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Laberinto Aurelio AsiainLa fronda Página 3 Armando González TorresRimas involuntariasPágina 3 Alonso CuetoRetratos de asesinosPágina 5 Magali TerceroGabriel Figueroa y su maestro OrozcoPágina 12

N.o 516 sábado 4 de mayo de 2013

Gula

Sabines, apuntes

Julio Pesina Página 4

Pilar Jiménez Trejo Página 8 ANTONIO CORES

Antonio Cores

El último fotógrafo de Picasso Adriana Malvido

Página 6

MILENIO


02  sábado 4 de mayo de 2013

MILENIO

antesala Lysistrata EKO

EX LIBRIS

Don Quijote y la nota roja TOSCANADAS GUSTAVE DORÉ

David Toscana dtoscana@gmail.com

A

yer comencé con mi lectura anual de Don Quijote. Me resulta un poco absurdo hacer subrayados en este libro, pues es tan disfrutable que casi podría tender una línea continua desde “En un lugar de la Mancha…” hasta “ya van tropezando y han de caer del todo sin duda alguna”, junto con el “Vale” de remate. Esta vez me detuve largamente en el capítulo dos, que trata de la primera salida que de su tierra hizo el ingenioso don Quijote. En el primer párrafo, Cervantes nos cuenta que el caballero “embrazó su adarga, tomó su lanza y por la puerta falsa de un corral salió al campo”. En la edición del cuarto centenario una nota nos dice que la puerta falsa es la “que no da a la calle principal”. Mi curiosidad no quedó satisfecha. ¿Calle principal? ¿Si vivo en una callejuela, entonces mi puerta delantera es una puerta falsa? Entiendo que la puerta falsa debe ser una puerta trasera o lateral, pero prefiero investigar un poco más. El diccionario de la Academia me dice que es la puerta que “sale a un paraje excusado”. El de autoridades me da una mejor explicación: “suele salir a otra calle excusada, que sirve regularmente para el manejo de los menesteres ordinarios de las casas”. Y agrega: “Puerta falsa se llama familiar y jocosamente la vía por donde se expelen los excrementos mayores”. Dado que soy habitante de casas y ciudades contemporáneas, y nunca he tenido sino la puerta principal o delantera para atender al lechero, cartero, carnicero, a los que miden el consumo de gas o electricidad, me quedo aún con ganas de tener más detalles sobre esa puerta por la que salió don Quijote. Me traiciono y paso de la palabra a la imagen. Entro a Google, tecleo “puerta falsa” y le pido fotografías. Grave error. En mi pantalla apareció una horripilante galería de suicidios. Mayormente hombres. Casi todos ahorcados.

Gabriela Solís solisc.gabriela@gmail.com

DE CULTO

ESPECIAL

Me invadió la seducción del horror y pasé buen rato viendo las fotografías, incluyendo la de un par de infortunados que pasaron varios días colgados y se habían convertido en masas infladas verdosas. Y es que el ahorcamiento es la muerte que más me horroriza. Si un día decido terminar con mi vida, seguro que será de otro modo. En ningún momento apareció una casa antigua con una salida que pudiese identificarse con la puerta falsa de marras. Se me fue el hambre. Me puse triste. Tardé en retomar la lectura. Al fin volví al libro y continué. Apenas siete líneas abajo, la novela nos dice: “había de llevar armas blancas, como novel caballero, sin empresa en el escudo”. Y aunque sé perfectamente lo que para un caballero medieval son las armas blancas, me puse a curiosear en los diccionarios, y después… imágenes Google. Galería de acuchillados. Apacigüé pronto mi morbo y Cervantes me dio un oasis de paz cuando describe al ventero “que, por ser muy gordo, era muy pacífico”. Pero no había salido de ese segundo capítulo cuando Don Quijote declama: “mis arreos son las armas; mi descanso, el pelear”. Google me guiñó el ojo, pero le dije que no. Bastante ingenuo resultaría yo si no anticipara las imágenes que me esperaban a la vuelta de unos teclazos. L

Carlos Montenegro

Sombras luminosas

B

ajo circunstancias sórdidas, el alma tiene dos caminos: se oscurece y sus bordes se afilan o se fortalece y muestra sus refulgencias más potentes. El caso de Carlos Montenegro se inscribe dentro de la segunda posibilidad. Nacido de padres cubanos en Galicia en 1900, su familia emigró a Cuba cuando él tenía siete años y poco después se mudaron a Argentina. Su carácter aventurero se fue templando con  tareas que implicaban trabajo duro y experiencias de vida igualmente ásperas. Además de marinero, fue minero y obrero en una fábrica de armas. Su vida parecía navegar entre rudezas sin muchos tropiezos, hasta que en 1919 la violencia de la muerte cambió su camino. En los muelles habaneros, Montenegro fue acosado sexualmente por un hombre y respondió a la agresión con toda su furia: mató al agresor a navajazos. Fue condenado a cadena perpetua. Sentenciaron a su alma a la oscuridad. Sin embargo, el fulgor del arte lo salvó. En la cárcel comenzó a escribir y en 1928 ganó el primer lugar en un concurso convocado por la revista Carteles con su cuento “El renuevo”. La luz llama a la luz y los ojos de los artistas cubanos comenzaron a volverse hacia ese hombre encarcelado. Tras quince años en prisión, Montenegro recibió el indulto gracias a los artistas que reconocieron en él a uno de los suyos y que sabían que una sensibilidad como aquélla no podía estar enjaulada. Una vez libre, se afilió al Partido Comunista, se dedicó al periodismo y fue corresponsal de la Guerra Civil española. Sin embargo, Montenegro nunca dejó de nutrir la luz que lo había sacado de las tinieblas: la literatura. Publicó dos libros de cuentos: El renuevo

y otros cuentos (1929) y Dos barcos (1934). También escribió un libro de reportajes de guerra: Aviones sobre el pueblo: relato de la Guerra de España (1937) y un par de obras de teatro. Pero fue hasta 1938 cuando su obra maestra, la novela Hombre sin mujer, vio la luz. Por defenderse de un ataque sexual, Montenegro fue a la cárcel, donde la sodomía es un destino casi inevitable para todos los presos. Pero la ironía es una amante que retribuye bien a aquél que sabe apreciar sus matices finos y Montenegro sin duda lo logró. A pesar de que Hombres sin mujer busca hacer una denuncia, la exploración del alma que se logra es tan profunda que esa querella social termina siendo algo tangente. La novela habla del infierno, del regreso a la bestia que perdura en cada hombre. A través de su protagonista, Pascasio Speek —quien se ha mantenido sin relacionarse sexualmente con ningún hombre durante ocho años—, el mensaje parece ser que se puede prescindir de todos los placeres; llegar a entrenar el cuerpo para que ignore los deseos de la carne. Que se puede vivir como una piedra y sin embargo, la perdición ocurrirá cuando se descubra que todavía hay algo que alcanza a estremecer la última fibra de vida. Es el horror de descubrir que el deseo del alma de amar y ser amada es indomable y siempre reclamará ser atendido. La tragedia es saber que de nada vale el control que se pueda tener sobre el cuerpo porque intuir un segundo de amor puede echar abajo una vida de ascetismo. Montenegro murió en Miami en 1981. L

BITÁCORA PSICOTRÓPICA

Xavier Velasco

El miedo puede más que lo temido.

MILENIO  LABERINTO  Dirección: José Luis Martínez S. Edición: Alicia Quiñones Coedición: Iván Ríos Gascón Arte y diseño: Salvador Vázquez Mejía


sábado 4 de mayo de 2013  03

LABERINTO

antesala

La fronda

Rimas involuntarias

Reflexiones sobre el acto de caminar, de vivir, sobre la naturaleza, las noches y sus personajes circundan estos textos breves y contundentes ESCOLIOS

POESÍA Aurelio Asiain

Armando González Torres

Va uno por la calle pisoteando hojas secas y caparazones vacíos de cigarras. Todo cruje y crepita, como al fuego, igual que la palabra ocre. ◆◆◆

Álamos: almas del más allá. El dios Hades los hizo brotar en los Campos Elíseos en recuerdo de su amor por Leuca. Álamos: altiva melancolía. ◆◆◆

Murmuran para sí, sueltan rumores, nos hablan en susurros. Alzan la voz en la tormenta y gritan en sueños que nadie en sus cabales recuerda. ◆◆◆

Por las noches musitan pesadillas, sueltan gemidos apagados que allá deben de ser largos aullidos, pero despiertan y hablan de otras cosas. ◆◆◆

Suelen volver los árboles en sueños, y el viento juega a repetir las nubes cuando fijas los ojos en la acera, atento a no pisar ninguna raya. ◆◆◆

Nadie podría imaginar un árbol de la nada, antes de haberlo visto. De ahí la idea de Dios. Es el que imagina el mundo, como vio Monterroso. ◆◆◆

En las Mil y una noches hay un árbol con cabezas por frutos y otros cuyos frutos parten en dos al que los come. En la Biblia son uno mismo. ◆◆◆

A veces, hablando con alguien, vemos brotar de un gesto, como de una herida que se abre, al viejo o la vieja que vendrá: un árbol en un surco.

