

EL ÁRBOL DE LA VIDA
Una leyenda oculta
EL ÁRBOL DE LA VIDA
Lo que está oculto...
-
En el corazón del planeta existía el Árbol de la Vida, tan antiguo como el tiempo y tan sabio como la tierra que lo sostenía. Sus raíces se extendían hasta el núcleo del mundo, donde bebían la savia cálida del fuego interior; sus ramas, en cambio, rozaban las nubes y sostenían nidos, lluvias y vientos. De su luz brotaba la energía vital que daba movimiento a cada río, color a cada flor y latido a cada corazón. Mientras el Árbol permaneciera sano, el planeta viviría en equilibrio. Pero si se marchitaba, todo —bosques, animales, mares y hombres— perecería con él.
El custodio del Árbol era Eryon, el guardián del bosque. Había nacido de la primera semilla que el Árbol arrojó al viento, y su alma estaba unida a la del propio tronco. Con los siglos, aprendió el lenguaje de las hojas, el rumor de los arroyos y el canto de las criaturas mágicas que poblaban su hogar. Cada amanecer recorría los senderos del bosque y saludaba a los ciervos de fuego,


a las luciérnagas azules y a los pájaros de cristal. Todo brillaba bajo la protección del Árbol y la mirada serena de su guardián. Pero un día, Eryon comenzó a notar algo inquietante: el Árbol no resplandecía como antes, su follaje parecía marchito y los animales ya no se movían con la energía de antaño. Preocupado, decidido a encontrar una respuesta, Eryon emprendió una travesía más allá del bosque. Llevaba consigo solo su cuaderno de viaje, donde registraba cada hallazgo, cada señal de deterioro. Caminó durante días y noches. Anotó cada signo de deterioro: lugares desiertos donde antes había bosques frondosos, zonas calcinadas por el fuego, animales muertos, ríos secos y montañas erosionadas. En cada sitio, Eryon escribía: “Aquí hubo vida”. Y en el margen, trazaba pequeños dibujos de lo que recordaba: aves doradas, flores azules, animales que ya no estaban. Su cuaderno se llenó pronto de páginas tristes, pero también de esperanza: ideas, remedios naturales, plegarias, fórmulas de equilibrio. Cada página de su diario se llenaba de observaciones y posibles formas de revertir el daño, soluciones que solo él conocía con la esperanza de que pudieran salvar al Árbol algún día.
El viaje fue largo y doloroso. Mientras más avanzaba, más comprendía que el desgaste ambiental estaba carcomiendo el mundo, y que el Árbol de la Vida sufría esas heridas en silencio. Pero Eryon también notó algo en sí
mismo: cuanto más lejos se alejaba, más débil se sentía. Su vida estaba unida al Árbol, y al apartarse de su fuente vital, comenzó a marchitarse también.
Un día, al mirar alrededor, comprendió que había llegado a un lugar irreconocible, un territorio consumido por la destrucción. Exhausto y debilitado, supo que no regresaría jamás al Árbol. Con las pocas fuerzas que le quedaban, cavó un pequeño hueco en la tierra y enterró su cuaderno. “Aquí guardo el recuerdo del mundo que fue”, susurró.
El viento cubrió su cuerpo con polvo dorado, y de su descanso brotó una diminuta semilla. La leyenda dice que, en el lugar donde Eryon cayó, creció un árbol distinto a todos los demás: su tronco parecía seguir la forma de un cuerpo erguido, y sus ramas se alzan como brazos que protegen lo que queda de vida.
Se dice que ese árbol todavía sigue en pie, escondido en algún rincón del mundo, esperando a quienes sean lo bastante valientes para encontrarlo...
“El Árbol del Guardián aún echa raíces donde la ciudad se disuelve en agua y silencio. Dicen que, cruzando el puente, el sendero se abre entre juncos y ceibos que susurran con el viento del río. Allí, donde los pasos se vuelven lentos y el aire huele a tierra húmeda, algunos aseguran haber visto una forma extraña entre los árboles”
