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Nadie en Casa

Primera Edición, Julio de 2014 ©Nadie en Casa Alan Rojas Ramírez Alanrramirez@gmail.com Sin_destinatario@hotmail.com Ecos Suicidas Ediciones. Diseño de portada e Ilustraciones Diego Rodríguez ©2014

Se autoriza la reproducción parcialmente o en su totalidad, a condición de indicar explícitamente la fuente y nombre del autor.


Nadie en Casa Alan Rojas RamĂ­rez


Luu encontró a la soledad, hermosa. Comía las hojas que más le apetecían; sin escuchar el sofocante chasquido de las demás orugas. […su mayor deleite…] llorar por el placer de llorar… llorar sin el temor de que alguien le interrumpiera preguntando el motivo.

El Corazón de la Orugas


ÍNDICE ¿De qué miserable tierra vendrías?

7

Entre celos y sados

9

Qué estúpido soy

11

Verde

13

No encontré

15

El gato sin cola

16

Te detesto

19

El amor

20

No pretendo enamorarme de ti

21

Te disfruto

22

Carta

23

Brota de la oscuridad

25

Soledad de araña

26

Ve en mí

29

Encuentro

30

Sueños

33

Cantan cuatro piedras

34

Sueños II

35

Lo pasajero

36


Hola

36

No pensé

38

Sólo duerme

39

Tú que tanto conoces del amor

40

Antes desnudos

42

Señor Juez

43

La mariposa

44

Asesinato

45

Bocetos

47

Nefelé

48

Activista

50

Estoy embarazada

52


¿DE QUÉ MISERABLE TIERRA VENDRÍAS?

Disfruto picarme los ojos, enjabonarlos.

Soy un mar que no derriba barcas, Ni las deja navegar. Encallaste en mi cama. Una noche. Venías de paso y encallaste; como los peces que ven caer el plomo, pero jamás la red. En calidad de nativo dejé sorprenderme por la tierra lejana que guarda tu uña. De dónde eres; quién y cómo. Sonríes. En tu sonrisa encuentro todas las respuestas. Gran error. No se comprende en lo estupefacto; ni bajo el hipnótico brío de los afilados dientes. No hay categoría de belleza en lo extranjero. Se le debe apropiar. Someter. Entonces te doy mi mejor beso. Frunces el ceño. Te vuelcas sobre mí. Aprietas con tus manos los cachetes del cándido. Los besos se tutelan bajo un solo mando. El tuyo. Se somete el boquiabierto. El idiota. El que se deja besar. Yo. El que arroja por el paredón los zapatos. Sí. Yo. El descubierto y conquistado. Sacia tu apetito. Raja de un empellón la almohada. Conviérteme en contracultura. Hurta. Pero no me tires de la cama. No me exilies de mi propia tierra. Se extienden tus brazos; lenguaje soez para tuertos. Se extienden tus brazos porque la marejada sube y tienes miedo; no 7


sea que te empapes de saliva. Me tomas por la espalda. Zarandeas rítmicamente mi desnudo cuerpo y yo… Entro en ti con los ojos cerrados. Parpadeo y descubro que los tuyos permanecen, Abiertos. Entreveo que huyes. Lo dicen tus ojos. No soy tan bueno para hacerlos brillar; y brillan. Se regocijan de haber encallado en la aventura. ¿De qué miserable tierra vendrías? ¿Qué tierra es esa en la que a nadie se le ocurre meter un corazón en los afelpados pechos, una grabadora, un frijol mágico, un sistémico golpeteo? Pasan los días. El barco, rojo y alado, se libera del fango. Sin un rasguño; pese a mis intentos por escaldarlo. Te largas sin problema. Sin brújula. Sin adiós. Sin explicación.

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ENTRE CELOS Y SADOS

DecapitĂŠ su lengua, Ojos,

orejas,

manos

HerĂ­ sus labios. La tengo ciega Y suspirando. La tengo sorda Entre mis brazos.

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QUÉ ESTÚPIDO SOY

¿Cómo romper el broche de tu pantalón? Tendría que tirar a marrazos el cemento edificador del ideal. Borrar el acabado. Dejar tu figura en la simplicidad del boceto. Y aún la ejecución prevé un embate a muerte. Novia de infancia, De manos y besos, A pesar de viejos La misma fragancia. Yace la inocencia En lienzo negro Lo que fue distancia, Maraña de tiempo, Hoy blanca sustancia Que lía nuestros cuerpos. Voy al baño. Empapo mi cara. Pienso en todo lo que hice para traerte al hotel. Querida amiga. Confidente. Regreso. Regreso del baño y el broche se ha roto. Los pantalones en el suelo. Tantos sueños, tanta imaginación… y varar en la realidad. Qué estúpido soy. De acuarela parda, Tiñe tu piel la luna Y el tálamo aduna La tristeza que derrama.

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De acuarela marrón, Tiñe tus labios el sol Y escurre del crisol La baba del corazón. El amanecer hiere el temerario espíritu. Simulamos dormir, fingimos; suspiro encadenado de profundidad. No queremos salir del cobertor y encontrar nuestros rostros desnudos. Qué vergonzoso será revelar la machacada piel sin maquillaje. Finalmente doy el primer paso. Arranco mi cuerpo de la cama. Tomo mis cosas. Entro al baño. Al salir te encuentro a la orilla de la cama. -¡Mira la hora!- Exclamas-. Me van a matar. - Quería invitarte a desayunar pero… -No, no. Será para la próxima.

Todo llanto se termina Del sonoro al murmullo; Aún el eco se fulmina Al desplome del arrullo. Se extienden tus alas Con soez aleteo Y encumbras el vuelo Dejando esperanzas.

