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C UA D E R N O S DE HORIZONTE

La ascensión al Mont Ventoux PRÓLOGO DE EDUARDO MARTINEZ DE PISÓN

FRANCESCO PETRARCA


Francesco Petrarca AREZZO, 1304 – ARQUÀ PETRARCA, 1374

* Hijo de un exiliado florentino, Petrarca vivió hasta su madurez en Aviñón, entonces sede del papado y centro, por tanto, de la cristiandad, lo que le permitió reunir la mejor biblioteca clásica de Occidente. Fue autor de una ingente obra latina que le valió el título de «padre del Humanismo», y su Canzoniere desencadenó un ideal estético llamado petrarquismo que determinó la historia de la poesía europea durante doscientos años. En la ascensión al Mont Ventoux, uno de sus textos latinos más conocidos, Petrarca convierte una anécdota biográfica en una emotiva alegoría de la vida humana como camino de perfección. * Eduardo Martínez De Pisón: Catedrático emérito de Geografía de la UAM, escritor y alpinista. Premio Nacional de Medio Ambiente, entre otros galardones. Autor de una copiosa obra sobre su especialidad y figura de referencia en nuestro país en cuanto a la apreciación cultural de la geografía, el ecologismo y la montaña. * Iñigo Ruiz Arzalluz: Es profesor de Filología Latina en la UPV/EHU y especialista en la obra latina de Petrarca.


La ascensiรณn al Mont Ventoux FRANCESCO PETRARCA


Título de esta edición: La ascensión al Mont Ventoux Primera edición en la línea del horizonte ediciones: febrero de 2019 © de esta edición: la línea del horizonte ediciones: www.lalineadelhorizonte.com info@lalineadelhorizonte.com © del texto de introducción: Eduardo Martínez de Pisón © de la traducción: Iñigo Ruiz Arzalluz El texto latino que aquí se reproduce está tomado de la «Edizione nazionale delle opere di Francesco Petrarca», vol. X (Le Familiari, edizione critica per cura di Vittorio Rossi, vol. I, Firenze, Sansoni, 1933, pp. 153-61) y se publica con la autorización de la «Commissione per l’Edizione Nazionale delle Opere di Francesco Petrarca». © de la maquetación y el diseño gráfico: Víctor Montalbán | Montalbán Estudio Gráfico © de la maquetación digital: Valentín Pérez Venzalá Depósito Legal: m-5682-2019 isbn: 978-84-17594-15-2 | ibic: db; rgbs Imprime: Estugraf | Impreso en España | Printed in Spain Todos los derechos reservados. Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.


CUADERNOS DE HORIZONTE SERIE ¿QUÉ HAGO YO AQUÍ?

La ascensión al Mont Ventoux FRANCESCO PETRARCA INTRODUCCIÓN DE

EDUARDO MARTÍNEZ DE PISÓN TRADUCCIÓN DE

IÑIGO RUIZ ARZALLUZ


D e ta l l e d e l f r e s c o d e l o r at o r i o d e s a n G i o r g i o e n Pa d ua , a n t e r i o r a 1 3 8 2 , d e A lt i c h i e r o d e Z e v i o . L a f i g u r a p r i n c i pa l e s l a d e l p o e ta Fr a n c e s c o P e t r a r c a , p u e s s a b e m o s q u e A lt i c h i e r o l e c o n o c i ó p e r s o n a l m e n t e . Fr e n t e a o t r o s s u p u e s t o s r e t r at o s , su verdadero aspecto sería este.


La ascensión al Mont Ventoux petrarca y la ascensión a la montaña por eduardo martínez de pisón ... 11 i. alrededor del mont ventoux ... 13 ii. alrededor de petrarca ... 28 iii. la carta ... 32 Ad Dyonisium de Burgo Sancti Sepulcri… A Dionigi da Borgo San Sepolcro…

francesco petrarca ... 43 bibliografía citada ... 75


PETRARCA Y LA ASCENSIÓN A L A M O N TA Ñ A EDUARDO MARTÍNEZ DE PISÓN


I. ALREDEDOR DEL MONT VENTOUX El Mont Ventoux o Monte Ventoso —nombre derivado probablemente de Mons Ventosus, aunque también hay otras posibles raíces toponímicas— es un destacado macizo calcáreo de los Alpes provenzales. Aislado y prominente, alcanza los 1.12 metros de altitud, con sus flancos cubiertos por vegetación, principalmente mediterránea, pero con una cumbre desnuda, rocosa, que resalta por su blancura. Azotada la cima por el viento mistral, a lo que algunos atribuyen su nombre —entre ellos el mismo Petrarca—, se abre a amplias y célebres vistas sobre su entorno. Aunque más conocido por ser una meta ciclista, tiene valores naturales de especial interés, por lo que está en la actualidad declarado como Reserva de la Biosfera, encontrándose inmediato a varios dominios boscosos y cercano también al Parque Natural de las Baronnies. Es posible que la consideración erudita de este texto de Petrarca como inicio de la actitud moderna ante el paisaje proceda del libro de Jacob Burckhardt La cultura del Renacimiento en Italia, que se editó en 1860. Se encuentra justamente en un capítulo titulado «Descubrimiento de la belleza del paisaje», en el que afirma: «Los italianos son los primeros entre los modernos que han

