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Memorias de un marconista de mar y tierra

Italo Amore

Memorias de un marconista de mar y tierra

El 20 de julio del año 1.942, empecé a escribir estas memorias, para mis hijos, en la suposición de que cuando sean grandes les interese conocer la historia de su papá. En principio creí posible cuidar la redacción para que resultara en un castellano aceptable, pero a los pocos capítulos me di cuenta de que tal resultado era superior a mis posibilidades: las páginas iban sumándose lentamente, como para no acabar nunca. Dejé entonces de un lado las veleidades literarias, contentándome con dejar relatados a la carrera, como borrador, los hechos en cuestión.

Italo Amore

Tomo 2

Tomo 2


Quinta Parte

Encuentro A Mi Padre


Italo con su padre Bruno Amore

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Memorias t Italo Amore


CAPÍTULO 49

Viaje No. 28 S/ S

PRINCIPESSA GIOVANNA

DE GÉNOVA A BUENOS AIRES Y REGRESO Salida:5 septiembre de 1.925 Regreso:29 octubre de 1.925 Comando:Igual que el viaje anterior

A

ntes de la salida, me presento a la oficina de Génova; entre los asuntos del servicio encuentro una importante carta firmada por el marqués Solari, dirigida a Affronti y al suscrito, fechada 26 de agosto u.p. en Roma, que dice así: «Observaciones de la Convención Internacional He leído con verdadero complacimiento las observaciones a la vigente convención internacional radiotelegráfica del año 1912 y las propuestas de enmienda que a la misma se podrían introducir. Me agrada constatar el interés con el cual ustedes desarrollan su servicio, buscando el beneficio general de volverlo siempre más práctico y eficiente; interés que está manifestado en este su estudio que guardo sobre mi escritorio y que tendré presente el día en que se lleve a cabo una nueva conferencia radiotelegráfica…» (reconociendo mi derecho de autor, Affronti me entregó el original de esta carta). Es lógico suponer que después de esta prueba de reconocimiento acerca de mi competencia profesional, puedo esperar que en adelante la Marconi continuará dándome preferencia en el escalafón de sus funcionarios, afirmando aún más mi derecho a una extraordinaria carrera.

El 5 de septiembre el buque Giovanna zarpa de Génova; al día siguiente hacemos escala en Nápoles donde tengo nuevamente el gran placer de abrazarme con mi hermano Mario, a quien traigo además los saludos y recuerdos de mamá y familia. Mario, que siempre ha sido muy inteligente y hábil en hacer convenientes relaciones sociales, en esta ocasión se vino a bordo acompañado por un teniente de su cuartel, quien es la primera vez que tiene la oportunidad de visitar un barco transatlántico, siendo atendido con mucha consideración por el suscrito. De esta manera, Mario logra estimación y un tratamiento especial por parte de su superior, para el futuro. Por mi parte le sugiero que en la próxima ocasión bien puede venirse a bordo hasta con su general, pues estoy dispuesto a obsequiarle a todos banquetes en el salón de 1ª clase, con tal de que traten bien a mi hermano… Tanto más, que las atenciones que yo les haga no me cuestan nada; en mi calidad de oficial del barco y de elemento muy apreciado por el comandante tengo derecho a hacer de vez en cuando invitaciones a bordo, a costas del barco. Con los festejos de costumbre durante el viaje; sin nada especial que mencionar; el 21 de septiembre

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hacemos escala en Río; el 22 en Santos; el 26 en Montevideo; el 27 entramos en Buenos Aires. Al día siguiente, como cada vez que aquí llego, viene a bordo el amigo Mario Rossetti, invitándome a pasear con él por la ciudad, y luego a comer en su casa. Estoy en uniforme; por la pereza de ir a mudarme de vestido para no hacerlo esperar, bajo a tierra en él llevando la misma divisa de oficial, en lugar de vestirme de civil. Entramos en un café a tomar un aperitivo; mientras charlamos, me acuerdo que tengo en el bolsillo, para entregarla a destino, la carta que en Pinerolo me dio una señora amiga de mamá para hacérsela llegar a su hijo. La dirección de este es en la calle Alberti, un poco lejos del Paseo Colón donde nos encontramos en este momento; se me ocurre averiguar si dicho señor tiene teléfono, como para darle una cita. Pido al mozo del bar que me preste la guía telefónica de la ciudad; el camarero enseguida me la trae. Mientras despreocupadamente converso con Rossetti, coloco la guía sobre la mesa; me dispongo a buscar el nombre del destinatario de la carta. La guía telefónica de Buenos Aires, es un libraco del tamaño de una enciclopedia de miles de páginas, pues la ciudad tiene casi dos millones de habitantes. Al abrir al acaso el volumen por la mitad, de repente quedo poco menos que fulminado! Acabo de ver en esa página, abierta allí accidentalmente, un aviso comercial de media hoja, con el nombre, apellido y dirección de mi papá! Bruno Amore -Agencia Singer- Calle San Eduardo 3299 esquina Campana, Buenos Aires. Siento que todo mi cuerpo está temblando. Seguramente me he puesto pálido, pues el amigo Rossetti me pregunta qué me pasa. De un brinco me he puesto en pie; la copa de vermouth, sin que me diera cuenta, se fue al suelo en pedazos. Mis nervios están que revientan. Hago fuerza sobre mi conmoción, para calmarme. Le informo: -tú recordarás que yo no tengo papá, porque hace tiempo que murió. Pero no hay tal que se haya muerto, sino que acabo de ver aquí en esta página su nombre y dirección: está vivo. Aún cuando hubiera preferido no encontrarlo, ahora necesito ir de una vez a presentármele. Quieres acompañarme?. El amigo accede; quizás un poco por la curiosidad, o porque me ve trastornado, excitado. Tomamos el tren subterráneo en la plaza de Mayo, hasta la calle Río de Janeiro que combina con Rivadavia 4500; allí, en el barrio del Centenario, al norte de Flores, a un par de cuadras está la calle de San Eduardo.

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Durante el trayecto voy como sonámbulo; tengo el presentimiento de que está por suceder algo grave, que afectará mi vida futura. Yo no quisiera ver este a hombre, que fue mi padre; sin embargo, otra fuerza superior, el sentimiento del deber, de cumplir con el deseo tantas veces manifestado por mamá, me empuja hacia él. Estoy acostumbrado a aceptar el destino, tal como las contingencias lo imponen; llegar, salir, con el corazón envuelto en un forro de hielo, como se requiere para ir de un continente a otro enfrentando toda clase de peligros, sin un consejo, sin una guía, sin un pariente que me ayude; desde que estoy en el mar, me he vuelto fatalista: Allah fí, inclinarse ante la voluntad de Dios. Esto de que ese enorme mamotreto telefónico en donde yo buscaba la letra C, se haya abierto de par en par precisamente en la página donde está el nombre de Amore Bruno, me indica una orden superior, del Cielo, que tengo que cumplir, a costa de cualquier sacrificio. Ahora, no soy yo, sino un hipnotizado, que automáticamente se acerca hacia lo que puede ser un precipicio. Mamá lo quiere! Digo a Rossetti: -mira ché, yo no sé qué me vaya a pasar cuando esté frente de mi padre, sin embargo, te agradezco haberme acompañado, y te suplico dejarme solo con él una vez que lo encuentre. Allí está la agencia Singer que busco, espérame aquí afuera, si salgo solo, nos vamos juntos; si me ves salir con otro hombre, ese será mi padre, entonces te irás, volveremos a vernos mañana. Te pido excusas, pero tu comprendes mi situación. Adiós. Entro en la agencia Singer: es un almacén elegantemente montado; observo una docena de señoritas, cada cual sentada en una máquina de coser. Mostradores, encajes, agujas, hilos, aceites para máquina. El ambiente es de orden, silencio, paz celestial. -Qué contradicción- pienso en mis adentros, -ese diablo de mi papá metido entre tantas inocentes muchachas! No, no puede ser, tengo que estar equivocado. Una de las damas, probablemente la directora, se levanta y me pregunta qué deseo. -¿Está el señor Amore?-Si, está- yo esperaba que la contestación fuere negativa; que nadie lo conoce; que todo esto es un sueño idiota. La respuesta sencilla pero tremendamente afirmativa resuena en mí como una dura noticia. No me puedo echar atrás; suceda lo que suceda, adelante! -Tenga la bondad señorita, de informarle que deseo hablarle-. -¿De parte de quién?-.

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-Eso no importa. Tenga la bondad-. Las demás señoritas, suspendiendo el trabajo, han levantado los ojos de sus máquinas, tal vez extrañadas por el uniforme de oficial de marina con los galones dorados, tal vez por mi acento extranjero. Me están observando. Mientras tanto, me siento como Jesús acercándose a la cruz. Se abre una puerta lateral; por ella aparece un hombre de unos 55 años de edad, cuerpo regular, ancho de tórax, constitución robusta; fisonomía seria, ojos profundos, bigotes y chivera; lo reconozco enseguida. Es mi papá. Acercándose, me interpela: -Buenos días, señor. En qué le puedo servir?- Observa mi uniforme; tiene aire preocupado, como si él también estuviere presintiendo el golpe. -Deseo hablarle, señor, pero…- doy una mirada a las mujeres presentes en la sala, pensando si entre ellas estará la María con la que se escapó de Torre Pellice -pero, no aquí en público-. -Adónde quiere usted?- pregunta, con aire extrañado, con acento como quien está principiando a enojarse. -Salgamos aquí afuera, en la calle, se lo ruego-. Me dirijo hacia la puerta invitándolo con el gesto a seguirme; me acompaña entre desconfiado y al mismo tiempo atraído por el respeto que impone el uniforme, pero de mala gana; enseguida protesta: -Señor, no entiendo qué es lo que quiere usted; quién es usted?-. No puedo más. Estoy que estallo. Tan pronto salimos fuera de la puerta del almacén, donde las muchachas ya no pueden oírnos, le suelto la bomba: -yo soy Italo!-. -Cómo? Qué Italo?-, me contesta; siempre con ese tono suyo entre queja y reproche. Me siento subir la sangre a la cabeza. ¿Acaso tendrá este tipo el descaro de no recordar quién es Italo a quién él bautizó así? Acaso, para él, puede haber otros Italos? Con dos palabras de fuego, replico: -Italo Amore!-. Empalidece mi hombre; vacila un instante como si fuere a caer; hace un esfuerzo para dominarse. Me escruta con sus ojos inquisidores; luego, con voz tenue, casi balbuciente: -Entonces, si es así, vamos adonde usted diga…-. ¿Adónde ir? Pienso yo. Veo en la esquina el amigo Rosetti quien está esperando. Con la mano le hago señas de adiós. Mi padre pregunta: -Quién es?-. -Un amigo. Vamos hacia mi barco, al puerto; quiere?-. Asiente con la cabeza. Luego, toma la palabra: ¿Cómo me asegura usted que es realmente Italo Amore? A qué vino? Desde cuándo se halla usted en

Buenos Aires? Quién le dio mi dirección? Adónde aprendió usted a hablar español? Qué hace usted en esta ciudad?-. -Papá, ya creo que es el caso de que principiemos a tutearnos. Soy realmente tu hijo, y me apena oír que no me reconoces por la fisonomía. Yo sí, te reconocí a ti inmediatamente. Tan pronto lleguemos a bordo te haré ver mis documentos, pasaporte, comprobantes que sí soy Italo Amore. Soy oficial en la marina; como tal, he viajado ya bastante por el mundo y he aprendido algo de castellano. Estoy en Buenos Aires, porque aquí me trajo el barco: el destino. Esta es la quinta vez que vengo a Buenos Aires. Durante los cuatro viajes anteriores, te busqué, inútilmente. Mamá te quiere. Ahora, ya no te buscaba, pero, hace media hora acabo de ver tu nombre y dirección en un aviso que tienes en la guía telefónica. ¿Tomamos el subterráneo?-. -Como tú quieras, Italo. ¿Con qué, eres oficial de barcos? Dónde estudiaste? Quién te ayudó? Qué hacen tus hermanos?-. Nuevamente me sentí subir las llamas a la cara. Nos ayudó mucha gente buena de Torre Pellice, los Pasando, los Brovelli, los Bernero, familias que te conocieron y te condenaron por tu abandono. Por lo demás, mamá fue quien hizo el milagro de mantenernos, educarnos y colocarnos en situación honrosa ante el mundo. -Quiero decirte y demostrarte de una vez, Italo, que yo no tengo la culpa de lo ocurrido. Es que esa mujer, tu mamá tenía un carácter tan insoportable…!-. -Padre, no le tolero que me hable así! No he venido a pedirte cuentas, y mucho menos a permitir que me critiques a mi mamá, tu esposa. Si esa es tu intención, podemos de una vez volver a separarnos. Sigue la senda de tu destino; yo seguiré por la mía-. Disgustado, me levanté del asiento del vagón, como para irme. Con el brazo me detiene: -No te vayas, perdóname; es que quién sabe cómo me juzgas tú; yo quiero demostrarte que no tengo toda la culpa…-. -Te repito papá, no he venido para juzgarte; no hablemos más de eso. Mi intención, al encontrarte, en cumplimiento de los deseos de mamá, quien todavía te quiere, es únicamente invitarte a que te vengas conmigo, a Pinerolo, a vivir con tu esposa y demás hijos tuyos. Desde luego, si puede hacerlo, si no tienes impedimentos, que yo no conozco. En cuanto al pasado: echémosle una piedra, no hablemos más de eso. ¿Pero: hacia dónde vamos? Yo quería ir al puerto, y resulta que nos equivocamos, hemos tomado el tren en dirección opuesta, vamos hacia Vélez Sarzfield… Esto sucede en los

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subterráneos, es fácil perder la orientación, y esta es la primera vez que yo venía aquí. Tú no te diste cuenta? Tendremos que descender en la próxima estación, tomar el convoy de regreso…-. -Yo vi que íbamos hacia Vélez en lugar de al puerto, pero pensé que estando al lado tuyo es buena cualquier parte donde vayamos. El puerto…, no me gusta mucho el puerto; hace años que no voy por allá. Aquellos lugares tienen fama de peligrosos. Por qué no vamos a otra parte?-. -¿Peligrosos? Pues, yo hace años que vivo entre los muelles y las grúas de los puertos; por cierto, algunos más difíciles y menos accesibles que los diques de la dársena de Buenos Aires; y nunca me ha pasado nada. Fantasías! Tenemos que ir a bordo, porque allá tengo los documentos míos y de la familia, fotografías, correspondencia, etc. Además, quiero que conozcas mi casa, porque esa nave es mi casa. Es de lujo, sabes? Ya verás cómo me quieren el comandante y los demás oficiales…-. -Conque, vives a bordo de un barco! ¿Cómo se llama ese barco?-. -Se llama…- me doy cuenta de la extraordinariamente rara coincidencia… -se llama «Principessa Giovanna»… es del Lloyd Sabáudo-. Sabáudo era el nombre de la casa real de Italia, que él como ex militar tenía que conocer. Los ojos de mi padre relampaguean un instante. ¿De veras, se llama así?-. -Sí, padre; es un barco nuevo, tal vez por eso no lo hayas oído nombrar antes-. -Conque… Principessa Giovanna…, la Princesa Juana me trae mi hijo… Sí, ella siempre tuvo la soberbia y el carácter mandón como una princesa. Y ahora, como para rematar su victoria, me envía al hijo, oficial de marina, sobre el barco que lleva su nombre…. Estas palabras se le escapan a media voz de entre los dientes, como una reflexión que se le salió inconscientemente… Hemos llegado a Vélez. Bajamos; sin salir de la estación subterránea subimos al convoy en dirección opuesta, hacia la plaza de Mayo. Nuevamente en el tren, reanuda él la conversación: -Quisiera me dejaras explicarte, Italo, cómo fue la desgracia por la cual vine a dar aquí. Yo nunca quise abandonarte, pero tu mamá era tan intratable…-. Le interrumpo: -Ya te dije papá, no hablemos más del pasado; no he venido ni quiero juzgarte; eso le tocará hacerlo a Dios. En cuanto a mamá, quiero que sepas que si te he buscado fue principalmente para

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cumplir una orden de ella. Dime: puedo contar con que vendrás a Italia en mi propio barco? Salimos dentro de diez días; el tiempo suficiente para que tu vendas tus cosas e irnos juntos: ¿no es cierto?-. -Ché, cómo corres… Quién sabe si eso será posible… Lo estudiaremos…-. Hemos llegado enfrente de la Casa Rosada; seguimos a pie hacia el dique. Ya es noche, las seis de la tarde pasadas, es otoño, los caminos del puerto están a oscuras. Vamos atravesando carrileras del ferrocarril de carga, que son numerosas cerca de los muelles; mi padre tropieza frecuentemente con los rieles, tengo que cogerlo del brazo y guiarlo. De pronto, se para, me agarra por los hombros, me mira en la oscuridad. -Por qué te paras, papá? El barco está allá, ¿ves aquella gran sombra que tiene tantas luces? Ese es el Principessa Giovanna. Está todo pintado de blanco, como lo verás cuando estemos más cerca, y no hay equivocación posible. Además, también verás el nombre escrito en grandes letras sobre la proa. Sigamos!-. Se deja llevar, casi arrastrar; parece muy cansado. Cuando llegamos cerca del barco, entramos en la zona del alumbrado y los reflectores; el deslumbre de la luz hace que mi padre reasuma su porte fiero; abre desmesuradamente los ojos, admirando con sorpresa y envidia la bella nave, los blancos puentes del Giovanna, el nombre grabado en letras de oro sobre la proa… y murmura… -Esto es verdad! -. Subimos la escalera real (así se llama la principal); como de costumbre el marinero de guardia al reconocerme se cuadra saludando; papá principia asombrado a darse cuenta de mis poderes; noto que tiene ahora en la cara una expresión de orgullo. Mientras lo guió por los varios puentes hasta llegar a mi camarote, le digo: -mira, iremos ahora a comer juntos en el salón, tendré que presentarte al comandante y a los oficiales mis colegas. Te presentaré como mi «tío», para no tener por lo pronto que dar tantas explicaciones pues ellos se extrañarían de que habiendo venido ya varias veces a Buenos Aires, nunca les haya yo mencionado que en este puerto reside mi papá. Quedamos pues entendidos: tu eres mi tío-. Entramos en mi camarote, le hago sentar, le presento mis documentos personales, pasaporte, fotografías de los míos, correspondencia de la familia, y mientras le hago ver todo, comento cómo será feliz Anita poder ir al matrimonio con Franco, acompañada por su papá! Me abraza, se pone a llorar en forma violenta. Lo acompaño; quedamos así largo rato, abrazados, llo-

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rando. Dice que se siente mal. Inmediatamente saco del armario una botella de cordial Strega, le ofrezco una copita. La toma en su mano, observa el líquido de color amarillo; en lugar de tomarlo, me pregunta: -No es veneno?¡Caray, con el tonto! Su pregunta me indigna. Saco otra copa, la relleno y la vacío de golpe tragando, para demostrarle que es un licor. Entonces, él me imita. -Cómo se te ocurre pensar tales cosas-, le digo en tono de reproche. -Ché- me contesta, -cuando veníamos atravesando el puerto, por esos muelles oscuros, miraba yo a todos lados para ver de dónde me vendría la puñalada. Como no veía a nadie, tú mismo pensé que fingías tantas amabilidades para luego clavarme un navajazo, y esperaba el castigo de un momento al otro. Porque no me cabe en la cabeza que si tu eres Italo, tal como veo que lo eres, hayas venido a buscarme para otra cosa que no sea la venganza. Viendo que no me mataste en el muelle, pensé que lo harías ahora con el veneno!-. -Papá, por Dios, que ocurrencias! Bueno, ya viste que no queda duda respecto de mi identidad, y que todos en Piamonte están bien, al honor del mundo. Anita está para casarse, la que tu no alcanzaste a conocer, es ya muchacha de 18 años. Mario está prestando servicio militar en Nápoles, lo veo a cada viaje. Ettore trabaja con mamá en el laboratorio químico de Proton y por la noche trabaja como operador de cine; él ya terminó su servicio militar en Libia, en el cuerpo de comunicaciones (genio). Yo estoy haciendo buena carrera en la radio-marina, como lo ves. Mamá siempre te ha recordado, y como uno de los fines principales de mis viajes siempre me impuso el de buscarte y devolverte al hogar. Solamente hace falta ahora que tú te reúnas con nosotros y así vuelva a completarse la familia. Bajemos al salón, ya es hora de comer, tocaron la campana; luego te acompañaré a tu casa; mañana volveremos a encontrarnos y a estudiar planes para nuestro futuro-. -Qué comer! No tengo ninguna gana. Ve tú, yo te esperaré aquí. Además, no iré esta noche a ninguna parte. Ya te encontré, mejor dicho, tú me encontraste, pero ahora yo no te soltaré más, quiero estar siempre a tu lado, Italo mío-. Yo tampoco tengo apetito; para no dejar solo a mi papá en el camarote, timbro al camarero, hago que nos suba fiambres y postres para los dos. Quedamos largo rato, mirándonos, callados, cada cual pensativo como si acabáramos de nacer en otro mundo compuesto nada más que por nosotros dos y Pinerolo.

-Papá, entonces, si no quieres ir a dormir a tu casa, hago que te alisten un camarote en primera clase-. -No, aquí me quedaré durmiendo al lado tuyo, a tus pies, sobre esta alfombra; no deseo más-. -Papá, mañana vas a principiar a vender tu negocio para venirte a Italia conmigo?-. -Quién sabe, eso no es asunto baladí, tendré que consultarlo con el gerente de la Singer-. Nos quedamos dormidos, yo en mi cama, cuya estrechez no daba cupo para dos; él sobre la alfombra, a los pies de mi cama. A pesar de mi insistencia, no fue posible convencerlo en otro sentido. Esto me parece de buen agüero: si tanto me quiere, seguramente se vendrá enseguida conmigo a Italia. Al día siguiente por la mañana, mientras bajamos hacia la cubierta, tropezamos con el comandante Turchi; como es de costumbre, tengo que presentarle al visitante a bordo: -mi tío, Bruno Amore-. -Mucho gusto en conocerle- le dice Turchi, -y me es grato manifestarle que su sobrino Italo es un muchacho de gran inteligencia, estudioso, que hará carrera; es el mejor entre los jóvenes oficiales de este barco; yo lo aprecio altamente y espero tenerlo mucho tiempo entre mi estado mayor…-. Hay que ver lo impresionante que resulta el gigante Turchi cuando habla así, al tiempo que mueve sus brazos del tamaño de un Goliath. Papá se conmueve, se pone colorado, y olvidando toda la lección, despepita: -Sí, yo me siento muy orgulloso de mi hijo…!-. Enseguida se da cuenta de que acaba de meter la pata, se confunde. Yo no sé que hacer. Turchi nos mira a los dos, extrañado; comprende que hay un enredo. -Con su permiso, comandante-, digo yo, para alejarnos interrumpiendo la escena sin mayores explicaciones. De este paso, pienso, no puedo presentárselo a los demás de a bordo ni introducirlo en el salón comedor. Al darse cuenta los demás oficiales y los camareros, de cuál es nuestra verdadera relación, se despertarían chismes, curiosidad; a no me gusta ser observado como un animal raro y que los demás se interesen de mis asuntos privados. Entonces lo invito a que bajemos a la ciudad; le pregunto si sería el caso de que vayamos juntos donde el gerente de la Singer a fin de presentarle su renuncia, principiar a vender o liquidar su almacén para irse conmigo a Italia. Evidentemente chocado, me contesta que no tengo por que meterme en sus negocios. Que él sabe como tiene que manejarse y lo que tenga que hacer; me prohibe entrevistarme con su gerente. No me cuesta

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mucho hallarle la razón; me parece lógico esto que acaba de decirme. Mientras caminamos por las calles, nos suceden escenas curiosas, que me hacen sentir ridículo ante los transeúntes. Al subir al tranvía, o entrando en un restaurante, papá me escolta como para protegerme cual si yo fuere un niño chiquito; impide a los demás pasarme de cerca; escoge y reserva para mí el mejor asiento, esto me parece grotesco, joven y fuerte como soy… -Papá- le digo, -no hagas reír la gente, no temas que me atropellen los peatones ni los automóviles! Ya soy grande; por mi sola experiencia he aprendido a viajar en todas las ciudades del mundo; no es esta la primera vez que salgo de casa!-. Interpreto tales demostraciones como clara evidencia del enorme afecto que se le está despertando en el corazón a medida de que me conoce; comprendo que sin duda alguna este hombre se pondría feliz si pudiera parar en la mitad de la calle a toda la gente que pasa y orgullosamente anunciarles: vean ustedes, este es mi hijo!… Almorzamos y comemos en un restaurante; por la noche vuelve a dormir a mi lado. A mis frecuentes instancias para que vaya a hablar con su gerente, contesta: -mañana-. Cuando nos despertamos por la madrugada, le digo: -papá, hoy si vas a definir tu asunto con el gerente de la Singer?-. Finalmente, por la tarde, como si le costara gran esfuerzo, se separa de mí diciendo que va donde aquel, y que nos encontraremos a las ocho de la noche en la puerta del dique donde tengo que esperarlo para darle entrada a bordo. A su regreso, alega que ya ha comido, y pronto vamos a acostarnos. -¿En qué quedaste con tu gerente?- le pregunto en forma chistosa; -lástima que no me hayas dejado hablarle yo mismo, yo conozco bastante bien a los norteamericanos y hablándoles en inglés sabría como ganármelo fácilmente. Haz llegado a un acuerdo?-. -Si, y no- contesta. Que por el momento es imposible pensar que yo abandone el negocio así en un par de días. Que lo conveniente es tomar tiempo y realizar el proyecto en un par de meses. -Mientras tanto, tú vas a Italia, y a tu regreso, saldremos juntos para Pinerolo, cuando yo haya liquidado en buena forma mis haberes y créditos-. -Pero papá, qué nos importa la plata! Qué nos importa perderlo todo si en cambio nos hemos encontrado! No necesitamos plata. Abandona tus créditos o encárgalos a algún comisionado para que más tarde te los remese por el banco; vente de una vez conmigo!-

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-Hijo mío, hay que ser razonables. Sería un delito abandonar así de repente el resultado de veinte años de trabajo. No hay ninguna urgencia. Ya nos hemos encontrado; dentro de dos meses nos uniremos para siempre. Además, falta antes saber si tu mamá y hermanos están dispuestos a permitir que yo regrese a vivir entre ellos. Yéndote ahora para Italia tú solo, les informarás, y si ellos dan el consentimiento, y me escriben por tu conducto en tal sentido, tendré yo entonces el valor de salir para presentarme entre ellos. Estas observaciones me parecen lógicas; muy a mi pesar no volveré a insistir. Rápidamente transcurren los días, acercándose la fecha de salida del barco. Papá continúa pasando la mayor parte del tiempo a mi lado; dice que ya encargó a otra persona para que atienda sus negocios y que por consiguiente se halla libre para estar conmigo hasta mi salida. El 6 de octubre, después de haber obtenido su promesa de que liquidará pronto el negocio y se mantendrá listo para regresar a Italia conmigo durante el próximo viaje, nos abrazamos y nos despedimos. Tan pronto ha zarpado el Principessa Giovanna, me llama Turchi a su camarote y me interroga. Brevemente le describo mi situación y el acuerdo a que he llegado con mi padre. Le pregunto: -dígame usted comandante, como hombre: ¿estoy equivocado en mi procedimiento? Ojalá me aconsejara usted si algo mejor puedo hacer en esta circunstancia-. -Ha hecho usted perfectamente su deber, nadie podría superarlo. Le admiro. Lo importante es que su papá no tenga otros líos en Buenos Aires y esté verdaderamente libre para regresar con usted a Italia. ¿Está usted seguro de eso? También debe usted tener en cuenta que su papá debe sentir vergüenza de presentarse entre sus hermanos y parientes, después de veinte años de abandono; esta puede ser otra causa de su resistencia en hacerlo inmediatamente. Tiene usted que insistir, pero obrando con cautela-. -No creo que tenga líos- la mera idea me avergüenza, -porque estuvo todo el tiempo conmigo, por lo cual pude comprender que no tiene otras obligaciones. Por lo demás, seguiré a la letra sus sabios consejos, comandante-. -Muy bien; y si al regreso logra que su papá regrese con usted a Italia, cuente desde ahora con que la Compañía del Lloyd le obsequiará a usted el pasaje en primera clase para su papá, gratis, en este barco-. -Gracias, comandante, no soy digno de tanta bondad suya-.

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Desde Montevideo, con fecha 7 de octubre dirijo a mi padre la siguiente carta: «Querido papá. La separación ha sido dolorosa para ambos; no es el caso de volver a hablar de ello. Si la felicidad de habernos encontrado no logra mitigar el dolor de mi momentánea despedida, debemos sin embargo hacer fuerza sobre nosotros mismos, recordando que somos hombres; olvidar el pasado, gestionar con todos nuestros medios para procurarnos nueva felicidad al próximo encuentro. Tengo ahora ansiedad de llegar a Italia, dar a toda la familia la grata noticia; hablarles de tu bondad y de tu buena salud. Habíamos recíprocamente creído de habernos olvidado, durante los últimos veinte años; ahora resulta que al primer encuentro nos queremos como si estuviéremos queriéndonos desde hace cien años. Gracias a Dios. Las rosas rojas que me trajiste al momento de la salida, están aquí presentes, me hablan de tu cariño y tu fuerte voluntad. Son bellas, aunque cada una tiene dolorosas espinas, por haberte dejado allá. Quiera Dios mantener tu buena salud, atender los ruegos que a Él dirijo desde mi corazón. Piensa que dentro de veinte días seremos cinco personas en recordarte y rogar por ti. Dios nos ayudará en que se cumpla nuestra unión. Te escribiré nuevamente desde Río. Puedes escribirme dirigiendo tu correspondencia a Génova, hasta el 13 via s/s Duca D’Aosta; hasta el 16 via s/s Principe di Udine; después, de acuerdo con los itinerarios de los barcos, que aparecen publicados en el periódico «Nación», o en el «Patria». Te abraza tu hijo, Italo». El 10 de octubre, desde Santos, le escribo volviendo al ataque: «Espero que habrás recibido mi anterior que te dirigí desde Montevideo. Pienso constantemente en ti, en la solución de tu próximo regreso a Italia. Es inútil que tu sigas sacrificándote allá, solo, sufriendo, y nosotros todos sufriendo del otro lado por tu ausencia. Es necesario que tu decisión de regresar a Italia se cumpla lo más pronto posible, pues yo no sé hasta cuando lograré continuar en este barco y en la línea de Buenos Aires. En cuanto a tu afirmación, de que encuentras grande la dificultad de tener que presentarte en familia después de tantos años de ausencia, ella es injusta y está fuera de lugar; lo mismo que aquella otra en que dices que no te sientes capaz de ir a gozar de un bien al que te parece de no haber contribuido. Desde el momento en que nos hemos encontrado, nos harías una injusticia mucho más grande, a mí y a mis

hermanos, si nos obligaras a seguir viviendo sin nuestro papá. No te hablo de mamá; solamente ella sabrá decirte cuan inmenso será su consuelo volviendo a tenerte a su lado, ahora que tantas buferas han pasado y que una nueva primavera está por resurgir entre la vida de nuestra familia. Nunca es demasiado tarde para principiar una vida mejor. Quedamos pues entendidos que esperaré en Génova tu carta confirmando que te alistas para salir conmigo al próximo viaje». Llegando a Nápoles, el 28 de octubre, tengo el placer de abrazar a Mario quien sigue aquí cumpliendo su servicio militar. Le anuncio la gran novedad de que he encontrado a papá, que espero traerlo conmigo de regreso en enero. En principio, la noticia no le agrada; luego, se resigna y la acepta, tal como lo hice yo, pensando que así procuraremos la felicidad de mamá. Escribo a la dirección Marconi de Roma una carta para mí penosa, casi humillante, describiendo mi situación de hijo y cuanto he descubierto en Buenos Aires, apelando a la humanidad del señor director a fin de que ordene a la oficina de Génova dejarme a bordo del Giovanna siquiera durante un par de viajes más, para permitirme así devolver mi papá entre su familia en Italia. De esta carta doy copia al comandante Turchi para los fines que él a bien tenga, en su oferta de ayudarme en la realización del proyecto. El 29 de octubre, terminado el viaje en Génova, Turchi me autoriza como en anteriores ocasiones irme en permiso a Pinerolo. Voy a llevar a mamá la gran noticia, inclusive las fotografías que he tomado de papá mientras estaba conmigo a bordo del Principessa Giovanna en Buenos Aires.

Almacén Singer de Bruno Amore

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CAPÍTULO

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VIAJE NO. 29 S/ S

PRINCIPESSA GIOVANNA

DE GÉNOVA A BUENOS AIRES Y REGRESO. Salida: 12 noviembre de 1.925 Regreso: 11 enero de 1.926 Comando: igual que el viaje anterior

S

ería largo describir las conmovedoras escenas en mi casa cuando al día siguiente de haber llegado, después de cautelosa preparación para evitar que la noticia fuere recibida con sorpresa por mamá, informé a todos los míos acerca de cómo había encontrado en Buenos Aires al papá, y respecto a la posibilidad de traerlo a casa durante el próximo viaje. Todos convencidos de que cumpliríamos así una buena obra, nos sentíamos felices y llorábamos juntos, especialmente mamá. Qué consuelo! Expliqué a los míos que el proyecto de hacer que papá volviera a Pinerolo tenía de parte de él alguna resistencia por cuanto que él alegaba que le daba vergüenza venir a recoger el fruto de una felicidad que no había sembrado. Convinimos en que, ya sea mamá, como mis hermanos, me entregarían cartas para llevar a papá, en las cuales cada cual expresaría su ferviente y resuelta solicitud para que él se reintegre al hogar. Terminada la semana de permiso, después de despedirme y recibir el caluroso augurio de todos a fin de que me sea posible la próxima vez regresar acompañado del papá, salgo de Pinerolo llevando en mi cartera los varios mensajes de bienvenida para él, de parte de la familia.

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Llegado a Génova, encuentro en el correo dos cartas de papá; la primera, fechada en Buenos Aires el 6 de octubre, día en que salí desde allá; la segunda, fechada 30 de octubre, en la que acusa recibo de mis cartas que le escribí desde Montevideo y desde Santos. La primera carta es corta, dice lo siguiente: «Querido Italo: tu papá desea que llegando tu a Italia y al recibir la presente, te encuentres bien de salud y cubriéndote de besos ardientes, extensivos para tus buenos hermanos, al enviarte su bendición, hago votos a fin de que donde quiera tu navegues o camines, te sea gloriosamente abierto el espacio y que la victoria y la felicidad te procuren un dulce provenir. Tu afectísimo Padre». (Ver los originales en italiano adjuntos). La segunda carta, más larga, está redactada así: «Bendito y adorado Italo: te escribo la presente con el corazón lleno de la más indescriptible conmoción por el júbilo que me causó el haber podido, en tierra tan lejana y después de veinte años, reabrazarte, en circunstancias seguramente imprevistas para ambos; lo cual me parece más un sueño que una realidad, pero la reflexión me demuestra que se trata de una realidad. Durante tu corta estadía en esta, hasta las 4 de la tarde del día 6 de octubre cuando salió tu barco,

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Adelina y Arturo Amore 1950

estuve gozando inmensa felicidad; pero desde ese día inolvidable de tu salida, el dolor se posesionó de mí en forma violenta, causándome amarga y triste existencia. Con gran consuelo el día 9 recibí tu carta fechada 7 de octubre desde Montevideo, cuyo contenido quedará impreso en mi corazón hasta el último instante de mi pobre existencia. También recibí tu carta del 12 desde Santos, que mucho te agradezco por los sentimientos de bondad filial y tu promesa de regresar aquí con el único objeto de beneficiarme a mí. Quiero decirte que no estoy de acuerdo con que tú insistas en proyectos relacionados con mi pobre persona; yo continuaré viviendo en Buenos Aires y si tú vuelves aquí de vez en cuando, muy bien; de lo contrario, nos mantendremos comunicados mediante el correo; por lo demás, la felicidad que me diste con tu encuentro no puede ser superada por ninguna otra. En cuando a mi futuro regreso a Italia, lamento profundamente tener que repetirte que no será posible realizarlo por ahora, debido a que circunstancias de

diferente índole no me permiten llegar a tal resolución. Esperando recibir con frecuencia tus buenas noticias así como las de tus hermanos, te envío muchos besos y abrazos, tu papá». Esta segunda carta me hizo el efecto de una ducha fría por cuando que rechaza y excluye la idea de regresar a Italia. Sin embargo, meditando sobre el asunto pienso que para lograr la realización de tan importante proyecto no debo hacer caso de las naturales resistencias, sino insistir con toda mi fuerza; supongo además que los mensaje que llevo, de mis hermanos, me serán de auxilio para convencer a papá; cuya resistencia me parece honrada; hasta cierto punto inevitable: su orgullo le impide aceptar, así de primera, nuestra oferta de perdón y de hogar. Por lo mismo, confío en que la empresa tendrá éxito. Turchi, acaba de entregarme en un sobre del Lloyd, el tiquete gratis de regreso en primera clase, para mi papá; esto me parece de buen agüero; me anima para tener esperanza y fe en mi proyecto. El 12 de noviembre salimos de Génova; el 13 tocamos en Nápoles, donde Mario me entrega su mensaje para papá, cuyo texto está de acuerdo con el de los demás de la familia; nos abrazamos; el mismo día zarpa nuevamente el barco hacia Río de Janeiro adonde llegamos el 29 de noviembre. Me sorprende y me causa ansiedad no encontrar en la agencia de Río ningún correo para mí desde Buenos Aires; otro tanto sucede al día siguiente en Santos y el 4 de diciembre en Montevideo. ¿Qué pasa? Estará enfermo papá? (en aquella época no existía aún el correo aéreo). Finalmente, el 5 de diciembre se aclaran mis dudas: cuando el barco arrima al dique de la dársena norte de Buenos Aires, veo a papá sobre el muelle, me está esperando con un bouquet de flores en los brazos. Tan pronto los marineros colocan la escalera, desciendo a la banquina, nos abrazamos, le entrego las cartas que le traigo de Italia, y entre toda esa alegre efusión le pregunto si ya alistó todo para salir de regreso conmigo; le hago ver el tiquete gratis que me regaló el comandante para su pasaje. Con voz aparentemente seca y fría me contesta: Hijo, es inútil insistir sobre un hecho irrealizable. He resuelto quedarme aquí hasta mi muerte; no me hables pues más de regreso-. Estas palabras llegan a mi corazón como improvistos golpes de maza. ¿Habré yo hecho mal en llevar a Italia la noticia, armar tanto alboroto en familia? Qué dirá mamá si regreso solo?

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Aquí no hay otro remedio: tengo que definir esta situación de una vez para siempre. Para lograrlo habré de recurrir inclusive a medidas extremas; jugar el todo por el todo. Hecha rápidamente esta reflexión, cambiando desde el anterior tono de felicidad, al nuevo de desesperación, contesto a papá: -Pues entonces, si no regresas, lamento haberte encontrado; no tiene más objeto esta entrevista. No volveremos a vernos, a menos que tu resuelvas regresar a Italia. Mientras tanto, adiós!-. Con el pecho que revienta por la angustia, lo dejo plantado en seco en el muelle; subo de carrera las escaleras yendo a encerrarme en mi camarote para dar curso libre al llanto…; y luego reflexionar: -Evidentemente, si él no quiere volver a Italia, fue un error el haberlo encontrado. Sin embargo, no tengo culpa; lo hice para darle gusto a mamá. No me queda otro recurso sino insistir en mi actitud de hijo ofendido, negándome volver a verlo. Si es cierto que nos quiere, antes de que el barco vuelva a zarpar él volverá, y renunciando a todos sus orgullos de hombre, se entregará, aceptará regresar a Italia. Si no lo hace, tendré que convencerme que su resistencia no está causada únicamente por orgullo sino que debe haber algo más, que él se ha mantenido secreto, algún impedimento de otra clase, que mi excesiva ingenuidad de hijo me impidió pensar, en tratándose de mi padre. Nunca le pregunté que se hizo la tal María con la cual se escapó de Italia; ¿estará todavía viva? Tendrá él aquí otra familia? Si este es el caso, ¿por qué no me lo dijo desde el primer día? Sería que le faltó el valor? ¿Acaso él fingió y me engañó hasta ahora? Miles de pensamientos, dudas, esperanzas, cruzan por mi cabeza; mientras tanto, me siento incapaz de hacer cualquier otra cosa que no sea quedarme día y noche encerrado en mi camarote; a veces llorando; esperando!!! El día 7, es decir, dos días después, recibo una carta de papá: «Querido Italo: no puedo dejar pasar la ocasión de enviarte la presente antes de tu próxima salida que será el día 15, para manifestar el profundo desagrado que me causó tu actitud ofensiva durante nuestra reciente y breve entrevista. Realmente, nunca me hubiera imaginado que este regreso tuyo tan esperado, fuera causa de dolores y disgusto para ambos y que antes de provocarlos no analizaras tú con mayor serenidad cuanto te dije, después de veinte años de silencio. Ayer durante todo el día me sentí mal, y sigo en cama. Perdona cuanto te digo, y al saludarte te envió de todo corazón mis deseos de salud y felicidad».

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Después de muchas y largas meditaciones, el 10 le escribo yo una contestación decisiva: «Querido papá: recibí tu carta del 7 y lamento saber que estás en cama. Por otra parte, hubiera apreciado más que no me dieras esa información, esa queja de que estás en cama por culpa mía. Yo nunca te mencioné los sufrimientos que yo y mis hermanos, por culpa tuya, tuvimos que soportar durante tantos años, junto con mamá. Rechazo tu expresión acerca de la que tu calificas mi actitud ofensiva. Ofensiva hubiera sido mi actitud, si yo te hubiera rechazado o insultado. Nada de eso. Te pido venir a establecerte con nosotros en Italia, tu contestas: no. Te invito venir a Italia aunque sea solamente por algunos meses, conocer la familia, para luego regresar si aquello no te gusta, y te ofrezco el pasaje gratis de ida y regreso; y también contestas que no. Entonces te pregunto si es que tienes otra cosa que te detenga, te suplico hablarme claro, y tu me contestas evasivamente, alegando que no tengo derecho a meter mis narices en tus asuntos privados. A este respecto, estás equivocado. Podría yo encargar una agencia de detectives o terceras personas, para saber si convives con otros y quienes son, pero mi educación y mi respeto hacia mi padre me impiden hacerlo. Lo cual no excluye que yo tendría todo el derecho de hacerlo. Eso está dentro de MIS DERECHOS pues, con relación a ti, mis derechos son infinitos, enormes, no puedes negarlos. Porque esos derechos míos están que claman fuertemente, fue que el primer día en que te encontré y te traje a bordo tú temías que lo estuviere haciendo para darte plomo, o veneno; y tú mismo te extrañabas de que en cambio yo te ofreciera licor y abrazos! Y te hablara de mis hermanitos que te esperaban y se pondrían felices… Sabes tú la desesperación que en sí mismo sintió en aquel instante este hijo desgraciado quien después de tantas luchas y trabajos, cuando ya creía tener un padre para sí y para sus hermanos, devolviendo el marido a su querida madre, ve derrumbar todo ese porvenir, por culpa de ese mismo padre quien ya una vez lo había abandonado exponiéndolo al hambre, la miseria, las privaciones, el orfanatorio, de los cuales se pudo salvar, gracias solamente a la voluntad de Dios y los inmensos sacrificios de su mamá! Sueños, ilusiones, tú todo lo destruyes! Y ahora, ¿qué diré a mamá y hermanos cuando me vean regresar solo? Es inútil hablarte de esto, si otros intereses te detienen. De todas maneras: mi actitud hasta hoy se debe al sentimiento de

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respeto sagrado hacia los padres, que desde mi infancia, desde tu abandono, había hecho que siempre te estimara porque como hijo hubiera querido poder siempre gritar de cara al mundo: vean, yo también tengo mi papá, y si alguien pudo dudar acerca de su conducta, sepa que es un hombre de honor: un buen padre! He hecho todo cuando mi deber de hijo me imponía: quizás algo más. Solamente me queda volver a salir de aquí con la esperanza de no encontrarte más, no queriendo más encontrarte. Sea hecha tu voluntad. Si algo tienes que decirme antes de mi salida, me encontrarás a bordo». El día 11, refiriéndose a mi anterior, me escribe así: «Sería muy largo contestar por escrito a tu carta de ayer; por consiguiente, me permito rogarte darme una cita llamándome por teléfono, o esperarme mañana a las 6 de la tarde en la esquina entre Corrientes y San Martín, para mejor entendernos. Infinitos abrazos». Faltan cuatro días para la salida del barco. ¿Qué querrá decirme? Lo llamo por teléfono; quedamos citados para mañana a las 9 a.m. a la salida del dique. -Buenos días, cómo estás papá?-. -Muy mal, como lo ves. Te he suplicado venir a esta cita porque en vista de tu violenta carta deseo explicarte… No puedo ir a Italia, porque tengo aquí otra familia (me siento correr por las venas un sudor frío), tengo aquí más hijos… otros hermanos tuyos…-. -Muchas gracias; no los acepto-. -Sin embargo, aunque te pese, son hermanos tuyos. Quiero suplicarte, antes de tu salida, un último favor. Que vengas a mi casa, a conocerla a ella y a ellos…-. -¿Qué? Estas loco?-. -No, si estuviere loco no te pediría este último favor. Te lo pido como si yo fuere un moribundo, hazme esta última gracia; luego no nos veremos más; te irás para siempre. Ellos desean conocerte-. Siento que me tiembla todo el cuerpo, tengo vértigos en la cabeza; no esperaba tan dura realidad. ¿Para qué querrá que yo vaya a conocer a los suyos? No será contraproducente para él esta visita? Qué dirán de él sus otros hijos con quienes vive? La mera idea de tener yo que ver los componentes de otra familia rival, me repugna, me parece que ofenderé a mis hermanos y mamá. -Papá, lo que me pides es imposible; además, es inconveniente para tí mismo frente de esos hijos tuyos. Quién es ella? La misma María?-. -Sí, la misma. Con ella me casé a los pocos meses de haber llegado a Buenos Aires, tengo seis hijos, se lla-

man, en orden de edad: Renato, Arturo, Bruno, Aurelio, Adelita, Angelito; dos niñas más que murieron. Nuevamente te digo, no puedes irte sin verlos y verla a ella. Es la última súplica que te hace tu papá; qué te cuesta darme gusto una hora, si luego te vas para siempre…? De rodillas te pido esta misericordia, Italo…-. -Bueno, papá, iré, pero con una condición. Que los niños no sepan, no les digas quién soy yo, y tampoco lo sepa tu mujer. Dirás que soy un amigo de tus hermanos de Reggio, que te traigo un saludo y recuerdo de ellos, nada más. En lugar de Italo, me llamarás Carlo mientras estemos en presencia de ellos; y si te preguntan mi apellido te inventarás uno cualquiera. Quedaré con ustedes un cuarto de hora, luego nos saludaremos para siempre. Pero no olvides, que lo que tú me pides es ir allá a hacer una comedia. Yo tendré la fuerza de soportarla aunque sea para mí una tragedia; espero de ti otro tanto. Que nadie sepa quién soy yo en realidad; porque te perjudicaría a tí-. Quedamos entendidos que iré a la cita el día de la vigilia de la salida del Giovanna, o sea, el 14 de diciembre a las once de la mañana, directamente a la dirección de su casa, donde él me esperará. Al día y hora fijada, haciendo un gran esfuerzo contra mí mismo, para dominarme; como quien sube la senda que lo lleva al suplicio o a la muerte, voy para cumplir con el postrer anhelo de mi padre. Me parece estar haciendo una ofensa a los míos de Pinerolo; sin embargo, quién puede negarse a la extrema voluntad de su papá? Llego a la dirección indicada. Es una casa de dos pisos, modesta, de apariencia sucia, desordenada. Timbro. Sale una mujer gorda, despeinada, debe ser una sirvienta. -Está el señor Amore?-. -Si señor, siga adelante-. Entro. Se cierra la puerta, la supuesta sirvienta se me echa encima para abrazarme, rompiendo en fuertes sollozos y diciendo: perdón, perdón… No puedo refrenar mi disgusto; le doy un empujón rechazándola; he comprendido que esta es la famosa María. ¿Qué diría mamá si me viera en sus brazos perdonándole? Miro alrededor, papá está reclinado sobre una cama, sollozando reciamente. En una esquina, seis muchachitos agrupados, al presenciar lo que hacen su padre y madre, mirándome, se ponen ellos también a llorar en coro… «Esos son mis hermanos», pienso en mis adentros… Me quedo de pie, como un extraño, cruzados los bra-

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zos sobre el pecho, observando la escena, sin saber qué hacer. La María acaba de botarse de rodillas cerca de mi papá apoyándose con los brazos sobre la cama hundiendo en ella su cabeza llorando y gimiendo más tieso…; yo no aguanto más este cuadro de calvario! Hablando en italiano, con la esperanza de que los muchachos no me entiendan, me dirijo a papá en tono de apenado regaño: -Me habías prometido que sabrías hacer la comedia… Yo cumplí con mi palabra, pero tú no estás haciendo lo mismo con la tuya…-. Se levanta; se seca los ojos, se me acerca, me pide sentarme. Obedezco como un autómata. Quedamos así largo rato, mudos, observándonos. La María está calmando sus nervios y plañidos; trata de recomponerse. Los doce ojos de sus niños -mis hermanos!están fijos sobre mi persona, extrañados, angustiados, como preguntando: -quién será este personaje omnipotente, que sin decir nada, con su mera presencia hace llorar a papá y mamá?-. No encuentro salida para zafarme de este trágico atolladero. Siento que la sangre de mi mamá y mis hermanos me detiene, me impide hacer cualquier manifestación de gentileza hacia esta pobre gente. Suponiendo haber dado cumplimiento a lo solicitado por mi padre, me levanto para despedirme. -No, no puedes irte así. Tienes que almorzar con nosotros-. -Imposible; no tengo apetito-. Interviene la señora gorda: -por caridad, quédese; la mesa está lista, pasemos al comedor-. Nuevamente me dejo vencer por los ruegos, obedeciendo, sin decir palabra. Nos sentamos. La mesa ha sido arreglada con todo interés y las mayores posibilidades. Hay varios platos listos, fiambres, flores. Los niños olvidan sus lágrimas, principian a reír y jugar con las viandas llenándose la boca. El mayor, me pregunta: ¿Cómo se llama usted?-. Le contesto: -¿su papá no le dijo?-; y evito añadir más, por temor a meter la pata. -De donde viene?-. -De Italia. Sus tíos de Reggio le envían muchos saludos. Mañana salgo nuevamente para allá-. La señora se esmera en ofrecerme platos, en hacerme comer. Quisiera darle gusto. Pero sucede que el primer bocado que engullí se me ha quedado atravesado en la garganta, no quiere bajar. Es que no puedo tragar veneno… ¿Qué diría mamá, viéndome comer cosas ofrecidas por aquella María que fue nuestra desgracia?

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Principio sintiéndome trastornado por tanto esfuerzo hecho hasta ahora para fingir y mantener mi serenidad. -Señor, señora, les pido perdón pero necesito regresar urgentemente al barco; tengo que irme ya! Adiós! Adiós muchachos, que estén muy bien-. Los dos viejos protestan, no quieren que me vaya sin terminar el almuerzo. Hablando en italiano, les digo: -Lasciatemi andare. Non ne posso piú- (déjenme ir, no puedo más). Les doy la mano, y con la mayor rapidez, como si me faltara aire, abro la puerta, huyo corriendo, hacia el Principessa Giovanna. Vuelvo a encerrarme en mi camarote. Me siento desesperado. Se acabó el sueño. Qué diré a mamá? He tomado una resolución. Esta vez no iré en permiso a Pinerolo. Llegando a Génova, escribiré a la Marconi, esta vez solicitando que me cambien de barco y me destinen para cualquier línea que no sea Buenos Aires. A mamá escribiré que he resuelto no traer el papá a Italia porque durante esta permanencia pude darme cuenta de que es un borrachín y yo no quiero dejar un beodo en casa. Lo creerá? Esta mentira se impone. Si le dijese la verdad, si ella supiera que su marido está definitivamente perdido, casado con la otra y con varios hijos, la llaga recientemente abierta la haría sufrir mucho. No encuentro otra manera de explicarle el no regreso de su marido, ni tendré la fuerza de ser mordaz en su propia cara. Por consiguiente le escribiré la mentira y luego seguiré viajando durante largo tiempo sin verla, hasta que ella se vaya resignando. Algún día le contaré a los otros hermanos la triste realidad. 15 de diciembre por la mañana. Faltan dos horas para zarpar. El sólido panorama de confusión, ruido de grúas que estruendosamente a toda carrera arrean hacia las bodegas las últimas cargas; equipajes, pasajeros que embarcan, parientes que llorando se alejan. Un marinero me llama: que una visita me espera a la escalera. ¿Mi padre? Para qué más? No; es su hijo mayor, Renato. Tendrá unos quince años. Tiene en los brazos un bouquet de flores rojas. -Mis padres, le mandan estas rosas, y muchos recuerdos-. -Gracias, muchas gracias, muy amables. Dígales que les correspondo con el alma. Adiós-. -Señor, ¿le molesto si subo a bordo y me quedo un rato hasta que salga el barco? Me gusta tanto ver los buques adentro-.

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-No me molesta; puede quedarse, pero, ¿sus padres no se afanarán con su demora? -No, yo siempre estoy afuera de casa durante el día-. Tengo que subir hasta mi camarote para dejar allí las flores; él me sigue; sin dejarlo entrar, inmediatamente salgo acompañándolo al puente de lanchas para que desde esa altura pueda ver todo el cuadro del movimiento de gente y de máquinas entre la nave y el muelle; a lo lejos, otros buques que entran y salen del puerto. Mientras tanto lo observo disimuladamente. Medito yo: -Pensar que éste es un hermano mío!…De pronto, a quemarropa me pregunta: -Señor, quién es usted?-. -Ché, no le dijo su papá, que soy un amigo de sus tíos de Italia?-. -No señor, nada de eso. Ya sé quien es usted. Usted es Italo, mi hermano mayor de la otra familia que papá dejó en Italia-. -Que qué? No le entiendo. No sé de quién está usted hablando-. -Tal como le digo. Es inútil que lo niegue. Lo sé todo-. -Qué sabe?-. -Voy a contarle todo. Por los papeles viejos que papá guarda en su escritorio, que hace tiempo yo escudriñé sin que él lo supiera, me enteré de que él tenía en Italia otra familia, pues en más de una ocasión escribió a su hermano de Reggio para que averiguara acerca de cómo vivían ustedes en Torre Pellice, y le diera noticias. Ahora, hace como tres meses que mi casa se ha vuelto un infierno-. Haciéndome el que no entiende, le pregunto: -Por qué? -Porque hace tres meses, cuando usted vino aquí la primera vez, papá desapareció de casa durante unos quince días- (ahora yo comprendo que eso tuvo efectivamente que haber ocurrido; mientras papá decía que no quería abandonarme ni un instante, y dormía feliz en mi camarote, desertó de su familia. Quién lo hubiera sabido! Ah!, que estupidez de bondad la mía; que idiota! que ingenuo al querer vivir de angélicas ilusiones!). Renato continúa: -Al fin, un día regresó papá a casa, pero entonces él y mamá no hicieron más que pelear, regañarse y llorar diariamente; a veces insultándose y diciéndose recíprocamente: -la culpa es tuya-, -la culta es tuya-. Luego llegaron las cartas que usted escribió, y que yo, sin que los míos lo supieran, logré entender porque me las hice leer y traducir por un amigo que sabe el italiano. Por ellas me enteré de que usted era ofi-

cial del barco Principessa Giovanna; por el itinerario de la nave, que conseguí en la agencia, comprendí que la época de las novedades en casa coincidió con la fecha de permanencia de usted en este puerto. Es decir: la llegada de usted a esta tierra, resulta para nosotros peor que si hubiese venido el mismo diablo! Sin embargo, me he dado cuenta de que usted no es malo y no quiere causarnos daño. He visto cuando mamá se le botaba de rodillas a sus pies suplicándole perdón. Si ella le pide a usted perdón en presencia de mi propio padre, tiene que ser porque ella hizo alguna falta, y no usted. Además, he comprendido que usted no fue ayer a mi casa para molestarnos, sino para darle gusto a un deseo de los míos, y que se escapó de allí tan pronto pudo. Desde hace unos días para acá, es decir, desde que nuevamente llegó usted con el Giovanna, hasta ayer por la mañana, papá volvió a desaparecer, y reaparecer con semblante desesperado; siempre llorando. Ahora, él ya no quiere a mamá. Quisiera volverse a Italia. Desde luego no lo intenta porque no puede. Yo no quiero a ninguno de los dos. Quiero irme con usted. Lléveme en su barco. Póngame a trabajar como marinero…-. -Está usted loco? Las cosas no son precisamente como usted las interpretó hay una… equivocación de su parte. Su papá y mamá son muy buenos, tiene usted que respetarlos y quedarse con ellos. Lloraron ayer, y en días anteriores, porque yo les traje noticias de un pariente que se les murió en Reggio, esto es todo, y conviene que usted se lo diga también a sus hermanos menores. Ya les informó usted algo de lo que pensaba?-. -No, porque ellos, afortunadamente, son más chiquitos y no entienden estas cosas. Pero yo si sé que estoy en lo cierto. Comprendo su piadosa mentira, la comprendo porque usted no quiere causar daño a los míos, pero es inútil que usted trate de engañarme. Hermano, déjeme salir ahora mismo con usted; le trabajaré como mozo…-. -Bueno, vea: eso no puede ser ahora mismo, porque los reglamentos navieros no lo permiten, pero le prometo que a la próxima vuelta haré lo posible para tenerle preparado un puesto. Por ahora, váyase a casa tranquilo-. -¿Me lo asegura? Puedo contar con su promesa?-. -Cuente con ella. Adiós!-. Al fin! Se fue, pobre! Faltaría más, ahora, que papá fuere a creer que le rapté un hijo! Razón de más, para no volver a Buenos Aires… Tengo otros hermanos en quienes pensar!

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El 16 de diciembre hacemos escala en Montevideo, el 20 en Río. Más tristemente que de costumbre para mí, esta vez los días de Navidad. La mortificación que sufro, me hace transcurrir los días alejado de todos, encerrándome en mi camarote tan pronto salgo del turno de servicio en la estación; en el comedor me mantengo callado, abstraído; los colegas respetan mi silencio; algo saben o han comprendido de la desgracia que me acaba de suceder, aunque no sé qué saben ni quiero hablar de eso. He devuelto al comandante Turchi el tiquete del pasaje de primera clase que gentilmente me obsequiara; tuve que confesarle mi fracaso y anunciarle que en Génova pediré ser trasladado a otro barco que no haga la línea de Buenos Aires; él también comprende que esto es inevitable. Cerca de las Canarias, se daña una máquina turbina; seguimos con una sola máquina. El 9 de enero entramos en Nápoles. A Mario, que me esperaba en el muelle creyendo verme llegar con el papá, relato todo lo ocurrido y le confío el proyecto que tengo de escribir a mamá con la mentira del borracho. Aprueba mi proceder; se queja de que ahora al cambiar yo de barco, probablemente tampoco volveremos a encontrarnos en Nápoles durante algún tiempo. Paciencia! El 11 de enero llegamos a Génova. Tal como lo tenía pensado, escribo a mamá en la forma ya mencionada, y alegando que la Compañía Marconi no me deja ir de vacaciones le anuncio que vuelvo a salir inmediatamente de Génova para el exterior. APENDICE: Entre los documentos que he conservado, encuentro significativa la carta de Renato Amore, dirección San Martín 954 Buenos Aires, fechada el 19 de mayo de 1926, dirigida al suscrito, Compañía Marconi via Caroli 4 Génova, que aquí copio en su texto integral tal como está en español: «Estimado Italo: después de haber permanecido varios meses sin escribirte, hoy lo hago pues estoy convencido de que no piensas venir más a esta ciudad; pues he esperado ya un sin número de veces los vapores, mejor dicho todos los días después de mediodía como trabajo en Retiro (este es un sector cerca del puerto) - y en ninguno de ellos venías, pero siempre pensaba que quizás venga en otro y así pasaron varios meses y creo seguirán pasando porque en la última llegada del Principessa Giovanna al preguntar me dijeron que estabas en Constantinopla (cierto). Creo me disculparás por no haberte retribuido y dado las gracias por la postal que mandaste desde

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Santos. Hace aproximadamente un mes revolviendo papeles a escondidas, encontré una copia de una carta que data del año 1917 en la que él le hacía un encargo al hermano Giovanni que se encontraba en la guerra, para que cuando le dieran licencia fuera a Torre Pellice línea de Pinerolo donde creo vivían ustedes -y que sin hacerse dar a entender de que era mandado por él le contestara lo siguiente: Si tu mamá vive sola o con ustedes. En qué modo procuran su sostenimiento y de los hijos. -Si conocen su dirección. -Qué grado de escuela han alcanzado ustedes o en qué trabajo se ocupan. -Cómo tienen situada internamente la casa, etc.- Pero siempre con la advertencia de no hacerse dar a entender que es él que lo mandaba-. De todas estas preguntas no fueron contestadas pues no obtuvo licencia ni permiso el hermano. Te pido hagas un nuevo viaje a ésta sin que él sepa nada para poder estar cerca por lo menos una semana, no como estuvimos un par de horas. Mi mayor deseo es que algún día pueda yo hacer un viaje a esa y no volver jamás, o si logro recibir el diploma de telegrafista como vos -pues voy a una escuela que depende de la nación- y luego trabajar en algún vapor que haga viajes a esa. Para el 3 de junio voy a correr en motocicleta deporte este que me gusta mucho lo mismo que el automovilismo y quisiera estar en esa como según me has dicho que uno de ustedes es mecánico de automóviles, y como a todos ellos les gusta mucho correr y anotarnos en alguna carrera (yo nunca le dije esto) pues por entusiasmo no me falta y esa conjuntamente con un buen coche es lo suficiente para vencer-. El día 13 de mayo alcancé un promedio de 82 kilómetros por hora en 6 horas de carrera en un circuito de 40 kilómetros, así que con este entrenamiento y un poco de suerte creo que mi figuración no pasará del 2º o 3º puesto -pues hay inscritos algunos que son fenómenos-, como un tal Bianco que la vez pasada logró y marcó el récord suramericano con 120 km. Cualquier cosa que necesites en Buenos Aires, me lo comunicas que será atendido inmediatamente. Sin más por el momento recibe un fuerte abrazo e igualmente a los demás, aunque no los conozco. Tu hermano o como tú quieras llamarme…». Posteriormente, cuando estuve en Italia durante el año de 1954, mi hermano Mario me informó que durante años anteriores mi hermana Anita había tenido alguna correspondencia con nuestro padre, en primer lugar esperando sacarle plata, y luego en conexión con la ida de su marido Franco y su hijo Renado Tibaldi a

Memorias de un marconista de mar y tierra t Italo Amore


Buenos Aires. Me facilitó copias de cartas que a continuación transcribo traduciéndolas del italiano: Carta del 23 de marzo de 1940 de Bruno Amore a Anita: «… con sorpresa recibí el inesperado manuscrito de usted de fecha 12 u.p. Reconozco con todo el afecto del mi alma, la generosa bondad que me demostró Italo durante los pocos minutos que tuve yo la mayor felicidad de volver a verlo y reabrazarlo, probablemente la primera y última vez fuertemente sobre mi pecho, durante los primeros días de octubre y diciembre de 1925 con motivo de su venida a esta metrópolis; pero después de alguna correspondencia que nos cruzamos, debido al cambio de itinerario inherente a su servicio, me envió desde Atenas el 16 de abril de 1926 una tarjeta postal ilustrada de aquella localidad, en la cual, enviándome un generoso saludo, me dijo que lo olvidara, cosa que he cumplido creyendo no serle persona grata; motivo que desde aquella ingrata fecha confirmó lo antedicho. Abusando de nuestra bondad os quedaría muy agradecido si me hicierais saber en qué anda y la dirección de Italo y el estado de los demás hermanos…». (Nótese como él confirma que después de mi salida de Buenos Aires solamente recibió de mí una tarjeta desde Atenas - Grecia en la cual le pido que se olvide de mí). Carta de Bruno Amore a Mario Amore, 10 de octubre de 1946: «… me comunicaste que Italo se encuentra en el exterior, sin ni siquiera decirme en cuál nación, ni su dirección… Sería mi vivo y gran placer poder reabrazarlo todavía una vez en representación de todos ustedes, a vuestro buen hermano Italo y poner en sus manos una modesta suma de dinero en efectivo en beneficio de todos ustedes de la familia; os ruego infinitamente comunicar estas brevísimas noticias a vuestro hermano Italo de quien espero con la mayor ansiedad, siempre que quiera complacerme, de hacerme llegar directamente sus noticias a fin de poder concretar con él acerca de lo que convenga hacer y si le fuere posible obtener una breve licencia o cambiar con alguno de sus colegas o superiores el puesto en un barco para poder él venir aquí sin gastos de viaje…». (Desde hacía casi 20 años yo había prohibido a mis hermanos hacerle saber al papá que yo estaba en Colombia. En el año de 1946 seguía él creyendo que yo continuara navegando como marconista. También es de tener en cuenta que debido a la guerra mundial, entre los años 1938 a 1945 no hubo prácticamente

correo entre Italia y Argentina, de la misma manera que fue escaso o difícil entre Colombia e Italia). En mayo de 1946, según me informó Mario, papá escribió al comandante de los carabineros de Pinerolo solicitando informes de cada uno de la familia; dando como su dirección: Calle Campana 505 Buenos Aires; ese comando, confidencialmente se lo informó a Mario. Mientras tanto, Anita había tratado de que papá le enviara directamente algo de ese dinero que él prometía; no recuerdo si logró algo. Carta del 26 de noviembre de 1946 de Mario Amore a Bruno Amore: «… vuestra primera carta tuvimos a bien leerla con Ettore, yo y Anita; mamá no ha sido informada de nada, por ahora; Ettore escribió entonces a Italo quien se halla en Colombia y de quien hasta este momento en que escribo hemos siempre recibido todos los consejos y ayudas posibles; en consecuencia, antes de hacer cualquier paso importante necesitamos la aprobación de él. Yo no sé bien pero me parece entender que Italo no quiso contestar a usted, existen tal vez motivos que calientan (tal vez en el año de 1926 cuando fue a Buenos Aires sobre el Principessa Giovanna) a tal punto que ahora desea olvidar? Yo me tomé el arbitrio de haceros saber que él se halla establecido en Colombia desde hace varios años; por lo demás, para mayor precisión repito cuanto nos escribió Italo en contestación a la carta de Ettore: -Ustedes tienen el derecho de obrar según os dicte vuestra conciencia-. Os declaro que desde este momento os perdono por todo el mal que sobre esta vida terrenal me hayas ocasionado; haré lo mejor posible para ayudaros espiritualmente, con la esperanza de que Italo, cuyo corazón ha sido siempre tan grande con todos nosotros, querrá una vez más en este caso escucharme, y si no realmente abrazaros, por lo menos escribiros, como voz deseáis…». Carta de Bruno Amore a Mario Amore fechada 6 de marzo de 1947: «… resulta que debido a circunstancias que no es el caso de manifestaros, por cuanto que a cualquier hombre o mujer viviente hay cosas susceptibles de extraños sucesos en el curso de la vida. En el año de 1924 y después de haber transcurrido 22 años, con la venida del barco Principessa Giovanna he probado la máxima felicidad de mi vida al encontrarme, puede decirse por pocas horas, en compañía de vuestro inolvidable y buen hermano Italo en esta metrópolis; en aquella fecha yo no acepté su noble y sincero ofrecimiento al efecto de reintegrarme nuevamente

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en nuestra nunca olvidada y bella patria italiana. Estando Italo viajando a lo largo de los mares del globo, en una última su correspondencia desde Atene (Grecia) precisamente el 26 de abril de 1926 me indicó de olvidar todo, lo cual habiendo yo bien interpretado su decir, no hice otra cosa sino cumplir sus órdenes y por consecuencia abandonar las relaciones con todos de la familia (de Italia). En lo tocante a lo expresado en mi carta del 27 de mayo de 1946, os manifesté si sería posible yo tener una entrevista con Italo; luego ustedes me hicieron saber que se hallaba en el exterior, pero sin darme detalles, pensé que sería ausencia transitoria; era únicamente con el objeto de resolver con él algunos asunticos que en definitiva serían exclusivamente para beneficio de las 5 personas de la familia. Si Italo ya indicó a usted, a Ettore y Anita, que yo merezco de él su más amargo desprecio, tendrá razones que no se pueden describir u olvidar. Ya han transcurrido 41 años desde que debido a circunstancias adversas a mi vida y a la fortuna, salí de Italia como un desesperado, acompañándome Italo y un tío vuestro (que en paz descansa Giuseppe Versace) desde el puerto de Reggio Calabria y que al separarme de Italo no pude contenerme de inundarlo con mis más grandes lágrimas…». (Confirma que en el año de 1905, en el puerto de Reggio Calabria quiso raptarme, al momento de la salida del barco para Argentina; que mi tío me tomó en sus brazos desembarcándome para devolverme a mi mamá). Después de esta información que en el año de 1954 me dio Mario durante mi visita a Pinerolo, no he vuelto a saber nada; me parece que una vez me escribieron, tal vez hacia el año de 1960, que había muerto; tendría él entonces 90 años de edad, pues había nacido en Scido Reggio Calabria el 10 de noviembre de 1870, hijo de Rosario Amore y Anna Stilo; casado en Reggio Calabria el 14 de septiembre de 1898 con Giovanna Tripodi hija de Vincenzo Tripodi y Caterina Versace; mi mamá había nacido en Reggio Calabria el 5 de abril de 1881; mi papá se escapó a la Argentina en el año de 1905 con María Stancati. Ettore nació en Torre Pellice el 13 de junio de 1902; Mario nació en Torre Pellice el 3 de mayo de 1904; Ubaldo (difunto) nació en Torre Pellice el 22 de abril de 1905 (murió el 20 de junio de 1905); Anita nació en Torre Pellice el 12 de octubre de 1906. Mirando ahora retrospectivamente mis actuaciones durante el encuentro con papá en Buenos Aires, doy las gracias al Cielo de haber sido tan bobo, de no

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haber entendido sino al último momento, que él vivía con otra y tenía otra familia, de haber sido tan buen hijo hasta el cansancio!, pues ahora tengo la suerte de sentirme con la conciencia tranquila, ningún remordimiento que quizás tendría si en cambio yo no hubiere obedecido al deseo de mamá, no lo hubiere buscado; o si al encontrarlo, en lugar de ofrecerle gratuita felicidad y regreso en casa, lo hubiere insultado o maltratado o hubiere intentado explotarlo o lo hubiere abandonado en forma diferente. Pues, el abandono que yo le impuse después de descubrir que tenía otros seis hijos, fue la solución más honrada y correcta: te abandono y tienes que olvidar la familia de Italia, a fin de poder tú continuar dedicándote a estos otros seis hijos que tienes en Argentina, todavía chiquitos… Por otra parte: la lección moral que yo recibí al vivir esta tragedia fue seguramente la mejor escuela, el mejor ejemplo para que yo no sucumbiera como mi papá en cualquier momento de locura sensual; y uno de los motivos que me impulsó a escribir estas memorias fue precisamente el de que al conocer mis hijos estos asuntos tengan ellos también presente la dura lección que le tocó a mi padre y a quienes con él tuvimos que sufrirla. Mi papá murió en Buenos Aires el 7 de octubre de 1960 a las 3:15, de uremia, a la edad de 89 años, viudo de María Annunziata Stancati. Registro Civil Buenos Aires año 1960 Tomo 1º No. 819; documento de identidad C.1228.1591.

Tarjeta Bruno Amore

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CAPÍTULO

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VIAJE NO. 30 - DE EGIPTO A RUSIA S/ S

BORMIDA

DE GÉNOVA A ODESSA, CONSTANZA Y ALEJANDRÍA. Salida: 28 enero de 1.926 Regreso: 8 marzo de 1.926 IOO Sitmar 5.000 toneladas Comandante: Carini, de Palermo 1º Oficial: Balzano, de Gaeta 2º Oficial: ?, de Palermo Jefe Ingeniero: ?, de Palermo 1º Ingeniero: ?, de Sorrento 2º Ingeniero: ?, de Venezia

P

ara obtener el desembarque inmediato desde el Principessa Giovanna, y evitar que se me volviera a destinar en la línea de Buenos Aires, me vi precisado escribir a la Marconi una carta explicando lo que acaba de sucederme; para lograr tal propósito, sin que la Marconi vaya a suponer que se trata de un capricho mío, o de enredo de otra índole, por ejemplo, femenino, tengo que dar la mayor cantidad posible de detalles. Esto de comunicar a terceros las propias desgracias suele ser perjudicial por cuanto que automáticamente lo degrada a uno colocándolo en situación de inferioridad ante sus semejantes, que se sienten entonces inclinados a abusar, explotar tal situación de menoscabo, como una forma de la ley de que el pez grande se

come al pequeño. Confesar sus quebrantos, es ponerse en desventaja ante el prójimo. Pero, en ese terrible trance en que me encontré en aquellos días, no conocía yo todavía en toda su profundidad la amargura de las desilusiones, ni disponía de quién me aconsejara mejor procedimiento, ni supe encontrar otra justificación de cuanto estaba pidiendo a la Marconi, sino confesar la trágica verdad. Frente de la gravedad de las razones expuestas, Rollandini accede a mi solicitud, ordenando mi traslado al Bórmida, de la compañía Sitmar, un pequeño y viejo vapor, del tipo mixto de pasajeros y carga, al que las compañías de seguros le tienen prohibido salir a los océanos. Sin embargo, en cuanto a los tripulantes, el sueldo y el trato que reciben es de lo mejor; el

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ambiente está formado por veteranos navegantes del océano, quienes en víspera de la jubilación obtuvieron el embarque con la Sitmar, cuyas naves, como es sabido, diariamente se hallan en algún puerto pues, en este sector, navegando dentro del Mediterráneo, casi no hay viaje que dure más de doce horas. Para los lobos de mar que venimos acostumbrados a los viajes índicos y atlánticos, ésta navegación de cabotaje no nos parece trabajo, sino veraneo. Se come maravillosamente bien; los platos no tienen la presentación lujosa como en los grandes transatlánticos, pero en cambio son del tipo de cocina familiar, con víveres fresquísimos pues el despensero puede bajar todos los días al mercado… Qué verduras y qué pescados! Hecha mi presentación a bordo, observo que en la atmósfera hay predominio de elementos palermitanos, cuyas costumbres son muy diferentes de las genovesas o nórdicas. Para dar el buenos días a los superiores, los subalternos dicen todavía «baciámo e’máni» (le beso las manos); en lugar de usted, se le dice al superior «Vossía», contracción de vuestra señoría; éstas, así como otras costumbres sicilianas son un recuerdo de la dominación hispano-borbónica del antiguo reino de «las dos Sicilias». En lo tocante a disciplina, el respeto hacia los jefes evoca también la época del medioevo: las órdenes a los dependientes se dan con tono paternal, pero deben ser, y son, obedecidas ciegamente, como si tuvieren importancia u origen divino… Los palermitanos tienen fama de carácter caballeroso, al estilo antiguo español: fuertes en sus pasiones, amigos fraternales o enemigos despiadados, no les gusta el término medio sino que prefieren los extremos, las emociones fuertes. Desde luego, desprecian a los italianos nórdicos y se burlan de ellos; tanto es así, que apenas he embarcado, al sentarme en el comedor, el viejo jefe ingeniero, que por ser el de mayor edad es quien tiene más derecho a la palabra, creyéndome novicio en la marina, en tono melifluo y falsamente serio, me pregunta: -Usted viene de la montaña?-. Comprendo su ironía; los demás comensales están esperando mi contestación para poder estallar de risas; enseguida pienso que no voy a dejar que el anciano me convierta en el hazmerreír de estos palermitanos; por lo tanto, en su dialecto siciliano contesto: -Vossía se equivoca; vengo de la Pampa-, refiriéndome a que procedo de un buque que hacía la línea de Sur América.

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Desconcertado por el contraataque, el viejo vuelve a la carga: -Pero, no es usted un montañés de Piamonte?-. -Desde luego, procedo del Piamonte, pero ya he viajado bastante como para discutir en diferentes idiomas. Por ejemplo: yo estoy hablándole a Vossía en palermitano, pero lo desafío a que usted no sabría contestarme en piamontés-. Mi réplica tuvo resultado; el viejo no supo rebatirme; me doy cuenta de que la conversación va a cambiar de tópico y de víctima. Se han enterado de que no soy un nórdico bobo, y que sé hacerme valer; en adelante me estimarán, quedaré admitido dentro de la intimidad del grupo, como persona respetable y que mejor es no menearla. Al día siguiente, por la mañana, al tropezarme con el anciano jefe ingeniero, éste es el primero en decirme: -baciáme e’mani-, a lo cual contesto con el respeto y religiosidad de un musulmán: -e’bacio e’mani a Vossía-. Alianza y amistad quedaron así sellados, como si yo también fuere un mafioso caballero palermitano… El Bórmida, no saldrá de Génova inmediatamente; se demorará en el puerto un par de semanas, pues su próximo destino será el de realizar varios meses de crucero entre el Egipto y el Mar Negro; al efecto está siendo revisado y alistado en el astillero. Esta demora en la salida, sin tener nada que hacer y no estando en mi carácter ir a diversiones o teatro, me obliga a quedarme todo el día encerrado en mi camarote, cosa absurda para un navegante que se halla disponible en el puerto de Génova. Los compañeros de a bordo se extrañan de ver en mí tal misantropía, la comentan y quisieran instarme a modificarla, sin embargo, el tono resuelto y triste de mis contestaciones les hace comprender que el caso no tiene remedio. Efectivamente, salvo que me mantengo alerta listo para defenderme, por lo demás vivo como un sonámbulo, como un fracasado que todavía no se ha resignado, sigue meditando, y para poder reflexionar prefiere alejarse de la vida mundana, como si estuviere inspirándose en el ascetismo. Día y noche dan vueltas en mi cabeza las recientes escenas de Buenos Aires y las resoluciones que he tenido que tomar durante el último viaje en el Giovanna. No me queda duda de que todo aquello ha sido una desdicha en la cual, en lugar de simple espectador como cuando iba al teatro a ver la ópera, he sido yo el actor principal joven, a pesar de que todo cuanto hice fue inconscientemente, simplemente em-

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pujado por los sentimientos de amor filial hacia mamá y lo que creí fuere mi deber ante el hallado papá. Repasando en los actos de esa tragedia y la manera como llegó a su epílogo, me pregunto: -pero, por qué, si yo hice cuanto estaba en mi poder para obrar santa y dignamente, terminó todo tan mal?-. Entonces llego a la conclusión de que lo ocurrido no fue mera obra de la casualidad, sino designio del destino, de la terrible justicia Divina que se sirvió de mí, de mi ingenuidad, para infligirle a mi padre el más terrible castigo, al tiempo que proporcionándome a mí la más evidente lección. -Será presunción mía esto de creer que lo sucedido no fue accidental, sino que preparado y dispuesto cronológicamente por una voluntad superior?-. Veamos: Dentro de la vida normal en Italia, en aquella época (refiriéndome al período de mi infancia), el mero hecho de que un jovencito montañés, sin estudios, sin medios económicos, sin parientes, lograra zafarse de una fábrica de tejidos allá en los Alpes, y botarse con éxito a la carrera de marina a pesar de los torpedos, constituyó de por sí un caso anormal, cuyo momento de iniciación o partida principió en el instante en que hallándome sentado en un gabinete para satisfacer necesidades corporales, leí en un periódico el aviso de que buscaban jóvenes para incorporarlos a la profesión de marconistas. De no haber leído ese día aquel aviso, quizás estaría yo aún trabajando como obrero en la fábrica de Torre Pellice, no habría llegado en calidad de oficial de barcos, a Buenos Aires. A pesar de los fuertes contrastes de los altos y bajos que tuve que soportar durante estos últimos diez años de vida venturosa, más de una vez, cuando ya me hallaba al borde de la desesperación y resuelto a retirarme, regresando a la calmada vida terrestre en mi pueblo natal, un hecho nuevo, inesperado, mejoraba improvisamente mi situación, empujándome otra vez hacia delante, hacia éste resultado que hoy me devana los sesos. Cuando estuve la primera vez en Buenos Aires, con el Sestri, y tanto busqué al papá: el resultado fue negativo. Parece otra jugada del destino ésta de que yo tenía que encontrarlo desde una nave cuyo nombre, Principessa Giovanna, significaba para mi padre el principio del más atroz recuerdo y castigo; un símbolo que debía ser para él desagradable como una bofetada… a caballo de un lujoso transatlántico bautizado con el nombre de mamá pero elevado a la categoría de princesa, como sobre un sagrado monumen-

to tendría que llegar yo después de 20 años de abandono, a ser conocido por mi padre… «Vingt ans aprés»(Veinte años después), como en el romance de Dumás, se cumple la «vendetta» más pérfida y funesta, preparada por el artífice destino; manejándome a mí, para ello, como un sencillo muñeco… Cuántas combinaciones, cuántas concomitancias, para llegar a ese inexorable resultado! Cuando yo, siempre alejado de los puertos italianos no tenía la más remota idea de la existencia de ese nuevo barco del Lloyd Sabáudo, el Principessa Giovanna, y menos aún pensaba embarcarme en aquel, me alcanzó rápido, precipitado como un golpe de lanza, el mandato de trasladarme allí desde el Lampo, en el término de un par de horas; mandato que hasta me procuró una carta de felicitaciones de la Marconi por haberlo cumplido en tan breve lapso… Sin embargo: aún estando en el Giovanna, mientras busqué a mi padre durante los dos primeros viajes, no lo encontré; porque el destino es así, burlón, despiadado…, pero al mismo tiempo indicador de que todo tenía que desarrollarse según sus mandatos, y no de acuerdo con nuestras ingenuas voluntades de búsqueda con fines sentimentales e inocuos… Porque, sentimentales e inocuos eran los motivos que inspiraron a mi mamá cuando me ordenaba indagar por su marido; e iguales eran mis intenciones cuando me puse a buscarlo sencillamente para cumplir dándole gusto a ella… Nos habíamos olvidado tener en cuenta y consultar la voluntad de Dios, del destino, cuyos fines no podían ser, como los nuestros, de perdón, sino de implacable castigo para el incauto pecador… De manera que, mientras yo busqué a mi padre, no lo encontré; pero cuando dejé las pesquisas, fue el hado quien me botó en sus brazos mediante el no común expediente de hacerme abrir casualmente, en un bar de Buenos Aires, un libraco de tamaño enciclopédico, exactamente en la página donde estaba impreso un aviso comercial con el nombre de Bruno Amore… Si tantas maniobras y eventualidades aparecieran en una película cinematográfica, sería yo el primero en protestar contra tan absurda fantasía de película. La evidencia me enseñó ahora, que las contingencias fraguadas por el destino superan cualquier cálculo de la imaginación humana… Pasemos ahora a considerar la otra parte: la relacionada con el castigo para los pecadores.

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Si al encontrarme con papá me hubiere yo puesto a regañarlo, o expresarle sentimientos hostiles; si me hubiere dejado guiar por cualquier sentimiento de venganza, o le hubiere amenazado con puñal o veneno -tal como él llegó a pensar y temerlo cuando por primera vez lo llevé al dique de la dársena norte-, ¿cuál habría sido el resultado, para la conciencia, y el corazón de ese hombre? No solamente lo habría yo, en cierto modo, liberado del remordimiento que hacía 20 años pesaba sobre su alma, sino que, cualquiera que hubiere sido mi castigo hacia él, habría sido una especie de absolución… ¡Qué liberación para su ego, si yo lo hubiese insultado; si le hubiere escupido en la cara, si lo hubiere abofeteado! Pero, en aquel entonces, yo no conocía aún, o había olvidado el proverbio según el cual, la mejor venganza es el perdón. De puro ignorante, inocente, ingenuo, o porque así me lo inspiró la voluntad Divina, ofrecí a mi padre los sentimientos más amorosos, las palabras más dulces y cariñosas, el futuro más rosado, como ese de reintegrarse en su antigua patria y con su vieja familia; no sabía yo, que cada palabra de amor, cada abrazo que le daba, tenían que resultarle a ese hombre, peor que si estuviera yo infligiéndole alfilerazos, días y noches… Quién, predispuso e hizo que mis inocentes buenas palabras se convirtieran en puñaladas? Nadie. El hado, la fatalidad que se demoró 20 años en castigar, pero que, como dice la justicia, cuanto más tarda en llegar, tanto más fuerte castiga… El infierno, después de muertos? Qué infierno más devastador, para el alma de mi padre, durante su propia vida, que este que le produje yo cuando ingenua y bondadosamente me le presenté a invitarlo para que volviera a Italia, sobre ese monumento blanco del Principessa Giovanna, en la flor de mi edad y de mi carrera, ofreciéndole que gozara de un bien «al cual él no había contribuido; a recoger frutos que no había sembrado» -como él mismo decía-; al tiempo que tendría él que quedarse, para siempre, entre una familia cuyos componentes no podrían ya estimarlo ni quererlo; mientras del otro lado, en Italia, ya no habría para él sino que conmiseración… Lo que más me duele de este asunto de Buenos Aires no es el fracaso de las esperanzas que durante un par de meses mantuvieron embargado el pensamiento mío y el de mi familia, sino el pensar que, contrariamente a nuestras previsiones y deseos, mis actuaciones, a pesar de ser tan altamente inspiradas resultaron fuertemente maléficas para la futura tranquilidad de

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mi padre. Había él logrado, mediante los 20 años de ausencia y de olvido, apagar la torturante llama del recuerdo de su culpa; calmar el remordimiento con la ilusión de que estaba cumpliendo su deber con su nueva familia; aquel triste recuerdo del pasado se le había con el transcurso del tiempo transformado en la creencia de que quizás no se trataba de un hecho real, sino de un mal sueño; y ahora, después de 20 años, improvisamente, la pesadilla se transformaba en realidad, despertándolo sin misericordia a presentarle las cuentas, con los intereses, y cobrarle el pago, con penas infernales, por aquel momento de debilidad humana en que, empujado por un fugaz deseo carnal, olvidando el sagrado juramento del matrimonio y su propia responsabilidad, había caído en los brazos de la tentadora Eva, la otra mujer, la María por cuya consecuencia nos había abandonado… ¡Un instante de sensualidad, de irresponsabilidad, nada más, habían sido suficientes para volver añicos toda la existencia de ese hombre, su tranquilidad, su libertad de trabajo, su vida social, todo arruinado! Siendo aún joven, creyó liberarse de los anillos inexorables de la perdición mediante la fuga a otro continente, adonde poder reiniciar y edificar una nueva existencia; y a medida de que transcurrían los años creyó que estaba logrando su intento, que Dios le perdonaría, siquiera, durante el resto de su vida sobre esta tierra… No conocía él ésta lección que ahora he aprendido en mi calidad de actor y testigo inocente… Transcurrieron 20 años, y he allí que cuando ya suponía él haber pasado por el purgatorio, la justicia implacable, sin esperarse al día del juicio universal, se le presenta como irónicamente diciéndole: -qué te crees tú, desgraciado, que yo me hubiera olvidado del cobro! No; solamente esperaba a que llegara el momento más adecuado para recaudar en forma que condenara sin remedio los restantes 20 años de tu vida. En el libro de la justicia divina no se borran impunemente las cuentas; se recolectan ojo por ojo, diente por diente! Ve allí a tu hijo Italo y a los demás que abandonaste en Torre, quienes sin ti pudieron elevarse al honor del mundo. Sufre, en adelante, padre miserable, la vergüenza y la condenación entre tu nueva familia de Buenos Aires, entre los hijos argentinos quienes tampoco podrán quererte y estimarte…-. Tal es la conclusión de este drama. Vivirá todavía mi padre? Por cuánto tiempo más? Quién sabe. No quiero saberlo; pero quisiera que su vida fuere corta; porque pienso que con aquellas víboras del remordimiento, que a cada hora, cada minuto deben estar

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mordiendo y royéndole el alma, su vida terrenal debe habérsele vuelto un suplicio infernal. Oh, yo creo que hay un error en el catecismo católico, en donde se nos enseña que los males que hagamos durante la vida -los pecados-, los pagaremos después de muertos! Cuánto más benéfico sería enseñarle a los jóvenes la realidad; que los errores se pagan, no solamente en el hipotético infierno, sino que durante la propia y mismísima vida terrenal; y que más tarde, peor! Esta es la lección que he aprendido por experiencia, y que no podré olvidar; ella será mi salvación porque he visto la terrible justicia divina! Tal modo de pensar, está lejos de ser un descubrimiento; recuerdo haber leído algo por el estilo en un libro elemental sobre teología. Dicen los teólogos, que en esta tierra, por aquello de la ley de compensación -como si fuere una ley de física-, a cada acción corresponde una reacción, del mismo género e igual intensidad (quien a hierro mata, a hierro muere; la ley del Talión). Quien haga a su prójimo una mala acción, recibe de vuelta por la humanidad, en su contra, otra acción igualmente mala; y viceversa, quien haga el bien, recibe otro tanto bien, a veces por personas que sin tener intención y sin saberlo ocasionan a terceros el bien, o el mal, de acuerdo con la ley de las reacciones y compensaciones (o como vulgarmente se dice: «nadie sabe para quién trabaja»; y «no hagas a los demás lo que no quisieras para ti»…) Yo no entendía aquello cuando lo leí; pero ahora que «he visto», lo comprendo perfectamente y sin dificultad. Quisiera que mis hijos y mis descendientes conocieran esta historia y la tuvieren presente durante toda su vida; especialmente durante su juventud. Es la lección que le dejó a mis hijos su abuelo paterno y que sirvió para «educar» la mente de su padre que esto escribe. Uno puede no hacer mucho caso de lo que aprende en los textos escolares y de la moral, pero no puede olvidar lo que ha aprendido por su propia experiencia o de su familia. Yo espero que al conocer mis hijos este cuento que ha visto y sufrido su papá, no lo olvidarán como uno de tantos textos de lectura, sino lo tendrán presente como si en parte lo hubieren vivido y sufrido las consecuencias ellos también. El cuento puede ser desagradable; lo es; pero el perfeccionamiento de la humanidad no se puede llevar a cabo mediante la ocultación a nuestros descendientes de los hechos perjudiciales ocurridos a nuestros antepasados, sino que por el contrario, hay que divulgarlos, hacerlos notorios; tal es nuestro deber de

enseñanza para evitar que el mismo error se repita en detrimento de la suerte de nuestros hijos. Si algún valor tiene el conocimiento de la historia bíblica, de cuanto le sucedió a Matusalén o a los habitantes de Babilonia; más útil y creíble será el saber qué le sucedió a nuestro padre o abuelo en una determinada circunstancia. Salimos con el Bórmida, de Génova, el 28 de enero, para Nápoles, en donde vuelvo a encontrarme con Mario a quien he telegrafiado oportunamente. Mi hermano, que no ha vivido y sufrido la tragedia de Buenos Aires, casi se sorprende de verme con el ánimo tan abatido; quiere convencerme de que no ha pasado nada. Yo en cambio, me siento como si los nueve años de vida y lucha marinera que llevo sobre mis espaldas hubieran sido inútiles, un fracaso. No tengo más aliento para salir largo tiempo navegando; tanto más ahora, con esa espada de Damocles consistente en el peligro de que en cualquier momento me destinen nuevamente rumbo a Buenos Aires, adonde no quiero ir porque no quiero saber nada más de mi padre, ni si vive, o cómo vive; no quiero distraerlo de sus obligaciones y deberes hacia sus hijos argentinos… Pregunto a Mario si tiene noticias recientes de mamá; apenado me informa que acaba de recibir una carta violenta contra mí, en la cual ella se expresa disgustadísima conmigo, alegando que el hecho de que papá se excediera en bebidas alcohólicas, según yo manifesté, no debía ser motivo para que un hijo honrado lo dejara abandonado en Buenos Aires. Le pido a Mario hacerme ver esa carta; la saca del bolsillo y me la deja leer. Hay que ver, como está enfurecida mamá, conmigo! Hijo sin corazón, y así por el estilo! Que hago bien en no ir a Pinerolo porque no quiere ni verme! Pobre mamá, si ella supiera la verdad! Mejor así: su descontento, la primera gran queja que tiene para con su hijo Italo, pasará al olvido; en cambio, ella no sabrá el drama de Buenos Aires, cuyo conocimiento la haría sufrir mucho más. Seguiré lejos de Pinerolo durante algún tiempo, porque temo que no sería yo capaz de mentir en su presencia. El saber que mamá esta descontenta conmigo, desde luego me mortifica, pero es mi deber tener la fuerza de soportar, ser un poco víctima, para su bien. Ella se merece mucho más que esto. Salimos de Nápoles el 30 de enero; el día siguiente hacemos escala en Messina; el 2 de febrero zarpamos desde Catania, entrando el 5 en el puerto de Smirna, Asia Menor.

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Es la primera vez que vengo a conocer estos lugares del Levante, del viejo mundo. Smirna, capital marítima de Anatolia, es ciudad antiquísima, figura en la mitología y en la historia griega con el nombre de Eolia; fue conquistada por los romanos, luego por los caballeros de las cruzadas; por los venecianos, y más recientemente por los turcos. A raíz del tratado de paz de Sévres del año 1920, fue asignada a Grecia; pero la recién establecida república otomana bajo el mando del dictador y fundador Mustafá Kemal Pashá, rebelándose contra dicho tratado que había sido patrocinado especialmente por Inglaterra, a fuego y sangre se apoderó de Smirna, expulsando hasta el último griego, no sin antes haber totalmente incendiado la ciudad, hace un par de años. Debido a tal incendio, la ciudad casi no existe; apenas se ven ruinas en todas partes y, cerca del muelle, algunas barracas de madera, ocupadas por las autoridades portuarias turcas. Hay que notar sin embargo, que ínfulas se dan estos revolucionarios «jóvenes turcos» que, como primera demostración de su nuevo poderío, nos comunican que nos está prohibido desembarcar en este puerto. -Muchas gracias-, contestamos con sarcasmo -no tenemos ganas de comer calcinazos y escombros…-. Sin embargo, es de esperar que dentro de breve tiempo, la reorganización de los transportes permitirá que sea reconstruida la ciudad y reanudada la exportación de higos secos, tabaco, esponjas y otros productos que hicieron famoso el nombre de este puerto. De aquí en adelante, los territorios y aguas en que navegaremos tienen todos aspecto histórico y casi sagrado; cada nombre de región, ciudad, isla o promontorio, nos recuerda los cantos de la Iliada, la Enéida, la Odisea, la Jerusalén Liberada, las Cruzadas… Cerca del puerto de Smirna se halla la antigua ciudad de Magnesia; afuera de la península del puerto de Smirna, denominada Klazomena, vemos la famosa isla de Quíos (Chío o Schio) gran productora de uvas y de naranjas, una de las siete ciudades que se disputan la honra de haber sido la cuna de Homero. Más al norte, cruzamos cerca de la isla de Metelino (Mitilene) antiguamente conocida con el nombre de Lesbos, patria de Sáfo, donde existía un grandioso templo en honor de Apolo. Desde la isla de Lesbos, mirando a través del estrecho de Adramiti, vemos elevarse la cumbre del monte Ida, desde donde Paris adjudicó a Venus el premio de la hermosura, y en cuyas faldas tuvo sus cimientos la ciudad de Troya (Ilión), tan célebre por el sitio que sufrió, 1.200 años antes de Cristo, en el que

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cayó vencida la ciudad y fue destruida por los espartanos que en ella penetraron mediante la estratagema del caballo-tanque repleto de guerreros. Frente de Troya, por la izquierda, cruzamos en vista de la isla de Tenedos, y enseguida, a la derecha, se nos presenta la boca del estrecho de los Dardanelos el antiguo Helesponto-, que durante la reciente guerra europea de 1917 fue el cementerio de varias docenas de acorazados ingleses y franceses cuando hicieron la tentativa del desembarco de tropas en la península de Gallípoli, fracasando en su intento de llegar a Constantinopoli, aventura dirigida por Winston Churchill, que le costó a los aliados 100.000 hombres en baja e igual número en cantidad de toneladas de barcos de guerra hundidos, de los cuales, quedan visibles ruinas en la superficie y escombros en las playas. La entrada del estrecho, cuyo nombre deriva de la antigua ciudad del Dárdanus allí situada, tiene menos de dos kilómetros de anchura; está controlada por el fuerte de Kumkale en la punta de la orilla asiática, y por el fuerte de Seddul Bahr (Settilbahir), por el lado de la costa europea. Aquí tomamos el piloto turco; avanzamos en el estrecho, cuyas dos orillas están a todo lo largo sembradas de fuertes militares, murallas, y antiguos castillos. Pocas horas después, llegamos al lugar donde más se acercan las dos costas, aquí el estrecho es un canal que tiene apenas una milla de ancho, dominado por el fuerte de Kalé Sultanié o Chanak (Çanakkale), por la orilla asiática, y Kilid Bahé (Kilitbahir) en la europea. El paso está cerrado por una barrera de minas; pedimos permiso, la barrera se abre, seguimos adelante, pasando frente de Gallípoli, entrando en el mar de Mármara. Por la noche, llegamos a anclar frente de la ciudad de Scutari, de la costa asiática, teniendo a la vista el panorama del Bósforo, y a la izquierda, el Cuerno de Oro o bahía de Constantinopla. En la madrugada del 8 de febrero entramos en este puerto, cuya descripción haré en uno de los capítulos de los próximos viajes. Recibo con el correo una carta de Ettore, en la que me informa que mamá sigue disgustada conmigo; que Mario está regresando a casa por haber terminado su período de servicio militar; que Anita está para casarse, no sabiendo si para ello tiene que esperar hasta que yo regrese a Italia. Contesto diciéndole que no puedo regresar pronto; que Anita se case y mamá le entregue como dote todos mis fondos que tiene en su poder: unas cinco mil liras.

Memorias de un marconista de mar y tierra t Italo Amore


Salimos de Constantinopla el 10 de febrero, enfilando el estrecho del Bósforo, y después de pocas horas desembocamos en el Mar Negro, poniendo la proa hacia el norte, rumbo a Odessa. Como casi siempre sucede en ésta época invernal, de acuerdo con su nombre de «Mar Negro», el tiempo es borrascoso, cielo cubierto, panorama gris y triste; reina un frío polar. En la mañana del 12 de febrero cuando nos presentamos frente del puerto de Odessa, el termómetro marca 30º centígrados bajo cero; ésta es la temperatura más fría en que yo haya estado hasta el presente; más frío que en el Canadá durante el invierno del año pasado. En el Mar Negro no hay corriente marina caliente, como la del Gulf Stream o golfo de México; dominan los vientos fríos del interior y de los montes Urales. El puerto está congelado, la costa se ve blanca, cubierta de bloques de hielo y de nieve. Tengo curiosidad de conocer este mundo de los rusos bolcheviques respecto del cual tanto he leído y oído hablar en términos desfavorables; quién sabe cuanto habrá de cierto o de exagerado en tales comentarios, seguramente inspirados por la campaña fascista y antibolchevique. Tropezamos con una dificultad imprevista: el Bórmida es el primer buque europeo que llega al puerto de Odessa desde la época del año 1922 cuando ocurrieron aquí las masacres de la última etapa de la revolución al quedar derrumbada la resistencia ukraniana ante el avance de las hordas del ejército rojo. Las autoridades del puerto no quieren darnos permiso para entrar; nos ordenan quedar anclados fuera de la bahía mientras reciben instrucciones de Moscú. Al día siguiente Moscú les comunica que en virtud de un tratado comercial que acaban de firmar con el gobierno fascista de Roma, tenemos derecho a entrar, para desembarcar los camiones y tractores Fiat que traemos en las bodegas con destino a este puerto. Pero antes tenemos que someternos a una rigurosa inspección aduanera y de control contra la importación de propaganda política. En tiempos del zar, antes de la revolución, estaba prohibido introducir a Rusia cualquier clase de libros o periódicos europeos, por temor a la propaganda antiimperialista. En aquel entonces dominaban los cosacos y el knut (fuete). Ahora, dizque todo ha cambiado…! La revolución liberó al pueblo del knut y la tiranía de los nobles; ahora dominan los mismos cosacos, con rifle en vez del fuete. En cuanto a los libros y periódicos europeos su

entrada está como antes prohibida, por temor a la propaganda antibolchevique (la misma salsa, bajo diferente etiqueta). Nadie entre nosotros trae libros filosóficos o políticos, pero los esbirros encuentran entre las gavetas de los escaparates de nuestros camarotes, viejos periódicos en los que tenemos envuelta la lencería y vestuario para defenderlo del polvo de carbón; horrorizados, los confiscan, destruyéndolos en una hoguera. Quemado ese material de terrible propaganda, no hallando cosas más peligrosas, permiten que venga el piloto, para dirigir el barco hasta el muelle. Es un viejo de unos sesenta años de edad, flaco, pequeño, bigotes y pelo blanco; mal vestido, aparenta estar soportando fuertes privaciones materiales o morales. Contrastan con su aspecto, dos jóvenes soldados que lo escoltan, de cara sonrosada, cuerpo gigantesco, envueltos en pesados capotes de cosaco y armados hasta los dientes. ¿Qué significa esto? El mismo piloto, hablándonos en voz baja, en idioma francés, a veces en inglés, mientras dirige el barco se encarga de ilustrarnos. Antes de la revolución, era un almirante de la marina imperial rusa. Es uno de los pocos sobrevivientes; no lo mataron porque necesitaban de sus servicios profesionales; lo encarcelaron y lo obligan a trabajar como un forzado, bajo escolta de los militares de la Ceka, la terrorista policía soviética. La expresión de sus ojos y de la voz es fría, desolada como la de un condenado; sin embargo, por la elegancia de su lenguaje, por los conocimientos generales y de los varios idiomas se comprende que este hombre fue en el pasado un jefe ilustre. Habla con desconfianza, aún cuando él mismo informa que sus vigilantes no entiende ni una coma de cuanto dice pues solamente conocen el ukraniano. Por la misma razón, los dos cancerberos desconfían de él; cada vez que creen ver salir de nuestros labios o en los del piloto una sonrisa, que ellos interpretan como burla de las disposiciones soviéticas, fruñen el ceño, golpean el casco del rifle sobre el piso del puente, para llamar al orden al viejo piloto. -¿Adónde duerme por la noche?-. -En la cárcel-. -¿Su familia?-. -Todos masacrados-. -¿Quiénes son las actuales autoridades de Odessa?-. -Unos cuantos comisarios; analfabetas; los más ignorantes son quienes dominan y conservan el mando a fuerza de ejecuciones sumarias-.

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-¿No hay justicia?-. -Si; hay varios soviets o comisiones del pueblo. Como quiera que nada entienden y de todo desconfían, siempre resuelven lo que les parece más fácil, es decir, condenando a muerte, lo mismo que durante la revolución francesa cuando Robespierre y demás inventaron la guillotina. Ven ustedes allá el antiguo palacio del gobernador, el del comandante militar de la plaza, aquellas grandes mansiones habitadas anteriormente por la nobleza de Ukrania. Fíjense como están en ruinas, con sus techos, puertas, ventanas, desmanteladas, sin vidrios, a pesar del frío. En ellos se alojan actualmente los del pueblo, los que mandan. Nosotros, los sobrevivientes, tenemos la gracia de poder residir en el calabozo, mientras no nos maten-. -¿Qué tal de comida?-. -Uhm, hace años que no pruebo vinos, ni quesos, ni fruta. Abunda el trigo. -¿Tienen unas naranjas?-. -Si, pero que no vean los cosacos, pues no solamente me las quitarían, sino que me castigarían pegándome con los rifles porque está prohibido recibir víveres o auxilios de los «burgueses». Ustedes, con sus galones y sus corbatas, son unos viles burgueses tal como lo fui yo antes de la revolución; es mucha gracia que los hayan dejado entrar; así lo dispuso Moscú que tiene interés en recibir maquinaria europea. Siquiera en Moscú hay unos cuantos jefes que poseen cultura, con quienes es posible negociar o discutir. Con estos bárbaros no hay razonamiento que valga: recelan de todo, descubren enemigos y espías en todas partes; su fórmula de gobierno consiste en destruir todo cuanto no conocen o no entienden-. A pesar de que las informaciones del almirantepiloto denuncian una atmósfera local de terrorismo como en la época de la revolución francesa de 1793, nos creemos protegidos por la bandera italiana de nuestro barco y por las instrucciones que Moscú debe haber transmitido a las autoridades de Odessa. Tan pronto que el Bórmida está amarrado al muelle, a pesar del frío, ávido de conocer, con paso seguro desembarco, me dirijo por la primera calle que encuentro, subiendo hacia la ciudad cuyos edificios sobresalen de un pequeño cerro a pocas cuadras de distancia. Observo que la arquitectura rusa tiene líneas de características propias, es un arte bien definido, impresionante por la severidad y majestuosidad de diseño, que nada tiene que envidiar al estilo europeo. Voy subiendo por los bastiones que llevan a la ciudad, sin detenerme a hacer caso de los transeúntes que

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me dirigen la palabra en ruso, idioma todavía incomprensible para mí. Por sus gestos de asombro entiendo que soy motivo de curiosidad y de comentario. Todos están muy mal vestidos. De pronto, un par de personas pasándome cerca escupen, su salivazo termina sobre mi gabán de uniforme azul. ¡Diablo! Aún cuando me parece que lo hicieron adrede, supongo que fue una casualidad del viento, no me doy por ofendido, sigo adelante. Pero, a los pocos metros, otras personas escupen directamente contra mí; algunas ríen, otras tienen en sus caras una expresión amenazante. No me queda duda: esta gente quiere armarme camorra, se disponen a rodearme para atacarme, estoy solo, sin posible defensa. Doy vuelta atrás, volviendo sobre mis pasos regreso al barco, único refugio. Subo al puente de comando, me encuentro con el piloto, le describo cuanto acabo de experimentar y le pido que me explique cuál puede ser la causa. -Claro- me dice, -es que usted no sabe todavía que desde la revolución aquí está prohibido llevar uniforme con charreteras o cualquier otro símbolo de burguesía así como cuello y corbata. Si no se quita esos adornos usted no podrá transitar por las calles, so peligro de que algún cosaco lo encierre en una mazmorra. Vea usted ese monumento en la plaza, del gran general ruso, héroe de la batalla de la Tehernaya, fíjese que los revolucionarios respetaron la estatua, pero quitándole a golpes de cincel las charreteras del uniforme, porque ahora todos somos iguales. Cámbiese pues usted de vestido; hágase prestar una indumentaria de proletario; entonces usted podrá pasear tranquilamente por Odessa sin que nadie le moleste. Lo mismo adviértale a su comandante y a los oficiales-. -Merci bien, monsieur!-. -No me diga señor, pues eso está prohibido. Dígame «tavárisch», que significa compañero, camarada-. -Spasíba, tavárisch (Gracias, camarada). Los dos cosacos de escolta que estaban escuchando, solamente entendieron mis dos palabras en ruso, sonríen y aplauden. Subo a mi camarote para mudarme de ropa de acuerdo con la recomendación del piloto; luego informo a los colegas acerca de esta novedad que no conocíamos. El estado mayor se resigna a despojarse del sombrero y saco de uniforme, quitándose las charreteras y los galones, para no provocar abucheo entre el personal ruso de estibadores. Los marinos saben que «paese che vai, usanza che trovi» (país adonde vas, costumbres que encuentras; a las que tiene uno que amoldarse).

Memorias de un marconista de mar y tierra t Italo Amore


Hacia el mediodía, después de que nuestra tripulación ha terminado el acostumbrado almuerzo, sucede una escena cuya descripción parecerá mentira a quien la lea en estas páginas. Resulta que el cocinero y el lavaplatos, reunidas como siempre las vituallas sobrantes de la mesa, consistentes en trozos de pan, residuos de carnes, verduras, frutas, las botaron en la caneca de la basura cuya canal desemboca al mar. Este mar está helado, recubierto con una gruesa capa de hielo sobre la cual puede caminar la gente. Los residuos de la basura no se hundieron bajo el agua, sino que han quedado flotando sobre el hielo, cautivando la atención de algunos gamines, pobres muchachos entre los cinco y quince años de edad, hijos de nadie quienes perdieron sus padres durante la revolución y que por ser descendientes de nobles, no reciben ayuda por parte del estado. Están envueltos en harapos, semidesnudos y descalzos, ¡con esta temperatura de 30º centígrados bajo cero! Los gamines, fingiendo jugar entre ellos, se han acercado al Bórmida y recogiendo los sobrantes de la cocina se disponen a hacer un opíparo banquete. Al ver aquello, el despensero saca algunos víveres de su depósito: pan, queso, naranjas, dejándolos caer por la caneca de la basura, sobre el hielo, a fin de que los hambrientos muchachos tengan qué comer. Tum! Tum! Dos niños acaban de desplomarse sobre el hielo, heridos a quemarropa por los disparos que les hizo un cosaco de guardia sobre el muelle. Al oír las detonaciones, ver la causa y sus efectos, nuestra marinería quiere lanzarse sobre el cosaco, pero este apunta el rifle contra ellos, dando a entender que también tiene balas para ellos. El comandante Carini, muy a su pesar y con mucha razón interviene: -por Dios, muchachos, tengan cuidado, no nos metamos contra las costumbres de estos comunistas pues podrían echarnos a la cárcel y dejarnos podrir en ella pues aquí no hay consulado, ni embajada, ni autoridad que valga, sino únicamente los comisarios del pueblo y la policía de la Ceka de la cual forman parte estos cosacos. Según ellos es delito de traición a la patria, que esos niños hambrientos se alimenten con regalos de los burgueses. Esos pobres gamines, son rusos, prácticamente hermanos de los mismos cosacos. Nosotros no hemos venido aquí para corregir los errores de la revolución ni tenemos fuerzas para hacerlo. Hagámonos los de la vista gorda; no botemos más víveres fuera borda. No quiero incidentes con esta gente. Ojalá llegue pronto el momen-

to de volver a salir, pues me siento intranquilo en este puerto…! Como lobos hambrientos, obligados por el terror, los gamines se están retirando, arrastrando sobre el hielo sus dos compañeros heridos… Por la tarde, ha vuelto la calma a bordo y en el muelle. Forzosamente nos estamos amoldando a la inhumana y cruel disciplina rusa del comunismo… Me he vestido lo más proletariamente posible; ensayo nuevamente dirigirme a la ciudad. Llevo en el bolsillo un pequeño diccionario italiano-ruso, y varias monedas locales que obtuve del primer oficial Balzano: kopeks, rublos, todo papel moneda, con hoz y martillo… Ahora nadie me molesta por las calles; entro en el edificio del Teatro de la Opera, que ha quedado intacto; es una obra de arte, dicen que es el cuarto teatro en importancia, entre los mejores de Europa (París, Viena, Milán, Odessa). Penetro en el mercado, luego en algunas tiendas, observando que son pocos y malísimos los artículos para la venta: pieles, vestuario estilo obrero, zapatones y botas, cereales. De vez en cuando alguien me detiene, me interroga, nada entiendo, pero resueltamente contesto: -ñet pañimai parúski; gavarít italiáski, moréa parakót italiáski, nasdaróvia tavárisch (no entiendo el ruso, hablo italiano, soy marinero de un barco italiano, salud camarada)-. La última palabra, tavárisch, es el ábrete sésamo, ya lo sé; efectivamente, el interlocutor sonríe y saludando con un: -dá, dá, ditsidánia tavárisch (si, si, buenas tardes compañero)-, se aleja dejándome circular en santa paz. Después de un par de horas, me parece que se me está congelando la nariz debido a este terrible frío a que no estoy acostumbrado; tengo que regresar de carrera a bordo. Encuentro el estado mayor reunido alrededor de una estufa y tiritando, a pesar de que todos están envueltos en frazadas y cobijas. ¡Qué frío!. Por causa del mismo, y porque no me siento bastante seguro en tierra firme (por primera vez en mi vida tengo la sensación del peligro!!!), resuelvo no volver a bajar en Odessa, desde donde al fin salimos el 17 de febrero, rumbo a Constanza, el vecino puerto rumano cerca de la boca del Danubio, adonde llegamos el 18. En Constanza encontramos hielo y temperatura polar como en Odessa. Aquí el ambiente es mejor por cuanto que ya no estamos en un país de bolcheviques, pero casi tan inhospitalario, debido a que estos rumanos son los más grandes ladrones del mundo; la gente más corrompida: basta tomar ejem-

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plo de su casa real, desde la reina poetiza Carmen Silva, hasta su hijo Carlos, por los continuos escándalos de inmoralidad de que dan muestra en su propia corte. Nada que merezca ser mencionado, durante la estadía en Constanza, que debido a los hielos está semi abandonada; el kursaal, el famoso casino y numerosos establecimientos públicos permanecen cerrados, solamente volverán a abrir durante la estación estiva,

entre mayo y septiembre, cuando este lugar se transforma en playa de veraneo para los turistas rumanos que vienen de la capital Bucarest, de Brailá, Gálatz (Galati) y otras ciudades del interior. De Constanza salimos el 25 de febrero; el 26 tocamos en Burgas, puerto de Bulgaria, desde donde zarpamos el día siguiente hacia Constantinopla. El 8 de marzo llegamos a Alejandría de Egipto, dando por terminado el primer viaje de este crucero.

Fiesta de disfraces a bordo

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CAPÍTULO

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VIAJE NO. 31 S/ S

BORMIDA

EL LEVANTE. Salida: 9 marzo de 1.926 Regreso: 22 abril de 1.926 Comando: Igual que el viaje anterior

S

alimos de Alejandría, nuevamente rumbo al Mar Negro. Es el 9 de marzo. Al día siguiente, sin detenernos, pasamos frente a las playas de Jaffa y Haifa; lástima que no tenemos carga ni pasajeros para estos puertos, pues, Jaffa se haya apenas a un par de horas desde Jerusalén capital de la Judea, hoy Palestina, donde está el Santo Sepulcro. Tengo que contentarme contemplando a vuelo de pájaro las arenosas playas de Jaffa, lugar semidesierto pues aún no han entrado en actividad los oleoductos que más tarde le darán vida e importancia. Esta navegación por los puertos del Levante es interesante bajo cualquier punto de vista, entre otras cosas, porque casi diariamente tenemos que cambiar de idioma y de moneda. En Alejandría, aprendimos el uso de la libra y las piastras egipcias; en lo tocante a idiomas, el hombre de la gleba o fellah entienden solamente el árabe pero los egipcios más civilizados hablan no menos de cinco idiomas: árabe, griego, inglés, francés, italiano; esto se debe a que la población está formada por elementos de dichas nacionalidades. Más o menos las mismas costumbres encontraríamos en Jaffa y Haifa si el barco hiciera allí escala, pues esta zona se halla bajo protectorado inglés.

Al día siguiente, 11 de marzo, entramos en el puerto de Beirut, capital de la colonia francesa de Siria o Líbano. Aquí, el idioma imperante es el francés, seguido del árabe y el turco; la moneda corriente es la libra siria que, igual a sus similares, se subdivide en piastras, etc. Voy aprendiendo a leer los números en árabe, cuyo conocimiento es necesario para no equivocarse o dejarse estafar en el cambio de las monedas, cuyos valores solamente están inscritos en árabe. El número 1 se representa con un trazo diagonal desde la izquierda hacia la derecha, mejor dicho su figura es casi igual a la pata izquierda de una V mayúscula; el 2 se representa con esa misma diagonal pero añadiéndole en la cabeza una especie de acento circunflejo, en sentido horizontal de izquierda a derecha; el 3 tiene ese acento más grande y más alargado que el 2, parece un 7 escrito al revés pero sin palito; el 4 parece una E mayúscula griega, o mal hecha; el 5 se escribe como el 0; el 6, como nuestros siete pero sin la patica del corte en la mitad, o sea, el 3 árabe al revés; el 7 se escribe como la V mayúscula; el 8, como V mayúscula invertida; el 9, se escribe igual que el 9 en latín; el 0 esta figurado mediante un sencillo punto. De manera que la figura 0. significa 50; la 0.. indica 500; V0 es 75; V0. es 750.

