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colección EDICIONES ARTESANALES PARA LA DIFUSIÓN POPULAR BIBLIOTECA POPULAR LOS LIBROS DE LA BUENA MEMORIA

LA CAPATAZA por ATAHUALPA YUPANQUI

Ilustración de tapa: CLIFFORD HARPER Diseño y maquetación: GONZALO FINOCHIETTO Difunde: BIBLIOTECA POPULAR LOS LIBROS DE LA BUENA MEMORIA www.LaBiblioPop.blogspot.com www.issuu.com/LaBiblioPop www.facebook.com/Editores.Matreros labibliopop@gmail.com


ÍNDICE

PRESENTACIÓN LA CAPATAZA I.

pág. 9 13

AMÉRICA Y LA TIERRA EL SUEÑO PALABRAS DE UN JEFE PIEL ROJA A JOSÉ GABRIEL CONDORCANQUI ALLÁ EN EL CIELO INDIO TÚPAC AMARU. CANTATA UNA HISTORIA SENCILLA LA HERMANITA PERDIDA

15 17 20 24 27 34 37

II. LOS TRABAJOS Y LOS CAMINOS VIDALA DEL TRABAJADOR ARRIBA DEL CERRO NEGRO HAY QUE HACER UNA POLCA ROMANCE DE LA LUNA TUCUMANA COPLAS DE COLOMBIA ¡HIROSHIMA! LOS PAISAJES HÚNGAROS LAS PIEDRAS DE TOLEDO POEMA PARA UN BELLO NOMBRE PARÍS LA CALLE COPLAS EN LA NOCHE

39 41 42 43 45 46 48 50 52 58 60 63 64

III. LA MÚSICA LA COPLA LA MÚSICA Y LA TIERRA EL CANTOR LA GUITARRA LA GUITARRA Y SU MISTERIO BAGUALAS COPLAS EN EL ÚLTIMO DÍA EN TUCUMÁN

65 67 69 71 72 74 79 80


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ÍNDICE PALABRAS A LA ZAMBA TUCUMANA MADRE DEL VIENTO EL PINTOR. ZAMBA SI ME VEIS MIRANDO LEJOS

81 82 83 85 86

IV. MÚSICOS Y POETAS HILARIO CUADROS EL ARPA DORMIDA CANCIÓN PARA PABLO NERUDA BUENAVENTURA LUNA ANTONIO MACHADO. UNA COLINA SIN ÁRBOLES GUANDACOL

87 89 90 92 93 95 101

V.

EL HOMBRE Y SU PAISAJE PESEBRE NAVIDEÑO EL ZAINO MARZO OTOÑO CAMPO MOJADO MONTE CALLADO

103 105 109 110 111 112 114

VI. LUNAS, SUEÑOS Y QUIMERAS DIOS ME ENTIENDE AQUÍ ESTOY YO SOY LA VIEJA MADERA OCURRENCIAS

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GLOSARIO

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Esta reunión de asuntos criollos los dedico a la memoria de mi esposa Paula Antonieta Pepin Fitzpatrick de Chavero, fallecida en Buenos Aires, el 14 de noviembre de 1990. Creo cumplir así con mi homenaje a su muy vasta cultura, a su alta autoridad musical como pianista y a su profundo sentido de la dignidad humana. Siempre será inolvidable para mí su forma de entregar los preludios de Juan Sebastián Bach. ¡Oh, Nenette! H. ROBERTO CHAVERO, Abril de 1992.


PRESENTACIÓN


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. Editar en Argentina parte de la obra de don Atahualpa Yupanqui es recuperar mucho del alma de América. Estos escritos suyos nos acercan un modo de hacer y entender su historia. Cada fragmento de escritura es parte de un texto mayor perfilado en formas a la vez únicas e irrepetibles, pero al mismo tiempo con la plenitud de voces e historias que lo sustentan. Escritura de lentas geografías (escritura íntima, la de un hombre mayor) que aúna la de los lugares por los que aprendió a decir y construir melodías poderosas. El hombre que ha sabido caminar por dentro nuestro continente logró ir armando en versos y prosas no sólo la vida de su pueblo sino que también entrega la compleja producción de un artista que no ha sido ni es indiferente al sentimiento por la tierra que ama. Genuina esencia la de dejar constancia del pensamiento, posible herramienta de conocimiento de parte central de nuestras culturas, desde la mirada profunda de un poeta que no olvida que sus ojos desandaron miles de caminos para reunirlos desde este presente. La ordenación de los temas que contiene el nuevo libro de este "cantor de cosas olvidadas"-como él mismo se define- no es cronológica ni espacial. Refleja la continuidad de una producción permanente (como esos ríos subterráneos que nutriendo el suelo afloran donde menos se los espera) y que llega hasta hoy, como indicadora de su lúcida toma de posición ante lo que pasa en el mundo. No es frecuente tarea la de un músico de la talla de Atahualpa Yupanqui: dar a conocer no sólo los arraigos de la palabra sino también las certidumbres de esa trama -no sólo el lenguaje- por la que hombres y mujeres aprenden a "mirarse en su propia sombra". LA CAPATAZA no pretende ser una antología, tampoco una selección de poesía y textos sobre "un asunto" (si bien los asuntos de don Ata son los del hombre herido por la llama de ese misterio que es el arte). En este libro hay sí una unidad-eje que lo articula y le da fuerza: la del poeta recuperando historias, interpretando la natural armonía de nuestros paisajes, el dolor de las injustas conquistas a las que fueron sometidos los


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pueblos de América. Si bien campea el dolor, la ternura no está ausente. Habilita puentes para que los transitemos: ya se trate de las piedras de Toledo, del horror de Hiroshima, de Gabriel Condorcanqui despojado de sus tierras. Aún cuando distantes en el tiempo y la distancia nos acercan a los grandes temas que configuran esta realidad compleja de la que somos producto. Puentes sólidos que el testimonio escrito construye para posibilitar que recuperemos del olvido y la desvalorización nuestra memoria americana. Dar a conocer las reflexiones que la experiencia y los sentimientos le dictan es casi una obligada responsabilidad de quienes confiamos en que la obra de Atahualpa Yupanqui contribuye a elevar el conocimiento y la identidad americana en estos tiempos de búsquedas y de definiciones. Alguien que ha compartido la simultaneidad de grandes acontecimientos históricos al mismo tiempo sigue siendo hombre del presente. Continúan involucrándolo los hechos cotidianos. Por eso sus reflexiones nos acercan al futuro con la certeza de que lo construimos como él, viviendo día a día junto a otros. La palabra de un hombre que tiene a la libertad como otro de sus horizontes más tenaces elige a la luna libre de ataduras. Capataza vigilante, sorprendida en sus quehaceres, recibe de este argentino un mandato sutil -tal vez enamorado-: cuidarle lo que ama y lo que deja. Hacemos nuestra la responsabilidad asumiendo con admirado respeto su decisión. JOSEFINA RACEDO, Abril de 1992.


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A CAPATAZA

De pie en la noche, como un árbol solo, esperándote estoy, luna del cielo. Porque quiero nombrarte capataza de todo lo que amo y lo que dejo. Te investirás de todos los poderes a más de tu ejemplar sabiduría. Y cuidarás haciendas, campos, montes, senderos, rancho, río y lejanías. Que cuelguen los espejos de tu ronda sobre los matos y el tuscal cumbreños, a la hora en que el paso de los pumas desata en el corral todos los miedos. Esperándote estoy, mi capataza. Centinela sin par. ¡Mi luna gaucha! Para que busques la canción perdida, la que nunca canté bajo los talas. Te enseñaré los nidos de zorzales, y el pequeño rum-dum anochecido, que se llena de arpegios y temblores cuando brota en los pastos el rocío. Capataza, me voy. Ya me despido. Salgo a buscar vidalas al sendero. ¡Tú le dirás las cosas que me callo a todo lo que amo y lo que dejo... !


I AMÉRICA Y LA TIERRA


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L SUEÑO

Hace un tiempo me acometió como una pesadilla, un sueño. Recuerdo siempre mis sueños: tal vez es la única memoria que me asiste con orgullo, con miedo, con sensación fuerte de vida. Soñé que vivía en los comienzos de hace quinientos años. Soñé que moría como cinco veces, volvía a resucitar, volvía a morir en ese sueño. El viento de la sierra pasaba como silbando entre las arrugas de mi cara, el viento frío me esperaba cerca de las lomas altas. Y esto me hacía sonreír, me divertía porque parecía que mis dientes apretaban acullicos de viento. Y yo seguía caminando sobre mi universo, en mi tiempo. Mi universo de piedra. Respirando con firmeza. Mirando allí cerca, mirando allá lejos, y muy lejos, como se debe mirar. El maíz estrenaba verdes nuevos. Y cada planta era como un muchachito que aprendía a bailar con gratitud para el sol, para el aire, para la buena tierra, mientras descubría otros horizontes en este mundo. En la media tarde, conversábamos entre paisas, sentados en las piedras, o en el suelo, en la pura tierra. Alguno con una ramita seca dibujaba un corral, lo borraba; dibujaba un animal, un huanaco, una vicuña, lo borraba. Hablábamos, claro, en n u e s t r a lengua con los paisas, en la lengua del Taita Mayor: en quechua. Para decir las palabras más antiguas que conocemos, y hablar lo justo de las cosas, en el justo momento en que se piensa, se siente, se vive. Conversábamos mirando la tierra, porque de la tierra nos llega la memoria de las palabras, la seriedad de las razones. Allá en la bajada, entre la piedra y el río, como una piedra más, la casa. Así eran las cosas siempre, y parecía que así siempre serían. Un día, no sabemos de dónde, llegaron gentes de mucho mando y grandes voces, diciendo cosas que nosotros no comprendíamos; tenían armas poderosas, desconocidas, y las usaban contra


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los paisas. Miramos al sol, preguntamos a Tata Inti, pero no hubo tiempo de oír una respuesta. Ni un solo momento para el adiós entre los paisas. Una oscura nube nos borraba el color de nuestros ponchos. Nos tumbaron. En cada resuello se nos iba la sangre, la vida, y la tierra nos fue tapando la boca. Nuestra tierra, la que nos dio el maíz, la que nos dio la arena, los colores, la que hacía crecer a la planta, al río, al hombre. La que nos dio caminos, distancias, sueños. Esa misma tierra nos fue tapando los ojos y la boca. Bajo la tierra quedamos con la sonrisa y las palabras antiguas; bajo la tierra se durmieron nuestros ojos y el aliento y la memoria de todos los caminos. Nuestras manos fuertes, manos de carne, cobre, sol y viento, hermanas de la flor y la semilla, hermanas de la lanza y de la flecha, duras como la piedra del hondero, tiernas como el yaraví de las quenas, cuidadoras de ovejas y llamas, nuestras manos ya no fueron nuestras manos. Fueron secas raíces de un tiempo sin regreso. Todos los horizontes quedaron sepultados bajo la amada tierra nuestra. Todos los paisas nos fuimos convirtiendo de pronto en un silencio, en un enorme silencio, en un infinito silencio. Años pasaron, siglos pasaron. Se mezclaron las sangres y los tiempos y las lenguas, a lo largo de las cordilleras, de los bosques, de las llanuras, de las pampas. A veces, cuando la noche es profunda y azul, no se sabe de dónde, nos llega como un zumbo un viento misterioso que recorre el espacio infinito de la tierra. Una extraña voz recóndita pareciera conversar con el viento utilizando la sagrada lengua antigua del Taita Mayor: "Tú has de saberlo, huayra, hermano viento, sólo tú has de saberlo". ¿Podrán, quizá, otros paisas y en otros tiempos, quitarnos poco a poco la tierra que nos cubre, devolvernos la claridad de los ojos y la risa del verano? La fuerza de nuestras manos, el aroma del surco sembrado, el rezo de nuestra flauta, el claro pensamiento de nuestros pequeños discursos. Y las manos con el mismo color de greda y carne, de sol y cobre, de fuerza y viento...


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¡Quizá un día podamos cantar juntos , todos los paisas juntos, usando la sagrada lengua, la que aprendimos del Taita Mayor...! ¿Volveremos un día -¿cuándo? ¿cuándo?- a ser nosotros?


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ALABRAS DE UN JEFE PIEL ROJA

Quisiera recordar una respuesta maravillosa que un jefe piel roja dio a un jefe blanco, presidente de los EEUU en 1894, en Washington, cuando le propusieron comprarle una extensa tierra a los indios, y, también, darles una reservación. La respuesta del jefe de Seattle ha sido considerada como la más hermosa y profunda declaración sobre el medio ambiente jamás hecha. Esto fue lo que dijo el jefe indio: "¿Cómo se puede vender o comprar el cielo, señor, o el calor de la tierra? La idea es extraña para nosotros. Si no poseemos la transparencia del aire o el fulgor del agua, ¿cómo puede usted comprarla? Cada trozo de esta tierra es sagrado para mi pueblo, señor. Cada centelleo de las agujas de los pinos, cada grano de arena, cada bruma se veneran en la memoria y en la experiencia de mi pueblo. Por la savia de los árboles fluye la memoria del hombre rojo. El hombre blanco olvida sus raíces cuando la muerte lo lleva a caminar bajo las estrellas. Nuestra muerte nunca olvida esta hermosa tierra porque ella es la madre del hombre. Nosotros somos parte de la tierra y ella es parte de nosotros. Las flores perfumadas son nuestras hermanas. El ciervo, el caballo, el águila, son nuestros hermanos; las cimas rocosas, el rocío de las praderas, el sudor del caballo, el hombre mismo, pertenecen a una. De modo que cuando el gran jefe de Washington insinúa comprar nuestra tierra nos está pidiendo demasiado. El gran jefe propone diseñarnos un hogar para que nuestra propia vida sea más confortable, él será nuestro padre y nosotros sus hijos, es así como concebimos su proposición. Pero ello no será fácil, porque esta tierra es sagrada para nosotros. El agua con sus destellos que fluye en los arroyos y en los ríos no es sólo agua, es la sangre de nuestros ancestros.