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percibido el paisaje como un objeto más o menos bello y han encontrado un goce en su contemplación», remitiendo al lector a lo expresado en el Cosmos de Alejandro de Humboldt. Es decir, a un libro geográfico. Porque Petrarca, además, era geógrafo, cuestión básica para entender correctamente por qué ascendió a un monte para mirar el panorama. Por un lado, dice Burckhardt, «el goce de la naturaleza fue para él la más anhelada compañía de toda labor intelectual»; y, por otra parte, conocía «la belleza de las formaciones de las rocas» y distinguía «la significación plástica de un paisaje y su utilidad». No obstante, «la emoción más profunda y honda que experimenta es [...] su ascensión al Mont Ventoux. [...] Escalar un monte, sin un designio práctico determinado, era algo inaudito para las gentes que le rodeaban». Y señalaba, además, un importante precedente con resonancias literarias: la ascensión de Dante al Bismantova. Tengo muy vivo el recuerdo de mis primeras lecturas, a mediados del siglo pasado, sobre el espíritu del montañismo. Entonces empezaba yo a escalar y me nutría intelectualmente con todo lo que encontraba sobre las razones culturales de tal pasión. Los autores de aquellos escritos, que poseían con frecuencia sólida información y buen estilo, recurrían al relato de Petrarca sobre


su ascensión al Mont Ventoux en sus Cartas familiares (Familiarium rerum libri, iv, 1, «Ad Dyonisium de Burgo Sancti Sepulcri ordinis sancti Augustini...») como el origen literario de las crónicas alpinistas y del arranque del sentimiento moderno de la montaña y, con él, de la voluntad de subir a las cumbres. Luego, esta interpretación se ha repetido numerosas veces. O también, aunque con menos énfasis montañero y más acento paisajista, se ha acudido al resto de sus expresiones de afinidad con la naturaleza como síntomas de un significativo y temprano cambio cultural en Europa sobre la percepción literaria del entorno, que enlazaría la Edad Media con el Renacimiento. En esta línea, por ejemplo, Charles Gos, que publicó el año 1944 en Neuchatel su precioso libro L’Époppée alpestre, introducía en un cuadro sinóptico sobre la evolución del sentimiento de la montaña y dentro del apartado «Nacimiento del alpinismo», ya en el siglo xiv, a Petrarca en el Mont Ventoux. Aunque tal monte, añade, es de fácil ascensión y de cota moderada, «no hay que olvidar la época» de tal escalada, ni la destacada personalidad de su escalador; pero, sobre todo, tal hecho es trascendente porque se trataría de una reacción nueva, subjetiva, en busca de la resonancia de un estado del alma.

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También en la enciclopédica obra La Montagne, dirigida por Maurice Herzog, que apareció en 1956, se decía que «Dante y Petrarca son los que dan a la literatura alpestre [medieval] sus credenciales de nobleza». Y añadía: «las almas heridas van a pedir consuelo y olvido a la paz de los montes. Esta nota aparece ya en Petrarca». De modo que, cuando este subía al Mont Ventoux el 26 de abril de 1336 «iba a aquellas alturas en busca de la paz interior». Llama la atención, por otro lado, que en mes tan temprano no encontrara nieve en la parte superior de su ascenso a la cumbre. Hubo, además, un libro tan breve como excelente en esta bibliografía, la Introducción a la montaña, de Giuseppe Mazzotti, editada su traducción al español en 1952, que dedicaba un capítulo a los «presentimientos poéticos» que adelantaron la cultura de la montaña en Europa y mencionaba entre ellos primero a Dante y luego a Petrarca, «quien también tuvo muy despierto el gusto por la naturaleza alpina». No pasaba de ahí, pero estaba claro que nadie podía dejar de citar a Petrarca como clave remota del espíritu alpinista. Incluso Enrique Herreros, que era, aparte de conocido humorista y cineasta, montañero, escribió hace tiempo en la revista Peñalara que fue Petrarca quien encontró y expresó «el placer de andar, de cansarse».


