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reconciliación COLOMBIA Cundinamarca, Boyacá, Bogotá, Valle, Cauca, y Nariño Cómo estas regiones asumen un nuevo camino para convivir.


reconciliAción

CONFIANZA

Con esta foto,

foto: EStEBAN VERGARA

titulada ‘Un vacío’ y tomada en Murindó Viejo (Antioquia), Esteban Vergara rinde un homenaje a los campesinos olvidados que siguen con las botas puestas resistiendo y trabajando la tierra.


foTo: fEDERICo RÍoS

este es uno

de los rostros de las nuevas generaciones de Tumaco, Nariño, población en la que hoy se vive un agudo conflicto.


foto: juan manuel barrero

reconciliAci贸n CONFIANZA


Un miembro de la

guardia ind铆gena sostiene su bast贸n de mando durante una reuni贸n en la comunidad de Hojal La Turbia, en Nari帽o.


Coordinadora General Ximena Botero Coordinadora Asistente Natalia Riveros

Web Máster Luis Carlos Gómez

Editora Bibiana Mercado

Periodistas José Vicente Guzmán, Marco Bonilla, Jairo Esteban Montaño, Cristina Esguerra y Helena Durán

Director Encuentros Regionales y Nacional Daniel Téllez

Asistente Dirección Encuentros Regionales y Nacional Cristian Dallos

Asistente Administrativa y Financiera  María del Pilar Indaburo DESARROLLO EDITORIAL Director Editorial Mauricio Bayona

Jefe de Redacción Mauricio Sáenz

Director Creativo Hernán Sansone

Asesores editoriales José Ángel Báez y José Fernando Hoyos Diseño y diagramación Mónica Loaiza Reina y Diana Correa Cortés

Editora General Janeth Acevedo Neira

Coordinador Editorial Juan David Franco

Producción Fotográfica Patricia Ordóñez y Erick Morales

Periodistas Laura Campos Encinales, Laura Latiff Pérez y Juan Miguel Álvarez

Columnistas y colaboradores Álvaro Sierra, José Navia, Jota Mario Arbeláez, Francisco de Roux, Bertha Fríes y María Mercedes Abad Infografía Gabriel Peña

Producción Yina Aranda

Corrección de Estilo Hernán Miranda Torres

Fotógrafos León Darío Peláez, Federico Ríos, Erick Morales, Diana Sánchez, Julián Roldán, David Estrada Larrañeta, Juan Manuel Barrero, Guillermo Torres y Juan Carlos Sierra Director Archivo Fotográfico Javier Cruz

Foto portada: David Estrada Larrañeta

Impresión Printer Colombiana S.A.

PUBLICACIONES SEMANA S.A. Todos los derechos reservados. Prohibida su reproducción total o parcial sin autorización expresa de Publicaciones Semana S.A. Reconciliacion Colombia

www.reconciliacioncolombia.com

16 de marzo de 2014.

@ReconciliaCol


ÍNDICE

08

EDITORIAL

INTRODUCCIÓN 10

Devolver la confianza

12

El sur, asfixiado

14

La página que debemos pasar 

16

Paso a paso

18

Ejemplos para seguir

20 HISTORIAS CONFIANZA 2 2 Las horas amables 2 5 Opinión. La paz no se hace sola. Por Jotamario Arbeláez EMPODERAMIENTO 2 6 La paz pactada 2 8 Viviendo en La Balsa

3 0 Primero las regiones 3 4 Los protagonistas 3 6 La apuesta de la tierra

foto: julián roldán

FORO bxxxxxxxxxxxxx .

PERDÓN

GRUPOS ÉTNICOS Y MINORÍAS

3 8 Volver a nacer

5 4 Regreso a casa

4 0 Perdón en El Arenillo 4 3 Marchas blancas

C U LT U R A

4 4 Opinión. Dignidad y libertad.

5 8 Teatro por la paz

Por Francisco de Roux

61

Opinión. La fuerza de los valores. Por Bertha Fríes

OPORTUNIDADES 4 6 El modelo Vallenpaz

RETORNO

4 8 Choque esos cinco

6 2 Por amor a la tierra

MUJERES

N U E VA S G E N E R A C I O N E S

5 0 Las luchadoras

6 4 Arte que se siente

5 2 El duelo de las Marías

6 6 ¿Y por qué no?


foto: LEÓN DARÍo PELÁEZ


reconciliAción

editorial

reconstruir desde las regiones

M En Toribío,

Cauca, indígenas nasa pintaron murales en las fachadas de las casas afectadas por ataques de la guerrilla, como una forma de mostrar su rechazo a la violencia y de celebrar su cultura.

Miembros de gobiernos locales, empresas privadas

y organizaciones sociales de dos sectores muy distintos –centro y pacífico del país– compartieron sus dilemas y experiencias sobre cómo lograr la reconciliación en Colombia. Mientras los mandatarios del Valle, Cauca y Nariño reclaman mayor autonomía, pues, según ellos, el centralismo los mantiene asfixiados y maniatados, los portavoces de Bogotá se declaran abrumados porque la oferta institucional es muy limitada frente a la demanda de quienes acuden a la capital a reclamar sus derechos. Y mientras Bogotá, Cundinamarca y Boyacá han comenzado a hablar más de reconciliación y menos de conflicto, el suroccidente colombiano vive más en función de enfrentar la guerra, ya que la sufre como ninguna otra región del país. Al Pacífico se trasladó la mezcla explosiva de tráfico de drogas, cultivos ilícitos, guerrilla y bandas criminales. Por eso el encuentro entre estas dos regiones, promovido por Reconciliación Colombia, iniciativa de la sociedad civil, es muy importante. Si bien el país vive aún hoy un conflicto agudo, en el campo y en la ciudad las comunidades reconstruyen las relaciones quebradas por la guerra para darse una nueva oportunidad. Además, con todo y guerra, Reconciliación Colombia ha constatado que en las regiones hay cientos de experiencias positivas impulsadas por las víctimas, por victimarios arrepentidos, por las comunidades golpeadas por la violencia, por la empresa privada y por las instituciones. Todos ellos trabajan desde hace décadas, sin que la mayoría de los colombianos lo sepan, por reconciliarse. Gran parte de la responsabilidad de encontrar el camino de un país sin armas está en cabeza del Estado. Pero también implica que otros sectores que miran los toros desde la barrera se comprometan a brindar recursos económicos, sociales, culturales y condiciones integrales para reconstruir la confianza y las relaciones sociales. La primera revista de Reconciliación Colombia, publicada en febrero, examinó las experiencias de Antioquia, Chocó, Huila, Tolima, Caquetá y Putumayo, donde fue distribuida. Este segundo volumen retrata iniciativas, procesos y reflexiones del Pacífico y del centro del país que responden a las realidades de estos territorios, de las propias perspectivas y de las necesidades locales tendientes a alcanzar la reconciliación.


reconciliAción

introducción

devoLveR La Confianza Luego de más de ocho meses de recorrer el país, la iniciativa de Reconciliación Colombia ha encontrado que esta no es una idea lejana, en especial si se trabaja desde las regiones.

C

Cuando

a Maurice Armitage Cadavid, presidente de la Siderúrgica de Occidente, se le quebró la voz al dirigirse a las 350 personas reunidas en el Centro de Eventos Valle del Pacífico de Cali, el público no entendía si el micrófono estaba fallando. Pero no era un problema del sonido. Armitage estaba conmovido por las intervenciones que le precedieron y eso estimuló un diálogo franco y emotivo de un portavoz del empresariado del suroccidente colombiano. “A los que tenemos dinero, la vida nos ha dado una oportunidad. Y eso nos obliga a trabajar más. El compromiso social es muy grande. Lo digo sin ánimo populista”, dijo. También tomó la palabra Manuel Ballestas, un desmovilizado que hoy preside de la junta directiva de la empresa Ganchos y Amarras. “A las personas que no creen en nosotros les decimos que somos conscientes y acepta-

mos toda nuestra culpa, pero queremos que entiendan que somos humanos. No tenemos ira ni rencor en nuestro corazón”, le dijo Ballestas al auditorio. Según las cifras de la ACR, en Colombia 57.000 personas se han desmovilizado desde 2003 al día de hoy. Cinco personas diarias aproximadamente. Pedir perdón por las acciones cometidas, cuyos daños además ya no tienen reversa, puede sonar retórico. También decir que los que más tienen deben ser los que más ponen. Pero algo está cambiando si en medio de la adversidad, la violencia y el conflicto estas acciones individuales cada vez son más y están generando transformaciones en los entornos próximos y locales. La iniciativa Reconciliación Colombia se ha encontrado con estas experiencias en su recorrido de más de ocho meses por el país, lo que le ha dado pie para afirmar que el país, como dice el editorial de esta revista, quiere pasar la página. En Colombia la reconciliación no es una idea lejana, abstracta o filosófica. Aquí esta expresión adquiere verdaderas dimensiones en la cotidianidad y la parti-


de andar por él, reverdece. El experto explica en este hecho la razón por la cual las poblaciones víctimas del conflicto nos enseñan el camino de la resiliencia. La reconciliación implica no solo reconstruir la confianza entre los miembros de la misma comunidad, sino con el Estado, cuya precaria presencia y centralismo reclamaron los mandatarios de Valle, Cauca y Nariño en En El pacífico,

como en el resto del país, la reconciliación parte de las particularidades de cada región.

el encuentro de las regiones Pacífico-Centro del proyecto Reconciliación Colombia. Además representa reconocer que las comunidades tienen derecho a reclamar que se les garanticen sus derechos. En ese camino departamentos como el Cauca llevan la delantera. Temístocles Ortega, gobernador del Cauca, lo dice sin tapujos. “No sé por qué les tienen miedo a las movilizaciones pacíficas, a mí no me da miedo que la gente se manifieste. A mi gobernación le gusta y apoya eso”, comenta. Ahora, uno de los grandes retos de Colombia es avanzar en la reconciliación en regiones aún en conflicto como Valle, Cauca y Nariño. En las páginas siguientes se hace este análisis. Otro ingrediente en la receta es reconocer a las víctimas del conflicto, dignificarlas, pedirles perdón, realizar actos simbólicos y emblemáticos que les den valía.

nocer el pasado, mejorar el presente y proyectar juntos un futuro compartido. Se trata de tener la capacidad de empezar a reconocer a los demás, a pesar de las heridas cerradas y abiertas, abrir los espacios para preservar la cultura y la particularidad de cada región y dialogar pacífica y respetuosamente, pese a las diferencias. Por eso esta iniciativa de la sociedad civil, que cuenta con 40 aliados representantes de las organizaciones sociales, empresarios, cooperantes internacionales y medios de comunicación, busca tender puentes con la institucionalidad local, regional y nacional, pues todos, y no solo las víctimas y los victimarios, debemos generar profundas transformaciones sociales para construir un mejor futuro. Consolidar estos procesos de reconciliación implica involucrarnos en algo que vemos lejano. Es la diferencia

Estamos ante la necesidad de reconocer el pasado, mejorar el presente y proyectar juntos un futuro compartido

foto: juan manuel barrero

cularidad de cada territorio o región donde quienes la construyen son personas de carne y hueso, muchas de las cuales han vivido directamente el conflicto. El profesor John Paul Lederach, especialista en el tema de reconciliación, explica que en estas comunidades sucede algo muy parecido a lo que le ocurre al pasto pisado constantemente. Cuando la gente deja

También permitirles a los desmovilizados arrepentirse de haber usado las armas. Manuel Ballestas es ejemplo de una vida hoy útil para su sociedad, que genera empleo y estabilidad para muchos. El panorama de la reconciliación enfrenta retos diarios inmensos como garantizar la vida a las personas para que no haya más víctimas. No habla bien la cifra de 69 líderes de restitución de tierras asesinados en los últimos tiempos. En resumen, estamos ante la necesidad de reco-

que, en términos coloquiales, puso sobre la mesa el alcalde de Cali, Rodrigo Guerrero, al hablar de comprometernos y no simplemente de hacernos partícipes. La diferencia entre estas dos expresiones, explicó, es la misma que ven la gallina y el cerdo al pasar y ver un letrero que invita a un sancocho de cerdo. La gallina piensa “yo participo”, mientras el cerdo comenta: “Umm, yo estoy comprometido”. Que nuestro compromiso como colombianos no aparezca solo cuando nuestro bienestar esté en juego.

11


reconciliAción

introducción

El sUr, asfixiado Para miles de colombianos del suroccidente, el conflicto es una realidad de todos los días.

Álvaro Sierra reStrepo*

U

Una

de las grandes paradojas de Colombia es que mientras parte del país vive como si el conflicto armado no existiera, en algunas regiones la guerra domina la vida. Uno de los casos emblemáticos de esta contradicción es el suroccidente del país. Mientras Bogotá o Barranquilla consideran al conflicto una lejana anomalía que apenas asoma en las noticias, zonas enteras de Nariño, Cauca y Valle figuran entre los lugares más peligrosos del mundo. De Tumaco a Buenaventura, en la costa Pacífica; del cañón de Garrapatas, en el norte del Valle, a Toribío y Jambaló, en el territorio indígena del norte del Cauca; hasta Ricaurte y Barbacoas, en el piedemonte nariñense, o Piamonte, al otro lado del Macizo Colombiano, donde la bota caucana cae al *Editor jefe de revista SEmana.

Putumayo, una vasta zona de Colombia, en la que habitan casi 8 millones de personas, vive asolada por grupos armados de todas las afiliaciones que pasan de frágiles alianzas a enfrentamientos sanguinarios al vaivén de las necesidades del tráfico de cocaína y la evolución de la confrontación armada entre la guerrilla y el Estado. Grupos como el de los Urabeños, o el de herederos de los Rastrojos agrupados bajo el apelativo algo insólito de ‘La Empresa’, una nutrida lista de frentes de las Farc, que van del sexto, en el norte del Cauca, al 29, en el sur de Nariño, y algunos frentes menores del ELN, se disputan o comparten el control de territorios y poblaciones a los que todos aterrori-

taciones de protesta más grandes que ha visto el puerto en su historia. La guerra entre grupos herederos de los paramilitares por el control de las zonas de la ciudad más aprovechables para el tráfico de cocaína tiene a Buenaventura sumida en una oleada de violencia que no amaina desde octubre de 2012. En lo que va de este año la ciudad ha sufrido 54 homicidios. Para el puerto eso no es nuevo. Buenaventura ostenta el triste campeonato de ser la ciudad con más desplazados por la violencia en Colombia. Unas 125.000 personas, más de un tercio de su población, ha huido desde que, hacia fines de los años noventa, el Pacífico se volvió uno de los epicentros del conflicto armado. Por su

las iniciativas en Valle, Cauca y Nariño muestran el potencial que existe en la sociedad para resistir zan mediante las más degradadas prácticas de violencia. Por estos días, Buenaventura ha estado –otra vez– en el centro de atención por una serie de asesinatos horrendos que provocaron el pasado 19 de febrero una de las manifes-

parte, Cali ha visto dispararse la tasa de homicidios en los últimos años. Junto a lugares como Tuluá, la violencia ligada a las disputas entre grupos sucesores de los paramilitares y al microtráfico hace de las suyas. Más al sur, las cosas son

tristemente similares. Desde que el Plan Colombia desplazó el cultivo de coca del Putumayo, Nariño se volvió epicentro. Pese a que en los años del presidente Uribe en el departamento se fumigaron más de 200.000 hectáreas y se erradicaron otras 70.000, según datos del último censo satelital de la ONU, Tumaco, con 5.000 hectáreas, sigue siendo el municipio con más coca sembrada en Colombia (y su tasa de 130 homicidios por 100.000 habitantes es más de tres veces el promedio nacional). Y el segundo y el tercer lugar lo ocupan El Tambo, Cauca, y Barbacoas, Nariño. Entre los tres tienen el 18 por ciento del área cultivada. Pese a que hubo una reducción significativa, la Región Pacífica, con casi 19.000 hectáreas es la que más coca tiene en Colombia. El Cauca se


en el norte

foto: carlos julio martínez-archivo semana

del cauca la poderosa organización indígena se opone a la presencia de todos los actores armados en la región.

ha convertido en un centro de producción de nuevas especias de marihuana, que son altamente productivas. Si la producción y el tráfico de drogas ilícitas marcan la región desde el norte del Valle hasta el río Mira, en la frontera con Ecuador, es el conflicto armado, en parte alimentado por ese negocio, el que ha dejado cicatrices indelebles por todo el suroccidente. Valle, Cauca y Nariño suman casi 900.000 de los 6 millones de víctimas que se han registrado para ser indemnizadas. Es decir, casi una de cada seis víctimas del conflicto se ha causado en el suroccidente del país. Esto ocurre porque en el sur del Valle, partes del Cauca y buena parte de Nariño es donde está teniendo lugar la confrontación más dura entre las Farc y el Ejército. En los dos

departamentos hay tres de las nueve fuerzas de tarea que han creado los militares y al menos media docena de las más activas estructuras de las Farc. Solo en Nariño, entre 2000 y 2012, hubo casi 1.300 acciones de la guerrilla (más de 100 por año, en promedio) y 840 combates por iniciativa de la fuerza pública, según un estudio de la Fundación Paz y Reconciliación, que lidera el analista León Valencia. En la lista de los municipios más afectados por acciones de la guerrilla figuran Argelia, Cajibío, Piendamó y Toribío, en el Cauca; Tumaco, Ipiales y Ricaurte, en Nariño, y Pradera, en el Valle. Víctima de masacres, cercado por campos minados y bajo la férula totalitaria de las Farc, el pueblo indígena awá se ha vuelto símbolo dramático del conflicto.

La realidad de la guerra asfixia al suroccidente. Sin embargo, el apabullante peso del conflicto en la vida cotidiana, ha llevado a muchas comunidades a ingeniar toda suerte de formas de resistir a su impacto. En el norte del Cauca, la poderosa organización indígena, que se opone a la presencia de todos los actores armados en la región, ha generado suspicacias entre los militares pero sin ella la guerra habría arrasado con ese pueblo. Sus planes de vida, la forma como se organizan para protegerse en caso de combates o emergencias, con lugares de concentración previamente designados, y, en especial, la guardia indígena, que ganó un Premio Nacional de Paz, han desempeñado un papel fundamental en la preservación del territorio de los nasa.

Hay experiencias como la del desminado en Samaniego, Nariño, mediante la cual la comunidad convenció al ELN de despejar sus caminos de esos mortíferos artefactos. La corporación Vallenpaz ha promovido cientos de proyectos para ayudar a campesinos en zonas de conflicto en el Valle y el Cauca a encontrar alternativas de economías viables. En Ortega, en la cordillera Occidental en el Cauca, hay un proceso de reintegración colectiva de excombatientes, el de las peculiares autodefensas campesinas de esa zona, que se armaron para defenderse de las Farc se desmovilizaron hace casi una década y ahora tratan de construir una sociedad pacífica al margen del conflicto. En Nariño, promovido por el gobierno departamental, la Iglesia y el Pnud, está en marcha el proceso de organizar y discutir masivamente una agenda de paz para preparar al departamento para el posconflicto. Y se aspira a conformar una Mesa Departamental de Paz que lidere el proceso. Estas y muchas otras iniciativas que han tenido lugar en una región asolada por la confrontación armada y la violencia ligada al tráfico de drogas muestran el potencial que existe en la sociedad para resistir a los efectos de la guerra. Resistencia no es lo mismo que reconciliación y, en medio de semejante confrontación, hablar de reconciliación suena a fantasía. Pero esas experiencias muestran que existen la energía y la organización para hacerlo, no bien se pacte el fin del conflicto armado.

