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Local - Artístico - Independiente Noviembre 2019 - El Chaltén Santa Cruz - Número 46 EDITORIAL

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uando John Evereth Millais pintó a Ophelia a punto de ahogarse, creo que en realidad estaba pensando en Effie Grey. Se habían conocido gracias al esposo de ese momento de la Sra. Grey, el Sr. John Ruskin. Millais era uno de los pintores que junto a Ruskin conformaban el grupo de los prerrafaelistas que, como su nombre lo indica, querían resurgir en la Inglaterra del S. XIX los valores artísticos e ideológicos anteriores al Renacimiento, encarnado por la figura de Raffaello Sanzio, conocido como Rafael. En el momento que se conocen, Effie estaba en un matrimonio hostil. Su marido no la tocaba y la trataba con desprecio. El joven Millais se apiadaba todo el tiempo de ella. Por las formas sociales de la época, no es hasta que Effie logra divorciarse de Ruskin que declaran su amor, se casan y tienen ocho hijos juntos. Para quien le genere curiosidad, es muy interesante cómo consigue el divorcio en una época en la que estaba prohibido por la iglesia. Pero más allá del triángulo amoroso cholulo, me gusta pensar que esa Ophelia, que en realidad evoca un escrito de William Shakespeare, es como John Millais ve a su futura esposa. Rendida en el agua sin pies para pararse. Con las manos fuera, pero abiertas a recibir lo que sea. Con la mirada sumisa, rodeada de flores y vegetación que por momentos parecen acosarla. El líquido en donde se encuentra es espeso y de color oscuro. La pintura habla de una mujer rendida, sin importarle ya ni su vida, ni su apariencia, ni su voluntad. El tipo de violencia que recibía Effie era machista, pero muchas veces quienes viven violencia, de cualquier tipo, no la ven hasta que alguien se las pinta en un retrato a la vista de todos. Imagino a la Sra. Grey sintiéndose identificada con Ophelia y, a partir de esa mirada de quien ella apreciaba, entender que no podía estar más así. Abrirnos a la mirada que otros tienen de nosotros puede tener un efecto positivo o negativo. Si es la mirada de alguien que nos ama, es probable que esté viendo algo que nosotros no. Empecemos a reconocernos en los retratos que otros hacen de nosotros. Tal vez detrás de una aparente crítica, encontremos el valor más grande de todos: el amor.

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LIVRE - Septiembre 2019 - El Chaltén Santa Cruz - Número 46

Museo Casa Madsen: viaje a la Patagonia vieja

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i el dí a est á vent oso, cr uzar el puente que une al puebl o de El Chal tén con el par edón que l o cust odi a des de enf rent e, puede tr ans for mar s e en una experi encia en s í mi sm a. El pelo m oviéndos e de un lado a ot r o, met iéndos e en los oj os y l a boca, el s onido del vi ento que penetr a por cada uno de mi s poros , l as maderas que s uenan a medi da que avanzo. C ruzo. Ya es toy en t i er r a f ir me. Ahor a vi aj o en el ti empo, m e ubico a pr inci pi os del 1900 y piens o en cómo habr án vivi do aquel los pr im eros pobl ador es l a avent ur a de cr uzar el r ío de l as Vuelt as cuando no habí a puentes y el cli m a er a mucho m ás host i l que en l a act uali dad. Lo que par a mí puede ser una aventur a de un día o dos , como vadear rí os o pas ar f r ío, par a l os pi oner os de l a Patagoni a er a cos a de t odos l os dí as , par t e de s u cot idi aneidad. Cam ino por l a huel l a am pl ia por donde hoy pasa un aut o, pero s é, m e im agi no, que cami nar por ahí no si empr e f ue tan f ácil . De nuevo, t r at o de s it uar me en ot ra época, de pensar en Andr eas M adsen vol viendo de al guna expedi ción, de regr eso a cas a, con fam il i a, dando pas os por huel las mucho m ás angos t as .

