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Educación de Adultos

Ciudadanía, educación y posmodernidad * Rob Gilbert** Resumen

Este trabajo examina la significación que tienen, para la educación ciudadana, los señalamientos acerca de que la sociedad occidental transita por una reorientación cultural fundamental, conocida por sus protagonistas como “posmodernismo”, del cual se dice, tiene implicaciones amplias para el saber, la moral, la política y el asunto de la identidad individual; en particular, se ha llegado a señalar que dicha reorientación provoca dudas sobre el futuro de la ciudadanía. Nuestro trabajo revisará dos respuestas a estos asuntos: por un lado la propuesta optimista de Heater, que apunta hacia el regreso a los ideales clásicos y por otro, el diagnóstico pesimista de Wexler acerca de las posibilidades del ser ciudadano en una sociedad dominada por la televisión y el consumo de imágenes. Una tercera perspectiva posible sugerida, estaría basada en la expansión de la idea de ciudadanía desde los derechos civiles, políticos y de bienestar para una mayor participación en la dimensión cultural y económica de la vida diaria; se argumenta que tal concepto puede contribuir tanto a un acercamiento comprensivo y coherente de la ciudadanía como al curriculum satisfactorio sobre su educación. Introducción Hacia fines de 1989, los líderes occidentales celebraron los cambios políticos que tuvieron lugar en Alemania Oriental, como la reivindicación de los principios democráticos de libertad y gobierno parlamentario; paralelamente, las pantallas de televisión mostraban a manifestantes callejeros en la ciudad de Stuttgart, **Investigador de la James Cook University, Australia * Ensayo publicado en British Journal of Sociology of Education, 13, 1, p. 51, 1992. Traducción: Manuel Servín Massieu

portando carteles que irónicamente proclamaban “Deutschmarkuberalles”1. En el subsecuente proceso de reunificación los principales beneficios parecían ser para los productores de televisión, al menos en cuanto al acceso a los grandes centros comerciales de Berlín. ¿Significará con ello que la democracia deviene en consumerismo? Sobre la necesidad de contar con educación ciudadana, el secretario de educación británico se lamentó recientemente por los efectos destructivos que tiene en los jóvenes, la fácil disponibilidad de drogas y “los aspectos más horribles de los medios de comunicación masiva”; también observó que la gente joven está “hoy en día más sujeta a influencias nefastas y presiones, que en ninguna otra época de la historia reciente” (McGregor, 1990). ¿Es esta proclama solamente un postulado alarmista para justificar algunos planes de carácter político o identifica correctamente aspectos de la crisis social en nuestros días? Es un hecho que en las elecciones presidenciales de 1988 en los Estados Unidos, sólo la mitad de los electores votaron, de manera que puede decirse que el presidente George Bush llegó a su cargo sólo con los votos de aproximadamente un 26 por ciento de los americanos; 70 millones de ellos ni siquiera se registraron. Aunque una tendencia similar hacia la menor proporción de votantes, se ha observado a lo largo de diversos procesos electorales en Europa Occidental (Heater, 1990, p. 289); ¿significa esto que está amenazada la legitimidad de los gobiernos representativos? No obstante que hechos como los anteriores son citados frecuentemente como evidencia de noticias sobre el desarrollo de la cultura política en el mundo Occidental, apuntan también a tendencias de consumerismo, cultura de masas y una declinación de las instituciones tradicionales que se dice, anuncian


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una reorientación cultural fundamental y, también, el final de una era caracterizada por el desplazamiento en general de la sociedad moderna y el surgimiento de una nueva denominada posmoderna. Nuestro trabajo revisará los así llamados “desarrollos posmodernos” en un ámbito de esferas culturales y sociales, para analizar después sus significaciones para la educación ya que en ninguna otra área de la educación son las implicaciones tan grandes -para algunos tan amenazadoras- como en la educación política y en su enfoque popular actual sobre la idea de ciudadanía y de educación ciudadana. Una sociedad posmoderna A pesar de que los elementos dispares del cambio social contemporáneo han recibido diversas denominaciones, incluyendo las de posindustrialismo, posmaterialismo, posfordismo, capitalismo desorganizado y sociedad de la información, sus elementos culturales han llegado a ser conocidos simplemente como posmodernismo, término de Gibbins (1989, p. 14) que denomina a un “paradigma macroteórico”. Hassan (1985, p. ll9) lo describe como “un número de tendencias culturales relacionadas, una constelación de valores y un repertorio de procedimientos y actitudes”; mientras Huyssen (1986, p. 181) se refiere a “un cambio notable en sensibilidad, prácticas y formación del discurso, los cuales distinguen a un grupo de apropiaciones, experiencias y proposiciones respecto al período precedente”. Para Jameson (1984, p. 17) es sencillamente “una lógica cultural dominante o un modelo hegemónico”. Las manifestaciones tempranas de la tendencia posmodernista aparecieron en la arquitectura, con un estilo caracterizado por “ficción, fragmentación, collage y eclecticismo, todo inmerso en un sentido de efeméride y caos” (Harvey, 1989, p. 98). La arquitectura modernista,

en el estilo internacional, fue rechazada por elitista y autoritaria en su formalismo además de considerarla responsable por la destrucción de la cultura del barrio en la ciudad tradicional (Jameson, 1984). En contraste, el estilo posmodernista es populista, vendiéndose en alusiones nostálgicas, sentimentalismo y la adopción volitiva de los signos de la cultura de consumo de masas. El postulado de Venturi sobre una posición de la arquitectura posmodernista, significativamente titulado “Learning from las Vegas”-Aprendiendo de las Vegas- (Venturi et al; 1972) elogia el estilo de Disneylandia como el que está más próximo a lo que la gente quiere, frente al que los arquitectos le han proporcionado (Harvey, 1989, p. 60). Este rechazo de los valores por los cuales la alta cultura ha sido considerada superior a la cultura de masas, es parte del movimiento más general en el arte posmodernista, al respecto del cual, puede recordarse el desprecio que Jameson muestra sobre la fascinación posmodernista señalado a continuación sobre: “...todo este paisaje “degradado” de schlock y kitsch, de series de televisión y telenovelas, de cultura del Reader ‘s Digest, de publicidad y moteles, de los programas de media noche y de películas Hollywood clasificación B, de la así llamada paraliteratura con sus libros de bolsillo en los aeropuertos que van, desde las categorías de lo gótico y lo romántico hasta la biografía popular, el misterio criminal y el suspenso pasando por la ciencia ficción y la novela fantástica: información que no solamente suele ser “citada”, como un Joyce hubiera hecho con un Mahler, sino que se incorpora dentro de su misma sustancia” (Jameson, 1984, p. 51). Otros analistas, en contraste, ven en la aceptación de las formas de la cultura de masas no una sumisión al barbarismo, sino una crítica de las formas mismas, que es a la vez celebratoria e irónica.