13


reconciliAción

Actos terroristas

introducción

la págiNa qUE

Homicidios

El registro de la Unidad de Víctimas da cuenta de 1 millón de hechos victimizantes en estos departamentos. Nariño es el más crítico con 333.456 violaciones.

Desapariciones forzadas

Amenazas

Secuestros

Torturas

Vinculaciones de niños y adolescentes

Cundinamarca

foto: juan carlos sierra

Delitos contra la libertad y la integridad sexual

80.240 152

442

Bogotá Heridos o fallecidos por minas antipersona

Pérdidas de bienes muebles o inmuebles

7.857

Total de hechos victimizantes

654

1.125

28

1.414

26

16

68 335

71

9.809 78

3.219

Desplazamientos

68

94.481

14.297

680

Total de hechos victimizantes

1.616 880


deBemos pasar dEBEmos Nariño 287.169 859

8.871

2.593

Boyacá

333.456

21.011

Total de hechos victimizantes

952

248 8.370

28

28.757

Valle del Cauca 79

249.794

845 410

Total de hechos victimizantes

3.791

300.452

230.250 539

Total de hechos victimizantes

287.531

211

1.973

Cauca

1.780

15

1.340

50

5.040

11.008

376

23.318

89

253

312

Total de hechos victimizantes

158

159

34.980 207

169 8.075 1.142

213

32.804 330 9.466 934

*Fuente: Unidad para la Atención y Reparación Integral a las Víctimas.


reconciliAción

introduccón

Paso a Paso En Colombia avanzan diferentes procesos para reparar a las víctimas. Los departamentos del centro y Pacífico son una muestra de que hay un largo camino por recorrer.

PROCESOS DE REPARACIÓN COLECTIVA Hace referencia a las medidas de restitución, indemnización, rehabilitación, satisfacción y garantía de no repetición, a que tienen derecho las comunidades que han sufrido transformaciones negativas en el contexto social, comunitario y comunal de su localidad a causa del conflicto armado. Se realiza en diferentes municipios de cada departamento:

Cauca

Buenaventura

Nariño

Buenos Aires

Trujillo

López

Dagua

Guadalajara de Buga

Santander de Quilichao Miranda

San Andrés de Tumaco

Leiva Santa Bárbara Policarpa

Jambaló Toribío Silvia Popayán

Palmira Pradera

Cumbitara Timbiquí

El Tambo

Barbacoas

Inversión: $47.519 millones.

Florida

Timbío

Cundinamarca El Peñón La Palma

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Samaniego

Bogotá

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Valle del Cauca

ión: Invers 6 9 $72.2 s. e n millo

Boyacá

Yacopí Topaipí

Viotá

LAS CATEGORÍAS INDEMNIZACIÓN ADMINISTRATIVA:

Es una compensación económica que le entrega el Estado individualmente a una víctima. Su monto es variable y depende, entre otros criterios, del hecho victimizante.

ASISTENCIA HUMANITARIA:

VÍCTIMAS INDEMNIZADAS:

Se entrega a víctimas de violencia para garantizar su subsistencia mínima. Incluye personas que hayan sufrido desplazamiento u otros hechos victimizantes, como afectación de bienes materiales, secuestro, desaparición forzada o muerte, entre otros.

PROCESOS DE RETORNO:

Apoyo económico a personas víctimas de desplazamiento forzado. Comunidades que están recibiendo apoyo o acompañamiento para poder regresar a sus tierras.


UCA CA L DE

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mil lon es.

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Fuentes: Unidad para la Atención y Reparación Integral a las Víctimas, datos de enero 2012 a diciembre de 2013


reconciliAción

introducción

EjEMPLos PArA sEgUIr foto: afp

El Instituto para Estudios de Paz Internacional de la Universidad de Notre Dame da a conocer la Matriz Acuerdos de Paz (MAP), con información de 34 acuerdos firmados entre 1989 y 2008. Por Francisco Díez, Jason Quinn y MaDhav Joshi*

L irlanDa Del norte tiene ahora

una ‘Educación para la Reconciliación’ con planes de estudio que se ocupan de las causas, las consecuencias y la resolución de la guerra civil.

La

reconciliación, como un proceso social de arriba hacia abajo y de abajo hacia arriba, no depende de, ni exige, un entendimiento común del pasado o una sola interpretación de la guerra. En algunos casos, como el de Sudáfrica, los mecanismos de la Comisión de Verdad y Reconciliación (CVR) han fomentado la reconciliación y la mejora de las relaciones. Especialmente efectivo fue el proceso itinerante dirigido en Sudáfrica por Desmond Tutu, porque iba hacia las regiones y hacia los lugares afectados a promover diálogos sanadores. En Nepal, el Acuerdo General de Paz de 2006 estableció una CVR que hasta hoy no fue instalada, sin embargo, ha progresado mucho una forma de acercamiento y diálogo político sostenido con el Equipo de Transición para la Paz de Nepal (NTTP), que facilita un Foro con representantes de todos los partidos políticos. En Irlanda del Norte, la reconciliación ha sido promovida principalmente por las organizaciones de la sociedad civil, como el Centro Glencree por la Reconciliación y el Programa de LIVE, entre otros. Irlanda del Norte tiene ahora una ‘Educación para la Reconciliación’ con planes de estudio que se ocupan de las causas, las consecuencias y la resolución de la guerra civil. No existe una receta mágica que dará lugar automáticamente a la reconciliación. La investigación demuestra que se trata de un proceso, no de un evento, y que pierde su valor cuando se refleja en un concepto abstracto o se establece para que las víctimas dejen de molestar. Ese proceso se pone

* Francisco díez es responsable de MAP para América Latina y Jason Quinn y Madhav Joshi son su equipo i n v e s t i g a d o r.


en marcha cuando hay un diálogo significativo, cuando uno habla realmente y hay quien realmente escucha, cuando se involucran los actores principales y hay proximidad, y el otro es verdaderamente el prójimo. Allí se genera un espacio en el que la gente puede conversar y la vibración de las voces entra en las mentes y en los corazones de quienes conversan, y aunque sea un diálogo difícil, tiene capacidad de transformar y sanar. La reconciliación requiere un espacio para el reconocimiento de circunstancias, hechos y dolores, requiere poder recordar para transformar la realidad y no repetir el error de la violencia, para generar dinámicas de coexistencia, con respeto a la diversidad y en paz.

Reconciliación en la Matriz de Acuerdos de Paz

La Matriz provee datos sobre los Acuerdos de Paz Globales (APG) que contienen diversas disposiciones diseñadas para impulsar la reconciliación. También registra y evalúa cómo esas disposiciones se implementaron durante diez años: Reintegración. Están en el 80 por ciento de los Acuerdos de Paz Globales (APG) y, en general, los programas están orientados a ayudar a los excombatientes en su transición a la vida civil. Incluyen capacitación laboral

foto: ARchivo SeMAnA

el mundial de Rugby de 1995, que Sudáfrica ganó siendo local, fue un momento clave para la reconciliación de esa nación.

y beneficios para ayudarlos, por ejemplo, a encontrar trabajo. Los programas de reintegración llevan mucho más tiempo de lo previsto y la experiencia demuestra que a menudo “incluyen de-

participación política acordada y afecta el cumplimiento de otras disposiciones del acuerdo. En Angola, en 1994, la no implementación de la plena amnistía general incluida en el acuerdo llevó a

No hay fórmula mágica para la reconciliación. Se trata de un proceso, no de un evento, dicen los especialistas masiado poco y llegan demasiado tarde”. Amnistía y liberación de prisioneros. El 60 por ciento de los APG contienen disposiciones de amnistía y el mismo número contiene cláusulas sobre la liberación de todos los prisioneros de guerra o políticos. Se implementan plenamente en un 70 y 75 por ciento respectivamente. La investigación muestra que la no implementación de estas disposiciones rápidamente puede conducir a la ruptura de la

que los oficiales de alto rango de la Unita se quedaran en el campo y se generara una situación que los llevó de nuevo a la guerra. Reparaciones. Solo en el 23 por ciento de los APG firmados desde 1989, aparecen programas de reparación. La mitad nunca se inician y solo se aplican plenamente en el 13 por ciento de los acuerdos que los contienen. Implican una compensación, monetaria o de otro tipo, a las víctimas de guerra. Dicha compensación, según los casos, la determi-

na una Comisión de Verdad y Reconciliación (CVR), un Comité Independiente o Conjunto, o bien algún organismo gubernamental. Comisiones de Verdad y Reconciliación (CVR). Se encuentran en el 35 por ciento de los APG y prevén algún tipo de esfuerzo institucionalizado y formal para investigar y documentar el padecimiento de las víctimas y, en algunos casos, para facilitar el procesamiento de los autores de atrocidades y crímenes de guerra. En el 40 por ciento de los casos, las CVR completan su tarea. En una cuarta parte, las comisiones son mínimamente operables y en otro 25 por ciento de los casos no están ni siquiera configuradas. La experiencia acumulada recomienda una ‘plataforma’ que procese la búsqueda de la verdad y la justicia, sin dañar el proceso de transformación constructiva del cuerpo social.

19


reconciliAci贸n

CONFIANZA


algunas historias

foto: julián roldán

de reconciliación encontradas en las regiones Pacífico y centro muestran el camino por seguir.


reconciliAción

CONFIANZA

CONFIANZA Confianza

Las instituciones y los actores sociales tienen que trabajar porque el individuo recupere la capacidad de confiar en su entorno, perdido en buena parte como consecuencia del conflicto armado. Esto se logra mediante actos positivos como la presencia del Estado tras décadas de abandono o de debilidad institucional, el arrepentimiento efectivo de quien ha causado un daño, el resarcimiento real de los derechos de las víctimas, entre los principales gestos. Todos estos actos pueden facilitar que, luego de la ruptura del tejido social, se reconstruya la confianza no solo entre los ciudadanos, sino entre estos y las instituciones. Y dado que el conflicto todavía no es un hecho del pasado, sino que aún persiste, el reto estatal y de otros sectores clave, como la cooperación internacional, está en recuperar el Estado sin correr el riesgo de legitimar relaciones de poder existentes. Por el contrario, y dado que recuperar la confianza es prerrequisito para andar un camino efectivo de reconciliación, la idea es fortalecer el nivel local atendiendo la construcción social de la paz.

LAS HORAS AMABLES Llano Verde es la ciudadela de Cali donde han sido reubicadas las víctimas del conflicto. Allí ellas impulsan un sistema de convivencia ejemplar.

E

Entre

el conflicto armado y el crimen organizado, Cali ha tenido picos de violencia que la han erigido como la ciudad más peligrosa del mundo. En 2002 su tasa de homicidios fue más alta que la de ciudades como Bagdad o Kabul que estaban en plena guerra. Ha sido receptora, además, de la gran mayoría de desplazados del propio departamento del Valle y de Cauca, Nariño, Putumayo, Tolima y Chocó. De los 2,4 millones de habitantes que tiene en la actualidad, al menos una cuarta parte se compone de personas de otras regiones que en los últimos 30 años han sido obligadas a dejar sus tierras por culpa de la violencia o por la mala situación económica. El ‘Plan de acción territorial 2012-2015 para la atención a las víctimas del conflicto armado’ del municipio de Cali dice que


fotoS: fEDERICo RÍoS

buena parte de la población desplazada se ha asentado en lugares donde la presencia del Estado es “insuficiente” y las “dinámicas de criminalidad urbana (bandas delincuenciales, microtráfico, extorsiones, disputas territoriales) ahondan la situación de riesgo y vulnerabilidad de estas comunidades”. Son, al mismo tiempo, los barrios con “mayores índices de mortalidad materna, mortalidad infantil, casos de violencia intrafamiliar y abuso sexual, embarazo de adolescentes, homicidios en menores de 18 años, presencia de pandillas y deserción escolar”. Para las alcaldías de turno, uno de los grandes retos es evitar que quienes ya han sido víctimas del conflicto armado vuelvan a ser objeto de hechos victimizantes; para el caso de Cali, por ejemplo, que una familia de desplazados deba huir de su barrio por causa de la violencia, es decir,

que sea víctima de un nuevo desplazamiento pero esta vez intraurbano. A esto se le llama recvictimización. En la ciudadela Llano Verde este es el asunto más preocupante. Edificada en los últimos dos años y ubicada en el extremo suroriental de la ciudad –su última cuadra es la última de Cali–, habitan este suburbio unas 1.700 familias de las cuales el 80 por ciento han sido víctimas del conflicto armado y proceden de diferentes regiones del país. El resto son víctimas de las inundaciones y deslizamientos como resultado de las olas invernales. Las familias residentes no llevan más de 12 meses allí. Con dos plantas, cada casa tiene 30 metros cuadrados y están alineadas en cuadrículas simétricas. Cada calle tiene sus señas particulares: la de los graneros, la de la panadería, la de los bares, el parque del amor, el parque principal. En una esquina, bajo la sombra de un samán, ocurren algunas reuniones comunitarias. Los niños juegan en las zonas verdes y en las calles. La música popular ocupa los rincones. Las puertas permanecen abiertas: en una casa, una anciana saluda a los transeúntes mientras teje sentada en una mecedora; dos puertas más allá, unos afros echan chistes en una peluquería; en la cuadra contigua, una madre cabeza de hogar enciende una parrilla de arepas, chorizos, plátanos y empanadas frente a su casa. “Llano Verde es un caso de reubicación de víctimas del conflicto armado que hasta el momento va bien”, dice Claudia Andrea Orozco, funcionaria de la Unidad de Víctimas del Valle del Cauca. “Pero no lo podemos descuidar: tiene muchos riesgos a su alrededor”. A

Felipe AsprillA,

desplazado de Chocó, acaba de instalarse en Llano Verde. Elvia, Yesenia y Juan Pablo (abajo) son dueños de una panadería en la ciudadela.

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mediados de febrero, la Policía allanó una casa que ocultaba un pequeño arsenal de armas cortas para alquiler y venta. Y los vecinos se quejan de que en las cuadras que siguen en obra gris hay quienes venden y consumen estupefacientes. Doña Elvia Mercado llegó a Cali con sus hijos menores de 10 años a principios de los años noventa, desplazada de Planeta Rica, Córdoba, luego del asesinato de su marido.

¿en dónde?

Cali, Valle.


reconciliAción

CONFIANZA

mujeres

fotoS: fEDERICo RÍoS

como Rosa (arriba derecha) y Amilbia (abajo) se han convertido en líderes comunitarias de la urbanización. Su meta: ayudarle a la gente.

Aprendió confección, vivió en alquiler en varios sectores de la ciudad hasta que hace unos meses recibió su casa propia en Llano Verde. Allí convive con su hija mayor, Yesenia, y con el esposo, Juan Pablo, dueños de una pequeña panadería. Juan Pablo también fue desplazado de su tierra, en el municipio de Dagua, Valle del Cauca. Dicen que viven tranquilos y optimistas, que la vida en la ciudadela es amable y segura. “Algunas normas de convivencia son muy estrictas –añade Juan Pablo–; yo he querido poner un parasol afuera de la casa para ampliar la panadería, pero nos da miedo de que por eso venga el gobierno y nos quite la casa”. A cuatro calles vive Amilbia Quintero con su esposo y

dos de sus hijos. Provenientes de El Tambo, Cauca, salieron de su finca en 2006 por el miedo que les despertaban los enfrentamientos entre el Ejército y la guerrilla. “Cuando escuchaba una balacera y

instalados en la ciudadela, ella continuó con el papel de líder que tenía en el pueblo. “Ese ha sido mi interés: ayudarle a la gente”. Junto con algunos vecinos creó la fundación ‘Nuevo plan de vida’ y desde eso se ha convertido en una de las personas más solicitadas de la ciudadela. “A veces yo tengo que salir a hacer diligencias en el centro de Cali –explica Amilbia–. Y cuando regreso hay personas esperándome afuera de la casa para que los oriente sobre cómo resolver sus problemas”. Desde redactar derechos de petición hasta dar las instrucciones para que hagan una reclamación, Amilbia ayuda a la gente. Y dice que muchas veces no se necesita dinero, solo voluntad y conocimiento. “Por eso es que me he capacitado mucho –señala–. Porque lo que yo aprendo es lo que puedo transmitirles a las demás personas”. Sobre la convivencia en Llano Verde, ella dice que es buena, que la gente comparte con amistad, que hay seguridad y respeto, salvo cuando los vecinos ponen la música a muy alto volumen y a ella y su familia les toca salir a caminar para no soportar el escándalo. “Al

Dicen que viven tranquilos y optimistas, que la vida en la ciudadela Llano Verde es amable y segura los niños estaban en el colegio –recuerda Amilbia– yo no sabía qué hacer: si salir corriendo por ellos y exponerme a las balas o quedarme en la casa y rezar para que no les pasara nada”. Antes de haber llegado a Llano Verde, Amilbia y su familia vivían en arriendo en barrios cercanos. Una vez

gobierno solo le pediría que engrosara las paredes comunes de estas casas –dice Amilbia–; porque acá se escucha todo lo que pasa en las casas vecinas. El único problema que le veo a la ciudadela es ese: que se ha perdido la intimidad familiar”. Rosa Gaviria, de 38 años, llegó desplazada de Granada,

Antioquia, junto con sus tres hijos y su madre. Una vez situada en Llano Verde, se inscribió en una de las listas para la junta de acción comunal. Salió elegida, y aunque todavía faltan varias semanas para empezar labores, Rosa tiene muy claros los temas prioritarios: “Construir un puesto de salud, porque si uno se enferma le toca ir muy lejos para que lo vea un médico; un colegio porque esta ciudadela está llena de niños y un CAI de la Policía, porque acá los patrulleros vienen, dan una ronda, se van y el barrio vuelve y queda solo”. Explica que la Alcaldía tiene el dinero para construir estas obras, pero no el terreno. “Sobre eso nos tocará hablar con la constructora –dice Rosa–; tenemos que encontrar la solución”. Desde la desmovilización paramilitar entre 2004 y 2006, Cali ha sido escenario de cualquier cantidad de guerras entre bandas y facciones criminales. Los Urabeños y los Rastrojos libran la más reciente, la que en este momento tiene casi militarizados algunos sectores del oriente de la ciudad. Y lo malo es que sus acciones parecen acercarse a Llano Verde. Para Dorian Barandica, profesional en retornos y reubicaciones individuales de la Unidad de Víctimas del Valle, Llano Verde es un buen ejemplo de que después de la violencia y el dolor del conflicto armado, el ser humano es capaz de vivir en paz comunitaria, de asumir su papel de buen ciudadano. “Sin embargo, si bajamos la guardia, si el Estado no hace lo que debe hacer –concluye–, Llano Verde puede convertirse en un barrio crítico de la ciudad. Del Estado y de la sociedad en general depende que no sea así”.