ESPECIAL

P

oeta, ensayista, traductor, editor y fotógrafo, Aurelio Asiain (Ciudad de México, 1960) vive desde hace más de una década en Japón, donde fue agregado cultural. Actualmente es profesor de las universidades Kansai Gaidai y de Tokio. Es autor de una docena de libros de ensayo y poesía, entre ellos, República de viento, Luna en la hierba, Julio Ruelas, Los pueblos de antes y Urdimbre. Su más reciente título es La fronda (Editorial Buró Blanco/ Posdata editores, 2013), en las que se recogen microficciones, poemas, aforismos, palíndromos, etcétera; textos difundidos originalmente a través de Twitter.

agonzale79@yahoo.com.mx

E

l filósofo había dormido mal, estuvo trabajando hasta la madrugada, aunque en ese estado de exultación febril del que tanto desconfiaba. Durante el breve sueño acudieron a molestarlo acertijos obesos, falacias poéticas y alimañas refutadoras. Por la mañana, cuando revisó su trabajo se dio cuenta con disgusto de que en su razonamiento impecable se colaban algunas rimas involuntarias (“lo casual y lo contractual, es decir la inspiración y la métrica, son vecinos en la poesía”) y que, en más de una ocasión, ilustraba un argumento con una metáfora (“el pensamiento como concierto”). Una vez más su espíritu y su inteligencia sucumbían ante el arrebato lírico; su equilibrio y su sobriedad se desmadejaban ante las tentaciones narcóticas de la poesía. Estrujó los papeles con furia, los arrojó al bote de basura y selló el oprobio de esa reflexión fallida permitiéndose un pedo y un escupitajo. Muchos pensadores observan como una debilidad personal la polisemia o la musicalidad espontánea de su lenguaje y abominan de la falta de objetividad que ciertos recursos literarios, casi reflejos, introducen en su pensamiento. Se refugian, por eso, en jergas asépticas y especializadas que se supone son inmunes a la contaminación de la ambigüedad del lenguaje común o literario. Sin embargo, hay un ritmo que irrumpe, y a veces gobierna, el pensamiento que se pretende más sistemático; modalidades de inteligencia acústica que aspiran a conjugar la sonoridad con la precisión conceptual. Un poeta subrepticio habita las mentes más insignes, pues el gran intelecto canta, danza y retoza. La indeterminación primordial entre física, poesía, cosmogonía y

filosofía de los presocráticos se replica en muchos momentos del pensamiento de Occidente y no a todos les es aceptable esta fusión. Como dice Steiner en La poesía del pensamiento. Del helenismo a Celan (FCE, 2012), en la historia de la filosofía hay numerosos poetas instintivos, protagonistas de un dualismo desgarrado, que deploran sus talentos y escudriñan sus escritos para expurgar la significación intelectual de cualquier confusión poética. Con todo, el encuentro de poesía y pensamiento no siempre es un abandono del filósofo, sino, a veces, una búsqueda de imprimirle a la reflexión la inmediatez y contundencia de la música, de dotar al argumento de una belleza demostrable. Toda filosofía puede leerse como una obra artística, como un poema en Parménides, un drama en Platón o una sinfonía en Nietzsche. Por eso, no hay distinción tajante entre forma y contenido y el concepto es determinado, proyectado, o potenciado por el estilo. Por supuesto, este rasgo artístico del pensamiento, cuando se banaliza y mecaniza, sin duda suele llevar (véase el catálogo actual de cursi esoterismo filosófico) a afectaciones líricas, abusos de confianza intelectual y fanfarronadas disfrazadas de reflexión, pero, como siempre, hay que confiar en el sentido de discriminación del que lee. L

MILENIO LABERINTO  http://www.milenio.com/suplementos/laberinto/Facebook: Laberinto Milenio/Twitter: SCLaberinto


04  sábado 4 de mayo de 2013

literatura ESPECIAL

Gula

El calor como opresivo abrazo de un entorno familiar que derrite el cariño de una madre y la angustiosa convivencia de dos hermanos que crecen en un mundo violento, descarnado, marca el ritmo de este relato entrañable, divertido y cruel como lo son la vida misma y la naturaleza humana CUENTO Julio Pesina

L

o que mamá quería era un refrigerador. “Uno de esos que no hacen escarcha y que, con apretar un botón, llenan tu vaso de cubitos”. Un rincón de nuestra cocina, por cierto, estaba consagrado al aparato que algún día habría de llegar; en esa esquina mi madre había puesto, en calidad de mientras, el recorte de uno muy moderno, atiborrado de frutas, legumbres, carnes y bebidas, que halló en los catálogos de una tienda gringa. Tres veces al día, Beto y yo íbamos a la casa de doña Lolita con una cacerola en la mano; mi hermano le daba cinco pesos por que nos la llenara de hielos. Él llevaba el dinero mientras que a mí me tocaba cargar la vasija. Yo tenía entonces diez

años y en la escuela era la abanderada; Alberto tenía ocho y estaba recursando primero, pero era el hombre de la casa desde que mi papá se fue al otro lado. A veces, cuando así lo exigía el verano —o la primavera o el invierno, pues aquí nunca deja de hacer calor—, íbamos más seguido a ver a doña Lolita. Lo que ella nos daba entonces era un chorro de agua helada y algunos cascarones vidriosos, y nos advertía que de tanto abrir el frisor los hielos nunca iban a cuajar. Claro, el de doña Dolores era un refrigerador chafa. “Si fuera uno de esos —decía mi mamá mirando hacia el rincón—, ni a ella ni a nosotros nos faltaría con qué aliviar el bochorno”. Yo sabía que entonces tenía que cortar y exprimir muy rápido los limones, porque para cuando a ella se le disolviera el coraje ya nada quedaría de los hielos

y el agua habría adoptado la temperatura ambiental. “A ver si se porta igual de mamona cuando venga tu padre, o cuando pongan un Oxxo cerca de aquí”. Hacía calor; y ahora que estábamos lejos de la playa era más difícil soportarlo. Nuestra antigua casa nunca había sido realmente nuestra, vivíamos en lo que se dice un asentamiento irregular. “Un terreno peligroso, propenso a las inundaciones”, dijeron los del gobierno antes de mover la colonia al otro lado de la ciudad. Rebanaron la sierra y nos construyeron un pueblo entero, con calles derechitas y casas iguales, aunque sin tiendas ni escuelas ni las demás cosas que suelen tener los pueblos de verdad. La casa nueva tampoco era de nosotros, pero un día lo iba a ser, quizá cuando mi papá estuviera ya de regreso, aunque entonces no supiéramos cuánto nos iba a costar. Desde la azotea, encaramados en el tinaco, mirábamos Beto y yo, ahora demasiado lejos, la playa, y el centro de convenciones que se levantaba donde antes había estado nuestro hogar. Lo inauguraron el Día del Niño. A la colonia no llegaba ninguna ruta, pero ese día el gobernador mandó diez microbuses para llevarnos hasta allá. Fuimos de los primeros. Si mi hermano se puso pálido en el micro por causa de los apretujones, a mí lo que me provocó mareos fueron el cemento, la pintura, el plástico; lo nuevo de aquel edificio que creí el más helado de toda la ciudad. No recibimos dulces ni nos subimos a los juegos mecánicos, mi mamá en ninguna fila quiso formarse; lo que sí obtuvimos gracias al boleto de mi hermanito, que ese día andaba de suerte, fue un cuento electrónico, el que con solo poner la punta de un lápiz en las palabras o en los dibujos se soltaba hablándonos en inglés. Ya nos urgía que volviera papá. Estábamos felices; mi mamá también lo estaba, pero todo el contento se nos esfumó cuando doña Lolita le contó a mi madre que ese día hubo otra fiesta, “una más fregona”, cerca de la colonia, en la que no solamente habían regalado dulces y juguetes; también habían repartido comida, suficiente para llevar, y lo más importante: habían rifado aparatos eléctricos. Con buena o mala intención, doña Lola le mostró a mamá su premio, un ventilador que tenía un depósito donde ella le ponía hielos para que el aire de su casa estuviera tanto o más frío que el del Centro de Convenciones. “Mire que a partir de ahora le voy a quedar muy mal; este aparato se va a tragar todos los cubos”. Era cierto. En los días siguientes no sé cuántas veces tuvimos que usar la bicicleta para ir por una bolsa de hielos a la tienda de la otra colonia; de regreso, en la cuesta, pedaleaba un rato Beto


sábado 4 de mayo de 2013 05

literatura y otro rato yo; cuando no podíamos ir hasta allá nos conformábamos con los cascarones y el agua que doña Lola nos daba por los mismos pesos. “Méndiga vieja aprovechada”, decía mi madre. Una de esas veces el coraje le duró hasta la madrugada, cuando se deslizó a la casa de la vecina, cuyos ronquidos se oían hasta la calle, y bajó la palanca del interruptor. “Que le aprovechen sus pinches hielos y su abaniquito”, murmuró antes de volver a la cama; solo entonces pudo dormir. “¿Ya sabe que habrá otra fiesta, más grande que la anterior?”, le dijo al día siguiente doña Lolita a mamá; ni siquiera supo quién había sido la culpable de que su frisor amaneciera desaguado. “Van a festejarnos mañana por el Día de las Madres. Dicen que habrá de nuevo comida, música y regalos. Esta vez no se le ocurra faltar”. Por si acaso no lo creyera, doña Lola le dijo dónde estaba el letrero que lo confirmaba todo; una de las muchas mantas que se colgaron por toda la ciudad. Letra pulida y clarita, información de fecha y lugar; lo único que le faltaba decir era quién invitaba. “Una iglesia o un político; eso seguro”, dijo mamá, luego sentenció, ante el rubor de doña Lola: “De esos cabrones hay que agarrar lo que nos den y mentarles la madre en secreto, porque entre todos los jodidos lo pagamos o lo vamos a pagar”. Parecía que no, pero estaba entusiasmada. Esa misma tarde se detuvo varias veces en el rincón de la cocina y se quedó pensativa; yo creo que hasta le rezó —ella, que no creía en nada— a la foto que tenía pegada en la pared. No le importó el calor, que esa noche castigó como nunca a la ciudad; se quedó bien dormida, como si soñara con cubos de hielo, carnes, verduras y todo lo que puede caber en el universo de un refrigerador. Así estuvo hasta que Beto y yo la despertamos con las “Mañanitas”. La serenata fue parca; no nos sabíamos bien las canciones que le cantaba papá, así que tartamudeamos la única que dominábamos: “Y por esa calle vive la que a mí me abandonó; su mamá tuvo la culpa, pues ella la desanimó”. Todavía no decíamos “ella lloraba” cuando tuvimos que parar; mi mamá, en efecto, estaba llorando, quién sabe si de tristeza o de felicidad.

