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historias de solidaridad

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historias de solidaridad


historias de solidaridad

50 historias de solidaridad; 50 historias debidas Este libro empezó a gestarse hace medio siglo, cuando quedó escrito el mensaje que ha impulsado el devenir de Manos Unidas durante estos 50 años: “¡Declaramos la guerra al hambre!”. Solo cinco palabras capaces de mover las voluntades de miles de personas empeñadas en lograr el sueño de un mundo más justo para todos. A lo largo de estos años, los que tenemos la inmensa fortuna de trabajar, o haber trabajado, para una institución como Manos Unidas, hemos recibido mucho, más de los que nadie podría imaginar. Compartir nuestro destino con los más desfavorecidos de la Tierra, trabajar con y por ellos es, probablemente, el mejor de los regalos que te puedan tocar en suerte. Las 51 historias que conforman el libro que tienes ahora en tus manos son, de verdad, un tesoro. Un tesoro escrito con letras de admiración, de respeto y de orgullo. Cada una de sus palabras es un homenaje que los autores quieren dedicar a aquellos que en su día decidieron unir sus vidas a las de los desheredados, los marginados y olvidados, los que sufren por causa de un destino adverso, que entre todos podemos cambiar; un homenaje a aquellos sin cuyo esfuerzo Manos Unidas nunca hubiera podido existir. Hubiéramos querido escribir la historia de todos ellos, hacer un libro infinito, de miles de páginas, de miles de vidas, de emociones, de sinsabores, de logros, de risas y de lágrimas. Porque todas las personas que, de una u otra manera, han tenido relación con Manos Unidas, merecen un espacio en esta obra. Las líneas de sus vidas no han podido ser plasmadas en papel, pero permanecerán por siempre escritas con letras de oro en nuestros corazones. Estas páginas que estás a punto de leer son un punto y seguido a los primeros cincuenta años de vida de nuestra institución. A partir de ahora, empiezan a escribirse las líneas de otras muchas historias de amor por nuestros hermanos, de todas las que sean necesarias, hasta que el sueño de las mujeres de Acción Católica, que inspiraron el nacimiento de Manos Unidas, se haga realidad. Porque la última palabra de esta larga historia no puede ser otra que VICTORIA. Entonces, y solo entonces, daremos por cerrado el último capítulo de la guerra contra el hambre. Mientras tanto, terminaremos escribiendo GRACIAS, mil veces GRACIAS por estar siempre ahí, junto a los que más nos necesitan. Caminando con esperanza en pos de una utopía con Manos Unidas. ¡¡¡GRACIAS!!! Myriam García Abrisqueta Presidenta

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historias de solidaridad

Presentación Empezamos a pensar en las posibles actividades con relación al 50 aniversario de Manos Unidas con cuatro años de antelación. Había mucha ilusión y muchas ganas de hacer cosas bonitas y significativas. Los avatares de las diferentes ideas dieron vueltas como un tiovivo, pero una siguió latente, que cincuenta periodistas contaran cincuenta historias de protagonistas del desarrollo. Nos parecía mucho más fácil encontrar a los periodistas vinculados de una u otra forma a Manos Unidas que a los protagonistas en primera persona de esas cincuenta historias que resumirían a los miles que han estado y están en los proyectos que apoyamos. ¿Quiénes podían hacer una selección, sugerir nombres, pensar en personas, sabiendo que solo podrían ser cincuenta? Los propios periodistas a los que nos dirigimos, muchos de los cuales han tenido la oportunidad de conocer en vivo y en directo los proyectos y por lo tanto las personas que los llevan, sugirieron la posibilidad de escribir de alguien en concreto. Acudimos a los responsables de proyectos para que, por continentes, hicieran sugerencias sobre quiénes podrían ser los protagonistas de estas historias pensando en que muchos fueran españoles. En una capacidad de síntesis admirable llegamos a los cincuenta protagonistas de historia de solidaridad. Por continentes son más numerosos los residentes en África, y los menos numerosos están en Asia. Hay muchos españoles, la mayoría, y todos tienen un denominador común: su entrega a la causa de los más desfavorecidos. Cerradas las cincuenta historias caímos en la cuenta de que ninguno de sus protagonistas era un español residente en España que se distinguiera, precisamente, por esa entrega a la causa de los empobrecidos de la tierra. Entonces, buscamos una persona que representara a todos los que siguen siendo voz de los sin voz. Nos pareció que Gervasio Sánchez, fotoperiodista, vinculado a la causa de la eliminación de las minas antipersona, era la persona indicada. Por ello este libro no son cincuenta historias contadas por cincuenta periodistas sino cincuenta y una historias contadas por cincuenta y un periodistas. A todos, unos y otros, gracias, ellos resumen y representan la generosidad y el compromiso de miles de seres humanos que han entregado, entregan, sus vidas por los Otros, los Seres Humanos.

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La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos, camino diez pasos y el horizonte se aleja diez pasos más allá. ¿Entonces para que sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar. Eduardo Galeano

... más una

9 Foto portada: Raquel Majolero


Juan José Aguirre

Comboniano. República Centroafricana.

Amor en tiempos de guerra La República Centroafricana (RCA) es un país que existe aunque no salga en los medios de comunicación y que esté olvidado a pesar de que sea el segundo país más pobre del mundo en el Índice de Desarrollo Humano de las Naciones Unidas. Un país del África profunda, rodeado por otros estados en continuo conflicto como Chad, Sudán, Camerún, Congo y la República del Congo, que han exportado sus grupos guerrilleros a la espesa selva que cubre su territorio. Son muchos años sin tregua entre fuegos cruzados de ‘los señores de la guerra’. Su pueblo resiste entre lloros y sonrisas. Juan José Aguirre Muñoz, obispo de Bangassou, escucha, actúa y deja, día a día, su vida por los más desfavorecidos. No tiene miedo, alza su voz en su nombre, incansable en la tarea que, paso a paso, ha creado a través de la Fundación Bangassou, una serie de proyectos humanitarios que devuelven la esperanza a un lugar pisoteado por guerrillas, corrupción y fuertes intereses económicos internacionales. Juan José Aguirre nació en Córdoba. A punto de matricularse en la carrera de Medicina, cambió de rumbo y se hizo misionero comboniano. En 1980, con 26 años, llegó a la misión de Obo, en la frontera con Sudán. En 1997, fue nombrado obispo de la región de Bangassou, que se encuentra en la frontera con la República Democrática del Congo, separado por un gran río. Toda la zona se halla cubierta por un manto verde de jungla, a 750 kilómetros de Bangui, la capital del país. La pista que les une al resto del mundo está en pésimas condiciones y a esto se le suma la inseguridad de los asaltos a los vehículos. Se trata de un área muy deshabitada, con territorios apenas visitados. Un lugar pobre en donde se utiliza el trueque pues apenas circula dinero. En su espesa selva acecha la guerrilla del LRA (Ejército de Resistencia del Señor), forajidos salvajes que huyeron del norte de Uganda. Estos guerrilleros son una auténtica pesadilla de crímenes, saqueos y violaciones en masa. Este grupo sanguinario fue creado por Joseph Kony al norte de Uganda, en 1980. En sus inicios parecía un movimiento de liberación, pero se convirtió en un grupo de secuestradores de niños y niñas. El ejército ugandés los expulsó hacia el sur de Sudán hasta que de allí les echaron hacia el Parque Nacional de Garamba, en el Congo, para terminar escondidos en la espesura de la selva de la República Centroafricana. Juan José cuenta: “En marzo de 2008, un centenar de soldados entraron en Obo, al este de la República Centroafricana. Aquella noche horrorosa saquearon cientos de graneros, violaron mujeres por turnos de tres o cuatro soldados, en sus propias camas, y sembraron la desesperación, dejando decenas de familias en llanto”. Desde entonces no han dejado de avanzar y arrasar. Este verano de 2010, Juan José me comentaba que estaban

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Mikel Mendizábal conoció a Juan José Aguirre en un retiro en el monasterio de La Oliva. Le habló de sus vivencias en la selva, de sus gentes, penas y alegrías, sufrimientos, de los atardeceres y noches estrelladas, y con su relato quedó fascinado por África. En 2004, visitó Bangassou y comprobó cómo el obispo era aclamado por los más humildes, cómo se metía entre los leprosos y acudía a las cárceles para atender a los reclusos. Se ocupa igualmente de los malos tratos y de las violaciones de los derechos de la mujer, de Juan José Aguirre no se rinde ante las adversidades aunque los abusos de las sociedades secretas y de los derechos de los poéstas vengan en forma de violencia incontrolada. Ha creado la Fun- bres. A Mikel le impactó su valentía, fuerza y ternura. Asegura que dación Bangassou a través de la cual desarrolla más de 25 proyectos. “era el Evangelio en vivo”. Ahora Mikel se pasea de ayuntamiento Han levantado centros de salud, en los que acogen a enfermos ter- en ayuntamiento por toda Guipúzcoa consiguiendo fondos para minales de sida, numerosísimos en Centroáfrica; atienden a huérfa- Bangassou al grito de: “¡Arriba los corazones!” nos, a ancianos acusados de brujería; tienen varias escuelas en Juan José Aguirre Muñoz nos comentó: “Cuando dos elefantes donde estudian 7.000 alumnos. Asimismo, apoyan el despacho de ‘Justicia y Paz’, en el que se gestionan las denuncias contra los me- se pelean lo que más padece es la hierba bajo sus pies”. Los dos nores, buscan partidas de nacimiento para tantos ‘niños fantasmas’ elefantes hoy en día en esa región de África son los Estados Unidos que no existen socialmente y que son muchas veces la diana de y China, que se disputan su materia prima, y las empresas que se proxenetas sin escrúpulos o de tráfico de esclavos hacia Sudán y el aprovechan de la industria del coltan y los diamantes. Golfo Pérsico. El obispo de los humildes de África tiene infinitas razones para Juan José Aguirre transmite entusiasmo alrededor de su obra. desanimarse, pero su labor no tiene vuelta atrás, amando en tiemSon muchos los convencidos en su ideal de lucha. Estar entre los pos de guerra con una voluntad a prueba de bombas. más empobrecidos cambia vidas de manera positiva. He tenido la Roge Blasco. oportunidad de entrevistar a sanitarios y civiles que colaboran con Periodista, locutor de La Casa de la Palabra y él y todos regresan repletos de amor. Levando Anclas en Radio Euskadi.

solo a 70 kilómetros de Bagassou. “Están ocultos entre millones de metros cúbicos de vegetación. Huyen del Ejército de Uganda, están hambrientos, se acercan a los poblados en donde roban todo lo que pueden, si alguien se les opone lo matan y secuestran de 50 a 60 jóvenes, a quienes utilizan de porteadores. Luego a los muchachos les forman como soldados y a las adolescentes las utilizan como esclavas sexuales”.

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JosĂŠ Luis Arana Misionero jesuita en Gujerat. India.

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La responsabilidad es hacer todo lo que uno puede Acercarse a la figura de este jesuita navarro de 80 años y tener la oportunidad de conocerlo y tratarlo, aunque sea por poco tiempo, es un enorme privilegio. Exactamente tres cuartas partes de su vida han transcurrido entre los aborígenes del Gujerat. De don José Luis Arana podemos aprender muchas cosas. Con una entrevista apenas tengo tiempo para componer ni siquiera un resumen de lo que de su figura se podría extraer, ya que son asuntos profundos, de calado, que él cuenta con natural reciedumbre y que cualquier persona necesitaría tiempo para masticarlos: el desastre de la deforestación, los desequilibrios sociales, las injusticias… El misionero se ha despojado de todo su ser y se ha dado completamente a los demás, es un claro acto de mortificación, mostrándose en un gran ejercicio de solidaridad plena, “todo el mundo, no sólo vale, sino que tiene la obligación de ser misionero”. Está claro que no todos tenemos la misma condición pero don José Luis me indica cómo poder conseguirlo, ya que todos tenemos un Gujerat, un Haití o un Burkina Faso aquí mismo, en nuestro propio entorno. Así que simplemente uno debe “hacerse responsable de aquellos con los que vive y debe procurar hacer la vida de todos, comenzando por los de su casa, más saludable y más feliz –no necesariamente más próspera-”. Así es como todos podemos, y debemos, ser misioneros. Aunque en el sentido literal es ‘ser enviado’, para don José Luis ser misionero “es una elección personal. La vocación, más que una elección, es una oferta y soy yo el que decido que quiero ir y siempre he vivido muy feliz por haber hecho esa elección”. Elección que toma a lo que hoy es la temprana edad de 20 años, un significado muy diferente tenían esos 20 años en la España de 1950. Los primeros años en la India los pasó realizando sus estudios eclesiásticos hasta que se ordenó en 1960. Desde entonces está trabajando, y ya son 50 años haciéndolo sin descanso, en el sur del Gujerat con los aborígenes. Comenzaron la misión con ellos que son los más pobres de toda la región y constituyen la población más numerosa. Hasta aquel momento nadie les había prestado la menor atención. 14

También la India ha cambiado en estos últimos 60 años en los que don José Luis ha realizado su labor misionera, “la población se ha triplicado y sigue creciendo a razón de diez a 12 millones de habitantes al año. Este aumento de población trae unos problemas muy serios de alimentación y todo lo que conlleva soportar a un número de habitantes tan grande”. Pero los cambios no sólo son demográficos, “hoy en día hasta incluso los más pobres usan el teléfono móvil y las nuevas tecnologías les han influido muchísimo. Como no tienen facilidades para desplazarse, el teléfono móvil es muy común, ya que para incluso la gente que va vendiendo por las calles es la manera más sencilla de comunicarse con los demás. La televisión es accesible en casi todos los pueblos, incluso en la región aborigen”. Curiosamente también en este ámbito se mueve la labor misionera, de hecho el factor humano de la tecnología y la necesidad de ayudar a asimilar convenientemente el impacto de todo este progreso, no es ajeno al trabajo del misionero. “Esta transformación y la integración de estos cambios en los aborígenes es más lenta, una cosa es lo que ven y oyen y otra cosa es lo que sienten. Queremos ayudarles a que se vayan adaptando a la nueva situación sin diluirse y ser absorbidos por ella, para mantener su identidad como pueblo”. Vivimos en una sociedad ‘sobrecomunicada’, cualquier persona hoy en día está expuesta a miles de mensajes, de impactos diarios creados con el fin de llamar nuestra atención y provocar en nosotros alguna reacción. Modelos y estilos de vida, ideas e ideologías, lo más banal y lo más básico, todo se puede ver, leer, escuchar, percibir a través de los medios y todos somos permeables a ello, generando unas necesidades que en la mayoría de casos desembocan en frustraciones, salvo que uno esté preparado para ello. “Ese es un problema que en alguno de ellos, sobre todo los que están en contacto con las nuevas realidades, despierta deseos a los que no tienen acceso y eso puede crear cierta inseguridad, porque el cambio de toda una población, aún con todos los medios de hoy en día, es un poco más lento y las facilidades económicas están muy por debajo de las promesas de la publicidad”. Don José Luis afirma que “creo que allí somos más felices que aquí”. Una clara demostración de que es más feliz aquella persona que menos cosas necesita para vivir y no el que más posee.


La deforestación en la India es un desastre. Tanto por la dramática desertización que provoca, como por la enorme injusticia que es la expropiación de todos los bienes naturales de la región sin que los aborígenes tengan nada que hacer ni que decir. Es un enorme drama. Los jesuitas del Gujerat, a través de sus 20 puestos en esta región montañosa, trabajan con dos millones y medio de aborígenes -el 85% de la población- en la gestión del agua, que durante cuatro meses al año traen los monzones. De esta forma están reforestando y trabajando por la verdadera sostenibilidad de la región, algo que es casi milagroso, pero que están consiguiendo. A todas estas labores se suma la educativa, básica en el trabajo misionero, donde Manos Unidas les presta una ayuda enorme con varios proyectos, gracias a los que actualmente están escolarizados más de 9.000 aborígenes. La pregunta nos la hacemos todos: ¿Qué ocurre cuando surge la fatiga, la impotencia? “Con el paso de los años he asimilado la situación y me he dado cuenta de que por mucho que yo haga no tengo la solución a esos problemas tan enormes, pero tengo la obligación de hacer aquello que está en mis manos y que puedo. Y eso es lo que procuro hacer junto a mis compañeros y a los miles y miles de aborígenes que trabajan conmigo. Procuramos solucionar los problemas que están a nuestro alcance, aunque sabemos que no tenemos el poder, ni el tiempo, para resolverlos todos”. Las sabias palabras de don José Luis son el cierre perfecto a esta breve crónica. Son una enseñanza y una lección de solidaridad. Aunque han pasado unos meses desde que hicimos la entrevista aún las recuerdo con claridad: “Hay que aceptar el hecho de que no somos capaces de cambiar la situación por completo y en vez de sentirse agobiado por esa situación lo que hay que hacer es asumir que mi responsabilidad es hacer todo lo que puedo y el resto dejarlo en manos de los demás o en las manos de Dios”.

Javier Llano Abril. Director de Cadena 100.

M.U./Mª Eugenia Díaz


Ramiro Arancibia 16

Director del IPTK. Bolivia.


Convicción de servicio y opción por los pobres Suena el despertador y después de un ligero desayuno Ramiro se dirige a visitar una comunidad campesina donde es recibido con abrazos por aquellos que viven en la extrema pobreza. No tienen casi nada y sin embargo les invitan hasta el último plato que les queda, prefiriendo dejar de comer ellos y compartir lo poco o nada que tienen. No resulta una excepción, forma parte de su poca rutinaria vida. Ramiro Arancibia es por encima de todo un hombre comprometido con los demás y su entusiasmo a la hora de contarlo contagia al resto. Está convencido ideológicamente del servicio a la gente más necesitada. Desde niño, no obstante, ha palpado y vivido de cerca la pobreza y ha visto a niños descalzos, con enfermedades, hambre y desnutridos:“No hay nada peor que ver el sufrimiento de las mujeres con la impotencia de satisfacer y saciar el hambre de sus hijos, resolver los problemas más apremiantes de sus hogares y la aflicción y preocupación de atender las necesidades más vitales de subsistencia de su familia”. Por encima de su situación de pobreza las familias campesinas nunca se quejan y siempre tienen una sonrisa en su cara. Estamos en Bolivia. Al norte y al este del país nos encontramos con Brasil; al sur con Paraguay y Argentina; al oeste con Chile y Perú. Bolivia es un país diverso: la cordillera de los Andes y su Altiplano, la selva Amazónica y el Gran Chao. Este es el país de Latinoamérica con mayor porcentaje de población indígena. Los bolivianos se reconocen como una sociedad plural basada en el ‘ama qhella, ama llulla, ama suwa’ (no seas flojo, no seas mentiroso y no seas ladrón), además de ‘suma qamaña’ (vivir bien). Iván Ramiro Arancibia nació en una humilde cuna, es de una familia pobre; tuvo una infancia y adolescencia con muchas dificultades económicas y sociales, como la mayoría de las familias de la sociedad boliviana. Una juventud llena de sacrificios, no sólo de subsistencia, sino sobre todo por lograr desafíos en su formación profesional. Ha logrado conseguir una formación universitaria completa como ingeniero agrónomo y después realizar cursos de postgrado en Desarrollo Rural y otro en Formación y Evaluación de Proyectos Sociales. Desde hace 15 años, su vida es el Instituto Politécnico Tomás Katari (IPTK), una institución que desde hace 34 años viene trabajando por la sociedad boliviana, en particular en la provincia de Chayanta del Departamento de Potosí y el municipio de Sucre, capital del país. “El IPTK para mi ha sido una escuela de formación, que ha permitido fortalecer mi convicción ideológica de servicio y compromiso inquebrantable de opción por los pobres”, dice. Tomás Katari nació en 1740 en San Pedro de Macha, en la provincia de Chayanta, en el norte de Potosí. Fue un cacique revolucionario, defensor de los derechos de los campesinos, símbolo de la liberación indígena, caudillo y mártir de la época colonial. Brutalmente asesinado en Chataquila, sus restos descansan en Chuquisaca. En estos años, Ramiro ha trabajado incansablemente en una diversidad de temáticas, como educación, salud, formación de recursos humanos, desarrollo rural, seguridad alimentaria, apoyo a la infraestructura productiva, unas veces haciendo las funciones del Estado, ya que estas zonas tan deprimidas donde trabaja han sido las más excluidas del país, llegando con proyectos sociales a miles y miles de familias campesinas. Actualmente el IPTK dentro de su nuevo plan trienal 2010-2012 tiene como prioridades apoyar el proceso de cambio histórico que vive Bolivia, en el sentido amplio de disminuir la exclusión social, económica y organizativa que viven las familias campesinas del área rural, como también aquellas familias emigrantes de los centros urbanos de las ciudades, principalmente las mujeres y los niños. Preocupado también por el futuro, Ramiro Arancibia se muestra alerta ante los retos que quedan pendientes y lanza un mensaje claro a la juventud:“La juventud debe tener aspiraciones con mucha convicción ideológica programática, de servicio a la sociedad, a la que nos debemos. La juventud debe tener una fuerza de voluntad capaz de vencer las barreras más fuertes que se les presenten en la cotidianidad”. Bolivia está llevando a cabo un proceso de cambio con grandes retos que tienen repercusión y ayuda desde el ámbito internacional y especialmente desde Manos Unidas y otras instituciones en España. Ramiro agradece públicamente toda esa labor y en un tono más personal cuenta que “la perseverancia y la voluntad inquebrantable permiten lograr retos en la realización personal”. Lo sabe muy bien este hombre que se trazó una meta y que se levanta cada día con el reto de alcanzarla mediante su esfuerzo e inteligencia, venciendo las dificultades de cada día a favor de los demás. Gonzalo Estefanía. Periodista de Punto Radio.

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Giuseppe Argesse Hermano de la Consolata. Kenia. 18


‘Mukiri’, el silencioso

M.U./Mª Eugenia Díaz

Hay personas que parecen nacidas fuera de su tiempo, víctimas de un traspié de un destino que hubiera descabalado sus verdaderas coordenadas. Bien pudiera ser éste el caso de Giuseppe Argesse, hermano de la Consolota. Su fe y compromiso radical por los más necesitados le llevaron hasta Kenia, donde ha pasado más de la mitad de sus 78 años y donde su nombre perdurará tanto como sus obras. Hace seis siglos, su ingenio autodidacta le habría reservado un rinconcito entre la poblada galería de aquellos personajes que contribuyeron con sus descubrimientos durante el Renacimiento a cambiar la percepción de un mundo que salía de las tinieblas. También su aspecto es el que solemos atribuir a los genios. Gasta igualmente ese aire despistadillo y taciturno, y disfruta de algunas de las prerrogativas que se les conceden a los integrantes de ese selecto club, y que nosotros tomamos lisa y llanamente por rarezas. Poco más podemos saber sobre él. Quien busque pistas sobre su personalidad las encontrará grabadas a fuego a la entrada de su casa de madera, en la misión de Tuuru, en la diócesis de Meru: ‘La cueva del oso’. Así se siente él, un oso, un animal fuerte y solitario, pero de gran corazón. Para los habitantes de la zona es ‘Mukiri’, que en ‘swahili’ significa ‘el silencioso’. En su larga estancia en Kenia ha participado en la construcción de la catedral de Nairobi y de otras modernas parroquias de la capital, siempre con un gran respeto por el entorno y con un proceso verdaderamente artesanal.También hace un queso magistral, es un gran cocinero y ha conseguido elaborar un vino que es de lo mejor que se puede encontrar en el país africano. Es verdad que esos caldos no son como los de su Italia natal, pero la iniciativa, nacida de su preocupación por mejorar las precarias condiciones de vida de los habitantes de esa región y detener así la sangría humana hacia la ciudad, tiene mucho mérito, además de futuro para el desarrollo sostenible de la zona. Su ejemplo de plantar viñedos ha cundido en la región, convirtiéndose en un cultivo alternativo al de los árboles de la ‘merá’, una hoja que se masca y produce efectos alucinógenos, además de calmar la sensación de hambre. Sin embargo, lo que le ha valido a ‘Mukiri’ el respeto y admiración en toda Kenia, pero también en medio mundo (ha sido galardonado, entre otros lugares, en los Estados Unidos, Italia o España) es su proyecto de búsqueda, canalización y almacenamiento de agua en las montañas que rodean la misión de Tuuru. Todo empezó en 1970, año de una gran sequía que afectaba a 60.000 personas. Entre ellas, estaban los niños disminuidos que atendían unas religiosas, las cuales tenían que caminar todos los días 20 kilómetros para abastecerles de agua. Las complicaciones que ello causaba a los pequeños llevó al hermano Argesse a buscar una solución. Miró a su alrededor y su vista se perdió en la frondosidad del Nyambene, la selva que cubre las montañas.Y allí se fue, a 2.000 metros, a buscar agua. Se topó con un pequeño arroyo, que discurría hacia el Este, escapando de las necesidades de la población.Y comenzó con sus manos un trabajo de canalización para desviarlo al Norte sin más conocimientos de ingeniería que los que iba aprendiendo en los manuales universitarios que consiguió. Los drásticos cambios de temperatura entre el día y la noche le llevaron a interesarse por el fenómeno de la condensación. A veces, la niebla, en pleno día, hace tan impenetrable la selva como la propia vegetación. Toda aquella humedad se perdía en el subsuelo hasta almacenarse en una capa de tierra impermeable.Y ‘Mukiri’, con los vecinos de la misión, empezó a excavar dos estrechísimos túneles de unos 200 metros. Por sus paredes, la tierra comenzó a exudar el agua retenida, que fue recogida en unos pequeños canalillos que la conducen, a través de un sistema de tuberías basado exclusivamente en la fuerza de la gravedad, hasta dos grandes depósitos, que son los que vienen surtiendo a la población. Ahora hay unos 250 kilómetros de tubos que cruzan la selva sin que apenas se aprecie su impacto en la belleza de aquellos parajes casi vírgenes, surtiendo de agua a una zona de unos 1.200 kilómetros cuadrados hoy densamente poblada. La capacidad de almacenaje supera los 11.000 metros cúbicos, existen unos 1.700 puntos de conexión y la población que se beneficia supera las 300.000 personas.

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Daniel Giolitti es un joven misionero de la Consolata que, tras terminar sus estudios de Ingeniería en Italia, realizó su tesis doctoral sobre el proyecto hidráulico de Mukiri. Cuando la vieron sus profesores, le comentaron que aquel trabajo en la selva daba para otras diez tesis académicas. A Daniel también le conocí en ‘La cueva del oso’ durante un viaje con periodistas programado por Manos Unidas. Acababa de pasar la malaria y estaba muy delgado. Pero su cuerpo entero vibraba cuando hablaba de su admirado Argesse. “Su corazón está colmado de humanidad”. Su reconocimiento iba también para el hombre autodidacta capaz de levantar un proyecto titánico, que sigue arrastrando cada año hasta las faldas de aquellas montañas a estudiosos de todo el mundo para admirar una obra de ingeniería que consideran única, también por el respeto a la naturaleza que demuestra. La gente de la zona se implicó mucho en aquel proyecto, hasta el punto de considerarlo algo totalmente propio. Hay mucho sudor suyo en aquellas frondosas laderas, que horadaron a pico y pala pues Argesse no quiso llevar la excavadora que le ofrecía una ONG para no herir el medioambiente, pero también para, con el coste que supondría la máquina, tener empleados durante meses a muchos lugareños. A otros muchos, el agua les permitió quedarse, alejando la idea de emigrar a Nairobi, donde la pobreza corroe incluso la misma dignidad de la legión de desesperados que cada día llegan a sus suburbios. Los que se quedaron burlaron a la sequía, que hoy se enseñorea de algunas zonas de Kenia. Volvieron a cultivar sus tierras y a criar ganado. Volvieron a tener esperanza. Gracias a este hombre pequeño y reservado. “Habla muy poco”, me reconoció un joven en una cantina casi a oscuras, mientras bebía cerveza y mascaba ‘merá’ después de una dura jornada”. “Pero las obras que ‘Mukiri’ ha hecho por nosotros ya hablan por él”. La última frase considero que sería un digno final para este escrito. Pero creo que está incompleto sin una palabra de reconocimiento a Manos Unidas. Esta institución eclesial, con el trabajo de sus voluntarios y la generosa aportación de tantas personas anónimas, ha ayudado a hacer posible el sueño genial de un hombre que buscó a Dios en la espesura de la selva. José Lorenzo. Redactor jefe de Vida Nueva.

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Carmen Bascarán Misionera comboniana laica. Brasil.

M.U./Laura Gutiérrez

Conciencia y lucha por los derechos humanos Carmen Bascarán, una mujer de mirada adolescente y pelo blanco, había tenido una vida inquieta, por decirlo de algún modo. Dejando a un lado los detalles, y mirando su propia existencia desde lejos, como se mira un cuadro impresionista, podría leerse con claridad la búsqueda de lo esencial a lo largo de los años. Siempre involucrada con las causas de los más desfavorecidos, siempre con la

mirada puesta un punto más lejos, como si buscara algo infinito; como si, a través de las posibilidades que le ofrecía su ciudad, Oviedo, quisiera estirar el cuello buscando algo, que no sabía qué era, pero que estaba allí, esperándola. Siempre intuyó que el final de sus días, cuando sus hijos ya estuvieran “criados y encarrilados”, estaría en algún país del Tercer Mundo, ofreciendo, ya no su tiempo libre, sino su vida entera. Quién le iba a decir que iban a ser 15 los años que pasaría en la puerta del Amazonas. 21


Nunca olvidará la bofetada de calor con la que le recibió la ciudad de San Luis de Marañón, al bajarse del avión. Como en los auténticos lugares de misión, esos que muchas veces ni siquiera aparecen en los mapas, tras las interminables horas de vuelo, vinieron 600 kilómetros de coche, que parecían no llevar a ningún sitio. Pero ese sitio existía, y se llamaba Açailândia, su destino final. Açailândia, a mediados de los 90, tenía 90.000 habitantes y tan sólo 14 años de vida. Era, en realidad, una ciudad formada en base al Proyecto de Desarrollo de Gande Carajás donde se explota uno de los mayores yacimientos de hierro del mundo a cielo abierto. Se encontraba, verdaderamente, a las puertas del Amazonas, y tenía, además, la ventaja de ser cruce de caminos entre ciudades tan importantes como Brasilia, San Luis de Marañón y Belén de Para. Ello la situaba como una afortunada ciudad estratégica industrial y comercial. Pero lo que podría ser el núcleo de una rica y próspera tierra, era, en realidad, una trampa para decenas de miles de personas que vivían en la más absoluta indigencia, física y emocional, sin presente y sin futuro. M.U./Laura Gutiérrez

Fue en el año 1984 cuando, por vez primera, pisó la tierra de Brasil. En realidad era un viaje de placer con amigos, a Salvador de Bahía, con el objetivo, además, de visitar a su hermano Carlos, misionero comboniano en la ciudad. Aquel viaje, de un impacto tremendo, por la pobreza descarnada que pudo conocer, fue la confirmación de que tenía que dejar su casa y su país. Pasó el tiempo, y un día recibió una propuesta inesperada: los misioneros combonianos deseaban crear una rama de misioneros laicos. ¿Podría encajar ella en semejante descripción? No lo creía. Pero al profundizar en el carisma y los objetivos fue dando un paso tras otro, y, después de cuatro años de intensa formación, se vio a sí misma volando rumbo a Brasil. Aquel era su destino, su lugar elegido. Los numerosos grupos, asociaciones y actividades en los que había trabajado durante tantos años en Asturias, a favor de los necesitados y los más olvidados, culminaban en un largo viaje donde la esperaban miles de personas sufrientes, hasta un punto que ella nunca hubiera podido imaginar. 22

Hace años, la Universidad de Sao Paulo había llevado a cabo un estudio, cuyas conclusiones sostenían que el 75% de las riquezas de Brasil estaban en manos de unas 5.000 familias. Según Carmen, en Açailândia existía esta desigualdad más o menos de forma proporcional. Unas familias, que podrían contarse con los dedos de las manos, poseían unas mansiones provocadoramente ostentosas, que contrastaban con las miserables casitas de una sola habitación en las que se hacinaba el resto de la población. Al comenzar a trabajar y estudiar las necesidades más acuciantes, surgió, junto con algunas personas del lugar, la posibilidad de crear un Centro para la Defensa de la Vida y los Derechos Humanos (CDVDH). Y comenzaron a trabajar en ámbitos como la concienciación para el cumplimiento de esos derechos humanos, la esclavitud en el trabajo, la situación de la mujer y la violencia contra ella, o la necesidad de registrar a todos los habitantes de la zona. Son tareas que se enumeran con rapidez, pero que exigieron durante años un trabajo durísimo y hasta peligroso, pues los patronos de las fábricas, por ejemplo, no estaban dispuestos a abandonar fácilmente el chollo de tener trabajadores esclavos. Carmen y sus colaboradores, en aquellos primeros años, todos voluntarios, arries-


M.U./Laura Gutiérrez

garon más de una vez su vida para poner de manifiesto las gravísimas injusticias que se cometían con adultos, con mujeres, y lo que es peor, con niños. Grabaron testimonios, filmaron con cámaras de vídeo escandalosas imágenes de esclavitud laboral, y consiguieron el apoyo de multitud de organizaciones nacionales e internacionales que presionaron hasta el punto de sensibilizar a las autoridades de la zona para exterminar esas prácticas. Gracias al trabajo del CDVDH uniéndose con las comunidades puede decirse, además, que las mujeres adquirieron conciencia de su valor y es difícil encontrar hoy una mujer en Açailândia que no procure formarse y encontrar una profesión que la libere de pertenecer a nadie. Manos Unidas colaboró en varias ocasiones con el CDVDH para lograr que jóvenes, mujeres y niños pudieran encontrar una salida digna para su vida, a través del arte como un instrumento de liberación y lo que es más, pudieran reconocer su propia dignidad de personas, dueñas de su propio destino. Hoy Carmen ha vuelto a Oviedo, desde donde sigue colaborando con el CDVDH. Sus hijos, y también sus nietos, le piden atención y siente que ahora, es ‘su’ momento, el de ellos, que también tienen derecho. Mientras tanto observa el panorama de España, en lo que se ha convertido durante todos estos años viviendo en la tierra del Açaí. “¿Crisis? ¿Qué crisis?”, pregunta, con los ojos brillantes. Reconoce que puede haber necesidades también aquí, pero que nada tienen que ver con la realidad de la que parten en aquella región o en tantos otros lugares del mundo. Y siempre, tanto aquí como allá, la pobreza y la miseria son provocadas por los que escandalosamente se apoderan de las riquezas que pertenecen a toda la Humanidad. Carmen no se encuentra entre tanta opulencia, tanto consumismo y tantas necesidades absurdas. Y se nota que su interior se revuelve, indignado.

M.U./Javier Mármol

Hay injusticias que ni siquiera pueden argumentarse con palabras; ni una periodista, como yo, podría explicarlas, por mucho que considere que la palabra es sagrada, insuperable. Hay imágenes que no se borran, y que nadie las puede explicar, tienen que ser vividas. Por eso ojalá muchos fuéramos capaces de despojarnos de todo e irnos donde nuestra intuición nos pide. Quizá llenaríamos todo esto de imágenes irrebatibles. Anabel Llamas Palacios. Periodista, prensa del Arzobispado de Asturias.

M.U./Laura Gutiérrez


Gustavo BombĂ­n

Trinitario, obispo de Tsiroanomandidy. Madagascar.


Un grano de arroz En el sótano de la catedral de Tsiroanomandidy hay dos tumbas. Entre las dos un espacio vacío. En cada sepultura el cuerpo de un obispo. Entre las dos probablemente será enterrado el del que nos enseña el sótano, un obispo español de 50 años, Gustavo Bombín, trinitario y que lleva siete años como prelado de esa diócesis. Gustavo es un ejemplo más de los miles de misioneros y misioneras españoles que entregan su vida por todo el mundo. Su vida, su actuación frente a todo tipo de adversidades debe abrir nuestros egoístas corazones enmarcados en el bienestar. Unas mujeres y hombres que luchan con medios muy escasos para que unos millones de personas puedan mejorar, sólo un poco, su forma de vida. Como esa niña que tenía un grano de arroz en la boca. Era sólo un grano. Se lo sacaba y se lo metía. Lo chupaba una y otra vez. Era sólo un grano. Formaba parte de los 200 gramos diarios que esa niña de tez oscura y ojos malayos comía en una escuela rural en Madagascar. He sentido esos abrazos. He llorado con esos abrazos y por la noche cuando estaba acostado en un lecho sencillo, en una habitación sencilla, que me ha prestado Gustavo, monseñor Bombín, he pensado en mis nietos, en mis hijos, en todos los niños y jóvenes españoles. Ellos no saborean sólo un grano de arroz. Gustavo es un gran obispo y su nombramiento le llegó cuando pensaba que su misión en Madagascar había terminado. Ha tenido y tiene hambre y necesidad de amor, de afectos, de compañía. Ha tenido tentaciones. Estar solo es muy duro. No es lo mismo ser sacerdote en Europa que en África y menos aún en Madagascar. Las mujeres le han tentado muchas veces, pero él ha resistido. “Están equivocados -nos decía en alguna ocasión- quienes piensan que la tentación viene por el sexo. No. Es la soledad”. Soledad en viajes largos. Soledad en misiones distantes. Necesidad de una palabra amiga. Necesidad de conversar. Por eso, y a pesar de todo y muchas veces entre los sollozos, musita en malgache “ny vahoaka nandeha tamin’ny haizim-pito, nahita mazava lehibe” (el pueblo que andaba en tinieblas ve una gran luz). Y esa luz le ha servido a él en muchas ocasiones. “Lo que de verdad necesito -dice en voz alta Gustavo, aunque nadie le oye-, es una sotana nueva”. Y es que las que tiene son prestadas y mira por donde le gustaría tener una comprada por él. Ha metido en un cajón las de sus antecesores. No le valen. Eran gordos, como obispos de antes o europeos. No ha podido recuperar ningún hábito. La habitación es amplia, pero está hecha un asco. En una esquina hay una vieja mesa de escritorio. Era, como todos los muebles, de sus antecesores. Enfrente, la cama. El colchón tiene los 33 años de la catedral y en él han dormido el primer y el segundo prelado. “Los dos gordos -repite-, como obispos de antes o europeos, han dejado su huella”, sobre la que se acurruca todas las noches y se duerme después de rezar el rosario. A las letanías casi nunca llega. 25


siguen queriendo igual que cuando llegó aquí con el bigote y con toda la ilusión del mundo. Gustavo tenía bigote y moto. El primero se lo afeitó cuando unas malditas amebas le entraron en la sangre y casi se va al otro mundo. Menos mal que sus superiores le enviaron a Madrid y allí, en el Hospital Carlos III, el antiguo Hospital del Rey de la capital de España, le devolvieron el tono. El tono y la vida porque estuvo a punto de irse al otro barrio. La moto la dejó, muy a pesar suyo, cuando le nombraron obispo. Ahora tiene un “cuatro por cuatro” seminuevo. Al fondo de la estancia hay un paso estrecho que conduce al Gustavo lo tenía muy claro y quería seguir en la misión. “Mibaño. No hay puerta. Allí hay una gran bañera, propia, como no, para obispos gordos y un retrete que está situado sobre un escalón. Eso sión -dice Gustavo- es salir de sí mismo e irse hacia los otros”. del escalón nunca lo ha entendido. Cada vez que tiene la necesidad Monseñor Bombín vuelve a sacar el pañuelo pues se le han fisiológica y natural, siente de verdad lo que recuerda de sus años vuelto a humedecer los ojos recordando lo que sucedió. Y lo hace mozos: “Sentarse en un trono”. mientras coloca en una caja marrón forrada de terciopelo rojo, el Es el pequeño apartamento episcopal situado en el segundo báculo de don Ángel, el primer obispo. También lo encontró esconpiso de la casa que acoge a los demás trinitarios con los que tiene dido en un rincón de la habitación, como el anillo de su predecesor. que lidiar casi todos los días. Él por lo menos tiene el baño dentro Tiene intención de instalar un pequeño museo, abajo junto a las tumde la habitación. Los demás viven en estancias más pequeñas, que bas. Lo ha comentado, mientras desayuna con sus cuatro compadan sobre un patio central, que recuerda a un patio andaluz. No tienen ñeros trinitarios, todos negros y malgaches. Estos han sonreído y servicios propios. Sólo la cama y una pequeña mesa sobre la que hay no han dicho nada tras escuchar la bendición de la mesa que ha una vela con una caja de cerillas. La vela se enciende para ir por la hecho su obispo: “Andriamanitra ô, tsofy rano izahay sy ny hanina noche a las letrinas que hay al fondo del pasillo, junto a unas vetus- ho haninay. Amen” (Dios, bendícenos y los alimentos que vamos a tas duchas, a las que hay que entrar con zapatillas de goma para no tomar. Amén). pisar las cucarachas y evitar cualquier contagio en las plantas de Gustavo también los ha sonreído después de la bendición en los pies. Lo de los mosquitos es lo de menos. Todas las camas tienen mosquitera y eso evita, en parte, las temidas picaduras del bichito ese comedor en el que comparten todos los días el pan y el arroz o que trasmite la malaria, enfermedad que allí ya han pasado todos. el ‘aoho sy vary’ (arroz con pollo) o el ‘hazan-drano sy vary’ (arroz con pescado).

