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15 de diciembre 2012 • Número 63 Directora General: Carmen Lira Saade Director Fundador: Carlos Payán Velver Suplemento informativo de La Jornada

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17 de noviembre de 2012

DE TEXCATEPEC AL BRONX Los nhú de la huasteca veracruzana

Los indígenas de las comunidades otomíes, tepehuas y nahuas de la sierra norte de Veracruz e Hidalgo empezaron a caminar hace 18 años, sobre las huellas de mixtecos y zapotecos, los primeros en descubrir la isla de Manhattan. Antes nadie conocía más allá de San Juan de los Lagos, donde algunos viajaban en grupo el 2 de febrero a visitar a la Sanjuanita. Alfredo Zepeda. Indígenas de la Sierra Madre Oriental en viaje a Nueva York

Suplemento informativo de La Jornada 15 de diciembre de 2012 • Número 63 • Año VI

COMITÉ EDITORIAL Armando Bartra Coordinador Luciano Concheiro Subcoordinador

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Enrique Pérez S. Lourdes E. Rudiño Hernán García Crespo CONSEJO EDITORIAL Elena Álvarez-Buylla, Gustavo Ampugnani, Cristina Barros, Armando Bartra, Eckart Boege, Marco Buenrostro, Alejandro Calvillo, Beatriz Cavallotti, Fernando Celis, Luciano Concheiro Bórquez, Susana Cruickshank, Gisela Espinosa Damián, Plutarco Emilio García, Francisco López Bárcenas, Cati Marielle, Yolanda Massieu Trigo, Brisa Maya, Julio Moguel, Luisa Paré, Enrique Pérez S., Víctor Quintana S., Alfonso Ramírez Cuellar, Jesús Ramírez Cuevas, Héctor Robles, Eduardo Rojo, Lourdes E. Rudiño, Adelita San Vicente Tello, Víctor Suárez, Carlos Toledo, Víctor Manuel Toledo, Antonio Turrent y Jorge Villarreal.

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Diseño Hernán García Crespo

La Jornada del Campo, suplemento mensual de La Jornada, editado por Demos, Desarrollo de Medios, SA de CV; avenida Cuauhtémoc 1236, colonia Santa Cruz Atoyac, CP 03310, delegación Benito Juárez, México, Distrito Federal. Teléfono: 9183-0300. Impreso en Imprenta de Medios, SA de CV, avenida Cuitláhuac 3353, colonia Ampliación Cosmopolita, delegación Azcapotzalco, México, DF, teléfono: 53556702. Prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta publicación, por cualquier medio, sin la autorización expresa de los editores. Reserva de derechos al uso exclusivo del título La Jornada del Campo número 04-2008-121817381700-107.

hambean en el “deliberi” y en el “carwash”. Hace apenas dieciocho años que empezaron a llegar a Nueva York y casi todos viven en el Bronx, arracimados en departamentitos en los que se acomodan de a cinco o seis. Son los nhú de Texcatepec, municipio de la Huasteca veracruzana. Los nian nhú, o hablantes de nhú, llamados otomites por los aztecas, habitan de antiguo en esta región de la Sierra Madre Oriental. Poblamiento que amaciza después de la Revolución de 1910 a resultas de resoluciones agrarias como el Decreto de Restitución de Bienes Comunales que emite en 1934 el presidente Abelardo Rodríguez, reconociéndoles lo que eran los codueñazgos de Pericón, Benito Juárez, Amaxac y Papatlac. Sin embargo, el decreto no se ejecuta y progresivamente grupos caciquiles mestizos se van apropiando de los terrenos y enchiquerando a los indígenas en unos cuantos poblados. La desposesión va acompañada del saqueo forestal de especies como cedro, encino, primavera y frijolillo. Rico bosque subtropical y tropical que es talado por los propios campesinos, pero por cuenta de los roba-tierras, pues después de hacer milpa un par de años las áreas desmontadas quedan como potrero para las vacas de sus amos. Así el arrasamiento social se entrevera con el ambiental y hoy no restan en los cerros más que pequeños manchones arbolados, ralo testimonio de lo que fue la vegetación original.

PORTADA: La Jornada del Campo

Reducidos a una servidumbre que parecía esclavitud, los indígenas cuidaban los hatos y edificaban las grandes casas de piedra de sus amos. “En el tiempo de los caciques andábamos descalzos y vestidos con harapos –me cuentan–. Trabajábamos de sol a sol y nos pagaban con maíz. En ese entonces no teníamos defensa y nos maltrataban sin que nadie pudiera hacer nada”. Y es que en una zona aislada y de topografía extremosa a la que se llegaba caminando o a lomo de mula, las arbitrariedades del cacicazgo no sólo quedaban impunes sino que fuera de la región eran ignoradas. El peor de todos los explotadores era Luis Mendoza, un hombre capaz de matar para acrecentar sus dominios.

Soİa I. Medellín Urquiaga, Mauricio González González y Milton Gabriel Hernández García fueron coeditores en este número del suplemento

Hace 30 años, a principios de los años 80’s del pasado siglo, un crimen particularmente brutal, el cruel asesinato de toda una familia, colma la paciencia de los nhú. Refugiados en la cabecera del vecino municipio de Huayacocotla, para escapar de la furia caciquil, los escarnecidos otomíes encuentran en esta población mestiza el respaldo de un grupo de

jesuitas. Gente de buena fe, que por entonces operaba una radio comunitaria e impulsaba con los ejidos un proyecto silvícola colectivo, pero que poco sabía de la urticante realidad de las zonas indígenas colindantes. Con su respaldo, en 1983 los nhú integran una combativa organización, el Comité de Defensa Campesino, y emprenden una batalla sociopolítica y jurídica contra las arbitrariedades de los roba-tierras. Combate exitoso por el que en 1986 el cacique mayor, Luis Mendoza, va a parar a la cárcel. Más tarde, a principios de los 90’s, el gobernador Dante Delgado compra una parte de los terrenos acaparados, deja otros en pequeñas propiedades de 20 hectáreas, y ejecuta la vieja Resolución Presidencial. De esta manera los nhú emprenden la recuperación física de las tierras usurpadas, en un prolongado proceso de regularización que 20 años después todavía no termina. Aunque hoy los problemas de linderos son entre las propias comunidades y entre vecinos y ya no con grandes terratenientes. Convertidas en potreros por los caciques, las tierras recuperadas tienen que reocuparse, y desde 1994 se introduce ganado suizo y cebú para manejo colectivo. El emprendimiento agropecuario se mantiene hasta fines de la década, pero finalmente es desertado por la mayoría de los beneficiarios porque, debido a los bajos precios que los compradores pagan por el becerro, el negocio no es rentable. Y también por que los otomíes de Texcatepec no tienen una cultura ganadera. Hoy las vacas que quedan son patrimonio familiar en hatos pequeños que funcionan como ahorro. Así las cosas, la ocupación se hace con milpas; una agricultura autoconsuntiva basada en el ancestral sistema de roza-tumba-quema, y de carácter itinerante, pues por lo general las parcelas se cultivan tres años y luego se dejan en descanso. Las tierras son muy quebradas y no admiten arado, de modo que las siembras se establecen con la coa y al piquete. Una familia promedio siembra una hectárea y media de milpa, con lo que el grano le alcanza para el autoconsumo de todo el año, además de que se ayuda con el maíz de tonamil, auque éste no siempre se da pues depende de los ciclones y es afectado por el frío. Es habitual que con el maíz se entrevere algo de frijol, tomatillo, calabaza, melón, yuca, camote, chile, pápaloquelite… y que se haga rotación de cultivos estableciendo frijol o cacahuate en tierras previamente sembradas de maíz, con lo que las leguminosas restablecen parte del nitrógeno que el cereal requiere. Por lo general, la familia dispone de un huerto con frutales: plátano y mango, así como café, y es también frecuente que cuente con un pequeño potrero y unas cuantas cabezas de ganado mayor, además de un traspatio con gallinas y puercos. No es extraño que se tenga igualmente un pequeño manchón arbolado del que se recoge leña; del que se obtiene la madera necesaria cuando hay que hacer casa, y donde, si se es afortunado, un módico manantial surte de agua a la o las familias.

ellos la vida ha mejorado: se deshicieron de una cruel cacicazgo, recuperaron las tierras ancestrales en las que hoy producen por su cuenta y riesgo lo suficiente para comer, entró la luz eléctrica y se hicieron puentes y brechas de terracería que atenúan el aislamiento. Además están organizados, se sienten orgullosos de ser otomíes y en las escuelas se empieza a enseñar la lengua. Sin embargo, la producción de autoconsumo no basta: los zapatos no se dan en milpa y no se cosechan cuadernos en el traspatio. Para ciertas cosas se necesita dinero y en el arranque de los 90’s del pasado siglo las pocas actividades comerciales de la región estaban en decadencia: desde 1989 el café no tenía precio, la cotización de la carne iba para abajo y la naranja huasteca no podía competir con los cítricos de Florida. Por otra parte los recursos públicos destinados a la producción eran escasos y se gastaban mal, dejando tras de sí un reguero de proyectos fracasados, mientras que los programas de subsidio: Oportunidades, Procampo, Progan… no alcanzaban para nada. Y los nhú comenzaron a migrar en busca de empleos. En tiempo de los caciques unos cuantos bajaban por ratos a las ciudades donde trabajaban en la construcción y a fuerza de malpasarse ahorraban para comprar algo de ropa. Pero ahora se fueron más lejos. En los años 90’s cruzaron la frontera y llegaron hasta Nueva York, donde con el tiempo fueron estableciendo las redes de protección que facilitan la llegada de más transterrados. De un tiempo a esta parte, en Pericón, que es un módico caserío, el teléfono de larga distancia es asunto de primera necesidad. Por Todos los Santos, cuando estuve ahí disfrutando de su generosidad, sus tamales y su pan de muerto frente a suntuosas ofrendas iluminadas por radiantes marcos de zempoalxochitl, acababan de estrenar caseta nueva con dos cabinas privadas y un sistema que imprime automáticamente el costo de la llamada. La llamada del Nueva York. ¿De dónde más? Así los nhú de Texcatepec comenzaron a dividirse entre Pericón, Amaxac, Benito Juárez y Papatlac, en la Huasteca, y el Bronx neoyorkino. Al principio el plan era trabajar en Estados Unidos dos o tres años –me cuenta el Fleis Zepeda que acaba de regresar de un Manhattan anegado–, ahorrar lo más posible y devolverse al terruño con algo de dinero que se invertiría en patrimonio familiar, por ejemplo en la compra de algunas vacas. Pero con el tiempo se fueron prolongando las estancias, que hoy son en promedio de siete años. Y algunos ya están pensando en quedarse… Los nhú de Texcatepec se impusieron a la adversidad de ser indios en un país donde mandaban primero los criollos y después los mestizos, soportaron a los caciques y finalmente se alzaron y los derrotaron, recuperaron las tierras que les habían robado y hoy las trabajan con una agricultura que les da para comer… ¿Serán capaces de sobrevivir al solvente social en que puede convertirse la migración remota?

Los nhú de Texcatepec tienen muchas carencias, pero a diferencia de los indios y campesinos de otras regiones, donde en las décadas recientes las cosas han ido de mal en peor, para

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pascal, bocoles y sacahuil CulƟvos. En la milpa crecen tres calabazas; la pulpa de la que Ɵene cáscara dura, se prepara en miel de piloncillo. Con las pepitas se elaboran pipianes; también pueden comerse tostadas y saladas.

marco buenrostro cristina barros

En la Huasteca, como en otras regiones de México, la cocina está ligada a los entornos naturales. También se vincula con los diversos grupos culturales, en este caso pames, nahuas, maya-huastecos o teeneks, totonacas, otomíes o ñañús, y también mesƟzos y negros. Todos han aportado sus saberes y formas de relacionarse en sociedad y con la naturaleza.

El maíz. La milpa es la principal forma de culƟvo y el maíz es la base de la alimentación huasteca. Suele cosecharse en tonamilli (enero a mayo) y xopanmilli (junio a octubre). El maíz blanco es alimento de las personas y el amarillo de los animales. El morado se reserva para niños, ancianos y convalecientes; los granos del maíz rojo se asocian con prácƟcas rituales.

La preparación del nixtamal, nixcón o nixcómel, es una de acƟvidad coƟdiana de las mujeres huastecas. Con masa de nixtamal se hacen torƟllas y bocoles – gorditas de masa fritas o cocidas en el comal– rellenas de queso, frijoles o huevo. Una variedad de enchiladas son los molotes del norte de Veracruz; la masa se mezcla con chile ancho molido. Las chancacudas son gorditas cocidas en el comal con un poco de manteca de cerdo; en Chicontepec se espolvorean con piloncillo y queso rallados.

Sacahuil y piltamales. El sacahuil, cocido en horno bajo Ɵerra o en horno de bóveda, es un tamal que puede contener un puerco entero o varias gallinas; si va endulzado con piloncillo o panela, se conoce como chojol o piqui dulce en Poza Rica. Hay piquis de masa, ajonjolí y cilantro rellenos con frijol, y también totolchikilis, similares al bolim o bolime de los pames; los piltamales llevan picadillo, carne de puerco o pollo. Los tlapepecholes y los ilakats son tamales ceremoniales para Semana Santa y días de Muertos. En temporada hay bollitos o xamiles de elote. Las torƟllas llamadas majmatsu o machos se hacen con masa de las torƟllas del día anterior molidas. Un itacate tradicional son los chabacanes, especie de tostadas plegadas tal como salen del metate y cocidas en comal; se

preparan con masa secada al sol mezclada y cernida, manteca y chiltepín. Los hay dulces y de queso seco. Los pemoles se elaboran con maíz tostado y molido, manteca y azúcar.

Se culƟvan los chiles verde, cuaresmeño, de árbol y el pico de gallo, el chiltepín silvestre es muy apreciado; hay otros chiles locales. Los chiles secos más usados son el ancho o chile color, el seco criollo (chiltepín), el guajillo, el morita y el pasilla. Para elaborar las salsas se uƟliza el molcajete de piedra o de barro; para los moles y adobos, el metate o el molino.

Condimentos. Son naƟvos: epazote, hoja santa, orégano orejón o criollo, pericón, dhuyu (similar a la hierbabuena), hoja de aguacate y la cebolla llamada xonacatl o xonacate. Se han adoptado como propios el ajo y la cebolla asiáƟca, comino, canela, cilantro, perejil, tomillo, laurel y mejorana, pimienta y clavo.

Jobo, capulín, ciruelas, zarza, guanábana, chirimoya, zapote blanco, chicozapote, zapote domingo y mamey pueden culƟvarse o crecer silvestres. Hay además cítricos, mango, piña, así como caña de azúcar; sus mieles se convierten en piloncillo y chancaca. Atoles y otras bebidas. Hay atoles de masa endulzados con azúcar o piloncillo; se les puede agregar frutas como el capulín y los tempechkitles, piña, mango o tamarindo. Otros son de ajonjolí y de semilla de girasol o teja. El xocoatole o atole agrio es bebida ceremonial; a los chile atoles se les agrega chile molido. Hay aguas frescas de zarzaparrilla, de jobo, de papaya, de naranja agria, etcétera. El café es una bebida coƟdiana.

Los frijoles. Son famosos los frijoles negros, pequeños, boludos y brillantes de la Huasteca, pero además hay frijoles rojos, pintos, blancos. Los frijoles de la olla o refritos están presentes en el almuerzo y en la comida al atardecer. El frijol de la olla se combina con flores de colorín llamadas pichocos, pemuches o gasparitos. A veces se les agrega unas pequeñas cazuelitas de masa como en el tlapanile. Con frijoles refritos se rellenan los bollitos de pulpa de plátano macho.

Otros ingredientes. Son muchos los quelites, flores como las de izote, hongos, camotes (yuca, malanga, huacamote); cactáceas (nopal, jacube), y palmito. En la Huasteca viven codornices, chichicuilotas, huilotas y otras aves; los matorrales son hogar de armadillos, mapaches, conejos, tejones y liebres. Con carne de guajolote, pollo y gallina, así como de cerdo y res, se hacen pucheros; moles, adobos, pascales, tlapaniles y ajo cominos son de fiesta. Los quesos son sabrosos. De agua dulce y salada. Ríos y lagunas proveen de pescados y mariscos: acamayas, cosoles (camarones de rio), camarón, osƟón, robalo, pargo, bobo, mojarra de agua dulce y salada, curvina, cazones y poxtas (pececillos similares a los charales). El pescado se vende seco y salado.

Este apretado panorama de la cocina huasteca nos muestra su gran riqueza cultural y creaƟvidad, pero no podemos ignorar que en las úlƟmas décadas la depredación de selvas y bosques ha afectado notablemente a la región; como la cocina está ínƟmamente ligada con lo que la naturaleza produce, muchos plaƟllos e ingredientes podrían desaparecer. Hay que defender amorosamente esta Ɵerra como patrimonio que nos pertenece a todos.


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DELINEANDO LA HISTORIA Clemente Cruz Peralta Posgrado en Historia-UNAM

La Revolución Mexicana produjo una gran movilización campesina, pero no modificó en general la estructura agraria ni mejoró las condiciones de vida de las comunidades, en parte porque fueron los caciques latifundistas quienes la encabezaron como estrategia para posicionarse en la región

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uando hablamos de la Huasteca nos referimos grosso modo a una súper área geográfica de al menos cuatro mil años de antigüedad, la cual a partir de la invasión española también fue conocida como provincia de la Victoria Garayana y provincia de Pánuco. Los colaboradores nahuas de fray Bernardino de Sahagún la denominaron con otros nombres como Cuextlan, Pantlan, Panotlan, Panoayan, Tonacatlalpan y Xochitlalpan, y a sus habitantes como cuextecas, totonaques, toueyome, pantecas o panotecas. Aunque en términos culturales se le ha definido con base en el grupo mayoritario teenek o huasteco, no debemos olvidar la presencia de nahuas, otomíes, totonacos, tepehuas, algunos grupos chichimecas y otros que se han extinguido. Después de la conquista se incorporó población de origen africano y europeo.

Hasta antes del siglo XVI, la vida en la Huasteca giró en torno al comercio, la agricultura, pesca, cría y recolección de animales, elaboración de tejidos y producción de cerámica y artesanías. El despojo de tierras por parte de los españoles provocó la desintegración de los linderos jurisdiccionales prehispánicos, creándose nuevos asentamientos bajo cánones europeos

Es entonces una región marcada por la diversidad étnica, lingüística, cultural, social, al tiempo que compleja y contrastante. Ello no impide que sus habitantes originarios se reconozcan como parte de una historia compartida, una historia marcada por el tema de la tierra y los recursos naturales, que desde la conquista se imbricó en la cuestión agropecuaria. El área de influencia de la cultura huasteca fue mucho más amplia de lo que hoy conocemos y casi siempre fue muy disputada. Durante algún tiempo la Huasteca estuvo ligada y subyugada a la Triple Alianza (Tenochtitlan-

Teaxcoco-Tlacopan). Luego, en 1521, Francisco de Garay informó sobre algunas expediciones a la región, aunque su conquista le correspondió a Hernán Cortés, quien la gobernó como provincia de Pánuco entre 1522 y 1526, para después ser relegado por Nuño de Guzmán (1527-1533). Hasta antes del siglo XVI, la vida en la Huasteca giró en torno al comercio, la agricultura, pesca, cría y recolección de animales, elaboración de tejidos y producción de cerámica y artesanías. El despojo de tierras por parte de los españoles provocó la desintegración de los linderos jurisdiccionales prehispá-

nicos, creándose nuevos asentamientos bajo cánones europeos. Desde muy temprano se introdujo el cultivo de la caña de azúcar, cítricos, plátanos y otros frutos y plantas que se consolidaron hacia la segunda mitad del siglo XVI. Se introdujeron igualmente animales, ninguno con el impacto del ganado mayor, que modificó la estructura agraria y fue detonante, en distintos momentos, de rebeliones y levantamientos indígenas. La evangelización en la región inició con los franciscanos fray Bartolomé de Olmedo en 1522 y fray Andrés de Olmos, en 1532; después se sumaron los frailes agustinos. La empresa católica se extendió en toda la Huasteca, que en su gran mayoría estuvo adscrita al arzobispado de México, aunque partes también a los obispados de Puebla y Michoacán. Ciertamente, los indios asimilaron la nueva religión, pero no desecharon sus antiguas creencias y ritos.

