LA
AVENTURA
IGNACIANA
Otros libros sobre espiritualidad ignaciana de Loyola Press: Una oración sencilla que cambia la vida, Jim Manney ¿Qué es la espiritualidad ignaciana?, David Fleming, SJ Descubre tu sueño, Gerald Fagin, SJ
LA
AVENTURA
IGNACIANA Cómo vivir los Ejercicios Espirituales de san Ignacio de Loyola en el día a día
KEVIN O’BRIEN, SJ
© 2017 Loyola Press edición en español Todos los derechos reservados. © 2011 Kevin O’Brien, SJ Todos los derechos reservados. Título original: The Ignatian Adventure: Experiencing the Spiritual Exercises of Saint Ignatius in Daily Life Traducción: Milton Elliot Jensen Los textos bíblicos corresponden a La Biblia de Nuestro Pueblo © 2006 Pastoral Bible Foundation y © Ediciones Mensajero. Textos impresos con los debidos permisos. Todos los derechos reservados. Todas las citas de los Ejercicios Espirituales están tomadas de Ejercicios espirituales de San Ignacio de Loyola. Texto modernizado por Manuel Iglesias, SJ, Buena Prensa, México D.F., 2011. Textos impresos con los debidos permisos. Los poemas “Mensajero” en la página 46 y “Rezar” en la página 71, pertenecen al libro Thirst de Mary Oliver. Copyright © 2006 de Mary Oliver. Utilizados con permiso de Beacon Press, Boston. Imagen de la portada: © iStock.com/olaser ISBN-13: 978-0-8294-4520-6 ISBN-10: 0-8294-4520-X Número de Control de Biblioteca del Congreso USA: 2017940912 Impreso en los Estados Unidos de América. 17 18 19 20 21 22 23 24 25 26 27 Bang 10 9 8 7 6 5 4 3 2 1
Para mamá, papá, Cathy, Andy y para mi familia de la Compañía de Jesús Ad majorem Dei gloriam “Para mayor gloria de Dios”
Índice Comenzar ............................................................................................................. 1 El recorrido de Ignacio de Loyola ..................................................................... 5 La aventura ignaciana........................................................................................ 13 Senderos distintos, un mismo caminar ........................................................... 19 Prepararse para la aventura ............................................................................... 23 Nota para los directores espirituales y los directores de retiros .................... 29 Comienza la aventura ........................................................................ 31 Semana de oración 1: Dios me ama sin condiciones .................................... 38 Aspectos de los ejercicios— El “Presupuesto” de los Ejercicios Espirituales ......................................................................... 43 Semana de oración 2: La creación perpetua de Dios .................................... 44 Semana de oración 3: La intimidad de la oración ......................................... 48 Aspectos de los ejercicios— Las distracciones en la oración ........................ 51 Aspectos de los ejercicios— Imágenes de Dios.............................................. 53 Semana de oración 4: Dios nos invita a una mayor libertad ........................ 55 Aspectos de los ejercicios— La repetición ignaciana .................................... 59 Semana de oración 5: El Principio y Fundamento ....................................... 61 Aspectos de los ejercicios— Principio y Fundamento: Texto tradicional ... 65 Aspectos de los ejercicios— Principio y Fundamento: Lectura contemporánea ............................................................................ 67 Semana de oración 6: Dios me llama .............................................................. 69 Aspectos de los ejercicios— La oración ignaciana de la conciencia: el Examen ............................................................................... 73 La “Primera Semana” ........................................................................ 77 Semana de oración 7: La realidad del pecado ................................................ 87 Aspectos de los ejercicios— El coloquio ......................................................... 93 Semana de oración 8: Mi propia historia de pecado y gracia ....................... 95
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Semana de oración 9: Las causas y las consecuencias del pecado ............. 100 Aspectos de los ejercicios— La experiencia del aburrimiento o de la aridez en la oración ........................................................................ 105 Semana de oración 10: El amor misericordioso de Dios por mí ............... 108 Aspectos de los ejercicios— Introducción al discernimiento de espíritus. 111 La “Segunda Semana” ..................................................................... 115 Semana de oración 11: La Contemplación de la Encarnación.................. 125 Aspectos de los ejercicios— A modo de recordatorio ................................. 131 Semana de oración 12: El nacimiento de Jesús ........................................... 133 Aspectos de los ejercicios— La contemplación ignaciana: la oración imaginativa ................................................................................. 137 Semana de oración 13: La infancia de Jesús ................................................ 139 Aspectos de los ejercicios— Reglas para el discernimiento de espíritus: cómo obran el espíritu bueno y el espíritu malo ................. 