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Textos. Gustavo Valle Selección de textos para la entrevista «La extranjería es un lugar al borde», realizada por Adriana Morán Sarmiento para Revista Lunes. Mayo 06, 2013 www.revistalunes.com

Foto de portada Martín Castillo Morales

Lunes es una publicación de

www.lavacamariposaeditora.com


EL TELEFÉRICO DEL PAÍS EN QUE NACISTE Recibir la invitación a participar en calidad de orador, cronista u observador anfibio de la celebración del Día dela Madre (en Venezuela es el segundo domingo de mayo pero en Argentina es el tercer domingo de octubre) fue demoledor. Durante varios días me encerré en mi estudio a cocinar severas y hondas reflexiones que arrojaron, entre otros resultados, esta primera y reveladora conclusión: soy un venezolano que no vive en Venezuela. Algunos juzgarán esto como algo demasiado obvio, incuestionable. Pero se equivocan. En asuntos de geografía y educación sentimental las cosas no son tan sencillas. Intentaré explicarme. Me considero un extranjero que habla y piensa como venezolano y todo parece indicar, hasta que se demuestre lo contrario, que seguiré siendo aquello que nadie sabe exactamente qué diablos es y que se denomina venezolano. Nací, me crié, estudié y trabajé en Venezuela pero mi esposa e hijo no son venezolanos. Pude ser boliviano, nicaragüense, brasileño. Nunca sueco ni japonés. No tengo la culpa, ni estoy enojado por eso. Simplemente soy venezolano a secas, sin adjetivos, sin alma llanera (¿playera?). Soy venezolano como pude ser brasileño, nicaragüense o boliviano. Es decir, un individuo nacionalmente extranjero. Un patriota en apuros. La segunda y no menos reveladora conclusión a la que llegué fue la siguiente: mi relación con mi gentilicio es directamente proporcional a mi relación con mi edad. No tengo problemas en confesarlo, pero a medida que pasan los años el asunto se va complicando cada vez más.


Ahora bien, cuando me piden participar, así sea en calidad de espía o secretario fantasma en eventos vinculados a las fiestas patrias, a nuestras efemérides apoteósicas o a conmemoraciones como el Día dela Orquídea, suelo responder: “preferiría no hacerlo”. En materia de extravagancia nacional soy testarudamente Bartleby. En definitiva: vivo en Argentina e imagino Venezuela. Vivo Venezuela e imagino en Argentina. Lo que no quiere decir que imagine en argentino o que viva en Venezuela. Pero si ocurriera lo contario, ¿cuál sería el problema? ¿Me explico? ¡Qué enredo! Seamos honestos: leo y escribo como venezolano que no vive en Venezuela pero vuelve cada tanto a ensayar aterrizajes forzosos en el aeropuerto de Maiquetía. Pero sobre todo vuelvo mentalmente, en sueños aeronáuticos y maravillosos, asistido por muletas mentales, en silla de ruedas mentales pero vuelvo, con la ayuda de las malas noticias, Facebook o Google Maps, con el auxilio de libros-brújula como El cuaderno de Blas Coll de Eugenio Montejo, o con la asistencia de la memoria que siempre nos miente (no se sabe para qué ni con qué objeto nos miente pero siempre lo hace la muy desgraciada), a mi país de origen, ¿país de origen? Más específicamente a la ciudad donde nací, o más detalladamente a una casa, que algún día dejará de existir como le ocurre a todas las casas, o a un puñado de amigos que, al igual que yo, algún día también dejarán de existir. Por eso el país de uno es, en definitiva, una sucesión de cosas que existen y no existen, una larga lista de casas, calles, personas o aromas. Y para ser todavía más precisos una sucesión casi infinita de palabras, bares o amigos que uno admira, abraza, usa, abusa, extraña, intercambia, para que al cabo de algunos años todo pase al archivo nacional de nuestra maldita memoria.