Lo que de verdad necesito es una sotana Y sigue mirando las que tiene. La primera de obispo es de segunda mano. Se la regaló el Nuncio italiano que entonces representaba a la Santa Sede en Madagascar, para su toma de posesión el 8 de febrero de 2004. La segunda, junto con el anillo y la cruz pectoral, le llegó del Vaticano. Es el ‘ajuar’ completo que la Santa Sede envía a los obispos nombrados en los países de misión. Y no es que la quiera para presumir. Pero alguna vez “hay que vestir al santo”. Y más allí donde si no te ven de obispo no se lo cree nadie, ni muchos te respetan, aunque piensa que ahora, como hace 25 años, le 26

A la entrada del comedor aguarda un anciano que se llama Tende, con su pierna llena de llagas y de pus. Espera las migajas. Un poco más allá los niños. Los niños de Gustavo, los que hoy tal vez se tengan que conformar con un grano de arroz. Gustavo piensa en su Valladolid natal. Allí sus sobrinos tienen de todo y Gustavo vuelve a llorar y a mirar al cielo. Rafael Ortega. Periodista, presidente de la UCIPE.


Chema Caballero

Misionero javeriano. Sierra Leona.

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Fue entregado como esclavo a un comandante del RUF de Okra Hills. Durante el día buscaba leña, agua y lavaba la ropa. Por las noches, dormía junto con otros niños apiñados en torno al comandante para protegerle con su cuerpo en caso de emboscada. Los días de combate portaba cajas de munición en la cabeza. Meses después, en un campo de entrenamiento, le instruyeron en técnicas de combate, guerrilla y supervivencia. Más tarde recibió su primera misión: regresar a su aldea y matar a su padre o a un familiar. El destino quiso que la aldea estuviese vacía. Algunos de los Alhajie, niños que también fueron con él no tuvieron la misma suerte. Con una respuesta al niño-soldado el paso de los años aquel niño asustado se convirtió en un guerrero. Una de las hazañas por la que sería ascendido fue la de matar a un 09:30 am. District Line. teniente nigeriano de las fuerzas de pacificación del ECOWAS desAlhajie viaja en el metro de Londres junto con un grupo de pués de horas de escaramuza por la selva.Y como esa, muchas más. amigos y compañeros de estudios. Tiene veintitantos años y acaba De jugar con botellas de plástico, cuerdas y palos en la aldea, pasó de finalizar sus estudios de Enfermería; después de cinco años de a convertirse en poco tiempo en verdugo sanguinario. esfuerzo y entrega ha llegado el día de la graduación. Hay nervios, En noviembre de 1999,Alhajie llega al centro de rehabilitación abrazos, expectación, conversaciones sobre la nueva temporada de fútbol, las primeras ofertas de empleo y mucha ilusión; todo el fu- de menores soldados St. Michael donde conoce a Chema Caballero. Sus siguientes años comprenderían un periodo de adaptación, turo por delante. ¡Ah!, y esa noche habrá una gran fiesta. cursos intensivos para poder regresar a la escuela, estudios de SeAlhajie es de Sierra Leona. Su familia no podrá asistir a la gra- cundaria, piso tutelado junto a otros niños sin familia y procedentes duación como tampoco pudieron compartir con él la alegría de de experiencias similares, pruebas de acceso a la Universidad y, duverle finalizar sus estudios de Secundaria ni aprobar las pruebas de rante todo esos años, con mucho trabajo, paciencia, dedicación y acceso a la Universidad. Alhajie ha estado solo desde los 10 años. apoyo, intentar superar las terroríficas secuelas de su etapa de niño Un día, cuando regresaba de la selva de recoger leña junto con soldado. Qué lejos quedan aquellas tardes recogiendo leña en la otros niños de su edad, escucharon mucho ruido procedente de la selva de Sierra Leona junto a sus amigos de la aldea.

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aldea. Se encontraron con algunos vecinos que huían y que les gritaban para que se dieran la vuelta y salieran corriendo… pero eran niños, estaban asustados y querían reunirse con sus familias. La aldea estaba llena de fuego, humo, gritos, carreras, el suelo sembrado de cadáveres, conocidos aullando de dolor con brazos y piernas amputados y un grupo de rebeldes del RUF (Frente Revolucionario Unido, en sus siglas en inglés) que les hicieron prisioneros. No recuerda nada más, demasiado para tener 10 años. Papá y mamá ya no le verían crecer.

A Alhajie le conocen bien en el Consulado británico. Insistió día tras día, durante semanas y meses, hasta que consiguió el visado que le permitiría estudiar en Londres. ¡Batallas más difíciles había ganado! La historia de cómo Alhajie pasó de empuñar un arma en la selva a viajar una mañana de junio en el metro de Londres para asistir a su fiesta de graduación en Enfermería sólo se puede entender gracias al sacrificio de la persona que se convirtió en su guía y apoyo durante mucho tiempo.

Desde aquel momento estuvo desplazándose durante mucho tiempo por la selva. En una ocasión, aprovechando el descuido de sus captores al cruzar un río, intentó escapar junto a otros niños. No lo consiguieron y algunos fueron ejecutados; a él lo dejaron con vida.Ya no volvería a intentarlo.

Chema Caballero bien podría viajar en el mismo metro todos los días. Con su currículum podría trabajar en cualquier empresa privada, y ser como somos el resto de mortales. Licenciado en Derecho por la UAM (Universidad Autónoma de Madrid), en Estudios Eclesiásticos por la Pontificia de Salamanca y Máster en Ciencias


Sociales por la Long Island University de Nueva York. Tiene en su haber publicaciones, artículos, colaboraciones, conferencias, premios; es sacerdote, y desde luego está fabricado de otra madera. ¡Tiene que estarlo! Ha trabajado en las zonas más marginales del Bronx con jóvenes conflictivos, lleva 18 años en Sierra Leona, dirige el programa de rehabilitación de niños y niñas soldado de los Misioneros Javerianos, ha levantado con sus manos el centro St. Michael en Lakka, cerca de Freetown, y en la actualidad está embarcado en un proyecto de educación, agricultura y sanidad en la selva del Tonko Limba, la zona más subdesarrollada de Sierra Leona. Fue pionero en los programas de rehabilitación de niños y niñas soldado. Manos Unidas fue la primera organización en apostar por su labor y, posteriormente, Naciones Unidas adoptó su trabajo para el diseño de sus programas en esta materia. No es un superhéroe; con todo el cariño del mundo, es más un suicida parecido al protagonista de Arma Letal. Aunque ama la vida, antepone los valores. Con el estallido de la guerra fue el único que se quedó cuando todas las organizaciones tuvieron que salir del país. Su visión y defensa de conceptos como Justicia, Paz, Derechos Humanos y Educación están por encima de su propia vida. Quién iba a decir a aquellos papás que tuvieron un bebé en 1961 en Castuera (Badajoz,), al que acunaban entre sus brazos con todo el amor del mundo, que el niño se convertiría en un ejemplo a seguir en la lucha contra las injusticias del mundo al que acababa de llegar. Esa pasión que siente la contagia a todos sus amigos, conocidos y… “gente que pasaba por allí”, y por cualquier lado… es como un remolino, bueno, quizá huracán sea más acertado, que moviliza todos los recursos disponibles para sus “chicos” de Sierra Leona. Por esta razón embarcó a toda su familia en el proyecto de creación de la ONGD DYES (Desarrollo y Educación en Sierra Leona). Se podría escribir mucho sobre la labor de Chema Caballero, pero nunca haría justicia a la realidad; que se lo pregunten a los más de 3.000 niños de la guerra con los que ha convivido durante los últimos años. Que se lo pregunten a Alhajie. Ángel Álvarez. Periodista, director de M-80 Radio.

Josep García


テ]gel Calvo

Misionero claretiano. Filipinas. 30 M.U./Javier Mテ。rmol


El hombre del diálogo Estreno la primera luz del día en el puerto de Zamboanga, en el suroeste de la isla de Mindanao, Filipinas. Mi destino es una isla a poco más de una hora de barco: Basilan. Familias y pequeños comerciantes abarrotan las salas de la embarcación. Navegamos por el archipiélago de Sulu. La brisa suaviza las temperaturas y hace aún más agradable el viaje. En cubierta me acompaña el protagonista de mi reportaje: Ángel Calvo. Ángel es un misionero claretiano que llegó a esa isla de Basilan, un paraíso natural entre Filipinas y Malasia, a principios de los 70 del pasado siglo. Formaba parte de un grupo de jóvenes llenos de ilusión, con ganas de trabajar y de poner en práctica nuevas ideas misioneras. El aire entraba por las ventanas que había abierto el Vaticano II.Y allí estaba Ángel, a miles de kilómetros de la Castilla profunda. El paisaje y el paisanaje habían cambiado radicalmente: de los dorados mares de trigo al azul intenso del mar de Célebes; de los agricultores castellanos a los ‘tausuges’, ‘samal’ y ‘yakans’. Corría el año 1972. Apenas pasados unos meses de la llegada a Basilan, sucede un acontecimiento que cambiará para siempre la vida de Ángel: se establece la ley marcial y estalla un conflicto que va a marcar la historia reciente de Filipinas. El Frente Moro de Liberación Nacional (FMLN) entra en guerra contra el Gobierno filipino y la contienda revela en toda su crudeza la situación socio-política que se vive en la zona. Ángel se encuentra de pronto en medio de una guerra que, como todas, deja a su paso dolor, muerte, desesperación y espanto. Entonces, esos primeros sueños misioneros se desvanecen y comienza a atender a los refugiados, a enterrar a los muertos y a ser testigo de cómo el odio y la violencia entre las comunidades musulmanas y cristianas crecen como una mala hierba. Basilan era, y aún es, una isla poblada en su mayoría por grupos étnicos convertidos al Islam junto a una minoría de grupos cristianos venidos de otros lugares. La situación obliga a los misioneros a replantearse su trabajo. Analizan la situación y se dan cuenta del trasfondo histórico de represión vivido por los musulmanes, mayoritarios en el sur de Filipinas desde hace muchos siglos. Por otra parte, los obispos de Asia plantean la misión desde la perspectiva del diálogo. Tras una profunda reflexión, se decide dejar algunas instituciones como colegios o parroquias para entrar de lleno en la apasionante y compleja tarea de entrar en contacto con las comunidades musulmanas, trabajar con ellas y hacer del diálogo un modo de vida. Ángel se entrega por completo a ello, se interna en la selva, tiene encuentros con los rebeldes, suspicaces primero y asombrados después por su actitud para abrir vías de entendimiento. Esto le costó acusaciones de terrorista. Pero el trabajo merecía la pena: “Musulmanes y cristianos trabajamos juntos, ayudando a ambas comunidades a reconstruir sus vidas. Un escollo era el problema de la tierra, controlada por las grandes compañías que condenaban a los campesinos nativos prácticamente a la esclavitud. Descubrimos juntos el camino de la educación liberadora de Paulo Freire y se crearon programas sociales que incluían la organización comunitaria, educación básica de niños y adultos y otros servicios de ayuda con el fin de buscar soluciones a sus problemas”. Pasan los años. En 1986 lo llaman de Roma para trabajar en el gobierno general de su congregación. Cuando vuelve al sur de Filipinas, en 1992, las cosas han cambiado… a peor. A mucho peor. Un nuevo grupo rebelde y muy violento, escindido del FMLN, se estaba dejando notar con secuestros y actos terroristas: Abu Sayaf. Y, de pronto, Ángel se acordó de un niño al que había dado clases en Basilan y del que nunca supo nada más: Abdurajak Janjalani. Aquel antiguo alumno era ahora el líder de esta facción que estaba bañando de sangre la isla de Basilan. Los extranjeros tuvieron que huir y Ángel fue el último misionero en salir. Desde Zamboanga continuó su trabajo. Incansablemente, teniendo presente el diálogo como actitud ante la vida, una vida que parece encajar como un guante en la reflexión de la Iglesia asiática:“Puesto que las religiones, como la misma Iglesia, están al servicio del mundo, el diálogo interreligioso no puede ser relegado a la esfera meramente religiosa, sino que debe abarcar todas las dimensiones de la vida: aspectos económicos, socio-políticos, culturales y religiosos. Es precisamente en este compromiso común por la vida total de la comunidad humana donde se descubre la complementariedad, la urgencia y la relevancia del diálogo a todos los niveles” (BIRA III,7). En estos últimos años, Ángel Calvo creó PAZ (Peace Advocates Zamboanga), un grupo de cristianos que colaboran con musulmanes para promover una cultura de paz. De ahí pasó a gestarse otro movimiento: Interreligious Solidarity Movement for Peace. Pero el diálogo no se queda en palabras y ha promovido una ONG llamada ‘Katilingban para sa kalambuan’ -que significa Comunidad para el Desarrollo- con el objetivo de abordar la situación de miles de familias abandonadas a su suerte. Katilingban tiene como idea motriz de su acción el que sean las familias, a través de la organización comunitaria, las que tomen conciencia de su situación y trabajen para cambiarla.Ya se han levantado tres nuevas comunidades y construido cientos de casas. Es decir, ya hay muchas familias que, gracias a la organización comunitaria, han encontrado una forma digna de vivir. Ángel ha resultado ser una pieza clave para varios grandes proyectos de desarrollo apoyados por Manos Unidas en el sur de Filipinas. Lo mismo te lo encuentras celebrando el fin del Ramadán, trabajando con los más pobres de Zamboanga, en el hogar que atiende a los niños de la calle o al frente de una pancarta en la semana de la paz. Cuando le conocí hace dos años, rumbo a la isla de Basilan, la tierra donde Ángel exprimió con pasión sus mejores años de vida misionera, la situación no era ni mucho menos estable: una de sus colaboradoras estaba secuestrada en manos de algún grupo fundamentalista. Ángel no dejaba el teléfono móvil. A él acuden el Gobierno, la prensa, los agentes extranjeros involucrados en el conflicto… Todos saben que este español hizo y sigue haciendo del diálogo una vía inagotable para llegar a la paz. Una paz que se esfuerza en construir luchando contra la injusticia. No hay otro camino para llegar a ella. Ricardo Olmedo. Periodista del programa “Pueblo de Dios” de TVE.

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Lola Campos Rebollar Cooperante. Brasil.


Valor y coherencia “Siempre esta sensación de inquietud […] sabiendo que no me conformaré nunca”. Gioconda Belli Valiente, apasionada, coherente. Una mujer que es, justamente, lo que quería ser. Sin grandes ruidos ni alharacas.Y no todos podemos decir lo mismo. Hace ya algunos años, Dolores Campos Rebollar, ‘Lola’, ‘Lolita’, nació en Madrid. Supongo que revolucionando desde la mismísima cuna, porque es imposible concebirla de otra manera que no sea cuestionando las certezas y escudriñando mil y una alternativas hasta elegir, ¡¿cómo puede hacerlo siempre (o casi siempre)?! la más adecuada. Ella cuenta que su formación ‘scouts’ le enseñó el valor del trabajo en equipo, el amor por la naturaleza y lo que, desde bien joven, se convertiría en el ‘leit motiv’ de su vida: el otro. Descubrir al otro, al que tenemos enfrente, al lado, cerca o lejos, da igual. Despojarlo de los disfraces con los que se disimula y buscar dentro de sí, para encontrar cómo construir un mundo mejor en su compañía. En pie de igualdad. Esto es a lo que Lola ha dedicado su vida, lo que lleva haciendo más de 20 años. Lo que hace tiempo se dio en llamar cooperación. Como ella misma cuenta en su libro Travesía, corría el año 1989 cuando, más nerviosa que otra cosa, encajaba sus 25 años en el estrecho asiento de un avión en dirección a Curitiba (Brasil). Comenzaba así la que ha resultado ser la aventura de su vida. Atrás se quedaban ESCUNI y Magisterio, el Madrid de los años 80, las primeras rebeldías, las primeras preguntas. Empezaba para Lola otra manera de vivir, muy diferente a la que la inercia que gobierna tantas otras vidas dictaba. Porque ella realmente se atrevió. Se atrevió a cruzar al otro lado, geográfico y emocional. Se atrevió a tratar de responder sus interrogantes, a tratar de buscar ese otro mundo posible mucho antes de que en el Fórum Social Mundial se estableciera esa utopía como lema. “Tal vez lo más importante fue aprender a dudar de lo que me habían enseñado como verdades”, escribe en su libro. Evidentemente, no somos héroes. Lola tampoco: el precio de romper con lo establecido es alto. Sobre todo, a nivel de identidad, de piel: dejas de ser de una orilla… pero tampoco consigues ser del todo de la otra… Y hay que ser y estar muy seguro de la opción elegida para no quedar reducido a una isla en mitad del océano: “Los inmigrantes somos doblemente exilados: por la distancia y por el tiempo. Cuando vamos envejeciendo lejos, la nostalgia de lo que fuimos se nos clava como soledad profunda. La memoria quiere, en un juego sin sentido, retornar a lo que ya no existe”, confiesa. Cambiar el mundo estaba ahí, sin embargo, “la aspiración de luchar por un mundo más justo, más amoroso, más cristiano”, explica. En esa formación suya, popular y casera, dice ella, a base de mucho, mucho estudio y mucha escucha, podemos añadir los que la conocemos, ha influido de manera determinante el ideario cristiano, puramente plasmado en la Teología de la Liberación.Y un hombre: Pedro. Pedro Casaldáliga. “Pedro es la luz”, escribe Lola. “Acostumbrada como estaba a ver a los obispos con anillos de oro y parafernalias cuya única función era evidenciar su estatus dentro de la pirámide eclesial, allí estaba Pedro, buceando en la simplicidad. Un hombre pequeño y delgado con el poder de la vida y la palabra profética”, afirma. Junto a Pedro, Helder Camara, Leonardo Boff, Óscar Romero, Anthony de Mello, Desmond Tutu, Paulo Freire. Con tamaños maestros, su visión del otro, de ella misma y de cómo construir en un proceso de aprendizaje y crecimiento mutuos, no podía ser otra. Los proyectos sociales que jugaba a elaborar con 12 años se fueron convirtiendo en trabajo profesional con los más excluidos de aquel país tan inmenso como apasionante: Brasil. “La liberación cristiana no puede darse sin la liberación económica, política, social e ideológica, como signos visibles de la dignidad del hombre”, mantiene Lola. Y en esa tarea ha envuelto su vida desde entonces. En el interior olvidado brasileño, en las favelas de Salvador de Bahía, en la demente periferia de Río de Janeiro, en las comunidades de Mato Grosso o en las regiones indígenas, donde trabaja actualmente. A base de la cruda experiencia, Lola ha renovado su fe en el ser humano y en la vida y ha adoptado para siempre la bandera de la justicia, de la renuncia al exceso, de la inquietud constante y del compromiso individual, cotidiano, diario. Hoy, años después, como en 1989, continúa haciendo y viviendo “con la alegría natural de quien encuentra un camino”, escribe ella. Con la alegría natural de la valentía, de la pasión, de la coherencia. Para los que tenemos la fortuna de conocerla, Lola también es luz. Henar L. Senovilla. Periodista, varias publicaciones.

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Las causas del obispo poeta y profeta En la ciudad de Sao Felix do Araguaia, a orillas del hermoso río Araguaia, en la región brasileña de Matto Grosso, vive desde hace 42 años el obispo católico español Pedro Casaldáliga. Dice su colaborador el sacerdote Félix Valenzuela que “aunque Pedro diga que las causas por las que vive, trabaja y lucha son mucho más importantes que su vida, para los que compartimos el día a día con él durante tantos años, es difícil distinguir o separar su vida de sus causas”. Los pobres, las mujeres, los indígenas, la Tierra, los derechos humanos son las causas que definen a este religioso claretiano: la justicia en resumidas cuentas. Desde la fragilidad física y la fortaleza de los principios evangélicos que mueven su vida, el humilde obispo Casaldáliga representa la paradoja de aquella desconcertante sentencia de Jesús: “No vengo a traer la paz sino la espada”. Espada que separa el grano de la paja, que remueve lo establecido, que marca la dirección, el objetivo, el único rumbo posible: la opción decidida y radical por los pobres de toda condición. La suya es la revolución del amor. Una revolución que ha liderado contra viento y marea, encaramado al tejado de una escuela en construcción, o encabezando una protesta de gentes sin tierra; defendiendo a los indígenas a riesgo de perder la propia vida, taponando con sus propias manos las heridas mortales de amigos mártires, o enfrentándose a sus superiores eclesiásticos para garantizar que la radicalidad del Evangelio no deja de brillar en medio de la desigualdad, la explotación, el desamparo o la violencia. Me llamarán subversivo. Y yo les diré: lo soy. Por mi pueblo en lucha, vivo. Con mi pueblo en marcha, voy. 34


Pedro Casaldáliga

Obispo emérito de Sao Felix do Araguaia. Brasil.


Ha dicho en alguna ocasión el obispo poeta que la poesía y la fe nunca andan separadas de la justicia y del hambre. Y así ha sido en su trayectoria vital. Basta ver los títulos de sus libros para entender cuál es su postura, su perspectiva, el punto desde el que mira el mundo y lo procura transformar: Yo creo en la justicia y en la esperanza, Misa de la Tierra sin males, Experiencia de Dios y pasión por el pueblo, Cantares de la entera libertad son sólo algunos de entre los muchos que han nacido de su mano. Siempre escribiendo, siempre estudiando, siempre creando, siempre construyendo, siempre denunciando. Su poesía es honesta, apasionada, irónica, a veces desgaNació Pedro en Balsareny (Barcelona) en 1929. Se ordenó sa- rrada. Siempre militante. Bucear por sus rimas y palabras es hacerlo cerdote en 1952 y fue en 1968 cuando lo destinaron a Sao Felix do por una vida de coherencia y exigencia personal. “Que mi palabra, Araguaia, en la selva de Mato Grosso brasileño. Allí, donde fue or- Señor, no sea más que mi vida”, dice en uno de sus poemas. Casi denado obispo en 1971, cuenta su amigo, el teólogo Leonardo Boff: siempre su grito se eleva mucho más entre los versos que en su gar“Extranjero se hizo compatriota, distante se hizo prójimo, y prójimo ganta. Y es que, cuentan quienes le tratan, que Pedro produce serenidad en su forma de comunicar. “Su semblante y su discurso le se hizo hermano de todos, hermano universal”. convierten en alguien tan coherente que está fuera de lo común”, Discreto y sencillo, no ha tenido reparos en sus décadas de resalta la periodista Rosa Salgado, una de tantos informadores que pastor en alzar la voz una y otra vez por los sin voz. Firmemente apo- se han acercado al Mato Grosso para conocer de cerca la labor yados sus pies, uno en la tierra rica de su Sao Felix do Araguaia. El transformadora del religioso en esta tierra de injusticias y desigualotro un punto alzado, dispuesto a despegar en pos de la utopía del dades. Rosa lo describe como alguien “cariñoso, generoso y con reinado del amor de Dios en nuestras vidas, historias y estructuras. sentido del humor. Alguien que está a nuestro lado, a nuestro nivel, pero tan por encima, que se ha desprendido de todo para trabajar por “Es impactante encontrar a un Pedro, así, tan ‘poquita cosa’ la justicia, que sientes que te traspasa con su claridad argumental”. y descubrir tanta inmensidad en un corazón alto como la copa de Perseguido y odiado por los denunciados, admirado y amado un pino”, reconoce la cooperante española Lola Campos, que lo conoció allá por el año 1989. “Siempre me ha emocionado entrar en por los perseguidos, ‘dom Pedro’ no es patrimonio de los creyentes, aquella casita humilde en donde el obispo Pedro vivía con otros y ni de los poetas, ni de los pobres. Es un profeta universal. La suya otras. Verle trajinando con la mayor sencillez. Secando la loza des- es una pastoral de manos extendidas y manos vacías que entregan pués del almuerzo. Cantando con voz de pajarito la oración matutina como manos llenas. Como manos unidas. en la capilla del jardín. Una casa con casi más puertas -siempre Ahora, jubilado ya, convive con la enfermedad -“su hermano abiertas- que ventanas. Se respiraba coherencia, un compromiso aguerrido, un dulcísimo humor. Para mí era estar delante de un pro- Parkinson”- sin traicionar sus causas y su poesía. feta. Un farol de esos que iluminan con fuerza  suficiente para no No pagaré mis deudas; no me cobres. errar el camino”. Si no he sabido hallarte siempre en todos, Nunca dejé de amarte en los más pobres. Pero ¿por qué tiene ‘dom Pedro’, como lo llaman sus fieles brasileños, ese poder? “Porque Pedro se ha hecho camino.  Se ha hecho trayecto, sendero, vereda. Pedro se ha hecho Iglesia. Por eso cuando mira, habla, escribe, se mueve algo esencial”, relata emoMª Ángeles López Romero. Redactora jefe de la revista 21. cionada Lola Campos. 36


M.U./MÂŞ Eugenia DĂ­az

Pedro Cernuda

Coordinador del proyecto Esmabama. Mozambique. 37


Observo la expresión de respeto de Pedro hacia la mujer africana. La dependencia femenina del hombre es casi absoluta y sin embargo -me explica- es ella quien sostiene el peso de la familia. La poligamia constituye un hecho generalizado y la cultura de sumisión puede provocar que la esposa no reciba el tratamiento contra el sida sin el consentimiento previo del marido. Un país donde el número de niños huérfanos a causa del sida puede alcanzar el millón. Es la plaga de Mozambique tras una larga guerra civil que consumió al país recién independizado y que dejó sembradas miles de minas antipersonas. M.U./Mª Eugenia Díaz

Un vallisoletano que rentabiliza la vida para los demás El olor le impactó cuando llegó a Mozambique. Fue la primera sensación de un cambio radical en su vida. Internarse en las comunidades del Sur de la antigua colonia portuguesa supone un retroceso en el tiempo.

Apasionado, con ideas claras, decididamente resuelto aunque no osado, Pedro Cernuda es uno de los protagonistas del cambio que empieza a apreciarse en el país africano. Es el enlace de Manos Unidas con el proyecto de desarrollo, que él mismo coordina, en Esmabama. El nombre corresponde a las primeras sílabas de cuatro antiguas misiones franciscanas (Estanquinha, Machanga, Barada y Magunde), una organización católica que gestiona el padre Ottorino, un fraile comboniano, auténtico modelo de fe, que ha transformado la vida de muchos habitantes de esta región olvidada de Mozambique. El misionero italiano ha levantado escuelas, internados, ha conseguido varias horas diarias de energía eléctrica, ha acercado el agua y la asistencia sanitaria a través de un dispensario que atienden, con escasos medios, dos monjas: Ligia, ecuatoriana, y Lelia, mexicana, y al que acuden enfermos procedentes de decenas de kilómetros a la redonda.

Pedro Cernuda nació hace 35 años en Zaratán, una localidad próxima a Valladolid, el mismo día de octubre que Paquirri encontró la muerte en Pozoblanco, “pero unos años antes” -precisa-. Su mirada es penetrante, posee rasgos agraciados y una acusada Los laicos vamos y venimos -afirma Pedro- pero, para los mipersonalidad, no exenta de buen humor. La fortaleza de carácter sioneros las gentes del lugar son su auténtica familia. es, seguramente, más importante que la corporal para convivir con la pobreza y enfrentarse a ella con dignidad y esperanza. El tesón del padre Ottorino le ha llevado también a poner a producir la tierra.Y ese proyecto lo lidera este vallisoletano. Antes Los caminos sin asfaltar se convierten en un baño de barro de cumplir 21 años, Pedro Cernuda ya era ingeniero técnico agrícon la lluvia -y en este país de extremos es torrencial-. La choza es cola, con su proyecto de fin de carrera aprobado. Se crió en tierras el único techo de quienes viven en las extensas zonas rurales. Acu- de Castilla entre tractores, que intentaba conducir antes de que sus dir a un hospital puede suponer días de camino con noches a la in- pies alcanzaran los pedales. De manejar datos de los chip electrótemperie. Y la mujer raramente aparece ante nuestros ojos sin un nicos colocados a las ovejas en España pasó a elaborar planes de saco, agua o cesto sobre la cabeza, mientras en la espalda porta un siembra y de regadío con escasos medios, labradores inexpertos y bebé atado con vistosas telas. con un solo tractor que se disputa demasiadas faenas. 38


Tampoco la naturaleza se lo pone fácil. Los cocodrilos acechan en uno de los ríos cercanos a la misión y una familia de hipopótamos arruina, en ocasiones, parte de la cosecha. Todo un reto, para el que es preciso una voluntad de hierro y una capacidad fuera de toda duda. Antes de integrarse en este proyecto, Pedro Cernuda colaboró con los salesianos en el Instituto Profesional Agrario y en asociaciones agrícolas de campesinos. El autoabastecimiento de esta población de Mozambique mermaría su dependencia de la ayuda humanitaria exterior. Ese debe ser, a juicio del español, el gran objetivo: que los africanos dependan de los demás lo justo, como el resto del mundo. En Mozambique, como en otros países en vías de desarrollo, la corrupción está a la orden del día; “también los efectos secundarios de la ayuda humanitaria”, puntualiza Pedro. Pero hay más. Encontramos numerosos camiones que trasladan troncos.Tienen su destino en Oriente, sobre todo las maderas semipreciosas que se están convirtiendo en un bien escaso. China ha entrado también en el Sur de África y es habitual encontrar edificios en construcción con obreros y material chinos. El propio aeropuerto de Beira, la segunda ciudad del país, tiene, incluso, los carteles que anuncian el diseño final de la obra en caracteres chinos e imágenes con personas de raza amarilla. También con interés, pero noble y con espíritu fresco, Pedro Cernuda se dispone a fertilizar una tierra poco acostumbrada al cultivo, mientras se convierte en el hombre imprescindible que debe hacer frente a casi todo. Un todo terreno capaz de arreglar un panel solar desplazado por una tormenta o diseñar el sistema de riego de una plantación para que la tierra ofrezca arroz o maíz. Es difícil enfrentarse a la pobreza, a los insectos, a la humedad y al calor. He visto a la gente que lo hace y que no se amilana ante la adversidad.

M.U./Mª Eugenia Díaz

los hombres que usurpan sus puestos. De noche, y en medio de una fuerte tormenta, regresará para recogerlos. Lo que para nosotros resulta una aventura peligrosa constituye el día a día en la misión. Esas personas pasarán la noche a la intemperie hasta que, a primera hora, las hermanas abran el dispensario. Pedro no se desliga de la actualidad española a través de su portátil; habla el portugués de Mozambique y allí recuerda una frase de un hermano de La Salle, Tomás González, cuando estudiaba en el Colegio Nuestra Señora de Lourdes, de Valladolid: haz que tu vida sea rentable, que valga la pena vivirla, no repitas la de otro. Gástala en algo que valga tanto como tú… y lo único que vale tanto son los demás, las personas, no las cosas…

Y donde invierte su vida ha puesto su corazón. Mercia es una esbelta mozambiqueña con la que Pedro se dispone a compartir Así ocurrió aquel día que nos trasladamos a la misión de Ma- su futuro. Forma parte de la nueva generación de mujeres que llegunde, cerca de la frontera con Zimbawe. El camino era largo y los úl- nan las aulas universitarias para convertirse en el motor que, sin timos 30 km los hicimos sobre un lecho embarrado a causa de la duda, transformará el Sur de África. Gracias al empeño y la capaciintensa lluvia -en Mozambique todo es a lo grande, hasta la pobreza-. dad de personas como el español Pedro Cernuda. El jeep-ranchera que trasladaba a enfermos al hospital de la misión se había desplazado a la cuneta. No caben todos en el nuestro. Suben mujeres y niños. Con determinación, Pedro echa abajo a

Elsa González Díaz de Ponga. Periodista de COPE y presidenta de la FAPE.

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Ismael Piñón

Darío Chaves

Misionero comboniano. Zambia. 40


Vitalidad, entusiasmo y confianza Conocí a Darío Balula en julio de 2008. Tuve la oportunidad durante un viaje que hice a Zambia con el recién estrenado redactor-jefe de Mundo Negro, Luis Esteban Larra, que tomaba por aquel entonces el relevo de nuestro querido Gerardo González, jubilado tras más de 40 años en la revista. Me lo encontré en Lusaka, la capital del país. Darío había ido desde Malaui, donde tiene su residencia como provincial de los Combonianos en ambos países, para la ordenación sacerdotal de Michael Bwalya, un joven comboniano zambiano. Llegó a Lusaka unos días antes de la ordenación. Nos dijeron que para poder saludarnos y tener tiempo de preparar la ceremonia; pero pronto me di cuenta de que había también un tercer motivo. Darío había pasado más de diez años como párroco de Lilanda Parish, una humilde parroquia ubicada en uno de los barrios más pobres de la periferia de Lusaka. Sentía nostalgia de su “gran amor”, y tanto la ordenación de Michael como la visita de Mundo Negro eran la excusa perfecta para regresar a la que había sido su casa durante tantos años. No fue difícil adivinar que había pasado allí buena parte de su vida misionera, y menos aún que había sido feliz con aquella gente. Su manera de relacionarse con ella, el dominio de la lengua y, de manera particular, la familiaridad y el cariño con que todos se acercaban a él, delataban un amor mutuo que no se había borrado tras el traslado de Darío a Malaui. Recordaba a los suyos y los suyos se acordaban de él. Pasear por las polvorientas calles sin asfaltar de Lilanda, ir de casa en casa, pararse a cada instante para responder al saludo cariñoso de su gente, fue la tónica durante los días que compartí con él. Con una vieja gorra sobre la cabeza y enfundado en un chaleco de Manos Unidas gastado ya por el uso -“es muy práctico, uno de los mejores regalos que me han hecho”, me decía-, no paraba un instante de sonreír, saludar a sus antiguos parroquianos y, sobre todo, jugar con los niños, alborotados y divertidos con sus carantoñas. Tres palabras pueden definir muy bien a Darío: entusiasmo, vitalidad y confianza en el futuro. Hombre afable, lleno de humanidad, con una energía y una tenacidad que sorprenden y casi abruman al que está con él, este misionero portugués nunca se deja vencer por las dificultades. Durante los años que vivió y trabajó en Lilanda no ahorró esfuerzos para ayudar a aquella gente: un colegio, un centro de Formación Profesional, una huerta comunitaria, grupos de apoyo a los más pobres y abandonados, visitas a los enfermos (el sida campa a sus anchas dejando a su paso tantos muertos como huérfanos y viudas), aparte del inmenso trabajo pastoral entre las comunidades cristianas de base diseminadas por todo el barrio… La lista es interminable. Un día me contó “su anécdota”. Antes de empezar su relato se detiene, esboza una sonrisa burlona mirando de reojo a su alrededor y me dice alzando la voz a propósito para que le oigan todos: “Mis hermanos dicen que siempre cuento lo mismo a los que vienen a visitarnos”. Humor no le falta. El caso es que “su anécdota” le ha marcado profundamente y ha hecho que su historia personal sea diferente. Gastar las energías por el bien de la gente es una cosa, pero jugarse la vida y estar a punto de perderla es otra muy diferente. En su cabeza lleva la marca del golpe recibido por defender a las religiosas de la parroquia que habían sido asaltadas por un grupo de bandidos. La casa de las hermanas es colindante con la de los misioneros, por lo que Darío pudo escuchar los gritos y, sin dudarlo un instante, acudió en su auxilio. Poco pudo hacer. Le rompieron el cráneo y a punto estuvieron de matarlo. El médico que lo atendió, un ruso no demasiado creyente, le dijo: “O es verdad que Dios existe, padre Darío, y esto ha sido un milagro, o es que usted ha tenido mucha suerte. No le han matado por un pelo”. Se salvó de milagro y hoy lo cuenta como eso, “una anécdota más de esta vida misionera”. Sin embargo, quien pasa la mano por su coronilla y siente al tacto la huella dejada por aquel golpe no puede evitar que un escalofrío le recorra todo el cuerpo imaginando lo brutal que tuvo que ser. 41


Ismael Piñón

Unas veces acompañados por Darío y otras por el padre Carlos Nunes, compañero suyo y anfitrión de lujo para nosotros -Darío estaba siempre ocupado, si no era con la preparación de la ordenación de Michael, era visitando a sus antiguos feligreses-, pudimos visitar buena parte de las obras sociales de la parroquia. Nos sorprendió la vitalidad de la gente y el espíritu alegre e ilusionado con el que todos colaboran para que las cosas vayan un poco mejor. Unos, los más fuertes, trabajan en la huerta de la parroquia; otros, los mejor dotados intelectualmente, en los centros de formación. Hasta los más limitados ponen su grano de arena visitando a los enfermos o atendiendo a los numerosos pobres que sobreviven gracias a la ayuda que la parroquia les da. Desgraciadamente, mi visita duró pocos días, pero fueron suficientes para darme cuenta del espíritu emprendedor de un hombre que ha pasado muchos años compartiendo las alegrías y las tristezas, los gozos y las esperanzas de una gente que lo considera ya como uno más de los suyos. A la hora de despedirnos, Darío me dijo seriamente: “Tenéis que ir a Chicowa”. Fue tal su insistencia que hicimos planes para ir allá, a pesar de estar en una de las zonas más inhóspitas de Zambia, en el valle de Malambo, al este del país. Desafortunadamente no pudimos llegar a causa de nuestra apretada agenda.Todavía teníamos que ir a Malaui antes de emprender el regreso a España. Para convencernos, Darío nos contó con el mismo lujo de detalles con el que había narrado “su anécdota”, los proyectos que los combonianos tienen en esta misión de más de 100.000 habitantes que viven fundamentalmente de la agricultura. Al ser una de las regiones más abandonadas de Zambia, el nivel educativo es extremadamente bajo debido a la falta de escuelas y de interés de los padres por escolarizar a sus hijos (sólo el 30% de los niños acuden a las escuelas de Primaria). Desempleo, alcoholismo, matrimonios precoces y un sinfín de dificultades hacen que aquella gente entre en una espiral de pobreza de la que es muy difícil salir. 42

El mismo entusiasmo que mostró a la hora de hablarnos de Chicowa o de su encuentro inesperado con los asaltantes de las hermanas de la parroquia, lo exteriorizó también durante toda la ceremonia de la ordenación sacerdotal del joven Michael Bwalya. Hablando luego “entre combonianos”, se mostraba realmente orgulloso de ser un seguidor de san Daniel Comboni, que guió toda su vida misionera con dos grandes principios: “África o muerte” y “Salvar África con África”. Darlo todo por el continente africano y por sus gentes -hasta la propia vida si es necesario- es un ideal que empuja a este misionero portugués a sacrificar todo lo sacrificable para que los más pobres puedan salir de su miseria. De ahí el entusiasmo con el que está llevando adelante los proyectos de Chicowa, de Lilanda y de otros lugares de Malaui y Zambia abandonados a la mano de Dios. Lo de “Salvar África con África” lo vive ahora de manera más especial en su labor como provincial. Si el deseo de formar a jóvenes zambianos, depositarios del futuro del país y protagonistas de su propio desarrollo le ha movido a iniciar tantos proyectos, ahora, como provincial de los Combonianos en estos dos países, tiene la responsabilidad de llevar adelante un proceso que no tiene vuelta atrás: el relevo generacional. Michael Bwalya es un eslabón de ese proceso. “Nosotros empezamos a envejecer -me confesaba el día de la ordenación-, y estos jóvenes zambianos que han asimilado el carisma de Comboni son ahora quienes tienen que ir asumiendo el timón de la barca”. Los misioneros, como Darío y tantos otros, ponen su tesón, su esfuerzo y, en algunos casos, su propia vida. Organismos como Manos Unidas -que tanto ha ayudado y sigue ayudando a la gente de Lilanda y de Chicowa- apoyan y financian los proyectos. La tercera pieza, la más importante de esta historia, la constituyen los propios zambianos, especialmente sus jóvenes, protagonistas de su propio desarrollo y de un futuro que promete ser esperanzador. Ismael Piñón. Director de Mundo Negro.


M.U./Mª Eugenia Díaz

En Manchay alborea un mundo nuevo

José Chuquillanqui Vicario en la parroquia del Espíritu Santo de Lima. Perú.

Déjame que te cuente, limeña, déjame que te diga la gloria del ensueño que evoca en la memoria del viejo puente, del río y la alameda. Déjame que te cuente, limeña, ahora que aún perfuma el recuerdo, ahora que se mece en un sueño el viejo puente, del río y la alameda.

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Déjame, amigo lector, que evoque contigo, “ahora que aún perfuma el recuerdo, ahora que aún se mece en un sueño, el viejo puente, del río y la alameda” de una de las ciudades más pobladas del mundo, de una de las ciudades más caóticas del planeta, de una de las ciudades más hermosas y atormentadas de la tierra, de una de las ciudades -Lima- donde más necesario es construir un mundo nuevo y mejor. Y dentro de esta ciudad un barrio, Manchay. Unos ocho millones de personas se apiñan en Lima. Hasta se hacinan como en San Juan de Lurigancho o en Manchay. Un tercio de la población peruana vive -hasta malvive en muchos casos- en la vieja ciudad del puente, del río y de la alameda, en la colonial y nostálgica Lima, en la capital fastuosa y devorada del Perú, y el resto, los otros dos tercios, en los suburbios. Lima es ciudad varada a las orillas del Pacífico y al borde del desierto. Tan cerca, pues, del cielo y del infierno. Envuelta tantas veces, por no decir casi siempre, en un firmamento encapotado, en un cielo siempre triste y sin lágrimas.

