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LOS ENTUSIASTAS


LOS ENTUSIASTAS ARTURO BORJA I lu s t ra c i o n e s d e C r i s t i n a B ue n o


© 2014 Arturo Borja © 2014 de las ilustraciones, Cristina Bueno © 2014 de la presente edición, Macadán Libros Apdo. de Correos 13 - 18200 Granada

Diseño y maquetación: Estudio Squembri Impresión: Gráficas Alhambra Printed in Spain

ISBN: 978-84-941297-2-8 Depósito legal: GR 469-2014

Esta es una obra de ficción. Los personajes y acontecimientos referidos por el autor son inventados o empleados de forma fabulada. Los nombres, marcas y modelos mencionados en la obra son propiedad de sus respectivos dueños y han sido usados con mero carácter identificativo.

Este libro no podrá ser reproducido ni total ni parcialmente sin el permiso escrito del editor. Todos los derechos reservados.

Macadán Libros, en su deseo de mejorar sus publicaciones, agradecerá cualquier sugerencia que los lectores hagan al correo electrónico de la editorial: info@macadan.es

De venta en librerías o solicitándolo en www.macadan.es


Índice i, 11 — ii, 25 iii, 35 — iv, 51 — v, 63 vi, 91 — vii, 103 — viii, 109 ix, 121 — x, 131 nota, 151


A todos aquellos que relatándome sus vivencias inspiraron esta historia.

Realmente creo que la lluvia nunca sumergió cosas más dulces y prosaicas como estas con las que nos encontramos aquí, ahora.

—John Ashbery


I

F

inalizaba el año 1922 y aquella mañana del veintidós de diciembre el estado del tiempo no se diferenciaba mucho de otras mañanas del mismo mes. A primera hora, en las calles, los charcos estaban helados, la hierba del parque cubierta de escarcha y hacía un frío intenso, pero en el cielo no se veían nubes, no soplaba el viento y lucía un espléndido sol. Quizá lo que más caracterizaba aquellos contornos de una pequeña ciudad de provincias era ese ambiente en el que todo parecía tener un paso monótono, en el que el reloj marcaba las horas sin prisas, algo muy propio de aquellos años. En las calles algunas tiendas abrían sus puertas, los hombres se dirigían a su trabajo, los niños a la escuela y las mujeres a sus quehaceres. A fin de cuentas, a un día le seguía otro, y generalmente éste no se diferenciaba mucho del anterior. La vida tenía un ritmo pausado. La gente iba a sus obligaciones con el abrigo de que disponía, pero con la calma y el sosiego propios de la época. Sin embargo, para don Guido era una mañana especial. No porque confiase en su buena estrella en la lotería de aquel sorteo de Navidad que se estaba celebrando, sino, simplemente, porque iba a recoger su esperada Harley-Davidson a las dependencias del importador. 11


Lo cierto es que a pesar de las garantías que le habían ofrecido cuando confirmó la compra, don Guido tenía sus dudas de poder estrenar la motocicleta en esas fechas tan señaladas; y la verdad es que, para él, disponer de su flamante motocicleta como había previsto tenía su importancia. A fin de cuentas, era el regalo de Navidad que se había hecho. Había sido muy generoso consigo mismo, pero ¡qué caray!, tampoco se arruinaba por ello. Ciertamente, aquella mañana era muy particular para él y, siguiendo su costumbre, se vistió como la circunstancia requería. Una gorra inglesa de espiga, un flamante traje sport de tweed de tonos tostados con la chaqueta abotonada hasta el cuello y ceñida por un cinturón de la misma tela. El pantalón de golf le permitía colocarse los leguis, que junto a una larga bufanda de lana blanca, los guantes y las gafas de aviador llevaba en un pequeño maletín de viaje. El atuendo adecuado siempre formaba parte del ritual con que don Guido solía acompañar sus actos sociales. Y no cabe duda de que el hecho de estrenar una Harley-Davidson era un acontecimiento sólo al alcance de unos pocos privilegiados. En aquellos días, tales motocicletas así como la mayoría de los coches procedentes de Estados Unidos, en la zona de Galicia, quien disponía de los medios para poder adquirirlos, los podía encontrar en el Garaje Americano de Vigo. El establecimiento gozaba de cierto prestigio y estaba dedicado a la venta y mantenimiento de vehículos a motor de las más distinguidas firmas del momento. La moto costaba una fortuna. Era el último modelo que se había puesto a la venta aquel año. Además de una mayor potencia y de mejores prestaciones, poseía unos adelantos y refinamientos que la diferenciaban de los modelos anteriores 12


