Matti y Sami y los tres errores más grandes del Universo

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Salah Na

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Matti y Sami

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Colección dirigida por Maribel G. Martínez Cubierta: Anke Kuhl © 2011 Beltz & Gelberg In der Verlagsgruppe Beltz – Weinheim Basel © Para España y el español: Lóguez Ediciones 2014 Ctra. de Madrid, 128. Apdo. 1. Teléf. 923 138 541 37900 Santa Marta de Tormes (Salamanca) www.loguezediciones.es ISBN: 978-84-96646-93-3 Depósito legal: S. 93-2014 Printed in Spain Gráficas VARONA, S. A. Polígono “El Montalvo”, parcela 49 37008 Salamanca

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Salah Naoura

Matti y Sami y los tres errores más grandes del Universo Traducido del alemán por

Eduardo Martínez

Lóguez


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Para Esther y Carsten


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1 Sentada en la hierba, mamá sollozaba suavemente. Papá tenía los ojos entrecerrados y miraba sombrío hacia el resplandeciente cielo azul. Y Sami, mi hermano pequeño, corría de un lado a otro buscando guijarros planos para lanzarlos sobre la superficie del agua. —¿Y ahora, qué? —me reprendió mamá entre sollozos—. ¡Muchas gracias, Matti! No eran unas gracias sinceras, eran irónicas. Conozco a mamá. Irónico es cuando se indica lo contrario de lo que se dice. Algo que tampoco entiendo de los mayores. Podrían decir directamente lo que opinan. —¡Has destruido nuestras vidas! Lamentablemente, eso no era irónico, aunque completamente exagerado; en definitiva, todavía vivíamos. Mi tío Kurt, el hermano mayor de mamá,


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suele decir que siempre hay que quedarse con lo más bonito de la vida. Y también que mamá, lamentablemente, no termina de comprenderlo así. Una pena, porque era un maravilloso día de verano. Lucía el sol, los mosquitos zumbaban, el viento susurraba entre los abedules y, ante nosotros, teníamos aquel fantástico lago finlandés. Cinco saltos sobre la superficie del agua. Pese a ser todavía tan pequeño, Sami ya lo consigue bastante bien. —¿Qué vamos a hacer ahora? —me regañó mamá—. ¿Lo has pensado? ¿Has pensado por un momento en lo que vamos a hacer? Debo admitir que teníamos algunos problemas: no sabíamos dónde pasar la noche, papá y mamá ya no disponían de un trabajo y, probablemente, el dinero no alcanzaría para vivir muchos días en un hotel. Además, no teníamos coche, un inconveniente en Finlandia, donde todo se encuentra a mucha distancia y donde difícilmente se puede ir caminando. Y menos con nuestras pesadas maletas y bolsos, que continuaban esparcidos por la hierba y que papá, furioso, había dejado caer. Junto a la gran maleta azul con ruedas de mamá, estaba la pequeña mochila de Sami con la pantera rosa, colocada perfectamente. Así es Sami. Mamá miró hacia papá a través de su cortina de lágrimas. —¡Di algo, Sulo! 8


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Bueno, aquello era ciertamente ingenuo. Lleva ya once años casada con un hombre finlandés, desde mi nacimiento, por lo que tendría que saber que los hombres finlandeses casi nunca dicen nada. Por eso hay que imaginarse lo que piensan. Así que me imaginé que papá se alegraba, después de tanto tiempo, de estar de nuevo en Finlandia, el país donde había nacido. Yo, por lo menos, me alegraba porque para mí era la primera vez. Solamente resultaba un fastidio que mamá, Sami y yo no habláramos finlandés (excepto terve, hola, y kiitos, gracias). Pero ya lo aprenderíamos. —Hasta la próxima localidad importante hay siete kilómetros —se lamentó mamá. —Cinco y medio —le informé. Había consultado la guía de turismo. Los ojos de mamá centellearon furiosos. —¡Déjanos en paz con tu eterno sabelotodo, Matti! —me increpó—. ¡Mejor piensa en lo que has hecho! No quiero oírte nada durante una hora, ¿de acuerdo? Tampoco eso quería indicar algo distinto a como sonaba. Si mamá dice que piense en lo que he hecho, significa, en realidad, que yo debería lamentar algo. Así que preferí callarme y reflexionar sobre lo que había hecho y sobre si me arrepentía. 9