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Para Hutcheon, el estilo posmodernista “toma la forma de un postulado autoconsciente, autocontradictorio y autosocavante” (1989, p. l), el cual conduce a una desnaturalización general de las convenciones y formas específicas de representación, mediante “el uso y abuso irónico de ellas” (p. 8). Deberíamos, cuando menos inicialmente, resistir la tentación de descartar el posmodernismo como si se tratara de un conformismo negligente y falto de buen gusto, porque esto equivaldría a ignorar sus complejidades y asumir exactamente la posición de esa “autoridad-superior-inquisitiva”, que el propio posmodernismo cuestiona. Sin embargo, (aunque sabemos que) el arte y la arquitectura son candidatos improbables para influenciar significativamente a la política y la educación, su importancia estriba en la manifestación de tendencias que tienen paralelo en otras esferas sociales, cuatro de las cuales se discutirán a continuación: 1) La difusión de la información, 2) La producción del conocimiento, 3) El sentido de identidad y 4) La naturaleza misma de la política. La revolución en la información se cuenta entre las formas más invasivas del cambio social experimentado por la presente generación; Luke & White (1985) trazan su surgimiento en los Estados Unidos hasta el punto en que, a mediados de los 70, los trabajadores de la información (incluyendo manufactura de computadoras, telecomunicaciones, medios masivos, publicidad, editoriales y administración) concentraban más de la mitad de la fuerza de trabajo en los EUA. Típico de este desarrollo es el efecto de la computarización y su incorporación (con las hasta hoy actividades distintivas) en un proceso y forma comunes. “Trabajando en una fábrica, jugando con los niños propios, planeando las actividades de descanso, siguiendo el curso de la situación macroeconómica, creando obras de música o arte en general, son actividades todas, diversas, pero muy susceptibles de llevarse a cabo con los mismos métodos de operación, por los mismos procesos lógicos y utilizando un mismo tipo de codificación abstracta” (Chesnaux, 1987, p. 27). La forma organizacional característica de este proceso es una planicie es decir, una estructura menos jerarquica, más aplanada (más no necesariamente menos centralizada) y con sistemas de control menos formales; fragmentación, descentralización y

proliferación de redes de trabajo son sus modus operandi. Estos desarrollos en el procesamiento de información, crean nuevas posibilidades y problemas en los ámbitos de la privacidad, el control, la estructura organizacional, la vigilancia y la plantación; son “los conceptos organizadores de un aparato de control administrativo posmoderno, una práctica social de una sociedad que es semiótica en el nivel de consumo cultural, en el nivel de producción informativa y en el nivel de la regulación comunicativa o nivel de poder” (Wexler, 1987, p. 157). Como resultado, la semiótica de la cultura se convierte en algo central para la comprensión y las relaciones del poder de negociación en una “sociedad de la información”. Un segundo desarrollo estriba en que no sólo han cambiado los medios de producción de conocimiento y de su diseminación, sino que también han cambiado, se discute, las formas y los criterios del conocimiento mismo. El posmodernismo se contempla como poseedor de un efecto epistemológico de profunda importancia para la manera en que el conocimiento se ve implicado en la sociedad. Citando a Foucault, Callinicos considera al postestructuralismo francés como una de las tendencias intelectuales que definen el posmodernismo; y a Derrida y Deleuze, como copartícipes de un proyecto de “subversión de las nociones de verdad, de significación y de subjetividad, que se consideran como las características definitorias de la metafísica occidental” (Callinicos, 1990, p. 100). Pero es el trabajo de Lyotard el que con mayor frecuencia se considera como el más claro postulado de los enfoques postmodernistas sobre el conocimiento, postulado que recae de manera importante en temas sobre ciudadanía. En su estudio “La condición postmoderna: un informe sobre el conocimiento”, Lyotard (1984) considera que las sociedades avanzadas del siglo XX han visto transformarse “las reglas del juego” en la ciencia, la literatura y las artes de tal manera que sus fundamentos epistemológicos dentro de una metafísica unificada se han vuelto obsoletos. En la pespectiva de Lyotard, el pensamiento moderno desde la ilustración se ha legitimado a sí mismo en términos de “metanarrativas” tales como “la dialéctica del espíritu, la hermeneútica del significado, la emancipación del sujeto racional o que trabaja, o la creación de riqueza” (p. XXIII). Estas grandes narrativas han buscado aterrizar el conocimiento en alguna unidad fundamental, fundamental, una posición privilegiada de autoridad desde la cual


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todo el conocimiento pudiera ser categorizado y evaluado. El conocimiento científico, por ejemplo, alcanzó su máximo poder cuando conectó en un sólo sistema explicativo único, los diferentes discursos de nuestra experiencia de la realidad mundana. Sin embargo, si como recomienda Lyotard, estos discursos se ven como finitos y como juegos de lenguaje localmente determinados (cada uno con criterios específicos de carácter pragmático de pertinencia o valencia) el intentar combinarlos en un todo unificado, deviene en un sueño imposible. “No obstante, quienes toman las decisiones intentan manejar estas nubes de sociabilidad de acuerdo a matrices de input/output, siguiendo una lógica que implica que sus elementos son conmensurables y que el todo es determinable” (Lyotard, 1984, p. XXIV). En el caso de las principales narrativas sociales de la democracia, esta lógica totalizante miente al colocar “a la humanidad como el héroe de la libertad” y en la posición del protagonista principal sujeto de la historia, concepto que construye un consenso legitimador entre el “pueblo”. Sin embargo, el “pueblo” es un término dentro de una metanarrativa que subvierte el ideal democrático, una contradicción auto-anulante ya que ella oblitera la realidad de la división y diferencia, que es la dinámica de los eventos que se están describiendo. El ejemplo de Lyotard viene del área educativa, donde “El Estado recurre a la narrativa de la libertad cada vez que asume un control directo sobre el entrenamiento de la “gente” bajo el nombre de la “nación”, con la finalidad de guiarlos hacia donde apunta la vía del progreso”(p. 32). Para Lyotard, ha fallado la peligrosa búsqueda de la gran narrativa. En la búsqueda de alternativas, el postmodernismo, que él define como “incredulidad hacia las metanarrativas” (p. XXIV), fija los criterios a que debe ajustarse un conocimiento revisado. Si la vida en Occidente se caracteriza cada vez más por un informacionalismo que penetra por todas partes, con sus formas universalizantes pero organizacionalmente fragmentadoras y por visiones del saber que disuelven las grandes narrativas de la historia, ¿cuales son las consecuencias para la experiencia personal en el mundo cotidiano? Este tercer problema se construye a sí mismo sobre la noción de identidad. Harvey (1989 p. 53) contempla la validez del concepto de posmodernismo como dependiente de “una manera particular de experimentar, interpretar y ser en el

