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ISSUE 28 - THE HORSE ISSUE

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LA LÓGICA DEL GESTO

Fotografía RENÉ VILLASEÑOR / Editora en Jefe y Stylist SARAH GORE REEVES / Directora de Arte CATIA MUÑOZ
Con participación de SAMANTHA ZAJARIAS, FRANCISCO PASQUEL, RICARDO NIZRI, TATJANA PATITZ…
Fotografía: MAURICIO SÁNCHEZ.
Vehículo: RANGE ROVER SPORT.

Este número celebra el espíritu del Año del Caballo: fuerza, movimiento, libertad y el profundo vínculo entre los caballos y quienes los aman. Viajamos a las extraordinarias caballerizas de Rancho Salazar, donde la belleza y la inteligencia de estos animales dieron forma a la visión creativa de esta edición. Trabajamos allí con Samantha Zajarias y Ricardo Nizri. Para los amantes de los caballos, y para quienes disfrutan del lujo asociado al deporte, este es un número para coleccionar.

Este año también celebramos un momento importante para el deporte ecuestre en México: los diez años de Longines Global Champions Tour en el país. Durante una década, este circuito internacional ha reunido a algunos de los mejores jinetes del mundo, consolidando a México como una de las sedes más importantes del calendario global. Conversamos con Francisco Pasquel al respecto.

Esta edición tiene también un peso emocional. Entre las historias se encuentra una sesión con la incomparable Tatjana Patitz, fotografiada antes de su fallecimiento. Tatjana tenía un gran amor por los caballos y estaba profundamente comprometida con su protección y rescate. Incluirla en este número resulta especialmente significativo: es un homenaje a su memoria y un reconocimiento de una pasión que ambas compartíamos.

Quiero hacerle un agradecimiento especial a todo mi equipo, a Daniel Zepeda, quien me ayudó a hacer realidad esta visión, a Mauricio Sánchez, quien realizó una sesión para nosotros justo antes de volar a París para fotografiar una campaña y a René Villaseñor, quien fotografió gran parte de esta edición. Finalmente, este número incluye una sección inspirada en un reciente viaje de tres semanas a Japón que realicé con mi esposo. Fue una experiencia inolvidable que nos permitió descubrir algunos lugares extraordinarios que estamos felices de compartir con ustedes.

DIRECTORIO

Editora en Jefe/Directora Creativa Sarah Gore Reeves / Editora Adjunta Lorena Domínguez / Copy Editor Daniela Gutiérrez / Editora de Contenido Betsy de la Vega Tay / Editor de Moda Daniel Zepeda / Coordinadores Digitales René Villaseñor y Andrea Tapia / Market Editor Andrea Aguirre / Directora de Arte Catia Muñoz / Diseñadora Gráfica Fernanda Villalba / Diseñador Web Alejandro Adame / Comité Editorial Valeria González y Regina Reyes-Heroles / Directores Financieros Contables Thinkworks

www.mrevistademilenio.com / instagram.com/m__milenio / x.com/mdemilenio / mrevistademilenio.com/newsletter

Fundador (†) Jesus D. González / Presidente del Consejo de Administración Francisco A. González / Presidente Ejecutivo Francisco D. González / Vicepresidente Jesús D. González / Director General Ángel Cong / Director Editorial Óscar Cedillo / Director Milenio Diario Alfredo Campos / Director Milenio Televisión Rafael Ocampo / Director Multigráfica Javier Chapa / Director Medios Impresos Adrián Loaiza / Director Comercial Carlos Hernández

COLABORADORES

Alberto Pérez Altered Agency Anthony Goblé Arzu Koçman Camila Larrea Camila Reyes Enrique Norten External Sender Ina Johannesen Dibley Isra Vázquez Jennifer Rosenblum Jimena Brehm John Schoenfield Kenneth Wales Kurt Iswarienko Louise Moon María Fernanda Gutiérrez Mauricio Sánchez Natalia Portal Renata Peralta Riku Campo Ten Arquitectos Valerie Charur Zach Witzig

ermès.

Fotografía: René Villaseñor con Fujifilm XH-2. Editora en jefe y stylist: Sarah Gore Reeves. Asistente de stylist: Daniel Zepeda. Retocador: Anthony Goblé. Fotografía : Mauricio Sánchez. Stylist: Daniel Zepeda. Asistente de stylist: Camila Larrea.

M LA REVISTA DE MILENIO, edición mensual Abril 2026. Editora Responsable: Sarah Gore Reeves. Número de certificado de reserva otorgado por el Instituto Nacional del Derecho de Autor: en trámite. Número de certificado de licitud de título y contenido: en trámite. Domicilio de la publicación: Milenio Diario S.A. de C.V., Morelos número 16, Colonia Centro, Alcaldía Cuauhtémoc, C.P. 06040 en Ciudad de México. Distribución: unión de expendedores y voceadores de los periódicos de México A.C. con domicilio en Guerrero no. 50 Col. Guerrero C.P., 06350 Alcaldía Cuauhtémoc, Ciudad de México. Sarah Gore Reeves es independiente en su línea de pensamiento y no acepta necesariamente como suyas las ideas de artículos firmados. Queda prohibido la reproducción total o parcial de la presente edición, misma que se encuentra registrada a nombre de Milenio Diario, S.A. de C.V., Derechos reservados. El contenido de los artículos es responsabilidad de los autores. Todos los derechos están reservados. Queda prohibida la reproducción parcial o total del material publicado sin consentimiento por escrito de los editores. La información ha sido obtenida de fuentes fidedignas.

Samantha Zajarias usando H ermès
Bolsa So Medor: H

DIEZ AÑOS DE ELEGANCIA, FUERZA Y ALTURA

Fotografía: CORTESÍA Por: BETSY DE LA VEGA TAY

Diez años después de su llegada al Longines Global Champions Tour, México confirma su lugar como una de las sedes con más carácter del circuito. Entre técnica, adrenalina y una sensibilidad muy local, la hípica de élite encuentra aquí emoción real.

A diez años de su llegada al país, la etapa mexicana del Longines Global Champions Tour se siente como una cita que ha construido identidad, atmósfera y memoria. Eso no ocurre por accidente. En un universo como el ecuestre, donde la excelencia técnica, la tradición y el ritual importan tanto, lograr una personalidad propia no es menor. México lo ha hecho sin forzar nada: a través de su energía natural, de su manera de recibir, de la intensidad de su público y de esa mezcla tan particular entre sofisticación y calidez que pocas ciudades consiguen sostener.

