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DIARIO DE CAMPAÑA. 1823-1828 Guillermo Tupper


I. Campaña de Nuestra Expedición Auxiliadora del Perú en 1823 Las tropas dejaron Santiago el 4 de octubre de 1823, al mando del coronel don José María Benavente, tan famoso por su participación en las campañas del general [José Miguel] Carrera. La división estaba mejor equipada de lo que es usual en Chile. Consistía en dos cuerpos de infantería y uno de caballería, a saber: el batallón Nº 7, mandado por el coronel [José] Rondizzoni, italiano que sirvió largo tiempo en los ejércitos franceses y hombre de buena reputación en este país; el batallón Nº 8 (del que soy capitán de granaderos), mandado por el coronel [Jorge] Beauchef, oficial francés que se ha distinguido mucho en la guerra patriota; un regimiento de Húsares, encabezado por el coronel [Benjamín] Viel, compuesto de unos cuatrocientos hombres. La reputación de Viel, nacido en Francia, no está aún bien establecida; hay algunos pros y contras en la estimación de su carácter militar. Esta campaña probablemente le pondrá en luz clara. Las dos terceras partes de los soldados de estos cuerpos son reclutas, con apenas dos o tres meses de servicio. Aborrecen el clima del Perú y, por consiguiente, se muestran muy descontentos de alejarse de Chile. Llegamos a Valparaíso el 9 de octubre, con pérdida estimada de cuarenta desertores en cada regimiento, a despecho de la gran vigilancia de parte de los oficiales y del miedo a un cuerpo de milicia que marchaba a nuestros flancos. Los contingentes fueron embarcados el 10 en la mañana, mostrándose más animosos de lo que habría cabido esperar. A bordo se sumó a cada batallón de infantería un total de cien reclutas novicios. Se dispuso que una compañía de Dragones saliese desde Concepción para juntarse al coronel Viel, pero en el camino desertó hasta reducirse a cuatro hombres. Salimos de la bahía de Valparaíso el 15 de octubre de 1823 y tuvimos hermosas brisas del sur hasta el 20, en que la goleta Moctezuma hizo señales para que el coronel Beauchef se trasbordara a comer con Benavente. Me convidó a que lo acompañara. Estábamos entonces a 24°48’ latitud S. y a 71º 5’ longitud O. Pasamos una tarde agradabilísima en pleno Océano Pacífico, junto con Viel y Rondizzoni. Formábamos un curioso grupo de ingleses, franceses, italianos y criollos, naturales de América, navegando con alegría y sintiendo unánimemente el deseo de terminar con los conquistadores del Nuevo Mundo. El coronel Benavente nos informó que tenía intención de hacer escala en Cobija, a fin de obtener noticias antes de continuar para Arica. Al día siguiente la Moctezuma se separó de nosotros, dirigiéndonos hacia Anca. Arribamos a Arica el 26 de octubre. Teníamos hecho el ánimo para encontrar la causa patriota en el Perú en un estado floreciente. Fácilmente se puede concebir nuestra sorpresa cuando se nos informó que el general Santa Cruz había sido completamente derrotado por el general español Jerónimo Valdés, sin disparar un solo tiro. Los restos de su ejército se habían retirado a Ilo, [Francisco Antonio] Pinto y otros oficiales, con otra división de patriotas, estaban retirándose hacia Lima. Se decía que los españoles ocupaban la ciudad de Arequipa con cinco mil hombres. En una palabra, la causa


patriota, al revés de lo que nosotros esperábamos, atravesaba por un estado desanimador. Como el 29 de octubre la goleta Moctezuma se dirigió a Lima para traer órdenes de Pinto. Este Pinto es un general chileno al mando de las tropas de su país y que vino al Perú en la primera expedición. El coronel Benavente tiene órdenes de colocar nuestra división bajo su mando, obrando él mismo como mayor general. El 31 de octubre, la Prueba, donde viaja el almirante [Jorge Martín] Guise, levó anclas hacia un destino desconocido. Al llegar aquí encontramos al peruano [Mariano] Portocarrero, Gobernador General de Arica, en condición de arrestado a bordo del bergantín Congreso, que forma parte de la escuadra de Guise. Hay versiones de que el general Santa Cruz ha capturado correspondencia de Portocarrero al enemigo. Arica es una miserable dudad de como mil quinientos habitantes. La comarca es montañosa, árida y estéril. Los habitantes son todos zambos o negros. Se dice que la fiebre o calentura es común aquí. El 3 de noviembre llegó la fragata Lautaro con los animales para la caballería y unos pocos reclutas. El 4 arribó la Minerva desde Coquimbo, con el coronel Aldunate del batallón Nº 2 y doscientos reclutas. El 5 llegó desde Valparaíso la India, trayendo más reclutas, que fueron distribuidos entre nosotros y convertidos en dos batallones de seiscientos hombres cada uno. Se reforzaba la noticia de que las tropas del general Santa Cruz se habían sublevado en Ilo y se estarían dirigiendo hacia Lima. El 9 de noviembre llegó de Lima un buque con la noticia de que [Simón] Bolívar estaba aún en esa ciudad, lo que provocó entre nosotros bastante sorpresa porque creíamos que se hallaba persiguiendo al general español [José] Canterac. Empezamos a sentir nos abandonados. El 10 llegaron noticias desde Tacna de que el general Jerónimo Valdés [se] estaba acercando a esa ciudad una fuerza de número desconocido. Nuestra división había caído en algún desorden; los oficiales de caballería estaban embarcando aún sus animales. Esto en realidad es bastante pequeño y trivial. Nuestro embarque continuó el 11 y 12. La fragata Prueba había vuelto algunos días antes. Era opinión general de que debíamos dirigirnos a algún puerto vecino a Lima para intentar salvar las diferencias que había entre el marqués de Torre Tagle y Riva Agüero. Durante el mando de este último la expedición encabezada por Santa Cruz había dejado Lima y poco después de su partida fue depuesto José de la Riva Agüero, siendo electo Torre Tagle en su lugar como Presidente de Lima.


Como la fuerza que dirigía el general Santa Cruz debía habérsenos juntado viniendo desde Ilo, y todavía no había aparecido, la prolongación de nuestra permanencia en Arica se hizo innecesaria. El coronel Benavente ansiaba evitar un combate que no nos sería favorable. El 12 de noviembre estaban a bordo de los buques todas las tropas chilenas. Fui enviado con mi compañía de granaderos a bordo del Santa Rosa, navío de guerra peruano alquilado. Aquí encontré al infortunado general Portocarrero, quien, pese a la acusación levantada contra él, estaba de un ánimo excelente. La casi adoración con que se mira a este hombre en Arica se vuelve interesante. Un Gobernador que obtiene una porción tan grande de cariño y estimación no puede ser un hombre detestable. Según parece, este sujeto ha sacrificado gran parte de su considerable fortuna patrimonial en la causa del Perú, por eso encuentro raro que por un momento siquiera hubiese olvidado sus excelentes principios por cualquiera oferta vil de los españoles. Siendo, por otra parte, desesperada la causa de éstos. En la mañana del 13 vino un bote de la Protectora (conocida también como la fragata Prueba) a sacar del bergantín Congreso al general Portocarrero, pues el almirante Guise estimaba que no debía ponerse en contacto con los oficiales de Chile. Este es un acto de despotismo semejante a todos los que últimamente acostumbra permitirse este comandante, quien se está haciendo muy impopular. Circulan muchas noticias respecto a los españoles; se dice a veces que se están acercando a Arica, otras que se están retirando a la Sierra. Zarpamos de Arica el 17 de noviembre de 1823, dirigiendo nuestro rumbo hacia el norte, sin saber exactamente a dónde íbamos. Anclamos de noche y en la mañana siguiente, temprano, nos alcanzó un navío anunciándonos la derrota de Canterac a manos de los generales Sucre y Miller. Ciertamente nos sorprendimos mucho con esta noticia, que cambiaba enteramente el aspecto de la contienda. Nuestra ansiedad por llenar al puerto que nos es destinado resulta insoportable. El convoy en que viajo consiste en dieciocho buques. El general Santa Cruz nos acompaña con cerca de trescientos hombres. El almirante Guise, en la fragata Protectora, obra como nuestro comodoro. El 20 de noviembre de 1823, nos encontramos con un bergantín que saludó al almirante con dieciséis cañonazos, respondiendo éste con diecinueve. Nos habíamos quedado atrás del convoy esperando a varios oficiales peruanos que venían en una embarcación dejada especialmente en Arica para recogerlos. Nos alcanzaron de noche. Todos eran oficiales de tierra que se habían separado de Lanza, jefe que está en La Paz. Después de la retirada de Santa Cruz frente a los españoles, estos oficiales fueron enviados para juntarse a Lanza, a quien engañaron mucho, lo que me pareció mal. Lanza, que ha vivido en La Paz como nueve años, no puede ser un oficial tan incompetente como ellos lo pintan, y es mucho más probable que estos fugitivos le culpen para atemperar la cobardía de haberle abandonado. Alcanzamos al convoy en la mañana del 21. El capitán Bonchard fue a bordo de la fragata almirante con los oficiales peruanos que habíamos sacado de la corbeta que


venía de Arica. Al volver nos informaron que el general Pinto y [Rudesindo] Alvarado habían llegado a Pisco. Cruzamos durante cinco días el Morro de Zama, hasta que fuimos interpelados por la fragata Protectora, indicándosenos que tomáramos rumbo para Arica, adonde llegamos el 26 de noviembre. Pronto se nos reunió el resto del convoy. Algunos buques se habían dirigido a Ilo para buscar noticias y abastecerse de agua, y no habiéndolas encontrado se vinieron para Arica. Con gran sorpresa supimos que el general Pinto había dado órdenes para que todos los buques chilenos que se proveyesen de agua en Arica o Ilo se dirigieran a Coquimbo. No tenemos informes fidedignos acerca de los motivos de esta extraordinaria vuelta de la expedición. Se dice por muchos, en este sentido, que habiendo suplicado Bolívar a Pinto que lo ayudara en sus esfuerzos contra Riva Agüero, y habiendo rehusado el segundo, le habría dicho Bolívar que los chilenos podían volverse a su país. Hay algunos que atribuyen a Pinto designios de naturaleza muy seria, pero es de esperar que su ambición no le hará olvidar enteramente su deber. La pérdida material causada por la decisión de retornar es inmensa; han sido muertos cerca de doscientos caballos; se han fletado nuevas embarcaciones de transporte. Las tropas enemigas con esto mejoran su reputación y, en verdad, la causa patriota en Perú ha degenerado en insignificante. Durante nuestra estación en la bahía de Arica fui casualmente a bordo del bergantín Balcarce, donde ví al general Pinto y a Alvarado. Pinto es bajo de estatura, de continente expresivo y modales políticos y agradables. El general Alvarado es un hombre alto y delgado, de rostro fino; no le he hablado pero encuentro algo interesante en su exterior. Los españoles no nos han molestado. Sabemos que una pequeña tropa de ellos está en la ciudad de Tacna, bonita población, no muy grande, a unas catorce leguas de Arica y de unos cinco mil habitantes. Nos dejaron las tropas peruanas el 4 de diciembre. Zarparon el Congreso, que manda el capitán Young, a cuyo bordo estuvo Portocarrero; el Balcarce, conduciendo al general Alvarado, etc. Entiendo que su destino es el Callao. El coronel Sánchez viajó también hacia aquel puerto, con órdenes de llevar a Coquimbo las pocas tropas chilenas que aún quedan en el Perú. Dejamos Arica el 6 de diciembre, convoyados por la fragata Lautaro, que había echado al mar ciento ochenta caballos y montado en su lugar a veintiocho cañones. Cuatro días después de nuestra partida de Arica nos separamos del convoy, permaneciendo durante todo el viaje muy escasos de provisiones y agua. Debido a ello perdí a dos de mis granaderos. Arribamos a Coquimbo el 17 de enero de 1824.