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Si nosotros le vendemos nuestra tierra, señor, usted no debe olvidar que ella es sagrada. Usted debe enseñar a sus niños que ella es sagrada y cada reflejo espectral en el agua diáfana de los lagos va contando los acontecimientos y las memorias de la vida de mi gente. El arrullo del agua es la voz del padre de mi padre; los ríos son nuestros hermanos. Ellos apagan nuestra sed, aportan nuestras canoas, alimentan a nuestros hijos. Si nosotros le vendemos nuestra tierra usted debe recordar y enseñar a sus niños que los ríos son nuestros hermanos y que también lo son de ellos y deben comprometerse a ser tan generosos con los ríos como lo son con cualquiera de sus hermanos. Nosotros sabemos que el hombre blanco no entiende nuestra manera de ser, para él una porción de tierra es igual a otra porción. El es un extraño que llega de noche y extrae de la tierra todo lo que necesita. La tierra no es su hermana: es su enemiga, y cuando ha llegado a conquistarla, la abandona. El deja atrás la tumba de su padre sin remordimientos, él olvida que la tierra pertenece también a sus hijos. Tanto la tumba de su padre como los derechos de sus hijos no son respetados, señor. El trata a su madre, a su hermana, al cielo, como cosas que pueden ser compradas, saqueadas tal vez, vendidas cual ovejas o cuentas brillantes. Su apetito devorará la tierra toda, dejando tras sí solamente un enorme desierto. Yo no sé, señor. Nuestros pensamientos son diferentes de vuestros pensamientos. El aspecto de vuestras ciudades hiere los ojos del hombre piel roja. ¿Quizás ello se debe a que el hombre piel roja es un salvaje y no entiende? No hay sitios apacibles en las ciudades del hombre blanco, no hay dónde se pueda escuchar el despliegue de los brotes primaverales o el susurro de las alas de los insectos. Allá dicen que soy un salvaje y no entiendo. Quizá sea por eso. Allá sólo el fragor parece agredir los oídos y ¿qué sentido tiene la vida si el hombre no puede escuchar el nostálgico grito de la gallina en la noche? ¿o los argumentos nocturnos de las ranas en las charcas? Yo soy un piel roja y no lo entiendo, señor. El indio prefiere el nuevo silbido del viento que roza la superficie de las aguas; lo


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suave, la fragancia del viento. El viento mismo purificado por la lluvia o impregnado con el perfume del piñonero. El aire es un tesoro para el piel roja porque todas las cosas comparten un mismo aliento: la bestia, el árbol, el hombre, todos comparten el mismo aliento. El hombre blanco no parece darse cuenta del aire que respira. Es como un hombre insensible al dolor durante una larga agonía. Si vendemos nuestra tierra, señor, usted debe recordar que el aire es muy preciado para nosotros, que el aire comparte su espíritu con todas las vidas que ha mantenido. El viento en el que el padre de mi padre fundió su primer aliento recogió también su postrer suspiro y si nosotros le vendemos nuestra tierra, usted debe preservar eso que ya es sagrado como un lugar donde hasta el hombre blanco pueda llegar a saborear el viento endulzado, muy endulzado por las flores del campo. Sólo así nosotros consideraríamos su petición de comprar nuestra tierra. Si decidiéramos aceptarla, lo haríamos bajo una condición: el hombre blanco debe tratar a las bestias de esta tierra como sus hermanos. Como salvaje yo tengo una sola manera de entender. He visto miles de búfalos pudriéndose en las praderas, señor, baleados por los hombres blancos desde un tren en marcha. Yo soy un salvaje y no entiendo cómo una persona desde un tren puede ser más importante que un búfalo en la pradera. Nosotros los sacrificamos sólo para sobrevivir cuando rio hay otra cosa que comer. ¿Qué sería del hombre sin las bestias? Si ellas desaparecieran, el hombre moriría de nostalgia; cualquier cosa que le ocurra a las bestias pronto le ocurrirá también al hombre. Todas las cosas están relacionadas, señor. Usted debe enseñar a su hijos que la tierra que pisan es la ceniza de nuestros antepasados, así ellos pueden respetar. Dígale a sus niños, señor, que la tierra ha sido enriquecida con las vidas de nuestro linaje. Enséñele a sus niños lo que nosotros les hemos enseñado a los nuestros: la tierra es nuestra madre, cualquier cosa que a ella le suceda le sucede también a los hijos de la tierra. Si el hombre escupe sobre la tierra, escupe sobre sí mis-


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mo, señor. Esto nosotros lo sabemos, la tierra no pertenece al hombre. El hombre pertenece, sí, a la tierra. Esto lo sabemos, todas las cosas están relacionadas, igual que lo está una familia por su sangre, todas las cosas están así conectadas, todo lo que acontece a la tierra acontece a los hijos de la tierra. El hombre no teje la trama de la vida. El es apenas una hebra. Cualquier daño que le ocasione a la tierra se lo está haciendo a sí mismo. Aun el hombre blanco cuyo dios camina y habla con él como amigo no puede evitar el destino común. Nosotros podemos ser hermanos a pesar de todo. No lo olvide, señor. Una cosa sabemos, la cual el hombre blanco puede descubrir algún día: nuestro dios es el mismo dios. Ahora ustedes pueden pensar que él les pertenece tanto como desean que les pertenezca nuestra tierra, pero están en eso equivocados. El es el dios del hombre y su misericordia es igual para el hombre piel roja como para el hombre de piel blanca. El ama a esta tierra y cualquier daño que se le haga constituye un desprecio para el creador. Los blancos también desaparecerán y probablemente antes de que desaparezcan otras tribus. Ensucian sus casas y una noche se ahogarán en sus propios desperdicios. No obstante, el blanco al desaparecer brillará como luminaria encendida por el poder del dios que lo trajo a esta tierra y que con un propósito especial le dio dominio sobre ella y sobre el hombre piel roja. Ese destino es un misterio para nosotros. Nunca podremos concebir por qué los búfalos son inútilmente sacrificados, los caballos salvajes domados, los rincones vírgenes de los bosques profanados por aglomeraciones humanas y el paisaje abierto de las colinas saturado, muy saturado de cables mensajeros. ¿Dónde está el monte desaparecido, señor? ¿Dónde está el águila, señor, extinguida? ¿El final de la vida, el comienzo de la sobrevivencia? Y a pesar de todo, señor, podemos ser hermanos." Esto que he contado es la respuesta del jefe piel roja, en Seattle, en el año 1894, al gran jefe blanco de Washington, presidente de los EEUU.


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JOSÉ GABRIEL CONDORCANQUI ALLÁ EN EL CIELO INDIO

Desde mi pampa te saludo, cacique, con todas mis tolderías desplegadas. Amanece en la tierra del sur, llanura de mis abuelos. Es el viento de la esperanza, el sueño alto de los hombres libres, pintando auroras que crecen como bendiciones sobre los campos y los pueblos. Este viento lleva en su vuelo los ecos nunca dormidos de tu voz, tus luchas en la sierra escarpada, tus meditaciones allá sobre los cuatro mil metros de Surimana, o en Cacha, junto a la piedra del templo de Viracocha, luego de oír a los runas dolerse hasta el martirio diciéndote: ¡Peldaños somos, señor! ¡Sobre nuestro lomo trepan al caballo aquéllos que nunca nos amaron! ¡Ayúdanos, Túpac! Larga ha sido la noche en nuestra América, Condorcanqui. Ha engordado la tierra con la sangre del indio. Todo lo que brilla, menos la armonía, se lo han repartido los capitanes de la ambición. Tú comprendiste desde niño el drama de tu pueblo. Desde el colegio para indios nobles y caciques en San Francisco de Borja, donde te familiarizaste con las matemáticas, la teología y llegaste a dominar el latín, te capacitaste para pensar con buen criterio. Y supiste que el invasor definió al idioma quechua como el latín de América. Pero les venía de lejos el temor hacia todo lo que fuera el heroico batallar de la inteligencia al servicio de la libertad. Y por temor cumplían abatiendo a los mejores. Y entre los mejores, tú, José Gabriel Condorcanqui. Pero dicen los altos pensantes que "ninguna fuerza se pierde" si emana del fondo de una conciencia limpia y de un amor sin mezquindades. No hace mucho se cumplieron doscientos años de


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tu sacrificio, cuando cuatro caballos atados a tus brazos y tus piernas te ensancharon en libertad. Antes de morir, viste a Micaela, tu esposa, pequeña, frágil como un amancay de octubre, tan fina que el cordel del garrote vil no pudo ceñirse en su cuello, y tú, amarrado entre dos barras de hierro, tuviste que contemplar la horrible muerte de tu compañera, despedazada a puntapiés y a pedradas por los siete asesinos al servicio del "señor corregidor", Areche, que observaba los hechos a tu lado, cruzados los brazos, sin hacer gesto alguno. Y luego, por centésima vez, Areche te ha pedido el nombre de tus colaboradores en la gran rebelión. Y tú, corazón lastimado en los despojos de tu Micaela, miraste al tirano, y con voz alta y firme has dicho: "Aquí no hay más culpables que tú y yo. Tú, por tirano y opresor. Y yo por querer libertar a mi pueblo, a mis hermanos." Era la mañana del 18 de mayo de 1781. Entre los peñascales, Túpac, algunos rostros de bronce y granito asomaban tras los iros. Eran tus runas, los que luego se convertirían en chasquis hacia los cuatro rumbos de la sierra, narrando la tragedia al Tahuantinsuyu. Duro precio paga siempre el anhelo de libertad en los hombres y en los pueblos. Gente de tu sangre, como Juan Bautista, Túpac Amaru, padecieron prisión y destierro. Este Juan Bautista, tu hermano menor, fue llevado a España donde pasó más de cuarenta años en las cárceles. Y un día, liberado, apareció en este Buenos Aires de la Argentina, viejo, viejísimo, pobre de todas las pobrezas, manejando latines de Castilla sin haber olvidado el quechua. Le escribió a Rivadavia en octubre de 1822, apenas llegado. Y el presidente Rivadavia, a los dos días de recibir la carta del indio, le concedió una pensión de treinta pesos mensuales, "de por vida". Tu hermano, Túpac, en su carta al presidente argentino había citado palabras de San Martín, de Belgrano y de Güemes. Antes, había saludado desde Ceuta en una brillante noca a Bolívar, que ya avizoraba el Chimborazo.


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Periodistas y hombres de letras de la época hablaron con tu hermano, José Gabriel. Y tu sacrificio, nunca olvidado, reavivó tu perfil de leyenda. "Ninguna fuerza se pierde...". Y pasaron los años y los tiempos colgando sus horas en los muros del destino. Y te multiplicaste y reviviste, y se repitió tu holocausto y te resucitaron los soles de América en la selva, la pampa y la montaña, Tatay Condorcanqui. ¡Cuánto rezo por la paz del mundo se eleva en estos días, mientras los fabricantes de guerras y su grey de traficantes de la muerte acumulan elementos que acabarán con el hombre y su familia! Miro tu tierra, Condorcanqui, sacudida, revuelta, confusa, entre derechas e izquierdas, entre aventureros, magos y especuladores, y pienso en ti, mientras vislumbro la sombra de tu sombra en el cielo indio, que está dentro de mí. Sé que los que te amamos desde el hondón del alma americana mestiza y universal no equivocaremos jamás tu pasión confundiéndola con los mezquinos propósitos de los parásitos sociales, incapaces del sueño y el renunciamiento. No, Tatay Condorcanqui. Otra ha sido tu pasta, muy otra tu altitud, tu dignidad. Tu muerte ha sido como un ritual de la comunión entre la tierra y el hombre. Cósmica consustanciación. Todo tiempo es buen tiempo para orar. Quiero sentir mi corazón en alto rezando por la paz, por la unión de los hombres, por la consagración de la armonía. Tal vez se pueda derrotar un día a todo lo que envilece y deforma la vida. Todo tiempo es buen tiempo para orar. Quiero sentir mi corazón en alto rezando por la paz, por la unión de los hombres, por la consagración de la armonía. Tal vez se pueda derrotar un día a todo lo que envilece y deforma la vida. Te saludo, Túpac, desde mi pampa.


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ÚPAC AMARU. CANTATA EL SACRIFICIO DE TÚPAC AMARU

Eran las primeras claridades, pintando fantasmas en los roquedales, cerca de Cuzco. Huyendo de los vientos fríos, se diluía la madrugada. Era la hora "en que el canto de los gallos cava la mina del alba." Sombras de soldados ascendían hacia la meseta, llevando a José Gabriel Condorcanqui, el jefe de los comuneros de Tinta. El Túpac Amaru. El cacique de la comunidad quechua, corpulento, de honda voz vigorosa. El hombre-tierra que decidía por muchos el anhelo de todos: ¡LIBERTAD! Entre las peñas, ponchos escondidos espiaban los movimientos del opresor. José Gabriel Condorcanqui fue sentado sobre una piedra grande, junto a un poste donde sería ajusticiado, en el procedimiento de "vil garrote". Una cuerda sujetaría su cuello, y el torniquete daría vueltas en manos del verdugo. Comenzó la ejecución. Pero la cuerda se trizó, quizá gastada. Muchos años después, el poeta Abreu Gómez transcribiría el comentario de Túpac Amaru: "¡Hará falta mucha cuerda para ahorcar a todo un pueblo!". Fue entonces, y ya el sol reinaba sobre las cumbres, cuando José Gabriel fue sujeto con lazos en sus extremidades a cuatro caballos, cuyos jinetes, a una orden, tirarían hacia los cuatro puntos cardinales. La honda voz del cacique no pidió ni clemencia ni favores. Sólo crines al viento del Ande, y un sonido de espuelas, prontas a herir ijares para cumplir una barbarie. Para despedazar a un corazón estaqueado. Un gran testigo, un eterno testigo: el sol.


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Y detrás de las peñas, un puñado de ojos rasgados, desesperadamente fijos en el hombre querido, en el amado Tatay de los indios comuneros. De pronto, la orden, sin voz que temblara, sin Dios que la enmudeciera, sin un soplo de alma buena capaz de detenerla. Y la voz estalló, como una campana de muerte, enemiga del sol y de la piedra, enemiga del verdor del maíz que se mecía en las laderas, valle abajo. Ni un cóndor en el aire. Ni un rastro de vicuña. Sólo el viento en el Ande. Concluido el suplicio, recogidos los lazos, ellos fueron descendiendo la meseta. Instantes después desaparecían entre los pajonales, como pumas hartos. José Gabriel Condorcanqui quedó ahí, como un cántaro roto entre las piedras. Pero el viento aprendió a decir su nombre, y lo repitió en todas las quebradas, por todo el Tahuantinsuyu, los cuatro rumbos de la América india. ¡Túpac Amaru!... ¡Túpac Amaru!... ¡Túpac Amaru!... "Oh, Pachamama, grande es mi dolor al verte sin frutos ni verdor. Holló tu planta el pie del invasor y de la acequia el cauce destruyó. ¡Oh, Pachamama, tu fecunda miel huyó de ti para nunca más volver!" Anónimo de los Andes peruanos, Cuzco. Fue aquí, sobre esta sierra de granito donde el cóndor se ha dormido aprisionado, pero nunca abatido. ¡Túpac Amaru! ¡Túpac Amaru! Cuatro caballos en cruz.


