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LETRA Y MÚSICA DEL ROCK URBANO

Alonso Arreola y Gustavo Ogarrio

JAIME LÓPEZ SEMANAL SUPLEMENTO CULTURAL DE LA JORNADA DOMINGO 5 DE AGOSTO DE 2018 NÚMERO 1222

La poesía de Alfonso Alegre Heitzmann José María Espinasa

Episodio del ubicuo Un cuento de Juan Manuel Roca

Nepantla o cómo vivir en medio Gonzalo Sánchez de Tagle


LA JORNADA SEMANAL

2 5 de agosto de 2018 // Número 1222

Foto: Notimex

Cuento Juan Manuel Roca

JAIME LÓPEZ: LETRA Y MÚSICA DEL ROCK URBANO Las del compositor e intérprete Jaime López –chilango nacido en Tamaulipas– son “letras arriesgadas, elípticas, retorcidas, urbanas”, cantadas lo mismo a ritmo de rock que de soul, funk, hip-hop, bolero, polca, tropical y ranchero, en un híbrido sonoro que refleja la amplitud creativa del autor de Primera calle de la soledad, Desenchufado y otros álbumes, banda sonora que ha acompañado, y en buena medida explicado, al darles una voz e identidad propias, a las generaciones recientes y sus infinitas maneras de sentir y vivir el México contemporáneo.

EPISODIO DEL UBICUO

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Ilustración de Jesús Díaz Hernández

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Yo es otro. Jean Arthur Rimbaud

l poetastro, me lo acaba de decir una muchacha de ojos bulliciosos y cuello de telescopio, una suerte de Modigliani revivido que miraba al paso y con desgano los cuadros expuestos en la galería, tiene el don de la ubicuidad. El poetastro es cojitranco, con algo de pigmeo, pero con un don que en otros seres, Dios entre ellos, podría resultar extraordinario, con el don de estar en una y todas partes a la vez. Pero en su caso, más que un milagro, resulta una maldición. Todos saben que hay gente que vive lejos, aunque no se sabe bien con respecto de qué, gente que vive inclusive lejos de la lejanía, pero para el ubicuo esa palabra tendrá que resultar una de tantas voces huecas por la concepción particular que debe tener del tiempo y, sobre todo, del espacio. “No entiendo para qué voltea uno en la calle cuando lo llaman –me dice un amigo escritor–. De seguro es él, más pertinaz que una sombra, con su olor de agua estancada, con su aliento de mar encarcelado como el óleo turbio de un mal pintor. Casi al mismo tiempo de decir el nombre de la víctima, demanda, casi que exige una suma de dinero. Es como si cobrara el retén de su saludo.” La verdad, nunca creí en su don, en su perorada ubicuidad hasta esa noche despejada de luna llena, una de esas noches que nos aclaran cualquier misterio. Nunca creí en su poder de bilocación, mucho menos en su ubicuidad solar. La última vez que lo había visto estaba, bamboleante como una bandera, locuaz y ebrio como un tonel de ron, aferrado a un poste de la luz. Y ahí está, de nuevo, en medio del tedioso coctel, más tedioso aún que los cuadros expuestos y los visitantes vestidos de sensibles. He dicho ubicuidad. No hablo de un proceso de zombificación en Haití, de hombres muertos traídos por ensalmo o por hechizo al más acá. No hablo de un ensayo de clonación ni de desdoblamientos producidos por el peyote, la datura o el yagé. No se trata tampoco de la creación de un doble a la que aspiran los médicos brujos que ha0blan en creole, ni asunto de otro tipo de magia negra, ni siquiera de espejos enfrentados a otros espejos. Hablo, sencillamente, de un hombrecito cargante, insoportable, pero con el mismo privilegio del viento capaz de estar en una y tantas partes a la vez. Algo de lo que siempre dudé, de lo que siempre reí con escepticismo. Pero esa noche, sin perfumes y sin música de alas, tuve la revelación: tendría que aceptar en adelante los poderes ocultos del personaje. De esta entraña era su talante bizarro: comía y bebía al mismo tiempo en que llenaba sus bolsillos de entremeses, aparecía de súbito en las fiestas a las que no era invitado, a cualquier hora y en cualquier lugar de la ciudad. A veces, anfitriones


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e invitados a una cena se entregaban una clave, un santo y seña, un ábrete sésamo consistente en tres toques de puerta y dos timbrazos largos para evitarlo. Pero cuando llegaban a la fiesta era él quien abría. Personas hubo que llamaron de Bogotá a Cereté o a Barranquilla en su presencia, y sin depender de quién les respondiera al otro lado de la línea, oían una voz fatigada que decía que estaba allí, el ubicuo, el poetastro, como quien acepta la llegada sin atenuantes de la peste. Yo reía, habitualmente disfrutaba de esas exageraciones propias de un medio cruel y pirañero hasta que tuve que ceder a la evidencia. Pero vamos al grano: al cerrar la puerta de la casa de unos viejos amigos y salir al aire callejero de la noche, el ubicuo comía a dos carriles un trozo de pavo y se llevaba a la boca un vaso de vino mientras fumaba y tosía y decía un poema suyo y tarareaba un bolero y se hurgaba una muela, todo al mismo tiempo. Juro que no había bebido y que la escena no es producto de mi febril imaginación. Como en el verso de un viejo poeta que dice que la luciérnaga va “huyendo de la luz, la luz llevando”, al salir del horror entré a un pánico multiplicado. Huía del horror, el horror llevando. Al cerrar la puerta y precipitarme a la noche empezó la multiplicación de los espejos, la bastardía de sus reflejos ajenos a la habitual servidumbre o mansedumbre del cristal. Todo por huir de la escena. Estiré el brazo. El taxi frenó unos cuantos metros más adelante, dio marcha atrás y la mano del taxista me abrió la puerta. Un rito convencional. Tuve la idea peregrina de que el conductor era el poeta. Pero uno no puede creerse todas las historias que oye, a veces ni siquiera las que ve. Las calles llovidas duplicaban en sus charcos los edificios, los árboles, y a las personas mismas que ya habían cerrado sus paraguas. De alguna manera la ciudad toda estaba bilocada, doblada por los espejos de agua quieta, grandes pozos de lluvia partidos por el paso de un auto. Un paisaje de aire limpio y luminoso bajo la luna ciudadana. Justifiqué mi visión del hombre al volante por el hecho de habérmelo tropezado toda la noche, inclusive antes de llegar a la fiesta. Cuando nos detuvimos en un semáforo frente al estadio sentí la ola del estupor. Las torres de los reflectores que iluminaban el partido de futbol, y que hacen que ese trozo de la ciudad viva un día en plena noche, una especie de sol nocturno, me ayudaron a verificarlo: el sujeto de marras conducía el auto. Pero a esa admiración que aún no se trocaba en terror, sobrevino el imposible: todas las personas que hacían fila para entrar al estadio eran el poetastro. Unas vestidas de rojo y blanco, otras de azul y blanco, unas con banderas rojas y blancas, otras con banderas azules y blancas, pero todas eran el

poetastro. Imaginé el estadio atiborrado de una misma persona multiplicada hasta el cansancio, y futbolistas, árbitro y jueces de línea con el mismo rostro y el mismo porte saltando a la cancha y un sudor frío me recorrió. Imaginé al taquillero, al que recibe las boletas, a los vendedores de helados y refrescos, a sesenta mil espectadores con el mismo cuerpo y las mismas facciones, en una pavorosa democracia de gestos y expresiones. El clima de pesadilla aumentó cuando volví a ver su rostro en el espejo retrovisor y mientras me acomodaba mejor en el asiento trasero pude verme en el mismo cristal: yo también era el horrible personaje. La sucesión de seres iguales en todo al cargante hombrecito me espantaba. El auto siguió en medio de otros autos conducidos por él mismo, la gente que atravesaba las avenidas eran él, un par de enamorados que se besaban en una esquina del barrio La Soledad eran él, tanto el hombre trajeado de celador como la joven vestida de mucama. Una procesión religiosa era él, y lo peor, la virgen y hasta el divino niño que llevaban en andas, eran él. Un hombre cruzó en bicicleta y me sonrió como si fuera la bruja del Mago de Oz: era copia exacta del poeta trocado en conductor. Su aspecto tenía algo de siniestro y aún luego de desaparecer en la boca de la noche quedó su sonrisa flotando como la del gato de Alicia, pero más ominoso y siniestro. De un hospital salió un hombre con un pie enyesado. Era él. Padre e hijos esperaban el cambio de luces de un semáforo para cruzar la Avenida Caracas. Eran él. Una monja. Un mendigo. Un policía. Un hombre a caballo dibujado en una valla. Todos eran él. Así seguimos, en un mutismo espeso, atravesando calles. Subimos a la Avenida Tercera y aún había estudiantes, empleados de banco, burócratas y secretarias caminando por la calle 19. Todos eran él. Cuando íbamos a la altura de la Cinemateca no aguanté más. Me bajé del auto casi en marcha y fue peor porque no sabía cómo moverme en un paisaje de seres repetidos como un eco interminable, como grotescas muñecas rusas pariendo otras muñecas sin descanso. Tuve la feliz idea de hacer fila en el teatro, detrás de un centenar de hombres y mujeres idénticos como en una galería de espejos en movimiento, pensando o mejor aún, anhelando que en la oscuridad del teatro desaparecería la pesadilla. Pero fue peor. Al momento de apagar las luces, de sonar una fanfarria, cuando esperaba que en la pantalla rugiera el león de la Metro Goldwyn-Mayer, el poetastro, con una sonrisa indescifrable fue quien rugió desde el telón, anunciando el inicio del filme. Imaginen una película donde el capitán Ahab y una gavilla de broncos marineros son todos el mismo hombre persiguiendo una misma y aterrada ballena l

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Una luz no usada: la poesía de

ALFONSO ALEGRE HEITZMANN Comentario entusiasta y muy cavilado sobre la aparición del volumen El camino del alba que reúne veinte años del quehacer de un “poeta secreto”, y sin embargo ya fuerte referencia en la poesía española actual.