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2 Todo había comenzado con el delfín en el estanque de los patos. Recuerdo muy bien cómo Sami bailaba de alegría por el piso, yendo y viniendo por el pequeño pasillo; nuestro piso no era muy grande. Eran las ocho de la mañana de un sábado. Papá estaba en un curso y mamá había abierto el periódico, donde, en la segunda página, se veía la fotografía de un delfín de nombre Swisher. ¡Nos visita Swisher! Destacaba como titular. Debajo informaba de que el zoológico de Duisburgo tenía demasiados delfines por lo que uno de ellos había que trasladarlo a otro lugar, precisamente a Swisher. Y nuestro alcalde había 10


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tenido la idea de que Swisher podría vivir en nuestra pequeña ciudad, en el estanque de los patos. Tenemos un estanque para patos bastante grande, mucho más grande que un delfinario y con muchos hermosos sauces llorones en las orillas cuyas ramas cuelgan hasta el agua. Y una pasarela en la parte más estrecha del estanque, ideal para observar a patos y delfines. El director del zoo de Duisburgo había supervisado previamente nuestro estanque y llegado a la conclusión de que Swisher se sentiría feliz allí y, consiguientemente, podía ser trasladado a nuestra ciudad. La llegada del transporte con el delfín estaba prevista para las diez de la mañana, decía el periódico. Seguidamente, cuatro fornidos cuidadores de zoo ayudarían a trasladar a Swisher en una parihuela desde el camión a la orilla del estanque. Sami, entusiasmado, saltaba sobre el sofá y quería llevarle al delfín un tarro de arenques crudos enrollados como saludo de bienvenida; mamá le explicó que los arenques crudos enrollados en conserva resultan demasiado ácidos para los delfines. En su lugar, nos llevamos con nosotros a Erni y Bert, nuestros delfines de madera, que en una ocasión nos había traído nuestro tío Kurt de América. Cuando nos bañábamos, dejábamos siempre que flotaran en la bañera entre árticas montañas de hielo y, cuan11


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do la superficie del agua estaba cubierta con una fina capa de espuma, sus aletas dorsales sobresalían cortando las blancas olas como la proa de un rompehielos del Océano Ártico. El cielo de la mañana de ese sábado era grisáceo y tormentoso y soplaba un viento frío. No era un tiempo agradable para pasear. Aun así, cuando llegamos, la mitad de los habitantes de nuestra ciudad ya estaban reunidos alrededor del estanque. Nunca antes había visto yo tanta gente en nuestro pequeño parque. Sami se enfadó al comprobar que en la pasarela, desde donde mejor se podía ver, no quedaba sitio. —¡Deja ya de protestar, Sami! —dijo mamá. En ese momento, en la orilla de enfrente, dos niños desenrollaban una gran pancarta con la inscripción ¡Bienvenido, Swisher! —¿Sami? —dijo la mujer que estaba directamente delante volviéndose hacia nosotros—. ¿No es un nombre turco? —y examinó a mi hermano pequeño de la cabeza a los pies—. ¡Tú no tienes aspecto de turco! Curiosamente, es lo que dice la gente cada vez que escuchan el nombre de Sami, a pesar de su pálida piel y su rubio pelo, claro y con dorados reflejos. 12


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—Sami también es un nombre finlandés —le expliqué—. ¿No conoces a Sami Hyypiä, el famoso jugador de fútbol? —No. —Uno de los mejores defensas del mundo, muy fuerte y alto. ¡Antes estuvo en el Liverpool FC, pero desde hace más de un año juega con el Bayer Leverkusen! —Muchas gracias por la información —dijo la mujer. —¡Mide más de un metro noventa y en Liverpool lo conoce todo el mundo! —Pero aquí no estamos en Liverpool —dijo la mujer girándose de nuevo hacia delante. Le tiré de la manga. —Por cierto, Sami Hyypiä tiene el pelo del mismo color que mi hermano. —¡Y el mismo peinado! —graznó Sami. Mamá nos siseó que dejáramos de molestar a la gente. Pero era la mujer la que nos había molestado a nosotros. Además, en mi opinión, no puede ser malo conocer a Sami Hyypiä. En realidad, él es un finlandés famoso en todo el mundo y fue nombrado Futbolista del Año en 2001 en Finlandia. Yo tengo colgado un póster suyo sobre la cama en el que consigue un genial gol de cabeza. 13