Aquí encontramos a la Providencia, capitán Gurd, con el batallón Nº 7, y a la Lautaro que había llegado con sus caballos en buena condición, trayendo también nuestra compañía de cazadores. La Sesostris había zarpado a Valparaíso con el coronel José María Benavente. Estamos muy inquietos por La Paz, la que al salir tenía muy poca agua y provisiones, y que ha permanecido ya treinta y cuatro días en alta mar. Llegó La Paz el 15 de enero, habiendo sufrido en el trayecto menos desastres que los esperados. Sus tropas habían sido puestas temprano a ración de agua y provisiones, de tal modo que éstas duraran hasta la llegada. Traía, sin embargo, muchos enfermos.


II. Primera expedición a Chiloé. 1824. Debo apuntar que el 8 de enero de 1824 llegó de Valparaíso a Coquimbo la Independencia, capitán Délano. Traía como pasajero al comodoro Forster, que había retornado al servicio de Chile ostentando el grado de Comandante en Jefe de la Escuadra. Vino a izar su insignia de tal en la fragata Lautaro, y dijo que traía órdenes de llevar las tropas a Talcahuano, desde donde suponía que habría de zarpar otra expedición para conquistar Chiloé. Se comentó que a lo mejor la mandaba el Director Freire. Otro pasajero que venía en la corbeta Independencia era el teniente coronel Ramón Picarte, que había sido nombrado Gobernador de Valdivia y se encaminaba a su destino. A su arribo a Coquimbo el general Pinto fue designado Intendente de la ciudad y provincia, colocándose a su disposición enteramente todas las rentas percibidas y acumuladas durante algún tiempo, que no eran nada despreciables. Los cuerpos del ejército y las tripulaciones de los buques recibieron dos meses de paga. Coquimbo es una pequeña y floreciente ciudad de ocho mil habitantes, poco más o menos. El paisaje de la comarca circunvecina no es agradable, pero hay, sin embargo, algunos valles fértiles en las cercanías. Dicen que las rentas de esta provincia sobrepasan los 15.000 dólares anuales, y que salen principalmente de la exportación del cobre. El tráfico de este artículo está casi enteramente absorbido por los buques ingleses. La bahía es hermosa y bien amparada, pero el puerto, que dista como tres leguas de la ciudad, no tiene agua. Los barcos usan la que sacan de un lugar a mitad del camino desde el puerto a la ciudad; de vez en cuando resulta agua salobre. Coquimbo tiene una sociedad más bien atrasada; creo que las mujeres no son por lo general tan bien educadas como las de Concepción. Por cierto, no tienen punto de comparación con las de Santiago. Hay, no obstante, algunas familias tan agradables como hospitalarias, entre éstas la de mi compatriota el señor George Edwards ocupa el primer lugar. Es éste un caballero establecido en Coquimbo durante unos veinticuatro años; su esposa es una amable mujer y su familia perfectamente bien educada. Mantiene una casa bastante amplia y se cuenta que ha juntado considerable fortuna en el trabajo del cobre. Mientras permanecimos en esta ciudad tuvimos un baile; las asistentes eran más lindas que elegantes; me pareció que las mujeres poseían mucha simpleza y poca finura. En el intertanto se hacían preparativos para nuestro alejamiento. Se nos informó entonces que mi batallón, el Nº 8, debería embarcarse junto con el Nº 7 hacia Talcahuano, y salir de allí a la conquista de Chiloé mandados por el Director Freire. Efectuada ésta deberíamos volvernos inmediatamente a Coquimbo, según se decía, donde el general Pinto estaría encargado de reorganizar un ejército de seis mil hombres para emprender nuevamente la emancipación del Perú. Nos embarcamos hacia Talcahuano el 27 de enero de 1824. Mi batallón, el Nº 8, a bordo de la corbeta Independencia y el Nº 7 en la fragata Lautaro.


El 11 de febrero llegamos a la isla Quiriquina. Encontramos en ella muy pocos preparativos, aunque estaba convencido de que el pueblo de Concepción era muy activo. Por regla general los oficiales parecían tener pocas esperanzas lisonjeras sobre la campaña contra Chiloé. El Director Freire era secundado apenas como debía serlo. La fragata Lautaro llegó como el 15, necesitando de todo, según dice el comodoro Forster. La Guardia de Honor y el batallón Nº 1 arribaron de Talcahuano a Quinquina el 16, no alcanzando a constituir la primera un cuerpo de doscientos hombres y el segundo bordea los cuatrocientos cincuenta. El 18 de febrero pasó por Quinquina la corbeta Voltaire, capitán Simpson, dirigiéndose a Valdivia. Conducía a bordo al coronel Picarte con su familia y al mayor Young, quien venía a unirse al segundo batallón de la Guardia de Honor. El 27 llegaron de Valparaíso la corbeta Chacabuco y un transporte, trayendo ambos buques las provisiones que tanto habíamos necesitado y de cuya llegada habíamos empezado a desesperar. Nuestra fuerza había sido distribuida en tres divisiones, a saber: a) Todas las compañías ligeras, al mando del coronel Beauchef. Segundo jefe el mayor Godoy y en tercer lugar el mayor Young. Esta división formaba la guardia avanzada. b) Las compañías centrales, al mando del Coronel Pereira. Segundo jefe el coronel Thompson. c) La reserva con todas las compañías de granaderos, al mando del coronel Rondizzoni. Segundo jefe el capitán Tupper. Mi nombramiento por encima de tantos mayores y coroneles causó asombro. El 29 de febrero de 1824 vinieron los buques de la escuadra a recogernos a la Quiriquina. En la tarde había llegado una orden general de que las divisiones se pusieran en movimiento, y se nombró a mi batallón Nº 8 para que tomara el avance. Las tropas se embarcaron el 1º de marzo, saliendo de aquí pasado el mediodía. Cuatro compañías del Nº 8 a bordo de la Independencia; el batallón Nº 7 a bordo de la fragata Lautaro, en que iba también el Director Freire. El batallón Nº 1 de la Guardia fue conducido en diferentes transportes. El 4 de marzo fuimos a reconocer la isla Santa María, porque se corrió la noticia de que había en ella un corsario. Pero sólo encontramos un marinero americano, y en consecuencia seguimos inmediatamente para alcanzar el convoy en Valdivia. Arribamos a Valdivia el 10 de marzo, después de un viaje muy fastidioso. Encontramos anclados en la bahía al bergantín Galvarino y a la Voltaire. Al llegar me dirigí luego a la ciudad, donde vi a todos mis antiguos amigos. Dejamos a Valdivia el 16 de marzo, componiendo el convoy los siguientes buques de guerra: la Lautaro, la Independencia, la Chacabuco, la Voltaire y el Galvarino, y los siguientes transportes: el Valparaíso, el Pacífico, el Ceres y el Tucapel.


Nuestra fuerza consistía de los seiscientos hombres que hacen el primero y segundo batallón de la Guardia, de los cuatrocientos hombres del Nº 1, los trescientos del Nº 7 y los cuatrocientos treinta del Nº 8, según la mayor exactitud posible. De todo este contingente los más eran reclutas. Estaba depositada la máxima confianza en el batallón Nº 8. Fondeamos en Chiloé el 24 de marzo de 1824. Los buques habían sido separados por una tormenta y se reunieron esa mañana. El 25 fue desembarcado el Nº 8 con la compañía ligera de la Guardia. Habiendo marchado vigorosamente para tomar el fuerte Chacao, llegamos como a las ocho de la mañana ante la fila de sus cañones. Se nos dispararon siete tiros de a 24; los dos primeros pasaron junto al coronel Beauchef y a mí, los otros cinco fueron considerablemente lejos. Un capitán Quinteros del Nº 7 fue enviado adelante a parlamentar con el comandante del fuerte, y según entendí ambos eran hermanos. Hicimos alto mientras volvía. Retornó pronto y nos informó que su hermano había abandonado su puesto. Avanzamos en seguida y tomamos el fuerte sin ningún obstáculo, testificando simultáneamente la partida de siete piraguas que contenían las fuerzas del Quinteros realista. Este fuerte se hallaba sin ninguna defensa por el lado de tierra. Montaba dos cañones de a 24, que por su posición elevada dominaban todo lo que se extendía ante su frente. Los buques, con sus cañones, no habrían podido resistirlos. En la misma mañana del 25 de marzo fondeó la escuadra junto a la batería de Chacao. Esa noche todavía fue tomada otra por el capitán Cobbett, a la cabeza de cuarenta o cincuenta soldados de la Guardia. Durante nuestra permanencia aquí fue enviado el mayor Godoy como parlamentario, con bandera de paz, hacia la ciudad de San Carlos. Volvió el 27. Los había intimado a rendirse pero sin éxito. El país es hermosísimo y muy parecido a Inglaterra. Parece que el Gobernador Quintanilla se había afanado mucho por el adelanto de estas islas. Están cubiertas de ovejas, hay mucho cultivo, y las papas crecen casi espontáneamente. El 29 de marzo fue embarcada en la Chacabuco, y el Ceres una división bajo el mando del coronel Beauchef. Se componía de los batallones números 7 y 8, junto a la compañía de granaderos del Nº 1. Su destino era dirigirse a San Carlos por el camino de Dalcahue, para evitar de ese modo el estero de Pudeto que estaba muy crecido. Desembarcamos en Dalcahue el 31 de marzo y el 1º de abril empezamos nuestra marcha. Como a las doce hicimos alto en las ciénagas de Mocopulli, que es un inmenso pantano. Reiniciamos nuestro camino a la una y media. La vanguardia estaba aún cerca de mi división de granaderos. Apenas habíamos avanzado veinte pasos cuando un oficial de la vanguardia avisó que divisaba al enemigo tomando puntería arrodillado. Le terminaba de decir el coronel que cargase cuando fuimos asaltados desde todas partes por un pesado fuego de mosquetería. Inmediatamente fuimos puestos en la mayor confusión. El Nº hizo alto y se formó en columna cerrada. Todos los oficiales del Nº 8 llevaron sus compañías al combate del modo más bello; la línea del enemigo estaba