FRANCESCO PETRARCA A Dionigi da Borgo San Sepolcro, de la Orden de san Agustín y profesor de Sagrada Escritura, sobre algunas preocupaciones propias (Familiares, iv, 1)


1 Hoy, llevado solo por el deseo de ver la extraordinaria altura del lugar, he subido al monte más alto de esta región, al que no sin razón llaman «Ventoso». Hacía muchos años que me rondaba la idea de esta excursión pues, como sabes, el hado, que mueve las cosas de los hombres, me ha hecho rodar por estas tierras desde la infancia, y este monte, visible desde lejos por cualquier parte, está casi siempre ante nuestros ojos. 2 Por fin tuve el impulso de hacer de una vez lo que me proponía hacer todos los días, sobre todo después de que, leyendo el día anterior en Tito Livio la historia de Roma, di casualmente con aquel pasaje en el que Filipo, rey de Macedonia —el que hizo la guerra al pueblo romano—, sube al Hemo, un monte de Tesalia, creyendo —como era fama— que desde su cumbre se veían dos mares, el Adriático y el Ponto Euxino. Sobre si es cierto o falso no he llegado a sacar nada en limpio, porque el monte está muy lejos de nosotros y, por otro lado, la discrepancia entre los autores hace dudoso el asunto: por no traer a colación a todos ellos, el cosmógrafo Pomponio Mela dice sin vacilar que es así; Livio, en cambio, sostiene que es una creencia errónea. Si yo tuviera la posibilidad de comprobarlo tan a mano como la he tenido para este otro monte, no consentiría la duda por mucho tiempo. 3 Por lo demás, dejando aquel monte y volviendo a este, me pareció dis-

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culpable en un joven particular lo que no se censura en un rey anciano. Pero, sorprendentemente, al pensar en un compañero, ninguno de mis amigos terminaba de parecerme del todo adecuado: tan rara es, hasta entre seres queridos, una coincidencia total en gustos y costumbres. 4 Este era algo tranquilo, aquel demasiado nervioso; este un poco lento, aquel muy rápido; este demasiado triste, aquel excesivamente alegre; este, en fin, más atolondrado de lo que yo quisiera, aquel demasiado prudente. Me daba miedo el silencio de este, el descaro de aquel; el peso y la gordura de este, la delgadez y la debilidad de aquel; me disuadía la fría indiferencia de este, el ardoroso afán de aquel. Estos defectos, con ser graves, se soportan en casa —pues todo lo sufre el amor y la amistad no rehúsa ninguna carga—, pero en un viaje se hacen más pesados. 5 De manera que mi ánimo, difícil de contentar, apeteciendo y buscando un placer honesto, sopesaba cada caso —bien que sin perjuicio ninguno para la amistad— y descartaba en silencio todo lo que preveía que podía resultar inoportuno para la proyectada excursión. ¿Qué te parece que hice? Al final recurro a la infantería patria y le expongo el plan a mi único hermano, menor que yo, a quien tú ya conoces. Nada le habría gustado más oír, agradecido de que yo le tuviera como amigo y como hermano al mismo tiempo.


6 Salimos de casa el día previsto y hacia el atardecer llegamos a Malaucène: un lugar que está al pie del monte, mirando al norte. Pasamos allí un día y hoy, por fin, con sendos criados, hemos subido al monte, aunque no sin gran dificultad, pues es una mole de tierra pedregosa, escarpada y casi inaccesible; pero ya lo dice el poeta: todo lo vence un trabajo obstinado.

En el camino nos asistía un día largo, un aire agradable, buen ánimo, fuerza y destreza físicas y todas esas cosas: solo se nos oponía la naturaleza del lugar. 7 Entre unos declives del monte encontramos a un pastor de edad avanzada que con muchas explicaciones se esforzó por disuadirnos de la ascensión, diciendo que, cincuenta años atrás, empujado por el mismo ardor juvenil, había subido hasta la cumbre y no había sacado otra cosa que arrepentimiento y cansancio, y el cuerpo y la ropa lacerados por rocas y zarzas, y que nunca se había oído entre ellos de nadie que antes de entonces o después se hubiera atrevido a algo así. 8 Todo esto nos lo decía a voz en grito y, siendo como son los ánimos de los jóvenes incrédulos con quienes les aconsejan, nuestro deseo aumentaba con sus intentos por impedírnoslo. Así es que el anciano, al darse cuenta de que se esforzaba en vano, avanzando un poco por