Los indios de la Huasteca participaron con carácter local en la guerra de Independencia. Consumada ésta se encontraron ante la redefinición de nuevas unidades jurisdiccionales políticas y administrativas; se implantó, por ejemplo, el ayuntamiento como órgano de representación local, donde no precisamente tenían cabida. Surgieron rebeliones debido a la imposición de leyes agrarias que planteaban transferir las tierras comunales a particulares. Como estrategia, los indios se valieron del condueñazgo, es decir, la división de propiedades “entre varios dueños”. En su afán por controlar el territorio, las élites regionales, integradas por blancos y mestizos, plantearon desde 1823 la creación de un Estado Huasteco; propuesta que se ha repetido hasta el día de hoy sin que en ello se vean precisamente soluciones a un sinnúmero de problemas. La Revolución Mexicana produjo una gran movilización campesina, pero no modificó en general la estructura agraria ni mejoró las condiciones de vida de las comunidades, en parte porque fueron los caciques latifundistas quienes la encabezaron como estrategia para posicionarse en la región. El boom petrolero de fines del siglo XIX y principios del XX tampoco mejoró las condiciones existentes. Si bien se abrieron vías de comunicación (carreteras, sistemas ferroviarios y puertos) gracias al descubrimiento de pozos en “la faja de oro” (Naranjos-Cerro Azul-Poza Rica), se reforzó el proceso de concentración de tierras y capital en manos de inversionistas extranjeros, por lo que surgieron movilizaciones campesinas que tomaron nuevos derroteros y dimensiones más dramáticas desde 1970 hasta nuestros días. Los retos que en la actualidad enfrentan las comunidades indígenas de la Huasteca son muchos: analfabetismo, desempleo, desnutrición, falta de servicios, marginación, migración, discriminación, militarización, violación a los derechos humanos, deterioro ambiental y desde luego la disputa por la tierra. Asuntos de primer orden que con grandes esfuerzos buscan paliar mediante sus organizaciones campesinas. Cabe decir algo de la expresión musical más escuchada en la Huasteca: el huapango o son. Síntesis de mestizaje cultural que hermana la región en su cosmovisión, identidad, tradición e historia. Vínculo, a fin de cuentas, de identidades y culturas diferenciadas, multiétnicas y pluriculturales. Sonido en que convergen la tradición lírica española y la influencia musical indígena y afrodescendiente.


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PATRIMONIO BIOCULTURAL Tania Escobar

FOTO: Archivo

diversidad, ya que nuestro país tiene la mayor riqueza en el mundo de especies de pinos.

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éxico es un país considerado mega diverso debido a que, se estima, en su territorio existe alrededor del diez por ciento de las especies que se encuentran en todo el planeta. Tiempo, cultura y naturaleza son elementos esenciales en una fructífera relación que ha dado como propiedad emergente la diversidad biocultural (DBC); su expresión más notable la constituyen el conjunto de variedades, especies, sistemas y paisajes intencionalmente creados, mantenidos y utilizados por las culturas. Veracruz, Hidalgo, Puebla, Querétaro, San Luis Potosí y Tamaulipas conforman la unidad bio-

cultural llamada Huasteca, un espacio geográfico con una extensión aproximada de 27 mil 404.85 kilómetros cuadrados, que abarcan la llanura costera del Golfo Norte y la Sierra Madre Oriental. Se caracteriza por una alta diversidad de hábitat como lagos, reservorios, ríos, arroyos, cavernas y ríos subterráneos. Debido a su originalidad ecológica, esta región presenta climas templados húmedos en las zonas altas, que alcanzan hasta los dos mil 400 metros sobre el nivel del mar. El bosque de coníferas es el tipo de vegetación representativo; están los bosques de pino-encino, con gran variedad de especies, el oyamel, cedro y pino colorado. Este ecosistema muestra una alta

En la Huasteca la diversidad de especies salta a la vista: plantas trepadoras, orquídeas, magnolias, bromelias, árboles de liquidámbar, ciprés, aile y helechos arborescentes son característicos de los espesos bosques de niebla en los climas semicálidos húmedos de la región. Ahí es también el hogar de mariposas, aves, lobito de río, ocelote, tucán y la boa constrictora. Todos conviven en esta invaluable riqueza ecológica que sin embargo día a día se ve amenazada y donde el árbol de magnolia es una especie en peligro de extinción. En el bosque tropical el escenario no es diferente; un caleidoscopio biológico se hace presente, el clima cálido y húmedo permite la vida de importantes especies representativas por su valor ecológico y cultural para las comunidades indígenas. El “ojite” es un árbol con diversos usos, sus frutos son comestibles y sus hojas sirven de follaje para ganado. Para los tepehuas de Tecomajapa, “el palo de agua” se utiliza en “el costumbre” por los curanderos del pueblo, el “cedro rojo” tiene importancia maderable, y a éstos se suman el árbol de la ceiba y la

que producen una gran cantidad de satisfactores para las necesidades humanas a lo largo del año; los pobladores obtienen ganancias económicas en la venta productos como café, pimienta, mamey y zapote negro, además de plantas medicinales, con lo cual conservan la medicina tradicional.

pahua entre otros. Viajar a Pahuatlán, el límite sur de la Huasteca, es un encuentro con olores y sabores de intenso colorido. Igual que en lo biológico, hay una gran diversidad cultural. En la Huasteca convergen distintos grupos étnicos: los teenek, totonacos, otomíes, tepehuas y nahuas, quienes conforman las culturas dentro del territorio.

Los cafetales tradicionales albergan más de 300 especies de árboles, arbustos, hierbas y epifitas; además, estos agroecosistemas sirven de hábitat para aves, mamíferos e insectos. Para destacar los sistemas de silvicultura indígena, como el te´lom huasteco, cuyo sistema de cultivo tradicional es manejado para obtener varios recursos, ya sea para el autoconsumo o para su venta.

La mayoría de estos pueblos practican la agricultura de temporal, esto ha permitido que la región sea un centro de domesticación de una gran variedad de planta; destacan por ejemplo el maíz, la calabaza, el frijol, el chile, el cacao, la papaya, el aguacate, la jícama y el cacahuate, la mayoría de los cuales tienen particular importancia en la cultura de la Huasteca.

Esta riqueza biocultural de la Huasteca actualmente se encuentra amenazada por el desarrollo de la ganadería extensiva, la expansión de monocultivos y la explotación petrolera. La pérdida de varios hábitat y la fragmentación de los mismos se han convertido en uno de los grandes peligros que atentan contra la biodiversidad y arriesgan la viabilidad de las culturas. En este sentido, la conservación cultural y la biológica están estrechamente vinculadas, la una depende en gran medida de la otra.

Además de la importancia ecológica, las prácticas culturales sobre el manejo de los recursos brindan un panorama heterogéneo de agroecosistemas tradicionales tales como la milpa, un policultivo cuyo uso principal es el autoconsumo y es una muestra de la biodiversidad generada a lo largo del tiempo. Entre los sistemas agroforestales destacan los huertos familiares,

LA CULTURA DEL AGUA ANTE EL CAMBIO CLIMÁTICO Anuschka van ´t Hooft avanthooft@uaslp.mx

Aparentemente, la Huasteca cuenta con altas precipitaciones pluviales, que se convierten en grandes escurrimientos superficiales. Sin embargo, en algunas zonas, sus propias condiciones orográficas dificultan el aprovechamiento de los escurrimientos, provocando problemas de abastecimiento. También debemos considerar la reducción en la cantidad de agua en ríos, arroyos, pozos y manantiales, debido al alarmante proceso de deforestación. Si a esto le sumamos los efectos del cambio climático –eventos hidrometeorológicos más intensos y erráticos–, la situación generará un desequilibrio aún mayor en la cantidad, distribución y disponibilidad del agua. Es muy probable que tal escenario conlleve grandes conflictos sociales.

Las personas más vulnerables (niños, mujeres, ancianos y los más pobres) serán las que más sufran de problemas de escasez y exceso de agua. Asimismo, las personas con gran dependencia de los recursos naturales, como los agricultores de temporal, serán especialmente susceptibles. Es así que podemos afirmar que, en la Huasteca, las condiciones de pobreza, marginación y desigualdad hacen a su población muy vulnerable ante los cambios inminentes. Para reducir tal vulnerabilidad en la Huasteca, se tiene que promover una cultura preventiva y de respuesta. Para los ciclones funciona la implementación de sistemas de alerta temprana, la elaboración de planes de evacuación y la realización de simulacros para que la gente sepa qué hacer en caso de desastre; para enfrentar las sequías podemos incentivar el cambio de los tipos de cultivo a otros más resistentes, entre otras acciones. El Estado debe ayudar en este proceso de adaptación y mitigación a través de programas de comunicación de riesgo para crear capacidades y fortalecer a la población. Sin embargo, para que estos programas sean efectivos, es necesario tomar en cuenta la forma en que la gente percibe dichos riesgos.

ciprocidad constructiva a través de rituales de petición de lluvia? FOTO: Proyecto lengua y cultura nahua de la Huasteca

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os escenarios del cambio climático en este siglo no son nada buenos. En la Huasteca, sus efectos tendrán que ver con el agua: mientras que las sequías y ondas de calor, cada vez más extremas, provocarán escasez, los ciclones tropicales e inundaciones, cada vez más frecuentes, generarán un exceso dañino de este líquido vital.

Las personas actuamos conforme percibimos nuestra vulnerabilidad, la cual no necesariamente coincide con la vulnerabilidad medida por los científicos. Esta percepción local se constituye de comprensiones y sensibilidades sobre el ambiente natural, y depende de experiencias, creencias, conocimientos y saberes acerca de la naturaleza que hemos construido como colectivo. Obviamente, las percepciones pueden ser heterogéneas y variar de acuerdo con el género, identidad étnica, generación,

estatus socio-económico, actividades cotidianas, expectativas y deseos. Así, las percepciones son construcciones tanto individuales como sociales. En la Huasteca, las percepciones sobre el agua son sin duda variopintas, y causarán grandes retos para cualquier institución que quiere trabajar en esta región. ¿Qué pensar cuando nuestros interlocutores indígenas ven en el agua un actor vivo, con capacidad de decisión, y con el que se tiene que mantener una relación de re-

¿Qué hacer si la gente no reconoce el deterioro del medio ambiente como factor clave para la situación de vulnerabilidad, sino solamente el daño ocasionado directamente cuando ocurre un desastre? ¿Cómo actuar si los agricultores consideran los deslaves de las laderas como un recurso para fertilizar las tierras en vez de un impacto concatenado por la ocurrencia de lluvias intensas? Sólo a partir del entendimiento de estas percepciones y las dinámicas, intereses y modos de hacer que estas conllevan– podremos generar proyectos exitosos de comunicación de riesgo en la Huasteca que embonen adecuadamente con las visiones y normas de las instituciones de diferentes niveles que los impulsen. Los escenarios del cambio climático prevén una enorme necesidad de investigación sobre el tema de las percepciones para poder atender de la mejor manera a la población vulnerable que vive en zonas de riesgo.


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Hidalgo Libro: Historia contemporánea del Movimiento Indígena en la Sierra Norte de Puebla. Autor: Milton Gabriel Hernández García. Ediciones NavarraCEDICAR A.C.

RIQUEZA EN MEDIO DE LA POBREZA Alfredo Alcalá Montaño Academia Hidalguense de Educación y Derechos Humanos (Acaderh)

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Libro: Arpas de la Huasteca en los rituales del Costumbre: tenek, nahuas y totonacos. Coordinadores: María Eugenia Jurado Barranco y Camilo Raxá Camacho Jurado. Ediciones: Colecciones Huastecas.

a Huasteca Hidalguense es una región en la que el clima, la topografía, la abundancia de agua y la fertilidad del suelo son propios para el desarrollo de actividades agropecuarias. Pero la mayor riqueza natural, se encuentra en la población indígena, que aún conserva sus tradiciones, sus costumbres, sus raíces, nuestras raíces.

Los pobladores de la Huasteca son víctimas de gobiernos autoritarios que buscan preservar elementos restrictivos para su movilización, como la dificultad de acceder a los medios de comunicación, a la educación y a la salud. Las demandas de estos pobladores han sido ignoradas y olvidadas, por levantar la voz en náhuatl y no en castellano.

Sin embargo, las condiciones de explotación y miseria contrastan con la riqueza que albergan. Su lejanía respecto de la capital del estado ha preservado la marginación y el rezago social. Su inclusión al desarrollo social es una deuda permanente.

En medio de la Huasteca, encontramos el municipio indígena de Yahualica, el cual sólo es recordado cuando ocurre alguna catástrofe, como la de julio de este año, cuando un derrumbe en la comunidad de Santa Teresa dejó al menos 300 personas damnificadas y a toda la comunidad devastada.

FOTO: Archivo

Su pueblo ha sufrido la represión, primero de los caciques y luego de gobiernos opositores a la organización social, que han utilizado la intimidación e incluso los asesinatos para detener cualquier ansia libertaria y de lucha por la tierra en la región más fértil del estado.

No obstante, en Yahualica hay otras 33 de comunidades, con alta concentración indígena, que requieren atención prioritaria, pues viven en medio de una crisis alimentaria permanente a pesar de su riqueza cultural. Yahualica es uno de los municipios más pobres del país. De acuerdo con el Consejo Nacional de Evaluación de la Política Social (Coneval), se encuentra entre los 20 municipios con mayor in-

La Huasteca es un lugar donde no hizo justicia la Revolución, donde las prácticas porfiristas prevalecen, a pesar de ser un pueblo pionero en la lucha contra la dictadura.

LOS MERCADOS, UN “SISTEMA SOLAR” Ana Bella Pérez Castro Instituto de Investigaciones Antropológicas-UNAM

Libro: El gran robo de los alimentos: cómo las corporaciones controlan los alimentos, acaparan la tierra y destruyen el clima De: GRAIN. Para mas información y para comprar el libro: http:// is.gd/6lt6ZV

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e tradición prehispánica, los principales mercados en la Huasteca siguen siendo el de Huejutla en Hidalgo; los de Tantoyuca, Ilamatlán, Tzontecomatlán y Chicontepec en Veracruz, y los de Tancanhuits y Aquismón en San Luis Potosí. Mercados cuya magnitud de productos y compradores les permite se considerados centros consumidores, pero también distribuidores, ya que a lo largo del tiempo se han ido formando alrededor de ellos otros de menor importancia a los que abastecen y que funcionan como mecanismos estratégicos para facilitar el intercambio de bienes y servicios.

Tanquian, Xilitla, Chapulhuacan, Coxcatlán, Tancanhuitz, Tampacan, Tanquian y Matlapa, en San Luis Potosí. Unos y otros forman parte de una constelación económica regional en un sistema de mercados rotatorios que semejan un “sistema solar”. En los mercados predomina la transacción en moneda. Resalta el colorido de los productos; la sinfonía de sonidos; una multitud de

Así encontramos los mercados medianos y pequeños como el de Naranjos, Citlaltépetl, Tancoco, Tlacolula, Ixcacoatitla, Tepetzintla y Chontla en la Huasteca Veracruzana; San Felipe, Huatla, Canalli, Atlapexco, Tlanchinol, Tamazunchale, Platón Sánchez, Las Piedras, Ixtlahuaco, Coyula, Santa Cruz, Tlalchiyahalica, Mecuxtepetle, Xaltocán, Papatlatla, Atlapexco, Coacuilco, Tehuatlán, Arenal y Huetzitzilingo, en Hidalgo, y Tancanhuitz, San Martín,

olores que se expanden a lo largo y ancho de los puestos, y prácticas, costumbres y valoraciones. En ellos se observa que la tradición y la modernidad conviven. Así, encontramos hechuras de tradiciones que mantienen y reproducen un saber artesanal de antaño, como son las ollas de barro del barrio de Xopopo; los sombreros de palma de Tancoco; la loza de Xililico; las cazuelas y ollas de San Miguel Tenextatiloyan; las

FOTO: Ana Bella Pérez Castro

Libro: Ritual, palabra y cosmos otomí: Yo soy costumbre, yo soy de antigua Autores: Patricia Gallardo Arias Ediciones: UNAM

Mercado de Atlapexco, Hidalgo

canastas de Huazalinguillo; la talabartería, jarciería, sombreros y morrales de Tantoyuca; las campanas, los santos y los floreros de metal de Tlahualompa; la lámina de Huasca; el trabajo en cobre de Santa Clara del Cobre; los molcajetes, argollas para los cinchos de los caballos y metates de Hidalgo; las cestas de Chijolar; los incensarios y silbadores de Huejutla; los servilleteros, carteritas para poner cigarros y muñecas de Cuetzalan, y los bordados de Colatlán. Se vende el zacahuil de Tepetzintla; el pan de Tlaxcala con nuez, huevo y canela; el camarón, la hueva de lisa y el pescado que los tamiahueros aprendieron a salar; los ricos quesos de Piedras Clavadas, y la carne enchilada, el chorizo y al tasajo de Tantoyuca y Tepetzintla. No faltan los granos, semillas y frutales, como el frijol de Nayarit; el maíz de Hueycoatitla; el café de la Sierra de Hidalgo; el cacahuate de Potrero del Llano; la piña de Poza Rica; el plátano criollo de Álamo y Tabasco; la naranja de Tuxpan, y la sandía, aguacates y la sal de Tampico. De ranchos y comunidades procede el chile auteco, el pico de pájaro, el seco para el mole; la hierbabuena, el


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La Huasteca es un lugar donde no hizo justicia la Revolución, donde las prácticas porfiristas prevalecen Al ser uno de los municipios más pobres del estado, requiere una atención prioritaria, la cual debe ser integral. Una de las principales obligaciones del Estado en su conjunto es la justa distribución de la riqueza, pues es éste la herramienta más efectiva el uso del gasto público. En medio de este gris panorama surgen iniciativas ciudadanas que adquieren relevancia ante el sentimiento de que hay una línea divisoria entre los que más tienen y la población más vulnerable, misma que está marcada por la pertenencia a una etnia. Por ello debemos aplaudir que, pese a una realidad dolorosa para los pueblos originarios, y para quienes creemos en los derechos

Los mercados en la Huasteca son espacios sociales y económicos donde lo local se conecta con lo global, un ámbito productivo que se feminiza y en el que se explaya el intermediarismo epazote, el chonacate, el cilantro, el papaloquelite, el quelite, el tabaco, los pichocos (pemuche), chayotes, camote simples y dulces, jacubes, limones, ahogadores (humos), tamarindos, elotes, copal, bugambilias, hoja de plátano y nopales. Mercancías que, como empedernidas viajeras, proceden de rancherías locales, de estados vecinos y hasta de otros países para satisfacer las necesidades de los compradores de la Huasteca. Las mercancías se mueven de una región a otra, de un estado a otro, como es el caso del calzado que procede de León, Guanajuato; de la ropa nueva que se lleva de la ciudad de México, Poza Rica y Tampico; de pomadas, jarabes, ungüentos y demás sustancias milagrosas; li-

humanos, surjan organizaciones de hombres y mujeres nahuas del municipio que participan activamente y trabajan desde lo local. Actualmente hay algunas iniciativas que impulsan la organización y participación ciudadana, como la Red de Organizaciones Civiles de Hidalgo –de productores e impulso de la economía campesina–, y la Organización Nahua y Campesina de la Huasteca Hidalguense, integrada por jóvenes que, junto con la Academia Hidalguense de Educación y Derechos Humanos, AC, impulsaron por vez primera una agenda ciudadana en derechos humanos. Tal agenda fue ya presentada ante las autoridades locales, lo cual es muy importante pues permitirá generar un mayor acercamiento entre la sociedad y el gobierno municipal, sin la intermediación de algún partido político, y esto demuestra que a pesar de ser considerado un municipio pobre y marginado, hay un interés por mejorar la relación gobierno sociedad, clave para un buen gobierno. En la Huasteca Hidalguense hay un interés por contribuir al desarrollo del estado, y eso se observa en la aparición de grupos organizados de la sociedad civil que buscan una efectiva creación de políticas públicas, para pasar de ser objeto a ser sujetos de las mismas.

bros e imágenes de santos; aparatos domésticos y abarrotes que se compran en la ciudad de México; de ropa usada que llega de Estados Unidos, y de artículos de belleza, adornos y aparatos electrónicos que vienen de China. Toda esta rica gama de productos son ofrecidos principalmente por comerciantes mestizos que los colocan sobre estructuras con base de madera y varas; los indígenas, por su parte, ofrecen verduras, frutas, yerbas, cal, incienso, artesanías o velas en costales tendidos en el suelo o sobre un huacal, como es el caso de Prócora. Prócora es una indígena de la Huasteca Potosina que, acompañada de sus tres hijos pequeños, ofrece distintas variedades de plátanos y bolsas con verdura picada. Ella compra la verdura en las camionetas por montón, las limpia y corta, porque, como señala, “el nopal se vende mejor embolsado porque la gente no quiere pasar el trabajo de cortarlo”. Los mercados en la Huasteca son, en este sentido, espacios sociales y económicos donde lo local se conecta con lo global, un ámbito productivo que se feminiza y en el que se explaya el intermediarismo. Son lugares que dejan ver que en la estructura social los indígenas siguen estando al nivel del suelo.

