Antologíade
![]()
Primeraedición,2024
Edición:DianaG.Treviño
©LuisD.Torrecillas
©DianaG.Treviño
©EdicionesManchadetinta,2024
Paseodeloscerezos,15. 28027 NuevoLeón
ISBN:978-84-936308-8-1
PrintedinMexico
¡Qué es una microficción?, ¿Porqué ficción y no relato o cuento? Estas preguntas han interesado a los teóricos de habla hispana en los últimos años. Para responderlas quizá debamos recurrir a uno de los mayores genios de la literatura. En Romeo y Julita Shakespeare afirma “eso que llamamos rosa, lo mismo perfumaría con otra designación” de este modo, quizá lo correcto no sea fijarse en el nombre que se le da a las cosas, si no ir más allá de las designaciones arbitrarias y pensar en la esencia de los textos.
Los términos microrelato y microcuento limitan demasiado las posibilidades del género. Las microficciones no necesariamente son cuentos, como las 83 novelas de Alberto Chimal, pero yendo más allá, las microficciones no tienen por que ser parte del género narrativo, un poema también puede ser una microficción. Este género literario no se encasilla en uno solo de los cuatro géneros, experimenta y evoluciona y es ahí donde radica gran parte de su belleza.
Los autores de microficciones no tienen que saber que están escribiendo microficciones para redactar una, tal vez ni siquiera tienen que saber que dicho género existe y los historiadores de la literatura tengan que mirar más atrás en el tiempo para rastrear sus orígenes.
La presente selección, pese a la arbitrariedad del gusto
de quienes la elaboraron, pretende ofrecerle al lector una selección variada de microficciones escritas por el gran escritor argentino Julio Cortázar. En los textos que aquí se recopilan el autor hace uso de diversas técnicas y estilos propios de la economía de las palabras para deslumbrar y fascinar a los lectores. A estos escritos no les falta ni sobra una palabra, tiene solo las necesarias para abrir en la mente de quien las lee un mal de posibilidades. Después de cada uno de estos textos quedan dudas, posibilidades y suposiciones, abren nuevos universos que permiten la ideación de eventos y escenarios detonados por las palabras ahí narradas.
Un señor toma el tranvía después de comprar el diario y ponérselo bajo el brazo. Media hora más tarde desciende con el mismo diario bajo el mismo brazo. Pero ya no es el mismo diario, ahora es un montón de hojas impresas que el señor abandona en un banco de plaza. Apenas queda solo en el banco, el montón de hojas impresas se convierte otra vez en un diario, hasta que un muchacho lo ve, lo lee y lo deja convertido en un montón de hojas impresas. Apenas queda solo en el banco, el montón de hojas impresas se convierte otra vez en un diario, hasta que una anciana lo encuentra, lo lee y lo deja convertido en un montón de hojas impresas. Luego se lo lleva a su casa y en el camino lo usa para empaquetar medio kilo de acelgas, que es para lo que sirven los diarios después de estas excitantes metamorfosis.
*Nota del compilador
¿Qué es un diario? esencialmente, un conjunto de hojas bien organizadas con una función comunicativa primordial: informar al lector de los acontecimientos actuales. Sin el lector el diario no es nada, si no cumple su labor, entonces no es más que un conjunto de hojas repletas de impresiones. En este texto el autor juega con la mutabilidad del periódico, que solo no es antes y durante su lectura, pues una vez cumplida la misión de informar, pierde toda identidad, sin embargo, cada nuevo lector se la regresa.
Así, los diarios tienen una tripe metamorfosis, pues pasan de ser un diario a ser unas simples hojas y, finalmente, cuando las noticias que contiene ya no son una novedad e incluso como diario pierde su relevancia, se convierte en un objeto perfecto para empaquetar.
A un señor se le caen al suelo los anteojos, que hacen un ruido terrible al chocar con las baldosas. El señor se agacha afligidísimo porque los cristales de anteojos cuestan muy caro, pero descubre con asombro que por milagro no se le han roto. Ahora este señor se siente profundamente agradecido y comprende que lo ocurrido vale por una advertencia amistosa, de modo que se encamina a una casa de óptica y adquiere en seguida un estuche de cuero almohadillado doble protección, a fin de curarse en salud. Una hora más tarde se le cae el estuche, y al agacharse sin mayor inquietud descubre que los anteojos se han hecho polvo. A este señor le lleva un rato comprender que los designios de la Providencia son inescrutables y que en realidad el milagro ha ocurrido ahora.