En Manchay apenas hay talleres, ni microempresas en la cantidad y variedad que pudieran existir en otras zonas de Lima, ni Centros de Educación Ocupacional que puedan ofrecer educaciónformación de calidad. En el mercado hay demanda de productos, pero las familias no pueden ofrecer nada porque no tienen capacitación. Mejor dicho, no tenían capacitación, porque el protagonista de nuestra historia de solidaridad, el sacerdote menudo y activo José Chuquillanqui, se puso manos a la obra. Y buscó aunar más manos y se encontró con Manos Unidas. Y la parroquia de Chuquillanqui, la parroquia del Espíritu Santo de Manchay, firmó un convenio con el Ministerio de Educación de Perú destinado a la dotación de plazas de los docentes y Manos Unidas participó con los recursos para la construcción y parte del equipamiento del Centro de Educación Ocupacional (CEO). Los beneficiarios directos de este proyecto son ya en torno a 1.500 personas calificadas para el empleo y/o formación de microempresas. Y en el CEO de Manchay, de la parroquia del Espíritu Santo, de la parroquia de José Chuquillanqui, nos encontramos en aquella tarde de luz verdadera aunque plomiza en su semblante, un jardín de infancia, una escuela de niñas con niveles educativos de infantil, primaria y secundaria -por cierto, las niñas cantaban como los ángeles “La flor de la canela”-, una industria de repostería, una escuela de peluquería y belleza, unos salones de ocio y de encuentro para mayores…

Y ese cielo gris y encapotado, triste pero sin lágrimas nos acompañó en la tarde del jueves 8 de marzo de 2007 en nuestra visita a Manchay, en el distrito suburbano de Pachacamac. Bien a las afueras de la capital limeña, bien lejos del puente y de la alameda -o de lo que queda de ellos-, en medio de multitudes de pequeños y extensos poblados, apareció ante nuestros ojos el Centro de Educación Ocupacional de Manchay, regido y servido por la parroquia Y la obra se hizo y se sigue haciendo uniendo manos: la munidel Espíritu Santo, con su cargo y vicario episcopal de Lima, José Chuquillanqui, al frente. cipalidad de Pachacamac cedió a la parroquia el terreno para la construcción del CEO; Manos Unidas invirtió más de 150.000 euros Manchay surgió hace un par de décadas cuando miles de pe- en su dotación; los beneficiarios participan aportando su mano de ruanos huyeron de las montañas ante el acoso terrorista de Sendero obra no cualificada en la construcción, además de algunos mateLuminoso. El mismo sacerdote, el mismo José Chuquillanqui fue víc- riales para la misma, recursos que han conseguido con la celebratima de Sendero Luminoso. La zona ha sido considerada dentro de ción de diversas actividades (kermeses, rifas, etc.). una misión especial de la ONU debido a la extrema pobreza con que Y tras el CEO, José Chuquillanqui, consciente de la pobreza malviven sus habitantes. El informe de las Naciones Unidas subraya incluso que “no cuentan con los servicios elementales para vivir de- de sus feligreses -la mitad son pobres y 12% de ellos viven en excorosamente”. No hay agua potable ni desagües, el agua se compra trema pobreza, y el desempleo afecta al 35,6% de la población- se a camiones cisterna, a precios altos y en condiciones de poca sa- ha puesto manos a la obra para otro proyecto, en el que se han sulubridad. Y además la zona está hiperpoblada: 40.000 habitantes en mado las manos amigas de Manos Unidas. Y es que los habitantes de la comunidad parroquial de Espíritu Santo de Manchay carecen 2007, ahora 60.000. 44


M.U./Mª Eugenia Díaz

M.U./Mª Eugenia Díaz

de los servicios básicos de agua corriente y desagüe, supliéndolos escolares de Manchay con charlas, talleres y campañas (pediculode forma muy precaria mediante el suministro de agua con camio- sis, nutrición, higiene, salud y comportamiento sexual). Los beneficiarios aportarán una cantidad simbólica por los servicios sanitarios nes cisterna y el uso de letrinas familiares. recibidos. La parroquia pone a disposición del Proyecto sus múltiLos problemas relacionados con la falta de atención sanitaria ples instalaciones y asume parte de los gastos de construcción, son los que pretende ayudar a paliar el Proyecto de Mejora de la equipos y materiales, junto con Manos Unidas. Salud Materna, auspiciado ahora por el padre Chuquillanqui, el proDéjame, pues, que te cuente, amigo lector, déjame que te diga tagonista de esta historia de solidaridad. Sus primeros destinatarios que existe ya otro mundo que es posible y que este mundo tiene son las madres gestantes y los niños de corta edad. cientos y miles de protagonistas como el padre José Chuquillanqui Con el proyecto se pretende, por un lado, mejorar la salud ma- y sus feligreses. Que ese mundo que alborea, y ha de alborear toterno-infantil mediante la atención preventiva promocional itine- davía mucho más, es posible también gracias a ti. rante; para ello se quieren equipar dos ambulancias parroquiales Y por supuesto, gracias a instituciones como Manos Unidas que proporcionarían atención sanitaria a los sectores más alejados de Manchay. Por otro lado, se proyecta remodelar dos inmuebles que unen manos, corazones, voluntades y bolsillos para hacer que parroquiales y equiparlos como salas de partos, para ofrecer el ser- despunte y amanezca el día, ese día, y que por ello son también vicio de atención materno-infantil desde la concepción, el parto y manos agradecidas para aplaudir y reconocer que premios como el los primeros cuidados del recién nacido; se calcula que se podrán que acaba de recibir Manos Unidas -el Príncipe de Asturias 2010 de atender unos 100 partos anuales. El Proyecto contempla también el la Concordia- hacen asimismo posible ese mundo mejor y más justo, seguimiento médico y nutricional de unos 4.000 niños de cero a ocho ese mundo más del Dios de Jesucristo que tanto necesitamos. años y la atención ginecológica de otras tantas mujeres, jóvenes y adultas. Como complemento de las actividades preventivas sanitarias, se ha desarrollado un extenso programa de formación en los centros

Jesús de las Heras Muela. Director de Ecclesia y de Ecclesia Digital.

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M.U./Mª Eugenia Díaz

Mª Victoria Cobos M.U./Javier Mármol

Hermana de las Misioneras de María Auxiliadora. Malawi.


¡Kusekerera! No fue fácil la primera visita al proyecto de Manos Unidas en la región de Kapiri, en Malawi. Ver un hospital rural en aquella zona, en medio de la noche, no es algo a lo que estemos acostumbrados, y no se olvida fácilmente. Con aquel olor metido hasta lo más profundo de nuestros huesos, nos encaminamos hacia la siguiente misión: St. Mary’s Rehabilitation Centre, en Chezi. Rodeado de un mercado en el que los gritos de los vendedores, el olor a comida y las mujeres vendiendo ropa ejemplifican el día a día de los 22.000 habitantes de la zona, se encuentra el orfanato que las Misioneras de María Mediadora gestionan desde 1993. Cruzar el umbral de la puerta que separa el Centro del mercado es pasar del ruido a la calma, de la tempestad a la tormenta. ¡Hola! ¿Cómo te llamas? Nos recibe Mateo, un pequeño gran hombrecito, de tan sólo seis años, negro como el carbón, que en un perfecto español, hace de anfitrión. ¡Kusekera! -que en ‘chichewa’ significa sonríe-, le pido. Pero él, serio y muy recto, me coge de la mano y me lleva hasta la puerta de la casa de las Misioneras. ¡Entra! Me sugiere.Y yo, obedezco sin remilgos, cualquiera le dice que no. Allí nos estaban esperando las seis mujeres más fuertes, persistentes, sonrientes y capaces que he conocido. Cuatro mujeres hindúes, capitaneadas por las extremeñas Mª Victoria y Perfilia, son los brazos, las manos, las piernas y el corazón de la misión y su programa estrella, ‘Rainbow’, gracias al cual, 120 niños huérfanos malawianos viven en la casa y son cuidados como si de su propia familia se tratase. La hermana Mª Victoria Cobos es el alma de aquel lugar. Con el pelo corto y cano, símbolo de aquellas luchadoras que llevan años de duro trabajo sobre sus espaldas, y ropa cómoda y discreta, Mª Victoria se enfunda el chaleco de Manos Unidas color crema como agradecimiento a la ONG que tanto ha ayudado a esta misión. Nerviosa, habla muy rápido, como las buenas extremeñas, que llevando más de 20 años fuera de su casa, no pierde ni el acento. Me recuerda tanto a mi madre… Nunca olvidaré cómo abrazaba a cada uno de esos niños, con su pícara sonrisa, toda una vida dedicada a los huérfanos de Malawi. Desde un pequeño pueblo de Extremadura, hasta el mundo entero. Detrás de ella, con paso firme y decidido, fuimos a visitar lo que se conoce como el ‘Disneyland malawiano’, un lugar ideal dentro de la muerte que los rodea. Allí los niños, alegres, sanos, corretean entre las casas, construidas para que tengan un techo bajo el que cobijarse. Cada 20 niños aproximadamente hay una casa cuidada por una ‘madre de alquiler’, que se encarga de educarles, de estar atenta de cada uno de sus hijos. Los más pequeños -ya que en la misión hay niños desde los 0 hasta los 14 años-, van a la guardería dentro del recinto. Es a partir de los seis años cuando van a la Escuela San Matías, a pocos metros del Centro, también construida gracias a la ayuda de Manos Unidas. Y llegamos hasta la huerta, de la que las Hermanas pueden abastecerse para la alimentación de los pequeños, aunque nunca es suficiente. Además de los 120 niños que viven en St. Mary, 320 niños huérfanos que viven con sus familias son supervisados por las Hermanas. Ellos van cada fin de semana a la casa y durante el resto de días ellas son las que se encargan de que la familia les provea de lo necesario para vivir. De la mano de Mª Victoria, los pequeños van hasta el comedor: “Llevo 20 años aquí y quiero a esta gente con locura”, asegura. Se nota, desde luego. Mª Victoria coge en brazos a Mariano -todos los niños tienen nombres españoles, para facilitar que ellas se lo aprendan-, y lo mira con tanto amor que parece que de su madre se tratara. Amor de aquella que sabe que su misión es cuidar de todos y cada uno de aquellos bombones, Hijos de Dios. Es una vocación que viene de atrás. La hermana reconoce que desde niña quiso vivir en África: “Tenía predilección por este continente”. Malawi le ha aportado alegría y muchísima felicidad, “más de lo que yo he podido darles”. Lo que más le impacta de los malawianos es que no tienen nada y están siempre alegres y contentos, “como libres”, explica. Y aquí no acaba el periplo por la Misión: se completa con un dispensario de 24 camas, que atiende consultas externas y al que va toda la gente de alrededor por la posibilidad de adquirir medicinas y con la asistencia a 230 ancianos que, una vez al mes, van a St. Mary. Tras un día agotador, la cena común a base de aguacate de la huerta nos sabe a gloria. Resulta que mi padre y Mª Victoria tienen raíces comunes y comienzan a aflorar las historias de juventud en torno a un café caliente. La hermana ríe, ríe con esa risa sana de quien se sabe amada y con un sentido en la vida. No necesita nada más ni nada menos. Nos levantamos por la mañana. Lo primero, la oración todos juntos en la sala común. Ellas no sólo quieren proveer a los niños de unas necesidades básicas, que serían pan para hoy y hambre para mañana. Ellas les dan el Pan de Vida eterna, para que cuando salgan de allí, para que cuando tengan un oficio, un futuro, no lo pierdan por el camino. Así, su carisma se cumple al 100 por 100: “Amarse entre las hermanas como a ellas mismas y evangelizar”. Al fondo del pasillo de su casa, la capilla con el sagrario iluminado, irradiando luz y fuerza cada día. Ése es el secreto de Mª Victoria y sus cinco hermanas. ¡Kuserekera! Cristina Sánchez. Periodista de Alfa y Omega y COPE.

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M.U./Casilda de Zulueta

Martino Corazzin

Misionero franciscano conventual. 48

Ghana.


Acción y oración, inseparables Martino Corazzin tiene el corazón partido, y no en dos partes sino en tres: son los tres lugares del mundo donde hasta ahora ha desarrollado su vida y su misión, su vocación y su tarea. Italia es el primero, porque nació en Mosnigo di Moriago (Treviso) en 1948; le sigue España, y especialmente Navarra, donde pasó felizmente 17 años de su vida (de 1973 a 1990); y la tercera parte es para Ghana, país al que llegó en 1991 y donde desde entonces trabaja como misionero de la Orden de los Hermanos Menores Conventuales. En total, Martino ha pasado 38 años de su vida fuera de su país natal, desde que el 2 de octubre de 1972 dejó Italia. Es por eso un misionero nato. “En mi infancia tuve un fuerte deseo de ayudar y servir a los demás. De hecho nací en una familia donde se vivía la solidaridad y se practicaba la caridad”, cuenta este franciscano conventual, que sintió el gusanillo de la vocación precisamente por el testimonio de un gran misionero. “Un día apareció en la escuela un fraile franciscano, el padre Francesco Faldani, que llevaba una barba muy larga. Durante una hora nos habló a los alumnos de 4° de Primaria de Jesús de Nazaret, de san Francisco de Asís, de su experiencia misionera en China y de su expulsión de allí. Antes de marcharse nos invitó a un cursillo en el seminario menor de Camposampiero, un pueblo a unos 20 kilómetros de Padua.Yo me apunté, hice la experiencia del seminario, conocí a los franciscanos conventuales, me gustó la experiencia y decidí volver para seguir mis estudios allí con el deseo de ser franciscano, sacerdote y misionero”. Con el paso del tiempo y tras varios años de formación, en 1972 recala en la ciudad francesa de Toulouse, donde concluye los estudios de Teología. Al año siguiente pasa a vivir en Navarra, primero en Elizondo y después en Berriozar, un barrio cercano a Pamplona que en la década de los 80 fue cuna del abertzalismo vasco. Fueron años difíciles para una comunidad franciscana de inserción que vivía entre los nacionalistas radicales y las víctimas del terrorismo. Aún así, a Martino le costó dejar Navarra, una tierra querida cuya naturaleza, arte y gentes conocía como la palma de su mano. Siempre fue misionero, pero quería serlo también fuera de Europa. La oportunidad vino desde Ghana. “El deseo tan fuerte que tuve desde mi infancia de ayudar, servir y amar a los demás, sobre todo a los más pobres, compartiendo con ellos mi vida y, de esta manera, hacerles sentir que Dios les ama y les quiere, me llevó a ser misionero en Ghana”. Un misionero desearía que el día tuviera más de 24 horas; Martino también. Su jornada comienza muy pronto. “Me levanto a las tres y media de la madrugada. Hago un momento de oración personal, tomo un café y me voy al despacho para trabajar un poco, preparar la homilía del domingo, consultar algunas páginas de información, responder al correo, organizar algún proyecto y hacer las cuentas de varias administraciones. A las seis de la mañana participo en la oración comunitaria: meditación, oración de la mañana y misa, excepto los días que la celebro en la parroquia. A las siete y media, desayuno. A partir de las ocho y hasta casi la una, atiendo el despacho parroquial y el colegio, tengo algunas reuniones, recorro las capillas de la misión y hago el seguimiento de los proyectos en fase de realización o voy preparando otros, muchos de ellos con Manos Unidas. A la una, como con la comunidad. A las dos de la tarde organizo el trabajo en el despacho de casa. A partir de las tres y media y hasta las ocho de la tarde vuelvo al despacho del colegio para poner al día la administración, atender a las personas, visitar a los enfermos, reunirme con las parejas que se preparan para el matrimonio, acompañar a los grupos parroquiales en sus encuentros semanales y a varias catequesis y… momento de oración personal. A las ocho y media, cena, encuentro y charla con los frailes, y entre las nueve y media y las diez, me retiro a mi habitación”. 49


país, al igual que por cualquiera de los feligreses que frecuentan sus iglesias y capillas. Pero si tuviera que elegir a alguien, se queda con la anciana Elizabeth Adwoa Poh. “Me impresiona muchísimo su fe sencilla y grande, que muestra el encuentro personal con Dios, Padre y Creador. Es todo un ejemplo para mí. A pesar de su avanzada edad, quiere recibir la Comunión siempre de rodillas y con profunda devoción. Cuando luego hablamos un poco, ella contesta siempre con la sonrisa en la boca y la alegría en sus ojos, por el amor que Dios tiene con ella. De verdad, sólo por esta anciana de gran fe merece la pena estar en este país”.

M.U./Casilda de Zulueta

Pero Martino es también un fraile agradecido por todas las ayudas que recibe para llevar adelante su misión y en las que siempre ha visto la mano de Dios. “El Señor me hizo conocer su Providencia. La toco con las manos siempre que una persona u organización me ayuda en la realización de un proyecto o en el momento de una necesidad urgente que se me presenta. Dios se sirve de personas que tienen un corazón grande y generoso. Quisiera mencionar a una de ellas, porque desde que vino a Ghana en 1998 se entregó en cuerpo y alma a la causa de nuestra misión franciscana de Sunyani. Su nombre es Ana San Martín y vive en Loza (Navarra). Los más de 50 proyectos que ha realizado hasta ahora en los últimos diez años llevan la presencia de su mano y la fuerza de su corazón”.

Después de casi dos décadas trabajando en la pastoral parroquial y educativa, Martino ha llegado a la siguiente conclusión: “Mi presencia en Ghana me ha hecho comprender que es muy necesario salir de las cuatro paredes que me encierran en mi mismo para probar la veracidad de la palabra de Dios que predico por medio de gestos, acciones, obras concretas y proyectos, como puede ser la visita a un enfermo, un pozo de agua, una escuela, una clínica, la ayuda a estudiantes pobres, etc. De esta manera, todas mis acciones se hacen oración diaria y viceversa, la oración se hace acción diaria que me acerca a Dios y a los demás y que me da la fuerza para vivir ¿Y el futuro? Qué importa cuando hay tanto presente por demis compromisos bautismales y los votos que hice en la Orden de los Frailes Menores Conventuales con alegría, y crecer en mi en- lante:“En Ghana me entrego a los demás renunciando por completo a mi tiempo y a mis intereses. Recibo de ellos el ejemplo de su fe trega cotidiana a los demás como sacerdote”. sencilla pero profunda, su alegría, su confianza en el Señor, su forma Martino tiene muy claro cuál es el motor de su vida: “Lo que gozosa y participada de celebrar la Eucaristía y su abandono en las me mueve es el amor desinteresado que tengo por los demás. El manos de Dios. Vivo tan intensamente el presente que no me da amor es como una rueda que me arrastra adentro y que no me tiempo para pensar en huidas o escapadas a otras tierras. De modeja salir sino que me aprieta cada día más triturándome hasta el mento intento vivir a tope mi compromiso diario donde estoy, con punto de que muero por los demás. Continuamente lo deseo y lo quien estoy y haciendo lo que estoy haciendo. Doy gracias a Dios repito, y por eso rezo, porque quiero vivir la vida con la máxima in- por estar en Ghana y por haberme contado entre sus siervos tratensidad, al 100 por 100, a tope y no a medias. La persona que me bajando en la porción de la viña que él mismo me confió. Día y empuja y llama a hacer esto es Jesús, que dio su vida por mí y por noche rezo para que pueda cumplir bien con la tarea que el Señor me ha asignado y para que le pueda amar y servir fielmente amando todos nosotros”. y sirviendo a los demás”.Y así es. Actualmente más de 9.000 alumnos estudian en alguna de las Luis E. Larra Lomas. escuelas de los franciscanos conventuales en Ghana. Por todos y Periodista, redactor jefe de Mundo Negro. cada uno de ellos Martino cree que merecería haber venido a este 50


Amparo Cuesta

Religiosa de las Hermanas Misioneras de Ntra. Sra. de África. Malawi.

M.U./Mª Eugenia Díaz

Los cuentos de una historia de Amor La vida de Amparo es una historia de Amor. Así como suena. Amor con mayúscula, porque no se trata de un amor ñoño, pegajoso o romántico. Su vida está animada por un amor adulto y comprometido: ¡el tipo de amor que complica la vida que da gusto! Y eso es lo que Amparo irradia: gusto por vivir una vida plena, llena de alegría, de esperanza en un mundo más justo, de fe en un Dios que nos quiere, y llena de amor por África y sus gentes. Esta historia de amor comenzó en Valencia en el año 1946, en una familia numerosa de la que Amparo Cuesta Villén es la segunda de cinco hermanos (tres chicos y dos chicas). Con espíritu fuerte y buena dosis de iniciativa personal encaró con naturalidad y eficiencia los retos que la vida le presentaba. La vida le condujo por caminos misteriosos a enamorarse locamente de Jesús. Amor que le enseñó a querer sin límites a los demás, sobre todo a quienes más lo necesitaban. El amor a Jesús le condujo también a formar parte de la familia religiosa de las Hermanas Misioneras de Nuestra Señora de África (conocidas como Hermanas Blancas) donde hizo sus votos perpetuos en 1977. Esta tradición espiritual, enraizada en el cardenal Lavigerie y la madre Salomé, se propone compartir plenamente la vida en comunidades internacionales e interculturales al servicio del pueblo africano para que también ellos tengan vida en plenitud. En ella, Amparo encontró el sentido de su vida y ha intentado vivirlo, agradecida a Dios, a sus hermanas de comunidad, y a los pueblos africanos con quienes ha compartido la casi totalidad de su vida: en Malawi desde 1973 a 2005 (excepto tres años de servicio a la Iglesia española), y en Argelia del 2008 al 2009. Y, como todas sus hermanas, aun fuera de África, Amparo lleva siempre a sus gentes en el corazón.

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tregó sin medida, ofreciendo todo, hasta su propia presencia, para que la gente del país pudiera crecer y hacerse responsable de su propio destino y desarrollo, en una palabra, de sus vidas. Amparo ha pasado por muchos hospitales. Su marcha nunca fue por cansancio u otros motivos sino para dar vida. Como a tantos obreros y obreras apostólicos, no le gusta que se la recuerde por el trabajo realizado, ni por sus dotes administrativas, sino como a una mujer que ha amado mucho, con todas sus fuerzas, aunque sin “paternalismos”. Pero eso es otro capítulo.

M.U./Mª Eugenia Díaz

En realidad, esta historia de Amor no puede contarse con palabras, ¡hay que vivirla! Sin embargo, podemos dar algunas pinceladas que ayuden a vislumbrar el corazón de la persona que hay detrás. Serán como capítulos sin continuidad cronológica, como relatos dentro de una historia que despiertan en el lector el deseo de conocer a Amparo, no solo a través de narraciones, sino en persona, cara a cara, como a ella le gusta tratar con la gente. Un capítulo de esta historia se parece un poco a un cuento de hadas, pero sin alas. Amparo, como muchos misioneros y misioneras, ha encontrado en su vida dificultades, aprietos y problemas varios, pero nunca encontró algo que no pudiera solucionar. Y eso debido no a que tuviera una varita mágica para transformar la realidad a su antojo, resolviendo sin esfuerzo y “a las primeras” los problemas. Ella lo explica con sencillez diciendo: “El Señor estuvo siempre presente”. No pensemos que Amparo descarga su responsabilidad pasando ‘la patata caliente’ a ese Señor que “siempre está presente”. ¡Nada de eso! Amparo tiene una fe realista, con los pies por tierra y no deja nada al azar. Su capacidad de previsión, su ingenio intuitivo para concebir soluciones y su deseo insaciable de trabajo, han hecho de ella una excelente administradora de hospitales en Malawi. Pero eso es otro capítulo. Durante su permanencia en África ha ejercido de enfermera especializada en medicina tropical, encargada de la dirección de hospitales de la misión. Este capítulo de hospitales en Malawi se parece a una novela de aventuras donde cada día sucede algo nuevo, inesperado, a menudo en situaciones límites, pero, como en toda buena novela, la protagonista siempre sale bien y triunfa, y, como se debe, no se jacta de lo conseguido, sino simplemente de haber realizado su trabajo y de haberlo hecho bien. Su primer hospital fue el de Nkhamenya (Malawi) donde trabajó cinco años hasta equiparlo y dejarlo preparado para una administración plenamente africana. A partir de esta primera experiencia, se dedicó a preparar hospitales de modo que los propios africanos pudieran administrarlos con éxito. ¡En este aspecto, su misión era: desaparecer! Como las heroínas de las novelas, -en este caso, una persona real, de carne y hueso-, Amparo se en-

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El capítulo de su lucha contra el sida se parece a la historia de los antiguos profetas. De hecho, su buen amigo, Sabino Goicolea, ocd, dice que: “Amparo encarna a la ‘mujer fuerte’ del libro de los Proverbios”. La llegada del sida, a finales de los 70 y principios de los 80, fue un gran reto personal. Orientó todos sus esfuerzos hacia la medicina preventiva en las parroquias, los hospitales y centros sociales, tanto cristianos como no cristianos. En sus esfuerzos no había nada de paternalismo, al contrario, quería que la gente conociera el peligro real del sida para que ellas mismas, especialmente las mujeres, pudieran controlar sus vidas y tuviesen la libertad de poner los medios de protegerse a sí mismas y a sus familias. Desde 1997 a 2003 participó activamente en la coordinación del Programa de Atención al Enfermo de Sida; un proyecto de vanguardia en el campo de la salud pública, dirigiendo el trabajo de más de 500 voluntarios. Una labor de ese género solo puede conseguirse con mucho cariño y amistad. De hecho, lo importante no es tanto el trabajo en sí sino la relación con la gente. En Argel, por ejemplo, su actividad ya no es hospitalaria sino cultural, al servicio de los estudiantes argelinos. Pero el tema de la amistad es otro capítulo. El capítulo de sus relaciones personales puede compararse a una de esas fábulas africanas donde animales diferentes consiguen establecer una profunda amistad entre ellos. Esas fábulas van acompañadas de una moraleja que indica algo importante sobre los humanos. El mundo de la amistad es muy complejo, sin embargo, a pesar de las dificultades propias a la disparidad de mundos en los que cada uno vivía, Amparo estableció tres profundas relaciones de amistad que le ayudaron, no sólo a aprender la lengua ‘chichewa’, la cultura, y las costumbres locales sino, como ella misma dice: “Aprendí sabiduría, gané experiencia y viví solidaridad”. Sus grandes amigos son: Anyankata, una trabajadora del hospital en el servicio de desinfección; Lucrecia, una religiosa africana y Chiwa, un profesor protestante, padre de ocho hijos. Ellos confiaron en ella, y ella también se fió de ellos. Sin estas amistades, Amparo no hubiera podido hacer nunca lo que hizo, ni llegar a ser lo que es. ¿Moraleja del cuento? Podemos fácilmente adivinarla por el camino recorrido pero, en toda fábula, la moraleja solo viene al final de la historia… y a Amparo aún le quedan años por delante antes de culminar esta fábula de su vida. …Y muchos años más, antes de finalizar los cuentos de su historia… de Amor. José Julio Martín-Sacristán. Periodista, padre blanco, director de la Fundación Sur y CIDAF.


Manuel DĂ­az GĂĄrriz Misionero jesuita en Gujerat Norte. India. 53


Y sigue en su evocación navideña: “Es para dar gracias al Señor… Hoy hay comunidades cristianas en unas 100 aldeas con varios miles de bautizados. Somos en total nueve centros misioneEl árbol del mango ros nacidos directamente de aquella humilde semilla de Mokhasan. no crece de repente Cada uno de estos centros misioneros (Kalol, Sanand, Unteshwari, Mehsana, Disa, Patan, Radhampur, Kheralu y finalmente Mandali) Kalol, la Virgen de los Camellos, Gujerat, el oeste de la India, cuenta con escuela primaria, colegio de secundaria, internados de un grano de sal que condimenta un lago, una gota de agua que quita niños y niñas, dispensario médico móvil, centro de desarrollo sociola sed… Nacido en Estella en 1932, a Manuel Díaz Gárriz le faltó económico con proyectos como banco de semillas, el famoso ‘protiempo después de hacer el noviciado para marcharse a la India, yecto búfala’ para la producción de leche, cursillos de costura y siguiendo los pasos de san Francisco Javier. Se quedó 60 años. Y bordados para niñas y mujeres, campañas de alfabetización”. allí sigue. Licenciado en Filosofía y Teología por la universidad india Si no se ha tenido la suerte de conocer en persona al padre de Pune, también se graduó en Historia y Culturas indias en la universidad de Bombay. Ha sido el primer misionero cristiano en los te- Manuel (yo sólo le he visto una vez, pero estoy seguro de que no rritorios de Gujerat Norte, sobre todo entre las castas de los será la última, y desde entonces nos escribimos gracias a la red de camelleros y de los guerreros. Al mismo tiempo que su labor pas- redes), nada como su libro Misionero hoy, publicado por Ediciones toral y de mejora radical de las condiciones de vida de los más humil- Mensajero. El título puede ser poco persuasivo para descreídos des, el jesuita Díaz Gárriz ha simultaneado esa existencia entregada en como yo, pero no sé cómo no se ha convertido en un best seller. cuerpo y alma a los demás con la enseñanza de historia del cris- Es una llave inglesa para descifrar algunos enigmas históricos, relitianismo en la Facultad de Teología del Seminario de Gujerat. El mi- giosos, políticos y sociales de la India. Es un relato en primera perlagro de los panes y los peces se ha sustanciado en esa remota sona, pero sin asomo de vanidad, de lo que los hombres pueden región de la India gracias a figuras como el padre Manuel, jesuitas hacer cuando les mueve la compasión, la fe y el amor al prójimo. foráneos e indios, los propios beneficiarios y organizaciones católi- Está poblado de historias verdaderas capaces de mantener en vela cas internacionales, como la española Campaña contra el Hambre a un niño y a un anciano.Y el humor que destila buena parte de sus páginas, escritas en un español de factura impecable, lo convierte (Manos Unidas) o la estadounidense Catholic Relief Services. en un formidable compañero de viaje. Lo contaba el propio padre Díaz Gárriz en una carta que Ya en los primeros compases, como un mago al que no le envió a sus amigos en la Navidad del año pasado: “Es para dar gracias al Señor… Esta misión de Gujerat Norte comenzó humilde- gusta engañar al público, el padre Díaz Gárriz se sirve de un hermente hace 45 años en una buhardilla para peregrinos de la religión mano jesuita, el padre Ignacio Echániz, para mostrar sus cartas. hindú en la aldea de Mokhasan. Allí las autoridades del templo hindú Es la clave de bóveda de su forma de ser y de evangelizar, y sus lo-secta Swaminarayan- me permitieron permanecer dos años... No gros saltan a la vida (para quien lea sus palabras, para quien se anime tuve residencia fija, ni comida fija, ni compañeros jesuitas… ‘Mi pa- a visitarlo en Gujerat): “Un elemento fundamental en el método de rroquia’ de Gujerat Norte tenía entonces 40.000 kilómetros y seis su evangelización es no occidentalizarlos, sino mantenerlos dentro de millones de habitantes. Esta región, inmensa llanura de origen de la estructura de la sociedad hindú. (…) No cambiar sus costumbres aluvión, cuenta con 2.200 pueblos y media docena de ciudades (Kalol, y adoptar las formas de expresión religiosa a que están acostumMehsana…). Hace 45 años me encontraba yo como pez fuera del brados son los corolarios naturales del principio básico expuesto. agua. Entre esos seis millones de habitantes no había ni un solo cris- El padre Díaz Gárriz lo respeta escrupulosamente y lo extiende tiano… ¿Qué hago yo para dar testimonio válido del Evangelio? Es tanto a sus métodos de apostolado como a su vida personal. Lo úlla pregunta que le hice a mi provincial jesuita cuando me enco- timo lo demuestra el detalle de que se abstiene de carne, pescado mendó la ‘misión’ de Gujerat Norte… Su respuesta: “Haz lo que y huevos, según las reglas del vegetarianismo estricto prevalente en quieras… lo que inspire el Señor… lo que se te vaya ocurriendo”. esta región”. Y junto a ello, una revolución en marcha, que cuida 54


M.U./Mª Eugenia Díaz

En un mar de creencias en el que sin embargo predomina de como un bosque de mangos: la educación de la mujer, pues no en vano “tras muchos años trabajando con los más necesitados, uno forma aplastante el hinduismo, ¿la dificultad es un estímulo? “Esta ve que el único camino que puede llevar a la transformación eco- es la pregunta fundamental. Necesito escribir un libro entero para contestarla. Como usted no me da el tiempo para escribir ese libro, nómica y social de grupos humanos es la educación…”. reduzco al mínimo. Dentro del llamado hinduismo hay centenares Antes de dejarle retornar a su querida India, le hice por de maneras distintas de entender y vivir sus creencias: metafísica correo electrónico una serie de preguntas, que acaso sirvan para pura (Shankara), devoción rayana en experiencias místicas (el Bhakti popular de Kabir, Tukaram…). Pero hablando de religión en sentido completar el rico perfil íntimo de este jesuita incansable. europeo, lo que predomina de hecho es el brahmanismo puro y Hacer y rezar, cambiar las condiciones de vida de los más po- duro cristalizado en el Manusmruti, aceptando y proclamando la subres y enseñar la palabra de Dios con el ejemplo de Jesucristo. ¿En perioridad de las tres castas superiores (Brahman, Kshatryia y Vaisqué medida esas dos tareas están indisolublemente entrelazadas? hya), una superioridad basada en el hecho genético de tu nacimiento ¿No concibe una entrega al ser humano sin una trascendencia di- en esta o en la otra casta. El Evangelio de Jesucristo proclama la vina? ¿Es posible una entrega sin referencia a una trascendencia di- igualdad esencial de todos los hombres. La práctica de muchos crisvina…? “Es una suposición… Al no ser mi caso, tengo que hacer un tianos será escandalosa, pero el Evangelio es transparente… y maravilloso. El que tenga oídos para oír, que oiga.Y algunos oyen: José ejercicio mental”. Vaz, el santo católico goano del siglo XVII, Narayan Vaman Tilak, ¿No le han asaltado, como al parecer a la madre Teresa, el eximio poeta marathi y santo protestante del siglo XIX...”. dudas terribles sobre la existencia de Dios? “Sobre la existencia de “Estoy convencido de que la inculturación, es decir, la encarDios nunca he tenido dificultad. El ‘homo europeus’, descendiente de Grecia y de Roma, ha sido siempre fundamentalmente raciona- nación, es el único camino. El Verbo se hizo Carne… Todo va por lista… El racionalismo es válido hasta cierto punto… Algunos euro- ahí. El Evangelio no puede trasplantarse. El evangelista echa la sipeos supieron superarlo: Francisco de Asís, Juan de la Cruz, miente. Esa simiente nacerá. Es un proceso natural y lento, muy Pascal, Gerald M. Hopkins… El oriental -concretamente el indio, lento. En nuestra lengua gujarati, hablada hoy por 50 millones de sea de cultura védica, popular Bhakti, musulmán, cristiano, jainista, personas, lengua en la que Mahatma Gandhi escribió sus obras parsi, animista…- vive inmerso en la experiencia de la presencia de originales, tenemos un refrán que reza: ‘Ambo utavale na Pake…’. Dios… En esto, yo, ciertamente, soy indio. No en vano llevo casi 60 El árbol del mango no crece de repente…”. años viviendo en contacto con el pueblo y la cultura india”. Alfonso Armada. Periodista de ABC, XL Semanal y www.fronterad.es

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Alberto Eisman

Comboniano, director de Radio Wa. Uganda. 56


Misionero de otra forma Basta un minuto de conversación relajada con Alberto para darse cuenta de que el hombre es más andaluz que una aceituna, por eso sorprende que su apellido -Eisman- tenga orígenes germánicos. La culpa de este contraste la tiene el emperador Carlos III, quien hace casi tres siglos, llevado de su afán de modernizar España, tuvo la ocurrencia de poblar algunas zonas de Jaén con colonos procedentes de Alemania, alguno de los cuales seguramente es antepasado de este jienense bien dotado para las lenguas. Cuando le visité en Innsbruck allá por 1994, recién terminados sus estudios de Teología, alguno de sus compañeros me contaba que hablaba tan bien la lengua de Göethe que mucha gente que le oía -asumiendo que el chico era alemán o tal vez austríaco- le preguntaba: “Lo que no entiendo es por qué te llamas Alberto, y no Albert”. La anécdota dice mucho de él. Metódico, crítico y con una enorme capacidad de trabajo, Alberto Eisman es un políglota que primero se batió a brazo partido con el alemán durante sus años de teologado con los misioneros combonianos, tras ser ordenado sacerdote aprendió el inglés y a continuación pasó dos años en El Cairo adentrándose en el laberíntico árabe clásico antes de aterrizar en Sudán, país al que fue destinado. En Jartum pasó seis meses ajustando su árabe a la modalidad dialectal de este país antes de aterrizar en su primer destino misionero: la parroquia de Nzara, en el suroeste de Sudán, en tierra de los ‘zande’.Y como suele ocurrir con tantos combonianos, sin darse cuenta aprendió el italiano, fruto de la convivencia con muchos compañeros de la orden fundada por Daniel Comboni.Y espero que algún día me explique cuándo demonios tuvo tiempo para aprender el francés, que chapurrea más bien que mal. Pero si Alberto es un gigante, lo es más de la solidaridad que de los estudios lingüísticos, que también. Cuando llegó a Nzara, allá por 1998, el lugar era uno de los muchos del Sur de Sudán que vivía los sobresaltos de la guerra que, de 1983 a 2005, se cobró cerca de tres millones de vidas y convirtió esta región en uno de los lugares más míseros del mundo. Nzara estaba controlado por los rebeldes sudistas del SPLA (Ejército de Liberación del Pueblo de Sudán, en sus siglas en inglés), los cuales durante aquellos años cambiaban de un día para otro por lo que se refería a su actitud frente a la Iglesia católica, y al mismo tiempo que reconocían sus esfuerzos por ayudar a la población su presencia no dejaba de ser incómoda, al convertirse el personal misionero en testigo de las tropelías de los insurgentes. Apenas llevaba Alberto un año en esta zona cuando, tras muchos meses de tensiones, los misioneros se vieron forzados a abandonar el lugar. 57


suele descolocar a quien la vive y a menudo hace que uno se vuelva a plantear casi todo en la vida y realizar cambios que pueden sonar a radicales. Alberto decidió por aquellos años pedir ausencia de la comunidad comboniana, sin ejercer el ministerio, aunque como suele decir él con humildad: “Sigo siendo misionero de otra forma”. Lo que no quiso cambiar en ningún momento fue su opción de seguir viviendo y trabajando en África. Durante cuatro años fue representante de Intermón-Oxfam para Sudán del Sur, y durante ese tiempo consiguió transformar una pequeña oficina en la que sólo trabajaba él en un sólido equipo de más de diez personas que llevaron a cabo con competencia proyectos de agua, sanidad y desarrollo rural en algunas de las zonas más abandonadas del Sudán meridional, durante los años críticos de la transición de la guerra a la paz, tras la firma El nuevo destino de Alberto fue Raya, una localidad situada al del acuerdo que puso fin al largo conflicto en 2005. sur de Darfur, en lo que por aquellos años era la volátil línea del Desde 2009, Alberto ha cambiado de destino y actualmente frente donde se vivía la guerra más a flor de piel. Al poco tiempo de llegar él, la ciudad cayó en manos del SPLA, para volver a los dirige Radio Wa, una emisora local de la Iglesia que transmite desde pocos meses a manos de las fuerzas de Jartum. La presencia de los la ciudad ugandesa de Lira y que es seguida con interés en una ammisioneros, que decidieron quedarse al lado de la gente, fue un plia zona del Norte de Uganda, llegando incluso a partes de Sudán signo de esperanza para muchos miles de inocentes que sufrieron meridional. La estación fue destruida en 2003 por los fanáticos relos abusos de ambas partes. La factura que Alberto tuvo que pagar beldes del Ejército de Resistencia del Señor (LRA, en inglés) y desde por aquel gesto de solidaridad se la pasó pocos meses después un entonces su personal trabaja en un minúsculo local donde, a pesar huésped poco grato llamado ‘estrés post-traumático’, que es un pe- de las limitaciones de medios, la radio ejerce una enorme influencia queño infierno en la tierra al que están condenados millones de positiva en la población que busca rehacer su vida después de museres humanos que viven en zonas de conflicto, y por el que a me- chos años de conflicto. nudo pasan, de forma silenciosa, misioneros y cooperantes que han Haciendo gala de sus dotes de factótum, Alberto ejerce de mostrado que una de las formas más grandes de vivir el verdadero amor a los demás es cargar con esta cruz invisible, pero no por ello periodista, gestor, buscador de fondos, director de equipo y admimenos pesada y que se clava a la propia carne durante años. Aún nistrador. Pero lo que más sorprende es que aún le quede tiempo recuerdo la descripción detallada y estremecedora que Alberto, du- para publicar regularmente su blog (en Religión Digital y El Periórante una visita que me hizo a Uganda por aquellos años, me hacía dico de Catalunya), tocar el piano, leer incansablemente, dar confedel escalofrío que se siente cuando se escucha el silbido de las bom- rencias cuando viene a España -donde sospecho que no descansa bas a punto de estallar dejadas caer desde los bombardeos ‘Anto- mucho- e incluso escribir algún libro que este impaciente e impronov’, mientras uno se esconde donde puede sin saber si después visado cronista suyo quisiera empezar a leer mañana mismo. Ser solidario es un título, pero serlo cuando además se ha hecho un esde la explosión uno seguirá con todos los miembros en su sitio. fuerzo para vencer la propia vulnerabilidad, y cuando se es tan capaz, Pocos años después, Alberto pasó una buena temporada en generoso y con sentido del humor es un regalo para quienes viven Nairobi recibiendo terapia para superar este estrés. Si los sudaneses con una persona como Alberto Eisman. del sur están traumatizados porque no han podido vivir en otro lugar, un misionero como Alberto pasó por las profundidades osJosé Carlos Rodríguez. curas del trauma porque eligió vivir con las víctimas de uno de los Periodista, colaborador en varios medios. conflictos más olvidados de nuestro tiempo. Una experiencia tal 58