de la marca americana. De entre las opciones de acabado que le ofrecía el importador, al confirmar el pedido don Guido eligió el color Brewster Green, un verde botella característico de las Harley que combinaba muy bien con las cenefas y fileteados del depósito y los guardabarros. Los neumáticos de caucho blanco reforzaban un discreto toque de distinción. También pidió que le instalasen el sistema de alumbrado por acetileno. El resultado fue una motocicleta impresionante que colmaba con creces la vanidad de don Guido. Estaba convencido de que la admiración que despertaría la presencia de tan flamante máquina, contribuiría sin duda a aumentar el prestigio de sí mismo en su elegido círculo de amistades; especialmente entre los contertulios de sus reuniones vespertinas. Para don Guido, el hecho de poder estacionar el último modelo de Harley-Davidson a la puerta del casino tenía su importancia. Curiosamente, nunca le gustó presumir de nada, ni destacar entre sus amistades, ni entre la gente que componía su entorno; pero, al mismo tiempo, tampoco soportaba pasar desapercibido. Por entonces, en aquel lugar de ambiente provinciano donde residía don Guido, el casino cumplía una función social muy considerable entre la pequeña burguesía local. En realidad, tener acceso a él era lo que verdaderamente marcaba las diferencias sociales, aunque a la postre el casino viniese a ser algo similar a lo que representaba la taberna al pueblo llano. Allí se mataba el tiempo, se establecían nuevas relaciones y negocios y, como se recibía el periódico todos los días, tras leer los titulares, la mayoría de las veces apoltronados en cómodos sillones y envueltos en una ligera neblina de humo, sus socios desde allí también componían cabezas de ministro y arreglaban el país. Al final, más o menos, se venían a contar 13


las mismas cosas que comentaban las mujeres en los lavaderos y los jornaleros en la plaza de cualquier pueblo. Claro que de otra manera. En el casino no entraba cualquiera, sólo los socios y determinadas personas tenía acceso. En el casino no se tomaban vinos ni copas de aguardiente, éstos se sustituían por el vermut y otras bebidas de moda. Dos camareros que ya peinaban canas, vestidos de chaqué y con zapatos de suela de fieltro, indumentaria heredada de tiempos pasados, atendían a los socios y servían las bebidas en un silencio monacal. La experiencia les había enseñado que ante el señorito había que ser ciego, sordo y mudo. Y aunque en algún momento se les diese confianza, y en agradecimiento a sus servicios se les ofreciese un veguero, lo mejor era inclinar la cabeza con una sonrisa en señal de agradecimiento, guardarlo con discreción y fumarlo en los días de asueto; y si era de los buenos, reservarlo para obsequiar al médico cuando tuviesen necesidad de él. Los artísticos artesonados del techo y las paredes revestidas de un alto zócalo de noble madera, contribuían a amortiguar las engoladas voces de sus socios en las tertulias que se celebraban en el salón. La biblioteca, que albergaba un buen fondo, solía estar vacía, y la estancia se empleaba para tratar los temas privados o que requerían cierta discreción. Disponía también de un pequeño saloncito donde dos sólidas mesas de billar con frecuencia eran testigo obligado de las apuestas que solían cruzar algunos socios. También contaba con un salón de actos, que si bien en un principio parece que estuvo pensado para conferencias, conciertos y otras actividades culturales, lo cierto es que, apartando las butacas, sólo se empleaba para los saraos que organizaban sus socios en determinadas fechas. 14


En aquel ambiente, don Guido era persona reconocida y respetada; por ello necesitaba estar a tono con la circunstancia de estrenar una de las motos más caras del mercado. Y por tal motivo todo lo había dispuesto sin escatimar detalle alguno. Hasta aquel momento, en las tertulias vespertinas a las que con cierta asiduidad solía asistir don Guido, quien llevaba la voz cantante cuando se terciaba el tema de las motocicletas era don Héctor. Éste, con frecuencia, solía manifestar su opinión acerca de las mismas, de una forma tan rotunda, que parecía como si sólo él tuviese razón. En reiteradas ocasiones había afirmado ufanándose que con su motocicleta corría a más de cien kilómetros por hora. Lo aseveraba con total convicción, argumentado que, llevando las gafas de aviador puestas, le lloraban los ojos por el viento. Y esto, afirmaba, sólo sucedía cuando se superaba esa velocidad. Por supuesto, nadie se atrevía a ponerlo en duda, pues don Héctor presumía de poseer la única Indian Powerplus que rodaba por aquella comarca; y lo cierto es que era la motocicleta más admirada. Pero pronto dejaría de ser la estrella de las motos de la provincia. A pesar del prestigio que gozaba la marca Indian, aquella roja y flamante «tres pelotas», como era conocida entre los apasionados de las dos ruedas, ya había quedado anticuada ante la nueva Harley-Davidson 22 FD que iba a estrenar don Guido. Cuando don Guido determinó adquirir su motocicleta, después de encargarla, se dedicó a consultar la revista The Enthusiast, que editaba el fabricante acerca de las mismas, a la vez que algunos figurines de moda sport de los que disponía su sastre. Tras elegir lo que quería, encargó a éste el traje para la ocasión. A las doce del mediodía de aquel veintidós de diciembre, tras formalizar los papeles necesarios y pagar las siete mil 15