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Beirut tiene un puerto de tamaño relativamente pequeño, pero bastante bien defendido del mar, y sirve a una población de más de 100.000 almas. Como otras antiguas ciudades orientales posee ruinas y edificaciones dignas de conocer; además, de aquí salen importantes carreteras automoviliarias que llevan a Baalbek, la antigua Heliópolis entre cuyas ruderas puede admirarse el magnífico templo del Sol; a Palmira, otra antiquísima ciudad, cuyas ruinas, de estilo jónico y de gran valor fueron descubiertas hace apenas un siglo; a Damasco, la antigua ciudad de los califas, que tuvo también fama por sus buenos tejidos y armas blancas; a Bagdad, capital de Irak o Mesopotamia, donde puede verse la universidad más antigua del mundo y es famosa por los cuentos de las Mil y Una Noches. Esta es la antecámara de Persia. También en los alrededores de Beirut, se encuentra la renombrada región del Líbano con sus montes Carmelo y Tabor recubiertos de seculares y gigantescos árboles de cedro. En cuanto a los habitantes, el carácter de estos sirios y drusos no goza de buena fama, se dice que son ladrones o brigantes natos, que sus palabras y promesas no tienen valor; sin embargo, creo que todo es fantasía, exageración; aquí se vive como en cualquier otra parte del mundo; quien respeta y no molesta, raramente es molestado. Cautelosamente, aprovecho la facilidad de entenderme con estos beduinos hablando en francés, me cuelo por todas partes, entre los barrios antiguos, en el ghetto de los judíos, en el sector árabe, hago largos paseos por la carretera de Damasco, sin que nadie me estorbe. Mientras tanto, el Bórmida esta activando sus operaciones de cargue y descargue en productos de la región: pieles, aceites, tabaco, dátiles, frutas. Después de cuatro días, el 15 de marzo zarpamos rumbo al norte. Pasamos frente de los puertos de Trípoli de Siria (Barbería o Tarabulus) y Alexandretta, teniendo a la vista por la izquierda la isla de Chipre; el 16 entramos en el puerto de Mersina, en la región de Anatolia, actualmente bajo el dominio turco. Aquí cargamos tabaco de la magnífica calidad denominada «barba del sultán», cuyo perfume y aroma es superior al de los demás tabacos y que mezclado con las hojas del tipo turco, macedonia, egipcio, sirve para formar deliciosos cigarrillos. Por celo, o por temor, los turcos del recién nacido gobierno de Mustafá Kemal Pashá nos prohiben bajar a tierra, tenemos que contentarnos con mirar el panorama desde nuestro fondeade-

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ro. Nos consolamos dedicándonos a pescar; el sitio es de corriente: agarramos magníficas doradas y otros peces finísimos como solamente se consiguen en estas aguas rocosas y azules del Levante. A las 24 horas o sea el 17 de marzo dejamos de blasfemar en turco; salimos hacia Rodas. Sin detenernos, pasamos a la vista del puerto de Adália (Satalieh), otra ciudad de Anatolia, y perdemos de vista la costa de Chipre; el 19 por la mañana entramos en el puerto de la famosa isla de Rodas, actualmente bajo bandera italiana. Se habla italiano o griego, la moneda circulante es la lira italiana de la península, con sus divisiones centesimales. Me imagino ver a la entrada del puerto, con una pierna montada sobre el muelle de las Torres de los Molinos, la otra sobre el muelle de las Torres de los Arabes, los navíos pasando por debajo de las colosales piernas, el faro-estatua de bronce, de Apolo, una de las siete maravillas del mundo. Dice la leyenda, que esta gigantesca estatua (el Coloso de Rodas) fue tumbada por el sismo, igual que la otra maravilla, el antiguo faro de Alejandría. Si no puedo admirar el Colosso di Rodi, tengo en cambio ante mis ojos el panorama de las famosas fortalezas y murallas que hicieron célebre ésta isla desde la época de las Cruzadas. Entre los años de 1300 y 1500 Rodas estuvo ocupada por los Caballeros de San Juan de Jerusalén quienes, edificándola y erigiendo fuertes de enorme poderío y tamaño hicieron de ella el principal baluarte contra las tentativas de las flotas mahometanas que querían invadir a Europa y derrotar al cristianismo. Durante dos siglos esta cabeza de puente del cristianismo sostuvo violentos embates de ejércitos y flotas turcas, derrotándolos, facilitando a las Cruzadas el camino hacia el sur y el Levante. Reconquistada en el año 1521 por Solimán el Magnífico, la isla quedó bajo el gobierno de los turcos hasta el año de 1911 cuando a raíz de la guerra italoturca volvió a estar bajo bandera italiana. Al ocuparla, los italianos tuvieron la agradable sorpresa de constatar que los turcos, durante los cuatro siglos de su dominación, no habían hecho nada que modificara mínimamente el aspecto de la antigua ciudad; quizás por pereza o quizás por respeto. Los fuertes, las murallas, los bastiones, fueron hallados intactos, tal como los habían dejado los últimos Caballeros del maestre Felipe Villiers de l’Isle Adam cuando abandonaron el lugar en el año de 1521… Los italianos no tuvieron más trabajo que quitar el polvo acumulado durante cuatro siglos, pintar alguna pa-

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red, restaurar en todo su esplendor la titánica obra de los Caballeros, que hoy podré darme el placer de contemplar en todos sus detalles. Al efecto, para orientarme, adquiero el libro-guía del famoso arqueólogo Maiuri, que todavía conservo entre mis recuerdos (luego lo presté al R.P. Bravo S.J., quien, diez años después no me lo ha todavía devuelto, lo considero perdido). Camino por la Vía o Calle de los Caballeros, toda empedrada, hacia el Hospital de los Caballeros y el Albergue u Hospicio de las Lenguas de Italia, Provenza, Francia, Inglaterra, Aragona, Alemania, Castilla, Navarra; luego, por las murallas que llevan el mismo respectivo nombre. Se trata de edificaciones cuyo tamaño y solidez sorprende, formadas por enormes bloques de piedra. Quien haya visto las murallas y fuertes de Cartagena de Indias podrá formarse una pálida idea de cuanto corresponde a las fortalezas de Rodas cuyas dimensiones, cantidad, variedad, son mucho mayores que las del puerto de Cartagena. Parece que estos Caballeros, guerreros de los siglos XIII y XIV fueren unos gigantes de casi dos metros de estatura; a veces me imagino ver salir de una u otra puerta, resucitado, uno de esos guerreros, envuelto en su metálica coraza, la cabeza recubierta por el yelmo, la maza en la mano; oigo su ferrado paso sobre la calle de granito; me asusto… No, no hay nadie. ¡Cuántos héroes, habrán transitado por aquí durante los trescientos años de cruzadas y de luchas contra Mahoma; ay, cómo se esfuman rápidos los siglos; solamente queda el recuerdo de la efímera gloria!; por lo demás, como dicen los franceses: tout passe, tout lasse, tout casse… (sic transit gloria mundi…). Nos quedan, gracias a que los turcos no tocaron nada, los artísticos símbolos heráldicos enclavados en las murallas, los cañones de bronce, las balas de piedra, de unos 10 cm. de diámetro, arregladas en pirámide en los patios. Ahí tenemos los escudos de Folco de Villaret (o Mauricio de Pagnac), de Elion de Villeneuve, Deodato de Gozon, Pedro de Corneillan, Rugiero de Pins, Raimundo Berenger, quienes fueron granmaestres de la lengua de Provenza; Juan Fernando Heredia, Antonio Fluvian, Pedro Raimundo Zacosta, de la lengua de Castilla; Roberto de Julliac, Filiberto de Naillac, Juan de Lastic, Jacques de Milly, Pedro d’Aubusson, Amerigo d’Amboise, Guido Blanchefort, Felipe Villiers, de las lenguas de Francia y Alvernia; Battista Orsini y Fabrizio del Carretto, de las lenguas de Italia; todos representando la nobleza europea de la más alta alcurnia.

La Orden se componía de Caballeros, Hermanos Sirvientes y Capellanes. Los primeros atendían al servicio de la guerra; los segundos tenían a su cargo el suministro de vituallas, municiones, el cuidado de los peregrinos y los enfermeros; los últimos atendían al servicio religioso. El jefe de la Orden era el Granmaestre, nombrado por el Consejo General cuyos miembros eran los capitanes de cada una de las ocho Lenguas que en conjunto formaban la Orden. La ciudad estaba dividida en ocho barrios o bastiones; cada Lengua administraba y defendía su propio sector, erigiendo sus fortalezas al estilo característico de su región, constituyendo sin embargo un conjunto armónico de fuertes que como un poderoso anillo circundaban la ciudad y el puerto para defenderlo de los ataques enemigos. Las macizas murallas de varios metros de espesor se elevan a gran altura, rematando en bastiones, puentes levadizos y terraplenes, baluartes, merlones, cañoneras; grandes fosos y charcos artificiales impiden desde el exterior el acercarse a las murallas. Afuera de las murallas, ruderas de la época de la fundación de la ciudad (400 años antes de Cristo) entremezclados con monolitos y tumbas turcas de época reciente. El clima constantemente primaveral, es uno de los mejores del mundo; a este respecto la isla de Rodas podría competir con Madeira, famoso lugar de veraneo en el Atlántico, a la que se parece también en el tamaño, de 77 km. de largo, por 35 de ancho. La producción agrícola se concentra especialmente en olivos, uvas, frutas, tabaco. El mercado provee diariamente abundante y finísimo pescado. La población cuenta unas 20.000 almas, de las cuales la mayoría son griegos y turcos, de religión musulmana, ortodoxos y judíos. Quedamos en Rodas un par de días; el 20 de marzo salimos, navegamos entre las numerosas islas Espérides: Simi, Telos, Kos, Nisiro, Kalimnos, Leros, Samos, Schio; entramos en Smirna el 21; el mismo día zarpamos rumbo a Constantinopla en cuya bahía anclamos el 23 de marzo. Tengo mucho interés en conocer esta famosa capital; a ello me dedico a pesar de que actualmente existe un movimiento xenófobo, hostil contra los europeos, especialmente los ex aliados; los turcos se han amarrado los pantalones, tratan de manera brusca y despectiva a los occidentales, como para convencerse de que se han liberado de los mismos. Desde luego que entre ellos tampoco se hacen muchas amabilidades; los kemalistas o jóvenes turcos que ocupan

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las posiciones dominantes aplican fríamente el bastón y el fuete para modernizar aquellos conciudadanos que continúan pensando a la antigua como en la época de los sultanes y los harenes. El gobierno acaba de imponer el uso del alfabeto latino y vestidos de corte occidental; prohibiendo el antiguo sombrero rojo en forma de cilindro (fez o tarbusch) para los hombres; prohibido a las mujeres llevar el tapacara; prohibida la poligamia y otras tradicionales costumbres otomanas. A fuerza de leyes y de bastón el gobierno turco logrará modernizar a sus ciudadanos en pocos años; más de cuanto lo hayan hecho de por sí durante un milenio. A pesar de todo, estos turcos tienen cualidades que los hacen simpáticos: son buenos marinos, buenos trabajadores, buenos refunfuñadores, raza sana y fuerte como pocas. Si no fuman «barba del sultán», los que están sentados en sus oficinas y almacenes aspiran lenta y voluptuosamente por el tubo del narguilé, aparatosa pipa oriental en la cual el humo, antes de llegar a la boca, se enfría pasando al través de un depósito de agua perfumada. Por las calles y plazas abundan los vendedores de dulces y delicias turcas entre las cuales aprecio el lucum, especie de bocadillo de finísima pasta hecha de gelatina de frutas y almendras. Otros productos locales que se venden popularmente son el yoghurt y el kumis, hechos de leche cuajada, considerados digestivos por los fermentos lácteos que contienen (bacilos búlgaros). El Bórmida está anclado cerca de un curioso faro: la torre de Leandro, donde según la leyenda, atravesando el Hellesponto, todas las noches se reunían el joven griego y su amante Hero, sacerdotisa de Venus. Una noche, Leandro se ahogó: la humanidad conmovida levantó en su memoria la torre-faro sobre ese mismo escollo. Dicen que el poeta inglés lord Byron con mucha dificultad logró repetir la hazaña de atravesar a nado esta parte de los Dardanelos en donde la corriente es muy fuerte. Voy a ver la memorable iglesia-mezquita de Santa Sofía. Tomo un vaporcito y primeramente visito el Cuerno de Oro, brazo de mar que se interna en la costa europea, cerca del barrio de Stamboul (Istambul), que tiene la forma de una media luna. Luego, me hago desembarcar en el muelle del barrio de Pera, y emprendo a pie el camino hacia Santa Sofía. Al efecto, tengo que atravesar el largo y amplio puente denominado de Stamboul, que une el barrio de este nombre con el de Pera. El puente es inmenso en ambas dimensiones; los transeúntes tenemos que

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pagar peaje de algunas piastras, para pasar los retenes. Entrando en el barrio de Stamboul me doy cuenta de hallarme en pleno centro de la ciudad otomana, aquí las inscripciones de las calles y almacenes siguen siendo únicamente en alfabeto turco: nada de alfabeto occidental o latino. Después de caminar varias cuadras, subiendo una pequeña colina me encuentro en una gran plaza en la que dominante se eleva la cúpula de Santa Sofía. Vista por dentro, esta mezquita luce esculturas y mosaicos como las importantes iglesias católicas; por fuera, el edificio es imponente; entre sus jardines transpira la paz de los lugares sagrados por su antigüedad. Efectivamente, esta iglesia erigida apenas 500 años después de Cristo, por el emperador Constantino el Grande, cristiano, en honor de Santa Sofía; en el año de 1453 Mohamed II la transformó en mezquita. De regreso, me detengo a conocer el afamado mercado de Stamboul. Es inmenso, cubierto, bastante limpio. Aquí se unen dos continentes: Europa y Asia; también se consiguen productos africanos. Mercaderes de todas las razas, especialmente armenios, griegos, turcos, rusos, árabes, persas. Qué pieles de zorro y de oso, de la Siberia y de los Urales, Astrakhán, el Tíbet; que tapetes, de Bukhara, del Casmir (Cashmir), de Bagdad, de Teherán! Después del turco y del árabe, el idioma predominante es el francés, pero también me siento interpelar en español: -señor oficial, cómpreme estas cajas de lukum y de caviar, llévese estos deliciosos recuerdos de Stamboul-. Son mercantes judíos, de la secta sefardi, cuyos tatarabuelos fueron expulsados de España hace cuatro siglos; ellos continuaron traspasándose de padre a hijo las costumbres y lengua ibérica, a pesar de estar en Stamboul. Quiero ahora ojear la ciudad moderna: Constantinopla, con su millón y medio de habitantes ocupa una vasta superficie y se divide en numerosos barrios. Me dirijo hacia los barrios europeos de Pera y Gálata, tomo el funicular que sube a la cumbre del cerro de Gálata. Aquí hay muchos almacenes y bares, cafés chantants al estilo occidental; la mayoría de los sirvientes, camareras, ayudantes, artistas de variedades, son de origen ruso, ex nobles que lograron salvar su pellejo escapándose de la revolución bolchevique, aunque sin un centavo. Ahora sirven calladamente en las mesas de bares y hoteles, la cara tristemente pálida pero bien limpios y peinados, los ex duques y ex princesas ukranianos, moscovitas o de San Petersburgo. Son muchos, abundan en todos

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los locales, que casi uno duda su legitimidad; pero es que la Rusia es tan grande, y todos estos desgraciados vinieron a refugiarse en Constantinopla la capital más cercana a los puertos de escape de Odessa y de Crimea; quieren quedarse aquí en espera de que terminando pronto la revolución les sea posible regresar a su patria. ¡Vana esperanza! Al dirigirles la palabra, se nota inmediatamente el gran fondo de cultura que llevan consigo. Se ponen en guardia y lo escrutan a uno como por temor de ser descubiertos o burlados; contestan frases breves, incisivas; no tienen gana de conversar o identificarse. Es tanto el orgullo y el dolor que llevan en su alma! Hablan corrientemente el francés, el inglés, el alemán. Desde luego no hay marino que no sueñe con ir a dormir con una auténtica princesa rusa; pero lo más probable es que aquellas que se acuestan sean apócrifas… Es la moda. Al quinto día de permanencia en Constantinopla, el Bórmida levanta anclas, rumbo a Odessa adonde llegamos el 30 del mismo mes. Nuevamente los agentes portuarios rusos nos someten a una minuciosa perquisición de cabo a rabo a todo lo largo del barco buscando polizontes y propaganda anticomunista, hasta en las calderas y las carboneras. Cómo desconfían estos ignorantes bolcheviques! De veras se suponen tan importantes como si el resto del mundo no tuviere otra cosa en que pensar. A cada momento se presenta el peligro de incidentes debidos a mal entendimiento; nos sentimos intranquilos; sabemos que en cualquier instante podemos ir al calabozo o desaparecer debido a la dificultad o imposibilidad de entendernos. Tavárisch, tavárisch, tavárisch… al diablo con estos analfabetos rusos, ¿cuándo estaremos listos para zarpar? Descargamos camiones Fiat; cargamos trigo de ukrania; el 3 de abril salimos en viaje de regreso; archivamos hasta próxima ocasión el vocabulario ruso y el sobrante de billetes rublos y kopeks que tuvimos que adquirir para hacer los intercambios comerciales más urgentes. Al día siguiente, 4 de abril, entramos en el puerto rumano de Constanza. Esta tierra es la antigua Dacia que fue conquistada por el romano emperador Trajano durante el primer siglo después de Cristo. El idioma rumano es una mezcla de latín, eslavo, griego, turco; a los oídos italianos suena tan ridículo como a los españoles el portugués. La moneda circulante es el Lei, se divide en centésimas. La vida es muy barata en este país gran productor de petróleo, trigo, cerea-

les. El Danubio, que desemboca un poco al norte de Constanza es fuente de riqueza para Rumania, como el Nilo para Egipto. Es navegable varios centenares de kilómetros al interior, aún para los grandes barcos marítimos que durante la estación estiva suelen remontarlo hasta Gálatz o Brailá adonde van a cargar trigo o cereales. Durante el invierno el Danubio se congela rigurosamente. Es curioso notar como las riquezas naturales no son suficientes para que un país disponga de bienestar material y moral. Por sus recursos naturales Rumania debiera ser uno de los más fuertes y prósperos de Europa. No obstante, el carácter de esta gente es pobre en todo, inclusive en virtudes; los rumanos se venden y traicionan entre sí y a su patria, como si quisieren renegar de su raza. Son generalmente hermosos, tanto los hombres como las mujeres tienen fisonomías atractivas. Pero al tratarlos -salvo las excepciones-, resultan unos sinvergüenza, pillos o pícaros. Su principal industria consiste en negociarse a sí mismos; se venden las mujeres, los hombres venden a sus mujeres, o los puestos que ocupan; el policía se vende al ladrón, el alcalde al contrabandista, el prefecto al comerciante, el rey a una firma extranjera… De propiedad extranjera son las industrias: el petróleo pertenece en parte a la Standard americana, en parte a la Anglo-Dutch; el trigo y los cereales, a un consorcio inglés. Los rumanos, ya lo han vendido todo al extranjero; quizás sea por ello que ahora están vendiendo su propio honor, lo único que les quedaba… El 8 de abril salimos de Constanza; el día siguiente entramos en Bulgaria, en el puerto de Varna. Aquí, la unidad monetaria se denomina Leva, divisible en centésimas. El idioma es slavo, el alfabeto es ruso, la religión dominante es ortodoxa; por lo demás, este pueblo se parece bastante al ruso ukraniano. Aunque más pobre que el rumano, siendo su mayor industria la pastoril, este pueblo es virtuoso, serio, orgulloso, difícil de corromper. Varna es una ciudad de veraneo; sus balnearios están todavía cerrados, se abrirán en junio. Cargamos cueros y pieles, y volvemos a zarpar el día 9. En la madrugada siguiente entramos en Burgas, otro puente de Bulgaria, desde donde salimos el 12. El día 13 embocamos en el Bósforo y anclamos frente de Constantinopla; el 14 zarpamos, el 16 entramos en el puerto de Pireo, Grecia. Pireus es el puerto de Atenas, como Puerto Colombia lo fue hasta hace poco para Barranquilla; pero el Pireo es un puerto natural de gran belleza; tiene forma circular, casi totalmente rodeado y protegido

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por cerros, una estrecha boca sirve de entrada y salida hacia el mar de las Cícladas. Tomo el tren; en un par de horas llego a la capital, Atenas. El idioma griego corriente, nada tiene que ver con el griego antiguo que se estudia en las escuelas; la moneda que circula es el Dracma, cuya centésima se denomina Lepta. Como italiano que soy, cultor de las glorias y antigüedades romanas, tengo que confesar que he quedado sorprendido al ver las antiguas bellezas arquitectónicas de Atenas. Me parece que aquí hay más cosas, más estatuas y antigüedades que en Roma; todas bien conservadas; en cuanto a belleza, el arte griego es insuperable; tanto es así, ahora me doy cuenta, que muchas de las famosas estatuas descubiertas en Roma, son de origen o escuela griega. La diferencia está en que Roma explota bien sus antigüedades, haciéndoles mucha propaganda; al tiempo que las de Atenas son casi olvidadas, poco conocidas. Desde luego, por algo Roma tiene la ventaja de ser la sede del catolicismo: San Pedro, el Vaticano, favorecen los demás recuerdos históricos romanos. Lo mismo que en Roma, en Atenas, cada piedra, cada casa es una obra de arte de hace veinte siglos… ¡Con cuál emoción pongo los pies sobre las murallas

de la Acrópolis, el Partenón, las prisiones de Sócrates, el templo de Teséo! La palabra Eureka resuena a cada instante en mis oídos; me imagino ver a Diógenes, Pericles, Alcibiades y demás héroes de la epopeya helénica, levantarse de entre las ruinas, clamando por el resurgimiento de su raza. Que mucho lo necesitaría, pues los actuales habitantes de la Grecia, poco se parecen a sus virtuosos abuelos; los griegos modernos son más parecidos a los rumanos… El 17 de abril dejamos el golfo de Pireo, vamos al puerto de Metelino en la isla del mismo nombre; de aquí salimos el 18, después de haber dispuesto únicamente de pocas horas para hacer una rápida excursión hasta el tope de la montaña dominante de la isla; el 19 entramos en el puerto de la isla de Samos, la tierra natal de Pitágoras. Enseguida desembarco, me dedico a visitar monasterios y antigüedades. Caminando entre ruinas descubro una pequeña guaca: una cajita de arcilla, que contiene monedas antiguas, griegas, romanas, de la república veneciana (más tarde las regalé al museo del Instituto Geofísico Javeriano de Bogotá; eran solamente de bronce). El 19 salimos de Samos; el 20 hacemos breve escala en Rodas; el 22 fondeamos anclas en Alejandría de Egipto, dando por terminado este segundo crucero del Levante.

Nevada en Odesa

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CAPÍTULO

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VIAJE NO. 32 S/ S

BORMIDA

EL LEVANTE Salida: 24 abril de 1.926 Regreso: 3 junio de 1.926 Comando: Igual que el viaje anterior

E

n Alejandría me encuentro con Severino quien se halla embarcado en el lujoso paquebote Esperia de esta misma compañía Sitmar; nos queda apenas el tiempo de darnos un abrazo; su barco está para salir rumbo a Nápoles y Génova. El Bórmida permanecerá aquí dos días, de los cuales dispongo para conocer esta hermosa ciudad de medio millón de habitantes, cuya historia remonta a cuatro siglos antes de Cristo cuando la fundó el macedonio Alejandro Magno. Bajo el reinado de los tolomeos fue éste el centro mundial de la sabiduría: su biblioteca, la mayor del mundo, poseía un millón de volúmenes. Lamentablemente, todo fue incendiado y destruido en el siglo VI cuando Egipto fue conquistado por el árabe Omar. Pero aún antes de la fundación de Alejandría esta tierra era ya conocida y célebre por ser la patria de los faraones quienes reinaron hasta ser derrotados por los persas que a su turno fueron vencidos por Alejandro. Son obra de los faraones las inmortales pirámides de Keops, Kefrén y Micerino, monumentos funerarios donde numerosas momias se han conservado intactas hasta nuestros días; pirámides, que por su colosal tamaño y otros motivos científicos son consideradas una de las siete maravillas del mundo. De manera que: en Alejandría

tuvieron cuna dos de las siete maravillas mundiales: el faro y las pirámides. La tercera maravilla, ya vimos que se hallaba en el puerto de Rodas: el coloso, también faro; la cuarta, corresponde a los jardines y murallas de Babilonia; la quinta, el templo de Diana en Efeso (Asia menor); la sexta, la estatua de Júpiter Olímpico; la séptima, el sepulcro de Mausolo rey de la Carnia (Smirna). Estos viajes del Bórmida dizque son maravillosos…, por cuanto que la geografía del recorrido es un circuito dentro del área de las siete maravillas mundiales, según la historia antigua, pues a raíz de los viajes de Marco Polo a la China, los de Vasco de Gama al Asia, los de Magallanes, Colón, Vespucci, Caboto, etc. a las Américas, es obvio que han quedado al descubierto otras maravillas, ya sea en el oriente, así como en el occidente… Alejandría tiene avenidas y palacios modernos, dignos de cualquier capital europea; su carácter cosmopolita se destaca en los avisos de los almacenes: hay en todos los idiomas: italiano, francés, inglés, griego, hebráico, además del árabe. Acaba de terminar la estación invernal de veraneo; los hoteles se están desocupando, los turistas emigran al norte, hacia las montañas alpinas, en búsqueda de temperaturas más frescas. Volverán en noviembre, como las go-

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londrinas, y de nuevo se rellenarán de visitantes y veraneantes extranjeros los hoteles de Alejandría, Memfis, Luxor, Karnak, Tebas, y esto, a pesar de que se dice que las momias y similares reliquias desenterradas del Valle de los Reyes ocasionan mala suerte a los curiosos… Los soldados de Napoleón que durante el siglo XIX desembarcaron en el delta del Nilo habrían quizás abandonado en tiempo oportuno la playa de Damietta si hubieren conocido dicha leyenda. Pero, esta solamente se divulgó mucho después; fue precisamente gracias a la breve ocupación del ejército de Napoleón, y a los descubrimientos de reliquias que casualmente hicieron algunos oficiales franceses, como más tarde surgió el arte o ciencia de interpretar y descifrar los jeroglíficos de la antigua escritura egipcia, de cuyo estudio resultó como consecuencia el hallazgo de las famosas tumbas de Tutankamon, Memnón, Osiris, Sesotris, Ramses, etc. La egiptología nació en Francia; sus principales autores fueron los sabios Champollión, Saulcy, Rougé, Mariette, Maspero. A ellos, y al ingeniero francés Lesseps que hizo el canal de Suez, debe el Egipto mucho de su actual vida moderna. Hay algo fascinador, cautivante y misterioso en este país que tiene siete mil años de vida, y con sus contrastes continúa siendo tan indescifrable como su símbolo: la esfinge. A propósito de esfinges -que hay en todas partes-; en los jardines, en el Serapeyo, en las vitrinas de los almacenes en donde se venden como bibelots; es histórica la siguiente anécdota (la esfinge era un animal fabuloso, con busto de mujer, cuerpo y piel de león, y alas): «… según una fábula de los griegos, una esfinge asolaba el país de Tebas pues proponía enigmas a los ciudadanos, a quienes devoraba como quiera que no acertaban a resolverlos. Hasta que se le presentó Edipo a quien la esfinge preguntó: -¿Cuál es el ser que estando dotado de una sola voz camina en cuatro pies por la mañana; en dos al mediodía; y en tres, por la tarde?-. Contestó Edipo: -Es el hombre, que de niño se arrastra en cuatro pies; cuando es mayor, anda en dos, y en la vejez toma un bastón para apoyarse en el andar-. Vencida y furiosa, la esfinge se precipitó al Nilo. Tutankamon, el Nilo, Suez, fellahs, bakscish… esto es Egipto. Hay que aceptarlo y gozarlo tal como es, sin escudriñar demasiado entre sus esfinges, pues suelen picar al que se atreva. El 24 de abril zarpa el Bórmida iniciando un nuevo viaje de crucero al Levante, similar al anterior. El 26

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entramos en Beirut; después de breve escala volvemos a salir el mismo día; el 27 visitamos la bahía de Larnaca en la isla de Chipre o Cipro, que es la tercera en tamaño entre las del Mediterráneo, famosa por sus vinos y por su antigua historia que hace parte de la epopeya griega. Por la noche zarpamos nuevamente; el 28 fondeamos en Mersina. Aquí, como siempre, las autoridades turcas no permiten desembarcar; para pasar el tiempo nos dedicamos a pescar. El 29, saliendo de Mersina volvemos atrás algunas horas para ir a cargar cueros en Alexandretta, desde donde volvemos a zarpar el 30 de abril. El 3 de mayo fondeamos en Smirna; aquí tampoco dejan los turcos que visitemos su tierra; salimos al día siguiente; el 6 de mayo entramos en Constantinopla. A causa de haberse producido un daño en la máquina, pasamos al dique seco para reparaciones; nuestra estadía aquí se prologará una semana. La tripulación recibe con entusiasmo la noticia pues Cóspoli (Constantinopla, Istambul, Stamboul) es una capital acogedora, con muchas bellezas y curiosidades que merecen ser conocidas. El jefe ingeniero quien ha vivido varios años en esta ciudad, y habla bastante turco, nos servirá de guía en excursiones alrededor del Bósforo. Nos llama mucho la atención un grupo de inmensos edificios que desde Cóspoli podemos ver al otro lado, sobre la orilla asiática; son los cuarteles militares de Scutari (Uskudar), la antigua Crisópolis. Esto de los cuarteles gigantescos es una especialidad turca (y también rusa); asimismo, dentro de la ciudad de Stamboul el Ministerio de la Guerra es el edificio más imponente en tamaño y estética. En Scutari visitamos las famosas Aguas Dulces de Asia: poéticas lagunas que corren a lo largo del Bósforo entre parques y arboledas; por la noche regresamos a nuestro barco situado en el dique del Arsenal. Otro día inspeccionamos el palacio imperial de Dolma Bagtché; solamente desde el exterior, pues la entrada está prohibida. Lo mismo sucede con el palacio de Beyler Bey, otra joya artística del Bósforo, que los otomanos no quieren dejar ver a los extraños. Lástima que sean tan recelosos estos turcos. Vamos a las Aguas Dulces de Europa, otro delicioso parque con jardines y lagunas, en la orilla europea, como el nombre lo indica. Finalmente, volvemos a concentrarnos entre Pera y Gálata, los barrios europeos donde más fácilmente podemos entrometernos en todas partes con menos riesgo de ser molestados o rechazados por algún fa-

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nático «joven turco». En cualquier otra época, cuando no exista como ahora el fuerte sentimiento de xenofobia, la vida en Stamboul debe ser deliciosa. Pero en el actual momento, demasiadas cosas nos están prohibidas por los otomanos quienes se están vengando de los atropellos que tuvieron que soportar durante los años anteriores. Conviene explicar de qué se trata. Al terminar en el año de 1919 la guerra europea, Stamboul fue ocupada por tropas aliadas, inglesas y francesas principalmente; italianas, en menor cuantía. Estas tropas se instalaron en la capital como conquistadoras, llenas de pretensiones, robaron a mansalva sometiendo los turcos bajo el yugo de la fuerza, considerándolos raza asiática, inferior. Constantinopla era todavía la capital de Turquía; el último sultán acababa de ser destronado, no había gobierno, el nuevo partido de Mustafá Kemal no había aún surgido. Transcurrieron así un par de años, tristes y duros para los habitantes de Cóspoli, sometidos a los abusos y vejámenes de las ocupantes tropas vencedoras europeas. Mientras tanto, Kemal Pashá estaba formando su nuevo partido nacionalista turco y creando la nueva capital turca en Angora, tierra Asiática. Una vez que tuvo organizado su partido, pensó en libertar a Constantinopla, y para ello, como buen político, procuró fomentar la discordia y división del comando existente entre las tropas ocupantes. Fue donde los ingleses y se quejó acerca de la mala conducta de los soldados franceses. A los galos, presentó su reclamo contra los escándalos de los borrachos ingleses y la indisciplina de los italianos. Egoísta y gustosamente cada comando recibió las quejas respecto de sus aliados, y cada cual se sintió feliz de volverse el pañuelo de lágrimas del turco. Hasta que un día, ya seguro de la escisión y desavenencia entre los comandos ingleses, franceses, italianos, a cada uno individualmente les soltó la bomba: 48 horas de plazo para abandonar la plaza con todas sus tropas, o los regimientos turcos harían fuego contra el odiado invasor. Cogidos por sorpresa, desconfiando el uno del otro, cada comando aliado obró individualmente y cada cual terminó llamando de urgencia sus barcos de guerra anclados en los Dardanelos, a fin de que vinieran a embarcar sus tropas y salir del estrecho antes de que los turcos lo cerraran con barrera de minas. El movimiento de retirada se transformó en precipitada fuga; a las 48 horas no quedaba en Stamboul un militar aliado. Tan extraordinaria victoria sobre las denominadas «grandes potencias» tenía que hacerles subir las ínfu-

las a la cabeza de los otomanos quienes entonces se fueron al otro extremo: de oprimidos que habían sido hasta ayer por los europeos, se transformaron ahora ellos en opresores; decretaron la expulsión de casi todos los civiles europeos confiscándoles sus bienes, se requirió mucho trabajo de diplomacia para lograr refrenar el súbito exceso de xenofobia y al mismo tiempo apoyar el gobierno de Kemal Pashá para así evitar el avance comunista desde Georgia y el Caucaso. Ya hace casi un año la situación ha vuelto a normalizarse, mejorando algo en lo tocante a la tolerancia de los extranjeros occidentales; a quienes se desprecia al mismo tiempo que se trata de adoptar su alfabeto, sus modas de vestir y otras costumbres cristianas. El 16 de marzo levantamos anclas, rumbo a Odessa. Durante la navegación en el Mar Negro, notamos gran cantidad de delfines acompañándonos y saltando a flor de agua; el comandante Carini permite al nostromo (contramaestre) organizar la pesca con el arpón desde la proa del barco en marcha. Cazamos más de una docena de estos simpáticos mamíferos, tomo varias fotografías para mi álbum. El 18 entramos en Odessa; es primavera, los árboles en flor infunden un aspecto agradable a esta tierra tan temida por la feroz disciplina bolchevique. Parece como si con los deshielos se hubiere descongelado también la dureza de alma de estos cosacos. O será porque esta es la tercera vez que el Bórmida viene a este puerto ahora poco frecuentado, y ya nos conocen un poco; estamos entrando en mayor intimidad, hay menos desconfianza recíproca. De ello tomo valor para dirigirme a la ciudad para conocer y penetrar más adentro del modus vivendi de esta nueva Rusia comunista que ya tiene más de un lustro de existencia y no parece que logre pronto restablecer el sistema burgués. La calle principal de Odessa es una amplia y magnífica avenida, con árboles en las aceras. Mejor dicho: era; pues si la calle y los árboles quedaron, por el contrario los edificios están todos averiados, las ventanas sin vidrios, las puertas rotas y desvencijadas. Noto la existencia de bares y restaurantes; entro en uno que me parece muy frecuentado, pido un vodka. Quizás por la falta de costumbre, esta bebida me quema la garganta; nada encuentro en ella de sabroso. Veo en cada sala grandes samovares humeando vapor de agua, pido un té, este sí es sabroso y me reentona. Pago medio rublo y vuelvo a salir a la calle. Todo el mundo viste al estilo obrero: botas altas,

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pantalones con cintura, saco con pechera, cuello cerrado, sin corbata, cachucha con visera. Nada de adornos, nada de elegancia; la mayor sencillez posible, ya sea en los trajes masculinos así como en los femeninos. Ingreso al mercado, me asombra la pobreza de las exhibiciones, casi no hay mercancías ni variedad de víveres; lo que más abunda en los escaparates son los libros de propaganda comunista y retratos de Lenin. Por todas partes, grandes efigies de la cara mongólica de Lenin… banderas rojas, hoces y martillos y estrellas de cinco puntas. Fácilmente se adivina que esta propaganda es artificiosa, forzada, tolerada aunque no deseada por el público. Encuentro una vivandera que habla francés y no tiene miedo de soltar la lengua después de haberse precavidamente cerciorado -eso sí-, de que soy un tavárisch… La escasez de víveres es debida a que para adquirirlos no es suficiente el dinero; además se requiere entregar los cupones de racionamiento, que se obtienen del comisariato del pueblo, cuyo lema es: quien no trabaja, no come. Ya que no tengo cupones, no puedo comprar víveres, ni vestuario. Lo único que podría adquirir sin limitación son los libros de propaganda del magnífico sistema de gobierno bolchevique. Me excuso alegando que no sé leer el ruso. Hasta el año pasado, el pan fue de tipo único, con harina seminegra pues una parte de la cosecha de trigo era para exportar a cambio de mercancías. Ahora, ya se permite producir pan de dos tipos: uno negro y otro con harina más blanca (olé, pienso yo, parece que el comunismo está ya principiando a restablecer diferencias de clases y categorías; aunque solamente en el pan, la igualdad de hombres no es ya tan absoluta…). En lo tocante a las cantidades de víveres que se pueden conseguir existen ya así mismo tres clases de cupones: los que autorizan mayor cantidad son para los trabajadores manuales; los de menor cantidad son para los intelectuales. Los edificios y las tierras son del estado; este arrienda a los ciudadanos las habitaciones y los campos para cultivar. A ningún habitante le está permitido poseer más de mil rublos; el eventual excedente es confiscado por el estado y el dueño castigado con cárcel porque el enriquecimiento constituye una perjudicial tentativa de volver al sistema burgués. Los espectáculos públicos, el cinema, el teatro, son empresas estatales a cargo del comisariato comunista de la propaganda. Hay un único tipo de tiquetes de

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entrada, igual para todo el mundo; quien llega primero ocupa las poltronas o los palcos, los retardados van al gallinero. En cuanto a relaciones sociales y familiares, todavía rige el «amor libre», pero este curioso ensayo, que también tuvo breve aplicación durante la revolución francesa, puede ya darse por fracasado, parece que próximamente será eliminado de entre los postulados del comunismo. El problema de los hijos de nadie, es mayor de cuanto suponían los teorizantes. En un principio estos creyeron que criando niños en una incubadora, regimentándolos uniformemente para producir una nueva raza de soldados y ciudadanos fervientes del estado, sería una solución ideal para el futuro, pero a la postre los instintos de la humanidad vuelven a resurgir. Los hospitales, los cementerios, las salas cuna, el servicio médico, el de los transportes, las industrias, todo es de propiedad del estado. El robo es considerado gravísimo delito contra el estado, y como tal punido de muerte. Por la tarde voy al teatro, en el grandioso edificio de la Opera, que ha quedado intacto y respetado por la revolución. Representan la popular obra maestra rusa Boris Godunoff. No entiendo nada, pero no puedo menos de darme cuenta de que los artistas son de primera calidad ya sea en el canto y como actores; los coros, en los cuales se reconoce la influencia de los cosacos, son realmente grandiosos, bien afinados, armoniosos; prueba de jade de que esta gente tiene fino oído y sentido crítico musical, además de alma sentimental como se desprende de los romances de Tolstoi, Gorki, etc., considerando lo cual, no se comprende cómo hayan podido transformarse en salvajes revolucionarios asesinos y destructores. Sin embargo, volviendo nuevamente a la analogía con la revolución francesa, ¿acaso no sucedió lo mismo en París cuando nació la Marsellesa? Al anochecer, no hay más intenciones sociales sino que los autorizados clubes proletarios, instalados en los que anteriormente fueron los elegantes palacios del emperador y de la gobernación. Allí, las bebidas son gratuitas, y lo rellenan a uno con folletos, banderas, fotografías leninistas. Dicen que con tal de manifestarse comunista convencido, hasta las «compañeras» camareras se prestan voluntariamente para el libre amor con los marineros para enseñarles las delicias de la doctrina comunista. Pero yo soy oficial, no quiero venderme al comunismo, ni me interesa el ensayo. Los fogoneros que lo han experimen-

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tado dicen que el club es una cucaña, todo gratis, con sólo adorar a Lenin… Reminiscencias de vocabulario ruso: ajín, 1; divá, 2; tría, 3; chitíri, 4; piásti, 5; schéti, 6; siém, 7; uóssim, 8; djévit, 9; diéssit, 10; spasíba, gracias; krassiva, bello; karasció, bien; patsulúi, beso; da, si; net, no; malinki, niño; záftra, mañana; miñá, nombre; hot, querer; nasdaróvia, salud; pañimái, entender; gavarít, hablar; ditsidánia, buenas tardes; kat ori tchass, qué hora es; dom, casa (este vocablo parece proceder del latín domus); parakót, barco (este vocablo parece proceder del griego); jéssit, calor; moréa, mar; bolsciói, grande; menínki, pequeño; karóss, bueno; grúski, gato; tros (troika), carroza; skaia, avenida; tavárisch, camarada. Ha llegado la ori en que mi parakót Bórmida tiene que salir a la moréa; el 20 de mayo zarpamos rumbo a Constanza adonde llegamos el día siguiente; dejamos el garavít parúski, vamos a ejercitarnos en el rumanului… Ya están principiando a abrirse al público el Kursaal y demás lugares de diversión de la época estival en la playa. Nos aprovisionamos de barata moneda rumana, con los bolsillos repletos de fajos de lei nos dirigimos por la noche a correr la farándula en esta famosa tierra de libertinaje. Entramos en un café-concierto, denominado Bristol para atraer a los marinos ingleses, pero nosotros somos italianos. Es amplio y lujoso, por todas partes hay luces y espejos; hay numerosas parejas bailando al son de una orquesta tziganis. Nos acomodamos en un lugar desde donde se domina el espectáculo del salón principal. ¡Cómo se divierte esta gente!, pensamos nosotros al ver tantas parejas de elegantes bailarines. Dos jóvenes oficiales del Bórmida, A y B, sentados en un separé, fascinados observan la belleza de esas parejas que entre luces y humo pasan llevadas por el vértigo de la danza y el tañido de los violines… Un camarero se les acerca y hablando en francés les insinúa que en el separé de junto hay dos jóvenes damiselas en espera de un bailarín… A y B se levantan, se dirigen al punto indicado, como en sueños ven dos hermosísimas venus, una rubia, morena la otra, ambas sonrientes y complacientes. -¿Desean algo mesdemoiselles?-. -Champaña-. -Garçón, une Veuve Cliquot bién frappé!-. Llega el espumoso, A saca de su bolsillo una cartera hinchada de billetes y paga varios leis. Empren-

de el baile; conversan en francés, los dos marinos están tomando la aventura en serio, embrujados por la gracia de las dos girls. De repente, A se da cuenta de que la rubia con cara de madonna acaba de quitarle delicadamente la cartera del bolsillo. Enseguida piensa: -qué desilusión! tan divina y una simple ratera! ¿Qué hacer? Armarles el escándalo? No le importa el dinero. Aquel centenar de leis que llevaba en la cartera estaba destinado a ser gastado en la parranda. Que se pierda el dinero, pero que siga la fiesta. Hablando en genovés para evitar que las dos bailarinas puedan entenderle, A le informa a B: -oye, estas dos piscas son ladronas, la rubia acaba de quitarme la cartera; por debajo del asiento se la pasó al camarero. Parece que el golpe es asunto planteado entre las chicas y el personal del local, quizás todos forman parte de una banda de apaches. Cuídate de que no te roben la tuya; por lo demás, hagámonos los bobos, sigamos bailando y obliguemos luego las muchachas a pernoctar con nosotros; cuando llegue el momento nos vengaremos propinándoles una paliza para que aprendan que no somos borrachos marinos ingleses, sino italianos…!. Interrumpe la rubia: -¿Qué dicen ustedes?-. B le contesta: -dice que usted es muy hermosa. Garçón, más champaña!-. Sin embargo, se nota algo raro en el ambiente. Hay cuchicheos entre los camareros; la orquesta tziganis que estaba tocando bailables, entona ahora música clásica: «tu che a Dio donasti l’ale» de la ópera Lucía… A comprende la antífona, aquello significa: despídase de su cartera que se voló…, pero deben estar chasqueados porque en ella no había libras esterlinas, sino desvalorizados leis… Las parejas de bailarines se han esfumado; por lo visto no eran clientes, sino meras comparsas. Las dos princesas se disponen a despedirse. A y B se oponen. Dentro de la ética del café chantant habiendo pagado la champaña tienen derecho a que las mismas bailarinas sigan formando con ellos pareja. Ellas insisten tratando de zafarse e irse. Manos de acero les agarran las muñecas al tiempo que afectando sonrisas y ceremonia los dos oficiales les ordenan: -siéntense, angelitos…No están tranquilas las dos palomas ni quieren más champaña, desean volarse, quizás han comprendido el juego y principian a sentir miedo. Con los ojos hacen señas a los de la orquesta que continúan tocando el delirio de Lammemmor, a los camareros que observan. Se acerca el maitre y dirigiéndose a los dos italianos: -señores, las damas están cansa-

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das, solicitan quedar en libertad, déjenlas salir, se va a cerrar el local-. B se pone de pies, contestando: -tenga usted la bondad de acercarse al teléfono y llame a la policía. Las damas saldrán de aquí, pero con dirección a la cárcel-. El maitre se va, finge llamar por teléfono. Pasa el tiempo, el personal está confabulado entre sí. Otro individuo se presenta pidiendo el rescate de las damiselas. B no le contesta; silenciosamente saca del bolsillo un revólver y en tono de desafío lo mantiene jugueteando sobre la mesa, mientras que le pregunta al maitre: - qué hubo con la policía?-. Poco a poco, todo el personal del Bristol, quizás unas cincuenta personas, están formándose en semicírculo, tratando de acercarse en actitud amenazante. Los italianos comprenden la maniobra y resuelven buscar la salida; arma en mano despejan el camino logrando alcanzar la puerta; la abren, y antes de lanzarse a la calle, B, dirigiéndose al maitre les anuncia: -nous viendrons bientót avec les gendarmes!- (volveremos pronto con la policía). Una risotada de escarnio es la contestación. Es medianoche; los jóvenes se dirigen a buscar un policía. Al fin consiguen uno, pero tienen dificultad en explicarle qué quiere, pues el vigía no sabe sino rumano. Les hace señas de seguirlo, diciendo: interprét-. -Dice que vayamos con él donde un intérprete-. En la oscuridad nocturna atraviesan calles rústicamente empedradas; el grupo llega frente de un edificio; el policía abre una puerta indicando a los demás que sigan; los dos oficiales entran. La puerta se cierra. -¿Pero, esto qué es?-, encienden una cerilla, y a la vacilante luz de la misma descubren hallarse en una especie de cueva: es un calabozo. Hay otros huéspedes tirados en el suelo, durmiendo. -Bellaco de policía, en lugar de acompañarnos al Bristol nos traicionó, nos trajo a nosotros a la cárcel!- murmuran los dos jóvenes; -y ahora, cuándo nos sacarán de aquí? Qué pretende esta gente?-. B insinúa: -Hagámonos los bobos pero no durmamos, estemos listos para forzar la salida a la calle a la primera oportunidad-. Hacia las dos de la mañana unas voces se acercan desde el exterior, resuenan pasos sobre el empedrado, el ruido de una llave introducida en la cerradura, la puerta se abre. Con el cuerpo agachado, revólver en mano, los dos se precipitan afuera saltando por la calle en bajada como si fueren gacelas, alguien los persigue, pero

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muy atrás. Aprovechando la oscuridad, nuestros dos jóvenes corren a toda velocidad y sin parar un instante, a los 10 minutos, casi exhaustos llegan a la escalera del Bórmida, su casa. Todo el mundo está durmiendo, menos el vigilante; van a acostarse en sus camarotes, comentando que acaban de salvarse de pasar injustamente una noche en la cárcel, o que les roben los demás valores que aún llevan en sus bolsillos; ya por la mañana tendrán manera de reclamar, buscar justicia. A la hora del desayuno, A y B relatan a su comandante y demás oficiales la extraña aventura sufrida en la noche anterior; manifiestan su deseo de castigo contra los ladrones del Bristol. El capitán manda a llamar el representante de la compañía; éste llega, se le describe lo sucedido y se le pide consejo. -Nada que hacer- contesta; -esto ocurre con frecuencia; lo mejor es callarse, de lo contrario se le enciman a uno las burlas de toda la ciudad…-. -¿Por qué no vamos a presentar el reclamo a la policía y pedir su intervención?-Inútil- informa nuestro agente consular, -el jefe de la policía está de acuerdo y recibe participación de los del Bristol-. Fue preciso resignarse; aceptar el consejo del cónsul, en el sentido de que lo mejor es callarnos y aparentar que la cosa no fue con personal del Bórmida. Olvidaba decir que B era un simpático muchacho genovés, de apellido Fassio. A era yo. El 25 de mayo dejamos Constanza; el 26 entramos en Burgas de Bulgaria; de allí salimos el 27, fondeamos al día siguiente en Constantinopla; el 29 zarpamos y el 31 entramos en el puerto de la isla Schio; el mismo día hacemos escala en Carlo Vassy, de la isla de Samos; el 1º de junio, en el puerto Watty, y por la noche en el de Tingani, siempre en la misma isla de Samos; finalmente el 3 de junio llegamos a Alejandría, terminando así el tercer viaje del crucero del Levante. No está por demás anotar que -como se puede ver en el mapa del Mar Egeo-, la navegación desde Constantinopla a Alejandría y viceversa, tocando los diferentes puertos de la costa y del archipiélago, sin estrellarse contra cualquiera de las múltiples islitas y escollos, en navegación nocturna, teniendo que cambiar continuamente de rumbo para esquivar tales obstáculos, constituye una hazaña no despreciable aún para marinos bien conocedores de la zona; yo siento admiración por el comandante Carini, diminuto de cuerpo pero activísimo y muy competente en su oficio, así como para el corpulento y viejo 1º oficial Balzano.

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CAPÍTULO 54

VIAJE NO. 33 S/ S

BORMIDA

DE EGIPTO A RUSIA Y REGRESO A GÉNOVA. Salida: 5 junio de 1.926 Regreso: 7 julio de 1.926 Comando: Igual que el viaje anterior

R

ecibimos noticia de que ésta será la última vez que vengamos a Alejandría; nuestro crucero del Levante está por terminar. El regreso desde Rusia no será volviendo a tocar en Egipto, sino directamente en Italia. Para la tripulación de este barco, acostumbrada a no salir más allá del Mediterráneo, y contando de antemano que sus próximos viajes serán igualmente por estos mismos lugares, la noticia del retorno a Italia es agradable y recibida con entusiasmo. El comandante también se siente alegre, entre otras cosas, porque teme o le parece notar que el frecuente contacto de su tripulación con los clubes de propaganda comunista de Odessa está principiando en aflojar la acostumbrada disciplina de a bordo. En cuanto al suscrito: todo lo contrario; a pesar del inconveniente de la falta de garantías durante la estadía en Odessa, gustosamente me quedaría viajando largo tiempo sobre esta ruta tan interesante. Para mí, esta navegación entre archipiélagos y penínsulas, con tierra siempre a la vista, tocando a diario en los puertos, es como si estuviera navegando en un lago; además, la comida es excelente, siempre fresca e higiénica; el trabajo casi nulo; se fuman cigarrillos finísimos y baratos; buen vino, buen pescado, bue-

nas frutas, leches, lukums… Esta era una vida de paraíso… Regresando a Génova, quién sabe cuál será mi suerte; tendré que reanudar la lucha para evitarme ser destinado a los buques de carga… El 5 de junio zarpamos de Alejandría; el 6 fondeamos algunas horas en Puerto Said para carbonear; el 8 en Alexandretta, el 9 y 10 en Mersina; el 13 entramos en El Pireo, en donde al zarpar perdemos un ancla por haberse enredado con la cadena de otro barco. Este inconveniente sucede con frecuencia en este típico puerto pequeño y redondo en el cual parece que el fondo tenga forma de un pozo a embudo; las anclas que los barcos echan a medida que van entrando, se hunden casi en el mismo punto, y como quiera que el movimiento marítimo es bastante intenso, a veces se forman enredos de anclas y cadenas de los varios barcos; cuando un barco sale para levantar ancla recoge cadena, después de esfuerzo no común aparece su áncora enmarañada con otras y con cadenas de otros barcos; entonces, para no demorar varios días, la mejor solución es cortar anillos y perder todo. Tengo un día de tiempo para volver a dar un vistazo a Atenas, aprender a decir en griego buenos días (kaliméra), buenas tardes (kalispéra) y negociar algunas dracmas; el 14 sali-

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mos nuevamente rumbo a Constantinopla adonde fondeamos el día 16. En la agencia encuentro correo de casa con noticias agradables: Anita acaba de casarse con Franco, la dote que le dejé, constituida por mis ahorros, resultó bien recibida y conveniente para ella. Por otra parte, mamá no está ya ofendida conmigo; mi hermano Mario -a quien estando en Nápoles había yo relatado la historia de Buenos Aires y la verdadera causa por la cual no había traído a mi papá a Italia-, después de regresado a Pinerolo a raíz de la terminación de su servicio militar, le contó todo a Ettore y a Anita; y hace algunas semanas, habiéndose mamá quejado respecto de mi falta de amor filial hacia mi padre, ellos no pudieron contenerse más, descubrieron a mamá la realidad de los hechos que venían haciéndome injustamente víctima. Aclarada así la situación, habiendo mamá comprendido que yo no había sido tan malo sino todo lo contrario, ella desea ahora mis prontas vacaciones en casa para poder abrazarme de nuevo. Le escribo informando que dentro de quince días estaré de regreso en Italia y casi seguramente obtendré vacaciones. Reconozco que mis hermanos hicieron bien, me quitaron un peso de encima al comunicar a mamá la verdad sobre los hechos de Buenos Aires. Para dar curso a mi alegría voy al barrio de Gálata, al teatro, a ver la opereta de «El País de las Campanillas», en francés. El 20 de junio salimos de Cóspoli rumbo al Mar Negro. En ruta hacia Odessa, por radio recibo orden de dirigirnos a Sebastopol, la capital de la península de Crimea; allí entramos el 22. Hablando de radio, anoto la siguiente situación: el tráfico con la estación SUH de Alejandría, operada por los ingleses, es regularmente eficaz y rápido, similar a las estaciones de Malta BYZ o Gibraltar BYW, tienen nota musical como el paquebote Coltano ITF. La estación SVE del Pireo, como la mayoría de las radiotelegráficas griegas se distingue por sus interminables llamadas y funcionamiento estilo principiantes, casi como las costaneras de Brasil. En cambio, la estación RDA de Odessa trabaja bastante bien, está siempre lista, a pesar de que tiene poco tráfico; es evidente que se mantienen alerta controlando el Mar Negro. En radiodifusión, las estaciones rusas están lo más adelantadas en efectuar propaganda política comunistoide. Sebastópoli, Sebastopol o Sebastopoul, es famosa plaza militar; aquí permanecía la flota imperial rusa

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de la zona sur; había grandes astilleros y todo lo necesario para una importante base naval. En el año de 1855 se desarrolló aquí una furiosa batalla entre los ejércitos coaligados de Francia, Piamonte, Inglaterra y Turquía, contra los rusos; Sebastopol fue tomada por los europeos después de largo y sangriento sitio; en los alrededores de la ciudad, sobre el río Tchernaya se desarrolló otra batalla que también terminó desfavorablemente para los sitiados; el resultado fue que los rusos quienes pretendían apoderarse de Constantinopla y abrirse el camino de los Dardanelos, quedaron relegados al Mar Negro, y también tuvieron que desistir de imponer su «protectorado» sobre la iglesia griego-ortodoxa de Stamboul. La península de Crimea, que es la antigua Quersonéso, situada geográficamente entre el Mar Negro y el Mar de Azov, goza de clima relativamente dulce y constituye una región agrícola privilegiada. Entrando en el puerto, recibimos una grata sorpresa: las autoridades se muestran más atentas y civilizadas que las de Odessa; ya sea porque nos consideren ya veteranos del Mar Negro, y por ende reconocidamente no peligrosos para sus teorías bolcheviques; o ya sea porque hayan recibido orden en tal sentido desde Moscú; no nos someten a la acostumbrada perquisición de todo el buque antes de darnos la libre plática para amarrar al muelle. Para evitar los tropiezos o incidentes en la ciudad, nos expiden a cada tripulante un salvoconducto -escrito en caracteres rusos-, para facilitarnos diariamente la libre circulación en las calles, hasta la hora del cubrefuego, que principia a las nueve de la noche. Notamos también un evidente sentimiento de mayor comprensión o tolerancia entre los habitantes, nos miran con cierta simpatía, en lugar de fruncir el ceño como los de Odessa. La primera curiosidad para el viajero o turista, al desembarcar, es un espectáculo triste, una larga y famosa escalinata que desde los altos bastiones de la ciudad desciende hasta el muelle. Se llamaba: la escalera imperial. El zar tenía especial simpatía para esta ciudad y para su flota. Durante la revolución comunista, los tripulantes de la flota de tierra rusa anclada en este puerto se declararon fieles al zar. Después de haber sostenido largo tiempo el sitio de las tropas del ejército Rojo, por hambre tuvieron que entregarse. Sin misericordia, los cosacos bolcheviques decapitaron y luego precipitaron al mar, por esta escalera, la cantidad de 20.000 marinos entre oficiales y subalternos! Esto ocurrió hace apenas cuatro años,

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pero la tragedia está en los labios de todos, se imagina uno ver sobre los blancos escalones de mármol, las manchas de sangre de tantos cuerpos que por aquí rodaron sin vida… Voy a conocer el cerro de la Tchernaya, cuyo nombre me es familiar por haberlo estudiado en la escuela: allí, el ejército piamontés, al mando del general La Mármora se lució lo suficiente para que el pequeño gobierno de Turín fuere readmitido al congreso de paz en París, como una de las grandes naciones. Cavour logró negociar a la par con el ministro austríaco Metternich, sentando las bases para la unión y formación del Reino de Italia en el año de 1870. Hay pues una relación histórica entre Tchernaya e Italia. Los rusos han hecho en este terreno una especie de inmenso monumento nacional con el fin de conmemorar para siempre la famosa batalla del 1855; los bolcheviques respetaron y siguen respetando estos recuerdos para ellos patrióticos. Los prados, sobre los cuales cayeron cegadas decenas de millares de vidas de los ejércitos rusos y de los aliados, se mantienen cortados, sin árboles; frecuentes estatuas de generales rusos, tumbas de los caídos, rompen la monotonía del lugar. Se respira un aire como de paraje sagrado; instintivamente o por educación el visitante va caminando con la cabeza descubierta. Sobre la cumbre del cerro hay un gran edificio en forma redonda, probablemente un museo. Entro. Me sorprende un espectáculo de arte ruso, profundo, realista, que no he visto en ningún otro país. En su interior, el edificio es una gran sala circular en la que se ha montado como una especie de enorme pesebre que termina confundiéndose con las paredes pintadas de acuerdo con las escenas. El pesebre no es religioso; es la representación de la batalla de la Tchernaya, con sus principales episodios; un efecto de realismo que asombra e impresiona. Se requerirían varios días para poder estudiar cada detalle de las diferentes escenas allí figuradas en genial combinación de arte escultural y pictórica; hay que ver las posiciones y movimientos naturales de cada soldado, caballo, sirvientes de artillería, cañones que están disparando… Decididamente, por este museo de la Tchernaya, y por lo poco que he oído de música y cortos rusos: este pueblo puede ser ignorante, pero tiene mucha alma, que siente y vibra; que ama el arte tanto o más que los latinos y aunque por las brutalidades de la revolución comunista o del anterior dominio imperialista no lo parezca, también tiene que ser

muy soñador, sentimental, idealista. Estoy principiando a pensar que este pueblo, odioso como masa, debe ser muy simpático al considerarlo y tratarlo individualmente; tienen más puntos de similitud con los latinos, de cuanto yo supiera anteriormente. Es obvio que entre los rusos de Crimea y los de Finlandia o de Siberia hay más diferencia racial que entre un ukraniano y un latino. Lo que no me explico es cómo estos habitantes de Crimea sean de tipo rubio, quizás ello sea consecuencia de emigraciones desde el norte; por lo pronto, nuestra tez y pelo moreno llaman mucho la atención de las mujeres. Que la revolución bolchevique haya sido peor en sus inmediatos resultados, que el paso de los cuatro caballeros del Apocalipsis, o de las siete placas de Egipto; y que hayan ocurrido durante y después de ella asesinatos en masa, pillajes, destrucciones indignas de un pueblo civilizado, es evidentemente cierto; pero, ¿acaso no sucedió lo mismo durante la revolución francesa? Cansado de tanto pasear por las calles de Sebastopol, deseando seguir observando de cerca la vida de este pueblo, en vez de retirarme a bordo del Bórmida, al anochecer, tomo asiento sobre una banca de piedra en un parque de recreo público. Estamos en pleno verano, la población viene al parque en búsqueda de aire fresco; por un lado, bañándose, de acuerdo con la costumbre local, totalmente nudista, lo cual no deja de sorprender y llamar la atención de quienes no estamos habituados a ello; del otro lado, una especie de feria con diversiones; y en el centro del parque, una banda militar está tocando un concierto. Grupos de muchachos que juegan corriendo tropiezan riéndose con la multitud tolerante. Hay numerosas parejas de jóvenes aparentemente enamorados; está vigente el amor libre; abundan los militares y los marinos de la flota, que se reconocen por el uniforme. Hago un paralelo entre estos jardines y los de los bulevares de las bases navales de Spezia, Toulón, Bizerta; todos tienen algo en común: la mar… Ya está oscureciendo, deben ser casi las nueve de la noche, me levanto para regresar a bordo en horario con el límite fijado en el salvoconducto. De pronto se me acercan un par de sombras, una voz femenina me pregunta: kat ori tchass? Es una de las pocas frases rusas que conozco de memoria y que fácilmente aprendí por su similitud con la frase árabe aprendida en Somalia: kat iri saa?, cuyo significado es el mismo: qué hora es? (esto de preguntar la hora, para pegar botón con desconocidos del otro sexo, es

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por lo visto un recurso tan socorrido en la Patagonia, en el tren, como en los parques…). Contesto: -djévit-. Entonces, la misma sombra emprende una larga conversación dirigiéndose a mí, pero no logro entender nada; tan pronto hace una pausa, la interrumpo con la explicación de rigor: -ñet pañimái parúski; offizier moréa parakót italiáski (no entiendo el ruso, soy oficial marino de un barco italiano)-. No lo hubiera dicho! Las dos sombras aumentan su interés, tratando de hablarme, la una en francés, la otra expresándose con una mezcla de inglés y de alemán, me acribillan con preguntas. Me vuelvo desconfiado: ¿serán espías de la Ceka comunista? Que se trata de dos mujeres es evidente, pero debido a la oscuridad, aún no he podido juzgar si son jóvenes o viejas; trato de despedirme, alegando en francés que mi salvoconducto expira a las 9, pero me contestan: -tavárisch, çá ne fait rién, notre frére aussi marin, il vous escortera a votre bateau, vite, allons maison connaitre notre mére-. Qué diablo me importa conocer a su madre! Pero parecen jovencitas, y tanto insisten, que al fin me da pena negarme, y como quiera que me tienen cogido del brazo una por cada lado, dulcemente dejó que me lleven a su gusto. Vamos caminando, cruzando calles y plazas; hago esfuerzos para no perder la orientación, no extraviarme al regreso; de vez en cuando cambiamos alguna frase; mientras tanto, intrigado, me pregunto qué será lo que quieren de mí estas dos mujeres desconocidas, acaso será una tentativa de amor libre? Por qué será que mencionan su mamá y quieren que la conozca? Será alguna trampa del carácter político? Me propongo tener sumo cuidado, agudizar todas mis facultades perceptivas; al mismo tiempo sigo dejándome arrastrar por la curiosidad. Hemos llegado a su casa, vamos a entrar; siento un poco de aprensión pensando que tal vez allí adentro me asalten unos cómplices y me asesinen. ¿A quién se le ocurre, a esta hora, con esta oscuridad, meterse en el hogar ajeno? Pero tampoco me atrevo escapar; me da vergüenza ante dos mujeres… Entro. La primera pieza es oscura; la segunda, finalmente, tienen alumbrado, podemos vernos a la cara cada cual. Hay una señora como de 40 años, un par de menores de edad, un muchacho de unos quince años y las dos mujeres que me han acompañado, cuya edad parece ser entre los dieciséis a veinte años. Se presentan, cada cual anuncia su nombre y apellido y me invitan a hacer lo mismo. Ingenuamente ríen de mi pronunciación, mi uniforme sin galones;

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por lo visto, en todo les parezco un animal raro. Enseguida supongo que aquí no hay trampa ni puede haber malas intenciones, empero falta saber qué quieren de mi modesta persona. Se lo pregunto. Me piden esperar a que llegue su hermano el marino a quien han enviado a buscar. Mientras tanto me ofrecen un refresco de agua con jugo de frutas. Observo el interior de la habitación y sus muebles; en todo transpira la pobreza, sin embargo, por el buen orden y por algunos detalles se comprende que debe tratarse de una familia que era pudiente antes de la revolución. La señora y sus hijas conversan largamente entre sí, de algo serio que no logró entender. De vez en cuando me dirigen la palabra como para entretenerme. A los diez minutos llega el anunciado marino, me lo presentan, es miembro de la flota de guerra bolchevique, parece que suboficial, habla francés, me hace varias preguntas con relación a mi barco, su itinerario, mi puesto jerárquico a bordo. Nuevamente temeroso de alguna insidia de carácter político, a todo contesto lo más sincera y evasivamente posible. Ahora, ha ordenado a los demás presentes que salgan de la pieza y nos dejen solos. Reanuda el interrogatorio: -Usted es tavárisch (camarada comunista)?Contesto que sí; enseguida reflexiono que ya el asunto se está volviendo político. -En Italia también es usted tavárisch?- Afortunadamente, ésta pregunta no me coge de sorpresa; es un caso que ya había sido estudiado y convenido a bordo. -No, en Italia, siendo el gobierno fascista, no puedo ser precisamente tavárisch, sino sindicalista, que es lo que nos tolera el gobierno de allá-. -¿Luego, el fascismo es también sindicalismo?-. -Sé muy poco de política, pero creo que sí, y ello se confirma recordando el buen entendimiento entre los gobiernos de Roma y Moscú, al cual se debe la venida de mi barco a este puerto-. -Usted dijo que no se interesa en la política?-. -Correcto; la necesidad me obliga a ocuparme primordialmente de mi familia-. -Qué tal le parece mi familia?-. -Muy simpática-. -Le parece que todos los míos son buenos tavárisch?-. -Supongo que sí; pero no entiendo para qué sus hermanas me han traído aquí y en qué puedo servirles-. El joven marino se levanta; se acerca a la puerta, se asegura que nadie esté oyéndonos. Nuevamente toma asiento; hablando en voz baja, con tono confi-

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dencial me anuncia: -nosotros no somos bolcheviques; aquí todos fingen serlo pero nadie lo es. Tenemos que simular, de lo contrario nos votan a la cárcel y nos dejan morir de hambre; necesitamos aparentar siempre, día y noche, porque son muchos los espías; a veces, por el hambre, aún los miembros de una misma familia se traicionan el uno al otro, los hermanos entre sí, los hijos a sus padres, para conseguir que la Ceka les dé alimentos; el famélico pierde los buenos sentimientos. Pero esto es un infierno. Nuestra esperanza, lo único que nos da fuerza para sobrellevar esta vida miserable y absurda, es la esperanza de lograr salir de este país, pasar al otro lado de la frontera, en donde el hombre vuelve a gozar de la libertad y ser dueño de sí mismo, en vez de ser simplemente una cifra, un ente sujeto a la voluntad o capricho de los comisarios del pueblo. Pero la vigilancia de la frontera es tan estricta que quien se arriesgue cae casi siempre acribillado por los centinelas. Por ello estamos aguantando, aunque desesperados; ahora, al ver que hay en el puerto un barco italiano hemos pensado que debiera ser fácil para algunos de nosotros escondernos en sus carboneras o bodegas, durante la noche, y de esta manera escaparnos al exterior; claro que no todos al mismo tiempo sino una o dos personas a la vez en cada viaje. Usted comprende que nuestra salvación reside en la pronta realización de este plan. Para lograrlo, estamos dispuestos a sacrificarlo todo. Contamos con algunos valores que guardamos escondidos en oro y joyas preciosas que mamá pudo salvar de la revolución en que asesinaron a mi papá. Con ellas tendremos lo suficiente para pagar a quien nos ayude y para sustentarnos durante las primeras semanas de residencia en el exterior mientras conseguimos trabajo. Todo esto que le digo es tan confidencial que de antemano confío en que usted mantendrá el secreto, o de lo contrario sabría yo mentir lo necesario para defenderme haciéndolo quedar mal a usted. No tenemos testigos. Dispongo de amigos que nos ayudarán en el plan. La idea de mis hermanas al verlo a usted en el parque y reconocer por su uniforme que usted era del barco italiano fue que seguramente usted aceptaría como deber de cooperación humanitaria el ayudarnos, facilitándonos una entrada nocturna en las carboneras a la vigilia del zarpe. Desde luego lo compensaremos a usted valiosamente entregándole parte de nuestro tesoro. Quisiéramos por lo pronto sacar a mamá con mis hermanas; los restantes iríamos con el viaje sucesivo. Acepta usted ayudarnos?-.

Me quedo un instante reflexionando. ¿Será una celada bolchevique? O será sincera la propuesta? En este último caso, a pesar de que me sentiría bellaco al no prestarme a ayudar esta gente, tampoco me atrevería a enredarme en cuanto me está proponiendo. Es lo más probable que los refugiados clandestinos a bordo serían descubiertos por la policía antes del zarpe pues la Ceka puede estar espiándonos; entonces, lo mismo ellos que yo su cómplice seríamos fusilados. Pero ahora, si le digo que no a este muchacho, quién sabe qué diablura inventa para enredarme, cuál será su reacción. De esta gente que vive en forma desesperada se puede esperar cualquier cosa. Por otra parte, si le digo que sí, y si todo es un engaño comunista, me meto igualmente en la grande. Hay que proceder con cautela… -Oiga joven. Lo que usted acaba de decirme es muy importante. No me interesa el dinero que usted me ofrece, ni creo posible contestarle así en 2 minutos sin antes estudiar el espacio a bordo y demás dificultades. Usted tiene meses de estar preparando el proyecto; déjeme a mí tiempo hasta mañana para meditarlo, por la noche vendré a traer la contestación, el barco sale pasado mañana. Ténganse ustedes listos. Nos encontraremos mañana a las siete de la noche en el mismo parque, pero yo estaré vestido en traje civil color azul. Ahora déjenme ir porque es tarde, mi salvoconducto ya está vencido por la hora. Acompáñeme usted hasta el puerto, su uniforme le debe servir para ayudarme en el caso de que me detenga alguna ronda; usted dirá que yo me perdí de orientación por las calles, que le pedí auxilio, que usted me atendió en su casa para quitarme la sed y que me está enseñando el camino de regreso al muelle-. Me levanto para irme; él me pide esperarlo un momento; supongo que ha ido a hablar con su mamá, a no ser que me esté traicionando. Regresa, salimos a la calle y vamos caminando juntos en la oscuridad haciendo el normal ruido de los pasos como de quien no teme y nada tiene que esconder. Sin tropiezos llegamos cerca del barco, le doy las gracias confirmándole la cita para mañana a la hora convenida. Pero tan pronto logró meter los pies sobre el puente del Bórmida, agradezco a Dios y me digo: lo que es yo, no vuelvo a pisar tierra en Sebastopol! Que me espere el pobre ruso mañana, inútilmente. No soy yo el tipo para meterme a cómplice de tránsfugas clandestinos. Al día siguiente le relato al comandante la curiosa propuesta y él me recomienda: por Dios santo, Amore,

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no nos metamos con faldas ni en camisas de once varas con esta gente. Quédese usted encerrado en el salón para evitar cualquier otro contacto o una entrevista con esa familia pues, entre otras cosas, nunca se sabe si son sinceros o si lo que proponen es obra de la Ceka. Así lo hice. Sin novedad, el 24 salimos de Sebastopol, cargados de trigo, en viaje de regreso. ¿Esperaría el joven Sergei en el parque? Quién sabe! El 25 de junio entramos en el puerto de Constanza, de ingrata memoria! Hay otro buque italiano amarrado al mismo muelle, el Albano, que acaba de llegar de Europa; ¿le avisarían de los peligros del salón Bristol? Vamos a saludar los colegas del Albano e informarlos. Charlando con ellos, poco a poco surge la idea de organizar una expedición punitiva, al estilo fascista; el Albano es de la misma compañía del Bórmida y ambos comandantes son fascistas. Entre los tripulantes de ambos barcos podemos reunir unas 60 personas. Puesto que en este país no hay policía ni magistrados que sirvan, vamos a hacernos justicia por nuestra cuenta. El asunto queda planeado para mañana por la noche. Tal como concertado, la noche siguiente ambas tripulaciones se dirigen al Bristol, en varios grupos separados, con el fin de no despertar la atención. Cada grupo finge no conocer a los demás y se acomoda en el salón, de acuerdo con el plan arreglado de antemano. Hacia las nueve de la noche, todos hemos llegado y ocupado nuestros puestos; principia la farándula, los dueños del local suponen que esta noche van a hacer buenos negocios con tanta clientela. Llegan numerosas bailarinas y parejas. Nuestros comandantes vigilan para que nadie cometa abusos o errores. Yo y Fassio, mal vestidos, nos hemos situado en lugar menos visible, con el fin de evitar de ser reconocidos. En cambio, un grupo brillante del Albano se ha colocado en el centro del salón y está actuando en forma de llamar sobre sí la atención de los desprevenidos rumanos y rumanas; un ingeniero de cuerpo grande y muy gordo ríe a toda máquina despernancándose sobre el asiento como si estuviere borracho, al tiempo que agitando la mano deja ver una cartera bien gorda. Es el anzuelo… Ya principian a notarse conciliábulos entre camareros y maitres, y luego, las bailarinas se ponen a revolotear entre las mesas, como mariposas atraídas por la luz…, una flamante gitana se acerca al ingeniero. De pronto, una mano experta extrae del bolsillo de este la cartera repleta… de papel periódico…; pero el

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ingeniero que se ha dejado robar y estaba expresamente sobre aviso se ha levantado, y tomando un asiento por el espaldar, es la señal: lo despedaza contra el suelo. En segundos, veinte mesas, 50 personas, simultáneamente, se han puesto en pie, agarrando sillas y mesas y todo cuanto cae bajo sus manos. Astillean, rompen, hacen pedazos los muebles y los espejos del salón antes de que por el estruendo, los dueños y el personal sirviente sorprendidos logren evitarlo. Concluida rápidamente la acción vengativa las dos tripulaciones forman militarmente en línea por cuatro y salen marcando el paso como en un desfile: un, dos, un, dos…; listos a pegarle a quien quiera se atreva estorbarles el camino. Todo el mundo hace ala, aterrados; ¿Quién se mete contra 50 marinos organizados? No la policía rumana… Al día siguiente, en Constanza no se habla de otra cosa; de cómo, después de varias semanas de haber sido estafados y chasqueados en el salón Bristol, unos fascistas marinos italianos se desquitaron destruyendo los muebles del local sin que la policía ni nadie osara intervenir. Suponemos que la lección servirá a los dueños del Bristol y a su personal de rateros, para no volver a meterse con italianos; esos chistes, que se los hagan a los borrachos marinos ingleses… El 29 salimos de Constanza; el 30 tocamos en Constantinopla y volvemos a zarpar, rumbo a Italia. El 2 de julio, cerca del cabo Doro y las islas Cícladas, encontramos mar gruesa del sudeste; entonces, en vez de seguir hacia el sur para pasar debajo del cabo Matapán, el comandante resuelve enrumbar por el canal de Corinto y salir por el mar de Jonico al golfo de Patras, viajando así alrededor del temporal. Corinto es un canal antiguo, que hacia el año de 1890 una compañía francesa ensanchó lo suficiente para volverlo navegable a los vapores. Tiene apenas unos 20 metros de anchura por unos 10 de calado, entre orillas altísimas y cortadas perpendicularmente, sería peligroso cualquier pequeño derrumbe, que caería casi verticalmente sobre el barco que procede tocando casi las dos orillas; en la mitad del camino, un elevado puente de hierro atraviesa el canal; por allí pasa el tren que une Atenas con la península Arcadia. La travesía del canal, procediendo a poca velocidad, dura menos de 1 hora; desembocamos en el golfo de Corinto, ofreciéndose a nuestra vista el histórico monte Parnaso de 2.457 metros de altura, a cuyo lado se hallan las Termópilas, famoso desfiladero en donde Leonidas con trescientos espartanos pretendió

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cerrar el paso al ejército del invasor persa Jerjes matándole 20.000 guerreros antes de ser ellos mismos aniquilados. Más adelante, cruzamos frente del puerto de Lepanto, célebre lugar en donde Juan de Austria con su flota de españoles e italianos obtuvo en el año 1571 su gran victoria sobre la flota turca. Sigue otro lugar histórico, este es el puerto de Misolonghi, que en 1824 resistió el sitio de los turcos y en donde murió el poeta inglés Byron. A continuación, el golfo de Patras, la isla de Itaca, la de Cefalonia y Zante. Todos estos lugares saben a sagrado; el alma se conmueve al contemplar esta tierra vieja de tantos siglos de historia y de egoísmos, en donde cada pulgada es un recuerdo de arte griego. Desembocamos en el mar de Jonio y enrumbamos al canal de Mesina, que pasamos sin detenernos, hasta llegar a Nápoles el 5 de julio, y el 7 del mismo mes a Génova. Borrador terminado el 20 julio de 1944 APENDICE: Hacia fines del año 1964, resumo mis impresiones acerca de Rusia: la matanza de millones de ciudadanos fue un hecho absurdo, provocado por varios locos criminales, de los cuales son exponentes los jefes Lenin, Stalin, Trotzki; a este último lo mataron sus mismos ex colegas, a pesar de que vivía desterrado en México. Los sucesores Kruschew y otros, ya condenaron a Stalin cual asesino. En el año de 1926, yo creía que el comunismo era un mal pasajero, que pronto sería corregido. Cuarenta años después, todavía está vigente. ¿Cómo se explica? Sencillamente, debido al sistema del despótico terror; la enorme maquinaria de la propaganda estatal; el dominio de las escuelas y de los medios de información; el espionaje interior; la cárcel o Siberia para quien no obedezca (lo mismo que en la época de los zares…!). La «cortina de hierro», la «muralla de Berlín», son materia evidente, palpable, de que una vez que la humanidad ha quedado esclavizada, la recuperación hasta volver a gozar de libertad es sumamente lenta, a veces requiere siglos. Por mi parte: después de casi diez años de vida peligrosa, en la guerra con minas y submarinos; en el mar con sus tempestades o la neblina; en el centro de Africa con sus fieras salvajes, sin nunca haber tenido la sensación de miedo; por primera vez principié a sentir temor cuando me tocó vivir en Rusia

algunas semanas, en el año de 1926; tanto sería el terror del sistema comunista! Cuál será el porvenir del bolchevismo ruso? Difícil hacer previsiones. Sin embargo, para principiar, vuelvo nuevamente al paralelo con la revolución francesa de fines del siglo XVIII y respectivas barbaridades, que la insurrección rusa imitó y aplicó en mayor escala. Después de la revolución francesa, qué sucedió? El imperialismo napoleónico! Hoy la república burguesa. La revolución rusa estableció inicialmente la igualdad de todos los hombres (liberté-fraternité-egalité de la insurrección francesa) hasta en el vestido, siendo delito, condenado como burgués, el llevar cuello y corbata. A mí, me escupieron los ciudadanos de Odessa porque vestía uniforme con charreteras de oficial de marina; a los monumentos de los generales rusos les habían quitado, a golpe de cincel, esos odiosos adornos en el mármol… Ahora todos los funcionarios del gobierno ruso ya visten cuello y corbata, y los generales ya visten charreteras, estrellas y medallas hasta en la barriga… Esto es simbólico indicio de que los rusos también nuevamente se están orientando hacia el imperialismo; se están aburguesando; y buscando ellos también un bienestar, una libertad, que todavía me parece difícil que logren establecerla en forma democrática como en los países occidentales, pues, como quiera que el imperio ruso está a caballo entre occidente y oriente, recibe de este último la influencia de los sistemas o costumbres de los gobiernos absolutistas asiáticos. Balanceando entre las influencias de los dos extremos: el occidente materialista, el oriente idealista, espiritual-abstracto, quizás podrá Rusia establecer un sistema superior; ésta es una eventualidad probable, tanto más si recordamos otro importante factor: el pueblo que más progresa, suele ser el que más ha sufrido; y es obvio que el ruso ha sufrido con el comunismo y con las dos guerras de este siglo, quizás más que cualquier otro; luego está potencialmente en condición de progresar. Desde luego, a medida de que elimine o transforme el sistema comunista de Lenin, en algo más humanamente aceptable; y a medida que vuelva a tener religión, sin la cual, ninguna civilización puede tener larga vida. La lógica sería que las naciones europeas se defendieran formando un solo gran bloque, para defenderse del slavo-ruso, que a su turno tendrá que defenderse del peligro chino-amarillo.

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Atravesando el B贸sforo

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CAPÍTULO

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VIAJE NO. 34 S/ S

GIUSEPPE VERDI IUV

DE GÉNOVA A NUEVA YORK Y REGRESO. Salida: 17 julio de 1.926 Regreso: 26 agosto de 1.926 Comando: Prácticamente igual al del viaje No. 20 (Capítulo 41)

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esembarco en el puerto de Génova, con el corazón palpitante por diferentes emociones: el placer de haber regresado a la patria, volver a saludar amigos y hablar idiomas más conocidos; la esperanza de ir a Pinerolo en vacaciones, a reabrazar a mamá y hermanos; y por otra parte, el temor que causa la incertidumbre pues tendré que abandonar el Bórmida, sin poder adivinar cuál será mi próximo destino: un barco de pasajeros, o uno de carga? En la oficina Marconi encuentro ambiente favorable: Rollandini, al verme entrar en su oficina me reconoce sin hacerse rogar, y accede enseguida a darme las vacaciones; por lo visto, mis acciones gozan aún de buena demanda. Lástima, tener que desembarcar del Bórmida, pero esto es inevitable porque el barco irá al astillero para largas reparaciones. Me despido del comandante Carini y de su estado mayor, agradeciéndoles el extraordinario turismo desarrollado en su grata compañía. Fueron seis meses de ensueño: el atractivo panorámico y folklórico que diariamente me ofrecía cada uno de los puertos levantinos que visitábamos, pudo hacerme olvidar mis problemas pasados y presentes; la tragedia de mi papá; pero ahora, aquella nube artificial del olvi-

do se ha disipado; el retorno a la patria ha vuelto a despertar mis recuerdos haciéndolos de cuerpo presente; tendrán en cambio que esfumarse las sugestivas impresiones egipcias, sirias, egeas, griegas, turcas, búlgaras, rusas, rumanas… Quizás no volveré nunca más a ver esos países… En el tren hacia Pinerolo, encuentro algunos jóvenes amigos de esa ciudad, entre ellos los tres famosos hermanos Martín que son ases del fútbol en el equipo de nombre «Turín»; regresan de una gira de veraneo en los balnearios de Liguria. Nos abrazamos, me preguntan de dónde vengo. Quedo algo confundido, algo he de contestar, pues la lista de los países se me hace increíblemente larga. Les digo que: de Génova. Pero ellos insisten: -¿no estabas viajando en el exterior, según nos dijo tu hermano Mario? En dónde estuviste últimamente?-Pues: estuve en Alejandría de Egipto, Puerto Said, Beirut, Alexandretta, Mersina, Larnaca de Chipre, Rodas, Samos, Schio, Metelino, Smirno, Pireo, Atenas, Constantinopla, Burgas, Varna, Odessa, Sabastopol, Constanza, Corinto…Me preguntan cómo es la vida en Rusia; les informo que: toda la propaganda que se lee contra el bolchevismo y los desastres de esa revolución no serán

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nunca suficientes para describir la verdadera situación terrible de aquella nación en donde la ruina material y moral es tan grande como si allí se hubieren instalado durante largo tiempo los jinetes del Apocalipsis… ¿Me habrán creído, o supondrán que me he vuelto propagandista del fascio (fascismo, Mussolinismo)? Muy grata la llegada entre mi familia en Pinerolo; mamá se estremece entre mis brazos para agradecerme haberle querido ocultar la desgracia de Buenos Aires aún a costo de volverme odioso para ella. Tengo que agradecerle a Mario y Ettore mis hermanos, el haberle explicado la verdad de lo ocurrido. Encuentro que todos están progresando satisfactoriamente. Anita, casada con Franco Tibaldi, reside en Baudenasca, a cinco kilómetros de Pinerolo. Ettore trabaja como operador de cine en la empresa Mensa; Mario hace otro tanto en otra empresa; ambos están estudiando radio. Ya con todos sus hijos trabajando y ganando salario, mamá pudo retirarse del empleo de directora de la fábrica Proton de Rocchietta; ahora está feliz en casa ocupándose de la comida y alojamiento de todos. Las finanzas de la familia principian a mejorar; en total las entradas mensuales son altas y disponemos de fondos. Parece que la época de sufrimientos y miseria ha terminado. Invitado por Anita y Franco voy a instalarme en Baudenasca. Es este un barrio fuera de Pinerolo, cuya importancia estriba en que allí está la escuela de equitación para oficiales, con amplios prados, parques, pistas, entre las cuales algunas son de obstáculos, saltos, cerritos, riachuelos, palizadas, etc. En los establos se hallan centenares de caballos de fina sangre, cada cual lleva su nombre e historia de nacimiento o pedigree en la puerta de su corral. Franco, cuyo grado es de maestro de equitación, tiene a su cargo el cuidado de este sector, así como el entrenamiento progresivo de los caballos, desde cuando en la edad de potros entran por primera vez al picadero, hasta salir después de dos o tres años de escuela, habilísimos campeones de salto y de equitación en general. Siendo actualmente la estación estiva, el lugar se presenta encantador por la belleza panorámica y de los árboles, jardines, etc. Para un marino como yo, el espectáculo del picadero es tan nuevo como el del billar; en cuanto a montar estos briosos caballos, la emoción es atrayente a pesar de la figura ridícula que hago debido a mi inexperiencia. Pero Franco me facilita solo caballos relativamente mansos, además me acompaña cabalgando a

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mi lado impartiéndome instrucciones a cada momento. Por último, me da unas exhibiciones de salto en las que puedo admirar el verdadero maestro; le saco algunas fotografías, que aún conservo en el álbum. Transcurren rápidamente los días de vacaciones; tengo que regresar a la mar… Me despido de los míos y nuevamente me asalta la preocupación: ¿cuál barco me tocará? Tan pronto que llego a Génova voy a saludar y recomendarme al secretario Izzi. Me informa que el Giuseppe Verdi acaba de entrar en puerto y que Franchi está allí embarcado de inspector. Que me conviene buscarlo y ponérmele a la orden. Me dirijo a los muelles tras mi querido barco, pronto reconozco sus dos rojas chimeneas con la estrella blanca. Subo a bordo, saludo uno que otro oficial, voy al camarote de Franchi, encontrándolo que está por descender a tierra. Amablemente me invita a acompañarlo y vamos charlando; le informo que apenas he regresado de la licencia y que no tengo todavía orden de embarque; que estoy tratando de conseguir algún buen destino; que me sentiría feliz de volver a trabajar con él sobre el Verdi si hubiere vacante. Me contesta que precisamente desea reemplazar su segundo de quien no está satisfecho; que he llegado en el momento oportuno, y que él se hará cargo de lo demás. Quedamos con que por la tarde nos veremos en la oficina de la Marconi. Efectivamente, allí habla con Rollandini; al día siguiente recibo orden de embarcar en el IUV! Gracias a Dios, una vez más he logrado salvarme de los buques de carga… Y ser llamado por tercera vez a ocupar un puesto tan deseado e importante como este del Verdi, uno de los mayores transatlánticos de la marina italiana, no es ciertamente un honor despreciable, además de la evidencia de que mi trabajo profesional es muy apreciado ya sea por la Marconi, así como por el estado mayor de esta gran nave. Franchi está contento con mi regreso a su lado, porque sabe qe puede confiar ciegamente en mi actividad y capacidad, despreocupándose del servicio de la estación; me entrega las llaves y me anuncia que me dejará con frecuencia solo, día y noche, porque se siente mal de salud y desea estar algunos días acostado en su camarote para curación. El 17 de julio salimos hacia Nueva York. Antes de la partida tuve tiempo para revisar mi vestuario, constatando que estaba pobremente equipado de uniformes, viejos y gastados. Afortunadamente disponía de bastante dinero, pude ordenar al sastre Buttafava

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un juego completo o sea: doce uniformes de piqué blanco, para el verano, y dos de paño azul, para el invierno, una capota, gorras, zapatos, corbatas y lencería. Así no tendré temor de desfigurar al lado de Canepa y de Dodero. Siempre conviene vestir elegantes uniformes, de lo contrario lo catalogan a uno como procedente de los cargo-boats… El 18 tocamos en Nápoles, el 19 en Palermo, el 23 en Lisboa. Como de costumbre, llevamos cupo completo de pasajeros; parte son turistas europeos que se dirigen a América, los restantes son americanos que regresan a su tierra; total, quinientos pasajeros de primera clase, otros tantos de segunda y un millar de emigrantes en la tercera clase. A bordo rige la alegría habitual, juegos, reuniones sobre los puentes, durante el día; cinema, baile y rendez-vous (encuentros) en los salones por la noche; sin incidente digno de anotar, hasta la llegada a Nueva York el primero de agosto. Aunque ya he venido varias veces a esta ciudad, siempre encuentro en ella muchas novedades. No me refiero a asuntos de circulación y orientación, que prácticamente no los hay; estando las calles y avenidas siempre rectas y numeradas en orden progresivo no es posible perderse, con excepción del sector de Wall Street y de Battery Place, o de Brooklyn, donde todavía emplean nombres, en lugar de números. Desde luego existe la posibilidad de equivocarse o perder la orientación en las estaciones del subterráneo si uno no se fija en los avisos, ya sea tomando el tren en dirección contraria, o subiendo al convoy que no es, o en un expreso que solamente para a cada veinte cuadras cuando uno deseaba bajarse a las cuatro cuadras como el tren local, o descendiendo en la estación que no era… Al decir que me hallo en Nueva York como si esta fuere la primera vez, quiero significar que es tanto lo que me queda por ver, que mi curiosidad sigue fuerte no obstante que ya se ir seguro y tranquilamente de un extremo al otro de la ciudad, en bus, o en tren elevado, en subway, tranvía, o ferryboat, casi como un neoyorquino. Desde los muelles de la 34, cerca de los de la Cunard, donde el Verdi está amarrado, atravesando pocas calles llego rápidamente desde el Pier 71 de la estación Pennsylvania, al cruce de Times Square con Broadway y la Quinta Avenida, en donde, con solamente quedarme en un rincón observando, puedo distraerme durante horas, sin cansarme pues el panorama cambia continuamente. Aún cuando nada hay aquí que valga la pena admirar bajo el punto de vista ar-

tístico de la escultura y la pintura, es de confesar que obras como los rascacielos o el puente de Brooklyn, etc., constituyen adelantos maravillosos de ingeniería, aún no logrados en Europa. En una capital de este tamaño, son tantos los lugares por visitar o adonde ir, que ni después de varios meses podría agotarse la lista de itinerarios. En los días de sol, con solamente cinco centavos para la ida y otros cinco para el regreso, hago el saludable paseo estando sentado en el segundo piso de un bus de la Quinta Avenida, desde cuyo techo abierto puedo observar simultáneamente el tráfico en la calle y el desfile de los edificios desde Washington square hasta los jardines del Bronx; atravesando las doscientas calles de ida y de vuelta a todo lo largo de la Quinta Avenida se emplean casi tres horas. Por la tarde voy a los balnearios de Coney Island o de Long Island, según los compañeros que consiga a bordo; y por la noche, a Chinatown, o al Greenwich Village, o al teatro Metropolitan, el hipódromo, el Ziegfield, el Strand, el Rialto, etc. Entre los lugares más interesantes durante el día están el Aquarium de Battery Place que según dicen es el más grande del mundo; la estatua de la Libertad, regalo del pueblo de Francia, cuya altura excede los 300 pies, en la isla Bedloe; el Museo Americano de Historia Natural; el Central Park, cerca del Museo Metropolitano; los jardines botánicos y zoológicos del Bronx Park en la calle 180; la universidad de Columbia en la calle 116; el Riverside Drive desde la calle 72 a lo largo del río Hudson, donde se gozan bellísimas vistas; el nuevo edificio del correo cuyo tamaño ocupa dos manzanas; el paseo de las Palisades en New Jersey; la Public Library en la calle 42; la estación Pennsylvania de ferrocarriles, la más grande del mundo; el edificio Woolworth que es el rascacielos más alto, con 72 pisos; el edificio City Hall o palacio municipal; la Bolsa; Wall Street; etc., además de que también atraen mi curiosidad europea los almacenes de 5 & 10 centavos, y los famosos Wanamaker, los Gimbel Brothers, los restaurantes automáticos… El itinerario lo preparo por la mañana, después de consultar las previsiones meteorológicas en la primera página del periódico; en la mayoría de los casos no fallan. Si dicen que el tiempo será despejado o sereno, escojo las rutas al aire libre y de los parques, viajando en el segundo piso del bus, o en tren elevado; si anuncian tiempo cubierto o lluvia, voy a visitar museos y edificios, viajando en subterráneo. Gasto relativamente poco, porque los transportes públi-

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cos de Nueva York son tan baratos como sus restaurantes automáticos. El 11 de agosto, sale nuevamente el Verdi en viaje de regreso, haciendo escala en Boston al día siguiente. Continúa el tiempo estivo, muy bueno para nosotros, aún cuando el boletín de Washington anuncia la formación de un hurricane, el clásico ciclón, que ocurre con mayor frecuencia en los meses de agosto y septiembre. Para cuando este huracán, actualmente en formación entre Cuba y las Bahamas, es decir, muy al sur, llegue a esta zona nórdica, ya estaremos en la mitad del Atlántico; las informaciones que por radio suministran diariamente las estaciones meteorológicas de la costa nos habrán hecho tomar las medidas adecuadas para desviarnos de su ruta oportunamente. Tenemos a bordo cupo casi completo de pasajeros, en mayoría turistas americanos e italo-americanos que van a veranear dos o tres meses en Europa. El médico del Verdi, Dr. Spada, me presenta una señorita Aurora Lucioni quien viaja en primera clase, recomendándomela para que le permita estarse todo el día acomodada en un diván cerca de la puerta de la estación, en el puente de lanchas, y hacerle compañía cuando me quede tiempo. Spada es un tipo excéntrico, como lo son muchos de los médicos de a bordo, tiene unos 55 años, es boloñés, de carácter cómico y burlón, ha traído entre el estado mayor del Verdi la representación de la Liga de los Aquéos, de la que él es miembro importante. Dicha liga es una sociedad fundada en Bolonia con el objeto de combatir el malhumor residuo de la última guerra; ha publicado un libro que es una colección de históricos chistes desde la época espartana hasta hoy; sus emblemas son la mano de Fátima y el motto «dulcis in fundo», significando este último el fondo de la botella; la consigna aquéa, adversaria de las bebidas acuáticas, al estilo de americano «keep smiling» prescribe para sus socios que el perpetuo buen humor, puede hallarse mediante la frecuente reunión de los iniciados, ante un hondo plato de «cappelletti a la boloñesa» siempre que regándolo con numerosos frascos de Chianti… Acostumbrado a suponer que cuanto diga el doctor Spada tenga por finalidad la contagiosa risa cuando no la burla, me interesa descubrir a qué viene su recomendación y por qué la señorita su protegida haya escogido como lugar de descanso el rincón solitario cerca de la estación de radio y las grúas de los botes salvavidas, en vez de los belvederes del puente y castillos de proa y de popa de primera clase, donde está la brillante juventud jugando, paseando o bailando.

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La señorita Aurora, sin ser hermosa, no tiene cara de vieja, y menos aún parece boba, pues a las pocas palabras que le he dirigido, contestó sagazmente demostrando ilustración y agudo espíritu. Observo que el médico la está cuidando con especial atención, pasando mucho tiempo al lado de la muchacha, cerciorándose de que esté cómoda sobre cojines, defendida del fuerte aire marino mediante, cobijas, chales, etc.; deduzco que debe ser persona importante. Cuando él se va, como si efectuáramos un cambio de guardia, viene a avisarme para que me traslade yo a hacerle compañía; ella lo despide diciéndole -adiós papacito-. Esto me sabe a misterio, mi curiosidad aumenta. Es evidente que en este caso no se trata de bromas y que el médico no está obrando en función de aquéo; también, que la diferencia de edad entre él y su recomendada excluye cualquier eventualidad de flirteo; por lo tanto, debe tratarse de deberes de amistad y nada más; pero, por qué escoge este lugar y desea ella mantenerse apartada de los pasajeros? A medida de que transcurran los días, crece mi interés por la incógnita turista. En un principio le dedicaba alguna hora diaria haciéndole compañía para complacer a los ruegos del médico; ahora, se me ha vuelto simpática y trato de estar a su lado el mayor tiempo disponible. Interrogándola he sabido que es italo-americana, residente en Jersey City, al otro lado del Hudson frente de Nueva York; su familia se compone de su padre, una hermana mayor y dos hermanos menores. Su papá es lombardo de la región del lago de Como, ella habla el milanés, además del italiano, inglés y francés. Averiguando en la oficina del comisario entre la lista de los pasajeros y pasaportes he podido saber que tiene treinta años de edad. Durante las charlas he sacado en claro que el hermano mayor, Luigi, es un joven pintor de escuela quién tiene su estudio en los altos de un edificio de Washington Place en Nueva York y exhibe sus cuadros en la exposición de Tiffany. Ella también sabe mucho de arte, dice ser gran amiga de Rosa Ponselle y Giovanni Martinelli, la soprano y el tenor del Metropolitan quienes grabaron el célebre disco del IV acto de la Aída; parece evidente que ella es habitual frecuentadora de ese teatro pues menciona premiéres y detalle de óperas con gran conocimiento; además, anoche, entusiasmada por la belleza panorámica del claro de luna navegando a través de las islas Azores, se ha puesto a cantar «sej piccini ma non ti vó, coi capelli alla rococó», y luego aires clásicos, con buena voz de soprano.

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Nuestra amistad, artificial en un principio, se ha vuelto natural con el transcurso de los días; antes de terminar el viaje, cerca de Gibraltar, pierdo la cabeza, acabando con declararle mi simpatía y el deseo de verme correspondido. Sin contestarme, se pone a llorar, y luego se va, quizás ofendida. No regresa a ocupar su acostumbrado sitio al lado de la puerta de la estación. Al día siguiente, tampoco aparece; en cambio viene el doctor Spada, con cara preocupada; quejándose, me dice que él había escogido mi compañía para la señorita Aurora porque creía que yo fuera el más juicioso entre los oficiales del Verdi, pero ahora resulta que todo lo contrario… Que, cómo se me ocurre ponerme a enamorar una muchacha tísica! -Qué dice usted doctor, tísica?-Pues claro, ¿No lo sabía usted?-No tenía idea.-Pero entonces, ¿a qué atribuía usted mis cuidados de médico? No entendió usted que el haberle escogido este lugar al aire libre y lejos de los pasajeros, tenía por objeto aislarla, evitándole molestias y contagio a los demás? Pues sí, tísica es la pobre muchacha; todos los años viaja un par de meses a Italia buscando la curación en el clima marino y en los países alpinos. Su padre me la recomendó y tengo que atenderla; como quiera que no es la primera vez que ella viaja en el Verdi creí que usted ya la conociera. Ahora dígame si estando enterado de la desgracia que pesa sobre la pasajera será usted capaz de continuar haciéndole compañía sin caer en idioteces…-Cuente con ello, doctorPor la tarde vuelve a aparecer la pasajera, ambos nos sentimos mortificados. Al notar que la miro como tratando de descubrir algún signo de su enfermedad, me pregunta si ya sé que no está viajando por turismo sino que por motivos de salud. Le contesto que eso es lo que me han dicho pero que no creo nada de ese cuento; que comprendo que es un ardid para despistarme. Pero ella insiste apenada, diciéndome que su salud es precaria, rogándome no volver a hablar de cosas que vayan más allá de la simple amistad. Todo esto es lo peor que podía sucederme; en lugar de enfriar mis sentimientos, se acrecientan por las emociones patéticas, de pena por haber inconscientemente hecho sufrir la pobre enferma que, por cuanto adivino, quisiera corresponderme pero tiene el valor de decirme por qué no puede. A pesar de la diferencia de edad, mi proceder es absurdo, alocado, como de quien ha perdido el jui-

cio; llegando a Génova le pregunto adónde se dirige y si alguien la acompaña; supongo que irá al lago Maggiore; contesta que no, que va a Salsomaggiore y que nadie la acompaña. Observo sus equipajes y sin que ella se de cuenta me informo con el maitre acerca de su itinerario. Luego voy donde Franchi y arreglo con él el acostumbrado permiso para ir a pasar en Pinerolo el periodo en que el Verdi permanezca en puerto; de esta manera no hay peligro de que la Marconi me eche manos para enviarme a ocupar vacantes en barcos de carga. Enseguida me dirijo a la estación Príncipe, pero en vez de tomar el tren para Pinerolo, subo al convoy de la línea de Piacenza y busco en los carros de primera si está la señorita Aurora. No la veo; en cambio, me tropiezo con un arzobispo católico norteamericano quien también viajó con nosotros en el Verdi, va a Roma a presentarse en misión a Su Santidad, está acompañado por un par de prelados italianos que vinieron expresamente a recibirlo. De acuerdo con la costumbre norteamericana, el arzobispo viste el traje civil de clergyman, saco con cuello cerrado, sombrero también tipo civil; todo en negro. Después de cambiar saludos con los prelados italianos y con el suscrito, toma cómodamente asiento en el vagón y con franqueza yanqui, en voz alta y burlona, para que todo el mundo oiga, le dice a los sacerdotes italianos: qué esperan ustedes aquí para quitarse esa falda de estilo femenino y ese sombrero que parece una paila para cocinar huevos?Los prelados italianos ponen el viso colorado y se callan, porque quien así les habló es un superior jerárquico aunque yanqui. Yo me río en mis adentros. El arzobispo siglo XX, que debe haberlo comprendido, me guiña el ojo, y luego, con la confianza que me tiene desde el Verdi, me comenta: the trouble with these Vatican people is that they never want to modernize (el problema con esta gente del Vaticano es que no quieren nunca modernizarse)-. Si mal no recuerdo, ese prelado era el actualmente cardenal Spellman. Pero yo tengo otra preocupación en mi mente, y mientras el tren está marchando, vuelvo a andar de uno a otro vagón buscando a Aurora. Al fin la encuentro, está sola; sin decir palabra me le siento al lado. Se sorprende, me regaña; luego se resigna a que la acompañe; ha intuido que quiero cerciorarme de si va a Salsomaggiore. Me habla de contagio, que es peligroso; que aquí no estamos en alta mar donde

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la brisa despeja y renueva constantemente el aire; que soy un loco en meterme a su lado. Se pone seria, como ofendida. Sigo a su lado, ambos callados. Después de 4 horas de tren, llegamos a destino. Ella desembarca y yo la sigo; ella ya ha estado aquí y conoce el camino que me es desconocido. Entramos en un grande y lujoso edificio que visto por fuera parece un casino, un lugar de recreo internacional; en su interior, leyendas en varios idiomas indican la ruta a seguir para los diferentes pabellones. Salsomaggiore es lugar famoso por sus aguas termales salsoiódicas y sulfurosas, frecuentado por millares de enfermos que vienen de todas partes. No obstante el lujo de los pabellones, de los sirvientes políglotas, de los visitantes que son enfermos disfrazados de turistas, siento enseguida una impresionante sensación de repugnancia, como cuando se atraviesa la sala de un hospital público. Pero, todavía sigo dudando: ¿Qué tiene que ver, el baño termal, con la pretendida enfermedad de Aurora, que es en los pulmones? Llegamos frente de un pabellón; ella adquiere un tiquete y con la mano me hace seña de despedida. Compro otro tiquete y sigo detrás a pesar de sus protestas. Hay mucha gente en los corredores. Llegamos a una sala, varios sirvientes nos atienden, dándonos una especie de camisón blanco a cada uno. ¿Para qué será? Yo también lo endoso. Siguen corredores con puertas de separación; entramos en un local que posiblemente sea una gran sala, pero nada se ve, sino que caminamos entre una atmósfera blanca como el vapor de una nube cuando se viaja en avión. El sirviente, provisto de anteojos especiales mediante los cuales supongo que logra ver a través de los blancos

vapores, nos acompaña a sentarnos cerca de una pared; hay allí varios pacientes. Nadie habla, todo el mundo acciona en silencio; solamente se oye el ruido como de escape de vapor desde una tubería. Ya comprendo: esté vapor tiene que ser procedente de las fuentes termales, su objeto en esta sala tiene que ser el de inhalaciones para los pulmones de los pacientes. Noto que estoy respirando un aire diferente del común, más pesado, húmedo, ligeramente oliente a azufre. Al cuarto de hora principio a sentirme cansado, impresionado por cuanto acabo de ver, por el espectáculo de aquellas imágenes espectrales, blancas, entre quienes he venido a situarme, todos enfermos de tuberculosis pulmonar; sin embargo, sería vergonzoso ahora, que yo me fuera antes de la señorita Aurora… Después de 1 hora, al fin, se levanta, la sigo; salimos del salón de inhalaciones, los sirvientes nos quitan el camisón blanco, volvemos a parecer seres aparentemente normales. -¿Ahora si está usted convencido de que estoy enferma?- me pregunta con ligero tono de reproche. -Sí, pero veo que está usted curándose y pronto sanará.-Puede ser, pero ahora váyase usted. Yo tengo que quedarme aquí quince días, luego iré al lago Maggiore y regresaré a Nueva York en octubre con el Dante (el Dante Alighiere IUH es el buque gemelo del Verdi y que hace la misma línea). Nos veremos en Nueva York. Adiós.Atontado, no hallo qué contestar. Con el ánimo embargado de tristeza, la saludo deseándole pronta mejoría, y me voy a tomar el tren hacia Pinerolo, adonde llegó al día siguiente.

Italo, Mario, Héctor, Giovanna, Anita y Franco

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CAPÍTULO

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VIAJE NO. 35 S/ S

GIUSEPPE VERDI IUV

DE GÉNOVA A NUEVA YORK Y REGRESO. Salida: 11 septiembre de 1.926 Regreso: 20 octubre de 1.926 Comando: Igual que el viaje anterior.

D

icen que los guayabos nunca vienen solos. En efecto, si yo estaba ya de mal humor desde que sufrí en Buenos Aires la tragedia de mi padre, mi situación se ha empeorado desde que caí en la ridiculez de enamorarme de una muchacha que es cinco años más vieja que yo, y tísica por añadidura! Comprendo que tengo que reaccionar, olvidar el estúpido incidente con la señorita Aurora, pensar mejor en mi futuro. ¿Cuál futuro? La pregunta me obliga a mentalmente revisar mi situación actual y mi posible porvenir. ¿Cuál es el objeto de mi vida? Hacia dónde pienso orientarla? Tengo 26 años de edad. Debido a las peculiares condiciones de mi profesión estoy acostumbrado a vivir y actuar siempre solo, como si no tuviese parientes o familia. Anita, ya se casó; Ettore y Mario están en camino de hacerlo. Mamá vive bastante contenta entre ellos en Pinerolo. No tengo más parientes conocidos. En lo tocante a cómo orientar mi futuro, en primer lugar tengo que resolver si me decido a quedarme soltero, o si pienso casarme. De lo poco que he aprendido hasta ahora mediante lectura de romances o libros filosóficos, saco como conclusión

que el llegar a la vejez dentro del estado de solterón empedernido es un error. La vida humana, así como la de la naturaleza, tiene necesariamente un objeto, un fin primordial: el progresivo perfeccionamiento. A su turno, éste requiere procreación. Un refrán dice que, para ser hombre, se requiere haber sembrado un árbol, escrito un libro y engendrado siquiera un hijo. Considero que la procreación es uno de los dos deberes principales de todo ser humano que goce de salud y condiciones normales. Tanto es así, que se me hace equivocado el sacrificio de los religiosos católicos que se obligan al celibato; es posible ser sacerdote y hombre casado, con familia, al mismo tiempo, tal como se practica entre los protestantes y otras religiones. La gloria del perfeccionamiento; o la familia; o ambas cosas, tiene que ser el propósito vital de cada ser humano. Sin embargo: la gloria, o sea, lograr inscribirse en la historia mediante la realización de algún invento, hecho prodigioso o útil para la humanidad, es una condición que difícilmente se consigue pues requiere una dedicación total hacia ese objetivo; por lo mismo me parece que los solteros tienen mayor probabilidad de llegar a la gloria porque pueden concentrar-

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se en sí mismos, al estudio de sus ideales sin tener que preocuparse o seguir trabajando por la mera necesidad de tener que sostener el bienestar de la esposa e hijos. En cambio, los casados, si cumplen con los deberes de la familia, quedan absorbidos en más de un 50% de sus actividades, en dichos quehaceres familiares. De manera que: el soltero tiene mayor probabilidad de llegar a la gloria, siempre que parta de un terreno previamente bien preparado, es decir, que disponga de cultura o medios que le faciliten rápida elevación sobre el nivel de los demás, en cualquiera de las carreras que escoja. Esta es la regla general; desde luego hay excepciones; pero las excepciones disponen de inteligencia excepcional, que yo no poseo… Por consiguiente, no siendo yo individuo dotado de calidades extraordinarias y no disponiendo de un fondo cultural adecuado, por cuanto que tuve que abandonar la escuela a la edad de once años (cierto que el viajar es también una escuela, de carácter práctico, pero yo carezco totalmente de la formación teórica que se adquiere en las universidades o mediante el estudio de los clásicos, sería un iluso si pensara resolver mi personal problema del «to be or not to be» orientándome hacia el campo o búsqueda de la gloria, que como antes dije, a mi manera de ver justificaría el celibato, sistema de vida que implica el mínimo sacrificio mientras se es joven, y el máximo cuando se es viejo, al quedar solo, aislado en el mundo. Resulta claro que, siempre bajo el punto de vista de que la vida es ante Dios un deber y que cada cual tiene una misión que cumplir, no pudiendo la mía ser una tarea de gloria o de inventos, tengo que escoger la senda de la familia, la procreación; apostolado éste más común y prosaico aunque tampoco deja de tener sus bemoles. Al decir procreación: de una vez tengo que aclarar que entiendo que está dentro de los postulados morales de la religión católica y de la mayoría de las religiones; acabo de ver en Rusia que las tentativas de aplicación de la teoría del amor libre, en la práctica ha fracasado estruendosamente; y por otra parte, la lección que he recibido estudiando el caso de mi papá es suficiente para enseñarme y convencerme de que con los deberes primordiales de la vida no se puede jugar; por el contrario, hay que aceptarlos y cumplirlos con la máxima seriedad posible y en tiempo oportuno, porque las consecuencias, sí que son serias! Tan serias que a menudo se vuelven cuestión de vida o de muerte…

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He estado bastante cerca del fuego y he visto como mi padre se quemó totalmente, tontamente, para siempre, por no haber tomado la vida en serio, como se queman las mariposas volando alrededor de la llama; tal lección me servirá para nunca caer yo en el error de jugar con el fuego o evadir la respectiva responsabilidad. Por lo tanto es para mí evidente que al considerar como mi deber esencial en la vida el de procrear, se subentiende que ello tendrá que ser dentro del sistema matrimonial de la religión católica, para cuyo cumplimiento con las mayores probabilidades de éxito, los requisitos principales que observar son: edad, salud, afecto correspondido por una mujer, disposición a la vida hogareña, capacidad de trabajo adecuada para el sostenimiento de la familia. El factor edad: 26 años, me indica que apenas se está principiando a entrar en la época que para el hombre es considerada favorable para el matrimonio, siendo generalmente ideal la edad de treinta años, ni más ni menos; en cuanto a la salud, creo poseerla de hierro, y también favorable al asunto que me preocupa. En lo tocante a la mujer que me corresponda, y a todo lo demás, caigo en la cuenta de que mientras yo sea marino, no debo pensar en casarme. Resulta claro para mí, que mar y mujer (en el sentido de esposa) son dos soluciones antagónicas; que un hombre de juicio no debe tratar de mezclarlas entre sí, porque no es posible acatarlas simultáneamente. Para ser buen y experto marino es preciso aislarse transcurriendo muchos años en alta mar; por lo contrario, para ser buen marido conviene vivir cerca del hogar, es decir, en tierra firme; no siendo posible el desdoblamiento, hay que escoger uno u otro de los dos caminos… ¡Cuántos ejemplos se me ocurren en la memoria! Ello es que desde cuando principié a navegar, en el año 1917 sobre el Maroncelli, no he hecho más que ver marinos quienes se consideraban desgraciados por haberse casado, y que a cada llegada y a cada salida del puerto lloraban maldiciendo su destino… Llegábamos al puerto de Génova: el oficial X o Z desembarcaba feliz; cargado de regalos y de plata acumulada durante el largo viaje, se dirigía a su hogar. Al día siguiente, o a los pocos días, regresaba a bordo con semblante triste, malhumorado; al notarlo, le preguntaba qué le había sucedido. -Pues, como quiera que hace un año que faltaba de casa, al llegar encuentro un hijo más, del cual no tenía idea, no se qué pensar…-

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O también, y éste era un caso más común: -que como hacía tanto tiempo que no volvía a casa, al llegar ahora, los niños me desconocieron, se asustaron al verme, como si yo fuere un extraño; no hubo manera de convencerlos en pocas horas que yo soy su papá y no tienen por qué temerme; por fin, sintiéndome extraño entre ellos después de tantas ilusiones que me había hecho de sus caricias, no pude aguantar más, regresé a esta mí otra casa, donde no hay familia…!O también: -¡Qué le parece. Tanto suspirar durante el viaje, para luego cuando llego al hogar en búsqueda de felicidad, encontrarlo en luto; terminar apenas el periodo de la novena para el difunto, que ya nuevamente me toca volver a partir para largo viaje!¡Cuántos lobos de mar he visto furtivamente secándose las lágrimas al momento del zarpe, a cada viaje; pobres hombres, como sufrían! Por qué? Porque les dolía terriblemente el despedirse, sin saber por cuánto tiempo, de sus esposas y sus hijos. Después de mi primer embarque en el Maroncelli, nunca más he vuelto a llorar a la salida o llegada de mis barcos, hasta que en Buenos Aires encontré a mi padre; a cada viaje observaba yo que los compañeros de a bordo, especialmente los casados, aún los viejos capitanes, se conmovían cuando se acercaba aquel patético momento, y sacaban pañuelos del bolsillo, casi como los pasajeros… ¿Por qué no me conmovía yo y no lloraba a cada despedida del muelle de Génova? Sencillamente, porque yo tenía la «felicidad» de no tener parientes despidiéndome en el muelle o en esa ciudad. En cambio, los otros, cuyas esposas o hijos estaban saludando desesperadamente desde el malecón, eran los «infelices» de cada viaje. Pues evidentemente, si todo es relativo en este mundo, también lo es la felicidad; en aquellos casos, yo, sin familia, estaba más feliz que aquellos con ella. En resumen: volviendo al axioma del «to be or not to be», hay incompatibilidad entre ser marido y marino…, son dos mares diferentes, y el primero se ha ido. Si quiero casarme, antes tengo que establecerme en tierra firme. Este es para mí el gran problema, como lo es para la mayoría de los navegantes, cuya profesión y especialización de trabajo no tienen aplicación entre las artes terrestres. Los más perjudicados en este sentido son los capitanes marítimos, cuya sabiduría en cálculos trigonométricos, tomar la altura de las estrellas, conocer vientos, corrientes, meteorología, etc. apenas encuentran en tierra ocupación en organizar alguna rara expedición geográfica,

que a la postre no es sino otra forma de viajar, alejándose del hogar… Los ingenieros y los cocineros camareros, denominados de «la familia de Caín», son quienes más fácilmente pueden hallar empleo en su profesión, en tierra… Tampoco encontramos fácilmente ocupación terrestre los marconistas, mientras no se establezcan estaciones «fijas» de radiocomunicación, que hasta ahora, en un 90% se instalan únicamente en barcos de alta mar (hasta el año de 1926, la mayor aplicación de las ondas radioeléctricas consistía en la radiotelegrafía marítima; la radiotelefonía y la radiodifusión, apenas recientemente inventadas, no estaban todavía desarrolladas; por tales motivos no había demanda de personal marconistas para estaciones o servicios de tierra firme). Son numerosas las razones por las cuales, si quiero casarme tengo que establecerme «antes» en tierra. La primera es, que para estar en condición económica para sostener una familia una vez desembarcado, necesito haberme previamente empleado en algo que me proporcione en tierra un sueldo regular, prescindiendo de mi carrera marítima en la Marconi. La segunda es, que para casarme, necesito frecuentar y conocer mujeres, para conocer y escoger hasta enamorarme, y lograr que una acepte enamorarse de mí, oso o lobo marino, para lo cual se requiere que yo pueda visitar asiduamente en casa o cerca de esa hipotética mujer; esto presupone mi permanencia estable en la misma ciudad o pueblo, en vez de estar viajando, hoy con destino a Nueva York mañana rumbo a Australia o al Canadá, etc. De manera que: como decía Shakespeare en una tragedia: «that is the question»…; mi objetivo final, desde ahora en adelante tiene que ser «casarme»; para ello, el primer movimiento debe ser: volverme humano hombre de tierra, dejar de ser pescado! La solución de este «busillis» no es fácil, y sobre todo no es asunto que se pueda resolver de un día para otro; tanto más que, para poder agarrar cualquier ocasión de empleo en tierra firme se requiere encontrarse allí, listo; y en cambio, yo estaré casi siempre en alta mar… En fin: que esta vida de marino es una gran escuela; pero cuando se llega a la edad del hombre, esta vida se vuelve un rompecabezas… La estación de Pinerolo, en vista a 360°, me indica que estoy llegando a casa y que por el momento me conviene suspender estas cavilosas elucubraciones. Vuelvo a abrazarme con mamá y los hermanos; voy a

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Baudenasca a montar caballos con Franco; recibo un telegrama de Scotto, el primer ingeniero del Verdi, quien me avisa que pasara por Pinerolo al día siguiente y me invita acompañarlo en una gira a Torre Pellice. Scotto es napolitano, de Prócida; es raro que se venga por estos lados de los Alpes; tengo pues el deber de ponerme a su disposición como guía, tanto más que él ocupa una posición importante en el estado mayor del Verdi. Lo espero pues a la llegada del tren, subo con él siguiendo el viaje hacia Torre, mientras le pregunto a dónde diablos se dirige. Resulta que, nada menos que a Charmíss, el pequeño villorio cerca de Villar Pellice, donde Ettore transcurrió su infancia entre castañas y rebaños. Muy bien: conozco al dedillo ese lugar, pero no me cabe en la cerviz qué diantre va a buscar allá el procidano Scotto primer oficial ingeniero del trasatlántico Giuseppe Verdi. -Le diré a usted en confianza-, me informa el simpático colega; -allí vive una tal familia Geymonát que tiene dos hijas en Nueva York; una de ellas es mi novia, me ha rogado que viniera a conocer mis futuros suegros y parientes…-Pues, yo conozco esa familia, y ahora recuerdo también a las dos señoritas que usted me dice que viven en Nueva York, mejor dicho, las conocí cuando todavía era yo niño; conservo memoria de que eran muy hermosas; pero en cuanto a la familia Geymonát, será para usted un gran contraste el comparar estos buenos y sencillos campesinos valdenses que viven dentro de costumbres patriarcales, con las dos modernas misses neoyorquinas en que se han transformado las dos hijas…Así advertido, Scotto logra prepararse para este ambiente, para amoldarse al mismo sin manifestar extrañeza; mientras tanto, yo voy gozando de ver nuevamente cosas y panoramas que hacía tantos años había echado de menos. Hace diez años yo era un muchachito cuando por primera vez salí de Torre rumbo a Génova. Ahora, ya casi nadie de este pueblo me reconoce; en cambio, yo logro identificarlos a todos pues ellos muy poco han cambiado: los mismos apellidos y fisonomías en las mismas profesiones o en los mismos almacenes: Merlo, en la fábrica de muebles; Giráud en la pastelería; Pasquét en el aserradero; Moré en la confitería; Aválle en la ferretería; Raviól, Bonnet, Michelin, Piátti, Parodi, etc. El monte Vandalino con su cumbre Castelluzzo es siempre el mismo, no ha mudado de silueta, así como han quedado iguales el monte Baudét, el Prioulént, el

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Gard de la punta Stella, desde donde se dominan los Chabriols y el Charmiss cerca de Villar Pellice. Esta excursión, que para mí es un sencillo y grato paseo, constituye para el napolitano Scotto, no acostumbrado a caminar en los Alpes, algo como una ascensión al monte Blanco!, suda y sopla que da pena; pero todo lo acepta en gracia de su amor por la niña de Nueva York, de cuyos padres recibe abrazos y paquetes para llevar a las respectivas hijas y novia. De regreso, lo detengo un día en Pinerolo alojado en un hotel, y una vez despedido de los míos, seguimos juntos para volver a embarcarnos en el Verdi, con el cual zarpamos el 11 de septiembre. Tocamos en Nápoles el 12, en Palermo el 13; aquí durante las maniobras para salir del puerto sufrimos una ligera varada que nos detiene hasta el día siguiente; el 18 hacemos escala en Lisboa. Durante la travesía del océano, estrecho una simpática amistad con un pasajero de 1ª clase, señor Charles Wager, profesor de la universidad de Oberlin Ohio, gran cultor y admirador de la época del renacimiento italiano, quien regresa a América después de veranear tres meses en Florencia. Casualmente el Dr. Wager es también buen amigo de Severino a quien conoció hace años viajando sobre este mismo barco; de manera que frecuentemente hablamos de Copelli. Cerca de las Azores, recibo una llamada por radio del Principessa Mafalda, el liner de Sur América que se halla cerca de las Canarias, en viaje desde Buenos Aires rumbo a Génova. Me transmite un mensaje de saludos dirigidos a mí, ¿quién diablos me conocen en el Mafalda? El mensaje está firmado Gino Biancardi, el secretario de Buggino quien está de regreso de un viaje de negocios a la Argentina y sabe que yo me encuentro en el Verdi. Le agradezco la atención, le correspondo con un mensaje de saludos para él y los de Pinerolo. Llegamos a Nueva York el 26 de septiembre; enseguida me dedico a un curioso negocio que acabo de descubrir como útil y exento de problemas con la policía aduanera: este es, el de la importación de tartufos o trífulas, desde Génova a Nueva York. La trífula es una clase de hongo, en forma de papa, color café, que es cultivada en grutas en los cerros y cerca de Turín y de Alba y otros lugares en donde mediante la oscuridad y la humedad nace espontáneamente. Además de ser empleado por fábricas de pescados, antipastos y demás comestibles en lata, para darle sabor como condimento o salsa a dichos alimentos, el tartufo es también solicitado para trufar salsas de

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espaguetis y otros artículos culinarios y rayándolo en pequeñas cantidades como el queso. Para los amantes del buen comer la trífula es más solicitada, aunque más difícil de conseguir, que los huevos auténticos de caviar del Astrakan. Lo que en Italia vale la trífula por kilo, en Nueva York lo pagan en dólares, es decir, 15 liras se transforman en 15 dólares dejándome una magnífica utilidad. Lo difícil está en lograr que las trífulas llegen a Nueva York antes de haberse dañado; este hongo no se conserva en el frigorífico pues allí se deteriora. Pero yo tengo la receta, que me la dio sobre el Principessa Giovanna un pasajero que iba a Río: encerrar las trífulas en un recipiente repleto de arroz; de esta forma el tubérculo resiste un par de semanas, tiempo suficiente para traerlo a Nueva York en un paquebote rápido como el Verdi. De este modo, envueltos en una capa de arroz he traído varios kilos de trífulas, sin lograr evitar que me apesten el camarote con su característico olor que es más penetrante que algunos perfumes de marca… Ya he desembarcado y vendido las trífulas a un restaurante de lujo de la 5ª Avenida; pero el camarote sigue oliendo a trífulas, quién sabe hasta cuándo… Recibo un llamado telefónico de la familia Lucioni quien me invita a visitarla en Jersey City, nos citamos con Luigi el pintor, para encontrarnos en su estudio de Washington Place. Tengo ocasión de admirar alguno de sus cuadros y notar que posee un carácter que no me gusta aunque sea típico de los artistas: voluble, fatuo, afeminado, no obstante que por estatura y fisonomía no deja de figurar como un buen macho. Por lo demás, muy culto, amable, acostumbrado a vivir entre la «high» americana de Nueva York. Su hermana Aurora le escribió desde Milán informándole que yo la había atendido durante su viaje en el Verdi, y ahora quieren ellos corresponderme. Le pido noticias acerca de la salud de su hermana, dice que en Italia suele gozar de mejoría, pero vuelve

a agravarse durante el invierno en Nueva York. Llegado a su casa en Jersey City observo que se trata de una residencia lujosamente amueblada y elegante, me quedo con ellos a comer risotto a la milanesa y otros platos sabrosos; la hermana mayor hace de dueña de casa, el padre habla poco, pero cuando habla se queja continuamente del exceso de libertad que se toma o pretende tomarse la actual juventud norteamericana, que ya no hace caso de las amonestaciones paternales, etc. El quisiera regresar a su Lombardía, pero los hijos americanizados no lo dejan. El 5 de octubre saludo nuevamente a Nueva York en viaje de regreso, tocando en Boston al día siguiente. A la altura de las Azores nos cruzamos con el Dante Alighieri que viene de Génova rumbo a América, nos cambiamos un telegrama de saludo con la señorita Aurora que allí va como pasajera. Nada importante que señalar durante esta travesía; fondeamos en Lisboa el día 15, en Gibraltar el 16, en Palermo el 18, en Nápoles el 19 y el 20 en Génova. En la Marconi me encuentro con Severino quien se halla de vacaciones e irá a embarcar sobre el Elettra como ayudante de Guillermo Marconi; nos relatamos las recíprocas peripecias de los últimos meses desde cuando nos saludamos en Alejandría de Egipto; hacemos proyectos para el futuro; él también se manifiesta resuelto a buscarse un empleo o destino en tierra firme con el objeto de poderse casar cuando llegue el momento; por lo pronto, mediante el embarque sobre el Elettra que no sale afuera del mar Mediterráneo, espera que le será fácil buscar un destino en tierra. Transcurrimos juntos todo el tiempo disponible, desde la mañana hasta por la noche, como dos hermanos; para aprovechar su compañía y consejos que siempre me resultan valiosos, renuncio a las vacaciones en Pinerolo, me quedo en Génova esperando que el Verdi vuelva a zarpar, siendo su estadía en puerto relativamente breve, de una semana solamente.