Con todo esto quiero decir que mi venezolanidad (¿qué habrá detrás de este neologismo?) es algo parecido a una caja de herramientas con las que armar o desarmar algo, una especie de taller mecánico al que suelo acudir con el overol manchado y las manos siempre sucias, algo parecido al laboratorio de un doctor chiflado, un espacio en el que me encierro varias horas al día sin el auxilio de un manual de instrucciones. Entonces hago uso de mis abstractas herramientas nacionales y pongo manos a la obra: con el destornillador saco las piezas oxidadas del motor que ahora pierde aceite, con la lima eléctrica hago añicos algunas asperezas inservibles, y con la llave inglesa cierro el grifo de los goteos incesantes, esas incómodas secreciones que nunca dejan de aparecer. Hablo de un taller donde reparar algunas cosas asociadas, pienso yo, a mi subjetividad. Donde también sufro frecuentes accidentes laborales. El otro día le pregunté a mi hijo: —¿Qué estás dibujando, Manuel? —Un teleférico, el teleférico del país en que naciste. La respuesta me provocó una risa bastante nerviosa. Yo, iluso, ingenuo, había pensado que el país en el que nací era también el país de mi hijo. Y de alguna manera lo es, claro que lo es, pero de una forma oblicua, como si Venezuela fuera para él un país heterónimo. Entendí, entonces, que la identidad nacional de mi hijo no era asunto mío. Que yo no podía ejercer proselitismo alguno con mi deshilachado estandarte. Por supuesto yo le canto a Manuel canciones de Otilio Galíndez, le digo chamo, le leo Tintín con acento caraqueño, le cocino arepas, arroz blanco, riego con leche condensada su gelatina, le cuento historias de la bruja del Ávila y escalofriantes relatos protagonizados por el temible doctor Gottfried Knoche. Pero nada de eso tiene que ver con la identidad que es un asunto demasiado resbaladizo, demasiado difícil de identificar.


Entonces pensé: así deberían construirse las identidades, en el páramo de la más absoluta soledad. Sin la intervención de nadie. Mucho menos de un padre. Ni hablar de una bandera. Así, el teleférico del país en el que nací de pronto se convirtió, gracias a mi hijo, en el emblema de mi gentilicio: algo que sube hacia las altas cumbres de lo inevitable, y luego desciende hacia las cotas más planas de mi excesiva e imperfecta manera de ver el mundo. A través de los cristales del funicular puedo ver cómo se aleja y cómo se acerca ese lugar al que pertenezco, o al que alguna vez pertenecí, o al que jamás dejaré de pertenecer, o al que pertenezco intermitentemente como si entre los dos mediara un semáforo, deténgase-avance-deténgase-avance, o como si fuese una sucesión de sueño-vigilia-sueño-vigilia, o como una relación en la que las separaciones y reconciliaciones son moneda corriente. Es decir, un lugar para el que la palabra pertenencia queda demasiado corta, o peor aún, resulta inexacta, porque entre eso (país, memoria, como se llame) y yo no hay relaciones de pertenencia sino de impertinencia, de imprudencia, de desconsideración de mi parte. Me refiero a mi molesta manía de pensar, en la distancia, en un país en el que no vivo, y al mismo tiempo pensar también en el país en que vivo, de modo que se me van los días pensando en dos países, se me mezclan las geografías, la subjetividad se me bifurca. Y quizás por eso siento que me he convertido en un mecanismo retroactivo de reacciones algo anacrónicas, un tipo que disimula medianamente bien su carácter fantasmal, un individuo (suena soberbio decirlo) un poco más humilde, pero sobre todo más escéptico. Ya saben: el próximo domingo trece de mayo, ¡todos a celebrar el Día dela Madre! Publicado en http://lasmalasjuntas.com 12 de mayo 2012


CIUDAD IMAGINARIA Cuando llueve sobre una ciudad imaginaria Sale el sol en la ciudad en que vivimos Sale la pelota a rebotar en el parque Sale el árbol a hablar con el nido Abren sus puertas todos los mercados Bulle en la taza la Grecca crepitante Hay algarabía en los balcones Un carnaval de perfumes en la plaza La risa de la mujer al mediodía Roba de la iglesia la campana. Cuando escampa en una ciudad imaginaria Llueve a cántaros en la ciudad en que vivimos Enormes ríos doblan calle abajo Paraguas amenazan orejas y retinas Algo como el destino en los charcos se dibuja Y en la casa de familia Un anciano frente a la estufa Navega en las aguas de su libro. Cuando muere una ciudad imaginaria Algo muere en la ciudad en que vivimos.

