vieja. Y como de ochenta años. Derechita y abrazando una cartera. Con una hebilla para ponerse los pelos así, todos para arriba. Los ojos muy delineados, las cejas pintadas y los labios grotescos por rojos y mal marcados. -¿Dónde va doña?

-Por favor… me lleva al patio donde yo soy una nena, porque papá debe estar muy preocupado.


Ya no confiaba en Papá Noel Ah, Reyes. A mí me vas a hablar de Reyes. Si los habré esperado ¡Las cartas que les escribí! En casa, como suele decirse, no sobraba nada. Bah, nos faltaba casi todo. Así que Reyes era pura ilusión, porque era una semana de soñar que el mundo podía reivindicarse después de los modestísimos regalos que había traído Papá Noel. ¿Porque sabés qué recibíamos los seis hermanos para Navidad? Un puñadito de pasas de uva, una lata de duraznos para todos, cuatro bolitas. Y primero los recibíamos como el que ignora que se pueden pedir otras cosas. ¿Pero cómo? ¿Se puede pedir una bicicleta?, nos enteramos en el patio de la escuela. Y yo empecé a desearla y a pedirsela a los Reyes, porque pensaba que para tres tipos iba a ser más fácil conseguirla. Ya no confiaba en Papá Noel. Todavía creía que los Reyes podían ser los tíos piolas que te regalan las cosas que tus padres te tienen prohibido. Y la deseaba de una manera... como se dice, con cuerpo y alma. Pero no me la traían. Y se la traían a mis amigos ricos, unas bicis espectaculares. Y yo me indignaba y pensaba que cómo podía ser que los Reyes le trajeran la bici a ellos, que tenían padres que se la podían comprar. En cambio para mí, la única posibilidad era que me la trajeran ellos. Qué tonta, ¿no?


Nuevo destino No había estado de acuerdo con aquella decisión pero no tuvo opción. Cuando la Iglesia te manda a un lugar, vas o decís chau fue un gusto. Así lo sacaron de la lustrosa biblioteca del Vaticano, donde sólo se escuchaba el transcurrir de las hojas, y lo mandaron a una capillita de Conella, allá en las pampas. Para hacer calle, le dijeron. Y así el curita español se vio abducido de los penumbrosos pasillos entre estantes repletos de secretos, y descargado en un pueblito rural lleno de gallinas y perros. Su primer enemigo (que todo cura nuevo tiene uno) no fue una persona, sino una oveja que había sido criada entre galgos y que lo toreaba cada vez que él pasaba en bicicleta por su casa. Una vez hasta lo había hecho caer sobre la calle de tierra. Eran tiempos de sequía en Conella y sus habitantes pensaron cura nuevo, clima nuevo. Así que a la segunda semana en el lugar, algunos de los fieles más atrevidos se acercaron con la petición. Veíamos, no sé, por ahí usté no acostumbra, es una necesidá que tenemos, no se vaya a enojar... que haga una misa para hacer llover. El curita rechazó la propuesta un día, a la otra semana lo mismo y a la otra también. Pero seguía sin llover y los fieles, muchos más que la primera vez, se le plantaron en la capilla y le dijeron que no se iban hasta que él les diera una fecha para la misa. Está bien, suspiró, en dos días. A la noche, acostado en su cama, pensaba. ¿Y si no llovía? ¿Y si llovía? Por ahí se acordó de un libro de aquella biblioteca que tanto extrañaba, por silencio y por frescura. El texto contaba cómo había hecho un santo para hacer llover y decidió copiar, al menos, la utilería. El día de la misa improvisaron un altar afuera de la capilla, abajo de unos álamos. El curita celebró la misa, habló de la falta que hacía el agua en la zona, y después salieron todos en procesión por el pueblo. El día siguiente amaneció lloviendo, pero lo que despertó al curita fueron los golpes en su puerta de la gente que quería abrazarlo y felicitarlo. Lo sacaron a la calle y lo invitaron a que entre a cada casa, convidándole mate, torta fritas y hasta una caña. Y llovió, y la gente estaba muy contenta. Y siguió lloviendo y la gente agradeció tanta generosidad del cielo. Y siguió lloviendo y la gente dijo qué bueno, para cuando falte. Y llovió todavía más y la gente ya se enojaba por el barro de las calles, la humedad que no dejaba lavar la ropa, las goteras, los granos de trigo germinados en la misma planta, las manchas en la pared, la tos de los chicos. Y siguió lloviendo. Un grupo de vecinos que iban con caras que para nada buscaban caer simpáticas, golpearon la puerta del curita y cuando abrió le dijeron: Haga que pare. Ya.


De oficio, alambrador Cuento ésto solo porque la gente me insiste. Me ha pasado de contarlo y que después la concurrencia salga hablando bajito y comentándose cosas entre ellos, y a mi me da cosa. Qué se yo, es una historia que la viví, no la encontré en Noticias Locas de Yahoo. Era el caso de un alambrador, pero qué digo alambrador ¡señor alambrador!, con decir que trabajaba con guantes... guantes de látex, como los que usan los médicos. Y no andaba con la bolsa de lona esa que suele usar la gente del oficio, sino con una valijita de aluminio como la de Misión Imposible. No voy a contar todo lo que llevaba ahí adentro, baste mencionar un elemento: un transportador. Sí, como el que usábamos en la escuela para medir los grados de un ángulo. El hombre era prolijo como él solo, la prolijidad hecha ser humano. Y recuerdo que estoy hablando de un alambrador, una persona que tiene que marcar un territorio por lo general extenso, y no se puede distraer con boludeces. Bueno, a este no se le escapaba detalle. Una vez había tirado tres leguas de alambrado en línea recta y, como no le gustó, lo levantó enterito y lo hizo de nuevo. Fanático, era. Lo que yo pude ver personalmente fue algo que pasó en el campo de un tío mío, un tipo de mucha guita que tenía hasta pista de avión. Yo había ido a pasar unos días y tirar unos tiros, y un sábado que me levanté con resaca salí a caminar por ahí. Y me encontré con el hombre, terminando cerca de las casas la vuelta al campo de 4 mil hectáreas. Notó mi presencia y no se si para sorprenderme o qué, pero le dijo a un grandote patilludo que estaba con él: A ver Salinas, pruebeló. Y el tipo se paró delante del alambrado y empezó a tocarlo como una guitarra. Tun tin tun tin, tin tin tun tun. Ta’ bien Salinas, está afinado, vamos nomá.


Don Evaristo Cuando estaba tomando el último trago del mate cocido vio el aviso en el diario, página impar. El ANSES ofrecía un "curso de liderazgo para adultos mayores". ¡Ésta es la mía!, dijo don Evaristo. Ahora podría desplegar su potencial, desarrollar su empatía, fomentar su compromiso con la sociedad. Juntó las migas, lavó la taza, se puso el diario en el sobaco y salió para la puerta. -¿A dónde vas? -, gritó la vieja desde la cocina. -No, al club nomás -, dijo Evaristo.


Progresos Cuentan que Egil Skallagrimsson, vikingo del siglo X, recibió un regalo tan valioso que no sabía cómo retribuir. La situación le provocó tal desesperación que salió galopando con la intención de matar al hombre que le había dado semejante presente. Eso porque no había internet. Hoy lo hubiera solucionado con un mail: Loco, sos un zarpado jajaja ajaj jaja gracias por el

regalo, mortal :)


Merecimientos El veterano sintió que no se merecía que ella, joven y linda, le diera un beso. Pero no un beso pasión. Un besito inocente en la mejilla. Ella ni amagó a acercar la cara. Y él no tuvo valor para ir a buscarla.


Gusto a tierra Soñaba que el abuelo me dejaba usar cuchillo. Para llegar con luz a lo del tío Toto, encargado de la estación de tren de Nueva Escocia, con el abuelo teníamos que arrancar antes que el sol. Una vez al mes le acercábamos los víveres: galleta, fideos, latas, cinco kilos de yerba, tabaco, papel, azúcar y algún otro vicio. Carne no, porque la recibía como atención de las estancias de la zona. Yo tenía que cuidar la bolsa de la cocina. Llamar utensilios a esas cosas es mucho, pero si me hubieran dicho que iban a ser mis únicas pertenencias para toda la vida, aceptaba ahí mismo. Eran una marmita abollada, una parrilla de alambre veterana de mil fuegos, una sartencita, un jarro, un cucharón, mate, bombilla y una lata cortada al medio que era la pava. El tizne y la grasa de los años les habían ganado cada recoveco, y me transmitían todo lo que el abuelo había sido. Eran las reliquias de un santo. Esas cosas lo acompañaban desde sus tiempos de arriero, y también después, cuando fue peón en la construcción de la vía. Para limpiarlas, yo las refregaba con barro hasta que aparecía algún claro plateado, cada vez más chico. También llevábamos un botellón de vidrio, que iba forrado con una arpillera mojada para mantener el agua fresca. Lo necesario para vivir. Después del mate cocido me senté en el carro, solo, en el lugar del abuelo. Tiré un poco de las riendas y en un segundo me soñé metido en un tumultuoso arreo, acompañado por jinetes tapados de tierra que emitían cien silbidos distintos. Me hacía la ilusión que una vaca se espantaba y de un solo galope yo la devolvía a la tropa, meta rebenque. Un “Vamos m’ijito” del abuelo me trajo de vuelta al fresco de esa madrugada y le entregué las riendas. Ya no le preguntaba más si me dejaba llevarlas unos kilómetros. La última vez me había dicho “No, m’ijito, le falta crecer un poco. Ya va a poder”. Anduvimos por la huella de siempre hasta que se terminó. De ahí en más el abuelo se orientaba con señales del campo que eran su brújula y su mapa. Un caldén con una gran horqueta, una tapera a lo lejos, cierta laguna, tres lomas de un médano. Eran las estrellas de un marino. Ya de grande, alguien me dijo que el mar y la pampa –la de aquellos tiempos- se parecían bastante. El viento corre a sus anchas, no hay caminos, sobra cielo y horizonte. El carro era sencillo. Unas tablas resecas sobre cuatro ruedas tiradas por un caballo, y un banco donde podían ir tres sentados. Las más de las veces iban cargadas de leña pero en ocasiones esas maderas conocían la gloria de llevar un cordero o un lechón. Una vez cargó un puma. Lo había cazado el abuelo y yo me divertía metiéndole los dedos entre los colmillos, abusando de su quietud, hasta que él me retó. “Tampoco hay que molestarlo, m’ijito”, susurró y obedecí. Para mí el abuelo era el techo del mundo. Era la dimensión máxima que podía tener la vida. Sería un lugar común describirlo como un monje. Pero se parecía a la idea que yo tenía de un monje. Magro, callado, sutil, denso, medido. Todo lo que yo podía desear era caminar, cazar, trenzar, pialar como él. Ser el mayor de sus nietos me daba la condición de preferido. El privilegio implicaba acompañarlo en sus salidas al campo a buscar leña, cazar peludos o vizcachas, cosechar piquillín o alguna aromática.