La hípica, en su versión más alta, tiene algo estético. Está la precisión, la disciplina, la belleza del movimiento, la inteligencia entre jinete y caballo. Pero en México, además, aparece la capa de la emoción. El deporte se vuelve experiencia, viva y vibrante.

Esta celebración de una década importa más de lo que parece, pues es la confirmación de la relevancia. México está en este circuito porque ha sabido convertirse en un punto de encuentro entre el alto rendimiento deportivo y una sensibilidad cultural que transforma el evento en algo más amplio. En tiempos donde tantos eventos internacionales buscan imponer una idea homogénea del lujo, esta etapa ha demostrado que la sofisticación también puede tener color, ritmo y carácter local. Que la excelencia no necesita enfriarse para ser seria. Y que un escenario de élite puede sentirse cercano, emocionante y profundamente humano.

También hay una dimensión simbólica en esta historia. Durante estos años, la sede mexicana no solo ha recibido a figuras consagradas del salto ecuestre mundial; también ha abierto espacio para que el talento nacional se mida en un contexto de máxima exigencia. Más allá del espectáculo, este tipo de encuentros también modelan aspiraciones, acercan referentes y convierten una pasión en posibilidad concreta para nuevas generaciones de jinetes.

Celebrar diez años, entonces, es reconocer lo que se ha construido y entender lo que representa hacia adelante. México ya no ocupa un lugar anecdótico dentro del circuito, es una plaza esperada, reconocible y emocionalmente significativa. Incluso en los escenarios más refinados, lo que verdaderamente permanece es aquello que logra conmover.

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SOÑAR EN GRANDE, SALTAR MÁS ALTO

Francisco Pasquel y la aspiración de llevar la equitación mexicana al mundo

Fotografía: RENÉ VILLASEÑOR CON FUJIFILM X-H2 Por: LORENA DOMÍNGUEZ

La equitación pertenece a aquella categoría de deportes que se construyen en silencio. Detrás de cada salto perfecto hay años de disciplina, madrugadas de entrenamiento y una relación profunda entre jinete y caballo que siempre se percibe.

Para Francisco Pasquel, Director del Longines Global Champions Tour México, el esfuerzo constante es precisamente lo que hace del deporte algo tan poderoso. También es lo que lo convierte, todavía hoy, en un universo que muchos perciben como distante. “La equitación es un deporte de alto rendimiento desde el primer momento”, explica. “Incluso cuando un niño apenas empieza a montar, la vida gira alrededor de la disciplina. Si no estás entrenando, estás compitiendo”. Más que una barrera, Pasquel ve en esa exigencia una oportunidad: la posibilidad de inspirar a nuevas generaciones a acercarse al deporte con ambición y compromiso.

La aspiración de convertir a México en una sede clave de la equitación mundial no nació de la nada. Pasquel recuerda con claridad el momento en que esa idea empezó a tomar forma. Hace más de tres décadas, el empresario Alfonso Romo organizó en México uno de los eventos ecuestres más relevantes de la época, conocido entonces como la Triple Corona. Ver competir aquí a los mejores jinetes europeos parecía entonces casi imposible. “Ahí nació el sueño”, recuerda Pasquel. “Pensar que los mejores jinetes del mundo podían venir a competir a México”.

Años después, la oportunidad llegó con el circuito Global Champions, uno de los tours más prestigiosos del salto ecuestre internacional. Diez años después de su llegada al país, el evento se ha consolidado como una de las paradas más importantes del calendario. Parte del éxito de México como sede tiene que ver con algo difícil de replicar: la pasión. “México es un país profundamente pasional”, dice Pasquel. “Somos grandes anfitriones, pero además el aficionado mexicano conoce mucho del deporte”.

Esa combinación transforma la experiencia. El público celebra, reacciona y participa de una forma que incluso sorprende a los jinetes internacionales. “Cuando hay un error lo sienten, cuando hay una victoria lo gritan. La emoción del público mexicano es distinta”, menciona.

Con el paso de los años, la etapa mexicana del circuito ha buscado ir más allá de la competencia. Música, arte y cultura se han integrado al evento como una forma de mostrar al mundo una versión más amplia del país. La pista misma se ha convertido en un escenario que celebra la identidad mexicana: alebrijes monumentales y piezas artesanales dialogan con uno de los deportes más elegantes del circuito internacional. “Queremos que quien venga de fuera vea cómo es México”, explica Pasquel. “Nuestra cultura tiene un colorido único y queremos compartirlo”.

A pesar del crecimiento social y cultural del evento, Pasquel insiste en que el corazón del campeonato sigue siendo estrictamente deportivo. El estado del pasto, el bienestar de los caballos y las condiciones de competencia son prioridades absolutas. Cada detalle se cuida durante todo el año para asegurar que los jinetes y los animales compitan al más alto nivel. “Para mí lo más importante siempre será lo deportivo”, afirma.

Cuando se le pregunta qué le gustaría dejar como legado, la respuesta de Pasquel es sencilla, pero contundente: “Que la gente entienda que en México se puede lograr cualquier sueño”. Para él, el país tiene algo que muchas veces se subestima: una capacidad extraordinaria de recibir, construir y crecer. “México es un país que te permite soñar en grande. Solo hay que trabajar y creer que se puede”. Y en un deporte donde cada salto implica confianza absoluta, esa mentalidad, como la equitación misma, empieza siempre con una decisión: atreverse.

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La belleza de escuchar a los caballos

Fotografía: KURT ISWARIENKO Por: SARAH GORE REEVES

Más allá de las pasarelas y las portadas que definieron a las supermodelos de los noventa, Tatjana Patitz construyó una vida guiada por la naturaleza y el respeto por los animales.

Hubo un momento, a finales del siglo pasado, en que la belleza parecía tener un solo rostro, el de las supermodelos. Entre ellas estaba Tatjana Patitz, que caminó por las pasarelas más importantes del mundo, apareció en más de doscientas portadas internacionales y fue parte de una de las imágenes más emblemáticas de la moda: la portada de Vogue de 1990 fotografiada por Peter Lindbergh, donde posaba junto a Linda Evangelista, Naomi Campbell, Cindy Crawford y Christy Turlington. Pero la historia de Patitz nunca se limitó a la moda.

Aunque fue una de las figuras centrales de aquella generación, con el paso de los años eligió otro camino. Mientras el mundo seguía recordándola como una de las modelos más icónicas de los noventa, ella buscaba vivir rodeada de naturaleza, de animales y de una forma de vida más cercana a lo esencial.