De “Ciudad imaginaria” Monte Avila, Caracas, 2006


LA FE Frente a mí la Iglesia Evangélica Pentecostal Puerta del Cielo, con su letrero amarillo al borde de la vereda donde figura Bienvenidos… Os saludan las iglesias de Cristo; con su polvorienta vitrina donde hay biblias y revistas a la venta junto con otros objetos de devoción y un cartel con los horarios de la misa. Es un edificio sin gracia, bastante humilde, de un gris escrupuloso, que ha ido sumando un piso tras otro gracias al diezmo de los creyentes hasta alcanzar, con su agujereado tanque de agua en la azotea, una parte de ese cielo que se abroga. Yo me encuentro ahora en el balcón de mi casa (un sexto piso con ficus y canteros con geranios) desde donde veo el techo de la iglesia que poco a poco se está inundando. Tengo entre mis manos La luna y las fogatas de Cesare Pavese y lo leo de manera intermitente ante el eventual desplome de la azotea pentecostal. Por supuesto pienso en avisar acerca de la inundación. Pienso en llamar al 911 y consignar la denuncia. Pienso incluso en bajar los seis pisos que me separan de la iglesia para advertirles del peligro… pero sólo pienso, y al final no hago nada. Me convenzo, con argumentos irrefutables, de que la tragedia jamás ocurrirá. Es un típico sobresalto de mi mente fatalista y paranoica, me digo. Ellos están al tanto de la avería y no hace falta que baje. En el peor de los casos, de ocurrir algo, Dios estará del lado de ellos. Un inmigrante suele practicar la indolencia ante situaciones de este tipo. Se ubica detrás de su extranjería para eludir ciertos deberes ciudadanos. Opta por no preocuparse; ya tiene suficientes preocupaciones encima. Piensa que siempre habrá un vecino o un portero que se adelante, que maneje mejor los mecanismos de respuesta.


Lo más probable es que alguien haya llamado a la policía o los bomberos; varias unidades deben estar en camino. Además, él teme que su aviso de inundación no sea escuchado o peor aún, que sea recibido como un alerta ridículo. Y él no puede darse el lujo de quedar en ridículo. Un inmigrante (al menos este) no es precisamente un héroe. Tampoco es un antihéroe. Un inmigrante es un inmigrante. Un hombre, como cualquier otro, sin demasiados atributos. He comenzado por las conclusiones: sepan disculparme. A veces comenzar así es la mejor manera de extraviarnos. Vayamos entonces poco a poco. Mi hipótesis sería esta: si registro lo que está al alcance de mis manos veré mejor mis propias manos. Si pinto mi aldea (así sea mi aldea adoptiva) me pintaré a mí mismo. Se trata, como ven, de una hipótesis simple. Me propongo, pues, inventariar lo que se encuentra a cincuenta metros a la redonda, registrar la diminuta galaxia barrial que me acompaña todos los días junto con sus noches. Un inmigrante medianamente consciente de su rol de inmigrante debe localizar con la mayor exactitud posible sus coordenadas, trazar su GPS no espiritual sino territorial, y en una escala casi milimétrica atrapar ese sitio voluble en el que habita como una forma de poner los pies en la tierra (tierra, esa palabra tan escurridiza para un inmigrante, esa voz que cobra elusivos significados para el que está acostumbrado a entrar y salir). Repito tierra, y es como arena que se filtra entre mis manos. Alguno juzgará arbitrario el inventario que me dispongo hacer. Pensará que antes debo reflexionar acerca de mi testaruda existencia extranjera: las diferencias y semejanzas entre el exilio, el destierro o la emigración (drama, tragedia y comedia).


Qué implica escapar, quedarse o dejarse llevar por la inercia hacia otras geografías. Qué es viajar y qué es vivir afuera (afuera de dónde, de qué), o qué consecuencias tiene abandonar constantemente lo que se supone le ¿pertenece a uno?, para luego pasarse la vida reconstruyendo ese lugar en sucesivas versiones incompletas. En definitiva, qué es esa pertinaz tendencia a ser de otra parte, o por qué uno decide la distancia en vez de la cercanía o, si al caso vamos, dónde se está cerca y dónde se está lejos, cuál es el lugar asignado si es que eso existe, porque con los años ese lugar puede ser todos los lugares y a la vez ninguno, y la voluntad de pertenencia es más parecido a una fantasía doméstica (casa grande con jardín y recio perro vigilante, digamos), que a un estado del alma. ¿Y qué diablos es un “estado del alma”? Dicho esto, un relevamiento de lo que me rodea puede fijar mejor ese fantasma que es la conciencia de un extranjero. Y si hablamos de fantasmas nada mejor que comenzar por la Iglesia Evangélica Pentecostal Puerta del Cielo, con sus cantos de domingo (aunque hay misa varios días a la semana), esos coros melifluos que oigo como si rebotaran contra el aire y que hablan de la resurrección del señor en tiempos de inflación galopante y estados laicos peronistas. O al menos eso alcanzo a entender o imaginar, pues aguzo el oído, pongo atención, me esfuerzo, y sin embargo apenas rescato palabras deshilachadas: señor, salve, piedad, amor, consuelo. El resto, es decir, la manera en que esas palabras se integran para conformar un mensaje, lo pierdo entre los ruidos de las ambulancias que llegan a la urgencia del Hospital italiano que está en la otra cuadra, o los bocinazos de los automovilistas que se han visto sorprendidos por el semáforo roto, o los gritos del vecino del séptimo que practica un harakiri nacional y popular con cada gol que la selección no hace.


