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SELECCIÓN DE CUENTOS TRADICIONALES SAHARAUIS EN CASTELLANO Y EUSKERA Xabier Susperregi


CUENTOS TRADICIONALES SAHARAUIS

EL ELEFANTE Y LA OVEJA Cuentan que el elefante se había casado con la oveja. Vivían en una jaima, que era como suelen ser estas viviendas, con un terreno elevado al sur y todavía más al sur, abundante vegetación. Mientras la oveja se ocupaba de las cosas de la jaima, el elefante pasaba el día pastando, para luego regresar al hogar. Cierto día en que se encontraba el elefante de sabrosos pastos, se le acercó el chacal que tras saludarle, le dijo: ¡Vaya, vaya, amigo mío! Espero nunca correr tu suerte, pobre, alimentándote de espinas y amargas hierbas, teniendo a tu alcance tanta carne y de la buena. ¿A qué carne te refieres? A qué va a ser, pues la que quedó cuidando la jaima; si no sabes cómo ha de comerse, puedo ser tu maestro. ¡No me digas! ¿Acaso es buena la carne de oveja? ¡Desde luego! Tú dime cuándo he de venir y aquí estaré para ilustrarte. Está bien, acércate mañana al mediodía. Así quedaron pues y el chacal, de las ganas que tenía de comer oveja, se presentó en el lugar señalado, incluso antes de la hora convenida. Tras llegar el elefante, caminaron amistosamente hacia la jaima. La oveja, al percatarse del regresó de su marido, salió a observarle. Al principio, debido a su tamaño, tan sólo veía al elefante, pero poco después se dio cuenta de que iba acompañado por el chacal, dando brincos a su lado. Estonces se dijo: No sé que me da... que la razón de que estos dos vayan juntos, voy a ser yo.

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Después huyó hacia el norte, ensimismada, sin saber muy bien a dónde se dirigía; lo único que estada segura es que aquellos dos tramaban algo, no demasiado bueno para ella. Allá por donde iba, había un torrente seco con muchos troncos de acacia. La oveja se acercó a uno de los troncos y tiró de la corteza, desprendiéndola totalmente del tronco. Se la llevó a un lugar donde había un enjambre de abejas y embadurnó la corteza de miel. Regresó a la jaima, donde ya se encontraban el chacal y el elefante que se encontraba muy enfadado con los ojos inyectados en sangre. Al entrar, su esposo le preguntó: ¡Oye! ¿Dónde estuviste? ¡Tranquilo, tranquilo! Salí para traerte esto. ¿Y qué es, si puede saberse? Tú, pruébalo. Entonces el elefante pasó su enorme lengua por la corteza y se la llevó a la boca. Al ver lo dulce que era, le preguntó: ¿Dónde encontraste eso? Esto es un dulce que se saca del chacal. Lo hemos estado estrujando y mira qué cantidad y qué sabroso está. Al oír aquello, de inmediato el elefante se volvió hacia el chacal y se dispuso a estrujarlo, por lo que el chacal, para salvar el pellejo, rápidamente dijo: ¡Doy gracias a Dios!; pues ayer mismo fui estrujado. Sin embargo, el elefante no le hizo caso y lo estrujo bien. Pero lo que salía por detrás no era precisamente miel. No era dulce como la miel. Así que lo soltó y fue a buscar otro chacal que estrujar. La oveja aprovechó aquel percance para escapar y unirse a unas cabras que pasaban por allí, poniéndose así a salvo.

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EL ERIZO Y LA GAVIOTA Había una vez un erizo y una gaviota que decidieron hacer una carrera por la selva. El que venciese se ganaría un descanso y una comida especial. Entonces... ¿qué hizo el erizo? Pues se pasó toda la noche reuniendo a todos los erizos que había por la zona y los fue ubicando cada uno en un sitio por el que debía pasar la gaviota. Cuando amaneció empezaron a correr y cada vez que llegaba a un lugar, la gaviota preguntaba: ¿Erizo, dónde estás? Entonces le salía uno de la pandilla de los erizos que había por el camino sin que el protagonista saliera de su lugar. Pues nada, al final de la carrera, la gaviota se dio por vencida, ¿y sabes quién ganó presuntamente...? Pues nadie más que tu amigo: ¡el tramposo eriiiiiiizooooooo saharaui!

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EL ERIZO Y EL LEÓN Había una vez que el erizo y el león querían saber quién podía gobernar mejor teniendo como testigo a un juez. Se pusieron de acuerdo en que el primero que se levantara para rezar sería el que gobernara. Durmieron lo dos y por la mañana tempranito, tempranito se levantó el león y se puso a rezar diciendo: Allahu akbar (es el comienzo de la hora de rezar). ¿Pues sabes qué es lo que hizo el erizo? Dijo: Asalamhaleikum (es el fin del rezo). Pues el abogado dio por rey al erizo. ¡Jajajaja!

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SHARTAT Y EL CAMELLO Shartat estaba en una casa y tenían un camello. Él tenía hambre y dijo: Para qué queréis este camello. Para llevar nuestro equipaje –le dijeron. Entonces dijo Shartat: No, que lo vamos a comer. ¿Y qué vamos a hacer con el equipaje? Lo llevo yo –contestó Shartat. El equipaje llevaba mantas, agua... Cuando ya se comieron el camello, dijeron: Vamos Shartat que vas a llevar el equipaje. Fueron colocando casi todo el material y se quedó una manta sin poner y dijeron: Shartat... ¿ahora qué hacemos con la manta? Y Shartat respondió: Ponerla que yo no me voy a levantar. ¡No me voy a levantar!