Fallecida en enero de 2023, Tatjana Patitz dejó algo más profundo que una carrera extraordinaria. Dejó una manera distinta de entender la belleza y el mundo que la rodeaba. “Las estrellas nacen todos los días”, dijo en una conversación que tuvimos hace tiempo. “Mi vida no se trata de eso. La belleza es cómo eres por dentro y lo que haces por los demás”.

Su relación con la naturaleza estaba ahí desde que era niña. Creció rodeada de animales, algo que más tarde marcaría la forma en que organizó su vida lejos de los reflectores. Aunque su trabajo la llevó durante años a ciudades como Nueva York, siempre buscó espacios donde pudiera volver a lo que para ella era equilibrio. Con el tiempo, ya instalada en California, su vida terminó girando alrededor de su hijo, sus animales y la calma del paisaje. “Los amigos, los animales y la naturaleza son todo mi orgullo, felicidad y equilibrio”, mencionó.

Entre esos animales estaban también los caballos, que ocuparon un lugar central en su vida. Durante años se involucró activamente en la defensa de los mustangos salvajes de Estados Unidos, trabajando de cerca con la organización Return to Freedom, fundada por la activista Neda DeMayo. Su compromiso comenzó en los noventa, cuando apoyó un proyecto de ley en California que buscaba prohibir la matanza de caballos. Poco después descubrió el trabajo de la organización dedicada a rescatar manadas salvajes completas y preservar su estructura natural.

Para Patitz, el problema era claro: la intervención humana. “El ser humano siempre intenta interferir con la naturaleza y su equilibrio natural”, explicaba. “Y por eso muchas cosas terminan fuera de control”.

En Return to Freedom encontró un modelo distinto de conservación. La organización trabaja para mantener intactas las manadas y evitar que los caballos sean separados de sus familias o enviados al matadero. Algo que, según Patitz, pocas personas entendían realmente. “Los caballos se unen de por vida”, decía. “Separarlos rompe algo fundamental”.

Esa manera de observar a los animales, con una comprensión profunda de sus vínculos, definía también su forma de vivir. No era una activista estridente ni buscaba protagonismo. Más bien entendía su trabajo como una forma de crear conciencia. Su compromiso con los animales iba más allá de los caballos. Durante años colaboró con organizaciones dedicadas a la conservación de la vida silvestre, entre ellas The Sheldrick Wildlife Trust, donde apadrinó elefantes huérfanos en África, además de apoyar a instituciones como Humane Society, Defenders of Wildlife y World Wildlife Fund.

Pero incluso cuando hablaba de activismo, su mirada volvía siempre al vínculo entre humanos y animales. “No puedes escapar de que se te rompa el corazón”, decía al hablar de ellos. “Los animales llegan a nuestras vidas porque abrimos nuestro corazón con amor incondicional. Cuando se van, se llevan un pedacito de nosotros”.

A pesar de haber trabajado con algunos de los fotógrafos más influyentes de su tiempo (Herb Ritts, Bruce Weber y especialmente Peter Lindbergh, con quien colaboró durante más de treinta años), Tatjana Patitz siempre se definió como una persona introvertida. Hacía su trabajo frente a la cámara y luego regresaba a lo que ella consideraba su verdadero santuario, la naturaleza.

Ese contraste marcó su vida. En una industria obsesionada con la imagen, ella eligió preservar su autenticidad. Hoy, al recordar su historia, resulta claro que su legado no pertenece únicamente a la moda. Tatjana Patitz entendía que los animales no están aquí para ser dominados, sino para coexistir.

Su vida fue un recordatorio constante de esa idea. Y quizá por eso su historia resuena especialmente en el mundo ecuestre. Porque más allá del espectáculo, del deporte o de la estética, la verdadera relación con un caballo empieza con algo mucho más simple y mucho más difícil al mismo tiempo: respeto. Tatjana Patitz lo sabía. Y dedicó gran parte de su vida a recordarlo.

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Dirección de arte: JENNIFER ROSENBLUM. Maquillaje: RIKU CAMPO. Pelo: LOUISE MOON. Producción: ARZU KOÇMAN. Coordinación de producción: ZACH WITZIG. Digital Tech: JOHN SCHOENFIELD. DP: KENNETH WALES.

ECOS DE BRIDA

Fotografía: MAURICIO SÁNCHEZ

Stylist: DANIEL ZEPEDA

Asistente de stylist: CAMILA LARREA

Desde 1953, el Horsebit de Gucci transforma el gesto ecuestre en un signo de cultura. Su forma metálica, tomada del freno del caballo, articula memoria, movimiento y poder simbólico.

En ambas páginas, bolsas Gucci Siena y Gucci Softbit: GUCCI.

RICARDO NIZRI

y el proyecto ecuestre que transformó Lerma

Ricardo Nizri convirtió un proyecto personal en uno de los centros ecuestres más activos cerca de la Ciudad de México. Desde Rancho Salazar, en Lerma, ha impulsado una comunidad de jinetes y competencias de alto nivel.

Fotografía: RENÉ VILLASEÑOR CON FUJIFILM X-H2

Por: SARAH GORE REEVES

Con frecuencia, los proyectos de salto ecuestre comienzan de manera sencilla, con un terreno, algunos caballos y la necesidad de seguir montando. Algo así ocurrió con Rancho Salazar, hoy uno de los centros ecuestres más activos cerca de la Ciudad de México. Detrás del proyecto está Ricardo Nizri, un jinete que convirtió una afición de infancia en un espacio que reúne a cientos de caballos cada semana.

Nizri nació en noviembre de 1980. Su relación con los caballos empezó temprano. Desde los diez años y hasta los veintidós montó en el Club Hípico Francés, uno de los centros ecuestres más conocidos de la capital durante décadas. Ahí, además de aprender a montar, desarrolló una afinidad con el salto ecuestre, una disciplina que exige precisión, concentración y una relación constante con el caballo.

El cierre del Hípico Francés marcó un punto de inflexión. Nizri se fue a estudiar fuera de México, pero cuando regresó tenía claro que quería seguir cerca del deporte que había practicado durante tantos años. Sin el lugar donde solía entrenar, decidió buscar una alternativa propia.

En 2007 compró un predio en Lerma, Estado de México. En ese momento el proyecto no tenía la escala que alcanzaría más tarde. La idea inicial era crear un lugar donde pudiera tener sus caballos y algunos otros animales, y donde pudiera montar con regularidad.