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GIUSEPPE VERDI IUV

DE GÉNOVA A NUEVA YORK Y REGRESO. Salida: 28 octubre de 1.926 Regreso: 12 diciembre de 1.926 Comando: Igual que el viaje anterior. 1º médico: Ammirati, de Bordighera

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l doctor Spada se fue de vacaciones; en su reemplazo embarca su colega el doctor Ammirati, antiguo médico de la compañía, oriundo de Bordighera en la costa ligure. Es un tipo simpático, de porte y talla elegante, con bigotes a la Kaiser Wilhem, tiene la chifladura de la fotografía en colores (este arte está apenas principiando); además, parece que últimamente se ha vuelto morfinómano, dicen que un par de veces diarias tiene que encerrarse en su camarote para aplicarse la morfina pues cuando lleva algunas horas sin inyección se vuelve irritable e intratable. Desde luego, esto de la morfina es un secreto que circula sottovoce entre los oficiales; yo nada he visto y no podría asegurarlo. Salgo con el Verdi el 28 de octubre, el 29 tocamos en Nápoles, el 30 en Palermo, el 3 de noviembre en Lisboa. Aquí se me presenta un inconveniente que hace días me molesta y está aumentando de dolor… en las nalgas; he resistido hasta ahora sin decirlo a nadie porque me mortifica mencionar la parte donde me duele y no se explicarme qué es lo que me está pasando: hemorragias de sangre cuando voy al baño. Pero hoy tuve que desistir de descender como de costumbre a visitar Lisboa, pues el dolor apenas me per-

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mite moverme, y mucho molesta al sentarme; me veo obligado echarme a la cama, pidiendo que me sirvan allí la comida. Informado de mi ausencia, viene a visitarme el doctor Ammirati quien riéndose me anuncia que mi enfermedad simplemente es un caso de hemorroides, padecimiento común entre los marinos. Dice que desde el comandante para abajo, casi todos sufren esa molestia, que se supone causada por los muchos años de comer alimentos conservados en latas, irritantes, y por la vida sedentaria o de poca gimnasia que llevamos durante los días de navegación. Me prescribe suspender inmediatamente el vino, el fumar, las salsas y como medicación la orden de aplicar conitos de manteca de cacao, de los cuales, afortunadamente está provista la farmacia del barco. Sin embargo, mi situación, en vez de mejorar, sigue empeorando. Desde que salimos de Lisboa, hasta llegar a mitad del océano, pude continuar levantándome para prestar mi servicio en la estación de radio no obstante los fuertes dolores que sufro a cada movimiento o cuando tomó asiento. ¡Qué enfermedad más curiosa esta, persistente, molesta y humillante! No tenía yo idea de que existiera; sin embar-

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go ahora Ammirati y otros oficiales que dicen que quien más o quien menos ellos todos conllevan ese inconveniente, y lo soportan. Mal común, consuelo de tontos; pero no es consuelo para mí, pues pienso que ellos están ya bastante viejos en edad, mientras que yo apenas cumplo los 26 años, y si principio tan pronto con enfermedades, estando aún joven: que será de mí cuando sea viejo como ellos? Faltan cuatro días para llegar a Nueva York; esta mañana no pude levantarme; el dolor no me lo permitió. Viene a visitarme el doctor Ammirati, resuelve hospitalizarme en la enfermería del barco donde tendré que seguir acostado, haciéndome aplicaciones de hielo, conitos, baños calientes, y que cuando al ir de cuerpo queda afuera parte del intestino inflamado causando el fuerte dolor, empujarlo hacia adentro con el dedo untado de vaselina. Viéndome moralmente muy decaído, me dice que no debo preocuparme tanto; que solamente se trata de tumorcitos hemorroidales, que mediante el descanso en la cama, las curaciones y la dieta de comidas líquidas, livianas, nada irritantes, en una o dos semanas volverán a desinflamarse. Empero, la idea de tener que aguantar una semana o más en la camilla de la enfermería, me asusta, me parece imposible, aunque yo mismo pienso que siquiera aquí en el Verdi hay enfermería, médico y medicinas; qué tal que estuviera ahora navegando en un buque de carga donde no se consigue nada de esto! De manera que, según el pronóstico de Ammirati tendré que permanecer en la enfermería durante todo el tiempo en que el barco demore en Nueva York; y si me va bien, podré principiar a levantarme durante el viaje de regreso! Si me va bien. Pues, si me va mal, ¿cuándo volveré a levantarme? Dentro de un mes, en Génova, para ser transportado al hospital Galliera? Uhm… Esto no me gusta. Y dicen que esta es una enfermedad que se repite con frecuencia; vale decir, que a los veintiséis años ya soy un individuo condenado para toda la vida a sufrir este humillante y traicionero trastorno… No hay un remedio radical para curarse? Alguien me insinúa que el único remedio es la operación quirúrgica, aún cuando después de quince o veinte años volverán a reproducirse los tumorcitos. Ah, pero siquiera uno descansa durante quince o veinte años! Principio a desear la operación. Tan pronto el doctor Ammirati vuelve a bajar a la enfermería, le llamo y le hablo de mi deseo de ser operado. ¿Cuándo? Hombre… tan pronto posible,

porque no aguanto más el quedarme en cama inutilizado como un viejo decrépito y sufriendo esta diablura de dolores… Me contesta que estudiará el caso y mañana me dará la contestación. Al día siguiente me dice que ha estudiado mi situación y ha hablado acerca de ella con el comandante Manganaro. Opina que es prematuro por ahora pensar en operarme pues es muy probable que me restablezca antes de llegar a Génova; que en último caso podré hacerme operar en Génova, es decir, dentro de un mes. Que el comandante aprobó esta solución y que por consiguiente me sugiere desistir de pensar en operación por el momento. Pero, yo acostumbro ser algo rebelde, estoy habituado a resolver mis cosas con mi cabeza; me pongo a reflexionar: si me va bien y me curo antes de llegar a Génova, no me operarán, y entonces continuaré toda la vida sujeto a recaer en esta enfermedad a cada momento. Si me va mal, dizque me harán operar en Génova, lo cual significa que tendría que quedarme un mes más acostado en esta modesta enfermería navegante y soportando estos dolores… Ninguna de estas dos perspectivas me satisface. ¿Por qué, no operarme de una vez en Nueva York adonde estamos por llegar? Esto es lo que me conviene, porque así podría, ya curado, trabajar normalmente durante el viaje de regreso, y no tendría que aguantar estos dolores durante tantas semanas más. Entre otras cosas, hay un detalle que no quiero informar al doctor Ammirati o al comandante, que para mí es de importancia: me conviene hacerme operar mientras estoy prestando servicio en el barco por cuanto que así todos los gastos y aún los riesgos de la operación corren por cuenta de la sociedad de navegación (en aquella época no existía todavía el seguro contra enfermedades). Además mientras estoy de servicio con el grado de oficial, la sociedad tiene la obligación de hospitalizarme en las mejores y más lujosas clínicas disponibles, sin parar en economía. Si espero a ser operado dentro de unos años cuando ya no esté navegando y tenga que pagarme yo los gastos de médico y clínica, quién sabe si tendré el dinero; y de todos modos, tendré que pagar yo, mientras que aquí, ahora, paga la compañía… Puede parecer ridículo especular con enfermedades, pero lo cierto es que en este caso me conviene ser previsor; hacer que los gastos de la operación los soporte la sociedad, y no tenga que pagarlos yo… Quién sabe, si una vez llegados a Génova no le sería

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fácil a la sociedad desembarcarme antes de que se me haga la operación, o enviarme a un hospital económico, de mala muerte. Las leyes y las autoridades italianas no son favorables para los tripulantes, en estos asuntos de prestaciones sociales, como lo son las norteamericanas. Además: quién me paga esto, de seguir sufriendo durante un mes más? Vuelvo a llamar al doctor Ammirati, le informo que he resuelto ser operado tan pronto lleguemos a Nueva York; que le suplico dar su aprobación a este mi deseo, disponiendo para mí transporte a una clínica tan pronto entremos al puerto. Pero al oír mi proyecto, el médico se enfurece, me contesta que de ninguna manera; que ya él me comunicó su opinión profesional a la cual tengo que obedecer. Que mi insistencia en pedir ser operado en Nueva York le ofende terriblemente. Quedo un instante confundido; pero recordando mi situación de enfermo me encabrito, contestándole que desde luego reconozco que siendo él mi médico tengo que obedecerle, siempre que él logre sanarme rápidamente, o siquiera quitarme los dolores; de lo contrario, estoy en mi pleno derecho de pensar en cómo me los hago quitar mediante la operación, con él, o sin él. Que no acepto tener que permanecer durante un mes inutilizado en la cama y sufriendo esos terribles dolores. Acabamos pelando; Ammirati, disgustado, se va de la enfermería refunfuñando. Al ratico bajan a verme el oficial Scarface y mi jefe Franchi; comento con ellos mi situación y la pelea que tuve con Ammirati; por último les pregunto: ¿Por qué será que Ammirati pretende que yo continúe aquí inutilizado un mes más, en vez de dejarme operar ahora mismo en Nueva York?Scarface contesta: -Muy sencillo. Si a usted lo operan aquí, la sociedad tendrá que pagar las facturas y honorarios, que al estilo americano, suelen ser grandes. El deber de Ammirati con relación a la sociedad incluye el evitar tales gastos. Si a usted lo operan o no lo operan en Génova, la sociedad ahorrará algunos miles de liras, y Ammirati se ahorra una eventual reprimenda-. La información de Scarface me parece lógica; una vez más, resuelvo hacer mis intereses, sin importarme una higa las economías de la sociedad… Contra la voluntad del médico de a bordo y eventualmente del comandante, quiero pues ser operado en Nueva York, a costa de la sociedad del barco. ¿Cómo lograrlo? Ya sé. Llegando al puerto, como de costumbre tendrá que subir a bordo la comisión de la sanidad americana que chequea tripulantes y pasajeros antes de

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dar la libre plática. Al encontrarme acostado en la enfermería, dicha comisión me hará hospitalizar en tierra firme; lo demás vendrá por añadidura. El 12 de noviembre, entramos en la bahía de Nueva York. Desde mi camilla me doy cuenta de las maniobras de rutina: las sirenas del Verdi pitan llamando la visita de la sanidad, mientras tanto, el barco echa anclas. Oigo el ruido de la embarcación de sanidad que se acerca, arrima a nuestra escalera, la comisión debe estar ahora subiendo a bordo. Todo el mundo se alinea en cubierta para pasar lista enfrente de la comisión; yo espero que la misma se de cuenta de mi ausencia y preguntando por mí vengan a verme en la enfermería. Pero al cabo de largo rato escucho el soplido de la lancha de sanidad que se va, y el ruido de las hélices del Verdi que obtenida la libre plática se pone en marcha hacia el muelle. ¿Qué pasó? Por qué no me buscó la sanidad? Llamo a mi ordenanza y le pido que me explique cómo se desarrolló la inspección de la sanidad. Me informa que los funcionarios americanos se dieron cuenta de mi ausencia entre la fila de los oficiales en cubierta, pero que el doctor Ammirati los engañó diciéndoles que yo estaba demorado en la radio y ya iba a bajar; los de la comisión lo creyeron, y luego olvidando el asunto siguieron en buena fe a contar la larga lista de los pasajeros. ¡Con que el doctor Ammirati los engañó…; ahora verá quién soy yo! Me hago servir pluma y papel, escribo una nota dirigida a la sanidad, en la cual en inglés, les informo que han sido embaucados; que durante su inspección, yo estaba acostado en la enfermería donde pueden encontrarme; encierro la nota en un sobre y encargo a mi ordenanza ponerla enseguida al buzón del correo cerca del muelle. Supongo que para mañana surtirá efecto mi denuncio. Por la tarde, Ammirati desciende a la enfermería, se acerca a mi camilla, noto que habla con alegría burlona; evidentemente él supone haberse salido con la suya. Me dice: -si usted se queda quieto descansando, verá que llega fácilmente a Génova sin mucho sufrir, y allá podrá hacerse operar, si es el caso. Siempre es mejor un hospital italiano-. Le interrumpo: -lamento contradecirle doctor, pero yo pienso hacerme operar aquí y al efecto ya mandé avisar a la sanidad, que ayer se olvidaron de mí aquí…-¿Usted mandó avisar a la sanidad?-Si, señor-. Sintiéndose cogido en la trampa, Ammirati sube de carrera las escaleras hacia el camarote del coman-

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dante… Mientras tanto, me quedo esperando, a ver si mi carta surte efecto; de lo contrario le quedará mucho tiempo al doctor para burlarse de mí y torturarme durante el viaje de regreso… Al día siguiente, de repente oigo el retumbo de muchos pasos bajando por la escalera de la enfermería, se abre la puerta, son los inspectores de la sanidad, acompañados del médico Ammirati y el comandante. Después de haberse cerciorado que mi dolencia no es infecciosa, me preguntan qué deseo; contesto que quiero ser enviado a una clínica y ser operado; que necesito me ayuden porque el médico de abordo allí presente pretende que yo me aguante los dolores y la enfermedad hasta llegar a Génova. Inmediatamente el jefe de la comisión ordena avisar a la agencia del barco que si no me envían enseguida a una buena clínica para operarme impondrá multa a la sociedad Transatlántica y no dejará salir al Verdi. Después de una hora, llega el agente de la sociedad, acompañado de un médico italiano, el doctor Carlucci; este dispone que se me traslade al Columbus Hospital 226 East 20th street, mediante una ambulancia. A las tres de la tarde del mismo día, 14 de noviembre, la camilla me deposita en una pieza de dicho hospital. Me sentiría yo mucho más solo, a no ser que logro entender y hablar lo suficiente inglés; además, la novedad de conocer una clínica americana, ver interiormente cómo funciona y cómo está organizada, me sirve de distracción. Comprendo que ya he entrado en el período en que… principia el baile…; que me tocará ahora dar prueba de firmeza de voluntad, no asustarme, suceda lo que suceda con la operación; por lo pronto observo que estoy en una pieza de lujo, que el personal en enfermeros está compuesto por civiles y por hermanas del Sagrado Corazón. El médico viene a pasarme un detenido examen después del cual me informa que no se trata sencillamente de hemorroides internas, sino que de rágades (hendiduras) ya infectadas con pus, que seré operado mañana mismo; en cuanto a dieta, dice que puedo comer sin restricciones, que a medianoche me harán un lavado; por la madrugada me darán opio para inmovilizarme los intestinos; a las 9 de la mañana entraré en la sala de operación. Pido el catálogo de la librería de la clínica, me hago traer un par de libros para pasar el tiempo leyendo. A las 6 de la tarde me sirven la comida; es apetitosa. Me siento de buen humor, converso largo rato con los enfermeros; todos dicen que la opera-

ción no presenta peligro, aunque sí es dolorosa; que en unos diez días lograré levantarme. Esto me interesa mucho, porque el Verdi saldrá de Nueva York el 27, es decir, doce días después de mi operación; y yo no quiero perder el barco. Hacia la medianoche, me despiertan para el lavado intestinal; a las 6 de la mañana viene una hermanita a preguntarme si quiero confesarme y comulgar, en vista de que dentro de pocas horas voy a ser operado. Hombre… de veras… no se me había ocurrido… Inmediatamente reflexiono que a las monjitas les gusta que sus enfermos sean buenos religiosos; me recuerdo del hospital Margherita de Turín, donde a la edad de nueve años me quitaron las glándulas (amígdalas). Le contesto que con mucho gusto. Después de tantos años de navegar, de Africa, de Asia, de no entrar en una iglesia, casi me he olvidado de lo que es la confesión; siempre he pensado que las misas y comuniones diarias recibidas durante los tres años de seminario en Pinerolo me servirían para toda la vida… Pero, ahora conviene complacer a las monjitas; además, nada me perjudica el confesarme y comulgar, después de tanto tiempo! Me pregunta la hermana si puedo bajar a la capilla; como quiera que me da pena decir que no, contesto afirmativamente, a pesar de que el movimiento me causa dolor. Me visto con el uniforme de oficial de marina tal como me trajeron desde el Verdi; cuando estoy listo ella me acompaña caminando por salas y corredores hasta entrar en la capilla. Me pongo de rodillas y observo. La falta de costumbre, hace que todo atraiga mi atención. Qué espectáculo tan interesante, conmovedor e impresionante; no somos más de un par de enfermos los que atendemos a la misa; en cambio, hay docenas de hermanitas que envueltas en blancos vestidos y cofias, cabizbajas, cantan, con sus angélicas voces. Todavía es casi noche, la capilla está alumbrada por cirios, centenares de cirios alrededor y encima del altar, entre cuadros y estatuas sagradas. Lástima, pienso yo, que ésta adoración a Dios tenga que realizarse a través de los íconos, los fetiches, las imágenes materiales a las que damos el valor de cosas divinas, como si la humanidad supiera cuáles son las formas, colores, en los cuales les gusta a los habitantes del cielo materializarse… ¿Por qué no nos contentamos con ver a Dios diariamente y en cada instante entre las obras de la naturaleza: en las flores y en los árboles; en los prados y montañas, en los ríos

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y en los lagos; en las nubes y en el cielo; en el mar y en las olas; en las tempestades y en los rayos; en el sol o las estrellas…; y en cambio pretendemos encontrarlo concentrado en un papel o una tela fabricada por nosotros, que siendo obra humana no puede alcanzar a ser divina…? En tantos años de viajes y de lecturas, católicas inclusive, no aprendí otra cosa sino que el creyente debe despreciar los fetiches de los salvajes africanos, de los parsís indianos, de los brahamanes indostanes, de los budistas malayos, de los confucistas javaneses y chinos, de los mahometanos indúes, árabes, turcos; de los iconos de los popes ortodoxos griegos y rusos, de las sinagogas judías; pero… ahora descubro que los católicos también tenemos fetiches, ídolos, iconos, y hasta con semejanza a los de otras religiones; semejanza que se explica si recordamos la historia de las religiones y de cómo las modernas adoptaron símbolos que pertenecían a religiones antiguas. Por ejemplo: allí está el sacerdote elevando el aparato que contiene la hostia sagrada, cuyo dibujo es una copia del antiguo emblema egipcio de los adoradores del sol, es decir, ídolo de la época de los faraones: el sol, con sus rayos que irradian en toda la circunferencia… Aquel fetiche egipcio se ha vuelto en uno de los instrumentos más sagrados de la religión católica… Lo curioso de la humanidad es que cada cual cree firmemente que su fetiche es el mejor y el único verdadero, realmente dotado de poder sobrenatural, sagrado, divino; que los de las otras religiones son ridículos y despreciables ídolos; esto es la fe… Recuerdo la tremenda sátira de Pittigrilli: -todos los hombres son unos bribones, con excepción de mi papá, mi marido, mis hermanos y mis hijos; todas las mujeres son unas diablas, exceptuando m mama, mi esposa, mis hijas y mis hermanas-. Lo mío, siempre es mejor porque es mío, ya sea que se trate del ganado o de los parientes, o de Dios, religión, patria, costumbres… Mientras me entristezco con tales meditaciones y mirando al altar adoro a Dios a mi manera, me he olvidado que estoy en la capilla de un hospital de Nueva York en espera de ser narcotizado y operado…; me siento tocar en un brazo, levantó la cabeza, veo que la misa ha terminado, la capilla se está desocupando, una hermanita se me ha acercado para decirme: -el padre confesor le está esperando, tenga usted la bondad de seguirme-. Me levanto, voy en pos de ella a través de un patio y corredores, mientras pienso si el confesor será americano o irlandés, y de qué

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estilo. Porque desde que salí del seminario de Pinerolo, aún recuerdo que hay confesores benignos y también los hay malignos…; los hay de manga ancha, y los hay archiseveros… Llegamos a un cuarto que parece una sala de recibo, allí sentado veo un sacerdote, me le acerco, lo saludo, me hace señas de arrodilladarme a su lado. Después de haber intercambiado alguna frase en inglés, me pregunta cuánto tiempo hace que no me confieso; habiéndole contestado que unos diez años, da un pequeño movimiento de sorpresas sobre su escaño; luego comenta: -no hay duda de que usted es marino-, en tono de reproche. A continuación, cambiando de tono, pasando al jovial: -Ola, pero usted es italiano; ¿de qué barco?-Del Giuseppe Verdi-¿Del Verdi? Yo conozco mucho ese barco, hace cosa de un año viaje en él viniendo de Italia. Hablemos napolitano, mi querido muchacho. Con que, ¿usted es oficial del Verdi, aquel barco donde se goza buena vida y ambiente alegre con tantos pasajeros y pasa…jeras? Ah, ah, yo sé, yo sé, juventud, les gustan las aventuras; cuénteme, ha cometido usted alguna brivonada que tenga que confesar?-Bribonada ninguna, padre-. -Muy bien, mucho mejor; cuénteme, entiendo que usted va a ser operado, de qué?-De hemorroides-. -Uhm, míjito, no digas, yo sé lo que es eso! Vas a tener que sufrir algunos días de fuertes dolores continuos, después de eso principiarás poco a poco a sentirte mejor y quedarás libre de ese inconveniente durante muchos años. Pero, bueno, lo importante es tener la conciencia tranquila; ¿no tienes ningún pecado grave sobre tu conciencia, como para presentarte ante Dios? Recuerda que nadie está seguro de salir vivo de la sala de operación…-No padre, ningún pecado mortal; solamente las inevitables rencillas y mentirillas de todos los días…-Bueno; entonces, ten valor; yo iré a verte diariamente y te haré compañía pues me gustan los intrépidos marinos, jóvenes como tú; soy napolitano y todavía me alegra encontrar con quién poder hablar mi idioma. Por lo pronto, te doy mi bendición y tu rezarás tres Paters y tres Ave; adiós!Salí sonriente, feliz, pensando qué simpática casualidad esta de tropezarme con un padre confesor napolitano, de manga tan ancha; con sacerdotes así humanos, cualquier marino se siente atraído a pasarse el día en la capilla…

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Ha llegado la hora de entrar a la sala operatoria. Frente de los enfermeros, me desvisto tranquilo y sonriente, como si no supiera que voy a pasar un mal cuarto de hora. Un marino, que hace años está acostumbrado a diariamente exponer su pellejo al peligro, no va a perder la calma en una clínica… Al tenderme, ya desnudo, sobre la fría mesa operatoria, observo que los enfermeros se apresuran a amarrarme los brazos y las piernas con correas de cuero; indignado, aunque esforzándome para sonreír, les digo que no soy un salami, que no necesitan atarme de ese modo pues he venido aquí por mi propia voluntad y no me voy a escapar. Pero aquellos siguen en su tarea cual si no me hubiesen oído o estuviesen acostumbrados a manifestaciones similares y, por experiencia, desconfiaran de las mismas. Me colocan una máscara sobre la nariz me ordenan contar de uno a treinta en voz alta. -Por supuesto-, contesto yo haciéndome el chistoso, -uno, dos, tres,… diez, once, quítenme esa cosa que me ahoga, me ahoga, oigan, no, asesinos… asesinos…!Efectivamente, la sensación del cloroformo y éter que usan para anestesiarme es como si estuvieren asfixiándome entre vapores de azufre (en aquella época no habían todavía inventado otros gases menos repugnantes). Hago esfuerzos violentos para quitarme la mascarilla, para soltarme; hago brincar la mesa sobre la cual estoy amarrado; todo esto ya semi inconsciente, mientras pierdo el conocimiento. Cuando me despierto, en principio me parece estar dando vueltas a gran velocidad en una gruta a espiral, tenebrosa, infernal; luego, poco a poco trato de reconocer el lugar. -¿Qué me pasó? Dónde estoy? Quién es esta gente extraña, vestida de blanco, con bozal, qué mundo es éste?-Esto se parece a un hospital, ola, de veras, ahora recuerdo, vine al Columbus Hospital de Nueva York para ser operado de hemorroides, seguramente es que acabo de despertarme. ¡Qué dolor, Dios mío!Principio a toser, vomitar frecuentemente; efecto de los malditos gases. Reconozco los que me asisten: un médico, una enfermera, dos hermanitas, a quienes trato de sonreír entre vomitonas y quejidos. Todo el día y toda la noche la he pasado despierto, gritando, gimiendo; el dolor es como si estuviere acostado sobre carbones ardientes; ya me lo había avisado el padre confesor. Así, entre plañidos y semi inconsciente, transcurren los primeros dos días; luego, principian a calmarse los dolores, y yo, a conversar en inglés, con

un enfermero que extrañado de verme siempre solo, sin parientes que me asistan y conforten, me pregunta en qué ciudad reside mi familia (él no sabe que soy oficial de marina, mi uniforme está guardado en la alacena). -En qué consiste la operación?-Pues: una vez dormido el paciente, se le coloca boca abajo sobre la cama; se le va sacando todo el intestino recto, extendiéndolo sobre la mesa cual si fuere un trapo para planchar. En donde tiene hemorroides o tumores, se le pasa un cautere con el cual se queman las verrugas o excrecencias; luego, se cosen las heridas que resultaron donde se ha quemado; se vuelve a echar adentro el intestino, se rellena con gasa y desinfectantes, se deja que el paciente despierte. Es importante que los intestinos no funcionen durante los primeros días, mientras se soldan y sanan las heridas internas, de lo contrario se abrirían o infectarían y todo se echaría a perder. Para ello es que usted tiene que tomar opio, cada tanto.Al tercer día, me entregan una carta; es de mi jefe Franchi, está redactada en inglés: «Would like to come with the Doctor to see you, but cannot, Sorry. I am still waiting for the C. H. Inspector and do not want him not to find me on board. I phoned twice, to the hospital, they told me that you have already been operated and are getting normally and progressively better. I am really sorry not to have been near you in a sad moment of your life. From de Captain down, they all aboard, sympathize with you. Captain said he will come to see you and told all officers to do the same; as you see, he is good and human. Will come as soon as I can leave the ship; anything I can do for you, please ask for. Be strong and cherrio! Your fiends want you soon well and back here, and least but not last I am with them in greeting and wishing a special recovery. Ferruccio». (La fraseología inglesa es al estilo telegráfico y dice así: «quisiera venir con el médico a verlo a usted, pero no puedo. Lo lamento. Estoy todavía esperando que el inspector radio del gobierno venga a hacer la visita reglamentaria de la estación y no quisiera que no me encuentre a bordo. He telefoneado dos veces al hospital, me dijeron que usted ha sido ya operado y está normalmente recuperándose y mejorando. Estoy realmente apenado de no haber estado cerca de usted en un triste momento de su vida. Desde el comandante para abajo, a bordo, todos simpatizan con usted. El comandante dice que irá a verle y pidió a todos los oficiales hacer lo mismo; como us-

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ted ve, es bueno y humano. Yo iré tan pronto que pueda salir del barco; cualquier cosa que yo pueda hacer por usted, por favor dígamelo. Sea fuerte, y hasta pronto! Sus amigos lo quieren a usted presto de regreso aquí y yo me uno a ellos en saludarle a usted y desearle especial restablecimiento. Ferruccio). Primera prueba de que alguien en este mundo se está recordando de mí. Al cuarto día, se calman los dolores; el enfermero viene a quitarme el tapón y, como si tirando una pita, me saca larguísima tira de gasa que estaba dentro de los intestinos, permitiendo así que estos reanuden su trabajo; luego, por primera vez después de cuatro días de ay uno, me trae algo que tomar. Espero las anunciadas visitas de los colegas del barco, pero nadie viene. Al quinto día, fuertemente aburrido de estar en el hospital, de repente siento un irresistible deseo de moverme, irme, situarme entre gente conocida. El enfermero me dice que hasta la semana entrante no podré levantarme. Resuelvo escapar. Por la tarde, aprovechando una momentánea ausencia del enfermero, calladamente me bajo de la cama, buscó mi uniforme, me visto, ensayo a caminar; comprobado que puedo sostenerme, lo más rápidamente posible y simulando fácil andar me arrastró hasta la portería; desciendo la escalinata, paro un taxi, logró penetrar y sentarme, doy la dirección más cercana que se me ocurre, la del pintor Lucioni en Washington Place, que está a unas diez cuadras. Pagado y despedido el taxi, confronto el problema de las escaleras para subir hasta el tercer piso; poco a poco, con esfuerzo y angustia, llego. Golpeo; abren, agotado por el cansancio, entro y me echo sobre un diván. Está toda la familia. No tenían idea de que yo estuviere enfermo en la clínica; se asombran, se asustan cuando les digo que hace apenas cinco días me operaron. Luigi y Aurora se ofrecen acompañarme hasta el barco pues el trayecto es largo. Cuando llegamos al Verdi, insisto en subir los cincuenta peldaños de la escalera casi vertical, sin que nadie me sostenga. Los oficiales quedan sorprendidos al verme; nos informan que del hospital acaban de llamar preocupados avisando que el oficial italiano ha desaparecido, no lo encuentran! Les pido que contesten que ya llegué bien a bordo. Me reciben con muchas atenciones, me reprochan de haberme salido prematuramente del hospital y

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arriesgando que se me volviera a abrir cualquier herida por el esfuerzo de caminar y subir escaleras. Les digo: -es que yo no vivía tranquilo con el temor de perder el barco!A bordo, hallándome entre personas y ambiente conocido, se me alegra el ánimo, recupero rápidamente mis fuerzas y actividades, a pesar de la gran debilidad en que estoy. El mayor inconveniente consiste en que he perdido el control del intestino recto; se necesitarán quizás un par de semanas antes de que el mismo avise oportunamente cuando va a funcionar. Por consiguiente, un par de veces diarias me ensucio inadvertidamente, peor que un bebé de tres meses… Todo esto carece de dignidad en un oficial de marina, es ridículo; sin embargo, es lo que le sucede a un recién operado de hemorroides que no se mantiene en la cama; el inconveniente me tiene humillado, avergonzado… El 26 de noviembre (cumplo 26 años hoy), viene a visitarme el cirujano que me operó; le expreso mis agradecimientos; le ofrezco una champaña; informa a los presentes del estado mayor que mi actitud valerosa antes y después de la operación así como la fortaleza de mi físico demostraron que soy un paciente impaciente… Obtengo de él un certificado (que aún conservo entre mis documentos): «Yo certifico que el radiotelegrafista de la nave Giuseppe Verdi, señor Italo Amore, ha sido operado debido a una condición aguda del recto (hemorroides inflamadas y prolapso de un pólipo rectal). Operación urgente debido a fuerte dolor e inflamación. Firmado. C. A. Carlucci, M.D. 159 East 56 street. (Io attesto che it r.t. del piroscafo Giuseppe Verdi, Sigr. Amore Italo, é stato operato per una condizione acuta del retto -emorroidi infiammati e prolasso di un polipo rettale-. Operazione urgente causa gran dolore ed infiammazione)». Mediante este certificado podré defenderme de cualquier eventual ataque de la sociedad si se le ocurriera cargar a mi cuenta los gastos de la clínica. El 27, sale el Verdi de Nueva York; sigo convaleciente y bastante fuerte para reanudar mi servicio en la estación. El 5 de diciembre tocamos en Lisboa; el 10 en Palermo, el 11 en Nápoles; y finalmente el 12 llegamos a Génova.

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CAPÍTULO

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VIAJE NO. 37 S/ S

PRINCIPESSA MARIA UXU

DE GÉNOVA A BUENOS AIRES Y REGRESO. Salida: 17 diciembre de 1.926 Regreso: 13 febrero de 1.927 14.000 toneladas, 15 nudos Turbinas a nafta Comandante: Zitelli 1º marconista: Jenco

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consecuencia de alguna avería sufrida en la quilla del Verdi durante la varada sufrida en el puerto de Palermo, y debido a que para esta época invernal está anunciada escasez de pasajeros; ya antes de llegar a Génova se sabía a bordo que este barco sería enviado al astillero para una larga reparación, quedando en servicio en su reemplazo el Dante Alighieri; y que de no lograr obtener de la sociedad una larga licencia mientras el IUV permanecerá en el astillero, alrededor de un mes, seríamos desembarcados y enviados a otros destinos. Para colmo de males, en vez de estar como siempre el inspector Rollandini en la dirección de la oficina Marconi, encuentro en función de jefe el inspector Villari, quien nunca ha tenido especial predilección para mi persona. La primera cosa que hace, al saber que formo parte del personal disponible, es ordenarme un destino para otra parte, aprovechando para rellenar de urgencia un hueco vacante en el Principessa María que está para salir. Como de costumbre durante estos helados días que preceden a la Navidad y Año Nuevo, en el puerto de Génova hay escasez de

personal, todos los que pueden se han escabullido a sus casas en vacaciones. Quizás hasta suponga el jefe estar haciéndome un favor, pues el Principessa María es el paquebote gemelo del Giovanna, sobre el cual estuve embarcado largo tiempo, que hace la misma línea de Buenos Aires. Evidentemente, el señor Villari no sabe la historia por la cual tuve que pedir el desembarque desde el Giovanna; él ignora que tengo inconvenientes en Buenos Aires; es obvio que tampoco puede saber que así como mi ida a ese puerto sobre un barco bautizado con el nombre de Principessa Giovanna tenía para mí una importancia simbólica agradable y sagrada; por el contrario, el de Principessa María (nombre de la actual mujer de mi papá) constituye para mí un recuerdo fastidioso; es un nombre que no puedo mencionar a mi mamá. Ironías del destino! Temo que si voy donde Villari a pedirle que me cambie para otra nave que no sea el María, rechace mi solicitud, tanto más que solamente faltan cuatro días para el zarpe; o que si la acoge, me envíe por castigo sobre cualquier barco de carga. Más me con-

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viene quedarme sobre el María; en cuanto a Buenos Aires, la solución consistirá en quedarme a bordo durante la estadía en aquel puerto, a fin de evitar cualquier encuentro amargo. Me despido de Franchi y de los demás amigos del Verdi; me traslado al María en donde encuentro varios oficiales amigos, siendo los dos buques de la misma compañía del Lloyd Sabaudo. Heme pues aquí con la casi obligación de hacer «buon viso a cattivo giuoco» (buena cara al juego malo), pues aunque el cambio desde el Verdi al María no es despreciable, sin embargo no es de mi gusto, tengo que aceptarlo forzosamente, para evitar males mayores. Como quiera que aún me siento resentido de la operación de la que apenas estoy convaleciendo, mi ánimo se siente todavía humillado, el cuerpo débil. Con este traslado de barco, ha aumentado mi spleen o malhumor, pensando en que tendré que permanecer escondido a bordo durante la estadía en Buenos Aires; y aún así no sé qué me deparará el destino. No tengo ningún deseo de encontrarme una vez más con mi padre, y mucho menos con sus hijos argentinos; sin embargo, el regreso a esa ciudad, nada menos que en un «María», parece un desafío, una treta fatal de la suerte. ¿Si lo del «Giovanna» fue designio divino; qué tengo que pensar, cómo interpretar ahora esta contraréplica del «María»? Tengo que obrar con la cabeza fría y mucha cautela, pero enfrentarme a la situación sin dejarme atemorizar por este símbolo adverso. Nuevamente vuelvo a pensar que me conviene cuanto antes alejarme del mar, pues no puedo continuar en esta vida de eterna incertidumbre respecto del futuro, ni puedo continuar siempre con la preocupación de no poder viajar a Buenos Aires, que es uno de los puertos más frecuentados por los paquebotes italianos, después del de Nueva York. Empero: ¿cómo abandonar el empleo marítimo?, dónde conseguir trabajo en tierra firme? Profesionalmente, no sé más que de radio, una industria que hasta ahora apenas está principiando a desarrollarse en las ciudades europeas. Mi deseo sería el establecerme en América, preferentemente en los Estados Unidos del Norte donde fácilmente hallaría empleo inmediato, pero esto implicaría que yo tendría que desertar del barco durante la estadía en aquel puerto; aún cuando he visto hasta oficiales del Verdi hacerlo así, estableciéndose clandestinamente en Nueva York, estoy convencido de que a la larga ello resulta inconveniente por los problemas que se presentan con la oficina de inmigración; en consecuencia, descarto tal recurso. De

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quedarme en América, quiero hacerlo entrando con pasaporte regular de ciudadano sin tacha. Pero resulta que, según he leído en los periódicos, el gobierno fascista de Mussolini -que a la fuerza me inscribió en su partido sin consultarme sino que de «oficio», sin cuya inscripción no podía seguir empleado cual oficial en la marina mercante-, acaba de prohibir que se le concedan pasaportes a los profesionales italianos pues él opina -con bastante razón-, que la emigración de técnicos al exterior constituye una pérdida de riquezas para la patria. Están pues cerradas para mí las puertas por las cuales podría ir a establecerme en América. Tendré que esperar a que la industria de radio se desarrolle en las ciudades de Italia tal como recientemente la he visto crecer en los Estados Unidos y en otros países; para entonces conseguirme un empleo en tierra firme, en calidad de operador o de técnico de estaciones de radiodifusión, pues en cuanto a la radiotelegrafía, este campo se halla todo en mano de los militares, exceptuando la Compañía Italcable en la cual la cantidad de personal ocupado es reducida, al tiempo que son muchas las demandas de empleo que recibe, pues casi todos los radiotelegrafistas de la marina mercante aspiran a emplearse allí… Para servir como técnico, tendré en primer lugar que perfeccionar mis conocimientos en la materia, mediante intenso estudio, con el fin de estar preparado para presentarme a cualquier examen o concurso que se presente en el futuro para destinos en tierra firme. Es decir: tengo que estudiar teoría y práctica de la ingeniería de radiodifusión, aumentar mis conocimientos respecto de los últimos inventos en este campo, además de estudiar también, como materias accesorias indispensables: geometría, dibujo, matemáticas. Tomada esta resolución, adquiero en las principales librerías de Génova cuantos manuales consigo sobre radio, electrotécnica, geometría, álgebra, etc.; y preparo un programa de estudios diarios a bordo donde, afortunadamente no me faltará el tiempo, y donde, mi concentración entre los libros, me permitirá vivir resignadamente alejado y olvidado del bullicio social. Entre las materias de radio que más me llaman la atención como de probable gran desarrollo futuro, está el reciente descubrimiento de las «ondas cortas» cuyos detalles encuentro en la revista QST publicada en inglés por la American Radio Relay League, asociación de aficionados de radio de los Estados Unidos; revista que circula mundialmente y que yo devoro con la misma avidez con que durante

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mi niñez leía los libros de Dumás, Verne, o las aventuras de Nat Pinkerton… Al comparar entre las informaciones técnicas que sobre radio encuentro en dicha revista, y las instrucciones que de vez en cuando nos distribuye la gran compañía Marconi, encuentro que las de esta última son sencillamente ridículas, anticuadas a tal punto que da pena pensar cómo la compañía que tiene cual presidente y cual nombre propio nada menos que el de Guglielmo Marconi inventor de la radio, se está quedando atrás en conocimientos, superada por las experiencias y publicaciones de técnicos o aficionados particulares. ¿A qué se debe tan vergonzoso y perjudicial fenómeno? Parece que a dos causas principalmente: en primer lugar, hay que recordar que la sede principal de la Marconi está en Londres; la compañía italiana con dirección en Roma, no es sino una filial de Londres. Parece evidente que Londres tiene interés especial en controlar y reducir al mínimo indispensable los conocimientos técnicos del personal italiano, y limitar al mínimo la cantidad de técnicos italianos. Mediante tan hábil política, Londres logra mantener para sí el mercado italiano de aparatos de radio; los que la Marconi instala en los barcos, son todos fabricados y procedentes de Londres. En más de una ocasión los inspectores de radio dependientes de Roma, trataron de organizar en Génova o en alguna otra ciudad la fabricación de aparatos de radio para los barcos y para radiodifusión, para servir el mercado italiano con producción italiana, pero en cada caso desde la sede principal de Londres llegó la orden en contra, pues allá no admiten que se organice aquí una competencia a su monopolio, que es inglés, a pesar de ser inicialmente italiano quien inventó la radio. De manera que, éste atraso científico y técnico entre personal e industria de radio italiana, evidentemente no es obra de la casualidad o deficiencia capacitiva de los italianos, sino que es consecuencia procurada y mantenida por el inteligente trabajo monopolístico de la sede de Londres que nos gobierna como colonia. La nación italiana, como latina que es, no ve, ni oye; se contenta con vivir de ilusiones o espejismos; con recordar que Marconi fue el inventor de la radio y que la compañía de radio italiana se llama Marconi cree que tal entidad sea realmente nacional y que contenga la ciencia respectiva, debidamente condensada y en desarrollo. No se da cuenta de que allí se está formado un vacío siempre mayor; que de italiano no

hay sino los siervos; la cabeza está en Londres, y se trata de un pulpo constrictor… El segundo factor que contribuye a mantener tal situación y ocultar la realidad a la nación es el de que el personal directivo de la Marconi en Roma, así como los jefes de las radiocomunicaciones militares navales y terrestres, está compuesto en su mayoría por viejos imbéciles e incompetentes (salvo alguna excepción) o anestesiados, quienes logran mantenerse en tales puestos directivos gracias a la rosca masónica y las influencias políticas o sociales. De manera astuta, es Londres quien decide si un funcionario es digno de ocupar el puesto de director de la Marconi italiana, o en el cuerpo de ingenieros de radio militares o navales. En consecuencia, los candidatos viven pendientes de la jefatura de Londres, sumisos a ella; y es lógico suponer que Londres no escoge entre los más capaces, sino preferentemente entre los más obedientes a sus intereses, a cumplir ciegamente y aunque sea antipatrióticamente sus órdenes, manteniendo su sistema de explotación colonial. Estos jefes incompetentes, técnicamente poco capaces en cuanto a técnica de radio se refiere, no ven con buenos ojos el que haya entre el personal elementos jóvenes, estudiosos, que podrían en determinado momento rebelárseles o suplantarlos. Tenemos pues que, en lo tocante a radio, la tan orgullosa y cacareante nación italiana no es otra cosa sino una pequeña colonia controlada, anestesiada y explotada por el sistema monopolista inglés, por intermedio de la gran compañía Marconi Wireless Ltd. de Londres, que dirige las filiales de Roma, Madrid, Cairo, Sofía, etc., que desde la capital británica extiende como si fuera un óctopo, sus brazos alrededor del mundo. Inclusive en los Estados Unidos, hasta el año de 1919 estaban todas las radiocomunicaciones en manos de capitalistas y agentes de la susodicha Marconi Wireless; fue gracias a la perspicacia del presidente Woodrow Wilson que en aquel año lograron los norteamericanos emanciparse rescatando su independencia, del dominio inglés, en cuanto a radio, mediante la formación de la Radio Corporation of America (RCA), cuyo objetivo fue el de adquirir todas las instalaciones existentes, que dependían de Londres, y formar una red americana, redimida del imperial pulpo albiónico. Posteriormente, durante la guerra del 1940 en el Mediterráneo, no obstante el valor de algunos comandantes y de las tripulaciones italianas de los barcos de guerra, estos perdían todas las batallas navales, especialmente en las horas nocturnas, porque los buques ene-

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migos, ingleses, disponían de radar para «ver» y dirigir sus artillerías, al tiempo que los italianos tenían que luchar a ciegas…, a pesar de ser compatriotas de Marconi. Este asunto lo denuncié una vez en la «Radio Rivista» editada en Milán por la Associazione Radiotecnica Italiana, No. 12, diciembre 1949 pág. 536, aún a sabiendas de que la organización británica, que como una patriótica mafia en las embajadas y consulados trabaja «At His Majesty Service», me pondría en lista negra boicoteándome… Estas observaciones que voy escribiendo hoy sobre el estado letárgico de la radio-industria italiana, incompetencia de los jefes, explotación inglesa, no es consecuencia de un súbito sentimiento antialbiónico surgido inesperadamente en mi ánimo, sino que es la suma de numerosas y dolorosas experiencias sufridas durante años anteriores, en que, en numerosas ocasiones oí hablar de estas cosas entre el personal de la Marconi, mis colegas, en secreto, y las he conversado y discutido con los amigos de confianza tales como Severino, Furiani y otros. Transcribo hoy tales opiniones, porque casualmente las circunstancias me han llevado a recordar aquellos hechos. No les tengo odio a los ingleses, por el contrario, los admiro, porque reconozco que hacen y defienden inteligentemente sus propios intereses, aunque sea con la mayor hipocresía y picardía. Desde luego admiro más al egipcio Nasser quien supo liberar a su país y tomarse el canal de Suez que los británicos anunciaban a todo el mundo que sin sus pilotos, a las pocas horas el canal quedaría cerrado porque nadie sabría hacer marchar los barcos que lo atraviesan. En cambio, los egipcios reemplazaron a los ingleses y el canal siguió funcionando como si nada hubiere ocurrido. La amenaza de los ingleses era un bluff, como el de buenos jugadores de póker, que suelen practicar en todo el mundo para explotarlo. Cuando tienen buenas cartas, es decir, armas, las imponen sin piedad porque su derecho es superior a cualquier otra consideración. Cuando tienen cartas malas, juegan de malicia y bluff… Y más aún admiro a Gandhi quien supo liberar a la India sin disparar un tiro; lo malo fue que con disparos de revolver un fanático hindú acabó con él prematuramente. El odio lo tengo para los idiotas italianos que no ven, no oyen, viven felices en la luna, o se venden, o venden su patria (como en Colombia algunos colombianos, para ir a residir algún tiempo al exterior, etc.), sin darse cuenta de que así ayudan a los ingleses a dominarnos como esclavos, controlarnos, explotar-

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nos. Recuerdo como ejemplo el caso de los aparatos instalados en la exposición de Turín por los comandantes Montemauri y Casarotti, ambos altos oficiales de la radio de la marina de guerra italiana, quienes fracasaron lastimosamente en aquel trabajo y dejaron los aparatos abandonados en manos de Buggino, escudándose con la prosopopeya de los galones, para no confesar su ignorancia en la materia. Fue pura casualidad la que me llevó a tropezarme con esos aparatos, ponerlos a funcionar, con tanto éxito, que enseguida la dirección de Roma me reconoció y premió embarcándome en el Verdi. Este reconocimiento parece contradecir mi anterior afirmación respecto del organizado ostracismo contra los jóvenes estudiosos, pero hay que tener en cuenta que en aquella ocasión había de por medio el congresista Buggino, a quien la Marconi tenía que rendir pleitesía, no dejar descubrir sus juegos subterráneos y además se trataba de aparatos de fabricación inglesa, que deseaban acreditar. Que existe la política del oscurecimiento en cuanto a informaciones científicas y técnicas para el personal italiano, es un hecho comprobado, que nuevamente hoy se ha puesto en evidencia al confrontar las publicaciones de la todopoderosa Compañía Marconi, con las humildes pero valiosísimas descripciones de los experimentos e inventos de los radioaficionados, en la revista QST. Hay más: los aficionados descubren las ondas cortas y las ponen gratuitamente al alcance de todo el mundo, sin patentes ni trabas; la Marconi se adueña de tales descubrimientos, logra patentarlos, y prohibe usarlos a quien no le haya pagado las elevadas contribuciones monopolistas que suele imponer. De este modo, mediante la prohibición de usar o fabricar aparatos de onda corta, logra mantener en servicio en los barcos equipos viejos, de onda larga, cuyo rendimiento es de corto alcance, muy limitado si lo comparamos con el obtenible del nuevo sistema de ondas cortas. De la misma manera, por economía, la compañía logra imponer al personal que durante las horas de guardia lleve puestos en la cabeza los molestos auriculares, cuando hoy con los altavoces es tan cómodo hacer las ocho o doce horas de servicio diario sin tener que estar amarrado como un perro al cordón de los audífonos y con ese estorbo quitapelos… Desde la época en que estuve embarcado sobre el Lampo, acostumbro yo hacer modificaciones en los equipos de radio de los barcos, aumentando la potencia de los transmisores; agregando amplificadores de

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audio, altoparlantes, en lugar de los audífonos; o receptores de onda corta, que fabrico guiándome por los circuitos y diagramas que aparecen en la revista QST; comprando las piezas y válvulas termoiónicas en almacenes de radio. En el Principessa Giovanna hice intenso uso de tales aparatos de mi propiedad, con buenos resultados; en el Bórmida no los instalé porque allí el servicio era muy reducido puesto que diariamente estábamos en puerto. En el Verdi, no había por qué mejorar la potencia de los transmisores que siendo de 5 kilovatios, un transmisor de chispa y otro de válvulas, nada dejaban que desear. En cuanto a receptores de onda corta, o amplificadores de audio con parlante, Franchi no me dio permiso de instalar los míos, porque él como inspector, y de escuela inglesa, cumplía estrictamente las órdenes de la compañía, que precisamente, en fecha reciente, había pasado una circular a todo el personal, prohibiendo el uso de aparatos adicionales, que no fueren los de dotación suministrados por la Marconi. Parece que las innovaciones introducidas por mí sobre el Lampo y el Giovanna, o por algún otro colega mío en otras naves, llegaron a conocimiento de Roma, cuya dirección, en vez de apreciar nuestra iniciativa tendiente a mejorar el servicio, creyó necesario condenarla porque el resultado sería que haríamos hacer un pobre papel a los aparatos de la Marconi, y a los demás colegas no provistos de nuestros nuevos aditamentos. Es decir: en lugar que por lo alto, la Marconi está nivelando por lo bajo, confirmando la tesis de su organización anti progresista… El primer marconista del Princessa María, señor Jenco, es una pasta de hombre digno de aspirar a santo: de cuerpo atlético, aficionado al boxeo, cara gorda y rechoncho, sin bigotes, cabeza calva, edad alrededor de los cuarenta, ánimo alegre, cuya mayor preocupación consiste en vivir tranquilo y dejar que el mundo viva, sin estorbar a nadie. Ya sabe él que, profesionalmente soy considerado en la compañía como uno de los elementos valiosos, aunque también, luchador, testarudo, a veces caprichoso. Mi primer trabajo consiste en ganármelo, obtener que me permita introducir aquí en la estación del María, las mismas innovaciones que hice en el Giovanna, bastante conocidas en el ambiente desde que el Giovanna es famoso en el éter porque sus señales de radio truenan como las de los más grandes y poderosos transatlánticos. Jenco ha comprobado la extraordinaria potencia y alcance del transmisor del Giovanna, pero no tenía idea de que hubiere sido yo

el causante; él creía que el equipo del Giovanna fuere diferente, de tipo más poderoso que el del María. Le explico que no, que ambos equipos son exactamente iguales. Finalmente, hablando de eso en el salón, en presencia de otros oficiales procedentes como yo del Giovanna, logramos convencer a Jenco (aquí lo llaman padrecito y lo comparan a un fraile carmelita, por su cabeza calva y por su carácter condescendiente con todos), de manera que, al momento de salir de Génova, ya he transformado el transmisor elevando su potencia a 5 Kws., y he instalado un amplificador mío, de audio, con el parlante, eliminando la necesidad de llevar los auriculares puestos en los oídos todo el tiempo. Desde luego, Jenco conoce como yo la circular de la Marconi que prohibe aportar variaciones en los equipos de la estación y aumentar su potencia; pero la comodidad le gusta; conviene él también en que es una idiotez mantenerse amarrados a los auriculares, cuando mediante la cornetica del parlante es posible hacer el servicio de guardia y escuche, sin privarnos de la libertad de movimiento. En cuanto al transmisor, el hecho de que el UXU tendrá en adelante una nota tan poderosa y de largo alcance en el océano como hasta ahora solo la tenía el UXT, le tiene orgulloso y feliz. El 17 de diciembre salimos de Génova; el 18 hacemos escala en Barcelona; en donde aprovecho para de mi peculio adquirir otros accesorios de radio que se consiguen aquí en el comercio, más fácilmente que en Génova, con los cuales quiero construir un receptor de onda cortísima según un diagrama publicado en QST; también para armar un transmisorcito de onda corta, de una sola válvula, con el cual, según acaban de demostrarlo los experimentos de aficionados, es posible hacer maravillosas comunicaciones hasta las antípodas, con apenas pocos vatios de potencia. Entre los programas de estudio que me he propuesto, con los libros que acabo de adquirir en Génova, y el montaje de aparatos para experimentar en onda corta, tengo como mantenerme ocupado durante los dos meses de este viaje, sin aburrirme y sin necesitar bajar a tierra en los puertos, para pasar el tiempo. Pienso que si logro sostener durante unos seis meses esta disciplina de estudios, estaré en condiciones para presentarme a pasar exámenes de ingeniero electrotécnico, mediante cuyo título me sería luego más fácil obtener un empleo en tierra. Manos a la obra pues, con férrea voluntad y método.

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Durante el viaje, divido mi tiempo entre estación y camarote, sin casi nunca dejarme ver por los puentes; sin interesarme con los pasajeros. Las primeras horas de la mañana las dedico al estudio del álgebra y matemáticas superiores; ésta materia nunca ha sido de mi simpatía, requiere de mí un verdadero esfuerzo para lograr digerirla. La geometría la comprendo más fácilmente; en cuanto a los libros de electrotécnica, los saboreo como si fueren romances. Por la tarde, me entretengo en los experimentos con los aparatos de radio, y por la noche vuelvo a estudiar repasando el ejercicio de la mañana, con el fin de poder adelantar la lección del día siguiente. Veo que el sistema de autodidacta, usando libros adecuados, no presenta dificultades, y que mediante la constante voluntad es mucho el conocimiento que se puede adquirir en pocas semanas. Me parece normalmente posible, en solamente cuatro meses de estudio aprender la misma cantidad de materias que en las escuelas públicas durante el período de un año. Desde luego, hay que tener en cuenta que tengo casi todo el día a mi disposición, porque aún durante las horas de guardia en la estación, el estudio me sirve de pasatiempo. Sin detenerse en Río, el María entra el 3 de enero en el puerto de Santos, zarpamos al día siguiente; el 7 tocamos en Montevideo; el 8 de enero llegamos a Buenos Aires, habiendo pasado en mitad del océano la semana de Navidad y Año Nuevo. En el puerto de Buenos Aires, continúo encerrado en mi camarote, dedicado al programa de estudios; no es que yo no sienta la fuerte curiosidad de bajar a tierra, ir por la calle de San Eduardo o la avenida Rivadavia a espiar qué está haciendo mi papá y cómo estarán viviendo los suyos, aquellos muchachos que pretenden ser mis hermanos; la tentación es fuerte a cada momento. Sin embargo, el temor de quién sabe cuál otro

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enredo podrá surgir de un nuevo encuentro con mi padre, me sirve de freno. ¿Estará él bien de salud, o estará enfermo? Renato y sus demás hijos estarán obedeciéndole o le habrán perdido el respeto? Quién sabe. No tengo derecho de volver a ocuparme de ellos. La mejor manera de dejarlos vivir tranquilos, y vivir tranquilo yo mismo, consiste en no buscarlos, no dejarles saber que me encuentro aquí. Hago pues de cuenta que no estoy en Buenos Aires, sino en cualquier otro puerto de habla argentina, Rosario, por ejemplo. Encerrado en el camarote, sin mirar el panorama exterior, lo mismo da que si estuviere ahora en un puerto del Asia. Hace mucho calor; estamos en pleno verano. Finalmente, después de diez días de suplicio, el 18 de enero zarpa el María, en viaje de regreso. El 19 tocamos en Montevideo; el 22 en Santos, el 23 en Río, el 11 de febrero en Nápoles, y el 13 llegamos a Génova, finalizando así este curioso viaje de estudios. Este barco, Principessa María, se hundió el 19 de agosto de 1944 en el puerto mexicano de Acapulco; su actual nombre era «Río de la Plata» desde que pasó bajo la bandera argentina en 1941 a causa de la guerra mundial. En Acapulco se hundió por explosión cuya causa es desconocida. Con los ingenieros Arena y Solari, con quienes aparezco en fotografías de grupos de oficiales del Principessa Giovanna y Principessa María de los años 1925 y 1926, con feliz sorpresa volví a encontrarme casi 30 años después y nuevamente nos fotografiamos juntos, en el «Marco Polo», en el año 1954 cuando con toda mi familia viajamos a Italia; el primer encuentro fue en la escalera cuando subíamos al Marco Polo en el muelle de Cartagena. Un oficial bajó a encontrarme y abrazarme diciendo: -¿pero tú no eres Amore?-; ahora jefe ingeniero en este barco, y Solari 1º ingeniero.

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CAPÍTULO

59

VIAJE NO. 38 S/ S

SANTAROSA

DE GÉNOVA A PENSACOLA Y REGRESO. Salida: 13 marzo de 1.927 Regreso: 18 junio de 1.927 6.000 toneladas Fratelli… Comandante: Recagno, de Albenga Liguria 2º oficial: Molinari

A

l entrar en la oficina Marconi de Génova, la primera impresión que percibo no es muy favorable. El secretario Izzi me entrega un oficio procedente de Roma, lo abro, es un regaño. Que el 17 de octubre del año pasado, a las cuatro y 6 minutos de la madrugada, desde el Giuseppe Verdi que estaba navegando al sur de la Sardinia he trasmitido al trasatlántico Nazario Sauro, de la misma compañía, la frase: «mañana llegaremos a Nápoles». Que no estando dicha frase acompañada de preámbulo y demás signos componentes de un telegrama ordinario, la radioestación de control del gobierno situada en Cabo Sperone ICR (al suroeste del Sardinia) la ha clasificado como una comunicación abusiva, privada, y por consiguiente, a título de multa se me cobra la suma de quince liras. Que, tenidas en cuenta las magníficas referencias que respecto de mi servicio profesional suministró el inspector Franchi, la Marconi se abstiene por esta vez de aplicarme sanciones, limitándose a cobrarme la multa y llamándome la atención para el mejor cumplimiento de mis deberes en el futuro. -Es el colmo de la idiotez y de las injusticias!comento yo después de leída la nota. -Yo no recuerdo

nada de eso porque la queja se refiere a un supuesto hecho ocurrido durante medio minuto hace cinco meses; y son tantas las comunicaciones que uno efectúa diariamente, con docenas de barcos; pero voy a contestar a Roma, pidiéndole a la Dirección que antes de juzgar y condenar, tienen la obligación de escuchar también al acusado! ¿Qué culpa tengo yo, de que en la Dirección de Roma haya imbéciles, que crean que aquella frase correspondiera a una comunicación de interés mío particular, cuando bien debieran comprender que en tratándose de un barco de la misma compañía del Verdi, esa comunicación tenía carácter de «servicio», para información del comandante del Nazario Sauro? ¡Papanatas, esos señores quienes sentados en las cómodas butacas de la oficina de Roma, nada entienden de los asuntos de la navegación!-Cálmese, cálmese- me dice Izzi, -y si usted quiere oírme un consejo, no les escriba ni le haga caso a Roma, pues la Dirección siempre pretende tener la razón. Si usted le da importancia a este asunto, y lo vuelve pleito, peor. Pague la multica y olvide esta tontería que no vale la pena-. Muy de mal humor me atengo al consejo de Izzi. Pido permiso para ir de vacaciones durante el tiempo

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Italo

en que el Principessa María permanece en el puerto: pero el inspector Villari me lo niega. Transcurro los días quedándome a bordo encerrado en el camarote, estudiando, lo mismo que en Buenos Aires. Cuando ya faltan sólo cuatro días para que el María vuelva a salir rumbo a Buenos Aires, recibo orden de desembarcar inmediatamente y entregar el puesto a un colega que viene a reemplazarme. ¿Qué significa esto? No hallo explicación, pero siento en el aire, que mis «acciones» están bajando en la bolsa de la Marconi; mucho me temo que Villari este preparandome alguna trampa para destinarme a bordo de algún barco de carga carbonero o petrolero… Qué hacer! Estudiar, estudiar para conseguirme lo más pronto posible el camino de la salvación, que consiste en un empleo en tierra firme. 3 de marzo, estalla la pelea que estaba latente en el aire… Villari me hace llamar a la dirección, y me entrega a otro oficio procedente de Roma. Dice así: «… De la relación del viaje del 1º marconista del Principessa María hemos tenido ocasión de constatar que usted ha construido un receptor para ondas cortas y ha hecho experimentos de recepción a gran distancia sobre las señales emitidas por la estación de San Pablo IDO de Roma. En vista de las categorías y explícitas disposiciones emanadas de esta Dirección a nuestro personal embarcado, acerca de la construcción y uso de aparatos no suministrados por esta

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compañía, consideramos superfluo explicar la gravedad de la infracción por usted cometida, y como quiera que ha contravenido a uno de sus estrictos deberes, nos vemos obligados a registrar en sus notas personales una severa censura…». Terminada la lectura de la carta en cuestión, no encuentro palabras para expresar mi confusión e indignación. ¿Para qué tanto escándalo, si al fin y al cabo los experimentos los hice adquiriendo los componentes con mi propio dinero? Qué delito hay, en demostrar que se puede perfeccionar el rendimiento de esos aparatos de radio? Con que el bonachón Jenco, sin decirme nada escribió a Roma informando… vaya el santico!; con razón le apodaron: el frailecito… Qué regaño tan absurdo!, pero, acaso a Marconi durante sus experimentos no le hacían la guerra las empresas cablegráficas, temerosas de la competencia…? El inspector Villari me entrega otra nota: orden de embarque sobre el Santarosa, un vapor de carga que va a Pensacola, un pequeño puerto en el golfo de México. Estoy que reviento! Comprendo que he caído en desgracia. Es inútil por ahora tratar de revelarme o resistir el destino. Si no obedezco, la Marconi -que por lo visto quiere darme una «lección»- sería capaz de castigarme aún peor, suspendiéndome del empleo algunos meses. Nada qué hacer, sino obedecer, paciencia, aguantar, estudiar. Otro viaje, en que dispondré de cuánto tiempo quiera para seguir estudiando… El Santarosa, como barco de carga, es bastante viejo, pero el ambiente a bordo es de lo mejor que se pueda encontrar en un cargo-boat. Recagno, comandante, es un buen navegante, joven, moderno, quien hace todo lo posible para contentar a su tripulación. En vez de robar sobre la administración y la comida, como suelen hacerlo muchos capitanes de los buques cargueros, Recagno es hasta capaz de añadir botellas y vituallas, de su propio peculio (como lo hacía yo en Nápoles durante la breve estadía en el dragaminas). Molinari, el segundo de a bordo, es otro oficial moderno e instruido, con quien me voy entendiendo perfectamente. Además, noto que me será fácil igualmente estar en buena armonía con los demás oficiales de cubierta y los ingenieros de máquina, porque todos me tienen consideración y respeto, al saber que procedo de la raza superior de los paquebotes… Mientras tanto, observo también que me estoy agotando, no digiero nada, tengo vómitos y diarreas. Sería el caso de darme por enfermo, pedir el desembarco para ser enviado algunos días a una clínica. Pero, pienso que de hacerlo así, los de la Marconi supon-

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drían tratarse de un falso pretexto, un ardid de parte mía para obtener el desembarco y otro destino a un barco mejor… No. Odio tener que pedir favores a estos señores empleados de los puertos quienes no conocen los sacrificios y peligros de la navegación. Prefiero salir hacia el océano, lejos de esta podredumbre. No hay enfermería ni médico o medicinas a bordo del Santarosa; sin embargo hay buena gente, quizás me ayudarán, suceda lo que suceda. Compro algunas provisiones de laxantes, galletas dulces, vino Lacrima Christi; así equipado, me dispongo a encerrarme en el camarote del Santarosa como en un claustro, estudiando, durante meses o años si es el caso, hasta que el barómetro de mi suerte vuelva a subir, o hasta el día en que logre conseguirme un empleo en tierra y renunciar a mi puesto en la Marconi. El 13 de marzo salimos rumbo a América. Durante los primeros días todo marcha relativamente bien a pesar de mi malestar estomacal; logro mantenerme en pie, transcurrir algunas horas diariamente en alegre compañía del comandante Recagno y sus oficiales. Pero una vez ya bien afuera de Gibraltar y adentrados en el océano, mi enfermedad recrudece y se agrava en una especie de disentería aguda. Sospecho que tanto malestar tuvo origen en la bilis que reventó, el hígado que no funciona desde cuando recibí las dos notas de censura de la Marconi, en la furia que me ocasionaron, después de tanto tiempo de estar yo aguantando el malhumor concentrado en mi ánimo por aquello de Buenos Aires, de la operación en Nueva York, y varios otros asuntos. «Navigare necesse est» dice un antiguo refrán romano…; empero, qué necesidad tan dura es esta de tener que navegar a la fuerza! Heme aquí acostado, hace días, sin poderme levantar, con fiebre de 40º día y noche, a veces delirando, todo el tiempo solo, en mi camarote. El buen comandante Recagno y sus oficiales vienen de vez en cuando a visitarme, me traen caldos especiales sacrificando para mí la escolta de aves de corral de a bordo, pero ni con estos caldos logro digerir. Estoy sosteniéndome con el Lacrima Christi tomado a gotas o entre agua. He enflaquecido tanto, que casi no me reconozco, y sobre todo, sufro de un decaimiento moral, tristeza, como de hombre vencido por la suerte; no tengo ni ganas de reaccionar. Después de 28 días de haber salido de Génova, y de navegación sin parar en algún puerto, cuando entramos en Pensacola el 10 de abril estoy principiando a convalecer; ya digiero algo; los dolores y fiebres intestinales han desaparecido.

Pensacola es un modesto puerto de la Florida, situado al oriente de Mobile y al occidente de Tampa, famoso por dos causas: la una, porque los huracanes que nacen en el Gulf Stream suelen pasar y barrer por esta región; la otra, porque recientemente el gobierno americano ha establecido aquí una base-escuela de aeronáutica que ya es en tamaño e importancia la mayor del continente; durante las horas diurnas, siempre hay en el aire docenas o a veces centenares de aviones e hidroaviones haciendo ejercicios, volando en formación, dando piruetas o saltos acrobáticos: espectáculo bastante interesante para nosotros marinos. Nuestro barco es bien recibido aquí por ser ya bien conocido su personal y el comandante, pues hace años que vienen viajando sobre esta línea, y porque el nombre Santarosa que lleva esta nave corresponde al nombre de este distrito y de una isla que se halla en la entrada de Pensacola. El objeto de nuestra venida a este puerto es sencillamente el de cargar madera, principalmente de tipo denominado «pitch pine», con destino a los aserraderos navales de Italia; es una madera bien dura, preferida para la cubierta de los barcos. Este es el único renglón importante de exportación desde este puerto. El cargamento de madera es uno de los más deseados en los buques de carga, porque tiene numerosas ventajas: no hace polvo, no ensucia como el carbón; no requiere de cuidado porque no se deteriora, ni se mueve fácilmente de su sitio a pesar de los movimientos del barco; ni expide gases, ni… permite las rápidas operaciones de cargue y descargue, que para el Santarosa significan en cada caso un buen par de semanas de permanencia-descanso en el puerto. Además, se trata de un tipo de carga liviana, que como el corcho, flota sobre el agua, de manera que un barco cargado de madera es insumergible, no hay peligro de que se hunda, por fuerte que sea cualquier tempestad. Gracias a esta condición, además de rellenar las bodegas, es costumbre también colocar troncos y planchas de madera sobre la cubierta, hasta varios metros de altura, casi al nivel del puente de comando, todo bien amarrado con cadenas para evitar que durante el balanceo la carga se corra, lo cual traería el peligro de que se pierda el centro de gravedad y la nave dé la voltereta, como ocurre con los buques cargados con trigo a granel. Durante la estadía en este puerto, Recagno hace cuanto está en su poder para procurarnos sana diversión y alegría a los tripulantes; por mi parte, voy tomando fuerzas y mejorando rápidamente en salud, gracias a lo cual, todas las tardes logro participar en paseos y excursio-

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nes a los alrededores de Pensacola, usando para ello una de las lanchas salvavidas del barco, armada en velas, con la cual tiramos bordes a lo largo de la bahía donde nunca falta la brisa. Tomo fotografías, entre otras, encima de unos barcos destruidos por el ciclón del año pasado y abandonados sobre la playa. El 1º de mayo zarpamos de Pensacola, rumbo a Europa. Me siento nuevamente bastante bien de salud, aunque todavía con ánimo decaído; me dedico con todas mis fuerzas a reanudar los estudios que tuve que abandonar durante el periodo de la enfermedad y convalecencia. Además, aprovechando que aquí no habrá quien vaya a reportar a la Marconi cuanto estoy haciendo, montó todos mis aparatos personales de radio, de onda corta y ultracorta, hago experimentos, con resultados asombrosos. A veces el entusiasmo llega a tal punto que no puedo abstenerme de llamar a Recagno o a Molinari para que asistan y sean testigos de los alcances extraordinarios que se obtienen, usando muy poca potencia, con los aparatos de onda corta. Pero, aparte de la distracción que me suministran el estudio y los experimentos, por lo demás me siento siempre solo y afligido, como quien anda por el mundo sin esperanza de poder mejorar su propia suerte. Sucede también que los encantos del mar y de la vida náutica ya no dejan en mi ánimo ninguna impresión interesante: después de diez años de continuo viajar, ya no me mareo, ni me doy cuenta de si el barco bambolea, ni despiertan mi atención los horizontes, panoramas, ciudades o países extraños; todo me deja insensible, frío, desdeñoso y descontento de continuar dando vueltas como un judío errante por el mundo, cuando la íntima aspiración de mi alma sería la de pararme aún cuando fuere como un Robinson en una isla cualquiera, conseguirme una compañera cautivadora y amorosa y con ella encerrarme en una cabaña, lejos de todo el mundo pero bien cerca de la naturaleza, la terrestre; porque esta marítima que tanto conozco es adversa a los sueños de hogar que forman mi anhelo… Abandonar el mar! That is the question… Dicen que además de las dificultades que los marinos encuentran para conseguir un empleo en tierra firme, también les toca luchar con el sentimiento de nostalgia que les asalta una vez lejos del mar, que a pesar de todos sus peligros, durezas y crueldades, vuelve a atraerlos cual si las olas tuvieren poder de hechicero… Que la fascinación de las sirenas, las ninfas y las nayades, escondidas en el reino de Atlántida es insuperable, logra embrujar a los marinos que pretenden desertar de este reino…

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Efectivamente, entre los oficiales de las tripulaciones que conocí en los diferentes barcos en que he viajado, recuerdo haber conocido varios, que después de tres o cuatro años de nueva vida terrestre tuvieron que darse por vencidos y resignadamente volvieron a entregarse para siempre al imperio de Neptuno. ¿Por qué? Sencillamente porque fracasaron; no lograron amoldarse al ambiente de tierra; se sintieron como peces afuera del agua… y prefirieron regresar donde se sentían más aptos, más indispensables y también más respetados por sus semejantes. Dicen que, más tiempo permanece uno entregado a la vida marina, más difícil le será lograr zafarse de ella; precisamente porque mientras se vuelve más lobo de mar, más desacostumbrado resulta para las costumbres de la vida terrestre. ¿Lograré yo liberarme a tiempo? Por bueno que sea un buque de carga, siempre es un cargo-boat, un tramp, que marcha despacio. La travesía desde Pensacola a Palermo perdura la friolera de un mes; un mes sin tener casi nada qué hacer sino estudiar, pensar, filosofar…; finalmente, el 30 de mayo entramos en Palermo y salimos al día siguiente después de habernos aprovisionado de agua y víveres frescos que ya nos hacían falta. El 2 de junio fondeamos en Messina, el 7 zarpamos hacia Catania, de allí el 8 para Livorno; el 18 damos por terminado este viaje en Génova.

Visita a Pensacola

Memorias de un marconista de mar y tierra t Italo Amore


CAPÍTULO

60

VIAJE NO. 39 S/S DERNA

PUERTOS

DEL MAR

TIRRENO.

Salida: 12 julio de 1.927 Regreso: 30 julio de 1.927 2.000 toneladas Florio & Rubattino Comandante: Andreolo, de Palermo

E

l mismo día de llegado a Génova con el Santarosa voy a la oficina Marconi para investigar acerca de mi situación en la compañía y con relación a mi próximo futuro. ¿Tendré que seguir embarcado en el Santarosa, o hay posibilidades de un nuevo destino sobre barcos de pasajeros? ¿Qué novedades hay en la industria de radio en tierra firme? Para mi propósito de tantear el ambiente, nada mejor que entrevistar al secretario Izzi, a pesar de que últimamente no me parece que haya buscado favorecerme como durante el pasado. Tengo bastante dinero ahorrado, y vale la pena invertir unos centavitos para el servicio de información. Adquiero un regalo, lo invito cuando sale de la oficina a tomar un aperitivo conmigo al bar; le entrego la cuelga diciéndole que es un recuerdo que traigo de América de donde acabo hoy de llegar (esto si es cierto y él lo sabe); y le pregunto, como a la síbila, cuales son mis perspectivas inmediatas de carrera en la Marconi. Me contesta que no son muy buenas, pues a raíz del incidente de la relación de Jenco a Roma acerca de mis experimentos en onda corta, he caído en des-

gracia, tendrán que transcurrir algunos meses hasta que los inspectores olviden el asunto y vuelvan a concederme beligerancia. Me asegura que la relación de Jenco a la Dirección, de ninguna manera fue hecha con la intención de perjudicarme, por el contrario Jenco creyó hacer un elogio a mi trabajo e iniciativas, pero ingenuamente metió la pata, y su elogio fue un denuncio. Que Jenco quedó mortificado cuando supo que había sido él el causante de mi actual situación de empleado en castigo, y que lo había dejado encargado a él, Izzi, de expresarme su pena por lo sucedido. Que en cuanto a mi próximo futuro, me conviene quedarme calladito sobre el Santarosa uno o dos viajes más, puesto que como barco de carga no es tan malo, hay muchos peores. Me pregunta si he oído hablar de la misión que se está organizando para ir a «Columbia», y qué opino yo a propósito. Que si yo hubiere aceptado de ir de ayudante de Marconi en el Elettra, habría podido allá experimentar cuanto quisiera, y no estaría ahora envuelto en el lío en que me he metido.

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Con esta cámara se tomaron las fotos

A mi turno le replico: qué voy a saber yo de misiones y de «Columbias», siendo que hace tres meses que salí de Italia y solamente hoy he regresado del golfo de México. ¿Qué «Columbia» es la que menciona: la Columbia Británica que forma parte del Canadá, o la de Centro América situada entre Venezuela y Panamá? Qué tipo de misión? Me explica que a solicitud de la Legación de la República Centroamericana de «Columbia», el gobierno italiano está organizando una misión de seis técnicos-marconistas quienes irían contratados a ese país por el término de dos años, cual instructores, al servicio del Ministerio de Correos y Telégrafos. Que para tal efecto se ha organizado por el gobierno un concurso para escoger entre quienes se inscriban como aspirantes; que los colegas Ricciardi y Ferrini ya hicieron solicitud de inscripción. ¿Qué opino yo? Hombre, qué esperaba para darme tan importante noticia? Si yo, para librarme del mar estaría dispuesto a ir en misión aún al polo Norte o al infierno! Con más razón iría a Colombia de Centro América, que es un país todavía por hacer, riquísimo en

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recursos, situado en la zona ecuatorial que ya conocí y aprendí a querer cuando estuve dos años en Centro Africa; seguramente debe haber en Colombia papayas y anonas, gacelas e hipopótamos o fauna por el estilo entre la cual me siento en mi propia casa como un buen domador… ¡Claro que voy a Colombia, si ya no es demasiado tarde para concurrir a los exámenes! ¿Qué hay que hacer para ello; a quién tengo que dirigirme? Izzi se asombra al ver mi entusiasmo y como, sin más, rápidamente he resuelto meterme en la lista para ir a establecerme en Colombia. No hace doce horas que he llegado al puerto y ya volvería a salir hoy mismo, si fuere para Colombia! Me dice que la solicitud tiene que ser enviada a Roma al Ministerio de Comunicaciones, Director General de la División IV, Servicio VI, Sección Iª, y que de allá me contestarán dándome todos los datos y pidiéndome referencias, si es que todavía hay tiempo para entrar al concurso.. Agradezco a Izzi por la información y le digo que enseguida voy a escribir la solicitud para ponerla en el correo expreso de esta noche a Roma. No quiero perder tiempo, por temor de llegar tarde. Me despido

Memorias de un marconista de mar y tierra t Italo Amore


de él, voy inmediatamente a bordo, a mi camarote a redactar la petición. Cuando desciendo a tierra, pasando por la plaza De Ferrari para ir a la oficina del expreso, me encuentro con Severino quien está pasando bajo los pórticos de la avenida XX de Septiembre; nos abrazamos, le cuento todo lo ocurrido. Aprueba cuanto acabo de hacer, y participa de mi momentáneo entusiasmo: que hago muy bien en buscar una salida hacia el continente americano, y que él haría lo mismo si no tuviera un destino tan bueno como el del yate Elettra de Marconi. Que conociendo mi facilidad para adaptarme a cualquier ambiente y mis conocimientos profesionales, cree que tendré completo éxito en América, y que también me será fácil resultar entre los preferidos en el concurso. Que por lo pronto, tengo que gestionar para evitar salir nuevamente con el Santarosa para largo viaje, siquiera mientras recibo alguna contestación del Ministerio de Comunicaciones de Roma, para saber en qué época tendría que salir hacia Colombia la tal misión que se está preparando. Hasta altas horas de la noche quedamos yo y Severino haciendo cálculos y proyectos… El también, sabe muy poco de Colombia. Que hace varios años, en un viaje que hizo al Pacífico hasta Valparaíso, en el paquebote «Venezuela», de regreso tocaron en un puertecito denominado Puerto Colombia, un lugar pobre y medio salvaje, comparable a los puertos de Centro Africa, tanto más que los habitantes de ese lugar resultaron ser casi todos negros. Que sin embargo, había conocido una pasajera, blanca y bien civilizada, que le habló maravillas del interior de Colombia y de su ciudad capital que se llama algo así como Bagata o Bogota, que dizque es nada menos que el lugar que los españoles, quienes después de los viajes de Colón descubrieron esa región, denominaban El Dorado… Que evidentemente se trata de un país todavía algo misterioso, semipoblado y semicivilizado, lo cual es lo mejor que pueda buscar un europeo inteligente porque esas son las regiones del porvenir, donde es fácil hacer fortuna; así los inmigrantes hicieron la América, y la América los hizo ricos; El Dorado quiere decir oro… Dos días después, recibo un teleexpreso oficial procedente del Ministerio, fechado en Roma 21 de junio, que dice: «… Con relación al deseo manifestado por usted de ser destinado entre el personal que hará parte de la misión de radio a Colombia, y considerando por las referencias que usted se ha servido indicarnos, que

usted tendrá probabilidad favorable de ser escogido, lo invitamos a remitirnos antes del 27 de los corrientes todos los documentos o copias de los mismos, que usted posea, relacionados con su carrera en radio hasta la fecha; acta de nacimiento, certificado de ciudadanía, de buena conducta, de buena salud adecuada para soportar climas tropicales, así como su declaración de estar dispuesto a aceptar cualquier destino que le resulte dentro de la misión… Adjunto el programa y condiciones de la misión.». Habiendo recibido tal contestación oficial desde el Ministerio de Roma, no me queda duda de que la tan deseada oportunidad de zafarme del mar se me está presentando en estos momentos y que, como dicen que la ocasión es calva y no hay que perderla, me conviene dedicarme alma y cuerpo en gestionar este asunto. Primeramente voy a la Marconi; armado con el teleexpreso, documento oficial con todos sus sellos en plena regla, me presento a Villari exponiéndole mi caso de candidato a una misión del gobierno, para lo cual solicito se me conceda mi licencia de este año a la cual tengo derecho por no haberla todavía usufructuado; como consecuencia inevitable pido el desembarque del Santarosa. La mera presunción de que soy candidato para una misión al exterior, es suficiente para conferirme derecho a esbozar una prosopopeya o tono de superioridad, que hace mella en Villari; enseguida obtengo lo solicitado. Según el programa adjunto al Teleexpreso, el objetivo de la misión es: «… El gobierno colombiano, por conducto de la Regia Legación Italiana en Bogotá ha solicitado al gobierno italiano el envío de una misión de personal técnico especializado, compuesta por un ingeniero director del servicio y de la escuela de radio, y cinco técnicos-operadores destinados a servir como jefes en las cinco estaciones ya instaladas en aquel país para el servicio interior de la Nación. Los técnicos deben tener práctica en el montaje de estaciones Marconi o Telefunken, hacer reparaciones a las mismas y además deben estar en condición de saber instruir al personal de aprendices locales. Las condiciones para los técnicos son: doscientos pesos oro mensuales de sueldo, libres de gastos de vivienda y alimentación que estarán a cargo del gobierno colombiano; sobresueldo de ocho pesos diarios como viáticos; contrato por dos años; seiscientos pesos oro como viáticos de ida desde Italia a Colombia y otro tanto para viáticos de regreso a Italia; fa-

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cultad para el gobierno colombiano de rescindir el contrato en cualquier momento previo pago de un mes de sueldo y viáticos de regreso; obligación de aceptar la destinación en cualquier lugar de Colombia, inclusive zonas tropicales privadas de confort y la isla de San Andrés & Providencia en el mar de las Antillas frente a Nicaragua; fecha de salida desde Génova 21 julio de 1927…». Todas estas condiciones me parecen aceptables, inclusive la fecha de salida dentro de un mes. Izzi me informa que el jefe de la misión ha sido ya nombrado; me da su dirección para escribirle y entrar en contacto con él, se llama: Cavalier Ingegnere Conte Giulio F. Benetti, Viale Liegi #48 Roma. Enseguida escribo a este ilustrísimo señor conde, haciéndole hincapié en que soy individuo viajado, que hablo y escribo español, que en cuanto a la capacidad de resistir clima tropical mi salud ha demostrado ya tal aptitud durante mis dos años de misión en Centro Africa y mis viajes en las Indias Orientales y en Sur América. Que en lo tocante a mis conocimientos profesionales, puede pedir informes a la Marconi y ver los certificados que he enviado al Ministerio de Comunicaciones en la misma Roma. Que espero contestación en Pinerolo hacia donde estoy saliendo. Hablando de estas cosas con Severino; de la urgencia con que necesito alistarme un equipo completo de vestuario tropical para un par de años, etc., y deseando además dejar a mi madre un fondo en dinero, suficiente para un largo período; Severino amable y espontáneamente me entrega tres mil liras en préstamo, dejándome en libertad para devolvérselas en los próximos años cuando a bien yo lo tenga! Me conmueve y me llama la atención esta clase de amigo, que como dije otras veces, sigue siendo para mí igual o mejor que un hermano, pues esto de ofrecer prestado dinero a quien sale para el otro mundo… (como aquí decimos a quien sale para las Américas), sin firma de documento, garantía, intereses, es cosa que solamente hacen los padres con sus hijos. Nos abrazamos prometiéndonos continuar escribiéndonos regularmente y anticipándole yo que las tres mil liras se las devolveré el año próximo desde Colombia por conducto de mi mamá. Llegado a Pinerolo, doy la noticia a mamá y hermanos; todos opinan como yo, que sin duda seré escogido para esta misión, porque difícilmente podrán conseguir candidatos que reúnan como yo tantas condiciones favorables para este caso, especialmente la de haber ya comprobado la salud en diferentes climas tropicales,

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haber ya viajado mucho por el mundo, conocer el idioma español, y poseer altas calificaciones técnicas. Todos consideran además que mi nombramiento cual miembro de una misión oficial al exterior tendrá consecuencias honrosas y ventajosas para mi futura carrera. El 27 de junio me escribe el Dr. Benetti informándome que mis referencias han resultado tan superiores que he sido admitido a formar parte del personal de la misión; fuera concurso, es decir, sin necesidad de exámenes. Que la salida a fines de julio será imposible porque falta gestionar varios asuntos entre los dos gobiernos; que me conviene estar listo para salir el 23 de agosto con el paquebote «Venezuela» de la Sociedad Gen. di Navigazione Italiana. Debido a que mi licencia termina el 5 de julio, resuelvo presentarme a la Marconi de Génova, para pedir otro plazo, mientras me llegue la noticia definitiva desde Roma acerca de mi nombramiento para Colombia y fecha de embarque. En vez de concederme otra licencia, el inspector Villari, después de ver los documentos que le exhibo, muy gentilmente ofrece destinarme a embarcar sobre un vaporcito de la línea del Tirreno, que todos los días se halla en uno u otro puerto italiano desde donde podré mantenerme en contacto con Roma y regresar a Génova tan pronto que el gobierno me llame definitivamente a alistarme para viajar a Colombia. Esta solución es buena y favorable para mí pues de esta manera sigo ganando buen sueldo, sin tener que gastar por residencia en el hotel de Génova. Enseguida me entrega la carta-credencial para ir a tomar posesión del puesto de marconista sobre el vapor «Derna» que se halla anclado en el puerto de Terranova, al norte de la isla de Sardinia. El destino sobre esta clase de naves es normalmente reservado para los muy ancianos, que necesitan poco cansancio y buen clima; en este caso, el favor especial que se me hace es indicación de que mis acciones de bolsa están nuevamente subiendo… Tomo el expreso (tren) de la línea de Roma, en la madrugada llego a Civitavecchia donde me embarco como pasajero de primera sobre el «Cittá di Sássari»; por la noche salimos; por la mañana llegamos a Golfo Aranci; desembarco; a la media hora me posesiono del cargo subiendo al Derna en Terranova. El 13 de julio zarpa el Derna en su correría de cabotaje por el mar Tirreno. Es un vaporcito de 2.000 toneladas, el más pequeño de los que he navegado hasta ahora, pero al mismo tiempo el más cómodo, lujoso, divertido por cuando que todos los días entra

Memorias de un marconista de mar y tierra t Italo Amore


y sale de algún puerto italiano! Vamos visitando como turistas todos los rincones de la isla de Sardinia: el 14, en Siniscóla, Orosei, Tortolí, estando un par de horas en cada lugar; el 15 entramos en Cagliari. Aprovecho para telegrafiar al ministerio y a Benetti en Roma pidiéndole que me informen aquí las últimas novedades. Dedico el resto del tiempo a reconocer esta ciudad en la que tan gratamente permanecí varios meses durante mi niñez: Casteddu, Monserrato. Ha progresado mucho desde entonces, pues han transcurrido casi veinte años; la encuentro tan acogedora y simpática como cuando por primera vez la conocí. El 18 salimos de Cagliari para la isla Sicilia, el 19 entramos en Trápani y luego en Palermo; de aquí zarpamos el 23, tocamos en Trápani el 24; el 25 en Cagliari, el 26 en Tortolí, Siniscóla y Terranova; aquí, por la tarde, un avión militar que estaba haciendo ejercicios en el aire, cae en barreno a pocos metros de distancia de nuestro barco causando explosión y conmoción general. Con nuestras grúas trabajando hasta altas horas de la noche, con reflectores y buzos, ayudamos a extraer del fondo del mar el aparato despedazado y sus dos pilotos ahogados, enredados entre cablecitos y tirantes que no les permitieron zafarse de la máquina y subir a flote. ¡Pobres jóvenes, que pena da el verlos cadáveres! Dicen que estaban haciendo una exhibición de vuelo, impru-

dentemente, sobre las casas de sus novias; por volar muy bajo y querer dar una vuelta estrecha perdieron el control, el avión se precipitó verticalmente dando vueltas a gran velocidad atornillando el aire; al tocar el agua lo vi explotar mientras que al hundirse levantó una alta ola de espuma; y luego, el silencio de la muerte… El 28 salimos de Terranova, tocamos en la Maddalena, el 29 en Portoferraio de la isla de Elba, la célebre isla donde estando prisionero Napoleón logró escaparse a Francia; por la noche en Livorno; el 30 en Spezia, y la misma tarde en Génova. Aquí recibo carta de Benetti, fechada el 19 de julio, en que acusa recibo de la correspondencia y otros documentos que le dirigí anteriormente; dice que el contrato entre los dos gobiernos, inclusive mi nombre, ha sido ya firmado; que faltan aún otras gestiones pero que seguramente nuestra salida será el 23 de agosto; que él ya me está haciendo diligencias para sacar nuestros pasaportes, y que es el caso de que yo arregle mi situación con la Marconi, pues en nombre mío, él pidió que se me concedieran dos años de «aspettativa» (permiso de ausencia) pero la compañía los negó, alegando que no tiene personal disponible y que me necesitan. Por lo tanto, voy donde Villari, le agradezco, y le pido que me dé el desembarque inmediato del Derna, para viajar yo a Roma.

Guillermo Marconi

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Sexta Parte

Mision a Colombia


CAPÍTULO

61

Hacia Colombia

S/S LEME

DE GÉNOVA

A

PUERTO COLOMBIA (BARRANQUILLA) Salida: 21 noviembre de 1.927 Llegada: 12 diciembre de 1.927

Navigazione Libera Triestina 12.000 toneladas – Diesel – 2 hélices

E

nseguida, de acuerdo con el mismo Villari, telegrafío a la dirección Marconi de Roma solicitando cinco meses de permiso; me abstengo de pedir dos años, porque no me conviene dar como un hecho cumplido la salida hacia Colombia, mientras no tenga yo el pasaporte y el pasaje en el bolsillo; cuando esto suceda me será fácil obtener la extensión del permiso hasta dos años; en cambio, si por cualquier imprevisto fracasa mi proyectado viaje, me quedaría el derecho hacia fines del año, para ser readmitido entre el personal navegante de la Marconi. Como medida de precaución pues, pido únicamente cinco meses, porque como diría Sancho Panza, nunca conviene cortar todos los puentes. Me quedo alojado en el hotel Europa, esperando la contestación de la Marconi. El 31 de julio escribo a la misma dirección, refiriéndome a mi telegrama anterior y solicitando una pronta contestación.

Con carta del 3 de agosto, la Marconi de Roma me contesta que para considerar mi solicitud tengo que explicar detalladamente la causa, enviando un documento comprobante de la misma. Mientras tanto, recibo telegrama de Benetti y del ministerio en que me informan que la proyectada salida para el 23 de agosto ha sido nuevamente aplazada, sin saberse hasta cuando. Principio a sentirme intranquilo, porque estoy pasando el tiempo sin ganar sueldo, y gastando por alojamiento en el hotel. Contesto a Roma enviando una copia de los mensajes anteriores del Ministerio de Comunicaciones de la misma capital. El 18 de agosto recibo carta de Benetti, y otra de la Marconi. Benetti informa que la demora en salir ha sido causada por el hecho de que en Colombia no han terminado todavía las formalidades burocráticas para registrar el contrato y remesar a la Embajada de Colombia en Roma los fondos para los pasajes y viáti-

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cos de la misión. Que tal vez será posible salir el 22 de septiembre en el “Napoli”. La Marconi me dice que les es imposible acoger mi solicitud de permiso, tanto más que yo iría a trabajar por cuenta del gobierno. Esta última razón, así como la rotunda negativa, me desconciertan, no entiendo qué inconveniente haya en la Marconi, de que yo vaya a trabajar con el gobierno. Acaso, ahora, soy nuevamente indispensable en la compañía? Si ello es así, por qué no me ofrecen mejores condiciones? Resuelvo pues salir inmediatamente para Roma, para definir mi situación, aún cuando este viaje por mi cuenta aumente mis gastos personales. Me propongo ir a conocer el Dr. Benetti, y también personalmente presentarme al ministerio, a fin de que estando ya sobre el terreno me sea dado cerciorarme de si puedo contar con seguridad en la misión a Colombia; o si es que están jugando conmigo; si la misión es asunto serio, visitaré al marqués Solari director de la Marconi para obtener el permiso de ausentarme no ya solamente cinco meses, sino los dos años de la misión. Hago pues maletas; tomo el tren, y al día siguiente me instalo en un hotel de Roma. Lamentablemente, no conozco aquí a nadie; no dispongo de puntos de apoyo para que me sea más fácil meterme en las gestiones burocráticas y antecámaras entre porteros y secretarios. Como siempre: todo tengo que hacerlo a ciegas, confiado únicamente en mi derecho de ciudadano y rogando a Dios para que me ayude a que mis esperanzas no fracasen. Voy a la dirección del Dr. Benetti en la avenida Viale Liegi #48; un lujoso chalet; el criado manifiesta que el señor conde está ausente, que salió para Bolonia! Puede ser que ello sea cierto; ¿o será que no me quiso recibir? En el Ministerio de Comunicaciones tengo mejor suerte: el director de la sección Cav. Cipollaro, me atiende muy amablemente; me asegura que el contrato de la misión, incluyendo mi nombre está ya firmado; que la demora se debe a que hay que esperar algunos documentos de Bogotá; que nos expedirán pasaporte diplomático mediante el cual gozaremos de tránsito libre de molestias de aduana en todas partes, además de los tiquetes que serán de primera clase. En lo tocante al permiso de la Marconi, dice que no debo preocuparme pues el gobierno tiene bastante fuerza para obligar la compañía a dármelo sin trabas; que él llamará hoy por teléfono al marqués Solari; después de que, podré mañana presentarme a la Marconi solicitándolo; que en caso de que me lo ne-

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garan nuevamente, sería suficiente que yo volviera a informarle a él, para que el ministerio en nombre del gobierno fascista enviará entonces a la Marconi una terminante orden oficial. Agradezco al bondadoso funcionario; salgo a pasear por las calles de Roma, con el corazón feliz. Evidentemente la cosa es en serio; puedo considerar como un hecho cumplido mi viaje a Colombia. Los gastos que he hecho para venir a Roma están resultando en plata bien gastada. Al día siguiente, en la Marconi, el marqués Solari me recibe fríamente diciéndome que el asunto está arreglado; que puedo pasar donde el subdirector, comandante Corridoni, para los detalles. Este, una vez en su oficina, en forma sibilina me manifiesta que ellos sabían toda la historia relativa a la misión en Colombia; que la causa por la cual me negaban el permiso era simplemente la de que querían ahorrarme dolores de cabeza. Que por los informes que ellos tienen, esa misión está destinada a fracasar; que ellos consideraban una lástima el que yo vaya a arruinarme en el exterior, teniendo como tengo tan buena carrera abierta en la Marconi. Le pregunto en qué se funda para presumir que la misión fracasará; contesta que no puede darme detalles; que se trata de una información absolutamente confidencial que me ruega no comunicar al Dr. Benetti ni al ministerio. A continuación me entrega un oficio fechado 31 de agosto en el cual la Marconi declara aceptar mi solicitud de permiso para ausentarme de la Marconi durante cinco meses después de que si no habré regresado al servicio seré considerado renunciado irrevocablemente perdiendo mi puesto en la Marconi. ¿Será verdad cuanto me dijo Corridoni? El enredo me preocupa. ¡No hay rosas sin espinas; yo estaba tan feliz ayer…! Regreso al ministerio; informo al Cav. Cipollaro que la Marconi accedió en darme el permiso; agradezco su intervención; le pregunto si tiene más órdenes para mí. Dice que no; que supone la salida para Colombia será durante el mes de octubre; que oportunamente cuando llegue la orden de embarcar me hará enviar la orden a la dirección de mi casa en Pinerolo. No le informo lo del pronóstico pesimista de la Marconi; quien sabe qué enredo hay por debajo de ese cuento; temo que al rebullir el avispero pueda surgir algún problema político o de recelo entre funcionarios, por lo cual quedaría yo luego en peores

Memorias de un marconista de mar y tierra t Italo Amore


En la piscina del Leme

condiciones, sin el apoyo del ministerio, o entre la espada y la pared. Una vez más, me digo que “alea jacta est” la suerte está echada. Faltaría más, a última hora asustarme, arrepentirme; y en vez de la misión a Colombia, volver a navegar sobre cargueros, porque los directores de la Marconi creen que con la misión marcho hacia un seguro fracaso. Desde luego, tomo nota de la advertencia de que “si el río suena, piedras lleva”; cuidaré no dejarme sorprender por trampas o engaños. Me despido de la capital romana pensando que esta sea tal vez la última oportunidad que tengo de admirar a San Pedro, el río Tíber, el cerro Palatino, el Coliseo, las termas de Trajano y de Caracalla, los jardines del Pincio; comer la sabrosa ricotta, los gnocchi a la romana, paladear el rubio vino de Frascati… Ave Roma, capital hace dos mil años de este viejo mundo; gloria de Italia; adolorido de no tener la suerte de poder vivir en tu seno como veo que lo hacen felizmente los funcionarios del gobierno; salgo para el otro mundo… es decir, el nuevo mundo…, a buscar fortuna…, aunque la canción diga que “… quanne spunta a luna, luntane é Neptuno no se po stá…”. Y

yo me dispongo a estar lejos, no solamente de Nápoles, Roma, Génova, Pinerolo, sino que de Italia, para siempre… for ever… Me detengo en Génova algunos días, para arreglar mis cuentas con la compañía; con el hotel Europa; despedirme de los amigos; reunir y despachar mis equipajes; regresar a Pinerolo. Principia ahora la torturante espera que significa quedar días y semanas en la incertidumbre, aguardando la orden telegráfica de Roma, que nunca llega. A veces me asalta la duda: qué haría yo, si al fin y al cabo por causa imprevista fracasara la salida de la misión; si me tocara volver a suplicar a la Marconi para que me dé empleo, aunque sea en un carguero! Me sentiría humillado, derrotado de por vida. Lo grave es que, mientras tanto, estoy consumiendo mis ahorros, cubriendo gastos, sin compensar con entradas; ahora tendré que usar el capital que me prestó Severino para adquirirme un juego de vestidos y artículos para uso en el trópico durante 2 años. ¡Que tal, si después, fracasando la misión no logro devolverle el dinero! Estas dudas y temores, no puedo manifestárselos a nadie; por el contrario, el orgullo hace que a todo el

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mundo tenga yo que mostrarme tranquilo y satisfecho recibiendo felicitaciones por haber sido nombrado miembro de una misión oficial que va a Colombia o Columbia, país casi mitológico, tan lejano y desconocido como el Polo Norte. Y mientras mis amigos me felicitan, pienso yo en mis adentros aquel proverbio: “… se a ciascun l´interno affanno misurare si potesse, quanti, che invidiar ci fanno, ci farebbero pietá…” (si a cada cual la íntima preocupación se pudiera medir, cuantos que envidiamos, nos darían lástima). El 5 de septiembre recibo un telexpreso del ministerio en que me piden un documento sanitario para la expedición del pasaporte, cuya consecución requiere normalmente varias semanas porque hay que legalizarlo en la Prefectura de Turín, etc. Afortunadamente, se me ocurre ir donde el Honorable Representante a la Cámara de los Diputados, Alessandro Buggino, el mismo del famoso radiorreceptor Marconi; muy gentilmente me da una carta de recomendación, con la cual en un par de días logro gestionar todo y despachar el documento a Roma. Continúo esperando. Buscando como transcurrir los días, encuentro que el propietario de Proton Dr. Camillo Rocchietta y su hijo Sergio, ambos muy aficionados a la radiodifusión del exterior, en idiomas francés, inglés, alemán, que ellos entienden –diversión de gran moda y costosísima por la novedad de los aparatos–, estarían complacidos si yo me hiciera cargo de proyectar y montarles una instalación completa en su nuevo chalet cerca de Pinerolo, con altoparlantes en diferentes salas, sistema automático de carga para las baterías de filamento y placa (en aquellos tiempos los radios eran aún de batería acumuladora, con mucho consumo), para lo cual ponen a mi disposición todo el dinero necesario. Viajo a Turín para adquirir las piezas; en una semana termino todo el trabajo; recibo un cheque compensatorio y una carta de agradecimiento, fechada 30 de septiembre. El 11 de octubre, finalmente, llega el tan esperado telegrama de Cipollaro: “Salida para Columbia fijada 21 octubre, confirme si está listo, entiéndase con Benetti para demás detalles”. De buenas ganas contesto que estoy listo; telegrafío a Benetti pidiéndole instrucciones acerca del sitio y fecha de reunión en Génova. El 15 de octubre, otro teleexpreso del ministerio en que me informa oficialmente que está firmado el contrato con el gobierno “columbiano”; que la salida será en el Orazio el 21 de octubre; que me devuelven mis documentos y certificados personales; y que en

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adelante tendré que entenderme con el Ministerio de Relaciones Exteriores. Con fecha 17 de octubre, recibo carta de Benetti en la que me informa que la salida en el paquebote Orazio no es posible por falta de cupo; que tal vez será hacia el 30 de octubre; que me telegrafiará; que mientras tanto me pide firmar y devolverle con urgencia dos recibos adjuntos, cuyo texto dice: “Recibí del Dr. Antonio Gómez Restrepo, ministro de Colombia ante el Quirinal, la suma de $520 pesos en oro colombiano, valor de los gastos de viaje desde Italia hasta Bogotá, como operador de la Misión RT de Colombia”. A cada carta o telegrama, mi corazón sufre las más diferentes variaciones barométricas: sube y baja la presión según que veo acercarse o alejarse la fecha de la bendita salida, en la cual ya no creo hasta que no me encuentre en alta mar, rumbo a ese Centro América… Y no es que yo no esté acostumbrado a itinerarios, y cambios de fechas; si desde hace 10 años no vengo haciendo otra cosa, y viajando por todo el mundo; pero, este continuo adelante y atrás desde hace cuatro meses, me tiene en ascuas, algo así, no me había ocurrido nunca; teníamos que salir con el Venezuela, luego el Napoli, luego el Orazio, ya hemos perdido tres barcos, ¡y todavía nada! Con fecha 26 de octubre el correo me entrega un pliego urgente recomendado de Benetti; loado sea Dios, esta vez el asunto parece definitivo; es una circular dirigida a los cinco miembros de la misión, en la cual Benetti, en su calidad de jefe de la misma nos comunica que el Ministerio de Relaciones Exteriores de Italia, de acuerdo con la Legación de Colombia, ha fijado nuestra salida desde Génova el 15 de noviembre sobre el “Leme”, que llegará a Puerto Colombia el 12 de diciembre. Que en Génova nos entregará los pasaportes italianos y colombianos, categoría diplomática; los pasajes de primera, y el saldo de los fondos que para viáticos envió el gobierno de Colombia. Que para el día 11 quedamos citados encontrarnos todos a las 10 horas de la mañana en el hall del hotel Savoy de Génova, cerca de la estación Principe. Cual viejo navegante y conocedor que soy de la ciudad de Génova, me río al ver que Benetti tiene buen gusto en cuanto al hotel; no conozco todavía este señor conde, pero por el hotel que ha escogido veo que como noble sabe escoger lo más lujoso que haya. En cuando a los demás compañeros de la misión, cuyos nombres aparecen en la adjunta copia del contrato, no los conozco; se llaman: Angelo Abballe,

Memorias de un marconista de mar y tierra t Italo Amore


Stefano Rubino, Libero Carnasciali, Armado Gandini. ¿Qué tal serán estos futuros colegas? Me interesa averiguarlo, pero al fin y al cabo, esto no me preocupa; estoy acostumbrado a vivir entre desconocidos. Por la copia del contrato (ver el texto en Anexos) me entero de que Benetti está destinado al Ministerio de Correos en Bogotá en donde será el jefe de la misión y director de una escuela de radio; los cinco miembros seremos destinados a hacernos cargo de las estaciones inalámbricas de Barranquilla, Cali, Cúcuta, Medellín y San Andrés Isla. En el mapa geográfico que tengo, solamente aparece la ciudad de Bogotá; una espina dorsal que representa los Andes, y un hilo negro y largo que se llama río Magdalena. El contrato dice que nuestro sueldo será de $280 pesos oro, más alimentación y vivienda, y los viáticos de $520. El 11 de noviembre por la madrugada me despido de mamá, hermanos y amigos, parto rumbo a Génova. Es entendido que estaré ausente durante los dos años que reza el contrato; pero en mi corazón, pienso otra cosa; mi intención es, una vez entrado al continente americano con honroso pasaporte, hacer lo posible para instalarme, para no regresar; en cuanto a mi familia, creo que me será fácil convencerlos y trasladarlos a ellos también a América. Tal resolución de mi parte se funda en motivos básicamente importantes: a) mi carrera en la Marconi quedó inicialmente perjudicada desde que tuve que ausentarme por el servicio militar, perdiendo muchos puestos en el escalafón y respectivo derecho a barcos de pasajeros; b) la misma carrera en la Marconi ha sufrido otro atraso recientemente a consecuencia de mis experimentos en onda corta y los injustos regaños de la compañía, en los cuales me he dado cuenta de que la sede principal de Londres no quiere que el personal italiano se adelante en la ingeniería de radio; no tengo incentivo para seguir trabajando así; c) no quiero seguir siendo navegante, marino; y en tierra firme, en Italia, todavía no hay posibilidades de empleo en radio; la radiodifusión está apenas iniciando, controlada por la misma Marconi. Yo quiero establecerme lo más pronto posible en tierra firme, y pensar en casarme, hacerme una familia; d) mis relaciones negativas con el partido y el gobierno fascista cuya ideología es contraria a mis opiniones liberales–democráticas heredadas en Piamonte al estilo de la orientación de Cavour–Giolitti etc. no me permiten hacer carrera en Italia en donde para cualquier cosa hay

que ser primero fascista activo. A mí me inscribieron a la fuerza entre los oficiales fascistas de la marina pero tan pronto logre salirme honradamente, mucho mejor. A las 10 de la mañana, llego a Génova; me presento en el hotel Savoy al Dr. Benetti y otros que con él vinieron desde Roma. Benetti es hombre muy simpático, de unos 35 años de edad, buen causeur, elegantísimo, conoce y habla perfectamente cuatro idiomas, es tipo viajado, promete bien como jefe. Los compañeros: Abballe, de Roma, ex ingeniero de radio del ejército, de mi edad, es la primera vez que sale de casa. Gandini, también de Roma, ex suboficial de radio de la marina de guerra, es dos años mayor que yo, y algo viajado. Rubino, ex marconista de barcos de carga no afiliados a la Marconi, tiene mi edad, y es algo viajado. El más joven de la troupe es Carnasciali, ex técnico de la oficina Marconi de Génova. Todos parecen buenos muchachos, sinceros, ingenuos; ninguno tiene récord de viajes internacionales y experiencia comparable con la mía; ninguno sabe idiomas. Después de alguna charla, nos separamos; quedamos citados en el mismo lugar para el día siguiente. Cada cual se va para atender sus asuntos personales en víspera del viaje. Aprovecho la tarde para ir a la Marconi, saludar otros colegas, y despedirme de Atilio Benzi, mi antiguo profesor de Morse, piamontés de Asti, actualmente inspector de la Marconi y gran jefe jerárquico de la fascistizada oficina de la Garibaldi. No simpatizo con el fascismo, pero él siempre tuvo para mí especial predilección, quizás por ser piamontés. Le cuento que voy a Colombia por larga misión; cuando le informo que el jefe de la misión es el conde Dr. Benetti, sobresalta en su asiento, me interrumpe diciendo que si ese es mi jefe, me conviene no ir, pues ese señor es un ladrón sinvergüenza aunque conde y recomendado por el Vaticano (la señora de él es hermana de un cardenal; si mal no recuerdo), seguramente allá en Colombia nos va a vender… Que Benetti fue alto empleado de la Marconi en Madrid y en Roma; que en ambas partes tuvieron que botarlo por estafador; que luego, valiéndose de las recomendaciones vaticanas se hizo nombrar director de la recién fundada sociedad Radio Italia, de la cual así mismo tuvieron que despedirlo porque furtivamente facturaba horas extras de los obreros y las cobraba

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por su cuenta; quizás ahora, desesperados sus parientes, lograron despacharlo a Colombia, pero, pobre de quien se le meta al lado, porque es un pícaro que no pierde el vicio! ¡Caray, con que este es el simpático conde! Ahora comprendo las reservas del marqués Solari y el aviso que en Roma me diera el comandante Corridoni cuando me dijo que la Marconi no quería dejarme ir porque sabía que la misión estaba destinada al fracaso! ¿Qué hacer? Echarme atrás, al último momento: imposible. Estando ya firmado el contrato con el gobierno de Colombia y todo listo para embarcar, surgiría un conflicto endemoniado; ni yo tengo pruebas contra Benetti como para acusarlo, salvo los informes verbales de Attilio Benzi y los de Corridoni. Seguir adelante, como si nada supiera; pero: abrir bien los ojos! Al día siguiente, volvemos a reunirnos en el hotel Savoy; durante las charlas con Benetti, lo estudio, tratando descubrir en él algo que confirme lo dicho por Benzi. Nada. Sin embargo, observo que cada vez que con los otros colegas principiamos a hablar de asuntos técnicos de radio, él desvía la conversación; nunca emite conceptos como de persona sabia en la materia. Por lo visto, este señor puede ser ingeniero, y habla elegantemente otros idiomas, pero de radio no sabe mucho. Al fin y al cabo, esto no tiene mucha importancia, porque yendo asesorado por cinco ayudantes que somos más o menos buenos especialistas, él puede dejar que la parte técnica corra por nuestra cuenta. Por la tarde, encuentro en el correo una carta reexpedida desde Pinerolo, procedente nada menos que de Bogotá. ¿Quién puede ser, que me escriba desde Bogotá, si allá no he estado nunca y no conozco a nadie? Abro la carta: es Giovanni Biancardi quien desde hace un año está establecido allá adonde fue en una combinación comercial con el honorable Alejandro Buggino para montar un almacén de telas y una fábrica de camisas. Dice que habiendo visto publicado en la prensa de Bogotá el contrato de la misión italiana, y visto entre otros mi nombre (Giovanni es hermano de Gino, mi otro amigo Biancardi de quien hice mención en viajes anteriores cuando desembarqué del Labor), mucho le agrada saber que iré a encontrarme con él en Colombia; y me adjunta copia del periódico con la mencionada publicación del contrato. ¡Caramba! Al leer el texto del contrato, descubro que según se dice allí, los viáticos fijados para nosotros fueron de $600 cada uno, y no $520 como nos dijo Benetti.