Mª Victoria Espejo

Hermana de las Esclavas del Divino Corazón. Angola. La alegría de dar sin esperar “Soy Victoria Espejo Ruiz. Soy de Montilla (Córdoba) y nací el 5 de junio de 1967. Crecí en una familia cristiana. Soy la mayor de cuatro hermanos. Entré en la congregación de las Esclavas del Divino Corazón. Hice mi formación en Málaga y Sevilla. Estudié Química, trabajé dos años en un colegio de Huelva y desde diciembre de 1996 estoy destinada en Angola”. Tras esta breve presentación, a vuelta de correo electrónico, comienzo a descubrir una vida y muchas historias... “Servir es reinar” es el lema de la congregación de las Esclavas del Divino Corazón que fundaran el cardenal Spínola y Celia Méndez a finales del siglo XIX para la educación de niñas y jóvenes. En Montilla,

cuna del santo evangelizador Francisco Solano, regentan desde hace más de medio siglo el colegio de la Asunción, un antiguo palacete, donación del conde de la Cortina, por cuyos patios correteaba en los años 70 del pasado siglo la pequeña Victoria ajena a la semilla misionera que anidaba en su corazón y que daría fruto en los años venideros. Tras el BUP ingresó en esta congregación y, gustadora de las ciencias, decidió estudiar Químicas para dedicarse después a la docencia en los colegios de la orden hasta que el año 1996 marcó un antes y un después en su vida. Las Esclavas habían decidido trabajar en una nueva misión en Angola y vio claro que allí estaba su lugar. No sabía cómo contárselo a sus padres pero uno de sus hermanos le echó un cable definitivo: “Niña, tú no te preocupes que este toro es de los cuatro”. Desde entonces la familia ha sido la primera animadora de su labor misionera. 59


Llegó a tierras angoleñas, a la capital, Luanda, en plena guerra, que se prolongó durante 27 años, y vivió los primeros años entre la inseguridad y el miedo, mucho miedo… con todo tipo de carencias, pero con el corazón agradecido por la acogida de la gente. Confiesa que sintió auténtica impotencia en su tarea educativa y sanitaria, y que su misión allí es muy simple: “Igual que hacemos en cualquier lugar, anunciar el amor de Cristo”. Estaba sobre todo convencida de que “lo más importante es el trato con las personas; que cuando se relacionen con nosotras se sientan bien tratadas y dignificadas, que se den cuenta que son importantes”. Así pasaron uno, dos… hasta 11 años, y de la nada, poco a poco, en un trabajo tenaz y callado, surgieron un colegio y un centro sanitario, que han visto y ven pasar cada día a miles de personas agradecidas que se han llevado de allí, sobre todo, buenos recuerdos. Después de marcar varias veces sin respuesta el largo número de un teléfono móvil y esperar en el silencio, por fin y con un fondo de algarabía, la voz de Victoria suena dulce y alegre desde Luena, la capital de la región de Moxico, una ciudad del interior de Angola desde donde relata que su vida es sencilla, normal, pero, sobre todo, gratificante. Aunque parece que fue ayer, hace ya tres años que está allí, en la provincia más aislada y subdesarrollada del país, especialmente afectada por la guerra y todavía minada, sin ningún tipo de servicios sanitarios y educativos, adonde llegan continuamente refugiados de los vecinos países, sobre todo de Zambia y Congo. En este nuevo destino, después de Luanda, el trabajo ya no le sorprende. Aquello es volver a empezar de nuevo a luchar a brazo partido, donde la pobreza es extrema, donde la gente vive en casas de adobe cubiertas por una hojalata, que las lluvias destruyen y que se levantan de nuevo en el tiempo seco, donde no hay más agua que la del río o la del cielo, ni más luz que la de la luna… Es una vida difícil -nos confiesa Victoria- en un país con corrupción, con deficientes comunicaciones, ya que las carreteras quedaron dañadas o destruidas en la guerra, con una gran carestía de la vida, con problemas de alcohol y de agresividad, con muchas familias rotas y muchos hijos sin padres reconocidos y otros sin escolarizar, o ni siquiera registrados, con problemas de nutrición… Pero sus palabras suenan de manera diferente, cambian de tono, cuando relata cómo acuden a la escuela los niños de la zona, muchos de ellos con el estómago semivacío: “Es muy bonito ver cómo ellos traen la leña para el fuego y poder merendar”. Mientras, a otros, semi abandonados por sus familias, las religiosas les asean, les dan de comer y, sobre todo, les dan cariño. 60

Los proyectos de educación y sanidad en los que trabajan cuentan con la colaboración de distintas instituciones pero siempre, nos dice, “por muy pobre que sea la gente, le pedimos un poquito de colaboración, lo que puedan dar, porque es una forma de que se dignifiquen y valoren lo que reciben”. Frente a la extendida corrupción, las cuatro religiosas de la comunidad -tres españolas y una brasileña- trabajan educando en valores como la honradez, pero tienen que realizar antes en su centro educativo una labor prioritaria, la de formar al profesorado que envía el Gobierno con una muy deficiente preparación. Ese es uno de sus grandes desafíos: formar una cantera de profesores para salir adelante en el futuro. Como anécdota, Victoria nos cuenta el caso de un profesor de cuarta clase de Matemáticas que preguntó: “Hermana, entonces, ¿los números pares son los números decimales?”. Al principio, reconoce, “una se siente impotente porque quiere pero no puede resolver todo lo que ve allí; después va aceptando que los grandes objetivos son inalcanzables y por fin va descubriendo el valor que tiene atender las cosas pequeñas, sea una familia o un grupo de niños, porque ante tanta necesidad lo poco es mucho”. Por eso, cuando Victoria viaja a España y vuelve de nuevo a Angola piensa en la necesidad de cambiar el sistema de referencias porque “viviendo allí con los parámetros de aquí te da una úlcera de ver el nivel de vida y si vives aquí con el sistema de allí te da otra úlcera viendo lo que aquí falta”. La oración, el trabajo en la casa de salud y la escuela llenan las horas de cada día donde los imprevistos -desde el traslado de un enfermo a un hospital hasta el seguimiento de las obras de ampliación de la escuela con los albañiles- se convierten en la norma de vida. Y no es que alguna vez -nos confiesa- no haya momentos difíciles en los que surge el desánimo, las ganas de abandonar, pero la fe en Dios y el cariño de la gente ayudan a salir adelante. En esos momentos y en el balance positivo de cada día pesan más la satisfacción por la acogida y el sentido de la vida de aquella gente, la alegría de los niños, el saber que su trabajo contribuye a construir un mundo mejor, el aprender a relativizar muchas cosas que son importantes, lo que es la gratuidad… y es que al final “una siempre recibe mucho más de lo que da”.

Faustino Catalina. Periodista, Cadena COPE.


M.U./MÂŞ Eugenia DĂ­az

Stanislaus Fernandes Jesuita, arzobispo de Gandinaghar. India. 61


Una fotografía de la magnanimidad Soy aficionado a la fotografía. Un amateur, simplemente. Me gusta contemplar situaciones, personas, objetos, paisajes, como si tuviera una cámara en la mano y darle al click de la máquina para tomar una instantánea de ese momento. Una fotografía no define de forma absoluta ninguna realidad, pero sirve para aproximarse, conocer y -si la toma es muy buena- congeniar -coger cariño- con lo fotografiado. En esta ocasión, he querido fotografiar algo muy grande: la magnanimidad de algunas personas, que hacen por los demás -por Dios, en primer lugar- actos enormes, muy enormes. No les saco a ellos: he fotografiado lo que hacen. Ellos son muchos, pues se trata de unas ‘Manos Unidas’ a otras que, juntas, hacen eso: algo grande en la India. En esta ocasión se trata de educar a niñas y mujeres, construir sistemas de transporte y viviendas, capacitación de mujeres en áreas rurales…, en la región de la India llamada Gujerat. Allí trabaja el arzobispo de Gandinaghar, monseñor Stanislaus Fernandes, sin el cual, de lo dicho hasta ahora, nada de nada. ¿Y cómo se fotografía esto? Se necesita una buena cámara, enfocar y hacer zoom.

más rápido crecimiento, tiene altos niveles de pobreza, analfabetismo, pandemias y malnutrición. Está considerado un subcontinente por ser una sociedad pluralista, multilingüe y multiétnica, y albergar una flora y fauna diversa en diferentes hábitats protegidos. El segundo zoom nos muestra el Estado de Gujerat. Está al oeste de la India. Es el segundo estado más industrializado del país y se ha convertido en una de las zonas de mayor crecimiento económico. El idioma oficial es el gujarati (hablado por 46 millones de personas). La superficie total son 196.024 km² (España son 504.645 km²) y está habitado por más de 52 millones de habitantes. Se divide en 25 distritos como Ahmedabad (la ciudad más poblada), Dahod, Gandhinagar, Jamnagar, Junagadh, Kheda, Kutch, Mehsana, Narmada, Panchmahal, Patan, Porbandar -donde nació Mahatma Gandhi-, Rajkot, Surat, Surendranagar. El clima es seco, e incluso desértico. Portugal fue la primera potencia europea en llegar a Gujerat, y después la Compañía Británica de las Indias Orientales. En los siglos XIX y XX fue gobernado por jefes locales bajo control británico. En 1960, Gujerat se convirtió en un estado de la India. En 2001, un terremoto dejó más de 20.000 muertos, otros 200.000 heridos y más de 40 millones de afectados.

El primer zoom nos muestra la India, un país habitado por más de 1.200 millones de personas. Ocupa el séptimo lugar entre los países más grandes del planeta. En la India se originaron cuatro religiones ancestrales: el hinduismo, el budismo, el jainismo y el sijismo. Otras religiones como el judaísmo, el cristianismo y el islam tienen una antigüedad menor (menos de 2.000 años). En el siglo Desde 1949, la Compañía de Jesús trabaja en este Estado. DeXVIII, la Compañía Británica de las Indias Orientales la anexionó y un siglo después fue colonizada por el Reino Unido. En 1947 se in- cenas de miles de personas han recibido una educación que hasta dependizó. La India es una república (democracia parlamentaria) entonces estaba reservada a determinadas castas. Los proyectos compuesta por 28 estados. A pesar de ser una de las economías de productivos han frenado la emigración de los más pobres hacia las 62


M.U./Mª Eugenia Díaz

ciudades; la instalación de pozos y bombas ha transformado la agri- ahora. En ella se puede ver un internado de dos plantas con capacultura; las cooperativas lecheras se han convertido en la esperanza cidad para 200 niñas, que de otra manera no podrían asistir a la escuela primaria, ya que las escuelas públicas están desprestigiadas. de cientos de comunidades hasta entonces marginadas. En dicho internado, hay un salón comunitario donde se imparte El tercer zoom nos muestra una ciudad y un obispo. La capital educación no formal a las jóvenes que han abandonado muy pronto de Gujerat es Gandinaghar que tiene una población de más de 10 la escuela: cómo prevenir la malnutrición, nociones de limpieza, himillones de personas. El 2% de sus habitantes son católicos. Gandhi- giene y medicina preventiva, la forma de relacionarse con otras pernagar fue establecido como sede arzobispal en el año 2002. Su te- sonas, el modo de compartir, etc. Todo esto es para que las niñas rritorio comprende los distritos de Gandhinagar, Mehsana, Patan, tribales no queden aisladas del proceso de integración de la mujer Banaskantha y Sabarkantha. Es una Iglesia joven en la cual la mayoría en la sociedad india. de los fieles son católicos de segunda generación. La archidiócesis Como es lógico, este proyecto todavía no ha terminado. Su ha puesto en marcha nuevas misiones en los distritos de Mehsana y Banaskantha. El pastor de esta diócesis desde 2002 es monseñor coste es elevado: 89.568 dólares.Y su objetivo es conseguir la eduStanislaus Fernandes s.j. (1939), que fue ordenado sacerdote en cación para las niñas de Palanpur y pueblos vecinos, pertenecientes 1968 y obispo en 1990. Actualmente es el secretario de la Confe- todos a la región de Danta, en Gujerat, y junto al desierto del Kutch, lo que los convierte en una zona semiárida. rencia Episcopal de la India. El cuarto zoom nos muestra la región de Palanpur, que está en el Estado de Gujerat, pero en el límite norte. Es una zona semiárida, cercana a un desierto, una comarca de gran pobreza. Los habitantes de esta zona pertenecen en su mayoría al grupo tribal ‘gerasia’. Su verdadera riqueza es la natalidad: tienen muchos hijos. Pero pasan verdadera necesidad a pesar de trabajar muy duro. En un país como la India, la educación es el detonante de un proceso que asegura un país más justo. De ahí la importancia de que haya muchos proyectos de educación en la zona, como los que han hecho los jesuitas desde hace más de 60 años.

Convertir todo esto en una realidad no es fácil. Hay algunos elementos imprescindibles, y dentro de éstos, dos: aquel que ve la necesidad y carga sobre sus hombros llevarlo a cabo, en este caso, monseñor Stanislaus Fernandes. Y aquellos a quienes el primero solicita su ayuda, en este caso, Manos Unidas. Resulta que estos últimos, llevan 50 años sacando proyectos como este adelante. Y el primero, desde que se ordenó sacerdote, o sea más de 40 años. Enhorabuena.

Termino. Si un fotógrafo amateur ha intentado fotografiar la magnanimidad humana y ha salido lo que ha salido, ¿qué no hará Hasta ahora nadie ha inventado la cámara que pueda fotogra- uno profesional? Porque les aseguro que material, hay. fiar una realidad del futuro. Pero valiéndome de este género que Darío Chimeno. acabo de inventar, en el que hago fotos escribiendo, voy a ‘tirar’ una Director de Mundo Cristiano

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Ignacio Galdos Jesuita. India. 64


Siempre con y a favor de los ‘adivasis’ El padre Ignacio Galdos Zuazua diríamos que es el prototipo de un misionero de cuerpo entero. Nació en Arizabaleta en el seno de una de aquellas familias vascas que consideraban una bendición poder entregar un hijo a la Iglesia. En el caso de la familia Galdos fueron tres: Lorenzo, que murió hace dos años en San Sebastián y los gemelos Pedro e Ignacio, los tres entregados a la Compañía de Jesús. Después del período del noviciado en Loyola, los gemelos fueron destinados Pedro a Venezuela e Ignacio a la India, demasiada distancia para dos hermanos acostumbrados a compartirlo todo. Ignacio -Iñaki- llegó a la India en 1951 con 20 años, casi un niño, a esa edad en la que nuestros jóvenes piensan -digamos que principalmente piensan- en disfrutar de la vida, labrarse un futuro, cuando no en el botellón, quemar adrenalina… Cuando el padre Galdos optó voluntariamente por la India lo hacía consciente de que aquel era un viaje sin retorno; lo de las vacaciones para los misioneros tardó años en llegar. Bombay (Andheri), Darjeeling, Kodaikanal, fueron los años y las diversas etapas de su formación en la India, que incluían el aprendizaje del idioma local. Por fin, en 1964, abrió la misión de Zankwav, en el estado de Gujerat. Conocí al padre Galdos cuando los dos éramos jóvenes, es decir hace bastantes años y desde entonces no hemos perdido el contacto a través de los proyectos de Manos Unidas, con la que comenzó a tener relación en 1964, y también en visitas a proyectos en la India. En una ocasión escribió en un documento: “Cuando los elefantes en la India tomaban parte en las guerras o deambulaban pacíficamente en sus praderas verdes, siempre aplastaban y destruían la hierba. Las minorías étnicas, religiosas y lingüísticas son la hierba. Son los pueblos indígenas de todo el mundo los que son aplastados cruelmente por las mayorías”. Quizás haya sido esta reflexión de la hierba aplastada la que le haya impulsado a trabajar siempre con y a favor de los ‘adivasis’, los aborígenes de la India. Ha sido su gran inquietud que no se perdiera su cultura y costumbres ancestrales. En todo momento todas sus construcciones se han adaptado al estilo de las tribus con las que convivía, siendo el más firme defensor de la personalidad y las particularidades de esos pueblos. Para que los ‘adivasis’ pudieran mejorar sus condiciones de vida era preciso educarles y darles los medios adecuados para poder ganarse la vida, sin olvidar la salud,

menoscabada por las supersticiones y los curanderos. Por ello, sus proyectos y la sana ambición de que los ‘adivasis’ tuvieran tierra propia, le llevaron a comprar tierras en Umarpada y Datwara, lugares para poder establecer las infraestructuras que permitieran las construcciones necesarias para establecerse y salir adelante; después hizo lo mismo en Unai, donde ha permanecido 22 años. En Unai, además de crear una comunidad en la que unas veces con ayuda de Manos Unidas, otras con aportaciones varias, que siempre ha buscado y conseguido, logró levantar magníficos colegios, y con el apoyo de alguna otra comunidad religiosa ha visto pasar generaciones de niños aborígenes, que han demostrado tener una enorme inteligencia, hecho que se les había negado y así poder mantenerlos en la ignorancia. A lo largo de los años, en Unai, adquirió un gran conocimiento de la vida, las costumbres, la cultura de estos aborígenes, llegando al convencimiento de que debía hacer algo para que ésta no se perdiera. Reunió diversos objetos valiosísimos de gran antigüedad, procedentes de la rica mitología ‘adivasi’: instrumentos musicales, aperos agrícolas y domésticos, máscaras -recuerdo perfectamente unas grandes que representan el sol y la luna-, y todo pasó a formar parte de un pequeño museo, creado con enorme amor y entusiasmo. Allí construyó también una Iglesia dedicada al Himno de la Creación, esculpida toda ella por artesanos locales en madera de teca, una simbiosis de sus creencias y representaciones del Antiguo Testamento, donde la liturgia -sin variar en sus principios- adopta gestos y maneras que a la gente local le resulta cercana y comprensible. Pero su inquietud misionera le pedía aún más. En lo profundo de la jungla, desde Unai visitaba los pequeños asentamientos que había diseminados aquí y allá. Él mismo lo describe: “En mayo de 1985, iba caminando de pueblo en pueblo, a 39 grados a la sombra, masticando polvo y convenciendo a padres para que sus niños y niñas fueran a la escuela que acababa de abrir de Bardipada. Con gran esfuerzo reuní en la escuela a 27 niños y tan sólo a dos niñas. Sabía que era cuestión de tiempo y de paciencia. Hoy en la escuela de Bardipada hay 409 chicos y 415 chicas, ¡seis chicas más! Un milagro”. Y a Bardipada se fue para quedarse en 2001. Lo que era un enclave en plena jungla se ha convertido en un lugar donde la gente puede encontrar respuestas a todas sus necesidades y donde no dudamos que en pocos años, dada la tenacidad y la actividad de este gran jesuita vasco, el lugar pasará a ser un punto de referencia en la zona. Deseo al padre Galdos muchos éxitos en su formidable trabajo. Bien se lo merece. Caridad Roa. Dpto. de Asia, Manos Unidas.

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M.U./Javier MĂĄrmol

Miguel GambĂ­n 66

Salesiano. Mali.


Un encuentro con África Miguel Gambín, sacerdote salesiano, ha vivido en África durante 23 años. Mali, sus gentes, sus culturas y su singularidad, han sido el país en el que se ha sentido acogido en los años más intensos de su juventud. Un encuentro que ha marcado su vida y que nos ha permitido acercarnos a una parte de la realidad de ese continente a los que estamos unidos a él por lazos familiares. Compartí junto a mi mujer, su prima Mari Ángeles, un intenso mes de agosto del año 1991. Y fuimos testigos de lo que ‘el père Michel’ ha dado a África y lo que ha recibido de ella. Un intercambio que hoy en día aún sigue de manera consciente no sólo en su persona, sino en las decenas de amigos y amigas que se han vinculado con su trabajo, con sus proyectos -muchos de ellos con la ayuda de Manos Unidas- y, sobre todo, con sus gentes. Lo que es algo objetivo e incuestionable, es que Miguel, a África, le ha entregado su juventud. Llegó a los 27 años, ha vivido casi cinco lustros sin interrupción, si exceptuamos los períodos de vacaciones. Y uno, cuando llega joven, está en las mejores disposiciones de aprender, de adaptarse, de trabajar y de resistir. Y vaya si tenía interés por aprender aquella lengua tan difícil -el ‘bore’-, por desentrañar los misterios de una cultura que intentaba comprender, pero de la que tenía muy pocos elementos para reconstruir el puzzle entero. Por eso se entregó con entusiasmo a la tarea de visitar las aldeas y de pasar noches en las viviendas pobres, pero dignas, de aquella gente. Preguntas y más preguntas a quien podía hacer de traductor, no sólo de la lengua, sino también de la cultura, de las reacciones, de la mentalidad de los malienses que sonreían con facilidad, pero que escondían, y de eso no le cabía la menor duda, muchos enigmas. Entregó su confianza a aquellas personas y se puso en sus manos. Venció sus resistencias culturales a un tipo de comida y a una presentación que no encajaba con lo que había vivido. Alguna vez se perdió y recaló en un poblado al caer la noche. Entonces se confiaba a quien le alojaba y le ofrecía lo mejor que tenía. A Mali le entregó sus energías y su entusiasmo juvenil: en los cursos de alfabetización de jóvenes, en las visitas a las diferentes aldeas y, especialmente, en los esfuerzos que realizó para la construcción del Centro de Formación Profesional de Sikasso. En este proyecto, sin duda alguna, dio lo mejor de sí mismo. Poner en marcha esa obra educativa que era además escuela de aprendices, centro de alfabetización, punto de encuentro de jóvenes, escuela de deportes, parque público, lugar de ocio para los niños en el fin de semana, ha sido lo mejor que ha realizado en su vida. Pero no sus instalaciones ni el material, a pesar que era sin duda lo mejor que había en el país dentro de su especialidad. Lo mejor ha sido la huella que dejaron en los antiguos alumnos que han pasado por ahí, y el logro de haber formado un equipo de profesores de diferentes religiones, unidos por un proyecto educativo común basado en los valores del Evangelio. El ambiente de alegría familiar que se respiraba; el cariño con el que lo saludaban los antiguos alumnos; el agradecimiento de quienes le presentaban su familia, a la que mantienen gracias a la formación recibida, y sobre todo, la gratitud por los consejos y la educación humana y espiritual que han recibido. Y ello tratándose en buena medida de alumnos musulmanes. Y el hilo conductor de todo lo anterior es la fe cristiana que ha intentado transmitir, no como un conjunto de enseñanzas, sino como una experiencia vivida desde las limitaciones y pobreza de la propia mediocridad. Vivir alegre, porque la Buena Noticia hace ver el mundo de otra manera. Decir que vale la pena seguir a Jesús, porque Él te cambia la vida y te hace ser mejor, e irradiar luz y alegría por donde vas. Porque Dios es el buen compañero de camino que te ayuda a vivir con la lámpara encendida, a pesar de los pesares, y te ayuda a vivir con esperanza. Miguel aún hoy desconoce hasta qué punto su esfuerzo y entusiasmo juveniles han tenido un gran resultado. No sabe si lo que ha dado a África ha ayudado a la gente a vivir más feliz; a ser mejor persona. Eso es difícil de evaluar. De lo que sí puede hablar con objetividad es de lo que África le ha aportado. 67


M.U./Javier Mármol

El valor de estar. Durante los primeros dos años, dado que no conseguía comunicarse fácilmente en lengua ‘bore’, debía escuchar mucho, con frecuencia sin entender. Eso suponía que, al llegar a una aldea, se sentaba en el sillón de cañas que le ofrecían y abría bien los ojos y los oídos, y les oía hablar y reírse. Intentaba responder a sus preguntas. No podía predicar ni tomar decisiones porque no sabía bien el terreno que pisaba, como un niño grande que aprende a hablar y a descubrir el mundo. Era una buena cura de humildad. Ir a pasar la noche en una aldea era apreciado como un gran honor. Y cuando veía las caras de satisfacción, Miguel se preguntaba: ¿Pero por qué están tan contentos, si no les ofreces nada, si no resuelves ningún problema? Y poco a poco encontró la respuesta. Con el acercamiento le decían más que con cualquier discurso. Era la misma metodología que Dios había utilizado: la Encarnación. Evangelizar no era decir muchas palabras. Era empezar a mostrar con gestos, que en el nombre de Dios tú querías hacerte uno de ellos, aunque no lo consiguieras. El tiempo dedicado a los demás. Cuando llegaba a una aldea, lo primero que la gente ofrecía era una calabaza llena de agua o un asiento, porque no hacerlo es una descortesía y un signo de hostilidad mitigado. Es una forma de decir: “No me interesas”. Después, y sólo después, comenzaban los saludos, que dan inicio a un protocolo social propio de la cultura africana. Una vez acabados los saludos se le pregunta al visitante el motivo de su visita. Tú eres más importante que lo que tengas que decir. Y entonces es cuando se puede hablar del tema que les interesa, lo que contrasta con la precipitación con que solemos actuar en nuestra cultura occidental.

El valor de la palabra. Los occidentales tendemos a mirar las otras culturas con cierta superioridad. Nuestros avances tecnológicos nos dan un ascendente sobre los otros, y pensamos que podemos darles muchas lecciones en organización, tecnología, avances sociales. En parte es cierto. Pero hay áreas de la vida en las que nuestra superioridad está muy cuestionada. En el arte de escuchar, nos ganan con ventaja. En Mali es difícil imaginar algo semejante. En una reunión todo el mundo se calla cuando alguien habla, aunque lo que diga no guste. Ya llegará el momento de replicar. Es a veces asombrosa la capacidad de retener la emoción de la cólera, y esperar un cuarto de hora a dar la repuesta a una interpelación conflictiva. Miguel no imagina nada semejante aquí. La capacidad de afrontar. El año 1984 fue un año muy difícil para Malí, con una sequía que arruinó las cosechas y provocó una situación de penuria generalizada. A pesar de las adversidades, Miguel se sorprendía de ver la cara de la gente: serena, sonriente y con ganas de fiesta como siempre. De nada servía amargarse por el futuro que iba a venir. Había que vivir el presente. Mañana, ya veremos. La gente tiene la capacidad de no adelantar problemas, y vivir con parsimonia los que ya tienen. Cuando aquéllos se presentan, se afrontan con serenidad, sin aspavientos ni victimismos. En Mali la gente no se pregunta sobre las razones del sufrimiento. La vida es dura de por sí, y ésa es la normalidad. Así que, lo que toca es remangarse los brazos y resistir la embestida de los acontecimientos. Con una lección de serenidad y elegancia que da envidia. Sin quejas ni lloros. Con la alegría y la esperanza con la que Miguel Gambín ha vivido casi la mitad de su vida entre los malienses. Pedro J. Navarro. Periodista, Murcia.

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Belén Torres

Rosalía García

Hermana de la Congregación de Carmelitas Misioneras Teresianas. Paraguay. 69


La lucha por dignificar la vida de los indígenas

Están sufriendo el ataque de la sociedad que les rodea, una sociedad que atropella su cultura, su religión y que perturba su pacífica convivencia. “Están viviendo un cambio muy profundo, brutal en la existencia de su etnia. Ellos eran cazadores, pescadores y recolectores y ahora tienen que aprender a ser agricultores y a desempeñar otros oficios para poder salir adelante, con el problema añadido de la extrema pobreza en la que viven”, indica la religiosa. La alfabetización y la formación resultan también vitales para poder valerse por sí mismos y defender su vida, sus derechos, sus tierras.

En el distrito paraguayo de Paso Yobai, la hermana Rosalía vive y trabaja cada día desde hace 19 años, aunque a este país de gran belleza natural y gente amable llegó en 1982. Hasta ese momento, esta religiosa de la Congregación de Carmelitas Misioneras Teresianas, había ejercido su labor siempre en España. Su último Los ‘mbya guarani’ tienen una fuerte identidad cultural que destino antes de cruzar el Atlántico fue un hospital de tuberculosos desde la Congregación de Carmelitas Misioneras Teresianas de en Huelva. Paso Yobai respetan profundamente. Para la hermana Rosalía, no Desde muy temprana edad, la hermana Rosalía García soñaba es difícil que estas comunidades se formen y aprendan conservando con darse a los demás. Asegura que en su casa, en el pequeño pue- su cultura, tradiciones y costumbres: “Es sencillo cuando intentablo lucense de Vacariza, vivían desde su pobreza “la solidaridad del mos tener presente con quienes vamos a compartir nuestro ser y darse”, inculcada por su madre. “Y en la adolescencia empecé a hacer, es cuestión de meterse en el otro sin dejar de ser tú misma, pensar en la vida consagrada, no por ser el único camino que col- de estar abierta a darte para conseguir una respuesta de donación maría mis inquietudes, sino porque me parecía uno de los válidos, mutua”. Cuando son conscientes del respeto que las hermanas sienen donde podría entregarme a los demás, sin tener otros compro- ten por ellos, el trabajo da frutos. “Y cada día recibo en ello mucho misos familiares”, explica. El año pasado, la hermana Rosalía cele- más de lo que puedo dar”, añade. bró sus bodas de oro como religiosa, rodeada de un grupo de Las mujeres en Paso Yobai, como sucede en general en todos indígenas que quiso acompañarla. Nada podía hacerla más feliz. los países empobrecidos, sufren aún más tremendamente la poLa comunidad de Paso Yobai la forman sólo tres hermanas y breza y la discriminación, además de la violencia machista. Ellas el trabajo es duro y la necesidad de la población constante. Por eso, son, por tanto, objetivo prioritario para la Congregación de la herla vida de la hermana Rosalía está llena de actividad de la mañana mana Rosalía: “Creo firmemente en la fuerza y valor de la mujer, a a la noche. Hay que atender a las comunidades indígenas, viajar a pesar del machismo de los que se creen ser súper hombres. La soAsunción o Villarrica y no descuidar los trabajos de la casa. “Algu- ciedad, incluida nuestra Iglesia católica, está perdiendo valores y nos días son muy intensos por la labor que llevamos a cabo con in- bienestar social por no dar más cabida a la mujer. La mujer tiene dígenas y campesinos. Estar tan cerca de estas personas supone a mucho que aportar, desde los más altos cargos hasta la organizaveces mucho dolor moral. Y no tenemos demasiadas ayudas en las ción familiar. Juntos somos capaces de construir un mundo mejor”. que confiar, así que debes dejar que Dios te tenga muy fuerte en sus Las mujeres son prioridad desde siempre también para Manos manos y, desde Él, actuar”, dice esta carmelita misionera teresiana. Unidas, que colabora desde hace años con las comunidades indíLa entrega a Jesucristo está indisolublemente ligada al com- genas presentes en Paso Yobai con la Congregación de Carmelitas promiso con los empobrecidos para la hermana Rosalía. “Él vino Misioneras Teresianas como contraparte. La hermana Rosalía asepara darse a los pobres, a los que no cuentan en la sociedad. Elevó gura que con Manos Unidas tiene “una relación de verdadera famila dignidad de la mujer, vio al pueblo hambriento y se puso a servir- lia, que siente y vibra por el mismo ideal: mejorar la vida y la les”, explica. Y son los indígenas, y concretamente los de la etnia existencia de los empobrecidos”. Indica que sin su colaboración el trabajo que realizan sería sumamente complicado, casi imposible. ‘mbya guarani’, los que en Paso Yobai más atención necesitan. 70


Gracias a la ayuda de Manos Unidas, entre 2004 y 2006 se construyeron seis aulas para los alumnos de las comunidades de Paso Yobai, a las que se dotó de material y de leche para el desayuno de los niños. Además, se llevó a cabo un extenso trabajo de capacitación agrícola y de adquisición de semillas, animales menores, herramientas y sistemas de agua manuales. Actualmente, Manos Unidas colabora principalmente en la construcción de una escuela de formación agropecuaria en la comunidad de Isla Hu, con el objetivo de poder conseguir los primeros titulados de Bachiller Técnico Agropecuario Indígena. La ONG contribuye también con la alimentación, los sueldos de personal docente y el resto de gastos de administración, construcción y adquisición de insumos.

Antonio Galisteo

La hermana Rosalía se siente profundamente agradecida a todas las personas buenas que, a través de sus aportaciones solidarias a Manos Unidas, hacen posible que mejore la vida de los indígenas. Dice mirar al primer mundo “con mucho amor pero, a la vez, con compasión”. “Me da pena la pérdida de valores, el aburguesamiento en el que viven incluso algunos consagrados. Yo doy gracias a Dios por permitirme vivir lejos de ese ambiente en el que podría caer en los mismos defectos. Lo fácil nos domina sin darnos cuenta”, explica, confesando que sueña con que cada día haya más personas capaces de transformarse por dentro y así poder cambiar “una sociedad individualista en una sociedad de comunión entre todos”. “Todo lo puedo en aquel que me conforta”. La hermana Rosalía menciona así a san Pablo cuando habla de su futuro. A sus 71 años está preparada para seguir al pie del cañón en Paso Yobai o en cualquier otro lugar hasta que Dios siga teniéndola en sus manos. Se considera feliz y su alegría es contagiosa. Su secreto no es otro que el de compartir su vida con las personas más desprotegidas de la sociedad, trabajando “para alcanzar juntos una vida de hijos de Dios, formando una comunidad de hermanos donde no haya ningún tipo de discriminación”.

Celia Naharro Salas. Redactora jefa de Global Castilla-La Mancha (Ciudad Real).

71 M.U./Marta Carreño


72 M.U./Concha Sรกez


Manuel García-Rendueles Jesuita. Perú.

Unido con la tierra que amó El 28 de septiembre de 2006, recibimos la dolorosa noticia del fallecimiento del padre Manuel García-Rendueles Fernández, un gran hombre, misionero jesuita y antropólogo, que vivía y realizaba su labor sacerdotal en Perú, en la zona del Río Santiago, en el Vicariato Apostólico San Francisco Javier-Jaén, donde la Compañía de Jesús mantiene un puesto de misión que tiene como objetivos la realización de labor pastoral cristiana y a su vez, impulsar y promover proyectos de desarrollo. La zona denominada como Alto Marañón abarca un área de más de 30.000 km², con cinco grandes ríos y más de 400.000 personas. La población se distribuye en unas 240 comunidades de población principalmente indígena. El Vicariato Apostólico de San Francisco Javier realiza un trabajo excelente en toda su jurisdicción, apoyando a las poblaciones más necesitadas y especialmente a los indígenas. Manos Unidas respalda desde hace años el trabajo del Vicariato, con excelentes resultados. Conocí al padre Manuel García-Rendueles, a quien todos llamaban padre Manolo, en el año 2004, con ocasión de uno de los viajes de identificación y seguimiento de proyectos de Manos Unidas, acompañando a la coordinadora del país Concha Sáez. Acceder a esta zona de selva no es nada fácil. Desde Jaén viajamos hasta el puerto de Imaza por carretera, o algo parecido, ya que una monja andaluza que nos acompañó durante un tramo del viaje decía con mucha gracia que la llamaban la joya, por la cantidad de ‘joyos’ que tenía. Desde allí se accede a Río Santiago únicamente por vía fluvial, a un día de viaje en bote desde el puerto de Imaza hasta Santa María de Nieva, en el río Marañón. En tres horas más se llega a las comunidades del Río Santiago, que los indígenas llaman Kanús. En la única carta conocida del padre Manolo, escrita meses antes de su fallecimiento a un amigo de la infancia, encontramos que le bastaba una palabra fuerte y expresiva, como era su estilo, para definirse: “En realidad quedé enganchado con la selva y este pueblo desde que los conocí”. Su dedicación a la selva le llevó a tomar decisiones importantes que rompían viejos esquemas e imágenes externas de misioneros preocupados únicamente por adoctrinar y bautizar, sin haber intentado antes dialogar y conocer la cultura y religiosidad de aquellos que querían bautizar cuanto antes. De ahí que su primera decisión fuera comenzar escuchando y dando voz a estos pueblos (‘awajún’ y ‘wampis’) a los que se siente llamado a evangelizar. Micrófono en mano recorrió ríos y trochas en busca de lo que él llamó ‘la Palabra Originaria del pueblo’, que recogerá con una escrupulosa fidelidad y devoción en sus magníficas colecciones bilingües de mitos nativos ‘aguarunas’ y ‘huambisas’. La segunda y última gran decisión la tomó en el año 1997, cuando empuñó con fuerza su timón y enfocó la proa de su chalupa hacia el río Kanús para surcarlo y establecerse allí, en su margen izquierda frente a Villa Gonzalo. Bastantes de sus compañeros y amigos, entonces y todavía hoy, se preguntan sobre las razones que le decidieron a vivir sus últimos nueve años solo y tan alejado en el río Kanús. Aquella “lejanía y soledad” en el Kanús, no comprendida por todos, produjo unos resultados sorprendentes, incluso para él mismo. Manolo que, solo y alejado, veía como se ampliaba el círculo de sus amistades fuera del mundo ‘wampis’. Su voluntad de servir en sus primeras necesidades a los más pobres del Kanús, terminó poniéndole en relación con los países del Norte, donde encontró una acogida cordial y generosa a sus proyectos. 73


M.U./Concha Sáez

Se da la circunstancia de que durante nuestra visita tuvimos que transportar a un joven con picadura de víbora hasta un puesto militar, único lugar donde le pudieron administrar el antídoto, y a un niño afectado por la malaria. Esta enfermedad, junto con la fiebre amarilla, la rabia y el dengue, están relacionadas con el medio ambiente deteriorado y con la continua y creciente migración de la población hacia nuevos nichos ecológicos en busca de alimentos y trabajo. Tres días de convivencia en esta zona de la selva amazónica es una experiencia irrepetible y una fuente de conocimientos inigualable, por lo que supone de experimentar y sufrir las mismas dificultades con las que se enfrentan a diario estas comunidades indígenas, que nos proponemos seguir apoyando en su proceso de desarrollo. Sus relaciones europeas fueron creciendo en número y admiración hasta animarse a enfrentar su proyecto estrella de seguridad alimentaria para toda la población del río Kanús, que movilizó en sus diferentes etapas a una decena de financiadoras que le ayudaron a hacer realidad ese milagro suyo. A lo largo del río fueron surgiendo, una tras otra, más de 600 piscigranjas que, como se pretendía, pueden hoy asegurar una alimentación suficiente para todos. Nos alojamos en su casa, situada a la otra orilla de Villa Gonzalo. Estaba formada por tres cabañas: Una le servía de oficina, la otra de vivienda y la tercera era una pequeña capilla, un poco apartada del resto. En la casa vivía un matrimonio con sus hijos pequeños. El marido conducía la barca y ayudaba al padre Manolo en sus desplazamientos, mientras que su esposa atendía la casa. Para el aseo personal usábamos el agua del río, que recogíamos en cubos, aunque lo más práctico era bañarse en el río como hacía él, en una pequeña poza, pero impresionaba un poco porque tenía un color chocolate que no dejaba ver lo que se pisaba. Las noches en la selva son difíciles de describir ya que se perciben toda clase de ruidos y sensaciones extrañas, y lo mejor era no sacar la cabeza fuera de una improvisada mosquitera que nos hicimos. En la cabaña que servía de despacho, y a la vez de dormitorio para mi compañera, había una emisora de radio que a una determinada hora de la tarde conectaba con el Vicariato, en la capital, transmitiendo y recibiendo los mensajes de la gente para sus familias. Para ellos era el momento más importante del día, ya que era el único modo de poder comunicarse con sus seres queridos y saber algo de ellos. 74

El padre Manolo durante toda su vida de misionero ‘militó’ invariablemente en total solidaridad con los nativos para defender sus derechos a la tierra de selva. En su última intervención pública, con motivo de las fiestas patronales en honor de Nuestra Señora de la Merced, expresó su admiración por el poder de convocatoria que había ido ganando esta fiesta en la que participaban en muy buen entendimiento ‘aguarunas’, ‘huambisas’ y colonos, vecinos todos del mismo río, en otras épocas cercanas frecuentemente enfrentados. Su discurso fue una invitación a la esperanza en el futuro, apoyada en la unión pacífica de los tres pueblos llamados a luchar juntos por el desarrollo y bienestar de la cuenca del río Kanús y todos sus habitantes. Manolo recibió entonces en vida su último aplauso, cuatro días antes de su inesperado fallecimiento: un aplauso unánime a aquel misionero enganchado por el río Kanús y su gente a la que amó y sirvió con sus obras y evangelizó en diálogo constante con sus culturas, de las que siempre reconoció lo mucho que de ellas había aprendido. Su amor apasionado a esta selva y su gente fueron sentimientos inseparables para él. Desde su juventud siempre tuvo una vocación misionera firme, un misionero de barba como los antiguos. El padre Manuel García-Rendueles, misionero del Kanús y de todos, hoy descansa definitivamente unido y confundido con la tierra que tanto amó. Juan Antonio Misert. Coordinador del Dpto. de América de Manos Unidas


Pilar Gilaberte Misionera comboniana. Ecuador. 75


Fieles a la misión, cada cual a la suya La hermana Pilar Gilaberte ha vivido 30 años en Ecuador, primero entre los quechuas, en La Tacunga, capital de la provincia de Cotopaxi, en plena cordillera de los Andes, y después en San Lorenzo, con la población afro, dos realidades muy diferentes dentro del mismo país, pero experiencias ambas muy enriquecedoras.

hace más de 50 años, el tiempo que llevan los combonianos y combonianas en la zona, cuya diócesis preside el obispo comboniano Eugenio Arellano. “El compromiso social de la Iglesia en este Vicariato es genial, porque es necesario. También estamos comprometidos en el sector de los medios de comunicación, pero nuestra prioridad fuerte es la educación. Precisamente por el gran descuido que se ha tenido hacia la región y el alto índice de analfabetismo que registraba. Contamos por tanto con Educación Infantil, Primaria, Secundaria, Bachillerato, superiores, centros para discapacitados e incluso una Universidad Católica”, señala la hermana Pilar.