mundo”. La importancia de la posmodernidad estriba no en las formas objetivas de los multimedios, la tecnología o la información, sino en la manera como son apropiadas por los nuevos modos de experiencia y expresión, es decir como moldean la identidad. Para el posmodernismo, la fragmentación y la inestabilidad de los discursos se reflejan en la personalidad, donde la esquizofrenia desplaza a la alienación como la metáfora analítica. Jameson destaca que si la identidad personal se encuentra en la “unificación del pasado y del futuro con el presente frente a mi” y si esta unificación requiere una narrativa consensual y estabilidad de significado, entonces se hace imposible en un mundo posmoderno: como el esquizofrénico, nos vemos “reducidos a una experiencia de significantes materiales puros, o en otras palabras, de una serie de presentes puros y no relacionados en el tiempo” (Jameson, 1984, p. 72). Harvey (1989, p. 54) concluye que “la contigüidad de los hechos, el sensacionalismo del espectáculo (político, científico, militar, así como aquellos del entretenimiento), se vuelven la materia con que se forja la conciencia”. La significación de este desarrollo, y el cuarto problema a destacar, estriba en su amenaza a las posibilidades de un discurso sobre moralidad y acción política concertada, ya que ambos requieren algún reconocimiento de los intereses comunes y valores, derivados de la experiencia compartida en el pasado, así como de un futuro deseable lo suficientemente general como para tener un atractivo suficientemente claro. “Con el desarrollo del consumo de masas y los sistemas masivos de información, los estilos sociales y las prácticas culturales se ven combinadas en una mezcla indefinida de gustos y perspectivas. Con esta fragmentación de la cultura también se acarrea una fragmentación de sensibilidades, una mezcla de estilos de vida y la erosión de cualquier sentido de proyecto político convincente o programa político coherente, ya que las vidas de los individuos se vuelven, de manera creciente, solo una colección de sucesos discontinuos”, (Turner, 1989, p. 212). La respuesta moral a estas circunstancias variará. Algunos comentaristas sugieren un nihilismo potencial, sobre la base de que “un sistema coherente de devalorcs.. valores... presupone una comunidad relativamente coherente como el entretejido social de sistemas morales y


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argumentos éticos, que subyace”, al observar que la sociedad contemporánea carece de la necesaria “realidad de valores comunalmente subyacente”(Stauth y Turner, 1988, p. 509); otros ven al narcisismo como el resultado típico donde “los sistemas de imágenes, los códigos de valores, las bases del saber y las redes de información” aterrizan un consumo interno enfocado a “la realización personal, el cultivo del bienestar físico, la auto-actualización y el despertar espiritual” (Luke y White, 1985 p. 35). Sin embargo dicha evaluación negativa es contestada por otros, ya que existen posibilidades de índole positiva en la diferenciación y proliferación de contactos y de experiencias que fluyen, desde la diversificación de mundos sociales que constituyen la experiencia posmoderna. Hall (1989, p, 129) anota que cada uno de estos mundos tiene “sus propios códigos de conducta, ‘sus escenas’ , ‘economías’ y... ‘placeres’, y para aquellos que tienen acceso a ellos, en verdad les provee espacio en el cual asegurar cierta selectividad y control sobre su vida cotidiana, es decir, ...para ‘jugar’ con sus más expresivas dimensiones. Esta ‘pluralización’ de la vida social expande las situaciones e identidades disponibles para la gente común y corriente (por lo menos en el mundo industrializado) en su vida cotidiana, del trabajo social, familiar, y sexual”. La información, el conocimiento, la identidad y la moralidad son conceptos en el corazón mismo de la política y los cambios revisados son ampliamente políticos; por lo tanto, la lista de Gibbins (1989) de las características de una cultura política posmoderna, que presentamos a continuación puede ser leída como un resumen de todo lo discutido anteriormente: a) Una clase media afluente, “posmaterialista”, ha creado nuevas alianzas alrededor de los temas ambientales, feministas y pacifistas así como nuevas formas de expresión política en símbolos y estilos de vida políticos. b) El orden político y la legitimidad, se ven amenazados a la par que la objetividad, la unidad, la conmensurabilidad y la personalidad integrada

ya que son desconstruídos (sic) y reemplazados por un relativismo, pluralismo, fragmentanción y policulturalismo. c) El posmodernismo significa discontinuidad en la economía, sociedad y la organización política; una economía basada en la información y el consumo coincide con la acentuación del conflicto entre las esferas pública y privada, la creciente desconfianza de lo gubernamental y realineaciones entre las alianzas de partido y de clase. d) Una cultura ecléctica y amorfa de pluralidad y estilos de vida mezclados, se ve combinada con un énfasis en el consumo y el descanso, en la cual la libertad, la espontaneidad y la gratificación se hacen precedentes sobre la disciplina la autoridad y la predictibilidad. e) El carácter emergente de la cultura política contemporánea espluralista, anárquico, desorganizado, retórico, estilizado e irónico. Gibbins advierte que esta construcción puede ser exagerada, aunque acusa ya signos de que la tendencia va hacia: “Un mundo lleno de ‘culturas de marcas de diseñador’ creadas para las necesidades de grupos, presentadas por individuos de de los multimedios, estrellas


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del cine y de la música pop, publicistas, deportistas, evangelistas y millonarios para llenar el vacío cultural dejado por el colapso de las tradiciones culturales. La política cultural en un mundo posmoderno puede convertirse en algo más parecido a un guión y menos a una narrativa heredada de por vida. (Gibbins, 1989, p. 24)”. La significación educativa de estas situaciones es clara: en la medida de que el posmodernismo desafíe los supuestos convencionales acerca del conocimiento, la moralidad y la subjetividad produce interrogantes fundamentales acerca de los elementos esenciales del pensamiento educativo moderno. La educación de masas en sus formas recientes ha sido un proyecto modernista por excelencia. con su énfasis en la racionalidad, la autonomía individual y la personalidad integrada, las historias nacionales, la organización jerárquica y el progreso; el desafío de la perspectiva posmodernista a esta visión de la educación se ve mencionada de manera cada vez mas frecuente (Wexler, 1987; Giroux, 1990; Luke y Luke, 1990). El movimiento posmodernista es también educativamente significativo en que hay un elemento generacional en el debate. Los problemas de curriculm en particular, pueden ser vistos como la lucha de un estamento adulto, sea intelectual, político o moral, por imponer una visión coherente del mundo en los jóvenes. El rechazo a la educación por muchos jóvenes ha interesado a los educadores de todos los bandos, desde los tecnócratas por su disfuncionalidad, hasta la izquierda por dudas de que pueda ser interpretada como resistencia basada en una alternativa crítica viable. Una característica de los estilos posmodernistas es la que los identifica arquetípicamente como los estilos de vida de la juventud -cine, televisión, MTV, modas, música de rock, baile es decir, formas culturales que son los canales expresivos de una generación. Los educadores suelen ignorar esta forma de vida bajo su propio riesgo. Posmodernidad y ciudadanía: dos respuestas Las argumentaciones cuestionan la coherencia y unidad del concepto convencional de ciudadanía en el cual se ha apoyado gran parte del discurso educativo. Al cuestionar esta coherencia, Barbalet (1988) señala que los elementos civiles, políticos y sociales en la ciudadanía han creado tensiones lógicas y conflictos