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Mientras esperábamos a Swisher, me preguntaba si un delfín en el estanque de patos no se encontraría quizá como mi padre finlandés en Alemania. En Alemania, todo es muy raro, dice siempre papá. Y también que los alemanes no entiendan a los finlandeses. Es decir, tampoco mamá, porque mamá es alemana. Antes, yo le preguntaba por qué se había casado con mamá a pesar de que ella, como alemana, no lo entiende. Pero, naturalmente, no contestaba nada; en definitiva, él es finlandés. Mientras tanto, Swisher se había retrasado media hora y comprobé cómo la señora que estaba delante de nosotros se ponía a susurrar con el señor mayor que tenía a su lado. Comenzó a lloviznar. —¡Ah! —le dijo la señora al señor mayor, esta vez tan alto que pudo oírlo todo el mundo—. Ciertamente, ha sido un bonito paseo. Así has podido ver nuestro bonito estanque de patos. En la otra orilla, los niños enrollaban su pancarta y se marchaban también. Me sorprendió. —¡Que llegue de una vez el delfín! —protestó Sami agitando a Erni y Bert—. Quiero verlo nadar. La mujer que no conocía a Sami Hyypiä se giró de nuevo hacia nosotros riéndose extrañamente—. ¿En 14


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el estanque de los patos? ¿Quién te ha contado eso? Tiene que ser una broma de abril*. Hoy es uno de abril. Sami miró estupefacto a la mujer. —Eso es lo que les dije a mi hijos —dijo mamá conteniendo la risa—. ¡Seguro que es una broma de abril! Pero ya se sabe cómo son los niños… Y, además, no les viene mal salir a respirar aire puro el fin de semana. Entre tanto, llovía a mares. A mamá, los pelos se le adherían a las mejillas y a la mujer le resbalaban lágrimas negras de rímel por la cara. —¡Eso no es cierto! —vociferó Sami—. Tú me has prometido un delfín. ¡Yo quiero el delfín! Mamá se rió algo más alto y, sencillamente, le tapó la boca a Sami. —Una puede explicarlo cien veces, pero no escuchan —dijo y asintió a la mujer como dándole a entender algo. Y las dos se echaron a reír. Sami estaba tan furioso que se negaba a correr pese a que comenzaba a descargar la tormenta y sobre nosotros caían cataratas de agua. —¡Has mentido! —le gritó a mamá. *Nota: En Alemania, el día 1 de abril es equivalente a los Santos Inocentes (28 de diciembre, en España).

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—Por el amor de Dios, lo ponía el periódico; el periódico ha mentido. ¡Entiéndelo de una vez! —respondió mamá gritando a su vez en medio de la impetuosa tormenta. Cuando llegamos a casa, pregunté, después de habernos quitado la ropa empapada en el recibidor: —¿Por qué le has contado a la mujer que tú ya sabías que era una broma de abril? No lo sabías, en absoluto. —Eso no tiene por qué saberlo la mujer —respondió mamá—. ¡Quítate de una vez los calcetines! —Así que has mentido. Mamá me miró furiosa. —Por Dios, Matti —dijo—. A veces eres más papista que el papa.

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3 Vivíamos en una pequeña urbanización de altos edificios. Tres bloques con una zona de césped en el centro. Entre la casa 1 y la casa 2 (la nuestra), se encontraba un montón de arena en el que Sami había dejado de escarbar desde que vio por la ventana cómo una niña de la casa 3 se había agachado haciendo pis en la arena. El ascensor era siempre un caótico muestrario de distintas tonalidades verdes. Cada cierto tiempo, el portero tapaba los garabatos y nunca daba con el bote de pintura que había utilizado la última vez. Papá necesitaba un cuarto de ordenadores, con una puerta que se cerrara, decía él. A mí, a Sami y a mamá no nos permitía entrar en su cuarto, algo en sí imposible porque no había sitio libre donde poner el 17