En La Tacunga, la hermana Pilar se encontró con un pueblo que Otro campo en el que están presentes es el sanitario y, por úlya tenía una cultura cristiana, pero faltaba seguimiento y formación, no sólo de catequistas, sino de líderes sociales que denunciaran las situa- timo, y sobre todo las hermanas, trabajan también en el área de la prociones de injusticia que sufría el pueblo. Así, trabajó bastante en este moción de la mujer, doblemente marginada. “Los de Manos Unidas nos animaron a presentar algún proyecto para que nos lo financiaran. Concampo de formación de líderes. tábamos con un edificio, que había funcionado muy bien como centro Además, durante esta época, la Iglesia latinoamericana vivió unos médico y ahora estaba medio derruido, pero tenía los cimientos sanos. años muy intensos. Fueron los años del famoso documento de Puebla Vimos que se podía arreglar esa estructura y reconvertirlo en un Centro que decía: “América tiene que compartir desde su riqueza, desde su fe para la promoción y capacitación de la mujer, que se llamó Daniel y desde su alegría con otros pueblos”. Se celebraron congresos dio- Comboni”. cesanos, nacionales, e internacionales, de todo el continente, que se Se inició dando clases de corte y confección. También cursos llamaron COMLA (Congreso Misionero Latinoamericano) y la hermana Pilar había sido nombrada, de 1979 a 1984, directora general mi- básicos de alimentación saludable, primeros auxilios, administración sionera de Quito. “Trabajábamos en parroquias, en grupos misioneros, familiar… Luego se comenzó a realizar artesanías locales usando coren centros educativos, se formaron grupos de jóvenes sin fronteras, tezas de árboles con los que se hacían cuadros, figuras… Asimismo, se marchas misioneras…, para que los cristianos de Ecuador fueran dán- confeccionaban bolsos, zapatillas, trajes típicos, edredones, mantas… dose cuenta de que ellos también estaban llamados a ser misioneros. Desde hace dos años el Centro de Promoción de la Mujer se ha conAmérica puede dar muchísimo al mundo desde su fe, y todos estos vertido en un grupo de talleres de peluquería, mecánica, carpintería, bordados y tejidos. La idea era abrir el Centro a los jóvenes de la miaños tan intensos fueron dando sus frutos”, afirma la hermana Pilar. sión para que tuvieran una salida económica, un ingreso, una ayuda con Y rememora con intensidad y con una sonrisa en los labios. “Fue la que pagarse los estudios. “Como trabajo social es muy bonito, muy un tiempo de amor a la palabra de Dios y de profundización en los agradecido, además como trabajo de evangelización es precioso. Ellos Evangelios. No había familia, por humilde que fuere, que no tuviera su entienden que Dios les ama cuando sus hijos pueden ir a la escuela”, Biblia, su evangelio; que la leyeran en familia; se hacían asambleas en resalta la misionera. cualquier casita, nos sentábamos en el suelo, y se compartía lo que a La hermana Pilar admira sobre todo la capacidad de superación cada uno nos interpelaba y nos decía la Palabra de Dios. Fue un tiempo y lucha del pueblo afro. “Tienen una gran fortaleza para afrontar desamuy hermoso”. fíos, no se doblegan ante las dificultades, son dinámicos y participativos. Su segunda etapa fue en San Lorenzo, en la provincia de Esme- Ves personas, a lo mejor con 60 años, que están haciendo un máster. raldas, trabajando con la población afro. Marginado a lo largo de la his- Si en el pasado había muchísimo analfabetismo, hoy están recuperando toria y todavía infravalorado por el resto de los ecuatorianos y el el tiempo perdido. Al comenzar el curso les digo siempre a las madres: Gobierno, la Iglesia está acompañando al pueblo afroecuatoriano desde Felicitaciones a todas vosotras por todo lo que habéis bregado para 76


que vuestros hijos entren en la escuela. Es impresionante, precioso: nos dan lecciones de trabajo, de sacrificio y de humildad continuamente”. Para terminar le pregunto a la hermana Pilar qué le parece el trabajo que hace Manos Unidas y se deshace en halagos. “Personalmente admiro muchísimo, amo muchísimo y aprecio muchísimo la labor de Manos Unidas. Lo primero que digo cuando visito centros educativos y parroquias en España es que tenemos que sentirnos muy felices de tener esta hermosa ONG de la Iglesia. La segunda cosa es que tenemos que dar gracias, porque está haciendo una labor imprescindible de canalización de nuestra generosidad. Y también les digo: Si la misión y el anuncio de la evangelización -que va tan estrechamente unido con el desarrollo de los pueblos- es posible no es sólo porque nosotros estemos allí, sino que sois vosotros los que nos apoyáis, primero a través de la oración y después, por medio de Manos Unidas, con vuestro apoyo material. ¿Cómo sino podríamos hacer centros sanitarios, centros educativos?”. Continúa manifestando que “muchas veces me preguntan, pero la ayuda ¿llega o no llega? Y yo les digo que no llega lo que no se manda, pero tenéis todo el derecho y el deber de interesaros por ONG que os den fiabilidad, porque lógicamente lo que todos queremos es que llegue a las personas más necesitadas. Y os aseguro que Manos Unidas está entre las que llega”. Asimismo, recuerda que “nuestra responsabilidad como misioneros cuando estamos aquí es traeros lo que estamos haciendo allí, compartir lo que hemos podido hacer gracias a lo que se ha donado aquí. Creo que eso llena el corazón de cada persona solidaria, al darse cuenta de cómo van cambiando las situaciones”. Y la hermana Pilar termina asegurando: “La Iglesia en el mundo, y lo digo bien convencida, es la número uno en cambios sociales, ya sea en el terreno sanitario, educativo, agrícola, promoción de la mujer…, en el que haga falta. Es fundamental, por tanto, que permanezcamos convencidos y fieles a nuestra misión, cada uno a la suya, pues son complementarias”. África González. Periodista, redactora de Mundo Negro.

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Benjam铆n G贸mez 78

Misionero javeriano. Bangladesh.


Los “orillados” del mundo... Benjamín Gómez Salas anda por ese filo despiadado que tiene el mundo cuando se pone ‘cabrón’. Desde hace 17 años hace camino en Bangladesh con sus ‘orillados’, aquellos que no son reconocidos como personas por la mayoría musulmana política y religiosa que domina el país y excluye todo lo que no esté islamizado. Son los parias y los intocables, y también una gran masa de musulmanes rechazados por el resto, que pertenecen al mundo de la prostitución o son homosexuales… algo que vuelve la vida muy difícil en este estado que figura el cuarto entre los que tienen mayor número de población musulmana después de Indonesia, Pakistán y la India. La sociedad islámica bengalí ha heredado del hinduismo el concepto de lo que es puro e impuro y decide quiénes son los auténticos ciudadanos y quiénes no. “Las minorías étnicas, los fuera de casta, no cuentan, y tampoco contamos nosotros, por lo cual nos convertimos automáticamente en una espina en el corazón de esa sociedad”. Benjamín trabaja en Mymensingh, en una zona habitada por aborígenes de las tribus ‘garo’ y ‘koch’, minorías pobres que sobreviven como braceros y jornaleros en medio de una precariedad que les está haciendo perder su identidad cultural. Tras la ocupación británica del país tuvieron que emigrar de sus tierras y éstas fueron ocupadas por musulmanes. Desde entonces sobreviven con un salario aproximado de un dólar al día, no tienen residencia estable y están discriminados, tanto por sus rasgos físicos de origen tibetano, como por sus hábitos culturales y su religión, mayoritariamente cristiana e hindú. Los misioneros javerianos atienden desde hace años a estas poblaciones tan vulnerables, para devolverles la titularidad de sus tierras y darles viviendas dignas con algunos acres de terreno que les permitan establecerse por fin en algún sitio, cultivando arroz, hortalizas y árboles frutales. Manos Unidas colabora con ellos en un programa de asentamiento de minorías étnicas tribales y en la construcción de un centro de salud que garantice su permanencia en esta zona del norte del país. Los ‘garo’ y los ‘koch’ son un grupo humano singular, uno de los pocos cuya estructura es matriarcal, es decir, que la hija mayor es la heredera y total responsable del clan. Esta organización familiar choca frontalmente con la de la mayoría islámica, en la que el papel femenino está relegado a la inexistencia. Benjamín lleva 13 años trabajando con ellos, intentando que los más pequeños, y sobre todo las niñas, se acerquen a las escuelas de apoyo y rompan las barreras que la mentalidad hindú tradicional extiende sobre las mujeres para que no pisen las aulas. Los porqués de su vida en Bangladesh no están escritos en ninguna parte, o quizá sí, pero no sabemos dónde. Ni él mismo siquiera podría encontrar con precisión los hilos invisibles que le han cosido a este lugar: “Siempre he creído que combatir la pobreza puede hacerse de forma conjunta, independientemente de la tradición religiosa de cada uno: los empobrecidos de Bangladesh no cuestionan tu credo religioso, pero sí tu código ético y humanitario”. Esta franja de suelo fértil, ubicada en las tierras bajas del delta de los ríos Ganges y Brahmaputra, da vida al séptimo país más poblado del mundo y también uno de los más vulnerables al cambio climático. En septiembre de 1998, sufrió una de las inundaciones más graves de su historia, cuando sus tres principales arterias fluviales se desbordaron y destruyeron más de 300.000 casas y casi 10.000 kilómetros de carreteras, matando a 1.000 personas y dejando a millones sin hogar. Los desastres naturales, los ciclones, tornados y lluvias descontroladas aparecen casi todos los años en tiempo de monzón, y junto a ellos, la deforestación, la degradación del suelo y la erosión dibujan una geografía cada vez más ingrata. 79


Dos tercios de la población se dedican a la agricultura y sus problemas de salud son muchos y variados, desde la contaminación por arsénico de las aguas subterráneas, hasta el paludismo, la leptospirosis y el dengue. Por eso es imposible que un país como éste no enseñe, no alucine, no duela… A Benjamín le ha ayudado a relativizar las cosas y a elegir con más acierto entre lo necesario y lo superfluo, a saber aterrizar y a encontrarse con las personas por lo que son y no por lo que tienen: “Me ayuda a no tener miedo de nada ni de nadie”. Porque el miedo viene de lo que sentimos como una amenaza. El pueblo bengalí le ha dado calma, contemplación y cariño. En la última aldea en la que trabajó, la anciana responsable del poblado le vistió con los mismos atuendos que la propia comunidad utilizaba y ofició una ceremonia donde le bendijo para que los espíritus buenos le acompañasen en la vida, que hasta el momento transcurre serena entre Mymensingh, Netrokona y Tangail, donde la pobreza se mezcla con la hermosura con una persistencia feroz.

Escenas vividas y recordadas, a montones, pero también mucha esperanza: la de haber contribuido a crear conciencia de grupo, para que los bengalíes se despierten y tomen las riendas de su existencia. Despertarse para caer en la cuenta de que es prioritario luchar cada día, de que las cosas no vienen solas y trabajar es la única manera de vivir la vida de forma digna y no como aparcados de la historia como otros quieren. Parece ayer cuando llegó a Bangladesh y vivió los cuatro primeros años en una casita de adobe con tejado de hoja de ‘galpata’ que le dejó una familia indígena. En aquella época seguía de cerca la evolución de las 14 escuelas que fundó junto a otro compañero javeriano que murió de malaria. Del barro pasó después al cemento y al latón, para dar forma a lo informal y mejorar las humildes infraestructuras que fueron consiguiendo. Bangladesh le ha dado a Benjamín el amor bengalí, que omite describirme en el largo mail que me escribió casi a vuelta de correo. Un amor profundo por lo que le rodea, arraigado en algún lugar recóndito de sí mismo y que parece largo de contar, mejor en otra ocasión, con más tiempo, y suponemos, viéndonos las caras, para descubrir en el otro qué huecos libres nos deja para entrar en su vida y contarle un pedacito de nuestra historia.

No pide mucho: “Me gustaría cambiar el mal rollo político En su memoria, muchas imágenes que no podrá olvidar nunca: sobre todo la bofetada que un señor mayor le dio a un que llevan algunos, la usura, la injusticia y el desprecio por el chaval de ocho años cuando se acercó a él para pedirle una mo- débil, más si son mujeres”. Y así una lista interminable de deseos neda… sucio, descalzo y mal vestido, con una bolsa de plástico y de querencias que no me daría tiempo a escribir en tan poco en las manos, el crío quedó sentado en el suelo del impacto. Él espacio. Pero lo más importante: “Me compensa sentirme enoriba en un autobús plagado de gente y sólo pudo contemplar de memente querido por un grupo de gente maja: tribales, parias, lejos la escena que se diluyó en el vértigo de la ciudad asiática. intocables, ‘outcastpeople’…” Era sólo un niño más entre los miles que vagan por las calles abaLos orillados del mundo… rrotadas de las grandes urbes, debido sobre todo, al flujo de migración interna por falta de trabajo. Marta Gómez Casas. Periodista, RNE.

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José María Gómez García Director de la ONG Guaman Poma. Perú.

Las cosas pueden cambiar y nosotros también “La altura, como dice un amigo, no está hecha para las personas. Por mucho tiempo que vivas en la altura no te adaptas. Pero todo se puede sufrir por tener, todos los días, estos cerros y este cielo tan azul a la vista”. Me lo dice José María Gómez García -Chema para los amigos-, quien siente en cada poro de su piel que el Valle de Cusco -Cuzco decimos en España- ya es parte de su vida, “el lugar donde hemos compartido el reto de mejorar las condiciones de vida de su gente, de sus centros poblados y comunidades campesinas”. Ha dedicado 31 años de su vida a Guaman Poma, la ONG que creara un día en Cusco, junto con su esposa Asunción, un cooperante italiano, una dirigente de la Federación de Barrios y una profesora de Educación Inicial. Hoy son más de 100 personas las implicadas en un proyecto que nació para trabajar en los barrios populares que rodean la ciudad andina.Y que tomó el nombre del cronista andino de la colonización española, Guaman Poma de Ayala. 81


seas como ellos, porque tampoco eres como ellos. Somos de culturas diferentes y una vida creo que no es suficiente para tener una relación de igualdad entre culturas. Esto crea desazón”. Y es que llegar hasta aquí ha sido duro, muy duro, desde que en aquel lejano 1973, este seminarista cordobés estudiante de Teología en el Seminario de Misiones, decidió venir a Perú atraído por una nueva misión que el IEME (Instituto Español de Misiones Extranjeras) había creado. “El dolor y sufrimiento de los campesinos pobres, sus luchas por la tierra, la vida y los derechos humanos… eran el objetivo”. El Hoy son muchos los proyectos que se han realizado “para el Instituto de Pastoral Andina le impulsó a meterse en la cultura andesarrollo de capacidades humanas, la promoción económica, el cui- dina, a aprender quechua para manejarse en el altiplano. En definidado y mejora de los recursos naturales y la planificación del terri- tiva, a dar los primeros pasos. torio”, señala Chema. En la vida de José María hay que contemplar algunos hechos Desde hace más de 12 años, Manos Unidas trabaja con Gua- importantes: desde niño recibió la ayuda a los demás, como uno de man Poma, en algunos de sus proyectos más interesantes por todo los valores fundamentales. Se lo inculcaron su familia, el cura de su el mundo. Uno de ellos en la llamada Subcuenca Huatanay o Valle parroquia y los jesuitas después. Poco a poco, todos fueron forjando de Cusco, al sureste de los Andes. Aquí donde la altitud puede al- una personalidad que después se completaría a su llegada a Perú, canzar los 4.842 metros y con unas condiciones tan difíciles que la precisamente en los años más duros, aunque “había un gran amagricultura sólo representa el 13,2% del terreno. El objetivo no es biente de cambio, de esperanza, ganas de aprender, de luchar”. Aquí otro que conseguir el milagro del agua: tratar y recuperar quebra- se ordenó sacerdote y aquí decidió emprender nuevos caminos das, construir y mejorar sistemas de conservación de suelos, siste- junto a su hoy esposa, Asunción, con quien se instaló en Cusco en mas de riego, evacuación de aguas… Se benefician de ello las 1979. “El haber peleado junto a Asunción por sacar todos los retos comunidades campesinas del Valle del Sur y de la zona noroccidental y proyectos adelante, quizá el más difícil el de tener y educar a nuestros dos hijos, muchas veces descuidados por el trabajo y muchas de Cusco, entre otras. más siendo ellos los que nos daban energías y sentido para seguir”, El segundo está integrado también en este valle interandino, afirma José María. donde las laderas son tan escarpadas, que a veces es difícil mantener Le pregunto si España queda demasiado lejos, y si piensan volver. el cuerpo más allá de 45º sobre el eje del suelo. Aquí, las comunidades campesinas viven de la agricultura y de una ganadería más Responde que “hoy nada queda lejos y tenemos una relación muy perque modesta. La desnutrición infantil supera el 35% entre los me- manente con otras ONG españolas, con gobiernos regionales, dinores de cinco años. Los trabajos -muy participativos como no putaciones y municipios. ¿Sobre si pensamos volver? No nos lo hemos podía ser de otra manera- se centran sobre todo en las madres planteado. Aquí está nuestro trabajo, nuestros hijos, nuestras vidas”. gestantes. Se trata de lograr que mejore algo tan básico como los Si hubiera que hacer balance, pero aún mirando al futuro, “lo hábitos de higiene y alimentación; pero también de facilitarles el acceso a los servicios de salud, de promover hogares y sobre todo más gratificante es haber mantenido la esperanza de que las cosas comunidades saludables. Más de medio millar de madres y sus hijos pueden cambiar y nosotros también. El haber mantenido la cercanía a la gente y sus ilusiones. El haber capacitado a cientos de personas, son los beneficiarios de estos proyectos. el haberlos visto crecer con nuevos valores e inquietudes”. Me pregunto cómo ha sido la integración después de décadas Paco Paniagua. de trabajo en la zona. José María comprende bien un aspecto que Redactor jefe de sociedad. Onda Cero. parece fundamental: “Te valoran y te quieren, pero no quieren que 82


J. Igancio Igartua

Glendis Xiomara Guevara Becada de la ONGD Sintiendo el Sur. Honduras. El sueño de aprender para enseñar Alcobendas, 15 de febrero de 2010. El día ha amanecido muy frío y gris. Glendis Xiomara Guevara, una joven hondureña que apenas lleva dos semanas en España, sale de casa muy abrigada. Nunca ha sentido en su cara el aire gélido. En el departamento de Choluteca, donde vive todo el año, es raro que la temperatura baje de los 20 grados por la noche y lo normal es que supere los 35 durante el día. Hoy, acompañada por Paloma, Aída y Nacho, va a hacer algo totalmente nuevo en sus 22 años de vida: dar una charla a un grupo de 4º de la ESO de uno de los institutos de la citada localidad madrileña. Frente a medio centenar de chicas y chicos, de 15 a 17 años, Xiomara comienza a relatar cómo ha sido y es su vida en San Ramón, una de las 66 comunidades que conforman la municipalidad de El Triunfo, en el sur de Honduras, muy cerca de la frontera con Nicaragua, en la que hace años por sus polvorientas calles se movían con total tranquilidad los miembros de la ‘Contra’ que trataban de acabar con el gobierno sandinista. Pero no habla de ello. Inicia la plática exponiendo su experiencia -tenía 11 años- durante las dos trágicas semanas del huracán ‘Mitch’, que en 1988 devastó la región, cobrándose cerca de 20.000 víctimas, entre muertos y desaparecidos, y causando daños valorados en miles de millones de dólares. Cuenta que para salvarse de la inundación pasó, junto a su familia, varios días encaramada en un cerro, teniendo como techo y despensa un árbol sin frutos. Recuerda su casa convertida en barro por la fuerza del agua y la debilidad del adobe. Explica el miedo que sintió al ver a toda su familia enferma -luego supo que era cólera- y cómo evacuaron a su padre en una camilla de troncos, con los porteadores hundidos en un lodo que les llegaba a las rodillas. 83


Xiomara indica que en esos meses también había terminado la Primaria en El Cedral, otra comunidad triunfeña, pues la suya es tan pequeña que ni siquiera tiene escuela. Bueno, ni luz, ni agua potable, ni servicios higiénicos, ni… Se emociona cuando habla de que el viento huracanado también arrasó la ilusión, la esperanza y el sueño que tenía de seguir estudiando en el Instituto para saber más y tratar de alcanzar un futuro mejor del que el destino le tenía asignado por el arbitrario hecho de nacer en una familia pobre, en una comunidad pobre, en un país pobre. Los pedazos de tierra en los que su padre y sus hermanos mayores sembraban ya no daban ni maíz, ni frijoles, ni camote; ni las plataneras sus pequeños y sabrosos frutos; ni la vaca derramaba una gota de leche; ni el río Guasaule ofrecía la oportunidad de arrebatarle algún pez. Nada. No tenía otra salida que trabajar. Una familia de El Triunfo la cogió para cuidar al hijo pequeño y asear la casa a cambio de una cama, la comida y unos pocos lempiras (apenas 12 euros), que entregaba en casa para echar una mano en la endeble economía doméstica. La charla de Xiomara continúa frente a las miradas de los jóvenes alcobendenses. Los ojos de unos reflejan interés, curiosidad, inquietud…, los de otros indiferencia, apatía, tedio… Normal. Como ‘normal’ es la vida de esta joven en El Triunfo. La rutina del trabajo, salpicada con catequesis en la parroquia, el grupo de baile local, algún viaje a Tegucigalpa, las charlas a la luz del candil o bajo la sombra del ‘palo campeche’, el árbol antesala de la casa, van dejando caer las hojas del calendario con sus semanas, sus meses, sus años. La casualidad, el destino, o una serie de circunstancias que sería largo de relatar aquí, hacen que en el año 2003 un grupito de voluntarios de Sintiendo el Sur, una pequeña ONGD radicada en Alcobendas, visite la aldea de El Cedral. Después de inspeccionar la escuela para realizar algunas mejoras en el mobiliario y en el material escolar, así como en las instalaciones en general, surge la idea de crear un Programa de Becas que posibiliten cursar Secundaria a los chicos y chicas de esa comunidad, en la que hacía más de una década que ningún escolar había podido ir al Instituto por falta de medios. En un principio son sólo 12 becas, pero una de ellas se le concede a Xiomara, pues la profesora Lucy sabe el interés que tiene por seguir aprendiendo. Xiomara relata que elige hacerse perito mercantil -un equivalente a auxiliar administrativo-, aunque ello le supone un gran esfuerzo, ya que tiene que compatibilizar el trabajo con el estudio. El esfuerzo es un valor que ha marcado su vida desde que ayudaba a ‘jalar’ el agua a su madre con apenas cinco años, hasta moler con una piedra el grano de maíz para hacer la harina de las tortillas, pasando por el cuidado de los animales, caminar más de dos horas para acudir a la escuela, fregar y lavar la ropa a mano, alisar camisetas y pantalones con planchas de hierro al fuego… 84

La presentación va llegando a su fin, pero no olvida el agradecimiento a los ‘hermanos’ de Sintiendo el Sur. Un grupo de poco más de una veintena de voluntarios, la mayoría menores de 30 años, que un día de 2001 hicieron nacer esta organización en la parroquia de San Agustín, sabiendo que no iban a cambiar el mundo, pero sí que podrían aportar un granito de arena para construir el gran edificio de la justicia, en el que todavía no habitan millones de mujeres y hombres de tantos lugares de este planeta. Sabiendo también que el compromiso con los más débiles está en el centro del mensaje de Jesús y que el acompañamiento a los que no tienen casi nada es el primer paso para vencer la pobreza. Por eso cada verano acuden a Honduras algunos voluntarios -ya han estado allí Raquel, Roberto, Almudena, Arturo, Alberto, Esther, Sergio, Pilar, Paloma, Nacho, Maite, Noemí, María, Isa, Aída- para convivir, para compartir, para conocer de cerca las necesidades más inmediatas, para escuchar las propuestas de las comunidades. Gracias a esta relación y a la generosidad de un montón de amigos hay becados 130 jóvenes que miran al futuro con cierto optimismo. Gracias a esta colaboración se ha construido un centro comunal-biblioteca, se ha levantado un puente para salvar la quebrada que con la lluvia dejaba aisladas a unas cuantas comunidades, se ha comprado un generador para la iglesia, se han impartido talleres de formación en primeros auxilios, enfermedades infecciosas, alimentación, higiene, sexualidad, dinámicas para el tiempo libre de los niños. Y ahora se trabaja con afán para llevar energía eléctrica a las muchas comunidades que carecen de ella. Todo ello sin olvidar que tan importante es la labor en el Sur como la sensibilización en el Norte. Por eso, Xiomara termina su charla respondiendo unas pocas preguntas de los jóvenes de ESO sobre cómo se divierten en Honduras, qué trabajos hay, qué sueldos tienen, qué es lo que ha hecho para venir a España, qué comen allá… ¿hay bolera? Cansada, se dirige a la puerta del instituto. Al abrirla se queda parada. Los ojos se le llenan de asombro y en la boca se le dibuja una amplia sonrisa. ¡Está nevando! No lo ha visto nunca. Con las manos enguantadas trata de coger los copos. Aunque al momento se hacen agua, sigue poniendo sus palmas hacia arriba para que se pose en ellas el frío ‘algodón’. Aunque en dos meses Xiomara ha dado 35 charlas y se ha dirigido a más de mil jóvenes escolares, sabe que queda mucha tarea por hacer, aquí y allá. Ahora, ya graduada gracias a una beca, ha hecho realidad su sueño de aprender para enseñar y trabaja como agente local de Sintiendo el Sur.

J. Ignacio Igartua. Periodista, free lance.


Generosa Iturri Misionera Teresiana. Angola.

El milagro de Cubal Tantos días esperando a tener noticias de cómo poder hablar con las teresianas de la Misión Católica de Cubal (Angola central) y cuando por fin escucho al otro lado del teléfono a Generosa Iturri (Valle de Erro-Navarra, 1929), en vez de echarse a contar su vida y milagros -que no son pocos, ya verán- me hace preguntas y preguntas porque lo que quiere saber son cosas de mí, de dónde soy, de mi familia, de mis hijas, de mi día a día…, ¡como si la importante fuera yo! Aunque no sé de qué me extraño porque ya me habían prevenido sobre esta misionera: “Es de una humildad casi patológica”. Y sin tiempo que perder, con una telefonía que amenaza con quedarse sin batería, me lanzo a la arena para impedir que esta alma de Dios me siga comiendo el terreno. - Generosa, nunca vi antes a nadie con un nombre tan bien puesto. - ¡Ay, cállate por favor! (ríe). ¡Si siempre protesté por un nombre que no me gustaba nada!

- Más que un nombre es un epíteto. ¿O cómo llamar a sus 53 años de misionera? - El mejor trabajo del mundo. De los 22 a los 25 años me preparé como religiosa y luego, tras pasar tres años en Lisboa estudiando para ser enfermera, salí de allí en barco hacia Angola el 22 de septiembre de 1957. Llegué a Lobito el 8 de octubre. - ¿Su primera impresión? - Me sobrecogió, pero me gustó también mucho. Me sentí satisfecha porque pensé que era aquí donde yo tenía que trabajar. Encontré mucha gente necesitada entre los que podía realizar mi vocación. - ¿Tenía algún referente en la familia, entre sus amistades? - Qué va. Mi madre era maestra de pueblo y tenía un primo sacerdote en Pamplona, al que apenas conocí porque mi madre murió muy joven, me dejó con seis años, y perdí bastante el contacto con la familia. Mi padre tenía tierras y era ganadero. Así que fui al colegio muy poco tiempo con mi madre y luego con las teresianas. Verás: yo quería ser misionera y ellas fundaron en esos años una primera comunidad en Angola. Les pregunté si podía ser una de ellas, me dijeron que sí y lo cumplieron.

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- En realidad partió a la guerra. - Sí. En los 60 viví la guerra colonial, que curiosamente fue cuando más progreso tuvo Angola, porque se construyeron carreteras, hubo industrialización… Como la guerra se libraba en la frontera norte y nosotras estábamos en el centro, tiros y cosas de esas no sufrimos, pero tampoco fueron tiempos fáciles: los padres nos pedían que guardáramos a sus hijas en la misión por el peligro que corrían en las aldeas. - Sí vivió en carne viva el fuego cruzado de la contienda civil. - Fue horrible y duró 30 años. La viví enterita, del primer día al último. - La misión, además, está al borde de una carretera estratégica. - Vivíamos con muchos riesgos, pero también con muchos deseos de ayudar. Venían desde todos los puntos porque el nuestro era el único puesto médico en 500 kilómetros. Conseguí que viniera la hermana Teresa López, que es médico de Pamplona. Luego vinieron los de Cruz Roja, Médicos Sin Fronteras franceses y se instalaron en la misión. Fue muy fuerte, con tiendas de campaña, enfermerías hechas de palos y techos de paja… No te imaginas lo que fueron las primeras amputaciones de guerra junto a la hermana Teresa, operando mientras bombardeaban. Tremendo, pero también satisfactorio porque éramos útiles a un pueblo que sufría tanto. Aún no sé cómo nadie nos tocó y pudimos ayudar a todos. Verdaderos milagros que la gente no comprende. - Tras el desastre se emplearon en recomponer el paisaje humano, recoger los pedazos… - Nos llegaban enfermos, heridos, abandonados, solos… - Con ellos edificó su barrio de San José. - Al principio tuvimos hasta 200 niños, familias partidas, ancianos. Hicimos grupos de casas con pisos en vez de un gran asilo o un orfanato, porque pensamos que era mejor crear familias nuevas con aquellos huérfanos, ancianos solos, desterrados, que no podían volver a sus aldeas. Y además hicimos un comedor para los pobres de alrededor que vienen a las consultas y carecen de todo. - Otra paradoja: fue un sencillo molino, en medio de tanto petróleo y diamantes, lo que les dio el sustento y la esperanza. - Esto sólo se comprende conociendo un poco el egoísmo humano. Angola sigue la misma regla de las naciones ricas, donde hay mucha riqueza, pero también mucha pobreza. Durante la guerra nos llegaban ayudas, pero cuando acabó y se marcharon todas las organizaciones, ellos mismos nos preguntaban de qué íbamos a vivir. Pero siempre pensamos que algo saldría, y salió un molino, un pequeño aviario, y una huerta grande, y todo lo que recogemos, mucho o poco, va en beneficio de los más pobres. - Sapalo fue un niño perdido que no se quiso ir de su lado. ¡A cuántos habrá criado! - A muchísimos. Sapalo ya hace el noveno curso, aquí en la misión, donde luego les damos el curso básico que quieran, bien de electricidad, de carpintería industrial… Y después empiezan a trabajar y a ganar, y si quieren, siguen estudiando. Ayer me llamó otro: “Sabes, ‘abu’ -todos me llaman abuela- voy a entrar en la Uni-

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versidad”. Qué satisfacción. Tiene trabajo y es inteligente. Como Sapalo, que estudia, trabaja en la carpintería, gana un poco de dinero, se ha hecho su casa, tiene novia y se quiere casar. - De otros se tuvo que despedir para siempre. - Cuánto dolor. Les doy todo lo que puedo para aliviarlos, limpiarlos y acompañarlos hasta el último momento. Y lloro. -Y dígame, Generosa, cómo se sobrevive a las minas antipersona, a la amenaza permanente del sida, a las fiebres hemorrágicas, a la tuberculosis... - Si ya te lo he dicho: un milagro. Pero eso te lo contaría mejor la hermana Teresa, que lleva el programa contra el sida y la tuberculosis, porque yo, con 81 años, me he retirado de la salud y estoy muy a gusto llevando la obra social. Pero me tocó lidiar con eso toda la vida. Durante la guerra tuvimos hasta 900 tuberculosos internos y yo nunca padecí la enfermedad. Había tanto trabajo que no tuve tiempo para contagiarme. - ¿Hay inmunidad frente al sufrimiento? - No. Pero sigues con la esperanza de que todo mejore y deseando justicia y paz. - Teresa de Calcuta dudó y toda su vida se preguntó por qué. -Por qué, por qué… Es verdad. Se duda porque las injusticias y todo lo demás mueven sentimientos y no se comprende nada. - ¿La fe mueve montañas? - Sí, sí, sí. Oye, nunca pensé que creería en eso tan ciegamente, pero es que lo he vivido. Por ejemplo, en guerra, sin transporte y muchos enfermos y pobres, nos quedamos con dos fardos de harina de maíz para dar de comer a tantos. Pues ese mismo día llegó un carguero con 200 sacos de comida. ¿Eso qué te parece? - Un milagro. -Ah, claro, claro. Y una fe muy grande. - Pida un deseo. -Un pequeño motor para una peladora de maíz con la que sacar más rendimiento al molino que nos financió Manos Unidas. - Perdone, le había preguntado por un gran sueño. - Es que es un sueño que vale 3.000 euros y no los tengo. ¡Si a mí me llegaran esos 3.000 euros! Dígalo por ahí, a ver qué pasa. Dicho queda, Generosa, hermana y abuela, Cruz Oficial del Mérito Civil, paradigma de la entrega. “Ven cuando quieras”, se despide. E iré, porque nadie en su sano juicio rechazaría la invitación a un milagro. Virginia Ródenas. Diario ABC.


Eugenio Jover.

Padre Blanco. Burkina Fasso.

M.U./Javier Mármol

El tronco que se convirtió en cocodrilo Dicen los africanos que el tronco del árbol, por mucho que dure en el río, no se puede convertir en cocodrilo. Y el padre Eugenio Jover se lo repite a sí mismo y a los demás para no creerse un burkinés aunque lleve 40 años viviendo en el país, aunque hable un francés tan perfecto como el castellano de su Valladolid natal, aunque se desenvuelva con soltura en tres de las variantes lingüísticas de la etnia ‘samó’ y esté aprendiendo el ‘mooré’ de los ‘mosis’; aunque participe en las reuniones del consejo de ancianos como si fuera un nativo, aunque ame “la tierra de los hombres íntegros” como si fuese un cocodrilo africano y no el tronco de un árbol castellano.

Este padre blanco de corazón africano llegó a Burkina Faso en 1970, cuando el país aún se llamaba Alto Volta. Los 25 primeros años vivió en tierra de los ‘san’, en la región del norte habitada por la etnia ‘samó’: “Hacerme ‘san’ o africano, ha sido una etapa de las más apasionantes”, confiesa el tronco que se convirtió en cocodrilo. Un paréntesis de tres años en España le sirvieron para estudiar y ponerse al día al tiempo que acudía allá donde le reclamaban para hablar de África, de Burkina, de sus añorados cocodrilos. Y de nuevo regresó a “la tierra de los hombres íntegros”. Pero esta vez cambió los ‘samó’ por los ‘moosis’, la variable lengua de los ‘san’ por el ‘mooré’. 87


Eugenio lleva 15 años en la región de Kaya, al este del país, a más de 100 kilómetros de la capital, Uagadugú. Cuando estuvo en la parroquia de Bulsa construyó con el apoyo de Manos Unidas la presa de Boala y el colegio de secundaria, “que está lleno”, apunta el africano de Valladolid. Antes recibió dinero de Manos Unidas para construir talleres para jóvenes artesanos, casas para maestros, salas de alfabetización, maternidades rurales; estiró la ayuda para instalar paneles solares y llevó la luz a los centros de formación y a las casas de los maestros. Hace cinco años que llegó a la parroquia de Barsalgo, más al norte. La etnia y la lengua son las mismas, pero la zona es mucho más seca y calurosa; el norte de la parroquia es desértico y los accesos son muy complicados. La mayoría de sus habitantes practican el animismo o son musulmanes. Los católicos son una comunidad pequeña pero muy viva. “Y en eso andamos ahora, en seguir luchando contra la pobreza en la que vive mi gente con toda la dignidad del mundo”, resume su vida este héroe desconocido sin darle mayor importancia a sus 40 años dedicados al pueblo burkinés antes de contestar algunas preguntas sobre Burkina, la Iglesia, los proyectos de Manos Unidas y su futuro.

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- ¿Cuáles son las necesidades principales en Burkina Faso? - La falta de agua en la estación seca, la falta de mijo cuando hay mala cosecha y la falta de trabajo para los jóvenes. La falta de agua afecta a todos, pero sobre todo a las mujeres y a las niñas que, por tradición, son las encargadas de ir a buscarla. Pero sin agua los hombres y los jóvenes no pueden trabajar. Sólo viajar en bicicleta o emigrar. Esto es así en los pueblos con poca agua. Las ciudades tienen más agua. Hay grifos públicos y comida en los mercados. Pero todo hay que pagarlo y el problema allí es la pobreza. - ¿Qué papel juega la Iglesia católica? - Los cristianos son minoritarios, un 15%, pero forman una comunidad muy viva y dinámica. Los seglares se comprometen y contribuyen a la mejora de la vida en el pueblo donde viven. Las parroquias y los curas procuran realizar proyectos de desarrollo y educativos, como escuelas y colegios, hogares para chicas estudiantes, bibliotecas… Pero como el Evangelio lo llevaron misioneros blancos hay personas que creen que el cristianismo es la religión de los blancos. Y a los blancos se les relaciona con el dinero. Por eso nosotros lo pasamos mal, porque nos miran como si tuviéramos mucho dinero y pudiéramos resolverlo todo, y tenemos que decir que no. La misión no se hace con dinero, se hace con sudor y con unos granos de amor.


M.U./Javier Mármol

- ¿Qué cambios ha notado desde que llegó? - El teléfono, los móviles. Todo el mundo tiene uno o sueña con tenerlo. La electricidad en las pequeñas ciudades durante unas horas al día. Alguna carretera asfaltada y pistas de tierra en mejor estado; muchas más escuelas, la universidad que funciona a trancas y barrancas… y hasta un mejor vestir. Ahora casi todos los niños van a misa y a la escuela con sandalias, y no descalzos como cuando llegué. - ¿En qué medida la colaboración de la Iglesia en pequeños proyectos favorece el desarrollo? - Muchísimo. Los proyectos son como unas gotitas de amor en un mundo de pobreza, que lo van aliviando y curando. Hay todo un ámbito donde el Estado no llega por falta de medios. Sólo paga a maestros, profesores, enfermeros y funcionarios de las oficinas. Ya está bien, pero no es suficiente. Hay muchos pueblos y aldeas que no tienen nada, ninguna estructura y tienen que caminar lejos para una escuela, un dispensario, para coger agua… Son muchas las necesidades. Ahí los proyectos de desarrollo suplen esa carencia. La mayoría de los proyectos están promovidos por las parroquias. Muchas veces los responsables políticos nos dicen: ¡Ayúdenos, por favor!

- ¿Qué proyectos tiene ahora entre manos? - ¡Uy… Muchísmos! Sería muy útil un colegio de Secundaria para Barsalgo y su región, pues en el instituto que hay las clases están abarrotadas, con más de 100 alumnos por aula. Además, sería crucial que el pueblo tuviera un pequeño pantano. Si no, es imposible que prospere. Y estamos intentando preparar, con amigos de Barcelona, un hogar para estudiantes; y con la ayuda de Manos Unidas, un centro de costura para chicas en el pueblo de Basem. - ¿Cómo se puede poner la gente en contacto con usted si quiere ayudar? - Lo mejor es colaborar con Manos Unidas o con Cáritas. Ellos son los que más nos ayudan. Lo que dais aquí llega allí, a la gente más pobre y alejada del bienestar. Y ahora también me pueden añadir como ‘amigo’ en el facebook… - ¿Cómo le gustaría ser recordado? - La gente de nuestros pueblos se acuerda del nombre de los misioneros que venían a sus casas, a su iglesia. Me gustaría que me añadiesen a la lista como uno más y que me recordasen como a un padre… o como a un amigo. Santiago Riesco. Periodista del programa “Pueblo de Dios” de TVE.