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VERDE

No juego con la amistad sin que le preceda la locura. Rabia que amorfa los cuadrados. Porque si los colores tienen sabor, quién soy yo para no quitarte la ropa. Tengo ojos. Cerillos. Jabón. Cigarros. Grisácea piel. Labios. Tengo amor soluble: inanimado, frío y pasajero. Y aunque no hay posesión, estás. Sigilosa. Pensativa. Insoluble. Encallada en la oscura profundidad. Entenderme es un peligro. Si arriba un beso, doy hospitalidad. Si abren la ventana, vuelo. Canto desnudo por el corredor. Maldigo. Amo. Aduno culpas. No correspondo. Si beso, es un beso indefinido. Si quiero - quiero de corrido. Imposible ser de otra forma, Como imposible es ponerle puntos y comas a lo prohibido.

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NO ENCONTRÉ

Hostigado de Neza y sus burdeles Regresé menos borracho y más melancólico, Sin encontrar tu cuerpo en otras mujeres Regresé palmoteando un berrinche afónico. No encontré en aquellos senos, Tus senos pequeños y alegres. No encontré en sus labios secos, Unos labios arraigados y verdes. No encontré en los áridos vientres, Un matorral frondoso como el roble. Juro que no encontré en aquellas pieles, La bolsa traslúcida de un espíritu noble. Encontré el jocoso salivar de las bestias, Espuma rabiosa de lo inagotable. Encontré un olvido bailoteando entre botellas, Y cigarrillos liberando recuerdos en el aire. 15


EL GATO SIN COLA Y en su búsqueda… …Encontré al Gato Sin Cola. Todo en él llamaba la atención: tenía las orejas pequeñas y puntiagudas, de las que sobresalían, como alfileres, tres o cuatro hebras blanquezcas; sus patas largas (anormalmente largas) y su cabeza tan chica como una manzana Royal. Distintos tonos de rosa dotaban de peculiar moteo la triangular y tímida nariz del felino. Bizco. Sin bigote. Con atusado pelaje negro y cuyo tenue jaspeo color perla le daba la gracia de un cándido viejito. -Hola, bonita noche -dije con suma cortesía, evitando que nuestros ojos chocaran. -¿Cómo te llamas? -preguntó sin más. -Lo he olvidado -respondí. -Yo también olvidé mi nombre. Eso pasa cuando morimos. No estás muerto. Yo tampoco estoy muerto. Pero pasa cuando morimos. Observé sus ojos, su estrabismo. Noté, además, que mientras hablaba inclinaba su cabeza treinta y cinco grados. Éste debe estar loco, pensé. -Eh, bueno, querido amigo... -No soy tu amigo -dijo con agresividad-. Si fuésemos amigos, sabríamos nuestros nombres y, desde luego, estaríamos vivos. Tú estás vivo. Yo también estoy vivo. Pero de ser amigos, estaríamos vivos. 16


Decidí no escuchar más y seguir mi camino, pero a sorpresa le vi andar a mi lado. -¿A dónde vas? -Preguntó. -Busco a una persona. Hace tiempo la perdí. -Seguramente será triste encontrarla -aseveró el gato-. Eso pasa cuando perdemos cosas. Una vez perdí mi cola y cuando la encontré ya no era mi cola. Era mi cola, pero ya no mi cola. Así fue como la dejé: porque siendo mi cola, ya no era mi cola. -Si lo que dices es cierto, ¿cómo sabré que la encontré si ya no es quien debo encontrar? Guardó silencio meneando de un lado a otro su nariz, como si olfateara algo desagradable. -Supón que te cortan un brazo y lo esconden entre miles de brazos cortados. Muchos brazos. Brazos por doquier. Con forme se te presenten brazos cortados, los desecharás y pensarás que es imposible encontrar el tuyo. Imposible. Muy imposible. Pero no es imposible. Para nada imposible. Bastaría tenerlo frente a tí para saber que se trata de tu brazo; aunque esté entre miles de brazos cortados. Pero… -…Pero lo encontraré frío y podrido- dije con melancolía. -Sí. Era mi cola, pero ya no mi cola. Entonces el gato dio la vuelta y regresó cabizbajo para ocultarse entre las carbonizadas sombras.

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Pasó por mi mente regresar de igual forma a casa; no soportaba la posibilidad de compartir el infortunio del bizco, amputado y loco gato. Seguramente, como dijo, la encontraría siendo ella, pero ya no ella. Hacía tres años perdida. ¿Cuánto habrá cambiado? Las personas nos rehusamos a cambiar y sin embargo, como si fuera parte de nuestra naturaleza, lo hacemos. Hoy se es uno, mañana otro. Le tenemos tanto miedo a la muerte, y todo el tiempo se muere. El tipo que fuiste ayer, no se le parece en nada al que eres hoy. O será que existe un lente tras la cuenca ocular que se deteriora día a día: vemos algo que mañana no será y, sin embargo, para el mundo lo será siempre. Entonces di la vuelta y fui a ocultarme entre la carbonizada sombra. -Si ya no era tu cola, ya tampoco eras tú -dije. De la espesa cortina ahumada brillaron, como ardiente brazas, dos canicas. -Te equivocas. Sí. Equivocado. Era mi cola, pero ya no mi cola. Ella se perdió. Se perdió, mas yo nunca me perdí. Acaricié con el meñique su mentón. Después. Ah, después regresé a casa. Tan pronto abrí la puerta, y con mucho esmero, emprendí la búsqueda de una persona que había extraviado mucho tiempo atrás.

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TE DETESTO

No te quiero. Mas-aún Y mejor: Te detesto. Te detesto en El infructuoso Día, En la estéril Noche. Te detesto

en

Segundos,

en

Minutos,

en

Pestañeos Fugaces. Que, sin sabor eterno, Es más profundo Que mil quereres Y diez mil amantes.

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EL AMOR

El amor es el sadomasoquista que a fuerza de golpes Hace olvidar tu camino hacia la

muerte.

Por eso duele la pérdida, Porque moriste mil días…

y no te diste cuenta.