LA ORGANIZACIÓN DE LAS COMUNIDADES HUASTECAS Julieta Valle ENAH/INAH

FOTO: Alerta Roja Huasteca

tensidad de pobreza alimentaria a nivel nacional; un 77.9 por ciento de la población carece de los recursos suficientes para acceder a la canasta básica, lo cual es una violación grave a los derechos humanos, pues el alimentario es un derecho fundamental.

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os modelos de organización sociopolítica de las comunidades indígenas de la Huasteca se han adaptado en general a las directrices marcadas por las normas municipales y la Ley Agraria. Sin embargo, los cargos asociados a estos esquemas de autoridad dependen de principios y jerarquías cuyo origen es distinto a la legislación nacional. Son varios los elementos que inciden en este fenómeno. Uno de ellos es el constituido por los criterios de elegibilidad de un individuo para los oficios de gobierno, otro es la existencia de una jerarquía religiosa que se entrevera o se sobrepone a los cargos civiles; finalmente, hay una serie de mecanismos que garantizan la posibilidad de acumulación de prestigio por medio del servicio público. Debido a ello, la estructura real de gobierno en las comunidades varía de un lugar a otro en cuanto a tipo y cantidad de funcionarios, pero, sobre todo, en cuanto a atribuciones y relación con las jerarquías no oficiales. Otro aspecto que marca diferencias es la división misma de la comunidad y el grado de representación que tienen las partes en el cuerpo de gobierno. Es posible señalar, entonces, que en las comunidades “que cuentan con barrios y anexos, se nombran delegados del juez y, a veces, del comisariado para atender los asuntos exclusivos de barrio”. Es la misma situación que se da cuando la comunidad está compuesta por rancherías dispersas, aunque cambien los nombres de los funcionarios. Además, hay casos en los que encontramos que el ayunta-

miento tiene una composición más o menos representativa de las comunidades a las que comprende el municipio. Un rasgo constante en las comunidades de la Huasteca es que el acceso a la jerarquía empieza en la adolescencia, con cargos como el de mensajero, el de topil o similares. La participación en estos rangos inferiores es condición ineludible para el acceso a los grados superiores, que conllevan mayor prestigio y autoridad. Con base en lo anterior, podemos observar que existen tres niveles, con base en los cuales pueden establecerse las pautas generales de funcionamiento de los diversos cuerpos de gobierno. El superior, que carece de reconocimiento oficial, es el consejo de ancianos. Y si bien no aparece en todas partes, ahí donde existe generalmente goza de gran autoridad. Este consejo es seguido jerárquicamente por la asamblea comunitaria, que congrega al personal con plena membresía para la toma de decisiones y la elección de autoridades. Y vemos que esa condición varía de un lugar a otro, pues en algunas partes incluye a las mujeres, y en otras sólo a los varones o bien a las cabezas de familia, sean hombres o mujeres cuyos maridos están ausentes. El nivel intermedio está constituido por los funcionarios locales: delegados, jueces y agentes, cuya jerarquización y composición numérica es muy variable. Donde no existe consejo de ancianos, lo habitual es que la asamblea se erija en un poder superior al de las autoridades,

en quienes delega sólo algunas atribuciones. El escalón inferior lo constituyen los topiles, que son jóvenes al servicio de la autoridad. Éstos, llamados también alwásil en tepehua, mayules en teenek y tequihuas en buena parte de la zona náhuatl, generalmente fungen como correos o policías. En numerosas comunidades se nombra uno de ellos por cada uno de los barrios o rancherías que la componen. Así las cosas, pareciera que en la Huasteca se ha dado un profundo proceso de aculturación que ha relegado los puestos “tradicionales” a los niveles más bajos del cuerpo de gobierno y a una delgada capa superior que se encuentra en vías de desaparición. Sin embargo, por el contrario, el mismo hecho podría interpretarse como prueba del incesante proceso de adaptación que han vivido las formas de gobierno indígena, además de que pone en evidencia la inexactitud de un criterio de análisis basado en la dicotomía tradicionalmoderno, pues éste nos induce a suponer que los cuerpos de gobierno “más indígenas” son aquellos formados por cargos con nomenclatura antigua y en los que se advierte una estrecha imbricación con las jerarquías religiosas. Claro está que también existen o existieron en el pasado reciente casos como esos en la Huasteca, lo que demuestra que la región es un gran caleidoscopio donde están cabalmente representadas las diversas posibilidades que han quedado como saldo la tensión entre el cambio y la continuidad en materia de organización social y comunitaria.


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San Luis Potosí

EL SÓTANO DE LAS GOLONDRINAS: PATRIMONIO BIOCULTURAL EN RIESGO Milton Gabriel Hernández García Profesor-investigador de la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH)

A propios y extraños resulta sumamente espectacular el vuelo que cada mañana realizan las golon-

drinas en forma de espiral desde el fondo del Sótano. Una vez que han pasado la mayor parte del día fuera de su hogar, regresan en grandes parvadas, y después de sobrevolar el borde del abismo de manera circular, descienden multitudinariamente en picada, para guarecerse durante la noche en la tranquilidad de sus nidos. A pesar de que los biólogos que han estudiado la zona han señalado que las aves características del lugar son en realidad vencejos, los teenek las siguen llamando golondrinas o uclif en su lengua materna. Hacia 1997, después de la apertura de la brecha interserrana, representantes de la comunidad que custodia actualmente dicho espacio turístico, Unión de Guadalupe, iniciaron un proceso de diálogo con la Secretaría de Ecología y Gestión Ambiental (SEGAM) del gobierno del Estado de San Luis Potosí, ante quien denunciaron el deterioro al que se estaba sometiendo al Sótano, así como la captura y tráfico ilegal de

FOTO: Archivo

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a Huasteca Potosina se ha convertido en los años recientes en un polo de atracción turística. Una variada constelación de actores (institucionales, civiles, grupos comunitarios, operadoras turísticas, etcétera) promueve en diversos medios regionales, nacionales e internacionales los “atractivos turísticos naturales y culturales” que existen en la región. Uno de los destinos más visitados es sin duda el Sótano de las Golondrinas (Jolol Uclif o Jolol Kwele en lengua teenek). Enclavado en la Sierra Madre Oriental, en el municipio de Aquismón, se ha convertido en uno de los sitios privilegiados no sólo para turistas nacionales e internacionales, sino también para expediciones de biólogos y espeleólogos de agrupaciones e instituciones académicas que realizan en esta cavidad investigaciones sobre fisiografía, botánica y zoología desde los años 70’s.

las aves. Una de las paradojas del desarrollo turístico en el Sótano de las Golondrinas es que a pesar de que la afluencia de visitantes es numerosa y en ciertas temporadas masiva, no ha logrado contribuir sustantivamente al desarrollo económico de la comunidad y, por el contrario, ha tenido efectos im-

portantes en el ecosistema y en la relación de la comunidad teenek con el territorio.

considerado como un “lugar sagrado”. Esto se debe fundamentalmente a que se dice que en sus profundidades habita Mamlab, el “Dios del Trueno”: “A algunos niños les da miedo el trueno, es el Mamlab. La gente se espanta porque un señor de acá de la sierra lo partió el trueno. Eso fue hace como unos cuatro años, que al señor lo mató el rayo. Se recargó en un encino y el rayo lo mató con todo y su perro. Se cree que ya es su destino. Que fue un castigo que le mandó el Mamlab. El rayo te puede pegar si no cumples una promesa. El Mamlab allí adentro vive. Cuando va a llover y empieza a tronar es que el Mamlab se sale del Sótano. Él puede mandar hasta un castigo o una cosa buena. Viene siendo que es el trueno”. Con el incremento del turismo y de las expediciones espeleológicas, y sobre todo a partir de 1996, cuando se abrió la brecha que conduce desde la cabecera municipal hasta el Sótano, inició un proceso de desplazamiento de la población

Entre los teenek de San Luis Potosí, existe un complejo ritual vinculado a los cerros, a las cuevas y a los nacimientos acuáticos. El Sótano de las Golondrinas es

TIERRA, CULTURA Y COSTUMBRES Pedro Hernández Flores Comité de Derechos Humanos de las Huastecas y la Sierra Oriental (Codhhso)

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federal a fínales de los 70’s y principios de los 80’s: casas cateadas, saqueo de nuestras pertenencias y muchos detenidos. Más de 500 compañeros indígenas fueron encerrados en diferentes cárceles de Hidalgo. Algunos de ellos quedaron lisiados de por vida debido a la tortura a que fueron sometidos por la policía judicial y el ejército federal, para que se declararan culpables de los delitos que se les imputaba.

Hoy seguimos nuestra unidad como pueblos, usufructuando nuestras tierras y su producto, que obtenemos con trabajos colectivos o comunitarios entre hombres y mujeres, tierras recuperadas por la vía de los hechos. Muchos compañeros que cayeron asesinados y masacrados tenían la misma esperanza de trabajar la tierra de manera libre y sin patrones; no lo lograron. Por ello, junto con sus familiares, los indígenas huastecos sobrevivientes de la lucha por la tierra seguimos recordándolos cada año. Con la lucha de los pueblos y la recuperación de nuestras tierras comunales logramos sacar a los caciques de las haciendas, retri-

FOTO: Archivo

n las diferentes etapas de desarrollo histórico de nuestros pueblos, hemos demostrado la capacidad de resistencia ante la barbarie y el sometimiento de la política de los caciques y su gobierno, un imperio caciquil que nos ataba por décadas. Con nuestra lucha organizada en ocho municipios huastecos, nos levantamos y sacudimos el yugo en las décadas de los 70’s y 80’s. Con ese levantamiento, los campesinos indígenas logramos recuperar nuestras tierras colectivas de las que estábamos despojados por los señores de orca y cuchillo.

bución por tantos crímenes que se cometieron contra las comunidades indígenas, como violaciones a nuestras mujeres e hijas, aprovechando la protección del gobierno. Actualmente aún están agasajados en el poder político, ahora un poco más lejos, en los municipios y en el gobierno de los estados. Antes estaban protegidos por pistoleros a sueldo, tenían bien formados sus propios ejércitos, to-

dos cargaban armas largas de alto poder y pistolas en el cinto para someternos a trabajos forzados. El ejército y la policía jamás hicieron algo para protegernos o desarmarlos, como lo hacen ahora con las comunidades, al contrario, se sentaban juntos a convivir en las haciendas con los caciques y pistoleros, todos armados; jamás se nos hizo justicia por los atropellos que sufrimos. Los indígenas siempre

hemos estado desprotegidos. Es así como fuimos conociendo la clase de la gente que nos gobierna. Por sólo recuperar nuestras tierras que por derecho nos pertenecen, los caciques nos acusaron de criminales, agitadores profesionales, generadores de violencia y de ser guerrilleros. Pidieron apoyo al gobierno que nos mandó reprimir con más de 15 mil efectivos del ejército

La situación ha cambiado, pero no en todo es mejor. La política del gobierno está encaminada al fascismo, sólo ofrece justicia a los que tienen con qué pagarla; los pobres sufrimos injusticias. Las cárceles están llenas de pobres, muchos privados de su libertad, sin delito alguno o por delitos inventados, sólo por exigir que se respeten sus derechos. En la Huasteca de Hidalgo y Veracruz, los indígenas seguimos luchando por liberarnos no solamente de la explotación, opresión y discriminación, sino de la ignorancia que aún prevalece sobre nuestras comunidades. En el actual sistema se habla mucho de la democracia y los beneficios que ella trae, pero la realidad es otra, no hay democracia ni beneficios. El gobierno no es del pueblo, es de los capitalistas (tominpianih), no es un gobierno de


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los trabajadores o de los pobres, es de lo ricos; es por eso que cuando los pobres exigen justicia y más salario de manera organizada, los acusan de criminales y los encarcelan: perjudican los grandes intereses económicos y políticos de los empresarios que controlan todo el poder político del país. El gobierno no representa al pueblo, sino a la oligarquía nacional aliada del imperialismo. Hoy nos confunden con el combate a la delincuencia organizada y al narcotráfico, pero esa es una nueva forma de sembrar terror y zozobra en nuestras comunidades, para que la gente no se organice ni proteste por las violaciones a sus derechos y, si lo hacen, son acusados y reprimidos. De la noche a la mañana los luchadores sociales son culpables de cualquier delito, como pasa actualmente con los estudiantes, mientras los verdaderos delincuentes están libres, protegidos por el sistema.

Hoy seguimos nuestra unidad como pueblos, usufructuando nuestras tierras y su producto, que obtenemos con trabajos colectivos o comunitarios entre hombres y mujeres, tierras recuperadas por la vía de los hechos

DE LA LUCHA POR LA TIERRA AL DESINTERÉS POR LA AGRICULTURA* Lourdes Rudiño

rodeadas de comercios, escuelas de todos los grados, centros de salud, gasolineras y bares; la gente, en especial los jóvenes, se ha arrimado a vivir en estas orillas. Las carreteras ya son evidentemente unas calles: Son las plazas públicas, los campos deportivos, los espacios de la intensificación de todas las relaciones, de la circulación del dinero y de las mercancías, dice el entrevistado.

FOTO: El fotógrafo descalzo

indígena de este espacio sagrado. Se calcula que al año llegan entre seis mil y diez mil turistas que practican rapel y diferentes actividades. Debido a ello, como ya se ha referido, se prohibieron ciertas prácticas que atentaban contra las aves y sobre todo contra el respeto que se debe mantener ante Mamlab, pues se considera que de seguirse realizando, se puede despertar la ira de esta entidad: “Puede suceder que el Mamlab se enojara porque la gente se aventaba al Sótano. Así le pasó a un gringo que se murió dentro. Porque las golondrinas están cuidadas por el Mamlab y por eso le dio coraje que la gente se aventara y que las molestara. Como que impactaba a las golondrinas y los pericos. Se salían cuando alguien se aventaba, se escondían en los árboles. Antes había gente que hasta las mataba para comerlas, les aventaban piedras al Sótano para que salieran y cuando iban saliendo las mataban con un carrizo. Eso era día con día, día con día. Unos pintaban los pericos y decían que eran loros huastecos, los pintaban y los vendían pero luego se despintaban”. En la actualidad, los actores locales se enfrentan a lo que hasta ahora ha sido una disyuntiva: promover el desarrollo turístico sustentable para beneficiar a la comunidad o resguardar la morada de una de sus deidades más importantes.

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a Huasteca es como una amplia escalera que nace de la sierra madre y los lomeríos de los teenek en el actual San Luis Potosí y los de los otomíes y nahuas de la Sierra Norte de Puebla y llega a la zona costera de Veracruz, donde han estado los totonacos, los tepehuas, y también ahora, un montón de gente de todas partes de los altiplanos cercanos, marchando al mar a lo largo de siglos, con o sin políticas de colonización, llevados, invitados, metidos.

brutalidad de los desmontes que sufrieron el norte de Veracruz, la parte baja de Puebla, Hidalgo y San Luis Potosí. Cierto es que, ya antes de la llegada de las empresas petroleras, ocurría otro fenómeno que había iniciado este gran desmonte. A fines del siglo XIX pobladores del altiplano central y la sierra, movilizados por nuevas perspectivas comerciales y demanda de carne, se metieron a los llanos de la Huasteca, rentando y apropiándose de terrenos para la cría de ganado; cercaron extensos potreros.

Así lo describe François Lartigue Menard, investigador del Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social (CIESAS), sede Distrito Federal, y en entrevista relata: la historia de esta región muestra que la zona más importante, densa, vital, con más gente y actividad ha sido la intermedia, la del pie de monte; allí se han concentrado dinámicas culturales, las tensiones sociales y las luchas en torno a la apropiación de los recursos, al aprovechamiento de la tierra y al control de los caminos.

Para entender este proceso, continúa el experto, hay que considerar que esta región de selva contaba con una población densa sólo en zonas muy localizadas, generalmente cerca de los ríos, y si bien había campesinos que ya sabían sus derechos y defendían sus tierras, también eran muchos los progresistas revolucionarios y los empresarios foráneos que buscaban apropiarse de los recursos y de las tierras, poblar el lugar, dinamizar la economía, urbanizar, rentabilizar.