Con el tiempo, amigos comenzaron a visitar el rancho para montar, y poco a poco el lugar empezó a atraer a más jinetes. Hoy Rancho Salazar alberga alrededor de 150 caballos. De ellos, cinco pertenecen directamente a Nizri. El resto pertenece a jinetes, entrenadores y propietarios que utilizan las instalaciones para entrenar o competir.

La filosofía del rancho se resume en una frase que se repite con frecuencia entre quienes entrenan ahí: “Enjoy the ride”. Funciona como una forma de entender el deporte. Significa disfrutar el proceso, cada entrenamiento, cada recorrido y cada etapa del aprendizaje.

Dentro del mundo ecuestre, donde el progreso puede ser lento y los resultados tardan en llegar, esa idea adquiere especial importancia. El salto ecuestre exige disciplina, paciencia y una capacidad constante de enfrentar errores y obstáculos. Esa misma lógica se aplica a los jóvenes que hoy entrenan en el rancho. En los últimos años, varios jinetes y amazonas jóvenes han comenzado a desarrollar sus carreras ecuestres en Rancho Salazar.

“Creo que el salto ecuestre enseña disciplina, constancia y la capacidad de enfrentar obstáculos y seguir adelante”, dice. A lo largo de casi dos décadas, el proyecto ha incorporado mejoras en infraestructura e instalaciones. Uno de los aspectos que Nizri destaca con más orgullo es la calidad de las pistas donde trabajan los caballos. En el salto ecuestre, el piso es un elemento crítico, pues influye en la seguridad de los animales y en su rendimiento. Lograr un nivel de confianza en esas pistas ha sido uno de los objetivos técnicos del rancho.

También han surgido hitos importantes en la evolución del proyecto. Uno de ellos fue la organización del primer concurso internacional en Rancho Salazar, un evento que colocó al rancho en el mapa competitivo del país. Otro paso relevante fue la inauguración de un quirófano dentro de las instalaciones, diseñado para atender emergencias ecuestres. Este tipo de infraestructura no es común en todos los centros ecuestres y refleja el crecimiento del proyecto.

Pero quizás el desarrollo más visible ha sido la creación del circuito de competencias conocido como Mexico City Tour. Aunque el rancho no está dentro de la Ciudad de México, su ubicación en Lerma lo sitúa a unos quince minutos de Santa Fe. La idea detrás del circuito era demostrar que es posible organizar concursos de alto nivel cerca de la capital sin que los jinetes tuvieran que viajar a otros estados.

El resultado ha sido significativo. Hoy el circuito reúne cada semana entre 600 y 700 caballos, convirtiéndose en uno de los encuentros ecuestres más activos de la región. Las pruebas incluyen formatos tradicionales como el derbi, pero también competencias dinámicas como seis barras, póker o slalom, diseñadas para mantener el interés tanto de los jinetes como del público.

Mirando hacia el futuro, Nizri imagina que el proyecto seguirá expandiéndose. Su visión incluye mejores instalaciones y servicios tanto para caballos como para jinetes, así como la continuidad del circuito de competencias. El objetivo principal sigue siendo el mismo que cuando compró el terreno en 2007, mantener un espacio donde el deporte pueda practicarse con seriedad y respeto por los animales.

Para los jóvenes que quieren dedicarse al salto ecuestre, su consejo es directo. Es un camino largo, dice, que requiere disciplina y paciencia.

El talento puede ayudar, pero el trabajo constante y la dedicación son los factores que realmente marcan la diferencia. Esa combinación de esfuerzo y respeto sigue siendo la verdadera esencia del salto ecuestre.

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DIÁLOGO INVISIBLE

Fotografía: RENÉ VILLASEÑOR CON FUJIFILM X-H2 Por: DANIEL ZEPEDA
En esta página, bolsa Montblanc Suede Weekender Bag: MONTBLANC. En página siguiente, anillo Nudo: POMELLATO.

El tacto es el primer lenguaje de la equitación. A través de una presión casi imperceptible o la tensión de las riendas, el jinete establece un diálogo silencioso con el caballo. Los accesorios comparten esa misma proximidad con el cuerpo: piezas donde la materia responde al movimiento y el objeto se convierte en extensión del gesto.

Collar Clash de Cartier: CARTIER.

LA LÓGICA DEL GESTO

Editora: SARAH GORE REEVES Fotografía: RENÉ VILLASEÑOR CON FUJIFILM X-H2 Por: DANIEL ZEPEDA
El caballo percibe antes de que el gesto se complete. En esa lectura silenciosa se cifra una coreografía de precisión, donde dos presencias distintas encuentran, por instantes, una misma cadencia.
Fotografía: MAURICIO SÁNCHEZ.
Stylist: DANIEL ZEPEDA.
Doublee
Smallbox: HERMÈS.

EQUILIBRIO MATERIAL

Surgida del contacto entre cuero, tierra y metal pulido, la paleta de la temporada despliega un registro cromático que evoca tradición, oficio y precisión, donde cada matiz guarda la huella del tiempo.

Fotografía: MAURICIO SÁNCHEZ

Por: DANIEL ZEPEDA

En página anterior, vehículo: RANGE ROVER SPORT y collar: CHANEL.
En esta página, Bolsa Kelly II Sellier
28 H y mantilla Tapis De Selle Mixte Hunter: HERMÈS.

Hotels Worth The Journey: Japan Edition

The Peninsula Tokyo / The Okura Tokyo / TRUNK(HOTEL) YOYOGI PARK / Four Seasons Hotel Tokyo at Otemachi / Four Seasons Hotel Kyoto / Palace Hotel Tokyo

FOUR SEASONS HOTEL TOKYO AT OTEMACHI Y LA CIUDAD VISTA DESDE ARRIBA

Fotografía: CORTESÍA Por: SARAH GORE REEVES

Llegué al Four Seasons Hotel Tokyo at Otemachi durante las celebraciones del Año Nuevo Chino, cuando Tokio se mueve todavía más rápido de lo común. Venía de caminar varias horas por Marunouchi, entre edificios y estaciones de tren que funcionan con la precisión de un reloj suizo. La ciudad, como siempre, llena de movimiento. Quizás por eso el contraste al entrar al hotel se sintió inmediato.

El recorrido al lobby ocurre en silencio. Cuando se abren las puertas del elevador, lo primero que aparece es el vacío. Frente a los ventanales se extiende el paisaje del Palacio Imperial de Tokio y las murallas de piedra que sobreviven desde el antiguo castillo de Edo. En una ciudad que rara vez permite ese tipo de horizonte, la vista resulta inesperada.