La paz no se hace sola

L

J o ta m a r i o a r b e l á e z

El poeta nadaísta resalta la importancia de las iniciativas que se la juegan por la reconciliación.

La

paz, como el amor, no se hace sola, cada uno debe poner su parte. No se hace por convenio ni por decreto, ni únicamente por voluntad de quienes han estado agrediéndose y, de rebote, agrediendo al pueblo. Ni se deja de hacer porque los enemigos de la paz digan que si hay enemigos de la paz no hay paz, y además conspiren para que las conversaciones fracasen. Ellos que solo entienden la paz cuando es hecha por un ‘pacificador’. Pero la paz se hace con el entendimiento de los que han estado agrediéndose o, incluso, marginándose como si con ellos no fuera la cosa. Se hace no solo entre contrincantes, sino entre entidades que ni siquiera han peleado, pero que no se han tratado y, por consiguiente, ni siquiera se han comprendido y menos ayudado o apoyado. Para que la paz tenga dientes debe ser pactada por todos. Para empezar debemos confesar que todos participamos en la guerra: los muertos que no tienen necesidad de aceptarlo, pero sí sus familiares y las víctimas sobrevivientes de los atentados; los agresores subversivos o contras letales amparados por el Estado; los que tuvieron que abandonar su tierra para acogerse a la luz del semáforo citadino; los políticos que azuzaron el enfrentamiento y hasta de él se lucraron; los jueces que se hicieron los de la oreja gacha; los empresarios que solo se preocuparon de

cuidar sus excluyentes mercados; los periodistas que dieron versiones falsas; los escritores y artistas que se quedaron callados o se pasaron a loar a los tenebrosos. La iniciativa Reconciliación Colombia va más allá de las conversaciones para zanjar el conflicto. Prepara a los colombianos para recibir la paz asumiendo responsabilidades cada cual desde su parámetro. Entran los industriales y comerciantes, las entidades del Estado, ONG, corporaciones internacionales, los medios de comunicación, víctimas y excombatientes y la sociedad civil en pleno. Veo en Cali y el Valle empresas donde trabajan en armonía antiguos guerrilleros y paramilitares. Y el caso del secuestrado que acogió a su antiguo secuestrador para que lo cuide. Es emocionante ver a sempiternos contendientes feroces aunando esfuerzos para levantar escuelas en poblaciones que en otra oportunidad arrasaron. Para acometer semejante tarea se necesita grandeza, eso hay que reconocerlo. Yo, que siempre fui descreído, pongo toda mi fe en esta iniciativa que apuntala el impostergable proceso. El avance de Reconciliación Colombia marca un camino promisorio a las conversaciones de paz en La Habana. Prepara el terreno para que los desmovilizados entren de nuevo a formar parte de la gran familia colombiana. Quienes estamos con la paz, ni siquiera contra los enemigos de la paz pelearemos.

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EMPODERAMIENTO Confianza

La reconciliación implica que las comunidades se afiancen para que cada uno de los ciudadanos puedan decidir sobre su futuro económico, político y social con plena libertad y goce de sus derechos. Esto en lenguaje de las organizaciones no gubernamentales se llama empoderamiento. Una de las principales consecuencias del conflicto armado es precisamente que se rompe el tejido social, es decir, las relaciones entre los pobladores de una misma región, lo que genera una fractura que inmoviliza al individuo y, por tanto, a su comunidad. Recuperar esto implica, entre otras acciones, promover mecanismos para que las poblaciones excluidas y las víctimas accedan a sus derechos y reivindiquen lo que les pertenece. También implica impulsar la participación y el liderazgo de las poblaciones excluidas, de indígenas y afrodescendientes, de organizaciones de los jóvenes y de las mujeres, entre otros sectores vulnerables, en espacios de decisiones y de poder.

LA PAz PACTADA Hace 20 años una disputa por una mina de esmeraldas amenazó la paz del occidente de Boyacá. Un pacto fue decisivo para recuperar la concordia.

M

María Mercedes abad*

*Comunicadora Redprodepaz.

Monseñor

Juan Felipe Sánchez espera en la Sala de la Reconciliación de la Curia de Chiquinquirá, la misma donde varias veces se han encontrado los esmeralderos de Boyacá, que han llegado ahí buscando saldar las disputas que tienen entre sí “por chismes, envidias, lucha por la explotación de minas o por ambición de dinero y de poder territorial”, explica el obispo. Allí se han sentado los Murcia y los Molina, dos familias de esmeralderos que hoy están en pleno conflicto luego del atentado a alias Pedro Orejas, en noviembre en el que murieron su hijo Pedro Simón y otras cuatro personas.


foto: erick morales

¿en dónde?

Boyacá

De manera silenciosa, pero constante, monseñor presta sus oficios de mediación entre las dos familias. “Nos hemos reunido con cada una para hacerles un llamado al diálogo y la reconciliación. Escuchamos las versiones de cada uno y los llamamos al perdón”. En esto lo acompaña el anterior obispo de la Diócesis, monseñor Héctor Gutiérrez, pues ambos lideran la Comisión de Paz y Convivencia, creada en noviembre de 2013, junto con otras cuatro formadas para dar soluciones a los problemas de Boyacá: la comisión de inversión social, la mesa empresarial, la mesa de

seguridad y la mesa de justicia. Monseñor Sánchez explica que están esperando a que ‘bajen los ánimos’ para intentar sentar en la sala de la reconciliación a los Murcia y a los Molina, y así, en menos de dos meses, reunir a los líderes de las siete familias esmeralderas que hoy manejan el negocio del oro verde en Boyacá. “Aquí deben entrar sin armas, dispuestos a dialogar, a decirse la verdad, aunque no estén de acuerdo, al menos logramos que se vean a la cara”, enfatiza. No es esta la primera experiencia de reconciliación que presencia Boyacá. A finales de los noventa, la degradación de las disputas entre los municipios del occidente por la explotación de las minas de Coscuez cobraba muchas vidas. El conflicto había generado enfrentamientos entre 12 pueblos que buscaban el control de la mina: Otanche, Borbur, Muzo, Quípama, La Victoria, Coper, Pauna, Briceño, Tonungua, Maripí, Buenavista y Caldas. Ante esa situación, monseñor Álvaro Jarro decidió tomar cartas en el asunto. Las víctimas se contaban por decenas: “Era tan terrible que usted podía ser el barrendero de un pueblo, y no podía pisar los pueblos enemigos porque se la cobraban”, cuenta Gabriel Parra, alcalde de Otanche en aquella época. “Hubo un día en que en Otanche tuvimos 26 muertos y 18 heridos”, recalca. Luego de seis años de guerra entre vecinos, se inició un proceso de reconciliación entre los esmeralderos, que aceptaron reunirse en Quípama, y el 12 de julio de 1990 firmaron un pacto en el que se comprometieron “al cese inmediato de toda agresión física o moral entre todos los habitantes de la re-

gión”. Para velar por el cumplimiento de lo acordado se creó el Comité de Paz del Occidente de Boyacá. Poco a poco, las relaciones entre los pueblos empezaron a restablecerse, y volvieron a ser la provincia de occidente de Boyacá. Gabriel Parra Benítez, tres veces alcalde de Otanche y firmante del Pacto por la Paz, fue víctima de la guerra verde. Entre 1988 y 1990 fueron asesinados sus dos hermanos menores y cuatro primos. “Más de una vez le pusieron precio a mi cabeza en aquel entonces”. Al final de su último periodo como alcalde, Parra y su familia viajaron a Estados Unidos, donde él limpió baños, atendió mesas y en las noches estudió. Allá se acabó su matrimonio. Todo esto lo hizo pensar en la validez del proceso. “Cuando me fui tenía muchas cargas que me llevaron a pensar en la venganza, pero no lo hice porque había firmado ese pacto y debía respetar el honor de la palabra empeñada”. Diez años después regresó a Colombia siendo espe-

cialista en democracia y participación, y decidió trabajar por el desarrollo de Boyacá. Por eso, en marzo de 2012 participó en la asamblea del Comité de Paz creado en 1990, al que se le cambió el nombre por Asopaz por Boyacá, entidad en la que es vicepresidente y director ejecutivo, y monseñor Sánchez presidente. “Mi principal motivación es que ninguna persona vuelva a vivir el dolor que yo viví”, afirma Parra. Además de esta iniciativa, en diciembre de 2012 crearon la Corporación Boyacá se Atreve por la Paz, cuya principal misión es lograr que la cooperación financie un laboratorio de paz para la región. “Estamos armando redes para sumar esfuerzos porque sabemos que si solo el 1 por ciento de las familias explotan la riqueza de Boyacá mientras el 99 por ciento se muere de hambre, la violencia no va a parar. Queremos ser ejemplo de construcción de paz en el posconflicto”, asegura monseñor Sánchez.

foto: archivo semana

desde AsopAz

de Boyacá, monseñor sánchez y Gabriel Parra luchan por mantener la paz del occidente del departamento.

Hoy, lA

lucha entre cuatro familias esmeralderas amenaza la convivencia de Boyacá.

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reconciliAción

La comunidad

de La Balsa, en Nariño, quiere convencer a las veredas vecinas de la necesidad de tener un manual de convivencia.

empoderamiento

viviEndo En LA BALsA

En una zona sometida por las armas, esta comunidad lucha por conservar sus propias determinaciones. Esto gracias a un manual de convivencia elaborado por ella misma.

A

Al

sur del departamento de Nariño, en la región del alto río Mira, queda La Balsa. Vereda del municipio de Tumaco habitada por 309 campesinos afrodescendientes. Para llegar allá hay que sumar

hora y media por vía pavimentada, 20 minutos en canoa y otra hora larga por una trocha que si está seca puede recorrerse en moto, pero si está empantanada solo sirve el lomo de bestia. Herederos de estas tierras por más de un siglo, los campesinos de La Balsa se han dedicado al cultivo de leguminosas y tubérculos, así como a la pesca y a la extracción de madera. Desde finales de los ochenta y durante toda

la década del noventa esta región fue refugio y lugar de operaciones de la guerrilla del ELN. “Siempre habíamos estado con ellos en la misma región –explica Genaro García, líder comunitario de La Balsa–. Pero el ELN no se sentía porque no se metía con la gente. La situación cambió cuando aparecieron las Farc, en febrero de 2000”. Con los fusiles y los operativos de acaparamiento territorial, las Farc trataron de

implementar normas de conducta, fijar horarios, limitar las reuniones comunitarias y hasta imponer un tipo de justicia criminal. “Llegaron diciendo –explica Genaro– que las fiestas solo podían ser hasta las diez de la noche. O que si alguien robaba podía ser castigado con la muerte. Les dijimos: ‘Qué pena, si van a estar acá les tocará acomodarse al sistema nuestro. Los dedos de la mano no son iguales todos y no por eso hay que matarlos’”.


El grupo guerrillero pareció acatar la petición de la comunidad hasta que en junio de 2003 asesinaron a un joven campesino. “Luego de ese asesinato –agrega Genaro– yo conversé con el comandante de la zona, lo apodaban Ratón. Le dije que nos estábamos organizando para que ellos no tuvieran que regularnos. Y lo aceptó”. Genaro, con apoyo de otros líderes, puso por escrito las normas de convivencia que la comunidad les había aprendido a sus ancestros. Fueron 14 puntos sobre hechos básicos como que para ser parte de la junta veredal debe ser nativo y saber leer y escribir. O reglas más radicales que obligan a multas en caso de situaciones delincuenciales: “Si una persona hace tiros al aire está desafiando a la comunidad –explica Genaro–; por ese desafío debe pagar una multa”. Estos 14 puntos fueron conocidos como el ‘Manual de convivencia de la vereda La Balsa’. En respuesta, las Farc reunieron a todos los campesinos y les preguntaron con qué autoridad preferían quedarse: con ellos o con la de la junta veredal. La Balsa eligió a la junta y esta guerrilla respetó la decisión. “Llegó el momento en que si un cam-

pesino de otras veredas salía a buscar a las Farc para que le solucionaran un problema, las Farc le decían: ‘diríjase a la comunidad de La Balsa para que le ayuden’”. Hubo épocas en las que el manual prohibió el consumo de licor en días laborales y el porte de armas en las fiestas de fin de semana. “Si era un guerrillero y quería disfrutar de la fiesta, le tocaba ir a guardar el arma y ahí sí volver. Si era un miembro de la comunidad le tocaba entregarnos el

Hubo épocas en las que el manual de convivencia prohibió el consumo de licor en días laborales arma y nosotros se la devolvíamos el lunes, cuando hubiera acabado la fiesta”. De la misma manera, es decir, adaptando normas de comportamiento según la coyuntura, La Balsa resistió la llegada de los colonos que arribaron detrás de las plantaciones ilegales. “Con las Farc vino la bonanza de la coca y llegaron gentes del

habitantes de

la Balsa aseguran que gracias a su manual no han tenido que irse a la ciudad a pedir limosna.

fotos: luís ángel murcia-semana

¿en dónde?

Tumaco, Nariño.

Putumayo, del Caquetá, del Guaviare, incluso, ecuatorianos –dice Genaro–. Y montaron negocios de bar y licor, y ventas de diferentes productos a precios más bajos que los que acostumbrábamos a pagar”. Ante eso la comunidad decidió proteger a sus comerciantes sin importar que vendieran más caro o productos de menor calidad. “Así ningún colono pudo quitarnos las cosas –concluye Genaro–. Si querían participar en nuestras actividades deportivas, no los

dejábamos; si querían participar en la fiesta, tampoco. Y ninguno puede vivir en el caserío. Le toca levantar su cabaña selva adentro”. En la actualidad, a pesar de que varios de los gestores del manual han muerto, la convivencia en La Balsa sigue regulada por ellos mismos. “Las Farc continúan en el territorio, pero no dentro

del caserío –explica Lucenith Ramírez, habitante de la vereda–. Y quieren mostrarse como preocupados por nuestras necesidades, preguntan qué nos hace falta y quieren organizar eventos dizque para que recaudemos fondos comunitarios. Pero no les creemos, las Farc son mansalveras”. El paso en el que se encuentra la comunidad de La Balsa consiste en convencer a las veredas vecinas acerca de la necesidad de tener su propio manual de convivencia. “Ese manual fue un acto de resistencia –agrega Lucenith Ramírez–. Y a las otras veredas les puede servir para evitar que las Farc tomen las decisiones de la comunidad”. Genaro García está convencido de que si no hubiera sido por el manual él y la mayoría de sus vecinos no habitarían ya ese territorio. “El manual es una pequeña constitución que nos ha servido para que los grupos armados no nos saquen de nuestras tierras; para conservar la herencia de nuestros mayores. Para que no nos toque irnos a pedir limosna en las ciudades”.

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reconciliAciรณn

foro

primero las regiones la reconciliaciรณn se debe impulsar desde las regiones. esa fue la principal conclusiรณn del segundo foro de reconciliaciรณn Colombia que se desarrollรณ en Cali. los asistentes coincidieron en que el centralismo estatal frena los procesos.


N

fotoS: diana SánChEz

con 330

personas se llevó a cabo en Cali el Segundo Encuentro Regional de Reconciliación Colombia.

No

es usual que 60 personas de diferentes sectores de la sociedad –autoridades, miembros de la Iglesia, académicos, artistas, empresarios y representantes de organizaciones sociales– se encuentren en un mismo espacio para hablar de reconciliación, en especial si son personas de regiones diferentes. Eso fue lo que logró el segundo encuentro de Reconciliación Colombia, realizado el pasado 26 de febrero en Cali. Allí indígenas de Toribío (Cauca) tuvieron la oportunidad de hablar con campesinos de Viotá (Cundinamarca), con desmovilizados que ahora son empresarios en Yumbo (Valle) y autoridades regionales, entre otros. Ellos, entre otros protagonistas del Valle, Cauca, Cundinamarca, Nariño, Bogotá y Boyacá, comparten una misma característica: trabajan en iniciativas que generan paz en sus territorios y tienen historias de vida que demuestran que la reconciliación sí es posible. Así como el sargento bogotano Francisco Pedraza, que se sobrepuso a haber perdido sus dos piernas en un campo minado y hoy es campeón paralímpico, o la hermana Alba Stella Barreto que impulsa oportunidades para pandilleros de los barrios más peligrosos de Cali. Con estos encuentros, Reconciliación Colombia genera diálogos interregionales en los que diferentes actores comparten experiencias y terminan articulándose. En este foro los delegados de las autoridades locales, los empresarios y las organizaciones de base social dieron a conocer las iniciativas que adelantan. Posteriormente, 60 repre-

sentantes que conformaron la mesa redonda, debatieron acerca de esas experiencias y del papel que cada sector debe cumplir para superar el conflicto y abrir las puertas a las oportunidades.

Las autoridades

Rodrigo Guerrero, alcalde de Cali, señaló que la reconciliación no es tarea de unos pocos, sino de todos los colombianos, por eso exhortó a que no sean indiferentes y participen en la resolución del conflicto. Así mismo, hizo énfasis en que la paz no solo está hecha de símbolos, sino que debe acompañarse de políticas públicas diseñadas para las regiones, que son las que viven los rigores de los enfrentamientos armados... En este último punto coincidieron Temístocles Ortega, gobernador de Cauca, y

Jaime Rodríguez, secretario de Gobierno de Nariño, al exponer los programas que adelantan para garantizar la reconciliación en sus departamentos. En Nariño se conforma una agenda intersectorial de paz que terminará con la instalación de una mesa departamental en junio, y las autoridades de Cauca impulsan la movilización social de los sectores de la región. En la mesa redonda se escucharon varias críticas contra el modelo centralista del Estado colombiano, pues es una barrera para que los gobiernos locales inviertan lo necesario en la reconciliación, ya que dependen de las políticas y decisiones que se toman en Bogotá. Al respecto, María Teresa Arizabaleta, directora de la Ruta Pacífica de Mujeres, dijo: “El gobierno tiene que entender que

Los números del encuentro •

• •

330 PERSONAS asistieron al foro regional de Cali y 1.128 lo vieron vía streaming por www.reconciliacioncolombia.com. @ReconciliaCol, la cuenta de twitter, fue trending topic a nivel nacional. Se realizaron cuatro paneles: autoridades, empresarios, sociedad civil y experiencias; y una mesa redonda, compuesta por 60 personas. El próximo encuentro será en Barranquilla, el 19 de marzo, en el Hotel Dann Carlton. Se reunirán protagonistas de 14 departamentos del Caribe y la Orinoquia que trabajan por la reconciliación. Entre los invitados están Alan Jara, gobernador de Meta; Antonio Celia, presidente Promigas, y monseñor Nel Beltrán, director de la Diócesis de Sincelejo.