Tengo vista hacia el norte, hacia Palermo, y puedo ver los aviones de Austral y Gol que a lo lejos pasan como pesados zancudos rumbo al Aeroparque. Veo también unos sesenta o setenta edificios: sus antenas tapizando las azoteas hablan de un pasado inmediato (antes de la televisión por cable), y a pesar de lo oxidadas e inservibles se mantienen como auténticos íconos de la ciudad. El skyline de Buenos Aires luce esta inconfundible corona de hierros retorcidos. Los feligreses van llegando por goteo. Algunos caminan en pequeños grupos familiares, arrastrando, las mujeres, indumentarias que parecen salir de domésticas máquinas de coser Singer. Pienso que esas faldas por debajo de la rodilla color tamarindo no las venden en las tiendas de la avenida Cabildo ni de Once (aunque se parecen mucho a las que lucen las judías ortodoxas de Once), y mucho menos en las boutiques del Shopping Abasto. Son, pienso, faldones que estas damas higiénicas y severas confeccionan en las mesas de sus comedores mientras ven por televisión los programas de los enervados sacerdotes brasileños, o escuchan por la radio canciones en ritmo de cumbia que llaman a la salvación eterna. Van, pues, con sus faldas severas y su prole tamarindo, y los caballeros que encabezan la caravana arriba de sus zapatos de suela bailando dentro de pantalones de pinzas, morenos casi todos bajo sus camisas blancas abotonadas hasta el cuello. Veo a este grupo acercarse y cruzar la portezuela de la iglesia que el mismo sacerdote (un hombre joven y discreto) mantiene abierta y los recibe con ruidosa cordialidad, como si más que feligreses fueran amigos o vecinos, como si en vez de habitar en esta megalópolis porteña discurrieran en la vereda de algún pueblo de provincia.


Lo sé: estoy en vías de convertirme en un viejo chismoso de los que abundan en Almagro. Especulo acerca de la vida de mis vecinos, alimento biografías de gente que no me conoce ni yo a ellas. Y mientras interpreto sus gestos e imagino sus conversaciones leo La luna y las fogatas, de Cesare Pavese: No sabía que crecer significaba irse, envejecer, ver morir a alguien. Detengo mi inventario para pensar en esos temas luctuosos. La muerte. Pero no pienso en la mía y tampoco en la de los otros sino en la muerte como eso que ya no está, lo que desapareció, lo que en definitiva hemos dejamos atrás. Se me antoja que el inmigrante suele acelerar ese proceso de desaparición de su entorno. A veces su vida opera como una máquina borradora de contextos. Con frecuencia es un sujeto descontextualizado, y quizás por eso mi insistencia en llevar adelante este descabezado inventario. También me da por pensar en mi agnosticismo militante. Esa porfiada convicción que no alcanza con negar o ningunear a un Dios. Que no cristaliza en un ateísmo soberbio y menos en una fe dogmática pues adquiere la forma de una duda larguísima, casi infinita, un no saber si el Fulano existe o no existe, ni tampoco requerir explicación al respecto, porque no hay teología ni ciencia que a esta altura pueda disuadirme, ni tampoco ideologías que me convenzan de lo contrario. Una melindrosa actitud, dirán mis enemigos, ante asuntos que para otros son de suprema importancia. Y entonces veo allá abajo, caminando al encuentro de la iglesia a estos feligreses que acuden al templo con tanto entusiasmo… No los envidio y tampoco pretendo deconstruir sus ingenuidades ni combatir sus dogmas.


Yo sólo quiero recortarlos en el lugar en el que están, frente a mí, allá abajo, a escasos metros, fijarlos en mi mapa mental y barrial, ejercer mi propia entomología ciudadana, saber que mi casa en Buenos Aires tiene enfrente una Iglesia, y a escasos metros, en realidad en la puerta de al lado, como si se tratase de una deliberada coincidencia, se encuentra la lavandería china.

Fragmento de El país del escritor Milena Caserola y El 8vo Loco (2013) Leer completo o descargar aquí: EL PAÍS DEL ESCRITOR


Gustavo Valle Es autor de los libros de poemas Materia de otro mundo (2003), Ciudad imaginaria (2006), del libro de crónicas La paradoja de Itaca (2005) y de relatos El país del escritor (2013). Con su novela Bajo tierra (2009), ganó la III Bienal de Novela Adriano González León.


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Textos. Gustavo Valle