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¿Será que ya principió a robarnos el señor Conde? Sigo haciéndome el que nada sabe; nada digo a mis compañeros; pero una vez más reflexiono acerca de cuan cierto es el proverbio de que “todos los nudos salen al peine”, y “las mentiras tienen las piernas cortas”; aunque esta vez las tuvieron bastante largas porque el dato me llegó desde Bogotá, y no buscado… ¡Que tan pequeño es el mundo; especialmente en tratándose de malas acciones! A la vigilia de embarcar, Benetti nos distribuye los tiquetes de los pasajes que él se hizo cargo de adquirir por nuestra cuenta en la agencia marítima del Leme. Son pasajes de primera, pero observo que con camarote para dos personas el destinado a mí y a Abballe; para tres personas el destinado a Carnasciali, Gandini y Rubino; para una sola persona, el del jefe Benetti. Soy demasiado viejo marino para –estando ya sobre aviso–, no darme cuenta inmediatamente de que Benetti al adquirir los seis tiquetes en bloque tuvo que haberse ganado una comisión no inferior al 10%, y además, otro descuento al adquirir pasajes para dos y para tres personas, en vez de camarotes individuales para cada uno. Al fin de cerciorarme, salir de la duda, voy a la agencia del barco; fingiendo querer adquirir tiquetes, pregunto las cotizaciones y descuentos para seis pasajeros reunidos en tres camarotes de primera tal como los asignados a nosotros. Comparando los precios, con las sumas que Benetti cargó a nosotros, resulta que se embolsó un centenar de pesos ganados a nuestra costa, además de los $80 que a cada uno nos dio de menos al entregarnos $520 en lugar de los $600 según el contrato publicado en Bogotá. ¡Ay, bribón de conde! Que tan cierto está resultando cuanto me avisaron Benzi y Corridoni; si en menos de una semana ya nos tiene acumuladas dos estafas, y eso que todavía no hemos salido de Italia; qué será cuando nos encontremos en tierra extraña, sometidos a su arbitrio y voluntad de jefe de la misión? No me queda ya duda de que me estoy embarcando en una verdadera aventura. No puedo retroceder, ni tengo con quién confiarme para pedir ayuda o consejo. Tampoco juzgo conveniente hablar de esto con los colegas de la misión, porque me parecen novatos que, al conocer la situación, tal vez se asusten tanto como para levantar el escándalo, negarse a salir, en cuyo caso nos pondríamos todos en un enredo sin solución y podría el gobierno de Colombia acusarnos de estafadores por violación del contrato. De manera que, después de mucho pensar, no hallo mejor remedio sino callarme; no decir nada a nadie; dejar

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que sigan desarrollándose los acontecimientos; desde luego, vigilando todos los movimientos de Benetti, para impedirle cualquier ulterior jugada. Tiempo habrá para denunciarlo y hacerle devolver nuestro dinero del cual se apropió indebidamente este señor conde ingeniero y doctor recomendadísimo de su Eminencia… Qué tal, que supieran mis compañeros de misión, cual es la ficha a quien estamos tratando y respetando como noble jefe… No; lo más acertado es dejarlos en su inocente felicidad; como más viajado y luchador que soy, a mí me toca estar alerta, pensar en defenderlos, al tiempo que estudio como defenderme yo mismo. El 21 de noviembre, con seis días de retardo respecto de la fecha del itinerario, salimos de Génova en el Leme. Es este un magnífico paquebote, de nuevo tipo, especial para carga en frigorífico, y un centenar de pasajeros de primera clase económica; dos hélices, motores Diesel; limpieza y comodidades excelentes. El 22 hacemos escala en Marsella; el 23 en Barcelona; el 24 salimos de EAB para no volver a detenernos en ningún puerto hasta llegar a Puerto Colombia. ¡Qué impresión tan agradable, esta de sentirme pasajero de primera clase, sin tener que prestar horario de servicio; libre de hacer cuanto me de la gana! Por lo pronto, lo que más me distrae es servir de cicerón, explicando a los demás pasajeros todo lo relacionado con la navegación que tanto conozco; indicarles la nomenclatura de los cabos y costas ibéricas que tenemos a la vista; reírme de los incipientes mareos de algunos, y aconsejarles mi receta de comer galletas. Es evidente que en cuanto a asuntos marinos soy el más experto entre todos los pasajeros, inclusive el doctor Benetti quien, al salir de Gibraltar, ha desaparecido de la cubierta como cualquier principiante. Aunque el tiempo es bueno y el mar relativamente calmado, tres miembros de la misión viven ahora arrinconados en los camarotes, llorando por un pedacito de tierra firme; ellos son: Benetti, Abballe y Carnasciali. Los otros dos, igual que yo, ya fueron navegantes, y por consiguiente entrenados al columpiar de las embrujadoras olas. Después de una semana de océano, al fin, como pajaritos que por primera vez sacan la cabeza fuera del nido, volvieron a asomarse a la cubierta, mis mareados colegas, ya un poco curados, en búsqueda de sol y aire puro. Por mi parte, desde que salimos de Barcelona, diariamente estuve dedicando varias horas al estudio de matemáticas e ingeniería de ra-

dio, que también practiqué diariamente durante el tiempo que en Pinerolo estuve esperando la orden de embarque. Es mucho lo que he adelantado desde que, hace cosa de un año, principié estos estudios con método y tenazmente como única tabla de salvación para mi porvenir. Entre las diversiones de a bordo está la piscina, recién innovación en los barcos de pasajeros; ni el Verdi y el Dante, el Principessa Mafalda, el Giovanna, el María, los de la serie Conte, estaban todavía provistos de piscina. A medida que nos acercamos al trópico, aumenta el calor, y es un verdadero alivio el bañarnos en la fresca agua marina. Habiendo entablado amistad con los oficiales de a bordo quienes me reconocen y me tratan como colega, convenimos en hacer una fiesta; yo me encargo de organizar un disfraz general, en el que me presento disfrazado de árabe arrastrando de una cadena un mono gorila salvaje (pasajero Sr. Radaelli de Milán), en cuyo disfraz he aplicado todos mis recuerdos africanos; un gentleman en traje de jinete y montando un caballito estilizado de madera (Sr. Rubino); un fraile, personificado por el gordote Abballe; una enfermera de la cruz roja, a cargo de Carnasciali; un bufón teatral, tipo Petronili, representado por Gandini; varios otros disfraces raros, y por último, el aristocrático doctor Benetti, en traje de carnosa madame pinturriada y escondiendo el voluminoso pecho detrás de un amplio abanico español todo lo cual era lo único que le faltaba para volvérseme aún más antipático. Entre uno y otro chiste, a quemarropa le pregunto por qué no se disfrazó de director de la sociedad Radio Italia. Me mira serio y sorprendido; a pesar de su vestido de señora en décolleté y mejillas artísticamente empastadas con tintas varias, se pone colorado…, preocupado. Los demás, no comprenden el piropo, que se me escapó quizás por la inquina que llevo acumulada en mi ánimo desde que sé que es un pícaro; me piden explicar; yo le doy vuelta al asunto como si no tuviere importancia, pero por las arrugas en la frente de la condesa me doy cuenta de que he dado en el blanco (saco varias fotografías de los grupos de estos disfraces; las conservo en el álbum). Al día siguiente, Benetti me llama aparte y me pregunta con tono desafiante qué es lo que sé y qué quise decir cuando le mencioné la Radio Italia. Le contesto que simplemente sabiendo que fue director de la Radio Italia me hubiera parecido más a propósito que se hubiere disfrazado en esa digna función pero que, aprovechando la ocasión quisiera a mi turno hacerle una

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preguntica: –por qué en la copia del contrato, que nos suministró a los cinco miembros de la misión que él dirige, aparece que el gobierno de Colombia nos suministró solamente $520 de viáticos para cada uno, siendo que según el contrato oficial publicado en la prensa de Bogotá, deben ser $600. ¿Qué se hicieron los otros $80 míos y los de mis compañeros, total $400?– Y para demostrarle que no estoy hablando paja, que lo tengo cogido en la red, saco de mi cartera y le muestro el periódico de Bogotá. Mi hombre, se confunde, casi tartamudea; con razón, pues: ¿cómo iba a suponer que estando todavía en medio océano, pudiera alguien enrostrarle el fraude de los viáticos, exhibiendo como prueba, nada menos que un periódico de Bogotá? Ni que fuere yo un hábil detective…; él no sabe que todo se lo debo a una casualidad, al destino, a la buena amistad de Biancardi, a que la justicia tarda pero llega; y en esta ocasión no está tardando mucho… Transcurridos unos segundos de confusión, el doctor trata de justificarse, alegando como disculpa lo siguiente: –efectivamente, son $600 para cada uno los viáticos que nos asignó el gobierno colombiano; pero, como quiera que a él, jefe de la misión, equivocadamente fijaron también $600 en vez de $1.000, el propio embajador de Colombia en Roma fue quien le autorizó a aumentar su cuota a $1.000 mediante la retención de $80 a cada uno de nosotros, con el entendimiento de que una vez llegados a Bogotá, de acuerdo con el gobierno de Colombia se nos devolverían nuestros $80 a cada uno. –¿Y porqué, en vez de tanto enredo, no optaron más bien por darnos a nosotros los $600 completos; y a usted doctor el saldo de los $400, puesto que es usted quien irá a Bogotá? ¿Por qué modificaron el contrato de Bogotá, sin nuestro conocimiento, y sin informarnos usted?– –Pues, quien lo resolvió así no fui yo, sino el señor embajador de Colombia en Roma; y yo les iba a informar a ustedes una vez llegado a Bogotá.– –Entonces, ¿puedo contar con que una vez llegado usted doctor a Bogotá, nos devolverá a cada uno de nosotros los $80?– –Desde luego… eh… pero le suplico, no les diga nada a sus compañeros, pues yo me encargaré de explicarles cuando llegue el momento oportuno. Usted es el único quien merece saber ciertos asuntos siendo usted el más viajado y con mayor experiencia para comprender situaciones que requieren tacto diplomático en relaciones internacionales. A propósi-

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to: le diré en confianza, que tengo planeado llevarlo a usted conmigo a Bogotá porque sus mayores conocimientos en radio y visto que usted habla ya bastante bien español, será para mí buen auxiliar en la misión. Como usted sabe, en Bogotá el clima es mejor que en las demás ciudades tropicales; en la capital se vive mejor. Pero no le diga nada a sus compañeros.– –Por supuesto, doctor.– En mis adentros, pienso: gran bribón, este se cree ahora que logra comprar mi silencio o hasta volverme su cómplice, mediante la promesa de que me reservará mejor destino, o de que nos repartiremos las utilidades… Pero todavía no ha llegado el momento de contrariarlo; hay que obrar con prudencia, por etapas, para no desbaratar la misión. Afortunadamente para mis compañeros, no soy bobo, ni pícaro, y mucho menos traidor. Yo me haré cargo de defenderlos. Durante las siguientes jornadas de viaje, Benetti se mantiene lo más posible a mi lado, dándome aparentes pruebas de amistad y aprecio; pero comprendo que lo que trata en realidad es, mediante su presencia, evitarme la posibilidad de relatarle a mis compañeros lo que sé. Y esto, que él mismo no se imagina lo demás que sé de él, tanto como me lo relató el inspector Benzi… Mis compañeros, que nada sospechan, comentan diciéndome que, por lo visto, le estoy cayendo en gracia a nuestro jefe de misión. –Si– contesto yo entre dientes, –algún día les diré el por qué–. El 12 de diciembre de 1927, llegamos a Puerto Colombia. No es una maravilla de puerto, ni de ciudad. Atracamos a un rudimentario brazo del muelle que se extiende fuera de la playa; un ferrocarril tipo africano o de cuarta clase, nos recoge para desembarcarnos en la bulliciosa estación de Barranquilla entre una turba de mulatos, negros, gritos, arena en los ojos llevada por la brisa. Gracias a nuestro pasaporte diplomático, la misión sale entre los primeros, con sus equipajes, aumentados con unos veinte baúles de otros pasajeros, que deben contener contrabando puesto que para favorecer a sus propietarios, compañeros de viaje, el señor conde aceptó hacerlos figurar como nuestros, exentos de visita aduanera. Se ve, que sabe viajar; pero yo, ex oficial de marina, tampoco soy ciego. Vamos a alojarnos al hotel Tívoli, ubicado en la calle Cuartel entre San Blas y Paseo Colón (hoy Paseo Bolívar), gerenciado por una pareja de viejos italianos de apellido Natili. Aquí, nuestro jefe vuelve a tratar de hacer birlibirloques a nuestras costas, mediante arreglo especial con el dueño del hotel, pero

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yo, que acabo de explicarle a mis compañeros las maravillas de la fruta papaya, y que al hallarme nuevamente en tierra tropical me imagino en cierto modo haber regresado a mis tiempos de cacerías africanas y luchas con el cabo Coccerese, tengo deseo de acabar pronto con la comedia; dirigiéndome al pícaro doctor, sin evitar que se trasluzca el tono irónico y provocador, en presencia de los demás compañeros, le dijo: –oiga, señor; acabamos de poner pies sobre el continente descubierto por Colón, como quien dice, el nuevo mundo, en donde cada cual tiene derecho a disfrutar una libertad que antes no conocíamos. Para principiar, solicitaría a usted el favor de permitirme arreglar con el dueño del hotel todo cuanto se relacione con mi personal alojamiento, cantidad de ventiladores, lugar de la pieza, con o sin palmera, guacamayo, etc., y respectivo precio, sin necesidad de tutela, pues entre otras cosas soy mayor de edad. De manera que, quedamos entendidos, que en adelante me haré yo cargo de pagar mis gastos y mis cuentas por separado, con la venia de usted. Esto será mejor también para su completa libertad puesto que usted como jefe de la misión, seguramente quiera gastar más que nosotros…!– Los compañeros me miran extrañados, considerándome insolente. Benetti, agacha la cabeza, y se calla. Por la noche, se va, invitado a comer donde el señor cónsul de Italia. Quedamos solos en el hotel. Aprovecho la ocasión, para vaciarme el saco, llamando a los cuatro compañeros a una reunión, y les anuncio: – colegas, ustedes no podían entender el sentido de la tiradera que hoy le hice a Benetti acerca de la repartición de los gastos, pero ha llegado la hora de que yo con mucha pena les amargue a ustedes el entusiasmo y la tranquilidad, relatándoles todo cuanto sé del jefe. Les advierto que no quise ponerles a ustedes al corriente antes de llegar aquí, porque, en primer lugar, necesitaba yo mismo convencerme de tener las pruebas de que desafortunadamente no estoy equivocado; en segundo lugar, porque consideré imprudente darles a ustedes la noticia antes de terminar el viaje en común y en los mismos camarotes, en el Leme (aquí sigo con el relato de todo cuanto he observado y sabido, desde la profecía de Corridoni en Roma, hasta la despedida de Benzi en Génova, el periódico de Bogotá, el chequeo de los tiquetes en la agencia de el barco, la explicación de Benetti durante la entrevista después del baile de disfraz, etc.). De manera que ahora saben

En la piscina del Leme

todos ustedes que estamos entregados en manos de un pícaro, que según dicen, es capaz de vendernos–. –Sin embargo, se requiere por lo pronto fingir que nada sabemos, aunque estando listos para defendernos en cualquier momento, pues tenemos que seguir frente de los funcionarios y del gobierno colombiano haciendo figurar a este señor como jefe respetable y digno de la misión; de lo contrario, lo más probable sería que este gobierno nos devuelva a todos a Italia, con las pivas en el saco… Y todos acabaríamos mal. Yo me haré cargo, hasta donde posible, de obligar a Benetti a trabajar decentemente, amenazándole de que en caso contrario lo denunciaré ante el gobierno italiano por conducto de la Legación de Bogotá y pediré nos cambien el jefe de misión, pues tengo pruebas y testigos, que son los poderosos funcionarios de Roma y de Génova. También me haré cargo de hacernos devolver oportunamente a todos y cada uno los $80 que nos estafó. Por lo demás, solamente les pido a ustedes que tengan confianza en mí, y que no haya entre nosotros ningún egoísta o traidor que buscando el beneficio propio sacrifique a los demás, pues, mientras nos mantengamos unidos, no será Benetti quien pueda vendernos a nosotros, sino más bien nosotros podríamos vender la piel de él, si fuere necesario…– Después de varios intercambios de ideas, logro convencer a los otros de que sería inconveniente armar la pelea de desde ahora, y que dejen a mi juicio proceder en la defensa del interés común. Así quedamos entendidos.

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CAPÍTULO

62

Las Delicias (Parte 1ª)

Diciembre de 1.927

A

l día siguiente, 13 de diciembre, vamos en grupo a la Circunscripción de Telégrafos de Barranquilla, donde nos entregan una especie de salvoconducto para toda la República, firmado por el gobernador Eparquio González, en el que se transcribe el pasaporte colectivo expedido en Roma el 27 de octubre por Carlos Augusto Bertini Frarsoni cónsul general de Colombia, por orden del doctor Antonio Gómez Restrepo, ministro plenipotenciario de Colombia ante su majestad el rey de Italia, etc. Enseguida, Benetti, en su calidad de jefe de la misión, procede a asignarnos los respectivos destinos. Abballe, tendrá que ir a hacerse cargo de la estación inalámbrica de Cúcuta, en el Norte de Santander, frontera con Venezuela; para ello tendrá que remontar en barco el río Magdalena hasta Puerto Wilches, de allí en tren hasta Puerto Santos, luego en mula hasta Bucaramanga y hasta Pamplona en donde finalmente hallará vía carreteable para llegar en bus a Cúcuta. Tendrá que atravesar unas regiones de alta montaña, solitarias, denominadas páramo del Mortiño y páramo del Almorzadero, donde nadie se demora en almorzar, sino conviene apresurarse para salir de ella pues tiene fama de que allí asaltan los bandoleros. Siendo la primera vez que sale de su casa de Roma, y que todavía no entiende palabra de castellano, mi buen colega Angelito tendrá en tan largo viaje sin guías o compañía, manera de distraerse y escribir aventuras a su novia…

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Gandini, el cómico de la misión, ha sido destinado al extremo opuesto. Tendrá que encargarse de la estación de Cali, ciudad situada cerca del puerto de Buenaventura, en la costa del pacífico; su viaje será relativamente cómodo, pues, saldrá con pasaje de primera en el próximo barco trasatlántico, atravesará el canal de Panamá, será desembarcado en Buenaventura y de allí seguirá en tren hasta Cali, para ir a posesionarse de la estación en Juanchito cerca del río Cauca. Rubino, el aristocrático, se enfrentará a un interesante viaje en goleta, para posesionarse de su destino en la isla de San Andrés y Providencia, cerca de Nicaragua. De aquí irá en el mismo barco con Gandini, hasta Cartagena, para luego seguir en la prehistórica y poco confortable goleta a vela, hasta la isla de los negros y de los cocos; no sería extraño que con el tiempo resultara este fino gentleman, principesco gobernador de una de esas islas de los piratas… Quedamos para destinar, Carnasciali y yo. Si Benetti se mantiene en su anterior proyecto, seré destinado a Bogotá y Carnasciali quedará aquí en la costa. Pero, llegan órdenes del ministerio, según las cuales, uno de nosotros, en vez de ir a Bogotá, tendrá que ser destinado a una nueva estación que ésta por montar en Manizales. De acuerdo con el señor Rafael Vázquez, jefe de la circunscripción, Benetti resuelve que yo y Carnasciali quedemos en Barranquilla, al tiempo que él sale en el próximo vapor correo subiendo el Magdalena hasta Girardot y desde allí en auto hasta la capital.

Memorias de un marconista de mar y tierra t Italo Amore


Uno de los dos, yo o Carnasciali, tiene que hacerse cargo de la estación de Barranquilla, denominada Las Delicias. En principio, no está decidido cuál de los dos tendrá que quedarse allí, pero enseguida resulta que Carnasciali no habla todavía una jota de castellano, al tiempo que yo me desenredo casi como Benetti, con mi español aprendido durante los dos años de viajes a Buenos Aires. De manera que se conviene en que Carnasciali se quede a mi lado como ayudante mientras practica el idioma, y yo me haré cargo de la jefatura de Las Delicias, que es la estación más grande y de mayor importancia por cantidad de tráfico y de personal, después de la de Bogotá que pertenece a la Marconi inglesa y es operada por personal de dicha nacionalidad. Creo que mi experiencia africana de Bulo Burti y de Merka me facilitará desarrollar mi tarea. Heme aquí, vuelto funcionario terrestre y respetable, de este simpático y caótico país tropical. Me despido de Benetti y de los colegas de la misión; tomó un taxi, rumbo a la estación de Las Delicias, acompañado por Carnasciali quién me sigue como un perro extraviado y asustado. Cuando me oye decir enfáticamente “caramba”, me mira con asombro, como si yo fuere un Cristóbal Colón… La estación de Las Delicias, se halla situada sobre una pequeña colina desde la cual se domina la ciudad de Barranquilla y la vista panorámica hasta el río Magdalena. Por razón de su altura, el lugar está bien ventilado por las brisas. Mientras en la ciudad el calor es sofocante, aquí se respira a pleno pulmón el aire marino; la temperatura es agradable. Todo el cerro está todavía sin desmontar, pura selva; aunque ya se está acercando una urbanización que presume hacer de todo esto un futuro barrio residencial que será continuación del barrio del Prado que la firma Parrish está principiando a construir. Como consecuencia de la selva, en Las Delicias hay cantidad de mosquitos, garrapatas, iguanas, culebras, y hasta tigrillos según dicen. Esto me pone feliz pues me propongo hacer cacerías iguales o mejores de las que hice en Africa. La estación, comprende un gran lote de terreno (unas diez fanegadas) en cuyo centro se halla un magnífico edificio de estilo colonial, en madera y ladrillo, de unas veinte piezas en total, de las cuales, una docena son los cuartos para alojar al personal radiotelegrafista; los demás son salas de reunión, comedor, almacén– depósito, cocina, cuartos de servicio, baños, etc. Al lado derecho, otro edificio en ladrillo, contiene la planta transmisora, comprende un salón para los

motores–generadores de treinta HP accionados por gasolina (marca inglesa Pelapone), que suministran corriente continua de 110 voltios y 40 amperios para la carga de la batería acumuladora; otra sala para los motores–alternadores del transmisor; el transmisor, tipo Marconi, onda larga de 4.000 metros, 5 Kw., de válvulas, control remoto con puesta en marcha y apague automático, serie modernísima; una tercera sala para la batería acumuladora que se compone de 60 grandes recipientes rectangulares de vidrio, con sus placas de plomo y ácido, de capacidad de 400 amperios/hora cada uno; cuarto de repuestos, taller, habitaciones para los mecánicos. Los ramales eléctricos, que son numerosos debido a los relevos de los automáticos, control remoto, energía para el alumbrado y para los receptores, corren en cables de plomo a lo largo de trincheras de cemento debidamente defendidas de las inundaciones, pero no lo suficientemente de un gorgojo que perfora el plomo y ocasiona cortos circuitos. Cerca de este pabellón, dos torres metálicas del tipo piramidal Milliken, de 100 metros de altura cada una, sostienen la antena correspondiente al transmisor Marconi. Otro brazo, recientemente construido, que se bifurca desde este pabellón, contiene un transmisor Telefunken de medio Kw., a válvulas, para funcionar en onda marítima de 600 metros, con su antena sostenida por dos torres Telefunken de 30 metros cada una. A la izquierda del edificio principal, se halla la casilla de los aparatos receptores, que son del tipo Marconi, a válvulas, e incluyen un radiogoniómetro; una torre Milliken de 30 metros sostiene las antenas receptoras. Al lado de esta casilla, está otra, con la oficina telegráfica que se comunica por línea con Barranquilla. La historia de la estación es la siguiente: hasta terminar la guerra europea no existía en Colombia ninguna estación inalámbrica o de radio, de propiedad del gobierno, o de particulares; pero si, figuraban en archivo, radiotelegráficas navales, extranjeras: una Marconi, en San Andrés isla, otra Marconi en Puerto Colombia, y una Telefunken en Cartagena. Eran costaneras, destinadas al servicio de comunicación con los barcos que cruzaban por el Caribe. Durante la guerra del 1915–1918, los ingleses silenciaron la estación alemana de Cartagena; después de terminada la guerra abandonaron sus dos estaciones de Puerto Colombia y San Andrés, por anticuadas, y porque ocasionaban fuerte déficit financiero a la compañía de Londres.

MISIÓN A COLOMBIA - Capítulo 62 Las delicias (parte 1a)

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Hacia el año de 1922, bajo la presidencia del Dr. Suárez, los ingleses lograron negociar un contrato por el cual el gobierno de Colombia les concedía el monopolio de las comunicaciones inalámbricas a cambio de que instalaran equipos Marconi para establecer el servicio interior entre Bogotá, Medellín, Cali, Cúcuta, Barranquilla y San Andrés. Es de anotar el hecho de que en tal ocasión los ingleses hicieron las cosas como grandes señores, es decir, en primer lugar se preocuparon por levantar edificios de buena calidad y larga duración, modernos, cómodos, sin economía, invirtiendo para ello unos 200.000 pesos; luego, instalaron equipos Marconi del tipo más lujoso y perfecto que se consiguiera en aquella época, y por último, dotaron a cada estación con personal de técnicos y operadores ingleses procedentes de su marina mercante, muy bien pagados, suministrándoles todo lo necesario para hacerles la vida fácil y dulce, desde los servicios de comedor en porcelana y cristal, hasta el campo de tenis y los caballos para el paseo. Todo maravilloso, adecuado para sostener elevadísimo el nivel de la bandera británica, como en sus colonias, en comparación de los “nativos” colombianos; pero, todo tan costoso, que la sede de Londres tuvo que registrar un déficit de centenares de miles de libras esterlinas, en cosa de tres años de ejercicio. La exigua cantidad de mensajes que introducía y pagaba el público, no correspondía ni en centésima parte a lo que en un principio calcularan los inversionistas ingleses. Visto el gran fracaso comercial, los ingleses de la Marconi buscaron la fórmula de salvación, que no pudiendo consistir en desmontar todo, forzosamente resultó ser la de “vender”, enchufando al gobierno colombiano la red de estaciones que a pesar de ser maravillosas, no producían lo suficiente, por falta de trabajo, o sea, de radiogramas por transmitir. En 1924, vendieron pues al gobierno todas las estaciones, exceptuando la de Bogotá que sí lograba pagar sus gastos y rendir utilidades por cuanto que allí se concentraba todo el tráfico de la nación, procedente de las demás estaciones del interior. Después de haber el gobierno adquirido las cinco estaciones del interior, se presentó el problema de que en el país no había aún siquiera un colombiano que supiera de inalámbricos; por consiguiente, fue preciso seguir contratando al personal inglés, manteniéndolo a peso oro y en su lujoso tren de lucro y derroche. Más o menos en esa época, mientras los dirigentes del gobierno se arrancaban los pelos al constatar

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el gran déficit que al ministerio producían las nuevas estaciones y su personal británico, se presentaron unos agentes vendedores alemanes, de la Telefunken, tratando de introducir su marca. Aprovechando la ingenuidad y el desconocimiento de los funcionarios colombianos, pudieron fácilmente demostrarles que los ingleses estaban robando; convencieron al ministro ordenar la compra en Alemania de una docena de estaciones inalámbricas Telefunken que, comparadas con la Marconi, salían costando “a huevo”. Lo que no informaron los alemanes, fue que sus estaciones también funcionaban a huevo, es decir, así como eran baratas, su calidad era tan deficiente que no se podían comparar con los aparatos ingleses. Además, dentro del precio de las estaciones Marconi estaban no solamente los aparatos, sino también los edificios, que como ya dije, habían sido construidos a cuerpo de rey, para larga duración y sin economías; los alemanes, en sus cotizaciones no incluían edificios, ni gastos de montaje, torres, planta de energía, batería acumuladora, etc. que a la postre el gobierno tuvo que suministrar adicionalmente y claro está todo salió más costoso que los aparatos… Así como para mantener en servicio los equipos Marconi se vio el gobierno precisado en contratar personal técnico inglés, de la misma manera, para instalar los equipos Telefunken, tuvo que contratar técnicos alemanes y pagarlos a peso oro. Después de estar gastando sumas elevadas en mantener personal técnico de ingleses y de alemanes, el ministerio se dio cuenta que casi no había servicio inalámbrico, ni éste producía entradas, porque entre otras cosas faltaba la coordinación entre alemanes e ingleses, pues cada nacionalidad trataba de formar una administración propia y separada, interesándose principalmente en desacreditar y destruir la contraria, diciéndose recíprocamente pestes los unos de los otros; lo único en que estuvieron de acuerdo los ingleses y los alemanes fue en cobrar mensualmente sumas cada vez mayores, al pobre Ministerio de Correos y Telégrafos. Hubo un ministro de correos, por allá en el año de 1926, quien viendo la situación de círculo vicioso en que se hallaba metida su administración; buscando un remedio al déficit del servicio inalámbrico, comprendió que la salvación debía consistir en formar personal de técnicos y de operadores colombianos, con el fin de poder luego cancelar los contratos con el costosísimo personal extranjero. También comprendió dicho ministro, que ni los ingleses ni los alema-

Memorias de un marconista de mar y tierra t Italo Amore


nes cooperarían en la preparación o instrucción de personal colombiano, pues su interés consistía en poder continuar toda la vida chupando del tesoro de esta subdesarrollada república… Contrató entonces una misión telegráfica belga; en un principio creyó el ministerio poderla encargar del servicio inalámbrico nacional, pero resultó que aún cuando los técnicos belgas eran magníficos trabajadores, competentes en su especialización, y obraban honestamente en favor del gobierno, nada podían hacer para mejorar la suerte de servicio inalámbrico, simplemente porque se trataba de una técnica que ellos no conocían, por ser diferente de la telegrafía. Fue entonces cuando a dicho ministro se le ocurrió buscar el remedio en Italia, contratando una misión de técnicos–operadores de inalámbricos, italianos, quienes estando a sueldo del gobierno colombiano tendrían como finalidad la de formar personal colombiano y tomar la defensa de los intereses de esta nación, en contra de los pulpos ingleses y alemanes, hasta lograr deshacerse totalmente de los mismos. Iniciadas las gestiones con el gobierno italiano, el ministro colombiano tuvo que renunciar a su cartera debido a cambios en el gabinete (antes, Manuel M. Valdivieso; luego Francisco Carbonell González); fue reemplazado por José Jesús García, ex comerciante de Bucaramanga, hermano del obispo García de Santa Marta y luego de la diócesis de Medellín.

La misión radiotelegráfica a Colombia

El grupo inglés estaba bajo la jefatura de mister Hubert Simmons quien a pesar de no serlo, figuraba ante el gobierno colombiano como gran técnico de inalámbricos; pero lo que no sabía él de radioondas, lo compensaban cual habilísimo negociador e integrante ya sea mediante contactos de logias masónicas, ya sea mediante la vida de clubes entre whisky, golf y política. La facción alemana estaba bajo las órdenes del herr Karl Klemp, agente de la Telefunken, quien tampoco sabía de radio, pero le ganaba a su rival inglés en cuanto a audacia en engañar a los ministros colombianos. Se presentaba en sociedad cual hombre casado, acompañado por dos elegantes damas, de las cuales una se presentaba como señora y la otra como hija suya. No se sabe qué hay de cierto en ello, pero he visto fotografías de la señorita, en paseo de visita a la estación de Puente Aranda de Bogotá, al lado del bobalicón ministro García. Lo cierto es que, ya sea mediante el apoyo femenino, reforzado por su arte de magnífica barriga y el habano sobresaliente, pudo el audaz Klemp transformarse de doctor, a persona importantísima, logrando que García lo nombrará director del servicio inalámbrico del ministerio, desde cuya posición oficial principió su trabajo subterráneo, tendiente a desacreditar las estaciones Marconi, hacerlas desmontar, para reemplazarlas con equipos Telefunken. A poco de hallarse en la jefatura, se enteró Klemp de que la legación de Colombia en Roma estaba contratando una misión técnica italiana. Naturalmente, presintiendo el peligro de ser reemplazado, se dedicó a preparar el terreno a fin de que llegando los italianos fueran mal recibidos por el personal del ministerio, y posiblemente obligados a regresar a su tierra. Al efecto, hizo correr la voz de que los italianos no sabían nada, no servían para nada, habría que reemplazarlos pidiendo una misión de técnicos alemanes. Y resultó favorecido por la circunstancia de que Benetti era otro individuo de la misma estirpe, de gran capacidad social, pero incompetente y poco honesto… Hasta hace tres meses, el jefe de la estación inalámbrica de Las Delicias era Mr. Adams, inglés ex oficial de la marina quien acababa de regresar a su país por haberse vencido su contrato con el gobierno colombiano y por no haber éste querido renovarlo en vista de que estábamos por llegar los italianos. Mientras tanto, quedaron nombrados provisionalmente como jefes de la estación, el operador colombiano

MISIÓN A COLOMBIA - Capítulo 62 Las delicias (parte 1a)

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Foto de carnet a los 27 años

Alberto Galarza, y el técnico alemán Otto Vogeler. Son estos los señores con quien tengo que entenderme para recibir de manos de ellos la estación inalámbrica de Las Delicias. Después de una rápida visita preliminar a los diferentes pabellones y maquinarias, me siento bastante pequeño e inseguro enfrente de la responsabilidad de que voy a encargarme, principalmente porque los aparatos son de tipo que por primera vez acabo de ver, y por lo tanto no los conozco. El conjunto de motores, tableros de mando y distribución, relevos accionados por control remoto, transmisor, antena, todo es imponente; las manecillas de los voltímetros amperímetros que se mueven como bailando, marcando quién sabe qué, me impresionan como si estuvieran indicándome: no te metas en cosas que no conoces… Afortunadamente, Carnasciali está a mi lado, es especialista en motores, enseguida comprende el servicio de éstos, y me explica, mientras yo hago lo posible para no dejar traslucir mi ignorancia. En cambio, sin esfuerzo alguno logro entender y leer el

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movimiento de los relevos, en código Morse, de los mensajes que están siendo transmitidos, mientras que Carnasciali a su turno nada sabe de Morse. Mientras visito el almacén, veo botados en un rincón, como cosas abandonadas, un par de aparaticos que llaman mi atención. Son dos rudimentales receptores para onda corta, más o menos como los que yo fabricaba en los barcos para mi uso guiándome por los diagramas de la revista QST. Pregunto por qué están allí archivados tales elementos; Galarza me explica que en vista de la gran dificultad que diariamente después de las tres de la tarde se presenta para transmitir y recibir el tráfico de onda larga –por aquello de que las fuertes estáticas tropicales no dejan oír nada–; en los últimos tiempos de su estadía aquí el jefe Adams había pensado desarrollar el servicio de recepción desde Bogotá, en la onda corta, aprovechando que la estación del Cerrito en Bogotá tenía transmisor de onda corta, HJO, para su servicio con Nueva York. Que la Marconi había suministrado esos dos cacharros, que nunca había sido posible hacerlos funcionar, y que por ello había acabado Mr. Adams con perder la paciencia y botarlos. –Qué lástima– pienso yo, y recogidos del suelo los dos chécheres principio a estudiarlos. Faltan unas piezas, pero yo tengo entre mi equipaje que traje de Italia. Por la noche, como pasatiempo, me pongo a montar y reparar los dos receptores, terminando con lograr milagrosamente hacerlos funcionar. En la mañana del 15 de diciembre 1927, a los dos días de haber llegado a Las Delicias, instalo y pongo a funcionar dichos aparatos, recibiendo como cañonazos las señales de HJO que trabaja en onda de 22 metros. Los operadores colombianos, a quienes, por conducto del técnico alemán mister Otto Vogeler se les había dicho que los italianos no entendían nada, principian a quedarse asombrados al constatar cómo en pocas horas pude poner a funcionar una cosa en la que había inútilmente perdido semanas el sabio y poderoso mister Adams, y que el propio Otto ni se había atrevido a tocar! Y sobre todo, resulta otra cosa: este diablo de italiano recibe y lee el Morse a una velocidad de hasta 40 palabras por minuto, cosa nunca vista aquí. Ahora, con el receptor de onda corta, mediante el cual es posible recibir el tráfico de Bogotá a cualquier hora y sin dificultad puesto que las estáticas no interfieren en 22 metros, el tráfico de allá para acá se desarrolla tan rápidamente que los operadores y los telegrafistas tienen que trabajar como nunca! Tanto

Memorias de un marconista de mar y tierra t Italo Amore


más que, cada vez que tratan de decir que Bogotá no se oye, o transmite demasiado aprisa, me pongo yo los auriculares, me siento ante la máquina de escribir, y demostrándoles que sí se oye perfectamente, recibo yo los mensajes a gran velocidad, como si no hubiere hecho otra cosa en toda la vida… El 22 de diciembre dirijo un radiograma al misterio informando que he reparado los receptores de onda corta dejados inservibles por Mr. Adams y que he inaugurado el servicio con Morato y Cerrito; que por consiguiente solicito se me envíe un telegrafista más, para poder establecer este nuevo servicio en forma regular; acelerar el tráfico. Supongo que tal anuncio me proporcionará una nota de felicitaciones por parte del ministerio; pero inútilmente espero que mi ilusión se materialice; el ministerio no contesta! A medida de que transcurren los días, me familiarizo rápidamente con los aparatos, el servicio, el personal; me doy cuenta de que esta jefatura, al fin y al cabo, no es tan difícil como suponía. La voluntad, la continua aplicación, y la inteligencia, lo remedian todo, permitiéndome en cada asunto presentarme como conocedor del problema; el personal colombiano se está dando cuenta de que ahora tiene un jefe activo, y dominador, al que no se le pueden decir mentiras. Carnasciali, siempre me sigue como una sombra, todavía medio asustado por su dificultad en entender el castellano, y asombrado de ver como yo me desenvuelvo imponiéndome con aparente facilidad. Digo aparente, porque parte de mi serenidad y seguridad de acción es algo artificial, fingida, muy útil para el efecto; es una de las artimañas aprendidas en Africa y durante mis viajes en los barcos. Al personal dependiente hay que dominarlo con la superioridad de los conocimientos, pero también sirve un poco de bluff, sin el cual, ni Stanley habría logrado atravesar el continente africano, ni estarían los ingleses dominando en las Indias. Otro factor aglutinante según aprendí por la experiencia, es el de mantener la chusma contenta mediante sabrosas comidas. Observo que los empleados de la estación se nutren escasamente; me propongo ganármelos también por la barriga, organizando una cocina en común para todos, a base de abundantes spaguettis, pollos, vino Chianti a discreción. Pero, las innovaciones suelen presentar dificultades. Al querer organizar la despensa, cocina, aseo del edificio en que habitamos unas quince personas, tropiezo con el imprevisto obstáculo de una muchacha medio negrita que quiere tener aquí funciones de

mando, como una especie de administradora de la casa y que a mis órdenes para que desocupe la estación, se rebela y me manda al diablo. Observo que el personal colombiano le obedece sumiso, y aprendo que “la negra” es la “querida” del operador Galarza quien había quedado encargado de la jefatura cuando se fue el inglés Adams, hasta el día en que llegué yo a posesionarme. También aprendo, porque en secreto me lo denuncian los demás operadores, que entre Galarza y la negra ya han trasteado una mitad de los artículos de hogar que habían dejado los ingleses, que eran de dotación y propiedad de la estación, tales como gran cantidad de porcelanas del comedor y útiles de la cocina, juego de muebles, colchones y sábanas de todas las piezas; pues habiendo visto Galarza a raíz de mi llegada, que difícilmente volvería a ser jefe de la estación, resolvió irse a habitar en otro lugar, y en eso están, desocupando cuanto pueden de la estación, por la noche, al favor de la oscuridad… Esa misma noche me dedico a vigilar y sorprendo la negra que se va cargando a espaldas un bulto de toallas del comedor, dizque para llevarlas a lavar. Viéndose cogida in fraganti, en principio se pone a llorar, pero como quiera que no me conmueve y le ordeno salir de la estación y no volver a pisar este terreno, me contesta que tendré que vérmela con Alberto. Principio a sentirme indignado contra Galarza: ¡contra su pretensión de mantener dentro de la estación y como mandona entre el personal, a una negra ladrona, por el mero hecho de que es su querida! Me molesta observar cómo ese personal de operadores, se sometía, se dejaba dirigir por una negra, por temor de Galarza. ¡Qué sinvergüenza, qué falta de dignidad, de valor civil, y cuanta cobardía! Pues bien, ¡irán aprendiendo conmigo estos señores, a tener mayor respeto de sí mismos! El día siguiente ocurre el inevitable altercado con Galarza, cuyas amenazas no logran afectar mi inquebrantable resolución; en primer lugar, de hoy en adelante, nadie podrá introducir en la estación personas ajenas al servicio, y mucho menos mujeres, sin mi previo permiso; en segundo lugar, la negra ha estado cometiendo un hurto, y si la encuentro otra vez en la estación, la hago llevar a la cárcel como ladrona; por último, estimo que los operadores de radio ocupan una posición bastante elevada y digna de respeto, por lo cual, mientras yo sea el jefe de la estación no permitiré que obren de manera inmoral y se rebajen tanto como para convivir con cualquier negrita.

MISIÓN A COLOMBIA - Capítulo 62 Las delicias (parte 1a)

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Me doy cuenta de que de ahora en adelante tendré en Galarza un enemigo irreconciliable, que seguramente estará a diario tramando como perjudicarme; pero este asunto no tenía otra solución; mal podría yo venir desde Italia, para dejarme dirigir por una negra! También me doy cuenta de que no podré fiarme de nadie entre el personal; entre ellos, los operadores están complacidos de que yo me haya enfrentado a Galarza, pero cuando este los arenga en mi contra alegando hacia el intruso extranjero, enseguida se solidarizan con él. La disciplina y la cantidad de trabajo que les estoy imponiendo, no les gusta. Galarza tiene bastantes razones para estar furioso conmigo, pues no solamente mi llegada significó para él perder la jefatura de la estación, sino que hasta eso de públicamente desahuciarle su querida… Hasta me da pena haber tenido que ser inflexible; con mucho gusto haría lo posible para favorecerle en cuanto lo merezca; pero no hay manera, la guerra está declarada, y yo, como jefe, no puedo rebajarme o echar atrás. Para evitar sorpresas nocturnas, compro dos perros de guardia y los mantengo en el terreno de la estación, cerca de la puerta de mi cuarto. Son Flick y Flock, destinados a ser mis fieles compañeros. A los pocos días, Flock aparece muerto, envenenado. ¿Casualidad? Finalmente, he logrado organizar el servicio de aseo, comida, vivienda para todo el personal, en forma eficiente y digna. En cuanto a la alimentación en vez de hacerme servir por separado como acostumbraban los ingleses, y Galarza, yo tomo las comidas con ellos, presidiendo la mesa, cerciorándome de que hasta el último centavo invertido responda a suculentos platos y vinos en cantidad, que pago de mi bolsillo, perdiendo en ello algunos pesos diarios. Todos reconocen que nunca antes habían comido ni bebido tanto y que de continuar así aumentarán pronto de peso; yo espero que siquiera de este modo lograré poco a poco ganármelos y amansarlos. Los operadores son: Alberto Galarza, el ex jefe encargado, quien es el más hábil en la transmisión y recepción del Morse; Carlos Uribe, un santandereano del Socorro, buen operador también, de carácter orgulloso, esquivo, impenetrable, pero el más hidalgo entre todos; José Jesús Plata, un ignorante, incapaz en el trabajo, traicionero en todo y cobarde, que suple a sus fallas yendo a la santa misa todas las mañanas; Octavio Ruiz, ayudante operador, de carácter noble y respetuoso; Miguel Cervantes, negro, ayudante operador, de carácter igualmente respetuoso; Eliseo Jiménez, mecánico, santandereano, de carác-

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ter independiente, altivo y trabajador; José Vargas, ayudante mecánico, un pobre viejo ignorante y traidor. Los demás son “caimanes”, ayudantes provisionales que no tienen derecho de alojarse en la estación. Además, el suscrito, Carnasciali, y Otto Vogeler, un rubio alemán, técnico y representante de la Telefunken quien con el pretexto de atender al montaje del transmisor de esa marca para inaugurar el servicio con los barcos, se halla residiendo en la estación como huésped, y secretamente, vigilando y estudiando mis actuaciones. Sé perfectamente que el Sr. Klemp, su jefe, y jefe técnico del ministerio, no solamente lo protege, sino que se sirve del mismo para sus maquinaciones en contra de los equipos Marconi y de los italianos; por consiguiente, aunque fingiendo cortesía para Vogeler, dándole el puesto de honor a mi lado en la mesa, no dejo de controlarlo, tanto más que repetidamente lo he sorprendido en conciliábulos con Galarza. ¿Estarán tramando algo? El propio Carnasciali, quien poco o nada entiende y quien debido a su joven edad e ingenuidad no alcanza a darse cuenta de muchas cosas, comprende que están ocurriendo maniobras entre el personal, y que yo soy prácticamente solo contra todos; me confiesa que vive asustado, y que si a él le tocara asumir una jefatura en tales condiciones, más bien renunciaría al puesto y volvería a Italia. No, amigo, le digo yo, para esto hemos venido en “misión”; para educar profesionalmente, civil, y también moralmente, a estos muchachos… Para fin de año, resolvemos irnos un día de cacería con algunos italianos de Barranquilla: Vicente Puccini, Consonni, y otros. Me siento ardiendo de entusiasmo pensando que voy a repetir actuaciones como las que tuve en el territorio africano. Es cierto que aquí no hay elefantes, ni hipopótamos, rinocerontes, jirafas, leones, etc. pero me prometen la posibilidad de hallar tigrillos (gatopardos) o venados (una especie de gacela), y gallinas faraonas. Salimos temprano por la madrugada, en automóvil, armados hasta los dientes, vamos hacia la laguna de Usiacurí. Veo bastante población negra, como para creer de encontrarme nuevamente en Africa, pero en cuanto a la prometida cacería, nada más que palomas insignificantes. Dicen que esta no es la época buena. Regresamos por la noche, cargados de espinas y de garrapatas microscópicas que lo tienen a uno rascándose continuamente. No hay manera de qui-

Memorias de un marconista de mar y tierra t Italo Amore


társelas, acabo por bañarme con gasolina, malditas garrapatas! Qué cacería! Mi ilusión de repetir las gestas tartarinescas de Africa se ha desvaneci-

do. Aquí no hay elefantes, ni jirafas, ni nada por el estilo; pero hay culebras venenosas, y garrapatas que lo cazan a uno…

Compa¤eros y amigos en las Delicias

MISIÓN A COLOMBIA - Capítulo 62 Las delicias (parte 1a)

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CAPÍTULO 63

Las Delicias (Parte 2ª)

Enero de 1.928 Agosto de 1.928

D

(

urante el año de 1965, debido a otras ocu paciones, suspendí esta historia. En abril de 1966, siempre valiéndome de los apuntes en archivo, reanudó el trabajo.) Año nuevo, vida nueva. Que me traerá el 1928? No he olvidado mi deuda contraída en Italia con Severino Copelli; al cobrar mi primer sueldo colombiano a fines de diciembre, hago una remesa de 1.400 liras a mi mamá en Pinerolo, anunciándole otros giros similares en los meses siguientes, así que a mediados del año quedará cancelada mi deuda; y luego ella podrá con las sucesivas remesas mensuales acumularse un buen fondo de ahorros para sus necesidades, y las eventuales de mis hermanos. De Bogotá llegan dos telegramas de los cuales deduzco como cosa prometedora el que nuestro jefe de misión ingeniero Benetti ha entrado a trabajar. En el primero, se ordena a Carnasciali salir para ir a posesionarse de la nueva estación Telefunken en Manizales, viajará en barco desde Barranquilla por el río Magdalena hasta La Dorada; de allí en tren hasta Mariquita, y luego por cable aéreo a Manizales. Como a un hermano, le doy los consejos y recomendaciones que se me ocurren, pues todavía no habla español, y será esta la primera vez que viajará solo, fuera de Italia. Hago poner un telegrama al telegrafista en La Dorada para que se haga cargo de recibirlo y ayudarle en el camino hasta Mariquita; un abrazo; y me quedo sin

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compañía Las Delicias. Lamenté algo la despedida de Carnasciali, porque con él al lado me sentía más seguro en cuanto a funcionamiento de los motores– alternadores de la estación, en los cuales, Libero era un experto. En adelante tendré que batirme solo; que Dios me ayude. En cuanto a Carnasciali, la estación de Manizales no será estrenada al servicio antes de un par de meses; él tendrá tiempo para formar el personal a su gusto. Un aparato nuevo, no le causará muchas molestias; además se trata de un transmisor pequeño, en una estación de secundaria importancia. Por algunos indicios he podido darme cuenta de que los alemanes de Klemp harán lo posible para conquistarse a Carnasciali en favor de su transmisor Telefunken, al tiempo que armarán todas las trampas posibles para dificultarme la continuación del servicio con el transmisor Marconi de Las Delicias. El otro telegrama, ordena al Sr. Vogeler entregarme el equipo Telefunken que aquí se haya a su cuidado, montado al lado del Marconi; y salir para Ocaña a instalar otro similar para comunicar con Cúcuta, este equipo, ya lo había yo recibido por el inventario “como material…”; es decir sin comprobar la calidad de su instalación y funcionamiento; ahora, la orden era que yo lo recibiera “en funcionamiento…”, adicionalmente al inventario del 29 de diciembre de 1927. Tengo que explicar que el Telefunken de Las Delicias tiene la siguiente historia: se trata de un trans-

Memorias de un marconista de mar y tierra t Italo Amore


misor destinado a inaugurar el servicio costanero marítimo con los buques que cruzan el Caribe, me entusiasmaría enormemente la posibilidad de poderme comunicar con los colegas de los barcos italianos, y aún de otras nacionalidades, pues, si en algo puedo considerarme maestro, ello es en este servicio entre barcos y estaciones costaneras; por algo tengo más de diez años de carrera marconista navegando en todo el mundo; sé entenderme en Morse con colegas de cualquier nacionalidad, sean ellos ingleses, rusos, turcos o japoneses, mediante el código internacional. Me encantaría poderle enseñar al personal de operadores colombianos cómo se desarrolla el tráfico con los barcos y cómo se hace uno amigo entre los tripulantes, para cuando entren a Puerto Colombia; si para algo sirviera el transmisor en cuestión. Pues, según me informaron, el montaje lo terminaron Otto y su patrón Klemp, hace un año, cuando todavía estaba aquí de jefe el inglés Adams. Debido a que ambos transmisores y receptores están ubicados

en el mismo sector, con sus antenas una debajo de la otra, cuando hicieron el primer ensayo resultó que sí el Marconi estaba transmitiendo interfería al Telefunken la recepción de los mensajes marítimos; no propiamente por causa de armónicos o desintonización del transmisor Marconi, sino porque el receptor Telefunken no era suficientemente selectivo, estando las dos antenas tan cerca entre ellas como ya dije. Como quiera que el Marconi había sido instalado varios años antes, tenía derecho de prelación; además de que su servicio con el interior de la República era también considerado más importante. El Telefunken permaneció callado. Adams se fue. Galarza quedó encargado de la estación; se presentó la oportunidad para los alemanes, para que Colombia les recibiera el equipo Telefunken “funcionando”. Al efecto, desde Bogotá enviaron una comisión integrada por el doctor Leopoldo Ortiz Borda (quien hablaba alemán y era considerado amigo de ese país; y el Sr. Wenceslao Sanmiguel quien hablaba inglés y se su-

Estación las Delicias, Barranquilla

MISIÓN A COLOMBIA - Capítulo 63 Las delicias (parte 2a)

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ponía fuere amigo de los británicos) quienes, formando un trío con Galarza fueron bastante zorros para no comprometerse en el asunto. Hallaron el pretexto de que hacía falta pedir a Berlín un tubo de repuesto; así, salvando su responsabilidad, y cultivando la amistad con tirios y troyanos, regresaron ambos a Bogotá dejando la situación tal como estaba. Pasaron los meses; llegó la tan anunciada misión italiana (cuya demora en salir de Italia, quedó explicada en el capítulo precedente). Nada más lógico que echarle el muerto encima a los recién llegados. Pero, en Las Delicias, había quedado como jefe un tal Amore, quien según parece, era un fregado de siete suelas, difícil de engatusar. A los ingleses de la Marconi en Bogotá, tampoco se les había escapado la oportunidad de que alguien, en este caso los italianos, les sacará la castaña del fuego…, demostrando que el alegato alemán, de que el equipo Telefunken no funcionaban debido a lo viejo y malo del equipo Marconi, era infundado. A su turno los alemanes comprendían que si dejaban que la recién llegada misión italiana se estableciera firmemente en el terreno, saldrían ellos perdedores; por lo tanto alistaron su ofensiva lo más pronto posible, para que no lográramos meter raíces e impedirnos estrechar relaciones amistosas con los colombianos. Como quiera que el hueso más duro entre los italianos parecía ser el tal Amore, había que principiar tumbando a este, logrado lo cual, sería más fácil derrotar a los otros. El plan de Klemp consistía en que Otto Vogeler obtuviera de Amore un recibo del equipo Telefunken “funcionando a satisfacción con los barcos…”. Después de salido Otto para Ocaña, se le ordenaría a Amore iniciar el servicio marítimo; y si éste manifestara que el Telefunken no podía funcionar bien, se le culparía de él haberlo dañado. Mis dudas al respecto, se confirmaron a medida de que observé –entre otras cosas–, que don Otto, quien anteriormente se había mantenido presuntuosamente reservado hacia el suscrito –confabulando mucho con Galarza–, se habían vuelto ahora amabilísimo, sonriente, haciéndome venias cuando nos encontrábamos, y me saludaba: señor Amorre… Así que, después de anunciarme que se alistaba a salir para Ocaña, Vogeler me entregó el manual técnico del Telefunken, y un formulario en quintuplicado, para que yo firmara debajo de la frase: “recibido en perfecto estado de funcionamiento”. Leí el mamotre-

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to, y enseguida pensé: “el que miente eres tú, además de que te equivocas al creerme bobo; no es ésta la primera vez que recibo estaciones sino quizás ello me ha tocado ya, en los barcos, medio centenar de veces, y desde la edad de los doce años he aprendido a luchar; a defenderme”. –Por supuesto, don Otto; entonces vamos a la estación a que usted me la ponga a funcionar y comuniquemos con algún barco mientas que el Marconi trabaja con Bogotá.– –Perrrro… señor Amorre–, el alemán principió a confundirse y a carraspear –es que yo no tengo órrdenes de ponerr el transmisorr a funcionarr…– –No se preocupe, don Otto, yo como jefe de la estación puedo darle la orden.– –Entonces…, señorr Amorre, tiene usted la bondad de apagar el transmisor Marconi, para podegr prengderr el Telefunken.– –No, amigo. El Telefunken tiene que funcionar simultáneamente con el Marconi; de lo contrario yo no podría firmarle el recibo.– Viéndose cogido en la trampa, siguió insistiendo en que no tenía órdenes de hacer ensayos; que él no sabía de Morse ni de barcos; que si yo no quería firmar el recibo, él saldría igualmente para Ocaña con el próximo buque correo; y así quedamos, ambos disgustados. Me gusta que se vaya, porque tengo la impresión de que trata de sublevarme el personal; lo he vuelto a ver en conciliábulo con Galarza. Tomando mis precauciones, he solicitado del mecánico Eliseo el favor de no perderlo de vista; Eliseo me confiesa que él también desconfía del rubio Vogeler. Mientras tanto, como muestra de compañerismo, anuncio al personal que daremos a Otto una comida de despedida en la estación, con abundancia de vinos. En la mañana 16 de enero, fecha en la cual Otto tendrá que salir con el barco de la Naviera a las 3:00 p.m., viene Eliseo a confirmarme en secreto que durante la noche Otto había entrado en la sala de transmisor Telefunken, deteniéndose allí algún tiempo como manoseando los equipos y que había salido luego furtivamente llevando alguna herramienta en las manos. Agradecí a Eliseo la información, y le rogué quedarse callado. A la hora del almuerzo vino el alemán al banquete que yo le tenía preparado, dejándose festejar. Yo, que mentalmente iba estudiándolo y preparándome para darle una lección, me hacía también el ingenuo, y sonriente, cumplimentándolo. A la hora del

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brindis, después de desearle muchas felicidades en Ocaña, vaciada mi copa, me puse de pie, y volviéndome serio, le dije: –señor Vogeler, hasta ahora le he tratado a usted como colega; pero antes de que se vaya le reclamo, aquí frente de todo el personal como testigo, que anoche usted entró a escondidas en la planta transmisora, seguramente a hacer algo raro, pues usted no tenía ya que entrar allí. Qué fue a hacer?– No tuvo más remedio, sino confesar que había quitado las conexiones y los fusibles al Telefunken. Al acusarle yo de que aquello era un acto de sabotaje, no solamente contra mí como jefe de la estación sino contra el gobierno colombiano que lo estaba empleando como técnico, Otto se defendió alegando que como quiera que yo no había querido firmar el recibo “funcionando”, el transmisor seguía siendo propiedad de la Telefunken hasta que algún colombiano le firmara ese recibo; que además él obedecía órdenes superiores y no reconocía autoridad alguna en el suscrito. Esto me enfureció, y señalándole con el brazo la dirección de la puerta para que se fuera le apostrofé: –usted no tiene caballería…– Enseguida, en mi pésimo español, redacté una constancia, y pedí a los dos operadores de mayor categoría (dos testigos) si querían hacerme el favor de firmarla. Para demostrarme que él si tenía… caballería, Galarza se ofreció inmediatamente, y otro tanto hizo Carlos E. Uribe. Dice así: “Barranquilla 16 enero 1928. Declaro como testigo que en mi presencia: El señor Italo Amore, Jefe de la Estación Inalámbrica de Las Delicias, preguntó al señor Vogeler, técnico de la Telefunken, si y por cual motivo había él sacado fusibles y conexiones del aparato Telefunken, sin avisar a nadie; y que también deseaba ver dicho transmisor en funcionamiento antes de la salida del señor Vogeler. A lo cual el señor Vogeler contestó: Que verdaderamente había sacado los fusibles y que como quiera que en su opinión el aparato Telefunken no pertenecía al gobierno porque no había sido entregado funcionando a nadie, así, siempre según su opinión, él podía hacer lo que quisiera en dicho aparato sin avisar al Jefe de la Estación, y que tampoco quería él hacerlo funcionar en vía de ensayo, hasta que no tuviere orden de entregarlo al comisionado por el gobierno. El señor Amore pidió al señor Vogeler declarar por escrito que él había sacado los fusibles y conexiones sin avisar a nadie; lo cual el señor Vogeler se

negó hacerlo. Esto declaramos como testigos, a pedido del Jefe de la Estación, por ser la verdad. Firmado, operador de Radio Alberto Galarza – Carlos E. Uribe.” En el original de este documento, se lee además mi anotación: “Siendo que de acuerdo con telegrama de Mintelégrafos, la Estación Telefunken había sido entregada al suscrito –por materia!–, en fecha 29 diciembre 1927 por el mismo señor Vogeler; tenía él la obligación de informarme cualquier cambio o modificación que hiciera después a la estación. Considero la conducta del señor Vogeler muy reprobable en cuanto refiérese a sus deberes con el gobierno y hacia el suscrito Jefe de la Estación”. El original de este documento lo despaché en ese entonces al ministerio, Bogotá. Termina así esta primera tentativa de sabotaje de los alemanes Klemp y sus acólitos, pero comprendo que la pelea está apenas principiando, y que tendré que seguir el siguiente cuadro: Gandini y Abballe, tan pronto llegaron a sus respectivas estaciones de Cali y Cúcuta, habiéndolas encontrado en mal estado, resolvieron suspender el servicio durante un par de meses, para reconstruir las instalaciones. Carnasciali, solamente dentro de algunas semanas podrá estrenar su estación de Manizales. Rubino, no sé cuando podrá poner en función su equipo de San Andrés Isla, pues hace poco llegó y lo encontró dañado. De todos modos: la comunicación entre San Andrés y el continente depende de que funcione el transmisor a mi cargo en Las Delicias: si este se para, automáticamente queda anulado San Andrés. Resulta pues, que de cinco estaciones a cargo de la misión italiana, solamente una está funcionando, la mía. El ministerio no dice nada, pero Klemp estará tramando como callar también la estación de Barranquilla, después de lo cual, podrá levantar el escándalo contra la misión italiana que no sirve. Así se explica el que el ministerio no conteste mis mensajes en que pido el regular suministro de gasolina para los motores generadores Pelapone, receptores, etc. La jugada de Bogotá consiste en que Barranquilla suspenda el servicio. Que el comercio o el país se perjudique con la falta de rápida comunicación, no les importa a los integrantes politiqueros, si reclaman mejor. En defensa de mi honor profesional y de la misión, tengo que aguantar a todas costas. Quisiera insultar a mis colegas. ¿Por qué se toman ustedes el lujo de sus-

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pender el servicio durante tantas semanas? Reparaciones! La estación de Las Delicias, también, está hecha un desastre: las torres que se caen, la batería oxidada, los generadores tienen los colectores excéntricos, los cables de control remoto presentan frecuentes cortos en los ductos subterráneos; en fin, aquí también habría que parar máquinas para repararlas. Mis compañeros de misión son unos ingenuos, no han entendido la artimaña de Klemp… Escribo a Benetti en Bogotá, describiéndole la situación apremiante en que me encuentro; tanto más que habiéndose agotado la gasolina, me he visto obligado a comprarla con mi peculio mientras lleguen fondos del ministerio que –otra maniobra de Klemp–, nunca llegan… Sin gasolina no marchan los generadores; y sin corriente no hay servicio. Benetti tampoco contesta. Que lucha, y que contrasentido este nombre de Las Delicias! Klemp nos hace la guerra desde su jefatura en el ministerio. Galarza me la hace aquí por aquello de la negra. El jefe de la Circunscripción de Telégrafos de Barranquilla, para darle gusto a su amigo Galarza y porque no me dejo llevar por las narices… Se llama Rafael Vázquez, es una buena persona, de limitada cultura; pero se disgustó ya conmigo porque no acepté colocarle parientes en la estación… Hubiera querido darle gusto, pero no servían para nada… Redespachada de Italia, recibo una carta del 19 noviembre de 1927, escrita en perfecto italiano, por Charles Wager, profesor de idiomas en el Oberlin College de Oberlin Ohio, dirigida a la Compañía Marconi Vía Cairoli 4 Génova: “Señores: he leído en los periódicos la historia del heroísmo del oficial marconista a bordo del desafortunado trasatlántico Principessa Mafalda. Yo tenía, hace un par de años, un querido amigo, Italo Amore, quien viajaba en la ruta de Sudamérica sobre el Principessa Mafalda como marconista. Naturalmente estoy preocupado acerca de si ese oficial era tal vez él. Quisieran ustedes tener la bondad que informarme? En caso contrario, me harían un gran favor ustedes si le despacharan esta carta a su dirección. Agradeciendo cordialmente su gentileza, quedo a su atentísimo, Charles Wager.” (Mi amigo se confundió. En años anteriores, yo había viajado sobre el Principessa Giovanna, y luego el Principessa María; ambos a Buenos Aires; pero nunca sobre el Mafalda. El héroe en cuestión, mi colega, se llamaba Boldracchi). La amistad con este profesor norteamericano fue inicialmente de Severino Copelli cuando era marconista en el Giuseppe Verdi

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que viajaba a Nueva York. Cuando yo reemplacé a Copelli, conocí a Wagner quien con frecuencia viajaba a Italia en sus vacaciones de verano. El conocía mis aventuras africanas. Le escribí informándole que estaba en Barranquilla. En carta posterior, fechada 9 de marzo de 1928, cuyo original también adjunto en la presente; me hace la profecía de que tal vez me casaré con una hermosa colombiana con la cual tendré cinco robustos hijos –se equivocó en dos–. Le interesó una foto en que aparezco frente de una torre de Las Delicias sosteniendo un saíno, cerdo de monte de la familia del jabalí, sanglier, cinghiale, facocero africano… Su última carta, siempre de Oberlin College, fecha el 10 de abril 1928, informa que ahora viaja a Florencia en el Duilio, es en inglés). Con la fuerte brisa de febrero, una noche, el tope de una de las torres se vino al suelo. Es una de las dos Milliken de 100 metros de altura, que sostienen la antena de onda larga 4.000 metros del transmisor Marconi. Debido a que los ángulos de hierro están oxidados, corroídos por el salino, sin pintar desde hace años, cayó al suelo una sección de 10 metros de la punta, afortunadamente sin tocar los edificios, sin herir a nadie. Esto era como para asustar a cualquiera y dejar el servicio suspendido, a no ser que he sido marino, y por lo tanto no me da miedo treparme por la estrecha pirámide, hasta los 90 metros de altura. La ascensión duró media hora; llegué a la cumbre bastante agotado; la punta mocha de la torre se balancea más de un metro debido a la brisa; cada instante parece quiera venirse todo abajo! Eliseo me ha conseguido un ayudante que es un verdadero mono para trepar, se llama Julio, es un negro ex marino, el único en toda la región que es capaz de imitarme y aún ganármela en esto de subir hasta el tope. Con él, levanto una antena de emergencia, y por la tarde reanudo el servicio de comunicación con Bogotá, a despecho de los operadores quienes se habían hecho la ilusión de que el daño duraría más de un mes hasta que enviaran desde el ministerio algún técnico especialista, y mientras tanto ellos quedarían descansando, los perezosos… Contraté con Julio para que en un par de semanas trabajando a esa altura vuelva a reconstruirme con ángulos nuevos de hierro, la sección caída. Valen 180 pesos el trabajo y el hierro. Tropiezo con la dificultad de que Rafael Vázquez no quiere adelantar fondos; el servicio no le importa un pito; hay que esperar autorización de Bogotá. Telegrafío a Mintelégrafos urgiéndoles a que autoricen a Vázquez anticiparme esa suma; el operador Cervantes me entrega la contestación:

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“Oficial No. 2105 Mintelégrafos Bogotá febrero 5 jefe inalámbrico Barranquilla – suyo del 11 como ministerio comisionó técnico Sr. Adolfo Concha para reparaciones torres inalámbricas, debe esperarse para que él dirija trabajos. Cirtelégrafos darale explicaciones. De otro modo no habrá unidad acción. Por tal causa no autorízale lo que usted pide; Ramiro Delgado G.” Este técnico Adolfo Concha, según correspondencia en el archivo, debiera haber venido a Barranquilla, desde antes de que llegara la misión italiana, para efectuar la famosa reparación de las torres; estamos en febrero; sin mi iniciativa de erigir una antena de fortuna y reconstruir la punta caída para así mantener la altura de la antena y su rendimiento, no habría servicio; Bogotá no entiende nada; nada les importa: esperaré… Un amigo italiano quien tiene varios años de residir en Barranquilla y conoce al dedillo los enredos de esta tierra, del ambiente oficial de Bogotá; al confiarme yo con él sobre esta situación desesperante; sobre lo absurdo de tener como jefe en el ministerio un Klemp quien trabaja para callar estaciones Marconi y vender más Telefunken, me dice que soy un gran bobo. Primero me recuerda el aforismo del aviador gringo que aterrizó de emergencia en el aeropuerto limeño y buscaba un mecánico porque quería reanudar rápidamente su raid aéreo, pero el mecánico se hacía desear: “…four words roll with oiled facility in the mount of Latin American people: momento, momentito, mañana, y pasado mañana…”; que en lugar de esforzarme y sacrificarme para sostener y mejorar el servicio de las estaciones, reformar el ambiente y moralizarlo, más me convendría seguir la corriente, pensar en mis intereses, es decir: hacer plata. En otras palabras: meterme en la rosca de los negocios ilícitos. Que si lo hiciera, enseguida encontraría fácil entrabar amistades con esa gente que ahora me es enemiga y por todos lados obstaculiza mi acción. Indignado le replico: –para robar, no necesitaba yo venir a Colombia; hubiera podido quedarme en Italia. He venido a esta tierra en búsqueda de nuevos horizontes donde poder sembrar ideales y gozar de libertad y moralidad que en Europa están en decadencia. Seguiré en mi empeño aún cuando a la postre resultará inútil mi sacrificio…– Con fecha 22 de febrero de 1928 recibo un oficio de la ex Marconi Génova ahora Societá Italiana Radio Marittima, y otro oficio 23 de febrero, año VI de la era fascista…, en que me dicen que aceptan mi solicitud de prórroga de dieciocho meses de permiso de ausencia, que vencerá el 30 de julio de 1929; según

ellos, para esa fecha tendré que haber regresado a Italia y reanudar mi carrera marconista en la marina; pero yo –a pesar de todo–, me propongo quedarme en Colombia. Luchando día y noche, haciendo maromas y casi milagros, logro mantener la estación en servicio, sin suspenderlo, y aún incrementándolo. El 10 de marzo envío al ministro en Bogotá el siguiente oficio: “Informo respetuosamente a S.E. que el día 8 de marzo, la estación fue visitada por el técnico de torres Sr. Concha, acompañado por el jefe de Cirtelégrafos, un señor alemán, y otros señor desconocido al suscrito. Al Sr. Concha entregué algunas muestras de ángulos viejos quitados de la cima de la torre reparada en los meses pasados, y cinco diagramas pertenecientes a la estación, que explican la construcción de la torre. De S.E. obsecuente y atto sdr. Jefe Estación Italo Amore» Efectivamente, el señor Concha, con mucha prosopopeya y gran ingeniero de torres (de telégrafos, que no exceden los 30 metros de altura…), vino, vio, y se fue, dejándome a mí, y a la torre, esperando. Supe que permanecía en Barranquilla atendiendo consultas de Vázquez, Galarza y otros. Transcurrieron un par de semanas; al fin volvió a Las Delicias; pero tan pronto como lo recibí dándole la bienvenida, con aire entre autoritario y enojado me pidió que lo acompañara a visitar la estación, es decir, los locales, interiormente. Tal solicitud me sorprendió; supuse alguna celada en combinación con aquellos sus amigos como para acusarme de negligencia o quién sabe qué; y como quiera que estaba yo harto de haber tenido que esperarlo durante meses e inútilmente, enseguida troqué mi delicadeza, en furia, contestándole: – vea señor, las órdenes que tengo del ministerio son que usted viene a visitar las torres. Las torres están allá afuera, podridas, a pleno sol, y está usted muy en mora de cumplir su cometido de visitarlas y ojalá repararlas. En cuanto a entrar en los locales de la estación, lo lamento, pero no le doy el permiso, así que bien puede irse–. Fue dura esta actitud mía para con el pobre viejo; pero tal como estaban trabajando, tenía yo que corresponder para defenderme. Se fue, y no volví a saber nada de él, hasta el mes siguiente en que supe que se había ido para otro trabajo de torres a Quibdó; sin haber hecho nada en Las Delicias; y al poco tiempo murió. Algo raro que todavía no he logrado aclarar, está pasando en el terreno de la estación. Un sacerdote me pidió permiso de cruzarlo, en dirección a un lote

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colindante, de propiedad de los jesuitas. Con mucho gusto se lo concedí. Otro día, el mismo cura me solicitó el favor de dejarlo abrir un caminito desmontando las malezas para facilitar a los peatones transitar evitando el peligro de culebras: corales, víboras, cascabeles, etc. que tanto abundan. Que tiene contratados a algunos trabajadores quienes diariamente pasarán por allí para ir a cultivar dicho lote. Nuevamente accedí. Siempre ha sido para mí un positivo placer el poder cooperar con el prójimo; más aún en esta ocasión, por dos razones: porque se trata de sacerdotes, y porque entiendo que si ellos abren un camino en nuestro terreno, el gobierno tiene gratuitamente una mejora en el mismo. Posteriormente, el mismo sacerdote manifestó que el camino para peatones no era suficientemente ancho; que deseaba ampliarlo para que pudiera transitar un camión y un arado, siempre con destino al colindante lote de los jesuitas. También le concedí el permiso. Pero, por la tarde se me presentó un señor quien habita en una residencia de tres pisos, de madera, pintada color verde, situada a unas tres cuadras de distancia del portal de entrada a la estación; de aspecto corpulento y simpático; me dijo llamarse Alejandro Salcedo; y me hizo el siguiente discurso: –Señor Amore, hace pocas semanas que usted ha llegado a este país, y como extranjero no conoce las costumbres y artimañas que se desarrollan entre nosotros. Hace algunos años regalé a la Nación este lote de Las Delicias, a cambio de que el gobierno instalara aquí una estación inalámbrica para Barranquilla. La donación la hice con el entendimiento de que este terreno quede propiedad del gobierno; y no para que entidades extrañas se posesionen del mismo. Yo vivo aquí cerca, y observo lo que está pasando. Usted como jefe de la estación tiene este lote confiado a su cuidado, y es su deber defender los intereses de la Nación que aquí lo trajo y le está pagando a usted para tal efecto. He sabido que los jesuitas obtuvieron de usted el permiso para abrir un caminito, y ahora una carretera atravesando el centro del lote a todo lo ancho. Supongo que usted es persona honrada, y que está operando ingenuamente. Pues bien, tiene usted que abrir los ojos. Probablemente en próxima ocasión le pedirán a usted el favor de dejarles sacar una derivación de la línea del alumbrado de su batería acumuladora, hasta el terreno colindante; luego le rogarán que les deje sembrar yuca en todas estas fanegadas baldías desde que las regalé a la Nación. Y luego le pedirán que les deje sacar una

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En el hidroavión Dormier Wall

plumita de agua para los cultivos, y así progresivamente hasta que poco a poco quedarán instalados y posesionados de este lindo lote que era mío. Estoy resuelto a impedir que tal cosa suceda. Le pido a usted cumplir con su deber para con la Nación. Usted no sabe que con este sistemita de abrir un camino y cultivar el terreno los jesuitas se han apoderado de muchas propiedades del Estado. Tenga usted en cuenta que el ministro de correos Jesús García Benítez es hermano del actual obispo de Santa Marta, y como tal, un camandulero. El jefe de la comisión de radio en el ministerio es el Rdo. Simón Sarasola. Los jesuitas de aquí, seguramente están obrando de acuerdo con los de Bogotá. Pero yo soy masón, y también tengo y puedo contar con mis influencias. No quiero que ellos transiten y se adueñen de este lote que era mío. Usted señor Amore, le repito, tiene que cumplir con su deber. Ya está avisado. Adiós.– Quedé un instante atónito. Qué lío! Me recordé de las historias que sobre los jesuitas había leído en los romances de la Inquisición española; el Amarís de “Los Tres Mosqueteros” de Dumas; en los relatos de la independencia italiana, en la época del conde de Cavour y de los carboneros, Mazzini, Garibaldi, Silvio Pellico, las logias; el don Abbondio de “Los Prometidos” de Manzoni; el santo Don Bosco fundador de los Salesianos; mi jefe de radio Affronti quien cuando navegábamos en el Principessa Giovanna quiso afiliarme a la masonería italiana, a lo cual yo no había accedido. A la memoria me volvió la vista panorámica de una importante plaza de Montevideo, la

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progresista capital del Uruguay, que había conocido durante mis viajes: un gran monumento con adornos de escuadras y triángulos glorificando la obra de logias masónicas que procuraron la libertad e independencia de Uruguay. En resumen: recordé que hay sacerdotes mártires, y otros que no lo son; francmasones malos, y carboneros buenos quienes dieron su vida para la libertad y el progreso del mundo. Contesté a Salcedo, que yo no tenía idea de cuánto acababa de denunciarme, y que averiguaría; y que si la cosa resultaba ser como él me lo había manifestado, podía tener la certeza de que yo defendería los bienes de la nación. Al día siguiente, ordené a los peones que estaban trabajando en desmontar el terreno para abrir la carretera, que suspendieran; y al sacerdote, expliqué que yo había cometido un error porque en todo ese sector estaban sembrados los hilos de cobre de la toma de tierra y contrapeso de las antenas de onda larga; que yo no lo sabía; pero que Bogotá me acababa de telegrafiar llamándome la atención hacia el peligro de que algún trabajador o transeúnte quedara electrocutado, y que dañándose la toma de tierra se perdiera la buena propagación de la onda larga comunicando con Bogotá. Se fueron; a los pocos días recibí un oficio del propio señor ministro pidiéndome visitar al Padre Urrutia, superior del Colegio de San José, y hacer lo posible para satisfacer su deseo en cuanto a transitar por el lote de la estación. En mi todavía pésimo castellano; según carta que tengo en archivo, contesté: “Barranquilla, marzo 10 de 1928. S.E. Señor Ministro de Correos y Telégrafos, Bogotá. Muy respetuosamente acuso recibo de su oficio número 858 fechado 2 de marzo, y tengo el gusto de comunicar que en cumplimiento de las órdenes de S. E., entrevisté al R. P. Urrutia del Colegio de San José, sobre el motivo de la construcción de la calle para el tránsito en el terreno de la estación. Oportunamente me informó que no tratándose únicamente de tránsito de peones, sino también de automóviles transportando niños, necesita construir una calle adecuada para que puedan pasar automóviles. Teniendo en cuenta los intereses y razones del servicio de la estación y la necesidad de evitar desgracias, especialmente en tratándose de niños, solicité al R. P. Urrutia, que la calle sea construida en la parte del terreno lo más lejos posible de los cables y alambres eléctricos y sea encerrada con una cerca de alambre de púas por ambos lados, de esta manera

espero se evitarán todos los peligros de accidentes, o de perjuicios al servicio. Suscríbome de S. E. obsecuente y atentísimo servidor, Jefe Estación…” Eso es lo que escribí; haciéndole caer en la cuenta al ministro que además de sus apreciadas órdenes, yo tenía en cuenta “los intereses y razones del servicio de la estación”; por otra parte, diariamente aumenté los inconvenientes a la cuadrilla que se presentaba a abrir la carretera, hasta que el sacerdote desistió del proyecto de establecer esa servidumbre. Finalmente, Aballe en Cúcuta, y Gandini en Cali, después de casi tres meses de silencio, acaban de reabrir al servicio sus estaciones, también está funcionando San Andrés donde sin novedad llegó el caballero Rubino aunque agotado por casi tres semanas de prehistórica navegación en goleta. La misión italiana está principiando a hacerse honor; no obstante los diabólicos impedimentos del señor Klemp, el servicio inalámbrico mejora en eficiencia y cantidad de tráfico, lo cual me infunde ánimo para seguir luchando sin dejarme apabullar por las disposiciones u órdenes absurdas o perjudiciales del ministerio. Ejemplo: telegrama oficial SB número 2 Delicias 14 marzo de 1928 «Mintelégrafos Dep. 2 Bogotá. Ayudante mecánico Francisco Pérez inservible en trabajos estación; insoportable incorregible altanería malo proceder, respetuosamente ruego S.S. autorizar inmediata destitución punto Candidato permítame insinuar Manuel Julio Berríos competente indispensable para trabajos antena como afírmanlo también telegramas mayo 1927 ex jefe Sr. Abril Adams. Amore jefe. Después de una semana, en vez del departamento de personal, contestó el ministro: Bogotá 22 marzo 1928 oficio número 2442 Italo Amore Barranquilla (recibido día 23) hoy diríjome a empleados esa estación recomendándoles armonía, respecto a los superiores y una franca cordialidad para que trabajos no sufran y el más amplio compañerismo dentro de los límites de la cultura y buena educación. Asimismo permítome rogarle contribuya por su parte a que aspiraciones ministerio sean cumplidas y que esa estación dé ejemplo estricto cumplimiento deberes. Francisco Pérez ayudante heme abstenido aceptarle renuncia en la esperanza salga avante mis anhelos por los cuales encarecidamente intéresoles, atentamente, José Jesús García. Es de anotar que mientras yo enviaba mis mensajes directamente por el radio desde mi estación de

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Las Delicias, a Bogotá, sin pasar por circuitos intermedios; el ministro se daba el gusto de remitirnos por telégrafo, en cuyo curso empleaban casi dos días, y su texto era conocido en la central telegráfica de Barranquilla Cirtelégrafos señor Vásquez, antes de llegar a Las Delicias. También se observa que el ministro, en vez de recomendar al personal a mi dependencia, obediencia y disciplina, les pedía armonía y franca cordialidad, y me desautorizaba. Replico: SB Número 1 oficial Delicias 24 de marzo de 1928 ministro Correos Telégrafos Bogotá. Refiriéndome telegrama S. E. 22 marzo, si deber Jefe de Estación es organizar para conseguir mejor rendimiento general servicio, disposiciones invocadas por suscrito son indispensables. Para suplir provisionalmente falta medios suscrito trabaja sin descanso pero no consiguiéndolos breve tiempo sufrirá servicio. Urge obrero Julio Barrios para trabajos antena. En el interés gobierno confirmo ayudante Francisco Pérez 17 años edad todos modos inepto inservible aunque partidarios o extraños mal informados que no conocen servicio radio atrévanse decir contrario anteponiendo amistades intereses particulares o interés gobierno. Obedezco continuando todo celo y por cuantos medios permitiendo obrar mejoramiento servicio esperando apreciadas órdenes S. E. obsecuente servidor Amore Jefe inalámbrico Las Delicias. Lo que sucedía era que mientras yo pedía reemplazar el inservible Francisco Pérez, por el negro Julio; el jefe Circunscripción Telégrafos señor Vásquez le informaba al ministro que Pérez era una maravilla, y yo equivocado; mientras tanto, para castigarme de que no me dejaba dirigir por él en la administración de la estación, me negaba los fondos para gastos. Vázquez protegía a Pérez porque era su pariente; si mal no recuerdo, cuñado. A los pocos días, el ministerio, en vez de autorizar lo que yo solicitaba, sin consultarme, ordenó que el operador Plazas tomara el puesto de trabajo del ayudante Pérez, es decir, una degradación para Plazas; y que Pérez tomara el puesto de Plazas, o sea, pasando de obrero a la superior categoría de operador radiotelegrafista no obstante que era… analfabeta! Santa paciencia! · SB Número 3 Delicias 16 abril 1928 Mintelégrafos Personal Bogotá. Refiérome telegrama hoy operador Plazas a Señoría. Ayudante mecánico ésta debe cumplir varios trabajos maquinaria, antena. Operador Plazas no puede hacer di-

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chos trabajos, ni obrero Pérez podría ser operador pues ignora telegrafía, con dificultad sabe firmar. Evidente equivocación sobre categoría empleados. Informo Señoría que tenemos suspendidos trabajos antena por falta personal, además llegarán pronto placas acumuladores para componer nueva batería, largo pesado trabajo, permítame una vez más hacer presente estrecha necesidad nombrar Manuel Julio Barrios ayudante mecánico reemplazo Pérez pues Barrios conoce trabajos estación tratándose reparaciones no se puede emplear novicios que sólo ocasionan perjuicios; restantes empleados tienen bastante trabajo. Si ministerio no conoce personal adecuadamente apto como Jefe de Estación indícalo porque conoce, no se podrá mantener servicio; sdr. Amore Jefe. · Oficio Número 421 Bogotá 5 mayo 1928 Ministerio Correos y Telégrafos, Sección Secretaría. Señor Jefe de la estación inalámbrica de Las Delicias Barranquilla. Me permito presentar a usted el señor G. Toch, técnico de telégrafos al servicio del gobierno, quien ha sido comisionado por el ministerio para que examine la situación inalámbrica e informe al ministerio lo que por lo pronto debe hacerse en el particular. Cualquier otro asunto de importancia puede usted comunicarlo al señor Toch para que éste lo trasmita al ministerio. También me permito comunicarle que lo más pronto posible irá a la estación el ingeniero de la Compañía Marconi señor Simmons a arreglar lo referente a las torres de que se trata. De usted atento servidor, José Jesús García. Vino el señor Toch, un anciano corpulento y figura de serio funcionario belga; me entiendo perfectamente con él, más aún hablándole en francés, pero mi esperanza de lograr mediante él un arreglo inmediato de la cuestión administrativa y organización jerárquica, es decir, que el ministerio reconozca y me pague cuanto de mi bolsillo estoy gastando para sostener y mejorar el servicio; y me libre de la sumisión al señor Vásquez de los Telégrafos; resulta ser una vana esperanza, porque él tampoco dispone de tal autonomía, y además, como miembro de la misión telegráfica belga, cuyo contrato está terminando, se va de Colombia, y no volverá. Su intervención en este asunto, será limitada a un reporte que escribirá al ministro dándole sus impresiones sobre mi persona, sin entrar en materia de servicio y equipos de radio, que no conoce pues su especialidad es la telegrafía.

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· Oficio SB-38 Delicias 28 mayo 1928 – Mintelégrafos Bogotá – inicióse servicio directo entre Barranquilla y Cúcuta sdr. Amore Jefe. Antes, el tráfico entre Barranquilla y Cúcuta se efectuaba pasando los mensajes en tránsito vía Barranca, o vía Bogotá; nunca antes habían podido comunicar directamente, ni cuando estaban dirigidas y operadas por personal inglés. Mediante las mejoras operadas por el suscrito y por Abballe a nuestros respectivos viejos equipos de onda larga, y por nuestra exclusiva iniciativa, se logró este adelanto, reduciendo así el tiempo de los mensajes, y eliminando el costo de participación de estaciones y personal de repetidoras. Ninguna contestación, felicitación o agradecimiento del ministerio, al radiotelegrama SB-38. · Oficio número 484 Bogotá 1º de junio 1928 Ministerio Correos y Telégrafos, Sección Secretaría. Señor Italo Amore, Jefe de la Estación inalámbrica de Las Delicias, Barranquilla. Pongo en conocimiento de usted que este despacho aprovechando el viaje que el técnico de la Marconi, señor Simmons hará a esa, lo he comisionado para visitar esa estación a fin de que de acuerdo con usted consulten lo que bajo el punto de vista técnico crean conveniente para obtener un buen servicio. En tal virtud, ruego a usted se sirva facilitarle al señor Simmons, la manera de cumplir a satisfacción del ministerio su cometido. Atento servidor, José Jesús García. Parece que el ministro se esté interesando; reconoce mi competencia y responsabilidad; no se ha vuelto a hablar del alemán Klemp como jefe técnico de radio del ministerio; ahora parece que esté siendo reemplazado por el inglés Simmons; no tengo noticias de Benetti. Me quedo pues esperando la llegada de Simmons. Mientras tanto, continúo sosteniendo la estación funcionando, a fuerza de lucha personal y trabajo día y noche reparando y revisando motores, batería, relevos, cables de control remoto entre los edificios. Recibo una carta de Rubino quien me informa que allá en la isla los jesuitas han sembrado papas en el terreno de la estación, y que él está feliz pues le dan un porcentaje de la cosecha, para su cocina. Caray, pienso yo, como que hasta en San Andrés, el R. P. Carcagentes está imitando lo de los jesuitas. Se me ocurre una duda. Doy cita a Abballe y Gandini para conversar con ellos el próximo domingo por la tarde cuando el personal está ausente para evitar que entiendan algo. Les pregunto si han tenido algún contacto con jesuitas en relación con el terreno de sus

estaciones. Abballe, magnífico ingeniero de radio, pero que poco sabe de Morse, no me entiende. Gandini contesta: –como no, durante las últimas semanas han estado sembrando en este terreno de Juanchito y ya está para producirse coles, berenjenas y tomates, que da gusto–. Ahora comprendo; aquello fue un verdadero plan, quizás para aprovechar de la ingenuidad de los recién llegados italianos. O es que creen que porque somos italianos, del país del Papa, colaboraremos con ellos. ¿Y Benetti en Bogotá, al lado del R. P. Sarasola, qué hace? Como recomendado que es del Vaticano, y como individuo que hace política de utilidad personal, probablemente los apoya. Explico a Gandini que es nuestro deber no permitir la creación de “servidumbres” en los terrenos de la estación; él está de acuerdo. A fuerza de estudiar este asunto de los terrenos de la estación, se me ocurre una idea. Por qué no cultivamos nosotros, los empleados de la estación, este lote (son casi diez fanegadas), desmontándolo, volviéndolo jardín y hortaliza, de propiedad de la nación claro está, pero mejorándolo en su presentación y en lo higiénico, en vez de conservarlo inculto, lleno de malezas donde se esconden culebras, lagartos, etc.? Quisiera formar un amplio jardín, con una pila de agua, y pescaditos, en la parte frontal del portal de entrada a la estación; y en la parte detrás del edificio principal, una gran hortaliza, sembrada profusamente con toda clase de verduras con la cual abastecer la cocina de la cual se alimenta todo el personal de la estación, así no tendremos que ir diariamente al mercado, a comprar los tomates, zanahorias, rabanitos, etc. De la tubería del acueducto podemos sacar agua a voluntad. Únicamente hay que hacer el gasto para extender a todo lo largo la tubería del acueducto. El proyecto me parece fácil; resuelvo acometer la obra como un ejercicio de gimnasia al levantarnos por la madrugada hacer una hora de pica y zapa antes de que el sol esté alto y caliente… Llamo a los operadores y les expongo mi idea, invitándolos a cooperar. Les hago ver que se trata también de mejorar nuestra salud, no meramente por la gimnasia, sino porque extirpando las malezas y cuidando el cultivo y las flores desterramos los mosquitos y garrapatas, reemplazándolos con mariposas y colibríes, que con la producción de la hortaliza obtendremos apreciable economía en los gastos para la comida. Todos reconocen que la idea es buena, pero la consideran costosa e impracticable. Eso de

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que nos expongamos al sol, a recoger piedras, trabajar la tierra, sembrarla, regarla diariamente, les parece ridículo, degradante, como si fuésemos peones… habría que contratar algunos jardineros, pero nadie quiere contribuir en gastos; no veo quién quiera acompañarme en la empresa; mi vivo entusiasmo está a punto de enfriarse. Pero me sostiene el recuerdo de las chambas que aprendí a cultivar en Bulo Burti (Africa) con Scioli, en la orilla del Uebi Scebeli, y los milagros tropicales que vi en la agricultura de Mahaddéi, Kaitói, Genále… Aquí el río no es utilizable, aunque el Magdalena es visible en el horizonte… Voy a demostrarles a estos muchachos que “querer es poder”; me haré cargo de la obra, a pesar de que me dejen solo; cada mañana, a primera hora dedicaré largos ratos a la hortaliza, para que vean que no es deshonroso, ni humillante para mí que soy el jefe blanco, exponerme al sol, zapar la tierra, recoger piedras, matar insectos parásitos. Para principiar, siembro una larga hilera de semillas de papayo, alrededor de los edificios; luego trazo el área de la hortaliza, los jardines; contrato dos peones para acarrear las piedras que recogemos del suelo; instalamos las tuberías, bocatomas, mangueras… Pero, qué sudor! Y cómo se va el dinero… Mientras tanto, algunos operadores, especialmente Galarza, Uribe, Cervantes, quizás conmovidos por el ejemplo, vienen a darme una mano, aunque se cansan pronto; otros subalternos, observan, ríen… A las pocas semanas principian a crecer los tomates, zanahorias, berenjenas, lechugas, al tiempo que se presentan y también crecen las plagas parásitas que todo lo destruyen… Trópico; es una lucha! Estamos en el trópico. Todavía siento rebullirme en las venas los recuerdos nostálgicos de la vida entre cacerías africanas; pero aquí no hay nada que se le parezca. Me contento con relatarle de vez en cuando a mis subalternos mis aventuras de la Somalia. No me las creen. Una noche, regresando de haber ido al cinema en el centro de la ciudad, entrando a mi cuarto para acostarme, percibo un olor raro. Inexplicable. Hace mucho calor; principio a desvestirme. Al otro lado del cuarto, la almohada en la cabecera de mi cama, se está moviendo. Que raro! Me acerco, veo que está abultada; la levanto. Oh, sorpresa! Un animal, de aquellos que aquí llaman “fara”, del tamaño de un perro, extrañado o encandelillado por la luz eléctrica, mira, sin moverse; parece que estaba durmiendo feliz. No tengo armas, pero siempre conservó detrás

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de la puerta, para cualquier eventualidad, un tubo de hierro, de los del acueducto. Con esa vara, obligó el animal a bajarse de la cama; trata de brincar, atacarme, pero le suelto un varillazo sobre las narices; otro sobre la cerviz. No hay que dejarlo respirar; otro golpe; caray, cómo resisten estos bichos. Estoy pegándole como si fuera un colchón de lana, y tan pronto descanso un instante, trata de arremeter, solamente cuando ya tiene la cabeza despedazada, entra en agonía. Ahora mi cuarto huele a demonio… Despiertos por el ruido de los golpes, llegan los operadores que estaban durmiendo en las piezas vecinas. Me dicen que el fara tiene siete vidas, como el gato; se admiran de que no me haya mordido. Llega el tan anunciado Mr. Hubert Simmons; pero en vez de hablar del servicio, como yo esperaba, me informa que ha venido a vender un equipo de radio a la sociedad de aviación Scadta, para instalarlo en el hidroplano bimotor Dornier-Wall “Colombia” en esa compañía. –Esa compañía es alemana– le observo yo; –cómo piensa usted que le acepten un equipo Marconi?– –Esa es la gracia que he logrado– contesta el inglés, –contando con que usted me ayude. Yo no puedo quedarme aquí porque tengo asuntos urgentes en Bogotá; pero espero que usted aceptara reemplazarme haciéndose cargo de instalar el equipo en el avión, ensayarlo y entregárselo funcionando a la Scadta; allá ya saben de sus extraordinarios conocimientos técnicos y están de acuerdo en que sea usted quien realice el trabajo, para lo cual pedirán al ministerio que conceda el permiso; desde luego le reconocieran algo por su trabajo–. Yo no quiero recibir sueldo extra de nadie, porque tal cosa me parecería indelicada. En cambio, me interesa familiarizarme con la aviación: volaré…, para lo cual hasta pagaría yo. Acepto. · Oficio número 1.688 Ministerio Correos y Telégrafos Bogotá, 21 julio 1928. Italo Amore Barranquilla (Las Delicias). Concédesele permiso viajar voluntariamente avión Colombia. Puede dar órdenes para comunicarse por inalámbrico durante travesía. Sdr. José Jesús García. · Bogotá 31 de julio 1928 –Ministerio de Correos y Telégrafos Secretaría– Señor Jefe de la estación radiotelegráfica de Barranquilla. Oportunamente se recibieron es este despacho los muy atentos oficios de usted marcados con los números 46 y 49 y a ellos tengo el gusto de referirme. Los inconvenientes anotados por usted acerca de las infracciones de los capita-

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nes de barcos anclados a Puerto Colombia y que se comunican con estaciones de exterior estorbando así el servicio de las estaciones del gobierno nacional, son muy ciertos y este despacho en vista de este hecho, está elaborando un decreto, que una vez aprobado, se remitirá a los capitanes de barcos para que ellos tomen nota de que les está terminantemente prohibido poner a trabajar las instalaciones de radio, una vez anclados en los puertos nacionales. Por el momento, este ministerio agradecería a usted que se sirviera tomar nota de las infracciones que usted venga descubriendo en la forma indicada en su oficio y comunicarlas a este despacho. Han llegado a este ministerio noticias referentes a una ocupación transitoria de usted, en horas que no afectan el servicio de la estación puesta a su cuidado, en los hangares de la Scadta, y por tal motivo se desearía saber si tales noticias tienen algún fundamento o solo se trata de consultas aisladas de poca importancia. Sin otro particular, tengo el gusto de suscribirme a usted atento y S.S. Por el ministro, el secretario, R. Galvis Salazar. · Barranquilla número 70 agosto 6 de 1928. Señor Secretario Ministerio Correos Telégrafos Bogotá. Muy respetuosamente acuso recibo atento oficio sin número del 31 julio de esa secretaría, y al mismo tengo el gusto de referirme. Solo las interferencias causadas al servicio radiotelegráfico por los barcos anclados en los puertos nacionales, enviarase a esa superioridad detallados informes en cada caso de comprobada infracción, como ordénalo S.S. En cuanto refiérese a la Scadta, esa sociedad solicitó, hace tiempo, al suscrito, a fin de que diera algunas instrucciones prácticas al mecánico del avión Colombia y también a fin de que hiciera algunos vuelos para chequear el funcionamiento de la estación inalámbrica en el mismo avión. El suscrito oportunamente hizo notar a la Scadta que solo habría aceptado interesarse en propósito si el Ministerio C. T. autorizábalo expresamente. Habiendo recibido telegrama 1688 fecha 21 julio procedente de ese ministerio, firmado por S. E. ministro García, con el cual autorízaseme interesarme hacer vuelos ensayos etc. a favor de la Scadta, pues que el suscrito no pidió autorización alguna, la del telegrama mencionado fue interpretada por el suscrito como una orden de S.E. el señor ministro, y por eso la cumplió en la mejor forma posible, por cuanto las exigencias del servicio de la estación a su cargo permitíanselo. En espera de apreciadísimas órdenes de S.S. suscríbome su obsecuente servidor, Italo Amore Jefe Estación Inalámbrica “Las Delicias”.

Por reglamentación internacional, a los barcos en puerto les está prohibido usar la radio. Al subir a bordo la comisión de Sanidad y Aduana que va a dar la “libre plática” mediante la cual el buque puede amainar la bandera amarilla y termina su “cuarentena”, un representante de la capitanía del puerto pone sellos a la puerta de la estación, o a los aparatos, que solamente pueden ser quitados una vez que el barco haya salido del puerto; los mensajes que tenga el barco una vez anclado o amarrado, tiene que enviarlos a la oficina telegráfica terrestre más cercana. Mi denuncio iba además con la intención de resucitar el problema de la estación marítima Telefunken en Las Delicias, que seguía inutilizada. Respecto del avión: el telegrama del ministro no podía ordenarme trabajar en un avión pues eso habría sido una violación de mi contrato; por eso, tuvo que diplomáticamente usar el verbo “voluntariamente”; además, el “puede dar órdenes” de usar la estación del gobierno, implicaba una participación del mismo, en los ensayos, y tenía una lógica patriótica en tratándose de experimentos para el progreso de la aviación de Colombia. Así, la averiguación del secretario del ministerio revelando que algún operador de Las Delicias hacía de espía o reportero a Bogotá, no me sorprendió; comprendí que alguien, quizás el receloso alemán Klemp de la Telefunken, creía haberme cogido en una falla y estaba preparando una trampa para acusarme; no sabía que el propio ministro me había telegrafiado. Supongo que la intervención del ministro fue solicitada por Simmons de Marconi conjuntamente con la Scadta. Después de organizado el servicio de Las Delicias de manera de que no se perjudique durante mis breves ausencias, dedico algunas horas diarias para invertirlo entre el bullicio de los hangares en el aeropuerto–hidroescalo de la Scadta, codeándome con pilotos, entre aviones, motores, mecánicos. Me parece estar regresando en los astilleros de la marina. El jefe del aeropuerto, señor Smurbusch es el característico tipo de jefe militar alemán, y su fundación está por el estilo: todo marcha a la perfección, mucho orden, disciplina y cada cual a su trabajo, gran respeto para los jefes. A pesar de la antipatía de la raza que aún persiste debido a los recuerdos de la guerra submarina del 1917 –que obviamente es recíproca–, estos alemanes me tratan como si yo fuere un colega, en un ambiente de etiqueta y cortesía. Desempacado el equipo Marconi, me doy cuenta de que Simmons me dejó un rompecabezas para que yo lo desenredara. Faltan piezas, los diagramas no

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corresponden y yo no puedo fracasar, porque el ministerio, la Scadta, están pendientes de esta prueba (la primera radiocomunicación desde el aire en Colombia), porque luego podría el mismo Simmons decir que si el aparato no trabaja es porque el italiano no supo… Sudando profusamente logro hacerlo funcionar en tierra, y lo instalo para el ensayo en vuelo. Lo que no saben los de la Scadta es que esta es la primera vez que subo en un avión, pues yo les aseguro que ya tengo un centenar de horas de vuelo en la famosa hidroaeronáutica de la marina italiana… Entre los pilotos hay un italiano Ferruccio Guicciardi quien goza de prestigio como experto aviador; trabo amistad con él y le pido consejos para que me ayude a familiarizarme con este grupo de héroes. El Colombia (es la segunda máquina que lleva este nombre), es un hidroavión Dornier Wall, dos motores montados en tandem, capacidad para diez pasajeros, de construcción robusta como se requiere para con ese peso acuatizar o despegar a velocidad, entre olas, sin sufrir los violentos golpes de las mismas. El piloto se llama Lerch, es un machazo alto, gordo y rubio, austriaco, dizque ex comandante de submarino, habla bastante italiano, se divierte relatándome sus aventuras bélicas en el Adriático hundiendo buques entre Venecia y Pola; me trata con amable consideración y bondad como si fuésemos colegas. El mecánico, Schmidt, puro alemán, es excelente trabajador y compañero. Al fin salimos. Yo temía durante mi primer vuelo hacer papel ridículo, pero enseguida he vuelto a sentirme marino, aguanto las sacudidas, fingiendo no darme cuenta del balanceo. Mi lugar, con el transmisor, está en la extrema cola, tendido horizontalmente en el pasadizo a lo largo del cual, para comunicar con el local de pasajeros y la cabina del piloto y mecánico hay que arrastrarse como un reptil. No llevamos pasajeros durante los ensayos. La antena, un alambre de 150 metros de largo está envuelto en una rueda y sale del casco a través de un tubo aislador de ebonita; lleva en la punta un peso de plomo; tan pronto que el avión alcanza suficiente altura, Lerch me envía con el mecánico un papelito que indica que puedo soltar la antena; quito el freno de la rueda; atraído por el peso, el alambre se va flotando diagonalmente en el aire hasta la longitud de ¼ de onda, que es 600 metros. Siendo peligroso volar a baja altura con los 150 metros de alambre y su peso colgando, con el mismo mecánico me envía aviso el piloto, antes de principiar el avión a descender, para que yo recoja la

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antena dándole vueltas a la rueda y luego aplicándole el freno. Cuando hay mensajes, yo, o el mecánico, tenemos que arrastrarnos a lo largo del tubo corredor, hasta llegar al piloto. El piso suele estar untado con grasa o aceite; cada vuelo estrenamos una “tuta” u overall de trabajo; al desembarcar salimos grasientos y sucios como… mecánicos. Volamos encima del río, Bocas de Ceniza, Puerto Colombia, vamos a Cartagena y regreso; comunico con un par de buques cercanos, ya no puedo hacerlo con Las Delicias, pues el receptor del avión no sintoniza la onda de 4.000 metros; el equipo del avión está básicamente hecho para trabajar en la onda marítima internacional de 600 metros. La prueba tiene éxito regular; no estoy satisfecho porque el receptor, con las trepidaciones, dejaba a veces de funcionar durante el vuelo; alguna conexión floja. Tengo ahora que entrenar a Schmidt. Otra vez vamos a Puerto Colombia y Santa Marta, llamo CQ, me contesta un barco alemán que va a atracar al muelle de Puerto Colombia; informo a Lerch, este lo busca, me ordena retirar la antena, desciende y maniobra pasando en vuelo entre sus mástiles; acuatiza, y lo escolta hasta el muelle. Desde el puente de mando, el capitán del barco le hace señas invitándolo a subir; yo y Schmidt le seguimos orgullosamente. A bordo, nos reciben con honores y trago; como no entiendo palabra de alemán, tengo dificultad entre los ya, prosit y gutt, para no sentirme extraño. En otra ocasión, habiendo la Scadta recibido noticia de que un avión de la línea Buenaventura–Cartagena se ha perdido en el Chocó, envía el Colombia a buscarlo. En tratándose de operación de salvamento, me llaman, y acepto participar aún cuando será un vuelo largo. Llevamos con nosotros plena carga de combustible, piezas de repuesto, alimentos como para una expedición en la selva. Hasta Cartagena volamos bajísimo, a flor de agua, unos cinco metros sobre el nivel del mar; Lerch quiere darme una muestra de su maestría al timón. Después de Cartagena nos elevamos a altura normal, principiamos a volar en círculo escrutando las aguas y las tierras de la supuesta ruta sobre la cual debe haber volado el avión extraviado si es que pasó por aquí. Llegamos a Turbo, embocamos el río Urabá, seguimos remontándolo. Hacia las dos de la tarde, en una playa cerca de Sautatá avistamos la máquina perdida. Acuatizamos y orillamos cerca de un muellecito y un par de casas que componen el pueblito de Sautatá; nos recibe el dueño

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del aserradero, si mal no recuerdo un turco de nombre Tufik Meluk quien vive aquí con su familia entre centenares de indios semisalvajes. El otro avión cayó por haber perdido la hélice; era de carga, sin pasajeros; los tripulantes se salvaron y en una canoa se fueron río arriba rumbo a Quibdó donde deben estar llegando. No es prudente subir a buscarlos, porque nos cogería la noche por el camino o el regreso, y no nos alcanza la gasolina para muchas horas más de vuelo. Antes de que baje el sol damos un paseo por la selva vecina, admirando sus inmensas reservas de bosques; de regreso, encontramos una tribu de indios, nos acompañan, hacemos que suban al avión y sacamos algunas históricas fotografías. Al día siguiente, después de haber dormido como topos en una rústica pieza que amablemente nos ofreció el turco, por la madrugada salimos, y en cinco horas llegamos a Barranquilla. Como recuerdo de este vuelo, conservo algunas fotos en que se ve la proa y la cola del avión Colombia; a mi lado el mecánico Schmidt; los indios (Lerch tomó las fotos); una carta de la Scadta, fechada 28 diciembre 1928, firmada Alberto Tietjen, Barranquilla: “Sr. Dn. Italo Amore, Jefe de la Estación Inalámbrica Las Delicias. Muy apreciado señor y amigo: Deseando a usted unas felices Pascuas y un próspero Año Nuevo, nos permitimos enviarle a mano de nuestro amigo, el señor Lerch, un reloj de pulsera que le rogamos el favor de conservar como prueba de estimación y agradecimiento por los servicios desinteresados presados a esta empresa, suscribiéndonos como sus Attos. Amigos y Ss. SCADTA Gerencia.” Simultáneamente con la carta y el reloj, el comandante Lerch me regaló una estatuita en bronce con base de mármol, que representa a Lilienthal lanzándose con sus alas en vuelo; estatuita que todavía conservo. También conservo unas crónicas publicadas en las revistas “Tierra Nativa” y “Lecturas del Norte”, Cúcuta año 1930; de cuyo texto extracto: · “… frente a la hélice de una potente aeronave de la compañía colombo alemana, acariciada por la mano derecha de un hombre civilizado, que apoya la izquierda en la cintura, en “pose” jactanciosa, hombre que viste de blanco, ostenta camisa y corbata a la americana, y que no se sabe si será el piloto, algún extranjero amante de aventuras u otro tipo cualquiera, se ve un grupo de doce indígenas; el contraste entre las civilizaciones allí representadas no puede ser

mayor. Y esto sucede en Colombia, en pleno siglo XX… etc.”; (palabras del periodista Sadi Noel). · SB-51/2 Delicias 14 julio 1928 - Mintelégrafos Bogotá. Hace una semana desarróllase tráfico con Cúcuta recibiendo de ella en onda corta. Señales buenas y fuertes día y noche sin alguna interferencia aseguran posibilidad tráfico cualquier condición atmosférica. También, posibilidad aumento cantidad tráfico en futuro. Atenderemos ensayos Cali informando en propósito Señoría tan pronto posible. Refiérome N. 348 fecha 14 de Señoría, sdr Amore Jefe · SB-66/1 Delicias 31 julio 1928 Mintelégrafos Bogotá. Referencia telegrama 348 fecha 14 pte. de Señoría informo atentamente ensayos recepción onda corta Cali óptimos resultados señales fuertes y buenas. No es posible servicio directo entre esta y Cali porque en esa tienen dificultad recibir nuestras señales onda larga debido atmosféricos, sdr Amore Jefe. · SB-73/1 Delicias 8 agosto 1928 Mintelégrafos Bogotá. Establecido servicio directo con estación Cali onda corta. Según avisan de Cali tienen dificultad leer nuestras señales onda larga cuando condiciones atmosféricas malas. Servicio sería más eficiente y seguro si también Barranquilla tuviera transmisor onda corta, sdr Amore Jefe. Como en precedentes ocasiones, las gestiones para perfeccionar el servicio fueron iniciativa única de los jefes de estación italianos, principalmente del suscrito, sin que el ministerio interviniera o tuviera idea de que ello era posible, o suministrara los aparatos para intentar tales mejoras; los receptores en Barranquilla los suministré yo, de mi propiedad. Pero no podía yo suministrar también el transmisor para Barranquilla, pues esto me habría costado miles de dólares. Cali y Cúcuta habían sido provistos de equipo de onda corta Marconi en virtud de viejo contrato; Gandini y Abballe hicieron el respectivo montaje; a Barranquilla, que por la distancia a Bogotá, y por la cantidad de tráfico era la que más necesitaba transmisor de onda corta, Klemp se había negado hacer el pedido (la causa íntima de tal negación era la de que Telefunken no fabricaba todavía transmisores de onda corta, y en espera de que lo hiciera, Klemp no quería hacer el pedido a la Marconi). El servicio entre Barranquilla y Cali antes, se hacía mediante repetición desde Medellín o vía Bogotá. Ninguna contestación del ministerio, a los tres radiotelegramas arriba transcritos. Desde meses anteriores he estado haciendo ante el ministerio intensa campaña para transformar todo el

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servicio inalámbrico al sistema onda corta, a fin de eliminar el problema de los fuertes ruidos de estáticas atmosféricas que interfieren la recepción en onda larga; que la mayoría de las veces obliga a suspender el servicio diariamente hacia las 3 o 4 p.m. hasta las 8 a 9 a.m. También, desde que el ministerio propone adquirir para Las Delicias nuevas torres de 300 pies en reemplazo de las ya oxidadas Milliken, he estado haciendo presente que si suministran transmisor de onda corta a Barranquilla, no se necesitan más tales torres (que cuestan tanto o más que dicho transmisor), pues para onda corta no se necesitan elevadas torres; pero Klemp me ha apodado el “loco de la onda corta”, y sigue queriendo comprar las ya inútiles torres. Al tiempo que Klemp era funestamente nocivo para el servicio inalámbrico y los intereses de la nación colombiana, Benetti tampoco era inocuo, y no existía para la misión italiana, de la cual era en Bogotá el jefe. Se había atrincherado, apartado en la función y dirección de una escuela de radiotelegrafía; olvidando la misión; sin contestar mis cartas. Transcurridos algunos meses; indignado yo por su proceder; juzgué que había llegado la hora de abrir el pleito pendiente por el dinero que nos había estafado durante el viaje desde Italia, y que yo había prometido a mis compañeros de la misión, que en época oportuna gestionaría para que nos lo devolviera. Al efecto, escribí a la Legación Italiana en Bogotá, denunciando a Benetti; relatando los incidentes e informes de Corridoni y el marqués Solari en Roma; de Benzi en Génova, etc. La Legación comprobó que mi acusación era fundada, y enseguida se interesó para hacernos devolver el dinero. “Radiograma N. 1869 oficial 12 agosto 1928 Bogotá, - Italo Amore Jefe Inalámbrico Barranquilla. 605 ingegnere benetti propone restituire gli ottanta pesos a rate di cinque pesos mensili per ciascun operatore stop prego telegrafarmi sua decisione al riguardo; (605 ingeniero benetti propone delvolver los ochenta pesos a razón de cinco pesos mensuales por cada uno de los operadores stop Ruego contestarme su decision al respecto). Incaricato Affari Italia.” Con este telegrama de la Legación quedó plenamente comprobada la estafa de Benetti; que ofrecía devolvernos a cada uno sus ochenta pesos, a razón de cinco pesos mensuales a cada uno… “Barranquilla 13 agosto 1928 Radiograma privado. Incaricato Affari Legacion Italiana Bogotá

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Risposta 605 vossignoria parmi offerta irrisoria non accettabile occorrendo sedici mesi saldo stop Credo aqua base sedici oppure venti pesos rata mensile cadauno comunque delego Legazione conchiudere accordo come credalo conveniente ringraziando ossequii.” (Encargado de Negocios Legación Italiana Bogotá Respuesta 605 su señoría me ha hecho una oferta irrisoria no aceptable para la cual se necesitan dieciséis meses stop Creo que la base correcta es de veinte pesos cada uno pero delego en Legación concluir cuerdo como lo crea conveniente agradezco obsequios). No firmé este mensaje, para no difundir el escándalo, a sabiendas de que por la referencia 605 la Legación sabría quien lo había despachado. Manifesté que me parecía irrisoria la oferta de $5 mensuales que implicaría dieciséis meses para la cancelación de la suma estafada; propuse quince o veinte pesos mensuales a cada uno de los cinco miembros, delegando a la Legación concluir el acuerdo según lo considerara conveniente. “Club Italiano Barranquilla - Apartado correo 337 - 16 agosto 1928. Illmo Signor Italo Amore Radiotelegrafista Capo Stazione DELICIAS. L.C. Oo l’onore di comunicare alle S.V. che la sua domande a Socio Assistente del Club é stata accettate della Maggioranza, avendo ottenuto voti tutti favorevoli. All’esprimere alla S.V. le congratulazioni mie e del Consiglio, la saluto distintamente, Il Secretario E. D’Amato” (Ilustrísimo Señor Amore Radiotelegrafista Jefe Estación Delicias L.C. Tengo el honor de comunicarle que su solicitud como Socio Asistente del Club ha sido aceptada por mayoría, habiendo obtenido voto favorable. Al expresarle las congratulaciones mías y del Consejo, la saludo cordialmente, El Secretario E. D’Amato). Parecería que con el trabajo que me proporcionaban todas las gestiones anteriormente mencionadas; la vigilancia de los operadores, la inspección y administración del origen general en el edificio de las habitaciones, cocina, mercado, cultivo de la chamba (hortaliza) que sigue brotando verduras y parásitos, tendría yo suficientes ocupaciones como para estar siempre atareado. Sin embargo, no hay tal. A un joven de 28 años, que madruga a las 6 a.m. y se acuesta cerca de la medianoche; solo, soltero, que evita relaciones amis-

Memorias de un marconista de mar y tierra t Italo Amore


tosas femeninas, todavía le queda diariamente tiempo sobrado. Ya sea para asuntos de servicio, ya sea para hallar algún rato de diversión en el club italiano o el cinema, necesito frecuentemente bajar a Barranquilla; en esto gasto mucho dinero en taxi ida y vuelta porque el viajar en “chiva”, que son unos carros destartalados y mugrientos, no combina con la jerarquía de un ex oficial de marina o del puesto que ocupo como jefe del inalámbrico. En consecuencia, asesorado por el hábil mecánico Eliseo Jiménez resuelvo comprar un automóvil de segunda mano, en $600. Es un Buick Roadmaster de dos puestos, color cereza, tipo de carreras. Después de un par de semanas de aprendizaje como chauffeur obtengo la patente; he hallado una diversión de mi gusto. Por las tardes me voy a la carretera de Gelapa donde hay una larga recta, allí juego a superar cada día la velocidad del día anterior: 101, 102, 105 km. Como quiera que al final de la recta hay una curvita con un puente, llegando a ese sitio a toda velocidad, me parece sabroso ver cómo logro dar la curva corriendo únicamente sobre las dos ruedas de un lado, estando las del lado opuesto

en el aire, la máquina inclinada sobre un flanco. Hasta que, un día, al final de la curva se me presenta una manada de burritos, cargados de arcilla; todavía están muy lejos. Pito, freno, pero los asnos se atraviesan en la carretera cuando el Buick chillando y frenando los asusta a 40 Km. dando S entre una y otra bestia tocándolas, pero afortunadamente sin destriparlas, logro pasar. Cuando al fin se para el auto, tengo que entregarle diez pesos al dueño de los animales, en pago de las ollas rotas. He aprendido una cosa: que a fuerte velocidad, el carro se come mucho terreno antes de parar… Abandono el camino de Gelapa y vuelvo a contentarme con la carretera de Las Delicias. Hasta que, aquí también, un día, al tomar una curva en velocidad y habiendo frenado al mismo tiempo, el Roadmaster deja de obedecerme, da algunas vueltas sobre sí mismo, gracias a Dios sin salirse de la carretera, pero dejándome frío por lo que hubiera ocurrido si hubiera habido obstáculos o algún transeúnte en el camino. Decididamente, la velocidad no es cosa con la cual se pueda jugar. En adelante, no voy a usar el carro como vehículo para carreras, sino únicamente para transporte.

Instalando el radio en el hidroavión

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CAPÍTULO 64

Las Delicias (Parte 3ª)

Septiembre de 1.928 Julio de 1.929

L

entamente, transcurren los días y los meses; pronto hará un año que he llegado a Colombia. Con mi acostumbrado fervor sigo en el trabajo de reconstrucción de la estación y aumento del tráfico; en relativo estado de calma espiritual desde que el ministro no ha vuelto a molestar con su Klemp. Un lunes, el mecánico Eliseo me informa que Klemp se halla en Barranquilla, en un hotel, llevando a cabo una indagatoria secreta contra mí. Al día siguiente, el operador Uribe me confía que Klemp lo llamó a su pieza y le preguntó si tenía algo que declarar respecto del jefe Amore: si usaba gasolina de los motores para su automóvil particular; si frecuentaba mujeres; si en algo estaba yo faltando a mis deberes en la estación. Que él, Uribe, había contestado negativamente; que el demás personal estaba siendo invitado sigilosamente –sin mi conocimiento–, uno a la vez durante sus horas libres de servicio, bajar a la ciudad, a la oficina del jefe de Cirtelégrafos señor Vásquez, para contestar a una investigación que Klemp estaba llevando a cabo. Los demás empleados no me dijeron nada de sus entrevistas con Klemp. Se estaba formando un ambiente de terror, de amenazas de quién sabe cuál delito se estaba venteando acusando al jefe de Las Delicias. Qué estaba tramando ese bribón? Finalmente, una mañana, me avisaron desde la Central de Telégrafos, por teléfono, que mister Klemp acababa de salir en taxi rumbo a la estación.