Sin embargo, desde hace unos 90 años, con el surgimiento de nuevos intereses, fundamentalmente petroleros, y con el despliegue de desarrollos tecnológicos y de los caminos, la costa y la planicie se han transformado y han pasado a ocupar un lugar ya predominante en el entramado regional: esta zona se ocupó, se urbanizó, se vio lotificada y parcelada y se densificó su población. “Recordemos que previamente –algo que cambió solamente a principios del siglo XX– la zona era una gran selva (bastante más de lo que es ahora la Selva Lacandona) de bosques altos y muy enmontada, atravesada por ríos y unos pocos caminos”. Es evidente que la extracción petrolera es la causa de la tardía

“En los años 70’s y muy a principios de los 80’s, ocurrieron movilizaciones importantes y muy duras luchas campesinas e indígenas por la tierra –más importantes y exitosas, por cierto, de lo que serían luego en Chiapas. Grupos campesinos, movilizados y poniendo muertos, supieron aprovechar coyunturas políticas para recuperar tierras por los cauces ejidales de la reforma agraria. Una de las últimas zonas del avance campesino”. Hoy día, entre los fenómenos que destacan de la Huasteca está lo que ocurre con las carreteras que se construyeron desde los años 50’s y 60’s, y otras más en los 80’s, que buscaban conectar a todas las cabeceras municipales. Hoy presentan topes cada 500 metros o cada kilómetro, están

Las carreteras son atractivas porque permiten circular y tener fácil acceso a servicios básicos de habitantes que consumen mucho más y ya producen mucho menos. Como resultado visible de esta situación, las poblaciones han pasado de gozar de una relativa autonomía económica (el autoabasto de alimentos y bienes de uso) a una de dependencia normal, amplísima, todavía creciente y general, del mercado. “Gente de estos cultos pueblos de agricultores, de los que desarrollaron y produjeron las mejores mazorcas, y que hoy literalmente estan dando masivamente la espalda a sus tierras; son los hijos o nietos de lo que lucharon por las tierras atravesadas por aquellas carreteras. Ya compran todo, incluso casi todos sus alimentos”, dice Lartigue. La Huasteca hoy es también una zona muy diversificada, vasta, cada vez más diferenciada, donde ya se mueve mucho dinero y donde a la vez hay muchas personas pobres, altamente dependiente de los subsidios y del dinero precario (que obtienen de pequeños negocios como tiendas de abarrotes y otros propios de las fórmulas de inserción de los pobres en el mercado). Continúa el especialista: Es entendible que en un marco de abaratamiento de los precios por unidad de los productos agrícolas y de fuerte reestructuración de los mentados apoyos al campo, los campesinos hayan declinado en su producción agrícola. La Huasteca es hoy una región donde la gente es masivamente campesina, gran parte de ella indígena, celosa de sus costumbres, pero también muy emprendedora y muy dispuesta a circular, a moverse. El crecimiento del mercado, el efecto de las densas vías de comunicación y el desprecio a la agricultura han hecho que la gente se mueva más, mucho más. “Las grandes ciudades del país, México y Monterrey, Tampico y Puebla, San Luis Potosi y Querétaro, Poza Rica y Pachuca están ahora rodeadas de los inmensos contingentes de los jóvenes de la Huasteca que para enamorar y

sentirse dignos hablan entre ellos el ñahñú, el tepehua, el náhuatl, el totonaco y el teenek”. Así, las tierras de esta Huasteca que para los aztecas representaba una zona soñada –pues allí recurrían cuando había hambre en Tenochtitlan– han reducido sustancialmente su producción de maíz; en el mejor de los casos, cultivan para el abasto familiar y un poco para comerciar localmente. Y lo mismo pasa con el chile y el frijol. En los mercados de la región esto se hace evidente. En el marco de la crisis alimentaria global, se habla mucho de que hay regiones con notable potencial para elevar la producción agrícola, la de maíz en particular; una de ellas es la Huasteca. Hay un detalle: La gente con posibilidad de trabajar la tierra ya no está disponible para esto; la mayoría de los jóvenes se ha ido o está por irse del campo; no le interesa, ni siquiera si tuvieran apoyos o crédito. Ante ello, surge de nuevo una posibilidad, dice Lartigue, la de otras políticas productivas; las tierras son allí buenas o muy buenas –son muy vulnerables a las heladas, pero muestran también una capacidad de recuperación muy pronta– y pudiera ser que regresen a la apropiación empresarial de grande extensiones, ni falta hace que se privatizen. Si así fuera, la región se convertiría en un lugar atractivo para grandes inversiones agroindustriales y se podría desarrollar una agricultura empresarial capitalista exitosa en maíz o en otros cultivos. Aunque esto implicaría sacar o reconcentrar a los campesinos activos de la región en zonas urbanas, mucho más de lo que se ha logrado (con los asentamientos a orillas de carreteras); eso no es fácil pero tampoco imposible. Parece más bien cosa de ritmos y de tiempos. Ello hace prever posibles tensiones o conflictos pero resulta dudoso que ocurran nuevamente conflictos por la tierra como los recientes de fines del siglo xx. La población de la Huasteca tiene muy presente los costos de las luchas por la tierra. *Los cambios fuertes y acelerados en la Huasteca a lo largo del siglo XX y en especial en la segunda parte, motivaron que investigadores de diversas áreas del conocimiento e instituciones, incluido Lartigue, se interesaran el estudio de esta región desde hace unos 30 años. Hay una gran cantidad de material publicado al respecto y se realizan seminarios frecuentes en varias partes, el primero fue en CIESAS, en Tlalpan.


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dÉcimas

HUAPANGO, BANDAS Y OTRAS MÚSICAS Aideé Balderas Medina Conaculta

III. LAS CUATRO HUASTECAS Miro la verde huasteca de Veracruz, potosina, la hidalguense, y la vecina huasteca tamaulipeca, Mi querencia de amor peca de excedida exaltación es por senƟr la pasión y al amor graƟficante de una Ɵerra abundante de canto, zapateo y son

IV. LA TAMAULIPECA Riqueza del son huasteco cantado de seis por ocho con los guisos de sancocho colgando en la cuera el fleco Falsete tamaulipeco como lamento anhelante Tampico, Altamira, El Mante Llera, Madero y Ocampo el zapateado de rango agudo violín punzante

mario aguirre

Actualmente hay una gran cantidad de tríos de niños y jóvenes huapangueros. Durante todo el año hay un intenso calendario de Encuentros de Huapango, donde se dan cita investigadores, músicos, bailarines y promotores que disfrutan esta música. Una de las fiestas más conocidas es La Fiesta Anual del Huapango. Encuentro de las Huastecas, que se realiza en Amatlán, Naranjos, Veracruz; la cual el mes pasado llegó a su emisión número 23.

lar que existe una gran diversidad de músicas, una de ellas, y que también cuenta con un gran auge dentro de la región, es lo que a mí me gusta llamar la música de la “monumental banda de viento”, que, como su nombre lo dice, está formada principalmente por instrumentos de aliento. Una banda está conformada aproximadamente por 13 integrantes y los instrumentos que utiliza son la trompeta, el bajo, el bombardino, el barítono, el trombón, el saxor, la tambora, la tarola y los platillos, y cada vez es más común ver que las bandas usan tuba. Los estados que tienen mayor número de bandas son San Luis Potosí, Hidalgo y Veracruz. Si uno recorre la carretera que va desde Tamazunchale, San Luis Potosí, rumbo a San Felipe Orizatlán, pasando por Huejutla y Atlapexco, Hidalgo, hasta llegar al municipio de Benito Juárez, Veracruz, se dará cuenta de que está plagada de letreros con los nombres de las bandas.

El gusto por el son huasteco transgrede fronteras y va más allá de su región. La migración ha jugado un papel fundamental para diseminar la semilla del son. Además

ILUSTRACIÓN: Eduardo Castillo Salgado

II. EL SON HUASTECO Es la quinta huapanguera y la jarana huasteca con olor de carne seca que rodea la madera bailando la pieza entera en zapateado fesơn con la pauta del violín se acata el compás ternario desgranado en un rosario asienta fuerte el boơn

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a música por excelencia, con la cual se identifica a la Huasteca es el huapango o son huasteco. Los sones que gozan de mayor popularidad entre la gente son El Querreque y Las tres Huastecas, por mencionar solamente algunos. Actualmente hay un intenso proceso de revitalización de esta música, ya que desde hace más de 20 años, diversos promotores culturales se han dado a la tarea de organizar encuentros de huapango y crear talleres de enseñanza de violín, jarana y guitarra quinta huapanguera (instrumentos de cuerda que se requieren para la ejecución del huapango).

de los estados que conforman la Huasteca: Hidalgo, Puebla, Querétaro, San Luis Potosí, Tamaulipas y Veracruz; los que cuentan también con la presencia de importantes tríos huapangueros son el Estado de México, Colima, Guanajuato y Distrito Federal.

Dentro de su repertorio interpretan sones para el ritual de elotes, canarios, música para bodas indígenas, sones de carnaval, sones para difuntos y huapangos. Entre

Cuando se piensa en música de la Huasteca, automáticamente se hace referencia al huapango, sin embargo es importante seña-

EL ARPA, MITOS Y SUEÑOS María Eugenia Jurado Barranco* y Camilo Raxá Camacho Jurado** *IPN **ENM-UNAM

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ba cayendo la tarde y con ella la niebla se volvía más densa, por lo que apenas podíamos percibir los movimientos de los danzantes. Patricio, músico nahua, colocó candelas con el fin de que se pudiera apreciar la danza de Moctezuma. Todo ello, junto con la atmósfera sonora que conformaba la música cíclica compuesta por el arpa, la media jarana y las sonajas dejaba aflorar las emociones de las personas de la comunidad. Uno de los cronistas de la conquista de México, Bernal Díaz del Castillo, narra que a bordo de un barco que dirigía Alonso Álvarez de Pineda, venía un músico de origen valenciano llamado maese Pedro el del arpa, quien más tarde, junto con Benito Bejel, pedía al cabildo que le concediera un sitio para abrir una escuela de danza. Quizá esto fue el inicio de la difusión del instrumento, ya que para 1767, Carlos Tapia Zenteno refiere que entre los huastecos se utiliza el término ajab para designar al arpa y otros instrumentos de cuerda.

FOTO: María Eugenia Jurado Barranco

I. LA POTOSINA De Tamasopo cascada en la Sierra Potosina agua de luz cristalina del paraíso arrancada Ɵerra abundante y sagrada del Tamazunchale nahua la mujer porta su enagua el varón con la carnaza de cuera pinta la traza que en la huasteca se fragua

Teenek, nahuas y totonacos siguen utilizando la música de arpa para realizar sus ritos en las milpas, las cuevas, los arroyos, los montes, los altares domésticos y las iglesias, siempre con el fin de pedir o agradecer por una abundante cosecha de maíz, por la salud o para que sus seres queridos encuentren trabajo que les brinde un poco de lo que tanto necesitan. Para estos pueblos indígenas, la música se

asocia con el maíz y se considera un aire bondadoso que viene del oriente, por lo que, al iniciar la danza se pide prestada a las deidades mirando hacia ese rumbo. Sus mitos y sueños están ligados con estas creencias. Por ejemplo, para Domingo Santiago Martínez, arpista teenek, Tsacam es el niño maíz, es el arpa pequeña que vive en el oriente. Y narra que “Dhipaak (el alma del maíz) era un niño muy juguetón, listo, y molestaba mucho a la gente con el ruido de sus silbidos y su flauta”. Mientras que Domingo Hernández Azuara, músico nahua, comenta que “el elote es un niño que toca mucho el rabel (…) Ése sí toca, el alma del maíz toca todo bien bonito”. Entre los totonacos se considera que el niño maíz es quien construye los instrumentos musicales y enseña a su madre la forma de hacer el Costumbre. Estos pueblos indígenas también comparten creencias sobre las formas de transmitir los conoci-

los eventos que más destacan está el Concurso de Bandas de Viento, que se lleva a cabo año con año en Calnali, Hidalgo. Para algunos promotores culturales les resulta polémico este concurso, y por ello que se han dado a la tarea de crear como alternativa los encuentros de bandas. El sentido de pertenencia de la tierra y la relación con el medio ambiente es muy importante para la gente que habita en la Huasteca; el solar, la milpa, el cerro, el pozo, el río, etcétera, son parte fundamental de lo que forma la identidad del huasteco y muchas de sus músicas giran en torno a los rituales agrícolas. Los duetos integrados con violín y guitarra quinta huapanguera, la música de arpa y rabel, las flautas, los tambores, los caparazones de tortuga y las sonajas que usan los danzantes son parte esencial de la gran diversidad de la música que hay en esta hermosa región. Desafortunadamente las prácticas rituales han disminuido, por diversos motivos que ahora no enumeraré, y ello trae como consecuencia que también las practicas musicales vayan en detrimento, ya que la ejecución de esta música cobra sentido solamente dentro de este contexto, son músicas que rompen con los esquemas de la comercialización y cumplen una función dentro de la comunidad.

mientos musicales, una es a por medio de los sueños. Bernardo Reyes, arpista teenek, decía que: “Yo toco arpa porque muchas veces en los sueños fui hasta donde está el espíritu de la danza, está por acá, por el oriente (…) en el mar”. Mientras que el arpista nahua Hilario Martínez comentaba: “En las noches, cuando uno está dormido, como que sueña y se oye la música (…) Ahora, cuando empecé a tocar el arpa soñé a un señor (…) Me dijo, el arpa no la quiso recibir el señor (…) te la vas a llevar”. Para los totonacos la música es un don sagrado, es un destino que se debe cumplir. En general, teenek, nahuas y totonacos comparten una cosmovisión de la música y de las concepciones del arpa en particular al circunscribir su uso al ámbito ritual relacionado con el cultivo de la gramínea sagrada: el maíz. Por ello, podemos afirmar que el son huasteco da identidad a todos los grupos de la región, pero los sones de Costumbre, en este caso interpretados con arpa, brindan identidad a los pueblos indígenas de la Huasteca.


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DE DOMINGO A DOMINGO, CIELITO LINDO…

San Luis Potosí

EL VINUETE: MÚSICA QUE ACOMPAÑA EL CAMINO DE LOS MUERTOS

Gonzalo Camacho Díaz Etnomusicología, Escuela Nacional de Música

Las cervecerías se encuentran abiertas desde las diez de la mañana esperando a los primeros vendedores y compradores, quienes sudosos y sedientos buscan en estos pequeños locales un refugio para guarecerse del calor y del ajetreo de las transacciones comerciales. Los músicos merodean por estos lares desde temprana hora armados con su violín, jarana o huapanguera, buscando a los compañeros que por ese día formarán el trío que les posibilitará espantar el hambre a sus familias. Así, van marchando innumerables nombres de tríos que sólo tienen existencia ese domingo: Alegría Huasteca, Jilgueros de la Huasteca, Amanecer Huasteco, Cantores de la Huasteca... Nunca falta el comerciante que acabando de vender algunas cabezas de ganado llegue con los amigos invitando cervezas a diestra y siniestra. Inmediatamente les pide a los músicos que le “echen” algunos sones: El perdiguero, La acamaya, La leva, El huerfanito, La Cecilia, La manta y otros sones que van desfilando por las mesas de lámina oxidada al igual que las botellas.

La tensión que se vive en las cervecerías al saber que en cualquier momento y por el más mínimo pretexto se puede desatar una riña va dando paso a una emocionalidad desbordada, a los gritos de alegría, a los zapateados y mudanzas que los hombres realizan con mujeres imaginarias, a la construcción de un tiempo y un espacio de disfrute que contrasta fuertemente con la vida cotidiana, aquella que se quedó suspendida tras las puertas de bandera roídas por la humedad. El trío se convierte en la voz del contratante, los versos lo describen al menos como a él le gustaría ser, delinean increíblemente su propia fantasía. A la manera de un pequeño potlach, ese ritual dispendioso, el comerciante va “quemando” su dinero a cambio de obtener prestigio social. Hay un intercambio de dones: las cervezas y el poco dinero circulan por un lado y los huapangos por el otro. La efervescencia de este momento da la posibilidad, aunque mínima, de soportar otra semana de arduo trabajo, de explotación intensiva. Cuándo será domingo/ cielito lindo para volver.

Lizette Alegre González Etnomusicóloga / Escuela Nacional de Música, UNAM

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ntre la música que practican los nahuas de la Huasteca Potosina se encuentran los vinuetes, género musical relacionado con el culto a la muerte debido a que se toca durante las ceremonias de Velación de Cruz, Xantolo y Angelitos. La dotación instrumental que este género emplea es el denominado trío huasteco, el cual se integra con violín, jarana y huapanguera. Se dice que esta música es sagrada y que tiene un carácter triste, pues es con la que se da el último adiós a los muertitos. Para una persona ajena a la cultura, el carácter de tristeza que se le atribuye al vinuete puede resultar desconcertante si únicamente atiende a sus características sonoras (la mayoría de las piezas son muy similares a la polka). Sin embargo, Maurilio Hernández, músico nahua de la comunidad de Chilocuil, en el municipio de Tamazunchale, explica: “Son tan tristes que hasta parece que hablan”.

FOTO: Gonzalo Camacho Díaz

Los huapangueros hacen gala de sus dotes de músicos y de su ingenio para trovar versos. Los dedos endurecidos por el trabajo de la milpa se mueven increíblemente ágiles sobre el diapasón de los instrumentos, como si el contacto con la tierra les diera una vida propia, una energía nueva. El canto en falsete erige la hermosa crestería del huapango, sonidos cristalinos que conmueven al corazón más duro. Los huapangueros improvisan trovos para el mercante que los ha contratado, haciendo resaltar su generosidad, su galanura, su logros monetarios y amorosos. El rostro de beneplácito del comerciante exitoso que tiene dinero a montón/y contenta a su mujer, augura la continuidad en las rondas de cervezas.

FOTO: Clemente Cruz

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l sol cae inclemente sobre el mercado dominical de Huejutla, atizando el caldero en que se han convertido las calles de este municipio de la Huasteca, donde hierve el gentío que trajina en busca de un producto que comprar o vender. Por ser domingo, las calles se visten de frutas, verduras, pescado seco, morrales de ixtle, flores, frijol, totomoxtle, catervas de maíz, ollas de barro, arreos para los caballos, huaraches de plástico, entre otros indumentos multicolores. Los camarones tendidos sobre las hojas de higuera, todavía vivos, se pasan de un montón a otro sin importar el precio ya dado a cada pila, como si quisieran bromear por última vez antes de acabar en un picoso chilpachole.

Alejandro Peña Hernández ejecutando una huapanguera

Los nahuas de la Huasteca Potosina dicen que las personas al morir se transforman en entidades sagradas que pueden causar bienestar o daño a un individuo, una familia o una comunidad entera. En algunos casos se les concibe como “vientos” que son capaces de destruir las milpas o traer enfermedades, pero también de acarrear las nubes que transportan el agua tan necesaria para los cultivos. En otros casos, los muertos se manifiestan por medio de su “sombra”, a la cual también se le atribuye la capacidad de provocar la bonanza o desgracia ocurrida a los seres humanos. Así, la relación “hombresdifuntos” se constituye como un referente con base en el cual se interpretan la fatalidad o la fortuna. De la conducta de los vivos hacia los muertos depende que éstos les causen daño o actúen como intermediarios para el buen curso de la producción agrícola y de la salud.

Uno de los mecanismos para asegurar y fortalecer la adecuada relación entre los hombres y los difuntos lo constituyen los rituales de Velación de Cruz, Angelitos y Xantolo, y la música de vinuetes es un elemento fundamental en la comunicación con lo sagrado. Dicen que cuando alguien muere su “sombra” permanece entre los vivos sin percatarse de su muerte. Esta presencia puede ser nociva, por lo que el ritual de Velación de Cruz se realiza con la finalidad de hacerle saber al muerto que ya ha perecido e incorporar su sombra al mundo, pero desde una condición de existencia diferente: la de difunto. La ceremonia de Angelitos está conformada básicamente por la velación y el entierro de un niño fallecido. Recibe su nombre a partir de la consideración de que los pequeños que mueren antes de haber aprendido a hablar son “angelitos”, ya que no han cometido pecado alguno por voluntad propia. Como ocurre con las personas mayores, su sombra permanece entre los vivos inconsciente de su muerte y es mediante el ritual que se le da a conocer su fallecimiento; de no llevarlo a cabo rehusará irse. El término Xantolo deriva de la palabra latina Sactorum que significa “Todos Santos”. Los habitantes de Chilocuil afirman que durante la fiesta de Xantolo los muertos regresan al mundo de los vivos, por lo que hay que recibirlos con respeto para evitar que se enojen y provoquen calamidades. Los vinuetes acompañan todos los actos que se realizan en las ceremonias de Velanción de Cruz y Angelitos. En la época de Xantolo, los músicos se organizan para ir a “echar” vinuetes de casa en casa, donde los anfitriones los reciben con agradecimiento. La música genera un estado de tristeza, pues la gente recuerda el día en que despidieron con ella a sus difuntos.

En conjunto, los rituales de Angelitos, Velación de Cruz y Xantolo expresan la manera en que la gente de Chilocuil interpreta la muerte. Los primeros representan el acto mediante el cual los seres humanos se despiden de la persona fallecida y, al mismo tiempo, inauguran una relación entre los vivos y el difunto, quien transfigurado en entidad sagrada emprende el camino de la vida a la muerte. Dicha relación se renueva cada año durante la fiesta de Xantolo en la que los muertos regresan a la vida. Detrás de la necesidad de despedir a los difuntos, de asegurar que su sombra se vaya definitivamente, hay una estrategia de asimilación de un evento tan funesto como es el fallecimiento de un ser querido. En este sentido, los rituales de Angelitos y Velación de Cruz cumplen una función de duelo: los actos encaminados a persuadir al muerto para que acepte su nueva condición son también una manera mediante la cual los que le sobreviven aceptan su muerte. La música de los vinuetes intensifica las emociones, coadyuvando así a la producción de estados catárticos que favorecen la restauración del equilibrio psicológico alterado por el dolor que implica la pérdida de un ser querido. Pero, como bien dice el señor Felipe Hernández, curandero de la comunidad de Chilocuil, aunque la pena disminuye nunca desaparece por completo. Por tal razón, cada año durante el Xantolo, época en la que los muertos regresan, hay una nueva oportunidad de liberar el dolor mediante la catarsis generada por los vinuetes que hace a la gente recordar a los familiares y brindarles esta música “como si fuera su cumpleaños”, dicen. Con el transcurso del tiempo, los difuntos sufren otra transformación que les otorga una nueva condición ontológica: se convierten en ancestros, es decir, pasan de muertos particulares a colectivos, seres benefactores de la comunidad, mediante su intervención con los Señores de la tierra, para favorecer las cosechas. De acuerdo con la gente, los vinuetes se han interpretado desde tiempos inmemoriables, “son de las antiguas”, de modo que esta música ha sido testigo de la metamorfosis de los ancestros, acompañando su regreso cíclico e infinito: el camino de los muertos, de Velación de Cruz y Angelitos a Xantolo, y la rememoración anual de éste, se traza musicalmente.