Tres veces al día, Beto y yo íbamos íbamos a la casa de doña Lolita con una cacerola en la mano; mi hermano le daba cinco pesos por que nos la llenara de hielos

A las diez de la mañana ya estábamos en la terminal de los microbuses. Mamá llevaba un vestido floreado que se le trepaba a la altura del ombligo y cada tanto se lo tenía que jalar; yo me puse el que había estrenado el Día del Niño, uno de tirantes y zurcidos que me provocaban mucha comezón; Beto tenía todo de vaquero menos las botas; como hacía calor, mi mamá no le insistió para que se quitara el sombrero de papá. Nos tomó casi una hora llegar al estadio de béisbol, donde se realizaría la fiesta. “Si hubiéramos ido a la del gobierno, tendríamos un camión en la puerta de la casa”, balbucí. Mamá endureció los ojos. “A ustedes ya se les festejó la semana pasada, ahora dejen de chingar la madre, caray”. No bien habíamos entrado cuando le regalaron a mamá un ramito de flores, un boleto para la rifa, un paquete de vales y una cacerola. “No vine por esto, sino por aquéllo”, dijo, y lanzó la mirada hacia el templete, ubicado en la zona de bateo. Allá estaba una mueblería entera: salas, comedores, camas, y al menos media docena de refrigeradores. Una exageración, como lo fue el resto de la fiesta. Como llegamos temprano pudimos tenerlo todo a muy buena distancia: mariachis, artistas, banquete; nunca habíamos comido tanto ni tan variado: barbacoa, asado, picadillo, carnitas. Mamá pasó de una

sorpresa a la otra, cuando parecía que sus ojos y sus oídos ya no daban para más, una cosa los maravilló: las bocinas dijeron el número que ella tenía, y la palabra “refrigerador”. Tuvieron que repetirlo para que reaccionara; después de eso corrió, empujó, saltó al entarimado y se abrazó al premio. Su cara en la pantalla gigante daba un poquito de pena, pero Beto y yo apretamos fuerte nuestras manos y sonreímos, cómo no. No era el refrigerador de sus sueños, pero sí mejor que el de doña Lola. Debía ser más grande que yo; blanco, con dos puertas; de modo que aunque lo abriéramos demasiado los hielos nunca iban a faltar. El maestro de ceremonias tuvo que pedirle a mi madre que se bajara del templete, y darle su palabra de que el premio nadie se lo podía quitar. Aun así mi madre desconfió, le dijo a Beto que hiciera guardia debajo de la tarima porque algunos afortunados, los que habían llegado en coche, iban bajando ya sus regalos y acercándolos a la salida mientras en el escenario una cantante local aporreaba la canción de Denise de Kalafe. La fiesta se acercaba a su fin. En el puente musical, mientras muchos se abrazaban y un locutor adornaba la voz felicitando a las festejadas, una manta gigante fue descorriéndose detrás del templete, revelando la identidad de los organizadores. No había sido una iglesia ni un precandidato; por medio de aquella manta, uno de los cárteles mandaba un mensaje a las madres que asistieron a la fiesta y otro a las mamás de quienes ofrecieron la fiesta de la semana anterior, a los que vimos de pronto en la pantalla, en un video, descuartizados y, al parecer, convertidos en barbacoa, asado, tamales y otros manjares. A la sorpresa le siguió el asco y después el terror. En las graderías como en el diamante se desató el caos, avivado por los disparos que sonaron cerca de los accesos. No supimos contra quién iban dirigidos los ataques; tampoco hacia dónde correr. En medio de la locura miramos hacia el templete, donde todavía estaba mi hermano tratando de defender nuestro refri de la muchedumbre que barría con bocinas, mesas, adornos y cualquier cosa que atajara la escapatoria. No fueron nuestros pies, sino los de los otros, los que nos llevaron afuera, mezclados con quienes corrían sin soltar cuanto llevaban en brazos: niños, enfermos, flores o aparatos eléctricos. Varias cosas nos impidieron volver; una fue el miedo a lo que habíamos visto; otra fue la balacera que se desató dentro y fuera del lugar; la tercera fue que cerraron las puertas, y esto no supimos quién lo hizo, si una de las bandas o los militares que llegaron a combatir a las dos. Alberto no apareció, ni entre los que pudimos escapar ni entre los muertos o heridos. La estampida había sido feroz, pero también hubo quienes fallecieron a consecuencia de las balas o de la mera impresión. Mamá estaba segura de que Beto iba a regresar. Era demasiado inteligente, era el hombre de la casa; en cuanto se recuperara del susto, él hallaría la manera. Por eso nos quedamos enfrente del estadio todo el resto del día. Sin embargo no regresó esa tarde ni en la noche ni a la mañana siguiente. “A lo mejor tu hermano ya está en la casa, y nosotras de pendejas esperándolo acá”. Cuando abrieron de nuevo pudimos ver que el estadio entero era una huella de la destrucción, una pequeña ciudad bombardeada. Sobre el templete todavía estaba, de pie, blanco como la mañana, nuestro refrigerador. Mamá no dijo nada, pero yo vi en sus ojos brillar la esperanza; apenas unos segundos, hasta que unos policías le dijeron que estaba requisado junto con todo lo demás. Lo demás eran bocinas, mantelería, vehículos, armas; ninguna televisión ni lavadora ni estufa ni cosa similar. Todos menos nosotros habían podido sacar a tiempo sus regalos. No era justo. “No es justo”, dijo mamá, lloró; y del llanto pasó a la rabia y enseguida al desafío. Saltó el cordón de seguridad y fue a reunirse con su refrigerador. Lo acarició, gimió y empezó a darle manotazos en las puertas, como quien pierde la compostura frente a un ataúd. Un ataúd, ni más ni menos. Cuando abrieron la puerta del aparato pudimos ver de nuevo a mi hermano. Estaba ahí, acurrucado, reblandecido en su propio jugo bajo el sol abrasador. L

ENSAYO ESPECIAL

Ramón Mercader

Retratos de asesinos Alonso Cueto

U

no de los lugares comunes de las portadas de los diarios es mostrar rostros de delincuentes y asesinos. Poder verle la cara a un criminal cumple con un antiguo deseo de las sociedades. Por un lado nos sentimos liberados de su influjo y por el otro reconocemos en ellos el lado oscuro, oculto, reprimido de la vida. Quizá para satisfacer este hechizo, los novelistas abundan en la descripción minuciosa de sus villanos. El último ejemplo que conozco aparece en la magnífica novela de Leonardo Padura, El hombre que amaba a los perros. El relato de Padura traza el interesante recorrido político y biográfico de Trotsky pero acaso más fascinantes resulten las páginas dedicadas a su asesino, Ramón Mercader. De padres militantes y desaprensivos, Mercader vive en un estado de exaltación continua. Uno de los rasgos de esa exaltación es su amor visceral por la deslumbrante y despiadada África. La debilidad obscena de Mercader por África ocupa páginas espléndidas y muestra a este famoso asesino de Trotsky como un ser voluble, timorato y endeble, un hombre hecho para ser un criminal. En el mismo libro, Trotsky recuerda una de las características de ese líder georgiano al que no dio mayor importancia en sus primeros años, Josef Stalin. Una de las características de Stalin es que nunca parpadea. Sus ojos siempre miraban fijamente hacia su interlocutor. Esos ojos nos recuerdan los del Trujillo de Vargas Llosa, cuyas pupilas parecían perforar a quienes tuviera delante hasta descubrir sus secretos más recónditos. Otra de las características de Trujillo, en La fiesta del Chivo, es que no suda, salvo cuando decide hacerlo, en el gimnasio. Limpio, minuciosamente afeitado, Trujillo practica la religión del aseo personal con la misma fría pasión con la que manda liquidar a sus adversarios. El mal expresado en el rostro de algunos villanos tiene otros ejemplos ilustres. La mata de pelo rojo que oscurece los ojos “inquisitivos y ávidos” en el rostro de Fagin en Oliver Twist de Dickens aparece también en el pelirrojo Vautrin en las novelas de Balzac. El ambicioso, turbio, solitario Vautrin se tapa con una peluca, que no disminuye su voz atronadora y su contextura gruesa, de anchas espaldas. Sus frases siempre son sencillas y definitivas (la famosa línea “Le hice una oferta que no podía rechazar” que usaron Mario Puzo y Francis Ford Coppola en El Padrino, viene de una frase que dice Vautrin a Eugene Rastignac). Uno de los villanos que conservo conmigo hasta el día de  hoy es uno de los personajes de Los 39 escalones, del escocés John Buchan, que tiene el parpadeo de un halcón, de abajo hacia arriba. El pescuezo corto y las piernas chuecas, “como de jinete o de marinero” del proveedor de iniquidades Mont Eastman, de Borges, fija para siempre su aspecto “ruinoso y monumental”. John Vincent Moon, el cobarde de La forma de la espada es descrito brevemente: “Era flaco y fofo a la vez” y luego, “daba la incómoda impresión de ser invertebrado.” Las descripciones podrían seguir. La galería de villanos es más variada y acaso más interesante que la de los héroes. L


LABERINTO LAB BERINTO RIN

Antonio Antoni io Cores

FOTOS: ANTONIO CORES

Con gorra y fumando

El último fotógrafo

de Picasso Hay artistas que encuentran su vocación de forma casual, seres destinados a gozar de valiosas amistades, recorrer el mundo y comprender, en la cercanía, la diversidad humana y cultural. En entrevista, uno de los protagonistas más discretos del arte contemporáneo relata anécdotas y reflexiona acerca del compromiso de la creación Adriana Malvido

BEATRIZ DEL RÍO (2013)

S

i no fuera porque sus fotografías pertenecen al siglo XX, cualquiera ubicaría a su autor en el siglo XIX, el de los viajeros que recorrían el mundo con un espíritu aventurero a flor de piel, la mirada abierta al descubrimiento y la vocación por una vida cargada de intensidad. Pero Antonio Cores está en México y habla en entrevista. Es el fotógrafo asturiano que hizo los últimos retratos de Picasso, gracias a una apuesta. El mismo que quiso dar la vuelta al mundo en un velero, cruzó el Atlántico y sobrevivió a un naufragio. El que recorrió todo el Nilo y se estableció con los Nubas en las montañas de Sudán para documentar la vida de una tribu que se concebía como guardiana de la vida y del Universo hasta que fue exterminada ferozmente… Picasso Este episodio comienza en la primavera de 1966 al interior de un tablao de flamenco en Madrid. Antonio Cores y su entonces esposa, Babette Valls, se encuentran a Luis Miguel Dominguín que era muy amigo de la familia Valls. Los invita a comer al día siguiente a una finca donde tiene lugar un torneo de tiro de pichón. El fotógrafo mira cómo se abren las cinco jaulas y los pájaros vuelan al aire a salvo porque todos los tiradores fallan, y se le ocurre decir en voz alta: “Bueno, ¿éstos a qué vienen si no saben disparar?” Toca su turno al torero y también falla, pero advierte: “Ah, Babetina, y qué con el asturiano, chulo ¿eh?, a mí los chulos me gustan, pero que me lo demuestre ¿eh?, a ver denle escopeta, cartucho, a éste… ¿cómo te llamas? ¿Antonio, qué?” Dominguín ignoraba que un tío del fotógrafo, experto en escopeta y director de una fábrica de armas en Oviedo, le había enseñado a tirar desde los seis años. Entonces se sorprende cuando éste atina al pichón en su primer tiro. Y además, llega a la semifinal del torneo. En un receso, Cores oye decir al torero que Picasso le ha pedido fotografías suyas en plena faena para hacer unos apuntes. Y antes de la final de tiro, en la que se enfrentaría al campeón del mundo, el duque de Alba, Dominguín se le acerca para decirle al oído:

La travesía fotográfica de Cores comenzó en los años 70

“Antoñeto, si ganas esta copa, pídeme lo que quieras”. Y el fotógrafo pensó: “Picasso”. Tres días después, Cores recibe en su casa una llamada telefónica de Dominguín, quien le da su dirección y le ordena ir a su casa por sus álbumes de fotos. “Llévatelos contigo y espera instrucciones.” Así lo hace y aguarda tardes eternas hasta que recibe la segunda llamada del torero: “Toñito, estoy aquí con el maestro, pero me he olvidado de unas fotografías, por favor ve a mi casa por ellas, coge un billete de avión y tráemelas”. La trampa era para Jacqueline, la esposa de Picasso, un muro difícil de traspasar.