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CfOoNrFo IANZA fOtOS: diAnA SánchEz

rr ee cc oo nn cc i li ilAi A cc i ói ó nn

Manuel Ballestas,

desmovilizado y presidente de Ganchos y Amarras, saluda a Maurice Armitage, presidente de Siderúrgica de Occidente. uno de los problemas de este país es que es muy centralista, pero no hay voluntad de regionalizarlo”. En ese sentido, algunos propusieron reestructurar el Estado y, por qué no, dar mayor autonomía a los departamentos y municipios. También se pidieron políticas más eficaces para atender a las víctimas y a los desplazados.

El papel de la empresa

Uno de los momentos más

emotivos de la jornada llegó cuando Manuel Ballestas, desmovilizado de las AUC que hoy es presidente de la junta directiva de la empresa Ganchos y Amarras en Cali, contó su experiencia de reinserción en la sociedad y pidió perdón por los daños que causó durante su vida de combatiente. Este testimonio dio pie a un debate sobre el compromiso de las empresas para contratar desmovilizados.

Alejandro Eder, director de la Agencia Colombiana para la Reintegración (ACR), calificó este punto como vital en

laboral, muchas veces lo hacen sin revelar su pasado por el miedo a ser despedidos o a la estigmatización.

Quienes hablaron en el foro tienen algo en común: trabajan en iniciativas que generan paz un proceso de reconciliación y dijo que aunque gran número de excombatientes ya están ingresando al mercado

Sobre este caso, CocaCola Femsa puso el ejemplo sobresaliente. Hace un par de años esta compañía se negó a

Propuestas para empezar “Hay que actuar desde ya por la reconciliación”, dijo Rodrigo Guerrero, alcalde de Cali, cuando abrió el foro de Cali. Por ello, los asistentes se comprometieron con la tarea y durante el evento surgieron las siguientes iniciativas: • Pactos territoriales. Las organizaciones sociales, las empresas y los gobiernos locales deben hacer un gran acuerdo en cada territorio para definir una hoja de ruta y construir condiciones de reconciliación. La idea fue de Armando Garrido, director de Comfandi. • Mesa del Pacífico por la reconciliación. La Hermana Alba Stella Barreto, directora de la Fundación Paz y Bien, propuso que Nariño, Cauca y Valle abran este espacio para trabajar en respuestas a problemáticas concretas. Se prevé una primera reunión con los desplazados de Aguablanca (Cali). Temístocles Ortega,

gobernador de Cauca, se comprometió a apoyar el proyecto. • Campamentos de paz. “Estos espacios servirán para contrarrestar los campamentos de guerra”, dijo Feliciano Valencia, representante de la Asociación de Cabildos Indígenas del Norte del Cauca (Acin), al exponer su propuesta. La idea es que todos los diferentes actores se reúnan y dialoguen en los campamentos sobre iniciativa pro reconciliación. El líder propuso su comunidad para erigir uno de los campamentos. • Eco-aldeas para desplazados. El desplazamiento es una de las consecuencias más nefastas del conflicto, por ello varios asistentes al foro manifestaron la necesidad de diseñar un proyecto con el Incoder para entregar predios a esas personas que tuvieron que dejar su tierra para que puedan adelantar proyectos productivos.


Las conclusiones

Temístocles Ortega, gobernador de Cauca

trabajar con desmovilizados, pero hoy no solo emplea población reinsertada, sino que sus empleados donan tiempo para capacitarlos. Para el gobernador de Cauca, “la reconciliación cuesta y quienes más tienen son los que más deben poner”. A lo que Feliciano Valencia, representante de la Asociación de Cabildos Indígenas del Norte del Cauca (Acin), pidió respuestas concretas: “¿Cuánto van a poner los empresarios para la reconciliación? ¿Cuánto va a poner el gobierno?”.

Juntos es mejor

Los miembros de organizaciones sociales también expusieron sus proyectos, presentaron propuestas (ver recuadro) y concluyeron que la mejor forma de trabajar es integrarlos con los otros sectores de la sociedad. Se resaltó que esto no es una utopía y que casos como el de Va-

Feliciano Valencia,

representante de la Asociación de Cabildos Indígenas del Norte del Cauca, habló sobre el papel de los indígenas.

Álvaro Cruz, gobernador de Cundinamarca

llenpaz son una muestra de que sí se puede. Esta corporación vallecaucana trabaja desde hace 15 años con proyectos productivos en zonas campesinas e integra los esfuerzos de gobiernos locales, empresarios y los habitantes de las áreas de influencia. Vallenpaz ha logrado que comunidades que antes vivían empobrecidas por el conflicto armado, hoy tengan trabajo y sustento.

Estas fueron las principales conclusiones del encuentro regional que se desarrolló en Cali: • La reconciliación se debe impulsar desde las regiones porque allí es donde están la mayoría de las víctimas. Para lograrlo, es clave conocer las particularidades y las necesidades de cada región, y armar un modelo específico. • Es necesario empezar a actuar ya, porque la paz no se hace solo con símbolos y mensajes. Según los líderes de las organizaciones, se requieren hechos concretos y oportunidades. • La reconciliación tiene costos económicos y políticos. En el primer caso, el sector privado desempeña un papel fundamental, pues tiene la capacidad de crear oportunidades laborales. Es clave que el tema trascienda la responsabilidad social empresarial (RSE). • Antes de hablar de reconciliación, es importante entender las causas del conflicto en cada región y el actuar de los victimarios. Este será un paso clave para entender su accionar y, así, encontrar las soluciones.

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reconciliAción

foro

Los pRota “El compromiso Maurice social de los que armitage tenemos dinero Presidente de la es muy grande. Siderúrgica Hemos tenido más de Occidente. oportunidades y tenemos que trabajar por la paz del país”.

autoridades, empresarios e indígenas, mesas redondas en el segundo Colombia. aquí algunas “Como víctima de la violencia les aseguro que hay que tener gabriel más valor para parra perdonar que para pelear”. Asociación de Paz del Occidente de Boyacá.

“Tenemos que visibilizar las capacidades locales para la paz, en vez pedro de desgastarnos Burbano identificando Defensor de los factores de Derechos de las riesgo y de Víctimas de Nariño. conflicto”.

“Luego de recoger 1.000 testimonios María de víctimas en teresa todo el país, arizabaleta sabemos todo lo Coordinadora de que han sufrido la Ruta Pacífica de las mujeres en Mujeres en Valle el conflicto del Cauca. armado”.

“No tuve nada que perdonar porque no había rencor en mi corazón. Si hubiera sentido rencor, no habría podido salir adelante”. (Perdió sus dos piernas en un campo Sargento minado y hoy es campeón Francisco de un deporte paralímpico pedraza llamado ‘handbike’).


entre otros, conformaron las encuentro de Reconciliación de sus opiniones.

“¿Qué se ha hecho hasta ahora con los miles de desplazaHermana dos del Pacífico que llegan a Cali? Nada. alba stella Barreto Darles casa y llenar Directora de la Funlos extremos de la dación Paz y Bien ciudad de viviende Cali. das indignas”.

Mario angulo Coordinador del Proceso Comunidades Negras en Valle del Cauca.

“Si todos entendemos que el territorio es lo que nos une, podemos tener más claro hacia donde apuntar. Hay que hacer acuerdos territoriales para definir cuál debe ser la ruta para construir la paz”.

“Una cosa es conversar aquí y otra es que se vayan a vivir unos cinco días a Buenaventura”.

Líder de la Asociación “DebeMunicipal de Mujeres mos revisar de Buenos Aires el modelo de (Cauca) – Asom. desarrollo del país y las acciones que contribuyen a la segregación y a la discriminación”.

armando garrido Director de la Caja de Compensación Familiar del Valle (Comfandi)

Feliciano Valencia

Representante de la “Para reAsociación de Caconciliarnos bildos Indígenas del Norte del Cauca. hay que conocer la verdad. Y nosotros sí queremos saber quiénes son los autores materiales e intelectuales de las masacres, los asesinatos y el desplazamiento”.

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fotos: diana sánchez

gonistas

Clemencia Carabalí


reconciliAción

gobiernos

Bogotá Mayor atención a desplazados La capital del país tiene más de 500.000 víctimas del conflicto, la mayoría de otras regiones, y el presupuesto para atenderlas asciende a 314.206 millones de pesos. Sin embargo, el proceso de atención se ve obstaculizado por la falta de terrenos para ubicarlos o brindarles oportunidades. Según la administración distrital, no hay una sola hectárea de oferta de tierras por parte del Incoder, y no se han obtenido los resultados esperados con respecto al acceso de empleo y a proyectos productivos. En Bogotá los desplazados reciben ayuda humanitaria inmediata a través de la Unidad de Atención y Reparación Integral a las Víctimas (Uariv) y el ICBF. Una de sus funciones más importantes es prestar servicios de asistencia jurídica para agilizar los procesos de indemnización. No obstante, los 35 abogados destinados a esta área no son suficientes para adelantar dicha labor.

Nariño Aplacar el conflicto armado

La Secretaría de Gobierno de Nariño destaca los avances logrados en la agenda de paz y posconflicto. A mediados de junio se espera instalar la mesa departamental de paz, encargada de liderar este proyecto, que tiene como motor la reconciliación. El departamento también está invirtiendo en reparar a las víctimas. Con ayuda internacional han realizado cinco retornos y se ha iniciado el proceso de restitución de tierras. No obstante, la exclusión de las regiones periféricas por parte del gobierno, que los priva de un apoyo económico y social, ha impedido el cese del conflicto y ha entorpecido sus avances en reparación. Las Farc y el ELN siguen actuando en la costa, el piedemonte, las cordilleras Norte y Occidental.

Cauca En busca de unidad interétnica La Gobernación del Cauca impulsa el proyecto Diálogos Caucanos por la Paz. Mediante una mesa de diálogo exigen el cese del conflicto a los actores armados. Estos encuentros han avalado el proceso de La Habana, pero solicitando al gobierno y a las Farc que incluyan sus demandas como ciudadanos y sus propuestas para la paz en el país, si se tiene en cuenta que Cauca es un territorio que ha sufrido los embates de la guerrilla. También han establecido tres mesas de concertación con las organizaciones indígenas, campesinas y afrodescendientes que pretenden promover un lenguaje común que sirva a la resolución de los conflictos interétnicos. En estas mesas también se discute la mejor manera de invertir los recursos asignados por el Incoder para la compra de tierras, la sustitución de cultivos de uso ilícito y el fortalecimiento de los procesos de consulta previa. Sin embargo, estas acciones se han visto entorpecidas por la constante actividad militar de la insurgencia armada en casi todo el territorio caucano.

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ApuE dE LA

tiEr Las autoridades no se han quedado con los brazos cruzados y hoy trabajan en los principales problemas de sus regiones.


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Cundinamarca Trabajo directo con víctimas La Gobernación de Cundinamarca se ha concentrado en un proyecto piloto de reconciliación en Viotá y La Palma, los municipios más golpeados por el conflicto. El programa tiene dos fases. En una primera etapa se busca conocer las necesidades de las más de 8.000 víctimas identificadas por esta administración pública, para, posteriormente, reponer el tejido social a través de planes en donde adultos, jóvenes y niños trabajen el perdón, la tolerancia y el respeto. La segunda fase consiste en un trabajo psicosocial con la cual la administración departamental busca formar 950 familias que lo lideren, para reparar a cerca de 1.000 personas. Paralelamente, se busca que 800 víctimas trabajen en la construcción de memoria histórica.

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Boyacá Lucha contra cultivos ilícitos La apuesta de Boyacá es convertirse en un departamento sin cultivos ilícitos. En enero de 2012 tenía 383 hectáreas con siembras ilegales y hoy solo hay cinco. Este es un logro que la Secretaría de Gobierno departamental le atribuye a la participación activa de la población, la Policía y el Ejército. En el propósito de dinamizar la economía, ha creado un proyecto bandera a través de la Corporación de Paz de Occidente. Con este se quiere reunir en mesas de diálogo a empresarios, alcaldes municipales y habitantes de la región para concertar la inversión en café, cacao, frutas exóticas o especies maderables que aporten al desarrollo integral de todo el departamento. Invertir en seguridad es una política pública transversal a todas las secretarías. Gracias a esto, Boyacá ha logrado, por segundo año consecutivo, ser el departamento con menor índice de violencia. No obstante, las Farc y el ELN siguen haciendo presencia en la provincia de La Libertad (al oriente del departamento).

Valle

Pie de foto

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foto: juan carlos sierra

Acelerador a la restitución A cerca de 1.000 personas en el Valle les fue aprobada la restitución de tierras. Sin embargo, la Unidad para la Atención y Reparación Integral de Víctimas del departamento ha recibido más de 53.000 solicitudes. La razón de este desfase es un ‘trancón jurídico’: los 39 jueces agrarios y 15 magistrados encargados de llevar los procesos no son suficientes para atender los casos que llegan. Pero la Unidad destaca que, en comparación con otras regiones del país, han sido más los logros que los fracasos en materia de fallos a favor de los reclamantes. El pasado 20 de febrero se realizó un seminario con los alcaldes municipales y personeros del departamento para hacer oficial la puesta en marcha de la política pública para la reparación integral a las víctimas, aunque no hay que olvidar que el Bloque Móvil Arturo Ruiz de las Farc permanece concentrado en los municipios de Dagua, Florida, Buenaventura, Jamundí, Cali y Yumbo.

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reconciliAción

PERDÓN

VoLVEr A NACEr

PErDÓN Confianza

¿Qué es el perdón y hasta dónde podemos perdonar? En su texto El siglo y el perdón el filósofo francés Jacques Derrida responde a ambas preguntas con una paradoja: “Es preciso, me parece –dice–, partir del hecho de que, sí, existe lo imperdonable ¿No es, en verdad, ¿lo único a perdonar?, ¿lo único que invoca perdón? Si solo se estuviera dispuesto a perdonar lo que parece perdonable, lo que la Iglesia llama ‘el pecado venial’, entonces la idea misma del perdón se desvanecería”. En otras palabras, el filósofo presenta un perdón que solo perdona lo imperdonable. Y aunque el perdón encierra el hecho muy subjetivo de que quien ha sufrido un daño decide perdonar o no en la intimidad de su propio ser, el exponerlo a la luz del conflicto armado involucra otras esferas. Por ejemplo, cuando el victimario pide perdón a la víctima de manera auténtica y real tras reconocer el daño que causó. Cuando la víctima decide perdonar al victimario, si quiere. Cuando el Estado pide perdón a la sociedad por abandonarla, o cuando las Fuerzas Militares lo piden a las comunidades en las que pudieron haber cometido atropellos.

Tres excombatientes del ELN, las Farc y las AUC trabajan juntos para sacar adelante su empresa en Yumbo, Valle.

C ¿en dónde?

Yumbo, Valle.

Cuando

Jhon Jairo Burbano estaba en el monte, encontrarse con alguien de las AUC o del ELN significaba luchar a muerte. En esa época él era un guerrillero de las Farc, andaba con un fusil al hombro, vivía escondido de la fuerza pública y estaba convencido de que los miembros de los otros grupos alzados en armas eran sus enemigos. Desde sus propias trincheras, Jader Castillo del ELN y Ricardo Castillo de las AUC pensaban lo mismo. Los tres eran hombres humildes que terminaron como protagonistas del conflicto por falta de oportunidades y se enrolaron en bandos enfrentados. Pero las persecuciones, el riesgo permanente de morir y el agotamiento, llevaron a Jhon Jairo, Jader y Ricardo a tomar la decisión de desmovilizarse. Ya sin armas y camuflados, lejos del monte en donde sus grupos lucharon a muerte, volvieron a ser iguales. El destino los unió gracias a la Fundación Carvajal, la Agencia Colombiana para la Reintegración (ACR) y otras organizaciones privadas, que en 2010 crearon un proyecto para promover la generación de ingresos sostenible para desmovilizados del Valle. Así nació Mundo Maderas C.T.A., una cooperativa conformada y manejada por 18 reinsertados –entre quienes están Jhon Jairo, Jader y Ricardo–, que produce estibas de madera tipo exportación y las comercializa a empresas como Bavaria, Coca Cola, Eternit y Home Center. Hoy los excombatientes trabajan juntos y, además de socios, son amigos. “Estamos demostrando que podemos compartir en un mismo espacio”, dice Jhon Jairo, quien actualmente se desempeña como gerente de la cooperativa. “Decidimos dejar las diferencias, no mirar hacia atrás y vivir como seres humanos”. Esa decisión les ha servido a todos los desmovilizados del proyecto para salir adelante. La mayoría vive con su familia gracias a lo que produce Mundo Maderas, y se rotan las labores en la empresa. Además, reciben capacitación en el Centro Don Bosco. El pasado quedó atrás y hoy quieren que los reconozcan por ser empresarios y no desmovilizados. Lo cierto es que son un ejemplo de vida, porque aprendieron a convivir y entendieron, como dice Jhon, que “la guerra la estamos haciendo entre colombianos y eso es lo que más duele”.


de izquierda a derecha ricardo

Castillo, reinsertado de las AUC; Jader Castillo, del ELN, y Jhon Jairo Burbano, de las Farc, decidieron dejar atrรกs las diferencias y concentrarse en salir adelante, luego de haber sido rivales en bandos diferentes del conflicto.

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Foto: diANA sรกNChEz

Pie de foto

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reconciliAción

perdón

perDón en eL AreniLLo Luego de años de soportar crímenes atroces y de perder la autonomía como comunidad, la población de esta vereda siguió adelante.

D ¿en dónde?

Palmira, Valle.

Desde

el filo más alto de la vereda El Arenillo se ve, pletórico, el valle del río Cauca y buena parte de Palmira. Habitada por unos 5.000 campesinos, esta vereda se yergue en el piedemonte de la cordillera Central, sobre un bosque tupido y rocoso. Un kilómetro abajo, en el casco urbano del corregimiento de La Buitrera, muchas de las casas de veraneo tienen piscinas y cuatrimotos. Justo en un borde de la trocha, a pocos metros de coronar la cima de la primera cadena montañosa, existe una edificación de ladrillo y terminaciones en madera con un dejo de cabaña suiza, conocida entre los campesinos como ‘el chalé de la muerte’. Las paredes internas permanecen rayadas con nombres, frases y corazones flechados. Abandonada hace más de una década, sin puertas ni ventanas, esta cabaña fue refugio paramilitar entre 1999 y 2004. En el primer piso, el muro de lo que asemeja una cocina anuncia todavía en trazos gruesos de carboncillo ‘Bloque Calima Mobil 33’ (sic). La llegada de los paramilitares a esta vereda ocurrió pocos meses después del secuestro masivo –285 personas– de la iglesia La María en un suburbio de clase alta situado al sur de Cali a manos de la guerrilla del ELN. Procedentes en su mayoría de la costa Atlántica colombiana, los paramilitares se desplegaron a lo largo y ancho del Valle del Cauca, distribuidos en seis frentes. El que se instaló en El Arenillo se hizo llamar Frente La Buitrera. “Se presentaron como los ‘verdaderos mochacabezas’ –recuerda Manuel Esteban Güefia, lugareño–, que venían a hacer el trabajo que no podía hacer el Ejército”. En los primeros días su estrategia siguió el derrotero paramilitar: mataron campesinos con sevicia, obligaron a la comunidad a asistir a reuniones, cavaron trincheras y torturaron a cuanta persona era señalada de guerrillera. En el ‘chalé de la muerte’ amontonaban a los torturados para luego matarlos, desmembrarlos y enterrarlos en fosas comunes alrededor de la edificación.