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Veracruz

CONSUMISMO Y MIGRACIÓN: NUEVAS DINÁMICAS INDÍGENAS Lourdes Rudiño

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Tales planteamientos están contenidos en la tesis En busca de la vida. Grupos domésticos y reproducción social en Tzicatlán, Veracruz que en agosto de este año publicó Liliana Arellanos Mares, para obtener su maestría en antropología, en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). En entrevista, esta investigadora especializada en la Huasteca y quien trabaja para el Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social (CIESAS), sede Distrito Federal, considera que lo observado en

FOTO: Josefina Matesanz Ibáñez

diferencia de lo observado en décadas pasadas, cuando el eje reproductivo de las familias indígenas de la Huasteca era la milpa, hoy el campo sigue siendo importante, pero no lo es todo, pues no podrían sobrevivir sólo con lo que éste produce; las familias ahora son pluriactivas: no sólo cultivan maíz, frijol, calabaza, chile, etcétera, también se dedican a la ganadería en pequeño, al comercio y a los servicios. Y por supuesto dependen de la migración laboral: una fuente importantísima de sus ingresos proviene de las remesas de los migrantes, y ello ha modificado drásticamente la dinámica social y económica de la región.

Tzicatlán es representativo de la Huasteca indígena en su conjunto. Destaca el hecho de que los padres y los abuelos se han dedicado al cultivo de la milpa y han trabajado la ganadería en pequeño, “pero los hijos ya no le apuestan a eso, porque no da para comer”, y no da para afrontar las necesidades de consumo actuales.

Y es que, no obstante que Tzicatlán es una comunidad apartada del norte de Veracruz, el consumismo está a la orden del día, propiciado por el aumento en el dinero circulante y por la migración. En Tzicatlán, explica, la migración local y regional registrada en los 70’s y 80’s, se transformó a nacional, con la gente yendo a trabajar a las maquiladoras de

truir o mejorar sus viviendas –es algo fundamental en la región, implica seguridad, pues se protegen de las tempestades o nortes, evitan que la lluvia rompa en las láminas y que el pasto de los potreros se meta al hogar–. “Los camiones con grava, con cemento y varilla llegan a las comunidades apartadísimas de muy difícil acceso”.

Tamaulipas, y luego, desde fines de los 90s –matizado últimamente por las políticas restrictivas de Estados Unidos– se desató un fenómeno “apabullante” de migración internacional, que involucra a jóvenes varones desde los 17 o 19 años de edad, y que ha provocado “una masificación del consumo impresionante, en todos los sentidos y para todas las edades… Uno no pensaría encontrar la venta de licuadoras en Tzicatlán. Pues existe un local que las ofrece en abonos; venden también camas, refrigeradores, estufas, planchas, productos que antes no entraban en la canasta básica de las comunidades campesinas. Ahora chicas indígenas venden zapatos y ropa por catálogo”. Y las mujeres también exploran la instalación de tienditas de abarrotes, de molinos y de otros comercios.

Liliana Arellanos considera que la dinámica de Tzicatlán está estrechamente ligada a las políticas públicas agrícolas, pues –desde los cambios al artículo 27 constitucional en 1992 y el desmantelamiento de la institucionalidad agrícola– éstas se han enfocado a apoyar sólo a la agricultura comercial, exportadora, y al campo de la Huasteca se le ve como marginal, sin remedio, atrasado. Ahora su mano de obra trabaja para las empresas agroexportadoras del norte de la República.

Además, se comercia y se consume gran cantidad de comida chatarra, como los refrescos, lo cual deriva en que la familia rural coma más, pero no que se alimente mejor; hay problemas serios de obesidad y diabetes en las personas maduras y prevalece la desnutrición infantil.

Otro efecto de las políticas públicas está en el desestímulo que sufrió la producción de café en este lugar de la Huasteca Veracruzana por la caída de sus precios y eliminación de apoyos públicos a fines de los 80s y durante los 90s. El entonces llamado Instituto Nacional Indigenista impulsó la cría de ganado bovino, lo cual propició la deforestación de selva y afectación del recurso agua; en princi-

Y otro efecto del dinero de la migración es que se ha generado una gran infraestructura de casas habitación. La prioridad de las familias al contar con las remesas es cons-

EL HILO DEL TIEMPO Arturo Gómez Martínez Subdirección de Etnografía, Museo Nacional de Antropología, INAH

El trabajo textil tuvo mucha importancia en las antiguas culturas de Mesoamérica, se vinculó con la identidad, la estratificación social y con el pensamiento religioso. El arte de hilar, tejer y bordar era (y sigue siendo) una labor propia de todas las mujeres, sin importar ran-

gos sociales; los mitos etiológicos señalan que así lo predestinaron los dioses; según un relato mexica, indicaron a la primera mujer Cipactonal, que hilase y tejiese el algodón para su vestido y que así lo hicieran todas las mujeres de su descendencia. Además había diosas propias de esta labor como Tlazolteotl y Xochiquetzal para los mexicas; estas divinidades se distinguen por llevar objetos como husos con ovillos de algodón y lanzaderas (tzotzopaztles) para apretar el tejido. Como herencia mesoamericana y aportación colonial, los indígenas de Ilamatlán, en Veracruz, tienen una riqueza en la producción artesanal de textiles; las mujeres se dedican al arte del bordado con puntadas de cruz, así como también del bordado de blusas con cuentas de chaquiras que se pegan de manera lineal con la técnica de medio punto en diagonal. En menor escala y casi extinta está la producción de mantas hiladas a mano y tejidas en telares de cintura, cuyo destino es para las ceremonias rituales.

En Ixhuatlán de Madero se han especializado en el bordado de hilván o tlaxopilolli, con esta técnica bordan sus blusas, aplicando además una porción de la misma técnica con la variante de fruncido en el canesú. Las nahuas del municipio de Zontecomatlán manufacturan blusas bombachas, recogidas en el cuello y mangas. A éstas les aplican, en toda la pieza, bordados realzados formando figuras de aves, árboles de la vida y flores geométricas; también hacen unas cintas tejidas en telar de cintura para anudar el pelo, llamadas cuayolli, cuyo extremo inferior es decorado con bolitas de colores. Las nahuas de Santa María Ixcatepec utilizan el punto de cruz y pespunteado para enredos, blusas, camisas de varón y manteles, aplicando diseños geométricos de grecas, caracoles, flores y árboles de la vida; también tejen rebozos y jorongos con algodón blanco hilado a mano. Las indígenas nahuas de San Pedro Coyutla, municipio de Chalma, hacen quechquémitl con algodón, decoran los lienzos con brocado realzado y con bordado de punto lomillo, des-

FOTO: Eppur si muove

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l arte textil en la Huasteca Veracruzana es una actividad que han desarrollado los artesanos con el devenir del tiempo. Su evolución incluye las necesidades básicas del hombre para abrigarse y protegerse de las consecuencias climáticas; con la aparición de la agricultura surgen las materias primas vegetales, entre ellas el algodón, la ceiba, el maguey, el izote y otras filamentos que al ser unidos en torzal continuo se lograron los tejidos de mantas. La tecnología y el manejo especializado requirieron muchos años de continuas prácticas, hasta llegar al descubrimiento de las técnicas de manufactura y a las variedades de telas, con múltiples texturas, colores, decoraciones y tamaños.

tacando figuras geométricas de aves, flores, estrellas y grecas, hechas con estambre de lana o algodón de color rojo, negro y solferino. También tejen servilletas de algodón adornados con la técnica de confite, logrado de la manipulación de pequeñas porciones de trama que sobresalen de la urdimbre. Con el comercio y las industrias, la gama de materiales para confeccionar y ornamentar los textiles han crecido; agujas, ganchos, bastidores, telas, abalorios y madejas policromadas de hilo vela se han sumado al complejo bagaje tecnológico del arte textil. Las tejedoras y bordadoras de la Huasteca veracruzana son herederas de una larga tradición textil en donde se concibe la historia local, los mitos y la religiosidad; cada pieza textil forma parte de su indumentaria cotidiana y ritual, mientras que los diseños, formas y colores tienen un amplio significado dentro de sus culturas. Las tejedoras y bordadoras imprimen, transformando con su maestría y paciencia a los lienzos, para convertirlos en códigos de identidad comunitaria y en excelentes piezas de gran valor estético.


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De cualquier forma, comenta la entrevistada, los pobladores de Tzicatlán han asumido la actividad ganadera como una de las más importantes para la reproducción del grupo, aunque en condiciones mínimas de productividad, pues las vacas no están en planicie y no hay inversión para mejorar al ganado. “Si los jóvenes están migrando es porque no encontraron en la comunidad las condiciones propicias para desarrollarse productivamente. Su movilidad laboral es vertiginosa, avasallante. Esto también habla de una sociedad más conectada con el exterior (…) A partir de las experiencias de los que han migrado –a un país extraño donde se viven situaciones muy distintas a las de la comunidad, donde se tiene acceso a nuevos lugares, a mujeres, a mayor libertad–, se crea en el imaginario de los jóvenes la expectativa de salir, de vestirse a la moda, de ganar dinero, de experimentar, y se van”, aunque haya opciones de educación en el lugar, y aunque sus padres les pidan que no se vayan, e independientemente de las necesidades de obtener ingresos para apoyar a la familia. Liliana Arellanos considera que es la migración internacional el factor que ha permitido mejorar las condiciones de bienestar la población –con vivienda, la compra de las familias de terrenos para sembrar o tener ganado, de un auto o la instalación de un pequeño negocio–, pero también las familias sufren por la ausencia de los maridos; rupturas matrimoniales muy fuertes; soledades amargas de las mujeres, que tienen que educar a los hijos con sólo los recursos que les da su experiencia; mujeres que han dejado de recibir remesas de sus esposos desde hace años y deben depender de otros miembros de la familia extensa. También se está dando un fenómeno marcado de desigualdad en la sociedad –la cual antes se veía muy pareja, todos pobres– debido a que una parte de las familias están comprando tierras, y otros se están quedando sin ellas. “Hay familias compuestas por abuelitos, de 60 y tantos o 70 y tantos años de edad o más que viven básicamente al día y han tenido que vender sus tierras para comer”. Así los pobres de Tzicatlán se están volviendo más vulnerables. Cabe decir que las mujeres de Tzicatán también emigran pero en el ámbito nacional: se emplean en el servicio doméstico en Monterrey o en servicios en ciudades fronterizas. Muy pocas trabajan en fábricas porque les exigen la secundaria y no la tienen. Acceden a los trabajos peor remunerados.v

AGRICULTURA, GANADERÍA, ARTESANÍA; PRODUCIR PARA SOBREVIVIR: JESÚS RUVALCABA Lourdes Rudiño

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n la Huasteca, la tenencia de la tierra es un eje fundamental; las confrontaciones por ella han forjado gran parte de la historia de esta región, y hoy día el panorama de la tierra y de su producción son reflejo de la vida de sus pobladores. En entrevista, Jesús Ruvalcaba Mercado, investigador del Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social (CIESAS), sede Distrito Federal, ofrece una visión de este panorama.

“Por ejemplo, el café, ya en grano, tostado, listo para molerse y consumirse, se paga en la Huasteca a 25 o 30 pesos el kilo, mientras que al DF nos llega 80 o 90 pesos como mínimo. Y eso se repite en muchos otros productos. Hice unos cálculos hace tiempo, de diferentes cosas, agrícolas y artesanías, en donde de cinco partes del valor, una va al productor, dos o dos y media se quedan con los intermediarios, y dos o uno y medio se queda con el comerciante que nos lo vende a nosotros”.

“incluso ahora, muchos mestizos dicen que los indios son flojos, pues lo que plantes, florece”. Y por otro lado está la consideración de que es una región muy hostil con sus propios habitantes. Una visión habla de que es una zona de potencial agrícola y ganadero, y la otra dice que la región es muy frágil, porque su capa arable se lixivia con facilidad debido al clima tropical y semitropical.

condiciones; algunos caña de azúcar para producir piloncillo”. En cuanto al ganado, algunos indígenas tienen muy pequeños hatos; el ganado significativo es colectivo de las comunidades, y se le concibe como un mecanismo que permite enfrentar emergencias y gastos para fiestas y otros como títulos agrarios; el uso de este ganado se acuerda en asamblea.

Jesús Ruvalcaba comenta que en este clima los grupos indígenas

El entrevistado comenta que la producción de básicos es limitada, pero de ninguna forma se abandona ni se abandonará porque de ella depende la subsistencia de la comunidad en su conjunto. Eso, a pesar de los cambios en la dinámica social y productiva que se observan en la Huasteca debido a la migración y remesa. “No hay familia que no tenga alguien que ha migrado al DF, a Estados Unidos, a las fronteras o a las ciudades de la propia Huasteca”.

FOTO: George Brett

pio el pueblo trabajó el ganado en forma comunitaria pero luego, por una serie de problemas, se decidió individualizar las parcelas; se diluyó el tejido social.

Por un lado, explica, en la Huasteca está la actividad ganadera importante en manos de población mestiza –en ranchos con extensiones considerables, de 600 a mil hectáreas en promedio, aunque minúsculas respecto de Brasil o Nueva Zelanda–. Ésta ocurre en tierras que originalmente eran de comunidades indígenas, las cuales fueron despojadas por los mestizos en el siglo XVI y que en los años 70s y 80s fueron objeto de conflicto: se dieron “invasiones” o “recuperaciones”, dependiendo de la perspectiva de propietarios o indígenas. Y por otro lado está la actividad agrícola y artesana de las comunidades indígenas de la Huasteca, donde el maíz, el café y la caña de azúcar son cultivos que prevalecen a pesar de sus bajos rendimientos. Estos productos enfrentan conflictos técnicos en parte, pero más que nada problemas sociales, que tienen que ver con el sistema económico en su conjunto.

Esto se enmarca en condiciones donde la población indígena, que es muy trabajadora y dinámica, desarrolla estrategias “para sobrevivir, que no para encontrar mejores condiciones de vida”.

de la Huasteca han logrado un sistema –que involucra el proceso de roza-tumba y quema– sobre todo para la producción de alimentos básicos, que protege la capa arable y en términos generales se obtienen cultivos orgánicos –aunque no estén certificados–. “Esa producción, de frijol, maíz, chile, plátano, camote… es sólo para la familia y abastecen un poco las necesidades de la región. No se hace un mayor esfuerzo productivo para llegar a otros mercados, porque los precios que obtienen son muy bajos”. En el caso del maíz son precios igual a los del grano amarillo que viene de Estados Unidos, de calidad forrajera.

De acuerdo con el especialista, de la Huasteca se ha tenido siempre, por lo menos desde la Colonia, dos visiones extremas y opuestas. Por un lado está la que dice que es una región muy propicia y pródiga con sus habitantes,

“Lo que hacen los campesinos es restringir la producción de básicos y dedicar espacios de sus parcelas a cultivos cuyos productos están menos castigados en el mercado, como el ajonjolí; algunos café, donde hay las

Además se da un fenómeno que asegura la transferencia de valor de las comunidades indígenas hacia los sectores mestizos y, por medio de éstos, a otros sectores de la nación: cuando escasea el maíz, le bajan el precio a las artesanías –que son fundamentalmente valores de uso, sombreros, morrales, porrones, etcétera–, y cuando hay suficiente maíz, con un precio castigado, las artesanías conservan sus precios.

¿Qué futuro se avecina para la actividad agrícola en la Huasteca? Responde Ruvalcaba: en el caso de los mestizos, va a seguir predominando la ganadería y en las zonas agrícolas de riego mantendrán sus cultivos comerciales, como en Pujalcoy, donde hay propiedad privada; seguro continuarán con la caña de azúcar para alimentar los ingenios del lugar, y persistirán otros cultivos como el sorgo en el sur de Tamaulipas. En la zona indígena, todo depende de cada comunidad, si tienen tierras o no. Aun en el caso en donde los jóvenes se interesan menos por las actividades agrícolas, si la comunidad cuenta con tierras va a seguir dedicando un espacio a los básicos. Lo que representa el maíz, y de manera un tanto secundaria el frijol y demás cultivos asociados, sigue siendo fundamental para los indígenas en esta región. No van a dejar de cultivar esto, puede ser que restrinjan la cantidad porque para ellos vender ese maíz en el mercado es obviamente perder dinero. Ante el planteamiento que hacen instituciones y gobiernos, de que la pequeña agricultura es la fórmula para enfrentar la crisis alimentaria y el cambio climático global, comenta el especialista: “la pequeña agricultura ha sido siempre el refugio de los campesinos, desde la época prehispánica. Pero si no hay una política que propicie eso (el impulso productivo), si no se determinan precios diferenciados para las diferentes calidades de maíz, no habrá estímulo para producir más para el mercado”.


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RITUALIDAD OTOMÍ Patricia Gallardo Arias Doctora en Antropología. Docente en la UNAM y en la Universidad Intercultural del Estado de Hidalgo

FOTO: A FOTO Archivo hi dde Proyectos P t

cialistas rituales) y se les denominan Màté o “el costumbre”.

Es común en comunidades otomíes el uso de tortillas como lienzos en los cuales se trazan distintas imágenes, en su mayoría religiosas. Las tortillas así decoradas son usadas como alimento en distintas fiestas comunitarias

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l otomí se habla hoy en los estados de Querétaro, Guanajuato, Estado de México, Tlaxcala, Michoacán, Puebla, Veracruz e Hidalgo. Los otomíes de la Huasteca se ubican al sur de la región, que se extiende desde las laderas del altiplano central hasta la planicie costera del estado de Veracruz. En la Huasteca los otomíes conviven con tepehuas, totonacos y nahuas. Aunque la mayoría de los otomíes profesan la religión católica, mantienen creencias y

ritos característicos de los pueblos indígenas de la Huasteca. Realizan diversos rituales, los cuales involucran a personas de diferentes localidades y regiones; entre ellos tienen lugar las peregrinaciones a antiguos santuarios de origen colonial, a cerros, cuevas, grutas y ruinas arqueológicas. Estos sitios se encuentran distribuidos en una accidentada geografía serrana, por lo que a muchos de ellos se llega tras largas horas de camino. Todas las ceremonias son llevadas a cabo por los bädi, “los que saben” (espe-

De estos rituales destaca la visita a Màyónníja (antiguo recinto de origen prehispánico). Esta peregrinación es de suma importancia para los otomíes de la Huasteca, en tanto que en ella se agradece y pide a los dioses traer la fertilidad; es el lugar de creación del mundo; además, es donde todo aquel que se denomine curandero debe ir por lo menos una vez en su vida; es también un sitio que da al que ya fue un prestigio diferente en su sociedad, ya que es respetado y valorado porque cumplió, aguantó pero sobre todo porque pudo hablar con los dioses. La peregrinación a Màyónníja incluye la visita a varios recintos considerados sagrados y que se extienden entre cañadas, ríos, cuevas y estructuras prehispánicas por los que se pasa día a día. Por la lejanía y el requisito de visitar todos los sitios donde habitan los dioses la peregrinación se extiende de una a dos semanas y culmina a la llegada a Màyónníja. Con meses de anticipación, se da aviso a los diferentes especialistas rituales para la visita al sitio. Consecutivamente se reúnen los

mayordomos quienes aportaran dinero para el ritual, también las personas de las localidades cooperan en especie, trabajo o dinero para que se realice “el costumbre”. Por la mañana hombres y mujeres se reúnen para partir. Se lleva comida, pollos, ceras, cigarros, flores, palmas, ramos, incienso, papel y canastas; los participantes se reparten la carga que llevarán a cuestas con mecapales. En el camino se hacen algunas paradas en pequeños santuarios para dejar flores, velas y ramos; se toca el “son de costumbre”, y se danza frente a los altares donde se encuentran figuras antropomorfas de papel recortado, que son la fuerza de los dioses. Algunas personas dejan fotografías de parientes que no pudieron asistir, se pide que los protejan de enfermedades, que les den trabajo. Durante varias horas los especialistas rituales preparan los altares naturales, las mujeres ayudan a vestir las figuras antropomorfas de papel recortado y a preparar la comida que se depositará en estos recintos. Otras mujeres preparan el café y las tortillas para que el resto de los asistentes coman. Cuando la ofrenda está lista, se dispone en

los altares, los asistentes se acercan y bailan, se sahúman, persignan y prenden veladoras. Algunos piden a bädi que los “limpie” con una “cera” (los curanderos pasan la cera por el cuerpo de la persona interviniendo entre los dioses y los humanos).