NO PRETENDO ENAMORARME DE TI

Las burbujas lengüetean tu frágil cuerpo. Te veo. Mis ojos convertidos en grafito almacenan, veinticuatro por segundo, el movimiento de tus caderas, el desliz de tus manos sobre mi pecho. Dibujan tu boca. Pálida. Fina. Dibujan tus dientes; seguetas desafiladas. Soplé en tu oreja diez latidos de ratón: No pretendo enamorarme de ti. Me apena ser tan viejo e inexperto. No pienso. Escamoteo en tus depiladas piernas, sin permiso, sin invitación. Y tiro con furia intempestiva de tus cabellos, al ritmo del melódico suspiro. Detente. ¿Qué demonios te pasa? ¡Espera! Estoy confundido. Te burlas de mis nervios. No pasa nada. Sí pasa, y pasa mucho. Sabes que es un error. Lo sabías antes de cancelar la visita con tu abuela. Por qué no tiré del freno de mano antes de entrar al motel. Por qué no dije, perdona, soy muy viejo. En esa posición no puedes darte cuenta que el sol se oculta. El teléfono suena. Voy en camino. No queremos salir. Salimos. Salimos de aquel centenario, aún desnudos; adoloridos; flácidos. Nos miramos. En un beso devoramos las últimas migajas con la esperanza de volverme joven o encontrarte vieja.

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TE DISFRUTO Disfruto rasgar con el tenedor tu espalda. Untarte las flemas del cigarro. Impregnar en tus mejillas la esencia del brandy. Hundir los escabrosos colmillos en tu cuello. Aspirar, succionar tu saliva y dejarte seca la boca; para que no hables; para robarte el reproche de no ser como quieres ser; para verte austera en la desértica inmensidad. Bien disfruto, o de igual manera, sujetar, retener, tirar de tu pelo. Tirar de tus calzoncillos. Presionar con mi palma tu cabeza, y que tu cabeza presione mi almohada; asfixiarte en el edredón; escuchar el melódico suspiro que se escapa por los poros del telar. Disfruto desnudarte. Quitarte el rímel con la yema de los dedos, sin la aparente menesterosidad del agua. Sin regadera de baño. Mirar que meterse a la ducha es peligroso, pude caerle agua al reloj y detener el tiempo; abatir vuestro corazón en celo; mallugar la erecta lengua; arrojar nuestro penetrante deseo por el drenaje hasta dejarnos insípidos, pútridamente pulcros. Finalmente disfruto verte partir. Me rompe ir de compras contigo. Me rompe la hipocresía de querernos con ropa. Pero lo que más me rompe, es caminar juntitos bajo el sol: ¿Qué sabe el sol de la oscuridad? Sin necesidad, sin obsesión, te disfruto. Sin presiones. Hace bastante tiempo que aprendí a vivir sin saludos y despedidas, en el llanto amargo de la soledad.

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CARTA Querida fotógrafa: Nada sé de tu vuelo. Un día exigiste que fuese más cursi y amoroso, Menos frío y distante: “No vivir contigo, Sólo hacerme presente en cada bostezo, En la sinrazón del sueño y el instante”. A respuesta di un correr sin mirar atrás; Un susurrar a otros odios (y otras bocas) Lo bello que es la libertad. Por desgracia te conocí en el exilio de un cualquier-gran-amor; en la esperanza del regreso que no regresó; en el polvo; en la melancolía. Te conocí en la ceguera. Al abrir los ojos, Ya no estabas. Hoy busco una mujer Más cursi y amorosa Menos fría y menos distante. Con presencia en los faquires bostezos, En la hambruna de besos, sueños e instantes… Un indicio microscópico para poder encontrarte. 23


BROTA DE LA OSCURIDAD

Brota de la oscuridad Ajo de beata mujer, Que apesta de cultedad Lo más puro de mi ser. Brota de la oscuridad Amarga voz de soledad, Que hace callar y matar Todo intento de amar. Brota de la oscuridad Un llanto de alegría, Carente de armonía Y Carente de bondad. Brota de la oscuridad Mano afable y fina Que con lonja necedad, Mis impulsos asesina.

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SOLEDAD DE ARAÑA

Aquella noche no pensé en otro lugar que mi friolenta jaula. Atrapado como la letra que corta los sosos palíndromos, gocé la estancia. Poco, muy poco después, la capicúa secuencia de ladrillos hizo sopapos en la memoria: 18781. Estaba enojado con el desenvolvimiento de la vida; triste conmigo mismo. Ahí aguardé. Justo debajo de la apolillada y esquinada mesa. Mis quejidos atrajeron a una pequeña musaraña, la cuál preguntó por mi sollozo. -Nada –contesté-. Es la soledad que no deja dormir. Sus ocho patas escalaron por mis piernas hasta posarse en la palma izquierda de mi mano. Sus ocho ojos, todos negros y todos saltones, se clavaron en mis pupilas. Entonces besó varias veces los desgastados pliegues de mi piel y dijo:

“No hay soledad para los abandonados”.

-No entiendo lo que dices. -Mira –contestó- claro que no tienes amigos. Claro que se fue la novia con el primer tipo que tuvo el valor de llevársela. Y la familia hace su vida; y el teléfono no es teléfono; y la ropa es la misma todos los días. Claro -desde luego-, hombre. Pero no 26


se te ocurra decir que “la soledad no te deja dormir”; que tu infame boca se marchite, se pudra si desprestigias con borrosa voz de chinche a la soledad. Tú estás abandonado. -Fijarte bien –continuó-. Si cae una mosca en mi telaraña, coexistimos; íntimamente. Pero si logra escapar de mi red, no estoy en soledad, sino abandono. Besé con sublime pausa una de sus patas, para dejarla de nuevo en el suelo. Mientras se iba, y mientras salía de mi palíndroma y afufa jaula, gritó:

“La soledad es una elección, jamás un regalo”.