La abuela era la maga que después convertía esas cosas en escabeches, guisos y dulces. Pero yo no estaba a la altura del esmero que ella ponía. Mi paladar opinaba lo mismo de una polenta fría que de un locro caliente con chorizo y cueritos de chancho. Cuando iba a su casa, me pasaba el día afuera y cuando me agarraba el hambre sólo quería llenarme, con cualquier cosa. Sin embargo, la abuela hacía lo que tantas abuelas: me cocinaba como otra forma de quererme. Entonces, terminada la estadía en su casa –de uno o dos días-, yo volvía a la mía lleno, repleto, colmado, con el gusto aturdido entre lo dulce y lo salado. -¿Querrá dulce de higos con queso, m’ijito? -No, abuela, gracias. -Bueno, se los dejo por si gusta después. -M’ijito ¿no gustará de pan y mortadela? -No, abuela, recién me comí el queso con el dulce, gracias. -Bueno, para dentro de un ratito, entonces. -Nietito, acá le traigo un pedazo de tortilla que dejó el abuelo. -Gracias, pero recién terminé la mortadela. -Ta’ bien, no hay apuro m’ijito. Al rato de salir pasamos al lado de una osamenta de vaca que bullía de moscas. La boca abierta como en un mugido desesperado ¿Y si el abuelo algún día se muere? El pensamiento fue una puerta metálica que se cerró dentro de mi cabeza; ninguna otra cosa pudo salir a la superficie por unos instantes. Fijé la vista en el horizonte pero en la mente conservaba la visión de la vaca con sus huesos al sol. Nunca se me había ocurrido. Me dormí pensando en eso. “¡Despierte m’ijito!”, dijo el abuelo y me dio un codazo. Cuando abrí los ojos, me indicó algo en el campo abierto. Mientras yo luchaba por despertarme, el abuelo ya apuntaba su fusil achacoso hacia el ñandú. ¡Paf! hizo el disparo y del lado de los caldenes volaron decenas de pájaros. Todos creyeron ser el blanco. El ñandú castigó contra el suelo. Enseguida me bajé y corrí hacia él, con el viento de frente. Cuando había hecho unos metros escuché un griterío del abuelo. No le di importancia, aunque el abuelo no era de gritar. Imaginé cosas como ¡Agarreló bien, m’hijito! o ¡Cuidado con las víboras!, y no capté el tono cada vez más apremiante de su voz. La carrera y mi respiración eran todo lo que oía, estaba excitado. Vi al ñandú tirado entre los pastos puna, con las patas medio recogidas... Y fue un sablazo, ¡saac! El campo se llamó a silencio como si lo animado y lo inerte estuvieran a la expectativa de ver qué me había pasado. Me quedé absolutamente quieto, con un miedo que me advertía que si movía aunque fuera un dedo algo podía desarmarse, como si alguien estuviera a punto de tirar de un piolín cuyo recorrido mantenía mis partes unidas. La vista se me nubló pero alcancé a ver los últimos temblores del animal. “Te morís y yo me quedo así”, fue lo que se me cruzó por la cabeza, sin tener idea de qué era quedar así. Alguien puteaba en mapuche. Era el abuelo, sorpresa. Poquísimas veces lo había escuchado usar la lengua de los antiguos, como él decía. No entendía mucho pero sabía que me estaba


diciendo cosas terribles. Me sacudió y volví a estar en ese momento y en ese lugar. El ñandú me había hecho un tajo en la frente con una uña. Si yo hubiera sido algo más alto, me degüella limpio. El abuelo se sacó el pañuelo verde del cuello y me lo ató en la cabeza. Me llevó alzado al carro porque mis piernas no respondían, más por el susto que por la herida. Abrió una ginebra que le llevábamos al tío y me echó un chorro en la frente. No lloré. Hicimos noche ahí mismo. El abuelo carneó al bicho mientras yo lo miraba acostado sobre un cuero de oveja, todavía con la vincha de la que asomaban pelos duros de sangre seca. Estaba dolido, me había insultado como nadie. El caballo comía y cada tanto me miraba; me parecía que yo le daba lástima. Con el abuelo no nos dijimos nada. Prendió el fuego, montó la parrillita y acomodó los alones del ñandú, a los que solamente les puso sal. A un costado, entre las cenizas, metió tres papas y una batata, todo con cáscara. Mientras, tomaba mate. Cortó en tiritas el estómago, el buche le decía, y las frió en la sartencita saltadas con cebolla. La luz del fueguito ganaba territorio a medida que el sol se iba. La picana la colgó en el carro para que se oreara; la comeríamos al otro día con el tío Toto, mechada con ajo. Todo lo hacía usando el cuchillo con una destreza que sólo se me ocurre llamarla milenaria, sin desperdiciar movimientos ni carne. Lo que había pasado hervía adentro suyo. Seguramente pensaba en que no hubiera sabido qué decirles a mis papás si el corte hubiera sido en el cuello, o en la angustia de la abuela si lo veía volver solo en el carro, o en quién y cómo se lo explicaría a mis hermanos. Por ahí soltó “Acérquese m’ijito”. El hambre fue más que las ganas de hacerme el enojado. Me ofreció un alón sobre un pedazo de galleta y fue el tercer impacto del día. Había masticado tres veces, recuerdo claramente que fueron tres veces, cuando sentí un sabor último, inapelable, incomparable. Mi cultura gustativa casi no había empezado, pero me dije que no podía haber en el mundo nada más rico. Ni siquiera duraznos en almíbar en una siesta de enero. Al compartir ese alón con el abuelo sentí que algo que era más grande que mi pecho y que no me dejaba respirar, me unía a algo más grande que él. Y lloré. Lloré por haberme enojado con el abuelo. Muchas cosas juntas en un día para un nene de seis años. Hoy, cada vez que paso muchas horas trabajando y la cabeza se me enturbia, en un acto reflejo llevo un dedo a la cicatriz y la recorro muy despacio. Y aunque no recuerdo exactamente el sabor de ese alón, rememoro y saboreo aquel sentimiento. Y soy feliz. Y me pongo triste. El abuelo fue al carro y buscó algo en un cajón. “M’ijo, saque las papas”, dijo mientras me alcanzaba un cuchillo con mango de asta de ciervo, que yo nunca había visto. “Después quédeselo”.


CRÓNICAS


La lucha del Equipo Argentino de Antropología Forense por encontrar la verdad bajando al Infierno. Santa Rosa, abril de 2007 Aquella tarde el olor de la madreselva recién mojada por la lluvia perfumaba el patiecito de adelante de la sala velatoria de Trenel, un pueblito rural de la provincia de La Pampa. Adentro, en un fondo de penumbra, una caja del tamaño de cuatro cajas de zapatos juntas -dos arriba y dos abajo- contenía los restos de Liliana Molteni, secuestrada en 1976 a los 23 años por fuerzas de la dictadura argentina, asesinada y enterrada como NN en el cementerio de Avellaneda, provincia de Buenos Aires. Los amigos de la familia se acercaban a saludar a Emiliano, el padre, parado al lado de la cajita envuelta con una bandera argentina y con un ramo de claveles al lado. Llegó la madre, Olga, de ochentaitantos. Abrazos y más abrazos en el medio de la calle. “Mi hermana más chica fue compañera de ella”, le dijo una vieja. “Claro, claro”, contestó. Pinky Pumilla, un histórico luchador por conocer lo que pasó esos años en esta provincia, se acercó a abrazarla. No era un desconocido, la familia sabe de su cara desde 1982, cuando eran pocos -¿era el único?- los que empezaban a investigar sobre el destino de los desaparecidos pampeanos. Había dos coronas de flores en la puerta; una de la municipalidad y el pueblo de Trenel, y otra de sus compañeros de secundaria. Se ponía fresco cuando al sol lo tapaba una nube. Llegó la hora. Los papás se acercaron a la cajita. Olga acariciaba la caja con sus manos suavecitas. Analía, hermana de Liliana, y Emiliano levantaron la cajita y la llevaron al coche negro, que salió rumbo al cementerio. Esa cajita no es como un ataúd clásico, con manijas para que lo lleven entre seis; la puede levantar una sola persona, por eso es difícil repartirse y llevarla caminando entre dos. Durante el recorrido por el pueblo, en algunas casas se veían carteles que decían “Acá estuvo la primera gomería”, “Acá funcionó la primera panadería” y otros por el estilo. Trenel puede decir ahora que tiene el primer caso de recuperación, en democracia, de los restos de un pampeano desaparecido. La identificación de sus huesos fue gracias al trabajo del Equipo Argentino de Antropología Forense, por el análisis de ADN. En la entrada del cementerio, el coro que integra Olga -la mamá que quizá ahora tenga algo de paz- cantó “Sólo le pido a Dios” y a todos se les partió el alma. Lloró hasta el camarógrafo. La cajita blanca siguió su camino y la pusieron en un nicho, que en su tapa anunciaba -como diría Borges- sus fechas fundamentales: Febrero 1953 - Junio 1976. Pero estábamos en el 2005. Los antropólogos forenses alteran la paz de los cementerios. Pero en los cementerios donde ellos buscan no hay paz. A uno le cuesta entender cómo pueden hacer eso una y otra vez, y eso es desenterrar cadáveres en todo tipo de condición. Porque, ¿cuántos muertos ha visto uno en la vida? Los abuelos, el padre de un amigo, un tío... y siempre con la asepsia de una sala velatoria bien lustrada o la cama de un hospital. Mientras escribía esta crónica murió una chica con la que habíamos sido compañeros en el colegio secundario. En el velorio, la gente hablaba de qué iba a hacer más tarde y parientes