141 Semana de oración 14: La vida oculta de Jesús............................................ 143 Aspectos de los ejercicios— Reglas para el discernimiento de espíritus: guardar las gracias de consolación......................................... 145 Semana de oración 15: El llamado de Cristo, nuestro Rey ........................ 146 Aspectos de los ejercicios— La pobreza de espíritu .................................... 153 Semana de oración 16: Comienza el ministerio público de Jesús ............. 156 Aspectos de los ejercicios— Reglas para el discernimiento de espíritus: hacer frente a la desolación espiritual.............................. 159 Semana de oración 17: Meditación de las dos banderas ............................ 162 Semana de oración 18: El llamado y el precio del discipulado .................. 169 Aspectos de los ejercicios— Reglas para el discernimiento de espíritus: razones por las que experimentamos la desolación ........ 175 Semana de oración 19: Tres maneras de amar ............................................. 177 Semana de oración 20: El ministerio público de Jesús ............................... 181 Aspectos de los ejercicios— Reglas para el discernimiento de espíritus: tres metáforas de cómo actúa el enemigo en nuestras vidas ........................................................................................... 183
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Semana de oración 21: El Reino de Dios ..................................................... 188 Semana de oración 22: Jesús como ser humano y como ser divino ........... 191 Aspectos de los ejercicios— La Elección: Ejercicios Espirituales, 169–189.............................................................................. 195 La “Ter cera Semana” ....................................................................... 201 Semana de oración 23: El camino del Calvario ........................................... 209 Aspectos de los ejercicios— Reglas para el discernimiento de espíritus: distinguir entre la consolación espiritual auténtica y la falsa .................................................................................... 211 Semana de oración 24: El arresto de Jesús ................................................... 214 Aspectos de los ejercicios— Reglas para el discernimiento de espíritus: descubrir la falsa consolación espiritual .......................... 217 Semana de oración 25: El sufrimiento y la muerte de Jesús....................... 219 Semana de oración 26: El Misterio Pascual................................................. 222 La “Cuar ta Semana” ......................................................................... 225 Semana de oración 27: La Resurrección de Jesucristo ............................... 232 Semana de oración 28: La vida resucitada ................................................... 235 Semana de oración 29: Contemplación del amor de Dios ......................... 238 Semana de oración 30: La vida en el Espíritu .............................................. 244 Semana de oración 31: Recoger las gracias .................................................. 246 Semana de oración 32: Mirando hacia delante con esperanza .................. 248 Una aventura que continúa ............................................................................. 251 Vivir los Ejercicios Espirituales ..................................................................... 255 Con gratitud ..................................................................................................... 259 Reconocimientos.............................................................................................. 261 Fuentes .............................................................................................................. 265 Recursos espirituales para el recorrido de la fe ............................................. 269 Acerca del autor ............................................................................................... 277
Comenzar Toda aventura tiene un comienzo. A menudo las grandes aventuras tienen los comienzos más inesperados. Para mí, la aventura que me llevaría a ser jesuita y a escribir esta guía de oración empezó un caluroso día en los alrededores de un juzgado del sur de Florida, en compañía de una mujer judía octogenaria de Brooklyn. Yo era un abogado principiante que trabajaba en un importante caso de testamentaría que lidiaba con una trágica historia familiar y muchos terrenos en el condado de Palm Beach. Había mucho en juego, y los hechos afectaban muy profundamente a mi cliente, Miriam, una mujer sumamente bondadosa y cortés. En esta etapa de su vida, el último sitio donde quería estar era en un juzgado implicada en una prolongada disputa sobre un testamento. Pero sabía que era lo que tenía que hacer por el hombre al que había amado, y cuyo testamento intentábamos defender. Como abogado principiante, mi trabajo consistía principalmente en atender a las necesidades personales de los clientes. Durante las visitas al juzgado en las que se trataba algo de la dolorosa historia familiar, a veces Miriam salía de la sala y yo la acompañaba. Me contaba cosas de la persona a la que tanto había amado y de su juventud en Brooklyn. Compartía conmigo sus esperanzas para el futuro. Un día, mientras paseábamos alrededor del juzgado, con el sol pegando con fuerza, caí en la cuenta: prefería estar afuera hablando con Miriam que en el juzgado. No hubo ninguna luz cegadora ni un rayo del cielo; solo una intuición que dio en el clavo. La idea no era del todo nueva. Había ido a la facultad de Derecho no con la intención de practicar la abogacía, sino para establecer los cimientos de una carrera política. Desde temprana edad, mi familia y mi fe me habían enseñado que, hiciera lo que hiciera en la vida, tenía que trabajar 1