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.


VE EN MÍ

Ve en mí a un mojigato, Zafio, amante, dócil perro Ve a un hacedor de secretos De mentiras y estériles cuentos. Ve al libertinaje inoportuno (Lerda fugacidad de un noctambulismo desnudo). Ve eso y no otra cosa.

Puedo ser lo que quieras, pero no más. Mi luctuosa e incomprensible tierra Es luctuosa y árida incomprensibilidad Mi estático tiempo no se contempla a sí mismo en la esperanza. Prefiero ser amante, A ser el zonzo amado. Ser dócil perro, A las cadenas y caricias agolpadas en tu mano.

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ENCUENTRO La fiesta termina. Unos se van. Otros se quedan. No dormiré en el sillón, amenazo. Nada de eso, duerme conmigo. Añades que confías en que nada malo te haré. Pienso que es una provocación. Un reto que estoy dispuesto a tomar. Tu cuarto. Pequeño. Confortable. Sin puerta. Sótano paradisiaco. Sosiega mi sombra. Junto a la almohada, una ventana. Limpia. Hay en la repisa decenas de pinturas. Hojas. Libros. Caos. Un cerro de ropa al fondo amenaza con desbordarse en la popa de la cama. Caos. Sales del cuarto. Argumentas que no puedes dormir con mezclilla. Cubierto por empalidecidos ladrillos, arenosos. Cubierto por un grisáceo y poroso techo: husmeo. Fotos. La repisa sujeta el gran espejo que da duplicidad a la habitación. Veo mis ojos. Rojos. Tomo un condón. Un último sorbo a la cerveza. Recuesto mi ser. Ahí estás. Entras con tu pijama. Blanca. Entras con tu ipad en la mano. Explicas que en ciertos puntos, por ejemplo en la esquina izquierda de tu ventana, cuentas con Internet. Sonríes. Platicamos de lo poco que te gusta dormir aquí. Comentas, además, que nunca alguien ajeno a la familia ha dormido en tu cama y, desde luego, se debe mantener el secreto. No hay más palabras. Lo dijiste todo. Todo queda entendido. Estiras el brazo. Apagas la luz. Recubres tu rostro con las cobijas. Disimulamos dormir. Segundo a segundo vamos encontrando nuestros labios. Nos besamos. Sabes a limón, señalas riendo. Entonces hago lo de siempre. Corro de un 30


tirón una cadena de beso-lengua-mordisco en tu cuello. Detengo mi boca en el lóbulo de tu oreja. Brinco a la comisura de tu nuca. Soplo. Tenuemente. Te beso. Me besas. Repito la operación para bajar a tu pecho. Desnúdame. Lo hago con silenciosa fuerza. Lo hago sin dejar de exhalar en las frescas huella del impúdico mordisco. Llego a tu sexo. Introduzco mi lengua lo más que puedo y rasgo con fiereza cada que salgo. No salivo. Quiero permanecer aquí. Utilizo mis dientes en los costados y mi nariz en tu clítoris. Sin señal de aviso, penetro con mis dedos. Comienzo con el meñique. Sale. Entra el anular. Sale. Empapo cada dedo. Beso tus muslos, rodillas. Beso todo lo que se me ponga en frente. De un momento a otro, los rostros se encuentran. Chocan. Guerrean nuestras descarnadas pupilas. Estremecen. En segundos observo tu semblante. Incrédula de lo que acontece. Arriba se escuchan pasos. Alguien no puede dormir. Miras el techo intentando descifrar los ruidos. No puedo detenerme. En un arrebato salgo de la cama. Recuesto tu vientre en la cama. Sujeto tu pelo. Continúo. Contemplo tu fina y morena espalda; tu delgado y bien formado cuerpo. Pero sobretodo, al detenerme, contemplo tus ganas de seguir. ¿Hacemos bien? ¿No cambiará nuestra amistad para siempre? ¿Importa? Jalo con saña tu cabello. Tu rostro se pierde en la inmensidad de la ventana. Volteo. El espejo. Ahí sigue el espejo. Tú y yo jodiendonos la vida. Trepas con brusquedad sobre mi torso. Te balanceas con delicadeza. Con fiereza. Despotricada. No puedo ver tus ojos. Un trozo de moral lo impide. Preguntas si lento o rápido. 31


Sorpréndeme. Entorpeces tus movimientos con pequeñas convulsiones. No grito. Siento irme. No creo soportar más. Apoyas tus puños sobre mis hombros y bailoteas. Brincas. Zigzagueas. Estallo. Dejo caer el cuerpo al abismo. Tú, continúas. No te detienes. Continúas hasta ya no poder más.


SUEÑOS De vez en vez sueño contigo, otras me despierto. Ayer, por ejemplo, soñé que eras una glosa encapullada, de cuyo revestimiento florece: “La montaña sucumbe al perder una de sus piedras”. Antier, por decir otro ejemplo, te soñé pámpano de grises hojas; flauta ensalivada. Un Amazonas. Desconocida para el mundo; no por inexplorable, sino a consecuencia de la intrínseca teosofía de tu vientre por alcanzar el autodesarrollo en soledad. Hoy, por decir un tercero, te soñé con mil patanes que profesan amarte. Se estampan en montón, zafios, ilusos en blanco lienzo. Y éramos astros; yunteros cósmicos que labran sobre la estratósfera. De vez en vez sueño contigo, otras me despierto. Ayer, por ejemplo, desperté en tu muerte y salir a caminar.

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CANTAN CUATRO PIEDRAS Cantan cuatro piedras Bajo ardiente sol, Cantan muy contentas La muerte del amor: “La espada tajó Él yermo impulso; Ella no lo buscó, Él siguió su curso”. Cantan cuatro piedras Tullidas de fulgor, Cantan con tristeza La muerte del amor: “Tiraron recuerdos Cartas, besos, tiempo; Ella muere en versos, Él en humo seco. Cantan cuatro piedras Con nauseabundo agror Cantan muy rumberas La muerte del amor: “Poca vida les bastó Para colmar la copa; El nosotros se cribó, Cuál derrame de mil hojas”.