apenas a diez pasos de distancia de nosotros. El coronel mandó a los granaderos que cargasen; nos echamos sobre el enemigo apoyados por el solo fuego de cinco o seis soldados, y, naturalmente, nos vimos obligados a retirarnos al punto. El coronel Beauchef me mandó sostener el fuego mientras iba a dar órdenes al Nº 7. Sin embargo, ese batallón no juzgó propio el avanzar y estuvimos así expuestos durante hora y media al mortífero efecto de un fuego bien dirigido, perdiendo en ese lapso como doscientos hombres entre muertos y heridos. Me aventuré a una nueva carga, pero fui apoyado sólo por tres hombres; al llegar a la línea del enemigo uno disparó su arma en mi costado izquierdo, estando yo en ese instante ocupado en llamar a mis soldados con mi espada. La bala, sin embargo, no hizo más que raspar el hueso de mi hombro izquierdo, pero el adversario prosiguió su embestida con un ataque de bayoneta y me hirió ligeramente en la pierna derecha. Un valiente soldado que estaba conmigo recibió una herida de bayoneta en la cara. Otro fue muerto. Con todo, los arbustos favorecieron nuestro escape. Al volver donde mis hombres noté que su número disminuía muchísimo y, observando a alguna distancia al coronel que procuraba formar a los de nuestro batallón que se habían retirado del fuego, ordené volver atrás en el mejor orden posible, estando entonces casi enteramente rodeado por el enemigo. El Nº 7, que se había mantenido hasta ese momento a retaguardia en buen orden, se retiró sin ninguna razón aparente y nos dejó entregados a nosotros mismos; todo mientras me juntaba a los restos de mi batallón Nº 8. El coronel Beauchef, encontrando las cosas casi desesperadas, tomó la atrevida resolución de atacar al enemigo en columna cerrada. Su conducta nos animó a todos, y, aunque estábamos en completo desorden, nos formamos y quitamos su posición al enemigo con la punta de las bayonetas, casi sin resistencia, pues probablemente se apoderaría de él un terror pánico al ver la intrepidez de este puñado de hombres. Debo observar que mientras nos estábamos formando, la caballería del enemigo intentó cargarnos, pero fue rechazada del modo más bizarro por el capitán Rodríguez y la segunda división, que se estaba retirando y se encontraba por lo tanto entre el enemigo y nosotros. Perseguimos al enemigo como media milla y nos formamos sobre una pequeña colina en que el enemigo había dejado un cañón de a 4. Antes del ataque referido, el enemigo se había formado en la posición más ventajosa, pues colocó varias compañías de infantería en figura circular sobre una especie de mordedura oculta por los arbustos. Marchamos perfectamente ignorantes de su vecindad, hasta que nos advirtió de ella la feroz descarga de mosquetería. Como antes mencioné, fuimos inmediatamente puestos en el mayor desorden y confusión y no fue posible formar de ningún modo a los soldados hasta que nOS retiramos. La conducta de todo el batallón Nº 7 nos sorprendió mucho. Entiendo que los dos capitanes, Correa y Prado, deben ser juzgados por una corte marcial por no haber avanzado cuando se les mandó flanquear al enemigo. El coronel Rondizzoni ha mantenido hasta ahora una reputación distinguida, es un viejo oficial del ejército francés. Parece que las disposiciones que tomó habrían sido buenas si hubiesen sido


ejecutadas. Después de ver a nuestro batallón en tal desorden, formó el suyo en columna cerrada, pues probablemente no querría ponerlo en el mismo peligro. Hasta aquí apruebo su conducta. A pesar de que habíamos batido al enemigo, nuestras tropas estaban aterrorizadas por la inmensa pérdida que sufrimos entre muertos y heridos, y que ascendía a como trescientos veinte hombres. Por lo tanto nos volvimos a la boca del desfiladero para asegurar nuestra retirada durante el día siguiente. La efectuamos en buen orden y nos reembarcamos el 2 de abril como a las tres de la tarde, uniéndonos a los demás buques cerca del castillo de Chacao. Pocos días después supimos allí la pérdida de la corbeta Voltaire, cuya tripulación se salvó. La Tucapel, que se había soltado también de sus anclas, atravesándose a la proa de la Lautaro, obligó a ésta a cortar sus cables y salir mar afuera. Donde estaban los buques la corriente tiene una velocidad de siete nudos por hora. El Director temía perder toda su escuadra. Y habiendo llegado noticias de Valdivia de que una flota española había cruzado el Cabo de Hornos, todos se llenaron de manifiesta consternación y se resolvió en un consejo de guerra, por los oficiales superiores, que volviésemos inmediatamente a Chile. Parte del batallón Nº 7 fue enviada por tierra a Valdivia. Las fuerzas dejaron Chiloé corno el 15 de abril y experimentaron mal tiempo en su viaje a Talcahuano. Aquí nos refrescamos hasta cierto punto. Se mandó invernar en Concepción al Nº 1. El primer batallón de la Guardia, más los números 7 y 8 fueron enviados a Valparaíso, adonde llegó nuestro cuerpo el 5 de mayo de 1824. Hicimos guarnición en Santiago hasta el 29 de octubre de 1824, día en que marcharnos a la Villa Vieja de Aconcagua, donde sólo estuvimos cuatro días, pues se nos mandó a Quillota, como punto desde donde podíamos acudir a Valparaíso a la menor noticia. Se había tomado esta precaución en razón de aprensiones relacionadas con los buques de guerra españoles Asia y Aquiles, temiéndose que hicieran algún ataque sobre lis embarcaciones y el puerto de Valparaíso. Habiéndose recibido noticias que avivaban más estos temores, se nos envió a Valparaíso, donde llegamos el 27 de noviembre de 1824. Permanecimos allí durante un mes; sin embargo, no se realizó ataque alguno. Encontré a Valparaíso un desagradabilísimo cuartel; sin ninguna clase de sociedad y las provisiones extremadamente escasas. Dejamos el puerto el 1º de enero de 1825 y llegarnos a Quillota el del mismo mes. Quillota es una pequeña ciudad de como seis mil habitantes. Mal edificada en su mayor parte. Las mujeres son agradables y de buen físico. Valparaíso se provee enteramente de frutas y vegetales en este lugar. Dejamos Quillota el 2 de febrero y llegamos a Santiago el 6, con una tropa de trescientos setenta hombres, sin haber hecho reclutas en ninguna parte. El 23 de junio de 1825 el bergantín de guerra español Aquiles fue apresado y llevado a Valparaíso por un chileno llamado Pedro Angulo.


III. Segunda expedición a Chiloé. 1825. Después de la célebre batalla de Ayacucho, que efectuó la emancipación del Perú y de toda América meridional, sólo quedaba el Archipiélago de Chiloé en que flotase aún la bandera del despotismo. La inmediata vecindad de Chile a esas islas le señalaba su papel natural como libertador. Independientemente de las ventajas materiales que se esperaban del acrecimiento del Estado por la adquisición de esta clave del Pacífico, cada chileno sentía en lo íntimo cuán honroso sería para su país el expulsar a los españoles del último retiro de la monarquía. El Director Freire ansiaba borrar su reciente desgracia y, en verdad, toda la nación estaba unánime en cuanto a la necesidad de emprender esta expedición. Se habló de preparativos en junio, intentándose salir en noviembre de 1825. Sin embargo, no se observó actividad alguna en ningún departamento hasta el mes de octubre, haciéndose con ello más notable aún la inactividad característica del Director. No recibimos reclutas sino como tres semanas antes de nuestra partida de Santiago, y éstos eran hombres que requerían por lo menos tres meses de disciplina para llegar a semejar soldados. Dejamos a Santiago el 13 de noviembre de 1825. La división consistía del batallón Nº 4, con seiscientos hombres; del batallón Nº 7, con trescientos setenta y cinco; de la Artillería, con sesenta; y ciento cuarenta y dos guías de Caballería. Al segundo día de marcha el Nº perdió a dos hombres por haber bebido agua en un estado de violenta transpiración; realmente jamás he visto una muerte más repentina. Entre las once y las doce del día habíamos traspasado la inmensa montaña, llamada Cuesta de Zapata, con un sol quemante. Como a una legua de Lo Bustamante pasamos un riachuelo, donde algunos soldados del Nº 7 se inclinaron para beber, descansando y refrescándose un poco antes de hacerlo, pues conocían por experiencia cuán peligroso era proceder de otro modo. Yo mismo me coloqué junto al agua y obligué a todos los soldados de nuestro batallón Nº 8 a cruzar sin tomar una sola gota. Al cabo de un cuarto de hora se me dijo que habían sido encontrados dos hombres del Nº 7 muy enfermos, y todo por haber bebido agua. Me dirigí adonde ellos y llegué en el momento justo en que ambos expiraban. Como a las cuatro de la tarde fue fusilado un desertor del batallón Nº 4, quien cayó preso veinte minutos después de su huida y condenado por una corte marcial formada al instante. Llegamos a Valparaíso el 18 de noviembre, habiendo perdido toda la división el insignificante número de dieciocho desertores, lo que no es nada en consideración al volumen de las fuerzas de Chile. Se embarcó la totalidad de éstas inmediatamente. Obtuve mi rango efectivo de mayor del Nº 8 el 28 de octubre de 1824, y sigo manteniendo este grado y puesto. 28 de noviembre de 1825.


Dejamos a Valparaíso ayer 27 de noviembre. La escuadra consistía de la fragata insignia O’Higgins (la María Isabel), en que viajaba el almirante [Manuel] Blanco [Encalada], conduciendo además al cuerpo de guías; la corbeta Independencia, estando a su bordo una compañía del Nº 7, su capitán es Henry Cobbett, pariente del célebre [William] Cobbett; el hermoso bergantín de guerra español Aquiles, traído últimamente al servicio de la patria, capitán Wooster; el bergantín de guerra Galvarino, capitán Winter; la fragata Lautaro, que sirve ahora de transporte, conduciendo al Nº 7, y la Resolución, transporte, conduce al Nº 8. Oficialmente, las tropas que salieron de Valparaíso son: Cuerpo Contingente Artillería 59 Batallón Nº 4 583 Batallón Nº 7 371 Batallón Nº 8 378 Guías 142 Total 1.533

Comandante Mayor Mayor Amunátegui Teniente Coronel Gana Asagra Coronel Rondizzoni Maruri Coronel Beauchef Tupper Teniente Coronel Borcoski

Los transportes Ceres e Infatigable habían salido previamente de Valparaíso hacia Concepción y Valdivia, para recoger en esos puntos a los batallones Nº 1 y Nº 6. El 14 de noviembre la corbeta de guerra Chacabuco se había dirigido también a Chiloé para introducir proclamas patrióticas y desembarcar algunos isleños. Estos, que han sido desterrados por Quintanilla a causa de sus principios patrióticos, habían ofrecido voluntariamente sus servicios para sembrar la semilla de la independencia entre sus connaturales. Tal es una medida que considero extremadamente antipolítica, pues había de dar a Quintanilla conocimiento oficial de nuestra proximidad. Es evidente asimismo que el Director se lisonjea de que el Gobernador de Chiloé aprovechará esta oportunidad para entrar a una capitulación, capeando así el temporal que se le viene encima. ¡Cuán mal juzgan de los sentimientos que accionan el pecho de un hombre valiente y emprendedor! Si Quintanilla conserva aún el arrojo que le ha formado su reputación se estimará feliz de haber encontrado otra oportunidad de distinguirse, y no temerá las contingencias de una invasión. Lamento ver cómo el Director procura difundir esta idea y la general aceptación de que no habrá resistencia. La confianza es a menudo benéfica en las tropas, pero es casi siempre perniciosa en el Comandante en Jefe. 17 de diciembre de 1825. Llegamos a Valdivia el 16 de diciembre, y encontramos a toda la escuadra, excepto a la Independencia y la Chacabuco. La primera bahía sido enviada hacia Chiloé, para sacar a la Chacahuco, que estaba cruzando la boca del puerto. Hoy llegaron estos dos buques. Parece que la Chacabuco ha perdido un bote con un chilote y habrían sido tomados prisioneros un oficial chileno y quince soldados. El Gobernador no quería recibir ningún ofrecimiento de paz. Mis anticipaciones en torno a su resistencia, por lo tanto, muestran que no estaban tan mal fundadas. Y en caso que encontremos resistencia, por lo que veo en la división, tengo muy poca confianza en el resultado de la campaña. El Director, el almirante y el mayor general han estado los