“Me fui al aeropuerto y tomé un vuelo a Niza. Cuando bajo las escaleras del avión, ahí está C Picasso esperándome, con un Cadillac en la P pista, p i a él le permitían llegar hasta ahí. Me habla en e n francés, ya que había salido muy joven de España, me agradece los álbumes y me besa la E mano. Yo casi exploto. Me lleva del brazo hasta m su coche donde nos recibe Jacques, el chofer, y el maestro no dice una sola palabra en el camino, m pero llegando a su casa, en las proximidades de pe Mougins, me muestra, para mi enorme sorpresa, M una habitación para hospedarme con ellos”. Y u Cores se queda diez días. C Picasso vivía en Notre Dame de Vie, el nombre de la casa, desde 1961. Con vista al mar y a la d sierra de Esterel, estaba rodeada de bancales de si olivos, viñas y una hilera de cipreses. En la entrada ol yacía su escultura El hombre del cordero, tenía ya 30 habitaciones y, en la planta baja, un taller y almacén de esculturas. Y ahí, el fotógrafo de 30 al años y el pintor de 84, hicieron amistad, tomaron añ chocolate con churros como en Málaga, fueron a ch la playa donde el maestro dibujaba sobre la arena, compartieron los platillos que preparaba divertido co el pintor y hablaron... “Creo que le caí muy bien porque le platicaba todo de España”, comenta. po “Yo no sabía si me permitirían hacer fotos, por eso llevé una cámara muy discreta, una Minolta de es 35mm con película plus X, sin réflex ni fotómetro, 35 pero sabía calcular la luz y con ella hice mi reportaje. pe Antes de ir, miré todos los retratos que le habían A hecho a Picasso donde siempre estaba posando, pero en ellos no encontraba al ser humano, a la persona. Mucho se hablaba de su dureza, de sus mujeres… y pensé que si yo lograba hacer algo tendría que captar, no a la deidad, sino al hombre. “Picasso se reponía de la operación de una úlcera en el estómago, se había encerrado y pintaba poco por esos días, quizá fue eso lo que me permitió captar a un paisano como cualquiera de nosotros, alguien cercano que conversa, ríe, juega, pide que le repitas la historia del toro y el caballo que yo le contaba, una y cien veces, como un niño cuando le narras un cuento. Lo más poderoso era su mirada, te trituraba con una fuerza indomable. Un día me miró así, directamente a los ojos, y empezó a sonreír; saqué la cámara y él se mantuvo así y esperó el disparo. Ahí está el retrato.” La visita se repitió un mes después y se prolongó del 5 al 20 de mayo. Entonces Cores lo fotografió en diversos escenarios. Uno fue en el Museo Picasso de Antibes, en el castillo Grimaldi, el primero de los muchos que existen con su nombre. Ahí se exhiben obras tan célebres como Sátiro, fauno y centauro con estridente o La alegría de vivir, además de 44 dibujos y 78 piezas de cerámica realizadas en el taller de Madoura. El fotógrafo, el artista, Jacqueline, Lucía Bosé y también Luis Miguel Dominguín, recorren juntos el museo y Cores dispara el obturador. Hay una imagen donde aparecen el torero y el pintor de espaldas, mirando por una ventana, el brazo del primero sobre el hombro de Picasso. En una de esas fotos, Picasso aparece con su escultura Cabeza de mujer con moño, inspirada en Marie Therese, su compañera entre los años veinte y treinta. “Me gusta cómo se miran el autor y la pieza a los ojos”. Aparece también con un tapiz, El Minotauro, realizado en 1935 a partir de un collage de 1928. Comenta: “el maestro me contó que lo hizo cuando despertó a medianoche por una pesadilla terrible que tuvo después de ver una corrida de toros en Arles. Empapado en sudor se lanzó a su estudio y se puso a pintar”. El segundo escenario es en el taller de cerámica Madoura, en Vallauris, dentro de una construcción del siglo XVIII que fue taller de artesanos desde épocas medievales. En Vallauris había vivido Picasso con Françoise Gilot hasta que ella lo deja en 1953, llevándose a sus hijos Claude y Paloma. Pero también en Madoura conoce a Jacqueline Roque, se casan en 1961, y permanecen juntos hasta que él muere el 8 de abril de 1973. En Madoura se exhiben pinturas y cerámicas del artista y una de las fotos de Cores muestra “Editions Picasso”, sitio donde el pintor vendía reproducciones de sus piezas a precios accesibles para el gran público. El tercer escenario es un restaurante chino. Cuenta Cores: “Un día Picasso me pregunta si


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de portada L Los Nubas Su travesía en África comienza en S Alejandría y culmina en Darfur, SuA dán, cuando la guerra acabó con una d ttribu que le marcó la vida. “Me encontré con tribus como los Nuer, los Dinka…y los Nubas que habían N lllegado ahí desde Nubia huyendo de la ccacería de esclavos, gente fantástica, aaislada del mundo, sin contacto con lla civilización, donde encontré un ssentido de la humanidad que jamás he visto en occidente. h “Es muy dura la vida, las temperraturas en las montañas nuba, a la ssombra, alcanzan los 45 grados. A llos tres meses se me acabaron las provisiones así que tuve que vivir p ccomo ellos, de la caza y con una base aalimenticia que se limita al mijo y a una taza de leche con sangre de vaca u ttodas las mañanas. Y con eso les basta para tener unos cuerpos fantásticos y p una vitalidad impresionante. Aprendí u ssu idioma, los viví profundamente, me dejé allá los mejores amigos en m mi vida, porque nunca vi gente tan m buena, tan humana y tan dándolo todo b por ayudar al otro, cosa que no ves p nunca en otro sitio. La vida consistía n een ayudar a quien más lo necesitaba, por eso no les faltaba nada, porque p Frente a su pieza Cabeza de mujer con moño, de 1931 ttodos se ayudaban”. Cores fotografió y filmó, durante tres años, su vida cotidiana, sus rituales y danzas, su eo de Antibes sentido de la vida y de la muerte, su culto a la Con Luis Miguel Dominguín en el Mus belleza del cuerpo, la idea de que el arte forma parte de cada ser humano, su relación con la me gusta la comida china porque quiere presentarme a un amigo naturaleza… hasta que vino la guerra entre el suyo. Yo no sabía de quién se trataba, pero desde luego le dije que Me fui al aeropuerto norte y el sur de Sudán y ellos quedaron atrasí. Entonces hice una locura. Mi mejor amigo de toda la vida fue y tomé un vuelo a Niza. pados en medio. Antonio Gades. Supe que andaba por ahí porque la fecha coincidía “No sólo los perseguían por su animismo Cuando bajo las escaleras desnudo, con el Festival de Cannes y se presentaba la película Con el viento sino porque bajo las montañas nubas del avión, ahí está Picasso había uranio, petróleo y oro, así que los fueron solano, de Mario Camus, donde él hacía el papel de Sebastián y yo esperándome, con un exterminando de forma terrible. Los bombarhabía hecho la foto fija. Era el mejor bailaor de flamenco, yo le había mostrado a Picasso fotos suyas sobre las que el maestro dibujó, y como Cadillac en la pista dearon con gases, las mujeres abortaban, los no se conocían, me pareció buena idea llamarle: ‘Carapájaro, —así niños quedaban ciegos, les tapaban los pozos le decía yo—, vente a las 7.30 al restaurante chino porque va a estar de agua con hormigón tirado desde helicópteros el maestro con un amigo y podemos organizar algo’”. para obligarlos a bajar de las montañas… Yo me Cuando llegaron Cores y Picasso ya estaba Gades ahí, con su volqué, regresé a Europa, hacía exposiciones y el guitarrista Emilio de Diego, el cantaor apodado “Calderas de Sadinero que sacaba lo enviaba para allá, monté la lamanca” y el amigo desconocido que resultó ser Rafael Alberti. única clínica que había en las montañas de DarSe armó la fiesta: Picasso les hizo dibujos a todos sobre servilletas recomendación suya, la Feria contrata a Gades por fur, pero también la bombardearon y se perdió de papel, Gades bailó, Dominguín toreó con un mantel, Alberti el mismo lapso y se estrecha su antigua amistad. todo. Intentamos rehacerla, enviamos médicos improvisó un poema… Regresa a Madrid, pero el éxito y la vida cómoda y utensilios, pero destruyeron todo otra vez”. Antonio Gades, te digo: lo que yo,/ te lo diría mejor/ Federico.// en la ciudad lo apabullan. En 1965 emprende un En 1992, el gobierno sudanés del norte decretó Que tienes pena en tu baile,/ que los fuegos que levantan/ tus brazos proyecto fotográfico de Arquitectura Popular Me- “la guerra santa” contra los habitantes de las son amarillos./ Eso yo,/ me lo sé yo,/ te lo diría mejor/ Federico.// diterránea que desarrolla en España, Italia, Grecia montañas Nuba y de dos millones que existían, Que el aire baja a tus pies/ y el corazón te sube /a la garganta he- y el norte de África.  En 1968 se lanza al continente quedaron 200 mil. Cores ya no pudo regresar cho añicos./ Eso yo,/ lo pienso yo,/ te lo diría mejor/ Federico.// africano para recoger imágenes desde Argelia hasta porque había publicado todo y era personaje Que te adelgazas, que tiemblas,/ que te doblas, que te rompes/ y Zaire. Y después se entrega de lleno al mar. non grato, pero abrió una página web: “Y sigo exaltas como un cuchillo./ Eso yo,/bien lo sé yo,/ te lo diría mejor/ mostrando el trabajo, cientos de fotografías y Federico.//Pero él ya no está. Por eso,/ Antonio Gades, te digo:/ lo El naufragio películas para que, al menos, se sepa que exisque yo, / esto que te he dicho yo,/ lo hubiera dicho mejor/ Federico. Un buen día, decide dar la vuelta al mundo en un tieron, gentes maravillosas que vivían en paz y Y Antonio Cores disparó su cámara. Hoy dice satisfecho: “Fue un velero junto con Babette y su pequeño hijo Iván. en una felicidad fantástica a pesar de que tenían momento precioso, el mejor pintor, el torero número uno del momento, Impulsado por los vientos alisios cruza el Atlánti- lo mínimo para vivir. Se acabó el pueblo Nuba y uno de los más grandes poetas de España y el bailaor de flamenco co en 16 meses; navega por el Caribe, Venezuela, mucha otras razas de Darfur que exterminaron más fabuloso reunidos en una fiesta haciendo su arte”. Cartagena de Indias, Jamaica, Haití y Miami. Tenía de la misma manera. Nadie tiene idea de ellos. Poco después, Picasso prepararía la primera gran retrospectiva de un contrato con National Geographic para hacer Yo insisto en que le se les recuerde.” Cores conoció a su regreso en Asturias a Beasu obra hasta entonces, en noviembre de ese año en el Grand Palais, un reportaje fotográfico. Todo iba bien hasta que el Petit Palais y la Biblioteca Nacional de Francia, en París. Todo un el 24 de diciembre de 1974, el barco sufre un acci- triz del Río, su compañera desde hace 30 años y homenaje por sus 85 años. A Cores le deparaba un futuro inimaginable dente y se estrella en las costas de Santo Domingo. madre de su hijo Adrián, también fotógrafos. A mientras que su reportaje con el pintor, que comprende 73 imágenes, Lo pierde todo: el velero, su obra, sus negativos, sugerencia de su amigo el pintor Claudio Bravo, la tuvo que esperar cuarenta años para exhibir una selección, en 2007, todas sus pertenencias. “Fue durísimo, ahí quedó pareja realiza un viaje de cinco meses por tierras en el Museo de Bellas Artes de Oviedo. lo que tenía y yo me quedé en ceros”. Pero él y su marroquíes para elaborar el libro fotográfico Nieto del pintor ovetense José Uría, Antonio nació en Cádiz el 6 de familia sobreviven. “Y decidimos comenzar de Marabouts, Maroc con textos del poeta Tahar julio de 1936, doce días antes de que estallara la guerra civil española. nuevo otra vida”. Ben Jelloun (Gallimard, 2010). Para 1975, con dos camiones adquiridos y equiSu padre, que era ingeniero, estaba de trabajo ahí cuando “nos pilla Cores se dice un rebelde frente a las influencias: el conflicto”, pero al terminar, la familia regresa a Asturias donde pados con lo que les pagó el seguro del barco, se “siempre pensé hacer algo diferente a lo que vivían en la casa de los antepasados de su madre. Confiesa que fue lanzan al continente africano. Narra: “Empecé en veía en las fotos de otros. Lo que me enseñaron mal estudiante, que inició estudios de Arquitectura en Barcelona Egipto, ahí estuve aclimatándome y aprendiendo a quienes admiré, fue a hacer algo propio”. hasta que se dio cuenta que el cálculo y las matemáticas no eran árabe tres meses. El proyecto era de cinco años. Describe el proceso: “Es tremendo, significa lo suyo por lo que, a los 22 años se lanza solo a París a ganarse la Tenía ganas de hacer un trabajo de largo aliento. poner mi alma en cada fotografía, algo que sale vida. Es en los estudios de cine de Boulogne donde hace contacto Y me tiré diez años por el Nilo, conviviendo con las de muy dentro que no puedes ni pensar, es un con la fotografía, aprende todas las técnicas y regresa a Madrid tribus, filmándolas, sobre todo con los Nubas de sentimiento. Cuando miro por un objetivo estoy seis meses después a montar su propio laboratorio. Sudán que fue en donde permanecí más tiempo”. en otro mundo. Soy cámara, soy encuadre, soy Le iba muy bien, hacía foto publicitaria, de moda, industrial, de arEmpezó a colaborar con National Geographic foco, soy luz. Aún sin cámara, voy por la calle quitectura popular y de flamenco. En 1963 gana el Premio de Carteles pero desistió porque, dice, “entregas, te pagan y se siempre mirando, encuadro, recorto… y clavo una Representativos de España para la Feria Mundial de Nueva York en quedan con los negativos; y yo prefiero perder un foto. Mirar tantos años la realidad a través de un donde se queda a vivir dos años a cargo del pabellón de su país. Por trabajo a soltar mis negativos”. objetivo te hace ver las cosas de otra manera”. L