que hacía tiempo que no se veían charlaban de cualquier cosa. Hasta una nena rubia estaba al lado del ataúd, subiendo y bajando de las rodillas de una mujer, como si fuera la sala de espera del dentista. Muchos podíamos aceptar esa muerte porque el cuerpo estaba ahí, fue el resultado de una enfermedad difícil de curar, estaba entre las posibilidades, se cerró el cajón y listo ¿Pero qué pasa cuando uno está parado al borde de una fosa común en la que hay zapatos de nenes y vestidos de nenas, como en El Salvador ? ¿O cuándo entre los huesos de lo que fue la cadera de una mujer asesinada hay unos huesitos que delatan que ahí había un bebé, como en la Argentina? SNOW, UN HOMBRE DE BRONCE Clyde Snow es el prócer de esta historia. En 1985 encabezó el grupo de científicos que identificó en Brasil los restos del nazi Josef Menguele. Un año antes había sido el inspirador, en su sentido más completo, del Equipo argentino. En una entrevista de 2004 del diario Página/12, explicó que en aquel brote democrático de 1984 por primera vez en la historia de la investigación de violaciones a los derechos humanos se empezó a usar metodología científica. Y aseguró que “la idea de usar la ciencia en el área de derechos humanos comenzó aquí en la Argentina y ahora se usa en todo el mundo”. En el mismo artículo, de la periodista Victoria Ginzberg, Snow opinó acerca de la necesidad de los familiares de recuperar los restos de los suyos. “Cuando pasan los años, racionalmente la gente piensa que lo más posible es que su familiar esté muerto. Pero eso pasa en la cabeza, no en el corazón. Aceptarlo a nivel emocional es algo muy difícil. Una vez que se encuentran los restos es más fácil. De otro modo hay una situación suspendida, que no se resuelve”. Como dijo el poeta Juan Gelman cuando en 1989 el Equipo recuperó e identificó los restos de Marcelo, su hijo: “Siento que he podido rescatarlo de la neblina”. Otro de los personajes de esta historia, Eric Stover, me había dado la dirección de e-mail de Snow, y le escribí. Por la misma vía, Snow me contó que a los 78 años trabaja en alrededor de cuarenta homicidios “comunes” al año, sólo en Estados Unidos. Y cuando no está analizando huesos en alguna misión de la ONU, vive en Norman, un “pequeño y placentero pueblo universitario” ubicado al sur de la ciudad de Oklahoma. Su tiempo libre lo dedica a cocinar, comer y buscar la fórmula perfecta del Martini seco. ¿Por qué confió en aquellos jóvenes para hacer un trabajo tan delicado? “No tenían experiencia pero sí un montón de entusiasmo. Entonces fuimos a trabajar”, respondió Snow, que en 1984 llamaba la atención cuando andaba por Buenos Aires vestido con botas y sombrero de cowboy. Hasta tenía una placa de sheriff por ser perito de crímenes. “Desde el primer momento quedé profundamente impresionado con su entusiasmo e integridad, y supe que una vez que tuvieran algo de entrenamiento y experiencia se desempeñarían de forma espléndida”. Hoy los siente su segunda familia. De aquella época recuerda que fue “dramático” cuando tuvo que dar testimonio en el juicio a las juntas militares. En una oportunidad mostró una serie de diapositivas de huesos y balas


que detallaban cómo se había asesinado de un escopetazo a una chica llamada Liliana Pereyra. La ciencia empezaba a desnudar los intentos de los militares de negar lo que habían hecho desde 1976 a 1983. Después de formar el Equipo argentino, y con la ayuda de éste, organizó grupos similares en Chile, Perú y Guatemala. Ha visto muchos muertos, muchísimos, y en su carrera aprendió que “la gente común es buena”, desde Argentina hasta Zimbabwe. Pero asegura que en cada sociedad existe un uno por ciento de verdaderos sicópatas que simplemente “disfrutan causando dolor y asesinando”. “En otras palabras, creo que si los fanáticos sionistas y los terroristas de Al Qaeda o los torturadores iraquíes, de la CIA, de Argentina y de Chile, fueran colocados en una misma celda, se convertirían en buenos amigos y de manera entusiasta cambiarían información sobre técnicas de tortura y métodos de asesinatos masivos”. No podía desaprovechar su experiencia de veterano de mil batallas y le propuse un paquete de elementos necesarios para una masacre: una excusa, un gobierno dispuesto a matar, una gran parte de la población que lo apoye y la indiferencia de los países centrales. Me respondió que todos esos factores, en diferentes combinaciones, pueden jugar algún rol en crímenes contra la humanidad, crímenes de guerra, genocidios y otras violaciones a los derechos humanos. Sin embargo, aclaró, el apoyo de la gente es el menos importante. “Donde sea que haya ido, encontré que la gente común es más apta a ser simplemente ignorante, y por eso indiferente, de lo que están haciendo sus líderes. Una vez que conocen toda la verdad -y no importan sus afiliaciones religiosas, políticas o étnicas- se horrorizan de lo que ha pasado”. UN COMPAÑERO GRITÁNDOTE EN LA CARA En la nota del Página/12, Snow recordaba que en su primera visita a la Argentina conoció a un estudiante de medicina: Morris Tidball Binz. Y decía que esa persona ahora estaba trabajando en la Cruz Roja Internacional, en Ginebra. En el sitio web de la Cruz Roja se lo mencionaba en algunos artículos. Pedí hacer contacto con él y alguien de prensa me respondió con un e-mail diciendo que estaba de misión hasta dentro de unos días. Esperé, dio señales de vida y hablamos por teléfono. Fue en diciembre de 2005. Me dijo que había estado en Irbit, al norte de Jordania, coordinando un curso para profesionales de Irak y otros países de la región. Como parte de la práctica tenían que desenterrar huesos de plástico, aplicando técnicas de la antropología forense. El objetivo era que los médicos iraquíes supieran identificar a los cadáveres que llegan a diario al Instituto de Medicina Legal de Bagdad. Cuando escribo estas líneas, los medios siguen informado casi todos los días de coches bomba que explotan y matan de a veinte en las calles bagdadíes, y de ofensivas mortales del ejército estadounidense contra los rebeldes o los civiles de a pie. Antes de cumplir los 30, Morris ya era el primer presidente del Equipo. Cuando hablamos, tenía 48, tres hijos de dos matrimonios y era coordinador forense del Comité Internacional de la Cruz Roja, trabajando en todo lo relacionado con restos humanos y recuperación de cuerpos derivados de conflictos. Nació en Viña del Mar, Chile, y a los dos años la familia se mudó a la Argentina. Su papá, argentino, trabajaba en la industria del tabaco y por eso vivió en las provincias de Corrientes, Chaco y Salta. Perdió la nacionalidad chilena cuando no quiso volver para hacer el servicio militar pinochetista. En 1977 empezó a estudiar medicina en La Plata y


se puso en contacto con algunas abuelas que querían saber qué había pasado con sus nietos, con los hijos de sus propios hijos desaparecidos. En nuestra primera conversación, que se cortó cuatro veces, me insistió con la idea de que el Equipo no nació por “generación espontánea” y que sus integrantes “no cayeron del cielo”, sino que fue parte de un proyecto de Abuelas de Plaza de Mayo que desde fines de los ’70 estaban buscando la manera de que la ciencia las ayudara a encontrar a sus nietos. En mayo de 1984 llegaron Snow, el militante por los derechos humanos Eric Stover, el odontólogo forense Lowell Levine, la especialista en genética Claire King, el patólogo forense Leslie Lukash y los médicos Christian Orregoy y Luke Tedeschi. Mauricio Cohen Salama escribió en su libro “Tumbas Anónimas” (la historia oficial del Equipo) que la presencia del grupo en Buenos Aires “irritó a numerosos militantes de las organizaciones defensoras de los derechos humanos, quienes expresaron su desconfianza hacia un grupo proveniente de los Estados Unidos, país al que hacían cómplice de las violaciones de los derechos humanos ocurridas durante la dictadura militar”. A pedido de los jueces que se animaban, Snow hizo algunas exhumaciones pero en junio ya debía volver a su país. El juez Juan María Ramos Padilla le pidió que hiciera una exhumación en el cementerio de Boulogne, en el conurbano bonaerense, para determinar si unos restos NN eran los de Rosa Betti de Casagrande, desaparecida desde 1976. Snow pidió la colaboración de antropólogos locales pero el Colegio de Graduados en Antropología no respondió al llamado. Ahí entró Morris, estudiante de cuarto año de medicina y colaborador de Abuelas, que se había unido al grupo de extranjeros por interés y por casualidad. Hizo de traductor en La Plata cuando los estadounidenses daban su primera conferencia de prensa en el país y la traductora dijo que no podía seguir porque no entendía el inglés de los visitantes. “Hacía falta de manera urgente disponer de gente que tuviese alguna noción de arqueología para hacer la primera exhumación científica, documentada, de la Argentina”, recordó Morris. “Yo te consigo unos amigos estudiantes”, le dijo entonces a Snow, pero él no tenía conocidos en ese ambiente. Morris le pidió ayuda a su amigo Douglas Cairns, estudiante de antropología social, quien le aseguró que le iba a conseguir las personas. “El tiempo volaba, era para mañana”. Más tarde, Morris fue a buscar a Douglas a una manifestación contra el FMI, porque sabía que ahí lo iba a encontrar seguro. El estudiante de medicina le reclamó al de antropología lo prometido y quedaron en verse después en el Hotel Continental, a dos cuadras de Plaza de Mayo, donde se alojaba Snow. “Llegó con un pedo garrafal”, me contó Morris. Douglas, quizás para combatir el frío del otoño porteño, se había pasado de alcohol durante la marcha. Tambaleando y a los gritos se acercó a Morris. Snow pasó, los vio y se acercó. Morris no tuvo más remedio que presentarlos. Douglas empezó a increpar al estadounidense, preguntándole si sabía lo que hacía el FMI y lo que pasaba en el país. “Fue una diatriba proselitista”, recordó Morris entre risas. Snow no entendía nada. Mientras, empezaron a llegar algunos jóvenes de la Universidad de Buenos Aires convocados por Douglas, a quien Morris tuvo que llevar al baño de un bar porque quería vomitar. Snow invitó a los chicos y las chicas a cenar, para explicarles lo que necesitaba. Nadie entendía


nada. “Yo estaba cagado en las patas, si al viejo no le caían bien o si ellos le decían que no, se iba todo al carajo”. Pero se entendieron y, con miles de dudas, los jóvenes se animaron a su primera exhumación. -En 1984, ¿existía en ustedes la sospecha de que los militares podían volver al poder? -Por supuesto. Vivíamos con el culo en la mano. Estaba la euforia pero también el temor a un retorno de los milicos. Había una intimidación continua contra el sector militante (por los derechos humanos). Yo no comía vidrio. En las exhumaciones sabíamos que nuestra custodia, y algunos funcionarios con los que hablábamos, habían estado vinculados con el aparato estatal del anterior gobierno. Y era un laburo con una altísima carga emocional. El cuerpo que estaba en la fosa era un compañero o una compañera que estaba gritándote en la cara. Había una urgencia por hacer ese laburo. LLEGAMOS TARDE, LA GENTE YA ESTÁ MUERTA “No pude leer tus mails porque acabo de llegar de Timor Oriental y allá no es fácil comunicarse”, me dijo Luis Fondebrider cuando lo llamé por teléfono. Acordamos una entrevista y viajé seiscientos kilómetros para verlo en las oficinas del Equipo, en la avenida Rivadavia y a unas cuadras del Congreso de la Nación. Cuando me recibió, Luis tenía la cara de un universitario que se pasó la noche estudiando. ¿Quién sabía algo de Timor Oriental hasta 1999? Ese año el ejército indonesio desató su furia contra los timorenses porque éstos habían votado ser una nación independiente, aunque no supieran muy bien de qué se trataba. Durante cuatrocientos años Timor Oriental había sido una colonia portuguesa, hasta que en 1974 Portugal intentó establecer un gobierno provisional y una asamblea popular que determinaran su situación. Estalló una guerra civil entre los que estaban a favor de la independencia y los que querían integrarse a Indonesia, país que era un sobrino querido del Tío Sam. Portugal no pudo controlar la situación y en agosto de 1975 el gobernador se fue. A los cuatro meses Indonesia invadió Timor Oriental, esa ceja de tierra ubicada el norte de Australia, y la convirtió en otra de sus provincias. La agresión generó insurrección y un movimiento guerrillero. Ese conflicto produjo 200 mil muertos y decenas de miles de desplazados. Uno de los caídos fue el luchador por la independencia Sebastiao Gomes, asesinado por fuerzas de seguridad indonesias. Mientras se realizaba su entierro el 12 de noviembre de 1991 en el cementerio de Santa Cruz, ciudad de Dili, el ejército disparó directamente contra los participantes y mató a cerca de doscientos. Se calcula que además hubo unos trescientos heridos y centenares de desapariciones. Fue la Masacre de Santa Cruz y eso investiga el Equipo. Luis me explicó que están tratando de ubicar una fosa común donde podrían estar algunos de los asesinados aquel día. El probable lugar está ubicado en algún punto a diez kilómetros de la costa, cerca de un río y en una zona de bosque bajo. El viaje que hizo fue para entrevistar a testigos, familiares de las víctimas, jueces y políticos, y así tener más precisiones. No hizo excavaciones en el posible sitio, sólo miró.