últimos cuatro días en Valdivia (a nueve millas de la flota) y permanecimos entregados enteramente a nuestra propia inventiva. Jamás he visto tal desorden. No tenemos hospital ni camas para los heridos. El batallón Nº 1, que se compone en su mayor parte de reclutas, ha estado cinco días en la orilla y hasta el momento no ha recibido los fusiles. En una palabra, todo proclama la total incapacidad del Director; realmente es un triste Comandante en Jefe. 23 de diciembre de 1825. El 18 de diciembre fue desembarcado el batallón Nº 8 en la isla de Mancera para refrescar a los soldados. El Nº 7 ya había llegado aquí. El batallón Nº 4 fue colocado en Niebla y el Nº 1 en el Corral. Según parece, es general ahora la creencia de que Quintanilla hará una fuerte resistencia, aunque por mi parte estoy convencido de que si obramos con decisión no podrá resistirnos victorioso. Tenemos al menos mil excelentes soldados veteranos; los reclutas son hombres de muy buena pasta y se ha hallan disciplinados tolerablemente. Creo que nos hará más bien falta una cabeza para indicar que manos para ejecutar. En verdad, considero al general Freire enteramente impropio para un mando de esta clase. Mientras más observo sus operaciones más se me acrecienta tal opinión. Evidentemente se ha dejado engañar por los conceptos de hombres interesados, de modo tal que no se ha dado el trabajo de poner a su división en un pie que le asegure la victoria. Se me ha dicho que sólo nos acompañarán dos miserables lanchas cañoneras, y sabemos que el enemigo tiene seis. Además los hombres están demasiado apilados en todos los buques; las viruelas han hecho ya considerables estragos en el batallón Nº 4. El almirante Blanco, que manda la escuadra, probablemente tiene miras que, si se cumpliesen, no contribuirían al aumento de la gloria del Director. Aunque por lo poco que de él he visto lo considero demasiado honorable para permitir que sus pretensiones choquen con los deseos de la patria. En sus maneras es realmente un perfecto caballero. 10 de enero de 1826. Toda la escuadra salió de la bahía de Valdivia entre los días 30 y 31 de diciembre y el 1º de enero. El 8 de enero llegamos a Punta Guapilaqué. Nuestra fuerza había sido aumentada como por mil hombres de los batallones Nº 1 y Nº 6, teniendo el primero como cuatrocientos cincuenta y el segundo, que fue embarcado en Valdivia, unos quinientos cincuenta hombres. La división está animada de un espíritu excelente y no dudo que si el Director confía principalmente en sus bayonetas encontrará una buena respuesta. 12 de enero de 1826. Fortaleza de Balcacura. La escuadra ancló el 9 de enero en la ensenada del Inglés y el 10 fue desembarcado el ejército en la playa de Yuste. Esa misma tarde el coronel Aldunate marchó con doscientos diez soldados a cargar sobre el fuerte de Balcacura, dejando a su izquierda el fuerte de Agüi. Nos dirigimos hacia Agüi. Los cuatro navíos ligeros de la escuadra, la Independencia, el Aquiles, el Galvarino y la Chacabuco, cruzaron enfrente del castillo de Agüi del modo


más hermoso. Por ciertas aberturas del bosque tuve el placer de ver pasar bajo el intenso fuego de Agüi a estos barcos, que lo hicieron con la mayor decisión y sin sufrir el menor daño. De repente me encontré bajo el fuego de las cañoneras realistas, que estaban alejándose de Agüi para dirigirse a San Carlos. Después del cruce de los buques se acercaron a la costa y nos dispararon diez o doce tiros de bala y metralla, aunque no hirieron a un solo hombre. La venida de nuestros botes las obligó a navegar ligero atravesar la bahía. Inmediatamente después de pasar por Agüi tomamos el camino que conducía a la costa de Balcacura. Llegué al castillo de Balcacura como a las diez, con los granaderos y compañías ligeras del Nº 8, que formaban la vanguardia del ejército. El fuerte había sido ocupado ya por Aldunate, quien lo tomó sin resistencia. Nota: el 11 fue destruida una cañonera al intentar dirigirse a San Carlos y fue muerto el teniente Oxley, del Galvarino. 15 de enero de 1826. En la tarde del 12 de enero fue embarcado el ejército en los cuatro buques de guerra, para ser conducido al lado opuesto. El 13 por la mañana fue desembarcado cerca del río Paulden sin experimentar ningún contratiempo. La vanguardia, compuesta de cuatro compañías de cazadores y cuatro de granaderos, fue puesta al mando del coronel Aldunate. De esta avanzada se formaron subdivisiones de dos compañías cada una, encabezadas por un mayor. Personalmente yo mandaba las compañías de granaderos de los batallones Nº 6 y Nº 8; el mayor Asagra las compañías de granaderos de los batallones Nº 4 y Nº 1; el mayor Maruri las compañías ligeras de los batallones Nº 6 y Nº 7, y el mayor Young las compañías ligeras de los batallones Nº 1 y Nº 4. Una fuerte división central fue formada por los batallones Nº 1, Nº 4, Nº 7 y Nº 8. La retaguardia la llenaba el Nº 6 y el escuadrón de guías. Considero estas disposiciones extraordinariamente buenas y creo que no podernos dejar de combatir en procura de una gran victoria. En la noche del 13 ocupamos ciertas alturas como a una legua de San Carlos, en la chacra de Cuadros. Como a las tres de la mañana del día 14 los botes y lanchas cañoneras, capitaneadas por Bell, hicieron un magnífico ataque sobre los cañoneros enemigos, bastante protegidos por el fuego de dos baterías y por varias compañías de infantería que había en la orilla. Después de un rato de dispararse ambos bandos con eficiencia los nuestros capturaron tres botes y una lancha con dos cañones de a 12 cada uno y los llevaron a los buques. Jamás he presenciado una vista más extraordinaria. Sucedió así: la noche era hermosísima y en un momento determinado todo quedó silencioso, parecía que toda la naturaleza esperaba en callada suspensión el próximo combate. Un instante después todo era tumulto, confusión. Resonaban por las colinas vecinas las rociadas de balas que venían de la orilla, el tremendo rugido de los cañones


de a 24, los gritos y aullidos de los abordados y abordadores, y, sobre todo, los tiros del ejército enemigo desde sus elevadas posiciones; el ¡Viva la patria! De un lado era respondido por el ¡Viva el Rey! del otro. Es imposible presenciar un ánimo más completo que el de nuestro pequeño contingente; no dudo por más tiempo de la próxima victoria. Como una hora después que todo estuvo de nuevo en silencio, fue puesto en movimiento el ejército, que ocupó como a las ocho de la mañana una fuerte posición en la loma de Yauca, con nuestro flanco izquierdo en la playa. En seguida nuestra infantería obligó a las avanzadas enemigas a pasar el estero de Poquillihue. El enemigo ocupaba las alturas de Bellavista, sobre San Carlos, como a media legua de nuestro cuartel general, resguardando su flanco derecho por la batería de Poquillihue. Esta posición era extremadamente fuerte y estaba bien amparada por varias piezas de cañón, aparte de los fosos, empalizadas y otras defensas. Según entendí, su ejército lo constituían unos dos mil quinientos fusileros, unos cuatrocientos hombres de caballería de todas las armas y como mil doscientos o mil cuatrocientos esgrimiendo picas. A las tres de la tarde las cuatro lanchas apresadas se distanciaron velozmente de los buques y empezaron a bombardear a la batería de Poquillihue y a todas las piezas de campaña del enemigo que podían alcanzar. También nuestra artillería de campaña obró vigorosamente con sus cuatro piezas sobre las líneas del contrario. El fuego fue densamente sostenido por ambos lados. Alrededor de las tres y media observamos a nuestras fuerzas que se retiraban en gran desorden, escapando a una emboscada que el enemigo había preparado junto a la playa. Por ello los patriotas se hallaban muy expuestos al fuego de las lanchas cañoneras. El general Borgoño juzgó propicio el momento para el ataque y dio inmediatamente las órdenes en ese sentido. Las ocho compañías del flanco izquierdo, que formaban la vanguardia al mando del coronel Aldunate, avanzaron de la manera más gallarda. El mismo Borgoño marchó a través de la playa con dos compañías de granaderos y cuatro ligeras buscando rodear el flanco derecho del enemigo. Me indicó que forzara el estero de enfrente; fui bastante afortunado para tomar esta posición con la punta de las bayonetas, teniendo pocas pérdidas. Me uní luego al coronel Aldunate en la colina que domina a San Carlos. El enemigo se retiró a una segunda posición fortificada, de la cual fue desalojado por las compañías ligeras, que le atacaron por su flanco izquierdo. Como a una legua de San Carlos, mientras marchaban las compañías de granaderos rápidamente a ocupar el camino hacia Castro para cortar la retirada a Quintanilla, la caballería enemiga cargó sobre nuestra columna, pero fue completamente derrotada y dispersada por las compañías de granaderos del Nº 8. Los realistas se corrieron entonces a la última y más fuerte posición en el bosque de los altos de Bellavista, ocupando el camino de Castro. Allí fue sostenido por nuestra infantería ligera un mortífero fuego, sin que consiguiera mucha ventaja. Entonces, el coronel Aldunate me ordenó desalojar al enemigo con mi división de granaderos, lo que tuve la fortuna de ejecutar en seguida con la escasa pérdida de una media docena de


hombres. Continué persiguiendo a los que huyeron a través del sendero a Castro como más de una legua, y tomé cincuenta prisioneros, entre otros al coronel Hurtado. Luego recibí órdenes de hacer alto. Toda la acción duró alrededor de cuatro y media horas. El enemigo no se portó bien, pues en verdad fue completamente derrotado por dos compañías de granaderos y cinco de cazadores (o ligeras), que fueron las únicas tropas de nuestro lado que entraron en batalla. La pérdida total de Chile no debe exceder de ciento cincuenta hombres del ejército veinticinco de la marina. No fu muerto ningún oficial de distinción, salvo el teniente Oxley, siendo heridos unos cuatro o cinco. El coronel Aldunate se ha distinguido muchísimo y el general Borgoño ha dado grandes pruebas de habilidad. El 16 de enero envió Quintanilla un parlamentario. Se le prometieron cuatro días de suspensión del fuego. En ese plazo entró el ejército a San Carlos y encontramos allí muy pocos habitantes, pero fueron retornando gradualmente. En el ínterin Quintanilla firmó la capitulación definitiva, en que se nos concedía todo el Archipiélago. Quince días después volvieron las tropas a Chile, dejando en guarnición a los batallones Nº 4 y Nº 1; este último volvió también a Santiago en marzo. Sólo quedó en Chiloé el Nº 4. El coronel Aldunate ha sido nombrado Gobernador de la isla con un salario de cuatro mil pesos anuales. Poco después de mi regreso a la capital recibí los despachos en que se me concedía el grado de teniente coronel (22 de abril de 1826), en consideración a mis servicios en la acción de Bellavista para ocupar las colinas de Pudeto, en donde el enemigo protegía su ala derecha con trescientos de caballería y que tuvieron que ceder a mi ataque.