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Llegó; nos presentamos. Alto, gordote, ojiazul y pelirrubio, barriga saliente, habano entre labios sin bigotes, mirada viva y pícara. Pensé: éste es el hombre que me armó líos desde que llegué a Colombia; primero con Vogeler, luego con Adolfo Concha técnico de torres; el que me demora el suministro de fondos para gasolina e implementos de la estación para así obligarme a suspender el servicio; el que vino a organizar entre el personal una traidora “investigación” secreta, que por lo visto le fracasó, y ahora viene él mismo a buscar algún lado flaco por donde atacarme, porque mi presencia en Las Delicias malogré la realización de sus planes de seguir vendiendo al gobierno transmisores Telefunken de onda larga… Me dice que desea inspeccionar detenidamente los locales. Le contesto que con mucho gusto, y lo acompaño guiándole de un cuarto a otro. De vez en cuando me hace preguntas: por qué los motores están recién pintados; por qué la punta de una torre está con refuerzos de madera, etc.; a cada contestación que doy, comenta que –Ok sigamos adelante–, en mis adentros pienso que no es tan fiera como lo pintan… Llegando al final del recorrido, tengo la impresión de que mi enemigo ha perdido su tiempo. Al salir de la planta, tropezamos con algunas viejas placas de acumulador amontonadas en un rincón; Klemp me pregunta qué es eso; le explico que son placas de la vieja batería, que en estos días estoy reemplazando con las placas nuevas llegadas del exterior, a medida de que me las entregan del depósito

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de Cirtelégrafos. Entonces, cambiando repentinamente de tono amable, al arrogante, acusador, me interrumpe: –no, estas placas las dañó usted–. Sorprendido, protesto, que está equivocado; que todo el personal sabe y puede atestiguar que esas placas estaban dañadas desde antes de llegar yo a Colombia; que ello consta en los archivos, en el inventario de cuando recibí la estación en diciembre, en la correspondencia desde cuando era jefe el inglés Adams y por eso y por mis reclamos y pedidos han llegado los repuestos… Pero, con el dedo levantado, sigue Klemp repitiendo: –Usted dañó esas placas, tendré que informarlo al ministerio–. En un instante reflexiono: –ah, porque te he recibido amablemente y con respeto me crees bobo y crees que puedes asustarme, pero ahora verás que el susto es para ti…–; y mientras nos acercamos al personal, que necesito como testigos, volviéndome severo y resuelto, en voz alta le digo: –señor Klemp, hasta ahora le atendí atentamente como a un superior; pero, al acusarme usted de que esas placas están oxidadas por culta mía, está demostrando que no es mi superior, pues de serlo, sabría que estaban dañadas desde hace un par de años. Ya no puedo aceptarlo a usted como superior, sino como intrigante, mentiroso, indigno de pisar este terreno. Sálgase de aquí, o yo mismo lo saco echándole el perro…– Me amenaza que va a poner un radiograma de quejas al ministro en Bogotá; le replico que tendrá que ir a ponerlo en la Central Telegráfica de Barranquilla porque como jefe de Las Delicias lo expulso y no le permito enviar mensajes ni quedarse aquí un instante más. Que el radiograma al ministro en Bogotá, por radio, voy a ponerlo yo, informando de su picardía… Viéndome resuelto, se va, mascando tabaco, y amenazando truenos. · SB 76 Delicias 2 septiembre 1928 - Dr. J. J. García Mintelégrafos Bogotá – Presentándose hoy estación señor Klemp suscrito atendiolo acompañándolo estación pero dicho señor pretendió inspeccionar haciendo observaciones totalmente ilógicas, erradas, demostrando incomprensión funcionamiento aparatos, mala prevención contra suscrito y su única intención crear molestias. En vista de eso suscrito infórmale no podía atenderlo si él no tenía regular mandato de S. E. Señor Klemp rehusó presentar documento mandato, contestó mañana se instalará estación y suscrito tendrá que obedecerle. Suplico respetuosamente S. E. instruirme si señor Klemp tiene tal mandato y si en tal caso continúa el suscrito jefe

estación responsable servicio o si tal cargo pasa a señor Klemp obsecuente, sdr. Amore Jefe. · SB Extra 202/2 Mintelégrafos Bogotá 3 septiembre 1928. Amore Jefe Estación Inalámbrica Barranquilla. Señor Klemp es el técnico inalámbricos del gobierno tiene amplias facultades visitar estaciones organizar servicio dar cuantas órdenes sean necesarias, sírvase tomar nota proceder de conformidad suyo ayer, sdr. J. J. García. · SB Extra 77/1 Delicias 3 septiembre 1928. Dr. J. J. García Mintelégrafos Bogotá. Referencia telegrama 202 hoy Señoría; pésame inmensamente, máxima deferencia informa no poder aceptar órdenes señor Klemp, siguientes motivos: 1º. Mantenimiento, eficiencia estaciones, era hasta la fecha difícil debido falta interés, competencia, buena fe, técnico encargado ministerio. Hasta que dicho señor estando lejos dejaba jefes estaciones y personal trabajar, estos haciendo no pocos sacrificios lograban mantener servicio como nadie mejor podíalo hacer. Hoy, este señor (cuya ineptitud, desconocimiento teórico–prácticos, mala fe, resérvome comprobar), viene estación dar órdenes insulsas no puede organizar servicio pues desconócelo completamente, su único interés resulta obra nefasta intereses nación y en defensa sus precedentes engaños lucha contra personas que honestamente indican ministerio enormes errores por él cometidos y consecuentes medidas indispensables para salvar servicio. 2º. Mis deberes frente gobierno colombiano prohíbenme participar engaños responsabilidades malos trabajos despilfarro dinero dicho señor continúa proponiendo ministerio. 3º. Nada puede dicho señor organizar causa incompetencia, por contrario opino su intervención resultará perjudicando más servicio. 4º. Mi dignidad personal inpídeme recibir órdenes persona considero absolutamente incompetente como hechos demuéstranlo. Necesitando Señoría comprobantes cuanto arriba atentamente afirmo, podría suscrito salir avión Bogotá conferenciar si Señoría autorízalo. Espero atentamente órdenes Señoría obsecuente, sdr. Amore Jefe. El ministro me contestó con telegrama diciendo que mis cargos contra Klemp eran muy graves; que tendría que comprobarlos (en este momento no encuentro en archivo dicho telegrama). Eso, de comprobarlo, era precisamente lo que yo buscaba. Así que, ni corto ni perezoso, el 12 de septiembre 1928 dirigí al ministro un memorial N. 81, por correo re-

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comendado según recibo N. 2226/27 de esa fecha, con 9 páginas de acusaciones contra Klemp, ampliando y detallando los conceptos del telegrama (naturalmente, hoy reconozco que el memorial fue excesivamente largo, y redactado en deficiente castellano. Yo creía con mi memorial resolver un asunto que hacía años estaba perjudicando el progreso del inalámbrico en Colombia. Para ello, me expuse, único y solo, arriesgándolo todo; convencido de que el ministerio no habría podido permitir que el radiograma N. 77 y el memorial de acusaciones quedaran archivados. Sin dudas, me habrían llamado a juicio, y entonces yo habría tenido que demostrar el fundamento de mis acusaciones, de lo contrario, pobre de mí… Eso pensaba yo; y me proponía sacar a luz también cuanto sabía de las otras estaciones; y lo relacionado con la nueva radiodifusora de onda larga HJN que hacía ya más de cuatro años estaba siendo instalada. Yo creía que aún en el caso de que el ministerio no hubiera tomado interés en el denuncio, Klemp no podía evitar de llamarme a juicio para defender su honor frente del ministerio. En resumen, yo pensaba que con este memorial y telegrama de agravios, se haría a la luz la verdad: Klemp o yo seríamos juzgados personas no gratas y devueltas a Europa. Nada de eso sucedió. El ministro me acusó recibo del memorial, simplemente manifestando que lo pasaría a la comisión asesora para su estudio. Klemp era miembro de esa asesora; por lo tanto tuvo que haber leído mi memorial. Se quedó callado. Como empleado extranjero del ministerio, y “subalterno” del mismo Klemp, yo no podía hacer más. Ir contra la voluntad del ministerio habría sido insubordinación, rotura del contrato. Mi deber como empleado era denunciar al ministerio los males de la desorganización y el fraude; por cierto que yo lo hice hasta públicamente. Inútilmente; me quedé esperando. Si hubiera sido colombiano, en tal ocasión me habría dirigido a la prensa del país; pero, yo era todavía extranjero; y no podía, solo, enfrentarme a todo un ministerio, además de Klemp… · Oficio sin número, 27 septiembre 1928 Bogotá – Jefe Inalámbrico Barranquilla – Puede dar principio limpiar terreno inalámbrico pero necesítase conocer gasto favor avisar señor Salcedo. Ministerio no puede por ahora hacer gasto verja y aceras, técnico Klemp propone comprar otras dos (2) torres pero ministerio considera inaplazable tanta torre y desea aprovechar las del Telefunken para onda corta.

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Estúdiase asunto, pronto avisarásele resultado. R. Galvis Salazar. Este curioso radiograma del secretario del ministerio dice entre líneas que están de acuerdo conmigo, aceptan mi sugerencia de que no hay que comprar torres, sino transmisor de onda corta; que ellos también rechazan la propuesta de Klemp. A todas estas, Klemp ha desaparecido, se fue a Cartagena, a comprar para la nación el viejo edificio de la estación Telefunken abandonada desde la guerra de 1915; otro negocio absurdo, al tiempo que el ministerio dice no tener fondos para poner una verja en la portada de la estación… Con fines higiénicos, emprendo el desmonte de las malezas en el terreno de Las Delicias, aprovechando que terminaron las lluvias; para mejor limpiar quemaremos las hierbas, obligando insectos y animales a trasladarse lejos. Así se hace. Algunos días después, regresando del cine nocturno en Barranquilla, mientras me acerco a los escalones de la entrada del edificio principal de la estación, veo sobre el piso de la vereda un dibujo sospechoso. Precisamente frente de la puerta, bajo el bombillo del alumbrado, algo que parece un pitón o culebra de regular tamaño. Pienso que no puede ser; no estamos en Somalia. Debe ser una broma de mis subalternos colombianos quienes aburridos de tanto oírme hablar de cacerías africanas, están jugando a ver cómo me asustan con una culebra de caucho. Sin embargo…, se mueve…, veo que respira; el cuerpo se le hincha y desinfla regularmente. ¡Qué diablo! ¡Está viva! ¡Nada de chistes; cuidado Tartarín! Este es el momento de sacar a relucir mis conocimientos en cinegética de reptiles y caimanes; calma y sangre fría. El bicho respira, pero no hace otros movimientos. Está durmiendo. Tiene la barriga hinchada. Probablemente se comió un pollo o algo por el estilo, y allí está haciendo su digestión. Es una ocasión para capturarlo vivo. Despacio, voy hacia el cuarto donde duerme el mecánico Eliseo; lo despierto y le pido ayudarme. Es santandereano y valiente. Que aliste y me transporte hasta cerca del bicho, sin hacer ruido, uno de esos vasos de la batería acumuladora, que son de vidrio grueso, de casi un metro de alto por medio metro de ancho. Mientras tanto, consigo una percha y le fijo un lazo en la punta. Le explico que voy a pescar el animal. Cuando nos acercamos y se lo hago ver, me dice tener cuidado pues es una cascabel, cuya picada es mortal. Cascabel? En Africa no hay. Las de este tamaño, son en mayoría pitones o

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boas, constrictores como el guío, no venenosos. Recuerdo haber leído que esta culebra americana lleva en la cola un aparato que suena. De todas maneras, con la percha me defenderé si ataca. Con solamente pegarle en la cabeza. Con la vara levantada, me acerco; Eliseo me sigue, armado con un bastón. Suelto el lazo de la vara haciéndolo caer sobre la cabeza del reptil que se halla enrollado, con la cabeza en el centro del rollo. Se despierta. Abre la boquita, saca la lengua, yergue el cuello hacia lo alto… precisamente lo que yo necesitaba. Muevo el lazo y rápidamente hago que quede cogida su cabeza, que es triangular; doy un tirón cerrando el nudo del lazo y levanto la percha hacia lo alto haciendo que el bicho quede colgando, sin defensa. Tiene metro y medio de largo. Oigo la música de los cascabeles. Eliseo me dice que mejor de una vez aplastarle la cabeza para matarla. Yo pienso que la piel tiene lindos dibujos como para embalsamarla. –Por ahora, echémosla en el pote acumulador, pongámosle la tapa con una piedra encima para que quede presa y no pueda salir. Vámonos a dormir, mañana veremos qué hace con el bicho.– Al día siguiente, observo la culebra descansando, resignada, en el vaso de vidrio. Debe sentir hambre; le busco insectos, grillos, que traga ávidamente. La noticia de la cascabel aprisionada se ha regado por los alrededores; llegan vecinos del barrio; curiosos, desde la ciudad; periodistas que vienen para informarse; el fotógrafo de “La Prensa” saca un retrato. Los visitantes están asombrados con esta hazaña mía; alguien me advierte que en cualquier momento el animal podrá escaparse y hacer una víctima. Sin embargo no veo nada especial en mi función de guardián de jardín zoológico, ni creo que el bicho logre escapar. Por la tarde, levanto la tapa de pote, lo enlazo, lo saco depositándolo sobre el terreno, lo dejo suelto para que paste en el jardín. Me le mantengo a un par de metros de distancia, siempre con mi percha y lazo en la mano, siguiéndolo mientras se arrastra alejándose. El personal de la estación se aterra pensando que de golpe dará un brinco sobre mí y podrá morderme dándome muerte segura. Pero yo tengo la impresión de que el cascabel me teme, no se atreve, se siente dominado; lo único que hace es tratar de huir. Cuando ya anda lejos, lo persigo, y alargando la percha hacia delante, con el lazo abierto, vuelvo a enganchar la pobre víctima por el cuello, y levantándola del suelo la remolco hacia su cárcel de vidrio, la echo adentro, suelto el lazo, pongo la tapa, y hasta mañana…

Transcurren los días sin novedad, la diversión y pastoreo diario del cascabel se están volviendo una rutina. Una mañana, como a los quince días de estar presa, al ir a visitar mi prisionera, la encuentro irritada, está dando vueltas dentro de su vítrea cárcel, golpea la cola, los cascabeles vibrando continuamente. ¿Qué le pasa? Al ver que me acerco, el animal se para un momento, luego dispone su cuerpo en forma de aro, la cola entre los dientes. Así queda un par de segundos, luego cae inerte sobre el piso de vidrio, no se mueve más. La piel está cambiando de color, aparecen manchas rojas y moradas. Qué significa esto? Nada menos, que la culebra acaba de suicidarse, mordiéndose, inoculándose el terrible veneno que llevaba almacenado en la cavidad del colmillo. Llamo a los vecinos para que vean; he perdido la piel de la cascabel porque así envenenada y manchada no sirve; tendré que botar todo al monte. En cuanto de lo sucedido circuló por teléfono; llegó el cronista Martínez de “La Prensa”, en cuya edición del 3 de noviembre 1928 publicó el siguiente relato: “LA CASCABEL QUE SE SUICIDO… Hace cinco días, mientras se limpiaban los alrededores cubiertos de hierbas y malezas, cayó en manos de los hombres que habían de incitarla al suicidio, a la muerte…Y ellos, con los cuidados que bien merecían sus encantos y atractivos, la atraparon y la metieron dentro de un gran cubo de cristal. Las gentes de los alrededores acudieron a admirarla, y la prodigaron sus entusiastas exclamaciones. Pocas veces se veía un ejemplar tan extraordinariamente bello: fina, esbelta, donairosa; la cabecilla siempre en alto y husmeando como en busca de la presa codiciada. Y la piel… Ah, su piel brillante y de raros matices; pulida y fuerte; oscura a trechos y argollada por círculos de azabache. Había pues, que cuidar del raro ejemplar para conservarla cuanto fuera posible. Dentro del cubo de cristal, en donde se acogió benévolamente a la extraña visita, se le depositaron alimentos; los sugestivos elementos que ella podía desear de acuerdo con su existencia errante y desordenada. Pero, por primera vez acaso tratándose de un ejemplar de su familia, los rechazó. Y parecía que solo deseaba la libertad. Los campos ardorosos del trópico, cubiertos por matorrales espesos con aspiraciones a selva virgen. Las tierras azotadas por las fuertes lluvias tibias de las regiones calientes, fáciles de taladrar el escondrijo misterioso y basto. Ayer, en la mañana, finalmente, la prisionera amaneció enferma de libertad y con ideas tenebro-

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sas. Entre la vida fácil pero encerrada del cubo –un cubo de vidrio que contribuía al criminal espejismo de sentirse libre estando presa–, decimos que entre la existencia de la prisión, y la muerte, ésta la cautivaba con su eterno descanso. Y como lo ideó, lo hizo… al ruido preliminar que hacía la prisionera acudieron los celosos guardianes, y entonces la vieron cómo señalaba hacia la altura –hacia la salida del cubo de cristal–, en demanda de libertad; y ellos, claro está sonrieron e hicieron chistes. Entonces, la pobre víctima de la impiedad de los hombres abrió las pequeñas fauces colmadas de agudísimos colmillos, y rápida, feroz, vibrante, cruzó de una dentellada las extremidades de su cuerpo, y allí mismo quedó muerta en un segundo… Fue algo instantáneo, breve, cortante como un solo tajo; es que había vaciado su propio veneno dentro de su propia existencia; y lo que pudo ser peligro para la vida de los hombres, lo ingirió ella misma, en un acto de alto y noble desprendimiento. Y no hay que reírse, lectores; se trataba de una arrogante cascabel de siete años que fue cazada por los empleado de la estación inalámbrica de Las Delicias, y quienes llamaron al periodista amigo para que admirase ese reptil que tuvo concepciones de libertad y de suicidio. Porque la cascabel se suicidó valientemente –o cobardemente– se suicidó… Cuando acudimos a escuchar su triste historia y constatar las causas de su fallecimiento –aún estaban prendidos sus dientecillos envenenados en su propio cuerpo–; y al ser removido por los pies de los profanos sonaron sus siete cascabeles con sones lúgubres y tristes, mientras una gota de sangre destilaba sobre el piso…” Yo había visto alguna vez, en Europa, brazaletes para señoras, en forma de aro, representando una culebra que se mordía la cola al cerrarlo, o la soltaba al abrirlo; pero nunca había imaginado que ese diseño representaba el suicidio del reptil; hecho que evidentemente alguien había observado y copiado como diseño para la pulsera. A pesar del fracasado ensayo, persisto en la idea de formar un pequeño jardín zoológico; por lo pronto, lo único que me queda son una iguana y un saíno, este último me recuerda el jabalí africano aunque aquel era de mayor tamaño. Finalmente, la iguana desaparece, y el saíno lo hago cocinar como un cerdo, dando así por terminado el experimento. · Oficio N. 654 Legazione d’Italia a Bogotá, 13 septiembre 1928 Anno VI Signor Italo Amore Barranquilla

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In relazione alla precedente corrispondenza intercorsa fra questa Regia Legazione e la S. V., in merito alla restituzione de parte dell’Ing. Cav. Giulio Benetti della somma di pesos 400 da lui riscossa in piú sulle indennité di mi ha fatto conoscere evergli l’Ing. Benetti promessa di restituire tale somma nella misura di pesos 100 mensili. In adempimento di tale sua promesa l’Ing. Benetti mi ha rimasso le somma di pesos 100 che rappresenta la quota per il presente mese. Tale somma é stata distribuita in regione di 20 pesos per ciascuno. Unisco pertanta un vaglia postale N.1034 per $20. Pregandole di restituire dovutamente firmata e con cortese sollecitudine la ricevuta annessa. Con gli atti della mia distinta considerazione. Il Regio Incaricato d’Affari, il Regio Console, Cav. Daniele D’Achiardi (hay dos sellos etc.). (Señor Italo Amore Barranquilla Con relación a la anterior respuesta cursada entre esta Legacion y Su Señoria, con motivo de la devolución por parte del Ing.Giulio Benetti de la suma de 400 pesos por él percibida en exceso sobre las indemmnizaciones, me ha hecho saber que el Ing. Benetti prometio restituir tal suma a razón de 100 pesos mensuales. En cumplimiento de tal promesa el Ing. Benetti me ha enviado la sima de 100 pesos que representa la cuota del presente mes. Tal suma ha sido distribuida a razon de 20 pesos para cada uno. Le adjunto por tanto la remesa postal No. 1034 por $20. Le ruego devolver debidamente firmado el recibo adjunto. Con mi mas distinguida consideración. El Regio Encargado de Negocios, el Consul Real, Cav. Daniele D’Achiardi.) Años después, cuando relaté a algún italiano las peripecias y raterías del barón conde de san Leo y san Marino de Valdettatio Dr. Ing. Cav. Giulio Federico Benetti Amici jefe de la misión, naturalmente no quiso creerme, como tampoco me creyó el nuevo ministro de Italia Dr. Gazzera quien solamente hacia el año de 1939 descubrió que el conde, a la sazón canciller de la embajada había estafado a esta última durante diez años apropiándose de fondos de la cancillería. No se si alcanzaré en esta historia mencionar los peculados que hizo en Colombia hasta la época de su muerte en 1960. Si alguien duda de mis palabras, puede ver en la carta arriba transcrita, la falta de honor, decoro, moral, de este desgraciado señor quien no obstante haber reconocido oficialmente que nos había timado esos 400 pesos, tuvo la Legación Italiana que recurrir al extremo de denunciarlo ante el ministerio para que retuvieran de su sueldo los 100 pesos mensuales; denuncio que yo no hubiera

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querido que fuere introducido ante la autoridades colombianas porque ello implicaba anular totalmente a Benetti como principal de la misión, y una vergüenza para los componente de la misma, haber venido a Colombia con un jefe ladrón. Entiendo que lo que obligó al entonces embajador de Italia marqués G. Telesio di Toritto, y al cónsul Cav. Daniele D’Achiardi acusar a Benetti ante el propio ministerio fue que este estaba cometiendo en Bogotá otras fechorías, como por ejemplo la de vagabundear con una mulata, y acabar casándose con otra, a pesar de que ya estaba casado con una noble condesa en Roma de la cual tenía un par de hijas. Sorprende a cualquiera, constatar que no obstante lo anterior, cuando lo botaron del ministerio, logró entronizarse nada menos que en la embajada, como canciller, mediante las influencias del gobierno fascista, aprovechando que el marqués Telesio y el cónsul D’Achiardi habían regresado a Italia, y reemplazados con nuevo personal al que despistó habiendo él saqueado los archivos de la embajada y hecho desaparecer la correspondencia acusadora. · Marconi’s Wireless Telegraph Company Ltd. Departamento de Tráfico – Bogotá October 5th 1928 – Mr. Amore, Chief Operator, Las Delicias, Barranquilla. Dear Mr. Amore: “During the past bad season our Barranquilla circuit would have been in a continual state of chaos without your short wave receiver. We are deeply indebted to you for your assistance in this matter…”. (Durante la pasada temporada nuestro circuito de Barranquilla ha estado en continuo estado de caos por falta del receptor de onda corta. Estamos profundamente agradecidos con usted por su ayuda en esta materia). Extracto de carta del Traffic Manager de la Marconi de Bogotá quien declara que sin mis propios receptores de onda corta en Barranquilla el tráfico habría sufrido caos; y agradece profundamente mi cooperación. · Barranquilla 15 Octubre 1928 – oficio dirigido a S. E. Ministro Correos y Telégrafos Bogotá. N. 58. Apertura Servicio Recepción Múltiplex: Atentamente informo S. S. que hace algunos días se estableció en esta estación el servicio de recepción Múltiplex onda corta en la siguiente forma: Tres receptores de onda corta trabajan simultáneamente, mientras que el transmisor y receptor de onda larga están también funcionando. El primer receptor recibe de la estación Morato HJO. El segundo receptor recibe de la estación Morato HJP.

El tercero recibe de la estación de Cúcuta (y Cali). La mencionada innovación permite más rápido y seguro desarrollo del tráfico con aquellas estaciones. Receptores y válvulas son de propiedad del suscrito. De S. S. respetuoso sdr. Jefe Estación Inalámbrica Las Delicias I. Amore. El ministro no contestó, ni agradeció; y desde luego, mucho menos ofreció adquirir o indemnizarme en parte por el préstamo que yo hacía de aparatos para mejorar el servicio. Yo tenía que dejar muchas constancias de que los aparatos eran míos, para podérmelos llevar en cualquier momento, evitando que por “derecho de servidumbre” acabara Klemp o el ministerio adueñándose de ellos sin recompensarme. En diciembre estalla una huelga y casi revolución en Santa Marta, región bananera; los amotinados cortan todas las comunicaciones, pero, sin que ellos lo sepan, y sin que a nadie se le haya ocurrido insinuármelo, por mi propia iniciativa logro establecer contacto con la estación inalámbrica de la United Fruit Co. en esa ciudad, mediante la cual restablezco la comunicación entre Santa Marta y el Minguerra Bogotá, y el Comando División en Barranquilla: el ejército logra así después de algunos días dominar la situación y sorprende a los rebeldes. El general Justo Guerrero de la 2ª división de Barranquilla me da las gracias; el ministerio de Bogotá sigue callado… Ejército de Colombia Barranquilla Diciembre 7 de 1928 II División oficio N. 4188 Comando Supremo – Sección I Al señor Director Jefe de la Estación Inalámbrica de la ciudad – Pte. Tengo el honor de avisarle recibo de su atento oficio de ayer, en que tiene a bien participarme que, de acuerdo con las estaciones inalámbricas de Bogotá y Santa Marta, se mantendrá un servicio continuo por las 24 horas, mientras lo creyere necesario este Comando Superior. Con este motivo me es muy grato manifestarle mi agradecimiento, no solo por la importancia de la noticia que se sirve comunicarme, sino también, muy especialmente, por la singular gentileza y actividad demostrada por usted en los servicios que este Comando ha tenido necesidad de solicitarle, los cuales continuaré aceptándole mientras las circunstancias del orden público lo requieran y en cuanto fallen los demás medios de comunicación. Con especial consideración me suscribo de usted muy atento y S. S.

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Justo A. Guerrero – General y Comandante de la División. Según mis informaciones fue esta la primera vez en Colombia, en que la radio tuvo aplicación militar; el Ministerio de Guerra no tenía todavía equipos, y mucho menos personal, para comunicaciones inalámbricas. Alzamora, Palacio and Company – Steamship Agenta for UNITED FRUIT COMPANY. Barranquilla, Colombia. December 12, 1928. Chief Wireless Operator, United Fruit Co. Ships, at Puerto Colombia. Dear Sirs: This will serve to introduce Dr. Italo Amore, Manager of the Wireless Station in Barranquilla. Mr. Amore has been extremely courteous to us and I will appreciate if you will reciprocate should he visit your ship. Yours very truly, H.A. Agnew, Direct Representative. Cc. Mr. T. Bradshow. La carta de la UFCO tuvo origen en el deseo de esa entidad de hacerme alguna atención por el servicio prestado durante la huelga bananera en Santa Marta. Nunca busqué la ocasión de utilizarla. Es un documento que coincide y respalda el oficio del General A. Guerrero sobre el mismo asunto. A propósito del rojo Buick Roadster que adquirí de segunda mano al señor Pimiento, conocido sastre de lujo en Barranquilla, olvidé mencionar que en tres ocasiones, habiéndolo dejado estacionado frente del cine Colombia en la calle San Blas, al salir del Club Italiano hacia la medianoche con la intención de regresar a la estación de Las Delicias, el carro había desaparecido. Reaparecía al día siguiente abandonado en calles fuera de la ciudad, o al pie de la estación de policía intacto. Se supuso que alguien provisto de copias de llaves del carro, lo aprovechaba para ir de parranda; y por la madrugada trataba devolvérmelo en las mejores condiciones, sin saquearlo. Nunca pude saber quién era el misterioso intruso. En aquella época me resultó un nuevo trabajo en que ocuparme: la batería de la estación requería urgente renovación poniendo placas nuevas en todos los elementos que habían llegado del exterior. Era un trabajo pesado, y algo peligroso, siendo las placas de plomo, de casi un metro de alto, difíciles de movilizar, y además, el ácido sulfúrico con el que hay que rellenar los vasos, graduando la densidad en Beaumé de la solución, quema… Un día veo que Eliseo y su ayudante, quienes están movilizando uno de tales vasos relleno están por

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caer, y que el ácido se les va a derramar sobre sus cuerpos. Para evitar tal accidente a mis empleados, me precipito a ayudarlos; con todas mis fuerzas agarro y sostengo el recipiente hasta que los dos hombres readquieren el equilibrio y se salvan del peligro. Durante algunos segundos me tocó sostener, solo, todo el peso, como el Porthos de Dumas cuando soportaba la inmensa roca… Algunos días después, extrañado, constato que tengo tres testículos, en lugar de dos. Diablo… nunca me había dado cuenta! Dicen que con tres testículos, uno es más hombre… Sin embargo, con el transcurso del tiempo comprendo que el fenómeno no es cosa deseable. Voy donde el médico Dr. Citarella, italiano, quien era además el cónsul cuando llegué a Barranquilla. Inmediatamente me diagnostica una punta de hernia, consecuencia de algún esfuerzo; que tendré que cuidarme, y operarme, antes de que el mal aumente. Me recuerdo entonces del Porthos que sostuvo el pote relleno de ácido sulfúrico, para salvar a sus dependientes; recuerdo que posteriormente me acompañará para siempre. El servicio de la estación continuaba progresando, sin novedades. Dicen que a las calmas chichas suelen preceder las tempestades… Por brevedad, omito traducir aquí el texto de un oficio que con carta recomendada N. 6269 del 29 abril 1929 dirigí a la Legación de Italia informando acerca de mi situación; me limito a transcribir los telegramas cruzados con el ministerio, de los cuales se desprende cómo fue estallando el conflicto (en el texto italiano el asunto es más fácil de entender que no en mi entonces casi incomprensible redacción castellana. Este defecto de mi poco conocimiento del idioma, dificultad en expresarme correctamente en castellano, pudo haber sido causa de que el ministro no me pusiera bolas…, o me interpretara al revés). · Radiograma N. 23 Las Delicias abril 5 1929 – Mintelégrafos Bogotá. Algunos particulares solicitan servicio radio con estación Santa Marta acuerdo noticia apareció periódicos días pasados. Como ninguna orden recibida propósito ruego atte. Señoría ordenar conveniente, sdr. Amore Jefe. A raíz de haber yo demostrado en el pasado mes de diciembre la posibilidad de hacer tráfico con Santa Marta; supongo que enviado por el ministro, Klemp fue en febrero a esa ciudad a firmar un contrato con la UFCO en nombre del ministerio, para incluir dicha estación en la red nacional. Dio el anuncio en la prensa, como obra suya, pero ninguna instrucción o co-

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municación a las estaciones de radio que tendrían que efectuar ese servicio. Mi telegrama era pues un “recorderis”. · Radiograma Servicio N. 6 Las Delicias abril 8 1929 - Central Bogotá. Hasta presente fecha tráfico entre Barranquilla y Santa Marta sigue vía telégrafo. Inalámbrico Santa Marta dice no saber con cuál estación puede trabajar, espera instrucciones ministerio. Ninguna orden o instrucción llegó esta sobre apertura servicio público con inalámbrico Santa Marta. Refiérome suyo hoy. · Telegrama N. 276 Mintelégrafos abril 9 de 1929 – Jefe inalámbrico Barranquilla. Se ha dispuesto que para tráfico interior, exceptuando el de Bogotá, inalámbrico Santa Marta entiéndase únicamente con Las Delicias, sirviendo esta última como repetidora radios destinados a o procedentes de Santa Marta. Para tráfico exterior y Bogotá, Santa Marta trabajará directamente (onda corta) con Dorato. Sírvase entenderse con jefe Santa Marta para fijar horas trabajo teniendo cuenta no perjudicar servicio con demás estaciones. Informe ministerio horas, longitud ondas, etc. Igual sentido diríjome compañía Fruit Company Santa Marta R. Galvis Salazar Srio. Este mensaje, como siempre los del secretario R. Galvis Salazar, demuestra comprensión y deseo de cooperación; todo lo contrario de lo que sucedía con Klemp. · Telegrama N. 24 Las Delicias abril 10 1929 – Secretaría Mintelégrafos Bogotá. Conformidad instrucciones telegrama 276 Señoría fecha 9 pte. atentamente informo éste transmisor continuamente ocupado desde 6 a.m. hasta 10:30 p.m.; única manera efectuar servicio estación Santa Marta sin perjudicar tráfico restantes estaciones, establecer duplex onda larga. Actualmente disponemos solo triplex onda corta para cual hace un año seguimos usando receptores propiedad suscrito pues dotación estación es solo receptor onda larga. Para efectuar servicio Santa Marta necesítase receptor tipo Heterodino seis válvulas cuyo costo comprando materiales montándolo en ésta, pesos 86 sin válvulas. Además siguientes accesorios 12 válvulas total pesos 18; dos baterías acumuladoras para calefacción 6 V 120 Amp. total pesos 60; tres baterías pilas 45 V c/u. tipo heavy duty total pesos 24. Acuerdo jefe Santa Marta turnos serán: 3:30, 10:30, 14:30, 16:30, 18:30 cada turno hasta acabar tráfico. Onda Santa Marta 750 metros, Las Delicias 3.750 metros. Suplico atentamente autorizar gastos mencionados u ordenar conveniente, sdr. Amore Jefe.

· Radiograma N. 28 Las Delicias abril 18 1929 – Mintelégrafos Bogotá. Suplico atentamente contestación mi telegrama 24 del 10 pte. Sdr. Amore Jefe. Desde el día 10 he abierto el servicio con Santa Marta, mediante un receptor Heterodino de mi propiedad mientras espero recibir del ministerio la autorización para adquirir los materiales especificados en el telegrama anterior. · Telegrama N. 311 Mintelégrafos Bogotá abril 22 – Jefe Inalámbrico Barranquilla – Suyos del 10 y 18. Para servicio con Santa Marta haga uso receptor Telefunken existente esa estación con no más de cincuenta voltios en la placa. Allá dispone todo necesario. No necesita baterías pide, C. Klemp. Volvió a rebuznar el arrogante burro. Cierto es que en la estación había una batería de 110 voltios cc, de la cual, en teoría, se podía sacar corriente para filamento y placas de los receptores. Esa batería era la del transmisor ubicado en el edificio de la planta, a un par de cuadras de distancia desde la casilla de los receptores. Traer esos diferentes voltajes a través del terreno, significaba sepultar en una canal–tubería entre los dos edificio varios cables eléctricos, cuyo costo e instalación era más costosa que las baterías solicitadas, además de que prácticamente era más conveniente emplear estas baterías transportables de una a otra esquina o lugar, para cada receptor. · Radiograma N. 29 Las Delicias abril 23 – Mintelégrafos Bogotá. Refiérome telegrama 311 fecha 22 pte. firmado C. Klemp. Atentamente informo receptor Telefunken no sirve para simplex ni para duplex como comprobose durante ensayos hizo señor Klemp 1927 durante tentativas abrir servicio estación buques pues tiene solo válvula detectora sin etapas radiofrecuencia sin heterodina separada, no es selectivo para eliminar interferencia nuestro transmisor trabaja mismo tiempo. De lo contrario señor Klemp hubiéralo puesto en servicio aquí u otras estaciones antes de hoy. Insinúo envíese ese receptor Barranca donde puede ser suficiente. Como receptor Marconi usase recibir ondas largas no puedese más recibir San Andrés cuyas señales debilitáronse. Con Heterodino mencionado mi atento telegrama del 10 consíguese duplex Santa Marta y recepción regular San Andrés como personal estación podría atestiguarlo si fuese necesario. Extraña constatar falta confianza personal estación que bien sabe cuales aparatos sirven o no sirven. Recuérdese servicio Santa Marta así como duplex Bogotá y servicios con Cali y Cúcuta efectuáronse únicamente por nuestra iniciativa sin haber recibido ór-

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denes o medios adecuados; esto podría ser suficiente comprobar nuestra seriedad. En precedentes oficios solicité también repetidas veces, hace más de un año, ministerio suministrara receptores onda corta para servicio que como señor Klemp constatolo cuando estuvo aquí, efectúase hasta ahora con receptores propiedad suscrito, sin los cuales, iniciativas progresos servicios imposible por falta receptores y falta contestaciones a mencionados oficios. Si esa superioridad no puede suministrar receptores necesítase, menos puede suscrito continuar haciéndolo de su bolsillo, por lo tanto, quedarán suspendidos servicios Santa Marta, San Andrés, Cali, Cúcuta y duplex Bogotá. Espero instrucciones, atto sdr. Amore jefe. · Telegrama N. 320 Mintelégrafos Bogotá abril 26 – Jefe Inalámbrico Barranquilla. Suyo del 23. Receptor Telefunken tiene 4 válvulas una radiofrecuencia una detectora y dos audiofrecuencias está acoplado periódicamente y es muy selectivo. Usted ignora que ensayos hiciéronse en 1927 magníficos resultados. Si no sabe conectar receptor dígalo y daránsele instrucciones detalladas. C. Klemp. · Radiograma N. 31 Las Delicias abril 2 – Mintelégramos Bogotá. Refiérome telegrama 320 fecha 26 pte. firmado C. Klemp. Respetuosamente repito ensayose receptor Telefunken inadecuado necesidades esta estación válvula radiofrecuencia no da resultados. Audiofrecuencia técnicamente hablando nada tiene que ver con funciones selectivas circuitos receptores por eso no menciónanse. Heterodino o tiene seis válvulas sin contar audiofrecuencias. Resultados 1927 fueron fracaso pues nueva estación buques quedó inservible. Si durante esos ensayos 1927 receptor hubiera eliminado interferencias transmisores como consíguese aquí con Heterodino resultados habrían sido diferentes. Hago otra vez constar receptor necesítase debe ser muy sensible para permitir recepción San Andrés y mismo tiempo adecuado para duplex onda larga servicio Santa Marta. Si ese receptor Telefunken hubiera sido adecuado suscrito habríalo puesto servicio sin sobrellevar más gastos. Nótese como estando una estación nueva inservible desde 1927 señor Klemp califica resultados magníficos puédese entonces comprender lo restante. No es posible atender bien servicio si cada vez hágase un pedido hay que explicar tan largamente cosas muy evidentes. No creo necesario demostrar señor Klemp si suscrito sabe o no conectar receptores. Puesto que servicio interésame más que a él seguiré sosteniéndolo en onda corta y larga con mis receptores, válvu-

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las y pilas hasta tanto esa superioridad no crea más justo autorizar materiales pedidos. Esto para evitar ulteriores discusiones, sdr. Amore Jefe. De todos esos mensajes, por carta recomendada dirigí copia el 24 de abril, por correo aéreo personalmente al señor ministro Dr. J. J. García, en la esperanza de que tomara él alguna iniciativa interviniendo en el asunto, abriendo investigación, corriendo yo todos los riesgos en caso de que el juicio no fuere favorable a mi procedimiento. La frase “… nótese como estando una estación nueva inservible desde 1927…” hubiera debido hacer estallar el escándalo pues el ministro no podía tolerar que se hubiera invertido capital inútilmente; o que yo afirmara tal cosa si ello no era cierto. En la revista “Postal y Telegráfica” de enero 1928 pág. 96, Klemp había tenido el descaro de escribir que el inconveniente por el cual el transmisor Telefunken no podía inaugurar el servicio con los barcos era debido a defecto en el transmisor Marconi. La verdad era que habían cometido el error de instalarlo demasiado cerca de la antena del Marconi; que el receptor Telefunken, que no estaba provisto de mecanismo de control remoto, no podía funcionar en duplex con los barcos. Y si hubiera funcionado, se habría descubierto que era de pequeña potencia, insuficiente para largo alcance con los barcos. Pues al fin y al cabo no era equipo modelo para servicio marítimo, sino terrestre, pequeña distancia; era modelo exactamente igual a los instalados en Manizales, Barranca, Bucaramanga, etc. Yo tenía la evidencia, palpable, irrefutable, de que con el receptor Heterodino por mí ensamblado mediante piezas importadas por mi cuenta desde Nueva York lográbamos hacer tráfico en múltiplex, recibiendo desde Bogotá o Medellín, San Andrés, Santa Marta, onda larga, simultáneamente y sin interferencia del equipo Marconi que transmitía en onda larga. La otra evidencia fue que, más tarde, para poder establecer el servicio marítimo tuvieron que reemplazar ese juguete Telefunken, con el equipo RCA. Otro hecho que me irritaba, era el de que he tenido que estar invirtiendo parte de mi salario en la compra de gasolina para los generadores Pelapone con los cuales diariamente durante unas 6 horas se carga la batería acumuladora con la que funciona el transmisor, el alumbrado, el control remoto, el receptor antiguo; pues, la Circunscripción de Telégrafos de Rafael Vásquez nunca dispone de fondos para cancelar tales cuentas; y esto, además de las adquisiciones

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que con mi salario hago, de los componentes para ensamblar los receptores, tubos, pilas, etc. El comercio de Barranquilla se está dando cuenta de la mejora en la celeridad del tráfico radio, la estadística mensual de mensajes cruzados por Las Delicias y su producido aumenta progresivamente no obstante que la tarifa radio es triple de la telegráfica. Las cifras de la estadística son elocuentes, pero más aún lo es el hecho de que debido a esos gastos que el ministerio no me reembolsa, mi cartera está siempre vacía. Entonces se me ocurre que para lograr que el ministerio me reconozca esos gastos que he soportado voluntariamente –o porque de lo contrario, algún día tendré problemas–, para salvar tales dificultades necesito certificaciones de testigos; y estas, solo me las pueden dar los operadores, el mismo personal de la estación a quienes mantengo sometidos a estricta disciplina de horario y de trabajo, que me toleran porque mis conocimientos y mi ejemplo refuerzan tal autoridad, pero no tienen motivos especiales para sentirse felices con mi severidad estilo marina militar. Sin embargo, la mayoría de ellos también son caballeros; así que cuando expongo lo que de ellos necesito, sin hacerse rogar me firman los documentos que enviaré al ministro como comprobantes (la minoría, que no firmó, declaró que temía las represalias del señor Klemp). · Estación Inalámbrica Las Delicias Barranquilla mayo 5 de 1929. CERTIFICO: 1º. Que al llegar el señor Amore en esta estación en diciembre del año 1927, el receptor de onda corta montado por Mr. Adams estaba dañado y que nunca había sido posible antes de esa fecha trabajar regularmente en duplex. 2º. Que el señor Amore arregló provisionalmente ese receptor con material de su propiedad y estableció por primera vez en esta estación el servicio duplex. 3º. Que siendo dicho receptor construido en forma primitiva, resultaba difícil obtener buenos resultados, y el señor Amore después de algunos meses lo eliminó sustituyéndolo con otro más perfecto. 4º. Que durante el año 1928, el señor Amore puso en servicio tres receptores de onda corta con los cuales hasta hoy se trabaja regularmente con HJP y HJO Bogotá, HJE Cali y HJF Cúcuta, y cuando fue necesario hasta se trabajó recibiendo de Bogotá por dos estaciones a la vez, mientras que nuestro transmisor estaba funcionando. 5º. Que durante el año 1928 por primera vez se estableció regular servicio directo entre esta estación

y la de Cali y Cúcuta, trabajándose con Cúcuta desde cuando esa usaba todavía transmisor de onda larga. 6º. Que hace hoy un mes, el señor Amore puso en servicio un receptor especial de onda larga, con el cual consíguese recibir a San Andrés sin interferencias por buques, mientras con el receptor Marconi ya casi no se podía oír a San Andrés. Al mismo tiempo el receptor montado por el señor Amore sirve para trabajar en duplex con Santa Marta aún cuando nuestro transmisor Marconi esté funcionando. 7º. Que por cuanto cónstame en mi calidad de empleado de la estación, el señor Amore siempre se interesó celosamente para aumentar la eficiencia y perfeccionar el servicio de esta estación. Me consta por ser verdad lo relacionado en los párrafos cuarto, sexto y séptimo. Los demás no por no haberme encontrado en la estación. Barranquilla, mayo 6 de 1929 firmado Gonzalo S. Galvis. Certifico en todas sus partes firmado Octavio Ruiz C. Telegrafirma. Firmado Eliseo Jiménez En todas sus partes certifico. Firmado Ismael Cervantes R. Telegrafista. · Estación inalámbrica Las Delicias Barranquilla. El suscrito operador de la estación inalámbrica de Las Delicias hace constar lo siguiente: Que cuando el señor Amore se encargó de la jefatura de la mencionada estación, existía en ella un receptor de onda corta cuyos transformadores estaban dañados siendo además deficiente para prestar un servicio regular. Que en vista de ello, dicho señor Amore construyó un receptor con materiales de su propiedad y con el cual se estableció el servicio duplex con Morato (HJO) servicio que hasta la fecha ha venido prestándose con dicho aparato, con magníficos resultados. Que luego construyó otros dos nuevos receptores S.W. (short wave, onda corta), también con materiales de su propiedad, y con los cuales se estableció el servicio Morato (HJO) pudiéndose trabajar de esta manera en triplex con dicha estación; se estableció el servicio con CALI y CUCUTA (HJE y HJF respectivamente), cuya comunicación en onda larga era por demás difícil. Esta comunicación directa con las dos últimas estaciones mencionadas la estableció el señor Amore. Que la comunicación con la estación de San Andrés (HJA) era dificilísima, hasta el punto de ser muchas veces imposible debido a las interferencias y también a la deficiencia del receptor Marconi. Que

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en vista de esto y con ocasión de la inauguración del servicio de la estación de Santa Marta el señor Amore construyó nuevo receptor sistema Heterodino, también con materiales de su propiedad, y cuyos resultados han sido excelentes especialmente en lo que se refiere a San Andrés a quien se le puede entender ahora con toda regularidad, recibiéndole el tráfico sin molestias de ninguna clase debido a la selectividad del aparato. Que en toda época el señor Amore ha demostrado su interés por el servicio de la estación a su cargo Y que el suscrito al hacer constar todo esto, lo hace con verdadera complacencia EN HONOR A LA VERDAD. Barranquilla mayo 7 de 1929. Firmado Alberto Galarza Serrano. El certificado del señor Galarza es de los más valiosos en este caso por cuanto que es el mismo que resultó sacrificado por mí cuando lo reemplacé como jefe de la estación cuando me hice cargo de ella en diciembre de 1927 y con el cual tuve durante el primer año fuertes disgustos por causa de “la negra”, etc., que mencioné en los capítulos anteriores. Acerca del hecho de que los receptores construidos por mí resultaban mejores que los de Telefunken o de Marconi, esto se debía a que mis aparatos eran de último modelo, modernos, con nuevos tipos de tubos y de circuitos, mientras que aquellos eran unos vejestorios con circuitos y tubos antidiluvianos… El Heterodino, era un tipo especial de Superheterodino, circuito Lacault, que yo había conocido en Nueva York recién salido de fábrica en el año 1926 y había construido uno para el Dr. Rocchietta del Proton, Pinerolo, habiéndome así familiarizado con ese tipo de excelente aparato, que desde luego, tuve que adaptar para que en vez de funcionar en la banda de radiodifusión de 550-1500 kc. para la que estaba diseñado, sintonizara en los diferentes canales de onda larga de San Andrés, Santa Marta, etc. En lo tocante a la salvedad que hizo en su declaración Gonzalo S. Galvis, tiene este curioso antecedente: durante meses anteriores, había yo estado insistentemente pidiendo al ministerio, que me enviaran un operador radiotelegrafista, pues con la inauguración del servicio en duplex, etc. aumentó la cantidad de tráfico, y no disponía de suficiente personal para atender a todos los mensajes cursándolos sin demora. Al fin llegó el operador nombrado por el ministerio, pero al ponerlo de turno en la oficina resultó que, no solamente no conocía el Morse, sino que era analfabeta! Puse un mensaje al ministro, quejándome; el

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Dr. García me contestó que el muchacho era muy recomendado y piadoso (iba a misa todas las mañanas…). Repliqué protestando que yo no firmaría la nómina de un analfabeta. Entonces, unos días después llegó un reemplazo: Rodríguez Nieto, procedente de Barrancabermeja en cuya estación era jefe, a quien había yo hecho algún favor facilitándole desde Barranquilla algún tubo y auriculares pues los de su estación estaban dañados, y Bogotá no le enviaba repuestos. A los pocos días de estar en Las Delicias, Rodríguez Nieto se volvió tan patriota que, de su iniciativa, le puso un telegrama a Klemp insultándolo, diciéndole que no entendía nada. Me quedé curioso de saber en qué pararía tal insubordinación, preparándome para tomar la defensa de mi subalterno demasiado valiente. El único colombiano que yo hubiera visto hasta la fecha, tener el valor de imitarme, enfrentar a Klemp. A los quince días llegó un telegrama nombrándolo nada menos que jefe de la estación inalámbrica Telefunken que están montando en Bogotá… Misterios de la política de Klemp. En su reemplazo, vino a Las Delicias Gonzalo Galvis quien, por lo mismo, siendo recién llegado, no podía atestiguar sobre hechos de fecha anterior a su venida. No firmaron las certificaciones, los operadores Uribe, Landazabal, Plazas; el primero, un valiente santandereano para quien siempre tuve alta estimación; el segundo, también de ese departamento, no era de mis simpatías; y el tercero, un pobre diablo. Con algunos días de inexplicable demora, dirigido a mi personal apartado 271 recibo el siguiente telegrama: “Bogotá Mintelégrafos Personal, 6 de mayo 1929; Italo Amore Barranquilla. Decreto 785 de 3 presente nombrose usted Jefe Electricista estación Radiotelegráfica Cúcuta si acepta sírvase avisar. Luis A. Mujica jefe personal.” Es la venganza de Klemp. Quién sabe por qué, supusieron que yo no aceptaría; que yo no sabría perder momentáneamente la jugada. No me conocen. Así escribí al ministro de Italia en Bogotá: “… la destinación a Cúcuta, aunque ninguna censura o información de medida disciplinaria en mi contra me haya sido comunicada, el suscrito comprende que este traslado me ha sido ordenado como una sanción. Insistiendo sobre mi punto de honor, yo habría gustosamente rechazado el nombramiento a Cúcuta, pero, reflexionando que ello habría ocasionado polémicas y recordando que solamente faltando pocos meses para terminar el contrato habría yo sido un

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ingenuo (pendejo) perder el derecho de viáticos, pasaje de regreso a Italia después de tantos sacrificios ya soportados; resolví aceptar el nuevo destino, y el “sistema colombiano”. La plaza de Cúcuta es para el suscrito más ventajosa que la de Barranquilla, ya sea bajo el punto de vista económico, ya sea por la menor cantidad de trabajo en esa estación, así que el “castigo moral” se reduce a una pérdida para el ministerio, en gastos de viaje, etc…”. Me gusta ir a Cúcuta porque allí tendré poco o nada que hacer; prácticamente iré a veranear a costa del gobierno. Sin embargo, ahora voy a tomarles el pelo a esos señores que me tendieron la trampa creyendo que yo caería fácilmente en ella; pues, si por orgullo no obedezco, me acusarían de incumplimiento del contrato, y podrían entonces despedirme sin indemnización, y sin pagarme el regreso a Italia. Acepto; pero, de ahora en adelante, en vez de sacrificarme para servir, haré todo lo contrario, aplicaré la resistencia pasiva; jugando como ellos no se lo esperan. Contesto al ministro que acepto el nombramiento a Cúcuta; que estoy listo a salir; que solamente espero que me hagan llegar el pasaje y los viáticos. A su turno, ahora el ministro contesta con la máxima premura a mis mensajes: · Radiograma N. 476 Inalámbricos Bogotá mayo 16; Jefe Inalámbrico Barranquilla. Para poder seguir Cúcuta, una vez hecho viaje, pase cuenta viáticos acuerdo su contrato, pues antes no pueden reconocérsele sin saber suma fija. Por ministro jefe servicio Klemp. · N.49/50 Las Delicias mayo 18. Mintelégrafos inalámbricos Bogotá. Suyo 476 del 16 habiendo suscrito gastado sus economías mantener buen servicio receptores, no tiene fondos para viaje Cúcuta. Gastos pasaje con equipaje calcúlanse alrededor ciento cuarenta pesos, suscrito espera ministerio podrá adelantar dicha suma estableciéndose como norma que al terminar viaje compensaranse eventuales diferencias según rigurosos comprobantes y según contrato; sdr. Amore Jefe. · N. 389 Inalámbrico Bogotá mayo 22. Amore jefe inalámbrico Barranquilla. Suyo 50 del 18. Contraloría no aprueba anticipos fondos; sin este requisito no puédesele adelantar suma solicitada. Trasládese a Cúcuta y una vez hecho viaje presente cuenta que pagarásele de acuerdo contralor. Jefe servicio C. Klemp. · N. 3 Las Delicias mayo 28. Inalámbricos Mintelégrafos Bogotá. Suyo 389 estoy escribiendo a señor ministro explicando situación, sdr. Amore Jefe.

Escribí al ministro repitiéndole el texto de mi radiograma N. 49 del 18 de mayo, protestando que yo quería salir pero que no tenía dinero para pagarme los viáticos… · N. 464 Mintelégrafos Bogotá junio 13; Amore jefe inalámbricos Barranquilla. Refiérome su carta del 6. Repítesele Contraloría no permite adelantar viáticos. Una vez en Cúcuta envíe cuenta de acuerdo contrato a Circunscripción Telégrafos Bucaramanga, la que pagarásele, lo mismo que sueldos viáticos pagánsele únicamente por días duración viaje, avise salida. J. J. García. Simultáneamente recibo otro radiograma: · N. 1474 Inalámbricos Bogotá junio 14; Amore jefe inalámbricos Barranquilla. Trasládese sin demora a Cúcuta, o ministerio veríase obligado declarar caducado su contrato. Por ministro C. Klemp. Parece que ahora quienes están cayendo en la trampa son ellos, pues en mis muchos años de viajes y luchas como oficial de marina he aprendido como usar la legalidad de los contratos. Si lo caducan, tendrán que pagarme también el salario de los meses pendientes de vigencia del contrato. He aprendido que lo que no está previsto y mencionado en el contrato no puede ser impuesto por voluntad de la otra parte. Una vez, en el año de 1917, el comandante Casareto del barco Pietro Maroncelli, cuando dejé de saludarlo porque en mi opinión no se lo merecía; habiéndome él llamado la atención sobre mi deber de oficial, de darle el “buenos días capitán”, contesté que eso no estaba escrito en el contrato… y no pudo sacarse el clavo. · N. 63 Las Delicias junio 15 – Mintelégrafos Inalámbricos Bogotá. Suyo 1474 del 14 ruégole atentamente considerar gastos viáticos siendo cargo ministerio deben lógicamente rigor contrato ser adelantados. Suscrito no es culpable si Contraloría no puede adelantarlos. Suscrito no tiene fondos personales ni está por contrato en obligación tenerlos. Ministerio puede prescindir servicios suscrito según artículo tercero contrato, mientras que si declara caducado contrato según artículo cuarto, veríase suscrito necesidad reclamar justicia no siendo imputable falta suscrito no tener fondos para gastos viáticos. No adelantando viáticos Contraloría, suscrito declara deseando cumplir por cuanto posible órdenes ministerio está buscando fondos permítanle trasladarse Cúcuta, esperando conseguirlos fin mes, sin garantizarlo, y dejando constancia su respetuosa protesta por no adelantar ministerio los viáticos, y por perjuicios causánsele a suscrito con tal procedimiento, atto. Sdr. Amore jefe.

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Así, entre uno y otro telegrama, pasan los días, y yo no salgo. El 1º de julio llega Abballe a Las Delicias para reemplazarme. Yo le había pedido a este compañero que hiciera él también la comedia que yo y no saliera de Cúcuta mientras no le anticiparan los viáticos, pero Angelito no fue capaz. No sabe pelear en este país, pues todavía casi no entiende el castellano. De todas maneras él deseaba venirse porque en Cúcuta estaba disgustado con el personal. Quería estar algunos días conmigo en Barranquilla para familiarizarse con esta estación antes de que yo me vaya. Además no quería perder la oportunidad de acercarse cuanto antes posible a la costa, pues está loco con el afán de regresar a su Roma donde lo espera la novia; solamente faltan 5 meses para terminar nuestro contrato. Que se irá como una bala tan pronto termine, en noviembre… Mi programa es diferente. Coincido con Abballe en que, en noviembre, al expirar el contrato no buscaré prorrogarlo (ya sabíamos de Gandini, Carnasciali y Rubino lo prorrogarían); pero, aún cuando no se qué voy a hacer, si quedarme en Cúcuta o regresar a buscar trabajo en Barranquilla o ir para eso a Bogotá;

y no obstante que tendría mi puesto abierto como oficial de marina en la Marconi, me propongo no regresar a Italia. He venido a América para quedarme. Además, esta misión, no puede quedar así inconclusa; confío en que el tiempo pondrá en luz la verdad y hará justicia contra las bellaquerías de Klemp, Benetti y demás parásitos… Hago entrega oficial de la estación a Abballe, siendo entendido que al irme me llevaré mis varios receptores no obstante que así se perjudicará parte del servicio. · Telegrama Intelégrafos Bogotá 6 julio 1929. Amore Estación Inalámbrica Barranquilla. Por última vez ordenásele salir inmediatamente para Cúcuta. Tiempo demore en tomar posesión como Jefe dicha estación dejará devengar sueldo. Ordenose su pasaje hasta Puerto Wilches. José Jesús García. Es decir: el pasaje de primera de lujo en el vapor correo; ya no puedo alegar falta de fondos; tengo que salir. Pero si no me sitúan viáticos en Bucaramanga voy a quedarme allí en hotel otras semanas perdiendo tiempo…, acercando así la fecha de noviembre, de incierto futuro.

Carnet de la Secretaría de Gobierno del Atlántico

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CAPÍTULO

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El Rosedal

Julio de 1.929 Diciembre de 1.929

D

e manera que, hechas maletas, y resuelto a que en adelante obraré a mi capricho, sin importarme ya un comino el servicio; contento de viajar y conocer nuevas tierras; me despido con un abrazo, del conmovido Abballe; y con mirada desafiante me dirijo al puerto, para embarcarme sobre el vaporcito de rueda que subiendo el río Magdalena me llevará en tres o cuatro días a Puerto Wilches. Me siento muy viajado y muy ex oficial de marina, durante la travesía, para entablar conversación o confiar mi drama a personas desconocidas. Me contento con observar cosas y panoramas desde el puente de camarotes de lujo del expreso vapor de correos (cuyo nombre no recuerdo si David Arango o Manuel M. Valdivieso). Me asombra el tamaño del Magdalena. Pensar que, los ingleses, en un río tan pequeño como el Clyde, construyen y lanzan a los océanos transatlánticos de 80.000 toneladas como los colosos Queen de la Cunard, al tiempo que aquí en este río mucho más grande, debido a la falta de dragado, apenas pueden viajar barcos de calado no mayor de un metro… Qué lástima! Durante el segundo día de navegación nos toca la hora del ocaso precisamente en el punto donde confluyen los dos ríos: el Cauca y el Magdalena. Espectáculo soberbio, de variopintos colores en el horizonte rojo–oro; de fuerza en la masa de agua de los dos brazos que se unen; de belleza salvaje en las ver-

des y altas selvas que visten las orillas donde todavía pululan los caimanes. En Puerto Wilches, bondadosamente el tren esperó hasta que el barco arrimara; con algún otro pasajero me traslado al ferrocarril; allí me entero que no vamos precisamente a Bucaramanga, porque los rieles terminan en una estación entre Puerto Santos y Las Bocas; aún falta construir el ramal que sube a Bucaramanga; este trayecto se hace a lomo de mula que en menos de cuatro horas me deposita en la capital ante un hotel que, no se por qué, se llama Rosedal. Consigo hospedaje. En Bucaramanga hay un agente consular italiano del cual he oído hablar como de persona simpática; voy a conocerlo. Se llama Florindo Marocco, es napolitano, tiene ya varios años de residencia en Colombia, es recién casado con una dama bumanguesa Lucía Vesga, pariente de un obispo del mismo nombre y de la familia del general Sorzano. Marocco es un caballero todavía joven, culto, progresista, muy bien relacionado con la sociedad del lugar, socio fundador del club del Comercio, presidente del club de Tenis, etc. Trabamos amistad; le cuento mis peripecias marinas, las africanas y las colombianas desde que llegué a Barranquilla. Le pido consejo para el futuro. Me dice que en vista de la desgracia de que el jefe de la misión: Benetti, resultó un pícaro; y teniendo en cuenta las incomprensiones de los ministerios, más me conviene tratar de pasar tranquilamente los pocos meses que

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me quedan de contrato, en Cúcuta, sin más rompecabezas. Que evidentemente, el alemán de la Telefunken, Klemp, ha logrado volverse amigo personal del ministro García y maniobra a su gusto en el ministerio; por otra parte, los ingleses de la Marconi están en favor nuestro mientras explotan nuestra cooperación, pero nada dan de sí, a beneficio de nadie. En cuanto a los italianos, abandonados sin jefe, ya es mucha gracia el que hayamos logrado hasta hoy defendernos y evitar de ser devueltos a Italia como incompetentes. Son tantas las intrigas diplomáticas y comerciales en Bogotá, que una misión acéfala y con sus miembros separados en diferentes ciudades como lo éramos nosotros, casi no tiene cómo salvarse del fracaso; y es mucha gracia el que casi puntualmente nos paguen el salario. Esa es nuestra situación, y peor aún siendo que el jefe existe y es un bribón reconocido no solamente entre italianos, sino que en el propio ministerio de Correos. ¿Cómo esperar, pues, que los colombianos de Bogotá estén a favor de la misión, y no se dejen embaucar por el zorro Klemp? Acaso no es sabido, que este emplea una supuesta esposa y elegante hija, para cautivar amistades en los círculos oficiales de la capital? El camino para llegar a Cúcuta no será propiamente “rosado”. Tendrá que ser a lomo de mula durante tres jornadas. Apenas ahora, están principiando a trazar la futura carretera del Mortiño a Pamplona. Con mayor razón me quedo algunos días en Bucaramanga, descansando, mientras estudio las costumbres locales. Estos santandereanos me parecen simpáticos, entre otras cosas porque tienen la ventaja de ser de raza blanca como la europea, casi no se ven negros y mulatos que tanto abundan en la costa del Caribe. Y tienen fama de ser machos de pelo en pecho. Me presentan al arriero que tendrá que acompañarme en el viaje que –aún cuando Abballe, recluta en estos asuntos no piense lo mismo–, de ninguna manera será tan arriesgado como las “caravanas” que me tocaron en Africa. Son apenas tres mulas, una para mí, y dos para el equipaje que es pesado debido a los muchos libros y radioreceptores que me acompañan. No necesitamos llevar con nosotros cocina, pues encontraremos alimentación en las posadas donde se hace etapa. Agradezco a Marocco por su gentil hospitalidad; en la mañana del 15 salgo hacia Tona adonde llegamos temprano por la tarde, llevados por los largos silbidos del arriero, que además de excitar los jamelgos, sirven para advertir a las caravanas de mulas que descienden corriendo con sus cargas de café, para

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que no nos atropellen siendo estrecho y tortuoso el camino entre la frondosa vegetación. Pernoctamos en una pobre casucha que pretende ser hotel; al día siguiente nos ponemos en marcha en una jornada que tiene fama de ser dura: primero, algunas horas de fuerte subida hasta llegar al páramo del “Almorzadero”; luego, varias horas de páramo a gran altura, cerca de los 4.000 metros, casi siempre entre llovizna o neblina. Se tejen leyendas de grupos de bandoleros que asaltan los viajeros; tomo mis precauciones, pero voy bastante confiado. En cambio, desconfío de la mula. Por algo soy marinero, poco familiarizado con el balanceo de la silla. Por la tarde llegamos a la posada de Cuestaboba, situada en un vallecito del páramo; me hace recordar el “chabot” del Prá entre la frontera italo–francesa, cerca de Bobbio Pellice, donde estuve en un verano de 1914. Desmontamos, estoy cansado y friolento, aunque aquí no hay nieve, y mucho menos edelweiss. Abro un par de latas de jamón y mortadela, que traigo en la mochila, y lo acompaño con rústico pan de yuca; luego me acuesto a dormir, con la ilusión de hallarme en los Alpes entre el Col de la Croix y la Val d’Isére. Al tercer día madrugamos con la perspectiva de la bajada, varias horas de pendientes y vueltas entre precipicios. Me doy cuenta de que la mula es más inteligente que su jinete; admiro como sabe zigzaguear y en el descenso frenar sobre sus patas sin tumbarme. Observo que esta sección montañosa es rica de minerales que se ven a flor de tierra; mucho carbón, y al pasar por Mutiscua, puro mármol. Siempre en bajada, hacia el mediodía llegamos a Pamplona, un pueblo que tiene alguna apariencia de población alpina, con sus calles empedradas, campos de trigo en las cercanías, rosas, geranios, pensamientos y otras flores europeas que hacía tiempo yo no veía. Gratamente me sorprende hallar moras y fresas, lo mismo que en Torre Pellice Y al mismo tiempo, observo un par de colibríes o pájaro mosca, volando y picando entre las rodas del jardín en el hotel (picaflores). La temperatura es fría, pero soportable. Me despido de la mula, doy al arriero la propina que se merece, doy una vuelta por el interesante pueblo para conocerlo; los alemanes dueños de la pensión me ofrecen una sabrosa comida y mermeladas; siendo todavía escasa la luz eléctrica, voy a dormir. Al día siguiente, en tres horas, el autobús me deja directamente frente de la puerta de la estación inalámbrica del Rosedal en Cúcuta.

Memorias de un marconista de mar y tierra t Italo Amore


Me recibe el personal de la estación, cuyas características ya conozco por la descripción que del mismo me hizo Abballe. Hay un operador, Alejandro Caicedo, trabajador e inteligente, casado; dizque masón. Otro: Alfonso Romero, inútil y perezoso, es un dolor de cabeza porque da pésimo ejemplo a los demás. Es conservador, pariente de un general, y pretende tener “derecho” a estar de vacaciones durante la mayoría del tiempo, presentándose solamente en los días de la década, para cobrar su sueldo, porque tiene muchas influencias, porque es de muy buena familia, y cosas por el estilo. Este señor voy a tener que educarlo; ya desde Barranquilla se que tendré que ponerle frenos. Abballe me informó que tuvo que dejarlo en libertad de abusar, pues no hallaba la manera de trancarle; pero yo no acostumbro permitir que me paseen las moscas por las narices… Hay un ayudante, Alberto Salas, parece buen muchacho, servicial, deseoso de lucirse. Luis, el mecánico, y Justo el ayudante de la planta, también son dignos de confianza. Acta de Posesión. En San José de Cúcuta, a los veintitrés (23) de julio de 1929, fue presente en el despacho del señor gobernador, el señor Italo Amore con el fin de tomar posesión del puesto de Jefe Electricista de la Estación Radiotelegráfica de esta ciudad para que fue nombrado por Decreto Ejecutivo N. 785 de fecha 3 de mayo último, en reemplazo del señor Angelo Abballe según comunicación telegráfica del señor ministro del ramo distinguida con el N. 3816 de fecha 6 de mayo citado. El señor gobernador le exigió el juramento de ley por el cual prometió cumplir fiel y honradamente con los deberes de su cargo, quedando en posesión. Para constancia se extiende y firma la presente acta. fdo. R. Pérez Hernández; fdo. Italo Amore. Es copia del L. R. El subsecretario de gobierno encargado de la Secretaría del ramo, Oscar Pérez G. En cuanto a trabajo, no hay comparación con Las Delicias; mientras que allá se cursaban unos quinientos mensajes diarios, entre los cuales algunos, especialmente los oficiales y los de prensa eternamente largos; aquí apenas se alcanza a unos veinte, de los cuales la mayoría son muy cortos, cotizaciones de precios de café a o desde Nueva York. La mayoría del tiempo puede uno dormir, o dedicarlo a su gusto. Hay exceso de personal: solo un operador, y un mecánico, son más que suficientes. Por lo tanto, resuelvo distribuir los turnos de trabajo para cada empleado de manera que todos hagan quince días de servicio, y gocen quince días de descanso. Esto es lo que

hacíamos con Dadea y Albanese en la africana estación de Merka cuando yo me iba a las cacerías de aigrettes o de hipopótamos…, me imagino que al personal de aquí le gustará disponer de una quincena de vacaciones cada mes. Así es en efecto; los casados están felices de poder dedicarse un par de semanas mensualmente a otros trabajos, para ganar otro salario. Pero… tropiezo con el inconveniente de que Romero no quiere trabajar su quincena y deja el turno abandonado, sin reemplazo. Trato de convencerlo por las buenas. Nada. Entonces amenazo destituirlo. Se ríe. Su tío el general Cote en Bogotá lo reintegrará en el puesto y me hará botar a mí. ¿De veras? Pues entonces, ¡sálgase ya…! Envío telegrama a Bogotá diciendo que por insubordinación y mala voluntad he tenido que suspender al operador Romero; que no necesito reemplazo. Apenas hace dos semanas que el señor gobernador Ramón Pérez Hernández me ha solemne y oficialmente posesionado del puesto de jefe de la estación; y ya heme aquí enredado en una pelea, no obstante que me he propuesto descansar… Bogotá no contesta, ni tomo resolución contraria a mi disposición; Romero cree salirse con la suya, ausentándose como de costumbre; pero cuando se presenta a cobrar la nómina, no se la firmo, el pagador retiene su salario. Por primera vez se siente castigado. Se enfurece, me amenaza, trata de vengarse escribiendo en la prensa local un suelto en mi contra, pero le contesto en el mismo periódico diciéndole que es un perezoso parásito y zángano, exponiéndolo al ridículo público de los lectores que lo conocen y saben de quien se trata. Respecto de la comida, ninguno de los pereques de que me había hecho cargo en Barranquilla, de administrar el mercado y cocina para todos. El Rosedal está situado a pocas cuadras desde el centro de la ciudad, el personal puede ir a comer y dormir en sus respectivas casas; yo voy a alimentarme en el hotel Europa; duermo en la estación, en amplia residencia. · Ministerio de Correos y Telégrafos – Servicio de Inalámbricos N. 718. Bogotá agosto 26 de 1929. Señor Italo Amore, Jefe de la estación inalámbrica CUCUTA. Junto con la presente remito a usted copia debidamente autenticada de la resolución N. 79 de 24 de agosto dictada por este despacho para reconocerle la suma de $104,oo como viáticos de Barranquilla a Cúcuta. Se acompaña también la cuenta que usted envió a este ministerio, a fin de que la presente al Administrador de Hacienda Nacional de esa ciudad MISIÓN A COLOMBIA - Capítulo 65 El rosedal

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para su pago. De usted atto. y s.s. Por el ministro, el jefe del servicio, C. Klemp. Nótese como a pesar de haberlo públicamente acusado de ignorante, ladrón y pícaro, este señor se preocupa ahora en servirme, escribiendo para que me paguen. · Resolución N. 79 de 24 de agosto de 1929. El ministro de Correos y Telégrafos en uso de sus atribuciones legales y CONSIDERANDO: 1º. Que por Decreto Ejecutivo N. 785 de 1929 fue promovido el señor Italo Amore del puesto de jefe de la estación inalámbrica de Barranquilla al de jefe de la estación inalámbrica de Cúcuta; 2º. Que en virtud del contrato celebrado entre el Gobierno Nacional y el señor Italo Amore, contrato que aparece publicado en el Diario Oficial N. 20613 del 6 de octubre de 1927, el gobierno se compromete a pagar al citado señor Amore la suma de $8,oo diarios como viáticos cuando el viaje que los ocasione sea ordenado por el ministerio; 3º. Que el nombrado señor Amore gastó en su viaje de Barranquilla a Cúcuta 13 días, tiempo que se considera normal; RESUELVE: Artículo único: reconócese al señor Italo Amore la suma de $104,oo como gastos de viaje de Barranquilla a Cúcuta, la cual será imputada al capítulo 62, artículo 1784 del presupuesto de la presente vigencia. Esta cantidad será pagada por el señor Administrador de Hacienda Nacional de Cúcuta a la presentación de la respectiva cuenta de cobro. Comuníquese la presente resolución al señor Contralor General de la República, el Administrador de Hacienda Nacional de Cúcuta, al jefe del servicio de Contabilidad del Ministerio de Correos y Telégrafos y al interesado. Dada en Bogotá, a 24 de agosto de 1929. El ministro, José Jesús García. Es fiel copia del original, el Secretario del Ministerio R. Galvis Salazar. (Hay un sello 26 agosto 1929) Es interesante ver en estos documentos el tremendo papeleo burocrático de entonces, en tratándose de una suma tan pequeña; y que 13 días para ir de Barranquilla a Cúcuta eran oficialmente considerados “tiempo normal”; lo que actualmente se hace en 1 hora… Tranquilamente transcurren los días, como si en Cúcuta estuviere yo en una estación de veraneo, en comparación con el infierno de Las Delicias. Abballe conferencia conmigo en Morse en las tardes de los domingos cuando no hay servicio, para consultarme sus problemas, me dice que desde mi salida todo se ha complicado allá, entre otras cosas porque habién-

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dome llevado los receptores de onda corta y el Heterodino de onda larga, teniendo que cruzar el tráfico en simplex en vez que en múltiplex, no logran dar abasto, los mensajes sufren largas demoras, el comercio se queja; está contando los días que le quedan para terminar el contrato e inmediatamente regresar a su Roma. En cambio, yo no tengo quejas. He trabado amistad con los italianos de Cúcuta, especialmente: Bisagno, genovés, gerente de la firma Riboi y Abbo; Copello y Torre, también ligures y empleados en dicha casa; Alejandro Salvino, cafetero (es decir, comerciante en café); José Cozza sobrino de Caputi y empleado en la firma de su tío, es un magnífico muchachón del sur de Italia, cuyo cuerpo y facciones recuerdan al gigante Carnera; Pacho Faccini comerciante cafetero y gerente de la trilladora de la firma Carulla, etc. Todos gozan de buena posición social y financiera; con ellos dedico el tiempo libre, en paseos, excursiones, amenas reuniones. “Societá Italiana Radio Marittima ROMA 28 agosto 1929. Anno VII ref. RP. 15156. Signor Amore Italo Apartado 271 Barranquilla. Con il 30 Luglio c.a. é scaduto il periodo massimo di aspettativa che potevamo concederle la base all’art. 13 del Regolamento Organico. Le invitiamo perció a volerci precisare con urgenza le Sue definitive intenzioni in merito al posto occupato presso di noi. In attesa, la solutiamo.” (Firmas ilegibles) (El 30 de julio pasado venció el período máximo de licencia que podíamos concederle con base al artículo 13 del Reglamento Orgánico. Lo invitamos por tanto a precisarnos con urgencia sus definitivas intenciones con respecto al puesto ocupado en nuestra compañía. A la espera, lo saludamos) La compañía italiana Marconi ha cambiado su nombre, ahora se llama Societá Italiana Radio Marittima. El “ANNO VII” es una información que el fascismo ha hecho obligatoria en las fechas, ya sea en escritos o impresos privados u oficiales; en ésta carta indica que Mussolini está en el gobierno desde hace siete años de la era fascista… “Societá Italiana Radio Marittima ROMA 19 settembre 1929. VII RP. 15418. Signor Amore Italo Apartado 217 Barranquilla. Con il 30 Luglio 1929, é scaduto il periodo massimo che potevamo concederle in base all’art 13 del Regolamento Organico per il personale R.T. Poiché a distanza di quasi due mesi non ci é pervenuta alcuna Sua comunicazione atta a definire

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la Sua posizione, né Ella ci he espresso il desiderio di riprendere servizio, La informiamo che con decorrenza del 30 Luglio 1929, provvediamo a considerarle dimissionario da questa Societá. Attendiamo un Suo cenno di ricavuta alla presente, per inviarle la somma spettantele per fondo Cassa Previdenza. In attesa di leggerla, La salutiamo.” (Las mismas firmas ilegibles) (Como en el transcurso de los dos últimos meses no nos ha llegado comunicación alguna de parte suya para definir su posición, ni usted ha expresado el deseo de retomar el servicio, le informamos que con vigencia al 30 de julio de 1.929, procedemos a considerarlo como dimitente de esta sociedad. Esperamos su confirmación a la presente, para enviarle la suma que le corresponde por parte del la Caja de Previsión. A la espera de leerle, lo saludamos) No había yo dado respuesta a la primera carta, de 28 de agosto, porque no tenía afán de acabar con mi derecho de empleo–carrera en Italia, que todavía estaba vigente en la antigua Compañía Marconi, y que habría yo podido utilizar, o prorrogar, con solamente haberlo solicitado. Como quiera que esta segunda carta vino “registrada”, tengo que contestarla sin demora; lo hago con el siguiente telegrama: “Cúcuta octubre 18 de 1929 WLT Radiomare ROMA. Confermo vostra reccomandata 15418 diciannove settembre pregando inviare Fondo Previdenza Giovanna Amore Pinerolo stop Serbo imperituro ricordo favori concessimi Compagnia auguro miglior avvenir assequiente Italo Amore.” (Confirmo recepción de su recomendado 15418 dicinueve de septiembre rogando enviar el Fondo de la Caja de Previsión a Giovanna Amore Pinerolo stop Seguro servidor recuerdo los favor concedidos por la compañía auguro el mejor futuro Cordialmente Italo Amore) Con este breve mensaje, despidiéndome para siempre de mi puesto de trabajo con unos diez años de antigüedad como oficial de marina y como empleado de la radio en Italia, me he jugado una vez más el porvenir, pues aún cuando quisiera regresar a Italia, no podría ya hacerlo por falta de empleo allá. Una vez más: “alea jacta est”; veremos qué me depara el destino; si seré capaz de forjármelo en Colombia. Si fracaso, habré arruinado mi vida futura… Mi resolución entraña un grave riesgo, pues solamente falta un par de meses para terminar el contrato con el ministerio, y no creo que será posible renovarlo. No tengo idea de cómo podré entonces ganarme lo necesario para la alimentación, el vestuario, la

habitación, sin decaer moral y materialmente. No tengo a quién pedir consejo, con quien confiarme, solamente yo conozco mi secreto. Pronto estaré en el asfalto, cosa que nunca me ha sucedido hasta ahora. Seguramente, si yo consultara por correo a mi mamá, o aquí a los amigos de Cúcuta, todos me dirían que soy un loco en abandonar el brillante puesto de oficial en la marina de Italia. Pero, yo he venido a América para alejarme de la esclavizante tradición clasista europea; del fascismo; de la marina que no le permite a uno vivir normalmente como ser cristiano, en familia. Ser marino transcontinental y soltero como lo fui desde los 16 años hasta mi edad actual de casi 30 años, es la más dura y al mismo tiempo la mejor escuela del mundo. Pero, he llegado al umbral de lo que el Dante describe “… nel mezzo del cammin di nostra vita, mi ritrovai in una selva oscura, ché la diritta via era smarrita… (en el medio del camino de la vida, me encontré en una selva obscura, donde el camino recto se perdía)”. Yo no he perdido aún mi camino, pero tengo que cambiar de rumbo antes de llegar a extraviarme si sigo en la senda del lobo de mar. Quiero volverme animal terrestre, formarme un hogar. Me quedaré en América, no obstante el riesgo de tener que correr la aventura. Por lo demás, cuento con que al despedirme del ministerio este tendrá que pagarme los $600 de viáticos para el regreso a Italia según el contrato; entre esa suma y los ahorros que estoy haciendo en Cúcuta totalizaré unos $1.200, con los cuales podré resistir algún tiempo, mientras logro hallar alguna ocupación adecuada dentro de mis conocimientos profesionales. Escribo a mamá explicándole; mientras tanto estoy tranquilo en cuanto a ella, pues de acuerdo con las instrucciones que he dado en el telegrama a la Marconi, esta le enviará la totalidad de los fondos que me adeuda por concepto de liquidación de cesantía (Fondo Previdenza), suma bastante alta, con la cual podrá mamá vivir cómodamente durante algún tiempo. Inevitablemente, pierdo mis derechos de pensión en Italia, así como el fondo de ahorros Garibaldi, lo cual es lamentable porque la pensión contabilizaba ya 16 años en virtud de que el tiempo servido durante la guerra 1916–1919 y en Africa 1920–1922 contaba doble; pero la única manera de evitarlo sería que yo regresara y continuara trabajando en la marina. Habiendo pues resuelto quedarme en Colombia, después de alguna semana de reflexión encuentro que en esta pequeña ciudad de Cúcuta no existe posibiliMISIÓN A COLOMBIA - Capítulo 65 El rosedal

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dad de empleo para mí en la carrera de radio, por la sencilla razón de que exceptuando la estación inalámbrica del Rosedal, no hay ninguna otra instalación o empresa por el estilo. En Venezuela, podría fácilmente conseguir empleo oficial en alguna estación inalámbrica de ese gobierno; así me lo dice mi amigo don Jesús Manuel Díaz González, un joven radioaficionado a quien he estado dando alguna clase, sobrino del gobernador del Táchira, poderoso e influyente hacendado de esa región; pero habiéndome alejado de Italia por no someterme al fascismo, no me halaga la idea de ir a servir bajo el tirano dictador Juan Vicente Gómez. En “Recuerdo de La Voz del Táchira” –edición tipografía Cortés San Cristóbal Venezuela, diciembre 1960– celebrando las bodas de plata de fundación de esa radiodifusora de su propiedad, don Jesús M. Díaz González me dedicó gentilmente entre sus recuerdos y para la historia, algún piropo que aquí transcribo de la pág. 22 de su libro; “… Para entonces arribó a San Cristóbal el ingeniero Italo Amore, enviado de la Compañía Marconi a realizar unas instalaciones en Colombia atendiendo una contratación del gobierno de la República hermana. Fue el año 1930 cuando Amore trabó conocimiento con Díaz González. Informado Amore en los medios locales (San Cristóbal), sobre los estudios y experiencias que sobre radio se tenían en la localidad, se enteró así que el único que se dedicaba a esos menesteres era Díaz

González y se apresuró a visitarle en su finca Peribeca, propiedad de la familia Díaz González donde residía para entonces. En realidad fue algo providencial la llegada del italiano maestro a Peribeca. Mediante un amistoso convenio con el hacendado tachirense, se comprometía a impartirle enseñanza práctica sobre la materia, de manera de ponerle al día con el progreso alcanzado en la radio técnica y solucionarle los irreductibles problemas que un estudio por correspondencia, en una época poco propicia por la dificultad en las comunicaciones, que demoraban meses en llegar a su destino, dejaban un tanto trocadas las aspiraciones de rápido progreso. En Peribeca sentó sus reales ITALO AMORE, quien fue discípulo del maestro Marconi, el genio del inalámbrico, y pasó buena temporada de descanso, demostrando además, sus habilidades gastronómicas al sorprendido alumno, quien por su parte digería rápidamente los conocimientos que el veterano ingeniero iba volcando a torrentes en sus clases con su pintoresco español en el cual escapaban de cuando en vez interjecciones y giros de la lengua madre, lo cual impartía mayor simpatía a sus expresiones permitiendo un mayor porcentaje de asimilación al aprovechado alumno. Don Jesús recuerda con cariño aquellos días primeros que fueron una introducción a la audaz aventura que le llevaría, con el tiempo, a sembrar en el surco inmenso de Los Andes, el germen de la civilización y el progreso de su emisora LA VOZ DEL TACHIRA.

Hacia Cúcuta con los equipos de radio

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Italo Amore se vio precisado a trasladarse a la vecina ciudad fronteriza de Cúcuta donde debería iniciar los trabajos contratados por el gobierno colombiano y allí acudía Jesús Manuel cada vez que surgía algún complicado problema en sus experimentos. Como un motivo que evoca aquellos lejanos días, conserva don Jesús unos audífonos que pertenecieron al gran maestro Guillermo Marconi, profesor, a su vez, del técnico Italo Amore y quien los dejó a su amigo y alumno como un recuerdo.” Alguien me aconseja trasladarme a Bogotá, pero, sin conocerla, odio esa ciudad ministerial que tantos dolores de cabeza me ha ocasionado en el pasado. Considerando que mi carácter no es para zalamerías, ni para buscar posición entre círculos sociales que considero corrompidos, temo que allá fracasaría más que en cualquier otra parte. Todavía resiento que las costumbres del marino, que le tiene temor a vivir en tierra firme como un pez afuera del agua. En Cúcuta, que ya conozco, me siento más seguro. No hallando mejor solución, resuelvo que me dedicaré al comercio, importando aparatos de radio norteamericanos, para venderlos al público. Es un negocio nuevo en este país, todavía desconocido por la falta de radiodifusoras locales. No tendré competidores, pues seré el primero en intentar tal cosa, y además como profesional técnico que soy en el ramo, llevaré mucha ventaja, aunque de comercio no he nunca visto ni practicado una jota. El mercado local no es rico ni grande como para pensar que tendré mucha clientela, pero pienso que sin competidores, entre los Santanderes y el Táchira, encontraré suficiente para cubrir los gastos y hacer ganancias. Quizás con el transcurso del tiempo hasta logre yo ahorrar capital como para fundar alguna gran empresa; tal es la historia de los emigrados europeos que supieron trasplantar civilización y progreso en estas nuevas tierras de América; yo intentaré hacerlo introduciendo como precursor el negocio de radios. Al efecto, escribo a fabricantes norteamericanos, solicitando catálogos y precios (y descuentos…). Me doy cuenta de que tendré que invertir en mercancías todo mi capital y que así, dentro de pocos meses, no dispondré ya de mis ahorros; pero, hay que arriesgar todo por el todo. Mientras tanto, siendo poco el trabajo en la estación, para desperezarme entro a formar parte del equipo local de fútbol, con bastante éxito, pues enseguida me proponen hacerme capitán. Es la época en que están de moda los equipos Bartolinos y La Salle de

Bogotá. Acepto jugar como segundo, y me divierto desarrollando carreras y driblings como forward de la turinesa. Pero a los pocos días se me desarrolla un viejo dolor en el genital derecho, que me obliga suspender el deporte y me ocasiona alguna preocupación. Se trata de la punta de hernia que se me formó en Barranquilla durante el semi accidente con el traslado de un acumulador. El médico Cítarello me prescribió cargar suspensorio; me acostumbré al mismo; luego con el menor trabajo y mayor descanso la hernia se fue reduciendo; ya me había olvidado de ella; ahora con el fútbol volvió a presentarse. A medida que se acerca el mes de terminación del contrato con el ministerio, observo que el operador Caicedo quien hasta ahora había sido mi hombre de confianza, se ha vuelto reservado, confabula con los demás, como si estuviere tramando algo. Por fin me doy cuenta de que está candidatizándose para reemplazarme en la jefatura, ha escrito a Bogotá ofreciéndose, y, claro está, alegando que él es quien me está enseñando y sosteniendo el servicio. Ha presentado un memorial al personal de la estación y a otras personas, para que le firmen, pidiendo su nombramiento, para remitirlo al ministerio; alguien accedió, pero el mecánico Luis y el operador Salas me informan. Comprendo: es el “struggle for life”, lucha por la vida, el “morte tua, vita mea” que decían los latinos; pero me indigna constatar como este muchacho a quien he elevado de categoría para ayudarle, esté ahora obrando a mis espaldas aunque sea la natural ingratitud y el egoísmo, para tomarme el puesto. Sin embargo, cuando yo tenga que irme, lo propondré para que me reemplace, porque es el más inteligente entre mis ayudantes. Enterados de que pronto me retiraré de la jefatura de la estación, lo principales comerciantes de Cúcuta que están contentos con la rapidez del servicio desde que está a mi cargo (logro hacer cursar mensajes entre Cúcuta y Nueva York en una hora), reunidos en la Cámara de comercio telegrafían al ministerio: “Cúcuta 5 noviembre 1929; Ministro de Correos y Telégrafos Bogotá. Desde que oficina estación inalámbrica esta ciudad está al cuidado de actuales técnicos viénese prestando un servicio rápido, satisfactorio, eficiente, que comercio y público en general prefieren esa vía para todas sus comunicaciones con exterior. Teniendo conocimiento que contrato con misión radiotelegráfica véncese próximamente; esta Cámara permítese insinuar muy atentamente Su Señoría MISIÓN A COLOMBIA - Capítulo 65 El rosedal

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conveniencia sea reanudado, siquiera en cuanto personal Cúcuta. Sería sensible que por causa cambio personal técnico, servicio inalámbrico empeorara con perjuicio público, mismo gobierno. Cámara anticipa Su Señoría cumplidos agradecimientos por atención préstesele al respecto, atentamente, Cámara Comercio Cúcuta.” Esto me conviene, entre otras cosas, porque así, de manera indirecta sabré a qué atenerme, si el ministerio les contesta. Pues, por mi parte, tal vez aceptaría renovar el contrato. Mi orgullo personal, después de las peleas que tuve con Klemp y con el propio ministro durante la época de Barranquilla me impide ser yo quien solicite tal cosa. Ahora aquí en Cúcuta me encuentro haciendo buena vida y ahorrando dinero. Se que a Gandini de Cali, y a Rubino de San Andrés, les renovaron ya el contrato, y otro tanto harán con Carnasciali de Manizales; con ellos la cosa es diferente pues ellos casi nunca se quejaron, siempre dejaron a mi cargo las peleas y defensa de la misión; Gandini, fue él mismo a Bogotá con recomendaciones para obtener de Klemp la prórroga. Se casó, hace algún tiempo, con una Prince de Cali, de buena sociedad y familia que goza de influencias. En lo tocante a Rubino, le fue fácil obtener la prórroga porque no hay reemplazos dispuestos a ir a ocultarse en ese lugar tan remoto cual es la isla de San Andrés. ¿Y Barranquilla? Abballe se va de regreso a Roma. Si me ofrecen volver a reemplazarlo, estudiaré el caso e impondré condiciones de suministro de aparatos y materiales. “Mintelégrafos Bogotá 5 noviembre 1929 N. 1858 p.54 18h. Cámara Comercio Cúcuta. Refiérome telegrama esa H. Corporación fecha hoy. Motivo especial satisfacción es para suscrito autorizada opinión esa Cámara sobre buen servicio inalámbrico que me prometo sostener mediante todo esfuerzo. Circunstancia reducción partida en próximo presupuesto para Técnicos y el tener personal colombiano suficientemente preparado para atender estaciones son motivos inpídenme renovar contrato señor Amore. Servidor muy atento, José Jesús García.” Mi amigo Bisagno, de la firma Riboli y Abbo quien es uno de los principales de la Cámara de Comercio, me ha hecho ver los dos mensajes y me los ha prestado para sacar yo copia, pues no fueron cursados por radio, sino por el telégrafo. Ya sé pues, a qué atenerme. · Radiograma N. 1 Rosedal 15 noviembre 1929. Dr. J. J. García Mintelégrafos Bogotá. Hoy vence mi contrato muy agradecido bondades Señoría

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espero sus órdenes respetuoso, servidor Italo Amore Inalámbrico Cúcuta. · Telegrama, Mintelégrafo Bogotá 19 noviembre 1929. Italo Amore Inalámbrico Cúcuta. Apréciole su fino telegrama y preséntole agradecimientos por servicios prestados gobierno. Puede presentar cuentas por lo que adéudasele según contrato para ordenar pago, atento servidor, José Jesús García. Quedo esperando la orden de entrega a Caicedo, y el pago de la cuenta. Pasan los días; parece que Bogotá se ha olvidado de todo. Dentro de pocos días, con la época de vacaciones de fin de año, cerrando actividades oficiales, quedaré aquí engrampado quién sabe hasta cuando, pues no puedo abandonar la estación sin orden–nombramiento del reemplazo, y sin que me paguen la cuenta del pasaje de regreso a Italia y más días trabajados! · SB55/1 Rosedal 29 noviembre 1929. Dr. J. J. García Mintelégrafos Bogotá – Listo entregar estación. Como alta consideración servicio suscrito no abandonó estación día venciose contrato así mismo permítese hacer constar hoy ministerio causaríale injusto perjuicio dejándolo fuera servicio sin sueldo y sin pagar debido tiempo viáticos como por contrato parécele legal ministerio dejáralo ocupando puesto o todos modos reconociérale derecho sueldo nómina hasta fecha pagaransele viáticos espera iluminado altísimo concepto señoría respetuoso, sdr. Italo Amore. Al día siguiente llega la orden de entregar la estación a Caicedo. Me despido del personal; me traslado a una pensión situada a una cuadra del parque Santander cerca de la casa y de la trilladora de don Pacho Faccini, el futuro socio. A los dos días vienen a buscarme de la estación, diciéndome que el transmisor está dañado porque se los dejé en mal estado; pero yo, cansado de Caicedo, no acepto ir en su ayuda; la estación queda varada un par de semanas hasta que al fin logran ponerla nuevamente en servicio. Como para ensayar, he puesto un telegrama a Mr. Simmons, gerente de la Marconi en Bogotá, ofreciéndome para trabajar con él en la planta de Morato o Cerrito, a cuyas estaciones he prestado tantos valiosos servicios aumentándoles la cantidad de tráfico durante los dos años que dirigí Las Delicias y Rosedal; me contesta: “N.410 Bogotá 10 diciembre 1929, Amore cuidado cónsul italiano Cúcuta. Actualmente no hay puestos vacantes pero puedo ofrecerle puesto provisional 150

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pesos mensuales, espero poderle ofrecer algo mejor después. Simmons.” Considerando que hasta hoy mi sueldo era de $280 más la habitación, la oferta de Simmons es casi una degradación; sin embargo comprendo que así de improvisto no es fácil tener algo mejor, listo para mí. Pero, Faccini me exhorta a quedarme, a que adelantemos el proyectado negocio de radio, aportando él $5.000 para pedir un buen lote de aparatos. Renuncio pues a la oferta de la Marconi de Bogotá; definitivamente me quedo en Cúcuta para establecerme en el comercio. Don Pacho, es gerente de la trilladora de la compañía Carulla de Bogotá. Goza de alta posición social y vive cómodamente como un ricachón local. Es casa-

do con una señora Soto, tienen una niña de doce años. Faccini me ha tomado gran cariño, tenemos frecuentes conferencias, me considera un medio sabio, cree que haremos grandes ventas. En la sociedad privada que hemos formado, aportando yo $1.500 y él $5.000, nos repartimos las utilidades en proporción del 60% para él y 40% para mí, actuando él como socio capitalista y agente importador, yo como gerente, técnico, secretario, empleado y hasta barrendero de la oficina, con sueldo de $60 que inicialmente alcanza para pagar mis gastos de pensión; también hemos arrendado por $20 un localito al pie de la pensión, en el cual instalo mi almacén–oficina–laboratorio, bajo el pomposo nombre de “Radio Agencias”.

Agradecimiento a Italo

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CAPÍTULO

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Radio Agencias

Enero de 1.930 Noviembre de 1.930

L

a pensión Italia en que estoy alojado ha sido fundada recientemente y es atendida por una pareja de genoveses: ella, una mujer de mucha iniciativa, cuyo nombre no recuerdo, bastante vieja, trabaja como una esclava desde la madrugada hasta el anochecer; él, otro viejo, Elpidio Gandolfo, cucuteño de nacimiento, parece poco útil para el trabajo o para cualquier cosa. Los pensionistas somos casi todos italianos, solteros: Cozza, Felice Torre, a veces Bisagno, Copello, Alejandro Salvino, y otros. Llega un pariente de la señora, procedente de la costa Ligure cerca de Savona, marinero de pura cepa, joven de 25 años, de cuerpo bien formado, grande y fuerte como un Hércules, quien aburrido de Italia, buscando mejor suerte, se vino a Colombia creyendo que estos sus tíos podrían ocuparlo en su millonaria hacienda, pero encontró que no hay tal; la verdad es que son pobres y solamente poseen este embrión de pensión. Enfrentándose al hecho, recordando que en los barcos había trabajado como ayudante de cocina, resuelve meterse con sus locos tíos en la empresa de crear un restaurante italiano en el cual inicialmente será el cocinero y camarero. Los clientes somos, por lo pronto, el mencionado grupo de italianos; se espera que poco a poco aumente con los cucuteños que nosotros introduzcamos haciéndole propaganda. A base de ravioles, macarronadas, pasta al pesto genovés, nos hallamos satisfechos, más aún desde

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que el nuevo camarero se ingenia de todas maneras para darnos la ilusión de que estamos siendo servidos en el comedor de primera clase de algún trasatlántico. En cuanto a mi nuevo trabajo, he estado desarrollando correspondencia con firmas norteamericanas de radio; con relativa facilidad he conseguido la agencia exclusiva de radio–receptores marca Silver Marshall, tubos de radio Arcturus, amplificadores Simons, altoparlantes Wright–DaCoster, etc. La circunstancia de que me entiendo con los fabricantes en idioma inglés, y de que mis conocimientos técnicos son evidentes, hacen que aquellos acojan con entusiasmo mis pedidos, que llegan rápidamente por la vía de Maracaibo, y de allí por ferrocarril a Cúcuta. Principio a vender algunos aparatos que, por su novedad, como si tuviesen algo de mágico, despiertan el interés de familias pudientes o que por su cultura logran entender programas del exterior. Mi socio don Pacho es el primer cliente: desde que tiene el radio en su casa vive como en la luna; tan pronto se desocupa del trabajo en la oficina de la trilladora, me llama a su cuarto y allí quedamos hasta altas horas de la noche oyendo a Londres, Schenectady, y otras estaciones de onda corta. Desde luego, las dificultades con cualquier cliente son muchas: la corriente eléctrica de Cúcuta es mala, los aparatos no funcionan cuando el voltaje es bajo,

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o se queman cuando el voltaje sube rápidamente después de las 9 de la noche; además, en tratándose de una cosa nueva, todavía desconocida, nadie sabe manejar los aparatos; sacan chillidos y estruendosos silbidos en vez de música, pues no son todavía superheterodinos sino regenerativos que entran fácilmente en auto–oscilación; con solamente una docena de clientes tengo para estar corriendo de una a otra residencia componiendo daños, haciéndoles oír estaciones, pues tan pronto me voy y mueven botones no son capaces de volver a sintonizar y solamente producen ruidos… Vendidas tres docenas de radios, el mercado principia a saturarse; la cantidad de clientes que quieren y pueden invertir los $300 que pido por un aparato, ya escasea. Mientras tanto, entusiasmados por el éxito del primer mes, hemos colocado a los Estados Unidos pedidos al por mayor; y ahora nos damos cuenta de que la plaza es pequeña para absorber esa cantidad; habrá que buscarle salida en las ciudades vecinas. Me dedico al Táchira, con mucho éxito en San Cristóbal en donde me reciben en la gobernación y en el Centro Social, como un inventor, en parte debido al apoyo del amigo Jesús Manuel de la hacienda Peribeca, que mencioné en el capítulo anterior. Vendo así otra docena de aparatos, pasándolos de contrabando por la frontera, mediante la ayuda del propio gobernador González del Táchira, porque el dictador Juan Vicente Gómez le tiene miedo a este invento del radio, y mantiene prohibida la importación a Venezuela… Habiendo publicado en la prensa y despachado por correo como circular a varias direcciones, un aviso con el que ofrezco vender e instalar en los hogares, receptores de onda corta con los cuales se pueden captar programas en idioma español además que en otras lenguas, desde radiodifusoras americanas y europeas; me llegó un pedido del R. P. Antonio Quintero, presbítero y cura párroco de Salazar de las Palmas, invitándome ir a instalarle un radioreceptor Silver Marshall; todos los gastos pagados. Aceptando con gusto, organicé la expedición; además del radio, el material para una elevada y larga antena tipo barco; el regulador de voltaje pues en aquel entonces eran normales las fluctuaciones entre 80 y 130 voltios, según las horas, en vez de los nominales 110 de corriente alterna (por “alterna” algunos entendían eso, de que la luz fluctuaba o se iba y volvía, alternativamente, aún que fuese… “continua”). Salazar, tenía fama de ser un baluarte conservador. Del padre Quintero, que era un hombre corpulento,

de unos 50 años de edad, dominante y fiero como un guerrillero, se decía que era tipo de armas tomar; efectivamente viajaba a caballo llevando la carabina al hombro; que mandaba en su parroquia como si fuese su reino, y que ay! de quien le cayera en desgracia hallándose en sus dominios. Esto no me preocupó, y hasta me interesó la aventura. Con mi ayudante, José Granados, fuimos en el bus hasta Santiago, y allí arrendamos un par de mulas, que nos depositaron felizmente en Salazar. Me recibió el párroco, haciéndome honores; instalándome en un cuarto al lado del suyo y anunciándome que me detendría prisionero durante unos diez días, hasta que yo lograra satisfacer su curiosidad acerca del maravilloso invento de la radio, del que tanto había oído hablar. Que me considerara su huésped con derecho a las mayores posibles comodidades dentro de las limitaciones del ambiente, y que los sirvientes de la casa tenían orden de obedecerme. Que las comidas estaban dispuestas para que lo acompañara a él en la mesa, durante las cuales tendríamos más tiempo para conversar, explicarle qué eran esas cosas que llaman ondas, que según el juez del circuito quien era persona muy enterada y ya había hecho un ensayo, tales ondas “no entraban” en Salazar, por lo cual estaba previsto que si mi aparato no daba resultado, no me lo compraría, pero tampoco me cobraría el hospedaje (tal estribillo de que “aquí no entran las ondas” me lo sabía ya de memoria; lo había aprendido desde Cúcuta a San Cristóbal, Táchira, como algo común de cada cliente, hasta que llegando yo como mis Silver Marshall o como mis Baird desbarataba la leyenda, si no me fallaba el voltaje del alumbrado…). Que sabiendo que soy italiano, había hecho traer desde Pamplona algunos frascos de Chianti. Al anochecer, me retiré a mi pieza para descansar. No dormí mucho porque estando en la cama, cada tanto me sentía picar, como por pulgas, aún que este insecto no es común en clima caliente. Más tarde me dijeron que eran “cuescas”, que dizque se anidan en los techos de madera y por la noche descienden a asaltar las camas. No las vi.; no se cuánto haya de cierto en eso. Por la mañana emprendí el trabajo de dirigir la instalación de largos portes para la antena; una línea para la corriente del alumbrado, cuyo fluido llegaría solamente después de las 6 p.m.; nunca durante las horas del día. Coloqué un altoparlante en la puerta de la parroquia, orientado hacia la plaza. Esa noche, según yo sabía por experiencia, le tocaba el turno a

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Schenectady WGY hacer el programa en castellano. Tan pronto llegó la corriente, puse en el receptor las bobinas para sintonizar en la banda de 31 metros y, oh, milagro, enseguida el aparato principió a cantar “la paloma”! Qué maravilla! El auditorio congregado cerca del altavoz, escuchaba atentamente y callado como si estuviéramos en misa o presenciando un prodigio; cosas del milagroso padre Quintero! En la noche siguiente, el programa de WGY era en inglés; mientras hubo música el auditorio no chistó; pero después de escuchar una larga perorata en idioma gringo, los feligreses se desbandaron murmurando. Para cambiar, busqué la estación de Londres, pero esa noche no trabajó (en aquella época eran todavía muy pocas las estaciones de onda corta, y funcionaban experimentalmente, sin regularidad de horario). La tercera noche, el buen padre me pidió escuchar la estación de Bogotá, del gobierno, que según había leído en un periódico, había sido estrenada desde hacía algunas semanas: que la noche anterior el auditorio se había enojado porque no entendían el inglés. Me vi. precisado hacer lo posible para satisfacer el deseo de mi culto cliente; sintonicé la onda larga para captar la HJN, aún cuando por ensayos anteriores en Cúcuta, ya sabía que sus débiles señales solían estar tapadas por los ruidos de las estáticas tropicales. Quién sabe, esta noche, por tratarse de un caso especial, sagrado como una parroquia, el señor me conceda la gracia de que no haya estáticas. Vana ilusión! Ruidos y más ruidos. Alguien supone que están disparando; otros, que el aparato se ha dañado. El padre, observa, mudo. ¡Problema! Se estaba derrumbando todo el monumento de admiración que me había envuelto en las noches anteriores y durante el día cuando en larga conferencia había explicado al reverendo sacerdote y a los principales funcionarios municipales las maravillas de las ondas electromagnéticas, que viajan atravesando nuestros cuerpos sin hacernos daño y sin confundirse o mezclarse entre ellas, obedeciendo a las leyes físicas y a nuestras órdenes aplicadas con un dedo que dándole vuelta a la perilla nos traslada desde Schenectady a Londres o, Bogotá! Pero, ni el reverendo padre, ni el auditorio conocían los intríngulis de los ruidos de la onda larga, y de la caprichosa superioridad de la onda corta. Desde afuera, desde la plaza, unos feligreses pedían a voz en cuello: Bogotá! Yo sabía que en Bogotá acababan de estrenar una estación: la HKC de la Colombian Radio Corporation, con un agradable y

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chistoso locutor Pepe Triana, que funcionaba en onda corta de 48 metros; era posible oírla bastante bien, sin ruidos; pero lo malo era que la HKC era una estación de orientación liberal, que le estaba haciendo campaña de propaganda política a Olaya Herrera como candidato a la presidencia de la república, en oposición y echándole pestes a los candidatos del gobierno, los conservadores Vásquez Cobo y Guillermo Valencia. Le expliqué al padre Quintero el dilema: no puedo poner Bogotá, porque, en la onda larga solamente salen ruidos; en la onda corta, propaganda liberal…! Me contestó: –póngala–. Del altavoz salió un discurso Olayista, denigrando el partido conservador; como si Mefistófeles se hubiese entrometido desde el éter en la antena. El público, aterrado, escuchaba, esperando saber qué sucedería, con el párroco guerrillero y godo. Yo, formaba parte de ese público… El sacerdote, impasible, evidentemente interesado, se mantuvo escuchando hasta las 10 de la noche cuando la estación terminó el programa y se despidió. Los presentes, todos callados, nos fuimos cada cual a su dormitorio, sin manifestar la interior preocupación. Por mi parte, sabiendo que mi padre Quintero era jefe conservador, y que el auditorio también era de ese partido, me sentía inseguro; temía que el cliente acabara diciéndome que mi receptor no era bueno como él esperaba, y que me fuera al diablo con el mismo. Durante el almuerzo al día siguiente –ya que me hacía el honor de que siempre comiéramos juntos–, le pedí el favor de decirme claramente qué opinaba, si se quedaba o no con el aparato, explicándole que me daba mucha pena sintonizarle la estación bogotana liberal, pero que eso yo no podía remediarlo; que la culpa no era mía, sino del Ministerio de Correos y Telégrafos, que no supo instalar una estación en onda corta, escuchable como la HKC en toda la república, en vez de malgastar la plata en un transmisor de onda larga que, como la HJN, solamente se podía escuchar bien en la capital de la república. Me contestó que no me preocupara, que él bien comprendía que yo estaba diciéndole la verdad; que el radio le gustaba, aunque blasfemando a lo liberal. Sin embargo, yo noté que el público no pensaba lo mismo; me toleraban porque esa era la orden del jefe Quintero, pero entre ellos murmuraban que tal vez yo era un traidor agente de propaganda yanqui, encargado de difundir los programas gringos de WGY, y la campaña electorera del liberal Olaya Herrera…

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En las noches siguiente, siguiendo la voluntad del comprador, en vez de Schenectady, tuve que seguir reproduciendo la propaganda liberal de la HKC, dentro de esa fortaleza conservadora, entre el murmullo del extrañado auditorio, y el complacido consentimiento del terrible padre godo, quien, una vez que hubo aprendido a sintonizar, pagándome profusamente el radio y el servicio, impartiéndome su santa bendición, me anunció que tendría listas las mulas para salir al día siguiente después del almuerzo. Durante el tiempo de mi estadía en Salazar de las Palmas, pude convivir en la parroquia, en completa libertad y respeto; la única exigencia del padre consistió en insistir para que almorzara y comiera acompañándolo a la misma mesa, haciendo honor a buenos platos, y durante todo el tiempo conversando acerca de los fenómenos de la radio, ondas, kilociclos, vibraciones, campos magnéticos, etc. Demostraba él poseer conocimientos generales de física y química, más de cuanto pudiera esperarse de un sacerdote relegado entre aquel ambiente de montañas y campesinos semi analfabetas; y sobre todo, demostraba fácil comprensión, y un extraordinario espíritu indagador, deseos de saber, en virtud de lo cual, en contraposición a su fama, su aire marcial y dominador, se quedaba como un niño escuchando las informaciones que iban saliendo de mis modestos labios. Al anunciado almuerzo, invitó los funcionarios municipales, que le obedecían como los vasallos a su cacique. Sentados a la mesa, éramos una docena, el párroco en la cabecera, me situó a su lado; a la izquierda el presidente del concejo; a la cabecera de enfrente el alcalde, con el personero a su lado, el juez, el jefe de policía y los concejales. Durante el almuerzo me hizo frecuentemente hablar pidiéndome explicar a los presentes la propagación de las radio–ondas, el fenómeno de la sintonización y la selectividad y como miliares de ondas viajan simultáneamente en el espacio sin refundirse o entrelazarse; la diferencia entre ondas largas y cortas, el efecto de la reflexión ionosférica, etc., concediéndome pruebas de alta estimación y respeto, al tiempo que se dirigía a los otros comensales tratándolos con autoridad, como el don Rodrigo del Manzoni a sus subalternos los bravos… En cuanto a estos, yo me daba cuenta de que poco o nada entendían de nuestra científica divagación, que tal vez no dejaban de considerarme un intruso o mistificador que quizás, por cuales artes de magia, había logrado embaucar por engaño al poderoso jefe.

Se dignaba el párroco, como prueba de simpatía, dirigirme cada tanto alguna frase en latín o mezclando palabras en italiano, celebrándome que yo fuera de aquel país en donde tiene su sede la iglesia católica y el Papa. Al momento del brindis, rellenada la copa con vino Chianti, con la mano me impartió una especial bendición deseándome mucha suerte para el porvenir. Volviendo a sentarnos, uno de los presentes, tal vez el personero, pidió permiso para hablar, se puso de pie y dijo: –doctor Quintero, me da mucha pena informar de algo que durante los días pasados tuve ocasión de observar; que este señor extranjero, asistía a misa, pero no comulgó una sola vez; por lo cual no entiendo cómo su reverencia le concede tanta bondad y predilección que quizás no merece–. Al oír esas palabras, que constituían un inesperado ataque contra mi persona, no supe qué rebatir. Efectivamente, cada mañana, porque el tiempo me lo permitía, y por respeto al sacerdote en cuya casa era yo huésped, había tenido la educación o prudencia de ir con el demás personal a la misa; sobra decir que quien la oficiaba era el mismo párroco, y que en esa pequeña iglesia de Salazar de las Palmas, todos los feligreses se conocían entre ellos. –¡Caray!–, pensé yo –este pisco me fregó; ahora el párroco me manda al infierno; me excomulga, y me expulsa, sin darme ni tiempo de bajar la antena! Levantando nuevamente la copa con que acababa de brindarme, con una sonrisa maliciosa, el corpulento padre contestó: –¡es que, el señor Amore es una buena persona, que no necesita comulgar todos los días, como ustedes pecadores!– Los presentes enmudecieron, mortificados por la bofetada; yo agradecí al padre Quintero sus inmerecidas bondades y reanudé la conversación sobre la propagación de las ondas cortas descubiertas por los radioaficionados, que se realizan mediante la reflexión de las capas ionizadas… Al ensillar la mula, camino para Cúcuta, me despedí efusivamente del amigo sacerdote, entre las miradas respetuosas pero frías de los asistentes. –Al diablo con la onda larga–, pensaba yo en mis adentros –¿por qué no pondrían en Bogotá una estación de onda corta conservadora; y qué culpa tengo yo de que la HJN no sirva?–. De regreso a Cúcuta, vuelvo a darle vida al almacencito allí fundado con el nombre de Radio Agencias (éste nombre, lo usé también posteriormente en Barranquilla; luego, cuando me retiré del comercio, vi. que lo adoptaron otras empresas, en Cali, en

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Medellín, y en Bogotá); además de ser en cierto modo uno de los precursores en el servicio inalámbrico y en la introducción en Colombia de la onda corta, también introduje amplificadores de audio de gran potencia, marca Sansom–Pam, y altoparlantes así mismo de gran potencia provistos de cornetas o bocinas marca Wright– Dacoster, complementados con pickups Audak, micrófonos Ellis, tubos Arcturus. Estos aparatos, de fabricación americana, no tenían competidores; los radioreceptores de onda corta Baird, y Silver Marshall eran más modernos en sus circuitos, que los europeos Philips y los americanos Pilot que eran las únicas otras marcas en el mercado. El Baird tenía una etapa amplificadora de radiofrecuencia, lo cual todavía actualmente es indicio de calidad, gran sensitividad. Los radios RCA, General Electric y otras marcas, eran todavía de onda larga; para la onda corta había que conectarle “adaptador” o convertidor cuyo funcionamiento no daba resultados comparables al de los receptores construidos especialmente para onda larga y corta. A don Pacho Santos Marciales, tesorero municipal quien acaba de comprarme un Silver–Marchall, gran entusiasta de la música y de la altura que se obtiene de los programas de radio recibidos del exterior, se le ocurre que sería un gran adelanto si estos pudieran ser escuchados por el pueblo. Pero, dotar a cada familia de la ciudad cucuteña, con un radioreceptor, es un sueño, impracticable, pues habría que invertir muchos millones en adquirirlos; luego, mantenerlos funcionando, o repararlos; y tal vez la energía de Cúcuta no daría abasto. Le contesto que quizás ello sería factible estableciendo una central provista de un receptor, un tocadiscos y un micrófono, todo de alta calidad; y un grupo de amplificadores de audio, de potencia adecuada para accionar media docena de altoparlantes instalados en los principales sectores de la ciudad. Que la característica de alta calidad en el radioreceptor, tocadiscos, etc. era necesaria, por cuanto que con la sucesiva amplificación, cualquier pequeño defecto en el “input” o entrada, resultaría amplificado a la salida o “output” del sistema reproductor musical (cada cadena no es más robusta que el más débil de sus anillos). La salida desde la central, desde cada amplificador de 50 vatios, a cada altoparlante, tendría que ser mediante línea telefónica de grueso calibre, baja resistencia, forrada en plomo para instalación intemperie a lo largo de las calles. El tesorero se entusiasmó con la idea, y la llevó al Concejo Municipal. El primer obstáculo que se pre-

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sentó fue que la acogida de los señores concejales fue tan grande, que cada cual manifestó que daría su voto de aprobación al proyecto, a condición de que se instalara un altoparlante… frente de su casa. Esto implicaba aumentar exageradamente la cantidad de aparatos, y el capital necesario. Aún cuando yo actuaba como vendedor, deseaba mantener la obra dentro de proporciones honradas y sensatas. (Esto de los proyectos hiperbólicos, de “pensar en grande” con el dinero de los contribuyentes, suele ser una enfermedad común en tratándose de negocios oficiales, en los cuales la responsabilidad queda diluida; las empresas privadas no sufren de ese morbo porque siendo los proyectistas–accionistas interesados con sus finanzas, se cuidan de no derrochar sus propios capitales. Otros casos similares los experimenté posteriormente, por ejemplo, en el año de 1952 cuando para la gobernación de Antioquia proyecté la primera red de radiopatrullas VHF–FM en la cumbre del Boquerón y radioteléfonos para conectar la gobernación con 20 alcaldías de Antioquia; inmediatamente me pidieron aumentar las alcaldías hasta 100; tuve que luchar para mantener la cantidad limitada a 20; esa misma manía se repitió en el año de 1955 cuando para la gobernación de Bogotá proyecté una red similar estableciendo una central radiorepetidora en la cumbre de Viga, para 30 alcaldías de Cundinamarca y 30 radiopatrullas, la Secretaría de Obras Públicas quería de una vez aumentar a 100 la cantidad de alcaldías –que tampoco las había en el departamento…–, y nuevamente me tocó oponerme, lidiar para mantener la magnitud del proyecto dentro de costos y límites razonables. Desafortunadamente, algunos vendedores, especialmente cuando negocian elefantes blancos, no actúan con igual moralidad, sino que cuando el comprador oficial está dispuesto a adquirir 10 unidades, el vendedor trata de meterle 100, por aquello de que así aumenta la comisión a porcentaje de ganancia para él, y a veces también para el corrompido comprador…). El Dr. Rafael Mejía, personero municipal, me pide presentar un proyecto. Esta clase de instalaciones es una novedad pues, hasta ahora, solamente en los grandes parques de Nueva York se han efectuado ensayos, con buen éxito. Las conozco técnicamente, por haberlas estudiado en las revistas de radio a las que estoy suscrito, entre otras, la “Projection Engineering” en cuya carátula de la edición de febrero 1931 se reproduce la instalación del parque Santander de Cúcuta. Hago el proyecto para 5 unidades, más una de repuesto para

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instalar así: 2 en el parque Santander (incluyendo la de repuesto); 1 en la plaza Mercedes Abrego, 1 en la plaza Antonia Santos, 1 en la plaza del Libertador, y 1 en el parque Victoria; que funcionando simultáneamente harán posible que la audición abarque casi toda la ciudad, cubriendo un área de varios kilómetros a la redonda. Valor del contrato: $2.200 pesos, entregando los aparatos instalados funcionando a satisfacción. Firmamos contrato y me anticipan una mitad para pagar el pedido al exterior; habrá que esperar unas seis semanas para que lleguen. Si todo anda bien ganaré mil pesos de utilidad bruta. Mientras tanto, se me ocurre perfeccionar un sistema avisador eléctrico de incendios. Una fábrica norteamericana está anunciando para la venta unas botellas rellenas de un líquido que, al aumentar la temperatura del lugar –como sucede cuando hay un incendio–, automáticamente estallan, y derraman un gas que absorbiendo el oxígeno del ambiente, apaga el incendio. Pienso que si el líquido es conductor de electricidad, o aprovechando la presión del mismo cuando sale de la botella, como para que mueva un pequeño resorte o cierre un contacto eléctrico, sería posible que al estallar el tapón de la botella, hiciera sonar timbres eléctricos colocados a distancia. Compro algunas de dichas botellas, hago ensayos en presencia de Paco Faccini, con resultados tan halagadores, que nos proponemos patentar el invento. Faccini invita las autoridades de la ciudad, para una demostración pública. Una tarde, llegan el gobernador, el alcalde y numerosos espectadores. En el patio de la pensión donde estoy alojado montamos cajones de madera; alisto baldes de gasolina; instalo cerca de los cajones las botellas que apagarán las llamas; y las líneas eléctricas que harán sonar a distancia los timbres de alarma. Sopla una ligera brisa; pero estamos tan seguros del éxito, que no nos preocupamos. Doy candela a la gasolina; esta se incendia, los cajones principian a arder de lo lindo; el ambiente se calienta; de repente las botellas entran en acción, estallan los tapones, esparciendo gas, suenan por todas partes las alarmas eléctricas. Victoria; magnífico; la gasolina y el incendio se apagan. Mientras se aleja el humo, recibo como inventor las felicitaciones de los presentes. Solamente han quedado unos tizones sin apagar; los timbres continúan sonando. Pero, llegan unas ráfagas de viento. Los carbones sin apagar vuelven a desarrollar llamas; mientras tanto, por el mismo efecto

del viento se ha esfumado el gas anticombustible; en pocos segundos se forma un nuevo incendio en plena actividad. Los timbres siguen sonando, pero no dispongo de botellas de reserva; el asunto se pone feo. Ensayamos con baldes de agua; nada; la candela aumenta; pone en peligro la habitación vecina. Hubo que llamar bomberos; gracias a que estábamos allí varias docenas de hombres, pudimos, con mucho afán, apagar el incendio antes de que se transformara en verdadero desastre. Así pues, por exceso de confianza, fracasó mi ensayo; y a pesar de que mi invención, que consistía en la alarma eléctrica, funcionó, la mortificación del imprevisto incendio fue tal que nunca más volví a jugar con el fuego! En la revista semanal LECTURAS DEL NORTE, editada en Cúcuta por Carlos L. Jácome, fecha 3 de mayo 1930, aparecen dos páginas de entrevista en la que después de una breve información sobre mi carrera, desarrollo con entusiasmo el tema radio: “La Pensión Italia. Un corredor muy fresco, con enredadera; mesa de centro, butacas y periódico; sombrereros; una hilera de puertas, y al frente, cerca al comedor, la del apartamento, diremos radiológico, de don Italo Amore, técnico enamorado de las cuestiones de radio. Dentro, altoparlantes, receptores, amplificadores, pilas, alambres, revistas de cosas eléctricas; un cenicero hasta el tope de colillas, y nuestro visitado que sale a recibirnos con la diestra en posición de saludo. Amore es muchacho moreno, piel tostada por el sol de todas las latitudes y una infinita sonrisa que parece haberse quedado en sus labios a fuerza de oír el sinnúmero de tonterías que se dicen por los aires. Las preguntas de rigor y las que siguen: –Desde cuándo está usted en Colombia? –Hace unos dos años y medio. Vine de Italia a Colombia contratado por el Ministerio de Correos y Telégrafos para prestar servicio en las estaciones inalámbricas. Permanecí en Barranquilla año y medio en la estación de aquella ciudad y luego pasé a la estación de Cúcuta, hasta vencerse el contrato. –Cómo le parece nuestra vida local? –Optima para mí bajo muchos puntos de vista. He encontrado aquí amabilidad y cultura más que en otras ciudades suramericanas. Cuando yo vivía en la costa, algunos costeños solían pintarme a Santander como una tierra donde hay que marchar con revolver en el bolsillo. Constaté que pasa todo lo contrario y que esa gente estaba muy mal informada. El clima

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paréceme muy bueno, a pesar de que algunos afirmen lo contrario. Por ejemplo, antes de establecerme aquí, había oído decir que estas regiones son malsanas debido a las aguas impuras que tomamos, a las varias enfermedades contagiosas existentes, a los mosquitos, etc. Bueno, mosquitos no hay en Cúcuta, gracias sin duda a la enérgica campaña desarrollada por la comisión antimalárica. Juzgando por mí mismo –desde que estoy aquí no he tenido un solo día de enfermedad–, creo que este clima si no es superior, es por lo menos igual al de otras regiones consideradas salubres. En total, Santander y Cúcuta me gustaron muchísimo y por este motivo me quedé al terminar mi contrato con el gobierno; resolví quedarme en ésta para dedicarme al desarrollo de la industria de radio en el campo comercial y divulgación de ese nuevo instrumento de diversión y cultura que se denomina radioreceptor. –Por lo que veo, a usted lo seducen estas cuestiones de radio; hace mucho tiempo trabaja en ellas? –Empecé mi carrera en el campo radio cuando estalló la guerra europea, prestando servicio en las estaciones de los buques transatlánticos y alguna vez

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en las terrestres, y seguí así empleado en una compañía internacional de inalámbricos, hasta que vine a Colombia. En total, más de doce años, la mayoría de los cuales viajando de país a país, a través de los mares. Le aseguro que este trabajo es muy interesante, y a veces emocionante. –Cuántos aparatos ha instalado aquí? –Una media docena, o sea los pocos que tenía disponibles. Otros están para llegarme (más correcto: medio centenar). –Tiene muchas instalaciones pendientes? –Tengo bastante trabajo, por ahora. Además de algunos contratos para instalaciones de potencia para reproducción de programas de radio, conferencias y avisos comerciales locales por medio de micrófono, sigo interesándome en el suministro de aparatos radioreceptores al público. También me ocupo en instalaciones de maquinarias eléctricas. Y después de otra larga página de futuristas consideraciones, así concluye la entrevista: Nos despedimos con pesar, porque la charla con don Italo es simpática, fácil y salpicada de pequeños barbarismos que la hacen amena; pero es tarde, y las voraces columnas de la revista esperan impacientes. Dejamos, pues, los altoparlantes que principian a cantar aires neoyorquinos y abandonamos la Pensión Italia con un gustillo sabrosísimo en la nariz, como de “spaguetti” bien nacidos.” Una de las instalaciones a que me referí en la revista fue la que hice en el Teatro Santander de Luis Alberto Marciales, apreciado caballero y amigo, hermano de don Pacho el tesorero municipal de Cúcuta. Supe que iban a proyectar la película THE BIG PARADE que yo había visto repetidamente en el cine Astor de Nueva York durante el año de 1926 (durante más de un año pasándola diariamente; a cada viaje que yo volvía allí con el barco Giuseppe Verdi, volvía a verla). En las funciones del Astor, la sonorizaban mediante orquesta que tocaba la música de Melisenda, y con tambores y demás instrumentos de la batería imitaba los ruidos de la guerra, pues la película se refería a gestos heróicos de soldados americanos en el frente de Verdún, año 1918, que entre trincheras, balas y explosiones de obuses, al tropezarse con una campesina francesa que les preguntaba: –parlez vous français–, el sargento, que no hablaba pizca, contestó: –yes, chevrolet coupé–, y al punto la abrazaba. Yo me recordaba de memoria todas las escenas y la música. Propuse a don Alberto instalar en su teatro un equipo de sonido y que yo le volvería sonora

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la película. Aceptó: no habiendo conseguido el disco de Melisenda, lo reemplacé con la ouverture Poeta y Aldeano de Souppé, para las escenas patéticas; y para las batallas instalé detrás del telón una motocicleta con exosto variable, que acelerando o desacelerando el motor, imitaba el ruido de ametralladora. Con ese y otros artificios microfónicos las funciones lograron el deseado éxito de cupo completo durante semanas y extraordinarias entradas de taquilla. Fue ese el primer espectáculo de cine “parlante” en Cúcuta, aunque la película era muda. Tan pronto que llegaron los aparatos del contrato con el municipio –traídos a lomo de mula desde la estación de La Grita por estar dañado el ferrocarril–, para adelantar algún ensayo de la potencia de los altoparlantes sin aturdir los vecinos de la Pensión Italia, aproveché la circunstancia de que se anunciaba en el templo parroquial de San José de Cúcuta la celebración de las Cuarenta Horas, sermones a cargo del Vicario Dr. Alfredo Cala, para instalar un micrófono, con su amplificador, en el púlpito, y un parlante con su gran bocina, en la torre del templo. En un periódico de Cúcuta, del 29 de junio de 1930 quedó relatado el que era para entonces un gran acontecimiento, el ser escuchada la alocución hasta gran distancia, en la ciudad. Transcribo: “San José de Cúcuta, domingo 29 de junio de 1930. Don Italo Amore. Queremos en esta ocasión agradecer públicamente a este apreciable amigo los importantes servicios que con su ciencia nos ha prestado. La instalación de radio que hizo a la empresa de “El Granito de Arena” ha quedado a toda nuestra satisfacción, y al reconocerlo así públicamente deseamos también recomendar a todos nuestros lectores la competencia que tiene nuestro amigo en el ramo. Últimamente, debido a su propia insinuación, nos expresó el deseo de ensayar la instalación de un micrófono para facilitar a los fieles la recepción de la palabra divina en las Cuarenta Horas. Conseguimos el consentimiento del venerable señor cura y Vicario de la ciudad y en la noche que precedió a las Cuarenta Horas se ensayó el aparato con magníficos resultados. Antes de despedirnos hoy de tan apreciable científico, anhelamos para él de parte de Nuestro Señor, para quien fue este homenaje, que bendiga su ciencia y su empresa. Para nosotros que lo hemos tratado íntimamente nos es muy significativo que cuando se trataba de ensayar por primera vez el aparato en la iglesia, rezó el Padrenuestro en su lengua

natal, en italiano. Así hacen los sabios, primero alaban a Dios (la verdad es que, teniendo que ensayar yo mismo desde el púlpito, no me quedaba bien soplar o decir aló aló ante el micrófono, y para no profanar el lugar con palabras mundanas, no teniendo a la mano ningún texto sagrado, me salí del apuro rezando el Pater Noster, en latín, y luego en italiano). Sería de desear que ya que ha dado tan magníficos resultados el aparato instalado en la iglesia, los fieles se esforzaran para conservarlo, con eso aprovecharían la palabra divina no solamente los que están en el templo, sino también los que están fuera de él (se oía hasta varios kilómetros, debido a la altura de la torre, y que enfrente de la iglesia, parque Santander, no había elevadas edificaciones que obstaculizaran la difusión a distancia). La obra más demorada en la instalación del equipo municipal (fecha del contrato 19 febrero 1930) consistió en la instalación de las líneas de cable plomado, desde la central ubicada en un costado del parque Santander, hasta los otro cuatro parques, distantes cada uno un promedio de cinco a seis cuadras. En cada parque instalé una bocina sobre un árbol, o sobre postes de tres metros de altura, donde no hubo árboles. El 20 de julio quedó inaugurada oficialmente por el honorable Concejo Municipal la instalación “Radio–Microfónica”, con conferencias de las autoridades cucuteñas, música de discos, programa radio en español de la radiodifusora WGY de Schenectady USA. Exito grandioso! Durante una semana, todas las tardes, a las 6 p.m. principiaba el programa, hasta las 10 de la noche. Los parques se rellenaban de público; la ciudad parecía estar en total efervescencia, de fiesta; al claro de luna, bajo los árboles, paseaban alegras parejas, otras bailaban al ritmo de los charlestons. Pero, no hay rosas sin espinas. A los pocos días, los propietarios de cafés y cantinas situadas lejos de los parques constataron que estaban perdiendo ventas y clientela; entonces le tomaron odio a los altoparlantes, y en… legítima defensa de su negocio, alguien, aprovechando la oscuridad nocturna, utilizando escaleras, cortó el cable de plomo de la línea telefónica, o clavándole puntillas para causar cortocircuito, enmudeciendo así el altavoz (naturalmente, el público que se había congregado en el parque, o calles vecinas, condenando el improviso silencio principió a quejarse de que los aparatos se dañaban; por mi parte, me costaba fatiga encontrar el cable roto, teniendo para ello que esperar hasta la luz del día siguiente, y remendar el sabotaje).