08  sábado 4 de mayo de 2013

MILENIO

en librerías ARCHIVO FAMILIA SABINES RODRÍGUEZ/ FOTO: DAISY ASCHER

Autorretrato a dos voces Sobre Jaime Sabines, el libro de la periodista mexicana recupera una historia, una poética y un temperamento. Ofrecemos una selección de algunos episodios que pintan de cuerpo entero al enorme poeta chiapaneco MEMORIA Pilar Jiménez Trejo Jaime Sabines. Apuntes para una biografía es un libro que se fue construyendo a partir muchas horas de conversación con el poeta en su casa de la Ciudad de México. Por más de una década, visité a Sabines, aquejado en esos años por la enfermedad pero también en un tiempo donde la fama y el reconocimiento obligaban al autor de Tarumba a presentarse en auditorios y distintas ciudades del mundo a decir su poesía o reflexionar sobre la condición humana. Pese a vivir lastimado por el dolor físico, el poeta continuaba con una lección de vida cuya primera enseñanza era esperar siempree el amanecer. Un medio día de 1995 Sabines accedió iniciar con ell recuento de fragmentos de su vida y obra con la idea de que formaran n parte de un volumen de apuntes biográficos. Sabines murió en marzo o de 1999; y yo emprendí un largo viaje por Asia y Europa cargando o esos apuntes, consciente del enorme compromiso que significabaa escribir de un poeta tan leído y tan amado. Escribe Daniel González Dueñas en el prólogo: “El libro que ell lector tiene en sus manos no es una autobiografía que Sabiness hubiera redactado de manera directa sobre la página en blanco; tampoco es una biografía que Pilar Jiménez hubiera emprendido o en tercera persona a partir de una investigación exhaustiva; y sin n embargo, es ambas cosas de un modo excepcional: se trata dee páginas redactadas a mitad de camino entre el poeta y su lectora, entre el retratado y la retratista (…), la voz de Sabines se escucha a en cada página, en cada párrafo, en cada apunte”. A continuación un intenso fragmentario de esta obra singular.

F

ue mi padre quien me enseñó la profundidad de la literatura árabe. Sabía de memoria las historias de Las mil y una noches o las aventuras de Antar. Igual me repetía constantemente enseñanzas espirituales y filosóficas de la Biblia, poesía pura que no seduce los oídos sino el alma, y eso es peor.  Él nació en Líbano y todo el conocimiento de esos libros le había llegado por tradición oral. ¿Quién se lo dijo? Quizá sus padres, sus tíos o sus abuelos le contaron esas leyendas que siendo niño le impresionaron, se las grabó y las contaba como se transmitía antiguamente la literatura: de boca a oídos. ◆◆◆ Mi madre había sido una niña muy rica. Cuando se casó con mi papá el amor hizo que no extrañara su vida de riqueza, porque se prendó de él igual que él de ella, y los enamorados aguantan todo: “contigo pan y cebolla”, dicen. Mi papá conoció a mi mamá en febrero de 1915 y se casaron ese mismo año. ◆◆◆ Mi infancia fue feliz y tranquila, en contacto siempre con las cosas de la naturaleza. A veces mis hijos se asustan con un alacrán o hasta con una cucaracha, en cambio yo de niño metía un alacrán y una araña en una botella para ver quién ganaba. Me gustaban mucho los juegos como el trompo, las canicas, el balero, el yo– yo; pero también jugaba carreras, saltos de longitud, hacíamos competencias, saltos de altura. Mis juegos eran los habituales de los niños de la época. ◆◆◆ En mi infancia se me presentó una habilidad que me conduciría de algún modo al destino de mi vida: era muy buen declamador, recitaba mucho. Empecé a leer desde muchachito y a los seis años ya me soltaba recitando poesía. Cuando iban visitas a mi casa, mi madre me llamaba para que les declamara alguna cosa o me llevaba a las tertulias con sus comadres y me ponía a recitar la historia de México. (…) Ya de jovencito, en la escuela secundaria, era el caballito de batalla. Creo que no había una fecha en el calendario cívico donde no interviniera yo, porque el director de la escuela o los maestros decían: —Que lo haga Sabines.

Jaime Sabines. Apuntes para una biografía se presenta este martes 7 de mayo a las 19:00 hrs. en la Sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes

◆◆◆ Al principio la poesía era para mí como un juego, no era la necesidad de la escritura, la cosa compulsiva de escribir; digamos que de alguna manera mis inicios en la poesía fueron espurios. Era decir: “Bueno, soy poeta y escribo”, y escribía versos a la manera tradicional. Desde Tuxtla conocí las formas clásicas e hice poemas como ejercicios. De eso no me arrepiento. Empecé a los catorce o quince años a escribir con las formas poéticas tradicionales; era lógico, era lo que había aprendido en la escuela y lo que había en mi casa, pero luego me liberé de ellas. ◆◆◆ En un buen poema debe haber mucha disciplina, trabajo, oficio y conocimiento, pero no se debe notar. Creo que un poema logrado es aquel en que no se ve el oficio. Siempre se ha dicho que el poeta nace, no se hace, y yo siempre he pensado que el poeta se hace con base en el trabajo, la disciplina, con base en el rigor; para aprender a nadar hay que echarse al agua y para ser buen nadador hay que hacerlo todos los días. ◆◆◆ Mi vida cambió enormemente en 1945 al estudiar en la Escuela de Medicina de la Universidad Nacional Autónoma de México, que estaba en Santo Domingo. Ésta fue la mayor tragedia de mi vida. (…) Estaba tan solo que comencé a leer muy en serio la Biblia. Era mi libro de cabecera, la tenía en el buró y acudía a ella buscando consuelo a la soledad, a la angustia, a los sufrimientos que uno tiene de joven. No recuerdo cómo llegó nuevamente a mi buró, pero allí estaba. Yo no buscaba en ella un sentido religioso, sino el consuelo humano, por eso mis pasajes predilectos eran el Libro de Job, el Eclesiastés, Salomón, los Proverbios, el Cantar de los cantares, Ezequiel y los Salmos, que son poesía pura que habla del dolor y la impotencia humanas. La Biblia que leía era la de los protestantes, la versión de Casiodoro de Reina, porque no te seduce los oídos como la de Fray Luis de León,