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Andr eas Mads en f ue un danés aventur er o que ll egó a Argent ina en 1901 y deci dió, l uego de t rabajar en l as com is i ones de l í mi tes di ri gi das por el per i to F ranci sco P. M or eno, que la Pat agonia i ba a s er s u hogar. Vivi ó un t iem po a ori l las del Lago Vi edma y l uego s e i ns t al ó, j unto a s u m uj er St ephanie y l os hij os de ambos , en l a est ancia que él mi s mo cons t ruyó y que baut izó com o Cer r o Fit z Roy. A lgunos r elat os de s u vida es tán pl as m ados en el l ibr o La Pat agonia Vi eja. M e acer co a la es t anci a y los ár bol es al tos , ver des , m e mi r an des de ar ri ba como dándome l a bi enveni da. Si ento que m e abr azan y me i nvit an a pas ar. La casa or i ginal est á cons tr ui da en mader a y chapa, par ece sacada de un cuento de l os her m anos G ri mm . Adent ro, los t echos baj os , l os pis os de mader a, las par edes r ecubier tas con ar pil ler a y papeles de di ar i os . Es un viaj e en el t iem po. La cam a or igi nal de A ndreas y St ephani e y una si l la de m ader a cons tr uida por uno de s us hij os compl etan l a escenogr afí a. El r ecor r ido t iene al go de t eatr al , me s i ent o es pectador a de una hi st or ia que, s i bien no es t á sucedi endo en es te m oment o, est á l at ent e en cada es paci o de es a cas a.

FOTO: Ornella Marcone


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Recur ro a t odos mi s s enti dos , no me qui ero perder de nada y l a vi st a no me al canza. Trat o de r econocer algún ar oma, de per cibi r text uras , de es cuchar algo que el l os t ambi én hayan escuchado ( ¿el vi ento, qui zás ?) Segur o que el vi ento es el lei tm oti v de es ta exper ienci a. Las f ot os que el f otógr af o Erns t St andhar dt tom ó de los M ads en ayudan a recons tr ui r o im aginar s e un día de es ta f ami li a. El tr abajo en el campo, l os chicos j ugando al ai r e li br e, el m oment o de la comi da y ot ras s ecuenci as del es ti l o s e ven r ef lej adas en l as i mágenes que cuel gan de las par edes . Y me s urgen pr egunt as inevi t abl ement e medi adas por mi r eal i dad y época ¿pas arí an f rí o? ¿se abur r ir í an? ¿qué hací an en s us mom ent os de ocio? ¿t enían mom entos de oci o? Dur ant e t odos es t os años es t a cas a pas ó por di fer entes es tados . Fue hogar, f ue r efugi o de vis i t ant es y viaj eros , es t uvo alqui l ada, f ue usur pada y, por últ i mo, f ue r ecuper ada y r est aur ada por Fi tz R oy Mads en, el bis ni eto de Andr eas .

FOTO: Ornella Marcone

Act ualm ente l a admi nis t raci ón y l as vi s it as guiadas est án a cargo de la agencia de t uri s mo Wal k Pat agoni a. El r ecor r ido t erm i na con l a vi si t a al cement eri o f ami li ar. Es un rect ángul o r odeado de nomeolvi des y otr as pl ant as y arbus t os . Se perci be cier ta energía, es un l ugar s i lenci os o. Andr eas M ads en t al l ó en piedr a las l ápidas de dos de s us hij os y s u es posa ( por quien s ent ía una gr an admi raci ón) con s us propi as manos . La t umba de él, en cam bi o, est á i dent i fi cada con una cr uz de mader a un poco más aus ter a. Des de es e lugar s acr o que es tá s obr e una lom a un poco más elevada que la cas a, mi ro al pueblo de E l C hal t én, al l á, a unos ki lóm etr os cruzando el rí o. Obs er vo, des de es e f ragm ento de l a Patagoni a viej a, los i ni ci os de l a Pat agoni a nueva.