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JOHA EL VETERINARIO Bueno... resulta que una vez un señor vivía en el campo lejos de la civilización con su esposa e hijos. Éstos tenían una vaca que les brindaba mucha leche, pero la apreciada vaca sólo comía hierba verde. Y resulta que llegó una sequía que afectó a toda la vegetación y eso alteró la alimentación de la querida vaca. Sólo quedaba hierba seca. La vaca sólo comía la hierba verde. Como la vaca empezó a flaquearse y debilitarse, el dueño se vio obligado a buscar una solución. Empezó a preguntar a la gente. Le hablaron de un excelente veterinario que se llamaba Joha. Entonces el señor se fue con la única esperanza en busca de Joha y cuando lo encontró, le comentó todo. El veterinario Joha dio la mejor solución y más fácil al dueño de la vaca. Le dio unas gafas verdes y se las puso a su vaca y como ella veía toda la hierba seca de color verde, empezó a alimentarse y lo más importante, mejoró su estado de salud, dio mucha leche y la familia campesina fue muy feliz.

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EL HOMBRE Y SU DESTINO En aquel entonces todo el mundo rezaba y temía ofender al todopoderoso, por lo que se cuidaban y mucho de seguir sus enseñanzas escritas en el sagrado Corán, pero en un frig o campamento, había un hombre que le tenía miedo a todo aquello que le pudiera hacer daño. Este hombre vivía eternamente asustado de todo, no salía al sol, porque se podía quemar y darle fiebre, no salía por la noche porque le temía a las hienas, no recogía leña, por temor a los alacranes y las serpientes, y así continuamente, pero un día pasó por el frig un hombre santo muy devoto y creyente que estaba de peregrinaje rumbo a la Meca. Esa noche se sacrificó un chivo en honor del visitante y las mujeres lo cocinaron con cuscús, le ofrecieron leche y dátiles al viajero y después de la cena, todos se sentaron alrededor del té para conversar e intercambiar noticias y novedades. Después de un rato de agradable conversación, el jefe del frig le dijo al santo hombre que si podía hacer algo para que aquel desgraciado temeroso dejara de tener miedo de todo, a lo que el hombre santo le dijo que sí, que lo llamaran y que los dejaran solos, así hicieron. Se reunió con el miedoso y le dijo que rezara junto con él, después le preguntó que por qué tenía tanto miedo si su final estaba escrito desde el inicio de su vida, al igual que el final de todos, a lo que el cobarde le dijo que si él supiera cómo iba a ser su final, él dejaría de tener miedo, porque podría evitar que le ocurriera. El hombre santo, le dijo que eso no era cierto, porque lo que estaba escrito no podía cambiarse, que nosotros sólo podemos hacer y deshacer, porque Alah así lo permite y nos dio el libre albedrío, pero que a cambio Alah nos pone en la tierra y nos saca de ella cuando él decide, y eso no se puede cambiar.

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El miedoso le dijo que eso no era cierto, que él podía evitarlo si supiera cómo estaba escrito que él terminaría sus días, y tan firme y seguro estaba de lo que decía que el hombre santo, pensando que podría ayudar al pobre miedoso, rezó y le pidió al todopoderoso que le ayudara con ese hombre y le concediera la gracia de poder ayudarlo. Después de aquello ya eran altas horas de la noche y todos se acostaron a dormir, ya que al otro día el hombre santo debía seguir su camino. Pasó la noche y al amanecer, después de rezar, desayunaron y el hombre santo emprendió la marcha rumbo a la Meca, pero antes de irse, llamó al miedoso y le dijo que durante la noche un ángel le habló en sueños y le dijo que Alah había determinado que le diría cómo acabarían sus días, pero que ello no haría que él mismo dejara de temer; a lo que el miedoso contestó rotundamente que sí, que él cambiaría sabiendo eso y no le volvería a temer a nada. Tan seguro estaba de sus palabras que el hombre santo se vio obligado a decirle como ocurriría. -

El ángel me dijo en el sueño, que tu vivirás atormentado por lo que sabrás y temeroso de lo que está por llegar y morirías por la mordedura de una serpiente y así tus días acabarán...

El miedoso escuchó esto y agradeció las palabras y desde ese día decidió que se subiría a su camello y que no se bajaría del mismo para evitar que la serpiente le mordiera, así estuvo dos años sobre el animal sin querer bajar, todos sabían del miedo que tenía a la muerte y a las serpientes. Comía sobre el animal, dormía sobre el animal, y no se bajaba para nada del animal. En una ocasión tuvieron que desplazarse con los animales en busca de agua y durante la travesía los demás hombres se entretenían gastándole bromas al miedoso, diciéndole: ¡Mira, mira, una serpiente a la derecha de tu camello! Y él gritaba: ¿Dónde, dónde? Mientras tiraba de las riendas en dirección contraria. Y así se reían de él.

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Estuvieron dos días de marcha hasta llegar a un oasis donde los animales podrían pastar y beber, y se dispusieron a preparar el campamento. Mientras todos trabajaban, el miedoso no hacía nada, ya que desde lo alto del camello no podía ayudar, así que para divertirse un poco, uno de los hombres se acercó al camello del miedoso y le puso un cinturón negro encima de la montura mientras le gritaba: ¡Una serpiente sobre el camello! El miedoso, al ver el cinturón negro pensó que era una serpiente de verdad y saltó rápidamente del camello al suelo para huir de la mordedura. Tan mala fue la suerte que al poner el pie en el suelo, pisó la cola de una serpiente venenosa que estaba junto a un matorral descansando. El animal, para defenderse mordió la pierna del miedoso, que de esa forma murió y todos se acordaron de las palabras del hombre santo...

(El narrador del cuento, añadió estas líneas al final del mismo, lo que solía decirle su padre cuando se lo contaba) “Ya ves que no todos los cuentos tienen un final feliz, pero ya por lo menos sabes por qué no hay que temer a la muerte, porque aunque la intentes evitar, ella te llegará cuando tenga que llegar y nada ni nadie lo remediará, así que haz el bien todos los días, para que cuando te llegue la hora no tengas cuentas pendientes que saldar.”

