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RELATO

I

Am i go d

por Isaía

Era verano cuando vio al anciano sentado en su banco favorito del parque por primera vez. Llevaba lentes de sol y un bastón gris. Sonreía. A pesar de que no le gustaba compartir su banco favorito, se sentó. El anciano se volteó a mirarla enseguida. -

Buenos días, señorita

-

Buenos días

-

¿Le gusta la vista?

Había una razón por la que ese banco era su favorito; quedaba justo en la cima de la montaña más alta del parque más grande de todo el pueblo. En verano el parque relucía de colores y desde allí se podían ver todos los árboles, todas las flores, el pequeño arroyo, y a las miles de personas que iban a pasar esas tardes de verano al parque, esas tardes en las que el sol brilla más, te sientes rodeada de luz y piensas que todo está bien, que todo va a estar bien. Así se sentía ella cuando se sentaba en ese banco. - Me encanta la vista, por eso este es mi banco favorito -

¡Oh! El mío igual ¿Vienes seguido?

-

Cada vez que puedo

- Yo también, al menos cuando tomo el micro correcto – se rió, luego se acomodó en su lugar y se puso serio. – A veces llego bien temprano a la mañana y me quedo hasta que oscurezca. Si te gusta esta vista, no sabes lo que es cuando atardece. - Me puedo imaginar. – aunque ella ya había visto el parque teñido de rosa en varios atardeceres, prefirió no decírselo. -

En invierno hace mucho frío.

- ¿Ah? Sí, puede ser… pero mientras no se olvide de traer su bufanda… 38

-

Jajá exacto.

-

¿Vive lejos?

-

Unos 20 minutos en el micro. ¿Vos?

-

5 minutos a pie

-

Qué suerte

- Sí, puedo venir rápido cada vez que quiero El anciano empezó a hurgar en su bolsillo, hasta que sacó una bolsita de plástico. Se la alcanzó a ella. -

Toma una galleta, mi hija las hace.

Fueron varias tardes en las que se lo encontró sentado en el mismo lugar. Le compartió de esas galletas caseras repetidas veces. Una vez hasta tomó una flor del suelo y se la entregó. Pero las cosas cambiaron una vez que ella llegó y él no llevaba bastón ni anteojos. - ¡Hola! ¿Sin bastón hoy? – le dijo mientras se sentaba a su lado - ¿Qué? – el anciano le respondió tan sorprendido que ella creyó que lo había despertado de una agotadora siesta. -

Ah, lo siento… ¿lo desperté?

- ¿Qué? Eh, no… - tomó aire y se sentó con sus codos apoyados en sus rodillas. El anciano parecía actuar raro ese día, parecía no poder dejar de pensar en algo. En algo que lo preocupaba, que le dolía. Ella entendía lo que era torturarse con un pensamiento, por eso volvió a intentar a hablarle. -

¿Su hija hizo galletas hoy?

-

¿Qué? Oh, no, no

-

Me gustaron mucho el otro día

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Huellas de Tinta. Junio 2019  

Revista online de literatura juvenil

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