José María Espinasa ||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||

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ntre los poetas nacidos en los cincuenta en España –esa generación que abre de forma deslumbrante Andrés Sánchez Robayna–, uno de los mejores es Alfonso Alegre Heitzmann, y es, sin embargo –queja recurrente–, uno de los menos conocidos en México. No es, no obstante, ignorado, y los que lo han leído saben de su calidad. Es, además, una persona muy querida por los que lo han tratado personalmente (yo tuve la suerte de conocerlo en un encuentro de editores literarios, junto a su mujer Victoria Pradilla –codirectora junto con él de la notable revista Rosa cúbica–, en unos días tocados por la gracia en la ciudad de Granada). Pero al señalar que es de los menos conocidos se alude a un fenómeno trivial: la difusión del género hoy prácticamente inexistente, pero se deja de lado algo que en cierta manera es una virtud: más que desconocido es un poeta secreto. A lo largo de las tres décadas anteriores ha ido publicando pocos pero notables libros en hermosas editoriales de mínima circulación, y poemas, ensayos y traducciones en contadas revistas, lo que le basta para ser un referente de la actual lírica en español. En Ediciones Sin Nombre tratamos hace años de hacer un libro suyo que se quedó en proyecto. Esa condición secreta responde, más que a la situación del contexto editorial con relación al género, a una elección: la poesía que escribe no funciona entre el barrullo y el ruido, requiere de un recogimiento interior, de un tiempo ajeno a las prisas. Ahora, la editorial Tusquets, en su colección de poesía, recoge la labor lírica de un par de décadas, por primera vez en una edición de circulación más o menos amplia (es un decir: en librerías mexicanas no se encuentra en papel, si alguien quiere leerlo lo puede hacer en versión digital), bajo el título El camino del alba. En él se resumen dos preocupaciones fundamentales del poeta: la luz y el tiempo. Se trata de una escritura hiperconcentrada, sometida a temperaturas muy altas de elaboración para conseguir una transparencia absoluta. En ella confluyen también dos de los intereses mayores del poeta: las artes plásticas y la forma poética. Empecemos por esto último. Alegre es un poeta muy moderno, claramente en la línea fijada por la jugada de dados de Mallarmé hace cien años, que en sus libros toma la página como espacio visual, pictórico, en el que el verso se despliega como un cielo estrellado y la mancha tipográfica se nos presenta como visión. En la línea, también, de ese desarrollo de lo propuesto por el francés por Octavio Paz en Blanco. Y, como suele suceder, resuelve esa jugada en un

aspecto clásico, ambición que ya estaba en el autor de Igitur. Y en la práctica se traduce en la frecuentación del soneto, o del aforismo y el hai ku. Es una poesía que muestra una atenta lectura de los clásicos y de una afinidad con el temperamento oriental que da sentido a esa forma tan precisa. Poeta de la iluminación en sus muchos sentidos, tanto en el medieval, como en el de Rimbaud y el de la mística, su obsesión es la contención de lo dicho, poesía muy intensa que no puede incurrir en ningún relajamiento y que, gracias a esa contención, consigue el milagro de que esa poesía culta adquiera un sentido popular, como ocurría en los Siglos de Oro, antes del barroco. La luz es el camino en el que el día nace. Un tropo presente a todo lo largo del libro: la hoja que se alimenta de luz y la guarda en su madurez, y luego se desprende del árbol – el bosque, en sentido de los “claros del bosque” de Zambrano, está muy presente– como un trazo, como una escritura sobre el aire, como un signo que el creador (o mejor, la creación, con y sin mayúscula) escribe en el día para que el poeta lo lea. Busca dar nombre a la revelación. Y propone un diálogo entre el tiempo y lo súbito. La iluminación a la vez como un relámpago en medio de la noche y como un lento ascender del sol durante el día. No es difícil seguir el proceso: el sol nos revela la oscuridad, la noche. La ausencia de luz es también luz. La oquedad está habitada por ella misma: el vacío es palpable. El joven Alfonso Alegre Heitzmann. Fuente: barcelonareview.com


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Una cosa curiosa en este poeta: hay una plenitud feliz. El pesimismo implícito en el éxtasis de una mística negativa apenas si lo roza. Sale al día con los ojos abiertos. Evidentemente hay en esa actitud mucho de lo que la lectura de Juan Ramón Jiménez, de quien es uno de los mejores conocedores, le ha enseñado. No es un mundo en ruinas el que mira y la revelación no es el desastre. La concepción heideggeriana de la poesía como la casa –o el hogar– del ser está plenamente asumida. Incluso entre ruinas –a veces sólo entre ruinas– el sentido se hace presente. Otra virtud de esta poesía es que no tiene esa condición tan evidentemente reflexiva y filosófica asumida como un pensar otro, más que como un pensamiento de la otredad. Al buscar similitudes vienen a mi memoria algunas escenas del cine de Tarkovski, en especial de Sacrificio: la vela encendida, ese sol plenamente humano, que incluso apagada –de noche– está encendida. Esa contradicción o paradoja señalada antes: una poesía de subrayada modernidad que se reencuentra con sus fuentes, una escritura casi abstracta que se vuelve materia pura en nuestras manos, ante nuestros ojos, como ocurre con algunos de los mejores pintores “abstractos” a los que admira –Antoni Tapies o Vicente Rojo, por ejemplo–, que en su abstracción son pura evidencia material, palpable con los ojos. Hay una vivencia de la piedad –me refiero al misterio religioso– como acto de amor extremo. Los brazos que toman en su cuenco de amor el cuerpo: allí está cifrado el misterio de la resurrección que lleva siglos desvelando a la humanidad. Si el crucificado nietzscheano, del cual hay sin duda ecos, alcanza en esta poesía una paz cercana a la beatitud es porque en su origen está Juan de la Cruz. ¡Cómo contrasta esta poesía con lo que se suele escribir en España actualmente!

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Alfonso Alegre Heitzmann. Fuente: acec-web.org

El poeta escucha al lenguaje, deja que él lo guíe, sin desprenderse nunca de aquello que le da sentido, la existencia. Una muestra de su riqueza lírica es que los textos nunca se agotan en una lectura, constantemente están proponiendo nuevas facetas de su sentido, como si no permanecieran quietos sobre la página, sino haciendo gestos, señas, sobre aquello que sentimos al leerlos.

Cuando Alegre utiliza el lenguaje como fuente metafórica apuesta –como llevamos haciendo desde Baudelaire, entregados al demonio de la analogía– por que el uso de imágenes se resuelva en literalidad pura. El poema se nos aparece opaco y quemante y va mostrando la luz –la energía– que hay en él, que ha adquirido en el proceso de concentración que llamamos escritura o, en otro plano, experiencia. El poeta escucha al lenguaje, deja que él lo

guíe, sin desprenderse nunca de aquello que le da sentido, la existencia. Una muestra de su riqueza lírica es que los textos nunca se agotan en una lectura, constantemente están proponiendo nuevas facetas de su sentido, como si no permanecieran quietos sobre la página, sino haciendo gestos, señas, sobre aquello que sentimos al leerlos. No es una poesía en que la noción de entendimiento tenga mucha pertinencia, aquí leer no es entender sino dejarse invadir por el misterio cifrado en ella. De estos textos es pertinente decir que más que leerse se releen. Y, en el reino de la paradoja, siempre se releen por primera vez. En un momento Alegre escribe que la noche “prende una luz en tus manos”, y lo dice como respuesta a lo que ocurre cuando la visión se extingue. Es de alguna manera un cantar de ciegos. De allí la proximidad fónica entre palpar y palpitar, entre pálpito y caricia. Al leer una poesía así se enfrenta uno a una demanda física en relación con el texto y se mira las manos como si sintiera un escozor que es esa luz que se enciende. Al reunir sus poemas en este libro se aprecia también el desarrollo que conecta la cuenta de los versos, que establece más que un discurso y una progresión una duración. El árbol, figura emblemática, podemos decir que crece, se desarrolla o envejece, pero no podemos decir que progresa, su ascensión –porque se trata de una ascensión– no se pone en juego en esos términos lineales. La pérdida del follaje es un desnudamiento, no del árbol, del tiempo, y por contagio, de la mirada y de uno mismo. El camino del alba es un libro que no tiene desperdicio l


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A JAIME LÓPEZ YO LE DIGO... YEI YEI LOU Anecdotario con homenaje, o al revés, de un brother a otro brother en las andanzas del tinglado musical y la amistad durante ya varios años, los suficientes para reafirmarlo y celebrarlo en estas líneas dedicadas al conocido trovador urbano.

Alonso Arreola ||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||

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iempre le digo a Jaime que se parece a mis tías de Guadalajara. En lo memorioso. En lo preciso cuando cita nombres, apellidos. En su adicción a las anécdotas trufadas por detalles que se amplifican creando tramas nuevas, autopistas donde sucede la espontaneidad sin maquillaje. Porque Jaime es de los que conceden valor al horno de la conversación, fragua de nociones que renueva el pensamiento. No importa, desde luego, que también escupa lava recreándose en metáforas calientes, convertido de pronto en camionero (¡echémosle la culpa!); ni que enmudezca a los testigos pasando de lo sublime a lo mundano en un mismo y electrizante comentario. Ya sea recitando la alineación completa de un equipo de futbol de los sesenta (banca incluida), o recordando noches de hace cuarenta años, cuando se abría brecha en el asfalto a punta de guitarra, Jaime recorre grandes extensiones del pasado para tomar impulso y seguirse de frente hacia el mañana, pero sin que le afecten melancolías ni arrepentimientos, consumiendo leguas y más leguas, y más si la noche lo amerita y tiene un Siete Leguas -nuestro tequila favorito- escurriéndose en la mano. ¿Ya lo descubrió nuestra lectora, lector? No hablaré de su obra. Hablaré de un brother from another mother. La primera vez que tocamos juntos fue hace casi veinte años, al calor de un proyecto en el que coincidimos pero que no era suyo ni mío. Rápidamente supimos que resonaríamos otras veces, “obsesivos y ordenaditos” como somos (así nos describe él). Ambos estudiamos la carrera de Lengua y Literatura Hispánicas en la unam, sin terminarla. Ambos le vamos a las Chivas. Ambos somos enfermizamente puntuales (si llegamos diez minutos tarde nos disculpamos). Ambos tenemos familia en la querida Guanatos-Guadalajara, allá donde el barrio de Analco ha conocido nuestra marcha. Ambos podemos dedicarle horas a una frase o fragmento musical para que, por un instante al menos, salude al mundo cambiándole la cara. Su oficio -desde luego y para guardar dis-