sino que te seduce el alma, y eso es peor. La influencia de la Biblia fue decisiva no en el sentido formal de mi escritura, pero sí en mi formación espiritual. ◆◆◆ ¿En qué pensaba mientras escribía “Los amorosos”? No sé, tal vez pensaba en mí, en mi vida, en lo que había hecho de joven, ir de un lado a otro con las mujeres. Obviamente no pensaba en ningún extraño, era una cosa mía, de mis manos. Lo que se plantea ahí es lo que he hecho a lo largo de mi vida, y en muchos sentidos el poema anticipa toda mi obra poética. Fue como un vaticinio de los temas esenciales de mi poesía, los grandes temas ya están ahí: el amor, la soledad, la presencia de la muerte, el paso del tiempo, el cuerpo y, fundamentalmente, el amor a la vida. ◆◆◆ En Diario semanario están las cosas subjetivas del amor. Por ejemplo hay allí un poema que es todo un canto a los hoteles de paso y nadie se ha dado cuenta de que se trata de eso. Empieza así: “¿Es que hacemos las cosas sólo para recordarlas? ¿Es que vivimos sólo para tener memoria de nuestra vida?” Y más adelante termina: He aquí que nos acostamos sobre la yerba del lecho, en el aire violento de las ventanas cerradas, bajo todas las estrellas del cuarto a obscuras”. Estas tres últimas líneas hablan del cuartito de un hotel de paso; a mí me encanta ese poemita. (…) Cada poema es una confesión, un psicoanálisis freudiano. Por ello el poeta es un poco impúdico. (…) Allí está “Tu cuerpo está a mi lado”, un poemita que me encanta; uno de mis poemas breves que son una joya, la estampa de un momento, redondo, circular: lo puedes terminar de leer y empezar a decirlo de nuevo. ¡Es padrísimo el poema! ◆◆◆ Mucha gente dice que por mi poesía yo soy un gran amigo de la muerte, pero es todo lo contrario: con mi obra estoy diciendo que soy un gran amigo de la vida. Que amo la vida. En muchos de los poemas que escribí está el tema de la muerte. La muerte me agarró desde que tenía diecinueve años con la pérdida de ese amigo entrañable. Lo digo en un poema: “¿Quién me untó la muerte en la planta de los pies el día de mi nacimiento?” Mi vida ha estado marcada por la muerte. Desde la pérdida de mi amigo hasta el dolor más terrible que ha sido la muerte de mi padre, el mayor Sabines... luego la muerte de mi hijo Jaime, la de mi hermano Juan... Son temas que ya no quise abordar en la poesía. Desde Algo sobre la muerte del mayor Sabines no he querido hablar más de la muerte. Dejémosla ahí, no hablemos de ella, que se olvide de mí por mucho tiempo. L


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LABERINTO

en librerías

Soy Cristo, no un superhéroe RESEÑA Haydé Zavala haydezavala@gmail.com

N

itro/Press ha puesto de nuevo en circulación Postcards de ocio y odio. Esto no es una salida, la primera serie de relatos e instantáneas del escritor tijuanense Rafa Saavedra. Originalmente publicado en 1995 por La Espina Dorsal, una editorial independiente de Tijuana, y ante la mayoría de edad de la primera edición, Mauricio Bares y Lilia Barajas se dieron a la tarea de ofrecer a los lectores de todo el país una versión conmemorativa del libro. Cuando la nueva edición llegó a mis manos, comencé su lectura con la nostalgia de recordar una época compartida con Rafa Saavedra en Tijuana, pero conforme leía cada relato no solo constataba mi gusto por su escritura y la vigencia del libro, sino que descubría señales de la cultura popular del nuevo siglo, que entonces se encontraba en pleno proceso de construcción. Profetas de carisma y fotogenia Cargado de una erudición del mercadeo de la época, que va de referencias televisivas a marcas de ropa y productos, pasando por el rock anglosajón y el pop español, las crónicas noventeras que ubica Saavedra en la frontera norte de México, parecen predecir valores mediáticos que dieciocho años después, ya en el siglo XXI, han sido arraigados por la globalización: la juventud, la belleza y la moda como un leit motiv del progreso, pero a la vez como sinónimos de decadencia; el poder legitimador de la televisión ante los grandes acontecimientos del momento; la violencia narcisista y fortuita como indicador del vacío social; la nostalgia adelantada como resultado de la desesperanza y el destiempo; la enfermedad y la basura como sustantivos siempre cercanos a las personas.

Postcards de ocio y odio. Esto no es una salida Rafa Saavedra Nitro/Press México, 2012 79 pp.

 Hoy nadie va a detenerme, este día será de "Sonríe y dispara" No estamos frente a un retrato sociológico. Como dice Guillermo Fadanelli, en los relatos de Saavedra se encuentra el seropositivo de la literatura con la ironía propia “del adicto a las sobredosis de símbolos y signos”. Con títulos descifrables solo por los propios códigos del autor, como “Anto Endo Forever!” y “U.P.C.”, las frases cortas y directas recogen términos y frases del slang juvenil tijuanense, a veces del inglés, a veces del spanglish, a veces de la movida española y siempre de la música, con un desdoblamiento de significados que solo pueden activar quienes comparten los mismos códigos del autor. Así, la literatura de Saavedra se convierte en un equivalente de las cámaras fotográficas que disparan automáticamente cuando la víctima esboza una sonrisa.   La vida no es una mascota que te lame los pies Confeso admirador de Charles Bukowski, Saavedra encuentra en el realismo sucio un lienzo que le permite lanzar su carga de significados desde diversos puntos de vista para lograr un estilo indiferente a las estructuras narrativas tradicionales: a veces los textos cortos parecen una secuencia de breves manifiestos (o tarjetas postales, como el mismo título indica), y a veces obedecen al anecdotario. En su lenguaje, en su forma, en su intencionalidad, esta colección de textos tiene en común la búsqueda personal de quien transgrede las fronteras literarias. Complementada por reproducciones gráficas de las publicaciones originales de algunos textos, más una sección especial llamada Special Features, que contiene la presentación original de 1995 escrita por Guillermo Fadanelli, comentarios del propio autor sobre los relatos, ilustraciones de Acamonchi y otras colaboraciones, el libro se encuentra en busca de sus nuevos lectores. L

Tierras insólitas. Antología de cuento fantástico

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iecisiete relatos donde el mundo se diluye o fragmenta en realidades paralelas, y se deconstruye en territorios de oscuridades y de asombros, forman parte de esta colección en la que participan, entre otros, José Abdón Flores, Magaly Velasco, Bernardo Fernández, Bef, Jorge F. Hernández, Isaí Moreno, Mauricio Molina, Alberto Chimal, Rodolfo J.M. y Bernardo Esquinca. Se trata de un volumen donde lo fantástico se mueve a sus anchas pues, como anota Luis Jorge Boone en la presentación del volumen, “Innovadora e insumisa, mucho más que el común de las propuestas de esa amplia zona naturalista–

Luis Jorge Boone (compilador) Almadía México, 2013 214 pp. realista que llamamos mainstream –que cobija en su tibia manga ancha abusos periodísticos y copias autómatas de una realidad que le hace el trabajo al escritor de superficies–, lo fantástico, en la asamblea literaria, es el ala radical. Propone lo descabellado. Posibilidades que, de tan atractivas e inestables, terminan cambiando la posición de los ejes del mundo.”

El gran libro de las frases célebres

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odo lector curioso ha hecho, o hace todavía, un cuaderno de “citas citables” para recordar la sección de la añorada u odiada, según los gustos, revista Selecciones. El autor de la antología que se comenta, la cual llega a su segunda edición, economista de profesión, nos presenta la que ha pergeñado. “La presente antología paremiológica”, explica en el prólogo, “consta de más de 13,000 frases, agrupadas en 600 importantes temas del conocimiento humano. Incluye desde los pensadores de la Antigüedad hasta los filósofos y escritores contemporáneos, sin olvidar a los pensadores latinoamericanos”. Atinadamente

Arturo Ortega Blake (compilador) Grijalbo México, 2013 656 pp. incluye un glosario para distinguir las diferentes frases anotadas: adagio, aforismo, apotegma, dicho, máxima, proverbio y refrán, entre otros. Y sobre los temas tratados podemos encontrar arte, ahorro, bajeza, bien, civilización, desgracia, enfermedad, éxito, matrimonio, ley, mediocridad, odio.

Cuartoscuro

¿

Quiénes son esos hombres y mujeres que saltan a un escenario, que irrumpen las calles, los parques, las fiestas?, se cuestiona Juan Pablo Zamora, fotógrafo mexicano que recrea visualmente su visita a la Feria de la Risa, la reunión anual de payasos profesionales en la Ciudad de México. Sus imágenes son una crónica de la visita a los hoteles, a las habitaciones donde los personajes cobran forma, titulado “La ciencia de la risa”. Con este reportaje inicia la propuesta editorial de abril–mayo de Cuartoscuro. En su tema central, Astrid Rodríguez retrata a los nativos del municipio de Tenejapa. En sus placas, Rodríguez intenta

Año XIX, núm. 119 Abril–mayo México, 2013 78 pp. rescatar la memoria del pueblo chiapaneco. En otros temas, el artista argentino Julio Pantoja presenta “Mujeres de maíz. Un acto de resistencia”, una serie que presenta a mujeres mexicanas, performanceras y actrices entre sus protagonistas, donde la composición visual contiene un mensaje acerca de la necesidad de proteger al maíz de los más feroces intereses comerciales.