sociales en cuanto a la aplicación del concepto; por ejemplo, en derechos civiles sobre la propiedad y los contratos, derechos frente al estado, conflicto con los derechos sociales para postular mínimos garantizados de niveles de vida e intervenciones como la protección al consumidor. Turner también comenta que la ciudadanía guarda una relación contradictoria y casual con su contexto capitalista y que, consecuentemente, no puede haber suposiciones sobre una “lógica histórica o proceso de desdoblamiento” en su pasado o en su futuro (Turner, 1986, p. 64). Sin embargo, los usos educativos de la idea de ciudadanía son otra historia, enfatizando el surgimiento progresivo de instituciones democráticas, basado en la aceptación racional de la relación contractual entre el individuo y la nación. Esta versión de la narrativa ciudadana ha sido identificada en muchos estudios de política educativa y curriculum (Tapper y Salter, 1978; Gilbert, 1984; Ahier, 1988; Heater, 1990); todavía es un argumento poderoso de aquellos intentos por promover la educación ciudadana. Para demostrar la forma de este argumento convencional, la discusión se enfocará en el principal y reciente estudio de Heater que, mientras reconoce lo fortuito y conflictivo en el desarrollo de la ciudadanía, aún localiza el concepto en un mundo idealista, trascendente y carente de temporalidad. Para Heater, “los ciudadanos” necesitan comprender que su papel implica status, lealtad, deberes y derechos “no primariamente en relación con otro ser humano, pero en relación a un concepto abstracto: el del estado” (Heater, 1990, p. 2). Este autor busca cuidadosamente los orígenes de la idea y práctica de la ciudadanía desde la ciudad-estado griego, a través de sus manifestaciones en la era de las revoluciones, en el nacionalismo del siglo XIX, en el liberalismo y el socialismo, hasta su consolidación en las modernas Naciones-Estado. A pesar de sus diversos episodios y tenue continuidad, esta gran narrativa se mantiene agregada por el esencialismo abstracto de la idea de ciudadanía, un concepto cuya fuerza deriva de las nociones de la “identidad y virtud” (p. 182). Esta identidad esta basada en la reciprocidad social y los intereses comúnes, que a su vez pueden estar basados en un sentido de tradición, etnicidad o modo de vida acentuado por sistemas de creencias, ceremonias y símbolos. La ciudadanía es una entre las muchas identidades que será capaz de sentir un individuo, pero


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para Heater se distingue por ser necesaria para la madurez moral y por su potencial moderador de la discordancia de otros sentimientos de identidad como el genero, religión, raza, clase y nación: “las actitudes y conducta esperada de los ciudadanos involucra el disciplinar las emociones por la racionalidad... la ciudadanía nos ayuda a domesticar las pasiones divisoras de otras identidades” (Heater, 1990, p. 184). El ideal unificado de ciudadanía, es entonces rescatado de la diversidad, al dársele un status privilegiado, sobre la base de su contribución a la moral y al orden, aunque las bases para esta prioridad no se hacen claras. En la visión de Heater, la historia, además de la nacionalidad y la fraternidad, juegan un papel especial en la identidad de la ciudadanía: como un reservorio de hechos sobre el pasado y un proveedor de mitos, la historia es “la memoria colectiva de la sociedad” (p. 184). De la misma manera, la unión cultural de la nacionalidad y el sentido colaborativo de intencionalidad, en la fraternidad, aglutina a la gente en una identidad común. Las grandes narrativas de la unificación del individuo y la nación son, en este planteamiento, muy fuertes. Sin embargo Heater reconoce que esta familiaridad está amenazada y con ella la idea de ciudadanía: “cualquier universalidad que el concepto haya podido tener está siendo rápidamente debilitado por una serie de tensiones. Pares incompatibles de definiciones... tiran hacía sus polos opuestos de manera que cualquier esperanza de rescatar el concepto y mucho menos de reforzarlo como un todo, parece desvanecerse en la irrealidad” (p.283). Al respecto, las tendencias que Heater identifica son la división entre un énfasis en la libertad individual y los deberes sociales y obligaciones, la antítesis entre el ciudadano público y el privado, las dificultades de incorporar una sociedad compleja en una relación coherente con una organización política unitaria y las demandas conflictivas de una ciudadanía mundial y el estado (p.284). Las consecuencias de estas tensiones en el Reino Unido, son la declinación del consenso Butskellite, la continuada división étnica, un colapso en la moralidad cívica, la tendencia a soluciones de mercado más que el uso de medios políticos para reconciliar diferencias y el rechazo de la “nueva derecha” al concepto mismo de ciudadanía social. Heater se lamenta de estos desarrollos, ya que su análisis claramente se desprende

de un fuerte compromiso con la idea de ciudadanía como un medio para la dignidad colectiva humana. No obstante, su lectura progresista de la historia le conduce a sostener una creencia en el ideal y a tratar de revitalizarlo. De acuerdo a este último autor, para rescatara la ciudadanía necesitamos liberamos de la “obsesión” del estado-nación, ya que hemos visto “tanta movilidad, comunicación y educación como para considerar a la identidad enteramente determinada por el estadonación, igualmente obsoleto” (Heater, 1990 p. 323). La respuesta de Heater es continuar colocando a la identidad y a la virtud como la esencia de la ciudadanía, pero aplicándolas en varios niveles geográficos, desde el local hasta el global, pasando por el nacional y el continental, para reconocer la tensión en el EstadoNación y su desafío desde ambas tendencias locales y cosmopolitas. Esto se logrará a través de la transferencia de poderes nacionales hacia las organizaciones provinciales y supranacionales de carácter gubernamental y no gubernamental. Aunque tal acción puede parecer ambiciosa, en el presente contexto de poder nacional, se mantiene el punto de vista convencional respecto a la naturaleza misma de la ciudadanía. La posición privilegiada otorgada a la ciudadanía sobre otras identidades se mantiene, pero ésta deberá ser asociada a lealtades multiples, las que a su vez deben ser combinadas. “El verdaderamente buen ciudadano, por lo tanto, es aquel que percibe lúcidamente este sentido de múltiples identidades y quien se esfuerza más ardientemente en su vida pública para lograr la mayor concordancia posible entre las políticas y las metas de los diversos niveles cívicos de los cuales es miembro” (Heater, 1990, p. 326). Por lo tanto, Heater a la par que reconoce que un contexto cambiante ha convertido las formas tradicionales de ciudadanía en algo obsoleto, regresa al mismo concepto pero aun nivel más alto, es decir a un ideal más abstracto y totalizador que el que reemplazó. Su compromiso con el ideal puede ser sustentado sólo mediante un ajuste en forma aún más trascendental. En el contesto de la posmodernidad, el aplazamiento que hace Heater del concepto abstracto de ciudadanía, es erróneo, ya que está fundamentado en los mismos ideales que la crítica posmodernista socaba, es decir, en una subjetividad unificada que se encuentra a sí misma en una gran narrativa de la historia y que se vive a través de una forma