tancias- ha dejado marcas indelebles en nuestro cancionero. Generoso como es, Jaime ha colaborado en discos y espectáculos que he producido (musicales o teatrales) y también me ha invitado a sus propias y particulares ocurrencias. La más ambiciosa que firmamos juntos, probablemente, se llamó Jaime López por Alonso Arreola, un proyecto presentado en la Casa del Lago hace algunos años. En esa ocasión quise aproximarme a tres de las facetas que integran su enorme ser artístico y que hoy vale la pena recordar. A saber: la del Singer-songwriter (así le gusta identificarse), la literaria y la actoral. Ello nos llevó a seleccionar veintiún textos suyos divididos en canciones, sonetos y piezas dramáticas. La música también la separamos en tres grupos: arreglos formales, ambientes sonoros y repertorio que marcó su juventud (de Chuck Berry a Leonard Cohen). Además manipulamos videos, rúbricas radiofónicas (de Kalimán a El llanero solitario) y sampleos de escritores que le son fundamentales (de Dylan Thomas a Arthur c. Clark pasando por Julio Cortázar). Con ello confirmamos que seguiríamos compartiendo necedad, incluso cuando nuestras diferencias resultaran evidentes. Él es un tipo mucho más sabio y radical: desayuna almendras y frutos secos, se baña a temperatura ambiente, no gusta de la televisión ni de internet, su refrigerador mide lo que un six de chelas. Ermitaño de la canción, Jaime tiene una disciplina castrense (es hijo orgulloso de soldado) gracias a la cual puede quedarse en el autoencierro mientras perfecciona la letra de una canción, se aprende un libreto teatral (apenas terminó temporada en Dirás que los muertos reposan en calma) o televisivo (participó recientemente en la serie de José José), hace doblaje para Star Wars, adapta música en una película de Disney o actualiza su Farántula, novela que por entregas ha ido exhibiendo en el sitio IlusionesPuertoBagdad.com. Ese espacio es hoy su más dinámico universo, por cierto. Allí, además de la creación literaria, ofrece nuevas composiciones y gesta frutos variopintos como su último calendario

Jaime López en el concierto por los 50 años de la película Los Caifanes, Zócalo de Ciudad de México, 20 de marzo de 2016. Foto: Milton Martínez / Secretaría de Cultura CDMX

de sonetos alejandrinos, producido al lado de la fotógrafa y cómplice Gabriela Alarcón. Contraste de su altísimo compromiso con la soledad creativa, Jaime nunca está quieto ni le faltan amigos si es que quiere dialogar. Trátese de colegas, deportistas, artistas, políticos o amigos de toda una vida (Magda y Beto, los primeros), siempre puede levantar la mano y habrá quien venga corriendo para sorprenderse con su incansable pirotecnia verbal, heredad en que todo vocablo puede mutar repentinamente. Asimismo, hay que decirlo, la calle, los camiones y el Metro son su hábitat natural, pentagramas en que pies y cerebro singlan ocurrencias incansablemente. Lo mejor es que después todo esto eclosiona en el tinglado, como podrán constatarlo quienes tengan el privilegio de ir al Foro del Tejedor (Cafebrería El Péndulo) el próximo viernes 31 de agosto. Sé estas cosas porque somos amigos, porque hemos compartido propósitos y porque durante más de un año nos hemos visto semanalmente para montar un nuevo show. Jaime ha traído un grupo de canciones a casa y me ha permitido “meterles mano” (¡lo que dirá cuando lea eso!). Inspiradas en la urbe, en el amor y en éste su mejor momento creativo e interpretativo, están por sonar en el Festival Quimera de Metepec el próximo 19 de octubre. El concierto se llamará Fade in/ Fade out. La canción del mismo nombre ya está disponible en todas las plataformas digitales. Nos sentimos orgullosos de ella. Es nuestra segunda entrega luego de “Hombro con hombro”, hecha para ayudar a quienes aún sufren los telúricos estragos del 19 de septiembre. Él las escribió. Yo las produje. Me da harto gusto compartirlo este domingo pues México debe celebrar la monumental obra de Juan Jaime López Camacho, a quien cariñosamente yo le digo… Yei Yei Lou l


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Jaime López. Foto: dominio público

LETRAS DE UN CORAZÓN DE CACTO Y ASFALTO

Chilanga banda Ya chole chango chilango, qué chafa chamba te chutas, no checa andar de tacuche y chale con la charola. Tan choncho como una chinche, más chueco que la fayuca, con fusca y con cachiporra te pasa andar de guarura. Mejor yo me echo una chela y chance enchufo una chava, chambeando de chafirete me sobran chupe y pachanga. Si choco saco chipote la chota no es muy molacha, chiveando a los que machucan se va en morder su talacha. De noche caigo al congal, “no manches”, dice la changa, al choro de teporocho en chifla pasa la pacha. Pachucos, cholos y chundos, chichinflas y malafachas, acá los chómpiras rifan y bailan tíbiri tábara. Mi ñero mata la bacha y canta “La cucaracha”, su choya vive de chochos, de chemo, churro y garnachas. Tranzando de arriba abajo ahí va la chilanga banda, chin chin si me la recuerdan: carcacha y se les retacha.

El Mequetrefe

Jaime López ||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||

Usa un arete el Mequetrefe y un sonsonete tan tropical, cuando se pone a cotorrear el Mequetrefe es del df. De Tacubaya, de Bucareli, del mero rumbo rumbero es; de la Aragón o de la Merced, le viene igual, al fin Mequetrefe. Con su balero, sus capiruchos,

la capirucha lo mira mal; esta ciudad es su capital, pa´l taloneo dizque es muy ducho. Y en el bullicio del edificio, la vecindad y el callejón, le mete a todo pero, señor, él no nació en el condominio. Las apariencias engañan tanto que en Coyoacán se quita el arete porque ya todos lo fusilaron -caricaturas de mequetrefe-. Llega y te escupe un "simón" o "nel", alarga el cuello y se te entromete; si viene, trucha con la garrucha, ¡aguas, mi buen, con el Mequetrefe!

Sácalo Quiero decir que estoy harto de mí, si algo de ti permanece aquí, sácalo, sácalo, antes que me lleve el diablo; sácalo, sácalo, antes que nos lleve el diablo. Si tuviera religión me pondría a analizar. Si tuviera ideología pondríame a rezar. Quiero creer que revive el ayer pero la piel se volvió pared; tírala, tírala, saca la primera piedra; tírala, tírala, hasta la primera piedra. Si sumido en la prisión te podías liberar, ¿por qué en la libertad te vas a encarcelar? Quiero decir que estoy harto de mí, si algo de ti permanece aquí, sácalo, sácalo, antes que me lleve el diablo; sácalo, sácalo, antes que nos lleve el diablo. Mi enemigo no eres tú, tu enemigo no soy yo, el enemigo común está alrededor. Sácalo, sácalo, antes que me lleve el diablo, sácalo, sácalo, antes que nos lleve el diablo.

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JAIME LÓPEZ

LETRA Y MÚSICA DEL ROCK URBANO

Acucioso ensayo sobre la obra y el talante de un músico esencial para comprender la canción urbana del siglo pasado y lo que va de éste, y que no hace concesiones ni con su entorno ni consigo mismo en aras de un arte a todas luces genuino. Autor de discos señeros como Sesiones con Emilia, Bonzo, Oficio sin beneficio, No más héroes, por favor, Desenchufado y Nordaka, entre muchos otros, posee una “voz de diablo blusero en expansión erótica y luciferina”, que proyecta en letras de arriesgada inteligencia popular.

Los comienzos son rupestres y tangenciales

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Gustavo Ogarrio ||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||

n el origen de los tiempos urbanos fue el desorden de las almas rupestres: “Todo empezó a fines de 1982”, escribe Fausto Arrellín en aquel texto-génesis que titula “Los Rupestres. Al principio de los tiempos”. Los rupestres quebrantan los sueños cosmopolitas del rock e inventan su propia vía al infierno de la “vieja ciudad de hierro” con sus canciones proféticas de nopal, amor y furor. Rockdrigo González, Rafael Catana, Fausto Arrellín, Nina Galindo, Carlos Arellano, Armando Rosas, Roberto Ponce, Arturo Meza… quizás “tangencialmente” Jaime López, “carpinteros venusinos” que “cantan como becerros” –como los describe Jorge Pantoja– y que le abren la puerta a un habla bizarra y espectral en su confrontación contra el sentido común de la ciudad; canciones irónicas, tristes, nostálgicas, humorísticas, críticas, satíricas, amorosas, erráticas, fugazmente majestuosas y otras tantas olvidables. El movimiento rupestre se inmola en la precariedad de la voz, la guitarra y la armónica, deslizándose también entre la canción aparentemente sencilla que narra la experiencia directa y marginal en la ciudad monstruosa y una lírica urbana que muchas veces llega a su manera al oráculo de la poesía popular; renuncia a los sueños del rock como el sistema solar que glorifica a sus figuras en la liturgia del concierto masivo, de la música en inglés y del trasatlántico estadunidense, duro y metálico, para replegarse en la cueva íntima de peñas, cafés, foros


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efímeros, festivales fundacionales de la canción rupestre en el Museo del Chopo… para recalar en la difícil transferencia del blues al canto de protesta, del mismo rock a la trova; la canción urbana disfrazada de folk y dispuesta a experimentar metamorfosis más arriesgadas. Jorge Pantoja dice que lo rupestre es simplemente un “membrete” para distinguirse de los no-rupestres: dialéctica impoluta de la ciudad que busca fuera de la cultura de masas sus propios mitos sin públicos delirantes; músicos y poetas erráticos de los arrabales, que dejan las huellas de su estridencia en canciones y en historias de vida que, como la trágica muerte de Rock– drigo en el terremoto del ’85, son arrasadas por la ciudad telúrica y por sí mismos, por el tiempo de un inadvertido final de los tiempos: “el tiempo pasa, el tiempo se acaba… el tiempo no existe”. En una magnífica entrevista-crónica-reportaje que Julián Herbert le hace a Jaime López (“Jaime López: el rock es mi esperanto”, Gatopardo, núm. 148, febrero de 2014), éste se desmarca de los rupestres y dibuja una carta de presentación con resonancias heréticas: “Pero yo nunca fui rupestre como él (Rockdrigo). Mi relación con ese rollo fue tangencial. Al Rockdrigo, eso sí, lo quise mucho: es mi hermano musical. Lo malo es que murió. La muerte tiene todas las desventajas del mundo y una sola ventaja: ya nadie puede pedirte que hagas nada con tu vida. Así que, muerto Abel en el terremoto del ’85, me convertí en el Caín que se atrevió a aparecer en Siempre en Domingo y a cantar en el oti. Yo no traicioné nada: jamás he creído en la automarginación.”