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Una mañana de vientos. Cuatro jinetes de sombra. Cuatro fantasmas sedientos. ¡Túpac Amaru! ¡Túpac Amaru! Se fue durmiendo callado. Silencio despedazado por cuatro potros en cruz. Sangre del sol en las piedras. Sangre del sol. Sangre del indio cobrizo. Sangre del sol. Sin un grito. Silencioso, como una inmensa verdad que en los siglos durará. Al Curaca de los Andes lo ensancharon en Libertad. ¡Lo ensancharon en Libertad! Los cuatro potros en cruz lo ensancharon en Libertad. ¡Túpac Amaru! ¡Túpac Amaru! EN LA NOCHE SILENCIOSA Corazón de la noche la pena te ha ganado. ¡Ayuyuy, noche oscura! Eramos muchos gritos y quedamos callados. ¡Ayuyuy, noche oscura! Sus ojos no nos miran. Silencio ensangrentado. ¡Ayuyuy, noche oscura!


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ATAHUALPA YUPANQUI Pobrecito, los indios, en silencio lloramos. ¡Ayuyuy... noche oscura! ¡Ayuyuy... noche oscura! ROMANCE ENTRE PASTORES La puisca gira en el aire hilando está la pastora. Enamorada. Enamorada. Tiene un rebozo bermejo y luce falda morada. Enamorada. Enamorada. Desde la peña del alto el pastor la está mirando. Enamorada. Enamorada. Oro de sol mañanero se derrama sobre el prado y los pastores suspiran. Enamorados. Enamorados. Enamorados. Enamorados. ¡Ay, pastora, quiéreme! ¡Ay, pastora, acércate! Ay, pastora, pobre soy... No puede sentirse pobre quien tiene sangre del sol. Por un caminito angosto ya retornan los rebaños.


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Los pastores marchan juntos. Enamorados. Enamorados... MUÑEQUITO DE COBRE (CANCIÓN PARA UN NIÑO INDIO) Un muñequito de cobre tengo en mis brazos. Descalza llega la noche, para mirarlo. ¡ Sonko, Sonkito! ¡Munay munanquü Que en ti no prendan las soledades... Tu padre con leñas secas vino del campo. Duerme, niño, que te cubro con el aguayo. ¡Sonko, Sonkito! ¡Munay munanquü Que en ti no prendan las soledades... Mi muñequito de cobre... tus ojos se van cerrando. ¡Cuánta fuerza y cuánto mundo tengo en mis brazos! ¡Sonko, Sonkito! ¡Munay munanquü Que en ti no prendan las soledades...


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ATAHUALPA YUPANQUI LA FIESTA DEL SOL (INTI RAYMI) Tata Inti y Mama Killa han madurado el maíz. ¡Kusiya! ¡Kusiya! Han madurado el maíz. ¡Kusiya! ¡Kusiya! Granos blancos tiene el maíz. ¿Por qué será...? ¿Por qué será? Porque la luna es de plata. Porque los changos cantaban. ¡Kusiya! ¡Kusiya! Granos dorados tiene el maíz. ¿Por qué será...? ¿Por qué será? Porque de oro es el Sol, y los chacrales besaba. ¡Kusiya! ¡Kusiya! Granos rojos tiene el maíz. ¿Por qué será...? ¿Por qué será? Por la sangre de los indios en los Andes derramada... ¡Kusiya! ¡Kusiya! ¡Ay, la sangre derramada! ¿Por qué será...? ¿Por qué será? Ay, la sangre derramada, quedó en los atardeceres, quedó en la tierra bermeja, en el poncho de los indios, en el canto de las quenas.


LA CAPATAZA

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Y en el grano del maíz. En el grano del maíz cosechemos la esperanza. ¡Kusiya! ¡Kusiya! Combatiremos la sombra. ¡Kusiya! ¡Kusiya! Viejos indios, hombres nuevos. Viejos indios, hombres nuevos. Hacia las puertas del alba. ¡Kusiya! ¡Kusiya! 

Esta Cantata, musicali/alla por Enzo Gieco, fue grabada para el sello Le Chant du Monde, de París, Francia, en el año 1979, con la participación de la Agrupación Música de Buenos Aires, el Coral Contemporáneo de Buenos Aires y el actor Ernesto Bianco en el recitado.


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NA HISTORIA SENCILLA

La Juana vendía verduras por las calles de Jujuy. Llegaba a la ciudad desde las quintas de Chisjra, al otro lado del Puente Pérez. Montaba un viejo caballo tobiano, sobre el que se destacaban, parejas y repletas, las árganas con papas, lechugas, zanahorias, cebollas y legumbres diversas. La Juana se enhorquetaba sobre las ancas de la bestia, y pasaba por las callejas jujeñas recién amanecidas. No se bajaba nunca. Hacía que el tobiano trepara la vereda, y desde él, golpeaba con un pequeño rebenque sobre la puerta, hasta que las chinitillas salían a comprarle cosas. Su voz era un rumor que moría exactamente en los oídos de sus compradores. Porque la Juana pertenecía al gremio de los vendedores sin pregón. Nunca golpeaba una puerta dos veces. Esperaba un rato después del llamado, y si nadie salía a atenderla, dirigía su caballo lentamente hacia otros zaguanes. Lucía la Juana, sobre el tono moreno de su tez -moreno cerril-, un marcado color rojo artificial, de compostura un tanto desordenada. Casi siempre una mejilla estaba más encendida que la otra. ¿Sabe qué hacía? Pues antes de cruzar el Puente Pérez y entrar a la ciudad, tomaba de la orilla del camino un puñado de flores punzó, de esas campánulas que llaman "flor de la maravilla"; con esas flores todavía húmedas del rocío mañanero, encendía el tono de su rostro, refregando los pétalos sobre sus mejillas cobrizas. Y así, con sus dieciocho años sin lujos ni feriados, sin mantilla ni zapatos, pasaba por las calles, muda y tímida, sobre el tobiano lerdo, paseando quizá -mientras trabajaba-, un rayito de coquetería campesina, un pedacito de "amalhaya" cuya esperanza le entibiaba el anticipado invierno de su corazón. Un día, casualmente, sorprendimos su regreso, por la senda que pasa frente al rancho de Tolaba y toma hacia las playas anchas y pedregosas del río de Chisjra. Bajo el sol del mediodía -que


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hacía achicar los ojos- vimos a la Juana apearse de su caballo, acercarse a la corriente del río y lavarse cuidadosamente el rostro. Estaba quitándose el color encendido de sus mejillas. Claro, en su rancho no le hubieran permitido tanta audacia. Desde ese día la Juana fue para nosotros una persona importante. Antes la habíamos visto como un paisaje; como un pedazo de montaña jujeña desplazándose sobre la mañana de la ciudad, con su poncho de tres colores, sus fuertes piernas oscuras, sus sandalias indias húmedas y gastadas, su mano regordeta, mano hombruna, con un pequeño anillito de plata en un dedo; su cara de kolla sin edad definida, su sombrero de anchas alas y las dos trenzas negrísimas y largas. Era tal su timidez, que apenas si miraba cuando alguien la saludaba o le preguntaba alguna cosa que no tuviera que ver con las legumbres. Un día dejó de aparecer por las callesjujeñas. Ya no se vio al tobiano subir mansamente las veredas y arrimarse a las puertas. Ya no paseaba la Juana su silencio por las calles, su colorcito "prestado", su figura de muchacha proletaria, de kollita quintera, de verdulerita ambulante, sin pregón ni feriado. Hasta que una tarde, una vecina nos dijo que la Juana estaba a su servicio, ayudando a una vieja cocinera. Y nos contó que en mala forma los dueños de esas quintas habían desalojado a los arrenderos, y entre ellos a la Juana y sus padres. Les habían tirado los catres al camino y unos milicos a caballo habían hecho rastrojo las hileras de lechugas y verduras. Los tatas de la kollita se habían ido para el lado de San Pedro y la Juana se había conchabado en la ciudad, cerca de nuestra casa. Parecerá ésta una historia sin importancia, una sencilla historia de una serranita jujeña. Es posible que así sea. Tal vez le resulta entretenido leerla a ese sector de gentes curiosas que se asoman al Reader's Digest para acortar un viaje en tranvía o para discutir luego colaborando con los corruptores de la esperanza humana. Pero hay algún detalle todavía: la Juana tenía libre salida los domingos. Otras muchachas salían a ver a sus parientes, a sus amados, a sus amigos. Se iban a los ranchos de los trabajadores,


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donde no faltaba una zamba del pago o una quena desgranando un yaraví nostálgico. La Juana, sola, se encaminaba hacia el Puente Pérez; cruzaba por la senda frente al rancho de Tolaba; se allegaba a la playa del Chisjra y se detenía al final sobre el cerco de aquella quinta de verduras en que nació y trabajó y la que tuvo que abandonar, obligada de mala manera. Y cuando volvía a la casa de sus patrones, éstos notaban en el rostro de la Juana un color encendido, primavera prestada por una flor del camino. Y nosotros pensamos, desde lo hondo del alma criolla y del amor a la tierra, en todo lo que tenemos que rendir, con patriótico esfuerzo, para que los proletarios del campo ten¬gan su tierra y la siembren cantando; para que los desalojos y atropellos a trabajadores rurales sean un día un recuerdo malo, definitivamente superado; y para que la Juana sienta que la vida es buena, y llene de alegría su corazón ya sin primaveras prestadas ni limosnas que envilecen. Jujuy, 1930.


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L

A HERMANITA PERDIDA

De la maĂąana a la noche. De la noche a la maĂąana. En grandes olas azules y encajes de espumas blancas, te va llegando el saludo permanente de la Patria. Ay, hermanita perdida, hermanita: vuelve a casa. Amarillentos papeles te pintan con otra laya. Pero son veinte millones que te llamamos: hermana. Sobre las aguas australes planean gaviotas blancas. Dura piedra enternecida por la sagrada esperanza. Ay, hermanita perdida, hermanita: vuelve a casa. Malvinas, tierra cautiva de un rubio tiempo pirata. Patagonia te suspira, toda la pampa te llama. SeguirĂĄn las mil banderas del mar, azules y blancas. Pero queremos ver una sobre tus piedras clavada. Para llenarte de criollos. Para curtirte la cara hasta que logres el gesto


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ATAHUALPA YUPANQUI tradicional de la Patria. ¡Ay, hermanita perdida, hermanita: vuelve a casa...! París, octubre de 1971


II LOS TRABAJOS Y LOS CAMINOS


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V

IDALA DEL TRABAJADOR

En el medio de los surcos trabaja el trabajador. Brilla el sol en el machete y el hombre doblao en dos. Ay, vidalita del cañaveral. En el patio de la casa, el hijo del pelador. Plantita recién brotada. Que me la proteja Dios. Ay, vidalita del cañaveral. Detrás de los altos cerros despacio se muere el sol. Mañana será otro día. Canta, canta, corazón. Ay, vidalita del cañaveral. Entre los surcos no hay carnaval. ¡Ay, vidalita del cañaveral!


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A

RRIBA DEL CERRO NEGRO

Arriba del Cerro Negro tengo una mina de plata. Me la cuidan los cardones con su fusil de esmeralda. Las piedras sobre las cumbres de envidia se han puesto pálidas, ya la tierra es negra, negra como un fantasma. Yo tengo un sueño minero, hurgador de lunas blancas. Con piquetas de recuerdos mis ojos cavan y cavan. La luna tras la cumbre resplandeciendo vidalas, y el corazón de mi copla cuesta arriba en la montaña. Arriba del Cerro Negro tengo una mina de plata. En un socavón de sueños mis ojos cavan y cavan.


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H

AY QUE HACER UNA POLCA

Hay que hacer una polca, compañeros, que no tenga partidos ni banderas. Que tenga, sí, la sombra de la sangre que tanto hermano derramó en la tierra. Una polca con todo lo que calla. Con todo lo que canta y lo que espera. Con la esbelta mudez del prisionero y el que padece en extranjera tierra. Con aquel fugitivo que en la noche usa su corazón como candela, y en un dintel de larga madrugada junto a los pumas la mañana espera. Con el grito rebelde que galopa los insomnes caminos de la arteria, mientras los ojos miran silenciosos la noche guaraní sobre la selva. Hay que hacer una polca, compañeros, con un Guayrá que dé sus primaveras. Mientras navegan por los anchos ríos las consignas de luz de las ideas. Que las picadas suelten los halcones del grito del mensú por las laderas. Y el barbacuá derrame los zumbidos de su largo esperar, sobre la senda. Hay que hacer una polca con los ojos


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ATAHUALPA YUPANQUI del obrero del tung, lágrima muerta, que en la niebla tenaz de las mañanas besa doblado la bermeja tierra. Las horquillas del viejo secadero darán su timbre por la danza nueva. Y desde el corazón del tarifero las coplas nacerán con voz de hierba. ...Y el botero que surca la mañana poniendo en el juncal cintas de seda, donde se arrulla el sueño de la garza mientras la espuma con la arena juega. Y la barriada gris de los obreros, rincón de la guarania y la miseria. Y la huaina que mide los suspiros con la embrujada vara de sus trenzas. ¡Hagamos una polca, compañeros, guitarra, y arpa, y copla, y polvareda...! ¡Y un día el Paraguay recuperado la cantará feliz sobre la tierra...! Mayo de 1958


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R

OMANCE DE LA LUNA TUCUMANA

Bajo el puñal del invierno murió en los campos la tarde, con su tambor de desvelos salió la luna a rezarle. Rezos en la noche blanca tañen las arpas del aire, mientras le nacen violines a los álamos del valle. Se emponchan de grises nieblas los verdes cañaverales, y caminan los caminos con su escolta de azahares. ¡Zamba de la luna llena! Baila la noche en las calles con su pañuelo de esquinas y su ademán de saudades. La noche llena de arpegios la copa de los nogales; el tamboril de la luna cuelga su copla en el aire. Mi corazón bate las palmas con las manos de mi sangre mientras, cansada, la luna se duerme, sola, en los valles.