Sin embargo, en vez de haber ejercido la violencia contra toda la población de El Arenillo y lograr su desplazamiento, este frente tuvo como estrategia involucrarse con la comunidad. “A ellos no les servía matarnos ni desplazarnos –explica Güefia–, nos necesitaban, necesitaban lo que la comunidad podía darles. Y lo que podían usurparles. A mi casa llegaban y pedían permiso para seguir y sentarse. Pero pedir permiso era pura mentira:


foto: fEdErico ríos

Güefia recuerda que la tranquilidad de El Arenillo se perdió en 1999, cuando llegaron los grupos ilegales.

foto: xxxxxxxxx

Manuel esteban

¿con un fusil al hombro quién les negaba algo?” Para finales de 2000, el frente La Buitrera completó un centenar de hombres que se movían desde la parte más alta de la montaña en el páramo hasta la entrada al valle. Irrumpían en las casas de los campesinos como si fueran los dueños, se apoltronaban en los muebles, pedían comida, agua, disponían de los baños, incluso de las habitaciones. “Una mañana me

desperté temprano para ir a trabajar –recuerda una mujer de la vereda– y en el piso de la sala tres paramilitares estaban durmiendo y obstruían mi camino a la cocina. Se habían metido de noche sin que nos diéramos cuenta”. Ya en su condición de amos y señores de El Arenillo, los comandantes paramilitares pretendieron a las mujeres. En ocasiones no requerían la violencia: algunas, seducidas por el poder que veían en ellos,

“Gracias a Dios nos recuperamos del dolor, tenemos tranquilidad y perdonamos a los asesinos” optaban por aceptarlos como novios. “Pero al final la pasaban mal –explica Consuelo, campesina de la vereda– porque ellos no eran hombres de una sola mujer”. Otras accedían irse a la cama con alguno de alto rango para asegurarse de no ser violadas por varios. Unas más sostenían relaciones

sexuales durante meses con el mismo paramilitar para proteger a sus hijos del reclutamiento y a sus maridos del asesinato. Las que resistían, primero, eran tentadas con dinero; si seguían resistiendo, las amenazaban de muerte. “‘¡Máteme, entonces!’, le dije al comandante 33, ‘porque yo no me voy a acostar con


usted’ –recuerda Consuelo–. Con el tiempo ellos entendieron que conmigo no iban a poder y dejaron de acosarme”. Varias mujeres de la vereda quedaron embarazadas. “Ese hijo no es mío”, le respondió un paramilitar a quien era su pareja. “Para qué no se cuidó”. Otros decían: “¿Usted cómo demuestra que ese hijo es mío?”. En la actualidad, estos niños tienen entre 10 y 12 años y durante algún tiempo personas de otras veredas de Palmira vecinas de El Arenillo llamaban burlonamente a estos niños los ‘paraquitos’. ���La gente puede pensar que esos niños son la huella de la violencia paramilitar en esta vereda –explica Manuel Esteban Güefia–. Pero nosotros no los vemos así. Son hijos de la comunidad y los queremos mucho”. “Los niños no tienen la culpa –añade Consuelo–. Y no les hemos hablado de quiénes fueron sus padres. Una sola vez supe que una mamá le contó a la hija de dónde había venido su

perdón

fotos: federico ríos

reconciliAción

Nueve

años después de la salida de los paramilitares, así está el “chalé de la muerte” sinónimo de la barbarie que vivió esta vereda de Palmira. papá, pero no le dijo qué hizo. Esos niños son muy nobles”. Por la forma y las acciones de este frente en El Arenillo, el Estado lo calificó como una “fuerza de ocupación”. Los análisis posteriores a la desmovilización paramilitar elaborados por las oficinas del gobierno concluyeron que, entre las numerosas violaciones a los derechos humanos y crímenes de lesa humanidad, lo más grave para la población

fue la pérdida de la autonomía individual y colectiva, la desposesión de sus roles como miembros de una comunidad y de sus relaciones familiares. Han transcurrido casi nueve años desde que este actor armado salió de El Arenillo. El chalé sigue siendo el lugar que recuerda la barbarie y los hoyos a su alrededor aún se revelan como fosas comunes. Pero muchos de los campesinos víctimas dicen hoy

vieNdo a los

alzados en armas en una foto, Manuel recuerda la magnitud de la tragedia.

que han perdonado: “Mi hijo fue desaparecido y luego encontrado muerto. Fue un golpe muy triste y duro para la familia; pero gracias a Dios nos recuperamos del dolor, tenemos tranquilidad y perdonamos a los asesinos”. “Los paramilitares eran unos muchachos que estaban en una guerra en la que no debían estar, una guerra que nunca debimos hacer. Eran colombianos como nosotros pero les tocó crecer en otras condiciones”. Manuel Esteban Güefia guarda una foto impresa de un puñado de estos paramilitares. Los reconoce y recuerda el apodo de cada quien. Acepta que luego de un tiempo, cuando dejaba de ver por varios días a alguno de estos paramilitares, se preguntaba preocupado si todavía seguiría vivo, si volvería a la vereda. “Yo creo que en alguna medida –dice– todos acá sufrimos de lo que llaman el síndrome de Estocolmo. Una vez uno de ellos me pidió que lo dejara recostarse en la cama. Se lo permití. Apenas se subió y recostó todo su cuerpo me dijo: ‘Hace cuatro años que no me acostaba en una cama’. Eso me mostró que ellos también eran seres humanos”.


mArchAs bLAncAs Los colombianos han alzado su voz frente a la falta de oportunidades y el conflicto. Aquí varias emblemáticas.

Después de insistentes reclamos, y al no haber recibido respuesta del Estado, los familiares de desaparecidos se unieron y salieron a las calles por primera vez, para exigir respuesta a una pregunta: ¿qué pasó con nuestros seres queridos? Al unísono exigían que sus familiares aparecieran con vida.

6 de Marzo de 2008

Estudiantes y trabajadores enfurecidos como consecuencia de años de profunda inconformidad participaron en el paro convocado por las cuatro centrales sindicales de la época, la CTC, la UTC, la CSTC y la CGT, que invitaron a los colombianos a desahogar su disgusto por la falta de oportunidades.

16 de Diciembre de 2007 Ese domingo, cientos de colombianos salieron a las calles vestidos de blanco para denunciar los secuestros de las Farc. Silenciosos alzaban carteles con las fotos de padres, hijos y hermanos que llevaban años sin ver. En las imágenes los semblantes de encadenados revelaban el peso del secuestro. foto: guillermo torres

4 de Febrero de 1983

14 de Septiembre de 1977

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4 de Febrero de 2008

Tras la marcha del 4 de febrero, en la que cientos de colombianos protestaron por los secuestros de la guerrilla, el hoy parlamentario Iván Cepeda invitó a los ciudadanos a salir a las calles y rechazar las violentas acciones de los paramilitares, por las que años atrás había perdido a su padre.

9 de Abril de 2013 La marcha comenzó en la plaza de Los Caídos en Bogotá para rendir homenaje a los soldados y policías que fallecieron en combate y en Medellín les rindieron culto a las víctimas del conflicto por medio del arte. Un millón de colombianos salieron a las calles para apoyar los diálogos de La Habana.

Cansados de décadas de violencia 12 millones de colombianos en 193 ciudades del mundo salieron a las calles en signo de protesta. Fue una marcha convocada por redes sociales en la que el grito fue de ‘¡No Más!’ a las acciones de las Farc que para ese momento tenían secuestradas a más de 750 personas.

19 de Agosto de 2013 Vestidos de ruana y sombrero, miles de campesinos de Boyacá, Cundinamarca y Nariño marcharon para exigirle al gobierno que escuchara sus reclamos por la dignidad agropecuaria. A su vez, se produjo un inusitado lazo de solidaridad de sectores de las ciudades hacia este espontáneo movimiento.


reconciliAción

análisis

DIGNIDAD Y LIBERTAD

Desde el coraje humano se plantean los pasos para la reconciliación, que tiene como presupuesto el grito de las comunidades que sufren.

L fotos: león darío peláez

Francisco de roux*

La

guerra en Colombia es una guerra bárbara en la que todo vale, desde los secuestros más largos del mundo hasta los falsos positivos. Es una guerra que daña todo lo que toca y daña a todos los que están en ella. Es injusta porque la guerrilla sabe que no logrará sus objetivos con las armas y se empeña en ellas; y porque es injusto que el país siga gastando en presupuesto militar lo que necesitamos para terminar la pobreza y la desigualdad. Esta guerra absurda pone en evidencia que en nuestra sociedad hay una crisis del espíritu que acabó con el sentido de nosotros mismos. Al tratar de explicarla se nos han caído todas las explicaciones. Nos quedó solo la dignidad humana puesta en evidencia en una minoría de mujeres y hombres que no se han dejado vencer, la mayoría no académicos, ni empresarios, ni políticos, ni ministros religiosos, no interesados en dineros o prestigio. Personas que a todo riesgo han enfrentado sin más protección que su propio coraje a los actores armados para decirles: “Paren esa guerra *Máxima autoridad de la Compañía de Jesús en Colombia.


de todos los lados. No nos vamos a ir desplazados, no vamos a quedarnos callados ante el asesinato de miembros de nuestras comunidades, no vamos a dejar destruir nuestras culturas, nuestros ríos”; y lo han hecho con la convicción profunda de que no tienen alternativa si su vida, y la vida de sus familias y comunidades, vale la pena. La reconciliación significa la verdad, la reparación a las víctimas y la justicia transicional, y la puesta en marcha de cambios de estructuras y de cambios en todos nosotros para que seamos posibles. Esta reconciliación integral exige las condiciones para un acuerdo entre victimarios y víctimas. Establece el intercambio en un quid pro quo (un algo por algo). Pide del victimario la verdad y la restitución, y da a cambio la justicia restaurativa y la reincorporación social bajo condiciones. La reconciliación es un acuerdo en el que todos dan y todos reciben y puede exigirse política y socialmente. Ahora bien, en las circunstancias de la crisis colombiana hay que ir al fondo profundo de la reconciliación hasta llegar al perdón. Esto no es fácil, porque la reconciliación con todos sus pasos puede exigirse en una negociación social y política. Pero el perdón profundo es libre. A nadie se le puede obligar. Es paradójicamente un paso necesario, pero inexigible para lograr la paz en la radical crisis del espíritu en Colombia. El perdón es un acto límite de ejercicio de esta dignidad humana que ha comenzado a ponerse en práctica en los que tienen la grandeza de ponerse más allá de la barbarie. El perdón no tiene quid pro quo, no exige nada a cambio. Lo regala la víctima por una decisión libre. Es un don que vale por sí

mismo y no por lo que paguen por hacerlo. Entiendo por perdón una decisión personal de quien ha sido vulnerado, de renunciar a someter al victimario a actos violentos que le causen un sufrimiento igual o semejante al que él sometió a la víctima; de transformar el odio y la venganza por sentimientos de comprensión; de abrirse al victimario para acogerlo con el equipaje de confusión y de peligro que carga; de renunciar a promover el rechazo social contra el victimario, y disponerse a acciones afirmativas para que transformándose sea incluido en la construcción de una sociedad que garantice a todos los derechos humanos. Esta decisión de perdonar, tomada digna y libremente por el sujeto víctima, no significa darle la razón al agresor, ni ponerse de parte de los perpetradores, ni renunciar a

mana que desafía a la ciencia y evoca a la sabiduría. El perdón es posible, existe, se ha dado entre nosotros aunque muchos todavía sigan cautivos de la ira o no puedan liberarse del dolor. El asunto es crucial porque en Colombia para terminar la guerra es necesario el perdón de lo imperdonable des-

El perdón es necesario, pero es claro que no puede exigirse a nadie. Es una decisión libre y personal la memoria de lo acontecido, ni despojar de derechos a las personas victimizadas y a sus familias, ni abandonar la causa ética y política por la que luchan las víctimas, ni negar la objetividad del mal que ha extorsionado, robado, secuestrado o matado, ni significa impunidad. La decisión de perdonar mantiene estos derechos y se coloca a otro nivel, mucho más profundo, personal y espiritual. Acercarse a las condiciones que se dan en el interior de la víctima para que perdone, en esta guerra que cargó a Colombia de odio, es entrar a uno de los abismos impredecibles e indecibles de la condición hu-

de todos los lados: perdonar a guerrilleros, paramilitares, y militares. Perdonar masacres, secuestros de más de diez años, falsos positivos. Perdonar a quienes pusieron explosivos en edificios y minas antipersona en el campo, a quienes bombardearon veredas y comunidades, a quienes violaron mujeres y mataron niños. Paradójicamente, la víctima, testigo sufriente de las honduras de horror a que podemos llegar los seres humanos, es quien sabe mejor en sí misma que este mismo ser capaz de la barbarie, es también capaz de lo sublime del valor moral que se da sin condiciones en el amor, la verdad, la jus-

ticia, y en la audacia del perdón. El perdón pide personas que ponen su seguridad en el coraje de aceptarse simplemente como son, de perdonarse a sí mismas, y de volver a confiar contra la desconfianza porque ya no se asustan de nada humano. El perdón libera a la víctima del odio y las tensiones destructivas y libera al victimario de la irracionalidad de su agresión y de las dinámicas que lo montaron en la barbarie. La tarea de la paz en Colombia nos exige la reconciliación con sus componentes de verdad, memoria, restitución, restauración y justicia transicional y, parada la guerra, avanzar hacia los cambios de nosotros y de las estructuras. Todos estos pasos son necesarios y exigibles. En la crisis espiritual de Colombia se requiere además el perdón, que siendo necesario no puede exigirse a nadie. Tenemos que perdonarnos para que sea posible la paz. Perdonarnos a nosotros mismos por ser colombianos. Porque todos hemos sido responsables en diversos niveles de lo ocurrido, por lo que hemos hecho y por lo que dejamos de hacer.

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CONFIANZA

OPORTUNIDADES Confianza

La Agencia Colombiana para la Reintegración (ACR), encargada desde 2011 de fortalecer la política de reintegración del gobierno, ha vinculado a 7.566 desmovilizados en Cauca, Nariño, Boyacá, Valle, Cundinamarca y Bogotá. Esta última lidera el proceso de reintegración con 1.155 empleos logrados en el sector formal y 1.330 en el informal. Nariño ocupa el último puesto. Los empresarios reunidos en Cali en el segundo Gran Encuentro de Reconciliación Colombia, expresaron que evidentemente es necesaria la decidida voluntad de este sector de poder del país “porque son los que tienen”. Según cifras de la ACR, en Colombia 57.000 personas se han desmovilizado al día de hoy. “Ya hay por lo menos 30.000 desmovilizados en trabajos productivos y la mayoría lo hacen sin que sus jefes lo sepan porque cuando se dan cuenta de su condición la reacción es a salir de estas personas”, comentó Alejandro Éder, director de la ACR, al invitar a romper los prejuicios y a que la empresa privada se comprometa de fondo en este tema.

El mODElO VAllENPAz Hace más de una década empresarios del Valle se unieron para buscar una solución al conflicto. Hoy es una estrategia que beneficia a campesinos del suroccidente del país.

E ¿en dónde?

Valle.

El

30 de mayo de 1999 un comando del ELN secuestró a 285 personas en la iglesia La María, al sur de Cali. Fue uno de los golpes más aciagos de los padecidos por la población de la capital del Valle durante la década de los noventa y dejó un temor colectivo entre la ciudadanía. Para la mayoría de los caleños, antes de este crimen el conflicto armado era un asunto de pueblos y veredas selváticas. Después, entendieron que en cualquier segundo hasta el ciudadano más privilegiado podía ser una nueva víctima. Durante los días siguientes, además de las marchas de rechazo contra el secuestro y las misas grupales, un núcleo de caleños influyentes liderados por Rodrigo Guerrero –actual alcalde de la ciudad y quien lo había sido entre 1991

y 1993– sostuvieron reuniones con el fin de hallar salidas a la situación de orden público derivada del conflicto armado que asolaba al Área Metropolitana de Cali. “En general, la gente estaba pidiendo más fuerza pública, más presencia del Ejército recuerda el alcalde Guerrero– y yo les hacía ver que esa no era la salida, que debíamos trabajar en las raíces de la guerra, no en las consecuencias”. Guerrero había elaborado su tesis de médico epidemiólogo sobre la violencia como un fenómeno contagioso debido a las carencias básicas de la población. Y en Colombia, particularmente, aquella epidemia tenía origen en el campo y en los problemas de los campesinos. “Atacar las raíces de la guerra no era otra cosa que


foto: luis ánGels muRCia

de desarrollo campesino que reúne Vallenpaz han avanzado hacia la agricultura orgánica.

atender las necesidades de los campesinos –agrega el alcalde–. Mi idea en esas reuniones fue la de implementar un modelo de desarrollo para el campo”. Aquel modelo retomaba los logros de la metodología desarrollada por el padre Francisco de Roux en el Magdalena Medio, pero le añadía el fundamento de que –en palabras del alcalde– “por amor a la tierra, la productividad del trabajo campesino es más alta que la de cualquier agroindustria”. En octubre de 1999 –cinco meses después de La María– Guerrero ya tenía listo el proyecto. Lo llamó Vallenpaz. Y en su reunión fundacional, a la que acudieron 600 asociados entre ciudadanos, empresarios y estamentos como la Iglesia, Guerrero alcanzó a recoger donaciones por unos 300 millones de pesos. Vallenpaz comenzó a trabajar a principios de 2000 en una pequeña oficina prestada por la Corporación Financiera del Valle (Corfivalle), en el centro de Cali. “Empezamos identificando los territorios aledaños a la ciudad que más es-

taban afectados por el conflicto armado –explica Guerrero–. Luego, me reuní con los comandantes guerrilleros y les dije que íbamos a entrar a esas zonas para empezar un trabajo de apoyo a los campesinos”. Al comienzo, las Farc se mostraron escépticas, pero no entorpecieron la entrada de Vallenpaz a los territorios. Con los días, percibieron que las intenciones de la ONG y de Rodrigo Guerrero no solo eran honestas, sino también eficaces. Basada en aquel fundamento de la alta productividad del campesino gracias al amor que le tienen a la tierra —viven en ella, la conocen mejor—, Vallenpaz llegó a aprender de ese conocimiento y a acompañarlo con herramientas para tecnificar los cultivos. También, comenzó a capacitar a los campesinos para convertirlos en empresarios de sus tierras y en sujetos políticos. “Además de trabajar en el mejoramiento de la producción –explica Luis Alberto Villegas, director de Vallenpaz–, nosotros trabajamos para que los campesinos recuperen su autoestima y la confianza; los animamos para que sean líderes comunitarios y los capacitamos en la resolución pacífica de conflictos”. En 2005, la ONG ya tenía una lista de campesinos que habían cuidado la producción con rigor empresarial y estaban a punto para dar el siguiente paso: “La marca ‘Cosechas de paz’ –cuenta Villegas– con la cual empezamos a fomentar en el consumidor la idea de que esta marca representaba alimentos cultivados en zonas de conflicto, que eran resultado de agricultura limpia y que estaban llegando a los supermercados sin intermediarios, para que el campesino recibiera toda la utilidad”.