El espacio está diseñado con una especie de contención muy japonesa. El interior fue concebido por el arquitecto Jean-Michel Gathy, cuya obra aparece en algunos de los hoteles más sofisticados del mundo.

Las ventanas de piso a techo en mi habitación encuadran el paisaje como si fuera una pintura. Al caer la tarde, los árboles alrededor del palacio comenzaron a oscurecerse mientras las oficinas del distrito financiero encendían sus luces una a una. Desde arriba, Tokio parece menos caótica de lo que uno imagina caminando por sus calles.

Los interiores mantienen esa misma lógica de discreción. Nada parece diseñado para distraer la mirada de lo que ocurre afuera. En muchos hoteles de lujo contemporáneos el diseño interior compite con la vista; aquí sucede lo contrario. El espacio funciona casi como un marco.

Una de las mesas más agradables del hotel es PIGNETO, el restaurante italiano situado en uno de los niveles superiores del edificio. Tiene un ambiente relajado, casi mediterráneo. La cocina se centra en platos italianos clásicos reinterpretados con ingredientes japoneses de temporada (pastas frescas, verduras del día, pescados delicadamente preparados) mientras las mesas se abren hacia una terraza desde donde se puede ver cómo el sol cae sobre los jardines del Palacio Imperial. A esa hora, con Tokio extendiéndose hacia el horizonte y una copa de vino en la mesa, el restaurante se convierte en uno de los lugares más agradables para entender el ritmo de la ciudad desde arriba.

Siempre me ha impresionado la manera en que la ciudad reinventa su arquitectura sin nostalgia. Edificios que hoy parecen definitivos desaparecen pocos años después para dar paso a nuevas torres. Quizás por eso los lugares que encuentran una relación distinta con el paisaje adquieren una importancia especial.

Desde las ventanas del Four Seasons Tokyo Otemachi, la ciudad deja de ser una multitud de calles y estaciones. Se convierte en un paisaje.

ARQUITECTURA, MEMORIA Y EL ARTE JAPONÉS DEL DETALLE

Reconstruido bajo la dirección de

reinterpreta uno de los interiores modernistas más emblemáticos de

Fotografía: SARAH GORE REEVES IPHONE 16 PRO MAX Por: DANIELA GUTIÉRREZ
Yoshio Taniguchi, The Okura Tokyo
Japón.

A diferencia de las capitales europeas, donde la permanencia del edificio histórico forma parte del paisaje urbano, la capital japonesa se define por un ciclo constante de demolición y reconstrucción. Incluso obras emblemáticas pueden desaparecer para dar paso a nuevas estructuras. Sin embargo, algunos proyectos logran convertir ese proceso en algo más complejo que una simple sustitución. El caso de The Okura Tokyo es uno de los ejemplos más notables de cómo la arquitectura puede transformar la pérdida en continuidad.

El Hotel Okura abrió sus puertas en 1962, en un momento particularmente significativo para Japón. El país se encontraba en plena reconstrucción económica y cultural después de la guerra, y Tokio se preparaba para los Juegos Olímpicos de 1964, el evento que simbolizaría su regreso al escenario internacional. En ese contexto, el empresario Kishichiro Okura imaginó un hotel que rompiera con la tendencia de imitar modelos occidentales de hospitalidad. Su intención era construir un hotel internacional que expresara una identidad japonesa clara.

Para materializar esa visión encargó el proyecto al arquitecto Yoshiro Taniguchi. El edificio resultante combinaba el lenguaje del modernismo arquitectónico con una sensibilidad profundamente arraigada en la tradición estética japonesa. Con el paso del tiempo, el hotel sería descrito por críticos y diseñadores como un “templo de la artesanía japonesa”.

El edificio original respondía al lenguaje arquitectónico de su época. Sin embargo, el interior del hotel introducía un lenguaje completamente distinto. El diseño integraba materiales tradicionales como seda, madera y cerámica. Paneles de celosía filtraban la luz natural y generaban un ritmo visual sutil en los espacios. Lámparas, muebles, textiles y revestimientos fueron diseñados específicamente para el hotel por artesanos especializados.

Este enfoque reflejaba uno de los principios centrales de la estética japonesa, la elegancia contenida. Una idea que puede rastrearse hasta el período Heian, cuando la cultura aristocrática japonesa desarrolló una sensibilidad basada en lo discreto. Mientras muchos hoteles de lujo occidentales apostaban por interiores espectaculares o decoraciones exuberantes, el Okura buscaba crear una atmósfera de calma.

El lobby del hotel se convirtió en el espacio más reconocido del edificio. Sus columnas geométricas, las lámparas hexagonales suspendidas y los muebles bajos de inspiración japonesa creaban una atmósfera que parecía existir fuera del tiempo. Para muchos arquitectos y diseñadores, ese lobby representaba uno de los interiores modernistas más logrados del siglo XX.

Durante décadas, el Okura fue un punto de encuentro para diplomáticos, empresarios y figuras culturales. Presidentes de Estados Unidos, miembros de la realeza y líderes políticos se alojaron en sus habitaciones. Pero en 2015 se tomó una decisión que generó una fuerte reacción en el mundo del diseño: el edificio principal sería demolido.

Las razones eran principalmente técnicas. El hotel requería mejoras estructurales, sistemas antisísmicos actualizados y nuevas instalaciones para cumplir con los estándares contemporáneos. Sin embargo, la noticia provocó protestas internacionales. Arquitectos, historiadores y críticos consideraban el edificio una pieza clave de la arquitectura moderna japonesa.

La solución que finalmente se adoptó evitó la simple desaparición del proyecto. El rediseño del hotel fue encargado a Yoshio Taniguchi, hijo del arquitecto original. El gesto tenía un carácter simbólico evidente, una segunda generación reinterpretando la obra de la primera. Cuando el nuevo Okura abrió en 2019, el desafío era considerable. ¿Cómo reconstruir un edificio histórico sin convertirlo en una réplica nostálgica?

La respuesta fue dividir el proyecto en dos identidades arquitectónicas. Por un lado, The Okura Prestige Tower, una torre contemporánea de 41 pisos que representa el lenguaje del lujo actual. Por otro, The Okura Heritage Wing, una estructura más baja que mantiene la escala y el carácter íntimo del hotel original.

La reconstrucción del lobby original fue uno de los procesos más rigurosos del proyecto. Antes de la demolición, el espacio fue documentado con un nivel de detalle excepcional. Se realizaron mediciones precisas, estudios de materiales, análisis de iluminación y registros acústicos, además de comparaciones con fotografías tomadas en el momento de la inauguración del hotel en 1962. A partir de ese material, arquitectos y artesanos reprodujeron cuidadosamente los elementos más emblemáticos del espacio.