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SHARTAT Y EL REY LEÓN Una vez, el reino animal se había reunido para celebrar un festín con ocasión de la mayoría de edad del hijo del rey león. A la invitación, acudieron todos los animales de la sabana: grandes, pequeños, feroces, amables... todos sin distinción disfrutaban del festín. Después del baile de las panteras, empezó uno de los bailes más bellos de la noche, el baile del avestruz macho (dlim). El avestruz se había esmerado en la preparación de su danza para impresionar al león. Los animales aplaudían rabiosamente ante cada pasada de plumas o salto elegante del animal. Shartat andaba saciando un estómago que parecía sin fondo... y de repente no se sabe si para agraciarse con la gente o por indigestión, ante la pasión que levantaba el danzarín, gritó: Es mi sobrino, es mi sobrino... El rey disimuló su sorpresa ante el parentesco entre animales tan dispares y para compensar el esfuerzo del dlim le dio a Shartat un sitio preferente en la tribuna de honor. Shartat no cabía en sí de gozo, nunca se había visto en otra así. Pero las cosas buenas no parecen durarle mucho a nuestro personaje. De repente, una de las plumas del avestruz salió volando y se fue a posar en la cara del homenajeado, hiriéndole un ojo. El rey saltó para ayudar a su hijo, mientras los demás intentaban localizar al culpable, que aprovechando el desconcierto había puesto pies en polvorosa. Volvieron cabizbajos para anunciar al rey que el dlim se había escapado... A lo que el rey respondió: No os preocupéis, tengo al tío...

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SHARTAT Y LAS JARRAS DE LECHE A Shartat se le acusaba de todos los males. En esta historia se mezcla: avaricia, risa y malicia. Los beduinos ponían la leche en grandes jarras cuya forma era circular. Se encontraba Shartat con dos mujeres y había tres jarras llenas de lecha de camella que tanto los beduinos adoran. Las mujeres le piden que distribuya la leche. Entonces, coge una jarra y se la da a las mujeres mientras que él se acapara de las dos jarras restantes. Las mujeres protestan diciendo que esto no es justo. Entonces, Shartat les explica: Vosotras dos con una jarra contáis tres y yo con las dos jarras contamos tres. Así que, tres de cada lado.

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EL LEÓN Y EL HOMBRE Eran un grupo de forasteros del desierto que iban de camino para “dejarse caer” sobre una tribu y llevarse todo su ganado. Hasta que de repente, en medio de la noche apareció un león herido y de repente se pararon sorpresivamente. Claro, cundiendo el pánico de todos. Se acercó uno de los jinetes al león herido y se dio cuenta que se encontraba mal. Entonces avisó a sus compañeros de que había que ayudarle y que no lo podían dejar así. Entonces no se animó nadie. Aquel hombre decidió al final atender al paciente león y lo curó. Le dio beber y de comer. Y luego se fueron, continuando su larga noche. Después, durante varias horas el último jinete se dio cuenta de que el león les estaba siguiendo y el guía les dijo a todos que no tuvieran miedo, que lo ignoraban y que siguieran su camino. Llegaron a donde la tribu y la atacaron y en medio de la batalla se encontraron al león luchando con ellos. Al terminar salieron con todo el ganado y se pusieron a repartirlo. Al león le amarraron sólo una camella y les tocó a ellos, a cada uno más. Entonces el león empezó a enfadarse y se asustaron todos y el guía dijo que él luchó como ellos y le correspondía igual que todos. Y se dividió el ganado otra vez y se le dio su justa parte. Cada cual se llevó la suya y el león llevó su parte para su médico y amable hombre y abandonó el grupo felizmente.

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SHARTAT Y LA HARINA DE CEBADA Un día, Shartat se acercó a una jaima y estuvo merodeando por los alrededores intentando quedarse con alguna res de ganado. Era la hora en la que soltaban las cabras, mas era imposible acercarse, pues cada cabra la cuidaban dos hombres, así que decidió volver a la jaima de su suegra donde sabía de la existencia de algo de harina de cebada tostada. Tras entrar, fue al lugar de la jaima consagrado a los abarrotes y se puso a buscar; encontró la harina tostada y la sacó, siguió buscando y encontró mantequilla y la cogió; siguió buscando y encontró adhan o mantequilla recién fundida y colada, a la espera de enfriarse para ser guardada en la acca o pequeño odre preparado para tal menester; lo cogió también. Después, trajo un enorme cuenco o gadha, puso en él la harina de cebada tostada, luego, puso la mantequilla fundida, y finalmente, les echó la mantequilla para que, de esta manera, tuviera el sabor de las dos mantequillas. Con la mezcla hizo un zamit, es decir, le echó agua caliente en poca cantidad mientras amasaba la mezcla hasta hacer una masa seca, y se la comió rápidamente. En ese momento, entró su suegra, la abuela de sus hijos, y ante la cual él debe guardar la compostura, por lo que espontáneamente Shartat se llevó las manos a la espalda para ocultarlas. Mas ella se dispuso a pasar por detrás de él, ya que sería una falta de respeto pasar por delante, y saltó el diciendo: ¡No, no! Pasa por delante que pasar por delante de alguien sentado no tiene nada de malo. ¡No, no faltaría más! ¡De ninguna manera pasaré por delante suyo! ¡Sólo pasaré por detrás! Ella le mostraba así su respeto. Cuando él vio que no había forma de convencerla de lo contrario, sacó sus manos hacia delante y ella vio cómo estaban llenas de zamit. Y dijo Shartat: ¡Maldito sea quien lo ha hecho! ¿Quién ha estado haciendo zamit con mis manos?

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JOHA: ¡CONTAR BURROS! Durante un tiempo Joha se dedicó como comerciante y ganó mucho dinero. Decidió invertir ese dinero comprando diez burros para su familia como regalo. De camino a casa los iba contando. Cuando subía encima de uno contaba nueve y cuando bajaba contaba diez. Así estuvo todo el camino. Se encontró con un señor y le dijo: Ayúdame a contar estos burros por que me estoy volviendo loco; una vez me salen nueve y otra vez me salen diez. Le dijo el señor: Te salen nueve porque no cuentas el burro en el cual vas montado.