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organizacional jerárquica, que unificará lealtades, locales, nacionales y globales. El análisis de Heater es optimista al proponer tal solución pues otras conceptualizaciones de la ciudadanía en la era posmoderna son menos esperanzadas, a la luz de las dificultades para revertir las tendencias fragmentadoras y nihilistas de la sociedad posmoderna. La evaluación reciente de Wexler es una muy importante en este contexto, ya que puntualiza la cuestión de la educación para la ciudadanía, desde una posición más cercana a la misma perspectiva posmoderna. Como Heater, Wexler destaca los desafíos actuales a la noción de ciudadanía, pero ve su impacto como algo fundamentalmente mucho mas destructivo frente a los prospectos de recuperación de las formas tradicionales de identidad y virtud que son sombrías. Para Wexler, las amenazas a la ciudadanía se encuentran en la dominancia de una clase particular de consumerismo y en la pérdida de autonomía moral individual, a la luz de la entrega fragmentada de los multimedios al mundo. Wexler etiqueta a la formación social resultante como “la sociedad semiótica”, apoyándose fuertemente en la obra de Baudrillard (Poster, 1988). BaudriIlard por su lado señala a la creciente d o m i nancia del consumo sobre la producción en la vida cotidiana del occident e y el papel de la publicidad y los multimedios (especialmente la televisión) en la constitución de los objetos de consumo como un sistema de símbolos, en los que la gente encuentra significado y un sentido ilusorio de autodeterminación en el acto del consumo. En este proceso de acomodamiento y comunicación, los bienes son valorados tanto por lo que representan, como por lo que ‘son’ o para lo que ‘son usados’. La publicidad y la imagen de los productos en sí, se traduce en bienes consumidos por sí mismos y no son más simples repre-

sentaciones de productos ‘reales’. Los símbolos y códigos se vuelven parte de la dinámica fundamental de la sociedad, con la resultante de que la “ciudadanía es como convertirse en un admirador que vota favorablemente por los productos publicitados en el acto de comprarlos, llegando a ensalzar sus virtudes o portar su embalaje iconográfico en la gorra o en la playera” (Wexler citando a Luke, 1986-I987, p. 72). La decadencia que se da en la cultura posmodernista de los valores en que se sustentan los juicios, universales e independientes, empobrece en autonomía al individuo al disolverse la base para una identidad unificada. Al carecer de un discurso mora1 y autónomo comparable a las tradiciones culturales o religiosas, los individuos no pueden centrar más sus acciones dentro de una moralidad estable y la identidad individual se vuelve fragmentada, excéntrica y difusa. Ya que las sociedades están igualmente fragmentadas, la base para una relación contractual individuo-sociedad (de la que la ciudadanía se ha dicho que depende), no existe más. Haciéndonos eco de las ideas de Jameson al respecto (1984) podemos decir que la capacidad de la mente individual para ubicarse a sí misma en la historia, se ha perdido. Los medios masivos de comunicación y sus imágenes, especialmente la televisión, son quienes construyen actualmente la red para las relaciones sociales, pero esto hace a dichas relaciones mucho menos estables que antes; Wexler toma la metáfora característicamente arcana de la sociedad, de Baudrillard, cuando dice que es “un campo gravitacional aleatorio, magnetizado por los flujos constantes y las miríadas de combinaciones tácticas que las electrifican” y también su visión de que “la sociabilidad racional del contrato... cede el paso a la sociabilidad del contacto” (Baudrillard 1983, p. 83). Hay mucho de reconocible en este cuadro de la vida a


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fines del siglo XX y Wexler parece aceptar el análisis. La telepolítica, las redes noticiosas, las telecomedias de audiencia masiva, el consumerismo, la producción de demanda a través de la manipulación y consumo de imágenes, las estructuras ocupacionales y las pautas laborales crecientemente fragmentadas, son características conspicuas e inescapables de las sociedades de consumo y de la información. Wexler considera, no obstante, que el análisis posmodernista pasa por alto circunstancias concomitantes de importancia para los desarrollos que describe; en particular él toma las implicaciones de la sociedad semiótica en la identidad individual ya que, “la dinámica de la identidad, como el saber, son diferentes en la sociedad semiótica”, y si la ciudadanía sobrevivirá como concepto significativo, “tendrá que ser recreado dentro de esta nueva realidad social, sicológica y de clase” (p. 171). “En ausencia de una memoria colectiva de las tradiciones, en condiciones de demanda simultánea para una práctica ordenada, seriada, (el mundo administrado del coorporativismo moderno) y de respuesta flexible a una circulación de símbolos desestabilizadores, la carga de la labor de identidad cae sobre la construcción narrativa y personal de un auto orden ficticio. La socialización es desocializada, desregulada y como los aparatos institucionales más visibles de la etapa de la beneficencia industrial están en decadencia, las prácticas autoconstructivas se vuelven a privatizar” (Wexler, 1990 p. 172). La “realidad” es tal que la fragmentación de la personalidad tiene diferentes consecuencias dependiendo de que uno esté ubicado en la primera clase de la nueva clase media, (sic) o en la “otra” menos poderosa clase; ninguna de las dos esta motivada por el deseo de actuar (o de ser “una clase en sí misma”) y ninguna de las dos tiene ya una memoria colectiva de las tradiciones. No obstante, en términos de la dinámica de identidad, la primera clase esta enfrascada en consolidar la identidad, extrayendo recursos culturales del medio, con la finalidad de construir una vida ordenada. El capital cultural de la primera clase se convierte entonces en una fuente de poder por sus manejos con la sociedad semiótica. Utilizan los artefactos comunicativos de la televisión, pero ya que la primera clase es de creadores culturales y racionalizadores, estos recursos se ponen a servir y

no a dominar, “la televisión no es su primera prioridad de vida” (p. 172). La otra clase, no obstante, encuentra en la televisión una solidaridad imaginaria. El ego de esta clase obtiene su fuerza de sus vínculos con la cómoda familia de estrellas de la televisión que se desenvuelve en el escenario planteado por Gibbins párrafos atrás. Posmodernidad y ciudadanía: una valoración Las posiciones de Heater y Wexler quedan bien equilibradas en cuanto a sus respuestas al desafío posmoderno: una, buscando un regreso a la aplicación abierta del concepto clásico: la otra, convencida sobre la necesidad de una nueva base para la ciudadanía, aún no claramente definida. Heater comenta que los cambios en la sociedad contemporánea están amenazando las bases de la ciudadanía, pero observa la posibilidad de ajuste en cuanto a una reinstalación de los principios que él identifica en la historia del concepto. El análisis posmodernista de esos cambios y el análisis de Wexler postulan un impacto aún mas fundamental, que elimina a su vez la posibilidad de recuperar la gran narrativa (si ésta pudiera ser recuperada) como algo sencillamente demasiado difícil de lograr. La significación atribuida a esta amenaza dependerá, no obstante, de lo que nosotros consideremos que es la base histórica de la institucionalización de la ciudadanía occidental. Heater, entre otros, construye un concepto totalizador de la ciudadanía, con componentes sistemática y cronológicamente ordenados, y de carácter civil, político y social, además de una base moral unificada. Sin embargo, al regresar a los argumentos de Turner (1986) y Barbalet (1988), se ve con mayor claridad esta historia como una serie inconexa de luchas, cuyos resultados no estaban predeterminados por alguna inevitabilidad lógicomoral, pero que eran contingentes ante ciertos equilibrios del poder cambiante, entre varios protagonistas, en diferentes sitios, a diferentes tiempos y por diferentes razones. Esta visión progresista de la historia ha figurado reiteradamente en los programas escolares aunque ya es insostenible (Gilbert, 1984) ¿Por qué? Porque sencillamente no hay evidencia de que los derechos ganados en esas luchas dependieran del desarrollo consensual, continuo, de los ideales abstractos de virtud e identidad nacional, con los que los intelectuales modernos buscan galvanizar dicha