10  sábado 4 de mayo de 2013

MILENIO

teatro CORTESÍA PRODUCCIÓN

La obra se presenta de viernes a domingo en el Teatro López Tarso del Centro Cultural San Ángel, Revolución 1733, San Ángel

Cuatro hombres y un capataz Glengarry Glen Ross, la obra teatral más célebre del norteamericano David Mamet, descubre la crueldad que viven los vendedores en busca del prestigio y la fortuna CRÍTICA Alegría Martínez alegriamtz@gmail.com

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n pizarrón verde con los apellidos escritos de arriba hacia abajo, en orden del mejor al peor vendedor de bienes raíces, preside el telón rojo que al abrirse descubrirá una vieja y mugrosa oficina de los 80 en Chicago, donde cuatro hombres y un capataz contienden contra la mala racha, el azar, la ambición, la devoción

por el dinero, la adicción al trabajo, el soborno, la venganza, el engaño, la crueldad, la pérdida y el talento para engatusar a un probable cliente. En la exasperación por conseguir prestigio, fortuna y un Cadillac como primer premio al mejor vendedor, los agentes responden como perros de caza a la competencia urdida por los dueños de la empresa, en la que el segundo lugar ganará un juego de cubiertos y el tercero, su despido. Los actores que interpretan a estos expertos en bienes raíces, seres humanos cuya vida está regida por su trabajo, se transforman

en lobos, hienas, crueles y egoístas animales con corbata, al acecho del engaño, el soborno, el robo y de alguien dispuesto a comprar la ilusión de un fragmento de seguridad ante la incierta existencia. La obra de David Mamet (Chicago, 1947), ensayista, dramaturgo, guionista, maestro y premio Pulitzer 1984 por Éxito a cualquier precio, reúne en esta ocasión la traducción de Alberto Lomnitz, la dirección de Enrique Singer, la producción de Jorge y Pedro Ortiz de Pinedo y un elenco de primer orden cuyos actores transitan por todo tipo de géneros y escenarios sin obstáculo evidente; conjunto artístico generador del portento que por lo general no consigue el teatro comercial: un extraordinario montaje. Éxito a cualquier precio (Glengarry Glen Ross), expone la vulnerabilidad del ser humano en su eterno combate por sobrevivir a las necesidades económicas y exigencias sociales, a la competencia y al mezquino universo en el que se desenvuelven astutos y lerdos; personas que no saben perder, entre los muros de una oficina donde lo único que cuenta es poseer. La cinta estadunidense, titulada Glengarry Glen Ross, apellidos que corresponden a los dueños de la inmobiliaria, fue estrenada en 1992, con dirección de James Foley y guión de David Mamet, protagonizada por Al Pacino, en el papel de Ricky Roma, que en el montaje mexicano es representado por Bruno Bichir. Jack Lemmon encarnó a Levene que interpreta Héctor Bonilla; Dave Moss estuvo a cargo de Ed Harris, rol de Juan Carlos Colombo; George Aaronow fue la parte de Alan Arkin que hoy realiza Patricio Castillo; mientras que Lingk lo construyó para el celuloide Jonathan Price y para la obra, Javier Díaz Dueñas; Williamson, el capataz, actuado por Kevin Spacey, lo desempeña Julio Bracho y el policía Baylen que hizo Alec Baldwin, es en México Juan Carlos Beyer. La inteligencia de los diálogos, su tosquedad certera, la estructura dramática que desfigura y contrapuntea la trayectoria de cada personaje y su destino con maestría; la eficacia de la dirección que guía a los actores hacia la seducción perversa que estafa tersamente y fragmenta las escenas mediante la apertura por partes del telón en un tratamiento cinematográfico que destaca el lenguaje teatral; la actuación de nítidos e intensos contrastes; todo esto aunado al diseño escenográfico de Jorge Ballina, de iluminación de Ingrid Sac, vestuario de Teresa Alvarado y música de Diego Herrera, hacen de este montaje un memorable acontecimiento. L

LA PUERTA ESTRECHA ESPECIAL

Pequeños holocaustos Alicia Quiñones aquinonescontacto@gmail.com

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uizá nunca podremos separar la biografía de un hombre del significado y contenido de su obra creativa. La propia vida o la de otros, que segundo tras segundo se vuelve pasado y suele ser destruida inconscientemente en fragmentos, es lo que muchos escritores reconstruyen por pedazos intentando una reivindicación de lo que fue realidad y ahora es recuerdo. George Tabori (Hungría, 1914–Alemania, 2007) reconstruyó varias facetas de su pasado a través de un teatro que podríamos señalar como histórico. Obras donde la risa es un vehículo para llevarnos de la mano a la crueldad. Tabori consideraba al teatro una mezcla de ficción y realidad. Una anécdota quizá explique esto: contaba Tabori que de niño su padre lo llevó al circo. Tras un número de payasos, una joven subió por una cuerda hasta el trapecio. Se balanceó en el aire y la mujer cayó, rompió la red y quedó extendida en el suelo, manchando de sangre la arena. “En mi inocencia creí que eso era el circo y el teatro: una mujer que se sube al trapecio para precipitarse al vacío; siempre una distinta; siempre algo nuevo…”. La juventud de Tabori se forjó en una familia

judía acomodada, pero su padre (Cornelius Tabori), cocinero e intelectual de izquierda, en la Segunda Guerra Mundial fue detenido y deportado a Auschwitz, donde murió en la cámara de gas. A él le fue dedicada la obra Los comensales, cuya historia versa en cómo un grupo de prisioneros en Auschwitz se preparan de comer. Pieza que a través de situaciones “simples” refleja crueldad, tedio y sentimientos extremos de los personajes; tan solo bastó que el autor imaginara lo que su padre pasaría para escribirla. Su madre también fue presa de los nazis —cuenta Tabori en Mi madre coraje, donde reproduce el episodio de su detención— y perdonada por sus captores, según el autor, por su mirada, sus ojos, que probablemente tocaron alguna fibra sensible de los custodios; aquí el estilo de su amigo Bertolt Brecht (a quien también tradujo) está presente para contar una historia de supervivencia. Estos dos acontecimientos y los temas que conllevan (el holocausto, el racismo, los alemanes y los judíos, etc.) cambiaron su concepción del mundo y se convirtieron para la obra de George Tabori en una oscura ensoñación y en un soliloquio de voces dramáticas con humor atroz. Forjaron, pues, a uno de los autores más interesantes del teatro europeo actual y prácticamente desconocido en nuestro país.

Tabori y su esposa en Berlín en 1967

En México la obra que actualmente se “consigue” es Mein Kampf, farsa (Mi lucha, farsa), escrita en 1982 y estrenada en 1987 en Viena. Su referencia principal al tema es su propio título: basada en el original de Aldof Hitler, donde exhibe grotescamente las atrocidades del nazismo, se burla de éste y de su ideario. Aunque George Tabori no solo escribió teatro (trabajó con Alfred Hitchcock como guionista de cine, fue corresponsal de la BBC y espía en el servicio secreto de la Corona, entre otras actividades), hiciera lo que hiciera, siempre reconstruía pequeños holocaustos. La puerta estrecha se cierra recordando un fragmento de Jubileo: “Un cementerio junto al Rhin, hoy, donde los muertos están condenados a recordar aquello que preferirían olvidar, es decir, el octavo círculo del infierno…”. L


sábado 4 de mayo de 2013  11

LABERINTO

cine Gerardo Barroso y Lisa Tillinger

“El documental te exige reaccionar en función de los protagonistas” Una de las calles emblemáticas de la Ciudad de México es el hilo conductor de un filme destinado a la cotidianidad y sus instantes ESPECIAL

La rutina urbana desde la lente de los cinefotógrafos

ENTREVISTA Carlos Jordán gonzalezjordan@gmail.com

H

ace cinco años, Lisa Tillinger y Gerardo Barroso llegaron a la calle López del Centro capitalino. Ahí descubrieron un microcosmos con vida y pulso propio. Sin mayor pretensión que registrar su entorno levantaron imágenes de quienes protagonizan al paisaje urbano. De aquel ejercicio se desprende el documental Calle López, que recientemente se proyectó en el Festival de la Riviera Maya.   ¿Por qué hacer una película sobre la calle López? Gerardo Barroso (GB): La calle nos forzó a hacer el documental. Lisa llegó de Viena y yo de

Guadalajara, para ambos vivir en el Centro fue revolucionario. Empezamos a filmar y a tomar fotografías; sin darnos cuenta comenzamos a registrar la vida de nuestros vecinos y amigos. Nos clavamos en los personajes, queríamos mostrar a la gente que se la rifa día a día. Lisa Tillinger (LT): Si uno se asoma a la calle descubre algo muy intenso, confluyen muchas realidades al mismo tiempo. Nuestro método consistió en observar y seguir a nuestros personajes.   Su experiencia como cinefotógrafos es evidente —ambos han trabajado con Carlos Reygadas y Amat Escalante—, tengo la impresión de que lo más cuidado fue la estética, empezando por el uso del blanco y negro.

LT: El blanco y negro fue idea de Gerardo, se decidió en la postproducción porque todo lo filmamos a color. Creo que aporta una atmósfera más nostálgica y abstracta. GB: Nos influenciamos mucho por las fotografías de Nacho López, que fue uno de nuestros referentes. El Centro tiene cierta atemporalidad, a pesar del movimiento hay cosas que nunca cambian.   ¿La posición de la cámara y los encuadres los definieron sobre la marcha? LT: Lo definieron los personajes. El documental te exige reaccionar en función de los protagonistas y privilegiamos la cercanía con ellos pero sin intervenir en su cotidianidad.    La línea narrativa es muy tenue. Incluso parece determinada por el pulso de la calle. ¿Por qué? LT: La película se hizo sin guión, se construyó totalmente en la edición. El problema fue que al ser un proyecto personal tardamos cuatro años entre recopilar material y editarlo. GB: León Felipe González, el editor, siempre tuvo claro que la película tendría que ser una sinfonía urbana.   ¿Podría decirse que su película plantea un discurso antiglobalización, en tanto que se concentra en algo tan local como es el barrio? LT: Fue algo inconsciente, nuestra búsqueda se enfoca en los temas personales. No podría filmar sobre algo desconocido. Cuando un tema es ajeno al director puedes caer en lo pretencioso y artificial. GB: Kubrick podía hacer una película sobre el universo porque era un hombre muy culto, pero no es nuestro caso. Nosotros proponemos una colección de imágenes a partir de lo que conocemos y tenemos a mano.   Aportan también otra forma de ver la ciudad. De pronto, el cine urbano se convirtió en una colección de lugares comunes. GB: Cada barrio tiene su propia connotación. Si filmas en la Condesa o en la Roma, obtendrás un aire medio europeo y de clase media culta e ilustrada. Tepito de inmediato remite a la zona brava. Para nosotros, la calle de López refleja comercio y mucho trabajo. El Centro se está transformando en un lugar turístico y bonito, pero López no entra en esa dinámica; es un sitio sin la vida barrial tepiteña o de la Lagunilla, pero aun conserva la misma imagen de hace cincuenta años.   ¿Pero esa percepción no tiene algo de cliché? GB: Quizá, pero nosotros lo evitamos con un planteamiento diferente, alejado del típico documental de entrevistas. LT: Cuando te apegas a una especie de cinema veritè, consigues más realismo y honestidad. Por eso nos centramos en seguirlos, sin interferir en su realidad.   ¿Hacer a un lado los diálogos y centrarse en a imagen es un vicio de cinematógrafo? GB: Sin duda. Hay cineastas como Frederick Wiseman que llevan toda la vida ateniéndose al concepto de observar. Creo esto eventualmente te dará destellos de realidad más impresionantes de los que puedes conseguir en una entrevista. L

HOMBRE DE CELULOIDE ESPECIAL

Buen vino viejo Fernando Zamora @fernandovzamora

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n 1978, Dustin Hoffman dirigió Straight Time pero, en sentido estricto, Quartet (Cuatro notas de amor) es su primera película como realizador. Este es el primer hecho que salta a la vista; el segundo es que produce la BBC. Además, Hoffman no ha tenido la vanidad de colocarse en el papel estelar. Hace su trabajo (y lo hace bien) detrás de cámara. Cuando sube el telón y se nos mete en las venas la música de Verdi, sabemos que la película cumple lo que promete, Hoffman ha adaptado una obra de teatro de esas de sabor añejo y con ella consigue momentos dignos de E la nave va, de Federico Fellini. Tanto en el universo de Hoffman como en el de Fellini, el mundo es un gran teatro en el que hay que cantar cuando duele, hay que cantar cuando se ama y, claro, cuando ha llegado la hora de morir. La BBC ha hecho bien al poner al frente de Quartet a Dustin Hoffman. El gozoso melodrama que consigue se sostiene, como era de esperar, en las actuaciones de cuatro divas que, igual que en las grandes producciones operísticas, se ven apoyadas por un magnífico coro. Todos los extras en esta película son artistas retirados.