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I n ter tex t ua l i da d

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En es e m oment o no me daba cuent a, per o el tener mi lugar as egur ado ( y la comi da, di cho sea de pas o) er a li br e de no exponer me a m alt r atos l abor al es ni a explot ación. El hecho de que quedar te s in t r abaj o s igni f ique quedart e s in vi vienda no s olo nos condici ona, s ino que nos l i mi ta. A sí como l o r emar có Vi rgini a, el hecho de no tener un es paci o y el ti empo par a expl ot ar nues t ras l im it aci ones nos encier ra en un cí r culo vi ci oso en el cual t r abaj amos por el es pacio que t enem os , al que ut il i zam os, cas i de maner a excl us i va par a des cans ar del tr abajo. Y es t o gener a una s ociedad f al ta de cr ecim i ent o int elect ual, en donde es t e s e permi t e en las cl as es alt as o medi a alt as . “D e vez en cuando s e habla de una m uj er i ndi vidual , una I sabel o una M arí a; una r eina o una gr an dama. P er o er a absol ut amente im pos ibl e que una m ujer de la clas e m edi a, s in otr a cosa que cer ebro y car áct er, par ti cipar a en al guno de es os gr andes m ovim i ent os que, i nt egr ados , conf or man l a vi s ión hi st ór ica del pas ado. ( …) ¿Pero, por qué no agr egar le un s upl emento a la his t ori a?, dándole, cl ar o est á, algún nom bre m ás hum il de par a que las muj eres pudi er an f i gurar de m aner a apr opiada. Por que en l as vidas de los grandes uno las s uel e vis l umbr ar, s iem pre es curr i éndos e en el pati o tr as er o, ocult ando, me im agino, una s onr is a, un l eve ges t o, qui zá una l ágri m a” C omo muj er s igo i nsi s t iendo en l a neces i dad de que l as muj eres t engamos un cuart o propi o, un l ugar para la creat ivi dad. P er o como s oci edad es per o que ni nguno de nos otr os , s ea cual s ea nues tr o géner o, t engamos que s ubordi nar est e l ogr o dej ando de l ado nues t ra li bert ad.

uando en 1929 s e publi ca el ens ayo “Un cuart o pr opio” de Vi rgini a Wool f , est e gol pea en l a f rent e al patr i ar cado de l a época y es el punt api é de l a li ter atur a fem ini s ta. N o s ol o porque pl ant ea l a dif icul t ad de las muj er es par a poder acceder a los espaci os de creat ivi dad (l i ter ari os , sobr e todo) , s i no porque vi ncula es t e hecho a la f alt a de es paci o y a la independencia económ ica. Si n ánim os de quer er s i quier a i ns inuar que es ta s i t uación es t uvier a res uelt a, s í qui er o t om ar algunos de es tos puntos par a anal izar l a si t uaci ón act ual de muchos de nos ot ros . Podr ía deci r que es al go que úni cam ente pas a en El Chal tén ( aunque es par te de nues tr a r eal i dad s in dudas ) , per o creo que es par te de la vivenci a de gr an par t e de l a hum anidad hoy. Gr acias a l os fenóm enos como l a gent r if i cación y el aum ento del tur i sm o en var i as ciudades , muchos de nos otr os nos vem os obl igados a encontr ar maner as al ter nati vas de vivi enda. Aunque puede var i ar de una ciudad a ot r a, en vari as de ell as el tem a no es l a fal ta de ofer ta l aboral . Trabajo tenem os, lo que no t enemos es es pacio. Una vez más , com o a pri ncipi os del S. XX l a si t uaci ón f inanci er a ejer ce una pres i ón a t ravés de l a cual el t ener un “cuart o propi o” es casi im pos ibl e o es tá s upedit ado a nues tr a dependencia a quienes manejan el sect or económ i co de nues tr a ci udad. En Chal tén no es un m is t eri o. Sal vo al gunas excepciones , m i habi t ar s e ve l igado de m aner a pr oporcional al tr abajo que t engo. Es deci r que s i pi erdo el t r abaj o, pi er do l a vivi enda. Es t o conl leva muchas cos as , per o s obr e todo a l a perpet uaci ón Wo o l f, V., U n Cu a r to Pr o p io , Ed . C u a rt o Pro p i o , del par adi gma: cui dar el t rabaj o. M ient ras es tu- Sa n ti ag o d e Ch i le , 1 9 9 3 , p . 4 8 di aba s i empr e t rabaj é, pero podí a dar me el luj o de cambi ar de t rabaj o s i al go no me gus taba. Sól o por que, ya que no m e quedaba ot r a, para poder es tudi ar y tr abajar a l a vez, viví a con m is padres .