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C

OPLAS DE COLOMBIA

El camino que me lleva quizá me vuelva a traer para cantar en el valle y decirle adiós después. Son dos cosas diferentes el Cauca y mi Tucumán, más no pierdo la esperanza que nos alumbra el andar. Yo no conozco el Tolima con esa pena me voy. Pero he de vivirla un día o ya no seré quien soy. Si el tiempo me diera tiempo junto al Cauca viviría para llenarlo de coplas para el resto de su vida. Si se derrumba un barranco no llore el Siloé junto a los ranchos caídos quedan los hombres de pie. Los hombres en su avaricia le dan la espalda al amor. Labran y cavan la tierra como sepultando el sol. Negro ciego que caminas


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por el lugar más oscuro yo he de pelearlo al destino pa' hacer tu paso seguro. Siloé, cerca de Medellín, 1965


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IROSHIMA! (LA CIUDAD QUE NO OLVIDO)

Como el Ave Fénix, de las cenizas renaciendo. Como una sinfonía de Beethoven que alcanza la alegría a través del dolor. Como un héroe legendario resucitando en cada célula, organizando el pulso en las arterias, vigorizando el músculo, lavando el alma con agua y luz de siglos hasta recuperarte y consagrarte al oficio y al libro, al canto y la esperanza. Labrador del Futuro, gran sembrador del sueño. Así mi corazón te siente, enamorado. ¡Hiroshima! Qué noche fue tu noche, kimono desgarrado. Cuando todo era sol sobre la tierra. El horror sin fronteras, y la ciudad sin niños. Ni pinos en la sierra, ni arrozal en los prados. Ni un ave, ni una flauta de bambú contando historias bajo las estrellas. Todo fue un gran silencio, sin salmo, sin adioses. Ni lágrima, ni salmo. Sólo un inmenso asombro horrorizado. ¡Hiroshima! Pero Dios custodiaba tu ternura, tu sagrada semilla, tu voz profunda. Y te recuperaste, y renaciste, hasta pintar de nuevo la timidez graciosa del cerezo. Y las madres pudieron en la tarde recomenzar el canto interrumpido.


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¡Nem-Kororó! ¡Nem-Kororó! Así te siente mi corazón enamorado. Así te canta mi guitarra argentina. Así te digo adiós, y en ti quedo. ¡Hiroshima! Noviembre de 1976.


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OS PAISAJES HÚNGAROS

Yo anduve por tu reino de acacias y de tilos inolvidable Cárpatos donde el aire cantaba. Vi las brillantes botas de los mozos labriegos y la pantlinka dando la edad de las muchachas. Yo trajiné los largos callejones de Miskole, romanza y acordeones en las manos mineras, donde, en contraste, corren los ríos del acero mientras llegan del este las antiguas carretas. Mezokovesd -un sueño detenido en el tiempoborda blusas con hilos bermejos y celestes. Si en la viña se esconde la mejor de las csárdás, al vino de esta aldea lo envidiarán en Eger. Besaron mi nostalgia las brumas del Danubio cada vez que una pena se vistió de vidala. Ahondando mis heridas me golpeaba la copla. ¡América, qué lejos! ¡Qué lejos mi montaña!... La noche despertaba con magia de violines, cerca, y siempre lejanos; romanza y más romanza. Todo el amor del mundo se concentra en la música. Cuando un cigany toca, quien muere da las gracias. Allá por las colinas de Buda, yo buscaba la universal palabra que vibra en las guitarras. Y un simbalista ciego, junto al viejo mercado, me hizo ver la tremenda profundidad gitana. ¡No puede ser! repito. ¡No puede ser destruida


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la gracia de la luna sobre los tulipanes! ¡Los ojos que nacieron para ver primaveras no deben ver el fuego criminal de los tanques! Hungría es una caja de música infinita bordada junto al sueño de la estrella más alta. ¡Mi corazón congrega todas sus tolderías para decirle a Hungría mi amor y mi esperanza! Noviembre de 1956


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AS PIEDRAS DE TOLEDO

Piedras impulidas. Piedras grises y duras. Piedras augustas donde el ayer inscribió su heroísmo de siglos. Piedras pen-sativas donde el aire al pasar aprende a vibrar de otra manera. Piedras mojadas que ostentan la geografía espiritual de las Españas. Esta mañana la llovizna es más que una bendición, es una gloria bella, sencilla. Apenas moja la pelambre del borrico alfarero que llega casi conmigo a un lugar del alto que se llama "El puentecillo de la degollada". Justamente ahí, donde nace el Tajo y donde hace mucho tiempo solía acomodarse para pintar todo el día, con luz o sin ella, con niebla o sin ella, el Greco. El eterno y gran Greco. Nuestro pintor del mundo. La nueva gente me ha contado cosas y me entero entonces que hace siglos un moro, en ese lugar, cortó la fuga de su hija que se alejaba en los brazos de un cristiano del cual estaba enamorada. Ahí, delante de ese puente, la decapitó. En el alto puentecillo angosto por donde partían los hombres de la feria, por donde pasaban los mozos segadores. Desde entonces ese lugar se llamó "El puentecillo de la degollada". Abajo, rodeando la ciudad, pasa un rio con indócil urgencia, cinturón de bravuras, el río Tajo. Se revuelve en su propia espuma. La piedra eterna lo frena, le señala quizás otros caminos. El Tajo busca un lugar para trepar. No lo halla. Pero tampoco quiere dejar Toledo; le da vueltas y vueltas, como buscándole el lado débil. Imposible, no lo halla. La piedra cobra mayor dureza con el agua, como el aire alcanza mayor sabiduría con el tiempo. El río entonces se aleja, se va, irremediablemente enojado. Desde las vegas toledanas lo saludan los viejos olivares. Un pinar se echa al hombro la mañana. El alfarero de oscuro traje aldeano, fuertes botas y sombrero duro gris ya va entrando en la ciudad por el puente de Alcántara, una de las veredas sobre el Tajo que permiten llegar hasta la fortaleza.


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Piedra dura y eterna la de Toledo. Una muralla inmensa, alta como seis hombres, defiende catedrales, castillos, sinagogas, residencias huertanas. El laberinto de calles me recuerda algo de aquel dulce poeta nuestro, Amado Villar, que decía "Zig zag, barrio judío; espiral, barrio moro; y el barrio cristiano cúpula naranja". Portales labrados hace trescientos años o más. Un rústico anuncio "Espadería" y a la puerta, morenos mercaderes que pregonan la belleza de la tizona y de la daga, y explican: "una para defender, otra para ofender, y que Dios se apiade de él". Hay una calleja de nombre augusto: Samuel Leví. De las cuatro grandes sinagogas, la más importante, la más antigua, es la que levanta sus muros al final de la calle, en el corazón de Toledo. Ahí nomás, a pocos metros, un pasillo empedrado que se interrumpe en un portal que guarda tesoros de España y del mundo: es el taller de "el Greco". Centenares de diseños, multitud de pinceles y de paños descoloridos ya, cuadros, cuadros, cuadros... una silla de madera con asiento de piel de carnero, un aire suave que escapa por las ventanas. Un recipiente recoge gota a gota el agua de mayo que se filtra por una teja trizada. Empinadas callejas con una sorpresa en cada esquina, un poste, un letrero, una huerta. Un hombre: el herrero, allá llamado el "jerrador" del pueblo. El toledano que calzaba herraduras a los caballos de los señoritos hace muchísimos años y hoy, ya viejo, abandonado, pobre, silencioso, tiene una pequeña venta de cosillas para turistas. Entro a su patio y el hombre me acompaña. Ahora usa quizá por nostalgia, su viejo uniforme: un delantal de cuero gastado, quemado en parte. "La fragua -me señala-, ésa era la fragua y ahora allí duerme el gato". Yo me quedo un instante mirando la cuadra, imaginando la impaciencia de zainos, tordillos oscuros pisando fuerte. La llovizna pasó. Por allá va la nube desgarrada acompañando al Tajo en su saludo. Un amago de sol quiere pintar la primavera en los prados. Miro los muros de la catedral mientras me oriento hacia el puente de San Martín. En la media altura de esa enorme mura-


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lla hay decenas de cadenas de gruesos eslabones clavadas en el muro, clavadas en el tiempo: son los grillos, los antiquísimos grillos que arrastraban los esclavos moros, que al ser liberados, dejaron colgados allí. Y allí quedaron como una hiedra maldita, apenas engrillando la mañana con su gota de lluvia. Luego de merendar codornices en la venta del aire, cruzo el puente y me dirijo al Cigarral del Marrón, donde un viejo molino guarda una piedra trituradora, su entrada de carretas y una "encina del reposo", que así se llaman. Ya no vienen los borricos cargados de sacos como en aquellas caravanas de los segadores; sólo un silencio de los mirlos campea por el campo. Entro en la casa pequeña. En el primer cuarto me sorprenden pinturas extrañas: santos, artistas, algunos de esa pintura llamada naif, ingenua. Pero al avanzar dentro de la casa me recibe un rumor que antes de escucharlo ya lo estoy reconociendo: es una guitarra que suena, suena por ahí, ni lejos ni cerca, pero ahí está rumoreando la guitarra. Una guitarra con fuego y sombra de genio andaluz, una buena mano en el arpegio, un tañir sin apuro como si el guitarrero quisiera confesar algo antes de callar para siempre. Me presentan a quien toca, que me mira apenas y sigue tocando su guitarra lejana, misteriosa, insistente. Yo escuchaba la guitarra con devoción, preparando mi corazón para ese especial silencio donde el hombre deja de ser sólo uno para ser multitud silenciosa devoradora de misterios, y recordé -a quién si no- la copla de Federico García Lorca: Están tocando guitarra la guitarra están tocando por qué no vendrán los lobos a devorarle las manos. Federico así lo dijo una vez. Recordé mucho esos acordes que escuchaba, en esa preparación de la seguidilla, de la serrana que es cabalmente lo que empezaba a tocar Migué, José Migué, que así se llamaba a José Miguel.


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Comienza el llanto de la guitarra, llora la guitarra, llora como llora el viento sobre la nevada, llora por cosas lejanas. Junto al ventanal, yo que nunca bebía anís, tuve que beber lentamente mirando el olivar de la colina, el prado con alfalfa recién florecido. Mientras escuchaba a José Miguel sentí que me estaba bebiendo todo el brebaje y todo el paisaje de España en esas notas de la guitarra, en ese juego de su serrana. José Miguel, el que enseguida comenzó a soltar con desesperación contenida su copla preferida, la "probada" como decía él, la copla de probar y de probarse: El que está en la tumba fría no es muerto ni desgraciado, muerto yo le llamaría al que el alma le han matado y anda viviendo entuavía. José Miguel de El Marrón, andaluz y gitano. Una guitarra blanca con clavija de palo. Como todo mestizo de morería tiene su drama y la gracia viviendo juntos. Cuando piensa, piensa hacia adelante, mirando como descubriendo caminitos entre los pastos y más allá y más allá... pero siempre dentro de él su recuerdo, su visión y su silencio doloroso. Mientras la vigüela travesea en ritmos familiares ya sea fandango, o seguidilla, o una soleá. En lugar de anunciar una canción José Miguel decía con nervioso acento: "Mire usted lo que pasó, mire usted lo que pasó..." como si me fuera a contar un cuento, y contaba una historia en una copla. Yo apunté algunas de sus coplas; no me di cuenta que de esa manera lo estaba lastimando. Dos veces levantó su mirada, como desafiándome. Y me dijo en un momento: "No haga eso". "Perdón", le dije y dejé mi lápiz. El pensó un rato, hizo un acorde y me largó este reproche verseado:


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ATAHUALPA YUPANQUI Y usté se pone a escribir coplas que me dio mi padre antecito de morí.

Le expliqué que sólo lo hacía porque había venido de mi América para aprender alguna verdad del cante, del cante jondo, del flamenco, del canto gitano, del andaluz. Juro que le decía la verdad. Mis palabras y algo que le dijeron algunos amigos -tal vez sus patrones, no sé- le hicieron comprender y me perdonó. Siguió bebiendo su anís, y fue desgranando desdichas y amoríos y me autorizó para que le copiara alguna copla. Ya no tema enfado conmigo. Lo miré y le toqué el hombro, agradecido. Una manera de decir: "Gracias, hermano, nada malo quiero hacer, sólo amar lo tuyo que es amar el mundo". Y escucho que dice: No mires pal suelo má que toíto el mundo sabe que no se te ha perdió nú. Y siguiendo las seguidillas, oí que le gritaron "Ole" cuando terminó su canto de esta manera: Qué sentimiento me da que con el nombre de Aurora vivas en la oscuridá. Sobre el camino lavado me fui yendo de Toledo. Las piedras grises, ariscas, impulidas, pensativas, me acompañaron un trecho hasta que me detuvieron los olivares y los viejos molinos de la tierra manchega. La leyenda se paseaba en el tope de las colinas. ¡Cómo me hubiera gustado hacer ese camino a caballo! Lo pensé varias veces. Porque se gana tiempo de adentro, porque el saludo de alguien al caer la tarde tiene el mismo rumor de las alas de un pájaro en el monte, porque todas las cosas de la huerta, del río, de la piedra, del olivo, se enredan en el poncho con una grata pesadez de abra-


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zo. Porque un hombre de a caballo no se va: pasa, pasa nomás, pasa lentamente pero no se va. Al revés de mi caso esa tarde: ese domingo hace catorce años en Toledo, yo me fui. En la ruta de Guadarrama, como fondo, cien faros se cruzaron sobre mi cuerpo como queriendo descubrir las cosas que en el alma llevaba. Y tuve que levantar la muralla de mi propio silencio, hacerme casi cósmico para que nadie profanara ese cofre de asuntos que me estaban apretando la garganta. Un silencio vibrante como las coplillas de José Miguel, a quien tanto le debo. Que tanto me dio, y a quien no pagué sino con un "adiós, hermano". No pude decirle ni siquiera gracias, porque no tema fuerzas para decirle nada. El me dijo: "Una vez una sobrina mía cantó, bailó y se ahogó en el río, en el Tajo. Esto pasó". Era la última historia que me contaba con su guitarra maravillosa: Fuiste tan limpio, arroyuelo que te robaron las nubes porque te manchaba el suelo. Fuiste tan limpio arroyuelo... José Miguel. Esa fue una tarde, casi noche, en las piedras de Toledo.


