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ROMERA, LA HISTORIA DE UN APELLIDO DE TURF

Hija, nieta y biznieta de hombres ligados a las carreras de caballos, Marina Romera escribe para recordar la historia de un apellido de Turf.

Poco y ninguno es el conocimiento técnico que tengo sobre caballos, a pesar de haber crecido entre ellos y dormir encima de la cuadra a la que estaba unida la casa de mis abuelos en el Hipódromo de la Zarzuela. He corrido por la pista y llevado el almuerzo a mi abuelo mientras trabajaba pasando frío, él me decía siempre que tuviera cuidado cuando jugaba en la puerta de la cuadra e insistía en ayudarle a preparar la comida de los caballos. Entonces para mi era algo normal, me disfrazaba de “jockey” con las chaquetillas que encontraba por casa y compartía con mis amigos las aventuras que vivía en el Hipódromo los fines de semana como lo más natural del mundo. Sin embargo cuando creces ves que muy normal no es, y aquellos juegos infantiles pasan a ser largas sobremesas en casa cuyo tema de conversación son los caballos y las vivencias familiares ligadas a este maravilloso mundo.


Tres generaciones de "Enriques Romera"(de izq. a dcha): "Romerita", "Quiqui" y "Jarito". 1981. Hip贸dromo de la Zarzuela


Una tarde cualquiera en casa de los Romera acaba con nuevas anécdotas sobre cómo mi bisabuelo Enrique Romera “Jarito” comenzó en el mundo de los caballos, gracias al cual se salvó del campo de concentración durante la guerra porque le reconoció un cargo militar. Siempre me cuentan que fue el primer profesor de la escuela de aprendices del hipódromo y entre otros premios, el jockey ganador de la última carrera celebrada en el ya inexistente Hipódromo de la Castellana de Madrid, montando a “Silillos” el 13 de Noviembre de 1932. Su carácter forjó un modo de vida y por su sangre corría la adrenalina de las carreras.

[Periódico La Libertad. Crónica del 16 de Noviembre de 1932. Clasificación última jornada de carreras en el Hipódromo de la Castellana. Resultado última carrera: 1º Silillos. Cuadra Palacios. (Romera)]


Por cuestión de edad no he tenido la suerte de ver montar a mi padre, pero sí he vivido el ritmo frenético de las carreras de caballos cuando mi abuelo era Juez de Salida y contaba con la ayuda de mi padre en la pista. La emoción de verles sentada en las tribunas con mi abuela, rodeadas de una multitud de emocionados aficionados es sin duda una experiencia que no se va nunca de mi memoria, es el orgullo de una niña que al crecer admira aún más a su familia y luce con orgullo el apellido Romera. Como es habitual lo que se vive desde pequeño es lo que hace a uno grande en el futuro y ahí es donde se sitúa Enrique Romera “Romerita”, mi abuelo es para mi la figura de un preparador que ha sacado adelante a su familia dedicándose a los caballos, dicen que fue el mejor aprendiz en varias ocasiones y que bajo su cargo han estado grandes caballos ganadores, sin embargo en mi casa no se habla de estadísticas sino del saber de la experiencia y lecciones a pie de pista. De eso sabe también mi padre, da gusto escucharle contar la carrera en la que ganó el Campeonato de España de Gentleman Ridder en 1977 o las dos Fegentri, pero también la dureza de las caídas y la dedicación que exige este mundo tan duro. Enrique Romera “Quiqui” es ahora Comisario de Carreras en el Hipódromo de la Zarzuela, está en definitiva en el lugar que le vio nacer y al que sin duda pertenece. Ahora la familia está desligada profesionalmente de las carreras de caballos, a excepción de mi padre, aunque siempre ligada a ellas por sangre, pasión y experiencia; pero sobretodo por un apellido escrito con nombre propio en la historia del Turf español. Sin duda una saga familiar de la que formar parte supone un orgullo que me esforzaré por enseñar a las generaciones que vengan. Aunque yo no puedo situarme en su palmarés de premios, el mayor homenaje al apellido Romera, a su aportación al Turf español y a futuros éxitos es escribir su historia con el cariño y pasión que ellos siguen transmitiendo en cuanto hay ocasión, al fin y al cabo es tradición y carácter de toda una familia.


ROMERA, LA HISTORIA DE UN APELLIDO DE TURF