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por la comunidad que me había sustentado para devolver lo que había recibido. La verdad evangélica se había convertido en una parte de mí; de aquel a quien mucho se ha dado, mucho se espera. También había mucha ambición juvenil enredada en esta noble aspiración. Es cierto que la función pública alimentaba mi ego y mi deseo de poder y prestigio, pero Dios obra a través de todas nuestras motivaciones refinando las ambiciones que están demasiado centradas en uno mismo. Así que tenía bastante claro que no me iba a dedicar a la abogacía durante mucho tiempo. Lo que no sabía entonces era que mi modo de servir y devolver lo recibido sería no en la función pública, sino en el sacerdocio como jesuita. Criado en una familia católica irlandesa, con doce años de educación católica a mis espaldas, algunas veces había pensado en ser sacerdote; cuando más en serio lo pensé fue en Georgetown, donde fui a la universidad. Pero entonces mi interés por los jesuitas tenía más que ver con mi estima por los jesuitas que allí había conocido que con una sensación personal de vocación. En resumen, a lo largo de mi vida habían sido sembradas muchas semillas; solo necesitaban un riego adecuado. Aquel día con Miriam en los alrededores del juzgado fue el momento en el que mi paciente y suavemente persistente Dios se hizo paso a través de mis embarullados pensamientos y atrajo claramente mi atención. Lo que hizo ese momento de inspiración fue incitar una intensa revisión interior. Necesitaba prestar atención y descubrir lo que realmente quería hacer con mi vida, cosa normal entre los jóvenes de veintiséis años, como lo era yo entonces. Hablé más explícitamente con los amigos y mentores que me conocían bien; empecé a rezar con más regularidad, invitando a Dios a la conversación sobre lo que debería hacer con mi vida. La idea de hacerme sacerdote reapareció con naturalidad. El abogado en mí quería resolverlo con rapidez e ir al grano. Por eso me acerqué a una directora espiritual con mucha experiencia y le dije llanamente (y con algo de arrogancia): “Me gustaría que me ayudara a averiguar si debería ser sacerdote jesuita”. Sagazmente, ella me puso en mi lugar, diciéndome con su acento irlandés: “Bien, por ahora dejemos a un lado esa pregunta. Dime, ¿quién es Dios para ti?”. No encontraba
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palabras. Pasamos cerca de un año intentando encontrar una respuesta a esa inicial y crucial pregunta. Dios tiene su manera de llamar nuestra atención y de enviarnos las personas adecuadas en los momentos adecuados. El problema es que a menudo no nos damos cuenta de ello cuando sucede. Afortunadamente, yo estaba tratando de captar las pistas de Dios. Por la misma época de mi afortunada conversación con Miriam, hablé con la directora de la escuela secundaria católica local, que había sido la mía: la Cardinal Newman High School, en West Palm Beach. Una tarde, después de una reunión del comité de consejeros, Colleen, que me había conocido como alumno algunos años antes, me preguntó: “¿Alguna vez has pensado en dedicarte a la enseñanza?”. La verdad es que a lo largo de los años sí había pensado en hacerlo; había sido tutor en la universidad y profesor ayudante en la facultad de Derecho. Pero mi respuesta inicial fue la esperada: “Gracias, eres muy amable, pero estoy empezando a trabajar de abogado y construyendo esta carrera en política, y. . .”. Pero junto con la intuición que tuve fuera del juzgado, la pregunta de Colleen me seguía intrigando, y en cuestión de unas pocas semanas, había aceptado su oferta. Cuando pensaba en la enseñanza experimentaba una honda satisfacción, y mi imaginación bullía con todo tipo de posibilidades. La práctica de la abogacía, aunque una profesión buena y noble, no suscitaba las mismas emociones intrépidas y profundas. Los socios de mi bufete me propusieron: “Tómate un año de descanso y te guardaremos tu puesto”. Algunos pensaban que volvería. Los que mejor me conocían se dieron cuenta de que estaba empezando otra aventura que me alejaría del ejercicio de la abogacía. Durante tres años enseñé Historia, Ciencias Políticas, Economía y Religión en la escuela secundaria Cardinal Newman; entrené al equipo de fútbol femenino; establecí un programa de retiros. Me encantó. Encontré en el trabajo una pasión y un gozo que no había experimentado en ningún otro sitio. Me sentía vivo, y las personas de mi entorno lo veían. El ambiente de la escuela era un terreno fértil para mi deliberación sobre la vocación al sacerdocio. Mi trabajo y mis alumnos me ayudaron a ver mi vocación sacerdotal, y la manera más natural para mí de vivir ese sacerdocio era como jesuita.
