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Tejiendo el tejido de la vida. Textiles de raĂ­z venezolana Lelia Delgado


Bajo el signo de Waleke. Tejer no es un oficio profano, es regresar al tiempo de los orígenes, atando los hilos del mundo a la cosmovisión, mitología y sistemas de creencias.. Para las mujeres Wayúu, ¡ser mujer es saber tejer!.

El poder creador de este oficio lo toman de “Wale’kerü”, la araña mítica, tejedora primordial, quien enseñó a las mujeres los oficios del telar en donde confeccionar hamacas y chinchorros, además de bellas fajas, bolsos, y el “sheii”, rica manta funeraria en cuyos signos expresan la complejidad de sus ideas y prácticas sobre la vida y la muerte.


Libro Digital de Lelia Delgado Caracas Enero de 2013

En todas las regiones de Venezuela, Mérida, Trujillo, Zulia, Lara, Margarita o Monagas, en Los Llanos, en el Delta del Orinoco, en medio de la fronda y hojarasca amazónica que en si, ya es un vasto tejido vegetal de juncos, lianas y raíces, ajenas a la araña que se descuelga parsimoniosa de su red, hemos visto tejedoras indígenas y campesinas, trenzar un mapa imaginario del mundo, mientras tejen en concentración meditativa, parecen ausentes, como si el espacio circundante no tuviera nada que decir, es que están tejiendo el tejido de la vida


Aunque en nuestro país no se hayan encontrado muestras de textilería arqueológica, sabemos de su existencia por el hallazgo de instrumentos de trabajo tales como agujas de hueso y volantes de huso para el hilado de algodón, ampliamente cultivado en muchas regiones venezolanas, en donde se le dio variedad de usos y se desarrollaron diversas técnicas de manufactura


Tras la invasión europea, los colonizadores introdujeron los telares de lizos y pedales, y el uso de lana de ovejas traídas de Castilla. Entre 1546 y 1549, Juan Pérez de Tolosa, Gobernador y Capitán General de la Provincia de Venezuela, fundó la primera industria de telares y tejidos en la ciudad de El Tocuyo. Hacia finales de 1605, ya se producían en Mérida, Trujillo, Coro y Barquisimeto, alfombras de lana y telas de algodón de muy buena calidad. Fray Jacinto Carvajal observó como los pobladores de los Llanos hacían ovillos de hilo de algodón, inmensas madejas de cabuya delgada, mochilas y paños tejidos.

Las telas traídas de España eran escasas, su industria textil no alcanzaba a cubrir las necesidades que las colonias requerían. Esta circunstancia impulsó el desarrollo del tejido artesanal, sobre todo en aquellos lugares en los que ya existía una tradición de tejedores antiguos, lo cual ocupó, como era previsible, la mano de obra indígena en tareas de limpieza, desmonte, recolección, hilado y tejido de algodón y otras fibras, como la cocuiza (Furcraea foetida) que crecía en abundancia en El Tocuyo y en el Valle de Quibor.


En el siglo XVIII, los lienzos producidos en El Tocuyo fueron un importante producto de intercambio comercial. La eficiencia adquirida en el uso de telares de lizos y pedales y el hilado con rueca, permitió la acumulación de un excedente en telas que ingresaron a España, debilitando la industria de sus telares, como confirma la prohibición de exportación de géneros textiles de las colonias dictada por Carlos V. El “lienzo de la tierra” produjo importantes ganancias; éste fue utilizado como moneda a falta de otro circulante. Con el tiempo, la tejeduría de lienzos de algodón fue desapareciendo y, junto con ella, el uso campesino de camisas blancas y amplios pantalones. Así, la empresa iniciada por Juan Pérez de Tolosa, reseñada en las crónicas de Fray Pedro Simón, cesó un día cualquiera, en los años 60 del Siglo XX, con la muerte de Elías García, último tejedor de telas de vestir. •


Aunque ya no se escucha el rumor de las ovejas que solían "pastar" en los espinosos aledaños de Tintorero, y el algodón industrial haya sustituido a la lana, un traquetear de las maderas del telar, afirma que en este lugar artesanos y artesanas, inspirados por la memoria del legendario Sixto Sarmiento, continuaron las artes textiles, práctica que se ha expandido en toda la región, que cuenta con más de 200 telares, en los que producen las características telas multicolores, a cuadros o rayas, con las que confeccionan: alfombras, manteles, hamacas ,sillas colgantes y cobertores, que la comunidad expone en mercados y ferias artesanales


La lana de oveja que constituyó en el pasado la base de esta labor artesanal fue sustituida progresivamente por lana sintética, en la actualidad los textiles de Tintorero se caracterizan por la profusión de sus colores, a partir de diversas combinaciones, creada mediante la sobreposición de los hilos de la trama y de la urdimbre. Los instrumentos y equipos utilizados en la elaboración de tejidos también han incorporado cambios. Tal es el caso del telar, se han sustituido los distintos tipos de madera tradicionalmente utilizados en su construcción (cardón, cují, juajua, etc.), por tubos de hierro.