Las lámparas hexagonales fueron recreadas mediante técnicas tradicionales. Las celosías de madera se fabricaron nuevamente con carpintería especializada. Incluso la calidad de la luz fue estudiada para reproducir la atmósfera original del espacio.

El nuevo complejo ocupa un terreno de aproximadamente 1.3 hectáreas. A diferencia de muchos desarrollos hoteleros contemporáneos, el proyecto optó por dedicar una parte considerable del sitio al espacio público. El conjunto incluye plazas, jardines y áreas verdes

The Okura Tokyo continúa funcionando como una celebración de la artesanía japonesa. Desde los textiles hasta la cerámica, desde la carpintería hasta la iluminación, cada detalle refleja la participación de especialistas que mantienen vivas técnicas tradicionales. Esa atención al oficio es lo que ha permitido que el proyecto conserve su identidad incluso después de su reconstrucción.

THE PENINSULA TOKYO EL ARTE DE LA PRECISIÓN
Fotografía: CORTESÍA Por: DANIELA GUTIÉRREZ

Ubicado en Yurakucho, frente a los jardines del Palacio Imperial y a pocos pasos de Ginza, The Peninsula Tokyo ocupa una posición casi simbólica dentro de la ciudad. Desde sus ventanas se pueden ver dos versiones de Tokio al mismo tiempo. Hacia un lado, el verde sorprendente de Hibiya Park y el vacío protegido del Palacio Imperial. Hacia el otro, la coreografía constante de avenidas, trenes y oficinas que define el distrito financiero de Marunouchi.

El edificio abrió en 2007, en un momento en que Tokio comenzaba a reinventar su escena hotelera. Durante años, la ciudad había tenido hoteles impecables, pero pocos edificios diseñados específicamente para funcionar como tales. The Peninsula Tokyo llegó con la ambición de construir un hotel internacional que dialogara con la estética japonesa sin caer en el cliché.

La fachada del edificio fue concebida como una interpretación contemporánea de una linterna japonesa. Por la noche, la torre se ilumina de manera suave, como si flotara entre los edificios cercanos. Es sabido que en algunas ciudades, los edificios buscan imponerse en el skyline. Aquí, el edificio parece preferir una presencia más contenida, casi discreta.

Ese mismo principio se repite en el interior. Las habitaciones (entre las más amplias de Tokio) están diseñadas con una mezcla cuidadosa de referencias culturales y comodidad. En los techos aparece el motivo ajiro, un tejido japonés reinterpretado en paneles decorativos. Los baños incluyen tinas profundas que recuerdan al ritual doméstico del ofuro. Son detalles pequeños, pero verdaderamente constantes.

La verdadera identidad del Peninsula, sin embargo, no está en su arquitectura. Está en su servicio. Desde su origen en Hong Kong en 1928, la marca Peninsula ha cultivado una reputación casi legendaria dentro de la hospitalidad asiática. Su filosofía se basa en una idea sencilla y difícil de ejecutar: anticipar las necesidades del huésped antes de que estas se expresen. En Tokio, donde la cultura del servicio ya alcanza niveles extraordinarios, el hotel ha logrado competir con la hospitalidad japonesa en su propio terreno.

El resultado es una experiencia donde la eficiencia se mezcla con una forma muy particular de cortesía. El concierge puede conseguir una reserva imposible en un restaurante de sushi. El personal recuerda preferencias casi invisibles: el tipo de té, la temperatura de la habitación, el momento exacto en que alguien prefiere que le entreguen el periódico por la mañana. Nada de esto se presenta como espectáculo. Todo ocurre con una naturalidad coreográfica.

Esa sensación de equilibrio también se percibe en los espacios públicos del hotel. En el último piso, el restaurante Peter ofrece vistas amplias de la ciudad, una panorámica que abarca desde los jardines del Palacio Imperial hasta el tejido interminable de edificios que define el centro de Tokio. El espacio, diseñado con una estética contemporánea de líneas limpias y tonos oscuros, funciona como un contrapunto al minimalismo sereno de las habitaciones. La cocina se mueve en el territorio de la gastronomía europea contemporánea, con una atención particular a la precisión técnica y a la calidad del producto. Carnes cuidadosamente seleccionadas, pescados del día y preparaciones que equilibran simplicidad y refinamiento componen un menú que evita el exceso y privilegia el sabor.

En esta ciudad cambiante, The Peninsula Tokyo ha construido su reputación sobre algo difícil de lograr de manera correcta: la consistencia. La idea de que cada detalle, desde la manera en que se sirve una taza de té hasta la vista que se abre desde una ventana al amanecer, funcione exactamente como debería.

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UN JARDÍN DE OCHOCIENTOS AÑOS EN KIOTO

Fotografía: CORTESÍA Y SARAH GORE REEVES IPHONE 16 PRO MAX Por: SARAH GORE REEVES

Una habitación frente al agua y los árboles, y la experiencia de un hotel que entiende el tiempo de otra manera.

Después de una tarde caminando por Higashiyama, pasando por calles estrechas donde las casas de madera aún conservan la escala de siglos anteriores, y por templos donde el sonido de la grava bajo los pies interrumpe cualquier conversación, llegué al Four Seasons Hotel Kyoto.

El hotel aparece de forma discreta, casi deliberadamente silenciosa, entre los templos y residencias de la zona. No tiene una fachada que compita con el entorno. En lugar de eso, el edificio se despliega en volúmenes bajos que acompañan al paisaje. Al entrar al lobby, la mirada se dirige inevitablemente hacia el jardín.

El corazón del hotel es Shakusui-en, un jardín japonés que existe desde hace aproximadamente ochocientos años. Es difícil no pensar en la continuidad del tiempo cuando uno se encuentra frente a un paisaje que ha sobrevivido tantas transformaciones de la ciudad. En el centro hay un estanque rodeado de pinos, arces y senderos de piedra.

Me quedé unos minutos observando el agua antes de llegar a mi habitación. En Kioto, el jardín no es un elemento decorativo. Es una forma de pensamiento. Desde el período Heian, los jardines japoneses han sido concebidos como espacios donde la naturaleza es cuidadosamente editada para revelar su esencia. No es completamente natural, pero nada parece artificial.

Las habitaciones del hotel están organizadas alrededor de ese jardín. La mía miraba directamente hacia el estanque. Durante el día, la luz entraba suavemente sobre las superficies de madera clara y textiles neutros que definen el interior. En Kioto, uno aprende a apreciar esa economía de gestos.