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Los jesuitas que conocía eran hombres de talento, enérgicos, inteligentes, con sentido del humor y comprometidos. Vivían unas vidas llenas de alegría. Predicaban, enseñaban y conversaban sobre las ideas más elevadas e inspiradoras, pero también vivían con los pies firmemente plantados en el suelo. Practicaban una espiritualidad profundamente arraigada en el mundo, que descubría a Dios en todas las cosas, iba al encuentro de las personas en su propio ambiente y respondía a las necesidades más acuciantes de nuestro tiempo. Se consagraban a una fe que hace justicia, cuidando y defendiendo a las personas más vulnerables de nuestro mundo. No vacilaban en ir a las fronteras donde la Iglesia se encuentra con el mundo y el mundo se encuentra con la Iglesia, introduciendo el Evangelio en nuevas conversaciones y ambientes, en diversas culturas y religiones. Los jesuitas eran hombres apasionados. Me prometían una vida de aventura y no solamente de tipo geográfico (de hecho, he cambiado mucho de sitio), sino una que me llevaría al destino más importante de todos: al corazón de Dios, que llena el corazón de todo el mundo. Mi guía en esta gran aventura han sido los Ejercicios Espirituales de san Ignacio, y de ellos trata el presente libro. El genio y la belleza de los Ejercicios es que aprendemos a entretejer la narrativa de nuestra propia vida y el relato de la vida de Jesucristo de tal manera que ambos se vuelven más vivos e interconectados. Los Ejercicios Espirituales me han ayudado a ser más consciente de que Dios me ha guiado en el pasado, de que Dios obra en mi vida en el presente y que me llama al futuro. Los Ejercicios lo consiguen ayudándome a liberarme de todo ese desorden interior que me impide alcanzar una conciencia dichosa. Hay otra historia que anima los Ejercicios sin obstaculizar nunca el encuentro, más importante, entre la persona y Jesucristo. Es la historia de Ignacio de Loyola, quien nos servirá de hábil guía, orientándonos en la dirección apropiada y equipándonos con lo necesario para el camino. De joven, Ignacio soñaba con una vida de aventuras. En el transcurso de su andadura confeccionó los Ejercicios como testamento de gracia, como crónica de su propio encuentro con el Dios vivo, que compartió cada vez con más gente. Su aventura tuvo un comienzo y, como en toda gran aventura, su comienzo fue de lo más inesperado.
El recorrido de Ignacio de Loyola Íñigo López de Loyola y Oñaz nació en 1491. Fue el decimotercer hijo de una familia de la baja nobleza. Al igual que otros niños en aquella época, Íñigo se imaginaba a sí mismo como uno de los caballeros sobre los que leía en las novelas románticas de su tiempo: culto, pío, diestro en las artes militares e irresistible ante las damas. Los tiempos encendían el idealismo y la pasión que llevaba en su sangre vasca. Aquella era una época de aventuras de toda clase: mercaderes que atravesaban continentes y mares en busca de nuevas riquezas; exploradores que se embarcaban en expediciones a mundos desconocidos; escritores, artistas y científicos que inspiraban un renacimiento en el saber que expandiría los límites de la mente y la cultura. En su juventud, Íñigo no podía imaginar la aventura de tan distinta clase que Dios le reservaba.
El joven caballero Las relaciones de la familia de Íñigo le ayudaron a conseguir un puesto de paje al servicio del contador mayor del reino de Castilla. Por eso dejó su Loyola natal a la edad de dieciséis años para vivir en la corte. El ambicioso Íñigo encajó con facilidad en su nuevo papel: montaba a caballo, se batía en duelo, jugaba, bailaba y cortejaba a las jóvenes. Aunque bajo de estatura, se vio implicado en algún que otro altercado, uno de los cuales resultó en su procesamiento. A la edad de veintiséis años, Íñigo comenzó la vida de soldado en la ciudad norteña de Pamplona. Siempre fiel, no vaciló en defender a la Corona cuando en 1521 los franceses atacaron Pamplona. Esta era una batalla perdida desde el principio, en la que la pequeña tropa de Íñigo
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estaba superada en número. Por cuestión de honor, Íñigo no quiso rendir la fortaleza de la ciudad. Una bala de cañón atravesó las murallas de la ciudadela y dio de lleno en las piernas de Íñigo. Impresionados por su coraje, los soldados franceses trataron las heridas de Íñigo y lo llevaron de regreso a Loyola, donde los médicos tuvieron que colocar de nuevo los huesos de su pierna. Casi murió de una infección a causa de la herida. Lo mismo que su lealtad y honor, la vanidad de Íñigo también era grande. Después de la operación para romper de nuevo los huesos de sus piernas, cuando ya empezaban otra vez a curarse, notó que la pierna derecha era más corta que la izquierda y que había un feo bulto de un hueso que sobresalía. Temía que estas deformidades pusieran fin a su vida de caballero. Le preocupaba no poder llevar las vistosas y ajustadas polainas de cortesano. Entonces hizo que sus médicos volvieran a romper y recolocar el hueso, quitaran el bulto con una sierra y estiraran la pierna corta con un aparato semejante a un potro de tortura. El dolor era atroz, pero, a su mundano parecer, valía la pena. El inquieto Íñigo hubo de convalecer durante seis meses. Para pasar el tiempo pidió a su cuidadora unas novelas caballerescas para leer, pero ella solo pudo encontrar una versión popular de la vida de Cristo y una colección de historias de santos. Mientras leía estos libros y meditaba sobre ellos, notó que en su interior se producía un cambio. Las ensoñaciones de servir al rey como valiente caballero y ganarse el amor de una dama noble, tentadoras en un principio, le dejaban al final una sensación de sequedad y descontento por dentro. En cambio, cuando se imaginaba dedicando su vida a Dios y a los demás, como los santos sobre quienes leía, Íñigo experimentaba una honda sensación de gozo. En su autobiografía, escrita en tercera persona y dictada a otro jesuita hacia el final de su vida, Ignacio escribe: Cuando pensaba en aquello del mundo, se deleitaba mucho; mas cuando después de cansado lo dejaba, hallábase seco y descontento; y cuando. . . en hacer todos los demás rigores que veía haber hecho los santos, no solamente se consolaba cuando estaba en los tales pensamientos, mas aun después de dejado, quedaba contento y alegre. (Autobiografía, n. 8)
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Dios estaba suscitando algo nuevo en nuestro joven caballero. Ignacio se convenció de que Dios le estaba hablando por medio de sus atracciones y reacciones interiores.