En caseríos húmedos y frescos de las montañas andinas, en los páramos que guardan la memoria de Juan Félix Sánchez, quien inventara el telar de tres pedales, todavía se conserva viva la estética de trama y urdimbre. En nostálgicos refugios, de Merrida, Trujillo y Táchira, aún no alcanzados por la confusión de un tiempo sin historia y tradición, gente serena, confecciona ruanas y cobijas tejidas con lana hilada de manera artesanal. Sus “cobijas burreras” poseen los “rucios” colores del gris, beige o marrón de las ovejas. A veces acuden a la alquimia de antiguas materias tintóreas como el añil, la “concha de aliso”, el “guarapo”, el “ojito” , la “raicita” y la “uña de gato”, cuyas tonalidades resisten precariamente el cambio producido por la introducción de anilinas comerciales. A partir de 1989 el taller Morera en Mérida, introdujo el cultivo de gusanos de seda, desarrollando una investigación que conbina el tejido de esta fibra, con otras autóctonas como el moriche y la curagua.


TEJIDO DE HAMACAS Y CHINCHORROS •

El tejido de hamacas y chinchorros, enseres colgantes de origen indígena destinados al sueño, al descanso, al amor y la muerte, se ha extendido a todas las regiones del país, adoptando en cada lugar una expresión propia que los caracteriza y diferencia. Aun cuando sus elementos básicos pueden ser los mismos, las técnicas se adecuan a la tradición, al clima y a las fibras producidas en cada región


En Venezuela hacemos distinción entre chinchorro y hamaca, esta radica en el tipo de punto utilizando. Mientras que en el primero el cuerpo se teje con una trama abierta y elástica, en la hamaca, trama y urdimbre son tupidas a manera de una tela que carece de elasticidad y transparencia. El tejido de hamacas y chinchorros, camas colgantes de origen indígena destinados al sueño, al descanso, al amor y la muerte, se ha extendido a todas las regiones del país, adoptando en cada lugar, en cada sitio, una expresión propia que los caracteriza y deferencia. Sus elementos básicos pueden ser los mismos, sin embargo, las técnicas se adecuan a la tradición, al clima y a las fibras producidas. Tejer hamacas y chinchorros es para las tejedoras, indígenas o campesinas, una de las principales fuentes de ingreso en su economía doméstica


Las técnicas más usadas para el tejido de hamacas y chinchorros son la malla, la cadeneta o “tripa” y la de “caireles”, cadenetas anchas que se tejen sobre una urdimbre muy tupida, formando “líneas” horizontales o diagonales a manera de encaje. En la isla de Margarita, Anzoátegui, Sucre, Bolívar y otras regiones del país, se usan fibras de algodón hilado en casa o industrial, llamado pabilo o “guaralillo”. Hacia el oriente, principalmente en los poblados warao del Delta, se usa el moriche (Mauritia flexuosa Linn). En amazonas, los yanomami hacen rudimentarios chinchorros con un haz descortezado del bejuco mamure (Hetoropsis spruceana). En Monagas, especialmente en Aguasay, se teje la fina fibra de curagua (Ananas erectofolius). En Falcón y Lara se tejen chinchorros con el hilo sacado de las dentadas hojas del cocuy (Agave cocui) que llaman “dispopo”. En algunos casos cuando las materias primas escacean, se ha sustituido la sencilla suavidad de las fibras naturales, por fibras sintéticas.


Las técnicas más usadas para el tejido de hamacas y chinchorros son la malla, la cadeneta o tripa y los caireles. En la isla de Margarita, Anzoátegui y otras regiones del país se usan fibras de algodón hilado en casa o algodón industrial, llamado pabilo o guaralillo, generalmente de color crudo. En Monagas, especialmente en Aguasay, se teje la fina fibra de curagua, empleando a veces la técnica de caireles hechos en algodón sobre la misma curagua en un proceso que las tejedoras denominan “pintar el chinchorro”. En Falcón y Lara se tejen chinchorros con el hilo sacado de las dentadas hojas del cocuy, llamado hipopo o dispopo. La cenefa decorativa que tienen algunos chinchorros generalmente es tejida y anudada a mano


TEJIDO DE ALPARGATAS Alpargatas, tejidas originalmente a mano en pequeños telares de forma triangular, cuyos lados de madera dentada permiten asegurar los hilos de algodón o pabilo con los que se conforma una urdimbre en la que se inserta, con la ayuda de una aguja enhebrada en hilo doble, negro o de color, una trama de hilos cruzados. Con el tiempo, el telar triangular fue sustituido por una suerte de máquina metálica accionada con pedales, la cual hizo posible la fabricación de capelladas en serie.