Hoy, Vallenpaz reúne proyectos de desarrollo campesino que han superado rápidamente el tránsito de la agricultura con químicos hacia la orgánica y que gozan del sello Cosechas de paz, así como proyectos que siguen en esa fase de tránsito con miras a beneficiarse de la marca. Si bien toda esta iniciativa surgió con un capital semilla donado por la sociedad caleña, a lo largo de estos 14 años Vallenpaz ha aprendido a captar

das del Valle asisten en grupo y pagan cifras cercanas a los 50 millones. Todo ese dinero es empleado en el funcionamiento de Vallenpaz. A corto plazo la meta es crear un operador logístico que les compre los alimentos a los campesinos en su finca, se los pague de contado y los lleve a los supermercados. Para ello crearon la campaña ‘La fuerza de los alimentos’ con la que han querido sensibilizar a ciudadanos y empresarios para

Al comienzo, las Farc se mostraron escépticas, pero no entorpecieron la entrada de Vallenpaz a los territorios dinero de la cooperación internacional y a realizar eventos de solidaridad para obtener otros recursos. Quizá su encuentro más importante y uno de los más valorados por la fuerza empresarial vallecaucana es la Gran Cena Vallenpaz. Celebrada desde hace seis años en el Hotel Intercontinental, esta cena es el momento de encuentro entre la clase dirigente con los campesinos que han sido apoyados por Vallenpaz. “Es una noche en que nos sentamos a la mesa a compartir los alimentos, todos como iguales”, dice Villegas. Asistir a esta gala se ha convertido en un acto de admirado civismo. Si un particular quiere sentarse a la mesa debe pagar una cuota de más de 1 millón de pesos. De la misma forma, las empresas más prósperas y comprometipara eL aLcaLde

de Cali, Rodrigo Guerrero, el modelo de Vallenpaz puede ser una solución para el posconflicto. foto: fedeRiCo Ríos

Los proyectos

que compren los productos marca Cosechas de paz, y para que hagan aportes a la ONG. A modo de colofón, Vallenpaz muestra algunas cifras de su gestión: más de 12.000 familias beneficiadas, 500 casos exitosos de retorno de campesinos a las veredas y un promedio de dos salarios mínimos mensuales de renta por cada media hectárea cultivada. “El futuro de la paz en Colombia pasa por saber qué vamos a hacer con los desmovilizados –concluye el alcalde Guerrero–. A diferencia de lo que pasó con el M-19, en donde sus integrantes eran citadinos educados, estos de las Farc son campesinos. Y cuando dejen las armas, ¿qué va a pasar con ellos? Este modelo puede ser una solución para el posconflicto colombiano”.

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oportunidades

Choque esos cinco Cinco empresas del centro y de la costa pacífica del país le apostaron a reintegrar a los que dejaron las armas. Su propósito es motivar al resto del empresariado.

Valle

Cundinamarca

Bajo el mismo techo

Borrón y cuenta nueva

foto: DIANA SÁNCHEZ

Ganchos & Amarras del Valle es el nombre de la empresa que, entre máquinas perforadoras y virutas, logró que desmovilizados de las Farc y las AUC trabajaran conjuntamente en elaborar elementos para fijar tejas. Bajo el mismo techo conviven nueve antiguos miembros de estos grupos al margen de la ley que pasaron de la rivalidad a la camaradería. Entre todos se dividen las labores ejecutivas, directivas y operativas, y su trabajo en equipo ha hecho que esta compañía comercialice sus productos más allá del Valle del Cauca, pues hoy distribuyen sus materiales a Bogotá y Barranquilla. En 2012, primer año de producción, Ganchos y Amarras del Valle vendió 180 millones de pesos. Este año esperan llegar a los 600 millones de pesos.

Dentro de su política de responsabilidad social empresarial la constructora bogotana Gaico emplea personas en proceso de reintegración provenientes de La Dorada, Honda, Villeta y Guaduas. Para el proyecto para rehabilitar y mantener la vía Honda-Villeta, la empresa empleó a comienzos de 2013 a dos excombatientes vinculados. Ambos son del área de influencia directa del proyecto y se desempeñan como auxiliares de tráfico y ayudantes de obra. Adriana Pinto, trabajadora social de la obra, afirma que el proceso de estas personas ha sido satisfactorio en la medida en que no ha habido estigmatización ni roces con los demás trabajadores. “Su identidad y pasado no es algo que nos desvele”, dice Adriana. Así mismo afirma que desde que entraron al proyecto han demostrado un alto nivel de compromiso, arrepentimiento y deseo por ser vistos como “ciudadanos comunes y corrientes”.


Bogotá Sin tiempo para el miedo Cuando el entonces presidente Álvaro Uribe invitó a Coca-Cola Femsa a participar en la reincorporación de aquellos que dejaron las armas, estas se mostraron dudosas. No solo por el natural miedo a emplear desmovilizados, sino porque para esta empresa, víctima varias veces del conflicto, la reintegración era una tarea del gobierno. Pero eso ha cambiado, gracias a que hace siete años se arriesgaron con el programa Aportando Tiempo, en el cual los trabajadores de la compañía en Bogotá, Barranquilla, Cali, Medellín, Montería y Bucaramanga, dictan voluntariamente talleres de emprendimiento laboral a los desmovilizados. Hasta el momento 400 excombatientes se han beneficiado con la iniciativa, y 291 trabajadores han participado como formadores, invirtiendo más de 1.000 horas de su tiempo en la causa. Hoy el compromiso de Coca-Cola es tal que quienes confeccionan los uniformes de los trabajadores son desmovilizados. 49

Nariño Un café muy especial El municipio de Albán, al oriente de Nariño, le ha devuelto la posibilidad a los campesinos de trabajar sus tierras y ha abierto un espacio para que los desmovilizados se reintegren a la vida en sociedad. Gracias a la Asociación Agropecuaria del municipio de Albán (AAA), que trabaja desde 2006 en la erradicación de cultivos ilícitos y sustitución por plantas de café, se creó Café Albanita, una empresa a la que hoy pertenecen ocho personas en proceso de reintegración que trabajan hombro a hombro con 552 cafeteros. AAA produce 730.000 kilos de café pergamino seco que son entregados directamente a la empresa Nespresso. El objetivo de Café Albanita es distribuir granos tostados con valor agregado, con el ánimo de posicionar su marca en el mercado nacional e internacional.

Cauca La mora de la concordia En 2004 el Incoder le entregó un lote de 168 hectáreas cerca de Popayán (Cauca) a 31 familias campesinas. El grupo está integrado por desplazados de la región y desmovilizados de las Autodefensas Campesinas de Ortega, que se unieron al no tener éxito con sus oficios individuales. Con diálogo lograron dejar atrás las rencillas y empezaron a trabajar por un bien común. Hoy 19 de ellos están dedicados a sembrar mora sin espinas y tienen la Asociación de Productores Moralife, que produce cerca de 152 arrobas semanales que venden en promedio a 25.000 pesos en las plazas de mercado. En este momento buscan recursos para consolidar su marca y construir una planta de producción para procesar la fruta en jalea y mermelada. Con eso, quieren seguir demostrando que con trabajo y organización se puede lograr la reconciliación.


reconciliAción

MUJERES Confianza

Mujeres

LaS LUCha Las organizaciones creadas por mujeres han conseguido impulsar líderes y mejorar la calidad de vida de los campesinos. Estos son algunos ejemplos de sus logros.

En Colombia ha hecho carrera el adagio popular según el cual mientras los hombres hacen la guerra, las mujeres construyen la paz. Esta expresión encierra en buena parte la valentía y el coraje de ellas a la hora de asumir retos. De esto hay cientos de testimonios. Los más recientes están recopilados en el libro La verdad de las mujeres. Víctimas del conflicto armado en Colombia, de la Ruta Pacífica, trabajo que recoge los testimonios de más de 1.000 mujeres de 80 municipios del país. Sin la voz femenina probablemente quedarían impunes los crímenes que solo a ellas desvelan. Las mujeres son víctimas del 91,3 por ciento de la violencia sexual. En las últimas tres décadas 775 mujeres de Boyacá, Cundinamarca, Valle, Nariño y Cauca han denunciado delitos sexuales, y si se tiene en cuenta que la mayoría carga el dolor en silencio, el número de víctimas debe ser mucho mayor. “Las mujeres no solo han sufrido las violaciones de derechos humanos. También han resistido y esa resistencia se basa en reconocerse con las otras como iguales, en la solidaridad, en el apoyo mutuo y la organización. En la búsqueda de apoyo para sus familias, especialmente sus hijos que son su fuente de sentido para seguir con sus vidas”, dice la publicación.

Valle Las líderes de aguablanca Paz y Bien es una fundación franciscana nacida hace 22 años con una idea clara: superar la pobreza y mejorar la calidad de vida de las mujeres de Aguablanca (Valle del Cauca) y de sus familias. La cofundadora y directora es la hermana Alba Stella Barreto, que, junto con los demás miembros de la organización, ha encontrado métodos eficaces para lograr que las mujeres del municipio sean gestoras de desarrollo. El reto, que se ha logrado en un 60 por ciento, es asegurar que todas terminen sus estudios de bachillerato y se conviertan en líderes. La fundación también ha trabajado con los jóvenes. Para sacarlos de las pandillas, implementó el modelo de justicia restaurativa de Irlanda del Norte, donde el ofensor pide perdón, la víctima lo acepta y la comunidad coopera. Con esta iniciativa, lograron enderezar el camino de 1.800 jóvenes.

Nariño Quedarse en la tierra Solo se es parte del entorno cuando se valora. Esa es la premisa de la que parten los miembros de la Asociación para el Desarrollo Campesino de la Laguna de la Cocha, en Pasto, zona donde habitan 78 familias campesinas que trabajan por tener una vida digna. Viven en 52 reservas naturales en donde cultivan sus propios alimentos, hacen cremas artesanales y champú. La agrupación se creó en 1991 para que los campesinos de las nuevas generaciones no perdieran el arraigo por su tierra, sino que se concentraran en proyectar la región. Hoy los jóvenes, según señala Conchita Matabanchoy, líder del proceso, se destacan académicamente por su conocimiento sobre el medioambiente en el que viven.

DesDe Nariño,

foto: josé vicente revelo

conchita Matabanchoy (derecha) lucha para que los jóvenes se queden en su región.


adoRaS adoras

Casa de la mujer,

busca visibilizar la sumisión a la que se han enfrentado las mujeres.

Bogotá Buenos Aires, Cauca Pasto, Nariño

foto: cort esía

Aguablanca, Valle

casa de la

mujer bogo tá

¿en dónde?

Para Casa de la

“Que las mujeres sean pactantes y no pactadas”. Este es el ideal que Olga Amparo Sánchez, directora y cofundadora de la Casa de la Mujer, espera convertir en un hecho. En 1982 acordó con otras nueve mujeres que unirían sus esfuerzos para cambiar el imaginario colectivo de que el género femenino está condenado a la violencia y a la subordinación. “Asumimos ese mandato cultural, debemos quitarnos esos estigmas”, señala Olga. Con este propósito en mente, esta iniciativa ha realizado diversos trabajos en Bogotá y en 12 departamentos del país, para incentivar la capacidad de acción de las mujeres y fortalecer a las que han sido víctimas del conflicto armado o de ataques en su entorno familiar o laboral.

cauca Buenos aires, mejores tiempos En abril de 1997, 220 mujeres del Cauca crearon la Asociación de Mujeres de Buenos Aires con el ánimo de buscar vías efectivas para hacer respetar sus derechos y el de los afrocolombianos. Pero la llegada de paramilitares a la población cambió sus planes. Cerca del 80 por ciento fueron desplazadas y las que quedaron empezaron a invertir su tiempo en trabajar con las víctimas. Hoy laboran en la capacitación en el área de derechos humanos y le apuntan a establecer una cultura de paz. Uno de sus mayores logros, según Clemencia Carabalí, líder y fundadora, ha sido “conseguir que estemos más cualificadas para hacer una mejor incidencia en nuestra reivindicación como mujeres”.

foto: cort es

ía casa de

la mujer

bogotá

51

ConChita Cuenta

sus experiencias a campesinos de cundinamarca.

foto: josé vicente revelo

Bogotá No hay lugar para los débiles

mujer, cultivar sana las heridas de la guerra.


reconciliAción

mujeres

LaS MaRíaS Dos madres de desaparecidos, María Isaura hablaron sobre reconciliación. Sus las víctimas de este flagelo, la voluntad de

R

El hijo dE María

fOtO: erIck mOraleS

Isaura Sanabria desapareció en febrero de 2006. Ocho meses después su cuerpo fue encontrado en una fosa común en Ocaña.

RECONCILIACIÓN COLOMBIA: Cuéntenos de su hijo. MARÍA ISAURA ORTEGA: Él se llama Óliver Valencia Ortega y desapareció el 4 de septiembre de 1993. Trabajaba como conductor de un camión que transportaba cereales y frutas de Pasto a Cali. Ese día salió hacia la capital del Valle y no volvió. Tenía 23 años. MARÍA UBILERMA SANABRIA: Mi hijo, Jaime Estiben Valencia Sanabria, tenía 16 años cuando desapareció. Salió de la casa el 6 de febrero de 2008 tentado por una falsa oferta de trabajo. Llamó a los dos días a decir que volvía ese fin de semana, pero jamás lo hizo. Ocho meses después me informaron que su cuerpo había aparecido en una fosa común en Ocaña, Norte de Santander. Cuando llegué a reclamarlo el oficial del CTI me dijo que había

sido reportado como un guerrillero dado de baja en combate. Imagínese, según ellos, en dos días mi niño se había vuelto guerrillero. R.C.: ¿Qué ha sido lo más difícil del duelo? M.I.O.: La zozobra de no saber qué pasó con él. No saber si está vivo o muerto. Para nuestra familia ha sido muy duro, mi esposo casi se nos muere. Sufrió tanto que ahora no puede caminar. Mis hijos se deprimieron mucho y se refugiaron en el alcohol. M.U.S.: Con el duelo destruyeron mi familia y mis proyectos. Los ocho meses que duré sin saber de él fueron invivibles, pero ahora que sé lo que pasó tampoco puedo descansar hasta encontrar justicia. Este es un duelo que no acaba, se transforma. R.C.: Después de la desaparición, ¿qué hizo la Justicia? M.I.O.: La investigación empezó a los pocos días. Yo fui a la Fiscalía y de ahí me mandaron de un lugar a otro. Anduve años investigando y nadie me dio la mano. Me decían que como mi hijo había desaparecido en la vía Pasto-Cali, yo tenía que ir a Cali a hacer los trámites, pero yo no puedo hacerlo por mi familia. Aquí en Nariño las autoridades no hicieron nada. Sin embargo, jamás me rendí y hoy sigo insistiendo para que me digan qué le pasó a mi hijo. M.U.S.: Yo puse la denuncia al otro día que él des-

pareció, pero en la Fiscalía me dijeron que esperara más días, que seguramente se había escapado con una novia o que estaba de rumba. Cuando pasaron 20 días volví y me dijeron: “Ha pasado mucho tiempo y ese caso ya no nos pertenece a nosotros. Váyase para la Sijin en Bogotá”. Ahí me quedó claro que había algo raro con el caso de Estiben. Ya han pasado seis años y su caso se encuentra en la completa impunidad. Por el momento se sabe que la Brigada 15 de Ocaña fue la que lo asesinó. R.C.: ¿Están dispuestas a perdonar? M.I.O.: Sí, yo ya los perdoné. Yo soy católica, voy siempre a misa y ahí el padre nos enseña a través de la palabra de Dios que tenemos que perdonar. Además, uno se siente más libre, más tranquilo. M.U.S.: Creo que nunca estaré lista, porque, ¿cómo puede uno perdonar a alguien que lo dejó muerto en vida? Así haya justicia no perdono, porque esto no debería haber sucedido. Todos los días le pido perdón a Dios por no querer perdonar. Sencillamente no puedo. R.C.: ¿Qué les diría a los que desaparecieron a sus hijos? M.I.O.: Que los he perdonado, que sean conscientes del daño que hicieron y que me digan qué pasó con mi hijo. M.U.S.: Que hablen, que no se queden callados. Yo sé que en su mayoría están silenciados, amenazados, pero necesita-


:SU DUeLo en Pasto y María Ubilerma en Soacha, impresiones dejan ver que para muchas de perdón flaquea cuando encuentran la verdad. unimos una vez al mes para compartir los avances de las búsquedas. M.U.S.: Que se haga justicia y limpiar el buen nombre de nuestros hijos. Que no solo se limite a los casos de nuestros hijos, sino a los 5.000 casos de ejecuciones extrajudiciales que hoy están sin resolver en el país. Cada mes nos encontramos para hacerles seguimiento a esas investigaciones. R.C.: ¿Qué hacen para manifestarse? M.I.O.: Salimos al Parque Nariño el 30 de mayo, día de los caídos en guerra, y el 30 de agosto, día de los desaparecidos, a reclamar la verdad. Los últimos dos años hemos tapa-

“Todos los días le pido perdón a Dios por no querer perdonar. Sencillamente no puedo” plices de lo que sucedió, y al organizarnos sacamos más valor para hablar. Con nuestras denuncias podemos cuidar muchas vidas y evitarles a otras madres el dolor que yo cargo. Las Madres de Soacha, que ya somos 18, nos conocimos en septiembre y octubre de 2008, a medida que los cuerpos de nuestros hijos iban apareciendo. R.C.: ¿Cuál es el objetivo de su asociación? M.I.O.: Buscar a nuestros seres queridos, saber dónde están y qué pasó con ellos. Queremos la verdad. Nos re-

do la estatua de Antonio Nariño del centro de Pasto con una sábana para hacer caer en cuenta a la gente lo que es que alguien desaparezca M.U.S.: Los últimos viernes de cada mes exhibimos en el parque de Soacha una galería de fotos de nuestros hijos para hacer memoria e informar a quienes desconozcan los casos. También hacemos plantones en el centro de Bogotá. R.C.: ¿Tienen miedo a manifestarse? M.I.O.: No. Sentimos tristeza porque manifestarse significa recordar la desaparición.

M.U.S.: No, para nada. Si ya nos han quitado lo más valioso de nuestra vida, ¿qué peor cosa puede pasar? R.C.: ¿Qué han aprendido de sus compañeras? M.I.O.: El respeto a la vida y el valor que hay que tener para sobrevivir a este duelo. M.U.S.: He aprendido a tolerar mucho, a resistir en medio del dolor y la indignación. Si creamos lazos de hermandad en medio de la tragedia todo es más fácil de sobrellevar. R.C.: ¿Qué entienden por reconciliación? M.I.O.: Estar bien con uno mismo, con el vecino, con Dios. La reconciliación parte de uno porque si uno está lleno de rencor, sale a la calle a contagiar al resto de la gente, y para evitar hacer eso hay que valorar al otro. M.U.S.: No sé qué es la reconciliación. Creo que la definición que la gente tiene va dirigida a cogernos de la mano y a olvidar todo, y para mí eso es inaceptable. Nuestros corazones están muy heridos.