El peregrino Sabiamente, Íñigo quiso averiguar en qué consistían estos deseos y sueños antes desconocidos. Por ello, una vez recuperado de sus heridas, se embarcó en una nueva aventura, queriendo ir a Jerusalén en peregrinación. Dejó atrás su casa señorial y viajó extensamente, mendigando, predicando y cuidando a los enfermos y pobres. Una de las primeras paradas fue el santuario benedictino de Nuestra Señora en la cima de Montserrat. Allí, después de una vigilia nocturna, el romántico joven dejó su espada ante el altar de Nuestra Señora y vistió el basto sayal de peregrino. Vara de peregrino en mano, Íñigo regaló a un mendigo sus ropas de cortesano y su sombrero con plumas. Desde Montserrat se dirigió al pequeño pueblo de Manresa. Íñigo permaneció allí alrededor de diez meses, dedicando horas todos los días a la oración en solitario y trabajando en un hospicio. Más adelante en su vida reflexionó que, durante este tiempo, Dios le trató como un maestro que enseña a un niño, instruyéndole con gentileza en las maneras de la oración y la santidad. En Manresa, Íñigo discernía cuidadosamente los movimientos internos de su alma: las atracciones, los sentimientos, los pensamientos y los deseos que le conducían a una mayor intimidad con Jesucristo y los que le distraían de su crecimiento espiritual. Intentando superar la piedad de los santos sobre quienes leía, se entregaba a severas penitencias corporales. A veces, dudaba de sí mismo. Por medio de la oración y una sabia dirección espiritual, Íñigo discernió que sus actos aparentemente piadosos eran en realidad alardes de vanidad. Mientras buscaba una vida espiritual más equilibrada, se encontró con un Dios que no era un tirano que aguardaba sus deslices, sino un Dios que le ayudaba y quería para él la plenitud de la vida. En Manresa, Íñigo fue agraciado con la primera de las varias visiones místicas que marcarían su vida. Sentado junto al río Cardoner, experimentó una iluminación que le permitiría ver el mundo con nuevos ojos
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y encontrar a Dios en todas las cosas. En su autobiografía, el santo peregrino comentó que había aprendido más acerca de Dios y del mundo en ese solo momento que en todo el resto de su vida. Íñigo empezaba a tomar notas de sus intuiciones espirituales. Hablaba con la gente sobre la vida espiritual cuandoquiera y dondequiera que pudiera y registraba los frutos de esas conversaciones. Estos apuntes se convirtieron en la base de un manual de oración que más tarde se titularía Ejercicios Espirituales. Mendigando todo el camino, el peregrino llegó a Jerusalén en 1523. Íñigo pretendía pasar el resto de su vida en la región donde Jesús había vivido y actuado. Sin embargo, dada la peligrosa situación política imperante en Tierra Santa, los guardianes franciscanos de los Santos Lugares le mandaron marcharse al cabo de pocas semanas. Malogradas sus románticas esperanzas de pasar la vida en Tierra Santa, Íñigo tuvo que tomar una decisión: ¿cómo había de servir a Dios? Escribe, de nuevo en tercera persona: Después que el dicho peregrino entendió que era voluntad de Dios que no estuviese en Jerusalén, siempre vino consigo pensando qué haría, y al fin se inclinaba más a estudiar algún tiempo para ayudar a las ánimas, y se determinaba ir a Barcelona. (Autobiografía, n. 50) En este relato sucinto y prosaico subyacen unas profundas percepciones espirituales. Íñigo estaba aprendiendo que tenía que ser flexible en su respuesta a la voluntad de Dios en su vida. Y que sus decisiones debían tender a “ayudar a las almas”, o ayudar a la gente, lo cual podría hacerse de muchas formas, todo dependiendo de las circunstancias a las que se enfrentara.