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Además, después de un par de semanas, algunos cucuteños, cansados ya de la música gringa y conferencias castellanas de Schenectady, pidieron oír la estación HJN de Bogotá. El contrato municipal decía claramente que: “… es entendido que en las noches de malas condiciones atmosféricas el vendedor no está obligado a garantizar la recepción de onda larga, pero sí a que siempre quedará funcionando la onda corta y el micrófono…”. En la época de mitad del año era imposible escuchar HJN, debido a las fuertes estáticas atmosféricas en la onda larga; las tempestades eléctricas del Catatumbo iluminaban el horizonte y se reproducían con violencia en el receptor (en la época de diciembre, habiendo menos estáticas, la recepción en onda larga desde estaciones lejanas resultaba mejor, más aún después de las 10 p.m.). La cláusula undécima del contrato, preveía todo eso; solamente garantizaba la recepción en onda corta; pero la HJN no tenía onda corta. Empero: qué iban a saber, los honorables concejales, o el público, la diferencia entre onda larga y corta! –No nos venga con cuentos–, me decían –ni insista en querer volvernos gringos con sus programas de Pittsburgh, Schenectady, Londres, Holanda. Componga su aparato y pónganos la HJN de Bogotá, nosotros somos colombianos–. (La HKC de Bogotá había suspendido sus programas experimentales; otras difusoras colombianas de onda corta estaban apenas principiando, o con programas poco frecuentes, irregulares). Desesperado, para que se dieran cuenta de que el receptor no estaba dañado, sintonice la HJN, y la conecté a los parlantes. Debido a la tremenda amplificación de los aparatos, los ruidos de las estáticas salían de las bocinas retumbando por toda la ciudad como cañonazos…; de Bogotá se podía solamente captar una que otra palabra. Con el micrófono expliqué al público cual era el inconveniente; pero la mayoría volvió a pensar que el aparato se había dañado; que yo era un embustero; finalmente, el público reunido en los parques, decepcionado se fue para el cine. En las noches siguientes observé que mi apreciado amigo el Tesorero municipal –a pesar de mis repetidas explicaciones–, organizaba el bochinche en los parques mediante la siguiente maniobra: a las 6 p.m. iniciaba la audición mediante conferencias, buena música de discos, y programas del exterior en castellano. Hacia las 8 p.m., tan pronto el parque Santander rebullía de muchedumbre, ordenaba al operador desconectar la onda corta, reemplazándola con las está-

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ticas de la onda larga. En pocos minutos, el parque se desocupaba, yéndose una parte del público al vecino Teatro Santander. Me pareció extraño, él que era una persona tan inteligente y de buen gusto cual era don Pacho Santos no comprendiera que tal procedimiento crearía graves problemas por cuanto que la ciudadanía creía que los aparatos no resistían ya una hora de funcionamiento sin dañarse; le reclamé que en vez de la onda larga hiciera sintonizar la onda corta; pero, al día siguiente volvió a repetir esa inconcebible maniobra. Entonces fui a su casa, dispuesto a pelear; y entre otras cosas, para que me pagara el saldo del contrato, el 50% que todavía me debía el municipio. Después de escuchar mis quejas; de que aquello de reproducir en los altoparlantes los programas de la HJN onda larga era un error pues los aparatos los había yo garantizado únicamente para onda corta según rezaba el contrato –y no para onda larga con estáticas– ; soltó una sonrisa entre triste y sarcástica, y me contestó: –vea Amore, yo fui el iniciador del proyecto, como a usted le consta, y tuve mucho gusto en servirle; pero tampoco acepto salir perjudicado. Usted sabe que soy socio en el negocio del Teatro Santander que gerencia mi hermano. Sus malditos altoparlantes suenan muy bien con micrófono, disco, onda corta, y entonces sucede algo que no habíamos previsto, esto es: en vez de ir al cine, la mayoría del público se queda en los parques. Durante las primeras noches, yo y mi hermano, por admiración y respeto a la novedad hemos soportado pérdidas por la reducida entrada de espectadores no obstante las buenas películas; pero no podemos, para darle gusto a usted, continuar perjudicándonos. De manera que esta es la solución: usted deja que el operador ponga buena audición de discos y de radio onda corta hasta las 8 de la noche, haciendo que la gente salga de sus casas y se concentre en el parque; y cuando llega la hora de entrada al cine, ponemos la onda larga con todos sus disparos y ruidos desagradables, al fin de que el público se fastidie, y se venga al cinema–. Quise protestar: –imposible; el público acabará con lapidarme, o destruirá las instalaciones!– –Querido Italo–, me replicó el Tesorero municipal –esa es la condición mediante la cual estaré listo, dentro de una semana, para cancelarle la deuda del 50% del saldo del contrato. Y no reclame, porque aquí dos y dos son cuatro…– No me quedó más remedio sino obedecer, callarme, a pesar de que me doliera en el corazón aquello

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que iba contra el honor de mi trabajo y de los aparatos. A la semana me pagó. La instalación “radio– microfónica” continuó sirviendo maravillosamente hasta las 8 p.m. y dañándose regularmente después de esa hora… Naturalmente, principiaron las quejas de la prensa: los enemigos gratuitos de contratista “extranjero”, y los no gratuitos, como el operador Alfonso Romero que yo había expulsado de la estación inalámbrica, me hicieron blanco de su ignorancia, acusándome de incompetente en asuntos de radio, estafador del Municipio; y lo peor era que yo tenía que callar, o por lo menos no decir toda la verdad contra el poderoso Tesorero quien era además influyente cacique conservador… En los periódicos LA TARDE, EL TRABAJO, de Cúcuta, se armó entonces una larga polémica, como si en vez de los insignificantes $2.200 del contrato, hubiera este costado millones. Sin embargo, también salieron en mi defensa varios intelectuales, y hasta dirigentes, más comprensivos y tal vez conocedores del problema. Otra causa de disgusto fue que inicialmente pude conectar solo tres de los cinco parques previstos, porque el Municipio no disponía del suficiente cable telefónico que debía suministrarme según el contrato (quien no conocía el contrato creía que el incumplimiento era de mi parte. Para reservarse el derecho de cambiar la destinación de los altoparlantes a diferentes lugares de la ciudad, o trasladarlos de instalación de uno a otro barrio, cuando se hizo el contrato el Concejo resolvió que el cable telefónico lo suministraría el Municipio, eliminando así definir inicialmente la longitud total de cable que se necesitaría y respectivo costo). Como suele suceder en las controversias públicas, el asunto tomó matiz de disputa política, entre godos y no godos, hasta que el propio presidente (liberal) del Concejo Municipal salió a la palestra tomando oficialmente en la prensa la defensa del contrato, de los aparatos, y de mi honor. “LA VOZ DEL PATRIOTISMO – 5 de agosto de 1930. No sabemos explicarnos qué fenómeno obra en el ánimo de los pueblos cuando hacen resistencia a su propio mejoramiento. La solución que se les presenta a sus problemas, solución si bien inspirada, no resulta favorablemente acogida, pues la indiferencia y la falta de pensar gravita sobre nosotros como sobre los muertos la pesada losa que solamente Lázaro acertó a mover en un milagro de resurrección. Y he-

mos dicho que no estamos acostumbrados a pensar, no pensamos en los problemas de la colectividad y cuando aparece la obra de los que se atreven a desarrollar iniciativas, si hay alguno que se incomoda, que se disgusta y grita su inconformidad, la gruesa masa hace coro y entre todos minamos la iniciativa y contribuimos a su fracaso. Nos desprestigiamos nosotros mismos, he ahí la verdad. Decimos estas palabras ante la brusca impertinencia, sincera pudo ser, de quien nos ha dicho al regresar a Cúcuta, que no visita al parque de Santander en nuestras noches de radio porque da rabia ese monumento que la impericia de unos concejales y la mala fe de otros levantó para saquear el tesoro público en bien exclusivo de un extranjero aprovechado. Lo mismo se dice sobre los planos del acueducto, lo mismo de cuantas iniciativas buenas o malas adelantan los hijos de Cúcuta formalmente inspirados en el porvenir de la ciudad. Nos ha bastado una sola audición, el desarrollo de un cultural programa de música colombiana oído a la perfección en el parque de Santander para reconciliarnos con esa obra levantada para solaz, esparcimiento, educación del pueblo. Si el escándalo que hemos hecho sobre nuestro radio municipal para desprestigiarlo y llevarlo al fracaso, tuviera fundamento, muy buena sería la crítica, muy acertado y conveniente. Pero hablamos del fracaso y no sabemos estudiar y comprender como es imposible oír estaciones que no existen, ni las que tiene cortos alcances. El fracaso no es de nuestros ediles, ellos tuvieron el valor de pretender establecer en Cúcuta una nueva fuente de bienestar para el espíritu, de información mundial, de conciertos, etc… y… lo han logrado, aunque luchado con la indiferencia del medio y con la mala voluntad de muchos…”. A la hora de escribir esta página, el liberal Dr. Miguel Durán Durán quien hace 35 años era presidente del Concejo Municipal, es actualmente Gobernador del Norte de Santander. Otra curiosa actuación mía en Cúcuta, se explica con el texto del oficio de la gobernación N. 387 del 13 septiembre 1930 dirigido a Italo Amore, que dice: “De manera muy atenta me complazco en presentar a usted los más vivos agradecimientos por la instalación del micrófono que usted se sirvió hacer en el Palacio de Gobierno y la conexión con el teléfono departamental, con motivo de mi posesión como gobernador, lo que permitió que en todo el departamento y en el vecino Estado del Táchira fueran oídos

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perfectamente los discursos pronunciados en el acto. Aprovecho la oportunidad para felicitarlo muy cordialmente por su interesante trabajo y hago mis mejores votos porque los vastos conocimientos de usted en el delicado ramo de la electricidad sean debidamente aprovechados en esta región. Quedo de usted muy atento servidor, Luciano Jaramillo, Gobernador.” De la prensa cucuteña de esa época, transcribo: · “… El micrófono del municipio por medio de sus potentes altoparlantes situados en los balcones del Palacio de Gobierno y parque de Santander, divulgaron por las calles los discursos de anoche, donde un enorme gentío los oyó. Pero el éxito rotundo lo obtuvieron los teléfonos del departamento, conforme LA TARDE lo había anunciado previamente. El movimiento en la Central fue para volver locas a las niñas allí empleadas. El servicio fue triplicado para atender a los suscriptores. Nosotros estuvimos unos momentos en la gerencia y pudimos observar que las laboriosas telefonistas no tenían un momento de descanso. Todas se portaron a la maravilla. Una de ellas, de cabellos rubios, al vernos, dijo: –tome usted el teléfono de la casilla N. 2 y oiga con qué nitidez se escuchan los discursos–. Y cómo oímos de bien. Según datos recogidos por nosotros en la gerencia, todos los 260 aparatos instalados en la ciudad, estaban totalmente ocupados. Y así en general todos los que integran el resto del departamento y del estado Táchira. En síntesis, gracias a esta innovación desde la lejana Ocaña hasta la capital del Táchira y la brumosa Pamplona, se dieron el placer de estar escuchado las oraciones patrióticas de anoche. Respecto del micrófono del municipio el cual estaba conectado con el instalado en el salón de la Asamblea, constituyó un éxito sorprendente. La multitud que estaba congregada en el parque de Santander, pudo oír perfectamente bien los discursos pronunciados. Era tan fuerte la voz, que desde el barrio del Callejón los vecinos y transeúntes pudieron apreciar el texto íntegro de una manera perfecta y sonora. Va para todos los que contribuyeron al éxito nuestra felicitación.” · “… Es justo reconocer que el magnífico resultado obtenido en la audición de los discursos y música del acto de posesión del nuevo gobernador, no solo en los altoparlantes públicos de la ciudad, sino en los teléfonos de ésta y de todo el departamento, se debe especialmente al técnico radiólogo señor Italo Amore, quien galantemente ofreció un micrófono y sus amplificadores y estableció las co-

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nexiones necesarias para este admirable servicio radiodifusivo. Felicitamos al amigo y competente electricista señor Amore por este brillante triunfo de sus conocimientos, gracias a los cuales pudieron todos los suscriptores telefónicos departamentales de Ocaña, Pamplona, etc., oír simultáneamente los discursos, juramento y demás números sucedidos anoche en el acto de transmisión del mando. Es oportuno agregar que la estación receptora municipal viene funcionando diariamente a cabalidad y que el público está satisfecho con tan excelente medio de diversión y de refinamiento cultural.” El asunto fue así: se deseaba que la ceremonia de posesión del nuevo gobernador general Luciano Jaramillo (antes era gerente de un banco, no recuerdo si el de Bogotá o el de Colombia, en Cúcuta), tuviese la mayor difusión y audiencia, pero no había todavía estación radiodifusora; la del municipio era audiodifusora. Entonces hice que la gobernación anunciara con algún día de anticipación en la prensa, que la posesión y los discursos podrían ser escuchados en todos los teléfonos de la red departamental del Norte Santander y los demás conectados en Venezuela a la misma red. Para ello utilicé los amplificadores de 50 vatios de salida de audio, de la Central Municipal, conectándolos –a través de adecuados transformadores para matching de impedancias y aislamiento de voltaje–, con las entradas de las troncales principales de la planta telefónica cuyos aparatos estaban instalados en el mismo edificio de la gobernación, en los sótanos. Fue una forma de audiodifusión, que en aquella época era todavía desconocida, que actualmente se denomina “wired radio” o “wired broadcast” –radiodifusión por línea telefónica–, aunque es más correcto decir audiodifusión, pues aunque se emplean amplificadores con tubos de radio, no se difunden ondas radioeléctricas, sino audiofrecuencias, sonidos, señales eléctricas (un sistema similar existe desde el año de 1960 en Bogotá, mediante el cual una central distribuye por línea telefónica a edificios, bancos, oficinas, dentistas, etc. que lo contraten, música grabada –sin anuncios comerciales–, ejemplo: “empresa MUZAK música funcional”). Estas instalaciones y servicios de radio–audio – cosa común en la actualidad–, eran todavía desconocidas en el año 1930, había que inventarlas; en esto consiste la obra de los precursores; de introducir progreso; a costa de sacrificios, pero a la larga les queda la satisfacción de haber sido los primeros, y no haber sido inútiles, o parásitos…

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Sin embargo, la Central Municipal seguía sometida al capricho del Tesorero quien hacia las 8 de la noche, cuando necesitaba ahuyentar al público reunido en el parque Santander, encaminarlo hacia el vecino cinema, primero anunciaba por el micrófono las maravillas de la película o espectáculo en el mismo; y luego conectaba la onda larga, para fastidiar a los oyentes con el ruido de las estáticas… Confidencialmente puse el asunto al conocimiento del presidente del Consejo Municipal, sugiriéndole que nombrara un funcionario a quien entregar las llaves de la central (las teníamos yo, y don Pacho Santos o su empleado de confianza), de manera que el Tesorero no pudiera más intervenir en la escogencia de los programas… y conectar onda larga. No habiendo presupuesto municipal para pagar salario de este nuevo funcionario, se logró que el Consejo autorizara pagarlo mediante las entradas por avisos comerciales al micrófono. Esto originó el Acuerdo N. 38 del 9 octubre de 1930: “Por el cual se reglamenta el servicio de la Estación Radioreceptora y del Micrófono Municipal, y se modifica el Acuerdo N. 31 de 1930. El Concejo Municipal de San José de Cúcuta, en uso de sus facultades legales, ACUERDA: Artículo 1º. Créase el servicio de avisos microfónicos con la siguiente clasificación: a) Avisos accidentales: Son los que se contratan por una o dos veces, los cuales pagarán $0.02 por palabra cada vez que sean leídos. Su máximo será de 20 palabras, etc… Art. 4º Son deberes del Operador: c) Sintonizar y recibir las audiciones que a su juicio deban hacerse oír del público… Expedido en San José de Cúcuta, a nueve de octubre de 1930. El presidente del Concejo Municipal, MIGUEL DURAN DURAN. El secretario, Luis A. Ramírez B.” No volvieron a retumbar los truenos de la onda larga. Entonces, misteriosamente se intensificaron las puntillas a lo largo del cable telefónico, poniendo en cortocircuito los altoparlantes y enmudeciéndolos; del exceso de ruidos, pasamos al exceso de silencio! Como quiera que las puntillas no podían nacer y clavarse de por sí solas, era evidente el sabotaje, sin que fuera dado descubrir el autor. Hubo que establecer vigilante paseando a lo largo de la línea telefónica. Estos hechos, que además absorbían parte de mi tiempo y me obligaban a frecuentes trabajos de reparaciones, sin poder cobrarlas porque me aplicaban injustamente la cláusula contractual de la “garantía”,

y porque careciendo el municipio de partida presupuestal de nada valía que yo invocara la fórmula de “fuerza mayor”; me amargaban continuamente la vida, además de que me dificultaban progresar en otros negocios. La instalación microfónica municipal se me estaba volviendo un incubo capaz de aniquilarme moral y económicamente! Resolví que, de alguna manera tendría que salir de Cúcuta; sin saber todavía cómo ni cuándo; los numerosos certificados de buena conducta, deberían facilitarme encontrar clientela en otras ciudades. · “El suscrito, propietario del teatro Santander de Cúcuta, CERTIFICA: que la instalación Electro– Microfónica de grande potencia, que compró al señor Italo Amore y que él mismo instaló en el teatro Santander, viene prestando su servicio perfectamente bien desde la fecha de su inauguración y satisface por completo los deseos del suscrito. Al mismo tiempo se permite recomendar los trabajos técnicos del señor Amore, así como el selecto material de que dispone, a todos los que quieran obtener instalaciones similares. Cúcuta, septiembre 10 de 1930. Luis Alberto Marciales (hay un sello Teatro Santander Cúcuta 20 Sept 1930). El certificado del teatro Santander fue consecuencia de la instalación que hice allí para volver sonora la película muda The Big Parade mencionada en páginas anteriores. · “El suscrito, Administrador de CINE COLOMBIA en Cúcuta se adhiere con sumo gusto a los conceptos anteriores y se complace en certificar la bondad de las instalaciones verificadas por el señor Amore, lo mismo que la corrección y caballerosidad de todas sus actuaciones. Cúcuta, noviembre 3 de 1930. S. Ramos H. Administrador. (hay un sello Cine Colombia). · “El suscrito, Presidente del Concejo Municipal de San José de Cúcuta, certifica que la instalación Radioreceptora y Microfónica Municipal de grande potencia, comprada al señor Italo Amore y montada por él mismo como técnico en la materia, ha venido prestando servicio regular desde el 20 de julio pp. y se ha completado ahora con la instalación de los altoparlantes en los distintos parques de la ciudad. Declara igualmente que el Concejo está satisfecho del trabajo del mencionado señor Amore, quien de acuerdo con las cláusulas del contrato, hizo la instalación a que este se refiere. Cúcuta, octubre 25 de 1930. Miguel Durán Durán. (hay un sello República de Colombia, Departamento Norte de Santander, Con-

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sejo Municipal de Cúcuta. Presidencia). Es interesante observar como en un mismo documento aparece el Concejo con c, y con s… En actividades internacionales, encuentro en archivo las siguientes cartas: · “INTERNATIONAL GENERAL ELECTRIC COMPANY Inc. GE Schenectady N.Y. USA HCM–24132 File 98 May 5 1930 Italo Amore Radio–Técnico Apartado 82 Cúcuta. Dear Sir: We want to thank you for your April 9th letter which referred to our recent broadcasting. We understand that the Broadcasting Commission is endeavoring now to straighten out the matter of station PJZ interfering with regular radio traffic. We were interested with your remarks regarding the Spanish students as this is the first adverse criticism we have received on these programs. Very truly yours, Harry C. Maynard Publicity Division…”. (les había informado que PJZ estación radiotelegráfica de Curaçao los estaba interfiriendo; y que sus programas de estudiantes en castellano daban risas). · “GENERAL ELECTRIC Co. WGY 1 River Road Schenectady October 13 1930. Mr. Italo Amore Apartado 82 Cúcuta, Columbia Dear Sir: This is to express our appreciation for your interest in the matter of interference with W2KAF and the valuable information which you have handed us in your cablegram of September 5th and letter of September 6th. I am particularly pleased to learn that the interference originating from PJZ has been eliminated. The Radio Corporation of America have been very helpful in this case. I believe that their negotiations with the PJZ station are the cause of the elimination of this interference, and I am hopeful that in a like manner we may be able to eliminate the interference caused by WKJ. The address in your letter of September 6th is correct, and should you desire to send further cablegrams our cable address is Genetric Schenectady, and you might use Bentley’s code which is universally recognized and copy of which you could probably obtain locally. Your comments have been extremely helpful in enabling us to give maximum service to our listeners, and I would be pleased to receive your further comments from time to time. Very truly yours, W. J. Purcell, WGY Broadcasting Station WJP:TLC.” Mis informes desde Cúcuta sirvieron para que ellos supieran, y así pudieran eliminar, las interferencias que les hacían estaciones de PJZ Curaçao y de WKJ Nueva York.

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· “El suscrito Alcalde Municipal de San José de Cúcuta, CERTIFICA: Que conoce desde hace algún tiempo al señor Italo Amore, ciudadano italiano, y por lo tanto puede asegurar que es persona que observa buena conducta. Que en virtud de contrato celebrado por el Municipio con el nombrado señor Amore, este efectuó la instalación de la Oficina Radioreceptora y Microfónica de esta ciudad, habiendo cumplido estrictamente su compromiso. Expedido en San José de Cúcuta, a veintiuno de noviembre de mil novecientos treinta. Firmado Elio Pacheco.” (Hay un sello República de Colombia, Departamento Norte de Santander, Alcaldía Municipal Cúcuta). · “Consolato d’Italia in San José di Cúcuta, 24 Novembre 1930, IX. Mi é grato certificare che il Signor Italo Amore, che risiedette in questa cittá per oltre due anni, é persona di assoluta correttezze de onorabilitá ed ha sempre osservato una condotta irreprensibile sotto ogni riguardo, essendo partanto degno di stime e considerazione. Il Sig. Amore, animato da sentimanti sinceri di italianitá e da spirito fascista (?!), ha contribuito colla sua opera intelligente de attive a dar lusto al nome italiano in questa regioni. IL REGGENTE IL CONSOLATO Roberto Bisagno.” · “Riboli Abbo y Co. Cúcuta Nov. 24, 1930 Habiendo llevado por algún tiempo relaciones y negocios con el Sr. Italo Amore, tenemos el gusto de certificar que dicho señor dio siempre el más estricto cumplimiento a sus compromisos de crédito contraídos con nuestra firma, por lo cual nos es grato recomendarlo como persona honorable y correcta. p.p. Ribolli, Abbo y Co. firmado Roberto Bisagno. Llegaron de las fábricas de USA algunos equipos de sonido, y un lote de 50 radioreceptores Silver Marshall de onda corta; pero la venta de estos se ha vuelto difícil –pesada–, como dicen en el comercio, debido a que la crisis económica mundial principia a causar estragos también en la remota ciudad de Cúcuta; los negocios estancados, varias firmas en estado de quiebra; en todas partes mercancías en exceso, escasez absoluta de dinero para adquirirlas o para pagarlas; por consiguiente, desvalorización, baja de precios de los artículos, arriendos, sueldos… Tenemos un centenar de radios en depósito, pero no logro vender más de media docena mensual. El negocio de la trilladora Carulla principia a fallarle al gerente mi amigo y socio Paco Faccini quien obligado por tales

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circunstancias me pide esforzarme en acelerar la venta de los radios porque necesita retirar su capital… Después de muchas cavilaciones llegamos a la conclusión de que la única manera de no quedar “enhuesados” con las mercancías, y de no “quemarlas” o sea liquidarlas a precio excesivamente por debajo del costo ya que no habría compradores, consiste en que yo me ponga a viajar por Colombia, con mis aparatos, buscando plazas todavía vírgenes. Puesto que no se trata de paños o zarazas, sino de aparatos delicados, que mucho sufren por las vibraciones viajando a lomo de mula, y que solamente pueden ser vendidos con éxito en lugares provistos de buena corriente de alumbrado día y noche, lugares que se pueden contar con los dedos de las manos; el asunto tiene sus dificultades, además, por el recargo en el costo de los transportes y gastos de hotel que tendré que costearme durante el viaje; pero no encontramos mejor alternativa.

Resolvimos que por lo pronto iré a establecerme en Bucaramanga durante algunas semanas; y según el resultado de las ventas decidir posteriormente acerca del futuro. Con la ayuda del fiel José Alejandro Granados alistamos en Pamplona la caravana de varias mulas transportando los radios, los instrumentos de laboratorio, los equipos parlantes, y mi equipaje como siempre recargado con libros y revistas de las que no sabía desprenderme. Dinero, no llevo más que el indispensable para pagar los peones y posadas hasta Bucaramanga; un centenar de pesos; lo demás tendré que conseguirlo prestado, o mediante las ventas de las cuales remesaré a mi socio cuanto yo logre reunir. De esta manera, después de saludar a los amigos y dar un cordial abrazo a don Paco Faccini, vuelvo a ponerme en marcha subiendo el Páramo del Almorzadero. Mi corazón, me decía que no volvería a Cúcuta…

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CAPÍTULO

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Quo Vadis?

Diciembre de 1.930 Febrero de 1.931

S

in nada importante que anotar, salvo las naturales peripecias del viajes, y un par de desmontadas que me hizo la hipócrita mula a lo largo del camino, al tercer día llegamos a Bucaramanga. Y lo único evidente es que en esta ocasión estoy viajando con el corazón preocupado por la incertidumbre del futuro. Cuál será mi suerte, en adelante? Hacia dónde seguiré? Me instalo en la pensión más modesta que encuentro. Para levantar información acerca de la posibilidad de lograr vender aparatos en esta plaza, me dirijo donde el viejo amigo, el agente consular italiano don Florindo Marocco quien me recibe con su acostumbrada hospitalidad y señorío. Oída la exposición del motivo de mi llegada y los inciertos proyectos, enseguida me manifiesta que lo lógico es que me establezca por lo pronto en Bucaramanga en donde quizás me sea posible en pocas semanas colocar dos o más docenas de aparatos. Para facilitarme trabajar, me cede parte de su almacén y oficina a fin de instalar allí mi laboratorio de radio y exhibición de aparatos; además, él me ayudará en conseguir clientela. De las utilidades, las repartiremos en forma de porcentaje. Escribo a Faccini dándole cuenta de todo; me contesta aprobando. En Bucaramanga, el mercado está sin explotar. Logro rápidamente un buen éxito vendiendo varios aparatos entre las principales familias de la ciudad.

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Sin embargo, el ambiente es tan reducido, como el de Cúcuta; y aquí también se sufren las consecuencias de la crisis económica que está afectando en todo el mundo; nadie dispone de dinero como lo hubiera tenido en otras épocas. Mientras tanto, don Florindo ha anunciado en la prensa mi llegada a la ciudad: “13 de diciembre de 1930. Estación pública radiomicrofónica. El distinguido caballero italiano don Italo Amore, huésped grato de la ciudad, ha elevado un memorial al Concejo, en el cual manifiesta que está en facilidad de ofrecer una instalación en toda una plaza pública y en un radio de seis cuadras a la redonda, donde pueden situarse perfectamente más de 6000 personas. El señor Amore a acompañado a su memorial toda una documentación completa que comprueba su honorabilidad y su competencia como radiotécnico, así como también lujosos certificados del señor Gobernador y Presidente del Concejo de la ciudad de Cúcuta, los cuales atestiguan que en aquella ciudad dicho señor instaló científicamente una estación radiodifusora (!) que está dando excelentes resultados. Por su parte, el señor cónsul de Italia en esta ciudad, don Florindo Marocco, declara que el señor Italo Amore ex miembro de la marina italiana y ex miembro de la misión científica contratada por el gobierno de Colombia en el año 1927, es especialista en la materia y se constituye como res-

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ponsable de él en caso de que la municipalidad quiera aprovechar sus servicios. El honorable Concejo en su sesión del jueves consideró el memorial en referencia y lo pasó a estudio de la comisión de educación pública, con ocho días del término. Nosotros hemos acogido esta información con sumo agrado. Bucaramanga necesita ya de una estación radio–microfónica, tal como existe en otras ciudades capitales que saben acoger con entusiasmo toda iniciativa de progreso. Que bien que nuestros cabildantes le dieran una favorable solución al memorial del distinguido súbdito italiano, que ha querido incluir entre las ciudades de su itinerario científico este rincón de la República, tan apartado hasta ahora de las aulas benéficas de la civilización moderna. La ciudad amodorrada, que vive en ese sueño de opio insostenible, revivirá sencillamente cuando en una de sus plazas principales se congreguen sus habitantes a oír conciertos musicales, las noticias palpitantes de la hora, los discursos trascendentales de los grandes tribunos nacionales. Entonces vivirá la vida íntima del país; estaríamos más unidos con todas las diversas secciones de la República y avanzaríamos mucho en el plano de progreso que le está reservado a esta tierra legendaria. Además, considerado el asunto por otro aspecto, una estación radio– microfónica significaría una nueva renta municipal desde el punto de vista de la propaganda que desde ella se puede hacer. Confiamos en que la comisión a cuyo estudio pasó el memorial se empape suficientemente de su importancia y lo devuelva al cabildo con un informe favorable.” · “República de Colombia - Departamento de Santander - Concejo Municipal Presidencia. N. 227 – Bucaramanga 30 diciembre de 1930. Señor D. Italo Amore, ciudad. Tengo el honor de comunicar a usted que el Concejo, en la sesión verificada ayer, aprobó la siguiente proposición: “Cítese a la señor Italo Amore a la próxima sesión, para que haga ante el Honorable Concejo una exposición sobre instalación de altoparlantes”. El día en que se verifique tal reunión, se le citará a usted previamente. De usted atento y seguro servidor, (hay una firma: Efraín… ilegible)…” Pero, resulta que siendo época de Navidad y Fin de Año el Concejo está de vacaciones, la mayoría de sus miembros ausentes de la ciudad hasta febrero; y yo no puedo quedarme semanas esperando inactivo, consumiendo ahorros en el hotel teniendo ade-

más que mantener al empleado José que traigo desde Cúcuta. Dentro del plan de salir a otras ciudades, había yo escrito desde Cúcuta a Mr. Shannon gerente de la Tropical Oil Co. de Toronto Canadá en Barrancabermeja (dueña de la Concesión Petrolífera De Mares, posteriormente nacionalizada Ecopetrol), solicitando autorización de entrar en su territorio para vender radios a sus empleados, casi todos extranjeros. “Telegrama - El Centro, 27 de octubre de 1930 Italo Amore Cúcuta - Recibimos carta octubre nueve (9) concedémosle permiso visitarnos. Tropical.” Ahora resuelvo realizar este viaje. Empaco una docena de aparatos, los instrumentos de laboratorio, y seguido por el fiel José, me dirijo a Barranca, dejando al buen señor Marocco encargado de buscar clientes para cuando yo regrese. En su carro don Florindo me lleva hasta Las Bocas; allí tomó el tren a Puerto Wilches. De Wilches, en una lancha, llegamos a Barranca, entrando en la zona petrolera de la Tropical Oil Co., toda resguardada por altas cercas de alambre y vigilada como una fortaleza. En el retén, presento el telegrama y mis documentos, a sabiendas de que la entrada es muy difícil, no dejan pasar extraños, pues le temen a sabotajes. Me sorprenden los vigilantes diciéndome que ya tenían información de mi llegada, y la orden de darme entrada; prestándome cooperación me embarcan con José y los bultos, en un trencito que va a El Centro. Que maravillosa organización! Afuera de la concesión, el pueblo de Barranca suele ser sucio, caliente, lleno de moscos; su comercio consistente en cafés nocturnos donde los trabajadores de la Troco derrochan las ganancias del día. Gente de vida equívoca; música, bochinche. Dentro del territorio de la concesión, orden, limpieza, régimen casi militar. En menos de 1 hora el lento trencito llegamos a El Centro. Me conducen a presentarme a Mr. Woodbury, ingeniero jefe de la planta eléctrica; un canadiense; tiene el encargo de averiguar qué tan ciertas son mis referencias y qué contienen los bultos que traigo conmigo. Yo hablo bastante inglés; el examen es satisfactorio; me hace visitar la moderna planta de 15 kilowatios (la mejor del país en voltaje y ciclaje permanentemente bien estabilizado) que acciona toda la maquinaria de bombas en los pozos y de la refinería; casi como un huésped de honor me instala en el club de empleados categoría ingenieros; me asignan una plaza provista de ventilador y mobiliario moderno; MISIÓN A COLOMBIA - Capítulo 67 Quo vadis?

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tiquete para libre entrada en el comedor y en el comisariato anunciándome que puedo quedarme cuánto tiempo quiera pues la compañía me concede todo gratis a fin de que yo pueda facilitar a sus dependientes la distracción que obtendrán si me compran los radios que traiga. Enseguida entablo amistad con varios ingenieros, de diferentes nacionalidades, y un italiano, además que con Woodbury; me hallo a mis anchas como cuando era yo oficial en lujosos barcos de pasajeros, con algo de Africa en cuanto al ambiente de solidaridad entre los blancos…, el panorama de árboles tropicales, acacias, y las papayas… Al estilo de los que van contratados al Congo Belga, estos ingenieros vienen para residir aquí no menos de un par de años, encerrados en los terrenos de la concesión, alojados en elegantes bungalow o chalets, comiendo en el club; a cambio de ahorrar mucho dinero. Por la noche cuando regresan a su departamento a descansar, los visito, haciendo demostraciones de mis aparatos. La estadía en El Centro es para mí divertida e interesante por la oportunidad de conocer la maquinaria y forma de explotación de los pozos. La organización del conjunto es admirable. Por todas partes torres metálicas, bombas que soplan sin descanso con sus pisotones, día y noche. Tuberías, válvulas, carreteras limpias y bien asfaltadas, nada de mosquitos pues el mismo petróleo se encarga de alejarlos. Pero, la vida de los empleados, gente de gran cultura y especialización profesional, me parece triste por la monotonía del encierro de meses y años. Por la mañana, pita la sirena, todo el mundo baja al club a desayunar, a gran velocidad; luego, cada cual en su carro se dirige al trabajo, quien a los pozos lejanos, quien a la maquinaria local. A las doce, sirena: todo el mundo en su carro hacia el club. Almuerzo; media hora de siesta en el propio chalet, leyendo, fumando. A las 2 p.m. sirena; vuelta al trabajo. A las 5 p.m. sirena, regreso al chalet, a lavarse, mudar de vestido. A las 6 p.m. comida en el club, luego retiro en el cine o en los salones de juego o la biblioteca, hasta la hora de retirarse a dormir en su chalet. A los diez días de permanencia, habiendo logrado vender todos los aparatos –aunque los dos últimos a precio rebajado para no tener que devolverme con ellos–, emprendo el camino de regreso, no sin antes despedirme agradeciendo profundamente a todos, y de manera especial al caballeroso jefe y amigo

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Woodbury. Con el producto de estas ventas, que le remeso al socio Faccini para pagar facturas de Nueva York, he solucionado momentáneamente el problema económico. De regreso en Bucaramanga, nuevamente me instalo en el almacén de Marocco quien me tiene listos algunos clientes y aparatos de otras marcas para reparar. El proyecto de la instalación para el Concejo está pendiente de gestionar, pero resuelvo no amarrarme nuevamente con entidades oficiales, que no ofrecen garantía ni responsabilidad, y por el contrario, si el contratista es honrado, siempre sale perjudicado. La vida en Bucaramanga, de no sentirme preocupado por la incertidumbre del porvenir, sería deliciosa en compañía de don Florindo y su familia que frecuentemente me invitan a cenar con ellos, después de que, nos reunimos en tertulia, o jugar naipes. La familia de Marocco se compone principalmente de sus tres cuñadas, señoritas Vesga, damas ya avanzadas en edad, muy cultas y muy visitadas, Doña Juanita, Teresa, …, entre otros, por el Coronel…; don Pacho Puyana, Manuel Barrera Parra, el abogado Vesga, de sobrenombre el ciego; el famoso cirujano Dr. Frasca y otro par de italianos. Una tarde, en la residencia de los Vesga descubren que en un árbol del jardín hay escondido un fara, que seguramente por la noche atacaría el gallinero. Oído el asunto, inmediatamente se me despiertan los instintos de cazador africano; recuerdo la aventura del fara encontrado en mi cama en la estación de Las Delicias; y para exhibir mi valor, me trepo al árbol, llevando un bastón para atacar al fara, entre la curiosidad de los presentes. Al verse atacado, el animal se sube hasta la copa de las ramas; trato perseguirlo, pero principio a sentirme pellizcar misteriosamente en varias partes del cuerpo. Sin saber de qué se trata, principio a rascarme, pero las picadas aumentan sin piedad. Descubro que la rama en donde estoy montado sostiene un hormiguero cuyos habitantes enfurecidos están invadiéndome y mordiéndome todo el cuerpo. No puedo más aguantar; pierdo el equilibrio; rodando de rama en rama, logro dar un gran salto en tierra. Caí bien, en puntas de pies, sin romperme ningún hueso; pero por la noche vuelve a molestarme el dolor de la hernia de la cual me había olvidado. Tendría mucho que relatar, de las suculentas comidas a base de spaguetti y ravioles enmohecidos con Chianti, en casa de Marocco y sus otros amigos italianos. No sé por qué don Florindo me tenía tanta simpatía y se interesaba por mí como si fuésemos

Memorias de un marconista de mar y tierra t Italo Amore


hermanos, además que ayudarme diariamente en el negocio de radio. La única razón, es que él era un gran señor, generalmente muy bondadoso con todos, más aún con quien le haya entrado en simpatía. Tiene dos niñitos, de pocos años, Guido y Mario, a quienes hago frecuentes regalos, para corresponder a las atenciones del papá. En estos días vino el doctor Jorge Eliecer Gaitán en campaña política: para demostrar y posiblemente vender el juego de altoparlantes que llevo conmigo, hago una instalación colocando el micrófono en una azotea cerca del teatro Santander y las bocinas sobre los árboles del parque. Es la primera vez que en Bucaramanga conocen una instalación de gran tamaño; la gente acude desde los pueblos vecinos; Gaitán es escuchado por decenas de miles de personas. Sin embargo, ni el Concejo ni nadie tiene el dinero para comprarme el equipo; tengo que volver a desmontarlo y empacarlo… Llegando el mes de enero, vendidos unos 40 radiorreceptores –incluyendo los de El Centro–, ya no encuentro clientes. Al mismo tiempo, los gastos del hotel y almacén consumen poco a poco los escasos fondos de que dispongo. Pienso que de continuar las cosas empeorando así, acabaré varándome en Bucaramanga, sin dinero para sustentarme, no quiero abusar de la hospitalidad de don Florindo; ninguna ocupación podría yo hallar en esta pequeña plaza. Resuelvo más prudente no esperar a que tal situación se presente. Calculo que si logro llegar a Medellín, o a Barranquilla con el resto de los aparatos, podré más fácilmente venderlos, después de lo cual buscaré nuevamente empleo como operador o técnico de radio en cualquier empresa americana como la Troco, la United Fruit, o la inglesa Marconi. En último caso, si nada de esto me resulta, me queda la alternativa de embarcarme de regreso para Italia. Por esto, me dirijo a Barranquilla. La crisis económica continúa avanzando y azotando el comercio del país así como todo el continente. Que dificultad para conseguir dinero al contado; los almacenes ofrecen sus mercancías a precio de liquidación, pero ni así hay compradores que puedan pagar. Desde luego, más difícil vender cosas de lujo, como mis aparatos de radio! A fines de enero empaco mis trastos; me despido de los Marocco, dándoles mis profundos agradecimientos; y acompañado por José vuelvo a tomar el tren en Las Bocas, hacia Puerto Wilches. Llevo mis equipajes y mercancías en una docena de bultos.

En Wilches, el río está seco; no pasan barcos. Tengo que hospedarme en un hotelucho de mala muerte, el único existente: un barracón de madera, rodeado de anjeo contra los moscos, que sin embargo penetran de todas partes. El calor es sofocante; las noches, un suplicio en quitarse de encima los picantes mosquitos; durante el día un tormento no habiendo nada que hacer ni dónde ir. El panorama del río seco es desolador. ¿Cuándo volverán a pasar los barcos? Están varados en el paso del Ciego, cerca de Puerto Berrio. Varias veces por día visito la cueva que sirve de oficina al gerente de la Naviera Colombiana, don Aquiles Torres, para averiguar si tiene noticias de barcos que estén bajando desde Barranca, así transcurre una semana de desesperante espera; pierdo tiempo y gastos inútilmente. En Wilches no hay clientela ni energía eléctrica que sirva para radio. El Magdalena sigue bajo, sin indicio de tendencia a mejorar. Torres dice que tal vez las pequeñas lluvias de Pascua aumenten el caudal volviendo el río navegable. Finalmente, una mañana el telégrafo anuncia a don Aquiles que un buque de la Naviera está bajando, pero que no atracará en Wilches por falta de agua cerca del muelle; la única manera de embarcarse es yendo por tierra hasta Cantagallo, caminando un par de horas, pues allá es probable que el barco arrime si es llamado desde la orilla. Resuelvo correr la ventura; rápidamente consigo unas mulas; cargo todos los equipajes, y con José vamos caminando con un arriero por el monte, hacia Cantagallo, adonde llegamos al mediodía. Hace un sol endemoniado, y respectivo calor; como en Centro Africa. El tal Cantagallo no es ningún pueblo, ni hay otros gallos a la vista que no seamos nosotros…; apenas un rancho de paja y unos plátanos a la orilla del río. Los mosquitos, por nubes. ¿Qué tal, que no alcance a llegar hoy el barco?; me tocará pernoctar aquí al descubierto, sin agua limpia y sin comida, pues ya devolví las mulas, y no podría abandonar las mercancías en el monte. Sentado sobre mis cajones, sudando por el calor, y por el temor de que la noticia que me diera Torres sea falsa, observó el cuadro que me rodea: el río que corre lentamente; la selva; José que pacientemente me acompaña; soledad. Lentamente transcurre el tiempo: son las cuatro y media de la tarde. Si en la próxima hora no aparece el barco, después del ocaso, entrada la oscuridad me tocará una trasnochada en este monte a merced de los mosquitos, pues de noche no viajan ni arriman buques, con este río tan seco. MISIÓN A COLOMBIA - Capítulo 67 Quo vadis?

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Mi reloj marca las cinco. ¡Bendito sea Dios! Allá por el sur veo una pequeña columna de humo en lo alto sobre el horizonte; no es una quema; debe ser el barco anunciado, el “Atlántico” de la Naviera, que estoy esperando. Nunca como ahora he cantado la patética canción de la ópera Madame Butterfly: “…un bel di vedremo, levarsi un fil di fumo, sull’estremo confine del mare, eccola, cua la nave appare… Chi será? Chi será!…” (un bello día veremos, elevarse un hilo de humo en el extremo confín del mar, aquí está, aparece la nave, quién será? quién será?) Se acerca; se acerca! Parece que no vaya a parar! Yo y José nos afanamos haciendo señas con pañuelos, con nuestras blancas camisas, para que arrimen. Finalmente, ponen proa hacia nosotros. Pero, los colores de la chimenea no son los de la Naviera; es otro barco. Qué importa! Con tal que nos

permita saltar a bordo, sea cual fuere el buque y vaya adonde quiera, con que salgamos de este infierno! Es el “Armando”, de una empresa cartagenera; va a Barranquilla. Ponen el planchón; de carrera salto a bordo, y dejó que José se encargue del equipaje. Ahora que ya no tengo miedo de quedarme en el monte, quiero vengarme de la situación, dándome aire de viajero consumado. Me acuesto cómodamente en un sillón del puente de 1ª clase, mientras vamos zarpando. El capitán se acerca a pedirme tiquetes; le informo que no tengo, pues los que poseo, de la Naviera, no sirven; pero le agradezco haberme recogido y pago los pasajes, sin discutir precio ni el recargo por los doce bultos. Al fin: me siento de nuevo entre civilizados; en mi elemento navegante, rumbo a Barranquilla, aunque, luego: ¿quo vadis?

Montaje autoparlantes en Cúcuta

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CAPÍTULO

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Torpedeado en el Magdalena

Febrero de 1.931 Marzo de 1.931

N

ada me importa lo que suceda; de alguna manera, si Dios no me abandona, una vez llegado a Barranquilla, me saldré de apuros. Ahora quiero olvidarme de todo, tomarme unas cortas vacaciones, gozar en santa paz estos días de viaje, con las relativas comodidades de la primera clase fluvial. Vuelvo a sentarme en la mecedora, me pongo a leer un libro que he llevado conmigo como compañero de viaje. Dice cosas interesantes: que así como en las leyes físicas, a toda acción humana corresponde una igual reacción; es decir: si obramos correctamente con el prójimo, algún día recibiremos ese mismo bien; y viceversa, si obramos indebidamente, algún día seremos castigados con otro tanto mal, aunque nadie sabe para quién trabaja. Porque así es la ley del equilibrio en el mundo; que las reacciones o compensaciones a nuestro proceder, buenas o malas, no nos serán aplicadas después de muertos, en el paraíso, o en el infierno, sino que durante esta misma vida terrenal… Esto no es nuevo para mí: yo lo había intuido al observar y reflexionar sobre lo ocurrido a mi padre… Sobre el puente de la nave, en otras butacas de alrededor hay varios pasajeros, de ambos sexos; observan este recién llegado, con la curiosidad de quien nada tiene que pensar. Tal vez, por el vestido y el casco antisol que llevo, han olido el extranjero. Pero no tengo gana de conversar con meros pasajeros de

un barco fluvial; soy viejo oficial de buques transatlánticos, soberbiamente superior a cuantos me circundan… A la media hora de estar así cómodamente dedicado a la lectura, oigo que una voz femenina, acercándose, me pregunta qué estoy leyendo. Sorprendido, levanto la vista; son dos señoritas, hermosas, jóvenes, de vestido y aire serio, parecen colegialas. Les muestro el libro: un tratado sobre teosofía, de Annie Bessant. Esto las asusta; creen que la teosofía es una teoría diabólica, o por lo menos masónica! En ese instante, desde la escalera de la casilla del timonel desciende el capitán; ellas, que por lo visto ya han trabado amistad con él, se precipitan a pedirle que como comandante del “Armando” intervenga ordenándome echar al agua ese libro prohibido! Pero, al enterarse de que se trata de un manual de teosofía, el capitán aboga gentilmente en mi favor, manifestando que él también gusta leer tales libros. Entre chistes y chanzas, principiamos a charlar. Quién soy; de dónde vengo; adónde voy. Quisiera contestarles con el aire de la Bohemia: “chi sono? Sono un poeta; e cosa faccio, scrivo; e come vivo? Vivo…”. Ellas son bogotanas, viajan para Europa, van a embarcar en el buque español Sebastián Elcano, en Puerto Colombia; es la primera vez que se alejan de su casa; que tienen mucha ilusión de ir a conocer el mar y las olas!

MISIÓN A COLOMBIA - Capítulo 68 Torpedeado en el magdalena

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–Quisiera acompañarlas– les comento, –podría yo servirles cual experto cicerón; sé bastante de barcos…– Hacemos amistad. Por la tarde, el ocaso se tiñe de rosados colores que encienden el horizonte; sopla una ligera brisa vivificante. Apoyados a la baranda, miramos, conversamos. Parecen muy alegres. Se llaman Inés y María Luisa. Canturreamos en coro “La leyenda del beso”. Unos rizos de María Luisa, empujados por la brisa acarician mi frente; seguimos charlando y cantando mientras oscurece y se levanta la luna. Suena la campana que llama al comedor; se acercan otras personas, ellas me presentan a sus hermanas Elisa y María Teresa, y una señorita de mayor edad, la tía Carlota. Teresa es la hermana mayor, lo comprendo porque enseguida hace señas a las menores indicando que se alejen de mí; al tiempo que la tía observa con aire poco prometedor. En la mesa, aunque no lo quieran, quedamos nuevamente vecinos; el barco no es tan grande como

para impedirlo; no pasamos de unos quince en total los pasajeros de primera clase. Aprovecho para reanudar la conversación. Terminada la comida, nos despedimos hasta mañana, pero luego oigo que a mis amigas no les funciona el ventilador del camarote; cual buen electricista que soy me ofrezco inmediatamente para componer el daño; María Teresa no logra evitar que yo me introduzca en la intimidad de la cabina, entre maletas, espejos, perfumes y prendas femeninas; cual si fuese yo componente de la familia. Divertido, me demoro lo más posible en limpiar las escobillas del motor, mientras que rodeándome ellas miran y me asedian con preguntas. Cuando me voy, la tía respira… Por la mañana, al despertarme, con extrañeza observo que estoy en un camarote naviero; me pregunto si es que estoy viajando como empleado de la Marconi; luego por la ventana veo el río; recuerdo que voy rumbo a Barranquilla; nada de alta mar. En-

Teresa Ospina de Pardo, Madre de María Luisa

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seguida recuerdo las señoritas amigas del día anterior, los rizos y la preciosa cara de la más joven, María Luisa. Qué diablo! Estaré enamorándome? – Cuidado– me digo, –tienes otras cosas que pensar. Dentro de un par de días estarás en Barranquilla; tendrás que volver a reanudar la lucha, the struggle for life; además, esa familia se va para Europa; luego, nada que hacer, no volverás a verla…– Me propongo, pues, enfriar la incipiente amistad; buscaré alejarme. Pero, los barcos fluviales son tan chiquitos; no hay como hacerse invisible; a menos de quedarse escondido, encerrado en el camarote, que con este calor tropical, que tanto hace sudar, resulta insoportable. Habrá que salir; dejarse ver, y ver… Por consiguiente, aunque no quiero dar importancia al asunto, no puedo evitar de fijarme en el espejo si el peinado o la corbata están bien. Salgo a los pasillos; a los pocos minutos heme magnéticamente atraído hacia el grupo de María Luisa. Como que ella tampoco ha descuidado su toilette: luce un hermoso vestido rosado; todo serio; todo encanto, que adornado con la ingenuidad de su alegre conversación de niña que por primera vez se aleja de su tierra, la hacen supremamente adorable. Observo complacido que mi experiencia de hombre viajado la atrae, que mi conversación le interesa. A cada momento tratamos de alejarnos; pero enseguida nos buscamos recíprocamente sin querernos dar por entendidos, como las mariposas buscan la llama que las ha de quemar. Así transcurre otro día, felices. Por la noche, hago un nuevo examen de conciencia: me estoy enamorando! Esto me asusta terriblemente, pues a qué sirve enamorarse de una persona que dentro de pocos días no volverás a ver? Que se embarcará en un trasatlántico adonde no podré acompañarla; donde otros oficiales de a bordo tendrán la oportunidad de cortejarla y conquistarla…, ya me siento celoso! Qué hacer, Dios mío? Si yo fuese un loco, me demoraría en Barranquilla únicamente el tiempo necesario para rematar las mercancías y seguidamente embarcarme tras de ella rumbo a Europa; pero, la conciencia del deber, mi compromiso con Faccini, me impide hacer tal cosa. Resuelvo que, puesto que no volveré a verla, el único consuelo es, aprovechar este otro día, estas pocas horas de comunidad, gozar de este ensueño que está tan cerca, mientras aquí está ella, el ideal buscado. Luego, cuando se irá, me quedará el recuerdo y perfume del flirt, como a cada viaje les sucede a los oficiales de los barcos. No es la primera vez que tal cosa me ocurre; salvo que, en

aquel entonces, no sé por qué, era diferente; tal vez porque de antemano sabía cuál era el principio y como sería el final, y por tanto iba preparado para no dejarme vencer. Está vez, cogido de sorpresa, he caído, como un principiante. Es que esta vez me estoy enamorando de veras. ¿Quién será ella? ¿Por qué se va para Europa? La inocencia que transpira de sus palabras y de su persona será real, ¿o será que yo me estoy alucinando bobamente? Estando a su lado, olvidándome de todo el mundo y del borrascoso futuro que me espera, transcurre otro día de felicidad y beatitud. Hasta ahora, solamente hemos hablado como amigos, pero ella ya pudo darse cuenta de que en mi insistencia en permanecer a su lado, acompañándola en todo momento, hay más que simple amistad. Por otra parte, es evidente que yo también le agrado, que ella simpatiza con mi amor. Que estoy cortejándola, ya se ha dado cuenta todo el barco; la tía, y la hermana Teresa me toleran resignadamente, contando con que todo terminará forzosamente al desembarcar de este vaporcito. En cambio, Inés, compañera inseparable de María Luisa, parece complacida en ayudarnos. ¿Quiénes son? Qué me importa! Ella, es un hada, con sus damas de corte, que me concede algo de su fascinación. Pero, esto, sí que es curioso! Un hombre vivido como yo; que ha viajado diez años por tierras y océanos; venir a enamorarse durante un viaje de pocos días en un buque por el río Magdalena! Más aún: hubiese sido suficiente que el barco que yo esperaba en Cantagallo hubiera aparecido puntualmente; y nada de todo esto me estaría sucediendo. ¿Por qué, llegó el “Armando” en vez del “Atlántico”? ¿Por qué, el “Atlántico” se quedó varado en las playas del paso “ciego” cerca de Puerto Berrío? ¡Ah, pero es que en el “Atlántico” no venía María Luisa, esa es la gran diferencia…! Termina otro día: cómo vuela el tiempo! Mañana, a esta hora, cómo estaré de triste, vencido por la fatalidad; pues, ella se irá. ¡Se irá! ¿Qué haré yo? Afortunadamente, la noche es muy oscura; el capitán considera arriesgado navegar en estas condiciones; resuelve amarrar el póquer en una orilla. Es decir, no llegaremos a Barranquilla hasta el día siguiente. Otra jornada ganada para mi felicidad que principia a temblar. No duermo mucho. Me quedó pensando cómo solucionaré mi situación. Ya no me quedan sino pocas horas a su lado. Dejar que se vaya, sin declararme; y

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luego, con la distancia y el tiempo, olvidar. Ser fuerte, olvidar. Pero, en esta ocasión, hay algo más fuerte que mi fría voluntad. Es que el pensamiento de ella; de que finalmente he hallado mi tesoro, me domina. Olvidar, tal vez sería posible. Sin embargo: ¿Por qué cortar anticipadamente las amarras? Por qué no aprovechar todavía estas pocas horas, declarándome? Si me rechaza: tendré mayor motivo para olvidar. ¡Si no me rechaza… Dios me ayudará…! ¡Hombre, que bestia soy! ¿Por qué no lo hice ya? ¿Qué espero? ¡Si esa es la solución! ¡Declararme, sin más pérdida de tiempo! A la hora de desayuno, reviso con más cuidado que nunca mi afeitada y el peinado; tengo ojeras, porque en realidad casi nada he dormido. Salgo del camarote, resuelto a romper el hielo. Sale ella también: mi diosa, mi ángel, cómo esta de hermosa! Ella también tiene los ojos sombreados. ¿Qué tal noche? Sonríe; yo me alegro de creer que ella también estuvo pensándome. Nos asomamos a la baranda; nos acercamos; Inés está a su lado; no hace caso a nuestra conversación, o tal vez finge que no nos oye. –María Luisa– digo, –mañana tendremos que despedirnos. Yo me quedaré en Barranquilla; hasta cuándo, no sé; hasta cuando usted quiera. ¿Adónde va usted? Cuándo regresa a Colombia?– –Vamos a París; nos quedaremos un año en Ginebra, estudiando; luego regresaremos a Bogotá22–. –¡Un año! ¡Qué tiempo tan largo! Pero, si usted acepta, Marucha, yo la esperaré, pues la quiero mucho… ¿Podríamos entonces casarnos…?– Se queda como entre pensando y sonriendo, mirando al horizonte… ¡No me ha rechazado! Quien calla, otorga… ¡Victoria! ¡Ella también me quiere, pues no me ha dicho que no! A su turno, ahora me pregunta, qué voy a hacer en Barranquilla. Le explico que voy a iniciar un negocio de radio. Quisiera seguirla, pero ello sería arruinar nuestro sueño. El amor, requiere una prueba de sacrificio. Ahora que la he encontrado, no quiero perderla, en vez de liquidar mi negocio para seguirla, lo estableceré en Barranquilla para esperar su regreso; para preparar nuestro futuro, pues, para casarme, necesito organizar mi carrera, ver cómo me instaló en forma permanente, procurar algunos ahorros, mediante el trabajo, para sostener los gastos de iniciación de la familia. Todo esto, hasta hace pocos días me habría parecido sumamente difícil; pero ahora, teniéndola a ella como estrella que orientará mi camino, todo me

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será fácil, no habrá obstáculo capaz de detenerme; esperarla, ¡aunque sea durante un largo año…! Le doy mi dirección de Barranquilla para que me escriba; ella me da la suya al Consulado de París. Promete que no me olvidará si le escribo frecuentemente, relatándole los detalles de mi vida en Barranquilla. Que en cuanto a que si me acepta como prometido, no puede ser por ahora; pero que si continúo siendo bueno y siempre recordándola, tal vez… a su regreso, podré decírselo a sus parientes… No solicito más; eso es suficiente para mi felicidad, ahora que estoy cerca de ella. Después: tendré la fuerza para esperarla, definitivamente, hasta su regreso de Europa. Así, entre charlas y adoración por los ojos, entre cosas dichas y miradas afectuosas, se está acercando la hora de la penosa separación. Son las cinco de la tarde; en el horizonte se yerguen levantando sus brazos cortados, hacia el cielo, las dos viejas torres del inalámbrico de Las Delicias, Barranquilla, ¡la ciudad que bastante conozco, donde vengo a quedarme un año esperándote, María Luisa, Marucha…! Dejo que desembarquen ellas primero; me despido atentamente de toda la familia, haciendo fuerza sobre mi corazón que estalla; para contener el dolor que principia a acongojarme. Feliz viaje! Que estén contentas! Adiós! Ya sé que el “Sebastián Elcano” no sale hasta mañana, y que esta noche ellas se alojarán en el hotel Tivoli. Yo tengo un cuarto comprometido en la pensión inglesa; hacía allá me voy, con José y con mi equipaje. Pero, tan pronto he terminado de hospedarme, sin pensar en comer, regreso al paseo Bolívar, cerca de la iglesia San Nicolás, frente del hotel Tivoli, esperando verlas salir. Doblan las horas; nada! Son las diez de la noche, tristemente me retiro a mi posada. Al día siguiente, me levanto temprano. Quiero volver a verla, Dios mío, antes de que se vaya. ¿Irme a esperarla en Puerto Colombia; ayudarla a subir por la escalera real del buque? No, no sea que al ver el mar, los oficiales del barco atendiéndola, me enloquezca hasta seguirla… Es temprano; todavía no deben haber salido del Tivoli. Me dirijo hacia allá, me escondo detrás de las columnas del pórtico en la esquina del paseo Colón con la calle Progreso, desde donde puedo vigilar el portón del hotel. Después de un rato: dulce visión! Es ella, acompañada de Inés, las dos acaban de salir, y vienen precisamente en mi dirección. No me han visto, se acer-

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can, andan apresuradas, conversando entre ellas como preocupadas. Adónde van? Salgo de mi escondite; saludándolas, les cortó el camino. –Buenos días! Qué sorpresa! ¿Se quedan?– –No, salimos dentro de media hora a tomar el tren hacia Puerto Colombia; apenas nos queda el tiempo para ir al correo y comprar unos cigarrillos. Mucho gusto de verle! Qué estaba haciendo en ese rincón?– –Oh, nada; pase por aquí, y pensé que tal vez la vería, tal como en efecto sucede. He tenido suerte; esto me parece un buen agüero. Quería despedirme una vez más–. Marucha me mira, no dice nada, pero yo entiendo que ella también esperaba que esto sucediera; su salida del hotel para ir al correo fue un pretexto; ella también deseaba verme. Ahora está resignada y contenta como yo. Las acompaño, ida y regreso hasta la puerta del hotel. Quiero entrar, pero ella me lo prohíbe, diciendo que ¡guay, si la tía Carlota se da cuenta! ¡Adiós! ¡Adiós! Se fueron. ¡Se acabó mi idilio! Ahora, heme nuevamente aquí, solo, en Barranquilla, con mis chuzos de mercancías, con los cuales tengo que llevar a cabo mi batalla, para forjar para mí y para ella un nuevo porvenir!

Luis María Pardo, Padre de María Luisa

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CAPÍTULO

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Radio Agencias (Parte 2ª)

Marzo de 1.931 Noviembre de 1.931

P

rovisionalmente, me instalo en el hotel Tivoli, que ahora se llama también Netili, situado en el Paseo Colón, casi enfrente del café Roma, cerca de la iglesia de San Nicolás. En la esquina de la Avenida XX de Julio, con el mismo Paseo Colón, lado oriental, veo un localito desocupado. Pienso que esta esquina en un sitio tan central, se prestaría bien para instalar allí un pequeño almacén para las mercancías que traigo desde Cúcuta. El propietario, Salvador De la Rosa, a quien conozco desde los años pasados, gustosamente me lo cede por $30 pesos mensuales de arriendo. En un segundo pequeño cuarto interior, arreglo el depósito y mi escueta alcoba, consistente en un catre de campaña y algunos baúles. Debido a la falta de ventilación, es un horno; pero tengo que ahorrar gastos. Al hotel Netili voy solamente para almorzar y comer, pensionado. A los pocos días, conseguidos unos mostradores, estreno el almacén con el nombre de Radio Agencias, que ya había usado en Cúcuta. Los aparatos que traigo son ya algo rayados, envejecidos, por tanto trajinar a través de Colombia; tengo que bajar precios. Además, la crisis económica mundial sigue en aumento; también en Barranquilla encuentro los desastrosos efectos de la escasez de moneda. Mis viejos amigos: Guillermo Ibáñez, quien trabaja en el Banco Francés Italiano encargado de la agen-

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cia marítima italiana; y Sergio Martínez Aparicio de LA PRENSA, me sirven de consejeros. En LA PRENSA del sábado 28 febrero, y en el DIARIO DEL COMERCIO del 1º de marzo 1931, salen publicadas en estos periódicos barranquilleros extensas entrevistas, con Elías J. Pellet Buitrago, y otros, comentando mis pasadas actuaciones en Colombia, y mis proyectos comerciales inmediatos. Porque son muy largos, no los transcribo aquí. Con esta propaganda, y la ayuda que me prestan tales amigos, entusiastas de la radio, me queda fácil rápidamente ambientarme. Elías Pellet quien hace pocas semanas estrenó aquí su primer transmisor experimental de radiodifusión, amablemente me ofrece encargarme como director de su estación; pero tengo que declinar la oferta porque no corresponde a mis aptitudes. Además, éste joven de buena cultura general, procedente de California en donde adelantó sus estudios, hijo único, huérfano de padre, con parientes que gozan en la ciudad de buena posición social y financiera, es un poco enfermo; por lo cual, su compañía no me atrae. Mantengo con él buenas relaciones profesionales, pero no quiero perder mi independencia. En vista del gran desconocimiento reinante en el público, en asuntos de radio, resuelvo publicar una revista mensual. Puesto que aún conozco poco el idioma español, creo saberlo ya todo, no me arredro ante la dificultad ortográfica y literaria: Sergio y Guillermo,

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serán los jefes de redacción y correctores de los textos. Para evitar el problema del control oficial –siendo yo extranjero–, logro que Pellet, como colombiano, me preste su apellido acompañándome como director, aunque en la práctica, este joven, poco trabaja. Entablo amistad con Eduardo López Cabrales quien posee una buena tipografía y quien ya sea por negocio, o por simpatía hacia las cosas de la radio, gustosamente me entrena en los problemas de los clichés y linotipos, que por primera vez conoceré. Un viejo escritorio introducido en mi alcoba será la oficina de redacción en donde trabajaré durante las horas nocturnas, a pesar del calor infernal, las músicas y ruidos de peleas, que llegan de la pared vecina donde hay un bar de mala fama; a veces el bochinche se prolonga hasta la madrugada ocasionándome dificultad de inspiración para escribir; increpo y suspiro por la rabia, el sudor, los mosquitos. El sacrificio es duro, pero tan pronto pienso en Marucha, todo se vuelve digno y rosado; con diferentes seudónimos para aparentar que la revista tiene muchos colaboradores: Spark, Romita, etc., escribo toda clase de artículos sobre radio. En Abril 1º de 1931 sale así editado el N. 1 de la revista EL RADIOMANO, valor 10 centavos, suscripción anual 1 peso, oficinas estación HKO y Radio Agencias dirección 20 de julio N. 53 telef. 3276, telégrafo Radioage (apócope de Radio Agencias y Radio Age, Radio Edad); con avisos comerciales de almacén Heldo, GE, Rodolfol Eckardt, E. A. Rosado, A. Mugna, Librería Cervantes, Foto Velasco, Cia. Col. De Electricidad; y los varios de mi almacén. Con fecha 8 de mayo de 1931, oficio N. 452, la Secretaría de Gobierno del Departamento del Atlántico dirige a Elías J. Pellet B. e Italo Amore el siguiente documento: “Informo a ustedes que la Gobernación a tomado debida nota de su memorial de fecha 20 de abril próximo pasado, respecto a la publicación de una revista técnica mensual, que tratará única y exclusivamente sobre RADIO, y que se denominará el RADIOMANO. De ustedes atento servidor, Julio E. Gerlein”. (Este permiso y registro constituye un documento oficial que comprueba que la primera de radio en Colombia fue publicada en Barranquilla en el año 1931, por el suscrito). Así mismo, otro documento oficial, fechado 6 de junio 1931, expedido por la Cámara de Comercio, Barranquilla, Secretaría, dice que: “… Conste que en cumplimiento de lo preceptuado por el artículo 29 de la ley 28 de febrero de 1931 sobre Cámaras de Comercio, se ha inscrito en el RE-

GISTRO PÚBLICO DE COMERCIO de esta Cámara, la firma comercial Italo Amore – Radio Agencias con domicilio en esta ciudad. Se ha pagado la cantidad de un peso oro legal por derecho de inscripción, de acuerdo con el artículo 32 de la citada ley. Barranquilla 6 de junio de 1931. Cámara de Comercio, J. Ramón Vergara, Secretario…” (Hay un sello). Durante el día trabajo en el almacén, en reparaciones de artículos eléctricos y de radio; hago alguna venta. A pesar de las dificultades comerciales de ésta época, tengo que colocar más pedidos a las fábricas de los Estados Unidos, para importar accesorios, repuestos, y receptores de modelos más modernos. He obtenido la distribución exclusiva de una nueva marca de radio, Baird, de Boston, además de los tubos Arcturus. El Banco Francés Italiano, gerenciado por los señores Mazzanti y Pernigotti, fácilmente me concede los créditos que necesito, cuyas letras, con los respectivos intereses cancelo puntualmente. El amigo Diofante de la Peña me invita entrar en el club Rotario, pero después de asistir a una sesión en el hotel del Prado, considero que esto es costoso para mí, además de que me distrae tiempo en cosas ajenas a mis actividades en radio; por lo tanto, renuncio la oferta. Esa gente no sabe que yo disponga apenas de algún centenar de pesos, y que tengo problemas más difíciles de resolver, que sus elegantes comidas semanales. Cada mes, a medida de que dispongo de algunos pesos, los remeso a Faccini de Cúcuta para abonar a su capital en la sociedad que ya no tiene objeto. El también está sufriendo por la crisis económica; su negocio en Cúcuta está quebrado, está pasando serios reveses; lo desahuciaron de la casa; está casi en la calle, le despojaron de sus bienes y todavía le acosan acreedores. Me pone cartas que son para llorar, pidiéndome enviarle su cuota de sociedad que es dos mil pesos, pero yo no logro amontonar más que remesarle unos treinta pesos mensuales. Para deshacerme del equipo parlante que traigo desde Cúcuta, acepto la oferta que me hace un señor Rueda, de ir a instalarlo en el balneario de Santa Marta, con la condición de que si sirve me lo compran. Aprovecho para conocer esta región. Todo lo que allí vale algo, es de la United Fruit Co. y sus plantaciones bananeras. Salgo por la mañana en un botecito por el Magdalena, llegando por la tarde a Ciénaga; allí pernoctamos. Ciénaga es un desolado pueblo de casas de un solo piso, estilo árabe, con terraza; calles sin afirmar; polvo y desolación, nada de vegetación; mosquitos.

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Madrugamos, con mi ayudante José, para tomar el trencito de la United, que en cuatro horas nos deja en Santa Marta. Quedo asombrado frente de la magnífica bahía inexplotada; aquí el mar es una verdadera belleza, azul profundo, aguas puras, transparentes, con invitante playa de fina arena y poco declive. Detrás, se eleva la majestuosa Sierra Nevada. La ciudad es pequeña, maltrecha, tiene algo de viejo pueblo español. Solamente el barrio donde viven los empleados de la United se mantiene limpio y moderno. El amigo Aurelio Linero, capitán del ejército y uno de los jefes de la guarnición, entusiasta del radio, me ayuda y me introduce en el ambiente. En el periódico local EL ESTADO del 29 de junio 1931 informan que: “… se debe esta nota de progreso a la galantería de los señores Linero y Galvis, y también a la buena voluntad del señor Italo Amore, quien se encargó de la instalación del balneario, a lo que vino expresamente de Barranquilla. También es de justicia rendir un elogio muy merecido a los propietarios del edificio señores Alberto P. Dávila, Francisco Luis Olarte y Pedro V. Rueda por su magnífica presentación, digna de Santa Marta…”. Terminada la instalación en el casino del Balneario, con radio, micrófonos y música de tocadiscos, los altoparlantes resultan suficientes para ser oídos en toda la ciudad. Los habitantes acuden a conocer la novedad, reuniéndose en la playa por millares; por primera vez el balneario con sus atracciones y cafetería hacen buenos negocios. Tengo afán de vender el equipo, ya sea para regresar pronto al almacén de Barranquilla que durante mi ausencia está cerrado, la dirección y gerencia de la revista, ausente…; ya sea porque la experiencia me dice que hay que aprovechar el momento de entusiasmo, pues, después de algunos días, este se enfría, la venta resulta más difícil. El santandereano Rueda, comprador, está medio quebrado y no hay esperanza de que logre reunir los $800 que le pedí como precio del equipo. No tengo más remedio sino aceptar el pago de una cuarta parte de contado, y el saldo en varias letras mensuales, que me costarán sudor y fatiga hacer efectivas. De regreso a Barranquilla, continúo rebuscándome para quedar a flote del desastre económico; las horas disponibles las dedico a escribir mis divagaciones para EL RADIOMANO (en mi biblioteca, en pasta color cuero y vino, conservo un libro que reúne la colección completa de los 12 números que logré edi-

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tar de esa revista. Tal vez sea la única colección que aún exista en Colombia. Tiene pues un valor histórico. También conservo aún en la biblioteca algunos ejemplares sueltos de varios números de EL RADIOMANO). Entre otras cosas, dicha colección me sirvió 35 años después, para determinar casos y datos históricos para mis lecciones en la universidad Javeriana, Historia de la Radio en Colombia, obteniendo en ella las informaciones allí registradas, sobre estaciones radiotelegráficas, radiodifusoras, propietarios, licencias, y longitudes de onda, etc. Cuando escribo para EL RADIOMANO lo hago inspirándome en Marucha, haciéndome la ilusión de que ella, al recibir los ejemplares que regularmente le envío, aprecie mi inteligencia y me quiera más… Me encuentro con Galarza, mi viejo enemigo de Las Delicias, ahora embarcado sobre un cañonero fluvial, el “Cartagena”, en víspera de salir nada menos que rumbo al Amazonas, pues ha estallado un conflicto bélico con el Perú, en Leticia (ver más detalles en la otra historia que estoy escribiendo sobre las radiocomunicaciones, que trata más extenso este asunto). Ahora, es muy atento conmigo; reconoce que fui un instructor ejemplar durante el tiempo que estuve en Las Delicias; y recordando que soy marino viene a pedirme consejo acerca de cómo manejar la estación de su barco, y cómo hacer comunicaciones marítimas. Gustosamente accedo a entrenarlo, y le hago un proyectico de sugerencias para el Comando de la flotilla, sobre organización de las radiocomunicaciones tácticas militares. La Compañía Colombiana de Electricidad, que era una empresa con millones de capital, también ha quebrado; está liquidando mercancías; compro a buen precio algunos aparatos eléctricos que son casi desconocidos en el mercado; así aumento el stock y sideline para revender y aumentar el volumen de mis negocios. Solamente gracias a que atiendo personalmente a cada cliente, y dedico largas horas día y noche para enseñarle a cada cual en su residencia cómo se sintonizan los aparatos; y gracias a que mi conducta personal, y mi amplia instrucción general agradan a la clientela, es como logro sostenerme. Muchas firmas comerciales han sufrido quiebra; por todas partes ocurren desastres financieros. No habría yo podido escoger época peor, para mi introducción en el campo de los negocios. Pero, quién iba a prever semejante cataclismo! Si ni los grandes bancos, los grandes comerciantes supieron adivinarlo, menos podía hacerlo yo. –

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Hasta cuándo lograré sostenerme a flote en medio de tantos naufragios–, es la pregunta. A veces viene a hacerme visita el amigo Sergio Martínez; solos y filosofando paseamos hasta la medianoche a lo largo del Paseo Colón, en búsqueda de aire fresco. Luego, regreso a mi guarida en la esquina del XX de Julio, que es un pequeño horno infernal. Una noche, tengo un sueño raro, con fórmulas y cifras, que me sugieren un método para eliminar el ruido de la estática en la radiorecepción. Cuando despierto, me dedico a descifrar el enigma: después de algunos cálculos numéricos, creo haber encontrado la solución. Un verdadero invento! Pienso que si logro materializarlo, lograré aumentar el aprecio de Marucha hacia mi persona. Evidentemente, no hay como el amor, para hacer que el hombre acometa empresas extraordinarias. Si no estuviere yo locamente enamorado de María Luisa, no estaría pudriéndome en este localito esperando que ella regrese de Europa; ni escribiría tantas locuras en EL RADIOMANO; ni habría tenido el estímulo intelectual como para este invento contra las estáticas, que consiste en heterodinar la frecuencia musical de la corriente que sale del estudio, mediante un oscilador local, para elevarla a frecuencia inaudible y así modular las radiofrecuencias del transmisor. Los receptores estarían provistos en la entrada, de un filtro de baja frecuencia que eliminaría las captadas por la antena o sea las estáticas; y en la etapa siguiente del receptor habría otro heterodino que reconvertiría la filtrada frecuencia inaudible, a la frecuencia original del transmisor, para la fiel reproducción en el parlante (los comunes controles de tono, del receptor, reducen algo el ruido de las estáticas, pero eliminan las altas frecuencias musicales; por consiguiente perjudican la fiel reproducción. En la revista RADIO de la Liga de Radioaficionados, edición N. 2, diciembre en 1933, pág. 19 describí más en detalle mi proyecto de invento. Es de notar que en aquella época, los filtros de audiofrecuencia eran todavía muy poco conocidos, y poco aplicado el sistema de conversión de frecuencia mediante el heterodino, más tarde, desistí del proyecto cuando supe que el coronel Edwin Armstrong de los Estados Unidos había inventado, para eliminar los ruidos, el sistema de frecuencia modulada o FM). Pienso en la conveniencia de patentado del invento, y pido consejo a un amigo, Mr. Simon, americano, representante de las llantas Good Year, quien me facilita la dirección de un abogado de Washington,

especialista en solicitudes de patentes. Tengo que evitar que otras personas, y especialmente las grandes fábricas de radios, conozcan mi idea y la patenten ellas antes de que logre hacerlo yo. De acuerdo con la correspondencia que 33 años después encuentro en mi archivo, los hechos se desarrollaron inicialmente así: Carta fechada 4 de enero de 1932, de Ben J. Chromy abogado en patentes y marcas oficina en Nacional Press Building de Washington; dirigida a I. Amore Hotel Tivoli Barranquilla, cuya versión en inglés dice: “Recientemente Mr. Edw. E. Simon estuvo en mi oficina y después de ver un ejemplar de la revista semanal Radio Patent Service me pidió enviarle una copia a usted. Quedo a su disposición, etc…” Le contesté el 17 enero 1932: “Agradezco su carta del 4 enero. Quién es Mr. Edw. Simon que usted mencionó en su carta? He leído su interesante artículo en QST de enero. Estoy interesado en desarrollar un sistema para eliminar las estáticas en las radiocomunicaciones, el cual yo creo que trabajará, pero tal vez necesitaré muchos meses de estudio e investigaciones antes de que un modelo definido sea construido para fines de patente. Lo que poseo hasta ahora es solamente una idea, que teóricamente representa un sistema adecuado para eliminar las estáticas (la reproducción de las estáticas) en los radiorreceptores; idea que trataré de materializar si Dios y el tiempo me ayudan. Mientras tanto, quisiera saber cuáles dispositivos o sistemas han sido patentados hasta el presente en cuanto a eliminación de estáticas y por lo tanto me tomo la libertad de dirigir a usted la presente para rogarle de investigar este asunto, enviándome una relación de tales patentes, e informarme cuál es el monto de los gastos que yo le pagaré mediante carta de crédito. Anticipo agradecimientos, etc…”. Amablemente, Mr. Chromy me envió respuesta el 27 enero 1932 dirigiéndola a mi apartado 477 Barranquilla: “Mr. Simon estuvo en Washington a principios de este mes, y mencionó que estaba en camino hacia Sur América. Dijo que le conoce a usted y que probablemente le vera a usted; cuando llegue a esa. Favor informarle que nuestro mutuo amigo que inventó la librería automática está actualmente gestionando una agencia para la celebración del Bicentenario que tendrá lugar aquí este año; parece que tal gestión tenga como finalidad levantar dinero para patentar el invento de la librería. En lo tocante a su investigación concerniente la

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eliminación de estáticas, encontré que existen actualmente en los archivos de la Oficina de Patentes alrededor de 100 patentes para tales dispositivos. El gasto para obtener copias de tales patentes sería alrededor de 20 dólares, y yo supongo que tal vez usted quiera darme una idea de la naturaleza de su aparato, así que yo pueda enviarle solamente las patentes relacionadas con aparatos similares al de usted…” No sé si le contesté, o qué le contesté, pues no encuentro copia en archivo. No creo haber cometido la ingenuidad de darle idea de cómo sería mi aparato. En cambio, encuentro otra carta de un señor Otto Losa, que tal vez era dependiente de Simon, viajero representante de la Good Year: “Barranquilla, 21 enero 1932. Mr. Walter J. Donnelly, Attaché Comercial USA Bogotá. Querido Don: … durante mi viaje a Bucaramanga el año pasado, me encontré con un joven italiano, que habla bien el inglés y es muy competente en radio. Este amigo es un tipo muy simpático y un gran trabajador. Tal vez usted lo conozca, su nombre es I. Amore, él fue quien puso la estación de radio para el gobierno en Barranquilla. De todos modos, hemos sido desde entonces muy amigos, y frecuentemente me ha convencido sin lugar a dudas que él es un experto en radio, y que algún día su duro trabajo será recompensado. Ahora bien: estoy convencido que este amigo está sobre la pista de un invento realmente importante – usted don puede pensar que estoy diciendo paja–, pero él tiene el asunto, he hablado bastante con él, para saber que eso es cierto. El asegura que ha inventado cómo eliminar las estáticas. Usted se reirá, como lo hice yo la primera vez que me lo dijo, pero ahora me ha convencido. Hemos estado discutiendo el asunto de las patentes, y yo quisiera saber lo siguiente: ¿Existe algún tratado o acuerdo entre los USA y Colombia, por el cual, una patente tomada aquí sea también efectiva allá y por el mismo período de tiempo? Y el segundo favor que mucho le agradeceré, es, si usted puede darme una carta o el nombre de alguien en los USA que esté conectado con una firma de radio a quien yo pueda escribir para ver si existe la posibilidad de venderle la idea, o demostrársela teniendo como base que si resulta con éxito no se vea luego él envuelto en un pleito y perderlo todo… Otto Losa”. Como se ve, mis amigos, en cualquier parte del mundo, en este caso ciudadanos de los Estados Unidos, eran devotos partidarios. Tuve tantos, que yo mismo no recuerdo nada. El nombre de Walter J. Donnelly apareció recientemente en la prensa, como

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de embajador de los Estados Unidos, no sé dónde. En cuanto a cómo acabó este asunto, tampoco recuerdo nada; supongo que las exigencias del trabajo para sustentar el almacén, y los gastos, enviar algunos centavos a don Paco Faccini, ahorrar algo para el matrimonio, y las gestiones de este con María Luisa y sus familiares, me hicieron aplazar una decisión definitiva, hasta que habiendo sabido del invento de la FM frecuencia modulada, archivé la idea. Solamente encuentro en mi archivo, como documento, un papel sellado en el cual está descrita la idea del invento como de fecha 20 de diciembre de 1931; comunicada a Guillermo Ibáñez y a Otto Losa el 4 de enero 1932; y firmado por ellos cuales testigos, el 16 de enero del mismo mes. Marucha y sus parientes me envían una amable cartita desde París, chez Poccardi el famoso restaurante: – Caro amigo, los aquí suscritos, después de un suculento almuerzo y de empinarnos un frasco de Chianti, haciendo sus gratos recuerdos y vaciando hasta la última gota del delicioso pudimos constatar, que esta se derramó en el vaso de Marucha, albricias. Felices Pascuas y un Año Nuevo lleno hasta rebosar, de todas sus ilusiones, firmado: Atanasio, María Teresa, Inés, Elisa, Carlota Luna Ospina, refrendado por Marucha. He escrito a Bogotá al señor Juan Antonio, hermano de Marucha, manifestándole mis serias intenciones. Su contestación es pragmática, invitándome a posponer la idea para más tarde. Me extraña que el texto de su carta contiene numerosos errores ortográficos, que me desilusionan en cuanto a su cultura (yo no sabía todavía que Juan era ciego; y él evitaba de hacérmelo entender). En otra carta me dice que no puede estrechar relaciones conmigo mientras no me conozca; que están buscando informaciones sobre mi persona: pero que me autoriza entrevistarme con sus hermanas cuando al regreso de Europa pasen por Barranquilla. Esta última carta es del 28 febrero de 1932. A los pocos días, hallándome yo almorzando en el hotel Netíli, observo sentados frente de mi mesa dos nuevos comensales, uno de los cuales tiene una fisonomía que no me es desconocida. Pensando quién será, se me ocurre que debe tratarse de un pariente de Marucha, o sea, el hermano de su tía Carlota, quien reside en Cartagena. Me le acerco, y le pregunto si él es el señor Jorge Luna Ospina: me contesta afirmativamente; y a su turno me interroga: quién soy, y cómo adiviné su nombre. –Pues– le informo, –me llamo Italo

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Amore; soy novio de María Luisa Pardo Ospina quien se halla en París; y le reconocí a usted por el parecido de sus ojos y su nariz con los de su hermana Carlota que está acompañando a las señoritas Pardo Ospina en París, en su función de tía. A Carlota, solamente la conocí durante un par de días, en el barco “Armando” bajando por el río Magdalena, pero la recuerdo muy bien. Por ese recuerdo, lo conocí a usted.– Jorge Luna es un caballero simpático; gentilmente ofrece su amistad, me dice que escribirá a los parientes de Marucha en Bogotá dándoles buenos informes sobre mi persona. Yo comprendí que para eso precisamente había venido desde Cartagena, pensando observarme de incógnito, pero, lo descubrí… Al día siguiente regresó a su base. Juan me escribe invitándome viajar a Bogotá para conocerlo y hacerme conocer; pero mi situación de negocios no me permite abandonarlos; ni puedo meterme en gastos; además, temo que no estando presente Marucha el encuentro pueda resultar en un fracaso. Los negocios de todo el mundo siguen empeorando; debido al conflicto entre Perú y Colombia por Leticia, el ejército llamó clases bajo servicio; la situación va de mal en peor. Esto me obliga suspender la revista RADIOMANO de la cual acabo de publicar el N. 12, de marzo 1932. He recibido de los Estados Unidos los nuevos radios Baird y también la agencia exclusiva de la marca Atwater-Kent que es una de las mejores. Buscando mercado, resuelvo ir a Cartagena, llevándome algunos aparatos para la venta. Salimos por la noche, con el fiel José, en un barco fluvial, por la vía de Calamar y el canal del Dique, que de allí comunica con Cartagena. Navegamos 36 horas, y el tercer día, por la madrugada llegamos a Cartagena. Me instalo en la única pensión que encuentro disponible en el centro de la ciudad. Enseguida, oigo que de una pieza vecina llegan sonidos de radiotelegrafía Morse. La curiosidad de saber quién está ejerciendo en este lugar, algo que me hace recordar mi anterior profesión, me lleva al cuarto vecino, y me presento al inquilino. Es un viejo, un tipo raro, en pijama y pantuflas; entre los muebles se ve gran desorden; tengo la impresión de haber entrado en la pieza de un medio loco. Resulta que es el ingeniero Leopoldo Ortiz Borda, inspector de radio del Ministerio de Correos, uno de mis antiguos jefes en Bogotá, pues, en la época de la misión cuando yo trabajaba en Las Delicias, él era miembro de la junta direc-

tiva del ministerio, con Benetti, el RP Sarasola, y Wenceslao Sanmiguel. Habla bien italiano; me cuenta que vivió varios años en Italia en un monasterio de capuchinos; que también sabe alemán, y que es un apasionado de la música. No entiende casi nada de radio, pero conserva el puesto de inspector–interventor en la Andian que para su oleoducto ha instalado estaciones inalámbricas; gana $200 mensuales, y así se sostiene; sabe que si regresa a Bogotá y el gobierno liberal se da cuenta de que existe esa plaza, lo hace renunciar y lo reemplaza con alguien de este partido. En fin: un verdadero excéntrico. Vive solo, haciendo sonar el radiorreceptor, para dar a todo el mundo la impresión de que está inspeccionando cómo trabajan las estaciones, aunque en verdad no entiende el Morse; pero como quiera que el público tampoco lo entiende él logra hacerse pasar como un sabio en tal materia. Lo compadezco, y pienso con amargura en las injusticias que sufrí durante dos años bajo el ministerio, con esta clase de jefes comediantes, que no conocían la profesión. Siquiera he logrado librarme de ellos. Inicio mis andanzas comerciales visitando almacenes de electricidad en búsqueda de clientela a quienes vender mis radios. Me encuentro con Esteban Rubino, mi ex compañero de misión, quien todavía está al servicio del ministerio, como jefe de la estación inalámbrica de Cartagena. Me da la bienvenida, y amistosamente me invita a instalarme con él en la estación. Habiéndole preguntado si conoce a Jorge Luna Ospina, a quien deseo ver, me informa que son amigos, por teléfono lo llama, y reunidos los tres chez Rubino almorzamos con spaghetti y Chianti sin economía, ofrecidos por mi colega. Jorge Luna es un magnífico cantador y buen causeur; a su turno insiste en que yo me instale en su casa, para tener mejor ocasión de hablar de Marucha. Acepto. Rubino está viviendo como gran señor: automóvil, caballo; haciendo vida social como un “noble”, visitando familias y haciéndose desear por las muchachas. Pero, en mi interior, me da pena, y lo critico, porque no ahorra; gasta el sueldo a medida de que lo cobra; no piensa en el mañana. Profesionalmente, no es una maravilla ni un trabajador. –Es curioso– pienso, –son estos seres mediocres los que logran hacer carrera con el ministerio…– Ensayo darle consejos, pero me contesta que conoce exactamente su situación. Que su filosofía es de ser cínico, no creer en nada, ni en religión, familia, ideales. Gozar la vida lo más posible, es su intención; ser fatalista; no pensar en la inútil tarea de reformar este podrido mundo, sino aceptarlo como viene y lo

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más posible en propio beneficio. Reconoce que a mi trabajo y a mis luchas se debe el que los italianos de la misión hayan podido sostenerse con honor ante el gobierno, y ocupar él la posición de jefe en la estación de Cartagena. Pero, opina que mi sistema es equivocado, como lo era el de Cervantes con los molinos. Aparte de estas charlas, él hace de lo mejor para servirme, llevarme en su carro, invitarme a reuniones sociales, entre otras, en una familia italiana Trinchera, piamontesa, que tiene una valiosa farmacia, cuya señora e hija dan frecuentes recepciones, bailes, póquer. Lo acompaño alguna vez; la familia Trinchero me prodiga atenciones, pero yo no logro gozar en este ambiente, ni olvidarme un momento de mis íntimas preocupaciones del negocio, y de la novia. Con Jorge Luna, la compañía que nos hacemos hasta altas horas de la noche, pues duermo en su casa, no deja de ser interesante. Fue intendente de la isla de San Andrés, durante el gobierno conservador de su pariente el presidente Pedro Nel Ospina; también fue intendente de la región Amazónica. Posee extraordinaria cultura; a veces lo comparo con los epicúreos patricios de la antigua época romana. Pues, fue un gran derrochador, y un escéptico no muy moral en asuntos de mujeres; todavía, viejo como ésta, no deja por la calle de pararse a mirar o saludar cualquier negrita; dicen que tiene enredos de hijos naturales con los cuales no quiere tropezarse. Y luego, descubro que el sir-

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viente de su casa, un muchacho de 18 años, es uno de aquellos. Mientras tanto, como novio visita a una muchacha solterona, de buena familia, Maruja de León (con la cual se casó poco después, y a los pocos años dejándola viuda). Fue novio de María Teresa, la hermana de Marucha. Le encanta el alcohol; dizque en su época de esplendoroso intendente en la isla de San Andrés llegó al colmo de bañarse en champaña en una fuente pública (éste debe ser un exagerado cuento pero da una idea del tipo). –Que ironía– pienso yo en mis adentros, –esta persona cuya moralidad no puede ponerse a la luz, es la encargada de juzgarme y enviar a los parientes de Marucha las informaciones acerca de mi conducta…– Sin embargo, tengo que reconocer que don Jorge me obsequia con toda clase de cortesías y atenciones hasta confundirme con tanta bondad. Entre él y Rubino, hicieron que los quince días de permanencia en Cartagena hayan transcurrido fácilmente, entre buenos amigos. De negocios, poca cosa; solamente logro vender un par de aparatos, como para pagarme los gastos. La energía del alumbrado en esta ciudad es 220 voltios, 50 ciclos, y muy mala, la radiorecepción resulta defectuosa, y los aparatos se dañan fácilmente debido a las fuertes fluctuaciones. Me despido de los dos buenos amigos, agradeciéndoles de todo corazón las atenciones; y tomo el camino de regreso a mi chuchería de Barranquilla, a enfrentarme nuevamente en la solución de mis problemas.

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CAPÍTULO 70

Novio

Noviembre de 1.931 Noviembre de 1.932

(

T

engo que retroceder en esta historia, algunos meses, volver a noviembre 1931 pues en el capítulo anterior me he adelantado, olvidando algún episodio). He escrito a Marucha, quien ahora reside en Ginebra, solicitándole una prueba de amor, ésta es: que antes de regresar a Colombia, pase por Italia a conocer mi familia en Pinerolo. Mi pedido tiene dos finalidades: primera, que si ella accede a ir, tendré una evidencia de que me corresponde realmente, con intención seria, lo cual significará para mí mucho más de cuanto nos estemos diciendo por las cartas que casi diariamente nos despachamos por correo aéreo. En segundo lugar, para que viendo la modestia pecuniaria de mi familia, se forme ella una idea clara acerca de mi situación. No conozco en detalle las costumbres de Marucha pero, por lo que pude saber de Jorge Luna, se trata de una de las mejores familias de Bogotá, por abolengo, tradición, parientes del ex presidente Pedro Nel Ospina, acostumbrados a elevado nivel de vida social (más tarde supe que entre sus antepasados contaban también los ex presidentes Pardo, y Manuel María Mallarino). No sé si Marucha estará dispuesta a casarse con un plebeyo y pobre como yo; tal vez, mi cultura relativamente superior la haya engañado a este respecto. Viendo la modestia de mi familia en Pinerolo, tendrá una información más exacta para comprendernos. Los

resultados serán en todo caso convenientes: si ella, al ver la situación de mi familia se desilusiona de mí y rechaza el matrimonio, aunque esto me cause gran dolor, será mejor que una eterna incompatibilidad una vez casados; y en cambio, si el conocimiento de lo anterior no modifica el amor de ella, puedo contar con que seremos felices después de casados; que ella aceptará vivir conmigo modestamente, sin importarle sacrificar el lujo que yo no podría proporcionarle. Falta saber si ella conviene ir a Pinerolo, y si los suyos le permitirán hacer ese viaje desde Ginebra. La contestación desde Suiza llega bondadosamente afirmativa, y ya no tengo palabras para expresar mi emoción de felicidad, pues esta prueba de amor que Marucha me concede es mayor que cualquiera otra que yo hubiera podido pedirle. Además, su aceptación de viajar de Ginebra a Turín y Pinerolo durante su viaje de regreso a Colombia embarcando en Barcelona, significa para mí claramente que sus parientes no se oponen a nuestros ideales. Falta ahora saber cuáles serán los resultados de su encuentro con mi mamá. Enseguida escribo a los míos informándoles de todo, y suplicándoles para que hagan buena recepción a Marucha y sus parientes. En previsión de que mi matrimonio pueda realizarse el año entrante, a los pocos meses después de que Marucha haya regresado desde Europa, me pongo a pensar cómo llevar a cabo ese sueño en la mejor

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forma posible. Enseguida me doy cuenta de que no puedo posponer más la operación de la hernia. Al efecto, me conviene aprovechar que durante algunas semanas permanecerá en Barranquilla el cirujano profesor Frasca, con quien tengo relaciones amistosas desde cuando nos conocimos en Bucaramanga chez Marocco. Tiene fama de ser un as. Le informo que a raíz de la operación de hemorroides en el Columbus Hospital de Nueva York hace unos seis años, me ha quedado una fuerte alergia o autosugestión que me da temor a privarme, cada vez que olfateo olor a cloroformo o éter. Entonces, Frasca resuelve anestesiarme con “avertina”, en lugar de gases. Me advierte que esta droga es más peligrosa, ya no se usa en Barranquilla porque la mayoría de los anestesiados no volvió a despertarse; pero que él sabe usarla convenientemente, y puedo confiar en él, por mi parte, le tengo total confianza al Dr. Frasca, y cumplo a la letra sus instrucciones. Cierro el almacén, con la esperanza de volver a abrirlo dentro de unos 10 días. Dejé todos mis asuntos arreglados; sin escribir nada de esto a mamá, o a Marucha, pues sería una idiotez preocuparlas mientras no se conozca el resultado de la operación. Por la tarde entro en la clínica del Prado, para ser operado al día siguiente. La clínica es del doctor Regueros Peralta, santandereano, con sangre alemana y costumbres también alemanas. La enfermera también es alemana, y entiendo que amiga de Klemp. Esto me choca, porque no he olvidado las peleas que he tenido con Vogeler y con Klemp. Ojalá que no me traten mal. Por lo pronto, ya se disgustaron con Frasca por lo de la avertina. La avertina no es un gas, ni inyección, sino un líquido, que hay que tomar, y que en pocos minutos procura el sueño, sin molestia alguna. Dicen que lo difícil está en despertarse; y por ello la clínica quisiera oponerse a su uso; pero yo no dudo de Frasca. Me tomo pues la droga; y… buena noche. Cuando despierto, tengo el natural sobresalto de quien tiene dificultad en coordinar los sentidos, recordar su situación, reentrar desde las tinieblas, en este mundo. Veo unas paredes, que no logro reconocer: dónde estoy? Qué barco es éste? No, el marco de la ventana es de tierra firme. Las personas que me rodean cerca de la cama, quiénes son? Seres infernales dispuestos a torturarme? Por qué las paredes, cortinas, personas, todos tienen color blanco? Me duele el cuerpo, no sé dónde; trato de moverme, pero me resulta imposible, estoy fuertemente amarrado a la cama.

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Principio a vomitar; acabo de reconocer la fisonomía de Frasca; poco a poco me doy cuenta de que estoy circundado por médicos y enfermeras; estoy en un hospital. Ah, sí; ahora recuerdo, estoy en la clínica del Prado donde he venido para ser operado de la hernia. Marucha, ah, si, Marucha, ¿dónde estará? Atravesando los Alpes, rumbo a Italia? Habrá nieve? En febrero, todavía es invierno allá. No sufrirá frío? Que Dios la cuide; yo nada puedo hacer; ni ella se imagina que en este momento me hallo en una clínica, solo, y entre extraños, aguantando dolores, sin tener al lado una persona amiga con quien confiarme y consolarme. Pero, qué importa; por ti, Marucha, para casarnos. ¿Salió bien la operación? ¿Podré levantarme pronto? Por la tarde, vuelve Frasca, me asegura que sí, dentro de diez días. Por la noche vienen a visitarme los Ibáñez, Sergio, y algún otro. No estoy pues totalmente solo. Para calmar el dolor, la enfermera me aplica en el antebrazo derecho una inyección, supongo que de morfina. Al día siguiente, el brazo está un poco hinchado. Me siento intranquilo, nervioso; lo único que me inspira confianza es cuando viene Frasca. Con el calor que hace, y el cuerpo amarrado, en este encierro solitario día y noche, las horas no pasan, son extremadamente largas. Al tercer día, el brazo, más hinchado, me duele. Se lo digo a la enfermera, pero ella con desdén me contesta que los italianos son unos llorones. Esto me ofende, pero no puedo hacer otra cosa, sino callarme. Tal vez ella tenga razón. Sin embargo, el dolor del brazo aumenta. Finalmente, al cuarto día, cuando Frasca viene a pasarme la visita, no puedo detenerme, le informo que tengo un brazo hinchado, cuyo dolor me tienen loco, no obstante la burla de la enfermera contra los llorones italianos. Frasca me destapa el brazo, observa con seriedad, y estalla en improperios. Canallas! ¿Con que se ríen de usted? Le han puesto una inyección infectada; allí hay un enorme absceso; hay que operarle a usted el brazo, sin perder tiempo. 4 –Cómo hacemos, entre estos tercos tudescos? Yo no puedo trabajar en este ambiente de mala voluntad– me dice en el colmo de la indignación, –¿qué hacemos?– Le contesto que yo tampoco quiero continuar en manos de Peralta y su enfermera; que en cuanto a la operación del brazo, estoy dispuesto a todo lo que él, Frasca, resuelva. Me dice que desde luego está dispuesto a operarme, pero que no tiene ánimo de hacerlo entre esta

Memorias de un marconista de mar y tierra t Italo Amore


gente que no saben poner una inyección sin infectarlo a uno, que no se dan cuenta de nada, y que todo lo echan a perder. ¿Qué hacer? Le pregunto si puede llevarme a otra parte, pero él duda de que nos den cupo en otras clínicas mejores, si las hay; además, cómo moverme, si solamente tengo cuatro días de operado? Le contesto que me siento fuerte: que cuando me operaron de hemorroides en Nueva York, al quinto día me escapé del hospital, y solo, con mis propias piernas, sin que nadie se diera cuenta, en taxi y subiendo escaleras llegué a mi barco el Giuseppe Verdi; que si él me autoriza, yo sería capaz de repetir esa hazaña. Se queda un rato pensando; me mira a los ojos; y luego, un relámpago de orgullo brilla en su fisonomía flaca y severa, de gran cirujano. –Pues sí, démosle a estos sajones una demostración de cómo no son llorones los italianos! Hijo mío: si usted tiene fuerza y valor, salgamos de esta clínica, inmediatamente, vámonos al hotel Tivoli y allá lo operaré, a sangre fría, como si estuviésemos en el frente de batalla, pero con bisturí desinfectado!– Con su ayuda me levanto, me visto; y sostenido por él, callados salimos de la clínica, sin que nadie se de cuenta. En la calle, subimos a un taxi; llegamos al Tivoli, que es el mismo hotelucho en donde nos alojamos los de la misión cuando llegamos de Italia en 1927; situado en la calle Cuartel entre Paseo Bolívar y San Blas. Ahora está gerenciado por el locato aviador Guicciardi, el gran as que conocí en la Scadta cuando con el piloto austriaco Lerch hicimos los ensayos de radiocomunicación desde el hidroavión Colombia en vuelo. Con Guicciardi y con Consonni de la fábrica de sombreros, he quedado amigo; así que enseguida se afana para colocarme en el mejor cuarto, bien ventilado, ¡Que colchones tan blandos Dios mío, comparados con el camastro de la clínica! Traen grandes baldes llenos de agua y hielo, sábanas, gasas y bisturíes; ya sé que ahora me tocará ver estrellas; pero, que tan grato es, sentirse uno entre amigos! Le digo a Frasca que puede proceder tranquilamente. Recordándome de Silvio Pellico cuando lo operaron en sus “Prisiones”, aprieto los dientes, pensando en Marucha… Al cuarto de hora, todo está terminado. Me sacaron medio litro de pus; maldita enfermera amiga de Klemp. Al octavo día de la operación de la hernia, con permiso de Frasca quien se manifiesta feliz y orgulloso de su paciente, me levanto, y caminando lentamente llego a mi almacén. Lo abro; leo la correspondencia

atrasada, dispongo algún trabajo. Desde luego: me siento un poco débil. Escribo a mi mamá, y a Marucha, relatándoles las peripecias por las que he pasado, e informándoles que ya estoy perfectamente bien. Día por día vuelvo a adquirir fuerza; a las tres semanas me siento restablecido, y terminan las curaciones. Pago la cuenta de un centenar de pesos a la clínica del Prado y $180 a Frasca por la operación y sus paternales cuidados. Mientras tanto, el negocio se ha resentido por las pérdidas durante los días en que el almacén permaneció cerrado; además, la situación general sigue empeorando: en septiembre ocurrió un incidente en la región Amazónica de Leticia, entre colombianos y peruanos; parece que habrá guerra entre los dos países. Guerra, ¿por 2 kilómetros de tierra, mejor dicho, de selva, entre dos naciones que tienen centenares de millares de kilómetros cuadrados de superficie inexplorada y deshabitada? Qué cosa más absurda! Desde luego, estando de novio, y siendo Marucha colombiana, me siento dispuesto a batirme, cuando sea el caso, en defensa de mis futuros parientes, a pesar de que esta guerra me parece insensata. Entre enero y febrero 1932 recibo las primeras cartas de mi mamá y de Marucha; fotografías en que todas ellas aparecen en grupo ante el edificio del cerro de San Mauricio de Pinerolo donde está alojada mi familia. Todo fue bien y Marucha tuvo la bondad de comprender y aceptar. Pronto regresarán a Colombia; entonces podremos preparar los detalles y fecha del matrimonio. Ya nos consideramos novios, con tácita autorización de los parientes de Marucha. En cuanto a mi familia, tuvieron muy buena impresión, y mamá sabe que sería inútil oponerse a mi deseo, aunque esto significa que no regresaré a Italia. Para marzo, es anunciado el regreso de Marucha y los suyos. Vendrán en el buque español Marqués de Comilías, desde Barcelona, o desde Cádiz, a Puerto Colombia. Ya faltan pocos días para volver a encontrarnos; yo sufro de celos pensando que en el trasatlántico en que vienen, otros oficiales, colegas míos de antaño, puedan estar haciéndole la corte… Precisamente porque conozco tan íntimamente la vida de abordo en naves de pasajeros, es que estoy tan celoso… Desde el año de 1928, la época de mis vuelos en el hidroavión Colombia de la Scadta, no había yo vuelto a Puerto Colombia, por temor de que la vista del mar y de los barcos me despertara la nostalgia marina. Ahora, iré sin ese temor, porque llega mi amor… Finalmente, llegó el gran día. Una desilusión, sería terrible, pero por la frecuente correspondencia que MISIÓN A COLOMBIA - Capítulo 70 Novio

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recibo de Marucha desde España, y su reciente telegrama anunciando la fecha de desembarque, no dejan lugar a dudas. Por la mañana tomo el trencito que ha de llevarme a Puerto Colombia. He allí el largo muelle, construido, como el ferrocarril, por una empresa inglesa, que pronto lo abandonará porque no le resultó el negocio, y porque con el canal de Bocas de Ceniza, en el futuro los barcos no arrimarán allí, sino que entrarán por el río hasta Barranquilla. Voy a situarme en la extrema punta del muelle, esperando ver surgir en el horizonte el negro penacho de humo, o la silueta del barco en el que viene ELLA, mi todo. Estoy solo, pero contento, confiado. Por segunda vez se repite en mi mente la escena de la ópera Butterfly, canturreando su popular música: “… Un bel dí, vedremo…, levarsi un fil di fumo…, sull’estremo confine del mare…; eccola, gia la nave appare…”. Rápidamente se acerca la sombra gris. Cuando inicia la maniobra para arrimar al muelle, yo y Marucha nos vemos y nos reconocemos; yo, solo, sobre la punta del muelle; ella, entre un grupo de pasajeros que desde el puente de la 1ª clase contesta a mis saludos agitando pañuelos… Ahora reconozco que las que están a su lado son sus hermanas: Teresa, Inés, Elisa, y su tía Carlota. Tan pronto que los tripulantes sueltan la escalera real, me precipito subiendo sus peldaños de tres a la vez, como saben hacerlo los marinos, sin temor de caer al mar; en pocos segundos las alcanzo; nos abrazamos. Todos están bien, y felices. Desciendo con ellas a los camarotes, para ayudarlas a despachar el equipaje, y aprovecho para dar el primer beso a Marucha. Ya somos novios oficialmente. Bajamos del barco; tomamos un auto; y contentos seguimos a Barranquilla, donde se instalan en el hotel Netíli. Allí acaban de llegar, desde Bogotá, Ana Pardo de Mallarino, y Juan Antonio Pardo, para recibir a sus hermanas. Me doy cuenta de que Juan es ciego. Nos presentamos; me acogen muy gentilmente; con mucha alegría nos instalamos a almorzar en una mesa común al centro del comedor, toda la familia, yo inclusive, que no quepo ya en mi piel, por la felicidad, al lado de mi prometida. El domingo, 19 de marzo 1932, en la iglesia de San José en Barranquilla, vamos a comulgar juntos; así ya tenemos la bendición oficial ante el altar; nos cambiamos argolla de compromiso. El miércoles de la misma semana, en barco de río, sale Marucha, con los de su familia, hacia Bogotá,

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quedándome nuevamente sólo, y triste. Mediante frecuente correspondencia aérea y telegramas nos mantenemos en contacto. He pedido a mi mamá, que desde Pinerolo envíe los documentos personales para las gestiones matrimoniales: certificado de nacimiento, estado civil, etc. Tengo que trasladarme del localito donde estoy instalado en la esquina del Paseo Colón, que próximamente será derribado para construir allí un edificio de la Compañía Colombiana de Tabaco. Consigo uno algo mejor, más grande, media cuadra más arriba, costado opuesto, en la misma Avenida XX de Julio, entre Colón y San Blas. En cuanto a ventilación, es tan caliente y falto de aire como el precedente; sin embargo, para ahorrar, continúo así, durmiendo en el fondo del local sobre un catre de viaje. Para las comidas, sigo en pensión en el hotel Netíli, sentándome frecuentemente a la mesa con el maestro de música Alfredo Squarcetta, de Roma, o con Federico Blanco que gerencia una importante farmacia situada allí cerca. De Bogotá me escribe Marucha pidiéndome como condición indispensable de la etapa prematrimonial, que yo viaje a la capital, para conocer y hacerme conocer. Considero imposible hacerlo, debido a los gastos, y a las pérdidas al negocio, que aún está resentido por mi ausencia y gastos durante la operación de la hernia. Con dificultad lograré juntar un millar de pesos para las bodas, sin tener que prestar a nadie. Pero estas consideraciones económicas no puedo escribírselas a mis futuros parientes; contesto a Marucha que decididamente no iré a Bogotá sino para casarme, y regresar a Barranquilla; y que estoy listo para hacerlo tan pronto que de allá nos autoricen. Juan me replica que todavía es temprano para casarnos, y que no debemos tener prisa. Se desarrolla una difícil correspondencia con Juan, y con la tía Carlota a quien me he dirigido solicitándole apoyo. Al fin, Marucha y todos se resignan a aceptar mi solicitud; Pepe Mallarino, el marido de Ana, me escribe con mucha gentileza y cariño consintiendo ser padrino de nuestro matrimonio. Desde Popayán, con carta del 11 de octubre me escribe Elvira, a nombre también de su marido Manuel Antonio, manifestando que ellos también gustosamente nos acompañarán. Es decir: ya tengo confirmada la aceptación de toda la familia. Llegan de Pinerolo los documentos oficiales, que envío a Marucha para que allá puedan iniciar las gestiones para las bodas, y demostrando que soy persona honorable también en Italia, queda despejada cualquier duda o impedimento legal.