En la Huasteca los otomíes conviven con tepehuas, totonacos y nahuas. Aunque la mayoría de los otomíes profesan la religión católica, mantienen creencias y ritos característicos de los pueblos indígenas Los días siguientes se visitan varias cuevas donde habitan los dioses de las semillas: el sagrado maíz, el dios del frijol y de la tierra. Después de varios días de visitar los recintos naturales, se emprende la partida para Màyónníja donde culminará “el costumbre”; en este lugar, antiguo asentamiento de origen prehispánico, habita el gran señor de las antiguas y del cerro.

LOS TEENEK EN EL PRESENTE Nelly Iveth del Ángel Flores Oriunda de San Francisco, Chontla (Huasteca Veracruzana). Maestra en Antropología Social por el CIESAS, Unidad Golfo

Somos el único pueblo de filiación lingüística mayance localizado más o menos a mil kilómetros de distancia del área maya peninsular. Pese a la separación, temporal y espacial, nuestro idioma (con sus variantes inter e intrarregionales) es aún bastante similar a algunas lenguas de la península y de Chiapas, como el propio maya, el tzeltal y el tzotzil, y aunque para los estudiosos no existe duda sobre nuestra afinidad, la mayoría de los teenek no la suscribe, quizá por la simple razón de que estos antecedentes históricos les son desconocidos. Nuestros territorios están llenos de contrastes, mantenemos relaciones culturales, sociales y económicas con nahuas, otomíes, tepehuas,

pames, afro descendientes y mestizos. En general, las relaciones que entablamos con los ejek o mestizos, que constituyen la población mayoritaria o al menos dominante en la Huasteca, son desiguales; nuestros abuelos y padres solían llamarles “la gente de razón”, reconociendo con esto su condición de seres pensantes, pero a la vez, una supuesta ausencia de racionalidad propia. Para algunos ejek, los indígenas de la región somos los “huastequitos”, “paisanitos” o “los que hablan dialecto y son flojos”, aunque por fortuna, las descalificaciones de este tipo, desde ambas posiciones y como resultado de luchas a partir de varios frentes, son cada vez más débiles, al menos en el plano discursivo. Forjar relaciones más equilibradas de empoderamiento nos corresponde a todos. El teenek se reconoce como un pueblo agricultor, aunque sus actividades económicas son diversificadas: además de la siembra propia, se dedican al jornal en actividades rurales y urbanas, la albañilería, a la producción y venta de artesanía (tejidos de fibras naturales como el zapupe y la palma, la alfarería y el bordado, etcétera), el comercio en pequeña y mediana escala de los productos derivados del campo (hojas de maíz, quesos, cí-

tricos y hortalizas, entre otros) y a la música (bandas de viento, tríos de son y huapango, grupos tropicales, etcétera). Pero nuestra gente vive también en comunidades translocalizadas: importante población compone, temporal o permanentemente, colonias enteras de inmigrantes y prevalece en actividades como el trabajo obrero en empresas maquiladoras o el servicio doméstico y, en menor grado, en el sector servicios y la milicia, en ciudades norteñas y fronterizas como el área metropolitana de Monterrey, en Nuevo León, y Reynosa y Nuevo Laredo, en Tamaulipas.

bración del Santorum o Xantolo; las expresiones culturales como las danzas Bixom T’iw (del Gavilán o del Volador) y Bixom nok’ (los mecos), y la música de tríos, que puede ejecutarse con algunos instrumentos como violín, arpa, rabel, quinta huapanguera o jarana huasteca, así como las bandas de viento, ambas conduciendo rituales y festividades con sones de costumbre y huapangos. Con todo y los siglos de historia y cultura compartida, no es adecua-

do hablar de una sociedad teenek homogénea (si es que alguna vez la hubo, hace mucho no es así); nuestra identidad fue y es un proceso continuo de cambio de valores culturales y sociales, y en el escenario actual, los teenek buscamos crear los mecanismos que posibiliten la producción, actualización y transmisión de nuestros saberes individuales y colectivos, los acumulados por generaciones y los elaborados en los nuevos contextos y necesarios para enfrentar los retos presentes.

Paulatinamente y aunque en poco número, algunos teenek emigramos a las zonas urbanas para formarnos como profesionistas, algunos con la pretensión y posibilidad de regresar y trabajar en la región de origen, otros con el deseo de incorporarse definitivamente a la vida urbana. Varias costumbres nos caracterizan, como los conocimientos, creencias, prácticas y rituales asociados a la agricultura, en especial a la siembra de la milpa, evidenciados en el culto a Dhipaak, el dios y alma del maíz; las relaciones con los antepasados, que se perpetúan en el culto a los muertos, en la ya conocida cele-

FOTO: George Brett

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l pueblo teenek, o huasteco, como es mejor conocido, se ubica en el área de la Costa del Golfo, en 13 municipios del oriente de San Luis Potosí y 14 del norte de Veracruz. Su cultura se remonta aproximadamente a mil 500 años antes de Cristo; desde entonces se ha recreado continuamente, por medio de diversos procesos históricos y sociales y en el contacto con otros grupos. En 2010, el Instituto Nacional de Geografía y Estadística (Inegi) contabilizó 166 mil 952 hablantes de teenek.


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CAMINANDO CON LOS HIJOS DEL MAÍZ Josefina Matesanz Ibáñez

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maíz criollo, los indígenas celebran sus ritos con más fuerza y están dispuestos a defender su semilla.

FOTO: Iván Hernández

stá cerca el atardecer. En la entrada a la comunidad náhuatl de Texoloc, bajo un arco de flor de zempoalxóchitl, comienzan a congregarse mujeres, niños, jóvenes, varones, todos están allí: es la fiesta del elote –elotlaixpiyali–, para recibir a los “hijos de Chicomexochitl”, los renuevos del maíz. Allí el curandero hace una primera ofrenda a elotes colocados en cuachiquihuites (cestos), a los que se han vestido como niñas y niños. Tres mujeres los copalean, los florean y danzan a su rededor. Al compás de sones propios de esta fiesta, tocados por la banda de viento, se conducen hasta la xochicali (casa de flores), donde los colocan en un altar, intercambiando a los del año anterior. Con los elotes que no están vestidos se hace una gran mesa circular que se cubre con manteles bordados sobre la que se coloca una ofrenda de pollos, pan, chocolate, café, refrescos y dulces. Toda la noche la gente danza frente al altar. El sudor, el olor de los elotes, los colores de las blusas bordadas, el sonido tintineante de una campanita que tocan repetitivamente, el copal y el humo de las velas, todo ello da un ambiente sagrado en el que se honra al maíz, que renueva la vida con los elotes de la temporada.

res y hombres con matas de maíz adornadas con flores se forman en filas simulando una milpa, que se mueve al compás de la música, aparece un mapache, que va recorriendo la milpa, comiendo de los elotes y tirando algunos al suelo; un indígena revisa la milpa y regresa con perros para perseguirlo, hacerlo subir a un árbol, darle muerte con una carabina. Los niños disfrutan especialmente gritando, riendo y persiguiendo a

A media noche se lleva a cabo la gran Danza del mapache. Muje-

su vez al mapache. No se termina allí la danza: mientras los elotes de la mesa se hierven y se hacen atole para compartirlos entre los presentes, algunos seguirán bailando frente al altar toda la noche. Esta fiesta actualmente se realiza, con variantes, en un mayor número de comunidades de los municipios de Xochiatipan y Yahualica. Ante la amenaza del maíz transgénico que puede contaminar al

“Nosotros en la zona de Oxeloco hacemos la reunión con los Jueces (delegados municipales) y Comisariados. El gobierno nos da semilla mejorada para sembrar, pero la gente no la recibe. Conocimos del maíz transgénico por las “madres” (Hermanas teresianas) y por Cenami (Centro Nacional de Misiones Indígenas). En 2004 vinieron del Ceccam (Centro de Estudios para el Cambio en el Campo Mexicano) a recoger muestras de milpas de varias comunidades, las estudiaron en el laboratorio y nos dijeron que cuatro habían salido contaminadas con maíz transgénico. De allí dimos a conocer a las nueve comunidades de Yahualica que estamos organizados y tomamos acuerdo de no sembrar otras semillas que no fueran de aquí mismo. También hicimos un acuerdo de que no ocupen “matayerba”. Si alguien la ocupa paga una multa de 500 pesos. Así defendemos nuestra Tierra que es nuestra Madre. Por la radio de Huayacocotla, La Voz de los Campesinos, hemos dado el mensaje de que no reciban otras semillas, que el gobierno no nos puede obligar a sembrarlas, que defendamos nuestro maíz. “El maíz criollo es de nosotros, ya tiene año, las tortillas son

sabrosas, dan fuerza para el trabajo. No sólo comemos nosotros, comen los pollos, los puercos, los caballos, hasta los perros comen tortilla. También los animales del campo, los pájaros, tlacuaches, mapaches. Por eso defendemos nuestro maíz, porque es vida para todos. ¿Cómo vamos a vivir sin nuestro maíz?” (Virgil Hernández Vera. Oxeloco, municipio de Yahualica, Hidalgo.) No hay maíz sin defensa de la tierra. Los campesinos indígenas de la Huasteca lucharon por ella en los años 70´s incluso con pérdidas de vida. Ahora las hermanas teresianas están apoyando con información sobre el Proyecto Chicontepec de explotación del petróleo, sus implicaciones para la región, la forma de documentar la contaminación y las instancias para hacerlo. Todo ello, sumado a otros proyectos como el apoyo a las cooperativas de apicultores de Xochiatipan, a la comercialización de bordados de las artesanas de Oxeloco, el trabajo con parteras tradicionales para la defensa de la medicina tradicional, vigoriza la vida de las comunidades indígenas. “Fortalecer la comunidad indígena, la cultura, la unión y la solidaridad, es vivir el evangelio” (Hermana Cata Hernández, indígena náhuatl).

PARTERÍA NAHUA: VOCACIÓN DE SERVICIO Teresita de Jesús Oñate Ocaña Estudiante de doctorado en Desarrollo Rural, UAM-Xochimilco

“Lloré en el vientre de mi madre (…) mi madre también (…) y un hijo también (…) lo traemos de herencia (el ser partera y curandera)”: Francisca

Yo sueño, una señora me dice cómo voy a hacer”: María

“A los diez años lo levanté de curandera, soñé, se hinchó mi cara y mi cuerpo, mi papá buscó con quién me curara. En Tehuetlan, un señor de ahí, Tepechichi, le dijo a mi papá: tu hija trae un buen tonal, tiene que seguirlo ya de una vez”: Ana María

De diferentes maneras se inician como parteras, muchas veces sufrir una enfermedad grave es la que las marca y una vez que reciben el trabajo lo deben realizar, no lo deben dejar, pues pueden volver a enfermar e incluso morir.

FOTO: vTeresita de Jesús Oñate Ocaña

La partería nahua implica una constante recreación de su cultura, una forma vital para mantener y desarrollar sus costumbres, su espiritualidad, su identidad.

Ema, partera nahua del municipio de Xochiatipan, en la Huasteca Hidalguense

Cuando las llaman para atender a una mujer, las parteras nahuas empiezan por confirmarles si están embarazadas: sus manos saben, diría Anita, y distinguen cuando el útero está crecido. Después vienen las sobadas y revisiones de las pacientes. Si tienen paciente ya no salen de su comunidad pues están al pendiente de cualquier eventualidad. Su responsabilidad es estar disponibles

para cuando se necesite. Las curanderas y parteras conocen de yerbas que logran detener al bebé cuando hay sangrados durante el embarazo. Con sobadas disminuyen algunas de las molestias que se llegan a sentir durante el embarazo. También conocen plantas medicinales para infecciones urinarias y vaginales que no dañan al bebé que se está formando. En este tiempo aprovechan para aconsejar al esposo y a la familia de la paciente, pues el maltrato a la futura madre afectará al bebé. Muchos no les harán caso, pero no por eso dejan de dar sus consejos y platicadas a la familia. En el momento del parto, vienen los rezos, las veladoras y las ceras. Piden ayuda de seres superiores, algunas le rezan a las Santas Parteras: Monserrat, Santa Ana, Isabel, Magdalena y Soledante. Como lo relata María Anita, “más antes le rezaban y ofrendaban a las apantenamej (señoras o diosas del agua). La partera hace oración antes del nacimiento del niño. Ora en la casa, en el arroyo (donde lavan la ropa) y en el pozo mismo. Para la ora-

ción, la partera lleva consigo tabaco, aguardiente, huevos crudos. Son ofrendas para las apantenamej que harán el favor de auxiliar a la parturienta”. Cuando ya pasó el parto y el alumbramiento, fajan a la mujer y amarran al niño. Hasta los siete días será el momento de otro trabajo importante de la partera: levanta al niño, ordena traer su cuna –una camita de madera que colgarán del techo de la casa–, y vuelve a rezar. Ahora le pide permiso a la Tierra para separar al niño y entonces crezca como debe ser “levantamos al niño con aguardiente y lo alzamos (…) rezamos a las santas parteras” (Ana María). Algunos días después del nacimiento –según que ya haya maíz, frijol y todo lo necesario para hacer tamales–, la familia le pide a la partera que junte las hierbas para bañar al niño y a la madre. Este es el rito del maltiakonetsi o baño del niño. Es aquí donde la partera presenta al bebé ante la

comunidad y todos comparten: el alimento: un tamal grande que se multiplica y para todos alcanza; el agua de yerbas de río, donde todos se bañan y sacan el calor; el copal, con su aroma sagrado que penetra el ambiente y los recuerdos de los presentes. La madre Tierra recibe y comparte aromas, alimento, tabaco y aguardiente, y en ella, la reciben y comparten todas y todos los que ya pasaron, los que también nacieron y que ya fueron sembrados. Todos estos ritos y sus significados siguen recreando la comunidad, aseguran la armonía con la madre Tierra y fortalecen la identidad nahua. Una vez que reciben el don, las parteras nahuas dedican su vida a servir a su comunidad y a quien solicite sus saberes. Muchas, con tantos años de servicio ya no saben cuántos niños han traído al mundo. “¿Noventa, cien?” dice una partera de Xochiatipan mientras sus ojos se entornan intentando dimensionar el trabajo de toda una vida, “axnijmati, no sé, los apuntaba al principio, pero después ya no… muchos”.


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MASEUALYOLISTLI Mauricio González González y Sofía I. Medellín Urquiaga ENAH/Cedicar

FOTO: Anuschka van ´t Hooft

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ntes de que el sol claree, don Félix ya se dirige a su milpa, una que heredó de su padre, agrarista que bajo el mando de Tata Osorio recuperó las tierras de Huexotitla, al norte de Veracruz, en “esa, la Revolución”. Viste calzón de manta, la gallardía del blanco casi hace olvidar que va a trabajar. En el morral de zapupe, junto al machete, carga tortilla con chile que Nana Magdalena preparó al ofrecerle café al despertar. Ella había dejado el nixtamal cociendo antes de descansar, lo que permitió preparar la masa en el metate y tener el fogón dispuesto para el kafetl. Tuvieron siete hijos, sólo dos están en la comunidad, el resto trabaja en la Ciudad de México. Casi nunca les ven y, cuando han acompañado a alguno a contraer matrimonio, la urbe los expulsa rápida e invariablemente: “somos de campo, no sabemos andar”, dirá el padre preocupado por sus “matas de maíz”. El maíz junto a las semillas de frijol, chile, calabaza y todo lo que la tierra da, son más que gramíneas, pues entre los nahuas de la Huasteca la vida, maseualyolistli, se expande sobre todo aquello que tiene “sombra” (tonalij) y corazón (yolotl). Esto explica por qué en toda la región hay

“enfermedades de doctor” y otras que sólo los curanderos (tlamtikemej) pueden tratar. Esta es la razón de por qué la sociedad nahua o maseualmej (literalmente “campesinos”, como se autonombran) es una que considera a niños, mujeres y hombres, pero también a los cerros (tepemej), los árboles (kauimej) e infinidad de “Dueños” o “Patrones”

(Toteekauaj) del agua, el monte, la tierra, el fuego, las semillas y los muertos, entre otros. Hablar de la vida en este pueblo es convocar un mundo en el que altas jerarquías suprahumanas intervienen en todo momento sobre el curso de los hechos. Las regulaciones y normas deben considerar no sólo la convivencia entre pares, sino y sobre todo, la gratitud y negociación con lo más autónomo del uni-

huastecos pueden identificarse a los más septentrionales de los meridionales, pues los primeros comparten innumerables elementos con los teenek y los del sur casi se confunden con otomíes, tepehuas y algunos totonacos si se considera el sistema productivo-organizativo, la ritualidad o la mitología. Esta distinción incluso se puede localizar en la lengua, expresándose en al menos dos dialectos del náhuatl.

verso, los “Señores”, dentro de los que se incluye a Santos católicos. Y si bien los jóvenes cada vez son más reticentes a participar de “los costumbres” (xochitlallia), rituales vernáculos, el destino está signado por el “don” de los “Patrones”, por lo que el trabajo, pero también la enfermedad y la muerte, tienen el sello de los que viven en el Cerro. Flores, xochitsones, danza y ofrendas serán los distintivos que hacen saber de la construcción de un nosotros cosmológico.