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EL SUEÑO DE SHARTAT Shartat iba de viaje y se perdió. Entonces pasó mucha hambre, desnutrición y mucha sed hasta el punto de que cayó al suelo desvalido y mareado. Cuando estaba agotado y no se valía por sí mismo, llegó una cabra y le dijo: ¡Salam Alecom! Shartat creyó que era un sueño y no contestó, sin embargo, cuando levantó la cabeza y vio que no era un sueño, dijo: ¡Alecom bi salam! Y la cabra ya se había ido y dijo él: Vaya, llegó hasta aquí, la podía haber comido.

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JOHA: ¡BIENVENIDOS! Joha y su familia llegaron a una ciudad nueva. Y esta ciudad era famosa porque cada día un vecino invitaba al resto, a cenar o a comer. Cuando llegó Joha, hicieron lo mismo con él y su familia, pero él era muy pobre y no tenía nada para invitar a sus vecinos. Entonces le dijo a su mujer: Esto no está bien, cada día nos invita alguien y nosotros no les hemos invitado a nada. Tenemos que invitarles, pero... ¿con qué? Joha estuvo mucho tiempo pensando qué hacer y un día le dijo a su mujer: Tengo una idea. Voy a invitar a los vecinos a cenar. Entonces le preguntó ella con qué pensaba hacerlo y Joha le contestó: No te preocupes que tengo una idea. Les invitó a todos y todos llegaron. (En las costumbres saharauis, cuando entras en una casa siempre dejas los zapatos fuera.) De pronto llegaron todos los invitados y dejaron sus zapatos y chanclas fuera. Entonces Joha cogió todos los zapatos, chanclas y los llevó al mercado y los vendió. Con el dinero que ganó compró de todo: carne, verdura, frutas... y les hizo una fiesta inolvidable. Y cada vez que uno se levantaba, Joha le decía: No, no, tú come que es tuyo. Pero cuando quisieron marchar no encontraron sus zapatos y le dijeron a Joha: ¿Dónde están nuestros zapatos?

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Y él contestó: ¿No os dije que comierais que era vuestro...? HADARA Había una vez un frig que se estaba trasladando a un nuevo lugar de acampada. Iban todos andando alrededor de los camellos y charlando entre ellos. Detrás iba una mujer con su pequeño a hombros. Se paró un instante al divisar un bulto que le pareció extraño y se acercó a ver qué era. Al llegar vio que eran huevos de avestruz y quiso avisar a los del frig. Llamó a grandes voces pero no la oyeron porque se habían alejado mucho. Decidió dejar a su hijo junto a los huevos e ir corriendo a buscar a los hombres del frig para explicarles su hallazgo. Cuando iban todos en busca de los huevos, empezó a soplar un fuerte siroco. No sabían en qué dirección debían andar y no encontraron por ninguna parte ni al niño ni a los huevos de avestruz. Buscaron y buscaron y no apareció nada... Esperaron a que cesara el viento y siguieron buscando sin ningún resultado. Pasados unos días el frig decidió seguir su camino en busca de pastos, esperando que el niño se encontraría sano y salvo en algún lugar. Mientras tanto el avestruz, que había regresado de buscar comida, encontró al niño y lo colocó entre los huevos. Durante el día salía a buscar comida y alimentaba al niño. Por la noche lo cubría junto con los huevos para que nada malo le ocurriera. Y así hasta que nacieron las crías del avestruz. Pasaban el día juntos, jugando y enseñándole a andar, hasta que fue capaz de correr tan rápido como ellos. El niño creció haciendo vida de avestruz: comiendo su misma comida, gritando en vez de hablar, corriendo como ellos, sano y feliz.

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Pasó el tiempo y una vez un pastor que estaba buscando sus camellos vio a lo lejos a los avestruces. Los siguió para cazarlos y al acercarse vio a un hombre que corría junto a ellos, con un pelo larguísimo, que comía como ellos y que daba sus mismos gritos. Observó también que al mediodía se posaban bajo la sombra de una talja para descansar. Regresó junto a su familia y les contó lo que había visto. Estaba tan sorprendido que iba contándolo a todos los que encontraba, hasta que un buen día lo contó por casualidad a la familia del niño que había desaparecido junto a los huevos de avestruz. Ésta, al enterarse, decidió acudir donde aquel buen hombre había visto a los avestruces para intentar recuperar a su hijo. Por la velocidad a la que corrían era imposible atraparlos, por lo que decidieron que uno de ellos se apostaría en una rama de la talja bajo la cual descansaban los avestruces cada día. Con una rama intentaría apresarlo por el pelo. Así lo hicieron y lo llevaron con ellos al frig. Pero los avestruces no querían separarse de su compañero y le siguieron. Se pasaban el día yendo y viniendo del frig para estar junto a él. Su familia empezó a cuidarlo: le cortó el pelo, lo lavó, le enseñó a comer con ellos y también a hablar. Pero no había manera que aprendiese. Una vez encontraron a un hombre sabio que les dijo que debían llevarlo a un pozo y meterlo en él cabeza abajo, pero sin llegar a tocar el agua para que no se ahogase. De esta forma se le desharía el nudo que tenía en la garganta y que le impedía hablar. Así lo hicieron y el muchacho empezó a hablar. Se convirtió en un hombre normal, se casó y se llama Hadara. Y éste es un cuento verdadero.

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LA VIEJA HECHICERA Había una vez una viejecita que le hizo una buena jugada al diablo. Un buen día iba andando y se encontró con el diablo sentado bajo una talja en las afueras de la ciudad. -

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¿Qué haces aquí, tan pensativo? -le preguntó. Estoy furioso. Aquí en esta ciudad vive un hombre muy sabio, conoce muy bien el Corán y cuando lo recita no puedo entrar en ella -le respondió. Yo puedo matarlo. Si me pagas bien, yo lo mato. De acuerdo -asintió. ¿Qué vas a darme a cambio? Una babucha de oro.