El sufrimiento de los timorenses no terminó en lo de Santa Cruz. En 1999 pudieron hacer un referéndum, en el que ganó la opción por la independencia. Eso desencadenó la ira de las milicias paramilitares y del ejército indonesio. Según la ONU, en esa oportunidad murieron más de mil personas, el setenta por ciento de las infraestructuras de Timor Oriental fue destruido y unos 250 mil timorenses se refugiaron en Indonesia. Después de tanto padecimiento, los timorenses lograron tener su día de la independencia, el 20 mayo de 2002. Le pregunté a Luis si desde que empezó a trabajar en esto ha notado algún tipo de perfeccionamiento en los exterminadores, de cualquier país, para ocultar sus crímenes. Me dijo que no. “Tiene que ver con los recursos con los que cuentan. Hay Estados que son más ricos o tienen más recursos y pueden contar con máquinas excavadoras que les permiten hacer las fosas más profundas. No se toman el trabajo de ver cómo contrarrestan la posibilidad de que se busquen los cuerpos después. No hay un pensamiento de qué puede pasar dentro de veinte años”. Uno cree que el asesino siempre se preocupa por esconder el cadáver, aunque tal vez solo pase en las películas. Según Luis, los verdugos usan lo que tienen a mano para tapar sus desastres y listo, a otra cosa. No parece que enterraran los cuerpos con el miedo de que algún día un grupo de argentinos (¿de qué?) vaya, los exhume y diga: ustedes los mataron. “No creo que sirva para disuadir”, aclara Luis respecto del trabajo del Equipo. “No creo que nuestro trabajo los disuada de matar gente o de torturar o de secuestrar. Quizás los puede disuadir más la posibilidad de un tribunal internacional” ¿Eso genera impotencia? “No, porque nuestra tarea no es disuasoria, nosotros llegamos tarde, la gente ya está muerta”. SE PUEDE MATAR MUY RÁPIDO CON MACHETE Esa mañana de diciembre le pregunté a Luis si las formas de matar variaban mucho entre culturas. Me respondió algo vago, diciendo que dependía del contexto cultural y político, y de la intención. Pero después afinó el tiro. “La diferencia más importante es la masividad. En varios países africanos donde ocurrieron este tipo de cosas el fenómeno es mucho más masivo y continuado. Sucede muy habitualmente. Quizás en algunos lugares ha habido mayor sofisticación, como en la Argentina, en el sentido de que no se mataba a la gente de forma masiva sino muy específicamente... científicamente, por decirlo de alguna manera. Se hacía un trabajo de inteligencia importante antes de secuestrar una persona, no secuestraban a todo un barrio o un pueblo. En otros países, como en Centroamérica o en África, entraban a un pueblo y mataban a todo el mundo sin discriminar demasiado. Los métodos son más o menos parecidos. Hay países de África donde es más fácil matar a machete que con un arma de fuego, se usa mucho más eso. Es gente que usa los machetes como herramienta de trabajo, y es como un arma para ellos y lo manejan muy bien... se puede matar muy rápido con machete”. Luis señaló que en la Argentina la guerrilla era urbana, no rural como en otros países donde se la podría enfrentar con grandes operaciones en el campo. “No podían entrar a un barrio y matar a quinientas personas para buscar a uno. Tenían que cuidar formas y procedimientos. Desde el punto de vista del impacto no era lo más elegante y prolijo. Era secuestrar a la gente, torturarla, extraerle información, ir a buscar nuevas personas, en un proceso de alimentación


que hacía que solamente se llevaran a algunas personas. Y en la Argentina hay una concentración urbana importante. La mitad de la gente desaparecida en este país desapareció en Buenos Aires. Salvo en Tucumán, no hay gente desaparecida en el campo”. En esa provincia del noroeste argentino hay selva y montañas, un paisaje que algunos vieron muy parecido al de Sierra Maestra. En estas tácticas de contraguerrilla tuvieron algo que ver los franceses. Indochina y Argelia fueron los laboratorios en los que el ejército francés desarrolló muchos de los métodos de inteligencia y represión que usaron años después los militares sudamericanos. Sobre todo la tortura y la desaparición de los cuerpos. Marie-Monique Robin, una documentalista francesa, escribió el libro “Escuadrones de la muerte. La escuela francesa”. Ahí dice que además de lo que podría llamarse el aspecto práctico de la desaparición -“librarse de los cadáveres embarazosos”-, la desaparición también puede aterrorizar a la población, para así poder dominarla. La desaparición generaría miedo en los familiares y amigos de las víctimas, con lo que se iría impidiendo la movilización colectiva. En concreto, ¿para qué sirve enterrar cuerpos sin nombre en lugares ocultos? Primero, para sacárselos de encima; y segundo, para meter miedo en los que quedan vivos. Contra esto lucha el Equipo. Releyendo una entrevista que le había hecho a Luis unos años atrás, veo que intenté con timidez conocer qué pasaba adentro suyo por hacer lo que hacía. -¿Cuánto les cambia la visión de la vida este trabajo? ¿Los hace más duros o más sensibles? -Es un poco de las dos cosas. Te endurece por algunas cosas y por otro lado te sensibiliza más, especialmente el contacto directo con familiares de las víctimas. Te hace ser más sensible. Además, manejar los cuerpos de los muertos nos hace tener una conexión especial con los familiares. -¿Y en qué cosas los hace más sensibles? -Quizás en ser menos prejuiciosos, en escuchar más otras opiniones y en valorar más la vida, notar que cosas que uno piensa que son importantes por ahí no lo son tanto. Te hace valorar mucho cosas que por la vorágine y el estrés te pasan por delante. Es muy difícil racionalizar ese tipo de cosas, pensar, ¿cómo alguien pudo hacer esto? Te hace pensar mucho sobre la sociedad, hacia dónde vamos y sobre los métodos para cambiar las cosas. Más acá, en la entrevista de 2005, insistí un poco. “¿Qué precio se paga por trabajar en esto?”, pregunté. Amagó a decirme “ninguno” pero cambió en el aire. “Quizá las dificultades de la vida familiar por la cuestión de los viajes, por estar fuera del país”. Pero no creo que sea igual que ser un ejecutivo de una empresa de telefonía celular que viaja mucho; él se ataja. “Nosotros estamos muy en contacto con la gente, no estamos todo el tiempo con cadáveres o en la morgue. Pasamos más tiempo con gente viva que con gente muerta. Eso da muchas satisfacciones, porque estás ayudando a gente que hace muchos años que está en la incertidumbre y la angustia sobre lo que pasó y nuestro trabajo es devolverles algo de paz y de tranquilidad”.


Por último, puse a consideración de Luis las que yo consideraba entonces como las tres patas necesarias para cometer un asesinato masivo: una excusa (racial, política, religiosa, histórica), un gobierno dispuesto a matar, y una población civil que lo apoye. “Esa es una buena descripción de lo que hace falta -me dijo-. Quizás un cuarto sería cierta aprobación, cierta complacencia de la comunidad internacional. Principalmente de los países centrales”. Cuando nos despedimos me dio un video documental en el que se muestran algunas de sus misiones. Se llama “Tras los pasos de Antígona” y en una parte está él en Etiopía, con la gorra azul de la ONU con la visera para atrás, investigando unos crímenes. Y fue raro verlo en ese lugar ubicado a once mil kilómetros de Buenos Aires, donde quizás después de charlar conmigo se fue a comer una pizza a la avenida Rivadavia. La intriga que me genera, y creo que es uno de los ejes de esta investigación, es ¿cómo llegó un argentino a investigar un crimen en suelo etíope? QUERÍA SER COMO ELLOS Clea Koff es morena y delgada, hija de una tanzana y un estadounidense que filman documentales. Nació en 1972 y pasó su infancia en Tanzania, Kenia, Reino Unido y Estados Unidos. Ha confesado que el trabajo del Equipo la inspiró para trabajar en antropología forense orientada a los derechos humanos. Incluso Luis y ella trabajaron juntos en una fosa común en la ex Yugoslavia. Me comuniqué con ella a través de su página www.thebonewoman.com, y de esto hablamos. -¿Qué opinás del Equipo? -Fue el equipo el que me inspiró para trabajar en lo forense relacionado con los derechos humanos. Cuando leí acerca de ellos en “Witnesses from the Grave: The Stories Bones Tell” (Testigos desde la tumba: las historias que cuentan los huesos), de Eric Stover y Christopher Joyce, que me dio mi padre cuando yo tenía 18 años, admiré mucho a cada uno del equipo. Quedé impresionada con Clyde Snow, un estadounidense que fue a otro país para aplicar lo que había aprendido y tuvo el carisma para meter a los entonces estudiantes en un equipo que tendría un trabajo muy difícil y potencialmente peligroso para ellos. Mientras leía ese libro, podía sentir la humanidad y la compasión de los miembros del equipo, y traté de imaginar qué se sentiría al destapar esas primeras tumbas y ver de primera mano la evidencia de lo que se había hecho con los desaparecidos, en sus propias ciudades. En pocas palabras: quería ser como ellos y trabajar con ellos. Gasté varios años tratando de adquirir destrezas en antropología forense antes de hacer contacto con Mimí (Doretti) y decirle que quería trabajar con ellos como voluntaria. Recuerdo haber ido a Nueva York para encontrarla y yo estaba muy nerviosa esperando la reunión. Llegué unas tres horas antes y tuve que esperar en un café, calle abajo de su departamento. Realmente los idolatraba. Luego dejé la universidad, cuando tenía suficientes habilidades para ayudar al EAAF, y para juntar plata para viajar a Buenos Aires. Fue en ese proceso que fui consultada para ir a Ruanda con la ONU, y entonces me encontré con Luis Fondebrider y Clyde. Viendo el trabajo de Luis en Ovcara, en Croacia, todo lo que creía sobre el EAAF fue comprobado: sentí que sus habilidades eran insuperables en exponer