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OEMA PARA UN BELLO NOMBRE

Qué bello nombre es tu nombre, ¡Uruguay! Sonoro como una fruta salvaje. Sol y carne con sangre azucarada. Voz de paisaje, de ríos escondidos. Voz para que la digan los hombres en la noche. Como una consigna, una sola divisa desplegada. ¡Uruguay! Qué poco sé de ti. Sólo algo de tu historia bordeando la leyenda; hombres que cabalgaban. La furia del galope en las cuchillas. Blancas golillas, como un vuelo de gaviotas. Y golillas bermejas aleteando en la aurora. Y bajo los caballos donde las sombras pintan victorias y derrotas, tu parche de gramillas, tu silencio de piedra. Tu soledad de junco. Tus nidos olvidados. Gurises en los ranchos y mujeres morenas, blancas, pardas, mestizas, esperando un retorno. Esperando. Esperando. Qué bello nombre el tuyo, ¡Uruguay! nombre para la fruta jugosa de la Patria. Alto nombre apretado de fuerza y de pureza como la luz y el aire que pasa entre los árboles. Te han de cantar un día todos los marineros desde los barracones de tus puertos. Y los esquiladores en un mar de balidos. Y el estudiante, lámpara que sueña.


LA CAPATAZA Y el camionero que cruza tus caminos. Y la niña que junta cuadernos y suspiros. Todos te han de nombrar una mañana con voces endulzadas por tu fruta madura. ¡Uruguay!

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ARÍS

Se habían cumplido apenas tres años del fin de la guerra europea, cuando llegué a París en una primavera abierta a toda la esperanza del mundo. En el barrio latino habité en un modesto hotelito y pasaba los días en el paseo de Luxemburgo, caminando sus claros senderos, leyendo a la sombra de los árboles del hermoso parque todo lo inolvidable de Romain Roland o escribiendo notas, cartas y poemas para mis compatriotas de Argentina. Yo era en ese año de 1948 un artista errante. Uno de los miles desconocidos que transitaban la madrugada de París mirándolo todo: restaurantes, cafés, gentes y pintorescos tranvías, como si cada noche me estuviera despidiendo de ellos. Yo siempre fui un adiós, un brazo en alto, un yaraví quebrándose en las piedras. Cuando pude quedarme vino el viento, vino la noche y me llevó con ella. No fue en vano el tiempo ocupado en conocer París, sus boulevares, sus rincones de artistas, poetas, pintores y trovadores del mundo poblando las noches de una ciudad sin sueño, con mirlos que cantaban al alba entre castaños. Se me hicieron familiares los nombres famosos y tuve la suerte de saludar a más de uno de esos monstruos sagrados: Henri Matisse, Picasso, Paul Eluard, Laurel Casanova, Luis Aragón y Edith Piaf. Prudente como paisano advertido, mi relación con esos seres fue discreta, medida, siempre un poco breve. Me honraba con leer a los poetas, ver exposiciones, y alguna vez compartir una mesa con ellos. Así fue que en 1950, en primavera, me presenté en París por primera vez, en recitales con Edith Piaf en el teatro Ateneo. En esas presentaciones tan honrosas para mí pude entregar mi copla desolada, el canto de la llanura argentina, el ¡ay! de la vidala de la selva a un público generoso y cordial. Luego vinieron las crónicas amables, los recitales con poetas en la Maison de la Pensée y comenzaron a difundirse discos en toda Francia. Hasta una institu-


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ción musical me obsequió con un viaje al norte, donde escuché a los acordeonistas más notables del país. Y como todo tiene un tope, una frontera, un hasta aquí, una tarde dejé Francia para volver a mi patria, Argentina, donde me incorporé de nuevo a un severo silencio de guitarra callada, de guitarra sin voz, porque me estaba prohibido cantar en mi propia tierra. Mis caminos fueron, durante años, los de Sudamérica entonces. Alguna editorial se interesó por mis apuntes y así se publicaron algunos libros de viaje, de paisajes, de recuerdos, de coplas: Piedra sola, Guitarra, Aires indios. Luego El canto del viento, El payador perseguido, Túpac Amaru, Del algarrobo al cerezo. Hice varios viajes a Oriente, especialmente a Japón, a Centroamérica, a las Antillas. Luego de casi 17 años sin cruzar el Atlántico, una mañana amanecí en Marruecos y después de andarjunto al Sahara, por Tánger, gané tierra española y canté por toda España durante casi un año. Fueron tiempos difíciles aquéllos, pero la calidez de la buena gente hizo posible el canto y la presentación de ese cantor de artes olvidadas que era yo. Entre la antigua verdad agreste del ritual campesino estructuré mi repertorio, mi asunto tradicionalista y mi conducta de hombre. En esto mucho tuvo que ver y me ayudó a hacer conciencia lo que dijera Artigas: "Con libertad no ofendo ni temo". Canté en todas las ciudades españolas y no sabría destacar la recepción de una en especial. Tan notablemente se portó España con la sencilla copla de un trovador argentino. Viví todo el tiempo a cien metros del puente de Bailen, en el viejo Madrid, en el número 7 de la calle de la Morería. Luego de un año en España entré nuevamente a París, donde ya no tuve que esperar mucho tiempo para ofrecer conciertos en las mejores salas y concretar numerosos recitales en todas las ciudades de Francia. Con la empresa que dirigía madame Denise de Barbey había realizado yo, desde 1968 hasta el 84, trescientos cuarenta conciertos, habiendo recibido seis veces el premio Charles Cross al mejor disco grabado por extranjero en música popular.


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ATAHUALPA YUPANQUI

Edith Piaf, la inolvidable Piaf, es la encantada voz que continuamente nos vigoriza este sentimiento tan hondo, tan fácil de llevar, tan exaltado, que se llama París. Eluard, Aragón, Cortázar, los que más próximos estuvieron al rumor de mi guitarra, siguen sosteniendo el milagro de lo perdurable. Venerables hermanos que ayudan a la vida desde la penumbra sagrada. Así es la cosa. Así el recuerdo de esta Francia que amo y que respeto, donde ya llevo veintitrés años viviendo, caminando, admirando, aprendiendo.


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A CALLE

La calle. ¿Adonde está la calle? Sí. La calle que va al campo. ¿Cuál es la calle...? Prisionero en el pueblo. ¿No ves que estoy muriendo...? Me falta el aire, el aroma dulce y áspero de la hierba. Quiero ver pájaros cruzando las praderas, devorando distancias con sus ojos brillantes y anhelosos. Yo le ruego al vecino, al hombre del comercio, al artesano. Decidme, por favor, la calle que lleva al campo. A la alameda, a la piedra rota, al caminito estrecho, donde el agua se enturbia, y forma los arroyos diminutos, que luego se aclaran, se embellecen al entrar a los campos. Oh, Vida. Derríbame esta celda. Quítame esta prisión, los cuatro muros que me niegan el sol de la mañana, el aire limpio. Oh, Dios, señálame la calle donde al final se miren los hinojos crecidos, la enredadera inquieta de campánulas blancas, o azules, color sueño inocente. Yo quiero ver las piedras del camino, cuando el sendero ha olvidado su condición de calle pueblerina. Piedras con todas las historias del adiós y el retorno, del llanto y la sonrisa, pero allá, bajo el árbol, envuelto en los aromas del rocío. Historias escondidas, gastadas y sagradas, como esas piedras rotas y dispersas del camino y el campo. ¡Señaladme, por Dios, cuál es la calle! Mi corazón, mi sangre, con todos los ayeres de mi adentro busca la calle que lleva al campo. ¿Adonde está esa calle...?


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C

OPLAS EN LA NOCHE

Andando camino arriba alcánzame la guitarra para decir las ausencias que me van quemando el alma. Vamos juntos, compañero, hacia las puertas del alba. Vamos a buscar un canto lleno de luz y esperanza. Voy caminando en la noche. Ave sin nido ni rama. Como flotando en la bruma de un París de madrugada. Y andando camino arriba alcánzame la guitarra que adorne mis soledades y me devuelva la patria. París, marzo de 1978


III LA MÚSICA


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L

A COPLA

Pescador de mar adentro mi amigo siempre cantaba. Un día volvió su copla con el adiós de la barca. Vi correr sangre minera por un mar endurecido. Junto a las manos crispadas la luna se volvió trigo. ¡No me dé pena la vida me sobra con la que tengo! Como el quebracho del monte sobre el hachazo florezco. Trabaja el indio en la piedra su socavón de silencio y a su sombra se cobija mi corazón cancionero. Lo siento gemir al viento cruzando montes de espina. Salgo al camino y le grito para servirle de guía. Allá por el cielo arriba vi la luna lastimada, como una copla perdida que ya no tiene guitarra. Trabaja el indio en la piedra


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ATAHUALPA YUPANQUI su socav贸n de silencio, y a su sombra se cobija mi coraz贸n cancionero.


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L

A MÚSICA Y LA TIERRA

La música es un accidente de la tierra misma, por eso en las montañas, selvas y llanuras americanas, la canción nativa es el resultado de una fusión admirable: el paisaje y el hombre. Nuestra canción vernácula tiene méritos sobrados para penetrar en este civilizado Buenos Aires y ocupar un lugar de preferencia en todos los espíritus que sientan la verdad de las tradiciones puras. El progreso es un símbolo de civilización, pero civilizar no significa elevarse. El peligro de la civilización -he dicho peligro, no obstáculo- radica en la intención misma de estilizar. Para enriquecer musicalmente uno de nuestros simples temas campesinos es menester sentir y comprender en lo profundo de su relación universal la esencia del sentimiento nativo. Es necesario bucearen las corrientes espirituales desmenuzando y estudiando los elementos que desde el subconsciente trabajaron el ánimo del hombre tal o cual, indio o mestizo, llanero o montañés, impulsándolo luego a traducir su inquietud en una copla mal hecha o en una música rústica. Todo temperamento sin cultura muere; hay que estimular a los jóvenes compositores. Todo aquel que quiera llevar nuestras melodías y ritmos autóctonos al terreno de la estilización debiera formularse en lo profundo de sí mismo estas preguntas: ¿habré llegado a penetrar las sugestiones del paisaje donde nació esta música? ¿seré yo capaz de decir eso que no dice esta canción? Si alcanza las respuestas, el estilizador podrá iniciar nomás su trabajo. Indoamérica perdurará en su obra; pero si la estilización responde al deseo de hacer algo nuevo que guste al oyente, nuestro folklore auténtico servirá sólo para encumbrar vanidades, el alma nativa seguirá en la quietud de los valles, en la amplitud de las llanuras, entristecida de ver que es gente americana quien explota y comercia los dulces cantares de la tierra, las hondas expresiones del espíritu que merecieron el respeto y la admiración has-


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ta del duro conquistador. Y en Buenos Aires el folklore seguirá siendo para algunos una misión, para otros algo que está de moda, y para la gran mayoría una industria. 30 de mayo de 1936


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L CANTOR

Como yo no soy cantor me está sobrando guitarra. Para cantar como canto con las bordonas me basta. Pobre corazón el mío, herido por la distancia. Para esconder sus pesares se tapa con la guitarra. No quiero apero de lujo , ni quiero espuelas de plata. Es otra luz la que busco. Otro brillo me hace falta. Seis cuerdas son muchas cuerdas para uno que no sabe nada. Para cantar como canto me está sobrando guitarra.


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L

A GUITARRA

Esbelta y silenciosa, en un rincón del cuarto, te contemplo, guitarra. Casi ajena a este mundo. ¡Qué pobre es mi pobreza, y cuánto tengo! El siempre amado desorden de unos libros. Una daga oxidada, y un par de espuelas. Claro, mi padre me bendice cada día. Y allá, tras la ventana la enorme ciudad gris que nunca conocemos. Te veo como recién llegada de muy lejos. De otras edades, de otro color del mundo. Dime, guitarra ¿conocí alguna vez tu propio canto, tu profunda, secreta melodía? O simplemente, buena, sabedora de todo, dejaste que los hombres elevaran su voz diciendo cosas y asuntos imposibles junto a ti tan ausente como un adiós sin lágrimas. Guitarra, abuela cósmica, quién podría decirte una palabra nueva, para ser escuchada. Hace ya muchos siglos pasó tu adolescencia. Tu primavera loca, con segadores cuyo canto encendía estrellas, una a una. Y ese otoño de amor con vidalitas.


LA CAPATAZA Y el invierno en la sierra, solo, solo como el vuelo de un cóndor. Quién podrá nunca contarte sus adioses a ti, que eres adiós, rama fugada. ¿Sabrán los pueblos que para estar con ellos huiste de los brazos de los dioses...? Te contemplo, guitarra, y sé que entiendes el minuto en que nosotros nos morimos cada día. Si yo tuviera que decir amor, o paz, o adiós, o espérame, ya no podría decirlo junto a ti. Ya no podría... Tan alto es tu universo. Tan pequeña es mi casa...