Se volvió la vieja hacia la ciudad y, al llegar, fue en busca de la mujer del sabio. Cuando la encontró le dijo: Tu marido va a abandonarte. Debes hacer todo lo posible para que no ocurra. ¿Y qué puedo hacer para impedirlo? -contestó preocupada. Es muy sencillo. Sólo tienes que cortarle unos pelos de la parte más baja de su barba y traérmelos. Con ellos te haré un amuleto que te protegerá y nunca podrá abandonarte. Partió más tranquila la mujer del sabio y la vieja se fue en busca de éste. Al hallarlo le explicó: Debes tener cuidado. Corres un grave peligro. He sabido que tu mujer quiere matarte. ¿Cómo puede ser eso? No me vengas con patrañas respondió enfadado. Es cierto. Planea matarte esta noche. Finge dormir, pero mantén un ojo abierto. Verás cómo intenta asesinarte insistió en tono confidencial. El hombre se acostó como cada noche. Se puso el turbante encima de los ojos y permaneció despierto. De madrugada vio que su

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mujer se acercaba sigilosamente con un cuchillo. Cuando la tuvo muy cerca, sacó un puñal que tenía escondido y se lo clavó. Empezó a gritar y despertó a sus vecinos, que acudieron asustados. Mientras, la vieja hechicera salió corriendo en busca de los hermanos de la mujer y les dijo: ¿No sabéis qué ha ocurrido? A vuestra hermana la ha matado su marido, el sabio que lee el Corán. Los hermanos partieron rápidos hacia la casa de su hermana, a la que hallaron muerta, con el cuchillo clavado y las vísceras fuera. Arrancaron el cuchillo de su cuerpo y mataron con él al marido. Una vez muerto, la vieja fue en busca del diablo para decirle que tenía el camino libre para entrar en la ciudad cuando quisiese, y para reclamarle su recompensa. -

Toma tu babucha de oro -le dijo el diablo-, pero has de saber que lo que tú has hecho ni el mismo diablo se atrevería a hacerlo.

Se levantó y siguió su camino, desistiendo de entrar en la ciudad.

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EL JOVEN VALIENTE Había una vez un joven muy valiente que se fue con una caravana y estuvo ausente del frig, donde había vivido durante mucho tiempo. El frig al que pertenecía el muchacho tenía muchos animales, caballos, camellos, cabras... que pasaban el día pastando en los prados y por la noche eran encerrados en la sriba o establo. Empezó a merodear por allí un enorme león que cada noche atacaba a los animales y se llevaba una pieza. Un día era un caballo, otro una cabra y así un día tras otro hasta que casi acabó con los rebaños. Volvió al fin el joven valiente y trajo consigo un fusil que había comprado en su viaje. Al explicar a la gente del frig para qué servía el arma, le contaron la historia del león que estaba a punto de dejarlos en la miseria. -

¿Tantos hombres y no habéis podido matar al animalito que se os come el ganado? ¿Podéis decirme dónde vive? -les respondió.

Acordaron que al día siguiente, después del amanecer, partirían en su busca. Así lo hicieron y, después de un rato de camino, divisaron desde lo alto de una colina un gran bosque del que sobresalía un enorme árbol. ¿Ves aquel árbol más alto? -le indicaron-. El león andará por los alrededores. Si quieres ir a su encuentro, sólo puedes pasar por los senderos -añadieron.

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El joven entró en el bosque con su fusil y se fue hacia el árbol que le habían indicado. Al llegar, se subió a una rama para ver si divisaba al león. Lo vio no muy lejos de donde se encontraba y le entró tal miedo que decidió desaparecer rápidamente. Al bajarse del árbol se le enredó la correa del fusil entre sus ramas, pero el terror que sentía le impidió recuperarlo y salió corriendo hacia el frig. La gente estaba esperando su llegada, y cuando le vieron aparecer fueron a su encuentro y le preguntaron: ¿Encontraste al león? Sí -contestó. ¿Lo has matado? No. Saltó sobre mí de improviso y me arrebató el fusil. No pude hacerlo. ¡Vaya una calamidad! -respondieron enojados-. Si el león nos ha causado tantos desastres sin fusil, ¿qué nos espera ahora que está armado?

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EL ERIZO, EL ZORRO Y LA HIENA Una vez iban andando juntos por un sendero un zorro, un erizo y una hiena. El zorro caminaba delante y descubrió un cepo medio escondido bajo tierra. Y, dirigiéndose humildemente a la hiena, le dijo: ¿Por qué no me has abofeteado? ¿Cómo consientes que yo vaya en cabeza del grupo si tú, por tus grandes cualidades, deberías ser el jefe de todos nosotros? La hiena, halagada por las palabras del zorro pasó delante de éste y quedó apresada en el cepo. ¡Qué rabia! -exclamó. La rabia vas a sentirla cuando lleguen los dueños del cepo dijo el erizo.

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AGCHA, EL ZORRO NO QUERIDO Se dice que el zorro Agcha, que era el jefe de los zorros, se había vuelto engreído y pretencioso y trataba con desprecio a todos. Un día le dijo a su madre: Ve a ver a la familia de los galgos y pídeles la mano de su hija para mí, porque no hay ninguna zorra que sea de mi agrado. La madre zorra fue a ver a los galgos para cumplir el encargo de su hijo. Éstos, al verla llegar, empezaron a ladrar y a perseguirla. La zorra huyó velozmente hasta que encontró un matorral donde esconderse. Permaneció allí hasta el anochecer y luego se presentó ante su hijo, a quien explicó: Lo que les propuse fue muy de su agrado y me respondieron que sólo necesitaban verte. El zorro Agcha se arregló bien y se fue a conocer a sus futuros suegros. Cuando su prometida lo divisó, corrió hacia él, lo persiguió hasta darle alcance y lo mató.

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EL LEÓN, LA HIENA Y EL ZORRO Érase una vez un león, una hiena y un zorro que fueron juntos a cazar y consiguieron tres buenas piezas: una gacela, una liebre y una cabra de monte. En el momento de hacer el reparto, el león preguntó: ¿Quién hará la partición? ¡Yo, yo, majestad! -precipitose la hiena-. La cabra de monte es para su majestad, la gacela para mí y la liebre para el zorro. Al oír esto el león saltó sobre la hiena y de un zarpazo la hirió mortalmente. Irguiéndose majestuosamente le ordenó al zorro: Haz tú el reparto. Temblando, el zorro avanzó unos pasos y dijo: Majestad, la cabra montés es para vuestro almuerzo. La gacela será vuestra cena y la liebre servirá para que vuestra majestad no se quede sin desayuno. El león lo miró con agrado e irguiéndose jovial preguntó al zorro: ¿Quién te enseñó la lección? La leí en la cara de la hiena -repuso el zorro.