El alumno Una vez de vuelta en España, Íñigo decidió empezar los estudios para el sacerdocio, pero le faltaban conocimientos de latín, el idioma de la Iglesia. Entonces, a la edad de treinta y tres años, pasó dos años en
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Barcelona estudiando al lado de niños. Posteriormente, Íñigo asistió a clases en las universidades de Alcalá y Salamanca, pero su educación fue autodidacta y desordenada. En estas ciudades universitarias seguía predicando, enseñando y dando sus Ejercicios Espirituales. Fue arrestado varias veces por la Inquisición, que cuestionaba sus credenciales y examinaba de cerca sus Ejercicios en busca de herejías. Las autoridades restringieron las posibilidades de enseñar de Íñigo, pero no condenaron sus Ejercicios Espirituales. Carente de formación académica y deseando ser mejor maestro y predicador, Íñigo se desplazó a la renombrada Universidad de París para estudiar Filosofía y Teología. Allí se le conocía por “Ignatius”, forma latinizada de su nombre. En París conoció a otros alumnos, como Francisco Javier y Pedro Fabro, a quienes cautivaron la experiencia de Dios de Ignacio, su visión del mundo y su espíritu aventurero. El 15 de agosto de 1534, en una pequeña capilla de Montmartre, el “monte de los mártires”, en París, Ignacio y seis hombres más profesaron votos religiosos de pobreza y castidad para unirse entre sí más estrechamente. También juraron viajar hasta Tierra Santa después de terminar sus estudios para el sacerdocio. Si en el plazo de un año el pasaje resultaba irrealizable, en su lugar prometían ofrecer sus servicios al papa.
El fundador Los compañeros, ahora once en número, se reunieron en Venecia, donde predicaban, trabajaban en hospitales y daban los Ejercicios. Mientras esperaban pasaje a Jerusalén, Ignacio y los otros que todavía no eran sacerdotes fueron ordenados en 1537. No pudiendo ir a Tierra Santa porque Venecia estaba en guerra con el Imperio Otomano, estos “amigos en el Señor”, como se llamaban a sí mismos, se dirigieron a Roma, según habían prometido. Por el camino, cerca de Roma, en una capilla de la pequeña aldea de La Storta, Ignacio fue agraciado con otra visión mística en la que vio a Dios Padre con el Hijo, Jesús, llevando su cruz. Ignacio oyó al Padre decir: “Te seré propicio en Roma”. En la visión, Ignacio tuvo la clara sensación de ser llamado a servir junto a Jesús.
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Cuando se asentaron en Roma, los compañeros deliberaron durante muchas semanas sobre su futuro, a la vez que enseñaban, predicaban y realizaban obras de caridad. Finalmente decidieron formar una orden religiosa con voto de obediencia a un superior. Eligieron a Ignacio por unanimidad. Inspirado por la visión de La Storta, Ignacio insistió en que se llamaran Compañía de Jesús. Se atrevieron a tomar el nombre de Jesús (cosa que ninguna otra orden religiosa había hecho) por la sencilla razón de que la inspiración y el fin de su misión común eran conocer, amar y servir a Jesucristo. Querían ser los compañeros de Jesús llevando su cruz. Los jesuitas, como pronto se llamaría a los compañeros, juraron ir donde fueran más grandes las necesidades de la Iglesia y donde pudieran ayudar al mayor número de almas. A diferencia de las órdenes religiosas monásticas, su casa sería el camino. Los jesuitas saldrían al encuentro de las personas donde estas estuvieran, en vez de insistir en que las personas acudieran a un monasterio o una iglesia. Brindaron a la Iglesia una espiritualidad a la vez mística y práctica; serían “contemplativos en la acción”, así se describía la primera generación de jesuitas. Cuando su orden religiosa fue constituida formalmente en 1540, el papa empezó a valerse de los jesuitas para misiones importantes por todo el mundo. Javier embarcó hacia la India. Fabro y los demás teólogos fueron destinados a participar en el Concilio de Trento. Los jesuitas abrían escuelas a lo largo de Europa y allende los mares para satisfacer el gran deseo de la Iglesia de tener un clero instruido y fiel. Ignacio y sus jesuitas eligieron por lema Ad majorem Dei gloriam, frase latina que significa “Para mayor gloria de Dios”. Esta sería la norma de todas sus misiones. Irónicamente, mientras sus jóvenes jesuitas emprendían diversas aventuras apostólicas por todo el mundo, un Ignacio de cincuenta años se quedó en el mismo lugar. Hasta su muerte en 1556, dirigió la Compañía desde su despacho de Roma, enviando a otros a laborar por doquier mientras él escribía miles de cartas de instrucción y ánimo. Como superior general, Ignacio sentía gran amor por sus compañeros jesuitas, pero no dudaba en retarles. Durante estos años en Roma también escribió las Constituciones de su nueva orden, pulió los Ejercicios Espirituales y siguió ofreciendo retiros a personas de toda condición.
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Ignacio murió el 31 de julio de 1556, después de sufrir los efectos de una persistente enfermedad de estómago. A su muerte, la Compañía contaba con casi mil hombres y con casas y colegios desde Brasil hasta Europa y Japón. Ignacio fue canonizado, junto con Francisco Javier, en 1622.