IV. Levantamiento O’Higginista de Chiloé en 1816. El 27 de mayo de 1826 llegó a Valparaíso, viniendo de Chiloé, el mayor Jerónimo Valenzuela del batallón Nº 4, con la noticia de haberse verificado en la isla una revolución a favor del ex Director O’Higgins. Entiendo que don Pedro Aldunate, hermano del Gobernador de Chiloé, el coronel don Santiago, llegó a San Carlos el 25 de abril, comisionado para realizar un levantamiento de tropas. Este objeto se llevó a cabo el 3 de mayo a las dos de la mañana. El comandante de Artillería, teniente coronel Manuel Fuentes, encabezó el motín y el capitán Olivares fue nombrado comandante del batallón Nº 4. El coronel Aldunate fue hecho prisionero el mismo 3 de mayo, y, obligado a embarcarse en la Livonia, llegó a Valparaíso en los primeros días de junio. Era evidente la necesidad de destruir la semilla de la disolución y de poner punto final a esta revolución con mano fuerte. El Gobierno indicó el 6 de junio al graduado teniente coronel Tupper que se embarcara hacia Chiloé, a objeto de cumplir ese designio. Este dejó Santiago el 9 de junio y llegó a Valparaíso el 14, al mando de sus tropas, compuestas por las compañías de granaderos de los batallones Nº 1, Nº 7 y Nº 8, de ochenta y cinco hombres cada una, y de una compañía regular Nº 1, a, con sesenta hombres más. Debían viajar a bordo del bergantín de guerra Aquiles y del transporte Resolución. El coronel Aldunate fue nombrado Comandante en Jefe de la expedición y el coronel Picarte, Gobernador de Valdivia, segundo en el mando. En el trayecto a Valparaíso tuvimos como quince desertores, pero las tropas estaban dotadas en general con excelente ánimo, el mejor de todos para efectuar las intenciones del Gobierno. Por cierto, se tienen muchas esperanzas en la oposición del pueblo de Chiloé a los sublevados del Nº 4, pues sin la convicción de controlar un gran partido en el Archipiélago sería una locura intentar la pacificación de este levantamiento con tan pocas fuerzas. Dejamos a Valparaíso el domingo 25 de junio de 1826. A bordo del bergantín Aquiles, comandante Wooster, se embarcaron el coronel Aldunate y coronel Picarte, con las compañías de granaderos del Nº 7, unos ochenta hombres, y seis u ocho artilleros. A bordo de la Resolución se embarcó el graduado teniente coronel Tupper, con tres compañías: Granaderos del batallón Nº 1, 71 hombres. Granaderos del batallón Nº 8, 97 hombres. 2ª compañía del batallón Nº 1, 55 hombres. Artillería, 9 hombres. Total: 232 hombres. En la mañana del 27 se había perdido de vista el Aquiles y nuestra Resolución prosiguió su viaje con rumbo al sur. El 28 de junio en alta mar, el señor Huddlison, especie de oficial de señales que había sido puesto a bordo de la Resolución por el comodoro Wooster, dio a conocer las


instrucciones que le habían impartido. Según ellas, en caso de separación de ambos buques, debíamos dirigirnos con rapidez hacia el Morro González, punta prominente a la entrada sur de la bahía de Valdivia, cruzar allí durante cinco días en busca del Aquiles y si nada sabíamos de él dirigirnos a Chiloé. Mis propias instrucciones me señalaban lo mismo y que, si no encontraba al Aquiles, procediese a tomar el fuerte de Chacao en Chiloé e intentara levantar esa provincia en favor nuestro. El tenor de las instrucciones de Huddlison no me ha sorprendido poco. Es evidente que se ha ordenado a la Resolución que cruce por Valdivia para dar una oportunidad al coronel Picarte de ver a su mujer. Me llama la atención la debilidad de Aldunate al permitirse esta disposición. Si resultase cualquier contratiempo debido a ello, se dirá ciertamente que el coronel Aldunate tiene pocos deseos de llegar a Chiloé en este invierno, y las sospechas que contra él tienen muchos en Santiago aumentarían su falta. Sábado, 8 de julio de 1826. El jueves por la noche llegamos al punto de espera frente a Valdivia, estando fuertemente impelidos hacia el norte y soportando una lluvia intensa. No podíamos acercarnos a la costa. Ninguna observación se ha hecho en estos cuatro días. En la mañana del 8 ha habido toda vía una fuerte brisa del norte acompañada de chaparrones. No se ha hecho tampoco observación alguna. Como a las tres de la tarde el viento torció al S. O. El día siempre muy oscuro y nublado. No se divisa tierra. Sin embargo, suponiéndonos a distancia de diez o doce millas de la costa, viramos y salimos mar afuera, halando y dando al buque la dirección O. N. O. A las seis de la tarde se tomó medida del agua potable que había a bordo y se encontraron solamente 2.880 galones. Es decir, 17 días con agua para 336 personas, a saber: Soldados: 232. Reos Convictos: 34. Mujeres: 21. Oficiales: 21. Tripulación: 28. A medio galón por día cada uno, cantidad que es bien pequeña, considerando la índole de nuestras provisiones, que consisten en habas y charqui. Llamé juntos al capitán y al señor Huddlison para consultar las medidas que debíamos tomar, estando todos conformes con marchar pronto a Chiloé a fin de arribar a la isla antes de que se terminara la provisión de agua. Se determinó poner esta idea en ejecución de inmediato y recoger tanta agua de lluvia como fuera posible por mecho de las velas extendidas. El 9 hicimos observaciones y nos encontramos sobre el Cabo Quidal. Nunca pensamos que estuviésemos tan al sur; luego nos dirigimos directamente a Chiloé aprovechando una hermosa brisa del este. Llegamos a vista de la isla como a las cuatro de la tarde. Antes de oscurecer arribó también un buque desconocido, que se dirigió hacia nosotros. Con extraordinaria sorpresa descubrirnos que era el bergantín Aquiles. El 10 de julio continuaron las brisas del este. El día estuvo magnífico. Habiendo comido a bordo del Aquiles supe que no había entrado a Valdivia. Y todo porque el coronel


Aldunate hacía responsable de la escala a Wooster, quien no quiso tomarla sobre sí.

11 de julio de 1826. Viento este. Día muy hermoso. A las diez de la noche se reunió a la Resolución el capitán [Juan] Williams, comandante del fuerte de San Carlos. Después de haber visto a los buques, se acercó para reconocerlos y se mostró muy contento al comprobar quiénes éramos. Como ha sido siempre fiel al coronel Aldunate, quedó bajo sus órdenes por expreso deseo de Williams. Su lancha es una embarcación excelente y monta en la proa un cañón de a 4. 12 de julio de 1826. Viento este. Día bonito. A las siete de la tarde la Resolución se vio obligada a salir muy al este de la isla de San Sebastián, corriendo la marea hacia afuera tan fuertemente que nos era imposible resistirle. A las doce de la noche intentamos volver con el flujo. Por mal manejo nuestra ancla no estuvo fuera de proa antes de las cuatro de la mañana del 13. Antes que pudiéramos alcanzar al Aquiles este buque ya permanecía anclado a sotavento de la costa opuesta. La marea menguante volvió y nos llevó tan aprisa sobre la isla de San Sebastián que apenas tuvimos tiempo para desamarrar el ancla. Salimos afuera teniendo un peligroso arrecife a sotavento y continuamos en una inminencia de perder el buque y nuestras propias vidas hasta las diez, cuando afortunadamente dejamos a un lado el arrecife gracias a que cedió nuestra anda por la rotura de sus lengüetas. El 13 de julio, al ponerse el sol, fondeamos junto a la isla de Lacas. Recibí órdenes del coronel Aldunate de atacar el castillo de Chacao con cien hombres. Dejé el barco a las doce de la noche con la compañía de granaderos del Nº 8 y veintiséis hombres del Nº 1, por todo cien soldados. Desembarqué junto a la batería de Remolinos a las dos de la mañana del 14 de julio y sorprendí en el fuerte a siete artilleros, uno de los cuales me informó que veinticinco hombres del Nº 4 habían salido a las siete de la tarde desde Chacao hacia la batería de San Galán. Esta ocupa una fuerte posición en el camino de Lacao a Chacao, estando Remolinos a su retaguardia. Inmediatamente me puse en marcha con intención de sorprenderlos. La distancia es de apenas dos leguas, pero el sendero es el más terrible que jamás he pasado. Después de grandes esfuerzos llegamos a la batería como a las cinco de la mañana. Éramos sólo veinte hombres, habiéndose dispersado y perdido entre los bosques el resto. Cuando llegamos cerca de las fogatas me adelanté sólo con el guía, y, no percibiendo a ningún centinela por el lado de tierra, conduje luego a mis soldados y los tomé completamente por sorpresa. Los pobres diablos pidieron perdón muy pronto. Cinco o seis fueron heridos; tomamos prisioneros a un oficial y diecisiete subalternos del Nº 4, aparte de unos veinticinco chilotes que los acompañaban como milicianos. De su equipo tomamos veinte fusiles, ocho o diez sables y un tambor.


Acto seguido me volví a Remolinos, desmontando tres piezas de a 24 y marché a continuación a posesionarme de Chacao. Habiendo reunido ya casi todos mis hombres, la guarnición de ese castillo, compuesta por ocho revoltosos negros del Nº 4, huyó apresuradamente ante nuestra proximidad. Allí encontré dos piezas de a 20. En la tarde del 14 anclaron bajo los cañones de Chacao el bergantín Aquiles y la Resolución, desembarcando luego el coronel Aldunate. Los chilotes afluían de todas partes y parecían de corazón ser de nuestra causa. 15 de julio de 1826. Gran cantidad de chilotes se presentaron ante Chacao y ofrecieron unirse contra los revolucionarios. Se nos adhirió el comandante de Carelmapu, que puede disponer de cuatro compañías de milicia de infantería y dos escuadrones de caballería. Domingo, 16 de julio de 1826. Se nos unió el comandante del partido de Calbuco, Téllez, quien tiene a su disposición siete compañías de infantería. Se mandó escoger ciento cuarenta de sus mejores hombres para ser incorporados a nuestro contingente. Nuestras compañías han aumentado mucho en número. Los granaderos del batallón Nº 1 son ahora noventa y cinco, los del Nº 7 son ahora noventa y seis, y, finalmente, los del Nº 8 son ciento nueve. Se interceptó una comunicación de Reyes, Gobernador de Osorno, a Fuentes, caudillo revolucionario de Chiloé. Parece que Osorno se ha declarado en favor de O’Higgins. 17 de julio de 1826. Como a las doce de la noche pasada nos alarmamos falsamente creyendo que se acercaban las cañoneras del enemigo. Sin embargo, poco después, oímos voces anunciando que nos traían algunos cañones. Alrededor de las dos de la mañana llegaron dos chilotes con la noticia de que había fondeado un buque en Racao. Inmediatamente se despachó un observador para saber de qué barco se trataba. Pronto volvió con la noticia de que era un gran cúter y cuya cañonera se había separado de su costado y venía hacia nosotros. Esta llegó poco después a Chacao y nos sorprendimos agradablemente al saber por el capataz que la mandaba que en el fuerte de Agüi se había verificado un levantamiento general en favor nuestro. Que los tres oficiales allí estacionados habían sido traídos prisioneros en el cúter y que no venían las demás cañoneras por no haber suficientes remeros para ellas. A las diez de la mañana de hoy fue traída por siete chilotes una bellísima embarcación perteneciente a la Gobernación de Chiloé, en la que se habían escapado de Fuentes. El capitán La Rivera fue enviado con sesenta hombres de la compañía de granaderos del Nº 7 y veinte artilleros a posesionarse del fuerte de Agüi. Parece que Fuentes ha hecho en este castillo su depósito de provisiones y municiones, habiendo planeado retirarse hacia Agüi si es forzado en San Carlos y mantenerse allí hasta recibir socorros del Perú o entrar, al fin, en capitulación con nosotros. Como a las cinco de la tarde vinieron a Chacao entre cuarenta o cincuenta habitantes de San Carlos, informándonos que la ciudad estaba en la mayor confusión y que hasta las mujeres habían abandonado sus casas. Al poco rato llegaron a Chacao trece artilleros