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SHARTAT Y EL LEÓN Hallábase Shartat paseando y, de repente, vio al león dormido. Con mucho cuidado para que no se despertara, se le aproximó y estuvo todo el día midiendo sus extremidades y comparándolas con las suyas. Llegó a la conclusión de que él era más alto y más fuerte que el león y se dijo: ¡Pero bueno, si yo soy más grande y más fuerte que el león! ¿Por qué he de tenerle miedo? Y decidió despertarlo. ¡Venga, despierta ya, que no me das miedo! Si yo soy incluso más grande que tú. Vamos a medir nuestras fuerzas. El león se desperezó con grandes bostezos y miró extrañado a su alrededor. ¿Qué ocurre? -preguntó, viendo sólo a Shartat con sus ojos entreabiertos. Ahora mismo vamos a pelear para ver quién es el más fuerte y debe ser temido y respetado por el otro. De acuerdo -dijo levantándose perezosamente-. Pon tú las condiciones. Doce golpes cada uno, y veremos quién gana. Muy bien. ¿Quién empieza? Yo -se apresuró a contestar Shartat. ¡Adelante! -dijo el león sacando pecho. Y Shertat, tomando impulso, empezó a golpear: ¡Pam, pam! Uno, dos, tres... y así hasta doce. Shartat acabó agotado y el león seguía inmóvil, sin ni siquiera pestañear. -

Ahora es mi turno -dijo.

Se dispuso a descargar el primer puñetazo sobre Shartat, que se quedó tambaleándose. Y con un hilo de voz dijo:

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Doce...

EL CAMELLO PERDIDO Un derviche que viajaba solo por el desierto, se encontró con dos comerciantes. ¿Han perdido ustedes algún camello? –les preguntó. Sí –contestaron ellos. ¿Era ciego del ojo derecho y cojo de la pata izquierda? – volvió a preguntar el derviche. Sí. ¿Había perdido un diente? –siguió preguntando el derviche. Sí. ¿Estaba cargado de miel y de maíz? Sí, sí –dijeron los comerciantes-. Díganos dónde está. No lo sé –dijo tranquilamente el derviche. Pero... ¿no lo ha visto usted? Nunca he visto ese camello, ni he oído hablar de él, más que a ustedes. Los comerciantes se miraron sorprendidos, y creyeron ser víctimas de un engaño y de un robo. Se acercaron a él, le cogieron y le preguntaron: ¿Dónde está el camello, y qué ha hecho usted de las joyas que había entre la carga? No he visto el camello, las joyas ni la carga –repitió el derviche. Entonces le condujeron ante el cadí para que lo juzgara; pero después de un examen muy detenido, no resultó nada en contra del derviche. No era culpable de mentira ni de robo. -

¡Es un hechicero! –exclamaron los comerciantes.

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Pero el derviche, tranquilamente le dijo al cadí: Veo que usted está sorprendido, y que sospecha que estoy engañándole. Quizás le he dado motivo para ello, y debo explicarme. He vivido muchos años, y aunque no he aprendido nada nuevo, me he habituado a ver con cuidado y a pensar bien en lo que veo, aunque sea en el desierto. Encontré esta mañana las huellas de un camello que iba perdido, porque junto a sus pisadas no había ninguna pisada humana. Comprendí que el camello era ciego del ojo derecho porque estaba intacta la hierba de ese lado y la del izquierdo se había comido al pasar y deduje que iba cojo porque apenas se marcaban las pisadas de una de sus patas. Noté además que le faltaba un diente, porque en donde había mordido quedaba siempre en ella un pequeño espacio sin cortar. Hallé en el suelo algunas hormigas arrastrando algunos granos de maíz, caídos en la misma dirección de las pisadas del camello, y también hallé algunos montones de moscas disputándose unas gotas de miel, y por estas señas conocí la carga que aquel llevaba.

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EL BUSCADOR DE CAMELLOS Y LA SOPA DE PIEDRAS Era una vez un buscador de camellos que en medio de una tormenta salió en busca de su rebaño, buscó y buscó por todo el desierto y no lo encontró. Durante su búsqueda se le agotaron las provisiones que llevaba. El camino era largo y cada vez tenía más hambre. El viento había borrado todas huellas de los animales. En su búsqueda llegó a un campamento, se paró delante de la primera jaima y pidió si le podían dar algo de comer; todos los presentes, sacudiendo la cabeza, le dijeron: - No te podemos dar nada, no tenemos ni para nosotros. Y el buscador de camellos siguió su camino. Parándose en una segunda jaima, pidió entonces un pedazo de pan. De nuevo, sacudiendo la cabeza le dijeron: No tenemos nada, ni para nosotros ni para nuestros niños… ¿Tendréis al menos una gran olla? Preguntó entonces el buscador de camellos. Sí, respondió el padre de la familia, tenemos una. ¿Tenéis también agua para llenarla? Continuó preguntando el buscador de caminos. Sí, tenemos agua, contestaron todos al unísono. Entonces -dijo el buscador de camellos-, llenad la olla de agua y ponedla sobre el fuego. Traigo conmigo una piedra que hace sopa. ¿Una piedra que hace sopa? -repitió sorprendido el padre-. ¿Pero cómo puede ser? Toda la familia rodeó al buscador de camellos, para ver de cerca aquella maravilla, ¡la piedra que hacia sopa! La madre, llenó una gran olla de agua y la suspendió encima del fuego. En ese momento el buscador de camellos, dejó caer la piedra en

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su interior (piedra en verdad parecida a cuantas se pueden encontrar a lo largo del camino). -

Y ahora -dijo el buscador de camellos-. Esperamos que el agua hierva. Y a esperar se sentaron alrededor del fuego.