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entre las rocas nos mostró con el dedo un sendero empinado, al tiempo que nos hacía muchas recomendaciones y nos repetía otras más cuando ya nos habíamos ido y le dábamos la espalda. Una vez que dejamos con él ropas y otras cosas que nos estorbaban, pusimos toda nuestra atención en el ascenso y subimos con muchos ánimos. 9 Pero, como suele pasar, a un gran esfuerzo le sigue un pronto cansancio, de manera que no lejos de allí nos paramos en una roca. Nos fuimos también de allí y seguimos adelante, aunque más despacio: yo sobre todo afrontaba aquel montañoso camino con un paso ya más moderado, pero mi hermano subía y subía por un atajo a lo largo de la cresta misma del monte; yo, más flojo, tendía a bajar, y cuando me llamaba y me enseñaba un camino más recto le contestaba que quizá la subida por la otra ladera fuera más fácil, que no me importaba que el camino fuera más largo con tal de que no tuviera tanta pendiente. 10 Esta era la excusa que ponía a mi pereza, y cuando los demás ya habían alcanzado lo alto yo andaba dando vueltas por los valles, pues no había por ninguna parte un acceso siquiera algo más suave sino que, por el contrario, el camino se hacía más largo y el trabajo hecho en vano era cada vez mayor. En estas, harto y arrepentido de aquel ir y venir, me decidí a subir directamente, y una vez que, cansado y sin aliento, conseguí alcanzar a mi hermano, que


me esperaba recuperado por un largo descanso, anduvimos a la par durante un rato. 11 Apenas habíamos dejado atrás aquel montículo y hete aquí que, olvidado de mis anteriores rodeos, otra vez empiezo a bajar y, después de recorrer algunos valles buscando caminos de fácil largura, voy a dar en una larga dificultad. Obviamente, intentaba aplazar el esfuerzo de la subida, pero el ingenio humano no puede anular la realidad ni es posible que algo corpóreo llegue a un lugar alto descendiendo. ¿Para qué seguir? No sin risas por parte de mi hermano, esto se repitió, para irritación mía, tres o más veces en el espacio de unas pocas horas. 12 Burlado de este modo una y otra vez, me senté en una hondonada. Allí, volando con el pensamiento y saltando de lo corpóreo a lo incorpóreo, me reprendía a mí mismo con estas o similares palabras: «Lo que hoy te ha pasado tantas veces al subir este monte es lo mismo que te sucede a ti y a otros muchos cuando intentáis alcanzar la vida bienaventurada; pero los hombres no lo perciben con tanta claridad porque, mientras los movimientos del cuerpo están a la vista, los del alma son invisibles y están ocultos. 13 En efecto, la vida que llamamos bienaventurada está en un lugar elevado; es estrecho, según dicen, el camino que lleva a ella. También se interponen muchos montes, y hay que ir de virtud en virtud por una escala sublime; en lo alto está

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la vida que lla m a mos b i e n av e n t u r a d a e s tĂĄ en un lugar elevado ; es estrecho, segĂşn dicen, el camino que lleva a ella.

fr an c esco p et r a rc a

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CUA DE RNOS DE HORIZONTE Una ventana a la que asoman ideas y también miradas con las que reconsiderar los lugares que transitamos. Textos breves para pensar el viaje a través de la sociología y el pensamiento; la crónica o el relato breve, sin que falte una reflexión sobre la naturaleza y el paisaje. CU#8 El valle feliz

ANNEMARIE SCHWARZENBACH CU#9 Naturalezas

RALPH WALDO EMERSON CU#10 Ensayo sobre el exotismo

VÍCTOR SEGALEN

CU#11 Viaje de Egeria

CARLOS PASCUAL (ED.)

CU#12 Variaciones sobre Budapest

SERGI BELLVER

CU#13 Huellas negras

DIEGO COBO

CU#14 Imagen de la India

JULIÁN MARÍAS

CU#15 Tiempo de Hiroshima

SUSO MOURELO

CU#16 Eva en los mundos

RICARDO MARTÍNEZ LLORCA CU#17 La ascensión al Mont Ventoux

FRANCESCO PETRARCA


Considerado un texto clave en la historia del alpinismo, el ascenso a esta montaña de la Provenza francesa por parte del poeta Petrarca, en compañía de su hermano Gherardo, constituye un episodio nada frecuente en la época. Parece que tan extraño impulso de los hermanos tuvo por deseo imitar la ascensión de Filipo V de Macedonia al monte Hemo de Tesalia, una ascensión narrada por Tito Livio, con la excusa de contemplar los mares Adriático y Euxino. Petrarca da cuenta en esta carta de las emociones que le suscita la aventura y se deleita en la contemplación del paisaje, como podría hacerlo un montañero de nuestros días. Solo que lleva consigo las Confesiones de san Agustín y con ellas la tiesura entre cierto canon moral sobre la metáfora de elevación que sustrae de la propia montaña y el placer sublime y sensual que procura la experiencia de la escalada y la percepción estética de la naturaleza.

¡Ojalá recorra con el alma aquel camino por el que suspiro día y noche como, superadas al fin las dificultades, he recorrido con los pies del cuerpo el camino de hoy! FRANCESCO PETRARCA

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La ascensión al Mont Ventoux de Francesco Petrarca  

Considerado un texto clave en la historia del alpinismo, el ascenso a esta montaña de la Provenza francesa por parte del poeta Petrarca, en...

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