Antes de esta distancia tangencial con lo rupestre, Jaime López ya había grabado, en 1980, con Roberto González y Emilia Almazán el célebre disco Sesiones con Emilia. Soledad existencial de armónica, reparo contra el individualismo que nos despersonaliza y acomoda como “una raya en el censo” o, vilmente, como “un consumidor”; “los zapatos de charol” como emblema de la vida burocrática que amenaza con apretar “la soga”, símbolo del indeterminado e imponente Sistema Económico y Político que le aprieta el cuello a lo que se mueva. El disco comienza precisamente con el tema de “La soga” y se nos va revelando como una mueca entrañable y oscura, cuya unidad de voces atraviesa todo lo cantado en una irrepetible lírica a tres bandas: las canciones de Jaime, Emilia y Roberto como los dibujos y jeroglíficos en las paredes, edificios, puentes, tabiques del más allá en la nueva era de la última Tenochtitlán. También el disco es protesta contra el mundo del aparador desarrollista en crisis y del consumo modernizador de pomadas, antitranspirantes y encendedores, esto en diferentes tonos que pasan por la melancolía y la sátira feroz, por la canción urbana de guitarra asoleada por esa “vida de ultratumba” que nos deja sin vida antes de morir: “tal vez yo no lo sé y ya me has enterrado”, como canta el mismo Jaime en la canción “El seguramente”, que de alguna manera prefigura ya temas como “Tres metros bajo tierra”. El disco cierra con “El huerto”, uno de los himnos rupestres en la galaxia indómita de las metáforas urbanas, una protesta contra la misma “dialéctica en historia”, contra el paraíso en el más allá,

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Página 8: Jaime López, el 21 de mayo de 2005. Foto: Roberto García Ortiz/ La Jornada. Arriba: En compañia de Maru Enríquez. Fotografiado por Fabrizio León tocando la guitarra.

“escultura de cadáver y concreto”, “soportable nada más en el olvido”. En el jardín de la música de protesta urbana se ratifica la convicción de “cantarle a lo prohibido”, entiéndase también como lo que se quiere muy lejos del Godzilla televisivo y empresarial; además de que este “huerto” sirve como elipsis de la tierra prometida de lo rupestre y, en general, de la canción urbana: “Yo no sé hasta dónde se resiente lo vivido/ pues saberlo es simplemente estar ya muerto/ seguiré siempre cantando a lo prohibido/ y gozando de los frutos de este huerto.”

Del incendio originario a la maldición de los siete espejos con labios tibios El incendio temprano de Jaime López es cantado en “Bonzo”, de 1982. Este fuego abrasivo no es estridente, más bien es una voz aguda y alargada en la intimidad fracturada de una pareja en escena de cama; es un quedarse dormido ante la televisión prendida mientras todo lo demás –la lavadora, el cigarro, la conversación de cama… la “relación”– se va quemando casi suavemente en medio de la noche para llegar al fuego irónico, total y hereje, que revela que “Dios está en el infierno, de bonzo, de bonzo…”. Una guita/ PASA A PÁGINA 10


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rra que es dos guitarras girando en la majestuosa soledad nocturna del piromaníaco que fuma sentado en el cadáver del amor. Después de “Bonzo” se suceden letras arriesgadas, elípticas, retorcidas, urbanas; la temeridad del habla en juegos sintácticos de perspectiva siempre popular, una lírica que entiende a la palabra viva y dinámica en su enfrentamiento con lo inasible del conflicto social y amoroso, como el rapto de la poesía por la música. Si para Jaime López la poesía es palabra artística sin música, sus letras van a fondo en el objetivo de sacudirse los prejuicios cultistas sobre la función poética del mismo lenguaje. Es por esto que su música y sus letras configuran una expresión artística tan amplia como imposible de registrar: duetos, tríos, libros, crónicas, compositor de cabecera de otra voces… colaboraciones, blues a la luz del Blue Demon con incursiones en el mundo del espectáculo masivo y colaboraciones con el mismísimo demonio llamado Televisa (“Jaime López cambia a Pepsi”); soul y funk rehechos por una variable casi western del rock urbano en clave de lenguaje coloquial, elevados a rango de un hiphop antes del hip-hop, quizás como en “Chilanga Banda”; en fin, éxtasis y celebración del habla que abraza su envoltorio de guitarras y armónicas en medio del carnaval de la apocalíptica Ciudad de México. La música de Jaime López se mueve entre el habla chilanga y los orígenes verbales de la frontera y de su ciudad natal, Matamoros, Tamaulipas, que al mismo tiempo articulan de manera insólita géneros musicales como la polka, el bolero, la música tropical y hasta las rancheras. En el comienzo chilango de Jaime López también fueron auténticos heraldos canciones que después fueron recopiladas en discos como Oficio sin beneficio (Del 80 al 85), en el que el juego coloquial de palabras baja a las cavernas de las calles solitarias, mortales y travestis, a los amores en la cola de las tortillerías, hasta tocar la figura de Pancho Villa que se presenta simplemente como Doroteo. De este álbum destaca el tono trágico y la dureza de las metáforas en “Alma de tabique”: la experiencia del brillo mortal de la madrugada en Ciudad de México es reconfigurada por una crónica de guitarra precisa en su acompañamiento del beso monstruoso de Luzbel. Imagen de oropel de un cadáver ejecutado por la noche: “Tirada ahí, la ve el amanecer. Le sale el pavimento por la piel y se desnudan sus huesos. / Al fondo del zapato sin tacón, el taloneo de la luz neón rechina como esqueleto.” Antes del tráfico de personas a escala global, de la trata de extrema criminalidad, estaban las calles nocturnas de la prostitución travesti que todavía dependían del farol en las calles de barrios que habían dejado ya de ser pueblos y que se integraban mortalmente a la entonces caminable Ciudad de México. Jaime López es también cronista puntual de esa coagulación de violencia en la ciudad: “Cacho a cacho ya se va despellejando como la pared… / con alma de tabique, al más allá... / El sol escupe su limosna cruel por la banqueta, en fiebre de oropel. Luzbel le lame los labios. / Le queda aún el bolso de charol y el monedero, aún con un listón, (la boca calla callado).” El poder trágico del arrabal, la calle y la tristeza sin testigos y sin destino, de rulfiana resonancia en ámbitos urbanos: “Paso a paso ya se va desmoronando como la pared...”. Al correr de los discos, demos y canciones solitarias y perdidas en la memoria de las grabaciones independientes, Jaime López tira al ruedo temas memorables: “A la orilla de la carretera”,

Jaime en el foro Alicia, 11 de febrero de 2005. Foto: Guillermo Sologuren/ La Jornada

“Tirada ahí, la ve el amanecer. Le sale el pavimento por la piel y se desnudan sus huesos. / Al fondo del zapato sin tacón, el taloneo de la luz neón rechina como esqueleto.”

biznagas en Tucson son de neón… hasta en el mero desierto hay una gran división…” En “Tu maldición”, Jaime López se inmola en los alcances gonzos de su propia lírica, en espejos rotos y labios suaves, en ataúdes como acordeones que se levantan en el centro de todos los infiernos: seguir vivo después del amor… la canción se vuelve una épica que “reta al cielo raso en el insomnio”, su voz luciferina consuma toda la complejidad alegórica acumulada durante años. Un nuevo arreglo de “Tres metros bajo tierra”: nada de concesiones, la canción literalmente renace en guitarras y arpegio dramáticos que sepultan al amor al pie de un árbol, entre adagios populares (“el muerto al pozo y el vivo al gozo”) y cambios de piel de ese cadáver subterráneo.