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L

A GUITARRA Y SU MISTERIO

LA GUITARRA es un misterio que sólo se devela cuando el hombre canta o reza junto a ella los salmos de la tierra y de la vida. La guitarra no miente jamás. Si el hombre se acerca a ella confesándose, el instrumento registra la verdad del pensamiento, lo exacto de la intención, la dimensión cabal de un sentimiento. El dominio técnico de la guitarra es muy necesario, pero sólo a los efectos de conocerla en toda la gama de sus recursos. Jamás para aprovecharse de ella, porque entonces la guitarra se envolverá en las capas de su propio misterio, pudorosamente, y mostrará sólo lo externo, su caja, su brillantez sonora, su volumen, escondiendo en las honduras de su abismo la otra condición: la palabra alta que consuela y aconseja, las voces curadoras que el afligido corazón reclama, el camino del salmo. La guitarra es fiel a la tierra, leal a su comarca. Adquiere el color de la planta, el aroma de la flor, el tono del ocaso, el silencio de las tierras secas, la gracia del prado generoso en gramíneas; traduce la alta noche serena, y sabe filtrar ausencias con una controlada melancolía. En la montaña, la guitarra se despoja de lujos. Se aprieta en los miedos de su propio misterio. Los valles son las cunas de sus coplas. La guitarra sabe que la baguala no precisa aparcero, y la deja irse, sola, rebelada, con una lágrima en la punta de su grito. Cuando la baguala, cansada de vagar por el silencio, busca la tierra para esconder su fatiga -su vieja fatiga-, la guitarra le arrima su brocal de magias. Y como un viento domado la copla se acerca y bebe agua de sueño y de paz. En la alta tierra, donde el viento norte restalla como un látigo, la guitarra se siente morir. Baja entonces a los puestos de ovejería, donde las quenas reinan. Baja la guitarra a los caseríos apretados


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junto al ancho camino calchaquí. Allí espera al hombre de las soledades, al runa de grueso poncho, al resero callado y heroico, a la pastora gris del altiplano. Y allí los congrega para bendecirlos con todo su misterio derramado. La guitarra sabe que la pampa es infinita. Por eso prepara todos los rollos del lazo en armada grande para pialar tranquila los treinta versos de un estilo gaucho. Entabla así su tropa, la ordena. Usa de madrina un cencerro de cifra, y se lanza al camino, por una huella qué traspone todos los horizontes. En esa misma huella larga, la guitarra ha juntado los ecos de todos los galopes, las historias de atropelladas y encontrones, las retiradas envueltas en nieblas de derrota, los amagos, los despojos, los rencores de los victoriosos, el cambio de los tiempos. La guitarra vio al indio mordiendo la lonja de su rebenque para ahogar su alarido de impotencia. Los toldos, como el perdón y la bondad, cada vez más lejos, hasta perderse en los contrafuertes de la cordillera. Y llegó un día en que la tierra comenzó a pintar sus veranos de un fuerte color rubio. Eran los trigales que avanzaban sobre la pampa, borrando el rastro de las tolderías, abatiendo taperas cerca de los arroyos. La guitarra fue el testigo sensible de todas las acciones, de todas las fiestas, de todos los olvidos. Fiel a la comarca, la guitarra quiso salvar lo puro. Y emponchó en su misterio un puñado de pericones y vidalitas. Juntó pedazos de madrugadas en las que temblaban una trova de amor, un estilo de ausencia, una voz de coraje, el brillo de una espuela, la sombra de un galope. En las ciudades, en los pueblos, en los escenarios, los hombres tocan la guitarra para el amor, para la gracia, para la danza, para el espectáculo también. Pero allá, pampa adentro, la guitarra es como la memoria sensible de la tierra. No sabe de apariencias. Allá, en medio de los campos, ninguna mano ha de mentirle amor, porque la guitarra ha de quemarle los dedos con la fuerza de su vieja verdad acrisolada.


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El hombre podrá engañar a los hombres, usando a la guitarra con un pretexto artístico, como un elemento para la alta profesión del desvelo. Pero jamás podrá engañar a la guitarra, porque ésta se replegará en sí misma, dejando que el mentido misionero evidencie sólo su propia incapacidad, su ambición, su mezquino propósito. Goethe dijo: "El éxito hasta se puede mendigar. Sólo la gloria se conquista". La guitarra transitó los caminos de Cuyo. Venía de lejos, olorosa de sal marina y gastados alquitranes. Traía en su cofre una nacencia milagrosa: el primer mestizo musical, cruza de seguidilla y yaraví. Traía un raro mensaje de glosas, con aleluyas y villancicos. Traía nanas medievales de Flandes, Aragón y Castilla. Traía rescoldo de fuegos andaluces, altas voces vascuences. Los hombres barbados, los que trajinaron el fatigoso camino del indio desde Cuzco hasta Copiapó a través del gran Cañón de Humahuaca, lloraron y rezaron en sus tiples canarios, en sus guitarricos, en sus vihuelas. Asombrado, el nativo fue aprendiendo los secretos de todas las lamentaciones cantadas con amor y con nostalgia. Les incorporó una voz, un árbol, un nombre, una comarcanidad. Las hizo suyas. Las recreó. Los vientos de universalidad de la literatura del Siglo de Oro les infundieron una fuerza colosal. Y creció la tonada cuyana, hermana de la tonada chilena, hermana de la trova limeña, parienta de los "tristes" de Tucumán y La Rioja, parienta del "estilo" de la pampa. La soledad de los campos, las distancias, los caminos siempre hostiles, imprimieron su sello de austeridad, prudencia y fatalismo en las melodías, en el sentir de los hombres. Para contener todas las saudades, la guitarra fue creciendo en forma, en misterio, en soledades. Y Cuyo se pobló de tonadas y cantares. En cada casa, una guitarra. En cada choza una trova de amor, un verso galano. Cada investigador del cancionero cuyano comenta, depura, selecciona, publica. Y a todos, fatalmente, se les escapan cientos de temas que la guitarra guarda, y que quizá nunca podrán ser clasificados.


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Porque no alcanza una vida para estos trabajos. Porque en el terreno de la compilación de documentos folklóricos nadie podrá nunca gozar de "su" cosecha. Porque la labor científica, metódica, supera las limitaciones del "yo". La guitarra, que no sabe de estas especulaciones, pule su misterio y triunfa siempre, por encima de los calendarios, más allá de las labores rentadas de los hombres. La guitarra esconde su salmo para que no lo profanen las manos torpes y los mezquinos propósitos. Se da entera cuando el hombre- paisaje, el paisano, el rústico cuidador de viñedos, el peón de aguas, el resero andino, buscan para su paz la compañía del madero estremecido, del cofre sabedor. Recién entonces la guitarra desata todos sus silencios en los que se enancan sentires de tierra y tiempo. La guitarra, sedienta, aventurera y golosa de extrañas frutas, se acercó a los anchos ríos y se dio a navegar, aguas arriba. Miró asombrada un laberinto de islas, diminutos continentes apretados. Y siguió boyando lejos, a veces dolorosamente, hasta llegar a un reino donde las arpas florecían delicadezas de extinguidas arcadas conventuales, ganando luego el monte para traducir en guaraní los salmos de una raza de poetas y guerreros. La guitarra, siempre sabia, siempre prudente, amaneció sobre una tierra bermeja. Cada recodo, cada rama florida le fueron enseñando un tono, un color, un acento del hombre o del paisaje. Se hizo amiga de la media-calabaza en la que los indios adiestraban su instinto rítmico. Y respetando prioridades, caminó detrás del arpa. El hijo del Guaran, como un animalillo tenso y tierno, duro soñador de la selva, se acercó a olfatear la guitarra. Un tiempo estuvo observando su brocal de embrujos. Y poco a poco, entendió la amistad. Y supo que la guitarra no buscaba las grandes compañías, sino que se entregaba en soledad, como una niña frente al primer amor, florecida en pasión y ternura. Y el indio le puso un bello nombre: "Mbaracá". Y apretándola contra su pecho, le contó sus cuitas. Arpa y guitarra, religión de saudades, se hermanaron en la selva guaraní. Y andan, desde toda la vida, junto a los anchos ríos,


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donde el mburucuyá se enjoya de lunas para ayudar el viaje de la música. Sí. La guitarra es un misterio nunca develado. Cuando el hombre se despoja de los falsos adornos, de las mentidas joyas de la ambición, la vanidad o la pedantería; cuando el hombre se viste con sus propias verdades, pequeñas o grandes, la guitarra le dice: "¡Ven!" Y allí, en manos puras, junto a un fuerte corazón liberado, saca sus voces innumerables. Hombres y guitarra inician el ritual. Y el salmo está en ellos, como una estrella brillando eternidades.


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AGUALAS

Caminos... Caminos anchos que escapan campo afuera, estirándose como lazos entre los potreros y las quintas primeras. Caminos, que se van angostando hasta convertirse en una senda estrecha, áspera, en la que sólo pueden marchar un caballo, un hombre, y un canto. Caminitos de Chisjra; sendas de la Almona y de Juan Galán; caminos de Tiraxi, de Coyruro, de Cerro Moreno; sendas del Alfarcito y de Cerro Pircado. Caminos abiertos como tajos entre el pajonal de la Puna; sendas de Casabindo, de Santa Catalina, de Cochinoca; caminitos de Susques y del Corimayo; caminitos de Inca-Cueva y Santa Victoria... En cada uno de ellos se levanta una baguala, siempre igual, y sin embargo, distinta. En uno, la esperanza, la noche cálida y la estrella buena; en otro, la duda y la ausencia larga; en otro, nada más que un corazón de kolla mostrándose a los vientos, con ritmo de marcha y latido de espuela. Bagualas y caminos de la tierra jujeña son una misma cosa: ¡bagualas y caminos...! Es el canto que cansado de vagar por el silencio se tiende sobre la tierra, jadeante y adormecido, o es el camino que de tanto guapear entre las piedras, pasa de largo por las cumbres, y se marcha hacia el azul infinito de la noche, convertido en una sola baguala rebelde y andariega.


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C

OPLAS EN EL ÚLTIMO DÍA EN TUCUMÁN

Tú, que conoces mi pena, vientito del Tucumán, llévala por esos montes, pero en forma de cantar. Mi copla tiene un paisaje de camino y soledad. Tiene el color del silencio: del llanto tiene la sal. Los montes parecen quietos, dormidos en el lugar. Pero se llenan de coplas y así aprenden a volar. Ayer vine, y hoy me alejo. Destinos del caminar... ¡En algo nos parecemos, vientito del Tucumán!


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P

ALABRAS A LA ZAMBA TUCUMANA

Canta alegre la zamba del verano como una acequia sobre el prado verde Vuela el pañuelo en sus adioses vanos pero un brillo de amor los ojos tienen. Melancólica zamba del otoño que en la bordona canta entristecida, añorando las noches tucumanas y los caminos de la edad florida. ¡Zamba del Tucumán! Desconocida fue la primera voz que te ha cantado. Oscuro trovador, guitarra herida, y un ensueño de amor aprisionado. Como ramo de azahares, el pañuelo con lenguaje de amor perfuma el aire. Y se endulza la zamba tucumana con el rumor de los cañaverales. En las guitarras de la Yerba-buena, se va tejiendo un poncho de romances. Y los abuelos criollos miran lejos buscando el tiempo de sus mocedades. ¡Zamba del Tucumán, la preferida que bailaron los gauchos del pasado, y en la Patria recién amanecida la llamaron la novia del soldado!


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M

ADRE DEL VIENTO (VIDALA)

Como prendida en las ramas mi copla se quedará. Dejen que el sol la madure. Mejor será. ¡Madre del viento, por dónde andaré! Entre la copla y el hombre hay un antiguo secreto: cantando va, noche afuera. Llorando va, pecho adentro. ¡Madre del viento, por dónde andaré! Si Dios no quiere escucharme, callado me alejaré. Por el sendero del monte ni polvo levantaré. ¡Madre del viento, por dónde andaré! Como una errante vidala por este mundo pasé. Cuando me tape el silencio, ya ni vidala seré... ¡Madre del viento, por dónde andaré!


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E

L PINTOR

Creyendo hacer cosa buena un pintor me pintó un día, mas me pintó por afuera porque adentro no veía. ¿Cuándo vendrá ese pintor que pinte lo que yo siento, ganas de vivir la vida sin pesares ni tormentos? Salía un humito muy lindo de mi rancho de totora, pero mi sopa es escasa porque son pobres mis horas. ¿Cuándo vendrá ese pintor que pinte lo que yo siento, ganas de vivir la vida sin pesares ni tormentos? Es mal pintor el pintor que me ha pintao' aquel día cantando coplas serranas con la barriga vacía. Es mal pintor el pintor y en esto no hay duda alguna pues sólo pintó mi poncho y se olvidó de mi hambruna. ¿Cuándo vendrá ese pintor


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ATAHUALPA YUPANQUI que pinte lo que yo siento, ganas de vivir la vida sin pesares ni tormentos?


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Z

AMBA

Guitarrita e'pobre. Para cantar lo que siento yo no preciso la voz. Me escondo guitarra adentro y allí converso con Dios. La zamba para ser zamba es pañuelo y es adiós. Y es zamba de luna y rancho si la baila el corazón. Desde la hondura del monte el bombo llamando está. Y el corazón padeciendo, y el canto se va y se va. II Si yo tuviera un amor, ay, qué zamba cantaría. Con magia de medianoche, con lujos de mediodía. Apenitas si es guitarra la guitarrita del pobre. Buscando coplas de plata. Hallando coplas de cobre. Desde la hondura del monte el bombo llamando está. Y el corazón padeciendo, y el canto se va y se va.


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S

I ME VEIS MIRANDO LEJOS

Si me veis mirando lejos abrazado a la guitarra, es que voy sobre la mar sin aire, ni cielo, ni agua. Y cuando miro el oscuro madero de la guitarra, seguro es que voy rezando por una Patria lejana. Mi mano en el diapas贸n se afirma como una zarpa. Es que voy gritando cosas que me dicta la guitarra. Cuando inclino la cabeza para esconder una l谩grima, estoy viviendo y muriendo lo que ordena la guitarra. Universo de seis cuerdas, y un simple nombre: guitarra caminando por el mundo al coraz贸n aferrada. Si me veis mirando lejos abrazado a la guitarra, es que voy sobre la mar sin aire, ni cielo, ni agua.


IV MÚSICOS Y POETAS


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H

ILARIO CUADROS

Se ha cortado el bordón de tu guitarra cuando la paz del alma florecía. Cuando muere un cantor, la tierra mía una canción junto al dolor amarra. Sombras de Guaymallén, anochecidas en las acequias su dolor sollozan. Mientras nombran los criollos de Mendoza al que pasó cantando por la vida. Le dictaba la Patria cada verso con la palabra simple del labriego. Por Cuyo fue su brindis y su ruego y la nostalgia azul de su universo. ¡Adiós, Hilario Cuadros, compañero de guitarra y tonada y luna llena! ¡Qué pequeño consuelo y cuánta pena ha de tener la voz de los troveros! 9 de diciembre de 1956


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E

L ARPA DORMIDA

En la mitad de junio desgranó su último arpegio aquel muchacho guaraní, por todos conocido, que se llamó Félix Pérez Cardozo. Se fue de la vida, así, de repente, como alguien que está leyendo y de pronto lo llaman desde un lado, y da vuelta apenas la cabeza y ahí se queda, mirando otro planeta, otro mundo, otra nada, más allá del consciente universo del hombre. Se fue, sin siquiera saber o empezar a comprender que se iba. Su muerte, dos veces dolorosa, por la ausencia del hombre y el artista, ha producido un desgarrón en la cultura popular argentina. El golpe lo acusa el pueblo por haber sido herido en su más sensible comarca: su sensibilidad. Veintidós años vagó por nuestras pampas esa arpa inquieta y hermana, diciendo las cosas del mensú y la cuña, del río y la selva, de la burrerita proletaria y del cerro heroico, escenario de la gesta patria. Es que Félix Pérez Cardozo, mozo fuerte y corazón grande, dejó lejos la academia, el orden de la buena vida burguesa, y vivió "su" vida. Juntó, en este Buenos Aires de sorpresivos amaneceres, la medianoche con la aurora, y con un "hasta luego" ayudó a crecer al mediodía. Cardozo, el gran arpista paraguayo, había heredado las resonancias noctíveras de un Brindis de Salas*, con diferente escenario y época. Pero su bohemia no hizo empalidecer a su estrella constructiva, a su buena luz creadora. Siempre, en cada noche, en cada madrugada de las suyas, el arpa de Pérez Cardozo enriquecía sus cuerdas con un nuevo reclamo en guarania alada, en polca de épico ritmo, en zamba de quieto

* Brindis de Sala: Joven y famoso violinista cubano que murió de tuberculosis un amanecer, en Buenos Aires.