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narrativa; lo que no significa, a su vez, sugerir que la narrativa no haya sido usada como un arma en estas luchas. Si la pugna por los derechos ciudadanos no ha requerido en el pasado de tales ideales unificados, entonces la fragmentación de la perspectiva posmoderna parece menos amenazante, ya que estos derechos no se basan en concepciones unificadas de los elementos en el contrato individual o de nación. Los temores de Heater acerca de la pérdida de estos ideales son por lo tanto, exagerados. No obstante, ver los derechos ciudadanos como algo casual es también reconocer su fragilidad. Las nuevas formas de represión surgen entonces en el potencial totalitario de la sociedad de la información. No hay garantías en tal situación, y si el escenario pesimista de Wexler es correcto, los temores acerca de que la condición posmoderna no se interesará ni será capaz de soportar incluso aquellos derechos ya ganados reaparecen. El problema aquí no radica en el hecho de la diversidad y la fragmentación, sino en su naturaleza misma. Podemos preguntarnos ¿es la sociedad semiótica tan soporífera y fragmentadora, que la gente cesará de reconocer los derechos establecidos o la posibilidad de generar algunos nuevos? ¿Hasta qué punto esta reorientación cultural es una amenaza real y fundamental para la cultura política democrática? El punto de vista aquí sostenido se refiere a que los protagonistas del posmodernismo exageran su novedad, en cuanto a la selección de temas y ejemplos, y que aquello que han omitido tiene otras implicaciones. Por ejemplo, los posmodernistas dejan de lado la institucionalización de las prácticas de la sociedad semiótica y por lo tanto exageran sus diferencias desde los análisis más convencionales del poder. Un ejemplo es el análisis de la televisión, sobre el cual Wexler cita a Kroker y Cook (1986, p. 270): “Nuestra teorización general es, por lo tanto, que la televisión es el mundo real de la cultura posmoderna que tiene al entretenimiento como su ideología, al espectáculo como el símbolo emblemático de las formas de comodidad, la publicidad del estilo

de vida como su sicología popular, a la pura y vacía serialidad como el vínculo que une al simulacro de la audiencia, las imágenes electrónicas como la dinámica y única forma de cohesión social, la política de élite como su forma ideológica, la compra y venta de atención abstraída como el lugar de su racionalidad mercantil, el cinismo como su símbolo cultural dominante y la difusión de una red de poder relacional como su producto real”. Viviendo a través de fragmentos televisivos y desplazando la realidad; la experiencia es difuminada por la serialidad y falta de diferenciación en la representación del mundo como imágenes. Sin embargo, la cobertura política de la televisión, los sucesos mundiales y el periodismo de investigación han mostrado un conjunto diferente de posibilidades que, a pesar de los contra-ejemplos como la Guerra en el Golfo Pérsico, son potencialmente definitorios. El “pasaje” muestra también que la televisión es una institución poderosa, a la vez centralizada y centralizadora, muy lejos de ser un “espacio de lo aleatorio”. Una consecuencia de esto, es el que el medio no esta fuera de control y puede estar, como en muchos países, sujeto a restricciones y desarrollos legales y legislativos. También es una industria en la que las relaciones salario-capital, para la mayoría de los trabajadores, son indistinguibles de otras en el sector terciario terciario y sujetas a las mismas demandas de los


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sindicatos y la legislación industrial. A este respecto, es claro que la industria de los medios se vuelve un sitio para la actividad política convencional. Asociada a lo anterior está la tendencia posmodernista a desinformar sobre los cambios en las relaciones sociales a partir de las nuevas condiciones culturales, ignorando la especificidad de lo social y su desarrollo en contextos e instituciones particulares, muchas de las cuales muestran pocos signos de querer desechar sus formas modernistas (escuela, propiedad y ley). La celebración del cambio, y la novedad ignora la persistencia del lenguaje, las etnias y otros vínculos tradicionales en los que la solidaridad puede sostenerse y desarrollarse nada menos que a través de los medios y sus canales para etnias y otras minorías. El enfoque sobre la sociedad de la información es, con mucho, un enfoque de primer mundo y de clase media, y necesita ser equilibrado con el reconocimiento de que, cuando menos en el presente, grandes conjuntos de la población mundial continúan dominados por formaciones sociales industriales y modernas, y continúan obteniendo su inspiración de las tradiciones culturales duraderas desde tiempo atrás. De la misma manera, no deberíamos exagerar los efectos negativos del consumerismo sobre la ciudadanía. Aunque las formas actuales del consumo material deben ser reducidas por razones de justicia global y del medio ambiente, el consumerismo en sí mismo no representa mayor amenaza para la ciudadanía que otras formas de hegemonía económica, como lo demuestran las políticas de grupos de presión para la protección del consumidor; también el descontento con la pobreza y la privación pueden generar formas positivas de acción política, si se conocen las posibilidades alternativas. En ésto, el collage de medios acerca de las experiencias mundiales, tiene un potencial clave en la diseminación del conocimiento de dichas alternativas y de los derechos en otros lugares, una fuerza de lo más potente en los recientes acontecimientos en Europa Oriental y una estrategia nada insignificante, para los movimientos sociales en el occidente. Está aún por demostrarse el que las nuevas formas de actividad política reemplacen a las viejas formas; por ejemplo, mientras los movimientos feministas y ecologistas han tenido impacto significativo en las sociedades occidentales, a través del activismo basado en la comunidad, ellos también han trabajado muy convencionalmente a través de instituciones

parlamentarias y podrían darse por muy satisfechos de hacerlo así, si se establecieran políticas electorales mas responsables en los estados en donde existe el bipartidismo. Mientras que, por un lado la telepolítica (sic) ciertamente ha modificado el proceso político, por otro, elementos tales como los sistemas electorales y de partido, la burocracia, los gobiernos corporativos y el cabildeo privado aún son elementos centrales para él. En este sentido, por lo tanto, los acercamientos convencionales a la política y la acción política siguen siendo importantes y con suficientes instancias de continuidad en las relaciones políticas, económicas y sociales como para mostrar que el mundo posmoderno después de todo, no es tan nuevo como algunos sugieren. Una segunda respuesta a la amenaza del posmodernismo nos mostraría que éste contiene contradicciones que son abrumadoras en su fragmentación distractora, a la vez que democráticas en su deconstrucción de formas jerárquicas institucionales, en la penetración de la distinción cultural popular/elitista, y en la crítica a la convención emanada del estilo autoparódico. Wexler no considera el argumento de que el estilo posmodernista pueda ser