En este texto Cortázar hace uso de la ironía, recurso muy frecuente en las microficciones, los lentes del señor se rompen después de haber comprado un estuche para protegerlos. ¿Cuál es la probabilidad de que una situación así ocurra? sin duda muy poca, es un absurdo lo que le ocurre a este personaje, por eso, el milagro no es que sus lentes no se rompieran en la primera caída, si no después de la compra. En las microficciones los títulos son esenciales para entender el significado completo de los cuentos. Puede tomarse como una ironía este nombre, lo que le ocurre al señor es un absurdo que el autor nos presenta como historia verídica. Invita al lector a la reflexión ¿Cómo se interpretan los sucesos de la vida?, ¿Cuando ocurren verdaderamente aquellas casualidades únicas?
Yo no sé, mira, es terrible cómo llueve. Llueve todo el tiempo, afuera tupido y gris, aquí contra el balcón con goterones cuajados y duros, que hacen plaf y se aplastan como bofetadas uno detrás de otro qué hastío. Ahora aparece una gotita en lo alto del marco de la ventana; se queda temblequeando contra el cielo que la triza en mil brillos apagados, va creciendo y se tambalea, ya va a caer y no se cae, todavía no se cae. Está prendida con todas las uñas, no quiere caerse y se la ve que se agarra con los dientes mientras le crece la barriga; ya es una gotaza que cuelga majestuosa, y de pronto zup, ahí va, plaf, deshecha, nada, una viscosidad en el mármol. Pero las hay que se suicidan y se entregan en seguida, brotan en el marco y ahí mismo se tiran; me parece ver la vibración del salto, sus piernitas desprendiéndose y el grito que las emborracha en esa nada del caer y aniquilarse. Tristes gotas, redondas inocentes gotas. Adiós gotas. Adiós.
El texto, narrado en segunda persona, se nos presenta muy intimo desde el comienzo. El narrador se dirige de forma directa al lector y en él hace una reflexión bastante particular. A través de la prosopopeya Cortázar relata la corta vida de las gotas de lluvia en la ventana, quizá estas gotas puedan ser interpretadas como personas, algunas se aferran a la vida más que otras. Hay algunas que se quedan todo lo que pueden, aunque su cuerpo se vaya transformando, y también algunas mueren jóvenes, son gotas suicidas que no viven mucho tiempo, cuyo tiempo en el mundo es comparable al de las gotas: solo un pequeño instante.
De una carta tirada sobre la mesa sale una línea que corre por la plancha de pino y baja por una pata. Basta mirar bien para descubrir que la línea continúa por el piso de parqué, remonta el muro, entra en una lámina que reproduce un cuadro de Boucher, dibuja la espalda de una mujer reclinada en un diván y por fin escapa de la habitación por el techo y desciende en la cadena del pararrayos hasta la calle. Ahí es difícil seguirla a causa del tránsito, pero con atención se la verá subir por la rueda del autobús estacionado en la esquina y que lleva al puerto. Allí baja por la media de nilón cristal de la pasajera más rubia, entra en el territorio hostil de las aduanas, rampa y repta y zigzaguea hasta el muelle mayor y allí (pero es difícil verla, sólo las ratas la siguen para trepar a bordo) sube al barco de turbinas sonoras, corre por las planchas de la cubierta de primera clase, salva con dificultad la escotilla mayor y en una cabina, donde un hombre triste bebe coñac y escucha la sirena de partida, remonta por la costura del pantalón, por el chaleco de punto, se desliza hasta el codo y con un último esfuerzo se guarece en la palma de la mano derecha, que en ese instante empieza a cerrarse sobre la culata de una pistola.
*Nota del compilador
Sin duda es este un texto singular y fascinante que deja al lector lleno de interrogaciones. ¿Que dice aquella carta tirada sobre la mesa?, ¿Quien la ha escrito?, ¿Cómo se relaciona con el hombre triste que parece estar a punto de suicidarse? Las líneas unen a la carta con el hombre, esto puede significar que él la ha escrito, que las líneas de sus manos crearon las líneas de la carta, sin embargo, esta es sólo una de las posibles interpretaciones puesto que la carta también puede contener aquella mala noticia que provoque el suicidio.
En este cuento destaca particularmente el orden de la narración, el problema se presenta al final del relato y queda suspendido en él, si el disparo es dado o no y las causas de este, nada se sabe. Julio Cortázar hace un uso impresionante de la microficción, deja la historia fija en el medio, sin un principio y sin un fin. Cuenta solo lo más esencial, dejando que el lector le de un principio, un fin y una razón propia.
A la salida del Luna Park un cronopio advierte que su reloj atrasa, que su reloj atrasa, que su reloj. Tristeza del cronopio frente a una multitud de famas [que remonta Corrientes a las once y veinte y él, objeto verde y húmedo, marcha a las once y cuarto. Meditación del cronopio: «Es tarde, pero menos tarde [para mí que para los famas, para los famas es cinco minutos más tarde, llegarán a sus casas más tarde, se acostarán más tarde. Yo tengo un reloj con menos vida, con menos casa [y menos acostarme, yo soy un cronopio desdichado y húmedo.» Mientras toma café en el Richmond de Florida, moja él cronopio una tostada con sus lágrimas [naturales.