restos esqueletarios, en interpretar tumbas, en analizar material óseo, y quizás más que todo eso: hacen el trabajo con el objetivo humanitario en su corazón. -¿Cuál es el comienzo de una masacre? ¿Es la sed de poder y riqueza? -En los lugares donde he trabajado –Ruanda después del genocidio de 1994, y en la ex Yugoslavia después de la guerra 1991-1995, y Kosovo después de las expulsiones de 1999- he detectado el tema común de la competencia a nivel gobierno sobre los recursos, y esa competencia precedía a las masacres durante varias décadas. Todos los países afectados están rodeados de tierra, forzados a depender de un negocio de exportación/importación que no incluye el acceso a un puerto marino. También hay una población que crece y que sobrepasa la explotación de esos recursos naturales que generan dinero para el país. Miembros del gobierno comienzan a apoyar selectivamente a parientes o compinches con contratos y tierras, y se desarrolla una real división entre ricos y pobres. Eso lleva a una situación donde la masa general siente los efectos de una discriminación real y eso es incentivado por propaganda sobre diferencias étnicas o religiosas entre “los-que-tienen” y “los-que-no-tienen”, ¡aún cuando eso puede no tener ninguna base real! Eventualmente, comienza una política de gobierno para desembarazarse de toda la oposición, y de todos los que supuestamente apoyan a la oposición, por medio del asesinato. Y esa directiva es llevada a la práctica tanto por gente voluntaria como por reclutas del populacho, quienes han aceptado la propaganda con la que se los ha alimentado durante años. Solamente hay unos pocos que planean y organizan esos asesinatos -y se pueden beneficiar mucho de ellos, en términos de poder y dinero-, pero dependen de mucha más gente para ejecutar esos planes. Esa gente también se beneficia; en Ruanda, se les ofrecía como recompensa la tierra de su vecino; en Bosnia, a las milicias se les permitía saquear cualquier cosa que quisieran o apropiarse de las casas de la gente; pero nunca podrían beneficiarse en el nivel de los que están en el poder. Hemingway parece coincidir con Clea. En 1922 mandó un artículo desde Europa al Toronto Daily Star que decía: “La causa de todas las guerras justas es una cuestión de tierra, de campos de trigo y tabaco amarillento, de rebaños de oveja y de ganado, de montones de calabazas amarillas sobre los haces de trigo, de bosques de hayas y humo de turba de las chimeneas, una cuestión de mío y tuyo... y nunca podrá haber paz en los Balcanes mientras un pueblo posea la tierra de otro pueblo, cualquiera que sea la excusa política”. Querido lector, ¿matarías a tu vecino por “una cuestión de mío y tuyo”? Mejor sigamos con Clea. -¿Cómo convivís con los estados de pánico? -No estoy segura si querés decir las veces que me he despertado de pesadillas y siento miedo y que me falta el aire. Esas pesadillas en su mayoría están relacionadas con recibir disparos o pisar minas. Casi siempre están ambientadas en Ruanda o Bosnia. Creo que se originan en haber sido testigo de una ejecución en Kibuye, Ruanda, durante la cena en una casa de huéspedes donde nuestro equipo forense estaba parando. Dos hombres fueron arrojados por los militares ruandeses al


lago Kivu, no muy lejos de donde estábamos nosotros, y luego fueron abatidos por ametralladoras mientras pataleaban. Aunque fue claramente una ejecución de esas dos personas, una o más de las balas rebotó en el agua y pasó lo suficientemente cerca de nosotros para que yo escuchara el silbido. En ese punto, yo no podía decir si a continuación no nos iban a disparar a nosotros. Esa fue la clave de las pesadillas. El estrés de ese momento y la consternación por los dos hombres asesinados frente a nosotros dejó una especie de marca indeleble en mi psique. -¿Creés que tu trabajo es un factor de disuasión para evitar futuras masacres? -Cuando era más joven, tenía la esperanza de que el trabajo forense que exponía las violaciones a los derechos humanos pudiera prevenir futuras masacres de civiles o nocombatientes. Hasta ahora, ese no ha sido el caso. Lo que ha pasado, sin embargo, es que algunos ejecutores no escatiman esfuerzos para “esconder” la evidencia, los cuerpos. Y en ese esfuerzo, dejan atrás más evidencia relacionada con el trabajo del ocultamiento. Y una vez que lo detectamos, podemos mostrar que sabían que las víctimas eran gente que podría estar protegida por leyes humanitarias, internacionales o la Convención de Ginebra ¡Porque no necesitás esconder los cuerpos de gente que fue legalmente asesinada durante un conflicto legal! Por eso, aunque los crímenes no paran, los ejecutores están revelando su culpabilidad en ese esfuerzo de ocultar los cuerpos. Hemos visto esto en el Congo, en Kosovo, y en diferentes escenarios en Bosnia: tratando de quemar cuerpos, moviéndolos y llevándolos a otras regiones, desenterrando tumbas meses después del hecho. Este es un nuevo comportamiento y para mí eso es promisorio. El trabajo forense en la escena internacional está teniendo un efecto y creo que podemos esperar que siga evolucionando. La entrevista se la hice en 2005. Mientras escribía estas líneas en 2006, Clea me avisó que había cumplido un sueño: Estaba trabajando para el Equipo en Chipre. SUS RESTOS SON MIS RESTOS Veo el video que me dio Luis, “Tras los pasos de Antígona”. Veo a una mujer, que da la impresión de estar hablando con un nudo en la garganta, medio abatida, quizás por el calor. Está vestida como si estuviera haciendo trabajo de campo, pañuelo al cuello, podría ser en El Salvador, el video no lo aclara. “...ahí sí, ya era como que los huesos con los que yo estaba trabajando en la carta arqueológica habían sido asesinados, esas personas me estaban contando una historia terrible. Y eso me afectó muchísimo. Tampoco es que no sienta la muerte trabajando en esto. Durante el trabajo no. Durante el trabajo en la arqueología, durante el trabajo de la investigación preliminar no siento esa angustia. Ahora, cuando hacemos una identificación y devolvemos los restos y acompañamos a los familiares en el duelo, ahí lloro, y creo que todo el mundo llora del Equipo, y creo que es sano, porque es como que descargamos toda esa tensión que significó haber


trabajado en eso”. Es Anahí Ginarte, uno de los miembros del Equipo. Veo a otra mujer, algo transpirada y con apariencia de estar haciendo un alto para descansar. Es Patricia Bernardi, que está en el Equipo desde 1984. “...cuando tuve la oportunidad de hacer este trabajo, no lo descarté, pero indudablemente sí que se me presentó esa duda y el miedo. El miedo de decir: lo hago ¿y después qué pasa? ¿Qué pasa en este país? ¿Qué pasa conmigo? ¿Estoy preparada para hacerlo?, no sé qué pasaría si levanto el esqueleto de un humano. No tengo familiares desaparecidos, no tengo amigos directos desaparecidos, sí conozco de gente... pero también me costó porque los primeros años, cuando trabajaba estaba tan inmersa en el trabajo que la persona a la cual estábamos exhumando resultaba ya como un amigo mío, entonces eso me ocasionaba muchos problemas internos. Porque cuando se producía la restitución yo sentía realmente mucha amargura como si fuera un familiar mío. Ya había tenido muchas pérdidas, mi mamá, mi papá, y no encontraba la diferencia entre las pérdidas de mis padres con las pérdidas de estas personas a las cuales yo jamás había conocido”. Su cara, más lo que dice, me recuerda una frase de Osvaldo Soriano: “Hay días terribles que se quedan incrustados para siempre alrededor de los ojos”. A fines de 2005 el Equipo llevaba identificadas a unas doscientas cincuenta personas que habían sido desaparecidos de la dictadura argentina. En esos están tanto los restos que fueron devueltos a sus familiares como los que se pudieron identificar pero no se encontraron los cuerpos, y cuya identidad se conoció por medio de documentos o de huellas dactilares. A veces comparan las huellas de los dedos de un cadáver que le tomó la policía cuando lo encontró, con la huella archivada en el Registro Nacional de las Personas, donde están las fichas dactilares de todos los argentinos. Muchas veces esa tarea la hacía la misma policía que los había matado, porque la burocracia es la burocracia y la institución debía hacer lo que se llama la “instrucción”. En democracia, el Equipo ha podido acceder a dos fuentes valiosas, ambas de la provincia de Buenos Aires, donde se produjeron la mayoría de las muertes: el Registro Provincial de las Personas, con su acopio de actas de defunción por causa violenta; y los expedientes iniciados en los juzgados penales y en los federales cuando se encontraban cadáveres en la calle o en baldíos. En otro video, “Tierra de Avellaneda”, de Daniele Incalcaterra, una cámara sigue a los miembros del Equipo mientras trabajan en su sede de la calle Rivadavia y en el cementerio de Avellaneda, a comienzos de los ’90. Cuenta el caso de un hombre, una mujer y su hijo de 8 años que fueron asesinados y enterrados como NN durante la dictadura, y la espera de dos hijas sobrevivientes. Una de ellas dice “Ahora empieza mi vida” cuando Alejandro Incháurregui, integrante del Equipo en ese entonces, le dice que los huesos encontrados en ese cementerio son los de sus padres y su hermanito que murieron cuando ella tenía 4 años y


se salvó por un pelo. META PALA HASTA ENCONTRAR EL CRÁNEO “Tendríamos que hacer la entrevista después del 6 de noviembre porque estoy en Uganda”, me escribió Eric Stover. Leyendo el libro “Tumbas Anónimas”, del argentino Mauricio Cohen Salama, y el de Clea Koff, advertí que Stover es un personaje muy importante en esta historia. Vino a la Argentina en 1984 como director del programa de ciencia y derechos humanos de la Asociación para el Avance de la Ciencia de Estados Unidos (AAAS), a pedido de Abuelas de Plaza de Mayo. Con él traía al santo de esta historia, Clyde Snow. A todos los había invitado la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (Conadep), a pedido de Abuelas. Ellas querían que los científicos les explicaran dos cosas: cómo era eso de que se podía identificar a un nieto (apropiado por otra familia) con un análisis de sangre de sus cuatro abuelos; y también lo de la antropología forense, con la que se podía saber si una mujer había dado a luz, estudiando sus restos. Las abuelas querían saber más cosas para recuperar a sus nietos y esos dos interrogantes fueron la semilla de la que nació el Equipo. Encontré la dirección de e-mail de Stover en internet y le propuse hacerle algunas preguntas, sintiendo una leve culpa motivada por García Márquez, porque para él en una entrevista no hay que usar ni grabador. Un cuestionario por correo electrónico me garantiza entonces ser excomulgado de la iglesia periodística, porque se pierden todos los detalles físicos del personaje y del ambiente. ¿Pero cómo intercambiar palabras con alguien que está en el centro-este de África, en la orilla norte del lago Victoria? Le mandé un correo sin muchas esperanzas y al otro día me respondió, en inglés, con lo de Uganda. Llegó la fecha y le envié mis preguntas. Según me contó, estaba ahí ayudando a Unicef a armar una base de datos para la infancia vulnerable en el norte ugandés. No me explicó qué quiso decir con “vulnerable”, pero seguramente tienen que ver los cerca de veinte años de conflicto armado entre el gobierno y el Ejército de Resistencia del Señor. Y según Unicef unos 20 mil niños y niñas se infectan con el HIV todos los años por transmisión de madre a hijo. En algunos textos había visto que se lo menciona como periodista, pero él me aseguró que no era ni eso ni científico, sino un experto y un activista de los derechos humanos. Es uno de los autores del libro en inglés “Testigos desde la tumba”, que está agotado. La obra cuenta los primeros tiempos del trabajo de Snow como promotor de la antropología forense a nivel mundial e incluye la historia de la formación del Equipo. Y Clea Koff dice que ese libro le sirvió para decidirse y abrazar definitivamente su profesión. De aquel viaje de 1984 lo que más recuerda es una morgue de la provincia de Córdoba, donde docenas de bolsas con huesos estaban guardadas en una habitación a la espera de ser analizadas. En esos tiempos, cuando se ubicaba una fosa común, los que sacaban los huesos eran obreros con palas pero ninguna capacidad al respecto y maquinistas que operaban excavadoras para levantar decenas de esqueletos de una vez. En el video “Tras los pasos de Antígona” hay un fragmento que muestra a unos morochos argentinos vestidos con ropa de