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crítico en sus tendencias autoafirmadora, antijerárquica y deconstructiva. No obstante, la televisión popular y el cine son en sí mismos, no menos contradictorios y abiertos a la subversión que otras formas, y mientras puede haber unos cuantos ejemplos de estas formas evasoras de la narrativa realista y de las convenciones transparentes de representación (Hutcheon, 1989), puede decirse que existe su potencial. Las lecturas de textos populares, informados por una perspectiva posmodernista, tal como la discusión de Morris (1988) sobre Crocodile Dundee1, muestran el significado polisémico y potencialmente paródico de la intención autoafirmante de las imágenes retadoramente dominantes y prejuiciadas sobre los aborígenes y la clase trabajadora. Por otro lado, las presiones económicas del cine comercial aseguran que en otros temas, tales como los derechos de propiedad de tierras y armas nucleares, y en equilibrio con la película como un todo, el significado es estructurado de tal manera, como para confirmar una cultura estadounidense y un interés capitalista. A este respecto, de nuevo, el medio posmoderno se muestra a sí mismo como otro lugar de contradicción y lucha con el poder económico del capitalismo mundial y su cultura dominante determinando, en última instancia, el punto de equilibrio. Luke y White (1985) han destacado en otro lugar que los fenómenos tales como la computarización y la televisión por cable pueden ser usados para facilitar el establecimiento de comunidades democráticas descentralizadas. Mientras que en algunas de las sociedades capitalistas convencionales las formas de propiedad y control restringirían este desarrollo, no puede descartarse como una posibilidad para otras. El mundo posmoderno no es y nunca podrá ser una forma pura en el un control de la producción de imágenes de la sociedad semiótica, es tanto el sujeto de las pugnas por el poder, como lo son otras formas de control. El punto clave aquí es que las versiones más extremas del escenario posmoderno, deslumbran por encima de las tendencias en competencia y descuidan sus propias contradicciones. La acción política convencional y la ciudadanía son aún elementos esenciales de la dinámica social y los mismos desarrollos posmodernos ofrecen nuevas posibilidades para la ciudadanía. No obstante, este punto de vista más bien confiado no modifica la realidad de los puntos de vista de Wexler, por lo que su pesimismo no puede ser

fácilmente descartado. Cualquier intento por especificar lo que es una educación efectiva para la ciudadanía debe responder a la representación de Wexler de la sociedad semiótica ya que aunque no puede ser un hecho consumado y sin ambigüedades, las características que señala son conspicuas de manera crecientemente. Posmodernidad, ciudadanía y educación: el papel de la política cultural ¿Qué respuesta se espera de la educación para la ciudadanía? Considerado el argumento que se abordó anteriormente acerca de los medios por los que los derechos civiles modernos, políticos y sociales han sido obtenidos, no podrá haber una sola respuesta que sea efectiva para todo. Más que buscar un símbolo común de la comunidad mundial, nacional o local, como encamación de la virtud, el enfoque debe hacerse sobre la manifestación concreta y empírica de los logros de pasadas luchas (los derechos que se anexan al status de ciudadano en el estado democrático). Estas acreditaciones incluyen los derechos políticos y civiles, como también los derechos sociales y de bienestar hacia ciertos niveles materiales de vida, con necesidades notablemente crecientes en la sociedad de consumo. Es en esta área de los derechos sociales donde está la verdadera acción, ya que su reciente desarrollo ha mostrado que aún constituye un asunto controvertido. Mientras que las luchas por los derechos civiles y políticos han sido característicamente generados por intereses materiales, también es verdad que el mejoramiento del bienestar material es un proyecto político, y que los derechos civiles y políticos son necesarios, combinación que se manifiesta con claridad en la anécdota de la resistencia en Alemania Oriental, que se mencionó al principio. Definiciones precisas sobre cuáles son los derechos ciudadanos en este campo, son puntos de gran conflicto y pugna en las democracias occidentales; es esta pugna la que puede conectar directamente el impulso a la ciudadanía con la “otra” clase de Wexler. La cuestión aquí es cómo entender la relación de estos derechos a niveles mínimos de bienestar económico con las formas de experiencia cultural en la sociedad semiótica. En igualdad de condiciones. la realidad contemporánea de la ciudadanía y la acreditación del


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status de ciudadano son aleatorios con respecto a las relaciones de poder que se juegan en asuntos de clase, raza, género y política internacional; no obstante el mantenimiento y la extensión de los derechos ciudadanos se apoyaran de manera creciente, en la lucha por el control sobre las formas del poder características de la sociedad semiótica. Ya que mucho de este poder es simbólico, el espacio cultural es a la vez un sitio necesario y un medio para la lucha política. Mientras que lo político no puede ser reducido a lo cultural, la lucha política sobre los medios y la substancia de la expresión cultural, es crucial para las relaciones de poder. La política feminista es una clara demostración de este fenómeno, en el que la pugna de las mujeres “sobre los significados de género, las representaciones e ideologías en las formas culturales populares, es nada menos que una lucha para comprender y supuestamente para transformar, las contradicciones históricas del devenir femenino, en los contextos de conjuntos conflictivos de las relaciones de poder” (Roman et al., 1988, p. 4). Giroux (1989) discute los elementos del concepto crítico de la cultura: esa cultura esta profundamente

involucrada en la manera como las relaciones sociales de dependencia están estructuradas dentro de una clase, género y otras formaciones; esta cultura es analizada no sólo como una forma de vida, sino también como una forma de producción mediante la cual los grupos dominantes y subordinados luchan para definir y realizar sus aspiraciones, a través de la producción, legitimación y circulación de formas particulares de significado. Con respecto a lo anterior diremos que la importancia política de lo cultural subyace en la creciente dominación que ejerce como modo de existencia en la sociedad semiótica, por lo que para los educadores también tiene una significación especial relativa a los clientes de la escuela, a saber: la esfera cultural es la esfera de los jóvenes. Las industrias de la cultura de la juventud se encuentran dentro de las más ampliamente compenetradas por la Sociedad semiótica y sus formas multimedios; para algunos, incluyendo la secretaría de educación citada anteriormente, este hecho constituye una amenaza para la nación; mientras para otros, ofrece nuevas posibilidades para una política basada en estas formas culturales. Willis, por ejemplo, comenta que la parte de organización y protesta generada por la juventud, ha sido obtenida de “una enorme reserva de pasión informal, energía y apetito sensual para tener acceso al control de materiales simbólicos utilizables, sus medios de producción y reproducción, así como bienes culturales y espacios necesarios para su ejercicio” (Willis, 1990 p. 144). Las protocomunidades que resultan de los contactos fortuitos y seriados de la cultura popular tienen la capacidad para identificar las influencias que dan forma a sus propios poderes particulares y a los de otros, una conciencia de una cultura común como espacio de selección y control. “La posibilidad de conectarse e interconectarse entre sí es la promesa de la política del futuro” (p. 147). Un ejemplo útil consiste en el proyecto que notifica Cohen (1990) quien desarrolló un curso de fotografía como forma de educación social y personal para un grupo de estudiantes dentro de un programa de transición escuela-trabajo. Al buscar una forma de “conocimiento realmente útil”, Cohen y sus colegas escogieron un modelo pedagógico basado en combinar el aprendizaje con el trabajo directo al lado de oficiales experimentados, con las necesarias relaciones sociales 51 5