Después de instalarme, bajé nuevamente al jardín. Hay un camino que rodea el estanque y que permite observar cómo cambia el paisaje desde diferentes ángulos. A esa hora de la tarde apenas había otras personas caminando.

Mientras caminaba recordé algo que el escritor Jun’ichirō Tanizaki menciona en El elogio de la sombra: la belleza suele revelarse en la penumbra, en aquello que no busca llamar la atención de inmediato. El jardín del Four Seasons Kyoto parece responder exactamente a esa lógica. Su efecto no es espectacular. Es gradual.

Al día siguiente desperté temprano, antes de que el hotel comenzara a llenarse de movimiento. Abrí las cortinas y vi cómo la luz de la mañana comenzaba a tocar la superficie del estanque. Un jardinero caminaba por el sendero recogiendo hojas. No había ruido de tráfico ni de turistas.

En una ciudad como Kioto, donde cada templo ofrece una forma de contemplación, el Four Seasons Kyoto ha logrado crear un hotel que participa de esa misma lógica. No intenta replicar un ryokan tradicional ni competir con los templos cercanos. Su gesto es discreto. Ofrece un lugar desde donde observar el paso de las estaciones.

Esa mañana, mientras tomaba té frente al jardín, pensé que en una ciudad donde la historia está presente en cada esquina, el Four Seasons Kyoto parece entender que el verdadero lujo no siempre consiste en añadir algo nuevo. A veces consiste simplemente en mirar con atención lo que ya estaba ahí.

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DENTRO DEL HOTEL QUE ESTÁ CAMBIANDO LA HOSPITALIDAD EN TOKIO

En Tomigaya, a unos pasos de Shibuya, TRUNK (HOTEL) YOYOGI PARK transforma la idea de hotel urbano en un refugio pensado para detener el ritmo de la ciudad.

Fotografía: CORTESÍA Y SARAH GORE REEVES CON IPHONE 16 PRO MAX Por: DANIELA GUTIÉRREZ

Roland Barthes escribió que Tokio es una ciudad con un centro vacío, un lugar alrededor del cual todo circula. Más que monumentos, lo que organiza la ciudad es el movimiento, el flujo de las calles, la repetición de gestos cotidianos, la coreografía de millones de personas moviéndose a la vez. En ese contexto, la pausa se vuelve un privilegio.

TRUNK(HOTEL) YOYOGI PARK parte precisamente de esa idea. Ubicado en Tomigaya, un barrio residencial a unos pasos de Shibuya, el hotel mira hacia uno de los espacios verdes más extensos de la ciudad, Yoyogi Park. Desde algunas habitaciones, el horizonte no está dominado por rascacielos sino por la copa de los árboles, una rareza en una metrópolis que ha aprendido a crecer hacia arriba.

El proyecto es la evolución natural del concepto TRUNK, una marca japonesa de hospitalidad que desde su primera propiedad en Shibuya ha buscado algo más cercano a un club cultural que a un hotel convencional. Si aquel primer hotel se enfocaba en la dimensión social de la ciudad, esta nueva dirección introduce la idea del urban recharge, la posibilidad de recuperar energía sin abandonar el tejido urbano.

En la tradición estética del país existe una sensibilidad particular hacia los espacios intermedios, lo que los japoneses llaman ma: la pausa entre dos sonidos, el vacío entre dos objetos, el instante de quietud que da forma a todo lo demás. TRUNK(HOTEL) YOYOGI PARK está construido alrededor de ese principio.

La arquitectura y el interiorismo rehúyen el exceso. Madera clara, piedra, textiles naturales y luz suave definen los espacios. Las habitaciones, algunas con terrazas que se abren hacia el parque, son como refugios de serenidad deliberada que recuerdan a ciertos interiores escandinavos o a la tradición doméstica japonesa, donde el espacio se mide más por su atmósfera que por su tamaño.

El diseño se extiende también al mobiliario y a los objetos cotidianos. Varias piezas fueron creadas específicamente para el hotel, combinando artesanía japonesa con diseño contemporáneo. En los pasillos y espacios comunes aparece una colección de arte que reúne obras abstractas y piezas de artistas emergentes, integradas al entorno con discreción.

La dimensión social sigue siendo central. En la planta baja, Pizzeria e Trattoria L’OMBELICO introduce una trattoria italiana de espíritu informal, abierta tanto a huéspedes como a residentes del barrio. El restaurante funciona como una extensión natural de la vida de Tomigaya, una zona donde cafés independientes y pequeñas galerías conviven con una atmósfera tranquila que contrasta con el vértigo de Shibuya.

Más arriba, el TRUNK Pool Club ofrece una vista poco habitual en Tokio, la de una piscina frente al paisaje verde de Yoyogi Park. La presencia del agua y del horizonte vegetal introduce una sensación inesperada de amplitud. Como muchos de los hoteles contemporáneos que buscan dialogar con la cultura de su entorno, TRUNK entiende la hospitalidad como una forma de mediación entre la ciudad y quienes la visitan.

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LA CALMA FRENTE AL PALACIO IMPERIAL

Fotografía: CORTESÍA Y SARAH GORE REEVES CON IPHONE 16 PRO MAX Por: SARAH GORE REEVES
Frente al Palacio Imperial, en el distrito financiero de Marunouchi, el Palace Hotel Tokyo ofrece una experiencia de lujo que no depende de la ostentación sino de la relación con uno de los paisajes más singulares de la ciudad.

Desde las habitaciones y terrazas del Palace Hotel Tokyo, el paisaje que se abre no es el Tokio frenético de neones y tráfico. En su lugar aparece el foso del antiguo castillo de Edo, los jardines del Palacio Imperial y una extensión de árboles que atraviesa el centro de la ciudad. En una metrópolis de más de treinta millones de habitantes, esa vista de agua, piedra y vegetación se siente casi improbable.

La historia del hotel está íntimamente ligada a ese lugar. El Palace Hotel abrió originalmente en 1961, en un momento en que Japón comenzaba a redefinir su imagen internacional tras la posguerra. Tokio se preparaba para los Juegos Olímpicos de 1964 y el país buscaba proyectar una nueva identidad hacia el exterior.

Durante décadas, el Palace Hotel fue parte del paisaje social de Tokio. Sin embargo, a comienzos del siglo XXI el edificio original comenzó a mostrar los límites de su tiempo. En 2009 cerró para una reconstrucción completa que permitiría actualizar sus instalaciones y responder a nuevas exigencias estructurales y tecnológicas. Tres años después, en 2012, el hotel reabrió como Palace Hotel Tokyo.