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FOTO: Romina Lojo


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Re la t o Li v re Toma y daca Fr ente al r est o de m is her manas, cuat ro vendedoras de pes cado s eco con pl átano ( cuat r o m ás del mont ón) , creo haber cons eguido un f utur o mej or, al menos para mi s hij os . A dif er enci a de el las , es a t ar de en l a playa de Tar kwa donde f uim os a vender a l os tur i s tas , m e det uve unos mi nut os a mi rar el mar. P ens é en lo que habr ía m ás all á. E ra la m enor de t odas, as í que me dej ar on es e r at o ahí . A unque s iem pre me pareci eron t odos i guales , ent r e l a m ul ti tud bl anca que s ubí a a la t abl a cont r a l as ol as me l l amó l a atenci ón una chi ca. Su pi el dorada br il l aba de una f or ma di s ti nt a a l a m ía, com o s i t uvi ér amos di st i ntas maneras de t rans pi rar. P or unos s egundos la vi t an l ibr e. No tení a que tr abajar y no par ecí a que nadie l e di jer a qué hacer. M i dis t racci ón ter mi nó cuando un s eñor gigant e me qui s o compr ar al go de l o que l levaba. C onti nué m i l abor int entando alej ar mi vi s ta de l as ol as, no quer í a vol ver a di s tr aer me y l a chi ca dor ada ya no es t aba por ahí. M i herm ana m ayor decidi ó que r ecorr i ér amos la cos t a la mayor canti dad de veces pos ibl e, t eníam os que volver a cas a con l as manos vací as y l os bol s il l os ll enos s i querí amos t ener comi da en nues t ra m esa por unos días más . Recuer do el ali vi o que sent í a cada vez que una nube t apaba aunque fuer a por un rat o el s ol. A unque m is pi es es tuvi es en acos tum brados a l as piedr as de la ori l la, ll egaba un mom ent o en el cual des eaba ref r escar los un r at o. Ya cuando el agua y l a ar ena s e vol vían col or f uego, nos s ent amos a t om ar un ref r esco ent re l as ci nco. Com parado a cada coca col a f r ía que ahor a t oman cada uno de mi s hi j os, el que com part i mos es a tar de s abía a una s opa ent ibi ada. Ant es de que os cureci er a debí amos vol ver. E mpr endim os nues t r o cami no con paci encia. Nos aguardaban kil ómet r os has ta nues tr a is l a. M i entr as m ir aba los autos pasar empecé a recor dar el mar, no er a l a pri mer a vez que l o veía, per o al pens ar l o como un s epar ador de t i er r as , pens é que t al vez l ograba separ ar las vidas t ambi én. Si el agua logr aba s eparar l as vi das , ¿l ograr ía que al tr as pasar l a f uér amos di s t int os ? Mi ent ras cr uzábam os por Apongbon pens aba en qué ti po de puent e necesi t ar í a par a ll egar al otr o l ado. E ntr amos en el mer cado en donde t rabaj aba mam á y es peram os a que fuer a s u t ur no de i r se. Las m ás grandes l a ayudaban a or denar s u pues to mi entr as yo, todaví a con la cabeza l lena de agua s al ada, em pecé a mi r ar con paus a alr ededor. Qui enes vendí an, li mpi aban y or denaban all í ll evaban una f alda, como yo; aun fuer an viej as , j óvenes, f l acas , gor das, al t as o baj as . La otr a s emana mam á decidi ó que s ólo dos de nos otr as vol viér amos a l a pl aya. Las demás debí an ayudarl a en el mer cado. Me pus e cont enta al saber me el egi da para t al mi s i ón y apar te podí a ir con m i her mana m ás gr ande, quien s iem pre me dejaba descans ar a l a s ombr a s i hacía mucho calor. Es ta vez l a ar ena y el agua br il l aron de un col or más anar anjado al t er mi nar l a j or nada. H abíamos vendi do cas i t odo, así que A danna pens ó que podí amos compar ti r un r ef r es co ent r e las dos . Nos s ent amos mi r ando el agua ir y venir cuando, de r epente, es cucham os a un hombr e blanco gri t ar en ingl és a s u compañer a. Nos m i ram os y r eím os cómpl ices , m e hizo una s eña par a i r a ver. Pens am os , o al m enos yo pens é, que ver íamos com o es a m ujer blanca r es ponder ía t ambi én con gri tos . ¿A cas o del otr o l ado del agua no cabía esa pos ibi li dad? Par a m i s orpr es a, er a l a chi ca dorada de l a ot ra vez, per o ahor a s u pi el parecí a l a de una gall i na. Mi r ando la ar ena y con l os labi os apret ados s igui ó a s u hombr e com o s i l a or den a l os gr it os f uer a par te del t r at o. Ya cer ca del m ercado de l as f al das vi no a m i m ente s u pant alón de j ean. Aún en es e m oment o de l a derr ot a as um i da, esa chi ca t enía pues t a una r opa muy di s t int a de l a mí a y mi ent ras yo us aba mi s pi es para i r y veni r, el la s egur am ente habí a subi do s u orgul lo a un aut o úl ti mo m odel o. Ent onces l o supe: si querí a cruzar al otr o lado, t enía que encont r ar es e puent e y s egui rl o, aunque el pr ecio f uer a hacer lo con m i m ir ada a unos var oni les pi es y con l os labi os apret ados .