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Heng Yon Kora

Fundador de CSARO. Camboya. Historias de esperanza en papel reciclado A los 12 años, Natalia recibió un regalo por el que no mostró demasiado entusiasmo. Se trataba de un collar de un tono azul desvaído, cuyas cuentas no eran otra cosa que tiras de papel, enrolladas hasta adquirir una forma oval un tanto irregular. Con la decepción pintada en el rostro, dio las gracias y guardó de nuevo el collar en la bolsa de papel reciclado en la que había viajado miles de kilómetros. Su tía, que ya habría previsto la reacción, intentó explicarle el porqué de ese obsequio; el significado de esas cuentas de papel: - Probablemente ahora no comprendas por qué te hago este regalo; guárdalo, pero ten presente que cada una de estas tiras de papel lleva escrita la historia de esfuerzo y esperanza de una persona, quizá de un niño como tú, que debe trabajar cada día para poder comer e ir al colegio. Déjame que te cuente solo una de ellas; el resto, con el tiempo, podrás ir escribiéndolas tú. “Cuando tenía más o menos la edad que tienes tú ahora, Heng Yon Kora, el protagonista de esta historia, vivía felizmente en Phonm Pehn, la capital de Camboya, ese país pequeñito, que está en el sur de Asia y que tanto te costó hace unas semanas encontrar en el mapa. La vida de Kora transcurría apaciblemente entre la escuela y los juegos en la calle con sus amigos o con sus hermanas Ny, Niang y Nor. Pero el 17 de abril de 1975, su mundo cambió de golpe. La ciudad se vio, de la noche a la mañana, invadida por grandes camiones cargados de hombres y mujeres, muchos de ellos muy jóvenes. La gente en las calles los recibía con entusiasmo y miraban con curiosidad las fotos de un hombre de aspecto serio, que aparecía en la mayoría de los vehículos. Mientras volvía del colegio a casa, Kora se preguntaba quiénes serían esos hombres que sonreían y saludaban desde los camiones y, sobre todo, quién era ese señor, con ropas militares, que parecía mirarlo todo desde su puesto privilegiado en las camionetas. Desgraciadamente, no tardaría en enterarse. Pocos días después, los soldados, que ya sabía, porque se lo habían contado en casa, que pertenecían al ejército del ‘Khemer Rouge’ (el Jémer Rojo), dejaron a un lado la amabilidad y mostraron su cara más cruel. Obligaron a los habitantes de Phonm Pehn a abandonar sus hogares y a trasladarse, con los pocos enseres que pudieron transportar, a aldeas rurales. A Kora y a su familia -sus padres y hermanas- los enviaron a Phonm Leap, en la provincia de Bunteameanchey. Allí transcurrieron los cuatro años más duros de su vida, en los que millones de camboyanos sufrieron en sus carnes los delirios de poder de un genocida -luego te explico qué es un genocida- llamado Pol Pot, el señor de las fotos de los camiones, y de su ejército, formado por soldados brutales y sanguinarios, la mayoría de ellos aldeanos procedentes de pueblos como Phonm Leap. En ese tiempo no pudo volver a la escuela, porque trabajaba todo el día, bajo un sol abrasador, en los campos de arroz. Casi no recibía comida y, a veces, el cansancio era tan grande que ni siquiera era capaz de moverse. Vestido, como el resto de la gente, con un pijama negro, que absorbía ansioso los rayos de sol y anulaba cualquier intento de destacar, se repetía constantemente: “Kora, debes trabajar duro para mejorar tu vida…”, y ello le permitió subsistir a duras penas mientras duró aquella feroz dictadura. En enero de 1979, cuando Kora tenía 16 años, el ejército de Vietnam, el país vecino, consiguió derrotar a Pol Pot y a sus tropas. Los cuatro años de terror del ‘Khemer Rouge’ parecían, por fin, haber terminado. Pero en Camboya ya nada volvería a ser lo mismo. El hambre, la enfermedad, el cansancio y la desesperanza, acabaron con la vida de dos millones de camboyanos. Entre ellos, los padres y las dos hermanas mayores de Kora, Ny y Niang. Poco después, Kora regresó a Phonm Pehn junto a su hermana Nor. En cuatro años, el mundo de su primera infancia se había venido abajo. El caos en su país era completo, pero él era consciente de que, de una u otra manera, habría de salir adelante. Durante seis o siete meses encontró sustento en la basura. Nunca antes había imaginado que los desperdicios que otros desechaban podrían proporcionarle la oportunidad de estudiar y formarse. Cargado con un saco de arpillera, recorría las calles buscando materiales reciclables que luego vendía en la ciudad. El papel, el plástico, las latas, las piezas de vehículos abandonados… le permitieron costearse sus libros escolares. El primer paso estaba dado.

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Al tiempo, el nuevo Gobierno de Camboya reclamó sus servicios. Había cumplido ya 17 años y debía servir a la patria como soldado. Imagínate, Natalia, niños y niñas, algo mayores que tú, empuñando un fusil. No podían negarse. En Camboya nadie se negaba a nada. Los años de terror habían anulado las voluntades de un pueblo trabajador y pacífico. Los camboyanos estaban sometidos. No había que preguntar nada, solamente se agachaba la cabeza y se obedecía. Por eso, en los cinco años siguientes, Kora recibió formación militar en Vietnam para hacer frente a la guerrilla del ‘Khemer Rouge’ que, escondida en la selva, luchaba por recuperar el poder que había perdido. Por suerte, a la vez, pudo volver a estudiar. Y aprovechó cada momento para recuperar el tiempo perdido. Durante su época de formación no olvidó nunca la promesa que se hizo a sí mismo: algún día llegaría a trabajar para conseguir mejorar la vida de los recicladores de basuras; aquéllos con quienes convivió durante meses, los más marginados y desamparados en ese mundo de pobreza y descontrol que era Camboya. Su tesón y la formación adquirida le llevaron a trabajar para las Naciones Unidas, siempre al lado de los más necesitados. Pero Kora sentía en su interior que eso no era lo que tenía que hacer; había algo más, algo que no podía conseguirse desde su despacho en una oficina. La decisión de dejarlo todo llegó en 1997. La visión, mientras caminaba por Phonm Pehn, de un grupo de niños que recogían basura en sacos de arpillera fue como un resorte. Se acercó a ellos y les habló. No sé si les contó su historia o si les pintó un futuro mejor… pero les convenció para que estudiasen, porque sólo con el estudio se puede aspirar a cambiar las cosas. Seguramente se oyó a sí mismo decir: “Debes trabajar duro para mejorar tu vida…”. Tras esos primeros pequeños llegaron otros muchos y, después, sus padres y sus vecinos… Un año más tarde, en 1998, nació CSARO (Community Sanitation and Recycling Organization), una ONG que ha ido creciendo a la par que crecen sus logros. Yo he estado con ellos, Natalia. Kora me lo ha enseñado todo, para que luego pueda contarlo. He visto a muchos niños, vestidos con camisetas naranjas, que durante unas horas a la semana dejan de llenar sus sacos con basura para asistir a clases de apoyo escolar. He visto cómo les explicaba que en la basura puede haber cosas malas, que deben tener cuidado con lo que cogen. Y he oído sus risas infantiles. Y percibido brillos de alegría en sus ojos tristes… También he estado en sus casas. Muchas de ellas están en un vertedero enorme que se

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llama Steung Meanchey. Nunca podré olvidar la impresión que me ha causado ese lugar. El olor es tan fuerte que impregna todo lo que llevas puesto. Y las imágenes son desoladoras: viviendas de basura en la basura y miles de niños y adultos que rebuscan sin descanso algo que pueda servir para ser vendido; o reciclado en los talleres de CSARO. Allí los mayores, que trabajan en cooperativas, fabrican compost, que es un abono orgánico que luego venden en la ciudad. No imaginas cómo me ha sorprendido ver lo que son capaces de hacer con los desperdicios: marcos de fotos, alfombrillas de plástico, que tejen ellos mismos con esmero, cuadernos, carpetas, maceteros de caucho, todo tipo de abalorios… Este collar, Natalia, te lo compré allí. Sé que es pequeño, que esperabas algo más, pero creo que ahora te he ayudado a comprender lo que significa; el esfuerzo que hay en cada una de sus cuentas”. Ahora, los trabajadores de las basuras, los habitantes de los ‘slum’ (barrios marginales de la ciudad) conocen lo que es el alcantarillado, los pozos, el agua limpia, los callejones pavimentados… El pasado 7 de julio, Kora cumplió 48 años en la oficina, trabajando junto a sus compañeros en el plan de actividades de CSARO para los próximos tres años. No sabemos si en Camboya se soplan las velas, pero seguro que Kora sí detuvo un momento el ritmo frenético de trabajo para desear que su sueño de mejorar la vida de sus amigos, los recolectores de basuras de Phonm Pehn, siga haciéndose realidad. El vertedero de Steung Menchay cerró hace unos años. Muchos recicladores lo han abandonado, otros siguen viviendo allí, en sus casas de basura. Se resisten a dejar los que han sido sus hogares durante años, que son, quizá, su única propiedad. Y el negocio de la basura sigue adelante. En una economía incipiente como la de Camboya, los residuos siguen siendo el medio de vida de decenas de miles de personas. Y mientras sea así, los trabajadores de las basuras recibirán el apoyo de Heng Yon Kora y su equipo de CSARO. Y sus historias seguirán escribiéndose en cuentas de papel reciclado. Por su parte, Natalia tiene ahora 18 años. Todavía conserva el collar de papel, al que tiene un cariño especial. No lo luce en el cuello, sino enrollado en la muñeca. Y a quien le pregunta, le cuenta orgullosa su origen. Marta Carreño. Periodista del Área de Comunicación de Manos Unidas


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Carmen Llorca Misionera franciscana. Mauritania. 93


Una pincelada de sabor casero

posible, pero que aún era capaz de robarle tiempo a su tiempo para hacernos llegar, a todo el equipo de la misión, una pincelada de sabor casero en un país remoto y extraño.

Corría el mes de noviembre de 1995 cuando me encontraba inmerso en una misión humanitaria del área de la salud visual, en Mauritania. Para mí era la primera oportunidad de trabajo en un país del Sahel, absolutamente desconocido, y no dejaba de sentir cierta preocupación por falta de experiencia y de referencias próximas.

Desde aquel día, la hermana Carmen Llorca ha sido mi referencia en Mauritania durante los muchos años que he viajado allí por múltiples motivos.Verla era contagiarse de su sonrisa, su buen humor, su actitud positiva ante las dificultades y nunca, en casi 10 años de viajes a Mauritania, le oí decir ni una palabra de derrota, desconsuelo o lamento. Sí he constatado cómo la tratan las que Una de las bases en las que trabajamos fue la Policlínica de con ella trabajan, cómo la miran, cómo la obedecen. Nouakchott que gestionaba Médicos del Mundo. Ya llevábamos He ido siguiendo su trayectoria, he visitado sus tiendas de cocierto tiempo recorriendo el desierto de Mauritania con todas las carencias propias del recorrido: agua escasa, duchas añoradas, polvo, operativas de mujeres, he comido y cenado en su casa, hemos hablado, reído y reinventado el mundo. Su trabajo en el país que la arena y una alimentación que no parecía la idónea. acoge es sencillamente excelente, en lo humano y lo divino. Estoy De repente, una tarde cualquiera de trabajo en la Policlínica, seguro de que con su ‘savoir faire’ tiene una larga lista de amigos, apareció una mujer detrás de una sonrisa que vino a visitarnos, a de gente agradecida y de oportunidades realizadas. darnos las gracias por el trabajo y a animarnos. Llevaba un algo enYa hace unos años que no he viajado a Mauritania. Cuando vuelto en papel de aluminio y un termo en las manos. Fue una fiesta: café con leche y un bizcocho, hecho en casa con unas manos llenas pienso en ese país no puedo dejar de evocar su desierto, sus noches de generosidad y cierto cariño. No fue una única vez porque nos de estrellas abrumadoras, el pan -de lo que dejaron los franceses-, sorprendía de tanto en tanto, feliz de nuestra “buena disposición” sus colores, sus olores y -cómo no- la sonrisa de la hermana Carmen, familiar, cálida, franca. envuelta de halagos. La recuerdo como una persona feliz. Ojalá lo siga siendo Era la hermana Carmen, Carmen Llorca. Supimos que llevaba media vida en el país, que no llevaba hábito, porque en Mauritania todos los días de su vida. Eso nos hará también felices a cuantos no se puede hacer ostensible ni visible la profesión de una fe distinta tenemos el placer de conocerla. a la oficial, que trabajaba mayormente con mujeres, que había formado ya no sé cuántas cooperativas de trabajo, que las mujeres de Pedro Fusté. Nouakchott la respetaban y obedecían, que andaba todo el día liada, Periodista de la Cadena SER dando ejemplo de tenacidad, fuerza y convicción en su misión im94


Belén Torres

Isabel López de Guevara Movimiento Salvadoreño de Mujeres. El Salvador.

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estaba ante una gran mujer, de esas que son capaces de ponerse el mundo por montera, aunque ahora no sea políticamente correcta la expresión. De golpe una tiene la sensación de que se topa con la historia, y que se topa con sus propias creencias, esas que tienen que ver con la liberación de la mujer, con la igualdad en su amplio sentido y con la libertad; es cuando una entiende lo que desde la vieja Europa o la avanzada Norteamérica hemos denominado feminismo. Pero en Isabel tiene el valor añadido de la defensa de esas mujeres a las que la vida les dio demasiadas M.U./Marta Carreño veces la espalda. Me contaba que la historia de las mujeres de su país era una historia marcada por el trabajo, por una ancestral educación machista, por sacar adelante a su familia, por sostener el hogar. Muchos hombres murieron en la guerra y gran parte de los que quedaron emigraron a los Estados Érase una vez un invierno frío en la vieja Europa y templado y ca- Unidos, con lo que ellas han asumido la responsabilidad no sólo familiar, luroso en la América central, como cada diciembre desde hace ya casi sino también social. Me contaba que la pobreza tiene rostro de mujer y una década nos encaminamos a uno de esos viajes que nos animan, a esta de niño, y me contaba también que son ellas las que se han cargado el periodista y a su equipo, a visitar uno de esos países que hemos llamado país a la espalda. Así que esta mujer de batallas miles decidió poner en marcha didel Sur. Acompañamos, o mejor dicho, nos acompañan gentes de Manos versas iniciativas empresariales.Vistas con los ojos del Norte nos pueden Unidas, de acá y de allá. El objetivo es conocer lo que pasa más allá de estas fronteras de parecer negocios ruinosos, pero vistas con sus ojos aprendí que detrás la opulencia y ser capaz luego de contarlo, o mejor aún, intentar al menos de un bote de jabón, de un panel de abejas o de una gallina, está la historia que se vea y que se conozca otra realidad. Es el primer y último objetivo del progreso para muchas mujeres y por ende para sus familias. Aquel día, paseando por diversas localidades salvadoreñas, de las de un reportaje. Como cada diciembre, desde hace casi una década, nos embarca- que no recuerdo su nombre, volví a aprender lo que significa la superación, mos en una nueva realidad. Diciembre de 2007, El Salvador a nuestros trabajar para comer, ser dueño de tu destino para poder dar futuro a los pies. Es un país de contrastes, de multitudinario bullicio y al mismo tiempo que vienen detrás. Aquel grupo de mujeres, con Isabel a la cabeza, la ayer revoluciodel más tenebroso de los silencios. Era la segunda vez en mi vida que llegaba a ese país, lo visité cuando el terremoto del año 2000, y siete años naria, la hoy comprometida, han sido capaces de generar sus propias emdespués qué pocas cosas habían cambiado. Quizás sí habían cambiado, de presas; cómo olvidar las risas mientras llenaban sus botes de champú. O golpe se podía hablar de los fatídicos años 80, de monseñor Óscar Ro- a esas otras mujeres convertidas en apicultoras capaces ya de producir mero, de lo absurdo de las guerras civiles, del vecino del norte y también miel para la venta. O aquellas que me contaron cómo a una de sus compor fin de la pobreza de los salvadoreños.Y de la realidad de un país que pañeras el marido la había matado de forma cruel simplemente porque se debate entre el futuro siempre incierto y el cierre de las heridas pasa- quería irse con otra, y ahí estaban cuidando sus gallinas, como si de sus das, no es casualidad que este país acoja a la UCA (Universidad Centro- hijos se trataran, que sonríen porque no sólo venden huevos, sino que americana), ni es casualidad que aquí hayan dejado su vida miles de además pueden consumirlos, algo que antes era un lujo. No tengo claro, porque desconozco los términos económicos, si personas, algunas anónimas y otras no tanto. Fue hablando de estas cosas cuando tuve la ocasión de conocer a hablamos de microempresas, o de aportación al PIB (Producto Interior una mujer. Ella representa al Movimiento Salvadoreño de Mujeres, un mo- Bruto) de El Salvador, pero sí tengo claro que sin esos microcréditos que vimiento que viene a recoger la historia de lucha de la mujer salvadoreña, en su día aportaron desde una ONG española, que acaba de cumplir 50 que reivindica su papel en la historia, que trabaja por que la violencia de años, sería imposible pensar en el bienestar de estas mujeres. De Isabel hace mucho que no sé, pero estoy convencida que segénero, algo muy extendido en el país, se convierta en delito, y porque guirá recorriendo cada departamento de El Salvador y llamando a todas creen que la historia es más que nunca de ellas. Isabel, Isabel López, es de esas mujeres que lleva a la espalda parte las puertas que se encuentre, sin cansarse, porque a fin de cuentas es lo de la historia reciente de su país. Aún recuerdo la larga conversación, en que hace esta gente. Quizás sea una historia entre 50, sin principio, y sin uno de esos bares salvadoreños que se debate entre lo moderno y lo final, en definitiva como la vida misma. retro. Los años 80, la guerra civil, su vida huyendo a Guatemala, la vuelta Belén Torres. a El Salvador, los amores que se quedan, los amigos que se pierden, no Directora de ‘Es Posible’. Canal Sur2. quería hablar de ella misma, pero pude ver desde el primer momento que

Una historia entre cincuenta

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Juan Pablo López Mendía Sacerdote de la diócesis de Logroño. Benín. 97


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Lugar de la vida Como si una madre dividiera la finca para sus hijos, quedando de lo que han trabajado él y Luis Ángel para que vivan mejor en esta tiras alargadas de tierra, así es Benín, en la redondez de África, un aldea. Las farolas solares que pusieron y bajo las que, cada noche, leen, estudian, trabajan, se reúnen por vez primera con las mariposas país largo y estrecho como una cerilla. nocherniegas africanas, bajo las farolas y las estrellas. En su dialecto, Se compensa su forma de pasillo, con su situación en una de escuchan el evangelio como si lo acabaran de escribir para ellos. las curvas del Golfo de Guinea formando la bahía de Benín, y con Hablé con el padre Juan Pablo por teléfono, estaba en La su trocito de océano azul antes de subir en vertical hacia una tierra que es muy roja y muy verde al mismo tiempo. Ahora en Fô-Bouré Rioja, sus primeras vacaciones en dos años. No me atreví a pregunes época de lluvias y de noche salen las mujeres a por las nueces tarle qué le parecen nuestros problemas, y al colgar sentí la necedel ‘karité’ que caen de unos árboles de tres siglos en estos días. sidad de hacer algo con las manos. Nunca las he visto más inútiles Sus casas son rojas porque están hechas de adobe, y el tejado, con que mientras quitaba guisantes tirabeques a las flores. la hierba que les rodea. Asegura el padre Juan Pablo Mendía, que Un pesar desconocido por lo que no conozco, me pesaba casi nunca están en ellas, que incluso duermen al raso. Toda la vida es a la intemperie, cocinando, hablando, riendo. Vivían aquí del cul- como una losa por lo que jamás, por los demás, hice. tivo del algodón, hasta que lo subvencionaron en Europa, lo cual trajo más pobreza a la pobreza. Ahora viven de picar la piedra en Mónica Fernández-Aceytuno. trocitos, y la traen las mujeres en la cabeza, un pedazo de granito, Periodista del diario ABC que dejan como la grava de los ríos. No cuenta casi nada el padre

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Isabel Martín

Misionera de Cristo Jesús. India.

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Le horrorizaron la segregación derivada del sistema social de castas, la exclusión de los ‘dalits’, o intocables, y la discriminación de la mujer. Sintió la necesidad de renunciar a todo para vivir sin nada y pidió marcharse a un barrio marginal. Así llegó a Joguiesuari y se instaló en una chabola. Sin luz, agua, electricidad ni servicio. En las mismas condiciones en las que aún malviven ocho millones de personas (la mitad de la población del estado de Maharashtra).“Resultó muy duro, pero fui muy feliz”, afirma.Y allí comenzó a ayudar a mujeres sin recursos.

M.U./Mª Eugenia Díaz

El poder liberador del comercio justo Conocí a Isabel Martín en 2004, durante un viaje de prensa organizado por Manos Unidas para mostrar los proyectos que la ONG desarrolla en Mumbai (Bombay). Lo que más me sorprendió de ella fue su vitalidad. Ese entusiasmo que he visto en otras mujeres de su edad, a las que la entrega a los demás parece rejuvenecer, a juzgar por la energía que despliegan. Y es que a sus 84 años, la agenda de esta religiosa salmantina de Guijuelo está repleta de actividad. Después de toda una vida trabajando por los más desfavorecidos de la India, aún le quedan fuerzas para seguir luchando por un mundo más digno y más justo. La razón que con 21 años le llevó a convertirse en misionera de Cristo Jesús. La misma que 60 años más tarde le ha valido el premio Príncipe de Viana de la Solidaridad, que concede el Gobierno de Navarra. Tras estudiar varios años en la localidad navarra de Javier y formarse como enfermera misionera, la destinaron a la India. La primera parada fue Calcuta donde aprendió inglés y conoció a la madre Teresa. Después trabajó en un dispensario médico, más tarde en un internado, tras lo cual fue trasladada a Puna. Desde el principio, quedó maravillada con la belleza del país. Le cautivaron sus olores, sus colores y la bondad de sus gentes: sencillas, alegres y acogedoras pese a vivir en la más absoluta indigencia. 100

En 1985, creó la cooperativa Creative Handicrafts (Artesanía Creativa). Empezó con tres mujeres cosiendo vestidos y muñecos y hoy emplea a más de 1.200 de la clase más baja. “Son mujeres que trabajan muy duro para cambiar sus vidas. Tienen una gran fuerza, generosidad y alegría y lo único que hemos hecho en Creative es despertar el potencial inherente en cada una para que así se liberen ellas mismas y a sus familias”, destaca esta religiosa. La organización elabora juguetes, ornamentos y piezas textiles en seda y algodón. Su producción se comercializa en diversos países occidentales a través de tiendas de comercio justo, de cuyo poder transformador la hermana Isabel es una firme defensora. “El comercio justo capacita a hombres y mujeres por igual y les libera de la esclavitud de los intermediarios”, subraya. Además, la entidad ha promovido 800 grupos de ahorro y microcréditos y ha realizado cursos de formación. La educación ha sido uno de sus objetivos, mediante la creación de guarderías y centros escolares para los hijos de las cooperativistas y los habitantes de los ‘slums’. Algunas de las beneficiarias ocupan puestos directivos en la organización. Con los 40.000 euros del premio Príncipe de Viana, Creative construye viviendas para sustituir a las chabolas, uno de los sueños de Isabel. Cuando le digo que es una monja de ‘pata negra’, como los jamones de su pueblo, ríe. Pero, enseguida, se pone seria y me pide que no olvide decirle a la gente que “hace falta mucha ayuda” y que antes de permitirse un lujo, “se acuerden de los que no tienen nada”. Marta Arroyo. Periodista. Jefe de solidaridad de www.elmundo.es


M.U./Javier Fernández

Juan Carlos Martínez. Misionero de la Consolata. Brasil. Una vaca para el indio Frontera norte de Brasil con Venezuela. Era la madrugada de Reyes de 2004. Les habían dicho que algo podía pasar esa noche, y por eso había tan poca gente en la misión de Sumuru. Juan Carlos Martínez había mandado a todo el mundo a sus casas. Varios camiones llegaron al lugar, sus ocupantes lo destrozaron todo y se llevaron como rehenes a tres misioneros. Entre ellos estaba el hombre que tenemos delante, Juan Carlos Martínez. Los otros eran el brasileño Ronildo Pinto y el colombiano César Avellaneda; todos misioneros de la Consolata. Con ellos fueron detenidos también jóvenes estudiantes de Manaus, que hacían una experiencia de convivencia solidaria con las comunidades indígenas de la región.Tres días después, unas certeras gestiones realizadas por la Nunciatura y por la Embajada de España en Brasil permitieron la liberación de los secuestrados. 101


Lo que los secuestradores querían era impedir que el presidente de la República firmase un decreto por el que se reconocía el derecho de los pueblos indígenas de la región -Raposa Serra do Sol- a la propiedad sobre sus tierras, ocupadas por hacendados blancos. Sentado en el jardín de la casa de su hermana, en un bello y tranquilo pueblecito de La Rioja, Juan Carlos recuerda estos hechos y repasa su vida con absoluta paz. Nació en Logroño hace 46 años. En los grupos juveniles de La Redonda, catedral de la capital riojana, creció su fe, y allí también le nació el deseo de darle a su vida un rumbo especial. Encontró el modo concreto de encauzar este deseo cuando conoció a los misioneros de la Consolata. Al ver el pequeño seminario que la citada congregación tenía en el extrarradio de Valladolid, justo detrás del barrio gitano, algo en su interior le dijo que aquél era su lugar. Eran los años 60; en aquellos momentos los seminarios estaban masificados, y el contraste que ofrecía la cercanía de la Consolata con la pobreza le impactó.

Gobierno, al que le interesaba reforzar las fronteras. Los indios son de talante hospitalario, no violento, y permitieron esos asentamientos. No sabían que se había iniciado un proceso de enfrentamientos entre maneras muy diferentes de posicionarse ante la cuestión de la tierra. Mientras para el indio la tierra no es propiedad de nadie, para el blanco sí lo es, y éste comenzó a cercar territorios, cosa que no hacían los indios, y a impedir el paso de los indígenas por lugares que antes eran libres y que ahora venían calificados como ‘sus’ tierras. Una ley no escrita dice que la tierra es propiedad de aquél que tiene el ganado para ocuparla. En virtud de esta ley, los indios -que no son ganaderos, sino recolectores y cazadores- perdieron buena parte de su territorio, pues los blancos tenían vacas y ellos no. De este modo, los indios, tradicionales ocupantes, perdían terreno. Además, eran utilizados por los colonos como mano de obra barata, creándose situaciones de auténtica esclavitud. Así ocurría con el llamado ‘patronazgo’, por el que los hacendados tenían a los hijos de los indios en las haciendas como mano de obra sumisa y cómoda, que era tratada con violencia.

Los misioneros hicieron frente a esta situación promoviendo la operación ‘Una vaca para el indio’, que permitió a éstos tener alDespués de trabajar durante cinco años en la pastoral juvenil gunas vacas de su propiedad y ocupar a través de ellas parte del tey en la animación misionera en Málaga, Juan Carlos llegó al estado rritorio. Y así, en distintos frentes, comenzó una batalla larga, que de Roraima, en la Amazonía brasileña. Era el año 1995. Él y su co- se prolongaría durante 40 años, orientada a la recuperación de la munidad se entregaron en cuerpo y alma a atender todos los as- tierra perdida. Un paso positivo fundamental fue el reconocimiento pectos de 40 comunidades indígenas, pertenecientes a las etnias que hace la Constitución brasileña de 1978 del derecho indígena a ‘macuxi’ y ‘wapixana’, repartidas en una superficie muy grande. Pu- una tierra que ellos ocupaban antes de que existiese el propio essieron en marcha una escuela técnica agropecuaria y otros muchos tado brasileño. Este reconocimiento, recogido en la ley fundamental proyectos en los terrenos de la salud, la educación, el desarrollo del país, ha sido básico a la hora de fijar la demarcación de las tierras. Al final de un largo proceso, el Tribunal Supremo del país decitécnico y humano, la catequesis, la formación de líderes… La repercusión de todas estas iniciativas fue muy grande. La dió desalojar las villas y haciendas para dar el terreno continuo, y situación sanitaria de los indígenas cambió por completo; la morta- no en islas, a las comunidades indígenas. En la permanente lucha de lidad infantil experimentó un descenso en picado; la malaria se situó David contra Goliat, el pequeño triunfó frente al gigante, a pesar en niveles similares a los de los demás colectivos brasileños. Se sin- de que los hacendados estaban aliados con los gobiernos locales, tieron felices cuando consiguieron que todos los niños de los indios lo que trajo consigo muchas dificultades. Por ejemplo, recuerda Juan fuesen a la escuela. Comunidades humanas marginadas, al borde de Carlos, la primera asamblea de jefes indígenas convocada en el año 1976, fue directamente impedida por el Ejército. la extinción, conseguían dar un paso importante. Detrás de esta victoria de los débiles se encuentra el trabajo Los esfuerzos de los misioneros se orientaron también a asegurar el derecho de las comunidades indígenas a la tierra. La metódico de un grupo de misioneros que valoran la dignidad de ocupaban desde tiempos inmemoriales, pero hace 150 años comen- todos los seres humanos, y que toman partido a favor de lo que es zaron a llegar colonos blancos, que venían alentados por el propio más justo, aunque esto implique, desde luego, algunos problemas, 102


como por ejemplo el secuestro al que se hace referencia en las primeras líneas. O la quema de la misión de Sumuru, que tuvo lugar un mes después. Dice el dicho que si no quieres caer en la boca del lobo, lo que has de hacer es apartarte del lobo. Parece completamente lógico. Sin embargo, los misioneros, algunas veces, no siguen este consejo al pie de la letra.Y no es porque a ellos les encante el peligro, ni porque su vocación sea la de héroes, sino porque sienten la urgencia del compromiso con el prójimo. Con preferencia, con el más necesitado. No hay homenaje capaz de reconocer, como se merece, esta entrega. Sin ellos, muchos colectivos pobres quedarían sin atención. Manos Unidas lo sabe bien, conoce muchos de los lugares donde trabajan.

CIMI

“¡Gajes del oficio!”, exclamó Juan Carlos Martínez cuando lo liberaron. Y es que ese ‘oficio’, el de misionero, incluye un cierto riesgo, que ellos asumen de un modo ejemplar. Al igual que Juan Carlos, todo el conjunto de la Iglesia de Roraima se había comprometido con los indígenas, a pesar de que no era cómodo el hacerlo, pues la Iglesia tenía en sus manos la educación y otras instituciones que le daban una situación de privilegio. A pesar de eso, lo hizo. El éxito de las comunidades indígenas, asegura Juan Carlos Martínez, es consecuencia de la conversión de toda una Iglesia. Si buscan a Juan Carlos ahora, no vayan a Roraima.Ya no está allí.Tal vez lo encuentren en los Servicios Centrales de Manos Unidas, donde trabaja dos días a la semana como voluntario, en el área de Proyectos. Su trabajo actual es la administración de la Consolata en España. Como le sobra un poco de tiempo, lo invierte en nuestra institución.

CIMI

Desde nuestras oficinas, continúa en la brecha y apoya a comunidades pobres de otros rincones del mundo. Igual que hizo en Roraima. Javier Fernández. Responsable del Dpto de Comunicación de Manos Unidas.

M.U./Javier Fernández


Antolina Martínez de Marañón. Hija de la Caridad. India. 104


Son las cinco de la mañana. ¡Riiiiing! Son las cinco de la mañana. ¡Riiiiing! - ¡Dichoso despertador! Bueno, la verdad es que no me puedo quejar. Si no fuera por este aparato no podría pedirle al cuerpo levantarse tan pronto. Ahora me acuerdo de que ayer me acosté cerca de la medianoche, como casi todos los días. A esa hora se está más fresquito y es el único momento en el que puedo hacer algo que no sea estar “con los nuestros, los más pobres, los enfermos”. Sor Antolina Martínez de Marañón es Hermana de la Caridad. Nació en Genevilla, un municipio de Navarra, situado en la merindad de Estella. Tiene 73 años y lleva en Manmad, una pequeña ciudad rural india de unos cien mil habitantes, la friolera de 44 años, casi tantos como los que cumple la ONG Manos Unidas este 2010. Tras más de cuatro décadas en este país, habla de él como “nación de contrastes”. Manmad está en el estado de Maharashtra, a 250 kilómetros de Mumbai (Bombay), y “no ha cambiado desde que la conozco en 1966 porque no tiene industria para que la gente salga de su miseria. Sufrimos cada año sequías y no se puede cultivar, de ahí la gran cantidad de tuberculosis, sida y todo lo que quieras”. Son las cinco de la mañana. ¡Riiiiing! En la colonia ferroviaria que hay cerca de la casa de la hermana Antolina también ha sonado el despertador. A los pocos minutos el ruido del aparato es sustituido por el de las ollas a presión: ¡Piiiiiii!! Las mujeres preparan la comida de los maridos que no regresarán a sus casas hasta el atardecer. En media hora Antolina está preparada para sus rezos y, a continuación, a las siete, es la hora de la santa misa. Es el primer momento del día para alimentar el alma y ésta se sustenta en varios idiomas, con bonitos cantos en ‘marathi’ o en cualquier otra lengua india y en inglés. “Es nuestro tiempo fuerte y sabemos solemnizarlo y sacarle jugo para todo el día, que lo vamos a necesitar y mucho”. También es importante nutrir el cuerpo y para ello Antolina desayuna una taza de café, y dos o tres ‘chapatis’ con alguna legumbre. Entonces llega el momento de trasladarse a su ocupación. Esta hermana de la Caridad hace las funciones de enfermera en el Hospital Karuna Niketan, que está a las afueras de Manmad, y en cuya construcción colaboró la ONGD católica Manos Unidas hace 40 años. Hay un centenar de camas que hacer, muchos baños que limpiar, muchas inyecciones y medicación que administrar. La mayoría de los ingresados son tuberculosos, pero hay mucho que atender, incluidos partos y un número creciente de pacientes con sida. No hay tiempo que perder: ¡hoy hay más de cien enfermos! - Buenos días, doctor Pahade. - Buenos días, Antolina. - Buenos días, doctor Samudre. - Buenos días, Antolina. El doctor Samudre es especialista en tuberculosis y el ‘jefazo’, tiene muy “buen ojo clínico”, detalla la religiosa. Primero hay que hacer la ronda entre los ingresados y después hay que pasar consulta en el dispensario. Se acerca la media mañana y Antolina decide acudir a Rayos y al Laboratorio. “Hay que dar los informes cuanto antes, pues los enfermos vienen de diversos pueblos y no se les puede demorar el tratamiento”, señala. De dos a cuatro hay tiempo para rezar y comer. Y si hay luz -–buena parte del día no hay o se corta constantemente-, bajo el ventilador. Pronto hay que regresar al Hospital “para realizar el trabajo del papeleo que quedó de la mañana, echar una mano en la atención directa al enfermo, sobre todo los ingresos recientes y los enfermos que se hallan en peores condiciones”, añade. A las siete de la tarde, Antolina emprende el retorno porque es la hora del rezo de Vísperas. Es el momento de vida en comunidad de las Hermanas de la Caridad de San Vicente de Paul. Todas cenarán juntas y se relajarán una hora de recreo… algunas cosen, otras ven el telediario, otras leen el periódico, otras conversan, se ríen… Han transcurrido 16 horas y sor Antolina está muerta, pero ha llegado “el único tiempo” que tiene “para hacer algo distinto, como el trabajo en la computadora, hasta las 11 ó 12 de la noche, según aguante el cuerpo”. Antolina sueña ahora con un nuevo proyecto de Manos Unidas: un centro para enfermos de sida. India es la segunda nación del mundo con más casos de seropositivos y sida. En pocos días mi trabajo cambiará bastante, pero siempre con los enfermos y con los pobres. Son las cinco de la mañana. ¡Riiiiing! Rosana Ribera de Gracia. Subdirectora de Sociedad de Europa Press.

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Yvonne D’Mello Misionera de Cristo Jesús. India.

M.U./Mª Eugenia Díaz

Alex Río

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Con la ley en la mano Hay personas que impresionan por su fuerza. Un cuerpo bien modelado, un gesto recto, una mirada mantenida y una mano que tras ser extendida te oprime como una apisonadora pueden conseguir trasmitir poder. ‘Soy fuerte’ parecen decir sin hablar. Pero también puede ocurrir que en un cuerpo de mujer de poco más de 48 kilos y la estatura propia de una adolescente española de 16 esté contenida tanta fuerza como para ser capaz de desmontar injusticias ancestrales. Es la fuerza que nace del amor, en la que el pinchazo del dolor ajeno es el motor. El amor fue lo que llevó a Yvonne D´Mello a ofrecer estos últimos 25 años de su vida a quien la necesitase en Bihar, al Este de la India, en la región que vio nacer el budismo. Como maestra empezó a trabajar con niños de las zonas rurales, entre pizarras y tizas. Pero como mujer, y mujer comprometida, con fe en la justicia, se sintió empujada a convertirse de nuevo en estudiante y licenciarse en Derecho para dar voz a los desfavorecidos, con la mirada especialmente puesta en las mujeres. “La realidad me llamó a hacer esto. Llegaban a mis oídos muchos casos de dotes escandalosas, acoso a mujeres, violaciones… y me sentí interpelada a actuar.Y así ha sido desde 1989, cuando empecé a trabajar en asuntos legales para buscar un beneficio social, sobre todo para las mujeres pobres”. Portadora de una afable sonrisa abierta, y con la Ley en la mano, Yvonne ha tratado de buscar la conciliación y la reconciliación siempre que ha sido posible y por cauces amistosos. “Porque también los pobres están sufriendo mucho por esto. Cuando padecen una situación injusta se indignan y deciden ir a juicio y como ellos también tienen que pagar a sus abogados, acaban vendiendo sus animales, sus tierras si las tienen… y muchas veces acaban aún más empobrecidos. Sobre todo ellos tienen que saber que hay otros métodos previos para buscar justicia. Por ejemplo cuando acuden a mí y el caso lo permite, primero vamos a hablar con la familia del imputado para buscar soluciones; luego con los jefes locales, con los de la zona…”. En estos 25 años por la desgastada mesa de trabajo de Yvonne han pasado infinidad de historias que hablan del lado oscuro del ser humano.Y aunque un considerable número de ellas han conseguido un final feliz, siempre hay algún caso que aún despierta su indignación al rememorarlo: “Recuerdo el caso de una chica que llegó a nuestro centro con la tripa muy hinchada y la hermana Puspha, que es enfermera y entonces estaba con nosotros, la trató durante una semana, pero no mejoraba. Parecía que tenía una infección muy grave. Tras varios tratamientos infructuosos la llevamos al hospital y allí descubrieron que su marido le había introducido un hierro incandescente por la vagina a modo de castigo, porque no le daba ningún hijo varón. En su tradición, cuando el padre muere el hijo varón realiza un ceremonial religioso que no pueden hacer las hijas.Y como esta mujer no le daba ningún hijo a ese padre que pensaba en su entierro…, ejecutó ese horror”. Mientras habla gesticula de modo armónico y abre mucho los ojos. Yvonne se detiene, afectada, en detalles de historias humanas que parece recordar con visión cristalina. 25 años de trabajo conjunto con sus hermanas y los habitantes de la zona. 25 años de lucha, rica en frutos. “La mía ha sido una buena vida -concluye-. He perdido cosas pero he ganado muchas otras. Los sufrimientos de la gente me han ayudado a afrontar la realidad y a intentar vivir una vida evangélica, porque nunca hay que olvidar que todos somos hermanos”. Esta mujer india, de 63 años, misionera de Cristo Jesús, actualmente vive en Cheshire Home, una casa de discapacitados en Bombay. Paloma Rosado. Anoche Tuve Un Sueño.

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BrĂ­gida Moreta

Religiosa carmelita misionera. Malawi.

108 M.U./Javier MĂĄrmol


M.U./Javier Mármol

El corazón de ‘Mtengo Wantenga’ Imagínate un país de 15 millones de habitantes, semidesértico, con hambrunas que se repiten cíclicamente, el sida campeando a sus anchas, una renta de 250 dólares por habitante y 3.600 kilómetros de carreteras asfaltadas en una superficie de 118.484 kilómetros cuadrados. Ese país imaginario existe. Está en África y se llama Malawi. Imagínate, ahora, a una mujer con estudios y con futuro que decide irse a vivir a Malawi para ayudar a los más pobres, arriesgando su salud y su vida sin esperar nada a cambio. Esa mujer imaginaria existe. Se llama Brígida Moreta, es abulense y religiosa Carmelita Misionera. “Hace 30 años que fui a África, siguiendo los pasos de Jesús de Nazaret, para vivir entre los más pobres y excluidos.Y ha merecido la pena. Iba a enseñar y han sido los africanos los que me han enseñado porque tienen muchos valores. Son pacientes, hospitalarios, comparten lo que tienen y no cierran la puerta a nadie. Me duele su pobreza pero ellos no son culpables. Iba a evangelizar y han sido ellos los que me han evangelizado”, manifiesta Brígida. En 1980, la hermana Brígida se adentró en el Malawi más profundo, donde la sequía abrasaba la tierra, las enfermedades endémicas hacían estragos entre la población y los centros de salud brillaban por su ausencia. Al correr la voz que la hermana era ‘paramédico’ su casa se convirtió en lugar de peregrinación para enfermos desahuciados por los curanderos.Venían desde más de 30 kilómetros, andando o en parihuelas, para que la misionera los curase. “Como la casa era pequeña -recuerda-, los enfermos se apostaban debajo de los árboles y en aquel improvisado hospital de campaña los atendía como buenamente podía. En algunos momentos llegó a haber debajo de los árboles un centenar de enfermos con malaria, tifus, tuberculosis, sida y picaduras de serpiente. Muchos terminales de sida, sobre todo niños, murieron en mis brazos”. La hermana Brígida puso el grito en el cielo y en la tierra pidiendo ayuda para construir un dispensario. Era cuestión de vida o muerte. Llamó a muchas puertas pero solo se abrieron las de Manos Unidas. Llegó el dinero y comenzaron las obras del Hospital de Mtengo Wantenga (El árbol de plumas). Con la inauguración, en 1985, de la maternidad, consultas externas, farmacia y un pequeño laboratorio el sueño de la hermana Brígida empezó a hacerse realidad. Más tarde se construyeron cuatro pabellones, con 140 camas, la mayoría de ellas ocupadas por enfermos de sida, un quirófano, una clínica infantil y un centro para niños desnutridos. “Manos Unidas ha sido para mí, igual que para muchos misioneros, como una madre generosa, con un gran corazón que cuando se la necesita está ahí. Gracias a Manos Unidas, los pobres han encontrado, en el Hospital de Mtengo Wantenga, un lugar donde son acogidos y tratados con la dignidad que se merecen. Los misioneros somos el ‘motor’ pero Manos Unidas es la ‘gasolina’ y cuando el tanque se vacía lo vuelve a llenar”, resalta la hermana. Anualmente pasan por el hospital más de 50.000 pacientes con un extenso currículum de enfermedades: sida, tuberculosis, tifus, malaria, meningitis, cólera, hepatitis, desnutrición crónica… La cuenta de los medicamentos supera los 14.000 euros mensuales y la aportación de los enfermos sólo cubre la tercera parte. El resto corre a cargo de la solidaridad internacional. “La pobreza y las enfermedades que de ella se derivan hacen estragos en África -denuncia la religiosa carmelita-. La justicia es necesaria y urgente si queremos que se arregle el problema, y la solidaridad es imprescindible, pero orientada a la formación de la gente y a la financiación de proyectos de desarrollo para que los pueblos empobrecidos tengan futuro”. La labor humanitaria de la hermana Brígida no se reduce al hospital. También atiende en sus casas a 400 enfermos terminales de sida. Les lleva comida, medicamentos y consuelo. Cuando llega la hambruna, la hermana Brígida no da abasto porque se multiplican los enfermos y los muertos. En la hambruna de 2002, la hermana tuvo que recurrir, una vez más, al milagro para dar de comer, durante un año, a 2.000 niños a los que salvó de una muerte segura. Por motivos de salud la hermana Brígida ha regresado, temporalmente, a España. Tiene 65 años y el cuerpo ‘tatuado’ por 12 operaciones. Afirma que “sueño con volver a África porque África me llama y mi corazón está allí. Quisiera recorrer con ellos el último tramo de mi vida”. Julián del Olmo. Periodista y director del programa “Pueblo de Dios” de TVE.