El nuevo edificio mantuvo su relación directa con el Palacio Imperial. Esa proximidad define gran parte de la experiencia del hotel. A diferencia de muchos hoteles de lujo de la ciudad, que se encuentran en los niveles superiores de torres corporativas, el Palace Hotel ofrece una sensación de estar en contacto con el paisaje.

Una de sus características más inusuales es la cantidad de habitaciones con balcones privados. En Tokio, donde el espacio exterior es escaso, poder abrir una puerta y salir a una terraza frente al Palacio Imperial transforma completamente la experiencia de la ciudad. Desde allí, el sonido dominante es el del viento que atraviesa los árboles del jardín imperial.

El interior del hotel mantiene esa misma lógica de discreción. Los espacios están diseñados para dejar que la luz natural y el paisaje exterior marquen el ritmo del lugar. En el lobby, grandes ventanales enmarcan la vista del foso imperial, mientras que los materiales y colores del interior evocan el entorno natural que rodea el edificio.

La sensación general es de equilibrio. Nada parece diseñado para impresionar de forma inmediata; el efecto del lugar se revela lentamente, a medida que uno se acostumbra al silencio inesperado que puede existir en el centro de Tokio.

Esa misma filosofía se refleja en la gastronomía del hotel. El Palace Hotel alberga varios restaurantes que han construido su reputación entre los residentes de la ciudad tanto como entre los huéspedes. Entre ellos destacan Esterre, un restaurante francés con estrella Michelin dirigido por el chef Alain Ducasse, y Wadakura, especializado en cocina japonesa tradicional.

Pero quizás uno de los lugares más representativos del hotel sea el Royal Bar, cuya historia se remonta al edificio original de 1961. El bar conserva elementos restaurados del diseño original y mantiene una atmósfera que recuerda a los grandes hoteles internacionales de mediados del siglo XX. Es un espacio donde ejecutivos de Marunouchi, visitantes extranjeros y habituales de la ciudad comparten el mismo ritual: un whisky japonés o un martini al final del día.

La categoría especial de lujo del hotel se basa en la constancia del servicio preciso, los espacios tranquilos y de una ubicación que permite observar la ciudad desde una distancia inesperada. Atrae tanto a visitantes internacionales como a residentes de Tokio que buscan una pausa dentro del ritmo de la ciudad. Muchos de ellos no vienen necesariamente a hospedarse, sino a tomar un café frente a los jardines imperiales, a cenar con vista al agua o simplemente a caminar por el lobby y observar cómo cambia la luz sobre el paisaje. El Palace Hotel Tokyo funciona casi como un observatorio urbano. Desde sus ventanas se puede ver una de las pocas constantes que permanecen en una ciudad acostumbrada a reinventarse. El resto de Tokio cambia; el paisaje frente al hotel permanece

LOS ATLETAS SILENCIOSOS

DEL

SALTO ECUESTRE:

CÓMO SE CUIDA A UN CABALLO DE ALTO RENDIMIENTO

Detrás de cada salto en el circuito internacional ecuestre existe una red de especialistas que cuidan a los atletas silenciosos del deporte: los caballos.

El momento más visible del salto ecuestre dura apenas unos segundos. Un caballo se impulsa y atraviesa el aire con precisión milimétrica. Detrás de ese instante, sin embargo, existe un trabajo complejo y constante que ocurre fuera de la pista.

Los caballos que compiten en el circuito internacional de salto son considerados atletas de alto rendimiento. A lo largo de una temporada pueden participar en competencias durante hasta 40 semanas al año, lo que implica viajes constantes entre países, adaptación a distintos climas y exigencias físicas comparables a las de cualquier deportista profesional.

Para mantenerlos en condiciones óptimas, cada caballo se desplaza acompañado por un equipo especializado que puede incluir veterinarios, fisioterapeutas, dentistas equinos, herreros y caballerangos. Su trabajo comienza mucho antes de que el animal entre a la pista y continúa después de terminar la competencia.

Uno de los momentos más delicados en la vida deportiva de un caballo es el traslado entre competencias. Los viajes suelen combinar trayectos en camión y en avión, lo que obliga a los animales a permanecer durante horas en espacios reducidos. Al llegar a su destino, la prioridad es que recuperen movilidad y reduzcan la tensión acumulada durante el transporte.

Por eso, tras un viaje largo, los caballos suelen realizar ejercicios ligeros de trote o galope que ayudan a estirar los músculos. La alimentación también se ajusta cuidadosamente: la base es la pastura, complementada con granos energéticos y suplementos vitamínicos diseñados por veterinarios especializados en deporte ecuestre. Todo plan nutricional debe respetar las normas antidopaje de la Federación Ecuestre Internacional (FEI), que regula estrictamente cualquier sustancia que pueda influir en el rendimiento de los animales.

Antes de cada competencia, los caballos pasan por una inspección veterinaria obligatoria. Durante esta revisión, especialistas evalúan su estado general y observan su paso y trote para confirmar que no existe ninguna lesión o irregularidad que ponga en riesgo su bienestar. También se revisan documentos sanitarios y registros de vacunación.

La rutina diaria de estos animales combina entrenamiento con momentos de descanso. Además de ser montados por sus jinetes para practicar en la pista, los caballerangos suelen sacarlos a caminar varias veces al día, una práctica que ayuda a mantenerlos relajados y activos.

El día de competencia sigue un protocolo preciso. Aproximadamente dos horas antes de entrar a la pista, el caballo es preparado cuidadosamente. Su pelaje se cepilla hasta lograr un brillo uniforme y su crin se trenza en pequeños moños que facilitan el movimiento durante el salto. Después se coloca la silla y los protectores en las patas para evitar lesiones en caso de contacto con los obstáculos.

De regreso en la caballeriza comienza la fase de recuperación. Los caballos son limpiados para retirar el sudor y posteriormente reciben tratamientos que ayudan a prevenir lesiones: masajes, geles de frío o calor y sesiones de fisioterapia que alivian la tensión muscular.

Este proceso de cuidado continuo refleja la realidad del deporte ecuestre. El rendimiento no depende únicamente de la habilidad del jinete, sino también de la condición física y emocional del caballo. La preparación de estos atletas de cuatro patas es parte esencial de la disciplina, porque cada salto que el público observa en la pista es el resultado de semanas, y a veces años, de trabajo silencioso fuera de ella.

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