Pasado un rato, el buscador de camellos preguntó: ¿No tendríais un poco de sal para la sopa? Claro que sí, dijo la madre y le tendió el bote de la sal. Tomándolo, el buscador de camellos introdujo en la olla un gran puñado de sal ya que esta contenía mucha agua. -

Algunas zanahorias darían mejor gusto a la sopa, indicó poco después el buscador de camellos. ¡Ah sí, tenemos zanahorias!

Mientras las zanahorias se cocían, el buscador de camellos se puso a contar aventuras. Tras un rato dijo: ¿No pensáis que algunas patatas espesarían la sopa? Nos quedan algunas patatas -dijo la hija mayor-. Voy a buscarlas. Las patatas entraron en la olla y de nuevo se esperó a que la sopa hirviera. -

No va a tardar mucho ya -dijo el buscador de camellos. Aún algunos minutos, ¡paciencia! Dijo la madre mientras removía la sopa con una larga cuchara de madera.

En ese momento llegó el hijo mayor, volvía de cazar con dos soberbias liebres. -

He aquí justamente lo que nos hacia falta para dar realce a la cena, dijo el buscador de camellos.

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Y en un instante las liebres fueron despiezadas y metidas en la olla. -

¡Esta sopa huele verdaderamente bien! -exclamo el hijo hambriento tras la fatiga de la caza. Es el viajero que ha traído una piedra que hace sopa y nos la ha prestado para nuestra cena, dijo el padre.

Al fin la sopa estuvo preparada. Era en efecto excelente y había bastante para satisfacer el hambre de todo el mundo: el buscador de camellos, la familia entera, incluso los vecinos. -

¡Es una piedra maravillosa! -decía el padre. ¡Es una piedra milagrosa! -decía la mujer.

El buscador de camellos afirmó entonces: Si, es verdad y hace siempre sopa, si se sigue la fórmula que ahora conocéis. Cuando llegó el momento del adiós, el buscador de camellos dio la piedra a la mujer para agradecer sus atenciones. Ella no quería aceptarla pero el buscador de camellos insistía: Es poca cosa mujer, tomadla, os lo ruego. Ante tales palabras la mujer terminó por quedársela. El buscador de camellos prosiguió entonces su camino sin la milagrosa piedra, pero feliz y rápidamente encontraría otra en el camino justo antes de llegar al siguiente campamento.

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SHARTAT Y SU MADRE Érase una vez Shartat que estaba acompañando a su madre en uno de esos largos viajes a pie que solían hacer por el desierto. Pasaron unos cuantos días sin que los viajeros coincidieran con nadie en el inmenso territorio que cada vez se hacía más hostil, pues los víveres se les acababan y Shartat no toleraba mucho el hambre, que digamos. Estaba todo el tiempo al acecho, mirando acá y allá, a ver si descubría algún ser animado que pudiera meter en su resentida panza, sin embargo, el destino no parecía querer complacerle y, cada vez más, le torturaba el hambre y las ansias de devorar algo crecían vertiginosamente. Tanto, que nuestro amigo empezó a fijarse en su pobrecita madre, rendida ya de tanto caminar y sin apenas comer nada durante varios días, como un posible plato que le aliviara el insoportable dolor estomacal. Tras darle unas cuantas vueltas, muy pocas, por cierto, pues Shartat ya no aguantaba el endemoniado suplicio, se dirigió a su indefensa madre y dijo a bocajarro: ¡Oye madre! ¿Sabes? ¡Tus ojos son idénticos a los de una oveja! Ella, que no tenía ni un pelo de tonta, captó de inmediato las pretensiones de su querido hijo Shartat. Cogió y le dijo: Hijo mío, si lo que quieres es comerme, hazlo ya, porque lo que son mis ojos, en nada se parecen a los de una oveja. ¡Mírala, mírala! Ahora se ha puesto a balar –sentenció Shartat.

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YOHA, EL JUEZ Había una vez un hombre que era carnicero. Tenía una caja abierta en la que iba poniendo las monedas de plata que le entregaban al comprar la carne. Otro hombre, que le ayudaba, iba marcando las monedas que le daban al carnicero antes de guardarlas en la caja. Cuando hubo vendido toda la carne, le dijo: No cierres la caja y dame mi dinero. Me voy a casa. ¡Pero qué dices, hombre! ¡Este dinero es mío! -respondió el carnicero. ¡Ni hablar! ¡Lo he ganado yo con mi trabajo! -replicó furioso. Si tienes alguna duda, vamos ante un juez. Se presentaron ante Yoha, que era el juez, y el carnicero, indignado, le explicó el problema. dinero? -

Bueno -respondió Yoha-, ¿de dónde has sacado tú este Lo he ganado vendiendo mi carne. ¿Y tú, cómo lo has conseguido? Vendiendo la leña que había recogido -respondió el hombre. Es fácil saber quién de los dos miente -contestó Yuha.

Hizo traer a sus criados una cacerola llena de agua y les mandó ponerla sobre el fuego. Acto seguido echó en ella las monedas de plata. A medida que el agua se iba calentando iba apareciendo en su superficie una capa cada vez más espesa de grasa. Y Yoha dijo al carnicero: Puedes recogerlas, son tuyas. La leña no desprende grasa alguna.

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LA DEUDA DE EL GANFUD El Ganfud, el erizo, había acumulado una gran deuda en la tienda del señor Don Omar. Compraba verdura, carne, azúcar, y le decía: Apúntemelo, que mañana le pagaré. Y así un día tras otro, hasta que la deuda se hizo importante. El Ganfud no sabía qué hacer para librarse de pagarla. Pero un día tuvo una idea. Se dice que cuando una persona muere y tiene deudas, el acreedor tiene que perdonarle y ni siquiera su familia tendrá que pagarlas. Así que el astuto erizo preparó su "entierro". Habló con sus amigos los animales y lo arreglaron todo. Y así, llevaban al erizo a hombros entre todos los animales, simulando que había muerto, llorando y lamentándose por su repentino fallecimiento. Pasaron por delante de la puerta de la tienda y allí redoblaron sus lloros y lamentos. El tendero, conmovido por la triste noticia dijo: -

Pobre Ganfud, que Dios le acoja en su mejor rincón. Le perdono todas las deudas que tenía conmigo.