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evocar, o en canción de revuelta y enojo contra los aspectos negativos de la vida. El arpa de Cardozo nunca estuvo ociosa. Vibró, alisó las cuentas de su llanto o rió abiertamente la creciente pujanza de la danza hombruna, machaza, olorosa de yerba y hoja fuerte. No. Jamás una polca estuvo ejecutada de la misma manera. Cada vez era nueva, era otra, como era el espíritu del artista: cambiante, inquieto, siempre en alto, presto al vuelo, dispuesto a esa pequeña muerte cotidiana que significa el hacer nacer cada día la luz de la belleza. Difícil será oír en adelante un arpa como la suya.


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C

ANCIÓN PARA PABLO NERUDA

Pablo nuestro que estás en tu Chile. Viento en el viento. Cósmica voz de caracol antiguo. Nosotros te decimos: gracias por la ternura que nos diste. Por las golondrinas que vuelan con tus versos. De barca a barca. De rama a rama. De silencio a silencio. El amor de los hombres repite tus poemas. En cada calabozo de América un muchacho recuerda tus poemas. Pablo nuestro que estás en tu Chile. Todo el paisaje custodia tu sueño de gigante. La humedad de la planta y la roca allá en el sur. La arena desmenuzada, Vicuña adentro, en el desierto. Y allá arriba, el salitre, las gaviotas y el mar. Pablo nuestro que estás en tu Chile. Gracias por la ternura que nos diste. París, 23 de setiembre de 1973.


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B

UENAVENTURA LUNA

Buenaventura Luna está en su tierra. Floreciendo en la nieve, su copla de silencio. Para guardar el sueño del poeta, la comarca de Huaco limpió sus lejanías. Pobló de resonancias su campana de cumbres. Y en la bíblica paz de los ocasos, se oye el salmo del aire entre los álamos, mientras se agita, tímido, en las sombras, el cencerrito azul de las majadas. Viejo camino jachalero; desenroscado caracol. Junto a la huerta del abuelo te está llamando Huandacol. Tierra bermeja y trajinada. Viña madura bajo el sol. Antigua minga lugareña donde el poeta amaneció. En la nostalgia, la tonada. El romancero, en el amor. El contrapunto, en la payada; la historia gaucha, en el fogón. Para la noche del resero, la luz profunda de su voz... Doce lunas pasaron sobre las cordilleras sublimando el silencio donde duerme el poeta.


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ATAHUALPA YUPANQUI A lo lejos, el aire se puebla de tonadas. A lo lejos, dialogan las guitarras secretas. ÂĄY una vidala errante, litĂşrgica y nocturna, quiere nombrar tu nombre, Buenaventura Luna..


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A

NTONIO MACHADO UNA COLINA SIN ÁRBOLES.

A veces me gana -muy seguido- el recuerdo, la evocación de un nombre, una vida, un poeta del mundo: Antonio Machado, el andaluz, el español, el universal. Antonio Machado. Se me ocurre un buen tiempo para hablar de él, recordar lo que me hablaron sus amigos, además de sus poemas, sus libros, su Leonor, su pobreza. Digna y orgullosa pobreza la de don Antonio. Una colina sin árboles. Así vi al camposanto donde Machado está enterrado en Coillure, al sur de Francia, donde pasé unos días yendo muchas horas a pensar, a fumar un cigarrillo -en aquel tiempo yo fumaba- y quedarme pensando mirando la tumba, las canoas en la costa; ahí, a cien o ciento cincuenta metros, el mar, el Mediterráneo. Lo último que él vio, eso lo he mirado, lo he sentido, lo he rezado, lo he llorado. Una colina sin árboles. Está lloviendo la mañana en que me dispongo a partir de Toulouse rumbo a la frontera española. El Garona, hermoso río, que cruza la ciudad, viene ancho desde los Pirineos. Las hojas de los remansos y remolinos juegan una suerte de danza que luego se aleja hacia los campos. Observando el Garona, que es el viejo puente que da la idea de la nueva ciudad y la divide de la antigua, recordé un personaje de la novela de Jean Giono en la que su protagonista hombre- paisaje al bañarse en un río igual comentaba para sí, reconociendo las cosas que flotaban en la corriente: "Está lloviendo fuerte en Saint Claire; estas hojas que pasan en el agua, en la corriente, seguramente son de los castaños del viejo Antoine". Pues un nativo de Toulouse, pienso yo, podría identificar las huertas que sumaron sus hojas al paso del Garona turbulento.


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Cuatro días estuve en Toulouse, una ciudad donde crecen las violetas más hermosas del mundo. Por eso la llaman "la ciudad lila", por el color de las violetas. Cuatro días visitando iglesias medievales, las murallas románicas, las calles angostas, las tiendas de flores, el museo de los Agustinos -en el que expuso Picassodonde se guardan en patios conventuales sarcófagos de piedra granítica, donde hay una madonna -quizá la más bella de las madonnas- que tiene un rostro de adolescente cautiva y sostiene al niño como un juguete en los brazos del candor. En Toulouse, en esos cuatro días, sólo una persona me citó la ciudad como la cuna de Carlos Gardel. Nadie más me habló de ello. Quizá sea-pensé yo-porque el trovador porteño jugó su rol vital en otras tierras y con otro idioma, cantando otros asuntos. De todos modos, al andar por las calles de la villa, al entrar en barrios viejos, más allá de la avenida Jean Jaurés, pensé en aquel muchachito francés que un día salió muy niño hacia América. Después, en Buenos Aires, hizo suyo el acento más cabal del tango argentino. En un viejo carricoche salí de Toulouse. No había ómnibus. Ni aviones, ni trenes, ni taxis. La lluvia cesó y un sol amable quería hacer sonreír al paisaje. Se sucedieron los pueblos entre viñedos casi perfectos. Las colinas ostentando un brillante verdor. Luego de los terrones del viejo castillo de Carcassone al sur de Francia, el camino comienza a corcovear como potro recién "desmaneao" hacia el Mediterráneo, llevando a Narbone, a Sete. Hacia los Pirineos por Sete o Narbone. Yo elegí este último rumbo. Por Perpignan. Es un mayo de fresas y de almendras. El mar, cansado de inventarle bahías al mapa de Francia, se ha tendido a dormir junto a la arena y por su costado más azul le comienzan a caminar veleros. Coillure trepa la sierra con sus casitas blancas. Coillure suelta en la tarde todas sus golondrinas. Coillure se aprieta en la rada. La pequeña ciudad de Coillure y las callecitas del pueblo descienden a olfatear el silencio de las barcas pescadoras que en pensativa penitencia fingen ser el collar de la ciudad. Un aire de sal y


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yodo ha pintado la vejez en los letreros; sólo los ojos marineros pueden descifrar las palabras escritas en esos cartones, en esas latas enmohecidas: bar, hotel, El Ancla, El Pañol, El Internacional, Lumiere de Sables, uno de esos hotelitos de dos plantas, quizá el menos confortable, está ahí a un paso de la rada. Hasta ese hotelito de Coillure llegó un amanecer de enero don Antonio, acompañado de su madre y otra gente, hace mucho más de cincuenta años. Era apenas de día; sin dinero, sin más que lo puesto y un aguacero terrible y helado, don Antonio Machado llegó así a Coillure. El mismo, cubierto de frazadas, en ese hotelito, solía contarle a alguna gente la dura travesía en busca de frontera. Decía: "Eramos cerca de cuarenta, entre hombres, mujeres y algunos niños. Caminamos toda la noche. Yo trepaba, me hundía en el fango. Cerca de mí venía mi madre llevando de la mano una niñita. Llovía, llovía a cántaros. Nos guiaba en la oscuridad un hombre nuestro, un hombre de España, y él también solía perderse por momentos. Sierras, piedras, peligros, muchas cosas. Al fin pisamos la línea fronteriza. Francia. Estaba amaneciendo. Miré a mi madre. El agua le chorreaba de la cabeza a los pies, era de una belleza trágica mi madre". En dos días el pequeño hotelito estaba lleno de periodistas. Antonio Machado charlaba con todos lentamente. Todo lo lentamente que podía. Y dijo alguna vez -así lo cuentan las crónicas, así lo contaban los viejos amigos-: "Para vivir en España, amigo mío, hay que empuñar el fusil. Yo, por desdicha, sólo esgrimo la pluma. Además, su generosidad me adjudica fatiga para este viaje, por este viaje, pero créame usted, amigo mío, que estoy enfermo, no estoy nada bien, me siento enfermo. Tengo más de sesenta años y en los tiempos que corren son muchos años para un español". Don Antonio Machado descansaba cuanto podía descansar un hombre de su importancia, comprenderemos. Continuamente lo visitaban periodistas, curiosos, o amigos, paisanos, desterrados como él. Una que otra tarde, cuando el sol estaba firme, salía con su madre, con algún amigo, y cruzando apenas la calleja, se sen-


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taba junto a las pequeñas barcas azules, verdes, rojizas. Recordaba sus cosas de juventud, sus coplas, gente estimada. Sus coplas... algunas tan actuales, como escritas en estos días confusos en que parece que algo quiere cambiar. ¡Ay, madre! cómo resuena la guerra, de mar a mar. ¡Ay, madre! cómo resuena. "La copla española -decía- es dura, olorosa como el trigo recién cortado y alcanza eternidad en su final, donde se afinca siempre la sentencia." Junto a las barcas amarradas al silencio del muelle, don Antonio evocaba tiempos de intrepidez y de viajes, sus meses en París, allá por 1906, cuando fiel al "pitillo" armado a mano rechazaba sonriente el habano que le ofrecía, por ejemplo, Rubén Darío. El cansado andaluz, el enfermo de España, conversaba así las cosas que luego apuntaban algunos cronistas o quedaban en la memoria, eterna, amorosa memoria de sus amigos. "Una vez en una barca como ésta -contó- salimos a navegar. Eramos tres amigos y el botero. El que manejaba el bote era un hombre callado de grandes mostachos y de fuertes manos, tenía unos ojos en los que permanentemente brillaba algo como la picardía. Almorzamos en un islote, bebimos vino de la zona. Regresamos luego a la costa, al atardecer. Recuerdo que habíamos hablado mucho ese día: poemas, literatura, escritores amigos, viajes, ocurrencias, sucesos, el peligro. Eso de España que a todos nos dolía, que a todos nos lastimaba. Mucho hablamos. En tierra, alguien propuso: '¿Vamos a la taberna?' ¡Vamos a la taberna, claro! Todos aceptamos, éramos jóvenes. Entonces -dice don Antonio-yo tomé del brazo al mocetón de los ojos picaros y me presenté. Mis amigos no lo habían hecho antes. Y le dije: 'Soy Machado, el español'. El botero de los grandes mostachos sonriéndome respondió: 'Ya lo sé, señor. Yo me llamo Gorki, soy ruso y remero suyo, soy su remero'. Detrás nuestro mis


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amigos se reían burlándose de mi azoramiento. Me habían tendido una celada para hacerme hablar. Y yo, como soy español, hablé mucho, tal vez demasiado. ¡Qué barbaridad! ¡Qué barbaridad!" Así don Antonio iba evocando esas cosas que alguna vez adquieren vibraciones. Porque los poetas, quizá porque son poetas, saben muy bien elegir las palabras justas de un testamento que se conversa pero que nunca se escribe. Sienten cuando los ronda de cerca el gran silencio; cuando se les va acercando, cada día, cada semana, como una sombra amplia, amada, nunca desconocida, el silencio. Y comienzan a remendar las redes de un tiempo sensible, a unir los hilos de todas las vivencias como si las manos se les fueran borrando poco a poco y sólo les quedara una alta ternura resistiendo el cansancio del largo camino. Sólo treinta días vivió el poeta Antonio Machado en ese rincón de la Cataluña francesa, en ese pueblito de Coillure, en ese pequeño hotel. El último mes de su vida. Cerca suyo la metralla, la confusión, el fuerte hedor del odio desatado. Y por su misma calle, debajo de su ventana pequeña, pasaba la sombra de los desterrados que venían desde España, los niños ateridos y los abuelos que gastaron su llanto en el adiós. Un veintitrés de febrero murió don Antonio Machado en Coillure, sur de Francia. El cementerio está allí, en la mitad de una colina sin árboles. Una colina sin árboles donde solamente crecen algunas plantas duras como el hinojo silvestre de nuestra tierra. Humilde la tumba; sólo un nombre: Antonio Machado, y la fecha. En el destartalado hotelito, abajo del cartón que anunciaba su condición de hotel, hay también ahora una pequeña placa que dice: "Aquí vivió y aquí murió el poeta Antonio Machado". La otra noticia, no menos dolorosa, la recogieron algunos cronistas de su tiempo. En el mismo cuarto, tres días después de haber sido enterrado el poeta, fallecía su madre. Su madre que tanto lo acompañó. Las primeras luces de Coillure comienzan a encenderse justamente en la rada, como si las barcas tuvieran miedo de la noche. Allá sobre las colinas, la última luz de la tarde me regala el vista-


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zo final del camposanto. Todo está quieto y yo siento como si arrastrara dentro de un carretón crepuscular a mi pobre, a mi conmovido corazón paisano. Sigo lentamente hacia la ruta, barranco, mar, sombrío camino trepador. A pocos kilómetros hago alto en una casona de piedra. Es un "village" de catorce casitas blancas. Un soneto de cal y soledad. Sur mer se llama. Comienza entonces a correr un aire frío. El lugar se parece a esas lomadas mansas que he visto una tarde allá en mi país, cerca de Tandil, desde donde se domina un pequeño lago, paja brava, piedra gris. Y allá abajo un gran silencio, un silencio de cóndor abatido. Coillure, Coillure... Las sierras protegen las techumbres rojizas y la noche es como un poncho infinito. Hace unas horas la tarde soltaba golondrinas sobre la rada. Ahora sólo está el frío, la sombra, el viento. En dirección del poniente queda todavía un pedacito de cielo azul donde los duendes comienzan a raspar sus yesqueros, tal vez con la intención de seguir encendiendo estrellas. Adiós don Antonio Machado, adiós poeta. Desgarrado español, hombre poesía. Sólo tus huesos quedarán en la colina de Coillure. Es imposible sepultar la gloria.