Epitafios propios e irónicos sobre las tumbas de los otros Se podría decir mucho de álbumes posteriores a

“Sácalo”, “Caite cadáver”, “Me siento mal, pero me siento bien”… entre muchas otras, así como discos a dúo como Odio fonky (tomas de buró), realizado con José Manuel Aguilera y una de las indiscutibles obras maestras que contiene otra de esas joyas elípticas en las que se capta la riqueza de los símiles urbanos extasiados de anonimatos sin “cédula”, “sin águila ni sol”, de los caminan sin número y sin identidad en Ciudad de México con poster colgando de la “Suzie Q” de los Creedence: “Materia tóxica”. Más adelante, en 2006, Jaime López grabará otra obra igual de marmórea en sintonía de hartazgo revolucionario por los héroes nacionales: No más héroes, por favor, lección sin pizarrón contra el culto a estatuas heroicas que ya nadan tienen que decirle al presente; herejía de bronce con riffs zapateados en abierta distorsión de templos nacionalistas; “el panteón ya se llenó”. Además, en este trayecto a los infiernos de sí mismo, Jaime López se va despojando de ese tono inicialmente agudo y conquista una voz de diablo blusero en expansión erótica y luciferina. Es el álbum Desenchufado el que deja ver a un Jaime López en plenitud de poderes fácticos con comienzo de armónica desenvainada. Un disco que va más allá de la ciudad: el llamado tribal de la armónica que convoca al blues autobiográfico del salmón López, nadando siempre a contracorriente en “Aguas revueltas”; canción casi campirana de frontera que va revelando la geografía emotiva de infancia entre Nuevo León y Matamoros, que se vuelve “tierra prometida” en la que se ve a los recuerdos “pasando de mojado” (“Bordando la frontera”); acordeón de diligencia en terracería por los caminos inhóspitos que llevan a Durango y la “mano de Dios” que, como siempre, está “relejos” (“Será por eso que nadie va a Durango”), con sombra también de Pancho Villa. Y así hasta llegar a canciones como “Del calor a lo frío”, de una fuerza cactácea sin precedentes que nombra desiertos como metáforas con nostalgias vivas del “Juaritos aquel”, con todo y nevadas y advertencias del cantor que desde pequeño va “del calor a lo frío”, con momentos de una gran belleza al estilo de una road movie con testigo en la ventana: “Los cactos rumbo a Nogales son oraciones al sol/ aquellas mismas

Desenchufado, como Nordaka (1999), por ejemplo, en el que canta y “recita” muy a su manera el “Piporro”, o de los últimos discos, dúos y piezas sueltas de Jaime López grabados hasta la fecha; sin embargo, es también en sus tres libros en los que se concentra esa herejía del habla y una risa popular que no deja títere con cabeza; ni sujeto, verbo y sustantivo con adjetivo destrozado. En el prólogo a El diario de un López, Pascual Reyes, vocalista de San Pascualito Rey, describe su golpe lingüístico de conciencia al leer otro libro, éste de canciones y sonetos, de Jaime López, titulado Lírica. Dice Pascual: “Lo empecé a hojear; y al leer las primeras líneas me di cuenta que estaba ante un nuevo idioma, un nuevo español, ‘otro español’.” Al final de su diario/Darío, Jaime López escribe una serie de “anónimas últimas palabras”, que también se pueden leer como un irónico manifiesto en el que se revelan verdades indirectas sobre sí mismo… mensajes rupestres para generaciones venideras en las paredes de sombras sangrantes de la ciudad derrumbada o como una maldición a lo bonzo con final abierto: “No dejaré biografía ni fotos ni nada que no sean mis canciones para bien y para mal. Aunque, mi vida ha sido mejor.” “Convertir el oxígeno en anhídrido carbónico ya es algo. Pero cantar es hacer de la respiración un arte.” “Divertir es subvertir los sentidos del espectador y dejarlo en una mejor disposición de respirar, coger, amar y vivir, por decir los menos.” “Así que, el humor es ese fluido, esa corriente alterna entre la hilaridad y la solemnidad… Si me radicalizo sólo me ridiculizo.” “¡Bienvenido al Infierno!, me dijo el doctor Chanes después de la nalgada inicial. Venía ya rompiendo el huracán. Pudieron haberme puesto por nombre Jumpin’ Jack Flash. Pero aquella era sólo Matamoros. Y bien, mi querido Darío, si no soy propiamente de Brooklyn, soy de por allá, de por Puerto Bagdad. Hoy más un fantasma que un pueblo. Pero, juro, que aunque bebé, a mi aquello me pareció el cielo. / Y todavía ando en eso.” l


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QUE VIVAN LOS ESTUDIANTES Caramba y zamba la cosa. El 68 vuelto a contar, Francisco Pérez Arce, Para Leer en Libertad, México, 2017.

Rosario Mateo ||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||

“ME GUSTAN LOS ESTUDIANTES/ Porque son la levadura/ Del pan que saldrá del horno/ Con toda su sabrosura/ Para la boca del pobre/ Que come con amargura/ Caramba y zamba la cosa/ ¡Viva la literatura!” Caramba y zamba la cosa. El 68 vuelto a contar, toma un verso de la bien conocida canción “Me gustan los estudiantes”, de la chilena Violeta Parra, para titular el libro que ofrece el testimonio personal de Francisco Pérez Arce en torno a los acontecimientos que dieron paso a la masacre del 2 de octubre de 1968 en Tlatelolco.

Lo que con mayor frecuencia se recuerda de este día es el final trágico; sin embargo, se habla mucho menos de los tres meses precedentes en los que el movimiento estudiantil tuvo su desarrollo y proceso de organización. En Caramba y zamba la cosa se deja ver que agosto fue el mejor mes de todo el movimiento; se describe lo sucedido en la plaza de la Ciudadela el 22 de julio, el momento previo del bazucazo en la Preparatoria 1 y sus secuelas, la presencia de militares en esa misma institución y en la Vocacional 5, la llamada Marcha del Rencor y la Marcha del Silencio. Todo esto en el contexto de un movimiento estudiantil de dimensiones nunca antes vistas. Las principales instituciones de educación superior estaban reunidas. Un centenar de escuelas y miles de estudiantes actuaron juntos en lo que configuró un cambio mental masivo que demandaba genuinas libertades democráticas. En los hechos, aunque por un período breve, los estudiantes ejercieron su libertad sin pedir permiso. En la obra de Pérez Arce se puede sentir la energía estudiantil, el desafío intelectual que los jóvenes, hombres y mujeres, representaban en contraposición a la sinrazón de un gobierno autoritario y violento. Se vieron entonces “jóvenes caminando por las calles del centro, corriendo a veces con entusiasmo, los puños levantados, los suéteres en los hombros, los libros en las manos, desafiando la somnolencia de la ciudad y del país”; por diferentes rumbos aparecían jóvenes “pintando camiones de pasajeros” con la esperanza de que “la consigna viajara al menos una vuelta antes de que la borren”. Opuesto a toda la urgente libertad de pensamiento, a esta nueva manera de hacer y comunicar las ideas, aparece la imagen de un “poder artero que se impone” y de una violencia que se disfraza de prudente advertencia: “no quisiéramos vernos en el caso de tomar medidas que no deseamos… hasta donde estemos obligados a llegar, llegaremos”. Al testimonio principal se suma una serie de relatos relacionados con el movimiento, en los que encontramos protagonistas diversos. Por ejemplo, la historia de cinco trabajadores de la Universidad de Puebla que soli-

citaron asilo en el pueblo de Topilejo, población donde fueron considerados una amenaza por tratarse de “peligrosos comunistas”, argumento tendencioso con el que el gobierno buscaba desacreditar la lucha estudiantil, y que en este caso había sido esparcido por un cura entre los residentes de ese lugar. Otra historia es la de Alcira, una joven que permaneció encerrada en el baño de la facultad de Filosofía y Letras de la unam durante el tiempo que duró la ocupación de Ciudad Universitaria; a esta historia la acompaña la voz del poeta León Felipe, recién fallecido en septiembre de 1968: “¡Qué lástima que yo no tenga un abuelo que ganara una batalla, retratado con una mano cruzada en el pecho, y la otra en el puño de la espada!” A los relatos se suman transcripciones de lo escrito por José Revueltas mientras permaneció preso en Lecumberri. En este punto del libro, el lector puede hacerse una idea de la magnitud del movimiento y del enorme temor del Estado frente al entusiasmo e inteligencia juvenil. Francisco Pérez Arce presenta también, a manera de anexo, lo que él llama “El 68 en el mundo”: un panorama sobre la guerra de Vietnam, la muerte de Martin Luther King, el Mayo Francés, lo sucedido en Praga y las luchas de liberación femenina, con el fin de constatar que todos estos sucesos forman parte de una historia común, no de hechos aislados, sino de influencia y entrecruzamientos. Por último, Caramba y zamba la cosa. El 68 vuelto a contar ofrece diez recomendaciones bibliográficas sobre un movimiento que cuenta ya con una abrumadora cantidad de referencias. En nuestro país la herida que dejó el ’68 no ha cicatrizado. Sólo 123 días duró el movimiento, pero eso bastó para dar “a los estudiantes pasado y país, tierra debajo de los pies”. Medio siglo después seguimos gritando la consigna: “2 de octubre no se olvida”, no sólo porque el movimiento estudiantil forma parte de nuestra historia sino porque la falta de justicia persiste. Si no olvidamos 1968, menos aún podemos olvidar a los 43 estudiantes de Ayotzinapa. Es indispensable mantener ante el Estado la exigencia de que aparezcan con vida. Vivos se los llevaron, vivos los queremos •


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DE SATÁNICAS OFRENDAS Y OTROS CHISTES ASESINOS Ofrenda en el asfalto, Orlando Ortiz, alja , México, 2018.

Juan Maya Ávila ||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||

LA LENGUA NÁHUATL, en esencia poética y metafórica, da cuenta de un buen número de apellidos que han subsistido el paso de las centurias. Uno de ellos es Caltenco. Si diseccionamos literalmente el apelativo, nos regala este significado (recordando que el náhuatl se lee de derecha a izquierda): Co=en, Ten (tentli)=labio y Cal (calli)=casa, esto es “En el labio de la casa”, o sea “En la orilla de la casa”. Si indagamos en la metáfora, tenemos que Caltenco es un ser a la orilla de “algo”, de una casa que tiene el amplio nombre de México; un ser, por tanto, marginal, cuya visión será siempre desde los extremos, nunca desde el centro. Es el primer guiño que el escritor Orlando Ortiz nos hace al bautizar al personaje de su más reciente novela con el tremendo nombre de Carlos Magallón Caltenco. Ofrenda en el asfalto, del tamaulipeco Ortiz (chilango por fermentación), nos permite asomarnos desde la orilla de las páginas (nos hace caltencos) a un fragmento de la vida (¿inútil?) de Magallón Caltenco, quien, cual Pito Pérez de nuestros tiempos, es aprendiz de todo, oficial de nada.