Los asentamientos nahuas en las Huastecas se localizan entre la cuenca del río Tuxpan y la porción sur de la cuenca del Pánuco en el norte de Veracruz, este de Hidalgo y sur de San Luis Potosí

La historia de la región está sujeta a grandes disputas que van desde la época precolombina, con migraciones de toltecas y mexicas, hasta la conquista y dominación española, cuya prolongación fue el cacicazgo posrevolucionario, subvertido a finales de los años 70’s y 80’s del siglo XX por una recuperación campesina de tierras sin precedente, encabezada por organizaciones y comunidades de cepa maseual. Los asentamientos nahuas en las Huastecas se localizan entre la cuenca del río Tuxpan y la porción sur de la cuenca del Pánuco en el norte de Veracruz, este de Hidalgo y sur de San Luis Potosí. Pero la diferencia llama a la diferencia: entre los maseualmej

Y si la agricultura milpera es su principal actividad productiva y económica, como todos los de abajo, la combinan con ganadería a pequeña escala y el cultivo de caña de azúcar o la producción de café. El bordado y la alfarería

LOS QUE SE VAN Alfredo Zepeda González de guerra. Y la gente, a las zanjas y a taparse con los huizaches. Y a sacarle la vuelta a las torres con cámaras de video. Todavía encontramos a la mafia con un grupo cargando drogas en la mochila. Les dicen burreros. Nos amenazaron con matarnos. Que no nos querían allí porque jalábamos a la migra. Ya decía el pollero que faltaba poco para Tucson y que caen los helicópteros mosquito, en la madrugada. Primero callan su motor y luego lo sueltan. La gente se espanta con el ruidazo y todos salen como ratones de sus agujeros. Hasta allí llegamos. Luego cuatro días de cárcel y después nos aventaron hasta Tijuana para desanimarnos de regresar. Ya, pues, me vine. Y ahora espero el carro para llegar a mi comunidad de La Florída de noche. Que no me vean llegar y que no pude pasar”. Con estas historias regresan ahora casi todos. Irse al norte es cada vez más jugarse la vida. Y unos dos de cada diez logran colarse hasta Nueva York. En las orillas entre la sierra y la Huasteca, el éxodo al norte comenzó explosivo en 1994, el año del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN). Antes nadie se iba para allá. Los oto-

comendaba Joaquín–, porque no puedo atenderlos bien. Me gusta tenerles su ropa limpia después del trajín por el desierto y que no estén amontonados en la casa de seguridad”. Casi todos podían pasar entonces y regresar cada dos años a las comunidades para volver a salir otro tiempo. Porque solamente se van los hombres, no las familias. Las mujeres van solamente como la excepción que confirma la regla. FOTO: Fotojarocha

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irilo Teodoro Petronilo se acomodó en el sillón del recibidor de la Radio Huayacocotla, punto de reunión por donde pasan los otomíes a tomar un café y a esperar a alguien con quien hablar. “Vengo triste y todavía asustado. Yo había ido y regresado tres veces al norte y no conocía la migra. Pero ahora toda la pasada cambió. Conforme el autobús entró en Sonora, se subieron los judiciales, nos amenazaron y nos cobraron 500 pesos. Dicen ellos: para que se los quiten los del ejército, mejor de una vez nosotros. Pero no nos escapamos de los soldados. Ellos también pararon el carro, nos empujaron afuera, nos obligaban a decir que traíamos droga. Y nos sacaron otros 500, parejo. Lo peor empieza en el pueblo de Altar. De allí hasta la frontera mandan los de la mafia. Les pagas otros mil 500 pesos, te subes a su camioneta, todos ellos con sus rifles grandes, de esos de Rambo. Ellos son los que te llevan ahora a la frontera. Pasan los retenes de soldados, y nomás los saludan. Y en Sásabe, en el mero desierto, empiezan los seis días de caminar de noche y esconderse de día. Cruzan a cada rato los aviones, de los que vuelan solos, y los helicópteros mosquitos y los carros

míes le llaman el Nan Guadí. Es como el más allá, a donde nadie había llegado. Después de que los primeros ensayaron el trámite de la pasada, la información se socializó con rapidez, como se reparte el pensamiento en un dos por tres en las comunidades indígenas. Y el destino primero fue Nueva York. Así es la ley de la emigración: los que abren camino van todos al mismo lugar: éste fue el barrio de Astoria en Queens. Luego poco a poco se repartieron por el Bronx y Flushing Meadows y hasta Bridgeton en New Jersey,

y New Rochelle y New Haven, donde coincidieron con los tlaxcaltecas vecinos de la Malinche. En seis años ya había en el oriente de Estados Unidos mil mojados, por ejemplo, de los nueve mil habitantes del municipio otomí de Texcatepec y decenas de miles de la sierra y las Huastecas. En esos años el cruce por la frontera era menos laborioso. Un telefonazo a Phoenix, la capital de los coyotes. Responde Joaquín Orozco y se hace la cita en el hotel Paraíso de San Luis Río Colorado. “No se vengan de a muchos –re-

En los restaurantes y en los carwash de Nueva York, en el corte de tomate de New Jersey y de naranja en Florida y en las fábricas de pollos de Carolina del Norte la mano de obra se ha indianizado. Y los pueblos de la huasteca han puesto su parte. Los tepehuas de Tlachichilco conviven con los popolocas del sur de Puebla en la empacadora de guajolotes The House of Raeford, de Carolina; los nahuatl de Chicontepec cosechan tomate cherry en Bridgeton con los zapotecos de los valles centrales; los otomíes de Ayotuxtla cuidan los campos de golf en Mahopac, al norte de Nueva York, con los quichés de Quetzaltenango; los huastecos de San Luis Potosí reparten “delivres” del restaurante Route 66, junto al Columbus Circle en Manhattan con los


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15 de diciembre de 2012 son actividades tradicionales que si bien no han desaparecido, han perdido auge. El peonaje, junto a la emigración, toman cada vez más fuerza entre jóvenes, teniendo a ciudades como México, Tampico, Monterrey y Saltillo de principales destinos, donde se emplean principalmente en el servicio doméstico, el comercio informal y la construcción. Las minas de Pachuca, las agroindustrias en San Luis Potosí y ciudades de Estados Unidos tienen también un lugar nada extraño, pues la pobreza acecha, teniendo en la región a municipios catalogados de más alta marginalidad nacional, como Ilamatlán, Texcatepec y Zontecomatlán en el norte de Veracruz.

Veracruz

KENANKÁN YU MASAPIJNÍ: LA MANERA DE VIVIR DE LOS TEPEHUAS Inoscencio Flores Mina Comunidad masapijni de Tierra Colorada partimos nuestros saberes, nuestras comidas, nuestros tejidos, nuestros productos. En este intercambio se llevan parte de lo que somos y nos traemos parte de ellos.

Quichwas de Ecuador y los Tlapanecos de Guerrero. Si pudieran los jóvenes, la mayor parte irían, pensando en regresar. El abandono y la agresión de los gobiernos hacia la gente que resiste activamente desde el modo campesino de vivir son permanentes. Así es desde aquella fecha simbólica en la que Salinas desbarató el Artículo 27 de la Constitución, para exterminar las relaciones comunitarias y privatizar la tierra comunal. Con todo, los campesinos e indígenas de las Huastecas y de la Sierra han respondido defendiendo los sistemas normativos comunitarios y los sistemas de cargo propios. Al mismo tiempo han aprendido a abrirse el paso a codazos por los escalones de ciudades y países y con las reglas de juego que les ponen por delante. Cerrados los caminos de Nogales a Tucson los nahuatl de Álamo-Temapache se juntan con los otomíes de Ayotuxtla en el corte de las tunas de los campos de Santiaguito Tolman junto a Teotihuacan, y apartan tiempo para sembrar y escardar la milpa y haya maíz en Todosantos. Nuevas generaciones de jóvenes hombres y mujeres abren la ruta de Monterrey y Tampico. Así ensayan, por infinidad de modos, cómo vivir la lejanía geográfica y la cercanía social, al mismo tiempo en Nueva York y en la Huasteca.

FOTO: Fernando Rosales V.

Para inicios del milenio las estadísticas oficiales mostraban que la población hablante de náhuatl en la Huasteca representaba el 72 por ciento de la población indígena regional (el 19 por ciento lo tenían los teenek, 6 por ciento otomí y 3 por ciento los pames, tepehuas y totonacos). La población nahua ascendía a 675 mil hablantes, siendo la concentración más grande de este grupo etnolingüístico en todo el país, representando el 27.6 por ciento del total de hablantes de maseualsanilli en México. Tojuantij tiyolpaki titekiti iniuya maseualmej ipan Huaxtekapan tlalli.

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entado a un lado del brasero, esperando que salieran las tortillas del comal, me contaba mi abuelita, cuando niño, que gracias a la tierra este año tendríamos qué comer. Y mientras masticaba la tortilla con un poco de sal, la miraba despacio sin poder entender aún lo que me decía. Somos masapijni (tepehuas), me insistía mi abuelita, “nosotros agradecemos a la tierra que es nuestra madre que nos provee de maíz, de frijol, de calabaza, de pipián, de chile, de camotes y de muchas verduras... todo aquello que en diversos momentos sembramos y cosechamos en nuestro terrenito. Pero no sólo es cosecha, también a la madre tierra se le da gracias, le ofrendamos con música, le ponemos sus velas, le damos comida, le platicamos y le decimos malakpuchunc kinakt'un (gracias, madre tierra). Con todo eso, le danzamos y damos gracias por la siembra y por lo que nos devuelve. El agua es la sangre que baña nuestra tierra; le agradecemos con comida, sahumamos con copal, le damos tabaco, le hablamos en masapijni y danzamos. Esto hace que nuestros años reverdezcan y nazcan nuevas hojas para nuestros hijos, el sol que da luz y cobijo a nuestra siembra, a nuestra tierra y el aire se le habla y se le pide, que no se enoje con nosotros para que las

milpas, las plantas crezcan y den fruto. Todo ello, hijo, es nuestra creencia, ba kinputusqk'an (nuestra forma de vida), lo que nos hace ser masapijni.

La palabra para nosotros los pueblos vale, y no se escribe en un papel para que se respete, para ello existe la memoria, el honor de hablar y la conciencia Con estas palabras, que años antes me decía mi abuela, entiendo que como pueblo masapijni tenemos lo que denominan cultura. Nosotros como pueblo no tenemos definido un concepto preciso de lo que es cultura sino son formas de vida, de ver y de repensar nuestro mundo y así nos revitalizamos. Los masapijni (tepehuas), tenemos una mirada distinta del concepto de cultura. Nuestra forma de vida, yu kinputsuqkan, es cultura, cuando compartimos lo que tenemos y hacemos, Así vamos construyendo nuestra cultura, nuestra identidad. Cuando entablamos el diálogo con nuestros hermanos ñühü (otomíes), teenek (huastecos), tutunakos y nahuatl de la región Huasteca veracruzana, no sólo son palabras castellanizadas, sino com-

Nuestra convivencia nos hace entablar una identidad regional, compartimos una cosmovisión, somos y nos identificamos como pueblo ante el otro y nos reconocemos, y el otro nos denomina desde su referente a nosotros. Nos unimos por la costumbre, somos música, humo de copal y hablamos y platicamos con la naturaleza, somos uno que sale de nuestra madre tierra y es aquí donde lo regional y lo idéntico se comparte. Éste es el conocimiento y la sabiduría de nuestros antepasados, que han venido caminando. Son nuestros abuelos y abuelas quienes nos enseñan a no olvidar esta naturaleza, porque es parte de nosotros; sin ello, no estaríamos aquí, no seriamos nada. Nuestra lengua, ha sido fundamental para que estos pensamientos sigan vivos y estén vigentes, porque con nuestra lengua nombramos el mundo, conocemos por su nombre las cosas. Con la lengua tepehua vamos transmitiendo el saber, el conocimiento, la sabiduría... Decimos nosotros, que la lengua masapijni, ñühü, náhuatl, tutunako y teenek hace que nos organicemos; nos permite acercarnos y hacer acuerdos, llevar a cabo las costumbres y las faenas que son los trabajos comunes en la comunidad. La palabra para nosotros los pueblos vale, y no se escribe en un papel para que se respete, para ello existe la memoria, el honor de hablar y la conciencia. Nuestra forma de aprender de los trabajos se rige bajo la práctica, con el apoyo de nuestros padres y la comunidad que nos cobija. Por eso nuestros abuelos nos siguen compartiendo lo que les fue trasmitido. Nos curamos con saberes, nos sanamos con nuestra tierra, nos vestimos con nuestra lengua y caminamos con nuestros hermanos y hermanas. Las formas de vida que se imponen vienen de los occidentales. Entra la religión suya, y en estos tiempos la tecnología, los medios de comunicación. Sin embargo, nosotros los pueblos nos resistimos a identificarnos como tales, nosotros nos identificamos desde lo que hacemos, lo que decimos y pensamos.

La globalización que es la acumulación de grandes capitales de dinero que acorralan a la sociedad actual, y la modernización forzada por las tecnologías (computadoras, carros, tractores y máquinas de diversos usos, por mencionar algunas), y los medios de comunicación (internet, teléfono, televisión y otros masivos) repercuten en el proceso educativo y provocan la emigración, la discriminación y el menosprecio contra nuestros pueblos. Todos estos factores han hecho que a la nueva generación no le interese yu ixputsuk ni kinputaulankán (la forma de vida de nuestras comunidades). A pesar de la situación, hay mucho qué revalorar. Afortunadamente también en estos tiempos nuestros pueblos buscan la manera de revitalizar esta forma de vida, lo que otros llaman cultura. Renace por ejemplo la música tradicional con las bandas de viento, y los tríos regionales y los mitos de nuestro pueblo siguen envolviendo nuestra plática en las tardes junto al río Chiquito, como la nube del copal. Nuestros ancianos dicen: no hay que olvidar nuestras creencias, costumbres, rituales, nuestra forma de curarnos, nuestra forma de trabajar. Doña Francisca Ángeles, de la comunidad masapijni de Tierra Colorada, Tlachichilco, Veracruz, dice “no hay que perder nuestra costumbre, porque eso nos heredaron nuestros antepasados”. Nosotros somos maíz que se cosecha, maíz pinto, rojo, blanco, morado, amarillo, maíz de todo los colores; somos la voz y la memoria de nuestros antepasados. Somos quienes vivimos y estamos guardados en los cerros. Somos pueblo que hemos sido mestizados, pero nos revitalizamos y nos revaloramos con nuestra costumbre, nuestro ritual que expresa yu kimputsuqkan, forma de vida y sentimientos, nuestra lengua que dice por sí misma nuestro actuar. Masapijnin, lubanan, tso'onun, turunakosi ne ale teneek yu mukay maqali'i ani ixakpu'u lakinputaulank'an veracruz (Tepehuas, nahuatl, ñühü, totonacos y teenek somos los pueblos que enriquecen la Huasteca Veracruzana). El estar en una región y compartir nuestro pensamiento, nuestras creencias, la sabiduría, los conocimientos, la forma de mirar el mundo, nos hace uno solo; compartimos el trabajo; la lucha y la unión nos hacen fuertes como pueblos.


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TOTONACAPAN, HUASTECA Y TOTONACOS HUASTECOS Leopoldo Trejo – Museo Nacional de Antopología INAH

FOTO: José Daniel Ojeda Rojas

pantla, danzantes que desde hace varias décadas han servido de emblema para el estado de Veracruz.

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i preguntamos a cien mexicanos qué se les viene a la cabeza cuando escuchan la palabra “totonaco”, muy probablemente las respuestas apuntarán hacia Veracruz, y más en concreto a Papant-

la o El Tajín. Si tenemos suerte y nuestros encuestados saben que los totonacos son nuestros contemporáneos y no la cultura prehispánica que construyó la Pirámide de los Nichos, entonces tenderán a asociarlos con los Voladores de Pa-

Si preguntamos a esos mismos cien mexicanos qué se les viene a la cabeza cuando escuchan la palabra “Huasteca”, muy probablemente las respuestas apuntarán, ya no a una entidad federativa pues hay huasteca veracruzana, potosina, hidalguense, poblana, queretana y tamaulipeca sino a un complejo musical y gastronómico. Luego entonces, la Huasteca nos convoca a cantar y bailar huapango, así como a degustar un rico sacahuil, enorme tamal horneado, propio de gran parte de esta región. Si les volvemos a preguntar pero ahora por la palabra “Totonacapan”, seguramente inferirán que es la tierra de los totonacos y por lo tanto regresarán a Veracruz y los Voladores. No obstante, si les cuestionamos por los teenek, sólo aquellos acostumbrados a los matices, dirán que la Huasteca es la tierra de los teenek, pues éste es el nombre de los pobladores originales de dicho territorio.

y religiosas, como los patrones estilísticos, la música, en fin, innumerables formas de expresión cultural entre las que destacan los cuerpos de papel o corteza de árbol que elaboran para sus dioses, resultan profundamente similares. Sin embargo, hay que resaltar que la lengua, quizá el más importantes canal de comunicación e identidad, se mantiene como frontera entre ellos. Luego entonces, los totonacos de la Huasteca son un pueblo que aunque habla y se identifica con el universo totonaco y el Totonacapan, en la vida cotidiana y ritual se parecen más a los otomíes y tepehuas que habitan al sur de la Huasteca.

Pero si después de esta larga encuesta les preguntamos sobre los “totonacos de la Huasteca”, nuestros cien mexicanos se darán la vuelta o simplemente dirán: “pues los totonacos que viven en la Huasteca”, es decir, los totonacos de tierra teenek que tocan Huapango y comen sacahuil, pero que danzan el Volador de Papantla y viven en el Totonacapan. O sea, ¿cómo? Los totonacos de la Huasteca son diferentes al conjunto de los hablantes de esa lengua por dos razones fundamentales: 1) las vecindades étnicas y 2) las condiciones geográficas e hidrológicas particulares. Respecto a la primera, sin lugar a dudas la más importante es crucial saber que los totonacos que viven en los municipios poblanos de Pantepec, Jalpan, Venustiano Carranza y Xicotepec, así como en Ixhuatlán de Madero, Veracruz, principalmente, desde hace centurias comparten el territorio y la vida con los pueblos otomíes, nahuas y tepehuas.

Para aclarar o evitar equívocos, vale la pena invocar el segundo factor de diferencia de que hemos hablado: el fisiográfico. Aunque todos los pueblos indios que habitan sobre las cumbres y en declive costero de la Sierra Madre Oriental comparten condiciones climáticas y biológicas relativamente parecidas, el paisaje de esta hermosa región se ve cruzado de oeste a este por diversos caudales

Gracias a esta cotidiana convivencia, tanto las prácticas rituales

LOS XI´OI (PAMES) Y LA HISTORIA A CONTRAPELO Marco Antonio García Hernández Maestría en Desarrollo Rural, UAM-X

Don Pedro y don Félix están sentados junto a mí. Volteo con cara de angustia pues no entiendo qué está pasando y ellos, adelantándose a mi pregunta, me dicen a una sola voz: —Es la chikut—, y viendo mi cara, ahora doblemente contraída por la duda, me afirman —la chikut es el diablo. —¿El diablo?—, les pregunto, tratando de memorizar el término y a quién representa.

—Y también Judas, el que traiciona—, me dice don Pedro. —Y el sacerdote y el mestizo— tercia don Félix.

La chikut-Judas. Los xi´oi han coexistido en San Luis Potosí, con teenek o huastecos y nahuas. Su lengua, el xi´oi o xi´ui, pertenece a la familia otopame, y fueron los únicos de este grupo etnolingüístico que formaron parte de la Gran Chichimeca

Serios, sin agregar más, vuelven sus ojos hacía el huerto en el mismo momento en que la chikut encuentra a Jesús. Lo huele, lo toca, lo señala. La chikut es un personaje de contraste identitario. Representa entre los xi´oi o pames —grupo originario que actualmente vive en la zona media de San Luis Potosí y el norte de Querétaro—, la síntesis de piezas profundas de la larga duración histórica que evidencia parte de su experiencia de vida. Es, al mismo tiempo, un eje que permite advertir la conjunción de eventos contradictorios: la historia, la colonización y evangelización, el mito, la lucha y la resistencia. La chikut-Judas. Los xi´oi han coexistido en San Luis Potosí, con teenek o huastecos y nahuas. Su lengua, el xi´oi o xi´ui, pertenece a la familia otopame, y fueron los únicos de este grupo etnolingüístico que formaron parte de la Gran Chichimeca, en el septentrión mesoamericano del siglo XVI. Al momento de la conquista y la colonización, ocupaban un vasto territorio que iba desde el actual Michoacán hasta Tamaulipas, a lo largo y ancho de la Sierra Gorda y la Sierra Madre Oriental. Ellos

FOTO: Norma García

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l Viernes Santo en Santa María Acapulco comienza con la procesión por el circuito principal de la comunidad. A las 11 de la mañana, un grupo de jóvenes, cada uno sosteniendo una rama de trompillo recién cortada, se colocan en cuclillas y rodean al Jesús. Es un huerto “vivo”, es el Monte de los Olivos o Getsemaní. En ese momento aparece un personaje que busca afanosamente. La gente, principalmente los niños, lo ven con miedo y expectación. El sujeto, levanta del suelo una hoja, una piedra, lo que encuentre, y lo acerca a su cara; olfatea, sabe muy bien el olor de lo que busca y, comprobando que no corresponde, arroja con violencia el objeto en turno. Da seis vueltas en torno a la enramada, husmea, continúa con su búsqueda, la tensión crece entre la gente, que, ya sabiendo lo que sobreviene, desearía poder detenerlo.

eran especialmente cazadores y recolectores, sin embargo, aunque no desconocían la agricultura, está sólo se hizo preponderante como medio de subsistencia tras su congregación en pueblos y villas. La chikut-sacerdote. Los xi´oi fueron concentrados con grandes esfuerzos por parte principalmente de misioneros religiosos, hacendados y aparceros. Con es-

trategias diversas como la entrega de alimento y vestido, sumadas a los métodos no menos violentos de aquellos interesados en su explotación como mano de obra, se logró su sedentarización total sólo hasta muy entrado el siglo XVIII. Con todo, los tres siglos de la Colonia significaron para los pames una reducción drástica de sus miembros, pero no propiciaron su extinción social, ni cultural.