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Tengo un problema con mi antiguo socio Faccini de Cúcuta quien sigue pidiéndome dinero; él quisiera que yo comprara su parte de capital en el negocio, un par de miles de pesos, pero no me es posible hacerlo; le contesto que espere, pues no me es posible en estos tiempos de crisis conseguir esa suma. Que en este momento en que me dispongo para casarme, y necesito para ello disponer de algunos pesos, no puedo sacrificar mi futuro, aunque sea grande mi deseo de ayudarle. Don Pacho se queja de que ha quebrado en su negocio de café, que ha estado en la cárcel, que ha perdido todos sus bienes; luego, se trasladó a una hacienda de su esposa y se puso a sembrar, pero una inundación le arruinó el cultivo dejándolo nuevamente paupérrimo. Todo lo cual es realmente triste y me impresiona, me apena pero nada puedo hacer para auxiliarlo. Sigo insistiendo y casi peleando con Bogotá, para fijar pronto la fecha del matrimonio; amenazo de que tiene que ser antes de que termine el año, o nunca. El motivo de mi insistencia, entre otras cosas, es que ya voy a cumplir 32 años, y me parece inconveniente dejar pasar más tiempo. Desde cuando procuré abandonar la marina, establecerme en tierra firme, lo hice con el propósito de cumplir mi humano deber de tener familia, ser padre, dentro de la época en que uno es todavía bastante joven y fuerte para atender debidamente a la educación de los hijos. Me había propuesto casarme hacia los treinta años, y ya llevo casi tres de atraso. Finalmente, en octubre me contesta Marucha que todo estará listo para casarnos en noviembre. Dicho mes, que corresponde al de mi nacimiento, ha sido generalmente de buen agüero para mí; varios de los cambios principales en el transcurso de mi vida, hasta hoy, tuvieron lugar en noviembre. Está bien pues que nos casemos en noviembre, y antes de entrar yo en el 33º año. En ocasión de una entrevista casual con el coronel Frehard José, actualmente al comando de la 2ª División de Barranquilla, refiriéndome al conflicto de Leticia con el Perú, le puse de presente mí preocupación por el hecho de que conociendo yo bastante la incompetencia del Ministerio de Correos y que las radiocomunicaciones del mismo estaban controladas y en poder de la inglesa compañía Marconi que tenía intereses similares en el Perú, me parecía urgente que se organizara por el Ministerio de Guerra un cuerpo de radio militar. Que para fines bélicos, no podía Colombia contar con los servicios comerciales del Ministerio de Correos, más aún, puesto que la Marconi solamente se interesaba en cobrar tarifas a tanto por

palabra, y hacer dinero por punta y punta, es decir, en Colombia, y en el Perú (para la comunicación Bogotá–Amazonas, cobraba un peso por palabra, no obstante que los mensajes cruzaban principalmente por la red nacional). El coronel Frehard me aseguró que enviaría al presidente Olaya Herrera un memorándum que a su solicitud de dirigí el 18 de octubre de 1932, titulado: “Sobre organización de un cuerpo o sección para servicio radio–militar en Colombia, en tiempos de paz; y en caso de guerra”; del cual extracto: “… En conformidad con la opinión gentilmente manifestada por usted ayer, durante la conversación con que se dignó honrarme, me permito presentarle un modesto pro-memoria sobre el asunto RADIO MILITAR; manifestándole que mi deseo es contribuir en algo sobre el desarrollo del servicio radio en Colombia, cuyos pormenores conozco casualmente debido a la naturaleza de mi profesión, y por haber prestado servicio en diferentes ocasiones en estaciones nacionales. Me permito también añadir que el cariño que tengo para mi profesión es tan grande como mi sentimiento de gratitud y admiración para esta bendita tierra que me hospeda y que si mis pocos conocimientos pudieran en algo servir en las contingencias actuales, los pondrían a disposición de Ella, con el más sincero entusiasmo y como uno de sus hijos. Este modesto esbozo fue trazado en el espacio de pocas horas, por carecer de más tiempo disponible, y presenta seguramente muchas locuras. Puede que todos o parte de mis puntos de vista estén en lo errado, y en tal caso suplico perdonarme por mis errores. También notará usted señor Comandante, que mi manera de expresarme carece de la literatura que dulcificando la frase, aclara el sentido de ella, puliéndola de las asperezas que son producto de mi ignorancia en el uso correcto del idioma castellano. Le agradezco anticipadamente, señor Comandante, por el honor que se sirvió concederme, y le repito respetuosamente que me es muy grato quedar de usted atento y seguro servidor…” (no mencioné que mi principal interés surgía del hecho de que estaba yo en víspera de casarme con una colombiana; pero supongo que se lo diría verbalmente). De las páginas que trata sobre el servicio de radio-militar en tiempo de guerra, extracto: “… un buen servicio de señalaciones y comunicaciones rápidas y secretas, constituye en tiempo de guerra el elemento principal para conseguir el mejor MISIÓN A COLOMBIA - Capítulo 70 Novio

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C_dula de Extranjer¡a

suceso con el mínimo de gasto de energías. El centro del servicio radio en tiempo de guerra, debe estar situado dentro o cerca del comando supremo de todas las operaciones, y el personal que lo constituye debe ser escogido entre los elementos de mejor inteligencia, intuición, abnegación al servicio, carácter reservadísimo. Además del servicio de transmisión de órdenes y comunicaciones entre los varios cuerpos, en tiempo de guerra se requiere a la radio el servicio de escucha secreto o espionaje sobre las comunicaciones de las estaciones enemigas, captando mensajes en claro y en clave, que pueden en muchos casos se interpretados por especialistas en la materia. Para las comunicaciones de servicio entre las estaciones del propio ejército, se usa un código especial cuya clave es variada cada determinado tiempo, teniendo la precaución de forrar dichos libros en plomo o con material combustible, para echarlos al agua si se trata de estaciones flotantes, o quemarlos, si se trata de estaciones terrestres, en caso de caer prisionera la oficina o persona que los posee. El servicio de escucha o espionaje requiere varias informaciones sobre el tipo, letras de llamada, potencia, longitud de onda, de las principales estaciones enemigas, para facilitar el trabajo de individualizarlas, aunque usen entre ellas claves, ondas, y llamadas secretas…” A continuación, describía la situación en el Ministerio de Correos, el abuso de las compañías extranjeras: “…esta no quiere ser una injusta crítica sobre la organización y los sucesos ocurridos en el servicio inalámbrico en el pasado, pero sí conviene recordar que muchas de las estaciones compradas y montadas

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durante los últimos años sirven poco o nada; y el ejemplo más reciente lo tenemos en las estaciones suministradas con los buques de la flotilla, que seguramente fueron pagadas a precio muy alto, y cuando se necesitaron resultó que tenían un alcance de pocas decenas de millas solamente, por ser de poca potencia y del sistema de “ondas largas”. En uno de los buques que se halla en puerto actualmente, el inconveniente ha sido en parte remediado montando un pequeño transmisor de “onda corta”, estilo “aficionados”, que no vale más de doscientos o trescientos pesos, y habiéndose logrado con éste comunicar directamente con Bogotá… Se podría alistar en pocas semanas, mediante decreto drástico, en caso de seria guerra, un cuerpo de operadores y técnicos que una vez organizado daría seguramente buenos resultados; escogiendo el personal entre los jefes y operadores que presten servicio en las estaciones del Ministerio de Correos, y entre los técnicos aficionados de las estaciones radiodifusoras, añadiendo un pequeño número de buenos telegrafistas…” Tengo la presunción de creer que muchos de los consejos contenidos en mi memo fueron inmediatamente puestos en práctica por la Presidencia de la República y el Minguerra, tal como lo demostraron los hechos posteriores. A mediados de noviembre, dejando arreglados los negocios del almacén lo mejor posible para que sigan marchando a cargo de mi ayudante José con el mínimo de pérdidas, me embarco en un buque de la Naviera del río Magdalena, rumbo a Bogotá, llevando con mi equipaje un par de radioreceptores AtwaterKent para venderlos allá y así aumentar mis fondos, además de un Baird de regalo para Marucha. Desembarco en La Dorada. Sigo en tren, por la vía de Honda hasta el kilómetro 99 cerca de Armero; allí tomo un taxi, y, sobrepasando el obstáculo de un par de derrumbes caídos el día anterior en la carretera, llego felizmente, hacia las tres de la mañana, por primera vez, a Bogotá, instalándome en el hotel Europa situado en la misma calle 11 a un par de cuadras de la residencia de Marucha. Enseguida, me dirijo a la casa de Marucha, pero, a esa hora, todo cerrado. Ella sabe que estoy en viaje, sin embargo no puede adivinar la hora de mi llegada. Regreso al hotel; a las 8 de la mañana mi impaciencia para presentarme es inmensa; vuelvo a subir hacia su residencia, golpeo; esta vez, la puerta se abre, y allí nos abrazamos, siendo recibido cariñosa

Memorias de un marconista de mar y tierra t Italo Amore


CAPÍTULO

71

Casado

Noviembre de 1.932 Noviembre de 1.933

M

ientras que, con Marucha, diariamente tengo que atender invitaciones a las casas de sus numerosas familias de parientes, adelantamos también las gestiones para las bodas. En dichas recepciones sociales desempeñó un papel muy poco brillante, ya sea porque nunca estuvo en mi carácter el serlo –principiando con que no bailo–, ya sea porque no me siento libre de preocupaciones en cuanto a mis asuntos de finanzas. Pues, el dinero de que dispongo es estrictamente el necesario para los gastos del hotel donde resido, los inherentes a las bodas, y el viaje de regreso de los dos a Barranquilla; si quedo una semana más en Bogotá, se me agotan las reservas… Y no es el caso de pedir dinero prestado, pues aquí nadie me conoce; y mucho menos podría yo pedirle a los parientes de Marucha, que quién sabe cuál opinión se formarían de mí… Desde la edad de los 16 años cuando salí a la vida de marino, lejos de mi hogar y de mi pueblo, las circunstancias me enseñaron a acostumbrarme a valerme sólo, sin poder contar con ayuda de nadie; por el contrario, teniendo yo que remesar dinero a mi mamá para ayudar a levantar mis hermanos. La única excepción fue con Severino cuando me prestó dinero para facilitarme el viaje a Colombia; y ello no fue porque yo se lo pidiera, sino que él espontáneamente me lo ofreció. La costumbre a debatirme solo, con mis propios medios, teniendo además presente

que si se me acaban los ahorros quedo en la calle, arruinado pues no dispongo de parientes a quienes solicitar auxilio, ha sido desde hace quince años mi constante preocupación, seriedad y fortaleza de carácter en los momentos decisivos, para evitarme el derrumbe que en mis condiciones de solitario viajero por el mundo, sería fatal! Así que, no obstante el riesgo de parecer insolente, antipático, duro, tengo que forzar las cosas, para apurar el matrimonio, e irme de Bogotá, a pesar que, claro está, si no tuviese tales inquietudes, mucho me gustaría quedarme aquí largo tiempo, gozando de las atenciones de todos estos nuevos parientes, frecuentando fiestas sociales, visitando haciendas, etc. Pero, no hay remedio: tengo que ser inflexible. Ocurre un pequeño incidente. Marucha, y los suyos, grandes amigos de la comunidad jesuita, me informan que para las bodas, que tienen que efectuarse en la iglesia de San Ignacio, puedo dirigirme a un R.P. David, de esa parroquia, quien está ya al corriente del asunto, puesto que es el confesor de María Teresa y de tía Carlota. Es miércoles; allá voy, para pedir el matrimonio para el domingo 20 de noviembre de 1932. Amablemente me recibe el Padre David; comprendo que está estudiando mi persona, como para cumplir con su responsabilidad de consejero de la familia, para dar o no su visto bueno de las bodas.

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Oída mi solicitud, contesta que el matrimonio no puede ser fijado para el próximo domingo, porque para ese día la iglesia tiene ya compromisos anteriores, pero que quizás encontrarían algún cupo hacia el final de mes, con mucho gusto, tanto más que aún cuando sea ésta la primera vez que vengo a Bogotá, ellos, los jesuitas, me conocen muchísimo… Al oír estas últimas palabras, quedo sorprendido, e inmediatamente me pongo en guardia. ¿Me conocen desde hace tiempo? Cómo, y por qué? Como no: –replica el sacerdote–, aquí hay un padre que lo conoce y lo recuerda a usted mucho, desde hace años; es el Padre Urrutia, ¿lo recuerda usted? Era el superior de San José en Barranquilla cuando usted estaba de jefe del inalámbrico en Las Delicias… –No, no recuerdo. Pero, dígame una cosa Padre. He venido para casarme el domingo; y, una contestación afirmativa, es lo único que espero de Vuestra Reverencia, sin otra alternativa, porque podrían surgir graves problemas… Me pide usted esperar un momento, para ir a averiguar si ello es posible. Quedo solo, en la salita de espera; estoy pensando: aquí he caído en una trampa, al estilo de la que me sucedió cuando tenía de ocho a nueve años de edad, en el seminario de Pinerolo… El Padre Urrutia

La novia

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es aquel a quien no permití abrir la carretera en los terrenos del inalámbrico cuando su comunidad había planeado quedarse con los mismos. Ahora se van a vengar conmigo. Recordé la descripción del carácter jesuita por el Dumas; los conflictos entre Aramís y D’Artagnan en “Los tres Mosqueteros”. Tengo que ser fuerte; o estos padres son capaces de prolongarme la fecha de las bodas hasta las calendas griegas, y mientras tanto, mis finanzas quiebran… Regresa el Padre David; manifiesta que no puede ser el domingo, pero que harán todo lo posible para que la celebración tenga lugar a más tardar dentro de quince días. –Pues bien– le contesto, –usted Padre, como amigo que es de la familia Pardo Ospina, tiene que procurar lo mejor para la misma, y para María Luisa. Y yo tengo que informarle a usted, a calzón quitado, que debido a motivos de negocios pendientes en Barranquilla, no me es posible aceptar dilación alguna. Me casan ustedes el domingo, en San Ignacio; o yo veré cómo me caso ese día con Marucha, en cualquier parroquia de los pueblos vecinos; no importa dónde; pues Dios está en todas partes. He tomado pasajes para salir el próximo martes hacia Barranquilla; y saldré ese día, casado en su iglesia, o en cualquier otra iglesia; o sin casarme si ello no es posible. Usted verá si prefiere ayudarme, o quedar responsable de imprevistas consecuencias, pues tengo la certeza de que Marucha me seguirá y hará lo que yo resuelva–. Se quedó un rato pensando; luego, me pidió regresar a las tres de la tarde, que para entonces me tendría la contestación. Cuando volví, me dijo que no pudiendo las bodas ser en San Ignacio, y en vista de que yo soy italiano, para ayudarme había obtenido el permiso para que fuesen el sábado, nada menos que en la Nunciatura Apostólica, situada a dos cuadras de la residencia de María Luisa, y celebradas por el propio encargado de la Nunciatura, monseñor Verolino! Magnífico! Le agradecí muchísimo; y el incidente quedó así solucionado. Ahora: a los demás detalles. Para el vestido, me ayudó a la perfección el cuñado Pepe Mallarino, arbiter elegantiarum de Bogotá, recomendándome a su mejor sastre, facilitándome su corbata de plastrón, y el cilindro. Además, con su esposa Ana, me ofrecieron su casa para instalarme allí después de las bodas hasta el día en que salgamos para Barranquilla, dicha casa estaba ubicada en la misma calle 11, entre las carreras 3ª y 2ª, costado sur, y que era de propiedad de don Gustavo Santos M.

Memorias de un marconista de mar y tierra t Italo Amore


En cuanto al anillo para Marucha: desde Barranquilla había yo traído uno de platino, con brillante de pocos quilates pero muy puro, que había conseguido de un joyero italiano amigo (Lombardi?) que era también filatelista, a cambio de mi colección de estampillas en la que había valiosos ejemplares conseguidos durante mis viajes, especialmente de la Somalia italiana, Eritrea, India, Canadá, etc. Sacrifiqué veinte años de colección, pero fue el único recurso para poder llevar a María Luisa un anillo de calidad digna de ella. El día en que nos casamos, en casa de Marucha, fue gran fiesta. Entre tanta gente que no conozco, sin otros amigos que los cuñados, me sentía como un pez fuera del agua… Afortunadamente, el entendimiento con Marucha y los suyos marchó sin una nube. En la Nunciatura hubo flores, velas, cirios, toilettes, orquesta, marcha nupcial de Mendelson y triunfal de la Aída; argollas, si; una colección de monedas de oro de diferentes países europeos y americanos, de propiedad de la familia, como tradicionales arras; todo pasó ante mis ojos como en vaporoso ensueño. Después de la recepción en casa, las fotografías, despedidas; y salimos yo y Marucha escapándonos bajo un chorro de arroz. Subimos en el automóvil de la familia; hacia dónde vamos? Al salto del Tequendama, que no conozco. Mientras tanto, como suele hacerlo en noviembre la meteorología bogotana, el cielo se oscurece: nubes, truenos, relámpagos; el temporal se acerca; llueven aguaceros. En el salto, demoramos unos minutos; el río está desbordante, el espectáculo de la fabulosa cascada de agua es impresionante, majestuoso, pero lúgubre. De regreso a Bogotá, encontramos los caminos inundados; y la calle 11 intransitable, destruida por las alcantarillas que estallaron; las aceras, blancas de granizo; techos desfondados, inundaciones; el pandemonio. Caramba! Todo esto, en cosa de un par de horas; precisamente cuando acabo de casarme. Pero, dicen que el agua… mil es de buen agüero… Transcurridos los dos días previstos, en casa de Pepe, yo y Marucha nos despedimos, viajando en auto hasta La Dorada; allí tomamos un barco y bajamos por el río. Llegados a Barranquilla, buscamos una casa para instalar el nido; tenemos la suerte de hallar enseguida, disponible para arrendar, un bonito chalet en el barrio del Prado, de la señora Cortissoz, a unas cuatro cuadras el teatro Apolo, lado derecho, donde posteriormente levantaron un estadio; el sector está bien

ventilado, y desde allí se goza la vista panorámica del Magdalena. Enseguida, aprovechando mis relaciones comerciales con la General Electric para la cual trabajo como técnico de radio en los momentos que me quedan libres del almacén, consigo a adquirir con 30% de descuento y pago a plazo la nevera, ventilador, estufa y reloj eléctrico; Marucha escoge los demás muebles en los almacenes de la calle Progreso; y los enseres de cocina en el Almacén Helda; de suerte que en un santiamén el hogar está equipado. Una cocinera negra, un perro y, el vendedor ambulante de “papayas italianas”, completan el cuadro. Mis nexos comerciales con la GE de Barranquilla, su magnífico gerente Mr. Savage, se fundaron sobre la amistosa correspondencia cruzada entre esa firma durante mi estadía en Cúcuta año 1930, acerca de su radiodifusora de onda corta W2XAF, en cuyos archivos quedé anotado con favorable good–will. La GE de Barranquilla, todavía vendía solamente radios de onda larga, que por lo mismo, no competían en resultados, con los míos Baird, etc. de onda corta, aunque sí competían en la forma de pago, que GE concedía a cualquier cliente, haciendo créditos hasta por un año, mientras que yo podía solamente vender al contado. No disponiendo GE de personal especializado en radio, sino en “ventas a plazo…”, muchos de sus clientes, con cualquier pretexto de recepción defectuosa o de daño, no pagaban las letras del crédito, y devolvían el aparato en mal estado. Entonces, Mr. Savage solicitó mi intervención consistente en revisar, reparar cada aparato, y cobrar a GE una tarifa módica por este servicio, lo cual llevé a efecto manteniendo las mejores relaciones con dicha compañía (gracias a lo cual, muchos años después, alcancé en ella hasta el cargo de gerente; y mientras esto escribo, recibo de la misma la pensión de jubilación; que siempre resulta útil, en cualquier ocasión, crearse y mantenerse la fama de competente y honrado). Otra actividad, que olvidé mencionar en capítulo anterior, fue la de que en abril de 1932, cuando después de un año de publicar la revista EL RADIOMANO, decidí suspenderla porque los avisos comerciales no producían lo suficiente para sostener el costo de la edición; me dediqué a escribir una o dos páginas semanales en el dominical del gran periódico LA PRENSA de Barranquilla. Esto no me proporcionaba entradas en dinero, pero tampoco gastos; en cambio, los señores Martínez Aparicio, tíos de mi amigo Sergio, me permitían publicar gratis un anuncio de propaganda de mi almacén Radio Agencias. MISIÓN A COLOMBIA - Capítulo 71 Casado

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Para comprender el gran esfuerzo que para ellos y para mí, significaba, esto de publicar regularmente páginas de divulgación sobre “radio” –cuando todavía eran muy escasos los lectores interesados en dicha ciencia–, basta recordar que, después de mi revista EL RADIOMANO; de las notas dominicales en LA PRENSA; de mi revista RADIO (Liga Colombiana Radioaficionados); y de mi revista ELECTRONICA (APEC); hoy, es decir, 35 años después de mi primera publicación en Barranquilla, no existe todavía en Colombia una revista similar sobre la materia! (lo que hay, son apenas crónicas sobre programas y artistas). Naturalmente, muchas de las cosas que escribía entonces, que para esa época eran demasiada novedad, resultan hoy pueriles; pero se encuentra allí algún dato de interés histórico de los años treinta. Olvidé mencionar que yo no firmaba esos artículos con mi nombre, sino con seudónimos, generalmente el de Spark, chispa, que era el apodo que en los barcos nos daban a los marconistas, por aquello de que antes del invento del tubo termoiónico, nuestros radiotransmisores eran del sistema de la fragorosa y espeluznante chispa. Como si lo anterior no fuese suficiente: asimismo desde el año pasado he tomado a mi cargo reemplazar al amigo ingeniero antioqueño Posada (¿Eduardo?) en el servicio de inspección, reparación y mantenimiento del equipo cineparlante del Teatro Colombia, situado en la calle San Blas, a una cuadra de mi almacén. El cineparlante, con su célula fotoeléctrica para el sonido fotografiado de la película, los amplificadores y los grandes altoparlantes, en aquella época eran todavía de alta técnica electrónica, una novedad, y por lo mismo, poco conocida por los operadores de cine, el equipo era de la Western Electric, cuyo gerente también amigo mío, Mr. C. K. Wilkinson, rubio norteamericano, tenía oficina en Bogotá. El administrador del Teatro Colombia era el antioqueño Isaza. Mi compromiso, por $30 mensuales, consistía en presenciar las funciones nocturnas, o siquiera estar siempre listo durante el horario de los espectáculos, a volar, subiendo a la cabina de proyección, en caso de daño en las máquinas, antes de que el arco eléctrico incendiara la película, o de que el público enfurecido desbaratara la silletería del local… Ahora, viviendo en El Prado, a pocas cuadras de distancia del teatro Apolo, por este mismo salario mensual de $30 acepté prestar servicio a los equipos de este cinema, que también son de la Western

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Electric, así que, casi en cada noche, con Marucha, vamos al cinema gratis. Creo que formamos una pareja envidiable; ella, dedicada con empeño a los quehaceres del hogar, mientras que yo transcurro el día trabajando a todo vapor, en el almacén o visitando clientes, para ganar lo necesario para el sustento, pues los gastos aumentan… Cuando no vamos al cine, quedamos hasta altas horas de la noche paseando, o sentados en cualquier banca de las anchas avenidas del Prado, dejándonos acariciar por la brisa nocturna, y mirando la luna… que es de miel…; haciendo planes para el futuro… Alguna vez, nos encontramos con el doctor Ricardo Pérez (casado con Cecilia Ospina), con quien he trabado amistad pues simpatizamos al tratar de filosofía, cuyo libro “Los fantásticos políticos” conservó en la biblioteca como obra extraordinaria en tratándose de un ingeniero civil. El 31 de marzo de 1933, escribo al Comandante Frehard, de la 2ª División, de Barranquilla: “… Refiriéndome muy respetuosamente a la conversación que tuve con usted sobre radio–comunicaciones, tengo el honor de informarle lo siguiente: hace dos años que estoy dedicado al comercio radio, y por tal motivo no estaba más al corriente de la manera como se efectúan las comunicaciones en el país, cuyos pormenores conocía anteriormente, habiendo sido empleado de Ministerio de C. y T. hasta diciembre de 1930 como jefe de estaciones inalámbricas. Como usted recordará, en octubre del año pasado tuve el honor de entregarle una relación sobre la organización del servicio inalámbrico en tiempo de guerra. En estos días tuve ocasión de escuchar algunas estaciones inalámbricas, y con asombro constaté que la mayoría de tráfico se desarrolla de tal manera que si en el Perú tienen organizado un servicio de escuche sobre nuestras estaciones, como es muy probable, pueden fácilmente captar datos que considero muy peligrosos para el desarrollo de las operaciones del Ejército Nacional, puesto que si el adversario logra tener con anticipación informes sobre los movimientos de tropas, nombres, destino y sueldo de la oficialidad, puntos donde están situados los destacamentos, órdenes o informes sobre movimientos de los aviones, etc. etc., pueden tomar con anticipación medidas defensivas o de contra–ofensiva. Pude notar que una parte del tráfico dirigido a la frontera se desarrolla en clave; pero, otra parte se desarrolla en idioma en claro, o en alemán cuando se trata de asuntos tocantes con la aviación. Estas últimas comunica-

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ciones son las que considero peligrosas y que en mi concepto deberían ser todas en clave. Además, me parecería indispensable el uso de un código secreto para las comunicaciones de servicio entre las estaciones, en vez del idioma en claro como se acostumbra actualmente, y también el uso de letras secretas de reconocimiento o llamada, en vez de letras que se usan en tiempos de paz. Me refiero principalmente a las comunicaciones entre la estación HKX de Bogotá (MinCT) y HKD (creo que sea “La Pedrera”) y los buques Santa Marta y Cartagena. He observado que la mayoría de los mensajes que transmite HKX de Bogotá (Puente Aranda) van dirigidos al comandante destacamento Putumayo, comandante tercer destacamento, o almacenista tercero, o comandante Puerto Rey, etc. y firmados “A. Angel B. General”. Si usted lo creyera oportuno, tendría mucho gusto en preparar un ejemplo de código de servicio secreto para las estaciones inalámbricas dedicadas al tráfico militar. Tengo además el honor de añadir que si el gobierno tuviera a bien considerar que mis modestos servicios pudieran contribuir en el desarrollo y organización de las comunicaciones inalámbricas militares en la forma eficiente y secreta que es indispensable en las actuales circunstancias, podría el suscrito ponerse completamente al servicio del gobierno a fines de abril, aceptando de trasladarse a Bogotá para cumplir las órdenes que se le dieren, anticipando que estaría listo para prestar juramento de fidelidad y secreto, en tratándose de un asunto tan delicado. No me queda sino que agregar, señor Comandante, que estas insinuaciones que me permito hacer sobre el desarrollo de las radiocomunicaciones, se basan únicamente en mi experiencia profesional, habiendo servido en el cuerpo de radio durante la guerra europea y hasta el 1930; y además, en el interés que tengo de contribuir en lo que me sea posible, a la victoria de las armas colombianas cuyo suelo es actualmente mi patria de adopción. Del señor Comandante, muy atento y seguro servidor, Italo Amore, radio técnico, ex miembro misión de Radio en Colombia y jefe de estación inalámbrica de Barranquilla.” Contestación: “… Ejército de Colombia – Comando 2ª Brigada - No. 1.302 Barranquilla, Marzo 31 de 1.933 – Al señor ITALO AMORE, Ciudad. Tengo el agrado de participarle que su atenta carta de fecha de hoy, después de imponerme con toda atención de su importante contenido, la he pasado original al señor

Matrimonio

Ministro de Guerra con oficio especial muy recomendada. De los informes que reciba sobre el particular me será muy grato hacerle llegar a su conocimiento y mientras llegare esa ocasión, presento a usted mis agradecimientos por su interés en prestar sus servicios al país en un ramo tan delicado y de extraordinaria importancia. Soy de usted atento servidor, Coronel José Frehard, Encargado del Comando. P/H.” (La siguiente carta, original, logré rescatarla del archivo del Ministerio de la Guerra) - «…Ejército de Colombia - Comando 2ª Brigada – No. 1.303. Para fines que tenga a bien el señor ministro, me permito acompañar a la presente la carta original que en esta fecha ha dirigido al suscrito el señor ITALO AMORE - radiotécnico y que reside en esta ciudad; ruego atentamente a su señoría tenga a bien hacerme llegar lo que resuelva a fin de participarle al señor Amore, persona a quien conozco como de buena reputación, casado con mujer colombiana; tiene su establecimiento de agencia de artículos de radio aquí; MISIÓN A COLOMBIA - Capítulo 71 Casado

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es italiano debidamente reconocido en el Consulado y con todas las credenciales de rigor como extranjero honorable y por lo demás de él existen datos muy precisos en el Ministerio de Correos y Telégrafos. Atentamente, Coronel José Frehard, encargado del comando.” (hay un sello: Ministerio de Guerra departamento N. 1, secretaría, Bogotá 4 Abr 1933 registro N. 11.569 en 3 hojas, repartido a Sec. Radio, el Registrador, Holg. Firma ilegible). Es probable que los datos suministrados por el Ministerio de Correos y Telégrafos no hayan sido favorables, puesto que desde el año de 1928 yo no había hecho otra cosa que reclamar, protestar, acusar y criticar contra todas sus torpezas; la HKX mencionada en mi reporte, era el propio Mincorreos. No es pues de extrañar que el Minguerra no contestara a Barranquilla (solamente treinta años después, el Minguerra me otorgó mención de honor; y el Mincorreos medalla de oro, por los servicios prestados…). Marucha me expresaba frecuentemente su deseo de regresar a Bogotá, volver al vivir en su tierra. Por mi parte, yo veía que los negocios se estaban haciendo siempre más difíciles, debido a la crisis económica mundial, y por añadidura el conflicto bélico con el Perú por el caso de Leticia, en el cual, desafortunadamente para mí, la nación italiana estaba generalmente a favor del Perú, por la sencilla razón de que en el Perú había muchos más italianos que en Colombia; razón por la cual los italianos principiaban a ser mal vistos en Colombia; en la aduana de Barranquilla acababan de secuestrarme un lote de accesorios y repuestos para radio, proveniente de los EUA, por haber encontrado entre ellos algunas docenas de manipuladores telegráficos, debidamente declarados en el manifiesto aduanero, pero que los sagaces conocedores oficiales de la mercancía clasificaron como radiotransmisores que podían servir para espionaje con el Perú…

Aviso de peri¢dico anuncio matrimonio

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Una noche, sentados en una de las acostumbradas bancas en los jardines del Prado, como inspirado, digo a Marucha: –si, siento que mi misión está en Bogotá; es mucho lo que está por hacer allá en radio; todo está por hacer. Voy a liquidar el almacén y nos vamos para Bogotá–. A continuación, con la firmeza que acostumbro aplicar en mis actos una vez tomada una resolución, me dedico a este plan. Hablo con Guillermo Ibáñez, y logro que él acepte encargarse como depositario de la mercancía en el almacén, siendo entendido que a medida de que logre liquidarlas remitirá a Faccini de Cúcuta –a quien he escrito informándolo–, el dinero que quede después de pagar los gastos de alquiler, etc. Extendemos un acta legal; vendo los muebles no indispensables; y en agosto de 1933 salgo con Marucha para Bogotá. (Licencia definitiva a mi buen ayudante José Alejandro Granados, quien va para Girardot. En cuanto a Guibañez, con el transcurso del tiempo se encariñó con el comercio de radio; salió del Banco Francés Italiano, y puso almacén propio, con el nombre de Almacén Radion, calle 36 N. 41-79 en Barranquilla). Como siempre, llevo conmigo la preocupación del inmediato futuro. ¿Encontraré trabajo, y cómo ganarme la vida en Bogotá? Llegados, nos hospedamos en casa de Pepe y Anita quienes tan buenos como siempre nos ofrecen pensión en su casa por una módica suma mensual. Al día siguiente de haber llegado a Bogotá, salgo por la calle, en búsqueda de empleo. Presumo que no será fácil. Casualmente, enseguida me encuentro con el inglés Hubert Simmons, gerente de la Marconi, el mismo que en el año de 1928 en Barranquilla me encargó el paquete chileno de instalar un equipo radio Marconi en el hidroavión Colombia de la Scadta, el mismo que en 1930 cuando terminé el contrato con el gobierno en Cúcuta, me telegrafió ofreciéndome un puesto de operador a $150, que no acepté porque me pareció bajo ese sueldo. Me ofrezco; pero ahora Simmons no tiene nada para mí a la vista, lo cual es natural, pues no podía yo pretender que hubiere una vacante precisamente en el mismo día que acabo de llegar. Lo único que se le ocurre es un puesto de sintonizador en la estación receptora de Morato, a $80 mensuales; quizás, más tarde se presente algo mejor. Esta oferta, y sueldos tan bajo es casi una burla, un descrédito para mí; sin embargo, entre quedarme perdiendo el tiempo sin hacer nada, a riesgo de que

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Ma Luisa en la Luna de Miel

se me acaben los fondos y tener que vivir a espaldas de mis parientes, y que éstos puedan creer que soy un fracasado incapaz de conseguir trabajo…, acepto inmediatamente lo que Simmons me ofrece, en la esperanza de que más tarde, cuando yo conozca mejor a Bogotá, y me conozcan mejor en esta plaza, me será posible elevar mi posición y respectivo salario. El trabajo en Morato es por turno, cada tercer día, desde la madrugada hasta la medianoche, y a veces hasta las dos de la mañana. Es un sector solitario, en el camino de Suba; de varias fanegadas de terreno despejado para las antenas con dos buenos edificios, uno para vivienda del personal inglés, otro contiene la planta de los aparatos receptores y batería acumuladora. En la planta trabaja solamente un operador a la vez, siendo Fonseca el otro, con el cual tengo que turnarme. El inglés, que vive en el otro edificio, es Johnson, un típico ex marino escocés, jefe de Morato, con quien me entiendo a la maravilla ya sea por ser yo ex colega marino marconista, ya

sea porque hago mi trabajo y su trabajo y algo más de innovaciones técnicas en la planta, mientras él fuma, toma, o duerme en su apartamento. Ir a Morato, y sobre todo, regresar de allá a la ciudad, en tales horas de la noche es un problema; se requiere un medio de transporte porque sería inhumano caminar entre el barro del camino traviesa de los prados entre Chapinero y Morato. Johnson y Fonseca, usan motocicleta; yo no sé montarla, ni quiero gastar en adquirirla. Lo más aconsejable, según lo hicieron mis predecesores, es usar una cabalgadura, aunque para mí, ex marino, la idea de tener que galopar no es agradable; pero no puedo dejarme vencer por los obstáculos. Solicito asesoría a Pepe y Juan, ambos expertos en equitación, compró un caballo de 50 pesos, y para completar la inversión de un mes de sueldo… se me va el saldo en la silla–galápago, zamarros de cuero; contrato con una tienda de Chapinero con la carrera 13 donde por $5 mensuales me reciben la bestia dándole posada y pasto hasta el día siguiente; y heme transformado nuevamente en Sancho Panza… Entre Chapinero y Bogotá utilizo el tranvía eléctrico, aunque después de la media noche me toca a veces esperarlo media hora aguantando frío y lluvia. Montar a caballo en la posada de Chapinero, por la mañana es asunto fácil; hasta me atrevo a veces echarme por el camino al galope, llegando así a destino en un cuarto de hora, pues con la luz del día veo la ruta y puedo dominar a la bestia. Pero, por la noche, la situación es menos risueña. Generalmente, el trabajo termina hacia la una de la mañana. Soy sólo en Morato, no hay sirviente, ni vigilante. Con el frío y a veces la lluvia, abultado por los zamarros y espuelas, impermeable, porta-comida, cargando silla y riendas, salgo por el potrero a buscar el bucéfalo que desde hace 18 horas está libremente pastando. En la oscuridad, alcanzó a divisar su sombra, me dirijo hacia él; entonces el demonio toma la carrera, se aleja, se pone a dar vueltas… Lo enfocó con la lamparita eléctrica, entonces se deja acercar; arrastrando la silla y demás parafernalia me le aproximo despacio y cautelosamente; pero cuando ya lo tengo casi agarrado, el fregado da un brinco, y vuelve a desaparecer en la oscuridad. A veces pierdo media hora en tales maniobras… –Caray– voy diciéndome, mientras tiemblo de frío y de rabia, –más fácil era navegar entre submarinos, o cazar aigrettes e hipopótamos, que ésta vaina de volverme jinete nocturno a la fuerza… Vaya! Todo por Marucha!–. MISIÓN A COLOMBIA - Capítulo 71 Casado

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Ma Luisa en Barranquilla 1933

Al fin logro asir el animal, ensillarlo, apretarle la cincha, cargar la mochila, ajustar las riendas; y, principiar el segundo acto. Pues, mientras que en esa oscuridad del campo no alcanzo yo a ver a algún metro de distancia –a menos de que la noche esté despejada y con luna–, en cambio, el corcel ve a la maravilla que yo me apresto a dar el salto para encaramármele, y no es tan bobo de quedarse quieto. Dos, tres tentativas; al fin, logro montarme. Mientras enfilo los pedales y ajusto el centro de gravedad, el jamelgo va corriendo arrimado a los árboles como para tumbarme; tropieza, sopla, mientras que yo encomiendo mi alma a Dios tratando de dominarlo… y dominarme. El tercer acto ocurre a lo largo del camino, siempre por aquello de la oscuridad que no me permite ver, mientras el caballo no quiere obedecer, o se asusta por cualquiera hoja movida por el viento, o se va de un lado, mientras que yo tiro las riendas por el otro; o del portal de una hacienda sale una manada de feroces perros atacando; o vuelve a tropezar cuando no

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estoy preparado para templar las riendas y sostenerlo. Resumen: cada dos o tres noches me encuentro sin misericordia lanzado sobre las duras piedras; me tanteo los huesos; y entre un quejido y un insulto en idioma árabe, vuelvo filosófica y resignadamente a buscar el animal, para volver a montar y reanudar… la vía crucis, a veces, a pesar del frío, la llovizna y los perros, me siento incapaz de subir nuevamente al potro; entonces, resuelvo hacer a pie el camino hasta Chapinero arrastrando yo el caballo por la brida… Después de tres meses de esta vida, y de realizar maravillas de organización y nuevo montaje de equipos en Morato, pido aumento de sueldo a Simmons, pero, inútilmente. Entonces, entro en contacto con Roberto Jaramillo Ferro, hijo de Esteban el famoso ministro de hacienda, que actualmente ejerce el cargo de director de la sección de radio, que a raíz de mis proyectos enviados desde Barranquilla por conducto del Coronel Frehard al presidente Olaya Herrera, está tratando de

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establecer en firme este servicio en el Ministerio de Guerra. Jaramillo me ofrece como sueldo inicial $180 con el puesto de jefe de tráfico; enseguida me despido de Simmons, Morato, vendo el caballo y la montura, y me transformo en empleado del Minguerra. Entre las diferentes cosas necesarias para mejorar y aumentar el servicio en la central radio militar y sus estaciones dependientes, está el conseguir personal de operadores capaces de cumplir sus funciones. Tengo como valiosos ayudantes a Carlos Gómez Marín, Efraín Rojas Pinzón; logro que Alberto Galarza desde Barranquilla (no obstante una carta suya del 27 de agosto 1933), Alejandro Caicedo desde Cúcuta, y varios otros ex operadores en las estaciones inalámbricas del Ministerio de Correos acepten el traspaso a servir en Minguerra, habiendo yo conseguido autorización para elevar el salario de los radiotelegrafistas, desde $90 hasta $150, tengo que luchar contra el jefe anterior, simple telegrafista, pero

muy activo intrigante y masón de confianza de algunos dirigentes del ministerio, un joven Chucho Escobar, que por demás es simpático, pero que no conociéndome trata de desplazarme, hasta que logro hacerlo trasladar a otro sector. También en agosto de 1933, con Roberto Jaramillo y Gustavo Uribe Thorschmidt fundo la Liga Colombiana de Radioaficionados, y la revista RADIO, con la cual principio la campaña y siembro las semillas para la formación de técnicos colombianos y nacionalización de las radiocomunicaciones, emancipándonos de la explotación anglo–alemana; dando así cumplimiento en los años siguientes, a la misión que durante una encantadora noche de luna, sentado sobre una banca del Prado de Barranquilla, le dirijo yo a mi adorada Marucha. Mientras tanto, tampoco descuidaba la otra misión, aún más importante: la de pensar en la formación de nuestra familia; faltaba poco tiempo para el nacimiento de Giovanna (20 de marzo de 1934).

Barranquilla 1932

MISIÓN A COLOMBIA - Capítulo 71 Casado

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Septima Parte

Lucha Terrestre


CAPÍTULO

72

Minguerra

Noviembre de 1.933 Octubre de 1.934

E

n la historia que principié a escribir por encargo, que en febrero de 1965 me hiciera el Ministro de Comunicaciones Dr. Cornelio Reyes mediante oficio N.177 fechado 11 de ese mes, redacté algunos capítulos titulados: LA NACION EN ARMAS; ARC ANTIOQUIA Y CALDAS; ROMPIMIENTO DE RELACIONES; EL ESPIA PERUANO; en los cuales describo con mayores detalles algunos episodios de la lucha durante el tiempo en que fui empleado en el Ministerio de Guerra (hoy Ministerio de Defensa). Los resumo aquí en una descripción más íntima. El cuadro que se me presentó cuando entré a trabajar en el Ministerio de Guerra, situado en un viejo caserón en el costado occidental de la plazuela de San Agustín, fue el de un cuartel en el cual la casi caótica improvisación bajo la urgencia del estímulo bélico se concentraba en la actividad de jefes y de subalternos orientada hacia Leticia y los demás frentes, desde el Caquetá al Putumayo y el Amazonas: relevo de tropas, hospitalización de enfermos, suministro de armas y vituallas, movimiento de barcos y de aviones, todo lo cual, debido a las distancias y a que no existían líneas telegráficas–telefónicas, tenía que ser organizado y controlado mediante radiocomunicaciones, que solamente existían al estilo de juguete, que una vez funcionaba y otras no servía, siendo considerado normal el que la comunicación fuese posible solamente una vez diaria, o cada tercer día.

Dentro de mi costumbre de que cada mensaje tiene que ser cursado inmediatamente –y más aún tratándose de informaciones del frente de guerra–, sentí gran responsabilidad, me había contratado el Dr. Roberto Jaramillo Ferro, hijo del ministro de hacienda Esteban Jaramillo, quien gozaba de confianza personal del Presidente de la República. El era un ingeniero recién graduado en una universidad norteamericana, con mucha capacidad teórica en plantas eléctricas y transmisores de radio, pero sin experiencia en comunicaciones, ni en radioreceptores, o en organización de tráfico entre redes de múltiples estaciones. Tampoco conocía el Morse y el personal respectivo. Así que, los dos, podíamos complementarnos a la maravilla. El lo comprendió así y me dio plenas facultades para obrar según mi criterio. Había media docena de radiooperadores, entre los cuales se destacaban por su excepcional capacidad y responsabilidad: Carlos Gómez Marín, Efraín Rojas y algún otro con quienes hice inmediatamente buena amistad habiéndose ellos dado cuenta de mi larga experiencia profesional. Un secretario de la sección, subteniente Alvaro Roldán Salcedo, por su inteligente disposición a circular por las varias dependencias del ministerio y salirse con la suya –o la nuestra–, y por su flaca estatura, era apodado: el cucaracho.

LUCHA TERRESTRE - Capítulo 72 Minguerra

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Carnet del Ministerio de Guerra

Un jefe, que yo principiaba a considerar estorbo, ex telegrafista, Jesús Escobar Ochoa (Chucho), hombre de confianza del ministro Carlos Uribe Uribe, muy inteligente y activo, suplía su falta de conocimientos en radio mediante especial tejemaneje para organizar intriguillas a base de rosca masónica, pues resultó que la mayoría de los jefes de ese ministerio eran adeptos y compañeros de secretas logias. El general Díaz, chileno, jefe de una misión militar de aquel país, aparentaba presidir y asesorar las principales disposiciones emanadas por el comando del ejército. El salón de tráfico contenía varios aparatos receptores de onda corta: los filamentos eran alimentados por batería acumuladora y las placas de los tubos por pilas; circuito regenerativo, de poca selectividad, calibrados O-100 (como quien dice cero…), con los cuales había que atender las llamadas y mensajes de una docena de estaciones del sur, barcos en Leticia y en el Putumayo; en diferentes longitudes de onda, que de un día para otro podían variar de sintonía algún megaciclo, pues todavía era poco conocido el uso de los cristales de cuarzo para controlar la frecuencia; los transmisores eran de fabricación casera, auto osciladores. Una telaraña de antenas externas e internas, tendidas sin medida contra recíprocas inducciones y contra captación de interferencias locales, ayudaba para hacer más difícil la operación simultánea de los

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varios receptores, mientras que, el transmisor montado en una esquina del salón, con sus espurios y armónicos, los bloqueaba cuando emitía, de tal suerte que solo era posible trabajar en duplex. Convencí a don Roberto que era preciso desbaratar todo, reconstruir la instalación mediante normas técnicas, con antenas debidamente orientadas, cortadas, y su bajada blindada o transpuesta para que captaran menos ruidos locales y que no se auto indujeran entre ellas; llevar el transmisor a otro lugar del edificio, lo más lejos posible de los receptores, para poder trabajar en duplex y en multiplex. Desbaraté así lo construido por don Chucho, que él suponía lo mejor del mundo. El personal observaba, y a medida que se daba cuenta de que mis disposiciones aportaban evidentes mejoras en resultados, es decir: comunicaciones seguras, multiplicación de cantidad de mensajes cruzados diariamente y sin demora; me obedecían más, desconociendo la autoridad del jefe anterior, aún cuando eso no me interesaba ni estaba en mis intenciones; simplemente, era inevitable. Sin embargo, nunca olvidé que en una ocasión, me salvó la vida. Estaba yo manejando un soldador de 220 voltios; no habiéndome dado cuenta de que el mango estaba mal aislado, quedé pegado, paralizado, sin poder ni hablar por el choque; habría muerto en pocos segundos, si el inteligente don Chucho no hubiese corrido

Memorias de un marconista de mar y tierra t Italo Amore


a desconectar un switch de la energía eléctrica, al tiempo que los demás presentes miraban, asustados, sin saber qué hacer. Desde luego, le agradecí, y siempre le quedé grato, pero esto no podía cambiar la situación de que él era solamente un ex telegrafista y yo un ex oficial de marina, marconista, ex miembro de la misión italiana, con quince años de experiencia profesional en radiocomunicaciones militares. Llegó el momento en que los dos nos enfrentamos como gallos de pelea; no tuve más remedio sino pedir a don Roberto quitarme de encima ese estorbo, destinarlo para cualquier otro sector del ministerio que no fuese el de radio. Mi superioridad de conocimientos se impuso, el pobre don Chucho, no obstante su masonería, tuvo que resignarse, irse para otra parte. Pocas semanas después, la Sección de Radio del Minguerra funcionaba a toda su velocidad y plena eficiencia, casi como una organización radio USA. El transmisor HKU, operado a control remoto, en dos frecuencias; el salón de tráfico provisto con receptores National NRO de gran selectividad, precisión de sintonización, operados por corriente del alumbrado; doblada la cantidad de personal de operadores y establecido servicio permanente de 24 horas en tres circuitos simultáneamente; tan visibles eran los buenos resultados de mi organización que –aunque a veces, a regañadientes, porque mis acciones eran siempre demasiado rápidas, desbordantes, incansables–, prácticamente todo el ministerio, desde don Roberto hasta las demás oficinas, la de presupuestos y la de pagaduría… aceptaban dejarme hacer lo que yo proponía. Para aumentar estaciones en el sur y radiooperadores en las mismas, estableciendo además vacaciones, precauciones contra enfermedades, trayéndolos por turno desde las palúdicas guarniciones de Leticia, Tarapacá, Pedrera, Araracuara, El Encanto, Caucaya, La Tagua, etc., a descansar unos días en Bogotá, necesitaba triplicar la cantidad de radiooperadores, escogiéndolos y sonsacándolos de entre el personal que trabajaba en las estaciones del MINCT y de la Marconi, a quienes yo conocía uno por uno, y sobre los cuales conservaba todavía alguna autoridad profesional. No siendo suficiente el argumento del patriotismo para que renunciaran a su puesto en aquellas estaciones pacíficas y aceptaran el nombramiento en las peligrosas estaciones del Amazonas, que yo les ofrecía, obtuve autorización para elevar casi al doble el respectivo salario. Pocas semanas después, varios de mis antiguos radiooperadores de Barranquilla, Cúcuta

y otras ciudades, halagados por el mejor sueldo, aceptaron transferirse al Minguerra bajo mi jefatura. De una docena de radiooperadores que había en Minguerra cuando entré al servicio del Dr. Jaramillo, a los pocos meses había yo formado un cuerpo de casi cincuenta; no obstante que, trabajando a mis órdenes, no podían ser perezosos o corbatas porque de la misma manera que siempre me preocupé para dar a mi personal, salarios y condiciones más elevadas, también fue siempre mi costumbre exigir de ellos el máximo rendimiento y organizada disciplina. A medida de que la Sección Radio del Minguerra crecía en tamaño e importancia, aumentaba en el Ministerio de Correos y Telégrafos, Sección de Inalámbricos, el recelo y hostilidad de su jefe: Luis Ramírez Arana. Personalmente, no nos conocíamos, pero por motivos de servicio éramos opuestos como el agua y el aceite (o el aceite y el vinagre…). Yo, como de costumbre, prácticamente sólo, me defendía con la intensidad del trabajo sin descansar día y noche, con los resultados de mi obra, que se imponían por encima de roscas y artimañas. El, empleando su tiempo en intrigas de café, y la fuerza envolvente de la masonería –según supe después–. El primer conflicto entre los dos estalló a principios del año 1934, a raíz de haber yo lanzado un anteproyecto de ley sobre radiolegislación, que buscaba liberar los servicios del monopolio del Ministerio de Correos y Telégrafos. Este caso, lo he descrito en el capítulo de la Liga Colombiana de Radioaficionados, hay referencia en varios números de la revista RADIO de esa época; por brevedad no los repito aquí. Ya para entonces había sido oficialmente reconocido el puesto por mí creado y ocupado en el Minguerra: – Bogotá 19 de Ene. 1934. Ministerio de Guerra. Departamento N.1 Sección Secretaria N.S.3113. Al señor Italo Amore: comunico a usted que el Poder Ejecutivo por decreto N.72 de 13 de los corrientes, lo nombra con fecha del 1º del presente, Jefe de la Sección de Material y Tráfico del Departamento de Radiotelegrafía. Soy de Ud. muy Atto. Por el señor Ministro, Clímaco Jaramillo, Tte. Cor. Srio. Hay un sello: Ministerio de Guerra Bogotá Enero 20 de 1931. Hoy tomó posesión Folio 300 número 1794 de L.R. arn O. Ahumada Coronel Jefe Sección.– Entre otras cosas, yo contaba con que el Presidente de la República Enrique Olaya Herrera conocía mi nombre y estimaba mis actuaciones, puesto que había sido LUCHA TERRESTRE - Capítulo 72 Minguerra

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el autor del proyecto de fundación de la sección radio del Minguerra, que le había enviado un año antes desde Barranquilla por conducto del Comandante de la 2ª Brigada coronel José Frehard; y hacía pocas semanas que don Roberto me había encargado, con Ernesto Washington como compañero, para reparar la gran planta de radioreceptores que el doctor Olaya tenía en su finca veraniega de Tierragrata (Fusagasugá), construida –la residencia– por mi amigo el arquitecto Vicente Nasi (mientras esto escribo, año 1966, Ernesto es todavía mi amigo y jefe de radio de Avianca). Atendiendo a mis sugerencias y críticas, el ministerio había, al fin, creado una sección de Claves, para que los mensajes fuesen cifrados, y el texto de los recibidos, fuese descifrado en esa oficina, dependencia directa de don Roberto, pero en la cual yo metía con frecuencia mis narices, ya sea para dar consejos y clases acerca de ese arte que yo había aprendido en la marina durante la guerra europea; ya sea porque a menudo sucedía que los comandos del sur se quejaban de que no entendían los mensajes transmitidos desde nuestra central de HKU: pedían repetición, o acusaban a los operadores de no saber recibir el Morse; y al final de cuentas, la causa era que los distraídos encargados de cifrar, lo hacían alegre o despreocupadamente al revés, usando una clave que no era. El jefe de esta oficina era el doctor Olimpo Gallo, magnífica persona, la misma que más tarde suministró al gobierno algunos datos sobre el descubrimiento de minerales en Paz de Río, de los cuales surgió después la acería, dirigida por don Roberto. Sus ayudantes: Abello Samper (ya no recuerdo nombres), más experto en el deporte del polo que en el de las cifras, quien tenía como compañero corbata al filósofo del trabajo: Rafael hermano de Alvaro el secretario de la sección. Yo me sentía obligado a dar consejos, reclamarles más responsabilidad, menos holgazanería; y ellos, mal soportaban mis intervenciones, aunque el jefe don Olimpo solía estar de mi lado y apoyaba mis verbales reclamos. En cuanto a don Roberto, se mantenía neutral: aquellos eran sus amigos de infancia, no podía desautorizarlos; y a mi tampoco, porque yo era el principal motor de toda la Sección Radio. Mientras tanto, don Chucho, que por culpa mía había tenido que cederme la jefatura de la oficina de radio, y la veía crecer por encima de todo, había quedado en el ministerio con algún encargo especial de vigilancia; como antiguo telegrafista, amigo de Ramírez Arana del Mincorreos, no perdía una que otra ocasión para estar aliado con él, en mi contra.

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Tuvo lugar en aquella época el interesante incidente que he relatado en la parte final del capítulo “La Nación en armas”, “ARC Antioquia y Caldas”, y que por lo tanto me abstengo repetir aquí. Fue una conspiración masónica para desacreditarme ante la Presidencia de la República y el Ministerio de Guerra. Debido a que yo trabajaba hasta de noche, no tardé en descubrirla. A mis gratuitos enemigos les salió el tiro por la culata, y el Dr. Olaya Herrera se convenció de que la Sección Radio del Minguerra era más eficiente que la del Mincorreos. A propósito de ese incidente, que es histórico: recientemente me observaba el amigo don Carlos Orjuela H., que el Antioquia y el Caldas no llegaron juntos a Cartagena, sino que debido a que el Antioquia tuvo algún desperfecto en su máquina, quedó rezagado en el viaje, llegando primero el Caldas. Según esta versión, yo no me habría comunicado con el Antioquia, sino con el Caldas. Es un detalle que no recuerdo; lo que puedo asegurar es que yo agarré cerca de las Canarias el barco que venía con el almirante Bellsalter; quizás por asunto del orden alfabético quedó en mi memoria el nombre del Antioquia, pudiendo ser que durante ese viaje el buque almirante lo fuese el Caldas. Cada tanto, se presentaba algún nuevo acontecimiento, en el que yo luchaba como un domador de fieras corriendo de uno al otro lado de la jaula, defendiéndome mediante contraataques. Un día supe que el Departamento de Radio estaba siendo reorganizado y que por error o por arte de intriga, el puesto de Jefe de Material y Tráfico había quedado borrado, automáticamente renunciándome, o por lo menos dejándome sin salario. Descubierto el pastel, me dijeron que había sido una equivocación: mi puesto había quedado dividido en dos secciones: una de Materiales, a cuyo cargo pasaría don Chucho con otros; y una de Tráfico, en la cual podría yo continuar si aceptaba. Como quiera que con el mero tráfico tenía yo ocupación permanente y excesiva, gustosamente acepté descargarme de la Sección de Materiales. – Bogotá, Marzo 27 de 1934. Ministerio de Guerra, Departamento N.5 Personal N.P.149,z. Al señor Italo Amore: Tengo el gusto de comunicar a usted que el Poder Ejecutivo por Decreto N.626 del 23 de los corriente, lo nombra con fecha 1º del presente, Jefe de la Sección de Tráfico del Departamento de Radiotelegrafía. Soy de usted S. muy Atto. Por el

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Señor Ministro, Clímaco Jaramillo, Tte. Cor. Srio. Hay un sello de la Jefatura del Departamento N.5 y una nota: Bogotá marzo 27 de 1934. El señor Italo Amore, continúa desempeñando el cargo de Jefe de la Sección de Tráfico del Departamento de Radiotelegrafía, para el cual fue nombrado nuevamente según el presente oficio. firmado: J. Ahumada Coronel Jefe Departamento. Algunas semanas después llegó sorpresivamente un gran cargamento compuesto por unas 20 estaciones radiotransmisoras–receptoras portátiles, marca Collins, de 200 watios de potencia CW, con plantas generadoras accionadas por gasolina; el todo, sin economía y de discutibles especificaciones para nuestro caso en el Amazonas. El pedido había sido formulado secretamente por quienes no quiero mencionar, ganando “comisiones”; comprendí entonces por qué me habían quitado de la jefatura de Materiales: los interesados previeron, temieron que yo no habría recibido ese cargamento sin denunciar el embuchado. De esos equipos, una mitad se dañaron a los pocos días y sobre todo, se dañaron las plantas generadoras. Durante esa época, el Ministro de Guerra Carlos Uribe Uribe fue reemplazado por el Dr. Alfonso Araujo, conocido como dinámico organizador. Mientras tanto, en la Legación de Italia estaba ahora de ministro un Dr. Gazzera, buena persona, piamontés, que por tal circunstancia considerándome su paisano creyó oportuno estrechar relaciones conmigo, invitándome frecuentemente a recepciones en su sede; llamándome telefónicamente a la oficina; recepciones a las cuales casi nunca fui. Aunque ésta bobada de llamarme por teléfono al Ministerio de Guerra: “de parte de la Legación Italiana”, pudiera parecer insignificante; comprendí que estaba dando lugar a suspicacias, en el sentido de que quizás se buscaba de mí informaciones de carácter militar, siendo que seguía indeciso el armisticio con el Perú, y activándose la preparación bélica en el sur, para el caso de que fracasaran las negociaciones de paz (debido a que la cantidad de italianos en el Perú era mucho mayor que la existente en Colombia, parece que el Gobierno de Italia –en éste asunto de la guerra de Leticia–, estaba a favor del Perú; en consecuencia, los italianos en Colombia no eran vistos con simpatía, como antes). No satisfecho con sus llamadas telefónicas, el ministro me visitó en casa para insistir en su invitación de que deseaba que yo entrara a formar parte entre el círculo de italianos notables amigos de la Legación.

Tuve la pena de manifestarle que hasta cuando el ladrón gran jefe fascista y mi ex jefe de la misión radio Julio F. Benetti continuara siendo protegido del gobierno italiano y como tal, funcionario directivo en esa Legación, yo no pondría pies allí, pues era incompatible con mi honor codearme con ese señor caco, aunque él fuese conde y canciller, y yo un simple ciudadano no fascista. Gazzera no conocía ésta historia; quedó sorprendido; incrédulo; me pidió pruebas. Le dije que si revisaba el archivo de la Legación, entre la correspondencia del año 1928 encontraría la cruzada con el anterior ministro Marqués Di Moritto quien había obligado a Benetti a devolver a cada uno de los miembros de la misión la suma por él indebidamente apropiada de nuestros salarios, que el Ministerio de Correos y Telégrafos tuvo luego que retener del sueldo de él, para que la Legación nos girara mensualmente 20 pesos a cada uno hasta cancelar el fraude. A los pocos días volvió Gazzera a mi casa para manifestarme su extrañeza en cuanto a que mis acusaciones habían resultado meras calumnias; él había buscado en el archivo de la Legación y no había encontrado nada de lo que yo le había asegurado. Le contesté: –comprendo, es obvio, y yo no lo había pensado, habiendo quedado Benetti en la legación durante los periodos de ausencia y cambio de uno a otro ministro, dueño y árbitro de la caja fuerte, aprovechó para limpiarla haciendo desaparecer la documentación acusadora–. Gazzera replicó que no me creía; que le hiciera ver las pruebas que yo había afirmado tener en mi poder. Aún cuando yo sabía que estas se encontraban en alguna parte de mi biblioteca, solamente tenía que buscarlas; en ese momento me chocó que el Dr. Gazzera no me creyera; y debido a que no tenía tiempo para ponerme a buscar, que tenía que irme al ministerio para asuntos urgentes, y que todo el asunto, más que interesarme era para mí una molestia más, para quitármelo de encima le dije que si no me creía, allá él; que continuara gozándose con esa preciosidad de Benetti, y razón de más para mí para no ir como súbdito italiano a sus recepciones de la Legación. Nos peleamos y no volvimos a vernos. Algunos años después, ya no trabajaba yo en el Minguerra sino donde Glottmann, me llamó al teléfono el Dr. Gazzera, con voz llorona: –señor Amore, usted tenía razón: acabamos de descubrir que Benetti robó en la Legación durante casi diez años las entradas por concepto de derechos de pasaportes, timbres, etc.; acabo LUCHA TERRESTRE - Capítulo 72 Minguerra

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de expulsarlo, pero tendré problemas con el gobierno de Italia por no haberme dado cuenta antes de tales desfalcos… usted tenía razón…–. Pero, ya era demasiado tarde. Ya me había hecho colombiano y ahora el asunto me interesaba menos que antes. Años después volví a oír hablar acerca de nuevas fechorías del incorregible conde, empleado en la oficina de patentes del Ministerio de Industrias, donde dejó patente su costumbre de posesionarse de lo ajeno, hasta que lo botaron… La información de los telefonazos y entrevistas del Ministerio de Italia se sumó a la inquina que me tenía Ramírez Arana por aquello del proyecto de ley en que yo sugería formar una junta nacional de radio, con representantes de varios ministerios, inclusive el de Guerra, lo cual equivalía a quitarle al inalámbrico del Mincorreos su sagrado monopolio. Entonces hizo el ataque directo e indirecto para aniquilarme; mediante un anuncio anónimo se hizo correr la voz en los ambientes ministeriales, y con una alusión del poeta Fray Lejón en sus “buenos días” en El Tiempo, que yo era un espía peruano, introducido en la jefatura de radio del Minguerra para apoderarme de los textos de los mensajes militares e informar al Perú acerca de la situación colombiana en el frente del Amazonas… El denuncio fue a dar al Ministro de Guerra Alfonso Araújo y al jefe de la policía capitán Gustavo Gómez Posada; pero, alguien me avisó. Este alguien fue el señor Jorge Vargas a quien yo no conocía, suscriptor de la revista RADIO de la Liga, quien me paró por la calle, presentándose con su nombre y apellido, diciéndome que era masón y que como tal, en la logia del Triángulo de Bogotá, de la cual Ramírez Arana era tesorero, éste me había atacado fuertemente, había pedido a sus “hermanos” que le ayudaran para hacerme expulsar de Colombia como individuo peligroso; pero que él siendo lector de la revista RADIO y conocedor de mis patrióticas actuaciones en la Liga y en el Ministerio, había asumido mi defensa; y ahora me avisaba a fin de que yo me pusiera en guardia. Le agradecí, y viendo que el asunto podía complicarse si no lo frenaba en tiempo oportuno, informé a mis dos queridos cuñados: Juan Antonio y Pepe (Manuel Antonio no estaba en Bogotá, creo estaba trabajando como almacenista general de la carretera en construcción Bogotá–Pasto, al servicio del grande y enciclopédico ingeniero Enrique Uribe White). Pepe Mallarino, jefe de la sección de pasaportes del Minrelaciones, y además amigo íntimo del capitán

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Gómez, pudo en pocas palabras convencerle que se trataba de una impostura; y éste, a su turno, informó así al Ministro de Guerra Alfonso Araújo. La cosa paró ahí; pero, hastiado yo de que por el hecho de ser italiano me viera frecuentemente obligado a callarme no obstante mi obra benéfica para la radio colombiana, resolví nacionalizarme, porque me convenía para adquirir derechos civiles, acabaría así con ese obstáculo o insulto con que los enemigos – cuando no tenían otra razón–, me atacaban apodándome: extranjero. Además, la patria italiana, representada desde tantos años por el sinvergüenza de Benetti, me obligaba a abandonarla. Mi solicitud a la Gobernación de Bogotá, fue refrendada por las declaraciones –de acuerdo con la ley–, de cinco ciudadanos que como testigos escogí entre reconocidos patriotas: el general Eduardo Briceño, don Rafael Tamayo Alvares, don Fernando Carrizosa Valenzuela, don José María Mallarino, don Juan Antonio Pardo Ospina. La carta de nacionalización, gestionada por el Dr. Cifuentes, fue firmada por el presidente Enrique Olaya Herrera bajo el N.10, folio 230, fechada 10 de julio de 1934. Otro curioso episodio lo he relatado en el capítulo “Rompimiento de Relaciones – Iquitos – Champaña contra piedras – Armisticio” de la otra historia que escribí a raíz de la invitación del Mincorreos; por consiguiente no la repito aquí; solamente transcribo el documento, consistente en un formulario de papel transparente, color canario: “Ministerio de Guerra – RADIOGRAMA – Departamento N.9 de Comunicaciones Radio–EléctricasBogotá junio 28 de 1934 horas 23,00. Sobre el incidente de la indiscreción del radiotelegrafista de Leticia, me permito en mi calidad de Jefe de Tráfico de Ministerio de Guerra, declarar lo siguiente: no recuerdo con precisión si durante la mañana del lunes 25 o martes 26, alrededor de las horas 9,30 a.m. intercepté una comunicación entre la estación de Leticia HJM y la del Ministerio de Correos en Bogotá HKX: –Chato, que te parece el atrevimiento, fui a Iquitos en trimotor como secretario del Dr. Cano y a la llegada nos recibieron con piedras; mañana te escribo larga carta. Noguera–. De ésta comunicación di inmediatamente conocimiento al Jefe del Departamento de Radio del Ministerio de Guerra Dr. Roberto Jaramillo, y se convino entre los dos en que se trataba de una estupidez por parte del radiotelegrafista de Leticia hablar así en claro, más sabiendo que los peruanos podían oírlo, y

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Certificado de la LCRA que había que mantener el secreto sobre el asunto, para no despertar complicaciones. El hecho de que las estaciones peruanas hayan interceptado la comunicación de Leticia a la HKX de Bogotá es fácilmente comprensible, recordando que precisamente en ese día la estación de Leticia tuvo que trabajar con la OCG peruana, seguramente por orden del Dr. Cano (en ésta oficina se captaron también esas comunicaciones, se trataba de mensajes del Dr. Cano y de los comisionados peruanos, al prefecto de Iquitos y al Dr. Benavides), y por tanto era de prever que los peruanos estarían escuchando por si Leticia los llamaba. El personal y la estación de Leticia no pertenecían al Ministerio de Guerra, sino al de Correos y Telégrafos; y en lo tocante al radiotelegrafista Noguera es cosa notoria aquí que dicho señor hace diariamente uso y abuso del radio para comunicaciones particulares y personales.” La copia original de éste mensaje la envié a Palacio al Dr. Olaya Herrera; sirvió para explicar un incidente de rotura de relaciones de armisticio que estaba surgiendo con el gobierno de Lima, porque la recepción que se había hecho en Iquitos a la comisión colombiana no había sido con piedras, sino champaña. Al día siguiente, el presidente Olaya ordenó a un avión traer de Leticia a Bogotá al fanfarrón Eduardo Noguera Maldonado, que enseguida fue expulsado del Ministerio de Comunicaciones; este fue luego un enemigo más para mí.

La Presidencia de la República, una vez más tuvo la evidencia de la insuperable eficiencia de la Radio del Minguerra, que no dormía; de la ineficacia de la organización del Mincorreos; sin embrago, la masonería de Ramírez, contando entre sus filas a Simmons de la Marconi, y probablemente alguno de los ministros, continuaba en su intento de tumbarme del puesto en el Minguerra. Por mi parte, yo no perdía ocasiones para contraatacar. Habiendo además el Ministerio de Correos firmado un contrato que concedía a la Compañía Telefónica Central el monopolio por diez años de la radiotelefonía en el interior de Colombia, ataqué este contrato calificándolo de contrario a los intereses nacionales (editorial revista RADIO agosto 1934). Esta vez, triunfó Ramírez. Pues, pocas semanas después, el Ministro de Correos que había firmado este contrato: Dr. Alberto Pumarejo, pasó a ocupar el puesto de Ministro de Guerra, en reemplazo del Dr. Alfonso Araujo. Tan pronto leí en la prensa la noticia que ese cambio de ministro, comprendí que me tocaría sufrir las consecuencias, porque el Dr. Pumarejo, por mí atacado en este editorial, amigo, o tal vez “hermano” de Ramírez, sería fácilmente instigado por este a vengarse en mi contra. “Ministerio de Guerra, Departamento N.9 Sección Tráfico N.42, Bogotá agosto 30 de 1934. Señor Dr. Roberto Jaramillo Jefe Departamento N.9, E.S.D. LUCHA TERRESTRE - Capítulo 72 Minguerra

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Atentamente pongo en conocimiento de usted el siguiente caso: esta mañana se presentó en las oficinas del ministerio, como usted recordará, el señor García Lozada radiotelegrafista evacuado de las regiones del sur. El señor García Lozada, estando en la oficina, solicitó del suscrito una entrevista, a la cual contesté que estaba a las órdenes de él. Dicho señor añadió entonces que no se trataba de un asunto de servicio, sino de un asunto particular que deseaba ponerme en conocimiento. Entonces le dije que con mucho gusto le iba a atender en la hora que le conviniera, y se convino que él me esperaría a la salida del ministerio a las 12, para hablarme. En efecto, al salir de la oficina a las 12:10, junto con el señor Lee, encontré al Sr. García Lozada esperándome. Al salir de la puerta del ministerio el señor Lee se despidió y me dirigí al Sr. García Lozada diciéndole que estaba a la orden. Este principió entonces a decirme en voz alta, que quería pedirme razón de un telegrama que le dirigí en no recuerdo cuál fecha –y siempre gritando más fuerte como para hacerse oír de los transeúntes que empezaron a hacer círculo–, añadiendo insultos y frases como “extranjero… Usted está acostumbrado a tratarnos a los colombianos a patadas, pero se ha equivocado conmigo, pues yo le haré ver…, etc.”. En vista de que el señor García Lozada hablaba como si hubiera perdido la razón y haciendo escándalo en la calle, me limité a contestarle que lo que él estaba tratando era un asunto de servicio y que como éstos deben tratarse en el ministerio y frente de los superiores, no tenía yo para qué seguir atendiéndolo. Mientras tanto y con el objeto de que fuera testigo de lo que estaba pasando, yo había llamado en voz alta al señor Lee quien caminaba unos pocos metros adelante, y quien se acercó inmediatamente. Cuando traté de irme con el señor Lee, García Lozada me cogió con fuerza por el brazo, en actitud amenazante, diciéndome que no me dejaba ir, y que tenía yo que ir con él a la policía a dar razón de tal telegrama que no conozco, continuando insultándome en voz alta con el disco “que yo trato los colombianos a patadas; extranjero…” etc. Mientras tanto se acercó un agente y García Lozada le pidió que me llevara a la policía. El agente, aunque hubiera visto que el agredido era yo pues él también intervino para que García Lozada me soltara el brazo, me repitió la orden de García Lozada, de que tenía que ir a la policía. Traté de explicar al agente, que siendo yo jefe de

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sección en el Ministerio de Guerra, no tenía para que poner cuidado a los caprichos del Sr. García Lozada pero el agente repitió la orden de que fuera a la policía. Como usted comprende, en ese momento no podía yo ir a la policía puesto que era la hora del almuerzo y mi esposa estaba esperándome, y tanto menos cuanto el señor García Lozada gritaba como un loco con la evidente intención de hacer escándalo durante todo el camino. Puesto que el agente insistía en llevarme, de acuerdo con las órdenes del Sr. García, para librarme de esa situación tan ridícula como injustificable, salí corriendo entrando al Ministerio de Guerra, con la intención de evitar así el escándalo en la calle, y buscar algún superior que me sirviera de testigo y para hacerme respetar, ya sea por el Sr. García Lozada, como por el agente, que estaban en la calle. El señor Lee me siguió y se ofreció acompañarme. Debido a que en el ministerio ya no había casi nadie, a las 12,30 volví a salir y ésta vez pude llegar hasta mi casa sin mayores molestias. Como Ud. comprende, parece que el Sr. García Lozada tenga malas intenciones para con el suscrito y que se siente ofendido por no sé cuál razón de servicio; y puesto que él al no hacerse o no exponer sus razones por intermedio de sus superiores directos o del ministerio, y dice que quiere arreglarlas con el suscrito en forma particular, amenazándome por la calle y haciéndome escándalos, me veo en la necesidad de pedir a usted se sirva hacer las averiguaciones que usted crea necesarias en este caso, así como facilitarme el modo de hacer saber a la Dirección de la Policía que no existe razón para que el señor García Lozada me pare en cualquier momento para obligarme a ir a la policía y hacer escándalos por la calle. Que si alguna queja tiene el señor García Lozada, bien puede hacerla por el conducto regular, de acuerdo con las leyes. De usted atento y seguro servidor, Italo Amore jefe sección tráfico.” Don Roberto estaba en esa época muy interesado en la construcción de un bote deslizador, con motor y hélice de avión que había conseguido regalados en la base aérea de Madrid, para hacer carreras en la laguna de Fúquene cerca de una finca de propiedad de su familia. Estaba algo chiflado con ese invento y deporte, ausentándose frecuentemente de Bogotá, dejando el servicio a la buena marcha de la organización por mi establecida. García Lozada, de estatura gigante, parecía haber sido encargado por sus “hermanos”, para crearme

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problemas. Si lograba hacerme entrar en un calabozo de la policía, tendrían mis enemigos el triunfo de humillarme y dificultarme la salida por algún tiempo, mediante sus roscas. Por eso, comprendiendo la celada, de un tirón me zafé al policía y a García, cubriendo a toda velocidad la cuadra que me separaba del portón del ministerio donde el centinela que me conocía no habría permitido entrada al policía y habría atendido mis órdenes, protegiéndome. Tuve que correr como un gamo, pues si el policía lograba agarrarme antes de que yo alcanzara el portón, seguramente habría tenido pretexto para arrastrarme las varias cuadras que nos separaban del cuartel de la policía y cumplir las órdenes de García, con quien tal vez había sido confabulado de antemano. El pretexto de García era que estando él en un barco en el Caquetá, cerca de La Pedrera, habiendo recibido un radiograma con la indicación de urgente destinado a la Comisión de Límites, en vez de ingeniarse para hacerla llegar a destino o avisarnos a Bogotá o a La Pedrera, que la Comisión había desembarcado, él había retenido el mensaje en su poder durmiendo la friolera de cuatro días. Hasta que, no habiendo llegado a la Presidencia de la República la contestación, averiguando yo dónde estaba la Comisión, descubrí que el mensaje urgente había quedado retenido en la estación del barco cuyo radiooperador era García; indignado le dirigí un radiograma de servicio llamándole la atención acerca de su poca responsabilidad; luego, habiendo él solicitado vacaciones, se las concedí inmediatamente enviándole reemplazo, lejos de imaginar las consecuencias. Después de mi carta a don Roberto, no volví a saber nada de él. Ministerio de Guerra, Privado. Secretaría Privada N.1677 Bogotá, septiembre 12 de 1934. Señor don Italo Amore, Departamento de Radio, Ciudad. Muy estimado señor: por informaciones recibidas del señor doctor Jorge Alvarez Lleras, Director del Observatorio Astronómico Nacional, este ministerio se complace en felicitar a usted de manera muy efusiva, por la construcción del aparato receptor de señales horarias que acaba usted de hacer, en compañía del señor Roberto Jaramillo. De Ud. muy Atto, S.S. Alberto Pumarejo.” Lo que yo había construido era un rectificador– amplificador de señales del péndulo del Observatorio, para transmitir las señales horarias mediante el transmisor HKU, a las 5 p.m. en 45 m. a las estaciones del sur; don Roberto había intervenido para conectar la línea telefónica al transmisor y el cambio de onda para tal servicio.

A los pocos días me llamó don Roberto a su oficina, y con aire preocupado me informó que el ministro Pumarejo, enterado de mi editorial en la revista RADIO del mes de agosto 1934, le había manifestado su disgusto, y que tendría yo que de alguna manera pedir excusas o renunciar al puesto en Minguerra. Que él no deseaba que yo saliera del ministerio; me pedía consejo acerca de cómo se podía solucionar el problema. Ofuscado de tanta bellaquería, cansado de tanta lucha, pensé inmediatamente que la mejor solución para mí era no continuar sacrificándome. Le contesté que aceptara mi renuncia irrevocable, y le aconsejaba como mi reemplazo a Carlos Gómez Marín, el mejor colaborador que yo había tenido hasta el momento. Despaché un radiograma circular a las varias dependencias, despidiéndome (anunciando para el 1/ 10 el reemplazo CGM). Encuentro entre los papeles del archivo: Radiograma Sce-3 Cartagena 21 Sept; Amore Bogotá. Retornámosle su atento saludo stop Confiamos a pesar su separación continuará prestando su valiosa cooperación pro desarrollo radio en Colombia. Saludámoslo. Jefe Pinzón, Opres. Hurtado, Nuñez. Radiograma P-8 El Encanto Sept 21 Italo Amore Bogotá. Siento sinceramente su separación ramo radio en donde valiosa cooperación suya hase destacado siempre, admirador y amigo. Jesús Nieto Cárdenas. Radiograma Sce-1 Palanquero 22 Sept. Amore HKU. Sorprendionos su separación puesto en que usted prestó muy valiosos servicios nuestra patria stop Aspiramos a que usted nos cuente siempre entre el número de sus amigos sinceros, saludámosle. Duarte, Pinilla, Recamán. Radiograma Sce-e El Encanto 22 Sept. Italo Amore Bogotá. Lamentamos positivamente separación tan excelente colaborador y buen amigo. Jefe Opr Mecánico EC (EC era el distintivo de El Encanto). Radiograma – Nota – Caucaya 22 Sept. Sr. Amore Bogotá. Mucho lamento su separación Depto. Comunicaciones donde fue siempre prenda de garantía para personal radio salúdolo atentamente, Lizcano. (Caucaya se llama ahora: Puerto Leguizamo). Radiograma – Nota – La Pedrera 23 Sept. Sr. Amore Bogotá. Deploro separación jefatura Tráfico desde cuyo puesto hízose efectivo progreso radio salúdolo atte. Vesga. Radiograma – Nota – La Pedrera 23 Sept. Sr. Amore Bogotá. Lamento su separación repítole agradecimientos por su favores salúdolo. Navas. LUCHA TERRESTRE - Capítulo 72 Minguerra

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Carta – Cartagena 27 Sept. de 1934 Sr. Don Italo Amore, Bogotá. Muy estimado amigo: Por su atento mensaje de fecha veintiuno de este mismo, me enteré de su separación, la cual he lamentado mucho, y como hubo oportunidad para la respuesta, no solo yo, sino muchos, esperamos que su retiro no sea definitivo y que tampoco sea causa para que nos vaya a olvidar. El Departamento de Radio de Minguerra le debe a Ud. mucho. Viva seguro de esto, así como de la gratitud que le guarda quien aquí se expresa. Que su salud sea buena, son los deseos de éste su amigo que le presenta un saludo lleno de compañerismo. José Vicente Hurtado. Ministerio de Guerra – Departamento N.9 – Sección jefatura, número R-1022 Bogotá, septiembre 28 de 1934. Señor don ITALO AMORE E.S.D. Estimado amigo: con sumo pesar me he informado de su retiro de este Departamento en el cual sus servicios fueron siempre de gran desinterés personal y valor para el sistema de comunicaciones del ejército. Por medio de la presente doy a usted mis más cumplidas gracias y le deseo toda clase de éxitos en su nueva empresa la cual no dudo sabrá llevar a buen fin dadas sus capacidades técnicas y de organizador. Seguro servidor y amigo, Roberto Jaramillo Jefe del Departamento N.9 RJ/arc. Mientras tanto, rebosante de júbilo por su victoria, la masonería de Luis Ramírez Arana publicaba en El Tiempo del domingo 23 septiembre 1934, pág. 5, otro Buenos Días de Fray Lejón: “Ha iniciado el simpático ministro Pumarejo una feliz campaña para hacer del ejército un valioso orga-

nismo perfectamente nuestro. A causa del conflicto el país indefenso e impreparado tuvo que importar elementos extraños y enrolados en calidad de técnicos. Y, necesariamente, tras del conflicto bélico quedó una numerosa cantidad de extranjeros, que durante esas horas muy útiles nos fueron. Más cuando en paz estamos, cuando ha cesado el riesgo y nuestros militares tienen sobrado tiempo para entrenarse mucho y tornarse muy diestros, es cosa necesaria que al hoy ya fuerte ejército en cuanto sea posible lo colombianicemos. Quizás nuestros muchachos sean un poco más legos, pero al fin con la práctica y un estudio correcto al correr de unos años resultarán maestros. En cambio si los tienen siempre de subalternos de elementos extraños no perderán el miedo a mandar ellos mismos y a manejar los puestos. Y en todo caso un criollo trata mejor a sus compañeros, pues los comprende y quiere con cariño y respeto, y, naturalmente, le tiene mayor confianza el pueblo. Esta obra necesaria, éste trabajo recio de dar fisonomía colombiana a ese cuerpo, con tesón ha iniciado el chato Pumarejo. No más esos amores, ni los pruritos esos de sostener a gringos con admirables sueldos, cuando el mismo trabajo pueden hacer los nuestros. Y en caso de un conflicto ya otra vez no tendremos que apelar a otras gentes ni que traer expertos, porque de esa manera, con constancia y talento ya tendrá nuestra patria un propio y fuerte ejército.”

Contribuci¢n prodefensa de la radiodifusi¢n

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CAPÍTULO 73

Liga Colombiana de Radioaficionados

Octubre de 1.934 Enero de 1.936

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on toda mi dignidad, tendría ahora que volver a buscarme un empleo. Afortunadamente, no fue problema. La noticia de que a consecuencia del editorial en la revista RADIO había tenido que renunciar a mi puesto en la Jefatura de Tráfico del Minguerra, fue comentada entre los socios de la Liga Colombiana de Radioaficionados. Uno de ellos, recién entrado, Ramón Cuéllar Medina, un joven de origen boyacense, quien ejercía en el interior del edificio Camacho Roldán en la calle 12 entre carreras 7ª y 8ª (ya no existe) una modesta oficina de representaciones de hojas para afeitar Gillette, plumas Eversharp, motores fueraborda Johnson, me propuso fundar un almacén de radio y trabajar con él sobre la base de sueldo y comisión sobre las ventas. Estaba asociado con Vladimir Weltscheff, judío búlgaro–americano, un tipo raro, poseedor de elevada cultura. Acepté y principié a trabajar según contrato del 1º octubre de 1934. Conseguimos en la Avenida Jiménez N. 8-65 un local con mezzanine para oficina, salón para las ventas, amplio sótano para depósito y para mi laboratorio de trabajo. Las paredes del sótano sudaban porque lindaban con el río San Francisco; para defenderme de la humedad las revestimos de madera. Bautizamos la empresa con el nombre de Agencias de Radio (evocación de mi almacén “Radio Agencias”

en Cúcuta y en Barranquilla años 1930-1932), obteniendo la representación de las marcas Arcturus, Cornell–Dubiller, National, Sparton, Weston y otras por mí conocidas como las mejores norteamericanas entre componentes y aparatos de radio; el negocio prosperó gracias a mi intenso trabajo. Durante el segundo año, don Ramón se construyó una residencia en elegante barrio del norte y principió a volverse de la “high”, socio del Country, jugando al golf, llegando a la oficina a las 11 a.m., trasnochado, infundiéndose aires de prepotente patrón estilo cacique, mientras yo voluntariamente trabajaba sin descanso, produciéndole ganancias y soportando como un sirviente casi esclavo… Hasta que, perdí la paciencia; me retiré el 17 de enero de 1938. El día siguiente 18 de enero Jack Glottmann me invitó a trabajar con él; así lo hice. Este es otro cuento para más adelante. Pocos años después, Agencias de Radio dejó de existir; el Sr. Cuéllar volvió a dedicarse a su comercio de hojas Gillette y fuerabordas Johnson, quedando así demostrado que sin mi trabajo y mis conocimientos ese negocio no podía subsistir. Para confirmar lo anterior, más adelante veremos que igual cosa sucedió a la gran Casa del Radio, de J. Glottmann S.A.; y a la División Electrónica de la General Electric. Esto no lo menciono para alabarme, aunque sí, con orgullo, como simple verdad comprobada de los hechos y para mejor comprensión de los mismos.

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He dejado a don Ramón la satisfacción de haberme explotado durante ese tiempo; una lotería que no volvió a ganar después de mi salida. Para mí, ese periodo fue de preparación mientras lograra encontrar algo mejor. Merece mencionar que yo estaba sufriendo fuertes handicaps originados por la situación internacional de guerras. Acababa de terminar el conflicto con el Perú, durante el cual poco faltó para que me acusaran de espionaje a favor de ese país; como italiano –y mi nombre y apellido delataban a leguas mi nacionalidad–, era ya bastante mal visto; como si ello no fuere suficiente para amargar mi situación, sucedió en seguida la guerra de Italia con Abisinia, la declaración de guerra de Colombia a Italia aliada de Alemania, la famosa tremenda campaña mundial de propaganda inglesa según la cual los italianos eran criminales, malhechores, asesinos… Ese periodo fue fatal para mi carrera; esas circunstancias especiales me impedían tomar vuelo; me obligaban a quedarme sujetado a terceros, asociado con alguien que tuviese conveniencia en defenderme del cargo de enemigo de la nación en la cual era yo todavía apenas un huésped, semi–extranjero. Cierto es que –quizás–, en tales circunstancias, si no hubiese sido casado con María Luisa, me habría yo trasladado a Europa o a Somalia, y habría caído prisionero, o muerto, durante las batallas de Italia durante la guerra entre 1938 y 1944. De haberme puesto en comercio por mi propia cuenta, los competidores habrían fácilmente podido hacer registrar mi nombre en la lista negra como posible amigo de los enemigos de Colombia…, perjudicando con boicoteo el eventual comercio de una firma bajo mí nombre. La prudencia me obligó resignarme a trabajar durante todo ese tiempo en empresas dirigidas por otros: primero Cuéllar, luego RCA-Glottmann, hasta que en 1944, terminada la guerra, pude desprenderme de Glottmann, pasar a General Electric; pero era ya demasiado tarde para yo intentar iniciar un negocio por mi propia cuenta y riesgo. Por otra parte, está el hecho de mi acostumbrada incapacidad para obrar en manera que no fuese absolutamente correcta, aunque a costo de perjudicarme. Mucha gente, durante mi vida, me consideró bobo, idiota, por cuanto que trabajé en beneficio de otros, dejándome explotar. Siendo joven, sintiéndome fuerte, con muchos recursos mediante mis amplios conocimientos, no sintiendo la necesidad de ser pícaro, escogí la senda de la honradez, que al fin y al cabo es

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la mejor –si uno sabe frenar ambiciones–, puesto que así se vive con la conciencia tranquila… Comprendo que quien no dispone de recursos tales como la experiencia, la facilidad para ganarse el pan trabajando honradamente, no puede darse el lujo en cuestión. Además, como cristiano, recordando que el trabajo ennoblece, el dinero envilece, y por ley de compensación de una u otra forma hace infeliz a quien posea más de lo estrictamente necesario, no quise acumular más del necesario capital; en otras palabras, no he querido nunca vender mi honor recibiendo comisiones o ganancias ilícitas: no quise nunca hacer plata que no fuese con el puro trabajo y sudor de la frente; así, nadie se vuelve rico… Durante mi estadía con Ramón Cuéllar no realicé proyectos de importancia extraordinaria; en cambio, trabajé mucho para la Liga Colombiana de Radioaficionados, logrando allí avances de importancia nacional para el futuro de la radiolegislación y de la radioindustria de Colombia. Cuéllar no se opuso nunca a que yo dedicara parte de mi tiempo en esas faenas, sino que por el contrario me colaboró con entusiasmo y eficiencia acompañándome en tales gestiones en las cuales indirectamente, por los contactos sociales y comerciales, se beneficiaba el negocio de Agencias de Radio. Así por ejemplo, durante el año de 1935 obtuvo el contrato para suministrar a la nueva estación La Voz de Colombia, que por cuenta del partido conservador se acababa de fundar (Cuéllar era liberal), equipos de onda larga y corta, potencia de 1 Kw. El gerente y fundador de esa radiodifusora era el Dr. Cipriano Ríos Hoyos conocida personalidad del partido conservador quien manifestaba para mí una especial consideración. Para construirlos, quedó a mi cargo proyectar el diseño y la lista de todas las piezas componentes para importarlas de las diferentes fábricas, y subcontratar con César Estévez el ensamblaje e instalación, siendo éste conocido como muy competente técnico en radiodifusión, en la obra de mecánica y pintura de los gabinetes de los transmisores, pero personalmente desordenado e incumplido que necesitaba constantemente control para el mejor éxito de su obra. A mediados del año 1937 emprendí la tarea de diseñar y construir un transmisor radiotelegráfico para la Comisaría de Mitú, gerenciada por el Dr. Miguel Cuervo Araoz, amigo de Cuéllar y del Dr. Bernardo Rueda Vargas, quien dirigía los Territorios Nacionales desde el Ministerio de Gobierno.

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En aquel entonces los conocimientos generales acerca de las radiocomunicaciones y respectivos aparatos eran escasos, no se conseguía personal operador, como en la actualidad. Este transmisor, de 250 vatios de potencia, tenía que ser calculado para funcionar con voltaje de mala calidad, en clima caliente y húmedo, ser de amplio tamaño para fácil ventilación y fácil acceso en su interior y al mismo tiempo defendido con anjeo contra insectos, ser operado por alguien que supiese el Morse aún cuando no conociese la radiotécnica, y que aceptase trasladarse por largo tiempo a ese remoto lugar en la selva. Tuvimos suerte en conseguir como candidato para operador, para que yo lo entrenara, un inteligente joven antioqueño, radioaficionado y por lo tanto ya familiarizado con la radiotécnica aunque no con el alfabeto telegráfico; si mal no recuerdo se llamaba Hugo Arbeláez; aceptó viajar a Mitú a estrenar el transmisor y quedarse allá algún tiempo. Este caso se halla redactado en El Espectador del miércoles 26 enero de 1938, casi dos páginas, con fotografías; extracto: “… Mitú cuenta con una estación radiotelegráfica muy buena, maravillosa. Es una de la primeras del país con su potencia y eficiencia en el servicio. Fue contratada con Ramón Cuéllar y Compañía y aparece como una demostración de la radioindustria nacional. Actualmente presta su colaboración al Ministerio de Guerra transmitiéndole mensajes que a su vez recibe de las diversas guarniciones militares del sur…” (estas declaraciones son del Comisario de Mitú, Miguel Cuervo Araoz, quien en aquel entonces yo no conocía). Volvamos ahora a la Liga Colombiana de Radioaficionados.

Recibo de la Liga

Acerca de cómo nació la Liga, sus primeros pasos, luchas, éxitos, he escrito ya tantas veces, en varios lugares, que ni recuerdo cómo, cuándo y dónde. En el borrador de Historia que en el año 1966 preparé con la intención de que sirviera al ministerio, hay un capítulo comprendido entre las pág. 68 a 81, que transcribiré aquí en parte. En el Boletín informativo N.32 de la Liga, edición de abril 1967 pág. 21 a 25, otros detalles. En la revista RADIO (1ª época) N.1 a 30, ediciones desde noviembre 1933 a octubre 1936, hay mucha historia de aquellos años. Y en numerosas otras publicaciones que ahora no recuerdo. En el reportaje (pág. 15) dije: “…a muy poco tiempo de mi ingreso al país, que ocurrió en 1927, cuando vine contratado por el Ministerio de Correos y Telégrafos haciendo parte de una misión técnica de radio, y cuando ya me había dado la fiebre de hacerme colombiano, pude observar que en materia técnica y aún en cuestión administrativa, aquí todo estaba en manos de personal extranjero. Traté de formular algunas observaciones sobre la necesidad de formar técnicos colombianos, pues no teníamos ni siquiera operadores idóneos, y tuve mis primeros choques con los intereses de las compañías extranjeras, que ya habían montado su maquinaria para explotar el negocio de las comunicaciones en Colombia. Así, sin poder utilizar el material de las compañías, cómo formar técnicos nacionales? Pensé entonces en los radioaficionados. Me di a averiguar quiénes eran, dónde vivían… Me propuse aglutinarlos bajo una institución tutelar, y así, en fin, nació nuestra Liga que obtuvo su personería jurídica en 1935. Resumiendo, puedo decirles que la Liga se fundó con el propósito, casi específico, de formar personal colombiano para las radiocomunicaciones oficiales y para la naciente industria de la radiodifusión comercial…”. La pág. 68 de la Historia principia así: “Durante el segundo semestre del año 1933, hallándome por primera vez en Bogotá, consideré que había llegado la hora de emprender nuevamente la iniciativa –que había promovido y luego suspendido en Barranquilla–, hacia la nacionalización de los radioservicios. Naturalmente, la primera cosa era formar personal colombiano. Pero, ¿cómo? Por mi experiencia durante una docena de viajes a los Estados Unidos, cuando antes de venir a Colombia era yo oficial marconista de la marina italiana, pensé que el procedimiento más rápido y que no le costaría un centavo a la Nación, era el de crear la radioafición,

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reuniendo en un cuerpo los pocos colombianos ya interesados en ésta ciencia; mediante tal unión fomentar el estudio, la experimentación entre los nacionales, así a los pocos años se podría emancipar el país, libertándolo de la explotación foránea. Pero, debido a que la radioafición no estaba reglamentada, ésta actividad era considerada ilegal. Nosotros opinábamos que tal concepto era equivocado, puesto que tampoco había ley o reglamento que dijera que la existencia del radioaficionado colombiano estaba prohibida. Quizás en éste asunto obraba también el egoísmo humano: el complejo del burócrata funcionario ministerial, gran frecuentador de cafeterías –en vez que del estudio– , que sintiéndose poco conocedor de la materia, por temor de perder el puesto, trataba de impedir que otros se perfeccionaran en la profesión y se volvieran sus competidores…” En la noche del 18 de agosto de 1933, en la oficina N.102, primer piso del edificio Liévano, cuyo balcón miraba sobre el costado occidental de la plaza Bolívar, no obstante la lluvia, logré reunirme allí con el Dr. Roberto Jaramillo Ferro, director de la radio Minguerra y don Gustavo Uribe Thorschmidt propietario de la radiodifusora HKF La Voz de Bogotá. Les expuse el programa: fundar una asociación con ideal de radio y de patria. Entusiastamente aceptaron. El haber logrado en un par de meses crear y poner en marcha tal institución demuestra el gran fervor de los fundadores, tanto más que no se trataba de hacer negocios, sino que por el contrario, aportar fondos y trabajo en pro del bien común. Entre los primeros socios de la naciente Liga figuraron caballeros de elevada estirpe: Fernando Carrizosa Valenzuela presidente, Roberto Jaramillo vicepresidente, Gustavo Uribe Th. tesorero, Alvaro Soto del Corral, H. J. Harders, Jorge Alford, Adan Francesconi, Fernando Giachino, Juan Antonio Pardo Ospina, R.P. Simón Sarasóla S. J., Robert Lee, Carlos Pernigotti, Rafael Moreno, J. Terwengel, Aristides Falconio, Pompillo Sánchez, R. E. Kepler, Manuel J. Gaitán, John T. Bowen, Rafael Azcuenaga, Eduardo Cuéllar, Florindo Marocco, Carlos Kilby, Gonzalo Córdoba, Giovanni Serventi, G. G. Antoine, Jesús Amórtegui, Rafael Tamayo Alvarez, Norman T. Reynolds, Santiago Gaviria, Roberto Sanmartín, Ramón Cuéllar M., Alberto Galarza S., W. Pilgrim, C.K. Wilkinson, Jorge Alvarez Lleras, Hernando Salcedo, Fernando Arango, Antonio José Escobar, Giovanni Biancardi, Santiago Recaman, Carlos B. Mendoza, Alvaro Herrera de La Torre, Daniel Arias Argáez, Jorge

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Patiño, Olimpo del Valle, Héctor McCormick, Josué Gómez Pinzón, Ernesto C. Peralta, Manuel J. Mier Cabas, Saúl Trillos, Gustavo Sorzano, Benito Navas, Arturo Alzate Giraldo, Efraín Rojas, Carlos Gómez Marín, Alejandro Caicedo, Hernando B. de Santamaría, José M. Vásquez, Luis M. Vásquez, Luis Hernández de Alba; y posteriormente otros centenares. Me tocó en suerte ser el secretario de ésta Liga desde su fundación en 1933, hasta septiembre de 1946. Se observará que había entre los socios muchos extranjeros –yo también todavía lo era–, de diferentes nacionalidades: ingleses, alemanes, belgas, italianos, norteamericanos, canadienses, etc. Esto indica que los extranjeros son de gran beneficio, aportan con entusiasmo su contribución espiritual y material, sus valiosos conocimientos, y fervorosamente compiten entre ellos cuando ven que se trata de obras de servicio cívico, cuando la presidencia sabe dirigirlos y es digna de ellos, como en éste caso en que el Dr. Fernando Carrizosa V., el Dr. Juan Antonio Pardo Ospina, el Dr. Jorge Alvarez Lleras y demás patriotas cumplían a cabalidad tal requisito. Así que, de acuerdo con ellos, para iniciar un movimiento nacional en pro de la causa, fundé la revista RADIO, órgano oficial de la Liga Colombiana de Radioaficionados. En el N.1 de noviembre 1933 de la revista, elegantemente editada en la Litografía Cromos de los señores Tamayo Alvarez, situada en la carrera 6ª entre las calles 12 y 13, con el lema de: PRO RADIO EN COLOMBIA (en cuyo centro estaba un escudo en forma romboidal, fondo azul, cuatro chispas eléctricas y las letras LCRA entre una antena, una inductancia y una toma de tierra), en la página editorial explicando el génesis de la Liga, se lee: “…en una lluviosa noche de agosto, entre tres jóvenes aficionados del radio –los aficionados del radio nunca envejecen–, el tópico de la conversación era: tenemos que reunirnos en una liga pro radio, fundar una revista técnica, activar la enseñanza y educación en teorías y en la práctica sobre radio y telegrafía inalámbrica, popularizar los conocimientos de las principales nociones, etc. a fin de acelerar el perfeccionamiento indispensable para servir dignamente una nación moderna…”. Por otra parte, puesto que muchos socios de la Liga, además de radiooyentes, radioaficionados, eran también radiodifusores, había que tomar en consideración sus frecuentes reclamos para que la Asociación se interesara en la defensa de sus actividades y

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derechos, que la prensa capitalina solía atacar, preocupada por la naciente competencia en el negocio de los avisos comerciales; y para que la Liga lograra obtener una mejor aplicación de normas técnicas por parte del ministerio que continuaba dando muestras de incomprensión, desconocimiento, como por ejemplo asignando a estaciones radiodifusoras canales en la banda de 40 metros que según el convenio internacional de Madrid 1932, ratificado por Colombia, correspondía a radioaficionados…; y viceversa colocando radioexperimentadores (aficionados) en la banda de 49 metros… Yo trabajaba entonces casi diariamente hasta las 2 de la mañana, escribiendo y preparando el material de redacción y propaganda para la revista, corrigiendo pruebas y desarrollando el trabajo de actas y correspondencia de la secretaría, de la cual –como tesoro valioso para futuros archivos nacionales– conservo en mi biblioteca originales y copias de cartas y documentos. La primera actividad internacional consistió en solicitar y gestionar hasta obtenerla, la asociación de la Liga a la International Amateur Radio Union (IARU) de la Amateur Radio Relay League (ARRL) de West Hartford Conn., para lo cual crucé correspondencia con el secretario de esa entidad Mr. Clinton B. de Soto (autor del famoso libro–historia de los radioaficionados en los USA: Two hundred Meters And Down, que relata el descubrimiento de las ondas cortas por los radioaficionados), y con Mr. K. B. Warner secretario de la IARU, ambos señores, reconocidas autoridades mundiales en ese campo. Para lograr la asociación, tuve que declarar que todos los socios arriba mencionados eran “radio amateurs”, y los de la IARU tuvieron que fingir que me creían, contestándonos en carta del 15 junio 1934 dirigida al presidente F. Carrizosa: “I take pleasure in informing you that the voting of the membership of the Union, today concluding, has resulted in a unanimous vote for de admission of your society into membership in the Union. May I express the congratulations and felicitations of the headquarters to you upon this action? …” El segundo paso de importancia consistió en el estudio de redacción de un Proyecto de Legislación Radio–Nacional, que con fecha 6 marzo de 1934, elegantemente impreso en un folleto por la Editorial Cromos, fue ampliamente distribuido entre los dirigentes del gobierno, ministerios, cámara y senado (publicado en la revista RADIO de agosto 1934 N.9

pág. 9 para conocimiento del nuevo gabinete ministerial al asumir la Presidencia de la República el Dr. Alfonso López Pumarejo). Estableciendo nuevos y modernos principios y nomenclatura, el texto decía que: “… el gobierno tiene el control de las comunicaciones Radio–Eléctricas…; al Ministerio de Guerra corresponde la explotación de los servicios radio– militares, estaciones de aficionados, aviación; al Ministerio de Correos y Telégrafos la radiodifusión, radiotelegrafía y radiotelefonía; una Junta Asesora compuesta por los directores de esos ministerios resolverá las cuestiones de carácter técnico–administrativo; un Consejo Nacional de Servicios Radio– Eléctricos integrado por un representante del Ministerio de Educación, de Relaciones, los miembros de la Junta Asesora, y otros, tendrá a su cargo los asuntos de carácter legislativo; se reglamentan estaciones experimentales, y de aficionados; se dispone que las transmisoras situadas dentro del perímetro urbano no podrán usar potencia mayor de 50 vatios; que el personal de técnicos y operadores deberá estar provisto de licencia o diploma profesional, etc., etc.” La Presidencia de la República contestó que el Sr. Presidente ordenó dar traslado al Ministerio de Correos y Telégrafos para su estudio correspondiente. En igual sentido el Ministerio de Educación Nacional, el Ministerio de Gobierno y el Ministerio de Industrias, contestaron que el asunto lo habían traspasado al Mincorreos por ser de incumbencia de éste último. La Secretaría Privada del Minguerra contestó criticando y rechazando casi todos los puntos del proyecto (según se rumoró, éste oficio había sido redactado entre compinches de masonería del Mincorreos y Minguerra, e ingenuamente firmado por el ministro Alfonso Araújo del Minguerra). Como se ve, en el año de 1934, ni la Presidencia de la República, ni los Ministerios de Gobierno, Educación, Guerra, Industria, entendían que los servicios Radio–Eléctricos pudieran interesarles; todo tenía que ser monopolio del Correos y Telégrafos. Ante tan rotundo rechazo, algunos miembros de la Liga se asustaron, como que yo estaba llevándolos por mal camino; les hice presente que había que romper huevos para hacer tortillas. El presidente Fernando Carrizosa y otros me dieron razón y me encargaron continuar adelante con la lucha, haciendo caso omiso de que el Sr. Luis Ramírez Arana del Mincorreos hacía circular la calumnia de que yo era espía perua-

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no y de que toda la obra de la Liga era subversiva, anticonstitucional y antinacional. Un tercer caso, digno de relieve, tuvo lugar pocos meses después cuando la Radiodifusora Nacional HJN (aunque usted no lo crea), dirigida por Ramírez Arana y por el Dr. Julio H. Palacio, se puso a transmitir los sábados a las 8 p.m. un programa titulado “para los josefinos” (homosexuales), en el cual se decían ante el micrófono sandeces relacionadas con pederastia. Por iniciativa mía, de Juan Antonio y de Pepe, en la Liga de Radio se denunció el hecho ante la Policía y el Gobierno, calificándolo de corruptor, según consta en el editorial de la revista RADIO N.9 de agosto 1934 pág. 8, cuya redacción me fue dictada por mi ilustre cuñado José Antonio Pardo O.: “ENERGICA PROTESTA – La Liga Colombiana de Radioaficionados deja en el presente número de su publicación oficial la más enérgica protesta por las transmisiones inmorales e indecentes que la estación HJN está llevando a cabo en sus programas nocturnos de los sábados. Es de todo punto inconcebible que una estación de propiedad oficial, y valiéndose de la radio –que debe ser elemento de cultura– se haya propuesto no sólo no propender a la educación del pueblo, sino, por el contrato, se consagre a la difusión de programas inaceptables. Indudablemente de esto no pudo tomar nota el señor Ministro de Correos y Telégrafos, por la circunstancia de haber estado vacante ésta cartera en los últimos días, pero como esto no es disculpa porque de ello debieran tomar nota las demás autoridades de ese ministerio y el propietario de la estación mencionada, nos permitimos encarecerles se impidan a toda costa tales transmisiones y se castigue a los responsables de la manera más enérgica. Por defensa de la cultura nacional, de la sociedad, de la capital de la República y de la niñez, y en cumplimiento de disposiciones legales vigentes, que prohíben la difusión de programas que ofenden la moral pública, deben tomar cartas en éste asunto, a más del ministerio del ramo, el Ministerio de Gobierno, el Ministerio de Educación, la Alcaldía y la Policía Nacional…”. En el libro de actas de la Liga, que afortunadamente conservo entre mis archivos –las cuales eran copiadas a mano, en cada ocasión, por mi esposa María Luisa, y a veces por mi mamá, cuando ya había llegado de Italia, cada cual con su inconfundible caligrafía–, extracto: “10 agosto de 1934 - 33ª sesión ordinaria de la Liga…: La L.C.R.A. se permite comunicar a la HJN

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que sería conveniente suprimiera en las transmisiones todas las palabras o frases vulgares que desdicen de la cultura que debe aparecer en toda estación de radiodifusión pues varios socios han tenido que interrumpir la recepción durante los programas nocturnos del sábado, interpretados bajo el nombre de “Pomponio…”. “13 de agosto - 34ª sesión de la Liga…: Refiriéndose a la proposición aprobada en la sesión precedente respecto a los programas indecorosos de la estación HJN al socio Pardo Ospina hizo constar haber llegado a su conocimiento que dichos programas de Pomponio constituyen en realidad una ofensa a la moral y a la cultura bogotana. Contestó el Dr. Sanmartín que dichos programas obligaban al oyente a callar inmediatamente el aparato puesto que en ellos se habla de cómo se reúnen y qué dicen los josefinos. El secretario confirmó la declaración del Dr. Sanmartín recordando que el locutor acostumbra anunciar el programa con frases como la siguiente: – ahora viene un programa que no es para menores. Apaguen las luces; bajen el telón–. Principia el primer acto; y siguen frases y descripciones tan sucias que no hay quien no se vea obligado a callar el aparato. El secretario pone en consideración de la junta una nota de enérgica protesta para publicar en la revista, la que fue aprobada mediante alguna modificación aportada por el presidente…”. Dicen que “no hay mal que por bien no venga”, en efecto: del histórico incidente josefino, de la enérgica protesta, y de mi actividad en la Liga como secretario y como director de la revista, resultó el no menos histórico hecho de que inmediatamente, la Presidencia de la República y el nuevo Ministro de Correos, tomaron carta en el asunto: el gobierno ordenó suspender el programa y por primera vez el Mincorreos fue desposeído de la Radiodifusora Nacional, traspasándola a la Biblioteca Nacional a cargo del Dr. Daniel Samper Ortega (y más tarde al Mineducación). Naturalmente, Ramírez Arana tuvo un motivo más de disgusto en mi contra. Diplomáticamente, reseñando el asunto en el editorial de la revista RADIO N.10 de octubre 1934, pág. 10, comenté: “…Una de las labores sustanciales que realizó la Liga en su primer año de fundación fue la elaboración del anteproyecto de la legislación sobre radio, suficientemente conocido por nuestros lectores; y ahora dándonos la razón, el nuevo gobierno inicia sus trabajos de cultura aldeana ofreciendo que la radiodi-

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fusión nacional se pondrá al servicio de la educación pública, porque considera éste medio el más adecuado para sus admirables planes de acción. Y nosotros, consecuentes con nuestros propósitos extraídos no del acaso, sino del conocimiento del exacto valor de la radiodifusión como medio de cultura, y de la que se hace en otras naciones, hemos ofrecido incondicionalmente al Dr. Luis López de Mesa, a su secretario Dr. Manuel José Huertas y a don Daniel Samper Ortega director de la Biblioteca Nacional, nuestra incondicional adhesión, como nuestros servicios, para secundar tan loable y patriótica iniciativa …”. (Un principio de trabajo en pro de la cultura aldeana lo realicé en el año 1952 cuando de acuerdo con S.E. Mons. Antonio Samoré, para el R.P. José Joaquín Salcedo hoy monseñor, proyecté y dirigí la instalación de la onda corta transmisor de 25 kilowatios de la Radio Sutatenza, y suministro de los primeros 3.000 receptores, de batería. En cuanto a que el Ministerio de Educación controle la radiodifusora nacional y la televisora nacional, y que tales estaciones no transmitan propaganda comercial: … en el año de 1967, o sea, 33 años después, éste programa está aún por cumplir. En septiembre–octubre de 1966, con el Centro de Comunicaciones Sociales del Episcopado Colombiano hicimos gestiones ante el Senado de la República (El Espectador 30 septiembre y 4 octubre 1966) pero perdimos el tiempo porque el ministro de comunicaciones Douglas Botero Boshell se opuso para no perder el monopolio…) En la edición de noviembre 1934 de la revista RADIO pág. 32 aparece la correspondencia que crucé con el ex abogado de la Presidencia de la República Dr. Luis F. Latorre U., invocando el reconocimiento oficial para los radioaficionados colombianos: “…ayudar a resolver al Ministerio de Educación Nacional lo relativo a las características que deba tener la estación de radio que instalará con objeto de hacer una campaña cultural en todo el territorio de la República, incluidas las islas de San Andrés y Providencia, con audiciones efectuadas a distintas horas del día y de la noche; y un consejo respecto de la clase de aparatos receptores que hayan de emplearse en aquellas poblaciones donde existan plantas eléctricas y de los que resulten más prácticos para las veredas y caseríos en donde no haya ninguna clase de alumbrado, consultando un poco el aspecto económico, para hacerlo más viable…”. Ello dio lugar a un estudio que gratuitamente hicimos en la Liga, publicado en RADIO edición de di-

ciembre 1934 pág. 7, 12, 18, que sería largo transcribir aquí. Para tal efecto el presidente Carrizosa nombró una comisión técnica integrada por sus socios el R.P. Simón Sarasóla director del Observatorio de San Bartolomé, el Dr. Jorge Alvarez Lleras director del Observatorio Nacional, el Dr. Roberto Jaramillo F. jefe del departamento de Radio del Ministerio de Guerra, e Italo Amore ex técnico del Ministerio de Guerra, cuyo consejo fue la instalación de un transmisor de onda larga potencia 5 kilovatios y dos de onda corta de 5 y 3 Kw; en cuanto a receptores convenía aplazar hasta cuando los transmisores estuvieren casi listos para estrenar, lo cual requeriría años, como en efecto sucedió, pues solamente fueron inaugurados en febrero de 1940 siendo Presidente de la República el Dr. Eduardo Santos, director de la Radiodifusora Nacional el Dr. Rafael Guizado, y director artístico Bernardo Romero Lozano. El traspaso definitivo de la Radiodifusora Nacional al Mineducación se hizo por decreto 859 del 21 abril 1936 firmado por el presidente Alfonso López, Mincomunicaciones Hernán Salamanca y Mineducación Darío Echandía (en 1954 el gral. Gustavo Rojas Pinilla la pasó bajo el control de la Presidencia de la República). El año de 1935 trajo una serie de incidentes por interferencias entre radiodifusoras comerciales, experimentales (aficionados) nacionales y estaciones internacionales de radiodifusión, radioamateurs, etc., causados por errores reglamentarios por parte del Ministerio de Correos, en cuyos casos la Liga tuvo que intervenir como entidad competente, para arbitrar remedios y corregir adefesios ministeriales antes de que los reclamos se hicieran efectivos por la vía diplomática del Ministerio de Relaciones, clausurando nuestras estaciones. No transcribo aquí los textos de las gestiones y correspondencias, porque sería muy largo; parte de ellas aparece en las ediciones de la revista RADIO de ese año. Todo lo demás fue trabajo de administración, organización y otras gestiones, además de la redacción de la revista, que no vale la pena mencionar, exceptuando lo siguiente: El 16 de noviembre tuve que transcribir al Ministro de Correos Dr. Hernán Salamanca la resolución N.25 de la Liga (revista RADIO N.21 Dic./1936 pág. 29) sugiriendo hacer registrar en Berna siquiera un canal exclusivo para radiodifusión colombiana en la banda internacional de 49 metros; y la resolución N.24 haciéndole caer en la cuenta de que el haber su despacho otorgado una licencia para radiodifusión en esa

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banda al buque fluvial Buenos Aires, constituía un error garrafal, inconcebible ya sea bajo el punto de vista técnico, ya sea porque ello está absolutamente prohibido por la reglamentación internacional, y sugiriéndole revocar tal licencia, reemplazándola por otra para “radiotelefonía” en banda de “servicios móviles” (pág. 27 RADIO). Este caso evidenció a todas luces la crasa ignorancia del funcionario del ministerio, Luis Ramírez Arana, en asuntos de radiotécnica y radiolegislación nacional e internacional. El ministro comprendió el error, nos agradeció la información y ordenó a sus dependencias proceder tal como lo había solicitado la Liga. Durante el mismo mes, el Dr. Gustavo Santos, hermano del futuro Presidente de la República Eduardo Santos, ministro de educación, alcalde de Bogotá, fundador del Automóvil Club de Colombia, nos honró asociándose a la Liga. Presentó su solicitud el revisor fiscal Pantaleón Gaitán (padre de Jorge Gaitán Cortés quien fue alcalde de Bogotá durante varios años hasta agosto 1966) quien era muy amigo de don Gustavo y administraba el teatro Colón, al mismo tiempo que era amigo de mi cuñado Juan Antonio y del suscrito por cuanto que como secretario de la Liga tenía frecuentes relaciones con el revisor fiscal de la misma. Don Pantaleón era un gran caballero, aficionado a las artes, propietario de una fábrica de ladrillos en San Cristóbal cerca del Instituto para Ciegos que había fundado y dirigía Juan Antonio. Desafortunadamente, la participación de Gustavo Santos en la Liga fue de breve duración, porque él deseaba orientarla hacia el Ministerio de Educación volviéndola

dependencia del mismo, encargándola de controlar la radiodifusión; para tal fin nos ofreció un local en el edificio del teatro Colón, una subvención oficial y otras maravillas; pero me opuse rotundamente, pues los estatutos y la finalidad de la Liga no era la radiodifusión, sino los radioaficionados (amateurs), y yo no podía traicionar estos últimos. Nosotros habíamos hecho campaña para que el Ministerio de Educación controlara la radiodifusión, pero la Liga no era la entidad competente para tal función; nuestros conocimientos eran de índole técnica en radiocomunicaciones y radiolegislación, cosa muy diferente del arte musical y cultural que deben ser la base del programa de radiodifusión. Don Gustavo se disgustó y renunció a ser socio de la Liga. Finalmente, el 20 diciembre de 1935, por resolución 179 de la Presidencia de la República (Diario oficial 23100 lunes 3 febrero/1936) firmada Alfonso López, ministro de gobierno Alberto Lleras Camargo y secretario gobierno Miguel Angel Alvarez, quedó reconocida la personería jurídica de la Liga (en aquel entonces, estas personerías eran difíciles de conseguir; tanto más que el Ramírez Arana del Mincorreos se había opuesto dando a entender que nuestra asociación era de tipo subversivo!!). Lo curioso del texto es que salieron figurando como sus representantes dos personalidades: el Dr. Gonzalo Córdoba –gerente del Banco Alemán Antioqueño- quien como socio y presidente provisional había introducido la solicitud durante el año 1934, y el Dr. Fernando Carrizosa V. – gerente de la fábrica de Paños Colombia–, quien era el presidente de la Liga durante el año 1935.