Por supuesto, las vidas de los “inútiles” resultan de lo más amenas y entretenidas, sobre todo para quienes deben tributar a la funcionalidad desde la monotonía de una “chamba estable”. En cambio, Magallón Caltenco no sabe de estabilidades, ha intentado estudiar chorromil carreras, pero nunca consigue terminar ninguna. Eso sí, ha pasado por tantas aulas que, en su ciudad natal, Huastetlán (un Tampico velado), los profesionistas de las más diversas disciplinas lo conocen y dan coba al “voraz estudiante” saludándolo con el mote de “colega”. Cómo estarán los brincos que, gracias a la extorsión que hace a un judicial, Magallón puede irse a estudiar arte a las Europas. Así, algunos episodios de la novela bien pudieron titularse “Un naco mexicano contra las madrileñas de Madrid”. El coleguita Caltenco —cuya madre (con la que vive, por supuesto) lo insta a terminar con seriedad aunque sea una carrera técnica— ha sido también y en consecuencia, el mil chambas y, en los últimos avatares de su vida, termina ejerciendo el peligroso oficio de periodista investigador. Bueno, en realidad es el repartidor oficial de uno de los periódicos locales, para colmo oficialista. Pero como algo tiene Magallón en su alma humanista de vena comunicóloga, a partir de que presencia la escena de un crimen con tintes satánicos, según puede concluir por las ofrendas dejadas en el asfalto, decide tomar el caso en sus manos y esclarecer aquel asesinato que, quisiéramos decir, sacude a Huastetlán, pero como Huastetlán es tan parecido a Tampico, un crimen más no sacude ni afecta a nadie: las muertes son el pan de cada día y el narco fustigante, los caciquillos feudales y los políticos asesinos abarrotan las esquinas, los moteles, los teibols y hasta los puestos de tacos y las cafeterías de chinos. A partir de su decisión de tomar el caso como si fuera un profesional (no lo es), Magallón Caltenco, desde la orilla, desde su marginalidad, nos permitirá entrar a un mundo tan aterrador, tan oscuro y sangriento, que sólo podría abordarse a la manera mexicana: con humor. Es el humor al puro estilo del hábil Orlando Ortiz; el humor que, casi tributando a Los Supermachos, va desde el nombre de los personajes (Domingo Sabático, Sisebuto Haces Aguado, Gordiano Delgadillo) y las localidades (San Tripón, Santos el Chico, Gatos Pardos), hasta las más inverosímiles

(bueno, quién sabe) situaciones como el encargado de una morgue que disfruta haciéndole el amor a las muertas y, a veces, declara en su cinismo: “también le llego a los varoncitos, si se me antojan y he estado en ayuno”. Tremenda corte la que se despliega en la novela de Ortiz: necrófilos, putas asesinadas, putas asesinas, narcos que controlan el gobierno (pura ficción, eh), sicarios sin puntería, cafés de chinos que funcionan de cuarteles, téibols como refugios de la vida (también pura ficción) y, para colmar el cuadro de absurdos, el amor que se pasea por las calles de Huastetlán y mancha sus piecesitos blancos en la podredumbre de un escenario que por su exagerada vocación a la matanza, a la sangre, a la corrupción, a la maldad, a la estupidez, inacción e ignominia de quienes lo habitan, podría fácilmente pensarse que sólo puede ser ficticio y sólo podría suceder en la literatura, si no fuera porque hay un lugar en el mundo real que cumple con todas estas características y se llama México. Con aparente sencillez (porque la maestría se disfraza de sencilla), con un lenguaje amable que condesciende con todo tipo de lectores, con una trama que a veces parece novela negra y otras guión argumental de Palillo, con un personaje tan entrañable, tan a la orilla y marginal como lo es Carlos Magallón Caltenco, una vez más Orlando Ortiz nos permite asomarnos a su universo literario colmado de luces y sombras; una vez más nos miramos como en espejos a través de su visión ácida e irreverente de la realidad nacional, amén de darnos la oportunidad de intimar en el diario devenir de un gremio al que tanto le debemos por su heroicidad y vocación al sacrificio, como el de los periodistas de provincia, quienes yacen abandonados ante el monstruo de la criminalidad. Caltencos somos todos en este país; riamos, pues, antes de terminar asesinados; riamos, pues, en vida, que no sabemos a qué morgue llegaremos ni quién será el encargado… •

En nuestro próximo número

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FRANTZ FANON: DE LA DESCOLONIZACIÓN AL PENSAMIENTO CRÍTICO Raúl Zibechi y Luis Hernández Navarro


Arte y pensamiento

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Artes visuales Germaine Gómez Haro

ftorrescordova@gmail.com

Rafael San Juan: praxis y poética HE TENIDO LA FORTUNA de asistir puntualmente a la cita más importante del arte contemporáneo en nuestro continente: las tan esperadas Bienales de La Habana, siempre intensamente gratificantes. En la edición 12 acontecida en 2015, quedé enamorada de una escultura sorprendente por su calidad estética, por su poder de evocación poética, su impresionante factura técnica y, aún más, por su emplazamiento: se encontraba colocada en un terreno baldío en la esquina de Malecón y Galiano. La pieza se titulaba Primavera y me maravilló que el Historiador de la Ciudad, Eusebio Leal, la calificara como “un rostro que mira al infinito, henchido

Reminiscencias

de cubanía”. Así era –esa cubana orgullosa– y formaba parte del espectacular proyecto Detrás del muro de mi querido amigo el curador Juanito Delgado, que por segunda vez convertía el paseo del Malecón en la galería abierta más grande del mundo. No conocía al artista de ese portentoso rostro monumental que medía Rafael en su estudio unos ocho metros de altura. Me enteré que su nombre era Rafael San Juan y me decidí a buscarlo, pero pasó el tiempo y confieso que no lo hice. Años después, apenas hace unas semanas, una querida amiga cubana me mandó un artículo sobre este mismo artista y me enteré de que vive y trabaja en la ciudad de Guadalajara, y que tiene una trayectoria impresionante en la producción de escultura monumental urbana en nuestro país y en otros parajes. Lo contacté y viajé de inmediato a conocerlo en su taller en la colonia Moderna, en la capital tapatía. Como bien decía Borges, “toda coincidencia es una cita pendiente”. Al entrar en el taller de San Juan nos recibe un poderoso Caminante: un desnudo masculino de grandes proporciones y anatomía clásica (me recuerda los kouros griegos), realizado en una técnica que no logro definir: “Está hecha en acero soldado con sobrantes y desperdicios, es decir, con material reciclado –me explica Rafael–. Es una alternativa al bronce, que es un material muy tradicional. El resultado de esta técnica es mucho más contemporáneo.” Ahí comienzo a entender la evolución de un artista que se ha dado a la tarea de investigar y explorar los más disímbolos caminos para crear pinturas y esculturas que, más allá de la osadía técnica, que es mucha, conjunten sus tribulaciones filosóficas, su espíritu crítico en cuanto a la frivolidad del arte contemporáneo que se somete a las leyes del mercado

y el consumismo, y sobre todo, su pasión por aprender y aprehender la anatomía humana como vehículo para cavilar sobre la condición espiritual del hombre de nuestro tiempo. En el taller estaban todavía sus monumentales esculturas que en breve habrían de ser emplazadas en la ciudad: Reminiscencia y Vuelo. Ambas esculturas monumentales acaban de ser colocadas hace unos días en diferentes puntos de la ciudad de Guadalajara. Reminiscencias es una enorme cabeza femenina de ocho metros de altura que se emparienta con la que me sedujo en La Habana años atrás. Rafael ha realizado varias versiones con sus variantes formales para distintos lugares. La técnica que ha innovado es por demás interesante y los resultados son sublimes. Parte de su búsqueda es hacer del reciclaje un medio creativo a partir de la utilización de materiales de deshecho, para construir obras de arte diferentes, totalmente novedosas. El resultado es magistral. El escultor llama a su técnica “de acero forjado, conformado y soldado”. Y me explica que el material proviene de una fábrica de León, Guanajuato, que le manda unas tiras que llaman “desorille”, y que es lo que sobra de las placas que cortan para diferentes efectos en ese taller. Lo increíble es que Rafael supo utilizar esos fragmentos, unirlos y conformar unas especies de “máscaras” de rostros femeninos que son de una belleza y evocación poética realmente maravillosas. La otra pieza recién colocada en el paseo Andares en la misma ciudad se titula Anhelos y se trata de siete alas de gran formato realizadas con el mismo proceso y que invitan al visitante a emprender el vuelo de la imaginación que tanta falta nos hace en estos momentos • Primavera

Bitácora bifronte Ricardo Venegas

Los proyectos editoriales LOS FONDOS EDITORIALES de los municipios y de los estados son acervos fundamentales para la promoción del libro y la cultura. No es extraño que un libro editado por un municipio sea de gran calidad. Esto habla del carácter oportuno de estas ediciones, sin las cuales muchos libros y autores no habrían conocido el proceso de edición. Se encuentran con frecuencia verdaderas joyas en estos compendios que merecen ediciones posteriores al agotarse, porque es de todos conocido que hay lectores para cada libro y que no es regla infalible que el lector encuentre al libro, sino al contrario. El proyecto editorial del Instituto de Cultura de Cuernavaca 20162018, fundado por Hugo Juárez, y constituido como tal para las posteriores administraciones, es un ejemplo. Su agenda editorial tiene por objetivo la creación de un acervo conformado por tres colecciones: Colección Memoria e identidad, Colección Pasajes de vida y Colección Plásticos y plasticidades, además de los volúmenes

Del Santo al Salto: las fiestas patronales de Cuernavaca, tomos i y ii. La Colección Memoria e identidad describe la historia de Cuernavaca desde la época prehispánica hasta nuestros días y consta de seis tomos, en los cuales la memoria histórica y la identidad tejen los hilos que conforman un compendio indispensable para los investigadores y lectores ávidos de saber más sobre el tema. Sus coordinadores son: Jaime García Mendoza, Guillermo Nájera Nájera, Beatriz Alcubierre Mora, Carlos Barreto Zamudio, Luis Anaya Merchant, María Victoria Crespo y Erandy Toledo Alvarado. La Colección Pasajes de vida recoge propuestas ciudadanas que relatan y resaltan aspectos de la vida cotidiana de Cuernavaca, historia, identidad y memoria de la ciudad desde el punto de vista de quienes la habitan. El renacimiento de Cuernavaca: historia de la ciudad de 1930 a 1934, de Vera Sisniega Aspe, es, en este sentido, un título emblemático que aborda el resurgimiento y el florecimiento de Cuernavaca entre 1930 y 1934, período de transformaciones y desarrollo turístico, creación de nuevas colonias e inauguración de infraestructura urbana significativa.