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G

UANDACOL

El veintiuno de mayo de 1940 visité a don José Andrés Díaz, domiciliado en los medanales de Santa Clara. Fui en compañía de los vecinos don Juan de Dios Flores, Armando y Umberto Herrero y el jefe de la oficina de Correos y Telégrafos de Guandacol. José Andrés Díaz, hombre de 46 años, ha trabajado toda su vida de arriero, hasta 1927, año en que se suspendió el envío de tropas de vacunos y lanares a Chile. Por él me enteré de los precios del ganado exportado, los campos en que invernaba, la forma de conducirlo y la nómina de vecinos mejor beneficiados con el comercio de la hacienda riojana. José Andrés Díaz goza de cierta nombradía como cantor de temas criollos, y de él escuché los siguientes versos: Vidala Desde arriba m'hi venido ¡Se va y se va! Porque aquí no soy querido ¡Si volverá! Quítate, quítate, quítate de allá, tu magre no quiere, tu pagre quedrá. Si te gusta el vino, ponele nomás... Si aquí no me quieren bien ¡Se va y se va! M'iré cuantito amanezca ¡Si volverá! Quítate, etc. etc.


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ATAHUALPA YUPANQUI Otra Dicen que los ríos crecen cuando deja de llover, así crecen mis amores cuando la dejo de ver... Rematemos, rematemos. Esto está fiero, dejemos...

La mejor copla ha cantado Díaz sin darle la importancia que merece: Cuando me avancen muy mucho los crueles padecimientos, he de salir a las cumbres que me consuelen los vientos...


V EL HOMBRE Y SU PAISAJE


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P

ESEBRE NAVIDEÑO

Allá por las cordilleras anda el viento desatado, con su caballo de nieve salta los hondos barrancos. Silbo que restalla lejos es el silbo de su látigo. Porque nació en las nevadas lo llaman el Viento Blanco. Por las desiertas laderas van los caminos sin rastros; el viento borra las huellas de vicuñas y huanacos. Ni el cóndor vuela en el cielo ni el toro brama en el bajo. Sólo el viento silba y corre sobre su flete nevado. Pasa las cumbres menores desciende por los barrancos; pero la piedra y los cerros le van gastando el caballo. El remolino es un indio que vive en su toldo blanco y al remolino le gusta carne de potro nevado. Sobre la furia del viento arroja certero el lazo. De nada valen espuelas


106 ni silbos desesperados. Bajo el lazo del cacique cayó su caballo blanco. El viento ya no galopa por los desiertos helados. El viento va por la puna de a pie, silbando y silbando. Tiritan los pajonales junto a los caminos largos. La tarde en el horizonte cuelga sus ponchos indianos y es la soledad puneña campo y cielo, cielo y campo. Allá se divisan techos y el adobe de los ranchos y ponchos indios tejidos con hilachitas de ocaso. Arrebozadas de noche van las cholitas llegando; han comenzado su ronda los yuros, de mano en mano, que la chicha de los indios guarda sonrisas y cantos. En el patio de la casa hay un rincón de milagro. Candelas asustadizas junto al pesebre sagrado alumbran la Nochebuena de los que viven mal año. Allí un torito de arcilla, allí un corderito blanco y junto al niño moreno la virgencita de barro. ¡Ay pesebre navideño

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LA CAPATAZA pesebre del altiplano! No hay estrellas de papel ni cielo en tela pintado. Sólo está el cielo puneño con sus mil astros girando Sus mundos estremecidos de soledad en lo alto. La quena dice aleluyas en el fondo de los patios mientras la voz de las cholas junta cristales trizados. Los ojos dicen: ¡mañana! Sueño de antiguo soñado. Y mientras las viejas piden ¡que el Niño traiga buen año! la chicha amasa las coplas en el fondo de los cántaros. ¡Ay pesebre navideño pesebre del altiplano! Junto a los muros de adobe contempla el viento ese cuadro de ponchos y de rebozos, de sombreros y de aguayos, y de silencios que aprietan un acuyico de salmos... El viento conoce el mundo de los runas solitarios, de la nieve que castiga, del maicito malogrado; del arriero sin retorno, del socavón derrumbado

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108 y de ese callar profundo del que no espera, esperando. ¡Ay pesebre navideño pesebre del altiplano! Viento del Ande que sabes la pena de los callados, vuélvete a la cordillera, monta en tu potro nevado y galopa por el mundo contando lo que has mirado. Dile de ese kolla mudo que toca quena y charango que vive en los pedregales sin esperar, esperando; que camina por la vida por los caminos más largos; que reza en las Navidades con los ojos y las manos, porque le faltan palabras como le sobran harapos. Sólo una flauta de caña diciendo un áspero salmo en aquella Nochebuena de los que viven mal año. Y ese torito de arcilla y ese corderito blanco y junto al Niño moreno la Virgencita de barro. Gota de luz en las velas de aquel rincón de milagro. Y tras la pirca, lo inmenso: campo y cielo, cielo y campo... ¡Ay pesebre navideño pesebre del altiplano!

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E

L ZAINO

Este zaino, petiso y resignado, de lento andar y natural sencillo, retorna al saucedal de El Pantanillo aĂąorando la chata y el arado. Los Reyes Magos al pasar le han dado un concierto de ranas y de grillos, y el rocĂ­o mojĂłle el espartillo en homenaje a su molar gastado. Retorna el potro a sus amados lares a regustar la paz de sus mollares recordando sus tiempos de potrillo. Pues ya que ha sido fiel como la hiedra, no debe fallecer sobre las piedras sino en la dulce luz de El Pantanillo. Cerro Colorado, 6 de enero de 1956 Al devolver un zaino a Ismael Quinteros


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M

ARZO

Marzo largó de sorpresa su puñalada de frío. La calle quedó desierta, desolada como un indio. Mi copla junto a los muros no calienta el sueño mío. La noche me va matando con sus besos de rocío. El pueblo quema su leña apretándose en sí mismo. El cerro junta su sombra con la sombra del camino. “En algún lugar de Europa”* la muerte cava un abismo. Y en algún rincón del mundo va mi corazón herido desangrándose en el verso callado, y hondo, y sencillo. ¡La noche, muda y helada, muele sus hojas de vidrio, y en la calle va mi sombra, mi canción y mi destino! 3 de marzo de 1955

* “En algún lugar de Europa” es el título de una famosa película de posguerra, que tomaba el drama de los niños huérfanos de guerra.


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O

TOÑO

Mayo destroza en el monte su tinajón de oro viejo. Mientras cantan las acequias coplas de adiós y de tiempo. Ya se registra en los nidos el retorno tempranero, y el humito de los ranchos con su espiral de silencio. Las majadas en la tarde ya vienen por el sendero, quebrando el cristal del aire con el ¡ay! de los cencerros. Mientras yo voy caminando mi corazón tiene sueño. Otoño canta en mi sangre coplas de adiós y de tiempo. Si has de quedarte dormido corazón, en los desiertos, el aire traerá vidalas para adornar tu silencio.


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C

AMPO MOJADO

Aromas del campo vienen, romero, menta y cedrón. La lluvia cruzó los prados y en la sierra se escondió. La tierra se puso oscura, la piedra cambió el color. El ave buscó su nido y el caballo relinchó. Entre juncos pensativos vive alegre el cañadón. Y el hombre mira los campos con ojos de labrador. Aunque callado camine le da las gracias a Dios. Siempre digo que el amor es la consigna secreta. Aquello que no se nombra para que nunca se pierda. El amor vive en el alma como el airampo en la piedra. Si muchas veces lo nombran cualquier viento se lo lleva. Tengo un amor tan amor que es la raíz de mi fuerza. Que adquiere todas las formas


LA CAPATAZA teniendo una sola esencia. No he de nombrar ese nombre, luz que aliviara mi senda, copla que canta la sombra del silencio que me lleva.

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M

ONTE CALLADO

Quisiera entrar una tarde en este monte callado adonde sólo se escuche la marcha de mi caballo. Tal vez alguno comente qué solo va este paisano y yo apenas si soy basta pa' soportar lo que canto. ¿Soledad? No la conozco siempre voy acompañado por las cosas que he vivido o que el viento me ha arrimado. Por eso quiero una tarde entrar al monte callado adonde sólo se escuche la marcha de mi caballo. ¿Silbar? ¿Pa' qué? ¿De qué sirve? mejor enciendo un cigarro y sentir que me voy yendo mientras se quema el tabaco.


VI LUNAS, SUEテ前S Y QUIMERAS


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D

IOS ME ENTIENDE

Dicen que soy mal cristiano, porque no me ven rezar. ¡Que venga Dios y me diga en qué he podido faltar...! A veces por el trabajo, o por el mucho viajar junto a los templos callados paso de largo, nomás... Busco la sombra del árbol cuando quiero descansar. Son sueños de ojos abiertos los que me pongo a soñar. Con silbos y remolinos lo miro al viento pasar. Tal vez Dios se le ha perdido... y él lo ha salido a campear. Yo me quedo muy tranquilo. ¡Para qué me vo'a apurar si el que lo busca por fuera a Dios no lo va a encontrar...! Mi sonco es un altarcito, y allí me pongo a rezar cosas que los dos sabemos... aunque ignoren los demás. Miro a mi chango dormido,


118 cansado de travesear. ¡Y pa' cuidarlo soy tata, perro, cristiano... y jaguar! ¡Pobreza limpia del criollo! Si por áhi me falta el pan, las leguas que a mí me cueste, Dios y mi zaino sabrán... Dios me entiende, y yo lo entiendo Nos hablamos... sin hablar.

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A

QUÍ ESTOY

Aquí estoy. Como una arena quieta y desmayada. Como la sombra, quizá, de una rama sin nido. Aquí estoy. Me caminan las horas, pecho adentro, desde que canta el sol en las palmeras hasta que el viento suelta sobre el mundo su pañolón de largas madrugadas. Aquí estoy. Arropando las tardes con montañas azules para endulzar el viaje de la luna redonda. No me quiero dormir, porque la noche me prometió una copla de amor y de saudades. La guitarra me cuenta su pasión de caminos. La guitarra en mis brazos llora sus soledades. Y mientras pasan, lentas, las horas en la sombra, aquí estoy, madurando las fraguas del tiempo. Y alegremente triste como la calle larga. Bebiéndome en la sangre la canción de los vientos.


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Y

O SOY LA VIEJA MADERA

Yo soy la vieja madera, le dijo el árbol al río. Y el tiempo ya no me toca porque respeta mi nido. Ni los vientos de la pampa se aventuraron conmigo. Para enfrentar su bravura fueron lanzas mis espinos. Soporté largos inviernos. Inundaciones he visto. Vacaje buscando el alto. Desolación y balidos. La luna besó mis ramas con su silencio bendito. Y lloré mis soledades con lágrimas de rocío. Bajo mi sombra durmieron arrieros y perseguidos. Paisanos que desangraban su suerte por los caminos. Fui árbol de hondas raíces prendidas al suelo mío. Y aunque la pampa es mi pampa ya no somos lo que fuimos. Yo soy la vieja madera,


LA CAPATAZA le dijo el árbol al río. Y el tiempo ya no me toca porque respeta mi nido.

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O

CURRENCIAS

Antes que el tiempo me borre una cosa quiero hacer: galopar por esas pampas como buscando el ayer. Tengo un mundo conocido y un mundo por conocer. Inviernos y cerrazones sin leña para encender. Lunas, sueños y quimeras, luz y sombra de un querer. Todo me ha dado la vida, lo que sé y lo que no sé. Pujanza del mediodía, quietud del atardecer. La vida, como la pampa, de todo sabe tener. Lujos de mis mocedades en mi guitarra canté. Tristezas del duro tiempo y soledades también. Y antes que el tiempo me borre, una cosa quiero hacer: galopar por esas pampas como buscando el ayer...


GLOSARIO


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. ACUYICO: Bolo de hojas de coca. AGUAYO: Rebozo indio. ATRAMPO: Planta tintórea de la zona andina, cuya semilla es de hermoso color carmín. AMALHAYA: Expresión de dolor resentido. CIGÁNY: Gitano. CSÁRDÁS: Pieza musical típica de los gitanos. CUÑA: Querida, en guaraní. CHICHA: Bebida americana de maíz o maní fermentado. BARBACUÁ: Antiguo sistema de secado de yerba, consistente en una parrilla arriba de la cual se ponían las ramas de yerba, que debían ser removidas constantemente con una horquilla. HUAINA: Mujer joven. INTI RAYMI: Fiesta del sol, celebrada el 23 de junio en el Cuzco. IROS: Nombre indio de algunos pajonales.


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KUSIYA: Invocación a la Pachamama. MATOS: Arboles del noroeste, con frutos muy codiciados por los niños. MBURUCUYÁ: Flor conocida también como "pasionaria". MENSÚ: Peón de la yerba. MUNAY MUNANQUI: Expresión de sentimiento amoroso. Munay, del verbo querer en quechua. NEM-KORORÓ: Arrullo, canción de cuna japonesa. PAISA: Paisano. PANTLINKA: Adorno femenino. PUISCA: Nombre que le dan los indígenas a un huso de madera muy dura usado para hilar. RUM-DUM: Pajarillo. RUNA: Hombre, en quechua. SIMBALISTA: Ejecutante de címbalo, instrumento muy utilizado por los gitanos. SONKO: Corazón, en quechua. TAITA: Padre, padrecito.


LA CAPATAZA TARIFERO: El que mide el jornal del pe贸n de la yerba. TUSCAL: De tusca, 谩rbol del noroeste. YURO: Vaso de arcilla.

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La Capataza  

Atahualpa Yupanqui // Asuntos Criollos (Cantos y relatos). 1992

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