*Nota del compilador
Julio Cortázar pensaba que existen tres tipos de personas, los cronocopios, las famas y las esperanzas. Los cronocopios eran aquellas personas que se diferencian particularmente del resto, personas idealistas, sensibles y fuera de lo común. Los famas, por el contrario, son organizados y rígidos. En este texto el reloj del cronocopio atrasa, pero no tanto como el de los famas, quienes caminan a una hora diferente a la suya pese a van a su lado. Su realidad es diferente a la del resto, solitario y no por elección propia, avanza reflexionando que aquellos que son más severos que él llegaran siempre tarde, porque siempre necesitan ahorrar tiempo.
Maria Elena se escapa de la conversación banal y entretenida de su compañero de trabajo al encontrarse con la necesidad de resolver un desconocido, pero tedioso, deber burocrático dentro de un extraño edificio de gobierno, el cual, por falta de espacio en el centro de Buenos Aires, tiene que ubicarse en una zona residencial. La anatomía del lugar es simple, como peculiar. La entrada es la misma que la salida, su sala de espera, la cual apunta directamente a la oficina burocrática, es tan hermética como el gobierno que la mantiene y sus “pacientes” son todo menos ello. La sala funge como punto de reunión para diversas personalidades que usualmente no interacturían entre ellos. Algunos tienen que regresar varias veces para completar su papeleo; para Maria Elena es su segunda vez.
En el grupo, se encuentra una señora, un señor y Carlos, un joven de la edad de Maria Elena, quien está esperanzado por el futuro que le espera a lado de su prometida y su casa por comprar. Se sigue ese orden de turno para quienes están realizando el papeleo. La conversación entre los jovenes es interrumpida por el turno de Carlos, quien entra a completar su trámite, dejando a Maria Elena sola. Cuando la puerta se vuelve a abrir para despedir a un Carlos libre de burocracia, este simplemente no sale. María completa el trámite y vuelve a salir a la calle, sin encontrar rastro alguno de Carlos, pues este no volvió a salir más.
*Nota del compilador
Fiel al estilo del boom latinoamericano -y, debatiblemente, de los escritores latinoamericanos en general- el texto examina la interacción entre la política/burocarcia y sociedad de la Argentina a través de una situación que, en primera lectura, pudiese interpretar como burda, así como un trámite burocrático. A su vez, el texto, regresando al primer punto del comentario en cuanto al estilo del cuento, trae consigo una característica inequivocua de denuncia entre sus líneas. La Argentina de la decada de los 70 se encontraba cautiva por el régimen fascista y dictatorial de Videla, el cual vio la desaparición de miles de jovenes a lo largo del país sudamericáno, tratando a las juventudes como parte de sus trámites con fines políticos.
La llegada a Solentiname es un ejercicio híbrido de paciencia y voluntad por la aventura. Su tesoro y su denuncia se encuentran a cientos de kilometros de Managua, ciudad de la Nicaragua del opresor en turno, Somoza. Su gente, construyendo su oasis libre de destrucción y machetes, busca mantener el espírtu latinoamericano del diálogo ante el silencio, de la comunidad ante la desolación y del agua ante la sequía. El padre de Solentiname ahora descansa sobre las costas de la ideología que intentó piscar cual la fruta prohibida por la legislación sangrienta; sus hijos, marcados por el sol de la playa viven en los encuadres del protagónico del cuento, pero mueren al ser revelados y expuestos. Si la verdad del poeta yace en la revelación de su rollo, será la cámara la que miente o el ojo del fotógrafo el que decide jugar el juego de la mentira?
*Nota del compilador
El texto se presenta con un matíz fiel al poderío prosaico de Cortazar. La narrativa en primero retrata a Solentiname como lo que fue: la resistencia, en las periferias de Nicaragua, hecha comunidad dentro de un regimen absolutista, como lo fue el de Somoza. De primera instancia el pueblo se presenta con una vida pintoresca, donde la rutina y los deberes están íntimamente entretejidos con el existir en comunidad, utilizando el arte como manera de impulso y presentación para las visitas. Al pasar el suceso de la distorsión en las imágenes, una vez más el concepto de protesta debajo de la historia brota, revelando una verdad enjaulada por el marco del ólea y por el rollo de la cámara. No es casualidad que se presente una vez que el protagonista regresa a la comodidad de su hogar, pues es esa distancia misma la que permite que los miedos del pueblo se inmiscuyan hacia el tejido real.