En la Colección Plásticos y plasticidades (que son catálogos) se han publicado los de Diego Lapuente, Cisco Jiménez y 90 minutos de arte y fútbol en Cuernavaca (exposición colectiva). Fuera de colecciones, y para el público infantil, destaca el libro ¿Quién Soy? Adivinanzas sobre la flora y fauna de Cuernavaca, de Ada Carasusan y Luis Felipe Alanís •


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Tomar la palabra Agustín Ramos

De caciques y deudas (ii de iii)

–MIRA VARGUITAS –dijo el coronel García Valseca a Gabriel Vargas–, a quienes trabajan conmigo les doy un contrato… –Está bien, coronel… –Y a quienes son mis amigos les doy la mano, ¿qué prefieres? Con un apretón de manos comenzó la relación laboral de casi cuarenta años entre un artista y un cacique. La galaxia central del universo de este artista es un barrio donde se encuentra la vecindad y la vivienda de la familia Burrón, que forma parte de la humanidad de un planeta maravilloso, con países y regiones también singulares. Dicho al revés, los Burrón, como los Buendía, los Buddenbrook, los Sartori, los Karamazov, participan de una humanidad donde hay otros mundos y otras dimensiones, naturales y sobrenaturales. Pero en los Burrón, está más que comprobado, también hay reencarnaciones; avatares del universo creado por su dios y por el equipo de ese dios. Si todos conocen la historia de la familia Burrón, la prehistoria de ésta sólo la conocieron en directo los viejos que leían las caricaturas en los diarios o en los pepines, así como los notables Monsiváis, Gutiérrez

Vega, Pitol y todos los moneros posteriores a Rius, y los historiadores que conjuntan la devoción y la especialización en el universo vargueño, como Agustín Sánchez González, quien desarrolló el concepto de la prehistoria de los Burrón. Y es precisamente en el material prehistórico estudiado por arqueólogos como él donde aparece una de las figuras permanentes de la relación entre el plano de la realidad histórica de México y el plano de la vida en los Burrón: los cacicazgos. Al respeto, Sánchez González afirma: “Esta historia de los caciques sin duda inquietaba a Vargas, sobre todo porque su estado natal, Hidalgo, ha sido cuna de grandes cacicazgos, los cuales, a través del autoritarismo, han condenado a la miseria permanente a sus pobladores…” Esta certera observación puede hacerse extensiva tanto a toda la realidad nacional como a las vivencias individuales de Gabriel Vargas. En otras palabras, si Hidalgo lo inspiró para adobar todas sus historietas con algún cacique, la realidad mexicana le impuso este espécimen que rigió vidas y haciendas durante los períodos que él registró (e incluso padeció en carne propia).

Vargas comienza como artista en la época de Calles y se consagra en la de Alemán. El blog La gráfica inteligente resume así la relación entre la caricatura y la prensa durante los pininos de Vargas: “El fortalecimiento de las instituciones y de los diarios de circulación nacional influyen en la vida política del país… La Prensa, El Nacional, El Universal y Excélsior, ubican a los caricaturistas en las páginas editoriales. De esta forma nace el llamado Cartón Editorial. Destacan Andrés Audiffred, Ángel Zamarripa FaCha y el Chango García Cabral, quien junto a Manuel Horta dirige El Fantoche, “el semanario loco” (1929-30), que además, de El Turco (1931) son las pocas publicaciones satíricas en el maximato.” Después, el México de la sustitución de importaciones y el desarrollo estabilizador tuvo en La familia Burrón un escaparate privilegiado. Al terminar el segundo sexenio postrevolucionario, los generales entregarían el gobierno a sus cachorros. La transición, aun siendo cosa de familia, transcurrió con el sobresalto de la reaparición, en el escenario nacional, de protagonistas aparentemente confinados al ámbito regional por el partido político hegemónico, los caciques, cabezas visibles de dinastías que disputarían a muerte el cetro temporal que eternizaba su acceso al botín interminable y a la impunidad absoluta. En la primera fila de éstos sobresaldría el neroniano Maximino Ávila Camacho, hermano del presidente del mismo apellido. Y sería precisamente este hermano incómodo avant la lettre, quien apoyaría a su paisano, el coronel José García Valseca, en negocios de giros varios, de los cuales el periodístico fue el menos (Continuará.) inconfesable •

Biblioteca fantasma Eve Gil

La otra caída SI EL FÜHRER LO SUPIERA fue la única novela del austríaco Otto Basil (1901-1983), esencialmente dramaturgo. Al instante de la anexión de Austria a Alemania, Basil se vio obligado a dejar de escribir o cuando menos de publicar. Se afirma que la novela que nos ocupa se escribió en la década de los sesenta, por habérsele publicado en 1966, pero se sienten tan vigentes y lozanas la ideología y la estética del nazismo, que casi afirmaría que Basil empezó a escribirla durante su acallamiento. Se le ubica en la categoría de ucronía, subgénero de la ciencia ficción que especula sobre cómo sería el presente si determinados acontecimientos históricos hubieran tomado un rumbo distinto. Se le equipara mucho con El hombre en el castillo, de Philip k. Dick, publicada cuatro años antes, aunque a diferencia de ésta, donde se convence a los vencedores de la segunda guerra mundial de ser los derrotados, en la de Basil no queda duda del dominio de Alemania sobre el mundo. Según esta versión alternativa, los alemanes se adelantan a los estadunidenses, y en vez de Hirsohima, es Londres la devastada por una bomba nuclear. Pero de Hitler sólo queda una sombra decrépita, encamada, inútil y manipulada por un gru‑ po de adeptos de “raza impura” que pretenden hacerse con el poder. ¡El símbolo del Reich ya no es el águila sino una jeringuilla cargada de somnífero!, dice Anselma. El devenir de una nueva amenaza global encarnada por dos bandos confrontados, los espurios herederos de Hitler y sus otrora aliados, los japoneses, alzados, es narrada a través de las vivencias de Höllriegl, giromante (término que no existe en español) y “asesor existencial

en el modo de vida nórdico”. La giromancia, más allá de su significado esotérico, es un método pseudocientífico de limpieza psíquica que involucra el manejo de un péndulo, y aunque pareciera un recurso muy medieval, Höllriegl es un especialista sumamente respetado en ese mundo delirante donde cohabitan la medicina y la maquinaria más avanzadas –como las “armas láser”–, con el culto a los dioses del Walhalla y diversas supercherías. No conocemos la edad de Höllriegl; rondará la cuarentena (aunque podría tener menos de treinta) y está muy lejos de ameritar el título de héroe. Se trata de un personaje profundamente humano que, en medio de su férrea lealtad al Führer y su absoluta convicción

Otto Basil

de pertenecer a una casta cuasi divina, experimentará situaciones que lo confrontarán con sus propias quimeras. Todo comienza con su fulminante enamoramiento por Anselma, aunque ha tenido un vergonzoso episodio con la cuñada de ésta. La menuda Anselma ni siquiera corresponde al ideal estético de la época que privilegia a las mujeres “robustas”, pero lo atrapa como a un ratón en su pervertida trampa, casi al mismo tiempo que el Führer expira en su cama y el croata Ivo Köppler, famoso por la crueldad con que eliminó a los partisanos de Yugoslavia, se unge como su sucesor. Höllriegl intuye algo turbio en ese nombramiento que Hitler dejó grabado en una cinta que, se rumora podría ser un imitador. Tras descubrir que Anselma lo ha usado como juguete sexual, se dispara la alerta del bombardeo chinojaponés sobre la gloriosa Alemania, pero la decepción vuelve apático al romántico Höllriegl, ya no tan seguro de que su patria dispone de las más poderosas armas secretas para contraatacar. En medio de la necesidad, no de huir, sino de morir –aunque se autoengaña diciéndose que se trata de su acendrado deber patriótico de denunciar a posibles infiltrados–, se topará, entre otras cosas, con una infraespecie manipulada en laboratorio, de la que ha escuchado hablar: hombres y mujeres bestiales a los que les ha sido borrado casi todo rasgo humano y que no hacen sino repetir salmos en una lengua que le trae recuerdos borrados de la infancia: el checo. Sexto Piso ha recobrado recientemente esta portentosa aventura, con la traducción de José Aníbal Campos. Creo que Basil no escribió otra novela porque en esta obra maestra plasmó todo cuanto quería contar •


Arte y pensamiento

LA JORNADA SEMANAL 5 de agosto de 2018 // Número 1222

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Galería Antonio Valle

Huellas de la tierra

a Sabino López

Sabino López

Iremos a parar a cualquier playa. Vamos a hacer un fueguito contra el frío y el hambre. Vamos a arder bajo la misma noche. Vamos a vernos, ver. Juan Gelman

I

Cómo brillaron las huellas esa noche cuando al dar los últimos pasos en el manglar encontró brillando la casa de su mente Sobre el mar y la montaña el observador celeste aclaró el presentimiento y así como ataba al tiempo acicaló al potro salvaje como el agravio y su recuerdo y cabalgó esparciendo estrellas como riadas de luz en el estero o en las amadísimas trenzas de plata que años después portaron sus valientes herederas ellas no olvidaron el vislumbre la forma en la que los forasteros miraban sus cántaros y el líquido el códice y el reino II Una de esas muchachas alta como una ola de Santa María del mar años después descubriría el secreto para impedir que la multitud fuera subyugada con nuevos cantos fúnebres y adornos de vidrio o a sangre y fuego

III Vamos a vernos ver en Punta de agua –había previsto el hechicero tirado boca arriba– vamos a mirar la ciudad celeste el torrente de la montaña donde nace el Río de los perros y gira Venus como el sexo de la tierra ardiendo IV Luego se escuchó la risa de los hombres que a través de la tormenta volvían con sus mujeres de las nubes Al final de la diáspora feroz tocaron las huellas en la encrucijada pronunciaron la lengua del relámpago y la hoguera para vernos ver en el lienzo de obsidiana donde se ilumina y se desdobla el tiempo Así es la fiesta –y la ciencia– de la heredad secreta •

Cinexcusas Luis Tovar

@luistovars

Guanajuato 21 (i de ii) DEL 20 AL 29 de julio recién pasados se llevó a cabo la vigésimo primera edición del Festival Internacional de Cine de Guanajuato –giff, por sus siglas en inglés–, en su doble sede: del 20 al 24 en San Miguel de Allende y del 25 al 29 en la capital del estado. En el que otrora significó el punto cronológico donde se alcanzaba la mayoría de edad, el giff da muestras de absoluta madurez en su calidad de evento cinematográfico y, por lo tanto, cultural. Baste reconocer que, a nivel local, sólo está detrás del Festival Internacional Cervantino y que, junto a los de Morelia y Guadalajara, es uno de los tres festivales cinematográficos no sólo más longevos sino de mayor relevancia en el plano nacional. Suele suceder que las dimensiones de un evento así conlleve que el espectador termine viendo sólo una pequeña muestra de una oferta imposible de abarcar; agréguese que el espacio aquí es todavía más breve, de modo que lo siguiente será apenas un vistazo.