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SUEÑOS II

Que sueñe contigo no significa que te extrañe, Significa que no te quiero extrañar. Porque si la muerte habita en la nostalgia, Y de ello no cabe duda, No hay asesino que sueñe Ni labios tan grandes para olvidar.

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LO PASAJERO

Si quieres un espasmo de tranquilidad Quítate un

o

jo

Y las puertas Y las ventanas de tu cuerpo. Sé mentira y fraude; Sé amor pasajero. Si has decidido morir a su lado, Por qué no vivir un poquito entre mis brazos.


HOLA

En el amor, la historia la escribe el perdedor. -Eres tan egoísta- dije. -¿Qué quieres? -Nada, no quiero nada. -Adiós. Colgué sin despedirme y jamás volví a llamar. No fuiste la última, Pero sí la primera. Mentiría al decir que sueño contigo. No. Sueño con insectos; con el trabajo; con otra chica. Ya no contigo. La verdad… …Me importa una madre que fue de tí. ¿Por qué habría de importarme? Qué te den por culo mil cabrones; Si devoré cuatro años, qué me impide tragar otros cien. Si nunca dije adiós Cómo putas pretenden que diga Hola.

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NO PENSÉ

Jamás pensé en la necesidad de enamorarte. A penas tenía esmero en ir a la tienda por cervezas para postergar la absurda peña, roja y fugaz; como hierba seca entre los dedos. Eso fue lo que te alejó: no mi crápula actitud por la vida, no el papanatas de tu novio, no la distancia, sino la nula estrategia por enamorarte. Un día te fuiste en el sin sentido e insípido sorbo de lo pasajero. No pensé en la necesidad de enamorarte, sólo me enamoré. No pensé en tapiar las puertas y ventanas. No pensé en tomar un cuchillo y desgajar nuestras piernas, y desgajar nuestros ojos. No pensé. No. De pensarlo, mirar qué hermoso: Tirados en el suelo, con torpe aleteo, nos habríamos buscado eternamente en la oscuridad…

Como dos enamorados.

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SÓLO DUERME

¿Será que necesito amplificar el ruido de mi respiración para entumecer, sobajar hasta desaparecer la bravura de tu latido? -No querido, sólo duerme. ¿Será que necesito fugarme en la espesura del acuoso tejido, hebras finas de olvido, para no indigestarme, para engullir otros besos y otra carne? -No querido, sólo duerme. ¿Será, vida mía, que necesito aprender otros nombres y beber otros corazones, para entender tu lenguaje, tu ambiente, para volverme secuaz de la disoluta noche? -No querido, sólo duerme. Entonces, si no hay necesidad, por qué te necesito; por qué la ansiedad. Por qué negarlo todo, si he de dormir en un claroscuro de nada.

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TÚ QUE TANTO CONOCES DEL AMOR.

Tú que tanto conoces del amor, enséñame con insectos la maravilla de amar. Dime que la libélula jamás aplastará ni hundirá los sueños del hombre. Que las abejas mueren por la vida; y que los cien pies no montan a caballo. Dime que la sinceridad es traslúcida como los intestinos del gusano, o el aleteo de la mariposa. Háblame del parpadeante brillo de las luciérnagas, y de las catarinas que ven todas verdes y todas azules las mañanas. Y que la oruga le dijo al pájaro antes de ser devorada: “Llévame en tu pico a conocer las nubes. El miedo me amarga. La complicidad me vuelve dulce”. Tú que tanto conoces del amor, enséñame con derrotas la tristeza de amar. Dibuja la indiferencia entre ladrillos. Dime que jugaban y bebían al pie de la muerte de un Dios. Háblame del suicidio, del homicidio, de la enfermedad melancólica de Marsilio Ficino. De la yuxtaposición de la infidelidad con el noperdonar; del odio y lo podrido; del adiós con la soledad. Háblame del hurto, de la esperanza a ras de suelo; de la ideal consumado en el crimen pasional. Y que el vagabundo con vozarrón escupe al aire: “Si el amor se descuida, le asesina el olvido; sé de árboles que alejando aves, vivieron cien años podridos”. 40


Tú que tanto conoces del amor, enséñame con sonrisas la alegría de amar. Dime que los niños surcan ríos sobre papalotes metálicos. Háblame de las mentiras, de la hipocresía y de las rosas degolladas. Dime que dos hacen uno y que ese uno agolpa esperanzas. Murmura secretos en mi oído, hasta que las mórbidas cosquillas zangoloteen mi cuerpo. Dime que un médico, antes de liberar el carnet, dijo: “La humanidad corre bajo la lluvia, saltando de charco en charco sin miedo a enfermarse pero enfermándose siempre”. Tú que tanto conoces del amor, enséñame con locura la pasión de amar. Dime que los quijotes se volvieron jardineros, los peones reinas y las reinas caballeros. Háblame de la metamorfosis. Del cáncer en los hospitales. Hazme entender que existe la propiedad privada. Dime que los cerdos vuelan sin cabeza como fugaces estrellas. Y que el anciano repite en cada reunión familiar: “A veces cubro mi rostro con la sábana y pienso que estoy muerto. Entonces duermo. Entonces despierto y veo que tengo otra oportunidad”.