La chikut-mestizo. El siglo XX trajo consigo el reconocimiento de la propiedad colectiva de la tierra para los xi´oi, en forma de ejidos y bienes comunales. Sin embargo, esto no repercutió en la mejoría de la situación socioeconómica de los indígenas, tanto por las condiciones naturales de sus territorios, como por los privilegios históricos de los no indígenas, que pronto impusieron su lógica económica, especialmente a través del control los espacios de decisión política municipal y estatal. La chikut-diablo. Ubicados actualmente en más de cien localidades de cinco municipios de San Luis Potosí y el norte de Querétaro, los xi´oi suman más de 20 mil indígenas, de los cuales dos terceras partes son hablantes acti-


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Caminos de agua, los ríos son frontera y a partir de ellos podemos, con mediana certeza, imaginar los límites entre un núcleo específico de totonacos y los otros. Por ejemplo, en lugar de decir “totonacos de la Huasteca”, bien podemos llamarlos “totonacos de la cuenca del Pantepec”, pues sobre la tierra que se abre a los lados de este río, los nahuas, tepehuas y otomíes han delineado el rostro de estos particulares totonacos. En la vida cotidiana nuestro pensamiento busca lugares de reposo. Sitios cómodos y generales desde donde miramos el mundo sin curiosidad ni asombro. En este contexto, podemos pensar que la meta primera de la antropología social es la de volver extraño aquello que nos parece familiar, en otras palabras, hacer evidente que el uso de una lengua no significa la reproducción de una misma cultura y por lo tanto, ni todos los totonacos son iguales, como tampoco las huastecas terminan ahí donde deja de sonar el huapango.

vos. La vitalidad de su cultura se advierte en una veintena de rituales y celebraciones comunitarias —entre las que destacan la Semana Santa, el “mes de los tamales” o fiesta de los muertos y las fiestas de los ejidos—, y decenas más de ellos a nivel doméstico y comunitario. La principal deidad de los xi´oi es el Trueno, algunas veces identificado también como el Diablo o el Venado. El sol y la luna/tierra, se relacionan con el dios y la virgen católicos respectivamente; las estrellas, el monte, las piedras y otros elementos de la naturaleza también forman parte del culto actual de este grupo originario. Así, su cultura, su memoria histórica y el mantenimiento de la lengua materna, se conforman en un repertorio de estrategias de resistencia, que interpelan a aquellos que los vieron —y, de manera por demás retrograda e inexplicable, los ven— como “los más salvajes”, los “chichimecas” o simplemente como los “de otra raza”. Hoy, involucrados en un proceso de modernización desbordante, de planes y programas de desarrollo prefigurados por agentes externos, donde uno de los aspectos más impactantes es la integración de su economía al mercado interno, asisten a cambios profundos en la forma de trabajo y la estructura ocupacional de su población económicamente activa, sin embargo, cada vez más los xi´oi alzan la voz, y es de esperarse que ésta se escuche lejos, tan lejos como se escucha el Trueno.

RADIO HUAYACOCOTLA, LA VOZ DE LOS CAMPESINOS Eduardo Méndez Salas sinos, Se oye el Cantar del viento de las bandas y el Alma huasteca de los tríos huapangueros. La programación de esta radio La Voz de los Campesinos, 'Bida r'o nmänya 'befi jä'ï, se hace oír también en cualquier parte del mundo con su transmisión simultánea en internet en la página www.fomento.org.mx.

FOTO: Ángel Morales Rizo

que, en su camino al mar, segmentan la tierra dando origen a pequeños territorios o micro regiones culturales.

E

n la sierra del norte de Veracruz, a más de dos mil metros sobre el nivel del mar, transmite todos los días, desde las siete de la mañana hasta las siete de la tarde La Voz de los Campesinos. Desde el seis de julio de 2005 se escucha fuerte y estereofónica en la frecuencia de 105.5 megahertz con sus diez mil watts de potencia por toda la Sierra Norte de Veracruz e Hidalgo y partes de Puebla y Querétaro, San Luís Potosí, Tamaulipas y por las lomas de todas las Huastecas.

Esta radio comunitaria da voz a los pueblos para platicar las luchas de las comunidades de la Sierra y de la Huasteca ante los abandonos de los gobiernos y la ausencia de sistemas de educación y salud que merezcan ese nombre Esta radio comunitaria da voz a los pueblos para platicar las luchas de las comunidades de la Sierra y de la Huasteca ante los abandonos de los gobiernos y la ausencia de sistemas de educación y salud que merezcan ese nombre. A contracorriente de los poderes establecidos. Los locutores indígenas de Radio Huaya dan cuenta de los frutos que ha dado la milpa, de los puentes que hacen falta para cruzar arroyos y ríos, del indignante tráfico con la pobreza de los indígenas en las campañas proselitistas de los partidos. La Voz de

los Campesinos habla desde las lenguas originarias de la región que persisten no por un postulado ideológico ni por la existencia de programas gubernamentales, sino por la elemental necesidad de los pueblos de comunicarse con las palabras que la gente escucha desde el nacer. Esta radio comunitaria nació desde 1965 en el modelo de escuelas radiofónicas. La transmisión se enlazaba con 123 aulas en comunidades de toda la región. La programación abarcaba contenidos básicos y alfabetización de adultos. El modelo se agotó por falta de recursos en 1972. La radio renace en transmisión abierta pero todavía con el mismo permiso de onda corta en 2390 khz. Pronto la radio se posicionó con una barra de música regional, la que se toca con trío de violín, jarana y huapanguera y con las bandas de viento, y cubrió las cañadas de la sierra en los municipios más cercanos a Huayacocotla, con la información alternativa del Noticiero del Campo. Con un pie en la cabina de transmisión y otro en las comunidades campesinas. Radio Huaya se propuso apoyar las organizaciones campesinas, que en ese tiempo surgían en la zona, para impulsar las iniciativas de producción y desarrollo y su independencia respecto del gobierno. Así, la radio acompañó con su palabra y con la acción a los 14 ejidos incorporados a la Unidad de Producción Forestal y Agropecuaria Adalberto Tejeda, surgida en 1981. Y desde 1984 comenzó a servir como voz para los indígenas otomíes y campesinos, víctimas de la violencia armada de los terratenientes ganaderos de la sierra.

En este caminar, La Voz de los Campesinos ha sido testigo activo de las consecuencias de más de 500 años de invasión europea, pasando por la rebelión zapatista del 94, del indigenismo que se murió al paso de los pueblos, nunca más objetos de la investigación, sino sujetos de su propia historia. El horizonte de la autonomía de las comunidades ñühüs, nahuas, tepehuas de este norte de Veracruz señala por dónde caminar, y la costumbre de resistir que confronta el vivir mejor con el buen vivir orienta la voz de la Radio Huayacocotla. Los gobiernos habían venido bloqueando las solicitudes de permiso de radio cultural y comunitaria de la sociedad civil desde hace más de 40 años. En 2003 resurgió la demanda masiva de parte de comunidades y grupos por el derecho a tener un espacio en el cuadrante de la radio. En Oaxaca, Chiapas y Guerrero aparecieron decenas de radios comunitarias, sin esperar documentos. En 2005 el gobierno hubo de entregar 15 permisos a radios populares e indígenas, entre ellos la frecuencia de FM para la Radio Huayacocotla, La Voz de los Campesinos. Con su nueva frecuencia en el 105.5, la señal de la radio se repartió por las Huastecas de San Luis Potosí, Hidalgo, Veracruz, Tamaulipas y Puebla y por todo el norte de la Sierra Madre Oriental. De esta manera, en los lomeríos de Huejutla y Chicontepec, en las montañas y barrancas, en las carreteras, en las colonias de Pachuca y Tuxpam y en Nueva York se escucha La Voz de los Campe-

En estas emisiones se habla de las luchas cotidianas que enfrentamos los hombres y mujeres de nuestros hnïnï hyoya (comunidades indígenas-campesinas) y de la defensa de la tierra y el territorio, y se analiza el contexto social, político, económico y cultural. Aquí tiene lugar la cosmovisión: la palabra del agua, de nuestra madre, la tierra, el xita tsibi (lumbre) el viento y el atole de maíz negro simple o dulce con su salsa de pipián. El xin’bai (el mundo) del carnaval y del xita nth’ënï. Hoy, en 2012 la Radio Huayacocotla mantiene el diálogo durante 12 horas diarias con los pueblos indígenas de la Sierra Madre Oriental y de la Huasteca con un grupo compuesto por cuatro jóvenes: dos otomíes, un tepehua y una náhuatl, un hombre y dos mujeres mestizas, como parte de un equipo que lleva adelante el proyecto con la voz en el micrófono y los pies en las comunidades. El papel que ha conquistado La Voz de los Campesinos en la región de la Huasteca Grande es ser también voz de los pueblos ñühü, nahuas y masapjnís. Actualmente, los programas musicales y los informativos editorial son transmitidas en estos idiomas. Un postulado simple sostiene que la lengua se fortalece con el uso público y sin fronteras. Con ese postulado vive la Radio Huayacocotla, Ra ma ia yo'hya häí, Tepoz tlanonotsaloni Hueyiókotl, Lisán Lakaxkajak. Actualmente existen en América Latina alrededor de mil radiodifusoras de corte popular y cultural que apoyan los procesos organizativos y educativos en los barrios marginados de las ciudades, en las regiones campesinas más apartadas y en decenas de miles de comunidades indígenas. La Voz de los Campesinos está agrupada en la Asociación Latinoamericana de Educación Radiofónica (ALER). En el informativo diario, Contacto Sur de ALER, Radio Huaya comparte sus informativos, para que la palabra campesina indígena nunca se pierda desde el cerro de Postectitla en la Huasteca hasta la región Mapuche.


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DE LA LUCHA POR LA TIERRA A LA DEFENSA DE LOS TERRITORIOS BIOCULTURALES Narciso Barrera Bassols*, Carlos del Campo**, Gabriel Hernández García*** *UCCS **Anima Mundi, AC ***ENAH-Cedicar. Los tres, miembros de la Red Temática de Etnoecología y Patrimonio Biocultural del Conacyt.

L

las muertes, la migración, el exilio, la pérdida de bosques y parcelas, la destrucción de lugares sagrados, de espacios de juego y regocijo; la contaminación del aire, de manantiales, de sierras y valles, tienen todos el mismo origen enraizado en la corrupción para vender y lucrar con maderas, tierras y oro, carreteras de peaje y desarrollo urbano desmedido, con maíz para cerdos, automóviles y agroquímicos, en fin, con políticas neoliberales a favor del gran capital que se espacializan en una lógica de acumulación que favorece el despojo de los territorios indígenas y campesinos.

Para hacer frente a estas situaciones, las comunidades necesitan, entre otras cosas, acercarse a las leyes para conocer sus derechos y obligaciones, aquellos pequeños resquicios abiertos para la defensa y las trampas legales en las que pueden caer. Por tal motivo, las líneas Regiones Bioculturales y Políticas Públicas y Legislación de la Red Temática sobre Etnoecología y Patrimonio Biocultural del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt), organizaron un taller sobre Derecho Agrario, Indígena y Ambiental: “Intercambio de experiencias para la defensa del territorio”, los días 17, 18 y 19 de noviembre 2012, en Tlaxco, Tlaxcala. El taller fue dirigido a miembros y representantes de comunidades rurales y pueblos indígenas, así como a investigadores acompañantes y estudiantes. Los objetivos del taller fueron: (1) familiarizar a los miembros de las comunidades, organizaciones participantes y promotores rurales con elementos básicos sobre el marco jurídico agrario, indígena y ambiental en México, y (2) analizar el impacto de la legislación en el uso, disfrute y cuidado del territorio por medio del estudio de casos vigentes. Asistieron al encuentro miembros, representantes y autoridades de comunidades provenientes del territorio chinanteco, de la Sierra Norte, de la cuenca del Papaloapan y del territorio huave, distrito de Juchitán, todos ellos de Oaxaca; mè’phàà de la Montaña de Guerrero; hñahñu, de la Sierra de las Cruces, en el Estado de México, y de San Ildefonso Tultepec, en Querétaro; de Cuetzalan en la Sierra Norte de Puebla; tzeltal, de Nuevo Jerusalén, Chiapas; purhépecha de Cherán, y de San Francisco Pichátaro, en Michoacán, así como campesinos de Vicente Guerrero, en Tlaxcala, y de Tlalnehuayocan, en Veracruz.

FOTO: Archivo de proyectos

as comunidades agrarias, los ejidos y los pueblos indígenas de México están bajo un constante acecho de agentes gubernamentales al servicio de inversionistas nacionales y extranjeros, quienes codician sus tierras y los bienes naturales resguardados en ellas: los valles, las sierras, el agua, el subsuelo, las plantas, los animales y sus genes, la cultura, el conocimiento ancestral y las formas mismas de organización social y política rural. El despojo se torna evidente cuando las comunidades bajo amenaza, divididas y destruidas, comparten sus historias de dolor y resistencia en defensa de sus territorios frente a megaproyectos, el crimen organizado y las políticas públicas.

En total asistieron unas 70 personas de diversas regiones y experiencias, mostrando un abanico de la diversidad cultural de nuestro país. El encuentro fue un espacio de diálogo horizontal entre jóvenes y mayores, mujeres y hombres, indígenas y mestizos, autoridades y expertos. Incluyó a investigadores y estudiantes del Instituto Nacional de Antropología e Historia, de la Escuela Nacional de Antropología e Historia, del Colegio de Posgraduados, de la Universidad Autónoma de Tlaxcala, de la Universidad Autónoma de Nuevo León, y de la UNAM. La red tiene como premisa integrar actores comunitarios de empresas sociales rurales y de la sociedad civil organizada para ampliar el diálogo sobre las condiciones actuales y las perspectivas del complejo sociedadcultura-naturaleza de nuestro país. En este contexto se invitó al abogado Guadalupe Espinoza Sauceda, integrante de la defensa de los pueblos Temacapulín, Acasico y Palmarejo, Jalisco, frente a la construcción de la presa El Zapotillo, y quien cuenta con una gran experiencia en derecho agrario e indígena, para dialogar en torno a las leyes y políticas públicas agrarias actuales, y a Francisco Godoy Cortés, abogado y asesor en derecho agrario e indígena en la Cámara de Diputados de la pasada legislatura, para exponer el estado actual del derecho indígena en México, y en particular, sobre el derecho a la consulta previa. También asistió como ponente Lizy Peralta, abogada litigante con experiencia

en derechos humanos y derecho ambiental, integrante del Centro “Fray Julián Garcés” Derechos Humanos y Desarrollo Local, AC, en Tlaxcala, para compartir la experiencia de recuperación de derechos de uso de recursos naturales, cuidado de los bienes naturales y culturales y sobre el control del territorio en Santiago Lachigüiri, Oaxaca. Cristóbal López y Nydia Prieto de la Kooperativa Rayenari, de Nuevo León, coordinaron un taller de análisis para la reflexión sistémica de los territorios bioculturales y sus problemáticas. (Teoría para Resolver Problemas de Inventiva, TRIZ). Durante los tres días, ponentes y participantes compartieron reflexiones sobre el territorio y las condiciones del despojo y sobre las esperanzas y estrategias de resistencia, tratando de deshilar la maraña legal agraria, indígena y ambiental del país. El territorio biocultural –indígena y campesino– es un espacio habitado en donde confluye esfuerzo, ingenio y el cuidado humano de la naturaleza; además, en él se reproduce la cultura de las comunidades para alimentar, curar, jugar y narrar. Es en el territorio donde se sueña y se siente, en donde se toma conciencia, se crea identidad, se recrean los mitos y la vida ritual que dan el sentido de vida comunitario. La sola lista de problemas a los cuales se enfrentan las comunidades presentes en el taller sobrepasa la extensión del artículo. Sin embargo, la fuente del dolor profundo, de

Los representantes de las comunidades demostraron que se empeñan en reproducir su cultura, tienen coraje y compromiso para la defensa de sus territorios y están conscientes de que hay mucho trabajo por hacer para armonizar, rescatar y vigorizar sus colectividades, ya que las soluciones necesariamente deben salir desde sus fuerzas internas: la identidad cultural, las epistemologías ancestrales y emergentes, la voz de los ancianos, el trabajo comunitario, el uso adecuado de los bienes naturales, la educación autónoma, la asamblea, la reciprocidad y la comunalidad, así como la capacidad de diálogo con otros actores. En cuanto a los derechos agrarios, se reflexionó sobre la necesidad de fortalecer y delimitar las estructuras de poder y representatividad agraria en los ejidos y las comunidades campesinas. Vigorizar las voces de la asamblea donde se dialoga y se toman decisiones, otorgarle el papel ejecutivo a los integrantes del comisariado y fortalecer al consejo de vigilancia para que las decisiones agrarias de la asamblea sean acatadas. En materia de derecho indígena y de derechos humanos, se compartieron las nuevas herramientas legales dadas por las resoluciones recientes de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, en las cuales se establece que los convenios, tratados y pactos en materia de derechos humanos se convierten en ley nacional a nivel constitucional, incluyendo el Convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), en donde se plasman los derechos de los pueblos indígenas a la auto-determinación, al territorio y a la consulta previa e informada. Estos derechos humanos fundamentales de los pueblos indígenas permiten ampliar las estrategias de defensa del territorio, más allá del derecho a la tierra de cada comunidad agraria y de sus miembros formales. Se extiende así el derecho

a la consulta previa a los pueblos indígenas, incluyendo a todos sus integrantes, independientemente de su condición agraria, la cual muchas veces limita la participación de mujeres y jóvenes. La consulta es más amplia que una simple pregunta, un taller, o un ejercicio burocrático o académico, y debe de seguir las formas, los tiempos y en general todas las condiciones determinadas por los mismos pueblos indígenas. El caso de la comunidad Santiago Lachigüiri, en el estado de Oaxaca, demostró cómo hay maneras de despojo en nombre de la conservación de la naturaleza promovidas por las comisiones nacionales de Áreas Naturales Protegidas (CONANP) y Forestal (Conafor). Esto, debido a las limitaciones al uso y disfrute del territorio y sus bienes naturales, incluyendo la agricultura tradicional de subsistencia. Se revisaron diversos mecanismos de conservación y regulación del territorio, como son los Certificados de Áreas destinadas Voluntariamente a la Conservación (AVC), la cual es una de las categorías de Áreas Naturales Protegidas (ANP) nacionales; los Pagos por Servicios Ambientales (PSA), impulsados por los mercados financieros internacionales “verdes”; los Ordenamientos Ecológicos Territoriales (OTC), y las Unidades de Manejo Ambiental de Vida Silvestre (UMA), que, al combinarse, s se constituyen en vehículo para el despojo en forma de pérdida de soberanía alimentaria, y promover la justificación de otros proyectos extractivos, como son las minas a cielo abierto y las represas generadoras de energía, entre muchos otros. Por más que nos parezca inverosímil, esta combinación de intereses favorece la desposesión y una transformación asimétrica e inducida en el vínculo histórico que se ha tejido en torno al manejo del territorio. Finalmente, además de la riqueza humana, de las experiencias compartidas y las dudas resueltas, quedó el compromiso de que estos encuentros se sigan recreando en este y otros contextos, en espacios donde los miembros de las comunidades puedan compartir y conocer experiencias de otras regiones del país, de otros territorios, de otros colectivos, además de dialogar con expertos en materia legal, pues todo comunero y toda comunidad debe de conocer sus derechos. Como compromisos quedan, pues, repetir estos talleres para comunidades como intercambios; generar diplomados para abogados, estudiantes y magistrados, redes de defensores y formadores existentes, y crear bibliotecas abiertas de recursos compartidos.

No. 63 CUECHTLAN HUASTECA  

Chambean en el “deliberi” y en el “carwash”. Hace apenas dieciocho años que empezaron a llegar a Nueva York y casi todos viven en el Bronx,...