con sus respectivas carabinas y sables. Fuentes no tiene actualmente ni un solo artillero consigo. El comodoro Wooster trajo a tierra otra comunicación venida desde Osorno y que había sido interceptada; su contenido variaba muy poco del de la primera. 18 de julio de 1826. Cerca de las dos de la mañana volvió de Castro el capitán Williams, después de haberse comunicado con el capitán Riveros. Trae noticias muy favorables respecto a la disposición de los habitantes del interior de la isla hacia nosotros. El cúter cañonero llegó de Agüi con cuatro oficiales tomados por sorpresa en ese fuerte, al dirigirse hacia ese castillo ignorante de la contrarrevolución en favor nuestro. Sus nombres son: capitán Henríquez del Nº 4, capitán Burgues y tenientes León y Pizarro de la Artillería. Todos fueron confinados a bordo del Aquiles. En la noche fue traída de San Carlos una comunicación de paz. Pero como venía oficialmente del Gobierno de Chiloé, fue devuelta sin abrirla. Asimismo se devolvió cerrada a su lugar de origen otra comunicación venida oficialmente del Gobierno Civil de San Carlos. 19 de julio de 1826. Por la mañana temprano llegaron del partido de Calbuco a Chacao ciento cuarenta hombres, que fueron armados con fusiles inmediatamente. Como a las once la columna de granaderos llegó a Chacao para acudir luego hacia Agüi. Los ciento cuarenta calbucanos fueron enviados también en piraguas a Pudeto. Agüi, 20 de julio de 1826. Llegó una carta insolentísima de los oficiales del Nº 4, ofreciendo entregarse sin resistencia si se les confirmaban sus empleos. Fuentes nos envió otra proponiendo entregar la ciudad de San Carlos con tal que se le perdonase la vida. A ambas comunicaciones se dio una respuesta similar: que no se entraba en tratados y que se exigía una rendición a discreción. En la mañana del 20 me trasladé con la columna de granaderos desde Agüi hacia San Carlos. Se vieron flotar en las inmediaciones varias banderas blancas. El capitán Silva, de la Artillería, fue enviado adelante a recibir las armas y municiones del Nº 4; todo se entregó sin resistencia. La columna de granaderos desembarcó sin oposición. El caudillo Fuentes y los oficiales del batallón Nº 4 fueron hechos prisioneros, concluyendo así felizmente la campaña. A mi vuelta a Santiago en septiembre encontré que había sido elevado al rango de teniente coronel efectivo, en atención a mis servicios en la expedición reciente a Chiloé.


V. Campaña contra los bandoleros del sur en 1827. Volví de Chiloé a Santiago a principios de septiembre de 1826, portando una petición del coronel Aldunate al Gobierno en solicitud de dinero y ayuda material para la provincia. Habiendo permanecido aguardando como cuatro meses y no teniendo esperanzas de obtener cosa alguna para Chiloé, determiné unirme al Ejército del Sur, que estaba operando bajo el mando del general Borgoño. El propósito de esta fuerza es destruir una horda de bandoleros de como seiscientos o mil hombres, que infesta la provincia de Concepción durante el verano, retirándose al caer el invierno al lado oriental de la Cordillera de los Andes. Un individuo llamado Pincheira está actualmente encabezando la banda y sus excursiones se han hecho en el último tiempo tan frecuentes que ha llegado a ser absolutamente indispensable la necesidad de cogerlo y destruirlo. Llegué a Talca el 28 de diciembre de 1826 y encontré bastante actividad en los preparativos para la campaña. El general Borgoño, que muestra en todo su acostumbrada precaución y su mucha inteligencia, se hallaba bien secundado en el trabajo por quien hace de Mayor General, el coronel Viel. Se ha hecho todo lo posible por conseguir un buen espionaje entre los enemigos, y, según parece, con alguna felicidad. Nuestra tropa se ve animosa y la caballería está mejor montada de lo que se ha acostumbrado en este país. Las fuerzas para la campaña constan de los batallones de infantería Nº 1 y Nº 8, cuyo contingente es de trescientos hombres cada uno, poco más o menos. Además se piensa echar mano de algunas compañías del Nº 6 que se encuentran repartidas en la provincia de Concepción. De caballería tenemos al regimiento de Cazadores, de cuatro escuadrones o cerca de quinientos hombres; al regimiento de Dragones, con igual distribución y número; y algunas milicias montadas y mucha indiada. El plan de operaciones se determinará absolutamente a la llegada del general Borgoño a Chillán. Por ahora parece que se quieren formar tres divisiones: del Norte, del Centro y del Sur. Estas deberían perseguir a Pincheira y reunirse en Nankén [Neuquén], lugar en donde se dice que el bandolero tiene reunidas sus familias y sus ganados; está situado al oriente de Cordillera de los Andes, cerca de la latitud de Chillán. El día 30 de diciembre el coronel Beauchef, quien debe mandar la división del Norte, salió de Talca con el batallón Nº 8, en dirección a la invernada de Los Girones. Para llegar a ese punto pasará por el Portillo. Llegado a Los Girones se ha dispuesto que se incorpore en su división el comandante Gutike con el primer escuadrón de Cazadores a Caballo y la primera compañía del batallón Nº 8, que se hallaban destacados ya en ese punto. También deberá unirse a esta división el comandante Puga con el segundo escuadrón de Cazadores, que sale luego de Curicó a este efecto. El coronel Beauchef deberá acampar en Los Girones hasta nueva orden del General en Jefe. Talca. El día 31 de diciembre salió el batallón Nº 1 para San Carlos, distante siete leguas de Chillán. Se recibieron comunicaciones del comandante Gutike en el campamento de


Girones; su caballería ha sufrido bastante con el frío; la primera compañía del batallón Nº 8 ha padecido de tal modo por la nieve que todos los individuos de ella, menos su sargento y cuatro soldados, están ciegos. El día 3 de enero de 1827 salió el general Borgoño de Talca con dirección a Chillán, acompañado del Estado Mayor General, cuyo jefe es el coronel Viel, de sus cuatro edecanes: O’Carrol, Martínez, Gana y [Thomas] Sutcliffe, y también del comandante Tupper, a quien se debe dar destino a la llegada del general a Chillán. La noche del 3 se alojó en la hacienda de Laguillos; la noche del 4 se alojó en Linares, cuya plaza estaba resguardada con foso y muralla de adobes, atrincherada de las empresas de Pincheira. Se distribuyó una buena cuenta al piquete del Nº 6 que se encuentra de guarnición. El 5 de enero pasamos por la hacienda de Longaví, perteneciente a don Antonio Mendiburu. Aquí encontramos al escuadrón del comandante Bulnes, con ciento veinte plazas de Cazadores a Caballo. Las casas de esta hacienda se hallan igualmente defendidas por fosos y murallas, y los inquilinos están armados. La noche del 5 alojamos en el Parral. En este, como en todos los demás pueblos que transitamos, se conocieron los tristes efectos del vandalismo; muchas habitaciones derribadas, la gente en alarma y, en fin, todos los resultados infelices que se podían esperar de una provincia sin protección y cuyos pobladores carecen del primer elemento de la prosperidad: la seguridad de sus propiedades. En la mañana del 6 de enero, preparándonos para seguir nuestra marcha, el general recibió parte de que una montonera de bandidos, unos treinta o treinta y cinco hombres, estaba arreando ganado hacia la cordillera. A pesar de haber en el Parral cuarenta soldados del regimiento de Dragones, no se pudo seguir a los ladrones por falta de caballos. Se ofició a San Carlos para que saliese una partida desde allí, con intención de cortarles el paso, si posible fuere. Los ladrones estaban en la inmediación del río Perquilauquén. La noche del 6 de enero llegamos sin novedad a San Carlos. Aquí supimos que el comandante [Antonio] Carrero había salido en persecución de los bandidos con su escuadrón de Dragones, la compañía del Nº 6 que estaba de guarnición en San Carlos y de cincuenta cazadores del batallón Nº 1, que igualmente estaba en este punto. Domingo 7 de enero. El general permaneció este día en San Carlos a objeto de aguardar el parte del comandante Carrero. Este jefe llegó aquí a las doce del día. No pudo alcanzar a los bandidos, pero, no obstante, les quitó media docena de caballos en los Canelos. Por la tarde salió el general acompañado del comandante Carrero para visitar el segundo escuadrón de Dragones, acampado en Gauna, distante dos leguas de este punto, volviendo muy satisfecho de él. Enero 8. Llegó el general con toda su comitiva a Chillán, en donde se había establecido una pequeña maestranza para el ejército de operaciones. Arribó igualmente a Chillán el día de hoy el batallón Nº 1. La fuerza militar actualmente en esta ciudad consta de:


Batallón Nº 3 o Carampangue, 150 soldados. Batallón Nº 1 o Chacabuco, 244 soldados. Batallón Nº 6 o Maipú, 122 soldados. Artillería, 22 soldados. Dragones (caballería) en los Guindos, 318 soldados. Dragones (caballería) en Gauna, 144 soldados. Total: 1.000 soldados. Enero 9. Se ofició al Comandante de Armas de Concepción para que a la mayor brevedad se vinieran a Chillán los miembros de la plana mayor del batallón Maipú, siendo sumamente impropio que los jefes se hallen tan lejos de sus cuerpos. Se ofició igualmente a Concepción para que se mandase a esta plaza barretas, azadones, palas y otros utensilios que se necesitan para la campaña. Enero 10. Se mandaron las instrucciones Nº 1 al coronel Beauehef y las Nº 2 al comandante Bulnes. Esta noche el Gobernador de Chillán tuvo noticia de que había merodeado por el pueblo una partida de ocho de los bandidos a caballo. Parece que se retiraron temprano sin haber hecho daño. Enero 12. Llegó el comisario de Concepción con diez mil pesos para el ejército, producto del estanco. En este día el general en jefe, acompañado del Mayor General, etc., etc., visitó el campamento de los Guindos para presenciar junto al comisario la revista del regimiento de Dragones, que consta de dos escuadrones completos y la primera compañía del primer escuadrón. El cuerpo está regularmente montado, los soldados son muy antiguos y a este regimiento sólo le falta disciplina. Enero 13. Se dio a conocer en la orden general al teniente coronel Tupper por comandante del primer escuadrón de Dragones. En la tarde se recibió el oficio Nº 3 del comandante Bulnes, dirigido al jefe del Estado Mayor. A consecuencia del cual salieron dos compañías del Nº 6 o Maipú con dirección a Longaví. Se ofició de nuevo al comandante Bulnes mandándole ejecutar al pie de la letra los movimientos establecidos en el oficio Nº 1 al coronel Beauchef. En la tarde del 15 salieron tres compañías de caballería de los Guindos con dirección a San Javier. Esta, con dos compañías de infantería, deben formar la división que al mando del comandante Carrero se internará por el boquete de Antuco, Será acompañada de toda nuestra indiada. A la una P. M. del 18 se recibió la carta Nº 4 del Gobernador de Parral. El comandante Tupper salió a establecerse en los Guindos, siendo jefe interino del regimiento de Dragones. Enero 19. Se pasó una circular a los Intendentes de Concepción, Maule y Colchagua, pidiendo algunos auxilios para la construcción de un fuerte sobre el boquete de Antuco, de tal manera que impida la retirada de los bandidos en sus invasiones. Se les hace ver las


ventajas que deben resultar a los habitantes en la seguridad de sus personas y bienes. Se piden palas, azadones, barretas y víveres para la manutención de los trabajadores. Enero 20. Hoy llamó el General en Jefe a varice vecinos a objeto de pedirles catorce mulas aparejadas, que se habían solicitado por el valor de su flete al Gobernador el día 8. Once días ha permanecido detenida en San Javier la división de Antuco por la resistencia presentada a conceder estos auxilios. A las cinco de la tarde de ayer llegaron a esta plaza los restantes soldados del batallón Maipú con el comandante Castro. Son setenta hombres, incluidos músicos y tambores. Estaban en Concepción. Se recibió un oficio del comandante Bulnes avisando haber sido falsa la noticia del 18 de estar los enemigos en el castillo. Fue sólo una polvareda. En esta fecha se ofició nuevamente al comandante Bulnes para que estuviese pronto a marchar al primer aviso que recibiera del coronel Beauchef. Se dirigió al coronel Beauchef el oficio Nº 5. Enero 21. Salió hoy desde San Javier la división de Antuco o del Sur. Había sido detenida trece días por falta de catorce mulas. El itinerario que debe seguir el comandante Carrero desde Antuco a Mal Barco es: El día 25 de enero saldrá de Antuco al Castillo; el 26, del Castillo a la Escoria; el 27, de la Escoria a la Cueva; el 28, de la Cueva a Pichaichén; el 29, de Pichaichén a Malal Cahuelo; el 30, de Malal Cahuelo a Daquehue; y el 31, de Daquehue a Mal Barco.