A lo largo de los años, el deseo de poder, prestigio y privilegios del joven caballero se había transformado —por la gracia de Dios— en deseo de una vida de oración, servicio y sencillez. Gradualmente, Ignacio cobró mayor conciencia del profundo amor de Dios no solo por el mundo en general, sino por él personalmente. Experimentaba este amor como una llamada profundamente íntima de Cristo a seguirle; una llamada que llenó a Ignacio de un apasionado celo por servir a Dios y ayudar a las almas. Para Ignacio y para la Compañía de Jesús, el instrumento principal para discernir el llamado de Dios en nuestras vidas son los Ejercicios Espirituales. Mediante los Ejercicios crecemos en la fe, la esperanza y el amor. En ellos nos sustentamos y a través de ellos nos preparamos en el servicio a Dios y los demás. Más que un libro, los Ejercicios son una experiencia, una gran aventura que nos lleva hacia el corazón de Dios y, por lo tanto, a las necesidades reales y presentes del mundo.
Con gratitud Esta guía de los Ejercicios Espirituales en la vida diaria comenzó hace varios años, cuando dirigía Ejercicios en distintas modalidades en la universidad Saint Joseph, en Filadelfia, y más tarde en la iglesia católica de la Santísima Trinidad y la universidad de Georgetown en Washington (D.C.). Estoy en deuda con mis colegas y alumnos de allí que me ayudaron a dar a esta guía su forma actual. Fueron inestimables sus observaciones durante el proceso de intentar escribir una guía que ayudara a la gente a desarrollar su vida espiritual, con la tradición ignaciana como inspiración. Los Ejercicios son una tradición viva transmitida de san Ignacio a hombres y mujeres a lo largo de los siglos. Le estoy agradecido a Gerry Blaszczak, SJ, y Howard Gray, SJ, que en distintos momentos de mi formación jesuita me guiaron por los Ejercicios de treinta días. Fueron guías fieles y sabios, y sus vidas de oración y servicio siguen siendo para mí un modelo de la gracia de los Ejercicios. Durante toda mi formación como jesuita, y ahora como sacerdote, Dios me ha bendecido con directores espirituales pacientes, perspicaces y generosos, entre ellos Bruce Maivelett, SJ; Jeff Chojnacki, SJ; Gordon Bennett, SJ; Paul Harman, SJ; John Haughey, SJ; y Howard Gray, SJ. En el verano del 2001, Bill Creed, SJ, y sor Martha Buser, de las Hermanas Ursulinas de Louisville, fueron mis mentores en un retiro de treinta días. Durante los años a lo largo de los cuales fue tomando forma este libro, pude contar con el apoyo, la amistad, el aliento y los buenos consejos de George Witt, SJ; Kurt Denk, SJ; Steve Spahn, SJ; Jeanne Ruesch; Catherine Heinhold; sor Helen Scarry, RJM; Kathleen Looney; Martina O’Shea; Matt Carnes, SJ; Phil Boroughs, SJ; Tim Brown, SJ; y Jim Shea, SJ. Por medio de palabras y ejemplos, cada uno de estos hijos e hijas de san Ignacio encendieron en mí la devoción a Cristo, la pasión por el ministerio de
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los Ejercicios y el entusiasmo por “ayudar a las almas”, como decía a menudo san Ignacio. Estoy en deuda con James Martin, SJ, y Brian McDermott, SJ, por tomarse el tiempo de revisar el manuscrito completo de este libro y por animarme fraternalmente. Y con Tim O’Brien, SJ, que con tanto cuidado preparó el texto, comprobó las referencias e hizo estimulantes sugerencias desde el primero al último borrador del manuscrito. Aprecio en particular sus aportaciones al texto explicativo de la contemplación del amor de Dios. Estoy seguro de que en un futuro no muy lejano estarás leyendo uno de sus libros. Por último, doy las gracias a Vinita Wright y Joe Durepos, de Loyola Press, que ayudaron a alumbrar este libro después de muchos años de gestación. De muchos es el mérito, pero a Dios siempre la gloria.