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María Ortega

lleva 21 años esperando alguna razón del paradero de su hijo, desaparecido en la vía Pasto-Cali.

foto: leonardo Castro

mos saber de dónde vinieron las órdenes. La culpa viene de niveles mucho más superiores. R.C.: ¿Por qué se unieron a otras víctimas? M.I.O.: En 2007 la Defensoría del Pueblo de Nariño comenzó a darnos capacitaciones. Allí conocí más mujeres familiares de desaparecidos y decidimos unirnos en nuestra búsqueda de la verdad. Hace un año creamos oficialmente la Asociación de Víctimas de Desaparición Forzada (Avides). Comenzamos cerca de diez mujeres y ahora somos 35. M.U.S.: El dolor mío como madre es el de todas las madres de desaparecidos. Si no hablamos nos volvemos cóm-


GRUPOS ÉTNICOS Y Confianza MINORÍAS

La expresión de grupos étnicos manifiesta la diversidad de la experiencia humana sobre el planeta. En el caso colombiano estas minorías confirman la enorme riqueza cultural del país, pues Colombia es uno de los territorios más diversos del mundo desde el punto de vista cultural. El fin del conflicto pasa, entonces, necesariamente por ser consecuentes con esta diversidad, y con el hecho de que estas comunidades son, en algunos casos, las principales víctimas. En consecuencia, actores en un escenario de reconciliación. El desplazamiento es uno de los delitos que más ha afectado a las minorías étnicas del país. Tan solo en Valle, Cauca y Nariño, entre 1985 y enero de 2014, 29.920 indígenas y 227.837 afrocolombianos fueron desplazados. En Cundinamarca y Boyacá las cifras son de 969 y 1.750, respectivamente. Los miembros de estos grupos étnicos han tenido que soportar constantes actos de violencia en su contra. Hasta 2013, 7.329 indígenas y afrocolombianos habían sido asesinados en el centro y en la costa Pacífica del país.

CONFIANZA

foto: león darío peláez

reconciliAción

ReGReSO en el norte del Cauca los indígenas excombatientes de grupos armados vuelvan con sus familias y ayuden a las

José Navia**

M

Manuel*

logró llegar a la casa a eso de las siete. Su hermana, que a esa hora soplaba los tizones de la hornilla para preparar el desayuno, lo vio entrar jadeante. Traía los brazos y la cara rasguñados por las ramas y chamizas. “Venía pálido y asustado”, recuerda su hermana. **Periodista.

Como era día de mercado, su mamá se había ido al pueblo en la ‘chiva’ de las cinco de la mañana. “Yo me les vine. Me les volé”, le dijo Manuel a su hermana. Y le contó que le tocó romper monte para evitar los caminos por los que a veces transitaban la guerrilla o los milicianos. Si estos lo veían, con seguridad lo iban a capturar o a reportar con los jefes de la columna de la que acababa de desertar. Días antes, cuando supo que lo iban a mandar a patrullar cerca de la vereda donde vivía su familia, comenzó a planear la fuga. Se voló antes de las cua-


Luego de

escaparse de la guerrilla y pasar por un proceso de reincorporación a su comunidad, Manuel (de espalda) trabaja en un cultivo de plátano.

¿en dónde?

Toribío, Cauca.

bilidad y protección del Cabildo. En esas circunstancias, a la guerrilla le quedaba muy difícil llevárselo. De hacerlo, esa acción constituiría un irrespeto a la máxima instancia de gobierno del resguardo y una afrenta a la autonomía territorial, que los indígenas defienden, incluso, a riesgo de su vida.

a A casa CASA nasa atienden a cerca de 40 jóvenes y víctimas del conflicto para que autoridades de los cabildos. tro de la mañana. El centinela, que también era indígena y, al igual que Manuel, estaba aburrido en la guerrilla, solo le pidió que no se llevara el fusil. “Lo dejé recostado contra un palo y allí mismo puse la munición”, recuerda ahora, casi tres años después, mientras mira a su mujer amamantar a su hijo de 3 meses de nacido. Manuel está de pie en el patio de la casa. Es un indígena de rostro pétreo. De unos 20 años. Estatura regular. Musculoso. Habla poco y baja la mirada cuando lo hace. Lleva un gorro de lana hasta las orejas, jean y camiseta

blanca de la selección Colombia, que minutos después se cambia por una oscura y raída para echarse un racimo de plátanos al hombro. La casa paterna de Manuel está ubicada a orillas de un voladero, en medio de las montañas del norte del Cauca. Desde allí se ven los techos de teja y zinc dispersos en las faldas de la cordillera, y una hondonada que desciende hasta una quebrada cristalina. En el horizonte solo se ven picos azulosos. La mamá de Manuel regresó ese día en la ‘chiva’ de las cuatro de la tarde. Encontró al muchacho encerrado en una pieza. Estaba asustado

porque ya les habían avisado que la guerrilla lo andaba buscando. “Toca entregarlo al Cabildo. Si se queda aquí se lo lleva la guerrilla… Usted cometió un error, toca que vaya donde el Cabildo”, recuerda que le dijo la mujer. Se refería al organismo que gobierna en el resguardo y que está conformado por un gobernador, un capitán y varios alguaciles, entre otros. Todos ellos son elegidos por una asamblea general, a la cual le deben obediencia. La mujer corrió a buscar al gobernador del resguardo. Una hora después, el muchacho estaba bajo la responsa-

La palabra del tewala

“Cuando vinieron los del Cabildo les tocó sacarlo por allá abajo, por esa hondonada, no ve que ya la guerrilla andaba por la parte de arriba buscándolo porque decían que había desertado”, dice la mamá. Desde ese momento, Manuel comenzó un proceso para reintegrarse a la comunidad. Los indígenas llaman a ese programa ‘Regreso a casa’ y es apoyado por diferentes entidades del Estado. “Cuando un muchacho se escapa de uno de esos grupos y nos dice que quiere volver a ser parte de su resguardo primero hay que llevarlo al tewala (chaman). Y él nos dice si el muchacho en realidad tiene voluntad para cumplir con el Cabildo o se va a devolver pa’l monte o les va a llevar información”, dice un líder nasa de la Asociación de Cabildos

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reconciliAción

grupos étnicos y minorías

sido víctimas del conflicto. Lo llaman Escuela de Pensamiento. Se reúnen los fines de semana, cada dos meses, y el objetivo principal es retomar los usos y costumbres de sus ancestros. El resto del tiempo los excombatientes permanecen con su familia o con el Cabildo.

Retomar el pensamiento nasa

La mamá de

Manuel fue hostigada por milicianos de la guerrilla para que les entregara al fugado. Ella se negó y los enfrentó. Indígenas del Norte del Cauca (Acin). Cxab Wala Kiwe, en idioma nasayuwe. Ni este dirigente, ni los otros indígenas que participan en el programa con jóvenes desvinculados de la guerrilla quieren que se mencione su nombre. Temen represalias de los grupos armados. “Ellos (los guerrilleros) podrían pensar que se trata de un proyecto contrainsurgente y lo único que queremos es que nuestros niños y jóvenes que se han ido a empuñar las armas, así sea en el Ejército o la guerrilla, regresen a la comunidad”, dice. De hecho, mientras se realizaba la reportería para esta crónica, a finales de febrero, fueron heridos en un atentado dos guardias indígenas y un líder de la Acin que viajaban entre Jambaló y Santander de Quilichao. Su camioneta fue atacada a balazos por desconocidos cuando

una decena de guardias regresaba de cumplir con una labor humanitaria en una vereda de Jambaló. A pesar de estos hechos y de que la guerrilla actúa en su territorio desde hace más de 30 años, los indígenas nasa del norte del Cauca insisten en lo que ellos denominan “caminar la palabra”, que consiste en buscar una solución dialogada a los conflictos que los afectan. La primera cita de Manuel y de su familia con el tewala se cumplió de noche, en medio de las montañas. Durante varias horas, el chamán hizo un ritual con hojas de coca y con otras hierbas secretas, sopló a los asistentes con aguardiente y rezó para alejar los malos espíritus. Al final determinó que el muchacho se merecía una oportunidad. Cuando los tewalas tienen dudas sobre las inten-

ciones de las personas que llegan ante ellos, realizan una prueba llamada el ‘pulseo’. Este consiste en tantear los impulsos de la sangre en algunas arterías a medida que van haciendo preguntas al examinado. De esa forma, los tewalas determinan si la persona dice la verdad. Los chamanes nasa se entrenan

Aunque la justicia de los nasa castiga, incluso con cárcel, a quienes violan sus leyes, en la mayor parte de los casos los tribunales de justicia indígena prefieren aplicar lo que ellos llaman un ‘remedio’. Se denomina ‘remedio’ porque los nasa piensan que si una persona viola las normas de la comunidad se debe a que “se le aposentó una mala energía que lo hace actuar de manera incoherente con el resto del pueblo nasa”, explica un dirigente de la Acin que trabaja con jóvenes desvinculados de los grupos armados. Por lo tanto –agrega–, esa persona necesita de un trabajo espiritual para alejar las malas energías y para que logre de nuevo la armonía con la tierra y con quie-

“Lo único que queremos es que nuestros jóvenes que se han ido a empuñar las armas regresen a la comunidad” durante años en esta técnica, que equivale a la prueba del polígrafo. Pocos días después de que el tewala dio su consentimiento, Manuel viajó en secreto a otro caserío indígena. En ese lugar, la Acin desarrolla un programa con unos 40 niños y jóvenes que han logrado salir de los grupos armados ilegales o que han

nes habitan en ella. “Hay que hacer dos tipos de remedios con los muchachos que vienen de la guerra – agrega el dirigente–. Hay que proteger el cuerpo y la mente. El cuerpo se protege dándole seguridad para que no le pase nada y con el remedio que les hace el tewala. Pero la parte más difícil es el trabajo en la mente del muchacho”.


Cultivos y fútbol

Al igual que Manuel, muchos menores de edad se van para la guerrilla por huir del maltrato en el hogar, porque pelean con la novia o con el novio, o porque no saben claramente qué quieren hacer en la vida. A veces –explica el dirigente indígena de la Acin– se van de 10 o de 12 años. A esa edad, un niño indígena ya sabe cultivar fríjol, café o maíz, es capaz de bolear machete o azadón todo el día o de caminar varias horas con un morral a la espalda.

Eso le ocurrió a Manuel. Durante varios meses le mandaron a decir que era mejor que regresara a las filas de los rebeldes. Una tarde, incluso, amenazaron a la mamá cuando venía del pueblo. “Un domingo me cogieron en el camino unos milicianos. Yo los conocía porque eran de aquí de la vereda. Me dijeron que era mejor que les entregara por las buenas al muchacho… ¿Y yo por qué se los voy a entregar?, les dije. Si cuando yo estaba en dieta ustedes no me tiraron ni una libra de sal… si quieren, má-

Sin embargo, desde el monte le siguen llegando mensajes a Manuel para que retome el fusil. Pero el muchacho ya tiene sus responsabilidades. Ha sido alguacil de su vereda. Un exgobernador de su resguardo afirma que Manuel se ha ganado de nuevo la confianza de la comunidad y que, incluso, perteneció durante más de un año a la guardia indígena (el organismo encargado de velar por la seguridad y tranquilidad del territorio). Además, Manuel acaba de ser papá. Vive en unión

fotos: león darío peláez

Mientras habla, el líder indígena juguetea con el bastón de mando que lo identifica como una de las autoridades tradicionales del pueblo nasa. El hombre explica que para sanar la parte mental es necesario que el muchacho retome su pensamiento indígena. “Ellos tienen que volver a entender que la propiedad del territorio es colectiva y que aquí hay una identidad cultural basada en un gobierno y en una justicia propias y que las cosas funcionan mediante acuerdos y bajo la orientación de la asamblea general”, agrega. Manuel asistió durante dos años a la Escuela de pensamiento. Mientras tanto, su mamá se encargó de que el tewala visitara cada dos meses su rancho para hacer los rituales y así mantener lejos del muchacho a los espíritus que lo impulsaron a irse con la guerrilla. Por cada visita, la mamá de Manuel le pagaba al tewala con un sancocho hecho con una gallina entera. “Él se comía lo que alcanzaba y el resto se lo llevaba en una jigra (mochila) para la familia, pero él no recibía plata, porque decía que entonces el trabajo quedaba mal hecho”, cuenta la mujer. Cuando Manuel se fue para la guerrilla apenas había cumplido los 16 años. “Él era muy rebelde. Decía que si lo obligábamos a estudiar se iba pa’l monte, y una vez que el papá le pegó porque no quería ir a las clases, se fue de la casa. Lo buscamos por todas partes y no apareció, y a los poquitos días vinieron a contarme que lo habían visto por allá por Ollucos”, dice la mamá de Manuel.

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Muchos jóvenes

indígenas se van a la guerrilla para huir del maltrato familiar o porque no saben qué quieren hacer con su vida. “Cuando se dan cuenta que la cosa no es como pensaban y se arrepienten de haberse ido, comienzan a mandarle razones y papelitos a la familia para que los ayude a salir de allá. Y eso no es tan fácil. Si se vuelan, la guerrilla los persigue porque cree que los va a delatar”, dice.

tenme que si me tengo que morir por un hijo… pues me muero”. La mujer habla en forma un tanto atropellada. Es bajita, menuda y de rostro ennegrecido por los rayos del sol. Luce acalorada. Cuenta que meses después los milicianos le pidieron perdón y no la volvieron a molestar.

libre con una joven indígena. Sus vecinos dicen que el muchacho solo sale a trabajar a un cultivo de plátano y café y a jugar fútbol con los demás jóvenes de la vereda. Entre ellos hay otros combatientes arrepentidos. *Nombre cambiado por seguridad de la persona.


reconciliAción

CULTURA Confianza

La cultura nos convierte en lo que somos porque transmite la información material e inmaterial. En la primera están la música, la danza, la pintura, la comida, las fiestas y los ritos. En la segunda están las creencias y la memoria. En el contexto colombiano, la reconciliación comporta un gran componente cultural vitalizado por la geografía, expresiones, narraciones y relatos locales y regionales, e impulsado por la Constitución de 1991 que reconoció la multiplicidad de tradiciones, saberes y formas de ver e interpretar el mundo. Las expresiones culturales que pueblan la geografía nacional facilitan a muchas comunidades mantener su sentido de pertenencia fuera de sus lugares de origen (cuando, por ejemplo, ha ocurrido un desplazamiento forzado) o cuando retornan. Por ello, garantizar que cada quien pueda desarrollar su proyecto de vida y ejercer el goce libre de sus derechos (y deberes) preservando sus creencias, su cultura y sus tradiciones es fundamental para un país que intente dejar en el pasado el trauma de la guerra y avanzar hacia escenarios de reconciliación.

C u lt u r a

TeATRo poR LA pAz Si algo ha contribuido a la tranquilidad y a la esperanza del pueblo tumaqueño es el teatro protagonizado por un puñado de jóvenes convencidos de una vida distinta.

C

juan miguel álvarez*

¿en dónde?

Tumaco,Nariño.

Cada

año, a mediados de septiembre, la Diócesis de Tumaco conmemora la Semana por la paz. En su origen, esta celebración coincidía con el Día Nacional de los Derechos Humanos, el 9 de septiembre. Pero desde hace seis años, la fecha que recuerda esta suerte de segunda semana mayor es el 19 de septiembre de 2001, cuando asesinaron en el centro del municipio a la hermana Yolanda Cerón, defensora de derechos humanos. Entre las misas, foros y manifestaciones artísticas de la conmemoración, probablemente el acto que más esperan los habitantes es la puesta

*Periodista del Proyecto reconciliación.

en escena del Teatro por la paz. Conformado por un grupo de jóvenes actores naturales, este teatro se ha granjeado el respeto y la admiración en la comunidad tumaqueña, al dramatizar historias cotidianas con un trasfondo político. Surgió en 2009, luego de que en la Semana por la paz de 2008 se presentó un grupo de teatro de Quibdó, Chocó, con una obra llamada La madre, en homenaje a la hermana Cerón. Tras la presentación, el obispo de Tumaco Gustavo Girón Higuita pensó que dada la violencia que estaba padeciendo el municipio y el silencio temeroso que gobernaba a sus habitantes, el teatro podría servir para el desahogo. La Diócesis emprendió la tarea de poner a rodar lo necesario para crear un grupo de jóvenes dedicados a este tipo de dramaturgia. Siguiendo el mecanismo de la compañía de Quibdó, la Diócesis gestionó con el Servicio Civil por la Paz del gobierno


fotos: federico ríos

Deibi ortiZ,

junto a sus compañeros en el centro Afro, barrio Nuevo Milenio.

alemán la llegada de una instructora y motivadora del proyecto. Se trató de Norma Rivera, teatrera mitad nicaragüense, mitad alemana, con larga trayectoria profesional. “Empezamos convocando a los grupos juveniles en los barrios –recuerda Norma–. Grupos que ya estuvieran constituidos para que no tuviesen problemas con los ensayos y pudieran acceder a una parroquia cercana”. Al llamado acudieron adolescentes que ya tenían inclinación por las artes escénicas, pero también algunos que nunca en su vida se habían imaginado convertirse en actores de teatro. “Nunca se me pasó por la cabeza actuar – dice Alicia Cuero, de 22 años. Me vinculé con el proyecto para apoyarlo en lo logístico, pero

Zuly Jhoana

Quiñones, actriz, saliendo de su casa, en el barrio Nuevo Milenio.