Fuerzas de las divisiones de operación División del Norte Al mando del coronel Beauchef. Su entrada es por el Portillo Batallón de Infantería Pudeto (o Nº 8) 280 hombres. 1º y 2º batallón de Cazadores a Caballo 260 hombres. Total: 540 hombres. División del Centro Al mando del comandante Bulnes. Debe reunirse con la del Norte en la laguna del Saco. Situada en Longaví 1er escuadrón de Cazadores a Caballo 138 hombres. 2ª compañía del 1er escuadrón de Dragones 48 hombres. Dos compañías del batallón Maipú (o Nº 6) 105 hombres.


Total: 291 hombres. División del Sur Al mando del comandante Carrero. Entra por Antuco. 4º escuadrón de Dragones y una compañía del Nº 3 160 hombres. Dos compañías del batallón Carampangue 107 hombres. Voluntarios a caballo de Tucapel. Teniente Salas. 55 hombres Total: 322 hombres. Total general de fuerzas en operación: 1.153 individuos.

Enero 22. El señor General en Jefe ha ordenado a su ayudante el capitán Martínez para que se apronte a salir el día 24 a recoger el producto de los estancos de Rancagua, San Fernando, Curicó y Talca, por los meses de diciembre y enero. Hoy dio parte el Comandante Militar de San Carlos de haber aparecido cerca del río Perquilauquén una partida enemiga. Fue rechazada quitándosele como ochenta animales vacunos que había robado. Se ordenó a dicho Gobernador que entregase inmediatamente a sus dueños estos animales. La fuerza de los bandidos era de cincuenta hombres; fueron perseguidos por quince dragones, resultando dos muertos de nuestra parte. Enero 23. Se recibió de Los Girones una nota del coronel Beauchef en que dice tener noticias de que el enemigo se dispone a atrincherarse en Nankén. Añade que los indios son favorables a nuestra causa. Se recibió desde Antuco otro oficio del comandante Carrero; anuncia que los caciques de Trapa Trapa se le juntar con doscientos mocetones. En este día salió de los Guindos el comandante Tupper, con orden de situarse con su división en la Roblería, a seis leguas al oriente de Chillán y como a dos de la cordillera. Motivos de esta mudanza fueron el hecho de cine así hay mayor facilidad para cortar a los enemigos en caso de invasión, y, sobre todo, de buscar buenos pastos para la caballería, pues escasean ya en los Guindos. Llevaba bajo su mando el comandante Tupper a la primera compañía del Nº 1, a la segunda del tercer escuadrón de Dragones y a dos compañías del batallón Chacahuco. Asimismo tenía orden de reunirse a él una compañía del segundo escuadrón de Dragones, acampado en Gauna.


La división de Tupper llegó a la Roblería a las 9 de la mañana. Se encontraron los pastos enteramente quemados y ardiendo todavía en algunas partes. El comandante hizo devolver la división por la tarde a los Guindos y mandó contramarchar a la compañía que venía desde Guana. Enero 25. Se publicó un bando que circuló en la provincia ofreciendo 25 pesos de gratificación por cada desertor que se aprehendiese. Enero 26. Se recibió del comandante Bulnes el oficio Nº 6. A las once del mismo día se ahorcó en la plaza de Chillán al prisionero enviado por Bulnes. Declaró dicho prisionero que la fuerza de los bandidos que salieron de Longaví constaba de cuatrocientos cincuenta españoles y veinte indios, armados de ochenta tercerolas con dos cargas de municiones que habían tomado en el otro lado de la Cordillera. El comandante Bulnes los persiguió con cerca de quinientos hombres, incluso milicianos. El 30 salió de Chillán el comandante Godoy con tres compañías del Nº 1. Se le reunió en los Guindos el comandante Tupper con su escuadrón de Dragones. El 31 dirigieron su marcha hacia Roble Huacho, formando la segunda división de operaciones del centro. Febrero 4 de 1827. Llegó la división del comandante Godoy a la Vega del Roble Huacho, situada a cerca de treinta leguas al oriente de Chillán y con poca diferencia en su altura. Se encontraron buenos pastos y bastante local. El objetivo de esta división es entablar una comunicación con las divisiones que al mando del coronel Beauchef deben haber llegado a Nankén el día 1º de febrero. El 7 se mandó una partida avanzada hasta las Raíces, a unas cinco leguas de Roble Huacho, a fin de proteger la internación de dos baqueanos hasta Mal Barco. Estuvo compuesta esta de treinta y siete soldados del Chacabuco y diez dragones al mando del capitán Pavez. Febrero 8. Volvieron los baqueanos que habían intentado pasar a Mal Barco, habiéndolos perseguido cinco le los bandidos poco más allá las Lagunas. Antes de la llegada de éstos se había mandado otro baqueano hacia Chillán portando el parte de la llegada de nuestra división Febrero 10. El sargento de avanzada en el camino de las minas avisó que habían pasado por allí cuatro bandidos con dos mujeres y un chiquillo, dirigiéndose a la Caja de la Montaña. Se les pudo tomar dos caballos buenos. También en este día unos cuantos bandoleros arrebataron tres caballos al baqueano Constancio, en la loma del enemigo, quien se escapó a pie en el monte. Febrero 11.


Se avistaron en la loma del enemigo unos diez bandidos con un caballo de tiro cada uno. Se fueron después de haberse tiroteado con la avanzada y fue imposible alcanzarlos por los malos caballos. El día 15 de febrero llegó a Roble Huacho el convoy de víveres escoltado por treinta y cinco infantes y veinticinco dragones. El 16 salió con el convoy para Nankén [Neuquén] el comandante Godoy y Tupper, con cien infantes y sesenta dragones. El 18 se tomó un prisionero que fue fusilado en la tarde. Salimos de Roble Huacho a las 5 y media de la mañana. El camino malísimo. El repecho (la pendiente) muy fuerte. Llegamos a la Invernada a las 11 y media. Muy malos pasos para los animales de carga. En la Invernada hay excelentes pastos y mucho local. Salimos a las 3 y media de la tarde. Seguía el repecho siendo malo y pesado. Alojamos a las 7 cerca de Quebrada Honda. Las cargas no pudieron llegar al alojamiento. Febrero 17. Salimos a las 5 y media. Llegamos a las Lagunas a las 11 y tres cuartos. Las cargas llegaron a las 4 de la tarde. Camino pésimo. Alojamiento excelente. Las Lagunas tendrán como una milla de ancho y dos de largo. Febrero 18. Salimos de las Lagunas a las 6 de la mañana. Llegamos a Coyanucho a la una de la tarde. Caminos muy buenos. El 19, en Coyanucho, se recibió una comunicación de Chillán, mandándose que volviésemos con el convoy por estar Beauchef por Antuco. Se habían enviado espías a buscar noticias y volvieron corridos por los enemigos, dos de ellos a pie. Se llegó nuevamente a Roble Huacho el 21. Allí encontramos comunicación de Chillán mandando que se dejase el convoy en Roble Huacho para que pasase a integrar la división de Bulnes que se esperaba llegara a las Lagunas. La división de los comandantes Godoy y Tupper llegó a Chillán el 24 de febrero. El 27 de febrero se recibió una comunicación del coronel Beauchef desde Coupoulqué, a dos jornadas de Antuco, incluyendo la respuesta Nº 8 de Pincheira y de los caciques de su partido a una oferta de indulto que les había hecho Beauchef. Este añade que Pincheira se halla con ciento cincuenta hombres y que los indios de la Barranca le habían quitado todo su ganado. El día 3 de marzo salió de Chillán para Yumbel el General en Jefe, acompañado del jefe del Estado Mayor y comitiva. El 7 del mismo mes se juntó con el comandante Tupper y el mayor O’Carrol. Llegaron comunicaciones del coronel Beauchef avisando que el cacique Mulato quería entrar en convenios de pacificación con nosotros, ofreciendo su hijo y otros caciques cabecillas en [como] rehenes para probar la buena fe que les animaba, y, además, respondían los indios de Trapa Trapa por él.


Mariluán, a quien se había convidado para que entrase en parla, mandó sólo unos cabecillas que fueron recibidos por el comandante de la frontera don Juan Luna y, aunque hay motivos para dudar de la buena fe de este poderoso cacique, se le invitó de nuevo a entrar en relaciones de amistad en el verano próximo. Senosiaín, oficial español de mucho influjo con los indios, ha escrito que tiene deseos de entregarse y se le espera incesantemente. El día 23 de marzo salió el General en Jefe y comitiva a la visita de la frontera, dirigiéndose a la hacienda de La Palma, en la Isla de la Laja; el 24, a Nacimiento, cuyo fuerte hallamos en bastante buen estado, el pueblo sumamente infeliz; el 25, a Los Ángeles. Esta ciudad, que contaba como cinco mil habitantes, fue quemada enteramente en la guerra de la revolución y sus gentes dispersadas. No vive en ella un alma hoy día y presenta un espectáculo horroroso. Se piensa poblarla de nuevo y formar el Cuartel General en su recinto. Los terrenos son los más hermosos de la provincia de Concepción. El 26 fuimos a Antuco, un lindo pueblo en la entrada del boquete de la cordillera del mismo nombre; tiene como setecientos habitantes. El 27 el General en Jefe fue a examinar el fuerte situado a cuatro leguas del boquete. Se supo que el coronel Beauchef había marchado a atacar a los indios de Trapa Trapa, habiendo sabido que lo engañaron respecto a la entrega del cacique Mulato. El 28 fuimos a Tucapel. El 29 por la noche llegamos de vuelta a Chillán. Sabido por el General en Jefe que Pincheira había batido a unos indios amigos y que su preparaba a marchar sobre la provincia de Talca, dispuso la defensa y el tercer escuadrón de Cazadores se dirigió desde Yumbel sobre Talca y salió desde Chillán el batallón Chacabuco para el mismo destino. Siendo mandado en comisión a Santiago por el General en Jefe, concluí aquí mi campaña de 1827 contra Pincheira. Llegué a la capital el 6 de abril y el 1º de mayo del mismo año obtuve el despacho de Primer Edecán del Supremo Gobierno (con sueldo de teniente coronel de caballería, es decir, 150 dólares mensuales)