El baile dentro del ring; el preciso intercambio de golpes; las patrias inmusicuyendose en el sudor de la frente de los boxeadores y en los puños cerrados de los espectadores; y la guita, siempre la guita. Una transacción llevada a cabo libra por libra, movimiento por movimiento. Si bien Mantequilla, famoso pugilista mexico-cubano, era su apodo, el desarrollo actancial del relato también termina por derretirse sobre el protagónico Estévez como un bloque de mantequilla sobre un fuego bajo, el cual, pareciera que no está efectuando cambio alguno sobre la estructura que aguanta al calor, pero que dejaría de hacerlo en poco tiempo. Así como fue una pelea pareja al iniciar, conforme su trayecto, el destino de la misma iba también aclarándose. Habría, como en todo combate, un solo vencedor qué, sin importar de su entorno patriótico o de Marissa y el pibe que lo esperaba en casa, ganaría la pelea a su manera.
El híbrido entre acontecimientos realmente sucedidos -la peleay la ficción desarrollada, así como el paralelismo del avance de la pelea con la transacción sucediendo por fuera de la misma hace de esta historia un río muy interesante por navegar. El vérsatil uso de lenguaje coloquial, así como su impecable sentido de ritmo que lento, pero seguro, va acercando al lector hacia un final de knockout.
Estaríamos satisfechos en la manera en cómo se tocara nuestra música cuando se le deje encargada a aquellos que dicen poder reproducirla? Será un desconocido que, por azares de la incertidumbre disfrazada de destino, nos encontremos en un bar el verdugo de nuestras futuras acciones? A veces la música de nuestros días funge también como aparato que nos disocia de nuestra realidad actual o realidad, en el caso del texto, inminente, para así, arrullarnos hacia un momento de calma antes de la interrupción. El extranjero, a diferencia del Dios que nos sobrepasa y, según, proteje, indiferentemente, como ángel de la muerte, aprieta como ahorca. Según el deseo humano del ejercicio de control, las transacciones del día a día siempre suponen funcionar acorde a un plan detallado, estructurado, donde el error existe sobre el mismo espacio que la nada misma. La nada lo es todo y cabalga peligrosamente junto al nadie.
El mecanismo de la repetición está presente a principios del cuento, de manera que se introduce al lector el ritmo del plan y del accionar estructurado que está por llevarse a cabo entre Jiménez y Alfonso. Sin embargo, el elemento sorpresa funge como tal a través del (y gracias al) estilo narrativo. Dicho es el caso con la presencia e importancia de la música en el cuento. Las melodías armoniosas alejan y distraen a Jiménez del estrés por el trabajo que está por llevar a cabo e, indirectamente, introducen al personaje del extranjero a escena.
El dolor es un elemento que cruza por diversas fronteras y lecturas del ser humano; una de ellas es que este es una significancia del crecimiento. Las rupturas entre fases del crecimiento humano traen consigo el dolor en varias de sus facetas. El dolor en las piernas al crecer, en los dientes al brotar, y en el alma al crecer e, inevitablemente, dejar atrás. Andá nene, que si te duele la garganta vos sabés dónde se encuentran las pastillas. Ese dolor se siente y experimenta solo, pero puede ser acompañado por nuestros padres. El acompañamiento tambien desciende sobre uno portando una variedad de máscaras; la más gentil es aquella que se presenta como una mano de seda maternal que así como encamina hacia el determinado destino del adolescente, también sufre al ver ese cambio, pero, al tener una concepción empírica de dicho crecimiento, lo deja suceder sin importar el dolor en los huesos.
Complejamente detallando el momento en el que la inocencia termina por mudar de piel no solo en el adulto joven, también en la madre que lo vió nacer, el narrador omnisciente en segunda persona presupone la presencia de un tercer persona que, según la lectura deseada, bien pudiese ser el lector mismo. Así mismo, el mecanismo narrativo de utilizar la compra de los preservativos como el último acto de la madre por su hijo hace de esta historia una experiencia peculiarmente emocional en la audiencia.
La escritura de microficciones de Julio Cortázar no fue uniforme en el tiempo, ni en los temas o en la extensión de los textos. Las que se encuentran recopiladas aquí pertenecen a diferentes libros y poseen extensiones muy diferentes entre sí, de modo que algunas no ocupan ni la mitad de una página y otras necesitan más de una.
La escritura de Cortázar nunca dejara de sorprender a sus lectores, en los textos de la presente edición el lector se enfrenta ante un genio que suspende la narración, que no le da un principio ni un final y que siempre le deja más dudas que respuestas. Y estas preguntas no tienen solo una posible respuesta, si no quizás un número infinito.
Mancha de tinta