La historia sucede en una casa de retiro para músicos: cantantes, pianistas, violinistas, toda clase de divas e instrumentistas se dan cita aquí en espera del fin de la vejez. Viven en un castillo en el campo inglés para bien–morir rodeados del lujo, la admiración y los aplausos que los acompañaron en vida. Pero el film tiene más; al menos dos guiños dan profundidad social a la película. Reginald Paget, antigua estrella de ópera, enseña a los adolescentes del pueblo que, “la ópera era para gente como nosotros, uno en ella se podía reír y, antes, se podía comer. Fueron los ricachones vestidos con joyas y prendas de lujo quienes desvirtuaron el sentido del arte.” Puntual crítica a todo el arte moderno. La burguesía (lo sabe Paget y lo sabemos nosotros) se apropió del arte y lo desvirtuó. El segundo guiño social (produce la BBC después de todo) está en el corazón de la historia: por falta de fondos, la hermosa casa de retiro está a punto de quebrar. Si los inquilinos quieren seguir viviendo en su hermoso castillo inglés con su lago, su quiosco y sus desayunos franceses, van a tener que actuar. He aquí la premisa. El desarrollo viene, claro, cuando aparece en el asilo una diva encarnada en Maggie Smith. Nuestra diva dejó los escenarios hace más de treinta años y guarda en el pecho, además, una vieja historia de amor. Quartet tiene todos los elementos de un buen vino: el color y los aromas, la fotografía y la actuación. Lo que embriaga, sin embargo, está en la música. La producción ha dado en el blanco al contratar al mejor músico del cine contemporáneo. Marianelli

Quartet (Cuatro notas de amor): Dirección: Dustin Hoffman. Guión: Ronald Harwood basado en su propia obra de teatro. Fotografía: John de Borman. Música: Dario Marianelli. Con Maggie Smith, Tom Courtenay Billy Connolly y Pauline Collins. Gran Bretaña, 2012. sabe mezclar a Verdi con Bach, el rap con un Happy Birthday. Hay un gusto sofisticado cuando el clarinete suena de noche. El compositor del OST de Atonement es la gota que embriaga aquí. Uno lo sabe cuando se abre el telón y comienza el “bebamos” de Verdi. L


12  sábado 4 de mayo de 2013

MILENIO

varia GEORGE HOYNINGEN-HUENE

ESPECIAL

El teórico de Pasiones

En el rodaje de La perla (1945)

Derrida en otra guerra fría

Gabriel Figueroa y su maestro Orozco

ARCHIVO HACHE

GUÍA VISUAL

Heriberto Yépez hyepez.blogspot.com

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reo saber por qué a muchos les resulta odioso (y cada vez más) Jacques Derrida. Hay una razón geopolítica. Derrida era un pensador francés y este mundo, casi norteamericano. Los norteamericanos no lograron crear un pensador de esa talla. En el agón que es pensar, Derrida murió invicto. Ahora desean desaparecerlo del mapa. Derrida escribía de modo complejo. Esto molesta. Nuestra época siente que todo debe ser “accesible” y Fast–food. Si algo es difícil, el lector promedio se ofende. Y afirma que el problema no lo tiene él sino Derrida. Derrida usaba neologismos y jerga. Ante una diferencia al escribir o hablar, el menor desvío en una letra, vocablo, fraseología o sintaxis, muchos se exasperan. Somos cuadrados. Probablemente hay pocos lectores propensos a la lupa. Leer no para “entender” un texto sino para interpretarlo. Muchas personas dicen de la prosa de Derrida: “no se le entiende”. Podrían decir “no logro entenderlo”. El ego odia a Derrida. Otro motivo por el cual Derrida es detestado: sus textos interpelan casi todo comentario. Y pueden generar interminables comentarios. Todo esto desespera a demasiados. Pero, sobre todo, Derrida es rechazado porque es radical. La obra derridiana implica abandonar multitud de certezas de la antigüedad, medievo, modernidad y post–modernidad. Derrida era un terrorista de la teoría y nosotros una época que quiere Seguridad. Las generaciones más jóvenes tienen una fuerte tendencia

a “recuperar” todo lo que Derrida dinamita: Dios, la voz lírica, el liberalismo, la Razón, la comunicabilidad. Derrida inquieta tanto que desde hace años aparecen libros que buscan domesticar y empaquetarlo hasta creerlo compatible con el mercado de ideas reaccionarias. Derrida desarrolló la desconstrucción, que consiste en poner a flote todo lo que el lenguaje puede decir de sí mismo. Esto es peligroso. Hemos pasado de la desconstrucción al denial. Derrida exige una lectura autocrítica que pueda decir a cada momento: ¿qué quiere decir esto? Y resolverlo. O no resolverlo y seguir atenta. Leer como escuchar y sospecharlo todo. Pero en el mundo post–9–11, sospechar te hace sospechoso. Para TV y CIA, revistas y universidades, “radical” es una palabra condenada. Derrida era un radical. Esto no lo toleran las instituciones, sobre todo, las mentales. Quizá muchos de los libros que no hemos leído en las últimas décadas son de Freud, Heidegger y Derrida. Y muchos lectores profesionales —autores, profesores, humanistas— mantendrán su renuencia a Derrida, y disuadirán a otros de leerlo, aprovechando que los mejores soldados del imperio son ciertos atavismos globales de lectura. Pero vivir este siglo y no conocer la obra de Derrida implica un grave error ético, y un error geopolítico descomunal. Otra guerra fría continúa. Una guerra para enfriar la teoría. L

Magali Tercero mtercero2000@yahoo.com.mx

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omo Constantino Cavafis, el gran fotógrafo del cine mexicano Gabriel Figueroa describió su arco vital entre dos abriles. Entre ambos transcurrieron sus 89 años vividos a plenitud, entre nubes vistas y nubes imaginadas, entre inventos técnicos para potenciar su arte, entre los mejores artistas de su tiempo. El autor de imágenes eternas en nuestro imaginario colectivo, nació un 24 de abril de 1908. Si bien, otras fuentes ubican su nacimiento en 1907, la revista Artes de México —en su número 2, publicado en 1988—, lo sitúa en 1908. Su quinceavo aniversario luctuoso se cumplió el 27 de abril pasado, pero no hay a la vista exposiciones relevantes dedicadas a su arte. Influido por el muralismo, por grabadores como Leopoldo Méndez y por muchos otros artistas, destacó como artífice de la imagen en blanco y negro. Declaración de oficio Cuando recibió el Premio Nacional de Artes, en 1971, Gabriel Figueroa recordó, como amos de la luz y maestros suyos en el modo de ver a los hombres y a las cosas, a Diego Rivera, José Clemente Orozco, David Alfaro Siqueiros y Leopoldo Méndez. “Puedo decir que jamás he sido ajeno a mi tiempo. Al transfigurar la realidad con un implemento mecánico, la realidad me transfiguraba a mí mismo y me hacía crecer como un hombre entre los hombres. Contar historias, evocar historias, inventar historias: mi vida no ha sido más que un incidente en ese universo poblado ya con seres intemporales”. Como gran artista,  lo más importante para él era “apresar el movimiento de la vida”. Escribe Alberto Ruy Sánchez —en la nota editorial del número citado— que Figueroa no sólo se expresa plásticamente: para hacerlo experimenta también con las leyes de la física. Lo llama inventor, de hecho, en esta revista–libro donde colaboran Carlos Fuentes, José Luis Cuevas (con una “Carta homenaje”), Carlos Monsiváis y Margarita de Orellana con una entrevista a Gabriel Figueroa, los textos se acompañan de un anexo final

donde figuran una filmografía, una cronología y una larga lista de premios (aún es posible conseguir ejemplares en  http://artesdemexico.com/adm/09/ index.php/revista/publicacionind/ el_arte_de_gabriel_figueroa/ )   Discípulo de los grandes De Orellana —historiadora especializada en cine—, señala en su introducción a la entrevista que quizá nuestro cine de la Época de Oro no habría existido sin Gabriel Figueroa. El artista define al cine en blanco y negro. Es un grabado y “tiene una fuerza con la que no puede rivalizar el color. (…) Tanto los grabados de Leopoldo Méndez como los de Orozco y Siqueiros me ayudaron a conseguir la fuerza que logré plasmar en la pantalla”. Solo en la película Flor Silvestre copió un grabado de José Clemente Orozco, el de un velorio. Lo demás fue inspirarse  en José Guadalupe Posada. Cuando se estrenó el filme, Figueroa quedó al lado de Orozco. “Maestro, soy un ladrón honrado”, le dijo cuando él reaccionó ante la escena. Pero nuestro mejor muralista interrumpió a Figueroa: “Oiga no, usted tiene una perspectiva ahí que no logré yo. Necesita invitarme a verlo trabajar para saber cómo logró ese plano”. Lo que inventó en Río escondido Entre las incursiones creativas de Figueroa contadas a Artes de México está la de este filme, “la única película en México hecha en estas condiciones”, como la califica Figueroa, quien, por única vez, decidió transportar la gama del laboratorio de 6.5 a 4 para favorecer los negros. Era, dijo, como transportar el aria de Aída de la llave de sol a la llave de do. En una película de guerra, Kelly´s Heroes, casi enteramente filmada de noche, tuvo que filmar bajo la lluvia. La escena era nocturna y la lluvia impedía usar la luz de la luna, y pidió al jefe de efectos especiales que fabricara un aparato para bombardear magnesio hacia arriba. “Ese fue otro medio invento que resultó muy eficaz”, dijo, modestamente, Figueroa. El dominio de la técnica, lo sabe cualquier buen artista, es libertad. L


Laberinto No. 516