Reconocimientos Para el RESUMEN DE LA VIDA DE IGNACIO me he basado en su autobiografía, dictada a Luis Gonçalves da Câmara, en Ignacio de Loyola, el peregrino: autobiografía, edición de Josep M Rambla Blanch, SJ. También me han resultado útiles John W. O’Malley, SJ, Los primeros jesuitas, Sal Terrae, Santander 1995, y los esbozos biográficos de John J. Callahan, SJ, para el claustro de la universidad Marquette y Norman O’Neale, SJ, para la Jesuit High School de Nueva Orleans. Para las citas de los Ejercicios he elegido el texto modernizado de Manuel Iglesias, SJ, de la Editorial Buena Prensa, México D.F. 2011. Admito que a los lectores contemporáneos el lenguaje puede resultarles, en parte, poco atractivo; especialmente las referencias a Dios en masculino y las imágenes feudales y militaristas. Sin embargo, creo que es importante que los orantes de hoy tengan un acceso al texto de san Ignacio (y, en consecuencia, a su mente y corazón) lo más directo posible. En diversas partes de los Ejercicios remito a los lectores a la traducción moderna que ofrece David L. Fleming, SJ, en Draw Me into Your Friendship: The Spiritual Exercises—A Literal Translation and a Contemporary Reading [Llévame a tu amistad: Los Ejercicios Espirituales, traducción literal y lectura contemporánea], Institute of Jesuit Sources, St. Louis 1996). Para mi comentario introductorio de la oración de cada semana, he recurrido a los autores siguientes: George A. Aschenbrenner, SJ, A mayor gloria: La experiencia de los Ejercicios Espirituales, Mensajero, Bilbao 2005; William A Barry, SJ, Letting God Come Close: An Approach to the Ignatian Spiritual Exercises [Dejar que Dios se acerque: un enfoque de los ejercicios espirituales ignacianos], Loyola Press, Chicago 2001; Dean Brackley, SJ, The Call to Discernment in Troubled Times: New Perspectives on the Transformative Wisdom of Ignatius of Loyola [La llamada
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al discernimiento en tiempos de aflicción: nuevas perspectivas sobre la sabiduría transformadora de Ignacio de Loyola], Crossroad Publishing, New York 2004; Michael Ivens, SJ, Understanding the Spiritual Exercises: Text and Commentary [Entender los Ejercicios Espirituales: texto y comentario], Gracewing, Leominster (GB) 1998; Joseph A. Tetlow, SJ, Making Choices in Christ: The Foundations of Ignatian Spirituality [Tomar decisiones en Cristo: los cimientos de la espiritualidad ignaciana], Loyola Press, Chicago 2008; y las notas finales del padre Ganss a su traducción de los Ejercicios (The Spiritual Exercises of Saint Ignatius [Los Ejercicios Espirituales de san Ignacio], Institute of Jesuit Sources, St. Louis 1992). El comentario vivido de los Ejercicios me lo proporcionaron los directores espirituales con los que he hecho retiros a lo largo de mis años de jesuita. Doy las gracias en particular a Gerry Blaszczak, SJ, y Howard Gray, SJ, que tan gentil y sabiamente me guiaron durante el retiro de treinta días en distintas épocas de mi vida de jesuita. En muchos lugares del libro, mis palabras son reflexiones sobre lo que aprendí de ellos en el curso de tales retiros. Para el comentario del discernimiento de espíritus me he basado en las fuentes aquí mencionadas y en la clara y concisa exposición de las Reglas que hace Timothy M. Gallagher, OMV, en The Discernment of Spirits: An Ignatian Guide for Everyday Living [El discernimiento de espíritus: una guía ignaciana para la vida cotidiana], Crossroad Publishing, New York 2005, y Spiritual Consolation: An Ignatian Guide for the Greater Discernment of Spirits [Consolación espiritual: una guía ignaciana para mayor discernimiento de espíritus], Crossroad, New York 2007. Hay muchas versiones diferentes del retiro de la decimonovena anotación al alcance de los orantes de hoy. Para diseñar el plan diario y semanal de este retiro, he consultado las fuentes siguientes: James W. Skehan, SJ, Place Me with Your Son: Ignatian Spirituality in Everyday Life [Colócame junto a tu Hijo: espiritualidad ignaciana en la vida diaria], Georgetown University Press, Washington (D.C.) 1991; Carol Ann Smith, SHCJ, y Eugene F. Merz, SJ, Moment by Moment: A Retreat in Everyday Life [Momento a momento: Un retiro en la vida diaria], Ave Maria Press, Notre Dame (IN) 2000; Joseph Tetlow, SJ, Choosing Christ in the World: Directing the Spiritual Exercises of St.
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Ignatius Loyola according to Annotations Eighteen and Nineteen, [Elegir a Cristo en el mundo: dirigir los Ejercicios Espirituales de san Ignacio de Loyola de acuerdo a la decimoctava y decimonovena anotación] Institute of Jesuit Sources, St. Louis 1989; y John A. Veltri, SJ, Orientations 2 [Orientaciones 2], Guelph Centre of Spirituality, Guelph (Ontario) 1998. Debo a Veltri la idea de dividir los Ejercicios en semanas de oración, con meditaciones de la Escritura, u otras, para cada día de la semana. También me apoyo en la autoridad de Veltri para trasladar la Contemplación del llamado de Cristo, nuestro Rey, de su lugar tradicional, al principio de la Segunda Semana, al lugar que ocupa en este libro, detrás de las contemplaciones de la Encarnación, la Natividad y la vida oculta de Jesús. Los textos de las Sagradas Escrituras se toman de la versión de La Biblia de Nuestro Pueblo, traducción de Luis Alonso Schökel, Mensajero/ Sal Terrae, Bilbao/Santander 2011. Quiero agradecer la colaboración de José García de Castro, SJ, profesor de Espiritualidad Ignaciana en la Universidad de Comillas, Madrid, España, en la elaboración de la lista de recursos en español que incluimos al final de este libro.
Acerca del autor Kevin O’Brien, SJ, comenzó como abogado, pero hace más de 20 años que entró en la orden jesuita. Dirige con asiduidad retiros espirituales para jóvenes y adultos. Experimentado maestro de secundaria y profesor universitario, actualmente es rector de la Escuela Jesuita de Teología de la Universidad de Santa Clara.
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