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Cu l tur a L iv re Sent ada a la barr a, mi entr as el Chi no m e hací a degus tar de s u pr opio blend de bi rr as , s e as oma Fl or a de l a cocina y me di ce “probá es t o” y me da un di squi to. S in s aber bi en qué era y m ás concent rada en l a cer veza que en ot ra cos a, me m et o el di s qui to en l a boca. De repent e, est aba en l a bar ra de la cas a de mi abuel a, en la que m e s ent aba cuando ér amos demas i ados par a ent r ar en la mes a y donde r ecibí a antes que cual qui er a de l os ot r os comens ales , l os ñoqui s a la r omana, r eci én s acados el hor no. Volví a l a r eal i dad y ahí me di cuent a de que La Bi cicl eta es un lugar es pecial . N o s ól o por su ambi ent ación, dedi cadam ent e el egida s ino, y s obr e t odo, por que l os chicos ti enen l a capaci dad de gener ar al go m ás que el m ero gus to por l a comi da. Es o es l o que bus can: “quer íam os un l ugar donde s e coma como en cas a…, per o con una vuelt a de r os ca”, nos cuent a Flor a. El C hino vi ene de f am il i a gas t ronóm ica, Fl or a es una apas ionada por l a cocina y junt os s on una gr an par ej a, atent os a cada m íni mo det all e. “Cuando pens amos el l ugar, no quer í amos que f uera s ol o un l ugar par a comer, querí amos que f uera un lugar de encuentr o y un es paci o cul tur al”. Si endo l os dos am ant es del tango, cuando les acercar on l a propues t a par a hacer una mi longa, no dudar on en met ers e de ll eno. Des de es e moment o, hace m ás de un año, una vez por s emana t enemos l a s uer te de t ener una mi l onga en nuest r o puebl o. Adem ás , organi zan f er i as donde los pr oductor es y los ar tes anos independi ent es pueden exhi bir y vender s us pr oduct os. “N osot r os f ui mos f eri antes y s abemos l o di fí cil que puede s er encontr ar un lugar donde vender. Acá es t á bueno por que hay mucho movi mi ento de gent e y tur i st as y as í , m ás pueden acceder a los ar t esanos ”. La B ici s e pres t a para es t as int ervenci ones, par a que podam os di sf r utar l as , aprovechar las y hacerl as pr opi as . N o es s olo un l ugar donde comer y tomar al go ri co, es mucho más . E s l a devoción y el cari ño en cada pl at o, es la s onri s a y l a expli caci ón que l o acom paña, es l a mot ivaci ón par a generar muchos es pacios dent r o de uno s ol o, muchas emociones dent ro de una s ol a, es el m ovi mi ent o que es o gener a, es el pas o de t ango, es La Bi cicl et a.

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Livre 46  

numero cuarenta y seis de livre

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