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pie. Por toda la superficie del suelo, estaban esparcidos muchos CD, móviles y montañas de notas. Los papeles sobresalían de las estanterías y se amontonaban sobre la mesa de escritorio. Papá era el único que sabía cómo acceder sin problemas desde la puerta a su silla giratoria. Por lo que, si queríamos hablar con él, no podíamos pasar del dintel de la puerta. El primer domingo de abril después de nuestra excursión al estanque de los patos, papá regresó de su curso entrada la tarde metiéndose inmediatamente en su cuarto de informática y cerrando la puerta tras sí, señal de que quería probar algo y nosotros no podíamos llamar, ni hacer ruido ni preguntar nada. Aun así, llamé a la puerta. Al abrirla, me envolvieron jirones de humo gris azulado. Con sus cigarros finlandeses, papá consigue en segundos convertir cualquier habitación en una cueva de dragones humeantes. Se los enviaba de vez en cuando el tío Jussi desde Finlandia y únicamente los fumaba si había solucionado algo importante. Un curso de formación, por ejemplo. —¿Estuvo bien el curso? —comencé nuestra conversación. —Sí. 18


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Mierda. Siempre caía en la trampa: si una pregunta puede ser respondida con un sí o un no, papá contesta con sí o no. Y la conversación había concluido. Lo intenté de otra forma: —¿Qué has aprendido? —C++ y Java. Es lenguaje informático. Papá encuentra absolutamente irresistibles los juegos para móviles y hubiera deseado ser creador de juegos para móviles, siendo como es, en realidad, conductor de autobuses. Para ser creador de juegos para móviles hay que saber programar. Por eso papá va de cuando en cuando a esos cursos, pero, en general, sus conocimientos los ha conseguido por sí mismo; la mayoría de las veces, por la noche en su cuarto de ordenadores. Constantemente está inventando nuevos juegos, que son tan secretos que no se los cuenta a nadie, ni siquiera a nosotros. —Probablemente piensa que inventa algo —dice siempre mamá—. Por eso no cuenta nada. ¿Qué puede inventar vuestro padre? Si soy sincero, eso me parece muy feo por parte de mamá. En su cueva de dragón, papá me miró fijamente a través de los vapores. Me dio la impresión de cansado. Tenía manchas azuladas bajo los ojos, la piel ceni19


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cienta y el pelo corto tan revuelto como si terminara de levantarse de la cama. —¿Qué sucede, Matti? —¿No podríamos viajar alguna vez a Finlandia? —pregunté señalando hacia la gran bandera de Finlandia que colgaba sobre la mesa de papá—. ¿En las vacaciones de verano? —No. —Pero es que yo tengo muchas ganas de ir —dije—. Nunca hemos estado allí. Me gustaría conocer a mi abuelo. Papá tomó la botella de su querido vodka, que tenía siempre al lado de su pantalla, la abrió y se sirvió un trago. —Entonces, ve con tu madre —dijo. Sinceramente, no entiendo por qué yo, con once años, jamás he estado en Finlandia, pese a que mi padre es finlandés. Turo, mi mejor amigo, tampoco lo entendía. Su mamá es finlandesa y viajan cada año a Finlandia, en ocasiones incluso dos veces. Los padres de Turo me han invitado en más de cien ocasiones para que les acompañe, pero papá y mamá no lo permiten porque dicen que la familia viaja junta en vacaciones. Así que viajo con ellos y con Sami. Sólo al Mar del Norte. —¿Dónde está Sami? —preguntó papá. 20


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—En nuestra habitación. Está de mal humor —contesté— porque no había ningún delfín en el estanque de los patos. En realidad, no es nada frecuente encontrarse delfines en un estanque para patos, pero a papá no pareció sorprenderle lo más mínimo; vació su vaso de vodka mientras miraba fijamente la pantalla del ordenador. —Ocúpate un poco de él —dijo—. Y, por favor, cierra la puerta. El lunes le conté al tío Kurt lo de Swisher. Se rió con sus ruidosas y profundas carcajadas. El tío Kurt es taxista y me recoge casi todos los días en la escuela porque el viaje en autobús dura una eternidad. Me parecía estupendo porque yo era el único alumno que regresaba a casa en taxi. Pese a que tuvimos que interrumpir nuestro primer viaje a los cinco minutos: nos adelantó un coche patrulla de la policía con la sirena puesta y frenó de pronto cortándonos el paso y obligándonos a detenernos. Alguien de nuestra clase había observado cómo mi tío Kurt me empujaba metiéndome en el coche y había ido corriendo hasta el director, que llamó inmediatamente a la policía. El primero de los policías abrió bruscamente la puerta trasera del coche y vociferó: 21