trabajo verde que tiran huesos y calaveras en bolsas transparentes, como cuando se juntan los restos de una comilona en una bolsa de basura. Esa ignorancia en cómo manipular los restos de los NN fue una de las cosas que generó la necesidad de contar con un grupo de profesionales que supiera hacerlo, para devolverlos con nombre y apellido a sus familiares y para tratar de averiguar quién los había asesinado. “¿Para qué se toman todo este trabajo? -les preguntó por esos días un médico forense-. Nosotros lo hacemos a la criolla, hablamos con el sepulturero y le decimos que meta pala hasta que encuentre el cráneo”. Sobre su papel en la formación del Equipo, Stover me indicó que él y Snow consiguieron los fondos para organizar en 1984 el primer seminario de entrenamiento en ciencias forenses para los jóvenes antropólogos. Snow aportó además su experiencia y ayudó al grupo “a ponerse de pie financieramente”. Después, a principios de la década del ‘90, cuando los dos empezaron a llevar equipos de trabajo al Kurdistán iraquí, Bosnia y Ruanda, pidieron la participación del Equipo. Sobre sus miembros opina que son gente “extraordinariamente talentosa, dedicada, y compasiva”, y que “centrándose sobre todo en las necesidades de las familias de los desaparecidos, desarrollaron un acercamiento que era sensible al sufrimiento de los parientes mientras que mantenían un alto grado de rigor científico. Ahora han ampliado su trabajo sobre más de doce países en nombre de las familias de los desaparecidos y en cortes criminales nacionales e internacionales”. En realidad, el Equipo ya ha pisado más de treinta países. Como Stover trabaja desde hace tiempo en el tema de las violaciones masivas de derechos humanos, le pregunté acerca de qué elementos son necesarios para cometer una masacre. ¿Una mezcla de excusa étnica, política, religiosa o histórica; un gobierno dispuesto a matar; una mayoría de la población que lo apoye; la indiferencia de los países centrales? Todos esos, respondió. DIOS EXISTE PERO NO EN EL SALVADOR El Infierno existe, claro. Es como una nube de humo espeso suspendida sobre el mundo y cada tanto una de sus puntas toca la tierra. Una de esas veces pasó en 1981, cerca de la navidad, cuando en El Salvador más de cien niños fueron asesinados. Fue en el departamento de Morazán, al este del país, y duró tres días. Hoy se la conoce como la Masacre de El Mozote, tomando el nombre de uno de los caseríos donde el ejército se cebó con la sangre de chicos, mujeres y ancianos. Acá tenemos el sitio Uno, con cientos de esqueletos de niños y entre ellos muchas puntas de balas. Allá, en el sitio Dos, están las cápsulas de esas balas. Eso significa que del sitio Dos dispararon hacia el Uno, donde estaban los niños. Debajo de nueve de los esqueletos, hay por cada uno una punta de bala. ¿Hay que explicar que están ahí porque esos chicos fueron rematados de un tiro? Eso pasó en El Mozote y revuelve las tripas investigarlo, pero alguien tiene que hacerlo. Y el Equipo lo ha hecho desde 1992, once años después de los hechos. “Nosotros llegamos tarde, la gente ya está muerta”, me había dicho Luis. Esa vez encontraron los restos de 143 personas, 131 de ellas niños menores de doce años y una mujer embarazada.


En 2002 cumplieron una segunda etapa del trabajo, y encontraron los restos de treinta y siete víctimas, de las que veintitrés eran de menores de 14 años. El principal verdugo fue el Batallón Atlacatl del ejército salvadoreño, enfrentado a la guerrilla del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional durante la guerra civil, que llovió muertes de 1980 a 1992. Algunos de los muchachos del Atlacatl habían sido buenos alumnos de la Escuela de las Américas, de Georgia, Estados Unidos, donde aprendieron cómo matar a un maldito comunista al calor de la Guerra Fría. La escuelita fue creada en 1946 y entrenó en tácticas militares, operaciones psicológicas, servicios de inteligencia y contrainsurgencia a más de 60 mil soldados y oficiales de América latina. Marie-Monique Robin, en su libro “Escuadrones de la muerte”, ubica el origen de estos métodos de exterminio en el desarrollo de la guerra contrarrevolucionaria que Francia empezó en Indochina y que continuó en Argelia. “Enfrentado (el ejército) a un enemigo interno, imposible de identificar puesto que se halla diseminado en la población, conviene promover una amplia limpieza o rastrillaje, apelando a grandes medios”, describe. Y agrega: “Puesto que los rebeldes son como ‘peces en el agua’, se decide acabar con el agua”. Para la autora, esta idea Made in France se aplicó con esmero durante la temporada de huracanes dictatoriales latinoamericanos. El trabajo de los miembros del Equipo es bajar a los infiernos, sin metáforas. Desde ahí vuelven otros, ellos mismos pero siendo tan otros cada vez, con su carga de esqueletos sobre las espaldas. Y luego vuelven a bajar. Es que todavía quedan muchos, tantísimos huesos allá abajo esperando que un antropólogo forense los acerque a la luz.


Muñecas de trapo. Santa Rosa, 1999 M. tiene 19 años y una hija que ronda los 5. Cuando era menor, menor que ahora, se colaba en las casas para robar. Alrededor de los 15 años, cuando otras chicas están pensando en elegir la fiesta o el viaje a Europa, empezó a mantener relaciones sexuales con cualquier hombre que le pagara. A veces, cuando volvía a su casa después de acostarse con un tipo, se bañaba como para sacarse de encima lo recién vivido. En su casa, un ambiente violento, siempre fue una más entre tantos hermanos. Su padre se quejaba de que su hija “tenga que bajarse la bombacha” porque a él no le daban trabajo. Este es un caso real. Pero de él no debe deducirse que (hogar humilde + maltrato en la infancia + desempleo) = prostitución. Los factores son muchos, aunque hay unos que influyen más que otros. Como la autoestima. Quizá porque a los marginados lo único que les queda como propiedad es el cuerpo, la prostitución acostumbra difundirse entre los ambientes de nivel socioeconómico bajo, aunque no es de su exclusividad. Para hacer esta nota fueron entrevistadas una sexóloga, dos psicólogas y una asistente social (las que quedarán en el anonimato), quienes mantienen vinculaciones con este tema desde distintos ámbitos. El tenso clima que se creó en el ambiente de la prostitución local luego del reciente asesinato de una persona que habría estado vinculada a ese submundo, desalentó las intenciones de dialogar con alguna de las menores que alquilan su cuerpo. No es necesario consultar en Internet para comprobar el aumento en la oferta de jóvenes adolescentes. Alcanza con recorrer Santa Rosa, sin irse demasiado lejos del centro. En nuestra ciudad, hay casos conocidos que alcanzan a menores de 13 años. Es común que estas chicas vengan de familias con algún fuerte desorden en su organización. Suele haber un papá alcohólico; una mamá que dice “a casa no volvés si no traés plata” (dejando abierta las posibilidades); el abandono de ambos; y no es raro que algún pariente las viole en su niñez. De esta manera no hay ninguna transmisión de valores que formen un escudo en torno a cada una de ellas. Quedan abiertas a las influencias, las promesas, las incitaciones. Son vulnerables. Y si en el barrio la prostitución es algo tolerado, incluso promovido, pocas posibilidades quedan para que esa chica no se convierta en prostituta. También está la modalidad del noviecito que ve cómo otros consiguen chicas para que trabajen en la calle para ellos y le propone lo mismo a su novia. Ella, alucinada y dispuesta a todo por él, acepta. Una vez le preguntaron a un grupo de nenas de barrios santarroseños a qué le tenían miedo: a los autos con vidrios negros, contestaron algunas. Así suelen estar equipados los vehículos de los fiolos, quienes son temidos y respetados en algunos barrios. Pero también hay fiolas, que por lo general son exprostitutas. Una vez adentro es difícil, muy difícil, salir. Por el castigo del fiolo o porque ya se han acostumbrado a la plata fácil. “Yo se que cada bocinazo es un par de zapatos nuevos”, dijo una prostituta local. Y cuando se les ofrece un trabajo como el de limpiar casas, comparan lo que pueden ganar por semana en una y otra actividad y así siguen en la calle. Como no se conocen investigaciones científicas respecto del tema a nivel local, casi todo queda abierto a las


suposiciones. Una de ellas es que las ansias de consumo que cunden a fines de los ’90 incitan a muchos a hacer cualquier cosa por plata. Ellas ofrecen su cuerpo. Pero también ellos. Hay casos de chicos de cerca de 15 años –“de clase media y con buen físico”, dijo una de las consultadas-, que merodean en algunos lugares a la pesca de alguna propuesta sexual (se diría que siempre es homosexual). LOS CLIENTES “Es satisfacer instintos muy bajos”, dijo otra de las entrevistadas respecto de quienes les pagan a jovencitas para mantener relaciones sexuales. Una teoría apunta a que los clientes creen que así le escapan al riesgo de VIH. Error. Algunas carecen de la información necesaria y nunca exigen el uso del preservativo. Otras conocen los riesgos pero a veces dicen, según una de las informantes, “de algo hay que morirse”. También se roza la paidofilia. El paidofílico, que es considerado como un enfermo, tiene como objeto sexual a los niños. En esas relaciones se siente seguro, algo que no le pasa con las personas que promedian su edad. Otro signo de estos tiempos no debe ser ajeno a esta demanda. Si la ansiedad por consumir podría ser uno –y solo uno- de los factores que llevan a alguien a prostituirse, el culto actual al cuerpo perfecto podría llevar a buscarlos en chicas que están en la pubertad. “Se les roba la infancia”, resumió una de las entrevistadas ¿Es difícil prever las consecuencias? CÓMO SALIR Una de las consultadas dijo que lo que a ella le preocupaba más eran “los hijos de la prostitución, los del fiolo y la prostituta”. Porque asegura que son niños “muy especiales”, a los que no les va a faltar nada en lo material pero que, a la vez, nadie les pondrá ningún tipo de límites. Por eso insiste en que hay que tejer una red de prevención “desde el jardín de infantes”, porque cree que después ya es tarde. “Hay que insistir en programas que lleguen a la familia”, dice, a través de una coordinación entre las instituciones que de una u otra manera tienen que ver con esto. Otra de las mujeres propone “concientizarlas” de que son dueñas de su cuerpo, porque considera que esto tiene que ver también con un sometimiento de la mujer. Para ella, hay que estar atentos a las que quieran salir. Son muchas las causas y son muchas las víctimas. Oferta y demanda se realimentan. Y surge una pregunta, que quién sabe si tendrá respuesta: ¿Qué estará pasando en nuestra sociedad para que una familia sea capaz de empujar a uno de sus miembros a prostituirse?