Norma comenzó a tentarme con la actuación hasta que lo intenté, fui controlando mis miedos a que la gente se burlara de mí y ya hoy llevo varios años actuando”. Por los días iniciales del proyecto, la violencia del conflicto armado en el casco urbano de Tumaco y en las zonas rurales era brutal: tras la desmovilización paramilitar, la guerrilla de las Farc entró en disputa con las ban-

das emergentes por las rutas de la droga desde las veredas selváticas del municipio hasta las playas del sur de Nariño. Fue una guerra de masacres, asesinatos selectivos y desplazamientos forzados. Norma, paciente, empezó a ir de casa en casa a convencer a los padres de los adolescentes para que los dejaran participar en el proyecto y, luego, para que los permitieran asistir a las presentaciones. Sobre todo,

porque las obras revelaban los ángulos más humanos de las víctimas y siempre dejaban una denuncia de culpabilidad e impunidad. “Nuestro teatro sigue la corriente del ‘Teatro del oprimido’, de Augusto Boal –explica Deibi Ortiz, actor, de 23 años–. Son obras colectivas que se arman sobre la experiencia de vida de cada actor. Es un teatro fundamentado en la expresión corporal, más que en los libretos. Y no hablamos paja: son obras que reviven los problemas de Tumaco, historias que el público reconoce y requiere ver: desapariciones forzadas, reclutamiento, violaciones”. Una vez montadas las obras, el escenario para presentarlas fueron las parroquias. Por instrucción del obispo, cada sacerdote responsable de una de ellas debió recibir al Teatro por la paz y permitirle presentar la obra en la segunda mitad de la misa, como reemplazo de la homilía. “A una marcha de protesta –explica Norma Rivera–, casi no iban los tumaqueños; les daba miedo. En cambio, no faltaban a la misa. Al escoger este escenario y este momento para presentar las

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reconciliAción

CONFIANZA

Varios

foTo: fedeRico Ríos

actores del Teatro por la paz. A la derecha, en verde oliva, los acompaña Norma Rivera. obras tuvimos en cuenta ambas cosas: que la gente recibiera el mensaje y que los actores se sintieran más seguros”. En las primeras presentaciones, muchos de los feligreses que abarrotaban las parroquias salían apenas entendían de qué se trataba la obra. “Tenían tanto miedo –añade Norma– que consideraban un riesgo presenciar una obra de arte que fuera una denuncia. Si una parroquia tenía 300 personas en la misa, para nuestra presentación solo se quedaban unas 50”. Poco a poco, a fuerza de calidad narrativa y capacidad expresiva, el Teatro por la paz fue conquistando a la audiencia. “Muchas de las personas que estaban en la misa, cuando nos veían en escena, se preguntaban: ‘¿Estos muchachos tan jóvenes y tan valientes hablando en público de estos temas? Y seguramente otros se decían: ‘Y nosotros tan callados’”, dice Alicia Cuero. Hasta que llegó el momento en que sucedió exactamente lo contrario: justo en el instante en que la obra fue a comenzar, más gente llegó a la parroquia. “Ahora a una de nuestras

presentaciones en la catedral de Tumaco –dice Norma– van más de 1.000 personas y no caben en la iglesia”. Auria Sánchez, de 20 años, actriz, no olvida los segundos en que, subida en el escenario, ha visto llorar a muchos

El Teatro por la paz de Tumaco está constituido por el grupo juvenil teatro Araña, del barrio Nuevo Milenio, el grupo juvenil teatro Cienpiés, del barrio La Florida, ambos integrados por jóvenes entre 14 y los 23 años, y el grupo

“Los jóvenes también somos el presente. Con este teatro le oponemos resistencia a la violencia” de los asistentes. “Son personas que recuerdan la historia, gente que la sufrió, parientes de la víctima o amigos. Hoy estamos seguros de que la gente de Tumaco ha reaccionado luego de habernos visto en escena”. Uno de los aportes del Teatro del oprimido es que motiva a la comunidad a resistir pacíficamente y a no ser pasiva ante el conflicto social. “Los jóvenes no solo somos el futuro –afirma Auria–, también somos el presente. Y con este teatro estamos resistiendo contra la violencia, estamos evitando acostumbrarnos a ella, estamos tomando la voz de las personas que no tienen voz”.

de mujeres teatro Tumatai, en La Florida, que es de actrices entre 19 y 62 años. Las obras tienen una duración de 30 a 45 minutos. Entre las que más aprecian la gente y los mismos actores están Mi otro yo (2011), un homenaje a la hermana Cerón y a las víctimas de la violencia y a sus familias. Otra es La gran comarca de la Tonga (2012), que trata de los valores ancestrales de la comunidad de la costa Pacífica colombiana y la fortaleza de la sociedad en la unión de las personas. La más reciente se titula El olvido está lleno de memoria (2013) y es la dramatización en torno al ritual del Chigualo, ceremonia de

acompañamiento a una familia cuando uno de sus hijos ha muerto sin haber perdido la inocencia de la niñez. Las presentaciones se realizan en el marco de la Semana por la paz; sin embargo, esta iniciativa ha tenido tanta acogida que a lo largo del año los tres grupos han sido invitados a presentarse en otras regiones de Colombia. Ninguno de sus miembros, ni Norma Rivera, han sido objeto de amenazas de muerte. La Diócesis, sí. Los Rastrojos acusaron a la curia de estar realizando un “trabajo subversivo y de lavarle la conciencia al pueblo de Tumaco”. Algunos espectadores les han preguntado a los jóvenes actores por qué no se dedican a otro tipo de teatro, a la comedia, a los clásicos de Shakespeare. “Y todos hemos respondido lo mismo –dice Deibi–: no podemos, estamos en una situación muy crítica y este teatro es nuestra forma de ayudar a superar este momento”. A esa respuesta, Norma agrega: “No actuamos comedias ni clásicos porque otras personas lo hacen. Ya hay mucha gente en eso. En cambio, nadie más hace nuestro teatro”.


reconciliAción

La fuerza de los valores

H

opINIÓN

Bertha Lucía Fríes

Esta es la visión de una víctima del ataque terrorista al Club El Nogal en 2003. Le diagnosticaron cuadriplejía e incapacidad por fractura de la columna.

Hace

11 años, el 7 de febrero, en el Club El Nogal fuimos parte de un escenario donde nos reunimos víctimas y victimarios. Cada uno desde su orilla. Los victimarios claros en su objetivo y las víctimas inocentes de lo que iba a ocurrir. Los resultados: 35 muertos, 154 víctimas. Afectados todos. Hoy aún se viven las secuelas del posestrés. Siguen los dolores, las cirugías reconstructivas, enfermedades degenerativas, cánceres, tendencias suicidas, temores a la oscuridad, desasosiego ante ruidos, olores y recuerdos, incapacidades al 90 por ciento que igual tienen que trabajar porque no hay otra opción. Sin embargo, estamos en el escenario de la paz. Para lograrla, hay que crear un modelo mental en donde el Estado, empresarios, víctimas y victimarios comulguemos en la mesa de la reparación, perdón y reconstrucción con valores compartidos. El Nogal es el microcosmos de lo que el país vive. En la apariencia somos la clase privilegiada y después de 11 años, las víctimas del acto terrorista no han sido reconocidas ni acompañadas en su proceso, que es el primer paso para la reconciliación. ¿Entonces qué podemos pretender para el resto de víctimas del país? En marzo de 2013 en la asamblea de El Nogal, mediante una solicitud de 213 firmas, dijimos: “Soñamos con mostrar al mundo que salimos de las cenizas del ataque terrorista y que atendemos a nuestras víctimas”. Se firmaron cinco principios antes de las elecciones del club, para que fueran transversales a todas las planchas que se postularon para la junta, sin importar la seleccionada. Traigo uno pertinente: reconocer a las víctimas del ataque. Ser consciente del estado y necesidades de bienestar de ellas, que persisten después de 11 años.

Es oportuno que en este escenario de reconciliación que está intentando el país seamos coherentes con lo que los socios de El Nogal firmamos y que quedó como parte del acta de la asamblea, y no lleguemos al aniversario 12, otro congreso de responsabilidad social o cualquier otra actividad que utilicen la marca ‘víctimas’ para recordar que NO existimos y que es un aniversario sin el involucramiento de ellas. Si nosotros, víctimas ‘privilegiadas’, sentimos lo que sentimos, ¿qué podemos esperar de aquellos que no tiene acceso a prensa, créditos, seguros y otros privilegios, y que son la gran mayoría del país? Las víctimas de El Nogal iniciamos independientemente encuentros para reconocernos, recordar que estuvimos en el mismo escenario y, sobre todo, que debemos aportarle al país ahora que la paz se ha vuelto una esperanza más cercana. Los encuentros los llamamos reconciliación basada en valores. ¿Qué es reconciliación? Es reconocer, recuperar y transformar. Es restablecer las relaciones, pensar en uno y en el otro, es una construcción mutua. Fiel a estos postulados, la reconciliación con valores obliga a trascender, pues es aceptar que el otro tiene creencias diferentes, que hay historias individuales que llevaron a actuaciones no esperadas ni aceptadas. Es construir con nuevos cimientos pero sin olvidar la historia. ¿Qué es la reconciliación con valores? Es encontrar valores y comportamientos que unan puntos comunes a pesar de color político, raza, nivel económico o si se es víctima o victimario, desde los diferentes roles que se asumen, hay que medirlos y generar estrategias para construir nuevas formas de relacionamiento, fundamental para tener un país con un aire diferente. Como diría Aristóteles “cuando un valor se traduce en comportamiento o hábito, se puede hablar de virtud”. ¿Podremos volver la reconciliación con valores una virtud?.

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reconciliAción

retorno

PoR aMoR a la tiERRa Bogotá decidió equilibrar cargas con la Nación y acompañar legalmente a las víctimas. El caso de Rogelio Mendoza es un abrebocas de los pasos que están por darse.

P

Para

los que viven en áreas rurales del país, Bogotá es como una quimera. Esas calles copadas de carros que muestran los noticieros, invadidas a lado y lado por personas que parecen ir siempre de afán, despiertan la curiosidad de los que respiran la tranquilidad del campo. Pero Rogelio Mendoza*, que nació en Agrado (Huila), un municipio donde el ruido más fuerte es el de los cañicultores al cortar la caña, no llegó a la capital para conocer sus atractivos. Decidió viajar de improviso cuando, el 27 de junio de 1998, cinco paramilitares le ordenaron salir de Granada (Meta) si quería conservar su vida. Rogelio, que había llegado a esa localidad llanera casi 30 años antes en busca del amor, era uno de los pocos testigos vivos de las masacres paramilitares en la zona. En sus épocas de juventud había conocido a Marcela, una joven de la que se enamoró y con quien se unió para siempre. La casa que construyeron


¿en dónde?

Bogotá

foto: erick morales

el año pasado

rogelio visitó Granada para identificar su predio. al llegar, se sorprendió de ver que la humilde casa que hace años construyó ahora es una ostentosa iglesia evangélica.

en Granada, además de ser el lugar en el que funcionaba su negocio era, según él, la materialización de todos sus sueños. En ese mismo lugar se quedaron Marcela y cinco de sus seis hijos la noche en que fue desplazado. “La plata no alcanzaba para que todos huyéramos y, además, yo era el amenazado, no ellos”, afirma. Mientras empacaba las únicas dos mudas que llevaría, su hijo Víctor, de 16 años, le rogó que lo llevara, y con 20.000 pesos en el bolsillo caminaron hasta la vía principal para emprender la travesía más difícil de sus vidas. En Bogotá lo recibió su hermano Augusto y, desde entonces, el barrio El Socorro, en la localidad de Kennedy, ha sido su hogar. Las duras condiciones laborales a las que se enfrentó como maestro de obra y la preocupación de no tener dinero para mandarle a Marcela, lo hicieron vender apresuradamente, mediante un acuerdo de palabra, el lote de 600 metros cuadrados que tenía en Granada. Con esos 2 millones de pesos Marcela tuvo que refugiarse donde una vecina hasta tener dinero suficiente para venir a Bogotá, y a finales de 2000 la familia Mendoza ya estaba reunida. En 2013, luego de 15 años de dificultades, apareció una luz en el camino y la posibilidad de retornar estaba cada vez más cerca. Tras haberse inscrito en el Registro Único de Víctimas, se enteró de la existencia de los centros Dignificar, siete sitios de atención a víctimas que la Alcaldía dispuso para atender sus necesidades básicas y ofrecerles acompañamiento legal gratuito. Allí apenas comenzaba su historia como el primer logro judicial en materia de

tierras del grupo de abogados de la Alta Consejería para los Derechos de las Víctimas de Bogotá. Esta oficina, inaugurada en enero de 2013, fue una apuesta del Distrito para hacer más eficiente la restitución de los derechos de las víctimas refugiadas en la ciudad. En el centro Dignificar de Kennedy uno de los abogados de la Alta Consejería entrevistó a Rogelio por media hora para construir una ficha donde se registran los delitos cometidos en su contra y los procesos judiciales por iniciar. Este procedimiento, que funciona como punto de partida para asignarle un aboga-

documentar el caso y luego de varios viajes a la zona y reuniones entre los involucrados, presentaron la demanda ante el Tribunal de Villavicencio en enero de este año. Como resultado, la de Rogelio es la primera solicitud admitida de restitución de tierras interpuesta mediante la asesoría de un ente territorial, y no de la Unidad de Restitución. Ahora el proceso continuará con la presentación de pruebas y, de ser exitoso, terminará cuando el predio sea restituido a Rogelio. Sin embargo, el miedo que tiene de encontrarse con los paramilitares cambió su anhelo

De los 34 abogados que conforman la Alta Consejería 16 hacen parte del equipo de restitución de tierras do al caso, tiene lugar a diario en los siete centros. Cuando la ficha llega a la Alta Consejería, los delitos se distribuyen en el grupo de abogados, según su especialización. El equipo de reparación integral, al que pertenecen 18 abogados, asume la defensa de violaciones a los derechos humanos, mientras que los 16 restantes componen el equipo de restitución de tierras con la ayuda de sociólogos, antropólogos, ingenieros catastrales, topógrafos y trabajadores sociales que viajan a las zonas para documentar los casos. Por su situación, a Rogelio le correspondió un abogado del grupo de tierras, pues se estimó que las presiones propias del desplazamiento lo habían obligado a vender su casa en Granada por un precio mucho más bajo del valor real. En agosto de 2013 comenzaron a

de regresar a Granada por la ilusión de vender la casa a un precio justo y usar el dinero para comprar una parcela en tierra caliente. Por su parte, el abogado y sus asesores habrán terminado la cruzada cuando los Mendoza recuperen el lote. Es evidente el mérito de Bogotá como uno de los pocos entes territoriales que apoya con hechos la responsabilidad del Estado con las víctimas. Mientras tanto, en pleno centro histórico Rogelio esquiva los ríos de personas que invaden los andenes en su afán por almorzar. Su cara, marcada por el lastre de la guerra, expresa la esperanza que aún guarda de envejecer junto a Marcela en un pueblo como Agrado, cálido y calmado como ninguno. *Nombre cambiado para proteger la identidad de la víctima.

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reconciliAción

n u e va s g e n e r a c i o n e s

ARte que Cinco artistas que crecieron en Bogotá, lejos ganadores del Concurso Nacional Conflicto en Memoria Histórica, que no hay que ser víctima ‘Los durmientes’

Dibujo de Claudia Porras (29 años)

“Esta es mi primer acercamiento artístico al tema del conflicto y las víctimas. Lo hice porque quería saberme parte en la construcción de memoria de mi país y aportar de alguna manera en la reparación de las víctimas mediante otro lenguaje que no fuera el escrito”.

imágenes: centro nacional de memoria histórica

Con este dibujo a lápiz se pretende visibilizar a las víctimas de la masacre de Bojayá y exigir su reparación.

‘ s i e r v o s i n t i e r r a’

Serigrafía de Gustavo Santa (29 años) El artista invita a una revolución mental colectiva, para que los de la ciudad dejen de ser sujetos indiferentes y distantes.

“Es estúpido suponer que lo que vemos en la pantalla se va cuando la apagamos. La realidad es una y en ella estamos todos. La indiferencia es y será otra mina en el camino de la reconstrucción del tejido social”.


se sieNte del conflicto, demuestran con sus trabajos, Alta Resolución del Centro Nacional de para que la violencia influya en su obra. ‘Los niños d e b e L L av i s ta’

Pintura de Manuela Illera (25 años) La obra está dedicada a los niños que sobrevivieron a la masacre de Bojayá, ocurrida el 2 de mayo de 2002 en Chocó.

“Viajar y conocer la propia tierra puede despertar en los jóvenes bogotanos esa solidaridad con las víctimas del conflicto que tanto hace falta. Los que nos dedicamos al arte tenemos una sensibilidad especial que debemos aprovechar para pensar en el otro y entenderlo”.

‘La sombra d e L a g u e r r a’

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‘impunidad’

Cartel de Andrés Sotelo Fotografía de Miguel Canal

(30 años)

(27 años) La imagen es un fragmento intervenido de la película Esta fue mi vereda, el primer mediometraje colombiano sobre la época de la violencia.

“Bogotá no es ajena al conflicto, aquí se vive de mil maneras. Todos los días se ve. Sin embargo, vivimos en una burbuja en la cual no se sienten de manera directa las consecuencias de la guerra. No estamos alejados de ella, solo tenemos una relación distinta”.

Como resultado de una investigación sobre el cartel político el artista concluyó que esta técnica era la herramienta ideal para abordar el tema de la impunidad desde la denuncia, no solo por su contundencia gráfica sino por su alcance masivo y fácil comprensión.

“Asignarle un espacio físico a la indiferencia es perpetuar la competencia a nivel regionalista. Decir, por ejemplo, que en Medellín o en Bogotá son más indiferentes que en otras regiones del país solo incrementa ese pensamiento. El problema no radica ahí, la indiferencia, al ser un concepto intangible reside en nuestra mente, y es en ella en donde se debe transformar”.


reconciliAción

Cierre

¿Y por qué no? La reconciliación es un compromiso de todos, no solo de las víctimas y del gobierno. Personajes influyentes del centro y occidente hablan del tema.

“ “ “ “ “ “ Nacido en Ráquira, Boyacá.

foto: juan carlos sierra

“Dijo un poeta que la mejor manera de decir las cosas era haciéndolas, y a la reconciliación, ese pensamiento viene como el verde al campo, porque:  Mientras vivir sea vivir, vivir del dolor ajeno, la vida no será vida, y el cielo no será cielo.

C AtA L i n A G A R C í A ,

vocalista de Monsieur Periné. Nacida en Cali,Valle.

Andrea Echeverri,

artista y mamá. Nacida en Bogotá.

“Reconciliación es cicatrizar heridas. Dejar pasar lo malo y rescatar lo bueno. Estar abiertos a recomenzar, estar dispuestos a trabajarle a la armonía. Invertir en diálogo, construir acuerdos. Respetar y hacerse respetar”

“Pensar en reconciliación es imaginarme un país menos violento, en el cual los colombianos y los que habiten nuestro territorio nos hagamos responsables de nuestros actos restándoles agresividad, individualismo e indiferencia, y comprometiéndonos a devolverle dignidad y humanidad a nuestro entorno”.

foto: diana sánchez

J o r g e Ve l o s a , cantante.

Yo l a n d a R u i z , directora

de Noticias de RCN La Radio Nacida en Pasto, Nariño.

ganador de la vuelta a España en 1987. Nacido en Fusagasugá, Cundinamarca. “Hay que respaldar a los colombianos interesados en la paz. Hay que perdonar los actos de violencia y superar los rencores, intentando olvidar el pasado y procurando que podamos convivir en paz”.

foto: diana sánchez

“Para mí, la reconciliación es la reconquista de la inocencia y de la fe. Es el reencuentro con lo que somos de verdad, aun a pesar de nosotros mismos”.

foto: camila reina

foto: juan carlos sierra

Nacido en Popayán, Cauca.

Lucho Herrera,

foto: archivo particular

Juan Esteban C o n s t a i n , escritor .

“Reconciliación es tener la capacidad de ver al otro a los ojos y reconocerlo como un ser humano. No importa si es de una raza, clase social, género o una ideología distinta. Ver al otro como ser humano, aunque haya hecho algo atroz. Reconciliarnos es ponernos en los zapatos del otro, es tener la capacidad de entender la mirada del otro aunque no se comparta”.


En El PacĂ­fico

foto: david estrada larraĂąeta

colombiano, un campesino macera el arroz que cultiva en su parcela.


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