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—¡Todo está bien, chico, no tengas miedo! Puedes bajarte. —Pero es que tengo que ir a casa —protesté. —¿No te ha introducido a la fuerza este hombre en el coche? —preguntó el segundo policía después de haber arrastrado al tío Kurt fuera del taxi y retorcerle un brazo detrás de la espalda. —Sí, claro, lo ha hecho —dije ateniéndome a la verdad. —Ma… Matti —jadeó el tío Kurt, inmovilizado por el policía número dos con una llave de estrangulamiento. —Es que yo me había distraído y se había hecho tarde —añadí rápido—. Éste es mi tío Kurt. El policía lanzó una maldición y lo soltó de nuevo. Protestando, él y su colega se subieron al coche patrulla. —¡Pero muchas gracias por querer salvarme! —exclamé tras ellos. Por cierto, el tío Kurt nunca más volvió a empujarme, ni siquiera cuando yo era tan lento como un caracol. Quiero mucho a mi tío Kurt. Tiene un grueso bigote, apenas pelo y una voz tan profunda que me hace cosquillas en la barriga cuando habla. Además, puedes charlar estupendamente con él y en el taxi siempre teníamos mucho tiempo. 22


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—¿Cómo puede ser uno tan tonto para creerse semejante historia? —se rió tío Kurt al contarle la cantidad de gente que había esperado en el parque al delfín—. Los delfines viven en agua salada, en el mar. En un estanque, seguro que morirían. —De acuerdo, no lo había pensado. Pero ¿cómo pueden escribirse semejantes mentiras en el periódico? ¡Eso es un engaño! Sami se había puesto muy contento porque iba a ver al delfín y luego nada era cierto. —Los adultos mienten de vez en cuando —me aclaró tío Kurt—, especialmente en cosas tan pequeñas, sin importancia… Una broma de abril no tiene nada de malo, Matti. Una broma de abril con delfines sí, pensaba Sami. Cuando llegué a casa, mamá me informó de su miserable humor. La educadora se le había quejado porque Sami había tirado de los pelos a dos niñas de su Grupo de la Rana y le había pegado a un niño de los Pequeños Tigres, algo que solamente hace si está furioso con todo el mundo, lo que sucedía no más de dos veces al año. Normalmente, es de un agradable total con los demás niños de la guardería. Me fui a mi habitación, Sami estaba tendido en mi cama, en la litera de arriba (algo que no se le permitía) y agitaba a Erni y a Bert en el aire como si fue23


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ran dos Jumbo Jets aterrizando. Al oírme llegar, lanzó un sonoro gruñido. —¿Cuándo vas a estar de nuevo de buen humor? —pregunté. —¡Cuando un delfín nade en nuestro estanque! —Eso es fácil —contesté—. ¡Arrojemos dentro a Erni y Bert; así incluso nadarán dos allí! Sami me miró con los ojos muy abiertos, se echó a reír y nos pusimos inmediatamente en marcha para soltar a Erni y Bert. El viento los impulsó hacia la mitad del estanque, donde sus puntiagudas aletas dorsales asustaron a un pato, que se alejó volando. —Aquí tienen mucho más sitio que en nuestra bañera —dijo Sami contento—. Y, además, nosotros somos los únicos que saben que esto es un estanque de delfines. ¡Jura que no se lo dirás a nadie! —Lo juro —prometí ceremoniosamente. Esa noche, bajé de la estantería Animales del mundo y, antes de dormirme, leí el capítulo sobre delfines. Sami ya se había dormido. Escuché su acompasada respiración y pensé cómo habíamos introducido los delfines de madera en el agua y cómo después todo había vuelto a estar bien. Era como si al Universo se le hubiera colado un error que nosotros habíamos corregido. Satisfecho, apagué la luz. 24