Una noche calurosa. Buenos Aires, 20 de diciembre de 2001 Primero uno, solitario, empezó a golpear la olla desde un balcón mientras el presidente daba su discurso. Nadie se sumaba, pero él insistía. El repiqueteo latoso se difundía por todo el pulmón de una manzana de barrio Norte. El discurso terminó y entonces se sumó otra cacerola y después otra y después muchas más, y a ese barullo se agregaban bocinazos. Las emisoras de radio empezaron a contar que el ruidoso fenómeno se estaba produciendo en numerosos barrios porteños y algunas decían que había columnas que marchaban hacia la Plaza de Mayo. Pasada apenas la medianoche, sobre la avenida Santa Fe había basura desparramada y algunas personas –solas o en pequeños grupos- caminaban hacia el cruce con Pueyrredón. Ahí había más gente, familias, parejas, y más ruido. La próxima escala era la intersección con Callao, donde ya la multitud superaba la centena. La escena se parecía mucho a los festejos que se dan en ese mismo lugar durante los mundiales ante algún triunfo argentino. Las personas seguían caminando, esta vez hacia la avenida 9 de Julio, y cada vez se sumaba más gente. Y ya Santa Fe estaba cubierta de manifestantes de vereda a vereda, cuando en situaciones normales y a esa hora es un páramo copado por linyeras que buscan un lugar oscuro para dormir. Alentados por el calor, varios caminantes iban vestidos como para la pileta, con bermudas, sandalias, remeras o con el torso descubierto. En un balcón, una mujer agitaba como loca una bandera celeste y blanca. Todos se miraban entre sí intentando fijar ese momento en la memoria, con la sospecha de que sería histórico. Hasta algunos subían a las escaleras del frente de una iglesia para tomar una foto panorámica. En la 9 de Julio la columna doblaba hacia la derecha, para el Obelisco, y cubría un carril de la calle central de la avenida. Si se miraba para atrás o para adelante se descubría una multitud. Más gente, más bocinazos y a las cacerolas se les sumaron algunos brillantes cencerros y las palmas de las manos. Un policía de civil trataba de desviar el tránsito pegándole trompadas a un auto. En el Obelisco se doblaba hacia la izquierda, por Diagonal Norte, en el tramo final hacia la Plaza de Mayo. Ahí el ruido se encajonaba entre los edificios y hacía subir el volumen, mientras la gente cantaba “si este no es el pueblo, el pueblo dónde está”. Uno iba con la pierna derecha enyesada y una mujer empujaba un changuito para bebé. Pero pasando Suipacha, a metros de donde está la Casa de La Pampa, se vio cómo crecía una humareda allá adelante, iluminada desde atrás por los faroles de la plaza. A contramano de la marcha, un muchacho advertía que atrás había “quilombo”. Y de repente explotó el griterío y los caminantes empezaron a correr como desaforados alejándose de la plaza, sin saber con precisión qué pasaba. La humareda que crecía era de los gases lacrimógenos de la represión que había empezado y que se hacían sentir a varias cuadras, provocando irritación y ardor en los ojos, la boca y la garganta. Después, la multitud se reconcentró en el Obelisco y comenzó otra marcha, sin que nadie diera la orden, esta vez por Corrientes hacia Callao, y de ahí al Congreso. Otra


vez aplausos y gritos de “Argentina, Argentina”. Un muchacho marchaba sobre patines tipo rollers. Eran casi las dos y en una vereda un nene y una nena se reían mientras sacudían una bandera.


El Amanecer. Santa Rosa, diciembre de 2011 En Santa Rosa hay otra ciudad que no tiene nada que ver con esta en la que yo vivo. La otra es una ciudad por la que no pasa el basurero, un día para lo orgánico y otro para lo inorgánico, porque justamente ahí es el lugar adonde llegan los camiones con la basura. Es el asentamiento El Amanecer, calle Duval al fondo. Y hay gente de esa ciudad, que es Santa Rosa pero que no es la Santa Rosa en la que yo vivo, que sigue buscando algo valioso entre lo que en mi ciudad se considera basura. Y lo valioso no necesariamente tiene que ser cobre o aluminio, sino algo para comer. Ahí la gente no tiene tatuajes copados con ideogramas chinos o dragones, ahí hay tatuajes tumberos, desdibujados en pieles ultracurtidas por tantas cosas. El extraño, el vecino de mi ciudad, se nota desde lejos y es recibido con ojos que titilan entre la desconfianza y el agradecimiento. Bueno, ahí hace poco nació un bebé, en lo de Juárez. Ahí tenés un verdadero pesebre, pero con dogos y galgos con sarna. Ellos, los habitantes de esa ciudad, no van a venir en Nochebuena a golpear la puerta de casa, pero yo puedo ir y llevarles algo. No me sentiré mejor persona, apenas tendré un poco menos de culpa a la hora del brindis. En esa ciudad no hay Facebook ni mail. No hay luz. Esa gente es millonaria en bolsitas de residuos, esas que –a diferencia de ellos- son reciclables.


Del potrero al Olimpo. Buenos Aires, ¿2001?

Se define como un "artista humilde de distintas disciplinas", entre las que anota la conducción del programa radial de medianoche “La venganza será terrible”, la creación de la opereta criolla “Lo que me costó el amor de Laura” -con la participación de Sabato, Serrat y Mercedes Sosa- y la redacción del libro “Crónicas del Ángel Gris”, entre otras audacias. Cerca de tocar los 60 años y con 2 hijos, Alejandro Dolina se le sigue animando a planteos tales como "Yo soy mortal ¿Cómo voy a ser feliz?". Sentado en una robusta mesa del notorio Café Tortoni de Avenida de Mayo, Dolina espera una noche más la hora cero. En ese momento descenderá al sótano del lugar para hablar, pensar y hacer pensar, reírse y hacer reír, cantar y pelearse con algún oyente que lo ofende vía e-mail o por teléfono. Durante esas dos horas de madrugada, es difícil que su relato se aparte de su santísima trinidad: amor-conocimiento-arte. Pero antes, sentado a esa mesa y vestido de negro, dedicará tiempo y atención a cada una de las preguntas que pretenden revelar aunque más no sea la silueta de su alma. ¿De qué se trata el libro que está escribiendo? Los libros que hago yo se parecen todos porque no tratan de nada, sino que son una colección de ensayos-ficción, de textos que tienen estructura de ensayo pero que en rigor de verdad son inventados. También tiene algunos relatos y algunos textos breves que no se sabe muy bien todavía a qué disciplina pertenecen. Pero el libro va encontrando su rumbo final, su orden, de a poco. Yo empiezo a coleccionar ideas primero, después le doy alguna forma estilística a alguna de ellas. Esto se va yuxtaponiendo pero en algún momento descubro que hay algunos relatos que sirven y otros que sobran. Y en algún punto descubro también la orientación secreta del libro, que puede ser temática, estructural, incluso caprichosa e inventada después. Pongamos por caso aquella colección de cuentos de Bradbury, que se llamaba "El hombre ilustrado", que es una colección que halla una especie de envoltorio en un relato que envuelve a todos, que es el de un hombre tatuado que va mostrando distintos tatuajes que dan entrada a cada uno de los cuentos. En algún caso la orientación es sólo esa. Eso sería lo menos deseable, lo deseable sería que yo encuentre unas rimas entre los cuentos, unos elementos comunes y un rumbo que por ahí existía desde el primer momento y que yo no lo había visto. Todavía ese momento no llegó. Lo más parecido a eso que he descubierto es que hay una insistencia sobre sujetos inconstantes, sustituciones, transformaciones y metamorfosis. ¿Qué cosas encuentra escribiendo que la lectura no le da? ¿O son cosas totalmente distintas? Yo creo que son distintas, si bien una se nutre de la otra. Son operaciones bien distintas, el alma se dispone de un modo distinto cuando va a leer y de otro modo cuando va a escribir. Casi podríamos hablar de una actitud femenina y una masculina, si bien ya nuestro amigo Cortázar hablaba del lector masculino, que es el que agrega. Son dos actitudes distintas del alma y que encuentran también distintas clases de goce. Casi hasta podría decirle que el goce de escribir no existe, que solamente se encuentra el goce cuando uno lee lo que ha escrito.


¿Y ahora qué está leyendo? Estoy leyendo de un modo muy caótico. Estoy leyendo una colección de ensayos de Michel Onfray, un joven pensador francés, que se llama "La construcción de uno mismo". Es una cosa muy relacionada con Nietzsche, al que me he hecho aficionado de un modo casi obsesivo en los últimos años. Es lo que anoche tenía en mis manos. Por otra parte he tomado la desagradable costumbre de leer varios textos al mismo tiempo. ¿Por qué le parece desagradable? Yo no quisiera tener lectores así. ¿Los prefiere fieles de punta a punta? Si. Lo que pasa es que como estoy leyendo poca novela es raro que me suceda el entrar a un universo personal de algún autor y quedarme allí. Estoy leyendo también, y es otra costumbre desagradable, pensando en el programa y con un lápiz en la mano. Entonces por un lado las lecturas son diversas, caóticas, pero no alcanzo la total entrega y la total ilusión de un lector sumergido, pongamos por caso, en "Tienda de antigüedades" o en "Guerra y paz", que uno entra dentro de ese mundo mientras dura la lectura de ese libro y cuando se despide de él es como si abandonara una aventura propia. No me está sucediendo. ¿Y le ha pasado algo así con otras obras? Si, no me está pasando en el último año, en que me he hecho con esas desagradables costumbres. Pero me ha pasado, especialmente con las grandes novelas, también con algunos libros temáticos. Recuerdo libros de ensayo como "Del sentimiento trágico de la vida" o algunas colecciones de ensayos de Huxley o "La doble llama", de Octavio Paz, que realmente me apasionaban casi del mismo modo que una novela. Hace rato que no me pasa. ¿Puede decir que algunas de esas obras le cambiaron la vida? Si, Sabato dice eso, me parece que es un hallazgo, que los mejores libros son los que lo cambian a uno de algún modo. Yo recuerdo tres o cuatro libros que operaron esos cambios. Recuerdo "Megafón o la guerra" de Marechal, aunque después me gustó más "Adán Buenosayres", pero ese fue mi primer contacto con Marechal y me produjo una enorme sorpresa intelectual y seguramente un verdadero cambio, o un enriquecimiento, si me permite decirlo así. Empecé a ver algunas cosas que antes ni sospechaba. También el ya mencionado "Del sentimiento trágico de la vida", que es un hombre desesperado que trata de creer y no puede. Y probablemente también, aunque más que por un asunto temático por un deslumbramiento técnico y espiritual, seguro me ha pasado con Borges. ¿Y alguna obra musical ha tenido el mismo efecto? Usted ha mencionado que se sorprendió cuando era chico al escuchar a un vecino interpretar al piano a Chopín. Yo era muy chiquito, ese era el vals en Do sostenido, el Opus 64, lo tocaba el Hugo Tedesco y a mí me parecía que lo tocaba maravillosamente bien, y probablemente lo hiciera porque era un buen pianista. Me pareció que eso era de otro mundo, que tanto la composición como la interpretación eran cosas absolutamente milagrosas. También de chico, aunque apareció en