La capellada es la parte del cuerpo de la alpargata que cubre el empeine; en algunas regiones, a ĂŠsta se le deja una abertura en la punta del dedo gordo. La capellada se une a la talonera por medio de dos cintas tejidas llamadas ataderos o correĂ­tas. La capellada y la talonera se montan sobre una horma de madera, y son cosidas a una suela de cuero, caucho, goma, cocuiza o sisal trenzado. Las alpargatas no necesitan ataduras ya que se calzan fĂĄcilmente debido a la elasticidad del tejido.


SOLES DE MARACAIBO Una de las formas de ornamento y vestimenta que se dio entre los años 1910 y 1930 estuvo representada por los conocidos soles de Maracaibo, encajes de filete en forma de sol, que originalmente fueron material de iglesia y cuya posterior demanda fue estimulada por la migración de europeos a nuestro país. Con ellos se confeccionaban pañuelos, manteles, faldellines, mantillas, e incluso trajes de novia. La tradición de su tejido, que comenzó siendo una minuciosa tarea de hogar para las mujeres, aún se conserva en el estado Zulia. Sobre un bastidor de madera o una base redonda provista de un borde dentado, utilizando una aguja de coser o de bordar, se crea primero el centro del sol, donde convergen todos los rayos. En cada cruce de hilos se hace un nudo que sirve como soporte a las formas, las cuales luego se van enmarcando en un borde exterior tejido con reiteradas cadenas de puntillo. El uso de hilos de diferente espesor crea diversidad de texturas en los tradicionales diseños de palma abierta, rabito ’e perico, margarita, azucena y plumita.


KANAS Sus diseños que los wayuu llaman kanaas, son laboriosos, el grado de dificultad de cada pieza confiere aprecio a la tejedora y a sus objetos. Los signos, generalmente geométricos, interpretan el entorno natural en el que viven. Los diseños se repiten a manera de grecas a lo largo del tejido, teniendo cada una nombre y significado propio. Al tejido sedentario del telar, le sigue un tejido nómada que las mujeres realizan en cualquier sitio y oportunidad con agujas de ganchillo, las cuales fueron introducidas en la cultura wayúu por misioneras a principio del siglo XX, lo que ha entrado a formar parte de su tradición, adoptando los innumerables patrones de su estética textil


LAS REDES DE PESCA La utilización de redes de pesca es anterior a la invasión europea En las regiones costeras, donde la pesca es la principal actividad económica, originalmente se utilizaban redes tejidas con fibras vegetales, hoy sustituidas por hilos sintéticos, lo que las hacen más livianas. Estos tejidos se elaboran directamente con los dedos o bien empleando grandes agujas de madera. En ocasiones se utiliza un armazón de bejuco grueso, a manera de telar. Las redes de pesca más empleadas en las costas de nuestro país son el trasmallo, el chinchorro y la atarraya o tarraya, cada una con los agujeros más grandes o más pequeños de acuerdo con el tamaño de la presa.


LA CORDELERÍA • La fabricación de cuerdas se ha conservado en Venezuela, a pesar de la existencia de las industrias cordeleras. Antiguamente se hacían cuerdas de cuero para ser utilizadas en la caza. Muy poco se necesita para confeccionar cordones y mecates de distintas fibras, entre ellas el chiquichique, ampliamente utilizado por los indígenas del Río Negro. Los materiales para la confección de cuerdas varían según la región. Algunos grupos indígenas emplean cuerdas de algodón para delimitar el área de sus cultivos, mientas que otros usan cuerdas de curagua


En los últimos años, las ferias textiles, los mercados artesanales y la Red de Arte han contribuido a repuntar y principalmente a hacer visible la textilería de tracción venezolana, propiciando un precio justo, el dialogo intercultural, y la reapropiación de conocimientos y técnicas ancestrales en vías de desaparición. Como hemos visto la textilería no se detiene en la forma del objeto, detrás de sí un complejo tejido social va urdiendo y tramando economía, tecnología, procesos migratorios, materias primas disponibles y formas comunales de organización para el trabajo, pues se precisa de requerimientos afectivos y simbólicos profundos, para sumar el esfuerzo de una familia o de un colectivo agrupado en torno a un interés común. En esto radica la paradoja que enriquece la vida del artesano cuyo patrimonio intangible y su mayor capital es el capital cultural

Tejiendo el tejido de la vida  

Libro divulgativo de Lelia Delgado sobre textilería tradicional venezolana

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