Giovanna y Héctor

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CAPÍTULO 74

Liga Colombiana de Radioaficionados Ley 198 de 1936

Enero de 1.936

E

n el borrador de la historia que escribí para el Ministerio de Comunicaciones, desde la página 145 hasta la pág. 260 hay tres capítulos titulados respectivamente: “Primer Congreso de Radioaficionados”, “Sentencia de la Corte Suprema”, “Ley 198 de 1936”, que se refieren a hechos ocurridos durante ese año. Extractaré aquí algo de ellos, en cuanto tiene relación con la Liga Colombiana de Radioaficionados. Para principiar, creo interesante anotar que en enero de 1936: “… SE PROYECTA FORMAR UN CONSEJO TECNICO PARA COMUNICACIONES. La comisión de Obras Públicas del Senado ha continuado estudiando el proyecto de ley presentado por el Ministerio de Correos y Telégrafos y recomendado por el Poder Ejecutivo, sobre supresión de ese ministerio y creación del consejo administrativo de las comunicaciones radioeléctricas y postales. Integran esta comisión los senadores Burbano, Arango Tavera, Gaviria, Badel, Morillo, Balcázar y Hernández Rodríguez, y se entiende que la mayoría de ella es adversa al mencionado proyecto, que fue aprobado ya por la cámara de representantes, después de largos debates. Se entiende que el informe de la comisión del Senado será adverso al proyecto sobre supresión del ministerio, y propondrá en cam-

bio el nombramiento de un consejo técnico o junta especial que deberá asesorar al ministerio cada vez que éste solicite su concepto…”. Esta información apareció en un periódico que tal vez sea El Tiempo, de enero 1936, cuyo recorte conservo en archivo. Conviene saber que el ministro de correos que proyectó suprimir ese ministerio fue el Dr. Hernán Salamanca, y el Poder Ejecutivo que recomendó ese proyecto fue el Presidente de la República Alfonso López, evidentemente ambos hastiados con los errores que estaban sucediendo en la administración de esos servicios y la intromisión politiquera en los mismos. Pero las influencias de los monopolistas, tal vez encabezados por el senador Badel (que reemplazó el Dr. Hernán Salamanca en el ministerio), se opusieron. La fórmula del consejo técnico era nuestra pero limitada a “…asesorar al ministerio cada vez que éste solicite su concepto…”; resultaba prácticamente una negación pues era suficiente que el ministro no solicitara, para que no hubiere cuerpo asesor. En El Tiempo del 13 de marzo 1936: “…Presentada por los R.R. Sepúlveda Antonio María y Ruíz Mario, fue aprobada la siguiente proposición, SOBRE INALAMBRICOS: Nómbrese por la presidencia una comisión de tres miembros para que visite la oficina de inalámbricos del Ministerio de

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Comunicaciones, estudie su actual organización y el cumplimiento que por parte de dicha oficina se haya dado al decreto N.1365 de 1935, por el cual se reglamenta la concesión de licencias para la instalación y explotación de estaciones radiodifusoras. Dicha comisión, en el ejercicio de sus funciones y para el mejor éxito de sus labores podrá asesorarse de los expertos que juzgue necesario…”. Como se ve, algo estaba hirviendo en el caldero; la influencia de la Liga estaba agregándole sal y pimienta. En mayo 1936 llegan a la Liga algunas quejas y solicitudes de “amateurs” de Medellín, de Sincelejo y de Cali, en relación con el secuestro de algunas estaciones experimentales de radio, para que interpusiéramos nuestros oficios a fin de evitar el atropello de que estaban siendo víctimas. En Colombia, no habían querido las autoridades competentes reglamentar, como estaba reglamentado en todo el mundo, el servicio de los aficionados y parece que para prohibirles el funcionamiento de sus pequeños aparatos querían hacer uso de las disposiciones del decreto N.1365 de julio 31 de 1935 sobre “radiodifusión” – que entre paréntesis era medida muy acertada–, para coartar la libertad de industria y de estudio consagrada en la constitución. La radiodifusión es cosa bien distinta a la “experimentación”, y no se podía aplicar el mentado decreto al servicio de estaciones experimentales o de aficionados. En publicaciones aparecidas en el diario El Tiempo se hablaba del secuestro que se hizo de una estación clandestina, ese servicio sí estaba reglamentado y sus disposiciones claramente expresaban la prohibición de transmisiones sin la respectiva licencia; no así para los aficionados experimentadores, y por lo tanto podía considerarse como un atropello el que se estaba ejerciendo con los aficionados de Medellín, Sincelejo y Cali. Al respecto, una carta de rectificación fue entregada personalmente por varios de nuestros socios fundadores en la redacción de El Tiempo, que no tuvo la suerte de ser publicada por dicho periódico por motivos que desconocemos. Al contrario, las estaciones difusoras capitalinas tuvieron la amabilidad de ponerla en conocimiento del público mediante su lectura durante la hora del “radio–periódico”, y a dichas estaciones vayan los agradecimientos vivísimos de la Liga. Efectivamente, pensé que la situación era delicada, no solamente para los radioaficionados que la policía estaba persiguiendo en las varias ciudades simultáneamente –lo cual indicaba la existencia de

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una orden general desde Bogotá–, sino también porque si esos pobres muchachos no lograban defenderse, demostrar su inocencia, la Liga podría después ser acusada como entidad instigadora de actos subversivos. Y yo, como secretario factorum, ser acusado quién sabe de cuál diablura. Era urgente actuar, pero comprendí que la Liga no estaba preparada. Invitar los socios a sesionar y obtener resultados requería mucho tiempo; probablemente al conocer las medidas de la policía, la mayoría de ellos se habría escabullido por temor de meterse en enredos. Yo mismo no conocía a esos muchachos encarcelados; no podía jurar el que entre ellos no hubiere algún mal intencionado. Sin embargo, había que impedir que la situación empeorara; para ello había que proceder sin demora, jugando el todo por el todo. Así fue que una mañana al salir de casa para ir al trabajo a Agencias de Radio, informé a mi esposa María Luisa: –voy al Detectivismo a entregarme para que me pongan preso. Si a mediodía no regreso para almorzar, ya sabes dónde me pueden encontrar mis cuñados Juan Antonio y Pepe–. Llegado al edificio del Detectivismo, sin saber quién era el jefe, sin testigos, armado únicamente de mi indignación y resolución, pedí hablar con el señor prefecto; sin mucha demora fui introducido al despacho del general Alfredo de León, a quien no conocía. Me resultó un personaje corpulento, anciano, de gran cultura y comprensión. En pocas palabras le manifesté que siendo secretario de la Liga de Radioaficionados, de la cual varios socios habían sido simultáneamente encarcelados en diferentes ciudades, me presentaba para ser juzgado como jefe de ellos, responsable, aún cuando en mi opinión nadie había cometido falta alguna. Después de varias preguntas, me aseguró que su despacho no tenía información acerca de lo ocurrido, pero que se disponía telegrafiar a sus dependencias de Cali, Medellín, etc. a fin de que inmediatamente se pusiera en libertad a los radioaficionados, a condición de que yo le entregara enseguida, por escrito, una relación detallada de los hechos. Al día siguiente le llevé el memorial que aquí transcribo, tomándolo de la pág. 12 de la revista RADIO de mayo 1936: “En vista de los múltiples incidentes ocurridos en diferentes ciudades del país, especialmente en Medellín, Cali y Sincelejo, en donde las autoridades locales –no sabemos por orden de quién– creyeron justificado llevar a la cárcel e imponer multas a los

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propietarios de pequeñas estaciones de radio–experimentación, y confiscar dichos aparatos; y teniendo en cuenta que la represión simultánea efectuada en las diferentes ciudades del país hace suponer como evidente que no se trata de una acción contra uno o más supuestos elementos subversivos o revolucionarios cuya actividad pudiera ser de algún peligro para la Patria, sino únicamente de una persecución injustificada contra todos los “radioaficionados” colombianos, sin distinción alguna y sin otro objeto que el de exterminar a los radio–experimentadores, que no han cometido, ni están cometiendo, delito alguno, ni se proponen cosa diferente con sus experimentos que el poder servir a la Patria y al gobierno, se ha visto en el caso, la Liga Colombiana de Radioaficionados, de intervenir para estudiar lo ocurrido en las ya mencionadas ciudades y especialmente en Medellín, donde casi todos los socios de la Liga Antioqueña de Radioaficionados han sido objeto de persecución de parte de la Alcaldía, y condenados varios jóvenes estudiantes al pago de cien pesos de multa si volvieren a reanudar sus inocentes experimentos de radio–transmisión. Los diferentes abogados a quienes nos hemos dirigido sobre el particular están acordes en afirmar, después de estudiar detenidamente la legislación, que si bien pudiera suspenderse o castigarse cualquier actividad de los radio–aficionados cuando se comprobara que tales actividades están prohibidas por alguna ley, o son perjudiciales para la colectividad, o ponen en peligro la seguridad de la Patria, no es, sin embargo, posible adoptar medidas restrictivas contra ellos, mientras sus actividades no tengan otro objeto que el de la experimentación en radio, en las bandas internacionales de aficionados, y mientras sus comunicaciones estén limitadas a los fines de estudio ampliamente reconocidos y admitidos en todas partes del mundo y especialmente definidos en las Convenciones Internacionales de Radio que el Congreso de Colombia ha tenido a bien ratificar. … Las estaciones de “aficionados” no efectúan servicio de “comunicaciones” de ninguna categoría, ni están sus actividades sujetas al Código Fiscal, ya que las señales por ellas emitidas en el aire no pueden ser clasificadas como “transmisión de mensajes o comunicación, de carácter público o particular”. Se desprende por todo lo anterior que no existiendo una ley o reglamento que prohiba el estudio o experimentación en radio, pecan por arbitrarias las

multas y demás restricciones impuestas por las autoridades contra las estaciones de aficionados, al mismo tiempo de que surge el interrogante respecto a cual será en definitiva el ministerio a quien compete reglamentar éste estudio, una vez que el gobierno resuelva aceptar nuestra repetida insinuación de que la radio–experimentación sea reglamentada. Parece que ésta última incumbiera, más que el Ministerio de Correos, al Ministerio de Educación Nacional, en cuanto a “estudio o educación” se refiere, y al Ministerio de Guerra o Gobierno, en cuanto se relaciona con las medidas que velan por la seguridad de la defensa nacional, o sea, el control para evitar que individuos mal intencionados instalen estaciones de aficionados, radiodifusoras, o de cualquier otra categoría, con fines diferentes de los que generalmente pueden efectuar dichas estaciones de acuerdo con las costumbres actuales. Con el fin de poner todo lo anterior en conocimiento del importante despacho a su cargo, señor General, me encarga la Liga Colombiana de Radioaficionados dirigir la presente a esa prefectura, junto con una copia de memorándum de explicaciones sobre qué es una estación de “aficionados”, y un ante–proyecto de reglamentación sobre radio, presentado por ésta Liga al Gobierno en marzo de 1934. En la actualidad está estudiando ésta asociación un proyecto completo y detallado de reglamentación sobre el mismo particular, que oportunamente será puesto a la consideración del Gobierno, del Congreso y a la Prefectura Nacional de Detectivismo. Agradeciendo a usted señor General, la atención que se digne conceder a la presente, me es muy grato suscribirme, con toda consideración y respeto, de Ud. Atto. Y S.S. Por la Liga Colombiana de Radioaficionados, Italo Amore, Secretario…” Al revisar la documentación en el año de 1967, encuentro que muchos de los ideales del año 1936 están aún por realizar, y que modernizando en algún caso la nomenclatura del editorial de la revista RADIO de Junio de ese año, sería de actualidad publicarlo ahora! Del ímpetu con que las actividades radioeléctricas se intensificaban, se atropellaban buscando establecerse, resultaban a diario problemas entre radiodifusión, aficionados, etc., y todos recaían sobre la secretaría de la Liga, cada cual solicitando apoyo o intervención en la defensa de sus derechos, eliminación de interferencias, gestiones de licencias ante el ministerio, además de la no menos agobiante tarea de

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editar cada mes, en forma artísticamente presentable y consiguiendo los respectivos avisos de los anunciadores para la revista (todo éste trabajo, en la LCRA, así como más tarde en la ACODERA–AIR y luego en la APEC, siempre lo desarrollé ad–honorem, sin salario, regalía o ganancia alguna, sino que por el contrario, pagando cuotas ordinarias y extraordinarias cuando las finanzas de las instituciones lo necesitaban…, al tiempo que ejercía mi profesión para ganarme el sustento y el de mi familia). Todo eso me obligaba a trabajar diariamente hasta altas horas de la madrugada y estaba afectando mi salud. Así que, en editorial de RADIO, julio 1936, anuncié: “Al terminar el próximo mes de agosto entrará nuestra asociación en su cuarto año de vida y para ello habrá que proceder a la elección anual de la mesa directiva. Aprovechando la ocasión, para agradecer a todos los amigos y consocios por la confianza y honor con que nos distinguieron durante éste trienio, nos permitimos rogarles que en adelante se encomienden estos asuntos a colegas más expertos y más dignos de quien esto escribe. Lejos de ser una renuncia, ésta es solamente una solicitud de “licencia!” que hace tiempo teníamos en el bolsillo y que nos habíamos abstenido de invocar mientras era fuerte la lucha para asegurar el porvenir de las radiocomunicaciones nacionales. Hoy, la situación ha mejorado, y, sinceramente, creemos tener derecho a un poco de descanso…”. Esperaba durante el próximo mes de agosto, cuando tendrían lugar las elecciones para Mesa Directiva de la Liga, presentar mi renuncia y pedir un descanso; sin embargo… me equivoqué de cabo a rabo, porque simultáneamente estalló otro conflicto, del cual no pude librarme, porque precisamente se trataba de los cimientos de la radiolegislación, por la cual tanto había luchado hasta entonces, y por lo tanto, mal podía abandonar en el momento de la más fuerte batalla. Este periodo, de importancia crucial para la historia y la libertad de la radiodifusión en Colombia, principió con el caso de “La Voz de Colombia” de Bogotá (ver en la pág. 145 de la otra historia “Primer Congreso Nacional de Radiodifusión”; y revista RADIO julio 1936). “Lo que está pasando con la radiodifusión colombiana es aún más penoso de lo que hasta hace poco acontecía con los radioexperimentadores; con la diferencia de que estos últimos estuvieron listos para organizarse, ayudarse, defenderse de los atropellos; mientras que las radiodifusoras… cada cual piensa

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únicamente para sí, y todas salen perjudicadas. A raíz del incidente de “La Voz de Colombia”, se desarrolló en algún periódico una campaña tendiente a recomendar la unificación de la radiodifusión colombiana en un monopolio semi–oficial, por el estilo del adoptado en Inglaterra por la BBC, y en la casi totalidad de los países europeos. Se llegó hasta a proponer la compra por parte del Estado de todas las estaciones difusoras! Sin lugar a dudas, el sistema europeo tiene ventajas, pero también tiene defectos, a los cuales se debe que dicho sistema no haya sido adoptado hasta hoy en ningún país americano. Por consiguiente: a quien insistiera para introducir a Colombia el sistema europeo, nosotros le preguntaríamos: –¿por qué no, más bien, el sistema americano?–. Nuestra idiosincrasia difiere de la europea, y además, los funcionarios de los ministerios europeos, que disfrutan de una carrera administrativa, disponen de una preparación técnico–profesional que difícilmente encontraríamos aquí en nuestros ministerios. En América, es la iniciativa particular la que trae el progreso. ¡La radiodifusión “industria libre” es sistema típico americano; el monopolio del Estado sería su muerte! Hace años no encuentra el gobierno algunos miles de pesos para modernizar los equipos de la HJN, ¿dónde encontraría el millón y pico de pesos para comprar todas las radiodifusoras colombianas? Seguramente los preceptos constitucionales se opondrían también a un monopolio de esa clase. Otra medida, tan drástica como perjudicial, es la prohibición a las difusoras de tratar temas políticos. ¿Es posible que no se logre encontrar la medida equitativa, justa, racional, sin caer en exageraciones?… La bomba atómica estalló el 23 de julio 1936 cuando la Presidencia de la República, por conducto de los ministros de Gobierno, Hacienda, y Comunicaciones, introdujo ante el honorable Senado el siguiente proyecto de ley, que por ser de importancia histórica se reproduce aquí, así como otros documentos oficiales: Art.1 - El servicio de radiodifusión está comprendido entre los que enumera el art.138 del código fiscal. En consecuencia, el Gobierno podrá en cualquier momento reservarse la prestación de éste servicio. Art.2 – Autorízase al Gobierno para abrir los créditos que demande el ejercicio de la facultad del artículo anterior y especialmente para pagar las indemnizaciones a particulares que tengan derechos vinculados a la industria de la radiodifusión. Firmado: Alberto Lleras C. Ministro de Gobierno; Ruperto

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Restrepo, Ministro de Hacienda; Anibal Badel, Ministro de Correos y Telégrafos…”. Más aún: casi todas las radiodifusoras se acusaban y traicionaban entre ellas en lucha intestina comercial y política, pero eso no lo podía entonces escribir en la revista. No voy a transcribir aquí lo que con más detalles he relatado en otra historia. El Presidente de la República, Alfonso López, irritado por otro incidente político en la radiodifusión y los ataques de la oposición conservadora dirigida por el Dr. Laureano Gómez mediante el periódico El Siglo y la radiodifusora La Voz de Colombia, creyó posible apoderarse de ese medio, expidiendo el drástico decreto monopolista arriba trascrito, que fue introducido al Senado por su gabinete “liberal” encabezado por el Ministro de Gobierno Alberto Lleras C. Todas las principales radiodifusoras eran miembros de la Liga. Sin distinción de matices políticos, liberales o conservadores, todas resolvieron oponerse al peligro del monopolio. Fue entonces cuando se originó, en julio de 1936, el primer Congreso de Radiodifusión, patrocinado por la Liga de Radioaficionados con el lema de “No queremos monopolio”, del cual fui el secretario. Se me presentó el dilema de si siendo yo todavía ex extranjero, podía mezclarme en una batalla en el campo político. Me pareció que no se trataba únicamente de la radiodifusión, sino de la libertad de la industria radioeléctrica en general, de otras libertades democráticas, además que de los radioaficionados en particular. Que por lo tanto, no podía yo desertar el campo en momento tan crucial, sino que por el contrario, era mi deber mantenerme a la cabeza del movimiento y orientarlo, en mi cargo de fundador y secretario general de la Liga. El presidente de ésta, Dr. Fernando Carrizosa V., liberal, se halló en posición embarazosa en frente del gobierno; para no obstaculizar la acción de la Liga se retiró provisionalmente, entregando su cargo al vicepresidente Rafael Tamayo Alvarez, quien, no obstante ser él también liberal, no tuvo inconveniente en asumir la presidencia, alternando alguna vez con mi cuñado Juan Antonio, conservador. Se nombró una comisión, integrada por dos conservadores: Cipriano Ríos Hoyos de la Voz de Colombia y Roberto Ramírez de la Nueva Granada; dos liberales: Gustavo Uribe Th. de la Voz de Bogotá y Manuel J. Gaitán de la Voz de la Víctor; y el suscrito secretario, encargándole organizar el 1º Congreso

Nacional de Radiodifusión, y una campaña en todo el país, contra aquel proyecto en el Senado. Acompañé los comisionados a la oficina del Dr. Carlos Arango Vélez, abogado y político liberal, amigo de Gustavo Uribe, para solicitarle ponerse a la cabeza de las gestiones ante el Gobierno. Cotizó en $5.000 sus honorarios; la comisión juzgó elevada esa suma, de que no disponíamos. Entonces, alguien sugirió buscar alianza entre los Honorables Representantes y Senadores liberales. Mientras tanto, para allegar recursos monetarios, los radiodifusores organizaron veladas artísticas en el teatro Real (situado en la Cr. 7 con Cl. 13); la Federación de Empleados de Bogotá (costado sur de la Cl. 7 entre Cr. 7 y 8, vieja casona Pardo Ospina, 2º piso encima de La Cigarra y otros almacenes) ofreció allí sus salones para las reuniones; de las capitales de los departamentos llegaron memoriales y mensajes de adhesión de entidades industriales, comerciales, culturales. La primera asamblea, 30 de julio 1936, eligió presidente honorario a don Fernando Carrizosa Valenzuela; presidente el honorable representante Luis Emiro Mejía (q.e.p.d.), liberal, antioqueño, periodista de El Espectador; y secretario… el suscrito. (Luis Emiro era buen orador, parecía encaminado hacia importante carrera política; desafortunadamente, el trago lo perjudicó, murió en el Tolima, joven, en la miseria). Sentadas la bases de nuestra acción parlamentaria y redactado un contra–proyecto de radiolegislación, me otorgaron el siguiente certificado cuyo original se halla enmarcado y colgado en mi cuarto de escritorio: “Hotel Granada, Bogotá. Resolución N.5. El I Congreso Nacional de Radiodifusoras Comerciales, en su sesión de clausura, quiere dejar y deja pública constancia de su agradecimiento para con el señor Italo Amore, secretario de sus sesiones, por su gran altruismo, si devoción y desinteresado trabajo por nuestra causa, así como por las luces que, con sus vastos conocimientos, ha arrojado en nuestras deliberaciones.” Las gestiones de la Liga y de la comisión nombrada por el 1º Congreso Nacional de Radiodifusores principiaron con un memorial de dos páginas, fechado 31 julio de 1936, impreso en la editorial Cromos, y que, encabezados por el famoso maestro y compositor musical Emilio Murillo, fuimos a depositar en cada escritorio de Senadores y Representantes del Parlamento antes de que iniciaran la sesión vespertina.

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Posteriormente, el H.R. Antonio Ma. Sepúlveda presentó a la Cámara nuestro proyecto de radiolegislación; igual texto fue introducido al Senado por el H.S. Alfonso Castro (Antioquia); estos proyectos tenían por finalidad contrarrestar el de monopolio presentado por el Gobierno y elevar la radioreglamentación hacia un nuevo rumbo de libertad –desde luego controlada–, eliminando los absurdos del art.137 y 138 del código fiscal. Se inició entonces en el Parlamento un periodo de intensos debates diarios, que terminaron el 12 de diciembre con los acostumbrados golpes de pupitre, cuando está por cerrar la legislatura por fin de año. La relación de esos debates, en que intervinieron Senadores y Representante liberales y conservadores, a favor y en contra de nuestro proyecto y del proyecto del Gobierno (aunque estos últimos estaban en minoría) constituye una documentación interesante bajo el punto de vista de la política de aquella época; el texto se halla en los Anales del Senado de esos meses, desde julio a diciembre de 1936. Merece anotar, entre otras cosas, que en el art.13 de nuestro proyecto se sugiere la creación de nuevas bandas de radiodifusión, cuya idea fue aprobada dos años después por la Convención Internacional de El Cairo 1938 (bandas tropicales de 90 y 62 metros). Mientras tanto, el abogado Julio Navarro T. de Girardot (anciano, conservador, tuerto, cojo, habilísimo en su profesión), por cuenta de la Voz de Colombia, había iniciado ante la Corte Suprema de Justicia una demanda contra el Decreto Ejecutivo 1365 de 1935, reglamentario de la radiodifusión; varios de los argumentos jurídicos del demandante se fundaban en los puntos de vista técnicos divulgados por el suscrito en el susodicho memorial al Senado, en la revista RADIO y en artículos publicados en periódicos. A fines de Octubre salió la sentencia de la sala plena de la Corte tumbando el Decreto Ejecutivo y de paso, el proyecto monopolista del gobierno, sentando la famosa jurisprudencia según la cual la radiodifusión no es comunicación telefónica –tal como fue considerada en el pasado–, ni tiene que ver con los art.137 y 138 del C.F., sino que la radiodifusión es: TRIBUNA, PRENSA, TEATRO, CATEDRA, AVISO, y por lo tanto, en una nación democrática, no es monopolizable. Esta definición, tan moderna en aquel entonces, honra la Corte Suprema del año 1936, y a Colombia, puesto que en cierto modo preconizó lo decretado por el Concilio Vaticano II, a fines del año 1963, sobre Medios de Comunicación Social.

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Derrotado y por ello descontento el gabinete del presidente Alfonso López y su ministro de Gobierno Alberto Lleras Camargo, encontraron en el nuevo ministro de Correos y Telégrafos conservador, Dr. Jesús Echeverri Duque, un vigoroso y hábil parlamentario, quien no entendiendo –o mistificando– los textos internacionales sobre radio, y presionando políticamente sobre el Senado, logró salirse parcialmente con la suya, redactando a última hora e improvisadamente un nuevo texto del art.1 de la que vino a ser la Ley 198 del 18 diciembre de 1936, que si bien admite la libertad de industria de la radiodifusión comercial privada, contraviniendo la reciente sentencia de la Corte Suprema, la amarra, al mismo tiempo, a los monopolistas art.137 y 138 del C.F. Cuando descubrí el pastel, y alarmado llamé la atención de algunos senadores, me hicieron entender que estando para clausurar las sesiones de ese año, ya era tarde para remediar el “mico”; pero el Dr. Alfonso Araujo (liberal) me prometió que durante el año siguiente se interesarían para enmendar el contradictorio adefesio (en el año de 1967, el error está aún sin corregir…). Durante ese segundo semestre del año 1936, con autorización de Ramón Cuéllar –o acompañado por él–, transcurría casi todas las tardes en los corrillos del Senado, cumpliendo el apostolado de explicar a los senadores el sentido de la terminología técnica y legal de la radioreglamentación nacional e internacional, sus consecuencias, ventajas e inconvenientes, a fin de que no se dejaran confundir y supieran contrarrestar los hábiles sofismas del ministro, de los gobiernistas de turno, y de los monopolistas. Sin embargo, ésta primera ley colombiana sobre radiodifusión fue una gran victoria para la Liga, y de manera especial para los radioaficionados, cuya actividad quedó reconocida como útil, y legalizada. Un interesante comentario sobre el epílogo de ésta cuestión, apareció en la edición de diciembre 1936 de la mundial revista QST, editada en Hartford Conn. USA por la American Radio Relay League (ARRL), pág. 48, sección International Amateur Radio Union, bajo el título de Colombia, y como firma las iniciales C.B.D, que supongo corresponden a Mr. Clinton B. de Soto. Sorprende ver como allá estaban tan informados y conocían bien las intimidades de nuestros problemas. Dice así (la traducción del inglés es mía): “El 29 de octubre (1936) la radioafición logró otra victoria. El escenario de ésta victoria fue la República de Colombia; los combatientes: la Liga Colombiana

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de Radioaficionados, y algunos elementos en el gobierno que se oponían conceder licencias a los radio–amateurs. La LCRA ganó. En un “sorpresivo final”, hacia el término de las sesiones, después de un periodo en que parecía como si todo fuese pérdida, en la noche del 29 el Senado de Colombia adelantó apresuradamente una legislación reconociendo los derechos del radioaficionado en aquel país. La historia detrás de esa victoria es larga, la lucha amarga. Durante muchos años, Colombia gozó la distinción de ser una de las dos únicas naciones en la tierra que se mantenían activamente hostiles al radio–amateur, la otra siendo: Italia. En ambos países ésta actitud provino de específicas animosidades personales. En Colombia el todopoderoso Ministro de Correos, poseedor bajo la ley fiscal colombiana de un completo monopolio sobre todas las formas de radiocomunicación, durante años se negó a reconocer el derecho de la participación privada en cualquier actividad radio de cualquier especie. Todos los servicios –la radiodifusión así como la radioafición–, sufrieron igualmente bajo ésta situación. Sin embargo, no obstante una determinada reacción, esa férrea garra se mantuvo dominante durante un periodo de años. El año de 1933, podemos ahora reconocerlo, marcó el principio del fin. Fue en ese año cuando la LCRA fue formada, siendo su principal objetivo lograr los derechos del radioaficionado en Colombia. En 1934 obtuvo su primera victoria mayor, consiguiendo la ayuda del Ejército. El Ministerio de Guerra tanto se interesó en el asunto, que envió uno de sus oficiales a la dirección general de la International Amateur Radio Union (IARU), para conocer los hechos de la radioafición en el mundo. (IARU quedaba en las oficinas de la ARRL en West Hartford Conn.; ese oficial fue el Dr. Roberto Jaramillo Ferro, jefe del Departamento Radio del Minguerra donde yo trabajaba, miembro de la Junta Directiva de la Liga; la carta de presentación a la IARU la escribí y se la entregué yo como secretario de la Liga). En 1935 otra etapa fue alcanzada: un comité de la Liga se entrevistó con el Presidente de la República obteniendo la promesa de su apoyo a la causa (en esa entrevista participaron el presidente Dr. Fernando Carrizosa, el presidente honorario de la Liga Dr. Jorge Alvarez Lleras director del Observatorio Astronómico Nacional, yo como secretario de la Liga, mi cuñado Juan Antonio Pardo Ospina, Rafael Tamayo Alvarez, y no recuerdo quien más). Pero, a pesar de

un máximo de presión intragubernamental, el Ministro de Correos se mantuvo inflexible. Todas las tentativas para lograr aflojar su punto de vista monopolista se estrellaron contra una pétrea muralla. Resultó siempre más evidente que la única solución consistía en una reforma legislativa. Con la ayuda del presidente (?) se redactó un proyecto de ley tendiente a crear un Consejo Nacional de Radiocomunicaciones, consistente en un director nombrado por el Presidente, y representantes de los ministerios de Telégrafos, Guerra, Educación, así como representantes de la radiodifusión comercial, radiotelegrafía y radiotelefonía comercial y radioaficionados. Era un buen proyecto y obtuvo aprobación de la mayoría de los congresistas. Pero una vez más prevaleció la poderosa oposición del Ministerio de Correos. La actitud de la prensa fue muy perjudicial. Temiendo la competencia de las radiodifusoras comerciales, los periódicos disputaron duramente. Como quiera que hasta recientemente el Congreso había sido fuertemente molestado por el control de la prensa, esto representaba un obstáculo decisivo. Otro poderoso grupo de adversarios estaba constituido por las compañías comerciales extranjeras de comunicaciones, con las cuales el monopolio del gobierno colombiano hacía negocios sobre la base de contratos con privilegios especiales –Marconi, Telefunken, etc.–. Este grupo era particularmente opuesto a la radioafición; una actitud que también desarrollan –aunque con menos éxito–, en sus propios países. A todas estas dificultades hay que agregar una ignorancia general de parte de los funcionarios del gobierno acerca de lo concerniente a los radio–problemas en detalle. Un ejemplo de ello es la confusión que surgió en cuanto a la ancha definición de radiocomunicación, cubriendo todas las formas de radio–actividades. El Ministro de Correos derrotó casi totalmente un Senado lleno de buena voluntad pero aturdido, imponiéndole una interpretación del tratado de Madrid y de la ley fiscal colombiana que consideraba todos los tipos de radiocomunicaciones, incluyendo la radiodifusión y la radioafición, como idénticas al rentístico servicio público radiotelegráfico y radiotelefónico. No hay necesidad de seguir describiendo el laberinto de existentes impedimentos. Baste decir que, paso a paso, en una campaña caracterizada por inusitada energía y la aplicación competente de estrategias políticas y legales, los directivos de la Liga ganaron la batalla. De ello merecen crédito particularmente el Dr.

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Fernando Carrizosa anterior presidente, Rafael Tamayo actual presidente, y sobre todo Italo Amore, incansable competente secretario ad honorem de la Liga. A ellos y a sus asociados, van las más calurosas felicitaciones. Gracias a ellos la radioafición celebra hoy su más reciente triunfo –un nuevo reconocimiento–, otro estriberón hacia el pináculo del prestigio internacional. C.B.D.”. Volvamos atrás algunos meses. A medida de que más me consagraba al Congreso de Radiodifusión y los debates en el Senado, las otras actividades de la Liga y de la Revista, se iban perjudicando. Sin embargo yo sentía como una intuición que la cuestión legislativa era vital para todo el conjunto de la radio. Si dejábamos aprobar el proyecto oficial del monopolio, la misma Liga saldría derrotada, a la postre condenada, y en consecuencia: no más radioaficionados colombianos. Luchando por la libertad de la radiodifusión asegurábamos la de los radioaficionados, y de la radioindustria en general (además de la libertad político–democrática de Colombia, aunque esto fuere de carambola!!!). Tal situación la comprendía yo fácilmente cual profesional del ramo, por la experiencia vivida y aprendida viajando por el mundo y especialmente en los Estados Unidos desde que inicié mi carrera en la Marconi en enero del año 1917. Al contrario, era natural que el Dr. Carrizosa y los demás socios no profesionales en radio, no pudieran darse cuenta de la gravedad del caso, no estuvieren como yo dispuestos a jugarse el todo, en un problema que directamente no les interesaba, ni podían entenderlo. Durante el mes de septiembre de 1936 se efectuaron las elecciones de la nueva mesa directiva de la Liga, en gran parte preparadas por mí; hubo muchas abstenciones, apenas el quórum suficiente (22 votantes), en las cuales fui reelegido como secretario. La proposición N.1 aprobada por la asamblea decía que: “la LCRA presenta un voto de aplauso a su digno secretario señor Italo Amore y hace votos porque continúe su esfuerzo y colaboración en pro de la consecución de los objetivos de la Liga”. En vista de lo cual tuve que aceptar seguir adelante, pero puse como condición que se modificaran los estatutos para crear varias comisiones, a fin de descentralizar y traspasar a ellas parte del trabajo que hasta ahora venía desarrollando la secretaría, o sea, el suscrito (el Dr. Carrizosa quedó reconfirmado presidente honorario; más tarde se hizo cargo de una comisión y al año siguiente volvió a ser elegido pre-

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sidente, en cuyo cargo se mantuvo hasta el año de 1946, al igual que yo como secretario). La plancha preparada por mí tuvo acogida unánime, sin embargo, la experiencia me enseñó que una cosa son las elecciones, la propaganda del propio nombre que aparecerá publicado en los periódicos al lado de un título importante u honorífico, y otra cosa es que, después de elegidos, los candidatos no sean tan cándidos… sino que trabajen! Pues resulta generalmente que hasta el momento de quedar elegidos, todos tienen la mayor buena voluntad y feroz entusiasmo para servir con insuperable brillo de capacidad en todo sentido; pero a la semana después de elegidos, la mayoría se recuerda que están muy ocupados, no disponen de tiempo; se quedan con el honor del cargo, pero no participan en las sesiones: ni trabajan, ni dejan trabajar porque sus ausencias producen la continua falta de quórum… La humanidad está dividida en tres categorías: quienes trabajan, quienes no trabajan y quienes no dejan trabajar; ésta verdad innegable se presentó una vez más en la Liga, después de las elecciones. Afortunadamente, fueron muy eficaces y activos los representantes departamentales nombrados por la misma asamblea. Siempre he creído que sin una revista o publicación regular que informe a los socios, al gobierno, al público o la nación, acerca de las actividades de la Asociación o Liga, no hay entidad que marche –en forma democrática y por largo tiempo–, además de que los socios no sienten el estímulo para pagar cuotas si no ven mensualmente cuentas claras y chocolate espeso… Tan pronto que estuvo elegido el ilustre intelectual José Roldán Castello para que se hiciera cargo de la dirección de la revista, tuve mucho gusto en traspasársela. Para el N.29, edición agosto–septiembre 1936, le entregué las 47 páginas ya listas: artículos, clichés, avisos comerciales; él no tuvo más que escribir la página editorial y permitir que su apreciado nombre reemplazara el mío como director de RADIO. La edición siguiente se estaba demorando; entonces la escribí de cabo a rabo, incluso el editorial. Así salió el N.30, aunque figurando el sabio don José como director. No obstante, el conjunto no marchaba, porque la nueva Comisión–Revista, ni escribía, ni buscaba avisos, ni los cobraba; lo único que funcionaba era la cuenta de gastos de la casa impresora. Oídas mi quejas, se ofreció para salvar la situación encargándose de la tesorería y administración de la revista el radiodifusor don Roberto Ramírez Gaviria. Observé

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que parecía como que todo el mundo tenía afán para apoderarse de la revista, quitármela (y yo, el mismo afán para entregársela); unos, porque con razón estaban aburridos de leerme desde ya tres largos años siempre con mi monótona e incompetente redacción; otros, deseando tomar en sus manos la dirección, para fines personales; y otros, en fin, porque sospechaban que si yo había resistido durante tres años editando la revista regularmente cada mes, tenía que ser porque había gato encerrado, que de alguna manera no revelada o misteriosa, ese apostolado me estaba produciendo plata… Pero tan pronto se dieron cuenta de que por ninguna parte había ganancias, sino pérdidas de dinero, además de que una infinidad de tiempo y de dolores de cabeza: entonces no hubo quién le jalara a reemplazarme en ese trabajo ad–honorem… Para colmo de males, don Roberto Ramírez se enfermó. La revista RADIO agotó el capital que yo había entregado; nunca más volvió a salir. Yo, que acababa de librarme de ese peso, me sentí imposibilitado volver a recargármelo, pues debido a los varios meses de incesante actividad y luchas en conexión con el proyecto de ley, el decreto monopolista, la Ley 198, estaba extenuado.

Con la muerte de la revista de la Liga perdimos la continuación de la información detallada de ésta historia después del año 1936; en adelante, solamente dispondremos de las memorias oficiales y otros documentos, importantes, pero no igualmente completos. Durante el año de 1962, la Liga publicó tres números de RADIO imitando –aunque en reducido tamaño–, la carátula y el estilo de la creada y dirigida por mí treinta años antes… El N.2, de julio 1962, incluyó un reportaje mío y fotografías sacadas en mi cuarto–escritorio, con mis hijos Guillermo y Alfredo; inmerecido honor… Y quién iba a pensar que, treinta años después, durante la celebración del centenario de las comunicaciones, el ministerio de las mismas, me premiaría en noviembre de 1965 con medalla de oro por mis servicios distinguidos a la causa, y premiaría con otras tantas medallas de oro a mis dos fundaciones: la Liga Colombiana de Radioaficionados y la Asociación de Profesionales Eléctricos de Colombia APEC… Y que actualmente, en noviembre de 1967, cursa en el Senado un proyecto de ley que para celebrar el 30º aniversario de la fundación de la Liga otorga a ésta entidad un valioso auxilio económico…

Italo

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CAPÍTULO

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Guerra Mundial

1.936 1.944

H

aciendo continuación al capítulo anterior, debiera aquí por su importancia referirme a la historia de la Banda de Radiodifusión Tropical de 62 metros; pero deseo evitar repetir ese relato que es esencialmente de carácter técnico, que ya he descrito en la Historia del Mincomunicaciones, bajo el título de “La Convención Regional de Radio”, (pág. 292 a 305), a las que remito al lector eventualmente interesado. Pasemos pues a otros episodios. Ya desde el año de 1934, debido a las noticias de la política europea, principié a temer que pronto estallaría alguna grave conflagración, en la que Italia resultaría envuelta. En tal sentido escribí a mi mamá y hermanos, pidiéndoles que para ponerse al seguro se vinieran a Colombia; yo vería como conseguirles trabajo a Héctor y Mario. Mis hermanos contestaron negativamente. mamá aceptó venirse. Entonces, me correspondió hacer las gestiones para obtenerle el visto bueno en el pasaporte italiano, redactar una “acta de llamada”, hacerla visar y aprobar en la Legación de Italia. No obstante lo ocurrido un año antes (ver capítulo 72 de ésta historia), fui al palacete de la Legación en la Diag. 77 esperando verme con el Ministro Gazzera, pero resultó que estaba ausente; sin quererlo, o la mala suerte, hizo que me tropezara con el canciller Benetti, de quien no podía esperar nada bueno. En tratándose de la madre, uno hace cualquier cosa; yo resolví humillarme ante el abusivo conde, con tal

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que me diera el visto bueno que necesitaba. Pero aquel tenía buena memoria; pareció haber pensado: –aquí caíste bajo mis garras, tonto; ahora te fregaste–. El argumento de que se trataba de mi mamá no lo conmovió. Desdeñosamente me contestó que desde que yo me había vuelto ciudadano colombiano, nada tenía que ver conmigo la Legación italiana. Sentí como si me hubiera dado una puñalada; comprendí que ese bellaco no accedería a mi solicitud. Durante el camino de regreso a casa, mortificado y triste, iba pensando cuál sería el recurso para lograr hacer viajar a mi mamá a Colombia, no obstante la negativa de Benetti. Se me ocurrió ir a la oficina de mi cuñado José María Mallarino, consultarle, ya que él era jefe de la sección pasaportes en el Ministerio de Relaciones Exteriores. Le relaté mi situación; que aquel representante de Italia, para vengarse o castigarme de que yo me hubiere nacionalizado colombiano, me negaba el visto bueno. Después de alguna reflexión, Pepe comentó que ante tal injusticia era de esperar que el gobierno colombiano me ayudaría. Me indicó esperarlo, mientras él subía al despacho del ministro; regresó con cara alegre manifestándome que en vista de mis buenos antecedentes –que el ex presidente y ahora ministro Dr. Enrique Olaya Herrera no había olvidado–, había dispuesto telegrafiar a la embajada de Colombia en Roma ordenando que se entregara a mi madre un permiso

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especial de entrada a Colombia, libre de derechos etc., como si fuese pasaporte diplomático. Este favor se lo agradecí siempre a mi querido cuñado Pepe. “Consulado General de Colombia en Génova; N.209/P 19 febbraio 1935. Signora Giovanna Tripodi in Amore. Pinerolo, Galoppatoio di Baudenasca. Ho il piacere di informarla che stamane abbiamo ricevuto una nota del Ministero degli Affari Esteri di Bogotá,N.107, del 16 u.s. nella quale mi si dice quanto segue (che le trascrivo debitamente tradotto), acciocché possa valersene per ottenere il passaporto e la valuta per il viaggio: –Per mezzo della presente, e di conformitá conl’Art. 2º del Decreto 1060 del 1933, la autorizzo a vistare il passaporto della Signora GIOVANNA TRIPODI in AMORE, di nazionalitá italiana, madre del Sr. Italo Amore, residente de diversi anni nella Colombia. La Sra. Amore viene chiamata del di lei figlio, il quale si propone di provvederle tutte le cure ed attenzioni corrispondenti alla sua etá e meriti. Nello stesso modo si compiaccia la S.V. annotare in calce al visto del passaporto della citata signora, che per disposizione di questo Ministero la si esime della formalita’ del deposito nel porto colombiano di sbarco. Per il Ministro, il Segretario–. Le rinnovo i mie piú distinti saluti. Milciades Lega – Viceconsole Incaricato del Consolato”. “Consulado General de Colombia en Génova; N.209/ P 19 de febrero de 1.935. Señora Giovanna Trípodi de

Amore, Picadero de Buadenasca. Tengo el gusto de informarle que esta mañana recibimos una nota del Ministerio de Relaciones Exteriores de Bogotá, No. 107, del 16 u.p. en la cual se me dice lo que a continuación trascribimos (debidamente traducido), a fin de que esto le sirva para obtener el pasaporte y el dinero para el viaje: –Por medio de la presente, y de conformidad con el Art. 2º del decreto 1060 de 1933 lo autorizo para visar el pasaporte de la señora Giovanna Tripodi de Amore, de nacionalidad italiana, madre del Sr. Italo Amore, residente hace varios años en Colombia. La Sra. Amore ha sido llamada por su hijo, el cual se propone suministrarle todos los cuidados y atenciones correspondientes a su edad y méritos. De la misma manera sírvase su señoría de anotar en la visa de la citada señora, que por disposición de este Ministerio, se la exime de la formalidad del depósito en el puerto colombiano de desembarque. Por el Ministro, el Secretario–. Le renuevo mis más distinguidos saludos. Milciades Lega – Vicecónsul Encargado del Consulado”. A los dos meses, en abril 1935, mi mamá llegó a Barranquilla en donde yo había dispuesto para que mi amigo Guillermo Ibañez –que además era agente naviero del mismo barco italiano–, la recibiera y la acompañara hasta embarcarla en el avión. En aquella época, eran todavía unos avioncitos, hidroaviones, de cuatro puestos; era la primera vez que mamá montaba en avión, pero sabiendo que venía a encontrar

Italo se independiza

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su hijo, no tuvo miedo. Con María Luisa y su hermana Elisa bajamos en auto a recibirla en el aeropuerto de la Scadta en Girardot, y con el mismo automóvil la subimos a Bogotá. Pocos días después, expresó el deseo de que la acompañara a la Legación para cumplir el reglamento que requiere la visa de llegada. Le dije que ahora estaba en Colombia, tierra de libertad, que podía echar al olvido el pasaporte y las tonterías del gobierno fascista. Me replicó que consideraba conveniente mantenerse abierta la puerta para el eventual regreso a Italia. Me chocó pensar que, apenas llegada, ya pensaba en el regreso; pero de repente me dio risa pensando que Benetti me había negado la visa de entrada… Accedí pues, ir inmediatamente; no la puse al corriente del por qué, quise facilitarle obrar con toda ingenuidad; solamente le dije que como yo era ciudadano colombiano, tenía que ser ella misma quien hablara en italiano con el funcionario. Cuando llegamos al despacho de Benetti, éste me reconoció, vio a mi lado una viejita pero como no podía imaginar a qué íbamos, quizás en sus adentros se estaba preparando para darme otra negativa. Mi mamá se adelantó y habló en italiano: –Vengo a que se dignen visarme el pasaporte–. Cogió él la libreta, la miró, vio el apellido. Extrañado se dirigió a mí con intención de regaño: –¿Qué es esto? Yo le había negado a usted el permiso de que su madre viniera a Bogotá. ¿Cómo puede ella estar aquí? – Con la insolencia de la revancha, le contesté: –Señor, el deber de usted es firmar, poner el sello de la constancia de que mi mamá está aquí, enfrente de usted, usted no puede negar éste hecho evidente, aquí ella está, con su pasaporte válido. Yo no tendría por qué darle a usted explicaciones, pero si quiere saberlo, sepa que siendo yo colombiano, éste gobierno me regaló el pasaporte para que mi madre pudiera venir a Bogotá, no obstante la negativa de usted señor, firme! – No le quedó más remedio sino firmar y poner el sello. No volví a saber nada más de él, hasta cuando – años después–, el ministro Gazzera me llamó afanosamente al teléfono para decirme que acababan de descubrir en la Legación, que Benetti los había estafado durante muchos años (ver capítulo 72). Para más señas, transcribo aquí parte de una carta que mi amigo, y entonces agente consular de Italia en Bucaramanga, me escribió: “10 Maggio 1939 – XVII Egregio Signor Amore: Circa una quidicina di giorni fa volevo scriverle se

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non altro per fare un breve commentario alla ignominiosa cacciata di Benetti della nostra legazione. Lei avrá saputo, senza dubbio, ció che ésuccesso: il dottor Podio non solo lo ha messo sulla porta, se non che lo ha denunciato per delitti vergognosi, come quelli di appropiazione di fondi, imbrogli di ogni genere e debiti non pagati a parecchie persone. Quello che non mi spiego é come questo figuro sia riuscito a rimanere fino a poco tempo fá nella Legazione sebbene ai Ministri si faceva sapere il cattivo comportamento dell’ormai famigerato Benetti. Intanto lui é piú che rovinato perché anche la polizia lo cerca, e sia pure con ritardo, la soddisfazione alle sue vittime sié fatta presente. Se non rellegrarci della sua disgrazia, perché i nostri animi generosi non bramano tali vendette, almeno diamoci per soddisfatti con la sorte corsa da tale uomo. Florindo Marocco”. “10 de Mayo 1939 – XVII Distinguido Señor Amore: Hace cerca de unos quince días quería escribirle entre otras cosas, para hacerle un breve comentario sobre la ignominiosa cacería a Benetti por parte de nuestra Legación. Usted habrá sabido, sin duda, lo que sucedió: El doctor Podio no sólo lo saco puerta afuera, sino que lo denunció por delitos vergonzosos, como los de apropiación de fondos, problemas de toda índole y deudas no pagadas a muchas personas. Lo que no me explico, es como este hombre haya logrado permanecer hasta hace poco en la Legación, ya que a los Ministros se les hacía saber del mal comportamiento del desgraciado Benetti. En tanto él está más que arruinado porque la policía lo busca, y aunque sea tardíamente, la satisfacción de sus víctimas se ha hacho presente. No nos alegremos de su desgracia, porque nuestros ánimos generosos no gritan tales venganzas, pero al menos démonos por satisfechos por la suerte corrida por tal hombre. Florindo Marocco Las cosas de la vida: el ministro Gazzera, no obstante ser joven, murió poco tiempo después. Durante el año de 1966 mis hijos Mario y Alfredo, en la Universidad Andes de Bogotá, tuvieron como profesor de italiano al Dr. Podio; al volvernos amigos lamentamos no habernos conocido 30 años antes para en aquel entonces habernos unido en la lucha para extirpar al parásito Benetti. Este murió en Bogotá el 23 de octubre de 1960, según avisos en La República publicados por la escritora de ese periódico Dra. Alicia Salgar Pérez v. del noble barón y conde de san Leo y san Marino Cav. Doctor ingeniero Giulio Federico Benetti Amici marqués de Valdettatio; son sus

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Italo con su hijo Héctor

hijos según esos avisos el Dr. Julio Jacobo Benetti Salgar y Eleonora Benetti Salgar (parecería que en Italia, año 1927, era soltero). Retrocedamos ahora al año de 1938 cuando después de haberle organizado la empresa comercial “Agencias de Radio” a Ramón Cuéllar Medina, de haberle enseñado el A, B, C de la radioafición y del comercio en mercancías radiotécnicas; creyendo él que ya me había exprimido toda la esencia del juego, me dio la clásica patada de la ingratitud. No fue que él me botara. Como siempre y en todas partes, fui yo el que resolví irme, tuve que hacerlo porque del rol inicial de socio y compañero, me estaba transformando en esclavo de un capitalista, que no era patricio y que yo mismo había elevado a tal categoría. Como casi siempre me ha sucedido en la vida, mi carácter reservado, mi bondad, educación cívica y respeto del prójimo, mi absoluta honradez, mi deseo de compañerismo, fueron equivocadamente confundidos con “pendejismo”, de todo lo cual se podía abusar. Cuando yo reaccioné, la contraparte quedó sorprendida; con manifiesto deseo de reanudar la relación amisto-

sa; pero ya resultó ser demasiado tarde, e inevitable la separación definitiva. Tal como lo esbocé en el capítulo 73 de ésta historia, sucedió que después de más de tres años de trabajar yo día y noche sin descanso, para aumentar los negocios, de los cuales me correspondía un muy modesto porcentaje –mientras que él, socio capitalista y “nouveau riche” iba al Country Club para aprender jugar a golf y codearse con la “high”–; como quiera que le irritaba oír mucha gente opinando que gran parte de su progreso y bienestar lo debía a mi dirección, principió quitándome en la empresa alguna parte de los plenos poderes de que yo había gozado hasta entonces. Frecuentaba poco el almacén, dedicado a las fiestas, a sabiendas de que los negocios los desarrollaba y vigilaba yo haciéndolos adelantar viento en popa; pero se tomaba el gusto cuando a las once de la mañana, todavía trasnochado, llegaba a la oficina a desautorizarme verbalmente criticando todo lo hecho y ante los demás empleados, como para demostrar que él era el patrón. Hasta que un día me hizo perder por tercera vez la sagrada paciencia; le pedí satisfacción advirtiéndole que de lo contrario renunciaba; me contestó que yo estaba en libertad de hacerlo, lo hice enseguida. Orgullosamente aceptó la renuncia, y yo, que por los antecedentes de mi vida tenía razones para no sentirme inferior a él, también orgullosamente salí de ese empleo. Al día siguiente publiqué en la prensa un aviso anunciando que ya no trabajaba con Ramón Cuéllar en Agencias de Radio, y ofreciéndome para otras empresas interesadas en comercio y radiotécnica. Por la tarde me llamó telefónicamente el señor Jack Glottmann para inmediatamente ofrecerme trabajar con él, con mejor sueldo y mejores perspectivas. Yo lo había conocido en los años de 1931-1932 durante la época de mi almacén Radio Agencias en Barranquilla; le había vendido algunos radios Baird, que él revendió en Barrancabermeja donde estaba instalado. Debido a la crisis económica de ese tiempo – que también me había perjudicado–, su negocio quebró, como la mayoría de los comerciantes; pero yo había observado que don Jack había logrado en breve tiempo cancelar sus deudas, inclusive pagó lo que me debía, en vez que aprovecharse de la legal moratoria decretada por el gobierno. Ahora, estaba él instalado en Bogotá, con un modesto almacén en la plaza de Bolívar, donde vendía radios Crosley de calidad deficiente y máquinas para “coiffure” de damas. El argumento básico de nuestra entrevista fue: –Se-

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ñor Amore, si usted viene a trabajar conmigo, yo consigo para nosotros la distribución exclusiva de RCA para Colombia y le ofrezco el puesto de subgerente técnico y de ventas de la línea radio, mientras que yo atendería la gerencia comercial–financiera y las líneas de cine y disco de la misma RCA–. A lo cual, yo contesté: –Don Jack, si usted consigue la exclusiva de toda la marca RCA–Victor y RCA Communications en Colombia, yo entro a trabajar con usted–. Yo conocía en detalle la historia de la RCA, desde que la había visto crecer durante mis viajes a Nueva York en el año de 1919, fundada por un colega que antes trabajaba para la Marconi’s Wireless Telegraph Co., en una estación radio–costanera del Massachussets que atendía las comunicaciones con los barcos; colega que se llamaba David Sarnoff, era ruso, judío, habilísimo en negocios y radiotécnica. Quizás yo le daba mayor importancia que el mismo Jack, a lo que podía valer la exclusiva para Colombia de todas las líneas de la marca RCA, que era la firma más grande del mundo en radio y en discos, asociada con las poderosas General Electric y Westinghouse. Hasta el momento, el representante de RCA–Victor en Bogotá era Manuel J. Gaitán, propietario de la pequeña radiodifusora La Voz de la Víctor y de un almacén de discos situado en la plaza de Bolívar costado occidental, con el cual, vendiendo discos y fonógrafos de trompa y cuerda con manivela, se había vuelto millonario, dueño de muchas fincas de la ciudad. Era un hecho comúnmente comentado el que don Manuel J. era millonario, no pagaba sus empleados, no pagaba las facturas de la RCA, y que ésta, entre otras cosas, buscaba reemplazarlo porque Gaitán le vendía solamente discos, perdiendo el mercado de todas las otras líneas, radios, tubos, cine, etc. que él no conocía y para las cuales no disponía de personal competente. De manera que, teniendo en cuenta tales antecedentes, y que Glottmann era tan judío como David Sarnoff y la mayoría de la RCA, era de prever como lógico el que la representación de esa marca fuese transferida a nosotros, y que tal alianza daría buenos frutos. Glottmann era hábil comerciante y hasta vendedor de elefantes blancos. En la marina había yo aprendido el refrán de que los hebreos suelen tener como norma diariamente derrotar a siete cristianos, capacidad superada solamente por la viveza de los griegos, de ganarle la mano a siete judíos… Esta alterna-

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tiva, antes que asustarme, me interesaba: entrar en contacto con la judería para conocerla, estudiar su psicología y formarme un concepto acerca del carácter de dicha raza que los nazistas estaban persiguiendo y expulsando de Alemania. Efectivamente, Glottmann y su familia procedían de ese país, donde él había cursado estudios, hablaba alemán, aunque su origen era de Bessarabia, región rumana que anteriormente había pertenecido al imperio austro–húngaro, y en otro tiempo a Rusia. Estaba casado con Ida Finvarb, ella también judía y prófuga de Ucrania después de la revolución comunista. Tenían dos niños. Esos y otros detalles, los aprendí entre otras cosas, porque por amistad me hice cargo de lograr que don Jack fuese nacionalizado colombiano; lo recomendé a mi cuñado Pepe y al abogado Cifuentes que fue quien gestionó el papeleo ante el Ministerio de Relaciones y la Gobernación. Así que, a las 24 horas de haberme despedido de Cuéllar, entré en combinación con Glottmann; éste consiguió la financiación de una firma de Nueva York, The Imperial Export Co., cuyo gerente era un Sr. Joseph Gossner; todos judíos, así como el búlgaro– americano Wladimir Weltscheff, anteriormente socio de Ramón Cuéllar y ahora de Glottmann. Para estrenarnos con la RCA logré que Glottmann aceptara abandonar el almacén de la plaza de Bolívar, abrir uno nuevo y más grande en la Cr 7 entre Cl 17 y 18, bautizándolo LA CASA DEL RADIO –que inició operaciones con capital de $35.000– y que cuando me despedí de ésta firma, en el año de 1944 había aumentado capital a dos millones. En escritura N. 1987 del 19 de julio 1938 de la notaría 4ª de Bogotá, registrada el 19 de agosto de 1938 en el libro Primero– Segundo pág. 135 N.3399 consta que yo era entonces el 3er director de la firma, siendo Joseph Gossner el 1 er director (residente en New York) y Jack Glottmann el 2º director y gerente en Bogotá. Estos datos constan también en El Espectador del 20 agosto 1938 y 19 abril 1940. Menciono estos datos, porque no obstante que me debían gran parte del éxito comercial y crecimiento del capital desde 1938 a 1944, los señores Glottmann, después de mi renuncia y transferencia a la General Electric, tuvieron gran cuidado hacer desaparecer toda traza de mi existencia y de mi subgerencia durante seis años, así como borraron del mapa el nombre de LA CASA DEL RADIO. Sin documentos comprobantes, cualquiera podría suponer que estoy inventando, cuando la realidad es que apenas estoy recordando una parte de cuanto hice.

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En alguna parte leí que: –la historia es el resumen de los documentos, lo demás puede ser novela…–. Mi relato se funda en los documentos que se encuentran en mi biblioteca, según ellos, el 17 enero de 1938 terminé de trabajar con Cuéllar; el 18 de enero entré al servicio de J. Glottmann S.A., de donde salí el 4 de marzo 1944. Entre las primeras de mis múltiples iniciativas, cabe anotar la publicación de un NOTICIERO RCA que distribuíamos gratis a la clientela, en el cual, entre propaganda comercial, divulgaba informaciones sobre radio, de interés nacional. Después de la última emisión de la revista RADIO de la Liga Colombiana de Aficionados (N.30 de noviembre 1936), había yo continuado durante el año de 1937 en mi chifladura, publicando gratuitamente páginas de nociones sobre radio, en la popular revista CROMOS de Bogotá. – “República de Colombia - Ministerio de Correos y Telégrafos - Departamento Construcción y Sostenimiento Sección de Radio - N.277 marzo 1º 1938 - Señores J. Glottmann S.A. Ciudad - acusamos recibo de su atenta comunicación fechada en ésta ciudad el 28 de febrero, junto con la cual se sirven remitir a este Departamento una comunicación del 22 del mismo mes, procedente de la División Internacional de la RCA de Nueva York, señor C. G. Roberts, Gerente Venta de Aparatos Comerciales. Hemos tomado atenta nota de que el señor Italo Amore, técnico del Departamento de Radio de la Casa que usted dignamente representa, ha sido designado Agente–Representante de ustedes ante este ministerio para todo lo relacionado con el ramo. Agradecemos a ustedes esta comunicación y nos suscribimos atentamente, por ministro, Enrique S. Zapata Jefe Técnico”. El N.1 del NOTICIERO RCA lleva la fecha 6 de marzo 1938, y continué editándolo mensualmente hasta el año 1944. Entre sus páginas se encuentran estadísticas sobre radiodifusión y crónicas que son ahora de interés histórico. – “República de Colombia – Ministerio de Guerra – Dirección General de Aviación Av/00040/R. Bogotá marzo 17 de 1938. Señor J. Glottmann Representante RCA L.C. REF: Equipo RCA para aviones (demostración) – Tengo el gusto de avisar a usted que se ha ordenado al Sr. Capitán Comandante de la Base Escuela de Madrid facilitar a su ingeniero Sr. Italo Amore, la instalación a bordo de la aeronave militar N.130, del equipo RCA que usted ha pedido para demostración. Atte. Alvaro Roldán Salzedo – Tte. Jefe de la Sección.”

Se trataba de un equipo radiotelefónico, de onda corta, que para entonces constituía una doble y ventajosa novedad porque siendo de onda corta permitía al avión comunicarse a gran distancia, con pequeña potencia, mínimo espacio, peso, consumo de batería; y porque siendo “teléfono” en vez de telégrafo, facilitaba al piloto mismo comunicarse, sin necesidad de transportar un operador, que en el caso de aviones de caza era imposible, por motivos de espacio y peso. Los radiooperadores eran todavía telegrafistas; como es obvio, le tenían odio a esta novedad del radioteléfono que hacía innecesario su empleo. Para demostrar el aparato, me tocaba no solamente instalarlo con técnica, sino ensayarlo en vuelo y haciendo piruetas para comprobar que no se dañaba, seguía funcionando no obstante brincos y vibraciones. El avión era un Falcon monomotor, de caza, 2 puestos, para piloto y observador, sin capota, es decir, volamos expuestos al aire libre y la lluvia. Cada vuelo, partiendo de la base de Madrid, era un riesgo, porque los pilotos militares, para suplir la falta de algún repuesto o de revisión mecánica, volaban esas máquinas a fuerza de atrevimiento. Desde luego, en mi casa nada sabían de esas aventuras; apenas, si mucho, les avisaba que iba a trabajar en Madrid, la tierra de mi esposa. Ni el mismo Glottmann tenía idea de las peripecias que me tocaba enfrentar para introducir la moda de esos aparatos en radio, venderlos, procurar negocios a la Casa. De la que me salvé…, sucedió un domingo 24 de julio de 1938, en que mi amigo muy respetuoso, el coronel José Méndez Calvo, director de la Aviación Militar, habiendo programado una demostración de acrobacias de aviones de guerra, me invitó a acompañar a su jefe de radio del Minguerra y también amigo mío, Carlos Gómez Marín, para ayudarle en las comunicaciones desde tierra con los aviones y con la base de Palanquero, mediante un equipo de radio portátil, con plantica generadora accionada por motor de gasolina. Se me presentó la urgencia de escribir una carta a Nueva York para despacharla temprano con el correo aéreo del lunes; fui a la oficina de la Casa del Radio, llamé a don Carlos avisándole que llegaría tarde a Usaquén. No llegué, porque a la media hora, por las sirenas de las ambulancias y alarmas de las radiodifusoras me enteré de que en el “Campo de Marte” el avión del teniente Cesar Abadía se había estrellado cerca de la tribuna presidencial, causando centenares de vícti-

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mas; entre ellas, mi amigo don Carlos herido con quemaduras en la cara , habiéndose incendiado la carpa bajo la cual estaba radio–transmitiendo. De buenas: yo no estaba allí. “Comité Organizador de los Juegos Deportivos Bolivarianos. Cl 15 N.8-54, Bogotá 3 de agosto de 1938. – EL DIRECTOR DE LOS JUEGOS BOLIVARIANOS QUE SUSCRIBE, LEOPOLDO PIEDRAHITA E., acredita que el portador de ésta nota señor ITALO AMORE, es empleado del Ministerio de Obras Públicas en la cuestión (sic) del sistema de sonido en el Estadio de la Ciudad Universitaria. RUEGA a todas las personas que les sea mostrada ésta credencial, se sirvan permitirle el paso, aún sin carnet o boleta de favor pues es indispensable la presencia de él y sus compañeros los señores Jorge Vásquez L., y Jack Glottmann, para que el sistema indicado pueda funcionar. Leopoldo Piedrahita E. Coronel Director General.” Para el estadio Alfonso López, cuya inauguración coincidía con la conmemoración del IV Centenario de Bogotá, por sugerencia de mi pariente Manuel Briceño Pardo, abogado del Ministerio de Obras Públicas, me llamó el Dr. Ignacio Villaveces López, secretario general del mismo ministerio, para gentilmente solicitarme estudiar el suministro de una instalación de parlantes de gran poder, pues se preveía la aglomeración de unas 50.000 personas entre el estadio y los terrenos aledaños, a raíz de los Juegos Olímpicos Bolivarianos (todavía no existía el estadio el Campín). Aprovechando mi experiencia hecha ocho años antes con la instalación municipal de Cúcuta, logré aquí resultados extraordinarios en micrófono–radio– disco, mediante cuatro bocinas gigantes debidamente orientadas. Esta fue la primera instalación reproductora de sonido, de gran tamaño, en la ciudad de Bogotá, naturalmente con aparatos RCA. Jorge Vásquez Lalinde, antioqueño, era ayudante del departamento de cine de La Casa de Radio. Del Dr. Ignacio Villaveces López, siempre guardé recuerdo como de impecable caballero. Corresponden a ésta época las primeras instalaciones de micrófono–altavoz –siempre RCA–, que hice en las iglesias de: Las Nieves, Chapinero, Voto Nacional, Zipaquirá, Facatativá; así como la introducción del carillón electrónico (sistema de varillitas metálicas, una para cada nota, que al ser golpeadas por martillito tipo piano, al vibrar cerca de un pequeño imán, producen voltaje, como en la cabeza del

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tocadiscos, que luego va al amplificador, etc.) que 30 años después está todavía siendo usado en la radiodifusora nacional entre cambios de programa (sol, mi, do). Otras innovaciones, que dejaban lelos a los ciudadanos que transitaban frente del almacén de La Casa del Radio, o si entraban al mismo, fueron las alarmas sistema capacitivo en un campo de radio–frecuencia, mediante las cuales si el ciudadano se acercaba a la vitrina, automáticamente se encendían las lámparas de iluminación y principiaban a moverse unos avisos comerciales; o si pasaba la puerta de entrada, un parlante le decía “a sus órdenes”; y cuando se acercaba al mostrador, sonaba un timbre para que un empleado corriera a atender el cliente. En otra vitrina, un osciloscopio de gran pantalla hacía ver al público las oscilaciones–ondas de la música del disco que estaba siendo reproducido por el parlante de la puerta. Me correspondió la instalación de los primeros aparatos de cine con sonido de alta fidelidad, marca RCA–Photophone, en los teatros Faenza, Apolo, Atenas (la parte proyector estuvo a cargo del experto mecánico alemán Carlos Schroeder). En los días de inauguración me acompañó María Luisa para oír la entonces extraordinaria música de las películas operas Mikado, Carmen Triana. Transcribo del NOTICIERO RCA N.16 del mes de junio 1939: “FISIOLOGÍA: En el gabinete del mismo nombre, de la Facultad de Medicina de Bogotá, y bajo la dirección del doctor Alfonso Esguerra, se instaló con destino a uso didáctico un grupo amplificador y oscilógrafo RCA. Aplicando un micrófono sobre el corazón del paciente, se amplifican los latidos del corazón en proporción tal, que es posible hacerlos escuchar simultáneamente, por el altoparlante, a varios centenares de alumnos. Al mismo tiempo, el oscilógrafo hace que las ondulaciones correspondientes a dichos ruidos sean visibles en la pantalla del tuvo y puedan ser fotografiadas. La diferencia entre uno y otro latido, difícilmente registrable por el sonido, saltan a la vista observando la pantalla del tubo de rayos catódicos. Las curvas que se registran tienen alguna semejanza con las suministradas por el electro–cardiógrafo, pero son más amplias y ricas en detalles. Además pueden registrarse otros ruidos internos: respiración, circulación, los producidos por lesiones, etc”. Entre los alumnos que asistían a mis demostraciones audiovisuales de cardiolatídos, estaba un joven

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cuyo apellido me llamó la atención porque en el árabe que yo había aprendido en Somalia, significaba “médico”; se llamaba Salomón Hakim, y era principiante radioaficionado. En El Espectador de hoy 7 de junio 1968 o sea casi 30 años después, leo: “La radioafición de Colombia se halla de pláceme con toda razón y justicia al conocerse dos hechos de la más alta significación: primero, ha sido el reconocimiento científico mundial del síndrome Hakim para diagnóstico de la hidrocefalia, aún bajo condiciones normales de presión y aceptación de la válvula perfeccionada por nuestro colega radioaficionado el neurólogo Salomón Hakim (HK3FK), quien no tiene inconvenientes en dejar saber que sus conocimientos en radioafición han sido la chispa y el combustible de su habilidad que todos le reconocemos, complementada con sus prodigiosos conocimientos en neurología. El segundo, es el ascenso de nuestro colega Carlos Lombana Cuervo (HK7BCN) al grado de general del Ejército de Colombia, viniendo a ser el primer general con que cuenta en sus filas el Cuerpo de Radioaficionados de la República…” (crónica por Alberto Llaña Vezga (HK3XB) de LCRA). Y yo, al leer tales noticias, comparto el orgullo de haber sembrado mediante la fundación y las luchas de la Liga durante tantos años, la semilla que produjo éste y otros sabios “hakims” colombianos, y generales del Ejército!!! Sigo transcribiendo del mencionado NOTICIERO RCA de junio 1939: “LOS SORDOS OYEN: En la sección de sordomudos del moderno Instituto para Ciegos, de Bogotá, un grupo amplificador RCA presta el siguiente servicio: el profesor, o el alumno, hablan al micrófono, y la voz amplificada es reproducida en los audífonos de que está provisto cada muchacho y mediante los cuales no solamente aprende el sordo a entender el significado de las palabras sino también se auxilian los mudos en aprender a hablar. Un caso interesante observado durante los primeros ensayos, fue el de que los sordos son más sensibles que los seres normales a los sonidos de fuerte intensidad, que al aumentarla ellos no soportan los audífonos y se los quitan con violencia, como si estuvieran sufriendo, al tiempo que los no sordos pueden soportarlos normalmente. Surgió entonces la pregunta: –si son sordos, ¿por qué oyen más fuerte que nosotros? – La técnica de radio y el recuerdo de las leyes fundamentales sobre intensidad del soni-

do dieron la clave del fenómeno. El decibel es la unidad usada para la medición del sonido y su escala está en progresión logarítmica, teniendo en cuenta que el oído humano está dotado de una especie de control automático de volumen, mediante el cual los sonidos de fuerte intensidad quedan sometidos a una amortiguación proporcional, antes de pasar a los centros auditivos. De lo contrario el ruido de un trueno nos reventaría los tímpanos. Esto, para los oídos sanos. En el caso de los sordos, el control automático de volumen en el oído está inerte o sin desarrollar (u oxidado…). De allí que al escuchar por primera vez con los audífonos, los sordos perciben las señales de fuerte intensidad mucho más fuerte de cómo las percibe un oído sano (Olvidé mencionar la observación de que algunos sordos detectan la música mediante los dedos –tacto– tocando la membrana del parlante – vibraciones; que otros la percibían al ponerle el auricular sobre la nuca en vez del oído. Que para otros, monté un instrumento musical de 7 notas, la escala, consistente en un audio–oscilador cuyas notas correspondían a cambio de condensador–capacidad en el circuito; un pequeño piano electrónico). En otra sección del mencionado instituto, los alumnos privados de la vista se entrenan en la recepción de mensajes, que transcriben directamente sobre comunes máquinas de escribir. Con pocos meses de ejercicio, han aprendido a recibir radiotelegrafía a gran velocidad, como los mejores operadores videntes, y no está lejano el día en que podrán hallar un medio de subsistencia sirviendo en empresas periodísticas, radio–periódicos, etc. Para quien tuviera alguna duda al respecto, podría citarse el caso del conocido propietario de La Voz de Santa Fe de Bogotá, don Julio Bernal, quien, siendo privado de la vista, valiéndose de inteligencia, voluntad y sistema autodidacta, logró no solamente manejar kilociclos con habilidad del mejor radioaficionado (HK3BK) sino construyó estaciones transmisoras, inclusive la difusora de su propiedad en la cual trabaja como técnico, locutor, director…” (medía el voltaje tocando los alambres con la lengua!). Dejo aquí constancia que, en la enseñanza del código Morse a los ciegos, hasta lograr que media docena de ellos se volvieran expertos radiotelegrafistas, fue importante colaborador mi gran amigo de siempre don Carlos Gómez Marín a quien había conocido durante el año de 1934 cuando trabajé en el Minguerra. En la parte musical, era maestro, entre

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otros, Andrés Pardo Tovar, hoy miembro de la Academia de Historia, en ese arte. “Instituto Colombiano para Ciegos, Bogotá 2 diciembre de 1939. Señor don Italo Amore La Ciudad– Muy estimado señor Amore: Me es honroso transcribir a usted la proposición N.12 aprobada por la Junta Directiva del Instituto en su sesión ordinaria del 22 del pasado mes de noviembre: PROPOSICION N.12 – La Junta Directiva del Instituto Colombiano para Ciegos, en conocimiento de los importantes servicios prestados por don Italo Amore a la Causa de los Ciegos, facilitando la manera de obtener para alumnos de la institución empleos como radio–operadores y encargándose personalmente de supervigilar el desarrollo de estos servicios, presenta al señor Amore su testimonio de gratitud y lo invita a continuar desarrollando esta noble campaña. Aprovecho la ocasión para suscribirme de usted como su adicto amigo y servidor obsecuente. Francisco. Alcides Luque M. Secretario”. (hace años que el Dr. Luque murió en accidente automovilístico). Los empleos a que se refiere esa carta, fueron en los periódicos El Tiempo, y especialmente, en La Razón, de Juan Lozano y Lozano. Casualmente, allí

Teresa, Guillermo y Elena

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conocí al periodista León Angel, que no sé por qué simpatizó conmigo, y muy amablemente me ayudó, gratuitamente, en la publicación de varias cartas en ese periódico, a fines del año 1939, en las que sostuve y vencí en una controversia periodística al secretario general del Mincorreos, el monopolista y ex periodista Guillermo Forero Franco. A propósito de mi intervención en el campo de los ciegos: yo le debía a Juan Antonio, fundador y director de ese instituto, inmensa gratitud, que además de bondadoso cuñado –como lo fueron también Pepe y Manuel Antonio, quienes desafortunadamente para mí, me dejaron solo en la familia–, fue también mi constante consejero, y de gran auxilio en la fundación y orientación de la Liga de Radioaficionados, durante los 13 años en que la estuve como secretario gobernando. Los importantes editoriales, y muchos escritos publicados en la revista RADIO de la Liga, fueron dictados o corregidos por Juan Antonio después de conocer mis ideas, perfeccionando él mi pobre castellano ya que yo no podía hacerlo tan bien pues no poseía ese buen manejo del idioma. De manera que, el trabajar, servir en algo al Instituto de Ciegos, que era obra y vida de Juan Antonio, fue para mí el placer de corresponderle –aunque en mínima parte–, a su valiosa ayuda para mi chifladura de la Liga de Radio. De nuestras recíprocas observaciones e intercambio de ideas sobre ciegos y sobre ondas de radio… nacieron algunas de las teorías electromagnéticas acerca de la suplencia sensorial, el sexto sentido, etc., que aparecen en su libro REVELACIONES DE UN CIEGO, capítulo 7º. Durante esa época, me correspondió hacer una de las primeras grabaciones de aires colombianos, pura reproducción comercial y distribución mundial desde la RCA de Nueva York. Habíamos importado un grabador RCA de tipo profesional, alta fidelidad, adecuado para producir buenos matrices, provisto de microscopio para controlar las ranuras de la incisión en la pasta de acetato. La música para grabar era “Brisas del Pamplonita” y otra canción cuyo nombre no recuerdo. Para la ocasión, don Jack contrató la banda de la policía, que siendo numerosa, difícilmente cabía en el patio interior del almacén de la Casa del Radio, que además era inconveniente siendo cubierto con marquesina de vidrios que hacían retumbar el sonido, especialmente el de los platillos y el triángulo, agregando vibraciones por cuenta propia… Para lograr una grabación

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aceptable –no obstante la defectuosa reverberación–, aunque solamente de ¼ de hora de duración, hubo que ensayar con la banda durante todo el día, cambiando de posición el conjunto, los instrumentos, los micrófonos, etc. Si no me equivoco, la banda estaba dirigida por el maestro Rozo Contreras (la velocidad de grabación era de 78 r.p.m.; las bajas velocidades de 33 y 45 no eran todavía populares. La grabación magnética sobre cinta aún no era conocida). Una aventura interesante con los grabadores, me ocurrió poco tiempo después. Se presentó a mi oficina el coronel Tavera (a quien había conocido en el Minguerra), preguntándome si era posible grabar un idioma desconocido, o si siendo hablado con excesiva velocidad, incomprensible, sería posible luego reproducir las palabras lentamente, para volverlas comprensibles. Le confirmé que disponía de un grabador portátil y provisto de velocidad variable desde 0 a 100 r.p.m.; y que en cuanto a idiomas, una vez que se pudiera definir si era sánscrito, griego antiguo o moderno, latín o esperanto, ruso o chino, encontraríamos después al políglota o traductor del mismo. Que yo era capaz de clasificar una docena de idiomas, aunque entendía solamente algunos de ellos. ¿De qué se trataba? ¿Acaso de espionaje? Recordé el histórico caso del año 1915 en los Estados Unidos, cuando la estación radiotelegráfica de Sayville N.Y. transmitía a la de Nauen Alemania, una nota musical interminablemente larga. Intrigado, un técnico americano grabó aquella nota continua y luego la reprodujo a baja velocidad. Resultó que esa línea continua estaba compuesta de puntos y rayas del alfabeto Morse, idioma germano, mensaje conteniendo informaciones para que los submarinos alemanes pudieran hundir barcos aliados. La estación de Sayville fue cerrada por el gobierno de Estados Unidos; y de ese caso surgió la idea al presidente Woodrow Wilson de rescatar las estaciones de la Marconi’s Wireless Co. de Londres, que funcionaban en los Estados Unidos, y con ellas crear una empresa americana, que con participación de la General Electric y de la Westinghouse, al terminar la guerra de 1918, quedó establecida bajo la gerencia de mi gran jefe el judío David Sarnoff, con el nombre de RCA… –Nada de eso–, me replicó el coronel Tavera (cuyo aliento olía a demonio, así como su cara era de color amarillo cadavérico); se trata de nuestra medium, en la Lonja de San Juan, en cuyas sesiones de espiritismo los adeptos le formulan preguntas sobre sus parientes o amigos muertos, para comunicarse con ellos,

saber cómo están en el otro mundo, o para que les sugieran dónde están escondidos tesoros, guacas; pero las contestaciones nos resultan incomprensibles, no sabemos si es un idioma de los difuntos, o si es excesiva velocidad con que nos hablan cuando la medium está en trance. Durante mis viajes, ya sea en el Oriente, ya sea en los barcos donde yo era oficial, en varias ocasiones había asistido a sesiones de espiritismo, formándome al final la opinión de que generalmente se trataba de truco o de autosugestión. Ahora, la curiosidad me hizo aceptar con entusiasmo el experimento que me proponía mi apreciado coronel (creo era de artillería). Fui pues a la cita, a las 6 p.m., en una vieja casona situada más o menos en una plazuela de la Cr 9 con calle 5. Llegado a la puerta con mis aparatos, tuve que esperar hasta que un vigilante me diera entrada especial; mientras tanto, observé que venían muchos socios: toda gente aparentemente de la clase media o alta; todos pagaban al portero un óbolo. Entre ellos, con mi gran sorpresa, reconocí al piloto Olano, con su señora. También entre la gente culta hay supersticiosos… El salón interior estaba en total oscuridad; solamente una vela, ante un icono de San Juan, sobre una mesa cerca de la medium, que estaba como dormitando. Murmullos, tinieblas, misterio. Mi coronel, actuando como director–moderador, anuncia al auditorio la presencia de un experto quien en ésta sesión especial grabará las contestaciones de la medium a fin de que puedan ser traducidas y se descubra el enigma del más allá. Se inicia la función. Efectivamente, esa mujer, que tendrá unos 40 años, es gorda, pone atención a lo que dice el coronel quien le solicita repetir la contestación que dio a la pregunta de anoche. La medium sopla, gime, resopla, como dizque hace cuando cae en trance, y finalmente, con voz de párvulo desde la ultratumba, principia a hablar, muy aprisa, sin parar, todo incomprensible. Hago la grabación sin dificultad, mantengo el control de volumen algo en exceso a fin de que los picos de modulación enciendan la luz roja del piloto neón, lo cual aumenta en ese ambiente de oscuridad y misterio la impresión de que esos destellos correspondan al alma que está contestando… Mientras tanto pienso que en el laboratorio, reproduciendo a baja velocidad, me será fácil desenredar el secreto. A temprana hora del día siguiente, a mi oficina llega el coronel, ansiosamente, para que juntos pro-

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cedamos a revelar el arcano. Ensayo varias velocidades, hasta una lentísima; nada; lo que dice esa voz es una jerigonza de sílabas sin sentido alguno. Me quedó la evidencia de que la mayoría de quienes asistían a esas sesiones de espiritismo quedaban con los sesos trastornados, el pensamiento fijo en la ilusión trasnochadora de la guaca…, se estaban dañando la salud. Para la medium y para los organizadores, las funciones eran fuente de modesta entrada, como la limosna en la iglesia, para cubrir los gastos del local. Volviendo a otro campo de mi predilección: la aeronáutica. Dirigentes del Minguerra me informaron que se estaba preparando un avión para un vuelo directo Bogotá–Lima; se deseaba saber hasta qué distancia se podía comunicar instalando a bordo un equipo radiotelefónico de 100 vatios. Contesté que, en mi opinión, con un radioteléfono RCA de onda corta, de solamente 20 vatios de potencia –y por lo tanto, de menor volumen, menor peso, menor consumo de batería–, sería posible el contacto a todo lo largo del vuelo, comunicando con una u otra de las dos terminales: Bogotá o Lima; y que de éste modo, encargando el manejo del radioteléfono al copiloto–mecánico, se ahorraría el peso del radiotelegrafista, pudiéndose en su reemplazo llevar tanques adicionales de gasolina para mayor autonomía de horas de vuelo. El avión era un Junker W-34 monomotor, N.900, usado por el Instituto Geográfico Militar para tomar aerofotografías, que yo conocía bastante habiendo efectuado algún vuelo de prueba ida–vuelta Bogotá–Cali, con el piloto capitán Pinto; en una ocasión, con el teniente Alvaro Roldán como compañero, al paso del Quindío por encima de 5.000 metros de altura sufrió frío y malestar. Mi sugerencia fue acogida con entusiasmo por el capitán Enrique Concha Venegas y el copiloto José Joaquín Ramírez, tripulantes del proyectado vuelo sin escala Bogotá–Lima. Instalé mi aparato, hicimos algunos vuelos de ensayo y para entrenar al copiloto Ramírez en el manejo del transmisor, receptor, micrófono, antena, cambio de canal, etc. El histórico vuelo, 15 febrero 1940, resultó un éxito completo; los aviadores comunicaron normalmente en telefonía con nosotros en Bogotá hasta más allá de la frontera del Ecuador, desde donde iniciaron contacto con Lima. He perdido alguna carta–certificación; sin embargo, me quedan en archivo algunas fotos, reproducidas en El Espectador del 19 febrero de 1940. En una

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de éstas, el avión visto de frente–izquierda: en la ventanilla lateral del piloto sobresale mi cabeza, en ese momento estaba yo sintonizando el radio. En otra foto similar aparece mi cara fuera de esa ventanilla; en tierra, bajo el extremo del ala izquierda, camina el capitán Concha acompañado por un periodista y a su derecha, el copiloto José Joaquín Ramírez. En otra foto, interior del avión, se ven los dos tanques extra de gasolina, enfrente de ellos el suscrito, con vestido–buzo de mecánico, agachado, haciendo un ajuste en el radiotransmisor. Para verme, o reconocerme en las fotos, casi siempre hay que buscarme, porque al contrario de otras personas más deseosas de figurar, exhibirse en primera línea ante el fotógrafo, debido a mi timidez, yo acostumbraba ceder el puesto a otros, retirarme detrás o en una esquina. Era costumbre sagrada, en aquella época, que a la apertura del parlamento, el 20 de julio de cada año, cada ministerio presentara a los parlamentarios su Memoria, ya impresa y lista para distribución también al público. Desde luego, no era raro el caso de que alguna Memoria fuese, más que todo, una colección de elogios de carácter político. A consecuencia de estos y otros trabajos, en la Memoria del Ministerio de Guerra, año 1940, página 117, fue publicada la siguiente constancia: “Estas reglamentaciones difíciles y complicadas, por ser la primera vez que se adelantan en Colombia en todo de acuerdo con exigencias de carácter internacional y de orden técnico, pudieron llevarse a cabo, de un lado por especial dedicación al respecto de parte de la Dirección y de otro, por la valiosa cooperación prestada a la misma por el técnico de la RCA señor Italo Amore” Si mal no recuerdo, el autor de ésta anotación en la Memoria del ministro José Joaquín Castro M. fue el Dr. Oswaldo Díaz Díaz director de la Aeronáutica Civil (antes, secretario de la misma cuando era director el coronel Jorge Méndez Calvo, quien a consecuencia del desastre del Campo de Marte tuvo que renunciar a ese cargo; renuncia que fue aceptada por el presidente Alfonso López, no obstante que él no tuviese culpa alguna de la accidentada maniobra del piloto Abadía, que causó aquella tragedia. A mi apreciado amigo y competente aviador, el coronel Méndez Calvo, le aplicaron la norma de que cuando el ejército gana la batalla resulta premiado su comandante; y viceversa se le castiga cuando el ejército pierde). El Dr. Oswaldo Díaz Díaz es, o era, presidente de la Academia Colombiana de Historia, en reemplazo del

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Dr. Luis Martínez Delgado; de ambos tuve el honor de ser también amigo. Entre las actividades que desarrollaba para incrementar ventas y negocios, además del ya mencionado NOTICIERO RCA, estaba la publicación de un catálogo editado especialmente para que la clientela de toda Colombia pudiera formular a nuestro almacén de Bogotá sus pedidos de aparatos, accesorios, repuestos de radio, por carta, o telégrafo, guiándose por la ilustración del artículo, descripción, peso, tamaño, precio, palabra telegráfica respectiva. En el catálogo del año 1941 incluí un editorial inspirado en la teoría atómica de Enrique Fermi (nótese que la primera explosión sobre Hiroshima, que propagó la ciencia atómica, ocurrió solamente el 6 agosto de 1945, o sea más de cinco años más tarde). Este editorial, que llamó la atención de la industria y fue ampliamente distribuido en universidades, colegios, escuelas, fue posteriormente reproducido en varios lugares, inclusive la New Yorkina, revista mensual “RCA Trotamundos” (Vol. 6 N.1 de abril 1942) y 16 años después en la revista de la APEC –Asociación de Profesionales Eléctricos de Colombia–, por mí fundada (edición N.11, de noviembre 1959), de donde extracto: “TESOROS A NUESTRO ALCANCE – por I. Amore – La Casa del Radio J. Glottmann S.A. Bogotá, Colombia. A todo joven que se preocupe por su futuro, sinceramente le aconsejo como una de las mejores carreras el estudio de la radio–electricidad. Me fundo para ello no solamente en mi experiencia personal, sino desde luego en consideraciones más importantes. Vivimos en el siglo de la electricidad; el surgimiento de la radio trajo como consecuencia una infinidad de valiosos descubrimientos en otros campos del saber humano: muchos de los antiguos y clásicos conceptos o teorías sobre la “materia” están evolucionando o reformándose; los programas de las escuelas, desde las elementales hasta las universitarias, tendrán pronto que ser ampliados, así lo supongo, para incluir entre los elementos esenciales de estudio: la radioelectricidad. ¿Por qué? Porque desde la introducción del alumbrado, la limpiadora, la estufa, la refrigeradora, la lavadora, el ventilador, el radio y demás artefactos eléctricos en los hogares modernos, ya no es suficiente para el buen gobierno de la “home, sweet home” saber coser, tejer y cocinar, sino conviene además poseer conocimientos sobre electricidad. De lo contrario, y como aún sucede en mucho hogares,

el alumbrado, la cocina o la plancha eléctrica, al paralizarse, trastornan la buena marcha de la vida doméstica, simplemente a causa de un fusible quemado, un corto o un mal contacto; desperfectos estos tan comunes e insignificantes, que no debieran ya requerir para su composición de la sabiduría y presencia del experto técnico traído por avión, sino que debiera poderlos componer cualquier ama de llaves. De allí que yo me atreva pensar que en un futuro no lejano el instrumento Voltímetro o Analizador de circuitos entrará a hacer parte de los componentes del ajuar, junto con el despertador, el costurero, la greca y el manicuro. Voltio y amperio, kilovatios y kilociclos, corriente continua y alterna: estos términos que suenan a griego o cosas abstrusas aún a los oídos de literatos, debieran ser tan vulgarmente conocidos entre los civilizados del siglo XX, como lo son la libra, el galón, la yarda o el metro, puesto que los primeros son unidades de medida eléctrica, de cuya prudente utilización depende el que la cuenta del contador no resulte excesiva a cada fin de mes y que para pagarla no tenga la familia que sacrificar el cinema o el paseo… También en la práctica, saliéndonos de las modestas actividades del hogar, los trabajos de las diferentes profesiones y artes, son o serán en buena parte del tipo electrónico o electromagnético, utilizando energía local o remota y tubos al vacío, relevos, rectificadores, amplificadores, convertidores, osciladores, con sus accesorios tales como transformadores, condensadores, resistencias, etc. No estoy exagerando. Me refiero al próximo futuro, al siglo de la electrónica que apenas está en sus albores. Si en solamente treinta años hemos saltado desde el receptor de galena y el transmisor de chispa (carrete de Rhumkorff) a la televisión; a los aviones guiados y radiopilotados por control remoto; al sondeo de la troposfera y a las previsiones meteorológicas mediante aparatos de radio; las ondas ultracortas, las ultraaudio; a las antenas direccionales que concentran la energía electromagnética en estrechos y determinados sectores; y ya vislumbramos la transmisión inalámbrica de energía a distancia, el radio– teatro, las microondas, la generación artificial del uranio y una infinidad de otras aplicaciones que parecen absurdas y fantásticas por lo maravillosas y extraordinarias: ¿qué no nos traerá el futuro? Imposible decirlo, pero hay un hecho evidente: quien posea los conocimientos generales teórico–prácticos sobre radio–electricidad, tendrá abiertos ante sí

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los caminos que conducen a la especialización en las carreras de la ingeniería moderna, desde las radiocomunicaciones telegráficas y telefónicas o de facsímiles, a la radiodifusión, televisión, cinema– parlante, radioterapia, radiolocalización de pozos y minerales, etc., etc., para no citar más que las utilizaciones de posibilidad inmediata. La demanda de personal técnicamente preparado, sigue y seguirá siendo siempre más grande, a medida que aumenten las aplicaciones radio–eléctricas en la industria; por ello, bien puede decirse que quien posea los conocimientos de la ingeniería radio–eléctrica tiene “tesoros a su alcance”. Desde luego, estos no se consiguen con solamente adquirir libros de radio; los libros hay que estudiarlos larga y detenidamente durante años, y una vez graduados, hay que volver a practicar y estudiar diariamente, porque el arte está en continuo progreso. Todo lo cual está expresado de manera concisa en una fórmula genial que en idioma inglés dice: –para ser buen ciudadano y servir a la Patria hay que saber “reading, ‘riting, ‘rithmetic, and… radio…”. Entre los años de 1940 a 1941, recibí una circular de una agencia de Los Angeles California, ofreciendo en venta un transmisor de onda larga, de 50 kilovatios de potencia, ex KNX; si mal no recuerdo, al precio de US$100.000 y 15% de comisión para el vendedor. Estudiando el caso, resolví que se trataba de un equipo viejo de casi veinte años, y por lo tanto, un “hueso”, sin valor. Boté la oferta al canasto. Al mes siguiente vino don Alberto Hoyos, gerente de la Radio Manizales, a quien conocía como socio de la Liga desde el año 1934, a decirme que acababa de adquirir para instalarlo en Bogotá un colosal transmisor capaz de servir a toda Colombia; que deseaba le suministrara para el mismo un equipo de estudio RCA. Le contesté que con mucho gusto, pero que si era para el ex KNX, le aconsejaba no efectuar esa compra porque cualquier inversión en aquel elefante blanco sería plata perdida. Supe luego que él realizó esa negociación, no con capital propio, sino con el de una ingenua dama de Manizales, viuda, propietaria de la fábrica de chocolate; comprendí que él se había ganado los US$15.000 de comisión a costa de aquello. Desde luego, le fue fácil conseguir credulones, nuevos socios para gastos, convencidos de que 50.000 vatios de potencia dominarían el mundo. Hice correr en el ambiente la información de que tal empresa sería un pozo sin fondo donde se esfumaría cualquier capital pues el

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equipo consumía unos 500 kilovatios de energía, que en Bogotá era escasa y costosa; que los repuestos, tratándose de un aparato “antediluviano” no se conseguirían o tendrían que fabricarlos expresamente, a precio elevado; y que al fin y al cabo, el alcance “comercial”, a base de un centenar de microvoltios, no superaría los 200 kilómetros, es decir, no alcanzaría Medellín. Pero todo fue inútil. Me consideraron un idiota, un antipatriota que se oponía a que Colombia tuviese la estación “más poderosa de Sur América”. Entre otros: mi antiguo amigo de la Circunscripción Telegráfica de Barranquilla, don Inocencio Lindo –casado con una dama de la high de Bogotá, creo que Kopp u otro apellido sajón similar–, no me creyó, aportó, según me dijo, $40.000 como socio, consiguiendo el empleo de director del radionoticiero. Poco tiempo después vino a tristemente confesarme que lo habían estafado. La Radio Continental estaba en quiebra; tuvieron que desmontar los 50 Kw que estaban devorando la empresa, botarlos, reducirse a 5 Kw (HJCS 920 kc.) y vender la torre de media onda a la Emisora Nuevo Mundo. También de aquella época recuerdo el interesante caso de Thereminoff. Se me presentó un tipo extranjero, de apellido –o tal vez apodo– “Piat Charles”; acababa de llegar del exterior para dar un concierto en el Teatro Colón, con un aparato fabricado por la RCA inventado por el ruso Theremin, consistente en un doble oscilador de r.f., probablemente ideado observando los chillidos y maullidos que producían los antiguos radioreceptores de circuito regenerativo no neutralizado. El instrumento se le había dañado durante el viaje y en mi calidad de ingeniero de la RCA me suplicaba componérselo. Supuse que me sería imposible pues no conocía ese aparato; afortunadamente, dentro del mueble encontré el diagrama de los circuitos; no tardé en hallar la desconexión; la soldé y por la noche pudo Mr. Charles dar su concierto en el Colón. El aparato tenía dos antenas: una servía para crear las notas, o sea, variar la frecuencia musical que salía del parlante; la otra antena servía para graduar el volumen de la nota, desde silencio a fortíssimo. Se tocaba el instrumento, moviendo las manos del músico a medio metro de distancia de las dos antenas, una mano para cada antena, sin nunca tocarlas, pero logrando una acción de inducción capacitiva, según la distancia de la mano. El efecto visual era como el de un brujo hipnotizando el mueble. Tocaba música clásica, especialmente aires lentos, o compuestos de

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notas largas, por ejemplo el intermezzo de la Cavalleria, la Sinfonía Inconclusa, etc. Entre los años de 1942-1943 conocí al doctor Salvador Rozental porque tenía un gabinete dental dentro del parque Santander, cuando por sugerencia de Jack Glottmann donde trabajaba, fui allí a hacerme tratar un colmillo en la mandíbula superior izquierda, cuya encía estaba hinchada por un absceso dental, con el desagradable resultado de que después de varias sesiones quedé allí accidentalmente privado durante una curación. Aquel día del accidente fue la última vez que entré al gabinete dental de Rozental, pero ya había yo observado y aprendido acerca de él lo siguiente: no era español, sino judío ruso; su mujer, más vieja que él y su maestra en odontología, era ucraniana y como tal, amiga de la judía ucraniana Ida de Glottmann, y por consiguiente, de Jack Glottmann, judío ex ruso de Bessarabia, hoy Rumania. Rozental era todavía apenas aprendiz dentista, bajo cuyo disfraz ejercía otras actividades; su mujer –que hace tiempo murió y fue reemplazada–, era hábil profesora en odontología. Se decía que él había sido uno de los jefes representantes del gobierno ruso hasta el año 1936 en la junta revolucionaria de Barcelona. Durante las sesiones para el tratamiento dental que me hacía, en alguna ocasión fui testigo de que conversando telefónicamente con el doctor Gerardo Molina, rector de la Universidad Nacional, le pedía expedir diplomas para diferentes apellidos de supuestos estudiantes. Se comprendía que tenía influencia, como de personaje superior, sobre los judíos, los comunistas, y recientemente, los funcionarios de la embajada rusa (hasta entonces, los judíos eran todavía apóstoles de Lenin y de Moscú). Rozental era muy inteligente: hablaba español, ruso, hebreo, francés y creo que algo de alemán e inglés. En aquella época, Colombia había declarado la guerra a Alemania y a Italia. Técnicamente, los italianos éramos enemigos de los colombianos. Aquellos extranjeros residentes en Colombia, sufrieron, quién más, quién menos, las molestias de la confiscación de sus bienes, confinamiento, o fueron enviados a campos de concentración o prisión en los Estados Unidos. Entonces se vio el acierto de mi previsión al haberme nacionalizado colombiano en el año 1934, pues de lo contrario me habría sido imposible continuar en Colombia, tanto más en mi profesión de radio; el traslado al exterior habría sido perjudicial también para mi familia, esposa e hijos. No sobra aquí recordar que una de las causas debido a las cuales, duran-

te tantos años, he preferido trabajar como empleado en otras firmas, enriqueciéndolas –en vez de organizar un almacén o industria por mi cuenta, tratar de hacer más ganancias para mí–, fue que consideré prudente no arriesgar mi pequeño capital y el de María Luisa, porque preveía que trabajando con capital mío y con mi nombre extranjero de Italo Amore, fácilmente me lo habrían confiscado al surgir cualquier conflicto con Italia; que el escudo de la nacionalización tenía solamente un valor relativo, como lo veremos a continuación. En esa misma época, siendo ministro de Relaciones Exteriores el Dr. Luis López de Mesa, propuso al parlamento un proyecto de ley, nada menos, que cancelando todas las cartas de nacionalización –pisoteando todos los derechos adquiridos–, a fin de someterlas a una revisión, nueva reglamentación. Es decir: el ilustrísimo sabio, filósofo y descubridor del galimatías, no tuvo inconvenientes para considerar meros pedazos de basura para el canasto, aquellas cartas, y sus juramentos… recíprocos. El proyecto fue rechazado; el Dr. Jorge Eliecer Gaitán fue uno de los opositores. Pero yo había aprendido, por observación de la historia pasada y presente, que así como la ocasión hace el ladrón y de que según el refrán: –nadie sabe para quien trabaja–, los gobiernos se inventan fácilmente cualquier pretexto para violar tratados, declarar guerra, cuando con ello pueden secuestrar propiedades de ciudadanos o de empresas de otras naciones; en esta ocasión el gobierno colombiano se apoderó de los bienes de las empresas y ciudadanos alemanes e italianos residentes en éste país, entre ellos los de mis tres amigos: el piamontés arquitecto Nasi, y los dos comerciantes de Cúcuta, Alejandro Salvino, exportador de café y José Cozza, socio de la firma Caputi. Porque estaban casados con colombiana, lograron transferir parte de su capital antes de que el gobierno se lo requisara; y en gracia de la misma consideración, en lugar de enviarlos prisioneros a los Estados Unidos, el gobierno se contentó internándolos pero dejándoles relativa libertad en Bogotá, inscritos en la lista negra, es decir, no podían comerciar o efectuar actividad alguna con el exterior, ni podían salir de la capital. Al poco tiempo, se inventaron una ocupación en construir un edificio para oficinas, aprovechando que Nasi era arquitecto y que había construido la finca del presidente Enrique Olaya Herrera, de Tierra Grata, en Fusagasugá, y su residencia en la calle 82 de Bogotá; obtuvo el permiso especial para ejercer la iniciativa de su profesión no obstante ser prisionero

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de guerra. Para tal efecto, los tres reunieron el capital de sus respectivas señoras en sociedad. Cuando el edificio para oficinas estuvo casi terminado, se acabó la guerra con Italia y entonces, como quiera que el Hotel Granada estaba siendo demolido para construir allí el Banco de la República, habiendo quedado Bogotá sin hotel de categoría, ellos vieron la gran oportunidad de transformar las oficinas en un hotel, que vino a ser el Continental, el mejor de Bogotá hasta cuando nació el Tequendama. En rápido viaje a Italia, que estaba muy empobrecida por la derrota bélica, adquirieron lámparas de Murano y mobiliario, artículos para comedores y para cuartos de hotel a precio de liquidación, para con ellos dotar lujosamente el hotel Continental. En pocos años, los tres ex prisioneros de guerra se volvieron millonarios; mi apreciado amigo Cozza adquirió residencia de patricio en Suiza y el noble título de conde. Estando nacionalizado colombiano desde el año de 1934, con esposa y familia colombiana, trabajando donde Glottmann y como técnico de la RCA, mi persona hubiera debido quedar a salvo de cualquier suspicacia en cuanto a política o temor de que yo fuere partidario o espía de los fascistas. Sin embargo… el trabajar en radio siempre se presta para despertar dudas. El 22 de julio del año 1943, Glottmann me avisó que la embajada de Estados Unidos me buscaba para interrogarme en relación con una acusación en mi contra, de espionaje para Italia; parecía tratarse de asunto grave, si no lograba demostrar mi inocencia, sería deportado a un campo de concentración en los Estados Unidos… (en aquella época, la embajada de Estados Unidos, en virtud de la alianza bélica, era en Bogotá el omnipotente supergobierno de ésta colonia: boicoteo y sanción del enemigo, listas negras, etc.). Sintiéndome molesto, aunque sin otra preocupación que la de suponer tratarse de una canallada de algún competidor o enemigo estilo Ramírez Arana, fui a presentarme a esa embajada. Un par de funcionarios, hablando en inglés, me explicaron mi situación y principiaron a interrogarme: –Conoce usted al señor Panini?– Contesté que no. –Al señor Calligari?– Contesté que tampoco. –Al señor Benvenuto?– Nuevamente no. Continuaron inútilmente ensartándome apellidos italianos que siéndome desconocidos, a cada uno yo contestaba “no”. Mentalmente me pregunté qué se proponían; qué harían conmigo, puesto que me hallaba solo, en una pieza cerrada, a merced de ellos. Finalmente, después de una docena de apellidos diferentes, mezclaron uno que me sonó algo conocido.

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–Paren allí un momento– les dije, –ese nombre, Peroni, lo recuerdo, corresponde a un señor que estaba alojado en el hotel Ambassador de Nueva York, a quien dirigí una carta hace un año–. –Muy bien– me replicaron, –usted principia diciendo la verdad, usted admite haberle escrito una carta a ese Peroni, quien se halla encarcelado en Nueva York por ser espía fascista; al revisarle los equipajes la policía encontró una carta de usted, en la cual usted le comunica algunos datos sobre señales de una estación de radio. Usted está complicado. Le conviene seguir diciéndonos la verdad, ¿cuál era el trabajo que usted efectuaba en Colombia para Peroni? ¿Qué le comunicaba usted? ¿Es él su jefe inmediato de usted?– Me dio risa. Principié a explicarles. –Desde el año de 1934 cuando el Nuncio en Bogotá era Monseñor Giobbe, me había vuelto corresponsal técnico y consejero de la Radio Vaticana de Roma. Con el ingeniero de esa radiodifusora, antiguo compañero mío en la marina que se llama Alberto Ricciardi, y desde luego con la aprobación del director de la estación monseñor Soccorsi, hacíamos ensayos para saber cuáles serían las horas y frecuencias adecuadas para programas desde allá a Colombia. Antes de que estallara la guerra, Ricciardi me había enviado una colección de zincografías para vendérselas aquí y remesarle el dinero. No habiendo logrado venderlas, resolví comprarlas para mí; pero debido a la guerra, y a que la correspondencia con Italia estaba prohibida, no había tenido manera de comunicarle a Ricciardi acerca de las zincografías, aún cuando los experimentos de radiopropagación continuaron normalmente, por conducto de la valija diplomática de la Nunciatura que, claro está, no se hallaba en guerra con nadie. De alguna manera Ricciardi, tal vez por correo del Vaticano a Nueva York, había enviado una carta a un pariente suyo que vivía allí en el hotel Ambassador dirigida a mí; Peroni me envió la carta puesto que el correo entre Nueva York y Bogotá funcionaba sin trabas, agregándole una nota suya en la que decía que yo podía contestar a Ricciardi por su mismo conducto, cosa que yo hice en total buena fe, agregándole además una copia de los datos sobre los recientes ensayos de propagación de la Radio Vaticana. Yo no sabía, y todavía no creo que Peroni, amigo de Ricciardi, sea un espía, ni sé si es o no es un fascista; el hecho de serlo no implica necesariamente que sea espía; pero puedo asegurarles a ustedes que yo no he sido nunca fascista y mucho menos espía de nadie; que mis

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relaciones e informaciones para la Radio Vaticana se desarrollan dentro de la más estricta moralidad e imparcialidad–. Entonces uno de los dos funcionarios de la embajada abrió una gaveta del escritorio, sacó un fólder y me leyó dos informes: el primero, me sindicaba presunto espía, enemigo, pedía someterme a detallada investigación y eventualmente requisarme la residencia; si había pruebas de mi delincuencia despacharme a los Estados Unidos; el segundo informe, extractado del fichero de la embajada decía que parecía improbable que yo fuese espía del gobierno fascista, puesto que en el archivo había informes según los cuales yo había salido de Italia, para Colombia, precisamente para no tener que enrolarme en la legión fascista; que yo me había hecho colombiano; y que cuando quise traer a mi mamá a Colombia, la Legación Italiana me había negado el pasaporte; todo lo cual evidenciaba que no existían buenas relaciones entre Italo Amore y el gobierno fascista, y por lo tanto parecía ilógico que yo fuese espía de ese gobierno. Para concluir, mis interlocutores me dijeron que como quiera que mis declaraciones coincidían exactamente con los informes que ellos tenían, convencidos de mi sinceridad, me pedían excusas por la molestia y me dejaban libre, invitándome a seguir siendo buen amigo de los Estados Unidos. Transcurrieron otros tres años antes de que yo pudiera reanudar la correspondencia con Ricciardi, relatarle lo sucedido, remesarle el dinero en pago de la colección de zincografías. Me informó que Peroni había sido encarcelado porque era fascista, pero que a la terminación de la guerra lo habían devuelto a Italia en buena salud. Hacia el final del año 1943, la Compañía Colombiana de Seguros estaba construyendo su edificio en la esquina de la Cl 17 con la Cr 7, casi en frente de nuestro almacén de La Casa del Radio. Don Jack se encaprichó con la idea de alquilar todo el primer piso de ese edificio, para montar allí una especie de Sears, gran almacén de artículos varios, no electrónicos. Considerando el costo del proyecto y de que no era para mercancías electrónicas, me opuse a tal aventura. Entonces, nuestras relaciones principiaron a enfriarse; tomaron más o menos el mismo rumbo que cuando tuve que salir de Cuéllar. Hacía seis años que yo estaba trabajando con él, como subgerente; la fama de su casa comercial había crecido enormemente, gracias a mi dirección de las líneas de radio RCA pero, ahora, ya con millones de utilidad, mi control

Licencia de telegrafista

le fastidiaba; ya creía haberme exprimido como un limón que está para ser desechado; buscó como desembarazarse de mí. En cosa de pocos meses me hicieron tres veces el inventario general, con la esperanza de hallar cualquier faltante o pretexto que justificara despedirme. Fallaron en el intento. Entonces principió el diario disgusto, con la intención de irritarme, cansarme, yo resistía para no caer en la trampa, porque si renunciaba al puesto perdía legalmente el derecho a la cesantía, cuya cifra en pesos, equivalía a lo que en la actualidad serían unos cien mil pesos. Tal vez eso era lo que don Jack deseaba, mal aconsejado por el cajero Martínez quien además de ser su leguleyo asesor de tesorería, aspiraba a reemplazarme en la subgerencia. Había un conflicto ideológico y de orientación entre nosotros: Glottmann aspiraba desembarazarse de mí, de las líneas “radio”, en las que por motivos de ingeniería no podía ser amo absoluto; quería él transformar su negocio a mercancías comunes, como ya dije, estilo Sears. Al contrario, yo, que solamente sabía de “radio”, y fundándome en la evidencia de que con éste género se habían hecho grandes ganancias que constituían el capital de La Casa del Radio, consideraba absurdo el cambio de actividad. Quizás estuviere también influyendo en la situación otro factor, éste es, que desde hacía algún tiempo estaba yo enfermo de bocio. Aunque nunca me hubiere pasado por la cabeza la idea de cobrarle a Glottmann la eventual curación u operación de esa enfermedad, no es de extrañar que él tuviese ese temor. Y que en previsión de que mi mal estado de salud me obligara a

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ausentarme, abandonar mi dirección de La Casa del Radio, estuviere él intentando anticiparse, desvincularse de mí y mis técnicas mercancías. Por otra parte, ya había yo aprendido que los judíos, aunque generalmente morales entre sí y muy trabajadores, son insaciables en su afán de acumular dinero y dominio; sin escrúpulos para aprovechar conexiones que son casi secretas conspiraciones, puesto que la masonería es una secta de origen hebraica. Estaba yo hastiado de tener que codearme con esa gente; y como quiera que la guerra mundial estaba terminando no se molestaba ya tanto a los italianos; pensé que había llegado la hora de cambiar de ambiente, hacia algo más puro, más decente. Una mañana, estando en el almacén, fue él quién perdió la paciencia y en frase de desprecio me dijo: – Amore, ¿por qué no se va usted? –, fríamente le contesté: –con mucho gusto, tan pronto que usted ordene al cajero pagarme el sueldo y la cesantía.–

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A última hora me hizo la jugada de intentar hacerme firmar un recibo cuyo texto decía que: “… dejo constancia que renuncio al puesto de subgerente, miembro de la Junta Directiva y Jefe del Departamento de Radio–Técnica, para los cuales fui designado…”. Si yo hubiese ingenuamente firmado ese papel, habría luego él podido legalmente obligarme a devolverle la cesantía. Anulé ese recibo; manifesté al cajero que solamente firmaría uno en que se agregara la frase: “… por resolución del Gerente hago dejación de los puestos de subgerente, etc…”; y se me otorgara un comprobante de buena conducta, que él firmó así: “A quien corresponda: Certificamos que el señor Italo Amore ha estado a nuestro servicio por espacio de seis años, tiempo éste durante el cual se ha distinguido por su laboriosidad y honradez. Atentamente, Jack Glottmann - J. Glottmann S. A., Gerente”. Con esto, la jugada judía no le resultó, porque los vocablos laboriosidad y honradez, aunque gélidamente escuetos, le impedirían cualquier futura trampa.

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CAPÍTULO

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El Bocio Torácico

Junio de 1.944 Julio de 1.944

E

xtracto del Memorándum que de mi historia clínica preparé para el Dr. Antonio Trías Pujol el 14 junio 1944: “En el año de 1920, hallándome en Mogadiscio (Somalilandia – Africa Oriental), pocos minutos después de una inyección antipestosa, caí privado, sin ninguna otra causa aparente. Cuando me desperté, a la pregunta del médico de cómo me sentía, qué deseaba, contesté que tenía hambre, deseaba llegar pronto al comedor donde estaban sirviendo almuerzo, spaguetti… Es decir, me sentí inmediatamente bien. Año 1937, en Bogotá, consultorio del Dr. Tulio Forero Villaveces, mientras me medicaba un pequeño panadizo en un dedo, nuevamente caí privado sin causa aparente. Sin embargo, después del incidente, el Dr. Forero quiso examinarme, me encontró un principio de bocio emergente en el lado derecho del cuello; me recomendó yodo y tener presente la futura necesidad de una operación. Pronto olvidé el asunto, y continué trabajando fuertemente como era mi costumbre; cumpliendo horarios de doce y catorce horas diarias, sin inconveniente alguno. En julio de 1942 me sentí decaer, tanto que con dificultad me mantenía en pie; tenía picadas al corazón cuando fumaba por la mañana, me dolían las piernas y el cuerpo. Fui donde el Dr. Hané (médico judío que me había sido recomendado por Jack

Glottmann); volvió a descubrirme el bocio; atribuyó al mismo todo mi malestar y me recetó Lugol; me hizo examinar el metabolismo por el Dr. Gnecco, los resultados, según me dijo, eran buenos por cuanto que el bocio no me lo había todavía afectado (yo atribuí el bocio a la falta de yodo en la sal y ambiente de Bogotá después de haber transcurrido mi juventud embebido en aire y agua marina). Fui a una hacienda de Faca, El Hato, para descansar; en el campo desaparecieron los inconvenientes, volví a sentirme vigoroso e incansable como antaño. Nuevamente me olvidé del coto. En octubre de 1943, hallándome sentado en el gabinete dental del Dr. Salvador Rozental, sin que me hubiera hecho inyección alguna, simplemente cuando inició la trepanación de un colmillo, de repente sufrí un síncope violento que me mantuvo privado durante casi tres horas. Entre los Dr. Tulio Forero, Fidel Torres L. y Rozental (los dos primeros llamados de urgencia) se vieron en el caso de aplicarme un total de cinto inyecciones entre coramina y otros estimulantes, pues las primeras no fueron suficientes para despertarme, no obstante que durante todo ese tiempo me mantuvieron en la silla con la cabeza echada hacia abajo y las piernas en alto (posteriormente me explicó el Dr. Trías que esa posición, correcta en casos comunes, pudo haber sido peligrosa y causante de mi demora en des-

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pertarme, porque el bocio me ahogaba, pero esto nadie lo sabía). Se supuso que el síncope hubiere sido causado por intoxicación resultante del fuerte absceso dental. Llamado el Dr. Jorge Salcedo S. como especialista en enfermedades cardiacas, encontró que mi corazón estaba muy bien; en cambio, por tercera vez me descubrió el bocio, que en esos días se veía bastante hinchado, y atribuyó a ese coto la causa del accidente. Me hizo el examen del metabolismo que, tal como en 1942, indicó no estar todavía afectado en proporción apreciable. Examinándome en su aparato de fluoroscopia, el Dr. Salcedo dibujó un coto del tamaño de una mandarina de 5 cm. de diámetro, al lado derecho del cuello. Dijo que esperaba reducirlo o eliminarlo mediante un tratamiento de Tiroidina; que si no daba resultado, sería luego necesario pensar en operación. Principié el tratamiento con una cápsula diaria de 50 mg.; visto que lo soportaba bien, aumenté la dosis hasta tres cápsulas diarias; en total desde noviembre de 1943 a marzo de 1944 tomé 160 cápsulas de 50 mg., de Tiroidina Lily. Durante marzo de 1944 se me presentaron fuertes y continuos dolores en las muelas, no obstante que mi dentadura de ex marino parecía muy sana; el Dr. Wilhelm Waldomar diagnosticó inflamación de los respectivos nervios; en el breve lapso de dos semanas me desvitalizó cuatro muelas (más tarde supe que la insuficiencia tiroidal, o sea el coto, pudo ser la causa de los dolores en las muelas; que fue error matar los nervios. A ese paso, en pocos meses, me habría matado todos los dientes!). También principié a notar que aumentaban de intensidad ciertas sensaciones de malestar, que me habían quedado desde el síncope de octubre: insomnio por la noche, estado somnoliento durante el día, agotamiento de fuerzas, cansancio continuo, necesitando hacer fuerza de voluntad sobre mí mismo, para no dejarme vencer por cierta pereza que trataba de invadirme y anular mis actividades; simultáneamente, una continua sensación de frío que me obligaba abrigarme excesivamente. Sudor frío por la noche; pulsaciones en aumento después de las comidas o cuando había fumado varios cigarrillos. Tuve que reducir parcialmente el fumar porque por experiencia comprendí que me afectaba el organismo. A veces, por la noche, sensación de rarefacción del aire, como si el que respiraba fuere insuficiente, acompañada por temerosas ideas de que me diera síncope. Estando acostado en posición

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supina, se me presentaban de repente toses como principio de ahogo; para evitarlas tenía que buscar el sueño acostándome de lado, preferiblemente sobre el derecho. Pero entonces, al ladearme, oía repercutirme en los oídos las pulsaciones, lo cual me fastidiaba, aumentaba el insomnio. A veces me preguntaba si estos inconvenientes no serían efecto de autosugestión; y aceptando la hipótesis de tener carácter nervioso, sugestionable, trataba de forzar mi voluntad para no hacer caso de esas manifestaciones. Pero, sin resultado. A fines de marzo (después de haber salido de Glottmann y La Casa del Radio), buscando descanso, fui con mi familia a Barranquilla y Cartagena a veranear; hacía 12 años que no bajaba de Bogotá. Esperé que el cambio de clima, la reactivación de las glándulas sudoríferas, los ejercicios diarios de natación y el iodo de la playa de Cartagena me volverían la salud. Viajé en barco fluvial ida y regreso, retornando a Bogotá hacia mitad de abril, constaté alegremente que el bulto del coto se me había reducido, casi totalmente desaparecido. A principios de mayo, volví a consulta donde el Dr. Salcedo para que constatara aquella que yo creía una grata noticia, que me diera de alta; pero tan pronto me colocó frente del aparato de radioscopia, con asombro manifestó que la desaparición o reducción del bocio era un engaño inconveniente, por cuanto que se había migrado hacia el centro del tórax. Que ahora la cosa era más grave porque en cualquier momento podían presentarse complicaciones, asfixia; que era urgente la operación. Me envió a Marly al Dr. Gonzalo Esguerra para que me sacara radiografías, con las cuales presentarme al Dr. Corpas, para que resolviera qué hacer (el Dr. Corpas tenía fama de ser uno de los principales socios–propietarios y dirigente). Estando en el gabinete de radiografía, casi desnudo, acostado sobre la helada mesa en espera de que me colocaran en posición la cámara sobre el pecho, de pronto la enfermera salió, luego salió el Dr. Esguerra. Me quedé largo rato esperando, sufriendo el frío, hasta que regresó la enfermera; noté algo raro, le pregunté: –¿Qué pasa? –. Me contestó: –Es que se quemó el fusible, el Dr. Gonzalo está en el teléfono tratando de localizar el técnico Alford en la ciudad para que venga de urgencia a repararlo–. Me dio risa e indignación al mismo tiempo. Yo conocía muy bien a Jorge Alford, el técnico, que también era el radiodifusor fundador de Colombia Broadcasting,

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actual Nueva Granada; quizás transcurriría una hora antes de que apareciera, y yo allí chupando frío. Sin decir nada, y sin vestirme, me bajé de la cama, busqué en un bolsillo de mis pantalones una cajita de cigarrillos Piel Roja, la abrí, saqué un pedazo de papel de estaño, fui a la caja de control del aparato de rayos X, extraje el fusible quemado, le puse el conductor de estaño y cerré la caja; todo esto rápidamente, en pocos segundos. Volví a tenderme sobre la cama y a la enfermera que entre susto y sorpresa miraba extrañada, le dije: –Llame al Dr. Esguerra, que el fusible está reparado, yo no puedo seguir aquí congelándome–. Intrigado e incrédulo, don Gonzalo volvió con la enfermera, ensayó el aparato, vió que funcionaba, me felicitó y me hizo las radiografías (era hermano del Dr. Alfonso a quien años antes en la facultad de medicina, había yo hecho las demostraciones cardio–audio–visuales con altoparlante y osciloscopio para enseñanza a los alumnos). Al día siguiente, 10 de mayo, fui a Marly por las fotos, que el Dr. Gonzalo me entregó con un memorándum: –En las radiografías antero–posterior y semilateral del tórax, lo mismo que en los exámenes radioscópicos, se puede ver la sombra del bocio que ha descendido en el tórax hasta 4 centímetros por debajo de la articulación externo–clavicular. Dicha sombra tiene una forma semicircular, con un diámetro de 10 centímetros, y en su porción inferior llega hasta la altura del cayado aórtico. Finalmente se aprecia una desviación notoria de la tráquea hacia la derecha. En el corazón y la aorta no se aprecia ninguna particularidad; en los pulmones solamente hay que señalar signos notorios de peribronquitis de ambos lados–. Viendo esas radiografías, el 12 de mayo, el Dr. Corpas manifestó: –Si eso es coto, con ese tamaño, usted es casi hombre muerto. Mi consejo es que usted vaya a hacerse operar en Rochester; en los EE.UU. saben más que nosotros de cotos, y disponen de medios superiores a los nuestros–. –Vea doctor– le contesté, –acostumbrado al peligro no le temo a la muerte, tengo seis hijos y mi esposa está esperando otro; no puedo ausentarme; por otra parte, no quiero ir a ser conejo de experimento en Rochester, prefiero morir aquí, cerca de mis parientes. Pase lo que pase, doctor, opéreme usted aquí–. –Pues si usted desea ser operado aquí por mí– me replicó, –le advierto que el caso es peligroso; tendrá usted que ir preparado a no despertarse, y recomendarse a Dios–.

De vuelta a mi casa informé a María Luisa, mi mamá, Juan Antonio, que iría a ser operado, que r