En ese momento El Ganfud se incorporó y se dirigió a todos los presentes: Todos lo habéis escuchado. ¡El tendero me perdona mis deudas!

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ALÁ ES GRANDE. ALABADO SEA Hace ya muchos años, cuando yo era joven y mis piernas me llevaban durante largas jornadas sobre la arena y la piedra sin sentir cansancio, ocurrió que en cierta ocasión me dijeron que había enfermado mi hermano menor, y aunque tres días de camino separaban mi jaima de la suya, pudo más el amor que por él sentía, que la pereza, y emprendí la marcha sin temor, pues como he dicho, era joven y fuerte y nada espantaba mi ánimo. Había llegado el anochecer del segundo día cuando encontré un campo de muy elevadas dunas, a media jornada de marcha de la tumba del Santón Omar Ibrahím, y subí a una de ellas intentando avistar un lugar habitado en el que pedir hospitalidad, pero sucedió que no distinguí ninguno, y decidí por tanto detenerme allí y pasar la noche guardado del viento. Muy alta debiera haber estado la luna -si para mi desgracia no hubiera querido Alá que fuera aquella noche sin ella-, cuando me despertó un grito tan inhumano que me dejó sin ánimo, e hizo que me acurrucase presa del pánico. Así estaba cuando de nuevo llegó el tan espantoso alarido, y a éste siguieron quejas y lamentaciones en tal número, que pensé que un alma que sufría en el infierno lograba atravesar la tierra con sus aullidos. Pero he aquí que de improviso sentí que escarbaban en la arena y al poco aquel ruido cesó para aparecer más allá, y de esta forma lo advertí sucesivamente en cinco o seis lugares diversos, mientras los desgarradores lamentos continuaban, y a mí el miedo me mantenía encogido y tembloroso. No acabaron aquí mis tribulaciones porque al instante escuché una respiración fatigosa, me tiraron puñados de arena a la cara, y que

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mis antepasados me perdonen si confieso que experimenté un miedo tan atroz que di un salto y eché a correr como si el mismísimo "Saitan", el demonio apedreado, me persiguiese. Y fue así que mis piernas no se detuvieron hasta que el sol me alumbró, y no quedaba a mis espaldas la menor señal de las grandes dunas. Llegué, pues, a casa de mi hermano, y quiso Alá que se encontrase muy mejorado, de tal forma que pudo escuchar la historia de mi noche de terror, y al contarla al amor de la lumbre, tal como ahora os la estoy contando, un vecino me dio la explicación a lo que me había ocurrido, y me contó lo que su padre le había contado, y dijo así: “¡Alá es grande! ¡Alabado sea! Ocurrió, y de esto hace muchos años, que dos poderosas familias, los Zayed y los Atman, se odiaban de tal modo que la sangre de unos y de otros había sido vertida en tantas ocasiones que sus vestiduras e incluso su ganado, podrían haberse teñido de rojo de por vida. Y sucedió que habiendo sido un joven Atman el último caído, estaban éstos ansiosos de venganza. Ocurría también que entre las dunas donde tú dormiste, no lejos de la tumba del Santón Omar Ibrahím, acampaba una jaima de los Zayed, pero en ella habían muerto ya todos los hombres y tan sólo se encontraba habitada por una madre y su hijo, que vivían tranquilos, ya que incluso para aquellas familias que tanto se odiaban, atacar a una mujer seguía siendo algo indigno. Pero ocurrió que una noche aparecieron sus enemigos, y tras maniatar a la pobre madre que gemía y lloraba, se llevaron al pequeño con el propósito de enterrarlo vivo en una de las dunas. Fuertes eran las ligaduras, pero sabido es que nada es más fuerte que el amor de madre, y la mujer logró romperlas, pero cuando salió al exterior ya todos se habían ido, y no distinguió más que un infinito número de altas dunas, por lo que se lanzó de una a otra escarbando aquí y allá, gimiendo y llamando, sabiendo que su hijo se asfixiaba por momentos y ella era la única que podía salvarlo. Y así le

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sorprendió el alba. Y así siguió un día, y otro, y otro, porque la Misericordia de Alá le había concedido el bien de la locura para que de este modo sufriera menos al no comprender cuánta maldad existe en los hombres. Y nunca más volvió a saberse de aquella infortunada mujer, y cuentan que de noche su espíritu vaga por las dunas no lejos de la tumba del Santón Omar Ibrahím, y aún continúa con su búsqueda y sus lamentaciones, y cierto debe ser, ya que tú, que allí dormiste sin saberlo, te encontraste con ella. Alabado sea Alá, el Misericordioso, que te permitió salir con bien y continuar tu viaje, y que ahora te reúnas aquí, con nosotros, al amor del fuego. ¡Alabado sea!”

Al concluir su relato, el anciano suspiró profundamente volviéndose a los más jóvenes, aquellos que escuchaban por primera vez la antigua historia dijo: -

Ved cómo el odio y las luchas entre familias a nada conducen más que al miedo, la locura y la muerte y cierto es que en los muchos años que combatí junto a los míos contra nuestros eternos enemigos del Norte, los Ibn-Azíz, jamás vi nada bueno que lo justificase, porque las rapiñas de unos con las rapiñas de otros se pagan y los muertos de cada bando no tienen precio, sino que como una van arrastrando nuevos muertos, y las jaimas se quedan vacías de brazos fuertes y los hijos crecen sin la voz del padre.

Durante unos minutos nadie habló pues se hacía necesario meditar sobre las enseñanzas que contenía la historia que el anciano Suílem acababa de contar, y no hubiera resultado correcto olvidarlas al instante pues para eso no valía la pena molestar a un hombre tan venerable, que perdía horas de sueño y se fatigaba por ellos.

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Selección de cuentos tradicionales saharauis  

Recogidos por Xabier Susperregi

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