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ANTES DESNUDOS Desnudos antes del primer beso (Mucho antes desnudos). Desnudos en el sillón de tu amiga. En el carro. En la cabaña. Desnudos en el baño. En el hotel. En la chimenea. Desnudos en el suelo; en el agua; en el aire. Desnudos en la calle. En cumpleaños. Desnudos antes del segundo beso. (Mucho antes desnudos). Desnudos en la friolenta habitación. En el calor. En la cama. Desnudos en otras camas. En la cocina, cenando. Desnudos al desayuno. Desnudos bailando. Desnudos frente al espejo, frente a la pared. Desnudos en la silla, en la sala. Desnudos, Antes del tercer beso. Desnudos, Mucho antes de acordar No volver a desnudarnos más. 42


SEÑOR JUEZ

Deje ver si entiendo. Le robaron sus recuerdos. Sí. Y viene a poner una denuncia en contra del o la responsable. Sí, así es. ¿Pretende que haga justicia ante tal crimen? Sí, a menos que robar se permita. Y, diga con sinceridad, qué sentencia o castigo sugiere. Pena de muerte. ¿Está loco? Los recuerdos no se pueden robar. No se pueden robar, señor. Salga. Salga inmediatamente o lo encierro. ¡Bajo qué cargo! Hacerle perder su tiempo a un funcionario. ¿Se puede hacer perder el tiempo? Claro, ahora mismo lo hizo. Pues listo, antes de que esa persona robara mis recuerdos, hizo –con sublime astuciaperder mi tiempo, el brío de la finita pluma, mis noches creativas; agregue, Juez, el abuso de la confianza y la cosificación de mi persona… pero sobre todo: el uso indebido de mi dignidad.

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LA MARIPOSA

Nací no muy lejos de aquí. Habrán de hacerse poco menos de tres días a paso lento y un día a trote de caballo. Tanto aquí, como allá, el sol es muy igual y la luna es muy igual. Todas las mañanas, salvo fines de semana, contemplo a las queridas hormigas; cuya colonia se encuentra debajo del limonero, al noroeste del jardín. A veces, cuando el sol cae a plomo, busco en la casa una sombrilla y cubro su pequeña ciudad; lo mismo al llover. Poco salgo de la casa y del jardín; siento que soy más útil dentro que fuera; además detesto la poca armonía en olores y colores. Miento, eso no es lo que me hace permanecer en mi hogar, aún el hedor de la rata muerta es soportable sino fuese por la maraña de gusanos que se contraen y retuercen dentro de ella; hombres, simples hombres. Bueno. Un día, será ayer, un martes dieciocho de junio, una vieja mariposa se recostó a un costado del hormiguero. El rechinido de su aleteo evidenciaba su muerte. Con el tórax lleno de pátina y un gran nudo entre el fémur y la tibia, tétrica y luctuosa vestimenta, la pobre agonizaba. Las hormigas se abalanzaron sobre la mariposa. -¡Paren! ¡Paren! -Grité-. Esperen a que muera. -Puede que recupere fuerzas y se vaya -contestó una, y repitieron con coro las otras. 44


-Por favor –repliqué- les traeré suficiente comida. Corrí a la cocina y tomé un puño de azúcar, una manzana y un trozo de pan. Al regresar vi engullir por el profundo hoyo las moteadas alas de la mariposa. -¿Por qué no esperaron? -Dije con lágrimas en los ojos. -Tranquilo, buen hombre -respondió la hormiga-. Esperaremos a que muera, como tú lo pediste. Ahí estaba la vieja mariposa, despojada de sus alas. Tiré al suelo mi pesado cuerpo y -con pequeños soplos- acaricié sus antenas, su probóscide y su desnudo lomo. -Me siento feliz- dijo con dificultad. Le pregunté, a modo de acrecentar su lucha contra la muerte, el motivo de su felicidad. -Sé que moriré. Ah, pero mi felicidad no es una expectativa por la muerte. Tampoco la despreocupación por las tijeras afiladas de las aves, o las pícaras resorteras de los niños; ni los gatos, ni los perros, ni las agujas del hombre. No me hace feliz la muerte. Mi felicidad es este preciso y único momento… en el que muero. Miró el limonero. Cerró los ojos. Aquel dieciocho de junio no saqué la sombrilla. Pasé toda tarde, con mirada perdida el limonero, analizando cada palabra, cada gesto de la mariposa, sin entender nada. Al par, mis queridas hormigas desgajaban un tórax lleno de pátina. 45


ASESINATO

Qué difícil es planear un asesinato. El lugar. La hora. El cuchillo. Sobre todo el cuchillo. ¿Por qué no eliges ése? No. Ése tiene mucho filo. ¿No es mejor? Claro que no. Sin filo, pero con quisquillosa punta: que entre, se atore y exija presionar… si no me exige, no tiene caso. Entonces dejó que escogiera el ecuánime cuchillo y fue al patio a dormitar su anticipada muerte.


BOCETOS I La palabra escrita Es el baile de millones de puntos Encadenados por la música De un solo puño. II No muerdas sin apetito, Ni besar lo insípido.

III Entre más intento comprender al amor, Más solitario despierto.

IV ¿Por qué me das olvido Teniendo tanto espacio En la memoria?

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NEFELÉ

1. Todos los Dioses se volvieron Uno, 2. Y el Uno dio a la multitud su palabra luminosa. 3. El Uno dijo: 4. Un amor desnudo, sin abrigo, tiende a enfermarse. 5.

Ir y vestirlo mentiras.

6. La muchedumbre asentó con la cabeza 7. Y extendió sus palmas al Uno. 8. Mas la virgen Nefelé no extendió sus palmas. 9. El Uno miró a Nefelé y dijo: 9. Ay, pobre de los necios que buscan desmaquillar al amor, 10.

Gatearán a ciegas alimentándose de aire.

11. Entonces Nefelé tomó un puñado de tierra y dijo: 12.

Yo soy el amor. No necesito ver

13.

ni gatear para encontrarme.

14. El Uno se partió en Dos y, el Dos dijo: 15.

Atarse con fiereza los unos con los otros,

16.

la soledad no rezará ni aliviará su agonía.

17. La muchedumbre empalmó con violencia sus manos. 48


18. Excepto la virgen Nefelé. 19. El Dos se dividió en Tres, y el Tres dijo: 20.

Ay, pobre del testarudo quien al caer

21.

