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cambio de los signos vitales. Cuando aprendan a controlar los miedos, se calmarán y la droga abandonará sus cuerpos sin dejar rastro. Si disfruta siendo testigo del proceso, eso ya es otro asunto. Un premio agregado a la idea de saberse alcanzando el reconocimiento que busca desde hacer tanto. De pronto, los monitores se apagan y el Doctor intenta buscar el interruptor de la luz al tiempo que grita llamando a los guardias y enfermeros. Necesita confirmar que las pacientes están bien. Corroborar que todo marcha como lo espera. El sonido de la puerta abriéndose lentamente lo hace estremecer. Sigue a oscuras. El apagón debe ser generalizado. La puerta se cierra y una risa histérica silencia al Doctor. Conoce ese sonido perfectamente. —Ay, Arthur, ¡qué glorioso se siente verte así! Palpar el miedo en tu rostro no tiene precio —la voz aguda rompe en carcajadas. El Doctor sigue sin hablar. No piensa forzar ciertos límites. No aún. —Arthur, Arthur... creíste que podías salirte con la tuya. Que nadie tendría jamás las agallas para enfrentarte. Fíjate bien, estabas muy equivocado. Un golpe directo al estómago del Doctor lo lanza al suelo. Otro golpe, esta vez en el rostro, y la sangre marca presencia escapando por su nariz fracturada. —¿No te cansas aún? Karen murió a los gritos, pensando que una araña la devoraba. Mady se ahorcó esperando escapar del terror de la azotea donde se creía atrapada. Y sigues aquí, ahora con nuevas inocentes, infelices que creen que podrás sanarlas.

El Doctor se desplaza, buscando alcanzar la pared más cercana. Necesita hacer sonar la alarma de emergencia. Su oponente adivina el intento de escape y lo derriba de una patada. —No, no, Arthur. No queremos que lleguen tus amigos. No queremos que te rescaten. Hoy me voy a cobrar los años de maltrato, voy a vengar las muertes innecesarias y liberar a esas chicas antes de que lleguen al final. No importa cuánto modifiques esa maldita droga, siempre tendrá un efecto dañino, ¿lo sabes? El sonido de un cuchillo cortando el aire estremece al Doctor. El impacto se siente segundos más tarde: un tajo profundo le recorre ahora el pecho. Unos centímetros más arriba y estaría degollado, en el suelo. —Quiero oírte gritar, Arthur. Pide clemencia, discúlpate, lo que quieras. Necesito tus gritos. El Doctor niega con un movimiento de la cabeza. No va a darle a su captor el gusto de escucharlo gemir. La risa histérica inunda la habitación una vez más. —Ay, Arthur. Te regodeabas cuando me oías llamarte, cuando escuchabas que pedía tu auxilio. Creías que me estabas haciendo un bien. Me tomaste de conejillo de indias y ahora ni siquiera buscas salvarte… sabes que no me detendré, ¿verdad? Sí, me conoces perfectamente. El aire se corta una vez más y el cuchillo penetra por debajo de las costillas. El Doctor se muerde los labios, guardando el grito que no piensa liberar. —Te va doler, lo prometo. Y vas a gritar, eso lo juro. ¿No te sorprende verte sin ánimos para hacerme frente? Yo también sé usar drogas, Arthur. Aprendí del mejor, claro está. Las luces se encienden mientras el Doctor contempla extasiado el rostro de curvas suaves y cabellos rubio que lo mira con repugnancia. El odio va grabado en aquellos ojos. Determinación absoluta y demencial. —Vamos, grita y gime un poco y te dejaré morir rápido. O permanece en silencio y te torturaré por horas… tú decides, papá.

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Huellas de Tinta Octubre 2018  

Revista online de literatura juvenil

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