El fin de la crítica

Positiva por sí misma –es decir, independientemente de los resultados– es la iniciativa de Sara Hoch, directora del giff, de haber establecido el foro cuyo nombre aparece en el subtítulo de arriba, como una actividad permanente. Intencionadamente capcioso, el nombre busca sugerir lo mismo la idea de “propósito” que

la de “terminación” y así, en esa doble vertiente, fue como se ventiló en las mesas de conferencia que tuvieron lugar en San Miguel de Allende los primeros tres días de actividades. A dichas mesas fue convocada buena parte de quienes ejercemos la crítica cinematográfica en este país –los que no, y los que sí pero declinaron por sus muy personales razones, seguro serán llamados para ediciones posteriores–, así como una tríada de representantes de la crítica fílmica internacional, repartidos temáticamente en rubros como la irrupción de las plataformas digitales, la ética periodística, el improbable poder de una crítica, el panorama laboral, y las redes sociales e influencers en tanto aliados o “enemigos” de la crítica. En apretadísima síntesis, no es exagerado afirmar que la conclusión general fue la siguiente: con la crítica cinematográfica sucede algo similar a lo que pasó cuando la televisión “amenazaba” con liquidar a la radio, o cuando las computadoras personales de cualquier dimensión -que eso y no otra cosa es hoy en día un teléfono móvil–, así como las plataformas de exhibición digital, dizque llevarían, las primeras, no sólo a las publicaciones impresas a la extinción inmediata, total e irremediable, y que lo mismo harían las primeras y las segundas con la pantalla grande. Sin negar la obvia y enorme migración de las audiencias a lo digital, la realidad de la crítica exhibe una convivencia más o menos dispareja, en términos exclusivamente cuantitativos, así como inequitativa en otros sentidos,

pues una de las conclusiones implícitas que surgieron en El fin de la crítica fue hacer evidente –y sin maniqueísmos ni absolutismos— que, en términos generales, lo que le sobra por ejemplo a un influencer metido a crítico es público, y lo que le falta son conocimiento, rigor y profesionalismo. Otra, que la convivencia no es imposible en absoluto, y que dicha cohabitación es al mismo tiempo causa y consecuencia de un panorama laboral bastante más abarcador de lo que solía ser en tiempos de los “gurús” filmicocríticos cuyas netas ocupaban los pocos foros antes disponibles. Una más, que aun siendo imposible a estas alturas llamarles “nuevos” en sentido estricto, los espacios que nacieron digitales y quienes los ocupan todavía están por alcanzar un prestigio equiparable al de aquellos santones… y está por verse si lo alcanzan, y más, si eso es lo que buscan o creen tener con sus abultadas cifras de láics. Derivada de esta conclusión, una gemela: la esencial falsedad de los ghettos mediáticos, pues por dar sólo un ejemplo, alguien como la estupenda colega Fernanda Solórzano se declaró fiel a los teclazos bien meditados, sin por ello renunciar a su condición de yutúber, involuntaria pero exitosa • (Continuará.)


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LA JORNADA SEMANAL 5 de agosto de 2018 // Número 1222

Ensayo Gonzalo Sánchez de Tagle

Nepantla o cómo vivir en medio El famoso Libro de los Colloquios, recuperado por Sahagún, es un diálogo (de sordos, de acuerdo con la antropóloga francesa Daniele Dehouve) entre misioneros católicos y sacerdotes mexicas que bien puede ser un ejemplo de nepantla, ese concepto de “estar en medio”, en la transición cultural de los vencidos de la conquista.

Fray Bernardino de Sahagún

N

EPANTLA ES UN ESTADO de incertidumbre y de neutralidad, que no olvida, pero no asume; que no aprehende y no suelta. La transición de lo propio a lo ajeno, el momento preciso en que no se ha abandonado lo pasado y tampoco se ha adoptado lo nuevo. Una especie de letargo del que vive en medio de dos cosmologías y dos misterios contrapuestos. Aun y cuando la indecisión es angustiosa, a los indígenas mesoamericanos no les fue imposible vivir en un estado de aparente irresolución. El cristianismo con sus orígenes sangrientos, sus rituales y un sinfín de santos, fue incorporado por los indígenas, durante muchos años e incluso en la actualidad, a sus creencias originarias. Doce frailes franciscanos conversaron con sabios indígenas en 1524. Después de las armas vino la palabra en forma de cruz y el evangelio se propaló por toda Mesoamérica. Estos doce cristianos, número que recuerda a los apóstoles, buscaron convencer a los Tlamatinimes, los sabios de palabra y sacerdotes de la religión prehispánica, sobre la existencia del “Dios verdadero, señor que gobierna, en todas partes, en el cielo, en la tierra, en la región de los muertos, el Dador de vida”. Esta charla, primera registrada en palabra escrita, que da cuenta del el intercambio de ideas entre indígenas y evangelizadores, luego de conquistada Tenochtitlán, se perdió en la obscuridad durante cuarenta años. En 1564, en el Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco, Sahagún halló los manuscritos de esos diálogos escritos en náhuatl y encargó a varios indígenas versados en la lengua hacer su transcripción. Luego se volvieron a perder, hasta que en los años veinte del siglo pasado fueron descubiertos en el Archivo Secreto del Vaticano.

Sahagún encargó la transcripción de lo que después sería conocido como Libro de los Colloquios, entre otros, a Antonio Valeriano, indígena originario de Azcapotzalco que nació justo después de la caída de la capital mexica. Se le atribuye haber escrito también el Nican Mopohua, relato indígena sobre la aparición de la Virgen de Guadalupe en 1531. Valeriano es un personaje por demás relevante, porque en él se puede sublimar la transición cultural que produjo la conquista y, como indígena, fue un vehículo de ese proceso histórico. El Libro de los Colloquios narra un diálogo entre misioneros católicos y sacerdotes mexicas que, a decir de Daniele Dehouve, fue de sordos, porque para los primeros se trató de una disputa didáctica, mientras que para los segundos fue un discurso ceremonial. Es decir, sus palabras tenían una estructura e intencionalidad diferentes. Los franciscanos buscaron explicar y convencer, como propósito último de la evangelización, la razón de su venida, la palabra divina, teutlahtolli y, sobre todo, el Dios cristiano, el inventor de la gente, de los macehuales. En los Colloquios, los misioneros refieren que vienen en nombre del Papa, para que pudieran conocer al “señor que gobierna, en todas partes, en el cielo, la tierra, en la región de los muertos”, un claro referente a la cosmovisión mesoamericana sobre las niveles del universo. ¿Habrá sido la intención de los evangelizadores combinar semánticas religiosas, con el propósito de hacer entendible su mensaje, o fue labor de los intérpretes y traductores? De esto depende, en mucho, el arraigo de las creencias y la mimetización de los símbolos religiosos. La respuesta de los tlamantinimes es profunda y desgarradora. En el capítulo vii de los Colloquios le dicen a los misio-

neros que no aceptan ni sus prédicas ni a su Dios. Responden que sus dioses los merecen desde que era de noche, en el origen del tiempo; que sus progenitores, sus abuelos, les dieron su norma de vida y fueron reverenciados; que sus dioses poseen las cosas y son dueños de ellas y se les debe la vida, el nacer, el crecer. Dicen que ya es bastante que les hayan quitado el mando y les piden “no hagáis algo que acarreé la desgracia..., que (haga al pueblo) perecer”. Se saben derrotados, pero sus sacerdotes comprenden que no deben dejar a sus creadores, los dioses de sus abuelos. Hay en este capítulo una enorme tristeza en la resistencia por no abandonar el pasado, por aferrarse a su lugar en el mundo y por sobrevivir en las creencias que los definen. El Libro de los Colloquios y el Nican Mopohua son muestras de la transición cultural. En ambos casos la palabra es relevante, porque hayan sido los misioneros, los intérpretes o el traductor, en el mensaje se cifran las viejas certezas, los antiguos símbolos y los dioses primeros. La evangelización se soportó en la estructura de las creencias mesoamericanas y en su firmeza surgió el nepantla, “estar en medio”. El encuentro violento de dos culturas y la imposición de una sobre la otra, la refleja fray Diego Durán cuando al reprender a un indígena sabio, éste le contesta: “padre, no te espantes pues todavía estamos en nepantla..., de manera que aún estaban neutros, que ni bien acudían a la una ley ni a la otra, o por mejor decir que creían en Dios y que juntamente acudían a sus costumbres antiguas y ritos del demonio”. Nepantla es un estado de indefinición e imprecisión, pero del tránsito migró a una cualidad permanente que describe y define una cultura compuesta por dos orígenes. Antonio Valeriano puede ser un buen ejemplo de la certeza del nepantla •

Semanal  

Suplemento semanal editado por: La Jornada

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