mi memoria después de muchos años, por mis 12 años, escuché por primera vez el tango "Volvió una noche" en la versión de Carlos Gardel y me pareció una cosa extraña, completamente fuera de lo común. Y después, ya más de grande, recuerdo haber escuchado a Vladimir Horowicz, un pianista que vino acá hace muchos años y murió hace muy poco, estupendo. Y la primera vez que yo escuché al violinista que toca la cortina musical del este programa, que es Fritz Kreisler. Era verdaderamente un poeta. Cuando lo oí por primera vez sentí que ese hombre tocaba el violín de un modo enteramente distinto. Puedo citar eso como una sorpresa y como un cambio, y decir "¡Pero caramba, es posible tocar así!". Sus siempre latentes ganas de hacer televisión, ¿son porque le ve mayores posibilidades creativas que la radio? Creo que la televisión tiene posibilidades creativas más tentadoras que la radio. Aparece todo el aparato visual. No niego que también hay una penetración muy superior, que desde cierto punto de vista puede resultar muy atrayente. La principal razón es esa. El medio es más atractivo. Como es más atractivo también el teatro que la radio, y también que la televisión. ¿Pero considera la televisión como una instancia superior a la radio? Artísticamente si, más allá de que actualmente se estén haciendo en televisión cosas bastante inferiores a las que se hacen en radio. Pero desde el punto de vista estructural resulta más interesante hacer un trabajo en televisión, que conlleva la imagen, la iluminación, el lenguaje, etcétera, que en radio. Sin embargo, la verdad es que desde el punto de vista del más estricto pensamiento, son superiores los programas que se hacen en radio, a lo mejor porque siendo la radio más barata permite una mayor audacia, una mayor complejidad, y siendo que la televisión tiene que hacer una pronta recuperación de las inversiones, se apuesta siempre a aquello que es más simple, más elemental, y se trata de no dejar a nadie afuera. Eso es fatal. Cuando Hitler avanzaba sobre Varsovia, en la radio local pasaban la Polonesa Militar, de su admirado Chopín, para levantar el espíritu de la nación, ¿qué música le parece que nos está haciendo falta? Es interesante pero no tengo más remedio que contestarle desde un cierto descreimiento. Yo descreo de los emblemas, y creo que estoy bastante solitario en ésto. Tengo toda la sensación de que el pueblo argentino exagera con lo emblemático y a veces se evade en los emblemas para eludir los significados, las realidades. Preferimos al Che Guevara de las remeras, que es un icono, no un hombre de carne y hueso, un revolucionario concreto. Y a veces también preferimos lo que de emblemático tienen las propuestas, o las protestas por mejor decir. Preferimos rodear la Casa de Gobierno en un abrazo simbólico para protestar, antes que formar un partido político para hacernos del poder. Eso es curioso. Y también nos gustan mucho los símbolos como la música, encauzar nuestras rebeliones en cosas emblemáticas, simbólicas. Nosotros encontramos en el rock and roll una forma de protesta pero eso es símbolo, metáfora. Reemplazamos las cosas concretas por otra, que tienen un valor simbólico pero que no hacen temblar a nadie. Creo sinceramente que los gravísimos asuntos económicos, políticos y espirituales que nos aquejan requieren ciertamente una acción... y a veces una acción un poco cruel.


Lo cito: "Se le hace más cosquilla al poder no cuestionando lo que ha sucedido ayer con un ministro que afanó, sino desarrollando una idea central relacionada con la corrupción más en general" ¿Cuál es su idea central? No sé si he sido capaz de tener una idea central. Lamentablemente, como me sucede con los libros y como creo que le sucede a todo el mundo, la construcción de ideas centrales proviene de pequeñas intuiciones, de pequeñas sub-ideas que un día encuentran su rumbo. Creo que no he encontrado todavía el rumbo, el coraje o la soberbia como para decir que tengo una idea central. Incluso en esta frase que usted cita hay la admiración de las ideas ordenadas que siente uno que no las tiene. Los sucesos contingentes que nos parecen cataclísmicos suelen rápidamente perder entidad. Las estructuras perversas sobreviven a los ministros desalojados, a los diputados exonerados y a los jueces renunciantes. En cambio, cuando en una sociedad se desarrolla la idea de que el sistema todo es perverso e injusto, cuando esa idea encuentra un eco, entonces ahí puede decirse que el sistema tiembla. No creo que la Revolución Francesa se haya producido por las actitudes venales de los jueces en tiempos de Luis XV y Luis XVI, que seguramente existieron; no habrá hecho temblar al viejo régimen el sistema de amantes que mantenía Luis XV y la cierta estolidez de Luis XVI; lo que sí me parece que hizo caer al régimen es una nueva concepción acerca del origen del poder. ¿Usted vive con los pies en el potrero y la mirada en el Olimpo? Puede ser, me parece que es una metáfora adecuada, incluso desde el punto de vista cronológico. Yo nací en el potrero pero trato de ir, no digo hacia el Olimpo, no voy a llegar ni al primer piso, pero voy hacia allí. No voy hacia el potrero, que es mi origen, yo me crié en Caseros, tengo un gran amor por aquel barrio, por aquella vida, pero no voy hacia allí. Voy hacia el Olimpo, con mucha humildad, a golpear la puerta y recoger las migajas de los que verdaderamente piensan. Pero voy hacia ahí, no vuelvo a Caseros a buscar billaristas que se han muerto, baldíos que han sido usurpados con construcciones, ni el pasado. No voy a buscar el pasado. ¿Cree que los lugares de juego de la infancia son nuestra verdadera patria? Poéticamente es cierto, y yo aprendí a respetar las verdades poéticas. Lo que no hay que hacer es ponerse a pensarlas, como hice yo recién, porque uno podría descubrir objeciones leguleyas para esa verdad. Pero es cierto, tiene que haber algo de impensado en la patria, algo de fatal, y la infancia es impensada y es fatal, uno no elige su infancia y mucho menos no la elige después de haberla vivido. Pero es un lugar de donde uno siempre se siente desterrado. Sí, claro. Y cuando a uno le preguntan de dónde es, uno piensa inmediatamente en el hogar de su infancia. A mí me suele pasar todavía, de pensar en mi casa. Digo "Vamos todos para casa", y cuando pienso en mi casa es la de mi infancia, y tardo una millonésima de segundo en darme cuenta de que ya no vivo ahí, que mis padres han muerto y que tengo ahora otras patrias adoptivas que son esta cínica madurez que usted está viendo aquí sentada.


¿Cómo se educa la sensibilidad? Creo que la inteligencia fatalmente desarrolla la sensibilidad. No creo mucho en una sensibilidad brutal, acompañada por una especia de inocencia cerril, no creo en la ingenuidad como virtud sensible por excelencia. Algunos creen que es una virtud que uno trae consigo e incluso hasta se llega a creer que tiende a desaparecer cuanto más uno empieza a incorporar nociones. La sensibilidad presupone una finura de la percepción y una habilidad para captar matices. Si uno no capta los matices no es sensible y el que no es inteligente no puede captar matices. Por ejemplo, me preguntaron si había diferencias entre los programas que hago ahora y los que hacía hace unos años. Dije que sí pero que esa diferencia hallaba su verdadera dimensión y medida en el oyente. Para algunos oyentes no había mucha diferencia, pero para los mejores, los más inteligentes, había mucha diferencia. Para un analfabeto, el diario de ayer y el de hoy son iguales. Con la sensibilidad pasa lo mismo, la inteligencia ayuda a captar diferencias y a captar matices, y eso es ser sensible, darse cuenta de una diferencia que nadie captó. ¿Por qué en su programa se está refiriendo más que antes a la actualidad? Es porque los oyentes ponen sobre la mesa esos asuntos, no se trata de una decisión mía. Incluso le juro que es casi contra mi voluntad, preferiría que no fueran tocados esos temas, porque estoy muy angustiado por algo que, como si los males que tenemos fueran pocos, está instalado en la sociedad argentina y encuentra sus picos y sus valles y aflora como esas cordilleras que se sepultan durante algunos kilómetros y después aparecen, y es la intolerancia. Hay una enorme intolerancia con el pensar ajeno. Hay algunos problemas de odios raciales y políticos que no están resueltos en la Argentina. Y lo que es peor, se los fomenta desde foros aparentemente libertarios que han contraído esa desagradable patología, casi sin saberlo. Hay una colección de pensamientos que por ahí se llama "la actitud políticamente correcta", y en Argentina es imposible salir de ella, no se puede apartar un ápice porque se le va a venir encima el mundo. En su caso se manifiesta cada vez que dice que es peronista. Lo peor del caso es que ni siquiera yo soy un peronista demasiado convencido o demasiado consistente. No tengo la militancia ni soy amigo de los poderosos. ¿Y por qué provocará esas reacciones? No lo sé. Usted comprenderá que yo jamás hago peronismo en el programa, salvo cuando me acorralan con alguna pregunta, pero no me gusta eso. Parece hasta prohibido ser peronista. A mí me preguntan todos los días "¿Cómo un hombre tan inteligente como usted puede ser peronista?". Esa es una pregunta llena de prejuicio. Yo no me siento perseguido pero a veces tengo que pelear con eso. Me da una mezcla de indignación y azoramiento, porque que yo sea peronista es como que sea socio del club "9 de Julio" de Caseros, no afecta mi vida mucho, no hago ninguna acción política. Qué paradójico que se tenga que poner en esta actitud de justificar que no hace propaganda. Fíjese que yo le tengo que estar pidiendo disculpas a usted, en la esperanza de que lo publique


para ver si la gente me deja de joder. Le voy a contar un episodio. DespuĂŠs de uno de los programas se me acercĂł una muchacha y me dijo "Yo francamente no entiendo por quĂŠ usted es peronista, usted tiene otros valores. Yo es la primera vez que hablo con un peronista". Me perdonaba la vida en nombre de una supuesta amplitud. Y esa chica me defendĂ­a.


POEMA


Burdos brujos Burdos brujos brutos picaneadores de vaginas, justo en la subzona. Sería tan zonzo compararla a ella tan bella, a ana maría, con la patria. O a raquel, pobres pibas puestas a parir ¿qué? dolor. Burdos brujos bobos, con botas. Buenos abuelitos que antes barajaban vidas. ¿Por qué me pega? No sé, a mi me dijeron. Basta.

PACIENCIA DE BUEY  

CUENTOS, CRÓNICAS Y UN POEMA