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Edwin Novoa

Director del Instituto de Acción Social Juan XXIII. Nicaragua. Comenzó en un sueño Voy caminando por Tipitapa. Después de los días que llevo viviendo en la zona los rostros ya me resultan conocidos. Creo que, para ellos, también estoy dejando de ser un extraño. Confieso que me costó acostumbrarme a su forma de vida. Aunque había tratado de prepararme antes de venir, el encuentro cara a cara con la realidad me ha roto muchos de mis esquemas o, al menos, los ha recolocado. Espero que algún día, ellos y yo, podamos llegar a ser amigos. Deseo que pronto llegue a formar parte de su vida; ellos ya están en la mía. Estoy repasando mis apuntes. Dicen las estadísticas que Nicaragua es el segundo país más pobre de América Latina, tras Haití. El 82,3% de los hogares presentan alguna condición de pobreza y de éstos, el 54,7% se encuentra en condiciones de pobreza extrema. Los indicadores del nivel de vida señalan que el 12,4% de la población no llegará a los 40 años de vida. La mortalidad infantil es 40 por 1.000 en el área urbana y 51,1, en el área rural. Pero a mí nunca me han interesado los números. En mi mente y en mi corazón están las personas, sus rostros, sus vidas, la de todos y cada uno de los que aparecen en forma de cifras en los anuarios de las grandes instituciones. En mi recorrido me encuentro cada mañana con un hombre mayor -aunque seguro que no tanto como los surcos de su cara reflejan-. Ahí está, sentado en la puerta de su casa, viendo pasar la vida ante sus ojos. Ha conocido una guerra que nunca llegó a entender; sólo sabe que, desde entonces, las cosas están aún peor. Aún se pregunta por qué el huracán, aquel al que pusieron el nombre de ‘Félix’, se llevó por delante lo poco que tenían. Hace unos días le contaron que en un pueblo cercano habían muerto dos hombres bien jóvenes; alguien les mató. Para él, lamentablemente, esto ya no es noticia; pasa muy a menudo. A lo que no se acostumbra es a ver sufrir a su hija. Su marido la trata mal. Durante meses ha estado sola, sacando de donde no había para que sus cinco hijos tuvieran un plato que llevarse a la boca. Una noche volvió, borracho… Todavía tiene grabado en el alma el llanto de su pequeña (para él siempre será su pequeña, aunque ya tiene 23 años). Sí, es verdad, “las mujeres no son como los hombres”, piensa, pero… “es mi hija”. Este hombre no sabe nada de política. Ha oído decir que los que mandan se quedan con lo que no les pertenece, “¿y qué le vamos a hacer?” se dice, resignado, a sí mismo. Yo sí sé lo que voy a hacer. Estos hombres y mujeres, mis hermanos, tienen que creer en ellos mismos. Si yo fui capaz, ellos también. Tienen que descubrir que pueden tomar las riendas de su vida y que pueden hacerlo ellos solos. Yo únicamente les prestaré mis herramientas, por si les sirven.

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- Eh, Edwin. Edwin Novoa, ¡despierta! Mi misión ha terminado. Ahora eres tú quien tiene que continuar. Yo te acompañaré en tu camino, porque sin nosotros, los sueños, las personas no podéis vivir. Pero ha llegado el momento de que te pongas en marcha. Gracias por escucharme, amigo. Y así fue como Edwin Novoa, un hombre de la capital, decidió poner todos sus conocimientos al servicio de aquellos que los pudieran aprovechar, especialmente en las zonas rurales de su querido país. Además, no estaba solo. Había mucha gente que compartía su sueño. Y tenían un buen patrón, Juan XXIII, que daba nombre al Instituto de Acción Social que pronto él mismo dirigiría. Desde ahí, Edwin puso en marcha proyectos relacionados con el desarrollo local y los servicios humanitarios. Su sueño, mientras tanto, cruzaba las fronteras para compartir con otras personas aquello en lo que tanto se había empeñado. Así, juntos, trabajan en la construcción y reparación de viviendas y caminos, y en conseguir los recursos necesarios para que los habitantes de los pueblos que tantas veces ha recorrido con su sueño tengan acceso a un servicio de salud y a una mejor alimentación. Pero, sobre todo, se esmeran en fortalecer las relaciones entre las familias, en ayudar a sus hermanos a recuperar su autoestima y también su identidad cultural, en formarles en habilidades y oficios prácticos, así como capacitarles como dirigentes de su comunidad. En definitiva, en aportarles las herramientas necesarias para que sean los protagonistas de sus propias vidas. Ese sueño viajero llegó también a España y fue muy bien recibido en Manos Unidas. Así, ahora también es el sueño de muchos de los que estamos a este lado del Océano. Pero, sobre todo, se ha quedado en las vidas de los hombres y mujeres de Tipitapa, Villa del Carmen, Ciudad Darío,… a los que también ha dicho: “¡Despertad! Ahora sois vosotros los que tenéis que continuar.” Mientras tanto, sigue paseando por las calles de Nicaragua junto a Edwin Novoa. Mª Ángeles Fernández. Periodista de RNE/TVE.

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In茅s Oleaga

Hermana del Instituto de Esclavas del Sagrado Coraz贸n. Timor Oriental camino del Congo. 113


El paso del roble al bambú Hoy estoy haciendo de nuevo la maleta. Esta actividad, que de primeras me disgusta bastante, me habla de otra realidad con la que me identifico totalmente: “ser peregrina”, que es como más en casa me siento. Esa sensación de estar de paso y al mismo tiempo jugándotelo todo en el aquí y ahora. Por eso queriendo decir algo de lo que mueve mi vida sólo puedo hacer una parada HOY e intentar poner palabras a este presente siempre precioso y desafiante que Dios me ofrece para descubrirLE y compartir su vida tal como lo hizo Jesús con el Padre, en intimidad y en misión. Amando, buscando y sufriendo. Como decía, hoy estoy haciendo la maleta que me saca de Timor Oriental, donde he vivido los últimos casi seis años y me lleva al este de la República Democrática del Congo. Y lo que hoy me habita fundamentalmente es un hondo agradecimiento por barruntar con alegría que soy una partecita cada día más humana del plan de Dios de humanizar el mundo. Me siento parte de la misión de Jesús, de traslucir en obras humanas y palpables el Amor y el perdón de Dios Padre. Un amor que es “sencillamente” ilimitado y preñado de esperanza.Y así debe ser cuando tienes la dicha desnuda de vivir en esas partes del mundo donde es evidente el acecho de la muerte real, por violencias, enfermedades, hambrunas…, por la injusticia básica que distribuye mal la riqueza de la tierra y atribuye un poder totalmente irracional -por no decir diabólico- a unos pueblos o personas sobre otros. En estos días de desplazamiento geográfico de Asia a África y escribiendo en Europa, reconozco que para mí sólo hay una forma de vivir esta vocación a la peregrinación sin sentirme como desterrada o desmembrada. En cada lugar, en cada misión, voy a desear y hasta luchar por generar vínculos y pertenencias, que se inician por una sonrisa y van ahondando hasta superar lenguas, razas, ideas… Porque según pasa el tiempo cada vez me es más fácil creer que los vínculos más profundos y que no se rompen tienen que ver con compartir experiencias muy concretas de debilidad, vulnerabilidad y lucha por el respeto y el amor a la humanidad que compartimos y que está llamada a ser inserta en la misma humanidad de Cristo, que desea en nosotros seguir dando gloria a Dios. 114

Tengo 39 años y hace 17 que soy miembro del Instituto de Esclavas del Sagrado Corazón de Jesús. Mi saberme y sentirme parte de este cuerpo no he podido darlo por hecho hasta que me he encontrado vinculada a mis hermanas por unos lazos trabajados en fe y en el compartir de sueños y muchas debilidades. Cuando estoy en Europa escucho mucho eso de que son difíciles los compromisos para siempre. En este grupo al que pertenezco me puedo llamar “joven” y creo que es una gozada sentirme en un camino de libertad sustentado en unas pocas decisiones y opciones irreversibles que me hacen feliz y me permiten seguir buscando y experimentar con claridad que yo debo ocuparme de lo de los otros, pues de lo mío hay Otro que se ocupa, aun por caminos y maneras muchas veces oscuras y extrañas para mí. Cuando aún en Timor quise explicar mi marcha al Congo a los timorenses con los que he compartido vida, techo, pan, amistad, algo de sufrimiento y miedo en tiempos de crisis, necesité yo misma escucharme y examinar si creía lo que les decía. Les contaba que en el Congo, donde voy a ir a colaborar con Servicio Jesuita a Refugiados, hay miles de personas que viven en condiciones mucho peores que las nuestras del 2006 y que por miedo y falta de apoyos y seguridad no pueden retornar a sus casas. Les dije que me sentía muy agradecida porque sentía que era Timor el que me había preparado para el Congo; pudimos ver juntos algunas fotos y leímos algún testimonio sobre lo que se vive, lucha y espera en ese corazón de África tan castigado por guerras e impunidad.Y llegó el momento en que algún timorés me explicó mucho mejor que yo misma por qué debía marchar: “Ellos están mucho peor que nosotros, si realmente creemos en lo que estos años la hermana ha compartido con nosotros tenemos que enviarle como una de los nuestros y acompañarle siempre con nuestra oración”.Y así he salido de Timor, sabiendo que algo de mí misma muy valioso, y que no me pertenecía, ha quedado en Timor, y mucho de Timor, aún más valioso, ha quedado adherido a mi propia identidad, son más que recuerdos y amores en el corazón… Así que al Congo me voy enviada por Dios, por mi Instituto y por mis hermanos y hermanas timorenses. Es evidente que no voy sola, me acompaña mucha humanidad amasada, algo de dolor y la oración de muchos. También me acompaña Isabel. Es una hermana a quien he visitado esta semana. A sus sesentaitantos ha tenido un infarto cerebral y está postrada y con poca esperanza.


Después de darle hace casi dos años pudo poner todas sus fuerzas -que eran muchas- para mejorar y así lo hizo.Y tras la mejora llegó una recaída mucho más fuerte que le ha dejado ya sin posibilidades de mejora. Es consciente y su rostro expresa un sufrimiento que yo no he visto en mis años en Timor. Por su responsabilidad fue ella la que casi seis años atrás sacó mi billete a Timor. Desde entonces alguna vez ella me resolvía “asuntos” comunicando por mail. Ella, a su manera, sostenía nuestra frágil y naciente misión de Timor. Según me vio balbuceó: ¡Inés Oleaga! No alcanzo a trascribir en palabras su sufrimiento, pero su rostro se me ha grabado en lo más hondo y allí se lo dije al contarle mi nueva misión: “Isabel, te necesito, a ratos estoy asustada por lo que me espera y cuento contigo más que nunca”. No puedo explicar cómo su sufrimiento es fecundo y da vida en lugares donde, como en ella, la muerte y la desesperanza acechan, y no son simbólicas…, pero así es. Así que esto es mi vida, un compartir humanidad. Deseando que sea con todos y sabiendo que es con los amenazados de cualquier muerte atroz o sufrimiento injusto con los que menos explicación necesito, porque ellos han forjado mucho de mi identidad irrenunciable de Esclava, de hija, de pobre, de hermana. Dice san Pablo que en Cristo “nos pertenecemos” y a esos vínculos me agarro, porque no depende de mí tanto el sostenerlos como el no dejar que se rompan y dar Gracias por Quien los cultiva y fortalece. Estamos de paso por el mundo para darlo todo testimoniando en obras lo de otros, tal como el Padre, el Hijo y el Espíritu dan testimonio unos de otros. El último equipaje que pondré en la maleta será bastante humor que siempre ayuda mucho a relativizar en la incertidumbre y la inseguridad de lo nuevo; y una sobredosis de flexibilidad. Y ya termino compartiendo una experiencia clave de mi vida en Asia.Yo creo que si cualquier persona de mi tierra tuviera que elegir un árbol que le representara sin duda elegiría el roble. Además de por su ligación al Árbol de Gernika, símbolo de un pueblo, por las propias características del roble. Es un árbol cuyo valor reside en la fuerza, la firmeza, la fortaleza, si acaso hasta rígida, suele ser muy grande por lo que necesita profundas y fuertes raíces; vamos que puede decirse de él que es “un auténtico vasco”… He vivido casi seis años en Timor Oriental donde, como país tropical que es, hay muchísimo bambú. Enseguida quedé maravillada por este árbol. Su esbeltez, su inmensidad en altura, su movimiento, su ligereza, cómo

soporta las devastadoras tormentas tropicales sin romperse, la música que se crea a través de su ser hueco, el ruido de las miles de pequeñas hojas que están ligadas al tronco por ramitas muy finas…, sin hablar de lo útil que es para la construcción, para canalizar agua, para trabajos manuales de toda índole… Como con otra mucha belleza de este país, siempre quedaba con la boca abierta, embargada y agradecida. Y me ocurrió después de un tiempo en mi gran deseo de insertarme, ¿inculturarme?, en un país asiático y conviviendo al mismo tiempo con varias hermanas asiáticas de diferentes países; que el bambú me dio una de las claves fundamentales que me era muy sugerente y liberadora para lo asiático y creo que también para la vivencia de la universalidad. Es muy simple: la belleza, fuerza, resistencia del bambú, ¡reside en su flexibilidad! El bambú siempre está en movimiento, a veces suave como una danza y otras veces más brusco, acompañado de la lluvia que le da la vida. Nunca me he molestado en medir el ángulo que el bambú llega a hacer en sus movimientos hacia todas las direcciones, pero seguro que nunca podría hacerlo un roble sin romperse y caer pesadamente. Regalo de Dios hecho petición… Haz lo necesario, Señor, para que esta vasca de cabeza dura, firme, fuerte, y a veces hasta rígida, dé el paso del roble al bambú… Seguimos en ello… Inés Oleaga / Mariqui Dueñas. Proyectos del Sudeste Asiático de Manos Unidas.

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Pedro Opeka.

Misionero Paul. Madagascar. La dignidad de los marginados Es un hombre alto, de tipo atlético, sus manos son grandes y el abrazo con el que recibe al visitante es firme pero muy cordial, una bienvenida agradecida en toda regla. De su aspecto físico destaca, no hay duda, una larga barba ya casi encanecida del todo y su pelo revuelto; si se le ve de cerca se aprecian cada vez más pliegues alrededor de los ojos y de su boca, sonriente casi todo el tiempo. Tiene más pinta de loco que de misionero, y quizá lo esté, loco y enamorado de su vocación, del Evangelio que, fuera de tópicos, él encarna en Madagascar: “Lo que hayáis hecho a uno solo de estos mis hermanos menores a mí me lo hicisteis”. Pedro Opeka nació en la ciudad de San Martín, en la provincia de Buenos Aires (Argentina) el 29 de junio de 1948, festividad de san Pedro y san Pablo, y esa coincidencia fue la que llevó a sus padres, inmigrantes eslovenos huidos del régimen de Tito, a ponerle ese nombre. Sintió la vocación a la vida religiosa en la adolescencia e ingresó en la Congregación de la Misión (fundada por san Vicente de Paúl en el siglo XVII y cuyos miembros son conocidos como lazaristas o paúles). Después de completar sus estudios de Filosofía y Teología en Eslovenia y Francia, respectivamente, fue ordenado sacerdote en 1975 y partió definitivamente a Madagascar, donde ya había realizado tareas pastorales puntuales. “Yo me deshice de mí mismo en los 15 años que estuve en la selva”, resume de aquella primera gran etapa en el país. Madagascar es una isla (la cuarta más grande del planeta) situada en el Océano Índico frente a la costa de Mozambique. En el último censo, de 2007, la población de esta ex colonia francesa no llegaba a los 20 millones; de una lista de 177 naciones, ocupa el puesto 145; la esperanza de vida es de 56 años; la tasa de analfabetismo, del 29%, y el 61% de la población vive con menos de 1 euro al día. La estancia de Opeka en el pueblo de Vangaindrano (provincia de Fianarantsoa, en la parte meridional de la costa este) le supuso su verdadero “noviciado”, en sus propias palabras. “Allí aprendí el alma de este pueblo, y, sin embargo, hay cosas de aquí que todavía no comprendo”. Pedro considera que el carácter del malgache es más asiático que africano. Dice que llevan sobre sí el peso de la tradición, que están muy atados a su lengua -que a él, como a cualquiera que lo intente, le costó aprender: “Al principio yo rezaba con ellos, pero no me entendía nada, y pensaba: ‘Bueno, Dios comprende’”-, tienen literatura, historia, cultura propias… También están muy aferrados a la superstición y, de manera especialmente trágica, viven para la muerte, sobre todo en el sur, en lo que allí llaman ‘la brousse’, el campo, lo rural. Las dificultades con el idioma, el choque cultural y hasta el rechazo de los nativos, lejos de amedrentarle, avivaron sus ganas de salirse con la suya: “Ellos eran fuertes, pero yo tenía que ser más fuerte que ellos. Si uno se deja vencer, no consigue nada”. Mientras, “el problema de la ciudad -añade- es el de todas las ciudades: la indiferencia, el ser humano tiende al egoísmo”. Cuando supo de las condiciones infrahumanas en las que miles de personas vivían en las afueras de Antananarivo, la capital, no dudó en irse para allá y transformar las vidas de indigentes condenados a vivir en un basurero.

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M.U./Javier Mármol

El antiguo presidente Didier Ratsiraka (en el cargo entre 1975 y 2002) era un jefe de Estado dictatorial y corrupto a quien, al parecer, le molestaba tanto la presencia de pobres en las calles de ‘Tana’ que los fue recogiendo con camiones por toda la ciudad para desterrarlos al vertedero municipal, en una de las 12 colinas que le dan el nombre (‘Antananarivo’, el sitio de las mil colinas). Aquella gente fue olvidada allí, obligada a escarbar túneles en la basura para cobijarse y a pelearse con los perros por la comida.Todavía hoy quedan zonas donde el olor es insoportable. Pero el empuje del religioso paúl y el empeño de los propios malgaches por salir de aquello han convertido un espacio nauseabundo en Akamasoa (literalmente, ‘buenos amigos’), un conjunto de poblados a modo de complejo urbanístico, que cuenta con una serie de comodidades, como el agua corriente o el asfaltado, de las que no disfrutan muchos en ‘Tana’: “Ahora, hasta los ricos quieren vivir aquí”, se ríe él. Opeka no es, ni mucho menos, el único misionero que hay en el país, pero esta gran empresa a la que se dedica por entero le ha valido el reconocimiento internacional en forma de premios y distinciones (caballero de la Legión de Honor francesa, caballero de la Orden Nacional de Madagascar, Premio Paloma de Oro de Eslovenia, Premio Mundo Negro a la Fraternidad 2008, premio Cardenal Van Thuan a la Solidaridad y Desarrollo 2008…), contactos con personalidades relevantes (como Alberto de Mónaco) y candidaturas al Nobel de la Paz en varias ocasiones; es una pescadilla que se muerde la cola: el eco mediático se transforma en recursos y ayudas para su proyecto. Pedro huye de la autocompasión y advierte contra ella a los que viven en Akamasoa. Para acceder a una vivienda (de ladrillo y cemento, y no los chamizos que había antes), por ejemplo, tienen que cumplir ciertos requisitos, como tener un trabajo: limpieza, carpintería, mecánica, albañilería, electricidad, cestería, tejidos, compost, el más que duro trabajo de niños y adultos en las canteras… Por todas partes hay carteles en los que se anima a trabajar, estudiar y comportarse de manera civilizada, y él les aconseja: “Hagan cosas buenas, profesionales. Que no nos compren los bordados por caridad, sino porque son buenos”. El objetivo de esa asociación es que las familias se puedan reintegrar en la sociedad, y por eso la formación y la voluntad de mejorar son esenciales.

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El argentino es entrañable con los más pequeños, que llenan las calles con sus babis de ir a la escuela, donde aprenden las ciencias en francés y las letras en malgache. Les habla y les acaricia como lo haría un padre, y también, como lo haría un padre, se encarga de aplicarles la disciplina, en forma, a veces, de gritos. Es, quizá, la parte de su discurso más difícil de entender para un occidental; pero él argumenta su amplia experiencia, mientras señala a un grupo de 15 ó 20 niños que viven en su casa y que están ansiosos por que empiece la cena: “Todos son huérfanos. La madre de aquélla la abandonó, el padre de éste es un borracho… Hay que enseñarles y educarles para que no se vayan a la ciudad a robar y drogarse. La chica que está a tu lado se escapó hace poco y cuando la encontramos, la habían violado. No podemos permitir que ocurran esas cosas”. Las cifras hablan por sí solas: 200.000 personas han pasado por Akamasoa y unas 17.000 han conseguido un futuro impensable hace unas décadas, incluido algún acceso a la universidad. La figura de Opeka hablando a los jóvenes de Secundaria les infunde confianza en sus propias posibilidades. Al atardecer, en una cercana capilla al aire libre, toda la comunidad participa en una eucaristía muy sentida donde el sacerdote les alienta en lo que él llama ‘teología del trabajo’: si a un chaval se le rompe el cuaderno escolar, ya no pide otro, sino que prefiere un empleo para poder pagárselo. Detrás del altar, un mural representa a José en la carpintería, María trabajando la rafia y Jesús en la cantera: “Es su propia realidad”. Pedro está convencido de que su obra le sobrevivirá. Tiene un grupo de colaboradores, todos malgaches y laicos, nacidos o criados en Akamasoa, que se ocupan de los colegios, los sanatorios y los talleres. “En mi congregación están contentos por todo esto, pero aquí hay que venir con mucha humildad, porque lo que hacemos sólo lo sabe Dios. Muchos vienen con ideas sobre cómo habría que hacer las cosas, o quieren copiar el planteamiento, y yo me río. Todo lo que se ve, la gente, su lucha… Esto es único”.Y en otro momento agrega: “El pueblo malgache es conformista y dependiente de quien les guía. La muerte les da miedo, pero tienen coraje, o pueden tenerlo si se sabe cómo entusiasmarles”. El misionero se vale de un último recurso para esto: el poblado principal de Akamasoa cuenta con uno de los mejores campos de fútbol del país, construido para el ocio de los chicos, pero también para saciar la pasión del argentino por este deporte. “¡Ahí está, miren!”, señala exaltado uno de los muchos dibujos que decoran el estadio y en el que se lee: “Espagne. Manos Unidas. Union Européenne”. La ONG española colabora con la asociación de Pedro desde su fundación en 1989, a la que ha destinado dos millones de euros. Lo considera su proyecto estrella en la isla. Cuando los periodistas se marchan, las mujeres de la tienda de textiles vuelven a colocar los manteles de hilo blanco con motivos malgaches a todo color y repasan las estanterías para que los cestos, marcos de fotos, cinturones de coco y otros ‘souvenir’ luzcan por sí mismos. Fuera, en la plaza, los peones de obra se afanan entre los andamios y bajo el sol, y una anciana barre las hojas del umbral de su casa. Pedro Opeka, el misionero mediático, el apóstol de la basura, ha logrado restituir la dignidad de los marginados. Es una verdadera historia de solidaridad, entrega y fortaleza. María Gómez Fernández. Periodista de la revista “Vida Nueva”.


M.U./Beatriz HernĂĄez

Lola PĂŠrez.

Hermana de las Misioneras Hijas del Calvario. Zimbabue. 119


M.U./Beatriz Hernáez

Bastante alejado de ellos se encontraba el subpoblado de Yuape, integrado por algunas cabañas dispersas de barro y paja, donde vivían personas más o menos solas, pobres y abandonadas. La hermana Arselina, que trabajaba en el noviciado de las Misioneras Hijas del Calvario, me presentó a un anciano semidesnudo sentado ante su mísera cabaña. El ambiente en Yuape era desolador. La palabra más común aquí era ‘kupela’ (solo). Para olvidar su penuria cotidiana, poco antes de caer la tarde se organizaba en alguno de los ‘kraal’ (grupo de tres o cuatro cabañas) un guateque a base de ‘uchuala’, cerveza fermentada de maíz. Se bebía hasta el anochecer. El ‘uchuala’ era la bebida y a veces hasta la comida de los pobres. En Dete había una pujante fábrica de ‘chibuku’, cerveza de maíz refinada, que se distribuía en camiones por todo el país. Era el mayor negocio de la comarca.

La vida y el corazón en Dete Estuve en Dete en el verano de 1990. Era entonces una ciudad atractiva. Situada en las inmediaciones del Parque Nacional de Hwange, el más importante de Zimbabue, esta ciudad de unos 4.000 habitantes era y es un centro estratégico, por donde pasa una magnífica carretera y el ferrocarril que conecta Bulawayo con Hwange y Victoria Falls, las famosas Cataratas Victoria. Había entonces un gran centro comercial y casas magníficas que denotaban cierta prosperidad. Por los aledaños paseaban a sus anchas elefantes, búfalos, gacelas y hasta rinocerontes; pero, sobre todo, monos descarados de todas las especies. En un amplísimo complejo de unos seis kilómetros cuadrados se alzaba el seminario menor de la diócesis de Hwange -entonces regida por monseñor Ignacio Prieto y desde 2007 por monseñor José Alberto Serrano, ambos españoles del IEME (Instituto Español de Misiones Extranjeras)-, un extraordinario colegio de enseñanza Secundaria regentado por maristas canadienses con unos 500 alumnos y una residencia para seminaristas mayores y sacerdotes, financiada por la Conferencia Episcopal Española.A las afueras de la ciudad vivían unas 3.000 personas en el llamado Dete township -en lengua ‘ndebele’ ‘Inkomponi ye Dete’-, dividido en dos barrios: Soweto y Muntuya. 120

Con la hermana Arselina había otras hermanas, entre ellas la cordobesa Lola Pérez Carrasquilla, que llegó a Zimbabue en 1982. Al poco de llegar le dieron el nombre de ‘Muembe’, que significa pájaro, porque era muy inquieta. Las Misioneras Hijas del Calvario colaboraban entonces estrechamente con el padre José Culebras, misionero del IEME, en un asilo para ancianos, que él mismo fundó en 1983. Contaba entonces con 40 residentes. Según nos dirigíamos hacia el despacho del padre Culebras nos saludó efusivamente uno de los ancianos. “Es angolano y asegura que conoce a Jonás Savimbi -fundador de la Unión Nacional para la independencia Total de Angola (UNITA)-. Aquél -me dijo señalando a otro- es el más anciano; tiene 90 años y se ha puesto una casaca de comendador”. Estrechó su mano, mientras le decía: “Pareces un primer ministro”. Él movió la cabeza y soltó una carcajada, visiblemente emocionado. Han pasado los años y en Dete y sus alrededores se han acrecentado los problemas, pero también se han multiplicado las ayudas. Los misioneros y misioneras han montado el Comedor Dete, donde proporcionan educación gratuita y dan una comida al día a unos 200 niños, muchos de ellos huérfanos porque sus padres murieron de sida y viven con sus abuelos. En el asilo hay unos 50 ancianos, que siguen musitando la palabra ‘kupela’. Siempre se ha dicho que en África el anciano goza de un gran prestigio, y nos lo hemos imaginado rodeado de hijos y nietos, como un gran patriarca, venerado y respetado por todos. ¿Era una imagen


falsa o está cambiando la realidad? La verdad es que desde hace tres décadas en África está cambiando la estructura tradicional de la familia, en la que la persona mayor era el jefe, el nexo de unión con los antepasados.Anciano era sinónimo de sabio: estaba rodeado de veneración y de respeto. Hoy en muchas zonas los ancianos están abandonados a su suerte o, en el mejor de los casos, al amparo de los misioneros. Se trata de personas que emigraron a ciudades como Dete en busca de un futuro mejor, se olvidaron de sus poblados de origen y, al perder el trabajo o llegar a mayores, quedaron solos y sin recursos. La hermana Lola Pérez está ahora en la misión de Chezhou, situada a unos 17 kilómetros de la carretera principal y a dos kilómetros del seminario menor de Dete. Esta misionera cordobesa no se cansa de repetir que es feliz en este rincón del mundo donde Dios la plantó hace 28 años. Trabajo no le falta: acompañamiento a las comunidades locales, entrega a los más pobres en los campos de catequesis, educación, sanidad, centro de coordinación de enfermos de sida, casa para ancianos, etc. Uno de los proyectos que acaricia con más cariño es el de los niños huérfanos, debido a que el sida acabó con sus padres. En 2009, la hermana Lola dedicó más de 14.000 dólares para atender a unos 200. “Mi deseo -dice- es que este año 2010 se supere la cantidad anterior y nuestros niños y niñas tengan suficiente para ir al colegio”. Zimbabue, sobre todo a partir del año 2000, ya no es lo que era. La moneda -el dólar zimbabuense- se ha depreciado hasta límites insoportables; falta trabajo, escasean los alimentos -en 1990 el país exportaba gran cantidad de maíz- y aumentan la pobreza y el sida. Lo que no ha decaído es el entusiasmo de unos misioneros que, como la hermana Lola, trabajan en esta zona de Dete para compartir su vida con los desheredados y marginados, porque han hecho causa común con los más pobres por una razón tan sencilla como profunda: porque Dios los amó primero. Para poder ayudarles, cuentan con la colaboración de amigos españoles y con Manos Unidas. Son los continuadores necesarios de misioneros como la hermana Arselina y el padre Culebras, que hoy se encuentran en España viviendo su ancianidad con la satisfacción del deber cumplido. Gerardo González Calvo. Ex redactor-jefe de Mundo Negro.

M.U./Beatriz Hernáez


Juan Martín Pérez García

Fundador de la Asociación E l Caracol. México.


Un proyecto que nace en la calle y para la calle A lo largo de más de 10 años tuve la inmensa suerte y el privilegio de ser responsable de los proyectos de desarrollo de Manos Unidas en Brasil y en otros países latinoamericanos, entre ellos México. Esta labor me permitió viajar y conocer muchas personas, comunidades, proyectos e iniciativas para luchar contra la pobreza y la exclusión. De muchas de estas personas y proyectos guardo grandes recuerdos y enseñanzas, pero en las siguientes líneas me gustaría compartiros algunas pinceladas de un hombre y un proyecto: Juan Martín y El Caracol. Juan Martín Pérez García es psicólogo y educador de calle, fundador y director de El Caracol. El Caracol es una asociación de la ciudad de México, fundada en 1994, dedicada a trabajar con niños y jóvenes en situación de calle. La institución debe su nombre a una leyenda azteca según la cual Quetzalcóatl (dios supremo de la cultura mexica prehispánica) utilizaba un caracol marino para, a través de él, dar el soplo divino y ayudar a los hombres a reconocerse como capaces. Es posible que El Caracol fuera en aquella época una escuela para guerreros. Por esta razón, la Asociación El Caracol es un espacio de formación para que los adolescentes y jóvenes con los que trabajan puedan enfrentar la vida con más herramientas. Pues he aquí que hace algunos años esta institución se acercó a Manos Unidas para explorar posibilidades de colaboración. Su trabajo, centrado en la atención a la población callejera juvenil y en el ofrecimiento de un espacio educativo y formativo para facilitar el alejamiento de las calles y generar nuevas alternativas de vida, nos pareció necesario e importante, y decidimos apoyarlo. Pocos meses después tuvimos la oportunidad de visitarlos y conocer al equipo, liderado por Juan Martín, y su trabajo. Aquella visita nos marcó. Todos sabemos de la existencia de niños y adolescentes viviendo en las calles de las grandes ciudades. Muchos los hemos visto en varias ocasiones. Incluso en mi trabajo con Manos Unidas he visitado otros proyectos semejantes en otras ciudades y otros países. Pero en esta ocasión fue diferente. Juan Martín nos acercó a algunos lugares donde malviven muchos de estos adolescentes y jóvenes (lugares oscuros, escondidos, sucios, ocupados ‘ilegalmente’, donde viven hacinados decenas de chicos sin condiciones mínimas de habitabilidad, etc.) y nos llevó a parques, plazas y lugares en los que estos chicos suelen encontrarse y pasar buena parte de su tiempo. En cada lugar pudimos escuchar y dialogar con chicos y chicas que, cada uno con sus desafíos particulares, luchaban por sobrevivir, sin tener muy claro que dejar la calle era una opción interesante, real, posible… Pero lo que más nos sorprendió fue la calidez de la relación entre los chicos y los educadores. Los encuentros a los que asistimos como testigos tenían muchos meses de trabajo previo. “El Caracol -nos explicó Juan Martín- nace en la calle y para la calle; no es posible ofrecer alternativas a estos jóvenes si no haces un es-

fuerzo por conocer su realidad, compartir su cultura, empatizar con sus sueños y sus frustraciones. No siempre tenemos éxito en los procesos que acompañamos, pero para ellos es muy importante saber que cuentan con gente que los conoce, los apoya y que los quiere”. Aquella misma noche no pude dormir. Algo me inquietaba. Había visto muchos otros proyectos semejantes. ¿Qué es lo que hacía que en esta ocasión me sintiera tan perturbado y tocado por la realidad de estos jóvenes callejeros? La respuesta, después de algún tiempo de reflexión, me llevó a las siguientes conclusiones: Hay instituciones y personas que, con su manera de trabajar y de vivir, te ayudan a ver la realidad de otra manera, a descubrir nuevas dimensiones y perspectivas. El trabajo de Juan Martín y de El Caracol nos enseñan varias cosas sobre esto. La pobreza y la exclusión, lo queramos o no, forman parte de nuestro mundo, de nuestro país, de nuestra ciudad. Pero muchas veces no somos capaces de verlo, o no queremos verlo. La exclusión es invisible a menos que queramos verla y reaccionar ante ella. En este sentido, El Caracol ha hecho un excelente ejercicio de honestidad frente a la realidad y nos ha enseñado a ver el rostro concreto de cientos de adolescentes y jóvenes que viven en las calles, sin horizonte ni futuro. Pero no basta con ‘ver’ lo que hay. Hay que ver con cariño. La cercanía y el afecto hacia los callejeros es una clave de trabajo para los procesos de transformación. Además, hay que aprender de la mirada de los chicos y chicas que viven en la calle. Y esto El Caracol lo hace muy bien. Aprender de sus valores, su historia y su cultura, para poder dialogar con ellos y tener capacidad de ofrecerles otras miradas, otras alternativas sobre la realidad. Pero El Caracol vive con mucha intensidad otras dimensiones de su trabajo, particularmente el trabajo en red y el estudio académico sobre la realidad de los jóvenes callejeros. Compartir miradas y ayudarnos mutuamente para mirar con mayor claridad y profundidad es, sin duda, una manera de trabajar y mejorar la eficacia de nuestras intervenciones. Finalmente, y en este particular, Juan Martín es un perfecto ejemplo, esta mirada fiel a la realidad acaba por transformarnos a nosotros mismos. En Juan Martín no hay barreras entre lo profesional y lo personal, el trabajo y la vida privada. Una mirada comprometida con la realidad nos termina exigiendo coherencia e integridad, sensibilidad y entrega, y un estilo de vida simple y coherente. Esto es lo que para mí representa El Caracol, Juan Martín y su equipo. Y como tal, en la celebración de los 50 años de Manos Unidas, creo que es una de esas historias de solidaridad, de tantas otras, que vale la pena recordar y celebrar, porque vidas así hay que recordarlas, celebrarlas, imitarlas y propagarlas. Marco Gordillo Zamora. Coordinador de Campañas de Manos Unidas.

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Ottorino Poletto

Misionero comboniano. Mozambique.

M.U./Javier Fernรกndez


Una fuerza de la naturaleza El padre Ottorino Poletto es un hombre grande en cuanto a su complexión física, pero también es un gran hombre por su talla moral. Él ha sabido entender muy bien las necesidades de la población del sur de la provincia de Sofala, región donde se encuentra Esmabama, acrónimo de las iniciales de las misiones de Estaquinha, Machanga, Barada y Mangunde, en la archidiócesis de Beira. La idea del proyecto surgió para complementar la pastoral con el desarrollo, según el padre Ottorino. Tras los acuerdos de paz de 1992 que pusieron fin a la guerra, se necesitaban escuelas y centros de salud como parte de la reconstrucción, además de un trabajo continuado en la reconciliación del país. Ottorino Poletto sabe que no puede dejar sin atender esas necesidades que tienen todos los días las comunidades locales. El padre Ottorino es también lo que, eufemísticamente, llamamos “una fuerza de la naturaleza”: su energía y su capacidad de trabajo son proverbiales y contagiosos. Es exigente, sí, consigo mismo y con los demás, pero sólo le mueve ese entusiasmo, tan escaso en nuestra sociedad actual y tan frecuente en los misioneros, por dejar una estela de bienestar y cómo mantenerlo y mejorarlo, cuando toda la labor emprendida pase a manos mozambiqueñas. Saludé al padre en alguna visita que hizo a Manos Unidas, pero donde verdaderamente lo conocí fue en el viaje que hice a Mozambique en 2007. Además de acogernos con toda amabilidad, pude comprobar sobre el terreno cuáles eran las cuestiones acuciantes para la gente de la zona y supe que Ottorino no iba a cejar en su empeño de sacar adelante el proyecto Esmabama. Fue capaz de entusiasmarnos a nosotros y también de escuchar con modestia nuestras “recomendaciones”, que eran exigencias metodológicas más que comentarios acerca de la pertinencia de las actuaciones. Y es verdad que para alguien que está al pie del cañón cada día y sabe de los imperativos de la inmediatez y la falta de medios, resultan, con frecuencia, chocantes algunas de las consideraciones hechas desde el Norte, por necesarias que éstas sean para la consecución del proyecto. Hoy, sin embargo, muchas personas se benefician del esfuerzo y la entrega del padre Ottorino, quien junto con sus colaboradores y financiadores ha conseguido que Esmabama sea el segundo empleador de la zona después del Gobierno; que más de 7.000 chicos y chicas estén escolarizados y reciban una enseñanza de calidad, en Estaquinha; que la población tenga asistencia sanitaria, como en Mangunde, donde actualmente trabajan un médico, ocho técnicos sanitarios y cinco auxiliares. Hay consultas externas, cuidados prenatales, vacunaciones, maternidad, análisis clínicos e internamientos, además de unidades móviles para asistir a diferentes localidades, así como diagnóstico y tratamiento del sida. O como en Barada que cuenta también con un centro de salud y una panadería, la única que hay en las cuatro misiones. Comenzó a funcionar hace dos años y tiene ya fama de ser la mejor en toda la zona. Aunque lo característico de esta misión son los palmerales que la rodean. Se han plantado nuevas palmeras preparadas en el vivero de la misión. En todas las misiones ha desarrollado la producción agrícola y la cría de animales para garantizar una buena alimentación a los alumnos internos y sentar las bases para la autofinanciación de las escuelas y de los centros de salud.También se han comprado tractores, motobombas y diversos útiles agrícolas para mejorar el sistema de cultivo y se enseña a los alumnos las técnicas de cría y cultivo. Por lo que ha conseguido y porque lleva tantos años de entrega, el padre Ottorino es para mí un ejemplo de solidaridad.

Cristina Redonet. Coordinadora del Área de Proyectos de Manos Unidas.