No tendrá otros oídos que le escuchen

22.

Ni otras manos que le ayuden a levantar.

23. La virgen sopló con fuerza al cielo y replicó: 24.

Yo soy la soledad,

25.

quien se ayuda a sí misma aún en la oscuridad.

26. El Tres, colérico, se dividió en Cuatro y el Cuatro dijo: 27.

Maldigo tu amor y tu soledad

28.

Si no necesitas a nadie, nadie te necesitará.

29. Entonces la multitud le dio la espalda 30. Y no se volvió a saber de Nefelé, nunca más. 31. EA, pues, aquí, el nacimiento de la sociedad 32. Y el destierro de la soledad.

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ACTIVISTA

Todo en tí es un gesto de rebeldía, Una mueca de inconformidad. Te precede la locura y el más humilde de los amores; El de los avasallados. Mujer combativa.

Insaciable.

Mujer utópica

Incorruptible.

Mujer que zurce corazones Con el hilo infinito de sus venas. A resumidas cuentas: La desinteresada de su muerte, Que vive muertes ajenas.


ESTOY EMBARAZADA

-¿Quieres que te diga un secreto? -No estoy seguro- respondí sonriente. Mi cabeza holgaba en la sudorosa almohada que había servido minutos antes para levantar su vientre. Los pies descubiertos. La boca seca. Escuálida. Poco importaba lo que dijese. Siempre lo mismo: su estúpido novio, innovando nuevas estupideces. -Estoy embarazada. -¿Estás segura? ¿Desde cuándo lo sabes? -¡No! -Dijo con enfado-. Lo que en verdad deseas saber es si se trata de tu hijo. Guardé silencio. Estiré la mano para tomar un cigarrillo. Lo prendí. -Es tu hijo- continuó-. Bueno, quiero que sea tu hijo. El humo, que inundaba el cuarto, hacía tangibles sus palabras; les daba forma. “Es” “tu” “hijo” “bueno” “quiero” “que” “sea” “tu” “hijo”. Su morfología era extraña. Óvalos flotantes. Centriolos. Grietas perfectas en una espesa cortina de helio cósmico. Palabras. Acaricié su pecho y cuello. Delicado. Delicadamente. Ella durmió. Durmió como quien azota después de babear el último grumo de cerveza.

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Salí con sigilo de la cama para fumar. Me instalé en la cocina; en la ventana que daba a la calle. No dejaba de pensar en aquel secreto, que en realidad no era un secreto sino una anticipada noticia pública; y digo pública porque estaba claro que ella se vislumbraba como madre. ¿Quiero que sea tu hijo? Ni siquiera sabía sus apellidos, ni el tiempo que llevaba con su novio. Ah, su novio, ese pelafustán que seguro no sabe absolutamente nada de la planificación. No puede verme como padre. Seguro enloqueció con la noticia y la pobre no se imagina con ese imbécil comprando los pañales adecuados. Sí, eso debe ser. Sólo se trata de un estado de insanía. Con los días sabrá que soy peor que su novio; que mi forma de beber, de fumar, de no comer, es un claro síntoma de enfermedad. ¿Qué podría ofrecerle? Desde la ventana se puede ver, debajo de los faroles, el zonzo vuelo de los mosquitos. De niño les tenía miedo. Cualquier insecto se esconde al verte, mas los mosquitos te buscan, se estampan con ferocidad en la piel para succionar tu sangre.

La casa es fría. Solía ser cálida.

Regreso a la cama con el mismo cuidado con el que salí. Miro su boca. Es hermosa. ¿Cómo cayó en esta cama? Claro. Fue en una fiesta. Casi siempre es en una fiesta. No podría ser un buen padre, pero seguro un buen esposo. Despertar enamorado y preparar el desayuno; pedir que no vaya al trabajo. -¿No puedes dormir?- Refunfuña tallando sus ojos. 53


-Bueno- respondo-. Tu secreto es muy difícil de digerir. -¿Tienes miedo? -No, nada de eso. Pensaba en que serás una madre muy linda. -Tonto- sonríe tímidamente-. Se fue el sueño. -¿Cómo se puede ir?- Hago cosquillas en su axila-. ¡Hay que hacer algo para que regrese! -¡Ya! Tú y sólo tú tienes la culpa. -¿Yo? Pero si no hago ruido. -Tienes la culpa porque no duermes. Anda, arrúllame. -Había una vez una oruga. Era la oruga más gorda que… -No, no- interrumpió-. Siempre son de orugas. -Sobre qué te gustaría. -Sobre aves, la aves más hermosas del mundo. Tomé unos minutos para amoldar algún cuento a sus exigencias. Las Parpas llegaron con efusivo zangoloteo a la casa de la sabia serpiente. -¿Qué son las Parpas? -Son las aves más hermosas del mundo. Vivían en Markastán; a unas cinco cuadras de aquí. Los hombres las llamaban Cola Dorada, ya que en la punta de su trasero se ostenta una her-

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mosa pluma que brillaba como mil soles. Pero no debes desconcentrarme. Las Parpas, como te decía, fueron a visitar a la sabia serpiente. Muchos fueron los picotazos que dejaron en su puerta antes de ser invitadas a pasar. -Queridas aves, joyas de mis árboles- dijo la serpiente-. ¿Qué las tiene tan agitadas? Pasen, pasen. ¿Qué puede hacer esta vieja serpiente por ustedes? -Oportuno consejo- dijo una. -El cazador no deja de darnos muerte -dijo otra-. De no hacer nada, sólo viviremos en tu memoria. La serpiente las miró detenidamente y deliberó: “El hombre las caza, porque ve en su plumaje la belleza que no puede crear, sólo robar. Con este atroz robo se alimenta. Nada, queridas mías, pueden hacer”. Sin pronunciar otra palabra, las Parpas se fueron. Y pasó mucho tiempo para que regresaran con la misma agitación. -Pasen amigas Parpas -dijo la serpiente-. Veo que se quitaron las plumas. -Sí -dijo una- con nuestros picos arrancamos las plumas que tanto ambiciona el cazador. -Y aunque ya no volábamos –dijo la otra- floreció nuestra especie.