pesetas que costaba la moto, el deseo ya estaba cumplido. Sólo faltaba celebrarlo como había previsto, haciéndose un homenaje en toda regla. Pero fue entonces cuando don Guido se encontró con una dura realidad que hasta aquel momento había ignorado. El mecánico del Garaje Americano le había aleccionado en el ceremonial previo a la puesta en marcha de la moto. Le aconsejó en algunos aspectos mecánicos e incluso se ofreció a darle unas lecciones de manejo de aquella nueva Harley antes de que se la llevase. Sin soberbia, pero con la seguridad que acompañaba a todas sus decisiones, don Guido declinó la oferta de aquellas clases, argumentando al respecto que ya poseía cierta experiencia en la conducción de motocicletas, y que, si fuese necesario, confiaba en el manual de instrucciones que llevaba la máquina para resolver cualquier duda que pudiera surgirle. Sin embargo, lo cierto era que toda su experiencia a los mandos se resumía en haber circulado con la pequeña Terrot de su amigo el boticario por el solitario parque de la ciudad. Pero claro, eso sólo lo sabían él y el boticario, que en varias ocasiones se la había prestado para que aprendiese su manejo. Así que, con más valor que conciencia, se dispuso a partir. Pero cuando cruzó la puerta del garaje montado en su corcel de hierro, ya se había percatado de que aquello era muy diferente a lo que había pensado y estaba acostumbrado. A pesar de todas las explicaciones escuchadas, los mandos de la Harley se confundían en su mente. O su cerebro mandaba mal las órdenes, o sus miembros no obedecían al cerebro; sobre todo, su pie izquierdo: de repente se había vuelto muy torpe y no respondía a las exigencias de la máquina. Y sin embargo, ese mismo pie tenía que jugar un importante papel en el momento de comenzar a rodar la motocicleta. Para colmo, 16


en la adoquinada y resbaladiza calle, a algunos charcos no les había dado el sol y permanecían helados, convirtiéndose en pequeñas trampas para los neumáticos de la moto. Además, a la gente le daba por circular en bicicleta, a otros por llevar carros de mano, mención aparte de los desocupados que se empeñaban en pasear por la zona donde lucía el sol; hasta los golfillos que no iban a la escuela tenían que bailar la trompa en mitad de la calle, poniendo en peligro a su joya mecánica; e incluso un atrevido afilador con su carretón, a pesar de los bocinazos del claxon, no se apartó a tiempo y casi estuvo a punto de hacerle perder el equilibrio. A don Guido, aunque impasible de rostro, se le había hecho como un nudo en el estómago. Su gorra comenzaba a empaparse de un sudor frío. El ruido del motor y el seco petardeo del escape, a pesar de que la calle era ancha, no bastaban para que la gente le dejase el espacio que necesitaba para sí mismo. Pero además, descubrió que aquel cacharro tenía vida propia: reducía su marcha, se embalaba, de pronto parecía que iba a detenerse, y sin que don Guido pudiese controlarlo, más bien cuando la motocicleta quería, daba unos respingos propios de un caballo sin domar. En estas condiciones estaba claro que para la hora del vermut no iba a poder hacer una entrada digna en el Casino de Agricultura, como tenía previsto; y mucho menos exhibir la motocicleta en ningún sitio. Además, no estaba dispuesto a mostrarse ante nadie como un bisoño en su manejo. Y, por supuesto, el acontecimiento de estrenar una Harley-Davidson tenía su trascendencia y bajo ningún motivo era cuestión de desmerecerlo. Don Guido pasó de la euforia de verse pilotando su Harley último modelo, al desaliento de poseerla y no poder manejarla. Por primera vez en su vida algo no salía como había imaginado. 17


L O S

E N T U S I A S T A S

se acab贸 de imprimir en el mes de marzo de 2014 en los talleres de Gr谩ficas Alhambra

Un libro hecho en Granada

B E N E S E D

C U R R I S ,

E X T R A

V I U M

LOS ENTUSIASTAS. Arturo Borja  

«Detrás de cada moto había un hombre, y con él, un retazo de su existencia en común con la motocicleta» Tres generaciones separadas por el...

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