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Nora Ramírez

Hermana de la Congregación de María Auxiliadora. Colombia. 126


Los días de Nora Amanece en Medellín. Nora Ramírez abre los ojos y automáticamente se deja inundar por la gratitud. Da gracias por la vida y por tenerla, además, con salud. Las múltiples obligaciones diarias aguardan más allá de las sábanas. Pero la energía que le infunde este sentimiento la llevan a enfrentarse a la jornada con la fuerza de un ciclón. Si no lo hiciera de este modo probablemente no podría moverse. Nació en una tierra en la que el amanecer debe ser decidido o no sería, simplemente. Porque Colombia tiene una cara bonita capaz de enamorar con la sonrisa de sus paisajes, la ternura de su pueblo hospitalario o la alegría de su rutina bullanguera. Pero también tiene un rostro oscuro que asusta mostrando la violencia de la guerrilla y de los paramilitares, la crueldad del narcotráfico o la sucia mezcla de todo esto que castiga sin descanso a su gente. Quizás por esas dos caras, Nora se levanta dando gracias todas las mañanas. O sencillamente es porque Nora está hecha de otra pasta. Nació en un lugar llamado Granada, en el departamento colombiano de Antioquía. La mayor de siete hermanos, cinco varones y dos mujeres, tuvo que ponerse a trabajar desde muy pequeña para ayudar a la familia.Y sin embargo, la difícil situación económica no impidió que creciera en un ambiente feliz, rodeada de juegos fraternales y cariño paterno. La figura de su madre, “una mujer piadosa, servicial y caritativa”, como ella misma la describe, le regaló unos valores que hasta el día de hoy proyecta en su quehacer cotidiano. La admiración por las misioneras europeas que un día llegaron a su pueblo, “dejando valientemente su patria y su familia” para entregar su vida a los más desprotegidos, marcaron el camino de Nora. Si desde pequeña fantaseó con la idea de entregar su vida a Dios, “la alegría y la entrega” de las hermanas franciscanas de la Congregación de María Auxiliadora fueron los motivos que terminaron por cuajar su vocación religiosa y decidir el rumbo de su vida. “Yo quería ser como ellas y trabajar como ellas”, asegura esta mujer, que desde hace mucho tiempo forma parte de esta comunidad religiosa. Con el mismo espíritu de aquellas mujeres de su niñez, entrega Nora sus días a los más desfavorecidos de Medellín, una ciudad rodeada de barrios paupérrimos, construidos en su mayoría por los desplazados rurales de la violencia colombiana. En los más de 40 años que lleva en la congregación ha desempeñado multitud de cargos, pero es su labor como representante legal de la Fundación Esperanza y Vida la que le permite liderar un proyecto con madres de los barrios marginales de Medellín.Y es que ese lado oscuro de la Colombia desangrada sumió a muchas familias en la desesperación que provoca el abandono del hogar en el campo para buscar una protección ilusoria en las calles de la ciudad. El primer golpe para los recién llegados siempre es descubrir que a la tristeza por el desarraigo de la tierra se suma la pobreza generada por la poca formación y la falta de experiencia para desempeñar trabajos en la urbe. Y el segundo, sin tiempo para asimilar el primero, es convivir de nuevo con el miedo que genera la violencia, que aunque se disfrace con actores diferentes sigue impregnando de angustia a los que la huelen de cerca.Y de ese hedor a muerte saben mucho los habitantes de estos barrios excluidos. Medellín, con dos millones de habitantes, está dividido en 16 departamentos -llamados comunas-, constituidos por 249 barrios. La delincuencia de los grupos criminales, casi todos relacionados con la triste herencia del narcotráfico dejada por Pablo Escobar en una de las ciudades más bellas del país, campa a sus anchas por las comunas más pobres. Los asesinatos se han incrementado de una forma brutal en el último año. Según cifras oficiales, fueron 1.057 los homicidios registrados en los primeros seis meses de 2010, 170 más que el año anterior. La hermana Nora conoce esta realidad y cuenta cómo las bandas delimitan su territorio para cobrar lo que en Medellín “se llaman ‘vacunas’ o cobro de dinero cada semana a los tenderos, transportadores e incluso a las familias. Si una persona no paga, lo hace con su vida”. También el simple hecho de entrar en una comuna vecina es un error que acaba en muerte. La presión de los grupos armados y la miseria, mala consejera, empujan a muchos jóvenes a dedicarse a la consecución del dinero fácil. Un billete, que las madres colombianas conocen y saben que carece de retorno. Nora comparte con ellas el dolor del “desvío de sus hijos y con otras, el temor de la muerte”, que les pisa los talones. 127


Un trabajo digno capaz de ahuyentar la pobreza es la opción que está ofreciendo Nora a más de medio centenar de mujeres, cabezas de familia, a través de un taller de textiles, creado por la Fundación Esperanza y Vida. Una esperanza para los vecinos de estos barrios a la que se unió Manos Unidas financiando el proyecto. El taller central de confección y los otros 12 más pequeños, que funcionan como microempresas familiares, le han regalado a Nora la parte más positiva de su trabajo: tratar con las mujeres, escuchar sus preocupaciones y aliviar sus problemas. Aunque su día se divide también entre otras obligaciones -administra los bienes de su congregación a nivel provincial y pertenece al equipo de gobierno provincial como consejera de la provincia de San Francisco de Asís (Medellín)-, ella le resta importancia al volumen de trabajo y comparte el mérito con el equipo humano que la ayuda en sus tareas. El apoyo psicológico que aporta la Fundación a estas mujeres castigadas por la penuria hace que se sientan aceptadas y valoradas mientras se les brinda la oportunidad de trabajar. Pero el éxito del proyecto también radica en el nivel de exigencia de la propia Nora: “No me gusta la superficialidad en el trabajo. Nuestros productos tienen que ser óptimos y competitivos en el mercado por la calidad; de esta manera mantendremos la confianza de los clientes”. Aunque a veces tiene la sensación de que el tiempo no le alcanza para todo lo que queda por hacer, la religiosa no se olvida de aquellos que han hecho posible ir dando pasitos en la difícil lucha contra las desigualdades. Para Manos Unidas reserva “un agradecimiento muy sincero” y pide con fuerza que “Dios bendiga y multiplique cada día los bienes espirituales y materiales de todas las personas que han formado parte de esta magna iniciativa y que aún siguen trabajando por la causa de los más pobres”. Después de ir y venir, trabajar sin descanso y organizar las tareas pendientes, Nora termina su jornada en paz por haber podido cumplir con su deber: la entrega sincera a los más vulnerables. Ya anocheció en Medellín y una vez más, al final del día, ella se deja inundar por la gratitud. Nora cierra los ojos.

Yasmina Jiménez. Periodista de www.elmundo.es

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Ángela Rodríguez

Religiosa Hija de la Caridad Mozambique.

Querida Ángela Sí, ‘querida’ aunque no nos hayamos mirado a los ojos. Sí, ‘querida’, aunque no nos hayamos escuchado. Sí, ‘querida’, aunque no nos conozcamos en persona. Escribo con la convicción de que tus ojos sonríen cuando lees estas líneas, es posible que después de un agotador y esperanzador día en tu amado Chalucuane, en ese lugar alejado en la distancia y también -gracias a ti- cercano para nosotros. Te confieso que hace años que no me pongo con lápiz y papel a escribir una carta -¡ay, estas tecnologías que poco a poco nos van deshumanizando!-, pero hoy es distinto porque tu carta, la que he recibido hoy, es diferente. 129


están dispuestos a servir”. Con lo difícil que nos resulta desatarnos de nuestras seguridades y placeres más o menos temporales, tú vas y te pones a disposición de tus superiores que, cómo no, te tomaron la palabra, y te enviaron a Chalucuane. ¡Es lo que tiene ser Hija de la Caridad! Por cierto, aprovecho para contarte un pequeño chascarrillo que circula por ahí. Se dice que las Hijas de la Caridad sois la ‘marca’ más extendida del planeta, porque estáis incluso en lugares a los que no ha podido llegar ni la Coca-Cola.

Ángela, vives en el corazón de Mozambique, en un pueblo cuyo nombre traducido significa ‘Aldea maldita’; y tienes que desvivirte para atender los numerosos casos de sida y de otras enfermedades que llegan a vuestro hospital. Y a pesar de todo vas y me sueltas eso de que “soy una mujer de suerte”, o eso otro de que “siento la vida, lo que hago, lo que hacemos… de lo más natural del mundo. Nunca vi la necesidad de tener que contarlo”. No, Ángela, creo que no llevas razón -perdona por llevarte la contraria-, porque en este mundo tan artificialmente sofisticado hay que poner esperanza donde lo fácil sería colocar oscuridad e hipocresía. Creo que no sólo yo, sino mucha más gente necesita conocer tu historia, vuestras historias, vuestras vidas… Las vidas de aquellos que os habéis puesto a disposición de los demás, y que lo habéis hecho cuando en vuestra infancia y juventud erais como yo o como cualquiera de los hipotéticos lectores de esta carta.

Según me cuentas, aterrizaste en esta localidad de Mozambique el 29 de noviembre de 1984, en principio sólo para tres días, con el objetivo de aprender a cuidar a niños desnutridos, aunque “al final ésa fue sólo la disculpa que el ‘Gran Jefe’ se montó, pues a lo largo del tiempo está claro que era aquí el lugar para el que Él me había pensado”. Y ahí estás desde entonces, con otras cinco Hijas de la Caridad de cuatro nacionalidades y tres continentes diferentes. En tu escrito me dices que “todos somos necesarios, aunque nadie es imprescindible”, y esas palabras casi me avanzan lo que me vas a responder en tu próxima misiva: que no eres la única, que hay miles de personas como tú que van a hacer presente a Jesús en los lugares más inhóspitos de nuestro planeta, que es algo normal e, incluso, que no te gusta alardear de ello. Es cierto, pero me da rabia que intentéis quitar valor a algo que, para los de aquí, es admirable. He de confesarte que algunos pasajes de tu carta me dejan preocupado. Por ejemplo, cuando me hablas del éxodo de hombres que se van a trabajar a las minas a Sudáfrica y que, de alguna manera, ha provocado un crecimiento exponencial de la tasa de sida en Chalucuane. Según me dices, esta realidad “está consiguiendo traer a las familias más sufrimientos y muertes que los 30 años de guerras -primero colonial y después civil- que sufrió el país”. Además, describes un paisaje de escuelas sin profesores, de hospitales sin enfermeros, de industrias sin trabajadores, de pueblos sin padres… Y me dejas una imagen muy elocuente: “Las aldeas en Mozambique se están tornando aldeas de abuelas con sus nietos o mujeres viudas. Un hombre puede dejar cuatro o cinco viudas, cargadas de hijos, muchos de ellos también con su sangre recién estrenada y envenenada por este virus de muerte…”.

No se me puede olvidar la sencillez, el cariño y el orgullo con los que me presentaste a tus padres cuando te pregunté por ellos: “Un padre albañil y agricultor para poder ‘sacar adelante’ a sus diez hijos, y una madre bondadosa y fuerte al mismo tiempo”. Natural de Las Palmas, con nueve hermanos, finalizaste tus estudios de ATS muy joven, y tu primer destino fue un paraíso: la isla del Hierro, Pero del mismo modo que esto me ha preocupado, veo en tu donde ejerciste de ‘practicante rural’ durante cinco años. Allí te sentías feliz, me dices en tu carta, y a pesar de todo se te ocurrió pensar carta un enorme halo de esperanza. La propia historia de vuestro que “había otras personas más necesitadas y a las que no todos hospital es en sí un signo de optimismo. Cuando comenzó la misión, 130


en 1979, las Hijas de la Caridad erais conscientes de que la formación de las madres era fundamental para atajar la malnutrición infantil. Así nació el Centro de Educación y Recuperación Nutricional, en unas chozas de cañas y barro, que pasó después a un antiguo almacén de cereales de los tiempos de la colonia, reconvertido en centro pediátrico gracias a Manos Unidas. A partir de ahí hubo que dar respuesta al problema de la tuberculosis -convertido en Mozambique en epidemia- y, por supuesto, del sida. Para ello, se adaptó un antiguo establo para 30 camas. Las necesidades crecían y Manos Unidas os ayudó en la construcción del hospital para 75 camas. Como la historia no podía ser fácil, las lluvias inundaron los cimientos del nuevo edificio, y cuando los enfermos salieron del establo para el nuevo hospital, un gran eucalipto cayó encima del tejado de la sala de los hombres. Hoy, según me dices en tu carta, lo que comenzó en un establo debe ser más o menos una pequeña ciudad sanitaria, en la que atendéis a cerca de 300 internos cada día, de los que el 75% son enfermos de sida. ¡Para que luego digan que no hay motivos para la esperanza!

nización en pequeñas comunidades como la vuestra. Pero también, esa reflexión tuya me sirve para decirte sin complejos, y aun a riesgo de que te ‘enfades’ conmigo, que Chalucuane tampoco se podrá pensar nunca sin el trabajo y la presencia de las Hijas de la Caridad y, por supuesto, sin el tuyo, Ángela. Antes de dejarte descansar, no quiero dejar pasar la oportunidad de traer hasta estas líneas al señor Magorrombane, del que me hablas. Ese anciano agricultor que poco antes de morir os dijo: “Yo quiero ir a descansar a los brazos de ese Padre que les trajo a ustedes aquí. Debe ser muy bueno”. Sí, ciertamente, ese Padre ha sido muy bueno al llevaros hasta Chalucuane. Espero carta tuya y poder abrazarte algún día en Chalucuane o donde el ‘Gran Jefe’ quiera.

Javier Fariñas. Periodista de Popular TV y prensa AIN.

Y no dejo de pensar que buena parte de esta historia se desarrolló en el contexto de un país en guerra, que en Chalucuane se hizo especialmente virulenta entre 1987 y 1992. Me recuerdas que fueron años de “diáspora”, tanto para vosotras como para los enfermos, ya que teníais que salir a dormir fuera de la aldea, esperando el amanecer entre matorrales. O cuando después os trasladasteis a una aldea más segura, bajo la sombra de una iglesia “que como buena Madre nos abrigó los dos últimos años”. ¡Qué historia! Cerca de 200 niños con sus madres durmiendo dentro del templo; unos 60 tuberculosos en tiendas de campaña, el cólera y, para colmo, las pulgas que también tomaron al asalto el campamento. Y vosotras, con la sacristía como cuartel general. A pesar de todo, os quedasteis con la gente. No me sorprende, porque ya sé que sois así, pero me sigue admirando. En varios momentos de tu carta me hablas de la colaboración que habéis recibido de Manos Unidas a lo largo de estos años. De hecho comentas que “Manos Unidas puede pensarse sin Chalucuane, pero Chalucuane ya nunca podrá pensarse sin Manos Unidas”. Con tu permiso, se las trasladaré a mis buenos amigos de Manos -como me dirijo a ellos con cariño-, seguro que les gustará saber lo que se les quiere a miles de kilómetros y, sobre todo, cómo repercute la generosidad de los socios y colaboradores de la orga131


Luis Ureña

Fundador de Confenaca. República Dominicana. El compromiso, la lucha, la esperanza “Amanece con mucha luz”, me dice telefónicamente Luis Ureña a las siete de la mañana, hora dominicana. “Entramos en la época ciclónica y además estamos padeciendo una epidemia de dengue que afecta a casi 10.000 personas…” Luis tiene 65 años, nació y vive en la comunidad de Río Seco La Vega, en la República Dominicana. Ha vivido y sufrido dictaduras, revoluciones, la invasión norteamericana, la persecución y la cárcel, pero también épocas de democracia y libertad, como la actual. Miseria y generosidad, ideales y corrupción, ciclones, terremotos y tormentas tropicales, como las que en 2007 acabaron con vidas, cosechas, viviendas y animales. Y vuelta a empezar. “Hay sicarios que matan por encargo, tráfico de influencias, narcotráfico. Los tribunales no aplican la ley con justicia, la riqueza está en manos de muy pocos y el desempleo, sobre todo de los jóvenes, es muy alto”. Y, a pesar de todo, esperanza, lucha, compromiso. La vida no vale nada si no es para cambiar el mundo. Al menos para intentarlo.

M.U./Waldo Fernández

El hábitat de Luis Ureña no es Punta Cana, Bávaro, La Romana, los grandes ‘resorts’ o el lujo caribeño. Hay una República Dominicana para turistas ricos y otra para la mayoría de los dominicanos. Esta isla, equidistante de Cuba y Puerto Rico, compartida, y casi sin fronteras, con Haití, está poblada por diez millones de habitantes de los que la mitad, -cinco millones, se dice pronto-, viven en situación de pobreza, que es extrema para millón y medio. El salario medio de muchos trabajadores es de 26 euros al mes, aunque el salario mínimo oficial está en torno a los 240 dólares. Hay dos millones de analfabetos, y ya se sabe que sólo la educación puede sacar a una nación de la miseria. Un millón cuatrocientos mil dominicanos no tiene acceso a los servicios de salud, más de dos millones y medio no tienen acceso al agua potable. La alimentación, la salud y la educación son inalcanzables artículos de lujo para muchos. Niños sin esperanza: ocho de cada 100 morirán antes de cumplir los cinco años. Quinientos mil padecen desnutrición crítica. Cada mes de julio, Confenaca reúne a 500 niños de familias sin recursos y les entrega mochilas, libros, lápices, uniformes, con fondos recaudados previamente. Es el primer paso hacia la verdadera libertad. “Cuando en España, en Europa o en los Estados Unidos se habla de crisis, aquí se toca la miseria, no se ve un centavo en la calle”, me


dice Luis. “Desaparecen los préstamos y las ayudas y subvenciones de Gobiernos y de organismos internacionales. Cuando los grandes eliminan inversiones y no tienen para tantas cosas innecesarias, también recortan apoyos a los más débiles. La desgracia siempre es más desgracia para los que no tienen nada”. Aquí, en República Dominicana, lo saben todo de fraudes y hundimientos bancarios, de inflación de tres dígitos, de corrupción administrativa generalizada, de especulación, de quiebras empresariales, de contracción del PIB. Afortunadamente, en los últimos años la situación ha mejorado algo, aunque en ello ha tenido que ver, también, la emigración a los Estados Unidos y a Europa, sobre todo a España. Pero no vale lamentarse ni esperar. Hay que ponerse a luchar. Por eso, ahora hace 25 años, Luis Ureña fundó Confenaca, la Confederación Nacional Campesina, una asociación sin ánimo de lucro que agrupa asociaciones campesinas, de pequeños y medianos productores, campesinos sin tierras, clubes de amas de casa, de jóvenes rurales… Confenaca, de la mano de Luis Ureña, ha llevado adelante proyectos de autogestión agraria y de comercialización directa de productos, enfrentándose a los intermediarios. Han logrado que el Gobierno prohibiera en 2001 el trabajo infantil en el campo. Ofrece microcréditos, crea centros de capacitación donde, por ejemplo, enseñan lencería de hogar o repostería a las mujeres amas de casa sin trabajo.Y capacitan a los hombres en costura industrial. Esos oficios les permitirán recuperar la dignidad, encontrar un trabajo, convertirse en pequeños empresarios, pero, sobre todo, asegurarse un ingreso mínimo para el sustento de sus familias. En definitiva, el objetivo es integrar a la gente en la vida productiva, reforzar sus valores, su cultura, su identidad propia para que no tengan que vender su cuerpo ni caer en la criminalidad. Luchan para desterrar la violencia intrafamiliar, para combatir el machismo, para apoyar a tantas madres solteras, con dos y tres hijos, abandonadas por sus familias.

vamente, aceptan salarios más bajos con jornadas de trabajo más largas y desplazan a los dominicanos. No siempre son bien recibidos, bien tratados ni se integran. “Se vulneran muchas veces sus derechos y algunos dominicanos rechazan que se les ayude; es como si se quisieran cobrar viejas deudas”, afirma Luis Ureña. En La Vega, Constanza, Jarabacoa, Jima, Sabana Rey o San Francisco de Macorís, Confenaca ha capacitado a más de 4.200 inmigrantes ilegales haitianos, que se dedican al trabajo agrícola y les han enseñado las leyes que consignan el deber de los terratenientes de darles salario justo y protección cuando están aplicando pesticidas químicos nocivos para la salud humana. La lucha por la justicia social y por la dignidad. “Ahora, prosigue Luis, tras el terrible terremoto, muchos más han venido a nuestro país en busca de seguridad y trabajo. Se ha creado un Comité de Solidaridad en el que está muy involucrada la Iglesia y también Confenaca, se les está apoyando constantemente y se ha hecho una labor de concienciación con el pueblo. Algo ha mejorado, dice. Pero lo grave es la situación en Haití. No se ha reconstruido ni un 2%. Los organismos internacionales no han cumplido y los políticos haitianos han saqueado su país. Haití es más pobre que antes”, termina.

En Puerto Príncipe, a pocos kilómetros de la República Dominicana, sigue habiendo graves problemas de salud e higiene y más de un millón de familias sin hogar. Los conflictos burocráticos internos y otros problemas son el pan de cada día. Dicen que de los 4.000 o 5.000 millones de euros prometidos, apenas ha llegado, de verdad, un 11%. Que la época de los huracanes se acerca y que las inundaciones arrastrarán las tiendas de campaña y las viviendas provisionales construidas con trapos, cartones y plásticos. Y que, cuando se cumpla un año de la tragedia volverán las cámaras de los fotógrafos y algunos periodistas y dejarán constancia, de nuevo, de la solidaridad olvidadiza de tantos que vivimos en la crisis opuLuis Ureña, mirando por encima de sus gafas, nunca pierde la sonrisa lenta. “Hay mucha gente postrada a la intemperie”, termina Luis. ni la esperanza. Gracias al apoyo y a los fondos de Manos Unidas, miles La Universidad de Saint Joseph en Filadelfia y el Congreso del Esde personas se han beneficiado de esta capacitación, de la dotación de equipos, apoyados localmente con equipos, personal y organización. Con- tado de Oregón, entre otras entidades, han reconocido públicamente el fenaca sigue tendiendo las manos y abrazando otras que se brindan ge- trabajo de Confenaca. En esta República Dominicana, la labor de Confenerosas. Pese a la precariedad de la vida, no habla de desesperanza sino naca en Río Seco La Vega y en otros tantos lugares al servicio de todos, pero, especialmente de los niños y las mujeres -siempre en riesgo, siempre de compromiso, de convivencia, de fraternidad. amenazados- es un reto asumido. Aquí se lucha por la dignidad de las perY es imposible no hablar de la cercana tragedia de Haití. “Los hai- sonas sin distinguir su procedencia. Aquí se ofrece esperanza para los que tianos, explica Luis, son el grupo minoritario más grande en República no tienen nada. Con las Manos Unidas y el corazón entregado. Dominicana. En los años 20 tuvieron mucho poder y no lo ejercieron Francisco Muro de Iscar. bien”. Hoy son entre un millón y dos millones los haitianos que viven en Periodista y abogado. Ex director de Ya y La Información de Madrid. República Dominicana, pero sólo unos 70.000 legalmente. Entran masi133


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M.U./Mª Eugenia Díaz


Primi Vela

Hermana de la Caridad de Santa Ana. India. La niña de los ojos de pantera Rani tiene los ojos de una pantera herida. Grandes, profundos, verdes… rotundamente tristes. Amanece agazapada entre las basuras que recorren Mumbai (Bombay), esperando el mejor momento. A un lado de la carretera, el ejército de pequeños vagabundos hace sus necesidades, elevando hasta lo imposible el hedor de la ciudad: las niñas habrán de esperar a la noche. Casi todas las pequeñas sombras que deambulan en el ‘slum’ de Ganeshagar son femeninas. Los padres indios jamás abandonarían a un varón. Su padre sí la apartó de su lado, pero sólo después de quemar viva a su madre. Los ojos de la pequeña pantera tienen grabada esa imagen, al igual que la de los autobuses que, entrada la mañana, pasan a toda velocidad por la autopista. Un pequeño salto y todo habrá acabado. Rani avanza, con los ojos cerrados. Milagrosamente, el autocar frena a tiempo, y los ‘rikshaw’ logran esquivarla. Al otro lado de la carretera, una gran verja, y rumores de juegos, gritos y risas. La pequeña pantera abre los ojos. ‘Ankur’, se llama la escuela. Junto a la puerta, todavía alarmada por el ruido ensordecedor de la carretera, una mujer con hábito gris.Y una sonrisa. Un té caliente devuelve el color a las mejillas quemadas de Rani. El sol no es el único causante de las cicatrices de la niña de los ojos de pantera. A su lado, la mujer del hábito gris la toma con dulzura entre sus brazos. El jardín de la residencia bulle de canciones. Rani duda al cruzar sus ojos con otras panteras de ojos más tranquilos, casi sonrientes, aunque el recuerdo de la jungla se adivina en un parpadeo nostálgico y asustado. ¿Qué será aquel lugar? Una adolescente con sari rojo se acerca, la coge de la mano y se la lleva a un corrillo donde otras niñas cantan. La música amansa a las fieras, o eso dicen. Kushbo, la chica del sari rojo, lo sabe perfectamente. Nació y creció en el mismo país que Rani, a cientos de kilómetros de distancia. Con cuatro años, fue secuestrada y drogada en las calles de Nueva Delhi. Cuando despertó, trabajaba como esclava en Mumbai. A los pocos meses logró escaparse, y durante semanas buscó a sus padres por unas calles oscuras y desconocidas. Tardó meses en darse cuenta de que aquella ciudad ya no era la suya. El hedor de los ‘slums’ es el mismo en cualquier ciudad de la India. Suena una campana, y Kushbo, instintivamente, dirige la mirada hacia la verja donde minutos antes Primi Vela -que así se llama la mujer del hábito gris- ha recogido a Rani. Sabe que no son ellos, pero no pierde la esperanza de que un día aquella religiosa aparezca con sus padres, igual que un atardecer se hizo presente en el arroyuelo donde la niña se había agazapado para tratar de acabar. Las hermanas de la Caridad de Santa Ana, que así se llama la orden religiosa a la que pertenece Primi Vela, han logrado de que Kushbo pueda estudiar, y hasta soñar con llegar a ser enfermera, y curar las heridas de tantos otros que no han tenido su suerte. Casi cinco millones de personas en Mumbai malviven en los ‘slums’, muchos de ellos niños robados, violados, esclavizados y con sueños rotos. Con ojos de pantera malherida. Kushbo es la encargada de dar la bienvenida a las pequeñas que, como Rani, llegan por vez primera a Ankur. 240 chicas estudian y viven en este centro. 400 han pasado desde que abriera en 1997, con el apoyo de Manos Unidas. Cada pequeña pantera trae sus lágrimas, su horror y su recuerdo de la jungla. Muy pocas portan esperanza.Varias se quedaron por el camino: la llamada de la selva pudo más, y las panteras regresaron a las basuras, las esquinas, la podredumbre y la muerte. Otras han llegado a ser enfermeras, oficinistas… algo impensable para una mujer de los ‘slums’.

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Suena de nuevo la campana, y las niñas entran en la escuela. Es hora de la clase de inglés. Rani traspasa el umbral junto a Kushbo, dejando atrás las ruedas del autobús, la lata de gasolina y las mordeduras de ratas. Los recuerdos volverán, pero será otro día. Quien no entra en clase es Yaima, 13 años, ojos de pantera adulta. Toca amamantar a su bebé, que nació cerca de Ankur hace unos meses. Primi Vela la encontró en una de sus rondas por Ganeshagar, allá donde el hábito blanco se vuelve gris en apenas minutos. Las callejuelas son tan estrechas que apenas puedes penetrar en ellas de perfil. El sol revienta en los tejados de chapa y el barro es más potable que el agua que discurre por el suelo. Todo un pozo de infecciones. Al doblar una esquina casi tropezó con unas débiles piernas abiertas, rompiendo aguas entre perros muertos y latas vacías. Su sueño era convertirse en una estrella de Bollywood, pero la canción que salió de sus entrañas en la enfermería de Ankur fue tan preciosa, e irrepetible, que ya no quedaron ganas de cantar. En India, el mejor método anticonceptivo es la educación y Yaima sabe que su suerte, y la de su hija, están en aquella escuela. Se hace de noche y Rani está convencida de que hoy no va a poder dormir. Es la primera vez que sus pequeños huesos reposan en un colchón, con sábanas limpias y un pijama con el que descansar. Antes ha podido ducharse, llenar el estómago y sentarse en una silla y una mesa con mantel, cubiertos y vasos de cristal. Su piel es menos oscura de lo que habría podido imaginar.Tal vez algún día pueda acariciarla y sentirla suave. Las luces se apagan y el silencio es abrumador. Asusta a la pequeña pantera. Afuera se escucha el ruido de la jungla, y Rani teme que sus fantasmas aparezcan de repente y la devuelvan a la selva. Al fondo, una pequeña vela que se agita. Primi da un último paseo, y la pequeña pantera siente que alguien, por primera vez, cuida de ella.Y sus grandes ojos verdes, poco a poco, se van entornando. Y Rani acaba rendida, oliendo el algodón de sus sábanas y rezando para que, esta vez, no se trate de un sueño.

Jesús Bastante Liébana. Redactor jefe de Religión Digital.

M.U./Mª Eugenia Díaz


Antonio Villar

Misionero Laico. Fundador de la ONG Sagrada Tierra. Guatemala. 137


Una larga y fructífera vida Visto desde la ventanilla del avión, ya le gustó Guatemala. Fue Para contar la trayectoria vital de algunas personas bastan un flechazo. El primer “enganche”. La llegada al Petén, zona en la unas pocas líneas. La de otras, en cambio, no cabe en todas las pá- que pasaría los siguientes años, el segundo. Pero cuando convivió ginas de un libro. Más aún, se podría escribir ese libro, contando con sus habitantes, los indígenas ‘q´eqchis’, en cuyas aldeas de la avatares y peripecias, y la persona permanecería casi inédita: selva el cielo es azul, de muchos azules, y la selva verde. Verde de tantos son los matices, las ternuras, los compromisos a los que ha todos los verdes. Cuando escuchó la música del tambor, de la chiriguardado absoluta fidelidad a lo largo de los años. Es el caso de An- mía, del arpa y el violín, cuando participó en sus reuniones comutonio Villar (75 años), a quien, desde el principio, renuncio a abarcar nitarias, disfrutó de la dulzura de sus gentes, de la alegría en su totalidad. Soy consciente de que éste será un retrato incom- resplandeciente y comunicativa de los niños, de la grandeza y bonpleto y subjetivo, basado en algunas de las cosas que me han im- dad de sus ancianos, rodeados de profundo respeto, en la inmensipresionado a partir de aquello que él ha aceptado compartir dad del Petén con su selva entonces virgen… supo que estaba absolutamente enamorado, definitivamente “enganchado” a aquel conmigo. lugar y a sus gentes. Antonio es un misionero. Un misionero casado hace más de Para seguir formándose, de 1964 a 1969 vive en Roma, obte25 años. Misionero porque se formó en el Seminario de Misiones, en Burgos, de donde salió, a los 23 años, convertido en cura secular. niendo en su Pontificia Universidad Gregoriana la Licenciatura en Misionero, también, porque sigue considerándose como tal, aunque Teología. A continuación, vuelve a Burgos, al Seminario de Misiones, desde una posición personal y una vivencia religiosa -aventuro yo- tan presente en sus recuerdos y en su vida hasta hoy, ahora como profesor. distinta de la inicial. El comienzo de su historia fue bastante común: nacido en 1935 en Torrescárcela, una localidad de la provincia de Valladolid en la que viven hoy poco más de 150 personas, ingresó en el Seminario de Segovia con sólo 11 años. No cabe, en mi opinión, hablar en ese momento de respuesta a una “llamada”, sino más bien de un camino para poder estudiar. Pasó después al citado Seminario de Misiones de Burgos y allí, entre cartas que llegaban de lejos con las vivencias de quienes ya estaban en “tierra de misión”, fue alimentando sus sueños y generosidades juveniles, “en clave mística de servicio y entrega”.

Son otros tiempos y otras realidades en la Iglesia. El encuentro con los obreros cristianos de la HOAC le hace entender, entre otras cosas, “que no hay caridad sin justicia”. Un descubrimiento que orienta su posterior trabajo pastoral en Guatemala: en Poptún, en el sur del Petén, organiza cooperativas con los campesinos y ya no visita sus aldeas, vive en una de ellas, “en una casa de paja, junto a un río de aguas cristalinas y lleno de peces”.

Un cura que vive en una aldea en la selva y que habla una lengua indígena tiene que ser comunista. Así piensa ‘el poder’. Consecuencia: el exilio. Abandona Guatemala para salvar la vida junto a África era el escenario de sus sueños. América, pensaba, ya miles de refugiados. Recala en México y trabaja con y a favor de los refugiados como él. Tras la firma de la paz, regresa y trabaja dos estaba cristianizada. años en el Movimiento de Derechos Humanos de Guatemala. El día que cumplía 23 años: 8 de abril de 1958, Domingo de ReLa pobreza y la injusticia le golpean dolorosamente y se desurrección por más señas, con la carrera terminada, dispuesto para ser ordenado sacerdote y listo para ir a “misiones”, el entonces ar- fiende trabajando más. Funda ‘Loq´laj choch’, es decir, Sagrada Tiezobispo de Burgos, monseñor Luciano Pérez Platero, le comunica rra, una ONG desde la que decide dedicarse totalmente al trabajo con los indígenas. su destino. Será América: Guatemala.

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En su interior bullen muchas preguntas. No sobre “su misión”, pues siempre tuvo claro que estaba donde quería estar, la cuestión era cómo… Y decidió que le sería más fácil realizar su trabajo, como él lo entendía, fuera de las estructuras de la Iglesia, como seglar. Y entra en su vida María Luisa. Antonio ha encontrado, otra vez, el amor. Ahora el de la “mujer compañera”. “La soberanía alimentaria, con la territorialidad, el agua, los bosques, la tierra, todo se va deslizando hacia las transnacionales y las grandes empresas. El ya reducido territorio de los campesinos se va estrechando cada vez más. Guatemala, un país mayoritariamente indígena, con índices muy altos de analfabetismo, necesita fortalecer su propia identidad”. Y necesita ayuda para conseguirlo. Sagrada Tierra pide apoyo a Manos Unidas para un proyecto que pretende contribuir a mejorar las condiciones de vida de las familias indígenas rurales. Para ello, se introducirán nuevos cultivos, se impulsará la capacitación en corte y confección y en tejido antiguo, se fortalecerá la promoción de la salud y la nutrición, se impulsará la medicina tradicional, etc... La petición, como en ocasiones anteriores, es atendida y Manos Unidas aporta más de 600.000 euros. En agosto de 2007, el huracán ‘Félix’ azota la provincia de El Petén: cosechas, enseres y viviendas resultan afectados, empeorando la situación de quienes ya vivían en condiciones precarias. M.U./Laura Gutiérrez De nuevo, Sagrada Tierra mira a Manos Unidas y 3.500 personas reciben ayuda. Como también la habían recibido antes, cuando Antonio Villar se dirigió a la ONG española para intentar mejorar la Antonio -y María Luisa, depositaria de tantas confidencias, situación de los más vulnerables: mujeres, indígenas y trabajadores rurales, que tras 36 años de conflicto armado interno vivían en la compañera en los caminos no siempre sencillos de la vida-, GRACIAS. Gracias por vuestro testimonio sin palabras, con hechos. Sin pobreza más extrema. alharacas, con compromiso. Sin presunción, con profundidad, que Hacen falta muchos ‘antonios’ como Antonio Villar. Personas me ha emocionado y me ha hecho enfrentarme a preguntas largo que, como él, tengan claro que no van a ninguna parte del mundo a tiempo dormidas en mis recuerdos. resolver los problemas, sino “a ver, aprender, absorber los valores de los pobres, acompañar su camino hacia ‘su progreso’, porque si este mundo no lo salvan los pobres, no creo que tenga salvación alguna”.

Loles Díaz Aledo. Periodista, ex RNE.

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... y una mรกs

Diego Sรกnchez

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Gervasio Sánchez Periodista y fotógrafo. España.

Gervasio Sánchez, el compromiso no minado Hay personas que se empecinan, tozudas, como si fueran “maños”, en no cejar en el intento de explicarle al mundo que existen otros mundos. Hay personas que se obstinan en dar aldabonazos a la conciencia para que la conciencia no se duerma, o duerma mal. Hay personas que señalan, no con dedo acusador, sino con dedo fotográfico, para que no haya dudas de que lo que se relata no es invención sino la realidad más cruda. Hay personas cuyo empeño es luchar contra la mutilación de esa realidad mostrándonos las mutilaciones verdaderas, las de carne y hueso. Gervasio Sánchez es una de esas personas -cada vez menos personas, cada vez más mutilaciones- que lleva años haciendo que nos asomemos al abismo del mundo mutilado, del mundo que manipulan y mutilan los grandes emporios del mal llamado periodismo frente al mundo, a la gente, que mutilan las minas y las bombas que exporta el mundo rico hacia el mundo pobre. Porque hay muchos mundos, pero el que Gervasio nos muestra es el más desvalido, el más indefenso, el más injusto. No hay minas en las fronteras entre España y Francia, o entre los Estados Unidos y Canadá. Las minas están en Sierra Leona o en Afganistán o en Colombia. No hay “vidas minadas” en Italia o en Holanda; hay “vidas minadas” en los lugares donde resulta más difícil sobrevivir. Conocí a Gervasio hace ya muchos años, en el Chile que sufría y sangraba bajo la dictadura de Pinochet. Era un joven, como yo entonces, que intentaba abrirse camino en el complejo mundo del periodismo. Para poder viajar y contar lo que ocurría más allá de nuestras fronteras tenía que trabajar durante los veranos como camarero en chiringuitos de playa en Tarragona. Con el paso de los años nos hemos ido encontrando en muchos rincones del Planeta. Ya no necesita ser camarero y servir copas y raciones de gambas a la plancha; ahora sirve raciones de compromiso, de un compromiso inquebrantable con quienes más sufren. Si hay algo que siempre me ha parecido admirable de Gervasio ha sido esa defensa del compromiso con las víctimas de los conflictos bélicos, de las dictaduras y de las catástrofes; ese compromiso con las “vidas minadas” de los otros, un compromiso que nada ni nadie ha podido minar, un compromiso no minado por los cantos de sirena de los dueños del poder, por los destructores de la realidad y de las vidas ajenas. No sé si el Mundo es más justo porque personas como Gervasio Sánchez nos ofrezcan las imágenes que muchos quieren ocultar, pero sí estoy seguro de que el Mundo sería mucho más injusto si periodistas como él no se empecinaran, tozudamente, como si fueran “maños”, en no cerrar los ojos, en no cerrar para siempre el obturador de la vida y mirar hacia otro lado. Fran Sevilla. Periodista, corresponsal de RNE en Centroamérica.

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índice

(por orden alfabético de apellido)

historias de solidaridad

... más una

10. Juan José Aguirre (Rep. Centroafricana), por Roge Blasco.

59. Victoria Espejo (Angola), por Faustino Catalina.

104. Antolina Martínez de Marañón (India), por Rosana Ribera de Gracia.

13. José Luis Arana (India), por Javier Llano.

61. Stanislaus Fernandes (India), por Darío Chimeno.

106. Yvonne d’Mello (India), por Paloma Rosado.

16. Ramiro Arancibia (Bolivia), por Gonzalo Estefanía.

64. Ignacio Galdos (India), por Caridad Roa.

108. Brígida Moreta (Malawi), por Julián del Olmo.

18. Giuseppe Arguesse (Kenia), por José Lorenzo.

66. José Miguel Gambín (Mali), por Pedro José Navarro.

110. Edwin Novoa (Nicaragua), por Mª Ángeles Fernández.

21. Carmen Bascarán (Brasil), por Anabel Llamas.

69. Rosalía García (Paraguay), por Celia Naharro.

113. Inés Oleaga (Timor Oriental), por Mariqui Dueñas.

24. Gustavo Bombín (Madagascar), por Rafael Ortega.

72. Manuel García-Rendueles (Perú), por Juan Antonio Misert.

116. Pedro Opeka (Madagascar), por María Gómez.

27. Chema Caballero (Sierra Leona), por Ángel Álvarez.

75. Pilar Gilaberte (Ecuador), por África González.

119. Lola Pérez Carrasquilla (Zimbabue), por Gerardo González Calvo.

30. Ángel Calvo (Filipinas), por Ricardo Olmedo.

78. Benjamín Gómez (Bangladesh), por Marta Gómez.

122. Juan Martín Pérez García (México), por Marco Gordillo.

32. Lola Campos (Brasil), por Hernar L. Senovilla.

81. José María Gómez García (Perú), por Paco Paniagua.

124. Ottorino Poletto (Mozambique), por Cristina Redonet.

34. Pedro Casaldáliga (Brasil), por Mª Angeles López Romero.

83. Glendis Xiomara Guevara (Honduras), por Ignacio Igártua.

126. Nora Ramírez (Colombia), por Yasmina Jiménez.

37. Pedro Cernuda (Mozambique), por Elsa González.

85. Generosa Iturri (Angola), por Virginia Ródenas.

129. Ángela Rodríguez (Mozambique), por Javier Fariñas.

40. Darío Chaves (Zambia), por Ismael Piñón.

87. Eugenio Jover (Burkina Faso), por Santiago Riesco.

132. Luis Ureña (Rep. Dominicana), por Francisco Muro de Iscar.

43. José Chuquillanqui (Perú), por Jesús de las Heras.

90. Heng Yon Kora (Camboya), por Marta Carreño.

134. Primi Vela (India), por Jesús Bastante.

46. Victoria Cobos (Malawi), por Cristina Sánchez.

93. Carmen Llorca (Mauritania), por Pedro Fusté.

137. Antonio Villar (Guatemala), por Loles Díaz Aledo.

48. Martino Corazzin (Ghana), por Luis Esteban Larra.

95. Isabel López de Guevara (El Salvador), por Belén Torres.

140. Gervasio Sánchez (España), por Fran Sevilla.

51. Amparo Cuesta (Malawi), por José Julio Martín Sacristán.

97. Juan Pablo López Mendía (Benín), por Mónica Fernández Aceituno.

53. Manuel Díaz Gárriz (India), por Alfonso Armada. 56. Alberto Eissman (Uganda), por José Carlos Rodríguez.

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99. Isabel Martín (India), por Marta Arroyo. 101. Juan Carlos Martínez (Brasil), por Javier Fernández Malumbres.

Libro elaborado por el Área de Comunicación de Manos Unidas COORDINADORA DEL LIBRO: Mª Eugenia Díaz, Responsable del Departamento de Medios. DISEñO Y MAQUETACIóN: Javier Mármol, Departamento de Comunicación.

* De las fotos sin firma desconocemos el autor; nos han sido facilitadas por los protagonistas o los autores de los textos.


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