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de colaborador que tal paradigma hace posible. Este no fue un “aprendizaje en su forma patriarcal tradicional o puramente confinado a las técnicas o artes de la fotografía”, sino mas bien “un proceso más amplio de maestría social y cultural sobre el proceso de representación” (p. 3). Cohen seleccionó una perspectiva de estudio cultural por las conexiones implicadas entre la educación técnica y la educación política. Adicionalmente, al realizar exhibiciones fotográficas sobre la naturaleza del trabajo, el proceso de transición y sus biografías personales, los estudiantes exploraron las tensiones entre la versión oficial y no oficial de la transición y las “gramáticas autobiográficas a través de las cuales estas posiciones se viven y se les da significado” (p. 7). Otro proyecto involucró un grupo de muchachas, en su mayoría negras, que en un curso sobre desarrollo comunitario analizaba como las presiones de la familia, la escuela y el trabajo iban “canalizando” a estas muchachas hacia un trabajo tradicional en el sector servicios. En otro trabajo, el tema de transiciones y género laboral fue desarrollado dentro de un proyecto sobre la situación de las mujeres en ambiente de la música popular. Al trabajar con una banda de música integrada por mujeres que intentaban hacer la transición de un status amateur a uno semiprofesional, las estudiantes analizaron los vínculos entre la práctica cultural y la estructura económica y política. “Las dificultades prácticas resultantes de combinar sus intereses musicales, con la necesidad de ganarse la vida por otros medios, el deseo de hacerla en el mundo de la música sin tener que explotar su feminidad, ideológica o comercialmente, las excitaciones y ansiedades de entrarle a la onda de la orquesta. la construcción de una imágen de grupo, el sudor y el dolor de lograr conjuntar todo lo anterior, fueron algunos de los temas que las muchachas consignaron en su autoretrato colectivo” (Cohen, 1990, p. 9). El proyecto buscó enfocarse en las prácticas culturales que “situaban a los muchachos y muchachas, subliminalmente (y asimétricamente), dentro de varios campos del discurso personal centrado en la cuestión de la juventud” (p. 9). Cohen observó, en este sentido, que las culturas populares formadas alrededor de los reproductores sonoros y de música de alta fidelidad, las computadoras, el video, y la fotografía, ilustran

como las tecnologías pueden ser transformadas por las relaciones sociales que se generan en su uso. Al respecto, el “consumo” en una casa particular, se combina con el discurso público de las formas, estilos y prácticas de los multimedios, aunque también es verdad que “la reproducción ampliada de la imaginería dominante es potencialmente interrumpida por las nuevas facilidades de la cultura del hágalo-ustedmismo” (p. 17). En todo esto se percibe el desarrollo de la habilidad para decodificar los mensajes ideológicos de las industrias de la cultura, a su vez grandes sitios potenciales de empleo de la “nueva” clase trabajadora. La importancia de las características del proyecto consiste en: su interés porque los estudiantes sean capaces de analizar críticamente los mensajes ideológicos presentes en la manera como la transición hacia el trabajo es construida, dentro de la política oficial, las prácticas institucionales y las suposiciones de sentido común de su propio medio; la oportunidad para “representar” el proceso de transición desde su punto de vista y para relacionarlo con una exploración de sus propias y personales biografías; el reconocimiento de que las prácticas culturales son sitios de poder económico y de otras formas de poder -vinculando intereses de género, raza y clase-, y, que la práctica de representación de estas introspecciones involucra, en sí misma, dominar la tecnología de las formas culturales, así como su significación política y económica. El proyecto muestra también como la política cultural pueden ligarse hacia formas de ciudadanía civil, política y social, en las que el estudiante toma en cuenta sus derechos y los aprovecha, a su vez, para maximizar su acceso a los mismos. En la sociedad semiótica, la política cultural se transforma en un elemento necesario de la ciudadanía, para poder interpretar y producir los significados a través de los cuales la experiencia representada se convierte en una dimensión importante de los derechos ciudadanos, además de aquellos derechos personales y de contrato, de participación política y de bienestar. No obstante, esta forma expresa del derecho en la esfera cultural, inevitablemente se conecta con otras esferas y sus formas correspondientes de ciudadanía. Si los derechos de acceso a la expresión cultural han de verse realizados, los derechos civiles, políticos y sociales de la ciudadanía tradicional también son necesarios. A su vez estos no pueden ser aplicados separadamente desde clases particulares de


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organización económica. Tanto el capitalismo corporativo como el socialismo de Estado son demasiado singulares, cerrados y jerárquicos como para estimular tal conjunto de derechos. Para sostener las formas convencionales de la ciudadanía y para llevarlas hacia la esfera cultural, la participación y la distribución del poder en la vida económica deberían ser vistas como hechos paralelos a los derechos convencionales de membresía, con mucha mayor razón que la que permitirían el enfoque tradicional sobre derechos legales y políticas parlamentarias. Mientras que las características de la sociedad posmoderna requerirán una extensión del concepto de ciudadanía dentro de las esferas de la expresión cultural y la producción económica, esta extensión no necesita postular una unidad forzada a nivel más alto. Más bien, lo que se necesita es enfocarse a los derechos de los diversos discursos de la vida cotidiana; la consecución de estos derechos revelará las conexiones entre ellos y la necesidad de su articulación de tal manera que se puedan construir nuevas alianzas y desarrollar sentimientos amplificados de una humanidad común. Una política de este tipo sigue el esquema de articulación analizado por Laclau y Mouffe (1985, p. 165) en el cual la lucha política se vuelve un proceso de “desplazamiento hacia nuevas áreas de la vida social de lo imaginario-igualitario constituido alrededor del discurso liberal democrático”. Una educación ciudadana que promueva esta visión de los derechos ciudadanos no se distraería por los símbolos nacionales de emblema o parlamento, sino que se enfocaría sobre los principios concretos de las prácticas y los derechos de la acción política. No sucumbiría al llamado político autointeresado, que busca lealtad hacia los símbolos de la jerarquía económica o del poder político, ni a los ideales abstractos que, aunque bien intensionados se refieren a una edad de oro que ya pasó. Ambas opciones requerirían que los placeres y estímulos de la sociedad posmoderna sean sacrificados en deferencia a “la historia de alguien más”, un panorama que gran parte de la juventud actual con toda seguridad no va aceptar. Más bien y ya que el poder de la expresión cultural está en gran medida accesible a la juventud y juega un papel importante en su comprensión y la de otros, la incorporación de una economía política de lo cultural dentro del concepto de ciudadanía, permitiría dirigirse con asuntos de importancia para los jóvenes. Podría

además demostrar el valor de las formas convencionales de ciudadanía en materia de derechos civiles, políticos y sociales y la necesidad de extenderlos, en mayor grado hacia el ámbito de la esfera económica. Al hacerlo quedaría ilustrada la significación de la ciudadanía, en una forma crecientemente importante de la experiencia de la posmodernidad.

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Ciudadania, educacion y posmodernidad