VI. Sublevación militar de San Fernando en julio de 1828. Julio 7. Los llamados liberales suscitaron una sublevación de tropas en San Fernando, que estalló el día sábado 28 de junio de 1828. El batallón Maipú, acuartelado en otra villa, y que consta de trescientas catorce plazas, se amotinó, puso preso a su comandante don Patricio Castro y proclamó por Intendente de la provincia de Colchagua a un deudor del Fisco: don Pedro Urriola. Se cree generalmente que el objeto de esta sublevación sea el llevar a don José Miguel Infante a la Presidencia de la República. La desenfrenada ambición de este hombre no permite titubear que él aprovecharía de un motín militar para colocarse en la cima del Gobierno, aunque para llegar allí tuviera que rasar por encima de los cadáveres de la mitad de sus conciudadanos. El gobierno tuvo aviso de la sublevación del batallón Maipú o Nº 6 el 3 de julio por la tarde. El día 4 de julio el batallón Concepción o Nº 7, fuerte de doscientas plazas, salió de Santiago con dirección a Rancagua. El virtuoso y eminente general [José Manuel] Borgoño salió para el mismo destino con el carácter de General en jefe del Ejército de Operaciones. Lo acompañaron el coronel Rondizzoni, comandante del batallón Concepción, el señor don José Villarroel, comandante general de las milicias de Rancagua, el comandante Tupper y el mayor Sutcliffe, su edecán. El general Borgoño llegó a Rancagua el día 6 de julio, habiendo encontrado en el camino y hecho contramarchar al comandante Castro, a quien los sublevados habían despedido de San Fernando; al coronel Ibáñez, comandante de las milicias de caballería de San Fernando; y al capitán Cancino, comandante de las milicias de infantería de la misma villa. Estos señores huían para la capital y nos informaron que la plaza de Rancagua quedaba totalmente indefensa. En ella existe un armamento considerable. La división de operaciones salió de Rancagua el día 12 de julio y alojó por la noche en la hacienda de don Francisco Valdivieso. Consistía en el batallón Concepción, fuerte de doscientas plazas; trescientos milicianos de caballería de Rancagua y ochenta milicianos de infantería. En la noche el General en Jefe recibió una comunicación del coronel Quintana, del regimiento de Dragones, en la cual prometía estar con su cuerpo en la orilla del río Tinguiririca el 13 de julio y alababa mucho la disciplina y lealtad de su contingente. El día 13 de julio alojó la división muy temprano en las casas de don Valentín Valdivieso. A la una del día se dio aviso de que el enemigo se hallaba en marcha para atacarnos. Nuestra división se puso sobre las armas y el comandante Porras avanzó con una partida de milicias de caballería hasta el portezuelo de Pelequén; tuvo algún tiroteo con un piquete de los sublevados y, en seguida, se retiraron estos a las casas de Guzmán que ocupaban. El día 14 de julio nuestra división se puso en marcha. Pasó por el río Claro temprano en la mañana. El batallón Maipú quedaba siempre en las casas de Guzmán y dominaba el camino del portezuelo de Pelequén. El General en Jefe determinó evitar un choque con estos amotinados, en primer lugar, porque la fuerza de ellos era muy superior en infantería a la nuestra, y, también, porque ocupaban una posición fuerte, circundada de


barriales. No faltaban señas que indicasen que la intención de los sublevados era dirigirse sobre la capital. Y, efectivamente, esa dirección era la única que todavía les ofrecía alguna esperanza. Sin embargo, esta noticia causó poca inquietud al general porque sabía que en Santiago no existía partido alguno que favoreciera a estos miserables. Con este motivo nuestra división marchó por los cerros de la izquierda, dejando Pelequén a la derecha, y alojó en los Lingues. La intención del General en Jefe era restablecer las autoridades en San Fernando y marchar inmediatamente en busca de los sublevados, destacando de antemano al comandante Tupper con cincuenta fusileros del batallón Concepción montados; una compañía de Dragones y cincuenta milicianos de tercerola, con el objeto de inquietar las marchas del batallón Maipú e impedirle el paso en los caminos. El día 15 de julio la división salió de los Lingues y marchó sobre San Fernando. El General en Jefe adelantó al comandante Tupper con sesenta soldados de infantería para posesionarse del pueblo. Este, a media legua de ese punto, recibió por un paisano la noticia de que el cuerpo de Dragones se había sublevado y que estaba pasando el río Tinguiririca. Habían mandado preso en la mañana a San Fernando al coronel Quintana. El comandante Tupper, con intención de libertar al coronel Quintana, estando todavía sin sospechar de la infame conducta y doble manejo de este jefe díscolo e indecente, llegó con sus fuerzas hasta la plaza de la villa sin oposición ninguna y formó en cuadro. Mas, incesantemente, una pequeña partida de milicianos que se había mandado a reconocer fue cargada en las calles por la vanguardia de los Dragones. Llegó ésta en persecución de los milicianos hasta la plaza, de donde fue inmediatamente desalojada por la infantería. Perdieron un hombre y tuvieron varios heridos. En este ínterin llegó el General en Jefe con la división y mandó cargar del lado de la torre de San Francisco, que estaba ocupada por una pequeña partida de sublevados, creyendo que los Dragones se hubiesen refugiado bajo sus fuegos. Mas, visto lo contrario, se retiró la fuerza otra vez a la plaza, con pérdida nuestra de dos soldados muertos y tres heridos. Entre los últimos el mayor Boza del batallón Concepción y el capitán de granaderos Rivera. Estas desgracias fueron ocasionadas por el fuego de la torre. En este momento el coronel Quintana, que había salido de San Fernando en el instante en que se había aproximado el comandante Tupper, se acercó al general y trató de justificar la conducta de los Dragones y su propio maquiavelismo. El general le ordenó que siguiera a la división en clase de arrestado. Tuvimos luego aviso de que los Dragones estaban atravesando el río de San Fernando. Los perseguimos inmediatamente. Sin embargo, no fue posible alcanzarlos. Confiscaban todos los caballos que encontraban y hacían el viaje como en posta, evidentemente con el designio de incorporarse al batallón Maipú. Nuestra división alojó en la noche del 15 en los Lingues. En la noche del 16 en las casas de don Francisco Valdivieso. Desde este punto llegó la división, sin parar, a la Calera. Se había hecho montar al batallón Concepción en los caballos de los milicianos, en Rancagua, quedándose éstos en este punto, menos una partida de veinticinco de


tercerola y sable al mando del comandante Porras. Pasamos el río Maipo en el vado de Lonquén. Llegamos a la Calera el 18 de julio por la tarde. Nos dieron la noticia de que se habían sentido unos tiros de artillería y fusil del lado de Santiago. Se mandó un huaso a indagar. Volvió en la noche diciendo que las fuerzas del Gobierno habían sido derrotadas y que los sublevados se hallaban en las casas de Ochagavía. El 19 nuestra división se puso en marcha a la una de la mañana con dirección a Santiago. Por equivocación del baqueano tomamos el camino de Melipilla y cuando amaneció nos hallábamos cerca de las casas de Espejo. Aquí nos informaron que la fuerza del Gobierno había sido derrotada; que el comandante de Coraceros había muerto; que no se sabía del paradero del Presidente Pinto; que Fontecilla o Infante habían usurpado la autoridad suprema; que la fuerza de los sublevados estaba en la Maestranza; y, en fin, que la autoridad legítima del país ya no residía en la capital. El general llamó a los jefes de la división a Junta de Guerra. Se expuso que nuestra fuerza no pasaba de ciento ochenta hombres de fusil; la de los sublevados pasaba de cuatrocientos soldados de caballería e infantería. Se resolvió marchar sobe Valparaíso a poner la división a las órdenes del Congreso Nacional. Nos pusimos en marcha sin pérdida de tiempo y llegó nuestra división a la Cuesta de Prado a las doce del 19 de julio. Poco después de nuestra llegada al pie de la Cuesta, se acercaron dos comerciantes ingleses de Santiago, quienes nos informaron del verdadero estado de las cosas. Nos refirieron todas las circunstancias de la escaramuza del 18 de julio; que el Presidente se hallaba todavía en la capital; que los sublevados ocupaban la Maestranza, sin que se hubiese tratado de defender este punto tan importante, pues encierra todas las municiones de guerra y armamento que existe en el país; que el pueblo de Santiago mostraba mucho entusiasmo y una noble determinación de defender al Gobierno constituido contra los atentados de los amotinados. Por otro comerciante inglés, don Jorge Smith, que pasaba desde Valparaíso a Santiago, el General en Jefe mandó aviso al Presidente que aguardaba sus órdenes en el punto que ocupábamos. En la tarde un criado del general le trajo la noticia desde Santiago que el Presidente debía venirse a las casas de Espejo para verse con él. Luego el general salió acompañado del comandante Tupper y del mayor Sutcliffe para las casas de Espejo. En la noche llegó a ellas el Edecán de Gobierno don Agustín Gana trayendo la orden para que por la mañana la división pasara a ocupar la chacra de Prado, distante una legua de la capital. Se transmitió esto inmediatamente al coronel Rondizzoni. El general con su comitiva pasó la noche en las casas de Espejo y por la mañana del 20 de julio se incorporó a la división en Pudahuel. En la noche anterior había llegado a este punto el comandante Gutike con unos cuarenta Coraceros a ponerse a las órdenes del general Borgoño. La división pasó el día en la chacra de Prado. Al caer la noche pasó a la quinta de Portales y en seguida a las rasas de Pólvora en La Chimba, en cuyo punto amaneció el día 8 de julio. A las doce del día tuvo el general una entrevista con el Presidente en el Palacio. Al caer la noche llegó una orden del Presidente a las casas de Pólvora para que el batallón


Concepción, o Nº 7, y el escuadrón de Guías o Coraceros pasasen a ocupar sus respectivos cuarteles, pues se habían hecho tratados con los sublevados. Efectuóse este mismo y pasaron igualmente los del Estado Mayor a sus casas. En la Orden del Día del 22 de julio se publicó un indulto en favor del batallón Maipú, o Nº 6, y del regimiento de Dragones, incluyendo en él a don Pedro Urriola y a todos los paisanos y milicianos que acompañaron a la división sublevada desde San Fernando hasta la capital. De este modo han concluido todas las sublevaciones en Chile. Y por este motivo hay una cada año, ya sea puramente militar como ésta o suscitada por medio de pobladas de facciosos, acompañados de los votos de la capital. En todo tiempo los Gobiernos, deseosos de paliar el mal y no cortarlo en su raíz con enérgico proceder y un debido castigo, han tratado de comprar la paz y la tranquilidad de estos malvados por medio de indultos y premios de todas clases. De consiguiente, el remedio empeora el mal. Las autoridades constituidas se hallan sin prestigio entre los ciudadanos y las leyes yacen en una nulidad absoluta. Santiago, julio 37 de 1828


VII. Conspiración de agosto de 1828. Agosto 21 de 1828. El día 17 de agosto tuvo noticia el Presidente de una conspiración que se tramaba contra su Gobierno. El miserable Urriola se halla por segunda vez metido en estos negros atentados. Parece que la intención de los conspiradores era matar al Presidente con otros varios individuos en la noche del 9 de agosto, y, probablemente, proclamar a Urriola como Presidente de la República. Sus planes abortaron sin que hasta ahora se haya sabido el verdadero motivo. Después de haber prendido a algunos oficiales del batallón Maipú, o Nº 6, comprometidos en este nuevo motín, se mandó orden al mayor Carson, el 17 de agosto, para que remitiese a Santiago en clase de presos al teniente Murillo con algunos otros. Carson trató de poner en ejecución las órdenes del Gobierno, mas todo el cuerpo se sublevó y tuvieron que escaparse los oficiales; incontinenti este regimiento de Dragones se puso a disposición de Murillo y de otros tres oficiales y marchó hacia el sur; en la tarde salió el cuerpo de Carabineros (o Coraceros) a su persecución. Guillermo de Vic Tupper.


Diario de campaña 1823-1828  

Diario de campaña 1823-1828. Guillermo Tupper. 1828.

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