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-Veo con tristeza sus cuerpos -la voz de la serpiente era tenue, como el llanto de un ratón-. Lo sé, el cazador ha vuelto a dispararles y ahora les da muerte con mayor facilidad. -Es cierto- dijo una. -Muy cierto- dijo la otra-. ¿Qué podemos hacer? La serpiente bajó la cabeza y dijo: “Nada. El hombre aprendió que su carne calma su apetito y que sus huesos son gratos a sus fieras. Digan adiós a sus tierras y jamás regresen”. Entonces las Parpas salieron una atrás de la otra. Y será que regresaron a Markastán, o que huyeron tan lejos, que la sabia serpiente no les volvió a ver jamás… bueno… fin. -Pobres Parpas, pobres -dijo con tristeza–. El dolor que fue quitarse cada pluma. -Más triste sería dejarse matar. Quedó pensativa, mirando las grietas del techo. Yo, por el contrario, dejé que naufragaran mis pupilas en su pecho. De la corporeidad de las mujeres lo que menos tiene mi atención, son sus senos; si son pequeños, grandes, en gota o como toronjas, me da igual. -Podrías contar otro, pero que en esta ocasión gane el débil. Quiero decirle que la palabra débil te hace débil, pero, claro, sólo se trata de imaginar. Prendí un cigarrillo y entre humo dibujé el después… …Después de mucho corretear a la liebre, el zorro la dejó escapar. 56


Creo que envejecí, gritó el zorro, uf, ya no soy el mismo de antes. No, querido zorro, contestó mientras se alejaba la liebre, sucede que tengo ganas de vivir… y ya, fin. -Tu cuento apesta. -No es un cuento -respondo sonriente- es un apólogo. -¿Apólogo? -No, no puede ser un apólogo, mas bien una fábula. Mira que tienes razón, podría ser un cuento corto. Miré el reloj, las tres y cuarto de la madrugada. Coloqué cariñosamente mi brazo en ángulo recto sobre ella, cubriendo su pecho al tiempo que mi mano se adhería a su mejilla. Entonces pedí que durmiese. Negó con la cabeza, argumentando que no podía y que era mi culpa despertarla. -Vamos, cuéntame otro cuento- refunfuñó. Bajé mi mano hasta sus muslos. Realicé un par de piruetas con mi dedo anular e índice y -sorprendiéndola con astucia- la penetré. Al principio puso resistencia. Mas poco a poco cayó ante la técnica de persignar; es decir, enganchar un dedo, otro recto y un tercero, el pulgar, libre para frotar su clítoris. No sé si alguien conoce esa maña; y no quiero adjudicármela. La descubrí con una marxista radical, en la sala de sus padres. Antes de ese día, he de comentar, me bastaba un dedo y, además, lo veía correcto; tenía el pensamiento de ofender al introducir más de uno. 57


Aquella muchachita, fanática del bloque de los no alineados y de Rilke y Cortazar, fue la segunda mujer con quien tuve intenciones de casarme. ¿Dónde se esfumaron esas intenciones? ¿Por qué ahora me cuesta trabajo verme en familia? La primera vez que pensé en tener hijos y casa, fue con la abogada, la chaparrita, la apiñonada de gran trasero, la de cinco años cinco meses... bah. ¿Por qué terminamos? No tiene caso. Seis meses antes de la boda, se perdió. Jamás volví a saber de ella. Mi mujer. El amor de mi vida. Se perdió. Lo que hubiese dado por escucharla decir: quiero que sea tu hijo. Después la marxista, una compañera del último semestre de la licenciatura en el colegio de filosofía. Fotógrafa. Nunca platicamos de un matrimonio, ni de vivir juntos, sin embargo algo en el fondo me decía que era la indicada. Un día, reclamando mi poco interés, dijo: “No encontrarás otra mujer tan cabrona como yo”. Aquella maldición sigue causando tormento en mis solitarias noches. -No te pongas el condón -dijo mientras besaba mi oído. Bajé mi lengua hasta su sexo y, mientras le daba caricias e intentando que no se diera cuenta, coloqué de un tajo el preservativo. -Cuéntame ahora un cuento. -No puedo concentrarme -respondo-. Es imposible. -Anda… anda… intenta… inténtalo. Sujeto con mi mano izquierda su pelo, mientras que la derecha se inmiscuye debajo de su estomago para levantarla. 58


Esa posición, simplona, produce en mí una fuerte excitación. Saber que las puedes observar mientras se permanece en el anonimato. -Vamos… inténtalo. -No. No quiero. Salgo de un tirón de su cuerpo. Aún excitado. Prendo un cigarro. Observo su desconcierto. -No soy quien crees que soy –mi voz es áspera, agria-. No puedo ser el padre de tu hijo, por ese motivo. No hables. Deja que terminar. Yo tampoco sé quien eres tú. -¿Y no podríamos descubrirlo juntos? -Sí. Entonces o nos enamoramos, o nos desencantamos. Pero ¿quieres enamorarte? ¿Quieres desencantarte? Estás dispuesta a jugarte la vida. Yo lo estoy. No tengo nada por perder y mucho por ganar. Nos miramos un instante, en el blanquezco silencio. -¿Por qué tienes miedo?- pregunta. -No es miedo. No pasa de verte regresar a tu casa o, si fuese el caso, paguemos un abogado. -ja ja ja –carcajea simplonamente-. En verdad crees que estoy embarazada. Pues no. Era broma. Tonto. Ya regresó el sueño. Mejor hay que dormir.

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Nadie en casa alan rojas ramírez  

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